# Niebla (Edición B1)

*Miguel de Unamuno*

## Prólogo

Don Miguel de Unamuno insiste en que yo escriba un prólogo para este libro suyo. El libro cuenta la historia tan triste de mi buen amigo Augusto Pérez y de su misteriosa muerte. Y yo no puedo negarme a escribirlo. Porque los deseos del señor Unamuno son para mí órdenes, en el sentido más verdadero de esta palabra. Yo no he llegado al extremo de escepticismo de Hamlet de mi pobre amigo Pérez. Él llegó incluso a dudar de su propia existencia. Pero por lo menos estoy totalmente convencido de una cosa: no tengo eso que los psicólogos llaman libre albedrío. Aunque, para mi consuelo, creo que don Miguel tampoco lo tiene.

Quizá a algún lector le parezca extraño que yo escriba este prólogo. Yo soy un perfecto desconocido en el mundo de las letras españolas. Don Miguel, en cambio, ya es bien conocido en él. Y la costumbre es la contraria: los escritores más conocidos escriben prólogos para presentar a los que lo son menos. Pero don Miguel y yo nos hemos puesto de acuerdo para cambiar esta mala costumbre. Queremos darle la vuelta: que sea el desconocido quien presente al conocido. Porque, en realidad, la gente compra los libros por el texto y no por el prólogo. Por eso es natural que un joven principiante como yo, si quiere darse a conocer, haga otra cosa. No debe pedir a un veterano de las letras un prólogo para presentarse. En vez de eso, debe pedirle permiso para ponerle un prólogo a una de sus obras. Y así se resuelve a la vez uno de los problemas de esa eterna pelea entre los jóvenes y los viejos.

Además, me unen bastantes lazos con don Miguel de Unamuno. En este libro, sea novela o *nivola* (véase pág. 158), este señor cuenta muchos dichos y conversaciones. Son dichos y conversaciones que yo tuve con el pobre Augusto Pérez, muerto antes de tiempo. Y quede claro que eso de la *nivola* es invención mía. En el libro cuenta también la historia del nacimiento de mi hijo Victorcito, que nos llegó tarde. Y parece que tengo algún parentesco lejano con don Miguel, porque mi apellido es el de uno de sus antepasados. Así lo dicen las sabias investigaciones genealógicas de mi amigo Antolín S. Paparrigópulos, tan conocido en el mundo de la erudición.

Yo no puedo saber cómo recibirá esta *nivola* el público que lee a don Miguel, ni cómo le tratarán a él. Desde hace algún tiempo sigo con atención la lucha de don Miguel contra la ingenuidad del público. Y estoy de verdad asombrado de lo profunda e inocente que es esa ingenuidad. Don Miguel ha escrito artículos en el *Mundo Gráfico* y en alguna otra revista parecida. Por ellos ha recibido algunas cartas y recortes de periódicos de provincias. Estos papeles muestran los tesoros de inocencia y de sencillez de paloma que todavía guarda nuestro pueblo. Una vez comentan aquella frase suya: que el Sr. Cervantes (don Miguel) no carecía de algún ingenio. Y parece que les escandaliza esa falta de respeto. Otra vez se emocionan con sus tristes reflexiones sobre la caída de las hojas. Otras veces les entusiasma su grito ¡guerra a la guerra! Ese grito le salió del dolor de ver que los hombres se mueren aunque nadie los mate. Otras veces copian aquel puñado de verdades no paradójicas que él publicó. Él las había recogido por todos los cafés, clubes y pequeñas tertulias. Allí estaban podridas de tanto pasar de mano en mano, y olían a vulgaridad. Por eso las reconocieron como suyas los que las copiaron. Y hasta hubo una palomita sin hiel que se indignó por dos cosas. Primero, porque este discutidor de palabras que es don Miguel escribe a veces Kultura con K mayúscula. Segundo, porque dice que sabe inventar cosas divertidas, pero reconoce que es incapaz de hacer colmos y juegos de palabras. Y es que todos saben cómo piensa este público ingenuo. Para él, el ingenio y la gracia son solo eso: colmos y juegos de palabras.

Y menos mal que ese público ingenuo no parece haberse dado cuenta de otras travesuras de don Miguel. A él le pasa a menudo que quiere ser demasiado listo. Una vez, por ejemplo, escribió un artículo y luego subrayó al azar unas palabras cualesquiera. Para no poder ver cuáles subrayaba, ponía las hojas boca abajo. Cuando me lo contó, le pregunté por qué había hecho eso. Y me dijo: «¡Qué sé yo... por buen humor! ¡Por hacer una pirueta! Y además porque los subrayados y las palabras en bastardilla me molestan y me ponen de mal humor. Eso es insultar al lector, es llamarle torpe. Es decirle: ¡fíjate, hombre, fíjate, que aquí hay intención! Por eso yo le recomendaba a un señor que escribiera sus artículos todo en bastardilla. Así el público se daría cuenta de que tenían mucha intención desde la primera palabra hasta la última. Eso no es más que la pantomima de los escritos. Es querer poner el gesto en lugar de lo que no se expresa con el acento y la entonación. Y fíjate, amigo Víctor, en los periódicos de la extrema derecha, de eso que llamamos integrismo. Verás cómo abusan de la bastardilla, de la versalita, de las mayúsculas y de las admiraciones. Abusan de todos los recursos de la imprenta. ¡Pantomima, pantomima, pantomima! Así de simples son sus medios de expresión. O, mejor dicho, así de simples creen ellos que son sus lectores. Y hay que acabar con esta ingenuidad.»

Otras veces he oído a don Miguel defender otra idea. Según él, el humorismo verdadero casi no ha prendido en España, y no es fácil que prenda en mucho tiempo. Los que aquí se llaman humoristas, dice, son a veces satíricos y otras veces irónicos. Y si no, son simplemente graciosos. Llamar humorista a Taboada, por ejemplo, es abusar de la palabra. Y no hay nada menos humorístico que la sátira de Quevedo. Es dura, pero clara y transparente, y en ella se ve enseguida el sermón. El único humorista que hemos tenido es Cervantes. Y si Cervantes volviera a la vida —me decía don Miguel—, ¡cómo se reiría de los que se indignaron! Se indignaron porque yo le reconocí algún ingenio! Y sobre todo, ¡cómo se reiría de los ingenuos que tomaron en serio algunas de sus bromas más finas! Porque Cervantes se burlaba de los libros de caballerías, con una burla muy seria. Y es seguro que parte de esa burla era imitar el estilo de esos libros. Algunos cervantistas ingenuos presentan como modelo de estilo aquello de «no bien el rubicundo Febo, etc.». Pero eso no es más que una graciosa caricatura del estilo barroco. Y no digamos nada de los que toman por una expresión fija aquello de «la del alba sería». Así empieza un capítulo, pero es porque el capítulo anterior termina con la palabra *hora*.

Nuestro público, como todo público poco culto, es desconfiado por naturaleza. Lo mismo le pasa a nuestro pueblo. Aquí nadie quiere que le tomen el pelo, ni hacer el primo, ni que se rían de él. Por eso, en cuanto alguien le habla, quiere saber enseguida a qué atenerse: si le habla en broma o en serio. Dudo que en otro pueblo moleste tanto que se mezclen las bromas con las cosas serias. Y eso de no saber bien si una cosa va en serio o no, ¿quién de nosotros lo soporta? Para un español medio y desconfiado, además, hay algo mucho más difícil. Le cuesta mucho ver que una cosa está dicha en serio y en broma a la vez. Está dicha de verdad y de burla, y en el mismo sentido.

A don Miguel le preocupa el bufo trágico. Me ha dicho más de una vez que no quisiera morirse sin haber escrito una bufonada trágica o una tragedia bufa. Pero no quiere que lo bufo o grotesco y lo trágico estén mezclados o puestos uno al lado del otro. Quiere que estén fundidos y confundidos en una sola cosa. Yo le hice notar que eso no es más que el romanticismo más desatado. Y él me contestó: «no lo niego, pero con poner motes a las cosas no se resuelve nada. Llevo más de veinte años enseñando a los clásicos. Y a pesar de eso, el clasicismo que se opone al romanticismo no ha entrado en mí. Dicen que lo helénico es distinguir, definir, separar; pues lo mío es indefinir, confundir».

Y en el fondo de todo esto hay una idea, o mejor que una idea, un sentimiento de la vida. No me atrevo a llamarlo pesimista, porque sé que a don Miguel no le gusta esa palabra. Es su idea fija, casi una manía. Él piensa así: si su alma no es inmortal, nada vale nada. Y lo mismo si no son inmortales las almas de los demás hombres, y hasta las de todas las cosas. Y tienen que ser inmortales en el mismo sentido en que lo creían los católicos ingenuos de la Edad Media. Si no es así, nada vale nada y ningún esfuerzo merece la pena. De aquí viene la doctrina del aburrimiento de Leopardi, después de morir su mayor ilusión,

ch’io eterno mi credea

la de creerse eterno. Y esto explica que tres de los autores preferidos de don Miguel sean Sénancour, Quental y Leopardi.

Pero este humorismo duro y áspero, que todo lo confunde, molesta a bastante gente. Además, hiere la desconfianza de nuestra gente, que quiere saber desde el principio a qué atenerse cuando alguien le habla. La gente quiere reírse, sí, pero para hacer mejor la digestión y para olvidar las penas. No quiere reírse para devolver lo que se ha tragado sin deber, que le puede sentar mal. Y mucho menos para digerir las penas. Y don Miguel insiste en otra cosa. Si se hace reír a la gente, no debe ser para que los movimientos del diafragma ayuden a la digestión. Debe ser para que vomiten lo que se han tragado. Porque así el estómago queda vacío de dulces y de comidas excesivas. Y con el estómago vacío se ve más claro el sentido de la vida y del universo. Y no acepta eso de la ironía sin hiel ni eso del humorismo discreto. Dice que donde no hay algo de hiel no hay ironía. Y dice que la discreción es enemiga del humorismo, o, como a él le gusta llamarlo, del malhumorismo.

Todo esto le lleva a una tarea muy desagradable y que nadie le agradece. Él dice que no es más que un masaje de la ingenuidad pública. Quiere ver si el ingenio colectivo de nuestro pueblo se va haciendo poco a poco más ágil y más fino. Porque le pone furioso que digan que nuestro pueblo, sobre todo el del sur, es ingenioso. «Hay pueblos que se recrean en las corridas de toros y hallan variedad y amenidad en ese espectáculo sencillísimo. Un pueblo así está juzgado en cuanto a mentalidad», dice. Y añade que no puede haber mentalidad más simple y más córnea que la de un aficionado a los toros. ¡Vaya usted con paradojas más o menos humorísticas a uno que acaba de entusiasmarse con una estocada de Vicente Pastor! Y odia el estilo gracioso de los que escriben crónicas de toros, esos sacerdotes del juego de vocablos. Y odia toda esa basura del ingenio barato, de andar por casa.

Si a esto se añaden los juegos con ideas metafísicas que tanto le gustan, se entiende otra cosa. Se entiende que mucha gente deje de leerle con disgusto. A unos, esas cosas les dan dolor de cabeza. Otros recuerdan aquello de *sancta sancte tractanda sunt*, lo santo ha de tratarse santamente. Y creen que con esas ideas no se deben hacer bromas ni juegos. Pero él responde a esto con una pregunta. ¿Por qué tienen que pedir seriedad para ciertas cosas los hijos espirituales de quienes se burlaron de las más santas? Es decir, de quienes se burlaron de las creencias y esperanzas que más consolaban a sus hermanos. Si alguien se ha burlado de Dios, ¿por qué no vamos a burlarnos de la Razón? ¿Y por qué no de la Ciencia, y hasta de la Verdad? Y si nos han quitado nuestra esperanza más querida y más íntima, ¿por qué no vamos a confundirlo todo? Así mataremos el tiempo y la eternidad, y así nos vengaremos.

También es fácil que alguien diga que en este libro hay pasajes escabrosos, o incluso pornográficos. Pero don Miguel ya ha tenido buen cuidado de hacerme decir a mí algo sobre esto. Me lo hace decir en el curso de esta *nivola*. Y está dispuesto a protestar contra esa acusación. Dirá que las crudezas que puedan encontrarse aquí no quieren agradar los deseos de la carne pecadora. Solo quieren ser un punto de partida para que la imaginación llegue a otras ideas.

Todos los que le conocen saben bien que odia toda forma de pornografía. Y no solo por las razones morales de siempre. También porque cree que la obsesión por el sexo es lo que más estropea la inteligencia. Los escritores pornográficos, o simplemente eróticos, le parecen los menos inteligentes, los más pobres de ingenio; en fin, los más tontos. Le he oído hablar de los tres vicios clásicos: las mujeres, el juego y el vino. Según él, los dos primeros estropean la mente más que el tercero. Y quede claro que don Miguel solo bebe agua. «A un borracho se le puede hablar —me decía una vez—, y hasta dice cosas. Pero ¿quién resiste la conversación de un jugador o un mujeriego? No hay por debajo de ella sino la de un aficionado a toros, colmo y copete de la estupidez.»

Por otra parte, a mí no me extraña esta unión de lo erótico con lo metafísico. Porque creo saber que nuestros pueblos empezaron siendo guerreros y religiosos, como muestran sus literaturas. Más tarde pasaron a ser eróticos y metafísicos. El culto a la mujer llegó al mismo tiempo que el culto a las ideas sutiles y complicadas. En el amanecer espiritual de nuestros pueblos, en la Edad Media, la sociedad era bárbara. Sentía la exaltación religiosa, y hasta mística, y también la exaltación guerrera: la espada lleva una cruz en el puño. Pero la mujer ocupaba un lugar muy pequeño y secundario en su imaginación. Y las ideas puramente filosóficas dormían, envueltas en teología, en los claustros de los conventos. Lo erótico y lo metafísico crecen juntos. La religión es guerrera; la metafísica es erótica o voluptuosa.

Puede ser que la religiosidad haga al hombre guerrero o luchador. O puede ser que el gusto por la lucha le haga religioso. Por otro lado está el instinto metafísico: la curiosidad de saber lo que no nos importa, el pecado original, en fin. Ese instinto es lo que hace sensual al hombre. O bien es la sensualidad la que, como a Eva, le despierta el instinto metafísico. Es el deseo de conocer la ciencia del bien y del mal. Y luego está la mística, una metafísica de la religión que nace de la sensualidad de la lucha.

Esto lo sabía bien aquella cortesana de Atenas llamada Teodota. Jenofonte cuenta en sus *Recuerdos* la conversación que ella tuvo con Sócrates. A Teodota le encantaba la manera de investigar del filósofo. O mejor, le encantaba su manera de ayudar a nacer la verdad, como una partera. Y le propuso que fuera su celestino y la ayudara a cazar amigos. (*Synthérates*, con-cazador, dice el texto, según don Miguel, profesor de griego. A él le debo esta noticia tan interesante y que tanto revela.) Toda aquella conversación entre Teodota, la cortesana, y Sócrates, el filósofo partero, es interesantísima. Y en ella se ve muy claro el parentesco íntimo que hay entre los dos oficios. Se ve que la filosofía es en gran parte lenocinio, y el lenocinio es también filosofía.

Y si todo esto no es así como digo, no se me negará al menos que es ingenioso, y basta.

Por otra parte, mi querido maestro don Fulgencio Entrambosmares del Aquilón no estará de acuerdo con esta división mía. Lo sé muy bien. Yo pongo a un lado la religión y la belicosidad, y al otro lado la filosofía y lo erótico. Don Miguel ha hablado de don Fulgencio con mucho detalle en su novela o *nivola* *Amor y Pedagogía*. Supongo que el ilustre autor del *Ars magna combinatoria* hará una lista. Pondrá una religión guerrera y una religión erótica, una metafísica guerrera y otra erótica. También un erotismo religioso y un erotismo metafísico, un belicosismo metafísico y otro religioso. Y, por otra parte, una religión metafísica y una metafísica religiosa, un erotismo guerrero y un belicosismo erótico. Todo esto aparte de la religión religiosa, la metafísica metafísica, el erotismo erótico y el belicosismo belicoso. Eso hace diez y seis combinaciones binarias. ¡Y no digo nada de las ternarias, como, por ejemplo, una religión metafísico-erótica o una metafísica guerrero-religiosa! Pero yo no tengo el ingenio combinatorio sin fin de don Fulgencio. Y mucho menos tengo las ganas de confundir y de indefinir de don Miguel.

Se me ocurren muchas cosas sobre el final inesperado de este relato. También sobre la versión que da don Miguel de la muerte de mi desgraciado amigo Augusto. Yo creo que esa versión es falsa. Pero no voy a ponerme ahora a discutir en este prólogo con mi prologado, el autor al que pongo este prólogo. Sin embargo, para tranquilizar mi conciencia, debo dejar algo claro. Estoy profundamente convencido de que Augusto Pérez se suicidó de verdad. Cumplió el plan de suicidarse que me contó en nuestra última conversación. Y se suicidó en la realidad y de hecho, no solo en la idea y en el deseo. Creo tener pruebas seguras de mi opinión. Tengo tantas y tan buenas pruebas que ya no es una opinión, sino un conocimiento.

Y con esto acabo.

Víctor Goti.

### Glosario

- **libre albedrío**: libertad de una persona para decidir sus actos.
- **ingenuidad**: forma de ser de quien cree todo y no ve malicia en nada.
- **colmos**: chistes con juego de palabras del tipo «¿Cuál es el colmo de...?».
- **bastardilla**: letra inclinada, cursiva; la versalita es una mayúscula pequeña.
- **bufo trágico**: personaje cómico, como un bufón, que es trágico al mismo tiempo.
- **motes**: nombres que se dan a una persona o cosa, a menudo en broma.
- **hiel**: líquido amargo del cuerpo; aquí, amargura, mala intención.
- **córnea**: de cuerno, dura como un cuerno; aquí, muy torpe.
- **escabrosos**: que tratan temas delicados, sobre todo de sexo.
- **celestino / lenocinio**: persona que ayuda a otras a tener relaciones amorosas / ese oficio.
- **sancta sancte tractanda sunt** (latín)**: las cosas santas se deben tratar santamente.
- **nivola**: palabra inventada por Víctor Goti, parecida a «novela», para un tipo nuevo de novela.
- **parentesco**: relación de familia; también, relación cercana entre dos cosas.
- **pantomima**: teatro sin palabras, solo con gestos.
- **desconfiado**: que no se fía de los demás.
- **saber a qué atenerse**: saber qué se puede esperar de algo o de alguien.
- **indefinir**: palabra inventada, lo contrario de «definir»: no separar ni poner límites claros.
- **digestión**: trabajo del estómago con la comida que hemos comido; **digerir** es hacer ese trabajo.
- **metafísica / metafísico**: parte de la filosofía que estudia lo que está más allá de las cosas físicas: el ser, el alma, Dios.
- **pornográficos**: que muestran el sexo de forma directa y cruda.
- **erótico / erotismo**: que tiene que ver con el amor sensual y el deseo.
- **belicosismo**: palabra inventada a partir de «belicoso» (que le gusta la guerra): espíritu guerrero.

## Post-prólogo

Con mucho gusto discutiría aquí algunas de las cosas que dice mi prologuista, Víctor Goti. Pero yo estoy en el secreto de su existencia —la de Goti—. Por eso prefiero dejarle a él toda la responsabilidad de lo que dice en ese prólogo suyo. Además, fui yo quien le pidió que me lo escribiera. Y me comprometí de antemano —o sea *a priori*— a aceptarlo tal como me lo diera. Así que no voy a rechazarlo. Ni siquiera voy a ponerme a corregirlo y rectificarlo ahora a posmano —o sea *a posteriori*—. Pero otra cosa es dejar pasar ciertas opiniones suyas sin añadir alguna mía.

No sé hasta qué punto es justo usar las confidencias que se hacen en la amistad más íntima. Tampoco sé si es justo contar al público opiniones que no eran para el público. Y Goti ha cometido en su prólogo una indiscreción. Ha publicado juicios míos que yo nunca tuve intención de hacer públicos. O por lo menos nunca quise que se publicaran con la crudeza con que yo los decía en privado.

Y en cuanto a lo que dice de que el desgraciado... Aunque, desgraciado, ¿por qué? Bien; supongamos que lo fue. Goti dice que el desgraciado, o lo que fuera, Augusto Pérez se suicidó. Dice que no murió como yo cuento su muerte, es decir, por mi decisión y mi voluntad totalmente libres. Y eso me hace sonreír. Hay opiniones, en efecto, que solo merecen una sonrisa. Y mi amigo y prologuista Goti debe tener mucho cuidado al discutir así mis decisiones. Porque, si me molesta mucho, acabaré por hacer con él lo mismo que hice con su amigo Pérez. Es decir, le dejaré morir o le mataré, como hacen los médicos. Mis lectores ya saben que los médicos viven en este dilema. O dejan morir al enfermo por miedo a matarle, o le matan por miedo a que se les muera. Y así yo soy capaz de matar a Goti si veo que se me va a morir. O de dejarle morir si temo que voy a tener que matarle.

Y no quiero hacer más largo este post-prólogo. Ya es bastante para darle la alternativa a mi amigo Víctor Goti, a quien agradezco su trabajo.

M. de U.

### Glosario

- **prologuista**: persona que escribe el prólogo de un libro.
- **a priori / a posteriori** (latín)**: antes / después; aquí, antes de leer el prólogo y después de leerlo.
- **a posmano**: palabra inventada como contraria de «de antemano»: después.
- **confidencias**: cosas secretas o íntimas que se cuentan a un amigo.
- **indiscreción**: acción de contar algo que debía quedar en secreto.
- **crudeza**: forma de hablar dura y directa, sin suavizar nada.
- **desgraciado**: persona que tiene muy mala suerte en la vida.
- **dilema**: situación en la que hay que elegir entre dos cosas, y las dos son malas.
- **darle la alternativa**: en los toros, ceremonia que convierte a un torero joven en matador; aquí, presentarle como escritor.

## I

NIEBLA

Augusto apareció en la puerta de su casa. Extendió el brazo derecho, con la mano abierta y la palma hacia abajo. Miró al cielo y se quedó un momento quieto así, como una estatua, con aire augusto. No era que tomara posesión del mundo exterior. Solo miraba si llovía. Sintió en el dorso de la mano el fresco del lento orvallo, y frunció el ceño. Tampoco era que le molestase la llovizna. Le molestaba tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan fino, cerrado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto.

«Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas —pensó Augusto—; tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comerla! Esto cambiará en el cielo. Allí todo nuestro trabajo será contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Y ese trabajo no será más pequeño, sino más grande. Aquí, en esta pobre vida, solo nos preocupamos de servirnos de Dios. Queremos abrirlo como a un paraguas, para que nos proteja de toda clase de males.»

Esto se dijo, y se agachó para subirse un poco los pantalones. Por fin abrió el paraguas. Se quedó un momento parado, pensando: «Y ahora, ¿hacia dónde voy? ¿Voy a la derecha o a la izquierda?». Porque Augusto no era un caminante, sino un paseante de la vida. «Esperaré a que pase un perro —se dijo—, y tomaré la primera dirección que él tome.»

En ese momento no pasó por la calle un perro, sino una moza guapa y llena de vida. Y Augusto se fue detrás de sus ojos, como atraído por un imán, sin darse cuenta.

Y así una calle, y otra, y otra.

«Pero aquel niño —iba diciéndose Augusto, que más que pensar hablaba consigo mismo—, ¿qué hará allí, tumbado boca abajo en el suelo? ¡Seguro que mira alguna hormiga! ¡La hormiga, bah, uno de los animales más hipócritas! Casi no hace otra cosa que pasearse y hacernos creer que trabaja. Es como ese gandul que va ahí con prisa, empujando con el codo a todos los que se cruzan con él. Estoy seguro de que no tiene nada que hacer. ¡Qué va a tener que hacer, hombre, qué va a tener que hacer! Es un vago, un vago como... ¡No, yo no soy un vago! Mi imaginación no descansa. Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan. Solo se aturden y ahogan el pensamiento. Porque, vamos a ver, ese chocolatero ridículo detrás de ese cristal... Ahí se pone, moviendo su rodillo para que le veamos. Ese exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino un vago? Y a nosotros, ¿qué nos importa si trabaja o no? ¡El trabajo! ¡El trabajo! ¡Hipocresía! Trabajo de verdad es el de ese pobre paralítico que va ahí, medio arrastrándose... Pero ¿y yo qué sé? ¡Perdone, hermano! —esto lo dijo en voz alta—. ¿Hermano? ¿Hermano en qué? ¡En parálisis! Dicen que todos somos hijos de Adán. Y este, Joaquinito, ¿es también hijo de Adán? ¡Adiós, Joaquín! ¡Vaya, ya tenemos el inevitable automóvil, ruido y polvo! ¿Y qué se gana con quitar así las distancias? La manía de viajar viene de topofobía y no de filotopía. El que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja. No va buscando cada lugar al que llega. Viajar... viajar... Qué trasto más molesto es el paraguas... Calla, ¿qué es esto?»

Y se paró en la puerta de una casa. Allí había entrado la moza que le había llevado detrás de sus ojos, como un imán. Entonces Augusto se dio cuenta de que la había venido siguiendo. La portera de la casa le miraba con ojillos maliciosos. Y aquella mirada le dijo a Augusto lo que debía hacer. «Esta Cerbera espera —se dijo— que le pregunte el nombre y la situación de esta señorita a la que he seguido. Y es verdad, eso es lo que hay que hacer ahora. Si no, mi seguimiento quedaría sin coronación. Y eso no; las obras deben terminarse. ¡Odio lo imperfecto!» Metió la mano en el bolsillo y solo encontró un duro. No era momento de ir a cambiarlo. Perdería tiempo y la ocasión.

—Dígame, buena mujer —le preguntó a la portera, con el índice y el pulgar todavía en el bolsillo—. ¿Podría decirme aquí, en confianza y para *inter nos*, el nombre de esta señorita que acaba de entrar?

—Eso no es ningún secreto ni nada malo, caballero.

—Por eso mismo.

—Pues se llama doña Eugenia Domingo del Arco.

—¿Domingo? Será Dominga...

—No, señor, Domingo; Domingo es su primer apellido.

—Pues cuando se trata de mujeres, ese apellido debería cambiarse por Dominga. Y si no, ¿dónde está la concordancia?

—No la conozco, señor.

—Y dígame... dígame... —seguía sin sacar los dedos del bolsillo—. ¿Cómo es que sale así, sola? ¿Es soltera o casada? ¿Tiene padres?

—Es soltera y huérfana. Vive con unos tíos...

—¿Paternos o maternos?

—Solo sé que son tíos.

—Basta, y hasta sobra.

—Se dedica a dar clases de piano.

—¿Y lo toca bien?

—Eso ya no lo sé.

—Bueno, bien, basta; y tome esto por la molestia.

—Gracias, señor, gracias. ¿Quiere algo más? ¿Puedo servirle en algo? ¿Desea que le lleve algún recado?

—Tal vez... tal vez... Por ahora no... ¡Adiós!

—Aquí estoy para lo que necesite, caballero. Y cuente con una absoluta discreción.

«Pues señor —iba diciéndose Augusto al separarse de la portera—, mira cómo me he quedado comprometido con esta buena mujer. Porque ahora no puedo dejarlo así, si quiero quedar bien. Si no, ¿qué dirá de mí esta portera modelo? ¿Así que... Eugenia Dominga, digo Domingo, del Arco? Muy bien, voy a apuntarlo, no sea que se me olvide. No hay más arte para la memoria que llevar un cuaderno de notas en el bolsillo. Ya lo decía mi inolvidable don Leoncio: ¡no metáis en la cabeza lo que os quepa en el bolsillo! Y yo añadiría, para completarlo: ¡no metáis en el bolsillo lo que os quepa en la cabeza! Y la portera, ¿cómo se llama la portera?»

Volvió unos pasos atrás.

—Dígame una cosa más, buena mujer...

—Usted dirá...

—Y usted, ¿cómo se llama?

—¿Yo? Margarita.

—¡Muy bien, muy bien... gracias!

—No hay de qué.

Augusto se marchó otra vez. Poco después se encontró en el paseo de la Alameda.

Ya no llovía. Cerró el paraguas, lo plegó y lo metió en su funda. Se acercó a un banco, lo tocó y vio que estaba húmedo. Sacó un periódico, lo puso sobre el banco y se sentó. Luego sacó su cartera de notas y su pluma estilográfica. «Este es un aparato utilísimo —se dijo—. Si no, tendría que apuntar con lápiz el nombre de esa señorita, y se podría borrar. ¿Se borrará su imagen de mi memoria? Pero ¿cómo es? ¿Cómo es la dulce Eugenia? Solo me acuerdo de unos ojos... Tengo la sensación del toque de unos ojos... Mientras yo soñaba con mis pensamientos líricos, unos ojos tiraban dulcemente de mi corazón. ¡Veamos! Eugenia Domingo, sí, Domingo, del Arco. ¿Domingo? No me acostumbro a que se llame Domingo... No; tengo que hacerle cambiar el apellido, para que se llame Dominga. Pero ¿y nuestros hijos varones? ¿Tendrán que llevar Dominga como segundo apellido? Y como quitarán el mío, este impertinente Pérez, y lo dejarán en una P., ¿se llamará nuestro primer hijo Augusto P. Dominga? Pero... ¿adónde me llevas, loca fantasía?» Y apuntó en su cartera: Eugenia Domingo del Arco, Avenida de la Alameda, 58. Encima de esta nota había estos dos endecasílabos:

De la cuna nos viene la tristeza

y también de la cuna la alegría...

«Vaya —se dijo Augusto—, esta Eugenita, la profesora de piano, me ha cortado un excelente principio de poesía lírica trascendental. Se me ha quedado interrumpida. ¿Interrumpida?... Sí, el hombre solo busca en lo que le pasa, en los cambios de la suerte, comida para su tristeza o su alegría. Y esa tristeza o esa alegría nacen con él. Un mismo hecho es triste o alegre según nuestro carácter, el que tenemos desde que nacemos. ¿Y Eugenia? Tengo que escribirle. Pero no desde aquí, sino desde casa. ¿O mejor voy al Casino? No, a casa, a casa. Estas cosas se hacen desde casa, desde el hogar. ¿Hogar? Mi casa no es un hogar. Hogar... hogar... ¡Más bien un cenicero! ¡Ay, mi Eugenia!»

Y Augusto volvió a su casa.

### Glosario

- **orvallo / llovizna**: lluvia muy fina.
- **paseante de la vida**: persona que va por la vida sin un fin, solo paseando.
- **gandul**: persona que no quiere trabajar.
- **topofobía / filotopía**: palabras inventadas: miedo u odio a los lugares / amor a los lugares.
- **Cerbera**: forma femenina de Cerbero, el perro que guardaba la puerta del infierno; aquí, en broma, la portera.
- **coronación**: aquí, final perfecto de una cosa.
- **duro**: moneda antigua de cinco pesetas.
- **inter nos** (latín)**: entre nosotros, en secreto.
- **concordancia**: en gramática, cuando el masculino o el femenino de las palabras coincide.
- **endecasílabos**: versos de once sílabas.
- **fruncir el ceño**: arrugar la frente entre los ojos porque algo no gusta.
- **agacharse**: doblar el cuerpo hacia abajo.
- **hormiga**: insecto muy pequeño que vive en grupos grandes y parece trabajar siempre.
- **aturdirse**: perder la claridad de la mente con ruido o con mucha actividad.
- **ahogar**: no dejar respirar; aquí, no dejar vivir el pensamiento.
- **exhibicionista**: persona que se muestra para que todos la vean.
- **paralítico / parálisis**: persona que no puede mover una parte del cuerpo / ese problema.
- **ojillos**: ojos pequeños.
- **maliciosos**: que piensan mal de algo o buscan un secreto.
- **huérfana**: chica o mujer cuyos padres han muerto.
- **Casino**: club privado de señores para hablar, leer y jugar; no es un lugar de apuestas.

## II

Al abrirle el criado la puerta...

Augusto era rico y estaba solo, porque su anciana madre había muerto solo seis meses antes de estos pequeños sucesos. Vivía con un criado y una cocinera. Eran sirvientes antiguos de la casa e hijos de otros sirvientes que habían trabajado en ella. El criado y la cocinera estaban casados entre sí, pero no tenían hijos.

Al abrirle el criado la puerta, Augusto le preguntó si había venido alguien mientras él estaba fuera.

—Nadie, señorito.

Esta pregunta y esta respuesta eran como un rito, porque Augusto casi no recibía visitas en casa.

Entró en su gabinete, cogió un sobre y escribió en él: «Señorita doña Eugenia Domingo del Arco. E. P. M.». Y enseguida, delante del papel blanco, apoyó la cabeza en las dos manos y los codos en el escritorio, y cerró los ojos. «Pensemos primero en ella», se dijo. Y en la oscuridad intentó atrapar el brillo de aquellos otros ojos que le habían llevado tras ellos por azar.

Estuvo así un rato, tratando de ver la figura de Eugenia. Pero casi no la había visto, así que tuvo que imaginarla. Gracias a este trabajo de la memoria, fue apareciendo en su fantasía una figura vaga, rodeada de sueños. Y se quedó dormido. Se quedó dormido porque había pasado mala noche, sin poder dormir.

—¡Señorito!

—¿Eh? —dijo él, despertándose.

—Ya está servido el almuerzo.

¿Qué le había despertado? ¿Fue la voz del criado? ¿O fue el apetito, y aquella voz era solo su eco? ¡Misterios psicológicos! Así pensó Augusto, y se fue al comedor diciéndose: ¡oh, la psicología!

Se comió con mucho gusto su almuerzo de todos los días: un par de huevos fritos, un bistec con patatas y un trozo de queso Gruyère. Luego tomó su café y se echó en la mecedora. Encendió un puro habano y se lo llevó a la boca. Y diciéndose «¡Ay, mi Eugenia!», se preparó para pensar en ella.

«¡Mi Eugenia, sí, la mía —iba diciéndose—, esta que me estoy inventando yo solo! Y no la otra, no la de carne y hueso. No la que vi pasar por la puerta de mi casa, aparición casual. No la de la portera. ¿Aparición casual? ¿Y qué aparición no lo es? ¿Cuál es la lógica de las apariciones? Es la misma lógica de estas figuras que forman las nubes de humo del puro, una detrás de otra. ¡El azar! El azar es el ritmo íntimo del mundo, el azar es el alma de la poesía. ¡Ah, mi Eugenia, que me llegas por azar! Esta vida mía, tranquila, de rutina, humilde, es una oda pindárica. Está tejida con las mil pequeñas cosas de cada día. ¡Lo de cada día! ¡El pan nuestro de cada día, dánosle hoy! Dame, Señor, las mil pequeñeces de cada día. Los hombres no morimos por las grandes penas ni por las grandes alegrías. Y es porque esas penas y esas alegrías vienen tapadas por una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida es esto, la niebla. La vida es una nebulosa. Ahora sale de ella Eugenia. ¿Y quién es Eugenia? Ah, ahora me doy cuenta de que hace tiempo que la buscaba. Y mientras yo la buscaba, ella me ha salido al encuentro. ¿No es esto encontrar algo? Cuando uno descubre una aparición que buscaba, ¿no es que la aparición tiene compasión de su búsqueda y viene a su encuentro? ¿No salió América a buscar a Colón? ¿No ha venido Eugenia a buscarme a mí? ¡Eugenia! ¡Eugenia! ¡Eugenia!»

Y Augusto se encontró diciendo en voz alta el nombre de Eugenia. El criado pasaba en ese momento junto al comedor. Al oírle llamar, entró y dijo:

—¿Llamaba, señorito?

—¡No, a ti no! Pero, calla, ¿no te llamas tú Domingo?

—Sí, señorito —respondió Domingo, sin ninguna sorpresa por la pregunta.

—¿Y por qué te llamas Domingo?

—Porque así me llaman.

«Bien, muy bien —se dijo Augusto—; nos llamamos como nos llaman. En los tiempos de Homero, las personas y las cosas tenían dos nombres. Uno era el que les daban los hombres, y otro el que les daban los dioses. ¿Cómo me llamará Dios? ¿Y por qué no puedo llamarme yo de otra manera, distinta de como me llaman los demás? ¿Por qué no puedo dar a Eugenia un nombre distinto del que le dan los demás, del que le da Margarita, la portera? ¿Cómo la llamaré?»

—Puedes irte —le dijo al criado.

Se levantó de la mecedora, fue al gabinete, cogió la pluma y se puso a escribir:

«Señorita: Esta misma mañana, bajo la dulce llovizna del cielo, pasó usted, aparición casual, por delante de la puerta de la casa donde aún vivo y donde ya no tengo hogar. Cuando desperté, fui a la puerta de la suya, y no sé si allí tiene usted hogar o no lo tiene. Me habían llevado allí sus ojos. Sus ojos, que son refulgentes estrellas mellizas en la nebulosa de mi mundo. Perdóneme, Eugenia, y deje que la llame con confianza por este dulce nombre. Perdóneme también la lírica. Yo vivo en perpetua lírica infinitesimal.

No sé qué más decirle. Sí, sí lo sé. Pero tengo tanto, tanto que decirle, que creo mejor dejarlo para cuando nos veamos y nos hablemos. Porque eso es lo que deseo ahora: que nos veamos, que nos hablemos, que nos escribamos, que nos conozcamos. Después... Después, ¡Dios y nuestros corazones dirán!

¿Me escuchará usted, pues, Eugenia, dulce aparición de mi vida de cada día? ¿Me dará usted oídos?

Sumido en la niebla de su vida, espera su respuesta

Augusto Pérez.»

Y firmó con su rúbrica, diciéndose: «Me gusta esta costumbre de la rúbrica porque es inútil».

Cerró la carta y salió otra vez a la calle.

«¡Gracias a Dios —se decía camino de la Avenida de la Alameda—, gracias a Dios que sé adónde voy y que tengo adónde ir! Esta Eugenia mía es una bendición de Dios. Ya ha dado un fin, una meta, a mis paseos sin rumbo por las calles. Ya tengo una casa a la que dar vueltas; ya tengo una portera que guarda mis secretos...»

Mientras iba así hablando consigo mismo, se cruzó con Eugenia. Pero ni siquiera notó el brillo de sus ojos. La niebla de su espíritu era demasiado espesa. Eugenia, en cambio, sí se fijó en él, y se dijo: «¿Quién será este joven? ¡No tiene mala presencia y parece que tiene dinero!». Y es que, sin darse cuenta clara, adivinó que era el que la había seguido por la mañana. Las mujeres siempre saben cuándo las miran, aunque no las vean. Y saben cuándo las ven sin mirarlas.

Y los dos, Augusto y Eugenia, siguieron en direcciones contrarias. Con sus almas iban cortando la enredada telaraña espiritual de la calle. Porque la calle es como un tejido. En él se cruzan miradas de deseo, de envidia, de desprecio, de compasión, de amor y de odio. Se cruzan viejas palabras cuyo espíritu se quedó como cristal, y pensamientos y deseos. Es toda una tela misteriosa que envuelve las almas de los que pasan.

Por fin Augusto se encontró una vez más ante Margarita, la portera, ante la sonrisa de Margarita. Al verle, lo primero que hizo ella fue sacar la mano del bolsillo del delantal.

—Buenas tardes, Margarita.

—Buenas tardes, señorito.

—Augusto, buena mujer, Augusto.

—Don Augusto —añadió ella.

—No a todos los nombres les sienta bien el don —dijo él—. De Juan a don Juan hay un abismo, y lo mismo hay de Augusto a don Augusto. ¡Pero... sea! ¿Ha salido la señorita Eugenia?

—Sí, hace un momento.

—¿En qué dirección?

—Por ahí.

Y Augusto se fue por ahí. Pero al rato volvió. Se le había olvidado la carta.

—¿Me hace el favor, señora Margarita, de hacer llegar esta carta a las propias blancas manos de la señorita Eugenia?

—Con mucho gusto.

—Pero a sus propias blancas manos, ¿eh? A sus manos, tan blancas como el marfil de las teclas del piano que acarician.

—Sí, ya, lo sé de otras veces.

—¿De otras veces? ¿Qué es eso de otras veces?

—Pero ¿es que el caballero cree que esta es la primera carta de esta clase...?

—¿De esta clase? Pero ¿usted sabe de qué clase es mi carta?

—Claro. Como las otras.

—¿Como las otras? ¿Como qué otras?

—¡Pues pocos pretendientes que ha tenido la señorita...!

—Ah, ¿pero ahora está libre?

—¿Ahora? No, no, señor. Tiene algo así como un novio... aunque creo que solo es aspirante a novio... Quizá lo tiene a prueba... puede ser que sea novio por un tiempo, mientras tanto...

—¿Y por qué no me lo dijo?

—Como usted no me lo preguntó...

—Es verdad. Sin embargo, entréguele esta carta, y en sus propias manos, ¿entiende? ¡Lucharemos! ¡Y tome otro duro!

—Gracias, señor, gracias.

A Augusto le costó separarse de allí, porque la conversación de Margarita, la portera, llena de niebla y de cada día, empezaba a gustarle. ¿No era, después de todo, una manera de matar el tiempo?

«¡Lucharemos! —iba diciéndose Augusto calle abajo—. ¡Sí, lucharemos! ¿Así que tiene otro novio, otro aspirante a novio...? ¡Lucharemos! *Militia est vita hominis super terram*. Mi vida ya tiene un fin; ya tengo una conquista que hacer. ¡Oh, Eugenia, mi Eugenia, tienes que ser mía! Por lo menos, mi Eugenia, esta que me he inventado con la visión rápida de aquellos ojos, de aquella pareja de estrellas en mi nebulosa. ¡Esta Eugenia sí tiene que ser mía! Y la otra, la de la portera, que sea de quien sea. ¡Lucharemos! Lucharemos y venceré. Tengo el secreto de la victoria. ¡Ah, Eugenia, mi Eugenia!»

Y se encontró en la puerta del Casino, donde Víctor ya le esperaba para jugar la partida de ajedrez de todos los días.

### Glosario

- **criado / cocinera**: hombre que sirve en una casa / mujer que cocina en una casa.
- **señorito**: nombre que los criados dan al joven señor de la casa.
- **gabinete**: habitación de la casa para trabajar, leer o escribir.
- **E. P. M.**: «En propia mano»: la carta se debe dar a la persona misma.
- **oda pindárica**: poema largo y solemne, como los del poeta griego Píndaro.
- **nebulosa**: nube de estrellas y gas en el cielo; aquí, algo confuso y sin forma.
- **rúbrica**: dibujo o adorno que se hace con la pluma junto a la firma.
- **pretendiente**: hombre que quiere ser novio o marido de una mujer.
- **Militia est vita hominis super terram** (latín)**: la vida del hombre en la tierra es una lucha.
- **Casino**: club privado donde los señores se reúnen a charlar y jugar.

## III

—Hoy has llegado un poco tarde, chico —le dijo Víctor a Augusto—. ¡Tú, que eres siempre tan puntual!

—Qué quieres... quehaceres...

—¿Quehaceres, tú?

—Pero ¿es que crees que solo tienen quehaceres los agentes de bolsa? La vida es mucho más compleja de lo que tú te imaginas.

—O yo soy más simple de lo que tú crees...

—Todo puede ser.

—¡Bien, empieza tú!

Augusto movió dos casillas el peón del rey. Otras veces cantaba en voz baja trozos de ópera. Pero esta vez se quedó diciéndose: «¡Eugenia, Eugenia, Eugenia, mi Eugenia, finalidad de mi vida, dulce brillo de estrellas mellizas en la niebla, lucharemos! Aquí, en esto del ajedrez, sí que hay lógica. Y sin embargo, ¡qué lleno de niebla, qué casual es todo al final! ¿No será también la lógica algo casual, algo de azar? Y esa aparición de mi Eugenia, ¿no será algo lógico? ¿No será parte de un ajedrez divino?»

—Pero, hombre —le interrumpió Víctor—, ¿no quedamos en que no se puede volver atrás una jugada? ¡Pieza tocada, pieza jugada!

—Sí, en eso quedamos.

—Pues si haces eso, te como gratis ese alfil.

—Es verdad, es verdad; me había distraído.

—Pues no hay que distraerse, que el que juega no asa castañas. Y ya lo sabes: pieza tocada, pieza jugada.

—¡Vamos, sí, lo irreparable!

—Así debe ser. Y en eso está lo que este juego tiene de educativo.

«¿Y por qué no puede uno distraerse en el juego? —se decía Augusto—. ¿Es la vida un juego o no lo es? ¿Y por qué no se pueden volver atrás las jugadas? ¡Esto es la lógica! Quizá la carta ya esté en manos de Eugenia. *¡Alea iacta est!* A lo hecho, pecho. ¿Y mañana? ¡Mañana es de Dios! ¿Y ayer, de quién es? ¿De quién es ayer? ¡Oh, ayer, tesoro de los fuertes! ¡Santo ayer, sustancia de la niebla de cada día!»

—¡Jaque! —volvió a interrumpirle Víctor.

—Es verdad, es verdad... veamos... Pero ¿cómo he dejado que las cosas lleguen a este punto?

—Distrayéndote, hombre, como siempre. Si no fueras tan distraído, serías uno de nuestros mejores jugadores.

—Pero dime, Víctor, ¿la vida es juego o es distracción?

—Es que el juego no es más que distracción.

—Entonces, ¿qué más da distraerse de una manera o de otra?

—Hombre, si se juega, hay que jugar bien.

—¿Y por qué no jugar mal? ¿Y qué es jugar bien, y qué es jugar mal? ¿Por qué no podemos mover estas piezas de otra manera distinta de como las movemos?

—Esa es la tesis, amigo Augusto. Me la has enseñado tú, que eres un filósofo ilustre.

—Bueno, pues voy a darte una gran noticia.

—¡Venga!

—Pero asómbrate, chico.

—Yo no soy de los que se asombran *a priori*, de antemano.

—Pues ahí va: ¿sabes lo que me pasa?

—Que cada vez estás más distraído.

—Pues me pasa que me he enamorado.

—Bah, eso ya lo sabía yo.

—¿Cómo que lo sabías...?

—Naturalmente. Tú estás enamorado *ab origine*, desde que naciste; tienes un amorío innato.

—Sí, el amor nace con nosotros cuando nacemos.

—No he dicho amor, sino amorío. Y yo ya sabía, sin que tuvieras que decírmelo, que estabas enamorado, o más bien enamoriscado. Lo sabía mejor que tú mismo.

—Pero ¿de quién? Dime, ¿de quién?

—Eso no lo sabes tú mejor que yo.

—Pues, calla, mira, quizá tengas razón...

—¿No te lo dije? Y si no, dime, ¿es rubia o morena?

—Pues la verdad es que no lo sé. Aunque me imagino que no debe de ser ni lo uno ni lo otro; vamos, así, de pelo castaño.

—¿Es alta o baja?

—Tampoco me acuerdo bien. Pero debe de ser normal. Pero ¡qué ojos, chico, qué ojos tiene mi Eugenia!

—¿Eugenia?

—Sí, Eugenia Domingo del Arco, Avenida de la Alameda, 58.

—¿La profesora de piano?

—La misma. Pero...

—Sí, la conozco. Y ahora... ¡jaque otra vez!

—Pero...

—¡He dicho jaque!

—Bueno...

Y Augusto cubrió el rey con un caballo. Y acabó perdiendo la partida.

Al despedirse, Víctor le puso la mano derecha sobre la nuca, como un yugo, y le dijo al oído en voz baja:

—Así que Eugenita la pianista, ¿eh? Bien, Augustito, bien; tú poseerás la tierra.

«¡Pero esos diminutivos —pensó Augusto—, esos terribles diminutivos!» Y salió a la calle.

### Glosario

- **quehaceres**: cosas que uno tiene que hacer, trabajos.
- **agentes de bolsa**: personas que compran y venden acciones de empresas para otros.
- **mellizas**: nacidas al mismo tiempo de la misma madre; aquí, dos estrellas iguales.
- **distraerse / distraído / distracción**: no prestar atención / que no presta atención / juego, cosa que se hace para pasar el tiempo.
- **irreparable**: que no se puede arreglar ni cambiar.
- **asómbrate**: sorpréndete mucho.
- **innato**: que uno tiene desde que nace.
- **diminutivos**: formas pequeñas de una palabra o un nombre, como «Eugenita» o «Augustito».
- **peón / alfil / caballo**: piezas del ajedrez.
- **jaque**: en el ajedrez, ataque directo al rey del otro jugador.
- **Pieza tocada, pieza jugada**: regla del ajedrez: si tocas una pieza, tienes que moverla.
- **el que juega no asa castañas**: refrán: cuando haces una cosa, no puedes hacer otra al mismo tiempo.
- **Alea iacta est** (latín)**: la suerte está echada; ya no se puede volver atrás.
- **A lo hecho, pecho**: refrán: hay que aceptar lo que ya se ha hecho.
- **ab origine** (latín)**: desde el origen, desde el principio.
- **amorío / enamoriscado**: amor poco serio / un poco enamorado.
- **yugo**: pieza de madera que une a dos bueyes por el cuello.

## IV

«¿Por qué el diminutivo es señal de cariño?—se iba diciendo Augusto camino de su casa—. ¿Es que el amor hace pequeña la cosa amada? ¡Enamorado yo! ¡Yo enamorado! ¡Quién lo iba a decir...! Pero ¿tendrá razón Víctor? ¿Seré un enamorado *ab initio*? Tal vez mi amor llegó antes que su objeto. Es más: este amor es el que lo ha hecho nacer. Es el que lo ha sacado de la niebla de la creación. Pero si yo adelanto aquella torre, no me da el mate, no me lo da. ¿Y qué es el amor? ¿Quién ha definido el amor? El amor definido deja de ser amor... Pero, Dios mío, ¿por qué permite el alcalde letras tan feas como esas en los carteles de las tiendas? Aquel alfil lo jugué mal. ¿Y cómo me he enamorado, si en realidad no puedo decir que la conozco? Bah, el conocimiento vendrá después. El amor va antes que el conocimiento, y el conocimiento mata al amor. El P. Zaramillo me enseñó *Nihil volitum quin praecognitum*. Pero yo he llegado a la conclusión contraria: *nihil cognitum quin praevolitum*. Dicen que conocer es perdonar. No, perdonar es conocer. Primero el amor, y el conocimiento después. Pero ¿cómo no vi que me daba mate al descubierto? Y para amar algo, ¿qué basta? ¡Vislumbrarlo! El vislumbre: esa es la intuición del amor, el vislumbre en la niebla. Luego las cosas se vuelven precisas y llega la visión perfecta. Entonces la niebla se convierte en gotas de agua, o en granizo, o en nieve, o en piedra. La ciencia es una pedrea. ¡No, no, niebla, niebla! ¡Ojalá fuera yo un águila para pasearme por dentro de las nubes! Y para ver el sol a través de ellas, como una luz también de niebla.

¡Oh, el águila! El águila de Patmos mira al sol cara a cara, pero no ve en la oscuridad de la noche. Un día se escapó del lado de San Juan. Y se encontró con la lechuza de Minerva, que ve en lo oscuro de la noche, pero no puede mirar al sol. La lechuza se había escapado del Olimpo. ¡Qué cosas se dirían el águila y la lechuza!»

Cuando llegó a este punto, Augusto se cruzó con Eugenia y no se fijó en ella.

«El conocimiento viene después...—siguió diciéndose—. Pero... ¿qué ha sido eso? Juraría que dos estrellas gemelas, brillantes y místicas, han pasado por mi órbita... ¿Habrá sido ella? El corazón me dice... ¡Pero, calla, ya estoy en casa!»

Y entró.

Se fue a su cuarto. Al ver la cama, se dijo: «¡Solo! ¡Dormir solo! ¡Soñar solo! Cuando dos personas duermen juntas, el sueño debe de ser común. Unas fuerzas misteriosas deben de unir los dos cerebros. ¿O será que, cuanto más se unen los corazones, más se separan las cabezas? Tal vez. Tal vez están en posiciones contrarias. Si dos amantes piensan lo mismo, sienten cosas contrarias. Si comparten el mismo sentimiento de amor, cada uno piensa una cosa distinta, tal vez la contraria. La mujer solo ama a su hombre mientras no piense como ella, es decir, mientras piense. Veamos a este honrado matrimonio.»

Muchas noches, antes de acostarse, Augusto jugaba una partida de tute con su criado, Domingo. Mientras tanto, la mujer de Domingo, la cocinera, miraba el juego.

Empezó la partida.

—¡Veinte en copas!—cantó Domingo.

—¡Decidme!—exclamó Augusto de pronto—. ¿Y si yo me casara?

—Muy bien hecho, señorito—dijo Domingo.

—Según y conforme—se atrevió a decir Liduvina, su mujer.

—Pues ¿no te casaste tú?—le preguntó Augusto.

—Según y conforme, señorito.

—¿Cómo que según y conforme? Habla.

—Casarse es muy fácil; pero no es tan fácil ser casado.

—Eso pertenece a la sabiduría popular, fuente de...

—Y la que vaya a ser mujer del señorito...—añadió Liduvina. Tenía miedo de que Augusto les soltara todo un monólogo.

—¿Qué? La que vaya a ser mi mujer, ¿qué? Vamos, ¡dilo, dilo, mujer, dilo!

—Pues que, como el señorito es tan bueno...

—Anda, dilo, mujer, dilo de una vez.

—Ya recuerda usted lo que decía la señora...

Cuando Liduvina nombró con respeto a su madre, Augusto dejó las cartas sobre la mesa. Su espíritu se quedó un momento en suspenso. Su madre, aquella dulce señora, hija de la desgracia, le había dicho muchas veces: «Yo ya no puedo vivir mucho, hijo mío; tu padre me está llamando. Quizá él me necesita más que tú. Así que, cuando yo me vaya de este mundo y tú te quedes solo en él, cásate, cásate lo antes posible. Trae a esta casa una dueña y señora. Y no es que yo no confíe en nuestros viejos y fieles criados, no. Pero trae un ama a la casa. Y que sea ama de casa, hijo mío, que sea ama. Hazla dueña de tu corazón, de tu bolsa, de tu despensa, de tu cocina y de tus decisiones. Busca una mujer que sepa mandar en una casa, que sepa querer... y gobernarte».

—Mi mujer tocará el piano—dijo Augusto, y se sacudió los recuerdos y la nostalgia.

—¡El piano! ¿Y eso para qué sirve?—preguntó Liduvina.

—¿Para qué sirve? Pues ahí está su mayor encanto: en que no sirve para nada, para nada de lo que se llama servir. Estoy harto de servicios...

—¿De los nuestros?

—¡No, de los vuestros no! Y además el piano sirve, sí que sirve... Sirve para llenar de armonía los hogares, para que no sean ceniceros.

—¡Armonía! ¿Y eso con qué se come?

—Liduvina... Liduvina...

La cocinera bajó la cabeza ante el dulce reproche. Era la costumbre de los dos.

—Sí, tocará el piano, porque es profesora de piano.

—Entonces no lo tocará—añadió Liduvina con firmeza—. Y si no, ¿para qué se casa?

—Mi Eugenia...—empezó Augusto.

—Ah, ¿pero se llama Eugenia y es maestra de piano?—preguntó la cocinera.

—Sí, ¿por qué?

—¿La que vive con unos tíos en la Avenida de la Alameda, encima de la tienda del señor Tiburcio?

—La misma. ¿Qué, la conoces?

—Sí... de vista...

—No, algo más, Liduvina, algo más. Vamos, habla. Mira que se trata del futuro y de la felicidad de tu amo...

—Es buena muchacha, sí, buena muchacha...

—Vamos, habla, Liduvina... ¡por la memoria de mi madre!...

—Acuérdese de sus consejos, señorito. Pero ¿quién anda en la cocina? ¿A que es el gato?...

Y la criada se levantó y se fue.

—¿Y qué, acabamos?—preguntó Domingo.

—Es verdad, Domingo, no podemos dejar así la partida. ¿A quién le toca salir?

—A usted, señorito.

—Pues allá va.

Y también perdió esa partida, por distraído.

«Pues, señor—se decía mientras se retiraba a su cuarto—, todos la conocen; todos la conocen menos yo. Esta es la obra del amor. ¿Y mañana? ¿Qué haré mañana? ¡Bah! A cada día le basta su propio cuidado. Ahora, a la cama.»

Y se acostó.

Y ya en la cama siguió diciéndose: «Pues la verdad es que me he estado aburriendo sin saberlo. Y dos años mortales... desde que murió mi santa madre... Sí, sí, hay un aburrimiento inconsciente. Casi todos los hombres nos aburrimos sin darnos cuenta. El aburrimiento es el fondo de la vida. Y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor. La niebla de la vida suelta, gota a gota, un dulce aburrimiento, un licor agridulce. Todos estos sucesos de cada día, sin importancia... Todas estas dulces conversaciones con que matamos el tiempo y alargamos la vida... ¿qué son sino un dulcísimo aburrirse? ¡Oh, Eugenia, mi Eugenia, flor de mi aburrimiento vital e inconsciente, ayúdame en mis sueños, sueña en mí y conmigo!»

Y se quedó dormido.

### Glosario

- **diminutivo**: forma pequeña de una palabra que muestra cariño, como «Eugenita» o «Augustito».
- **ab initio**: en latín: desde el principio.
- **mate al descubierto**: en el ajedrez, mate que llega cuando una pieza se mueve y deja libre el ataque de otra.
- **Nihil volitum quin praecognitum**: en latín: no se quiere nada que no se conozca antes. Augusto dice lo contrario: no se conoce nada que no se quiera antes.
- **vislumbrar / vislumbre**: ver algo apenas, de forma poco clara / esa visión poco clara.
- **pedrea**: lluvia o pelea de piedras.
- **el águila de Patmos / la lechuza de Minerva**: el águila es el símbolo de San Juan, que escribió en la isla de Patmos; la lechuza es el pájaro de la diosa Minerva, símbolo de la sabiduría.
- **tute**: juego de cartas; «veinte en copas» es una jugada de ese juego.
- **despensa**: lugar de la casa donde se guarda la comida.
- **agridulce**: que es dulce y amargo a la vez.

## V

Cruzaba las nubes. Era un águila brillante, con las fuertes alas perladas de rocío. Tenía los ojos de cazador fijos en la niebla del sol. Su corazón dormía en un dulce aburrimiento, protegido por un pecho hecho en las tormentas. A su alrededor estaba el silencio que forman los ruidos lejanos de la tierra. Y allá arriba, en lo más alto del cielo, dos estrellas mellizas derramaban un bálsamo invisible. De pronto, un grito agudo rompió el silencio. Decía: «*¡La Correspondencia...!*». Y Augusto vislumbró la luz de un nuevo día.

«¿Sueño o vivo?—se preguntó, y se tapó bien con la manta—. ¿Soy águila o soy hombre? ¿Qué dirá ese periódico? ¿Qué novedades me traerá el nuevo día? ¿Se habrá tragado esta noche un terremoto a Corcubión? ¿Y por qué no a Leipzig? ¡Oh, la asociación lírica de ideas, el desorden pindárico! El mundo es un caleidoscopio. La lógica la pone el hombre. El arte más alto es el del azar. Durmamos, pues, un rato más.» Y se dio media vuelta en la cama.

*¡La Correspondencia...!* ¡El vinagrero! Y luego un coche, y después un automóvil, y después unos niños.

«¡Imposible!—volvió a decirse Augusto—. Esto es la vida que vuelve. Y con ella vuelve el amor... ¿Y qué es el amor? ¿No es acaso la destilación de todo esto? ¿No es el jugo del aburrimiento? Pensemos en Eugenia; es un buen momento.»

Y cerró los ojos con la intención de pensar en Eugenia. ¿Pensar?

Pero este pensamiento se le fue disolviendo, se le fue derritiendo, y al poco rato no era más que una polca. Es que un piano de manubrio se había parado debajo de la ventana de su cuarto. Y estaba sonando. Y el alma de Augusto repetía notas como un eco; no pensaba.

«La esencia del mundo es musical—se dijo Augusto cuando murió la última nota del organillo—. Y mi Eugenia, ¿no es musical también? Toda ley es una ley de ritmo, y el ritmo es el amor. La divina mañana, la virginidad del día, me trae un descubrimiento: el amor es el ritmo. La ciencia del ritmo son las matemáticas. La expresión sensible del amor es la música. La expresión, no su realización; entendámonos.»

Lo interrumpió un golpecito en la puerta.

—¡Adelante!

—¿Llamaba, señorito?—dijo Domingo.

—¡Sí... el desayuno!

Había llamado sin darse cuenta, por lo menos hora y media antes que de costumbre. Y, una vez que había llamado, tenía que pedir el desayuno, aunque no era la hora.

«El amor despierta el apetito y lo adelanta—siguió diciéndose Augusto—. ¡Hay que vivir para amar! Sí, ¡y hay que amar para vivir!»

Se levantó a tomar el desayuno.

—¿Qué tiempo hace, Domingo?

—Como siempre, señorito.

—Vamos, sí, ni bueno ni malo.

—¡Eso!

Era la teoría del criado, que también tenía sus teorías.

Augusto se lavó, se peinó, se vistió y se arregló como quien ya tiene un objetivo en la vida. Estaba lleno de unas ganas íntimas de vivir. Aunque melancólico.

Salió a la calle, y muy pronto el corazón le tocó a rebato. «¡Calla—se dijo—, si yo ya la había visto, si yo la conocía desde hace mucho tiempo! Sí, su imagen casi ha nacido conmigo... ¡Madre mía, protégeme!» Y Eugenia, al cruzarse con él, lo saludó, todavía más con los ojos que con el sombrero.

Augusto estuvo a punto de volverse para seguirla. Pero ganaron el buen juicio y las ganas que tenía de charlar con la portera.

«Es ella, sí, es ella—siguió diciéndose—. Es ella, es la misma, es la que yo buscaba desde hace años, aun sin saberlo. Y es la que me buscaba a mí. Estábamos destinados el uno al otro en una armonía preestablecida. Somos dos mónadas que se completan la una a la otra. La familia es la verdadera célula social. Y yo no soy más que una molécula. ¡Qué poética es la ciencia, Dios mío! ¡Madre, madre mía, aquí tienes a tu hijo; aconséjame desde el cielo! ¡Eugenia, mi Eugenia...!»

De pronto se dio cuenta de que estaba abrazando el aire. Miró a todas partes, por si alguien lo estaba mirando. Y se dijo: «El amor es un éxtasis; nos saca de nosotros mismos».

Lo devolvió a la realidad—¿a la realidad?—la sonrisa de Margarita.

—¿Y qué, no hay novedad?—le preguntó Augusto.

—Ninguna, señorito. Todavía es muy pronto.

—¿No le preguntó nada cuando usted le dio la carta?

—Nada.

—¿Y hoy?

—Hoy sí. Me preguntó por sus señas, si yo lo conocía a usted y quién era. Me dijo que el señorito no se había acordado de poner la dirección de su casa. Y luego me dio un encargo...

—¿Un encargo? ¿Cuál? No dude.

—Me dijo que, si usted volvía por aquí, le dijera que estaba comprometida, que tiene novio.

—¿Que tiene novio?

—Ya se lo dije yo, señorito.

—No importa, ¡lucharemos!

—Bueno, lucharemos.

—¿Me promete usted su ayuda, Margarita?

—Claro que sí.

—¡Pues venceremos!

Y se fue. Se marchó a la Alameda para refrescar sus emociones mirando el verde de los árboles. Quería oír a los pájaros cantar sus amores. Su corazón también se volvía verde. Y dentro de él cantaban, como ruiseñores, recuerdos de la infancia que volaban con alas.

Sobre todo, estaba el cielo de los recuerdos de su madre. Ese cielo derramaba una luz derretida y dulce sobre todas sus demás memorias.

De su padre casi no se acordaba. Era una sombra mítica que se le perdía en lo más lejano. Era una nube de sangre, como las nubes del atardecer. De sangre, porque Augusto, cuando todavía era muy pequeño, lo vio bañado en sangre por un vómito, como un cadáver. Y aún resonaba en su corazón, después de tanto tiempo, aquel ¡hijo! de su madre, que rompió el silencio de la casa. No se sabía si aquel ¡hijo! iba dirigido al padre moribundo o a él, a Augusto. Y el niño se había quedado duro como una piedra, sin comprender el misterio de la muerte.

Poco después, su madre, temblando de dolor, lo apretaba contra su pecho. Con una letanía de ¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡hijo mío! lo bautizaba en lágrimas de fuego. Y él lloró también, apretado contra su madre. No se atrevía a volver la cara ni a sacarla de la dulce oscuridad de aquel regazo que latía. Tenía miedo de encontrarse con los ojos devoradores del Coco.

Y así pasaron días de llanto y de negrura. Hasta que las lágrimas se fueron hacia dentro y la casa fue perdiendo, poco a poco, su negrura.

Era una casa dulce y tibia. La luz entraba entre las flores blancas bordadas en los visillos. Las butacas abrían sus brazos con la confianza de unos abuelos que los años han vuelto niños. Allí estaba siempre el cenicero con la ceniza del último puro que fumó su padre. Y allí, en la pared, estaba el retrato de los dos, del padre y de la madre, que ya era viuda. Lo habían hecho el mismo día de su boda. Él, que era alto, estaba sentado, con una pierna cruzada sobre la otra. Enseñaba la lengüeta de la bota. Ella, que era bajita, estaba de pie a su lado. Apoyaba la mano en el hombro de su marido. Era una mano fina, que no parecía hecha para agarrar, sino para posarse como una paloma.

Su madre iba y venía sin hacer ruido, como un pajarillo, siempre vestida de negro. Siempre tenía una sonrisa en la boca y alrededor de sus ojos, que lo miraban todo con atención. Esa sonrisa era el resto que habían dejado las lágrimas de los primeros días de viudez. «Tengo que vivir para ti, solo para ti—le decía por las noches, antes de acostarse—, Augusto.» Y él llevaba a sus sueños un beso todavía húmedo de lágrimas.

Como un sueño dulce se les iba la vida.

Por las noches, su madre le leía algo. Unas veces era la vida del santo del día; otras, una novela de Julio Verne o algún cuento inocente y sencillo. Y algunas veces hasta se reía, con una risa silenciosa y dulce que olía a lágrimas lejanas.

Luego Augusto entró en el Instituto, y por las noches era su madre quien le tomaba las lecciones. Y ella estudiaba para poder tomárselas. Estudió todos aquellos nombres raros de la historia universal. Solía decirle sonriendo: «Pero ¡cuántas barbaridades han podido hacer los hombres, Dios mío!». Estudió matemáticas, y en eso fue en lo que más destacó aquella dulce madre. «Si mi madre llega a dedicarse a las matemáticas...», se decía Augusto. Y recordaba el interés con que ella seguía el desarrollo de una ecuación de segundo grado. Estudió psicología, y eso era lo que más le costaba. «Pero ¡qué ganas de complicar las cosas!», solía decir. Estudió física, química e historia natural. De la historia natural no le gustaban aquellos nombres raros que se dan a los animales y a las plantas. La fisiología le causaba horror, y dejó de tomarle esas lecciones a su hijo. Solo con ver aquellos dibujos del corazón o de los pulmones al desnudo, veía otra vez la muerte sangrienta de su marido. «Todo esto es muy feo, hijo mío—le decía—; no estudies para médico. Lo mejor es no saber cómo tiene uno las cosas por dentro.»

Cuando Augusto terminó el bachillerato, su madre lo tomó en brazos y le miró el bozo. Rompió a llorar y exclamó: «¡Si viviera tu padre...!». Después lo hizo sentarse sobre sus rodillas. Él, que ya era un chico grande, se sentía avergonzado. Y así lo tuvo, en silencio, mirando el cenicero de su difunto marido.

Y luego vinieron su carrera y sus amigos de la universidad. Y vino la melancolía de la pobre madre, al ver que su hijo empezaba a probar sus alas. «Yo para ti, yo para ti—solía decirle—, y tú, ¡quién sabe para qué otra!... Así es el mundo, hijo.» El día en que Augusto se hizo licenciado en derecho, su madre lo recibió al llegar a casa. Le tomó la mano y se la besó con una seriedad un poco cómica. Luego lo abrazó y le dijo al oído: «¡Tu padre te bendiga, hijo mío!».

Su madre nunca se acostaba antes que él, y lo dejaba en la cama con un beso. Por eso él nunca pudo trasnochar. Y su madre era lo primero que veía al despertarse. Y en la mesa, lo que él no comía, tampoco lo comía ella.

Salían a menudo juntos de paseo. Así iban, en silencio, bajo el cielo. Ella pensaba en su difunto, y él pensaba en lo primero que pasaba ante sus ojos. Y ella le decía siempre las mismas cosas, cosas de cada día, muy antiguas y siempre nuevas. Muchas de ellas empezaban así: «Cuando te cases...».

Siempre que se cruzaban con alguna muchacha hermosa, o por lo menos bonita, su madre miraba a Augusto con el rabillo del ojo.

Y llegó la muerte. Fue una muerte lenta, seria y dulce, sin dolor. Entró de puntillas y sin ruido, como un ave de paso. Y se la llevó volando despacio, en una tarde de otoño. Murió con su mano en la mano de su hijo y con sus ojos en los ojos de él. Augusto sintió que la mano se enfriaba y que los ojos se quedaban quietos. Dejó un beso caliente en aquella mano fría y luego la soltó. Le cerró los ojos. Se arrodilló junto a la cama, y por encima de él pasó la historia de aquellos años iguales.

Y ahora estaba aquí, en la Alameda, bajo el canto de los pájaros, pensando en Eugenia. Y Eugenia tenía novio. «Lo que temo, hijo mío—solía decirle su madre—, es el día en que encuentres la primera espina en el camino de tu vida.» ¡Si ella estuviera aquí para hacer florecer en rosa esta primera espina!

«Si mi madre viviera, encontraría una solución a esto—se dijo Augusto—. Después de todo, no es más difícil que una ecuación de segundo grado. Y, en el fondo, no es más que una ecuación de segundo grado.»

Unos débiles quejidos, como de un pobre animal, interrumpieron su soliloquio. Buscó con los ojos y al final descubrió algo entre el verde de un matorral. Era un pobre cachorrillo de perro que parecía buscar camino por el suelo. «¡Pobrecillo!—se dijo—. Lo han dejado aquí recién nacido para que muera. Les faltó valor para matarlo.» Y lo recogió.

El animalito buscaba el pecho de su madre. Augusto se levantó y volvió a casa pensando: «Cuando lo sepa Eugenia, ¡mal golpe para mi rival! ¡Cuánto cariño le va a tomar al pobre animalito! Y es bonito, muy bonito. ¡Pobrecito, cómo me lame la mano...!»

—Trae leche, Domingo; pero tráela pronto—le dijo al criado en cuanto este le abrió la puerta.

—¿Pero ahora se le ocurre comprar perro, señorito?

—No lo he comprado, Domingo. Este perro no es esclavo, sino libre; lo he encontrado.

—Vamos, sí, es expósito.

—Todos somos expósitos, Domingo. Trae leche.

Domingo le trajo la leche y una pequeña esponja para que el perrito pudiera chupar mejor. Luego Augusto pidió un biberón para el cachorrillo, para Orfeo. Así lo bautizó, y no se sabe por qué; tampoco lo sabía él.

Y desde entonces Orfeo fue el confidente de sus soliloquios. Fue el que recibió los secretos de su amor por Eugenia.

«Mira, Orfeo—le decía en silencio—, tenemos que luchar. ¿Qué me aconsejas que haga? Si te hubiera conocido mi madre... Pero ya verás, ya verás cuando duermas en el regazo de Eugenia, bajo su mano tibia y dulce. Y ahora, ¿qué vamos a hacer, Orfeo?»

Fue melancólico el almuerzo de aquel día, melancólico el paseo, melancólica la partida de ajedrez y melancólico el sueño de aquella noche.

### Glosario

- **La Correspondencia**: nombre de un periódico; los vendedores lo gritaban por la calle.
- **mellizas**: nacidas al mismo tiempo de la misma madre; aquí, dos estrellas iguales.
- **derramar**: dejar caer un líquido o una luz sobre algo.
- **bálsamo**: líquido que cura y calma.
- **vislumbrar**: ver algo apenas, de forma poco clara.
- **destilación**: lo que queda de algo cuando se saca de ello solo lo más fuerte y puro.
- **derretir**: hacer líquido algo sólido con el calor; aquí, el pensamiento se deshace poco a poco.
- **melancólico**: triste, de una tristeza suave y larga.
- **armonía preestablecida**: idea del filósofo Leibniz: todo está ordenado desde el principio para ir bien junto.
- **molécula**: parte muy pequeña de una cosa.
- **ruiseñores**: pájaros pequeños famosos por su bonito canto.
- **cachorrillo**: perro muy pequeño y joven.
- **desorden pindárico**: desorden de las ideas, como en los poemas del poeta griego Píndaro, que saltan de un tema a otro.
- **caleidoscopio**: tubo con espejos y cristales de colores que forman figuras que cambian sin parar.
- **tocar a rebato**: dar la alarma; aquí, el corazón late fuerte y rápido.
- **piano de manubrio / organillo**: instrumento de música que se toca en la calle girando una manivela.
- **mónada**: en filosofía, unidad simple e indivisible de la que están hechas las cosas.
- **el Coco**: monstruo inventado con el que se asusta a los niños.
- **bozo**: el primer pelo que sale sobre el labio de un chico joven.
- **expósito**: niño abandonado al nacer; aquí, el perro abandonado.
- **regazo**: parte del cuerpo entre la cintura y las rodillas de una persona sentada.

## VI

«Tengo que tomar alguna decisión—se decía Augusto, mientras se paseaba delante de la casa número 58 de la Avenida de la Alameda—; esto no puede seguir así.»

En aquel momento se abrió uno de los balcones del piso segundo, donde vivía Eugenia. Salió una señora delgada y de pelo blanco, con una jaula en la mano. Iba a poner el canario al sol. Pero al colgarla, el clavo falló y la jaula cayó a la calle. La señora lanzó un grito de desesperación: «¡Ay, mi Pichín!». Augusto corrió a recoger la jaula. Dentro, el pobre canario volaba de un lado a otro, lleno de terror.

Augusto subió a la casa con el canario agitándose en la jaula, y con el corazón agitándose en el pecho. La señora lo esperaba.

—¡Oh, gracias, gracias, caballero!

—Las gracias a usted, señora.

—¡Pichín mío! ¡Mi Pichincito! ¡Vamos, cálmate! ¿Quiere usted pasar, caballero?

—Con mucho gusto, señora.

Y Augusto entró.

La señora lo llevó a la sala y le dijo: «Espere un poco, que voy a dejar a mi Pichín». Y lo dejó solo.

En ese momento entró en la sala un señor anciano. Sin duda era el tío de Eugenia. Llevaba anteojos ahumados y un fez en la cabeza. Se acercó a Augusto, se sentó a su lado y le dijo estas palabras:

—(Aquí una frase en esperanto que quiere decir: ¿Y usted no cree conmigo que la paz universal llegará pronto merced al esperanto?)

Augusto pensó en huir, pero el amor por Eugenia lo detuvo. El otro siguió hablando, también en esperanto.

Por fin, Augusto se decidió.

—No le entiendo a usted una palabra, caballero.

—Seguro que le hablaba a usted en esa maldita jerga que llaman esperanto—dijo la tía, que entraba en ese momento. Y luego le dijo a su marido—: Fermín, este señor es el del canario.

—Pues no te entiendo más que tú a mí cuando te hablo en esperanto—le contestó su marido.

—Este señor ha recogido a mi pobre Pichín, que se cayó a la calle, y ha tenido la bondad de traérmelo. Y usted—añadió, volviéndose hacia Augusto—, ¿quién es?

—Yo soy, señora, Augusto Pérez, hijo de la difunta viuda de Pérez Rovira. Quizá usted la conoció.

—¿De doña Soledad?

—Exacto; de doña Soledad.

—¡Y tanto que conocí a la buena señora! Fue una viuda y una madre ejemplar. Lo felicito a usted por ello.

—Y yo me felicito de conocerlos a ustedes gracias al feliz accidente de la caída del canario.

—¡Feliz! ¿Llama usted feliz a ese accidente?

—Para mí, sí.

—Gracias, caballero—dijo don Fermín. Y añadió—: A los hombres y a sus cosas los gobiernan leyes misteriosas. Pero el hombre puede vislumbrarlas. Yo, señor mío, tengo ideas particulares sobre casi todas las cosas...

—Cállate ya con tu estribillo, hombre—exclamó la tía—. ¿Y cómo pudo usted llegar tan pronto a ayudar a mi Pichín?

—Voy a ser franco con usted, señora; le voy a abrir mi corazón. Es que estaba rondando la casa.

—¿Esta casa?

—Sí, señora. Tienen ustedes una sobrina encantadora.

—¡Acabáramos, caballero! Ya, ya veo el feliz accidente. Y veo que hay canarios que envía la Providencia.

—¿Quién conoce los caminos de la Providencia?—dijo don Fermín.

—Yo los conozco, hombre, yo—exclamó su señora. Y se volvió hacia Augusto—: Tiene usted abiertas las puertas de esta casa... ¡Pues no faltaba más! Al hijo de doña Soledad... Y así, de paso, usted me va a ayudar a quitarle a esa chiquilla un caprichito que se le ha metido en la cabeza...

—¿Y la libertad?—dijo don Fermín.

—Cállate tú, hombre, y quédate con tu anarquismo.

—¿Anarquismo?—exclamó Augusto.

La cara de don Fermín se iluminó de alegría. Y añadió con la más dulce de sus voces:

—Sí, señor mío, yo soy anarquista, anarquista místico, pero en teoría, entiéndase bien, en teoría. No tenga usted miedo, amigo—y al decir esto le puso amablemente la mano sobre la rodilla—, no echo bombas. Mi anarquismo es puramente espiritual. Porque yo, amigo mío, tengo ideas propias sobre casi todas las cosas...

—Y usted, ¿no es anarquista también?—le preguntó Augusto a la tía, por decir algo.

—¿Yo? Eso de que no mande nadie es un disparate. Si no manda nadie, ¿quién va a obedecer? ¿No comprende usted que eso es imposible?

—Hombres de poca fe, que llamáis imposible...—empezó don Fermín.

Y la tía lo interrumpió:

—Pues bien, mi señor don Augusto, trato hecho. Usted me parece un hombre excelente, bien educado, de buena familia, con una renta más que regular... Nada, nada, desde hoy es usted mi candidato.

—Es un gran honor, señora...

—Sí; hay que hacer entrar en razón a esta muchacha. Ella no es mala, sabe usted, pero es caprichosa. Además, ¡la criaron con tanto mimo!... Y cuando ocurrió aquella terrible catástrofe de mi pobre hermano...

—¿Catástrofe?—preguntó Augusto.

—Sí. Y como todo el mundo lo sabe, yo no debo ocultárselo a usted. El padre de Eugenia hizo una operación en la bolsa que salió desgraciadísima. Después se suicidó y la dejó casi en la miseria. A ella le quedó una casa, pero con una hipoteca que se lleva todas sus rentas. Y la pobre chica se ha empeñado en ahorrar de su trabajo. Quiere juntar el dinero para levantar la hipoteca. Imagínese usted, ¡ni aunque esté dando lecciones de piano sesenta años!

En ese mismo momento, Augusto tuvo un propósito generoso y heroico.

—La chica no es mala—siguió la tía—, pero no hay modo de entenderla.

—Si aprendierais esperanto...—empezó don Fermín.

—Déjanos de lenguas universales. ¿No nos entendemos en las nuestras y tú vas a traer otra?

—Pero ¿usted no cree, señora—le preguntó Augusto—, que sería bueno que hubiera una sola lengua?

—¡Eso, eso!—exclamó don Fermín, lleno de alegría.

—Sí, señor—dijo con firmeza la tía—; una sola lengua: el castellano. Y como mucho el bable, para hablar con las criadas que no son racionales.

La tía de Eugenia era asturiana y tenía una criada, también asturiana, a la que reñía en bable.

—Ahora, si es en teoría—añadió—, no me parece mal que haya una sola lengua. Porque este marido mío, en teoría, es hasta enemigo del matrimonio...

—Señores—dijo Augusto, y se levantó—, quizá estoy molestando...

—Usted no molesta nunca, caballero—le respondió la tía—. Y queda comprometido a volver por esta casa. Ya lo sabe usted, es usted mi candidato.

Cuando Augusto salía, don Fermín se le acercó un momento y le dijo al oído: «¡No piense usted en eso!». «¿Y por qué no?», le preguntó Augusto. «Hay presentimientos, caballero, hay presentimientos...»

Al despedirse, las últimas palabras de la tía fueron: «Ya lo sabe, es mi candidato».

Cuando Eugenia volvió a casa, su tía, al verla, le dijo primero:

—¿Sabes, Eugenia, quién ha estado aquí? Don Augusto Pérez.

—Augusto Pérez... Augusto Pérez... ¡Ah, sí! ¿Y quién lo ha traído?

—Pichín, mi canario.

—¿Y a qué ha venido?

—¡Vaya una pregunta! Ha venido detrás de ti.

—¿Detrás de mí y traído por el canario? Pues no lo entiendo. Sería mejor que hablaras en esperanto, como tío Fermín.

—Él viene detrás de ti. Y es un chico joven, no feo, guapo, bien educado, fino, y sobre todo rico, chica, sobre todo rico.

—Pues que se quede con su riqueza. Si yo trabajo, no es para venderme.

—¿Y quién te ha hablado de venderte, polvorilla?

—Bueno, bueno, tía, dejémonos de bromas.

—Tú le verás, chiquilla, tú le verás e irás cambiando de ideas.

—Lo que es eso...

—Nadie puede decir «de esta agua no beberé».

—¡Son misteriosos los caminos de la Providencia!—exclamó don Fermín—. Dios...

—Pero, hombre—le dijo su mujer—, ¿cómo encaja eso de Dios con el anarquismo? Ya te lo he dicho mil veces. Si no debe mandar nadie, ¿qué es eso de Dios?

—Mi anarquismo, mujer, ya me lo has oído otras mil veces, es místico, es un anarquismo místico. Dios no manda como mandan los hombres. Dios también es anarquista. Dios no manda, sino...

—Obedece, ¿no es eso?

—Tú lo has dicho, mujer, tú lo has dicho. Dios mismo te ha iluminado. ¡Ven aquí!

Cogió a su mujer y le miró la frente. Luego le sopló en ella, sobre unos rizos de pelo blanco, y añadió:

—Te inspiró Él mismo. Sí, Dios obedece... obedece...

—Sí, en teoría, ¿no es eso? Y tú, Eugenita, déjate de tonterías, que se te presenta un gran partido.

—Yo también soy anarquista, tía, pero no como tío Fermín, no mística.

—¡Bueno, ya se verá!—terminó la tía.

### Glosario

- **jaula**: caja de alambre donde viven los pájaros.
- **fez**: gorro rojo, sin ala, con forma de cilindro.
- **anteojos ahumados**: gafas con los cristales oscuros.
- **esperanto**: lengua inventada para que todas las personas del mundo se entiendan.
- **merced a**: gracias a.
- **jerga**: manera de hablar rara, difícil de entender.
- **vislumbrar**: ver algo apenas, de forma poco clara.
- **estribillo**: frase que alguien repite muchas veces, como en una canción.
- **chiquilla**: niña, chica muy joven.
- **anarquista / anarquismo**: persona que no quiere ningún gobierno ni autoridad / esa idea.
- **mimo**: cariño excesivo, cuando a un niño se le da todo lo que quiere.
- **empeñarse en algo**: querer hacer algo con mucha fuerza y no dejarlo.
- **operación en la bolsa**: compra o venta de acciones para ganar dinero; si sale mal, se pierde mucho.
- **hipoteca**: deuda sobre una casa; si no se paga, la casa es para quien prestó el dinero.
- **bable**: lengua de Asturias.
- **asturiana**: de Asturias, región del norte de España.
- **reñir**: hablar a alguien con enfado porque ha hecho algo mal.
- **presentimiento**: sensación de que algo va a pasar.
- **rizos**: pelo con forma de anillos.
- **polvorilla**: persona que se enfada muy rápido, como la pólvora que explota.
- **«de esta agua no beberé»**: refrán: nadie puede estar seguro de que nunca hará algo.
- **un gran partido**: una persona muy buena para casarse con ella, sobre todo por su dinero.

## VII

«¡Ay, Orfeo!—decía Augusto, ya en su casa, mientras le daba la leche al perro—. ¡Ay, Orfeo! Di el gran paso, el paso decisivo; entré en su hogar, entré en el santuario. ¿Sabes lo que es dar un paso decisivo? Los vientos de la fortuna nos empujan, y todos nuestros pasos son decisivos. ¿Nuestros? ¿Son nuestros esos pasos? Caminamos, Orfeo mío, por una selva salvaje y enredada, sin senderos. El sendero lo hacemos con los pies, mientras caminamos a la aventura. Hay quien cree que sigue una estrella. Yo creo que sigo una estrella doble, melliza. Y esa estrella no es más que el mismo sendero, proyectado en el cielo. Es la proyección del azar.

»¡Un paso decisivo! Y dime, Orfeo, ¿qué necesidad hay de que exista Dios, o el mundo, o algo? ¿Por qué tiene que haber algo? ¿No te parece que esa idea de la necesidad es solo la forma más alta que toma el azar en nuestra mente?

»¿De dónde ha salido Eugenia? ¿Es ella una creación mía, o soy yo una creación suya? ¿O somos los dos creaciones el uno del otro, ella mía y yo de ella? ¿No será que todo es creación de cada cosa, y cada cosa es creación de todo? Y ¿qué es crear? ¿Qué eres tú, Orfeo? ¿Qué soy yo?

»Muchas veces he pensado, Orfeo, que yo no existo. Iba por la calle y me imaginaba que los demás no me veían. Y otras veces he fantaseado que no me veían como me veía yo. Yo creía que caminaba con seriedad, con toda corrección. Pero en realidad, sin saberlo, estaba haciendo el payaso, y los demás se reían y se burlaban de mí. ¿No te ha pasado esto alguna vez a ti, Orfeo? Aunque no, porque tú todavía eres joven y no tienes experiencia de la vida. Y además eres perro.

»Pero dime, Orfeo, ¿no se os ocurrirá alguna vez a los perros creeros hombres, igual que ha habido hombres que se han creído perros?

»¡Qué vida esta, Orfeo, qué vida, sobre todo desde que murió mi madre! Cada hora me llega empujada por las horas de antes; no he conocido el futuro. Y ahora que empiezo a vislumbrarlo, me parece que se me va a convertir en pasado. Eugenia ya es casi un recuerdo para mí. Estos días que pasan... este día, este día eterno que pasa... resbalando en una niebla de aburrimiento. Hoy como ayer, mañana como hoy. Mira, Orfeo, mira la ceniza que dejó mi padre en aquel cenicero...

»Esta es la revelación de la eternidad, Orfeo, de la terrible eternidad. Cuando el hombre se queda solo y cierra los ojos al futuro, a los sueños, entonces ve el abismo espantoso de la eternidad. La eternidad no es el futuro. Cuando morimos, la muerte nos hace dar media vuelta en nuestra órbita. Y empezamos a caminar hacia atrás, hacia el pasado, hacia lo que fue. Y así seguimos, sin fin, deshaciendo el ovillo de nuestro destino. Deshacemos todo el infinito que nos ha hecho durante una eternidad. Caminamos hacia la nada, sin llegar nunca a ella, porque la nada nunca existió.

»Por debajo de esta corriente de nuestra existencia, dentro de ella, hay otra corriente que va en sentido contrario. Aquí vamos del ayer al mañana; allí se va del mañana al ayer. Se teje y se desteje al mismo tiempo. Y de vez en cuando nos llegan alientos, vapores y hasta ruidos misteriosos de ese otro mundo, del interior de nuestro mundo. Las entrañas de la historia son una contrahistoria. Siguen un camino contrario al camino de la historia. El río subterráneo va del mar a la fuente.

»Y ahora brillan en el cielo de mi soledad los dos ojos de Eugenia. Brillan con la luz de las lágrimas de mi madre. Y me hacen creer que existo, ¡dulce ilusión! *Amo, ergo sum!* Este amor, Orfeo, es como una buena lluvia. En esa lluvia la niebla de la existencia se deshace y se vuelve concreta. Gracias al amor siento el alma como una cosa sólida; la toco. Gracias al amor, Orfeo, el alma me empieza a doler en su mismo centro. Y el alma misma, ¿qué es sino amor, sino dolor hecho carne?

»Vienen los días y se van los días, y el amor se queda. Allá dentro, muy dentro, en las entrañas de las cosas, la corriente de este mundo roza y frota la corriente contraria del otro. Y de este roce viene el más triste y el más dulce de los dolores: el dolor de vivir.

»Mira, Orfeo, las lizas, mira la urdimbre, mira cómo la trama va y viene con la lanzadera, mira cómo juegan las primideras; pero, dime, ¿dónde está el enjullo a que se arrolla la tela de nuestra existencia, dónde?»

Orfeo no había visto nunca un telar, así que es muy difícil que entendiera a su amo. Pero lo miraba a los ojos mientras hablaba, y adivinaba lo que sentía.

### Glosario

- **santuario**: lugar sagrado; aquí, la casa de Eugenia.
- **azar**: lo que pasa sin causa ni plan, por casualidad.
- **vislumbrar**: empezar a ver algo, de forma poco clara.
- **ovillo**: bola de hilo enrollado; deshacerlo es soltar el hilo poco a poco.
- **contrahistoria**: una historia que va en sentido contrario.
- **Amo, ergo sum!**: en latín: ¡amo, luego existo!
- **telar**: máquina para hacer tela cruzando hilos.
- **lizas, urdimbre, trama, lanzadera, primideras, enjullo**: partes del telar y de la tela: la urdimbre son los hilos largos; la trama, los hilos que los cruzan; la lanzadera lleva la trama de un lado a otro; el enjullo es el cilindro donde se enrolla la tela.

## VIII

Augusto temblaba. En su asiento se sentía como en un potro de tortura. Le entraban unas ganas locas de levantarse y pasearse por aquella sala. Quería mover los brazos en el aire, gritar, hacer locuras de circo, olvidarse de que existía. Ni doña Ermelinda, la tía de Eugenia, ni don Fermín, su marido, el anarquista teórico y místico, conseguían traerlo a la realidad.

—Pues sí, don Augusto—decía doña Ermelinda—, yo creo que esto es lo mejor: que usted espere, porque ella ya no puede tardar en venir. Yo la llamo, ustedes se ven y se conocen, y ese es el primer paso. Todas las relaciones de este tipo tienen que empezar por conocerse, ¿no es así?

—En efecto, señora—dijo Augusto, como quien habla desde otro mundo—, el primer paso es verse y conocerse...

—Y yo creo que, en cuanto ella lo conozca a usted, pues... ¡la cosa está clara!

—No tan clara—dijo don Fermín—. Los caminos de la Providencia son siempre misteriosos... Y eso de que para casarse sea necesario, o por lo menos conveniente, conocerse antes... no estoy de acuerdo... no estoy de acuerdo... El único conocimiento que sirve es el conocimiento *post nuptias*. Ya me has oído, esposa mía, lo que significa «conocer» en el lenguaje de la Biblia. Y, créeme, no hay más conocimiento verdadero y esencial que ese, el conocimiento penetrante...

—Cállate, hombre, cállate, no digas disparates.

—El conocimiento, Ermelinda...

Sonó el timbre de la puerta.

—¡Ella!—exclamó el tío con voz misteriosa.

Augusto sintió una ola de fuego que le subía desde el suelo. Le pasaba por la cabeza y se perdía en lo alto, por encima de él. Y el corazón empezó a golpearle el pecho como un martillo.

Se oyó abrir la puerta y luego unos pasos rápidos, iguales, con ritmo. Y Augusto, sin saber cómo, sintió que la calma volvía a él.

—Voy a llamarla—dijo don Fermín, e hizo un gesto para levantarse.

—¡No, de ninguna manera!—exclamó doña Ermelinda, y llamó.

Y cuando llegó la criada, le dijo:

—¡Di a la señorita Eugenia que venga!

Hubo un silencio. Los tres callaban, como si fueran cómplices. Y Augusto se decía: «¿Podré resistirlo? ¿No me pondré rojo como una amapola, o blanco como un lirio, cuando sus ojos llenen el hueco de esa puerta? ¿No me va a estallar el corazón?».

Se oyó un ruido ligero, como el de una paloma que empieza a volar, y un ¡ah! breve y seco. Y aparecieron los ojos de Eugenia. Estaban en una cara fresca y llena de vida, sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo. Esos ojos dieron a la escena una luz espiritual, nueva y misteriosa. Y Augusto se sintió tranquilo, enormemente tranquilo. Estaba clavado a su asiento, como una planta nacida en él, como algo vegetal. Se había olvidado de sí mismo. Toda su atención estaba en la luz espiritual y misteriosa que salía de aquellos ojos. Doña Ermelinda empezó a decirle a su sobrina: «Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez...». Solo entonces volvió en sí Augusto. Se puso de pie e intentó sonreír.

—Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez, que desea conocerte...

—¿El del canario?—preguntó Eugenia.

—Sí, el del canario, señorita—contestó Augusto. Se acercó a ella y le dio la mano. Y pensó: «¡Me va a quemar con la suya!».

Pero no fue así. Una mano blanca y fría, blanca como la nieve y fría como la nieve, tocó su mano. Y Augusto sintió que por todo su ser corría algo como un líquido de calma.

Eugenia se sentó.

—Y este caballero...—empezó la pianista.

«¡Este caballero... este caballero...—pensó Augusto muy rápido—, este caballero! ¡Llamarme caballero! ¡Esto es de mal agüero!»

—Este caballero, hija mía, que por una feliz casualidad ha hecho...

—Sí, la del canario.

—¡Son misteriosos los caminos de la Providencia!—dijo el anarquista con tono solemne.

—Este caballero, digo—añadió la tía—, nos ha conocido por una feliz casualidad. Y resulta que es hijo de una señora a quien yo conocí un poco y respeté mucho. Este caballero, como ya es amigo de la casa, ha querido conocerte, Eugenia.

—¡Y admirarla!—añadió Augusto.

—¿Admirarme?—exclamó Eugenia.

—¡Sí, como pianista!

—¡Ah, vamos!

—Conozco, señorita, su gran amor al arte...

—¿Al arte? ¿A cuál, al de la música?

—¡Claro está!

—¡Pues lo han engañado a usted, don Augusto!

«¡Don Augusto! ¡Don Augusto!—pensó él—. ¡Don...! ¡De qué mal agüero es este don! ¡Casi tan malo como aquel caballero!» Y luego, en voz alta:

—¿Es que no le gusta la música?

—Ni pizca, se lo aseguro.

«Liduvina tiene razón—pensó Augusto—. Esta, cuando se case, si el marido la puede mantener, no vuelve a tocar un piano.» Y luego, en voz alta:

—Como todo el mundo dice que es usted una profesora excelente...

—Intento cumplir lo mejor posible con mi deber profesional, ya que tengo que ganarme la vida...

—Eso de tener que ganarte la vida...—empezó a decir don Fermín.

—Bueno, basta—lo interrumpió la tía—; el señor don Augusto ya está informado de todo...

—¿De todo? ¿De qué?—preguntó Eugenia con dureza, y casi hizo un gesto de levantarse.

—Sí, de lo de la hipoteca...

—¿Cómo?—exclamó la sobrina, y se puso de pie—. Pero ¿qué es esto? ¿Qué significa todo esto? ¿A qué viene esta visita?

—Ya te he dicho, sobrina, que este señor deseaba conocerte... Y no te pongas así...

—Pero es que hay cosas...

—Perdone a su señora tía, señorita—le rogó también Augusto. Él también se puso de pie, y lo mismo hicieron los tíos—. No ha sido otra cosa... Y en cuanto a eso de la hipoteca, y a su sacrificio y su amor al trabajo, yo no he hecho nada para sacarle a su señora tía unas noticias tan interesantes. Yo...

—Sí, usted solo ha traído el canario unos días después de mandarme una carta...

—En efecto, no lo niego.

—Pues bien, caballero, la respuesta a esa carta se la daré cuando yo quiera, y sin que nadie me obligue. Y ahora es mejor que me retire.

—¡Bien, muy bien!—exclamó don Fermín—. ¡Esto es firmeza y libertad! ¡Esta es la mujer del porvenir! ¡A mujeres así hay que ganarlas a puño, amigo Pérez, a puño!

—¡Señorita...!—le rogó Augusto, y se acercó a ella.

—Tiene usted razón—dijo Eugenia. Y para despedirse le dio la mano, tan blanca y tan fría como antes y como la nieve.

Eugenia se dio la vuelta para salir. Así desaparecieron aquellos ojos, fuentes de una misteriosa luz espiritual. Entonces Augusto sintió que la ola de fuego le recorría el cuerpo. El corazón le golpeaba el pecho como un martillo, y la cabeza parecía que le iba a estallar.

—¿Se siente usted mal?—le preguntó don Fermín.

—¡Qué niña, Dios mío, qué niña!—exclamaba doña Ermelinda.

—¡Admirable! ¡Majestuosa! ¡Heroica! ¡Una mujer! ¡Toda una mujer!—decía Augusto.

—Eso creo yo—añadió el tío.

—Perdone, señor don Augusto—le repetía la tía—, perdone. Esta niña es un pequeño erizo. ¡Quién lo iba a pensar!...

—Pero ¡si estoy encantado, señora, encantado! ¡Esta fuerte independencia de carácter es lo que más me entusiasma a mí, que no la tengo! ¡Esta, esta, esta y no otra es la mujer que yo necesito!

—¡Sí, señor Pérez, sí—dijo el anarquista con tono de discurso—; esta es la mujer del porvenir!

—¿Y yo?—le preguntó doña Ermelinda.

—¡Tú, la del pasado! ¡Esta es, digo, la mujer del porvenir! ¡Claro! Por algo me ha estado oyendo hablar día tras día sobre la sociedad futura y la mujer del porvenir. ¡Por algo le he enseñado las doctrinas del anarquismo, que nos hacen libres... sin bombas!

—¡Pues yo creo—dijo la tía de mal humor—que esta chica es capaz hasta de tirar bombas!

—Y aunque fuera así...—dijo Augusto.

—¡Eso no! ¡Eso no!—dijo el tío.

—¿Y qué más da?

—¡Don Augusto! ¡Don Augusto!

—Yo creo—añadió la tía—que usted no debe abandonar sus pretensiones por lo que acaba de pasar...

—¡Claro que no! Así tiene más mérito.

—¡A la conquista, pues! Y ya sabe usted que estamos de su parte. Puede venir a esta casa, que es su casa, todas las veces que quiera, lo quiera o no lo quiera Eugenia.

—Pero, mujer, ¡si ella no ha dicho que le molesten las visitas de don Augusto!... ¡Hay que ganarla a puño, amigo, a puño! Usted la irá conociendo y verá qué carácter tiene. Esto es toda una mujer, don Augusto, y hay que ganarla a puño, a puño. ¿No quería usted conocerla?

—Sí, pero...

—Entendido, entendido. ¡A la lucha, pues, amigo mío!

—Cierto, cierto, y ahora ¡adiós!

Luego don Fermín llamó aparte a Augusto para decirle:

—Se me había olvidado decirle una cosa. Cuando escriba a Eugenia, escriba su nombre con jota y no con ge, Eujenia, y del Arco con ka: Eujenia Domingo del Arko.

—¿Y por qué?

—Porque hasta que llegue el día feliz en que el esperanto sea la única lengua, ¡una sola para toda la humanidad!, hay que escribir el castellano con ortografía fonética. ¡Nada de ces! ¡Guerra a la ce! Za, ze, zi, zo, zu con zeda, y ka, ke, ki, ko, ku con ka. ¡Y fuera las haches! ¡La hache es el absurdo, la reacción, la autoridad, la Edad Media, el retroceso! ¡Guerra a la hache!

—¿De modo que también es usted foneticista?

—¿También? ¿Por qué también?

—Por lo de anarquista y esperantista...

—Todo es uno, señor, todo es uno. Anarquismo, esperantismo, espiritismo, vegetarianismo, foneticismo... ¡todo es uno! ¡Guerra a la autoridad! ¡Guerra a la división de lenguas! ¡Guerra a la vil materia y a la muerte! ¡Guerra a la carne! ¡Guerra a la hache! ¡Adiós!

Se despidieron, y Augusto salió a la calle como si le hubieran quitado un gran peso. Hasta se sentía feliz. Nunca habría imaginado lo que le pasaba por dentro. Era la primera vez que veía a Eugenia de cerca y con calma, y que hablaba con ella. Y la manera en que ella se había portado, lejos de dolerle, lo encendía más y lo animaba. El mundo le parecía más grande, el aire más puro y el cielo más azul. Era como si respirara por primera vez. En lo más hondo de sus oídos cantaba aquella palabra de su madre: ¡cásate! Casi todas las mujeres con que se cruzaba por la calle le parecían guapas. Muchas le parecían hermosísimas, y ninguna fea. Era como si el mundo empezara a estar iluminado para él por una luz nueva y misteriosa. Esa luz venía de dos grandes estrellas invisibles. Brillaban más allá del azul del cielo, detrás de esa bóveda que el cielo parece tener. Augusto empezaba a conocer el mundo. Y sin saber cómo, se puso a pensar en una confusión muy común. La gente confunde el pecado de la carne con la caída de nuestros primeros padres. Ellos cayeron por probar el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Augusto pensó en el origen profundo de esa confusión.

Y meditó sobre la doctrina de don Fermín acerca del origen del conocimiento.

Llegó a casa. Orfeo salió a recibirlo, y él lo cogió en brazos, lo acarició y le dijo: «Hoy empezamos una nueva vida, Orfeo. ¿No sientes que el mundo es más grande, el aire más puro y el cielo más azul? ¡Ah, cuando la veas, Orfeo, cuando la conozcas...! ¡Entonces sentirás la congoja de no ser más que perro, como yo siento la de no ser más que hombre! Y dime, Orfeo, ¿cómo podéis conocer si no pecáis, si vuestro conocimiento no es pecado? El conocimiento que no es pecado no es verdadero conocimiento, no es racional».

Cuando le servía la comida, su fiel Liduvina se quedó mirándolo.

—¿Qué miras?—preguntó Augusto.

—Me parece que hay cambios.

—¿De dónde sacas eso?

—El señorito tiene otra cara.

—¿Tú crees?

—Naturalmente. ¿Y qué, se arregla lo de la pianista?

—¡Liduvina! ¡Liduvina!

—Tiene usted razón, señorito; pero ¡me interesa tanto su felicidad!

—¿Quién sabe qué es eso?...

—Es verdad.

Y los dos miraron al suelo, como si el secreto de la felicidad estuviera debajo de él.

### Glosario

- **potro de tortura**: antiguo aparato de madera para hacer sufrir a los presos.
- **post nuptias**: en latín: después de la boda.
- **conocer**: en el lenguaje de la Biblia, tener relaciones sexuales con una persona.
- **de mal agüero**: que anuncia algo malo.
- **ni pizca**: nada, nada en absoluto.
- **ganarla a puño**: conseguir a una mujer con fuerza y esfuerzo, luchando.
- **erizo**: animal pequeño cubierto de pinchos; aquí, persona difícil y arisca.
- **lirio**: flor; aquí, una flor blanca.
- **anarquismo**: idea política que quiere una sociedad sin gobierno ni autoridad.
- **jota, ge, ka, zeda**: nombres de las letras j, g, k y z.
- **ortografía fonética**: forma de escribir las palabras como suenan.
- **foneticista**: persona que quiere escribir las palabras como suenan.
- **bóveda**: techo curvo; aquí, el cielo, que parece un techo redondo.
- **congoja**: tristeza muy grande que aprieta el pecho.

## IX

Al día siguiente, Eugenia hablaba con un joven en el pequeño cuchitril de una portería. Mientras tanto, la portera había salido con discreción a la puerta de la casa, a tomar el fresco.

—Es necesario que esto se acabe, Mauricio —decía Eugenia—. Así no podemos seguir, y menos después de lo que te cuento que pasó ayer.

—Pero ¿no dices —preguntó el joven, que se llamaba Mauricio— que ese pretendiente es un pobre panoli que vive en Babia?

—Sí, pero tiene dinero, y mi tía no me va a dejar en paz. Y la verdad, no me gusta ser desagradable con nadie. Y tampoco quiero que me estén molestando.

—¡Despáchale!

—¿De dónde? ¿De casa de mis tíos? ¿Y si ellos no quieren?

—No le hagas caso.

—No le hago caso, ni pienso hacérselo. Pero me parece que el pobre va a tomar una costumbre. Va a venir de visita a las horas en que yo estoy en casa. Y, como comprendes, no puedo encerrarme en mi cuarto y negarme a que me vea. Y él, sin pedirme nada, se va a convertir en un mártir silencioso.

—Pues deja que se convierta.

—No, no soporto a los mendigos de ninguna clase. Y menos a esos que piden limosna con los ojos. ¡Y si vieras qué miradas me echa!

—¿Te conmueve?

—Me pone nerviosa. Y la verdad, ¿por qué no te lo voy a decir? Sí, me conmueve.

—¿Y tienes miedo?

—¡Hombre, no seas tonto! No tengo miedo de nada. Para mí no hay nadie más que tú.

—¡Ya lo sabía! —dijo Mauricio, muy convencido. Puso una mano sobre una rodilla de Eugenia y la dejó allí.

—Es necesario que te decidas, Mauricio.

—Pero ¿a qué, rica mía, a qué?

—¿A qué va a ser, hombre, a qué va a ser? ¡A que nos casemos de una vez!

—¿Y de qué vamos a vivir?

—De mi trabajo, hasta que tú encuentres uno.

—¿De tu trabajo?

—¡Sí, de la odiosa música!

—¿De tu trabajo? ¡Eso sí que no! ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Todo menos vivir yo de tu trabajo! Buscaré trabajo, seguiré buscándolo, y mientras tanto, esperaremos...

—Esperaremos... esperaremos... ¡y así se nos pasarán los años! —exclamó Eugenia.

Y dio unos golpes en el suelo con el tacón. Era el pie de la rodilla donde Mauricio tenía la mano.

Al sentir que su mano se movía así, él la quitó de allí. Pero fue para pasarle el brazo por el cuello. Y con los dedos empezó a jugar con uno de los pendientes de su novia. Eugenia le dejaba hacer.

—Mira, Eugenia, para divertirte, puedes ser amable con ese panoli, si quieres.

—¡Mauricio!

—¡Tienes razón, no te enfades, rica mía!

Y apretó el brazo y acercó la cabeza de Eugenia a la suya. Buscó con sus labios los labios de ella y cerró los ojos. Le dio un beso húmedo, silencioso y largo.

—¡Mauricio!

Y luego la besó en los ojos.

—¡Esto no puede seguir así, Mauricio!

—¿Cómo? Pero ¿hay algo mejor que esto? ¿Crees que alguna vez lo vamos a pasar mejor?

—Te digo, Mauricio, que esto no puede seguir así. Tienes que buscar trabajo. Odio la música.

La pobre sentía algo de una manera oscura, sin darse cuenta clara de ello. Sentía que la música es una preparación eterna. Es la preparación para una llegada que nunca llega. Es un comienzo eterno que no termina nada. Estaba harta de música.

—Buscaré trabajo, Eugenia, lo buscaré.

—Siempre dices lo mismo, y siempre seguimos igual.

—Es que tú crees...

—Es que sé que, en el fondo, no eres más que un haragán. Y sé que va a hacer falta que sea yo la que busque trabajo para ti. ¡Claro, como a los hombres os cuesta menos esperar...!

—Eso creerás tú...

—Sí, sí, sé bien lo que digo. Y ahora te lo repito: no quiero ver los ojos suplicantes del señorito don Augusto. Son como los de un perro con hambre...

—¡Qué cosas se te ocurren, chiquilla!

—Y ahora —añadió ella. Se levantó y le apartó con la mano—. Quietecito y a tomar el fresco, ¡que te hace mucha falta!

—¡Eugenia! ¡Eugenia! —le dijo él al oído, en un suspiro, con voz seca, casi de fiebre—. Si tú quisieras...

—El que tiene que aprender a querer eres tú, Mauricio. Así que... ¡a ser un hombre! Busca trabajo y decídete pronto. Si no, trabajaré yo. Pero decídete pronto. Si no lo haces...

—Si no lo hago, ¿qué?

—¡Nada! ¡Hay que terminar con esto!

Y sin dejarle responder, salió del cuchitril de la portería. Al pasar junto a la portera, le dijo:

—Ahí se queda su sobrino, señora Marta. Dígale que se decida de una vez.

Eugenia salió a la calle con la cabeza alta. En ese momento, un organillo empezaba a tocar una polca furiosa. «¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!», se dijo la muchacha. Y más que irse, huyó calle abajo.

### Glosario

- **cuchitril**: cuarto muy pequeño y feo.
- **portería**: cuarto pequeño donde vive la portera, junto a la puerta de un edificio.
- **tomar el fresco**: estar un rato al aire libre, en la calle o en la puerta.
- **panoli**: persona tonta e inocente.
- **vivir en Babia**: estar siempre distraído, no darse cuenta de lo que pasa.
- **despachar**: aquí, decirle a alguien que se vaya y no vuelva.
- **mártir**: persona que sufre mucho por una causa o por amor.
- **haragán**: persona que no quiere trabajar.
- **organillo**: piano pequeño que se toca en la calle dando vueltas a una manivela.
- **polca**: baile alegre y rápido, y la música de ese baile.

## X

Augusto necesitaba contarle a alguien lo que sentía. Por eso se fue al Casino, a ver a su amigo Víctor. Era el día siguiente de su visita a casa de Eugenia. Era también la misma hora en que Eugenia estaba en la portería. Allí intentaba despertar a su novio, tan lento y perezoso en el amor.

Augusto se sentía otro Augusto. Aquella visita le había revelado a la mujer fuerte. De los ojos de Eugenia salía fuerza. Y esa visita era como un arado que había abierto la tierra de su alma. Así había hecho salir en ella una fuente que hasta entonces estaba escondida. Pisaba con más fuerza y respiraba con más libertad.

«Ya tengo un objetivo, una finalidad en esta vida —se decía—. Y es conquistar a esta muchacha, o que ella me conquiste a mí. Y es lo mismo. En el amor da igual ganar que ser vencido. Aunque ¡no... no! Aquí ser vencido significa que ella me deje por el otro. Por el otro, sí, porque aquí hay otro, no tengo ninguna duda. ¿Otro? ¿Otro qué? ¿Es que yo soy uno? Yo soy un pretendiente, uno que pide. Pero el otro... Me parece que el otro ya no es pretendiente, ya no pide. No pretende ni pide nada porque ya lo ha conseguido. Claro que no ha conseguido más que el amor de la dulce Eugenia. ¿Nada más...?»

En ese momento pasó a su lado un cuerpo de mujer. Irradiaba frescura, salud y alegría. Aquel cuerpo interrumpió su monólogo y lo arrastró detrás de él. Augusto empezó a seguirlo casi sin pensar, como una máquina. Y mientras, seguía hablando consigo mismo:

«¡Y qué hermosa es! Esta y aquella, una y otra. Y quizá el otro, en vez de pretender y pedir, es el pretendido y el que recibe las peticiones. Tal vez no quiere a Eugenia como ella se merece... Pero ¡qué alegría es esta chiquilla! ¡Y con qué gracia saluda a aquel que va por allá! ¿De dónde habrá sacado esos ojos? ¡Son casi como los otros, como los de Eugenia! ¡Qué dulce debe de ser olvidarse de la vida y de la muerte entre sus brazos! ¡Dejarse mecer en ellos como en olas de carne! ¡El otro...! Pero el otro no es el novio de Eugenia, no es aquel a quien ella quiere. El otro soy yo. ¡Sí, yo soy el otro; yo soy otro!»

Justo cuando llegó a esta conclusión, la de que él era otro, la muchacha entró en una casa. Augusto se quedó parado, mirando la casa. Y entonces se dio cuenta de que la había venido siguiendo. Pensó un poco y recordó que había salido para ir al Casino. Así que tomó el camino hacia allí. Y continuaba:

«Pero ¡cuántas mujeres hermosas hay en este mundo, Dios mío! Casi todas. ¡Gracias, Señor, gracias; *gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam*! ¡Tu gloria es la belleza de la mujer, Señor! Pero ¡qué pelo, Dios mío, qué pelo!»

En ese momento pasaba junto a él una criada con su cesta en el brazo. Y era verdad: aquella criada tenía un pelo glorioso. Augusto se dio la vuelta y la siguió. La luz parecía hacer su nido en el oro de aquel pelo. Y parecía que el pelo luchaba por soltarse de la trenza y extenderse en el aire fresco y claro. Y debajo del pelo había una cara que era toda sonrisa.

«Soy otro, soy el otro —siguió diciéndose Augusto, mientras seguía a la chica de la cesta—. Pero ¿es que no hay otras? ¡Sí, hay otras para el otro! Pero como la una, como ella, como la única, ¡ninguna! ¡Ninguna! Todas estas no son más que copias de ella, de la una, de la única, ¡de mi dulce Eugenia! ¿Mía? Sí, yo la hago mía con el pensamiento, con el deseo. Él, el otro, es decir, el uno, quizá llegue a tenerla con el cuerpo. Pero la misteriosa luz espiritual de aquellos ojos es mía, ¡mía, mía! Y estos cabellos de oro, ¿no reflejan también una misteriosa luz espiritual? ¿Hay una sola Eugenia, o son dos? ¿Una mía y otra de su novio? Pues si es así, si hay dos, que él se quede con la suya. Yo me quedaré con la mía. Cuando me visite la tristeza, sobre todo de noche, cuando me entren ganas de llorar sin saber por qué, entonces, ¡oh, qué dulce será cubrir mi cara, mi boca y mis ojos con estos cabellos de oro! ¡Y respirar el aire que pasa entre ellos y se perfuma! Pero...»

De pronto sintió que se paraba. La chica de la cesta se había detenido a hablar con una compañera. Augusto dudó un momento. Después se dijo: «¡Bah, hay tantas mujeres hermosas desde que conocí a Eugenia...!». Y echó a andar otra vez, de vuelta hacia el Casino.

«Si ella insiste en preferir al otro, es decir, al uno, soy capaz de una decisión heroica, de algo tan generoso que asustará. Antes que nada, me quiera o no me quiera, ¡lo de la hipoteca no puede quedar así!»

Lo sacó de su monólogo una explosión de alegría que parecía nacer de la calma del cielo. Dos muchachas se reían junto a él. Su risa era como el canto de dos pájaros entre unas ramas con flores. Augusto clavó un momento en ellas sus ojos, que tenían sed de belleza. Y las dos chicas le parecieron un solo cuerpo doble. Iban cogidas del brazo. Y a él le entraron unas ganas locas de pararlas. Quería coger a cada una de un brazo e irse así, entre las dos, mirando al cielo. Irse adonde los llevara el viento de la vida.

«Pero ¡cuánta mujer hermosa hay desde que conocí a Eugenia! —se decía, mientras seguía a aquella pareja que reía—. ¡Esto se ha convertido en un paraíso! ¡Qué ojos! ¡Qué pelo! ¡Qué risa! Una es rubia y la otra es morena. Pero ¿cuál es la rubia? ¿Cuál es la morena? ¡Se me confunden una con otra!...»

—Pero, hombre, ¿vas despierto o dormido?

—Hola, Víctor.

—Te esperaba en el Casino, y como no venías...

—Allí iba...

—¿Allí? ¿Y en esta dirección? ¿Estás loco?

—Sí, tienes razón. Pero mira, voy a decirte la verdad. Creo que te hablé de Eugenia...

—¿De la pianista? Sí.

—Pues bien, estoy locamente enamorado de ella, como un...

—Sí, como un enamorado. Sigue.

—Loco, chico, loco. Ayer la vi en su casa. Fui con la excusa de visitar a sus tíos. La vi...

—Y te miró, ¿no es eso? ¿Y creíste en Dios?

—No, no es que me miró. Es que me envolvió en su mirada. Y no es que creí en Dios, sino que me creí un dios.

—Te ha dado fuerte, chico...

—¡Y eso que la chica estuvo dura conmigo! Pero no sé qué me pasa desde entonces. Casi todas las mujeres que veo me parecen bellezas. He salido de casa hace menos de media hora, seguro. Y ya me he enamorado de tres; digo, no, de cuatro. Primero, de una que era toda ojos. Después, de otra con un pelo glorioso. Y hace poco, de una pareja, una rubia y otra morena, que reían como los ángeles. Y las he seguido a las cuatro. ¿Qué es esto?

—Pues esto es, querido Augusto, que tu reserva de amor dormía quieta en el fondo de tu alma. No tenía dónde meterse. Llegó Eugenia, la pianista, y te sacudió. Con sus ojos removió esa charca donde tu amor dormía. Tu amor se despertó y salió de la charca. Y como es tan grande, se extiende a todas partes. Cuando uno como tú se enamora de verdad de una mujer, se enamora a la vez de todas las demás.

—Pues yo creía que sería todo lo contrario... Pero, entre paréntesis, ¡mira qué morena! ¡Es la noche luminosa! ¡Con razón dicen que lo negro es lo que más absorbe la luz! ¿No ves qué luz escondida se siente bajo su pelo, bajo el negro brillante de sus ojos? Vamos a seguirla...

—Como quieras...

—Pues sí, yo creía que sería todo lo contrario. Creía que, cuando uno se enamora de verdad, concentra su amor en una sola. Antes ese amor estaba repartido entre todas. Y creía que todas las demás ya no deben parecerle nada, como si no valieran nada... Pero ¡mira! ¡Mira ese golpe de sol en lo negro de su pelo!

—No. Verás, verás si consigo explicártelo. Tú estabas enamorado, sin saberlo, por supuesto, de la mujer en abstracto. No de esta ni de aquella. Al ver a Eugenia, ese abstracto se hizo concreto. La mujer se hizo una mujer, y te enamoraste de ella. Y ahora vas desde ella, sin dejarla, a casi todas las mujeres. Y te enamoras del conjunto, del género. Has pasado de lo abstracto a lo concreto, y de lo concreto a lo genérico. De la mujer a una mujer, y de una mujer a las mujeres.

—¡Vaya una metafísica!

—¿Y qué es el amor sino metafísica?

—¡Hombre!

—Sobre todo en ti. Porque todo tu enamoramiento es solo cerebral, o como se suele decir, de cabeza.

—Eso lo creerás tú... —exclamó Augusto, un poco picado y de mal humor, porque aquello de que su amor era solo de cabeza le había llegado al fondo del alma, y le dolía.

—Y si me apuras mucho, te digo que tú mismo no eres más que una pura idea, un ente de ficción...

—¿Es que no me crees capaz de enamorarme de verdad, como los demás...?

—Estás enamorado de verdad, ya lo creo, pero solo de cabeza. Crees que estás enamorado...

—¿Y qué es estar enamorado sino creer que lo está uno?

—¡Ay, ay, ay, chico, eso es más complicado de lo que te imaginas!...

—Dime, ¿en qué se nota que uno está enamorado, y no solo que cree estarlo?

—Mira, es mejor que dejemos esto y hablemos de otras cosas.

Después, Augusto volvió a su casa. Tomó a Orfeo en brazos y le dijo: «A ver, Orfeo mío. ¿En qué se diferencia estar enamorado de creer que lo está uno? ¿Estoy enamorado de Eugenia o no lo estoy? Cuando la veo, ¿no me late el corazón en el pecho? ¿No se me enciende la sangre? ¿Es que yo no soy como los demás hombres? ¡Tengo que demostrarles, Orfeo, que soy tanto como ellos!».

Y a la hora de la cena, se volvió hacia Liduvina y le preguntó:

—Di, Liduvina, ¿en qué se nota que un hombre está enamorado de verdad?

—Pero ¡qué cosas se le ocurren a usted, señorito...!

—Vamos, di, ¿en qué se nota?

—Pues se nota... se nota en que hace y dice muchas tonterías. Cuando un hombre se enamora de verdad, se *chala*, como se suele decir, por una mujer. Y entonces ya no es un hombre...

—Pues ¿qué es?

—Es... es... es... una cosa, un animalito... Una hace con él lo que quiere.

—Entonces, piensa en una mujer que se enamora de verdad de un hombre. Cuando ella se *chala*, como dices, ¿hace el hombre con ella lo que quiere?

—El caso no es del todo igual...

—¿Cómo, cómo?

—Eso es muy difícil de explicar, señorito. Pero ¿está usted enamorado de verdad?

—Es lo que intento averiguar. Pero tonterías, de las gordas, todavía no he dicho ni hecho ninguna... me parece...

Liduvina se calló, y Augusto se dijo: «¿Estaré enamorado de verdad?».

### Glosario

- **pretendiente**: hombre que quiere ser novio o marido de una mujer.
- **arado**: herramienta que abre la tierra para sembrar.
- **mecer**: mover suavemente de un lado a otro, como a un niño en la cuna.
- **trenza**: pelo largo cruzado en tres partes, unas sobre otras.
- **hipoteca**: deuda que pesa sobre una casa; si no se paga, la casa es para quien prestó el dinero.
- **charca**: agua quieta y poco profunda que queda en el suelo.
- **metafísica**: parte de la filosofía que estudia lo que está más allá de lo que vemos y tocamos.
- **ente de ficción**: ser inventado, personaje de un libro que no existe en la realidad.
- **chalarse**: enamorarse como un loco.
- **picado**: un poco ofendido y molesto.
- **gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam*** (latín)**: te damos gracias por tu gran gloria.

## XI

Aquel otro día, Augusto llamó a la puerta de don Fermín y doña Ermelinda. La criada lo llevó a la sala y le dijo: «Ahora aviso». Augusto se quedó un momento solo, como si estuviera en el vacío. Sentía un peso muy fuerte en el pecho. Lo rodeaba una sensación de solemnidad que le daba angustia. Se sentó, pero se levantó enseguida. Para pasar el tiempo, miró los cuadros que colgaban de las paredes. Entre ellos había un retrato de Eugenia. Le entraron ganas de echar a correr, de escaparse. De pronto oyó unos pasos pequeños. Sintió entonces como un puñal de hielo que le atravesaba el pecho. Y sintió también como una niebla que le invadía la cabeza. Se abrió la puerta de la sala y apareció Eugenia. El pobre Augusto se apoyó en el respaldo de un sillón. Ella lo vio muy pálido y también se puso pálida un momento. Se quedó quieta en medio de la sala, sin saber qué hacer. Luego se acercó a él y le dijo con voz seca y baja:

—¿Qué le pasa a usted, don Augusto? ¿Se pone malo?

—No, no es nada; qué sé yo...

—¿Quiere algo? ¿Necesita algo?

—Un vaso de agua.

Eugenia vio en esto algo a lo que agarrarse. Salió de la habitación para ir ella misma a buscar el vaso de agua, y se lo trajo enseguida. El agua temblaba un poco en el vaso. Pero el vaso temblaba todavía más en las manos de Augusto. Se lo bebió de un trago, con prisa, y el agua le cayó por la barbilla. Y mientras tanto, no quitaba sus ojos de los ojos de Eugenia.

—Si quiere usted —dijo ella—, mandaré que le hagan una taza de té, o de manzanilla, o de tila... ¿Qué? ¿Se le ha pasado?

—No, no, no fue nada; gracias, Eugenia, gracias —y se secaba el agua de la barbilla.

—Bueno, pues ahora siéntese usted.

Cuando estuvieron sentados, ella siguió:

—Le esperaba cualquier día. Le di una orden a la criada. Algunas tardes mis tíos no están en casa. Pero aunque no estuvieran, ella tenía que hacerle pasar a usted y avisarme. De todos modos, yo deseaba que habláramos a solas.

—¡Oh, Eugenia, Eugenia!

—Bueno, hablemos de las cosas con más calma. Nunca me imaginé que le iba a dar tan fuerte, porque cuando entré aquí, usted me dio miedo. Parecía un muerto.

—Y estaba más muerto que vivo, créame.

—Va a ser necesario que nos expliquemos.

—¡Eugenia! —exclamó el pobre. Y extendió una mano, pero la retiró enseguida.

—Todavía me parece que usted no está en condiciones de hablar tranquilamente, como buenos amigos. ¡A ver! —y le cogió la mano para tomarle el pulso.

Y el pulso del pobre Augusto empezó a latir como con fiebre. Se puso rojo y le ardía la frente. Dejó de ver los ojos de Eugenia. Ya no vio nada más que una niebla, una niebla roja. Por un momento creyó que iba a perder el sentido.

—¡Ten compasión, Eugenia, ten compasión de mí!

—¡Cálmese usted, don Augusto, cálmese!

—Don Augusto... don Augusto... don... don...

—Sí, mi buen don Augusto, cálmese usted y hablemos tranquilamente.

—Pero, permítame...

Y le cogió entre sus dos manos la mano derecha. Era aquella mano blanca y fría como la nieve, de dedos largos y finos. Eran dedos hechos para acariciar las teclas del piano y sacarles dulces notas.

—Como usted quiera, don Augusto.

Él se llevó la mano a los labios y la cubrió de besos. Pero los besos apenas calentaron un poco aquel frío blanco.

—Cuando usted acabe, don Augusto, empezaremos a hablar.

—Pero mira, Eugenia, ven...

—No, no, no, ¡seriedad! —Y soltó su mano de las manos de él. Después siguió—: Yo no sé qué esperanzas le habrán dado mis tíos, o mejor dicho, mi tía. Pero el caso es que me parece que usted está engañado.

—¿Cómo engañado?

—Sí, seguro que le han dicho que tengo novio.

—Lo sé.

—¿Se lo han dicho ellos?

—No, no me lo ha dicho nadie, pero lo sé.

—Entonces...

—Pero es que yo, Eugenia, no pretendo nada, no busco nada, no pido nada. Yo me contento con que me dejen venir de vez en cuando. Quiero venir a bañar mi espíritu en la mirada de esos ojos. Quiero emborracharme con el aire tibio de su respiración...

—Bueno, don Augusto, esas son cosas que se leen en los libros. Dejemos eso. Yo no me opongo a que usted venga todas las veces que quiera. Puede verme y volver a verme. Puede hablar conmigo, y hasta... ya lo ha visto usted, hasta besarme la mano. Pero yo tengo un novio. Estoy enamorada de él y pienso casarme con él.

—Pero ¿de verdad está usted enamorada de él?

—¡Vaya una pregunta!

—¿Y en qué nota usted que está enamorada de él?

—Pero ¿es que se ha vuelto usted loco, don Augusto?

—No, no. Lo digo porque mi mejor amigo me ha dicho una cosa. Dice que hay muchos que creen estar enamorados sin estarlo...

—Lo ha dicho por usted, ¿no es eso?

—Sí, lo ha dicho por mí. ¿Por qué lo pregunta?

—Porque en el caso de usted quizá eso sea verdad...

—Pero ¿es que cree usted, es que crees, Eugenia, que no estoy enamorado de ti de verdad?

—No levante usted tanto la voz, don Augusto, que puede oírle la criada...

—¡Sí, sí! —continuó él, cada vez más exaltado—. ¡Hay quien me cree incapaz de enamorarme de verdad...!

—Perdone un momento —le interrumpió Eugenia. Y salió de la sala y lo dejó solo.

Volvió al poco rato y le dijo con la mayor tranquilidad:

—Y bien, don Augusto, ¿ya se ha calmado?

—¡Eugenia! ¡Eugenia!

En ese momento se oyó llamar a la puerta, y Eugenia dijo:

—¡Mis tíos!

Unos momentos después, los tíos entraban en la sala.

—Don Augusto vino a visitaros. Yo misma salí a abrirle. Quería irse, pero le dije que pasara, que no tardaríais en venir. ¡Y aquí está!

—¡Vendrán tiempos —exclamó don Fermín— en que desaparecerán todas las convenciones sociales! Estoy convencido de una cosa. Las vallas y los muros de las propiedades privadas solo sirven para tentar a los que llamamos ladrones. ¡Y los ladrones son los otros, los propietarios! No hay propiedad más segura que la que no tiene vallas ni muros. La que está al alcance de todo el mundo. El hombre nace bueno, es bueno por naturaleza. Es la sociedad la que lo hace malo y lo pervierte...

—¡Cállate, hombre —exclamó doña Ermelinda—, que no me dejas oír cantar al canario! ¿No lo oye usted, don Augusto? ¡Es un encanto oírle! Antes tuve otro canario. Cuando esta se ponía a estudiar sus lecciones de piano, había que oírle. Se excitaba. Cuanto más tocaba ella las teclas, más cantaba él, y más, y más. Y por eso se murió: reventado...

—¡Hasta los animales domésticos se contagian de nuestros vicios! —añadió el tío—. Los animales que viven con nosotros vivían en el santo estado de naturaleza. ¡Y hasta a ellos los hemos sacado de allí! ¡Oh, humanidad, humanidad!

—¿Y ha tenido usted que esperar mucho, don Augusto? —preguntó la tía.

—Oh, no, señora, no, nada, nada. Un momentito, un relámpago... Por lo menos, así me lo pareció...

—¡Ah, vamos!

—Sí, tía, muy poco tiempo. Pero ha sido bastante para recuperarse de un pequeño malestar que traía de la calle...

—¿Cómo?

—Oh, no fue nada, señora, nada...

—Ahora yo les dejo, tengo cosas que hacer —dijo Eugenia. Le dio la mano a Augusto y se fue.

—¿Y qué? ¿Cómo va eso? —le preguntó la tía a Augusto, en cuanto Eugenia salió.

—¿Y qué es eso?

—¡La conquista, naturalmente!

—¡Mal, muy mal! Me ha dicho que tiene novio y que se va a casar con él.

—¿No te lo decía yo, Ermelinda? ¡No te lo decía!

—Pues ¡no, no y no! No puede ser. Eso del novio es una locura, don Augusto, ¡una locura!

—Pero, señora, ¿y si está enamorada de él...?

—Eso digo yo —exclamó el tío—, eso digo yo. ¡La libertad, la santa libertad, la libertad de elección!

—Pues ¡no, no y no! ¿Acaso sabe esa chiquilla lo que hace...? ¡Despreciarle a usted, don Augusto, a usted! ¡Eso no puede ser!

—Pero, señora, piense un poco, fíjese... No se puede, no se debe forzar así la voluntad de una joven como Eugenia... Se trata de su felicidad. Todos debemos preocuparnos solo de ella. Y hasta debemos sacrificarnos para que la consiga...

—¿Usted, don Augusto? ¿Usted?

—¡Yo, sí, yo, señora! Estoy dispuesto a sacrificarme por la felicidad de Eugenia, de su sobrina. ¡Porque mi felicidad consiste en que ella sea feliz!

—¡Bravo! —exclamó el tío—. ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Aquí tenemos a un héroe! ¡Aquí tenemos a un anarquista... místico!

—¿Anarquista? —dijo Augusto.

—Anarquista, sí. Porque mi anarquismo consiste precisamente en eso. Consiste en que cada uno se sacrifique por los demás. En que uno sea feliz haciendo felices a los otros, en que...

—¡Pues bien que te enfadas, Fermín, cuando un día te sirven la sopa diez minutos después de las doce!

—Bueno, ya sabes, Ermelinda, que mi anarquismo es teórico... Me esfuerzo por llegar a la perfección, pero...

—¡Y la felicidad también es teórica! —exclamó Augusto.

Lo dijo triste, como quien habla consigo mismo. Y luego añadió:

—He decidido sacrificarme por la felicidad de Eugenia. Y he pensado en un acto heroico.

—¿Cuál?

—Señora, ¿no me dijo usted una vez que la casa que le dejó a Eugenia su desgraciado padre...

—Sí, mi pobre hermano.

—... tiene una hipoteca que se lleva todas sus rentas?

—Sí, señor.

—Pues bien, ¡yo sé lo que tengo que hacer! —Y se dirigió a la puerta.

—Pero, don Augusto...

—Augusto se siente capaz de las decisiones más heroicas, de los sacrificios más grandes. Y ahora se sabrá si está enamorado solo de cabeza, o si lo está también de corazón. Se sabrá si es que cree estar enamorado sin estarlo. Eugenia, señores, me ha despertado a la vida, a la verdadera vida. Y sea ella de quien sea, yo le debo una gratitud eterna. Y ahora, ¡adiós!

Y salió con solemnidad. Y en cuanto salió, doña Ermelinda gritó:

—¡Chiquilla!

### Glosario

- **solemnidad**: sensación de que algo es muy serio e importante.
- **puñal**: cuchillo corto y afilado para herir.
- **respaldo**: parte de la silla o del sillón donde se apoya la espalda.
- **manzanilla / tila**: infusiones de plantas que se toman para calmar el estómago o los nervios.
- **tomar el pulso**: tocar la muñeca para contar los latidos del corazón.
- **convenciones sociales**: reglas y costumbres que la sociedad acepta sin pensar.
- **reventado**: aquí, muerto por un esfuerzo demasiado grande.
- **anarquista**: persona que no quiere ningún gobierno ni autoridad.
- **hipoteca**: deuda que pesa sobre una casa; si no se paga, la casa es para quien prestó el dinero.
- **rentas**: dinero que da una casa o un capital cada mes o cada año.

## XII

Un día después, Liduvina entró a decirle a Augusto:

—Señorito, ahí está la del planchado.

—¿La del planchado? ¡Ah, sí, que pase!

Entró la muchacha con el cesto de la ropa planchada de Augusto. Se quedaron mirándose. Y ella, la pobre, sintió que se le ponía roja la cara, pues nunca le había pasado algo igual en aquella casa, y había entrado muchas veces. Antes parecía que el señorito ni siquiera la veía. Y eso a ella la tenía inquieta y hasta de mal humor, porque creía conocerse bien. ¡No fijarse en ella! ¡No mirarla como la miraban otros hombres! ¡No devorarla con los ojos! O, mejor dicho, ¡no lamerle con ellos los ojos, la boca y toda la cara!

—¿Qué te pasa, Rosario? Porque creo que te llamas así, ¿no?

—Sí, así me llamo.

—¿Y qué te pasa?

—¿Por qué, señorito Augusto?

—Nunca te he visto ponerte así de colorada. Y además me pareces otra.

—El que me parece que es otro es usted...

—Puede ser... puede ser... Pero ven, acércate.

—¡Vamos, déjese de bromas y acabemos con la cuenta!

—¿Bromas? Pero ¿tú crees que es una broma? —le dijo con voz más seria—. Acércate, así, que te vea bien.

—Pero ¿es que no me ha visto otras veces?

—Sí, pero hasta ahora no me había dado cuenta de que eras tan guapa...

—Vamos, vamos, señorito, no se burle... —y le ardía la cara.

—Y ahora, con esos colores, igual que el sol...

—Vamos...

—Ven aquí, ven. Tú dirás que el señorito Augusto se ha vuelto loco, ¿no es así? Pues no, no es eso, ¡no! Es que ha estado loco hasta ahora. O mejor dicho, he estado tonto hasta ahora, tonto del todo. Perdido en una niebla, ciego... Hace muy poco tiempo que se me han abierto los ojos. Ya ves, tantas veces que has entrado en esta casa. Yo te he mirado y no te había visto. Es, Rosario, como si no hubiera vivido. Igual que si no hubiera vivido... Estaba tonto, tonto... Pero ¿qué te pasa, chiquilla? ¿Qué es lo que te pasa?

Rosario se había tenido que sentar en una silla. Se escondió la cara entre las manos y se echó a llorar. Augusto se levantó y cerró la puerta. Volvió junto a la muchacha y le puso una mano sobre el hombro. Y le habló muy bajo, con su voz más húmeda y más caliente:

—Pero ¿qué te pasa, chiquilla? ¿Qué es eso?

—Que con esas cosas me hace usted llorar, don Augusto...

—¡Ángel de Dios!

—No diga usted esas cosas, don Augusto.

—¡Cómo que no las diga! Sí, he vivido ciego, tonto, como si no viviera. Hasta que llegó una mujer, ¿sabes?, otra. Ella me abrió los ojos y he visto el mundo. Y sobre todo he aprendido a veros a vosotras, a las mujeres...

—Y esa mujer... sería alguna mala mujer...

—¿Mala? ¿Mala dices? ¿Sabes lo que dices, Rosario, sabes lo que dices? ¿Sabes lo que es ser malo? ¿Qué es ser malo? No, no, no, esa mujer es un ángel, como tú. Pero esa mujer no me quiere... no me quiere... no me quiere...

Y al decirlo se le rompió la voz y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Pobre don Augusto!

—¡Sí, tú lo has dicho, Rosario, tú lo has dicho! ¡Pobre don Augusto! Pero mira, Rosario, quita el «don» y di: ¡pobre Augusto! Vamos, di: ¡pobre Augusto!

—Pero, señorito...

—Vamos, dilo: ¡pobre Augusto!

—Si usted insiste... ¡pobre Augusto!

Augusto se sentó.

—¡Ven aquí! —le dijo.

Ella se levantó como movida por un muelle, como una persona hipnotizada. Respiraba con fuerza. Él la cogió y la sentó sobre sus rodillas. La apretó fuerte contra su pecho. Tenía su mejilla apretada contra la mejilla de la muchacha, que echaba fuego. Y entonces estalló:

—¡Ay, Rosario, Rosario, yo no sé lo que me pasa, no sé qué es de mí! Tú dices que esa mujer es mala, sin conocerla. Esa mujer me ha dejado ciego al darme la vista. Yo no vivía, y ahora vivo. Pero ahora que vivo es cuando siento lo que es morir. Tengo que defenderme de esa mujer, tengo que defenderme de su mirada. ¿Me ayudarás tú, Rosario? ¿Me ayudarás a defenderme de ella?

Un «¡sí!» muy débil le rozó el oído a Augusto. Era un susurro que parecía venir de otro mundo.

—Yo ya no sé lo que me pasa, Rosario. Ni lo que digo, ni lo que hago, ni lo que pienso. Ya no sé si estoy enamorado o no de esa mujer, de esa mujer a la que llamas mala...

—Es que yo, don Augusto...

—Augusto, Augusto...

—Es que yo, Augusto...

—Bueno, cállate, basta —y él cerraba los ojos—. No digas nada, déjame hablar solo, conmigo mismo. Así he vivido desde que se murió mi madre: conmigo mismo, nada más que conmigo. Es decir, dormido. Y no he sabido lo que es dormir juntos, dormir dos el mismo sueño. ¡Dormir juntos! No estar juntos y que cada uno duerma su sueño, ¡no! Sino dormir juntos, ¡dormir juntos el mismo sueño! ¿Y si durmiéramos tú y yo, Rosario, el mismo sueño?

—Y esa mujer... —empezó la pobre chica. Temblaba entre los brazos de Augusto y tenía lágrimas en la voz.

—Esa mujer, Rosario, no me quiere... no me quiere... no me quiere... Pero ella me ha enseñado que hay otras mujeres. Por ella he sabido que hay otras mujeres... y alguna podrá quererme... ¿Me querrás tú, Rosario? Dime, ¿me querrás tú? —Y la apretaba como un loco contra su pecho.

—Creo que sí... que le querré...

—¡Que te querré, Rosario, que te querré!

—Que te querré...

—¡Así, así, Rosario, así! ¡Eh!

En aquel momento se abrió la puerta y apareció Liduvina. Dijo «¡ah!» y volvió a cerrarla. Augusto se puso mucho más nervioso que Rosario. Ella se levantó rápidamente y se arregló el pelo. Se sacudió la ropa y dijo con voz entrecortada:

—Bueno, señorito, ¿hacemos la cuenta?

—Sí, tienes razón. Pero volverás, eh, volverás.

—Sí, volveré.

—¿Y me perdonas todo? ¿Me lo perdonas?

—¿Perdonarle... qué?

—Esto, esto... Ha sido una locura. ¿Me lo perdonas?

—Yo no tengo nada que perdonarle, señorito. Y lo que usted debe hacer es no pensar en esa mujer.

—Y tú, ¿pensarás en mí?

—Vaya, que tengo que irme.

Hicieron la cuenta y Rosario se fue. Y en cuanto se fue, entró Liduvina:

—Señorito, ¿no me preguntaba usted el otro día en qué se nota si un hombre está enamorado o no?

—Así es.

—Y yo le dije que se nota en que hace o dice tonterías. Pues bien, ahora puedo asegurarle que usted está enamorado.

—Pero ¿de quién? ¿De Rosario?

—¿De Rosario...? ¡Qué va! ¡De la otra!

—¿Y de dónde sacas eso, Liduvina?

—¡Bah! Usted le ha estado diciendo y haciendo a esta lo que no pudo decirle ni hacerle a la otra.

—Pero ¿tú te crees...?

—No, no, ya me imagino que la cosa no ha ido más lejos; pero...

—¡Liduvina, Liduvina!

—Como usted quiera, señorito.

El pobre se fue a acostar con la cabeza ardiendo. A los pies de la cama dormía Orfeo. Y al echarse en la cama, Augusto se decía: «¡Ay, Orfeo, Orfeo, esto de dormir solo, solo, solo, de dormir un solo sueño! El sueño de uno solo es la ilusión, la apariencia. El sueño de dos ya es la verdad, la realidad. ¿Qué es el mundo real sino el sueño que soñamos todos, el sueño común?».

Y se quedó dormido.

### Glosario

- **la del planchado**: la chica que trae a casa la ropa ya planchada.
- **cesto**: recipiente con asa para llevar cosas, como la ropa.
- **colorado**: rojo de cara, por vergüenza o emoción.
- **burlarse**: reírse de alguien, hacerle una broma.
- **muelle**: pieza de metal en espiral que salta cuando se aprieta y se suelta.
- **hipnotizado**: dormido por otra persona que le hace obedecer sin pensar.
- **susurro**: voz muy baja, casi sin sonido.
- **entrecortada**: voz que se para y vuelve a empezar, por los nervios.
- **hacer la cuenta**: calcular lo que hay que pagar.
- **¡Qué va!**: expresión para decir que algo no es así de ninguna manera.

## XIII

Pocos días después, una mañana, Liduvina entró en el cuarto de Augusto. Le dijo que una señorita preguntaba por él.

—¿Una señorita?

—Sí, ella, la pianista.

—¿Eugenia?

—Eugenia, sí. Está claro que no es usted el único que se ha vuelto loco.

El pobre Augusto empezó a temblar. Y es que se sentía culpable. Se levantó, se lavó deprisa, se vistió y fue a verla, preparado para todo.

—Ya sé, señor don Augusto —le dijo Eugenia con solemnidad en cuanto lo vio—. Sé que usted ha comprado mi deuda a mi acreedor. Sé que tiene usted la hipoteca de mi casa.

—No lo niego.

—¿Y con qué derecho hizo eso?

—Con el derecho que tiene todo ciudadano, señorita. Todos podemos comprar lo que nos parezca bien, si el dueño lo quiere vender.

—No quiero decir eso. Quiero decir: ¿para qué lo ha comprado usted?

—Pues porque me dolía verla depender así de un hombre. Quizá a ese hombre usted le es indiferente. Y sospecho que no es más que un comerciante sin corazón.

—Es decir, que usted quiere que yo dependa de usted, ya que a usted no le soy indiferente...

—¡Oh, eso nunca, nunca, nunca! ¡Nunca, Eugenia, nunca! Yo no busco que usted dependa de mí. Usted me ofende solo con pensarlo. Ya verá usted.

Y la dejó sola y salió muy nervioso. Volvió al poco rato con unos papeles.

—Aquí tiene, Eugenia, los documentos que prueban su deuda. Tómelos usted y haga con ellos lo que quiera.

—¿Cómo?

—Sí, que renuncio a todo. Para eso lo compré.

—Lo sabía. Y por eso le dije que usted solo quiere hacer que yo dependa de usted. Usted quiere atarme con la gratitud. ¡Quiere usted comprarme!

—¡Eugenia! ¡Eugenia!

—Sí, quiere usted comprarme, quiere usted comprarme. ¡Quiere usted comprar... no mi amor, que ese no se compra, sino mi cuerpo!

—¡Eugenia! ¡Eugenia!

—Esto es, aunque usted no lo crea, una infamia. Nada más que una infamia.

—¡Eugenia, por Dios, Eugenia!

—¡No se me acerque usted más, que no sé lo que puedo hacer!

—Pues bien, sí, me acerco. ¡Pégame, Eugenia, pégame! ¡Insúltame, escúpeme, haz conmigo lo que quieras!

—Usted no merece nada —y Eugenia se levantó—. Me voy. ¡Pero que le quede claro que no acepto su limosna ni su oferta! Trabajaré más que nunca. Haré que trabaje mi novio, que pronto será mi marido, y viviremos. Y en cuanto a eso, quédese usted con mi casa.

—¡Pero si yo no me opongo, Eugenia, a que usted se case con ese novio que dice!

—¿Cómo? ¿Cómo? ¿A ver?

—¡Yo no he hecho esto para que usted se case conmigo por gratitud!... ¡Yo renuncio a mi propia felicidad! O mejor dicho, mi felicidad consiste solo en que usted sea feliz. ¡En que sea usted feliz con el marido que elija libremente!...

—¡Ah, ya, ya entiendo! Usted se guarda el papel de víctima heroica, de mártir. Quédese usted con la casa, le digo. Se la regalo.

—Pero, Eugenia, Eugenia...

—¡Basta!

Y sin mirarlo más, aquellos dos ojos de fuego desaparecieron.

Augusto se quedó un momento fuera de sí, sin darse cuenta de que existía. Luego se sacudió la niebla de confusión que lo envolvía. Cogió el sombrero y salió a la calle, a caminar sin rumbo. Pasó junto a una iglesia, San Martín, y entró en ella casi sin saber lo que hacía. Al entrar, solo vio la luz débil de la lamparilla que ardía frente al altar mayor. Le parecía que respiraba oscuridad. Olía a viejo, a tradición perfumada con incienso, a un hogar de siglos. Casi a ciegas, fue tocando las cosas hasta llegar a un banco. Más que sentarse, se dejó caer en él. Se sentía cansado, mortalmente cansado. Era como si toda aquella oscuridad y toda aquella vejez le pesaran sobre el corazón. De vez en cuando se oía una tos contenida. Salía de un susurro que parecía venir de lejos, de muy lejos. Augusto se acordó de su madre.

Cerró los ojos y volvió a soñar con aquella casa dulce y tibia. La luz entraba en ella entre las flores blancas bordadas en las cortinas. Volvió a ver a su madre, que iba y venía sin ruido, siempre vestida de negro. Volvió a ver aquella sonrisa suya, que era lo que quedaba de sus lágrimas. Y repasó toda su vida de hijo. Entonces él formaba parte de su madre y vivía bajo su protección. Recordó también la muerte de la pobre señora, lenta, seria, dulce y sin dolor. Se fue como un pájaro viajero que echa a volar sin ruido. Luego recordó, o volvió a soñar, el día en que encontró a Orfeo. Y al poco rato se encontró en un estado de espíritu en el que delante de él pasaban, como en el cine, las visiones más extrañas.

A su lado, un hombre rezaba en voz baja. El hombre se levantó para salir, y Augusto lo siguió. A la salida de la iglesia, el hombre mojó dos dedos en la pila de agua bendita. Eran el índice y el corazón de la mano derecha. Le ofreció agua bendita a Augusto y luego se santiguó. Los dos se encontraron juntos en la reja de la entrada.

—¡Don Avito! —exclamó Augusto.

—¡El mismo, Augustito, el mismo!

—Pero ¿usted por aquí?

—Sí, yo por aquí. La vida enseña mucho, y la muerte todavía más. Enseñan más, mucho más que la ciencia.

—Pero ¿y el candidato a genio?

Don Avito Carrascal le contó la triste historia de su hijo\[1\]. Y terminó diciendo: «Ya ves, Augustito, cómo he llegado a esto...».

\[1\] Historia que he contado en mi novela *Amor y Pedagogía*.

Augusto callaba y miraba al suelo. Iban por la alameda.

—Sí, Augusto, sí —siguió don Avito—. La vida es la única maestra de la vida. No hay pedagogía que sirva. Solo se aprende a vivir viviendo. Y cada hombre tiene que empezar otra vez desde el principio a aprender la vida...

—¿Y el trabajo de las generaciones, don Avito? ¿Y la herencia de los siglos?

—Solo hay dos herencias: la de las ilusiones y la de los desengaños. Y las dos solo se encuentran donde nos encontramos hace poco: en el templo. Seguro que te llevó allí una gran ilusión o un gran desengaño.

—Las dos cosas.

—Sí, las dos cosas, sí. Porque la ilusión, la esperanza, produce el desengaño, el recuerdo. Y el desengaño, el recuerdo, produce a su vez la ilusión, la esperanza. La ciencia es realidad, es presente, querido Augusto. Y yo ya no puedo vivir de nada presente. Mi pobre Apolodoro, mi víctima... —y al decir esto le lloraba la voz—. Desde que murió, es decir, desde que se mató, para mí ya no hay presente posible. Ya no me sirve la ciencia, ni la realidad. Solo puedo vivir recordándolo o esperándolo. Y he ido a parar a ese hogar de todas las ilusiones y de todos los desengaños: ¡a la iglesia!

—¿De modo que ahora usted cree?

—¡Qué sé yo...!

—Pero ¿no cree usted?

—No sé si creo o no creo. Sé que rezo. Y no sé bien lo que rezo. Somos unos cuantos. Al anochecer nos reunimos ahí a rezar el rosario. Yo no sé quiénes son, y ellos no me conocen. Pero nos sentimos unidos, en comunión íntima unos con otros. Y ahora pienso que la maldita humanidad no necesita para nada a los genios.

—¿Y su mujer, don Avito?

—¡Ah, mi mujer! —exclamó Carrascal.

Se le había asomado una lágrima a un ojo. Y esa lágrima pareció iluminarlo con una luz interior.

—¡Mi mujer! ¡La he descubierto! Hasta mi terrible desgracia, no sabía lo que tenía en ella. Pasé unas noches terribles después del suicidio de mi Apolodoro. Entonces apoyaba la cabeza en el regazo de ella, de la madre, y lloraba, lloraba, lloraba. Y ella me pasaba la mano dulcemente por la cabeza y me decía: «¡Pobre hijo mío! ¡Pobre hijo mío!». Solo así he entrado en el misterio de la vida. Nunca, nunca ha sido más madre que ahora. La hice madre... ¿y para qué? Solo para que me diera la materia prima del genio... Entonces nunca pensé que un día la iba a necesitar como madre para mí. Porque yo no conocí a mi madre, Augusto, no la conocí. Yo no he tenido madre. No he sabido lo que es tenerla hasta ahora. Mi mujer perdió a su hijo, que era también mío. Y desde entonces se ha sentido madre mía. Tú conociste a tu madre, Augusto, a la excelente doña Soledad. Si no, te aconsejaría que te casaras.

—La conocí, don Avito, pero la perdí. Y ahí, en la iglesia, estaba recordándola...

—Pues si quieres volver a tenerla, ¡cásate, Augusto, cásate!

—No, aquella no. Aquella no la volveré a tener.

—Es verdad, pero ¡cásate!

—¿Y cómo? —añadió Augusto con una sonrisa forzada.

Recordaba lo que había oído sobre una de las doctrinas de don Avito.

—¿Cómo? ¿Deductiva o inductivamente?

—¡Déjate ahora de esas cosas! ¡Por Dios, Augusto, no me recuerdes tragedias! Pero... en fin, si tengo que seguirte la broma: ¡cásate intuitivamente!

—¿Y si la mujer a la que quiero no me quiere?

—Cásate con la mujer que te quiera, aunque tú no la quieras. Es mejor casarse para que a uno le conquisten el amor que para conquistarlo. Busca una que te quiera.

Por la mente de Augusto pasó, muy rápida, la imagen de la chica de la planchadora. Porque él se había hecho la ilusión de que aquella pobrecita se había enamorado de él.

Por fin, Augusto se despidió de don Avito y se fue al Casino. Quería quitar la niebla de su cabeza y de su corazón con una partida de ajedrez con Víctor.

### Glosario

- **acreedor**: persona a quien se le debe dinero.
- **hipoteca**: deuda que pesa sobre una casa; si no se paga, la casa es para quien prestó el dinero.
- **infamia**: acción muy mala y vergonzosa.
- **limosna**: dinero que se da a un pobre.
- **lamparilla**: luz pequeña que arde delante del altar de una iglesia.
- **incienso**: sustancia que se quema en las iglesias y da un humo de olor fuerte.
- **pila de agua bendita**: recipiente de piedra con agua bendecida, a la entrada de una iglesia.
- **santiguarse**: hacer con la mano la señal de la cruz.
- **desengaño**: dolor que se siente cuando se pierde una ilusión.
- **rosario**: oración larga que se reza contando las cuentas de un collar.
- **regazo**: parte del cuerpo entre la cintura y las rodillas cuando una persona está sentada.
- **deductiva / inductivamente**: dos formas de razonar: de lo general a lo particular, o de lo particular a lo general.

## XIV

Augusto notó que a su amigo Víctor le pasaba algo raro. No acertaba ninguna jugada, estaba de mal humor y callado.

—Víctor, algo te pasa...

—Sí, hombre, sí, me pasa una cosa grave. Y como necesito desahogarme, vamos fuera. La noche está muy hermosa. Te lo contaré.

Víctor era el amigo más íntimo de Augusto, pero tenía cinco o seis años más que él. Llevaba más de doce años casado, porque se casó muy joven, por deber de conciencia, según decían. No tenía hijos.

Cuando estuvieron en la calle, Víctor empezó:

—Ya sabes, Augusto, que me tuve que casar muy joven...

—¿Que te tuviste que casar?

—Sí, vamos, no hagas como que no lo sabes. Las murmuraciones llegan a todos. Nos casaron nuestros padres, los míos y los de mi Elena, cuando éramos unos chiquillos. Y el matrimonio fue para nosotros un juego. Jugábamos a marido y mujer. Pero aquello fue una falsa alarma...

—¿Qué es lo que fue una falsa alarma?

—Pues aquello por lo que nos casaron. Fueron cosas de la vergüenza exagerada de nuestros padres. Se enteraron de un desliz nuestro, que causó un poco de escándalo. Y sin esperar a ver qué consecuencias tenía, o si tenía alguna, nos casaron.

—Hicieron bien.

—Yo no diría tanto. Pero el caso es que aquel desliz no tuvo consecuencias. Y tampoco las tuvieron los deslices que vinieron después, ya casados.

—¿Deslices?

—Sí, en nuestro caso no eran más que deslices. Nos deslizábamos. Ya te he dicho que jugábamos a marido y mujer...

—¡Hombre!

—No, no pienses tan mal. Éramos, y todavía somos, jóvenes para pervertirnos. Pero en lo que menos pensábamos era en formar un hogar. Éramos dos muchachos que vivían juntos y hacían eso que se llama vida de matrimonio. Pero pasó el año y no venía ningún hijo. Entonces empezamos a ponernos de mal humor y a mirarnos un poco de reojo. En silencio, cada uno culpaba al otro. Yo no aceptaba no ser padre. Ya era un hombre, tenía más de veintiún años. Y, francamente, no me resignaba a ser menos que otros. Menos que cualquier bruto que tiene su primer hijo a los nueve meses justos de casarse, o antes...

—Pero, hombre, ¿qué culpa...?

—Y, claro, yo le echaba la culpa a ella, aunque no se lo decía. Me decía a mí mismo: «Esta mujer es estéril y te pone en ridículo». Y ella, por su parte, me culpaba a mí, estoy seguro. Y hasta pensaba, qué sé yo...

—¿Qué?

—Nada. Pasa un año, y otro, y otro, y el matrimonio no tiene hijos. Entonces la mujer empieza a pensar que la culpa es del marido. Piensa que no llegó sano al matrimonio, que llevó alguna enfermedad... El caso es que nos sentíamos enemigos el uno del otro. Era como si el demonio se nos hubiera metido en casa. Y al final el demonio explotó. Llegaron los reproches de los dos, aquello de «tú no sirves» y «quien no sirve eres tú», y todo lo demás.

—¿Sería por eso aquella época en que estuviste tan mal? Fue a los dos o tres años de casarte. Estabas tan preocupado, tan nervioso, neurasténico. ¿Fue cuando tuviste que ir solo a aquel sanatorio?

—No, no fue eso... Fue algo peor.

Hubo un silencio. Víctor miraba al suelo.

—Bueno, bueno, guárdatelo. No quiero romper tus secretos.

—¡Pues sea, te lo diré! Aquellas peleas en casa con mi pobre mujer me tenían muy irritado. Llegué a imaginar que la cuestión no dependía de la intensidad, o de lo que sea, sino del número. ¿Me entiendes?

—Sí, creo que te entiendo...

—Y empecé a comer como un bruto. Comía lo que creía más sustancioso y nutritivo, bien sazonado con toda clase de especias. Sobre todo, las que tienen fama de afrodisíacas. Y buscaba a mi mujer todas las veces posibles. Y, claro...

—Te pusiste enfermo.

—¡Natural! Y si no llego a reaccionar a tiempo y no entramos en razón, me voy al otro mundo. Pero me curé de aquello en los dos sentidos. Volví con mi mujer, nos calmamos y nos resignamos. Y poco a poco volvió a nuestra casa no solo la paz, sino hasta la felicidad. Esta nueva vida empezó a los cuatro o cinco años de casados. Al principio, a veces nos quejábamos de nuestra soledad. Pero muy pronto no solo nos consolamos, sino que nos acostumbramos. Y al final no solo no echábamos de menos a los hijos: hasta sentíamos pena por los que los tienen. Nos acostumbramos el uno al otro. Cada uno se hizo una costumbre del otro. Tú no puedes entender esto...

—No, no lo entiendo.

—Pues bien: yo me hice una costumbre de mi mujer y Elena se hizo una costumbre mía. En nuestra casa todo estaba más o menos regulado, todo, igual que las comidas. A las doce en punto, ni un minuto más ni un minuto menos, la sopa está en la mesa. Comemos casi las mismas cosas todos los días, en el mismo orden y en la misma cantidad. Yo odio el cambio y Elena también lo odia. En mi casa se vive según el reloj.

—Vamos, sí. Esto me recuerda lo que dice nuestro amigo Luis del matrimonio Romera. Suele decir que son marido y mujer solterones.

—Exacto, porque no hay solterón más solterón y más terco que el casado sin hijos. Una vez quisimos sustituir a los hijos que no teníamos. Al fin y al cabo, en mí no había muerto el sentimiento de padre, y menos en ella el de madre. Así que adoptamos un perro, o lo tomamos como hijo, si prefieres. Pero un día lo vimos morir delante de nosotros, porque se le atravesó un hueso en la garganta. Vimos aquellos ojos húmedos que parecían pedirnos la vida. Nos dio tanta pena y tanto horror que no quisimos más perros ni ningún otro ser vivo. Y nos contentamos con unas muñecas, unas peponas grandes. Son las que has visto en casa, las que mi Elena viste y desnuda.

—Esas no se os morirán.

—Exacto. Y todo iba muy bien y nosotros estábamos contentísimos. No me quitan el sueño los llantos de un niño. No tenía que preocuparme de si será niño o niña, ni de qué voy a hacer con él o con ella... Y, además, siempre he tenido a mi mujer a mi disposición, con comodidad. No había embarazos ni bebés a los que dar el pecho que lo estorbaran. En fin, ¡una vida encantadora!

—¿Sabes que eso se diferencia muy poco, o nada, de...?

—¿De qué? ¿De un arrimo ilegal? Así lo creo. Un matrimonio sin hijos puede convertirse en una especie de concubinato legal. Muy bien ordenado, muy higiénico, relativamente casto, pero, en fin, ¡lo dicho! Marido y mujer solterones, pero solterones arrimados, de verdad. Y así han pasado estos más de once años, ya van para doce... Pero ahora... ¿sabes lo que me pasa?

—Hombre, ¿cómo lo voy a saber?

—Pero ¿no sabes lo que me pasa?

—A no ser que hayas dejado encinta a tu mujer...

—Eso, hombre, eso. ¡Imagínate qué desgracia!

—¿Desgracia? ¿Pero no lo deseabais tanto...?

—Sí, al principio, los dos o tres primeros años, poco más. Pero ahora, ahora... El demonio ha vuelto a casa, han vuelto las peleas. Antes cada uno culpaba al otro de que nuestra unión no diera hijos. Ahora cada uno culpa al otro de esto que nos viene encima. Y ya empezamos a llamarle... no, no te lo digo...

—Pues no me lo digas si no quieres.

—Empezamos a llamarle ¡el intruso! Y yo he soñado que se nos moría una mañana con un hueso atravesado en la garganta...

—¡Qué barbaridad!

—Sí, tienes razón, una barbaridad. ¡Y adiós orden, adiós comodidad, adiós costumbres! Todavía ayer Elena tenía vómitos. Parece que es una de las molestias de ese estado que llaman... ¡interesante! ¡Interesante! ¡Interesante! ¡Vaya un interés! ¡De vómito! ¿Has visto algo más indecente, algo más sucio?

—Pero ella estará contentísima de sentirse madre, ¿no?

—¿Ella? ¡Igual que yo! Esto es una mala jugada de la Providencia, de la Naturaleza o de quien sea. Es una burla. Si hubiera venido... el nene o la nena, lo que fuera... Si hubiera venido cuando lo esperábamos, como dos tórtolos inocentes, llenos de vanidad más que de amor de padres. Si hubiera venido cuando creíamos que no tener hijos era ser menos que otros. Si hubiera venido entonces, ¡muy bien, perfecto! Pero ¿ahora, ahora? Te digo que esto es una burla. Si no fuera por...

—¿Qué, hombre, qué?

—Te lo regalaba, para que le hiciera compañía a Orfeo.

—Hombre, cálmate y no digas disparates...

—Tienes razón, digo disparates. Perdóname. Pero ¿te parece bien que nos venga esto ahora? Llevamos casi doce años casados. Nos iba tan bien. Ya estábamos curados de la vanidad ridícula de los recién casados. Claro, ¡vivíamos tan tranquilos, tan seguros, tan confiados...!

—¡Hombre, hombre!

—Tienes razón, sí, tienes razón. Y lo más terrible es... ¿a que no lo imaginas? Mi pobre Elena no puede defenderse del sentimiento del ridículo. ¡Se siente en ridículo!

—Pues no veo...

—No, yo tampoco lo veo, pero así es: se siente en ridículo. Y hace tales cosas que tengo miedo por el... intruso... o intrusa.

—¡Hombre!—exclamó Augusto, alarmado.

—¡No, no, Augusto, no, no! No hemos perdido el sentido moral. Elena, como sabes, es profundamente religiosa. Acepta los planes de la Providencia, aunque de mala gana, y se resigna a ser madre. Y será buena madre, no tengo ninguna duda, muy buena madre. Pero siente tanto el ridículo que la creo capaz de cosas que... Para esconder su estado, para ocultar su embarazo... En fin, no quiero pensar en ello. Por ahora, hace ya una semana que no sale de casa. Dice que le da vergüenza. Se imagina que todos se van a quedar mirándola en la calle. Y ya habla de que nos vayamos de aquí. Dice que, si tiene que salir a tomar el aire y el sol cuando esté ya de muchos meses, no lo hará donde haya gente que la conozca. Gente que quizá vaya a felicitarla por ello.

Los dos amigos se callaron un rato. El breve silencio cerró la historia, y después Víctor dijo:

—Conque ¡anda, Augusto, anda y cásate, para que quizá te pase algo parecido! ¡Anda y cásate con la pianista!

—¡Y quién sabe...!—dijo Augusto, como quien habla consigo mismo—. ¡Quién sabe...! Quizá si me caso volveré a tener madre...

—Madre, sí—añadió Víctor—, ¡de tus hijos! Si los tienes...

—¡Y madre mía! Quizá ahora, Víctor, empieces a tener en tu mujer una madre, una madre tuya.

—Lo que voy a empezar ahora es a perder noches...

—O a ganarlas, Víctor, o a ganarlas.

—En fin, no sé lo que me pasa, ni lo que nos pasa. Yo, por mi parte, creo que llegaría a resignarme. Pero mi Elena, mi pobre Elena... ¡Pobrecita!

—¿Ves? Ya empiezas a sentir compasión por ella.

—En fin, Augusto, ¡piénsalo mucho antes de casarte!

Y se separaron.

Augusto entró en su casa con la cabeza llena de todo lo que había oído a don Avito y a Víctor. Ya casi no se acordaba de Eugenia, ni de la hipoteca liberada, ni de la muchacha de la planchadora.

Al entrar, Orfeo salió saltando a recibirle. Augusto lo cogió y le tocó con cuidado la garganta. Después lo apretó contra el pecho y le dijo: «Cuidado con los huesos, Orfeo, mucho cuidadito con ellos, ¿eh? No quiero que te atragantes con uno. No quiero verte morir delante de mí, pidiéndome la vida. Ya ves, Orfeo, don Avito, el pedagogo, ha vuelto a la religión de sus abuelos... ¡es la herencia! Y Víctor no se resigna a ser padre. Uno no se consuela de haber perdido a su hijo y el otro no se consuela de ir a tenerlo. ¡Y qué ojos, Orfeo, qué ojos! ¡Cómo le brillaban cuando me dijo: “¡Quiere usted comprarme! ¡quiere usted comprar no mi amor, que ese no se compra, sino mi cuerpo! ¡Quédese con mi casa!” ¡Comprar yo su cuerpo... su cuerpo...! ¡Si me sobra el mío, Orfeo, me sobra el mío! Lo que yo necesito es alma, alma, alma. Y un alma de fuego, como la que sale de los ojos de ella, de Eugenia. ¡Su cuerpo... su cuerpo... sí, su cuerpo es magnífico, espléndido, divino! Pero es que su cuerpo es alma, alma pura, todo él vida, todo él significado, todo él idea. A mí me sobra el cuerpo, Orfeo, me sobra el cuerpo porque me falta alma. ¿O no es más bien que me falta alma porque me sobra cuerpo? Yo me toco el cuerpo, Orfeo, lo palpo, lo veo. Pero ¿el alma? ¿Dónde está mi alma? ¿Es que la tengo? Solo la sentí respirar un poco cuando tuve aquí abrazada, sobre mis rodillas, a Rosario, a la pobre Rosarito. Fue cuando ella lloraba y lloraba yo. Aquellas lágrimas no podían salir de mi cuerpo; salían de mi alma. El alma es un manantial que solo se muestra en lágrimas. Hasta que uno llora de verdad, no sabe si tiene alma o no. Y ahora vamos a dormir, Orfeo, si es que nos dejan.»

### Glosario

- **desliz / deslices**: error; aquí, relación sexual antes de casarse o fuera de lo normal.
- **neurasténico**: muy nervioso, cansado y triste por un problema de los nervios.
- **sanatorio**: hospital donde los enfermos pasan un tiempo largo para curarse.
- **afrodisíacas**: comidas o especias que, según se cree, aumentan el deseo sexual.
- **solterón**: persona que no se ha casado y ya no es joven.
- **peponas**: muñecas grandes.
- **arrimo / concubinato**: vivir juntos como marido y mujer sin estar casados.
- **encinta**: embarazada, que va a tener un hijo.
- **estado interesante**: forma educada de decir que una mujer está embarazada.
- **intruso**: persona que entra donde no la llaman; así llaman Víctor y Elena al bebé que esperan.
- **manantial**: lugar donde el agua sale de la tierra; fuente.

## XV

—Pero ¿qué has hecho, chiquilla?—le preguntaba doña Ermelinda a su sobrina.

—¿Qué he hecho? Lo que usted habría hecho en mi caso, si tiene vergüenza. Estoy segura de ello. ¡Querer comprarme! ¡Querer comprarme a mí!

—Mira, chiquilla, siempre es mucho mejor que quieran comprarla a una que no que quieran venderla. No lo dudes.

—¡Querer comprarme! ¡Querer comprarme a mí!

—Pero si no es eso, Eugenia, si no es eso. Lo ha hecho por generosidad, por heroísmo...

—No quiero héroes. Es decir, no quiero a los que intentan serlo. Cuando el heroísmo viene solo, de forma natural, ¡bueno! Pero ¿por cálculo? ¡Querer comprarme! ¡Querer comprarme a mí, a mí! Le digo a usted, tía, que me la va a pagar. Me la va a pagar ese...

—¿Ese... qué? ¡Vamos, termina!

—Ese... panoli desaborido. Y para mí es como si no existiera. ¡Porque no existe!

—Pero qué tonterías estás diciendo...

—¿Es que cree usted, tía, que ese tío...?

—¿Quién, Fermín?

—No, ese... el del canario. ¿Tiene algo dentro?

—Por lo menos tendrá sus entrañas...

—Pero ¿usted cree que tiene entrañas? ¡Qué va! ¡Está hueco, lo veo claro, hueco!

—Pero ven aquí, chiquilla. Hablemos con calma y no digas ni hagas tonterías. Olvida eso. Yo creo que debes aceptarle...

—Pero si no le quiero, tía...

—¿Y tú qué sabes lo que es querer? No tienes experiencia. Tú sabrás lo que es una fusa o una corchea, pero lo que es querer...

—Me parece, tía, que usted está hablando por hablar...

—¿Qué sabes tú lo que es querer, chiquilla?

—Pero si quiero a otro...

—¿A otro? ¿A ese gandul de Mauricio, tan blando y sin ganas de nada? ¿A eso le llamas querer? ¿A eso le llamas otro? Augusto es tu salvación, y solo Augusto. ¡Tan fino, tan rico, tan bueno...!

—Pues por eso no le quiero, porque es tan bueno como usted dice. No me gustan los hombres buenos.

—Ni a mí, hija, ni a mí, pero...

—¿Pero qué?

—Que hay que casarse con ellos. Para eso han nacido y para eso son buenos: para maridos.

—Pero si no le quiero, ¿cómo me voy a casar con él?

—¿Cómo? ¡Casándote! ¿No me casé yo con tu tío...?

—Pero, tía...

—Sí, ahora creo que le quiero, me parece que sí. Pero cuando me casé, no sé si le quería. Mira, eso del amor es una cosa de libros. Es algo que se ha inventado solo para hablar y escribir de ello. Tonterías de poetas. Lo positivo es el matrimonio. El Código civil no habla del amor, pero sí del matrimonio. Todo eso del amor no es más que música...

—¿Música?

—Música, sí. Y ya sabes que la música casi solo sirve para vivir de enseñarla. Si no aprovechas una ocasión como esta, vas a tardar en salir de tu purgatorio...

—¿Y qué? ¿Les pido yo algo a ustedes? ¿No me gano la vida yo sola? ¿Soy una carga para ustedes?

—No te enfades así, polvorilla, ni digas esas cosas, porque vamos a pelearnos de verdad. Nadie te habla de eso. Y todo lo que te digo y te aconsejo es por tu bien.

—Sí, por mi bien... por mi bien... Por mi bien ha hecho el señor don Augusto Pérez esa hombrada, por mi bien... ¡Una hombrada, sí, una hombrada! ¡Quererme comprar...! ¡Quererme comprar a mí... a mí! ¡Una hombrada, lo dicho, una hombrada... una cosa de hombre! Los hombres, tía, ya lo voy viendo, son unos groseros, unos brutos. No tienen delicadeza. No saben hacer ni un favor sin ofender...

—¿Todos?

—¡Todos, sí, todos! Los que son hombres de verdad, se entiende.

—¡Ah!

—Sí, porque los otros, los que no son groseros, brutos y egoístas, no son hombres.

—Pues ¿qué son?

—¡Qué sé yo... maricas!

—¡Vaya teorías, chiquilla!

—En esta casa una se contagia.

—Pero eso no se lo has oído nunca a tu tío.

—No, se me ha ocurrido a mí, observando a los hombres.

—¿También a tu tío?

—Mi tío no es un hombre... de esos.

—Entonces es un marica, ¿eh?, un marica. ¡Vamos, habla!

—No, no, no, tampoco. Mi tío es... vamos... mi tío... No me acostumbro del todo a que sea algo así... vamos... de carne y hueso.

—Pues ¿qué? ¿Qué piensas de tu tío?

—Que no es más que... no sé cómo decirlo... que no es más que mi tío. Vamos, como si no existiera de verdad.

—Eso creerás tú, chiquilla. Pero yo te digo que tu tío existe, ¡vaya si existe!

—Brutos, todos brutos, brutos todos. ¿No sabe usted lo que le dijo ese bárbaro de Martín Rubio al pobre don Emeterio? Fue pocos días después de quedarse viudo.

—Creo que no lo he oído.

—Pues verá usted. Fue en aquella epidemia, ya sabe usted. Todo el mundo estaba alarmadísimo. A mí no me dejaron ustedes salir de casa durante muchos días, y hasta bebía el agua hervida. Todos huían unos de otros. Si alguien llevaba luto reciente, era como si tuviera la peste. Pues bien: a los cinco o seis días de quedarse viudo, el pobre don Emeterio tuvo que salir de casa. Iba de luto, por supuesto. Y de pronto se encontró cara a cara con ese bárbaro de Martín. Este, al verle de luto, se quedó a cierta distancia prudente, como si temiera el contagio. Y le dijo: «Pero, hombre, ¿qué es eso? ¿Alguna desgracia en tu casa?» «Sí—le contestó el pobre don Emeterio—, acabo de perder a mi pobre mujer...» «¡Lástima! ¿Y cómo, cómo ha sido eso?» «De sobreparto»—le dijo don Emeterio. «¡Ah, menos mal!»—le contestó el bárbaro de Martín. Y entonces se acercó a darle la mano. ¡Habrase visto animal más grande...! ¡Una hombrada! Le digo a usted que son unos brutos, nada más que unos brutos.

—Y es mejor que sean unos brutos que unos holgazanes. Como, por ejemplo, ese zanguango de Mauricio, que te tiene loca, yo no sé por qué... Porque, según mis informes, y son muy seguros, te lo aseguro, ese bobo no está enamorado de ti de verdad, ni un poco...

—¡Pero yo sí lo estoy de él, y basta!

—¿Y te parece que ese... tu novio, quiero decir... es un hombre de verdad? Si fuera un hombre, hace tiempo que habría buscado una salida y un trabajo.

—Pues si no es un hombre, yo quiero hacerle uno. Es verdad, tiene el defecto que usted dice, tía. Pero quizá por eso le quiero. Y ahora, después de la hombrada de don Augusto... ¡quererme comprar a mí, a mí!... después de eso estoy decidida. Me lo juego todo y me caso con Mauricio.

—¿Y de qué vais a vivir, desgraciada?

—¡De lo que yo gane! Trabajaré, y más que ahora. Aceptaré lecciones que he rechazado. De todos modos, ya he renunciado a esa casa: se la he regalado a don Augusto. Era un capricho, nada más que un capricho. Es la casa en que nací. Y ahora ya estoy libre de esa pesadilla de la casa y de su hipoteca. Me pondré a trabajar con más fuerza. Y Mauricio, al verme trabajar para los dos, no tendrá más remedio que buscar trabajo y trabajar él. Es decir, si tiene vergüenza...

—¿Y si no la tiene?

—Pues si no la tiene... ¡dependerá de mí!

—Sí, ¡el marido de la pianista!

—Aunque sea así. Será mío, mío, y cuanto más dependa de mí, más mío será.

—Sí, tuyo... pero como puede ser tuyo un perro. Y eso se llama comprar un hombre.

—¿No ha querido un hombre comprarme a mí con su dinero? Pues ¿qué tiene de raro que yo, una mujer, quiera comprar un hombre con mi trabajo?

—Todo esto que estás diciendo, chiquilla, se parece mucho a eso que tu tío llama feminismo.

—No lo sé, ni me importa saberlo. Pero le digo a usted, tía, que todavía no ha nacido el hombre que me pueda comprar a mí. ¿A mí? ¿A mí? ¿Comprarme a mí?

En ese momento de la conversación entró la criada. Anunció que don Augusto esperaba a la señora.

—¿Él? ¡Vete! Yo no quiero verle. Dile que ya le he dicho mi última palabra.

—Piénsalo un poco, chiquilla, cálmate. No lo tomes así. Tú no has sabido entender las intenciones de don Augusto.

Cuando Augusto estuvo delante de doña Ermelinda, empezó a pedirle disculpas. Según decía, estaba profundamente afectado. Eugenia no había sabido entender sus verdaderas intenciones. Él, por su parte, había cancelado formalmente la hipoteca de la casa. Ahora la casa estaba legalmente libre de esa carga y en manos de su dueña. Y si ella se empeñaba en no recibir las rentas, él tampoco podía recibirlas. Así que aquel dinero se perdería sin provecho para nadie. O mejor dicho, se iría guardando a nombre de su dueña. Además, él renunciaba a pedir la mano de Eugenia. Solo quería que ella fuera feliz. Hasta estaba dispuesto a buscarle un buen empleo a Mauricio. Así Mauricio no tendría que vivir de las rentas de su mujer.

—¡Tiene usted un corazón de oro!—exclamó doña Ermelinda.

—Ahora solo falta, señora, que usted convenza a su sobrina de mis verdaderas intenciones. Y si deshipotecar la casa fue una impertinencia, que me la perdone. Pero me parece que ya no se puede volver atrás. Si ella quiere, yo seré el padrino de la boda. Y luego emprenderé un viaje largo y lejano.

Doña Ermelinda llamó a la criada y le dijo que llamara a Eugenia, porque don Augusto quería hablar con ella. «La señorita acaba de salir», contestó la criada.

### Glosario

- **panoli desaborido**: persona tonta, inocente y sin gracia.
- **entrañas**: los órganos de dentro del cuerpo; también los sentimientos de una persona.
- **fusa / corchea**: notas musicales muy cortas.
- **gandul / zanguango**: persona que no quiere trabajar.
- **purgatorio**: lugar o situación donde se sufre durante un tiempo antes de estar mejor.
- **polvorilla**: persona que se enfada muy rápido.
- **hombrada**: aquí, acción bruta y sin delicadeza propia de un hombre.
- **luto**: ropa negra que se lleva cuando muere alguien de la familia.
- **sobreparto**: problemas de salud de la madre justo después de dar a luz.
- **deshipotecar**: liberar una casa de su hipoteca.
- **padrino**: hombre que acompaña a los novios en la boda como testigo.

## XVI

—Eres imposible, Mauricio—le decía Eugenia a su novio, en aquel cuchitril de la portería—, completamente imposible. Si sigues así, si no te quitas esa pereza, si no haces algo para buscarte un empleo y que podamos casarnos, soy capaz de cualquier disparate.

—¿De qué disparate? Vamos, dímelo, rica.

Y le acariciaba el cuello. Con un dedo, enrollaba un rizo de la nuca de la muchacha.

—Mira, si quieres, nos casamos así y yo seguiré trabajando... para los dos.

—Pero, mujer, ¿y qué dirán de mí si acepto una cosa así?

—¿Y a mí qué me importa lo que digan de ti?

—¡Hombre, hombre, eso es grave!

—Sí, a mí eso no me importa. Lo que yo quiero es que esto se acabe cuanto antes...

—¿Tan mal nos va?

—Sí, nos va mal, muy mal. Y si no te decides, soy capaz de...

—¿De qué? ¡Vamos!

—De aceptar el sacrificio de don Augusto.

—¿De casarte con él?

—¡No, eso nunca! De recuperar mi casa.

—Pues ¡hazlo, rica, hazlo! Si esa es la solución, y no otra...

—Y te atreves...

—¡Claro que me atrevo! Me parece que ese pobre don Augusto no está bien de la cabeza. Y ya que ha tenido ese capricho, no creo que debamos molestarle...

—Así que tú...

—Pues ¡claro que sí, rica, claro que sí!

—Un hombre, al fin y al cabo.

—No tanto como tú quisieras, por lo que dices. Pero ven aquí...

—Vamos, déjame, Mauricio. Ya te he dicho cien veces que no seas...

—Que no sea cariñoso...

—¡No, que no seas... bruto! Estate quieto. Y si quieres más confianza, quítate esa pereza y busca trabajo de verdad. Lo demás ya lo sabes. Así que a ver si tienes juicio, ¿eh? Mira que otra vez ya te di una bofetada.

—¡Y qué bien me supo! ¡Anda, rica, dame otra! Mira, aquí tienes mi cara...

—No lo repitas mucho...

—¡Anda, vamos!

—No, no quiero darte ese gusto.

—¿Ni otro?

—Te he dicho que no seas bruto. Y te repito que, si no te das prisa en buscar trabajo, soy capaz de aceptar eso.

—Pues bien, Eugenia, ¿quieres que te hable con el corazón en la mano? ¿Que te diga la verdad, toda la verdad?

—¡Habla!

—Yo te quiero mucho, pero mucho. Estoy completamente chalado por ti. Pero eso del matrimonio me asusta, me da un miedo terrible. Yo nací haragán por carácter, no te lo niego. Lo que más me molesta es tener que trabajar. Y veo lo que pasará si nos casamos. Supongo que tú querrás que tengamos hijos...

—¡Pues claro que sí!

—Entonces voy a tener que trabajar, y mucho, porque la vida es cara. Y aceptar que seas tú la que trabaje, ¡eso, nunca, nunca, nunca! Mauricio Blanco Clará no puede vivir del trabajo de una mujer. Pero quizá hay una solución para arreglarlo todo sin que trabaje yo, ni tampoco tú...

—A ver, a ver...

—Pues... ¿me prometes, chiquilla, no enfadarte?

—¡Anda, habla!

—Por todo lo que yo sé y lo que te he oído, ese pobre don Augusto es un panoli, un pobre diablo. Vamos, un...

—¡Anda, sigue!

—Pero no te vas a enfadar conmigo.

—¡Te he dicho que sigas!

—Pues es, como te decía, un... predestinado. Y quizá lo mejor sea no solo que aceptes eso de tu casa, sino que...

—Vamos, ¿qué?

—Que le aceptes a él por marido.

—¿Eh?

Y ella se puso de pie.

—Le aceptas, y como es un pobre hombre, pues... todo se arregla...

—¿Cómo que se arregla todo?

—Sí, él paga, y nosotros...

—Nosotros... ¿qué?

—Pues nosotros...

—¡Basta!

Y Eugenia salió de allí con los ojos llenos de fuego. Se decía: «Pero ¡qué brutos, qué brutos! Nunca lo hubiera creído... ¡Qué brutos!» Al llegar a su casa, se encerró en su cuarto y se puso a llorar. Y tuvo que acostarse con fiebre.

Mauricio se quedó un momento como parado. Pero pronto se recuperó y encendió un cigarrillo. Salió a la calle y le dijo un piropo a la primera chica guapa y con gracia que pasó a su lado. Y aquella noche hablaba con un amigo de Don Juan Tenorio.

—A mí ese tío no acaba de convencerme—decía Mauricio—. Eso no es más que teatro.

—¡Y lo dices tú, Mauricio, que tienes fama de Tenorio, de seductor!

—¿Seductor? ¿Seductor yo? ¡Qué cosas se inventan, Rogelio!

—¿Y lo de la pianista?

—¡Bah! ¿Quieres que te diga la verdad, Rogelio?

—¡Venga!

—Pues bien: de cada cien líos, más o menos honrados... Y ese del que hablas es honradísimo, ¡eh! Pues de cada cien líos entre hombre y mujer, en más de noventa la seductora es ella y el seducido es él.

—Pues qué, ¿me vas a negar que has conquistado a la pianista, a la Eugenia?

—Sí, te lo niego. No soy yo quien la ha conquistado a ella, sino ella quien me ha conquistado a mí.

—¡Seductor!

—Como quieras... Es ella, ella. No supe resistirme.

—Para el caso es lo mismo...

—Pero me parece que eso se va a acabar y voy a estar libre otra vez. Libre de ella, claro, porque no te prometo que no me conquiste otra. ¡Soy tan débil! Si yo hubiera nacido mujer...

—Bueno, ¿y cómo se va a acabar?

—Porque... pues, ¡porque he metido la pata! Quise que siguiéramos, es decir, que empezáramos la relación, ¿entiendes?, sin compromiso ni consecuencias... Y, ¡claro!, me parece que me va a dejar. Esa mujer quería absorberme.

—¡Y te absorberá!

—¡Quién sabe!... ¡Soy tan débil! Yo nací para que una mujer me mantenga, pero con dignidad, ¿sabes? Y si no, ¡nada!

—¿Y a qué llamas dignidad? ¿Se puede saber?

—¡Hombre, eso no se pregunta! Hay cosas que no se pueden definir.

—¡Es verdad!—contestó Rogelio, profundamente convencido. Y añadió—: ¿Y si la pianista te deja, qué vas a hacer?

—Pues quedarme vacante. Y a ver si me conquista alguna otra. ¡Me han conquistado ya tantas veces...! Pero esta no cedía. Siempre se mantenía a una distancia honesta. Era honrada, en fin, tan honrada como la que más. Y con todo eso me tenía chaladito, pero del todo chaladito. Al final habría hecho de mí lo que hubiera querido. Y ahora, si me deja, lo sentiré, y mucho, pero estaré libre.

—¿Libre?

—Libre, sí, para otra.

—Yo creo que haréis las paces...

—¡Quién sabe!... Pero lo dudo, porque tiene un genio... Y hoy la ofendí, la verdad, la ofendí.

### Glosario

- **cuchitril**: cuarto pequeño y feo.
- **portería**: cuarto pequeño de la portera, junto a la puerta del edificio.
- **disparate**: cosa sin sentido, locura.
- **chalado / chaladito**: enamorado como un loco.
- **haragán**: persona que no quiere trabajar.
- **panoli**: persona tonta e inocente.
- **predestinado**: persona cuyo destino ya está decidido antes de que pase.
- **piropo**: frase bonita que un hombre le dice a una mujer en la calle.
- **Don Juan Tenorio**: personaje de teatro que conquista y engaña a muchas mujeres.
- **meter la pata**: equivocarse, hacer o decir algo que no se debía.
- **vacante**: libre, sin nadie; se dice de un puesto de trabajo que no está ocupado.
- **tener genio**: enfadarse con facilidad, tener mal carácter.

## XVII

—¿Te acuerdas, Augusto—le decía Víctor—, de aquel don Eloíno Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro?

—¿Aquel empleado de Hacienda al que le gustaban tanto las juergas con mujeres, sobre todo las baratas?

—El mismo. Pues bien... ¡se ha casado!

—¡Vaya carcamal se lleva la mujer que haya cargado con él!

—Pero lo estupendo es su manera de casarse. Escucha y ve tomando notas. Ya sabrás que don Eloíno Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro no tiene casi nada, a pesar de sus apellidos. Solo tiene su sueldo en Hacienda. Y además tiene la salud completamente estropeada.

—Con la vida que ha llevado...

—Pues el pobre sufre una enfermedad del corazón y no se puede curar. Tiene los días contados. Acaba de pasar un ataque gravísimo, que le ha puesto a las puertas de la muerte. Y le ha llevado al matrimonio, aunque otro en su lugar... habría reventado. El caso es que el pobre hombre iba de casa de huéspedes en casa de huéspedes. De todas tenía que salir, porque por cuatro pesetas no se pueden pedir lujos ni comidas finas. Y él era muy exigente. Y no del todo limpio. Y así, rodando de casa en casa, llegó a la de una venerable patrona. Ella ya era mayor, mayor que él, y él, como sabes, está más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Era viuda dos veces. La primera vez, de un carpintero que se suicidó tirándose de un andamio a la calle. Lo recuerda a menudo como *su* Rogelio. La segunda vez, de un sargento de carabineros. Al morir, este le dejó un pequeño capital que le da una peseta al día. Y mira por dónde: estando en casa de esta viuda, mi don Eloíno se puso malo. Tan malo que parecía que no había remedio y que se moría. Llamaron primero a don José para que le viera, y luego a don Valentín. Y el hombre, ¡a morirse! Su enfermedad pedía tantos cuidados, y a veces tan poco limpios, que ocupaba a la patrona todo el tiempo. Y los otros huéspedes ya empezaban a amenazar con marcharse. Don Eloíno no podía pagar mucho más. Y la doble viuda le decía que no podía tenerle más en su casa, porque le estaba perjudicando el negocio. «Pero ¡por Dios, señora, por caridad!—parece que le decía él—. ¿Adónde voy yo en este estado? ¿En qué otra casa me van a recibir? Si usted me echa, tendré que ir a morirme al hospital... ¡Por Dios, por caridad! ¡Para los días que me quedan de vida...!» Porque él estaba convencido de que se moría, y muy pronto. Pero ella, por su parte, decía algo natural: que su casa no era un hospital, que vivía de su negocio y que ya la estaba perjudicando. Entonces a un compañero de oficina de don Eloíno se le ocurrió una idea salvadora. Le dijo: «Usted solo tiene un medio, don Eloíno, para que esta buena señora acepte tenerle en su casa mientras viva». «¿Cuál?», preguntó él. «Primero—le dijo el amigo—, sepamos qué cree usted de su enfermedad.» «Ah, pues yo creo que voy a durar poco, muy poco. Quizá mis hermanos no lleguen a verme con vida.» «¿Tan mal se cree usted?» «Me siento morir...» «Pues si es así, le queda un medio para que esta buena mujer no le eche a la calle y no tenga que irse al Hospital.» «¿Y cuál es?» «Casarse con ella.» «¿Casarme con ella? ¿Con la patrona? ¿Quién, yo? ¡Un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro! ¡Hombre, no estoy para bromas!» Y parece que la idea le hizo tanto efecto que por poco se muere allí mismo.

—Y no es para menos.

—Pero el amigo esperó a que se recuperara de la primera sorpresa. Entonces le hizo ver una cosa. Si se casaba con la patrona, le dejaba trece duros al mes de viudedad. Si no, ese dinero no lo aprovecharía nadie y se quedaría el Estado con él. Ya ves tú...

—Sí, amigo Víctor, conozco a más de uno que se ha casado solo para que el Estado no se ahorrara una viudedad. ¡Eso es civismo!

—Pero si don Eloíno rechazó indignado esa propuesta, imagínate lo que diría la patrona: «¿Yo? ¿Casarme yo, a mis años, y por tercera vez, con ese carcamal? ¡Qué asco!» Pero preguntó al médico. Le aseguraron que a don Eloíno solo le quedaban muy pocos días de vida. Y diciendo «La verdad es que trece duros al mes me vienen bien», acabó aceptando. Entonces llamaron al párroco, al bueno de don Matías, hombre santo, como sabes. Tenía que terminar de convencer al moribundo. «Sí, sí, sí—dijo don Matías—; sí, ¡pobrecito! ¡pobrecito!» Y le convenció. Luego don Eloíno llamó a Correíta. Estaban peleados, y dicen que le dijo que quería hacer las paces con él. También quería que fuera testigo de su boda. «Pero ¿se casa usted, don Eloíno?» «Sí, Correíta, sí, ¡me caso con la patrona! ¡Con doña Sinfo! ¡Yo, un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, imagínate! Yo, para que me cuide los pocos días de vida que me quedan... No sé si llegarán mis hermanos a tiempo de verme vivo... Y ella, por los trece duros de viudedad que le dejo.» Y cuentan que Correíta se fue a su casa y se lo contó todo, como es natural, a su mujer, a Emilia. Y ella exclamó: «Pero ¡tú eres un tonto, Pepe! ¿Por qué no le dijiste que se casara con Encarna? Ella le habría cuidado por los trece duros de viudedad tan bien como esa tía». Encarnación es una criada, ni joven ni guapa. Emilia la llevó a su matrimonio como si fuera parte de su dote. Y dicen que la Encarna añadió: «Tiene usted razón, señorita. Yo también me habría casado con él por trece duros. Y le habría cuidado lo que viviera, que no será mucho».

—Pero todo eso, Víctor, parece inventado.

—Pues no lo es. Hay cosas que no se inventan. Y todavía falta lo mejor. Me lo contaba don Valentín, que es quien ha tratado a don Eloíno después de don José. Un día fue a verle y se encontró a don Matías vestido de cura para una ceremonia. Creyó que iba a darle la Extremaunción al enfermo. Pero le dijeron que lo estaba casando. Y cuando volvió más tarde, la patrona recién casada, ¡por tercera vez!, le acompañó hasta la puerta. Con voz triste y llena de ansiedad le preguntaba: «Pero, dígame, don Valentín, ¿vivirá? ¿Vivirá todavía?» «No, señora, no. Es cuestión de días...» «Se morirá pronto, ¿eh?» «Sí, muy pronto.» «Pero ¿de verdad se morirá?»

—¡Qué barbaridad!

—Y no es todo. Don Valentín ordenó que al enfermo solo le dieran leche, y poquita cada vez. Pero doña Sinfo le decía a otro huésped: «¡Qué va! ¡Yo le doy de todo lo que me pida! ¿Para qué quitarle sus gustos, si va a vivir tan poco...?» Y luego el médico ordenó que le pusiera unas ayudas, y ella decía: «¿Unas ayudas? ¡Uf, qué asco! ¿A este tío carcamal? ¡Yo no, yo no! Si hubiera sido a alguno de los otros dos, a los que quería, con los que me casé por gusto... Pero ¿a este? ¿Unas ayudas? ¿Yo? ¡Ni pensarlo!»

—¡Todo esto es fantástico!

—No, es histórico. Y llegaron dos hermanos de don Eloíno, un hermano y una hermana. Él, hundido por la desgracia, decía: «¡Casarse mi hermano, mi hermano, un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, con la patrona de la calle de Pellejeros! ¡Mi hermano, hijo de un antiguo presidente de la Audiencia de Zaragoza, de Za-ra-go-za, con una... doña Sinfo!» Estaba aterrado. Y la viuda del suicida, recién casada con el moribundo, se decía: «Y ahora verá usted, lo veo venir. ¡Como ahora somos cuñados, se irán sin pagarme el pupilaje, y yo vivo de esto!» Y parece que sí le pagaron el pupilaje. Lo pagó el marido. Pero se llevaron un bastón suyo con el puño de oro.

—¿Y murió?

—Sí, bastante tiempo después. Mejoró, mejoró bastante. Y ella, la patrona, decía: «La culpa de esto la tiene ese don Valentín, que le ha entendido la enfermedad... Mejor era el otro, don José, que no se la entendía. Si solo le hubiera tratado él, ya estaría muerto. Y no como ahora, que me va a fastidiar». Doña Sinfo tiene los hijos del primer marido y, además, una hija del segundo, del carabinero. Poco después de casarse, don Eloíno le decía a la chica: «Ven, ven aquí. Ven, ven, que te dé un beso, que ya soy tu padre, eres hija mía...» «Hija, no—decía la madre—, ¡ahijada!» «¡Hijastra, señora, hijastra! Ven aquí... os dejo bien...» Y dicen que la madre protestaba entre dientes: «¡Y el sinvergüenza solo lo hacía para manosearla...! ¡Habrase visto...!» Y luego llegó, como es natural, la ruptura. «Esto fue un engaño, nada más que un engaño, don Eloíno. Yo me casé con usted porque me aseguraron que usted se moría, y muy pronto. Si no... ¡de qué! Me han engañado, me han engañado.» «A mí también me han engañado, señora. ¿Y qué quería usted que hiciera yo? ¿Morirme para darle gusto?» «Eso era lo acordado.» «Ya me moriré, señora, ya me moriré... y antes de lo que quisiera... ¡Un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro!»

Y se pelearon por unas monedas más o menos del pupilaje, y al final ella lo echó de casa. «¡Adiós, don Eloíno, que le vaya a usted bien!» «Quede usted con Dios, doña Sinfo.» Y por fin se ha muerto el tercer marido de esta señora. Le ha dejado 2,15 pesetas diarias, y además le han dado 500 para lutos. Por supuesto, no las ha gastado en lutos. Como mucho, le ha pagado un par de misas, por remordimiento y por gratitud por los trece duros de viudedad.

—Pero ¡qué cosas, Dios mío!

—Cosas que no se inventan, que no es posible inventar. Ahora estoy recogiendo más datos de esta tragicomedia, de esta farsa fúnebre. Primero pensé hacer con ello un sainete. Pero lo he pensado mejor y he decidido meterlo como sea en una novela que estoy escribiendo. Lo meteré como Cervantes metió en su *Quijote* aquellas novelas que aparecen en él. Escribo la novela para compensar los dolores de cabeza que me da el embarazo de mi mujer.

—Pero ¿te has puesto a escribir una novela?

—¿Y qué querías que hiciera?

—¿Y cuál es su argumento, si se puede saber?

—Mi novela no tiene argumento. O mejor dicho, tendrá el que vaya saliendo. El argumento se hace solo.

—¿Y cómo es eso?

—Pues mira: uno de estos días yo no sabía bien qué hacer. Pero sentía ganas de hacer algo, un picor muy íntimo, un cosquilleo de la fantasía. Y me dije: voy a escribir una novela. Pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cogí unas hojas de papel y empecé con lo primero que se me ocurrió. No sabía lo que seguiría, no tenía ningún plan. Mis personajes se irán haciendo según actúen y hablen, sobre todo según hablen. Su carácter se irá formando poco a poco. Y a veces su carácter será no tener carácter.

—Sí, como el mío.

—No sé. Ya irá saliendo. Yo me dejo llevar.

—¿Y hay psicología? ¿Descripciones?

—Lo que hay es diálogo, sobre todo diálogo. Lo importante es que los personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada.

—Eso te lo habrá sugerido Elena, ¿eh?

—¿Por qué?

—Porque una vez me pidió una novela para pasar el tiempo. Recuerdo que me dijo que tuviera mucho diálogo, y muy cortado.

—Sí. Cuando en una novela encuentra largas descripciones, sermones o relatos, se los salta diciendo: ¡paja! ¡paja! ¡paja! Para ella, solo el diálogo no es paja. Y ya ves, un sermón se puede repartir muy bien en un diálogo...

—¿Y por qué será eso?...

—Pues porque a la gente le gusta la conversación por la conversación misma, aunque no diga nada. Hay quien no aguanta un discurso de media hora y se pasa tres horas charlando en un café. Es el encanto de la conversación, de hablar por hablar, del hablar roto e interrumpido.

—A mí también me aburre el tono de discurso...

—Sí, al hombre le gusta el habla, y el habla viva... Y sobre todo, así parece que el autor no dice las cosas por sí mismo. No nos molesta con su personalidad, con su yo satánico. Aunque, por supuesto, todo lo que digan mis personajes lo digo yo...

—Eso, hasta cierto punto...

—¿Cómo que hasta cierto punto?

—Sí. Empezarás creyendo que tú los llevas de tu mano. Y es fácil que acabes convencido de que son ellos los que te llevan a ti. Es muy frecuente que un autor acabe siendo el juguete de sus ficciones...

—Quizá, pero el caso es que en esa novela pienso meter todo lo que se me ocurra, sea como sea.

—Pues al final no será una novela.

—No, será... será... *nivola*.

—¿Y qué es eso? ¿Qué es *nivola*?

—Pues le he oído contar a Manuel Machado, el poeta, el hermano de Antonio, una historia. Una vez le llevó a don Eduardo Benot un soneto para leérselo. Estaba en versos alejandrinos o en otra forma poco correcta, no sé cuál. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: «Pero ¡eso no es un soneto!...» «No, señor—le contestó Machado—, no es soneto, es... *sonite*.» Pues lo mismo con mi novela. No va a ser novela, sino... ¿cómo dije?, *navilo*... *nebulo*... no, no, *nivola*, eso es, *¡nivola!* Así nadie tendrá derecho a decir que rompe las leyes de su género... Invento el género. E inventar un género no es más que darle un nombre nuevo. Y le doy las leyes que me gustan. ¡Y mucho diálogo!

—¿Y cuando un personaje se queda solo?

—Entonces... un monólogo. Y para que parezca algo así como un diálogo, invento un perro a quien el personaje le habla.

—¿Sabes, Víctor? Se me ocurre que me están inventando a mí...

—¡Puede ser!

Cuando Víctor y Augusto se separaron, Augusto iba diciéndose: «Y esta vida mía, ¿es novela, es nivola o qué es? Todo esto que me pasa a mí y a los que me rodean, ¿es realidad o es ficción? ¿No es quizá todo esto un sueño de Dios, o de quien sea? ¿Un sueño que desaparecerá en cuanto Él despierte? ¿Y por eso le rezamos y le cantamos cánticos e himnos, para dormirle, para mecer su sueño? ¿No es quizá toda la liturgia de todas las religiones un modo de mecer el sueño de Dios? ¿Para que no despierte y deje de soñarnos? ¡Ay, mi Eugenia! ¡Mi Eugenia! Y mi Rosarito...»

—¡Hola, Orfeo!

Orfeo había salido a recibirle. Saltaba y quería subirle por las piernas. Augusto lo cogió y el animalito empezó a lamerle la mano.

—Señorito—le dijo Liduvina—, ahí le espera Rosarito con la plancha.

—¿Y por qué no la despachaste tú?

—Qué sé yo... Le dije que el señorito no podía tardar, que si quería esperar...

—Pero podías haberla despachado, como otras veces...

—Sí, pero... en fin, usted me entiende...

—¡Liduvina! ¡Liduvina!

—Es mejor que la despache usted mismo.

—Voy allá.

### Glosario

- **carcamal**: viejo, feo y enfermo.
- **casa de huéspedes / patrona**: casa donde se alquilan habitaciones con comida / mujer que lleva esa casa.
- **andamio**: estructura de madera o metal para trabajar en la parte alta de un edificio.
- **carabineros**: antiguos soldados que vigilaban las costas y fronteras.
- **viudedad**: dinero que recibe la viuda cuando muere su marido.
- **moribundo**: persona que se está muriendo.
- **Extremaunción**: sacramento que el cura da a una persona que se va a morir.
- **ayudas**: lavativa, líquido que se pone por detrás para limpiar el intestino.
- **pupilaje**: dinero que se paga por vivir y comer en una casa de huéspedes.
- **hijastra**: hija del marido o de la mujer, que no es hija propia.
- **sainete**: obra de teatro corta y cómica.
- **liturgia**: orden y forma de las ceremonias de una religión.

## XVIII

—¡Hola, Rosarito!—exclamó Augusto en cuanto la vio.

—Buenas tardes, don Augusto.

La voz de la muchacha era serena y clara, y su mirada también era clara y serena.

—¿Por qué no has arreglado la cuenta con Liduvina, como otras veces cuando no estoy en casa?

—¡No sé! Me dijo que le esperara. Creí que usted querría decirme algo...

«Pero ¿esto es ingenuidad o qué es?», pensó Augusto, y se quedó un momento parado. Hubo un instante incómodo, lleno de un silencio inquieto.

—Lo que quiero, Rosario, es que olvides lo del otro día. Que no vuelvas a acordarte de ello, ¿entiendes?

—Bueno, como usted quiera...

—Sí, aquello fue una locura... una locura... No sabía bien lo que hacía ni lo que decía... como no lo sé ahora...

Y se iba acercando a la chica.

Ella le esperaba tranquila y como resignada. Augusto se sentó en un sofá y la llamó: «¡Ven aquí!». Le dijo que se sentara sobre sus rodillas, como la otra vez. Y estuvo un buen rato mirándola a los ojos. Ella aguantó tranquila aquella mirada, pero temblaba toda como la hoja de un chopo.

—¿Tiemblas, chiquilla...?

—¿Yo? Yo no. Me parece que es usted...

—No tiembles, cálmate.

—No vuelva a hacerme llorar...

—Vamos, sí, que quieres que te vuelva a hacer llorar. Di, ¿tienes novio?

—Pero qué preguntas...

—Dímelo, ¿lo tienes?

—¡Novio... así, novio... no!

—Pero ¿todavía no se te ha acercado ningún muchacho de tu edad?

—Ya ve usted, don Augusto...

—¿Y qué le has dicho?

—Hay cosas que no se dicen...

—Es verdad. Y vamos, di, ¿os queréis?

—Pero ¡por Dios, don Augusto...!

—Mira, si vas a llorar, te dejo.

La chica apoyó la cabeza en el pecho de Augusto y escondió la cara en él. Se puso a llorar, intentando ahogar sus sollozos. «Esta chiquilla se me va a desmayar», pensó él, mientras le acariciaba el pelo.

—¡Cálmate! ¡Cálmate!

—¿Y aquella mujer...?—preguntó Rosarito sin levantar la cabeza, tragándose los sollozos.

—Ah, ¿te acuerdas? Pues aquella mujer ha acabado por rechazarme del todo. Nunca la gané, pero ahora la he perdido del todo, ¡del todo!

La chica levantó la frente y le miró a la cara, como para ver si decía la verdad.

—Es que me quiere engañar...—susurró.

—¿Cómo que te quiero engañar? Ah, ya, ya. Conque esas tenemos, ¿eh? Pues ¿no dices que tenías novio?

—Yo no he dicho nada...

—¡Calma! ¡Calma!

Y la sentó a su lado en el sofá. Él se levantó y empezó a pasear por la habitación.

Pero al volver a mirarla, vio que la pobre muchacha estaba pálida y temblaba. Comprendió que se sentía sin protección. Así, sola frente a él, a cierta distancia, sentada en aquel sofá como un reo ante el fiscal, se sentía desfallecer.

—¡Es verdad!—exclamó—. Estamos más protegidos cuanto más cerca.

Volvió a sentarse y volvió a sentarla sobre sus rodillas. La rodeó con sus brazos y la apretó contra su pecho. La pobrecilla le echó un brazo sobre el hombro, como para apoyarse en él. Y volvió a esconder la cara en el pecho de Augusto. Y allí oyó cómo le golpeaba el corazón, como un martillo, y se asustó.

—¿Está usted malo, don Augusto?

—¿Y quién está bueno?

—¿Quiere usted que llame para que le traigan algo?

—No, no, déjalo. Yo sé cuál es mi enfermedad. Y lo que me hace falta es hacer un viaje.

Y después de un silencio, dijo:

—¿Me acompañarás en él?

—¡Don Augusto!

—¡Deja el don! ¿Me acompañarás?

—Como usted quiera...

Una niebla llenó la mente de Augusto. La sangre empezó a latirle en las sienes y sintió una presión en el pecho. Y para librarse de ello, empezó a besar a Rosarito en los ojos, y ella tenía que cerrarlos. De pronto la dejó, se levantó y dijo:

—¡Déjame! ¡Déjame! ¡Tengo miedo!

—¿Miedo de qué?

La tranquilidad repentina de la muchacha le asustó todavía más.

—Tengo miedo, no sé de quién: de ti, de mí, ¡de lo que sea! ¡De Liduvina! Mira, vete, vete, pero volverás, ¿verdad? ¿Volverás?

—Cuando usted quiera.

—Y me acompañarás en mi viaje, ¿verdad?

—Como usted mande...

—¡Vete, vete ahora!

—Y aquella mujer...

Augusto se lanzó hacia la chica, que ya se había puesto de pie. La cogió y la apretó contra su pecho. Juntó sus labios secos a los labios de ella. Y así, sin besarla, estuvo un rato boca contra boca, mientras movía la cabeza. Y luego la soltó y dijo: «¡Anda, vete!».

Rosario se fue. En cuanto salió, Augusto se echó sobre su cama. Estaba cansado, como si acabara de caminar leguas entre montañas. Apagó la luz y se quedó hablando solo:

«Le he estado mintiendo y me he estado mintiendo. ¡Siempre es así! Todo es fantasía, y no hay más que fantasía. El hombre, en cuanto habla, miente. Y en cuanto se habla a sí mismo, se miente. Es decir, en cuanto piensa sabiendo que piensa. No hay más verdad que la vida fisiológica. La palabra, este producto de la sociedad, se ha hecho para mentir. Le he oído a nuestro filósofo que la verdad es, como la palabra, un producto social. Es lo que creen todos, y creyéndolo se entienden. Pero lo que es producto social es la mentira...»

Sintió unos lametones en la mano y exclamó: «Ah, ¿ya estás aquí, Orfeo? Tú, como no hablas, no mientes. Y hasta creo que no te equivocas, que no te mientes a ti mismo. Aunque, como eres un animal doméstico, algo se te habrá pegado del hombre... No hacemos más que mentir y darnos importancia. La palabra se hizo para exagerar todas nuestras sensaciones e impresiones... quizá para creerlas. La palabra y toda clase de expresión convencional, como el beso y el abrazo... Cada uno no hace más que representar su papel. ¡Todos personas, todos máscaras, todos actores! Nadie sufre ni goza lo que dice y expresa. Quizá cree que goza y sufre. Si no fuera así, no se podría vivir. En el fondo estamos muy tranquilos. Como yo ahora aquí, representando mi comedia a solas, actor y espectador a la vez. Solo mata el dolor físico. La única verdad es el hombre fisiológico, el que no habla, el que no miente...»

Oyó un golpecito en la puerta.

—¿Qué hay?

—¿Es que hoy no va usted a cenar?—preguntó Liduvina.

—Es verdad. Espera, que ahora voy.

«Y luego hoy dormiré, como los otros días, y dormirá ella. ¿Dormirá Rosarito? ¿No le habré quitado la tranquilidad del espíritu? Y esa naturalidad suya, ¿es inocencia o es malicia? Pero quizá no hay nada más malicioso que la inocencia. O nada más inocente que la malicia. Sí, sí, ya me imaginaba yo que en el fondo no hay nada más... más... ¿cómo lo diré?... más cínico que la inocencia. Sí, era inocencia aquella tranquilidad con que se me entregaba. Eso fue lo que me dio miedo, miedo no sé bien de qué. Y lo de “¿Y aquella mujer?”... Celos, ¿eh? ¿Celos? Probablemente el amor no nace hasta que nacen los celos. Son los celos los que nos muestran el amor. Una mujer puede estar muy enamorada de un hombre, o un hombre de una mujer. Pero no se dan cuenta de que lo están, no se lo dicen a sí mismos. Es decir, no se enamoran de verdad hasta que él ve que ella mira a otro hombre. O hasta que ella le ve a él mirar a otra mujer. Si en el mundo solo hubiera un hombre y una mujer, sin más sociedad, no podrían enamorarse el uno del otro. Además, siempre hace falta la tercera persona, la Celestina, y la Celestina es la sociedad. ¡El Gran Galeoto! ¡Y qué bien está eso! ¡Sí, el Gran Galeoto! Aunque solo fuera por el lenguaje. Y por eso todo eso del amor es una mentira más. ¿Y lo fisiológico? ¡Bah, eso fisiológico no es amor, ni nada parecido! ¡Por eso es verdad! Pero... vamos, Orfeo, vamos a cenar. ¡Esto sí que es verdad!»

### Glosario

- **ingenuidad**: inocencia, forma de ser de quien no ve la maldad.
- **chopo**: árbol alto de hojas que se mueven mucho con el viento.
- **reo / fiscal**: persona acusada en un juicio / abogado que acusa en un juicio.
- **desfallecer**: perder las fuerzas, casi desmayarse.
- **sienes**: los lados de la cabeza, entre los ojos y las orejas.
- **legua**: antigua medida de distancia, de unos cinco kilómetros.
- **fisiológico**: del cuerpo y de sus funciones, no de la mente.
- **persona**: aquí también en su sentido antiguo, del latín: la máscara que llevaba el actor en el teatro.
- **malicia**: intención escondida de hacer algo malo o de sacar provecho.
- **cínico**: que no tiene vergüenza y hace o dice cosas sin disimular.
- **Celestina**: personaje de un libro antiguo, mujer que ayuda a los enamorados a encontrarse.
- **el Gran Galeoto**: obra de teatro en la que la gente, con sus palabras, une a dos personas.

## XIX

Dos días después, le dijeron a Augusto que una señora quería verle y hablar con él. Salió a recibirla y se encontró con doña Ermelinda. Augusto le dijo: «¿Usted por aquí?». Y ella contestó: «¡Como usted no ha querido volver a vernos...!».

—Usted comprende, señora —contestó Augusto—, que no debía volver. Ya sabe lo que me pasó en su casa las dos últimas veces. Una vez estuve a solas con Eugenia, y la otra vez ella no quiso verme. Yo mantengo lo que hice y lo que dije, pero no puedo volver por allí...

—Pues le traigo un encargo de parte de Eugenia...

—¿De ella?

—Sí, de ella. Yo no sé qué ha podido pasarle con el novio. Pero no quiere oír hablar de él y está furiosa con él. El otro día volvió a casa, se encerró en su cuarto y no quiso cenar. Tenía los ojos rojos de llorar. Pero eran esas lágrimas que queman, ¿sabe usted?, las de rabia...

—¡Ah! Pero ¿es que hay distintas clases de lágrimas?

—Claro. Hay lágrimas que refrescan y alivian, y lágrimas que encienden y ahogan más. Había llorado y no quiso cenar. Y me repetía su estribillo: que los hombres son todos ustedes unos brutos, nada más que unos brutos. Estos días ha estado enfadada, con un humor de todos los diablos. Hasta que ayer me llamó. Me dijo que se arrepiente de todo lo que le dijo a usted. Dice que se pasó y que fue injusta con usted. Reconoce que sus intenciones fueron rectas y nobles. Ella no quiere solo que usted le perdone lo que le dijo, que usted la quería comprar. Quiere algo más: que usted sepa que no cree semejante cosa. En esto insistió mucho. Dice que, sobre todo, quiere que usted la crea. Si dijo aquello, fue por nervios y por despecho. Pero no lo cree...

—Y creo que no lo crea.

—Después... después me encargó que yo averiguara una cosa, con diplomacia...

—La mejor diplomacia, señora, es no tenerla, y sobre todo conmigo...

—Después me pidió que averiguara otra cosa. ¿Le molestaría a usted que ella aceptara su regalo, sin ningún compromiso? Me refiero al regalo de su propia casa...

—¿Cómo que sin compromiso?

—Sí, hombre, que acepte el regalo como un simple regalo.

—Si yo se lo doy como regalo, ¿cómo lo va a aceptar si no?

—Ella dice que sí, que está dispuesta a aceptar su generosa donación. Quiere así demostrarle su buena voluntad. Y también que se arrepiente de verdad de lo que le dijo. Pero sin que eso signifique...

—¡Basta, señora, basta! Ahora parece que, sin darse cuenta, vuelven a ofenderme...

—Será sin intención...

—A veces las peores ofensas son las que se hacen sin intención, como dicen.

—Pues no lo entiendo...

—Y, sin embargo, es muy claro. Una vez entré en una reunión. Allí había un hombre que me conocía, y ni siquiera me saludó. Al salir, me quejé a un amigo. Y él me dijo: «No le extrañe a usted, no lo ha hecho a propósito. Es que ni siquiera se ha dado cuenta de que usted estaba allí». Y yo le contesté: «Pues ahí está la mayor grosería. No está en que no me haya saludado. Está en que no se haya dado cuenta de que yo estaba allí». Él me respondió: «Eso en él es involuntario; es un distraído...». Y yo le dije: «Las mayores groserías son las que llaman involuntarias. Y la grosería más grande de todas es distraerse delante de las personas. Es, señora, como eso que llaman, tontamente, olvidos involuntarios. ¡Como si uno pudiera olvidarse de algo queriendo! El olvido involuntario suele ser una grosería».

—¿Y a qué viene esto...?

—Viene a esto, señora doña Ermelinda. Primero ella me pide perdón por aquella idea ofensiva. Ella dijo que yo buscaba comprarla con mi regalo, obligándola a estarme agradecida. Y después de pedirme perdón, acepta el regalo, pero dejando claro que es sin compromiso. No entiendo a qué viene eso. ¿Qué compromiso, vamos a ver, qué compromiso?

—¡No se ponga usted así, don Augusto...!

—¡Pues claro que me pongo así, señora, claro que sí! ¿Es que esa... muchacha se va a burlar de mí? ¿Va a querer jugar conmigo?

Y, al decir esto, se acordaba de Rosarito.

—¡Por Dios, don Augusto, por Dios...!

—Ya he dicho que la hipoteca está deshecha, que la he cancelado. Si ella no se hace cargo de su casa, yo no tengo nada que ver con eso. ¡Y si me lo agradece o no, ya no me importa!

—Pero, don Augusto, ¡no se ponga así! ¡Si lo que ella quiere es hacer las paces con usted! ¡Quiere que vuelvan a ser amigos...!

—Sí, ahora que ha roto con el otro y están en guerra, ¿no es eso? Antes yo era el otro; ahora soy el uno, ¿no es eso? Ahora se trata de pescarme, ¿eh?

—Pero ¡si yo no he dicho tal cosa...!

—No, pero lo adivino.

—Pues se equivoca usted por completo. Mi sobrina me dijo todo eso que le acabo de repetir. Y precisamente después, yo le di una idea y un consejo. Le dije que, ya que había reñido con el gandul de su novio, intentara ganarle a usted como novio. Vamos, usted me entiende...

—Sí, que me reconquistara...

—¡Eso! Pues bien, cuando le aconsejé esto, me dijo cien veces que no, que no y que no. Dijo que le estima y le aprecia a usted como amigo. Pero no le gusta como marido. Y dice que solo quiere casarse con un hombre del que esté enamorada...

—Y que de mí no podrá llegar a estarlo, ¿no es eso?

—No, tanto como eso no lo dijo...

—Vamos, sí, esto también es diplomacia...

—¿Cómo?

—Sí, usted no viene solo a que yo perdone a esa... muchacha. También viene a ver si yo acepto pedirla para mujer, ¿no es eso? Es cosa acordada entre ustedes, ¿eh? Y ella se resignará...

—Le juro a usted, don Augusto, le juro por la santa memoria de mi santa madre, que esté en la gloria, le juro...

—El segundo, no jurar...

—Pues le juro que ahora es usted quien se olvida, sin querer, por supuesto, de quién soy yo. Se olvida de quién es Ermelinda Ruiz y Ruiz.

—Si fuera así...

—Sí, así es, así.

Y dijo estas palabras con un tono que no dejaba ninguna duda.

—Pues entonces... entonces... diga a su sobrina que acepto sus explicaciones. Dígale que se las agradezco mucho. Que seguiré siendo su amigo, un amigo leal y noble. Pero solo amigo, ¿eh?, nada más que amigo, solo amigo... Y no le diga que yo no soy un piano que se puede tocar como uno quiera. No le diga que no soy un hombre de «hoy te dejo y luego te tomo». Que no soy un sustituto ni un vicenovio. Que no soy plato de segunda mesa...

—¡No se ponga usted así!

—¡Pero si no me pongo así! Pues bien, dígale que sigo siendo su amigo...

—¿E irá usted pronto a vernos?

—Eso...

—Mire que, si no, la pobrecita no me va a creer. Lo va a sentir...

—Es que pienso hacer un viaje largo y lejano...

—Antes, venga a despedirse...

—Bueno, veremos...

Se separaron. Doña Ermelinda llegó a casa y contó a su sobrina la conversación con Augusto. Entonces Eugenia se dijo: «Aquí hay otra, no me cabe duda. Ahora sí que le reconquisto».

Augusto, por su parte, se quedó solo. Empezó a pasearse por la habitación y se decía: «Quiere jugar conmigo, como si yo fuera un piano... Me deja, me toma, me volverá a dejar... Yo estaba de reserva... Diga lo que diga, busca que yo vuelva a pedirla. Quizás quiere vengarse. Quizás quiere dar celos al otro y volver a manejarlo como quiera... Como si yo fuera un muñeco, un ente, un don nadie... ¡Y yo tengo mi carácter, claro que lo tengo! ¡Yo soy yo! Sí, ¡yo soy yo! ¡Yo soy yo! Le debo a ella, a Eugenia, ¿cómo negarlo?, que haya despertado mi capacidad de amar. Pero ya me la ha despertado, y ahora no la necesito. Lo que sobran son mujeres».

Al llegar aquí, no pudo evitar una sonrisa, porque se acordó de una frase de Víctor. Gervasio, recién casado, les anunció un día que se iba con su mujer a pasar una temporada en París. Y Víctor le dijo: «¿A París y con mujer? ¡Eso es como ir con un bacalao a Escocia!». A Augusto esto le hizo muchísima gracia.

Y siguió diciéndose: «Lo que sobran son mujeres. ¡Y qué encanto la inocencia maliciosa, la malicia inocente de Rosarito! Es una nueva edición de la eterna Eva. ¡Qué encanto de chiquilla! Ella, Eugenia, me ha bajado de lo abstracto a lo concreto. Pero también me ha llevado a lo general. Y hay tantas mujeres apetitosas, tantas... ¡Tantas Eugenias! ¡Tantas Rosarios! No, no, conmigo no juega nadie, y menos una mujer. ¡Yo soy yo! ¡Mi alma será pequeña, pero es mía!».

En esta exaltación sentía como si su yo se le fuera hinchando, hinchando, y como si la casa se le quedara pequeña. Y salió a la calle para darle espacio y aire.

Apenas pisó la calle, se encontró con el cielo sobre la cabeza. La gente iba y venía, cada uno a su negocio o a su gusto. Nadie se fijaba en él, sin querer, por supuesto. Nadie le hacía caso, sin duda porque no le conocían. Entonces sintió que su yo, aquel yo del «¡yo soy yo!», se le hacía pequeño, cada vez más pequeño. Se le encogía dentro del cuerpo. Y aun dentro del cuerpo buscaba un rinconcito para esconderse, para que no lo vieran. La calle era un cinematógrafo y él se sentía cinematográfico: una sombra, un fantasma. Siempre le pasaba lo mismo. Bañarse en una muchedumbre le hacía el mismo efecto que bañarse en la naturaleza. Perderse entre hombres que iban y venían sin conocerle ni fijarse en él era como estar al aire libre, bajo el cielo abierto y en medio de todos los vientos.

Solo cuando estaba a solas se sentía a sí mismo. Solo a solas podía decirse «¡yo soy yo!», quizás para convencerse. Delante de los demás, metido en la muchedumbre ocupada o distraída, no se sentía a sí mismo.

Así llegó a un jardincillo escondido que había en la plaza solitaria de su barrio tranquilo. La plaza era un rincón de paz. Allí siempre jugaban algunos niños, porque no pasaban tranvías y casi no pasaban coches. Algunos viejos iban a tomar el sol en las tardes dulces de otoño. En la plaza vivían encerrados una docena de castaños de Indias. En otoño, sus hojas temblaban con el viento frío del norte. Después rodaban por el suelo de losas o cubrían los asientos de los bancos. Los bancos eran de madera, siempre pintada de verde, del color de la hoja fresca. Aquellos árboles eran domésticos, de ciudad, puestos en fila correcta. Los regaban a horas fijas por un canalito cuando no llovía. Sus raíces se extendían bajo las losas de la plaza. Eran árboles presos, que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas. Eran árboles enjaulados, que quizás echaban de menos el bosque lejano. Y atraían a Augusto con una fuerza misteriosa. En sus copas cantaban algunos pájaros, también de ciudad. Eran de esos pájaros que aprenden a huir de los niños. Y a veces aprenden a acercarse a los viejos que les dan unas migas de pan.

¡Cuántas veces se había sentado allí, solo y solitario, en uno de los bancos verdes! Desde allí veía el fuego del atardecer sobre un tejado. Alguna vez veía también la silueta de un gato negro sobre la chimenea de una casa. El gato se recortaba contra el oro ardiente de las nubes rojas. Mientras tanto, en otoño, llovían hojas amarillas. Eran hojas anchas, como de vid, parecidas a manos de momia, finas y planas. Caían sobre los jardincillos del centro, con sus parterres y sus macetas de flores. Y los niños jugaban entre las hojas secas. Quizás jugaban a recogerlas, sin darse cuenta del atardecer encendido.

Aquel día llegó a la plaza tranquila y se sentó en un banco. Antes quitó de su asiento las hojas secas que lo cubrían, porque era otoño. Cerca de allí jugaban unos chiquillos, como siempre. Uno de ellos puso a otro junto al tronco de un castaño de Indias, bien pegadito a él. Y le decía: «Tú estabas ahí preso, te tenían unos ladrones...». «Es que yo...», empezó el otro, de mal humor. Y el primero le contestó: «No, tú no eras tú...». Augusto no quiso oír más. Se levantó y se fue a otro banco. Y se dijo: «Así jugamos también los mayores: ¡tú no eres tú! ¡yo no soy yo! Y estos pobres árboles, ¿son ellos mismos? Se les caen las hojas antes, mucho antes que a sus hermanos del monte. Y se quedan en esqueleto. Y estos esqueletos echan su sombra recortada sobre el suelo de piedra, bajo la luz eléctrica de las farolas. ¡Un árbol iluminado por la luz eléctrica! ¡Qué aspecto tan extraño y fantástico tiene su copa en primavera! La lámpara de arco le da ese aspecto metálico. ¡Y aquí no los mueve ninguna brisa...! ¡Pobres árboles! No pueden disfrutar de una de esas noches negras del campo. Esas noches sin luna, con su manto de estrellas que tiemblan. Parece que, al plantar aquí cada árbol, el hombre le ha dicho: “¡Tú no eres tú!”. Y para que no lo olviden, les han dado esta luz eléctrica de noche... para que no se duerman... ¡Pobres árboles que pasan la noche en vela! ¡No, no, conmigo no se juega como con vosotros!».

Se levantó y empezó a recorrer calles como un sonámbulo.

### Glosario

- **despecho**: enfado y dolor de alguien que se siente rechazado o engañado.
- **grosería**: falta de educación, acción que ofende a los demás.
- **El segundo, no jurar**: el segundo mandamiento de la Iglesia dice que no se debe jurar.
- **vicenovio**: novio de reserva, el que sustituye al verdadero novio.
- **plato de segunda mesa**: persona que se elige solo cuando la primera opción falla.
- **reconquistar**: volver a ganar el amor de alguien.
- **gandul**: persona que no quiere trabajar.
- **cinematógrafo**: cine antiguo, imágenes que se mueven en una pantalla.
- **castaño de Indias**: árbol grande de hojas anchas que se planta en calles y plazas.
- **sonámbulo**: persona que anda dormida, sin saber lo que hace.

## XX

¿Haría el viaje, sí o no? Ya lo había anunciado dos veces. Primero se lo dijo a Rosarito, sin saber bien lo que decía. Lo dijo por decir algo, o más bien como un pretexto para preguntarle si le acompañaría. Y luego se lo dijo a doña Ermelinda, para demostrarle... ¿qué? ¿Qué quiso demostrarle con eso de que iba a hacer un viaje? ¡Lo que fuera! Pero el caso era que se había comprometido dos veces con sus palabras. Había dicho que iba a hacer un viaje largo y lejano. Y él era un hombre de carácter, él era él. ¿Tenía que ser un hombre de palabra?

Los hombres de palabra primero dicen una cosa, después la piensan y por último la hacen. Y la hacen aunque, después de pensarla, resulte bien o mal. Los hombres de palabra no se corrigen. No se vuelven atrás de lo que han dicho una vez. Y él había dicho que iba a hacer un viaje largo y lejano.

¡Un viaje largo y lejano! ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cómo? ¿Adónde?

Le dijeron que una señorita quería verle.

—¿Una señorita?

—Sí —dijo Liduvina—, me parece que es... ¡la pianista!

—¡Eugenia!

—La misma.

Se quedó parado. Como un relámpago de mareo, le pasó por la mente una idea: despacharla, decirle que no estaba en casa. «Viene a conquistarme —se dijo—, a jugar conmigo como con un muñeco. Quiere que yo le siga el juego, que sustituya al otro...». Luego lo pensó mejor. «¡No, hay que mostrarse fuerte!».

—Dile que ahora voy.

Le tenía asombrado el valor de aquella mujer. «Hay que reconocer que es toda una mujer, que tiene mucho carácter. ¡Qué valentía! ¡Qué decisión! ¡Qué ojos! Pero ¡no, no, no, no me vence! ¡No me conquista!».

Cuando Augusto entró en la sala, Eugenia estaba de pie. Él le hizo una seña para que se sentara. Pero ella, antes de sentarse, exclamó:

—¡A usted, don Augusto, le han engañado lo mismo que me han engañado a mí!

Con esto el pobre hombre se sintió desarmado y no supo qué decir. Se sentaron los dos, y hubo un silencio muy corto.

—Pues sí, lo que le he dicho, don Augusto. A usted le han engañado sobre mí y a mí me han engañado sobre usted. Eso es todo.

—Pero ¡si hemos hablado el uno con el otro, Eugenia!

—No haga usted caso de lo que le dije. ¡Lo pasado, pasado!

—Sí, lo pasado siempre es pasado. No puede ser de otra manera.

—Usted me entiende. Acepto su generoso regalo. Y quiero que usted no le dé a eso otro sentido que el que tiene.

—Y yo deseo, señorita, que usted no dé a mi regalo otro significado que el que tiene.

—Así, lealtad por lealtad. Y ahora, como debemos hablar claro, tengo que decirle algo. Después de todo lo que pasó y de todo lo que le dije, no podría pagarle de otra manera. Aunque quisiera, solo podría pagar esa generosa donación con mi más puro agradecimiento. Y usted, por su parte, creo...

—En efecto, señorita. Por mi parte, después de lo que pasó, tampoco podría. Pienso en lo que usted me dijo en nuestra última conversación. En lo que me contó su señora tía. Y en lo que yo adivino. Aunque lo deseara, no podría poner precio a mi generosidad...

—¿Estamos, pues, de acuerdo?

—De perfecto acuerdo, señorita.

—Y así, ¿podremos volver a ser amigos, buenos amigos, verdaderos amigos?

—Podremos.

Eugenia le tendió su mano fina, blanca y fría como la nieve. Tenía los dedos largos y delgados, acostumbrados a dominar los teclados. Augusto la apretó en la suya, que en aquel momento temblaba.

—Seremos, pues, amigo don Augusto, buenos amigos, aunque esta amistad, para mí...

—¿Qué?

—Quizás delante de la gente...

—¿Qué? ¡Hable! ¡Hable!

—Pero, en fin, después de unas dolorosas experiencias recientes, ya he renunciado a ciertas cosas...

—Explíquese usted más claro, señorita. No vale decir las cosas a medias.

—Pues bien, don Augusto, hablemos claro, muy claro. Entre nuestros conocidos ya se sabe que usted ha liberado mi casa de la hipoteca y me la ha regalado. Después de todo lo que ha pasado, ¿cree usted que es fácil que algún hombre quiera pretenderme?

«¡Esta mujer es diabólica!», pensó Augusto. Bajó la cabeza y miró al suelo, sin saber qué contestar. Al momento la levantó, y vio que Eugenia se secaba una lágrima a escondidas.

—¡Eugenia! —exclamó, y le temblaba la voz.

—¡Augusto! —susurró ella, rendida.

—Pero ¿y qué quieres que hagamos?

—Oh, no, es la fatalidad, no es más que la fatalidad. Somos un juguete de ella. ¡Es una desgracia!

Augusto dejó su sillón y fue a sentarse en el sofá, al lado de Eugenia.

—¡Mira, Eugenia, por Dios, no juegues así conmigo! La fatalidad eres tú; aquí no hay más fatalidad que tú. Eres tú quien me trae y me lleva. Eres tú quien me hace dar vueltas como un argandillo. Eres tú quien me vuelve loco. Eres tú quien me hace romper mis propósitos más firmes. Eres tú quien hace que yo no sea yo...

Y le pasó el brazo por el cuello, la atrajo hacia sí y la apretó contra su pecho. Y ella, tranquilamente, se quitó el sombrero.

—Sí, Augusto, es la fatalidad la que nos ha traído a esto. Ni... ni tú ni yo podemos ser infieles, desleales a nosotros mismos. Tú no puedes aparecer como alguien que quiere comprarme. Eso te dije yo en un momento de confusión. Y yo no puedo aparecer como alguien que hace de ti un sustituto, un vice, un plato de segunda mesa. Eso le dijiste tú a mi tía. Tampoco puedo aparecer como alguien que solo quiere premiar tu generosidad...

—Pero ¿y qué nos importa, Eugenia mía, aparecer de un modo o de otro? ¿Delante de qué ojos?

—¡Delante de nuestros propios ojos!

—Y qué, Eugenia mía...

Volvió a apretarla contra sí y empezó a llenarle de besos la frente y los ojos. Se oía la respiración de los dos.

—¡Déjame! ¡Déjame! —dijo ella, mientras se arreglaba el pelo.

—No, tú... tú... tú... Eugenia... tú...

—No, yo no, no puede ser...

—¿Es que no me quieres?

—Eso de querer... ¿Quién sabe lo que es querer? No sé... no sé... no estoy segura...

—¿Y esto, entonces?

—¡Esto es una... una fatalidad del momento! Es fruto del arrepentimiento... qué sé yo... Estas cosas hay que ponerlas a prueba... Y además, Augusto, ¿no habíamos quedado en que seríamos amigos? Buenos amigos, pero nada más que amigos.

—Sí, pero... ¿Y aquello de tu sacrificio? Dijiste que, por aceptar mi regalo y ser solo mi amiga, ya no habrá ningún hombre que te pretenda.

—¡Ah, eso no importa! ¡Ya he tomado mi decisión!

—¿Quizás después de aquella ruptura...?

—Quizás...

—¡Eugenia! ¡Eugenia!

En ese momento llamaron a la puerta. Augusto, temblando y con la cara roja, gritó con voz seca:

—¿Qué hay?

—¡La Rosario, que espera! —dijo la voz de Liduvina.

Augusto cambió de color y se puso lívido.

—¡Ah! —exclamó Eugenia—. Aquí ya molesto. Es la... Rosario, que le espera a usted. ¿Ve usted cómo no podemos ser más que amigos, buenos amigos, muy buenos amigos?

—Pero Eugenia...

—Que espera la Rosario...

—Tú me rechazaste, Eugenia. Me dijiste que yo te quería comprar, pero en realidad me rechazaste porque tenías otro. Y yo, al verte, había aprendido a querer. ¿Qué iba a hacer luego? ¿No sabes lo que es el despecho? ¿No sabes lo que es un cariño que se queda sin nido?

—Vamos, Augusto, deme esa mano. Volveremos a vernos. Pero que quede claro: lo pasado, pasado.

—No, no, ¡lo pasado no es pasado! ¡No! ¡No! ¡No!

—Bien, bien, que espera la Rosario...

—Por Dios, Eugenia...

—No, si no tiene nada de raro. También a mí me esperaba en otro tiempo el... Mauricio. Volveremos a vernos. Y seamos serios y leales a nosotros mismos.

Se puso el sombrero y le tendió la mano a Augusto. Él la cogió, se la llevó a los labios y la cubrió de besos. Ella salió, y él la acompañó hasta la puerta. Se quedó un rato mirando cómo bajaba la escalera, con gracia y con paso firme. Desde un rellano de abajo, ella levantó los ojos y le saludó con la mirada y con la mano. Augusto se volvió y entró en el gabinete. Allí estaba Rosario, de pie, con la cesta de la plancha. Él le dijo bruscamente:

—¿Qué hay?

—Me parece, don Augusto, que esa mujer le está engañando a usted...

—Y a ti, ¿qué te importa?

—Me importa todo lo suyo.

—Lo que quieres decir es que yo te estoy engañando a ti...

—Eso es lo que no me importa.

—Te he dado esperanzas. ¿Y me vas a hacer creer que no estás celosa?

—Si usted supiera, don Augusto, cómo me he criado y en qué familia, lo comprendería. Aunque soy una chiquilla, ya estoy fuera de esas cosas de los celos. Nosotras, las de mi posición...

—¡Cállate!

—Como usted quiera. Pero le repito que esa mujer le está engañando. Si no fuera así, y si usted la quiere y ese es su gusto, ¿qué más querría yo? Que usted se casara con ella.

—Pero ¿dices todo eso de verdad?

—De verdad.

—¿Cuántos años tienes?

—Diez y nueve.

—Ven aquí.

La cogió de los hombros con las dos manos y la puso cara a cara con él. Y se quedó mirándola a los ojos.

Y fue Augusto quien cambió de color, no ella.

—La verdad es, chiquilla, que no te entiendo.

—Lo creo.

—No sé qué es esto. No sé si es inocencia, malicia, burla o una maldad demasiado temprana...

—Esto no es más que cariño.

—¿Cariño? ¿Y por qué?

—¿Quiere usted saber por qué? ¿No se ofenderá si se lo digo? ¿Me promete no ofenderse?

—Anda, dímelo.

—Pues bien, por... por... porque es usted un infeliz, un pobre hombre...

—¿Tú también?

—Como usted quiera. Pero fíese de esta chiquilla; fíese de... la Rosario. ¿Alguien más leal a usted? ¡Ni Orfeo!

—¿Siempre?

—¡Siempre!

—¿Pase lo que pase?

—Sí, pase lo que pase.

—Tú, tú eres la verdadera... —y fue a cogerla.

—No, ahora no. Cuando esté usted más tranquilo. Y cuando no...

—Basta, te entiendo.

Y se despidieron.

Y al quedarse solo, Augusto se decía: «Entre una y otra me van a volver loco de atar... Yo ya no soy yo...».

—Me parece que el señorito debería dedicarse a la política o a algo parecido —le dijo Liduvina mientras le servía la comida—. Eso le distraería.

—¿Y cómo se te ha ocurrido eso, mujer de Dios?

—Porque es mejor distraerse uno mismo que dejar que le distraigan otros. Y... ¡ya ve usted!

—Bueno, pues cuando acabe de comer, llama a tu marido, a Domingo. Dile que quiero jugar con él una partida de tute... para distraerme.

Y mientras la jugaban, Augusto dejó de pronto las cartas sobre la mesa y preguntó:

—Di, Domingo, cuando un hombre está enamorado de dos o más mujeres a la vez, ¿qué debe hacer?

—¡Según y conforme!

—¿Cómo que según y conforme?

—¡Sí! Si tiene mucho dinero y mucho valor, casarse con todas. Y si no, no casarse con ninguna.

—Pero ¡hombre, lo primero no es posible!

—¡Con mucho dinero todo es posible!

—¿Y si ellas se enteran?

—Eso a ellas no les importa.

—Pero, hombre, ¿cómo no le va a importar a una mujer que otra le quite parte del cariño de su marido?

—Se contenta con su parte, señorito, si no le ponen límite al dinero que gasta. Lo que molesta a una mujer es que su hombre le dé la comida contada. Y la ropa contada, y todo lo demás, y el lujo. Pero si la deja gastar lo que quiera... Ahora, si tiene hijos de él...

—Si tiene hijos, ¿qué?

—Que los verdaderos celos vienen de ahí, señorito, de los hijos. Es una madre que no soporta a otra madre, o a otra que puede llegar a serlo. Es una madre que no soporta que les quiten algo a sus hijos para dárselo a otros hijos o a otra mujer. Pero si no tiene hijos, y no le limitan la comida ni la ropa, ni el lujo ni la fiesta, ¡bah! Hasta le ahorran así molestias... Supongamos que un hombre tiene una mujer que le cuesta dinero y otra que no le cuesta nada. La que le cuesta dinero casi no siente celos de la otra. Y si la otra, además de no costarle nada, le da dinero... si el hombre le lleva a una mujer el dinero que saca de la otra, entonces...

—Entonces, ¿qué?

—Que todo va de maravilla. Créame usted, señorito, no hay Otelas...

—Ni Desdémonos.

—¡Puede ser...!

—Pero qué cosas dices...

—Es que antes de casarme con Liduvina y venir a servir a casa del señorito, yo había servido en muchas casas de señores ricos... Allí me salieron los dientes...

—¿Y en vuestra clase?

—¿En nuestra clase? ¡Bah! Nosotros no nos permitimos ciertos lujos...

—¿Y a qué llamas lujos?

—A esas cosas que se ven en los teatros y se leen en las novelas...

—¡Pues, hombre, pocos crímenes de esos que llaman pasionales, por celos, se ven en vuestra clase...!

—¡Bah! Eso es porque esos... chulos van al teatro y leen novelas. Que si no...

—Si no, ¿qué?

—Que a todos nos gusta, señorito, hacer un papel. Nadie es el que es, sino el que le hacen los demás.

—Estás hecho un filósofo...

—Así me llamaba el último amo que tuve antes. Pero yo creo lo que le ha dicho mi Liduvina: que usted debe dedicarse a la política.

### Glosario

- **hombre de palabra**: persona que siempre hace lo que ha dicho.
- **despachar**: aquí, hacer salir a alguien, no recibirle.
- **fatalidad**: destino que no se puede evitar; desgracia.
- **argandillo**: aparato que gira para enrollar el hilo.
- **plato de segunda mesa**: persona que se elige solo cuando la primera opción falla.
- **despecho**: enfado y dolor de alguien que se siente rechazado.
- **lívido**: muy pálido, casi sin color en la cara.
- **la Rosario**: forma popular de nombrar a Rosario, con artículo delante.
- **Otelas / Desdémonos**: juego de palabras con Otelo y Desdémona: mujeres celosas y maridos inocentes.
- **me salieron los dientes**: allí crecí y aprendí; allí pasé muchos años.
- **chulos**: hombres de barrio, valientes y algo presumidos.

## XXI

—Sí, tiene usted razón —le decía don Antonio a Augusto aquella tarde, en el Casino. Hablaban a solas, en un rinconcito—. Tiene usted razón, hay un misterio doloroso, muy doloroso, en mi vida. Usted ha adivinado algo. Pocas veces ha visitado usted mi pobre hogar... ¿hogar? Pero habrá notado...

—Sí, algo extraño. Una especie de tristeza que flotaba en el aire y que me atraía...

—A pesar de mis hijos, de mis pobres hijos, a usted le habrá parecido un hogar sin hijos. Quizás un hogar sin esposos...

—No sé... no sé...

—Vinimos de lejos, de muy lejos, huyendo. Pero hay cosas que van siempre con uno. Le rodean y le envuelven como un aire misterioso. Mi pobre mujer...

—Sí, en la cara de su señora se adivina toda una vida de...

—De martirio, dígalo usted. Pues bien, amigo don Augusto, usted nos ha mostrado más cariño que nadie. Quizás también más compasión. No sé bien por qué; será por una cierta simpatía escondida. Y voy a contarle mis desgracias. Así me imagino, una vez más, que me quito un peso de encima. Esa mujer, la madre de mis hijos, no es mi mujer.

—Me lo suponía. Pero si ella es la madre de sus hijos, y si vive con usted como su mujer, lo es.

—No, yo tengo otra mujer... la legítima, como la llaman. Estoy casado, pero no con la que usted conoce. Y esta, la madre de mis hijos, está casada también, pero no conmigo.

—Ah, un doble...

—No, un cuádruple, como va usted a ver. Yo me casé loco de amor, completamente loco. Me casé con una mujercita reservada y callada. Hablaba poco y parecía querer decir siempre mucho más de lo que decía. Tenía unos ojos garzos dulces, dulces, dulces. Parecían dormidos y solo se despertaban de vez en cuando. Pero entonces era para echar chispas de fuego. Y ella era toda así. Su corazón, toda su alma, todo su cuerpo, parecían dormidos de costumbre. De pronto se despertaban, como de un susto. Pero era para volver a dormirse muy pronto, después de aquel relámpago de vida. ¡Y qué vida! Y luego era como si no hubiera pasado nada. Como si se hubiera olvidado de todo. Era como si siempre estuviéramos empezando de nuevo la vida. Como si yo la estuviera reconquistando sin parar. Me aceptó como novio como en un ataque epiléptico. Y creo que en otro ataque me dio el sí delante del altar. Y nunca conseguí que me dijera si me quería o no. Se lo pregunté muchas veces, antes y después de casarnos. Siempre me contestaba: «Eso no se pregunta; es una tontería». Otras veces decía que el verbo «amar» ya solo se usa en el teatro y en los libros. Y que si yo le hubiera escrito «¡te amo!», me habría despedido en el acto. Vivimos más de dos años de casados de una manera extraña. Cada día yo empezaba otra vez la conquista de aquella esfinge. No tuvimos hijos. Un día no volvió a casa por la noche. Me puse como loco y la busqué por todas partes. Al día siguiente recibí una carta muy seca y muy corta. Así supe que se había ido lejos, muy lejos, con otro hombre...

—¿Y no sospechó usted nada antes? ¿No lo presintió...?

—¡Nada! Mi mujer salía sola de casa con bastante frecuencia. Iba a casa de su madre, de unas amigas... Y su misma frialdad extraña la protegía de toda sospecha. ¡Nunca adiviné nada en aquella esfinge! El hombre con quien huyó era un hombre casado. Dejó a su mujer y a una niña pequeña para irse con la mía. Y además se llevó toda la fortuna de su mujer, que era bastante buena. Antes la había manejado como había querido. Es decir, no solo abandonó a su esposa: también la arruinó, robándole lo suyo. Y en aquella carta seca, breve y fría que recibí, se hablaba de esa pobre mujer. Se hablaba de la situación en que quedaba la mujer del que se llevó a la mía. ¡El que se la llevó, o el que se dejó llevar... no lo sé! Durante unos días no dormí, no comí, no descansé. Solo paseaba por los barrios más apartados de mi ciudad. Y estuve a punto de caer en los vicios más bajos y más sucios. Poco a poco el dolor se calmó y se convirtió en pensamiento. Entonces me acordé de aquella otra pobre víctima. Aquella mujer se quedaba sin protección, sin su cariño y sin su fortuna. Mi mujer era la causa de su desgracia, y Dios me había dado una fortuna. Por eso creí que era un deber de conciencia ir a ofrecerle ayuda en dinero.

—Adivino el resto, don Antonio.

—No importa. Fui a verla. Imagínese usted aquella primera conversación nuestra. Lloramos cada uno su desgracia, que era una sola desgracia común. Yo me decía: «¿Y es por mi mujer por la que ese hombre ha dejado a esta?». Y sentía, ¿por qué no voy a confesarle la verdad?, una cierta satisfacción íntima. Era algo que no puedo explicar. Era como si yo hubiera sabido elegir mejor que él, y él lo reconociera. Y ella, su mujer, pensaba algo parecido, pero al revés. Así me lo ha contado después. Le ofrecí ayuda en dinero, todo lo que necesitara de mi fortuna. Al principio no lo quiso. «Trabajaré para vivir y para mantener a mi hija», me dijo. Pero insistí, e insistí tanto que al final lo aceptó. Luego le ofrecí ser mi ama de llaves y venir a vivir conmigo. Claro que tendríamos que irnos muy lejos de nuestra tierra. Lo pensó mucho, y al final también lo aceptó.

—Y claro, al irse a vivir juntos...

—No, eso tardó, tardó un poco. Vino de vivir juntos. De un cierto deseo de venganza, de despecho, de qué sé yo... Empecé a querer no solo a ella, sino también a su hija. La desgraciada hija del amante de mi mujer. Sentí por ella un amor de padre, un amor de padre violento. Todavía hoy lo siento. La quiero tanto, tanto, o más, que a mis propios hijos. La cogía en brazos, la apretaba contra mi pecho, la llenaba de besos. Y lloraba, lloraba sobre ella. Y la pobre niña me decía: «¿Por qué lloras, papá?». Porque yo le hacía llamarme así, y quería que me tuviera por su padre. Y su pobre madre, al verme llorar así, lloraba también. Alguna vez mezclamos nuestras lágrimas sobre la cabecita rubia de la niña. La hija del amante de mi mujer, del ladrón de mi felicidad.

»Un día supe —siguió— que mi mujer había tenido un hijo de su amante. Aquel día se me rebeló todo por dentro. Sufrí como nunca había sufrido. Creí que me volvía loco y que me iba a quitar la vida. Hasta entonces no había sentido los celos, lo más brutal de los celos. La herida de mi alma parecía cerrada, pero se abrió y sangraba... ¡sangraba fuego! Más de dos años había vivido con mi mujer, con mi propia mujer, y ¡nada! ¡Y ahora aquel ladrón...! Me imaginé que mi mujer se había despertado del todo. Que ahora vivía ardiendo, como una brasa. La otra, la que vivía conmigo, notó algo y me preguntó: «¿Qué te pasa?». Habíamos acordado tratarnos de tú, por la niña. «¡Déjame!», le contesté. Pero al final se lo confesé todo, y ella temblaba al oírlo. Y creo que le contagié mis celos furiosos...

—Y claro, después de eso...

—No, después vino otra cosa, y por otro camino. Un día estábamos los dos con la niña. Yo la tenía sobre las rodillas. Le contaba cuentos, la besaba y le decía tonterías. Su madre se acercó y empezó a acariciarla también. Y entonces ella, ¡pobrecita!, me puso una manita sobre el hombro y la otra sobre el hombro de su madre. Y nos dijo: «Papaíto... mamaíta... ¿por qué no me traéis un hermanito para que juegue conmigo? Otras niñas lo tienen, y yo estoy sola...». Nos pusimos lívidos. Nos miramos a los ojos con una de esas miradas que desnudan las almas. Nos vimos las almas desnudas. Y luego, para no sentir vergüenza, nos pusimos a besar a la niña. Y alguno de esos besos cambió de dirección. Aquella noche, entre lágrimas y furias de celos, concebimos al primer hermanito de la hija del ladrón de mi felicidad.

—¡Extraña historia!

—Y nuestros amores, si usted quiere llamarlos así, fueron unos amores secos y mudos. Estaban hechos de fuego y de rabia, sin palabras tiernas. Mi mujer... quiero decir, la madre de mis hijos, porque esta y no otra es mi mujer... Mi mujer, como usted habrá visto, es una mujer con gracia, quizás hermosa. Pero a mí nunca me despertó un deseo ardiente, a pesar de vivir juntos. Y aun después de lo que le cuento, yo creía que no estaba muy enamorado de ella. Hasta que me convencí de lo contrario. Fue después de uno de sus partos, después del nacimiento del cuarto de nuestros hijos. Se puso tan mal, tan mal, que creí que se me moría. Perdió casi toda la sangre de sus venas. Se quedó blanca como la cera, y se le cerraban los párpados... Creí que la perdía. Y me puse como loco, también blanco como la cera. Se me helaba la sangre. Fui a un rincón de la casa donde nadie me viera. Me arrodillé y pedí a Dios que me matara a mí antes que dejar morir a aquella santa mujer. Y lloré, y me pellizqué, y me arañé el pecho hasta sacarme sangre. Y comprendí qué fuerte era el lazo que ataba mi corazón al corazón de la madre de mis hijos. Por fin se recuperó un poco, volvió en sí y salió de peligro. Estaba tendida en la cama y sonreía a la vida que volvía. Entonces acerqué mi boca a su oído. Le dije lo que nunca le había dicho. Y nunca se lo he vuelto a decir de la misma manera. Y ella sonreía, sonreía, sonreía, mirando al techo. Y puse mi boca sobre su boca. Y puse sus brazos desnudos alrededor de mi cuello. Y al final lloré de mis ojos sobre sus ojos. Y me dijo: «Gracias, Antonio, gracias, por mí, por nuestros hijos, por todos nuestros hijos... todos... todos... por ella, por Rita...». Rita es nuestra hija mayor, la hija del ladrón... No, no, nuestra hija, mi hija. La del ladrón es la otra, la de la mujer que en otro tiempo se llamó mi mujer. ¿Lo comprende usted ahora todo?

—Sí, y mucho más, don Antonio.

—¿Mucho más?

—¡Más, sí! De modo que usted tiene dos mujeres, don Antonio.

—No, no, no tengo más que una, una sola: la madre de mis hijos. La otra no es mi mujer. No sé si es la mujer del padre de su hija.

—Y esa tristeza...

—La ley es siempre triste, don Augusto. Y es más triste un amor que nace y crece sobre la tumba de otro amor. Es como una planta que se alimenta de la podredumbre de otra planta, como de abono. Crímenes, sí, crímenes de otros nos han unido. ¿Y es acaso un crimen nuestra unión? Ellos rompieron lo que no se debe romper. ¿Por qué no íbamos a atar nosotros los cabos sueltos?

—¿Y no han vuelto a saber...?

—No hemos querido volver a saber. Y además, nuestra Rita ya es una mujercita. Cualquier día se nos casa... Con mi apellido, por supuesto, con mi apellido. Y luego que la ley haga lo que quiera. Es mi hija y no del ladrón. Yo la he criado.

### Glosario

- **ojos garzos**: ojos de color azul claro, entre gris y azul.
- **esfinge**: figura antigua misteriosa; aquí, persona que no deja ver lo que siente.
- **ataque epiléptico**: crisis repentina de una enfermedad que hace perder el control del cuerpo.
- **ama de llaves**: mujer que cuida y dirige la casa de un señor.
- **despecho**: enfado y dolor de alguien que se siente rechazado o engañado.
- **brasa**: trozo de leña o carbón encendido, rojo de fuego.
- **lívido**: muy pálido, casi sin color en la cara.
- **parto**: momento en que una mujer da a luz a un hijo.
- **podredumbre**: lo que se pudre, materia muerta que se descompone.
- **atar los cabos sueltos**: unir lo que quedó separado o sin resolver.

## XXII

—Y bien, ¿qué? —le preguntaba Augusto a Víctor—. ¿Cómo habéis recibido al intruso?

—¡Ah, nunca lo habría creído, nunca! Todavía el día antes de nacer estábamos muy enfadados. Y mientras el niño luchaba por venir al mundo, no sabes cuántos insultos me lanzaba mi Elena. «¡Tú, tú tienes la culpa, tú!», me decía. Y otras veces: «¡Quítate de delante, quítate de mi vista! ¿No te da vergüenza estar aquí? Si me muero, la culpa será tuya». Y otras veces: «¡Esta y no más, esta y no más!». Pero nació, y todo ha cambiado. Es como si hubiéramos despertado de un sueño. Como si acabáramos de casarnos. Yo me he quedado ciego, totalmente ciego; ese niño me ha dejado ciego. Tan ciego estoy que no veo lo que ven los demás. Todos dicen que el embarazo y el parto han desfigurado mucho a mi Elena. Dicen que está hecha un esqueleto. Dicen que ha envejecido por lo menos diez años. Y a mí me parece más fresca, más sana, más joven y hasta más llenita que nunca.

—Eso me recuerda, Víctor, la leyenda del *fogueteiro*. La oí en Portugal.

—Cuéntala.

—Tú sabes que en Portugal los fuegos artificiales, la pirotecnia, son un verdadero arte. El que no ha visto fuegos artificiales en Portugal no sabe todo lo que se puede hacer con ellos. ¡Y qué nombres tienen, Dios mío!

—Pero cuenta la leyenda.

—Allá voy. Pues resulta que en un pueblo portugués había un hombre que hacía fuegos artificiales, un *fogueteiro*. Tenía una mujer hermosísima, que era su consuelo, su encanto y su orgullo. Estaba loco de amor por ella, pero todavía era más grande su orgullo. Le gustaba dar envidia a los demás, por decirlo así. La llevaba de paseo con él, como si les dijera: «¿Veis esta mujer? ¿Os gusta? ¿Sí, eh? ¡Pues es la mía, solo mía! ¡Y aguantaos!».

»No hacía más que decir maravillas de la hermosura de su mujer. Hasta decía que ella le inspiraba sus fuegos artificiales más bellos. Decía que era la musa de sus fuegos. Y he aquí que una vez estaba preparando unos fuegos. Su hermosa mujer estaba a su lado, como siempre, para inspirarle. De pronto la pólvora se prende y hay una explosión. Tienen que sacar al marido y a la mujer sin sentido y con quemaduras gravísimas. A la mujer se le quemó buena parte de la cara y del pecho. Se quedó desfigurada de una manera horrible. Pero él, el *fogueteiro*, tuvo la suerte de quedarse ciego. Así no vio cómo se había desfigurado su mujer. Y después de esto siguió orgulloso de la hermosura de su mujer. Seguía diciendo maravillas de ella delante de todos. Caminaba a su lado, y ahora ella era su lazarilla. Y él iba con el mismo aire de orgullo y de desafío que antes. «¿Han visto ustedes una mujer más hermosa?», preguntaba. Y todos conocían su historia. Tenían compasión del pobre *fogueteiro* y le decían maravillas de la hermosura de su mujer.

—Y bien, ¿no seguía siendo hermosa para él?

—Quizás más que antes. Como tu mujer para ti, después de darte al intruso.

—¡No le llames así!

—Fue idea tuya.

—Sí, pero no quiero oírselo a otro.

—Eso pasa mucho. El mismo mote que damos a alguien nos suena muy distinto cuando se lo oímos a otro.

—Sí, dicen que nadie conoce su propia voz...

—Ni su cara. Yo, por lo menos, te puedo decir algo de mí. Una de las cosas que más miedo me dan es quedarme mirándome al espejo, a solas, cuando nadie me ve. Me veo como si fuera otro. Y al final dudo de mi propia existencia. Me imagino que soy un sueño, un ente de ficción...

—Pues no te mires así...

—No puedo evitarlo. Tengo la manía de la introspección.

—Pues acabarás como los faquires, que dicen que se pasan el tiempo mirándose el ombligo.

—Y creo que si uno no conoce su voz ni su cara, tampoco conoce nada que sea suyo, muy suyo, como si fuera parte de él...

—Su mujer, por ejemplo.

—Eso es. Me parece que debe de ser imposible conocer a la mujer con quien uno vive y que acaba siendo parte de nosotros. ¿No has oído lo que decía uno de nuestros más grandes poetas, Campoamor?

—No. ¿Qué decía?

—Pues decía esto. Uno se casa, y si se casa enamorado de verdad, al principio no puede tocar el cuerpo de su mujer sin excitarse. Se enciende en deseo carnal. Pero pasa el tiempo y se acostumbra. Y llega un día en que le da lo mismo tocar con la mano el muslo desnudo de su mujer que su propio muslo. Pero también entonces, si tuvieran que cortarle a su mujer el muslo, le dolería como si le cortaran el suyo.

—Y así es, de verdad. ¡No sabes cómo sufrí en el parto!

—Ella más.

—¡Quién sabe...! Y ahora ella ya es algo mío, parte de mi ser. Por eso casi no me he dado cuenta de eso que dicen, que se ha desfigurado y se ha puesto fea. Igual que uno no se da cuenta de que él mismo se desfigura, envejece y se pone feo.

—Pero ¿crees de verdad que uno no se da cuenta de que envejece y se pone feo?

—No, aunque lo diga. Porque es algo continuo y lento. Ahora, si de repente le pasa a uno algo... Pero eso de sentirse envejecer, ¡qué va! Lo que uno siente es que las cosas de alrededor envejecen o rejuvenecen. Y eso es lo único que siento ahora que tengo un hijo. Porque ya sabes lo que suelen decir los padres, señalando a sus hijos: «¡Estos, estos son los que nos hacen viejos!». Ver crecer a un hijo es, creo, lo más dulce y lo más terrible. Así que no te cases, Augusto, no te cases, si quieres disfrutar de la ilusión de una juventud eterna.

—¿Y qué voy a hacer si no me caso? ¿En qué voy a pasar el tiempo?

—Hazte filósofo.

—¿Y no es el matrimonio la mejor escuela de filosofía? ¿Quizás la única?

—¡No, hombre, no! ¿No has visto cuántos grandes filósofos han sido solteros? Ahora recuerdo, aparte de los que fueron frailes, a Descartes, a Pascal, a Spinoza, a Kant...

—¡No me hables de los filósofos solteros!

—¿Y Sócrates? ¿No recuerdas cómo apartó de su lado a su mujer, Jantipa, el día en que iba a morir? Lo hizo para que no le molestara.

—No me hables tampoco de eso. Yo solo puedo creer que eso que nos cuenta Platón no es más que una novela...

—O una *nivola*...

—Como quieras.

Y Augusto cortó de golpe aquella conversación tan agradable y se fue.

En la calle se le acercó un mendigo y le dijo:

—¡Una limosna, por Dios, señorito, que tengo siete hijos...!

—¡No haberlos hecho! —le contestó Augusto de mal humor.

—Ya me gustaría a mí verle a usted en mi lugar —respondió el mendigo. Y añadió—: ¿Y qué quiere usted que hagamos los pobres, si no hacemos hijos... para los ricos?

—Tienes razón —respondió Augusto—. Y por filósofo, ¡ahí va, toma!

Y le dio una peseta. El buen hombre se fue en seguida a gastarla en la taberna más cercana.

### Glosario

- **intruso**: persona que entra donde no la llaman; así llaman Víctor y Elena a su hijo.
- **parto**: momento en que una mujer da a luz a un hijo.
- **desfigurar**: cambiar y estropear la cara o la figura de una persona.
- **envejecer**: hacerse viejo.
- **fogueteiro**: palabra portuguesa: hombre que hace fuegos artificiales.
- **pirotecnia**: arte de hacer fuegos artificiales.
- **lazarilla**: mujer que guía a un ciego por la calle.
- **mote**: nombre de broma que se da a una persona.
- **introspección**: costumbre de mirar y examinar los propios pensamientos y sentimientos.
- **faquir**: hombre de la India que vive de forma muy dura y medita mucho.
- **mendigo / limosna**: persona pobre que pide dinero / dinero que se le da.
- **taberna**: bar popular y barato donde se bebe vino.

## XXIII

El pobre Augusto estaba angustiado. Estaba entre Eugenia y Rosario, como el asno de Buridán. Pero no era solo eso. Se enamoraba de casi todas las mujeres que veía, y esto, en vez de disminuir, iba en aumento. Y llegó a descubrir cosas fatales.

—¡Vete, vete, Liduvina, por Dios! ¡Vete, déjame solo! ¡Anda, vete! —le decía una vez a su criada.

Y apenas se fue ella, apoyó los codos sobre la mesa y la cabeza en las palmas de las manos. Y se dijo: «¡Esto es terrible, de verdad terrible! Me parece que, sin darme cuenta, me voy enamorando... ¡hasta de Liduvina! ¡Pobre Domingo! Sin duda. Ella, a pesar de sus cincuenta años, todavía está de buen ver. Y sobre todo está bien llenita. Y a veces sale de la cocina con las mangas subidas y esos brazos tan redondos... ¡Vamos, esto es una locura! ¡Y esa doble barbilla, y esos pliegues que se le hacen en el cuello...! Esto es terrible, terrible, terrible...».

«Ven aquí, Orfeo —siguió, y cogió al perro—. ¿Qué crees tú que debo hacer? ¿Cómo voy a defenderme de esto hasta que por fin me decida y me case? ¡Ah, ya! ¡Una idea, una idea luminosa, Orfeo! La mujer me persigue así. Pues vamos a convertirla en materia de estudio. ¿Qué te parece si me dedico a la psicología femenina? Sí, sí, y haré dos monografías, porque ahora las monografías están muy de moda. Una se titulará *Eugenia* y la otra *Rosario*. Y debajo pondré: *estudio de mujer*. ¿Qué te parece mi idea, Orfeo?».

Y decidió ir a consultarlo con Antolín S. —o sea, Sánchez— Paparrigópulos. Por aquel tiempo, Paparrigópulos se dedicaba a estudiar a las mujeres, aunque más en los libros que en la vida.

Antolín S. Paparrigópulos era lo que se llama un erudito. Era un joven que iba a dar días de gloria a la patria, sacando a la luz sus glorias más desconocidas. Su nombre todavía no sonaba entre los de aquella juventud ruidosa. Esos jóvenes querían atraer la atención del público a fuerza de ruido. Pero el nombre de S. Paparrigópulos no sonaba aún por dos razones. La primera: tenía la verdadera cualidad íntima de la fuerza, la paciencia. La segunda: respetaba tanto al público y a sí mismo que retrasaba su presentación. Esperaba a estar bien preparado y a sentirse seguro en el suelo que pisaba.

No buscaba una fama pasajera y brillante con cualquier novedad de payaso. Esa fama se apoya en la ignorancia de los demás. Él estaba muy lejos de eso. En todos los trabajos literarios que tenía en proyecto aspiraba a la perfección, a toda la que es posible en lo humano. Y, sobre todo, aspiraba a no salirse nunca de los límites del sentido común y del buen gusto. No quería desafinar para que le oyeran. Quería reforzar con su voz, bien disciplinada, la hermosa sinfonía verdaderamente nacional y castiza.

La inteligencia de S. Paparrigópulos era clara, sobre todo clara. Era de una transparencia maravillosa, sin nieblas ni líos de ninguna clase. Pensaba en castellano puro, sin rastro de horribles nieblas del norte. Tampoco tenía restos de la decadencia de las avenidas de París. Pensaba en limpio castellano. Y así pensaba de forma sólida y profunda, porque lo hacía con el alma del pueblo que lo alimentaba. A ese pueblo le debía su espíritu. Las nieblas del norte le parecían bien entre los bebedores de cerveza fuerte. Pero no en esta clarísima España, de cielo brillante y de sano vino de Valdepeñas con yeso. Su filosofía era la del difunto Becerro de Bengoa. Becerro de Bengoa llamaba «tío raro» a Schopenhauer. Y aseguraba que, si Schopenhauer hubiera bebido Valdepeñas en vez de cerveza, no habría pensado aquellas cosas. Ni habría sido pesimista. Decía también que la neurastenia viene de meterse uno en lo que no le importa. Y que se cura con ensalada de burro.

S. Paparrigópulos estaba convencido de que, al final, todo es forma, forma más o menos interior. Creía que el universo mismo es un caleidoscopio de formas metidas unas dentro de otras. Y creía que todas las grandes obras que se salvan a lo largo de los siglos viven por su forma. Por eso trabajaba el lenguaje de sus futuros trabajos con mucho cuidado. Lo trabajaba como los maravillosos artistas del Renacimiento.

Había tenido la virtud y la fuerza de resistir a todas las corrientes de sentimentalismo neorromántico. También había resistido a esa moda destructora de las llamadas cuestiones sociales. Estaba convencido de que la cuestión social no tiene solución aquí abajo. Siempre habrá pobres y ricos. Y solo se puede esperar el alivio de la caridad de los ricos y la resignación de los pobres. Por eso apartaba su espíritu de discusiones que no llevan a nada útil. Y se refugiaba en la purísima región del arte sin mancha. Allí no llega la basura de las pasiones. Y allí encuentra el hombre un refugio consolador para las desilusiones de la vida. Además, odiaba el cosmopolitismo estéril. Esa actitud solo hunde a los espíritus en sueños de impotencia y en utopías que debilitan. Y amaba a esta España suya, a la que adoraba. Una España tan calumniada como desconocida por bastantes de sus hijos. Esta España le iba a dar la materia prima de los trabajos sobre los que construiría su fama futura.

Paparrigópulos dedicaba las poderosas energías de su espíritu a investigar la vida íntima pasada de nuestro pueblo. Y su trabajo era tan generoso como sólido. Aspiraba nada menos que a resucitar nuestro pasado ante los ojos de sus compatriotas. Es decir, el presente de sus bisabuelos. Sabía que se engañaban todos los que lo intentaban con pura fantasía. Por eso buscaba y rebuscaba en toda clase de viejas memorias. Quería levantar el edificio de su sabia ciencia histórica sobre piedras que nada pudiera mover. Para él, no había suceso pasado sin un valor enorme, por pequeño que pareciera.

Sabía que hay que aprender a ver el universo en una gota de agua. Sabía que con un hueso el paleontólogo reconstruye el animal entero. Y que con el asa de una olla el arqueólogo reconstruye toda una vieja civilización. Tampoco ignoraba que no se deben mirar las estrellas con microscopio. Ni un microbio con telescopio, como suelen hacer los humoristas para ver las cosas turbias. Sabía que al arqueólogo genial le bastaba un asa de olla para reconstruir un arte olvidado y enterrado. Pero él, por modestia, no se tenía por genio. Así que prefería dos asas a una sola. Cuantas más asas, mejor. Y prefería la olla entera a una sola asa.

«Todo lo que parece ganarse en extensión se pierde en intensidad»: ese era su lema. Paparrigópulos sabía que en el trabajo más especializado, en la monografía más concreta, cabe una filosofía entera. Y creía, sobre todo, en las maravillas de la división del trabajo. Creía en el enorme progreso que había traído a las ciencias la generosa legión de pincharranas, cazapalabras, adivinafechas y cuentagotas de toda clase.

Le atraían en especial los problemas más difíciles y enredados de nuestra historia literaria. Por ejemplo, el problema de dónde nació Prudencio. Aunque últimamente se dedicaba a estudiar a las mujeres españolas de los siglos pasados. Decían que era por culpa de unas calabazas.

Sus cualidades se veían y se admiraban en trabajos de tema aparentemente insignificante. Allí se veían su agudeza, su sensatez, su perspicacia, su maravillosa intuición histórica y su profundidad crítica. Había que ver esas cualidades aplicadas a algo concreto, a algo vivo. No en la teoría pura y abstracta. Había que verle en plena faena. Cada uno de aquellos estudios era todo un curso de lógica inductiva. Era un monumento tan maravilloso como la obra de Lionnet sobre la oruga del sauce. Y era, sobre todo, un ejemplo de amor austero a la santa Verdad. Huía del ingenio como de la peste. Creía que solo podremos dar culto a la divina Verdad en lo grande si la respetamos en lo más pequeño.

Preparaba una edición popular de las fábulas de *Calila y Dimna*. Llevaría una introducción sobre la influencia de la literatura de la India en la Edad Media española. ¡Ojalá hubiera llegado a publicarla! Su lectura, sin duda, habría apartado al pueblo de la taberna. Y también de doctrinas peligrosas que prometen salvaciones económicas imposibles. Pero Paparrigópulos tenía en proyecto dos obras mayores. La primera era una historia de los escritores españoles oscuros. Es decir, de los que no aparecen en las historias literarias normales, o aparecen solo con una mención rápida. Aparecen así porque se cree que sus obras no tienen importancia. De este modo él corregiría la injusticia de los tiempos, que tanto lamentaba y hasta temía. La otra obra trataba de los escritores cuyas obras se han perdido. De ellos solo nos queda el nombre, y como mucho los títulos de lo que escribieron. Y estaba a punto de empezar la historia de otros: los que pensaron escribir y nunca llegaron a hacerlo.

Para conseguir mejor sus propósitos, primero se alimentó del rico fondo de nuestra literatura nacional. Después se bañó en las literaturas extranjeras. Pero esto le resultaba difícil. Era torpe para las lenguas extranjeras, y aprenderlas exige un tiempo que él necesitaba para estudios más altos. Así que usó un truco notable, que había aprendido de su ilustre maestro. Leía las principales obras de crítica y de historia literaria publicadas en el extranjero, siempre que las encontrara en francés. Así sacaba la opinión media de los críticos más famosos sobre tal o cual autor. Luego hojeaba al autor en un momento, para cumplir con su conciencia. Y quedaba libre para rehacer los juicios de otros sin perder su escrupulosa honradez de crítico.

Se ve, pues, que S. Paparrigópulos no era uno de esos jóvenes espíritus vagabundos y sin rumbo. Esos pasean sin dirección fija por el mundo del pensamiento y de la fantasía. Quizás lanzan aquí y allá alguna chispa pasajera. ¡Él no! Sus tendencias eran rigurosa y sólidamente itinerarias: era de los que van a alguna parte. Si en sus estudios no iba a destacar nada, sería porque en ellos todo era cumbre, como en las mesetas. Sus estudios eran una imagen fiel de las grandes llanuras soleadas de Castilla. Allí se mueve el trigo dorado y lleno de alimento.

¡Ojalá la Providencia diera a España muchos Antolines Sánchez Paparrigópulos! Con ellos, todos seríamos dueños de nuestra riqueza tradicional y podríamos sacarle grandes beneficios. Paparrigópulos aspiraba —y aspira, porque aún vive y sigue preparando sus trabajos— a hundir el arado de su crítica. Aunque fuera solo un centímetro más que los que araron antes que él en su campo. Así el trigo crecería más sano gracias a nuevos jugos, y las espigas darían mejor grano. La harina sería más rica. Y los españoles comeríamos un pan espiritual mejor y más barato.

Hemos dicho que Paparrigópulos sigue trabajando y preparando sus trabajos para publicarlos. Y así es. Augusto había sabido de sus estudios sobre mujeres por amigos comunes. Pero Paparrigópulos no había publicado nada. Y todavía no lo ha publicado.

No faltan otros eruditos que quieren hacerle parecer pequeño. Lo hacen con la caridad típica de su especie. Han visto un poco a Paparrigópulos y ya le envidian la fama que, según prevén, le espera. Uno dice que Paparrigópulos es como el zorro. Que borra con la cola sus propias huellas. Y que luego da vueltas y más vueltas por otros caminos para despistar al cazador. Así nadie sabe por dónde fue a cazar la gallina. Pero si tiene algún defecto, es justo el contrario. Deja en pie los andamios después de acabar la torre, y así no deja ver y admirar bien la torre. Otro le llama con desprecio «concinador», como si arreglar y ordenar no fuera un arte supremo. Otro le acusa unas veces de traducir y otras de arreglar ideas tomadas del extranjero. Ese olvida que Paparrigópulos viste esas ideas con su castellano tan puro, castizo y transparente. Y así las hace castellanas, y por tanto suyas. Igual que el P. Isla hizo suyo el *Gil Blas* de Lesage. Alguno le critica que su principal apoyo es su profunda fe en la ignorancia que le rodea. El que le juzga así no sabe que la fe mueve montañas. Pero estos y otros juicios llenos de rencor son de gente a la que Paparrigópulos no ha hecho ningún mal. Y su injusticia se ve muy clara con un solo dato: Paparrigópulos todavía no ha publicado nada. Todos los que le muerden los talones hablan de oídas y por no callar.

En fin, de este erudito singular solo se puede escribir con tranquila serenidad. Y sin efectos *nivolescos* de ninguna clase.

En este hombre, quiero decir, en este erudito, pensó pues Augusto. Sabía que se dedicaba a estudiar a las mujeres. En los libros, claro, que es lo menos peligroso cuando se trata de ellas. Y a mujeres de los siglos pasados, que también son mucho menos peligrosas que las de hoy para quien las estudia.

Antolín era un erudito solitario. Le daba timidez hablar con las mujeres en la vida. Y para vengarse de esa timidez, las estudiaba en los libros. A este Antolín fue a ver Augusto para pedirle consejo.

En cuanto Augusto le explicó su propósito, el erudito exclamó:

—¡Ay, pobre señor Pérez, cuánta compasión me da usted! ¿Quiere estudiar a la mujer? ¡Menudo trabajo le espera...!

—Como usted la estudia...

—Hay que sacrificarse. El estudio es mi razón de ser en la vida. El estudio oscuro, paciente, silencioso. Pero yo, ya lo sabe usted, soy un modesto, modestísimo obrero del pensamiento. Reúno y ordeno materiales para que otros, los que vengan detrás de mí, sepan aprovecharlos. La obra humana es colectiva. Nada que no sea colectivo es sólido ni dura...

—¿Y las obras de los grandes genios? *La Divina Comedia*, la *Eneida*, una tragedia de Shakespeare, un cuadro de Velázquez...

—Todo eso es colectivo, mucho más colectivo de lo que se cree. *La Divina Comedia*, por ejemplo, fue preparada por toda una serie...

—Sí, ya sé eso.

—Y sobre Velázquez... a propósito, ¿conoce usted el libro de Justi sobre él?

Para Antolín, el valor principal de las grandes obras maestras del ingenio humano era casi uno solo: haber provocado un libro de crítica o de comentario. Los grandes artistas, poetas, pintores, músicos, historiadores y filósofos habían nacido para eso. Para que un erudito escribiera su biografía y un crítico comentara sus obras. Y cualquier frase de un gran escritor no tenía valor hasta que un erudito la repetía. El erudito tenía que citar la obra, la edición y la página donde estaba la frase. Y todo aquello de la solidaridad del trabajo colectivo no era más que envidia e impotencia. Antolín era de la clase de esos comentadores de Homero... Si el mismo Homero volviera a la vida y entrara cantando en su oficina, lo echarían a empujones. Les molestaría en su trabajo sobre los textos muertos de sus obras, buscando un *apax* cualquiera.

—Pero bueno, ¿qué opina usted de la psicología femenina? —le preguntó Augusto.

—Una pregunta así, tan vaga, tan general, tan abstracta, no tiene un sentido preciso para mí, amigo Pérez. Yo soy un modesto investigador. Soy un hombre que no es un genio, ni desea serlo...

—¿Ni lo desea?

—Sí, ni lo desea. Es un mal oficio. Pues bien, esa pregunta no tiene un sentido preciso para mí. Para contestarla, haría falta...

—Sí, vamos, como aquel otro colega suyo. Escribió un libro sobre la psicología del pueblo español. Al parecer, era español y vivía entre españoles. Pero solo se le ocurrió decir «este dice esto y aquel dice aquello». Y hacer una bibliografía.

—¡Ah, la bibliografía! Sí, ya sé...

—No, no siga usted, amigo Paparrigópulos. Dígame lo más concretamente que sepa y pueda qué piensa de la psicología femenina.

—Habría que empezar por plantear una primera cuestión: si la mujer tiene alma.

—¡Hombre!

—Ah, no se puede rechazar así, tan rotundamente...

«¿La tendrá él?», pensó Augusto. Y luego dijo:

—Bueno, pues de lo que en las mujeres hace el papel de alma... ¿qué cree usted?

—¿Me promete usted, amigo Pérez, guardarme el secreto de lo que le voy a decir?... Aunque no, no, usted no es erudito.

—¿Qué quiere usted decir con eso?

—Que usted no es uno de esos que están siempre listos para robarle a uno lo último que le han oído. Y luego lo presentan como suyo...

—Pero ¿así andamos...?

—Ay, amigo Pérez, el erudito es por naturaleza un ladronzuelo. Se lo digo yo, yo, yo, que lo soy. Los eruditos nos pasamos la vida quitándonos unos a otros las pequeñas cositas que descubrimos. E intentando que otro no se nos adelante.

—Se comprende: el que tiene un almacén guarda su mercancía con más celo que el que tiene una fábrica. Hay que guardar el agua del pozo, no la del manantial.

—Puede ser. Pues bien, usted no es erudito. Si me promete guardarme el secreto hasta que yo lo publique, se lo diré. He encontrado una teoría interesantísima sobre el alma de la mujer. Está en un escritor holandés del siglo XVII, oscuro y casi desconocido...

—Veámosla.

—Este escritor lo dice en latín. Dice que cada hombre tiene su alma. Pero todas las mujeres juntas tienen una sola y misma alma, un alma colectiva. Es algo así como el «entendimiento agente» de Averroes, repartido entre todas ellas. Y añade algo más. Cada mujer siente, piensa y quiere de un modo un poco distinto. Pero esas diferencias vienen solo de las diferencias del cuerpo: de la raza, del clima, de la comida, etcétera. Y por eso son tan pequeñas. Las mujeres, dice ese escritor, se parecen entre sí mucho más que los hombres. Y es porque todas son una sola y misma mujer...

—Ahí tiene usted, amigo Paparrigópulos, por qué me pasó aquello. En cuanto me enamoré de una, me sentí enseguida enamorado de todas las demás.

—¡Claro está! Y este ginecólogo interesantísimo y casi desconocido añade otra cosa. La mujer tiene mucha más individualidad que el hombre, pero mucha menos personalidad. Cada mujer se siente más ella misma, más individual, que cada hombre. Pero con menos contenido.

—Sí, sí, creo que empiezo a ver lo que quiere decir.

—Y por eso, amigo Pérez, da lo mismo estudiar a una mujer o a varias. Lo importante es profundizar en la que usted elija para su estudio.

—¿Y no sería mejor tomar dos o más para poder hacer un estudio comparativo? Porque ya sabe usted que ahora eso de lo comparativo está muy de moda...

—En efecto, la ciencia es comparación. Pero en cuestión de mujeres no hace falta comparar. Quien conoce bien a una, a una sola, las conoce a todas: conoce a la Mujer. Además, ya sabe usted que todo lo que se gana en extensión se pierde en intensidad.

—En efecto. Y yo deseo dedicarme al cultivo intensivo de la mujer, no al extensivo. Pero dos por lo menos... por lo menos dos...

—¡No, dos no! ¡De ninguna manera! Lo mejor es contentarse con una, creo yo, y ya es bastante trabajo. Pero si no se contenta usted con una, por lo menos tres. La dualidad no cierra.

—¿Cómo que la dualidad no cierra?

—Claro. Con dos líneas no se cierra un espacio. El polígono más sencillo es el triángulo. Por lo menos tres.

—Pero el triángulo no tiene profundidad. El poliedro más sencillo es el tetraedro. Así que por lo menos cuatro.

—¡Pero dos no, nunca! Si pasa usted de una, por lo menos tres. Pero profundice usted en una.

—Ese es mi propósito.

### Glosario

- **el asno de Buridán**: burro de una historia antigua que no sabe elegir entre dos montones de comida y muere de hambre.
- **doble barbilla**: la barbilla es la parte de la cara debajo de la boca; doble barbilla: grasa que forma otra barbilla debajo.
- **pliegue**: parte de la piel o de una tela que se dobla sobre sí misma.
- **monografía**: estudio escrito sobre un solo tema.
- **desafinar**: cantar o tocar una nota que no es la correcta.
- **caleidoscopio**: tubo con espejos y trocitos de colores que forman figuras que cambian.
- **cosmopolitismo**: actitud de quien se siente ciudadano de todo el mundo y no de su país.
- **asa**: parte curva de una olla o de una taza, para cogerla con la mano.
- **paleontólogo / arqueólogo**: el que estudia los animales muy antiguos por sus huesos / el que estudia los pueblos antiguos por lo que dejaron.
- **erudito**: persona que sabe mucho de libros y de historia.
- **castizo**: muy propio y típico de un país, sin mezcla extranjera.
- **neurastenia**: enfermedad de los nervios, con cansancio y tristeza.
- **calabazas**: dar calabazas: rechazar a alguien que pide amor.
- **itinerario**: aquí, que sigue un camino fijo y va a alguna parte.
- **concinador**: el que arregla y ordena bien las ideas o las palabras de otros.
- **apax**: palabra que aparece una sola vez en un texto antiguo.
- **ginecólogo**: médico de mujeres; aquí, en broma, el que estudia a la mujer.
- **poliedro / tetraedro**: cuerpo de varias caras / el más sencillo, con cuatro caras de triángulo.

## XXIV

Cuando Augusto salió de su entrevista con Paparrigópulos, iba diciéndose: «Así que tengo que renunciar a una de las dos o buscar una tercera. Aunque, para este estudio psicológico, Liduvina me puede servir bien de tercer término. Será un término puramente ideal de comparación. Tengo, pues, tres. Eugenia me habla a la imaginación, a la cabeza. Rosario me habla al corazón. Y Liduvina, mi cocinera, me habla al estómago. Y cabeza, corazón y estómago son las tres facultades del alma. Otros las llaman inteligencia, sentimiento y voluntad. Se piensa con la cabeza, se siente con el corazón y se quiere con el estómago. ¡Esto es evidente! Y ahora...»

«Ahora —siguió pensando—, ¡una idea luminosa, luminosísima! Voy a fingir que quiero pretender otra vez a Eugenia. Voy a pedirle otra vez que me acepte de novio, de futuro marido. Claro que solo para probarla, como un experimento psicológico. Estoy seguro de que ella me rechazará... ¡pues no faltaba más! Tiene que rechazarme. Después de lo pasado, ya no puede aceptarme. Después de lo que me dijo en nuestra última entrevista, no es posible. Es una mujer de palabra, creo. Pero... ¿es que las mujeres tienen palabra? Pienso en la Mujer, así, con letra mayúscula, la única. La que se reparte entre millones de cuerpos femeninos, más o menos hermosos —más bien más que menos—. ¿Está obligada la Mujer a guardar su palabra? Eso de guardar la palabra, ¿no es acaso algo masculino? Pero ¡no, no! Eugenia no puede aceptarme; no me quiere. No me quiere y ya aceptó mi regalo. Y si aceptó mi regalo y lo disfruta, ¿para qué va a quererme?»

«Pero... ¿y si cambia lo que me dijo? —pensó luego—. ¿Y si me dice que sí y me acepta como novio, como futuro marido? Porque hay que pensar en todo. ¿Y si me acepta?, digo. ¡Me fastidia! ¡Me pesca con mi propio anzuelo! ¡Eso sí que sería el pescador pescado! Pero ¡no, no! ¡No puede ser! ¿Y si es? ¡Ah! Entonces solo queda resignarse. ¿Resignarse? Sí, resignarse. Hay que saber resignarse a la buena suerte. Y acaso resignarse a la felicidad es la ciencia más difícil. ¿No nos dice Píndaro que todas las desgracias de Tántalo vinieron de no poder digerir su felicidad? ¡Hay que digerir la felicidad! Y si Eugenia me dice que sí, si me acepta, entonces... ¡ganó la psicología! ¡Viva la psicología! Pero ¡no, no, no! No me aceptará, no puede aceptarme, aunque solo sea por salirse con la suya. Una mujer como Eugenia no cambia de opinión. La Mujer se pone a veces frente al Hombre. Quiere ver cuál de los dos es más firme y constante en sus propósitos. Y entonces es capaz de todo... ¡No, no me aceptará!»

—Rosarito le espera.

Con estas tres palabras, llenas de sentimientos, Liduvina interrumpió las reflexiones de su amo.

—Di, Liduvina, ¿crees tú que las mujeres sois fieles a lo que habéis dicho una vez? ¿Sabéis guardar vuestra palabra?

—Según y conforme.

—Sí, el estribillo de tu marido. Pero contesta directamente. No contestes como hacéis siempre las mujeres. Casi nunca contestáis a lo que se os pregunta. Contestáis a lo que os imaginabais que se os iba a preguntar.

—¿Y qué es lo que usted quería preguntarme?

—Si vosotras, las mujeres, guardáis una palabra que habéis dado.

—Según la palabra.

—¿Cómo, según la palabra?

—Pues claro. Unas palabras se dan para guardarlas y otras para no guardarlas. Ya nadie se engaña, porque es algo que todos entienden...

—Bueno, bueno, dile a Rosario que entre.

Y cuando Rosario entró, Augusto le preguntó:

—Di, Rosario, ¿qué crees tú? ¿Una mujer debe guardar la palabra que dio, o no debe guardarla?

—No recuerdo haberle dado a usted ninguna palabra...

—No se trata de eso. Se trata de si una mujer debe o no guardar la palabra que dio...

—Ah, sí, lo dice usted por la otra... por esa mujer...

—Lo diga por lo que lo diga, ¿qué crees tú?

—Pues yo no entiendo de esas cosas...

—¡No importa!

—Bueno, ya que usted insiste, le diré que lo mejor es no dar ninguna palabra.

—¿Y si ya se ha dado?

—No haberlo hecho.

«Está claro —se dijo Augusto— que a esta muchacha no la saco de ahí. Pero ya que está aquí, voy a poner en juego la psicología. Voy a hacer un experimento.»

—¡Ven aquí, siéntate aquí! —y le ofreció sus rodillas.

La muchacha obedeció tranquilamente, sin cambiar de cara, como si fuera algo acordado y previsto. Augusto, en cambio, se quedó confuso. No sabía por dónde empezar su experimento psicológico. Y como no sabía qué decir, pues... hacía. Apretaba a Rosario contra su pecho, que respiraba con fuerza, y le cubría la cara de besos. Mientras tanto se decía: «Me parece que voy a perder la sangre fría necesaria para la investigación psicológica». De pronto se detuvo y pareció calmarse. Apartó un poco a Rosario de sí y le dijo de repente:

—Pero ¿no sabes que quiero a otra mujer?

Rosario se calló. Lo miraba fijamente y se encogía de hombros.

—Pero ¿no lo sabes? —repitió él.

—¿Y a mí qué me importa eso ahora...?

—¿Cómo que no te importa?

—¡Ahora no! Ahora usted me quiere a mí, me parece.

—Y a mí también me parece, pero...

Entonces pasó algo inesperado. Era algo que Augusto no había previsto en su programa de experimentos psicológicos sobre la Mujer. Rosario, de repente, le echó los brazos al cuello y empezó a besarlo. El pobre hombre apenas tuvo tiempo de pensar: «Ahora el experimento lo hacen conmigo; esta muchacha está haciendo estudios de psicología masculina». Y sin darse cuenta de lo que hacía, se sorprendió acariciando con las manos temblorosas las pantorrillas de Rosario.

Augusto se levantó de pronto. Luego levantó a Rosario en brazos y la echó en el sofá. Ella se dejaba hacer, con la cara encendida. Y él la sujetó de los brazos con sus dos manos y se quedó mirándola a los ojos.

—¡No los cierres, Rosario, no los cierres, por Dios! Ábrelos. Así, así, cada vez más. Déjame que me vea en ellos, tan chiquitito...

Y al verse a sí mismo en aquellos ojos, como en un espejo vivo, sintió que su primera excitación se iba calmando.

—Déjame que me vea en ellos como en un espejo, que me vea tan chiquitito... Solo así llegaré a conocerme... viéndome en ojos de mujer...

Y el espejo lo miraba de un modo extraño. Rosario pensaba: «Este hombre no me parece como los demás; debe de estar loco».

Augusto se apartó de ella de pronto. Se miró a sí mismo y luego se tocó el cuerpo con las manos. Al final exclamó:

—Y ahora, Rosario, perdóname.

—¿Perdonarle? ¿Por qué?

En la voz de la pobre Rosario había más miedo que ningún otro sentimiento. Tenía ganas de huir, porque se decía: «Cuando uno empieza a decir o hacer cosas sin sentido, no sé dónde va a terminar. Este hombre sería capaz de matarme en un ataque de locura». Y le salieron unas lágrimas.

—¿Lo ves? —le dijo Augusto—. ¿Lo ves? Sí, perdóname, Rosarito, perdóname. No sabía lo que hacía.

Y ella pensó: «Lo que no sabe es lo que no se hace».

—Y ahora, ¡vete, vete!

—¿Me echa usted?

—No, me defiendo. ¡No te echo, no! ¡Dios me libre! Si quieres, me voy yo y te quedas tú aquí, para que veas que no te echo.

«Decididamente, este hombre no está bien», pensó ella, y sintió lástima de él.

—Vete, vete, y no me olvides, ¿eh? —Le cogió la barbilla y se la acarició—. No me olvides. No olvides al pobre Augusto.

La abrazó y le dio un beso largo y apretado en la boca. Al salir, la muchacha le dirigió una mirada llena de un miedo misterioso. Y en cuanto ella salió, Augusto pensó para sí: «Me desprecia, sin duda me desprecia. He estado ridículo, ridículo, ridículo... Pero ¿qué sabe ella, pobrecita, de estas cosas? ¿Qué sabe ella de psicología?»

Si el pobre Augusto hubiera podido leer entonces en el alma de Rosario, se habría desesperado más. Porque la inocente muchacha iba pensando: «Cualquier día vuelvo a darme yo un rato así, a beneficio de la otra prójima...»

A Augusto le iba volviendo la excitación. Sentía que el tiempo perdido no vuelve. Y no trae otra vez las ocasiones que uno no aprovechó. Le entró rabia contra sí mismo. Sin saber qué hacía, y para ocupar el tiempo, llamó a Liduvina. La vio delante de él, tan tranquila, tan gordita, con una sonrisa maliciosa. Y sintió algo tan fuerte y tan extraño que le dijo: «¡Vete, vete, vete!». Y salió a la calle. Es que por un momento temió no poder contenerse y lanzarse sobre Liduvina.

Al salir a la calle se calmó. La muchedumbre es como un bosque: lo pone a uno en su lugar, lo vuelve a encajar en su sitio.

«¿Estaré bien de la cabeza?», iba pensando Augusto. «Yo creo que voy por la calle con seriedad, como las personas normales. ¿Y qué es una persona normal? ¿No será que voy haciendo gestos, muecas y pantomimas? Yo creo que la gente pasa sin mirarme, o que me mira con indiferencia. ¿Y si no es así? ¿Y si todos me miran fijamente y se ríen de mí o me compadecen...? Y esta idea, ¿no es acaso locura? ¿Estaré loco de verdad? Y al fin y al cabo, aunque lo esté, ¿qué? Un hombre de corazón, sensible y bueno, si no se vuelve loco, es porque es un perfecto majadero. El que no está loco es o tonto o pillo. Eso no quiere decir, claro está, que los pillos y los tontos no se vuelvan locos.»

«Lo que he hecho con Rosarito —siguió pensando— ha sido ridículo, sencillamente ridículo. ¿Qué habrá pensado de mí? ¿Y qué me importa lo que piense de mí una muchacha así?... ¡Pobrecilla! Pero... ¡con qué inocencia se dejaba hacer! Es un ser fisiológico, perfectamente fisiológico, nada más que fisiológico, sin ninguna psicología. Es inútil, pues, usarla de conejillo de Indias o de ranita para experimentos psicológicos. Como mucho, para experimentos fisiológicos... Pero ¿es que la psicología, sobre todo la femenina, es algo más que fisiología? ¿O, si se quiere, algo más que psicología fisiológica? ¿Tiene alma la mujer? Y a mí, para hacer experimentos psicofisiológicos, me falta preparación técnica. Nunca he estado en ningún laboratorio... Además, no tengo aparatos. Y la psicofisiología exige aparatos. ¿Estaré, pues, loco?»

Se desahogó con estas meditaciones por la calle, en medio de la gente ocupada. Aquella gente no se interesaba por sus penas. Después se sintió ya tranquilo y volvió a casa.

### Glosario

- **pretender**: intentar que una mujer acepte a un hombre como novio o marido.
- **anzuelo**: gancho pequeño de metal que se usa para pescar.
- **resignarse**: aceptar algo sin luchar contra ello.
- **digerir**: transformar la comida en el estómago; aquí, aceptar y soportar algo.
- **estribillo**: frase que una persona repite muchas veces.
- **pantorrillas**: parte de atrás de la pierna, entre la rodilla y el pie.
- **prójima**: aquí, de forma irónica, otra mujer.
- **majadero**: persona tonta.
- **pillo**: persona lista que engaña a los demás.
- **conejillo de Indias**: animal pequeño que se usa para experimentos; persona que sirve para probar algo.
- **fisiológico**: que tiene que ver con el cuerpo y sus funciones, no con la mente.
- **muchedumbre**: mucha gente junta.

## XXV

Augusto fue a ver a Víctor. Quería acariciar al hijo que le había llegado tan tarde a su amigo. Quería disfrutar mirando la nueva felicidad de aquel hogar. Y, de paso, quería consultarle sobre el estado de su espíritu. Cuando se encontró a solas con su amigo, le dijo:

—¿Y aquella novela o... ¿cómo era?... ¡ah, sí, *nivola*!... que estabas escribiendo? Supongo que ahora, con lo del hijo, la habrás abandonado, ¿no?

—Pues supones mal. Precisamente por eso, porque ya soy padre, he vuelto a ella. Y en ella saco todo el buen humor que me llena.

—¿Querrías leerme algo de ella?

Víctor sacó las hojas y empezó a leerle a su amigo trozos de aquí y de allá.

—Pero, hombre, ¡te me han cambiado! —exclamó Augusto.

—¿Por qué?

—Porque ahí hay cosas que casi son pornográficas, y a veces lo son del todo...

—¿Pornográfico? ¡De ninguna manera! Lo que hay aquí son crudezas, pero no pornografía. Alguna vez hay algún desnudo, pero nunca un desvestido. Lo que hay es realismo...

—Realismo, sí, y además...

—Cinismo, ¿no es eso?

—¡Cinismo, sí!

—Pero el cinismo no es pornografía. Estas crudezas son un modo de excitar la imaginación. Así la llevan a examinar más a fondo la realidad de las cosas. Estas crudezas son crudezas... pedagógicas. ¡Lo dicho, pedagógicas!

—Y algo grotescas...

—Es verdad, no te lo niego. Me gusta la bufonería.

—Que en el fondo siempre es tétrica.

—Por eso mismo. Solo me gustan los chistes lúgubres, las gracias de funeral. La risa por la risa misma me da grima, y hasta miedo. La risa no es más que la preparación para la tragedia.

—Pues a mí esas bufonadas crudas me producen un efecto horrible.

—Porque eres un solitario, Augusto, un solitario, entiéndeme bien, un solitario... Y yo las escribo para curar... No, no, no las escribo para nada. Las escribo porque me divierte escribirlas. Y si divierten a los que las lean, ya me considero pagado. Pero si además consigo que algún solitario como tú empiece a curarse, un solitario de doble soledad...

—¿Doble?

—Sí, soledad de cuerpo y soledad de alma.

—A propósito, Víctor.

—Sí, ya sé lo que vas a decirme. Venías a consultarme sobre tu estado. Desde hace algún tiempo es alarmante, verdaderamente alarmante, ¿no es eso?

—Sí, eso es.

—Lo adiviné. Pues bien, Augusto, cásate, y cásate cuanto antes.

—Pero ¿con cuál?

—¡Ah! Pero ¿hay más de una?

—¿Y cómo has adivinado también esto?

—Muy sencillo. Podías haber preguntado: «Pero ¿con quién?». Entonces yo no habría supuesto que hay más de una, ni siquiera que hay una. Pero has preguntado: «Pero ¿con cuál?». Eso quiere decir con cuál de las dos, o tres, o diez, o ene.

—Es verdad.

—Cásate, pues, cásate con una cualquiera de las ene de las que estás enamorado. Con la que tengas más a mano. Y sin pensarlo demasiado. Ya ves, yo me casé sin pensarlo; nos tuvieron que casar.

—Es que ahora me ha dado por dedicarme a los experimentos de psicología femenina.

—El único experimento psicológico sobre la Mujer es el matrimonio. El que no se casa nunca podrá estudiar con experimentos el alma de la Mujer. El único laboratorio de psicología femenina, o de ginepsicología, es el matrimonio.

—Pero ¡eso no tiene remedio!

—Ningún experimento de verdad lo tiene. Algunos quieren experimentar algo, pero guardando la retirada, sin quemar las naves. Esos nunca saben nada seguro. No te fíes nunca de un cirujano, salvo de uno que se haya cortado a sí mismo algún miembro. Y no te pongas en manos de un médico de locos que no esté loco. Cásate, pues, si quieres saber psicología.

—De modo que los solteros...

—La de los solteros no es psicología. No es más que metafísica, es decir, lo que está más allá de la física, más allá de lo natural.

—¿Y qué es eso?

—Más o menos eso en lo que estás tú.

—¿Yo estoy en la metafísica? Pero ¡si yo, querido Víctor, no estoy más allá de lo natural, sino más acá!

—Es igual.

—¿Cómo que es igual?

—Sí. Más acá de lo natural es lo mismo que más allá. Igual que más allá del espacio es lo mismo que más acá de él. ¿Ves esta línea? —Y dibujó una línea en un papel—. Alárgala por un lado y por el otro hasta el infinito. Los extremos se encontrarán y se cerrarán en el infinito, donde todo se encuentra y todo se mezcla. Toda recta es la curva de una circunferencia de radio infinito, y se cierra en el infinito. Por lo tanto, da lo mismo lo de más acá de lo natural que lo de más allá. ¿No está claro?

—No, está oscurísimo, muy oscuro.

—Pues precisamente porque está tan oscuro, cásate.

—Sí, pero... ¡me vienen tantas dudas!

—Mejor, pequeño Hamlet, mejor. ¿Dudas?, luego piensas. ¿Piensas?, luego eres.

—Sí, dudar es pensar.

—Y pensar es dudar, y nada más que dudar. Uno cree, sabe o imagina sin dudar. Ni la fe, ni el conocimiento, ni la imaginación necesitan la duda. La duda incluso los destruye. Pero no se piensa sin dudar. La fe y el conocimiento son algo estático, quieto, muerto. Y es la duda la que los convierte en pensamiento, que es dinámico, inquieto, vivo.

—¿Y la imaginación?

—Sí, ahí cabe alguna duda. Muchas veces dudo qué deben decir o hacer los personajes de mi *nivola*. Y aun después de hacerles decir o hacer algo, dudo. Dudo si estuvo bien y si es lo que de verdad les corresponde. Pero... ¡paso por todo! Sí, sí, cabe la duda en el imaginar, que es un pensar...

* * * * *

*Mientras Augusto y Víctor tenían esta conversación* nivolesca, *yo sonreía de un modo misterioso. Yo, el autor de esta* nivola *que tienes, lector, en la mano y estás leyendo. Sonreía al ver que mis personajes* nivolescos *me defendían y justificaban mis métodos. Y me decía a mí mismo: «¡Qué lejos están estos infelices de pensar que solo intentan justificar lo que yo hago con ellos! Así, cuando uno busca razones para justificarse, en realidad no hace otra cosa que justificar a Dios. Y yo soy el Dios de estos dos pobres diablos* nivolescos.»

### Glosario

- **nivola**: palabra inventada por Víctor: una novela sin plan, con mucho diálogo.
- **crudezas**: cosas dichas de forma muy directa y fuerte, sin cuidado ni delicadeza.
- **cinismo**: falta de vergüenza al decir o mostrar las cosas.
- **bufonería / bufonada**: broma o acción de payaso, para hacer reír.
- **tétrica**: muy triste y oscura, que hace pensar en la muerte.
- **lúgubre**: triste y relacionado con la muerte.
- **me da grima**: me produce disgusto y malestar.
- **quemar las naves**: tomar una decisión sin dejarse ninguna forma de volver atrás.
- **metafísica**: parte de la filosofía que estudia lo que está más allá de la naturaleza.
- **ginepsicología**: palabra inventada: psicología de la mujer.

## XXVI

Augusto fue a casa de Eugenia. Estaba decidido a probar el último experimento psicológico, el definitivo, aunque tenía miedo de que ella lo rechazara. Y se encontró con ella en la escalera. Ella bajaba para salir cuando él subía para entrar.

—¿Usted por aquí, don Augusto?

—Sí, yo. Pero como usted tiene que salir, lo dejaré para otro día. Me vuelvo.

—No, arriba está mi tío.

—No es con su tío, es con usted, Eugenia, con quien tenía que hablar. Dejémoslo para otro día.

—No, no, volvamos. Las cosas, en caliente.

—Es que si está su tío...

—¡Bah! ¡Es anarquista! No lo llamaremos.

Y obligó a Augusto a subir con ella. El pobre hombre había ido con aires de experimentador, y ahora se sentía rana.

Cuando estuvieron solos en la sala, Eugenia no se quitó el sombrero. Con el mismo traje de calle con que había entrado, le dijo:

—Bien, vamos a saber qué es lo que tenía que decirme.

—Pues... pues... —y el pobre Augusto tartamudeaba—. Pues... pues...

—Bien; pues ¿qué?

—Que no puedo descansar, Eugenia. He dado mil vueltas en la cabeza a las cosas que nos dijimos la última vez que hablamos. Y a pesar de todo no puedo resignarme. ¡No, no puedo resignarme, no puedo!

—¿Y a qué es a lo que no puede usted resignarse?

—Pues ¡a esto, Eugenia, a esto!

—¿Y qué es esto?

—A esto, a que no seamos más que amigos...

—¡Más que amigos...! ¿Le parece a usted poco, señor don Augusto? ¿O es que quiere usted que seamos menos que amigos?

—No, Eugenia, no, no es eso.

—Pues ¿qué es?

—Por Dios, no me haga sufrir...

—El que se hace sufrir es usted mismo.

—¡No puedo resignarme, no!

—Pues ¿qué quiere usted?

—¡Que seamos... marido y mujer!

—¡Acabáramos!

—Para acabar hay que empezar.

—¿Y aquella palabra que usted me dio?

—No sabía lo que decía...

—Y aquella Rosario...

—¡Oh, por Dios, Eugenia, no me recuerdes eso! ¡No pienses en la Rosario!

Entonces Eugenia se quitó el sombrero y lo dejó sobre una mesita. Volvió a sentarse, y luego dijo despacio y muy seria:

—Pues bien, Augusto. Tú, que al fin y al cabo eres un hombre, no te crees obligado a guardar la palabra. Así que yo, que no soy más que una mujer, tampoco debo guardarla. Además, quiero librarte de la Rosario y de las demás Rosarios o Petras que puedan atraparte. La gratitud por tu generosidad no lo hizo. Tampoco lo hizo el despecho por lo que me pasó con Mauricio —ya ves si soy sincera contigo—. Lo hace la compasión. ¡Sí, Augusto, me das pena, mucha pena! —Y al decir esto, le dio dos palmaditas suaves con la mano derecha en una rodilla.

—¡Eugenia! —y le tendió los brazos como para cogerla.

—¡Eh, cuidadito! —exclamó ella, apartándole los brazos y escapándose de ellos—. ¡Cuidadito!

—Pues la otra vez... la última vez...

—¡Sí, pero entonces era diferente!

«Estoy haciendo de rana», pensó el psicólogo experimental.

—Sí —siguió Eugenia—. A un amigo, nada más que amigo, se le pueden permitir ciertas pequeñas libertades. Pero no se le deben permitir al... vamos, al... ¡novio!

—Pues no lo comprendo...

—Cuando nos hayamos casado, Augusto, te lo explicaré. Y ahora, quietecito, ¿eh?

«Esto ya está hecho», pensó Augusto. Y se sintió ya completa y perfectamente rana.

—Y ahora —añadió Eugenia, levantándose— voy a llamar a mi tío.

—¿Para qué?

—¡Toma, para darle la noticia!

—¡Es verdad! —exclamó Augusto, consternado.

Don Fermín llegó en seguida.

—Mire usted, tío —le dijo Eugenia—, aquí tiene usted a don Augusto Pérez. Ha venido a pedirme la mano, y yo se la he concedido.

—¡Admirable, admirable! —exclamó don Fermín—. ¡Admirable! Ven aquí, hija mía, ven aquí que te abrace. ¡Admirable!

—¿Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos, tío?

—No. Lo que me admira, lo que me entusiasma, lo que me conquista es cómo habéis resuelto este asunto. Los dos solos, sin intermediarios... ¡Viva la anarquía! Y es una lástima, una lástima, que tengáis que acudir a la autoridad para cumplir vuestro propósito... Por supuesto, sin obedecerla en el fondo de vuestra conciencia, ¿eh? *Pro formula*, nada más que *pro formula*. Porque yo sé que ya os consideráis marido y mujer. ¡Y en todo caso yo, yo solo, os caso en nombre del Dios anárquico! Y esto basta. ¡Admirable, admirable! Don Augusto, desde hoy esta casa es su casa.

—¿Desde hoy?

—Tiene usted razón, sí, lo fue siempre. Mi casa... ¿mía? Esta casa en que vivo fue siempre de usted. Fue siempre de todos mis hermanos. Pero desde hoy... usted me entiende.

—Sí, le entiende a usted, tío.

En aquel momento llamaron a la puerta, y Eugenia dijo:

—¡La tía!

La tía entró en la sala, vio aquello y exclamó:

—¡Ya estoy enterada! ¿Conque es cosa hecha? Esto ya me lo sabía yo.

Augusto pensaba: «¡Rana, rana completa! Y me han pescado entre todos».

—Por supuesto, hoy se quedará usted a comer con nosotros, para celebrarlo... —dijo doña Ermelinda.

—¡Y qué remedio! —se le escapó al pobre rana.

### Glosario

- **rana**: animal verde que salta; en los laboratorios se usa para hacer experimentos.
- **tartamudear**: hablar repitiendo sílabas y cortando las palabras, por nervios.
- **resignarse**: aceptar algo sin luchar contra ello.
- **¡Acabáramos!**: expresión que se usa cuando por fin alguien dice claramente lo que quiere.
- **despecho**: rabia y dolor que se sienten cuando a uno lo rechazan o lo engañan.
- **compasión**: pena que se siente por alguien que sufre.
- **palmaditas**: golpes muy suaves con la palma de la mano.
- **quietecito**: muy quieto, sin moverse (forma cariñosa de «quieto»).
- **consternado**: muy triste y preocupado de pronto por algo que pasa.
- **pedir la mano**: pedir a una mujer que se case con uno.
- **pro formula** (latín)**: solo por cumplir, por formalidad.
- **anárquico**: de la anarquía, sin leyes ni autoridad; don Fermín es anarquista.
- **¡Y qué remedio!**: expresión que significa «no hay otra posibilidad».

## XXVII

Entonces empezó para Augusto una nueva vida. Pasaba casi todo el día en casa de su novia, y no estudiaba psicología, sino estética.

¿Y Rosario? Rosario no volvió a su casa. La siguiente vez que le llevaron la ropa planchada, se la llevó otra, una mujer cualquiera. Y él casi no se atrevió a preguntar por qué ya no venía Rosario. ¿Para qué, si lo adivinaba? Conocía bien este desprecio, porque era desprecio y nada más. Pero, lejos de dolerle, casi le hizo gracia. Bien. Ya se desquitaría él con Eugenia. Y Eugenia, por supuesto, seguía con lo de: «¡Eh, cuidadito, y las manos quietas!». ¡Buena era ella para permitir otra cosa!

Eugenia lo tenía a ración: solo le dejaba mirar, nada más que mirar, y así le encendía el apetito. Una vez él le dijo:

—¡Me entran unas ganas de hacer unos versos a tus ojos!

Y ella le contestó:

—¡Hazlos!

—Pero para eso —añadió él— sería conveniente que tocaras un poco el piano. Si te oyera tocar tu instrumento profesional, me inspiraría.

—Pero ya sabes, Augusto, que no he vuelto a tocar el piano. Gracias a tu generosidad, he podido ir dejando mis lecciones. Desde entonces no lo toco, y lo odio. ¡Me ha costado tantas molestias!

—No importa, tócalo, Eugenia, tócalo para que yo escriba mis versos.

—¡Está bien, pero solo por esta vez!

Eugenia se sentó a tocar el piano y, mientras tocaba, Augusto escribió esto:

Mi alma vagaba lejos de mi cuerpo

en las brumas perdida de la idea,

perdida allá en las notas de la música

que según dicen cantan las esferas;

y yacía mi cuerpo solitario

sin alma y triste errando por la tierra.

Nacidos para arar juntos la vida

no vivían; porque él era materia

tan sólo y ella nada más que espíritu

buscando completarse, ¡dulce Eugenia!

Mas brotaron tus ojos como fuentes

de viva luz encima de mi senda

y prendieron a mi alma y la trajeron

del vago cielo a la dudosa tierra,

metiéronla en mi cuerpo, y desde entonces

y ¡sólo desde entonces vivo, Eugenia!

Son tus ojos cual clavos encendidos

que mi cuerpo a mi espíritu sujetan,

que hacen que sueñe en mí febril la sangre

y que en carne convierten mis ideas.

¡Si esa luz de mi vida se apagara,

desuncidos espíritu y materia,

perderíame en brumas celestiales

y del profundo en la voraz tiniebla!

—¿Qué te parecen? —le preguntó Augusto después de leérselos.

—Como mi piano: poco o nada musicales. Y eso de «según dicen...»

—Sí, es para darle un tono familiar...

—Y lo de «dulce Eugenia» me parece un ripio.

—¿Qué? ¿Que tú eres un ripio?

—¡Ahí, en esos versos, sí! Y además todo eso me parece muy... muy...

—Vamos, sí, muy *nivolesco*.

—¿Qué es eso?

—Nada, un timo que tenemos entre Víctor y yo.

—Pues mira, Augusto, yo no quiero timos en mi casa cuando nos casemos, ¿sabes? Ni timos ni perros. Así que ya puedes ir pensando qué vas a hacer con Orfeo...

—Pero ¡Eugenia, por Dios! ¡Si ya sabes cómo lo encontré, pobrecito! ¡Si además es mi confidente...! ¡Si es a él a quien dirijo todos mis monólogos...!

—Es que cuando nos casemos no va a haber monólogos en mi casa. ¡El perro sobra!

—Por Dios, Eugenia, al menos hasta que tengamos un hijo...

—Si lo tenemos...

—Claro, si lo tenemos. Y si no, ¿por qué no el perro? ¿Por qué no el perro? Se ha dicho, con mucha razón, que sería el mejor amigo del hombre si tuviera dinero...

—No. Si tuviera dinero, el perro no sería amigo del hombre, estoy segura. Es su amigo porque no lo tiene.

Otro día Eugenia le dijo a Augusto:

—Mira, Augusto, tengo que hablarte de una cosa grave, muy grave. Te ruego que me perdones antes, por si lo que voy a decirte...

—¡Por Dios, Eugenia, habla!

—Tú sabes de aquel novio que tuve...

—Sí, Mauricio.

—Pero no sabes por qué tuve que despachar a ese sinvergüenza...

—Ni quiero saberlo.

—Eso te honra. Pues bien, tuve que despachar a aquel haragán y sinvergüenza, pero...

—¿Qué? ¿Te persigue todavía?

—¡Todavía!

—¡Ah, como yo lo coja...!

—No, no es eso. Me persigue, pero ya no con las intenciones que tú crees, sino con otras.

—¡A ver! ¡A ver!

—No te alarmes, Augusto, no te alarmes. El pobre Mauricio no muerde, ladra.

—Ah, pues haz lo que dice el refrán árabe: «Si vas a detenerte con cada perro que te salga a ladrar al camino, nunca llegarás al fin de él». No sirve de nada tirarles piedras. No le hagas caso.

—Creo que hay otro medio mejor.

—¿Cuál?

—Llevar siempre, por si acaso, mendrugos de pan en el bolsillo. E irlos tirando a los perros que salen a ladrarnos, porque ladran de hambre.

—¿Qué quieres decir?

—Que ahora Mauricio solo quiere que yo le busque un empleo cualquiera o un modo de vivir. Dice que entonces me dejará en paz. Y si no...

—Si no...

—Amenaza con perseguirme para comprometerme...

—¡Desvergonzado! ¡Bandido!

—No te pongas así. Creo que lo mejor es quitarlo de en medio. Podemos buscarle un empleo cualquiera que le dé para vivir y que esté lo más lejos posible. Además, por mi parte es también algo de compasión, porque el pobrecito es como es, y...

—Quizá tengas razón, Eugenia. Y mira, creo que podré arreglarlo todo. Mañana mismo hablaré con un amigo mío, y me parece que le encontraremos ese empleo.

Y, en efecto, pudo encontrarle el empleo y consiguió que lo enviaran a trabajar bastante lejos.

### Glosario

- **estética**: ciencia que estudia la belleza.
- **desquitarse**: recuperar lo perdido o compensarse de algo malo.
- **tener a ración**: dar a alguien solo una parte pequeña de algo, como una ración de comida.
- **brumas**: niebla ligera.
- **errar**: aquí, andar de un sitio a otro sin saber adónde ir.
- **brotar**: salir de pronto, como el agua de una fuente o una planta de la tierra.
- **voraz**: que come mucho y con mucha hambre; que se lo traga todo.
- **tiniebla**: oscuridad completa.
- **desuncidos**: separados, sueltos; como dos animales a los que se les quita el yugo que los une.
- **ripio**: palabra que se pone en un verso solo para completar la rima o la medida.
- **nivolesco**: propio de una *nivola*, la palabra que inventó Víctor.
- **timo**: aquí, broma o frase que se repiten dos amigos; también significa engaño para quitar dinero.
- **confidente**: persona (o animal) a quien uno le cuenta sus secretos.
- **monólogo**: lo que dice una persona cuando habla sola, sin nadie que le conteste.
- **despachar**: aquí, echar a alguien, terminar la relación con él.
- **sinvergüenza**: persona que hace cosas malas y no tiene vergüenza.
- **haragán**: persona que no quiere trabajar.
- **refrán**: frase corta y conocida que da un consejo.
- **ladrar**: hacer el perro su ruido: «¡guau, guau!».
- **mendrugos**: trozos de pan duro.
- **comprometer**: aquí, poner en peligro la buena fama de una persona.

## XXVIII

Una mañana, Liduvina le anunció a Augusto que un joven lo esperaba. Luego Augusto vio que era Mauricio, y puso mala cara. Estuvo a punto de despedirlo sin escucharlo. Pero aquel hombre lo atraía. En otro tiempo había sido novio de Eugenia. Ella lo había querido, y quizá seguía queriéndolo de algún modo. Quizá aquel hombre conocía intimidades de la que iba a ser la mujer de Augusto, cosas que Augusto no sabía. Aquel hombre que... Había algo que los unía.

—Vengo, señor —empezó Mauricio con humildad—, a darle las gracias por el enorme favor que usted se ha dignado hacerme, gracias a la ayuda de Eugenia...

—No tiene usted por qué darme las gracias, señor mío. Y espero que de ahora en adelante dejará usted en paz a la que va a ser mi mujer.

—Pero ¡si yo no la he molestado lo más mínimo!

—Ya sé lo que tengo que pensar.

—Ella me despidió, e hizo bien en despedirme, porque yo no soy el hombre que le corresponde. Desde entonces he intentado consolarme de esa desgracia lo mejor que he podido. Y, por supuesto, he respetado sus decisiones. Y si ella le ha dicho a usted otra cosa...

—Le ruego que no vuelva a nombrar a la que va a ser mi mujer. Y mucho menos que insinúe siquiera que ella ha faltado lo más mínimo a la verdad. Consuélese como pueda y déjenos en paz.

—Es verdad. Y vuelvo a darles las gracias a los dos. Me han hecho un gran favor al conseguirme ese empleíto. Iré a trabajar allí y me consolaré como pueda. Por cierto, pienso llevarme conmigo a una muchachita...

—¿Y a mí qué me importa eso, caballero?

—Es que me parece que usted debe de conocerla...

—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Quiere usted burlarse...?

—No... no... Es una tal Rosario, que trabaja en un taller de planchado. Me parece que solía traerle a usted la ropa planchada...

Augusto se puso pálido. «¿Lo sabrá todo este?», se dijo. Y esto lo turbó aún más que su sospecha anterior: que aquel hombre supiera de Eugenia lo que él no sabía. Pero se recuperó en seguida y exclamó:

—¿Y a qué viene ahora contarme eso?

—Me parece —siguió Mauricio, como si no hubiera oído nada— que a los despreciados se nos debe dejar que nos consolemos los unos con los otros.

—Pero ¿qué quiere usted decir, hombre, qué quiere usted decir?

Y Augusto pensó si estrangularía o no a aquel hombre allí mismo, en el lugar de su última aventura con Rosario.

—¡No se ponga así, don Augusto, no se ponga así! No quiero decir más que lo que he dicho. Ella... la que usted no quiere que yo nombre... me despreció, me despachó. Y yo me he encontrado con esa pobre muchachita, a la que otro despreció, y...

Augusto ya no pudo contenerse. Primero se puso pálido y después rojo. Se levantó, cogió a Mauricio por los dos brazos, lo levantó en el aire y lo tiró en el sofá. No se daba cuenta clara de lo que hacía; era como si quisiera estrangularlo. Y entonces Mauricio, al verse en el sofá, dijo con la mayor frialdad:

—Mírese usted ahora, don Augusto, en mis pupilas y verá qué chiquitito se ve...

El pobre Augusto creyó que se derretía. Por lo menos, a sus brazos se les fue toda la fuerza. La habitación empezó a convertirse en niebla ante sus ojos. Pensó: «¿Estaré soñando?». Y se encontró con que Mauricio, ya de pie delante de él, lo miraba con una sonrisa burlona:

—¡Oh, no ha sido nada, don Augusto, no ha sido nada! Perdóneme usted, ha sido un arrebato... Ni siquiera sé lo que me hice... ni me di cuenta... ¡Y gracias, gracias, otra vez gracias! ¡Gracias a usted y a... ella! ¡Adiós!

En cuanto salió Mauricio, Augusto llamó a Liduvina.

—Di, Liduvina, ¿quién ha estado aquí conmigo?

—Un joven.

—¿Cómo era?

—Pero ¿necesita usted que se lo diga?

—¿De verdad ha estado aquí alguien conmigo?

—¡Señorito!

—No... no... Júrame que ha estado aquí conmigo un joven, y dime cómo era... Alto, rubio, ¿no es eso?, con bigote, más bien grueso que flaco, de nariz aguileña... ¿Ha estado?

—Pero ¿está usted bien, don Augusto?

—¿No ha sido un sueño...?

—A no ser que lo hayamos soñado los dos...

—No, dos personas no pueden soñar la misma cosa al mismo tiempo. Y precisamente así se sabe que algo no es sueño: porque no es de uno solo...

—Pues ¡sí, esté tranquilo, sí! Estuvo aquí ese joven que dice.

—¿Y qué dijo al salir?

—Al salir no habló conmigo... ni lo vi...

—Y tú, ¿sabes quién es, Liduvina?

—Sí, sé quién es. El que fue novio de...

—Sí, basta. Y ahora, ¿de quién es novio?

—Eso ya sería saber demasiado.

—Como las mujeres sabéis tantas cosas que no os enseñan...

—Sí, y en cambio no conseguimos aprender las que nos quieren enseñar.

—Pues bueno, di la verdad, Liduvina: ¿no sabes con quién anda ahora ese... prójimo?

—No, pero me lo imagino.

—¿Por qué?

—Por lo que está usted diciendo.

—Bueno, llama ahora a Domingo.

—¿Para qué?

—Para saber si todavía estoy soñando o no. Y si tú eres de verdad Liduvina, su mujer, o si...

—¿O si Domingo está soñando también? Pero creo que hay algo mejor.

—¿Qué?

—Que venga Orfeo.

—Tienes razón; ¡ese no sueña!

Poco después, cuando Liduvina ya había salido, entró el perro.

«¡Ven aquí, Orfeo —le dijo su amo—, ven aquí! ¡Pobrecito! ¡Qué pocos días te quedan ya de vivir conmigo! Ella no te quiere en casa. ¿Y adónde voy a echarte? ¿Qué voy a hacer contigo? ¿Qué será de ti sin mí? Eres capaz de morirte, ¡lo sé! Solo un perro es capaz de morirse cuando se queda sin amo. Y yo he sido más que tu amo: ¡tu padre, tu dios! ¡Ella no te quiere en casa; te aparta de mi lado! ¿Es que tú, el símbolo de la fidelidad, le molestas en casa? ¡Quién sabe...! Quizá un perro descubre los pensamientos más secretos de las personas con quienes vive, aunque se calle... ¡Y tengo que casarme, no tengo más remedio que casarme...! Si no, nunca voy a salir del sueño. Tengo que despertar.»

«Pero ¿por qué me miras así, Orfeo? ¡Parece que lloras sin lágrimas...! ¿Es que me quieres decir algo? Te veo sufrir por no tener palabras. ¡Qué pronto dije que tú no sueñas! ¡Tú sí que me estás soñando, Orfeo! ¿Por qué somos hombres los hombres? ¿No es porque hay perros y gatos y caballos y bueyes y ovejas y animales de toda clase, sobre todo domésticos? Sin animales domésticos que carguen con el peso animal de la vida, ¿habría llegado el hombre a ser humano? Si el hombre no hubiera domesticado al caballo, ¿no llevaría la mitad de la humanidad a la otra mitad a cuestas? Sí, a vosotros os debemos la civilización. Y a las mujeres. Pero ¿no es acaso la mujer otro animal doméstico? Y si no hubiera mujeres, ¿serían hombres los hombres? ¡Ay, Orfeo, viene de fuera quien de casa te echa!»

Y lo apretó contra su pecho. Y el perro, que de verdad parecía llorar, le lamía la barbilla.

### Glosario

- **dignarse**: hacer algo como un favor, aceptando bajar al nivel de otro.
- **empleíto**: empleo pequeño, trabajo de poca importancia.
- **insinuar**: decir algo sin decirlo claramente, solo dándolo a entender.
- **taller de planchado**: lugar donde trabajan mujeres que planchan la ropa de otras personas.
- **estrangular**: matar a alguien apretándole el cuello.
- **pupilas**: parte negra en el centro del ojo.
- **arrebato**: momento de rabia en que uno no controla lo que hace.
- **nariz aguileña**: nariz curva y delgada, como el pico de un águila.
- **prójimo**: aquí, con desprecio, «ese tipo», «ese individuo».
- **a cuestas**: sobre la espalda.
- **viene de fuera quien de casa te echa**: refrán: una persona que llega de fuera expulsa al que ya vivía en la casa.

## XXIX

Todo estaba ya preparado para la boda. Augusto la quería tranquila y modesta. Pero ella, su futura mujer, parecía preferir una boda con más lujo y más ruido.

Cuanto más se acercaba el día, más ganas tenía el novio de tomarse algunas pequeñas libertades y confianzas. Y ella, Eugenia, se mostraba cada vez más reservada.

—Pero ¡si dentro de unos días vamos a ser el uno del otro, Eugenia!

—Pues por eso mismo. Es necesario que empecemos ya a respetarnos.

—Respeto... respeto... El respeto no deja sitio al cariño.

—Eso creerás tú... ¡Hombre al fin!

Augusto notaba en ella algo extraño, algo forzado. Alguna vez le pareció que ella evitaba sus miradas. Y se acordó de su madre, de su pobre madre. Ella siempre había deseado mucho que su hijo se casara bien. Y ahora, tan cerca de casarse con Eugenia, le atormentaba más lo que le había dicho Mauricio. Mauricio pensaba llevarse a Rosario. Augusto sentía celos, unos celos furiosos. Y sentía rabia por haber dejado pasar una ocasión, y por el ridículo que había hecho delante de la muchacha. «Ahora estarán riéndose los dos de mí—se decía—. Y él se ríe el doble: porque me ha dejado a Eugenia a mí y porque se lleva a Rosario.» Y alguna vez le entraron unas ganas furiosas de romper su compromiso. Quería ir a conquistar a Rosario y quitársela a Mauricio.

—Y de aquella muchachita, de aquella Rosario, ¿qué ha sido?—le preguntó Eugenia unos días antes de la boda.

—Y ¿por qué me recuerdas ahora eso?

—¡Ah, si no te gusta el recuerdo, lo dejaré!

—No... no... pero...

—Sí, como una vez ella interrumpió una conversación nuestra... ¿No has vuelto a saber nada de ella?—y le miró con una de esas miradas que atraviesan.

—No, no he vuelto a saber nada de ella.

—¿Quién la estará conquistando ahora, o quién la habrá conquistado ya...?—Y apartó su mirada de Augusto y la fijó en el vacío, más allá de lo que tenía delante.

Por la cabeza del novio pasaron, todos juntos, extraños presentimientos. «Esta parece saber algo», se dijo. Y luego, en voz alta:

—¿Es que sabes algo?

—¿Yo?—contestó ella, haciendo como que no le importaba. Y volvió a mirarle.

Entre los dos flotaba una sombra de misterio.

—Supongo que la habrás olvidado...

—Pero ¿por qué insistes tanto en hablarme de esa... chiquilla?

—¡Qué sé yo!... Porque, hablando de otra cosa, ¿qué le pasará a un hombre cuando otro le quita la mujer que él quería y se la lleva?

Al oír esto, a Augusto le subió una ola de sangre a la cabeza. Le entraron ganas de salir y correr a buscar a Rosario. Quería ganarla y volver con ella a Eugenia para decirle: «¡Aquí la tienes, es mía, y no de... *tu* Mauricio!»

Faltaban tres días para la boda. Augusto salió pensativo de casa de su novia. Aquella noche casi no pudo dormir.

A la mañana siguiente, en cuanto se despertó, Liduvina entró en su cuarto.

—Aquí hay una carta para el señorito; acaban de traerla. Me parece que es de la señorita Eugenia...

—¿Carta? ¿De ella? ¿Una carta de ella? ¡Déjala ahí y vete!

Liduvina salió. Augusto empezó a temblar. Una inquietud extraña le agitaba el corazón. Se acordó de Rosario, y luego de Mauricio. Pero no quiso tocar la carta. Miró el sobre con terror. Se levantó, se lavó y se vistió. Pidió el desayuno y se lo comió con ansia. «No, no quiero leerla aquí», se dijo. Salió de casa y se fue a la iglesia más cercana. Allí, entre unas cuantas personas piadosas que oían misa, abrió la carta. «Aquí tendré que contenerme—se dijo—, porque no sé qué cosas me dice el corazón.» Y la carta decía:

«Apreciable Augusto: Cuando leas estas líneas, yo estaré con Mauricio camino del pueblo donde le han dado el empleo. Se lo han dado gracias a tu bondad. También gracias a ti puedo disfrutar de mis rentas. Con ellas y con el sueldo de él podremos vivir juntos con alguna comodidad. No te pido que me perdones, porque después de esto creo que te convencerás de una cosa: ni yo te habría hecho feliz, ni mucho menos tú a mí. Cuando se te pase la primera impresión, volveré a escribirte. Te explicaré por qué doy este paso ahora y de esta manera. Mauricio quería que nos escapáramos el mismo día de la boda, al salir de la iglesia. Pero su plan era muy complicado, y además me pareció una crueldad inútil. Y, como te dije en otra ocasión, creo que seguiremos siendo amigos. Tu amiga

*Eugenia Domingo del Arco*.

P. S. Rosario no viene con nosotros. Se queda ahí y puedes consolarte con ella.»

Augusto se dejó caer en un banco, destrozado. Al poco rato se puso de rodillas y rezaba.

Al salir de la iglesia le parecía que iba tranquilo. Pero era una tranquilidad terrible, pesada, como el aire antes de una tormenta. Fue a casa de Eugenia. Allí encontró a los pobres tíos muy afectados. La sobrina les había comunicado su decisión por carta y no había aparecido en toda la noche. La pareja había tomado un tren que salió al anochecer. Fue muy poco después de la última conversación de Augusto con su novia.

—Y ¿qué hacemos ahora?—dijo doña Ermelinda.

—¡Qué vamos a hacer, señora—contestó Augusto—, sino aguantarnos!

—¡Esto es una indignidad!—exclamó don Fermín—. ¡Estas cosas no deberían quedar sin un castigo ejemplar!

—Y ¿es usted quien lo dice, don Fermín? ¿Usted, el anarquista...?

—Y ¿qué tiene que ver? Estas cosas no se hacen así. ¡No se engaña así a un hombre!

—¡Al otro no le ha engañado!—dijo Augusto fríamente. Y después de decirlo, se asustó de la frialdad con que lo había dicho.

—Pero le engañará... le engañará... ¡no lo dude usted!

Augusto sintió un placer diabólico al pensar que Eugenia acabaría engañando a Mauricio. «Pero ya no conmigo», se dijo muy bajito, tan bajito que casi no se oyó a sí mismo.

—Bueno, señores, lamento lo que ha pasado, y sobre todo por su sobrina. Pero debo irme.

—Usted comprenderá, don Augusto, que nosotros...—empezó doña Ermelinda.

—¡Claro! ¡Claro! Pero...

Aquello no podía durar más. Augusto dijo unas pocas palabras más y se fue.

Iba asustado de sí mismo y de lo que le pasaba, o mejor dicho, de lo que no le pasaba. Había recibido el golpe de la burla más grande con frialdad, al menos en apariencia. Y aquella calma le hacía dudar incluso de su propia existencia. «Si yo fuera un hombre como los demás—se decía—, con corazón; si fuera por lo menos un hombre; si existiera de verdad, ¿cómo podría recibir esto con la relativa tranquilidad con que lo recibo?» Y, sin darse cuenta, empezó a tocarse el cuerpo. Hasta se pellizcó para ver si lo sentía.

De pronto sintió que alguien le tiraba de una pierna. Era Orfeo, que había salido a recibirle para consolarle. Al ver a Orfeo sintió, ¡cosa extraña!, una gran alegría. Lo tomó en brazos y le dijo: «¡Alégrate, Orfeo mío, alégrate! ¡Alegrémonos los dos! ¡Ya no te echan de casa; ya no te separan de mí; ya no nos separan al uno del otro! Viviremos juntos en la vida y en la muerte. No hay mal que por bien no venga, aunque el mal sea grande y el bien pequeño, o al revés. ¡Tú, tú eres fiel, Orfeo mío, tú eres fiel! Ya supongo que algunas veces buscarás a tu perra. Pero no por eso huyes de casa, no por eso me abandonas; tú eres fiel, tú. Y mira, para que nunca tengas que marcharte, traeré una perra a casa. Sí, te la traeré. Porque ahora, dime: ¿has salido a buscarme para consolar la pena que yo debería tener? ¿O me encuentras al volver de visitar a tu perra? De todos modos, tú eres fiel, tú. Y ya nadie te echará de mi casa, nadie nos separará».

Entró en su casa. Y en cuanto se vio en ella, solo, estalló en su alma la tormenta que parecía calma. Le invadió un sentimiento donde todo se mezclaba. Había tristeza, una tristeza amarga, y celos, rabia, miedo, odio, amor, compasión y desprecio. Y sobre todo vergüenza, una enorme vergüenza. Y la terrible conciencia del ridículo que había hecho.

—¡Me ha matado!—le dijo a Liduvina.

—¿Quién?

—Ella.

Y se encerró en su cuarto. Junto con las imágenes de Eugenia y de Mauricio, le venía al espíritu la de Rosario, que también se burlaba de él. Y se acordaba de su madre. Se echó en la cama y mordió la almohada. No conseguía decirse nada claro. Su monólogo se quedó mudo. Sintió como si el alma se le quedara dura e insensible, como un corcho. Y rompió a llorar. Y lloró, lloró, lloró. Y en aquel llanto silencioso se le deshacía el pensamiento.

### Glosario

- **boda**: ceremonia en la que dos personas se casan.
- **compromiso**: promesa de casarse con alguien.
- **celos**: miedo y rabia de perder a la persona que uno quiere por otra persona.
- **presentimiento**: sensación de que algo malo va a pasar.
- **rentas**: dinero que da una casa o un capital cada mes o cada año.
- **sueldo**: dinero que recibe una persona por su trabajo.
- **P. S.**: "post scriptum": lo que se escribe al final de una carta, después de la firma.
- **indignidad**: acción vergonzosa, que no es digna de una persona honrada.
- **pellizcarse**: apretarse la piel con dos dedos.
- **burla**: broma para reírse de alguien y hacerle quedar mal.

## XXX

Víctor encontró a Augusto hundido en un rincón del sofá. Miraba hacia abajo, más abajo del suelo.

—¿Qué es eso?—le preguntó, y le puso una mano sobre el hombro.

—¿Y me preguntas qué es esto? ¿No sabes lo que me ha pasado?

—Sí, sé lo que te ha pasado por fuera, es decir, lo que ha hecho ella. Lo que no sé es lo que te pasa por dentro. Es decir, no sé por qué estás así...

—¡Parece imposible!

—Se te ha ido un amor, el de a. ¿No te queda el de b, o el de c, o el de x, o el de cualquier otra de las n?

—Creo que no es momento para bromas.

—Al contrario, este es el momento de las bromas.

—Es que no me duele en el amor. ¡Es la burla, la burla, la burla! Se han burlado de mí, me han humillado, me han puesto en ridículo. Han querido demostrarme... ¿qué sé yo?... que no existo.

—¡Qué felicidad!

—No te burles, Víctor.

—¿Y por qué no me voy a burlar? Tú, querido Augusto, querías hacer un experimento y el experimento lo han hecho contigo. Quisiste usarla a ella como una rana de laboratorio, y es ella quien te ha usado a ti como rana. ¡Pues métete en el charco, y a croar y a vivir!

—Te ruego otra vez...

—Que no haga bromas, ¿eh? Pues haré bromas. La burla se ha hecho para estas ocasiones.

—Es que eso es corrosivo; destruye por dentro.

—Y hay que destruir. Y hay que confundir. Confundir sobre todo, confundirlo todo. Confundir el sueño con la vigilia, la ficción con la realidad, lo verdadero con lo falso. Hay que confundirlo todo en una sola niebla. La broma que no destruye ni confunde no sirve para nada. El niño se ríe en la tragedia; el viejo llora en la comedia. Quisiste hacerla rana a ella, y ella te ha hecho rana a ti. Acéptalo, pues, y sé una rana para ti mismo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Haz experimentos contigo mismo.

—Sí, que me suicide.

—No digo ni que sí ni que no. Sería una solución como otra, pero no la mejor.

—Entonces, que los busque y los mate.

—Matar por matar es una locura. Como mucho, sirve para librarse del odio, que solo pudre el alma. Porque más de un hombre rencoroso se curó de su rencor después de satisfacer su odio en su víctima. Entonces sintió piedad por ella, y hasta amor. El acto malo libera del mal sentimiento. Y es porque la ley hace el pecado.

—¿Y qué voy a hacer?

—Habrás oído que en este mundo solo se puede devorar o ser devorado...

—Sí, burlarse de otros o ser burlado.

—No. Hay una tercera posibilidad: devorarse uno a sí mismo, burlarse uno de sí mismo. ¡Devórate! El que devora disfruta. Pero no deja de pensar en que sus placeres se acabarán, y se hace pesimista. El que es devorado sufre. Pero no deja de esperar que sus penas se acaben, y se hace optimista. Devórate a ti mismo. Así el placer de devorarte se mezclará con el dolor de ser devorado, y los dos se anularán. Llegarás a la perfecta calma del espíritu, a la ataraxia. Serás solo un espectáculo para ti mismo.

—¿Y eres tú, tú, Víctor, tú quien me viene con estas cosas?

—¡Sí, yo, Augusto, yo, soy yo!

—Pues antes no pensabas de esa manera tan... corrosiva.

—Es que entonces no era padre.

—¿Y el ser padre...?

—Ser padre despierta lo más terrible que hay en el hombre, si no está loco o es un tonto: ¡el sentido de la responsabilidad! Yo le entrego a mi hijo la herencia eterna de la humanidad. Si uno piensa en el misterio de ser padre, es para volverse loco. Y si la mayoría de los padres no se vuelven locos, es porque son tontos... o no son padres. Alégrate, pues, Augusto. Como ella se ha escapado, quizá te has librado de ser padre. Yo te dije que te casaras, pero no que te hicieras padre. El matrimonio es un experimento... psicológico; ser padre es un experimento... patológico.

—¡Es que me ha hecho padre, Víctor!

—¿Cómo? ¿Que te ha hecho padre?

—¡Sí, padre de mí mismo! Con esto creo que he nacido de verdad. Y he nacido para sufrir, para morir.

—Sí, el segundo nacimiento, el verdadero, es nacer por el dolor a la conciencia de la muerte que no para nunca. Es saber que estamos siempre muriendo. Pero si te has hecho padre de ti mismo, también te has hecho hijo de ti mismo.

—Parece imposible, Víctor, parece imposible. Me pasa lo que me pasa, después de lo que ha hecho conmigo... ¡ella! Y todavía puedo oír con calma estas sutilezas, estos juegos de ideas, estas bromas macabras. Y hasta algo peor...

—¿Qué?

—Que me distraigan. ¡Me enfado conmigo mismo!

—Es la comedia, Augusto. Es la comedia que representamos ante nosotros mismos, en eso que se llama el foro interno, en el escenario de la conciencia. Allí hacemos a la vez de actores y de espectadores. Y en la escena del dolor representamos el dolor. Entonces nos parece fuera de lugar que de repente nos entren ganas de reír. Y es justo entonces cuando más ganas de reír nos dan. ¡Comedia, comedia el dolor!

—¿Y si la comedia del dolor lleva a uno a suicidarse?

—¡Comedia de suicidio!

—¡Es que uno se muere de verdad!

—¡Comedia también!

—Pues ¿qué es lo real, lo verdadero, lo sentido?

—¿Y quién te ha dicho que la comedia no es real, verdadera y sentida?

—¿Entonces?

—Que todo es uno y lo mismo. Que hay que confundir, Augusto, hay que confundir. Y el que no confunde se confunde.

—Y el que confunde también.

—Quizá.

—¿Entonces?

—Pues esto: charlar, pensar cosas sutiles, jugar con las palabras... ¡pasar el rato!

—¡Ellos sí que lo estarán pasando bien!

—¡Y tú también! ¿Te has parecido alguna vez a ti mismo más interesante que ahora? ¿Cómo sabe uno que tiene una parte del cuerpo si no le duele?

—Bueno, ¿y qué voy a hacer yo ahora?

—¡Hacer... hacer... hacer! ¡Bah, ya te sientes personaje de drama o de novela! ¡Contentémonos con ser personajes de... *nivola!* ¡Hacer... hacer... hacer! ¿Te parece poco lo que hacemos con estar aquí hablando? Es la manía de la acción, es decir, de la pantomima. La gente dice que en un drama pasan muchas cosas cuando los actores hacen muchos gestos. Cuando dan grandes pasos, fingen duelos, saltan y... ¡pantomima! ¡Pantomima! Otras veces dicen: «¡Hablan demasiado!». Como si hablar no fuera hacer. En el principio fue la Palabra, y por la Palabra se hizo todo. Imagina que ahora algún... *nivolista* escondido ahí, detrás de ese armario, tomara nota de todo lo que decimos. Y que luego lo publicara. Seguramente los lectores dirían que no pasa nada. Y sin embargo...

—¡Oh, si pudieran verme por dentro, Víctor, te aseguro que no dirían eso!

—¿Por dentro? ¿Por dentro de quién? ¿De ti? ¿De mí? Nosotros no tenemos dentro. Los lectores dejarían de decir que aquí no pasa nada cuando pudieran verse por dentro a sí mismos. A ellos, a los que leen. El alma de un personaje de drama, de novela o de *nivola* no tiene más interior que el que le da...

—Sí, su autor.

—No, el lector.

—Pues yo te aseguro, Víctor...

—No asegures nada y devórate. Eso es lo seguro.

—Y me devoro, me devoro. Empecé, Víctor, como una sombra, como una ficción. Durante años he andado sin rumbo como un fantasma, como un muñeco de niebla. No creía en mi propia existencia. Me imaginaba que era un personaje fantástico, inventado por un genio escondido para divertirse o desahogarse. Pero ahora, después de lo que me ha hecho, después de lo que me han hecho, después de esta burla, de esta burla tan feroz... ¡ahora sí! ¡Ahora me siento, ahora me toco, ahora no dudo de mi existencia real!

—¡Comedia! ¡Comedia! ¡Comedia!

—¿Cómo?

—Sí, en la comedia, el que hace de rey acaba creyéndose rey.

—Pero ¿qué quieres conseguir con todo esto?

—Distraerte. Y además, otra cosa. Como te decía, quizá un *nivolista* escondido nos está oyendo y toma nota de nuestras palabras para publicarlas un día. Si es así, quiero que el lector de la *nivola* llegue a dudar, aunque sea un momento, de su propia realidad de carne y hueso. Y que crea que él también es solo un personaje *nivolesco*, como nosotros.

—¿Y eso para qué?

—Para salvarle.

—Sí, ya he oído decir que lo más liberador del arte es que le hace a uno olvidar que existe. Hay gente que se hunde en la lectura de novelas para distraerse de sí misma, para olvidar sus penas...

—No, lo más liberador del arte es que le hace a uno dudar de que existe.

—¿Y qué es existir?

—¿Ves? Ya te vas curando; ya empiezas a devorarte. Lo demuestra esa pregunta. *¡Ser o no ser...!*, como dijo Hamlet, uno de los que inventaron a Shakespeare.

—Pues a mí, Víctor, eso de *ser o no ser* siempre me ha parecido una frase solemne y vacía.

—Las frases, cuanto más profundas, más vacías son. No hay nada más profundo que un pozo sin fondo. ¿Qué te parece lo más verdadero de todo?

—Pues... pues... lo de Descartes: «Pienso, luego soy».

—No, sino esto: A = A.

—Pero ¡eso no es nada!

—Y por eso mismo es lo más verdadero, porque no es nada. Pero esa otra frase vacía de Descartes, ¿la crees tan indiscutible?

—¡Ya lo creo...!

—Pues bien, ¿dijo eso Descartes?

—¡Sí!

—Y no era verdad. Porque Descartes no ha sido más que un ser ficticio, una invención de la historia. Así que... ¡ni existió... ni pensó!

—¿Y quién dijo eso?

—Eso no lo dijo nadie; eso se dijo solo.

—Entonces, ¿el que existía y pensaba era ese pensamiento?

—¡Claro! Y, fíjate, eso es lo mismo que decir que ser es pensar. Y que lo que no piensa no es.

—¡Claro que sí!

—Pues no pienses, Augusto, no pienses. Y si te empeñas en pensar...

—¿Qué?

—¡Devórate!

—Es decir, ¿que me suicide...?

—En eso ya no me quiero meter. ¡Adiós!

Y Víctor se fue. Dejó a Augusto perdido y confundido en sus pensamientos.

### Glosario

- **burla**: broma para reírse de alguien y hacerle quedar mal.
- **humillado**: tratado de una forma que le hace sentirse menos y avergonzado.
- **rana**: animal verde que salta; en los laboratorios se usa para experimentos.
- **croar**: hacer el ruido que hacen las ranas.
- **corrosivo**: que destruye poco a poco, como un ácido.
- **vigilia**: estado de estar despierto.
- **rencor**: odio que una persona guarda mucho tiempo contra otra.
- **devorar**: comer con ansia, hasta no dejar nada; aquí, destruir o burlarse de otro.
- **devorarse**: comerse a sí mismo; aquí, reírse de uno mismo.
- **ataraxia**: calma total del alma, sin placer ni dolor.
- **patológico**: que tiene que ver con una enfermedad.
- **macabro**: que tiene que ver con la muerte de una forma fea o triste.
- **distraer**: hacer que alguien piense en otra cosa y olvide lo que le preocupa.
- **pantomima**: teatro hecho solo con gestos y movimientos, sin palabras.
- **desahogarse**: sacar fuera las penas o el enfado que uno tiene dentro.
- **foro interno**: la conciencia, el lugar dentro de uno donde se juzga a sí mismo.
- **nivolista**: persona que escribe una nivola.

## XXXI

Aquella tormenta en el alma de Augusto terminó en una calma terrible: la decisión de suicidarse. Quería acabar consigo mismo, porque él era la fuente de sus propias desgracias. Pero antes de hacerlo pensó en consultarlo conmigo, con el autor de toda esta historia. Lo hizo como el náufrago que se agarra a una tabla débil. En aquel tiempo Augusto había leído un ensayo mío. En él yo hablaba del suicidio, aunque solo de pasada. Aquel ensayo, y otras cosas mías que había leído, parece que le impresionaron mucho. Por eso no quiso dejar este mundo sin conocerme y sin charlar un rato conmigo. Así que hizo un viaje hasta aquí, hasta Salamanca, donde vivo desde hace más de veinte años, para visitarme.

Cuando me anunciaron su visita, sonreí de un modo misterioso. Mandé que le hicieran pasar a mi despacho-librería. Entró como un fantasma. Miró un retrato mío al óleo, que allí está colgado encima de los libros de mi biblioteca. Y cuando le hice una seña, se sentó delante de mí.

Empezó hablándome de mis obras literarias y más o menos filosóficas. Demostró que las conocía bastante bien, y eso, ¡claro está!, me gustó. Enseguida empezó a contarme su vida y sus desgracias. Yo le interrumpí y le dije que no se tomara ese trabajo. Le expliqué que yo sabía tanto como él de todo lo que le había pasado. Y se lo demostré: le conté los detalles más íntimos, los que él creía más secretos. Me miró con verdadero terror, como quien mira a un ser increíble. Me pareció que le cambiaba el color de la cara y que hasta temblaba. Yo le tenía fascinado.

—¡Parece mentira!—repetía—. ¡Parece mentira! Si no lo viera, no lo creería... No sé si estoy despierto o soñando...

—Ni despierto ni soñando—le contesté.

—No me lo explico... no me lo explico—añadió—. Pero ya que usted parece saber de mí tanto como yo mismo, quizá adivine lo que quiero hacer...

—Sí—le dije—, tú—y dije este *tú* con un tono fuerte, de autoridad—, tú, hundido por tus desgracias, has tenido la idea diabólica de suicidarte. Y antes de hacerlo vienes a consultármelo, porque has leído algo en uno de mis últimos ensayos.

El pobre hombre temblaba como una hoja y me miraba como miraría un poseído, alguien con un demonio dentro. Intentó levantarse, quizá para huir de mí, pero no podía. No tenía fuerzas.

—¡No, no te muevas!—le ordené.

—Es que... es que...—dijo con la voz cortada.

—Es que tú no puedes suicidarte, aunque quieras.

—¿Cómo?—exclamó, al ver que yo le negaba y le contradecía de esa manera.

—Sí. Para que uno pueda matarse a sí mismo, ¿qué hace falta?—le pregunté.

—Que tenga valor para hacerlo—me contestó.

—No—le dije—, ¡que esté vivo!

—¡Desde luego!

—¡Y tú no estás vivo!

—¿Cómo que no estoy vivo? ¿Es que me he muerto?—Y empezó a tocarse el cuerpo, sin darse bien cuenta de lo que hacía.

—¡No, hombre, no!—le contesté—. Antes te dije que no estabas ni despierto ni dormido. Y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.

—¡Explíquese usted de una vez, por Dios! ¡Explíquese!—me suplicó, muy afectado—. Porque las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde son tan extrañas que tengo miedo de volverme loco.

—Pues bien, la verdad es esta, querido Augusto—le dije con mi voz más dulce—: no puedes matarte porque no estás vivo. Y no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...

—¿Cómo que no existo?—exclamó.

—No, solo existes como ente de ficción. No eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía. Y de la fantasía de aquellos lectores míos que lean la historia que he escrito yo sobre tus aventuras y desgracias inventadas. Tú no eres más que un personaje de novela, o de *nivola*, o como quieras llamarlo. Ya sabes, pues, tu secreto.

Al oír esto, el pobre hombre se quedó un rato mirándome. Era una de esas miradas que parecen atravesar lo que miran e ir más allá. Luego miró un momento mi retrato al óleo, el que está encima de mis libros. Le volvieron el color y la respiración. Poco a poco se fue recuperando, y se hizo dueño de sí mismo. Estaba sentado junto a mi camilla, delante de mí. Apoyó los codos en ella y la cara en las palmas de las manos. Y, mirándome con una sonrisa en los ojos, me dijo despacio:

—Mire usted bien, don Miguel... No vaya a ser que usted esté equivocado. No vaya a ser que pase justo lo contrario de lo que usted cree y me dice.

—¿Y qué es lo contrario?—le pregunté, alarmado al ver que él empezaba a tener vida propia.

—No vaya a ser, mi querido don Miguel—añadió—, que sea usted, y no yo, el ente de ficción. El que no existe de verdad, ni vivo ni muerto... No vaya a ser que usted sea solo un pretexto para que mi historia llegue al mundo...

—¡Solo faltaba eso!—exclamé, un poco molesto.

—No se ponga usted así, señor de Unamuno—me contestó—. Tenga calma. Usted ha mostrado dudas sobre mi existencia...

—Dudas no—le interrumpí—. Estoy completamente seguro de que tú no existes fuera de mis novelas.

—Bueno, pues no se enfade tanto si yo, a mi vez, dudo de la existencia de usted y no de la mía. Vamos a ver: ¿no ha sido usted quien ha dicho, y no una vez sino varias, que Don Quijote y Sancho son tan reales como Cervantes, y hasta más reales que él?

—No puedo negarlo, pero yo, al decir eso, quería decir...

—Bueno, dejemos lo que usted quería decir y vamos a otra cosa. Cuando un hombre está dormido y quieto en la cama y sueña algo, ¿qué es lo que existe más? ¿Él, como conciencia que sueña, o su sueño?

—¿Y si sueña que existe él mismo, el que sueña?—le contesté yo a mi vez.

—En ese caso, amigo don Miguel, le pregunto yo a mi vez: ¿de qué manera existe él? ¿Como alguien que se sueña a sí mismo, o como alguien soñado por sí mismo? Y fíjese, además, en una cosa. Al aceptar esta discusión conmigo, usted ya reconoce que yo existo aparte de usted.

—¡No, eso no! ¡Eso no!—le dije con energía—. Yo necesito discutir. Sin discusión y sin contradicción no vivo. Y cuando fuera de mí no hay nadie que me discuta y me contradiga, invento dentro de mí a alguien que lo haga. Mis monólogos son diálogos.

—Y quizá los diálogos que usted inventa no sean más que monólogos...

—Puede ser. Pero te digo y te repito que tú no existes fuera de mí...

—Y yo vuelvo a sugerirle a usted otra idea: es usted el que no existe fuera de mí y de los demás personajes que usted cree haber inventado. Estoy seguro de que don Avito Carrascal y el gran don Fulgencio pensarían como yo...

—No nombres a ese...

—Bueno, basta, no se burle usted de él. Y vamos a ver, ¿qué opina usted de mi suicidio?

—Pues opino lo siguiente. Tú solo existes en mi fantasía, te lo repito. No debes ni puedes hacer nada más que lo que a mí me dé la gana. Y a mí no me da la real gana de que te suicides. Por lo tanto, no te suicidarás. ¡He dicho!

—Eso de «no me da la real gana», señor de Unamuno, es muy español, pero es muy feo. Y además, aceptemos su extraña teoría: yo no existo de verdad y usted sí; yo no soy más que un ente de ficción, un producto de la fantasía novelesca o *nivolesca* de usted. Aun así, yo no debo estar sometido a lo que usted llama su real gana, a su capricho. Hasta los llamados entes de ficción tienen su lógica interna...

—Sí, ya conozco esa canción.

—Es así. Un novelista, un autor de teatro, no puede hacer todo lo que quiera con un personaje que crea. Un ente de ficción de novela no puede hacer, según las leyes del arte, lo que ningún lector esperaría...

—Un ser de novela, quizá...

—¿Entonces?

—Pero un ser *nivolesco*...

—Dejemos esas bufonadas, que me ofenden y me hieren en lo más profundo. Yo tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica interior. Quizá lo tengo por mí mismo, como creo yo. O quizá me lo ha dado usted, como supone usted. Pero lo tengo. Y esta lógica me pide que me suicide...

—¡Eso creerás tú, pero te equivocas!

—A ver, ¿por qué me equivoco? ¿En qué me equivoco? Enséñeme usted dónde está mi error. La ciencia más difícil que existe es conocerse uno a sí mismo. Por eso es fácil que yo esté equivocado. Es fácil que el suicidio no sea la solución más lógica de mis desgracias. Pero demuéstremelo usted. Porque si ese conocimiento de uno mismo es difícil, amigo don Miguel, hay otro conocimiento que me parece no menos difícil...

—¿Cuál es?—le pregunté.

Me miró con una sonrisa misteriosa y burlona, y me dijo despacio:

—Pues hay algo todavía más difícil que conocerse uno a sí mismo. Es que un novelista o un autor de teatro conozca bien a los personajes que inventa, o que cree inventar...

Yo empezaba a estar inquieto con estas respuestas de Augusto, y empezaba a perder la paciencia.

—E insisto—añadió—: aunque usted me haya dado el ser, un ser ficticio, no puede impedir que me suicide. No puede hacerlo así, sin más, porque sí, porque le dé la real gana, como usted dice.

—¡Bueno, basta! ¡Basta!—exclamé, y di un puñetazo en la camilla—. ¡Cállate! ¡No quiero oír más impertinencias...! ¡Y de una criatura mía! Ya me tienes harto, y además ya no sé qué hacer contigo. Así que decido ahora mismo, no ya que no te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, y pronto! ¡Muy pronto!

—¿Cómo?—exclamó Augusto, asustado—. ¿Que me va usted a dejar morir, a hacerme morir, a matarme?

—¡Sí, voy a hacer que mueras!

—¡Ah, eso nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!—gritó.

—¡Ah!—le dije, y le miré con lástima y con rabia—. ¿Así que estabas dispuesto a matarte y no quieres que yo te mate? ¿Así que ibas a quitarte la vida y no quieres que te la quite yo?

—Sí, no es lo mismo...

—Es verdad, he oído contar casos parecidos. He oído el caso de un hombre que salió una noche con un revólver. Iba dispuesto a quitarse la vida. Pero unos ladrones salieron a robarle y le atacaron. Él se defendió y mató a uno de ellos, y los demás huyeron. Entonces vio que había comprado su vida con la de otro. Y renunció a su plan.

—Se comprende—dijo Augusto—. Lo que él quería era quitarle la vida a alguien, matar a un hombre. Y como ya había matado a otro, ¿para qué iba a matarse? La mayoría de los suicidas son asesinos fracasados. Se matan a sí mismos porque no tienen valor para matar a otros...

—Ah, ya, te entiendo, Augusto, te entiendo. Quieres decir que, si tuvieras valor para matar a Eugenia o a Mauricio, o a los dos, no pensarías en matarte a ti mismo, ¿eh?

—¡Mire usted, precisamente a esos... no!

—¿A quién, entonces?

—¡A usted!—Y me miró a los ojos.

—¿Cómo?—exclamé, y me puse de pie—. ¿Cómo? Pero ¿has pensado en matarme? ¿Tú? ¿Y a mí?

—Siéntese y tenga calma. ¿O es que cree usted, amigo don Miguel, que sería el primer caso? ¿El primer caso de un ente de ficción, como usted me llama, que mata a quien creyó darle el ser... ficticio?

—¡Esto ya es demasiado!—decía yo, andando de un lado a otro por mi despacho—. ¡Esto pasa de la raya! Esto solo ocurre en...

—En las *nivolas*—terminó él, con ironía.

—¡Bueno, basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Esto no se puede tolerar! Vienes a consultarme a mí. Y tú empiezas por discutirme mi propia existencia. Y después, mi derecho a hacer contigo lo que me dé la real gana. Sí, tal como suena: lo que me dé la real gana, lo que me salga de...

—No sea usted tan español, don Miguel...

—¡Y encima eso, tonto! ¡Pues sí, soy español! Español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua, y hasta de profesión y de oficio. Español sobre todo y ante todo. El españolismo es mi religión. El cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna. Y mi Dios es un Dios español, el de Nuestro Señor Don Quijote. Es un Dios que piensa en español, y en español dijo: «¡Sea la luz!». Y su palabra fue palabra española...

—Bien, ¿y qué?—me interrumpió, y me devolvió a la realidad.

—Y luego has sugerido la idea de matarme. ¿Matarme? ¿A mí? ¿Tú? ¡Morir yo a manos de una de mis criaturas! No lo aguanto más. Voy a castigar tu atrevimiento y esas ideas destructoras, extravagantes y anárquicas que me has traído. Por eso decido y sentencio que te mueras. En cuanto llegues a tu casa, te morirás. ¡Te morirás, te lo digo, te morirás!

—Pero ¡por Dios...!—exclamó Augusto. Ya suplicaba, y temblaba de miedo, pálido.

—No hay Dios que valga. ¡Te morirás!

—Es que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir, quiero vivir...

—¿No pensabas matarte?

—Oh, si es por eso, yo le juro, señor de Unamuno, que no me mataré. Le juro que no me quitaré esta vida que Dios o usted me han dado. Se lo juro... Ahora que usted quiere matarme, quiero yo vivir, vivir, vivir...

—¡Vaya vida!—exclamé.

—Sí, la que sea. Quiero vivir, aunque vuelvan a burlarse de mí. Aunque otra Eugenia y otro Mauricio me rompan el corazón. Quiero vivir, vivir, vivir...

—Ya no puede ser... no puede ser...

—Quiero vivir, vivir... y ser yo, yo, yo...

—Pero si tú no eres más que lo que yo quiera...

—¡Quiero ser yo, ser yo! ¡Quiero vivir!—Y su voz lloraba.

—No puede ser... no puede ser...

—Mire usted, don Miguel, por sus hijos, por su mujer, por lo que más quiera... Mire que usted no será usted... que se morirá...

Cayó de rodillas a mis pies, suplicando, y exclamó:

—¡Don Miguel, por Dios, quiero vivir, quiero ser yo!

—¡No puede ser, pobre Augusto!—le dije. Le cogí de una mano y le levanté—. ¡No puede ser! Ya lo tengo escrito, y no se puede cambiar. No puedes vivir más. Ya no sé qué hacer contigo. Dios, cuando no sabe qué hacer con nosotros, nos mata. Y no olvido que pasó por tu cabeza la idea de matarme...

—Pero si yo, don Miguel...

—No importa; sé lo que digo. Y tengo miedo de que, si no te mato pronto, acabes matándome tú.

—Pero ¿no habíamos quedado en que...?

—No puede ser, Augusto, no puede ser. Ha llegado tu hora. Ya está escrito y no puedo volverme atrás. Te morirás. Total, para lo que te va a servir ya la vida...

—Pero... por Dios...

—No hay pero ni Dios que valgan. ¡Vete!

—¿Así que no, eh?—me dijo—. ¿Así que no? Usted no quiere dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme. ¿Así que no lo quiere? ¿Así que tengo que morir como ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted! ¡Y volverá a la nada de donde salió...! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no quiera! Se morirá usted, y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos, sin quedar ni uno. ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, *nivolesco* lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es más que otro ente *nivolesco*. Y entes *nivolescos* son sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima...

—¿Víctima?—exclamé.

—¡Víctima, sí! ¡Crearme para dejarme morir! ¡Usted también se morirá! El que crea se crea, y el que se crea se muere. ¡Morirá usted, don Miguel, morirá usted, y morirán todos los que me piensen! ¡A morir, pues!

Este último esfuerzo, lleno de pasión por la vida y de ansia de inmortalidad, dejó agotado al pobre Augusto.

Y yo le empujé hacia la puerta. Salió por ella con la cabeza baja. Luego se tocó el cuerpo, como si ya dudara de su propia existencia. Yo me sequé una lágrima a escondidas.

### Glosario

- **suicidarse**: quitarse la vida uno mismo.
- **náufrago**: persona que se salva de un barco que se hunde en el mar.
- **ensayo**: texto en el que un autor da sus ideas sobre un tema.
- **despacho-librería**: habitación de trabajo llena de libros.
- **retrato al óleo**: cuadro de una persona pintado con pinturas de aceite.
- **camilla**: mesa redonda con un brasero o calentador debajo.
- **ente de ficción**: ser inventado, personaje de un libro que no existe en la realidad.
- **real gana**: expresión fuerte: "lo que yo quiero, porque sí".
- **bufonada**: broma o tontería propia de un payaso.
- **impertinencia**: palabra o acción que no tiene respeto.

## XXXII

Aquella misma noche Augusto se marchó de esta ciudad de Salamanca, adonde había venido a verme. Se fue con la sentencia de muerte sobre el corazón. Y estaba convencido de que ya no podría suicidarse, aunque lo intentara. El pobrecillo se acordaba de mi sentencia. Por eso intentaba retrasar lo más posible su vuelta a casa. Pero una atracción misteriosa, un impulso interior, le arrastraba hacia ella. Su viaje fue muy triste. En el tren iba contando los minutos, y los contaba de verdad, uno por uno: uno, dos, tres, cuatro... Todas sus desgracias se habían borrado de su memoria. Todo el triste sueño de sus amores con Eugenia y con Rosario, toda la historia tragicómica de su boda fracasada. O, mejor dicho, todo se había deshecho en una niebla. Casi no sentía el asiento en que descansaba, ni el peso de su propio cuerpo. «¿Será verdad que no existo realmente?—se decía—. ¿Tendrá razón este hombre cuando dice que no soy más que un producto de su fantasía, un puro ente de ficción?»

Su vida había sido muy triste y muy dolorosa en los últimos tiempos. Pero era mucho más triste y más doloroso pensar que todo había sido solo un sueño. Y no un sueño suyo, sino un sueño mío. La nada le parecía más terrible que el dolor. Que uno sueñe que vive... pase; pero ¡que le sueñe otro...!

«¿Y por qué no voy a existir yo?—se decía—. ¿Por qué? Supongamos que es verdad. Supongamos que ese hombre me ha inventado, me ha soñado, me ha creado en su imaginación. Pero ¿no vivo ya en la imaginación de otros, de los que lean la historia de mi vida? Y si vivo así en la fantasía de varias personas, ¿no es real lo que es de varios y no de uno solo? Mi vida ficticia quedará en las páginas de un libro. De esas páginas, o más bien de la mente de los que la lean—de vosotros, los que ahora la leéis—, saldré yo. ¿Por qué no puedo existir entonces como un alma eterna, que sufre eternamente? ¿Por qué?»

El pobre no podía descansar. Por delante de sus ojos pasaban los campos altos y secos de Castilla, a veces bosques de encinas, a veces bosques de pinos. Miraba las cumbres nevadas de las montañas. Y veía hacia atrás, detrás de su cabeza, a los hombres y mujeres que habían compartido su vida. Sus figuras estaban envueltas en niebla. Y él se sentía arrastrado hacia la muerte.

Llegó a su casa y llamó. Liduvina salió a abrirle y, al verle, se puso pálida.

—¿Qué es eso, Liduvina? ¿Por qué te asustas?

—¡Jesús! ¡Jesús! El señorito parece más muerto que vivo... Tiene cara de ser del otro mundo...

—Del otro mundo vengo, Liduvina, y al otro mundo voy. Y no estoy ni muerto ni vivo.

—Pero ¿es que se ha vuelto loco? ¡Domingo! ¡Domingo!

—No llames a tu marido, Liduvina. Y no estoy loco, ¡no! Y no estoy muerto, te repito, aunque me moriré muy pronto. Ni tampoco vivo.

—Pero ¿qué dice usted?

—Que no existo, Liduvina, que no existo. Que soy un ente de ficción, como un personaje de novela...

—¡Bah, cosas de libros! Tome algo que le dé fuerzas, acuéstese, tápese bien y no haga caso de esas fantasías...

—Pero ¿tú crees, Liduvina, que yo existo?

—¡Vamos, vamos, déjese de esas tonterías, señorito! ¡A cenar y a la cama! ¡Y mañana será otro día!

«Pienso, luego soy—se decía Augusto. Y añadía—: Todo lo que piensa es, y todo lo que es piensa. Sí, todo lo que es piensa. Soy, luego pienso.»

Al principio no tenía ninguna gana de cenar. Pero por costumbre, y para hacer caso a sus fieles criados, pidió un par de huevos pasados por agua, y nada más. Una cosa ligerita. Pero mientras se los comía, le empezó a venir un apetito extraño, una rabia de comer más y más. Y pidió otros dos huevos, y después un bistec.

—Así, así—le decía Liduvina—. Coma usted. Eso debe de ser debilidad, nada más. El que no come se muere.

—Y el que come también, Liduvina—dijo Augusto con tristeza.

—Sí, pero no de hambre.

—¿Y qué más da morirse de hambre que de cualquier otra enfermedad?

Y luego pensó: «Pero ¡no, no! ¡Yo no puedo morirme! Solo se muere el que está vivo, el que existe. Y yo, como no existo, no puedo morirme... ¡Soy inmortal! No hay inmortalidad como la de algo que, como yo, no ha nacido y no existe. Un ente de ficción es una idea, y una idea es siempre inmortal...»

—¡Soy inmortal! ¡Soy inmortal!—exclamó Augusto.

—¿Qué dice usted?—preguntó Liduvina, acercándose.

—Que ahora me traigas... ¡qué sé yo!... jamón dulce, fiambres, *foie gras*, lo que haya... ¡Tengo un hambre enorme!

—Así me gusta verle, señorito, así. ¡Coma, coma! El que tiene apetito es que está sano, y el que está sano vive.

—Pero, Liduvina, ¡yo no vivo!

—Pero ¿qué dice?

—Claro, yo no vivo. Los inmortales no vivimos. Y yo no vivo, sobrevivo. ¡Yo soy una idea! ¡Soy una idea!

Empezó a devorar el jamón dulce. «Pero si como—se decía—, ¿cómo es que no vivo? ¡Como, luego existo! No hay ninguna duda. *Edo, ergo sum!* ¿Por qué tendré esta hambre tan enorme?» Y entonces recordó una cosa que había leído varias veces. Los condenados a muerte, en sus últimas horas en capilla, se dedican a comer. «¡Es una cosa—pensaba—que nunca he podido entender...! Aquello otro que cuenta Renan en su *Abadesa de Jouarre* sí se entiende. Una pareja de condenados a muerte, antes de morir, siente el instinto de seguir viviendo en sus hijos. Eso se entiende. Pero ¡comer...! Aunque sí, sí, es el cuerpo que se defiende. El alma, cuando sabe que va a morir, se pone triste o se exalta. Pero el cuerpo, si es un cuerpo sano, tiene un hambre furiosa. Porque el cuerpo también lo sabe. Sí, es mi cuerpo, mi cuerpo el que se defiende. ¡Como con ansia, luego voy a morir!»

—Liduvina, tráeme queso y pastas... y fruta...

—Esto ya me parece excesivo, señorito; es demasiado. ¡Le va a hacer daño!

—¿Pues no decías que el que come vive?

—Sí, pero no así, como está usted comiendo ahora... Y ya sabe mi señorito aquel refrán: «Más mató la cena, que sanó Avicena».

—A mí no puede matarme la cena.

—¿Por qué?

—Porque no vivo, no existo; ya te lo he dicho.

Liduvina fue a llamar a su marido y le dijo:

—Domingo, me parece que el señorito se ha vuelto loco... Dice unas cosas muy raras... cosas de libros... que no existe... qué sé yo...

—¿Qué es eso, señorito?—le dijo Domingo al entrar—. ¿Qué le pasa?

—Ay, Domingo—contestó Augusto con voz de fantasma—, no lo puedo evitar. Tengo un miedo loco a acostarme...

—Pues no se acueste.

—No, no, tengo que acostarme. No puedo tenerme en pie.

—Yo creo que el señorito debería dar un paseo para bajar la cena. Ha cenado demasiado.

Augusto intentó ponerse de pie.

—¿Lo ves, Domingo, lo ves? No puedo tenerme en pie.

—Claro, con tanta comida metida en el estómago...

—Al contrario: con peso dentro, uno se tiene mejor en pie. Es que no existo. Mira, hace un rato, al cenar, me parecía que todo me caía desde la boca a un barril sin fondo. El que come vive, tiene razón Liduvina. Pero el que come como he comido yo esta noche, por desesperación, es que no existe. Yo no existo...

—Vaya, vaya, déjese de tonterías. Tómese su café y su copa, para empujar todo eso y que le siente bien. Y vamos a dar un paseo. Yo le acompaño.

—No, no puedo tenerme en pie, ¿lo ves?

—Es verdad.

—Ven, que me apoye en ti. Quiero que esta noche duermas en mi cuarto, en un colchón que pondremos para ti. Quiero que me vigiles...

—Será mejor, señorito, que yo no me acueste. Me quedaré allí, en un sillón...

—No, no, quiero que te acuestes y que te duermas. Quiero sentirte dormir; mejor aún, oírte roncar...

—Como usted quiera...

—Y ahora, mira, tráeme una hoja de papel. Voy a escribir un telegrama. Tú lo enviarás en cuanto yo me muera...

—Pero ¡señorito...!

—¡Haz lo que te digo!

Domingo obedeció. Le llevó el papel y el tintero, y Augusto escribió:

«Salamanca.

Unamuno.

Se salió usted con la suya. He muerto.

Augusto Pérez.»

—En cuanto me muera, lo envías, ¿eh?

—Como usted quiera—contestó el criado, para no discutir más con su amo.

Fueron los dos al cuarto. El pobre Augusto temblaba tanto, al ir a desnudarse, que no podía ni coger la ropa para quitársela.

—¡Desnúdame tú!—le dijo a Domingo.

—Pero ¿qué le pasa a usted, señorito? ¡Parece que ha visto al diablo! Está usted blanco y frío como la nieve. ¿Quiere que llamemos al médico?

—No, no, es inútil.

—Le calentaremos la cama...

—¿Para qué? ¡Déjalo! Y desnúdame del todo, del todo. Déjame como me parió mi madre, como nací... ¡si es que nací!

—¡No diga usted esas cosas, señorito!

—Ahora acuéstame, acuéstame tú mismo en la cama, porque no me puedo mover.

El pobre Domingo, también asustado, acostó a su pobre amo.

—Y ahora, Domingo, ve diciéndome al oído, despacito, el padrenuestro, el avemaría y la salve. Así... así... poco a poco... poco a poco...—Y cuando los había repetido en su cabeza, siguió—: Ahora, mira, cógeme la mano derecha y sácamela. Me parece que no es mía, como si la hubiera perdido... Y ayúdame a hacer la señal de la cruz... así... así... Este brazo debe de estar muerto... Mira a ver si tengo pulso... Ahora déjame, déjame, a ver si duermo un poco... Pero tápame, tápame bien...

—Sí, es mejor que duerma—le dijo Domingo mientras le subía las mantas—. Esto se le pasará durmiendo...

—Sí, durmiendo se me pasará... Pero, dime, ¿es que nunca he hecho otra cosa que dormir? ¿Otra cosa que soñar? ¿Todo eso ha sido algo más que una niebla?

—Bueno, bueno, déjese de esas cosas. Todo eso no son más que cosas de libros, como dice mi Liduvina.

—Cosas de libros... cosas de libros... ¿Y qué no es cosa de libros, Domingo? Antes de haber libros, de una u otra forma, ¿había algo? ¿Antes de haber historias, de haber palabra, de haber pensamiento? ¿Y quedará algo cuando se acabe el pensamiento? ¡Cosas de libros! ¿Y quién no es cosa de libros? ¿Conoces a don Miguel de Unamuno, Domingo?

—Sí, algo he leído de él en los periódicos. Dicen que es un señor un poco raro. Que se dedica a decir verdades que no vienen a cuento...

—Pero ¿le conoces?

—¿Yo? ¿Para qué?

—Pues también Unamuno es cosa de libros... Todos lo somos... ¡Y él se morirá, sí, se morirá, se morirá también, aunque no quiera... se morirá! Y esa será mi venganza. ¿No quiere dejarme vivir? ¡Pues se morirá, se morirá, se morirá!

—¡Bueno, deje en paz a ese señor! Que se muera cuando Dios quiera. ¡Y usted, a dormir!

—A dormir... a dormir... a soñar... ¡Morir... dormir... dormir... soñar quizá...! Pienso, luego soy; soy, luego pienso... ¡No existo, no! ¡No existo... madre mía! Eugenia... Rosario... Unamuno...—Y se quedó dormido.

Al poco rato se sentó en la cama. Estaba pálido como un muerto y respiraba con ansia. Tenía los ojos completamente negros y llenos de terror. Miraba más allá de la oscuridad, y gritaba: «¡Eugenia, Eugenia!». Domingo corrió hacia él. Augusto dejó caer la cabeza sobre el pecho y se quedó muerto.

Cuando llegó el médico, al principio pensó que todavía vivía. Habló de sangrarle y de ponerle sinapismos. Pero pronto se convenció de la triste verdad.

—Ha sido cosa del corazón... un ataque de asistolia—dijo el médico.

—No, señor—contestó Domingo—, ha sido un asiento. Cenó muchísimo, como no tenía costumbre, de una manera rara en él. Como si quisiera...

—Sí, recuperar lo que ya no iba a comer en el futuro, ¿no es eso? Quizá el corazón presintió su muerte.

—Pues yo—dijo Liduvina—creo que ha sido de la cabeza. Es verdad que cenó de un modo absurdo. Pero lo hacía como sin darse cuenta, y diciendo tonterías...

—¿Qué tonterías?—preguntó el médico.

—Que él no existía, y otras cosas así...

—¿Tonterías?—dijo el médico entre dientes, como si hablara consigo mismo—. ¿Quién sabe si existía o no? Y él mismo, menos que nadie... Uno mismo es quien menos sabe de su existencia... Solo se existe para los demás...

Y luego añadió en voz alta:

—El corazón, el estómago y la cabeza son los tres una sola y misma cosa.

—Sí, forman parte del cuerpo—dijo Domingo.

—Y el cuerpo es una sola y misma cosa.

—¡Sin duda!

—Pero lo es más de lo que usted cree...

—¿Y sabe usted, señor mío, cuánto lo creo yo?

—También es verdad. Y veo que usted no es tonto.

—No me tengo por tonto, señor médico. Y no comprendo a esa gente que, cuando se encuentra con cualquier persona, la toma por tonta hasta que demuestre lo contrario.

—Bueno, pues, como iba diciendo—siguió el médico—, el estómago produce los jugos que hacen la sangre. El corazón riega con ellos la cabeza y el estómago, para que funcionen. Y la cabeza dirige los movimientos del estómago y del corazón. Por lo tanto, este señor, don Augusto, ha muerto de las tres cosas: de todo el cuerpo, por síntesis.

—Pues yo creo—intervino Liduvina—que a mi señorito se le había metido en la cabeza morirse. Y, ¡claro!, el que se empeña en morir, al final se muere.

—¡Claro!—dijo el médico—. Si uno no creyera que se va a morir, quizá no se moriría, aunque estuviera en la agonía. Pero en cuanto le entra la menor duda, en cuanto piensa que no puede evitar morir, está perdido.

—Lo de mi señorito ha sido un suicidio, y nada más que un suicidio. Ponerse a cenar como cenó, viniendo como venía, es un suicidio y nada más que un suicidio. ¡Se salió con la suya!

—Quizá tenía disgustos...

—¡Y grandes, muy grandes! ¡Mujeres!

—¡Ya, ya! Pero, en fin, ahora ya solo se puede preparar el entierro.

Domingo lloraba.

### Glosario

- **sentencia**: decisión de un juez; aquí, la decisión de Unamuno de que Augusto muera.
- **encina**: árbol de hoja dura y verde todo el año, típico de Castilla.
- **en capilla**: últimas horas de un condenado antes de morir.
- **Edo, ergo sum** (latín)**: como, luego existo.
- **Más mató la cena, que sanó Avicena**: refrán: comer mucho por la noche hace más daño que bien hacen los médicos (Avicena fue un médico famoso).
- **telegrama**: mensaje corto que se enviaba muy rápido por cable.
- **Se salió usted con la suya**: usted consiguió lo que quería.
- **asistolia**: el corazón deja de latir.
- **asiento**: aquí, indigestión: la comida no se digiere bien.
- **sangrar / sinapismo**: sacar sangre a un enfermo como cura antigua / medicina caliente de mostaza que se pone sobre la piel.

## XXXIII

Recibí el telegrama que me comunicaba la muerte del pobre Augusto. Y luego supe todos los detalles de cómo había muerto. Entonces me quedé pensando si había hecho bien o mal en decirle lo que le dije aquella tarde. Aquella tarde en que vino a visitarme para consultarme su plan de suicidarse. Y hasta me arrepentí de haberle matado. Llegué a pensar que él tenía razón. Pensé que debería haberle dejado salirse con la suya y suicidarse. Y se me ocurrió la idea de resucitarle.

«Sí—me dije—, voy a resucitarle. Y luego, que haga lo que quiera. Que se suicide, si ese es su capricho.» Y con esta idea de resucitarle me quedé dormido.

Poco después de dormirme, se me apareció Augusto en sueños. Estaba blanco, blanco como una nube. Y sus contornos estaban iluminados como por un sol que se pone. Me miró fijamente y me dijo:

—¡Aquí estoy otra vez!

—¿A qué vienes?—le dije.

—A despedirme de usted, don Miguel. A despedirme de usted hasta la eternidad. Y a mandarle, sí, a mandarle, no a rogarle, a mandarle que escriba usted la *nivola* de mis aventuras...

—¡Ya está escrita!

—Lo sé, todo está escrito. Y vengo también a decirle otra cosa. Usted ha pensado resucitarme para que luego yo mismo me quite la vida. Eso es una tontería. Más aún: es una imposibilidad...

—¿Imposibilidad?—le dije yo. Por supuesto, todo esto pasaba en sueños.

—¡Sí, una imposibilidad! ¿Recuerda aquella tarde en que nos vimos y hablamos en su despacho? Usted estaba despierto, no dormido y soñando como ahora. Yo le dije entonces que nosotros, los entes de ficción, como usted nos llama, tenemos nuestra lógica. Y que no sirve de nada que quien nos inventa quiera hacer con nosotros lo que le dé la gana. ¿Lo recuerda?

—Sí, lo recuerdo.

—Y ahora seguro que, aunque es usted tan español, no tiene real gana de nada, ¿verdad, don Miguel?

—No, no tengo ganas de nada.

—No, el que duerme y sueña no tiene reales ganas de nada. Y usted y sus compatriotas duermen y sueñan. Y sueñan que tienen ganas, pero no las tienen de verdad.

—Da gracias a que estoy durmiendo—le dije—, porque si no...

—Es igual. Y sobre eso de resucitarme, tengo que decirle que no puede hacerlo. No puede, aunque quiera o aunque sueñe que quiere...

—Pero ¡hombre!

—Sí. Con un ente de ficción pasa lo mismo que con uno de carne y hueso. Hablo de eso que usted llama hombre de carne y hueso, y no de carne de ficción ni de hueso de ficción. A uno así se le puede engendrar, y se le puede matar. Pero una vez muerto, no se le puede, ¡no!, no se le puede resucitar. Hacer un hombre mortal, de carne y hueso, que respire aire, es fácil. Es muy fácil, demasiado fácil, por desgracia... Matar a un hombre mortal, de carne y hueso, que respire aire, es fácil. Es muy fácil, demasiado fácil, por desgracia... Pero ¿resucitarlo? ¡Resucitarlo es imposible!

—¡Es verdad—le dije—, es imposible!

—Pues lo mismo—me contestó—, exactamente lo mismo pasa con eso que usted llama entes de ficción. Es fácil darnos el ser, quizá demasiado fácil. Y es fácil, facilísimo, matarnos, quizá demasiado, demasiado fácil. Pero ¿resucitarnos? Nadie ha resucitado de verdad a un ente de ficción que de verdad se haya muerto. ¿Cree usted que es posible resucitar a Don Quijote?—me preguntó.

—¡Imposible!—contesté.

—Pues en el mismo caso estamos todos los demás entes de ficción.

—¿Y si te vuelvo a soñar?

—El mismo sueño no se sueña dos veces. El que usted vuelva a soñar, y crea que soy yo, será otro. Y ahora, ahora que usted está dormido y soñando y reconoce que lo está, y que yo soy un sueño y reconozco que lo soy, ahora vuelvo a decirle lo que tanto le alteró la otra vez. Mire, mi querido don Miguel: no vaya a ser que sea usted el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo ni muerto... No vaya a ser que usted sea solo un pretexto para que mi historia, y otras historias como la mía, corran por el mundo. Y que luego, cuando usted se muera del todo, nosotros nos llevemos su alma. No, no, no se ponga nervioso, que aunque está dormido y soñando, todavía vive. ¡Y ahora, adiós!

Y desapareció en la niebla negra.

Luego soñé que yo me moría. Y en el mismo momento en que soñaba mi último aliento, me desperté con una presión en el pecho.

Y aquí está la historia de Augusto Pérez.

### Glosario

- **telegrama**: mensaje corto que se enviaba muy rápido por cable.
- **arrepentirse**: sentir pena por algo que uno ha hecho.
- **resucitar**: volver a dar la vida a un muerto.
- **capricho**: deseo que uno tiene sin una razón seria.
- **contorno**: línea que marca la forma de una persona o de una cosa.
- **ente de ficción**: ser inventado, personaje de un libro que no existe en la realidad.
- **real gana**: expresión fuerte: "lo que yo quiero, porque sí".
- **engendrar**: dar vida a un hijo.
- **aliento**: aire que sale al respirar.

## Por modo de epílogo

ORACIÓN FÚNEBRE

Al final de las novelas, cuando el héroe o protagonista muere o se casa, suele ser costumbre contar qué fue de los demás personajes. No vamos a seguir aquí esa costumbre. Por lo tanto, no vamos a dar ninguna noticia de qué les pasó a Eugenia y Mauricio, a Rosario, a Liduvina y Domingo, a don Fermín y doña Edelmira, a Víctor y su mujer. Ni de todos los demás que hemos conocido alrededor de Augusto. Ni siquiera vamos a decir qué sintieron y qué pensaron de su extraña muerte. Solo haremos una excepción. La haremos con quien sintió la muerte de Augusto de un modo más profundo y más sincero: su perro, Orfeo.

Orfeo, en efecto, se quedó huérfano. Saltó a la cama y olió a su amo muerto, olió la muerte de su amo. Entonces una nube negra y espesa cubrió su espíritu de perro. Él ya conocía otras muertes. Había olido y visto perros y gatos muertos, había matado algún ratón, había olido la muerte de algunos hombres. Pero creía que su amo era inmortal. Porque su amo era para él como un dios. Y ahora, al sentirle muerto, sintió que se le caían todas las bases de su fe en la vida y en el mundo. Y una enorme desolación le llenó el pecho.

Y, encogido a los pies de su amo muerto, pensó así:

«¡Pobre amo mío! ¡Pobre amo mío! ¡Se ha muerto; se me ha muerto! ¡Se muere todo, todo, todo; todo se me muere! Y es peor que se me muera todo a que me muera yo para todo. ¡Pobre amo mío! ¡Pobre amo mío! Esto que está aquí tendido, blanco, frío, que ya huele a carne que se va a pudrir, a carne que comerán otros... esto ya no es mi amo. No, no lo es. ¿Adónde se fue mi amo? ¿Dónde está el que me acariciaba, el que me hablaba?

»¡Qué animal tan extraño es el hombre! Nunca está en lo que tiene delante. Nos acaricia sin que sepamos por qué, y no cuando más le acariciamos nosotros. Y cuando más nos entregamos a él, nos rechaza o nos castiga. No hay manera de saber lo que quiere, si es que él mismo lo sabe. Siempre parece estar pensando en otra cosa, y ni siquiera mira lo que mira. Es como si para él hubiera otro mundo. Y, claro, si hay otro mundo, no hay este.

»Y además habla, o ladra de un modo complicado. Nosotros aullábamos, y aprendimos a ladrar para imitarle. Y ni aun así nos entendemos con él. Solo le entendemos de verdad cuando él también aúlla. Cuando el hombre aúlla, o grita, o amenaza, los demás animales le entendemos muy bien. ¡Claro, entonces no está distraído en otro mundo...! Pero ladra a su manera, habla. Y eso le ha servido para inventar lo que no existe y no fijarse en lo que existe. En cuanto le pone un nombre a algo, ya no ve ese algo. Solo oye el nombre que le puso, o lo ve escrito. La lengua le sirve para mentir, para inventar lo que no existe y para confundirse. Y todo es para él un pretexto para hablar con los demás o consigo mismo. ¡Y hasta nos ha contagiado a los perros!

»Es un animal enfermo, no hay duda. ¡Siempre está enfermo! ¡Solo parece tener algo de salud cuando duerme! Y no siempre, porque a veces habla hasta durmiendo. Y esto también nos lo ha contagiado. ¡Nos ha contagiado tantas cosas!

»¡Y encima nos insulta! A la falta de vergüenza la llama cinismo, es decir, perrismo o perrería. ¡Él, que es el animal hipócrita por excelencia! El lenguaje le ha hecho hipócrita. Si a la falta de vergüenza se le llama cinismo, a la hipocresía se le debería llamar antropismo. ¡Y ha querido hacernos hipócritas a nosotros, a los perros! Es decir, actores, farsantes. A los perros, que no fuimos dominados y domesticados por el hombre a la fuerza, como el toro o el caballo. Nosotros nos unimos a él libremente, en pacto sinalagmático, para aprovechar la caza. Nosotros le encontrábamos el animal, él lo cazaba y nos daba nuestra parte. Y así, en contrato social, nació nuestra sociedad.

»Y él nos lo ha pagado prostituyéndonos e insultándonos. ¡Y queriendo convertirnos en farsantes, en monos y en perros sabios! ¡Perros sabios llaman a unos perros a los que enseñan a representar farsas! Para eso los visten y los entrenan para andar de pie sobre las patas de atrás, sin ninguna dignidad. ¡Perros sabios! ¡A eso llaman los hombres sabiduría: a representar farsas y a andar sobre dos pies!

»¡Y, claro, el perro que se pone de pie va enseñando por delante sus partes íntimas, sin vergüenza, cínicamente! Eso hizo el hombre al ponerse de pie, al convertirse en un mamífero vertical. Y enseguida sintió vergüenza y la necesidad moral de taparse las partes que enseñaba. Por eso dice su Biblia, según les he oído, que el primer hombre sintió vergüenza de presentarse desnudo ante su Dios. Es decir, el primero de ellos que se puso a andar sobre dos pies. Y para eso inventaron la ropa, para cubrirse el sexo. Pero al principio ellos y ellas se vestían igual, y no se distinguían entre sí. No siempre se reconocían bien el sexo. Y de ahí vinieron mil atrocidades... humanas, que ellos se empeñan en llamar perrunas o cínicas. ¡Ellos, los hombres! Ellos son quienes nos han pervertido a los perros, quienes nos han hecho perrunos, cínicos. Y eso es nuestra hipocresía. Porque el cinismo en el perro es hipocresía, igual que la hipocresía en el hombre es cinismo. Nos hemos contagiado unos a otros.

»El hombre se vistió. Primero ellos y ellas llevaban el mismo traje. Pero como se confundían, tuvieron que inventar trajes diferentes y llevar el sexo al vestido. Esos pantalones no son más que una consecuencia de que el hombre se puso sobre dos pies.

»¡Qué animal tan extraño es el hombre! ¡Nunca está donde debe estar, que es en lo que está haciendo! ¡Y habla para mentir, y se viste!

«¡Pobre amo! Dentro de poco le enterrarán en un sitio que tienen preparado para eso. ¡Los hombres guardan o almacenan a sus muertos! No dejan que se los coman los perros o los cuervos, y que quede solo lo que todo animal deja en el mundo, empezando por el hombre: unos huesos. ¡Almacenan a sus muertos! ¡Un animal que habla, que se viste y que almacena a sus muertos! ¡Pobre hombre!

«¡Pobre amo mío! ¡Pobre amo mío! ¡Fue un hombre, sí, no fue más que un hombre, fue solo un hombre! ¡Pero fue mi amo! ¡Y cuánto me debía, aunque él no lo creyera ni lo pensara...! ¡Cuánto! Cuánto le enseñé con mis silencios, con mis lametones, mientras él me hablaba, me hablaba, me hablaba. «¿Me entenderás?», me decía. Y sí, yo le entendía. Le entendía mientras él me hablaba, hablándose a sí mismo, y hablaba, hablaba, hablaba. Al hablarme así, hablándose a sí mismo, él hablaba al perro que llevaba dentro. Yo mantuve despierto su cinismo.

»¡Qué vida tan perra ha llevado, qué perra! ¡Y qué enorme perrería le han hecho esos dos! O mejor dicho, ¡qué enorme hombrada! ¡Hombrada la que le ha hecho Mauricio; mujerada la que le ha hecho Eugenia! ¡Pobre amo mío!

»Y ahora está aquí, frío y blanco, sin moverse. Vestido, sí, pero sin palabras, ni por fuera ni por dentro. Ya no tienes nada que decirle a tu Orfeo. Y Orfeo tampoco tiene ya nada que decirte con su silencio.

»¡Pobre amo mío! ¿Qué será de él ahora? ¿Dónde estará aquello que hablaba y soñaba en él? Quizá allá arriba, en el mundo puro. En la alta meseta de la tierra, en la tierra pura, toda de colores puros, como la vio Platón, al que los hombres llaman divino. En aquella superficie de arriba de la tierra, de donde caen las piedras preciosas. Allí están los hombres puros y los purificados, que beben aire y respiran éter. Allí están también los perros puros. Los perros de San Humberto el cazador. El de Santo Domingo de Guzmán, con su antorcha en la boca. El de San Roque, de quien decía un predicador, señalando su imagen: ¡Ahí le tenéis a San Roque, con su perrito y todo! Allí, en el mundo puro de Platón, en el mundo de las ideas hechas carne, está el perro puro, el perro cínico de verdad. ¡Y allí está mi amo!

»Siento que mi espíritu se purifica al tocar esta muerte, esta purificación de mi amo. Y siento que desea ir hacia la niebla en la que él al fin se deshizo. Hacia la niebla de la que salió y a la que volvió. Orfeo siente que viene la niebla oscura... Y va hacia su amo saltando y moviendo la cola. ¡Amo mío! ¡Amo mío! ¡Pobre hombre!»

Luego Domingo y Liduvina recogieron al pobre perro, muerto a los pies de su amo. Estaba purificado como él, y como él cubierto por la nube oscura. Y el pobre Domingo, al ver aquello, se emocionó y lloró. No se sabe bien si lloró por la muerte de su amo o por la del perro. Aunque lo más probable es que llorara al ver aquel maravilloso ejemplo de lealtad y fidelidad. Y dijo:

—¡Y luego dirán que no matan las penas!

### Glosario

- **oración fúnebre**: discurso para recordar y alabar a un muerto.
- **huérfano**: que ha perdido a su padre o a su madre; aquí, a su amo.
- **desolación**: tristeza muy grande, sin consuelo.
- **oler**: notar algo con la nariz.
- **pudrirse**: ponerse mala y deshacerse la carne de un muerto o la comida vieja.
- **acariciar**: tocar con suavidad y cariño.
- **ladrar / aullar**: hacer el perro su ruido corto y fuerte / su grito largo y triste.
- **distraído**: que no presta atención a lo que tiene delante.
- **cinismo**: falta de vergüenza; viene de una palabra griega que significa "perro".
- **cínico / cínicamente**: sin vergüenza; también, de perro.
- **perrismo / perrería**: palabras de Orfeo: "cosa de perros"; *perrería* también quiere decir "mala acción".
- **antropismo**: palabra que inventa Orfeo: "cosa de hombres", del griego *ánthropos*, "hombre".
- **domesticado**: animal que se ha acostumbrado a vivir con el hombre y obedecerle.
- **prostituir**: aquí, usar a alguien de forma baja y quitarle su dignidad.
- **mamífero**: animal cuyas crías toman leche de la madre.
- **perruno**: de perro, propio de los perros.
- **hipócrita**: persona que finge lo que no siente o no es.
- **pacto sinalagmático**: acuerdo en que las dos partes tienen obligaciones.
- **farsante**: persona que finge o representa un papel para engañar.
- **perros sabios**: perros a los que se enseña a hacer trucos de circo.
- **hombrada / mujerada**: aquí, acción bruta y sin delicadeza de un hombre / de una mujer.
- **lametón**: acción de pasar la lengua por algo.
- **éter**: aire muy puro de las alturas del cielo, según los antiguos.
