# Marianela (Edición B1)

*Benito Pérez Galdós*

## I. Perdido

Se puso el sol. Después del breve crepúsculo llegó la noche, tranquila y oscura. En su seno negro murieron poco a poco los últimos ruidos de la tierra, que ya tenía sueño. El viajero siguió adelante por su camino. Cuanto más avanzaba la noche, más deprisa andaba. Iba por un sendero estrecho, de esos que forman en la hierba los pies de los hombres y de los animales. Subía sin cansancio por un cerro. En sus laderas había bonitos grupos de cerezos, hayas y robles. (Ya se ve que estamos en el Norte de España.)

Era un hombre de mediana edad. Era fuerte, de buena estatura y ancho de espaldas. Se movía con decisión y andaba con paso firme. Tenía la cara basta y una mirada atrevida y viva. Estaba bastante gordo, pero era ligero. Y (digámoslo de una vez, aunque sea pronto) era una persona excelente, se le mirara por donde se le mirara. Llevaba la ropa de los señores ricos que viajan en verano. En la cabeza tenía un sombrero pequeño y redondo; por lo feo que es, lo llaman "hongo". Llevaba también unos gemelos de campo colgados de una correa y un bastón grueso. Entre paso y paso, golpeaba con él las zarzas. Las zarzas extendían sus ramas, llenas de uñas afiladas, para agarrarle la ropa.

Se detuvo y miró todo el horizonte a su alrededor. Parecía impaciente y nervioso. Sin duda no estaba muy seguro de su camino. Esperaba ver pasar a algún aldeano que le explicara bien el lugar. Así podría llegar pronto y directamente a su destino.

—No puedo equivocarme —murmuró—. Me dijeron que cruzara el río por la pasadera... y así lo hice. Después, que siguiera adelante, siempre adelante. Y es verdad: allí, detrás de mí, queda esa simpática villa. Yo la llamaría *Villafangosa*, por todo el barro que hay en sus calles y caminos... Así que por aquí, adelante, siempre adelante... Me gusta esta frase. Si yo tuviera un escudo, no le pondría otro lema. Por aquí tengo que llegar a las famosas minas de Socartes.

Después de andar un buen rato, añadió:

—Me he perdido, no hay duda de que me he perdido... Aquí tienes, Teodoro Golfín, el resultado de tu *adelante, siempre adelante*. Estos aldeanos no conocen el valor de las palabras. O han querido reírse de ti, o ellos mismos no saben dónde están las minas de Socartes. Una gran mina tiene que anunciarse desde lejos. Tiene que haber edificios y chimeneas. Se tiene que oír el ruido de los carros y el soplido de los hornos. Se tienen que oír los relinchos de los caballos y el temblor de las máquinas. Y yo no veo nada, no huelo nada, no oigo nada... Parece que estoy en un desierto... ¡Qué soledad! Si yo creyera en brujas, pensaría que esta noche mi destino me va a presentar a ellas... ¡Demonio! ¿Es que no hay gente en estos lugares?... Todavía falta media hora para que salga la luna. ¡Ah, bribona, tú tienes la culpa de que me haya perdido!... Si al menos supiera en qué sitio estoy... ¿Pero qué más da? —Al decir esto, hizo el gesto de un hombre valiente que desprecia los peligros—. Golfín, tú que has dado la vuelta al mundo, ¿vas a tener miedo ahora?... ¡Ah! Los aldeanos tenían razón: adelante, siempre adelante. La ley universal de la locomoción no puede fallar en este momento.

Y puso en práctica, con mucho valor, aquella ley tan atrevida. Recorrió un kilómetro. Seguía sin pensar los senderos que encontraba a su paso. Los senderos se cruzaban y se rompían en mil ángulos. Parecía que querían engañarle y confundirle todavía más. Era un hombre muy decidido y valiente, pero al fin tuvo que pararse. Al principio los senderos subían. Luego empezaron a bajar, unidos unos con otros. Al final bajaron tanto que nuestro viajero se encontró en un talud. Por allí solo habría podido bajar rodando.

—¡Bonita situación! —exclamó sonriendo. Buscaba en su buen humor un alivio para aquel problema tan molesto—. ¿Dónde estás, querido Golfín? Esto parece un abismo. ¿Ves algo allá abajo? Nada, absolutamente nada... Pero la hierba ha desaparecido y la tierra está removida. Aquí todo son piedras y tierra sin plantas, teñida por el óxido de hierro... Sin duda estoy en las minas... Pero no hay ni un alma, ni chimeneas con humo, ni ruido. No hay un tren que suene a lo lejos, ni siquiera un perro que ladre... ¿Qué hago? Por aquí hay un sendero que vuelve a subir. ¿Lo sigo? ¿Vuelvo por donde he venido?... ¡Volver atrás! ¡Qué absurdo! ¡O dejo de ser quien soy, o esta noche llego a las famosas minas de Socartes! Y allí abrazaré a mi querido hermano. Adelante, siempre adelante.

Dio un paso y se hundió en la tierra blanda, que se movía bajo sus pies.

—¿Esas tenemos, señor planeta?... ¿Así que usted quiere tragarme?... Si ese satélite perezoso quisiera alumbrar un poco, ya nos veríamos las caras usted y yo... Y desde luego, por aquí abajo no vamos a llegar a ningún paraíso. Esto parece el cráter de un volcán apagado... Hay que andar con cuidado por este precipicio tan delicioso. ¿Qué es esto? ¡Ah! Una piedra. Es un asiento magnífico para fumar un cigarro mientras espero a que salga la luna.

El prudente Golfín se sentó tranquilamente, como si estuviera en el banco de un paseo. Ya iba a fumar cuando oyó una voz... Sí, sin duda era una voz humana que sonaba lejos. Era un quejido triste; mejor dicho, era un canto melancólico. Estaba formado por una sola frase. Su última nota se alargaba y se hacía cada vez más suave, de la forma que los músicos llaman *morendo*. Al final se apagaba en el silencio tranquilo de la noche. El oído no podía notar el momento exacto en que terminaba.

—Vamos —dijo el viajero, lleno de alegría—, aquí hay gente. Ese es el canto de una muchacha. Sí, es voz de mujer, y una voz preciosa. Me gusta la música popular de esta tierra... Ahora se calla... Escuchemos, que pronto va a empezar otra vez... Ya, ya suena de nuevo. ¡Qué voz tan bonita, qué melodía tan emocionante! Parece que sale de lo más profundo de la tierra. Y parece que el señor de Golfín, el hombre más serio y menos supersticioso del mundo, va a tener tratos ahora con los silfos, las ondinas, los gnomos y las hadas... Con toda esa gente de la familia de la loca de la casa... Pero, si no me engaña el oído, la voz se aleja... La graciosa cantante se va... ¡Eh! Muchacha, aguarda, detente.

Durante un rato, la voz había regalado al hombre perdido una música encantadora. Ahora se iba perdiendo en la inmensa oscuridad. Cuando Golfín gritó, el canto se apagó por completo. Sin duda aquel ser misterioso era como un gnomo. Cantaba tristes amores para pasar su soledad bajo la tierra. Seguramente se había asustado al oír la voz brusca del hombre. Había huido a lo más hondo de la tierra. Allí viven las piedras preciosas, que guardan su brillo solo para ellas.

—Esta es una situación divina —murmuró Golfín. Pensó que lo mejor que podía hacer era encender su cigarro—. No hay mal que cien años dure. Esperemos fumando. ¡Qué buena idea he tenido al querer venir solo y a pie a las minas de Socartes! Mi equipaje habrá llegado antes que yo. Eso prueba sin ninguna duda las ventajas del *adelante, siempre adelante*.

Entonces empezó a soplar un viento ligero. Teodoro creyó oír pasos lejanos en el fondo de aquel abismo que tenía delante. No lo conocía, y quizás no era de verdad un abismo. Escuchó con atención y pronto estuvo seguro de que alguien andaba por allí. Se levantó y gritó:

—Muchacha, hombre, o quien seas, ¿se puede ir por aquí a las minas de Socartes?

Todavía no había terminado cuando se oyeron los ladridos furiosos de un perro. Después, una voz de hombre dijo:

—Choto, Choto, ven aquí.

—¡Eh! —gritó el viajero—. Buen amigo, muchacho de todos los demonios, o lo que seas, ¡sujeta pronto a ese perro, que yo soy un hombre de paz!

—¡Choto, Choto!

Golfín vio que se le acercaba un perro negro y grande. Pero el animal gruñó junto a él y luego volvió atrás, porque lo llamaba su amo. En ese momento, el viajero pudo distinguir una figura. Era un hombre. Estaba de pie, quieto y sin expresión, como un muñeco de piedra. Estaba unas diez varas más abajo, en un sendero que cruzaba todo el talud de forma irregular. Este sendero y la figura humana que estaba en él llamaron mucho la atención de Golfín. Miró al cielo con alegría y exclamó:

—¡Gracias a Dios! Por fin salió esa loca. Ya podemos saber dónde estamos. No sabía que había un sendero tan cerca de mí... ¡Pero si es un camino!... ¡Hola, amiguito! ¿Puede usted decirme si estoy en las minas de Socartes?

—Sí, señor, estas son las minas de Socartes, aunque estamos un poco lejos del establecimiento.

La voz que dijo esto era joven y agradable. Su tono era simpático. Mostraba que aquel joven quería ayudar con buena voluntad y cortesía. Al doctor le gustó mucho oírla. Y le gustó todavía más ver la dulce claridad que se extendía por los espacios antes oscuros. El cielo y la tierra volvían a vivir, como si salieran de la nada.

—*Fiat lux* —dijo mientras bajaba—. Me parece que acabo de salir del caos del principio del mundo. Ya estamos en la realidad... Bien, amiguito, le doy las gracias por lo que me ha dicho y por lo que todavía me va a decir... Salí de Villamojada cuando se ponía el sol. Me dijeron que fuera adelante, siempre adelante...

—¿Va usted al establecimiento? —preguntó el joven misterioso. Seguía quieto y rígido, sin mirar al doctor, que ya estaba cerca.

—Sí, señor; pero sin duda me equivoqué de camino.

—Esta no es la entrada de las minas. La entrada es por la pasadera de Rabagones. Allí está el camino y el ferrocarril que están construyendo. Por allí habría llegado usted al establecimiento en diez minutos. Por aquí tardaremos más, porque hay bastante distancia y el camino es muy malo. Estamos en la última zona de la mina. Tenemos que atravesar algunas galerías y túneles, bajar escaleras y pasar trincheras. Hay que subir taludes y bajar el plano inclinado. En fin, hay que recorrer todas las minas de Socartes de un extremo a otro. Este es un extremo. En el otro están los talleres, los hornos, las máquinas, el laboratorio y las oficinas.

—¡Pues sí que ha sido pequeña mi equivocación! —dijo Golfín, riendo.

—Yo le guiaré con mucho gusto, porque conozco estos sitios perfectamente.

Golfín se hundía en la tierra con los pies. Aquí resbalaba, allí daba saltitos como si bailara. Por fin llegó al suelo seguro del sendero. Lo primero que hizo fue mirar bien al amable joven. Durante un momento, el doctor se quedó muy sorprendido.

—Usted... —murmuró.

—Soy ciego, sí, señor —añadió el joven—. Pero sin vista sé recorrer las minas de Socartes de un extremo a otro. El palo que uso me impide tropezar. Y Choto me acompaña, cuando no me acompaña la Nela, que es mi lazarillo. Así que sígame usted y déjese llevar.

### Glosario

- **crepúsculo**: luz débil que queda en el cielo después de ponerse el sol.
- **laderas**: los lados en cuesta de un cerro o de una montaña.
- **cerezos**: árboles que dan cerezas, una fruta pequeña y roja.
- **zarzas**: plantas con muchas espinas que crecen en el campo.
- **pasadera**: piedras o tablas para cruzar un río a pie.
- **relinchos**: los gritos o sonidos que hacen los caballos.
- **bribona**: pícara, sinvergüenza; aquí Golfín llama así a la luna, en broma.
- **locomoción**: el acto de moverse o ir de un lugar a otro.
- **talud**: cuesta muy inclinada de tierra.
- **cráter**: agujero grande en la parte de arriba de un volcán.
- **precipicio**: lugar muy alto y cortado, desde donde uno se puede caer.
- **morendo**: palabra de la música: el sonido se hace cada vez más débil hasta apagarse.
- **la loca de la casa**: la imaginación.
- **Fiat lux**: palabras en latín que significan "hágase la luz".
- **plano inclinado**: vía de tren en cuesta para subir y bajar vagonetas.
- **lazarillo**: persona, muchas veces un niño, que guía a un ciego.

## II. Guiado

—¿Ciego de nacimiento? —preguntó Golfín. Tenía un interés vivo, y no era solo por compasión.

—Sí, señor, de nacimiento —respondió el ciego con naturalidad—. Solo conozco el mundo por el pensamiento, el tacto y el oído. He podido comprender que la parte más maravillosa del universo es la que está cerrada para mí. Yo sé que los ojos de los demás no son como los míos. Sus ojos conocen las cosas por sí mismos. Pero ese don me parece tan extraordinario que ni siquiera comprendo que sea posible tenerlo.

—Quién sabe... —dijo Teodoro—. ¿Pero qué es esto que veo, amigo mío? ¿Qué espectáculo tan sorprendente es este?

El viajero había andado algunos pasos junto a su guía. Ahora se detuvo, asombrado por el paisaje fantástico que tenía delante. Estaba en un lugar hondo, parecido al cráter de un volcán. El suelo era irregular, y las paredes, más irregulares todavía. Era como una enorme olla. La luz y las sombras engañosas de la noche la hacían parecer aún más grande. En los bordes y en el centro se levantaban figuras gigantescas. Había hombres deformes y monstruos caídos con las patas hacia arriba. Había brazos inmensos que parecían estirarse, y pies cortados. Las figuras estaban repartidas por todas partes. Se parecían a las formas caprichosas que hacen las nubes en el cielo. Pero estas no se movían: estaban quietas y duras. Tenían el color de las momias, un color de tierra que tiraba a rojo. Parecía que se movían con fiebre y que la muerte las había parado de repente. Eran como una fiesta salvaje de demonios gigantes, convertida en piedra. Sus manotazos y los movimientos burlones de sus cabezas enormes se habían quedado fijos, como en una escultura. En aquel cráter había un silencio que daba miedo. Parecía que mil voces y gritos se habían convertido también en piedra hacía muchos siglos.

—¿Dónde estamos, buen amigo? —dijo Golfín—. Esto es una pesadilla.

—Esta zona de la mina se llama la Terrible —respondió el ciego. No le interesaba el asombro de su compañero—. Se trabajó en ella hasta hace dos años, cuando se acabó la calamina. Hoy se trabaja en otras zonas que están más arriba. Lo que a usted le maravilla son bloques de piedra. Unos son de una piedra que llaman cretácea. Otros son de arcilla con hierro, que se ha endurecido. Se quedaron aquí después de sacar el mineral. Dicen que es un espectáculo sublime, sobre todo a la luz de la luna. Yo no entiendo nada de eso.

—Es un espectáculo asombroso, sí —dijo el forastero, y se paró a mirarlo—. Pero a mí me da más miedo que placer, porque me recuerda mis neuralgias. ¿Sabe usted lo que me parece? Me parece que viajo por dentro de un cerebro que tiene una jaqueca terrible. Estas figuras son como las formas del dolor de cabeza. Se mezclan con los bultos y sombras horribles que produce la fiebre.

—¡Choto, Choto, aquí! —dijo el ciego—. Caballero, mucho cuidado ahora, que vamos a entrar en una galería.

Golfín vio que el ciego tocaba el suelo con su palo. Iba hacia una puerta pequeña y estrecha. Su marco eran tres vigas gruesas.

El perro entró primero, oliendo aquel agujero negro. Le siguió el ciego, sin ningún miedo, como quien vive siempre en la oscuridad. Teodoro fue detrás. Sentía cierto rechazo natural hacia aquel paseo bajo la tierra, que no le apetecía nada.

—Es increíble —dijo— que usted entre y salga por aquí sin tropezar.

—Me he criado en estos sitios y los conozco como mi propia casa. Aquí hace frío; abríguese usted si tiene con qué. Pronto saldremos.

Con la mano derecha iba tocando la pared, que estaba hecha de vigas puestas de pie. Después dijo:

—Tenga cuidado de no tropezar con los carriles que hay en el suelo. Por aquí se arrastra el mineral que sacan arriba. ¿Tiene usted frío?

—Dígame, buen amigo —preguntó el doctor de buen humor—. ¿Está usted seguro de que no nos ha tragado la tierra? Este pasillo es un esófago. Somos unos pobres bichos que han caído en el estómago de un gran animal que come insectos. ¿Y usted, joven, se pasea mucho por estos lugares tan agradables?

—Me paseo mucho por aquí, a todas horas, y me gusta muchísimo. Ya hemos entrado en la parte más seca. Esto es arena pura... Ahora vuelve la piedra... Aquí se filtra agua con azufre. Por aquí hay una capa de tierra con conchitas de piedra... También hay capas de pizarra; a esto lo llaman esquistos... ¿Oye usted cómo canta el sapo? Ya estamos cerca de la boca. Ese perezoso se pone allí todas las noches. Le conozco: tiene una voz ronca y lenta.

—¿Quién, el sapo?

—Sí, señor. Ya nos acercamos al final.

—Es verdad; allá veo algo como un ojo que nos mira. Es la claridad de la salida.

Salieron. Lo primero que oyó el doctor fue el canto triste que había oído antes. El ciego también lo oyó. Se volvió de repente y dijo, sonriendo con placer y orgullo:

—¿La oye usted?

—Ya oí antes esa voz y me gustó muchísimo. ¿Quién es la que canta?...

El ciego no contestó. Se detuvo y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Nela!... ¡Nela!

Los ecos repitieron aquel nombre con fuerza, unos cerca y otros lejos.

El ciego se puso las manos en la boca como una trompeta y gritó:

—¡No vengas, que voy yo! ¡Espérame en la herrería... en la herrería!

Después se volvió hacia el doctor y le dijo:

—La Nela es una muchacha que me acompaña; es mi lazarillo. Al anochecer volvíamos juntos del prado grande... Hacía un poco de fresco. Mi padre me ha prohibido andar de noche sin abrigo. Por eso me metí en la cabaña de Romolinos, y la Nela corrió a mi casa a buscarme el gabán. Al poco rato, en la cabaña, me acordé de que un amigo me esperaba en casa. No tuve paciencia para esperar a la Nela y salí con Choto. Pasaba por la Terrible cuando le encontré a usted... Pronto llegaremos a la herrería. Allí nos separaremos, porque mi padre se enfada cuando llego tarde a casa. Ella le acompañará a usted hasta las oficinas.

—Muchas gracias, amigo mío.

El túnel los había llevado a un segundo lugar, todavía más raro que el primero. Era una grieta profunda en el terreno. Parecía abierta por una gran catástrofe de la naturaleza. Pero no la había abierto el fuego del interior del planeta. La había abierto el azadón del minero, con mucho trabajo. Parecía el interior de un gran barco hundido, tendido sobre la playa. Era como si las olas lo hubieran roto por la mitad y lo hubieran doblado en ángulo. Se podían ver hasta sus costillas desnudas. Sus puntas formaban una fila desigual en lo alto. En la parte honda y ancha se veían grandes piedras. Parecían restos de la carga, maltratados por las olas. La luz y las sombras de la luna tenían tanta fuerza, como en un cuadro, que Golfín creyó ver, entre mil restos de cosas de barco, cadáveres medio comidos por los peces. Creyó ver también momias y esqueletos. Todo estaba muerto, dormido, medio podrido y profundamente tranquilo. Era como si llevara mucho tiempo en la inmensa tumba del mar.

La ilusión fue completa cuando oyó un ruido de agua. Era un chasquido como el de las olas tranquilas cuando juegan en los huecos de una roca. O como cuando golpean el esqueleto de un barco hundido.

—Por aquí hay agua —dijo a su compañero.

—Ese ruido que usted oye —respondió el ciego, y se detuvo— parece... ¿cómo lo diré? ¿Verdad que parece ruido de gárgaras? Como las que hacemos cuando nos curamos la garganta.

—Exactamente. ¿Y dónde está esa agua? ¿Es algún arroyo que pasa?

—No, señor. Aquí, a la izquierda, hay una loma. Detrás de ella se abre una gran boca, una sima, un abismo. Nadie sabe dónde termina. Se llama la Trascava. Algunos creen que llega hasta el mar, cerca de Ficóbriga. Otros dicen que en el fondo corre un río. Da vueltas y más vueltas, como una rueda, y nunca sale fuera. Yo me imagino que será como un molino. Algunos dicen que allá abajo sale un soplo de aire de dentro de la tierra, como cuando silbamos. Ese soplo de aire choca con un chorro de agua. Los dos se pelean y se ponen furiosos. Así producen ese hervor que oímos desde fuera.

—¿Y nadie ha bajado a esa sima?

—Solo se puede bajar de una manera.

—¿Cómo?

—Tirándose a ella. Los que han entrado no han vuelto a salir. Y es una lástima, porque nos habrían contado qué pasa allá dentro. La boca de esa cueva está bastante lejos de nosotros. Pero hace dos años los mineros cavaban en este sitio. Descubrieron una hendidura en la roca. Por ella se oye el mismo hervor de agua que por la boca principal. Esta hendidura debe de comunicar con las galerías de dentro. Allí está el soplo de aire que sube y el chorro de agua que baja. De día podrá usted verla muy bien. Basta con subir un poco por las piedras del lado izquierdo. Hay un asiento cómodo. Algunas personas tienen miedo de acercarse. Pero la Nela y yo nos sentamos allí muy a menudo. Escuchamos cómo suena la voz del abismo. Y es verdad, señor: parece que nos hablan al oído. La Nela dice y jura que oye palabras y que las distingue claramente. Yo, la verdad, nunca he oído palabras. Pero sí oigo un murmullo, como de alguien que habla solo o piensa en voz alta. A veces parece triste, a veces alegre, a veces furioso, a veces burlón.

—Pues yo solo oigo ruido de gárgaras —dijo el doctor, riendo.

—Desde aquí lo parece... Pero no perdamos tiempo, que es tarde. Prepárese usted para pasar otra galería.

—¿Otra?

—Sí, señor. Y esta, a mitad de camino, se divide en dos. Después hay un laberinto de vueltas y más vueltas, porque se hicieron galerías que luego quedaron abandonadas, y aquello está como Dios quiere. Choto, adelante.

Choto se metió por un agujero, como un hurón que persigue a un conejo. El doctor y su guía le siguieron. El ciego tocaba con su palo aquel camino estrecho, oscuro y lleno de curvas. Nunca el sentido del tacto había sido tan delicado y tan fino. Parecía que salía de la piel del joven y llegaba hasta la punta de aquel trozo de madera. Avanzaron haciendo primero una curva y después ángulos y más ángulos. Siempre iban entre dos paredes de tablones húmedos y medio podridos.

—¿Sabe usted a qué se parece esto? —dijo el doctor. Se había dado cuenta de que a su guía le gustaban las comparaciones—. Pues se parece a los pensamientos de un hombre malvado. Parece que somos la mirada del malo cuando entra en su conciencia y ve toda su fealdad.

Golfín pensó que había hablado de una forma difícil de entender para el ciego. Pero el ciego le demostró lo contrario:

—Para el que tiene ese reino de la luz, que yo no conozco, estas galerías deben de ser tristes. Pero yo vivo en la oscuridad, y aquí encuentro cierta armonía entre la tierra y mi propio ser. Yo ando por aquí como usted por la calle más ancha. A veces falta el aire y otras veces hay demasiada humedad. Si no fuera por eso, preferiría estos lugares bajo la tierra a todos los demás lugares que conozco.

—Esto es la idea de la meditación.

—Yo siento en mi cerebro un pasillo, un agujero igual que este por donde voy. Por él corren mis ideas, y allí se desarrollan magníficamente.

—¡Oh! ¡Qué triste es no haber visto nunca el azul del cielo en pleno día! —exclamó el doctor, sin pensarlo—. Dígame, ¿este pasillo donde sus ideas se desarrollan magníficamente no se acaba nunca?

—Ya, ya, pronto estaremos fuera... ¿Dice usted que el cielo...? ¡Ah! Ya me imagino que será como una bóveda hueca y armoniosa. Parece que podemos tocarla con las manos, pero en realidad no podemos.

Al decir esto, salieron. Golfín respiró con placer y con fuerza, como el que acaba de soltar un gran peso. Miró al cielo y exclamó:

—Gracias a Dios que os vuelvo a ver, estrellitas del firmamento. Nunca me habéis parecido tan bonitas como ahora.

—Al pasar —dijo el ciego, y alargó la mano con una piedra— he cogido este trozo de caliza con cristales. Mi tacto nota que estos cristalitos están muy bien cortados. Son muy finos y están muy bien pegados unos a otros. ¿Me va a decir usted que no son una cosa muy bella? Al menos a mí me lo parece.

Mientras lo decía, iba rompiendo los cristales en trocitos.

—Querido amigo —dijo Golfín, con emoción y pena—, es muy triste que usted no pueda saber una cosa. Esa piedrecita no merece la atención del hombre mientras sobre nuestras cabezas está el rebaño infinito de luces maravillosas que llenan el cielo.

El ciego levantó la cara hacia arriba y dijo con profunda tristeza:

—¿Es verdad que existís, estrellas?

—Dios es inmensamente grande y bueno —dijo Golfín. Puso la mano sobre el hombro de su compañero—. Quién sabe, quién sabe, amigo mío... Se han visto, y se ven todos los días, casos muy raros.

Mientras lo decía, le miraba de cerca. Con la poca luz de la noche, intentaba examinar las pupilas del joven. El ciego tenía los ojos fijos y sin mirada. Sonriendo, volvía la cara hacia donde sonaba la voz del doctor.

—No tengo esperanza —murmuró.

Habían salido a un lugar abierto. La luna era cada vez más clara. Iluminaba prados con ondas suaves y largos taludes. Los taludes parecían las paredes de unas fortalezas inmensas. A la izquierda, bastante alto, el doctor vio un grupo de casas blancas. Estaban justo en el borde de la ladera.

—Aquí a la izquierda —dijo el ciego— está mi casa. Allá arriba... ¿sabe usted? Esas tres casas son lo que queda del pueblo de Aldeacorba de Suso. Lo demás lo han expropiado en distintos años para trabajar el terreno. Todo lo que hay aquí debajo es calamina. Nuestros padres vivían sobre miles de millones sin saberlo.

Estaba diciendo esto cuando llegó corriendo hacia ellos una muchacha. Era una niña, una chiquilla muy pequeña, de pies muy ligeros.

—Nela, Nela —dijo el ciego—. ¿Me traes el abrigo?

—Aquí está —respondió la muchacha, y le puso un capote sobre los hombros.

—¿Esta es la que cantaba?... ¿Sabes que tienes una voz preciosa?

—¡Oh! —exclamó el ciego, con inocente admiración—. Canta de maravilla. Ahora, Mariquilla, vas a acompañar a este caballero hasta las oficinas. Yo me quedo en casa. Ya oigo la voz de mi padre, que baja a buscarme. Seguro que me va a reñir... ¡Ya voy, ya voy!

—Váyase usted pronto, amigo —dijo Golfín, y le estrechó la mano—. El aire está fresco y le puede hacer daño. Muchas gracias por la compañía. Espero que seamos amigos, porque voy a estar aquí algún tiempo... Yo soy hermano de Carlos Golfín, el ingeniero de estas minas.

—¡Ah!... Ya... Don Carlos es muy amigo de mi padre y mío. Le espera a usted desde ayer.

—Llegué esta tarde a la estación de Villamojada... Me dijeron que Socartes estaba cerca y que podía venir a pie. Me gusta ver el paisaje y hacer ejercicio. Y me dijeron: adelante, siempre adelante. Así que eché a andar y mandé mi equipaje en un carro. Ya ve usted cómo me perdí... Pero no hay mal que por bien no venga... Le he conocido a usted y seremos amigos, quizás muy amigos... Vaya, adiós. Váyase pronto a casa, que el fresco de septiembre no es bueno. Esta señora Nela tendrá la bondad de acompañarme.

—De aquí a las oficinas solo hay un cuarto de hora de camino... Es poca cosa... Tenga cuidado de no tropezar con los raíles. Y cuidado al bajar el plano inclinado. Suelen dejar las vagonetas sobre la vía... Y con la humedad, la tierra está como jabón... Adiós, caballero y amigo mío. Buenas noches.

Subió por una escalera muy empinada, abierta en la tierra. Sus escalones estaban reforzados con vigas. Golfín siguió adelante, guiado por la Nela. ¿Lo que hablaron merece un capítulo aparte? Por si acaso, se lo daremos.

### Glosario

- **cráter**: boca o agujero grande en lo alto de un volcán.
- **momias**: cuerpos de muertos que se han secado y conservado durante mucho tiempo.
- **jaqueca**: dolor de cabeza muy fuerte.
- **galería**: camino estrecho bajo la tierra.
- **lazarillo**: persona, muchas veces un niño, que guía a un ciego.
- **gabán / capote**: ropa gruesa que se pone encima para el frío.
- **sima**: agujero muy profundo en la tierra.
- **hendidura**: abertura larga y estrecha en una roca.
- **gárgaras**: ruido que se hace con agua en la garganta, echando aire, para curarla.
- **hurón**: animal pequeño y delgado que se usa para cazar conejos en sus agujeros.
- **expropiado**: quitado a sus dueños por el Estado o una empresa, pagándoles dinero.

## III. Un diálogo que servirá de exposición

—Aguarda, hija, no vayas tan deprisa —dijo Golfín, y se detuvo—. Déjame encender un cigarro.

La noche estaba tan tranquila que no tuvo que protegerse del viento, como suelen hacer los fumadores. Encendió el cigarro. Luego acercó la cerilla a la cara de la Nela y le dijo con bondad:

—A ver, enséñame tu cara.

La muchacha le miraba con asombro. La luz de la cerilla duró solo un momento. En ese momento, sus ojillos negros brillaron con un punto rojo, como una chispa. Parecía una niña, porque era de las personas más bajas que se pueden ver. Además, tenía el cuerpo delgadísimo y el pecho muy poco desarrollado. Pero parecía también una jovencita, porque sus ojos no miraban como los de un niño. Su cara mostraba la madurez de una persona que ya tiene juicio, o que debería tenerlo. A pesar de esta diferencia, su cuerpo estaba muy bien proporcionado. Su pequeña cabeza coronaba con cierta gracia aquel cuerpecillo miserable. Alguien decía que era una mujer vista con un cristal que hace las cosas más pequeñas. Otros decían que era una niña con ojos y expresión de adolescente. Quien no la conocía, no sabía si era un adelanto asombroso o un retraso muy triste.

—¿Qué edad tienes tú? —le preguntó Golfín. Mientras, sacudía los dedos para tirar la cerilla, que empezaba a quemarle.

—Dicen que tengo dieciséis años —respondió la Nela. Ahora ella examinaba al doctor.

—¡Dieciséis años! Atrasadilla estás, hija. Tu cuerpo es de doce, a lo sumo.

—¡Madre de Dios! Si dicen que yo soy como un fenómeno —dijo ella, con pena de sí misma.

—¡Un fenómeno! —repitió Golfín, y puso la mano sobre el pelo de la chica—. Podrá ser. Vamos, guíame.

La Nela empezó a andar con decisión. No se adelantaba mucho. Al contrario, tenía cuidado de ir siempre al lado del viajero. Parecía que sentía un gran honor por ir con una persona tan importante. Iba descalza. Sus pies eran pequeños y ágiles. Se notaba que estaban acostumbrados al suelo, a las piedras, a los charcos y a los cardos. Llevaba una falda sencilla y no muy larga. Su pelo era corto y suelto, y tenía rizos con una elegancia natural. Su ropa tan pobre y su pelo libre mostraban cierta independencia. Parecía más una salvaje que una mendiga. Sus palabras, en cambio, sorprendieron a Golfín, porque eran discretas y humildes. Mostraban un carácter serio y pensativo. Su voz tenía un tono simpático de cortesía, que no podía venir de la educación. Sus miradas eran rápidas y duraban muy poco, menos cuando miraba al suelo o al cielo.

—Dime —le preguntó Golfín—, ¿tú vives en las minas? ¿Eres hija de algún empleado de esta empresa?

—Dicen que no tengo madre ni padre.

—¡Pobrecita! Tú trabajarás en las minas...

—No, señor. Yo no sirvo para nada —respondió ella, sin levantar los ojos del suelo.

—Pues, de verdad, eres modesta.

Teodoro se inclinó para mirarle la cara. Era delgada y tenía muchas pecas, muchas manchitas pequeñas de color marrón. Tenía la frente pequeña. La nariz era un poco puntiaguda, pero tenía gracia. Los ojos eran negros y llenos de vida, pero casi siempre brillaba en ellos una luz de tristeza. Su pelo era de un color dorado oscuro. Había perdido su bonito color natural porque nadie lo cuidaba. Además, estaba siempre expuesto al aire, al sol y al polvo. Sus labios eran tan pequeños que casi no se veían, y siempre sonreían. Pero aquella sonrisa era casi invisible. Se parecía a la de algunos muertos que han dejado de vivir pensando en el cielo. Si hablamos de belleza, la boca de la Nela no era bonita; era fea. Pero quizás se podía elogiar con el verso de Polo de Medina: «*es tan linda su boca que no pide*». Y era verdad. Aquella pobre nunca mostraba la costumbre humillante de pedir limosna por la calle. No la mostraba ni cuando hablaba, ni cuando miraba, ni cuando sonreía.

Golfín le acarició la cara con la mano. La cogió por la barbilla y casi la cubrió entera con sus dedos gruesos.

—¡Pobrecita! —exclamó—. Dios no ha sido generoso contigo. ¿Con quién vives?

—Con el señor Centeno, capataz de ganado en las minas.

—Me parece que tú no has nacido en la riqueza. ¿De quién eres hija?

—Dicen que mi madre vendía pimientos en el mercado de Villamojada. Era soltera. *Me tuvo* un día de Difuntos, y después se fue a criar a Madrid.

—¡Vaya con la buena señora! —murmuró Teodoro con malicia—. Quizás nadie sepa quién fue tu papá.

—Sí, señor —respondió la Nela con cierto orgullo—. Mi padre fue el primero que encendió las luces en Villamojada.

—¡Cáspita!

—Quiero decir que, cuando el Ayuntamiento puso faroles en las calles por primera vez —explicó la muchacha. Contaba su historia con la seriedad de un libro de historia—, mi padre era el encargado de encenderlos y limpiarlos. A mí ya me criaba una hermana de mi madre, que también era soltera, según dicen. Mi padre se había peleado con ella... Dicen que vivían juntos... Todos vivían juntos... Y cuando iba a encender los faroles, me llevaba en el cesto, con los tubos de cristal, las mechas y la lata de aceite... Dicen que un día subió a limpiar el farol que hay en el puente. Puso el cesto sobre el muro del puente. Yo me salí fuera y me caí al río.

—¡Y te ahogaste!

—No, señor, porque caí sobre piedras. ¡Divina Madre de Dios! Dicen que antes de eso yo era muy bonita.

—Sí, sin duda eras muy bonita —dijo el forastero, con el alma llena de bondad—. Y todavía lo eres... Pero dime otra cosa. ¿Hace mucho tiempo que vives en las minas?

—Dicen que hace tres años. Dicen que mi madre me recogió después de la caída. Mi padre se puso enfermo. Mi madre no le quiso cuidar, porque era malo, y él se fue al hospital. Dicen que allí se murió. Entonces mi madre vino a trabajar a las minas. Dicen que un día el jefe la despidió porque había bebido mucho aguardiente...

—Y tu madre se fue... Vamos, ya me interesa esa señora. Se fue...

—Se fue a un agujero muy grande que hay allá arriba —dijo la Nela. Se detuvo delante del doctor y habló con un tono muy triste—. Y se metió dentro.

—¡Canario! ¡Qué final tan triste! Supongo que no habrá vuelto a salir.

—No, señor —respondió la Nela con naturalidad—. Allí dentro está.

—Después de esa desgracia, pobre criatura —dijo Golfín con cariño—, te has quedado trabajando aquí. El trabajo de las minas es muy duro. Tú tienes el color del mineral. Estás raquítica y mal alimentada. Esta vida destruye a las personas más fuertes.

—No, señor, yo no trabajo. Dicen que yo no sirvo ni puedo servir para nada.

—Calla, tonta, tú eres una alhaja.

—Que no, señor —insistió la Nela con energía—. Si no puedo trabajar. En cuanto cargo un peso pequeño, me caigo al suelo. Si me pongo a hacer algo difícil, enseguida me desmayo.

—Sea lo que Dios quiera... Pero si cayeras en manos de personas que supieran tratarte, ya trabajarías bien.

—No, señor —repitió la Nela con tanta fuerza como si se estuviera alabando—. Si yo no sirvo más que de estorbo.

—¿De modo que eres una vagabunda?

—No, señor, porque acompaño a Pablo.

—¿Y quién es Pablo?

—Ese señorito ciego que usted encontró en la Terrible. Yo soy su lazarillo desde hace año y medio. Le llevo a todas partes. Nos vamos a pasear por esos campos.

—Parece buen muchacho ese Pablo.

La Nela se detuvo otra vez y miró al doctor. Con la cara brillante de entusiasmo, exclamó:

—¡Madre de Dios! Es lo mejor que hay en el mundo. ¡Pobre amito mío! Sin vista tiene más talento que todos los que ven.

—Me gusta tu amo. ¿Es de esta tierra?

—Sí, señor. Es hijo único de don Francisco Penáguilas, un caballero muy bueno y muy rico que vive en las casas de Aldeacorba.

—Dime, ¿y a ti por qué te llaman la Nela? ¿Qué quiere decir eso?

La muchacha se encogió de hombros. Después de una pausa, respondió:

—Mi madre se llamaba la señá María Canela, pero la llamaban Nela. Dicen que este es nombre de perra. Yo me llamo María.

—Mariquita.

—Me llaman María Nela y también la Hija de la Canela. Unos me dicen Marianela, y otros solamente la Nela.

—¿Y tu amo te quiere mucho?

—Sí, señor, es muy bueno. Él dice que ve con mis ojos. Porque yo le llevo a todas partes y le digo cómo son todas las cosas...

—Todas las cosas que no puede ver.

Al forastero parecía gustarle mucho aquella conversación.

—Sí, señor; yo se lo digo todo. Él me pregunta cómo es una estrella. Y yo se la pinto con palabras de tal modo que para él es igualito que si la viera. Yo le explico cómo es todo: la hierba, las nubes, el cielo, el agua y los relámpagos. Las veletas, las mariposas, el humo y los caracoles. El cuerpo y la cara de las personas y de los animales. Yo le digo lo que es feo y lo que es bonito, y así se va enterando de todo.

—Veo que tu trabajo no es pequeño. ¡Lo feo y lo bonito! Casi nada... ¿Tú te ocupas de eso?... Dime, ¿sabes leer?

—No, señor. Si yo no sirvo para nada.

Lo decía con un tono muy convencido. Y el gesto que hacía parecía añadir: «Es usted un tonto si cree que yo sirvo para algo».

—¿No te gustaría que Dios le diera a tu amito el don de la vista?

La muchacha no contestó nada. Después de una pausa, dijo:

—¡Divino Dios! Eso es imposible.

—Imposible no, aunque difícil.

—El ingeniero director de las minas ha dado esperanzas al padre de mi amo.

—¿Don Carlos Golfín?

—Sí, señor. Don Carlos tiene un hermano médico que cura los ojos. Según dicen, da la vista a los ciegos, arregla a los tuertos y les pone derechos los ojos a los bizcos.

—¡Qué hombre tan hábil!

—Sí, señor. Como ahora el médico le ha dicho a su hermano que iba a venir, su hermano le ha escrito. Le ha dicho que traiga sus herramientas, para ver si le puede dar la vista a Pablo.

—¿Y ha venido ya ese buen hombre?

—No, señor. Como siempre anda por las Américas y las Inglaterras, parece que tardará en venir. Pero Pablo se ríe de esto. Dice que ese hombre no le va a dar lo que la Virgen Santísima le negó desde que nació.

—Quizás tenga razón... Pero dime, ¿estamos ya cerca? Porque veo chimeneas que echan un humo más negro que el del infierno. Y veo también una luz que parece de una fragua.

—Sí, señor, ya llegamos. Aquellos son los hornos de la calcinación, que arden día y noche. Aquí enfrente están las máquinas de lavado, que solo trabajan de día. A mano derecha está el taller de reparaciones. Y allá abajo, al final de todo, las oficinas.

Y era verdad: el lugar aparecía ante los ojos de Golfín como lo describía Marianela. No había viento, y el humo se extendía por todas partes. Envolvía todos los edificios como una tela oscura, fina y sucia. Sus masas negras se dibujaban de forma confusa y fantástica sobre el cielo iluminado por la luna.

—Esto es más bonito para verlo una vez que para vivir aquí —dijo Golfín, y empezó a andar más deprisa—. La nube de humo lo envuelve todo. Y las luces forman un círculo borroso, como el de la luna en las noches de mucho calor. ¿Dónde están las oficinas?

—Allí; ya llegamos pronto.

Pasaron por delante de los hornos. Hacía tanto calor que el doctor tuvo que andar más deprisa. Luego vio un edificio tan negro y lleno de humo como todos los demás. En el mismo momento oyó los sonidos agradables de un piano. Alguien lo tocaba con verdadera locura musical.

—Tenemos música. Conozco las manos de mi cuñada.

—Es la señorita Sofía, que toca —dijo María.

Por las ventanas salía la luz de unas habitaciones alegres. El balcón principal estaba abierto. En él se veía un pequeño punto de fuego: era la lumbre de un cigarro. El doctor todavía no había llegado cuando aquel punto de fuego cayó en línea recta. Se rompió en chispas pequeñas que saltaban. El fumador había tirado la colilla.

—Allí está el fumador de siempre —gritó el doctor con mucho cariño—. ¡Carlos, Carlos!

—¡Teodoro! —contestó una voz desde el balcón.

El piano se calló, como un pájaro cantor que se asusta de un ruido. Se oyeron pasos en la casa. El doctor le dio una moneda de plata a su guía y corrió hacia la puerta.

### Glosario

- **cerilla**: palito pequeño con una punta que hace fuego cuando se frota.
- **Atrasadilla**: pequeña y poco desarrollada para su edad.
- **fenómeno**: persona o cosa muy rara, fuera de lo normal.
- **rizos**: pelo que forma pequeñas vueltas o círculos.
- **pecas**: manchitas pequeñas de color marrón en la piel de la cara.
- **limosna**: dinero o cosa que se da a una persona pobre que lo pide.
- **forastero**: persona que viene de otro lugar.
- **Me tuvo un día de Difuntos**: su madre la dio a luz el 2 de noviembre, el día en que se recuerda a los muertos.
- **se fue a criar**: se fue a trabajar como nodriza, dando el pecho a los hijos de otras personas.
- **¡Cáspita! / ¡Canario!**: exclamaciones antiguas de sorpresa, como "¡caramba!".
- **es tan linda su boca que no pide**: juego de palabras: su boca es tan bonita que no pide limosna (la Nela nunca pide).
- **capataz**: jefe de un grupo de trabajadores.
- **aguardiente**: bebida con mucho alcohol.
- **alhaja**: joya; aquí, persona de mucho valor.
- **estorbo**: cosa o persona que molesta y no sirve.
- **lazarillo**: persona, muchas veces un niño, que guía a un ciego.
- **fragua**: fuego donde el herrero calienta el hierro para trabajarlo.

## IV. La familia de piedra

La Nela andaba con pasos cortos y rápidos, y saltaba sobre los obstáculos del camino. Iba hacia la casa que está detrás de los talleres de maquinaria. Estaba junto a las cuadras, donde masticaban lentamente y con seriedad las sesenta mulas del establecimiento. Era la casa del señor Centeno. Era de construcción moderna, pero no tenía nada de elegante y ni siquiera era cómoda. Tenía el techo bajo y solo tres piezas. Era pequeña para todos los que vivían en ella: el matrimonio Centeno, sus cuatro hijos, su gato y, además, la Nela. Sin embargo, la casa aparecía en los planos de aquel gran establecimiento, como muchas otras. Y en los planos llevaba con orgullo este letrero: *Vivienda de capataces*.

Por dentro, la casa servía para probar una frase que ya conocemos. Se la hemos oído decir a la misma Marianela: que ella no servía más que de estorbo. Y era verdad. Allí había sitio para todo. Había sitio para el matrimonio Centeno y para las herramientas de sus hijos. Había sitio para mil trastos que nadie sabía muy bien para qué servían. Había sitio para el gato y para el plato en que comía el gato. Para la guitarra de Tanasio y para los materiales con que hacía sus *garrotes* (cestas). Para media docena de collares viejos de mulas y para la jaula del mirlo. Para dos ollas que no servían para nada. Y para un altar. Allí la mujer de Centeno ofrecía a Dios flores de trapo y unas velas viejísimas, llenas de moscas. Había sitio absolutamente para todo, menos para la hija de la Canela. Muchas veces se oía:

—¡Que no voy a poder dar un paso sin chocar con esta condenada Nela!...

También se oía esto:

—Vete a tu rincón... ¡Qué criatura! Ni hace nada ni deja hacer a los demás.

La casa tenía tres piezas y un desván. La primera era comedor y sala, y también el dormitorio de los Centeno mayores. En la segunda dormían las dos señoritas, que ya eran mujeres. Se llamaban la Mariuca y la Pepina. Tanasio, el hijo mayor, se acomodaba en el desván. Celipín era el más pequeño de la familia y tenía casi doce años. Su dormitorio era la cocina. Era la pieza más interior y más apartada de las tres. También era la más oscura, la que tenía más humo y la peor para vivir.

La Nela llevaba muchos años viviendo allí. En ese tiempo había ocupado distintos rincones. Pasaba de uno a otro cuando hacía falta sitio para mil objetos. Esos objetos solo servían para quitar a los seres vivos su último trozo de suelo. Tanasio tenía tan poca fuerza en las piernas como en la cabeza. Se dedicaba a hacer cestas de avellano, grandes y gordas. Una vez (no conocemos la fecha exacta), puso en la cocina hasta media docena de cestas. Las puso una encima de otra. Entonces la de la Canela miró tristemente a su alrededor. No encontraba ningún sitio donde meterse. Pero aquel problema le dio de repente una idea muy feliz, y la puso en práctica en ese momento. Se metió tranquilamente en una cesta, y así pasó la noche, durmiendo fácil y tranquila. Sin duda aquello era bueno y cómodo. Cuando tenía frío, se tapaba con otra cesta. Desde entonces, siempre que había *garrotes* grandes, tenía un estuche donde meterse. Por eso decían en la casa: «Duerme como una alhaja».

Durante la comida, todos hablaban con mucho ruido sobre el trabajo de la mañana. Y entonces se oía una voz seca que decía: «Toma». La Nela cogía un cuenco de manos de cualquier Centeno, grande o pequeño. Luego se sentaba contra el arca y comía tranquilamente. Al final de la comida también se solía oír la voz dura del señor Centeno. Era una voz bruta, como de becerro. Decía a su mujer, un poco enfadado: «Mujer, que no has dado nada a la pobre Nela». A veces la Señana (este nombre venía de "señora Ana") movía la cabeza. Buscaba con los ojos, entre los cuerpos de sus hijos, algo pequeño y lejano. Y al mismo tiempo decía: «Pues qué, ¿estaba ahí? Yo pensé que hoy también se había quedado en Aldeacorba».

Por las noches, después de cenar, rezaban el rosario. La Mariuca y la Pepina movían los puños cerrados sobre los ojos. Luego se iban a sus camas sin poder andar derechas, como sacerdotisas de Baco. Sus camas eran cómodas y estaban cubiertas con colchas de muchos colores. Poco después se oía un dúo de ronquidos, como de dos cantantes dormidas. Duraba sin parar hasta el amanecer.

Tanasio subía a su cuarto de arriba. Celipín se echaba, hecho una bola, sobre unas mantas viejas y rotas, cerca de las cestas donde desaparecía la Nela.

Cuando los hijos ya estaban acostados, los padres se quedaban un rato en la pieza principal. Centeno se sentaba muy derecho junto a la mesita y cogía un periódico. Ponía mil caras raras y hacía gestos que mostraban su atrevido intento de leerlo. Mientras, la Señana sacaba del arca una media llena de dinero. Contaba el dinero y añadía o quitaba algunas monedas. Después lo volvía a guardar con cuidado en su sitio. Luego sacaba distintos paquetes de papel con monedas de oro. Pasaba algunas monedas de un paquete a otro. Entonces se solían oír frases sueltas como estas:

—He cogido treinta y dos reales para el refajo de la Mariuca... A Tanasio le he puesto los seis reales que se le quitaron... Solo nos faltan once duros para los quinientos...

O como estas:

—«Señores diputados que dijeron sí...». «Ayer celebró una conferencia», etc.

Los dedos de la Señana sumaban. Y el dedo de Sinforoso Centeno seguía, temblando y dudando, las líneas del periódico. Así intentaba guiar su espíritu por aquel laberinto de letras.

Poco a poco, aquellas frases se convertían en palabras sueltas, y después en palabras muy cortas. Se oía un bostezo, y otro. Por fin se apagaba la luz que había ayudado al capataz de mulas a aumentar sus conocimientos. Y todo se quedaba en un silencio tranquilo.

Una noche, cuando ya todo estaba en silencio, se oyó ruido de cestas en la cocina. Allí había un poco de luz, porque nunca se cerraba la madera de la ventanita. Celipín Centeno todavía no dormía. Vio que las dos cestas de más arriba, que estaban una contra otra, se separaban. Se abrían como las dos conchas de una almeja. Por el hueco aparecieron la nariz pequeña y los ojos negros de la Nela.

—Celipín, Celipinillo —dijo ella, y sacó también la mano—. ¿Estás dormido?

—No, estoy despierto. Nela, pareces una almeja. ¿Qué quieres?

—Toma, toma esta peseta. Me la ha dado esta noche un caballero, hermano de don Carlos... ¿Cuánto has juntado ya?... Este sí que es un buen regalo. Antes solo te había dado cuartos.

—Dame; muchas gracias, Nela —dijo el muchacho. Se incorporó para coger la moneda—. Cuarto a cuarto, ya me has dado casi treinta y dos reales... Aquí lo tengo, en el pecho, muy bien guardadito en el saco que me diste. ¡Eres una real moza!

—Yo no quiero el dinero para nada. Guárdalo bien, porque si la Señana te lo descubre, creerá que es para vicios y te pegará con el palo grande.

—No, no es para vicios, no es para vicios —dijo el chico con energía. Se apretaba el pecho con una mano y con la otra se sujetaba la cabeza—. Es para hacerme hombre de provecho, Nela. Para hacerme hombre de pesquis, como muchos que conozco. El domingo, si me dejan ir a Villamojada, voy a comprar una cartilla para aprender a leer, ya que aquí no me quieren enseñar. ¡Córcholis! Aprenderé solo. ¡Ay, Nela! Dicen que don Carlos era hijo de uno que barría las calles en Madrid. Él solo, solito, con la ayuda de Dios, aprendió todo lo que sabe.

—A lo mejor tú piensas hacer lo mismo, bobo.

—¡Córcholis! Mis padres no me quieren sacar de estas condenadas minas. Pues yo me buscaré otro camino. Sí, ya verás quién es Celipín. Yo no sirvo para esto, Nela. Tú espera a que tenga juntado bastante dinero. Ya verás, ya verás cómo me presento en la villa. Y allí tomo el tren para irme a Madrid. O un barco de vapor que me lleve a las islas de allá lejos. O me pongo a servir en una casa, con tal de que me dejen estudiar.

—¡Madre de Dios divino! ¡Qué callados tenías esos planes! —dijo la Nela. Abrió más las conchas de su estuche y sacó toda la cabeza.

—¿Pero tú crees que soy bobo?... ¡Ay, Nelilla, estoy furioso! Yo no puedo vivir así. Yo me muero en las minas. ¡Córcholis! Paso las noches llorando y me muerdo las manos, y... No te asustes, Nela, y no creas que soy malo por lo que te voy a decir. Solo te lo digo a ti.

—¿Qué?

—Que no quiero a mi madre ni a mi padre como debería quererlos.

—Ea, pues si haces eso, no te vuelvo a dar ni un real. Celipín, por amor de Dios, piensa bien lo que dices.

—No lo puedo evitar. Ya ves cómo nos tienen aquí. ¡Córcholis! No somos personas, somos animales. A veces se me mete en la cabeza que somos menos que las mulas. Y me pregunto si soy diferente en algo de un burro... Coger una cesta llena de mineral y echarla en un vagón. Empujar el vagón hasta los hornos. Remover con un palo el mineral que se está lavando. ¡Ay!... —Al decir esto, los sollozos cortaban la voz del pobre muchacho—. ¡Cór... córcholis! El que pasa muchos años en este trabajo se acaba volviendo malo. Y su cerebro será de calamina... No, Celipín no sirve para esto... Les digo a mis padres que me saquen de aquí y me pongan a estudiar. Y me responden que son pobres y que yo tengo mucha *fantesía*. Nada, nada, no somos más que bestias que ganamos un jornal... ¿Pero tú no me dices nada?

La Nela no respondió... Quizás comparaba la triste vida de su compañero con la suya. Y la suya le parecía muchísimo más triste.

—¿Qué quieres que te diga? —respondió al fin—. Como yo nunca puedo ser nada, como yo no soy persona, no te puedo decir nada... Pero no pienses esas cosas malas. No pienses eso de tus padres.

—Tú lo dices para consolarme, pero ya ves que tengo razón... Y me parece que estás llorando.

—Yo no.

—Sí, tú estás llorando.

—Cada uno tiene sus cositas por las que llorar —respondió María, con la voz ahogada—. Pero es muy tarde, Celipe, y hay que dormir.

—Todavía no... ¡Córcholis!

—Sí, hijito. Duérmete y no pienses en esas cosas malas. Buenas noches.

Las conchas de la almeja se cerraron y todo se quedó en silencio.

Se ha hablado mucho contra el positivismo de las ciudades. Es una plaga que se esconde entre el lujo y el brillo de la cultura. Y va comiendo poco a poco las bases morales de la sociedad. Pero hay una plaga más terrible: el positivismo de las aldeas. Convierte en piedra a millones de personas. Mata en ellas toda ambición noble. Las encierra en una vida mecánica, bruta y oscura. En nuestras sociedades hay enemigos muy terribles. Por ejemplo, la especulación y los préstamos para ganar mucho dinero. O el hombre culto que solo piensa en el dinero, y los negocios. Pero por encima de todos ellos hay un monstruo que hace más daño que ninguno, en silencio: la codicia del aldeano. Para el aldeano con codicia no hay ley moral ni religión. Tampoco tiene ideas claras sobre el bien. En su alma, todo eso se mezcla con supersticiones y cálculos groseros. Así forma un conjunto que nadie puede explicar. Detrás de una inocencia falsa, se esconde una manera oscura de hacer cuentas. Es más aguda y más lista que todo lo que inventaron los mejores matemáticos. Hay aldeanos que toman gusto a las monedas de cobre. Sueñan con cambiarlas por plata, y después la plata por oro. Un aldeano así es la bestia más baja que se puede imaginar. Porque tiene toda la malicia y toda la astucia del hombre. Y tiene además una sequedad de sentimientos que da miedo. Su alma se va haciendo cada vez más pequeña y dura. Al final no es más que una máquina de medir cantidades. La ignorancia, la vida ruda y la miseria completan esta pieza horrible. Por eso no puede esconder lo vacío que está por dentro. Contando con los dedos, es capaz de convertir en números todo el orden moral, la conciencia y el alma entera.

La Señana y el señor Centeno habían sufrido mil angustias. Al fin habían encontrado su *pedazo de pan* en las minas de Socartes. Antes iban de feria en feria vendiendo pucheros. Ahora, con el trabajo de sus cuatro hijos, juntaban un buen jornal. En aquellos tiempos de las ferias, les habría parecido una fortuna de príncipes. Hay que decir algo sobre la inteligencia del señor Centeno. Según muchos, su cabeza era tan dura como el martillo-pilón de los talleres. No pasaba lo mismo con la Señana. Parecía una mujer muy lista y de mucha cabeza. Gobernaba toda la casa como el príncipe más sabio gobernaría sus Estados. Ella se quedaba tranquilamente con el jornal de su marido y de sus hijos, que era una buena suma. Cada vez que cobraban, le parecía que entraba por la puerta de su casa el mismo Jesús Sacramentado. Tanto era el gusto que le daba ver las monedas.

Con las manos de sus hijos, la Señana iba haciendo una fortuna. Pero a cambio les daba muy pocas comodidades. Ellos no se quejaban de la miseria humillante en que vivían. Nunca mostraban deseos de ser libres. Tampoco deseaban una vida mejor y más digna de seres inteligentes. Por eso la Señana dejaba pasar los días. Pasaron muchos antes de que sus hijas durmieran en camas. Y muchísimos más antes de que cubrieran sus cuerpos jóvenes y fuertes con vestidos decentes. Les daba de comer poco y siempre a las mismas horas. En esto seguía las reglas de salud que estaban de moda. Pero en su casa la comida era triste. Era como el pienso de los animales, pero dado a seres humanos.

Y en cuanto al alimento del espíritu, la Señana estaba muy segura de una cosa. Su marido había leído mucho y sabía muchas cosas. Con eso, creía ella, la familia ya era sapientísima. Por eso no quiso llenar la cabeza de sus hijos con las viejas enseñanzas de la escuela. Los mayores sí fueron a la escuela. Pero el más pequeño se libró de los maestros. Vivía metido doce horas al día en el trabajo de las minas, que embrutece a las personas. Y así toda la familia navegaba, ancha y tranquila, por el inmenso mar de la estupidez.

Las dos chicas, Mariuca y Pepina, tenían sus encantos. Los principales eran su juventud y su fuerza. Una de ellas leía sin dificultad; la otra, no. Sobre el mundo, algo sabían, como es fácil de entender. Trabajaban entre un alegre grupo de chicas de distintas edades y lugares. Hacían un trabajo mecánico y podían hablar todo lo que querían. Mariuca y Pepina tenían mucho pecho. Eran muy derechas, fuertes y altas, como amazonas. Llevaban falda corta, y se les veía media pantorrilla y el pie descalzo y carnoso. Sus cabezas rudas podrían haber sostenido el techo de un templo, como las estatuas de mujeres de Caria. El polvillo de la calamina las teñía de los pies a la cabeza, como a todos los mineros. Por eso parecían enormes figuras de barro sin cocer.

Tanasio era un hombre apático. No tenía carácter ni ambición, y eso lo hacía parecer casi idiota. Había vivido encerrado en las cuadras desde niño. No conocía las travesuras, ni los problemas, ni el placer, ni la pena. Aquel joven ya había nacido preparado para ser una máquina. Y poco a poco se había convertido en la herramienta más bruta. Si un día un ser así tuviera una idea propia, cambiaría el orden admirable de todas las cosas. Porque, según ese orden, ninguna piedra puede pensar.

La madre gobernaba a toda la familia. Los hijos la obedecían de forma absoluta, y la Señana los dominaba como una reina. El único que a veces mostraba señales de rebelión era el pequeño. La Señana tenía poca inteligencia. No comprendía aquel deseo diabólico de dejar de ser piedra. ¿Es que había una vida más feliz y más ejemplar que la de las rocas? No, ella no admitía que se cambiara por otra. Ni siquiera por la de un canto rodado. Y la Señana quería a sus hijos. ¡Pero hay tantas maneras de querer! Ella los ponía por encima de todo, pero con unas condiciones. Tenían que trabajar siempre en las minas. Tenían que juntar todos sus jornales en un solo montón. Tenían que obedecerla ciegamente. No podían tener ambiciones locas, ni querer lucir ropa bonita. No podían casarse antes de tiempo, ni aprender diabluras, ni meterse en sabidurías. Porque los pobres —decía ella— siempre tenían que ser pobres y portarse como pobres. No tenían que querer hablar como los ricos y la gente de la ciudad. Esa gente estaba toda comida de vicios y podrida de pecados.

Hemos descrito cómo trataban a los hijos en casa de Centeno. Así se puede comprender cómo tratarían a la Nela. Ella era una criatura abandonada, sola e inútil, que no podía ganar un jornal. No tenía pasado ni futuro, ni familia, ni esperanza, ni personalidad. No tenía derecho a nada, solo a la comida. Y la Señana se la daba. Estaba completamente segura de que su generosidad era casi heroica. Muchas veces, al llenar el cuenco de la Nela, se decía a sí misma:

—¡Qué bien me gano mi puestecico en el cielo!

Y lo creía como si lo dijera el Evangelio. En su cabeza cerrada no entraban, ni podían entrar, otras ideas sobre la santa práctica de la caridad. No comprendía una cosa. Una palabra cariñosa, una caricia, un trato delicado y lleno de amor valen mucho más. Con ellos, el pequeño olvida que es pequeño, y el miserable olvida su miseria. Eso es mucho más heroico que dar las sobras de una mala comida. ¿Es que al gato no se le daba lo mismo? Y el gato, por lo menos, oía las palabras más tiernas. La Nela nunca oyó que la llamaran *michita* ni *monita*. Nunca le dijeron *re-preciosa*. Nunca oyó ninguna de las palabras dulces y cariñosas que le decían al gato.

Nunca le hicieron entender a la Nela que había nacido de una persona, como los demás de la casa. Nunca la castigaron. Pero ella entendía por qué. No era porque la apreciaran. Era por una lástima llena de desprecio, porque su cuerpo era tan pequeño y débil. Nunca le hicieron entender que tenía un alma capaz de dar ricos frutos, si alguien la cuidaba bien. Tampoco le dijeron que tenía, como todos los mortales, una chispa del saber eterno. Esa chispa se llama inteligencia humana. Y de ella podían salir infinitas luces y un fuego bueno para todos. Era muy pequeña, pero llevaba dentro una semilla. Era la semilla de todos los sentimientos nobles y delicados. Nunca se lo hicieron entender. Aquellos brotes pequeñitos podían ser flores hermosísimas y llenas de vida. Solo necesitaban una simple mirada de vez en cuando. Nunca le hicieron entender que tenía derecho a ciertas atenciones. La Naturaleza la había hecho débil, y por eso tenía ese derecho. Los fuertes, los sanos y los que tienen padres y casa propia pueden vivir sin esas atenciones. Pero, según la ley cristiana, les corresponden al inválido, al pobre, al huérfano y al que no tiene nada.

Al contrario, todo le demostraba que ella era como un canto rodado. Una piedra así ni siquiera tiene una forma propia. Solo tiene la forma que le dan el agua que la arrastra y las patadas del hombre que la desprecia. Todo le demostraba que en la casa ella valía menos que el gato. Al gato le acariciaban el lomo con muchísimo cariño. Y valía menos que el mirlo que saltaba en su jaula.

Por lo menos, del gato y del mirlo nunca dijeron, con cruel compasión: «Pobrecita, mejor le habría ido si se hubiera muerto».

### Glosario

- **capataz / capataces**: jefe o jefes de un grupo de trabajadores.
- **estorbo**: cosa o persona que molesta y no sirve.
- **avellano**: árbol pequeño que da avellanas; con sus ramas se hacen cestas.
- **garrotes**: palabra de la región para las cestas grandes de ramas de avellano.
- **becerro**: toro o vaca muy joven.
- **Duerme como una alhaja**: juego de palabras: una joya se guarda en una caja (estuche); la Nela duerme en una cesta como una joya en su caja.
- **refajo**: falda gruesa que las mujeres del campo llevaban debajo o encima de otra.
- **real / duro / peseta / cuarto**: monedas antiguas de España (un duro valía cinco pesetas; un cuarto era muy poco dinero).
- **hombre de provecho / hombre de pesquis**: hombre útil y con éxito / hombre listo, con buena cabeza.
- **cartilla**: librito para aprender a leer.
- **jornal**: dinero que gana un trabajador por cada día de trabajo.
- **¡Córcholis!**: exclamación de sorpresa o enfado, como "¡caramba!".
- **positivismo**: aquí, pensar solo en el dinero y en las cosas prácticas.
- **codicia**: deseo muy fuerte de tener dinero.
- **canto rodado**: piedra redonda y lisa que el agua del río ha ido gastando.
- **sacerdotisas de Baco**: mujeres que servían a Baco, el dios del vino de los antiguos romanos; en sus fiestas andaban como borrachas.
- **ronquido**: ruido fuerte que hacen algunas personas al respirar cuando duermen.
- **bostezo**: cuando se abre mucho la boca porque se tiene sueño.
- **almeja**: animal pequeño del mar que vive entre dos conchas que se abren y se cierran.
- **fantesía**: así dice Celipín "fantasía" (imaginación).

## V. Trabajo. Paisaje. Figura

Los hornos habían estado despiertos toda la noche, respirando con un ruido ronco. Al amanecer, las espirales más lejanas de su humo se volvieron un poco de color de plata. Una luz alegre apareció en el horizonte, detrás de los montes. Poco a poco salieron de la sombra los cerros que rodean Socartes. Después aparecieron los enormes taludes de tierra roja y los edificios negros. La campana del establecimiento gritó con voz aguda: «Al trabajo». Entonces cien hombres con sueño salieron de las casas, de las cabañas, de las chozas y de los agujeros. Las puertas chirriaban. De las cuadras salían despacio las mulas, y se iban solas a beber al abrevadero. Poco antes, el establecimiento parecía una casa de muertos, iluminada por la luz infernal de los hornos. Ahora se despertaba y movía sus miles de brazos.

El vapor empezó a hacer ruido en las calderas de la gran máquina. Esta máquina movía al mismo tiempo los aparatos de los talleres y las máquinas de lavado. El agua tenía un papel muy importante en el lavado. Empezó a correr por unos tubos altos, y desde allí saltaba sobre los cilindros. Antes del trabajo se oyeron las risotadas de las mujeres y los gritos de los hombres, que parecían ladridos. Los hombres venían de tomar su copa de la mañana. Al fin empezaron a girar las cribas, que eran cilindros, con un grito agudo e infernal. El agua corría de una a otra y se deshacía en gotas finísimas. La tierra sucia daba vueltas sin parar, como si sufriera. Rodaba y caía de rueda en rueda, hasta convertirse en un polvo fino, del color del chocolate. Aquello sonaba como mil mandíbulas de dientes flojos que masticaran arena. Por su movimiento, que mareaba, parecía un molino. Por los juegos de la luz, del agua y de la tierra, parecía un caleidoscopio. Por el ruido, parecía un sonajero enorme, hecho de muchísimos trastos. Nadie podía mirar sin sentir vértigo aquellas vueltas sin fin. Era como una madeja infinita de hilos de agua. Unas veces los hilos eran claros y transparentes; otras veces, rojos por la arcilla de hierro. Solo una cabeza acostumbrada podía mirar aquel combate feroz. Mil ruedas con dientes se mordían unas a otras sin parar. Los ganchos se cruzaban y también se mordían. Los tornillos, al girar, se quejaban con tristeza y pedían aceite.

El lavado estaba al aire libre. Las correas de transmisión llegaban, con mucho ruido, desde la sala de la máquina. Otras correas empezaron a moverse. Entonces se oyó un golpe que se repetía siempre igual, un compás terrible. Parecían los pasos de un gigante, o un golpe violento del corazón dentro de la madre tierra. Era el gran martillo-pilón del taller, que había empezado a trabajar. Su golpe formidable deshacía el hierro como si fuera una masa blanda. Las ruedas, los ejes y los raíles nos parecen eternos porque son muy duros. Pero bajo el martillo empezaban a perder su forma. Se torcían y hacían gestos, como caras tristes. El martillo daba golpes iguales y creaba formas nuevas. Eran tan duras como las formas de las rocas, que son el trabajo lento de los siglos. Sí, las obras de la fuerza se parecen mucho a las obras de la paciencia.

Había unos hombres negros que parecían carbón hecho persona. Se reunían alrededor de los objetos de fuego que salían de las fraguas. Los cogían con las tenazas, que eran como unos dedos más largos y ardientes. Y así los trabajaban. ¡Qué escultura tan extraña! Su genio era el fuego, y su cincel era el martillo. Allí arreglaban las ruedas y los ejes de miles de vagonetas. También arreglaban las piezas rotas de las máquinas de lavado. Y allí se hacían los picos, las azadas y las carretillas. Al fondo del taller, las sierras hacían chillar la madera. El mismo hierro, educado para el trabajo por el fuego, rompía las fibras generosas del árbol. Y ese árbol había sido arrancado a la tierra.

Fuera, también habían atado ya las mulas a los largos trenes de vagonetas. Se las veía pasar. Unas arrastraban tierra inútil para echarla en los taludes. Otras llevaban mineral al lavadero. Aquellos trenes largos parecían reptiles. Se cruzaban unos con otros y nunca chocaban. Entraban por la boca de las galerías. Entonces se parecían de verdad a esos animales de piel lisa y mojada que viven en las grietas húmedas. Y cuando una mula rebelde relinchaba en la oscuridad del túnel, parecía que unos lagartos discutían chillando. Allá al fondo, en los valles más lejanos, cientos de hombres golpeaban la tierra con picos. Querían arrancarle, pedazo a pedazo, su tesoro. Ellos eran los escultores de aquellas figuras enormes y caprichosas. Las figuras seguían de pie, atentas y serias, en silencio. Miraban cómo el hombre entraba en los misteriosos mundos de la geología. Los mineros derribaban aquí, hacían agujeros allá, cavaban más lejos y arañaban en otra parte. Rompían la roca cretácea. Deshacían las bonitas láminas de pizarra. Despreciaban la caliza con arcilla. Apartaban la limonita y el oligisto. Destrozaban la preciosa dolomía. Lo revolvían todo sin parar, hasta encontrar el silicato de zinc, esa plata de Europa. Con este mineral se hacen las cacerolas. Pero no por eso deja de ser una gran fuente de bienestar y de civilización. Sobre él, Bélgica ha levantado la bandera de su grandeza moral y política. ¡Oh! La hojalata también tiene su epopeya.

El cielo estaba despejado. El sol echaba libremente sus rayos, y toda la gran propiedad de Socartes brilló de pronto con un tono rojo. Rojas eran las rocas que parecían esculturas. Rojo era el mineral precioso. Roja era la tierra inútil amontonada en los largos taludes, que parecían murallas de Babilonia. Rojo era el suelo, rojos los raíles y los vagones, roja toda la maquinaria y roja el agua. Rojos eran también los hombres y las mujeres que trabajaban por todo Socartes. Todo tenía el mismo color fuerte de ladrillo, con pequeños cambios: la tierra y las casas, el hierro y la ropa. Las mujeres que lavaban parecían un grupo de ninfas extrañas, hechas de barro crudo de hierro. Valle abajo, hacia el río, corría un arroyo de agua roja. Parecía el sudor de aquel gran trabajo de hombres y máquinas, de hierro y de músculos.

La Nela salió de su casa. Ella no trabajaba en las minas, pero también estaba un poco teñida de rojo, porque el polvo de la tierra de calamina no perdona a nadie. Llevaba en la mano un trozo de pan duro. Se lo había dado la Señana para desayunar. Se lo comía mientras andaba deprisa. No se distraía con nada; iba seria y pensativa. Pronto dejó atrás los edificios. Subió el plano inclinado y luego la escalera abierta en la tierra. Así llegó a las casas del barrio de Aldeacorba.

La primera casa era una vivienda preciosa de familia noble. Era grande, sólida y alegre, y la habían arreglado y pintado hacía poco. Tenía muros de piedra contra el fuego, aleros tallados y un gran escudo rodeado de hojas de granito. Pero a aquella casa antes le podía faltar el escudo que la parra. Las ramas de la parra, llenas de hojas, parecían un bigote en su sitio de la cara. Las dos ventanas eran los ojos, el escudo era la nariz y el largo balcón era la boca, siempre riendo. Del balcón salía una viga para sujetar la cuerda de tender la ropa. Con ella, la cara de la casa parecía fumarse un puro. Así la casa era una persona completa. Su tejado tenía forma de gorra de soldado. Tenía una ventana de buhardilla que parecía una borla. La chimenea solo podía ser una oreja. No hacía falta saber leer las caras para comprender una cosa. Aquella casa respiraba paz, bienestar y una conciencia tranquila.

Se entraba en la casa por un pequeño patio rodeado de tapias. A la derecha había una huerta bonita. Cuando la Nela entró, salían las vacas hacia el prado. Ella cambió algunas palabras con el gañán. Era un mocetón formidable... de unas tres cuartas de alto y diez años de edad... Después se dirigió a un señor. Era gordo, con bigote, de pelo medio gris y cara roja. Tenía un rostro simpático y una mirada amable. Parecía mitad soldado y mitad campesino. Iba en mangas de camisa, con tirantes. Llevaba al aire, hasta el codo, sus brazos fuertes y peludos. Antes de que la muchacha hablara, el señor de los tirantes se volvió hacia dentro de la casa y dijo:

—Hijo mío, aquí tienes a la Nela.

De la casa salió un joven. Parecía una estatua hecha del mejor barro humano. Era serio y derecho. Tenía la cabeza inmóvil y los ojos clavados y fijos, como las lentes que se ponen en un escaparate. Su cara parecía de marfil, con unas líneas muy finas. Su piel era suave como la de una muchacha, pero su cara era muy varonil. Todas sus facciones tenían una perfección soberana. Eran como las estatuas que hicieron los griegos hace miles de años. Hasta sus ojos eran hermosísimos, grandes y alargados. Pero eran ojos de estatua, porque no veían. Su mirada fija les quitaba belleza. También les quitaba belleza la idea de que detrás de esa mirada estaba la noche. A esa cara le faltaba el don que da a las personas casi toda su expresión. Era el rostro de un Antinoo ciego. Tenía la fría serenidad del mármol. El genio y el cincel habían convertido aquel mármol en estatua. Y la fuerza de la vida lo había convertido en persona. Un soplo, un rayo de luz, una sensación bastarían para dar vida a aquella piedra hermosa. Ya tenía toda la belleza de la forma. Solo le faltaba saber que era bello. Y eso solo se sabe cuando uno puede conocer la belleza de fuera.

Parecía tener veinte años. Su cuerpo era sólido y elegante, de proporciones admirables. Era digno en todo de aquella cabeza sin igual. Nunca se vio un error más triste de la Naturaleza. Aquel joven era un modelo perfecto de la forma humana. Por un lado, había recibido dones admirables. Por otro lado, le faltaba el sentido que más une al hombre con los demás. Es el sentido que más nos une también con el maravilloso conjunto de todo lo creado. El error era tan grande que esos dones quedaban casi inútiles. Era como si el Creador, al hacer todas las cosas, las hubiera dejado a oscuras. Así no podrían disfrutar de su propia belleza. Y para que la imperfección se notara más —¡ira de Dios!—, el joven había recibido una luz interior extraordinaria. Tenía una inteligencia de primer orden. Tenía todo esto, pero no podía percibir la idea visible, que es la forma. Era divino como un ángel, hermoso como un hombre y ciego como un vegetal. Ciertamente, era algo muy duro. ¡Ay!, no comprendemos el secreto de estos errores horribles. Si lo comprendiéramos, se abrirían para nosotros las puertas de los primeros misterios del mundo moral y del mundo físico. Comprenderíamos el inmenso misterio de la desgracia, del mal y de la muerte. Y podríamos medir la sombra eterna que sigue siempre al bien y a la vida.

Don Francisco Penáguilas, el padre del joven, era un hombre más que bueno: era excelente. Era muy prudente, bondadoso, amable, honrado y generoso, y tenía bastante cultura. Nadie lo odió nunca. Era el más respetado de todos los labradores ricos de la región. Más de un problema se arregló gracias a la ayuda, siempre inteligente, del *señor de Aldeacorba de Suso*. Había nacido en la casa donde lo acabamos de ver. De joven había estado en América. Volvió a España sin fortuna y entró a servir en la Guardia civil. Después se retiró a su pueblo natal y se dedicó a cultivar la tierra y a criar ganado. Allí heredó una fortuna mediana. Y en el tiempo de nuestra historia, acababa de heredar otra muy grande.

Su esposa era andaluza y había muerto muy joven. Le dejó un solo hijo. Desde que nació, a este hijo le faltaba del todo el más precioso de los sentidos. Esta fue la pena más fuerte que amargó la vida del buen padre. ¿Qué le importaba reunir riquezas? ¿Qué le importaba ver que la suerte le ayudaba y sonreía en su casa? ¿Para quién era todo eso? Era para alguien que no podía ver las vacas gordas, ni los prados alegres. No podía ver los graneros llenos, ni la huerta cargada de fruta. Don Francisco le habría dado sus propios ojos a su hijo, aunque él se quedara ciego toda la vida. Pero en el mundo que conocemos, esa clase de regalo no es posible. Por eso don Francisco solo podía hacer una cosa con su noble deseo. Le daba al pobre joven todo lo que podía hacer más agradable su oscuridad. Le daba todos los cuidados, todos los mimos y todas las atenciones. Esos secretos son de las madres, y a veces de los padres, cuando falta la madre. Nunca le negaba nada que le sirviera de consuelo o de diversión, siempre que fuera honesto y moral. Lo entretenía con cuentos y lecturas. Lo trataba con mucho cuidado. Se ocupaba de su salud, de sus placeres honestos, de su instrucción y de su educación cristiana, porque el señor de Penáguilas, que era un poco severo en sus principios, decía: «No quiero que mi hijo sea ciego dos veces».

Lo vio salir con la Nela, y les dijo con cariño:

—No os alejéis mucho hoy. No corráis.... Adiós.

Los miró desde la portalada hasta que dieron la vuelta a la tapia de la huerta. Después entró en casa, porque tenía que hacer varias cosas. Tenía que escribir una nota a su hermano Manuel, ordeñar una vaca y podar un árbol. También quería ver si la gallina pintada había puesto un huevo.

### Glosario

- **talud**: cuesta muy inclinada de tierra.
- **chirriaban**: hacían un ruido agudo y desagradable, como el de una puerta vieja.
- **abrevadero**: lugar con agua donde beben los animales.
- **risotadas**: risas muy fuertes y ruidosas.
- **criba**: aparato con agujeros que separa la tierra fina de las piedras.
- **caleidoscopio**: tubo con espejos y cristalitos de colores que forman figuras que cambian.
- **vértigo**: sensación de que todo da vueltas y uno se va a caer.
- **martillo-pilón**: martillo enorme movido por una máquina que golpea el hierro.
- **raíles**: barras de hierro sobre las que van los trenes.
- **fragua**: fuego muy fuerte donde se calienta el hierro para trabajarlo.
- **tenazas**: herramienta de hierro para coger cosas muy calientes.
- **vagonetas**: vagones pequeños y abiertos para llevar tierra o mineral.
- **ladridos**: la voz del perro.
- **tornillos**: piezas pequeñas de metal con forma de espiral, que giran para unir otras piezas.
- **azadas / carretillas**: herramientas: la azada sirve para cavar la tierra; la carretilla es un carro pequeño de una rueda que se empuja con las manos.
- **reptiles / lagartos**: animales de sangre fría que se arrastran por el suelo, como la serpiente; el lagarto es pequeño, con cuatro patas y una cola larga.
- **relinchaba**: hacía su voz el caballo o la mula.
- **epopeya**: historia grande y heroica.
- **gañán**: chico o mozo que trabaja en el campo para un amo.
- **tres cuartas de alto**: muy bajo; una cuarta es lo que mide una mano abierta.
- **tirantes**: cintas que pasan por los hombros y sujetan los pantalones.
- **portalada**: puerta grande que da entrada al patio de una casa.

## VI. Tonterías

Pablo y Marianela salieron al campo. Delante iba Choto, que iba y volvía, alegre y saltando. Movía la cola y repartía por igual sus caricias entre su amo y el lazarillo de su amo.

—Nela —dijo Pablo—, hoy está el día muy hermoso. El aire es suave y fresco, y el sol calienta sin quemar. ¿Adónde vamos?

—Iremos por estos prados adelante —respondió la Nela.

Y metió la mano en uno de los bolsillos de la americana del joven.

—¿A ver qué me has traído hoy?

—Busca bien y encontrarás algo —dijo Pablo riendo.

—¡Ah, Madre de Dios! Chocolate crudo... ¡y poco que me gusta el chocolate crudo!... Nueces... Una cosa envuelta en un papel... ¿Qué es? ¡Ah! ¡Madre de Dios!, un dulce.... ¡Dios Divino!, ¡pues a fe que me gusta poco el dulce! ¡Qué rico está! En mi casa nunca se ven estas comidas ricas, Pablo. Nosotros no gastamos lujo en el comer. Es verdad que tampoco lo gastamos en el vestir. En resumen, no lo gastamos en nada.

—¿Adónde vamos hoy? —repitió el ciego.

—Adonde quieras, niño de mi corazón —contestó la Nela. Se estaba comiendo el dulce, y tiró el papel que lo envolvía—. Pide por esa boca, rey del mundo.

Los pequeños ojos negros de la Nela brillaban de alegría. Su cara era como la de un pájaro gracioso y vivo. Se movía sin parar y expresaba mil cosas. Al mirarla, parecía que se veían reflejos temblorosos, como los de la luz sobre el agua que se mueve. Era una criatura débil. Su alma parecía apretada y encerrada dentro de un cuerpo miserable. Pero cuando estaba sola con su amo y amigo, esa alma se abría y crecía de forma maravillosa. A su lado, la Nela era natural, aguda, sensible, graciosa, simpática y llena de fantasía. Al separarse de él, parecía que se cerraban sobre ella las negras puertas de una prisión.

—Pues yo digo que iremos adonde tú quieras —dijo el ciego—. Me gusta obedecerte. Si te parece bien, iremos al bosque que está más allá de Saldeoro. Esto, si te parece bien.

—Bueno, bueno, iremos al bosque —exclamó la Nela, dando palmas—. Pero como no tenemos prisa, nos sentaremos cuando estemos cansados.

—Aquel sitio de la fuente es muy agradable, ¿sabes, Nela? Allí hay unos troncos muy grandes. Parece que alguien los puso allí para que nos sentemos nosotros. Y se oye cantar a tantos, tantísimos pájaros, que aquello es la gloria.

—Pasaremos por el molino. Tú dices que ese molino habla, y que masculla las palabras como un borracho. ¡Ay, qué día tan hermoso y qué contenta estoy!

—¿Brilla mucho el sol, Nela? Aunque me digas que sí, no lo entenderé, porque no sé lo que es brillar.

—Brilla mucho, sí, señorito mío. ¿Y a ti qué te importa eso? El sol es muy feo. No se le puede mirar a la cara.

—¿Por qué?

—Porque duele.

—¿Qué duele?

—La vista. ¿Qué sientes tú cuando estás alegre?

—¿Cuando estoy libre, contigo, los dos solos en el campo?

—Sí.

—Pues siento que me nace dentro del pecho una frescura, una suavidad dulce....

—¡Ahí te quiero ver! ¡Madre de Dios! Pues ya sabes cómo brilla el sol.

—Con frescura.

—No, tonto.

—¿Pues con qué?

—Con eso.

—Con eso... ¿y qué es eso?

—Eso —repitió la Nela, muy convencida.

—Ya veo que esas cosas no se pueden explicar. Antes yo me hacía una idea del día y de la noche. ¿Cómo? Verás: era de día cuando la gente hablaba. Era de noche cuando la gente se callaba y cantaban los gallos. Ahora no hago las mismas comparaciones. Es de día cuando estamos juntos tú y yo. Es de noche cuando nos separamos.

—¡Ay, divina Madre de Dios! —exclamó la Nela. Y se echó hacia atrás los mechones de pelo que le caían sobre la frente—. A mí, que tengo ojos, me parece lo mismo.

—Voy a pedirle a mi padre que te deje vivir en mi casa. Así no te separarás de mí.

—¡Bien, bien! —dijo María, dando palmas otra vez.

Mientras lo decía, se adelantó unos pasos saltando. Se recogió las faldas con mucha gracia y empezó a bailar.

—¿Qué haces, Nela?

—¡Ah!, niño mío, estoy bailando. Mi alegría es tan grande que me han entrado ganas de bailar.

Pero tuvieron que saltar una pequeña cerca, y la Nela le dio la mano al ciego.

Después de pasar aquel obstáculo, siguieron por un camino estrecho. Sus dos paredes sencillas, de campo, estaban cubiertas de hiedra fresca y de espinos. La Nela apartaba las ramas para que no le arañaran la cara a su amigo. Bajaron un largo trecho. Luego subieron una cuesta entre castaños y nogales llenos de hojas. Al llegar arriba, Pablo le dijo a su compañera:

—Si no te parece mal, sentémonos aquí. Oigo pasos de gente.

—Son los aldeanos que vuelven del mercado de Homedes. Hoy es miércoles. El camino real está delante de nosotros. Sentémonos aquí antes de entrar en el camino real.

—Es lo mejor que podemos hacer. Choto, ven aquí.

Los tres se sentaron.

—¡Pero si esto está lleno de flores! —dijo la Nela—. ¡Madre, qué guapas!

—Cógeme un ramo. No las veo, pero me gusta tenerlas en la mano. Me parece que las oigo.

—Eso sí que es gracioso.

—Cuando las tengo en la mano, me parece que me dan a entender que son bonitas. No puedo decirte cómo. Dentro de mí hay una cosa que les responde. No puedo decirte qué es. ¡Ay, Nela! Me parece que por dentro yo veo algo.

—¡Oh, sí, lo entiendo! Es que todo lo tenemos dentro. El sol, la hierba, la luna y el cielo grande y azul, siempre lleno de estrellas... Todo, todo lo tenemos dentro. Quiero decir que fuera hay cosas divinas, y que nosotros llevamos otras dentro. Y nada más.... Aquí tienes una flor, otra, otra... seis. Todas son distintas. ¿A que no sabes tú lo que son las flores?

—Pues las flores —dijo el ciego, un poco confuso, y se las acercó a la cara— son... algo así como pequeñas sonrisas que echa la tierra.... La verdad, no sé mucho de plantas.

—¡Madre Divinísima, qué poca ciencia! —exclamó María, y acarició las manos de su amigo—. Las flores son las estrellas de la tierra.

—¡Vaya disparate! ¿Y qué son las estrellas?

—Las estrellas son las miradas de los que se han ido al cielo.

—Entonces las flores....

—Son las miradas de los que se han muerto y todavía no han ido al cielo —dijo la Nela, segura y seria como un doctor—. A los muertos los entierran en la tierra. Allá abajo no pueden estar sin echar una miradita a la tierra. Por eso echan de sí una cosa que sube con forma de flor. Cuando en un prado hay muchas flores, es porque allí... hace mucho tiempo, enterraron a muchos muertos.

—No, no —contestó Pablo con seriedad—. No creas esas tonterías. Nuestra religión nos enseña que el espíritu se separa de la carne y que la vida mortal se acaba. Lo que se entierra, Nela, son solo restos. Es un barro inútil que no puede pensar, ni sentir, ni tampoco ver.

—Eso lo dirán los libros. Y la Señana dice que los libros están llenos de mentiras.

—Eso lo dicen la fe y la razón, querida Nela. Tu imaginación te hace creer mil errores. Poco a poco yo los iré destruyendo. Y tendrás ideas buenas sobre todas las cosas de este mundo y del otro.

—¡Ay, ay, mira el doctorcillo de tres por un cuarto!... Ya... ¡como cuando quisiste hacerme creer que el sol está quieto y que la tierra da vueltas!... ¡Cómo se nota que no lo ves! ¡Madre del Señor! Que me muera ahora mismo si la tierra no está más quieta que una roca. Y el sol corre y corre sin parar. Señorito mío, no te las des de tan sabio. Yo he pasado muchas horas, de noche y de día, mirando al cielo. Y sé cómo funciona toda esa máquina.... La tierra está abajo, toda llena de islitas grandes y pequeñas. El sol sale por allá y se esconde por allí. Es el palacio de Dios.

—¡Qué tonta!

—¿Y por qué no va a ser así? ¡Ay! Tú no has visto el cielo en un día claro. Hijito, parece que llueven bendiciones.... Yo no creo que pueda haber gente mala. No, no puede haberla, si miran hacia arriba y ven ese ojazo que nos está mirando.

—Tu fe, querida Nelilla, está llena de supersticiones. Yo te enseñaré ideas mejores.

—A mí no me han enseñado nada —dijo María con inocencia—. Pero yo, pensando y pensando, he sacado de mi cabeza muchas cosas que me consuelan. Cuando se me ocurre una buena idea, digo: «Esto debe de ser así, y no de otra manera». Por las noches, cuando vuelvo sola a casa, voy pensando en qué será de nosotros cuando muramos. Y pienso en lo mucho que nos quiere a todos la Virgen Santísima.

—Nuestra madre amorosa.

—¡Nuestra madre querida! Yo miro al cielo y la siento encima de mí. Es como cuando nos acercamos a una persona y sentimos el calorcito de su respiración. Ella nos mira de noche y de día por medio de... no te rías... por medio de todas las cosas hermosas que hay en el mundo.

—¿Y esas cosas hermosas...?

—Son sus ojos, tonto. Lo comprenderías bien si tuvieras los tuyos. Quien no ha visto una nube blanca, un árbol, una flor, el agua que corre, un niño, el rocío, un corderito... Quien no ha visto la luna, que se pasea tan guapa por el cielo... Y las estrellas, que son las miradas de los buenos que se han muerto....

—Mal podrán ir allá arriba si se quedan debajo de la tierra echando flores.

—¡Mirad qué sabihondo! Se quedan abajo mientras se limpian de pecados. Después suben volando. La Virgen los espera. Sí, créelo, tonto. Las estrellas, ¿qué pueden ser sino las almas de los que ya se han salvado? ¿Y no sabes tú que las estrellas bajan? Pues yo, yo misma, las he visto caer así, así, haciendo una raya. Sí, señor, las estrellas bajan cuando tienen que decirnos alguna cosa.

—¡Ay, Nela! —exclamó Pablo con viveza—. Tus disparates son muy grandes, pero me encantan y me fascinan, porque muestran la inocencia de tu alma y la fuerza de tu fantasía. Todos esos errores nacen de una gran facilidad para conocer la verdad. Tienes una capacidad poderosa. Sería maravillosa si te ayudaran la razón y la educación.... Tienes que conseguir un don precioso que yo no tengo. Tienes que aprender a leer.

—¡A leer!... ¿Y quién me va a enseñar?

—Mi padre. Le pediré a mi padre que te enseñe. Ya sabes que él no me niega nada. ¡Qué lástima tan grande que vivas así! Tu alma está llena de tesoros preciosos. Tienes una bondad sin igual y una fantasía que encanta. Dios te dio una parte muy grande de todo lo que Él tiene. Lo sé bien. No veo lo de fuera, pero veo lo de dentro. Todas las maravillas de tu alma se me han mostrado desde que eres mi lazarillo... ¡Hace año y medio! Parece que nuestros paseos empezaron ayer.... No, hace miles de años que te conozco. ¡Porque hay una relación tan grande entre lo que tú sientes y lo que yo siento!... Ahora has dicho mil disparates. Y yo, que conozco algo de la verdad sobre el mundo y la religión, me he emocionado al oírte. Me parece que hablas dentro de mí.

—¡Madre de Dios! —exclamó la Nela, cruzando las manos—. ¿Tendrá eso algo que ver con lo que yo siento?

—¿Qué sientes?

—Que estoy en el mundo para ser tu lazarillo. Y que mis ojos no servirían para nada si no sirvieran para guiarte y para decirte cómo son todas las hermosuras de la tierra.

El ciego levantó el cuello de repente, muy vivo. Extendió las manos hasta tocar el cuerpecito de su amiga, y exclamó con ansia:

—Dime, Nela, ¿y cómo eres tú?

La Nela no dijo nada. Había recibido una puñalada.

### Glosario

- **lazarillo**: persona, muchas veces un niño, que guía a un ciego.
- **americana**: chaqueta de hombre.
- **dar palmas**: golpear una mano contra la otra por alegría.
- **mascullar**: hablar entre dientes, sin que se entiendan bien las palabras.
- **camino real**: camino principal y ancho entre pueblos.
- **disparate**: cosa sin sentido, tontería grande.
- **doctorcillo de tres por un cuarto**: persona que se cree muy sabia pero vale poco (un cuarto era una moneda de muy poco valor).
- **superstición**: creencia sin razón en cosas mágicas.
- **sabihondo**: persona que presume de saber mucho.
- **puñalada**: golpe con un cuchillo; aquí, un dolor muy fuerte en el alma.

## VII. Más tonterías

Ya habían descansado. Siguieron adelante y llegaron a la entrada del bosque que hay más allá de Saldeoro. Se detuvieron entre un grupo de viejos nogales. Sus troncos y sus raíces formaban en el suelo una serie de escalones. Tenían huecos y rincones cubiertos de musgo, muy buenos para sentarse. Ningún artista los habría hecho mejor. Desde lo alto del bosque bajaba un hilo de agua, saltando de piedra en piedra. Al final, cansado, caía en un pequeño estanque. Ese estanque guardaba el agua para el chorro de la fuente de los vecinos. Delante, el suelo bajaba poco a poco. Desde allí se veía un panorama grandioso. Había colinas verdes con bosques y caseríos. Había prados llanos donde pastaban tranquilas, de un lado a otro, cientos de vacas. Al fondo había dos cerros lejanos y orgullosos, que eran el límite de la tierra. Entre ellos se veía un largo trozo de mar, de un azul purísimo. Al contemplar aquel paisaje, el alma descubría su relación con lo infinito.

Pablo se sentó en el tronco de un nogal y apoyó el brazo izquierdo en el borde del estanque. Levantaba la mano derecha para coger las ramas, que bajaban hasta tocarle la frente. A ratos, cuando se movían las hojas, un rayo de sol pasaba por su frente.

Después de un rato, el muchacho no oía los pasos de su compañera, ni su voz, ni su respiración.

—¿Qué haces, Nela? —dijo—. ¿Qué haces? ¿Dónde estás?

—Aquí —contestó la Nela, y le tocó el hombro—. Estaba mirando el mar.

—¡Ah! ¿Está muy lejos?

—Se ve allá, por los cerros de Ficóbriga.

—Es grande, grandísimo, ¿verdad? Tan grande que uno puede mirarlo todo un día sin terminar de verlo, ¿no es eso?

—Solo se ve un pedazo. Es como el pedazo que coges dentro de la boca cuando le das un mordisco a un pan.

—Ya, ya comprendo. Todos dicen que ninguna hermosura es igual a la del mar, por la sencillez que hay en él.... Oye, Nela, lo que voy a decirte.... ¿Pero qué haces?

La Nela se había agarrado con las dos manos a una rama del nogal. Se colgaba de ella y se balanceaba con gracia.

—Aquí estoy, señorito mío. Estaba pensando por qué Dios no nos dio alas a las personas, para volar como los pájaros. ¡Qué bonito sería hacer *zas*, subir y llegar de un vuelo a aquel pico! Está allá, entre Ficóbriga y el mar....

—Dios no nos ha dado alas. Pero, en cambio, nos ha dado el pensamiento, que vuela más que todos los pájaros. El pensamiento llega hasta el mismo Dios.... Dime tú, ¿para qué querría yo alas de pájaro, si Dios no me hubiera dado el pensamiento?

—Pues a mí me gustaría tener las dos cosas. Y si tuviera alas, te cogería en mi piquito. Te llevaría por esos mundos y te subiría a lo más alto de las nubes.

El ciego alargó la mano hasta tocar la cabeza de la Nela.

—Siéntate a mi lado. ¿No estás cansada?

—Un poquitín —contestó ella.

Se sentó y apoyó la cabeza en el hombro de su amo, con una confianza de niña.

—Respiras fuerte, Nelilla; estás muy cansada. Es de tanto volar.... Pues lo que te iba a decir es esto. Hablando del mar, me has recordado una cosa que mi padre me leyó anoche. Ya sabes que mi padre me lee libros todas las noches. Lo hace desde que yo era pequeño y empecé a usar la razón. Me lee libros de ciencia y de historia, de arte y de entretenimiento. Se puede decir que esas lecturas y estos paseos son toda mi vida. Para compensarme de la ceguera, Dios me dio una memoria feliz. Gracias a ella, he sacado algún provecho de las lecturas. Porque, aunque mi padre lee sin orden, yo, al final, he conseguido ordenar un poco las ideas que entraban en mi cabeza. ¡Qué placer tan grande siento al entender el orden admirable del Universo! Entiendo cómo ruedan los astros en armonía y cómo giran los átomos, tan pequeñitos. Y después entiendo las leyes que gobiernan nuestra alma, que son aún más admirables. También me ha gustado mucho la historia. La historia es un cuento verdadero de todo lo que los hombres han hecho antes. Y resulta, hija mía, que siempre han hecho las mismas maldades y las mismas tonterías. Pero tampoco han dejado nunca de mejorar. Se acercan todo lo posible a la perfección, aunque nunca llegan. Esa perfección solo la tiene Dios. Por último, mi padre me ha leído cosas sutiles y un poco profundas. No se pueden entender enseguida. Pero, cuando uno piensa en ellas, enamoran y te dejan admirado. A mi padre no le gustan esas lecturas, porque no las comprende. A mí a veces me han cansado, y otras veces me han encantado. Pero cuando encuentras un autor que sabe hablar con claridad, esas materias son preciosas. Tienen ideas sobre las causas y los efectos. Explican por qué pensamos lo que pensamos y cómo lo pensamos. Y enseñan la esencia de todas las cosas.

La Nela parecía no comprender ni una sola palabra de lo que decía su amigo. Pero escuchaba con mucha atención y con la boca abierta. Quería atrapar aquellas esencias y causas de las que hablaba su amo. Por eso abría el pico, como el pájaro que espera la mosca que quiere cazar.

—Pues bien —añadió él—, anoche mi padre leyó unas páginas sobre la belleza. El autor decía que la belleza era el resplandor de la bondad y de la verdad. Y decía muchas otras ideas ingeniosas. Estaban tan bien pensadas que daba gusto oírlas.

—Ese libro —dijo la Nela, que quería parecer entendida— no será como uno que tiene padre Centeno. Lo llaman... *Las mil y no sé cuántas noches*.

—No es eso, tontuela. Habla de la belleza en absoluto... ¿No entenderás esto de la belleza ideal?... Tampoco lo entiendes... Porque has de saber que hay una belleza que no se ve ni se toca. No se percibe con ningún sentido.

—Como, por ejemplo, la Virgen María —interrumpió la Nela—. No la vemos ni la tocamos, porque las imágenes no son ella misma, sino su retrato.

—Tienes razón; así es. Pensando en esto, mi padre cerró el libro. Él decía una cosa y yo decía otra. Hablamos de la forma, y mi padre me dijo: «Desgraciadamente, tú no puedes comprenderla». Yo le dije que sí. Le dije que solo había una belleza, y que esa tenía que servir para todo.

La Nela no prestaba atención a cosas tan sutiles. Había cogido las flores de las manos de su amigo y combinaba sus colores alegres.

—Yo tenía una idea sobre esto —añadió el ciego con mucha energía—. Es una idea que quiero mucho desde hace algunos meses. Sí, lo digo y lo repito.... No, no me hacen falta los ojos para esto. Yo le dije a mi padre: «Me imagino un tipo de belleza encantadora, un tipo que tiene todas las bellezas posibles. Ese tipo es la Nela». Mi padre se echó a reír y me dijo que sí.

La Nela se puso roja como una amapola y no supo qué responder. Durante un breve instante de terror y ansiedad, creyó que el ciego la estaba *mirando*.

—Sí, tú eres la belleza más perfecta que se puede imaginar —añadió Pablo con calor—. Tienes bondad, inocencia, sencillez, gracia e imaginación. Tienes un alma celestial y cariñosa, que ha sabido alegrar mis días tristes. ¿Cómo podría ser, cómo, que todo eso no estuviera también en tu hermosura?... Nela, Nela —añadió, tartamudeando y con ansia—, ¿no es verdad que eres muy bonita?

La Nela se calló. Sin pensarlo, se había llevado las manos a la cabeza. Se estaba enredando en el pelo las florecitas medio secas que había cogido antes en el prado.

—¿No respondes?... Es verdad que eres modesta. Si no lo fueras, no serías tan repreciosa como eres. Faltaría la lógica de las bellezas, y eso no puede ser. ¿No respondes?...

—Yo... —murmuró la Nela con timidez, sin soltar las flores de su peinado—, no sé... Dicen que de niña era muy bonita.... Ahora....

—Y ahora también.

María estaba muy confusa, pero pudo decir esto:

—Ahora... ya sabes tú que la gente dice muchas tonterías... También se equivocan... A veces el que tiene más ojos ve menos.

—¡Oh! ¡Qué bien dicho! Ven aquí: dame un abrazo.

La Nela no pudo ir enseguida, porque había conseguido sujetar en su pelo una especie de corona de florecitas. Y tenía muchas ganas de ver cómo le quedaba en el agua clara. Por primera vez en su vida, se sintió presumida. Se apoyó en las manos y se asomó al estanque.

—¿Qué haces, Mariquilla?

—Me estoy mirando en el agua, que es como un espejo —contestó con la mayor inocencia. Así mostró, sin querer, su presunción.

—Tú no necesitas mirarte. Eres hermosa como los ángeles que rodean el trono de Dios.

El alma del ciego se llenaba de entusiasmo y de fervor.

—El agua se ha puesto a temblar —dijo la Nela—, y no me veo bien, señorito. Tiembla como yo. Ya está más tranquila, ya no se mueve.... Me estoy mirando... ahora.

—¡Qué linda eres! Ven aquí, niña mía —añadió el ciego, y abrió los brazos.

—¡Linda yo! —dijo ella, llena de confusión y ansiedad—. Pues esa que veo en el estanque no es tan fea como dicen. Es que también hay muchos que no saben ver.

—Sí, muchos.

—¡Si yo me vistiera como se visten otras!... —exclamó la Nela con orgullo.

—Te vestirás.

—¿Y ese libro dice que yo soy bonita? —preguntó la Nela. Quería estar completamente segura.

—Lo digo yo, que tengo una verdad que no cambia nunca —exclamó el ciego, llevado por su fantasía ardiente.

—Puede ser —dijo la Nela, y se apartó de su espejo, pensativa y no muy satisfecha— que los hombres sean muy brutos. Puede ser que no comprendan las cosas como son.

—La humanidad se equivoca en mil cosas.

—Eso creo yo —dijo Mariquilla. Las palabras de su amigo la consolaban mucho—. ¿Por qué se tienen que reír de mí?

—¡Oh, qué triste es la condición de los hombres! —exclamó el ciego. Su mente, como en un delirio, lo llevaba al absurdo—. El don de la vista puede causar grandes errores... Aparta a los hombres de la verdad absoluta... Y la verdad absoluta dice que tú eres hermosa. Hermosa sin ningún defecto ni ninguna sombra de fealdad. Si alguien me dice lo contrario, le diré que miente... Que se vayan a paseo con sus formas. No... La forma no puede ser la máscara de Satanás delante de la cara de Dios. ¡Ah, pobres tontos! ¡A cuántas locuras os llevan vuestros ojos! Nela, Nela, ven aquí. Quiero tenerte a mi lado y abrazar tu preciosa cabeza.

María corrió a echarse en los brazos de su amigo.

—Chiquilla bonita —exclamó él, y la apretó como loco contra su pecho—, ¡te quiero con toda mi alma!

La Nela no dijo nada. Su corazón estaba lleno de una ternura pura. Los sentimientos más hermosos se desbordaban en él. El joven, temblando y nervioso, la abrazó más fuerte. Le dijo al oído:

—Te quiero más que a mi vida. Ángel de Dios, quiéreme o me muero.

María se soltó de los brazos de Pablo, y él se quedó muy pensativo. Una fuerza poderosa, imposible de resistir, empujaba a aquella mujer tan extraña a mirarse en el espejo del agua. Se deslizó suavemente hasta el borde. Allá, sobre el fondo verdoso, vio su pobre imagen. Vio sus ojillos negros, su piel con pecas y su naricilla en punta, aunque no sin gracia. Vio su pelo escaso y su cara de pájaro, siempre en movimiento. Estiró el cuerpo sobre el agua para verse el pecho. Y le pareció muy pobre y sin gracia. Las flores que tenía en la cabeza se cayeron al agua. La superficie tembló, y con ella tembló la imagen. La hija de la Canela sintió como si le arrancaran el corazón de raíz. Cayó hacia atrás y murmuró:

—¡Madre de Dios, qué feísima soy!

—¿Qué dices, Nela? Me parece que he oído tu voz.

—No decía nada, niño mío.... Estaba pensando... Sí, pensaba que ya es hora de volver a tu casa. Pronto será la hora de comer.

—Sí, vamos. Comerás conmigo, y esta tarde saldremos otra vez. Dame la mano. No quiero que te separes de mí.

Cuando llegaron a la casa, don Francisco Penáguilas estaba en el patio con dos caballeros. Marianela reconoció al ingeniero de las minas. El otro era el hombre que se había perdido en la *Terrible* la noche anterior.

—Aquí están —dijo la Nela— el señor ingeniero y su hermano, el caballero de anoche.

Los tres hombres miraban con mucho interés al ciego, que se acercaba.

—Hace rato que te estamos esperando, hijo mío —dijo el padre. Tomó a su hijo de la mano y se lo presentó al doctor.

—Entremos —dijo el ingeniero.

—¡Benditos sean los hombres sabios y caritativos! —exclamó el padre, mirando a Teodoro—. Pasen ustedes, señores. Bendito sea el momento en que ustedes entran en mi casa.

—Veamos este caso —murmuró Golfín.

Pablo y los dos hermanos entraron. Entonces don Francisco se volvió hacia Mariquilla. Ella se había quedado en medio del patio, quieta y asombrada. Don Francisco le dijo con bondad:

—Mira, Nela, es mejor que te vayas. Mi hijo no puede salir esta tarde.

Y luego, como vio que no se marchaba, añadió:

—Puedes pasar a la cocina. Dorotea te dará alguna chuchería.

### Glosario

- **nogal**: árbol grande que da nueces.
- **estanque**: agua quieta, pequeña, como un lago muy pequeño.
- **musgo**: planta muy pequeña y verde que cubre las piedras y los troncos húmedos.
- **tontuela**: forma cariñosa de decir "tonta".
- **amapola**: flor del campo de color rojo fuerte.
- **presumida**: persona a la que le gusta mucho mirarse y parecer guapa.
- **repreciosa**: muy preciosa, preciosísima.
- **pecas**: pequeñas manchas oscuras en la piel de la cara.
- **chuchería**: cosa pequeña y dulce para comer, como un caramelo.

## VIII. Prosiguen las tonterías

Al día siguiente, Pablo y su guía salieron de la casa a la misma hora que el día anterior. Pero el cielo estaba cubierto de nubes. Soplaba un vientecillo molesto que amenazaba con convertirse en un vendaval. Por eso decidieron no dar un paseo largo. Cruzaron el prado comunal de Aldeacorba. Luego siguieron el gran talud de las minas por el Oeste, porque querían bajar a las excavaciones.

Cuando estuvieron lejos de la casa, el ciego dijo:

—Nela, tengo que hablarte de una cosa que te hará saltar de alegría. ¡Nela, siento en mi corazón una alegría enorme!... Me parece que el Universo, todas las ciencias, la historia, la filosofía y la Naturaleza se me han metido dentro. Todo lo que he aprendido se está paseando por mí... Es como una procesión. Ya viste a aquellos caballeros que me esperaban ayer....

—Don Carlos y su hermano, el que encontramos anoche.

—Ese hermano es un sabio famoso. Ha recorrido toda América y ha hecho curas maravillosas.... Ha venido a visitar a su hermano.... Como don Carlos es tan buen amigo de mi padre, le ha pedido que me examine.... ¡Qué cariñoso y qué bueno es! Primero estuvo hablando conmigo. Me preguntó varias cosas y me contó otras muy graciosas y divertidas. Después me dijo que me quedara quieto. Sentí sus dedos en mis párpados.... Después de un buen rato, dijo unas palabras que no entendí. Eran palabras de medicina. Mi padre nunca me ha leído nada de medicina. Después me acercaron a una ventana. Mientras él me observaba con no sé qué instrumento, ¡qué silencio había en la sala!... Luego el doctor le dijo a mi padre: «Lo intentaremos». Decían otras cosas en voz muy baja para que yo no las entendiera. Y creo que también hablaban por señas. Cuando se fueron, mi padre me dijo: «Hijo de mi alma, no puedo ocultarte la alegría que tengo dentro. Ese hombre, ese ángel de Dios, me ha dado esperanza, muy poca esperanza. Pero parece que la esperanza se agarra más cuanto más pequeña es. Quiero echarla de mí. Me digo que es imposible... no, no, casi imposible. Y ella... sigue pegada como una lapa...». Así me habló mi padre. Por su voz supe que estaba llorando.... ¿Qué haces, Nela? ¿Estás bailando?

—No, estoy aquí, a tu lado.

—Como otras veces te pones a bailar cuando te digo algo alegre.... ¿Pero hacia dónde vamos hoy?

—El día está feo. Vamos hacia la Trascava, que es un sitio protegido del viento. Después bajaremos al *Barco* y a la *Terrible*.

—Bien, como tú quieras.... ¡Ay, Nela, compañera mía, si fuera verdad! Si Dios quisiera tener piedad de mí y me diera el placer de verte.... Aunque mi vista durara solo un día, aunque volviera a quedarme ciego al día siguiente, ¡cuánto se lo agradecería!

La Nela no decía nada. Antes había mostrado una alegría muy viva. Ahora pensaba con los ojos fijos en el suelo.

—En el mundo se ven cosas muy extrañas —añadió Pablo—. La misericordia de Dios tiene a veces arranques repentinos, igual que su cólera. Llega de pronto, después de largos tormentos y castigos. Lo mismo pasa con la ira, que llega después de alegrías que parecían seguras y eternas. ¿No te parece?

—Sí, lo que tú esperas pasará —dijo la Nela, muy segura.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dice mi corazón.

—¡Te lo dice tu corazón! ¿Y por qué no van a ser verdad estos avisos? —dijo Pablo con ardor—. Sí, las almas escogidas pueden a veces sentir antes lo que va a pasar. Yo lo he notado en mí. Como ver no me distrae, me observo mucho a mí mismo. Y he notado que mi espíritu me susurraba cosas que yo no comprendía. Después ha pasado algo, y he dicho con asombro: «Yo sabía algo de esto».

—A mí me pasa lo mismo —contestó la Nela—. Ayer me dijiste que me querías mucho. Cuando volvía a mi casa, me iba diciendo: «Es raro, pero yo sabía algo de esto».

—Es maravilloso, chiquilla mía, cómo están de acuerdo nuestras almas. La voluntad ya las une. Solo les falta un lazo. Y ese lazo lo tendrán si yo consigo el sentido precioso que me falta. No puedo pensar en ver sin pensar antes en quererte más. Para mí, tener la vista solo significa una cosa. Es un don para admirar de una manera nueva lo que ya admiro y amo tanto.... Pero me parece que hoy estás triste.

—Sí que lo estoy... Y si tengo que decirte la verdad, no sé por qué... Estoy muy alegre y muy triste, las dos cosas a la vez. Hoy el día está tan feo.... Sería mejor que no hubiera día, y que siempre fuera de noche.

—No, no, déjalo como está. Noche y día, si Dios quiere que yo sepa por fin distinguiros, ¡qué feliz seré!... ¿Por qué nos paramos?

—Estamos en un sitio peligroso. Vamos a apartarnos a un lado para tomar el sendero.

—¡Ah, la Trascava! Esta hierba resbaladiza baja hasta perderse en la cueva. El que cae en ella no puede volver a salir. Vámonos de aquí, Nela; no me gusta este sitio.

—Tonto, desde aquí hasta la entrada de la cueva hay mucho camino. ¡Y qué bonita está hoy!

La Nela se detuvo y detuvo también a su compañero por el brazo. Miraba la boca de la sima, que se abría en el terreno con forma de embudo. Una hierba finísima cubría las cuestas de aquel pequeño cráter, hondo y redondo. En lo más hondo había una gran roca alargada, tendida sobre la hierba. A su alrededor crecían malezas, hinojos, zarzas, juncos y una cantidad enorme de florecillas de colores. La roca parecía una gran lengua. A su lado se adivinaba, más que se veía, un hueco, un agujero que se tragaba todo. Estaba escondido por hierbas espesas. Don Quijote tuvo que cortar hierbas así cuando bajó colgado de una cuerda a la cueva de Montesinos.

La Nela no se cansaba de mirar.

—¿Por qué dices que está bonita esa horrible Trascava? —le preguntó su amigo.

—Porque tiene muchas flores. La semana pasada estaban todas secas, pero han vuelto a nacer. Da alegría verlo. ¡Madre de Dios! Hay muchos pájaros posados allí. Y muchísimas mariposas que sacan miel de las flores.... ¡Choto, Choto, ven aquí! No asustes a los pobres pajaritos.

El perro había bajado. Cuando la Nela lo llamó, volvió alegre. Y la pacífica república de los pajaritos volvió a tomar posesión de sus estados.

—A mí este sitio me da horror —dijo Pablo, y tomó del brazo a la muchacha—. ¿Y ahora vamos hacia las minas? Sí, ya conozco este camino. Estoy en mi terreno. Por aquí vamos derechos al Barco.... Choto, ve delante; no te enredes en mis piernas.

Bajaban por un sendero con escalones. Pronto llegaron al gran hueco que había hecho la explotación de la mina. Dejaron atrás la zona verde de las plantas y entraron de golpe en la zona de las rocas. Era una zanja enorme. Sus paredes estaban cortadas por el barreno y el pico. En ellas se veían las capas de la tierra, una encima de otra. Cada capa, en el corte, tenía un color distinto y materiales muy diferentes. A Teodoro Golfín, aquel sitio le había parecido el interior de un gran barco hundido, comido por las olas. Su nombre popular, el Barco, explicaba bien este parecido. Pero de día se admiraban sobre todo las capas de roca, unas sobre otras. Tenían vetas de azufre y de carbonatos y sedimentos negros. Había lignitos, donde está el azabache negro. Había capas de tierra de hierro que parecía amasada con sangre. Había grandes láminas regulares de roca. La mano del hombre las había roto en mil puntos. Estaban llenas de picos, cortes y desgarrones. Aquello parecía una herida abierta en la carne, vista con un microscopio. Por el centro corría el arroyo, con el agua llena de óxido de hierro. Parecía un chorro de sangre.

—¿Dónde está nuestro asiento? —preguntó el señorito de Penáguilas—. Vamos allí. Allí no nos molestará el aire.

Desde el fondo de la gran zanja subieron un poco por un sendero difícil. El sendero pasaba entre piedras rotas, tierra y matas de hinojo. Se sentaron a la sombra de una roca enorme y agrietada. En el centro tenía una larga hendidura. En realidad, eran dos rocas, pegadas una a la otra, de bordes irregulares. Parecían dos mandíbulas gastadas que intentan morder.

—¡Qué bien se está aquí! —dijo Pablo—. A veces sale una corriente de aire por esa gruta, pero hoy no siento nada. Lo que se oye es el gorgoteo del agua, allá dentro, en el fondo de la Trascava.

—Hoy está calladita —dijo la Nela—. ¿Quieres echarte?

—Pues has tenido una buena idea. Anoche no dormí. Estuve pensando en lo que me dijo mi padre, en el médico, en mis ojos.... Toda la noche sentí una mano que entraba en mis ojos. Abría en ellos una puerta cerrada y oxidada.

Mientras lo decía, se sentó sobre la piedra y puso la cabeza en el regazo de la Nela.

—Aquella puerta —siguió— estaba allá, en lo más íntimo de mis sentidos. Se abrió, como te he dicho. Y daba paso a una habitación donde estaba encerrada la idea que me persigue. ¡Ay, Nela de mi corazón, chiquilla adorada, si Dios quisiera darme ese don que me falta!... Con él me creería el más feliz de los hombres. Y ya casi lo soy, solo porque te tengo a ti como amiga y compañera de mi vida. Para que los dos seamos uno solo, me falta muy poco. Solo me falta verte y disfrutar de tu belleza. Quiero sentir ese placer de la vista. Todavía no puedo comprenderlo, pero me lo imagino de una manera vaga. Tengo la curiosidad del espíritu, pero me falta la de los ojos. Me imagino que será una nueva forma del amor que te tengo. Estoy lleno de tu belleza. Pero hay algo en ella que todavía no es mío.

—¿No oyes? —dijo la Nela de repente. Le interesaba algo muy distinto de lo que decía su amigo.

—¿Qué?

—Aquí dentro.... ¡La Trascava!... Está hablando.

—¡Supersticiosa! El agua no habla, querida Nela. ¿Qué lengua va a saber un chorro de agua? Solo hay dos cosas que hablan, chiquilla mía. Esas dos cosas son la lengua y la conciencia.

—Y la Trascava —dijo la Nela, poniéndose pálida—. Es un murmullo, un «sí, sí, sí»... A ratos oigo la voz de mi madre. Dice clarito: «Hija mía, ¡qué bien se está aquí!».

—Es tu imaginación. La imaginación también habla; se me olvidó decirlo. La mía a veces habla tanto que tengo que mandarla callar. Su voz es chillona, rápida, insoportable. En cambio, la voz de la conciencia es seria, tranquila y convincente. Y lo que dice no se puede negar.

—Ahora parece que llora.... Poco a poco va perdiendo la voz —dijo la Nela, atenta a lo que oía.

De pronto salió por la gruta una ligera ráfaga de aire.

—¿No has notado que ha dado un gran suspiro?... Ahora se vuelve a oír la voz. Habla bajo, y me dice al oído muy bajito, muy bajito....

—¿Qué te dice?

—Nada —contestó María de golpe, después de una pausa—. Tú dices que son tonterías. Tendrás razón.

—Ya te quitaré yo de la cabeza esos pensamientos absurdos —dijo el ciego, y le tomó la mano—. Vamos a vivir juntos toda la vida. ¡Oh, Dios mío! No me diste la vista al nacer. Si no la voy a tener nunca, ¿para qué me has dado esperanzas? Pobre de mí si no nazco de nuevo en las manos del doctor Golfín. Porque esto será nacer otra vez. ¡Y qué nacimiento! ¡Qué vida nueva! Chiquilla mía, tengo dentro de mí la idea de Dios, clara, segura, inmutable. Y por esa idea te juro que tú y yo nunca nos separaremos por mi voluntad. Yo tendré ojos, Nela. Tendré ojos para disfrutar de tu hermosura celestial, y entonces me casaré contigo. ¡Serás mi esposa querida... serás la vida de mi vida, la alegría y el orgullo de mi alma! ¿No dices nada?

La Nela apretó contra sí la hermosa cabeza del joven. Quiso hablar, pero la emoción no la dejaba.

—Y si Dios no quiere darme ese don —añadió el ciego—, tampoco te separarás de mí. También serás mi mujer, a no ser que te disguste casarte con un ciego. No, no, chiquilla mía, no quiero ponerte una carga tan pesada. Encontrarás hombres de valor que te amarán y que podrán hacerte feliz. Tienes una bondad extraordinaria y unas cualidades nobles. Y tienes una belleza que encanta. Tu belleza va a conquistar los corazones de todos los que te conozcan. Encenderá en ellos el amor más puro. Por todo eso te espera un futuro feliz. Yo te juro que te querré mientras viva, ciego o con vista. Y estoy dispuesto a jurarte delante de Dios un amor grande, que nunca se cansará, eterno. ¿No me dices nada?

—Sí: que te quiero mucho, muchísimo —dijo la Nela, y acercó su cara a la de su amigo—. Pero no tengas tanta prisa por verme. A lo mejor no soy tan guapa como tú crees.

Mientras lo decía, la Nela había buscado en su bolsillo. Sacó un pedazo de espejo. Era un resto inútil y borroso de un espejo malo. Ese espejo se había roto en casa de la Señana la semana anterior. Se miró en él. Pero el cristal era tan pequeño que tenía que mirarse por partes, poco a poco. Primero se miró un ojo, después la frente. Al alejarlo, pudo ver la mitad de la cara. ¡Ay, qué triste fue el resultado de su examen! Guardó el espejito, y unas lágrimas gruesas salieron de sus ojos.

—Nela, me ha caído una gota en la frente. ¿Está lloviendo?

—Sí, niño mío, parece que llueve —dijo la Nela, sollozando.

—No, es que lloras. Pues has de saber que me lo decía el corazón. Tú eres la bondad misma. Tu alma y la mía están unidas por un lazo misterioso y divino. No se pueden separar, ¿verdad? Son dos partes de una misma cosa, ¿verdad?

—Verdad.

—Tus lágrimas me responden más claramente que todas las palabras. ¿No es verdad que me querrás igual si me dan la vista que si sigo sin ella?

—Igual, sí, igual —dijo la Nela con pasión y nerviosa.

—¿Y me acompañarás?...

—Siempre, siempre.

—Oye tú —exclamó el ciego, lleno de amor—, si me dan a elegir entre no ver y perderte, prefiero....

—Prefieres no ver.... ¡Oh! ¡Madre de Dios divino, qué alegría tengo dentro de mí!

—Prefiero no ver tu hermosura con los ojos, porque la veo dentro de mí. La veo clara como la verdad que digo en mi interior. Aquí dentro estás tú. Y tu persona me encanta y me enamora más que todas las cosas.

—Sí, sí, sí —dijo la Nela, como en un delirio—. Yo soy hermosa, soy muy hermosa.

—Oye tú —exclamó el ciego, lleno de amor—, tengo un presentimiento... Sí, un presentimiento. Parece que Dios está dentro de mí y me habla. Me dice que tendré ojos, que te veré, que seremos felices.... ¿No sientes tú lo mismo?

—Yo.... El corazón me dice que me verás... pero me lo dice partiéndoseme.

—¡Veré tu hermosura, qué felicidad! —exclamó el ciego, con la expresión de delirio que tenía en algunos momentos—. Pero si ya la veo. La veo dentro de mí, clara como la verdad que digo y que me llena todo....

—Sí, sí, sí... —repitió la Nela como en un delirio, con los ojos asustados y los labios temblando—. Yo soy hermosa, soy muy hermosa.

—Bendita seas tú...

—¡Y tú! —añadió ella, y le dio un beso en la frente—. ¿Tienes sueño?

—Sí, empiezo a tener sueño. Anoche no dormí. Estoy tan bien aquí...

—Duérmete, niño....

Empezó a cantar como se canta a los niños para que se duerman. Poco después Pablo dormía. La Nela oyó otra vez la voz de la Trascava, que le decía:

—Hija mía... aquí, aquí.

### Glosario

- **vendaval**: viento muy fuerte.
- **prado comunal**: prado que es de todos los vecinos del pueblo.
- **lapa**: pequeño animal del mar que se pega con mucha fuerza a las rocas.
- **sima**: agujero muy profundo en la tierra.
- **embudo**: objeto ancho arriba y estrecho abajo, para pasar líquidos.
- **zarza**: planta con espinas que da moras.
- **azabache**: piedra muy negra y brillante.
- **hendidura**: corte largo y estrecho en una roca.
- **gorgoteo**: ruido que hace el agua al moverse dentro de un sitio cerrado.
- **regazo**: parte del cuerpo entre la cintura y las rodillas cuando una persona está sentada.
- **presentimiento**: sensación de que algo va a pasar.

## IX. Los Golfines

Teodoro Golfín no se aburría en Socartes. El primer día después de su llegada pasó muchas horas en el laboratorio con su hermano. En los días siguientes recorrió las minas de un extremo a otro. Examinaba y admiraba todas las cosas que había allí. Unas sorprendían por la grandeza de las fuerzas de la naturaleza. Otras, por el poder y la energía del trabajo de los hombres. Por las noches todo callaba en Socartes, y solo seguían activos los hornos. Entonces el buen doctor, que amaba mucho la música, disfrutaba oyendo tocar el piano a su cuñada Sofía. Sofía era la esposa de Carlos Golfín. Había sido madre de varios niños, pero todos se habían muerto.

Los dos hermanos se querían muchísimo. Habían nacido en la clase más humilde. Cuando eran muy jóvenes, lucharon solos para salir de la ignorancia y de la pobreza. Varias veces estuvieron a punto de hundirse. Pero el impulso de su voluntad heroica fue tan fuerte que al fin llegaron sin aliento a la orilla que tanto deseaban. Detrás de ellos quedaron las olas sucias donde vive la gente pobre e inculta, siempre como en un naufragio.

Teodoro era el mayor, y fue médico antes de que Carlos fuera ingeniero. Ayudó a su hermano con todas sus fuerzas mientras el joven lo necesitó. Cuando lo vio en buen camino, tomó el camino que deseaba su corazón aventurero: se fue a América. Allí trabajó con otros médicos europeos famosos, y pronto ganó fama y dinero. Hizo un viaje a España y volvió al Nuevo Mundo. Más tarde vino otra vez, y al poco tiempo regresó. En cada uno de estos viajes daba la vuelta a Europa. Así aprendía los progresos de la ciencia de los ojos, que era su especialidad.

Era un hombre de rasgos bastos y piel morena. Su cara era tan inteligente como sensual. Tenía los labios gruesos y el pelo negro y de punta. Su mirada echaba chispas. Nunca se cansaba y era fuerte, aunque el clima de América lo había gastado un poco. Tenía la cara grande y redonda, la frente huesuda y una melena rebelde, aunque corta. Sus ojos eran de fuego y sus manos, gruesas. Por todo esto, la gente decía de él: «es un león negro». De verdad parecía un león. Y, como el rey de los animales, mostraba a cada momento lo mucho que se estimaba a sí mismo. Pero la vanidad de aquel hombre famoso era la más fácil de perdonar, porque solo presumía de dos cosas: de su pasión por la cirugía y de su origen humilde. Por lo general hablaba mal, porque no sabía hacer frases bonitas y elegantes. Sus frases eran rápidas y cortadas, como su pensamiento, que era una especie de descarga eléctrica. Por eso Sofía, cuando le pedía su opinión sobre algo, decía muchas veces: «A ver lo que piensa de esto la Agencia Havas».

—Nosotros —solía decir Teodoro—, aunque venimos de las hierbas del campo, que es la familia más baja que se conoce, nos hemos hecho árboles grandes y fuertes.... ¡Viva el trabajo y la iniciativa del hombre!... Yo creo que los Golfines tenemos sangre inglesa en las venas, aunque parece que venimos de maragatos.... Hasta nuestro apellido parece de pura raza sajona. Yo lo separaría así: *Gold*, oro... *to find*, hallar.... Es como decir «buscador de oro».... Mi hermano lo busca dentro de la tierra. Yo lo busco en el interior maravilloso de ese pequeño universo que se llama el ojo humano.

En la época de esta historia verdadera, Teodoro venía de América por Nueva York y Liverpool. Decía que ya no volvería a vivir fuera de su país. Pero no le creían, porque había dicho lo mismo otras veces y luego había hecho todo lo contrario.

Su hermano Carlos era un hombre bueno y muy tranquilo. Era estudioso y esclavo de su deber. Amaba con pasión la mineralogía y la metalurgia. Quería a estas dos amantes cien veces más que a su mujer. Aun así, los dos esposos vivían en completa armonía. Teodoro decía que vivían en estado *isomórfico*, porque cristalizaban en el mismo sistema. Y cuando alguien hablaba de matrimonio, él decía riendo:

—El matrimonio sería para mí una *Epigenesis* o cristal *pseudomórfico*. Es decir, un sistema de cristalización que no me corresponde.

Sofía era una señora excelente, de belleza normal. Pero esa belleza era cada día menor, porque tenía una triste tendencia a engordar. Le habían dicho que el aire del carbón adelgazaba. Por eso había ido a vivir a las minas, con la idea de pasar allí todo el año. Pero aquel aire, lleno de polvo de calamina y de humo, le disgustaba bastante. No tenía hijos vivos. Su ocupación principal era tocar el piano. También organizaba asociaciones de señoras para hacer caridad. Ayudaban a los pobres en sus casas y daban dinero a hospitales y escuelas. En Madrid, durante muchos años, su actividad había hecho maravillas. Era un ejemplo para todas las personas aficionadas a la caridad. La ayudaban dos o tres señoras nobles, que también amaban al prójimo. Juntas habían organizado más de veinte funciones de teatro y otros tantos bailes de máscaras. También seis corridas de toros y dos peleas de gallos. Todo era para los pobres.

Sofía tenía muchas pasiones, que normalmente le duraban poco. Una de ellas quizás no era tan buena como ayudar a los necesitados. Le gustaba rodearse de perros y gatos, y los quería con un cariño que parecía amor. En aquel tiempo, en Socartes, tenía un *toy terrier*. Se lo había traído de Inglaterra, por encargo, Ulises Bull, el jefe del taller de máquinas. Era un perrito fino y elegante, como un pequeño galgo. Era delicado y mimado como un niño. Se llamaba Lili, y había costado doscientos duros en Londres.

Los Golfines paseaban cuando hacía buen tiempo. Cuando hacía mal tiempo, tocaban el piano o cantaban, pues Sofía tenía una especie de chillido que en Socartes podía pasar por canto. El ingeniero segundo tenía una voz de bajo muy profunda, y Teodoro también. La voz de Carlos era más o menos igual. Así formaban una especie de coro de sacerdotes. En él destacaba la voz de Sofía, como la de una sacerdotisa a quien llevan al sacrificio. Todas las piezas que cantaban eran de sacerdotes que sacrifican y de una sacerdotisa sacrificada. O, si no lo eran, lo parecían.

En los días de paseo solían merendar en el campo. Una tarde, a finales de septiembre, volvían de su excursión. Hacía seis días que Teodoro había llegado a las minas. Caminaban en este orden: Lili, Sofía, Teodoro y Carlos. El camino era tan estrecho que no podían ir de dos en dos. Lili llevaba su mantita o abriguito azul con las iniciales de su dueña. Sofía llevaba la sombrilla apoyada en el hombro. Teodoro llevaba su bastón de la misma manera, con el sombrero en la punta. Le gustaba mucho pasear con su cabeza deforme al aire. Pasaban por el borde de la Trascava. De pronto Lili salió del camino con sus patitas finas como alambres. Echó a correr hacia abajo por la hierba de la cuesta, que tenía forma de embudo. Primero corría, después resbalaba. Sofía dio un grito de terror. Quiso correr detrás del animal, que estaba tan cerca del peligro. Era un cariño que parecía de madre. Pero su esposo la detuvo y le dijo:

—Deja que se lleve el demonio a Lili, mujer; él volverá. No se puede bajar, porque esta hierba resbala mucho.

—¡Lili, Lili!... —gritaba Sofía.

Esperaba que sus gritos de amor detuvieran al animal en su camino de perdición. Quería devolverlo al camino de la virtud.

Pero las voces más tiernas no hicieron efecto en el travieso Lili, que seguía bajando. A veces miraba a su dueña. Con sus ojitos negros y expresivos parecía decirle: «Señora, por el amor de Dios, no sea usted tan tonta».

Lili se detuvo en la gran peña blanca, llena de agujeros y de musgo. Estaba en la misma boca del abismo, como si la tapara. Todos miraron allí, y enseguida vieron que algo se movía. Al principio creyeron ver un animal peligroso escondido detrás de la peña. Pero Sofía dio otro grito, más de asombro que de terror, y dijo:

—Si es la Nela.... Nela, ¿qué haces ahí?

Al oír su nombre, la muchacha apareció, muy confusa y roja de vergüenza.

—¿Qué haces ahí, loca? —repitió la señora—. Coge a Lili y tráemelo... ¡Válgame Dios, las cosas que inventa esta criatura! Miren dónde se ha ido a meter. Tú tienes la culpa de que Lili haya bajado.... ¡Qué cosas le enseñas al animalito! Por tu culpa es tan mal educado y tan caprichoso.

—Esa muchacha es de la piel de Barrabás —dijo don Carlos a su hermano—. Mira dónde se ha ido a poner.

Mientras decían esto en el borde de la Trascava, la Nela empezó a perseguir a Lili allá abajo. Aquel día Lili estaba más travieso y loco que nunca en su aburrida vida. Se escapaba de las manos de la muchacha. La señora le gritaba y le pedía que fuera serio y formal. Pero él olvidó las ideas más simples del deber. Empezó a dar saltos y a mirar a su dueña con descaro. Parecía decirle: «Señora, ¿quiere usted irse a paseo y dejarme en paz?».

Al final Lili cayó con su cuerpo elegante en medio de las zarzas que cubrían la boca de la cueva. Allí su mantita le estorbaba muchísimo. El animal no podía salir de entre las plantas, y empezó a ladrar pidiendo ayuda.

—¡Que se me pierde, que se me mata! —gritó Sofía, gimiendo—. Nela, Nela, si me lo sacas, te doy un perro grande; sácalo... ve con cuidado.... Agárrate bien.

La Nela bajó resbalando, sin ningún miedo. Puso el pie sobre las zarzas y los hinojos fuertes que tapaban el abismo. Con una mano se sujetaba a la roca áspera. Con la otra alcanzó el rabo de Lili, y así lo sacó de aquel apuro. Acariciando al animal, subió triunfante hasta el borde del embudo.

—Tú, tú, tú tienes la culpa —le dijo Sofía de mal humor, y le dio tres suaves coscorrones—. Porque si no te hubieras metido allí... Ya sabes que te sigue dondequiera que te encuentra.... ¡Qué buena pieza!

Primero comprobó que su querido animal no había sufrido nada grave. Luego lo besó y le dio dos azotes en el trasero. Le arregló la mantita, que se le había subido a la cabeza como un gorro. Y se lo dio a la Nela, diciéndole:

—Toma, llévalo en brazos, porque estará cansado. Estas caminatas tan largas le pueden hacer daño. Cuidado.... Anda delante de nosotros.... Cuidado, te repito.... Mira que voy detrás vigilando lo que haces.

La familia se puso otra vez en marcha, con la Nela delante. Lili miraba a su dueña por encima del hombro de la Nela. Parecía decirle: «¡Ay, señora; pero qué boba es usted!».

Teodoro Golfín no había dicho nada durante el emocionante peligro del hermoso Lili. Luego llegaron a la gran pradera, donde los tres podían caminar uno al lado del otro. Entonces el doctor le dijo a la mujer de su hermano:

—Estoy pensando, querida Sofía, que ese animal te ocupa demasiado. Es verdad que un perro de doscientos duros no es un perro cualquiera. Pero yo me pregunto una cosa. ¿Por qué has gastado tiempo y dinero en hacerle un abrigo a ese señorito canino? ¿Y por qué no se te ha ocurrido comprarle unos zapatos a la Nela?

—¡Zapatos a la Nela! —exclamó Sofía riendo—. Y yo pregunto: ¿para qué los quiere?... Los rompería en dos días. Puedes reírte de mí todo lo que quieras... Bien, yo comprendo que cuidar tanto a Lili es una extravagancia... pero no puedes acusarme de falta de caridad.... Alto ahí... eso sí que no te lo permito.

Al decir esto, se puso muy seria y mostró claramente su orgullo.

—Y en hacer la caridad con prudencia y con buen juicio, tampoco creo que nadie me gane.... La caridad no consiste en dar sin pensar, de cualquier manera. No hay que dar si no estamos seguros de que la limosna se usará bien. ¡Si querrás darme lecciones!... Mira, Teodoro, de eso yo sé tanto como tú de los ojos.

—Sí, ya sé, ya sé, querida, que has hecho maravillas. No me cuentes otra vez lo de las funciones de teatro, los bailes y las corridas de toros. Ya sé que los organizaste con tu ingenio para ayudar a los pobres. Tampoco me cuentes lo de las rifas. Movían grandes cantidades de dinero, pero primero servían para dar de comer a unos cuantos vagos. Para los enfermos solo quedaba un resto muy pequeño. Todo eso solo me demuestra las extrañas costumbres de una sociedad. Esta sociedad solo sabe ser caritativa bailando, toreando y jugando a la lotería.... No hablemos de eso. Ya conozco esas heroicidades y las admiro. También tienen su mérito, y no poco. Pero tú y tus amigas casi nunca os acercáis a un pobre. No le preguntáis a él mismo la causa de su miseria... Tampoco miráis qué clase de miseria sufre, pues algunas miserias son tan extraordinarias que no se curan con una monedita fácil... ni tampoco con un trozo de pan duro....

—Ya tenemos a nuestro filósofo en campaña —dijo Sofía de mal humor—. ¿Qué sabes tú de lo que yo he hecho o he dejado de hacer?

—No te enfades, querida —respondió Golfín—. Todos mis argumentos llegan a un solo punto: debías haberle comprado zapatos a la Nela.

—Pues mira, mañana mismo se los compro.

—No, porque esta misma noche se los compraré yo. No se meta usted en mis dominios, señora.

—¡Eh!... Nela —gritó Sofía, al ver que la muchacha estaba muy lejos—. No te alejes mucho. Quiero verte para saber lo que haces.

—¡Pobre criatura! —dijo Carlos—. ¡Quién diría que tiene dieciséis años!

—Atrasadilla está. ¡Qué desgracia! —exclamó Sofía—. Y yo me pregunto: ¿para qué permite Dios que vivan criaturas así?... Y me pregunto también: ¿qué se puede hacer por ella? Nada. Nada más que darle de comer y vestirla un poco.... Claro... rompe todo lo que le ponen. No puede trabajar, porque se desmaya. No tiene fuerzas para nada. Salta de piedra en piedra y se sube a los árboles. Juega y hace travesuras todo el día, y canta como los pájaros. Así, toda la ropa que le ponen se convierte pronto en trapos rotos....

—Pues yo he observado en la Nela algo de inteligencia y de agudeza —dijo Carlos—. Está escondida bajo su inocencia y su forma de ser salvaje y rústica. No, señor, la Nela no es tonta, ni mucho menos. Si alguien se hubiera tomado el trabajo de enseñarle algo, quizás habría aprendido mejor que la mayoría de los niños. ¿Qué creen ustedes? La Nela tiene imaginación. Y como la tiene y no ha recibido ni la enseñanza más básica, es sentimental y supersticiosa.

—Eso es: está en la situación de los pueblos primitivos —dijo Teodoro—. Está en la época del pastoreo.

—Precisamente ayer —añadió Carlos— pasaba yo por la Trascava. La vi en el mismo sitio donde la hemos encontrado hoy. La llamé y la hice salir. Le pregunté qué hacía allí. Y ella me contestó, con la mayor sencillez del mundo, que estaba hablando con su madre.... Tú no sabes que la madre de la Nela se tiró por esa sima.

—Es decir, que se suicidó —dijo Sofía—. Era una mujer de mala vida y de peores ideas, según he oído. Carlos todavía no estaba aquí. Pero nos han dicho que bebía muchísimo, como un fogonero. Y yo me pregunto una cosa. Estos seres tan bajos terminan una vida de crímenes con el peor de todos, el suicidio. ¿Merecen la compasión de los demás? Hay cosas que dan horror. Hay personas que no debían haber nacido, no señor. Y Teodoro puede decir todas las cosas finas que quiera, pero yo me pregunto....

—No, no te preguntes nada, hermana querida —dijo Teodoro con viveza—. Yo te respondo que el suicida merece la compasión más viva y más sincera. Échale encima todas las críticas que quieras. Pero, al mismo tiempo... sería bueno averiguar qué causas lo llevaron a una desesperación tan horrible... Yo miraría si la sociedad lo abandonó del todo. Quizás así le dejó abierta la puerta de ese abismo horrible que lo llama....

—¡Abandonado por la sociedad! Hay algunos que lo están... —dijo Sofía con impertinencia—. La sociedad no puede proteger a todos. Mira la estadística, Teodoro; mírala y verás el número de pobres.... Pero si la sociedad abandona a alguien, ¿para qué sirve la religión?

—Me refiero al pobre desesperado que tiene, además de todas las miserias, la miseria mayor: la ignorancia.... El ignorante, hundido y supersticioso, solo tiene ideas vagas y absurdas de Dios.... Lo desconocido no lo detiene. Al contrario, lo empuja más a cometer su crimen.... La religión rara vez ayuda al que vive como una planta, en una ignorancia estúpida. A él no se acerca ningún amigo inteligente, ni un maestro, ni un sacerdote. Solo se le acerca el juez que lo va a mandar a la cárcel.... Es extraña la dureza con que condenáis vuestra propia obra.

Lo dijo con mucha fuerza, levantando el palo con el sombrero en la punta.

—Delante de vosotros, al pie de vuestras casas cómodas, estáis viendo a muchísimos seres abandonados. Les falta todo lo que necesita un niño, desde los padres hasta los juguetes... Los estáis viendo, sí... Y nunca se os ocurre darles un poco de dignidad. No les hacéis saber que son seres humanos. No les dais las ideas que les faltan. No se os ocurre hacerlos más nobles. No pensáis en pasarlos del trabajo bestial y mecánico al trabajo de la inteligencia. Los veis vivir en cuartos sucísimos, mal alimentados. Cada día se vuelven más salvajes y rústicos. Y no se os ocurre compartir con ellos un poco de las comodidades que os rodean.... ¡Y luego guardáis toda la energía para hablar contra los asesinatos, los robos y el suicidio! No os dais cuenta de que mantenéis una escuela permanente de estos tres crímenes.

—No sé para qué están ahí los asilos de beneficencia —dijo Sofía con mal tono—. Lee la estadística, Teodoro, léela, y verás el número de desgraciados.... Lee la estadística....

—Yo no leo la estadística, querida hermana, ni necesito para nada tu estadística. Los asilos son buenos; pero no, no bastan para resolver el gran problema de los huérfanos. El pobre huérfano anda perdido por las calles y por los campos. Nadie le da cariño personal; solo lo protegen las instituciones. Y rara vez llena el vacío que deja en su alma la falta de familia... ¡Oh!, en ese vacío deberían estar la nobleza, la dignidad y el respeto a sí mismo. Pero rara vez están. Sobre este tema tengo una idea, una idea mía. Quizás os parezca un disparate.

—Dínosla.

—El problema de los huérfanos y de los niños pobres no se resolverá nunca del todo. Tampoco se resolverán los demás problemas sociales. Pero un mal tan grande se aliviará un día. Será cuando las costumbres, apoyadas por las leyes... por las leyes, ya veis que esto no es un juego... establezcan una cosa. Que todo huérfano, sea cual sea su origen... no os riáis... tenga derecho a entrar como hijo adoptivo en una casa. En la casa de un matrimonio con dinero que no tenga hijos. Así se arreglarían las cosas, y no habría padres sin hijos ni hijos sin padres.

—Con tu sistema —dijo Sofía—, las cosas se arreglarían de modo que nosotros fuéramos los padres de la Nela.

—¿Por qué no? —respondió Teodoro—. Entonces no gastaríamos doscientos duros en un perro. Ni estaríamos todo el santo día haciendo mimos al señorito Lili.

—¿Y por qué los solteros ricos no tienen que cumplir esa ley tan graciosa? ¿Por qué no van a cargar ellos también con su huérfano, como todo el mundo?

—No me opongo —dijo el doctor, mirando al suelo—. ¿Pero qué es esto?... ¡Sangre!

Todos miraron al suelo. Allí se veían, de trecho en trecho, pequeñas manchas de sangre.

—¡Jesús!... —exclamó Sofía, apartando los ojos—. Si es la Nela. Mira cómo se ha puesto los pies.

—Claro.... Como tuvo que meterse entre las zarzas para coger a tu dichoso Lili... Nela, ven aquí.

La Nela tenía el pie derecho lleno de sangre. Se acercó cojeando.

—Dame al pobre Lili —dijo Sofía, y tomó el perro de las manos de la vagabunda—. No vayas a hacerle daño. ¿Te duele mucho? ¡Pobrecita! Eso no es nada. ¡Oh, cuánta sangre!... No puedo ver eso.

Sofía era sensible y nerviosa. Se dio la vuelta, de espaldas, y se puso a acariciar a Lili.

—A ver, a ver qué es eso —dijo Teodoro.

Tomó a la Nela en sus brazos y la sentó en una piedra de la cerca más cercana. Se puso sus lentes y le examinó el pie.

—Es poca cosa: dos o tres arañazos.... Me parece que tienes una espina dentro.... ¿Te duele?... Sí, aquí está la pícara.... Espera un momento. Sofía, echa a andar si te molesta ver una operación de cirugía.

Sofía se alejó unos pasos para proteger su precioso sistema nervioso de cualquier alteración. Mientras tanto, Teodoro Golfín sacó su estuche. Del estuche sacó unas pinzas, y en un momento le quitó la espina.

—¡Bien por la mujer valiente! —dijo, al ver la calma de la Nela—. Ahora vendemos el pie.

Le vendó el pie herido con su pañuelo. Marianela intentó andar. Carlos le daba la mano.

—No, no; ven aquí —dijo Teodoro, y tomó a Marianela por los brazos.

Con un movimiento rápido la levantó en el aire y la sentó sobre su hombro derecho.

—Si no estás segura, agárrate a mi pelo; es fuerte. Ahora lleva tú el palo con el sombrero.

—¡Qué figura! —exclamó Sofía, muerta de risa al verlos venir—. Teodoro con la Nela al hombro, y luego el palo con el sombrero de Gessler....

### Glosario

- **maragatos**: gente de La Maragatería, en León; muchos eran arrieros, gente humilde.
- **Agencia Havas**: agencia de noticias francesa; Sofía bromea porque Teodoro habla con frases cortas, como noticias rápidas.
- **naufragio**: cuando un barco se rompe y se hunde en el mar.
- **aventurero**: que busca aventuras, viajes y cosas nuevas.
- **huesudo**: que tiene los huesos muy marcados.
- **sajón**: de los sajones, un pueblo antiguo de Inglaterra.
- **cristalizar / cristalización**: formar cristales, como hacen los minerales; cada cristal sigue un sistema, una forma fija.
- **isomórfico / pseudomórfico**: palabras de la ciencia de los cristales; Teodoro las usa en broma para hablar del matrimonio.
- **mineralogía y metalurgia**: ciencia que estudia los minerales y ciencia que estudia cómo sacar y trabajar los metales.
- **toy terrier**: raza de perro muy pequeño y fino, de origen inglés.
- **sacerdotisa**: mujer sacerdote, en las religiones antiguas.
- **embudo**: objeto ancho arriba y estrecho abajo, para pasar líquidos.
- **coscorrón**: golpe pequeño en la cabeza con los nudillos de la mano.
- **de la piel de Barrabás**: se dice de una persona muy traviesa, que siempre hace cosas malas.
- **época del pastoreo**: tiempo muy antiguo en que los pueblos vivían de cuidar animales y no tenían ciencia.
- **atrasadilla**: que tiene menos desarrollo del normal para su edad; parece más pequeña.
- **huérfano**: niño que no tiene padre ni madre.
- **fogonero**: hombre que echa carbón al fuego de una máquina; se decía que bebían mucho.
- **sombrero de Gessler**: en la historia de Guillermo Tell, un sombrero puesto en lo alto de un palo.

## X. Historia de dos hijos del pueblo

—Aquí tienes, querida Sofía —dijo Teodoro—, un hombre que sirve para todo. Este es el resultado de nuestra educación, ¿verdad, Carlos? Como no nos criaron con mimos... como desde que éramos muy pequeños nos acostumbramos a la idea de que nadie era inferior a nosotros.... Hay hombres que se forman solos, como nos formamos nosotros. Nadie los ayuda. Solo tienen su voluntad y su noble ambición. Y aun así consiguen salir triunfantes en la *lucha por la existencia*... ¡Sí, demonio! Estos son los únicos que saben cómo hay que tratar a un necesitado. No te cuento algunas cosas de mi vida sobre eso de amar al prójimo como a uno mismo, porque no quiero caer en el feo pecado de hablar bien de mí mismo. Y porque tengo miedo de dar envidia a tus rifas y a tus bailes de caridad. Que esto se quede aquí.

—Cuéntalos, cuéntalos otra vez, Teodoro.

—No, no... todo eso hay que callarlo; así lo manda la modestia. Confieso que yo no tengo mucho de esa virtud tan preciosa. Yo también tengo mis vanidades. Y una de ellas es la vanidad de haber sido mendigo. Pedí limosna de puerta en puerta. Anduve sin zapatos con mi hermanito Carlos. Dormí con él en los huecos de las puertas, sin protección, sin abrigo, sin familia. No sé qué rayo extraordinario de energía y de voluntad se encendió dentro de mí. Tuve una inspiración. Comprendí que delante de nosotros había dos caminos: el de la cárcel y el de la gloria. Cargué sobre mis hombros a mi pobre hermanito, lo mismo que hoy cargo a la Nela. Y dije: «Padre nuestro que estás en los cielos, sálvanos»... Y la verdad es que nos salvamos. Yo aprendí a leer y enseñé a leer a mi hermano. Serví a varios amos, que me daban de comer y me dejaban ir a la escuela. Yo guardaba mis propinas; me compré una hucha.... Junté dinero para comprar libros.... No sé cómo entré en los Escolapios, pero el caso es que entré. Mientras tanto, mi hermano se ganaba el pan haciendo recados en una tienda de ultramarinos....

—¡Qué cosas tienes! —exclamó Sofía, muy molesta, porque no le gustaba oír hablar de aquello—. Y yo me pregunto: ¿para qué recordar esas tonterías de niños? Además, tú las exageras mucho.

—No exagero nada —dijo Teodoro con energía—. Señora, escuche usted y calle.... Voy a dar una clase sobre esto.... Que me escuchen todos los pobres, todos los abandonados, todos los niños perdidos.... Yo entré en los Escolapios como Dios quiso. Aprendí como Dios quiso.... Un buen padre me dio buenos consejos y me ayudó con sus limosnas.... Empecé a sentir amor por la medicina.... Pero ¿cómo podía estudiarla sin dejar de trabajar para comer? ¡Un problema terrible!... Querido Carlos, ¿te acuerdas de cuando entramos los dos en una barbería de la antigua calle de Cofreros? Fuimos a pedir trabajo.... Nunca habíamos tenido una navaja en la mano. Pero había que ganarse el pan afeitando.... Al principio solo ayudábamos... ¿te acuerdas, Carlos?... Después ya usamos nosotros aquellos nobles instrumentos.... La flebotomía fue nuestra salvación. Empecé a estudiar la anatomía. ¡Qué ciencia tan admirable, tan divina! Tenía tanto trabajo en los estudios que tuve que dejar la barbería. Era la barbería del famoso maestro Cayetano.... El día en que me despedí, él lloraba.... Me dio dos duros. Y su mujer me regaló unos pantalones viejos de su marido.... Luego entré a trabajar como ayuda de cámara. Dios me protegía, y siempre me daba buenos amos. Mi amor por el estudio les interesó a aquellos buenos señores. Me dejaban libre todo el tiempo que podían. Yo pasaba las noches sin dormir, estudiando. Estudiaba hasta durmiendo. Estaba como loco. Mientras limpiaba la ropa, recordaba uno por uno los huesos del esqueleto humano.... Me acuerdo de que cepillar la ropa de mi amo me servía para estudiar los músculos.... Cuando limpiaba una manga, decía: «músculo deltoides, bíceps, gran supinador, cubital». Y en los pantalones decía: «músculos glúteos, psoas, gemelos, tibial, etc...». En aquella casa me daban las sobras de la comida. Yo se las llevaba a mi hermano, que vivía en casa de unos honrados ropavejeros. ¿Te acuerdas, Carlos?

—Me acuerdo —dijo Carlos, emocionado—. Por suerte encontré a alguien que me dio casa a cambio de un pequeño trabajo: llevarle las cuentas. Luego tuve la suerte de conocer a aquel coronel retirado. Él me enseñó las matemáticas elementales.

—Bueno: hoy sacan ustedes a la calle todos sus trapos viejos —dijo Sofía.

—Mi hermano me pedía pan —añadió Teodoro—, y yo le respondía: «¿Pan has dicho? Toma matemáticas...». Un día mi amo me dio entradas para el teatro de la Cruz. Llevé a mi hermano y nos divertimos mucho. Pero Carlos cogió una pulmonía.... ¡Qué obstáculo tan terrible, tan enorme! Era como recibir un balazo al principio de la batalla.... Pero no. ¿Quién se rinde? ¡Adelante! Había que curarlo, y punto. Un profesor de la Facultad me tenía mucho cariño, y aceptó curarlo.

—Fue un milagro de Dios que me salvara en aquel cuartucho tan sucio —dijo Carlos—. Era un almacén de trapos viejos, de hierro viejo y de cuero viejo.

—Dios estaba con nosotros... se veía muy claro.... Se había puesto de nuestra parte.... ¡Oh, yo sabía muy bien en quién me apoyaba!

Así siguió hablando Teodoro, con su elocuencia nerviosa, rápida y ardiente. Era tan suya como su melena negra y su cabeza de león.

—Para que mi hermano tuviera medicinas, yo tuve que quedarme sin ropa. Las medicinas y la ropa no pueden ir juntas. Receta tras receta, el enfermo se gastó mi capa y después mi levita... Mis pantalones se convirtieron en píldoras.... Pero mis amos no me abandonaban... Volví a tener ropa, y mi hermano salió a la calle. El médico me dijo: «Que vaya al campo para recuperarse...». Yo pensé... ¿Campo has dicho? Pues que vaya a la escuela de Minas. Mi hermano era un gran matemático. Yo le enseñé la química... Pronto le empezaron a gustar las piedras. Antes de entrar en la escuela ya iba al campo de San Isidro a recoger guijarros.... Yo seguía adelante, navegando entre olas y huracanes.... Cada día era más médico. Un cirujano famoso me tomó como ayudante, y dejé de ser criado.... Empecé a servir a la ciencia... Mi amo cayó enfermo, y yo lo cuidé como una hermana de la Caridad.... Murió y me dejó una herencia... ¡Qué cosa tan graciosa! Era un bastón, una máquina para hacer cigarrillos, un cuerno de caza y cuatro mil reales en dinero. ¡Una fortuna!... Mi hermano tuvo libros, y yo, ropa. Y cuando me vestí como un señor, empecé a tener enfermos. Parecía que la humanidad perdía la salud solo para darme trabajo.... ¡Adelante, siempre adelante!... Pasaron años y años... Al fin, después de grandes tormentas, vi desde lejos el puerto donde refugiarnos.... Mi hermano y yo remábamos ya sin mucho esfuerzo... Ya no estábamos tristes.... Dios sonreía dentro de nosotros. ¡Bien por los Golfines!... Dios les había dado la mano. Empecé a estudiar los ojos, y en poco tiempo dominé la catarata. Pero yo quería más.... Gané algo de dinero, pero mi hermano gastaba bastante.... Al fin Carlos terminó la escuela... ¡Vivan los hombres valientes!... Después de dejarlo colocado en Riotinto, con un buen sueldo, me marché a América. Yo había sido una especie de Colón, el Colón del trabajo. Y también una especie de Hernán Cortés. Yo había descubierto un Nuevo Mundo dentro de mí. Y después de descubrirlo, lo había conquistado.

—Alábate, pandero —dijo Sofía riendo.

—Si hay héroes en el mundo, tú eres uno de ellos —dijo Carlos, que mostraba una gran admiración por su hermano.

—Ahora prepárese usted, señor semidiós —dijo Sofía—. Tiene que coronar todas sus hazañas con un milagro. Y será un milagro dar la vista a un ciego de nacimiento.... Mira, allí sale don Francisco a recibirnos.

Habían caminado por lo alto del cerro que limita las minas por el lado del oeste. Así habían llegado a Aldeacorba, a la casa del señor de Penáguilas. Él se puso la chaqueta a toda prisa y salió al encuentro de sus amigos. Caía la tarde.

### Glosario

- **mimos**: cariños y cuidados excesivos que se dan a un niño.
- **lucha por la existencia**: idea de la ciencia de aquel tiempo: todos los seres luchan para sobrevivir.
- **rifa**: juego en que se venden números; el número que sale gana un premio.
- **vanidad**: orgullo de uno mismo, ganas de que los demás lo admiren.
- **limosna**: dinero o comida que se da a un pobre.
- **hucha**: caja pequeña, con un agujero estrecho, para guardar dinero.
- **hacer recados**: llevar cosas o mensajes de un sitio a otro para alguien.
- **Escolapios**: religiosos que tienen colegios para enseñar a los niños, también a los pobres.
- **tienda de ultramarinos**: tienda de comida, sobre todo de productos que venían de otros países.
- **barbería**: tienda donde se corta el pelo y se afeita la barba a los hombres.
- **afeitar**: cortar la barba con una navaja.
- **flebotomía**: sacar sangre a un enfermo con un pequeño corte; antes lo hacían los barberos.
- **ayuda de cámara**: criado que cuida la ropa de su señor y lo ayuda a vestirse.
- **ropavejero**: persona que compra y vende ropa y cosas viejas.
- **pulmonía**: enfermedad grave de los pulmones.
- **levita**: chaqueta larga de hombre, elegante, de aquella época.
- **guijarro**: piedra pequeña y redonda.
- **Alábate, pandero**: se dice a una persona que habla demasiado bien de sí misma.

## XI. El patriarca de Aldeacorba

—Ya están sacando la leche a las vacas —dijo don Francisco antes de saludarlos—. Supongo que todos tomarán leche. ¿Cómo va ese valor, doña Sofía?... ¿Y usted, don Teodoro?... ¡Buena carga lleva usted a cuestas! ¿Qué tiene María Canela?... Una patita mala. ¿Desde cuándo tenemos esos mimos?

Entraron todos en el patio de la casa. Se oía el mugido grave de las vacas, que acababan de entrar en el establo. Los mozos subían la hierba seca al pajar, y su olor a campo era agradable. Aquel ruido y aquel olor alegraban dulcemente los sentidos y el ánimo.

El médico sentó a la Nela en un banco de piedra. Ella sentía tanto respeto que no podía moverse. No se atrevía a hacer ningún movimiento y miraba con asombro al hombre que la había ayudado.

—¿Dónde está Pablo? —preguntó el ingeniero.

—Acaba de bajar a la huerta —respondió el señor de Penáguilas, y le ofreció a Sofía una silla sencilla de campo—. Mira, Nela, ve y acompáñalo.

—No, no quiero que ande todavía —dijo Teodoro, y la detuvo—. Además, va a tomar leche con nosotros.

—¿No quiere usted ver a mi hijo esta tarde? —preguntó el señor de Penáguilas.

—Con el examen de ayer me basta —respondió Golfín—. Se puede hacer la operación.

—¿Con éxito?

—¡Ah! ¡Con éxito!... Eso no se puede decir. ¡Qué gran placer sería para mí dar la vista a quien tanto la merece! Su hijo tiene una inteligencia de primer orden, una fantasía superior y una bondad exquisita. No conoce en absoluto el mundo visible. Por eso esas grandes cualidades destacan todavía más... Se nos presentan solas, sencillas y admirables. Tienen toda la inocencia y el encanto de las grandes obras de la Naturaleza, donde no ha entrado el arte de los hombres. En él todo es idealismo, un idealismo grandioso, enormemente bello. Es como una mina colosal, como el mármol en las canteras.... No conoce la realidad... Vive la vida interior, la vida de la pura ilusión.... ¡Oh! ¡Si pudiéramos darle la vista!... A veces me digo: «Al darle la vista, quizás lo convertiremos de ángel en hombre...». Aquí tenemos un problema y una duda... Pero hagámoslo hombre; ese es el deber de la ciencia. Traigámoslo del mundo de las ilusiones al mundo de la realidad. Entonces, con su pensamiento tan poderoso, será de verdad inteligente y sensato. Entonces sus ideas serán exactas. Y tendrá el don precioso de apreciar en su verdadero valor todas las cosas.

Sacaron los vasos de leche blanca, tibia y con espuma. La leche se salía por los bordes como si estuviera hirviendo. Penáguilas le ofreció el primero a Sofía, y los caballeros tomaron los otros dos. Teodoro Golfín le dio el suyo a la Nela. Ella, muerta de vergüenza, no quería tomarlo.

—Vamos, mujer —dijo Sofía—, no seas mal educada: toma lo que te dan.

—Otro vaso para el señor don Teodoro —le dijo don Francisco al criado.

Enseguida se oyó el ruidito de los pequeños chorros de leche que salían de la ubre apretada.

—«Y tendrá la apreciación justa de todas las cosas» —dijo don Francisco.

Repetía esta frase del doctor, que le había impresionado mucho.

—Ha dicho usted una cosa admirable, señor don Teodoro. Y ya que hablamos de esto, quiero contarle unas preocupaciones que tengo desde hace días. Me voy a sentar yo también.

Don Francisco se sentó en un banco que tenía a mano. Teodoro, Carlos y Sofía se habían sentado en sillas traídas de la casa. La Nela seguía en el banco de piedra. La leche que acababa de tomar le había dejado un bigotito blanco sobre el labio de arriba.

—Pues decía, señor don Teodoro, que desde hace días me preocupa mi hijo. Está muy excitado, y yo creo que es por la esperanza que le hemos dado.... Pero hay más, hay más. Ya sabe usted que suelo leerle libros distintos. Creo que mis lecturas le han calentado demasiado la cabeza. Tiene en ella más ideas de las que caben en el cerebro de un hombre que no ve. No sé si me explico bien.

—Perfectamente.

—Siempre está pensando y pensando, sin parar. Yo me asombro al oírlo, por lo profundas y agudas que son sus ideas. Pero creo que su sabiduría está llena de mil errores, porque le falta método y no conoce el mundo visible.

—No puede ser de otra manera.

—Pero lo más raro es esto. Su imaginación es muy fuerte, y lo arrastra. Es como un Hércules atado con cadenas dentro de una cárcel. Lucha para romper los hierros y los muros....

—Muy bien, muy bien dicho.

—Su imaginación, digo, no puede quedarse quieta en la oscuridad de sus sentidos. Viene a este mundo nuestro de luz. Y quiere sustituir la falta de vista con sus atrevidas creaciones. Pablo tiene unas ganas asombrosas de investigar. Pero ese espíritu de investigación es un pájaro valiente con las alas rotas. Desde hace días está como delirando. No duerme, y sus ganas de saber casi son locura. Quiere que le lea libros nuevos a todas horas. En cada pausa hace las observaciones más agudas, pero con una inocencia que me hace reír. Afirma y defiende grandes disparates, y no hay quien le lleve la contraria.... Tengo mucho miedo de que se vuelva maniático, de que se le trastorne el cerebro.... ¡Si viera usted qué triste y pensativo se pone a veces!... Y cuando coge un tema, no lo suelta en una semana. Desde hace días no sale de un tema tan gracioso como original. Se le ha metido en la cabeza que la Nela es bonita.

Se oyeron risas, y la Nela se puso roja como la púrpura.

—¡Que la Nela es bonita! —exclamó Teodoro con cariño—. Pues sí que lo es.

—Ya lo creo, y más ahora que tiene su bigote blanco —dijo Sofía.

—Pues sí que es guapa —repitió Teodoro, y le tomó la cara—. Sofía, dame tu pañuelo.... Vamos, fuera ese bigote.

Teodoro afeitó a la Nela con el pañuelo y luego se lo devolvió a Sofía. Don Francisco le dijo a la Nela que fuera a acompañar al ciego. Ella entró en la casa cojeando.

—Y cuando le llevo la contraria —añadió el señor de Aldeacorba—, mi hijo me contesta algo muy raro. Dice que el don de la vista quizás cambia en mí la verdad de las cosas. ¡Qué disparate tan gracioso!

—No le lleve usted la contraria. Y deje por ahora completamente las lecturas. Durante algunos días necesita una tranquilidad absoluta. Hay que tratar el cerebro con mucho cuidado antes de hacer una operación de este tipo.

—Si Dios quiere que mi hijo vea —dijo el señor de Penáguilas con fervor—, para mí usted será el más grande de los hombres, el que más bien hace. La oscuridad de sus ojos es la oscuridad de mi vida. Esa sombra negra ha hecho tristes mis días. Ha oscurecido toda la riqueza que tengo. Soy rico, pero ¿de qué me sirven mis riquezas? Nada me gusta si él no lo puede ver. Hace un mes recibí la noticia de que he heredado una gran fortuna... Ya sabe usted, señor don Carlos, que mi primo Faustino ha muerto en Matamoros. No tenía hijos, así que lo heredamos mi hermano Manuel y yo.... Esto es echar margaritas a puercos. Y no lo digo por mi hermano, que tiene una hija preciosa ya en edad de casarse. Lo digo por mí, pobre desgraciado, que no puedo hacer que mi único hijo disfrute de los placeres honrados de una buena posición.

Después de estas palabras hubo un largo silencio. Solo lo rompía el mugido cariñoso de las vacas en el establo cercano.

—Para él —añadió el patriarca de Aldeacorba con profunda tristeza— no existe el placer del trabajo, que es el primero de todos los placeres. No conoce las bellezas de la Naturaleza. Así, ¿qué significan para él el encanto del campo y las delicias de la agricultura? Yo no sé cómo Dios ha podido quitarle eso a un ser humano. No puede admirar una vaca gorda, un árbol lleno de peras o un prado verde. No puede ver los frutos de la tierra amontonados. No puede pagar el jornal a los trabajadores. No puede leer en el cielo el tiempo que va a hacer. Para él no hay más vida que pensar y pensar, como con fiebre. Su vida solitaria no tendrá ni el consuelo de la familia. Porque cuando yo me muera, ¿qué familia tendrá el pobre ciego? Él no querrá casarse. Ninguna mujer de buena posición se casará con él, a pesar de sus riquezas. Y yo tampoco le aconsejaré que se case. Por eso, cuando el señor don Teodoro me dio esperanza... vi el cielo abierto. Vi una especie de Paraíso en la tierra... Vi un matrimonio joven, alegre y sencillo. Vi ángeles, nietecitos a mi alrededor. Vi mi tumba adornada con las flores de la infancia. Con las caricias tiernas que me acompañarán debajo de la tierra, incluso después de mi última hora.... Ustedes no comprenden esto. No saben lo que ha hecho mi hermano Manuel, que es más bueno que el buen pan. En cuanto supo de mis esperanzas, empezó a hacer cálculos y más cálculos.... Vean ustedes lo que me dice...

Sacó varias cartas y las revolvió un rato, pero no encontró la que buscaba.

—En resumen, él está loco de alegría, y me ha dicho: «Casaré a mi Florentina con tu Pablito. Y así tienes colocado a interés compuesto el medio millón de pesos del primo Faustino...». Me parece que veo a Manolo frotándose las manos y dando saltitos. Siempre lo hace cuando tiene una idea feliz. Los espero a él y a su hija de un momento a otro. Vienen a pasar conmigo el 4 de octubre. Y quieren ver cómo termina este intento de dar la luz a mi hijo....

La noche avanzaba despacio, y los cuatro personajes estaban rodeados de una sombra tranquila. De la casa empezaba a salir humo. Anunciaba la agradable cena de pueblo. El patriarca parecía la imagen humana de aquella tranquilidad triste. Volvió a hablar y dijo:

—La felicidad de mi hermano y la mía dependen de una cosa. Necesito tener un hijo que ofrecer como esposo a Florentina. Ella es tan guapa como la Madre de Dios. Es como la Virgen María Inmaculada, tal como la pintan cuando viene el ángel a decirle: «el Señor es contigo...». Mi hijo ciego no servirá para esto... Pero mi hijo Pablo con vista será la realidad de todos mis sueños. Será la bendición de Dios entrando en mi casa.

Todos callaron, muy impresionados por las palabras tan tristes y tan sencillas del buen padre. Él se llevó a los ojos su mano basta y ruda, endurecida por el arado. Y se limpió una lágrima.

—¿Qué dices tú a eso, Teodoro? —le preguntó Carlos a su hermano.

—Solo digo que he examinado este caso a conciencia. Y no encuentro motivos suficientes para decir: «No tiene cura». Eso dijeron los médicos famosos a quienes consultó nuestro amigo. Yo no aseguro que se cure, pero no lo creo imposible. El examen catóptrico que hice ayer no me muestra ninguna lesión en la retina ni ningún cambio en los nervios de la vista. Si la retina está bien, solo hay que quitar de en medio una pared que molesta.... El cristalino es el que nos hace estas travesuras. Se vuelve opaco, y a veces duro como una piedra. Si todos los órganos hicieran su papel como deben.... Pero en esa república del ojo hay muchos vagos que se atrofian....

—Entonces todo es solo una simple catarata de nacimiento —dijo el patriarca con ansia.

—¡Oh, no, señor! ¡Si fuera solo eso, seríamos felices! Bastaría con dejar sin empleo a ese funcionario que cumple tan mal su obligación.... Le mandan que deje pasar la luz. Y en vez de hacerlo, se congestiona, se altera, se endurece y se vuelve opaco como una pared. Hay algo más, señor don Francisco. El iris tiene una fisura. También tenemos que trabajar en la pupila. Pero todo eso me da risa si la coroides y la retina están en buen estado. Lo sabré cuando tome posesión de ese ojo, dormido durante tanto tiempo, y entre en él. Pero puede pasar lo contrario. Quizás aparto el cristalino y entro con la luz en mi nuevo palacio recién conquistado. Y quizás allí me encuentro con una amaurosis total.... Si la amaurosis fuera incompleta, habríamos ganado mucho. Pero si es total.... Contra la muerte de los nervios de la visión no podemos hacer nada. Nos está prohibido meternos en lo más hondo de la vida.... ¿Qué vamos a hacer? Paciencia. Este caso me ha interesado muchísimo. Hay señales de que las habitaciones de dentro no están mal. Su Majestad la retina quizás está preparada para recibir los rayos de luz que le presentemos. Su Alteza el humor vítreo probablemente estará bien. Quizás la larguísima falta de ejercicio le ha producido algo de glaucoma... una especie de tristeza... Ya intentaremos arreglarlo. Todo estará muy bien allá dentro, en la cámara del rey.... Pero pienso otra cosa. La fisura y la catarata normalmente dejan entrar un poco de claridad. Y nuestro ciego no percibe ninguna claridad. Esto me ha hecho pensar mucho.... Es verdad que las capas de fuera están muy opacas... Los obstáculos que encuentra la luz son muy fuertes.... Ya veremos, don Francisco. ¿Tiene usted valor?

—¿Valor? ¡Claro que tengo valor! —exclamó don Francisco con cierta fuerza.

—Se necesita mucho valor para lo que puede pasar....

—¿Qué puede pasar?

—Que su hijo sufra una operación dolorosa y después se quede tan ciego como antes.... Yo le dije a usted: «No está demostrado que sea imposible. ¿Hago la operación?».

—Y yo respondí, y ahora respondo: «Hágase la operación, y cúmplase la voluntad de Dios. Adelante».

—¡Adelante! Ha dicho usted mi palabra.

Don Francisco se levantó. Apretó entre sus dos manos la mano de Teodoro, que era tan parecida a la garra de un león.

—Con este clima, la operación se puede hacer en los primeros días de octubre —dijo Golfín—. Mañana decidiremos el tratamiento que debe seguir el paciente.... Y ahora nos vamos, que aquí arriba hace fresco.

Penáguilas les ofreció a sus amigos quedarse en su casa a cenar, pero ellos no quisieron aceptar. Salieron todos, y también la Nela, porque Teodoro quiso llevarla con él. Don Francisco salió también para acompañarlos hasta el establecimiento.

La noche estaba silenciosa y bella, y los invitaba a hablar. Por el camino conversaron sobre cosas agradables. Unas eran sobre lo que producían las minas. Otras, sobre las cosechas de la región. Los Golfines entraron en su casa. Entonces don Francisco volvió a la suya, solo y triste. Andaba despacio, con la vista fija en el suelo. Pensaba en los días terribles que iban a venir. Serían días de ansiedad y de esperanza, de sustos y de dudas. Por el camino se encontró con Choto, y los dos subieron despacio la escalera de palo. La luna iluminaba bastante. La sombra del patriarca subía delante de él y se rompía en los peldaños. Hacía como unos pliegues que saltaban de escalón en escalón. El perro iba a su lado. Don Francisco no tenía a nadie más a quien contar los pensamientos que le pesaban en la cabeza. Por eso dijo:

—Choto, ¿qué sucederá?

### Glosario

- **mimos**: cuidados y atenciones exagerados, como los que se dan a un niño.
- **mugido**: la voz de la vaca.
- **ubre**: parte del cuerpo de la vaca donde está la leche.
- **echar margaritas a puercos**: dar algo de mucho valor a quien no lo puede disfrutar.
- **más bueno que el buen pan**: muy buena persona.
- **interés compuesto**: forma de ganar dinero con el dinero; cada año se gana más.
- **examen catóptrico**: examen del interior del ojo con luz y espejos.
- **cristalino**: parte del ojo, como una lente, detrás de la pupila.
- **opaco**: que no deja pasar la luz.
- **catarata**: enfermedad del ojo: el cristalino se vuelve opaco y no deja pasar la luz.
- **fisura**: grieta o abertura pequeña y estrecha.
- **amaurosis**: ceguera completa porque los nervios del ojo están muertos.
- **glaucoma**: enfermedad del ojo que puede dejar ciego.

## XII. El doctor Celipín

El señor Centeno disfrutó un rato leyendo las columnas borrosas del *Diario*. La Señana sintió su placer más grande, que la emborrachaba de gusto: pesar en la mano el dinero del calcetín. Después los dos se acostaron. Los hijos también se habían ido a descansar, cada uno a su colchón. En la sala se oyó una retahíla de palabras que parecía una oración o un romance de ciego. Se oyeron bostezos, y sobre las bocas abiertas un dedo perezoso hacía cruces.... La familia de piedra dormía.

Cuando la casa quedó como el Limbo, se oyó un ruidito en la cocina. Parecía el ruido de animalitos que salen de sus agujeros para buscar comida. Las cestas se abrieron, y Celipín oyó estas palabras:

—Celipín, esta noche sí que te traigo un buen regalo; mira.

Celipín no podía ver nada. Pero alargó la mano y tomó de la mano de María dos duros, brillantes como dos soles. Con la vista era difícil comprobar si eran de verdad, así que lo comprobó con el tacto. Se quedó asombrado y mudo.

—Me los dio don Teodoro —añadió la Nela— para que me comprara unos zapatos. Como yo no necesito zapatos para nada, te los doy. Así pronto juntarás aquello.

—¡Córcholis! ¡Eres más buena que María Santísima!... Ya me falta poco, Nela. En cuanto junte media docena de reales... ya verán quién es Celipín.

—Mira, hijito, el hombre que me ha dado ese dinero pedía limosna por las calles cuando era niño, y después....

—¡Córcholis! ¡Quién lo iba a decir!... Don Teodoro.... ¡Y ahora tiene tanto dinero!... Dicen que lo que tiene no lo pueden cargar ni seis mulas.

—Y dormía en las calles, y trabajaba de criado, y no tenía pantalones... En fin, que era más pobre que las ratas. Su hermano, don Carlos, vivía en una casa de trapos viejos.

—¡Jesús! ¡Córcholis! Qué cosas se ven por esas tierras.... Yo también me buscaré una casa de trapos viejos.

—Y después tuvo que ser barbero para ganarse la vida y poder estudiar.

—Miá tú... yo tengo pensado ir derecho a una barbería.... Para afeitar no hay nadie como yo.... ¡Pues no soy listo yo, gracias a Dios! En cuanto llegue a Madrid, por un lado afeitaré y por otro estudiaré. Así aprenderé toda la ciencia en dos meses. Miá tú, ahora se me ha ocurrido que debo hacerme médico.... Sí, médico. Pones una mano en este pulso y otra mano en el otro, y el bolsillo se te llena de dinero.

—Don Teodoro —dijo la Nela— tenía menos que tú. Porque tú vas a tener cinco duros, y con cinco duros parece que todo se puede conseguir. Ahí se ve quién es valiente. Don Teodoro y don Carlos eran como los pájaros que andan solos por el mundo. Pero se organizaron bien y se volvieron sabios. Don Teodoro leía en los muertos y don Carlos leía en las piedras. Y así los dos aprendieron a hacerse personas completas. Por eso don Teodoro es tan amigo de los pobres. Celipín, si me hubieras visto esta tarde, cuando me llevaba en el hombro.... Después me dio un vaso de leche. Y me echaba unas miradas como las que se echan a las señoras.

—Todos los hombres listos somos así —dijo Celipín, muy creído—. Ya verás qué fino y qué elegante voy a ser yo. Me pondré mi levita y mi sombrero de una tercia de alto. Y en las manos me pondré eso que llaman guantes. No me los pienso quitar nunca, excepto para tomar el pulso.... Tendré un bastón con el puño dorado. Y me vestiré... eso sí, sobre mi cuerpo solo pondré tela fina... ¡Córcholis! Te vas a reír cuando me veas.

—No pienses todavía en subir tan alto, que eres más pelado que un huevo —le dijo ella—. Ve poquito a poco: hoy aprendes esto y mañana lo otro. Antes de aprender a curar a los enfermos, te aconsejo que aprendas a escribir. Así podrás escribirle una carta a tu madre y pedirle perdón. Le dirás que te has ido de casa para educarte. Y que quieres ser como don Teodoro y llegar a ser un médico completo.

—Calla, mujer.... ¿Pues qué creías? ¿Que la escritura no es lo primero?... Tú déjame coger una pluma con la mano. Ya verás qué letras tan bonitas hago, con rayitas finas para arriba y para abajo. Como la firma de don Francisco Penáguilas.... ¡Escribir! A mí me vienes con esas... A los cuatro días verás qué cartas escribo.... Ya las oirás leer. Verás qué concéitos los míos y qué retólicas tan bonitas. Os vais a quedar todos con la boca abierta. ¡Córcholis! Nela, tú no sabes que yo tengo mucho talento. Lo siento aquí dentro de la cabeza, que me hace *burumbum*, *burumbum*, como el agua de la caldera de vapor.... Por eso no me deja dormir. Yo creo que todas las ciencias se me están metiendo aquí dentro. Vuelan a ciegas, como los murciélagos, y me dicen que las estudie. Todas, todas las ciencias las voy a aprender, y no se me va a quedar ni una.... Ya verás...

—Pues debe de haber muchas. Pablo Penáguilas, que las sabe todas, me ha dicho que son muchas. Y que la vida entera de un hombre no basta para aprender una sola.

—Ríete tú de eso.... Ya me verás a mí...

—Y la más bonita de todas es la de don Carlos.... Porque, mira tú, coge una piedra y hace latón con ella. Otros dicen que también hacen plata, y hasta oro. Dedícate a eso, Celipillo.

—No te engañes: no hay ciencia como la de coger a uno la muñeca y mirarle la lengua. Y decir enseguida en qué agujero del cuerpo tiene escondido el mal.... Dicen que don Teodoro le saca un ojo a un hombre y le pone otro nuevo. Y con el ojo nuevo ve como si hubiera nacido con él.... Miá tú: hay un hombre que se está muriendo. Y tú le mandas tomar, por ejemplo, media docena de mosquitos guisados un lunes. Guisados con palos de mimbre cogidos por una doncella que se llame Juana. Y lo dejas bueno y sano. ¡Eso es mucho aquel!... Ya verás, ya verás qué bien lo hace don Celipín, el de Socartes. Te digo que se va a hablar de mí hasta en la Habana.

—Bien, bien —dijo la Nela con alegría—. Pero mira que tienes que ser buen hijo, pues si tus padres no quieren enseñarte, es porque ellos no tienen talento. Y como tú sí lo tienes, pídele a la Virgen Santísima por ellos. Y no dejes de mandarles algo de lo mucho que vas a ganar.

—Eso sí lo haré. Miá tú, aunque me voy de casa, no es porque quiera mal a mis padres. Ya verás: dentro de poco tiempo verás venir a un mozo de la estación. Vendrá tan cargado de paquetes grandes que casi revienta. ¿Y qué será? Pues refajos para mi madre y mis hermanas, y un sombrero alto para mi padre. A ti puede que te mande también un par de pendientes.

—Qué pronto haces regalos —dijo la Nela, aguantando la risa—. ¡Pendientes para mí!...

—Pero ahora se me está ocurriendo una cosa. ¿Quieres que te la diga? Pues que tú deberías venir conmigo. Siendo dos, nos ayudaríamos a ganar dinero y a aprender. Tú también tienes talento; eso del pesquis a mí no se me escapa. Bien podrías llegar a ser una señora, como yo un caballero. ¡Cómo me iba a reír si te viera tocando el piano como doña Sofía!

—¡Qué bobo eres! Yo no sirvo para nada. Si fuera contigo, sería un estorbo para ti.

—Ahora dicen que le van a dar la vista a don Pablo. Y cuando él tenga vista, tú no tendrás nada que hacer en Socartes. ¿Qué te parece mi idea?... ¿No respondes?

Pasó un rato, y la Nela no contestó nada. Celipín volvió a preguntar, pero no obtuvo respuesta.

—Duérmete, Celipín —dijo al fin la niña de las cestas—. Yo tengo mucho sueño.

—Si mi talento me deja dormir, a la buena de Dios.

Un minuto después, Celipín soñaba. Se veía a sí mismo con una figura parecida a la de don Teodoro Golfín. Ponía ojos nuevos en cuencas viejas. Clavaba piernas rotas. Salvaba de la muerte a mucha gente. Para eso les daba grandes tomas de mosquitos guisados un lunes con palos de mimbre cogidos por una doncella. Se veía vestido de telas riquísimas, con las manos metidas en guantes perfumados. Iba en un coche tirado por cisnes, no por caballos. Los reyes lo llamaban y las reinas lo buscaban. Las damas honradas lo querían. Los hombres más poderosos lo alababan. Y todos los pueblos de la tierra lo llevaban en triunfo.

### Glosario

- **retahíla**: muchas palabras dichas una detrás de otra, sin parar.
- **romance de ciego**: canción larga que cantaban los ciegos por las calles para ganar dinero.
- **Limbo**: lugar oscuro y silencioso, sin nada; aquí, la casa dormida.
- **Miá tú**: forma de hablar de Celipín; quiere decir «mira tú».
- **concéitos / retólicas**: forma de hablar de Celipín; quiere decir «conceptos» y «retóricas»: ideas y frases bonitas.
- **una tercia**: medida antigua, la tercera parte de una vara; unos 28 centímetros.
- **más pelado que un huevo**: muy pobre, sin nada de dinero.
- **pesquis**: inteligencia, cabeza para pensar.
- **refajo**: falda gruesa que llevaban las mujeres del campo, a veces debajo de otra.
- **es mucho aquel**: forma popular de decir que algo es muy importante o muy admirable.

## XIII. Entre dos cestas

La Nela cerró sus conchas para estar más sola. Sigámosla y entremos en su pensamiento. Pero antes conviene contar un poco de historia.

De niña, Marianela no recibió ninguna enseñanza. Tampoco tuvo los consejos cariñosos que llevan el espíritu, con seguridad, hacia ciertas verdades. Por eso, en su imaginación poderosa, se había formado un orden de ideas muy raro. Se había inventado una idea extravagante de los dioses. Y tenía un modo muy extraño de entender las causas y los efectos de las cosas. Teodoro Golfín tenía razón cuando comparaba el espíritu de la Nela con los pueblos primitivos. Como en ellos, en ella dominaban el sentimiento y la fascinación por lo maravilloso. Creía en poderes sobrenaturales, distintos del Dios único y grandioso. Y veía en las cosas de la Naturaleza personas vagas, que tenían sus modos de hablar con los hombres.

A pesar de esto, la Nela no ignoraba del todo el Evangelio. Nunca se lo enseñaron bien, pero había oído hablar de él. Veía que la gente iba a una ceremonia que llamaban misa. Tenía idea de un sacrificio sublime, pero no sabía más. Por un sentimiento que se contagia de unos a otros, se había acostumbrado a respetar al Dios crucificado. Sabía que aquella imagen se debía besar. Sabía también algunas oraciones, aprendidas de memoria, por costumbre. Sabía que todo lo que no se tenía debía pedirse a Dios. Pero nada más. La causa de esto era el horrible abandono de su inteligencia hasta su amistad con el señorito de Penáguilas. Pablo era un ser extraordinario. Desde su oscuridad, exploraba los problemas de la vida con el ojo valiente de su pensamiento incansable. Pero aquella amistad había llegado tarde. En el espíritu de la Nela ya se había vuelto piedra lo que podemos llamar su filosofía. La había hecho ella misma. Era un no sé qué de paganismo y de sentimentalismo, mezclados y confundidos. Debemos añadir algo más. María vivía muy lejos del mundo común en que vivimos todos. Sin embargo, casi siempre mostraba buen sentido y juzgaba con prudencia las cosas de la vida. Ya lo hemos visto en los consejos que daba a Celipín. El enorme valor de su alma explica esto.

La tendencia más fuerte de su espíritu era una pasión secreta por la hermosura física, en cualquier lugar donde estuviera. No hay nada más natural en un ser como ella. La Nela se había criado en una soledad profunda, lejos de la sociedad y de la ciencia. Pero vivía en contacto abierto y constante con la Naturaleza, casi en trato familiar con ella. La Naturaleza está llena de bellezas grandiosas o graciosas, de luz y de colores. Tiene murmullos que parecen hablar y formas muy diversas. Pero Marianela había mezclado su admiración con la adoración. Además, siguió una ley que también es propia de los pueblos primitivos. Unió todas las bellezas que adoraba en una sola belleza, ideal y con forma humana. Esta belleza era la Virgen María. La había tomado del Evangelio, que ella conocía tan mal. Pero la Virgen María no habría sido su ideal más querido solo por sus perfecciones morales. Tenía que unir a ellas toda la hermosura, la gracia y el encanto del cuerpo. Tenía que tener una cara noble, hechicera y atractiva, humana y divina al mismo tiempo. Para la Nela, aquella cara era el resumen de toda la luz del mundo. Resumía también la melancolía y la dulce paz de la noche, y la música de los arroyos. Resumía la gracia y la elegancia de todas las flores, y la frescura del rocío. Resumía los suaves quejidos del viento y la nieve pura de las montañas. Resumía la mirada cariñosa de las estrellas. Y resumía la majestad de las nubes cuando pasan despacio y serias por el cielo inmenso.

La persona de Dios le parecía terrible y seria, con el ceño fruncido. Le inspiraba más respeto que cariño. Todo lo bueno venía de la Virgen María. A la Virgen había que pedirle todo lo que necesitan las criaturas. Dios reñía y ella sonreía. Dios castigaba y ella perdonaba. Esta última idea no es tan rara. Domina casi por completo en las clases pobres y rurales de nuestro país.

También es común en ellas otra cosa, cuando un gran abandono se junta con una gran fantasía. Es la mezcla que hacía la Nela entre las bellezas de la Naturaleza y aquella figura encantadora. Esa figura resume casi todos los elementos de belleza de la idea cristiana. Pero imaginemos que a la soledad de la Nela hubieran llegado menos ideas cristianas. Imaginemos que hubiera vivido totalmente apartada del centro de las ideas. Entonces su paganismo habría sido completo. Habría adorado la luna, los bosques, el fuego, los arroyos, el sol.

Esta era la Nela que se crio en Socartes, y así llegó a los quince años. Desde entonces, su amistad con Pablo y sus frecuentes conversaciones con él cambiaron un poco su modo de pensar, porque él sabía muchas cosas buenas. Pero la base de sus ideas no cambió. Seguía dando a la hermosura física una especie de poder soberano y sagrado. Seguía llena de supersticiones. Seguía adorando a la Virgen Santísima como un resumen de todas las bellezas naturales. Hacía de ella la ley moral. Y terminaba su sistema con ideas muy extrañas sobre la muerte y la vida futura.

Encerrada en sus conchas, Marianela habló así:

—Madre de Dios y mía, ¿por qué no me hiciste hermosa? ¿Por qué no me miraste desde arriba cuando mi madre me tuvo?... Cuanto más me miro, más fea me encuentro. ¿Para qué estoy yo en el mundo? ¿Para qué sirvo? ¿A quién puedo interesar? A uno solo, Señora y madre mía. A uno solo, que me quiere porque no me ve. ¿Qué será de mí cuando me vea y deje de quererme?... Porque ¿cómo me va a querer cuando vea este cuerpo chico? Esta figurilla de pájaro, esta piel con pecas, esta boca sin gracia, esta nariz puntiaguda, este pelo descolorido... Esta persona mía solo sirve para que todo el mundo le dé patadas. ¿Quién es la Nela? Nadie. La Nela solo es algo para el ciego. Si ahora le nacen los ojos y los vuelve hacia mí y me ve, caigo muerta... Él es el único para quien la Nela no vale menos que los gatos y los perros. Me quiere como los novios quieren a sus novias, como Dios manda que se quieran las personas... Señora madre mía, tú vas a hacer el milagro de darle la vista. Pues hazme hermosa a mí o mátame, porque no sirvo para nada en el mundo. Yo no soy nada ni nadie, solo para uno... ¿Me da pena que él recobre la vista? No, eso no, eso no. Yo quiero que vea. Daré mis ojos para que él vea con los suyos; daré toda mi vida. Yo quiero que don Teodoro haga el milagro que dicen. ¡Benditos sean los hombres sabios! Lo que no quiero es que mi amo me vea, no. Antes de dejar que me vea, ¡Madre mía!, me enterraré viva. Me tiraré al río... Sí, sí; que la tierra se trague mi fealdad. Yo no debía haber nacido...

Y luego, dándose la vuelta en la cesta, siguió:

—Mi corazón es todo para él. Este cieguito tuvo el capricho de quererme mucho. Para mí es lo primero del mundo, después de la Virgen María. ¡Oh! ¡Si yo fuera grande y hermosa! ¡Si tuviera el cuerpo, la cara y el tamaño de otras mujeres... sobre todo el tamaño! ¡Si yo pudiera llegar a ser señora y arreglarme!... ¡Ay!, entonces mi mayor alegría sería que sus ojos disfrutaran mirándome... Si yo fuera como las demás, aunque solo fuera como la Mariuca... ¡Qué pronto buscaría el modo de aprender, de educarme, de ser una señora!... ¡Oh! ¡Madre y reina mía, me vas a quitar lo único que tengo!... ¿Por qué dejaste que yo le quisiera y que él me quisiera a mí? Esto no debió ser así.

Y llorando, con los brazos cruzados, añadió medio dormida:

—¡Ay! ¡Cuánto te quiero, niño de mi alma! Quiéreme mucho, a la Nela, a la pobre Nela, que no es nada... Quiéreme mucho... Déjame darte un beso en tu preciosísima cabeza... pero no abras los ojos, no me mires... ciérralos, así, así.

### Glosario

- **conchas**: partes duras que cubren a algunos animales del mar, como la almeja; aquí, las dos cestas donde duerme la Nela.
- **Evangelio**: libro que cuenta la vida y las palabras de Jesús.
- **misa**: ceremonia religiosa principal de los católicos.
- **crucificado**: clavado en una cruz, como Jesús.
- **paganismo**: creencia en muchos dioses o en las fuerzas de la naturaleza, no en el Dios cristiano.
- **superstición**: creencia sin razón en cosas mágicas.
- **ceño fruncido**: la frente arrugada entre las cejas, como cuando alguien está enfadado.
- **pecas**: pequeñas manchas oscuras en la piel.
- **cuando mi madre me tuvo**: cuando mi madre me dio a luz, cuando nací.
- **recobrar la vista**: volver a ver, o empezar a ver.

## XIV. De cómo la Virgen María se apareció a la Nela

Hay pensamientos que huyen cuando nos vence el sueño. Pero suelen quedarse esperando, escondidos, y vuelven de golpe cuando despertamos. Así le pasó a Mariquilla. Se había dormido con pensamientos muy raros sobre la Virgen María, sobre el ciego y sobre su propia fealdad. Ella deseaba ver esa fealdad cambiada en una hermosura asombrosa. Y con esos mismos pensamientos despertó, cuando los gritos de la Señana la sacaron de entre sus cestas. Al abrir los ojos, la Nela rezó a la Virgen María, como siempre. Pero aquel día la oración fue una larga mezcla. Tenía las oraciones de todos los días y algunos trozos inventados por ella. Si alguien lo hubiera escrito, habría sido un discurso curioso. Entre otras cosas, la Nela dijo:

—Anoche te me apareciste en sueños, Señora, y me prometiste que hoy me consolarías. Estoy despierta y me parece que todavía te estoy mirando. Me parece que tengo delante tu cara, más linda que todas las cosas bonitas y hermosas del mundo.

Al decir esto, la Nela movía los ojos a su alrededor, como perdida... Se observaba a sí misma de un modo vago, como podía. Y pensó:

—A mí me pasa algo.

—¿Qué tienes, Nela? ¿Qué te pasa, chiquilla? —le dijo la Señana, porque la muchacha miraba con ojos de sorpresa un punto fijo en el aire—. ¿Estás viendo visiones, marmota?

La Nela no respondió, porque su espíritu estaba ocupado hablando consigo mismo. Se decía:

—¿Qué es lo que tengo?... No puede ser un hechizo malo, porque lo que tengo dentro de mí no es la figura negra y muy fea del demonio. Es una cosa del cielo: una cara, una sonrisa y un modo de mirar. O yo estoy tonta, o son de la misma Virgen María en persona. Señora y madre mía, ¿es verdad que hoy vas a consolarme?... ¿Y cómo me vas a consolar? ¿Qué te pedí anoche?

—¡Eh!... ¡chiquilla! —gritó la Señana. Su voz era dura, como el sonido más desagradable que se puede oír en el mundo—. Ven a lavarte esa cara de perro.

La Nela corrió. Había sentido en su espíritu una sacudida, como cuando llega de repente una gran esperanza. Se miró en el agua, que temblaba, y al instante sintió que se le apretaba el corazón.

—Nada... —murmuró—. Tan feíta como siempre. La misma figura de niña con alma y años de mujer.

Después de lavarse, volvieron las mismas sensaciones extrañas de antes. Eran como angustias agradables. Marianela tenía poca experiencia. Aun así, supo clasificar aquellas sensaciones entre los presentimientos.

—Pablo y yo —pensó— hemos hablado de lo que se siente antes de una cosa alegre o triste. Pablo me dijo también que poco antes de los terremotos se siente una cosa especial. Las personas sienten una cosa especial... y los animales también sienten una cosa especial... ¿Va a temblar la tierra?

Se puso de rodillas y tocó el suelo.

—No sé... pero algo va a pasar. No puedo dudar de que es una cosa buena... La Virgen me dijo anoche que hoy me consolaría... ¿Qué es lo que tengo?... ¿Esa Señora del cielo anda alrededor de mí? No la veo, pero la siento. Está detrás, está delante.

Pasó junto a las máquinas de lavado, hacia el plano inclinado. Miraba a todas partes con ojos asustados. Solo veía las figuras de barro crudo, que se movían con un alboroto infernal. A su alrededor sonaba el ruido desagradable de las cribas, que giraban sin parar. Las cribas convertían el agua en polvo fino y ponían húmedo el polvo. Más adelante, cuando se vio sola, se detuvo. Se puso el dedo en la frente y clavó los ojos en el suelo, con la mirada perdida de quien duda. Y se hizo esta pregunta:

—¿Pero yo estoy alegre o estoy triste?

Después miró al cielo. Le sorprendió encontrarlo igual que todos los días, y aquel era uno de los días más hermosos. Y caminó más rápido para llegar pronto a Aldeacorba de Suso. No siguió el valle de las minas para subir por la escalera de palo. Se apartó de la hondonada por el arroyo que hay junto al plano inclinado. Así subió a los prados, y después fue derecha y por camino llano hasta Aldeacorba. Este camino era más bonito, y por eso casi siempre lo prefería. Había caminos estrechos llenos de flores graciosas y perfumadas. Entre tantas flores comían rebaños de abejas y mariposas. Había grandes zarzas llenas de esa fruta negra que tanto les gusta a los niños. Había grupos de cerezos, y en sus troncos se columpiaban las madreselvas. Y había también encinas enormes, anchas, redondas, hermosas y oscuras. Parecía que disfrutaban mirando su propia sombra.

La Nela seguía andando despacio. Estaba inquieta por lo que pasaba dentro de ella y por aquella angustia deliciosa que la llenaba. Al fin, su rica imaginación encontró la mejor forma de expresar aquella obsesión. Recordó que había oído decir: *Fulano o Zutano tiene los demonios en el cuerpo*. Y ella dijo:

—«Yo tengo los ángeles en el cuerpo... Virgen María, tú estás hoy conmigo. Esto que siento son las carcajadas de tus ángeles, que juegan dentro de mí. Tú no estás lejos. Te veo y no te veo, como cuando vemos con los ojos cerrados».

La Nela cerraba los ojos y los volvía a abrir. Pasó junto a un bosque y dobló una curva del camino. Llegó a un sitio donde había un gran seto de zarzas. Eran las zarzas más frondosas, más bonitas y más altas de toda la región. También se veían helechos verdes y fuertes, madreselvas, parras vírgenes y otras plantas trepadoras. Allí no había grandes troncos, y por eso se sostenían unas a otras. La Nela sintió que las ramas se movían a su derecha. Miró... ¡Cielos divinos! Allí estaba, dentro de un marco verde, la Virgen María Inmaculada. Tenía su propia cara y sus propios ojos. Al mirar, aquellos ojos reunían toda la hermosura del cielo. La Nela se quedó muda, como de piedra. Sentía al mismo tiempo fervor y espanto. No pudo dar un paso, ni gritar, ni moverse, ni respirar. Tampoco pudo apartar los ojos de aquella aparición maravillosa.

Había aparecido entre las hojas, y se le veían por completo el busto y la cara. Sí, era la imagen auténtica de aquella joven elegida de Nazaret. Durante dieciocho siglos, los artistas han intentado pintar su perfección moral. Lo han hecho desde San Lucas hasta los pintores de hoy. La humanidad ha visto a esta persona sagrada con ojos distintos. Unas veces la ha visto con los ojos de Alberto Dürer, otras con los de Rafael Sanzio. Otras veces, con los de Van-Dick o Bartolomé Murillo. La que se apareció a la Nela era al modo de Rafael, que es el mejor de todos. La razón es esta: la perfección de la belleza humana es lo que más se acerca a expresar lo divino. Ningún otro recurso del arte se acerca tanto. El óvalo de su cara era menos estrecho que el del tipo sevillano. Tenía la graciosa redondez del tipo italiano. Sus ojos tenían unas proporciones admirables. Eran la serenidad misma, unida a la gracia y a la armonía. Su mirada no era fría, pero tampoco lanzaba relámpagos como los ojos andaluces. Sus cejas parecían hechas por el pincel más fino, y dibujaban un arco delicado y delicioso. En su frente no se podía imaginar el ceño del enfado ni las sombras de la tristeza. Sus labios eran un poco gruesos. Al sonreír, dejaban ver los dientes más preciosos que han mordido nunca la manzana del Paraíso. Sin querer, hemos llegado a nuestra madre Eva. Y Eva, que dio el triunfo a la serpiente, está muy lejos de la Virgen, que le aplastó la cabeza. Pero pensar en las distintas formas de la belleza humana lleva a estas contradicciones, y a otras peores. Terminemos el retrato imperfecto de aquella visión divina, que dejó a la pobre Nela confusa y como muerta. Su piel era de color de rosa tostada, o mejor, de un moreno encendido. Ese color forma como un rubor delicioso en la cara de aquellas imágenes divinas. Ante ellas se quedan en éxtasis tanto los siglos religiosos como los siglos sin fe.

Pasó el primer momento de asombro. Entonces Marianela observó algo que la confundió mucho: la bella Virgen llevaba una corbata azul en el cuello. Nunca había visto ese adorno en las Vírgenes soñadas ni en las pintadas. Enseguida observó también que la divina mujer llevaba un vestido sobre los hombros y el pecho. Era un vestido igual a los que usan las mujeres de hoy. Pero lo que más turbó y confundió a la pobre muchacha fue otra cosa. La bella imagen estaba cogiendo moras de la zarza... y comiéndoselas.

La Nela empezaba a pensar en esta extraña conducta de la Virgen. Entonces oyó una voz de hombre, aguda y chillona, que decía:

—¡Florentina, Florentina!

—Aquí estoy, papá. Aquí estoy, comiendo moras silvestres.

—¡Otra vez!... ¿Y qué gusto les encuentras a las moras silvestres?... ¡Caprichosa!... ¿No te he dicho que eso es más propio de los niños vagos del campo que de una señorita criada en la buena sociedad?... criada en la buena sociedad.

La Nela vio acercarse con paso serio al hombre que decía esto. Era un hombre de mediana edad y de estatura mediana, algo gordito. Tenía la cara roja, y parecía echar rayos de satisfacción, como el sol echa rayos de luz. Tenía las piernas cortas y la nariz un poco larga. Llevaba varios objetos de adorno. Entre ellos destacaban una gran cadena de reloj y un fino sombrero de fieltro de alas anchas.

—Vamos, mujer —dijo con cariño don Manuel Penáguilas, porque era él—. Las personas decentes no comen moras silvestres ni dan esos saltos. ¿Ves? Te has estropeado el vestido... No lo digo por el vestido. Igual que te compramos ese, te compraremos otro... Lo digo porque la gente que te vea puede creer que no tienes más ropa que la puesta.

La Nela empezaba a ver claro. Observó los vestidos de la señorita de Penáguilas. Eran buenos y caros. Pero mostraban muy bien el paso, no muy lento, de muchacha de aldea a señorita rica. Todo lo que llevaba, desde los zapatos hasta la peineta, era de señorita de pueblo. Parecía vestida para la fiesta del santo patrón del pueblo. Pero los encantos naturales de Florentina eran tan grandes que ninguna regla de la elegancia podía oscurecerlos. Sin embargo, no se podía negar una cosa. Su encantadora persona estaba pidiendo a gritos una falda sencilla de aldeana. Pedía el pelo en trenzas sueltas y descuidadas, adornado con amapolas. Pedía un corpiño ajustado y un collar de corales. En resumen, pedía lo que inventarían solos el pudor y el deseo natural de estar guapa. No necesitaba ninguna moda de la corte.

Cuando la señorita se apartaba de la zarza, don Manuel vio a la Nela. En ese momento, la Nela ya había comprendido del todo su equivocación. Don Manuel se dirigió a ella y gritó:

—¡Oh!... ¿Estás aquí?... Mira, Florentina, esta es la Nela... Recordarás que te hablé de ella. Es la que acompaña a tu primito... a tu primito. ¿Y qué tal te va por estos lugares?...

—Bien, señor don Manuel. ¿Y usted, cómo está? —respondió Mariquilla, sin apartar los ojos de Florentina.

—Yo, tan contento y tranquilo, ya ves. Esta es mi hija. ¿Qué te parece?

Florentina corría detrás de una mariposa.

—Hija mía, ¿adónde vas? ¿Qué es eso? —dijo el padre, claramente molesto—. ¿Te parece bien correr así detrás de un insecto, como los niños vagabundos?... Mucha seriedad, hija mía. Las señoritas criadas en la buena sociedad no hacen eso... no hacen eso...

Don Manuel tenía la costumbre de repetir la última frase de sus párrafos o discursos.

—No se enfade usted, papá —dijo la joven. Volvía sin la mariposa, y se puso bajo el ala del sombrero de su padre—. Ya sabe usted que me gusta mucho el campo. Me vuelvo loca cuando veo árboles, flores, prados. Y como en aquella triste tierra de Campó, donde vivimos, no hay nada de esto...

—¡Oh! No hables mal de Santa Irene de Campó. Es una villa culta, donde hoy hay muchas comodidades y una sociedad distinguida. Allí también han llegado los adelantos de la civilización... de la civilización. Puedes admirar la Naturaleza andando a mi lado con juicio. Yo también la admiro, y no doy saltos como los acróbatas. A las personas educadas en una sociedad escogida se las conoce solo por su modo de andar. También por su modo de mirar todas las cosas. Eso de decir a cada momento «¡ah!, ¡oh!... ¡qué bonito!... ¡Mire usted, papá!»... Eso de señalar un helecho, un roble, una piedra, un espino, un chorro de agua... No es de muy buen gusto... Creerán que te has criado en algún desierto... Así que anda a mi lado... La Nela nos dirá por dónde volver a casa, porque la verdad es que yo no sé dónde estamos.

—Si van hacia la izquierda, por detrás de aquella casa vieja, se llega muy pronto —dijo la Nela—... Pero aquí viene el señor don Francisco.

En efecto, apareció don Francisco gritando:

—¡Que se enfría el chocolate!...

—¿Qué quieres, hombre?... Mi hija tenía tantas ganas de jugar por el campo que no ha querido esperar. Y aquí nos tienes, de mata en mata, como cabritillos... de mata en mata, como cabritillos.

—¡A casa, a casa! Ven tú también, Nela, para que tomes chocolate —dijo Penáguilas, y puso la mano sobre la cabeza de la vagabunda—. ¿Qué te parece mi sobrina?... ¡Qué guapa es!... Florentina, después del chocolate, la Nela os llevará a pasear a los dos, a Pablo y a ti. Verás todas las bellezas de la región: las minas, el bosque, el río...

Florentina miró con cariño a la pobre criatura. Al lado de Florentina, la Nela parecía hecha a propósito por la Naturaleza. Parecía hecha para que se notaran más la perfección y la gran belleza de algunas de sus obras.

Al llegar a la casa, los esperaba la mesa. Había jícaras donde todavía hervía el espeso chocolate de Guayaquil, y un montoncito de rebanadas de pan. También esperaba la mantequilla, puesta entre hojas de helecho. Y no faltaban algunas pastas y dulces. Los vasos de agua fresca y transparente reflejaban estas delicias en su cristal curvo. Y al reflejarlas, las hacían más grandes.

—Hagamos algo por la vida —dijo don Francisco, y se sentó.

—Nela —dijo Pablo—, tú también tomarás chocolate.

Apenas lo dijo, Florentina ofreció a Marianela la jícara grande y todo lo demás de la mesa. La Nela no quería aceptar. Pero la señorita de Penáguilas insistió con tanta bondad y tanta sencillez graciosa que no hubo más que decir. Don Manuel miraba de reojo a su hija. No parecía muy contento de sus progresos en el arte de la buena educación, porque, para él, una parte principal de la buena educación era saber medir la cortesía. Había que tratar a cada persona según su posición social. No había que dar a nadie ni más ni menos de lo que le correspondía. Así, todos quedaban en su lugar, y la propia dignidad se elevaba. Uno se quedaba en el justo medio de la cortesía. Ese justo medio consiste en no ser demasiado orgulloso delante de los ricos. Y en no ser demasiado humilde delante de los pobres... ni ser demasiado humilde delante de los pobres...

Cuando terminaron el chocolate, don Francisco dijo:

—Fuera toda la gente menuda. Hijo mío, hoy es el último día que don Teodoro te deja salir de casa. Los tres podéis ir de paseo, mientras mi hermano y yo vamos a echar un vistazo al ganado... ¡Pájaros, a volar!

No hizo falta pedírselo dos veces. La belleza del día los invitaba, y los jóvenes volaron al campo.

### Glosario

- **chiquilla**: niña, muchacha joven.
- **marmota**: persona que duerme mucho o que está como dormida.
- **helechos**: plantas verdes del bosque, con hojas largas y finas y sin flores.
- **cabritillos**: cabras pequeñas y jóvenes, que saltan mucho.
- **presentimientos**: sensaciones de que algo va a pasar.
- **cribas**: máquinas con agujeros que giran para lavar y separar el mineral.
- **zarzas / moras**: plantas con espinas / su fruto negro y dulce.
- **encinas**: árboles grandes, de hojas verdes oscuras todo el año.
- **madreselvas**: plantas que suben por los árboles y tienen flores que huelen bien.
- **peineta**: peine curvo que las mujeres se ponen en el pelo como adorno.
- **amapolas**: flores rojas del campo.
- **jícaras**: tazas pequeñas para tomar chocolate.
- **de reojo**: mirar a alguien con disimulo, por el lado del ojo.

## XV. Los tres

La señorita de pueblo estaba muy feliz en medio de los prados alegres. Allí no tenía las molestas reglas sociales de su señor padre. Por eso, en cuanto se vio un poco lejos de la casa, empezó a correr alegremente. Se colgaba de las ramas de los árboles que estaban a su alcance y se columpiaba suavemente en ellas. Tocaba las moras silvestres con la punta de los dedos. Cuando estaban maduras, cogía tres, una para cada boca.

—Esta para ti, primito —decía, y se la ponía en la boca—. Y esta para ti, Nela. Dejaré para mí la más chica.

Al ver pasar los pájaros a su lado, no podía evitar algunos movimientos graciosos, como si quisiera volar. Y decía: «¿Adónde irán ahora esos pillos?». De cada roble cogía una rama. Abría la bellota para ver lo que había dentro y la mordía. Al notar lo amarga que era, la tiraba lejos. Ni un botánico loco por clasificar plantas habría recogido flores con tanto afán. Ella cogía todas las flores bonitas que encontraba por el camino. Las flores parecían darle la bienvenida desde el suelo con sus caritas de fiesta. Con lo que recogió en media hora, adornó todos los ojales de la chaqueta de su primo. Después adornó el pelo de la Nela y, por último, su propio pelo.

—A la primita le gustará ver las minas —dijo Pablo—. Nela, ¿no te parece que bajemos?

—Sí, bajemos... Por aquí, señorita.

—Pero no me hagáis pasar por túneles, que me dan mucho miedo. Eso sí que no lo permito —dijo Florentina, siguiéndolos—. Primo, ¿tú y la Nela paseáis mucho por aquí?... Esto es precioso. Aquí viviría yo toda mi vida... ¡Bendito sea el hombre que te va a dar el poder de disfrutar de todas estas maravillas!

—¡Dios lo quiera! A mí, que nunca las he visto, me parecerán mucho más hermosas que a vosotras, que ya estáis cansadas de verlas... No creas, Florentina, que yo no entiendo las bellezas. Las siento dentro de mí de tal modo que casi, casi reemplazo con el pensamiento la falta de vista.

—Eso sí que es admirable... —respondió Florentina—. Pero digas lo que digas, te llevarás algunos buenos chascos cuando abras los ojos.

—Puede ser —dijo el ciego. Aquel día hablaba muy poco.

La Nela no hablaba poco: estaba muda.

Se acercaron al hueco de la Terrible. Allí Florentina admiró el espectáculo sorprendente de las rocas cretáceas. Esas rocas habían quedado en medio del terreno después de sacar el mineral. Primero las comparó con grandes grupos de bollos, pegados unos a otros con azúcar. Después las miró mucho otra vez. Entonces las comparó con una gran escultura de perros y gatos convertidos en piedra. Se habían quedado así en el momento más terrible de una pelea feroz.

—Sentémonos en esta cuesta —dijo—. Veremos pasar los trenes con mineral, y además veremos esto, que es muy curioso. Aquella piedra grande del medio tiene una boca enorme. ¿No la ves, Nela? Y en la boca tiene un palillo de dientes: es una planta que ha nacido sola. Parece que se ríe mirándonos, porque también tiene ojos. Más allá hay una con joroba, y otra que fuma en pipa. Hay dos que se están tirando del pelo, y una que bosteza. Hay otra que duerme la borrachera. Otra está boca abajo y sostiene una catedral con los pies. Y otra empieza en guitarra y termina en cabeza de perro, con una cafetera por gorro.

—Todo eso que dices, primita —observó el ciego—, me demuestra que con los ojos se ven muchos disparates. Eso indica que ese órgano tan precioso a veces presenta las cosas deformadas. Cambia la forma natural de los objetos por otra falsa y fingida. Porque en lo que tienes delante no hay dulces, ni gatos, ni hombres, ni palillos de dientes. No hay catedrales, ni borrachos, ni cafeteras. Solo hay rocas cretáceas y masas de tierra caliza manchadas con óxido de hierro. Tus ojos hacen un lío enorme de la cosa más sencilla.

—Tienes razón, primo. Por eso digo yo que es nuestra imaginación la que ve, y no los ojos. Sin embargo, los ojos sirven para enterarnos de algunas cositas. Son cosas que los pobres no tienen y que nosotros podemos darles.

Mientras decía esto, tocaba el vestido de la Nela.

—¿Por qué esta bendita Nela no tiene un vestido mejor? —añadió la señorita de Penáguilas—. Yo tengo varios, y le voy a dar uno. Y además otro, que será nuevo.

Avergonzada y confusa, Marianela no levantaba los ojos.

—Es algo que no entiendo... ¡que algunos tengan tanto y otros tan poco!... Me enfado con papá cuando le oigo decir palabrotas contra algunas personas. Son los que quieren repartir por igual todo lo que hay en el mundo. ¿Cómo se llaman esos, Pablo?

—Esos serán los socialistas, los comunistas —respondió el joven, sonriendo.

—Pues esa es mi gente. Yo estoy a favor del reparto. Quiero que los ricos den a los pobres todo lo que les sobra... ¿Por qué esta pobre huérfana tiene que ir descalza y yo no?... No se debe dejar sin protección ni siquiera a los malos, y mucho menos a los buenos... Yo sé que la Nela es muy buena. Me lo dijiste tú anoche, y también me lo dijo tu padre... No tiene familia, no tiene a nadie que la cuide. ¿Cómo se permite que haya tantas y tantas desgracias? A mí me quema el pan en la boca cuando pienso que muchos no lo prueban. ¡Pobre Mariquita, tan buena y tan abandonada!... ¡Puede ser que hasta ahora nadie la haya querido! Que nadie le haya dado un beso, ni le haya hablado como se habla a los niños... Se me parte el corazón al pensarlo.

Marianela estaba asombrada, como de piedra, igual que en el primer momento de la aparición. Antes había visto a la Virgen Santísima; ahora la oía hablar.

—Mira tú, huerfanilla —añadió la Inmaculada—, y tú, Pablo, escúchame bien. Yo quiero ayudar a la Nela, pero no como se ayuda a los pobres que uno se encuentra por el camino. Quiero ayudarla como a un hermano que encontráramos de repente... ¿No dices tú que ha sido tu mejor compañera, tu lazarillo, tu guía en la oscuridad? ¿No dices que has visto con sus ojos y has andado con sus pasos? Pues entonces la Nela me pertenece; eso es cosa mía. Yo me encargo de vestirla y de darle todo lo que una persona necesita para vivir con decencia. Y le enseñaré mil cosas para que sea útil en una casa. Mi padre dice que quizás, quizás me tenga que quedar a vivir aquí para siempre. Si es así, la Nela vivirá conmigo. Conmigo aprenderá a leer, a rezar, a coser, a cocinar. Aprenderá tantas cosas que será como yo misma. ¿Qué pensáis? Pues sí, y entonces no será la Nela, sino una señorita. Mi padre no se opondrá a esto. Además, anoche me dijo: «Florentinilla, quizás, quizás dentro de poco ya no mandaré yo en ti. Obedecerás a otro dueño...». Sea lo que Dios quiera: tomo a la Nela por amiga. ¿Me querrás mucho?... Como has estado tan abandonada, como vives igual que las flores del campo, tal vez ni siquiera sepas agradecer. Pero yo te lo enseñaré... ¡Te enseñaré tantas cosas!...

Mientras oía palabras tan nobles, Marianela había luchado mucho contra las ganas de llorar. Al final no pudo más. Durante un minuto hizo pucheros, y después rompió a llorar. El ciego, muy pensativo, callaba.

—Florentina —dijo al fin—, tu lenguaje no se parece al de la mayoría de las personas. Tu bondad es enorme y llena de entusiasmo. Es como la bondad que ha llenado la tierra de mártires y el cielo de santos.

—¡Qué exageración! —dijo Florentina, riendo.

Poco después, la señorita se levantó para coger una flor. Desde lejos, aquella flor le había llamado la atención.

—¿Se ha ido? —preguntó Pablo.

—Sí —respondió la Nela, secándose las lágrimas.

—¿Sabes una cosa, Nela?... Me parece que mi prima debe de ser algo bonita. Cuando llegó anoche a las diez... sentí por ella una antipatía enorme... No te puedes imaginar lo mal que me caía. Ahora me parece, sí, me parece que debe de ser algo bonita.

La Nela volvió a llorar.

—¡Es como los ángeles! —exclamó entre un mar de lágrimas—. Es como si acabara de bajar del cielo. En ella, el cuerpo y el alma son como los de la Santísima Virgen María.

—¡Oh!, no exageres —dijo Pablo, inquieto—. No puede ser tan hermosa como dices... ¿Crees que yo, sin ojos, no entiendo dónde está la hermosura y dónde no?

—No, no; no puedes entenderlo... ¡Qué equivocado estás!

—Sí, sí... no puede ser tan hermosa —dijo el ciego. Se había puesto pálido y mostraba una angustia enorme—. Nela, amiga de mi corazón, ¿no sabes lo que me dijo anoche mi padre?... Que si recobro la vista, me casaré con Florentina.

La Nela no respondió nada. Sus lágrimas silenciosas corrían sin parar por su cara morena y caían sobre sus manos. Pero ni siquiera su llanto amargo mostraba lo grande que era su dolor. Solo ella sabía que era infinito.

—Ya sé por qué lloras tanto —dijo el ciego, apretando las manos de su compañera—. Mi padre no me obligará a hacer nada contra mi voluntad. Para mí no hay más mujer en el mundo que tú. Cuando mis ojos vean, si ven, no habrá para ellos otra hermosura que la tuya, que es del cielo. Todo lo demás serán sombras y cosas lejanas, y no me llamarán la atención. ¿Cómo es la cara humana, Dios mío? ¿Cómo se refleja el alma en las caras? Si la luz no sirve para mostrarnos lo real de nuestro pensamiento, ¿para qué sirve? Lo que es y lo que se siente, ¿no son una misma cosa? La forma y la idea, ¿no son como el calor y el fuego? ¿Pueden separarse? Y cuando yo sea dueño de los inmensos dominios de la forma... ¿Puedes dejar tú de ser para mí el más hermoso, el más amado de todos los seres de la tierra?

Florentina volvió. Hablaron un poco más. Pero, después de lo que hemos escrito, nada de lo que dijeron merece contarse al lector.

### Glosario

- **bellota**: fruto pequeño y duro del roble y de la encina.
- **ojales**: agujeros pequeños de la ropa por donde pasan los botones.
- **chascos**: sorpresas que no son agradables; cosas que no son como uno esperaba.
- **rocas cretáceas**: rocas muy antiguas, de piedra blanda y clara.
- **óxido de hierro**: polvo rojo que se forma en el hierro; da color rojo a la tierra.
- **socialistas, comunistas**: personas que quieren repartir la riqueza por igual entre todos.
- **hacer pucheros**: mover la boca como un niño que va a llorar.
- **mártires**: personas que murieron por defender su fe.
- **antipatía**: sentimiento de no querer a alguien, de rechazo.

## XVI. La promesa

En los días siguientes no pasó nada. Pero llegó un día en que ocurrió un hecho asombroso, importantísimo, decisivo. Teodoro Golfín era un artista sublime: en sus manos, el cuchillo del cirujano era el cincel del genio. Aquel día empezó a corregir una obra delicada de la Naturaleza. Valiente y tranquilo, entró con su ciencia y su experiencia en un recinto maravilloso. La construcción de ese recinto es como un pequeño resumen de la inmensa arquitectura del Universo. Había que enfrentarse a los mayores misterios de la vida y hacerles preguntas. Había que explorar las causas que impedían a los ojos de un hombre conocer la realidad visible.

Para esto había que trabajar con decisión. Había que romper uno de los órganos más delicados, la córnea. Había que coger el cristalino y sacarlo fuera, respetando la hialoides y tratando con muchísimo cuidado el humor vítreo. Había que agrandar la pupila con un corte. Y había que examinar el estado de la cámara posterior, por inducción o por medio de la catóptrica.

Pocas palabras siguieron a esta expedición atrevida por el interior de un mundo microscópico. Era una empresa tan colosal como medir las distancias de las estrellas en el espacio infinito. Los miembros de la familia que estaban presentes se quedaron mudos y asustados. Así se está cuando se espera la resurrección de un muerto o la creación de un mundo. Pero Golfín no decía nada concreto. Sus palabras eran:

—Contractibilidad de la pupila... retina sensible... algo de estado pigmentario... nervios llenos de vida.

Pero el fenómeno sublime, el hecho, el hecho indiscutible, la visión, ¿dónde estaba?

—Se sabrá a su tiempo —dijo Teodoro, mientras empezaba a poner con cuidado la venda—. Paciencia.

Su cara de león no mostraba ni desánimo ni triunfo. No daba esperanza, pero tampoco la quitaba. La ciencia había hecho todo lo que sabía. Era una imitación de la creación, como tantas otras que son gloria y orgullo del siglo XIX. Ante tanta audacia, la Naturaleza seguía muda y reservada. La Naturaleza no permite que nadie descubra sus secretos por sorpresa.

Al enfermo lo aislaron con un rigor absoluto. Solo su padre lo cuidaba. Nadie de la familia podía verlo.

La Nela iba a preguntar por el enfermo cuatro o cinco veces al día. Pero no pasaba de la portalada. Esperaba allí hasta que salía don Manuel, su hija o cualquier otra persona de la casa. La señorita le daba noticias muy detalladas y le contaba la angustia de toda la familia. Después solía pasear un poco con ella. Un día, Florentina quiso que Marianela le enseñara su casa. Bajaron a la casa de Centeno. El interior le causó a la señorita mucho disgusto y asco. Lo peor fue ver las cestas que servían de cama a la huérfana.

—Pronto vendrá la Nela a vivir conmigo —dijo Florentina, saliendo a toda prisa de aquella cueva—. Entonces tendrá una cama como la mía, y vestirá y comerá lo mismo que yo.

La señora de Centeno se quedó asombrada al oír estas palabras, y también la Mariuca y la Pepina. Solo se les ocurrió una explicación. A la pobre huérfana abandonada le había aparecido un padre rey o príncipe, como en los cuentos y romances.

Cuando estuvieron solas, Florentina le dijo a María:

—Pídele a Dios de día y de noche por mi querido primo. Pídele que le dé ese don que nosotros tenemos y que a él le ha faltado. ¡Qué angustia tan grande vivimos! Con su vista vendrán mil alegrías y se arreglarán muchos males. Yo le he hecho a la Virgen una promesa sagrada. He prometido que, si da la vista a mi primo, recogeré al pobre más pobre que encuentre. Le daré todo lo necesario para que olvide por completo su pobreza. Lo haré totalmente igual a mí en las comodidades y el bienestar de la vida. Para esto no basta con vestir a una persona. Tampoco basta con sentarla a una mesa donde haya sopa y carne. Hay que darle también otra limosna, que vale más que todos los trozos de pan y todos los trapos. Esa limosna es la consideración, la dignidad, el nombre. Yo daré a mi pobre estas cosas. Le enseñaré a respetarse y a estimarse a sí mismo. Ya he escogido a mi pobre, María: mi pobre eres tú. Se lo he dicho a la Virgen Santísima con todas las voces de mi alma. Si devuelve la vista a mi primo, haré de ti una hermana. Serás en mi casa lo mismo que soy yo: serás mi hermana.

Mientras decía esto, la Virgen abrazó con amor la cabeza de la Nela y le dio un beso en la frente.

Es absolutamente imposible describir los sentimientos de la vagabunda en aquel momento, el más importante de su vida. Un horror instintivo la alejaba de la casa de Aldeacorba. Con ese horror se mezclaba la imagen de la señorita de Penáguilas, como las figuras de una pesadilla. Y al mismo tiempo, sentía nacer en su alma una gran admiración y simpatía por aquella misma persona... A veces creía, con inocencia de niña, que era la Virgen María en persona. Comprendía tan bien su bondad que le parecía ver el alma de Florentina. Era como ver el interior de un hermoso paraíso abierto. Aquella alma estaba llena de pureza, de amor, de bondad, de pensamientos prudentes y consoladores. La Nela era lo bastante recta para aceptar enseguida una idea: no podría odiar a su nueva hermana. ¿Cómo iba a odiarla, si algo dentro de ella la empujaba a quererla con todo su corazón? La aversión y el rechazo eran como un poso. Al final de la lucha debían quedarse en el fondo. Allí se descompondrían y desaparecerían. Y sus restos servirían para alimentar la admiración y el respeto hacia su amiga y bienhechora. Pero, aunque la aversión desaparecía, no desaparecía el sentimiento que la había causado. Ese sentimiento no podía florecer ni mostrarse solo. Y es propio de estos afectos querer dominarlo todo. Por eso le produjo a la Nela un hundimiento moral. Con él llegó la tristeza más amarga. En casa de Centeno notaron que la Nela no comía. Parecía más parada que de costumbre. Se quedaba en silencio y sin moverse, como una estatua, durante ratos larguísimos. Hacía mucho tiempo que no cantaba, ni de noche ni de día. Su incapacidad para todo había llegado a ser absoluta. Una vez, Tanasio la mandó a la *Primera de Socartes* a comprar tabaco. La Nela se sentó en el camino y se quedó allí todo el día.

Una mañana, ocho días después de la operación, la Nela fue a casa del ingeniero jefe. Sofía le dijo:

—¡Albricias, Nela! ¿No sabes las noticias que corren? Hoy le han quitado la venda a Pablo... Dicen que ve algo, que ya tiene vista... Lo acaba de decir Ulises, el jefe de taller... Teodoro no ha venido todavía, pero Carlos ha ido allá. Pronto sabremos si es verdad.

Al oír esto, la Nela se quedó más muerta que viva. Cruzó las manos y exclamó:

—¡Bendita sea la Virgen Santísima, que es quien lo ha hecho!... Ella, ella sola es quien lo ha hecho.

—¿Te alegras?... Claro que sí: ahora la señorita Florentina cumplirá su promesa —dijo Sofía en tono de burla—. Mil felicidades a la señora doña Nela... Ya ves: Dios se acuerda de los pobres cuando menos se piensa. Esto es como una lotería... ¡Qué premio gordo, Nelilla!... Y puede que no seas agradecida... No, no lo serás... No he conocido a ningún pobre agradecido. Son orgullosos, y cuanto más se les da, más quieren... Ya está decidido que Pablo se casará con su prima. Hacen buena pareja: los dos son chicos guapos. Y ella no parece tonta... Tiene una cara preciosa. ¡Qué lástima de cara y de cuerpo, con esos vestidos tan horribles!... No, no; si necesito vestirme, que no me traigan aquí a la modista de Santa Irene de Campó.

Mientras decía esto, entró Carlos. Su cara brillaba de alegría.

—¡Triunfo completo! —gritó desde la puerta—. Después de Dios, mi hermano Teodoro.

—¿Es cierto?...

—Como la luz del día... Yo no lo creía... ¡Pero qué triunfo, Sofía! ¡Qué triunfo! Para mí no hay alegría mayor que ser hermano de mi hermano... Es el rey de los hombres... Es lo que yo digo: después de Dios, Teodoro.

### Glosario

- **cirujano**: médico que hace operaciones.
- **cincel**: herramienta de metal con punta para trabajar la piedra, como hacen los escultores.
- **córnea / cristalino / pupila / retina**: partes del ojo. El cristalino es como una lente, detrás de la pupila.
- **venda**: tela que se pone sobre una herida o sobre los ojos para protegerlos.
- **portalada**: puerta grande que da al patio de una casa de campo.
- **poso**: lo que queda en el fondo de un líquido, como en una taza de café.
- **bienhechora**: persona que hace el bien a otra.
- **¡Albricias!**: exclamación para dar una buena noticia.
- **premio gordo**: el premio más grande de la lotería.
- **modista**: mujer que hace vestidos.

## XVII. Fugitiva y meditabunda

La gran noticia, tan buena y tan alegre, corrió por todo Socartes. No se hablaba de otra cosa en los hornos, en los talleres ni en las máquinas de lavar. Tampoco se hablaba de otra cosa en el plano inclinado ni en el fondo de las excavaciones. Ni en lo alto de los picos. Se hablaba de ello al aire libre y dentro de la tierra. La gente añadía comentarios interesantes. Decían que en Aldeacorba, por un momento, todos creyeron que don Francisco Penáguilas se había vuelto loco. Decían que don Manuel Penáguilas pensaba celebrar el feliz suceso con un banquete. Sería para todos los que trabajaban en las minas. Y decían, por último, que don Teodoro merecía un gran honor. Todos los ciegos, los de ahora y los del futuro, debían ponerlo en las niñas de sus ojos.

La Nela no se atrevía a ir a la casa de Aldeacorba. Una fuerza secreta y poderosa la alejaba de ella. Pasó todo el día vagando por los alrededores de la mina. Desde lejos miraba la casa de Penáguilas, que le parecía distinta, transformada. En su alma se juntaban dos cosas: una alegría extraordinaria y una especie de vergüenza de sí misma. Junto a un cariño noble sentía también un picor insoportable, por decirlo así. Era el picor de un amor propio muy sensible.

Encontró un descanso para estas tristes batallas de su alma. Lo encontró en la soledad, que era como una madre para ella y había formado su carácter. También lo encontró en la contemplación de las bellezas de la Naturaleza. La Naturaleza siempre la ayudaba mucho a comunicar su pensamiento con Dios. Las nubes del cielo y las flores de la tierra tenían un efecto especial en su espíritu. En otras personas, ese efecto lo tienen los altares ricos y los sermones de los grandes predicadores cristianos. También lo tienen los libros de ideas místicas muy finas. En la soledad del campo, ella pensaba y decía en su mente mil cosas. No sospechaba que eran oraciones.

Mirando a Aldeacorba, decía:

—No volveré más allá... Ya se acabó todo para mí... Ahora, ¿de qué sirvo yo?

En su rudeza, pudo notar algo. El conflicto de su alma venía de que no podía odiar a nadie. Al contrario, tenía que amar a todos, al amigo y al enemigo. Bajo la mano milagrosa de una mártir cristiana, las plantas con espinas se convertían en flores. Del mismo modo, la Nela veía que sus celos y su rabia se convertían en admiración y gratitud. Solo había una cosa que no cambiaba: aquella pequeña pasión que antes llamamos vergüenza de sí misma. Esa vergüenza la empujaba a quitarse de en medio. No quería tener parte en nada de lo que pasara desde entonces en Aldeacorba. Era una forma especial de un sentimiento que las personas educadas llaman amor propio. En ella parecía más bien desprecio de sí misma. Pero se notaba que era el mismo sentimiento que tanto mueve a los hombres cultos. Se notaba porque, como en ellos, estaba basado en una dignidad muy delicada. Si Marianela conociera ciertas palabras, habría dicho:

—Mi dignidad no me permite aceptar el terrible desprecio que voy a recibir. Puesto que Dios quiere que yo sufra esta humillación, que así sea. Pero no voy a estar presente cuando me quiten mi trono. Que Dios bendiga a la que, por ley natural, va a ocupar mi puesto. Pero no tengo valor para sentarla yo misma en él.

Como no sabía expresarse así, con su rudeza decía la misma idea de esta otra manera:

—No vuelvo más a Aldeacorba... No permitiré que me vea... Me escaparé con Celipín, o me iré con mi madre. Ahora yo no sirvo para nada.

Pero mientras decía esto, le parecía muy triste renunciar a la protección divina de aquella Virgen del cielo. La Virgen se le había aparecido en el momento más negro de su vida. Había extendido su manto para abrigarla. ¡Ver hecho realidad lo que tantas veces había soñado, temblando de alegría, y tener que renunciar a ello!... ¡Sentir que la llamaba una voz cariñosa! Esa voz le ofrecía amor de hermana, una casa hermosa, respeto, un nombre y bienestar. ¡Y no poder acudir a esa llamada, llena de alegría, de esperanza y de gratitud!... ¡Rechazar la mano del cielo que la sacaba de aquel pozo de miseria y degradación! Esa mano quería hacer de la vagabunda una persona. Quería subirla del nivel de los animales domésticos al de los seres más respetados y queridos...

—¡Ay! —exclamó, clavándose los dedos en el pecho como garras—. No puedo, no puedo... Por nada del mundo me presentaré en Aldeacorba. ¡Virgen de mi alma, protégeme... Madre mía, ven a buscarme!...

Al anochecer se fue a su casa. Por el camino encontró a Celipín. Llevaba un palito en la mano, y en la punta del palo, su gorra.

—Nelilla —le dijo el chico—, ¿verdad que así lo lleva el señor don Teodoro? Ahora pasaba por la charca de Hinojales y me miré en el agua. ¡Córcholis!, me quedé con la boca abierta, porque me vi con la mesma figura que don Teodoro Golfín... Cualquier día de esta semanita nos vamos a ser médicos y hombres de provecho... Ya tengo juntado lo que quería. Verás como nadie se ríe del señor Celipín.

La Nela estuvo tres días más fugitiva. Vagaba por los alrededores de las minas. A veces seguía el río por sus orillas difíciles y llenas de piedras. Otras veces entraba en la paz y el silencio del bosque de Saldeoro. Pasaba las noches entre sus cestas, sin dormir. Una noche le dijo tímidamente a su compañero de casa:

—¿Cuándo, Celipín?

Y Celipín contestó con la seriedad de un explorador de verdad:

—Mañana.

Los dos aventureros se levantaron al amanecer, y cada uno fue por su lado. Celipín fue a su trabajo. La Nela fue a llevar un recado de la Señana para la criada del ingeniero. Al volver, encontró dentro de la casa a la señorita Florentina, que la estaba esperando. Al verla, María se quedó asustada y llena de miedo, porque con su instinto, o con lo que la gente llama una corazonada, adivinó para qué había venido.

—Nela, querida hermana —dijo la señorita con mucho cariño—. ¿Qué manera de portarte es esta?... ¿Por qué no has aparecido por allí en todos estos días?... Ven, Pablo quiere verte... ¿No sabes que ya puede decir «quiero ver tal cosa»? ¿No sabes que mi primo ya no es ciego?

—Ya lo sé —dijo la Nela. Tomó la mano que la señorita le ofrecía y la cubrió de besos.

—Vamos allá, vamos ahora mismo. No hace más que preguntar por la señora Nela. Hoy tienes que estar allí cuando don Teodoro le levante la venda... Es la cuarta vez... El día de la primera prueba... ¡qué día!... Cuando comprendimos que mi primo había nacido a la luz, casi nos morimos de alegría. La primera cara que vio fue la mía... Vamos.

María soltó la mano de la Virgen Santísima.

—¿Te has olvidado de mi promesa sagrada? —añadió esta—. ¿O creías que era una broma? ¡Ay!, todo me parece poco para dar las gracias a la Madre de Dios. Nos ha hecho un favor muy grande... Me gustaría que en estos días nadie estuviera triste en todo el Universo. Me gustaría repartir mi alegría por todos lados, como echan el grano los labradores cuando siembran. Me gustaría entrar en todas las casas pobres y decir: «Ya se acabaron vuestras penas; aquí traigo yo remedio para todos». Pero eso no es posible; eso solo puede hacerlo Dios. Mis fuerzas no son tan grandes como mi voluntad. Por eso, hagamos bien lo poco que podemos hacer... y se acabaron las palabras, Nela. Ahora despídete de esta choza. Di adiós a todas las cosas que te han acompañado en tu miseria y en tu soledad. También se le tiene cariño a la miseria, hija.

Marianela no dijo adiós a nada. En ese momento no estaba en casa ninguno de sus simpáticos habitantes, así que no fue necesario pararse por ellos. Florentina salió llevando de la mano a la Nela. Sus nobles sentimientos y su fervor cristiano la habían puesto a su lado, como una más de la familia. La Nela se dejaba llevar; se sentía incapaz de resistir. Pensaba que una fuerza sobrenatural le tiraba de la mano. Sentía que la llevaban sin remedio, como manda el destino. Era como las almas que los brazos de un ángel llevan al cielo.

Aquel día tomaron el camino de Hinojales. Era el mismo camino donde la vagabunda había visto a Florentina por primera vez. Al entrar en la calleja, la señorita dijo a su amiga:

—¿Por qué no has ido a casa? Mi tío decía que tienes modestia y una delicadeza natural. Dice que es una lástima que nadie la haya cultivado. ¿Tu delicadeza no te dejaba venir a pedir lo que habías ganado por la misericordia de Dios? Mi tío tiene razón, no hay más que hablar... ¡Cómo estaba el pobre señor aquel día!... Decía que ya no le importaba morirse... ¿Ves?, todavía tengo los ojos rojos de tanto llorar. Es que anoche mi tío, mi padre y yo no dormimos. Pasamos toda la noche haciendo planes de familia y castillos en el aire... ¿Por qué callas?, ¿por qué no dices nada?... ¿No estás tú también alegre como yo?

La Nela miró a la señorita. Ofrecía una débil resistencia a la dulce mano que la llevaba.

—Sigue... ¿qué te pasa? Me miras de un modo raro, Nela.

Era verdad. Los ojos de la pobre abandonada iban perdidos de una cosa a otra. Y cuando se fijaban en la Virgen Santísima, tenían el brillo del espanto.

—¿Por qué tiembla tu mano? —preguntó la señorita—. ¿Estás enferma? Te has puesto más pálida que una muerta y te chocan los dientes. Si estás enferma, yo te curaré, yo misma. Desde hoy tienes a alguien que se interesa por ti, que te mima y te hace cariños... Y no seré yo sola, porque Pablo te aprecia... me lo ha dicho. Los dos te vamos a querer mucho, porque él y yo seremos como uno solo... Él desea verte. Imagínate la curiosidad de alguien que nunca ha visto... pero no creas... Pablo tiene mucha inteligencia y una gran imaginación. Parece que su imaginación le ha dado antes de tiempo ciertas ideas que los ciegos no suelen tener. Por eso, desde el primer momento, supo distinguir las cosas feas de las bonitas. Un trozo de lacre rojo le gustó mucho, y un trozo de carbón le pareció horrible. Admiró la belleza del cielo, y tembló de asco al ver una rana. Todo lo bello le produce un entusiasmo que parece locura. Todo lo feo le da horror, y se pone a temblar como cuando tenemos mucho miedo. Yo no debí de parecerle mal, porque al verme exclamó: «¡Ay, prima mía, qué hermosa eres! ¡Bendito sea Dios, que me ha dado esta luz con que ahora te siento!»

La Nela tiró suavemente de la mano de Florentina y después la soltó. Cayó al suelo como un cuerpo que pierde la vida de repente. La señorita se inclinó sobre ella y le dijo con voz cariñosa:

—¿Qué tienes?... ¿Por qué me miras así?

La huérfana clavaba los ojos en la cara de la Virgen Santísima con una fijeza terrible. Pero en sus ojos no brillaba el odio, no. Brillaba una especie de angustia que suplicaba. Era como la última mirada de un moribundo. Con los ojos pide misericordia a una imagen de Dios, porque cree que es Dios mismo.

—Señora —murmuró la Nela—, yo no la odio a usted, no... no la odio... Al contrario, la quiero mucho, la adoro.

Al decirlo, tomó el borde del vestido de Florentina. Se lo llevó a los labios secos y lo besó con pasión.

—¿Y quién puede creer que me odias? —dijo la señorita de Penáguilas, muy confundida—. Ya sé que me quieres. Pero me das miedo... levántate.

—Yo la quiero a usted mucho, la adoro —repitió Marianela, besando los pies de la señorita—. Pero no puedo, no puedo...

—¿Qué es lo que no puedes?... Levántate, por amor de Dios.

Florentina extendió los brazos para levantarla. Pero la Nela no necesitó ayuda: se levantó de un salto. Se puso rápidamente a bastante distancia y exclamó, bañada en lágrimas:

—No puedo, señorita mía, no puedo.

—¿Qué?... ¡Por Dios y por la Virgen!... ¿Qué te pasa?

—No puedo ir allá.

Y señaló la casa de Aldeacorba. Su tejado se veía a lo lejos, entre los árboles.

—¿Por qué?

—La Virgen Santísima lo sabe —respondió la Nela con cierta decisión—. Que la Virgen Santísima la bendiga a usted.

Hizo una cruz con los dedos y se los besó. Estaba jurando. Florentina dio un paso hacia ella. María comprendió aquel gesto de cariño. Corrió muy deprisa hacia la señorita, apoyó la cabeza en su pecho y murmuró entre gemidos:

—¡Por Dios!... ¡Deme usted un abrazo!

Florentina la abrazó con ternura. Entonces la Nela se apartó con un movimiento rápido. Mejor dicho, con un salto ligero, flexible y repentino. Aquella mujer o niña salvaje subió a unos arbustos cercanos. Parecía que la hierba se apartaba para dejarla pasar.

—¡Nela, hermana mía! —gritó Florentina con angustia.

—Adiós, niña de mis ojos —dijo la Nela, mirándola por última vez.

Y desapareció entre las ramas. Florentina oyó el ruido de la hierba. Lo escuchaba como el cazador escucha los pasos del animal que se le escapa. Después todo quedó en silencio. Solo se oía el monólogo sordo del campo a mediodía. Es un rumor que parece el susurro de nuestras propias ideas cuando se extienden por todo lo que nos rodea. Florentina estaba absorta, paralizada, muda y muy triste. Era como quien ve desaparecer la ilusión más alegre de su vida. No sabía qué pensar de lo que había pasado. Tenía una bondad inmensa, que a menudo no la dejaba juzgar bien las cosas. Y esa bondad no podía explicarle lo ocurrido.

Mucho rato después, seguía en el mismo sitio. Tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, las mejillas rojas y los ojos celestiales mojados de lágrimas. Entonces pasó por allí Teodoro Golfín, que venía con paso tranquilo de la casa de Aldeacorba. El doctor se asombró mucho al ver a la señorita sola y con aquel aire de pena. Aquella tristeza no le quitaba belleza; al contrario, la hacía todavía más hermosa.

—¿Qué tiene la niña? —exclamó con mucho interés—. ¿Qué es eso, Florentina?

—Una cosa terrible, señor don Teodoro —respondió la señorita de Penáguilas, secándose las lágrimas—. Estoy pensando, estoy considerando qué cosas tan malas hay en el mundo.

—¿Y cuáles son esas cosas malas, señorita?... Donde está usted, ¿puede haber alguna?

—Cosas perversas. Pero entre todas hay una que es la más perversa de todas.

—¿Cuál?

—La ingratitud, señor Golfín.

Y mirando detrás del seto de zarzas y helechos, dijo:

—Por allí se ha escapado.

Subió a la parte más alta del terreno para ver más lejos.

—No la veo por ninguna parte.

—Ni yo —exclamó el médico, riendo—. El señor don Manuel me ha dicho que usted se dedica a cazar mariposas. Es verdad que esas pícaras son muy ingratas, porque no se dejan coger por usted.

—No es eso... Se lo contaré a usted si va hacia Aldeacorba.

—No voy, sino que vengo, preciosa señorita. Pero volveré con mucho gusto para que usted me cuente algo, sea lo que sea. Volvamos a Aldeacorba: ya soy todo oídos.

### Glosario

- **fugitiva**: persona que huye y se esconde de los demás.
- **meditabunda**: que piensa mucho, en silencio y con tristeza.
- **en las niñas de sus ojos**: en el centro de los ojos; querer y cuidar mucho a alguien, como algo muy valioso.
- **amor propio**: sentimiento de la propia dignidad; no querer ser humillado.
- **corazonada**: sensación fuerte de que algo va a pasar, sin saber por qué.
- **choza**: casa pequeña y pobre.
- **castillos en el aire**: planes e ilusiones que quizás nunca se cumplirán.
- **lacre**: pasta roja que se usaba para cerrar cartas.
- **ingratitud**: no dar las gracias por el bien recibido.
- **soy todo oídos**: estoy escuchando con mucha atención.

## XVIII. La Nela se decide a partir

La Nela estuvo vagando sola todo el día. Por la noche, dio vueltas alrededor de la casa de Aldeacorba. Se acercaba todo lo posible, pero sin peligro de que la descubrieran. Cuando oía ruido de pasos, se alejaba rápidamente, como un ladrón. Bajó a la hondonada de la Terrible. Aquella vez le gustaba su aspecto de cráter, que daba miedo. Anduvo por el fondo mirando los gigantes de piedra. Se levantaban allí como personas reunidas en un circo. Después subió a uno de ellos para ver las luces de Aldeacorba. Allí estaban, brillando en el borde de la mina, sobre la oscuridad del cielo y de la tierra. Las miró como si nunca en su vida hubiera visto luces. Después salió de la Terrible y subió hacia la Trascava. Antes de llegar oyó pasos y se detuvo. Poco después vio venir por el sendero, con paso decidido, al señor de Celipín. Traía un pequeño bulto colgado de un palo que llevaba al hombro. Su manera de andar y sus gestos mostraban una decisión firme. No pensaba parar hasta medir con sus piernas toda la anchura de la tierra.

—Celipe... ¿adónde vas? —le preguntó la Nela, deteniéndolo.

—Nela... ¿tú por estos barrios?... Creíamos que estabas en casa de la señorita Florentina, comiendo jamones, pavos y perdices a todas horas. Y bebiendo limonada con azucarillos. ¿Qué haces aquí?

—¿Y tú, adónde vas?

—¿Ahora me sales con eso? ¿Para qué me lo preguntas, si lo sabes? —respondió el chico, sujetando bien el palo y el bulto—. Bien sabes que voy a aprender mucho y a ganar dinero... ¿No te dije que sería esta noche?... Pues aquí me tienes, más contento que unas Pascuas. Aunque estoy algo triste cuando pienso en lo que van a llorar padre y madre... Mira, Nela, la Virgen Santísima nos ha ayudado esta noche, porque padre y madre empezaron a roncar más pronto que otras veces. Yo ya tenía hecho el bulto, así que me subí al ventanillo y salté fuera por él... ¿Vienes tú o no vienes?

—Yo también voy —dijo la Nela con un movimiento repentino, y agarró el brazo del valiente viajero.

—Tomaremos el tren, y en el tren iremos hasta donde podamos —dijo Celipín con entusiasmo generoso—. Y después pediremos limosna hasta llegar a los Madriles del Rey de España. Y una vez en los Madriles del Rey de España, tú servirás en una casa de marqueses y condeses. Yo serviré en otra. Así, mientras yo estudie, tú podrás aprender muchas finuras. ¡Córcholis! De todo lo que yo aprenda te iré enseñando a ti un poquillo. Un poquillo nada más, porque las mujeres no necesitan tantas sabidurías como nosotros, los señores médicos.

Antes de que Celipín terminara de hablar, los dos se habían puesto en camino. Andaban tan rápido como si ya estuvieran viendo las torres de los Madriles del Rey de España.

—Salgamos del sendero —dijo Celipín, que en aquel momento mostró un gran talento práctico—, porque si nos ven, nos agarrarán y nos darán una buena paliza.

Pero la Nela soltó la mano de su compañero de aventuras. Se sentó en una piedra y murmuró con tristeza:

—Yo no voy.

—Nela... ¡qué tonta eres! Tú no tienes, como yo, un corazón del tamaño de esas peñas de la *Terrible* —dijo Celipín, presumiendo de valiente—. ¡Recórcholis!, ¿de qué tienes miedo? ¿Por qué no vienes?

—Yo... ¿para qué?

—¿No sabes que don Teodoro dijo que los que nos criamos aquí nos volvemos piedras?... Yo no quiero ser una piedra, yo no.

—Yo... ¿para qué voy? —dijo la Nela con amarga tristeza—. Para ti es tiempo; para mí es tarde.

La Nela dejó caer la cabeza sobre el pecho. Durante mucho rato no hizo caso de las palabras atractivas del futuro Hipócrates. Vio que iba a cruzar el límite de aquella tierra donde había vivido. Allí dormía su madre el sueño eterno. Y se sintió arrancada de su suelo natural. Muchas cosas la unían a aquel lugar. Estaba la belleza del país; se sentía unida a sus formas como por un lazo de familia. Estaba la poca felicidad que había probado allí, y hasta la misma miseria. Estaba el recuerdo de su amito. Recordaba las horas felices de paseo por el bosque y hacia la fuente de Saldeoro. Y estaban los sentimientos que habían florecido en su alma: admiración, simpatía, amor, gratitud. Habían nacido delante de aquellas mismas flores y nubes, de aquellos árboles llenos de hojas y de aquellas peñas rojas. Estaban unidos a la belleza de aquellas partes de la Naturaleza. Estaban unidos a su crecimiento, a su movimiento y a su constancia. Todo eso era como raíces de su alma. Y al arrancarlas con violencia, le causaban un dolor muy fuerte.

—Yo no me voy —repitió.

Y Celipín hablaba y hablaba. Parecía que ya había subido por milagro a lo más alto de su carrera. Era como si ya perteneciera a todas las Academias, las que existen y las que se crearán. Por fin vio que su elocuencia era tan inútil como la de esos centros oficiales del saber. Entonces le preguntó:

—¿Entonces vuelves a casa?

—No.

—¿Vas a la casa de Aldeacorba?

—Tampoco.

—Entonces, ¿te vas al pueblo de la señorita Florentina?

—No, tampoco.

—Pues entonces, ¡córcholis, recórcholis!, ¿adónde vas?

La Nela no contestó nada. Seguía mirando al suelo con espanto. Parecía que allí estaban los pedazos de la cosa más bella y más rica del mundo. Se acababa de caer y de romper.

—Pues entonces, Nela —dijo Celipín, cansado de sus largos discursos—, yo te dejo y me voy, porque pueden descubrirme... ¿Quieres que te dé una peseta, por si necesitas algo esta noche?

—No, Celipín, no quiero nada... Vete, tú serás hombre de provecho... Pórtate bien y no te olvides de Socartes, ni de tus padres.

El viajero sintió algo impropio de un hombre tan serio y respetable: sintió ganas de llorar. Pero ahogó aquella emoción inoportuna y dijo:

—¿Cómo me voy a olvidar de Socartes?... ¡Pues no faltaba más!... No me olvidaré de mis padres ni de ti, que me has ayudado a esto... Adiós, Nelilla... Oigo pasos.

Celipín levantó su palo con decisión. Así mostraba que su alma estaba preparada para los peligros del mundo. Pero su valor no sirvió de nada, porque el que venía era un perro.

—Es Choto —dijo la Nela, temblando.

—Agur —murmuró Celipín, y se puso en marcha.

Desapareció entre las sombras de la noche.

La geología había perdido una piedra y la sociedad había ganado un hombre.

La Nela sintió escalofríos cuando Choto la acarició. El generoso animal saltó alrededor de ella. Gruñía con tanta expresión que a sus gruñidos les faltaba muy poco para ser palabras. Después echó a correr muy rápido hacia Aldeacorba. Cualquiera habría creído que corría detrás de un animal de caza. Pero no: al contrario que ciertos oradores, el buen Choto, ladrando, hablaba.

A la misma hora, Teodoro Golfín salía de la casa de Penáguilas. Choto se acercó a él y le dijo atropelladamente no sabemos qué. Era como una pregunta brusca, dicha entre los resoplidos del cansancio y los ahogos de la emoción. Golfín sabía muchas lenguas, pero era poco fuerte en la lengua de los perros. Por eso no le hizo caso. Pero Choto dio unas cuarenta vueltas a su alrededor. De su boca llena de espuma salían sonidos que parecían insultos. Después parecían palabras cariñosas, y después amenazas. Entonces Teodoro se detuvo y prestó atención al animal. Choto vio que se había hecho entender un poco. Echó a correr en dirección contraria a la que llevaba Golfín. Este lo siguió, murmurando:

—Pues vamos allá.

Choto volvió corriendo, como para asegurarse de que lo seguían, y después se alejó otra vez. A unos cien metros de Aldeacorba, Golfín creyó oír una voz humana que decía:

—¿Qué quieres, Choto?

Enseguida sospechó que era la Nela quien hablaba. Se detuvo y prestó atención, colocándose a la sombra de un haya. Pronto descubrió una figura que se apartaba de la pared de piedra y andaba despacio. La sombra de las zarzas no le dejaba verla bien. Despacito, la siguió a bastante distancia. Se apartó del sendero y anduvo sobre la hierba para no hacer ruido. Sin duda era ella. La reconoció perfectamente cuando entró en un terreno claro. Allí no había árboles ni zarzas que oscurecieran el suelo.

La Nela avanzó luego más rápido. Al final corría. Golfín corrió también. Después de un rato de esta extraña carrera, la Nela se sentó en una piedra. A sus pies se abría el hueco de la Trascava, oscuro y espantoso en la noche. Golfín esperó y se acercó más, con pasos muy suaves. Choto estaba frente a la Nela, sentado sobre las patas de atrás, con las patas delanteras derechas. La miraba como una esfinge. La Nela miraba hacia abajo... De pronto empezó a bajar rápidamente, más resbalando que corriendo. Teodoro se lanzó hacia la sima como un león, gritando con voz de gigante:

—¡Nela! ¡Nela!

Miró y no vio nada en la boca negra. Sí oía los gruñidos de Choto, que corría alrededor por la pendiente. Daba vueltas en espiral, como si lo arrastrara un líquido que se tragaba la sima espantosa. Teodoro intentó bajar y dio algunos pasos con cuidado. Volvió a gritar, y una voz le contestó desde abajo:

—Señor...

—Sube ahora mismo.

No recibió contestación.

—¡Que subas!

Poco después apareció la figura de la vagabunda en lo más hondo que se podía ver del horrible embudo. Choto había olido el agujero de la Trascava. Ahora subía dando las mismas vueltas en espiral. La Nela subía también, pero muy despacio. Se detuvo, y entonces se oyó su voz, que decía débilmente:

—¿Señor?...

—Que subas, te digo... ¿Qué haces ahí?

La Nela subió otro poco.

—Sube pronto... Tengo que decirte una cosa.

—¿Una cosa?...

—Una cosa, sí; tengo que decirte una cosa.

La Nela subió. Y Teodoro no se sintió vencedor hasta que pudo agarrar con fuerza su mano para llevarla con él.

### Glosario

- **hondonada**: parte baja y honda de un terreno, rodeada de partes más altas.
- **cráter**: boca grande y redonda de un volcán.
- **limonada con azucarillos**: bebida de limón, agua y azúcar; los azucarillos son dulces de azúcar que se ponían en el agua.
- **más contento que unas Pascuas**: muy, muy contento.
- **pedir limosna**: pedir dinero o comida a la gente, como hacen los pobres.
- **marqueses**: personas nobles y ricas.
- **¡Córcholis!, ¡Recórcholis!**: exclamaciones antiguas de sorpresa o enfado, como «¡caramba!».
- **un poquillo**: un poquito, una pequeña parte.
- **florecer**: nacer y crecer, como una flor.
- **Hipócrates**: médico muy famoso de la antigua Grecia; aquí se llama así a Celipín, que quiere ser médico.
- **hombre de provecho**: hombre útil, que trabaja bien y tiene éxito.
- **elocuencia**: arte de hablar bien para convencer a otros.
- **Agur**: adiós (palabra del vasco).
- **gruñidos**: sonidos roncos que hace un perro con la garganta.
- **esfinge**: figura de piedra con cuerpo de león, que mira quieta y en silencio.
- **sima**: agujero muy profundo en la tierra.
- **embudo**: objeto ancho arriba y estrecho abajo; aquí, la forma de la Trascava.

## XIX. Domesticación

Anduvieron un rato los dos sin decir nada. Teodoro Golfín era sabio, prudente y hablador. Sin embargo, se sentía tan torpe como la Nela, que era ignorante y, por costumbre, hablaba muy poco. Ella lo seguía sin resistirse. Él ajustaba su paso al de la mujer-niña, como un hombre que lleva a un niño a la escuela. En un lugar del camino había tres enormes piedras blanquecinas y gastadas. Parecían huesos de animales gigantescos. Allí se sentó el doctor. Puso a la Nela de pie delante de él, como quien va a pedir cuentas por travesuras graves. Le tomó las dos manos y le dijo seriamente:

—¿Qué ibas a hacer allí?

—¿Yo... dónde?

—Allí. Bien comprendes lo que quiero decirte. Responde claramente, como se responde a un confesor o a un padre.

—Yo no tengo padre —contestó la Nela con un ligero tono de rebeldía.

—Es verdad; pero imagina que yo lo soy, y responde. ¿Qué ibas a hacer allí?

—Allí está mi madre —respondió ella de mala gana.

—Tu madre ha muerto. ¿No sabes que los muertos están en el otro mundo, o no están en ninguna parte?

—Está allí —afirmó la Nela con seguridad, y volvió tristemente los ojos hacia aquel lugar.

—Y tú pensabas ir con ella, ¿no es eso? Es decir, que pensabas quitarte la vida.

—Sí, señor; eso mismo.

—¿Y no sabes que tu madre cometió un gran crimen al darse la muerte? ¿Y que tú cometerías otro igual si hicieras lo mismo? ¿A ti no te han enseñado esto?

—No me acuerdo de si me han enseñado eso. Si yo me quiero matar, ¿quién me lo puede impedir?

—Pero tú misma, sin ayuda de nadie, ¿no comprendes que a Dios no le puede gustar que nos quitemos la vida?... ¡Pobre criatura, abandonada a tus sentimientos naturales! No tienes instrucción ni religión. No tienes a nadie que te quiera y te guíe sin pedir nada a cambio... ¿Qué ideas tienes de Dios, de la otra vida, de la muerte?... ¿De dónde has sacado que tu madre está allí?... ¿Llamas madre a unos cuantos huesos sin vida?... ¿Crees que ella sigue viviendo dentro de esa cueva? ¿Crees que allí piensa y te quiere? ¿Nadie te ha dicho que las almas, cuando dejan el cuerpo, nunca vuelven a él? ¿No sabes que las tumbas, sean como sean, solo guardan polvo, restos podridos y miseria?... ¿Cómo te imaginas tú a Dios? ¿Como un señor muy serio, allá arriba, con los brazos cruzados? ¿Un señor que nos deja jugar con nuestra vida? ¿Que nos deja poner en su lugar espíritus, duendes y fantasmas que nosotros mismos inventamos?... Tu amo, que es tan inteligente, ¿no te ha dicho nunca estas cosas?

—Sí me las ha dicho; pero como ya no me las va a decir...

—Pero como ya no te las va a decir, ¿quieres acabar con tu vida? Dime, tonta, ¿qué bien pensabas conseguir tirándote a ese agujero? ¿Pensabas estar mejor?

—Sí, señor.

—¿Cómo?

—Sin sentir nada de lo que ahora siento, sino otras cosas mejores. Y juntándome con mi madre.

—Veo que eres más tonta que si te hubieran hecho así a propósito —dijo Golfín, riendo—. Ahora vas a ser sincera conmigo. ¿Tú me quieres mal?

—No, señor. Yo no quiero mal a nadie, y menos a usted. Usted ha sido muy bueno conmigo y le ha dado la vista a mi amo.

—Bien, pero eso no basta. No solo quiero que me quieras bien. Quiero también que tengas confianza en mí y que me cuentes tus cosillas. A ti te pasan cosillas muy curiosas, picarona, y me las vas a contar todas, todas. Verás como no te arrepientes. Verás como soy un buen confesor.

La Nela sonrió con tristeza. Después bajó la cabeza, se le doblaron las piernas y cayó de rodillas.

—No, tonta, así estás mal. Siéntate junto a mí; ven aquí —dijo Golfín con cariño, y la sentó a su lado—. Me parece que estabas deseando encontrar a alguien para contarle tus secretos. ¿No es verdad? ¡Y no encontrabas a nadie! Es verdad que estás demasiado sola en el mundo... Vamos a ver, Nela. Dime antes que nada... pon mucha atención... ¿por qué se te metió en la cabeza quitarte la vida?

La Nela no contestó nada.

—Hace algunos días te conocí alegre y, al parecer, contenta con la vida. ¿Por qué te has vuelto loca de la noche a la mañana?...

—Quería ir con mi madre —respondió la Nela, después de dudar un momento—. No quería vivir más. Yo no sirvo para nada. ¿De qué sirvo yo? ¿No es mejor que me muera? Si Dios no quiere que me muera, me moriré yo misma, por mi propia voluntad.

—Esa idea de que no sirves para nada es la causa de grandes desgracias para ti, ¡pobre criatura! ¡Maldito sea el que te la metió en la cabeza! O los que te la metieron, porque son muchos... Todos son igual de culpables del abandono, de la soledad y de la ignorancia en que has vivido. ¡Que no sirves para nada! ¡Sabe Dios lo que habrías sido tú en otras manos! Eres una personita delicada, muy delicada. Quizás tienes un valor inmenso. Pero, ¡qué demonio!, pon un arpa en unas manos toscas... ¿Qué harán con ella? Romperla... Tu cuerpo es débil y no puede romper piedra ni arrastrar tierra. No puedes trabajar como esas bestias con forma humana que se llaman Mariuca y Pepina. ¿Por eso hay que decir que no sirves para nada? ¿Es que hemos nacido para trabajar como los animales?... ¿No tendrás tú inteligencia? ¿No tendrás sensibilidad, y mil cualidades preciosas que nadie ha sabido cultivar? No: tú sirves para algo. Todavía podrás servir para mucho, si encuentras una mano hábil que sepa guiarte.

La Nela se quedó muy impresionada con estas palabras, que entendió por intuición. Miraba fijamente la cara dura, expresiva e inteligente de Teodoro Golfín. Su alma se llenaba de asombro y de gratitud.

—Pero en ti no hay un solo misterio —añadió el león negro—. Ahora se te ha presentado la ocasión más preciosa para salir de tu miserable abandono, y la has rechazado. Florentina, que es un ángel de Dios, ha querido hacer de ti una amiga y una hermana. No conozco ningún ejemplo de virtud y de bondad como las suyas... ¿Y tú qué has hecho?... Huir de ella como una salvaje... ¿Es esto ingratitud, o algún otro sentimiento que no comprendemos?

—No, no, no —respondió la Nela con pena—. Yo no soy ingrata. Yo adoro a la señorita Florentina... Me parece que no es de carne y hueso como nosotros. Me parece que no merezco ni siquiera mirarla...

—Pues, hija, eso podrá ser verdad. Pero tu manera de portarte solo quiere decir que eres ingrata, muy ingrata.

—No, no soy ingrata —exclamó la Nela, ahogada por los sollozos—. Bien me lo temía yo... Sí, me lo temía... Yo sospechaba que me creerían ingrata. Y eso era lo único que me ponía triste cuando me iba a matar... Como soy tan bruta, no supe pedir perdón a la señorita por escaparme. Ni supe explicarle nada...

—Yo haré que la señorita y tú volváis a ser amigas... Y si tú no quieres verla más, yo me encargo de decirle y de probarle que no eres ingrata. Ahora ábreme tu corazón. Dime todo lo que sientes y la causa de tu desesperación. Una persona puede vivir en un gran abandono, en una gran miseria y soledad. Pero nadie se quita la vida si no tiene un motivo muy poderoso para odiarla.

—Sí, señor, eso mismo pienso yo.

—¿Y tú odias la vida?...

La Nela se quedó callada un momento. Después cruzó los brazos y dijo con fuerza:

—No, señor. Yo no la odio, sino que la deseo.

—¡Pues en buen sitio ibas a buscarla!

—Yo creo que, después de morir, uno tiene todo lo que aquí no puede conseguir... Si no, ¿por qué nos está llamando la muerte a todas horas? Yo tengo sueños, y en ellos veo felices y contentos a todos los que se han muerto.

—¿Tú crees en lo que sueñas?

—Sí, señor. Y miro los árboles y las peñas que veo desde que nací, y en su cara...

—¡Vaya, vaya!... ¿También los árboles y las peñas tienen cara?...

—Sí, señor... Para mí todas las cosas hermosas ven y hablan... Por eso, cuando todas me han dicho: «Ven con nosotras; muérete y vivirás sin pena»...

—¡Qué lástima de fantasía! —murmuró Golfín—. Es un alma completamente pagana.

Y luego añadió en voz alta:

—Si deseas la vida, ¿por qué no aceptaste lo que Florentina te ofrecía? Vuelvo al mismo tema.

—Porque... porque... porque la señorita Florentina solo me ofrecía la muerte —dijo la Nela con energía.

—¡Qué mal juzgas su caridad! Hay seres tan desgraciados que prefieren la vida vagabunda y miserable. La prefieren a la dignidad que tienen las personas de un orden superior. Tú te has acostumbrado a la vida salvaje, en contacto directo con la Naturaleza. Y prefieres esta libertad grosera a los cariños más dulces de una familia. ¿Has sido tú feliz en esta vida?

—Empezaba a serlo...

—¿Y cuándo dejaste de serlo?

Después de una larga pausa, la Nela contestó:

—Cuando usted vino.

—¡Yo!... ¿Qué males he traído?

—Ninguno. No ha traído más que grandes bienes.

—Yo le he devuelto la vista a tu amo —dijo Golfín. Observaba la cara de la Nela con la atención de un fisiólogo—. ¿No me lo agradeces?

—Mucho, sí, señor; mucho —respondió ella, mirando al doctor con los ojos llenos de lágrimas.

Golfín seguía observándola. No quería perder el más pequeño síntoma de su cara. Cualquier síntoma podía ayudarle a conocer los sentimientos de la mujer-niña. Habló así:

—Tu amo me ha dicho que te quiere mucho. Cuando era ciego, y también ahora que tiene vista, no ha hecho más que preguntar por la Nela. Se ve que, para él, todo el Universo está ocupado por una sola persona: la Nela. Para él, la luz que ahora puede disfrutar no sirve para nada si no sirve para ver a la Nela.

—¡Para ver a la Nela! ¡Pues no verá a la Nela!... ¡La Nela no se dejará ver! —exclamó ella con fuerza.

—¿Y por qué?

—Porque es muy fea... Se puede querer a la hija de la Canela cuando se tienen los ojos cerrados. Pero cuando se abren los ojos y se ve a la señorita Florentina, no se puede querer a la pobre y enana Marianela.

—Quién sabe...

—No puede ser... No puede ser —afirmó la vagabunda con toda su energía.

—Eso es un capricho tuyo... No puedes saber si le gustas o no a tu amo hasta que lo pruebes. Yo te llevaré a la casa...

—¡No quiero, que no quiero! —gritó ella, y se levantó de un salto.

Se puso frente a Teodoro, que se quedó asombrado. Vio su postura llena de fuerza y el brillo de sus ojillos negros. Las dos cosas eran señales de un carácter decidido.

—Tranquilízate, ven aquí —le dijo con dulzura—. Hablaremos... Es verdad que no eres muy bonita... Pero una joven sensata no debe dar tanto valor a la belleza exterior. Tienes demasiado amor propio, mujer.

La Nela no hizo caso de lo que decía el doctor. Seguía firme en su sitio, como seguía firme en su idea. Y dijo con solemnidad esta sentencia:

—No debe haber cosas feas... Ninguna cosa fea debe vivir.

—Pues mira, hijita, si todos los feos tuviéramos la obligación de quitarnos de en medio, ¡qué vacío se quedaría el mundo! ¡Pobre y desgraciada tontuela! Esa idea que me has dicho no es nueva. La tuvieron personas que vivieron hace siglos. Eran personas con fantasía, como tú, que vivían en la Naturaleza, como tú. Y, como tú, les faltaba cierta luz. A ti te falta por tu ignorancia y tu abandono. A ellas les faltaba porque esa luz aún no había llegado al mundo... Tienes que curarte de esa manía. Tienes que comprender que hay muchos dones más valiosos que la belleza. Son los dones del alma. El tiempo no los estropea, y no dependen del capricho de los ojos. Búscalos en tu alma y los encontrarás. Con tu belleza no te pasa lo mismo. Por mucho que la busques en el espejo, nunca la encontrarás. Busca esos dones preciosos y cultívalos. Y cuando los veas muy grandes y llenos de flores, no tengas miedo. Entonces se calmará esa angustia que sientes. Entonces superarás fácilmente la situación humillante en que te ves. Te elevarás, y tendrás una belleza que quizás no admirarán los ojos. Pero a ti misma te dará alegría y orgullo.

La Nela no entendió estas palabras tan sensatas, o no las aceptó. Se escondió otra vez junto a Golfín y lo miraba con atención. Sus ojos eran muy pequeños, pero hablaban más que los ojos más hermosos. Parecían decir: «¿Pero a qué vienen todas esas sabidurías, señor pedante?».

—Aquí —siguió Golfín. Disfrutaba muchísimo con aquel tema y, sin querer, le daba el tono de una tesis de psicología—. Aquí hay una cuestión principal, y es...

La Nela lo había adivinado y se cubrió la cara con las manos.

—No tiene nada de raro. Al contrario, es muy natural lo que te pasa. Tienes un carácter sentimental e imaginativo. Has vivido con tu amo la vida libre y poética de la Naturaleza. Siempre juntos, en una intimidad inocente. Él es inteligente como nadie y guapo como una estatua... Parece la belleza ciega, hecha para alegrar a los que tienen vista. Además, su bondad y su gran corazón cautivan y enamoran. No es raro que te haya cautivado a ti. Eres una niña casi mujer, o una mujer que parece una niña. ¿Le quieres mucho? ¿Le quieres más que a todas las cosas de este mundo?...

—Sí, sí, señor —respondió la chiquilla, sollozando.

—¿No puedes soportar la idea de que deje de quererte?

—No, no, señor.

—Él te ha dicho palabras de amor y te ha hecho juramentos...

—¡Oh, sí, sí, señor! Me dijo que yo sería su compañera toda la vida, y yo lo creí...

—¿Y por qué no va a ser verdad?...

—Me dijo que no podría vivir sin mí. Y que, aunque tuviera vista, me querría mucho siempre. Yo estaba contenta. No me importaban mi fealdad, mi pequeñez ni mi figura ridícula, porque él no podía verme. Allá, en su oscuridad, me creía bonita... Pero después...

—Después... —murmuró Golfín, lleno de compasión—. Ya veo que yo tengo la culpa de todo.

—La culpa no... porque usted ha hecho una buena obra. Usted es muy bueno... Es un bien que él se haya curado de los ojos... Yo me digo a mí misma que es un bien... Pero después de esto, yo debo quitarme de en medio... Porque él verá a la señorita Florentina y la comparará conmigo... Y la señorita Florentina es como los ángeles, y yo... Compararme con ella es como comparar un pedazo de espejo roto con el sol... ¿Para qué sirvo yo? Yo soñé que no debía haber nacido. ¿Para qué nací?... ¡Dios se equivocó! Me hizo una cara fea, un cuerpecillo pequeño y un corazón muy grande. ¿De qué me sirve este corazón tan grande? Solo para sufrir. ¡Ay!, si yo no lo sujetara, se empeñaría en odiar mucho. Pero el odio no me gusta; yo no sé odiar. Y antes de llegar a saber lo que es eso, quiero enterrar mi corazón, para que no me atormente más.

—Te atormenta con los celos, con el dolor de verte humillada. ¡Ay, Nela, tu soledad es grande! No pueden salvarte ni el saber que no tienes, ni la familia que te falta, ni el trabajo que no conoces. Dime: la protección de la señorita Florentina, ¿qué sentimientos ha despertado en ti?...

—¡Miedo!... ¡Vergüenza! —exclamó la Nela con temor, abriendo mucho sus ojillos—. ¡Vivir con ellos, viéndolos a todas horas!... Porque se casarán. El corazón me ha dicho que se casarán. ¡Yo he soñado que se casarán!...

—Pero Florentina es muy buena, te querría mucho...

—Yo la quiero también, pero no en Aldeacorba —dijo la hija de la Canela, exaltada y fuera de sí—. Ha venido a quitarme lo que es mío... porque era mío, sí, señor... Florentina es como la Virgen María... Yo le rezaría, sí, señor, le rezaría. Pero no quiero que me quite lo que es mío... Y me lo quitará; ya me lo ha quitado... ¿Adónde voy yo ahora? ¿Qué soy, y para qué valgo? Lo perdí todo, todo, y quiero irme con mi madre.

La Nela dio algunos pasos. Pero Golfín, como una fiera que lanza la zarpa, la sujetó con fuerza por la muñeca. Al hacerlo, notó que el pulso de la vagabunda estaba muy agitado.

—Ven aquí —le dijo—. Desde este momento, quieras o no, te hago mi esclava. Eres mía, y solo harás lo que yo te mande. ¡Pobre criatura! Estás hecha de una sensibilidad ardiente, de una imaginación viva, de inocencia y de superstición. Eres una persona admirable, nacida para todo lo bueno. Pero te ha estropeado la vida salvaje que has llevado. Te han estropeado el abandono y la falta de instrucción, porque te falta hasta la más elemental. ¡En qué sociedad tan bonita vivimos! Olvida hasta este punto sus deberes y deja perderse así a un ser preciosísimo... Ven aquí, que no te vas a separar de mí. Te tomo, te cazo, esa es la palabra. Te cazo con una trampa en medio de los bosques, pequeña fiera salvaje. Y voy a probar contigo un sistema de educación... Veremos si sé tallar este hermoso diamante... ¡Ah, cuántas cosas no sabes! Yo te descubriré un nuevo mundo en tu alma. Te haré ver mil maravillas asombrosas que hasta ahora no has conocido. Aunque de todas ellas debes de tener una idea confusa, una idea vaga. ¿No sientes en tu pobre alma...? ¿Cómo te lo diré?... ¿No sientes el brote, el capullo de una virtud? Es la virtud más preciosa y la madre de todas: la humildad. Gracias a ella disfrutamos muchísimo, ¡mira tú qué cosa tan rara!, al vernos inferiores a los demás. Sí, disfrutamos al ver que otros están por encima de nosotros. ¿No sientes también la abnegación? Con ella nos gusta sacrificarnos por los demás. Nos gusta hacernos pequeñitos para que los demás sean grandes. Tú aprenderás esto. Aprenderás a poner tu fealdad a los pies de la belleza. Aprenderás a mirar con calma y alegría los triunfos de los otros. Aprenderás a cargar de cadenas ese gran corazón tuyo, a dominarlo por completo. Así nunca volverá a sentir envidia ni rabia. Así amará a todos por igual, y pondrá por encima de todos a los que te han hecho daño.

«Entonces serás lo que debes ser por tu naturaleza y por las cualidades que tienes desde que naciste. ¡Pobre de ti! Has nacido en medio de una sociedad cristiana, y ni siquiera eres cristiana. Tu alma vive en un estado de naturalismo poético. Sí, esa es la palabra, y te la digo aunque no la entiendas... Es el estado en que vivieron pueblos de los que apenas queda memoria. Te gobiernan los sentidos y las pasiones, y la forma es uno de tus dioses más queridos. Para ti han pasado en vano dieciocho siglos dedicados a elevar el espíritu. Y esta sociedad egoísta, que ha permitido tal abandono, ¿qué nombre merece? Te ha dejado crecer en la soledad de unas minas. No te ha enseñado ni una letra. No te ha dado a conocer las conquistas más preciosas de la inteligencia. Tampoco las verdades más elementales que hoy gobiernan el mundo. Ni siquiera te ha llevado a una de esas escuelas de primeras letras, donde no se aprende casi nada. Ni siquiera te ha dado la pobrísima instrucción religiosa de la que tanto presume. Apenas has visto una iglesia, y solo para ver ceremonias que nadie te ha explicado. Apenas sabes recitar una oración que no entiendes. No sabes nada del mundo, ni de Dios, ni del alma... Pero lo sabrás todo. Tú serás otra, yo te lo prometo. Dejarás de ser la Nela para ser una señorita de mérito, una mujer de bien.»

No se puede decir que la Nela entendiera este discurso. Golfín lo dijo con tanta pasión y tanta fuerza que olvidó un momento con quién hablaba. Pero la vagabunda sentía una fascinación extraña. Las ideas de aquel hombre entraban dulcemente en su alma y encontraban fácil sitio en ella. Parecía que sobre la ruda muchacha actuaba un dominio poderoso y fatal. Es el dominio que la inteligencia superior tiene sobre la inferior. Triste y callada, apoyó la cabeza en el hombro de Teodoro.

—Vamos allá —dijo él de repente.

La Nela tembló de pies a cabeza. Golfín notó el sudor de su frente, el frío helado de sus manos y la violencia de su pulso. Pero no cambió de idea por estos síntomas físicos. Al contrario, se afirmó más en ella y repitió:

—Vamos, vamos; aquí hace frío.

Tomó de la mano a la Nela. Ya tenía tanto dominio sobre ella que la muchacha se levantó detrás de él. Dieron juntos algunos pasos. Después la Nela se detuvo y cayó de rodillas.

—¡Oh, señor! —exclamó con espanto—. No me lleve usted.

Estaba pálida y tenía la cara cambiada. Mostraba señales de una terrible alteración del cuerpo y del alma. Golfín le tiró del brazo. El cuerpo desmayado de la vagabunda no se levantaba del suelo por su propia fuerza. Había que tirar de él como de un cuerpo muerto.

—Hace días, en este mismo sitio, te llevé sobre mis hombros porque no podías andar —dijo Golfín—. Esta noche será lo mismo.

Y la levantó en sus brazos. La respiración ardiente de la mujer-niña le quemaba la cara. Iba sin fuerzas, roja y marchita. Era como una planta que acaban de arrancar del suelo y que deja allí sus raíces. Al llegar a la casa de Aldeacorba, Golfín sintió que su carga pesaba menos. La Nela levantaba el cuello y alzaba las manos con un gesto de desesperación. Pero no decía nada.

Entró. Todo estaba en silencio. Una criada salió a recibirlo. Teodoro se lo pidió, y ella lo llevó sin hacer ruido a la habitación de la señorita Florentina.

La señorita estaba sola, con una luz que ya se apagaba. Estaba de rodillas en el suelo, con los brazos apoyados en el asiento de una silla. Rezaba con devoción y recogimiento. Se asustó al ver entrar en su habitación a un hombre a aquellas horas. Pero el susto pasó pronto, y llegó el asombro al ver la carga que Golfín traía sobre sus fuertes hombros.

La sorpresa no dejó hablar a la señorita de Penáguilas. Teodoro dejó con cuidado su carga sobre un sofá y le dijo:

—Aquí la traigo... ¿Qué tal? ¿Soy buen cazador de mariposas?

### Glosario

- **domesticación**: acción de amansar a un animal salvaje para que viva con las personas.
- **confesor**: sacerdote que escucha los pecados de una persona; persona a quien se cuentan los secretos.
- **pagana**: que no es cristiana; que adora la naturaleza o a otros dioses.
- **fisiólogo**: científico que estudia cómo funciona el cuerpo.
- **arpa**: instrumento de música grande, con muchas cuerdas, que se toca con los dedos.
- **pedante**: persona que presume de saber mucho y habla de forma difícil.
- **zarpa**: mano de un animal como el león, con uñas fuertes.
- **tallar**: cortar una piedra preciosa para darle forma y que brille.
- **humildad**: virtud de no creerse más que los demás.
- **abnegación**: sacrificar los propios deseos por el bien de otros.

## XX. El nuevo mundo

Retrocedamos algunos días.

Teodoro Golfín levantó por primera vez la venda de Pablo Penáguilas. Entonces Pablo dio un grito de espanto. Todos sus movimientos eran hacia atrás. Extendía las manos como para apoyarse en algo y retroceder mejor. El espacio lleno de luz era para él como un abismo inmenso. Creía que estaba a punto de caer en él. El instinto de defenderse le obligaba a cerrar los ojos. Teodoro, su padre y los demás de la casa le animaban a mirar. Todos sentían la ansiedad más profunda. Pablo miró de nuevo, pero el miedo no disminuía. Las imágenes entraban en su cerebro, por decirlo así, con violencia y desorden. Era como un ataque brusco, y él creía que iba a chocar contra los objetos. Las montañas lejanas le parecían estar al alcance de su mano. Y veía los objetos y las personas de su alrededor como si cayeran rápidamente sobre sus ojos.

Teodoro Golfín observaba estos fenómenos con la curiosidad más viva, porque era el segundo caso de curación de ceguera de nacimiento que había visto. Los demás no se atrevían a mostrar alegría: tanto les confundía y les asombraba aquel comienzo tan alterado de la vista en el afortunado paciente. Pablo sentía una alegría loca. Sus nervios y su fantasía estaban terriblemente excitados. Por eso Teodoro pensó que era prudente obligarle a descansar. Sonriendo, le dijo:

—Por ahora ha visto usted bastante. No se pasa de la ceguera a la luz como quien entra en un teatro. No se entra así en los dominios soberanos del sol. Esto es un nacimiento, y en él también hay mucho dolor.

Más tarde, el joven deseó con tanta fuerza volver a usar su nueva y preciosa facultad, que Teodoro aceptó y le abrió una pequeña rendija del mundo visible.

—Mi interior —dijo Pablo, explicando su primera impresión— está lleno de belleza, de una belleza que antes no conocía. ¿Qué cosas entraron en mí y me llenaron de terror? La idea del tamaño. Antes yo la entendía solo de manera imperfecta. Pero ahora se me presentó clara y terrible. Fue como si me tiraran desde las cimas más altas a los abismos más profundos. Todo esto es bello y grandioso, aunque me hace temblar. Quiero volver a sentir esas sensaciones sublimes. Aquella extensión de belleza que vi me ha dejado sin fuerzas. Era algo tranquilo y majestuoso, inclinado hacia mí como para recibirme. Yo veía el Universo entero corriendo hacia mí, y estaba asustado y con miedo... El cielo era un gran vacío atento... no lo explico bien... Era algo que tenía muchísima expresión. Todo aquel conjunto de cielo y montañas me observaba y corría hacia mí... Pero todo era frío y severo en su gran majestad. Enséñenme una cosa delicada y cariñosa... La Nela, ¿dónde está la Nela?

Al decir esto, Golfín volvió a descubrir sus ojos a la luz. Los ayudaba con unos anteojos graduados con mucha habilidad. Así lo ponía en comunicación con la belleza visible.

—¡Oh, Dios mío!... ¿Esto que veo es la Nela? —exclamó Pablo con entusiasta admiración.

—Es tu prima Florentina.

—¡Ah! —dijo el joven, muy confundido—. Es mi prima... Yo no tenía idea de una belleza así... Bendito sea el sentido que permite disfrutar de esta luz divina. Prima mía, eres como una música deliciosa. Eso que veo me parece la expresión más clara de la armonía... ¿Y la Nela, dónde está?

—Ya tendrás tiempo de verla —dijo don Francisco, lleno de alegría—. Ahora tranquilízate.

—¡Florentina, Florentina! —repitió el ciego, como en un delirio—. ¿Qué tienes en esa cara, que parece la misma idea de Dios hecha carne? Estás en medio de una cosa que debe de ser el sol. De tu cara salen como unos rayos... Por fin puedo tener una idea de cómo son los ángeles... Y tu cuerpo, tus manos, tus cabellos vibran y me muestran ideas preciosísimas... ¿Qué es esto?

—Empieza a darse cuenta de los colores —murmuró Golfín—. Quizás vea los objetos rodeados de los colores del arco iris. Todavía no se adapta bien a las distancias.

—Te veo dentro de mis propios ojos —añadió Pablo—. Te mezclas con todo lo que pienso, y tu persona visible es para mí como un recuerdo. ¿Un recuerdo de qué? Yo no he visto nada hasta ahora... ¿Habré vivido antes de esta vida? No lo sé. Pero yo ya tenía noticias de esos ojos tuyos. Y tú, padre, ¿dónde estás? ¡Ah, ya te veo! Eres tú... Contigo se me presenta el amor que te tengo... ¿Y mi tío?... Os parecéis mucho los dos... ¿Dónde está el bendito Golfín?

—Aquí... en presencia de su enfermo —dijo Teodoro, acercándose—. Aquí estoy, más feo que Picio... Como usted todavía no ha visto leones ni perros de Terranova, no tendrá idea de mi belleza... Dicen que me parezco a esos nobles animales.

—Todos son buenas personas —dijo Pablo con mucha inocencia—. Pero mi prima les gana a todos con mucha ventaja... ¿Y la Nela? Por Dios, ¿no traen a la Nela?

Le dijeron que su lazarillo no aparecía por la casa. Y que ellos no podían ocuparse ahora de buscarla. Esto le dio muchísima pena. Intentaron calmarlo. Temían que le diera fiebre, así que lo acostaron y le animaron a dormir. Al día siguiente estaba muy agotado, pero su naturaleza fuerte venció a todo. Pidió que le enseñaran un vaso de agua. Al verlo, dijo:

—Parece que estoy bebiendo el agua solo con verla.

Dijo cosas parecidas de otros objetos, que impresionaban mucho su fantasía. Golfín intentó corregir la aberración de esfericidad con lentes, probándolas una tras otra. Después empezó a enseñarle a distinguir y a combinar los colores. Pero la mente fuerte del joven tendía siempre a distinguir la fealdad de la belleza. Separaba estas dos ideas de forma absoluta. No influían en él ni la idea de utilidad, ni siquiera la de bondad. Le pareció encantadora una mariposa perdida que entró en su cuarto. Un tintero, en cambio, le pareció horrible. Y eso que su tío le demostró con argumentos ingeniosos que servía para poner la tinta de escribir... la tinta de escribir. Le enseñaron dos estampas: una del Crucificado y otra de Galatea. Galatea navegaba sobre una concha, acompañada de tritones y ninfas. Pablo prefirió esta última. A Florentina le pareció mal. Prometió enseñarle a poner las cosas sagradas cien codos por encima de las profanas. Pablo observaba las caras con muchísima atención. Le asombraba mucho cómo los rasgos de la cara se correspondían con el lenguaje. Vio a las criadas y a otras mujeres de Aldeacorba, y mostró un disgusto muy vivo, porque eran feas o insignificantes. Y es que la belleza de su prima convertía en adefesios a todas las demás mujeres. A pesar de esto, quería verlas a todas. Su curiosidad era una fiebre intensa que no se podía calmar de ningún modo. Cada vez estaba más triste por no ver a la Nela. Mientras tanto, rogaba a Florentina que no dejara de acompañarle ni un momento.

El tercer día, Golfín le dijo:

—Ya conoce usted gran parte de las maravillas del mundo visible. Ahora es necesario que vea su propia persona.

Trajeron un espejo y Pablo se miró en él.

—Este soy yo... —dijo con loca admiración—. Me cuesta creerlo... ¿Y cómo estoy dentro de esta agua dura y quieta? ¡Qué cosa tan admirable es el vidrio! Parece mentira que los hombres hayan hecho esta atmósfera de piedra... ¡Por mi vida, que no soy feo!... ¿No es verdad, prima? ¿Y tú, cuando te miras aquí, sales tan guapa como eres? No puede ser. Mírate en el cielo transparente y allí verás tu imagen. Creerás que ves a los ángeles cuando te veas a ti misma.

Al principio de la noche, Florentina le daba los cuidados que necesita un enfermo. Entonces, a solas con ella, Pablo le decía:

—Prima mía, mi padre me ha leído una parte de nuestra historia. Cuenta cómo un hombre llamado Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo. Ningún hombre de Europa lo había visto nunca. Aquel navegante abrió los ojos del mundo conocido para que viera otro más hermoso. Yo solo puedo imaginarlo como a un Teodoro Golfín. Y a Europa, como a un gran ciego para quien América y sus maravillas fueron la luz. Yo también he descubierto un Nuevo Mundo. Tú eres mi América. Tú eres aquella primera isla hermosa donde puso su pie el navegante. A él le faltó ver el continente, con sus inmensos bosques y ríos. A mí también me quedará por ver, quizás, lo más hermoso...

Después se quedó pensando profundamente, y al final preguntó:

—¿Dónde está la Nela?

—No sé qué le pasa a esa pobre muchacha —dijo Florentina—. Sin duda no quiere verte.

—Es tímida y muy modesta —respondió Pablo—. Tiene miedo de molestar a los de la casa. Florentina, en confianza te diré que la quiero mucho. Tú también la querrás mucho. Deseo con todo mi corazón ver a esa buena compañera y amiga mía.

—Yo misma iré a buscarla mañana.

—Sí, sí... Pero no estés mucho tiempo fuera. Cuando no te veo, estoy muy solo... Me he acostumbrado a verte, y estos tres días me parecen siglos de felicidad... No me robes ni un minuto. Anoche me decía mi padre que, después de verte a ti, no debo tener curiosidad por ver a ninguna mujer.

—¡Qué tontería! —dijo la señorita, poniéndose roja—. Hay otras mucho más guapas que yo...

—No, no, todos dicen que no —afirmó Pablo con fuerza. Volvía su cara vendada hacia su prima, como si quisiera verla a través de tantos obstáculos—. Antes me decían eso y yo no lo quería creer. Pero ahora conozco el mundo visible y la belleza real, y lo creo, sí, lo creo. Eres un modelo perfecto de belleza. No hay nada más allá, no puede haberlo... Dame tu mano.

El primo apretó con pasión entre sus manos la mano de la señorita.

—Ahora me río yo —añadió él— de mi ridícula vanidad de ciego. Me río de mi tonto empeño de juzgar sin vista cómo son las cosas... Creo que me durará toda la vida el asombro que me produjo la realidad... ¡La realidad! El que no la tiene es un idiota... Florentina, yo era un idiota.

—No, primo. Siempre fuiste y eres muy inteligente... Pero no excites ahora tu imaginación... Pronto será hora de dormir. Don Teodoro ha mandado que nadie te dé conversación a esta hora, porque luego no duermes... Si no te callas, me voy.

—¿Ya es de noche?

—Sí, es de noche.

—Pues sea de noche o de día, yo quiero hablar —afirmó Pablo. Estaba inquieto en su cama, donde descansaba vestido y muy excitado—. Me callo con una condición. Que no te vayas de mi lado y que, de vez en cuando, des una palmada en la cama. Así sabré que estás ahí.

—Bueno, así lo haré. Y ahí va la primera fe de vida —dijo Florentina, y dio una palmada en la cama.

—Cuando te oigo reír, me parece que respiro un aire fresco y perfumado. Y todos mis sentidos antiguos se ponen a reproducir tu persona de distintas maneras. El recuerdo de tu imagen sigue en mí de tal manera que, con la venda puesta, te estoy viendo igual.

—¿Otra vez la charla?... Mira que llamo a don Teodoro —dijo la señorita con alegría.

—No... quédate quieta. Es que no puedo callarme... Si me callara, me atormentaría más todo lo que pienso y lo que siento. Y también lo que veo aquí dentro de mi cerebro... ¡Y tú quieres que duerma!... ¡Dormir! Si te tengo aquí dentro, Florentina, dando vueltas en mi cerebro y volviéndome loco... Sufro y disfruto lo que no se puede decir, porque no hay palabras para decirlo. Paso toda la noche hablando contigo y con la Nela... ¡La pobre Nela! Tengo curiosidad por verla, una curiosidad muy grande.

—Yo misma iré a buscarla mañana... Bueno, se acabó la conversación. Calladito, o me marcho.

—Quédate... Hablaré conmigo mismo... Ahora voy a repetir las cosas que te dije anoche, cuando hablábamos los dos solos... Voy a recordar lo que tú me dijiste...

—¿Yo?

—Es decir, las cosas que yo me imaginaba oír de tu boca... Silencio, señorita de Penáguilas... Yo me entiendo solo con mi imaginación.

Al día siguiente, cuando Florentina se presentó delante de su primo, le dijo:

—Traía a Mariquilla y se me escapó. ¡Qué ingratitud!

—¿Y no la has buscado?

—¿Dónde?... ¡Huyó de mí! Esta tarde saldré otra vez y la buscaré hasta encontrarla.

—No, no salgas —dijo Pablo enseguida—. Ella aparecerá; vendrá sola.

—Parece loca.

—¿Sabe que tengo vista?

—Yo misma se lo he dicho. Pero sin duda ha perdido el juicio. Dice que yo soy la Virgen Santísima y me besa el vestido.

—Es que le produces a ella el mismo efecto que a todos. La Nela es tan buena... ¡Pobre muchacha! Hay que protegerla, Florentina, protegerla. ¿No te parece?

—Es una ingrata —dijo Florentina con tristeza.

—¡Ah, no lo creas! La Nela no puede ser ingrata. Es muy buena... Yo la aprecio mucho... Es necesario que la busquen y me la traigan aquí.

—Yo iré.

—No, no, tú no —dijo Pablo rápidamente, tomando la mano de su prima—. La obligación de usted, señorita sin juicio, es acompañarme. Si el señor Golfín no viene pronto a levantarme la venda y ponerme los cristales, me la levantaré yo solo. Desde ayer no te veo, y esto no se puede sufrir, no, no se puede sufrir... ¿Ha venido don Teodoro?

—Está abajo con tu padre y con el mío. Pronto subirá. Ten paciencia; pareces un niño de escuela.

Pablo se incorporó en la cama, fuera de sí.

—¡Luz, luz!... Es una injusticia que lo tengan a uno tanto tiempo a oscuras. Así no se puede vivir... Yo me muero. Necesito mi pan de cada día; necesito que mis ojos trabajen... Hoy no te he visto, prima, y estoy loco por verte. Tengo una sed rabiosa de verte. ¡Viva la realidad!... Bendito sea Dios, que te creó, mujer encantadora, resumen de todas las bellezas... Pero si Dios, después de crear la belleza, no hubiera creado los corazones, ¡qué tonta sería su obra!... ¡Luz, luz!

Subió Teodoro y le abrió las puertas de la realidad. Su alma se llenó de alegría. Después pasó el día tranquilo, hablando de cosas diversas. Hasta la noche no volvió a pensar en una parte de su vida. Esa parte parecía alejarse, hacerse pequeña y borrarse. Era como los barcos que se pierden en el horizonte en un día sereno. Como quien recuerda un hecho muy antiguo, Pablo dijo:

—¿No ha aparecido la Nela?

Florentina le dijo que no, y hablaron de otra cosa.

Aquella noche, muy tarde, Pablo oyó ruido de voces en la casa. Creyó oír la voz de Teodoro Golfín, la de Florentina y la de su padre. Después se durmió tranquilamente. Pero en su sueño le atormentaban las imágenes de todo lo que había visto. También le atormentaban los fantasmas de lo que él mismo se imaginaba. Su sueño empezó dulce y tranquilo, pero luego fue agitado y lleno de angustia, porque el fondo de su alma era como una cueva recién iluminada, y allí luchaban las bellezas y las fealdades del mundo de las formas. Despertaban pasiones, enterraban recuerdos y revolvían toda su alma. Al día siguiente, como había prometido Golfín, lo dejarían levantarse y andar por la casa.

### Glosario

- **retroceder**: moverse hacia atrás.
- **abismo**: lugar muy hondo, sin fondo; da miedo caer en él.
- **rendija**: abertura larga y muy estrecha.
- **anteojos**: gafas; cristales que ayudan a ver mejor.
- **aberración de esfericidad**: defecto de la vista: las cosas se ven deformadas o poco claras.
- **más feo que Picio**: muy, muy feo.
- **tintero**: recipiente pequeño para la tinta de escribir.
- **cien codos por encima**: mucho más alto, mucho más importante.
- **adefesio**: persona o cosa muy fea o ridícula.
- **fe de vida**: prueba de que alguien está vivo.

## XXI. Los ojos matan

La habitación que dieron a Florentina en Aldeacorba era la más alegre de la casa. Nadie había vivido en ella desde la muerte de la señora de Penáguilas. Pero don Francisco pensó que su sobrina merecía vivir allí. Por eso arregló la habitación con limpieza y con algunos adornos elegantes. Esos adornos no se conocían cuando vivía su esposa. El balcón daba al sur y a la huerta. Por eso la habitación estaba cada día llena de olores agradables y de luz. La alegraba también la charla armoniosa de los pájaros. Florentina vivía allí desde hacía pocos días. Pero ya le había dado a la habitación, por decirlo así, la forma de su persona. Muchas cosas de la habitación mostraban qué clase de mujer vivía allí, igual que el nido muestra cómo es el pájaro. Hay personas que convierten un palacio en un infierno. Y hay otras que convierten una choza en un palacio solo con entrar en ella.

Aquel día era de tormenta. (Y decimos aquel día porque no sabemos qué día era: solo sabemos que era un día.) Había llovido toda la mañana. Después el cielo se había aclarado. Por último, sobre el aire húmedo y blanco apareció, majestuoso, un arco iris. El inmenso arco apoyaba uno de sus pies en los cerros de Ficóbriga, junto al mar. El otro lo apoyaba en el bosque de Saldeoro. Era de una belleza soberana en su sencillez. No se puede comparar con nada, si no es con la representación absoluta y esencial de la forma. El arco iris es como el resumen, o mejor dicho, el principio y el fin de todo lo visible.

En la habitación estaba Florentina. No estaba haciendo collares de perlas ni bordando sedas con finos hilos de oro. Estaba cortando un vestido con patrones hechos de *Imparciales* y de otros periódicos. Estaba en el suelo, en una postura parecida a la de los niños traviesos cuando juegan. A veces se sentaba sobre los pies, y a veces se ponía de rodillas. Las tijeras no paraban. A su lado había un montón de trozos de lana, percal, madapolán y otras telas. Aquella mañana los había hecho traer a toda prisa de Villamojada. Cortaba por aquí y recortaba por allá. Así, Florentina hacía mangas, faldas y cuerpos de vestido. No eran un modelo de buen corte. Tampoco se podía confiar mucho en los patrones, que también eran obra de Florentina. Pero ella veía los defectos de las piezas y pensaba que, en aquel arte, la buena intención salva el resultado. Su excelente padre le había dicho aquella mañana, al empezar el trabajo:

—Por Dios, Florentinilla, parece que ya no hay modistas en el mundo. No sé qué me da ver a una señorita de buena sociedad arrastrándose por esos suelos de Dios... ¡Y con unas tijeras en la mano!... Eso no está bien. No me gusta que trabajes para vestirte a ti misma. ¿Y me va a gustar que trabajes para las demás?... ¿Para qué sirven las modistas?... ¿Para qué sirven las modistas, eh?

—Esto lo haría cualquier modista mejor que yo —respondió Florentina, riendo—. Pero entonces no lo haría yo, señor papá. Y precisamente quiero hacerlo yo misma.

Después Florentina se quedó sola. No, no se quedó sola, porque en la pared principal de la habitación, entre la cama y el armario, había un sofá antiguo. Sobre el sofá había dos mantas, una encima de otra. En uno de los extremos, entre almohadas, asomaba una cabeza, abandonada y sin fuerzas. Era una cara deshecha, pálida y sin sangre. Dormía. Su sueño era pesado y nervioso. Se interrumpía a cada momento con sacudidas violentas y terrores. Sin embargo, parecía más tranquila cuando, a mediodía, volvió a entrar en la habitación el padre de Florentina. Venía con Teodoro Golfín.

Golfín fue hacia el sofá. Acercó su cara y observó la de la Nela.

—Parece que ahora su sueño es más tranquilo —dijo—. No hagamos ruido.

—¿Qué le parece a usted mi hija? —dijo don Manuel, riendo—. ¿No ve usted los trabajos que se busca?... Sea usted imparcial, señor don Teodoro. ¿No tengo motivos para enfadarme? Francamente, cuando no hay necesidad de tomarse una molestia, ¿por qué hay que tomarla? Me parece muy bien que mi hija dé al prójimo lo que yo le doy para gastar en alfileres. Pero esto, esta manía de hacer ella misma trabajos tan bajos... trabajos tan bajos...

—Déjela usted —respondió Golfín, mirando a la señorita de Penáguilas con cierto embeleso—. Cada uno, señor don Manuel, tiene su manera especial de gastar alfileres.

—Yo no me opongo a que en sus caridades llegue hasta el despilfarro, hasta la ruina —dijo don Manuel. Se paseaba por la habitación con aire importante y con las manos en los bolsillos—. ¿Pero no hay otra manera mejor de hacer caridad? Ella ha querido dar gracias a Dios por la curación de mi sobrino... Esto está muy bien, es muy evangélico... Pero veamos... pero veamos.

Se detuvo delante de la Nela para honrarla con sus miradas.

—¿No habría sido más razonable otra cosa? —añadió—. En vez de meter en casa a esta pobre muchacha, mi hijita podía haber organizado una fiesta útil. Me refiero a esas fiestas que se hacen en la corte. En ellas, lo mejor de la sociedad sabe mostrar sus buenos sentimientos. ¿Por qué no se te ocurrió hacer una rifa? Entre los amigos habríamos vendido todos los billetes. Habríamos reunido una buena cantidad para los asilos de Beneficencia. Podías haber formado una sociedad con todos los señores de Villamojada y sus alrededores. O con todos los señores de Santa Irene de Campó. Podías celebrar reuniones y juntar mucho dinero... ¿Qué tal? También podías haber pensado en una corrida de toretes. Yo me habría encargado del ganado y de los toreros... ¡Oh! Anoche estuvimos hablando de esto la señora doña Sofía y yo... Aprende, aprende de esa señora. Los pobres le deben no sé cuántas cosas. ¿Y las muchas familias que viven de organizar las rifas? ¿Y lo que ganan los actores con estas funciones? ¡Oh! Los que están en el Hospicio no son los únicos pobres. Me dijo Sofía que en los bailes de máscaras de este invierno sacaron muchísimo dinero. Es verdad que una gran parte se la llevaron la compañía del gas, el alquiler del teatro y los empleados... Pero a los pobres les llegó su pedazo de pan... O si no, hija mía, lee la estadística... o si no, hija mía, lee la estadística.

Florentina se reía. No encontró mejor respuesta que repetir una frase de Teodoro Golfín, y le dijo a su padre:

—Cada uno tiene su manera de gastar alfileres.

—Señor don Teodoro —dijo don Manuel con disgusto—, reconozca usted que no hay otra como mi hija.

—Sí, es verdad —dijo Teodoro con una intención profunda, mirando a la joven—. No hay otra como Florentina.

—Con todos sus defectos —dijo el padre, acariciando a la señorita—, la quiero más que a mi vida. Esta pícara vale más oro de lo que pesa... Vamos a ver, ¿qué te gusta más, Aldeacorba de Suso o Santa Irene de Campó?

—No me disgusta Aldeacorba.

—¡Ah, picarona!... Ya veo el camino que tomas... Bien, me parece bien. ¿Saben ustedes que a estas horas mi hermano le está echando un sermón a su hijo? Cosas de familia: de esto tiene que salir algo bueno. Mire usted, don Teodoro, cómo se pone mi hija. Ya tiene en la cara todas las rosas de mayo. Voy a ver lo que dice mi hermano... a ver lo que dice mi hermano.

El buen hombre se retiró. Teodoro se acercó a la Nela para observarla otra vez.

—¿Ha dormido anoche? —le preguntó a Florentina.

—Poco. Toda la noche la oí suspirar y llorar. Esta noche tendrá una buena cama; he mandado traerla de Villamojada. La pondré en ese cuartito que está junto al mío.

—¡Pobre Nela! —exclamó el médico—. No puede usted imaginarse el interés que siento por esta desgraciada criatura. Alguien se reirá de esto, pero no somos de piedra. Queremos elevar a este pobre ser y mejorar su vida. Lo que hagamos por ella, lo hacemos por una parte no pequeña de la humanidad. En el mundo hay muchos miles de seres como la Nela. ¿Quién los conoce? ¿Dónde están? Están perdidos en los desiertos sociales... porque también hay desiertos sociales. Están en lo más oscuro de las ciudades y en lo más solitario de los campos. Están en las minas y en los talleres. Muchas veces pasamos junto a ellos y no los vemos... Les damos limosna sin conocerlos... No podemos fijar nuestra atención en esa parte miserable de la sociedad. Al principio creí que la Nela era un caso excepcional. Pero no: he pensado, he recordado y he visto que es uno de los casos más comunes. Es un ejemplo de lo que les pasa a ciertos seres. Su alma está hecha para el bien, para el saber y para la virtud. Pero, por el abandono y el aislamiento, no pueden desarrollar las fuerzas de su alma. Viven ciegos del espíritu, como Pablo Penáguilas ha vivido ciego del cuerpo teniendo vista.

Florentina, muy impresionada, parecía haber comprendido las palabras de Golfín.

—Aquí la tiene usted —añadió él—. Tiene una fantasía preciosa y una sensibilidad viva. Sabe amar con ternura y con pasión. Su alma tiene una capacidad maravillosa para todo lo que depende del alma. Pero al mismo tiempo está llena de las supersticiones más groseras. Sus ideas religiosas son vagas, monstruosas, equivocadas. Sus ideas morales no tienen más guía que el sentido natural. No tiene más educación que la que ella misma se ha dado. Es como una planta que se alimenta con sus propias hojas secas. No le debe nada a los demás. Durante su niñez no ha oído ni una lección, ni un consejo cariñoso, ni un santo sermón. Se guía por ejemplos que aplica como quiere. Su manera de juzgar es suya, solo suya. Tiene imaginación y sensibilidad. Su alma, desde el principio, se ha inclinado a adorar algo. Por eso ha adorado la Naturaleza, igual que los pueblos primitivos. Sus ideales son naturalistas. Y si usted no me entiende bien, querida Florentina, se lo explicaré mejor en otra ocasión.

«Su espíritu da a la forma, a la belleza, una preferencia sistemática. Todo su ser y todos sus cariños giran alrededor de esta idea. Las cualidades altas del espíritu son para ella una región confusa. Son una tierra apenas descubierta, de la que solo tiene noticias vagas por algún viajero náufrago. La gran conquista del Evangelio es una de las más gloriosas que ha hecho nuestro espíritu. Pero a sus oídos apenas llega como un rumor... Es como la sospecha que tienen los pueblos de Asia sobre el saber de Europa. Y si no me entiende usted bien, querida Florentina, más adelante se lo explicaré mejor...

»Pero ella está hecha para avanzar mucho en poco tiempo y ponerse a nuestro nivel. Si le damos un poco de luz, recorrerá los siglos con pasos de gigante... Está muy atrasada y ve poco. Pero si tiene luz, andará. Nadie le ha dado esa luz hasta ahora, porque Pablo Penáguilas no conocía la realidad visible, y así, sin querer, aumentaba sus errores. Ese idealista exagerado y loco no es el mejor maestro para un espíritu así. Nosotros enseñaremos la verdad a esta pobre criatura, ejemplo resucitado de otros siglos. Le haremos conocer las cualidades del alma. La traeremos a nuestro siglo. Daremos a su espíritu una fuerza que no tiene. Cambiaremos su naturalismo y sus rudas supersticiones por una noble conciencia cristiana. Aquí tenemos un campo admirable, una naturaleza primitiva. En ella probaremos la enseñanza de los siglos. Haremos pasar el tiempo sobre ella, con las muchas verdades descubiertas. Crearemos un nuevo ser. Porque esto, querida Florentina (no lo interprete usted mal), es lo mismo que crear un nuevo ser. Y si usted no lo entiende, en otra ocasión se lo explicaré mejor.»

Florentina no era una mujer de libros. Aun así, creyó entender algo de lo que Golfín había dicho con su estilo tan original. Ella también iba a decir lo que pensaba sobre aquel tema. Pero en ese mismo instante despertó la Nela. Sus ojos recorrieron con miedo toda la habitación. Después se fijaron, uno tras otro, en las dos personas que la miraban.

—¿Nos tienes miedo? —le dijo Florentina con dulzura.

—No, señora, miedo no —dijo la Nela con voz débil—. Usted es muy buena. El señor don Teodoro también.

—¿No estás contenta aquí? ¿Qué temes?

Golfín le tomó una mano.

—Háblanos con sinceridad —le dijo—. ¿A cuál de los dos quieres más, a Florentina o a mí?

La Nela no contestó. Florentina y Golfín sonreían, pero ella seguía seria y callada.

—Oye una cosa, tontuela —siguió el médico—. Ahora tienes que vivir con uno de nosotros. Florentina se queda aquí; yo me marcho. Decídete por uno de los dos. ¿A cuál escoges?

Marianela miró una cara y luego la otra, sin dar una respuesta clara. Por fin, sus ojos se detuvieron en la cara de Golfín.

—Me parece que yo soy el preferido... Es una injusticia, Nela. Florentina se va a enfadar.

La pobre enferma sonrió entonces. Extendió una de sus manos débiles hacia la señorita de Penáguilas y murmuró:

—No quiero que se enfade.

Al decir esto, María se puso lívida. Estiró el cuello y abrió mucho los ojos. Su oído escuchaba un ruido terrible. Había oído pasos.

—¡Viene! —exclamó Golfín, que compartía el terror de su enferma.

—Es él —dijo Florentina. Se apartó del sofá y corrió hacia la puerta.

Era él. Pablo había empujado la puerta y entraba despacio. Andaba en línea recta, por la costumbre de su larga ceguera. Venía riendo. Se había quitado él mismo la venda, y sus ojos libres miraban hacia delante. Todavía no estaba acostumbrado a mover los ojos hacia los lados. Por eso apenas veía las imágenes de los lados. De él se podía decir lo mismo que de muchos que nunca fueron ciegos de los ojos. Solo veía lo que tenía delante.

—Primita —dijo, avanzando hacia ella—, ¿cómo no has ido a verme hoy? Yo vengo a buscarte. Tu papá me ha dicho que estás haciendo vestidos para los pobres. Por eso te perdono.

Florentina no supo qué contestar. Estaba disgustada. Pablo no había visto al doctor ni a la Nela. Para alejarlo del sofá, Florentina había ido hacia el balcón. Había recogido algunos trozos de tela y se había sentado como para ponerse a trabajar. La luz alegre del sol la bañaba. Coloreaba espléndidamente su lado izquierdo y daba a su hermosa piel morena y rosada el brillo más encantador. Su belleza brillaba entonces como si fuera la misma luz hecha persona. Tenía el pelo en desorden y el vestido suelto. Eso aumentaba todavía más la elegancia natural de la joven. Su actitud pura y noble era mejor que las obras de arte más perfectas.

—Primito —dijo ella, frunciendo un poco las hermosas cejas—, don Teodoro todavía no te ha dado permiso para quitarte hoy la venda. Eso no está bien.

—Me lo dará después —respondió el joven, riendo—. No me puede pasar nada. Me encuentro bien. Y si me pasa algo, no me importa. No, no me importa quedarme ciego otra vez después de haberte visto.

—¡Qué bonito sería eso!... —dijo Florentina en tono de reproche.

—Estaba solo en mi cuarto. Mi padre había salido, después de hablarme de ti... Tú ya sabes lo que me ha dicho...

—No, no sé nada —respondió la joven, con los ojos fijos en la costura.

—Pues yo sí lo sé... Mi padre es muy razonable. Nos quiere mucho a los dos... Cuando mi padre salió, me levanté la venda y miré al campo... Vi el arco iris y me quedé asombrado, mudo de admiración y de fervor religioso... Hasta hoy no conocía aquel espectáculo sublime. No sé por qué, me dio la idea más perfecta de la armonía del mundo... No sé por qué, al mirar la perfecta unión de sus colores, pensaba en ti... No sé por qué, viendo el arco iris, dije: «Yo he sentido esto antes en alguna parte...». Me produjo la misma sensación que sentí al verte, Florentina de mi alma. El corazón no me cabía en el pecho. Yo quería llorar... Lloré mucho, y las lágrimas me cegaron un momento. Te llamé; no me respondiste... Cuando mis ojos pudieron ver de nuevo, el arco iris había desaparecido... Salí a buscarte. Creí que estabas en la huerta... Bajé, subí, y aquí estoy... Te encuentro tan maravillosamente hermosa que me parece que nunca te había visto bien hasta hoy... Nunca hasta hoy, porque ya he tenido tiempo de comparar... He visto muchas mujeres... Todas son horribles a tu lado... Me cuesta creer que existieras durante mi ceguera... No, no. Lo que pasa es que naciste en el momento en que se hizo la luz dentro de mí. Te creó mi pensamiento en el instante en que fui dueño del mundo visible... Me han dicho que no hay ninguna criatura que se pueda comparar contigo. Yo no lo quería creer. Pero ya lo creo; lo creo como creo en la luz.

Al decir esto, puso una rodilla en el suelo. Florentina, asustada y roja, dejó de atender a la costura.

—Primo... ¡por Dios!... —murmuró.

—Prima... ¡por Dios! —exclamó Pablo con entusiasmo inocente—. ¿Por qué eres tú tan bonita?... Mi padre es muy razonable... No se puede decir nada contra su lógica ni contra su bondad... Florentina, yo creía que no podía quererte. Creía posible querer a otra más que a ti... ¡Qué tontería! Gracias a Dios, hay lógica en mis sentimientos... Mi padre, a quien he confesado mis errores, me ha dicho que yo amaba a un monstruo... Ahora puedo decir que adoro a un ángel. El ciego estúpido ya ha visto, y por fin rinde homenaje a la verdadera belleza... Pero yo tiemblo... ¿No me ves temblar? Te estoy viendo y solo deseo cogerte y encerrarte dentro de mi corazón. Quiero abrazarte y apretarte contra mi pecho... fuerte, muy fuerte.

Pablo, que se había puesto de rodillas en el suelo, se abrazaba a sí mismo.

—Yo no sé lo que siento —añadió, turbado, con la lengua torpe y la cara pálida—. Cada día descubro un nuevo mundo, Florentina. Descubrí el de la luz, y hoy descubro otro... ¿Es posible que tú, tan hermosa, tan divina, seas para mí? ¡Prima, prima mía, esposa de mi alma!

Parecía que iba a caer al suelo desmayado. Florentina hizo un gesto para levantarse. Pablo le tomó una mano. Después él mismo apartó la ancha manga que cubría el brazo de ella. Y le besó el brazo con pasión ardiente, contando los besos.

—Uno, dos, tres, cuatro... ¡Yo me muero!

—Quita, quita —dijo Florentina. Se puso de pie e hizo levantarse también a su primo—. Señor doctor, ríñale usted.

Teodoro gritó:

—¡Rápido... esa venda en los ojos, y a su cuarto, joven!

Confuso, el joven volvió la cara hacia aquel lado. Mirando en línea recta, vio al doctor junto al sofá de paja cubierto de mantas.

—¿Está usted ahí, señor Golfín? —dijo, acercándose en línea recta.

—Aquí estoy —respondió Golfín con seriedad—. Creo que debe usted ponerse la venda y volver a su habitación. Yo le acompañaré.

—Me encuentro perfectamente... Sin embargo, obedeceré... Pero antes déjenme ver esto.

Miraba la manta, y entre las mantas una cabeza como de cadáver, de aspecto muy desagradable. En efecto, la nariz de la Nela parecía más puntiaguda. Sus ojos parecían más pequeños, y su boca más insignificante. Su piel tenía más pecas, su pelo era más escaso y su frente más estrecha. Tenía los ojos cerrados, la respiración cansada y los labios morados medio abiertos. La pobre parecía estar en la última agonía, señal segura de la muerte.

—¡Ah! —dijo Pablo—. Mi tío me dijo que Florentina había recogido a una pobre... ¡Qué bondad tan admirable!... Y tú, pobre muchacha, alégrate: has caído en manos de un ángel... ¿Estás enferma? En mi casa no te faltará nada... Mi prima es la imagen más hermosa de Dios... Esta pobrecita está muy mala, ¿no es verdad, doctor?

—Sí —dijo Golfín—. Le conviene estar sola y no oír hablar.

—Pues me voy.

Pablo alargó una mano hasta tocar aquella cabeza. Le parecía la expresión más triste de la miseria y de la desgracia humanas. Entonces la Nela movió los ojos y los fijó en su amo. Pablo se sintió mirado desde el fondo de una tumba. Tanta tristeza y tanto dolor había en aquella mirada. Después la Nela sacó de entre las mantas una mano flaca, morena y áspera. Tomó la mano del señorito de Penáguilas. Él, al sentir su contacto, tembló de pies a cabeza. Y lanzó un grito en el que gritaba toda su alma.

Hubo una pausa llena de angustia. Fue una de esas pausas que llegan antes de las catástrofes del espíritu, como para hacerlas más solemnes.

Con una voz temblorosa, que conmovió trágicamente a todos, la Nela dijo:

—Sí, señorito mío, yo soy la Nela.

Despacio, como si moviera un objeto muy pesado, se llevó a los labios secos la mano del señorito. Le dio un beso... después un segundo beso... Y al dar el tercero, sus labios resbalaron sin vida sobre la piel del joven.

Después todos callaron. Callaban y la miraban. El primero que habló fue Pablo, que dijo:

—Eres tú... ¡Eres tú!...

Después se le ocurrieron muchas cosas, pero no pudo decir ninguna. Para decirlas, habría tenido que descubrir un nuevo lenguaje. Ya había descubierto dos mundos nuevos: el de la luz y el del amor por la forma. No hacía más que mirar, mirar y recordar aquel mundo oscuro en el que había vivido. Allí habían quedado perdidos, entre la niebla, sus pasiones, sus ideas y sus errores de ciego.

Florentina se acercó llorando para examinar la cara de la Nela. Golfín la observaba como hombre y como científico, y dijo estas palabras tristes y sombrías:

—¡La mató! ¡Maldita vista suya!

Y después, mirando a Pablo con severidad, le dijo:

—Retírese usted.

—Morir... morirse así, sin ninguna causa... Esto no puede ser —exclamó Florentina con angustia, poniendo la mano sobre la frente de la Nela—. ¡María!... ¡Marianela!

La llamó muchas veces, inclinada sobre ella. La miraba y la llamaba como se hace desde el borde de un pozo. Así se llama a una persona que se ha caído en él. Esa persona se hunde en las aguas negras y profundísimas.

—No responde —dijo Pablo con terror.

Golfín tocaba aquella vida que estaba a punto de apagarse. Notó que, bajo sus dedos, la sangre todavía latía.

Pablo se inclinó sobre ella. Acercó los labios al oído de la moribunda y gritó:

—¡Nela, Nela, amiga querida!

Entonces ella se movió, abrió los ojos y movió las manos. Parecía que volvía desde muy lejos. Vio que Pablo la miraba fijamente, con una curiosidad que la examinaba. Entonces hizo un gesto de vergüenza y de terror. Quiso esconder su pobre cara, como se esconde un crimen.

—¿Qué es lo que tiene? —exclamó Florentina con pasión—. Don Teodoro, usted no es un hombre si no la salva... Si no la salva, es usted un charlatán.

La noble joven parecía enfadada, de tanta caridad como tenía.

—¡Nela! —repitió Pablo, atravesado por el dolor. Todavía no se había repuesto del asombro de ver a su lazarillo—. Parece que me tienes miedo. ¿Qué te he hecho yo?

La enferma extendió entonces las manos. Tomó la de Florentina y la puso sobre su pecho. Después tomó la de Pablo y la puso también sobre su pecho. Luego las apretó allí con un poco de fuerza. Sus ojos hundidos los miraban. Pero su mirada era lejana; venía de allá abajo, de algún agujero profundo y oscuro. Hay que decir otra vez que miraba desde el hueco negro de un pozo. Y ese pozo era cada vez más hondo. De pronto, su respiración se volvió muy difícil. Suspiró varias veces, apretando con más fuerza sobre su pecho las manos de los dos jóvenes.

Teodoro puso en movimiento a toda la casa. Llamó y gritó. Hizo traer medicinas y revulsivos muy fuertes. Intentó detener el rápido descenso de aquella vida.

—Es difícil —exclamó— detener una gota de agua que resbala, que resbala, ¡ay!, cuesta abajo. Está ya a dos pulgadas del océano. Pero lo intentaré.

Mandó salir a todo el mundo. Solo Florentina se quedó en la habitación. ¡Ah! Los revulsivos fuertes y los excitantes de los nervios mordían el cuerpo sin fuerzas para despertar la vida. Hicieron temblar los músculos de la pobre enferma. Pero, a pesar de esto, ella se hundía más a cada momento.

—Es una crueldad —dijo Teodoro con desesperación, tirando la mostaza y los excitantes—. Es una crueldad lo que estamos haciendo. Le echamos perros al moribundo para que el dolor de los mordiscos lo haga vivir un poco más. Fuera todo eso.

—¿No hay remedio?

—El que mande Dios.

—¿Qué mal es este?

—La muerte —gritó él, con una inquietud de delirio, impropia de un médico.

—¿Pero qué mal le ha traído la muerte?

—La muerte.

—No me explico bien. Quiero decir de qué...

—¡De muerte! No sé si pensar que ha muerto de vergüenza, de celos, de despecho, de tristeza o de amor sin esperanza. ¡Qué enfermedad tan extraña! No, no sabemos nada... Solo sabemos cosas sin importancia.

—¡Oh, qué médicos!

—Nosotros no sabemos nada. Conocemos algo de la superficie.

—¿Esto qué es?

—Parece una meningitis fulminante.

—¿Y qué es eso?

—Cualquier cosa... ¡La muerte!

—¿Es posible que una persona se muera sin una causa conocida, casi sin enfermedad?... Señor Golfín, ¿qué es esto?

—¿Acaso lo sé yo?

—¿No es usted médico?

—De los ojos, no de las pasiones.

—¡De las pasiones! —exclamó ella, hablando con la moribunda—. Y a ti, pobre criatura, ¿qué pasiones te matan?

—Pregúnteselo usted a su futuro esposo.

Florentina se quedó absorta, sin poder creerlo.

—¡Pobrecita! —exclamó con un sollozo ahogado—. ¿Puede el dolor del alma matar de esta manera?

—Cuando yo la recogí en la Trascava, ya estaba consumida por una fiebre terrible.

—Pero eso no basta, ¡ay!, no basta.

—Usted dice que no basta. Dios y la Naturaleza dicen que sí.

—Parece que ha recibido una puñalada.

—Recuerde usted lo que han visto hace poco estos ojos que se van a cerrar para siempre. Piense usted que la amaba un ciego. Y que ese ciego ya no lo es, y la ha visto... ¡la ha visto!... ¡la ha visto! Y eso es como un asesinato.

—¡Oh, qué horrible misterio!

—No, misterio no —gritó Teodoro con cierto espanto—. Es la terrible caída de las ilusiones. Es el golpe brusco de la realidad, que lo iguala todo sin piedad. La realidad se ha puesto por fin entre esos dos nobles seres. ¡Yo he traído esa realidad, yo!

—¡Oh, qué misterio! —repitió Florentina, que no comprendía bien por el estado en que estaba.

—Misterio no, no —volvió a decir Teodoro, cada vez más agitado—. Es la realidad pura. Es la desaparición repentina de un mundo de ilusiones. La realidad ha sido para él una vida nueva. Para ella ha sido dolor y asfixia. Ha sido la humillación, la tristeza, el desprecio, el dolor, los celos... ¡la muerte!

—Y todo por...

—¡Todo por unos ojos que se abren a la luz... a la realidad!... No puedo apartar esta palabra de mi mente. Parece que la tengo escrita en el cerebro con letras de fuego.

—Todo por unos ojos... ¿Pero el dolor puede matar tan pronto?... ¡Casi sin dar tiempo a probar un remedio!

—No sé —respondió Teodoro, nervioso, confundido, lleno de terror.

Contemplaba aquel libro humano de letras oscuras. En él, la vista de la ciencia no podía leer la leyenda misteriosa de la muerte y de la vida.

—¡No sabe! —dijo Florentina con desesperación—. Entonces, ¿para qué es médico?

—No sé, no sé, no sé —exclamó Teodoro, golpeándose la cabeza de melena con su zarpa de león—. Sí, una cosa sé: que solo sabemos fenómenos superficiales. Señora, yo no soy más que un carpintero de los ojos.

Después fijó los suyos, con profunda atención, en aquello que estaba entre persona y cadáver. Y exclamó con amargura:

—¡Alma! ¿Qué pasa en ti?

Florentina se echó a llorar.

—¡El alma —murmuró, inclinando la cabeza sobre el pecho— ya ha volado!

—No —dijo Teodoro, tocando a la Nela—. Aún hay aquí algo. Pero es tan poco que parece que su alma ya se ha ido. Parece que solo han quedado sus suspiros.

—¡Dios mío!... —exclamó la señorita de Penáguilas, y empezó una oración.

—¡Oh, pobre espíritu! —murmuró Golfín—. Es evidente que estaba muy mal alojado...

Los dos la observaron muy de cerca.

—Sus labios se mueven —gritó Florentina.

—Habla.

Sí, los labios de la Nela se movieron. Había dicho una, dos, tres palabras.

—¿Qué ha dicho?

—¿Qué ha dicho?

Ninguno de los dos pudo comprenderlo. Era, sin duda, el idioma con que se entienden los que viven la vida infinita.

Después sus labios no se movieron más. Estaban medio abiertos, y se veía la fila de dientecillos blancos. Teodoro se inclinó, besó la frente de la Nela y dijo con voz firme:

—Mujer, has hecho bien en dejar este mundo.

Florentina se echó a llorar, murmurando con voz ahogada y temblorosa:

—Yo quería hacerla feliz, y ella no quiso serlo.

### Glosario

- **majestuoso**: grande, noble y bello, como un rey.
- **tijeras**: instrumento con dos hojas de metal para cortar tela o papel.
- **madapolán**: tela blanca de algodón.
- **deshecha**: muy cambiada y estropeada por la enfermedad o el sufrimiento.
- **modista**: mujer que hace vestidos como trabajo.
- **embeleso**: admiración tan grande que una persona se queda como encantada.
- **gastar en alfileres**: dinero que se da a una señorita para sus pequeños gastos personales.
- **rifa**: juego en que se venden números y uno gana un premio.
- **corrida de toretes**: fiesta con toros jóvenes.
- **estadística**: números que cuentan cosas de la sociedad (cuántos pobres hay, etc.).
- **supersticiones**: creencias falsas en cosas mágicas o en señales de buena o mala suerte.
- **náufrago**: persona que se salva cuando su barco se hunde en el mar.
- **lívida**: muy pálida, casi sin color, por el miedo o la enfermedad.
- **revulsivos**: medicinas antiguas muy fuertes, como la mostaza, que irritan la piel para despertar a un enfermo.
- **excitantes**: medicinas antiguas que se daban para despertar los nervios de un enfermo muy grave.
- **meningitis fulminante**: enfermedad grave y muy rápida del cerebro.
- **charlatán**: persona que habla mucho y engaña; aquí, mal médico.
- **alojado**: que vive o está metido en un lugar.

## XXII. Adiós

¡Cosa rara, inaudita! La Nela nunca había tenido cama, ni ropa, ni zapatos, ni comida segura. Nunca había tenido respeto, ni familia, ni nada propio, ni siquiera un nombre. Y, sin embargo, tuvo un sepulcro magnífico, que causó bastante envidia entre los vivos de Socartes. Este lujo después de la muerte fue la mayor ironía que se ha visto en aquellas tierras de calamina. La señorita Florentina fue fiel a sus sentimientos generosos. No había podido ayudar a la Nela en vida, y eso le daba pena. Quiso aliviar esa pena con la satisfacción de honrar sus pobres restos después de la muerte. Algún positivista de corazón duro critica esto. Pero nosotros vemos en este hecho tan poco común una prueba más de la delicadeza de su alma.

Cuando la enterraron, los curiosos que fueron a verla la encontraron casi bonita. ¡Esto sí que es inaudito y raro! Al menos, eso decían. Fue la única vez que la alabaron.

Los funerales se celebraron con pompa. Los clérigos de Villamojada abrieron mucho la boca al ver que les pagaban dinero por rezar responsos por la hija de la Canela. Era estupendo, fenomenal. Aquel ser había tenido casi la misma importancia social que los insectos. Y, sin embargo, por ella se encendieron muchas luces y se colgaron muchos paños. Y los sochantres y los sacristanes se quedaron roncos de tanto cantar. Esto era tan extraño que casi resultaba gracioso. No se habló de otra cosa en seis meses.

La sorpresa y... digámoslo de una vez, la indignación de aquella buena gente llegaron al colmo. Fue cuando vieron venir por el camino dos carros cargados con enormes piezas de piedra blanca y fina. ¡Ah! En la cabeza de la Señana hubo una terrible confusión de ideas. Fue un verdadero cataclismo intelectual, un caos. No podía entender que aquellas piedras blancas y finas fueran el sepulcro de la Nela. Si delante de la Señana volara un buey, ya no le llamaría la atención. Ni siquiera si su marido tuviera una idea.

Buscaron en los libros de la parroquia de Villamojada, porque era necesario que, después de muerta, tuviera un nombre fijo. En vida no lo había tenido, como prueba esta misma historia, donde la llamamos de distintas maneras. Por fin encontraron ese dato, necesario para entrar en los archivos de la muerte. Y la magnífica piedra del sepulcro se levantó orgullosa entre las cruces sencillas del cementerio de Aldeacorba. Tenía grabadas estas líneas:

**R. I. P.** MARÍA MANUELA TÉLLEZ RECLAMOLA EL CIELO EN 12 DE OCTUBRE DE 186...

Una guirnalda de flores, tallada con mucho arte en el mármol, coronaba esta inscripción. Algunos meses después, Florentina y Pablo Penáguilas ya se habían casado. Y (digamos la verdad, porque la verdad es lo primero)... nadie en Aldeacorba de Suso se acordaba ya de la Nela. Entonces pasaron por aquellas tierras unos extranjeros de esos que llaman *turistas*. Vieron el magnífico sepulcro de mármol en el cementerio. Lo habían levantado la piedad religiosa y el cariño sublime de una mujer ejemplar. Los turistas se quedaron con la boca abierta de admiración. Y, sin averiguar nada más, escribieron en su cuaderno de notas estas observaciones. Más tarde las publicó un periódico inglés con el título de *Sketches from Cantabria*:

«Lo que más sorprende en Aldeacorba es el magnífico sepulcro que hay en el cementerio. Está sobre la tumba de una joven ilustre, famosa en aquella región por su belleza. *Doña Mariquita Manuela Téllez* perteneció a una de las familias más nobles y ricas de Cantabria. Era la familia de Téllez Girón y de Trastamara. Tenía un carácter *espiritual*, poético y algo caprichoso. Tuvo el antojo (*take a fancy*) de andar por los caminos tocando la guitarra y cantando odas de Calderón. Se vestía con harapos para mezclarse con la multitud de mendigos, buscones, *trovadores*, toreros, frailes, hidalgos, gitanos y *muleteros*. En las *kermesas*, toda esa gente forma la plebe española, tan variada y llena de colores. Esa plebe existe y existirá siempre, independiente y pintoresca. Y eso a pesar de los *rails* y de los periódicos que han empezado a entrar en la península occidental. El *abad* de Villamojada lloraba al hablarnos de los caprichos, las virtudes y la belleza de aquella aristocrática ricahembra. Ella sabía presentarse en las reuniones, fiestas y *cañas* de Madrid con el porte (*deportment*) más aristocrático. Todos los poetas españoles compusieron en honor de esta noble doncella bellos *romanceros*, sonetos y madrigales. Su número es incalculable.»

Me bastó leer esto para comprender que aquellos dignos *reporters* habían visto visiones. Intenté averiguar la verdad. Y de la verdad que averigüé salió este libro.

Despidámonos para siempre de esta tumba, de la que se ha hablado en *El Times*. Volvamos los ojos hacia otro lado. Busquemos a otro ser; busquémoslo bien, porque es tan pequeño que apenas se ve. Es un insecto casi invisible. Sobre la cara del mundo es más pequeño que el *philloxera* en la pequeña extensión de una viña. Por fin lo vemos: allí está, pequeño, pobre, diminuto como un átomo. Pero tiene ánimo y llegará a ser grande. Oíd su historia, que es de las más interesantes...

Pues señor...

Pero no: este libro no es el suyo. Recibid bien el libro de Marianela, y a su debido tiempo se os dará el de Celipín.

FIN DE «MARIANELA»

Madrid.—Enero de 1878.

### Glosario

- **inaudito**: tan raro que nunca se ha oído nada igual.
- **sepulcro**: tumba de piedra o mármol donde se entierra a un muerto.
- **positivista**: aquí, persona que solo piensa en el dinero y en las cosas prácticas.
- **delicadeza**: finura y sensibilidad en los sentimientos.
- **pompa**: lujo y solemnidad en una ceremonia.
- **responsos**: oraciones que se rezan por un muerto.
- **paños**: telas grandes; aquí, las telas que se cuelgan en la iglesia para un funeral.
- **sochantres**: cantores que dirigen el canto en la iglesia.
- **sacristanes**: hombres que ayudan al sacerdote y cuidan la iglesia.
- **cataclismo**: gran desastre que lo cambia todo.
- **guirnalda**: adorno de flores en forma de cinta o de corona.
- **odas**: poemas largos y serios.
- **mendigos**: personas pobres que piden dinero en la calle.
- **trovadores**: poetas y músicos que iban de pueblo en pueblo.
- **frailes**: religiosos que viven en un convento.
- **muleteros**: hombres que llevan mulas cargadas de un sitio a otro.
- **plebe**: la gente más pobre y humilde de un país.
- **ricahembra**: antiguamente, mujer de familia noble y rica.
- **ver visiones**: imaginar cosas que no son verdad.
- **philloxera**: insecto muy pequeño que destruye las viñas.
