# Leyendas (Edición B1)

*Gustavo Adolfo Bécquer*

## Maese Pérez el organista

En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, yo esperaba el comienzo de la Misa del Gallo. Allí oí esta tradición a una demandadera del convento.

Después de oírla, era natural que esperara nervioso el comienzo de la ceremonia. Quería ver un milagro.

Sin embargo, nada era menos milagroso que el órgano de Santa Inés. Y nada era más vulgar que los aburridos motetes que tocó su organista aquella noche.

Al salir de la Misa, no pude evitarlo. Le dije a la demandadera en tono de burla:

—¿Por qué suena ahora tan mal el órgano de maese Pérez?

—¡Toma! —me contestó la vieja—. Porque ese no es el suyo.

—¿No es el suyo? ¿Pues qué ha pasado con él?

—Se cayó a pedazos de puro viejo, hace ya muchos años.

—¿Y el alma del organista?

—No ha vuelto a aparecer desde que pusieron el órgano nuevo.

Quizá alguno de mis lectores quiera hacerme la misma pregunta después de leer esta historia. Ahora ya sabe por qué el milagro no ha continuado hasta nuestros días.

## I

—¿Veis a ese de la capa roja y la pluma blanca en el sombrero? Parece que lleva sobre el pecho todo el oro de los barcos de las Indias. Ahora baja de su litera para dar la mano a esa otra señora. Ella también ha dejado la suya y viene hacia aquí. Delante de ella caminan cuatro pajes con antorchas. Pues ese es el marqués de Moscoso, el galán de la condesa viuda de Villapineda. Dicen que antes de fijarse en esta dama pidió en matrimonio a la hija de un señor muy rico. Pero el padre de la joven, del que dicen que es un poco avaro... Pero, ¡calle! Hablando del rey de Roma, por la puerta asoma. ¿Veis a aquel que viene a pie por debajo del arco de San Felipe? Va tapado con una capa oscura. Delante de él camina un solo criado con una linterna. Ahora llega delante del retablo.

¿Os habéis fijado en la encomienda que brilla en su pecho? Se ha visto cuando ha abierto la capa para saludar a la imagen.

Sin esa señal de noble, cualquiera pensaría que es un tendero de la calle de Culebras... Pues ese es el padre del que os hablaba. Mirad cómo la gente del pueblo le deja pasar y le saluda.

Toda Sevilla le conoce por su enorme fortuna. Él solo tiene en sus cofres más ducados de oro que soldados tiene nuestro señor el rey Don Felipe. Y con sus barcos podría formar una flota capaz de luchar contra la del Gran Turco...

Mirad, mirad ese grupo de señores serios: esos son los caballeros veinticuatros. ¡Vaya, vaya! También está aquí el flamencote. Dicen que los señores de la cruz verde no lo han atrapado todavía gracias a sus amigos poderosos de Madrid... Este no viene a la iglesia más que a oír música... Pues si maese Pérez no le hace llorar a mares con su órgano, es seguro que no tiene el alma en su sitio. La tendrá friéndose en las calderas de Pero Botero... ¡Ay, vecina! Malo... malo... Creo que vamos a tener pelea. Yo me voy a la iglesia, porque, por lo que veo, aquí va a haber más golpes de espada que *Pater nóster*. Mirad, mirad: la gente del duque de Alcalá da la vuelta a la esquina de la plaza de San Pedro. Y por el callejón de las Dueñas me parece que he visto a la del de Medinasidonia... ¿No os lo dije?

Ya se han visto. Ya se paran unos y otros, sin moverse de su sitio... Los grupos se separan... Los ministriles se retiran, porque en estas ocasiones les pegan los amigos y los enemigos... Hasta el señor asistente, con su vara y todo, se esconde en el atrio... Y luego dicen que hay justicia.

Para los pobres...

Vamos, vamos, ya brillan los escudos en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos ayude! Ya empiezan los golpes... ¡Vecina! ¡Vecina! Aquí... antes de que cierren las puertas. Pero, ¡calle! ¿Qué es eso? Lo dejan antes de empezar. ¿Qué luz es aquella?... ¡Antorchas encendidas! ¡Literas! Es el señor obispo.

La Virgen Santísima del Amparo lo trae en mi ayuda. Ahora mismo la llamaba con el pensamiento... ¡Ay! ¡Nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¡Qué bien me paga las velitas que le enciendo los sábados!... Miradlo, qué guapo está con su ropa morada y su birrete rojo... Dios le guarde en su silla tantos siglos de vida como deseo yo para mí. Sin él, media Sevilla habría ardido ya con estas peleas de los duques. Miradlos, miradlos, los muy hipócritas. Los dos se acercan a la litera del prelado para besarle el anillo... Mirad cómo le siguen y le acompañan, mezclados con sus familiares. Parecen muy amigos. Pero si dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... es decir, ¡ellos... ellos!... Dios me libre de creer que son cobardes. Han demostrado su valor algunas veces luchando contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero una cosa es verdad. Si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían. Y así terminarían de una vez estas peleas continuas. En ellas, los que de verdad pelean con fuerza son sus parientes, sus amigos y sus criados.

Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia antes de que se llene del todo... Algunas noches como esta se llena tanto que no cabe ni un grano de trigo... ¡Qué suerte tienen las monjas con su organista!... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... Puedo decir que las otras comunidades le han hecho a maese Pérez ofertas magníficas. Y no es extraño, porque hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montañas de oro para llevarlo a la catedral... Pero él, nada... Antes dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Es verdad, sois nueva en el barrio... Pues es un hombre santo. Es pobre, sí, pero da limosna como nadie... No tiene más familia que su hija ni más amigo que su órgano. Pasa la vida cuidando la inocencia de la una y arreglando los registros del otro... ¡Y mirad que el órgano es viejo!... Pero él lo arregla y lo cuida con tanta habilidad que suena de maravilla... Lo conoce tan bien que lo arregla a tientas... Porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre señor es ciego de nacimiento... ¡Y con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan cuánto daría por ver, responde: —Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas. —¿Esperanzas de ver? —Sí, y muy pronto —añade, sonriendo como un ángel—. Ya tengo setenta y seis años. Por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios...

¡Pobrecito! Y sí lo verá... porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar por todo el mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento. Y puede dar lecciones de música al mismo maestro de capilla de la Primada. Es que creció en el oficio... Su padre tenía la misma profesión. Yo no lo conocí, pero mi señora madre, que en gloria esté, dice que siempre lo llevaba con él al órgano. Allí el niño movía los fuelles. Después el muchacho mostró tanto talento que heredó el puesto cuando murió su padre, como era natural... ¡Y qué manos tiene! Dios se las bendiga. Merecería que se las llevaran a la calle de Chicarreros para montarlas en oro, como una joya... Siempre toca bien, siempre, pero en una noche como esta es un milagro... Tiene una gran devoción por esta ceremonia de la Misa del Gallo. Levantan la Sagrada Forma justo a las doce, la hora en que vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo... Y en ese momento, las voces de su órgano son voces de ángeles...

En fin, ¿para qué voy a alabar lo que vais a oír esta noche? Basta ver que viene a escucharle lo mejor de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo. Todos vienen a un humilde convento. Y no solo conocen su valor las personas cultas, que entienden de música. También lo conoce el pueblo más sencillo. Mirad esos grupos que llegan con antorchas encendidas. Cantan villancicos a gritos, al ritmo de los panderos, las sonajas y las zambombas. Normalmente arman mucho ruido en las iglesias. Pero cuando maese Pérez pone las manos en el órgano, se callan como muertos... Y cuando levantan la Hostia, no se oye ni una mosca... De todos los ojos caen lágrimas enormes. Al terminar se oye como un suspiro inmenso. Es la respiración de todos, que la han contenido mientras duraba la música... Pero vamos, vamos, ya han dejado de tocar las campanas. Va a empezar la Misa; vamos adentro...

Para todo el mundo esta noche es Nochebuena, pero para nadie mejor que para nosotros.

Diciendo esto, la buena mujer cruzó el atrio del convento de Santa Inés. Había servido de guía a su vecina. Empujando a unos y a otros, entró en la iglesia. Y desapareció entre la multitud que se apretaba en la puerta.

## II

La iglesia estaba iluminada con una cantidad de luz asombrosa. Un torrente de luz salía de los altares y llenaba todo el espacio. Esa luz brillaba en las ricas joyas de las damas. Los pajes ponían en el suelo cojines de terciopelo y ellas se arrodillaban sobre ellos. Las dueñas les daban el libro de oraciones. Así las damas formaron un círculo brillante alrededor de la verja del presbiterio. Junto a esa verja estaban de pie los caballeros veinticuatros, con gran parte de la mejor nobleza de Sevilla. Llevaban capas de colores con adornos de oro. Dejaban ver, con un descuido estudiado, sus encomiendas rojas y verdes. En una mano tenían el sombrero, y sus plumas rozaban las alfombras. La otra mano descansaba sobre la empuñadura brillante de la espada o acariciaba el puño de un puñal labrado. Parecían formar un muro para defender a sus hijas y a sus esposas del contacto con el pueblo bajo. El pueblo se movía al fondo de las naves, con un ruido parecido al del mar agitado. Cuando vio aparecer al arzobispo, la gente gritó de alegría. Se oyó también el sonido desordenado de las sonajas y los panderos. El arzobispo se sentó junto al altar mayor, bajo un dosel rojo, rodeado de sus familiares. Desde allí bendijo al pueblo tres veces.

Era la hora de empezar la Misa.

Sin embargo, pasaron algunos minutos y el sacerdote no aparecía. La multitud empezó a moverse; ya no tenía paciencia. Los caballeros hablaban entre ellos en voz baja. El arzobispo mandó a uno de sus familiares a la sacristía. Quería saber por qué no empezaba la ceremonia.

—Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo. No podrá venir esta noche a la Misa de medianoche.

Esta fue la respuesta del familiar.

La noticia corrió en un momento entre la multitud. Es imposible describir el disgusto que causó a todo el mundo. Basta decir que empezó a haber tanto ruido en la iglesia que el asistente se puso de pie. Los alguaciles entraron para imponer silencio y se perdieron entre las olas de gente.

En aquel momento, un hombre feo, seco, huesudo y, además, bisojo se acercó al sitio del prelado.

—Maese Pérez está enfermo —dijo—. La ceremonia no puede empezar. Si queréis, yo tocaré el órgano en su lugar. Maese Pérez no es el mejor organista del mundo. Y cuando él muera, este instrumento no se quedará sin uso por falta de alguien que sepa tocarlo...

El arzobispo dijo que sí con la cabeza. Algunos fieles conocían a aquel hombre extraño. Sabían que era un organista envidioso, enemigo del organista de Santa Inés. Ya empezaban a protestar en voz alta cuando, de repente, se oyó en el atrio un ruido terrible.

—¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...

Al oír estas voces de la gente que se apretaba en la puerta, todos volvieron la cara.

Era verdad: maese Pérez entraba en la iglesia, pálido y con la cara descompuesta. Lo traían en un sillón, y todos querían el honor de llevarlo sobre sus hombros.

Ni las órdenes de los médicos ni las lágrimas de su hija habían podido retenerle en la cama.

—No —había dicho—. Esta es la última, lo sé, lo sé. Y no quiero morir sin visitar mi órgano, sobre todo esta noche, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando. Vamos a la iglesia.

Su deseo se había cumplido. La gente lo subió en brazos a la tribuna, y empezó la Misa.

En ese momento sonaban las doce en el reloj de la catedral.

Pasaron el introito, el Evangelio y el ofertorio. Y llegó el momento solemne de la elevación. El sacerdote ya ha consagrado la Sagrada Forma. Ahora la toma con la punta de los dedos y empieza a levantarla.

Una nube de incienso llenó la iglesia en ondas azules. Las campanillas sonaron con fuerza. Y maese Pérez puso sus manos tensas sobre las teclas del órgano.

Las cien voces de sus tubos de metal sonaron en un acorde majestuoso y largo. Poco a poco se perdió, como si una ráfaga de viento se hubiera llevado sus últimos ecos.

Aquel primer acorde parecía una voz que subía de la tierra al cielo. Le respondió otro, lejano y suave. Este fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de música fuerte como un trueno.

Era la voz de los ángeles, que cruzaba el espacio y llegaba al mundo.

Después empezaron a oírse como unos himnos lejanos, cantados por los coros de serafines. Eran mil himnos a la vez, que se mezclaban y formaban uno solo. Pero ese himno era solo el acompañamiento de una melodía extraña. Esa melodía parecía flotar sobre aquel océano de ecos misteriosos, como un trozo de niebla sobre las olas del mar.

Luego se fueron perdiendo unos cantos, y después otros. La música se hacía más sencilla. Ya solo quedaban dos voces, y sus ecos se mezclaban. Luego quedó una sola, que sostenía una nota brillante como un hilo de luz... El sacerdote bajó la cabeza. Por encima de su pelo blanco apareció la Hostia ante los ojos de los fieles. El humo del incienso parecía una gasa azul delante de ella. En aquel instante, la nota que maese Pérez sostenía con un trino se abrió, se abrió. Y una explosión gigante de música hizo temblar la iglesia. En los rincones zumbaba el aire apretado. Los cristales de colores temblaban en sus ventanas estrechas.

De cada nota de aquel magnífico acorde nació un tema musical. Unos sonaban cerca y otros lejos; unos eran brillantes y otros, apagados. Parecía que todos cantaban un himno al nacimiento del Salvador, cada uno en su idioma. Cantaban las aguas y los pájaros, las brisas y las hojas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos.

La multitud escuchaba muy sorprendida, sin respirar. En todos los ojos había una lágrima. Todas las almas estaban en profundo recogimiento.

Al sacerdote que decía la Misa le temblaban las manos, porque Aquel que levantaba en ellas, Aquel a quien saludaban hombres y arcángeles, era su Dios, era su Dios. Le pareció ver que se abrían los cielos y que la Hostia se transformaba.

El órgano seguía sonando. Pero sus voces se apagaban poco a poco, como una voz que se pierde de eco en eco y se debilita al alejarse. De pronto sonó un grito en la tribuna. Era un grito agudo y desgarrador, un grito de mujer.

El órgano dio un sonido extraño y desafinado, parecido a un sollozo, y se quedó mudo.

La multitud corrió hacia la escalera de la tribuna. Todos los fieles despertaron de su éxtasis religioso y miraron hacia allí con angustia.

—¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? —se decían unos a otros.

Nadie sabía responder, y todos querían adivinarlo. La confusión crecía, y el ruido subía cada vez más. Parecía que iba a romper el orden y el recogimiento propios de la iglesia.

—¿Qué ha sido eso? —preguntaban las damas al asistente.

El asistente había sido uno de los primeros en subir a la tribuna, con los ministriles delante. Ahora volvía pálido y con cara de gran tristeza. Iba hacia el sitio donde le esperaba el arzobispo. El arzobispo, como todos, quería saber la causa de aquel desorden.

—¿Qué hay?

—Que maese Pérez acaba de morir.

Era verdad. Los primeros fieles subieron la escalera empujándose y llegaron a la tribuna. Allí vieron al pobre organista caído boca abajo sobre las teclas de su viejo instrumento. El órgano todavía vibraba con un sonido sordo. Su hija, arrodillada a sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos.

## III

—Buenas noches, mi señora doña Baltasara. ¿También usarced viene esta noche a la Misa del Gallo? Yo pensaba ir a oírla a mi parroquia. Pero ya sabe lo que pasa... ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió maese Pérez siento como una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un santo!... Yo guardo un trozo de su jubón como una reliquia, y lo merece... porque, por Dios y por mi alma, si el señor arzobispo se ocupara de ello, es seguro que nuestros nietos lo verían en los altares... Pero ¡qué le vamos a hacer!... A muertos y a idos, no hay amigos... Ahora lo que manda es la novedad... ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe nada de lo que pasa? Es verdad que en eso nos parecemos. Vamos de nuestra casita a la iglesia y de la iglesia a nuestra casita. Y no nos preocupa lo que se dice o no se dice... Solo que yo, así... al vuelo... una palabra de aquí, otra de allá... sin querer enterarme, suelo saber algunas novedades... Pues sí, señor. Parece cosa hecha que el organista de San Román va a tocar esta Nochebuena en lugar de maese Pérez. Sí, aquel bisojo, que siempre habla mal de los otros organistas. Aquel sinvergüenza, que parece más un matarife de la puerta de la Carne que un maestro de música. Ya sabrá usarced que nadie quería comprometerse a tocar. Eso lo sabe todo el mundo en Sevilla. Ni siquiera su hija, que es música. Ella entró de novicia en el convento después de la muerte de su padre. Y era natural. Estamos acostumbrados a oír aquellas maravillas, y cualquier otra cosa nos iba a parecer mala. Aunque quisieran evitar las comparaciones. La comunidad ya había decidido que el órgano se quedaría callado esta noche. Lo hacían en honor del difunto y por respeto a su memoria. Y de repente aparece nuestro hombre y dice que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Es verdad que la culpa no es suya. Es de los que le permiten esta falta de respeto... Pero así va el mundo... ¡Y la gente que viene! Cualquiera diría que nada ha cambiado de un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empujones en la puerta. La misma animación en el atrio, la misma multitud en la iglesia... ¡Ay, si el muerto levantara la cabeza! Se volvería a morir por no oír su órgano tocado por esas manos. Pero, si es verdad lo que me ha dicho la gente del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando ponga la mano sobre las teclas, va a empezar un jaleo de sonajas, panderos y zambombas. ¡No se va a poder oír otra cosa!... Pero, ¡calle! Ya entra en la iglesia el héroe de la fiesta. ¡Jesús, qué ropa de colorines, qué gorguera tan rizada, qué aires de gran señor! Vamos, vamos, que el arzobispo llegó hace rato y va a empezar la misa... Vamos, que me parece que esta noche va a darnos cosas que contar para muchos días.

Diciendo esto, la buena mujer entró en Santa Inés. Nuestros lectores ya la conocen por sus ataques de charla. Como siempre, se abrió camino entre la multitud a empujones y golpes de codo.

Ya había empezado la ceremonia.

La iglesia estaba tan brillante como el año anterior.

El nuevo organista había cruzado entre los fieles de las naves para besar el anillo del prelado. Después había subido a la tribuna. Allí probaba uno tras otro los registros del órgano, con una seriedad tan falsa como ridícula.

Entre la gente sencilla que se apretaba al fondo de la iglesia se oía un murmullo sordo y confuso. Era una señal segura de que se preparaba una tormenta. No iba a tardar mucho en estallar.

—Es un pícaro. No hace nada bien, y ni siquiera mira derecho —decían unos.

—Es un ignorante. Ha dejado el órgano de su parroquia peor que un trasto viejo, y ahora viene a profanar el de maese Pérez —decían otros.

Mientras uno se quitaba la capa para golpear su pandero con fuerza, otro preparaba sus sonajas y todos se preparaban para hacer el mayor ruido posible, solo alguno que otro se atrevía a defender un poco al extraño personaje. Su aire orgulloso y pedante era muy distinto del aspecto modesto y la bondad amable del difunto maese Pérez.

Por fin llegó el momento esperado, el momento solemne. El sacerdote se inclinó, murmuró algunas palabras santas y tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas sonaron como una lluvia de notas de cristal. Subieron las ondas transparentes del incienso. Y sonó el órgano.

En aquel instante, un ruido enorme llenó la iglesia y ahogó el primer acorde.

Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos: todos los instrumentos del pueblo sonaron a la vez, sin ninguna armonía. Pero la confusión y el estruendo solo duraron algunos segundos. De pronto todos se callaron a la vez, igual que habían empezado.

El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, seguía saliendo de los tubos de metal del órgano. Era como una cascada de música sonora que no se acababa nunca.

Había cantos del cielo, como los que se oyen en los momentos de éxtasis. Eran cantos que el espíritu oye, pero que los labios no pueden repetir. Había notas sueltas de una melodía lejana, que llegaban a ratos con las ráfagas del viento. Se oía el ruido de las hojas que se besan en los árboles, con un murmullo como el de la lluvia. Se oían los trinos de las alondras, que suben cantando desde las flores como una flecha disparada a las nubes. Había un estruendo sin nombre, fuerte como los rugidos de una tempestad. Había un coro de serafines sin ritmo ni compás, una música desconocida del cielo que solo la imaginación entiende. Y había himnos con alas, que parecían subir al trono del Señor como un remolino de luz y de sonidos... Las cien voces del órgano lo expresaban todo. Lo expresaban con más fuerza, con más poesía misteriosa y con más color fantástico que nunca.

. . . . . . .

Cuando el organista bajó de la tribuna, mucha gente corrió a la escalera para verle y admirarle. El asistente tuvo miedo de que lo ahogaran entre todos, y con razón. Por eso mandó a algunos de sus ministriles, vara en mano, a abrirle camino. Así llegó hasta el altar mayor, donde el prelado le esperaba.

—Ya veis —le dijo el prelado cuando se lo trajeron—. He venido desde mi palacio solo para escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez? Él nunca quiso ahorrarme el viaje tocando en la Misa de Nochebuena de la catedral.

—El año que viene —respondió el organista— os prometo daros ese gusto. Porque no volvería a tocar este órgano ni por todo el oro de la tierra.

—¿Y por qué? —le interrumpió el prelado.

—Porque... —añadió el organista. Intentaba dominar la emoción, que se veía en la palidez de su cara—. Porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que uno quiere.

El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Las literas de los señores salieron una tras otra y se perdieron por las calles cercanas. Los grupos del atrio se separaron, y los fieles se fueron en distintas direcciones. La demandadera ya iba a cerrar las puertas de la entrada del atrio. Pero todavía se veían dos mujeres. Se santiguaron y murmuraron una oración ante el retablo del arco de San Felipe. Luego siguieron su camino y entraron en el callejón de las Dueñas.

—¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara? —decía una de ellas—. Yo soy así. Cada loco con su tema... Aunque me lo juraran capuchinos descalzos, no lo creería del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de oír... Yo lo he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia. El señor cura tuvo que echarlo de allí porque tocaba muy mal. Había que taparse los oídos con algodones... Y además, basta mirarle a la cara, que, según dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo de la cara de maese Pérez, pobrecito, como si lo estuviera viendo. Me acuerdo de cuando bajaba de la tribuna en una noche como esta. Antes había dejado a todos maravillados con su música... ¡Qué sonrisa tan buena, qué color tan sano!... Era viejo y parecía un ángel... En cambio, este ha bajado la escalera tropezando, como si le ladrara un perro en el rellano. Y con un color de muerto y unos... Vamos, mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame de verdad... Yo sospecho que aquí hay busilis...

Mientras comentaban estas últimas palabras, las dos mujeres doblaron la esquina del callejón y desaparecieron.

Creemos que no hace falta decir a nuestros lectores quién era una de ellas.

## IV

Había pasado un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaban en voz baja. Estaban medio escondidas entre las sombras del coro de la iglesia. Desde la torre, la campana llamaba con fuerza a los fieles. Esta vez el atrio estaba silencioso y vacío. Solo alguna rara persona lo cruzaba. Tomaba el agua bendita en la puerta y buscaba un sitio en un rincón de las naves. Allí unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilos el comienzo de la Misa del Gallo.

—Ya lo veis —decía la superiora—. Vuestro miedo es muy infantil. No hay nadie en la iglesia. Esta noche toda Sevilla corre a la catedral. Tocad vos el órgano, y tocadlo sin ningún miedo. Estaremos aquí todas las monjas juntas... Pero... seguís callada y no dejáis de suspirar. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?

—Tengo... miedo —exclamó la joven, con la voz muy emocionada.

—¡Miedo! ¿De qué?

—No sé... de algo sobrenatural... Anoche, mirad... Yo os había oído decir que queríais que yo tocara el órgano en la Misa. Estaba muy orgullosa de este honor. Por eso pensé arreglar sus registros y afinarlo, para sorprenderos hoy... Vine al coro... sola... Abrí la puerta que lleva a la tribuna... En ese momento el reloj de la catedral daba una hora... no sé cuál... Pero las campanadas eran tristísimas y muchas... muchas... Estuvieron sonando todo el tiempo que yo me quedé allí, como clavada en la puerta. Y aquel tiempo me pareció un siglo.

»La iglesia estaba vacía y oscura... Allá lejos, al fondo, brillaba una luz que se moría, como una estrella perdida en el cielo de la noche... Era la luz de la lámpara del altar mayor... Sus reflejos eran muy débiles, y solo hacían más visible el horror de las sombras. Con esa luz vi... le vi, madre, no lo dudéis. Vi a un hombre en silencio, de espaldas a mí. Con una mano recorría las teclas del órgano y con la otra tocaba sus registros... Y el órgano sonaba, pero de una manera imposible de describir. Cada nota parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal. El tubo vibraba con el aire de dentro y daba un tono sordo, casi imposible de oír, pero exacto.

»Y el reloj de la catedral seguía dando la hora, y aquel hombre seguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.

»El horror me había helado la sangre en las venas. Sentía en el cuerpo un frío de hielo, y en la frente, fuego... Entonces quise gritar, pero no pude. Aquel hombre había vuelto la cara y me había mirado... No, digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!

—¡Bah! Hermana, olvidad esas fantasías. Con ellas el demonio intenta turbar a las imaginaciones débiles... Rezad un *Pater nóster* y un *Ave María* al arcángel San Miguel, jefe de los ejércitos del cielo. Así os protegerá de los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, que protege contra las tentaciones. Y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano. La Misa va a empezar, y los fieles ya esperan con impaciencia... Vuestro padre está en el cielo. Desde allí no bajará a daros sustos. Bajará, más bien, a inspirar a su hija en esta ceremonia solemne, que él amaba de una manera tan especial.

La priora fue a sentarse en su sillón del coro, en medio de las monjas. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna. Luego se sentó en el banquillo del órgano. Y empezó la Misa.

Empezó la Misa y siguió sin nada especial hasta que llegó la consagración. En ese momento sonó el órgano. Y al mismo tiempo que el órgano, sonó un grito de la hija de maese Pérez...

La superiora, las monjas y algunos fieles corrieron a la tribuna.

—¡Miradle, miradle! —decía la joven.

Tenía los ojos muy abiertos, fijos en el banquillo. Se había levantado de él llena de miedo y se agarraba con las manos temblorosas a la barandilla de la tribuna.

Todo el mundo miró hacia aquel punto. El órgano estaba solo, y sin embargo seguía sonando... Sonaba como solo los arcángeles podrían imitarlo en sus momentos de alegría mística.

. . . . . . .

—¡No os lo dije yo mil veces, mi señora doña Baltasara, no os lo dije yo!... ¡Aquí hay busilis!... Oídlo. ¿Qué? ¿No estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Bueno, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está furioso, y con razón... No fue a Santa Inés y no pudo ver el milagro... ¿Y para qué? Para oír una cencerrada, porque las personas que lo oyeron dicen que eso fue lo que tocó en la catedral el famoso organista de San Bartolomé... Ya lo decía yo. Eso no lo puede haber tocado el bisojo, ¡mentira!... Aquí hay busilis. Y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.

### Glosario

- **demandadera**: mujer que hace recados para las monjas de un convento.
- **Misa del Gallo**: misa de medianoche en Nochebuena.
- **litera**: silla cerrada que llevan otras personas para transportar a alguien.
- **caballeros veinticuatros**: miembros del gobierno de la ciudad de Sevilla.
- **los señores de la cruz verde**: la Inquisición, el tribunal de la Iglesia que juzgaba a los herejes.
- **asistente**: jefe del gobierno de Sevilla en aquella época.
- **registros**: piezas del órgano que cambian el sonido.
- **bisojo**: que tiene los ojos torcidos.
- **usarced**: forma antigua y educada de decir «usted».
- **busilis**: el secreto, el punto difícil de algo.
- **cencerrada**: ruido desagradable, música muy mala.
- **novicia**: joven que se prepara para ser monja.
- **organista**: persona que toca el órgano.
- **atrio**: patio o espacio abierto delante de la puerta de una iglesia.
- **panderos**: instrumentos redondos con piel, que se tocan con la mano.
- **zambombas**: instrumentos populares de Navidad que hacen un sonido grave.
- **ministriles**: empleados de la justicia, que ayudan al asistente.
- **retablo**: imagen o conjunto de imágenes religiosas, encima de un altar o en una pared.
- **Pater nóster**: el Padrenuestro, una oración en latín.
- **incienso**: sustancia que se quema en la iglesia y da un humo de buen olor.
- **campanillas**: campanas pequeñas que se tocan durante la Misa.
- **serafines**: un tipo de ángeles.
- **recogimiento**: silencio y atención del alma, como cuando se reza.

## Los ojos verdes

Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir algo con este título.

Hoy he tenido la ocasión. Lo he puesto con letras grandes en la primera hoja de papel. Y luego he dejado volar la pluma como ella quería.

Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si fue en sueños, pero yo los he visto. Seguro que no podré describirlos tal como eran. Eran luminosos y transparentes. Eran como las gotas de lluvia que caen sobre las hojas de los árboles después de una tormenta de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme entender en esto, que podríamos llamar el boceto de un cuadro que pintaré algún día.

## I

—Herido va el ciervo... herido va, no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte. Y al saltar uno de esos lentiscos, le han fallado las piernas... Nuestro joven señor empieza por donde otros terminan... En cuarenta años de montero no he visto un golpe mejor... ¡Pero, por San Saturio, patrón de Soria! Cortadle el paso por esas carrascas. Azuzad a los perros. Soplad en esas trompas hasta echar los pulmones. Clavad las espuelas a los caballos. ¿No veis que va hacia la fuente de los Álamos? Si la pasa antes de morir, podemos darlo por perdido.

En los valles del Moncayo, los ecos repitieron el sonido de las trompas y los ladridos de los perros sueltos. Las voces de los pajes sonaron con nueva fuerza. Y el grupo confuso de hombres, caballos y perros corrió hacia el punto que había señalado Iñigo. Iñigo era el montero mayor de los marqueses de Almenar. Según él, aquel era el mejor sitio para cortarle el paso al animal.

Pero todo fue inútil. El más rápido de los lebreles llegó a las carrascas sin aliento y con la boca llena de espuma. Pero el ciervo, rápido como una flecha, ya las había pasado de un solo salto. Y se había perdido entre las plantas de una trocha que llevaba a la fuente.

—¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! —gritó entonces Iñigo—. Dios quería que se marchara.

Y el grupo de jinetes se detuvo. Las trompas se callaron. Y los lebreles, gruñendo, dejaron la pista cuando los llamaron los cazadores.

En aquel momento llegó al grupo el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces? —le gritó a su montero.

En su cara se veía el asombro, y en sus ojos ardía la cólera.

—¿Qué haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida! ¡Es la primera que cae por mi mano! ¿Y tú abandonas el rastro y la dejas ir a morir en el fondo del bosque? ¿Crees que he venido a matar ciervos para que se den un banquete los lobos?

—Señor —murmuró Iñigo entre dientes—, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible! ¿Y por qué?

—Porque esa trocha —siguió el montero— lleva a la fuente de los Álamos. En las aguas de esa fuente vive un espíritu del mal. El que se atreve a enturbiar su agua paga caro su atrevimiento. El animal ya habrá pasado a la otra orilla. ¿Cómo vais a pasar vos sin traer sobre vuestra cabeza alguna desgracia horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se esconde en esa fuente misteriosa es pieza perdida.

—¡Pieza perdida! Antes perderé yo las tierras de mis padres. Antes perderé el alma en manos de Satanás que dejar escapar ese ciervo. Es el único que ha herido mi venablo, el primero de mis días de cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Todavía se ve a ratos desde aquí... Le fallan las piernas, corre cada vez menos. Déjame... déjame... Suelta esa brida o te tiro al suelo... ¿Quién sabe? Quizá no le dé tiempo a llegar a la fuente. Y si llega, ¡al diablo la fuente, su agua clara y los que viven en ella! ¡Vamos, *Relámpago*! ¡Vamos, caballo mío! Si lo alcanzas, mandaré poner los diamantes de mi joya en tu serreta de oro.

Caballo y jinete salieron como un huracán.

Iñigo los siguió con la vista hasta que desaparecieron entre la maleza. Después miró a su alrededor. Todos estaban quietos y asustados, como él.

Por fin el montero dijo:

—Señores, vosotros lo habéis visto. Me he arriesgado a morir bajo las patas de su caballo para detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Contra el diablo no sirve el valor. Hasta aquí llega el montero con su ballesta. Desde aquí, que intente pasar el capellán con su hisopo.

## II

—Estáis pálido. Andáis triste y sombrío. ¿Qué os pasa? Llegasteis a la fuente de los Álamos detrás del animal herido. Para mí siempre será un día maldito. Desde ese día, parece que una bruja mala os ha dejado enfermo con sus hechizos.

»Ya no vais a los montes con los perros y su ruido. Ya no despiertan los ecos el sonido de vuestras trompas. Vais solo, con esos pensamientos que no os dejan en paz. Todas las mañanas tomáis la ballesta y os vais a lo más espeso del bosque. Y allí os quedáis hasta que se esconde el sol. Cuando llega la noche, volvéis al castillo pálido y cansado. Y yo busco en vuestra bolsa algún animal cazado, pero no hay nada. ¿Qué os tiene tantas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Iñigo hablaba, Fernando estaba perdido en sus pensamientos. Sin darse cuenta, sacaba astillas de su banco de ébano con el cuchillo de caza.

Hubo un largo silencio. Solo se oía el chirrido de la hoja al pasar sobre la madera pulida. Por fin, el joven habló a su criado, como si no hubiera oído ni una sola de sus palabras:

—Iñigo, tú eres viejo. Conoces todas las cuevas del Moncayo. Has vivido en sus laderas persiguiendo a las fieras. Y en tus viajes de cazador has subido más de una vez a su cumbre. Dime: ¿has encontrado alguna vez a una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! —exclamó el montero con asombro, mirándole fijamente.

—Sí —dijo el joven—. Lo que me pasa es extraño, muy extraño... Creí que podría guardar este secreto para siempre. Pero ya no es posible. Mi corazón está demasiado lleno, y se me nota en la cara. Por eso voy a contártelo... Tú me ayudarás a aclarar el misterio de esa criatura. Parece que existe solo para mí, porque nadie la conoce, nadie la ha visto, nadie puede decirme nada de ella.

El montero no abrió la boca. Arrastró su banquillo hasta ponerlo junto al banco de su señor. No dejaba de mirarle con ojos asustados. Fernando ordenó sus ideas y siguió así:

—Tú me anunciaste desgracias. Pero yo llegué a la fuente de los Álamos, crucé sus aguas y recuperé el ciervo. Vosotros lo habríais dejado escapar por vuestra superstición. Desde ese día, mi alma se llenó de un deseo de soledad.

»Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente nace escondida dentro de una peña. El agua cae gota a gota entre las hojas verdes de las plantas que crecen al borde. Al caer, aquellas gotas brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento. Se juntan entre la hierba y se alejan por la arena, susurrando, susurrando. Hacen un ruido parecido al de las abejas que zumban alrededor de las flores. Forman un pequeño río y luchan contra lo que se pone en su camino. Se doblan sobre sí mismas, saltan, huyen y corren. A veces parecen reír y otras veces suspirar. Por fin caen en un lago. Y en el lago caen con un murmullo imposible de describir. Yo me he sentado allí solo, con fiebre, sobre el peñasco. A sus pies saltan las aguas de la fuente y se quedan quietas en una balsa profunda. El viento de la tarde apenas mueve su superficie. En aquel murmullo he oído lamentos, palabras, nombres, canciones... no sé cuántas cosas.

»Allí todo es grande. La soledad vive en aquellos lugares, con sus mil ruidos desconocidos. Y llena el espíritu de una melancolía que no se puede decir con palabras. Parece que allí nos hablan los espíritus invisibles de la naturaleza. Nos hablan en las hojas plateadas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua. Ellos reconocen un hermano en el espíritu inmortal del hombre.

»Al amanecer, me veías tomar la ballesta e ir al monte. Pero nunca era para perderme entre las plantas del monte detrás de la caza, no. Iba a sentarme al borde de la fuente para buscar en sus ondas... no sé qué. ¡Una locura! El día en que salté sobre ella con mi *Relámpago*, creí ver brillar algo en su fondo. Era algo extraño... muy extraño... Eran los ojos de una mujer.

»Tal vez era un rayo de sol que pasó rápido entre la espuma. Tal vez era una de esas flores que flotan entre las algas del fondo, de color de esmeralda... No sé. Yo creí ver una mirada que se clavó en la mía. Aquella mirada encendió en mi pecho un deseo absurdo, imposible: encontrar a una persona con unos ojos como aquellos.

»Para buscarla fui a aquel sitio un día y otro.

»Por fin, una tarde... Yo creí que estaba soñando... pero no, es verdad. Ya he hablado con ella muchas veces, como hablo ahora contigo... Una tarde encontré a una mujer sentada en mi sitio. Llevaba una ropa larga que llegaba hasta el agua y flotaba sobre ella. Era más hermosa de lo que se puede decir. Su pelo era como el oro. Sus pestañas brillaban como hilos de luz. Y entre las pestañas se movían inquietos unos ojos que yo ya había visto... Sí, porque los ojos de aquella mujer eran los que yo tenía clavados en la mente. Eran unos ojos de un color imposible, unos ojos...

—¡Verdes! —exclamó Iñigo con una voz llena de terror, y se enderezó de un salto en su asiento.

Fernando le miró, como asombrado de que terminara lo que él iba a decir. Y le preguntó con una mezcla de angustia y de alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! —dijo el montero—. ¡Dios me libre de conocerla! Pero mis padres me prohibieron ir a esos lugares. Y me dijeron mil veces que ese ser tiene los ojos de ese color. Puede ser un espíritu, un duende, un demonio o una mujer, pero vive en sus aguas. Os lo pido por lo que más améis en la tierra: no volváis a la fuente de los Álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza. Y pagaréis con la muerte el delito de haber ensuciado su agua.

—¡Por lo que más amo!... —murmuró el joven con una sonrisa triste.

—Sí —siguió el anciano—. Por vuestros padres, por vuestros parientes. Por las lágrimas de la mujer que el cielo ha elegido como vuestra esposa. Por las lágrimas de un criado que os ha visto nacer...

—¿Sabes tú qué es lo que más amo en este mundo? ¿Sabes por qué daría yo el amor de mi padre y los besos de mi madre? ¿Y todo el cariño que pueden guardar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... ¡Cómo voy a dejar de buscarlos!

Fernando dijo estas palabras con tal emoción que la lágrima que temblaba en los ojos de Iñigo cayó en silencio por su cara, mientras el viejo exclamaba con voz sombría:

—¡Que se cumpla la voluntad del cielo!

## III

—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu país? ¿Dónde vives? Yo vengo a buscarte un día y otro. Pero nunca veo el caballo que te trae a estos lugares. Tampoco veo a los criados que llevan tu litera. Rompe de una vez el velo misterioso que te envuelve como una noche profunda. Yo te amo. Seas noble o seas campesina, seré tuyo, tuyo para siempre...

El sol ya había pasado la cumbre del monte. Las sombras bajaban deprisa por la ladera. La brisa gemía entre los álamos de la fuente. Y la niebla subía poco a poco del lago y empezaba a envolver las rocas de la orilla.

Una de estas rocas parecía a punto de caer al fondo del agua, y su imagen temblaba en la superficie. Sobre ella estaba el primogénito de Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa amante. Intentaba en vano conocer el secreto de su vida.

Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos le caía sobre los hombros, entre los pliegues del velo. Parecía un rayo de sol que atraviesa las nubes. Y entre sus pestañas rubias brillaban sus ojos, como dos esmeraldas montadas en una joya de oro.

Cuando el joven terminó de hablar, ella movió los labios como para decir algunas palabras. Pero solo salió de ellos un suspiro. Fue un suspiro débil y triste. Era como el de una pequeña ola que empuja la brisa y que muere entre los juncos.

—¡No me respondes! —exclamó Fernando, que veía su esperanza perdida—. ¿Quieres que crea lo que me han dicho de ti? ¡Oh, no!... Háblame. Quiero saber si me amas. Quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...

—O un demonio... ¿Y si lo fuera?

El joven dudó un instante. Un sudor frío le recorrió el cuerpo. Sus ojos se abrieron más y se fijaron con más fuerza en los de aquella mujer. Atrapado por su brillo extraño, como de fósforo, casi loco, exclamó lleno de amor:

—Si lo fueras... te amaría... Te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte. Te amaría más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.

—Fernando —dijo entonces la hermosa mujer, con una voz que parecía música—. Yo te amo todavía más que tú a mí. Yo soy un espíritu puro, y bajo hasta un hombre mortal. No soy una mujer como las que viven en la tierra. Soy una mujer digna de ti, porque tú eres superior a los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas. No tengo cuerpo, como ellas. Soy rápida y transparente como ellas. Hablo con sus murmullos y me muevo con sus ondas. Yo no castigo al que se atreve a turbar la fuente donde vivo. Al contrario: le premio con mi amor. Porque él es un hombre superior a las supersticiones de la gente sencilla. Es un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.

Mientras ella hablaba, el joven no podía dejar de mirar su hermosura fantástica. Una fuerza desconocida parecía atraerlo. Y se acercaba cada vez más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes siguió así:

—¿Ves, ves el fondo limpio de ese lago? ¿Ves esas plantas de hojas largas y verdes que se mueven en el fondo?... Ellas nos darán una cama de esmeraldas y corales... Y yo... yo te daré una felicidad sin nombre. Es la felicidad que has soñado en tus horas de locura, y que nadie más puede darte... Ven. La niebla del lago flota sobre nuestras cabezas como un techo de tela fina... Las ondas nos llaman con sus voces misteriosas. El viento empieza entre los álamos sus himnos de amor. Ven... ven...

La noche empezaba a extender sus sombras. La luna brillaba temblando en la superficie del lago. La niebla daba vueltas con el soplo del aire. Y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre las aguas sucias... «Ven... ven...». Estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un hechizo. «Ven...». Y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba suspendida en el aire. Parecía ofrecerle un beso... un beso...

Fernando dio un paso hacia ella... y otro... Sintió unos brazos delgados y flexibles que se cerraban alrededor de su cuello. Sintió algo frío en sus labios ardientes, un beso de nieve... Y dudó... y perdió el equilibrio... Y cayó al agua con un ruido sordo y triste.

Las aguas saltaron en chispas de luz y se cerraron sobre su cuerpo. Y sus círculos de plata se fueron haciendo más y más anchos, hasta morir en las orillas.

### Glosario

- **boceto**: dibujo rápido que se hace antes de pintar un cuadro.
- **montero / montero mayor**: hombre que organiza la caza de un señor; el jefe de los monteros.
- **primogénito**: el primer hijo, el que va a heredar.
- **lebrel**: perro de caza rápido.
- **trocha**: camino estrecho en el monte.
- **pieza**: animal que se caza.
- **venablo**: lanza corta de caza.
- **serreta**: pieza de metal que se pone sobre la nariz del caballo.
- **hisopo**: instrumento para echar agua bendita.
- **alabastro**: piedra blanca y suave que se usa para hacer estatuas.
- **fuegos fatuos**: pequeñas llamas que aparecen de noche sobre el agua o los cementerios.
- **ciervo**: animal grande del bosque; el macho tiene cuernos como ramas.
- **trompas**: instrumentos de metal que se soplan en la caza.
- **lentiscos**: arbustos bajos del monte.
- **espuelas**: piezas de metal en el talón del jinete; se clavan al caballo para que corra más.
- **ladridos**: la voz de los perros.
- **marqueses**: un marqués y su esposa, la marquesa; títulos de nobleza.
- **susurrar**: hablar o sonar de forma muy suave y baja.
- **murmullo**: ruido suave y continuo, como el del agua o de voces bajas.

## El rayo de luna

Yo no sé si esto es una historia que parece un cuento o un cuento que parece una historia. Lo que puedo decir es que en el fondo hay una verdad. Es una verdad muy triste. Y quizá yo seré uno de los últimos en aprender de ella, porque tengo mucha imaginación.

Otro escritor, con esta idea, quizá habría hecho un libro de filosofía llorona. Yo he escrito esta leyenda. Algunos no verán nada en su fondo. Pero por lo menos podrá entretenerles un rato.

## I

Era noble y había nacido entre el ruido de las armas. Pero ni el sonido de una trompa de guerra le habría hecho levantar la cabeza un instante. No habría apartado ni un momento los ojos del oscuro pergamino. En él leía la última cantiga de un trovador.

Los que querían encontrarle no debían buscarle en el gran patio de su castillo. Allí los mozos de caballos domaban los caballos jóvenes. Los pajes enseñaban a volar a los halcones. Y los soldados, en los días de descanso, afilaban el hierro de sus lanzas contra una piedra.

—¿Dónde está Manrique? ¿Dónde está vuestro señor? —preguntaba algunas veces su madre.

—No sabemos —respondían sus criados—. Quizá está en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba. Allí escucha por si oye alguna palabra de la conversación de los muertos. O quizá está en el puente, mirando pasar las olas del río, una detrás de otra, por debajo de los arcos. O quizá está metido en la grieta de una roca. Allí se entretiene contando las estrellas del cielo o siguiendo una nube con la vista. O mira los fuegos fatuos, que cruzan como estrellas fugaces sobre el agua de las lagunas. Estará en cualquier sitio, menos donde está todo el mundo.

Era verdad: Manrique amaba la soledad. La amaba tanto que algunas veces habría querido no tener sombra. Así su sombra no le seguiría a todas partes.

Amaba la soledad porque en ella dejaba volar libre su imaginación. Allí creaba un mundo fantástico. Ese mundo estaba lleno de seres extraños, hijos de sus locuras y sus sueños de poeta. Porque Manrique era poeta. Lo era tanto que nunca le habían gustado las formas en que podía encerrar sus pensamientos. Y nunca los había encerrado en ellas al escribirlos.

Creía que entre las brasas rojas del hogar vivían espíritus de fuego de mil colores. Corrían como insectos de oro por los troncos encendidos. O bailaban en un corro luminoso de chispas en la punta de las llamas. Y él pasaba horas y horas sentado en un taburete junto a la alta chimenea gótica. Allí estaba quieto, con los ojos fijos en el fuego.

Creía también en unas mujeres misteriosas. Vivían en el fondo del río, entre el musgo de la fuente y sobre la niebla del lago. Eran hadas, sílfides u ondinas. Lanzaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el murmullo monótono del agua. Él escuchaba ese murmullo en silencio e intentaba traducirlo.

En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas creía ver formas o escuchar sonidos misteriosos. Eran formas de seres sobrenaturales. Eran palabras extrañas que no podía comprender.

¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres durante un instante. A esta, porque era rubia. A aquella, porque tenía los labios rojos. A la otra, porque se movía al andar como un junco.

Algunas veces su locura llegaba tan lejos que pasaba una noche entera mirando la luna. La luna flotaba en el cielo entre una niebla de plata. O miraba las estrellas, que temblaban a lo lejos con los reflejos de las piedras preciosas. En aquellas largas noches sin sueño, de poeta, exclamaba:

—El prior de la Peña me ha dicho que quizá esos puntos de luz son mundos. ¿Y si es verdad? ¿Y si en esa bola de nácar que rueda sobre las nubes vive gente? ¡Qué hermosas serán las mujeres de esos lugares de luz! ¡Y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!... ¿Cómo será su belleza?... ¿Cómo será su amor?...

Manrique no estaba todavía tan loco como para que le siguieran los niños por la calle. Pero sí lo bastante para hablar y hacer gestos solo. Y así es como se empieza.

## II

El Duero pasaba junto a las piedras viejas y oscuras de las murallas de Soria, como si las lamiera. Sobre él hay un puente que va de la ciudad al antiguo convento de los Templarios. Sus tierras se extendían por la otra orilla del río.

En la época de nuestra historia, los caballeros de la Orden ya habían abandonado sus famosas fortalezas. Pero todavía quedaban en pie los restos de las anchas torres de sus muros. Todavía se veían los gruesos arcos de su claustro, cubiertos de hiedra y de campanillas blancas. En parte, se ven todavía hoy. También se veían las largas galerías ojivales de sus patios de armas. En ellas el viento se quejaba con un gemido y movía las hierbas altas.

En los huertos y los jardines, los pies de los monjes no pisaban los caminos desde hacía muchos años. Las plantas crecían libres y mostraban toda su belleza. No tenían miedo de que la mano del hombre las cortara creyendo que así las hacía más bonitas. Las plantas trepadoras subían por los troncos de los viejos árboles. Las copas de los álamos se tocaban y se mezclaban sobre los caminos oscuros. Esos caminos se habían cubierto de hierba. Los cardos silvestres y las ortigas crecían en medio de los caminos de arena. En los trozos de pared que estaban a punto de caer crecía el jaramago. Flotaba al viento como la pluma de un casco. Y las campanillas blancas y azules se balanceaban sobre sus tallos largos y flexibles, como en un columpio. Todos ellos anunciaban la victoria de la destrucción y de la ruina.

Era de noche. Era una noche de verano, templada, llena de perfumes y de ruidos tranquilos. En medio de un cielo azul, luminoso y transparente, había una luna blanca y serena.

La imaginación de Manrique estaba llena de poesía, como en un mareo. Cruzó el puente. Desde allí miró un momento la silueta negra de la ciudad. Se recortaba sobre algunas nubes blancas y ligeras que había en el horizonte. Luego entró en las ruinas desiertas de los Templarios.

Era justo medianoche. La luna había subido despacio y ya estaba en lo más alto del cielo. Manrique entró en una alameda oscura que iba desde el claustro en ruinas hasta la orilla del Duero. Y en ese momento dio un grito suave, ahogado. Era una mezcla extraña de sorpresa, de miedo y de alegría.

Al fondo de la alameda oscura había visto moverse una cosa blanca. Flotó un momento y desapareció en la oscuridad. Era el borde del vestido de una mujer. La mujer había cruzado el camino y se escondía entre las hojas. Fue en el mismo instante en que entraba en los jardines aquel loco soñador de cosas imposibles.

—¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!... ¡A estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco —exclamó Manrique.

Y corrió detrás de ella, rápido como una flecha.

## III

Llegó al punto donde la mujer misteriosa se había perdido entre las ramas. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, entre los troncos cruzados de los árboles, creyó ver algo. Era como una luz o una forma blanca que se movía.

—¡Es ella, es ella! ¡Lleva alas en los pies y huye como una sombra! —dijo.

Y corrió a buscarla. Con las manos apartaba las redes de hiedra que colgaban como un tapiz de un álamo a otro. Rompiendo la maleza y las plantas trepadoras, llegó a una especie de claro. La luz del cielo lo iluminaba... ¡Nadie!

—¡Ah! Por aquí, por aquí va —exclamó entonces—. Oigo sus pasos sobre las hojas secas. Oigo el ruido de su vestido, que arrastra por el suelo y roza los arbustos.

Y corría y corría como un loco de un lado a otro, y no la veía.

—Pero siguen sonando sus pasos —murmuró otra vez—. Creo que ha hablado. No hay duda, ha hablado... El viento que suspira entre las ramas no me ha dejado oír lo que ha dicho. Tampoco las hojas, que parece que rezan en voz baja. Pero no hay duda, va por ahí. Ha hablado... ha hablado... ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua extranjera...

Y volvió a correr detrás de ella. Unas veces creía verla y otras creía oírla. Unas veces notaba que se movían las ramas por donde había desaparecido. Otras veces imaginaba ver en la arena las huellas de sus pies pequeños. Luego, a ratos olía un perfume especial. Y estaba completamente seguro de que era el perfume de aquella mujer, que se burlaba de él y disfrutaba huyendo entre aquella maleza tan espesa. ¡Esfuerzo inútil!

Anduvo varias horas de un lado a otro, fuera de sí. A veces se paraba para escuchar. A veces avanzaba sobre la hierba con muchísimo cuidado. Y a veces corría como un loco, desesperado.

Avanzando, avanzando por los enormes jardines de la orilla del río, llegó por fin al pie de unas rocas. Sobre ellas se levanta la ermita de San Saturio.

—Tal vez desde esta altura podré orientarme. Así podré seguir buscando en este laberinto confuso —exclamó.

Y subió de peña en peña con la ayuda de su daga.

Llegó a la cumbre. Desde allí se ve a lo lejos la ciudad. También se ve una gran parte del Duero, que da vueltas a sus pies. El río lleva una corriente fuerte y oscura entre las orillas curvas que lo encierran.

Manrique, una vez en lo alto de las rocas, miró a su alrededor. Pero al fijar por fin la vista en un punto, no pudo evitar una blasfemia.

La luz de la luna brillaba sobre el agua, en la estela que dejaba una barca. La barca iba hacia la otra orilla, remando con todas sus fuerzas.

En aquella barca creyó ver una forma blanca y delgada. Era una mujer, sin duda. Era la mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños. Era la realización de sus esperanzas más locas. Bajó de las peñas con la agilidad de un ciervo. Tiró al suelo la gorra, porque su pluma larga y redonda podía molestarle para correr. Se quitó la capa ancha de terciopelo. Y salió como un rayo hacia el puente.

Pensaba cruzarlo y llegar a la ciudad antes de que la barca tocara la otra orilla. ¡Qué locura! Cuando Manrique llegó a la entrada sin aliento y cubierto de sudor, los que habían cruzado el Duero por la parte de San Saturio ya entraban en Soria. Entraban por una de las puertas de la muralla. En aquel tiempo, la muralla llegaba hasta la orilla del río. Y sus almenas oscuras se reflejaban en el agua.

## IV

Ya no tenía esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio. Pero nuestro héroe no perdió la esperanza de encontrar la casa donde vivían en la ciudad. Con esta idea fija en la cabeza, entró en Soria. Fue hacia el barrio de San Juan y empezó a andar por sus calles sin rumbo.

Las calles de Soria eran entonces estrechas, oscuras y llenas de curvas, y todavía lo son. En ellas había un silencio profundo. Solo lo rompía a veces el ladrido lejano de un perro. Otras veces se oía el ruido de una puerta que se cerraba. Y otras, el relincho de un caballo en las cuadras bajo tierra. El caballo golpeaba el suelo con las patas y hacía sonar la cadena que lo ataba al pesebre.

Manrique escuchaba con atención estos ruidos de la noche. Unas veces le parecían los pasos de alguien que acababa de doblar la última esquina de un callejón vacío. Otras veces le parecían voces confusas de gente que hablaba a su espalda. Y en cada momento esperaba ver a esa gente a su lado. Así anduvo varias horas, corriendo sin rumbo de un sitio a otro.

Por fin se detuvo delante de un caserón de piedra, oscuro y muy antiguo. Al detenerse, sus ojos brillaron con una alegría imposible de describir. En una de las altas ventanas ojivales de aquel caserón, que podríamos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave. La luz pasaba a través de unas cortinas ligeras de seda de color rosa. Y se reflejaba en el muro negro y lleno de grietas de la casa de enfrente.

—No hay duda. Aquí vive mi desconocida —murmuró el joven en voz baja.

No apartaba ni un momento los ojos de la ventana gótica.

—Aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio... Por el postigo de San Saturio se llega a este barrio... En este barrio hay una casa donde todavía hay alguien despierto después de medianoche... ¿Despierto? ¿Quién puede estarlo a estas horas, sino ella, que vuelve de sus paseos nocturnos?... No hay más que hablar: esta es su casa.

Estaba completamente seguro. Y daba vueltas en su cabeza a las ideas más locas y fantásticas. Así esperó el amanecer delante de la ventana gótica. En toda la noche no se apagó la luz, y él no apartó la vista ni un momento.

Llegó el día. En la piedra central del arco de la entrada se veía el escudo del dueño de la casa. Las gruesas puertas de ese arco se abrieron despacio, con un chirrido largo y agudo. Un escudero apareció en la puerta con un manojo de llaves en la mano. Se frotaba los ojos. Y al bostezar enseñaba unos dientes que podrían dar envidia a un cocodrilo.

Manrique le vio y en un instante saltó hacia la puerta.

—¿Quién vive en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal.

Así saludó al pobre escudero, mientras le sacudía el brazo con violencia. El escudero le miró un buen rato con ojos asustados y tontos. Luego le contestó con la voz cortada por la sorpresa:

—En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey. Le hirieron en la guerra contra los moros, y está en esta ciudad para recuperarse.

—Pero ¿y su hija? —le interrumpió el joven, impaciente—. ¿Y su hija, o su hermana, o su esposa, o lo que sea?

—No tiene ninguna mujer consigo.

—¡No tiene ninguna!... ¿Pues quién duerme allí, en aquella habitación? ¡He visto arder una luz toda la noche!

—¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso. Como está enfermo, deja su lámpara encendida hasta que amanece.

Un rayo que hubiera caído de repente a sus pies no le habría asombrado más que estas palabras.

## V

—Yo la tengo que encontrar, la tengo que encontrar. Y si la encuentro, estoy casi seguro de que la reconoceré... ¿Cómo?... Eso no lo podré decir... pero la reconoceré. Me bastará volver a oír el eco de sus pasos o una sola palabra suya. O volver a ver un borde de su vestido, un solo borde. Noche y día veo flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela fina y blanquísima. Noche y día oigo aquí dentro, dentro de mi cabeza, el ruido de su vestido. Y oigo el murmullo confuso de sus palabras extrañas... ¿Qué dijo?... ¿Qué dijo? ¡Ah! Si yo pudiera saber lo que dijo, quizá... Pero, aunque no lo sepa, la encontraré... la encontraré. Me lo dice el corazón, y mi corazón nunca me engaña. Es verdad que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria. He pasado noches y noches al aire libre, quieto como un poste en una esquina. He gastado más de veinte doblas de oro para hacer hablar a dueñas y escuderos. En San Nicolás di agua bendita a una vieja. Estaba tan bien envuelta en su manto de lana que me pareció una diosa. Y una noche, al salir de los maitines de la Colegiata, seguí como un tonto la litera del arcediano. Creí que el borde de su túnica era el del vestido de mi desconocida. Pero no importa... Yo la tengo que encontrar. Y la gloria de tenerla será seguramente mayor que el trabajo de buscarla.

»¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche. Me gustan tanto los ojos de ese color. Son tan expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay duda. Azules deben de ser, azules son, seguro. Y su pelo debe de ser negro, muy negro, y largo para que flote... Me parece que lo vi flotar aquella noche, junto con su vestido, y era negro... No me equivoco, no. Era negro.

»¡Qué bien le quedan a una mujer alta unos ojos azules, muy grandes y soñolientos! ¡Y un pelo suelto, flotante y oscuro!... Porque... ella es alta, alta y delgada. Es como esos ángeles de las puertas de nuestras iglesias. Las sombras de los doseles de granito envuelven sus caras ovaladas en una luz misteriosa, como de atardecer.

»¡Su voz!... Su voz la he oído... Su voz es suave como el murmullo del viento en las hojas de los álamos. Y su manera de andar es tranquila y majestuosa, como el ritmo de una música.

»Esa mujer es hermosa como el más hermoso de mis sueños de juventud. Piensa como yo pienso. Le gusta lo que me gusta a mí. Odia lo que yo odio. Es un espíritu hermano de mi espíritu, la parte que le falta a mi ser. ¿No se va a emocionar cuando me encuentre? ¿No me va a amar como yo la amaré? ¿Como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con toda mi alma?

»Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez... ¿Quién sabe? Quizá a ella también le gusta pasear entre las ruinas en el silencio de la noche. Quizá es caprichosa como yo, amiga de la soledad y del misterio, como todas las almas soñadoras.

Habían pasado dos meses desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos quitó la ilusión al pobre Manrique. Durante esos dos meses, en cada hora había construido un castillo en el aire. Y la realidad lo deshacía con un soplo. Durante esos dos meses había buscado en vano a aquella mujer desconocida. Su amor absurdo crecía en su alma, alimentado por sus fantasías, todavía más absurdas. Una noche, perdido en estas ideas, el joven enamorado cruzó el puente que lleva a los Templarios. Y se perdió entre los caminos enredados de sus jardines.

## VI

La noche estaba serena y hermosa. La luna llena brillaba en lo más alto del cielo. Y el viento suspiraba con un murmullo muy dulce entre las hojas de los árboles.

Manrique llegó al claustro. Miró por todo el patio y entre las gruesas columnas de sus arcos... Estaba vacío.

Salió de allí y fue hacia la alameda oscura que lleva al Duero. Todavía no había entrado en ella cuando se le escapó de los labios un grito de alegría.

Había visto flotar un instante y desaparecer el borde del vestido blanco. Era el vestido blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.

Corre, corre a buscarla. Llega al sitio donde la ha visto desaparecer. Pero al llegar se detiene. Fija los ojos asustados en el suelo y se queda quieto un rato. Un ligero temblor nervioso le recorre el cuerpo. El temblor va creciendo, va creciendo, y se convierte en una verdadera convulsión. Y por fin estalla en una risa. Es una risa fuerte, aguda, horrible.

Aquella cosa blanca, ligera, que flotaba, había vuelto a brillar ante sus ojos. Pero había brillado a sus pies un instante, nada más que un instante.

Era un rayo de luna. Entraba a ratos por el techo verde de los árboles, cuando el viento movía sus ramas.

Habían pasado algunos años. Manrique estaba sentado en un sillón junto a la alta chimenea gótica de su castillo. Estaba casi inmóvil, con una mirada perdida e inquieta, como la de un idiota. Apenas hacía caso de las caricias de su madre ni de los consuelos de sus criados.

—Tú eres joven, tú eres guapo —le decía su madre—. ¿Por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien amar? Si ella te ama, podrá hacerte feliz.

—¡El amor!... El amor es un rayo de luna —murmuraba el joven.

—¿Por qué no despertáis de ese sueño? —le decía uno de sus escuderos—. Vestíos de hierro de pies a cabeza. Mandad levantar al viento vuestro pendón de ricohombre, y vamos a la guerra. En la guerra se encuentra la gloria.

—¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.

—¿Queréis que os cante una cantiga? Es la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal.

—¡No! ¡No! —exclamó el joven, y se enderezó furioso en su sillón—. No quiero nada... Es decir, sí quiero... Quiero que me dejéis solo... Cantigas... mujeres... gloria... felicidad... Todo son mentiras. Son fantasmas vacíos que creamos en nuestra imaginación. Los vestimos como queremos, los amamos y corremos detrás de ellos. ¿Para qué? ¿Para qué? Para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco. Por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, al contrario, me parece que lo que había hecho era recuperar el juicio.

### Glosario

- **pergamino**: piel de animal preparada para escribir en ella, como un papel antiguo.
- **cantiga**: poema o canción antigua.
- **trovador**: poeta y músico de la Edad Media.
- **fuegos fatuos**: pequeñas llamas que aparecen de noche sobre el agua o los cementerios.
- **Templarios**: orden de caballeros que eran también monjes.
- **jaramago**: planta silvestre de flores amarillas que crece en las ruinas.
- **postigo**: puerta pequeña en una muralla.
- **dobla**: moneda antigua de oro.
- **arcediano**: sacerdote importante de una catedral o colegiata.
- **ricohombre**: noble muy importante de Castilla.
- **trompa**: instrumento de metal que se sopla, usado en la guerra y en la caza.
- **gótico**: estilo de arte de la Edad Media, con arcos en punta.
- **ojival**: con forma de arco en punta, como en las iglesias góticas.
- **hiedra**: planta verde que sube y cubre muros y árboles.
- **campanillas**: flores pequeñas con forma de campana.
- **plantas trepadoras**: plantas que suben por las paredes o los árboles.
- **murmullo**: ruido suave y continuo, como el del agua o de voces bajas.
- **escudero**: criado de un noble, que le sirve y le acompaña.

## Tres fechas

En una cartera de dibujo que todavía conservo hay escritas tres fechas. La cartera está llena de dibujos rápidos. Los hice durante algunos de mis viajes medio artísticos a la ciudad de Toledo.

Los hechos que recuerdan estos números son, hasta cierto punto, poco importantes. Sin embargo, algunas noches en que no podía dormir, me he divertido con su recuerdo. Con ellos he inventado una novela, unas veces sentimental y otras veces sombría. Dependía de mi imaginación. A veces estaba más viva y alegre, y otras veces más inclinada a ideas terribles.

Antes de cerrar del todo los ojos, invento historias extrañas e imposibles. Su final, poco claro, queda flotando en ese punto que separa la vigilia del sueño. Si a la mañana siguiente de una de estas noches locas hubiera podido escribirlas, seguramente formarían un libro. Sería un libro sin sentido, pero original y quizá interesante.

No es eso lo que quiero hacer ahora. Esas fantasías son ligeras y, por decirlo así, imposibles de tocar. En cierto modo son como las mariposas. No se pueden coger con las manos sin que quede entre los dedos el polvo de oro de sus alas.

Por eso voy a contar solo, y de forma breve, los tres hechos. Suelen servir de título a los capítulos de mis novelas soñadas. Son tres puntos separados que yo uno en mi mente con ideas, como con un hilo de luz. Son, en fin, los tres temas sobre los que hago miles y miles de variaciones. Podríamos llamarlas absurdas sinfonías de la imaginación.

## I

Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura. Guarda muy bien la huella de las cien generaciones que han vivido en ella. Habla muy claro a los ojos del artista. Le enseña muchos secretos de cada siglo. Le muestra cómo cada siglo deja la marca de sus ideas y costumbres hasta en sus obras más pequeñas. Por eso yo cerraría sus entradas con una barrera. Y sobre la barrera pondría un cartel con este letrero:

«En nombre de los poetas y de los artistas. En nombre de los que sueñan y de los que estudian. Se prohíbe a la civilización tocar uno solo de estos ladrillos con su mano destructora y sin poesía.»

Por uno de sus extremos se entra en esta calle por un arco grueso, bajo y oscuro. Encima del arco hay un pasadizo cubierto.

En la piedra central del arco hay un escudo, roto y gastado por los años. En él crece la hiedra. Cuando el aire la mueve, flota sobre el casco del escudo como un penacho de plumas.

Debajo de la bóveda, metido en el muro, se ve un retablo. Su pintura está tan negra que es imposible saber lo que representa. Tiene un marco dorado y churrigueresco y una pequeña lámpara que cuelga de un cordel. También tiene ofrendas de cera.

La sombra de este arco cubre aquel lugar. Le da un aire de misterio y de tristeza que no se puede describir. Más allá del arco, a los dos lados, se alargan dos filas de casas oscuras, desiguales y extrañas. Cada una tiene su forma, su tamaño y su color. Algunas están hechas de piedras ásperas y desiguales. Su único adorno son unos escudos de nobleza mal tallados sobre la puerta. Otras son de ladrillo. Tienen un arco árabe en la entrada y un mirador que termina en una alta veleta. En su pared llena de grietas se abren, sin ningún orden, dos o tres ajimeces. Hay otras que no pertenecen a ningún estilo de arquitectura, pero tienen un poco de todos. Algunas son un modelo perfecto de un estilo especial y conocido. Otras son una muestra curiosa de las rarezas de una época del arte.

Unas tienen un balcón de madera con un tejadillo absurdo. Otras tienen una ventana gótica, con el yeso recién puesto y algunas macetas de flores. La de más allá tiene azulejos pintados de colores alrededor de la puerta y clavos enormes en la madera. Además tiene metidos en el muro dos trozos de columna. Quizá vienen de un palacio moro.

El palacio de un gran señor convertido en una casa de vecinos pobres. La casa de un alfaquí, donde ahora vive un canónigo. Una sinagoga judía transformada en capilla cristiana. Un convento construido sobre las ruinas de una mezquita árabe, de la que todavía queda en pie la torre. Mil contrastes extraños y pintorescos. Mil y mil muestras curiosas de distintas razas, civilizaciones y épocas, reunidas, por decirlo así, en cien varas de terreno. Esto es todo lo que se encuentra en esta calle. Es una calle construida durante muchos siglos. Es estrecha, deforme, oscura y tiene muchísimas curvas. Allí cada uno, al hacer su casa, sacaba un saliente, dejaba un rincón o hacía un ángulo a su gusto. No miraba el nivel, la altura ni el orden. Es una calle rica en combinaciones de líneas no calculadas, con un verdadero lujo de detalles caprichosos. Tiene tantos y tantos accidentes que siempre ofrece algo nuevo a quien la estudia.

La primera vez que fui a Toledo, estaba haciendo algunos dibujos de San Juan de los Reyes. Por eso tenía que cruzar esta calle todas las tardes. Iba al convento desde mi alojamiento, una posada con aires de fonda.

Casi siempre la cruzaba de un extremo a otro sin encontrar a nadie. Su profundo silencio solo se rompía con el ruido de mis pasos. Nunca veía a nadie detrás de las celosías de un balcón, de una puerta o de la rejilla de una ventana. Ni siquiera por casualidad veía la cara arrugada de una vieja curiosa. Tampoco veía los ojos negros y alargados de una muchacha toledana. Algunas veces me parecía cruzar una ciudad desierta. Parecía que sus habitantes la habían abandonado hacía muchísimo tiempo.

Sin embargo, una tarde pasé delante de un caserón muy antiguo y oscuro. En sus altas paredes había tres o cuatro ventanas de formas desiguales, repartidas sin ningún orden. Por casualidad me fijé en una de ellas. Era un gran arco ojival, rodeado por una franja de hojas talladas, con puntas agudas. El arco estaba cerrado por una pared delgada, nueva y blanca como la nieve. En medio de esa pared, como dentro de la primera, había una ventana pequeña. Tenía el marco y las rejas verdes. Había una maceta de campanillas azules, cuyos tallos subían y se enredaban entre los adornos de granito. La ventana tenía cristales emplomados y una cortinilla de tela blanca, ligera y transparente.

La ventana ya llamaba la atención por su aspecto. Pero hubo algo que hizo que me fijara más en ella. Cuando volví la cabeza para mirarla, noté que la cortinilla se había levantado un momento y había vuelto a caer. Así ocultaba a mis ojos a la persona que sin duda me miraba en aquel instante.

Seguí mi camino pensando en la ventana. Mejor dicho, en la cortinilla. O más claro todavía, en la mujer que la había levantado. Porque, sin duda, a aquella ventana tan poética, tan blanca, tan verde, tan llena de flores, solo podía asomarse una mujer. Y cuando digo una mujer, se entiende que la supongo joven y bonita.

Pasé otra tarde, y pasé con el mismo cuidado. Pisé fuerte con los tacones. El ruido de mis pasos llenaba la calle silenciosa, y dos o tres ecos lo repetían. Miré a la ventana, y la cortinilla se volvió a levantar.

La verdad es que detrás de ella no vi nada. Pero con la imaginación me pareció ver una figura. Era la figura de una mujer, claro.

Aquel día me distraje dos o tres veces mientras dibujaba. Y pasé otros días. Siempre que pasaba, la cortinilla se levantaba de nuevo. Se quedaba así hasta que se perdía el ruido de mis pasos. Y yo, desde lejos, volvía a mirarla por última vez.

Mis dibujos avanzaban poco. Trabajaba en el claustro de San Juan de los Reyes, aquel claustro tan misterioso y lleno de triste melancolía. Allí me sentaba sobre el capitel roto de una columna. Tenía la cartera sobre las rodillas, el codo sobre la cartera y la frente entre las manos. Oía el agua, que corre allí con un murmullo continuo. Oía las hojas del jardín salvaje y abandonado, que movía la brisa de la tarde. ¡Cuánto soñaba yo allí con aquella ventana y aquella mujer! Yo la conocía. Ya sabía cómo se llamaba, y hasta de qué color eran sus ojos.

La veía cruzar los grandes patios solitarios de la vieja casa. Los alegraba con su presencia, como el rayo de sol que llena de oro unas ruinas. Otras veces me parecía verla en un jardín. Ese jardín debía de estar al fondo de aquella especie de palacio gótico donde vivía. Tenía unas tapias muy altas y muy oscuras, y unos árboles muy grandes y viejos. Allí la veía coger flores y sentarse sola en un banco de piedra. Allí suspiraba mientras les quitaba los pétalos, pensando en... ¿quién sabe? Quizá en mí. ¿Qué digo quizá? En mí, seguro. ¡Oh! ¡Cuántos sueños, cuántas locuras, cuánta poesía despertó en mi alma aquella ventana mientras estuve en Toledo!

Pero pasó el tiempo que debía quedarme en la ciudad. Un día, triste y con la cabeza baja, guardé todos mis papeles en la cartera. Me despedí del mundo de los sueños y tomé un asiento en el coche para Madrid.

La torre más alta de Toledo todavía se veía en el horizonte. Antes de que desapareciera, saqué la cabeza por la ventanilla para verla otra vez. Y me acordé de la calle.

Todavía tenía la cartera bajo el brazo. Volví a mi asiento mientras pasábamos la colina, que de repente me ocultó la ciudad. Entonces saqué el lápiz y escribí una fecha. Es la primera de las tres. Yo la llamo la fecha de la ventana.

## II

Después de algunos meses, tuve otra vez ocasión de salir de la corte por tres o cuatro días. Le quité el polvo a mi cartera de dibujo y me la puse bajo el brazo. Llevaba una mano de papel, media docena de lápices y unos cuantos napoleones. Lamenté que la línea del tren todavía no estuviera terminada. Me metí en un coche de caballos. Así recorrí, en sentido contrario, los lugares de la famosa comedia de Tirso *Desde Toledo a Madrid*.

Ya instalado en la ciudad histórica, me dediqué a visitar de nuevo los sitios que más me habían llamado la atención en mi primer viaje. También visité otros que solo conocía de nombre.

Así pasé la mayor parte del tiempo de mi pequeño viaje artístico. Daba largos paseos solitarios por los barrios más antiguos. Sentía un verdadero placer al perderme en aquel laberinto confuso. Había callejones sin salida, calles estrechas, pasadizos oscuros y cuestas tan empinadas que casi no se podían subir.

Una tarde, la última que iba a pasar en Toledo, volvía de uno de estos largos paseos por lugares desconocidos. No sabría decir por qué calles llegué a una plaza grande y desierta. Parecía olvidada incluso por los vecinos de la ciudad. Estaba como escondida en uno de sus rincones más apartados.

Desde tiempos muy antiguos la gente había tirado allí basura y escombros. Con los años, ya formaban parte del terreno. Por eso el suelo tenía montes y valles, como una Suiza en miniatura. En las lomas y los barrancos crecían libremente malvas enormes y montones de ortigas gigantes. Había matas de campanillas blancas que se arrastraban por el suelo. Había prados de esa hierba sin nombre, menuda, fina y de un verde oscuro. Y entre todas las otras plantas salvajes destacaban, como reyes, los jaramagos. Se mecían suavemente con el aire. Son flores poéticas y a la vez vulgares, la verdadera flor de los terrenos abandonados y de las ruinas.

Por el suelo había muchísimos trozos de mil y mil cosas distintas. Unos estaban medio enterrados y otros casi escondidos por la hierba alta. Los habían roto y tirado allí en épocas diferentes. Iban formando capas, y en ellas habría sido fácil seguir una especie de geología histórica.

A primera vista se veían azulejos moriscos de colores brillantes. Había trozos de columnas de mármol y de jaspe. Había pedazos de ladrillos de cien clases distintas y grandes piedras cubiertas de verdín y de musgo. Había astillas de madera casi hechas polvo y restos de antiguos techos de madera tallada. Había jirones de tela, tiras de cuero y cien y cien objetos más sin forma ni nombre. También llamaban la atención miles de chispas de luz sobre la hierba. Deslumbraban los ojos como un puñado de diamantes tirados sin cuidado. Vistas de cerca, no eran más que trocitos de vidrio, de ollas, de platos y de vasijas. Reflejaban los rayos del sol y parecían todo un cielo de estrellas pequeñísimas y brillantes.

Así era el suelo de aquella plaza. En algunas partes estaba empedrado con piedrecitas de varios colores que formaban dibujos. En otras partes estaba cubierto de grandes losas de pizarra. Pero, como ya he dicho, casi todo parecía un jardín de plantas salvajes o un prado abandonado y sin cultivar.

Los edificios que daban a la plaza su forma irregular tampoco eran menos extraños ni menos interesantes.

Por un lado la cerraba una fila de casitas oscuras y pequeñas. Sus tejados estaban llenos de chimeneas, veletas y tejadillos. En las esquinas tenían unas piedras de mármol con una anilla de hierro. Tenían balcones bajos o estrechos, ventanitas con macetas de flores y un farol. El farol tenía una red de alambre alrededor. Así los muchachos no podían romper con piedras sus cristales negros de humo.

Otro lado de la plaza era un paredón negruzco, lleno de grietas. Algunos reptiles sacaban por ellas, entre las hojas de musgo, sus cabezas de ojos pequeños y brillantes. Era un paredón altísimo, hecho de grandes piedras. Tenía muchos huecos de puertas y balcones, cerrados con piedra y cal. A uno de sus extremos se unía, formando un ángulo, una tapia de ladrillos. Estaba desconchada y llena de agujeros. Tenía manchas rojas, verdes o amarillentas aquí y allá. Arriba tenía una capa de hierba seca, y entre la hierba corrían algunos tallos de plantas trepadoras.

Todo esto no era más, por decirlo así, que los bastidores de un decorado extraño. Ese decorado apareció de pronto ante mis ojos al entrar en la plaza. Me cautivó y me tuvo un rato inmóvil, mirándolo. Porque el verdadero centro del paisaje estaba en el fondo de la plaza. Allí se levantaba el edificio que daba el tono a todo el conjunto. Era más caprichoso y más original que todos los que lo rodeaban. Era infinitamente más bello en su desorden artístico.

—¡Esto es lo que yo quería encontrar! —exclamé al verlo. Me senté en una piedra grande y puse la cartera sobre las rodillas. Saqué punta a un lápiz de madera. Y me preparé para dibujar, aunque fuera de forma rápida, sus formas irregulares y raras. Quería guardar su recuerdo para siempre.

Todavía conservo un dibujo rapidísimo y mal hecho de aquel sitio. Si pudiera pegarlo aquí con obleas, me ahorraría muchas palabras. Aunque es imperfecto, daría a mis lectores una idea más exacta que todas las descripciones posibles.

Como no puede ser así, intentaré pintarlo lo mejor posible. Así, al leer estas líneas, mis lectores podrán hacerse una idea lejana. Quizá no de sus infinitos detalles, pero al menos del conjunto.

Figuraos un palacio árabe, con sus puertas en forma de herradura. Sus muros están adornados con largas filas de arcos que se cruzan cien y cien veces entre sí. Corren sobre una franja de azulejos brillantes. Aquí se ve el hueco de un ajimez, partido en dos por un grupo de columnas finas. Lo rodea un marco de adornos pequeños y caprichosos. Allá se levanta una atalaya con su mirador ligero y elegante. Su tejado es de tejas brillantes, verdes y amarillas. Arriba, una aguda flecha de oro se pierde en el aire. Más lejos se ve la cúpula que cubre una pequeña sala pintada de oro y azul. También se ven las altas galerías cerradas con persianas verdes. Al abrirlas, se ven jardines con calles de arrayán, bosques de laureles y chorros de agua altísimos. Todo es original, todo es armónico, aunque desordenado. Todo deja ver el lujo y las maravillas de su interior. Todo deja adivinar el carácter y las costumbres de sus habitantes.

El rico árabe que tenía este edificio lo abandona al fin. Los años empiezan a romper sus paredes, a quitar brillo a los colores y a gastar hasta los mármoles. Entonces un rey castellano elige para vivir aquel alcázar que se cae. En un lugar rompe un muro y abre un arco ojival. Lo adorna con una franja de escudos, entre los que se enrosca una guirnalda de hojas de cardo y de trébol. En otro lugar levanta un fuerte torreón de piedra, con sus saeteras estrechas y sus almenas en punta. Más allá construye un ala de habitaciones altas y oscuras. En ellas se ven, por una parte, trozos de azulejos brillantes. Por otra, se ven techos de madera oscurecidos, o un ajimez solo. O se ve un arco de herradura ligero y puro, que da paso a un salón gótico, serio e imponente.

Pero llega el día en que el rey también abandona aquel lugar. Se lo da a una comunidad de monjas. Ellas, a su vez, construyen de nuevo y añaden otros rasgos a la cara ya extraña del alcázar morisco. Cierran las ventanas con celosías. Entre dos arcos árabes ponen el escudo de su orden, tallado en granito. Donde antes crecían tamarindos y laureles, plantan cipreses tristes y oscuros. Aprovechan unos restos y construyen sobre otros. Así forman las combinaciones más pintorescas y extrañas que se pueden imaginar.

Sobre la puerta de la iglesia hay una fila de santos, ángeles y vírgenes. La sombra de sus doseles los envuelve en una luz misteriosa de atardecer. A sus pies se retuercen, entre hojas de acanto, serpientes, monstruos y dragones de piedra. Encima de esa puerta se levanta un minarete fino y delicado, con adornos moriscos. Junto a las saeteras de la muralla, de almenas ya rotas, las monjas ponen un retablo. Cierran los grandes huecos con tabiques llenos de agujeritos, parecidos a un tablero de ajedrez. Ponen cruces en todas las puntas. Y por último construyen un campanario con sus campanas. Estas suenan con tristeza noche y día, llamando a la oración. Son campanas que mueve una mano invisible. Su sonido lejano a veces hace llorar de una tristeza involuntaria.

Después pasan los años. Cubren todo el edificio con una capa de color oscuro, unen sus tonos y hacen crecer la hiedra en sus grietas.

Las cigüeñas cuelgan su nido en la veleta de la torre. Los vencejos lo hacen bajo los tejados, y las golondrinas en los doseles de granito. El búho y la lechuza eligen como casa los agujeros altos de los muros. Desde allí, en las noches oscuras, asustan a las viejas que creen en todo y a los niños miedosos. Los asustan con el brillo fosfórico de sus ojos redondos y con sus silbidos raros y agudos.

Solo todos estos cambios, todas estas circunstancias especiales, podían dar como resultado un edificio así. Era tan original, tan lleno de contrastes, de poesía y de recuerdos como el que vi aquella tarde. Hoy he intentado describirlo con palabras, aunque en vano.

Ya había dibujado una parte en una de las hojas de mi cartera. El sol apenas ponía de oro las agujas más altas de la ciudad. La brisa del atardecer empezaba a tocar suavemente mi frente. De pronto me asaltaron unas ideas al mirar aquellos restos silenciosos de otras épocas. Eran épocas más poéticas que esta época material, en la que vivimos ahogados en pura prosa. Perdido en esas ideas, dejé caer el lápiz y abandoné el dibujo. Me apoyé en la pared que tenía a mi espalda. Y me entregué por completo a los sueños de la imaginación. ¿Qué pensaba? No sé si sabré decirlo. Veía claramente cómo pasaban las épocas, una tras otra. Veía caer unos muros y levantarse otros. Veía a unos hombres, o mejor dicho, a unas mujeres dejar su lugar a otras mujeres. Y las primeras y las que venían después se convertían en polvo y volaban deshechas. Un soplo de viento se llevaba su hermosura. Era una hermosura que había provocado suspiros secretos, que había despertado pasiones y había sido fuente de placeres.

Luego... qué sé yo... todo era confuso. Veía muchas cosas mezcladas. Veía tocadores de encaje y de estuco, con nubes de perfume y camas de flores. Veía celdas estrechas y oscuras con un reclinatorio y un crucifijo. Al pie del crucifijo había un libro abierto, y sobre el libro, una calavera. Veía salones serios y grandiosos, cubiertos de tapices y adornados con trofeos de guerra. Y veía muchas mujeres que pasaban y volvían a pasar ante mis ojos. Había monjas altas, pálidas y delgadas. Había odaliscas morenas, con los labios muy rojos y los ojos muy negros. Había damas de perfil puro, de aire orgulloso y paso majestuoso.

Todas estas cosas veía yo, y muchas más. Eran de esas cosas que, después de pensarlas, no se pueden recordar. Son tan inmateriales que es imposible encerrarlas en el círculo estrecho de la palabra. De pronto di un salto en mi asiento. Me pasé la mano por los ojos para convencerme de que ya no soñaba. Me levanté como empujado por un muelle y fijé la mirada en uno de los altos miradores del convento. Había visto, no puedo tener ninguna duda, la había visto perfectamente: una mano blanquísima. Había salido por uno de los agujeros de aquellos miradores de piedra y cal, parecidos a tableros de ajedrez. Y se había movido varias veces, como saludándome con un gesto mudo y cariñoso. Y me saludaba a mí. No era posible que me equivocara... Yo estaba solo, completamente solo en la plaza.

Esperé hasta la noche sin moverme de aquel sitio. No aparté ni un momento los ojos del mirador, pero fue en vano. Muchas veces volví a sentarme en la piedra oscura donde me había sentado aquella tarde. Fue la tarde en que vi aparecer aquella mano misteriosa. Ahora la mano llenaba mis sueños de la noche y mis delirios del día. Pero fue inútil. No la volví a ver más...

Y al fin llegó la hora en que debía irme de Toledo. Allí dejé, como una carga inútil y ridícula, todas las ilusiones que había creado mi mente en esa ciudad. Con un suspiro, volví a guardar los papeles en mi cartera. Pero antes de guardarlos escribí otra fecha, la segunda. Yo la llamo la fecha de la mano. Al escribirla, miré un momento la anterior, la de la ventana. Y no pude evitar sonreír ante mi locura.

## III

Después de esta extraña aventura pasó casi un año hasta que volví a Toledo. Durante ese tiempo, su recuerdo no dejó de aparecer en mi imaginación. Al principio venía a todas horas y con todos sus detalles. Después venía con menos frecuencia. Y por último venía de forma tan vaga que yo mismo empecé a dudar. Algunas veces llegué a creer que todo había sido una ilusión o un sueño.

Sin embargo, en cuanto llegué a la ciudad, el recuerdo volvió a asaltarme. Algunos llaman a Toledo, con mucha razón, la Roma española. Con la memoria llena de aquel recuerdo, salí preocupado a recorrer las calles. No llevaba un camino fijo ni la intención de ir a ningún lugar concreto.

El día estaba triste, con esa tristeza que llega a todo lo que se oye, se ve y se siente. El cielo era de color de plomo. Con su luz melancólica, los edificios parecían más antiguos, más extraños y más oscuros. El viento se quejaba por las calles estrechas y torcidas. En sus ráfagas traía palabras que no se entendían, ruido de campanas o ecos de golpes profundos y lejanos. Eran como notas perdidas de una sinfonía misteriosa. El aire húmedo y frío helaba el alma con su soplo de hielo.

Anduve durante algunas horas por los barrios más apartados y desiertos. Estaba perdido en mil imaginaciones confusas. Contra mi costumbre, tenía la mirada vaga y perdida en el espacio. Nada llamaba mi atención. No me fijaba en ningún detalle caprichoso de arquitectura ni en ningún monumento de estilo desconocido. Tampoco me fijaba en ninguna obra de arte maravillosa y escondida. Antes, cuando solo ocupaban mi mente las ideas de arte y los recuerdos históricos, me detenía a cada paso para examinar esas cosas con cuidado.

El cielo se ponía cada vez más oscuro. El viento soplaba con más fuerza y más ruido. Había empezado a caer una lluvia de nieve deshecha, en gotas muy finas y penetrantes. Entonces, sin saber por dónde, porque yo todavía no conocía el camino, me encontré en la plaza solitaria que ya conocen mis lectores. Fue como si me llevara allí un impulso al que no podía resistirme. Ese impulso me arrastraba de forma misteriosa al lugar donde iban mis pensamientos.

Al encontrarme en aquel lugar, salí de la especie de letargo en que estaba hundido. Fue como si me hubieran despertado de un sueño profundo con una sacudida violenta.

Miré a mi alrededor. Todo estaba como yo lo había dejado. Mejor dicho, estaba más triste. No sé cuál era la causa de esta tristeza. Quizá era la oscuridad del cielo, la falta de verde o el estado de mi espíritu. Pero la verdad es que había una gran diferencia entre lo que sentí la primera vez y lo que sentí entonces. Era toda la distancia que hay entre la melancolía y la amargura.

Miré durante unos instantes el convento sombrío, que aquel día me parecía más sombrío que nunca. Ya iba a marcharme cuando oí el sonido de una campana. Tenía una voz rota y sorda, y tocaba despacio. La acompañaba, en contraste con ella, una especie de campanita. De pronto, la campanita empezó a dar vueltas muy rápido. Su sonido era tan agudo y continuo que parecía que tenía vértigo.

No había nada más extraño que aquel edificio. Su silueta negra se dibujaba sobre el cielo como la de una roca llena de mil y mil picos caprichosos. Hablaba con sus lenguas de bronce, que eran las campanas. Parecía que unos seres invisibles las movían. Una parecía llorar con sollozos ahogados. La otra parecía reír con carcajadas agudas, como la risa de una mujer loca.

A ratos, mezcladas con el ruido de las campanas, que aturdía, creía oír también las notas confusas de un órgano. Y también palabras de un canto religioso y solemne.

Cambié de idea. En vez de alejarme de aquel lugar, fui hasta la puerta de la iglesia. En sus escalones de piedra había sentados unos mendigos vestidos con harapos. Le pregunté a uno de ellos:

—¿Qué hay aquí?

—Una toma de hábito —me contestó el pobre. Para contestarme, interrumpió la oración que murmuraba entre dientes. Luego la continuó. Pero antes besó la moneda de cobre que le había puesto en la mano al preguntarle.

Nunca había visto esta ceremonia. Tampoco había visto nunca el interior de la iglesia del convento. Por estas dos razones decidí entrar.

La iglesia era alta y oscura. Sus naves estaban formadas por dos filas de pilares. Cada pilar era un grupo de columnas delgadas, unidas y apoyadas en una base ancha de ocho lados. De sus ricos capiteles salían los arcos fuertes de las ojivas. El altar mayor estaba al fondo, bajo una cúpula de estilo renacentista. La cúpula estaba llena de grandes ángeles con escudos y de grifos que terminaban en muchas hojas. Tenía cornisas con molduras, flores doradas y dibujos caprichosos y elegantes. Alrededor de las naves había muchas capillas oscuras. Al fondo de ellas ardían algunas lámparas, como estrellas perdidas en el cielo de una noche oscura. Había capillas de estilo árabe, gótico o churrigueresco. Unas estaban cerradas con magníficas rejas de hierro, y otras con humildes barandillas de madera. Algunas estaban en tinieblas, con una antigua tumba de mármol delante del altar. Otras estaban muy iluminadas. Tenían una imagen vestida con adornos brillantes, rodeada de ofrendas de plata y de cera con lacitos de cintas de colores.

Una claridad fantástica iluminaba la iglesia y le daba un carácter más misterioso. La iglesia era, en su confusión y su desorden artístico, totalmente armónica con el resto del convento. De las lámparas de plata y cobre que colgaban de las bóvedas salían rayos de luz de mil colores. También salían de las velas de los altares, de las estrechas ojivas y de los ajimeces del muro. Eran blancos los que entraban de la calle por algunas pequeñas claraboyas de la cúpula. Eran rojos los que salían de los cirios de los retablos. Eran verdes, azules y de otros cien colores los que pasaban por los vidrios pintados de los rosetones. Todos estos reflejos no bastaban para llenar de luz aquel lugar sagrado. En algunos puntos parecía que luchaban y se mezclaban entre sí. En otros formaban una mancha de luz brillante sobre el fondo oscuro de las capillas. Aunque había una fiesta religiosa, había pocos fieles. La ceremonia había empezado hacía bastante tiempo y estaba a punto de terminar. Los sacerdotes del altar mayor bajaban en ese momento las gradas cubiertas de alfombra. Iban envueltos en una nube de incienso azulado, que se movía lentamente en el aire. Se dirigían al coro, donde se oía a las monjas cantar un salmo.

Yo también fui hacia aquel lugar para asomarme a las dobles rejas que separaban el coro de la iglesia. No sé por qué, pero me parecía que iba a reconocer la cara de aquella mujer. Solo había visto su mano un instante. Abrí muchísimo los ojos, como queriendo darles más fuerza y claridad. Y clavé la mirada en el fondo del coro. Fue un esfuerzo inútil. A través de los hierros cruzados se podía ver muy poco o nada. Vi algo como unos fantasmas blancos y negros que se movían entre las tinieblas. La poca luz de algunos cirios encendidos luchaba en vano contra la oscuridad. Vi una larga fila de asientos altos y puntiagudos, con doseles encima. Debajo de ellos se adivinaban, tapadas por la oscuridad, las formas confusas de las monjas. Llevaban ropas largas hasta los pies. Vi un crucifijo iluminado por cuatro velas, que destacaba sobre el fondo oscuro del cuadro. Era como esos puntos de luz que, en los cuadros de Rembrandt, hacen más fuertes las sombras. Esto es todo lo que pude ver desde mi sitio.

Los sacerdotes llevaban capas bordadas de oro. Delante iban unos monaguillos con una cruz de plata y dos candeleros con velas. Detrás iban otros que movían los incensarios y perfumaban el aire. Pasaron por en medio de los fieles, que les besaban las manos y los bordes de la ropa. Y por fin llegaron a la reja del coro.

Solo en ese momento pude distinguirla entre las otras sombras confusas. Era la joven que iba a consagrarse al Señor.

¿No habéis visto nunca, en los últimos instantes del atardecer, levantarse un jirón de niebla? Sube de un río, de un pantano, de las olas del mar o de un abismo profundo de la montaña. Flota lentamente en el aire. A veces parece una mujer que se mueve y anda, y deja volar su vestido al andar. A veces parece un velo blanco prendido al pelo de alguna sílfide invisible. Y otras veces parece un fantasma que sube por el aire. Cubre sus huesos amarillos con un sudario, y en él se cree ver dibujada su forma angulosa. Pues tuve una alucinación de ese tipo al ver aquella figura blanca, alta y ligerísima. Se acercaba a la reja como si se soltara del fondo oscuro del coro.

No podía ver su cara. Se colocó justo delante de las velas que iluminaban el crucifijo. Su luz formaba como un nimbo alrededor de su cabeza. Así su figura quedaba oscura sobre la luz, envuelta en una sombra dudosa.

Hubo un profundo silencio. Todos los ojos se fijaron en ella, y empezó la última parte de la ceremonia.

La abadesa murmuraba algunas palabras que no se entendían. Los sacerdotes las repetían con voz sorda y profunda. Mientras murmuraba, la abadesa le arrancó de la cabeza la corona de flores y la tiró lejos... ¡Pobres flores! Eran las últimas que iba a ponerse aquella mujer, hermana de las flores como todas las mujeres.

Después le quitó el velo, y su pelo rubio cayó como una cascada de oro sobre su espalda y sus hombros. Pero solo pudo cubrirlos un instante, porque enseguida se oyó un chirrido metálico y agudo en medio del profundo silencio de los fieles. Era un sonido que ponía los nervios de punta. Y la magnífica melena se separó de la frente a la que daba sombra. Aquel pelo rodó por su pecho y después cayó al suelo. Era un pelo que el aire perfumado habría besado tantas veces...

La abadesa volvió a murmurar las palabras que no se entendían. Los sacerdotes las repitieron, y todo quedó otra vez en silencio en la iglesia. Solo de vez en cuando se oían a lo lejos unos quejidos largos y temerosos. Era el viento. Zumbaba al chocar contra las esquinas de las almenas y de los torreones. Y al pasar hacía temblar los vidrios de colores de las ojivas.

Ella estaba quieta. Estaba quieta y pálida como una virgen de piedra arrancada del nicho de un claustro gótico.

Y le quitaron las joyas que cubrían sus brazos y su cuello. Y por último le quitaron su vestido de novia. Era un vestido que parecía hecho para que un amante rompiera sus broches con la mano temblorosa de emoción y cariño...

El esposo místico esperaba a la esposa. ¿Dónde? Más allá de la muerte. Sin duda abría la losa del sepulcro y la llamaba a cruzarlo, como la esposa tímida cruza el umbral de la habitación de bodas. Porque ella cayó al suelo, desplomada como un cadáver. Las monjas echaron puñados de flores sobre su cuerpo, como si fuera tierra. Mientras, cantaban un salmo tristísimo. Entre la gente se levantó un murmullo. Los sacerdotes, con sus voces profundas y huecas, empezaron el oficio de difuntos. Los acompañaban esos instrumentos que parecen llorar. Así aumentaba el miedo profundo que ya causan por sí mismas las terribles palabras que dicen.

*¡De profundis clamavi ad te!*, decían las monjas desde el fondo del coro, con voces tristes y llenas de dolor.

*¡Dies iræ, dies illa!*, les contestaban los sacerdotes con un eco profundo y fuerte como un trueno. Mientras tanto, las campanas tocaban lentamente a muerto. Entre campanada y campanada se oía vibrar el bronce con un zumbido extraño y fúnebre.

Yo estaba emocionado. No, emocionado no: aterrado. Me parecía estar viendo algo sobrenatural. Sentía como si me arrancaran algo necesario para mi vida. Sentía que a mi alrededor se formaba el vacío. Pensaba que acababa de perder algo, como a un padre, a una madre o a una mujer querida. Sentía ese enorme dolor que deja la muerte por donde pasa. Es un dolor sin nombre, que no se puede pintar. Solo pueden entenderlo los que lo han sentido...

Todavía estaba clavado en aquel lugar, con los ojos perdidos, temblando y fuera de mí. Entonces la nueva monja se levantó del suelo. La abadesa le puso el hábito. Las monjas tomaron en sus manos velas encendidas y formaron dos largas filas. Así la llevaron, como en procesión, hacia el fondo del coro.

Allí, entre las sombras, vi brillar un rayo de luz. Era la puerta del claustro, que se había abierto. Al poner el pie en el umbral, la monja se volvió por última vez hacia el altar. La luz de todas las velas la iluminó de pronto, y pude ver su cara. Al verla, tuve que ahogar un grito. Yo conocía a aquella mujer. No la había visto nunca, pero la conocía porque la había visto en sueños. Era uno de esos seres que el alma adivina. O quizá el alma los recuerda de otro mundo mejor. Algunos, al bajar a este mundo, no pierden del todo la memoria de aquel.

Di dos pasos adelante. Quise llamarla, quise gritar... no sé. Sentí como un mareo. Pero en aquel instante la puerta del claustro se cerró... para siempre. Sonaron las campanillas. Los sacerdotes cantaron un *¡Hosanna!* Subieron por el aire nubes de incienso. El órgano lanzó un torrente de música atronadora por sus cien bocas de metal. Y las campanas de la torre empezaron a repicar, dando vueltas con una furia espantosa.

Aquella alegría loca y ruidosa me ponía los pelos de punta. Miré a mi alrededor buscando a los padres, a la familia que se quedaba sin aquella mujer. Pero no encontré a nadie.

—Tal vez estaba sola en el mundo —dije. Y no pude contener una lágrima.

—¡Dios te dé en el claustro la felicidad que no te ha dado en el mundo! —exclamó al mismo tiempo una vieja que estaba a mi lado. Lloraba y se quejaba, agarrada a la reja.

—¿La conoce usted? —le pregunté.

—¡Pobrecita! Sí, la conocía. La he visto nacer y se ha criado en mis brazos.

—¿Y por qué se hace monja?

—Porque se vio sola en el mundo. Su padre y su madre murieron del cólera el mismo día, hace poco más de un año. El señor deán la vio huérfana y sin nadie que la ayudara. Por eso le dio el dote para que se hiciera monja. Y ya veis... ¿qué otra cosa podía hacer?

—¿Y quién era ella?

—La hija del administrador del conde de C..., al que yo serví hasta su muerte.

—¿Dónde vivía?

Cuando oí el nombre de la calle, no pude contener una exclamación de sorpresa.

Entonces, un hilo de luz ató mis vagos recuerdos. Es ese hilo de luz que corre rápido como la idea. Brilla en la oscuridad y la confusión de la mente. Reúne los puntos más lejanos y los relaciona entre sí de un modo maravilloso. Y todo lo comprendí, o creí comprenderlo.

. . . . . . .

Esta fecha que no tiene nombre no la escribí en ninguna parte... Mejor dicho, la llevo escrita en un lugar donde nadie más que yo la puede leer. Y de allí no se borrará nunca.

Algunas veces, al recordar estos hechos, me he preguntado una cosa. También me la he preguntado hoy mismo, al escribirlos aquí:

—Hay una hora misteriosa del atardecer en que la brisa de primavera entra hasta el fondo de los lugares más escondidos. Su suspiro es tibio y está lleno de perfumes, y lleva allí como una ráfaga de recuerdos del mundo. Algún día, a esa hora, ¿habrá suspirado alguna mujer al pasar por su imaginación el recuerdo de estas fechas? Quizá estaba sola, perdida en la penumbra de un claustro gótico. Quizá tenía la mano en la mejilla y el codo apoyado en el borde de una ventana ojival.

¡Quién sabe!

¡Oh! Y si ha suspirado, ¿dónde estará ese suspiro?

### Glosario

- **cartera de dibujo**: carpeta para llevar papeles y dibujos.
- **churrigueresco**: estilo de arte con muchísimos adornos, muy recargado.
- **ajimez, ajimeces**: ventana árabe dividida en dos por una columna pequeña.
- **celosías**: rejillas de madera en una ventana para ver sin ser visto.
- **claustro**: patio con arcos dentro de un convento.
- **mano de papel**: paquete de veinticinco hojas de papel.
- **napoleones**: monedas francesas que también se usaban en España.
- **jaramagos**: plantas silvestres de flores amarillas que crecen en las ruinas.
- **bastidores**: en un teatro, los lados del escenario que forman el decorado.
- **obleas**: hojas finas de pasta que se usaban para pegar papeles.
- **sinfonías**: obras largas de música para muchos instrumentos.
- **hiedra**: planta verde que sube y cubre muros y árboles.
- **retablo**: imagen o pintura religiosa en un altar o en una pared.
- **ojival**: con forma de arco en punta, como en las iglesias góticas.
- **gótico**: estilo de arte de la Edad Media, con arcos en punta.
- **campanillas**: flores pequeñas con forma de campana.
- **saeteras**: ventanas muy estrechas en un muro, para disparar flechas.
- **almenas**: piezas de piedra en forma de diente, en lo alto de una muralla o una torre.
- **mirador**: balcón cerrado desde el que se mira la calle.
- **toma de hábito**: ceremonia en que una mujer se hace monja.
- **reja**: barras de hierro que separan el coro de las monjas de la iglesia.
- **abadesa**: monja que dirige el convento.
- **grifos**: animales fantásticos, mitad águila y mitad león.
- **sílfide**: espíritu del aire, con forma de mujer.
- **sudario**: tela con la que se envuelve a un muerto.
- **deán**: sacerdote que dirige a los demás sacerdotes de una catedral.
- **dote**: dinero que se daba para entrar en un convento o para casarse.
- **cólera**: enfermedad muy grave y contagiosa.
- **crucifijo**: figura de Cristo en la cruz.
- **ojivas**: ventanas o arcos que terminan en punta, como en las iglesias góticas.
- **cirios**: velas grandes y largas de iglesia.
- **incienso**: sustancia que se quema en la iglesia y da un humo de buen olor.
- **suspirar**: echar el aire despacio y con ruido, por tristeza o por amor.

## La corza blanca

## I

En un pequeño lugar de Aragón, allá por los años de mil trescientos y pico, vivía un famoso caballero llamado don Dionís. Vivía retirado en su torre de señor. Había servido a su rey en la guerra contra los infieles. Ahora descansaba de las duras fatigas de los combates y se dedicaba a la caza, un ejercicio alegre.

Una vez, este caballero estaba cazando, su diversión favorita, con su hija. Por su belleza tan especial y su piel extraordinariamente blanca, a ella la llamaban la Azucena. Aquel día perseguían a un animal por el monte de su feudo, y el tiempo pasaba sin que se dieran cuenta. Por eso, durante las horas de la siesta, tuvieron que protegerse del sol en una cañada. Por ella corría un pequeño río, que saltaba de roca en roca con un ruido suave y agradable.

Don Dionís llevaba unas dos horas en aquel lugar delicioso. Estaba tumbado sobre la hierba menuda, a la sombra de una chopera. Charlaba como un amigo con sus monteros sobre lo que había pasado durante el día. Se contaban unos a otros las aventuras, más o menos curiosas, de su vida de cazadores. Entonces, desde lo alto de la cuesta más fuerte, empezó a oírse un sonido. Llegaba entre el ruido del viento que movía las hojas de los árboles, y cada vez estaba más cerca. Era el sonido de una campana pequeña, como la que lleva el animal que guía un rebaño.

Y así era. Poco después de oírse la campana, aparecieron hasta unos cien corderos, blancos como la nieve. Saltaban por entre las matas espesas de cantueso y tomillo, y bajaban a la otra orilla del río. Detrás de ellos apareció el zagal que los guiaba. Llevaba la caperuza bien calada para protegerse la cabeza de los rayos del sol, que caían de lleno. Y llevaba su hatillo al hombro, en la punta de un palo.

—A propósito de aventuras extraordinarias —exclamó al verlo uno de los monteros de don Dionís, dirigiéndose a su señor—, ahí tenéis a Esteban el zagal. Desde hace algún tiempo anda más tonto de lo que Dios lo hizo, que ya es bastante. Él os puede hacer pasar un rato divertido si os cuenta la causa de sus continuos sustos.

—¿Pues qué le pasa a ese pobre diablo? —exclamó don Dionís, con la curiosidad despierta.

—¡Casi nada! —añadió el montero en tono de burla—. Resulta que no nació en Viernes Santo, ni está marcado con la cruz. Tampoco tiene tratos con el demonio, por lo que se ve en sus costumbres de cristiano viejo. Y sin embargo, sin saber cómo ni por dónde, tiene el don más maravilloso que ha tenido ningún hombre. Solo Salomón tuvo uno parecido: dicen que sabía hasta el lenguaje de los pájaros.

—¿Y qué don maravilloso es ese?

—Pues es que, según él dice —siguió el montero—, los ciervos de estos montes se han puesto de acuerdo para no dejarlo en paz. Y lo jura y lo vuelve a jurar por todo lo más sagrado del mundo. Lo más gracioso es que más de una vez los ha sorprendido preparando entre ellos las burlas que le van a hacer. Y después de hacerle las burlas, ha oído las grandes carcajadas con que las celebran.

Mientras el montero decía esto, Constanza se había acercado al grupo de los cazadores. Así se llamaba la hermosa hija de don Dionís. Como ella mostró curiosidad por conocer la extraordinaria historia de Esteban, uno de los cazadores fue hasta el sitio donde el zagal daba de beber a su ganado. Y lo llevó ante su señor. El pobre muchacho estaba confuso y se le notaba la timidez. Para tranquilizarlo, don Dionís enseguida lo saludó por su nombre, con una sonrisa bondadosa.

Esteban era un muchacho de diecinueve a veinte años, fuerte, con la cabeza pequeña y hundida entre los hombros. Tenía los ojos pequeños y azules, y la mirada insegura y torpe, como la de los albinos. Tenía la nariz chata, los labios gruesos y entreabiertos y la frente baja. Su piel era blanca, pero oscurecida por el sol. El pelo le caía en parte sobre los ojos y en parte alrededor de la cara. Eran mechones ásperos y rojos, parecidos a las crines de un caballo flaco de color rojizo.

Así era Esteban, más o menos, por fuera. En cuanto a su carácter, se podía asegurar una cosa sin miedo a que nadie lo negara, ni él ni los que lo conocían. Era totalmente simple, aunque un poco desconfiado y malicioso, como buen campesino.

Cuando el zagal se recuperó de su confusión, don Dionís volvió a hablarle. Lo hizo con el tono más serio del mundo, y fingió un enorme interés por conocer los detalles de lo que había contado su montero. Le hizo muchísimas preguntas. Esteban empezó a contestar sin decir nada claro, como si quisiera evitar explicaciones sobre el asunto.

Pero su señor le hacía cada vez más preguntas, y Constanza le rogaba que hablara. Ella parecía la más curiosa y la más interesada en oír sus asombrosas aventuras. Por fin el pastor decidió hablar. Antes miró a su alrededor con desconfianza, como si temiera que lo oyeran otras personas además de las presentes. Y se rascó la cabeza tres o cuatro veces para reunir sus recuerdos y ordenar lo que iba a decir. Al fin empezó así:

—Pues resulta, señor, que hace poco fui a consultar mis dudas a un preste de Tarazona. Y él me dijo que con el diablo no se juega. Hay que tener la boca cerrada y rezar muchas y buenas oraciones a San Bartolomé, que es el que le conoce los puntos débiles. Y luego hay que dejarlo estar, porque Dios, que es justo y está allá arriba, se ocupará de todo.

Firme en esta idea, había decidido no volver a decir ni una palabra sobre el asunto a nadie, ni por nada. Pero hoy lo haré para satisfacer vuestra curiosidad. Y, a fe mía, si el diablo me lo tiene en cuenta y vuelve a molestarme para castigar mi indiscreción, llevo buenos Evangelios cosidos a la zamarra. Con su ayuda, creo que, como otras veces, el garrote me servirá de algo.

—Pero, vamos —exclamó don Dionís, impaciente por las vueltas que daba el zagal, que parecía que no iba a terminar nunca—. Déjate de rodeos y ve derecho al asunto.

—A eso voy —contestó Esteban con calma. Los corderos, que él no perdía de vista, empezaban a esparcirse por el monte. Por eso dio una gran voz y un silbido para que se juntaran. Luego volvió a rascarse la cabeza y siguió así—: Por una parte están vuestras continuas cacerías. Por otra, los cazadores furtivos, que no paran nunca. Con trampas o con ballestas, no dejan un animal vivo en veinte jornadas a la redonda. Por eso, hace poco, ya no quedaba caza en estos montes. No se encontraba en ellos ni un solo venado.

Yo hablaba de esto mismo en el pueblo. Estaba sentado en el porche de la iglesia, donde solía reunirme después de la misa del domingo con algunos peones. Son de los que trabajan la tierra de Veratón. Y algunos de ellos me dijeron:

—Pues, hombre, no sé por qué tú no los encuentras, porque nosotros te podemos asegurar que siempre que bajamos a los campos encontramos huellas. Sin ir más lejos, hace tres o cuatro días pasó una manada. Por las huellas, debía de tener más de veinte animales. Y se comió antes de tiempo un campo de trigo del santero de la Virgen del Romeral.

—¿Y hacia qué sitio iban las huellas? —les pregunté a los peones. Quería ver si me encontraba con la manada.

—Hacia la cañada de los cantuesos —me contestaron.

No olvidé el aviso. Aquella misma noche fui a esconderme entre los chopos para esperarlos. Durante toda la noche estuve oyendo el bramido de los ciervos, que se llamaban unos a otros. Los oía aquí y allá, unas veces lejos y otras cerca. De vez en cuando sentía moverse las ramas a mi espalda. Pero por mucho que abrí los ojos, la verdad es que no pude ver a ninguno.

Sin embargo, al amanecer llevé los corderos a beber a la orilla de este río. Fue a unos dos tiros de honda del sitio donde estamos. Era un lugar a la sombra de unos chopos. Allí no entra un rayo de sol ni a la hora de la siesta. En ese lugar encontré huellas recientes de los ciervos, algunas ramas rotas y el agua un poco turbia. Y lo más raro: entre las huellas de los animales, vi las huellas de unos pies pequeñitos. Eran como la mitad de la palma de mi mano, y no exagero nada.

Al decir esto, el muchacho miró sin pensar el pie de Constanza, como buscando algo para comparar. El pie asomaba por debajo de su vestido largo, con un precioso zapato de piel fina amarilla. Pero, al mismo tiempo que Esteban, también bajaron los ojos don Dionís y algunos de los monteros que lo rodeaban. Por eso la hermosa joven lo escondió rápidamente. Y exclamó con el tono más natural del mundo:

—¡Oh, no! Por desgracia, yo no los tengo tan pequeñitos, porque de ese tamaño solo los tienen las hadas, cuya historia nos cuentan los trovadores.

—Pues la cosa no acabó aquí —continuó el zagal cuando Constanza terminó—. Otra vez me puse en otro escondite. Por allí tenían que pasar sin duda los ciervos para ir a la cañada. Allá a eso de la medianoche me venció un poco el sueño. Pero no tanto como para no abrir los ojos cuando me pareció que las ramas se movían a mi alrededor. Abrí los ojos, como os digo, y me levanté con muchísimo cuidado. Puse atención a aquel ruido confuso, que sonaba cada vez más cerca. Y oí en las ráfagas del aire algo como gritos y cantos extraños, y carcajadas. También oí tres o cuatro voces distintas que hablaban entre sí. Hacían un ruido y un alboroto como el de las muchachas del pueblo. Ya sabéis, cuando vuelven en grupos de la fuente con sus cántaros en la cabeza, riendo y bromeando por el camino.

Las voces estaban cada vez más cerca. Las ramas crujían y se rompían para dejar paso a aquel grupo de locuelas. Por eso pensé que iban a salir de la espesura a un pequeño claro del monte. Era justo el sitio donde yo estaba escondido. Pero entonces, justo a mi espalda, oí una nueva voz. Estaba tan cerca de mí como yo estoy ahora de vosotros, o más. Era una voz fresca, fina y vibrante. Y dijo... creedlo, señores, esto es tan seguro como que me tengo que morir... dijo, clara y distintamente, estas mismas palabras:

*¡Por aquí, por aquí, compañeras,*

*que está ahí el bruto de Esteban!*

Al llegar a este punto del relato del zagal, los presentes ya no pudieron aguantar más la risa. Hacía rato que les bailaba en los ojos. Dejaron salir su buen humor y soltaron una carcajada enorme. Entre los primeros en empezar a reír y los últimos en terminar estuvieron don Dionís y su hija Constanza. Don Dionís, a pesar de su seriedad fingida, no pudo evitar unirse a la alegría general. Y Constanza, cada vez que miraba a Esteban, tan sorprendido y confuso, volvía a reírse como una loca. Se reía tanto que se le saltaban las lágrimas.

El zagal, por su parte, no se fijaba en el efecto de su relato. Parecía muy turbado e inquieto. Mientras los señores se reían a gusto de sus simplezas, él miraba a un lado y a otro, con claras muestras de miedo. Era como si quisiera descubrir algo a través de los troncos cruzados de los árboles.

—¿Qué es eso, Esteban? ¿Qué te pasa? —le preguntó uno de los monteros. Había notado que la inquietud del pobre muchacho era cada vez mayor. Unas veces fijaba sus ojos asustados en la risueña hija de don Dionís. Otras veces miraba a su alrededor con una expresión asombrada y tonta.

—Me pasa una cosa muy extraña —exclamó Esteban—. Después de oír esas palabras que os he contado, me levanté muy deprisa. Quería sorprender a la persona que las había dicho. Entonces salió una corza blanca como la nieve de entre las mismas matas donde yo estaba escondido. Daba unos saltos enormes por encima de los carrascales y los lentiscos. Y se alejó seguida de un grupo de corzas de su color normal. Ni estas ni la blanca que las guiaba bramaban al huir. Se reían con unas carcajadas cuyo eco, juraría yo, todavía me suena en los oídos en este momento.

—¡Bah!... ¡bah!... Esteban —exclamó don Dionís en tono de burla—. Sigue los consejos del preste de Tarazona. No hables de tus encuentros con los corzos amigos de burlas. No vaya a ser que el diablo haga que pierdas el poco juicio que tienes. Ya llevas los Evangelios y sabes las oraciones de San Bartolomé. Así que vuelve con tus corderos, que empiezan a escaparse por la cañada. Si los espíritus malos vuelven a molestarte, ya sabes el remedio: *Pater nóster* y garrotazo.

El zagal guardó en el zurrón medio pan blanco y un trozo de carne de jabalí. Y guardó en el estómago un buen trago de vino que le dio uno de los palafreneros, por orden de su señor. Después se despidió de don Dionís y de su hija. Apenas había dado cuatro pasos cuando empezó a hacer girar la honda. Quería reunir a los corderos tirándoles piedras.

En ese momento, don Dionís notó que ya habían pasado las horas de más calor. El vientecillo de la tarde empezaba a mover las hojas de los chopos y a refrescar los campos. Entonces ordenó a su gente que preparara los caballos, que pastaban sueltos por el soto cercano. Cuando todo estuvo listo, hizo una señal a unos para que soltaran a los perros. A otros les hizo una señal para que tocaran las trompas. Y todos salieron en tropel de la chopera para seguir con la caza interrumpida.

## II

Entre los monteros de don Dionís había uno llamado Garcés. Era hijo de un antiguo servidor de la familia, y por eso era el más querido de sus señores.

Garcés tenía más o menos la edad de Constanza. Desde muy niño se había acostumbrado a adelantarse al menor de sus deseos. Sabía adivinar y cumplir el más pequeño de sus caprichos.

En sus ratos libres se entretenía en afilar las agudas saetas de la ballesta de marfil de Constanza. Él domaba los potros que iba a montar su señora. Él enseñaba a sus lebreles favoritos los trucos de la caza y amaestraba a sus halcones. En las ferias de Castilla les compraba caperuzas rojas bordadas de oro.

Los otros monteros, los pajes y los criados de don Dionís no lo querían. Garcés era muy atento con su señora, y sus señores lo trataban con mucho aprecio. Eso le había ganado una especie de antipatía general. Garcés siempre se adelantaba a los caprichos de su señora. Los envidiosos decían que en todos esos cuidados se veía su carácter adulador y rastrero. Sin embargo, había algunos más listos o más maliciosos. Ellos creían ver en las atenciones constantes del joven algunas señales de un amor mal escondido.

Si era así, el amor secreto de Garcés tenía de sobra una disculpa: la incomparable hermosura de Constanza. Solo alguien con pecho de roca y corazón de hielo podía quedar indiferente a su lado, día tras día. Era una mujer única por su belleza y sus raros encantos.

En veinte leguas a la redonda la llamaban la *Azucena del Moncayo*. Y merecía bien este nombre. Era tan elegante, tan blanca y tan rubia que parecía que Dios la había hecho de nieve y oro, como a las azucenas.

Y sin embargo, entre los señores de la comarca se murmuraba algo. Decían que la hermosa señora de Veratón era muy bella, pero que su sangre no era tan limpia. A pesar de sus trenzas rubias y su piel de alabastro, decían que su madre había sido una gitana. Nadie pudo decir nunca qué había de cierto en estas murmuraciones, porque la verdad era que don Dionís había tenido una juventud bastante aventurera. Durante mucho tiempo luchó a las órdenes del rey de Aragón. Entre otros favores, consiguió de él el feudo del Moncayo. Después se marchó a Palestina, y allí anduvo de un lado a otro algunos años. Por último volvió a encerrarse en su castillo de Veratón con una hija pequeña. Sin duda la niña había nacido en aquellos países lejanos. Solo una persona habría podido decir algo sobre el origen misterioso de Constanza. Era el padre de Garcés, porque acompañó a don Dionís en sus viajes lejanos. Pero había muerto hacía bastante tiempo sin decir una sola palabra sobre el asunto. Ni siquiera se lo dijo a su propio hijo, que varias veces se lo había preguntado con gran interés.

Constanza tenía un carácter que cambiaba mucho: a veces era callada y melancólica, y otras veces alegre y bulliciosa. Tenía ideas extrañas y exaltadas, caprichos raros y costumbres nunca vistas. Y además tenía una particularidad: siendo blanca y rubia como el oro, tenía los ojos y las cejas negros como la noche. Todo esto daba motivo a los chismes de los vecinos. Incluso Garcés, que la trataba tan de cerca, había llegado a creer que su señora era algo especial. Pensaba que no se parecía a las demás mujeres.

Garcés había estado presente, como los otros monteros, cuando Esteban contó su historia. Quizá fue el único que escuchó con verdadera curiosidad los detalles de aquella aventura increíble. No pudo evitar sonreír cuando el zagal repitió las palabras de la corza blanca. Pero desde que salieron del soto donde habían descansado, empezó a dar vueltas en su cabeza a las ideas más absurdas.

—No hay duda de que eso de que las corzas hablan es pura imaginación de Esteban. Es un tonto completo —se decía el joven montero.

Mientras lo pensaba, iba montado en un fuerte caballo alazán, detrás del palafrén de Constanza, paso a paso. Ella también parecía un poco distraída y callada. Iba apartada del grupo de los cazadores y casi no tomaba parte en la fiesta.

—¿Pero quién dice que en lo que cuenta ese simple no hay algo de verdad? —siguió pensando el joven—. Cosas más extrañas hemos visto en el mundo. Y bien puede existir una corza blanca, porque, si hay que creer a las cantigas de esta tierra, San Huberto, patrón de los cazadores, tenía una. ¡Oh, si yo pudiera coger viva una corza blanca para regalársela a mi señora!

Pensando y pensando así pasó Garcés la tarde. El sol empezó a esconderse detrás de las lomas cercanas. Entonces don Dionís mandó a su gente volver al castillo. En ese momento Garcés se separó del grupo sin que nadie lo notara. Y se fue a buscar al zagal por la parte más espesa y enredada del monte.

Ya era casi de noche cuando don Dionís llegó a las puertas de su castillo. Enseguida le prepararon una cena ligera, y se sentó a la mesa con su hija.

—¿Y Garcés? ¿Dónde está? —preguntó Constanza. Había notado que su montero no estaba allí para servirla, como era su costumbre.

—No lo sabemos —contestaron enseguida los otros criados—. Desapareció de entre nosotros cerca de la cañada, y hasta ahora no lo hemos vuelto a ver.

En ese momento llegó Garcés, sin aliento y con la frente todavía cubierta de sudor. Pero traía la cara más alegre y satisfecha que se pueda imaginar.

—Perdonadme, señora —exclamó, dirigiéndose a Constanza—. Perdonadme si he faltado un momento a mi obligación. Pero allí de donde vengo, corriendo con mi caballo lo más rápido posible, solo me ocupaba en serviros, igual que aquí.

—¿En servirme? —repitió Constanza—. No comprendo lo que quieres decir.

—Sí, señora, en serviros —repitió el joven—. Porque he averiguado que es verdad: la corza blanca existe. Además de Esteban, otros pastores lo dan por seguro. Juran que la han visto más de una vez. Con su ayuda, y confiando en Dios y en mi patrón San Huberto, os la traeré al castillo. Será antes de tres días, viva o muerta.

—¡Bah!... ¡Bah! —exclamó Constanza en tono de burla. Los demás acompañaban sus palabras con risas más o menos disimuladas—. Déjate de cacerías nocturnas y de corzas blancas. Mira que al diablo le ha dado por tentar a los simples. Si te empeñas en seguirle los pasos, va a hacer que la gente se ría de ti, como del pobre Esteban.

—Señora —la interrumpió Garcés con una voz que se le cortaba. Intentaba esconder lo mejor posible la rabia que le daban las risas y las burlas de sus compañeros—. Yo nunca me he encontrado con el diablo, así que todavía no sé cómo se porta. Pero os juro una cosa: conmigo podrá hacerlo todo menos que la gente se ría de mí. Porque ese privilegio solo os lo permito a vos.

Constanza vio el efecto que su burla había causado en el joven enamorado. Pero quería poner a prueba su paciencia hasta el final, y volvió a decir en el mismo tono:

—¿Y si, al dispararle, te saluda con una risa como la que oyó Esteban? ¿Y si se ríe en tu cara? ¿Y si, al oír sus carcajadas sobrenaturales, se te cae la ballesta de las manos? Y antes de que te recuperes del susto, la corza blanca ya ha desaparecido, más rápida que un relámpago.

—¡Oh! —exclamó Garcés—. En cuanto a eso, estad segura de una cosa. Si la encuentro a tiro de ballesta, no se irá sin una flecha en el cuerpo. Aunque me haga más gestos graciosos que un juglar. Aunque me hable, y no en romance, sino en latín, como el abad de Munilla.

En este punto de la conversación intervino don Dionís. Hablaba con una seriedad desesperante, pero detrás de ella se adivinaba toda la ironía de sus palabras. Empezó a darle al pobre muchacho, ya bastante atormentado, los consejos más originales del mundo. Eran consejos para el caso de que se encontrara cara a cara con el demonio convertido en corza blanca. A cada nueva ocurrencia de su padre, Constanza miraba al afligido Garcés y se echaba a reír como una loca. Mientras, los otros criados aumentaban la burla con miradas de complicidad y con una alegría mal escondida.

Esta escena duró mientras duró la cena. La credulidad del joven montero fue, por decirlo así, el tema obligado de la diversión general. Por fin quitaron los manteles. Don Dionís y Constanza se retiraron a sus habitaciones, y toda la gente del castillo se fue a descansar. Por todo eso, Garcés se quedó un largo rato sin saber qué hacer. Dudaba si seguir firme en su plan, a pesar de las burlas de sus señores, o abandonar del todo la empresa.

—¡Qué diantre! —exclamó, saliendo de sus dudas—. No me puede pasar nada peor de lo que ya me ha pasado. Y si, al contrario, es verdad lo que nos ha contado Esteban... ¡oh, entonces, cómo voy a disfrutar de mi triunfo!

Dicho esto, preparó su ballesta. Antes hizo la señal de la cruz en la punta de la flecha. Se colgó la ballesta a la espalda y se dirigió a la puerta trasera del castillo para tomar el camino del monte.

Garcés llegó a la cañada, al punto donde, según las instrucciones de Esteban, debía esperar a las corzas. En ese momento la luna empezaba a subir lentamente por detrás de los montes cercanos.

Era un buen cazador, con experiencia en el oficio. Por eso no eligió enseguida un sitio para esconderse a esperar a los animales. Antes estuvo un buen rato yendo de aquí para allá. Examinó las trochas y los senderos cercanos, la posición de los árboles y las formas del terreno. También examinó las curvas del río y la profundidad de sus aguas.

Por último terminó este examen detallado del lugar. Entonces se agachó en una pequeña cuesta junto a unos chopos de copas altas y oscuras. A su pie crecían unas matas de lentisco, bastante altas para esconder a un hombre tumbado en el suelo.

El río nacía en unas rocas cubiertas de musgo. Desde allí bajaba siguiendo las curvas del Moncayo y entraba en la cañada por una ladera. Después se deslizaba bañando el pie de los sauces que daban sombra a su orilla. O jugaba con un ruido alegre entre las piedras redondas del monte. Al final caía en una hondonada, cerca del lugar donde se escondía el montero.

Alrededor del remanso del río había un muro espeso de hojas. Lo formaban los álamos, cuyas hojas de plata movía el aire con un ruido dulcísimo. Lo formaban los sauces, que se inclinaban sobre el agua limpia y mojaban en ella las puntas de sus ramas caídas. Y lo formaban los carrascales espesos, por cuyos troncos subían y se enredaban las madreselvas y las campanillas azules.

El viento movía aquellos grandes techos de hojas, que daban sombra a su alrededor. Y a ratos dejaba entrar un rayo de luz, como a escondidas. El rayo brillaba como un relámpago de plata sobre el agua quieta y profunda.

Garcés estaba escondido detrás de las matas. Tenía el oído atento al ruido más pequeño. Y tenía la vista clavada en el punto donde, según sus cálculos, debían aparecer las corzas. Así esperó mucho tiempo, pero en vano.

A su alrededor todo seguía en una calma profunda.

Hasta entonces, el joven enamorado había estado entretenido pensando en las ideas más agradables. Pero poco a poco empezó a sentir que sus ideas se formaban más despacio. Sus pensamientos se volvían más ligeros y menos claros. Quizá era el peso de la noche, que ya había pasado de la mitad. O quizá era el ruido lejano del agua, el fuerte perfume de las flores silvestres y las caricias del viento. Todo eso le contagiaba la dulce somnolencia que parecía llenar toda la naturaleza.

Se quedó un instante flotando en ese espacio vago que hay entre la vigilia y el sueño. Al fin cerró los ojos, dejó caer la ballesta de las manos y se quedó profundamente dormido.

. . . . . . .

El joven montero llevaba ya unas dos o tres horas roncando a pierna suelta. Disfrutaba a gusto de uno de los sueños más tranquilos de su vida. De repente abrió un poco los ojos, asustado. Se levantó a medias, todavía con esa confusión de quien despierta de pronto de un sueño profundo.

En las ráfagas del aire, mezclado con los suaves ruidos de la noche, le pareció oír un rumor extraño. Eran voces finas, dulces y misteriosas que hablaban entre sí. Reían o cantaban, cada una por su lado y cada una una cosa diferente. Formaban un alboroto ruidoso y confuso. Era como el de los pájaros que despiertan entre las hojas de una alameda con el primer rayo de sol.

Este ruido extraño solo se oyó un instante. Después todo volvió a quedar en silencio.

—Sin duda soñaba con las tonterías que nos contó el zagal —exclamó Garcés, frotándose los ojos con mucha calma.

Estaba convencido de que lo que había creído oír era solo la huella vaga de un sueño. Esa huella queda en la imaginación al despertar, como queda en el oído el último ritmo de una melodía. Queda incluso después de que la última nota se ha apagado temblando. Sus miembros estaban dominados por un cansancio invencible. Iba a apoyar otra vez la cabeza sobre la hierba cuando volvió a oír el eco lejano de aquellas voces misteriosas. Se acompañaban del rumor del aire, del agua y de las hojas, y cantaban así:

CORO

«El arquero que vigilaba en lo alto de la torre ha apoyado su pesada cabeza en el muro.

»Al cazador furtivo que esperaba sorprender al animal, lo ha sorprendido el sueño.

»El pastor que espera el día mirando las estrellas duerme ahora, y dormirá hasta el amanecer.

»Reina de las ondinas, sigue nuestros pasos.

»Ven a mecerte en las ramas de los sauces, sobre la superficie del agua.

»Ven a emborracharte con el perfume de las violetas que se abren entre las sombras.

»Ven a disfrutar de la noche, que es el día de los espíritus.»

Mientras las suaves notas de aquella deliciosa música flotaban en el aire, Garcés se quedó quieto, sin moverse. Cuando la música desapareció, apartó un poco las ramas con mucho cuidado. Y, no sin cierto susto, vio aparecer a las corzas. Bajaban del monte en grupo, hacia el remanso del río. A veces saltaban las matas con una ligereza increíble. Otras veces se paraban, como para escuchar. Jugaban entre ellas, y tan pronto se escondían en la espesura como volvían a salir al sendero.

Delante de sus compañeras iba la corza blanca. Era más ágil, más bonita, más juguetona y más alegre que todas. Saltaba, corría, se paraba y volvía a correr, de modo que parecía no tocar el suelo con las patas. Su extraño color destacaba como una luz fantástica sobre el fondo oscuro de los árboles.

El joven estaba dispuesto a ver algo sobrenatural y maravilloso en todo lo que lo rodeaba. Pero la verdad era otra. Por un instante había tenido una alucinación que le había hecho oír músicas, ruidos y palabras. Aparte de eso, no había nada extraño. Ni la forma de las corzas, ni sus movimientos, ni los cortos bramidos con que parecían llamarse tenían nada raro. Todo era muy conocido para un cazador con experiencia en estas salidas nocturnas.

Al pasar la primera impresión, Garcés empezó a comprenderlo así. Se rió por dentro de su incredulidad y de su miedo. Desde ese momento solo pensó en calcular dónde estaban las corzas, según la dirección que seguían.

Hecho el cálculo, se puso la ballesta entre los dientes. Se arrastró como una culebra por detrás de los lentiscos y fue a colocarse unos cuarenta pasos más lejos. Ya en su nuevo escondite, esperó el tiempo necesario para que las corzas estuvieran dentro del río. Así el tiro sería más seguro. Enseguida empezó a oírse ese ruido especial del agua cuando la golpean o la mueven con fuerza. Entonces Garcés empezó a levantarse poco a poco, con muchísimo cuidado. Primero se apoyó en el suelo con la punta de los dedos, y después con una rodilla.

Ya de pie, comprobó a tientas que el arma estaba preparada. Dio un paso adelante y estiró el cuello por encima de los arbustos para ver el remanso. Y apuntó con la ballesta. Pero, al mismo tiempo, buscó con la vista el blanco al que iba a herir. Y en ese momento se le escapó un grito de asombro, débil e involuntario.

La luna había ido subiendo lentamente por el ancho horizonte. Ahora estaba quieta, como colgada en la mitad del cielo. Su luz dulce llenaba el soto y hacía brillar la superficie inquieta del río. Hacía ver las cosas como a través de una gasa azul.

Las corzas habían desaparecido.

En su lugar, Garcés vio, lleno de asombro y casi de miedo, un grupo de mujeres bellísimas. Unas entraban jugando en el agua. Otras terminaban de quitarse las túnicas ligeras que todavía escondían el tesoro de su cuerpo a la mirada llena de deseo.

A veces, por la mañana, se tienen sueños ligeros y cortados, llenos de imágenes alegres y sensuales. Son sueños claros y celestes, como la luz que empieza a pasar entonces por las cortinas blancas de la cama. Pero nunca una imaginación de veinte años ha pintado en ellos una escena como esta. Era la escena que veía en ese momento el sorprendido Garcés.

Las muchachas ya se habían quitado sus túnicas y sus velos de mil colores. Unos colgaban de los árboles y destacaban sobre el fondo. Otros estaban tirados sin cuidado sobre la alfombra de hierba. Las muchachas andaban a su gusto por el soto, en grupos pintorescos. Entraban y salían del agua, y la hacían saltar en chispas de luz sobre las flores de la orilla. Parecía una fina lluvia de rocío.

Aquí, una de ellas, blanca como la lana de un cordero, sacaba su cabeza rubia del agua. La sacaba entre las hojas verdes y flotantes de una planta acuática, y parecía una flor medio abierta de esa planta. Su tallo flexible casi no se veía. Más bien se adivinaba, temblando bajo los infinitos círculos de luz de las olas.

Allá, otra tenía el pelo suelto sobre los hombros. Se mecía colgada de la rama de un sauce, sobre la corriente del río. Sus pequeños pies de color de rosa rozaban el agua lisa al pasar y dibujaban en ella una raya de plata. Unas seguían tumbadas al borde del agua, con los ojos azules medio dormidos. Respiraban con placer el perfume de las flores y temblaban un poco al sentir la brisa fresca. Mientras tanto, otras bailaban en un corro rapidísimo. Unían sus manos de forma caprichosa y dejaban caer la cabeza hacia atrás, abandonadas al placer. Y golpeaban el suelo con los pies, siguiendo el ritmo.

Era imposible seguirlas en sus movimientos ágiles. Era imposible ver de una sola mirada los infinitos detalles del cuadro que formaban. Unas corrían, jugaban y se perseguían con risas alegres por el laberinto de los árboles. Otras cruzaban el agua como un cisne, y rompían la corriente con el pecho levantado. Otras, en fin, se hundían hasta el fondo y se quedaban allí mucho rato. Luego volvían a la superficie con una de esas flores extrañas que nacen escondidas en el fondo de las aguas profundas.

La mirada sorprendida del montero iba de un lado a otro sin saber dónde fijarse. Por fin vio a una joven sentada bajo un techo de hojas verdes, que parecía servirle de dosel. La rodeaba un grupo de mujeres, cada una más bella que la otra. La ayudaban a quitarse sus ligerísimos vestidos. Y Garcés creyó ver en ella al objeto de su amor secreto. Era la hija del noble don Dionís, la incomparable Constanza.

Iba de sorpresa en sorpresa. El joven enamorado ya no se atrevía a creer ni lo que veían sus ojos. Creía estar bajo el poder de un sueño hechizante y engañoso.

Sin embargo, intentaba en vano convencerse de que todo lo que veía era un engaño de su imaginación. Porque cuanto más la miraba, y más despacio, más seguro estaba de que aquella mujer era Constanza.

No podía haber duda, no. Eran suyos aquellos ojos oscuros con largas pestañas. Las pestañas casi no bastaban para apagar la luz de sus pupilas. Era suyo aquel pelo rubio y abundante. Coronaba su frente y caía por su blanco pecho y sus hombros redondos como una cascada de oro. Eran suyos, en fin, aquel cuello elegante y aquella cabeza lánguida que sostenía. Estaba un poco inclinada, como una flor que se dobla bajo el peso de las gotas de rocío. Eran suyas aquellas formas sensuales que él quizá había soñado. Eran suyas aquellas manos como ramitos de jazmines. Y eran suyos aquellos pies diminutos. Solo se podían comparar con dos trozos de nieve que el sol no ha podido derretir. Por la mañana, esos trozos de nieve brillan blancos entre la hierba verde.

Constanza salió del bosquecillo. No llevaba ningún velo que escondiera a su enamorado los tesoros secretos de su belleza. En ese momento, sus compañeras empezaron otra vez a cantar con una melodía dulcísima:

CORO

«Genios del aire, que vivís en el éter luminoso, venid envueltos en un jirón de niebla de plata.

»Silfos invisibles, dejad el cáliz de los lirios entreabiertos. Venid en vuestros carros de nácar, de los que tiran las mariposas.

»Larvas de las fuentes, dejad vuestra cama de musgo y caed sobre nosotras como una fina lluvia de perlas.

»Escarabajos de esmeralda, luciérnagas de fuego, mariposas negras, ¡venid!

»Y venid todos vosotros, espíritus de la noche. Venid zumbando como un enjambre de insectos de luz y de oro.

»Venid, que ya el astro que protege los misterios brilla en toda su hermosura.

»Venid, que ha llegado el momento de las transformaciones maravillosas.

»Venid, que las que os aman os esperan impacientes.»

Garcés seguía quieto. Al oír aquellos cantos misteriosos, sintió que la serpiente de los celos le mordía el corazón. Obedeció a un impulso más fuerte que su voluntad. Quería romper de una vez el hechizo que engañaba sus sentidos. Con mano temblorosa y nerviosa, apartó las ramas que lo escondían. Y de un solo salto se puso en la orilla del río. El hechizo se rompió y todo desapareció como el humo. Miró a su alrededor, pero solo vio y oyó el alboroto de las tímidas corzas. Las había sorprendido en lo mejor de sus juegos nocturnos, y huían asustadas al verlo. Una por aquí, otra por allá, unas saltaban las matas y otras corrían a toda prisa por la trocha del monte.

—¡Oh! Ya decía yo que todas estas cosas no eran más que engaños del diablo —exclamó entonces el montero—. Pero por suerte, esta vez ha sido un poco torpe. Me ha dejado entre las manos la mejor presa.

Y así era. La corza blanca había querido escapar por el soto y se había metido en el laberinto de árboles. Pero se había enredado en una red de madreselvas, y luchaba en vano por soltarse. Garcés le apuntó con la ballesta. Pero en el mismo momento en que iba a herirla, la corza se volvió hacia el montero. Con voz clara y aguda, lo detuvo con un grito:

—Garcés, ¿qué haces?

El joven dudó. Después de un instante, dejó caer el arma al suelo. Le asustaba solo la idea de haber podido herir a su amada. Una carcajada sonora y aguda lo sacó al fin de su asombro. La corza blanca había aprovechado aquellos instantes para terminar de soltarse. Y huyó, rápida como un relámpago, riéndose de la burla que le había hecho al montero.

—¡Ah, condenado monstruo de Satanás! —dijo él con una voz terrible, mientras recogía la ballesta rapidísimo—. Muy pronto has cantado victoria. Muy pronto te has creído fuera de mi alcance.

Y, diciendo esto, disparó la flecha. Salió silbando y se perdió en la oscuridad del soto. Al mismo tiempo, desde el fondo del soto llegó un grito. Después se oyeron unos gemidos ahogados.

—¡Dios mío! —exclamó Garcés al oír aquellos lamentos de angustia—. ¡Dios mío, si será verdad!

Fuera de sí, como loco, casi sin darse cuenta de lo que hacía, corrió hacia donde había disparado la flecha. Era la misma dirección de donde venían los gemidos. Al fin llegó. Pero al llegar, el pelo se le erizó de horror y las palabras se le quedaron atadas en la garganta. Tuvo que agarrarse al tronco de un árbol para no caer al suelo.

Constanza, herida por su mano, se moría allí, ante sus ojos. Se revolcaba en su propia sangre, entre las zarzas puntiagudas del monte.

### Glosario

- **corza**: hembra del corzo, un ciervo pequeño.
- **ciervos**: animales grandes del monte, de patas largas; los machos tienen cuernos.
- **carcajadas**: risas muy fuertes.
- **peones**: hombres que trabajan la tierra de otro.
- **caperuza**: gorro que termina en punta.
- **zagal**: pastor joven.
- **cañada**: valle pequeño entre montes.
- **chopera**: lugar con muchos chopos, unos árboles altos.
- **monteros**: hombres que organizan la caza de un señor.
- **feudo**: tierras que un rey daba a un noble.
- **preste**: sacerdote.
- **zamarra**: chaqueta de piel de oveja.
- **garrote**: palo grueso.
- **palafrén**: caballo tranquilo que montaban las damas.
- **alazán**: de color rojizo, como la canela (se dice de los caballos).
- **ballesta**: arma antigua que dispara flechas cortas.
- **sauces**: árboles de ramas largas que caen hacia el agua.
- **madreselvas**: plantas que suben por los árboles y tienen flores que huelen bien.
- **túnicas**: vestidos sencillos y largos.
- **gemidos**: sonidos de dolor, como quejas.
- **juglar**: artista que cantaba y hacía juegos por los pueblos.
- **romance**: aquí, la lengua que hablaba el pueblo, el castellano.
- **trocha**: camino estrecho en el monte.
- **lentisco**: arbusto verde que crece en el monte.
- **remanso**: lugar del río donde el agua está quieta.
- **carrascales**: lugares con muchas carrascas, unas encinas pequeñas.
- **ondinas**: espíritus femeninos que viven en el agua.
- **silfos**: espíritus del aire.
- **larvas**: aquí, espíritus o fantasmas.

## La rosa de pasión

Una tarde de verano, en un jardín de Toledo, una muchacha muy buena y muy bonita me contó esta extraña historia.

Mientras me explicaba el misterio de la forma especial de la flor, besaba sus hojas y sus pistilos. Los iba arrancando uno a uno de la flor que da su nombre a esta leyenda.

Si yo pudiera contarla con el suave encanto y la tierna sencillez que tenía en su boca, os emocionaría. Os emocionaría como a mí me emocionó la historia de la pobre Sara.

Como no es posible, aquí va lo que recuerdo en este momento de esa tradición.

## I

En una de las calles más estrechas, oscuras y llenas de curvas de la ciudad imperial vivía hace muchos años un judío llamado Daniel Leví. Su casa estaba metida y casi escondida entre dos edificios. A un lado estaba la alta torre morisca de una antigua parroquia mozárabe. Al otro estaban los muros oscuros y con escudos de una casa noble. La casa era pequeña, oscura y miserable, como su dueño.

Este judío era rencoroso y vengativo como todos los de su raza, pero más que ninguno engañador e hipócrita.

Según los rumores de la gente, era dueño de una enorme fortuna. Sin embargo, se le veía todo el día agachado en el portal oscuro de su casa. Allí arreglaba y limpiaba cadenitas de metal, cinturones viejos o arreos rotos. Con estas cosas hacía mucho negocio con los pícaros de Zocodover, las revendedoras del Postigo y los escuderos pobres.

Odiaba sin piedad a los cristianos y todo lo que fuera de ellos. Pero nunca pasaba junto a un caballero importante o un canónigo de la Primada sin quitarse el gorrito sucio. Se lo quitaba una vez y hasta diez veces. Ese gorrito cubría su cabeza calva y amarilla. Y cuando un cliente habitual entraba en su tiendecita, lo agobiaba con saludos humildes y sonrisas aduladoras.

La sonrisa de Daniel se había hecho famosa en todo Toledo. Su paciencia no tenía límites. Aguantaba las bromas más pesadas y las burlas de sus vecinos.

Los muchachos, para desesperarlo, tiraban piedras a su casucha, pero era inútil. Los pajes y hasta los hombres de armas del palacio cercano intentaban molestarlo con los peores insultos. Las viejas devotas del barrio se santiguaban al pasar por su puerta, como si vieran al mismo Lucifer en persona. Pero todo era en vano. Daniel sonreía siempre con una sonrisa extraña, imposible de describir. Sus labios delgados y hundidos se estiraban bajo su nariz enorme y curva, como el pico de un aguilucho. De sus ojos pequeños, verdes y redondos, casi escondidos entre las cejas espesas, salía una chispa de rabia mal contenida. Pero él seguía tranquilo, golpeando con su martillito de hierro sobre el yunque. Allí arreglaba las mil baratijas oxidadas de su negocio, que no parecían servir para nada.

Sobre la puerta de la casucha del judío se abría un ajimez árabe, dentro de un marco de azulejos de colores vivos. Era un resto de las antiguas construcciones de los moros de Toledo. Una columnita de mármol lo partía en dos huecos iguales. Desde el interior de la casa subía una planta trepadora. Se enredaba por los bordes calados del ajimez y por la columnita. Era una de esas plantas que se mecen verdes, llenas de savia y de vida, sobre los muros negros de los edificios en ruinas.

Aquel ajimez era la única ventana en la pared llena de musgo y de grietas de la calle estrecha. Por sus huecos estrechos entraba una luz débil en una parte de la casa. Allí vivía Sara, la hija preferida de Daniel.

Los vecinos del barrio pasaban a veces por delante de la tienda del judío. Veían por casualidad a Sara detrás de las celosías de su ajimez morisco y a Daniel agachado junto a su yunque. Entonces exclamaban en voz alta, admirados de la belleza de la joven hebrea:

—¡Parece mentira que de un tronco tan miserable haya salido una rama tan hermosa!

Porque Sara era de verdad una maravilla de belleza. Tenía los ojos grandes, rodeados por un círculo oscuro de pestañas negras. En el fondo brillaba la luz de su pupila ardiente, como una estrella en el cielo de una noche oscura. Sus labios, encendidos y rojos, parecían cortados de una tela de púrpura por las manos invisibles de un hada. Su piel era blanca, pálida y transparente, como el alabastro de la estatua de una tumba. Tenía apenas dieciséis años. Pero en su cara ya se veía esa dulce tristeza de las mentes que maduran pronto. Y ya se le escapaban del pecho y de la boca esos suspiros que anuncian el despertar todavía vago del deseo.

Los judíos más ricos de la ciudad, enamorados de su belleza maravillosa, la habían pedido en matrimonio. Pero ella no hacía caso de los homenajes de sus admiradores. Tampoco hacía caso de los consejos de su padre. Él le insistía en que eligiera un esposo antes de quedarse sola en el mundo. Pero ella seguía encerrada en un profundo silencio. Para explicar su extraña conducta, solo decía que quería seguir libre. Por fin, uno de sus admiradores se cansó de sus desprecios. Además sospechaba que su tristeza continua era una señal segura de algún secreto importante en su corazón. Un día se acercó a Daniel y le dijo:

—¿Sabes, Daniel, que entre nuestros hermanos se murmura de tu hija?

El judío levantó un instante los ojos del yunque y dejó de martillear. Sin mostrar la menor emoción, le preguntó:

—¿Y qué dicen de ella?

—Dicen —siguió el otro—, dicen... qué sé yo... muchas cosas... Entre otras, que tu hija está enamorada de un cristiano...

Al llegar a este punto, el enamorado rechazado por Sara se calló. Quería ver el efecto que sus palabras causaban en Daniel.

Daniel levantó otra vez los ojos y lo miró fijamente un rato, sin decir nada. Luego bajó de nuevo la vista para seguir con su trabajo, y exclamó:

—¿Y quién dice que eso no es una calumnia?

—Lo dice quien los ha visto hablar más de una vez en esta misma calle. Fue mientras tú estabas en el sanedrín secreto de nuestros rabinos —insistió el joven hebreo.

Estaba sorprendido. Primero había dicho sus sospechas y después sus afirmaciones, pero nada parecía afectar a Daniel.

Daniel no dejó su trabajo. Tenía la mirada fija en el yunque. Había dejado a un lado el martillo y ahora pulía con una pequeña lima el broche de metal de un arreo. Empezó a hablar en voz baja y entrecortada. Parecía que sus labios repetían sin querer las ideas que pasaban por su mente.

—¡Je! ¡je! ¡je! —decía, riéndose de una manera extraña y diabólica—. ¿Así que un perro cristiano piensa quitarme a mi Sara? ¿A mi Sara, el orgullo de la tribu, el bastón en que se apoya mi vejez?... ¿Y vosotros creéis que lo hará? ¡Je! ¡je!

Seguía hablando para sí y riéndose. Mientras, la lima chirriaba cada vez con más fuerza, mordiendo el metal con sus dientes de acero.

—¡Je! ¡je! «Pobre Daniel», dirán los míos, «¡ya está chocheando! ¿Para qué quiere ese viejo, débil y medio muerto, una hija tan hermosa y tan joven? ¡Si no sabe guardarla de los ojos codiciosos de nuestros enemigos!»... ¡Je! ¡je! ¡je! ¿Crees tú, acaso, que Daniel duerme? Quizá mi hija tiene un amante, que bien puede ser. Y quizá ese amante es cristiano e intenta seducirla, y la seduce, que todo es posible. Y quizá piensa huir con ella, que también es fácil. Y quizá huye mañana, por ejemplo, que eso está dentro de lo humano. ¿Crees tú que Daniel se dejará quitar así su tesoro? ¿Crees tú que no sabrá vengarse?

—Pero —exclamó el joven, interrumpiéndolo—, ¿acaso sabéis...?

—Sé —dijo Daniel, levantándose y dándole un golpecito en la espalda—, sé más que tú. Tú no sabes nada, y no sabrías nada si no hubiera llegado la hora de decirlo todo... Adiós. Avisa a nuestros hermanos para que se reúnan cuanto antes. Esta noche, dentro de una o dos horas, yo estaré con ellos. ¡Adiós!

Y diciendo esto, Daniel empujó suavemente al otro hacia la calle. Recogió sus herramientas muy despacio y empezó a cerrar la puerta de la tiendecita con dobles cerrojos y aldabas.

La puerta chirrió sobre sus bisagras duras al cerrarse. Ese ruido impidió que el joven, que se alejaba, oyera otro ruido: el de las celosías del ajimez. En ese momento cayeron de golpe, como si la joven judía acabara de apartarse de la ventana.

## II

Era la noche de Viernes Santo. Los habitantes de Toledo habían asistido a las tinieblas en su magnífica catedral. Ahora acababan de irse a dormir, o contaban junto al fuego viejos cuentos. Contaban cuentos como el del *Cristo de la Luz*. Unos judíos lo robaron, y dejó un rastro de sangre que sirvió para descubrir el crimen. O contaban la historia del *Santo Niño de la Guarda*. En aquel niño, los implacables enemigos de nuestra fe repitieron la cruel Pasión de Jesús. En la ciudad había un profundo silencio. A ratos lo rompían las voces lejanas de los guardias nocturnos, que en aquella época vigilaban alrededor del alcázar. Otras veces lo rompían los gemidos del viento, que hacía girar las veletas de las torres o zumbaba por las curvas de las calles.

Entonces el dueño de una barca pequeña vio acercarse a alguien a la orilla. La barca estaba atada a un poste cerca de los molinos. Esos molinos parecen metidos al pie de las rocas que baña el Tajo, y sobre ellas está la ciudad. La persona bajaba con dificultad por uno de los senderos estrechos que van desde lo alto de las murallas al río. Parecía que el barquero la esperaba con impaciencia.

—¡Es ella! —murmuró el barquero entre dientes—. ¡Parece que esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos!... ¿Dónde diablos habrán quedado con Satanás, que todos vienen a mi barca teniendo tan cerca el puente?... No, no irán a nada bueno, si así evitan encontrarse cara a cara con los hombres de armas de San Servando... Pero, en fin, me hacen ganar buen dinero. Allá ellos con su alma, que yo no tengo nada que ver.

Diciendo esto, el buen hombre se sentó en su barca y preparó los remos. Sara saltó a la barca. Era ella la persona a quien, al parecer, esperaba. Entonces el barquero soltó la cuerda que la sujetaba y empezó a remar hacia la otra orilla.

—¿Cuántos han pasado esta noche? —preguntó Sara al barquero en cuanto se alejaron de los molinos. Parecía hablar de algo que ya habían tratado antes.

—No los he podido ni contar —respondió el barquero—. ¡Un enjambre!... Parece que esta noche será la última que se reúnen.

—¿Y sabes de qué tratan, y para qué salen de la ciudad a estas horas?

—No lo sé... Pero lo cierto es que esperan a alguien que debe llegar esta noche... No sé para qué lo esperarán, aunque me imagino que no es para nada bueno.

Después de esta breve conversación, Sara se quedó unos instantes en un profundo silencio. Parecía intentar ordenar sus ideas.

—No hay duda —pensaba—. Mi padre ha descubierto nuestro amor y prepara alguna venganza horrible. Tengo que saber adónde van, qué hacen, qué quieren hacer. Un momento de duda podría perderlo a él.

Sara se puso de pie un instante. Se pasó la mano por la frente, como para alejar las horribles dudas que la preocupaban. La angustia le había cubierto la frente de un sudor helado. En ese momento la barca llegaba a la otra orilla.

—Buen hombre —exclamó la hermosa hebrea, tirándole algunas monedas. Le señaló un camino estrecho y lleno de curvas que subía en curvas entre las rocas—. ¿Es ese el camino que siguen?

—Ese es. Y cuando llegan a la *Cabeza del Moro*, desaparecen por la izquierda. Después, el diablo y ellos sabrán adónde van —respondió el barquero.

Sara se alejó en la dirección que él le había indicado. Durante algunos minutos se la vio aparecer y desaparecer entre aquel oscuro laberinto de rocas cortadas a pico. Luego llegó a la cima llamada la *Cabeza del Moro*. Su silueta negra se dibujó un instante sobre el fondo azul del cielo. Y por último desapareció entre las sombras de la noche.

## III

En el camino donde hoy está la pintoresca ermita de la Virgen del Valle había entonces unas ruinas. Estaban a unos dos tiros de ballesta del pico que la gente de Toledo llama la *Cabeza del Moro*. Eran los restos de una iglesia bizantina, más antigua que la conquista de los árabes.

Algunas piedras grandes esparcidas por el suelo marcaban la forma del atrio. Allí crecían zarzas y malas hierbas. Entre ellas había cosas medio escondidas. Había, aquí y allá, el capitel roto de una columna o una piedra tallada toscamente. Las piedras tenían hojas entrelazadas, monstruos horribles o grotescos y figuras humanas sin forma. Del templo solo quedaban en pie los muros de los lados y algunos arcos rotos y cubiertos de hiedra.

Sara llegó al punto que le había señalado el barquero. Parecía guiarla un presentimiento sobrenatural. Dudó unos instantes, sin saber qué camino seguir. Pero por fin se dirigió con paso firme y decidido hacia las ruinas abandonadas de la iglesia.

Y su instinto no la había engañado. Daniel estaba allí. Ya no sonreía. Ya no era el viejo débil y humilde. Sus ojos pequeños y redondos echaban rabia, y parecía movido por el espíritu de la venganza. Lo rodeaba una multitud que, como él, deseaba saciar su sed de odio en uno de los enemigos de su religión. Daniel parecía estar en todas partes a la vez. Daba órdenes a unos y animaba a otros en el trabajo. Preparaba, con un cuidado horrible, todo lo necesario para la obra espantosa. Llevaba días y días pensando en ella mientras golpeaba tranquilo el yunque en su casucha de Toledo.

Gracias a la oscuridad, Sara había conseguido llegar hasta el atrio de la iglesia. Al mirar hacia dentro, tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no gritar de horror. Había una hoguera, y su luz rojiza proyectaba en los muros la forma de aquel círculo infernal. A esa luz, le pareció ver a algunos que intentaban levantar una cruz pesada. Otros tejían una corona con ramas de zarza. Otros aplastaban sobre una piedra las puntas de enormes clavos de hierro. Una idea espantosa pasó por su mente. Recordó que a los de su raza los habían acusado más de una vez de crímenes misteriosos. Recordó vagamente la terrible historia del *Niño Crucificado*. Hasta entonces, ella había creído que era una grosera calumnia, inventada por el pueblo para insultar y ofender a los hebreos.

Pero ya no tenía ninguna duda. Allí, delante de sus ojos, estaban aquellos horribles instrumentos de martirio. Y los feroces verdugos solo esperaban a la víctima.

Sara se llenó de una santa indignación y de una ira generosa. La animaba esa fe firme en el verdadero Dios que su amante le había revelado. Al ver aquel espectáculo, no pudo contenerse. Se abrió paso entre las matas que la escondían y apareció de pronto en la puerta del templo.

Al verla aparecer, los judíos lanzaron un grito de sorpresa. Daniel dio un paso hacia su hija con un gesto amenazador y le preguntó con voz ronca:

—¿Qué buscas aquí, desgraciada?

—Vengo a echar sobre vuestras frentes toda la vergüenza de vuestra obra infame —dijo Sara con voz firme y decidida—. Y vengo a deciros que esperáis en vano a la víctima del sacrificio. A no ser que queráis saciar en mí vuestra sed de sangre. Porque el cristiano al que esperáis no vendrá, porque yo lo he avisado de vuestra trampa.

—¡Sara! —exclamó el judío, rugiendo de rabia—. Sara, eso no es verdad. Tú no puedes habernos traicionado hasta el punto de contar nuestros ritos secretos. Y si es verdad que los has contado, tú no eres mi hija...

—No. Ya no lo soy. He encontrado otro padre, un padre que es todo amor para los suyos. Es un padre al que vosotros clavasteis en una cruz vergonzosa. Murió en ella para salvarnos, y nos abrió para siempre las puertas del cielo. No, ya no soy vuestra hija, porque soy cristiana y me avergüenzo de mi origen.

Sara dijo estas palabras con esa fuerza y esa firmeza que solo el cielo pone en la boca de los mártires. Al oírlas, Daniel, ciego de furia, se lanzó sobre la hermosa hebrea. La tiró al suelo y la agarró por el pelo. Como si lo moviera un espíritu del infierno, la arrastró hasta el pie de la cruz. La cruz parecía abrir sus brazos desnudos para recibirla. Y Daniel gritó a los que estaban a su alrededor:

—Ahí os la entrego. Haced vosotros justicia con esta infame, que ha vendido su honra, su religión y a sus hermanos.

## IV

Al día siguiente, las campanas de la catedral llenaban el aire con su ruido, tocando a gloria. Los buenos vecinos de Toledo se divertían tirando con sus ballestas a los judas de paja. Es lo mismo que todavía se hace en algunos de nuestros pueblos. Ese día Daniel abrió la puerta de su tiendecita, como era su costumbre. Con su sonrisa eterna en los labios, empezó a saludar a los que pasaban. Y no dejaba de golpear el yunque con su martillito de hierro. Pero las celosías del ajimez morisco de Sara no volvieron a abrirse. Y nadie volvió a ver a la hermosa hebrea apoyada en su ventana de azulejos de colores.

. . . . . . .

Cuentan que algunos años después un pastor le llevó al Arzobispo una flor nunca vista hasta entonces. En ella se veían representados todos los símbolos del martirio del Salvador. Era una flor extraña y misteriosa. Había crecido y había enredado sus tallos entre los muros en ruinas de la iglesia destruida.

Añaden que cavaron en aquel lugar para averiguar el origen de aquella maravilla. Y allí se encontró el esqueleto de una mujer. Con ella estaban enterrados tantos símbolos divinos como los que tenía la flor.

Nunca se pudo averiguar de quién era aquel cuerpo. Aun así, se guardó durante muchos años con una veneración especial en la ermita de San Pedro el Verde. Y la flor, que hoy es bastante común, se llama *Rosa de Pasión*.

### Glosario

- **ajimez**: ventana árabe dividida en dos por una columna pequeña.
- **mozárabe**: de los cristianos que vivían en las tierras de los árabes.
- **arreos**: cuerdas y correas que se ponen a los caballos.
- **revendedoras**: mujeres que vendían cosas compradas a otros.
- **escuderos**: criados de un caballero que le llevaban el escudo y las armas.
- **canónigo**: sacerdote importante de una catedral.
- **atrio**: espacio abierto delante de la puerta de una iglesia.
- **martirio**: gran sufrimiento o muerte de alguien por su fe.
- **celosías**: rejillas de madera en una ventana para ver sin ser visto.
- **yunque**: bloque de hierro donde se golpean los metales.
- **calumnia**: mentira que se dice para hacer daño a alguien.
- **sanedrín**: reunión de los jefes religiosos judíos.
- **tinieblas**: ceremonia religiosa de Semana Santa que se hace casi a oscuras.
- **barquero**: hombre que lleva a la gente en barca de una orilla a otra.
- **Viernes Santo**: día en que los cristianos recuerdan la muerte de Jesús.
- **judas de paja**: muñecos de paja que representan a Judas y que se destruyen en Pascua.
- **Pasión**: el sufrimiento y la muerte de Jesucristo.

## La promesa

Margarita lloraba con la cara escondida entre las manos. Lloraba sin quejarse en voz alta, pero las lágrimas corrían en silencio por sus mejillas. Pasaban entre sus dedos y caían a la tierra, hacia donde ella había bajado la frente.

Junto a Margarita estaba Pedro. De vez en cuando levantaba los ojos para mirarla. Al verla llorar, los bajaba otra vez, y él también guardaba un silencio profundo.

Todo callaba alrededor, y parecía respetar su pena. Los ruidos del campo se apagaban. El viento de la tarde dormía. Las sombras empezaban a cubrir los árboles espesos del soto.

Así pasaron algunos minutos. Durante ese tiempo desapareció la última luz que el sol había dejado al morir en el horizonte. La luna empezó a dibujarse, todavía poco clara, en el cielo violeta del atardecer. Una tras otra, fueron apareciendo las estrellas más grandes.

Por fin, Pedro rompió aquel silencio lleno de angustia. Habló con voz sorda y cortada, como si hablara consigo mismo:

—¡Es imposible... imposible!

Después se acercó a la triste muchacha y le tomó una mano. Luego continuó con una voz más cariñosa y suave:

—Margarita, para ti el amor es todo, y no ves nada más allá del amor. Pero hay algo tan digno de respeto como nuestro cariño: mi deber. Nuestro señor, el conde de Gómara, sale mañana de su castillo. Va a unir sus soldados a los del rey Don Fernando, que va a quitar Sevilla a los infieles. Y yo debo ir con el conde. Soy un pobre huérfano, sin nombre y sin familia, y a él le debo todo lo que soy. Le he servido en los tiempos tranquilos de paz. He dormido bajo su techo, me he calentado en su fuego y he comido el pan en su mesa. Si hoy lo abandono, mañana sus hombres de armas saldrán en grupo por las puertas del castillo. Se sorprenderán de no verme y preguntarán: «¿Dónde está el escudero favorito del conde de Gómara?». Y mi señor callará con vergüenza. Y sus pajes y sus bufones dirán, burlándose: «El escudero del conde solo es un galán de justas, un luchador de adorno».

Al oír esto, Margarita levantó sus ojos llenos de lágrimas y los fijó en los de su amante. Movió los labios como para hablarle, pero un sollozo cortó su voz.

Pedro siguió, con una voz todavía más dulce y convincente:

—No llores, por Dios, Margarita. No llores, porque tus lágrimas me hacen daño. Voy a alejarme de ti, pero volveré. Volveré cuando haya ganado un poco de gloria para mi nombre desconocido...

El cielo nos ayudará en esta santa empresa. Conquistaremos Sevilla, y el rey nos dará tierras a los conquistadores en las orillas del Guadalquivir. Entonces volveré a buscarte. Nos iremos juntos a vivir en aquel paraíso de los árabes. Dicen que allí hasta el cielo es más limpio y más azul que el de Castilla.

Volveré, te lo juro. Volveré a cumplir la palabra que te di solemnemente. Te la di el día en que puse en tus manos ese anillo, símbolo de una promesa.

—¡Pedro! —exclamó entonces Margarita. Dominó su emoción y dijo con voz decidida y firme—: Ve, ve a defender tu honra.

Al decir estas palabras, se echó por última vez en los brazos de su amante. Después añadió con una voz más baja y emocionada:

—Ve a defender tu honra, pero vuelve... vuelve a traerme la mía.

Pedro besó la frente de Margarita. Desató su caballo, que estaba atado a uno de los árboles del soto, y se alejó al galope por el fondo de la alameda.

Margarita siguió a Pedro con los ojos hasta que su sombra se perdió en la niebla de la noche. Cuando ya no pudo verlo, volvió despacio al pueblo, donde la esperaban sus hermanos.

—Ponte tu ropa de fiesta —le dijo uno de ellos cuando entró—. Mañana vamos a Gómara con todos los vecinos del pueblo. Vamos a ver al conde, que se marcha a Andalucía.

—A mí me pone más triste que alegre ver marcharse a los que quizá no van a volver —respondió Margarita con un suspiro.

—Sin embargo, tienes que venir con nosotros —insistió el otro hermano—. Y tienes que venir arreglada y alegre. Así la gente chismosa no dirá que tienes amores en el castillo. Ni dirá que tus amores se van a la guerra.

## II

Apenas aparecía en el cielo la primera luz del amanecer. Entonces empezaron a oírse las trompetas de los soldados del conde, y su sonido agudo llenó todo el campo de Gómara. Muchos campesinos llegaban en grupos de los pueblos cercanos. Vieron cómo el pendón del señor se abría al viento en la torre más alta del castillo.

Los curiosos esperaban el espectáculo desde hacía casi una hora. Unos estaban sentados al borde de los fosos. Otros se habían subido a las copas de los árboles. Algunos andaban por la llanura, y otros llenaban las cimas de las colinas. Más lejos, otros formaban una fila a lo largo de la calzada. Algunos empezaban ya a impacientarse. Entonces sonaron de nuevo los clarines. Las cadenas del puente chirriaron, y el puente cayó despacio sobre el foso. Se levantaron las rejas de hierro de la entrada. Las pesadas puertas del arco que llevaba al patio de armas se abrieron de par en par. Gemían sobre sus bisagras.

La multitud corrió a apretarse en los bordes del camino. Todos querían ver bien las armaduras brillantes y los adornos lujosos del séquito. El conde de Gómara era famoso en toda la comarca por su lujo y sus riquezas.

Primero salieron los farautes. Se paraban de vez en cuando y, al son del tambor, anunciaban en voz alta las órdenes del rey. El rey llamaba a sus vasallos a la guerra contra los moros. También pedía a las villas y pueblos libres que dejaran pasar a sus ejércitos y les dieran ayuda.

Detrás de los farautes iban los heraldos de la corte. Iban muy orgullosos con sus túnicas de seda y sus escudos bordados de oro y colores. Llevaban gorros adornados con plumas vistosas.

Después venía el escudero mayor de la casa, armado de pies a cabeza. Montaba un potro negro y llevaba en las manos el pendón de ricohombre, con sus lemas y sus calderas. Junto a su estribo izquierdo iba el verdugo del señorío, vestido de negro y rojo.

Delante del escudero mayor iban unos veinte de aquellos famosos trompeteros de la tierra llana. Las crónicas de nuestros reyes hablan de ellos por la increíble fuerza de sus pulmones.

Por fin, el grito agudo de las trompetas dejó de sonar en el aire. Entonces empezó a oírse un ruido sordo, regular y uniforme. Eran los soldados de a pie de la mesnada, armados con largas picas y con escudos de cuero. Detrás de ellos aparecieron pronto los constructores de las máquinas de guerra, con sus herramientas y sus torres de madera. Luego venían los grupos de escaladores y la gente humilde que cuidaba de las mulas de carga.

Después pasaron los hombres de armas del castillo. Iban envueltos en la nube de polvo que levantaban los cascos de sus caballos. Sus corazas de hierro lanzaban chispas de luz. Marchaban en grupos apretados, y de lejos parecían un bosque de lanzas.

Por último apareció el conde. Delante de él iban los timbaleros, montados en mulas fuertes con mantas y penachos. Lo rodeaban sus pajes, vestidos con ricos trajes de seda y oro. Detrás lo seguían los escuderos de su casa.

Al verlo, la multitud gritó con fuerza para saludarlo. Entre tantas voces se perdió el grito de una mujer. En ese momento ella cayó desmayada, como herida por un rayo. Cayó en los brazos de algunas personas, que corrieron a ayudarla. Era Margarita. Margarita había reconocido a su misterioso amante en el muy alto y muy temido señor conde de Gómara. Él era uno de los vasallos más nobles y poderosos de la corona de Castilla.

## III

El ejército de Don Fernando había salido de Córdoba y había llegado a Sevilla poco a poco, por etapas. Antes había luchado en Écija, Carmona y Alcalá del Río de Guadaíra. Allí conquistó el famoso castillo. Después puso el real a la vista de la ciudad de los infieles.

El conde de Gómara estaba en su tienda, sentado en un banco de madera de alerce. Estaba quieto, pálido, terrible. Tenía las manos cruzadas sobre la empuñadura de su gran espada. Sus ojos miraban fijos al vacío. Parecía mirar algo, pero no veía nada de lo que había a su alrededor.

De pie, a su lado, le hablaba el más antiguo de los escuderos de su casa. En aquellas horas de negra tristeza, solo él se atrevía a interrumpirlo. Solo él podía hacerlo sin provocar la explosión de su cólera.

—¿Qué tenéis, señor? —le decía—. ¿Qué mal os hace sufrir y os consume? Vais triste al combate y volvéis triste, aunque volváis con la victoria. Cuando todos los guerreros duermen, cansados del día, os oigo suspirar con angustia. Si corro a vuestra cama, os veo luchar contra algo invisible que os atormenta. Abrís los ojos, y vuestro terror no desaparece. ¿Qué os pasa, señor? Decídmelo. Si es un secreto, lo guardaré en el fondo de mi memoria, como en una tumba.

El conde parecía no oír al escudero. Sin embargo, después de un largo rato, salió poco a poco de su inmovilidad. Era como si las palabras hubieran tardado todo ese tiempo en llegar de sus oídos a su mente. Atrajo al escudero hacia sí con cariño y le dijo con voz grave y tranquila:

—He sufrido mucho en silencio. Creía que era el juguete de una fantasía sin sentido. Por eso me he callado hasta ahora, por vergüenza. Pero no, lo que me pasa no es una ilusión.

Debo de estar bajo una maldición terrible. El cielo o el infierno deben de querer algo de mí, y me avisan con hechos sobrenaturales.

¿Te acuerdas del día en que luchamos contra los moros de Nebrija en el aljarafe de Triana? Éramos pocos. La pelea fue dura, y yo estuve a punto de morir. Tú lo viste. En el momento más duro del combate, mi caballo, herido y ciego de furia, se lanzó contra el centro del ejército moro. Yo intentaba pararlo, pero era inútil. Las riendas se me habían escapado de las manos. El animal corría y me llevaba a una muerte segura.

Los moros ya cerraban sus filas. Apoyaban en el suelo la parte de atrás de sus largas picas para recibirme en ellas. Una nube de saetas silbaba en mis oídos. El caballo estaba a pocos pies de aquel muro de hierro donde íbamos a estrellarnos. Entonces... créeme, no fue una ilusión. Vi una mano que agarró al caballo por la brida. Lo detuvo con una fuerza sobrenatural. Luego le dio la vuelta hacia las filas de mis soldados, y así me salvó por milagro.

Pregunté a todos por mi salvador, pero fue inútil. Nadie lo conocía, nadie lo había visto.

—Cuando volabais a estrellaros contra la muralla de picas —me dijeron—, ibais solo, completamente solo. Por eso nos sorprendió veros volver, porque sabíamos que el caballo ya no obedecía al jinete.

—Aquella noche entré preocupado en mi tienda. Quería quitarme de la cabeza el recuerdo de aquella extraña aventura, pero no podía. Al ir hacia la cama, vi otra vez la misma mano. Era una mano hermosa, tan blanca que parecía pálida. Abrió las cortinas de la cama y después desapareció. Desde entonces veo esa mano misteriosa a todas horas y en todas partes. Adivina mis deseos y se adelanta a mis acciones. La vi cuando atacamos el castillo de Triana. Venía una saeta a herirme, y la mano la cogió entre sus dedos y la rompió en el aire. La he visto en los banquetes, donde yo intentaba ahogar mi pena entre el ruido y la confusión. Allí me servía el vino en la copa. Siempre está delante de mis ojos, y me sigue a todas partes: en la tienda, en el combate, de día, de noche... Ahora mismo, mírala, mírala aquí, apoyada suavemente en mis hombros.

Al decir estas últimas palabras, el conde se puso de pie. Dio algunos pasos como fuera de sí, lleno de un terror profundo.

El escudero se secó una lágrima que le corría por la mejilla. Creía que su señor estaba loco. Sin embargo, no quiso llevarle la contraria. Solo le dijo, con la voz muy emocionada:

—Venid... salgamos un momento de la tienda. Quizá la brisa de la tarde refresque vuestra frente y calme ese dolor incomprensible. Yo no encuentro palabras para consolaros.

## IV

El real de los cristianos ocupaba todo el campo de Guadaíra, hasta llegar a la orilla izquierda del Guadalquivir. Enfrente del real se levantaban los muros de Sevilla, que se recortaban contra el horizonte luminoso. A los lados tenían torres fuertes con almenas. Por encima de las almenas asomaba el verde de los mil jardines de la ciudad mora. Entre las manchas oscuras de los árboles brillaban los miradores, blancos como la nieve. Brillaban también los minaretes de las mezquitas y la gigantesca atalaya. En lo alto de la atalaya había cuatro grandes bolas de oro. El sol las hería y ellas lanzaban chispas de luz. Desde el campo de los cristianos parecían cuatro llamas.

La empresa de Don Fernando fue una de las más heroicas y atrevidas de aquella época. Por eso había atraído a los guerreros más famosos de los diferentes reinos de la Península. Algunos habían venido también de países extranjeros y lejanos. La fama los había llamado a unir sus fuerzas a las del santo rey.

A lo largo de la llanura se veían tiendas de campaña de todas las formas y colores. Encima de ellas ondeaban al viento banderas diferentes. Tenían escudos partidos, estrellas, grifos, leones, cadenas, barras y calderas. Había cientos y cientos de figuras y símbolos de los nobles. Así anunciaban el nombre y el rango de sus dueños. Por las calles de aquella ciudad improvisada pasaban muchos soldados en todas direcciones. Hablaban dialectos diferentes. Cada uno vestía a la moda de su país y llevaba las armas a su manera. Juntos formaban un contraste extraño y pintoresco.

Aquí, algunos señores descansaban de las fatigas del combate. Estaban sentados en bancos de alerce a la puerta de sus tiendas y jugaban a las tablas. Mientras tanto, sus pajes les servían vino en copas de metal. Allí, algunos soldados de a pie aprovechaban un momento libre para arreglar sus armas, rotas en la última pelea. Más lejos, los mejores ballesteros del ejército llenaban de saetas un blanco. La multitud los aplaudía, admirada de su habilidad. Se oía el ruido de los tambores y el grito de las trompetas. Se oían las voces de los vendedores ambulantes y los golpes del hierro contra el hierro. Los juglares cantaban y contaban hazañas maravillosas a sus oyentes. Los farautes gritaban las órdenes de los jefes del campamento. Miles de ruidos distintos llenaban el aire. Todo daba a aquella escena de vida militar una animación imposible de pintar con palabras.

El conde de Gómara, acompañado de su fiel escudero, pasaba entre aquellos grupos tan animados. No levantaba los ojos del suelo. Iba silencioso y triste, como si no viera nada ni oyera el menor ruido. Caminaba como una máquina, igual que un sonámbulo. El espíritu de un sonámbulo se agita en el mundo de los sueños. Por eso se mueve y anda sin darse cuenta de lo que hace, como arrastrado por una voluntad ajena.

Cerca de la tienda del rey había un personaje extraño, mitad romero, mitad juglar. Lo rodeaba un grupo de soldados, pajes jóvenes y gente humilde. Lo escuchaban con la boca abierta y se daban prisa en comprarle algunas de sus baratijas. Él las anunciaba a gritos y con alabanzas exageradas. A veces recitaba una especie de letanía en un latín muy malo. Otras veces decía una broma o una grosería. En su relato sin fin mezclaba oraciones devotas con chistes capaces de poner rojo a un ballestero. También mezclaba historias de amores pícaros con leyendas de santos. De sus hombros colgaban unas alforjas enormes. Dentro había mil objetos diferentes, todos revueltos. Había cintas que habían tocado el sepulcro de Santiago. Había papeles con palabras que, según él, eran hebreas. Decía que eran las mismas palabras que dijo el rey Salomón cuando fundó el templo. Y decía que eran las únicas que libraban de toda clase de enfermedades contagiosas. Había bálsamos maravillosos para pegar a los hombres partidos por la mitad. Había Evangelios cosidos en bolsitas de tela rica. Había secretos para hacerse amar por todas las mujeres. Había reliquias de los santos patronos de todos los pueblos de España. Y había joyitas, cadenitas, cinturones, medallas y otras muchas baratijas de metal falso, de vidrio y de plomo.

El conde llegó cerca del grupo que formaban el romero y sus admiradores. En ese momento el romero empezaba a afinar una especie de bandolina o guzla árabe. Con ella se acompañaba cuando cantaba sus romances. Estiró bien las cuerdas, una tras otra y con mucha calma. Mientras tanto, su acompañante daba la vuelta al grupo. Iba sacando las últimas monedas de las bolsas flacas de los oyentes. Después, el romero empezó a cantar un romance con voz nasal y en un tono monótono y triste. El romance terminaba siempre con el mismo estribillo.

El conde se acercó al grupo y escuchó con atención. Fue una casualidad que parecía extraña. El título de aquella historia correspondía por completo a los pensamientos sombríos que llenaban su alma. El cantor lo había anunciado antes de empezar: el romance se llamaba el *Romance de la mano muerta*.

Al oír un anuncio tan extraño, el escudero intentó sacar a su señor de aquel lugar. Pero el conde, con los ojos fijos en el juglar, se quedó quieto y escuchó esta canción:

I

La niña tiene un amante

que escudero se decía;

el escudero le anuncia

que a la guerra se partía.

—Te vas y acaso no vuelvas.

—Volveré, por vida mía.

Mientras el amante jura,

dicen que el viento repetía:

*¡Mal haya quien en promesas*

*de hombre fía!*

II

El conde con la mesnada

de su castillo salía;

ella, que lo ha conocido,

con gran dolor gemía:

—¡Ay de mí, que se va el conde

y se lleva la honra mía!

Mientras la pobre llora,

dicen que el viento repetía:

*¡Mal haya quien en promesas*

*de hombre fía!*

III

Su hermano, que estaba allí,

estas palabras oía:

—Nos has deshonrado —dice.

—Me juró que volvería.

—No te encontrará si vuelve

donde encontrarte solía.

Mientras la infeliz se muere,

dicen que el viento repetía:

*¡Mal haya quien en promesas*

*de hombre fía!*

IV

Muerta la llevan al soto,

la han enterrado en la umbría;

por más tierra que le echaban,

la mano no se cubría:

la mano donde un anillo

que le dio el conde tenía.

De noche sobre la tumba

dicen que el viento repetía:

*¡Mal haya quien en promesas*

*de hombre fía!*

El cantor terminó la última estrofa. Al instante, el conde rompió el muro de curiosos, que se apartaban con respeto al reconocerlo. Llegó hasta el romero, lo cogió con fuerza del brazo y le preguntó en voz baja y temblorosa:

—¿De qué tierra eres?

—De tierra de Soria —le respondió el romero, sin perder la calma.

—¿Y dónde has aprendido ese romance? ¿De quién habla la historia que cuentas? —volvió a exclamar el conde, cada vez más emocionado.

—Señor —dijo el romero, y clavó sus ojos en los del conde con una mirada fija y tranquila—, esta canción la repiten unos a otros los campesinos del campo de Gómara. Habla de una pobre muchacha a la que un hombre poderoso ofendió con crueldad. Los altos juicios de Dios han permitido algo extraño. Por más que la entierran, una mano queda siempre fuera de la tumba. Es la mano en la que su amante le puso un anillo al hacerle una promesa. Vos sabréis quizá a quién le toca cumplirla.

## V

Hay un pueblecito pobre a un lado del camino que lleva a Gómara. Allí he visto hace poco el lugar de la extraña boda del conde. Según dicen, la ceremonia se celebró en ese sitio.

El conde se arrodilló sobre la humilde tumba y apretó en su mano la mano de Margarita. Un sacerdote autorizado por el Papa bendijo aquella triste unión. Dicen que entonces terminó el prodigio, y *la mano muerta* se hundió para siempre.

Al pie de unos árboles viejos y grandes hay un pedacito de prado. Cada primavera se cubre de flores él solo, sin que nadie las plante.

La gente de la zona dice que allí está enterrada Margarita.

### Glosario

- **soto**: lugar con árboles junto a un río.
- **huérfano**: niño o joven que no tiene padres.
- **escudero**: criado de un caballero que le llevaba el escudo y las armas.
- **bufones**: hombres que hacían reír a los señores con bromas.
- **vasallos**: personas que servían a un señor o a un rey y le debían obediencia.
- **saetas**: flechas.
- **almenas**: piedras altas, con huecos entre ellas, en lo alto de las murallas.
- **baratijas**: cosas pequeñas de poco valor.
- **pendón**: bandera de un señor.
- **farautes**: hombres que anuncian en voz alta las órdenes del rey.
- **mesnada**: grupo de soldados de un señor.
- **real**: campamento del ejército.
- **justas**: combates de caballeros que se hacían como juego o fiesta.
- **romance**: poema narrativo popular con versos cortos.
- **juglar / romero**: artista que canta historias por los pueblos; peregrino.
- **alforjas**: dos bolsas unidas que se llevan colgadas del hombro.
- **umbría**: lugar donde casi nunca da el sol.
- **¡Mal haya…!**: expresión antigua: «maldito sea…».
- **fía**: confía, cree (del verbo fiarse).

## El monte de las ánimas

La noche de difuntos me despertó, a no sé qué hora, el doble de las campanas. Su sonido monótono y eterno me trajo a la memoria esta tradición. La oí hace poco en Soria.

Intenté dormir otra vez. ¡Imposible! Cuando la imaginación se pone en marcha, es como un caballo que se escapa sin control. No sirve de nada tirarle de la rienda. Para pasar el rato, decidí escribirla, y así lo hice.

Yo la oí en el mismo lugar donde ocurrió. La he escrito volviendo a veces la cabeza con miedo. Era cuando oía crujir los cristales de mi balcón, que temblaban con el aire frío de la noche.

Sea como sea, *ahí va*, como el caballo de copas.

## I

—Atad los perros. Tocad las trompas para que se reúnan los cazadores, y volvamos a la ciudad. La noche se acerca, es el día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

—¡Tan pronto!

—Otro día, yo acabaría con esa manada de lobos. Las nieves del Moncayo los han echado de sus guaridas. Pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios. Entonces las ánimas de los difuntos empezarán a tocar su campana en la capilla del monte.

—¡En esa capilla en ruinas! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

—No, hermosa prima. Tú no sabes lo que pasa en esta tierra, porque llegaste aquí desde muy lejos hace menos de un año. Frena tu yegua. Yo también pondré la mía al paso, y por el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en grupos alegres y ruidosos. Los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos. Todos juntos siguieron a sus hijos, Beatriz y Alonso, que iban delante, bastante lejos del grupo.

Por el camino, Alonso contó así la historia prometida:

—Ese monte, que hoy llaman de las Ánimas, era de los Templarios. Su convento lo ves allí, a la orilla del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Cuando Soria fue conquistada a los árabes, el rey los hizo venir de tierras lejanas. Debían defender la ciudad por el lado del puente. Con eso ofendió mucho a sus nobles de Castilla. Ellos solos la habían conquistado, y ellos solos habrían sabido defenderla.

Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad creció un odio profundo. Fue creciendo durante algunos años y al fin estalló. Los Templarios habían cerrado ese monte como coto de caza. Allí guardaban caza abundante para sus necesidades y sus placeres. Los hidalgos decidieron organizar una gran cacería en el coto. Lo hicieron aunque los *clérigos con espuelas*, como llamaban a sus enemigos, lo habían prohibido con severidad.

La noticia del desafío corrió por todas partes. Nada pudo detener a los unos en su deseo de cazar, ni a los otros en su empeño de impedirlo. La cacería se hizo. Las fieras no la recordaron. Pero sí la recordaron muchas madres, que se vistieron de luto por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla terrible. El monte quedó lleno de cadáveres. Los lobos, a los que querían exterminar, tuvieron un banquete de sangre. Por último, intervino el rey con su autoridad. El monte, causa maldita de tantas desgracias, fue declarado abandonado. Allí mismo estaba la capilla de los religiosos. En su atrio enterraron juntos a amigos y enemigos. A partir de ese momento, la capilla empezó a caer en ruinas.

Desde entonces dicen que en la noche de difuntos la campana de la capilla dobla sola. Y dicen que las ánimas de los muertos, envueltas en trozos de sus sudarios, corren entre las rocas y las zarzas. Es como una cacería fantástica. Los ciervos braman de miedo, los lobos aúllan y las culebras silban de forma horrible. Y al día siguiente se han visto en la nieve las huellas de los pies sin carne de los esqueletos. Por eso en Soria lo llamamos el Monte de las Ánimas. Y por eso he querido salir de él antes de que llegue la noche.

El relato de Alonso terminó justo entonces. Los dos jóvenes llegaban al final del puente que entra en la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto del grupo. Los dos jinetes se unieron a los demás, y todos se perdieron por las calles estrechas y oscuras de Soria.

## II

Los criados acababan de quitar los manteles. La alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel daba un resplandor vivo. Iluminaba algunos grupos de damas y caballeros que conversaban con confianza alrededor del fuego. El viento golpeaba los cristales emplomados de las ventanas ojivales del salón.

Solo dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz, perdida en un pensamiento vago, seguía con los ojos los caprichos de la llama. Alonso miraba cómo el reflejo del fuego brillaba en los ojos azules de Beatriz.

Los dos guardaban desde hacía rato un silencio profundo.

Las dueñas contaban cuentos de miedo, propios de la noche de difuntos. En ellos los fantasmas y los aparecidos eran los protagonistas. A lo lejos, las campanas de las iglesias de Soria doblaban con un sonido monótono y triste.

—Hermosa prima —dijo al fin Alonso, rompiendo el largo silencio—, pronto vamos a separarnos, quizá para siempre. Sé que no te gustan las llanuras secas de Castilla. No te gustan sus costumbres rudas y guerreras, ni su vida sencilla y antigua. Te he oído suspirar varias veces. Quizá suspiras por algún galán de tu lejana tierra.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia. Todo su carácter de mujer se vio en aquel movimiento de desprecio de sus labios finos.

—Quizá suspiras por el lujo de la corte francesa, donde has vivido hasta ahora —se apresuró a añadir el joven—. De un modo o de otro, presiento que pronto te voy a perder... Al separarnos, me gustaría que te llevaras un recuerdo mío... ¿Te acuerdas de cuando fuimos a la iglesia? Fuimos a dar gracias a Dios porque te había devuelto la salud. Habías venido a esta tierra a buscarla. Aquel día te llamó la atención el joyel que sujetaba la pluma de mi gorra. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu pelo oscuro! Ya ha sujetado el velo de una novia. Mi padre se lo regaló a mi madre, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?

—No sé cómo es en tu tierra —contestó la hermosa—, pero en la mía un regalo aceptado compromete la voluntad. Solo en un día de fiesta se puede aceptar un regalo de un pariente... de un pariente que todavía puede ir a Roma y no volver con las manos vacías.

El tono helado de Beatriz turbó un momento al joven. Después se calmó y dijo con tristeza:

—Lo sé, prima. Pero hoy se celebra Todos los Santos, y entre ellos tu santo. Hoy es día de fiestas y de regalos. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió un poco los labios. Extendió la mano para tomar la joya, sin decir una palabra.

Los dos jóvenes se quedaron otra vez en silencio. Y otra vez se oyó la voz rota de las viejas, que hablaban de brujas y de duendes. Se oyó el zumbido del aire, que hacía crujir los cristales de las ventanas. Y se oyó el doblar triste y monótono de las campanas.

Después de algunos minutos, volvieron a hablar:

—Hoy, día de Todos los Santos, se celebra también mi santo, igual que el tuyo. Antes de que termine el día, puedes dejarme un recuerdo sin atar tu voluntad. ¿No lo harás? —dijo él.

Al decirlo, clavó su mirada en la de su prima. La mirada de ella brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

—¿Por qué no? —exclamó ella.

Se llevó la mano al hombro derecho, como para buscar algo entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después añadió, con una expresión de pena infantil:

—¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy en la cacería? Por algo que significaba su color, me dijiste que era la divisa de tu alma.

—Sí.

—Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y yo pensaba dejártela como recuerdo.

—¡Se ha perdido! ¿Y dónde? —preguntó Alonso. Se levantó a medias de su asiento, con una expresión indescriptible de miedo y de esperanza.

—No sé... quizá en el monte.

—¡En el Monte de las Ánimas! —murmuró él. Se puso pálido y se dejó caer sobre su asiento—. ¡En el Monte de las Ánimas!

Luego siguió hablando con voz cortada y sorda:

—Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces. En la ciudad y en toda Castilla me llaman el rey de los cazadores. Todavía no he podido probar mis fuerzas en las batallas, como mis antepasados. Por eso he puesto en la caza, que es como una imagen de la guerra, toda la energía de mi juventud. He puesto en ella todo el ardor que heredé de mi familia. La alfombra que pisan tus pies está hecha con pieles de fieras que he matado con mi mano. Conozco sus guaridas y sus costumbres. He luchado con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en grupo. Y nadie dirá que me ha visto huir del peligro jamás. Otra noche volaría a buscar esa banda, y volaría feliz, como a una fiesta. Y sin embargo, esta noche... esta noche, ¿para qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan. La oración ha sonado en San Juan del Duero. Ahora las ánimas del monte empezarán a levantar sus cráneos amarillos entre las hierbas que cubren sus tumbas... ¡Las ánimas! Solo con verlas, al más valiente se le puede helar la sangre de horror. Su pelo se puede volver blanco. O las ánimas pueden llevárselo en el torbellino de su carrera fantástica. Se lo llevan como el viento arrastra una hoja, y nadie sabe adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa casi invisible apareció en los labios de Beatriz. Cuando él terminó, ella removió el fuego del hogar. La leña saltaba y crujía, y lanzaba chispas de mil colores. Entonces ella exclamó con un tono indiferente:

—¡Oh! De ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por una cosa tan pequeña! ¡En una noche tan oscura, en la noche de difuntos, y con el camino lleno de lobos!

Dijo esta última frase de un modo tan especial que Alonso comprendió toda su amarga ironía. Se puso de pie de un salto, como movido por un resorte. Se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo. El miedo estaba en su cabeza, no en su corazón. Beatriz seguía inclinada sobre el hogar, entretenida en remover el fuego. Alonso se dirigió a ella y exclamó con voz firme:

—Adiós, Beatriz, adiós. Hasta... pronto.

—¡Alonso! ¡Alonso! —dijo ella, y se volvió con rapidez.

Pero cuando quiso detenerlo, o fingió que quería, el joven ya se había ido.

A los pocos minutos se oyó el ruido de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa escuchaba con atención aquel ruido. Una expresión radiante de orgullo satisfecho le coloreó las mejillas. El ruido se debilitaba, se perdía y al final desapareció.

Mientras tanto, las viejas seguían con sus cuentos de ánimas y aparecidos. El aire zumbaba en los cristales del balcón. Y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

## III

Había pasado una hora, dos, tres. La medianoche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía. Y podría haber vuelto en menos de una hora.

—¡Habrá tenido miedo! —exclamó la joven, y cerró su libro de oraciones.

Había intentado rezar algunas de las oraciones que la Iglesia dedica a los muertos en el día de difuntos. Pero no había podido. Entonces se fue a su cama.

Apagó la lámpara y cerró las dobles cortinas de seda. Después se durmió, con un sueño inquieto, ligero y nervioso.

Sonaron las doce en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las campanadas, lentas, sordas, muy tristes, y abrió un poco los ojos. Creyó oír, junto con ellas, que alguien decía su nombre. Pero era lejos, muy lejos, y con una voz ahogada y dolorida. El viento gemía en los cristales de la ventana.

—Será el viento —dijo. Se puso la mano sobre el corazón e intentó tranquilizarse.

Pero su corazón latía cada vez con más fuerza. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus bisagras. Fue un chirrido agudo, largo y estridente.

Primero unas y luego otras más cercanas, todas las puertas que llevaban a su habitación fueron sonando por orden. Unas hacían un ruido sordo y grave. Otras hacían un lamento largo que ponía los nervios de punta. Después hubo silencio. Era un silencio lleno de ruidos extraños, el silencio de la medianoche. Se oía el murmullo monótono de un agua lejana y los ladridos lejanos de unos perros. Había voces confusas y palabras que no se entendían. Había ecos de pasos que iban y venían, y ruido de ropas que se arrastraban. Había suspiros ahogados y respiraciones cansadas que casi se sentían. Había escalofríos que anunciaban la presencia de algo invisible. No se veía, pero en la oscuridad se notaba que se acercaba.

Beatriz, quieta y temblando, sacó la cabeza fuera de las cortinas y escuchó un momento. Oía mil ruidos distintos. Se pasaba la mano por la frente y volvía a escuchar: nada, silencio.

Con esa luz extraña que ven los ojos en las crisis de nervios, veía bultos que se movían en todas direcciones. Pero cuando abría bien los ojos y miraba un punto fijo, no había nada. Solo había oscuridad, sombras impenetrables.

—¡Bah! —exclamó, y volvió a apoyar su hermosa cabeza en la almohada de raso azul de la cama—. ¿Soy yo tan miedosa como esta pobre gente? Su corazón tiembla de terror bajo una armadura cuando oyen un cuento de aparecidos.

Cerró los ojos e intentó dormir... Pero había hecho el esfuerzo en vano. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión. Las cortinas de brocado de la puerta se habían rozado al separarse. Y sobre la alfombra sonaban unos pasos lentos. El ruido de aquellos pasos era sordo, casi imperceptible, pero continuo. Al mismo ritmo se oía crujir algo, como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban... Y se movió el reclinatorio que estaba junto a su cama. Beatriz lanzó un grito agudo. Se envolvió en la ropa de la cama, escondió la cabeza y contuvo la respiración.

El aire golpeaba los cristales del balcón. El agua de la fuente lejana caía y caía con un ruido eterno y monótono. Los ladridos de los perros se extendían con las ráfagas de aire. Y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca y otras lejos, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo. Porque aquella noche le pareció eterna a Beatriz. Por fin llegó la aurora. Ya repuesta de su miedo, abrió un poco los ojos a los primeros rayos de luz. Después de una noche sin dormir y llena de terror, ¡qué hermosa es la luz clara y blanca del día! Abrió las cortinas de seda de la cama. Ya iba a reírse de sus miedos pasados. Pero de repente un sudor frío le cubrió el cuerpo. Sus ojos se abrieron de forma terrible, y una palidez de muerte le quitó el color de las mejillas. Sobre el reclinatorio había visto la banda azul, rota y llena de sangre. Era la banda azul que había perdido en el monte, la banda azul que Alonso fue a buscar.

Sus criados llegaron llenos de espanto para darle una noticia. El primogénito de Alcudiel había muerto. Por la mañana lo habían encontrado devorado por los lobos entre las hierbas del Monte de las Ánimas. Pero encontraron a Beatriz quieta y tensa. Estaba agarrada con las dos manos a una de las columnas de ébano de la cama. Tenía los ojos muy abiertos, la boca entreabierta, los labios blancos y el cuerpo rígido. Estaba muerta. ¡Muerta de horror!

## IV

Dicen que, después de esto, un cazador se perdió en el Monte de las Ánimas. Pasó allí la noche de difuntos sin poder salir. Al día siguiente, antes de morir, pudo contar lo que había visto. Contó cosas horribles. Entre otras, asegura que vio levantarse a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria. Estaban enterrados en el atrio de la capilla. Se levantaron a la hora de la oración, con un ruido horrible. Montaban sobre esqueletos de caballos. Y perseguían, como a una fiera, a una mujer hermosa, pálida y despeinada. Ella tenía los pies desnudos y llenos de sangre. Gritaba de horror y daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

### Glosario

- **noche de difuntos**: la noche del 1 al 2 de noviembre, dedicada a los muertos.
- **ánimas**: almas de los muertos.
- **doblar (las campanas)**: tocar las campanas por los muertos.
- **caballo de copas**: carta de la baraja española; «ahí va» es una broma sobre su dibujo.
- **clérigos con espuelas**: nombre que daban a los Templarios, que eran monjes y caballeros.
- **prima**: hija del tío o de la tía.
- **joyel**: joya pequeña.
- **ir a Roma y no volver con las manos vacías**: conseguir el permiso del Papa para casarse con una prima.
- **banda**: tira de tela que se lleva cruzada sobre el cuerpo.
- **reclinatorio**: mueble para arrodillarse y rezar.
- **monótono**: que suena siempre igual, sin cambiar.
- **crujir**: hacer un ruido seco, como la madera o el cristal cuando se mueven o se rompen.
- **trompas**: instrumentos de metal que se tocan soplando, para llamar a los cazadores.
- **yegua**: caballo hembra.
- **guaridas**: lugares escondidos donde viven los animales salvajes.
- **fieras**: animales salvajes y peligrosos, como los lobos.
- **atrio**: espacio abierto delante de la puerta de una iglesia.
- **oratorio**: habitación pequeña de una casa para rezar.
- **ladridos**: los sonidos que hacen los perros.

## El gnomo

## I

Las muchachas del pueblo volvían de la fuente con sus cántaros en la cabeza. Volvían cantando y riendo, con mucho ruido y alegría. Parecían una bandada de golondrinas, que vuelan juntas, espesas como el granizo, alrededor de la veleta de un campanario.

En el pórtico de la iglesia, sentado al pie de un enebro, estaba el tío Gregorio. El tío Gregorio era el más viejo del pueblo. Tenía cerca de noventa navidades, el pelo blanco, la boca risueña, los ojos alegres y las manos temblorosas. De niño fue pastor, y de joven, soldado. Después cultivó un pequeño campo que había heredado de sus padres. Al final le faltaron las fuerzas. Entonces se sentó tranquilo a esperar la muerte, que ni temía ni deseaba. Nadie contaba un chiste con más gracia que él. Nadie sabía historias más asombrosas. Y nadie usaba mejor, en el momento justo, un refrán, una sentencia o un dicho.

Las muchachas, al verlo, se dieron prisa para ir a hablarle. Cuando llegaron al pórtico, todas empezaron a pedirle que les contara una historia. Querían pasar el rato que faltaba para la noche. No era mucho tiempo, porque el sol poniente iluminaba la tierra de lado, y las sombras de los montes se alargaban poco a poco sobre la llanura.

El tío Gregorio escuchó sonriendo la petición de las muchachas y les prometió contarles algo. Entonces ellas dejaron los cántaros en el suelo y se sentaron a su alrededor. Formaron un corro, y el anciano quedó en el centro. Empezó a hablarles así:

—No os contaré una historia. Recuerdo algunas en este momento, pero tratan de cosas muy serias. Vosotras sois unas locuelas y no me prestaríais atención. Y a mí, como ya es tarde, no me quedaría tiempo para contarlas. En su lugar, os daré un consejo.

—¡Un consejo! —exclamaron las muchachas, con evidente mal humor—. ¡Bah! No nos hemos parado para oír consejos. Cuando nos hagan falta, ya nos los dará el señor cura.

—Es que el señor cura quizá no sabría daros este consejo tan a tiempo como el tío Gregorio —continuó el anciano, con su sonrisa de siempre y su voz rota y temblorosa—. Él está ocupado en sus rezos y letanías. No se habrá dado cuenta, como yo, de una cosa. Cada día vais a por agua a la fuente más temprano y volvéis más tarde.

Las muchachas se miraron entre sí con una sonrisa de burla casi invisible. Algunas de las que estaban a su espalda se tocaron la frente con el dedo, con un gesto que lo decía todo.

—¿Y qué tiene de malo que nos paremos en la fuente a charlar un rato con las amigas y vecinas?... —dijo una de ellas—. ¿Acaso hay chismes en el pueblo? ¿Es porque los mozos salen al camino a echarnos piropos? ¿O porque vienen a ofrecerse para llevar nuestros cántaros hasta la entrada del pueblo?

—De todo hay —contestó el viejo a la moza que le había hablado en nombre de sus compañeras—. Las viejas del pueblo critican una cosa. Hoy las muchachas van a hacer locuras y a divertirse a un sitio adonde ellas iban deprisa y temblando. Ellas solo iban a coger agua, porque solo de allí se puede traer. Y a mí me parece mal que perdáis poco a poco el miedo que a todos nos da el lugar de la fuente, porque podría pasar que alguna vez os sorprendiera allí la noche.

El tío Gregorio dijo estas últimas palabras con un tono tan misterioso que las muchachas abrieron los ojos, asustadas. Lo miraron y, con una mezcla de curiosidad y burla, volvieron a insistir:

—¡La noche! ¿Pues qué pasa de noche en ese sitio? ¿Por qué hacéis tantos gestos de miedo? ¿Por qué nos habláis con palabras tan oscuras de lo que nos podría pasar allí? ¿Nos van a comer los lobos?

—Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos salen de sus guaridas. Bajan en manadas por la ladera. Más de una vez los hemos oído aullar todos juntos, de forma horrorosa. Y no solo cerca de la fuente, sino en las mismas calles del pueblo. Pero los lobos no son los huéspedes más terribles del Moncayo. En sus simas profundas, en sus cumbres solitarias y ásperas, en su interior hueco, viven unos espíritus diabólicos. Por la noche bajan por sus laderas como un enjambre. Llenan el aire y se mueven por la llanura como hormigas. Saltan de roca en roca, juegan en el agua o se mecen en las ramas desnudas de los árboles. Ellos son los que aúllan en las grietas de las peñas. Ellos forman y empujan esas enormes bolas de nieve que bajan rodando desde los picos altos. Las bolas arrastran y aplastan todo lo que encuentran a su paso. Ellos son los que llaman con el granizo a nuestros cristales en las noches de lluvia. Y corren como llamas azules y ligeras sobre la superficie de los pantanos. Las bendiciones y los exorcismos de la Iglesia los echaron de las llanuras. Entonces fueron a refugiarse en las crestas de las montañas, adonde nadie puede llegar. Entre estos espíritus los hay de diferentes clases, y ante nuestros ojos toman formas variadas. Pero los más peligrosos son los gnomos. Ellos entran con palabras dulces en el corazón de las jóvenes y las deslumbran con promesas magníficas. Los gnomos viven en el interior de los montes y conocen sus caminos subterráneos. Son los guardianes eternos de los tesoros que hay dentro. Vigilan día y noche junto a las vetas de los metales y de las piedras preciosas. ¿Veis? —continuó el viejo. Con el palo en que se apoyaba, señaló la cumbre del Moncayo, a su derecha. Se levantaba oscura y gigantesca sobre el cielo violeta y brumoso del atardecer—. ¿Veis esa enorme montaña, todavía coronada de nieve? Pues dentro de ella tienen sus casas esos espíritus diabólicos. El palacio donde viven es horroroso y magnífico a la vez.

Hace muchos años, un pastor seguía a un animal perdido y entró por la boca de una de esas cuevas. Sus entradas están cubiertas de matorrales espesos, y nadie ha visto nunca dónde terminan. Cuando volvió al pueblo, estaba pálido como la muerte. Había descubierto el secreto de los gnomos. Había respirado su aire envenenado y pagó su atrevimiento con la vida. Pero antes de morir contó cosas asombrosas. Siguió andando por aquella cueva y al fin encontró unas galerías subterráneas inmensas. Estaban iluminadas por una luz dudosa y fantástica. Esa luz salía de las rocas, que brillaban por sí solas. Allí las rocas parecían grandes trozos de cristal, con mil formas caprichosas y extrañas. Aquellos grandes salones los había hecho la naturaleza. El suelo, el techo y las paredes tenían vetas, como los mármoles más ricos. Pero las vetas eran de oro y plata. Y entre aquellas vetas brillantes se veían muchas piedras preciosas incrustadas, de todos los colores y tamaños. Había montones de jacintos y esmeraldas, y diamantes, y rubíes, y zafiros. Y había, qué sé yo, muchas otras piedras desconocidas que él no supo nombrar. Pero eran tan grandes y tan hermosas que sus ojos se deslumbraron al mirarlas. Ningún ruido de fuera llegaba al fondo de la fantástica cueva. Solo se oían a ratos unos gemidos largos y tristes del aire, que corría por aquel laberinto encantado. Se oía también el ruido confuso de un fuego subterráneo que hervía encerrado. Y se oían murmullos de aguas que corrían sin saber por dónde.

El pastor, solo y perdido en aquella inmensidad, anduvo no sé cuántas horas sin encontrar la salida. Por fin llegó al nacimiento del manantial cuyo murmullo había oído. El agua salía del suelo como una fuente maravillosa. Tenía un chorro coronado de espuma, que caía en una bonita cascada. Luego se alejaba resbalando entre las grietas de las peñas, con un murmullo sonoro. Alrededor crecían unas plantas nunca vistas. Unas tenían hojas anchas y gruesas. Otras las tenían finas y largas, como cintas que flotan. Medio escondidos entre aquellas plantas húmedas se movían unos seres extraños. Eran en parte hombres y en parte reptiles, o las dos cosas a la vez, porque cambiaban de forma sin parar. A veces parecían criaturas humanas, pequeñitas y deformes. Otras veces parecían salamandras luminosas o llamas rápidas que bailaban en círculos sobre el chorro. Allí estaban los gnomos, señores de aquellos lugares. Se agitaban en todas direcciones. Corrían por el suelo como enanos repugnantes y deformes. Trepaban por las paredes, babeando y retorciéndose como reptiles. O bailaban sobre el agua como fuegos fatuos. Y contaban y removían sus riquezas fabulosas. Ellos saben dónde guardan los avaros sus tesoros, esos que después los herederos buscan en vano. Ellos conocen el lugar donde los moros escondieron sus joyas antes de huir. Las joyas que se pierden, las monedas que desaparecen, todo lo que tiene algún valor y se pierde... Ellos lo buscan, lo encuentran y lo roban. Luego lo guardan en sus escondites. Porque ellos saben recorrer todo el mundo por debajo de la tierra, por caminos secretos y desconocidos. Allí tenían, pues, amontonados toda clase de objetos raros y preciosos. Había joyas de un valor incalculable, collares y gargantillas de perlas y piedras finas. Había ánforas de oro, muy antiguas, llenas de rubíes. Había copas talladas, armas ricas y monedas con caras y letras imposibles de reconocer o de leer. Eran, en fin, tesoros tan fabulosos e inmensos que la imaginación apenas puede pensarlos. Y todo brillaba a la vez, con chispas de colores y reflejos tan vivos que parecía que todo ardía. Parecía que todo se movía y temblaba. Al menos, eso contó el pastor: así se lo había parecido a él.

Al llegar aquí, el anciano se paró un momento. Las muchachas habían empezado a escuchar la historia con una sonrisa de burla. Pero ahora guardaban un profundo silencio y esperaban a que continuara. Tenían los ojos asustados y los labios un poco abiertos. En su cara se veían la curiosidad y el interés. Una de ellas estaba entusiasmada con la descripción de aquellas riquezas fabulosas. Por fin rompió el silencio y, sin poder contenerse, exclamó:

—Y qué, ¿no se trajo nada de aquello?

—Nada —contestó el tío Gregorio.

—¡Qué tonto! —exclamaron a coro las muchachas.

—El cielo lo ayudó en aquel momento difícil —continuó el anciano—. La avaricia, que lo vence todo, empezaba a quitarle el miedo. Estaba deslumbrado al ver aquellas joyas. Con una sola de ellas habría sido poderoso. Y en el momento en que iba a coger algunas, dice que oyó algo. ¡Maravillaos! Lo oyó claro y nítido en aquellas profundidades. Allí estaban las carcajadas y las voces de los gnomos, el hervor del fuego subterráneo, el ruido de las aguas y los lamentos del aire. Pero a pesar de todo, oyó la campana de la ermita de Nuestra Señora del Moncayo. La oyó como si estuviera al pie de la colina donde está la ermita.

Al oír la campana que tocaba el Ave-María, el pastor cayó al suelo. Llamó en su ayuda a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo. Y sin saber cómo ni por dónde, se encontró fuera de aquellos lugares. Estaba en el camino que lleva al pueblo, tumbado en un sendero. Estaba muy aturdido, como si acabara de salir de un sueño.

Desde entonces todo el mundo entendió por qué la fuente del pueblo trae a veces en sus aguas un polvo muy fino de oro. Y cuando llega la noche, en su murmullo se oyen palabras confusas, palabras engañosas. Con ellas, los gnomos, que envenenan el agua desde su nacimiento, intentan seducir a los imprudentes que los escuchan. Les prometen riquezas y tesoros que serán su perdición.

Cuando el tío Gregorio llegó a este punto de su historia, ya era de noche. La campana de la iglesia empezó a tocar las oraciones. Las muchachas se santiguaron con devoción y rezaron un Ave-María en voz baja. Después se despidieron del tío Gregorio, que les volvió a aconsejar que no perdieran el tiempo en la fuente. Cada una tomó su cántaro, y todas juntas salieron del atrio de la iglesia, calladas y preocupadas. Ya lejos del anciano, llegaron a la plaza del pueblo, donde tenían que separarse. Entonces la más decidida y habladora de ellas exclamó:

—¿Vosotras creéis algo de las tonterías que nos ha contado el tío Gregorio?

—¡Yo no! —dijo una.

—¡Yo tampoco! —exclamó otra.

—¡Ni yo! ¡Ni yo! —repitieron las demás, y se reían de haberlo creído por un momento.

El grupo de muchachas se deshizo, y cada una se fue hacia un lado de la plaza. Luego las demás doblaron las esquinas de las calles que llegaban a aquel sitio. Solo dos muchachas no habían abierto aún la boca para burlarse de la historia del tío Gregorio. Parecían preocupadas por aquel relato maravilloso, perdidas en sus pensamientos. Las dos se marcharon juntas por una calleja oscura, estrecha y llena de curvas. Andaban despacio, como las personas distraídas.

De aquellas dos muchachas, la mayor parecía tener unos veinte años y se llamaba Marta. La más pequeña todavía no había cumplido los dieciséis y se llamaba Magdalena.

Durante todo el camino, las dos guardaron un profundo silencio. Pero cuando llegaron a la puerta de su casa y dejaron los cántaros en el asiento de piedra del portal, Marta le dijo a Magdalena:

—¿Y tú crees en las maravillas del Moncayo y en los espíritus de la fuente?...

—Yo —contestó Magdalena con sencillez—, yo creo en todo. ¿Es que tú lo dudas?

—¡Oh, no! —la interrumpió Marta enseguida—. Yo también creo en todo, en todo... en lo que quiero creer.

## II

Marta y Magdalena eran hermanas. Eran huérfanas desde muy niñas. Vivían en la miseria, bajo la protección de una pariente de su madre. Esta mujer las había recogido por caridad. Pero a cada momento les hacía sentir el peso de su favor con insultos y palabras humillantes. Todo parecía unir con fuerza a aquellas dos almas hermanas. Las unía la sangre, y también la miseria y el sufrimiento. Y sin embargo, entre Marta y Magdalena había una rivalidad callada, una antipatía secreta. Solo se podía explicar por sus caracteres, tan opuestos como su aspecto.

Marta era orgullosa, apasionada en sus deseos y de una dureza salvaje al mostrar sus sentimientos. No sabía reír ni llorar, y por eso nunca había llorado ni reído. Magdalena, en cambio, era humilde, cariñosa y buena. Más de una vez la vieron llorar y reír a la vez, como los niños.

Marta tenía los ojos más negros que la noche. Entre sus pestañas oscuras parecía que, a ratos, saltaban chispas de fuego, como de un carbón encendido.

Los ojos azules de Magdalena parecían nadar en un líquido de luz, dentro del círculo de oro de sus pestañas rubias. Y todo en ellas iba de acuerdo con la diferente expresión de sus ojos. Marta era delgada, pálida y esbelta. Tenía movimientos rígidos y el pelo rizado y oscuro. El pelo le daba sombra en la frente y le caía por los hombros como un manto de terciopelo. Así formaba un extraño contraste con Magdalena. Magdalena era blanca, rosada y pequeña, con cara y cuerpo de niña. Tenía unas trenzas rubias alrededor de la cabeza, como el círculo dorado de la cabeza de un ángel.

Las dos hermanas sentían un rechazo inexplicable la una por la otra. A pesar de eso, hasta entonces habían vivido en una especie de indiferencia. Se podría haber confundido con la paz y el cariño. No habían tenido caricias que disputarse ni preferencias que envidiar. Eran iguales en la desgracia y el dolor. Marta se había encerrado a sufrir en un silencio egoísta y orgulloso. Magdalena encontraba seco el corazón de su hermana. Por eso lloraba a solas cuando las lágrimas le venían a los ojos sin querer.

No tenían ningún sentimiento en común. Nunca se contaron sus alegrías ni sus penas. Y sin embargo, cada una escondía un único secreto en lo más hondo del corazón. Y cada una había adivinado el secreto de la otra, con ese instinto maravilloso de la mujer enamorada y celosa. En efecto, Marta y Magdalena se habían fijado en el mismo hombre.

En una, la pasión era un deseo tenaz, hijo de un carácter indomable y caprichoso. En la otra, el cariño se parecía a esa ternura vaga y espontánea de la adolescencia. Esa ternura necesita a alguien a quien querer, y ama al primero que ve. Las dos guardaban en secreto su amor, porque el hombre que lo había despertado quizá se habría burlado de él. En unas muchachas tan pobres y humildes, aquel amor podía parecer una ambición absurda. Las dos estaban muy lejos del hombre que amaban. Aun así, las dos tenían una esperanza remota de conseguirlo.

Cerca del pueblo, en un alto desde donde se veían los alrededores, había un antiguo castillo abandonado por sus dueños. En las noches de reunión junto al fuego, las viejas contaban una historia llena de maravillas sobre sus fundadores. Contaban que el rey de Aragón estaba en guerra con sus enemigos. Ya no le quedaban recursos, sus partidarios lo habían abandonado y estaba a punto de perder el trono. Un día se le presentó una pastorcita de aquella comarca. Le reveló que había unos pasos subterráneos. Por ellos podía atravesar el Moncayo sin que sus enemigos lo vieran. Además, le dio un tesoro de perlas finas, piedras preciosas riquísimas y barras de oro y plata. Con él, el rey pagó a sus soldados y levantó un ejército poderoso. Marchó por debajo de la tierra durante toda una noche. Al día siguiente cayó sobre sus enemigos y los derrotó. Así aseguró la corona en su cabeza.

Después de esta gran victoria, cuentan que el rey le dijo a la pastorcita:

—Pídeme lo que quieras. Aunque fuera la mitad de mi reino, juro que te lo daré al instante.

—Yo solo quiero volver a cuidar mi rebaño —respondió la pastorcita.

—Solo cuidarás de mis fronteras —contestó el rey.

Y le dio el señorío de toda la frontera. Mandó construir una fortaleza en el pueblo más cercano a Castilla. Allí se fue a vivir la pastora, ya casada con uno de los favoritos del rey. Él era noble, galante y valiente, y señor también de muchas fortalezas y muchas tierras.

La historia asombrosa del tío Gregorio sobre los gnomos del Moncayo despertó otra vez las locas fantasías de las dos hermanas enamoradas. El secreto de los gnomos estaba en la fuente del pueblo. Era como si la historia completara la parte que nadie conocía de aquel viejo cuento: la del tesoro que encontró la pastorcita. El recuerdo de ese tesoro había turbado más de una vez sus noches sin sueño y llenas de amargura. Se presentaba a su imaginación como un débil rayo de esperanza.

Aquella noche, después de la tarde del encuentro con el tío Gregorio, todas las muchachas del pueblo hablaron en sus casas de la historia asombrosa. Marta y Magdalena guardaron un profundo silencio. Ni aquella noche ni en todo el día siguiente volvieron a decir una sola palabra sobre el tema. Y eso que era el tema de todas las conversaciones y de los comentarios de sus vecinas.

Cuando llegó la hora de costumbre, Magdalena tomó su cántaro y le dijo a su hermana:

—¿Vamos a la fuente?

Marta no contestó, y Magdalena volvió a decirle:

—¿Vamos a la fuente? Mira que, si no nos damos prisa, se pondrá el sol antes de volver.

Por fin, Marta exclamó con un tono breve y áspero:

—Yo no quiero ir hoy.

—Yo tampoco —añadió Magdalena después de un momento de silencio.

Durante ese silencio tuvo los ojos clavados en los de su hermana. Era como si quisiera adivinar en ellos la causa de su decisión.

## III

Hacía casi una hora que las muchachas del pueblo habían vuelto a sus casas. La última luz del atardecer se había apagado en el horizonte. La noche era cada vez más oscura. Entonces Marta y Magdalena salieron del pueblo hacia la fuente misteriosa. Se evitaban la una a la otra, y cada una iba por un camino diferente. La fuente salía escondida entre unas rocas cubiertas de musgo, al fondo de una larga alameda. Poco a poco se fueron apagando los ruidos del día. Ya no se oía el eco lejano de los labradores. Volvían montados en sus yuntas y cantaban al ritmo del arado, que arrastraban por la tierra. Ya no se oía el ruido monótono de las campanillas del ganado. Tampoco se oían las voces de los pastores ni los ladridos de los perros que reúnen a los animales. En la torre del pueblo sonó la última campanada de las oraciones. Entonces llegó ese doble silencio, solemne, de la noche y de la soledad. Es un silencio lleno de murmullos extraños y suaves, que hacen que se note todavía más.

Marta y Magdalena pasaron por el laberinto de los árboles. Protegidas por la oscuridad, llegaron al final de la alameda sin verse. Marta no conocía el miedo, y sus pasos eran firmes y seguros. Magdalena temblaba solo con el ruido de sus propios pies al pisar las hojas secas del suelo. Cuando las dos hermanas llegaron junto a la fuente, el viento de la noche empezó a mover las copas de los álamos. El viento soplaba de forma desigual. Y el agua del manantial parecía responderle con un ruido regular y uniforme.

Marta y Magdalena escucharon con atención aquellos ruidos. Bajo sus pies sonaban como un susurro constante. Sobre sus cabezas sonaban como un lamento que nacía y se apagaba. Luego volvía a crecer y a extenderse por el bosque. Pasaban las horas. Aquel sonido eterno del aire y del agua empezó a producirles una extraña excitación. Era una especie de mareo que les nublaba la vista y les zumbaba en los oídos. Parecía trastornarlas por completo. Entonces les pareció oír algo entre aquellos ruidos sin nombre. Era como cuando se oye hablar entre sueños, con un eco lejano y confuso. Primero oyeron sonidos sin forma, como los de un niño que quiere llamar a su madre y no puede. Luego oyeron palabras que se repetían una y otra vez, siempre las mismas. Después oyeron frases sueltas, sin orden ni sentido. Y por último... por último, empezaron a hablar el viento, que vagaba entre los árboles, y el agua, que saltaba de roca en roca.

Y hablaban así:

EL AGUA

¡Mujer!... ¡Mujer!... Óyeme... Óyeme y acércate para oírme. Yo besaré tus pies mientras tiemblo al copiar tu imagen en el fondo oscuro de mis olas. ¡Mujer!... Óyeme, que mis murmullos son palabras.

EL VIENTO

¡Niña!... Niña bonita, levanta la cabeza. Déjame besar en paz tu frente mientras muevo tu pelo. Niña bonita, escúchame. Yo también sé hablar, y te diré al oído palabras cariñosas.

MARTA

¡Oh! ¡Habla, habla, que yo te comprenderé, porque mi mente flota en un mareo, igual que flotan tus palabras inseguras.

Habla, corriente misteriosa.

MAGDALENA

Tengo miedo. ¡Aire de la noche, aire de perfumes, refresca mi frente, que arde! Dime algo que me dé valor, porque mi espíritu duda.

EL AGUA

Yo he cruzado el interior oscuro de la tierra. He descubierto el secreto de su maravillosa fertilidad. Conozco los fenómenos de sus profundidades, donde nacen las creaciones futuras.

Mi murmullo adormece y despierta: despierta tú, que lo comprendes.

EL VIENTO

Yo soy el aire que mueven los ángeles con sus alas inmensas cuando cruzan el espacio. Yo amontono las nubes en el Occidente para ofrecer al sol una cama de púrpura. Y al amanecer, con las nieblas que se deshacen en gotas, traigo una lluvia de perlas sobre las flores. Mis suspiros son un bálsamo: ábreme tu corazón y lo llenaré de felicidad.

MARTA

La primera vez que oí el murmullo de una corriente bajo la tierra, me incliné hacia el suelo para escucharla. No lo hice sin motivo. Con ella iba un misterio que al final yo tenía que comprender.

MAGDALENA

Suspiros del viento, yo os conozco. Vosotros me acariciabais dormida cuando era niña. Me cansaba de llorar y me quedaba dormida. Y vuestro ruido me parecía las palabras de una madre que canta a su hija para dormirla.

El agua se calló durante algunos instantes. Solo sonaba como agua que se rompe entre las peñas. El viento también se calló, y su ruido fue solo ruido de hojas movidas. Así pasó algún tiempo. Después volvieron a hablar, y hablaron así:

EL AGUA

Me he filtrado gota a gota por la veta de oro de una mina sin fin. He corrido por un lecho de plata. He saltado entre innumerables zafiros y amatistas, como entre piedrecitas. En vez de arena, he arrastrado diamantes y rubíes. Después me he unido en misteriosa unión a un genio. Ahora soy rica con su poder y con las virtudes ocultas de las piedras preciosas y de los metales. Estoy llena de sus átomos. Por eso puedo ofrecerte todo lo que deseas. Tengo la fuerza de un conjuro, el poder de un talismán y la virtud de las siete piedras y los siete colores.

EL VIENTO

Yo vengo de vagar por la llanura. Soy como la abeja que vuelve a la colmena con su botín de miel perfumada. Traigo suspiros de mujer, oraciones de niños, palabras de amor puro y perfumes de nardos y de azucenas silvestres. A mi paso solo he recogido perfumes y ecos de armonía. Mis tesoros no son materiales. Pero dan la paz del alma y la felicidad vaga de los sueños dichosos.

Marta, atraída como por un hechizo, se inclinaba al borde de la fuente para oír mejor. Mientras tanto, Magdalena, sin darse cuenta, se iba separando de las rocas de donde salía el manantial.

Las dos tenían los ojos fijos: una en el fondo de las aguas, la otra en el fondo del cielo.

Magdalena miraba brillar las estrellas en lo alto y exclamaba:

—Esos son los círculos de luz de los ángeles invisibles que nos protegen.

Mientras tanto, Marta veía temblar en el agua de la fuente el reflejo de las estrellas y decía:

—Esas son las partículas de oro que arrastra el agua en su curso misterioso.

El manantial y el viento se habían callado un instante por segunda vez. Luego volvieron a hablar, y dijeron:

EL AGUA

Sube por mi corriente. Quítate el miedo como si fuera un vestido grosero. Atrévete a cruzar la puerta de lo desconocido. Yo he adivinado que tu espíritu es de la misma esencia que los espíritus superiores. Quizá la envidia te echó del cielo para arrastrarte por el barro de la miseria. Pero yo veo en tu frente oscura una marca de orgullo. Esa marca te hace digna de nosotros, los espíritus fuertes y libres... Ven. Te voy a enseñar unas palabras mágicas de tanto poder que, al decirlas, se abrirán las rocas. Te ofrecerán los diamantes que guardan dentro, como las perlas en las conchas que los pescadores sacan del fondo del mar. Ven, te daré tesoros para que vivas feliz. Y más tarde, cuando se rompa la cárcel que te encierra, tu espíritu se unirá a los nuestros, que son espíritus humanos. Todos juntos seremos la fuerza que mueve la creación, su rayo de vida. Esa fuerza corre como un líquido por sus arterias bajo la tierra.

EL VIENTO

El agua lame la tierra y vive en el barro. Yo recorro las regiones del aire y vuelo en el espacio sin límites. Sigue los movimientos de tu corazón. Deja que tu alma suba como la llama y como las espirales azules del humo. ¡Pobre del que tiene alas y baja a las profundidades a buscar oro! Podría subir a las alturas para encontrar amor y sentimiento.

Vive escondida como la violeta. Yo te traeré en un beso fecundo la semilla de vida de otra flor, hermana tuya. Y romperé las nieblas para que siempre haya un rayo de sol que ilumine tu alegría. Vive escondida, vive sin que nadie te conozca. Cuando tu espíritu se libere, yo lo subiré a las regiones de la luz en una nube roja.

Se callaron el viento y el agua, y apareció el gnomo.

El gnomo era como un hombrecillo transparente. Era una especie de enano de luz, parecido a un fuego fatuo. Se reía a carcajadas, pero sin hacer ruido. Saltaba de peña en peña, y mareaba con su movimiento tan rápido. A veces se metía en el agua y seguía brillando en el fondo como una joya de piedras de mil colores. Otras veces salía a la superficie. Entonces agitaba los pies y las manos, y sacudía la cabeza a un lado y a otro con una rapidez prodigiosa.

Marta vio al gnomo y lo siguió con la mirada perdida en todos sus movimientos extraños. Por fin, el espíritu diabólico se lanzó por las rocas ásperas del Moncayo. Corría como una llama y agitaba su melena de chispas. Marta sintió una especie de atracción irresistible y corrió tras él como loca.

—*¡Magdalena!* —decía mientras tanto el aire, que se alejaba despacio.

Y Magdalena siguió a la ráfaga de viento, que iba suspirando por la llanura. Iba paso a paso, como una sonámbula guiada en el sueño por una voz amiga.

Después todo quedó otra vez en silencio en la oscura alameda. El viento y el agua siguieron sonando con los murmullos y los ruidos de siempre.

## IV

Magdalena volvió al pueblo pálida y llena de asombro. A Marta la esperaron en vano toda la noche.

Al llegar la tarde del día siguiente, las muchachas encontraron un cántaro roto al borde de la fuente de la alameda. Era el cántaro de Marta. Nunca más se volvió a saber de ella. Desde entonces, las muchachas del pueblo van a por agua tan temprano que se levantan con el sol. Algunas me han asegurado que de noche se ha oído más de una vez el llanto de Marta. Dicen que su espíritu vive prisionero en la fuente. Yo no sé qué creer de esta última parte de la historia. Porque la verdad es que, desde entonces, nadie se ha atrevido a entrar en la alameda para oírlo después del toque del Ave-María.

### Glosario

- **cántaro**: recipiente grande de barro para llevar agua.
- **enebro**: árbol pequeño de hojas finas y duras, típico del monte.
- **gnomo**: espíritu pequeño que vive bajo la tierra y guarda tesoros.
- **manantial**: lugar donde sale el agua de la tierra.
- **Ave-María / oraciones**: toque de campana al anochecer para rezar.
- **huérfanas**: niñas sin padre ni madre.
- **fuego fatuo**: pequeña llama que aparece de noche sobre el agua o los cementerios.
- **yunta**: pareja de animales que tiran juntos del arado.
- **talismán**: objeto con poderes mágicos.
- **alameda**: camino o lugar con muchos álamos.
- **pórtico**: entrada cubierta, con columnas, delante de una iglesia.
- **murmullo**: ruido suave y continuo, como el del agua o el de voces bajas.
- **guarida**: lugar escondido donde viven los animales salvajes.
- **áspero**: duro y desigual, nada suave.
- **diabólico**: del diablo; malo.
- **rubí / zafiro**: piedras preciosas; el rubí es rojo y el zafiro es azul.
- **reptil**: animal que se arrastra por el suelo, como la serpiente o el lagarto.

## El Miserere

Hace algunos meses visité la famosa abadía de Fitero. En su biblioteca abandonada me puse a revolver algunos libros. En uno de sus rincones descubrí dos o tres cuadernos de música bastante antiguos. Estaban cubiertos de polvo, y los ratones ya habían empezado a roerlos.

Era un *Miserere*.

Yo no sé música, pero me gusta tanto que, aunque no la entiendo, a veces cojo la partitura de una ópera. Paso horas y horas mirando sus páginas. Miro los grupos de notas, unas más juntas y otras menos. Miro las rayas, los semicírculos, los triángulos y esas especies de etcéteras que llaman llaves. Y todo esto lo hago sin entender ni una palabra y sin sacar ningún provecho.

Fiel a mi manía, repasé los cuadernos. Lo primero que me llamó la atención fue una cosa. En la última página estaba esa palabra latina tan común en todas las obras: *finis*. Pero la verdad era que el *Miserere* no estaba terminado, porque la música solo llegaba hasta el décimo versículo.

Esto fue sin duda lo primero que me llamó la atención. Pero luego me fijé un poco más en las hojas de música, y me sorprendió todavía más otra cosa. Todas las partituras llevan palabras italianas, como *maestoso*, *allegro*, *ritardando*, *più vivo*, *a piacere*. Pero aquí, en su lugar, había unas líneas escritas en alemán, con letra muy pequeña. Algunas pedían cosas muy difíciles de hacer, como esta: *Crujen... crujen los huesos, y de su interior deben parecer salir los gritos*. O esta otra: *La cuerda aúlla sin desafinar, el metal truena sin dejar sordo; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la humanidad que llora y gime*. Y al pie del último versículo había la más original de todas: *Las notas son huesos cubiertos de carne: fuego que nunca se apaga, los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y dulzura*.

Traduje a medias estas líneas, que parecían frases escritas por un loco. Al terminar, le pregunté a un anciano que me acompañaba:

—¿Sabéis qué es esto?

Entonces el anciano me contó la leyenda que os voy a contar.

## I

Hace ya muchos años, en una noche oscura y de lluvia, llegó un romero a la puerta del claustro de esta abadía. Pidió un poco de fuego para secar su ropa y un trozo de pan para su hambre. Pidió también un lugar cualquiera donde esperar la mañana, para seguir su camino con la luz del sol.

El hermano que lo recibió puso a disposición del caminante su modesta cena, su pobre cama y su fuego encendido. Cuando el romero descansó de su cansancio, el hermano le preguntó por el motivo de su viaje y adónde iba.

—Yo soy músico —respondió el romero—. He nacido muy lejos de aquí, y en mi patria fui muy famoso. En mi juventud usé mi arte como un arma poderosa de seducción. Con él encendí pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero usar para el bien los talentos que usé para el mal. Quiero salvarme por el mismo camino por el que pude condenarme.

Las palabras misteriosas del desconocido no le parecieron del todo claras al hermano lego. Ya empezaba a despertarse su curiosidad, y por eso siguió haciéndole preguntas. Entonces el músico continuó así:

—Yo lloraba en el fondo de mi alma la culpa que había cometido. Pero al intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras dignas de mi arrepentimiento. Un día, por casualidad, mis ojos se fijaron en un libro santo. Abrí aquel libro, y en una de sus páginas encontré un enorme grito de verdadero arrepentimiento. Era un salmo de David, el que empieza *¡Miserere mei, Deus!* Desde que leí sus estrofas, solo tuve un pensamiento. Quería encontrar una forma musical tan magnífica y tan sublime que pudiera contener el gran himno de dolor del Rey Profeta. Todavía no la he encontrado. Pero si consigo expresar lo que siento en mi corazón y lo que oigo confusamente en mi cabeza, haré un *Miserere* maravilloso. Estoy seguro. Nadie en el mundo habrá oído otro igual. Será tan desgarrador que los arcángeles, al oír el primer acorde, dirán conmigo, con los ojos llenos de lágrimas, mirando al Señor: *¡misericordia!* Y el Señor tendrá misericordia de su pobre criatura.

Al llegar a este punto de su relato, el romero se calló un instante. Después dio un suspiro y volvió a tomar el hilo de su historia. Alrededor del fuego, en círculo, lo escuchaban en profundo silencio el hermano lego, algunos empleados de la abadía y dos o tres pastores de la granja de los monjes.

—He recorrido toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país, tan importante para la música religiosa —continuó—. Y todavía no he oído un *Miserere* que pueda inspirarme. Ni uno, ni uno. Y he oído tantos que puedo decir que los he oído todos.

—¿Todos? —dijo entonces uno de los rabadanes, interrumpiéndolo—. ¿A que todavía no habéis oído el *Miserere de la Montaña*?

—¡El *Miserere de la Montaña*! —exclamó el músico, extrañado—. ¿Qué *Miserere* es ese?

—¿No lo decía yo? —murmuró el campesino. Y luego siguió con un tono misterioso—: Ese *Miserere* solo lo oyen por casualidad los que, como yo, andan día y noche detrás del ganado entre rocas y matorrales. Es toda una historia. Una historia muy antigua, pero tan verdadera como increíble parece.

Resulta que en la parte más salvaje de esas montañas que cierran el horizonte del valle, en cuyo fondo está la abadía, había hace muchos años... ¡qué digo muchos años!, muchos siglos, un monasterio famoso. Según parece, lo construyó un señor con su propio dinero. Era la fortuna que iba a dejar a su hijo. Pero al morir lo desheredó, como castigo por sus maldades.

Hasta aquí, todo bien. Pero resulta que este hijo debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona. Ya lo veréis más adelante. Supo que sus bienes estaban en manos de los monjes y que su castillo se había convertido en iglesia. Entonces reunió a unos cuantos bandidos. Eran sus compañeros en la vida de perdición que empezó al dejar la casa de sus padres. Una noche de Jueves Santo, los monjes estaban en el coro. Era justo el momento en que iban a empezar el *Miserere*, o quizá ya lo habían empezado. Entonces los bandidos prendieron fuego al monasterio y robaron en la iglesia. Y dicen que mataron a todos, sin elegir, y no dejaron ni un monje con vida.

Después de este crimen terrible, los bandidos se marcharon, y con ellos el hijo, que los había empujado a hacerlo. No se sabe adónde fueron. Quizá al infierno.

Las llamas dejaron el monasterio en escombros. De la iglesia todavía quedan en pie las ruinas, sobre una gran roca hueca. De allí nace la cascada. El agua se estrella de peña en peña y forma el arroyo que llega a bañar los muros de esta abadía.

—Pero ¿y el *Miserere*? —interrumpió el músico, impaciente.

—Esperad —contestó el rabadán con mucha calma y algo de burla—, que todo irá por partes.

Y después de decir esto, siguió así su historia:

—La gente de los alrededores se escandalizó por el crimen. Los padres se lo contaban con horror a los hijos, y los hijos a los nietos, en las largas noches de reunión junto al fuego. Pero hay algo que mantiene más viva su memoria. Todos los años, en la misma noche en que ocurrió, se ven brillar luces por las ventanas rotas de la iglesia. Y se oye una especie de música extraña y unos cantos tristes y aterradores. Se oyen a ratos, cuando sopla el viento.

Son los monjes. Quizá murieron sin estar preparados para presentarse limpios de culpa ante el tribunal de Dios. Por eso vienen todavía del purgatorio a pedirle su misericordia, cantando el *Miserere*.

Los que estaban allí se miraron unos a otros, sin creerlo. Solo el romero parecía muy impresionado por la historia. Con ansiedad, le preguntó al rabadán:

—¿Y decís que esa maravilla todavía se repite?

—Dentro de tres horas empezará, sin falta, porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y el reloj de la abadía acaba de dar las ocho.

—¿A qué distancia está el monasterio?

—A una legua y media escasa... Pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais en una noche como esta? ¡Dios os ha abandonado! —exclamaron todos.

Lo dijeron al ver que el romero se levantaba de su banco. Tomó su bastón de peregrino y se dirigió a la puerta.

—¿Adónde voy? A oír esa música maravillosa. A oír el gran *Miserere*, el verdadero *Miserere*, el *Miserere* de los que vuelven al mundo después de muertos. Ellos saben lo que es morir en pecado.

Y diciendo esto, desapareció de la vista del lego asustado y de los pastores, tan asombrados como él.

El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa quisiera arrancarlas. La lluvia caía a chorros y golpeaba los cristales de las ventanas. De vez en cuando, la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que se veía desde ellas.

Pasado el primer momento de sorpresa, el lego exclamó:

—¡Está loco!

—¡Está loco! —repitieron los pastores.

Y avivaron otra vez el fuego y se juntaron alrededor del hogar.

## II

Aquel personaje misterioso, al que en la abadía llamaron loco, caminó una o dos horas. Subió siguiendo la corriente del arroyo que le había indicado el rabadán. Por fin llegó al lugar donde se levantaban, negras e imponentes, las ruinas del monasterio.

La lluvia había parado. Las nubes flotaban en bandas oscuras. A veces, entre sus jirones, se colaba un rayo de luz pálida y dudosa. El aire golpeaba los fuertes pilares y se extendía por los claustros desiertos, y parecía que soltaba gemidos. Sin embargo, no había nada sobrenatural, nada extraño que asustara la imaginación. El romero había dormido muchas noches sin más refugio que las ruinas de una torre abandonada o de un castillo solitario. En su largo viaje se había enfrentado a cientos de tormentas. Por eso todos aquellos ruidos le eran familiares.

Llegaban a sus oídos todos esos murmullos extraños y misteriosos del campo, de la soledad y de la noche. Las gotas de agua se filtraban por las grietas de los arcos rotos. Caían sobre las losas con un ruido regular, como el péndulo de un reloj. Se oían los gritos del búho, que se refugiaba bajo el círculo de piedra que rodeaba la cabeza de una imagen. La imagen seguía de pie en el hueco de un muro. Se oía también el ruido de los reptiles. La tormenta los había despertado de su sueño. Sacaban sus cabezas deformes de los agujeros donde duermen. O se arrastraban entre los jaramagos y las zarzas que crecían al pie del altar. Crecían entre las juntas de las lápidas de las tumbas que formaban el suelo de la iglesia. El romero estaba sentado sobre la estatua rota de una tumba. Esperaba ansioso la hora en que debía ocurrir la maravilla.

Pasó mucho tiempo, y no se oyó nada. Aquellos mil ruidos confusos seguían sonando y mezclándose de mil maneras distintas, pero siempre eran los mismos.

—¿Me habrá engañado? —pensó el músico.

Pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar. Era como el ruido que hace un reloj unos segundos antes de dar la hora. Era un ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se estiran, de una máquina que se mueve en silencio. Parecía prepararse para usar su misteriosa vida mecánica. Y sonó una campanada... dos... tres... hasta once.

En la iglesia en ruinas no había campana, ni reloj, ni siquiera torre.

La última campanada todavía no se había apagado del todo de eco en eco. Todavía se oía su vibración temblando en el aire. Entonces la iglesia entera empezó a iluminarse sola. Se iluminaron los techos de granito que cubrían las esculturas y los escalones de mármol de los altares. Se iluminaron las piedras de los arcos, las barandillas caladas del coro y los adornos de tréboles de las cornisas. Se iluminaron los negros pilares de los muros, el suelo y las bóvedas. Y no se veía ninguna antorcha, ni vela, ni lámpara que diera aquella luz tan extraña.

Parecía un esqueleto. De sus huesos amarillos sale ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad. Es una luz azulada, inquieta y que da miedo.

Todo pareció cobrar vida, pero con un movimiento eléctrico. Es ese movimiento que hace a los muertos contraerse como si imitaran la vida. Es un movimiento rápido, todavía más horrible que la quietud del cadáver al que mueve con su fuerza desconocida. Las piedras se unieron a las piedras. Los trozos rotos del altar estaban antes esparcidos sin orden. Ahora el altar se levantó entero, como si el escultor acabara de darle el último golpe de cincel. Y junto con el altar se levantaron las capillas caídas y los capiteles rotos. Se levantaron también las enormes filas de arcos destrozados. Se cruzaban y se enlazaban de forma caprichosa. Con sus columnas formaron un laberinto de pórfido.

Cuando la iglesia estuvo reconstruida, empezó a oírse un acorde lejano. Se podía confundir con el zumbido del aire. Pero era un conjunto de voces lejanas y graves. Parecía salir del interior de la tierra y subir poco a poco. Cada vez se oía con más claridad.

El atrevido romero empezaba a tener miedo. Pero contra su miedo luchaba todavía su pasión por todo lo raro y maravilloso. Animado por ella, dejó la tumba donde descansaba. Se inclinó al borde del abismo. Allí, entre las rocas, saltaba el torrente y caía con un trueno continuo y espantoso. Y entonces se le erizó el pelo de horror.

Vio los esqueletos de los monjes que habían sido arrojados a aquel precipicio desde el muro de la iglesia. Iban mal envueltos en los jirones de sus hábitos, con las capuchas puestas. Bajo sus pliegues se veían sus calaveras. Los agujeros oscuros de sus ojos contrastaban con sus mandíbulas sin carne y sus dientes blancos. Salían del fondo de las aguas. Se agarraban con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas. Y trepaban por ellas hasta llegar al borde. Mientras subían, decían el primer versículo del salmo de David. Lo decían con voz baja y de tumba, pero con una expresión de dolor desgarradora:

*¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!*

Cuando los monjes llegaron a las columnas de la entrada de la iglesia, se colocaron en dos filas. Entraron y fueron a arrodillarse en el coro. Allí siguieron cantando los versículos del salmo, con voz más alta y solemne. La música sonaba al ritmo de sus voces. Aquella música era el ruido lejano del trueno, que se alejaba murmurando después de la tormenta. Era el zumbido del aire, que gemía en el hueco del monte. Era el ruido monótono de la cascada que caía sobre las rocas. Era la gota de agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música. Y era algo más, algo que no se puede explicar y que apenas se puede imaginar. Era algo parecido al eco de un órgano. Acompañaba los versículos del gigantesco himno de arrepentimiento del Rey Salmista. Sus notas y sus acordes eran tan gigantescos como sus palabras terribles.

La ceremonia siguió. El músico la miraba, absorto y aterrado. Creía estar fuera del mundo real. Creía vivir en esa región fantástica de los sueños, donde todas las cosas toman formas extrañas y fuera de lo normal.

De repente, una sacudida terrible lo sacó de aquel estado. Hasta entonces, aquella especie de sopor le paralizaba la mente. Sus nervios saltaron por una emoción fortísima. Sus dientes chocaron con un temblor que no podía controlar. Y el frío le entró hasta lo más profundo de los huesos.

En aquel instante, los monjes decían estas palabras espantosas del *Miserere*:

*In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.*

Este versículo resonó, y sus ecos retumbaron de bóveda en bóveda. Entonces se levantó un grito tremendo. Parecía un grito de dolor arrancado a toda la humanidad por la conciencia de sus maldades. Era un grito horroroso. Estaba formado por todos los lamentos de la desgracia, por todos los aullidos de la desesperación y por todas las blasfemias de los que no creen en Dios. Era un concierto monstruoso, la voz digna de los que viven en el pecado y nacieron en la maldad.

El canto continuó. A veces era tristísimo y profundo. Otras veces se parecía a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tormenta. A un relámpago de terror le seguía otro relámpago de alegría. Por fin, de repente, todo cambió. La iglesia brilló, bañada en una luz del cielo. Los huesos de los monjes se cubrieron otra vez de carne. Un círculo de luz brilló alrededor de sus frentes. La cúpula se rompió, y a través de ella se vio el cielo. Era como un océano de fuego abierto a la mirada de los justos.

Los serafines, los arcángeles, los ángeles y todas las jerarquías del cielo acompañaban este versículo con un himno de gloria. El versículo subía entonces al trono del Señor como un remolino de armonía, como una enorme espiral de incienso que sonaba:

*Auditui meo dabis gaudium et lætitiam: et exultabunt ossa humiliata.*

En ese momento, la luz deslumbrante cegó los ojos del romero. Sus sienes latieron con violencia y sus oídos zumbaron. Cayó al suelo sin conocimiento, y ya no oyó nada más.

## III

Al día siguiente, el hermano lego ya les había contado a los tranquilos monjes de la abadía de Fitero la extraña visita de la noche anterior. Entonces vieron entrar por sus puertas al romero desconocido. Estaba pálido y parecía fuera de sí.

—¿Oísteis por fin el *Miserere*? —le preguntó el lego con cierta ironía. Al mismo tiempo, miró a escondidas a sus superiores, con un gesto de complicidad.

—Sí —respondió el músico.

—¿Y qué tal os ha parecido?

—Lo voy a escribir. Dadme refugio en vuestra casa —continuó, dirigiéndose al abad—. Dadme refugio y pan durante algunos meses. A cambio os dejaré una obra de arte inmortal. Será un *Miserere* que borre mis culpas ante los ojos de Dios y que haga eterna mi memoria, y con ella la de esta abadía.

Los monjes, por curiosidad, le aconsejaron al abad que aceptara su petición. El abad, aunque lo creía loco, al final aceptó por compasión. El músico se instaló en el monasterio y empezó su obra.

Trabajaba noche y día, con un esfuerzo sin descanso. En medio de su trabajo se paraba. Parecía escuchar algo que sonaba en su imaginación. Se le abrían mucho los ojos, daba un salto en el asiento y exclamaba:

—¡Eso es! ¡Así, así, no hay duda... así!

Y seguía escribiendo notas con una rapidez de fiebre. Más de una vez sorprendió con ello a los que lo observaban sin ser vistos.

Escribió los primeros versículos, y los siguientes, hasta la mitad del Salmo. Pero al llegar al último versículo que había oído en la montaña, ya no pudo seguir.

Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores: todo fue inútil. Su música no se parecía a aquella música que ya había escrito. El sueño huyó de sus ojos y perdió el apetito. La fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco. Y al final murió sin poder terminar el *Miserere*. Cuando murió, los monjes lo guardaron como una cosa extraña. Todavía hoy se conserva en el archivo de la abadía.

Cuando el anciano terminó de contarme esta historia, no pude evitar mirar otra vez el viejo manuscrito lleno de polvo. El *Miserere* todavía estaba abierto sobre una de las mesas.

*In peccatis concepit me mater mea.*

Estas eran las palabras de la página que tenía delante. Parecía burlarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos, que no entienden los que no saben música.

Habría dado un mundo por poder leerlas.

¿Quién sabe si no serán una locura?

### Glosario

- **Miserere**: salmo de David que pide perdón a Dios; también la música para ese salmo.
- **abadía**: monasterio grande dirigido por un abad.
- **versículo**: cada parte corta de un salmo.
- **romero**: peregrino, persona que viaja a un lugar santo.
- **hermano lego**: fraile que hace los trabajos de la casa, no es sacerdote.
- **rabadán**: jefe de los pastores.
- **Jueves Santo**: el jueves antes de Pascua.
- **legua**: medida antigua de distancia, unos cinco kilómetros y medio.
- **pórfido**: piedra dura y muy bonita, de color rojo oscuro.
- **borrador**: primera versión de un texto o de una música.
- **crujir**: hacer un ruido seco, como la madera o los huesos.
- **jirón**: trozo roto de tela o de nube.
- **búho**: ave de la noche, con ojos grandes.
- **reptil**: animal que se arrastra por el suelo, como la serpiente o el lagarto.
- **zumbido**: ruido continuo y sordo, como el de un insecto o el del viento.
- **capucha**: parte del hábito que cubre la cabeza.

## Las hojas secas

El sol se había puesto. Las nubes pasaban rotas en pedazos sobre mi cabeza e iban a juntarse unas sobre otras en el horizonte lejano. El viento frío de las tardes de otoño hacía girar las hojas secas a mis pies.

Yo estaba sentado al borde de un camino, por donde siempre vuelven menos de los que van.

No sé en qué pensaba, si es que entonces pensaba en algo. Mi alma temblaba, a punto de lanzarse al espacio. Temblaba como el pájaro, que mueve un poco las alas antes de echar a volar.

Hay momentos en que, gracias a una serie de abstracciones, el espíritu se aparta de todo lo que lo rodea. Se encierra en sí mismo, y así analiza y comprende todos los fenómenos misteriosos de la vida interior del hombre.

Hay otros momentos en que el espíritu se separa del cuerpo. Pierde su personalidad y se mezcla con los elementos de la naturaleza. Entra en relación con su forma de ser y traduce su lenguaje, imposible de comprender.

Yo estaba en uno de estos últimos momentos. Estaba solo, en medio de la llanura desnuda, cuando oí hablar cerca de mí.

Eran dos hojas secas las que hablaban. Este fue, más o menos, su extraño diálogo:

—¿De dónde vienes, hermana?

—Vengo de rodar con el torbellino a lo largo de la llanura sin fin. Iba envuelta en la nube de polvo y de hojas secas, nuestras compañeras. ¿Y tú?

—Yo he seguido durante algún tiempo la corriente del río. Luego el viento fuerte me arrancó del barro y de los juncos de la orilla.

—¿Y adónde vas?

—No lo sé. ¿Lo sabe acaso el viento que me empuja?

—¡Ay! ¿Quién iba a decir que acabaríamos así, amarillas y secas, arrastrándonos por la tierra? ¡Nosotras, que vivíamos vestidas de color y de luz, meciéndonos en el aire!

—¿Te acuerdas de los hermosos días en que nacimos? ¿Te acuerdas de aquella mañana tranquila? Se rompió el botón hinchado que era nuestra cuna. Y nos abrimos al beso tibio del sol como un abanico de esmeraldas.

—¡Oh! ¡Qué dulce era sentirse mecida por la brisa allá arriba! Bebíamos el aire y la luz por todos los poros.

—¡Oh! ¡Qué hermoso era ver correr el agua del río! Lamía las raíces torcidas del viejo tronco que nos sostenía. Era un agua limpia y transparente que copiaba como un espejo el azul del cielo. Por eso creíamos vivir colgadas entre dos abismos azules.

—¡Con qué placer nos asomábamos por encima de las ramas verdes para vernos reflejadas en la corriente temblorosa!

—¡Cómo cantábamos juntas! Imitábamos el ruido de la brisa y seguíamos el ritmo de las olas.

—Los insectos brillantes volaban a nuestro alrededor con sus alas de gasa abiertas.

—Y las mariposas blancas y las libélulas azules giraban por el aire en círculos extraños. Se paraban un momento en nuestros bordes dentados. Allí se contaban los secretos de ese amor misterioso que dura un instante y les consume la vida.

—Cada una de nosotras era una nota en el concierto de los bosques.

—Cada una de nosotras era un tono en la armonía de su color.

—¿Te acuerdas de las noches de luna? Su luz de plata resbalaba sobre la cima de los montes. ¿Te acuerdas de cómo charlábamos en voz baja entre las sombras claras?

—Y contábamos en un susurro suave las historias de los silfos. Los silfos se columpian en los hilos de oro que cuelgan las arañas entre los árboles.

—Hasta que parábamos nuestra charla monótona para escuchar, encantadas, las quejas del ruiseñor. Él había elegido nuestro tronco como asiento.

—Y sus lamentos eran tan tristes y tan suaves que el amanecer nos encontraba llorando, aunque estábamos llenas de alegría al oírlo.

—¡Oh! ¡Qué dulces eran aquellas lágrimas! Nos las prestaba el rocío de la noche, y brillaban con todos los colores del arco iris a la primera luz de la aurora.

—Después vino el alegre grupo de jilgueros. Llenaron el bosque de vida y de ruido con el alboroto feliz y confuso de sus cantos.

—Y una pareja enamorada colgó junto a nosotras su nido redondo de pajas y plumas.

—Nosotras protegíamos a los pequeños de las molestas gotas de lluvia en las tormentas de verano.

—Nosotras éramos su techo y los defendíamos de los rayos del sol, que los molestaban.

—Nuestra vida pasaba como un sueño de oro. No sospechábamos que podíamos despertar de él.

—Una tarde hermosa, todo parecía sonreír a nuestro alrededor. El sol poniente encendía el oeste y ponía rojas las nubes. La tierra estaba un poco húmeda, y de ella subían olores de vida y perfumes de flores. Aquella tarde, dos amantes se pararon a la orilla del agua, al pie del tronco que nos sostenía.

—¡Nunca se borrará ese recuerdo de mi memoria! Ella era joven, casi una niña, hermosa y pálida. Él le decía con ternura: «¿Por qué lloras?». Ella se secó una lágrima y le respondió: «Perdona este sentimiento de egoísmo, que no puedo evitar. Lloro por mí. Lloro por la vida que se me escapa. Cuando el cielo se corona de rayos de luz y la tierra se viste de verde y de flores… Cuando el viento trae perfumes, cantos de pájaros y armonías lejanas, y una ama y se siente amada… ¡la vida es buena!». «¿Y por qué no vas a vivir?», insistió él, emocionado, apretándole las manos. «Porque es imposible. Cuando caigan secas esas hojas que murmuran con armonía sobre nuestras cabezas, yo moriré también. Y algún día el viento se llevará su polvo y el mío… ¿quién sabe adónde?».

—Yo lo oí y tú lo oíste. Nos estremecimos y nos callamos. ¡Teníamos que secarnos! ¡Teníamos que morir y girar arrastradas por los remolinos del viento! Cuando llegó la noche, todavía estábamos mudas y llenas de terror. ¡Oh! ¡Qué noche tan horrible!

—Por primera vez, el ruiseñor enamorado faltó a su cita. Era él quien encantaba la noche con sus quejas.

—Poco después se fueron volando los pájaros, y con ellos sus pequeños, que ya tenían plumas. El nido se quedó solo, meciéndose despacio. Estaba triste como la cuna vacía de un niño muerto.

—Y huyeron las mariposas blancas y las libélulas azules. Dejaron su lugar a los insectos oscuros, que venían a roer nuestras fibras. Venían a dejar dentro de nosotras sus larvas asquerosas.

—¡Oh! ¡Y cómo temblábamos, encogidas, al contacto helado de la escarcha de la noche!

—Perdimos el color y la frescura.

—Perdimos la suavidad y la forma. Antes, cuando nos tocábamos, sonaba como un ruido de besos, como un murmullo de palabras de enamorados. Luego se convirtió en un ruido áspero, seco, desagradable y triste.

—¡Y al final nos soltamos y salimos volando!

—Me pisaron los pies de los viajeros indiferentes. Me arrastraron sin parar de un sitio a otro, entre el polvo y el barro. Me he sentido feliz cuando podía descansar un instante en el surco profundo de un camino.

—Yo he dado vueltas sin parar, arrastrada por la corriente sucia. Y en mi largo viaje vi a uno de los dos amantes, aquellos cuyas palabras nos hicieron sentir que llegaba la muerte. Estaba solo, vestido de luto y sombrío. Miraba distraído el agua que pasaba y las hojas secas que marcaban su movimiento.

—¡Ella también se soltó de la vida! Quizá duerme en una tumba reciente, sobre la que yo me paré un momento.

—¡Ay! Ella duerme y descansa por fin. Pero nosotras, ¿cuándo terminaremos este largo viaje?...

—¡Nunca!... El viento que nos dejó descansar un momento ya vuelve a soplar. Ya siento que tiemblo para levantarme de la tierra y seguir con él. ¡Adiós, hermana!

—¡Adiós!

. . . . . . .

Silbó el aire, que había estado callado un momento. Las hojas se levantaron en un remolino confuso y se perdieron a lo lejos, en la oscuridad de la noche.

Y yo pensé entonces algo que no puedo recordar. Y aunque lo recordara, no encontraría palabras para decirlo.

¿Quién sabe si no serán una locura?

### Glosario

- **hoja seca**: hoja muerta que cae del árbol en otoño.
- **torbellino / remolino**: viento que gira muy rápido.
- **juncos**: plantas largas y delgadas que crecen junto al agua.
- **silfos**: espíritus pequeños del aire, en las leyendas.
- **ruiseñor**: pájaro que canta de noche.
- **jilgueros**: pájaros pequeños de muchos colores que cantan mucho.
- **escarcha**: hielo fino que cubre las plantas en las noches frías.
- **larvas**: primera forma de algunos insectos, como pequeños gusanos.
- **luto**: ropa negra que se lleva cuando muere alguien querido.
- **mecerse**: moverse despacio de un lado a otro.
- **torcido**: que no es recto.
- **asomarse**: sacar la cabeza por encima o por fuera de algo para mirar.
- **libélula**: insecto de cuerpo largo y cuatro alas finas que vuela sobre el agua.
- **dentado**: con pequeñas puntas en el borde, como dientes.
- **resbalar**: pasar suavemente por encima de algo.
- **columpiarse**: moverse colgado de algo, hacia delante y hacia atrás.
- **monótono**: siempre igual, sin cambios.

## La venta de los gatos

En Sevilla, a mitad del camino que va desde la puerta de la Macarena hasta el convento de San Jerónimo, hay varios ventorrillos famosos. Entre ellos hay uno especial, por el lugar donde está y por sus circunstancias particulares. Se puede decir que era, si ya no lo es, el más *neto* y típico de todos los ventorrillos andaluces.

Imaginaos una casita blanca como la nieve. Tiene un tejado de tejas, unas casi rojas y otras de un verde casi negro. Entre ellas crecen muchísimos jaramagos y matas de reseda. Un techo pequeño de madera da sombra a la entrada de la puerta. A sus lados hay dos bancos de ladrillo y cemento. En la pared hay varias ventanitas abiertas sin orden para dar luz al interior. Unas son más bajas y otras más altas. Una es cuadrada, otra parece un ajimez o una claraboya. De trecho en trecho, metidas en el muro, se ven algunas estacas y anillas de hierro para atar a los caballos. Hay una parra muy vieja que retuerce sus troncos negros entre las maderas que la sostienen. Los cubre de sarmientos y de hojas verdes y anchas. Así cubre, como un techo, el lugar donde se sienta la gente. Allí hay tres bancos de pino, media docena de sillas de anea medio rotas y seis o siete mesas cojas, hechas de tablas mal unidas. Por un lado de la casa sube una madreselva. Se agarra a las grietas de las paredes hasta llegar al tejado. Del borde del tejado cuelgan algunas de sus ramas, que se mecen con el aire como banderas verdes. Al pie del otro lado hay una valla de cañas. Marca los límites de un pequeño jardín que parece una cestita de juncos llena de flores. Detrás del ventorrillo se levantan dos árboles grandes. Sus copas forman un fondo oscuro, y sobre él se ven las chimeneas blancas. Completan el paisaje las vallas de las huertas, llenas de pitas y de zarzas, y las retamas que crecen a la orilla del agua. Y está también el Guadalquivir, que se aleja despacio con su corriente llena de curvas entre aquellas orillas salvajes. Llega hasta el pie del antiguo convento de San Jerónimo. El convento asoma por encima de los espesos olivares que lo rodean. La figura negra de sus torres se recorta sobre un cielo azul transparente.

Imaginaos este paisaje lleno de vida, con muchas figuras de hombres, mujeres, niños y animales. Forman grupos, cada uno más pintoresco y típico que el otro. Aquí está el ventero, gordito y con la cara colorada, sentado al sol en una silla baja. Deshace el tabaco entre las manos para liar un cigarrillo, con el papel en la boca. Allí, un vendedor de la Macarena canta con los ojos medio cerrados y se acompaña con una guitarrita. Otros le siguen el ritmo con las palmas o golpeando las mesas con los vasos. Más allá hay un grupo de muchachas con pañuelos de seda de mil colores. Llevan toda una maceta de claveles en el pelo. Tocan la pandereta, chillan, ríen y hablan a gritos, mientras empujan como locas el columpio colgado entre dos árboles. Los mozos del ventorrillo van y vienen con bandejas de manzanilla y platos de aceitunas. Por el camino pasan grupos de gente del pueblo, como hormigas. Dos borrachos discuten con un majo que le echa un piropo a una buena moza al pasar. Un gallo canta orgulloso, con las plumas hinchadas, sobre la tapia del corral. Un perro ladra a los niños, que lo molestan con palos y piedras. El aceite hierve y salta en la sartén donde fríen el pescado. Se oyen los latigazos de los caleseros, que llegan levantando una nube de polvo. Hay ruido de canciones, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras. Hay golpes en las mesas y palmadas, y el estallido de jarros que se rompen. Y hay miles de ruidos extraños y distintos que forman un alboroto alegre imposible de describir. Imaginad todo esto en una tarde tibia y tranquila, la tarde de uno de los días más hermosos de Andalucía, donde siempre son tan hermosos. Así tendréis una idea del espectáculo que vieron mis ojos la primera vez que fui a aquel famoso ventorrillo. Fui atraído por su fama.

De esto hace ya muchos años: diez o doce por lo menos. Yo estaba allí como fuera de mi sitio. Mi ropa, la expresión de asombro de mi cara... todo en mí desentonaba en aquel cuadro de alegría sincera y ruidosa. Me pareció que la gente, al pasar, volvía la cara para mirarme con disgusto, como se mira a alguien que molesta.

No quería llamar la atención ni que la gente se burlara de mí, más o menos a escondidas. Por eso me senté a un lado de la puerta del ventorrillo y pedí algo de beber, que no bebí. Cuando todos se olvidaron de mi extraña presencia, saqué un papel de la cartera de dibujo que llevaba conmigo. Afilé un lápiz y empecé a buscar con la vista una figura típica. Quería dibujarla y guardarla como recuerdo de aquella escena y de aquel día.

Enseguida mis ojos se fijaron en una de las muchachas que formaban un corro alegre alrededor del columpio. Era alta, delgada y un poco morena. Tenía unos ojos grandes, negros y como dormidos, y un pelo más negro que los ojos. Mientras yo hacía el dibujo, un grupo de hombres cantaba a coro. Entre ellos había uno que tocaba la guitarra con mucho estilo. Sus coplas hablaban de las muchachas que se divertían alrededor del columpio. Hablaban de su belleza, de sus secretos de amor, de sus gustos y de sus historias de celos y desprecios. Ellas les respondían con otras coplas igual de graciosas, picantes y ligeras.

La muchacha morena, esbelta y graciosa que yo había elegido como modelo dirigía las voces de las mujeres. Ella inventaba las coplas y las cantaba, entre las palmas y las risas de sus compañeras. Y el que tocaba la guitarra parecía el jefe de los mozos. Entre todos ellos, él era el que más destacaba por su gracia y su ingenio atrevido.

Por mi parte, no necesité mucho tiempo para saber que entre los dos había algún sentimiento de cariño. Se notaba en sus coplas, llenas de alusiones claras y de frases de enamorados.

Cuando terminé mi dibujo, empezaba a hacerse de noche. En la torre de la catedral ya se habían encendido los dos faroles del campanario. Sus luces parecían los ojos de fuego de aquel gigante de cemento y ladrillo que domina toda la ciudad. Los grupos se iban deshaciendo poco a poco. Se perdían a lo largo del camino entre la niebla del atardecer. La luna, que empezaba a dibujarse en el cielo violeta y oscuro, ponía la niebla de color plata. Las muchachas se alejaban juntas y cantando. Sus voces claras se oían cada vez menos, hasta mezclarse con los otros ruidos lejanos que temblaban en el aire. Todo terminaba a la vez: el día, el ruido, la animación y la fiesta. De todo aquello solo quedaba un eco en el oído y en el alma. Era como una vibración muy suave. Era como ese dulce sopor que sentimos al despertar de un sueño agradable.

Cuando se fueron las últimas personas, doblé mi dibujo y lo guardé en la cartera. Llamé al mozo con una palmada y pagué lo poco que había gastado. Ya me iba a marchar cuando sentí que alguien me sujetaba suavemente del brazo. Era el muchacho de la guitarra, en el que ya me había fijado antes. Mientras yo dibujaba, él me miraba mucho y con cierta curiosidad. Yo no me había dado cuenta, pero al terminar la fiesta se había acercado disimuladamente a mi sitio. Quería ver qué hacía yo, mirando con tanta insistencia a la mujer que a él parecía interesarle.

—Señorito —me dijo, intentando hablar con la voz más suave posible—, le voy a pedir a usted un favor.

—¡Un favor! —exclamé yo, sin entender qué podía querer—. Diga usted. Si está en mi mano, es cosa hecha.

—¿Me quiere usted dar esa pintura que ha hecho?

Al oír estas palabras, me quedé un rato sin saber qué hacer. Por una parte me extrañaba la petición, que era bastante rara. Por otra parte me extrañaba el tono. No se podía saber bien si era una amenaza o un ruego. Él debió de comprender mi duda, porque enseguida añadió:

—Se lo pido a usted por la salud de su madre, por la mujer que más quiera en este mundo, si quiere a alguna. Pídame usted a cambio todo lo que yo pueda hacer en mi pobreza.

No supe qué contestar para librarme del compromiso. Casi habría preferido que viniera a buscar pelea. Así habría podido conservar el boceto de aquella mujer que tanto me había impresionado. Pero quizá fue la sorpresa del momento, o quizá es que yo no sé decir que no a nada. El caso es que abrí mi cartera, saqué el papel y se lo di sin decir una palabra.

Es muy difícil, por no decir imposible, contar todo lo que vino después. Me dio las gracias con mil frases. Miró otra vez el dibujo a la luz del farol de la venta, y lanzó exclamaciones. Lo dobló con mucho cuidado y lo guardó en su faja. Me ofreció muchas cosas. Y alabó de forma exagerada la suerte de haber encontrado a un señorito *templao y neto*, como él decía. Solo diré que, entre unas cosas y otras, ya se había hecho completamente de noche. Por eso él se empeñó en acompañarme hasta la puerta de la Macarena, quisiera yo o no. Insistió tanto que por fin acepté, y nos pusimos en camino juntos. El camino es bastante corto. Pero mientras duró, él encontró la forma de contarme de principio a fin toda la historia de sus amores.

La venta donde había sido la fiesta era de su padre. Su padre le había prometido una huerta para cuando se casara. La huerta estaba junto a la casa y también era suya. Luego me habló de la muchacha a la que quería. Me la describió con los colores más vivos y las frases más pintorescas. Me dijo que se llamaba Amparo y que se había criado en su casa desde muy pequeñita. Nadie sabía quiénes eran sus padres. Todo esto y cien detalles más, de menos interés, me contó por el camino. Cuando llegamos a las puertas de la ciudad, me dio un fuerte apretón de manos y volvió a ofrecerse a mí. Después se marchó cantando, y los ecos de su canción se extendían a lo lejos en el silencio de la noche. Yo me quedé un rato viéndolo marchar. Su felicidad parecía contagiosa. Me sentía alegre, con una alegría extraña y sin nombre. Era, por decirlo así, una alegría de reflejo.

Él siguió cantando con todas sus fuerzas. Una de sus coplas decía así:

*Compañerillo del alma,*

*mira qué bonita era:*

*se parecía a la Virgen*

*de Consolación de Utrera.*

Su voz empezaba a perderse. Entonces oí en las ráfagas de la brisa otra voz, fina y vibrante, que sonaba todavía más lejos. Era ella, ella, que lo esperaba impaciente...

. . . . . . .

Pocos días después me fui de Sevilla. Pasaron muchos años sin que volviera. Olvidé muchas cosas que me habían pasado allí. Pero nunca se me borró de la memoria el recuerdo de aquella felicidad tan grande, tan desconocida y tan tranquila.

## II

Como he dicho, pasaron muchos años después de irme de Sevilla. Pero no olvidé del todo aquella tarde. Su recuerdo pasaba a veces por mi imaginación como una brisa buena que refresca una frente ardiente.

La casualidad me llevó de nuevo a la gran ciudad que con tanta razón llaman *reina de Andalucía*. Una de las cosas que más me llamaron la atención fue el gran cambio que había ocurrido durante mi ausencia. Habían aparecido edificios, manzanas de casas y barrios enteros, como por la magia de la industria y del dinero. Por todas partes había fábricas, jardines, casas de recreo y alamedas llenas de árboles. Pero, por desgracia, habían desaparecido muchas cosas antiguas y venerables.

Visité otra vez muchos edificios magníficos, llenos de recuerdos históricos y artísticos. Volví a pasear y a perderme entre las mil vueltas del curioso barrio de Santa Cruz. En mis paseos me extrañaron muchas cosas nuevas, que se habían levantado no sé cómo. Eché de menos muchas cosas viejas, que habían desaparecido no sé por qué. Y por último me dirigí a la orilla del río. En Sevilla, la orilla del río siempre ha sido mi paseo favorito.

Primero admiré el magnífico panorama que se ve donde el puente de hierro une las dos orillas. Recorrí con la mirada, absorto, los mil detalles, los palacios y los grupos de casas blancas. Pasé revista a los innumerables barcos anclados en el agua, con sus banderines de mil colores al viento. Oí el ruido confuso del muelle, donde todo respira actividad y movimiento. Después, subiendo con la imaginación por la corriente del río, me trasladé hasta San Jerónimo.

Me acordaba de aquel paisaje tranquilo, sereno y luminoso, donde la rica vegetación de Andalucía muestra sin adornos su belleza natural. Como si fuera en una barca río arriba, vi pasar otra vez en mi memoria muchos lugares. A un lado estaba la Cartuja, con sus árboles y sus torres altas y delgadas. Al otro lado, el barrio de los Humeros y las antiguas murallas de la ciudad, mitad árabes y mitad romanas. Luego las huertas, con sus vallas cubiertas de zarzas, y las norias, a la sombra de algunos árboles grandes y solitarios. Y por último, San Jerónimo... Al llegar aquí con la imaginación, los recuerdos de la famosa venta me vinieron con más fuerza que nunca. Me imaginé que asistía otra vez a aquellas fiestas populares. Oía cantar a las muchachas, que se mecían en el columpio. Veía los grupos de gente del pueblo pasear por los prados. Unos merendaban, otros discutían, otros reían, otros bailaban. Y todos se movían llenos de juventud, de animación y de alegría. Allí estaba ella, rodeada de sus hijos, ya lejos del grupo de muchachas que reían y cantaban. Y allí estaba él, tranquilo y contento con su felicidad. Miraba con ternura a todas las personas que más quería en el mundo, felices y reunidas a su alrededor. Allí estaban su mujer, sus hijos y su padre. El padre estaba como diez años antes, sentado a la puerta de su venta, liando tranquilo su cigarro de papel. Lo único distinto era su cabeza. Antes era gris, y ahora era blanca como la nieve.

Un amigo me acompañaba en el paseo. Notó que me había quedado unos minutos como en éxtasis, perdido en estas ideas. Por fin me sacudió el brazo y me preguntó:

—¿En qué piensas?

—Pensaba en la *Venta de los Gatos* —le contesté—. Estaba recordando todos los buenos recuerdos que guardo de una tarde que pasé en San Jerónimo... En este momento terminaba una historia que dejé empezada allí. Y la terminaba tan a mi gusto que creo que no puede tener otro final que el mío. Y hablando de la *Venta de los Gatos* —continué, dirigiéndome a mi amigo—, ¿cuándo vamos allí una tarde a merendar y a pasar un rato de jarana?

—¡Un rato de jarana! —exclamó mi amigo. En su cara había una expresión de asombro que entonces yo no podía explicarme—. ¡Un rato de jarana! Pues sí que es buen sitio para eso.

—¿Y por qué no? —le contesté, sorprendido a mi vez por su sorpresa.

—La razón es muy sencilla —me dijo por fin—. Porque a cien pasos de la venta han hecho el nuevo cementerio.

Entonces fui yo el que lo miró con ojos asombrados. Me quedé algunos instantes en silencio, sin decir una sola palabra.

Volvimos a la ciudad. Pasó aquel día, y pasaron algunos días más. Pero yo no podía quitarme del todo la impresión que me había causado una noticia tan inesperada. Por más vueltas que le daba, mi historia de la muchacha morena ya no tenía final, porque el final que yo había inventado ya no me parecía posible. Un cuadro de felicidad y alegría con un cementerio al fondo me parecía increíble.

Una tarde decidí salir de dudas. Le dije a mi amigo, como excusa, que me sentía un poco mal, para no acompañarlo en nuestros paseos de siempre. Y me puse en camino hacia la venta, solo. Dejé atrás la Macarena y su barrio pintoresco. Empecé a cruzar por un sendero estrecho aquel laberinto de huertas. Y ya me pareció notar algo extraño en todo lo que me rodeaba.

Quizá la tarde estaba un poco nublada. O quizá mi estado de ánimo me llevaba a las ideas tristes. Lo cierto es que sentí frío y tristeza. Y noté un silencio que me recordaba la soledad completa, como el sueño nos recuerda la muerte.

Caminé un rato sin pararme. Terminé de cruzar las huertas para acortar el camino. Entré en el camino de San Lázaro, desde donde ya se ve a lo lejos el convento de San Jerónimo.

Quizá sea una ilusión. Pero a mí me parece que, en el camino por donde pasan los muertos, hasta los árboles y la hierba toman al final un color diferente. Por lo menos allí me pareció que faltaban los tonos cálidos y armoniosos. Faltaba frescura en los árboles, aire en el espacio y luz en el suelo. El paisaje era monótono, y las figuras eran negras y solitarias.

Por aquí pasaba un carro cubierto de luto. Avanzaba despacio, sin levantar polvo, sin ruido de látigo, sin voces, casi sin moverse. Más allá iba un hombre de mal aspecto con una azada al hombro. O un sacerdote con su hábito largo y oscuro. O un grupo de ancianos mal vestidos o de aspecto desagradable. Llevaban velas apagadas en las manos y volvían en silencio, con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo. Yo me sentía transportado no sé adónde, porque todo lo que veía me recordaba un paisaje con la misma forma de siempre. Pero sus colores se habían borrado, por decirlo así. Solo quedaba de ellos una media tinta dudosa. Lo que sentía solo se puede comparar con lo que sentimos en ciertos sueños. En esos sueños, por algo inexplicable, las cosas son y no son al mismo tiempo. Y los lugares donde creemos estar cambian de una forma absurda e imposible.

Por último llegué al ventorrillo. Lo reconocí más por el letrero que por nada. Todavía conservaba su nombre escrito con letras grandes en una de las paredes. En cuanto a la casa, me pareció que hasta había cambiado de forma y de tamaño. Desde luego, puedo asegurar que estaba mucho más arruinada, abandonada y triste. Al fondo se levantaba el cementerio. Su sombra parecía extenderse hacia la venta y envolverla como un sudario. El ventero estaba solo, completamente solo. Supe que era el mismo de hacía diez años. Y lo reconocí no sé cómo, porque en ese tiempo había envejecido muchísimo. Parecía un viejo acabado, a punto de morir. Cuando yo lo vi, en cambio, apenas aparentaba cincuenta años y estaba lleno de salud, alegría y vida.

Me senté en una de las mesas vacías y pedí algo de beber. El ventero me lo sirvió. Empezamos a cruzar alguna palabra suelta. Y poco a poco llegamos a hablar largo y tendido de aquella historia de amor. Yo todavía no conocía su último capítulo, aunque había intentado adivinarlo varias veces.

—Todo —me dijo el pobre viejo—, todo parece haberse puesto en contra de nosotros desde la época que usted recuerda. Ya lo sabe usted: Amparo era la niña de nuestros ojos. Se había criado aquí desde que nació, y era casi la alegría de la casa. Nunca echó de menos a su padre, porque yo la quería como un padre. Mi hijo también se acostumbró a quererla desde niño. Primero la quiso como un hermano, y después con un cariño todavía más grande. Ya estaban a punto de casarse. Yo les había ofrecido lo mejor de mis pocos bienes, porque con lo que ganaba en mi negocio, me parecía tener más que suficiente para vivir bien. Pero entonces no sé qué diablo malo tuvo envidia de nuestra felicidad y la deshizo en un momento. Primero empezó a decirse en voz baja que iban a poner un cementerio por esta parte de San Jerónimo. Unos decían que más cerca, otros que más lejos. Todos estábamos inquietos y con miedo, temiendo que se hiciera ese proyecto. Y mientras tanto, cayó sobre nosotros una desgracia mayor y más segura.

Un día llegaron aquí dos señores en un carruaje. Me hicieron miles de preguntas sobre Amparo. Yo la había sacado de pequeña de la casa de expósitos. Me pidieron las ropas con que la habían abandonado, que yo todavía guardaba. Y al final resultó que Amparo era hija de un señor muy rico. Él fue a la justicia para quitárnosla, y lo intentó tanto que lo consiguió. No quiero ni recordar el día en que se la llevaron. Ella lloraba como una Magdalena. Mi hijo quería hacer una locura. Yo estaba como atontado, sin entender lo que me pasaba. ¡Se fue! Es decir, no se fue, porque nos quería demasiado para irse. Se la llevaron. Y una maldición cayó sobre esta casa. Mi hijo tuvo un ataque de desesperación espantosa. Después cayó en una especie de letargo. Yo no sé decir qué me pasó a mí. Creí que se me había acabado el mundo.

Mientras pasaba esto, empezaron a construir el cementerio. La gente huyó de estos alrededores. Se acabaron las fiestas, las canciones y la música. Y se acabó toda la alegría de estos campos, igual que se había acabado toda la alegría de nuestras almas.

Y Amparo no era más feliz que nosotros. Se había criado aquí, al aire libre, entre el ruido y la animación de la venta. La habían educado para ser feliz en la pobreza. La sacaron de esta vida, y se secó. Se secó como las flores que arrancan de un huerto para adornar un salón. Mi hijo hizo esfuerzos increíbles por verla otra vez, por hablarle aunque fuera un momento. Todo fue inútil: su familia no quería. Al final la vio, pero la vio muerta. Su entierro pasó por aquí. Yo no sabía nada, y no sé por qué me eché a llorar cuando vi el ataúd. El corazón, que es muy leal, me decía a gritos:

—Esa es joven como Amparo. Quizá también era hermosa como ella. ¿Quién sabe si será la misma?

Y lo era. Mi hijo siguió el entierro y entró en el patio del cementerio. Al abrirse la caja, dio un grito y cayó al suelo sin sentido. Así me lo trajeron. Después se volvió loco, y loco está.

Cuando el pobre viejo llegaba a este punto de su historia, entraron en la venta dos enterradores. Tenían una figura siniestra y un aspecto repugnante. Habían terminado su trabajo y venían a tomar un trago «*a la salud de los muertos*», como dijo uno de ellos. Acompañó el chiste con una sonrisa estúpida. El ventero se secó una lágrima con el dorso de la mano y fue a servirles.

La noche empezaba a cerrarse, oscura y tristísima. El cielo estaba negro, y el campo también. De las ramas de los árboles todavía colgaba la cuerda del columpio, medio podrida, que el aire movía. Me pareció la cuerda de una horca, que todavía se balancea después de bajar al ahorcado. Solo llegaban a mis oídos algunos ruidos confusos. Se oía el ladrido lejano de los perros de las huertas. Se oía el chirrido de una noria, largo, quejumbroso y agudo como un lamento. Se oían las palabras sueltas y horribles de los enterradores, que planeaban en voz baja un robo sacrílego... No sé. De esta escena fantástica de tristeza, igual que de la otra escena de alegría, solo me ha quedado en la memoria un recuerdo confuso, imposible de reproducir. Lo que todavía me parece oír, tal como lo oí entonces, es esta copla. La cantó de repente una voz quejumbrosa que rompió el silencio de aquellos lugares:

*En el carro de los muertos*

*ha pasado por aquí,*

*llevaba una mano fuera,*

*por ella la conocí.*

Era el pobre muchacho. Estaba encerrado en una de las habitaciones de la venta. Allí pasaba los días mirando inmóvil el retrato de su amada, sin decir una palabra. Casi no comía y no lloraba. Solo abría los labios para cantar esa copla tan sencilla y tan tierna. En ella hay todo un poema de dolor, que yo aprendí a entender entonces.

### Glosario

- **venta / ventorrillo**: casa en el camino donde se come y se bebe.
- **ventero**: dueño de la venta.
- **neto**: auténtico, verdadero, típico.
- **columpio**: asiento colgado de cuerdas para mecerse.
- **copla**: canción popular corta.
- **casa de expósitos**: lugar donde se dejaba a los niños abandonados.
- **jarana**: fiesta con ruido y alegría.
- **noria**: rueda para sacar agua de un pozo.
- **enterrador**: hombre que entierra a los muertos.
- **sudario**: tela con que se envuelve a un muerto.
- **teja**: pieza de barro cocido que cubre el tejado.
- **jaramago**: hierba silvestre de flores amarillas que crece en muros y tejados.
- **ajimez**: ventana de estilo árabe, partida en dos por una columna.
- **retorcer**: torcer dando vueltas.
- **anea**: planta de hojas largas con la que se hacen los asientos de algunas sillas.
- **mecerse**: moverse despacio de un lado a otro.
- **retama**: arbusto de ramas finas y flores amarillas.
