# Lazarillo de Tormes (Edición B1)

*Anónimo*

## Prólogo

Yo creo que es bueno que muchas personas conozcan cosas tan notables. Quizás nadie las ha oído ni visto nunca. No deben quedar enterradas en la sepultura del olvido. Puede ser que alguien las lea y encuentre algo que le guste. Y a los lectores que no piensan mucho en ellas, por lo menos les pueden divertir.

Sobre esto, Plinio dice que no hay ningún libro tan malo que no tenga alguna cosa buena. Además, no todos tenemos los mismos gustos. Lo que uno no come, otro lo desea con locura. Así vemos que algunas personas dan poco valor a ciertas cosas, y otras personas no.

Por eso, no debemos romper ni tirar ninguna cosa, si no es algo realmente horrible. Debemos compartirla con todos, sobre todo si no hace daño a nadie y alguien puede sacar de ella algún provecho.

Si no fuera así, muy pocos escribirían para un solo lector, porque escribir cuesta trabajo. Y quien hace ese trabajo quiere recibir un premio. No quiere dinero. Quiere que la gente vea y lea sus obras y, si lo merecen, que las alabe. Sobre esto dice Tulio: "La honra cría las artes".

¿Alguien piensa que el soldado que sube primero por la escala odia la vida más que los otros? No, claro que no. Es el deseo de alabanza lo que le hace ponerse en peligro. Y en las artes y en las letras pasa lo mismo.

El presentado predica muy bien, y es un hombre que desea mucho el bien de las almas. Pero pregunten a su merced si le molesta oír: "¡Oh, qué maravillosamente lo ha hecho vuestra reverencia!".

El señor don Fulano luchó muy mal en un torneo. Aun así, le dio su sayete de armas al truhán, porque el truhán le alabó por luchar muy bien con la lanza. ¿Qué habría hecho don Fulano si fuera verdad?

Y todo funciona de esta manera. Yo confieso que no soy más santo que mis vecinos. Escribo esta nonada con mi estilo grosero. Y no me va a molestar que la compartan y la disfruten todos los que encuentren en ella algún gusto. Así verán que hay un hombre que vive con tantas desgracias, peligros y problemas.

Le pido a vuestra merced que acepte este pobre servicio. Viene de la mano de alguien que lo haría más rico si su poder fuera igual que su deseo.

Vuestra merced me ha escrito y me pide que le cuente el caso con muchos detalles. Por eso me ha parecido mejor no empezar por el medio, sino por el principio. Así vuestra merced tendrá una idea completa de mi persona.

También lo hago por otra razón. Quiero que lo vean los que heredaron grandes riquezas de familias nobles. Así entenderán que merecen muy poco, porque la Fortuna estuvo de su parte. Y verán cuánto más hicieron otros. A estos la Fortuna les fue contraria, pero remaron con fuerza y con habilidad y llegaron a buen puerto.

### Glosario

- **vuestra merced**: forma muy educada de hablar a una persona importante; de aquí viene "usted". Es la persona a quien Lázaro escribe.
- **la sepultura del olvido**: el lugar donde quedan las cosas que todos olvidan, como si estuvieran enterradas.
- **La honra cría las artes**: el deseo de fama y de alabanza hace crecer las artes.
- **escala**: escalera que usaban los soldados para subir a las murallas de una ciudad enemiga.
- **el presentado**: fraile con estudios que predica en la iglesia.
- **sayete de armas**: prenda ligera que el caballero lleva encima de la armadura.
- **truhán**: hombre que divierte a los señores con bromas y alabanzas.
- **nonada**: cosa pequeña y sin importancia.
- **grosero**: aquí, sencillo, poco elegante.
- **la Fortuna**: la suerte, que da cosas buenas a unos y malas a otros.

## Tratado primero: Lázaro cuenta su vida y de quién fue hijo

Pues sepa vuestra merced, antes que nada, que a mí me llaman Lázaro de Tormes. Soy hijo de Tomé González y de Antona Pérez, que eran de Tejares, una aldea de Salamanca. Nací dentro del río Tormes, y por esa razón tomé ese apellido. Fue de esta manera. Mi padre, que Dios perdone, se ocupaba de moler el grano en una aceña, en la orilla de aquel río. Allí fue molinero más de quince años. Una noche mi madre estaba en la aceña, embarazada de mí. Le vinieron los dolores del parto y me tuvo allí mismo. Así que puedo decir con verdad que nací en el río.

Cuando yo era un niño de ocho años, acusaron a mi padre de algo. Decían que hacía sangrías mal hechas en los costales de la gente que venía a moler. Por eso lo metieron en la cárcel. Él confesó y no negó, y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la Gloria, porque el Evangelio llama bienaventurados a los que sufren así.

En ese tiempo se preparó una armada contra moros. Mi padre fue con ella. En ese tiempo estaba desterrado por el desastre que he contado. Fue como acemilero de un caballero que iba allá. Y allí murió junto a su señor, como un criado leal.

Mi madre se quedó viuda, sin marido y sin nadie que la protegiera. Entonces decidió arrimarse a los buenos, para ser uno de ellos. Se vino a vivir a la ciudad y alquiló una casita. Empezó a cocinar para unos estudiantes. También lavaba la ropa de unos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena. Por eso iba a menudo a las caballerizas.

Allí ella conoció a un hombre moreno, uno de los que cuidaban a los animales. A veces este hombre venía a nuestra casa y se iba por la mañana. Otras veces llegaba a la puerta de día, con la excusa de comprar huevos, y entraba en casa. Al principio, cuando él llegaba, yo me sentía mal y le tenía miedo. Me asustaban su color y su cara fea. Pero luego vi que con sus visitas comíamos mejor, y empecé a quererlo, porque siempre traía pan y pedazos de carne. Y en invierno traía leña, y con ella nos calentábamos.

Así continuaron las visitas y la amistad, y al final mi madre me dio un negrito muy bonito. Yo lo hacía saltar en mis brazos y lo ayudaba a calentarse. Me acuerdo de un día en que mi padrastro negro estaba jugando con el niño. El niño veía que mi madre y yo éramos blancos, y su padre no. Por eso huía de él con miedo hacia mi madre. Lo señalaba con el dedo y decía:

"¡Madre, coco!".

Él respondió riendo:

"¡Hijo de puta!".

Yo era muy pequeño, pero noté aquella palabra de mi hermanico. Y pensé:

"¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!".

Pero nuestra mala suerte quiso que las visitas de Zaide, que así se llamaba, llegaran a oídos del mayordomo. Hicieron una investigación. Descubrieron que robaba más o menos la mitad de la cebada que le daban para los animales. También robaba salvado, leña, almohazas y mandiles. Y decía que se habían perdido las mantas y las sábanas de los caballos. Y cuando no tenía otra cosa, les quitaba las herraduras a los caballos. Con todo esto ayudaba a mi madre a criar a mi hermanico.

El amor empujó a un pobre esclavo a hacer esto. Entonces no nos debe sorprender que roben un clérigo o un fraile. El clérigo roba a los pobres. El fraile roba a su convento para sus devotas y para ayudar a otros como ellas.

Se probó todo lo que digo, y aún más. Me hacían preguntas a mí con amenazas, y yo, como era niño, respondía. Por miedo descubrí todo lo que sabía. Hasta conté lo de unas herraduras que vendí a un herrero por orden de mi madre. A mi pobre padrastro lo azotaron y lo pringaron. A mi madre, la justicia le dio el castigo de costumbre de cien azotes. Además, le prohibió entrar en la casa del Comendador. Y tampoco podía recibir en su casa al pobre Zaide.

Por no echar la soga tras el caldero, la pobre hizo un esfuerzo y cumplió la sentencia. Quería evitar peligros y alejarse de las malas lenguas. Por eso se fue a servir en el mesón de la Solana, a la gente que vivía allí entonces. Allí sufrió mil molestias. Pero allí terminó de criar a mi hermanico, hasta que supo andar. Y a mí me crió hasta que fui un muchacho bastante grande. Yo llevaba a los huéspedes vino, velas y las demás cosas que me pedían.

En este tiempo, un ciego vino a alojarse en el mesón. Le pareció que yo podría servir para guiarlo, y me pidió a mi madre. Ella me puso en sus manos. Le dijo que yo era hijo de un buen hombre. Le contó que mi padre había muerto en la de los Gelves por ensalzar la fe. Le dijo también que confiaba en Dios: yo no iba a ser peor hombre que mi padre. Y le rogó que me tratara bien y me cuidara, porque yo era huérfano. Él le respondió que así lo haría. Dijo que me recibía no por mozo, sino por hijo. Y así empecé a servir y a guiar a mi nuevo y viejo amo.

Estuvimos en Salamanca algunos días. A mi amo no le parecían bastante las ganancias, y decidió irse de allí. Cuando ya teníamos que partir, fui a ver a mi madre. Los dos llorábamos. Ella me dio su bendición y me dijo:

"Hijo, ya sé que no te veré más. Intenta ser bueno, y que Dios te guíe. Te he criado y te he puesto con un buen amo. Ahora cuídate tú solo".

Y así volví con mi amo, que me estaba esperando.

Salimos de Salamanca. A la entrada del puente hay un animal de piedra que tiene casi forma de toro. El ciego me mandó acercarme al animal. Cuando estuve allí, me dijo:

"Lázaro, pon el oído junto a este toro, y oirás un gran ruido dentro de él".

Yo, inocente, me acerqué, porque creí que era verdad. Cuando él sintió que mi cabeza estaba junto a la piedra, apretó fuerte la mano. Me dio un golpe tremendo contra el diablo del toro. El dolor de aquella cornada me duró más de tres días. Y me dijo:

"Tonto, aprende que el mozo del ciego tiene que saber un punto más que el diablo".

Y se rio mucho de la broma.

Me pareció que en aquel momento desperté de la inocencia. Hasta entonces, como niño, estaba dormido en ella. Pensé:

"Este dice la verdad. Tengo que abrir bien los ojos y estar atento, porque estoy solo. Y tengo que pensar cómo cuidarme yo mismo".

Empezamos nuestro camino. En muy pocos días me enseñó la jerigonza. Vio que yo era listo y se alegró mucho. Decía:

"Ni oro ni plata te puedo dar, pero te enseñaré muchos consejos para vivir".

Y así fue. Después de Dios, este hombre me dio la vida. Y aunque era ciego, me iluminó y me guió en el camino de la vida. Me gusta contar a vuestra merced estas cosas de niño por una razón. Quiero mostrar qué gran virtud es saber subir cuando uno es de origen bajo. Y qué gran vicio es dejarse caer cuando uno es de origen alto.

Pues volviendo a mi buen ciego y a sus cosas, sepa vuestra merced una cosa. Desde que Dios creó el mundo, no hizo a nadie más astuto ni más listo. En su oficio era un águila. Sabía de memoria más de cien oraciones. Tenía una voz baja, tranquila y muy clara, que llenaba toda la iglesia donde rezaba. Cuando rezaba, ponía una cara humilde y devota, con muy buena compostura. No hacía muecas con la boca ni con los ojos, como suelen hacer otros.

Además de esto, tenía otras mil maneras de sacar dinero. Decía que sabía oraciones para muchas cosas diferentes. Tenía oraciones para las mujeres que no podían tener hijos y para las que estaban de parto. Y también para las malcasadas, para que sus maridos las quisieran. A las embarazadas les decía si iban a tener un hijo o una hija. En medicina, decía que Galeno no sabía ni la mitad que él. Lo decía del dolor de muelas, de los desmayos y de los males de madre. En fin, si alguien le contaba que sufría alguna enfermedad, él le decía en seguida:

"Haga esto, haga esto otro, cueza tal hierba, tome tal raíz".

Por eso todo el mundo iba detrás de él. Sobre todo las mujeres, que creían todo lo que les decían. De ellas sacaba grandes beneficios con estas artes. Ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.

Pero también quiero que sepa vuestra merced otra cosa. Con todo lo que ganaba, nunca vi a un hombre tan avaro y tan tacaño. Me mataba de hambre. No me daba ni la mitad de lo que yo necesitaba. Le digo la verdad: sin mi astucia y mis trucos, muchas veces me habría muerto de hambre. Pero yo, contra todo su saber y su cuidado, lo engañaba. Así, siempre o casi siempre, me tocaba lo más y lo mejor. Para esto le hacía bromas endiabladas. Voy a contar algunas, aunque no todas me salieron bien.

Él llevaba el pan y todas las otras cosas en un fardel de tela. La boca del fardel se cerraba con una argolla de hierro, con su candado y su llave. Al meter y sacar las cosas, tenía muchísimo cuidado y lo contaba todo. Nadie en el mundo podía quitarle ni una miga. Yo tomaba la miseria que él me daba, y me la comía en menos de dos bocados.

Después él cerraba el candado y se descuidaba, porque pensaba que yo estaba ocupado en otras cosas. Entonces yo descosía un poco de costura en un lado del fardel. Muchas veces la descosí y la volví a coser. Así le sacaba la sangre al fardel avaro. No sacaba solo trocitos de pan, sino buenos pedazos, y también torreznos y longaniza. Así buscaba el momento oportuno para compensar la terrible falta de comida que el mal ciego me hacía pasar.

Todo lo que podía quitarle y robarle, lo guardaba en medias blancas. A veces alguien le pedía al ciego una oración y le pagaba con una blanca. Él no veía. Por eso, la persona todavía estaba alargando la mano con la moneda, y yo ya la tenía en la boca. Y tenía preparada una media blanca. Por muy rápido que él pusiera la mano, mi cambio ya había reducido el precio a la mitad. El mal ciego se quejaba, porque al tocarla notaba que no era una blanca entera. Y decía:

"¿Qué diablo es esto? Desde que estás conmigo, solo me dan medias blancas. Antes muchas veces me pagaban una blanca y un maravedí. Esta mala suerte debe de venir de ti".

También acortaba las oraciones, y dejaba sin terminar la mitad de cada oración. Me había mandado tirarle de la punta del capuz cuando se iba la persona que pagaba la oración. Yo lo hacía así. Entonces él volvía a gritar, como suelen hacer:

"¿Quieren que rece tal y tal oración?".

Cuando comíamos, solía poner a su lado un jarrillo de vino. Yo lo cogía muy rápido, le daba un par de besos callados y lo volvía a dejar en su lugar. Pero me duró poco. Al beber, él notaba que faltaba vino. Por eso, para proteger su vino, después ya nunca soltaba el jarro. Lo tenía siempre agarrado por el asa. Pero ningún imán atrae las cosas como yo atraía el vino con una paja larga de centeno. La había preparado para eso. La metía en la boca del jarro, chupaba el vino y lo dejaba vacío. Pero el traidor era tan astuto que creo que me notó. Desde entonces cambió de plan. Ponía el jarro entre las piernas y lo tapaba con la mano, y así bebía seguro.

Yo ya estaba acostumbrado al vino y me moría por él. Vi que el truco de la paja ya no me servía. Entonces decidí hacer una fuentecilla en el fondo del jarro, un agujero muy fino. Lo tapé con mucho cuidado con una tortita muy delgada de cera. A la hora de comer, yo fingía tener frío. Me metía entre las piernas del pobre ciego para calentarme en el pobre fuego que teníamos. Con el calor, la poca cera se derretía en seguida. Entonces la fuentecilla empezaba a gotear en mi boca. Yo ponía la boca de tal manera que no se perdía ni una maldita gota. Cuando el pobre iba a beber, no encontraba nada. Se asustaba, maldecía y mandaba al diablo el jarro y el vino. No sabía qué podía ser.

"No dirá usted, tío, que me lo bebo yo —le decía yo—, porque no lo suelta de la mano".

Tantas vueltas le dio al jarro y tanto lo tocó, que encontró la fuente y entendió el truco. Pero hizo como si no lo hubiera notado. Al día siguiente, mi jarro goteaba como siempre. Yo no pensaba en el daño que me esperaba, ni sabía que el mal ciego me había descubierto. Me senté como siempre. Recibía aquellos dulces tragos con la cara hacia el cielo. Tenía los ojos un poco cerrados para disfrutar mejor del sabroso licor. El ciego, desesperado, sintió que ahora era el momento de vengarse de mí. Levantó con las dos manos aquel dulce y amargo jarro. Y con toda su fuerza lo dejó caer sobre mi boca. El pobre Lázaro no se protegía de nada de esto. Al contrario, estaba tranquilo y feliz, como otras veces. De verdad me pareció que el cielo, con todo lo que hay en él, se me había caído encima.

El golpecito fue tan fuerte que me dejó atontado y sin sentido. Y el jarrazo fue tan grande que los pedazos del jarro se me clavaron en la cara. Me la rompieron por muchas partes, y me rompieron los dientes. Hasta hoy me he quedado sin ellos.

Desde aquel momento odié al mal ciego. Él me quería, me trataba bien y me curaba. Pero vi claramente que había disfrutado con el cruel castigo. Me lavó con vino las heridas que me habían hecho los pedazos del jarro. Y sonriendo decía:

"¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y te da salud".

Y decía otras gracias que a mí no me hacían ninguna gracia.

Cuando ya estaba medio curado de la terrible paliza y de los moratones, lo pensé bien. Con unos pocos golpes más como aquel, el cruel ciego se libraría de mí. Por eso quise librarme yo de él primero. Pero no lo hice en seguida, porque quería hacerlo con más seguridad y provecho. Yo habría querido calmar mi corazón y perdonarle el jarrazo. Pero no podía, por los malos tratos que el mal ciego me daba desde entonces. Me pegaba sin causa ni razón. Me daba coscorrones y me tiraba del pelo. Y si alguien le preguntaba por qué me trataba tan mal, en seguida contaba la historia del jarro. Decía:

"¿Pensáis que este mozo mío es algún inocente? Pues escuchad, a ver si el demonio inventaría otra hazaña como esta".

Los que lo oían se santiguaban y decían:

"¡Mirad! ¿Quién pensaría tanta maldad de un muchacho tan pequeño?".

Y se reían mucho del truco. Y le decían:

"Castíguelo, castíguelo, que Dios se lo pagará".

Y él, con esto, no hacía otra cosa.

Yo, por mi parte, lo llevaba siempre por los peores caminos, a propósito, para hacerle mal y daño. Si había piedras, por ellas. Si había barro, por la parte más profunda. Yo tampoco iba por lo más seco. Pero me alegraba de perder un ojo si así hacía perder dos al que no tenía ninguno. Por eso, él siempre me golpeaba la nuca con la punta alta del bastón. Yo siempre tenía la nuca llena de chichones y sin pelo por culpa de sus manos. Yo le juraba que no lo hacía con malicia. Le decía que no encontraba un camino mejor. Pero no me servía de nada, porque no me creía. Así de grandes eran el juicio y la inteligencia del traidor.

Quiero que vuestra merced vea hasta dónde llegaba el ingenio de este astuto ciego. Por eso voy a contar un caso de los muchos que me pasaron con él. Creo que en este caso mostró bien su gran astucia.

Cuando salimos de Salamanca, su intención era venir a la tierra de Toledo. Decía que la gente de allí era más rica, aunque no daba mucha limosna. Seguía este refrán: "Más da el duro que el desnudo". Y vinimos por los mejores lugares del camino. Donde encontrábamos buena acogida y ganancia, nos quedábamos. Donde no, al tercer día hacíamos San Juan.

Sucedió que llegamos a un lugar que se llama Almorox, en el tiempo de la vendimia. Un vendimiador le dio al ciego un racimo de uvas como limosna. Los cestos suelen maltratar las uvas, y en esa época las uvas están muy maduras. Por eso el racimo se le deshacía en la mano. Si lo metía en el fardel, se iba a convertir en mosto, y también iba a mojar todo lo demás. Entonces decidió hacer un banquete. Lo hizo porque no podía llevarlo, y también para contentarme, porque ese día me había dado muchos rodillazos y golpes. Nos sentamos en un valladar y me dijo:

"Ahora quiero ser generoso contigo. Vamos a comer los dos este racimo de uvas, y vas a tener tanta parte como yo. Lo repartiremos de esta manera: tú cogerás una vez y yo otra. Pero me tienes que prometer que no tomarás cada vez más de una uva. Yo haré lo mismo hasta que lo terminemos. Y así no habrá engaño".

Hicimos el trato y empezamos. Pero ya en la segunda vuelta el traidor cambió de idea. Empezó a tomar las uvas de dos en dos. Pensaba que yo debía de hacer lo mismo. Cuando vi que él rompía el trato, no me contenté con ir igual que él. Fui todavía más lejos: dos a dos, tres a tres, y como podía me las comía. Cuando se terminó el racimo, se quedó un rato con el escobajo en la mano. Movió la cabeza y dijo:

"Lázaro, me has engañado. Juro a Dios que tú te has comido las uvas de tres en tres".

"No me las comí así —dije yo—. Pero ¿por qué sospecha usted eso?".

El astutísimo ciego respondió:

"¿Sabes cómo sé que te las comiste de tres en tres? Porque yo me las comía de dos en dos, y tú te callabas".

Yo no le respondí nada a esto.

Más tarde estábamos en Escalona. Un día íbamos andando por debajo de unos soportales. Allí, en casa de un zapatero, había muchas sogas y otras cosas hechas de esparto, y algunas le dieron a mi amo en la cabeza. Él levantó la mano y las tocó. Vio lo que eran y me dijo:

"Anda deprisa, muchacho. Salgamos de entre una comida tan mala, que ahoga sin comerla".

Yo iba sin prestar atención a aquello. Miré lo que era, y solo vi sogas y cinchas, que no eran cosa de comer. Le dije:

"Tío, ¿por qué dice usted eso?".

Me respondió:

"Calla, sobrino. Con los trucos que haces, lo sabrás, y verás que digo la verdad".

Y así seguimos por el mismo soportal y llegamos a un mesón. En la pared, junto a la puerta, había muchos cuernos, donde los arrieros ataban sus animales. El ciego iba tocando para saber si era el mesón de cierta mesonera. Por ella rezaba cada día la oración de la emparedada. Agarró un cuerno y, con un gran suspiro, dijo:

"¡Oh, mala cosa, peor todavía que tu forma! ¡Cuántos desean poner tu nombre sobre la cabeza de otro! ¡Y qué pocos quieren tenerte, ni siquiera oír tu nombre, de ninguna manera!".

Cuando le oí decir esto, le pregunté:

"Tío, ¿qué es eso que dice usted?".

"Calla, sobrino. Algún día este que tengo en la mano te dará alguna mala comida y cena".

"Yo no me lo voy a comer —le dije—, y no me la va a dar".

"Te digo la verdad. Si no, lo verás, si vives".

Y así seguimos hasta la puerta del mesón. ¡Ojalá Dios hubiera querido que nunca llegáramos allí, por lo que me pasó en él!

Él rezaba casi siempre por mesoneras, taberneras, turroneras, rameras y otras mujercillas así. Casi nunca lo vi rezar una oración por un hombre.

Yo me reí por dentro. Y, aunque era un muchacho, admiré mucho el juicio tan listo del ciego.

Pero, para no alargarme demasiado, no cuento muchas cosas que me pasaron con este primer amo. Algunas fueron graciosas y otras muy notables. Ahora quiero contar la despedida y terminar con él.

Estábamos en Escalona, villa del duque de ella, en un mesón. El ciego me dio un pedazo de longaniza para asarla. La longaniza ya había soltado su grasa, y él ya se había comido el pan mojado en ella. Entonces sacó un maravedí de la bolsa. Me mandó a la taberna a comprar vino con él.

El demonio me puso la ocasión delante de los ojos, y ya dicen que la ocasión hace al ladrón. Junto al fuego había un nabo pequeño, largo y estropeado. Seguramente lo habían tirado allí porque no servía para la olla. En ese momento no había nadie más que él y yo. Yo tenía mucha hambre, y el sabroso olor de la longaniza se me había metido dentro. Y sabía que de ella solo iba a disfrutar el olor. No pensé en lo que me podía pasar. Dejé a un lado todo el miedo para cumplir mi deseo. Mientras el ciego sacaba el dinero de la bolsa, yo saqué la longaniza del asador. Y muy deprisa metí en él aquel nabo. Mi amo me dio el dinero para el vino, cogió el asador y empezó a darle vueltas sobre el fuego. Así quería asar al nabo, que por ser tan malo se había librado de la olla.

Yo fui a por el vino, y en seguida me comí la longaniza. Cuando volví, encontré al pobre ciego con el nabo apretado entre dos rebanadas de pan. Todavía no lo había descubierto, porque no lo había tocado con la mano. Cogió las rebanadas y les dio un mordisco. Pensaba que iba a comer también un poco de longaniza. Pero se encontró en frío con el frío nabo. Se enfadó y dijo:

"¿Qué es esto, Lazarillo?".

"¡Pobre de mí! —dije yo—. ¿Me quiere usted echar la culpa a mí? ¿No vengo yo de traer el vino? Alguien estaba aquí y lo ha hecho para burlarse".

"No, no —dijo él—. Yo no he soltado el asador de la mano. No es posible".

Yo volví a jurar y a jurar que no había hecho aquel cambio. Pero me sirvió de poco, porque a la astucia del maldito ciego no se le escapaba nada. Se levantó, me agarró por la cabeza y se acercó para olerme. Debió de notar mi aliento, como un buen perro de caza. Quería saber la verdad con seguridad, y estaba muy furioso. Me agarró con las manos y me abrió la boca más de lo normal. Y sin ningún cuidado me metió la nariz. Tenía la nariz larga y afilada, y con el enfado le había crecido un palmo. Con la punta me llegó hasta la garganta.

Yo tenía mucho miedo. Además, había pasado muy poco tiempo, y la negra longaniza todavía no se había asentado en el estómago. Y lo más importante: aquella enorme nariz casi me ahogaba. Todas estas cosas se juntaron, y el robo salió a la luz. El dueño recibió lo suyo de vuelta. Antes de que el mal ciego sacara su trompa de mi boca, mi estómago se revolvió. Y le devolvió lo robado. Así, su nariz y la negra longaniza mal masticada salieron de mi boca al mismo tiempo.

¡Oh, gran Dios! ¡Ojalá en aquel momento hubiera estado enterrado, porque muerto ya lo estaba! El perverso ciego estaba furiosísimo. Si la gente no hubiera llegado al oír el ruido, creo que me habría matado. Me sacaron de entre sus manos. Pero sus manos quedaron llenas de los pocos pelos que yo tenía. Yo quedé con la cara arañada, y el cuello y la garganta llenos de rasguños. Y bien merecido lo tenía, porque por mi maldad me venían tantos sufrimientos.

El mal ciego contaba mis desastres a todos los que se acercaban. Les contaba una y otra vez la historia del jarro, la del racimo y ahora la de la longaniza. Todos se reían tanto que la gente que pasaba por la calle entraba a ver la fiesta. El ciego contaba mis hazañas con muchísima gracia. Yo estaba maltratado y llorando, pero sentía que era injusto no reírme.

Mientras pasaba esto, me acordé de una cobardía y una debilidad mía, y me maldecía por ella. No le había arrancado la nariz. Tuve muy buena ocasión para hacerlo, porque ya tenía la mitad del camino hecho. Solo con apretar los dientes, la nariz se habría quedado dentro de mi casa. Como era de aquel malvado, quizás mi estómago la habría guardado mejor que la longaniza. Y sin la nariz, yo habría podido negar la acusación. ¡Ojalá lo hubiera hecho, porque todo habría sido igual!

La mesonera y los que estaban allí nos hicieron amigos otra vez. Con el vino que yo había traído para que él bebiera, me lavaron la cara y la garganta. Sobre esto, el mal ciego hacía bromas. Decía:

"De verdad, este mozo me gasta en un año más vino en lavarse que el que yo bebo en dos. Por lo menos, Lázaro, le debes más al vino que a tu padre. Porque él te dio la vida una vez, pero el vino te la ha dado mil veces".

Y luego contaba cuántas veces me había roto la cabeza y arañado la cara, y cómo después me curaba con vino.

"Yo te digo —dijo— que si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, serás tú".

Los que me lavaban se reían mucho con esto, aunque yo maldecía. Pero lo que dijo el ciego no fue mentira. Desde entonces me acuerdo muchas veces de aquel hombre. Sin duda tenía espíritu de profecía. Me pesa por los disgustos que le di, aunque bien se los pagué. Me pesa porque lo que me dijo aquel día me salió muy verdadero, como vuestra merced oirá más adelante.

Después de esto, y de las malas burlas que el ciego me hacía, decidí dejarlo del todo. Ya lo tenía pensado y lo quería hacer. Y con esta última broma que me hizo, me decidí más. Fue así. Al día siguiente salimos por la villa a pedir limosna. La noche anterior había llovido mucho, y aquel día también llovía. El ciego rezaba debajo de unos soportales que había en aquel pueblo, y allí no nos mojábamos. Pero se hacía de noche y la lluvia no paraba. Entonces el ciego me dijo:

"Lázaro, esta lluvia es muy insistente, y cuanto más se cierra la noche, más fuerte cae. Vámonos pronto a la posada".

Para ir allí, teníamos que cruzar un arroyo que con tanta agua iba muy crecido. Yo le dije:

"Tío, el arroyo va muy ancho. Pero, si quiere, yo veo un sitio para cruzarlo más rápido sin mojarnos. Allí se estrecha mucho, y saltando pasaremos con los pies secos".

Le pareció un buen consejo y dijo:

"Eres listo. Por eso te quiero. Llévame a ese lugar donde el arroyo se estrecha. Ahora es invierno y el agua es desagradable, y más todavía llevar los pies mojados".

Yo vi que la ocasión venía a mi deseo. Lo saqué de debajo de los soportales y lo llevé derecho hacia un pilar o poste de piedra que había en la plaza. Sobre este poste y otros descansaban los saledizos de aquellas casas. Y le dije:

"Tío, este es el paso más estrecho que hay en el arroyo".

Llovía fuerte y el pobre se mojaba. Teníamos prisa por salir del agua que nos caía encima. Y, lo más importante, Dios le cegó el entendimiento en aquel momento, para darme mi venganza. Así que me creyó y dijo:

"Ponme bien derecho, y salta tú el arroyo".

Yo lo puse bien derecho delante del pilar. Di un salto y me puse detrás del poste, como quien espera el ataque de un toro. Y le dije:

"¡Vamos! Salte usted todo lo que pueda, para llegar a este lado del agua".

Apenas había terminado de decirlo, cuando el pobre ciego se lanzó como un cabrón. Dio un paso atrás para tomar carrera y saltar más. Corrió con toda su fuerza y dio con la cabeza en el poste. Sonó tan fuerte como si golpeara una gran calabaza. En seguida cayó hacia atrás, medio muerto y con la cabeza abierta.

"¿Cómo? ¿Olió usted la longaniza y no el poste? ¡Olé! ¡Olé!" —le dije yo.

Lo dejé en manos de mucha gente que había ido a ayudarlo. Salí corriendo por la puerta de la villa, y antes de que llegara la noche ya estaba en Torrijos. Nunca supe qué hizo Dios con él, ni me preocupé por saberlo.

### Glosario

- **vuestra merced**: forma muy educada de hablar a una persona importante; de aquí viene "usted". Es la persona a quien Lázaro escribe.
- **aceña**: molino de agua en un río.
- **sangrías mal hechas en los costales**: robar harina de los sacos de los clientes del molino.
- **arrimarse a los buenos**: acercarse a gente importante o respetable para tener su ayuda.
- **acemilero**: hombre que cuida y lleva las mulas de carga.
- **por no echar la soga tras el caldero**: para no perderlo todo por rendirse.
- **coco**: monstruo inventado para asustar a los niños.
- **jerigonza**: lengua secreta de mendigos y ladrones.
- **fardel**: saco o bolsa de tela para llevar comida.
- **blanca / media blanca**: moneda de muy poco valor / la mitad de esa moneda.
- **hacer San Juan**: irse de un lugar, cambiar de sitio o de amo.
- **¡Olé!**: aquí, juego de palabras con "¡oled!", que quiere decir "¡oliste!", "¡huele!".
- **Comendador**: caballero importante de una orden militar.
- **caballerizas**: lugar donde viven los caballos.
- **cebada / salvado**: grano para los animales / la piel del grano molido.
- **almohazas y mandiles**: cepillos de hierro y paños para limpiar a los caballos.
- **pringar**: echar grasa caliente sobre las heridas, como castigo.
- **mesón / mesonera**: casa donde comen y duermen los viajeros / la mujer que la lleva.
- **limosna**: dinero o comida que se da a un pobre.
- **Galeno**: médico muy famoso de la Antigüedad.
- **males de madre**: dolores del vientre de la mujer.
- **maravedí**: moneda de poco valor.
- **torreznos**: trozos de tocino fritos.
- **longaniza**: embutido largo y delgado de carne de cerdo.
- **capuz**: capa larga con capucha.
- **jarro / jarrillo**: recipiente con asa para el vino.
- **coscorrones**: golpes en la cabeza.
- **racimo**: grupo de uvas que cuelgan juntas.
- **mosto**: zumo de la uva.
- **valladar**: muro bajo de tierra o piedra al lado del camino.
- **escobajo**: lo que queda del racimo sin las uvas.
- **soportales**: espacio cubierto delante de las casas, con columnas.
- **esparto / sogas / cinchas**: planta para hacer cuerdas / cuerdas gruesas / correas para sujetar la silla al caballo.
- **la oración de la emparedada**: oración de una mujer encerrada para siempre en una celda.
- **arrieros**: hombres que llevan mercancías con mulas.
- **nabo**: raíz blanca que se come cocida.
- **saledizos**: partes de las casas que salen sobre la calle.
- **cabrón**: aquí, el macho de la cabra.

## Tratado segundo: Cómo Lázaro entró a servir a un clérigo, y de las cosas que le pasaron con él

Al día siguiente no me sentía seguro allí, y me fui a un lugar que se llama Maqueda. Allí, por culpa de mis pecados, me encontré con un clérigo. Yo le pedí limosna, y él me preguntó si sabía ayudar a misa. Yo le dije que sí, y era verdad. Aunque me maltrataba, el pobre ciego me enseñó mil cosas buenas, y esta fue una de ellas. Al final, el clérigo me tomó como criado suyo.

Escapé del trueno y caí en el relámpago. Porque, comparado con este, el ciego era un Alejandro Magno, aunque era la avaricia misma, como he contado. Solo digo que toda la miseria del mundo estaba encerrada en este hombre. No sé si era así por naturaleza, o si la miseria le vino con el hábito de clérigo.

Él tenía un arcaz viejo, cerrado con su llave. Llevaba la llave atada al paletoque con una agujeta. Cuando llegaba el bodigo de la iglesia, él mismo lo echaba allí en seguida, y volvía a cerrar el arca. En toda la casa no había nada de comer, como suele haber en otras casas. No había un tocino colgado en la chimenea, ni un queso sobre alguna tabla o en el armario. Tampoco había una cestita con algunos pedazos de pan que sobran de la mesa. Creo que, aunque no me lo comiera, solo con verlo me habría consolado.

Solo había una ristra de cebollas, y estaba bajo llave, en un cuarto en lo alto de la casa. De ellas me tocaba una cada cuatro días. Cuando yo le pedía la llave para ir a buscarla, a veces había alguien delante. Entonces él metía la mano en el bolsillo interior del pecho. Con mucha ceremonia desataba la llave, me la daba y decía:

"Toma, y devuélvela en seguida, y no hagas otra cosa que golosinear".

Lo decía como si allí arriba estuvieran todas las conservas de Valencia. Y en aquel cuarto, como he dicho, no había otra maldita cosa que las cebollas colgadas de un clavo. Y las tenía muy bien contadas. Si yo, por mis pecados, hubiera cogido más de mi ración, me habría costado caro. En fin, yo me moría de hambre.

Pero si conmigo tenía poca caridad, consigo mismo tenía más. Cada día gastaba cinco blancas de carne para comer y cenar. Es verdad que compartía conmigo el caldo. Pero de la carne, ¡ni verla! Solo me daba un poco de pan, ¡y ojalá me hubiera dado siquiera la mitad de lo que necesitaba!

En esta tierra se comen cabezas de carnero los sábados. Él me enviaba a comprar una que costaba tres maravedís. La cocía y se comía los ojos, la lengua, el cuello, los sesos y la carne de las mandíbulas. A mí me daba todos los huesos roídos. Me los daba en el plato y decía:

"Toma, come, disfruta, que para ti es el mundo. Tienes mejor vida que el Papa".

"¡Que Dios te dé a ti una vida así!", decía yo en voz baja para mí.

Después de tres semanas con él, estaba tan débil que no me podía tener en pie, de pura hambre. Vi claramente que iba camino de la sepultura, si Dios y mi ingenio no me salvaban. No tenía ocasión para usar mis trucos, porque no había nada que atacar. Y aunque hubiera habido algo, no podía cegarlo como al otro. Al ciego, que Dios lo perdone si murió de aquel golpe, podía engañarlo porque le faltaba la vista. Aunque era astuto, no me notaba. Pero nadie tenía la vista tan aguda como este otro.

Durante el ofertorio, ninguna blanca caía en la concha sin que él la viera. Tenía un ojo en la gente y el otro en mis manos. Los ojos le bailaban en la cabeza como si fueran de azogue. Contaba todas las blancas que la gente daba. Y al terminar la ofrenda, en seguida me quitaba la concha y la ponía sobre el altar. En todo el tiempo que viví con él, o mejor dicho, que morí con él, no pude coger ni una blanca. Nunca le traje de la taberna ni una blanca de vino. El poco vino de las ofrendas lo guardaba en su arcaz. Lo repartía de tal forma que le duraba toda la semana. Y para ocultar su gran tacañería, me decía:

"Mira, mozo, los sacerdotes tienen que ser muy moderados en el comer y en el beber. Por eso yo no me paso como otros".

Pero el miserable mentía. Porque en las cofradías y en los entierros donde rezábamos, comía como un lobo, a costa de otros. Y bebía más que un saludador. Y ya que hablo de entierros, que Dios me perdone: nunca fui enemigo de la humanidad, salvo entonces. Y era porque en ellos comíamos bien y me llenaban. Deseaba, y hasta le rogaba a Dios, que cada día matara a alguien.

Cuando dábamos los sacramentos a los enfermos, sobre todo la extrema unción, el clérigo mandaba rezar a los presentes. Y yo, desde luego, no era el último en rezar. Con todo mi corazón y buena voluntad rogaba al Señor. No le pedía que hiciera lo que más le sirviera, como se suele decir. Le pedía que se llevara al enfermo de este mundo. Y cuando alguno se salvaba, ¡Dios me perdone!, lo mandaba mil veces al diablo. Y el que se moría se llevaba de mí otras tantas bendiciones.

En todo el tiempo que estuve allí, que fueron casi seis meses, solo murieron veinte personas. Y creo de verdad que las maté yo, o mejor dicho, que murieron porque yo lo pedía. Creo que el Señor veía mi muerte rabiosa y continua, y le gustaba matarlas para darme vida a mí. Pero para lo que sufría entonces, no encontraba remedio. Los días de entierro yo vivía. Pero los días sin muerto volvía a mi hambre de cada día. Y como ya estaba acostumbrado a llenarme, la sentía más. Así que en nada encontraba descanso, salvo en la muerte. A veces la deseaba para mí, igual que para los otros. Pero no la veía, aunque siempre estaba dentro de mí.

Muchas veces pensé en irme de aquel amo tan tacaño. Pero no lo hacía por dos razones. La primera: no me fiaba de mis piernas, porque estaban muy débiles de pura hambre. Y la otra: lo pensaba bien y decía:

"Yo he tenido dos amos. El primero me tenía muerto de hambre. Lo dejé y me encontré con este otro, que ya me tiene en la sepultura por el hambre. Pues si dejo a este y caigo en otro peor, ¿qué me pasará, sino morir?".

Por eso no me atrevía a moverme. Estaba seguro de que cada escalón hacia abajo iba a ser peor. Y si bajaba un escalón más, ya nadie en el mundo iba a oír hablar de Lázaro.

Así estaba yo, en un sufrimiento tan grande. ¡Ojalá el Señor libre de él a todo buen cristiano! No sabía qué hacer, y veía que iba de mal en peor. Un día mi amo, aquel miserable, había salido del pueblo. Por casualidad llegó a mi puerta un calderero. Yo creo que fue un ángel enviado por la mano de Dios con aquel disfraz. Me preguntó si tenía algo que arreglar.

"En mí tendría usted mucho que arreglar, y no haría poco si me arreglara", dije en voz baja, y él no me oyó.

Pero no era momento de perder el tiempo en bromas. Iluminado por el Espíritu Santo, le dije:

"Tío, he perdido una llave de esta arca, y tengo miedo de que mi señor me azote. Por su vida, mire si entre esas que trae hay alguna que le sirva. Yo se la pagaré".

El calderero angelical empezó a probar una llave tras otra de un gran aro que llevaba. Y yo lo ayudaba con mis débiles oraciones. De repente, cuando menos lo esperaba, vi dentro del arcaz la cara de Dios en forma de panes, como dicen. Cuando estuvo abierto, le dije:

"Yo no tengo dinero para pagarle la llave, pero tome de ahí el pago".

Él cogió uno de aquellos bodigos, el que mejor le pareció. Me dio mi llave y se fue muy contento, y a mí me dejó más contento todavía. Pero por el momento no toqué nada, para que no se notara la falta. Además, me veía dueño de tanto bien, y me parecía que el hambre no se atrevía a acercarse a mí. Volvió el miserable de mi amo, y Dios quiso que no se diera cuenta del pan que el ángel se había llevado.

Al día siguiente, en cuanto él salió de casa, abrí mi paraíso panal. Cogí un bodigo con las manos y con los dientes, y en dos credos lo hice invisible. No me olvidé de cerrar el arca. Y empecé a barrer la casa con mucha alegría. Me parecía que con aquel remedio iba a arreglar mi triste vida para siempre. Así estuve feliz aquel día y el siguiente.

Pero mi suerte no quería que me durara mucho aquel descanso. Al tercer día me vino la terciana. De repente vi al que me mataba de hambre inclinado sobre nuestro arcaz. Movía los panes de un lado a otro, los contaba y los volvía a contar.

Yo disimulaba. Y en mis oraciones secretas, en mis devociones y súplicas, decía:

"¡San Juan, y ciégale!".

Estuvo un buen rato haciendo la cuenta, contando por días y con los dedos. Después dijo:

"Si no tuviera esta arca tan bien guardada, diría que me han quitado panes de ella. Pero desde hoy, solo para cerrar la puerta a la sospecha, voy a llevar bien la cuenta. Quedan nueve y un pedazo".

"¡Que Dios te dé malas noticias!", dije yo para mí.

Lo que dijo me pareció una flecha de cazador que me atravesaba el corazón. El estómago me empezó a arañar de hambre, porque se veía otra vez con la dieta de antes. Él salió de casa. Yo, para consolarme, abrí el arca. Y cuando vi el pan, empecé a adorarlo, pero no me atrevía a recibirlo. Conté los panes, por si acaso el miserable se había equivocado. Pero su cuenta era más exacta de lo que yo quería. Lo más que pude hacer fue darles mil besos. Y, con el mayor cuidado posible, corté un poco del pan empezado, siguiendo el corte que ya tenía. Con aquello pasé aquel día, no tan alegre como el anterior.

Pero el hambre crecía. Sobre todo porque mi estómago ya se había acostumbrado a más pan aquellos dos o tres días. Me moría de mala muerte. Tanto, que cuando estaba solo no hacía otra cosa que abrir y cerrar el arca y mirar aquella cara de Dios, como dicen los niños. Pero el mismo Dios, que ayuda a los que sufren, me vio en tal apuro. Y me trajo a la memoria un pequeño remedio. Lo pensé bien y me dije:

"Este arcón es viejo y grande, y está roto por algunas partes, aunque los agujeros son pequeños. Se puede pensar que entran ratones y estropean este pan. Sacar un pan entero no conviene, porque verá la falta el que me hace vivir con tanta falta. Esto sí se puede hacer".

Y empecé a desmigajar el pan sobre unos manteles nada caros que había allí. Cogía un pan y dejaba otro. Así, de tres o cuatro panes desmigajé un poco de cada uno. Después me comí las migas como quien come gragea, y me consolé un poco.

Cuando él vino a comer y abrió el arca, vio el daño. Y sin duda creyó que lo habían hecho los ratones, porque estaba imitado exactamente como lo suelen hacer ellos. Miró todo el arcaz de un lado a otro y le vio unos agujeros. Sospechó que habían entrado por allí. Me llamó y me dijo:

"¡Lázaro! ¡Mira, mira qué persecución ha venido esta noche contra nuestro pan!".

Yo me hice el muy sorprendido y le pregunté qué podía ser.

"¡Qué va a ser! —dijo él—. Ratones, que no dejan nada vivo".

Nos pusimos a comer. Y Dios quiso que también en esto me fuera bien. Me tocó más pan que la miseria que me solía dar. Porque él cortó con un cuchillo todo lo que pensó que estaba mordido por los ratones, y me dijo:

"Cómete eso, que el ratón es un animal limpio".

Así aquel día, con la ración extra del trabajo de mis manos, o mejor dicho, de mis uñas, terminamos de comer. Aunque yo, en realidad, nunca empezaba.

Y en seguida me vino otro susto. Lo vi muy ocupado, quitando clavos de las paredes y buscando tablillas. Con ellas clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca.

"¡Oh, Señor mío! —dije yo entonces—. ¡A cuánta miseria, mala suerte y desastres estamos expuestos los que nacemos! ¡Y qué poco duran los placeres de esta vida nuestra tan dura! Aquí estaba yo, pensando que con este pobre y triste remedio iba a pasar mi miseria. Ya estaba casi alegre y con buena suerte. Pero mi desgracia no lo quiso. Despertó a este miserable de mi amo y le dio más cuidado del que ya tenía. Porque los tacaños casi nunca dejan de tenerlo. Y ahora, al cerrar los agujeros del arca, me cierra la puerta del consuelo y me abre la de los sufrimientos".

Así me lamentaba yo, mientras mi cuidadoso carpintero terminaba su obra con muchos clavos y tablillas. Y decía:

"Ahora, señores ratones traidores, os conviene cambiar de idea, porque en esta casa vais a medrar muy poco".

En cuanto salió de casa, fui a ver la obra. Vi que en la triste y vieja arca no había dejado ni un agujero por donde pudiera entrar un mosquito. Abrí con mi llave, que ya no me servía de nada, sin esperanza de sacar provecho. Vi los dos o tres panes empezados, los que mi amo creía mordidos por los ratones. Y todavía saqué de ellos un poquito. Los tocaba muy ligeramente, como un esgrimidor hábil.

La necesidad es una gran maestra, y yo tenía mucha. Por eso, siempre, de noche y de día, pensaba en la manera de seguir vivo. Y creo que el hambre era la luz que me hacía encontrar estos negros remedios. Dicen que con el hambre el ingenio se despierta, y que con la abundancia se duerme. Y así me pasaba a mí, desde luego.

Una noche estaba despierto, pensando en esto: cómo podría aprovecharme del arcaz. Noté que mi amo dormía, porque roncaba y daba unos grandes resoplidos. Me levanté muy despacito. Durante el día ya había pensado lo que iba a hacer. Había dejado un cuchillo viejo en un sitio donde lo pudiera encontrar. Fui al triste arcaz y lo ataqué con el cuchillo por la parte que me había parecido más débil. Usé el cuchillo como un barreno. La antiquísima arca, por tener tantos años, estaba sin fuerza y sin corazón. Al contrario, estaba muy blanda y carcomida. Por eso se rindió en seguida y me dejó hacerle un buen agujero en el costado.

Hecho esto, abrí muy despacio el arca herida. A tientas, hice con el pan empezado lo que ya he contado antes. Con aquello me consolé un poco. Volví a cerrar y me fui a mis pajas. Allí descansé y dormí un poco. Pero dormía mal, y yo pensaba que era por no comer. Y así sería, porque seguro que en aquel tiempo no me quitaban el sueño los problemas del rey de Francia.

Al día siguiente, el señor mi amo vio el daño en el pan y el agujero que yo había hecho. Empezó a mandar a los ratones al diablo y a decir:

"¿Qué diremos a esto? ¡Nunca había notado ratones en esta casa hasta ahora!".

Y sin duda decía la verdad. Si alguna casa del reino tenía que estar libre de ratones, era aquella, porque no suelen vivir donde no hay qué comer. Volvió a buscar clavos y tablillas por la casa y por las paredes para taparles los agujeros. Cuando llegaba la noche y él descansaba, yo me ponía en pie con mi herramienta. Y todos los agujeros que él tapaba de día, yo los destapaba de noche.

Así pasó, y los dos trabajamos con tanta prisa que sin duda por esto se dice: "Donde una puerta se cierra, otra se abre". En fin, parecía que hacíamos a destajo la tela de Penélope. Todo lo que él tejía de día, yo lo rompía de noche. En pocos días y noches dejamos la pobre despensa de tal forma que parecía otra cosa. Por tantos clavos y tachuelas como tenía, cualquiera la habría llamado corazas viejas de otro tiempo, y no arcaz.

Cuando vio que su remedio no servía de nada, dijo:

"Este arcaz está tan maltratado, y es de madera tan vieja y débil, que no se puede defender de ningún ratón. Y está ya tan mal que, si seguimos con él, nos dejará sin protección. Y lo peor es que, aunque protege poco, nos hará falta si nos falta. Y me hará gastar tres o cuatro reales. El remedio de hasta ahora no sirve. Así que el mejor remedio que encuentro es poner una trampa dentro para estos malditos ratones".

En seguida pidió prestada una ratonera. Y con cortezas de queso que pedía a los vecinos, tenía siempre el gato armado dentro del arca. Esto fue para mí una ayuda extraordinaria. Yo no necesitaba muchas salsas para comer. Pero aun así disfrutaba con las cortezas de queso que sacaba de la ratonera. Y además seguía royendo el bodigo.

Él encontraba el pan mordido y el queso comido, pero no caía el ratón que se lo comía. Por eso maldecía y se desesperaba. Preguntaba a los vecinos qué animal podía comerse el queso y sacarlo de la ratonera sin caer ni quedarse dentro, y con la trampilla del gato caída. Los vecinos estuvieron de acuerdo en que no era un ratón quien hacía este daño, porque un ratón tendría que haber caído alguna vez. Un vecino le dijo:

"Yo me acuerdo de que en su casa solía andar una culebra. Sin duda debe de ser ella. Y tiene sentido: como es larga, puede coger el cebo. Y aunque la trampilla le caiga encima, como no entra toda dentro, se vuelve a salir".

A todos les pareció bien lo que dijo aquel vecino, y mi amo se asustó mucho. Desde entonces ya no dormía tan tranquilo. Si de noche sonaba cualquier gusano de la madera, pensaba que era la culebra que le roía el arca. En seguida se ponía en pie. Desde que le dijeron aquello, tenía un garrote junto a la cabecera de la cama. Con él daba grandes garrotazos a la pobre arca, para asustar a la culebra. Despertaba a los vecinos con el ruido que hacía, y a mí no me dejaba dormir.

Se iba a mis pajas y las revolvía, y a mí con ellas. Pensaba que la culebra se había ido hacia mí y se había metido entre mis pajas o en mi sayo. Porque le decían que de noche estos animales buscan calor. A veces se meten en las cunas de los bebés, y hasta los muerden y los ponen en peligro. Yo casi siempre me hacía el dormido. Y por las mañanas él me decía:

"Esta noche, mozo, ¿no notaste nada? Pues anduve detrás de la culebra. Y creo que se va a ir a tu cama, porque son muy frías y buscan calor".

"Quiera Dios que no me muerda —decía yo—, que le tengo mucho miedo".

Así andaba él, tan despierto y sin sueño, que la culebra, o mejor dicho, el culebro, no se atrevía a roer de noche ni a acercarse al arca. Pero de día, mientras él estaba en la iglesia o por el pueblo, yo hacía mis asaltos. Él veía los daños y el poco remedio que les podía poner. Por eso, de noche, como digo, andaba por la casa como un trasgo.

Yo tuve miedo de que, con tanto buscar, encontrara la llave que yo tenía debajo de las pajas. Me pareció más seguro meterla de noche en la boca. Desde que viví con el ciego, tenía la boca como una bolsa. Una vez llegué a tener en ella doce o quince maravedís, todos en medias blancas, y no me impedían comer. Si no, no podía guardar ni una blanca sin que el maldito ciego la encontrara. Me buscaba muy a menudo en cada costura y en cada remiendo. Pues así, como digo, cada noche me metía la llave en la boca. Y dormía sin miedo de que el brujo de mi amo la encontrara. Pero cuando la desgracia tiene que llegar, el cuidado no sirve de nada.

Mi destino, o mejor dicho, mis pecados, quisieron que pasara esto. Una noche estaba durmiendo. Debía de tener la boca abierta, y la llave se me quedó colocada en ella de una manera especial. El aire que yo echaba al dormir salía por su hueco, porque era una llave de cañuto. Y, por mi desgracia, silbaba muy fuerte. Mi amo, que estaba tan asustado, lo oyó. Creyó sin duda que era el silbido de la culebra. Y seguro que lo parecía.

Se levantó muy despacio con su garrote en la mano. Guiándose por el sonido de la culebra, se acercó a mí muy en silencio, para que la culebra no lo notara. Cuando se vio cerca, pensó que ella se había venido a las pajas donde yo estaba echado, buscando mi calor. Levantó bien el palo. Pensaba que la tenía debajo y que le iba a dar un garrotazo que la matara. Y con toda su fuerza me dio un golpe tremendo en la cabeza. Me dejó sin sentido y con la cabeza muy rota.

Él notó que me había dado a mí, porque yo debí de quejarme mucho con el terrible golpe. Contaba después que se acercó a mí y me llamó a gritos, intentando despertarme. Pero al tocarme con las manos, notó la mucha sangre que me salía. Entonces entendió el daño que me había hecho, y fue muy deprisa a buscar una luz. Cuando volvió con ella, me encontró quejándome. Todavía tenía la llave en la boca, porque nunca la solté. La tenía medio fuera, igual que debía de estar cuando silbaba con ella.

El matador de culebras se asustó, preguntándose qué podía ser aquella llave. Me la sacó del todo de la boca y la miró. Y vio lo que era, porque sus guardas eran iguales que las de la suya. Fue en seguida a probarla, y con ella comprobó el delito. El cruel cazador debió de decir:

"He encontrado al ratón y a la culebra que me hacían la guerra y se comían mis bienes".

De lo que pasó en los tres días siguientes no puedo dar fe, porque los pasé en el vientre de la ballena. Lo que he contado lo oí después, cuando volví en mí. Se lo oí a mi amo, que se lo contaba con todo detalle a todos los que venían.

Al cabo de tres días volví en mí. Estaba echado en mis pajas, con la cabeza llena de emplastos, aceites y ungüentos. Asustado, dije:

"¿Qué es esto?".

El cruel sacerdote me respondió:

"De verdad, ya he cazado a los ratones y culebras que me destruían".

Me miré a mí mismo, y me vi tan maltratado que en seguida sospeché lo que había pasado.

En ese momento entró una vieja que ensalmaba, con los vecinos. Empezaron a quitarme los trapos de la cabeza y a curarme el garrotazo. Cuando vieron que había vuelto en mí, se alegraron mucho y dijeron:

"Ya que ha vuelto en sí, quiera Dios que no sea nada".

Entonces volvieron a contar mis desgracias y a reírse de ellas. Y yo, pobre pecador, a llorarlas. Con todo esto, me dieron de comer, porque estaba muerto de hambre, y apenas pudieron satisfacerme. Y así, poco a poco, a los quince días me levanté. Ya estaba fuera de peligro, pero no sin hambre, y medio curado.

Al día siguiente de levantarme, el señor mi amo me cogió de la mano y me sacó por la puerta. Cuando estuve en la calle, me dijo:

"Lázaro, desde hoy eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía un criado tan diligente. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego".

Y se santiguó delante de mí, como si yo estuviera endemoniado. Volvió a meterse en casa y cerró su puerta.

### Glosario

- **arcaz / arca**: caja grande de madera con tapa y llave.
- **bodigo**: pan pequeño que la gente llevaba a la iglesia como ofrenda.
- **golosinear**: comer cosas ricas solo por gusto, picar.
- **como si fueran de azogue**: muy rápidos e inquietos; el azogue es un metal líquido que se mueve sin parar.
- **saludador**: curandero que, según la gente, curaba con su saliva y su aliento; tenía fama de beber mucho.
- **calderero**: hombre que arregla ollas y objetos de metal y lleva muchas llaves.
- **la cara de Dios**: el pan; así lo llamaban los niños.
- **en dos credos**: en muy poco tiempo, el tiempo de rezar dos veces el Credo.
- **me vino la terciana**: la terciana es una fiebre que vuelve cada tres días; aquí, volvió el mal.
- **la tela de Penélope**: un trabajo que se hace y se deshace sin terminar nunca.
- **el gato**: aquí, la ratonera, la trampa para cazar ratones.
- **trasgo**: duende o fantasma de las casas.
- **en el vientre de la ballena**: sin sentido y sin saber nada, como Jonás dentro de la ballena.
- **ensalmar**: curar con oraciones y palabras mágicas.
- **limosna**: dinero o comida que se da a un pobre.
- **paletoque / agujeta**: prenda corta sin mangas / cordón para atar la ropa.
- **ristra**: cebollas atadas juntas en una cuerda.
- **conservas**: frutas cocidas con azúcar para guardarlas mucho tiempo.
- **carnero**: macho de la oveja.
- **sesos**: lo que hay dentro de la cabeza de un animal; se come.
- **blanca / maravedí / real**: monedas: la blanca vale muy poco, el real vale mucho más.
- **ofertorio / concha**: parte de la misa en que la gente da dinero / plato para recoger ese dinero.
- **cofradías**: grupos de personas de una iglesia que se reúnen y a veces comen juntas.
- **extrema unción**: sacramento para los enfermos que van a morir.
- **gragea**: confites muy pequeños de azúcar.
- **desmigajar**: romper el pan en migas.
- **medrar**: mejorar, ir a más.
- **esgrimidor**: hombre que lucha con espada.
- **barreno**: herramienta para hacer agujeros en la madera.
- **carcomida**: madera comida por pequeños insectos.
- **pajas**: aquí, la cama de paja donde duerme Lázaro.
- **corazas / tachuelas**: armaduras para el pecho / clavos cortos de cabeza grande.
- **ratonera**: trampa para cazar ratones.
- **culebra**: serpiente.
- **garrote**: palo grueso y fuerte.
- **sayo**: ropa larga y sencilla.
- **llave de cañuto**: llave con un tubo hueco.
- **guardas**: los dientes de una llave.
- **emplastos y ungüentos**: medicinas que se ponen sobre la piel.

## Tratado tercero: Cómo Lázaro entró a servir a un escudero, y de lo que le pasó con él

De esta manera tuve que sacar fuerzas de donde no las tenía. Poco a poco, con la ayuda de la buena gente, llegué a esta famosa ciudad de Toledo. Allí, gracias a Dios, a los quince días se me cerró la herida. Mientras estaba enfermo, la gente siempre me daba alguna limosna. Pero cuando ya estuve sano, todos me decían:

"Tú eres un bellaco y un gallofero. Busca, busca un amo a quien servir".

"¿Y dónde voy a encontrar a ese amo? —decía yo para mí—. Solo si Dios lo crea ahora de nuevo, como creó el mundo".

Así iba yo de puerta en puerta, con muy poca ayuda, porque la caridad ya se había subido al cielo. Entonces Dios me hizo encontrar a un escudero. Iba por la calle con ropa bastante buena y bien peinado. Caminaba con un paso tranquilo y ordenado. Me miró, y yo a él, y me dijo:

"Muchacho, ¿buscas amo?".

Yo le dije:

"Sí, señor".

"Pues ven detrás de mí —me respondió—, que Dios te ha hecho un favor al encontrarte conmigo. Seguro que hoy has rezado alguna buena oración".

Y lo seguí. Daba gracias a Dios por lo que le había oído. Y además, por su ropa y su manera de andar, me parecía justo el amo que yo necesitaba.

Era por la mañana cuando encontré a este, mi tercer amo. Me llevó detrás de él por gran parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas donde se vendían pan y otras provisiones. Yo pensaba, y hasta deseaba, que allí me iba a cargar de las cosas que vendían. Porque esa era la hora en que la gente suele comprar lo necesario. Pero él pasaba por delante de todo aquello a paso muy rápido.

"Quizás no ve aquí nada que le guste —decía yo—, y querrá que lo compremos en otro sitio".

Así anduvimos hasta que el reloj dio las once. Entonces entró en la iglesia mayor, y yo detrás de él. Lo vi oír misa y los otros oficios con mucha devoción, hasta que todo terminó y la gente se fue. Entonces salimos de la iglesia.

Empezamos a bajar por una calle a paso rápido. Yo iba el más contento del mundo, porque no habíamos perdido el tiempo buscando comida. Pensé que mi nuevo amo debía de ser un hombre que lo compraba todo junto, de una vez. Y que la comida ya estaría preparada, tal como yo la deseaba, y como la necesitaba.

En ese momento el reloj dio la una de la tarde, y llegamos a una casa. Mi amo se paró delante de ella, y yo con él. Se echó la punta de la capa sobre el lado izquierdo. Sacó una llave de la manga, abrió la puerta y entramos en casa. La entrada era oscura y tenebrosa. Parecía que daba miedo a todos los que entraban en ella. Aunque dentro había un patio pequeño y unas habitaciones bastante buenas.

Cuando entramos, se quitó la capa. Me preguntó si tenía las manos limpias, y entre los dos la sacudimos y la doblamos. Luego sopló con mucho cuidado el polvo de un poyo que había allí, y puso la capa encima. Después se sentó a su lado. Me preguntó con muchos detalles de dónde era y cómo había llegado a aquella ciudad. Yo le contesté más largamente de lo que quería. Porque me parecía mejor momento para poner la mesa y servir el guiso que para aquellas preguntas. Aun así, le hablé de mí lo mejor que supe mentir. Le conté lo bueno y me callé lo demás, porque me parecía que no era para contarlo allí.

Después de esto, se quedó así un rato. Y yo en seguida vi una mala señal. Ya eran casi las dos, y no le veía más ganas de comer que a un muerto. Además, pensaba en otras cosas. La puerta estaba cerrada con llave. Y no se oían pasos de ninguna persona viva, ni arriba ni abajo. Todo lo que había visto eran paredes. No había en la casa ni una silla, ni un tajo, ni un banco, ni una mesa. Ni siquiera un arcaz como el de antes. En fin, parecía una casa encantada. Estando así, me dijo:

"Tú, mozo, ¿has comido?".

"No, señor —dije yo—, que todavía no eran las ocho cuando me encontré con vuestra merced".

"Pues yo, aunque era temprano, ya había almorzado. Y te hago saber que, cuando como algo así, ya no como nada hasta la noche. Por eso, pásalo como puedas, que después cenaremos".

Crea vuestra merced que, cuando le oí esto, casi me caigo al suelo. No tanto por el hambre, sino porque vi que la suerte estaba totalmente en mi contra. Allí volví a ver todos mis sufrimientos, y volví a llorar mis penas. Allí me vino a la memoria lo que pensaba cuando quería irme del clérigo. Pensaba que aquel era desgraciado y miserable, pero que quizás iba a encontrar a otro peor. En fin, allí lloré mi dura vida pasada y mi muerte, que ya estaba cerca. Y aun así, disimulando lo mejor que pude, le dije:

"Señor, soy un mozo que no se preocupa mucho por comer, bendito sea Dios. De eso me puedo alabar: entre todos los de mi edad, soy el que menos come. Y así me han alabado hasta hoy los amos que he tenido".

"Esa es una virtud —dijo él—, y por eso te querré más. Porque llenarse es cosa de cerdos, y comer con moderación es cosa de hombres de bien".

"¡Ya te he entendido! —dije yo para mí—. ¡Malditas sean tanta medicina y tanta bondad como encuentran en el hambre estos amos míos!".

Me puse en un rincón de la entrada. Saqué de la camisa unos pedazos de pan que me habían quedado de los que me dieron de limosna. Él lo vio y me dijo:

"Ven aquí, mozo. ¿Qué comes?".

Me acerqué a él y le enseñé el pan. Había tres pedazos, y él me cogió el mejor y el más grande. Y me dijo:

"Por mi vida, que este pan parece bueno".

"¡Y tanto! —dije yo—. ¿Ahora, señor, le parece bueno?".

"Sí, de verdad —dijo él—. ¿Dónde lo has conseguido? ¿Lo habrán amasado manos limpias?".

"Eso no lo sé yo —le dije—. Pero a mí su sabor no me da asco".

"Quiera Dios que así sea" —dijo el pobre de mi amo.

Se lo llevó a la boca. Y empezó a darle unos bocados tan fieros como los míos.

"Este pan está riquísimo —dijo—, por Dios".

Entonces entendí de qué pie cojeaba, y me di prisa, porque lo vi dispuesto a ayudarme con lo que me quedara, si él terminaba antes que yo. Y así terminamos casi a la vez. Mi amo empezó a sacudirse con las manos unas pocas migas, muy pequeñas, que se le habían quedado en el pecho. Entró en un cuartito que había allí y sacó un jarro desportillado y no muy nuevo. Bebió y después me lo ofreció. Yo, para parecer moderado, le dije:

"Señor, no bebo vino".

"Es agua —me respondió—. Puedes beber tranquilo".

Entonces cogí el jarro y bebí, pero no mucho, porque mi problema no era la sed. Así estuvimos hasta la noche, hablando de las cosas que él me preguntaba. Yo le respondía lo mejor que sabía. Entonces me llevó al cuarto donde estaba el jarro del que bebimos, y me dijo:

"Mozo, ponte ahí y verás cómo hacemos esta cama, para que sepas hacerla de ahora en adelante".

Yo me puse de un lado y él del otro, e hicimos la miserable cama. No había mucho que hacer en ella. Sobre unos bancos había un cañizo, y encima estaba tendida la ropa de cama. Como no se lavaba a menudo, no parecía un colchón, aunque servía de colchón. Tenía mucha menos lana de la que hacía falta. La extendimos e intentamos ablandarla, pero era imposible, porque lo duro difícilmente se hace blando. Aquel diablo de colchón no tenía nada dentro. Puesto sobre el cañizo, se le marcaban todas las cañas. Parecían exactamente las costillas de un cerdo flaquísimo. Y sobre aquel colchón hambriento había un alfamar de la misma clase. Yo no pude adivinar de qué color era.

Hecha la cama, y ya de noche, me dijo:

"Lázaro, ya es tarde, y de aquí a la plaza hay mucha distancia. Además, en esta ciudad andan muchos ladrones que de noche roban las capas. Pasemos la noche como podamos, y mañana, cuando sea de día, Dios nos ayudará. Como vivo solo, no tengo provisiones en casa. Estos días he comido fuera. Pero ahora lo haremos de otra manera".

"Señor —dije yo—, vuestra merced no se preocupe por mí. Yo sé pasar una noche sin comer, y más si hace falta".

"Vivirás más y más sano —me respondió—. Porque, como decíamos hoy, no hay nada en el mundo como comer poco para vivir mucho".

"Si es por ese camino —dije para mí—, yo no me moriré nunca. Siempre he cumplido esa regla a la fuerza. Y con mi mala suerte, espero cumplirla toda mi vida".

Se acostó en la cama y puso como almohada las calzas y el jubón. Me mandó echarme a sus pies, y yo lo hice. ¡Pero maldito el sueño que dormí! Porque las cañas y mis huesos salidos no dejaron de pelearse en toda la noche. Con mis sufrimientos, mis males y mi hambre, creo que en mi cuerpo no había ni una libra de carne. Además, aquel día casi no había comido nada, y rabiaba de hambre. Y el hambre no es amiga del sueño. Me maldije mil veces, ¡Dios me lo perdone!, y maldije mi mala suerte casi toda la noche. Y lo peor: no me atrevía a darme la vuelta, para no despertarlo. Así que le pedí a Dios muchas veces la muerte.

Llegó la mañana y nos levantamos. Él empezó a limpiar y a sacudir sus calzas, su jubón, su sayo y su capa. Yo le ayudaba en todo. Se vistió muy despacio, con mucho gusto. Yo le eché agua para lavarse las manos. Se peinó y se colgó la espada en el talabarte. Mientras se la ponía, me dijo:

"¡Oh, mozo, si supieras qué espada es esta! No la daría por ningún marco de oro del mundo. Antonio hizo muchas espadas, pero en ninguna supo poner un acero tan fino como el de esta".

Y la sacó de la vaina y tocó el filo con los dedos, diciendo:

"¿La ves? Yo me comprometo a cortar con ella un copo de lana".

Y yo dije para mí:

"Y yo, con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras".

Volvió a meter la espada en la vaina y se la ciñó. Del talabarte se colgó también un sartal de cuentas gruesas. Salió por la puerta con paso tranquilo y el cuerpo derecho. Movía el cuerpo y la cabeza con mucha elegancia. Se echaba la punta de la capa sobre el hombro, y a veces debajo del brazo. Y llevaba la mano derecha en el costado. Al salir, dijo:

"Lázaro, cuida la casa mientras voy a oír misa. Haz la cama y ve al río a por la vasija de agua, que está aquí abajo. Y cierra la puerta con llave, para que no nos roben nada. Pon la llave aquí, en el quicio, para que yo pueda entrar si vuelvo mientras tanto".

Y subió calle arriba con un aire tan elegante y noble que cualquiera se habría engañado. Quien no lo conociera pensaría que era pariente muy cercano del conde de Arcos. O por lo menos, el criado que lo vestía.

"¡Bendito seas, Señor —me quedé yo diciendo—, que das la enfermedad y pones el remedio! ¿Quién se encontrará con aquel señor mío y no pensará que anoche cenó bien y durmió en buena cama? ¡Va tan contento de sí mismo! Y aunque ahora es temprano, ¿quién no pensará que ha desayunado muy bien? ¡Grandes secretos son, Señor, los que tú haces y la gente no conoce! ¿A quién no engañaría aquella buena figura, y aquella capa y aquel sayo tan decentes? ¿Quién pensaría que aquel caballero pasó todo el día de ayer sin comer? Solo comió aquel mendrugo de pan. Su criado Lázaro lo había llevado un día y una noche en el arca de su pecho, dentro de la camisa, donde no podía estar muy limpio. Y hoy, al lavarse las manos y la cara, como no tenía toalla, se secó con la falda del sayo. Nadie, de verdad, lo sospecharía. ¡Oh, Señor, cuántos como este debes de tener repartidos por el mundo! Sufren por esa negra cosa que llaman honra lo que no sufrirían por ti".

Así estaba yo en la puerta, mirando y pensando en estas cosas y en muchas otras. Me quedé allí hasta que el señor mi amo desapareció al final de la calle larga y estrecha. Cuando lo vi desaparecer, volví a entrar en casa. En un credo la recorrí toda, arriba y abajo, sin pararme y sin encontrar nada. Hice la miserable cama dura, cogí el jarro y me fui al río.

Allí, en una huerta, vi a mi amo muy ocupado en cortejar a dos mujeres rebozadas. Parecían de esas mujeres que en aquel lugar no faltan. Muchas tienen la costumbre de ir en las mañanas de verano a aquellas frescas orillas. Van a tomar el fresco y a desayunar sin llevar nada. Están seguras de que no faltará quien las invite, porque los hidalgos del lugar las han acostumbrado así.

Y, como digo, él estaba entre ellas hecho un Macías. Les decía más dulzuras de las que escribió Ovidio. Como ellas notaron que estaba muy enternecido, no les dio vergüenza pedirle que las invitara a desayunar, con el pago de costumbre. Pero él tenía la bolsa tan fría como caliente el estómago. Le dio tal escalofrío que perdió el color de la cara. Empezó a trabarse al hablar y a poner excusas que no valían nada. Ellas debían de tener mucha experiencia. Cuando notaron su enfermedad, lo dejaron por lo que era.

Yo estaba comiendo unos tronchos de berza, que fueron mi desayuno. Con mucho cuidado, como criado nuevo, volví a casa sin que mi amo me viera. Pensé barrer un poco la casa, porque le hacía mucha falta, pero no encontré con qué. Me puse a pensar qué hacer. Me pareció mejor esperar a mi amo hasta el mediodía, por si venía y traía algo para comer. Pero fue en vano.

Cuando vi que eran las dos y no venía, y el hambre me apretaba, cerré la puerta. Puse la llave donde me había mandado y volví a mi antiguo oficio. Con voz baja y enferma, y con las manos cruzadas sobre el pecho, empecé a pedir pan. Tenía a Dios delante de los ojos y su nombre en la lengua. Pedía en las puertas de las casas que me parecían más grandes. Yo había mamado este oficio con la leche. Quiero decir que lo aprendí con el gran maestro, el ciego. Y salí tan buen alumno que me fue muy bien. En este pueblo no había caridad, y el año no era de mucha abundancia. Aun así, antes de que el reloj diera las cuatro, ya tenía cuatro libras de pan guardadas en el cuerpo. Y llevaba más de otras dos en las mangas y dentro de la camisa. Volví a la casa, y al pasar por la tripería pedí a una de aquellas mujeres. Ella me dio un pedazo de uña de vaca y unas pocas tripas cocidas.

Cuando llegué a casa, el bueno de mi amo ya estaba allí. Había doblado su capa y la había puesto en el poyo, y él se paseaba por el patio. Cuando entré, vino hacia mí. Pensé que me iba a reñir por haber tardado, pero Dios lo hizo mejor. Me preguntó de dónde venía. Yo le dije:

"Señor, estuve aquí hasta que dieron las dos. Cuando vi que vuestra merced no venía, me fui por la ciudad a pedir ayuda a la buena gente. Y me han dado esto que ve".

Le enseñé el pan y las tripas, que traía en una punta de la falda de la camisa. Él puso buena cara y dijo:

"Pues yo te he esperado para comer. Y como vi que no venías, comí. Pero en eso haces como un hombre de bien. Más vale pedirlo por Dios que robarlo. Y, así Dios me ayude, eso me parece bien. Solo te pido una cosa: que no sepan que vives conmigo, por mi honra. Aunque creo que será un secreto, porque en este pueblo me conoce muy poca gente. ¡Ojalá no hubiera venido nunca!".

"Por eso no se preocupe, señor —le dije yo—. Nadie me va a pedir esa cuenta, y yo no la voy a dar".

"Ahora, pues, come, pecador. Si Dios quiere, pronto saldremos de esta necesidad. Aunque te digo que, desde que entré en esta casa, nunca me ha ido bien. Debe de estar en mal suelo. Hay casas desgraciadas y de mala suerte, que pegan la desgracia a los que viven en ellas. Sin duda esta es una de ellas. Pero te prometo que, cuando termine el mes, no me quedo en ella aunque me la regalen".

Me senté en la punta del poyo. Para que no me tuviera por glotón, no le dije nada de lo que ya había comido. Empecé a cenar y a morder mis tripas y mi pan. Y con disimulo miraba a mi pobre señor. Él no apartaba los ojos de la falda de mi camisa, que en aquel momento me servía de plato. ¡Que Dios tenga tanta lástima de mí como yo tenía de él! Porque yo sentía lo mismo que él sentía. Muchas veces había pasado por eso, y lo pasaba cada día. Pensaba si estaría bien invitarlo. Pero me había dicho que ya había comido, y tenía miedo de que no aceptara la invitación. En fin, yo deseaba que aquel pobre se ayudara con mi trabajo y comiera, como el día anterior. Ahora la ocasión era mejor, porque la comida era mejor y mi hambre era menor.

Dios quiso cumplir mi deseo, y creo que también el suyo, porque cuando empecé a comer, él, que se paseaba, se acercó a mí y me dijo:

"Te digo, Lázaro, que comes con la mayor gracia que he visto nunca en un hombre. Nadie te verá comer sin que le entren ganas, aunque no las tenga".

"Las muchas ganas que tienes tú —dije yo para mí— hacen que te parezcan bonitas las mías".

Aun así, me pareció bien ayudarlo, porque él mismo se ayudaba y me abría el camino. Le dije:

"Señor, las buenas herramientas hacen al buen artesano. Este pan está riquísimo. Y esta uña de vaca está tan bien cocida y sazonada que su sabor invita a cualquiera".

"¿Es uña de vaca?".

"Sí, señor".

"Te digo que es el mejor bocado del mundo. Ni un faisán me sabe tan bien".

"Pues pruebe, señor, y verá qué tal está".

Le puse en las uñas la otra uña de vaca y tres o cuatro raciones del pan más blanco. Se sentó a mi lado y empezó a comer como quien tiene ganas. Roía cada uno de aquellos huesecillos mejor que un galgo suyo.

"Con almodrote —decía— es un manjar extraordinario".

"Con mejor salsa lo comes tú", respondí yo en voz baja.

"Por Dios, me ha sabido tan bien como si hoy no hubiera comido ni un bocado."

"¡Ojalá me lleguen los buenos años tan seguro como que eso es verdad!" —dije yo para mí.

Me pidió el jarro del agua, y se lo di tan lleno como lo había traído. Eso era una señal: como no le faltaba agua al jarro, a mi amo no le había sobrado la comida. Bebimos y nos fuimos a dormir muy contentos, como la noche anterior.

Y para no alargarme, de esta manera estuvimos ocho o diez días. Cada mañana el pobre hombre salía con aquel aire contento y su paso medido. Se iba a papar aire por las calles, y el pobre Lázaro era su cabeza de lobo. Yo pensaba muchas veces en mi mala suerte. Había escapado de los amos malos que había tenido y buscaba algo mejor. Y ahora había encontrado a uno que no solo no me mantenía, sino al que yo tenía que mantener.

Aun así, yo lo quería bien, porque veía que no tenía nada y que no podía hacer más. Sentía por él más lástima que odio. Y muchas veces yo pasaba mal para poder llevarle a casa algo con que él pasara el día. Porque una mañana el pobre se levantó en camisa y subió a lo alto de la casa a hacer sus necesidades. Mientras tanto, yo quise salir de dudas. Desenvolví el jubón y las calzas que había dejado en la cabecera de la cama. Encontré una bolsita de terciopelo, doblada cien veces. No tenía ni una maldita blanca, ni señales de haberla tenido en mucho tiempo.

"Este es pobre —decía yo—, y nadie da lo que no tiene. Pero el ciego avaro y el desgraciado y tacaño clérigo me mataban de hambre. Y a los dos Dios les daba de comer: al clérigo, la gente que le besaba la mano; al ciego, su lengua rápida. A aquellos es justo odiarlos. De este hay que tener lástima."

Dios es testigo de que todavía hoy siento lástima cuando me encuentro con alguien vestido como él, con aquel paso y aquella pompa. Pienso si sufrirá lo que yo vi sufrir a aquel. Y con toda su pobreza, me gustaría más servirle a él que a los otros, por lo que he dicho. Solo una cosa no me gustaba de él. Yo hubiera querido que no tuviera tanto orgullo. Me hubiera gustado que bajara un poco su fantasía, ya que su necesidad subía tanto. Pero, según me parece, es una regla que todos ellos usan y guardan. Aunque no tengan ni un cornado, el birrete tiene que estar en su sitio. Que el Señor lo remedie, porque ya con este mal se van a morir.

Pues yo estaba en esta situación, pasando la vida que cuento. Y mi mala suerte, que nunca se cansaba de perseguirme, no quiso que durara aquella vida tan dura y vergonzosa. Aquel año hubo muy poco trigo en esta tierra. Por eso el Ayuntamiento decidió que todos los pobres de fuera tenían que marcharse de la ciudad. Lo anunciaron con un pregón: a quien encontraran allí después, lo castigarían con azotes. Y así cumplieron la ley. Cuatro días después del pregón, vi pasar por las Cuatro Calles una procesión de pobres a los que iban azotando. Eso me dio tanto miedo que nunca más me atreví a salir a pedir.

Quien pudiera verlo, vería allí el ayuno de mi casa, y la tristeza y el silencio de los que vivíamos en ella. A veces pasábamos dos o tres días sin comer un bocado y sin decir una palabra. A mí me dieron la vida unas pobres mujeres que vivían junto a nosotros. Hilaban algodón y hacían bonetes. Yo era su vecino y las conocía. De lo poco que ganaban, me daban alguna cosita, y con eso yo iba pasando, aunque muy mal.

Y no tenía tanta lástima de mí como de mi pobre amo. En ocho días no comió ni un maldito bocado. Por lo menos, en casa estuvimos sin comer. No sé cómo andaba ni dónde, ni qué comía. ¡Y había que verlo venir al mediodía calle abajo! Venía con el cuerpo estirado, más largo que un galgo de buena raza. Y por su maldita honra, como dicen, tomaba una paja, y en casa no había muchas. Salía a la puerta y se limpiaba con ella los dientes, que no tenían nada entre ellos. Y todavía se quejaba de aquella casa de mala suerte, diciendo:

"Esto va mal, y la culpa es de la desgracia de esta casa. Como ves, es oscura, triste y negra. Mientras estemos aquí, vamos a sufrir. Ya quiero que se acabe este mes para salir de ella."

Así vivíamos, perseguidos por el hambre y la pena. Un día, no sé por qué suerte o casualidad, llegó un real a las pobres manos de mi amo. Vino con él a casa tan orgulloso como si tuviera el tesoro de Venecia. Con cara muy alegre y sonriente, me lo dio y me dijo:

"Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y compra pan, vino y carne. ¡Hagamos rabiar al diablo! Y además, para que te alegres, te hago saber que he alquilado otra casa. En esta casa desgraciada no vamos a estar más que hasta que termine el mes. ¡Maldita sea ella, y maldito el que puso en ella la primera teja! Entré en ella con mala suerte. Por Nuestro Señor, en todo el tiempo que vivo aquí, no he bebido ni una gota de vino. Tampoco he comido un bocado de carne, ni he tenido ningún descanso. ¡Es que tiene un aspecto tan oscuro y tan triste! Ve y vuelve pronto, y hoy comeremos como condes."

Tomé mi real y el jarro y eché a andar muy deprisa. Subí por mi calle hacia la plaza, muy contento y alegre. Pero ¿de qué me sirve? En mi triste suerte está escrito que ninguna alegría me llegue sin un susto. Y así fue esta vez. Iba calle arriba, haciendo cuentas para gastar el dinero de la mejor manera. Y daba infinitas gracias a Dios por haberle dado dinero a mi amo. De repente me encontré con un muerto. Muchos clérigos y otra gente lo traían calle abajo en unas andas. Me arrimé a la pared para dejarles sitio. Detrás del cuerpo, junto a las andas, venía una mujer que debía de ser la esposa del muerto. Iba vestida de luto, y con ella venían muchas otras mujeres. Ella lloraba a gritos y decía:

"Marido y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡A la casa triste y desgraciada, a la casa lóbrega y oscura, a la casa donde nunca comen ni beben!"

Cuando oí aquello, me pareció que el cielo se juntaba con la tierra, y dije:

"¡Oh, pobre de mí! Llevan a este muerto a mi casa."

Dejé el camino que llevaba y me metí por medio de la gente. Volví calle abajo hacia mi casa, corriendo todo lo que podía. Entré y cerré la puerta a toda prisa. Llamé a mi amo para que me ayudara, y me abracé a él. Le pedí que viniera a defender la entrada conmigo. Él se asustó un poco, porque pensó que pasaba otra cosa, y me dijo:

"¿Qué pasa, mozo? ¿Por qué gritas? ¿Qué tienes? ¿Por qué cierras la puerta con tanta furia?"

"¡Oh, señor —dije yo—, venga aquí, que nos traen un muerto!"

"¿Cómo es eso?" —respondió él.

"Me lo he encontrado aquí arriba. Y su mujer venía diciendo: «Marido y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡A la casa lóbrega y oscura, a la casa triste y desgraciada, a la casa donde nunca comen ni beben!» Nos lo traen aquí, señor."

Y la verdad es que mi amo no tenía muchos motivos para estar alegre. Pero cuando oyó esto, se rio tanto que durante un buen rato no pudo hablar. Mientras tanto, yo ya había echado la aldaba de la puerta. Y además había puesto el hombro contra ella, para defenderla mejor. La gente pasó con su muerto, pero yo todavía temía que nos lo metieran en casa. Cuando mi buen amo estuvo más harto de reír que de comer, me dijo:

"Es verdad, Lázaro. Por lo que va diciendo la viuda, tuviste razón para pensar lo que pensaste. Pero, como Dios lo ha hecho mejor y pasan de largo, abre, abre, y ve a buscar la comida."

"Déjelos, señor, que terminen de pasar la calle" —dije yo.

Al final mi amo vino a la puerta de la calle y la abrió. Me dio ánimos, y bien los necesitaba, por el miedo y el susto que tenía. Y volví a ponerme en camino. Aquel día comimos bien, pero yo no le encontré ningún gusto a la comida. En aquellos tres días no me volvió el color a la cara. Y mi amo se reía mucho cada vez que se acordaba de aquella idea mía.

De esta manera estuve algunos días con mi tercer amo, este pobre escudero. Todos los días tenía ganas de saber por qué había venido y por qué se quedaba en esta tierra. Porque desde el primer día que entré a servirle, supe que era forastero. Lo noté porque conocía y trataba a muy poca gente de aquí. Al final se cumplió mi deseo y supe lo que quería saber. Un día habíamos comido bastante bien y él estaba algo contento. Entonces me contó su historia. Me dijo que era de Castilla la Vieja. Había dejado su tierra solo por no quitarse el bonete ante un caballero, vecino suyo.

"Señor —le dije yo—, si él era lo que usted dice y tenía más que usted, ¿no hacía usted mal en no quitárselo primero? Usted dice que él también se lo quitaba."

"Sí lo es, y sí lo tiene, y también él se lo quitaba ante mí. Pero muchas veces yo me lo quitaba primero. No estaría mal que él fuera educado alguna vez y se adelantara a mí."

"Me parece, señor —le dije yo—, que yo no me fijaría en eso. Sobre todo con los que son más que yo y tienen más que yo."

"Eres un muchacho —me respondió— y no entiendes las cosas de la honra. Hoy en día, toda la riqueza de los hombres de bien está en la honra. Pues te hago saber que yo soy, como ves, un escudero. ¡Pero te juro por Dios una cosa! Si me encuentro al conde en la calle y no se quita el bonete del todo y bien quitado, la próxima vez haré algo. Antes de que llegue a mi lado, me meteré en una casa y fingiré que tengo algún negocio allí. O me iré por otra calle, si la hay. Así no tendré que quitármelo ante él. Porque un hidalgo no le debe nada a nadie, solo a Dios y al rey. Y no está bien que un hombre de bien se descuide ni un momento: tiene que valorar mucho su persona. Me acuerdo de que un día, en mi tierra, insulté a un oficial y quise pegarle, porque cada vez que me encontraba, me decía: «Mantenga Dios a vuestra merced». Yo le dije: «Vos, don villano ruin, ¿por qué no sois bien educado? ¿Manténgaos Dios me tenéis que decir, como si yo fuera cualquiera?» Desde entonces, en cualquier sitio, se quitaba el bonete ante mí y me hablaba como debía."

"¿Y no es una buena manera de saludar a otro hombre —dije yo— decirle que Dios lo mantenga?"

"¡Qué poco sabes, desgraciado! —dijo él—. Eso se les dice a los hombres de poca categoría. Pero a los más altos, como yo, hay que decirles por lo menos: «Beso las manos de vuestra merced». O como mínimo: «Bésoos, señor, las manos», si el que me habla es caballero. Por eso no quise aguantar más a aquel hombre de mi tierra, que me llenaba de mantenimientos. Y no aguantaría ni aguantaré a ningún hombre del mundo, del rey para abajo, que me diga «Manténgaos Dios»."

"Pobre de mí —dije yo para mí—. Por eso Dios tiene tan poco cuidado de mantenerte: porque no dejas que nadie se lo pida."

"Además —dijo él—, no soy tan pobre. En mi tierra tengo un solar con casas. Está a dieciséis leguas de donde nací, en la Costanilla de Valladolid. Si las casas estuvieran en pie y bien construidas, valdrían más de doscientos mil maravedís. Porque se podrían hacer grandes y buenas. Y tengo un palomar. Si no estuviera en ruinas, como está, daría cada año más de doscientos palominos. Y tengo otras cosas que me callo. Las dejé por mi honra. Vine a esta ciudad pensando que encontraría un buen puesto, pero no me ha salido como pensaba. Encuentro muchos canónigos y señores de la iglesia. Pero es gente tan tacaña que ni todo el mundo los haría cambiar de costumbres. También me buscan caballeros de categoría media. Pero servir a estos es un gran trabajo. Tienes que dejar de ser hombre y convertirte en malilla, que sirve para todo. Y si no, te dicen: «Andad con Dios». Casi siempre te pagan muy tarde. Y lo más frecuente y lo más seguro es comido por servido. A veces quieren tranquilizar su conciencia y pagarte tu sudor. Entonces te pagan con algo de su ropero: un jubón sudado, o una capa o un sayo gastados. Y aunque un hombre entre a servir a un señor con título, también pasa miseria. ¿Es que no tengo yo habilidad para servir y contentar a estos señores? Por Dios, si encontrara a un gran señor, creo que sería su gran favorito. Le haría mil servicios. Yo sabría mentirle tan bien como cualquiera y agradarle de maravilla. Me reiría mucho de sus chistes y de sus costumbres, aunque no fueran las mejores del mundo. Nunca le diría nada que le molestara, aunque le conviniera mucho saberlo. Sería muy diligente con su persona, en palabras y en hechos. No me mataría por hacer bien las cosas que él no iba a ver. Y reñiría a los criados donde él pudiera oírlo. Así parecería que me preocupo mucho por sus cosas. Y si él riñera con algún criado, yo diría unas palabritas agudas para encender más su ira. Pero parecería que hablo a favor del culpable. Hablaría bien de lo que a él le gustara. Y al contrario, sería malicioso y burlón. Hablaría mal de los de la casa y de los de fuera. Investigaría las vidas de los demás para contárselas. Y haría muchas otras gracias de este tipo, que hoy en día se usan en palacio. A los señores de allí les gustan estas cosas. No quieren ver en sus casas a hombres virtuosos. Al contrario, los odian y los desprecian. Los llaman tontos, y dicen que no son personas de negocios. Dicen que el señor no puede confiar en ellos. Y con esos señores, hoy en día, los astutos hacen lo que yo haría, como digo. Pero mi suerte no quiere que encuentre a un señor así."

De esta manera mi amo también se quejaba de su mala suerte, y me contaba lo valiosa que era su persona.

Y estando en esto, entraron por la puerta un hombre y una vieja. El hombre le pidió el alquiler de la casa, y la vieja, el de la cama. Hicieron las cuentas. Por dos meses le pidieron lo que él no ganaría en un año: creo que fueron doce o trece reales. Él les respondió con mucha educación. Les dijo que iba a salir a la plaza a cambiar una moneda de dos, y que volvieran por la tarde. Pero salió y nunca volvió. Por la tarde ellos volvieron, pero ya era tarde. Yo les dije que todavía no había llegado. Llegó la noche, y él no. Yo tuve miedo de quedarme solo en casa. Me fui con las vecinas, les conté el caso y dormí allí.

Llegó la mañana y los acreedores volvieron. Preguntaron por el vecino, pero esta vez en la otra puerta. Las mujeres les respondieron:

"Aquí tienen a su mozo y la llave de la puerta."

Ellos me preguntaron por él. Les dije que no sabía dónde estaba. Les dije también que no había vuelto a casa desde que salió a cambiar la moneda. Y les dije que pensaba que se había escapado de mí y de ellos con el cambio. Cuando me oyeron esto, fueron a buscar a un alguacil y a un escribano. Y enseguida volvieron con ellos. Tomaron la llave, me llamaron a mí y llamaron a testigos. Abrieron la puerta y entraron a embargar las cosas de mi amo, hasta que pagara su deuda. Recorrieron toda la casa y la encontraron vacía, como he contado. Y me dijeron:

"¿Dónde están las cosas de tu amo? ¿Dónde están sus arcas, sus tapices y los muebles de la casa?"

"Yo no sé nada de eso" —les respondí.

"Sin duda —dijeron ellos— esta noche lo han sacado de aquí y lo han llevado a alguna parte. Señor alguacil, detenga a este mozo, que él sabe dónde está."

Entonces vino el alguacil, me agarró por el cuello del jubón y me dijo:

"Muchacho, quedas preso si no dices dónde están los bienes de tu amo."

Yo nunca me había visto en una situación así. Es verdad que muchísimas veces me habían agarrado por el cuello. Pero era el ciego, que me agarraba con suavidad para que yo le enseñara el camino, porque él no veía. Tuve mucho miedo y, llorando, les prometí decir lo que me preguntaban.

"Muy bien —dijeron ellos—. Pues di todo lo que sabes, y no tengas miedo."

El escribano se sentó en un poyo para escribir el inventario, y me preguntó qué tenía mi amo.

"Señores —dije yo—, lo que tiene mi amo, según me dijo él, es un solar muy bueno con casas y un palomar en ruinas."

"Muy bien —dijeron ellos—. Por poco que valga eso, hay bastante para pagar la deuda. ¿Y en qué parte de la ciudad está eso?" —me preguntaron.

"En su tierra" —respondí.

"Por Dios, ¡qué buen negocio! —dijeron ellos—. ¿Y dónde está su tierra?"

"Él me dijo que era de Castilla la Vieja" —les dije yo.

El alguacil y el escribano se rieron mucho y dijeron:

"Con esta información ya podéis cobrar vuestra deuda. ¡Aunque fuera mayor!"

Las vecinas, que estaban allí, dijeron:

"Señores, este es un niño inocente. Hace pocos días que está con ese escudero, y no sabe de él más que ustedes. Solo sabemos que el pobrecito viene a menudo a nuestra casa. Le damos de comer lo que podemos, por amor de Dios. Y por las noches se iba a dormir con él."

Vieron que yo era inocente, y me dejaron libre. Entonces el alguacil y el escribano les pidieron al hombre y a la mujer el dinero de su trabajo. Por eso hubo una gran discusión y mucho ruido. El hombre y la vieja decían que no tenían que pagar, porque no había nada que embargar y no se hacía el embargo. Los otros decían que, por venir a esto, habían dejado de ir a otro asunto más importante. Al final, después de muchos gritos, un porquerón se llevó la vieja manta de la vieja. Aunque no iba muy cargado. Allá se fueron los cinco, dando gritos. No sé cómo terminó aquello. Yo creo que la pobre manta pagó por todos. Y se lo merecía: cuando tenía que reposar y descansar de sus trabajos pasados, todavía andaba alquilándose.

Así, como he contado, me dejó mi pobre tercer amo. Y allí terminé de conocer mi mala suerte. Todo se ponía en contra de mí, y mis asuntos iban tan al revés que pasó algo extraño. Normalmente son los mozos los que dejan a sus amos. Pero conmigo no fue así: fue mi amo quien me dejó y huyó de mí.

### Glosario

- **escudero**: hidalgo pobre, de la nobleza más baja.
- **bellaco y gallofero**: pícaro, y vago que vive de pedir limosna.
- **poyo**: banco de piedra junto a la pared.
- **de qué pie cojeaba**: cuál era su punto débil, su problema.
- **cañizo**: tejido de cañas que sirve de base para la cama.
- **alfamar**: manta o colcha.
- **talabarte**: cinturón de cuero del que cuelga la espada.
- **quicio**: parte de la puerta donde gira; allí había un hueco para dejar la llave.
- **honra**: buena fama y orgullo de una persona ante los demás.
- **rebozadas**: con la cara medio tapada con el manto.
- **hecho un Macías**: como un enamorado apasionado; Macías fue un poeta famoso por su amor.
- **uña de vaca**: pata de vaca cocida.
- **almodrote**: salsa de aceite, ajo y queso.
- **papar aire**: pasear por las calles sin hacer nada útil.
- **cabeza de lobo**: algo que una persona usa para conseguir ayuda o comida de otros.
- **cornado**: moneda antigua de muy poco valor.
- **birrete**: gorro; aquí, señal del orgullo del hidalgo.
- **pregón**: anuncio público en voz alta.
- **andas**: tablero con palos que se lleva a hombros para transportar a un muerto.
- **aldaba**: barra de hierro que cierra la puerta por dentro.
- **malilla**: carta que en un juego vale para todo; aquí, criado que tiene que hacer de todo.
- **comido por servido**: trabajar solo a cambio de la comida, sin recibir dinero.
- **embargar**: quitar a alguien sus cosas por orden de la justicia para pagar una deuda.
- **porquerón**: ayudante del alguacil.
- **jubón**: prenda de ropa ajustada que cubría el cuerpo hasta la cintura.
- **calzas**: prenda antigua que cubría las piernas.
- **bonete**: gorro; quitárselo ante alguien era una forma de saludo.
- **lóbrega**: muy oscura y triste.
- **galgo**: perro muy delgado y de patas largas.
- **solar**: terreno donde están o pueden estar unas casas.
- **legua**: medida antigua de distancia, unos cinco kilómetros.
- **palomar**: casa pequeña donde se crían palomas; los **palominos** son las palomas jóvenes.
- **canónigo**: sacerdote que trabaja en una catedral.
- **sayo**: prenda de ropa antigua, como una chaqueta larga.
- **acreedor**: persona a quien otra le debe dinero.
- **alguacil**: hombre que trabaja para la justicia y puede detener a la gente.
- **escribano**: hombre que escribe y firma los documentos oficiales.

## Tratado cuarto: Cómo Lázaro entró a servir a un fraile de la Merced, y de lo que le pasó con él

Tuve que buscar un cuarto amo. Este fue un fraile de la Merced. Me mandaron a él las pobres mujeres de las que he hablado. Ellas lo llamaban "pariente".

Era un gran enemigo del coro y de comer en el convento. Le encantaba andar fuera. Era muy amigo de los negocios del mundo y de hacer visitas. Andaba tanto que creo que rompía más zapatos que todo el convento junto.

Este fraile me dio los primeros zapatos que rompí en mi vida. Pero no me duraron ni ocho días. Y yo tampoco pude aguantar más tiempo su trote. Por esto, y por otras cosillas que no digo, me fui de su lado.

### Glosario

- **fraile de la Merced**: religioso de una orden dedicada a liberar cautivos.
- **amo**: persona para la que trabaja un criado.
- **pariente**: persona de la misma familia.
- **coro**: parte de la iglesia donde los frailes cantan y rezan juntos.
- **convento**: casa donde viven juntos los frailes.
- **negocios del mundo**: asuntos de la vida normal, no de la religión.
- **trote**: forma de andar muy rápida, casi corriendo.
- **cosillas**: cosas pequeñas.

## Tratado quinto: Cómo Lázaro entró a servir a un buldero, y de las cosas que le pasaron con él

Por casualidad, mi quinto amo fue un buldero. Era el más atrevido y el más sinvergüenza que he visto en mi vida. Y era el que más bulas repartía. Nunca vi a otro igual, ni espero verlo, y no creo que nadie lo haya visto. Porque tenía, y siempre buscaba, modos y maneras e inventos muy astutos.

Cuando llegábamos a los pueblos donde había que presentar la bula, primero hacía pequeños regalos a los clérigos o curas. Eran cosas sin mucho valor ni importancia. Les daba una lechuga murciana, si era su temporada, o un par de limas o naranjas. O un melocotón, o un par de duraznos, o una pera verdinal a cada uno. Así intentaba tenerlos de su parte. Quería que ayudaran a su negocio y que llamaran a sus feligreses a tomar la bula.

Cuando ellos le daban las gracias, él averiguaba cuánto sabían. Si decían que entendían latín, él no hablaba ni una palabra en latín, para no equivocarse. En cambio, usaba un castellano elegante y bien cortado, y hablaba con mucha soltura. Pero a veces sabía que aquellos clérigos eran de los "reverendos". Me refiero a los que se hacen sacerdotes más con dinero que con estudios. Entonces se hacía entre ellos un Santo Tomás y hablaba dos horas en latín. Por lo menos, parecía latín, aunque no lo era.

Cuando la gente no tomaba las bulas por las buenas, él buscaba la manera de que las tomaran por las malas. Para eso, a veces causaba molestias al pueblo, y otras veces usaba trucos muy hábiles. Sería muy largo contar todo lo que le vi hacer. Por eso contaré solo un truco muy astuto y gracioso. Con él demostraré bien lo hábil que era.

En un pueblo de la Sagra de Toledo, mi amo había predicado dos o tres días. Había hecho todos sus esfuerzos de siempre, pero nadie le había tomado ni una bula. Y yo creo que no tenían ninguna intención de tomarla. Él estaba furioso con aquello. Pensó qué podía hacer, y decidió invitar al pueblo a la iglesia a la mañana siguiente, para despedir la bula.

Esa noche, después de cenar, él y el alguacil se pusieron a jugar el postre. Y por el juego empezaron a discutir y a decirse malas palabras. Mi amo llamó ladrón al alguacil, y el alguacil lo llamó falsario a él. Entonces el señor comisario, mi amo, tomó un lanzón que había en el portal donde jugaban. El alguacil puso la mano en la espada que llevaba en el cinturón. Con el ruido y los gritos de todos, también los míos, acudieron los huéspedes y los vecinos. Se metieron en medio de los dos. Ellos, muy enfadados, intentaban soltarse de los que los separaban, para matarse. Pero con tanto ruido llegó mucha gente, y la casa se llenó. Vieron que no podían pelear con las armas, y empezaron a insultarse. Entre otras cosas, el alguacil le dijo a mi amo que era un falsario. Y dijo que las bulas que predicaba eran falsas.

Al final, la gente del pueblo vio que no conseguía ponerlos en paz. Así que decidieron llevarse al alguacil de la posada a otro sitio. Mi amo se quedó muy enfadado. Los huéspedes y los vecinos le pidieron que se calmara y se fuera a dormir. Él se fue, y así nos acostamos todos.

Llegó la mañana. Mi amo se fue a la iglesia y mandó tocar las campanas para la misa y el sermón de despedida de la bula. La gente se reunió, y todos murmuraban de las bulas. Decían que eran falsas y que el mismo alguacil lo había descubierto en la pelea. Antes ya tenían pocas ganas de tomarla. Ahora, con aquello, la odiaban del todo.

El señor comisario subió al púlpito y empezó su sermón. Animaba a la gente a no quedarse sin el gran bien y la indulgencia que traía la santa bula. En la mejor parte del sermón, el alguacil entró por la puerta de la iglesia. Primero rezó. Después se levantó, y con voz alta, lenta y tranquila, empezó a decir:

"Buenos hombres, escuchadme una palabra. Después podréis oír a quien queráis. Yo vine aquí con este echacuervo que os predica. Él me engañó. Me pidió que le ayudara en este negocio, y me dijo que repartiríamos las ganancias. Y ahora veo el daño que eso haría a mi conciencia y a vuestro dinero. Me arrepiento de lo que he hecho. Por eso os declaro claramente que las bulas que predica son falsas. No le creáis y no las toméis. Yo no tengo nada que ver con ellas, ni *directe* ni *indirecte*. Desde ahora dejo la vara y la tiro al suelo. Y si algún día castigan a este hombre por su engaño, vosotros seréis mis testigos. Diréis que yo no estoy con él ni le ayudo. Al contrario: yo os abro los ojos y os declaro su maldad."

Y así terminó su discurso. Algunos hombres honrados que estaban allí quisieron levantarse y echar al alguacil de la iglesia, para evitar el escándalo. Pero mi amo los detuvo. Mandó a todos, bajo pena de excomunión, que no lo molestaran y que lo dejaran decir todo lo que quisiera. Y él también se quedó callado mientras el alguacil decía todo lo que he contado.

Cuando el alguacil se calló, mi amo le preguntó si quería decir algo más. Le dijo que lo dijera. El alguacil respondió:

"Hay mucho más que decir de vos y de vuestras mentiras. Pero por ahora basta."

El señor comisario se puso de rodillas en el púlpito. Juntó las manos, miró al cielo y dijo así:

"Señor Dios, para ti no hay nada escondido: todo lo ves claramente. Para ti nada es imposible: todo es posible. Tú sabes la verdad, y sabes qué injustamente me ofenden. Por mi parte, yo lo perdono, para que tú, Señor, me perdones a mí. No mires a ese hombre, que no sabe lo que hace ni lo que dice. Pero la ofensa que te han hecho a ti, te suplico y te pido por justicia que no la dejes pasar. Porque quizás alguien de los que están aquí pensaba tomar esta santa bula. Y ahora, por creer las falsas palabras de ese hombre, ya no lo hará. Y como esto hace tanto daño al prójimo, te suplico, Señor, que no lo dejes pasar. Muestra aquí ahora mismo un milagro, de esta manera. Si es verdad lo que él dice, y yo traigo maldad y mentira, que este púlpito se hunda conmigo. Que baje siete estados bajo tierra, y que nunca más se nos vea ni a él ni a mí. Y si es verdad lo que yo digo, y el demonio lo ha convencido a él para decir maldad y quitar a los presentes un bien tan grande, que también lo castigues a él. Que todos conozcan su maldad."

Apenas había terminado su oración mi devoto señor, cuando el maldito alguacil cayó al suelo. Se dio un golpe tan fuerte que sonó en toda la iglesia. Empezó a gritar como un animal y a echar espuma por la boca. Torcía la boca y hacía muecas con la cara. Daba patadas y golpes con las manos, y se revolcaba por el suelo de un lado a otro. El ruido y los gritos de la gente eran tan grandes que nadie oía a nadie. Algunos estaban asustados y tenían miedo. Unos decían:

"Que el Señor lo socorra y lo ayude."

Otros decían:

"Se lo merece, porque levantaba un falso testimonio tan grande."

Al final, algunos hombres de los que estaban allí se acercaron a él, y creo que con bastante miedo. Lo agarraron por los brazos. Pero él daba fuertes puñetazos con ellos a los que tenía cerca. Otros le tiraban de las piernas y se las sujetaban con fuerza. Porque no había en el mundo una mula traicionera que diera coces tan fuertes. Y así lo tuvieron sujeto mucho tiempo, porque más de quince hombres estaban encima de él. Y él les pegaba a todos con las manos, y si se descuidaban, en la cara.

Durante todo esto, mi señor amo estaba de rodillas en el púlpito. Tenía las manos y los ojos puestos en el cielo. Estaba transportado a la esencia divina. Ni el llanto, ni el ruido, ni los gritos de la iglesia conseguían sacarlo de su divina contemplación.

Aquellos buenos hombres se acercaron a él. Lo despertaron con gritos y le suplicaron que ayudara a aquel pobre hombre, que se estaba muriendo. Le pidieron que no pensara en lo pasado ni en las malas palabras del alguacil, porque ya había recibido su castigo. Y si podía hacer algo para librarlo de aquel peligro y aquel sufrimiento, que lo hiciera por amor de Dios. Porque ellos veían clara la culpa del culpable, y veían la verdad y la bondad de mi amo, porque él lo había pedido, y el Señor no había tardado nada en castigar al culpable.

El señor comisario los miró como quien despierta de un dulce sueño. Miró también al delincuente y a todos los que estaban alrededor. Y muy despacio les dijo:

"Buenos hombres, vosotros nunca deberíais rogar por un hombre en el que Dios ha mostrado su castigo tan claramente. Pero Dios nos manda no devolver mal por mal, y perdonar las ofensas. Por eso podemos pedirle con confianza que cumpla lo que nos manda. Pidámosle que Su Majestad perdone a este hombre, que le ofendió poniendo obstáculos a su santa fe. Vamos todos a suplicarle."

Y así bajó del púlpito. Pidió a todos que rogaran con mucha devoción a Nuestro Señor. Que quisiera perdonar a aquel pecador y devolverle la salud y el buen juicio. Y que echara de él al demonio, si Su Majestad le había dejado entrar en él por su gran pecado. Todos se pusieron de rodillas. Delante del altar, junto con los clérigos, empezaron a cantar en voz baja una letanía. Mi amo vino con la cruz y el agua bendita, y cantaron sobre el alguacil. Después mi señor amo levantó las manos al cielo. Puso los ojos tan hacia arriba que casi solo se le veía un poco de blanco. Y empezó una oración tan larga como devota. Con ella hizo llorar a toda la gente, como pasa en los sermones de la Pasión, con un predicador y un público devotos. Suplicaba a Nuestro Señor que perdonara a aquel hombre, porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que viva y se arrepienta. Y aquel hombre había sido guiado por el demonio y empujado a la muerte y al pecado. Por eso le pedía a Dios que le diera vida y salud, para que pudiera arrepentirse y confesar sus pecados.

Hecho esto, mandó traer la bula y se la puso en la cabeza al alguacil. Y enseguida aquel pecador empezó poco a poco a mejorar y a volver en sí. Cuando recuperó del todo el juicio, se echó a los pies del señor comisario y le pidió perdón. Confesó que había dicho aquello por boca del demonio y porque el demonio se lo había mandado. Por un lado, quería hacerle daño a mi amo y vengarse de la pelea. Por otro lado, y esto era lo principal, el demonio sufría mucho por el bien que allí se haría si la gente tomaba la bula. Mi señor amo lo perdonó, y los dos hicieron las paces. Y hubo tanta prisa por tomar la bula que casi no quedó en el pueblo ni un alma viva sin ella. La tomaron maridos y mujeres, hijos e hijas, mozos y mozas.

La noticia de lo que había pasado se extendió por los pueblos de alrededor. Cuando llegábamos a ellos, no hacía falta sermón ni ir a la iglesia. La gente venía a la posada a tomar la bula como si fueran peras regaladas. Así, en diez o doce pueblos de aquellos alrededores donde fuimos, mi señor amo repartió otros tantos miles de bulas, sin predicar ni un sermón.

Confieso mi pecado: cuando mi amo hizo aquella comedia, yo también me asusté. Creí que todo era verdad, como muchos otros. Pero después vi cómo se reían y se burlaban del asunto mi amo y el alguacil. Entonces comprendí que todo lo había preparado mi amo, que era muy hábil e inventor de trucos.

En otro pueblo, que no quiero nombrar por su honra, nos pasó lo siguiente. Mi amo predicó dos o tres sermones, y nadie tomaba la bula. Mi astuto amo vio lo que pasaba. Les decía que podían pagarla en el plazo de un año, pero no servía de nada. Eran tan tercos para tomarla que su trabajo estaba perdido. Entonces mandó tocar las campanas para despedirse. Hizo su sermón y se despidió desde el púlpito. Cuando ya iba a bajar, nos llamó al escribano y a mí. Yo iba cargado con unas alforjas. Nos hizo acercarnos al primer escalón. Tomó las bulas que el alguacil llevaba en las manos y las que había en las alforjas. Las puso junto a sus pies. Volvió a ponerse en el púlpito con cara alegre. Y desde allí empezó a tirar sus bulas hacia todas partes, de diez en diez y de veinte en veinte, diciendo:

"Hermanos míos, tomad, tomad las gracias que Dios os envía hasta vuestras casas. Y no os duela, porque es una obra muy buena liberar a los cautivos cristianos que están en tierra de moros. Ayudadles, para que no renieguen de nuestra santa fe y no vayan a las penas del infierno. Ayudadles por lo menos con vuestra limosna y con cinco padrenuestros y cinco avemarías, para que salgan de su cautiverio. Y además las bulas sirven también para vuestros padres, hermanos y parientes que están en el Purgatorio. Lo veréis en esta santa bula."

La gente vio que las tiraba así, como algo que se regalaba y que venía de la mano de Dios. Y empezaron a tomar bulas sin parar. Las tomaban incluso para los niños de la cuna y para todos sus difuntos. Contaban con los dedos a todos los de la casa, desde los hijos hasta el último criado. Hubo tanta prisa que casi me terminaron de romper un sayo pobre y viejo que yo llevaba. Le aseguro a vuestra merced que en poco más de una hora no quedó ni una bula en las alforjas. Y tuvimos que ir a la posada a buscar más.

Cuando todos terminaron de tomarlas, mi amo habló desde el púlpito. Les dijo a su escribano y al escribano del concejo que se levantaran y apuntaran los nombres. Así se sabría quiénes iban a disfrutar de la santa indulgencia y los perdones de la santa bula. Y así él podría dar buena cuenta a quien lo había enviado. Enseguida todos, con muy buena voluntad, decían cuántas bulas habían tomado. Contaban en orden a los hijos, a los criados y a los difuntos. Terminado el inventario, mi amo habló con los alcaldes. Les pidió por caridad que mandaran al escribano darle una copia oficial del inventario. En ella estaría la lista de las bulas que se quedaban allí. Según decía el escribano, eran más de dos mil. Mi amo dijo que lo pedía porque tenía cosas que hacer en otro sitio. Hecho esto, se despidió con mucha paz y amor, y así nos fuimos de aquel pueblo. Pero antes de irnos, el teniente cura del pueblo y los regidores le hicieron una pregunta. Querían saber si la bula servía también para los niños que todavía estaban en el vientre de sus madres. Él respondió que, según lo que él había estudiado, no. Les dijo que se lo preguntaran a doctores más antiguos que él. Y dijo que esto era lo que él pensaba sobre el asunto.

Y así nos fuimos, todos muy contentos por el buen negocio. Mi amo les decía al alguacil y al escribano:

"¿Qué os parecen estos campesinos? Creen que se van a salvar solo con decir «Somos cristianos viejos», sin hacer obras de caridad y sin dar nada de su dinero. Pues, por vida del licenciado Pascasio Gómez, a su costa se liberarán más de diez cautivos."

Y así seguimos hasta otro pueblo de aquella parte de Toledo, hacia la Mancha, como dicen. Allí encontramos a gente todavía más terca para tomar bulas. Mi amo y todos los que íbamos con él hicimos nuestros esfuerzos. Pero en las dos fiestas que estuvimos allí no se habían repartido ni treinta bulas. Mi amo vio la gran pérdida y los muchos gastos que tenía. Y el truco que mi astuto amo usó para vender sus bulas fue este. Aquel día dijo la misa mayor. Terminó el sermón y volvió al altar. Entonces tomó una cruz que llevaba, de poco más de un palmo. Encima del altar había un brasero con fuego. Lo habían traído para calentarse las manos, porque hacía mucho frío. Mi amo lo puso detrás del misal sin que nadie se diera cuenta. Y allí, sin decir nada, puso la cruz encima del fuego. Terminó la misa y echó la bendición. Después tomó la cruz con un pañuelo, bien envuelta, en la mano derecha. En la otra mano llevaba la bula. Así bajó hasta el último escalón del altar. Allí hizo como que besaba la cruz. Y luego hizo una señal a la gente para que viniera a adorar la cruz.

Vinieron primero los alcaldes y los hombres más viejos del pueblo, uno a uno, como es costumbre. El primero que llegó fue un alcalde viejo. Mi amo le dio a besar la cruz con mucho cuidado. Pero el viejo se quemó la cara y se apartó enseguida. Mi amo lo vio y le dijo:

"¡Despacio, tranquilo, señor alcalde! ¡Milagro!"

Lo mismo les pasó a otros siete u ocho, y a todos les decía:

"¡Despacio, señores! ¡Milagro!"

Cuando vio que ya había bastantes caras quemadas como testigos del milagro, no quiso darla a besar más. Subió al pie del altar y desde allí dijo cosas maravillosas. Dijo que Dios había permitido aquel milagro por la poca caridad que había en ellos. Dijo que aquella cruz tenía que ser llevada a la santa iglesia mayor de su obispado. Y dijo que la cruz ardía por la poca caridad que había en el pueblo. Hubo tanta prisa por tomar la bula que no bastaban dos escribanos, ni los clérigos, ni los sacristanes para escribir. Estoy seguro de que se tomaron más de tres mil bulas, como ya le he dicho a vuestra merced. Después, al marcharnos, mi amo fue con gran respeto, como es debido, a tomar la santa cruz. Decía que la iba a hacer adornar con oro, como era justo. El concejo y los clérigos del pueblo le rogaron mucho que les dejara allí aquella santa cruz, como recuerdo del milagro que había pasado allí. Él no quería hacerlo de ninguna manera. Pero al final, como se lo pedían tantos, se la dejó. A cambio, ellos le dieron otra cruz antigua de plata que tenían. Según decían, podía pesar dos o tres libras.

Y así nos fuimos, contentos con el buen cambio y con el buen negocio. Nadie vio todo esto excepto yo, porque yo había subido junto al altar para ver si quedaba algo en las ampollas. Quería ponerlo a salvo, como hacía otras veces por costumbre. Mi amo me vio allí y se puso el dedo en la boca, para hacerme señal de que me callara. Yo me callé, porque me convenía, aunque después de ver el milagro me moría de ganas de contarlo. Pero el miedo a mi astuto amo no me dejaba contárselo a nadie. Y nunca salió de mi boca, porque él me hizo jurar que no descubriría el milagro. Y así lo he guardado hasta ahora. Aunque yo era un muchacho, aquello me hizo mucha gracia, y dije para mí:

"¡Cuántos trucos como este deben de hacer estos tramposos entre la gente inocente!"

Al final, estuve con este quinto amo casi cuatro meses. En ese tiempo también pasé bastantes penas, aunque me daba bien de comer a costa de los curas y otros clérigos de los pueblos donde iba a predicar.

### Glosario

- **buldero**: hombre que vende bulas.
- **bula**: documento de la Iglesia que, a cambio de dinero, perdona penas por los pecados.
- **feligreses**: personas que van a la iglesia de un cura.
- **falsario**: persona que hace documentos falsos y engaña.
- **echacuervo**: mentiroso que engaña a la gente.
- **directe ni indirecte**: palabras latinas: ni directamente ni indirectamente.
- **vara**: palo que lleva el alguacil como señal de su cargo.
- **excomunión**: castigo de la Iglesia: separar a alguien de la comunidad cristiana.
- **siete estados**: una profundidad de unas siete veces la altura de un hombre.
- **alforjas**: bolsas dobles para llevar cosas al hombro o sobre un animal.
- **brasero**: recipiente de metal con fuego para calentarse.
- **ampollas**: jarritas pequeñas de vino y agua para la misa.
- **alguacil**: hombre que trabaja para la justicia; aquí acompaña al buldero.
- **comisario**: hombre enviado por la Iglesia para repartir las bulas; así llaman al buldero.
- **púlpito**: lugar alto de la iglesia desde donde el sacerdote predica.
- **lanzón**: lanza corta y gruesa.
- **indulgencia**: perdón que da la Iglesia de las penas por los pecados.
- **letanía**: oración larga con muchas peticiones, que se canta o se reza.
- **misal**: libro que usa el sacerdote para decir la misa.
- **sacristán**: hombre que ayuda al sacerdote y cuida la iglesia.
- **escribano**: hombre que escribe y firma los documentos oficiales.
- **concejo**: grupo de personas que gobierna un pueblo.
- **regidor**: miembro del concejo de un pueblo.
- **alcalde**: persona que gobierna un pueblo y hace de juez.
- **cautivos**: cristianos prisioneros en tierra de moros.
- **sayo**: prenda de ropa antigua, como una chaqueta larga.
- **coces**: golpes que da un animal con las patas.
- **palmo**: medida de una mano abierta, unos veinte centímetros.
- **libra**: medida antigua de peso, casi medio kilo.
- **pera verdinal**: pera que sigue verde cuando está madura.

## Tratado sexto: Cómo Lázaro entró a servir a un capellán, y lo que le pasó con él

Después de esto, entré a servir a un maestro de pintar panderos. Mi trabajo era molerle los colores. Y con él también sufrí mil males.

En este tiempo yo ya era un buen mozuelo. Un día entré en la iglesia mayor, y un capellán de allí me tomó a su servicio. Me dio un asno, cuatro cántaros y un azote. Y empecé a vender agua por la ciudad.

Este fue el primer escalón que subí para llegar a tener una buena vida. Porque ahora mi boca tenía lo que necesitaba. Cada día le daba a mi amo treinta maravedís de lo que ganaba. Lo que ganaba los sábados era para mí. Y los otros días de la semana, todo lo que ganaba por encima de treinta maravedís también era para mí.

Me fue tan bien en este trabajo que al cabo de cuatro años ya tenía ahorros. Había guardado con mucho cuidado lo que ganaba. Con ese dinero pude vestirme de forma muy respetable, con ropa usada. Me compré un jubón viejo de fustán y un sayo gastado, con mangas de trenza y abertura delante. También una capa que antes había sido de lana frisada. Y una espada vieja, de las primeras que se hicieron en Cuéllar.

Cuando me vi vestido como un hombre de bien, le dije a mi amo que se quedara con su asno. Yo ya no quería seguir en aquel trabajo.

### Glosario

- **pandero**: instrumento redondo de música, con piel tensa, que se toca con la mano.
- **moler los colores**: hacer polvo las tierras y piedras con las que se hacía la pintura.
- **mozuelo**: chico joven.
- **capellán**: sacerdote que sirve en una iglesia o capilla.
- **cántaro**: recipiente grande de barro para el agua.
- **azote**: látigo; también golpe dado con él.
- **fustán**: tela gruesa de algodón.
- **lana frisada**: tela de lana con pelo levantado y rizado.
- **asno**: burro.
- **maravedí**: moneda antigua de poco valor.
- **jubón**: prenda de ropa ajustada que cubría el cuerpo hasta la cintura.
- **sayo**: prenda de ropa antigua, como una chaqueta larga.
- **Cuéllar**: pueblo de Castilla famoso por sus espadas.

## Tratado séptimo: Cómo Lázaro entró a servir a un alguacil, y de lo que le pasó con él

Después de dejar al capellán, entré a servir como hombre de justicia con un alguacil. Pero estuve muy poco tiempo con él, porque me pareció un oficio peligroso. Sobre todo por lo que pasó una noche. Unos retraídos nos persiguieron a mí y a mi amo con piedras y con palos. Mi amo se quedó a esperarlos, y lo trataron mal. Pero a mí no me alcanzaron. Después de esto, dejé aquel trabajo.

Yo pensaba en qué modo de vivir podía establecerme para tener descanso y ganar algo para la vejez. Y Dios quiso iluminarme y ponerme en un camino provechoso. Me ayudaron amigos y señores. Así, todos los trabajos y las penas que había pasado hasta entonces quedaron pagados. Conseguí lo que buscaba: un oficio real. Porque vi que solo prosperan los que tienen uno. En este oficio vivo todavía hoy, al servicio de Dios y de vuestra merced.

Mi trabajo es este. Anuncio en voz alta los vinos que se venden en esta ciudad. También anuncio las almonedas y las cosas perdidas. Y acompaño a los que sufren persecución por la justicia, y digo a gritos sus delitos. Soy pregonero, para decirlo claramente.

En este oficio, un día ahorcábamos en Toledo a un ladronzuelo, que llevaba una buena soga de esparto. Entonces comprendí por fin la frase que mi amo el ciego había dicho en Escalona. Y me arrepentí del mal pago que le di por todo lo que me enseñó. Porque, después de Dios, él me dio la habilidad para llegar a la posición que tengo ahora.

Me ha ido tan bien, y he hecho este trabajo con tanta facilidad. Por eso casi todo lo del oficio pasa por mis manos. En toda la ciudad, el que quiere vender vino o cualquier otra cosa piensa así. Si Lázaro de Tormes no se ocupa del asunto, no va a sacar ningún provecho.

En este tiempo, el señor arcipreste de San Salvador vio mi habilidad y mi buena vida. Él es mi señor, y también servidor y amigo de vuestra merced. Me conocía porque yo anunciaba sus vinos. Y quiso casarme con una criada suya. Yo vi que de una persona así solo me podían venir cosas buenas y favores. Por eso acepté.

Y así me casé con ella, y hasta ahora no me he arrepentido. Porque ella es una buena chica, trabajadora y servicial. Y además, el señor arcipreste me da todo su favor y su ayuda. Durante el año le da a ella, en varias veces, casi una carga de trigo. En las Pascuas le da su carne. Y de vez en cuando le da un par de bodigos y las calzas viejas que él ya no quiere. Además, nos hizo alquilar una casita junto a la suya. Los domingos y casi todos los días de fiesta comíamos en su casa.

Pero las malas lenguas, que nunca han faltado ni faltarán, no nos dejan vivir. Dicen no sé qué, y sí sé qué. Es porque ven a mi mujer ir a hacerle la cama y a cocinarle. Que Dios les ayude más de lo que ellos dicen la verdad.

Es verdad que en este tiempo yo siempre he tenido alguna pequeña sospecha. Y he tenido algunas malas cenas, porque algunas noches la esperaba hasta las laudes, y aun más tarde. Entonces me he acordado de lo que me dijo mi amo el ciego en Escalona, cuando tenía agarrado el cuerno. Aunque, de verdad, siempre pienso que es el diablo quien me lo trae a la memoria. Lo hace para que yo sea un hombre mal casado. Pero no le sirve de nada.

Porque ella no es mujer de esas bromas. Y además, mi señor me ha prometido una cosa, y yo creo que la cumplirá. Un día me habló mucho rato delante de ella, y me dijo:

"Lázaro de Tormes, el que hace caso de lo que dicen las malas lenguas nunca prosperará. Te digo esto porque tu mujer entra y sale de mi casa. No me sorprendería que alguien hablara al verla. Ella entra con toda honra, para ti y para ella, y esto te lo prometo. Por eso, no mires lo que puedan decir. Mira lo que te conviene, es decir, tu provecho."

"Señor —le dije yo—, yo decidí arrimarme a los buenos. Es verdad que algunos amigos míos me han dicho algo de eso. Y más de tres veces me han asegurado una cosa. Me han dicho que antes de casarse conmigo, ella había dado a luz tres veces. Lo digo con perdón de vuestra merced, porque ella está delante."

Entonces mi mujer empezó a jurar con tanta fuerza que pensé que la casa se iba a hundir con nosotros. Después se puso a llorar y a echar maldiciones contra quien la había casado conmigo. Yo hubiera preferido estar muerto antes que dejar escapar aquella palabra de mi boca. Pero yo por un lado y mi señor por el otro le dijimos muchas cosas. Le prometimos tantas cosas que dejó de llorar. Yo le juré que nunca más en mi vida le hablaría de nada de aquello. Le dije que me alegraba y que me parecía bien. Ella podía entrar y salir de la casa del arcipreste, de noche y de día. Porque yo estaba muy seguro de su bondad. Y así quedamos los tres muy de acuerdo.

Hasta el día de hoy, nadie nos ha oído hablar de este asunto. Al contrario, cuando noto que alguien quiere decir algo de ella, lo corto y le digo:

"Mira, si eres mi amigo, no me digas nada que me duela. Porque no tengo por amigo al que me hace daño. Y menos si quieren ponerme en contra de mi mujer. Ella es lo que más quiero en el mundo, y la amo más que a mí mismo. Y Dios me hace con ella mil favores, y me da más bien del que merezco. Lo juraré sobre la hostia consagrada. Es tan buena mujer como cualquiera que viva dentro de las puertas de Toledo. Si alguien me dice otra cosa, me mataré con él."

De esta manera nadie me dice nada, y yo tengo paz en mi casa.

Esto fue el mismo año en que nuestro victorioso Emperador entró en esta famosa ciudad de Toledo. Y celebró Cortes en ella. Hubo grandes fiestas, como vuestra merced habrá oído. Pues en este tiempo yo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna.

De lo que me pase de aquí en adelante, avisaré a vuestra merced.

### Glosario

- **alguacil**: oficial que detiene a la gente y cumple las órdenes de la justicia.
- **retraídos**: delincuentes escondidos en una iglesia para no ser detenidos.
- **oficio real**: trabajo público dado por el rey o la ciudad.
- **almonedas**: ventas públicas de cosas en las que gana quien ofrece más dinero.
- **pregonero**: hombre que anuncia cosas en voz alta por las calles por orden de la ciudad.
- **arcipreste**: sacerdote importante, jefe de otros sacerdotes.
- **malas lenguas**: gente que habla mal de otros.
- **laudes**: oraciones de la Iglesia al amanecer.
- **cuerno**: aquí, señal de que la mujer de un hombre lo engaña con otro.
- **me mataré con él**: pelearé con él hasta la muerte.
- **Cortes**: reunión del rey con representantes de las ciudades.
