# Lazarillo de Tormes (Edición A2)

*Anónimo*

## Prólogo

Estas cosas son muy especiales. Yo creo que deben llegar a muchas personas. Quizá nadie las ha oído ni visto nunca. No deben quedar enterradas en la sepultura del olvido. Porque quizá alguien las lee y encuentra algo que le gusta. Hay lectores que no buscan tan hondo. A ellos también les pueden dar placer.

A este propósito dice Plinio una cosa. No hay libro malo sin alguna cosa buena. Además, los gustos no son iguales en todas las personas. Lo que uno no come, otro lo desea con locura. Y así lo vemos. Algunas personas piensan que una cosa vale poco. Y otras personas no lo piensan.

Por eso no deberíamos romper ni tirar ninguna cosa. Solo si es muy odiosa. Deberíamos enseñarla a todos. Sobre todo si no hace daño. Y si alguien puede sacar de ella algún bien.

Porque, sin esto, muy pocos escribirían para un solo lector. Escribir cuesta trabajo. Los escritores pasan ese trabajo. Por eso quieren un premio. No quieren dinero. Quieren una cosa. La gente debe ver y leer sus obras. Y, si las obras lo merecen, quieren oír palabras buenas sobre ellas. A este propósito dice Tulio: "La honra cría las artes."

Un soldado sube el primero por la escalera. ¿Quién piensa que él odia la vida más que otros? No, claro que no. Pero el deseo de oír palabras buenas lo pone en peligro. Y en las artes y en las letras pasa lo mismo.

El presentado predica muy bien. Es un hombre que desea mucho el bien de las almas. Pero pregunten a su merced una cosa: ¿le molesta oír esto? "¡Oh, qué maravillosamente lo ha hecho vuestra reverencia!"

El señor don Fulano justó muy mal. Y le dio su sayete de armas al truhán. El truhán decía que había luchado muy bien con la lanza. Por eso se lo dio. Y lo que decía no era verdad. ¿Qué iba a hacer si era verdad?

Y todo va de esta manera. Yo confieso que no soy más santo que mis vecinos. Escribo esta nonada en este estilo grosero. Si alguien encuentra en ella algún gusto, no me va a pesar. Todas esas personas pueden tener parte en ella. Y pueden alegrarse con ella. Así van a ver una cosa. Un hombre vive con tantos cambios de suerte, tantos peligros y tantas desgracias.

Ruego a vuestra merced: reciba este pobre servicio de mis manos. Me gustaría hacerlo más rico. Pero mi poder no es tan grande como mi deseo.

Vuestra merced me escribe. Me pide contar el caso con todos los detalles. Por eso me ha parecido bien no empezar por el medio, sino por el principio. Así se va a tener noticia completa de mi persona.

Y también lo hago por otra razón. Hay personas que heredaron estados nobles. Esas personas deben pensar en esto. Merecen poco, porque la Fortuna estuvo de su parte. Y deben pensar en los otros. Los otros tenían la Fortuna en contra. Pero remaron con fuerza y con maña, y llegaron a buen puerto. Ellos hicieron mucho más.

### Glosario

- **vuestra merced**: forma muy educada de hablar a una persona importante. De aquí viene "usted". Lázaro escribe a esta persona.
- **su merced**: forma muy educada de hablar de una persona importante.
- **vuestra reverencia**: forma muy educada de hablar a un religioso.
- **sepultura**: lugar donde se pone a una persona muerta.
- **honra**: buena fama de una persona ante los demás.
- **presentado**: fraile que estudia para ser maestro y predica.
- **justó**: luchó a caballo con una lanza, delante de la gente.
- **sayete de armas**: ropa ligera que se lleva sobre la armadura.
- **truhán**: hombre que hace reír a los señores.
- **nonada**: cosa de muy poco valor.
- **grosero**: poco fino, muy simple.
- **Fortuna**: la suerte, buena o mala.
- **remaron**: movieron un barco con palos largos en el agua.
- **maña**: habilidad para hacer algo.

## Tratado primero

Lázaro cuenta su vida y de quién fue hijo

Pues sepa vuestra merced, ante todo, que me llaman Lázaro de Tormes. Soy hijo de Tomé González y de Antona Pérez, de Tejares, una aldea de Salamanca. Nací dentro del río Tormes, y por eso tengo este apellido. Fue de esta manera.

Mi padre, que Dios perdone, tenía a su cargo una aceña. Está en la orilla de ese río. Fue molinero allí más de quince años. Una noche mi madre estaba en la aceña, embarazada de mí. Allí empezó el parto, y allí me parió. Así que puedo decir con verdad que nací en el río.

Yo tenía ocho años cuando acusaron a mi padre de unas sangrías mal hechas. Decían que las hacía en los sacos de la gente que iba allí a moler. Por eso lo detuvieron. Y confesó y no negó, y sufrió persecución por la justicia. Espero en Dios que está en la Gloria, porque el Evangelio los llama bienaventurados.

En ese tiempo salió una armada contra moros. Mi padre vivía entonces lejos de su tierra, como castigo por el desastre ya contado. Fue con la armada como acemilero de un caballero. Y allí acabó su vida con su señor, como un criado leal.

Mi madre quedó viuda, sin marido y sin protección. Entonces decidió arrimarse a los buenos para ser uno de ellos. Se fue a vivir a la ciudad y alquiló una casita. Empezó a hacer la comida a unos estudiantes. Y lavaba la ropa a unos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena. Así empezó a ir mucho a los establos.

Ella y un hombre moreno, uno de los que cuidaban de los animales, se conocieron. Este hombre venía algunas veces a nuestra casa y se iba por la mañana. Otras veces llegaba de día a la puerta. Decía que quería comprar huevos, y entraba en casa.

Al principio no me gustaba, y le tenía miedo. Veía su color y su mala cara. Pero después vi que con él la comida era mejor, y empecé a quererlo. Porque siempre traía pan, trozos de carne y, en invierno, leña para calentarnos.

Él siguió viniendo a dormir y a hablar con ella. Y mi madre llegó a darme un negrito muy bonito. Yo lo movía en brazos y ayudaba a darle calor.

Recuerdo un día. Mi padre, el negro, estaba jugando con el pequeño. El niño veía que mi madre y yo éramos blancos, y él no. Por eso huía de él con miedo y corría hacia mi madre. Señalaba con el dedo y decía:

"¡Madre, coco!"

Él respondió riendo:

"¡Hijo de puta!"

Yo era muy niño, pero me fijé en esa palabra de mi hermanito, y pensé:

"¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros! Huyen porque no se ven a sí mismos."

Pero nuestra suerte fue mala. El mayordomo supo de la relación de Zaide, que así se llamaba. Investigaron y encontraron la verdad. Zaide robaba la mitad de la cebada que le daban para los animales. También robaba salvado, leña, cepillos para los caballos y trapos. Y decía que se perdían las mantas y las sábanas de los caballos. Y cuando no tenía otra cosa, les quitaba las herraduras a los animales. Con todo esto ayudaba a mi madre a criar a mi hermanito.

No debemos sorprendernos de un clérigo ni de un fraile. Uno roba a los pobres. El otro roba de su casa para sus devotas y para otras cosas como esas. Pues hasta a un pobre esclavo el amor lo llevó a hacer esto.

Y le probaron todo lo que digo, y más aún. Porque a mí me preguntaban con amenazas. Yo era un niño, y con miedo contaba todo lo que sabía. Conté hasta lo de unas herraduras. Yo se las vendí a un herrero por orden de mi madre.

A mi triste padrastro lo azotaron y le echaron grasa caliente. A mi madre también la castigó la justicia. Además de los cien azotes de costumbre, le dieron otra pena. Ya no podía entrar en casa del Comendador. Y no podía recibir en la suya al pobre Zaide.

Por no echar la soga tras el caldero, la pobre mujer hizo un esfuerzo. Y cumplió la sentencia. Quería evitar el peligro y las malas lenguas. Por eso se fue a servir. Servía a los que vivían entonces en el mesón de la Solana. Allí sufrió mil molestias. Allí terminó de criar a mi hermanito hasta que supo andar. Y a mí me crió hasta ser un buen mozuelo. Yo buscaba vino y velas para los huéspedes, y todo lo que me mandaban.

En ese tiempo vino a dormir al mesón un ciego. Pensó que yo podía guiarlo, y me pidió a mi madre. Ella me puso en sus manos. Le dijo que yo era hijo de un buen hombre. Ese hombre había muerto en la de los Gelves para hacer más grande la fe. Dijo también que confiaba en Dios. Yo no iba a salir peor hombre que mi padre. Y le rogó tratarme bien y cuidar de mí, porque yo era huérfano.

Él le respondió que lo iba a hacer así. Y dijo que me recibía no por mozo sino por hijo. Y así empecé a servir y a guiar a mi nuevo y viejo amo.

Estuvimos en Salamanca algunos días. A mi amo no le gustaba lo que ganaba, y decidió irse de allí. Cuando llegó el momento de partir, fui a ver a mi madre. Los dos llorábamos. Ella me dio su bendición y dijo:

"Hijo, ya sé que no te veré más. Intenta ser bueno, y que Dios te guíe. Yo te he criado y te he puesto con un buen amo. Ahora cuida de ti mismo."

Y así volví con mi amo, que me estaba esperando. Salimos de Salamanca y llegamos al puente. A la entrada del puente hay un animal de piedra, casi con forma de toro. El ciego me mandó acercarme al animal. Cuando estuve allí, me dijo:

"Lázaro, acerca el oído a este toro y oirás un gran ruido dentro de él."

Yo, inocente, me acerqué, porque creí que era verdad. El ciego notó que mi cabeza estaba junto a la piedra. Entonces apretó fuerte la mano. Y me dio un gran golpe contra el diablo del toro. El dolor de la cornada me duró más de tres días. Y me dijo:

"Tonto, aprende: el mozo del ciego tiene que saber un poco más que el diablo."

Y se rió mucho de la burla.

Me pareció que en ese momento desperté. Yo estaba dormido en mi inocencia de niño. Pensé:

"Este dice la verdad. Tengo que abrir bien el ojo y estar atento, porque estoy solo. Y tengo que pensar cómo cuidar de mí mismo."

Empezamos nuestro camino. En muy pocos días el ciego me enseñó jerigonza. Vio que yo era listo, y se alegraba mucho. Y decía:

"Oro y plata no te puedo dar, pero te voy a enseñar muchos consejos para vivir."

Y fue así. Después de Dios, este hombre me dio la vida. Era ciego, pero me dio luz y me guió en el camino de la vida. Me alegra contar a vuestra merced estas cosas de niños. Así muestro una cosa. Para un hombre bajo, saber subir es una gran virtud. Y para un hombre alto, dejarse bajar es un gran vicio.

Vuelvo ahora a mi buen ciego y a sus cosas. Sepa vuestra merced esto. Desde que Dios creó el mundo, no hizo a nadie más astuto. En su oficio era un águila. Sabía de memoria más de cien oraciones. Tenía la voz baja, tranquila y muy clara. Esa voz llenaba la iglesia donde rezaba. Cuando rezaba, ponía una cara humilde y devota, con muy buen aspecto. No hacía gestos raros con la boca ni con los ojos, como suelen hacer otros.

Además de esto, tenía otras mil formas de sacar dinero. Decía que sabía oraciones para muchas cosas diferentes. Tenía oraciones para las mujeres que no parían y para las que estaban de parto. Y tenía oraciones para las mal casadas: así, decía, sus maridos las iban a querer. A las mujeres embarazadas les decía si esperaban un hijo o una hija.

Y en medicina, decía que Galeno no supo ni la mitad que él. Hablaba de dolores de muelas, de desmayos y de males de madre. Si alguien le decía que sufría alguna enfermedad, él respondía enseguida:

"Haced esto, haréis esto otro, coced esta hierba, tomad esta raíz."

Por eso todo el mundo iba detrás de él, sobre todo las mujeres. Ellas creían todo lo que les decían. A estas mujeres les sacaba mucho dinero con las artes que digo. Ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.

Pero también quiero decir a vuestra merced otra cosa. Con todo lo que ganaba, nunca vi un hombre tan avaro. Tanto, que me mataba de hambre. No me daba ni la mitad de lo necesario. Digo la verdad: muchas veces estuve cerca de morir de hambre. Me salvaron mi inteligencia y mis mañas. Él sabía mucho y tenía mucho cuidado. Pero yo lo engañaba. Por eso, siempre o casi siempre, me tocaba lo más y lo mejor. Para esto le hacía burlas endiabladas. Voy a contar algunas, pero no todas acabaron bien para mí.

Él llevaba el pan y las otras cosas en un fardel de tela. Se cerraba por la boca con un aro de hierro, un candado y una llave. Cuando metía o sacaba las cosas, tenía mucho cuidado y las contaba. Ningún hombre del mundo podía quitarle ni una miga. Yo tomaba esa miseria que me daba, y en menos de dos bocados se acababa.

Después él cerraba el candado y dejaba de prestar atención. Pensaba que yo estaba ocupado en otras cosas. Entonces yo abría un poco de costura en un lado del fardel. Muchas veces la abrí y la volví a coser. Por allí sangraba al fardel avaro. Sacaba pan, y no poco, sino buenos trozos. Y sacaba también trozos de tocino y longaniza. Así buscaba el mejor momento para recuperar algo. No era un punto en un juego. Era la endiablada falta de comida que el mal ciego me hacía pasar.

Todo lo que podía robar lo guardaba en medias blancas. La gente le pedía rezar y le pagaba con blancas. Como él no veía, la persona casi no había movido la mano. Y yo ya tenía la blanca en la boca y una media blanca preparada. Él sacaba rápido la mano, pero yo ya había cambiado la moneda. Así, el precio justo quedaba en la mitad.

El mal ciego se quejaba. Con la mano notaba enseguida que no era una blanca entera. Y decía:

"¿Qué diablo es esto? Desde que estás conmigo, solo me dan medias blancas. Antes muchas veces me pagaban una blanca y un maravedí. Esta desgracia debe de venir de ti."

También acortaba sus oraciones y no terminaba ni la mitad. Me tenía mandada una cosa. Cuando se iba la persona que pedía la oración, yo le tiraba de la capucha. Tenía que tirar de la punta. Yo lo hacía así. Entonces él volvía a gritar, como suelen decir:

"¿Mandan rezar tal y tal oración?"

Cuando comíamos, él solía poner a su lado un jarro pequeño de vino. Yo lo cogía muy rápido y le daba un par de besos callados. Después lo ponía otra vez en su sitio. Pero eso me duró poco. Él notaba la falta en los tragos. Para guardar su vino, ya no soltaba el jarro. Lo tenía siempre cogido por el asa.

Pero ninguna piedra imán atrajo nunca las cosas como yo. Lo hacía con una paja larga de centeno. Hice esa paja para ese trabajo. La metía en la boca del jarro, chupaba el vino y lo dejaba sin nada. Pero el traidor era tan astuto que creo que me notó. Desde entonces cambió de idea. Ponía el jarro entre las piernas, lo tapaba con la mano, y así bebía seguro.

Yo ya estaba acostumbrado al vino y me moría por él. Vi que la paja ya no me servía. Entonces decidí hacer una fuentecilla, un agujero muy fino, en el fondo del jarro. Y lo tapé con mucho cuidado con un trozo muy fino de cera. A la hora de comer, hacía como que tenía frío. Me metía entre las piernas del triste ciego para calentarme en nuestro pobre fuego. Con el calor se derretía la cera, porque era muy poca. Y la fuentecilla empezaba a dejar caer el vino en mi boca. Yo ponía la boca de tal manera que no se perdía ni una maldita gota.

Cuando el pobre iba a beber, no encontraba nada. Se asustaba, maldecía y mandaba al diablo el jarro y el vino. No sabía qué podía ser.

"No dirá usted, tío, que yo se lo bebo —decía yo—, porque no lo suelta de la mano."

Tantas vueltas dio al jarro y tanto lo tocó que encontró la fuente. Y entendió la burla. Pero no dijo nada. Hizo como que no sabía nada.

Al día siguiente yo estaba chupando de mi jarro, como siempre. No pensaba en el daño que me esperaba. No sabía que el mal ciego me notaba. Me senté como siempre para recibir esos dulces tragos. Tenía la cara hacia el cielo y los ojos un poco cerrados. Así disfrutaba mejor del rico licor.

El ciego, desesperado, sintió que ahora tenía el momento de vengarse. Con toda su fuerza levantó con las dos manos aquel dulce y amargo jarro. Y lo dejó caer sobre mi boca, ayudándose con todo su poder. El pobre Lázaro no tenía ningún cuidado. Estaba tranquilo y contento, como otras veces. Y me pareció de verdad una cosa. El cielo, con todo lo que hay en él, me caía encima.

El golpecito fue tal que perdí el sentido. El golpe del jarro fue tan grande que los trozos se me metieron en la cara. Me la rompieron por muchas partes. Y me rompió los dientes, y hasta hoy no he tenido esos dientes.

Desde aquella hora odié al mal ciego. Él me quería, me cuidaba y me curaba. Pero yo vi bien una cosa: el cruel castigo le había gustado. Me lavó con vino las heridas que me hizo con los trozos del jarro. Y sonriendo decía:

"¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te puso enfermo ahora te cura."

Y decía otras gracias, que a mí no me gustaban.

Cuando estuve medio curado de los golpes y de las marcas moradas, pensé en esto. Con unos pocos golpes más como ese, el cruel ciego se iba a librar de mí. Por eso yo quise librarme de él primero. Pero no lo hice tan rápido, porque quería hacerlo con más seguridad y provecho para mí.

Incluso con ganas de calmar mi corazón y perdonarle el golpe del jarro, no podía. No podía por el mal trato que el mal ciego me daba desde entonces. Me hería sin causa ni razón. Me daba golpes en la cabeza y me tiraba del pelo. Si alguien le preguntaba por qué me trataba tan mal, contaba la historia del jarro. Y decía:

"¿Pensáis que este mozo mío es un inocente? Pues oíd, y decid si el demonio puede hacer una hazaña igual."

Los que lo oían hacían la señal de la cruz y decían:

"¡Mirad! ¿Quién iba a pensar tal maldad de un muchacho tan pequeño?"

Y se reían mucho del truco, y le decían:

"Castigadlo, castigadlo, y Dios os lo pagará."

Y con eso él nunca hacía otra cosa.

Por eso yo siempre lo llevaba por los peores caminos. Lo hacía a propósito, para hacerle mal y daño. Si había piedras, íbamos por las piedras. Si había barro, íbamos por donde había más. Yo tampoco iba por lo más seco. Pero me alegraba romperme un ojo por romper dos al que no tenía ninguno.

Por esto él siempre me pegaba en la parte de atrás de la cabeza. Me pegaba con la punta alta de su bastón. Yo siempre la tenía llena de bultos y sin pelo, por culpa de sus manos. Yo juraba que no lo hacía con mala intención. Decía que no encontraba mejor camino. Pero no me servía de nada, y él no me creía. Tan grande era la inteligencia del traidor.

Vuestra merced va a ver hasta dónde llegaba la inteligencia de este astuto ciego. Voy a contar un caso de los muchos que me pasaron con él. Me parece que en ese caso mostró bien su gran astucia.

Cuando salimos de Salamanca, él quería ir a tierra de Toledo. Decía que la gente era más rica allí, aunque no daba muchas limosnas. Seguía este refrán: "Más da el duro que el desnudo." Y fuimos por los mejores lugares. Donde encontrábamos buena acogida y ganancia, nos quedábamos. Donde no, al tercer día hacíamos San Juan.

Un día llegamos a un lugar llamado Almorox. Era el tiempo de coger las uvas. Un hombre que cogía uvas le dio al ciego un racimo como limosna. Los cestos suelen maltratar las uvas, y en ese tiempo están muy maduras. Por eso el racimo se le deshacía en la mano. Si lo metía en el fardel, se convertía en zumo. Y todo lo que estaba cerca también se mojaba.

Decidió hacer un banquete. No podía llevar el racimo, y además quería contentarme. Ese día me había dado muchos golpes con las rodillas y con las manos. Nos sentamos en un muro bajo y dijo:

"Ahora quiero ser generoso contigo. Vamos a comer los dos este racimo de uvas. Tú vas a tener tanta parte como yo. Lo vamos a repartir de esta manera: tú coges una vez y yo otra. Tú me prometes no tomar más de una uva cada vez. Yo voy a hacer lo mismo hasta acabar el racimo. Y de esta manera no habrá engaño."

Hicimos el trato y empezamos. Pero ya en el segundo turno el traidor cambió de idea. Empezó a tomar de dos en dos. Pensó que yo debería hacer lo mismo. Vi que él rompía el trato. Por eso no me bastó con ir igual que él. Fui más lejos: comía de dos en dos, de tres en tres, y como podía.

Cuando se acabó el racimo, estuvo un poco con el tallo en la mano. Movió la cabeza y dijo:

"Lázaro, me has engañado. Juro a Dios que has comido las uvas de tres en tres."

"No comí así —dije yo—, pero ¿por qué piensa usted eso?"

Respondió el ciego, que era muy astuto:

"¿Sabes cómo veo que las comiste de tres en tres? Porque yo comía de dos en dos y tú no decías nada."

Yo no respondí. Un día íbamos así por debajo de unos soportales en Escalona. Entonces estábamos en casa de un zapatero. Allí había muchas sogas y otras cosas de esparto. Algunas dieron a mi amo en la cabeza. Él levantó la mano y las tocó. Vio lo que eran y me dijo:

"Anda rápido, muchacho. Salgamos de entre esta mala comida, que ahoga sin comerla."

Yo no prestaba atención a eso. Miré lo que era, y solo vi sogas y correas para los caballos. Eso no era cosa de comer. Y le dije:

"Tío, ¿por qué dice usted eso?"

Él me respondió:

"Calla, sobrino. Con las mañas que tienes, lo sabrás, y verás que digo la verdad."

Y así seguimos por el mismo portal y llegamos a un mesón. En la pared, junto a la puerta, había muchos cuernos. Allí ataban sus animales los hombres que llevaban mulas. El ciego iba tocando para saber si era el mesón de la mesonera. Allí rezaba por ella cada día la oración de la emparedada. Cogió un cuerno y, con un gran suspiro, dijo:

"¡Oh, mala cosa, peor de lo que parece tu forma! Muchos desean poner tu nombre sobre la cabeza de otro. Y muy pocos quieren tenerte, ni oír tu nombre."

Cuando le oí decir esto, le dije:

"Tío, ¿qué es eso que dice usted?"

"Calla, sobrino, que algún día este que tengo en la mano te dará una mala comida y cena."

"Yo no lo voy a comer —dije—, y no me la dará."

"Yo te digo la verdad. Si no, lo verás, si vives."

Y así seguimos hasta la puerta del mesón. Por lo que me pasaba en él, yo no quería llegar nunca allí.

Casi siempre rezaba por mesoneras y por mujeres de las tabernas. También rezaba por vendedoras de turrón, por prostitutas y por mujeres así. Por un hombre casi nunca le vi decir una oración.

Me reí para mí. Y, aunque era un muchacho, admiré mucho la inteligencia del ciego.

Pero no quiero ser largo. Dejo de contar muchas cosas divertidas y dignas de recordar. Me pasaron con este primer amo. Quiero contar la despedida y acabar con ella.

Estábamos en Escalona, villa del duque de ella, en un mesón. El ciego me dio un trozo de longaniza para asarla. La longaniza soltó su grasa, y él se comió el pan con esa grasa. Entonces sacó un maravedí de la bolsa y me mandó ir a la taberna. Con ese dinero tenía que comprar vino.

El demonio me puso la ocasión delante de los ojos. Y la ocasión, como suelen decir, hace al ladrón. Junto al fuego había un nabo pequeño, largo y podrido. No servía para la olla, y por eso debieron de tirarlo allí. En ese momento solo estábamos él y yo.

El rico olor de la longaniza me dio mucha hambre. Yo sabía que de ella solo iba a disfrutar el olor. No pensé en lo que me podía pasar. Dejé todo el miedo para cumplir mi deseo. El ciego estaba sacando el dinero de la bolsa. Mientras tanto, saqué la longaniza y metí muy rápido el nabo en el asador.

Mi amo me dio el dinero para el vino. Cogió el asador y empezó a darle vueltas al fuego. Quería asar al nabo, que por malo se había escapado de la olla.

Fui a buscar el vino, y con él no tardé en acabar con la longaniza. Cuando volví, encontré al pobre ciego con el nabo apretado entre dos rebanadas de pan. Aún no lo había conocido, porque no lo había tocado con la mano. Tomó las rebanadas y mordió. Pensaba que iba a comer también un trozo de longaniza. Y se encontró en frío con el frío nabo. Se enfadó y dijo:

"¿Qué es esto, Lazarillo?"

"¡Pobre de mí! —dije yo—. ¿Quiere usted echarme la culpa de algo? ¿Yo no vengo de traer el vino? Alguien estaba ahí, y debió de hacer esto como burla."

"No, no —dijo él—, porque yo no he dejado el asador de la mano. No es posible."

Yo juré y volví a jurar que no tenía nada que ver con ese cambio. Pero no me sirvió de mucho. A las astucias del maldito ciego no se les escondía nada.

Se levantó, me agarró por la cabeza y se acercó a olerme. Debió de notar mi aliento, como un buen perro de caza. Quería saber bien la verdad, y estaba muy enfadado. Me agarró con las manos y me abrió la boca más de lo normal. Y metió dentro la nariz sin ningún cuidado. Tenía la nariz larga y afilada, y con el enfado le creció un palmo. Con la punta de la nariz me llegó a la garganta.

Yo tenía mucho miedo. Había pasado muy poco tiempo. La negra longaniza aún no estaba asentada en el estómago. Y lo más importante: esa enorme nariz casi me ahogaba. Todas estas cosas se juntaron, y se descubrió lo que hice. Y lo suyo volvió a su dueño. El mal ciego aún no había sacado su trompa de mi boca. Y mi estómago se movió tanto que le devolvió en ella lo robado. Así, su nariz y la negra longaniza mal masticada salieron de mi boca al mismo tiempo.

¡Oh, gran Dios! ¡Yo quería estar enterrado en aquella hora, porque muerto ya lo estaba! El malvado ciego estaba muy furioso. La gente acudió al ruido, y creo que por eso no me mató. Me sacaron de entre sus manos. Y se las dejaron llenas de los pocos pelos que yo tenía. Yo tenía arañados la cara, el cuello y la garganta. Y la garganta lo merecía bien, porque por su maldad me venían tantas persecuciones.

El mal ciego contaba mis desastres a todos los que llegaban. Les contaba una y otra vez lo del jarro, lo del racimo y ahora esto. Todos se reían tanto que la gente de la calle entraba a ver la fiesta. El ciego contaba mis hazañas con mucha gracia. Por eso, aunque yo estaba herido y llorando, me parecía injusto no reírme.

Mientras pasaba esto, me acordé de mi cobardía y de mi debilidad, y me maldecía. Debí dejarlo sin nariz. Tuve un momento muy bueno para hacerlo, porque la mitad del camino ya estaba hecha. Solo con apretar los dientes, la nariz se quedaba en mi casa. Era de ese malvado. Y quizá mi estómago la iba a guardar mejor que la longaniza. Y sin la nariz, yo podía negar todo. ¡Debí hacerlo, por Dios! Al final, todo iba a ser igual.

La mesonera y los que estaban allí nos hicieron amigos. Y con el vino que le traje para beber, me lavaron la cara y la garganta. Sobre esto el mal ciego hacía bromas y decía:

"De verdad, este mozo me gasta mucho vino en lavarse. Al final del año gasta más que lo que yo bebo en dos. Por lo menos, Lázaro, debes más al vino que a tu padre. Tu padre te hizo una vez, pero el vino te ha dado la vida mil veces."

Y luego contaba cuántas veces me había herido la cabeza y la cara. Y contaba cómo me curaba con vino. Y dijo:

"Yo te digo que, si un hombre en el mundo va a ser bienaventurado con vino, ese serás tú."

Los que me lavaban se reían mucho con esto, aunque yo maldecía. Pero lo que dijo el ciego no fue mentira. Desde entonces me acuerdo muchas veces de aquel hombre. Sin duda debía de tener espíritu de profecía. Y me pesa haberle dado esos disgustos, aunque se los pagué bien. Porque lo que me dijo ese día salió verdadero, como vuestra merced oirá más adelante.

Por esto, y por las malas burlas que me hacía, decidí dejarlo del todo. Ya lo tenía pensado y lo deseaba, y con esta última burla lo decidí más.

Y fue así. Al día siguiente salimos por la villa a pedir limosna. La noche antes había llovido mucho. Ese día también llovía, y él andaba rezando debajo de unos portales de aquel pueblo. Allí no nos mojábamos. Pero llegaba la noche y no dejaba de llover. El ciego me dijo:

"Lázaro, esta lluvia no para, y cuanto más entra la noche, más fuerte cae. Vámonos a la posada con tiempo."

Para ir allí teníamos que pasar un arroyo. Con tanta agua, iba muy grande. Yo le dije:

"Tío, el arroyo va muy ancho. Pero, si usted quiere, yo veo un sitio para cruzar más rápido sin mojarnos. Allí se estrecha mucho. Podemos saltar y pasar con los pies secos."

Le pareció un buen consejo y dijo:

"Eres listo. Por eso te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el arroyo se estrecha. Ahora es invierno y el agua sabe mal, y más con los pies mojados."

Yo vi la ocasión que deseaba. Lo saqué de debajo de los portales. Lo llevé justo delante de un pilar o poste de piedra. Estaba en la plaza. Sobre ese poste y sobre otros descansaban las partes altas de aquellas casas. Esas partes salían sobre la calle. Y le dije:

"Tío, este es el paso más estrecho que hay en el arroyo."

Llovía fuerte y el pobre se mojaba. Teníamos prisa por salir del agua que caía sobre nosotros. Y lo más importante: Dios le cegó el entendimiento en aquella hora, para darme venganza. Por eso me creyó y dijo:

"Ponme bien derecho, y salta tú el arroyo."

Yo lo puse bien derecho delante del pilar. Di un salto y me puse detrás del poste. Estaba allí como quien espera el golpe de un toro. Y le dije:

"¡Vamos! Salte usted con toda su fuerza, para llegar a este lado del agua."

Casi no había terminado de decirlo, y el pobre ciego se lanzó como un cabrón. Dio un paso atrás para correr y saltar más. Corrió con toda su fuerza y dio con la cabeza en el poste. Sonó tan fuerte como una gran calabaza. Y cayó hacia atrás, medio muerto y con la cabeza abierta.

Entonces le dije:

"¿Cómo? ¿Olió usted la longaniza y no el poste? ¡Olé! ¡Olé!"

Lo dejé con mucha gente que fue a ayudarlo. Salí corriendo por la puerta de la villa. Y antes de la noche llegué a Torrijos. No supe más qué hizo Dios con él, ni quise saberlo.

### Glosario

- **vuestra merced**: forma muy educada de hablar a una persona importante. De aquí viene "usted". Lázaro escribe a esta persona.
- **aceña**: molino de agua en un río.
- **parió**: tuvo un hijo. Parir es tener un hijo.
- **sangrías mal hechas**: aquí, robos de harina de los sacos de la gente.
- **bienaventurados**: muy felices, benditos por Dios.
- **armada contra moros**: grupo de barcos y soldados que va a luchar contra los musulmanes del norte de África.
- **acemilero**: hombre que cuida y lleva las mulas.
- **arrimarse**: acercarse mucho a algo o a alguien.
- **azotaron**: pegaron con un látigo.
- **echar la soga tras el caldero**: perder lo último que queda por dejar de luchar.
- **mesón**: casa donde comen y duermen los viajeros.
- **la de los Gelves**: la batalla de los Gelves, contra los moros.
- **amo**: persona para la que trabaja un criado.
- **mozo**: chico joven que trabaja para un amo.
- **coco**: monstruo inventado para dar miedo a los niños.
- **jerigonza**: lengua secreta de mendigos y ladrones.
- **mañas**: habilidades, formas listas de conseguir algo.
- **fardel**: bolsa de tela para llevar comida.
- **longaniza**: salchicha larga de cerdo.
- **blanca / media blanca**: moneda de muy poco valor / la mitad de esa moneda.
- **maravedí**: moneda antigua de poco valor.
- **hacíamos San Juan**: nos íbamos de un lugar, como los criados que cambiaban de amo el día de San Juan.
- **soportales**: lugar cubierto con columnas al lado de una calle o plaza.
- **sogas**: cuerdas gruesas.
- **esparto**: planta con la que se hacen cuerdas.
- **cuernos**: partes duras y largas en la cabeza del toro y de otros animales. También son señal de que la mujer de un hombre lo engaña con otro.
- **oración de la emparedada**: oración popular que rezaban sobre todo las mujeres.
- **nabo**: raíz blanca que se come cocida.
- **asador**: palo de hierro para asar carne al fuego.
- **palmo**: medida de la mano abierta, unos veinte centímetros.
- **cabrón**: macho de la cabra.
- **¡Olé!**: grito de alegría. Aquí también es un juego con el verbo "oler".
- **malas lenguas**: personas que hablan mal de otras.
- **jarro**: vaso grande con asa para el vino o el agua.
- **uvas**: frutas pequeñas y redondas. Con ellas se hace el vino.
- **racimo**: grupo de uvas que crecen juntas.
- **trozo / trozos**: parte pequeña de una cosa.
- **rezaba / rezar**: decía oraciones a Dios. Rezar es decir oraciones.
- **astuto**: muy listo para engañar o para no dejarse engañar.
- **avaro**: persona que no quiere gastar ni dar su dinero.
- **maldecía**: decía palabras malas contra algo o alguien.
- **reían**: hacían "ja, ja" porque algo era divertido.
- **criado**: persona que trabaja y sirve en la casa de un amo.
- **criar**: cuidar a un niño hasta que crece.
- **leña**: trozos de madera para hacer fuego.
- **huyen**: se van rápido de algo que da miedo.
- **herraduras**: piezas de hierro que se ponen en los pies de los caballos.
- **candado**: cierre de metal que se abre con una llave.
- **fuentecilla**: fuente pequeña. Aquí, un agujero pequeño por donde sale el vino.
- **caía / cae / cayó**: iba hacia abajo. Caer es ir hacia abajo por su peso.
- **castigadlo**: hacedlo sufrir por lo que ha hecho mal.
- **limosna / limosnas**: dinero o comida que se da a un pobre.
- **mojaba / mojábamos / mojarnos / mojados**: cubría de agua o de otro líquido.
- **mesonera / mesoneras**: mujer que tiene un mesón o trabaja en él.
- **olla**: recipiente alto para cocer la comida.
- **rebanadas**: trozos finos de pan.
- **malvado**: persona muy mala.
- **llovía / llovido / llover**: caía agua de las nubes. Llover es caer agua de las nubes.
- **molinero**: hombre que trabaja en un molino.
- **moler**: hacer harina con el grano.
- **detuvieron**: llevaron preso a alguien por orden de la justicia.

## Tratado segundo

Cómo Lázaro entró a servir a un clérigo, y de las cosas que le pasaron con él

Al día siguiente no me sentía seguro allí. Por eso me fui a un lugar llamado Maqueda. Allí, por mis pecados, encontré a un clérigo. Yo le pedí limosna, y él me preguntó si sabía ayudar a misa. Le dije que sí, y era verdad. El pecador del ciego me trató mal, pero me enseñó mil cosas buenas. Y una de ellas fue esta. Al final, el clérigo me tomó como mozo.

Escapé del trueno y caí en el relámpago. Porque, al lado de este clérigo, el ciego era un Alejandro Magno. Y eso que el ciego era la misma avaricia, como ya he contado. No digo más: toda la avaricia del mundo estaba encerrada en este hombre. No sé si era cosa suya o si le vino con el hábito de clérigo.

Él tenía un arcaz viejo, cerrado con llave. Llevaba la llave atada a su chaqueta con un cordón. Cuando llegaba el bodigo de la iglesia, él mismo lo echaba enseguida en el arcaz. Y volvía a cerrar el arca.

En toda la casa no había nada de comer. En otras casas suele haber algo. Hay un tocino colgado en la chimenea, o un queso en una tabla o en el armario. O hay una cesta con unos trozos de pan que sobran de la mesa. Creo que, sin comer nada, solo con ver esas cosas me podía consolar.

Solo había una cuerda de cebollas, y estaba bajo llave. Estaba en una habitación en lo alto de la casa. Yo tenía de ración una cebolla cada cuatro días. A veces le pedía la llave para ir a buscarla. Si había alguien delante, metía la mano en su bolsillo interior. Desataba la llave con gran ceremonia, me la daba y decía:

"Toma, y devuélvela enseguida, y no hagas otra cosa que golosinar."

Parecía que debajo de esa llave estaban todas las conservas de Valencia. Y en esa habitación, como dije, no había otra maldita cosa. Solo estaban las cebollas colgadas de un clavo. Y él las tenía muy bien contadas. Si yo, por mis pecados, cogía más de mi ración, me iba a costar caro. Al final, yo me moría de hambre.

Él tenía poca caridad conmigo, pero consigo tenía más. Cada día gastaba cinco blancas de carne para la comida y la cena. Es verdad que compartía conmigo el caldo. Pero de la carne, nada de nada. Solo me daba un poco de pan. ¡Y yo pedía a Dios recibir la mitad!

Los sábados, en esta tierra se comen cabezas de carnero. Me enviaba a comprar una, que costaba tres maravedís. La cocía y se comía los ojos, la lengua y el cuello. Y se comía los sesos y la carne de las mandíbulas. A mí me daba todos los huesos roídos. Me los daba en el plato y decía:

"Toma, come, triunfa, que el mundo es para ti. Tienes mejor vida que el Papa."

"¡Dios te dé una vida así!", decía yo en voz baja.

Después de tres semanas con él, yo estaba tan débil que no podía tenerme en pie. Era de pura hambre. Vi claramente que iba hacia la sepultura. Solo Dios y mi saber podían salvarme. Para usar mis mañas no tenía ocasión, porque no había nada que atacar. Y, si había algo, yo no podía cegarlo como al otro. Hablo del ciego, que Dios perdone, si murió de aquel golpe en la cabeza. El ciego era astuto, pero no tenía ese sentido tan valioso, y no me notaba. En cambio, nadie tenía una vista tan aguda como este clérigo.

La gente daba dinero en la misa. Ninguna blanca caía en el plato sin pasar por sus ojos. Tenía un ojo en la gente y el otro en mis manos. Los ojos le bailaban en la cabeza como azogue. Tenía contadas todas las blancas que daba la gente. Cuando acababan, enseguida me quitaba el plato y lo ponía sobre el altar. Nunca pude coger ni una blanca en todo el tiempo que viví con él. O, mejor dicho, que morí.

Nunca le traje de la taberna ni una blanca de vino. El poco vino de las ofrendas lo guardaba en su arcaz. Lo medía tan bien que le duraba toda la semana. Y para ocultar su gran avaricia, me decía:

"Mira, mozo, los sacerdotes tienen que comer y beber con mucha moderación. Por eso yo no hago excesos como otros."

Pero el avaro mentía. Porque en las cofradías y en los entierros donde rezábamos, comía a costa de otros. Comía como un lobo, y bebía más que un saludador.

Y ya que hablo de entierros, Dios me perdone. Nunca fui enemigo de la humanidad, solo entonces. Era porque allí comíamos bien y me llenaban el estómago. Deseaba una cosa, y hasta la pedía a Dios: la muerte de alguien cada día.

A veces dábamos los sacramentos a los enfermos, sobre todo la extrema unción. Entonces el clérigo mandaba rezar a los presentes. Y yo no era el último en rezar. Con todo mi corazón y mi buena voluntad rogaba al Señor. No le pedía hacer lo que él quería, como se suele decir. Le pedía sacar al enfermo de este mundo.

Cuando alguno se salvaba, ¡Dios me perdone!, lo mandaba mil veces al diablo. Y el que moría recibía de mí otras tantas bendiciones. Porque en todo el tiempo que estuve allí, casi seis meses, murieron solo veinte personas. Y creo que las maté yo o, mejor dicho, que murieron por mi petición. Creo que el Señor veía mi muerte rabiosa y continua. Por eso se alegraba de matarlas para darme vida a mí.

Pero no encontraba remedio para lo que sufría. Los días de entierro yo vivía. Los días sin muerto volvía a mi hambre de cada día. Me había acostumbrado a comer bien, y por eso la sentía más. Así que no encontraba descanso en nada, salvo en la muerte. Algunas veces también la deseaba para mí, como para los otros. Pero no la veía, aunque estaba siempre en mí.

Pensé muchas veces en dejar a ese amo avaro. Pero no lo hacía por dos cosas. La primera: no tenía confianza en mis piernas, porque estaba muy débil de pura hambre. La segunda: pensaba y decía:

"Yo he tenido dos amos. El primero me tenía muerto de hambre. Lo dejé y encontré a este otro. Y con esa hambre, este ya me tiene en la sepultura. Si dejo a este y encuentro otro peor, ¿qué me espera? Solo morir."

Con esto no me atrevía a moverme. Yo creía de verdad que cada escalón iba a ser peor. Y si bajaba otro escalón, Lázaro iba a desaparecer. Nadie iba a oír su nombre en el mundo.

Yo sufría esta pena, y pido al Señor librar de ella a todo fiel cristiano. No sabía qué hacer, y veía que iba de mal en peor. Un día mi pobre, ruin y avaro amo salió del pueblo. Y por casualidad llegó a mi puerta un calderero. Yo creo que fue un ángel. La mano de Dios me lo envió con esa ropa. Me preguntó si tenía algo para arreglar.

"En mí tiene usted mucho que hacer, y hará mucho si me salva", dije en voz baja. Él no me oyó.

Pero no era momento de hacer bromas. El Espíritu Santo me dio luz y le dije:

"Tío, he perdido una llave de esta arca. Tengo miedo, porque mi señor me puede azotar. Por su vida, mire si entre esas llaves hay alguna para ella. Yo se la voy a pagar."

El angélico calderero empezó a probar una y otra llave de un gran aro que llevaba. Yo lo ayudaba con mis débiles oraciones. De pronto, sin esperarlo, vi algo dentro del arcaz. Era, en forma de panes, como dicen, la cara de Dios. Cuando estuvo abierto, le dije:

"Yo no tengo dinero para pagarle la llave. Pero tome de ahí el pago."

Él tomó uno de los bodigos, el que más le gustó. Me dio mi llave y se fue muy contento. Y me dejó más contento a mí. Pero por el momento no toqué nada, para no hacer notar la falta. Y me vi dueño de tanto bien. Por eso me pareció que el hambre no se atrevía a acercarse. Volvió mi miserable amo. Y gracias a Dios no vio el bodigo que el ángel se había llevado.

Al día siguiente, cuando salió de casa, abrí mi paraíso panal. Tomé un bodigo entre las manos y los dientes. En dos credos lo hice invisible. No me olvidé de cerrar el arca abierta. Y empecé a barrer la casa con mucha alegría. Pensaba que con este remedio mi triste vida ya tenía solución. Y así estuve contento ese día y el siguiente.

Pero mi suerte no quería darme ese descanso por mucho tiempo. Porque al tercer día me vino la terciana. De repente vi al que me mataba de hambre, inclinado sobre nuestro arcaz. Movía los panes, los contaba y los volvía a contar.

Yo disimulaba. Y en mi oración secreta, en mis ruegos, decía: "¡San Juan, y ciégale!"

Estuvo mucho tiempo haciendo la cuenta, contando por días y por dedos. Después dijo:

"Esta arca está muy bien guardada. Si no, diría que me han quitado panes. Pero desde hoy voy a tener buena cuenta de ellos. Lo hago solo para cerrar la puerta a la sospecha. Nueve quedan y un pedazo."

"¡Malas noticias te dé Dios!", dije yo para mí.

Con esas palabras sentí que una flecha de cazador me pasaba el corazón. Y mi estómago empezó a arañar de hambre. Se veía otra vez en la dieta de antes. El clérigo salió de casa. Yo, para consolarme, abrí el arca. Vi el pan y empecé a adorarlo, pero no me atreví a recibirlo. Conté los panes, por si el avaro se había equivocado. Y encontré su cuenta más exacta de lo que yo quería.

Lo más que pude hacer fue darles mil besos. Y, con la mayor delicadeza, corté un poco del pan partido. Corté justo por donde ya estaba cortado. Con eso pasé ese día, no tan alegre como el anterior.

Pero el hambre crecía. Mi estómago se había acostumbrado a más pan en esos dos o tres días. Yo moría de mala muerte. Cuando estaba solo, no hacía otra cosa que abrir y cerrar el arca. Y contemplaba aquella cara de Dios, como dicen los niños. Pero el mismo Dios, que ayuda a los que sufren, me vio en tal apuro. Y me trajo a la memoria un pequeño remedio. Pensé y dije para mí:

"Este arcón es viejo y grande, y está roto por algunas partes. Los agujeros son pequeños. Pero se puede pensar que entran ratones y hacen daño a este pan. Sacar un pan entero no es conveniente. Porque el que me hace vivir con tanta falta va a ver esa falta. Esto sí se puede hacer."

Y empecé a desmigajar el pan sobre unos manteles no muy caros que había allí. Tomaba un pan y dejaba otro. Así, de cada uno de tres o cuatro panes, quité un poco. Después me comí las migas como quien toma dulces, y me consolé un poco.

Mi amo vino a comer y abrió el arca. Vio el daño. Creyó sin duda que los ratones lo habían hecho, porque estaba muy bien imitado. Miró todo el arcaz de un lado a otro. Vio algunos agujeros y sospechó que por allí habían entrado. Me llamó y dijo:

"¡Lázaro! ¡Mira, mira qué persecución ha venido esta noche contra nuestro pan!"

Yo hice como que estaba muy sorprendido, y le pregunté qué podía ser.

"¡Qué va a ser! —dijo él—. Ratones, que no dejan nada vivo."

Nos pusimos a comer. Y, gracias a Dios, también en esto me fue bien. Me tocó más pan que la miseria que solía darme. Porque con un cuchillo raspó todo lo que creía tocado por los ratones. Y me dijo:

"Cómete eso, que el ratón es cosa limpia."

Y así ese día añadí la ración del trabajo de mis manos, o mejor dicho de mis uñas. Y acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba.

Y luego tuve otro susto. Lo vi muy ocupado, quitando clavos de las paredes y buscando tablitas. Con ellas clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca.

"¡Oh, Señor mío! —dije yo entonces—. ¡A cuánta miseria, mala suerte y desastres estamos expuestos los nacidos! ¡Y qué poco duran los placeres de esta vida nuestra tan dura! Yo pensaba que con este pobre y triste remedio iba a pasar mi miseria. Ya estaba casi alegre y con buena suerte. Pero mi desgracia no quiso eso. Mi desgracia despertó a este avaro amo mío. Y le dio más cuidado del que ya tenía. Porque los avaros casi nunca pierden ese cuidado. Ahora él cierra los agujeros del arca. Y así cierra la puerta a mi consuelo y la abre a mis penas."

Así me lamentaba yo. Mientras tanto, mi diligente carpintero terminó su obra con muchos clavos y tablitas. Y dijo:

"Ahora, señores ratones traidores, tenéis que cambiar de idea. En esta casa no vais a prosperar."

Cuando salió de casa, fui a ver la obra. Vi que no había dejado en la triste y vieja arca ningún agujero. No podía entrar ni un mosquito. Abrí con mi llave ya inútil, sin esperanza de sacar nada. Y vi los dos o tres panes empezados, los que mi amo creía comidos por ratones. De ellos saqué todavía un poquito. Los toqué muy ligeramente, como un hábil luchador de espada.

La necesidad es una gran maestra, y yo tenía mucha. Por eso, día y noche, pensaba en la forma de seguir vivo. Y creo que el hambre me daba luz para encontrar estos negros remedios. Dicen que el hambre afila el ingenio, y que estar lleno lo apaga. Y en mí era verdad.

Una noche yo estaba despierto con este pensamiento. Buscaba la manera de aprovechar el arcaz. Oí que mi amo dormía, porque roncaba y daba grandes resoplidos. Me levanté muy despacio, sin hacer ruido. Durante el día ya había pensado qué hacer. Y había dejado un cuchillo viejo en un sitio fácil de encontrar.

Fui al triste arcaz y lo ataqué con el cuchillo por la parte más débil. Usé el cuchillo como una herramienta para hacer agujeros. La antiquísima arca, por sus muchos años, no tenía ya fuerza ni corazón. Estaba muy blanda y comida por los gusanos. Enseguida se rindió y dejó en su costado, para mi remedio, un buen agujero.

Después abrí muy despacio el arca herida. Y con las manos, sin ver, hice con el pan partido lo que ya he contado. Un poco más consolado, volví a cerrar y me fui a mis pajas. Allí descansé y dormí un poco. Pero dormía mal, y pensaba que era por no comer. Y así debía ser. Porque entonces no debían de quitarme el sueño los problemas del rey de Francia.

Al día siguiente mi señor amo vio el daño del pan. Y vio el agujero que yo había hecho. Empezó a mandar a los ratones al diablo y dijo:

"¿Qué podemos decir de esto? ¡Nunca he notado ratones en esta casa hasta ahora!"

Y sin duda debía de decir la verdad. Si alguna casa del reino debía estar libre de ratones, era aquella, con razón. Porque no suelen vivir donde no hay nada para comer.

Volvió a buscar clavos por la casa y por las paredes. Y buscó tablitas para tapar los agujeros. Cuando llegaba la noche y él descansaba, yo me ponía de pie con mi herramienta. Todos los agujeros que él tapaba de día, yo los destapaba de noche. Y nos dimos tanta prisa que sin duda por esto se debió de decir: "Donde una puerta se cierra, otra se abre."

Parecíamos dos trabajadores pagados por hacer la tela de Penélope. Lo que él tejía de día, yo lo rompía de noche. En pocos días y noches dejamos la pobre despensa muy cambiada. Ya no parecía un arcaz. Con tantos clavos y tachuelas, el nombre correcto era otro: corazas viejas de otro tiempo.

Vio que su remedio no servía de nada, y dijo:

"Este arcaz está muy maltratado. Su madera es muy vieja y débil. Ya no puede defenderse de ningún ratón. Y está ya tan mal que, si seguimos con él, nos va a dejar sin protección. Y lo peor: protege poco, pero su falta se va a notar. Y me va a costar tres o cuatro reales. Lo de hasta ahora no sirve. El mejor remedio que encuentro es este. Voy a poner dentro una trampa para estos malditos ratones."

Luego pidió prestada una ratonera. Pedía cortezas de queso a los vecinos. Con ellas tenía siempre el gato preparado dentro del arca. Esto fue una ayuda especial para mí. Yo no necesitaba muchas salsas para comer. Pero disfrutaba con las cortezas de queso que sacaba de la ratonera. Y además seguía royendo el bodigo como un ratón.

Él encontraba el pan roído y el queso comido, pero no caía el ratón. Se mandaba al diablo. Preguntaba a los vecinos qué animal podía hacer eso. ¿Qué animal comía el queso y lo sacaba de la ratonera, y no se quedaba dentro? Y la trampilla del gato estaba caída.

Los vecinos estuvieron de acuerdo: no era un ratón, porque alguna vez tenía que caer. Y un vecino le dijo:

"Yo me acuerdo de que en su casa solía andar una culebra. Sin duda debe de ser ella. Y tiene sentido: como es larga, puede tomar el cebo. Y aunque la trampilla le cae encima, no entra toda, y vuelve a salir."

A todos les pareció bien lo que dijo, y mi amo se alteró mucho. Desde entonces no dormía tan profundamente. Cualquier gusano sonaba de noche en la madera. Y a él le parecía la culebra, que roía el arca. Enseguida se ponía de pie. Desde que oyó aquello, tenía un garrote a la cabecera de la cama. Con él daba grandes golpes a la pobre arca, para asustar a la culebra.

Despertaba a los vecinos con tanto ruido, y a mí no me dejaba dormir. Iba a mis pajas y las revolvía, y a mí con ellas. Pensaba que la culebra iba hacia mí. Pensaba que se metía en mis pajas o en mi sayo. Porque le decían que estos animales, de noche, buscan calor. Y se meten en las cunas de los niños. Y hasta los muerden y los ponen en peligro.

Yo casi siempre hacía como que dormía. Y por las mañanas él me decía:

"Esta noche, mozo, ¿no oíste nada? Anduve detrás de la culebra. Y creo que va a ir a tu cama, porque son muy frías y buscan calor."

"Dios quiera que no me muerda —decía yo—, porque le tengo mucho miedo."

Así andaba él, tan despierto y sin sueño. Por eso la culebra (o el culebro, mejor dicho) no se atrevía a roer de noche. Tampoco se atrevía a ir al arca. Pero de día él estaba en la iglesia o por el pueblo. Y entonces yo hacía mis asaltos. Él veía estos daños y el poco remedio que podía poner. Y andaba de noche, como digo, hecho un trasgo.

Tuve miedo. Con tanto buscar, mi amo podía encontrar mi llave. Yo la tenía debajo de las pajas. Me pareció más seguro meterla de noche en la boca. Porque, desde que viví con el ciego, tenía la boca como una bolsa. Una vez tuve en ella doce o quince maravedís, todo en medias blancas. Y no me molestaban para comer. Porque, si no, el maldito ciego encontraba todas mis blancas. Buscaba muy a menudo en cada costura y en cada remiendo de mi ropa.

Así que, como digo, cada noche metía la llave en la boca. Y dormía sin miedo: ese brujo de mi amo no iba a encontrarla. Pero cuando la desgracia tiene que venir, el cuidado no sirve de nada.

Mis hados, o mejor dicho mis pecados, quisieron una cosa. Una noche yo estaba durmiendo, y debía de tener la boca abierta. La llave se puso en mi boca de una forma especial. El aire que yo echaba al dormir salía por su hueco, porque era de cañuto. Y silbaba muy fuerte, para mi desgracia. Mi amo, asustado, lo oyó. Y creyó sin duda que era el silbido de la culebra. Y seguro que lo parecía.

Se levantó muy despacio con el garrote en la mano. Siguió el sonido y se acercó a mí en silencio. Lo hizo para no ser oído por la culebra. Cuando estuvo cerca, pensó que la culebra estaba allí, en las pajas donde yo dormía. Pensó que buscaba mi calor. Levantó bien el palo. Creía que la tenía debajo y que iba a matarla de un golpe. Con toda su fuerza me dio en la cabeza un golpe muy grande. Me dejó sin sentido y con la cabeza muy herida.

Notó que me había dado, porque yo debí de hacer mucho ruido con aquel golpe terrible. Él contaba después que se acercó a mí, me llamó a gritos e intentó despertarme. Pero me tocó con las manos y notó mucha sangre. Entendió el daño que me había hecho, y fue con mucha prisa a buscar una luz. Cuando volvió con ella, me encontró quejándome, todavía con la llave en la boca. Nunca la solté. Estaba medio fuera, como debía de estar cuando silbaba.

El matador de culebras, asustado, se preguntó qué podía ser esa llave. Me la sacó del todo de la boca, la miró y vio lo que era. Porque sus guardas eran iguales a las de su llave. Fue enseguida a probarla, y con ella probó el delito. El cruel cazador debió de decir:

"He encontrado al ratón y a la culebra que me hacían la guerra y me comían mis bienes."

De lo que pasó en los tres días siguientes no puedo decir nada. Porque los pasé en el vientre de la ballena. Pero todo esto que he contado lo oí decir a mi amo. Lo oí después de volver en mí. Él lo contaba con detalle a todos los que venían.

Después de tres días volví en mí. Estaba echado en mis pajas, con la cabeza llena de vendas, aceites y pomadas. Asustado, dije:

"¿Qué es esto?"

El cruel sacerdote me respondió:

"De verdad, ya he cazado a los ratones y a las culebras que me destruían."

Me miré y me vi tan maltratado que enseguida sospeché lo que me había pasado.

En ese momento entró una vieja que ensalmaba, y con ella los vecinos. Empezaron a quitarme los trapos de la cabeza y a curar el golpe. Vieron que ya estaba consciente, y se alegraron mucho. Y dijeron:

"Ya ha vuelto en sí. Si Dios quiere, no será nada."

Entonces volvieron a contar mis penas y a reírse de ellas. Y yo, pecador, lloraba por ellas. Con todo, me dieron de comer, porque yo estaba muerto de hambre. Y casi no pudieron quitarme el hambre. Y así, poco a poco, a los quince días me levanté. Ya no estaba en peligro, pero sí tenía hambre, y estaba medio curado.

Al día siguiente, mi señor amo me tomó de la mano y me sacó por la puerta. Ya en la calle, me dijo:

"Lázaro, desde hoy eres tuyo y no mío. Busca un amo y vete con Dios. Yo no quiero en mi casa un servidor tan diligente. Seguro que has sido mozo de ciego."

Hizo la señal de la cruz ante mí, como ante un hombre con el demonio dentro. Volvió a entrar en casa y cerró la puerta.

### Glosario

- **clérigo**: sacerdote.
- **mozo**: chico joven que trabaja para un amo.
- **amo**: persona para la que trabaja un criado.
- **Alejandro Magno**: rey muy famoso, conocido por ser muy generoso.
- **arcaz / arca**: caja grande de madera con tapa y llave.
- **bodigo**: pan pequeño que la gente llevaba a la iglesia como regalo.
- **golosinar**: comer cosas ricas por placer.
- **conservas de Valencia**: dulces de fruta muy buenos y caros.
- **blanca / media blanca**: moneda de muy poco valor / la mitad de esa moneda.
- **maravedís**: monedas antiguas de poco valor.
- **sepultura**: lugar donde se pone a una persona muerta.
- **mañas**: habilidades, formas listas de conseguir algo.
- **azogue**: metal líquido que se mueve mucho.
- **cofradías**: grupos de personas de una iglesia. Aquí, sus comidas.
- **saludador**: hombre que decía curar con oraciones y soplos.
- **extrema unción**: ceremonia religiosa para los enfermos que van a morir.
- **calderero**: hombre que arregla ollas y objetos de metal.
- **azotar**: pegar con un látigo.
- **la cara de Dios**: el pan. Así lo llaman los niños.
- **paraíso panal**: paraíso de pan.
- **en dos credos**: en muy poco tiempo, el tiempo de decir dos veces una oración.
- **terciana**: fiebre que vuelve cada tres días.
- **tela de Penélope**: trabajo que se hace y se deshace sin fin.
- **corazas**: ropa dura de metal que protege el pecho en la guerra.
- **ratonera**: trampa para cazar ratones.
- **gato**: aquí, otro nombre de la ratonera.
- **culebra**: serpiente.
- **culebro**: culebra macho.
- **garrote**: palo grueso.
- **pajas**: tallos secos de los cereales. También, la cama hecha con ellos.
- **sayo**: ropa larga, como una chaqueta.
- **trasgo**: pequeño ser fantástico que hace ruido por las casas.
- **de cañuto**: con un tubo hueco en el centro.
- **guardas**: partes de la llave que abren la cerradura.
- **vientre de la ballena**: aquí, estar sin sentido y no saber nada.
- **ensalmaba**: curaba con oraciones y palabras mágicas.
- **avaro**: persona que quiere guardar todo su dinero y no da nada.
- **avaricia**: deseo de guardar todo el dinero y no dar nada.
- **ración**: parte de comida que recibe una persona.
- **atrevía**: forma de "atreverse": tener valor para hacer algo.
- **oí**: forma de "oír": notar un sonido con los oídos.
- **oyó**: forma de "oír": notar un sonido con los oídos.
- **despacio**: sin prisa, poco a poco.
- **asustado**: con miedo.
- **asustar**: dar miedo.
- **caía**: forma de "caer": ir hacia abajo.
- **entierros**: ceremonias en las que se pone a un muerto en la sepultura.
- **rezar**: hablar con Dios, decir oraciones.
- **diligente**: que hace las cosas con mucho cuidado.
- **maltratado**: tratado mal, con daños.
- **silbaba**: hacía un sonido alto y fino con el aire.
- **pedazo**: parte pequeña de algo.

## Tratado tercero

Cómo Lázaro entró a servir a un escudero, y de lo que le pasó con él

Así tuve que sacar fuerzas de mi debilidad. La buena gente me ayudó. Y poco a poco llegué a esta famosa ciudad de Toledo. Allí, gracias a Dios, la herida se me cerró a los quince días. Mientras estaba enfermo, la gente siempre me daba alguna limosna. Pero cuando me curé, todos me decían:

"Tú eres un pícaro y un mendigo perezoso. Busca, busca un amo para servirlo."

"¿Y dónde voy a encontrar a ese amo? —pensaba yo—. Solo si Dios lo crea ahora, como creó el mundo."

Iba de puerta en puerta. Conseguía muy poco, porque la caridad ya había subido al cielo. Entonces Dios me hizo encontrar a un escudero. Iba por la calle con ropa bastante buena y bien peinado. Caminaba con pasos medidos y ordenados. Él me miró y yo lo miré a él. Me dijo:

"Muchacho, ¿buscas amo?"

Yo le dije:

"Sí, señor."

"Pues ven detrás de mí —me respondió—. Dios te ha hecho un favor, porque me has encontrado. Hoy has rezado alguna buena oración."

Lo seguí, y daba gracias a Dios por sus palabras. También daba gracias por su ropa y por su forma de andar. Me parecía justo el amo que yo necesitaba.

Era por la mañana cuando encontré a este tercer amo. Me llevó detrás de él por gran parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas donde vendían pan y otras comidas. Yo pensaba, y hasta deseaba, que allí iba a cargarme con comida. Porque esa era la hora normal de comprar lo necesario. Pero él pasaba delante de todo eso con pasos largos y rápidos.

"Quizás aquí no ve nada a su gusto —pensaba yo—. Querrá comprar en otro sitio."

Así anduvimos hasta que dieron las once. Entonces entró en la iglesia mayor, y yo detrás de él. Lo vi oír misa y los otros oficios religiosos con mucha devoción. Se quedó hasta el final, cuando la gente ya se había ido. Entonces salimos de la iglesia.

Empezamos a bajar por una calle con paso rápido. Yo iba el más alegre del mundo, porque no habíamos perdido tiempo en buscar comida. Pensé que mi nuevo amo debía de comprar todo de una vez. Y pensé que la comida ya estaba lista en casa, tal como yo la deseaba. Y tal como yo la necesitaba.

En ese momento el reloj dio la una de la tarde. Llegamos a una casa, y mi amo se paró delante. Yo me paré con él. Echó el extremo de la capa sobre el lado izquierdo. Luego sacó una llave de la manga. Abrió la puerta y entramos. La entrada era tan oscura y tan triste que parecía dar miedo a los que entraban. Pero dentro había un patio pequeño y habitaciones bastante buenas.

Al entrar, se quitó la capa. Me preguntó si tenía las manos limpias. Entonces la sacudimos y la doblamos. Allí había un poyo. Él sopló con mucho cuidado para limpiarlo y puso la capa encima. Después se sentó al lado de la capa. Me preguntó con muchos detalles de dónde era y cómo había llegado a esa ciudad. Yo le di más explicaciones de las que quería. A mí me parecía mejor hora para otra cosa: poner la mesa y servir la olla. Aun así, le hablé de mí lo mejor que supe mentir. Conté las cosas buenas y callé las otras, porque no eran para aquella sala.

Después de esto, él se quedó así un rato. Yo vi enseguida una mala señal, porque ya eran casi las dos. Y él no tenía más ganas de comer que un muerto. Después pensé en la puerta cerrada con llave. Tampoco oía arriba ni abajo los pasos de ninguna persona viva. Yo solo había visto paredes. No había ni una silla pequeña, ni un tajo para cortar, ni un banco, ni una mesa. No había ni siquiera un arcaz como el del clérigo. Al final, parecía una casa encantada. Entonces me dijo:

"Tú, mozo, ¿has comido?"

"No, señor —dije yo—. Cuando encontré a vuestra merced, aún no eran las ocho."

"Pues yo, aunque era temprano, ya había almorzado. Y cuando como algo así, te hago saber que sigo así hasta la noche. Por eso, pasa el día lo mejor posible. Después cenaremos."

Crea vuestra merced esto: cuando le oí decir aquello, casi me caí al suelo. No fue tanto por el hambre. Fue porque vi que la fortuna estaba totalmente contra mí. Allí volví a recordar mis penas y volví a llorar por ellas. Allí recordé también lo que pensé cuando quería dejar al clérigo. Pensaba esto. Aquel clérigo era desgraciado y avaro, pero quizás iba a encontrar a otro peor. Al final, allí lloré mi dura vida pasada y mi muerte ya cercana. Aun así, lo disimulé lo mejor que pude y dije:

"Señor, soy un mozo que no se preocupa mucho por comer, gracias a Dios. Por eso puedo alabarme entre todos los mozos de mi edad: como menos que todos. Todos mis amos hasta hoy me han alabado por esto."

"Esa es una virtud —dijo él—, y por eso te voy a querer más. Porque llenar el estómago es cosa de cerdos. Comer con medida es cosa de hombres de bien."

"¡Bien te he entendido! —pensé yo—. ¡Maldita sea tanta medicina y tanta bondad! ¡Eso encuentran en el hambre estos amos míos!"

Me puse en un lado de la entrada. Saqué de la camisa unos trozos de pan. Me quedaban de los que me habían dado por Dios. Él lo vio y me dijo:

"Ven aquí, mozo. ¿Qué comes?"

Me acerqué a él y le enseñé el pan. Eran tres trozos. Él me quitó uno, el mejor y el más grande, y me dijo:

"Por mi vida, este pan parece bueno."

"¿Cómo? —dije yo—. ¿Ahora, señor, es bueno?"

"Sí, de verdad —dijo él—. ¿Dónde lo has conseguido? ¿Lo han hecho unas manos limpias?"

"Yo eso no lo sé —le dije—. Pero a mí su sabor no me da asco."

"Que Dios lo quiera así" —dijo mi pobre amo.

Se lo llevó a la boca. Empezó a dar mordiscos tan feroces como los míos.

"Este pan está riquísimo, por Dios" —dijo.

Entonces entendí de qué pie cojeaba mi amo, y por eso me di prisa. Vi que, si terminaba antes que yo, iba a ofrecerme su ayuda con mi pan. Así terminamos casi al mismo tiempo. Mi amo empezó a sacudirse con las manos unas pocas migas muy pequeñas. Las tenía en el pecho. Entró en una habitación pequeña que había allí. Sacó un jarro con la boca rota, no muy nuevo. Bebió y después me lo ofreció. Yo, para parecer un mozo moderado, dije:

"Señor, no bebo vino."

"Es agua —me respondió—. Puedes beber."

Entonces tomé el jarro y bebí, pero no mucho, porque mi problema no era la sed.

Así estuvimos hasta la noche. Él me preguntaba cosas y yo le contestaba lo mejor que sabía. En ese tiempo me llevó a la habitación del jarro y me dijo:

"Mozo, ponte allí y mira cómo hacemos esta cama. Así sabrás hacerla de ahora en adelante."

Yo me puse a un lado y él al otro, e hicimos la miserable cama. No había mucho que hacer. Sobre unos bancos había un cañizo. Sobre el cañizo estaba la ropa de cama. Esa ropa no se lavaba mucho. Por eso no parecía un colchón, aunque servía de colchón. Tenía mucha menos lana de la necesaria. La extendimos e intentamos ablandarla. Pero eso era imposible, porque lo duro no se puede hacer blando. Aquel maldito colchón no tenía nada dentro. Por eso, sobre el cañizo se veían todas las cañas. Parecían las costillas de un cerdo muy flaco. Sobre aquel colchón hambriento había un alfamar del mismo tipo. Yo no pude saber de qué color era.

Cuando terminamos la cama, ya era de noche. Mi amo me dijo:

"Lázaro, ya es tarde, y la plaza está lejos de aquí. Además, en esta ciudad hay muchos ladrones. Por la noche roban las capas a la gente. Vamos a pasar la noche lo mejor posible. Mañana, por la mañana, Dios nos hará algún favor. Yo vivo solo, y por eso no tengo comida en casa. Estos días he comido fuera. Pero ahora vamos a hacerlo de otra manera."

"Señor —dije yo—, vuestra merced no debe preocuparse por mí. Sé pasar una noche sin comer, y más noches si es necesario."

"Vivirás más años y con más salud —me respondió—. Porque, como decíamos hoy, para vivir mucho no hay nada mejor que comer poco."

"Si es así —pensé yo—, yo no voy a morir nunca. Siempre he seguido esa regla a la fuerza. Y con mi mala suerte, espero seguirla toda mi vida."

Mi amo se acostó en la cama. Puso las calzas y el jubón debajo de la cabeza. Me mandó acostarme a sus pies, y yo lo hice. ¡Pero no dormí nada, maldita sea! Porque las cañas y mis huesos salidos no dejaron de pelear toda la noche. Tenía trabajos, males y hambre. Por eso creo que en mi cuerpo no había ni una libra de carne. Además, ese día casi no había comido nada. Estaba loco de hambre, y el hambre no es amiga del sueño. Me maldije mil veces, ¡que Dios me perdone!, y maldije mi mala fortuna. Hice esto casi toda la noche. Y lo peor: no me atrevía a moverme, para no despertar a mi amo. Muchas veces le pedí a Dios la muerte.

Por la mañana nos levantamos. Mi amo empezó a limpiar y sacudir sus calzas, su jubón, su sayo y su capa. Yo lo ayudaba como un criado atento. Se vistió despacio, muy a su gusto. Le eché agua en las manos. Se peinó y puso la espada en el talabarte. Mientras la ponía, me dijo:

"¡Oh, mozo, no sabes qué espada es esta! Ningún marco de oro del mundo puede comprarla. De todas las espadas de Antonio, ninguna tiene un acero tan bueno como esta."

La sacó de la vaina y la tocó con los dedos. Dijo:

"¿La ves? Me comprometo a cortar con ella un copo de lana."

Y yo pensé:

"Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, puedo cortar un pan de cuatro libras."

Volvió a meter la espada en la vaina y se la puso a la cintura. En el talabarte llevaba también un rosario de cuentas gruesas. Caminaba con paso tranquilo y el cuerpo derecho. Movía el cuerpo y la cabeza con mucha elegancia. Se echaba el extremo de la capa sobre el hombro y a veces bajo el brazo. Ponía la mano derecha en el costado. Así salió por la puerta y dijo:

"Lázaro, cuida la casa mientras voy a oír misa. Haz la cama. Ve al río a buscar agua con la vasija. El río está aquí abajo. Cierra la puerta con llave, para evitar robos. Pon la llave aquí, en este hueco de la puerta. Así, si vuelvo mientras tanto, puedo entrar."

Subió por la calle con un aspecto muy elegante. Quien no lo conocía podía pensar que era pariente muy cercano del conde de Arcos. O por lo menos, el criado que lo vestía.

"Bendito seas, Señor —seguí diciendo yo—. Tú das la enfermedad y pones el remedio. ¿Quién no va a pensar, al ver a mi señor, que anoche cenó bien? ¿Quién no va a pensar que durmió en una buena cama? Va tan contento de sí mismo. Y aunque es temprano, todos van a pensar que ya ha almorzado muy bien. ¡Grandes secretos son los que tú haces, Señor, y la gente no los conoce! ¿A quién no va a engañar esa buena figura, esa capa y ese sayo? ¿Quién va a pensar que ese hombre elegante pasó ayer todo el día sin comer? Solo comió un trozo de pan. Su criado Lázaro lo tuvo un día y una noche en el arca de su camisa. Allí no podía estar muy limpio. Y hoy se ha lavado las manos y la cara, pero no tenía toalla. Se ha secado con la falda del sayo. Seguro que nadie lo sospecha. ¡Oh, Señor, cuántos hombres como él debes de tener por el mundo! Sufren por esa maldita cosa que llaman honra lo que no sufrirían por ti."

Así estaba yo en la puerta, mirando y pensando en estas y otras muchas cosas. Mi amo llegó al final de la calle larga y estrecha y desapareció. Cuando lo vi desaparecer, volví a entrar en casa. En un credo recorrí toda la casa, arriba y abajo. No paré en ningún sitio, porque no encontré nada. Hice la dura y miserable cama, tomé el jarro y fui al río.

Allí, en una huerta, vi a mi amo. Estaba muy ocupado enamorando a dos mujeres rebozadas. Parecían de esas mujeres que en aquel lugar no faltan. Muchas tienen esta costumbre: en las mañanas de verano van a esas orillas frescas. Van allí a tomar el fresco y a almorzar. No llevan nada de comer, porque están seguras: alguien se lo va a dar. Los hidalgos del lugar les han enseñado esa costumbre.

Como digo, él estaba entre ellas hecho un Macías. Les decía más palabras dulces de las que escribió Ovidio. Ellas vieron que estaba muy tierno. Entonces no tuvieron vergüenza y le pidieron el almuerzo, con el pago de costumbre. Mi amo tenía la bolsa tan fría como el estómago caliente. Sintió tanto frío que perdió el color de la cara. Empezó a hablar mal y a poner malas excusas. Ellas debían de estar bien enseñadas. Notaron su enfermedad y lo dejaron, porque vieron lo que era.

Yo estaba comiendo unos tallos de col, y ese fue mi desayuno. Mi amo no me vio. Con mucho cuidado, como mozo nuevo, volví a casa. Pensé en barrer alguna parte de la casa, porque hacía mucha falta. Pero no encontré con qué barrer. Me puse a pensar qué hacer. Decidí esperar a mi amo hasta mediodía. Quizás iba a venir y a traer algo de comer. Pero esperé en vano.

Vi que ya eran las dos. Mi amo no venía y el hambre me apretaba. Entonces cerré la puerta y puse la llave donde él me mandó. Y volví a mi antiguo trabajo. Hablaba con voz baja y enferma. Tenía las manos cruzadas dentro de la camisa. Tenía a Dios delante de los ojos y su nombre en la lengua. Así empecé a pedir pan en las puertas de las casas más grandes. Este oficio yo lo había mamado con la leche. Quiero decir que lo aprendí del gran maestro, el ciego. Por eso fui un alumno muy bueno. En este pueblo no había caridad y el año no era muy bueno. Aun así, lo hice muy bien. Antes de las cuatro ya tenía cuatro libras de pan guardadas en el cuerpo. Y tenía más de otras dos en las mangas y en la camisa. Volví a casa. Al pasar por la tripería, le pedí comida a una de aquellas mujeres. Me dio un trozo de uña de vaca y unas pocas tripas cocidas.

Cuando llegué a casa, mi buen amo ya estaba allí. Tenía la capa doblada sobre el poyo y paseaba por el patio. Cuando entré, vino hacia mí. Pensé que quería reñirme porque llegaba tarde. Pero Dios lo hizo mejor. Me preguntó de dónde venía. Yo le dije:

"Señor, estuve aquí hasta las dos. Cuando vi que vuestra merced no venía, fui por la ciudad. Fui a pedir ayuda a la buena gente. Y me han dado esto que ve."

Le enseñé el pan y las tripas. Los llevaba en un extremo de la falda de mi ropa. Él puso buena cara y dijo:

"Pues yo te he esperado para comer. Como no venías, comí. Pero en eso has hecho como un hombre de bien. Porque es mejor pedir por Dios que robar. Que Él me ayude: eso me parece bien. Solo te pido una cosa: la gente no debe saber que vives conmigo. Lo digo por mi honra. Creo que será un secreto, porque en este pueblo me conocen muy poco. ¡Nunca debí venir aquí!"

"Por eso no se preocupe, señor —le dije yo—. Nadie me va a pedir esa cuenta, y yo no voy a darla."

"Ahora, pues, come, pecador. Si Dios quiere, pronto saldremos de esta necesidad. Aunque te digo una cosa: desde que entré en esta casa, nunca me ha ido bien. Debe de tener mal suelo. Hay casas desgraciadas y de mal pie, y pegan la desgracia a sus habitantes. Esta debe de ser sin duda una de ellas. Pero te prometo esto: al final del mes me voy de aquí. No me quedo en ella ni como regalo."

Me senté al final del poyo. No le hablé de lo que ya había comido, porque no quería parecer un glotón. Empecé a cenar y a morder mis tripas y mi pan. Y en secreto miraba a mi desgraciado señor. Él no quitaba los ojos de la falda de mi ropa. En ese momento me servía de plato. Que Dios tenga de mí tanta lástima como la que yo tenía de él. Yo sentía lo mismo que él sentía. Muchas veces lo había pasado, y lo pasaba cada día. Pensaba si era bueno invitarlo. Pero él me había dicho que ya había comido. Por eso pensaba que no iba a aceptar. Al final, yo deseaba una cosa: ver a aquel pecador ayudarse con mi trabajo. Yo quería verlo desayunar como el día anterior. Ahora era mejor momento, porque la comida era mejor y mi hambre era menor.

Dios quiso cumplir mi deseo, y creo que también el suyo. Empecé a comer, y él, mientras paseaba, se acercó a mí. Me dijo:

"Te digo una cosa, Lázaro: nunca he visto a un hombre comer con tanta gracia. Nadie te ve comer sin sentir ganas, incluso sin tener hambre."

"Las muy buenas ganas que tú tienes —pensé yo— te hacen ver hermosas las mías."

Aun así, decidí ayudarlo, porque él mismo se ayudaba y me abría el camino. Le dije:

"Señor, las buenas herramientas hacen al buen artesano. Este pan está riquísimo. Y esta uña de vaca está muy bien cocida y tiene muy buen sabor. Invita a comer a todo el mundo."

"¿Es uña de vaca?"

"Sí, señor."

"Te digo que es el mejor bocado del mundo. Ni el faisán me sabe tan bien."

"Pues pruebe, señor, y verá qué tal está."

Le puse en las uñas el otro trozo de uña de vaca. También le di tres o cuatro raciones del pan más blanco. Se sentó a mi lado y empezó a comer como alguien que tiene muchas ganas. Roía cada huesecillo mejor que un galgo suyo.

"Con almodrote —decía— esta es una comida excelente."

"Con mejor salsa lo comes tú", respondí yo en voz baja.

"Por Dios —dijo mi amo, el escudero—, qué bien me ha sabido. Parece que hoy no he comido ni un bocado."

"¡Que me lleguen los buenos años igual que esto es verdad!" —pensé yo.

Me pidió el jarro del agua, y se lo di tal como lo había traído. Era una señal: el agua no le faltaba, así que la comida no le había sobrado. Bebimos y nos fuimos a dormir muy contentos, como la noche anterior.

Para no alargar el cuento, así estuvimos ocho o diez días. Por la mañana, el pobre de mi amo salía con aquel contento y aquel paso medido. Iba a papar aire por las calles. Y tenía en el pobre Lázaro una cabeza de lobo. Yo pensaba muchas veces en mi mala suerte. Yo había escapado de amos malos y buscaba algo mejor. Y ahora encontraba a un amo que no me mantenía. Encima, yo tenía que mantenerlo a él.

Aun así, lo quería bien, porque veía que no tenía nada ni podía hacer más. Sentía por él más lástima que odio. Muchas veces yo lo pasaba mal para llevarle a casa algo de comer. Porque una mañana, el triste de mi amo se levantó en camisa. Subió a lo alto de la casa a hacer sus necesidades. Mientras tanto, yo quise salir de dudas. Desenrollé el jubón y las calzas que había dejado en la cabecera. Allí encontré una bolsita de terciopelo, doblada cien veces. No tenía ni una maldita blanca. Y no había señal de haberla tenido desde hacía mucho tiempo.

"Este —decía yo— es pobre, y nadie da lo que no tiene. Pero el ciego avaro y el clérigo desgraciado y avaro son otra cosa. A los dos se lo daba Dios. Al clérigo, por los besos en la mano. Y al ciego, por su lengua rápida. Y aun así me mataban de hambre. Es justo odiar a esos dos y tener lástima de este."

Dios es testigo de esto: hoy, cuando encuentro a alguien vestido como él, siento lástima. Veo aquel paso y aquel orgullo, y pienso que quizás sufre lo que él sufría. Y con toda su pobreza, me gustaría más servirle a él que a los otros. Lo digo por lo que he contado. Solo tenía de él una pequeña queja. Yo quería verlo con menos orgullo. Su necesidad subía mucho, y él podía bajar un poco su fantasía. Pero me parece que esa es ya una regla entre ellos. Aunque no tienen ni un cornado, el birrete tiene que estar en su sitio. Que el Señor los ayude, porque ya van a morir con este mal.

Yo vivía así, pero mi mala fortuna no estaba satisfecha de perseguirme. No me dejó seguir en aquella vida trabajosa y vergonzosa. Aquel año, en esta tierra, hubo muy poco pan. Por eso el Ayuntamiento decidió una cosa. Todos los pobres de fuera debían irse de la ciudad. Lo anunciaron con un pregón. A los pobres que encontraban después, les iban a dar azotes. Y así cumplieron la ley. Cuatro días después del pregón, vi una procesión de pobres. Los llevaban por las Cuatro Calles y les daban azotes. Esto me dio tanto miedo que nunca más me atreví a pedir.

Quien podía ver mi casa entonces, veía el ayuno. Veía la tristeza y el silencio de sus habitantes. Tanto que a veces estuvimos dos o tres días sin comer un bocado. Y no decíamos una palabra. A mí me dieron la vida unas mujeres pobres que hilaban algodón. Hacían bonetes y vivían al lado de nosotros. Yo era su vecino y las conocía. De lo poco que les daban, ellas me daban alguna cosita. Con eso yo iba pasando, muy mal.

Yo no sentía tanta lástima de mí como de mi pobre amo. En ocho días no comió ni un maldito bocado. Por lo menos, en casa no comimos nada. No sé cómo andaba, ni dónde, ni qué comía. ¡Y había que verlo bajar la calle a mediodía! Llevaba el cuerpo estirado, más largo que un galgo de buena raza. Y por esa maldita cosa que llaman honra, tomaba una paja. Y en casa no había muchas. Salía a la puerta y se limpiaba los dientes con ella. Y entre los dientes no tenía nada. Seguía quejándose de aquella mala casa. Decía:

"Esto se ve claramente: la culpa es de la mala suerte de esta casa. Como ves, es negra, triste, oscura. Mientras vivimos aquí, tenemos que sufrir. Ya quiero ver el fin de este mes, para salir de ella."

Un día estábamos en esta triste persecución del hambre. No sé por qué suerte, un real llegó a las pobres manos de mi amo. Vino a casa tan orgulloso como el dueño del tesoro de Venecia. Con la cara muy alegre y sonriente, me lo dio y dijo:

"Toma, Lázaro. Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y compra pan, vino y carne. ¡Vamos a romperle el ojo al diablo! Y otra cosa, para alegrarte: he alquilado otra casa. En esta casa desgraciada solo vamos a estar hasta el final del mes. ¡Maldita sea esta casa, y maldito el que puso en ella la primera teja! Porque entré en ella con mala suerte. Por Nuestro Señor, desde que vivo aquí, no he bebido una gota de vino. No he comido un bocado de carne. Y no he tenido ningún descanso. ¡Pero esta casa tiene un aspecto tan oscuro y tan triste! Ve y vuelve rápido, y hoy vamos a comer como condes."

Tomé mi real y mi jarro. Di prisa a mis pies y empecé a subir mi calle hacia la plaza. Iba muy contento y alegre. Pero ¿de qué me sirve? Mi triste fortuna tiene una regla: ninguna alegría me llega sin miedo. Y así fue esta vez. Subía por la calle y hacía cuentas. Pensaba cómo gastar el real de la mejor manera. Daba infinitas gracias a Dios porque mi amo ya tenía dinero. De pronto me encontré con un muerto. Muchos clérigos y otra gente lo bajaban por la calle en unas andas. Me arrimé a la pared para dejarles sitio. Cuando pasó el cuerpo, al lado de las andas iba una mujer. Debía de ser la mujer del muerto, y iba cubierta de ropa de luto. Con ella iban otras muchas mujeres. Ella iba llorando a grandes voces y decía:

"Marido y señor mío, ¿adónde os me llevan? ¡A la casa triste y desdichada, a la casa oscura y negra, a la casa donde nunca comen ni beben!"

Cuando oí aquello, el cielo y la tierra se juntaron para mí. Dije:

"¡Oh, pobre de mí! Llevan a este muerto a mi casa."

Dejé mi camino y pasé por medio de la gente. Corrí calle abajo tan rápido como pude hasta mi casa. Entré y cerré la puerta a toda prisa. Llamé a mi amo a gritos y me abracé a él. Le pedí ayuda para defender la entrada. Él se asustó un poco, porque pensó en otra cosa. Me dijo:

"¿Qué es eso, mozo? ¿Por qué gritas? ¿Qué te pasa? ¿Por qué cierras la puerta con tanta furia?"

"¡Oh, señor —dije yo—, venga aquí, que nos traen a un muerto!"

"¿Cómo es eso?", respondió él.

"Lo encontré aquí arriba, y su mujer venía diciendo: «Marido y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡A la casa oscura y negra, a la casa triste y desdichada, a la casa donde nunca comen ni beben!» Aquí, señor, nos lo traen."

Y, de verdad, mi amo no tenía motivos para estar muy alegre. Pero cuando oyó esto, se rio tanto que estuvo mucho tiempo sin poder hablar. Mientras tanto, yo ya había echado la aldaba de la puerta. Y puse el hombro contra ella para defenderla mejor. La gente pasó con su muerto, y yo todavía tenía miedo. Pensaba que iban a meterlo en casa. Después mi buen amo, ya más lleno de reír que de comer, me dijo:

"Es verdad, Lázaro. Por lo que va diciendo la viuda, tuviste razón en pensar lo que pensaste. Pero Dios lo ha hecho mejor, y pasan de largo. Así que abre, abre, y ve a buscar comida."

"Déjelos pasar, señor, hasta el final de la calle", dije yo.

Al fin mi amo vino a la puerta de la calle y la abrió. Me dio ánimo, y me hacía falta, porque tenía mucho miedo y estaba muy nervioso. Y volví a ponerme en camino. Aquel día comimos bien, pero yo no disfruté nada. Tampoco recuperé mi color en aquellos tres días. Y mi amo se reía cada vez que recordaba mi idea.

Así estuve algunos días con mi tercer y pobre amo, este escudero. Todos los días quería saber por qué había venido. Quería saber por qué se quedaba en esta tierra. Porque desde el primer día supe que era de fuera. Lo supe porque conocía y trataba a muy poca gente de aquí. Al fin se cumplió mi deseo y supe lo que quería saber. Un día habíamos comido bastante bien y él estaba algo contento. Me contó sus cosas. Me dijo que era de Castilla la Vieja. Había dejado su tierra solo para no quitarse el bonete ante un caballero, su vecino.

"Señor —dije yo—, ¿y si él era lo que usted dice? ¿Y si tenía más que usted? ¿No hacía usted mal en no quitárselo primero? Porque usted dice que él también se lo quitaba."

"Sí lo es, y sí lo tiene, y también él me lo quitaba a mí. Pero muchas veces yo me lo quitaba primero. Alguna vez él podía ser más atento y adelantarse."

"Me parece, señor —le dije yo—, que yo no miraría eso. Sobre todo con personas mayores que yo y más ricas."

"Eres un muchacho —me respondió— y no entiendes las cosas de la honra. Hoy la honra es toda la riqueza de los hombres de bien. Pues te hago saber una cosa: yo soy, como ves, un escudero. Pero te juro por Dios una cosa. Si encuentro al conde en la calle, debe quitarse muy bien el bonete. Si no, la próxima vez entraré en una casa, con la excusa de algún negocio. O cruzaré a otra calle, si la hay, antes de su llegada. Así no tendré que quitarme el bonete ante él. Un hidalgo no le debe nada a nadie, solo a Dios y al rey. Y un hombre de bien no debe descuidarse nunca: debe valorar mucho su persona. Recuerdo que un día, en mi tierra, insulté a un oficial. Quise pegarle, porque cada vez que me encontraba me decía: «Mantenga Dios a vuestra merced.» «Vos, don villano ruin —le dije yo—, ¿por qué no sois bien educado? ¿Manténgaos Dios me tenéis que decir, como a cualquiera?» Desde entonces, en todas partes, se quitaba el bonete y me hablaba como debía."

"¿Y no es buena manera de saludar a un hombre —dije yo— decirle «Manténgaos Dios»?"

"¡Mira bien lo que dices, en mala hora! —dijo él—. Eso se lo dicen a los hombres de poca categoría. Pero a los hombres más altos, como yo, no pueden decirles menos que esto. Deben decir: «Beso las manos de vuestra merced». O por lo menos, si el que me habla es caballero: «Bésoos, señor, las manos». Aquel hombre de mi tierra me llenaba de mantenimiento. Por eso no quise aguantarlo más. Nadie en el mundo, del rey para abajo, puede decirme «Manténgaos Dios». No lo aguanto ni lo aguantaré."

"Pecador de mí —dije yo—, por eso Dios tiene tan poco cuidado de mantenerte, porque no dejas que nadie se lo pida."

"Además —dijo él—, no soy tan pobre. En mi tierra tengo un solar de casas. Está a dieciséis leguas de donde nací, en aquella Costanilla de Valladolid. Las casas ahora no están de pie. Pero de pie y bien construidas, valdrían más de doscientos mil maravedís. Porque se podrían hacer grandes y buenas. También tengo un palomar. Ahora está en ruinas. Sin esas ruinas, daría más de doscientos palominos cada año. Y tengo otras cosas que no digo. Las dejé por mi honra. Vine a esta ciudad porque pensaba encontrar un buen puesto. Pero no me ha salido como pensaba. Encuentro muchos canónigos y señores de la iglesia. Pero es gente tan limitada que todo el mundo junto no puede cambiar sus costumbres. Los caballeros de categoría media también me llaman. Pero servir a estos es muy duro. Porque de hombre te tienes que convertir en malilla. Y si no, te dicen: «Andad con Dios». La mayoría de las veces, el pago llega muy tarde. Y casi siempre, y esto es lo más seguro, trabajas comido por servido. A veces quieren limpiar su conciencia y pagar tu sudor. Entonces te pagan con ropa de su armario. Te dan un jubón sudado, o una capa o un sayo muy gastados. Cuando un hombre entra a servir a un señor de título, también sufre su miseria. ¿Y acaso no tengo yo habilidad para servir y contentar a estos señores? Por Dios, si encuentro a uno, quiero ser su amigo preferido y hacerle mil servicios. Porque sé mentir tan bien como cualquier otro. Y sé agradar a las mil maravillas. Voy a reírme mucho de sus bromas y sus costumbres. Y eso incluso si no son las mejores del mundo. Nunca voy a decirle nada desagradable, incluso si es muy útil para él. Voy a ser muy diligente con su persona, de palabra y de obra. No me voy a matar por hacer bien las cosas que él no va a ver. Voy a reñir a los criados cerca de él. Así me va a oír, y voy a parecer muy preocupado por sus cosas. Si él riñe a algún criado, diré unas palabritas agudas para encender más su ira. Van a parecer palabras a favor del culpable. Voy a hablar bien de lo que le gusta. Y por el contrario, voy a ser malicioso y burlón. Voy a hablar mal de los de casa y de los de fuera. Voy a investigar la vida de los demás para contársela. Y haré otras muchas gracias de este tipo, que hoy se usan en palacio. A los señores de palacio les gustan estas cosas. No quieren ver en sus casas a hombres virtuosos. Al contrario, los odian y los valoran poco. Los llaman tontos. Dicen que no son personas de negocios, ni personas de confianza para el señor. Con estos señores, los astutos hacen hoy lo que yo haría. Pero mi fortuna no me deja encontrar a ese señor."

Así lamentaba también mi amo su mala fortuna, y me hablaba de su valiosa persona.

Estábamos en esto cuando entraron por la puerta un hombre y una vieja. El hombre le pidió el alquiler de la casa, y la vieja el de la cama. Hicieron la cuenta. Por dos meses le pedían lo que él no ganaba en un año. Creo que fueron doce o trece reales. Él les respondió muy bien. Dijo que iba a salir a la plaza a cambiar una moneda de dos. Ellos podían volver por la tarde. Pero su salida fue sin vuelta. Por la tarde ellos volvieron, pero ya era tarde. Yo les dije que aún no había venido. Llegó la noche, y él no llegó. Yo tenía miedo de quedarme solo en casa. Fui a las vecinas, les conté el caso y dormí allí. Por la mañana los acreedores volvieron. Preguntaron por el vecino, pero en esta otra puerta. Las mujeres respondieron:

"Aquí tienen a su mozo y la llave de la puerta."

Ellos me preguntaron por él. Les dije que no sabía dónde estaba. Les dije que no había vuelto a casa desde que salió a cambiar la moneda. Y les dije lo que yo pensaba: se había ido con el cambio. Nos había dejado a ellos y a mí. Cuando oyeron esto, fueron a buscar a un alguacil y a un escribano. Enseguida volvieron con ellos. Tomaron la llave, me llamaron a mí y llamaron a testigos. Abrieron la puerta. Entraron a embargar los bienes de mi amo hasta cobrar su deuda. Anduvieron por toda la casa y la encontraron vacía, como ya he contado. Entonces me dijeron:

"¿Qué ha pasado con los bienes de tu amo? ¿Dónde están sus arcas, sus paños de pared y sus muebles?"

"Yo no lo sé", les respondí.

"Sin duda —dijeron ellos—, esta noche deben de haberlo sacado y llevado a algún sitio. Señor alguacil, detenga a este mozo. Él sabe dónde está."

Entonces vino el alguacil. Me agarró por el cuello del jubón y dijo:

"Muchacho, estás detenido si no dices dónde están los bienes de tu amo."

Yo nunca me había visto en una situación así. Muchísimas veces me habían agarrado por el cuello, pero suavemente. Era para enseñar el camino al que no veía. Tuve mucho miedo y, llorando, prometí decir lo que me preguntaban.

"Bien —dijeron ellos—. Pues di todo lo que sabes y no tengas miedo."

El escribano se sentó en un poyo para escribir el inventario. Me preguntó qué tenía mi amo.

"Señores —dije yo—, según me dijo mi amo, tiene un solar de casas muy bueno. También tiene un palomar en ruinas."

"Bien —dijeron ellos—. Incluso si eso vale poco, es bastante para cobrar la deuda. ¿Y en qué parte de la ciudad está?", me preguntaron.

"En su tierra", respondí.

"Por Dios, qué buen negocio —dijeron ellos—. ¿Y dónde está su tierra?"

"Él me dijo que era de Castilla la Vieja", les dije yo.

El alguacil y el escribano se rieron mucho y dijeron:

"Esta información es bastante para cobrar vuestra deuda, y hasta una deuda mejor."

Las vecinas, que estaban presentes, dijeron:

"Señores, este es un niño inocente. Hace pocos días que está con ese escudero. No sabe de él más que vuestras mercedes. Solo sabemos que el pobrecito viene aquí, a nuestra casa. Le damos de comer lo que podemos, por amor de Dios. Y por las noches se iba a dormir con él."

Vieron mi inocencia y me dejaron libre. El alguacil y el escribano pidieron su pago al hombre y a la mujer. Hubo una gran pelea y mucho ruido. El hombre y la mujer decían que no tenían que pagar. Porque no había nada, y no se hacía el embargo. Los otros decían una cosa: por venir allí, no habían ido a otro negocio más importante. Al final, después de muchos gritos, un porquerón cargó con el viejo alfamar de la vieja. Pero no iba muy cargado. Allá se fueron los cinco, gritando. No sé cómo terminó. Creo que el pobre alfamar pagó por todos, y se lo merecía. Porque ya debía reposar y descansar de sus trabajos pasados, y todavía andaba alquilándose.

Así, como he contado, me dejó mi pobre tercer amo. Allí terminé de conocer mi mala suerte. Todo estaba contra mí, y todos mis negocios iban al revés. Normalmente, los mozos dejan a los amos. Pero conmigo no fue así: mi amo me dejó a mí y huyó de mí.

### Glosario

- **vuestra merced**: forma muy educada de hablar a una persona importante. De aquí viene "usted". Lázaro escribe a esta persona.
- **amo**: persona para la que trabaja un criado.
- **mozo**: chico joven que trabaja para un amo.
- **escudero**: noble pobre, de la clase más baja de los nobles.
- **hidalgos**: nobles de clase baja.
- **honra**: buena fama de una persona ante los demás.
- **limosna**: dinero o comida que se da a los pobres.
- **poyo**: banco de piedra junto a la pared.
- **cañizo**: base de cañas para la cama.
- **alfamar**: manta para la cama.
- **calzas**: ropa que cubre las piernas.
- **jubón**: ropa corta y estrecha que cubre el pecho.
- **sayo**: ropa larga, como una chaqueta.
- **talabarte**: cinturón para llevar la espada.
- **Antonio**: hombre famoso que hacía espadas.
- **credo**: oración corta. "En un credo" quiere decir "en muy poco tiempo".
- **mujeres rebozadas**: mujeres con la cara medio cubierta.
- **hecho un Macías**: como un enamorado muy apasionado. Macías fue un poeta famoso por su amor.
- **Ovidio**: poeta antiguo que escribió sobre el amor.
- **de qué pie cojeaba**: cuál era su problema o su debilidad.
- **tripería**: lugar donde venden tripas.
- **tripas**: parte interior de la barriga de los animales. Se comen cocidas.
- **uña de vaca**: pata de vaca cocida.
- **almodrote**: salsa de aceite, ajo y queso.
- **galgo**: perro delgado que corre mucho.
- **pícaro**: persona que engaña y vive sin trabajar.
- **mendigo**: persona pobre que pide dinero o comida.
- **perezoso**: que no quiere trabajar.
- **peinado**: con el pelo bien arreglado.
- **rezado**: forma de "rezar": hablar con Dios, decir oraciones.
- **almorzado**: forma de "almorzar": aquí, comer por la mañana.
- **trozo**: parte pequeña de algo.
- **trozos**: partes pequeñas de algo.
- **riquísimo**: muy rico, de muy buen sabor.
- **jarro**: recipiente con asa para el agua o el vino.
- **colchón**: parte blanda de la cama, donde se duerme.
- **criado**: persona que sirve en la casa de un amo.
- **maldije**: forma de "maldecir": decir palabras contra alguien, desearle el mal.
- **vaina**: funda donde se guarda la espada.
- **falda**: parte baja de una ropa.
- **hidalgo**: noble de clase baja.
- **oficial**: hombre que hace un trabajo con las manos, como un zapatero.
- **papar aire**: andar por la calle sin hacer nada.
- **cabeza de lobo**: algo que una persona usa para conseguir ayuda de otros.
- **mantener**: dar a alguien lo necesario para vivir, sobre todo la comida.
- **Manténgaos Dios**: saludo antiguo: "Que Dios le dé lo necesario para vivir".
- **Beso las manos de vuestra merced**: saludo antiguo muy educado. "Bésoos, señor, las manos" es otra forma del mismo saludo.
- **bonete**: gorro.
- **birrete**: gorro.
- **cornado**: moneda antigua de muy poco valor.
- **blanca**: moneda de muy poco valor.
- **real**: moneda de plata. Vale más que el maravedí.
- **Ayuntamiento**: gobierno de la ciudad.
- **pregón**: noticia que se dice en voz alta en la calle.
- **azotes**: golpes dados con un látigo.
- **andas**: mesa larga para llevar a un muerto a hombros.
- **aldaba**: pieza de hierro que cierra una puerta por dentro.
- **solar**: terreno o casa de una familia.
- **palomar**: casa pequeña para criar palomas.
- **legua**: medida antigua de distancia, unos cinco kilómetros.
- **malilla**: carta de la baraja que sirve para todo.
- **comido por servido**: trabajando solo por la comida, sin pago.
- **acreedores**: personas a las que alguien debe dinero.
- **alguacil**: hombre que detiene a la gente y cumple las órdenes de los jueces.
- **escribano**: hombre que escribe documentos oficiales.
- **embargar**: quitarle a alguien sus cosas por orden de un juez para pagar lo que debe.
- **porquerón**: ayudante del alguacil.
- **romperle el ojo al diablo**: hacer algo alegre para enfadar al diablo.
- **maravedí**: moneda antigua de poco valor.
- **paja**: tallo seco de los cereales. También, la cama hecha con él.
- **arca**: caja grande de madera con tapa y llave.
- **capa**: ropa larga sin mangas que se lleva sobre los hombros.
- **quitarse el bonete**: quitarse el gorro para saludar con respeto.

## Tratado cuarto

Cómo Lázaro entró a servir a un fraile de la Merced, y de lo que le pasó con él

Tuve que buscar un cuarto amo. Este amo fue un fraile de la Merced. Me enviaron a él unas mujeres pobres. Ya he hablado de ellas. Eran las vecinas que hilaban algodón. Ellas lo llamaban pariente.

Este fraile era un gran enemigo del coro. También era enemigo de comer en el convento. Estaba loco por andar fuera. Era muy amigo de los negocios seglares y de hacer visitas. Tanto que creo que rompía más zapatos que todo el convento.

Este fraile me dio zapatos. Fueron los primeros que rompí en mi vida. Pero no me duraron ocho días. Y yo tampoco pude durar más con su trote. Por esto dejé a este amo. Y también por otras cosillas que no digo.

### Glosario

- **amo**: persona para la que trabaja un criado.
- **fraile de la Merced**: religioso de un grupo que ayudaba a liberar cautivos.
- **hilaban**: hacían hilo con el algodón. El hilo sirve para hacer tela.
- **pariente**: persona de la misma familia.
- **coro**: lugar de la iglesia donde los frailes rezan y cantan juntos.
- **convento**: casa donde viven frailes o monjas.
- **negocios seglares**: asuntos del mundo, que no son de la Iglesia.
- **trote**: forma de andar muy rápida, como la de un caballo.
- **cosillas**: cosas pequeñas.

## Tratado quinto

Cómo Lázaro entró a servir a un buldero, y de las cosas que le pasaron con él

Mi suerte me llevó a mi quinto amo, que fue un buldero. Era el hombre más atrevido y más sinvergüenza de todos. Y nadie repartía tantas bulas como él. Yo nunca vi a otro igual, y no espero verlo. Creo que nadie lo vio nunca. Porque tenía y buscaba muchas maneras y trucos muy astutos.

Íbamos a los pueblos para presentar la bula. Al entrar en ellos, mi amo presentaba primero algunas cosillas a los clérigos o curas. No eran cosas de mucho valor. Les daba una lechuga murciana, si era el tiempo. También daba un par de limas o naranjas, o un melocotón. Otras veces daba un par de duraznos, o una pera verde a cada uno. Así intentaba tenerlos contentos, para recibir su ayuda en el negocio. Ellos debían llamar a sus feligreses a tomar la bula.

Cuando los clérigos le daban las gracias, él preguntaba para saber cuánto habían estudiado. Si decían que entendían latín, no hablaba ni una palabra de latín, para no equivocarse. Usaba un castellano bonito y bien hecho, y hablaba sin ninguna dificultad. Pero a veces sabía que aquellos clérigos eran de los reverendos. Quiero decir, de esos sacerdotes hechos más con dinero que con estudios y con reverendas. Entre ellos se hacía un Santo Tomás y hablaba dos horas en latín. Por lo menos parecía latín, aunque no lo era.

Cuando la gente no tomaba las bulas por las buenas, él buscaba otra manera. La obligaba por las malas. A veces causaba problemas al pueblo. Otras veces usaba trucos muy hábiles. Yo le vi hacer muchos, y contarlos todos es muy largo. Por eso contaré solo uno, muy astuto y gracioso. Con él voy a demostrar bien lo que sabía hacer mi amo.

En un pueblo de la Sagra de Toledo, mi amo había predicado dos o tres días. Hizo todo lo que hacía siempre, pero nadie le tomó una bula. Y yo creo que no pensaban tomarla. Mi amo estaba furioso por aquello. Pensó qué hacer. Entonces decidió invitar al pueblo a la mañana siguiente, para despedir la bula.

Esa noche, después de cenar, mi amo y el alguacil se pusieron a jugar. Jugaban para saber quién pagaba los dulces de la cena. Por el juego empezaron a discutir y a decirse malas palabras. Mi amo llamó ladrón al alguacil, y el alguacil le llamó falsario.

Estaban jugando en el portal, y allí había una lanza corta. Entonces el señor comisario, mi amo, la tomó. El alguacil puso la mano en su espada, que llevaba en la cintura. Todos dimos voces. Con el ruido y los gritos llegaron los huéspedes y los vecinos. Se pusieron en medio de los dos. Los dos, muy enfadados, querían soltarse de la gente para matarse. Pero el gran ruido atraía a más gente, y la casa se llenó. Vieron que no podían pelear con las armas, y empezaron a insultarse. Entre otras cosas, el alguacil dijo a mi amo que era un falsario. Dijo también que las bulas que predicaba eran falsas.

Por fin, la gente del pueblo vio que no podía ponerlos en paz. Entonces decidieron llevar al alguacil de la posada a otro lugar. Mi amo se quedó muy enfadado. Los huéspedes y los vecinos le rogaron olvidar su enfado e irse a dormir. Por fin se fue a dormir. Y así nos acostamos todos.

Por la mañana, mi amo fue a la iglesia. Mandó tocar las campanas para la misa y el sermón de despedida de la bula. La gente se juntó. Todos hablaban mal de las bulas en voz baja. Decían que eran falsas. Decían que el mismo alguacil lo había descubierto en la pelea. Ya antes tenían pocas ganas de tomar la bula. Ahora, con aquello, la odiaban por completo.

El señor comisario subió al púlpito y empezó su sermón. Animaba a la gente a tomar la bula. No debían quedarse sin el gran bien y la indulgencia que traía. En la mejor parte del sermón, el alguacil entró por la puerta de la iglesia. Rezó una oración y se levantó. Entonces, con voz alta y lenta, como un hombre serio, empezó a decir:

"Buenos hombres, oídme una palabra. Después podéis oír a cualquier otro. Yo vine aquí con este echacuervo que os predica. Él me engañó. Me pidió ayuda en este negocio y me dijo que íbamos a partir la ganancia. Pero ahora veo el daño para mi conciencia y para vuestros bienes. Me arrepiento de lo que hice. Por eso os digo claramente que las bulas que predica son falsas. No le creáis y no las toméis. Yo no tengo parte en ellas, ni *directe* ni *indirecte*. Desde ahora dejo la vara, y la tiro al suelo. Si algún día castigan a este hombre por su falsedad, sed vosotros mis testigos. Yo no estoy con él y no le ayudo. Al contrario: yo os digo la verdad y os descubro su maldad."

Así acabó su discurso. Algunos hombres honrados que estaban allí quisieron levantarse. Querían echar al alguacil de la iglesia, para evitar un escándalo. Pero mi amo los detuvo. Mandó a todos, bajo pena de excomunión, no molestarlo. Debían dejarlo decir todo lo que quería. Y él también guardó silencio mientras el alguacil decía todo lo que he contado.

Cuando el alguacil calló, mi amo le dijo que, si quería decir más, podía decirlo. El alguacil dijo:

"Hay mucho más que decir de usted y de su falsedad, pero por ahora es suficiente."

El señor comisario se puso de rodillas en el púlpito. Juntó las manos, miró al cielo y dijo:

"Señor Dios, para ti nada está escondido y todo está claro. Para ti nada es imposible y todo es posible. Tú sabes la verdad. Tú sabes que este hombre me insulta sin ninguna justicia. Por mi parte, yo le perdono, para recibir tu perdón, Señor. No mires a ese hombre, que no sabe lo que hace ni lo que dice. Pero él también te ha insultado a ti, y eso no debes dejarlo pasar. Te lo ruego, y te lo pido por justicia. Porque aquí hay alguien que quizá pensaba tomar esta santa bula. Y ahora no va a tomarla, porque cree las falsas palabras de ese hombre. Eso hace mucho daño al prójimo. Por eso te ruego, Señor: no lo dejes pasar. Muestra aquí un milagro ahora mismo, de esta manera. Si ese hombre dice la verdad, yo traigo maldad y falsedad. Entonces, que este púlpito se hunda conmigo siete estados bajo la tierra. Y que nunca más aparezcamos, ni él ni yo. Pero si yo digo la verdad, ese hombre dice maldades, persuadido por el demonio. Quiere quitar un bien tan grande a los que están aquí. En ese caso, que él también reciba su castigo, y que todos conozcan su maldad."

Mi devoto señor apenas acabó su oración, cuando el maldito alguacil cayó de su estado. Dio un golpe tan grande en el suelo que sonó toda la iglesia. Empezó a gritar como un animal, y le salía espuma por la boca. Torcía la boca y hacía caras muy feas. Daba golpes con los pies y con las manos. Y rodaba por el suelo de un lado a otro. El ruido y los gritos de la gente eran tan grandes que nadie oía a nadie. Algunos estaban asustados y tenían miedo. Unos decían:

"Que el Señor le ayude y le salve."

Otros:

"Se lo merece, porque decía cosas muy falsas."

Por fin, algunos hombres se acercaron, y creo que con mucho miedo. Le agarraron los brazos, porque con ellos daba fuertes puñetazos a los que estaban cerca. Otros le tiraban de las piernas y las sujetaban con fuerza. Lo hacían porque ninguna mala mula del mundo daba coces tan fuertes. Lo sujetaron así mucho tiempo, porque más de quince hombres estaban sobre él. Y él los golpeaba a todos con las manos. Si no tenían cuidado, les daba en los hocicos.

Durante todo esto, el señor mi amo seguía de rodillas en el púlpito. Tenía las manos y los ojos puestos en el cielo. Su alma estaba con Dios. El llanto, el ruido y los gritos no podían apartarlo de aquellos pensamientos divinos.

Aquellos buenos hombres fueron hasta él. Lo despertaron a gritos. Le rogaron ayudar a aquel pobre hombre, que estaba muriendo. Le dijeron que no debía pensar en las cosas pasadas ni en sus malas palabras. Porque el alguacil ya tenía su pago por ellas. Si podía librarlo de aquel peligro y sufrimiento, debía hacerlo por amor de Dios. Porque ellos veían clara la culpa del culpable. Y veían también la verdad y la bondad de mi amo. Porque él lo había pedido, y para vengarlo, el Señor había castigado sin esperar.

El señor comisario los miró, como quien despierta de un dulce sueño. Miró al delincuente y a todos los que estaban alrededor. Y muy despacio les dijo:

"Buenos hombres, vosotros nunca debíais rogar por este hombre. Porque Dios lo ha señalado con una señal muy clara. Pero Dios nos manda no devolver mal por mal y perdonar los insultos. Por eso podemos rogarle con confianza: Señor, cumple lo que nos mandas. Y que Su Majestad perdone a este hombre. Él le ofendió, porque puso un obstáculo a su santa fe. Vamos todos a rogarle."

Mi amo bajó del púlpito. Pidió a todos rogar a Nuestro Señor con mucha devoción. Debían pedir el perdón para aquel pecador. Debían pedir también su salud y su sano juicio. Quizá Su Majestad había dejado entrar al demonio por aquel gran pecado. En ese caso, debían pedirle sacarlo de él.

Todos se pusieron de rodillas. Delante del altar, con los clérigos, empezaron a cantar una letanía en voz baja. Mi amo vino con la cruz y el agua bendita, y cantó sobre el alguacil. Después levantó las manos al cielo. Subió tanto los ojos que casi solo se veía un poco de blanco. Y empezó una oración, tan larga como devota. Con ella hizo llorar a toda la gente. Así lloran en los sermones de Pasión, cuando hay predicador y público devotos.

Rogó así a Nuestro Señor. Porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino su vida y su arrepentimiento. Aquel hombre había ido por el camino del demonio. Estaba persuadido por la muerte y el pecado. Mi amo pidió a Dios perdón, vida y salud para él. Así aquel hombre podía arrepentirse y confesar sus pecados.

Después mandó traer la bula y se la puso al alguacil en la cabeza. Entonces el pecador del alguacil empezó a mejorar poco a poco. Y volvió en sí. Cuando estuvo bien, se echó a los pies del señor comisario y le pidió perdón. Confesó que había dicho aquellas cosas por la boca y el mandato del demonio. Había dos razones. La primera era hacer daño a mi amo y vengarse de la pelea. La segunda era la más importante. El demonio sufría mucho, porque tomar la bula allí iba a hacer mucho bien.

El señor mi amo le perdonó, y los dos hicieron las paces. Y todos tenían tanta prisa por tomar la bula. Por eso casi ningún alma viva del pueblo quedó sin ella. La tomaron maridos y mujeres, hijos e hijas, mozos y mozas.

La noticia corrió por los pueblos de alrededor. Cuando llegábamos a ellos, no hacía falta sermón ni ir a la iglesia. La gente venía a la posada a tomar la bula. Las bulas parecían peras gratis. Así fuimos a diez o doce pueblos de aquella zona. En ellos el señor mi amo repartió otros tantos miles de bulas. Y lo hizo sin predicar ni un sermón.

Cuando mi amo hizo aquella comedia, confieso mi pecado: yo también me asusté. Creí que era verdad, como muchos otros. Pero después vi a mi amo y al alguacil reírse y burlarse del negocio. Entonces comprendí que todo era un invento de mi amo, tan hábil y tan inventor.

En otro pueblo nos pasó lo siguiente. No quiero decir su nombre, por su honra. Mi amo predicó dos o tres sermones, y nadie tomaba la bula. Mi astuto amo vio lo que pasaba. Decía que podían pagar en un año, pero eso no servía de nada. La gente seguía sin querer tomar la bula, y él perdía su trabajo.

Entonces mandó tocar las campanas para despedirse. Hizo su sermón y se despidió desde el púlpito. Cuando ya iba a bajar, nos llamó al escribano y a mí. Yo iba cargado con unas alforjas. Nos hizo llegar al primer escalón. Tomó las bulas que el alguacil llevaba en las manos y las de las alforjas. Las puso junto a sus pies. Después volvió al púlpito con cara alegre. Desde allí empezó a tirar sus bulas hacia todos los lados. Las tiraba de diez en diez y de veinte en veinte. Y decía:

"Hermanos míos, tomad, tomad de las gracias que Dios os envía hasta vuestras casas. Y no os duela, porque es una obra muy santa. Ayuda a liberar a los cautivos cristianos que están en tierra de moros. Esos cautivos pueden renegar de nuestra santa fe e ir a las penas del infierno. Por eso, ayudadlos con vuestra limosna. Ayudadlos por lo menos con cinco paternóster y cinco avemarías. Así saldrán de su cautiverio. Y estas bulas también sirven para vuestros padres, hermanos y parientes en el Purgatorio. Lo veréis en esta santa bula."

La gente vio que las tiraba así, y pensó que eran gratis. Pensó también que venían de la mano de Dios. Todos tomaban y tomaban. Las tomaban incluso para los niños de la cuna y para todos sus muertos. Contaban con los dedos, desde los hijos hasta el último criado. Tuvimos tanta prisa que casi me rompieron del todo un pobre sayo viejo que llevaba. Aseguro a vuestra merced una cosa. En poco más de una hora no quedó ni una bula en las alforjas. Tuvimos que ir a la posada por más.

Cuando todos las tomaron, mi amo habló desde el púlpito. Habló a su escribano y al del concejo. Les dijo que debían levantarse y escribir los nombres. Quería saber quién iba a gozar de la santa indulgencia. Quería saber quién iba a gozar de los perdones de la santa bula. Y así él podía dar buena cuenta a quien lo había enviado. Entonces todos, con mucho gusto, decían las bulas que habían tomado. Contaban en orden a los hijos, a los criados y a los muertos.

Cuando terminaron la lista, mi amo pidió un favor a los alcaldes. Tenía cosas que hacer en otro lugar. Por eso les pidió, por caridad, una orden para el escribano. El escribano debía darle la lista oficial de las bulas que quedaban allí. Según el escribano, eran más de dos mil.

Después mi amo se despidió con mucha paz y amor. Y nos marchamos de aquel pueblo. Pero antes de marcharnos, el teniente cura y los regidores le hicieron una pregunta. Querían saber algo de los niños que aún estaban en el vientre de sus madres. ¿Les servía la bula? Él respondió que, según sus estudios, no servía. Les dijo que debían preguntar a doctores más antiguos que él. Y les dijo que eso era lo que pensaba sobre aquel asunto.

Y así nos fuimos, todos muy alegres por el buen negocio. Mi amo decía al alguacil y al escribano:

"¿Qué os parece? Estos villanos creen que se salvan solo con decir: «Somos cristianos viejos». No hacen obras de caridad y no quieren poner nada de su dinero. Pues lo juro por vida del licenciado Pascasio Gómez. A su costa van a salir más de diez cautivos."

Y así fuimos a otro pueblo de aquella parte de Toledo. Estaba hacia la Mancha, como dicen. Allí encontramos gente todavía más terca en no tomar bulas. Mi amo y los demás hicimos todo lo posible. Pero en las dos fiestas que estuvimos allí, no repartimos ni treinta bulas.

Mi amo vio la gran pérdida y los muchos gastos. Y el astuto de mi amo tuvo esta idea para repartir sus bulas. Aquel día dijo la misa mayor. Después del sermón, volvió al altar. Tomó una cruz que llevaba, de poco más de un palmo. Encima del altar había un brasero con fuego. Lo habían traído para calentarse las manos, porque hacía mucho frío. Mi amo lo puso detrás del libro de la misa, y nadie se fijó en ello. Allí, sin decir nada, puso la cruz sobre el fuego.

Cuando acabó la misa y dio la bendición, tomó la cruz con un pañuelo. La llevaba bien envuelta en la mano derecha. En la otra mano llevaba la bula. Así bajó hasta el último escalón del altar. Allí hizo como que besaba la cruz. Y con una señal llamó a la gente a adorar la cruz.

Vinieron primero los alcaldes y los hombres más viejos del pueblo. Venían uno a uno, como es costumbre. El primero en llegar fue un alcalde viejo. Mi amo le dio a besar la cruz con mucha delicadeza. Pero el viejo se quemó la cara y se apartó rápidamente. Mi amo lo vio y le dijo:

"¡Despacio, tranquilo, señor alcalde! ¡Milagro!"

Lo mismo hicieron otros siete u ocho, y a todos les decía:

"¡Despacio, señores! ¡Milagro!"

Mi amo vio que ya bastaban los hombres de cara quemada como testigos del milagro. Entonces no quiso dar más la cruz a besar. Subió al pie del altar y desde allí dijo cosas maravillosas. Dijo que Dios había permitido aquel milagro por la poca caridad de aquella gente. Dijo que debían llevar aquella cruz a la santa iglesia mayor de su obispado. Dijo que la cruz ardía por la poca caridad del pueblo.

Hubo tanta prisa por tomar la bula que no bastaban dos escribanos para escribir. Tampoco bastaban los clérigos ni los sacristanes. Creo de verdad que tomaron más de tres mil bulas. Ya lo he dicho a vuestra merced.

Después, al marcharnos, mi amo fue con gran respeto a tomar la santa cruz. Era lo lógico. Dijo que iba a hacer poner la cruz en oro, como era lógico. El concejo y los clérigos del pueblo le rogaron mucho. Querían tener allí aquella santa cruz, en memoria del milagro. Él no quería de ninguna manera. Pero al fin, después de tantos ruegos, la dejó. A cambio le dieron otra cruz de plata, vieja y antigua. Según decían, podía pesar dos o tres libras.

Y así nos marchamos, alegres por el buen cambio y el buen negocio. Nadie vio nada de todo esto, solo yo. Porque yo había subido junto al altar para ver si quedaba algo en las ampollas. Quería ponerlo a salvo, como otras veces. Cuando mi amo me vio allí, se puso el dedo en la boca. Era una señal: yo tenía que callar. Y callé, porque me convenía. Aunque, después de ver el milagro, tenía muchas ganas de contarlo. Pero tenía miedo de mi astuto amo, y no pude contarlo a nadie. Nunca salió de mi boca, porque él me hizo jurar. Yo no debía descubrir el milagro. Y así lo he hecho hasta ahora.

Aunque yo era un muchacho, todo aquello me hizo mucha gracia. Y pensé:

"¡Cuántas de estas deben de hacer estos burladores entre la gente inocente!"

Finalmente, estuve con este quinto amo casi cuatro meses. En ese tiempo también pasé muchas fatigas. Pero él me daba bien de comer. Y lo pagaban los curas y otros clérigos de los lugares donde predicaba.

### Glosario

- **vuestra merced**: forma muy educada de hablar a una persona importante. De aquí viene "usted". Lázaro escribe a esta persona.
- **buldero**: hombre que vende bulas.
- **bula**: papel de la Iglesia. Se compra con dinero y perdona las penas por los pecados.
- **comisario**: hombre enviado para vender bulas.
- **feligreses**: personas que van a la iglesia de un cura.
- **falsario**: persona que hace cosas falsas para engañar.
- **púlpito**: lugar alto de la iglesia desde donde habla el sacerdote.
- **indulgencia**: perdón de la Iglesia de las penas por los pecados.
- **echacuervo**: mentiroso que engaña a la gente.
- **vara**: palo que lleva el alguacil como señal de su trabajo.
- **excomunión**: castigo de la Iglesia: la persona ya no puede estar en la comunidad cristiana.
- **estados**: medida antigua: la altura de un hombre.
- **letanía**: oración larga con peticiones repetidas.
- **alforjas**: dos bolsas unidas para llevar cosas al hombro o sobre un animal.
- **teniente cura**: sacerdote que ayuda al cura de un pueblo.
- **regidores**: hombres que gobiernan el pueblo con el alcalde.
- **brasero**: recipiente de metal con fuego para dar calor.
- **ampollas**: jarritas pequeñas de vino y agua para la misa.
- **palmo**: medida de la mano abierta, unos veinte centímetros.
- **bulas**: plural de "bula".
- **reverendas**: cartas de un obispo que permiten hacerse sacerdote. Lázaro juega con la palabra "reverendos".
- **estado**: aquí, la altura de un hombre. El alguacil cae de toda su altura.
- **atrevido**: que hace las cosas sin miedo y sin respeto.
- **sinvergüenza**: persona que hace cosas malas y no siente vergüenza.
- **astuto**: muy listo para engañar o para conseguir algo.
- **sermón**: discurso sobre la fe que da un sacerdote en la iglesia.
- **sermones**: plural de "sermón".
- **predicaba**: hablaba a la gente sobre la fe; aquí, también presentaba las bulas.
- **posada**: casa donde los viajeros comen y duermen por dinero.
- **huéspedes**: personas que duermen en una posada.
- **falsedad**: mentira, cosa que no es verdad.
- **campanas**: objetos de metal que suenan en la torre de la iglesia.
- **persuadido**: convencido por otro.
- **coces**: golpes que da con las patas un animal.
- **hocicos**: boca y nariz de un animal. Aquí, la cara de un hombre.
- **despacio**: lentamente, sin prisa.
- **cautivos**: personas presas en tierra enemiga.
- **gozar**: tener algo bueno y disfrutar de ello.
- **amo**: persona para la que trabaja un criado.
- **alguacil**: hombre que detiene a la gente y cumple las órdenes de los jueces.
- **clérigos**: sacerdotes.
- **escribano**: hombre que escribe documentos oficiales.
- **alcaldes**: jefes del gobierno de un pueblo.
- **sayo**: ropa larga, como una chaqueta.
- **Purgatorio**: según la Iglesia, lugar donde sufren las almas antes de ir al cielo.
- **limosna**: dinero o comida que se da a los pobres.
- **pecado**: acción mala contra las leyes de Dios.
- **misa**: ceremonia religiosa de los cristianos.

## Tratado sexto

Cómo Lázaro entró a servir a un capellán, y lo que le pasó con él

Después de esto, entré a servir a un maestro de pintar panderos. Mi trabajo era moler sus colores. Y también allí sufrí mil males.

En este tiempo yo ya era un buen mozuelo. Un día entré en la iglesia mayor. Un capellán de allí me tomó a su servicio. Me dio un asno, cuatro cántaros y un azote. Y empecé a vender agua por la ciudad.

Este fue el primer escalón que subí para llegar a una buena vida. Porque ya tenía comida a la medida de mi boca. Cada día daba a mi amo treinta maravedís de lo que ganaba. Los sábados ganaba para mí. Y entre semana, también era mío todo lo que pasaba de treinta maravedís.

Me fue tan bien en aquel oficio que pude ahorrar. Lo hice durante cuatro años. Cuidé bien lo que ganaba, y al final tuve bastante dinero. Con ese dinero pude vestirme muy honradamente con ropa vieja. Compré un jubón viejo de fustán. Compré también un sayo muy gastado, con mangas trenzadas y con abertura. También compré una capa, que antes había sido de lana rizada. Y compré una espada vieja, de las primeras de Cuéllar.

Cuando me vi con ropa de hombre de bien, hablé con mi amo. Le dije que debía tomar su asno. Porque ya no quería seguir en aquel oficio.

### Glosario

- **panderos**: instrumentos de música redondos, de piel, que se tocan con la mano.
- **mozuelo**: chico joven.
- **iglesia mayor**: la catedral, la iglesia principal de la ciudad.
- **capellán**: sacerdote que sirve en una iglesia o capilla.
- **cántaros**: recipientes grandes de barro para el agua.
- **azote**: látigo. También, golpe dado con él.
- **maravedís**: monedas antiguas de poco valor.
- **oficio**: trabajo.
- **jubón**: ropa corta y estrecha que cubre el pecho.
- **fustán**: tela gruesa de algodón.
- **sayo**: ropa larga, como una chaqueta.
- **hombre de bien**: hombre honrado y respetado.
- **moler**: romper algo hasta hacerlo polvo.
- **asno**: burro.
- **honradamente**: de manera honrada, como una persona respetada.
- **trenzadas**: hechas con tiras unidas, como el pelo en una trenza.
- **abertura**: parte abierta de una ropa.
- **rizada**: con pequeñas ondas, no lisa.
- **amo**: persona para la que trabaja un criado.
- **capa**: ropa larga sin mangas que se lleva sobre los hombros.
- **espada**: arma larga de hierro.

## Tratado séptimo

Cómo Lázaro entró a servir a un alguacil, y de lo que le pasó con él

Dejé al capellán. Después entré a servir como hombre de justicia con un alguacil. Pero viví muy poco tiempo con él. Porque aquel oficio me pareció peligroso. Sobre todo por lo que pasó una noche. Unos retraídos nos persiguieron a mi amo y a mí. Llevaban piedras y palos. Mi amo se quedó a esperarlos. Y lo trataron mal. Pero a mí no me alcanzaron. Por eso dejé aquel trabajo.

Entonces pensé en un modo de vivir seguro. Quería tener descanso y ganar algo para la vejez. Y Dios quiso darme luz. Quiso ponerme en un camino provechoso. Tuve la ayuda de amigos y señores. Y conseguí lo que buscaba. Así recibí el pago de todos mis trabajos y fatigas de antes. Conseguí un oficio real. Porque vi que solo prosperan los que tienen uno. Hoy vivo de ese oficio, al servicio de Dios y de vuestra merced.

Mi trabajo es este. Digo a voces los vinos que se venden en esta ciudad. También grito en las almonedas. Y anuncio las cosas perdidas. Acompaño a los que sufren persecuciones por la justicia. Y digo a gritos sus delitos. Soy pregonero, para decirlo en palabras claras.

En este oficio, un día ahorcábamos a un ladronzuelo en Toledo. Llevaba una buena soga de esparto. Entonces comprendí por fin una frase. Mi amo el ciego la había dicho en Escalona. Y me arrepentí del mal pago que le di. Porque él me enseñó mucho. Después de Dios, él me dio la habilidad. Así pude llegar a mi estado de ahora.

Me ha ido muy bien. Y hago este oficio con mucha facilidad. Por eso casi todo lo de este oficio pasa por mis manos. Todos piensan lo mismo en esta ciudad. Si alguien quiere vender vino o cualquier cosa, necesita a Lázaro de Tormes. Sin él, no va a ganar nada.

En este tiempo, el señor arcipreste de San Salvador vio mi habilidad. Vio también mi buena vida. Él es mi señor. Y es servidor y amigo de vuestra merced. Me conocía porque yo pregonaba sus vinos. Y buscó la manera de casarme con una criada suya. Yo vi que de tal persona solo podían venir bienes y favores. Por eso decidí hacerlo.

Y así me casé con ella. Hasta ahora no me he arrepentido. Porque ella es una buena chica, diligente y servicial. Y además, mi señor el arcipreste me da todo su favor y su ayuda. Durante el año le da a ella casi una carga de trigo. Se la da en varias veces. Por las Pascuas le da su carne. Algunas veces le da un par de bodigos. Y le da las calzas viejas que ya no usa. También nos hizo alquilar una casita junto a la suya. Los domingos y casi todas las fiestas comíamos en su casa.

Pero las malas lenguas no nos dejan vivir. Nunca faltaron y nunca faltarán. Dicen no sé qué, y sí sé qué. Lo dicen porque ven ir a mi mujer a casa del arcipreste. Va a hacerle la cama. Y va a cocinar para él. Y que Dios les ayude mejor de lo que ellos dicen la verdad.

Es cierto que en este tiempo siempre he tenido alguna sospechuela. También he tenido algunas malas cenas, por esperarla algunas noches. La he esperado hasta las laudes, y aun más tarde. Entonces he recordado lo que me dijo mi amo el ciego en Escalona. Lo dijo con la mano en el cuerno. Pero de verdad siempre pienso que el diablo me lo recuerda. Quiere hacerme infeliz en mi matrimonio. Y no le sirve de nada.

Porque ella no es mujer de esas burlas. Y además, mi señor me ha prometido algo. Y pienso que lo cumplirá. Un día me habló mucho tiempo delante de ella. Y me dijo:

"Lázaro de Tormes, quien mira lo que dicen las malas lenguas nunca va a prosperar. Digo esto por una razón. Alguien puede ver a tu mujer entrar en mi casa. Y puede verla salir de ella. Y a esa persona le puede extrañar. Ella entra con mucha honra para ti y para ella. Esto te lo prometo. Por eso, no mires lo que pueden decir. Mira lo que te importa a ti. Quiero decir, tu provecho."

"Señor —le dije—, yo decidí arrimarme a los buenos. Es verdad que algunos de mis amigos me han dicho algo de eso. Y me lo han asegurado más de tres veces. Dicen que, antes de casarse conmigo, ella había parido tres veces. Lo digo con respeto a vuestra merced. Porque ella está delante."

Entonces mi mujer hizo muchos juramentos contra sí misma. Yo pensé que la casa se iba a caer sobre nosotros. Después empezó a llorar. Echó maldiciones contra la persona que la había casado conmigo. Lo hizo de tal manera que yo quería estar muerto. Era mejor eso que haber dicho aquella palabra.

Pero yo por un lado y mi señor por otro hablamos mucho con ella. Le dijimos y le prometimos tantas cosas que dejó de llorar. Yo le juré que nunca más en mi vida iba a hablar de aquello. Juré también que me alegraba de verla entrar y salir. De noche y de día. Porque estaba muy seguro de su bondad. Y así quedamos los tres de acuerdo.

Hasta hoy, nadie nos ha oído hablar sobre el caso. Al contrario. A veces noto que alguien quiere decir algo de ella. Entonces lo corto y le digo:

"Mirad: si sois mi amigo, no me digáis cosas que me hacen daño. Yo no tengo por amigo al que me hace daño. Sobre todo si quieren ponerme mal con mi mujer. Ella es lo que más quiero en el mundo. Y la amo más que a mí mismo. Dios me hace con ella mil favores. Y me da más bien del que merezco. Juraré sobre la hostia consagrada una cosa. Es tan buena como cualquier mujer dentro de las puertas de Toledo. Quien me diga otra cosa, me mataré con él."

De esta manera nadie me dice nada. Y yo tengo paz en mi casa.

Esto fue el mismo año en que nuestro victorioso Emperador entró en esta famosa ciudad. Entró en Toledo y tuvo aquí Cortes. Y hubo grandes fiestas, como vuestra merced seguramente ha oído. En aquel tiempo yo estaba en mi prosperidad. Estaba en lo más alto de toda buena fortuna.

De lo que me pase de aquí en adelante, avisaré a vuestra merced.

### Glosario

- **vuestra merced**: forma muy educada de hablar a una persona importante. De aquí viene "usted". Lázaro escribe a esta persona. Cuando habla con el arcipreste, es el arcipreste.
- **alguacil**: hombre que detiene a la gente y cumple las órdenes de los jueces.
- **retraídos**: delincuentes escondidos en una iglesia para que nadie los detenga.
- **oficio real**: trabajo público que da el rey.
- **prosperan**: les va bien, ganan dinero y suben en la vida.
- **prosperar**: ganar dinero y subir en la vida.
- **persiguieron**: corrieron detrás de nosotros para atraparnos.
- **vejez**: última parte de la vida, cuando una persona es vieja.
- **fatigas**: trabajos duros, cansancio y sufrimiento.
- **persecuciones**: castigos y sufrimientos que da la justicia. Lázaro lo dice con ironía.
- **ahorcábamos**: matábamos a un hombre colgándolo de una cuerda por el cuello.
- **ladronzuelo**: ladrón de cosas pequeñas.
- **arrepentí**: sentí pena por lo que hice.
- **arrepentido**: que siente pena por lo que hizo.
- **pregonaba**: decía en voz alta por las calles.
- **criada**: mujer que trabaja en la casa de otra persona.
- **diligente**: que trabaja bien y con cuidado.
- **sospechuela**: pequeña duda: creer un poco que pasa algo malo.
- **infeliz**: que no es feliz.
- **maldiciones**: palabras con las que se pide algo malo para otra persona.
- **almonedas**: ventas públicas de cosas usadas.
- **pregonero**: hombre que dice noticias en voz alta por las calles.
- **soga**: cuerda gruesa.
- **esparto**: planta con la que se hacen cuerdas.
- **arcipreste**: sacerdote importante, jefe de otros sacerdotes.
- **bodigos**: panes pequeños que la gente llevaba a la iglesia como regalo.
- **calzas**: ropa que cubre las piernas.
- **malas lenguas**: gente que habla mal de otros.
- **laudes**: oraciones de la Iglesia al amanecer.
- **cuerno**: parte dura y larga en la cabeza del toro y de otros animales. También es señal de que la mujer de un hombre lo engaña con otro.
- **arrimarme**: acercarme mucho a algo o a alguien.
- **Cortes**: reunión del rey con representantes de las ciudades.
- **amo**: persona para la que trabaja un criado.
- **capellán**: sacerdote que sirve en una iglesia o capilla.
- **oficio**: trabajo.
- **honra**: buena fama de una persona ante los demás.
- **Pascuas**: fiestas religiosas importantes del año.
