# Doña Perfecta (Edición B1)

*Benito Pérez Galdós*

## I. ¡Villahorrenda!... ¡Cinco minutos!

El tren mixto descendente número 65 se detuvo en la pequeña estación que está entre los kilómetros 171 y 172. (No es necesario nombrar la línea.) Casi todos los viajeros de segunda y tercera clase se quedaron dentro de los coches. Unos dormían y otros bostezaban. El frío de la madrugada era muy fuerte y no invitaba a pasear por el andén vacío y triste. El único viajero de primera clase que venía en el tren bajó rápido. Se dirigió a los empleados y les preguntó si aquel era el apeadero de Villahorrenda. (Este nombre, como otros muchos que se verán después, es propiedad del autor.)

—Estamos en Villahorrenda —contestó el conductor.

Su voz se mezclaba con el cacareo de las gallinas, que en ese momento metían en el furgón.

—Se me había olvidado llamarle a usted, señor de Rey. Creo que ahí le esperan con las caballerías.

—¡Pero aquí hace un frío de tres mil demonios! —dijo el viajero, y se envolvió en su manta—. ¿No hay en el apeadero algún sitio para descansar y recuperarse? Tengo que hacer un viaje a caballo por este país de hielo.

No había terminado de hablar cuando el conductor se marchó, porque su trabajo le llamaba con prisa. Dejó a nuestro desconocido caballero con la palabra en la boca. Entonces el viajero vio que se acercaba otro empleado. Llevaba un farol colgado de la mano derecha. El farol se movía al ritmo de sus pasos y hacía ondas de luz, ordenadas como figuras de geometría. La luz caía sobre el suelo del andén. Formaba un *zigzag* parecido al que hace el agua de una regadera.

—¿Hay fonda o dormitorio en la estación de Villahorrenda? —preguntó el viajero al hombre del farol.

—Aquí no hay nada —respondió este secamente.

Luego corrió hacia los que cargaban el tren. Les echó encima una lluvia de palabrotas, juramentos, blasfemias y gritos terribles. Era tan grosero que hasta las gallinas se escandalizaron y murmuraron dentro de sus cestas.

—Lo mejor será salir de aquí a toda prisa —se dijo el caballero—. El conductor me ha dicho que ahí estaban las caballerías.

Estaba pensando esto cuando sintió que una mano fina y respetuosa le tiraba suavemente del abrigo. Se volvió. Vio una masa oscura de paño pardo, enrollada sobre sí misma. Por el pliegue principal asomaba una cara astuta, morena y arrugada como una avellana. Era la cara de un labriego castellano. El viajero se fijó en su figura alta y desgarbada, que recordaba a un chopo entre las plantas. Vio sus ojos listos, que brillaban bajo el ala de un ancho sombrero de terciopelo viejo. Vio la mano morena y dura como el acero, que sostenía una vara verde. Vio también su pie ancho, que al moverse hacía sonar el hierro de la espuela.

—¿Es usted el señor don José de Rey? —preguntó el labriego, y se llevó la mano al sombrero.

—Sí. Y usted —contestó el caballero con alegría— será el criado de doña Perfecta. Viene a buscarme a este apeadero para llevarme a Orbajosa.

—El mismo. Cuando usted quiera, nos vamos... La jaca corre como el viento. Me parece que el señor don José será buen jinete. Claro que a quien le viene de familia...

—¿Por dónde se sale? —dijo el viajero con impaciencia—. Vamos, vámonos de aquí, señor... ¿Cómo se llama usted?

—Me llamo Pedro Lucas —respondió el hombre del paño pardo, y otra vez hizo el gesto de quitarse el sombrero—. Pero me llaman el tío Licurgo. ¿Dónde está el equipaje del señorito?

—Allí, debajo del reloj, lo veo. Son tres bultos: dos maletas y un mundo de libros para el señor don Cayetano. Tome usted el talón.

Un momento después, señor y escudero estaban detrás de la barraca que llamaban estación. Delante tenían un caminito que salía de allí y se perdía en las lomas desnudas de alrededor. En esas lomas se veía, sin claridad, el pobre caserío de Villahorrenda. Tres caballerías tenían que llevarlo todo, hombres y mundos. Para el caballero había una jaca de bastante buena estampa. El tío Licurgo iba a montar un cuartago muy viejo y algo estropeado, pero seguro. El macho llevaría el equipaje. Lo guiaba un joven zagal de piernas rápidas y sangre ardiente.

Antes de que la caravana se pusiera en marcha, salió el tren. Se iba deslizando por la vía con la calma lenta de un tren mixto. Sus golpes sonaban cada vez más lejos y hacían ecos profundos bajo la tierra. Al entrar en el túnel del kilómetro 172, el tren soltó vapor por el silbato. Un aullido enorme sonó en el aire. El túnel echaba por su boca negra un aliento blanquecino y gritaba como una trompeta. Al oír su enorme voz, despertaban aldeas, villas, ciudades, provincias. Aquí cantaba un gallo, más allá otro. Empezaba a amanecer.

### II. Un viaje por el corazón de España

Empezaron a caminar y dejaron a un lado las casuchas de Villahorrenda. Entonces el caballero, que era joven y de muy buen aspecto, habló así:

—Dígame usted, señor Solón...

—Licurgo, para servirle...

—Eso es, señor Licurgo. Ya decía yo que usted era un sabio legislador de la antigüedad. Perdone la equivocación. Pero vamos al asunto. Dígame, ¿cómo está mi señora tía?

—Siempre tan guapa —contestó el labriego, y adelantó un poco su caballería—. Parece que no pasan los años por la señora doña Perfecta. Bien dicen que Dios da larga vida a los buenos. Ojalá viviera mil años ese ángel del Señor. Aquí en la tierra la gente la bendice mucho. Si esas bendiciones fueran plumas, la señora no necesitaría más alas para subir al cielo.

—¿Y mi prima, la señorita Rosario?

—¡Bendita sea la que se parece a los suyos! —dijo el aldeano—. ¿Qué voy a decirle de doña Rosarito? Es el vivo retrato de su madre. Buena joya se lleva usted, caballero don José, si es verdad que ha venido para casarse con ella. Eso dicen. Tal para cual. Y la niña tampoco tiene por qué quejarse. Poco va de Pedro a Pedro.

—¿Y el señor don Cayetano?

—Siempre metido en el trabajo de sus libros. Tiene una biblioteca más grande que la catedral. También escarba la tierra para buscar piedras. Están llenas de unos garabatos endemoniados que, según dicen, escribieron los moros.

—¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar a Orbajosa?

—Llegaremos a las nueve, si Dios quiere. ¡Qué contenta se va a poner la señora cuando vea a su sobrino! Y la señorita Rosarito estaba ayer preparando el cuarto donde usted va a vivir... Como no le han visto nunca, la madre y la hija están muy nerviosas. No paran de pensar cómo será o cómo no será este señor don José. Ya llegó el tiempo de que callen las cartas y hablen las barbas. La prima verá al primo y todo será fiesta y gloria. Amanecerá Dios y medraremos, como dijo el otro.

—Mi tía y mi prima todavía no me conocen —dijo el caballero, sonriendo—. Por eso no es prudente hacer proyectos.

—Es verdad. Por eso se dice que uno piensa el bayo y otro el que lo ensilla —contestó el labriego—. Pero la cara no engaña... ¡Qué alhaja se lleva usted! ¡Y qué buen mozo se lleva ella!

El caballero no oyó las últimas palabras del tío Licurgo. Iba distraído y algo pensativo. Llegaban a una curva del camino cuando el labriego cambió la dirección de las caballerías y dijo:

—Ahora tenemos que ir por esta vereda. El puente está roto. Solo se puede vadear el río por el cerrillo de los Lirios.

—¿El cerrillo de los Lirios? —dijo el caballero, y salió de sus pensamientos—. ¡Cuántos nombres poéticos hay en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras, me sorprende la horrible ironía de los nombres. Hay un sitio seco y vacío, con un paisaje negro y tristísimo, y se llama *Valleameno*. Hay un pueblucho de adobes sobre un llano seco, que muestra su pobreza de mil maneras. Y tiene la cara dura de llamarse *Villarica*. Hay un barranco lleno de piedras y polvo, donde ni los cardos encuentran agua. Y, sin embargo, se llama *Valdeflores*. ¿Eso que tenemos delante es el *Cerrillo de los Lirios*? ¿Pero dónde están esos lirios, hombre de Dios? Yo solo veo piedras y hierba sin color. Llámenlo *Cerrillo de la Desolación* y entonces dirán la verdad. Solo *Villahorrenda* parece haber recibido a la vez el nombre y la forma. Todo lo demás aquí es ironía. Palabras hermosas y una realidad pobre y miserable. Los ciegos serían felices en este país. Para la lengua es un paraíso, y para los ojos, un infierno.

El señor Licurgo no entendió las palabras del caballero Rey, o no les hizo caso. Vadearon el río, que corría turbio y revuelto, con prisa impaciente. Parecía que quería huir de sus propias orillas. Después el labriego extendió el brazo hacia unas tierras grandes y desnudas que se veían a la izquierda, y dijo:

—Estos son los *Alamillos de Bustamante*.

—¡Mis tierras! —gritó el caballero con alegría.

Miró los campos tristes que iluminaban las primeras luces de la mañana.

—Es la primera vez que veo la herencia de mi madre. La pobre alababa tanto este país y me contaba tantas maravillas de él... Yo, de niño, creía que estar aquí era estar en el cielo. Frutas, flores, caza mayor y menor, montes, lagos, ríos, arroyos poéticos, colinas con pastores... Todo eso había en los *Alamillos de Bustamante*. Era una tierra bendita, la mejor y más hermosa de todas las tierras... ¡Qué demonio! La gente de este país vive con la imaginación. De niño yo vivía con las ideas y el entusiasmo de mi buena madre. Si entonces me hubieran traído aquí, todo esto me habría parecido encantador. Estos cerros desnudos, estos llanos llenos de polvo o de charcos, estas viejas casas de labor... Y estas norias rotas, cuyos cangilones lloran solo el agua necesaria para regar media docena de coles. Toda esta desolación miserable y perezosa que estoy mirando.

—Es la mejor tierra del país —dijo el señor Licurgo—. Y para el garbanzo no hay otra igual.

—Pues me alegro. Porque desde que las heredé, estas famosas tierras no me han dado ni un cuarto.

El sabio legislador espartano se rascó la oreja y suspiró.

—Pero me han dicho —siguió el caballero— que algunos propietarios colindantes han metido su arado en estas grandes fincas mías. Poco a poco me las van recortando. Aquí no hay mojones, ni linderos, ni verdadera propiedad, señor Licurgo.

El labriego hizo una pausa. Parecía ocupar su espíritu astuto en pensamientos muy profundos. Después habló así:

—El tío Pasolargo, al que llamamos el *Filósofo* porque es muy astuto, metió el arado en los *Alamillos* por encima de la ermita. Y, come que come, se ha tragado seis fanegadas.

—¡Qué escuela tan incomparable! —dijo el caballero, riendo—. Apuesto a que no ha sido ese el único... filósofo.

—Bien dijo el otro: quien las sabe, las tañe. Y si al palomar no le falta comida, no le faltarán palomas... Pero usted, señor don José, puede decir aquello de que el ojo del amo engorda la vaca. Ahora que está aquí, puede intentar recuperar su finca.

—Quizás no sea tan fácil, señor Licurgo —contestó el caballero.

En ese momento entraban por un sendero. A los dos lados había trigos hermosos, muy verdes y ya casi maduros, que alegraban la vista.

—Este campo parece mejor cultivado —dijo el caballero—. Veo que no todo es tristeza y miseria en los *Alamillos*.

El labriego puso cara de lástima. Fingió un poco de desprecio por los campos que alababa el viajero, y dijo con tono muy humilde:

—Señor, esto es mío.

—Perdone usted —contestó rápidamente el caballero—. Ya quería yo meter mi hoz en las fincas de usted. Por lo visto, aquí la filosofía se contagia.

Enseguida bajaron a una cañada. Por ella pasaba un arroyo pobre, de agua parada. Lo cruzaron y entraron en un campo lleno de piedras, sin la menor señal de plantas.

—Esta tierra es muy mala —dijo el caballero.

Volvió la cara para mirar a su guía y compañero, que se había quedado un poco atrás.

—Será difícil que usted le saque provecho, porque todo es barro y arena.

Licurgo, muy manso, contestó:

—Esto... es de usted.

—Veo que aquí todo lo malo es mío —dijo el caballero, riendo con alegría.

Mientras hablaban de esto, volvieron al camino real. La luz del día entraba alegre por todas las ventanas del horizonte español. Llenó los campos de una claridad espléndida. El inmenso cielo sin nubes parecía hacerse más grande y alejarse de la tierra. Era como si quisiera verla y disfrutar mirándola desde más alto. La tierra estaba desolada y sin árboles. En unos trozos era de color paja; en otros, del color de la arcilla. Estaba dividida en triángulos y cuadrados amarillos o negruzcos, pardos o un poco verdes. Se parecía a la capa de un mendigo harapiento puesta al sol. Sobre aquella capa miserable, el cristianismo y el islam habían luchado en batallas épicas. Eran campos gloriosos, sí, pero los combates de otros tiempos los habían dejado horribles.

—Me parece que hoy el sol va a picar, señor Licurgo —dijo el caballero, y se abrió un poco el abrigo—. ¡Qué camino tan triste! No se ve ni un solo árbol en todo lo que alcanza la vista. Aquí todo es al revés. La ironía no se acaba. Aquí no hay álamos ni grandes ni pequeños. Entonces, ¿por qué se llama esto los *Alamillos*?

El tío Licurgo no contestó a la pregunta. De pronto se oyeron unos ruidos lejanos, y él los escuchaba con toda su alma. Intranquilo, paró su caballería. Con mirada sombría exploraba el camino y los cerros lejanos.

—¿Qué pasa? —preguntó el viajero, y se detuvo también.

—¿Trae usted armas, don José?

—Un revólver... ¡Ah, ya comprendo! ¿Hay ladrones?

—Puede ser... —contestó el labriego con mucha desconfianza—. Me parece que ha sonado un tiro.

—Allí lo veremos... ¡Adelante! —dijo el caballero, y espoleó su jaca—. No serán tan peligrosos.

—Calma, señor don José —dijo el aldeano, y le detuvo—. Esa gente es más mala que Satanás. El otro día asesinaron a dos caballeros que iban a tomar el tren... Dejémonos de fiestas. Gasparón el Fuerte, Pepito Chispillas, Merengue y Ahorca Suegras no me verán la cara en toda mi vida. Vamos por la vereda.

—Adelante, señor Licurgo.

—Atrás, señor don José —contestó el labriego con voz triste—. Usted no sabe bien qué gente es esa. Ellos robaron el mes pasado en la iglesia del Carmen el copón, la corona de la Virgen y dos candeleros. Ellos robaron hace dos años el tren que iba a Madrid.

Al oír estas tristes historias, don José sintió que su valor se hacía un poco más pequeño.

—¿Ve usted aquel cerro grande y empinado, allá lejos? Pues allí se esconden esos pícaros, en unas cuevas que llaman la *Estancia de los Caballeros*.

—¡De los Caballeros!

—Sí, señor. Bajan al camino real cuando la Guardia civil se descuida, y roban lo que pueden. ¿Ve usted una cruz más allá de la curva del camino? La pusieron en recuerdo del alcalde de Villahorrenda. Lo mataron allí cuando las elecciones.

—Sí, veo la cruz.

—Allí hay una casa vieja. En ella se esconden para esperar a los arrieros. A ese sitio lo llamamos las *Delicias*.

—¡Las Delicias!...

—Si resucitaran todos los que han muerto o han sido robados al pasar por ahí, se podría formar con ellos un ejército.

Mientras decían esto, los tiros se oyeron más cerca. Eso asustó un poco el valiente corazón de los viajeros. Pero no asustó al zagalillo. Saltaba de alegría y pidió permiso al señor Licurgo para adelantarse. Quería ver la batalla, que había empezado tan cerca. Don José vio la decisión del muchacho. Se avergonzó de haber sentido miedo, o por lo menos un poco de respeto, ante los ladrones. Espoleó la jaca y gritó:

—Pues allá iremos todos. Quizás podamos ayudar a esos pobres viajeros, que están en tan gran apuro. Y podremos poner las peras a cuarto a los *caballeros*.

El labriego intentaba convencer al joven de que su plan era una locura. También le decía que su generosa idea no servía para nada. Los robados ya estaban robados, y quizás muertos. Ya no necesitaban la ayuda de nadie. El señor insistía a pesar de estos sensatos consejos. El aldeano le contestaba y se resistía con fuerza. Entonces aparecieron dos o tres carromateros. Bajaban tranquilamente por el camino con un carro grande. Eso terminó la discusión. El peligro no debía de ser grande, porque aquellos hombres venían sin preocupación, cantando coplas alegres. Y así era, en efecto. Según dijeron, los tiros no eran de los ladrones, sino de la Guardia civil. Los guardias llevaban a la cárcel del pueblo a media docena de ladrones atados en fila. Y con los tiros querían impedir que escaparan.

—Ya, ya sé lo que ha pasado —dijo Licurgo.

Señaló un poco de humo que se veía a la derecha del camino, a cierta distancia.

—Allí los han escabechado. Esto pasa un día sí y otro no.

El caballero no comprendía.

—Yo le aseguro al señor don José —añadió con energía el legislador lacedemonio— que está muy requetebién hecho. Porque no sirve de nada hacerles un juicio a esos pillos. El juez los marea un poco y después los suelta. A veces, después de seis años de juicio, alguno va a la cárcel. Pero a lo mejor se escapa, o le perdonan, y vuelve a la Estancia de los Caballeros. Lo mejor es esto: ¡fuego contra ellos! Se les lleva a la cárcel. Y cuando se pasa por un lugar adecuado... «¡Ah, perro, que te quieres escapar!... Pum, pum»... Y ya está hecha la investigación. Ya están llamados los testigos, celebrado el juicio y dada la sentencia... Todo en un minuto. Bien dicen que si mucho sabe la zorra, más sabe el que la caza.

—Pues adelante, y vamos más rápido. Este camino, además de largo, no tiene nada de ameno —dijo Rey.

Al pasar junto a las Delicias, vieron a los guardias a poca distancia del camino. Pocos minutos antes habían cumplido la extraña sentencia que el lector ya conoce. Al zagalillo le dio mucha pena que no le dejaran mirar de cerca los cadáveres de los ladrones. Todavía temblaban y formaban a lo lejos un grupo horrible. Todos siguieron adelante. Pero no habían andado ni veinte pasos cuando oyeron el galope de un caballo detrás de ellos. Venía tan rápido que casi los alcanzaba. Nuestro viajero se volvió y vio a un hombre. Mejor dicho, vio un Centauro, porque no se podía imaginar una unión más perfecta entre caballo y jinete. El hombre era fuerte y de sangre caliente. Tenía los ojos grandes y ardientes, la cabeza tosca y los bigotes negros. Era de mediana edad. Su aspecto era brusco y provocador, y toda su persona mostraba fuerza. Montaba un caballo magnífico, de pecho ancho y carnoso, parecido a los del Partenón. Llevaba los adornos pintorescos típicos del país. Sobre la grupa llevaba una gran balija de cuero. En la tapa se leía, en letras gordas, la palabra *Correo*.

—Hola, buenos días, señor Caballuco —dijo Licurgo, y saludó al jinete cuando estuvo cerca—. ¡Le hemos tomado la delantera! Pero usted llegará antes si se lo propone.

—Descansemos un poco —contestó el señor Caballuco.

Puso su caballo al paso de los de nuestros viajeros. Observaba con atención al más importante de los tres.

—Ya que hay tan buena compañía...

—El señor —dijo Licurgo, sonriendo— es el sobrino de doña Perfecta.

—¡Ah!... Por muchos años... Muy señor mío y mi dueño...

Los dos se saludaron. Pero Caballuco hizo sus cortesías con una expresión de orgullo y superioridad. Se notaba que se creía muy valioso, o que tenía una posición alta en la comarca. Después el orgulloso jinete se apartó. Se detuvo un momento a hablar con dos guardias civiles que llegaron al camino. Entonces el viajero preguntó a su guía:

—¿Quién es este pájaro?

—¿Quién va a ser? Caballuco.

—¿Y quién es Caballuco?

—¡Toma!... ¿Pero no le ha oído usted nombrar? —dijo el labriego.

Estaba asombrado de lo poco que sabía el sobrino de doña Perfecta.

—Es un hombre muy valiente y un gran jinete. Es el mejor caballista de todas estas tierras. En Orbajosa le queremos mucho. Porque él es, a decir verdad, tan bueno como la bendición de Dios... Ahí donde lo ve, es un cacique tremendo. Hasta el Gobernador de la provincia se quita el sombrero delante de él.

—Cuando hay elecciones...

—Y el Gobierno de Madrid le escribe cartas oficiales con mucho «vuecencia» en el sobre... Tira la barra como un San Cristóbal. Maneja todas las armas como nosotros manejamos nuestros dedos. Cuando había fielato, nadie podía con él. Todas las noches sonaban tiros en las puertas de la ciudad... Tiene una gente que vale cualquier dinero, porque sirve lo mismo para un fregado que para un barrido... Ayuda a los pobres. Y si uno de fuera se atreve a tocar el pelo de la ropa a un hijo de Orbajosa, ya puede prepararse... Aquí no vienen casi nunca soldados de los Madriles. Cuando han estado, corría la sangre todos los días. Caballuco les buscaba pelea por un sí o por un no. Ahora parece que vive pobre y se ha quedado con el transporte del correo. Pero está presionando en el Ayuntamiento para que haya otra vez fielato, y para rematarlo él. No sé cómo no le ha oído nombrar en Madrid. Es hijo de un famoso Caballuco que estuvo en la facción. Y ese Caballuco padre era hijo de otro Caballuco abuelo, que estuvo en una facción más antigua... Ahora andan diciendo que vuelve a haber facción, porque todo está torcido y revuelto. Por eso tenemos miedo de que Caballuco se nos vaya también a ella. Así completaría las hazañas de su padre y de su abuelo. Y los dos, para gloria nuestra, nacieron en esta ciudad.

Nuestro viajero se quedó sorprendido. En los lugares que visitaba todavía existía una especie de caballería andante. Pero no pudo hacer más preguntas. El hombre del que hablaban se acercó a ellos y dijo de mal humor:

—La Guardia civil ha despachado a tres. Ya le he dicho al cabo que tenga cuidado. Mañana hablaremos el Gobernador de la provincia y yo...

—¿Va usted a X? —preguntó Licurgo.

—No, porque el Gobernador viene aquí, señor Licurgo. Sepa usted que nos van a meter en Orbajosa un par de regimientos.

—Sí —dijo el viajero rápidamente, con una sonrisa—. En Madrid oí decir que había miedo de que se levantaran en este país algunas partidillas... Es bueno prevenirse.

—En Madrid no dicen más que tonterías... —gritó con violencia el Centauro.

Y añadió una serie de esas palabrotas que hacen ampollas.

—En Madrid no hay más que pillería... ¿Para qué nos mandan soldados? ¿Para sacarnos más contribuciones y un par de quintas seguidas? ¡Por vida de...! Si no hay facción, debería haberla. ¿Conque usted —añadió, y miró con burla al joven caballero—, conque usted es el sobrino de doña Perfecta?

Esta salida de tono y la mirada insolente del valentón enfadaron al joven.

—Sí, señor. ¿Quiere usted algo?

—Soy amigo de la señora y la quiero como a las niñas de mis ojos —dijo Caballuco—. Ya que usted va a Orbajosa, allí nos veremos.

Y sin decir nada más, espoleó a su caballo. El animal salió a toda velocidad y desapareció en una nube de polvo.

Caminaron media hora más. Durante ese tiempo, el señor don José no habló mucho, y el señor Licurgo tampoco. Entonces apareció ante sus ojos un caserío viejo y apretado sobre una loma. De él salían algunas torres negras. En lo más alto estaban las ruinas de un castillo roto en pedazos. La parte de abajo era una masa de paredes deformes. Eran casuchas de tierra, pardas y polvorientas como el suelo. Quedaban también algunos trozos de murallas con almenas. Junto a ellas, mil chozas humildes levantaban sus pobres fachadas de adobe. Parecían caras pálidas y hambrientas que pedían limosna al viajero. Un río muy pobre rodeaba el pueblo como un cinturón de hojalata. Al pasar, regaba algunas huertas. Eran el único verde que alegraba la vista. La gente entraba y salía, a pie o en caballerías. Era poco movimiento, pero daba cierta apariencia de vida a aquel gran lugar. Porque su aspecto era más de ruina y muerte que de progreso y vida. A los lados del camino se arrastraban muchísimos mendigos repugnantes. Pedían una moneda al viajero y eran un espectáculo triste. No podía haber vidas más apropiadas para las grietas de aquel sepulcro. Allí una ciudad no solo estaba enterrada: también estaba podrida. Cuando nuestros viajeros se acercaban, sonaron algunas campanas sin armonía. Con su sonido decían que aquella momia todavía tenía un alma.

Se llamaba Orbajosa. No aparece en la geografía de la antigua Caldea ni en la de los coptos, sino en la de España. Allí figura con 7.324 habitantes, Ayuntamiento, obispado, juzgado, seminario, depósito de caballos sementales, instituto de segunda enseñanza y otros privilegios oficiales.

—Están tocando a misa mayor en la catedral —dijo el tío Licurgo—. Llegamos antes de lo que pensaba.

—El aspecto de su patria, señor —dijo el caballero, mirando el panorama que tenía delante—, no puede ser más desagradable. La histórica ciudad de Orbajosa parece un gran muladar. Su nombre viene sin duda de *urbs augusta*, deformado con el tiempo.

\[Nota: Ya se ha dicho que todos los nombres de lugares son imaginarios.\]

—Es que desde aquí solo se ven los arrabales —contestó el guía, disgustado—. Cuando entre usted en la calle Real y en la del Condestable, verá edificios tan hermosos como la catedral.

—No quiero hablar mal de Orbajosa antes de conocerla —dijo el caballero—. Lo que he dicho tampoco es señal de desprecio. Sea humilde y miserable, o hermosa y orgullosa, esta ciudad será siempre muy querida para mí. Es la patria de mi madre. Y en ella viven personas a las que ya quiero sin conocerlas. Entremos, pues, en la ciudad *augusta*.

Ya subían por un camino empedrado, cerca de las primeras calles. Iban pasando junto a las tapias de las huertas.

—¿Ve usted aquella casa grande, al final de esta gran huerta? Ahora pasamos junto a su cerca —dijo el tío Licurgo.

Señalaba una enorme pared bien pintada. Era la única casa que parecía cómoda y alegre para vivir.

—Ya... ¿Aquella es la casa de mi tía?

—Justo y cabal. Lo que vemos es la parte de atrás de la casa. La fachada da a la calle del Condestable. Tiene cinco balcones de hierro que parecen cinco castillos. Esta hermosa huerta que hay detrás de la tapia es de la casa. Si usted se levanta sobre los estribos, la verá entera desde aquí.

—Pues ya estamos en casa —dijo el caballero—. ¿No se puede entrar por aquí?

—Hay una puertecilla, pero la señora la mandó tapiar.

El caballero se levantó sobre los estribos. Estiró la cabeza todo lo que pudo y miró por encima de la cerca.

—Veo toda la huerta —dijo—. Allí, debajo de aquellos árboles, hay una mujer, una chiquilla... una señorita...

—Es la señorita Rosario —contestó Licurgo.

Y enseguida se levantó también sobre los estribos para mirar.

—¡Eh, señorita Rosario! —gritó, y hacía gestos muy claros con la mano derecha—. Ya estamos aquí... Aquí le traigo a su primo.

—Nos ha visto —dijo el caballero, y estiró el cuello todo lo posible—. Pero, si no me engaño, a su lado hay un clérigo... un señor sacerdote.

—Es el señor Penitenciario —contestó el labriego con naturalidad.

—Mi prima nos ve... Deja solo al clérigo y echa a correr hacia la casa... Es bonita...

—Como un sol.

—Se ha puesto más roja que una cereza. Vamos, vamos, señor Licurgo.

### Glosario

- **apeadero**: estación pequeña de tren, sin edificio importante.
- **caballerías**: animales para montar o cargar; aquí, una jaca (caballo pequeño), un cuartago (caballo de mediana altura) y un macho (mulo).
- **zagal**: muchacho que ayuda en el campo y cuida a los animales.
- **talón**: papel que se recibe al facturar el equipaje y sirve para recogerlo.
- **vadear**: cruzar un río andando o a caballo por un sitio donde hay poca agua.
- **Licurgo / Solón**: legisladores famosos de la antigua Grecia (Esparta y Atenas).
- **fanegada**: medida antigua de tierra.
- **poner las peras a cuarto**: castigar a alguien o decirle claramente lo que merece.
- **escabechar**: aquí, matar a tiros.
- **Centauro**: ser de la mitología, mitad hombre y mitad caballo.
- **cacique**: persona que tiene el poder real en un pueblo o comarca.
- **fielato**: oficina a la entrada de un pueblo donde se pagaba impuesto por las mercancías.
- **facción / partidilla**: grupo de hombres armados que se levantan contra el Gobierno.
- **Penitenciario**: canónigo de la catedral que confiesa a los fieles.
- **urbs augusta**: en latín, «ciudad augusta», ciudad noble.
- **espolear**: tocar al caballo con la espuela para que corra.
- **muladar**: sitio donde se tira la basura y el estiércol.
- **arrabales**: barrios pobres en las afueras de una ciudad.
- **cangilones**: cubos de una noria que suben el agua.

## III. Pepe Rey

Antes de seguir, conviene decir quién era Pepe Rey y qué asuntos le llevaban a Orbajosa.

El brigadier Rey murió en 1841. Sus dos hijos, Juan y Perfecta, acababan de casarse. Ella se casó con el propietario más rico de Orbajosa. Él se casó con una joven de la misma ciudad. El marido de Perfecta se llamaba don Manuel María José de Polentinos. La mujer de Juan se llamaba María Polentinos. Tenían el mismo apellido, pero su parentesco era bastante lejano. Era de esos parentescos que no coge ni un galgo. Juan Rey era un jurisconsulto famoso, graduado en Sevilla. Trabajó de abogado en esa misma ciudad durante treinta años, con mucha gloria y mucho provecho. En 1845 ya era viudo. Tenía un hijo que empezaba a hacer travesuras. Al niño le gustaba jugar en el patio de la casa. Construía con tierra viaductos, malecones, estanques, presas y acequias. Después soltaba el agua para que corriera entre aquellas obras tan frágiles. El padre le dejaba hacer y decía: «Tú serás ingeniero».

Perfecta y Juan dejaron de verse cuando se casaron. Ella se fue a vivir a Madrid con el riquísimo Polentinos. Este tenía muchos bienes y mucha facilidad para gastarlos. El juego y las mujeres le gustaban tanto que habría perdido toda su fortuna. Pero la muerte se lo llevó antes de que pudiera gastarlo todo. Los días de aquel ricachón de provincias terminaron de repente, en una noche de orgía. En la corte se lo habían comido las sanguijuelas, y también el vampiro insaciable del juego. Su única heredera era una niña de pocos meses. Con la muerte del marido de Perfecta se acabaron los sustos en la familia. Pero empezó el gran problema. La casa de Polentinos estaba arruinada. Los prestamistas amenazaban con quitarles las fincas. Todo estaba en desorden. Había deudas enormes y una administración desastrosa en Orbajosa. En Madrid, la familia había perdido su buen nombre y su dinero.

Perfecta llamó a su hermano, y él vino a ayudar a la pobre viuda. Trabajó con tanto cuidado y tanta inteligencia que pronto desaparecieron casi todos los peligros. Primero obligó a su hermana a vivir en Orbajosa. Así ella misma administraría sus grandes tierras. Mientras tanto, él se enfrentaba en Madrid al terrible ataque de los acreedores. Poco a poco, la casa se fue librando de la enorme carga de sus deudas. El bueno de don Juan Rey tenía la mejor mano del mundo para esos asuntos. Luchó en los tribunales, hizo contratos con los acreedores principales y fijó plazos para los pagos. Gracias a este hábil trabajo, el riquísimo patrimonio de los Polentinos se salvó. Y pudo seguir dando esplendor y gloria a la ilustre familia durante muchos años.

Perfecta decidió vivir en Orbajosa hasta que su hija creciera. Su agradecimiento era tan grande que escribió a su hermano una carta muy cariñosa. Entre otras cosas, le decía:

«Has sido más que un hermano para mí, y para mi hija, más que su propio padre. ¿Cómo te pagaremos ella y yo tanto bien? ¡Ay, querido hermano! Cuando mi hija sepa pensar y decir un nombre, le enseñaré a bendecir el tuyo. Te estaré agradecida toda mi vida. Tu hermana, que no te merece, siente no encontrar ocasión de mostrarte cuánto te quiere. Quisiera premiarte como merecen la grandeza de tu alma y la inmensa bondad de tu corazón».

Cuando Perfecta escribió esto, Rosarito tenía dos años. Pepe Rey estaba entonces interno en un colegio de Sevilla. Hacía rayas en un papel. Se ocupaba en demostrar que *la suma de los ángulos interiores de un polígono vale tantas veces dos rectos como lados tiene menos dos*. Estas aburridas verdades evidentes le tenían muy ocupado. Pasaron años y más años. El muchacho crecía y no dejaba de hacer rayas. Por fin hizo una raya que se llama *De Tarragona a Montblanch*. Su primer juguete serio fue el puente de 120 metros sobre el río Francolí.

Doña Perfecta siguió viviendo en Orbajosa durante mucho tiempo. Su hermano no salió de Sevilla, y así pasaron algunos años sin que se vieran. Pero se escribían una carta cada tres meses. Uno la escribía con puntualidad y el otro la contestaba con la misma puntualidad. Así se comunicaban aquellos dos corazones. Ni el tiempo ni la distancia podían enfriar su cariño. En 1870 don Juan Rey estaba contento de haber cumplido bien su misión en la sociedad. Entonces se retiró a vivir a su hermosa casa de Puerto Real. Pepe ya había trabajado algunos años en las obras de varias compañías constructoras muy poderosas. En ese momento empezó un viaje de estudio por Alemania e Inglaterra. La fortuna de su padre se lo permitía. Era tan grande como puede ser en España una fortuna ganada solo con un honrado despacho de abogado. Gracias a ella, Pepe podía librarse a veces, por poco tiempo, del peso del trabajo material. Era un hombre de ideas elevadas y amaba muchísimo la ciencia. Su placer más puro era observar y estudiar los grandes inventos de su siglo. Esos inventos ayudan a la cultura, al bienestar físico y al progreso moral del hombre.

Cuando volvió del viaje, su padre le anunció que iba a contarle un proyecto importante. Pepe creyó que se trataba de un puente, de un puerto o, por lo menos, de secar unas marismas. Pero don Juan le sacó de su error y le explicó su idea con estas palabras:

—Estamos en marzo, y la carta de cada tres meses de Perfecta no podía faltar. Querido hijo, léela. Esa mujer santa y ejemplar, mi querida hermana, propone algo en ella. Si estás de acuerdo, me darás la mayor felicidad que puedo desear en mi vejez. Si no te gusta el proyecto, recházalo sin miedo, aunque tu respuesta me ponga triste. Yo no te impongo nada, ni un poco. No sería digno de mí ni de ti que esto se hiciera por la presión de un padre terco. Eres libre de aceptar o no. Quizás sientas la más pequeña resistencia, por una razón del corazón o por otra causa. En ese caso, no quiero que te fuerces por mí.

Pepe echó una mirada a la carta y la dejó sobre la mesa. Luego dijo tranquilamente:

—Mi tía quiere que me case con Rosario.

—Ella contesta que acepta mi idea con alegría —dijo el padre, muy emocionado—. Porque la idea fue mía... Sí, hace tiempo, hace mucho tiempo que la pensé... Pero no quería decirte nada antes de conocer la opinión de mi hermana. Como ves, Perfecta recibe mi plan con mucha alegría. Dice que ella también lo había pensado. Pero no se atrevía a decírmelo, porque tú... ¿No ves lo que dice? «Por ser tú un joven de singularísimo mérito, y su hija una joven aldeana educada sin brillantez, ni mundanales atractivos...». Así mismo lo dice... ¡Pobre hermana mía! ¡Qué buena es!... Veo que no te enfadas. Veo que este proyecto mío no te parece absurdo. Se parece un poco a lo que hacían los padres de antes. Ellos casaban a sus hijos sin preguntarles. Y casi siempre hacían matrimonios disparatados y demasiado tempranos... Dios quiera que este sea uno de los más felices, o que prometa serlo. Es verdad que no conoces a mi sobrina. Pero tú y yo sabemos de su virtud, de su prudencia, de su modestia y de su noble sencillez. Y para que no le falte nada, hasta es bonita... Mi opinión es esta —añadió con buen humor—. Ponte en camino. Pisa el suelo de esa escondida ciudad del obispo, de esa *urbs augusta*. Y allí, delante de mi hermana y de su graciosa Rosarito, decide si ella ha de ser algo más que mi sobrina.

Pepe volvió a coger la carta y la leyó con atención. Su cara no mostraba alegría ni pena. Parecía que estaba examinando un proyecto para unir dos vías de tren.

—Por cierto —decía don Juan—, en esa lejana Orbajosa tienes fincas, y puedes ir a verlas ahora. Allí la vida pasa con la tranquilidad y la dulzura de un idilio. ¡Qué costumbres tan patriarcales! ¡Qué nobleza hay en aquella sencillez! ¡Qué paz del campo, como en los poemas de Virgilio! Si fueras latinista en vez de matemático, repetirías al llegar allí el *ergo tua rura manebunt*. ¡Qué lugar tan admirable para contemplar nuestra propia alma y prepararnos para hacer el bien! Allí todo es bondad y honradez. Allí no se conocen la mentira y la comedia de nuestras grandes ciudades. Allí renacen los buenos deseos que el ruido de la vida moderna ahoga. Allí despierta la fe dormida. Y se siente en el pecho un impulso fuerte, difícil de explicar. Es como una impaciencia de niño que grita en el fondo del alma: «Quiero vivir».

Pocos días después de esta conversación, Pepe salió de Puerto Real. Meses antes, el Gobierno le había ofrecido un trabajo. Se trataba de estudiar para la minería la cuenca del río Nahara, en el valle de Orbajosa. Entonces él no lo había aceptado. Pero ahora, por los proyectos de aquella conversación, se dijo: «Conviene aprovechar el tiempo. Sabe Dios cuánto durará ese noviazgo y el aburrimiento que traerá». Fue a Madrid y pidió el encargo de explorar la cuenca del Nahara. Se lo dieron sin problemas, aunque oficialmente no era del cuerpo de ingenieros de minas. Después se puso en camino. Cambió de tren un par de veces. Y por fin el tren mixto número 65 le llevó, como ya se ha visto, a los cariñosos brazos del tío Licurgo.

Este excelente joven tenía unos treinta y cuatro años. Era fuerte, casi como Hércules, y tenía un cuerpo muy bien formado. Tenía tanta presencia que con uniforme habría parecido el militar más guerrero que se pueda imaginar. Tenía el pelo y la barba rubios. Pero su cara no tenía la calma fría de los sajones. Al contrario, era tan viva que sus ojos parecían negros sin serlo. Su persona parecía un símbolo hermoso y perfecto. Si fuera una estatua, el escultor habría escrito en la base estas palabras: *inteligencia, fuerza*. Él no las llevaba escritas en letras visibles. Pero las expresaba de algún modo con la luz de su mirada. También con el poderoso atractivo de su persona y con la simpatía que despertaba su trato cariñoso.

No hablaba mucho. Solo las personas de ideas inseguras y opiniones cambiantes tienden a hablar demasiado. Los hombres de su tiempo discutían constantemente sobre muchos temas. Pero aquel joven tenía un profundo sentido moral, y hablaba muy poco en esas discusiones. En cambio, en una conversación educada sabía mostrar una elocuencia picante y discreta. Siempre nacía del buen sentido y de una opinión justa y moderada sobre las cosas del mundo. No aceptaba mentiras, ni engaños, ni esos juegos de palabras complicados. Con ellos se divierten algunas inteligencias demasiado retorcidas. Pepe Rey defendía la realidad, y para eso a veces usaba las armas de la burla. No siempre lo hacía con moderación. Muchas personas que le apreciaban veían en esto casi un defecto. Porque nuestro joven parecía un poco irrespetuoso ante muchas cosas comunes en el mundo y aceptadas por todos. Hay que decirlo, aunque esto le quite algo de prestigio. Rey no conocía la dulce tolerancia de nuestro siglo, que todo lo perdona. Este siglo ha inventado extraños velos de palabras y de hechos. Con ellos tapa lo que podría ser desagradable para los ojos de la gente común.

Así era, y no de otra manera, aunque digan otra cosa las malas lenguas. Ese era el hombre que el tío Licurgo llevó a Orbajosa. Entraron justo cuando la campana de la catedral tocaba a misa mayor. Por encima de la cerca vieron a la niña con el Penitenciario, y vieron cómo ella corría hacia la casa. Después espolearon sus caballerías y entraron en la calle Real. Allí muchos vagos se paraban a mirar al viajero. Lo veían como un huésped extraño que se metía en la ciudad patriarcal. Luego giraron a la derecha, hacia la catedral. Su gran edificio dominaba todo el pueblo. Tomaron la calle del Condestable, que era estrecha y empedrada. En ella las herraduras resonaban con un ruido fuerte. El ruido alarmaba a los vecinos, que se asomaban a las ventanas y a los balcones por curiosidad. Las celosías se abrían con un chasquido especial. Arriba y abajo asomaban caras diferentes, casi todas de mujer. Pepe Rey llegó por fin a la gran puerta de la casa de Polentinos. Para entonces, la gente ya había hecho muchísimos comentarios sobre su figura.

### Glosario

- **brigadier**: jefe militar entre coronel y general.
- **jurisconsulto**: persona que sabe mucho de leyes.
- **no coge ni un galgo**: se dice de algo muy lejano; aquí, un parentesco muy lejano.
- **orgía**: fiesta con muchos excesos de comida, bebida y placeres.
- **acreedores**: personas a las que se les debe dinero.
- **patrimonio**: conjunto de bienes y riquezas de una persona o familia.
- **cuenca**: tierras por donde pasa un río y sus arroyos; aquí, una zona que se estudia para buscar minas.
- **idilio**: vida tranquila y feliz en el campo, como en los poemas de pastores.
- **ergo tua rura manebunt**: verso latino de Virgilio: «así pues, tus campos seguirán siendo tuyos».
- **celosías**: rejillas de madera en una ventana para mirar sin ser visto.

## IV. La llegada del primo

Rosarito se separó de repente del señor Penitenciario. Entonces él miró hacia la cerca y vio las cabezas del tío Licurgo y de su compañero de viaje. Y dijo para sí:

—Vamos, ya está ahí ese prodigio.

Se quedó un rato pensativo. Sujetaba el manteo con las dos manos, cruzadas sobre el vientre. Tenía la vista fija en el suelo. Sus gafas de oro bajaban despacio hacia la punta de la nariz. El labio inferior le salía hacia fuera y estaba húmedo. Tenía un poco fruncidas sus cejas, blancas y negras a la vez. Era un hombre santo, piadoso y de mucho saber. Tenía unas costumbres de sacerdote sin ninguna falta. Pasaba un poco de los sesenta años. Era amable en el trato, fino y prudente. Le gustaba mucho dar consejos y avisos a hombres y mujeres. Desde hacía muchos años era profesor de latín y retórica en el Instituto. Esta noble profesión le había dado muchas citas de Horacio y muchas frases bonitas. Las usaba con gracia y en el momento adecuado. No hace falta decir nada más de este personaje. Solo esto: oyó el trote largo de las caballerías, que corrían hacia la calle del Condestable. Entonces se arregló el manteo y enderezó el sombrero, que no estaba bien puesto en su venerable cabeza. Y mientras iba hacia la casa, murmuró:

—Vamos a ver ese prodigio.

Mientras tanto, Pepe bajaba de la jaca. En la misma puerta de la casa le recibió doña Perfecta en sus brazos cariñosos. Tenía la cara llena de lágrimas. Solo podía decir palabras cortas y entrecortadas, que mostraban de verdad su cariño.

—¡Pepe... pero qué grande estás!... Y con barba... Me parece que fue ayer cuando te sentaba sobre mis rodillas... Ya eres un hombre, todo un hombre... ¡Cómo pasan los años!... ¡Jesús! Aquí tienes a mi hija Rosario.

Mientras decía esto, habían llegado a la sala baja, que normalmente servía para recibir visitas. Allí doña Perfecta le presentó a su hija.

Rosarito era una muchacha de aspecto delicado y débil. Parecía inclinada a esa tristeza dulce que los portugueses llaman *saudades*. En su cara fina y pura había algo de esa blancura de perla. La mayoría de los novelistas se la dan a sus heroínas. Parece que sin ese brillo sentimental ninguna Enriqueta y ninguna Julia pueden ser interesantes. Pero lo principal en Rosario era su expresión de dulzura y modestia. Al verla, nadie echaba de menos las perfecciones que le faltaban. No quiero decir que era fea. Pero también es verdad que llamarla hermosa, en el sentido exacto de la palabra, habría sido exagerar. La verdadera belleza de la hija de doña Perfecta era una especie de transparencia. No hablo aquí del nácar, ni del alabastro, ni del marfil. Ni de los demás materiales que se usan para describir las caras humanas. Hablo de una especie de transparencia, digo, que dejaba ver con claridad todas las profundidades de su alma. Y esas profundidades no eran oscuras y horribles como las del mar. Eran como las de un río tranquilo y claro. Pero allí faltaba materia para que la persona fuera completa. Faltaba cauce, faltaban orillas. El gran caudal de su espíritu se desbordaba y amenazaba con comerse sus estrechas orillas. Cuando su primo la saludó, se puso roja como la grana. Solo dijo algunas palabras torpes.

—Estarás muerto de hambre —dijo doña Perfecta a su sobrino—. Ahora mismo te daremos de almorzar.

—Con su permiso —contestó el viajero—, voy a quitarme el polvo del camino...

—Muy bien pensado —dijo la señora—. Rosario, lleva a tu primo al cuarto que le hemos preparado. No tardes mucho, sobrino. Voy a dar mis órdenes.

Rosario llevó a su primo a una hermosa habitación del piso bajo. Desde que entró, Pepe reconoció en cada detalle la mano cuidadosa y cariñosa de una mujer. Todo estaba colocado con un arte especial. Todo estaba limpio y fresco, y aquel hermoso nido invitaba a descansar. El huésped se fijó en algunos pequeños detalles que le hicieron reír.

—Aquí tienes la campanilla —dijo Rosarito.

Cogió el cordón de la campanilla. Su borla caía sobre la cabecera de la cama.

—No tienes más que alargar la mano. La mesa de escribir está puesta para que recibas la luz por la izquierda... Mira, en esta cesta echarás los papeles rotos... ¿Tú fumas?

—Tengo esa desgracia —contestó Pepe Rey.

—Pues aquí puedes echar las puntas de cigarro —dijo ella.

Con la punta del pie tocó un mueble de latón dorado lleno de arena.

—No hay cosa más fea que ver el suelo lleno de colillas... Mira el lavabo... Para la ropa tienes un ropero y una cómoda... Creo que la relojera está mal aquí. Hay que ponértela junto a la cama... Si te molesta la luz, solo tienes que bajar la cortina. Tiras de la cuerda... ¿Ves?... *¡Rich!*...

El ingeniero estaba encantado.

Rosarito abrió una ventana.

—Mira —dijo—, esta ventana da a la huerta. Por aquí entra el sol de la tarde. Aquí tenemos colgada la jaula de un canario, que canta como un loco. Si te molesta, la quitaremos.

Abrió otra ventana en la pared de enfrente.

—Esta otra ventana —añadió— da a la calle. Mira, desde aquí se ve la catedral. Es muy hermosa y está llena de cosas preciosas. Vienen muchos ingleses a verla. No abras las dos ventanas a la vez, porque las corrientes de aire son muy malas.

—Querida prima —dijo Pepe. Tenía el alma llena de una alegría que no podía explicar—. En todo lo que veo noto una mano de ángel. Y esa mano solo puede ser la tuya. ¡Qué cuarto tan hermoso! Me parece que he vivido en él toda mi vida. Invita a la paz.

Rosarito no contestó nada a estas palabras cariñosas. Salió sonriendo.

—No tardes —dijo desde la puerta—. El comedor también está abajo... en el centro de esta galería.

Entró el tío Licurgo con el equipaje. Pepe le dio una propina muy generosa, y el labriego no estaba acostumbrado a eso. Le dio las gracias con humildad. Después se llevó la mano a la cabeza, como quien ni se pone ni se quita el sombrero. Habló con tono incómodo, mascando las palabras. Era como si no quisiera decir las cosas ni tampoco dejar de decirlas. Se expresó así:

—¿Cuándo será la mejor hora para hablar con el señor don José de un... de un asuntillo?

—¿De un asuntillo? Ahora mismo —contestó Pepe, mientras abría un baúl.

—No es el momento —dijo el labriego—. Descanse el señor don José, que tenemos tiempo. Hay más días que longanizas, como dijo el otro. Y un día viene detrás de otro día... Que usted descanse, señor don José... Cuando quiera dar un paseo... la jaca no es mala... Conque buenos días, señor don José. Que viva usted mil años...

Salió. Pero unos segundos después volvió a entrar.

—¡Ah! Se me olvidaba —añadió—. Si quiere usted algo para el señor juez municipal... Ahora voy a verle para hablarle de nuestro asuntillo...

—Dele usted recuerdos de mi parte —dijo Pepe con buen humor.

No encontró otra frase mejor para quitarse de encima al legislador espartano.

—Pues quede con Dios el señor don José.

—Adiós.

El ingeniero todavía no había sacado su ropa cuando, por tercera vez, aparecieron en la puerta los ojillos listos y la cara astuta del tío Licurgo.

—Perdone el señor don José —dijo. Sonreía de una manera falsa y enseñaba sus dientes blanquísimos—. Pero... quería decirle una cosa. Quizás usted quiera arreglar esto con amigables componedores... Aunque, como dijo el otro, pon lo tuyo en consejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro...

—Hombre, ¿quiere usted irse de aquí?

—Lo digo porque a mí la justicia me fastidia. No quiero nada con la justicia. Del lobo, un pelo, y ese de la frente. Conque, con Dios, señor don José. Dios le dé muchos años de vida para ayudar a los pobres...

—Adiós, hombre, adiós.

Pepe cerró la puerta con llave y dijo para sí:

—La gente de este pueblo parece muy pleitista.

### Glosario

- **prodigio**: persona o cosa extraordinaria, que causa admiración; aquí se dice con ironía.
- **manteo**: capa larga de los sacerdotes.
- **retórica**: arte de hablar y escribir bien para convencer.
- **venerable**: que merece mucho respeto, sobre todo por su edad.
- **saudades**: palabra portuguesa: tristeza dulce, nostalgia.
- **nácar, alabastro, marfil**: materiales blancos y brillantes; los escritores comparan con ellos la piel de una cara.
- **cauce**: el camino por donde corre el agua de un río.
- **roja como la grana**: muy roja, por vergüenza.
- **borla**: adorno de hilos que cuelgan juntos, al final de un cordón.
- **latón**: metal amarillo, mezcla de cobre y cinc.
- **relojera**: pequeño mueble o bolsa para colgar o guardar el reloj de bolsillo.
- **galería**: pasillo largo de una casa.
- **amigables componedores**: personas que arreglan un problema entre dos partes sin ir al juez.
- **hay más días que longanizas**: refrán: hay mucho tiempo, no hay prisa.
- **del lobo, un pelo**: refrán: de una persona peligrosa o de algo malo, hay que sacar el provecho que se pueda, aunque sea poco.
- **pleitista**: que pone pleitos o juicios con facilidad.

## V. ¿Habrá desavenencia?

Poco después, Pepe se presentó en el comedor.

—Si almuerzas mucho ahora —le dijo doña Perfecta con cariño—, se te van a quitar las ganas de comer. Aquí comemos a la una. Las costumbres del campo no te van a gustar.

—Me encantan, señora tía.

—Pues di lo que prefieres. ¿Almorzar fuerte ahora, o tomar una cosita ligera para aguantar hasta la hora de comer?

—Elijo la cosa ligera, para tener el gusto de comer con ustedes. Y si en Villahorrenda hubiera encontrado algo de comer, ahora no tomaría nada.

—Claro que no necesito decirte que nos trates con toda confianza. Aquí puedes mandar como si estuvieras en tu casa.

—Gracias, tía.

—¡Pero cómo te pareces a tu padre! —añadió la señora.

Miraba al joven con verdadera admiración mientras él comía.

—Me parece que estoy mirando a mi querido hermano Juan. Se sentaba como te sientas tú y comía igual que tú. Sobre todo, en el modo de mirar sois como dos gotas de agua.

Pepe empezó con su sencillo desayuno. Las palabras, la actitud y las miradas de su tía y de su prima le daban tanta confianza que ya se sentía en su propia casa.

—¿Sabes lo que me decía Rosario esta mañana? —dijo doña Perfecta, con la vista fija en su sobrino—. Pues me decía esto: tú estás acostumbrado a los lujos y a las ceremonias de la corte, y a las modas del extranjero. Por eso no podrás soportar esta vida tan sencilla y un poco rústica que llevamos. Aquí no hay buen tono, porque todo es a la pata la llana.

—¡Qué error! —contestó Pepe, mirando a su prima—. Nadie odia más que yo las mentiras y las comedias de eso que llaman la alta sociedad. Créanme ustedes. Hace tiempo que deseo darme un baño de cuerpo entero en la Naturaleza, como decía no sé quién. Quiero vivir lejos del ruido, en la soledad y la calma del campo. Deseo la tranquilidad de una vida sin luchas y sin preocupaciones, «ni envidioso ni envidiado», como dijo el poeta. Durante mucho tiempo no he podido descansar. Primero por mis estudios y después por mis trabajos. Y mi espíritu y mi cuerpo necesitan ese descanso. Pero desde que entré en esta casa, querida tía, querida prima, me siento rodeado de la paz que deseo. Así que no me hablen de sociedades altas ni bajas, ni de mundos grandes ni pequeños. Porque yo los cambio todos con gusto por este rincón.

Estaba diciendo esto cuando los cristales de la puerta que daba a la huerta se oscurecieron. Una larga mancha negra se había puesto delante. El sol dio en los cristales de unos anteojos, que soltaron un rayo rápido de luz. Sonó el picaporte, se abrió la puerta y entró con mucha seriedad el señor Penitenciario. Saludó y se inclinó. Se quitó la canaleja y bajó tanto la mano que el ala del sombrero tocó el suelo.

—Es el señor Penitenciario de esta santa catedral —dijo doña Perfecta—. Le queremos mucho, y espero que seas su amigo. Siéntese usted, señor don Inocencio.

Pepe estrechó la mano del venerable canónigo, y los dos se sentaron.

—Pepe, si tienes costumbre de fumar después de comer, fuma tranquilo —dijo amablemente doña Perfecta—. Y el señor Penitenciario también.

En ese momento el buen don Inocencio sacó de debajo de la sotana una gran petaca de cuero. Tenía señales claras de ser viejísima. La abrió y sacó de ella dos cigarrillos largos. Le ofreció uno a nuestro amigo. Rosario sacó un fósforo de una cajita de cartón, de esas que los españoles llaman, con ironía, *wagón*. Muy pronto el ingeniero y el canónigo se echaban el humo el uno al otro.

—¿Y qué le parece al señor don José nuestra querida ciudad de Orbajosa? —preguntó el canónigo.

Mientras fumaba, cerraba con fuerza el ojo izquierdo, como era su costumbre.

—Todavía no he podido formarme una idea de este pueblo —dijo Pepe—. Pero por lo poco que he visto, a Orbajosa le harían falta varias cosas. Media docena de grandes capitales, dispuestos a invertir aquí. Un par de cabezas inteligentes para dirigir la renovación de este país. Y algunos miles de manos que trabajen. Desde la entrada del pueblo hasta la puerta de esta casa he visto más de cien mendigos. La mayoría son hombres sanos, y algunos hasta robustos. Es un ejército triste, y verlo encoge el corazón.

—Para eso está la caridad —dijo don Inocencio—. Por lo demás, Orbajosa no es un pueblo miserable. Ya sabe usted que aquí se producen los mejores ajos de toda España. Y aquí viven más de veinte familias ricas.

—Es verdad —dijo doña Perfecta— que los últimos años han sido malísimos por la sequía. Pero aun así, los graneros no están vacíos. Y últimamente se han llevado al mercado muchos miles de ristras de ajos.

—Llevo muchos años viviendo en Orbajosa —dijo el clérigo, frunciendo la frente—. Y he visto llegar aquí muchísimos personajes de la Corte. Unos venían por las peleas de las elecciones. Otros, para visitar algún terreno abandonado o para ver las antigüedades de la catedral. Y todos llegan hablándonos de arados ingleses, de máquinas de trillar, de saltos de agua, de bancos y de no sé cuántas tonterías más. Siempre repiten lo mismo: que esto es muy malo y que podría ser mejor. ¡Que se vayan con mil demonios! Aquí estamos muy bien sin las visitas de los señores de la Corte. Estamos mucho mejor sin oír siempre ese griterío sobre nuestra pobreza y sobre las grandezas y maravillas de otros sitios. Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. ¿No es verdad, señor don José? Claro que no piense usted, ni por un momento, que lo digo por usted. De ninguna manera. ¡Pues no faltaba más! Ya sé que tenemos delante a uno de los jóvenes más brillantes de la España moderna. Usted sería capaz de transformar nuestras tierras secas en comarcas riquísimas... Y no me molesto si usted me canta la vieja canción de los arados ingleses, de los árboles y de los bosques... Nada de eso. A hombres de tanto, de tantísimo talento, se les puede perdonar el desprecio que sienten por nuestra humildad. Nada, amigo mío, nada, señor don José. Usted tiene permiso para todo. Incluso para decirnos que somos casi unos salvajes.

Esta filípica terminó con un tono claro de ironía, y toda ella era bastante impertinente. Al joven no le gustó. Pero no mostró ni el más pequeño disgusto y siguió la conversación. Intentaba evitar los temas en los que el patriotismo delicado del señor canónigo encontraba fácilmente motivos de pelea. En un momento, la señora se puso a hablar con su sobrino de asuntos de familia. Entonces el canónigo se levantó y dio algunos pasos por la habitación.

El comedor era grande y claro. Las paredes estaban cubiertas de un papel antiguo con flores y ramos. Los colores estaban pálidos, pero el dibujo se conservaba. Eso era gracias a la limpieza que había en todas y cada una de las partes de la casa. Allí estaba el reloj, con las pesas, que parecían quietas, y el péndulo, que no paraba. Las dos cosas colgaban fuera de la caja, a la vista. El péndulo parecía decir siempre que *no*. El reloj, con su esfera de muchos colores, tenía el lugar principal entre los fuertes muebles del comedor. En las paredes había también una serie de láminas francesas. Mostraban las hazañas del conquistador de México. Debajo tenían largas explicaciones. En ellas se hablaba de un *Ferdinand Cortez* y de una *Donna Marine*. Eran tan poco creíbles como las figuras que había dibujado aquel artista ignorante. Entre las dos puertas de cristal que daban a la huerta había un aparato de latón. No hace falta describirlo: basta decir que servía para sostener a un loro. El loro estaba allí con la seriedad y la prudencia propias de estos animalitos, y lo observaba todo. Los loros tienen una cara irónica y dura. Llevan una casaca verde, un gorrito rojo y unas botas amarillas. Y suelen decir palabras roncas y burlonas. Todo esto les da un aspecto extraño y desagradable, entre serio y ridículo. Tienen algo de la rigidez orgullosa de los diplomáticos. A veces parecen bufones. Y siempre se parecen a ciertos hombres muy creídos. Quieren parecer muy superiores, y terminan pareciendo una caricatura.

El Penitenciario era muy amigo del loro. Dejó a la señora y a Rosario hablando con el viajero y se acercó al animal. Le dejó morder el dedo índice con mucho gusto y le dijo:

—Tunante, bribón, ¿por qué no hablas? Valdrías poco si no fueras charlatán. El mundo de los hombres y el de los pájaros están llenos de charlatanes.

Luego cogió con su propia mano venerable algunos garbanzos de la cazuelita que había cerca. Se los dio de comer. El animal empezó a llamar a la criada para pedirle chocolate. Sus palabras distrajeron a las dos señoras y al caballero de una conversación que no debía de ser muy importante.

### Glosario

- **desavenencia**: falta de acuerdo entre personas; pequeña pelea.
- **a la pata la llana**: con sencillez, sin ceremonias.
- **canaleja**: sombrero de sacerdote.
- **canónigo**: sacerdote que forma parte del grupo de clérigos de una catedral.
- **petaca**: estuche para llevar tabaco o cigarrillos.
- **ristras de ajos**: muchos ajos atados en fila.
- **más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena**: refrán: cada uno conoce sus cosas mejor que los de fuera, aunque estos sean más listos.
- **filípica**: discurso duro contra alguien.
- **bufones**: personas que hacen reír a otros con bromas y payasadas.
- **tunante, bribón**: pícaro, persona que engaña; aquí se dice con cariño.

## VI. Donde se ve que puede surgir la desavenencia cuando menos se espera

De repente apareció el señor don Cayetano Polentinos, cuñado de doña Perfecta. Entró con los brazos abiertos y gritando:

—¡Venga acá, señor don José de mi alma!

Y se abrazaron con mucho cariño. Don Cayetano y Pepe ya se conocían. El famoso erudito y bibliófilo solía viajar a Madrid cuando se anunciaba una almoneda de libros. Eran los libros que dejaba algún *buquinista* al morir. Don Cayetano era alto y flaco, de mediana edad. Pero el estudio continuo o las enfermedades lo habían desmejorado mucho. Hablaba con una corrección muy cuidada y rebuscada, que le sentaba de maravilla. Era cariñoso y amable, a veces demasiado. ¿Y qué se puede decir de su enorme saber? Era un verdadero prodigio. En Madrid todos pronunciaban su nombre con respeto. Si don Cayetano viviera en la capital, no se libraría de ser miembro de todas las academias. Estaría en las que existen y en las que existirán, a pesar de su modestia. Pero a él le gustaba vivir tranquilo y aislado. En el alma de otras personas, la vanidad ocupa un gran lugar. En la suya, ese lugar lo ocupaba la pasión pura por los libros. Amaba el estudio solitario y tranquilo. No buscaba otro fin ni otro premio que los libros mismos y el estudio.

Había formado en Orbajosa una de las bibliotecas más ricas de toda España. Allí dentro pasaba largas horas del día y de la noche. Reunía textos, los clasificaba y tomaba apuntes. Sacaba de los libros noticias preciosísimas de todo tipo. O quizás hacía algún trabajo extraordinario, nunca soñado, digno de una cabeza tan grande. Sus costumbres eran sencillas, como las de los patriarcas antiguos. Comía poco y bebía menos. Sus únicas locuras eran alguna merienda en los Alamillos, en días de fiesta muy señalados. Y también sus paseos diarios a un lugar llamado Mundogrande. Allí se desenterraban a menudo, del barro de veinte siglos, medallas romanas y pedazos de arquitrabe. También salían extraños plintos de una arquitectura desconocida. Y a veces aparecía alguna ánfora o cubicularia de un valor incalculable.

Don Cayetano y doña Perfecta vivían en una armonía tan grande que ni la paz del Paraíso era igual. Nunca discutieron. Es verdad que él no se metía para nada en los asuntos de la casa. Y ella no se metía en los de la biblioteca. Solo la mandaba barrer y limpiar todos los sábados. Y respetaba con admiración religiosa los libros y papeles que él estaba usando, sobre la mesa y en otros sitios.

Después de las preguntas y respuestas normales en estos casos, don Cayetano dijo:

—Ya he visto la caja. Siento mucho que no me trajeras la edición de 1527. Tendré que hacer yo mismo un viaje a Madrid... ¿Vas a estar aquí mucho tiempo? Cuanto más, mejor, querido Pepe. ¡Cuánto me alegro de tenerte aquí! Entre los dos vamos a ordenar parte de mi biblioteca. Y haremos un índice de escritores de la Gineta. No siempre se tiene cerca a un hombre de tanto talento como tú... Verás mi biblioteca... Allí podrás leer hasta hartarte... Todo lo que quieras... Verás maravillas, verdaderas maravillas. Tesoros de valor incalculable, rarezas que solo tengo yo, solo yo... Pero, en fin, me parece que ya es hora de comer. ¿No es verdad, José? ¿No es verdad, Perfecta? ¿No es verdad, Rosarito? ¿No es verdad, señor don Inocencio?... Hoy es usted dos veces Penitenciario. Lo digo porque nos acompañará usted a hacer penitencia.

El canónigo se inclinó y, con una sonrisa simpática, mostró que aceptaba. La comida fue cordial. En todos los platos se notaba la abundancia exagerada de los banquetes de pueblo. Había mucha cantidad, pero poca variedad. Había comida para hartar al doble de las personas que estaban allí. La conversación pasó por temas diversos.

—Tiene usted que visitar cuanto antes nuestra catedral —dijo el canónigo—. ¡Hay pocas como esta, señor don José!... Es verdad que usted ha visto tantas maravillas en el extranjero... Usted no encontrará nada notable en nuestra vieja iglesia... Nosotros, los pobres patanes de Orbajosa, la encontramos divina. El maestro López de Berganza, racionero de la catedral, la llamaba en el siglo XVI *pulchra augustina*... Sin embargo, para hombres tan sabios como usted, quizás no tenga ningún mérito. Cualquier mercado de hierro le parecerá más bello.

Cada vez le molestaba más a Pepe Rey el lenguaje irónico del astuto canónigo. Pero había decidido contener y esconder su enfado. Por eso solo contestó con palabras vagas. Doña Perfecta tomó en seguida la palabra y dijo con alegría:

—Cuidado, Pepito. Te advierto que, si hablas mal de nuestra santa iglesia, dejaremos de ser amigos. Tú sabes mucho y eres un hombre eminente que entiende de todo. Pero quizás vas a descubrir que ese gran edificio no es la octava maravilla. En ese caso, guárdate tu sabiduría y déjanos seguir siendo bobos...

—Yo no creo que este edificio sea feo, al contrario —respondió Pepe—. Lo poco que he visto por fuera me ha parecido de una belleza impresionante. Así que no hay por qué asustarse, señora tía. Además, yo no soy sabio, ni mucho menos.

—Poco a poco —dijo el canónigo. Extendió la mano y dejó un momento de masticar, para que la boca descansara hablando—. Alto ahí. No venga usted aquí haciéndose el modesto, señor don José. Todos sabemos muy bien lo muchísimo que usted vale. Conocemos su gran fama y el papel importantísimo que tendrá en cualquier lugar. No se ven hombres así todos los días. Pero ya que alabo así los méritos de usted...

Se detuvo para seguir comiendo. Cuando la lengua quedó libre, continuó así:

—Ya que alabo así los méritos de usted, permítame dar otra opinión. Lo haré con la franqueza propia de mi carácter. Sí, señor don José; sí, señor don Cayetano; sí, señora y niña mías. La ciencia de los modernos, tal como la estudian y la difunden, mata el sentimiento y las dulces ilusiones. Con ella, la vida del espíritu se hace más pequeña. Todo se reduce a reglas fijas. Hasta los encantos sublimes de la Naturaleza desaparecen. La ciencia destruye lo maravilloso en las artes, y también la fe en el alma. La ciencia dice que todo es mentira. Todo lo quiere poner en números y en rayas. No solo *maria ac terras*, donde estamos nosotros. También *caelumque profundum*, donde está Dios... Los sueños admirables del alma, su éxtasis místico, la inspiración misma de los poetas: todo es mentira. El corazón es una esponja, el cerebro una gusanera.

Todos se echaron a reír, mientras él bebía un trago de vino.

—Vamos, señor don José —añadió el sacerdote—, ¿me va a negar usted esto? La ciencia, tal como hoy se enseña y se difunde, va derecha a un fin. Y ese fin es hacer del mundo y del género humano una gran máquina.

—Eso, según y conforme —dijo don Cayetano—. Todas las cosas tienen su pro y su contra.

—Tome usted más ensalada, señor Penitenciario —dijo doña Perfecta—. Está cargadita de mostaza, como a usted le gusta.

A Pepe Rey no le gustaba empezar discusiones inútiles. No era pedante ni presumía de sabio, y menos delante de mujeres y en reuniones de confianza. Pero la charla molesta y agresiva del canónigo necesitaba, según él, una lección. Le pareció mal sistema decir ideas parecidas a las del canónigo, porque así solo le daría gusto. Por eso decidió decir las opiniones más contrarias a las suyas. Así molestaría lo más posible al mordaz Penitenciario.

—Quieres divertirte conmigo —dijo para sí—. Verás qué mal rato te voy a hacer pasar.

Y luego añadió en voz alta:

—Todo lo que ha dicho el señor Penitenciario en broma es cierto. Pero no es culpa nuestra que la ciencia esté derribando a martillazos, día tras día, tantos ídolos falsos. Derriba la superstición, los razonamientos engañosos y las mil mentiras del pasado. Unas son bellas y otras ridículas, porque de todo hay en la viña del Señor. El mundo de las ilusiones, que es como un segundo mundo, se viene abajo con gran estruendo. El misticismo en la religión, la rutina en la ciencia y la afectación en las artes caen entre burlas. Caen como cayeron los dioses paganos. ¡Adiós, sueños torpes! El género humano despierta y sus ojos ven la luz. El sentimentalismo vano, el misticismo, la fiebre, la alucinación y el delirio desaparecen. El que antes estaba enfermo hoy está sano. Y disfruta con un placer enorme al ver las cosas como son de verdad. La fantasía, esa loca terrible que era la dueña de la casa, pasa a ser la criada... Mire usted a todos lados, señor Penitenciario. Verá el admirable conjunto de realidades que ha sustituido a la fábula. El cielo no es una bóveda, y las estrellas no son farolillos. La luna no es una cazadora traviesa, sino una piedra grande y oscura. El sol no es un cochero muy arreglado y vagabundo, sino un incendio fijo. Las sirtes no son ninfas, sino dos rocas en el mar. Las sirenas son focas. Y entre las personas, Mercurio es Manzanedo. Marte es un viejo sin barba, el conde de Moltke. Néstor puede ser un señor con abrigo que se llama monsieur Thiers. Orfeo es Verdi, Vulcano es Krupp y Apolo es cualquier poeta. ¿Quiere usted más? Pues Júpiter, un dios que merecería ir a la cárcel si aún viviera, ya no lanza el rayo. El rayo cae cuando a la electricidad le da la gana. No hay Parnaso, no hay Olimpo. No hay laguna Estigia, ni más Campos Elíseos que los de París. Ya solo se baja al infierno con la geología. Y esta viajera, siempre que vuelve, dice que no hay condenados en el centro de la tierra. Ya solo se sube al cielo con la astronomía. Y esta, al volver, asegura que no ha visto los seis o siete pisos del cielo. De esos pisos hablan Dante y los místicos y soñadores de la Edad Media. Solo encuentra astros y distancias, líneas, espacios enormes y nada más. Ya no hay cálculos falsos de la edad del mundo. La paleontología y la prehistoria han contado los dientes de esta calavera en que vivimos. Y han averiguado su verdadera edad. La fábula ya no existe, se llame paganismo o idealismo cristiano. La imaginación está muerta, de cuerpo presente. Todos los milagros posibles son los que hago yo cuando quiero en mi gabinete. Me basta con una pila de Bunsen, un hilo inductor y una aguja imantada. Ya no hay más multiplicaciones de panes y peces que las de la industria, con sus moldes y máquinas. Y las de la imprenta, que imita a la Naturaleza: de un solo molde saca millones de ejemplares. En resumen, señor canónigo de mi alma: ya se han dado las órdenes para dejar sin empleo a todos los absurdos. Y también a las falsedades, ilusiones, sueños, sensiblerías y prejuicios que oscurecen la mente del hombre. Celebremos el suceso.

Cuando terminó de hablar, una sonrisita jugaba en los labios del canónigo. Sus ojos se habían animado de un modo extraordinario. Don Cayetano estaba ocupado con una bolita de pan. Le daba formas diversas: unas veces de rombo, otras de prisma. Pero doña Perfecta estaba pálida. Miraba fijamente al canónigo, observándolo con mucha atención. Rosarito miraba a su primo, llena de asombro. Él se inclinó hacia ella y le dijo al oído, con disimulo y en voz muy baja:

—No me hagas caso, primita. Digo estos disparates para sulfurar al señor canónigo.

### Glosario

- **bibliófilo**: persona que ama y colecciona libros.
- **almoneda**: venta pública de objetos, aquí de libros.
- **buquinista**: persona que compra y vende libros viejos.
- **la Gineta**: una manera antigua de montar a caballo; hay libros antiguos sobre ella.
- **hacer penitencia**: sufrir algo por los pecados; aquí es una broma: la comida será pobre o pesada.
- **patanes**: personas del campo, sencillas y sin cultura.
- **pulchra augustina**: en latín, «la hermosa de la ciudad augusta».
- **maria ac terras*** / ***caelumque profundum**: en latín, «los mares y las tierras» / «y el cielo profundo».
- **gusanera**: lugar lleno de gusanos.
- **mordaz**: que critica con palabras duras y con burla.
- **sirtes**: bancos de arena o rocas peligrosas en el mar.
- **sulfurar**: hacer enfadar mucho a alguien.

## VII. La desavenencia crece

—Quizás creas —dijo doña Perfecta, con un ligero tono de vanidad— que el señor don Inocencio se va a quedar callado, sin contestarte a todos y cada uno de esos puntos.

—¡Oh, no! —dijo el canónigo, levantando las cejas—. No voy a medir mis pocas fuerzas con un adalid tan valiente y, al mismo tiempo, tan bien armado. El señor don José lo sabe todo. Es decir, tiene a su servicio todo el arsenal de las ciencias exactas. Yo sé bien que la doctrina que defiende es falsa. Pero no tengo talento ni elocuencia para combatirla. Yo usaría las armas del sentimiento. Usaría argumentos de la teología, sacados de la revelación, de la fe, de la palabra divina. Pero, ¡ay!, el señor don José es un sabio eminente. Se reiría de la teología, de la fe, de la revelación, de los santos profetas y del Evangelio. Yo soy un pobre clérigo ignorante, un desdichado que no sabe matemáticas. No sé filosofía alemana, esa en la que hay aquello del *yo* y el *no yo*. Soy un pobre dómine que solo sabe la ciencia de Dios y algo de poetas latinos. Alguien así no puede entrar en combate con estos valientes jefes de la ciencia.

Pepe Rey se echó a reír con ganas y con franqueza.

—Veo que el señor don Inocencio se ha tomado en serio estas tonterías que he dicho —dijo—. Vamos, señor canónigo, dejemos las armas y que todo se acabe. Estoy seguro de que mis verdaderas ideas y las de usted no son distintas. Usted es un hombre piadoso e instruido. Aquí el ignorante soy yo. Si he querido bromear, perdónenme todos: yo soy así.

—Gracias —respondió el sacerdote, claramente molesto—. ¿Y ahora nos sale usted con eso? Yo sé muy bien, todos sabemos muy bien, que las ideas que usted ha defendido son las suyas. No podía ser de otra manera. Usted es el hombre de este siglo. No se puede negar que su inteligencia es prodigiosa, verdaderamente prodigiosa. Se lo confieso con toda sencillez. Mientras usted hablaba, yo lamentaba por dentro un error tan grande. Pero al mismo tiempo no podía dejar de admirar muchas cosas. Admiraba la belleza sublime de sus palabras y su prodigiosa facilidad para hablar. Admiraba el método sorprendente de su razonamiento y la fuerza de sus argumentos... ¡Qué cabeza, señora doña Perfecta, qué cabeza la de este joven sobrino de usted! Cuando estuve en Madrid, me llevaron al Ateneo. Confieso que allí me quedé asombrado. Vi el ingenio asombroso que Dios ha dado a los ateos y a los protestantes.

—Señor don Inocencio —dijo doña Perfecta, mirando unas veces a su sobrino y otras a su amigo—, creo que usted es demasiado bueno al juzgar a este chico... No te enfades, Pepe, ni hagas caso de lo que digo. Yo no soy sabia, ni filósofa, ni teóloga. Pero me parece que el señor don Inocencio acaba de dar una prueba de su gran modestia y de su caridad cristiana. Porque no ha querido aplastarte con sus argumentos. Y podía hacerlo, si hubiera querido.

—¡Señora, por Dios! —dijo el sacerdote.

—Él es así —añadió la señora—. Siempre haciéndose la mosquita muerta... Y sabe más que los siete doctores. ¡Ay, señor don Inocencio, qué bien le va a usted el nombre que tiene! Pero no nos venga ahora con humildades que no vienen a cuento. Mi sobrino no es presumido... Él sabe lo que le han enseñado y nada más... Si ha aprendido el error, ¿qué más puede desear? Solo puede desear que usted le dé luz. Y que le saque del infierno de sus falsas doctrinas.

—Justamente, no deseo otra cosa. Solo deseo que el señor Penitenciario me saque... —murmuró Pepe.

Comprendía que, sin quererlo, se había metido en un laberinto.

—Yo soy un pobre clérigo que solo sabe la ciencia antigua —respondió don Inocencio—. Reconozco el inmenso valor del señor don José en las ciencias del mundo. Ante un oráculo tan brillante, me callo y me pongo de rodillas.

Mientras decía esto, el canónigo cruzaba las dos manos sobre el pecho e inclinaba la cabeza. Pepe Rey estaba un poco confuso. Su tía había dado un giro serio a una discusión inútil y alegre. Él había tomado parte en ella solo para animar un poco la conversación. Creyó que lo más prudente era terminar con un tema tan peligroso. Para eso, hizo una pregunta al señor don Cayetano. En ese momento, don Cayetano despertaba del sueño ligero que le había entrado después del postre. Estaba ofreciendo a todos los palillos de dientes, que nunca faltaban. Estaban clavados en un pavo de porcelana con la cola abierta en abanico.

—Ayer descubrí una mano que agarra el asa de un ánfora. En el ánfora hay varios signos hieráticos. Te la enseñaré —dijo don Cayetano, feliz de hablar de uno de sus temas favoritos.

—Supongo que el señor de Rey será también muy experto en arqueología —dijo el canónigo.

Siempre sin piedad, el canónigo perseguía a su víctima hasta su refugio más escondido.

—Por supuesto —dijo doña Perfecta—. ¿De qué no entenderán estos niños tan listos de hoy? Llevan todas las ciencias en la punta de los dedos. Las universidades y las academias les enseñan de todo en un momento. Y luego les dan un título de sabios.

—¡Oh! Eso es injusto —respondió el canónigo, al ver en la cara del ingeniero que le había molestado.

—Mi tía tiene razón —afirmó Pepe—. Hoy aprendemos un poco de todo. Y salimos de las escuelas con unas pocas nociones de diferentes estudios.

—Decía yo —añadió el canónigo— que usted será un gran arqueólogo.

—No sé ni una palabra de esa ciencia —respondió el joven—. Las ruinas son ruinas, y nunca me ha gustado llenarme de polvo entre ellas.

Don Cayetano hizo una mueca muy expresiva.

—Con esto no condeno la arqueología —dijo en seguida el sobrino de doña Perfecta.

Notaba con dolor que no decía una palabra sin herir a alguien.

—Sé muy bien que del polvo sale la historia —siguió—. Esos estudios son preciosos y utilísimos.

—Usted —dijo el Penitenciario, metiéndose el palillo en la última muela— preferirá los estudios de debate. Ahora se me ocurre una idea excelente. Señor don José, usted debería ser abogado.

—La abogacía es una profesión que odio —contestó Pepe Rey—. Conozco abogados muy respetables. Entre ellos está mi padre, que es el mejor de los hombres. A pesar de tan buen ejemplo, yo nunca ejercería una profesión así. Consiste en defender igual el pro y el contra de cada asunto. Las familias se empeñan en llevar a la abogacía a los mejores jóvenes. No conozco error, prejuicio ni ceguera más grande. La primera y más terrible plaga de España es la multitud de jóvenes abogados. Para que todos ellos vivan, hace falta una cantidad fabulosa de pleitos. Los pleitos se multiplican según la demanda. Aun así, muchísimos abogados se quedan sin trabajo. Y un señor abogado no puede coger el arado ni sentarse al telar. De ahí viene ese brillante escuadrón de holgazanes, llenos de ambiciones. Ellos fomentan la empleomanía y perturban la política. Agitan la opinión y provocan las revoluciones. De algún sitio tienen que comer. Sería una desgracia mayor que hubiera pleitos para todos.

—Pepe, por Dios, mira lo que dices —dijo doña Perfecta, con un tono muy severo—. Perdónele usted, señor don Inocencio... Él no sabe que usted tiene un sobrinito. Acaba de salir de la Universidad, pero ya es una maravilla como abogado.

—Yo hablo en general —dijo Pepe con firmeza—. Yo soy hijo de un abogado ilustre. Por eso sé muy bien que algunas personas ejercen esta noble profesión con verdadera gloria.

—No... si mi sobrino todavía es un chiquillo —dijo el canónigo, fingiendo humildad—. No quiero decir, ni mucho menos, que sea un prodigio de saber, como el señor de Rey. Con el tiempo, ¿quién sabe?... Su talento no es brillante ni seductor. Eso sí, las ideas de Jacintito son sólidas y su juicio es sano. Lo que sabe, lo sabe a machamartillo. No conoce trampas de razonamiento ni palabras vacías...

Pepe Rey estaba cada vez más inquieto. Sin quererlo, iba contra las ideas de los amigos de su tía. Esta idea le hacía sufrir. Decidió callarse, porque temía terminar con don Inocencio tirándose los platos a la cabeza. Por suerte, sonó el esquilón de la catedral. Llamaba a los canónigos a la importante tarea del coro, y así Pepe salió de una situación tan penosa. El venerable sacerdote se levantó y se despidió de todos. Con Pepe se mostró muy amable y lleno de alabanzas. Parecía que eran amigos íntimos desde hacía mucho tiempo. El canónigo se ofreció a servirle en todo. Le prometió presentarle a su sobrino, para que le acompañara a ver la ciudad. Le dijo las palabras más cariñosas. Y al salir, le hizo el favor de darle una palmadita en el hombro. Pepe Rey aceptó con alegría aquellas muestras de paz. Sin embargo, sintió un gran alivio cuando el sacerdote salió del comedor y de la casa.

### Glosario

- **adalid**: jefe de un grupo de guerreros; aquí, defensor de unas ideas.
- **arsenal**: lugar donde se guardan muchas armas; aquí, muchos conocimientos.
- **elocuencia**: arte de hablar bien y convencer a los demás.
- **dómine**: maestro de latín; se dice con algo de burla.
- **Ateneo**: club de Madrid donde se hablaba de ciencia, política y literatura.
- **hacerse la mosquita muerta**: fingir que uno es tímido o débil, sin serlo.
- **los siete doctores**: los grandes sabios antiguos de la Iglesia; se dice de alguien que sabe mucho.
- **oráculo**: persona muy sabia a la que todos escuchan.
- **signos hieráticos**: letras o dibujos sagrados muy antiguos.
- **mueca**: gesto raro que se hace con la cara.
- **pleitos**: luchas entre dos personas ante un juez.
- **telar**: máquina para hacer tela.
- **holgazanes**: personas que no quieren trabajar.
- **a machamartillo**: de forma muy firme y segura.
- **empleomanía**: deseo de muchas personas de tener un empleo pagado por el Estado.
- **esquilón**: campana pequeña.
- **el coro**: lugar de la catedral donde los canónigos cantan y rezan juntos.

## VIII. A toda prisa

Poco después, la escena había cambiado. Don Cayetano descansaba de sus sublimes tareas en un dulce sueño. Estaba tumbado cómodamente en un sillón del comedor. Doña Perfecta andaba por la casa ocupada en sus quehaceres. Rosarito se sentó junto a una de las puertas vidrieras que daban a la huerta. Miró a su primo, y sus ojos le dijeron sin palabras:

—Primo, siéntate aquí junto a mí, y dime todo eso que tienes que decirme.

Él, aunque era matemático, lo comprendió.

—Querida prima —dijo Pepe—, ¡cuánto te habrás aburrido hoy con nuestras discusiones! Dios sabe que, por mi gusto, no habría hecho el pedante así. Pero el señor canónigo tiene la culpa... ¿Sabes que ese señor sacerdote me parece muy raro?...

—¡Es una persona excelente! —respondió Rosarito.

Se notaba que estaba contenta de poder darle a su primo todos los datos y noticias que necesitara.

—¡Oh, sí! Una persona excelente. ¡Bien se nota!

—Cuando le sigas tratando, conocerás...

—Que vale muchísimo. En fin, si es amigo de tu mamá y tuyo, también lo es mío —afirmó el joven—. ¿Y viene mucho por aquí?

—Todos los días. Nos acompaña mucho —respondió Rosarito con inocencia—. ¡Qué bueno y qué amable es! ¡Y cómo me quiere!

—Vaya, ya me va gustando ese señor.

—También viene por las noches a jugar al tresillo —añadió la joven—. Al principio de la noche se reúnen aquí algunas personas. Vienen el juez de primera instancia, el promotor fiscal y el deán. También el secretario del obispo, el alcalde, el recaudador de contribuciones, el sobrino de don Inocencio...

—¡Ah! Jacintito, el abogado.

—Ese. Es un pobre muchacho, más bueno que el pan. Su tío le adora. Volvió de la Universidad con su título de doctor... Porque es doctor en dos facultades, y sacó nota de sobresaliente... ¿Qué te parece? ¡Vaya!... Pues desde que volvió, su tío le trae aquí muy a menudo. Mamá también le quiere mucho... Es un muchacho muy formalito. Se retira temprano con su tío. Nunca va al Casino por las noches, no juega ni gasta dinero. Y trabaja en el bufete de don Lorenzo Ruiz, que es el primer abogado de Orbajosa. Dicen que Jacinto será un gran defensor de pleitos.

—Su tío no exageraba cuando le alababa —dijo Pepe—. Siento mucho haber dicho aquellas tonterías sobre los abogados... Querida prima, ¿verdad que no estuve oportuno?

—Calla, si a mí me parece que tienes mucha razón.

—Pero, de verdad, ¿no estuve un poco...?

—Nada, nada.

—¡Qué peso me quitas de encima! La verdad es que, sin saber cómo, me encontré siempre en contra de ese venerable sacerdote. Fue una discusión constante y penosa. Lo siento mucho.

—Lo que yo creo —dijo Rosarito, mirándole fijamente con ojos llenos de cariño— es que tú no eres para nosotros.

—¿Qué quiere decir eso?

—No sé si me explico bien, primo. Quiero decir que no te será fácil acostumbrarte a la conversación de la gente de Orbajosa. Ni a sus ideas. Me lo imagino... es una suposición.

—¡Oh, no! Yo creo que te equivocas.

—Tú vienes de otro lugar, de otro mundo. Allí las personas son muy listas y muy sabias. Tienen unos modales finos y una manera de hablar ingeniosa, y una figura... Puede ser que no me explique bien. Quiero decir que estás acostumbrado a vivir entre gente escogida. Sabes mucho... Aquí no hay lo que tú necesitas. Aquí no hay gente sabia, ni grandes finuras. Todo es sencillez, Pepe. Me imagino que te aburrirás, que te aburrirás mucho. Y al final tendrás que marcharte.

La tristeza era normal en la cara de Rosarito. Pero ahora se mostró con rasgos tan claros que Pepe Rey sintió una emoción profunda.

—Estás equivocada, querida prima. Yo no he venido aquí con esa idea que tú supones. Y mi carácter y mi inteligencia no chocan con los caracteres y las ideas de aquí. Pero vamos a suponer por un momento que chocaran.

—Vamos a suponerlo...

—En ese caso, estoy convencido de una cosa. Entre tú y yo, entre nosotros dos, querida Rosario, habrá una armonía perfecta. En esto no puedo equivocarme. El corazón me dice que no me equivoco.

Rosarito se puso roja. Pero intentó que se le pasara con sonrisas y con miradas a un lado y a otro. Y dijo:

—No vengas ahora con trucos. Si lo dices porque yo siempre voy a encontrar bien todo lo que digas, tienes razón.

—Rosario —exclamó el joven—, desde que te vi, mi alma se llenó de una alegría muy viva... Y al mismo tiempo sentí una pena: la de no haber venido antes a Orbajosa.

—Eso sí que no me lo voy a creer —dijo ella.

Fingía estar alegre para esconder un poco su emoción.

—¿Tan pronto?... No vengas ahora con palabras bonitas... Mira, Pepe, yo soy una chica de pueblo. Solo sé hablar de cosas corrientes. No sé francés. No me visto con elegancia. Apenas sé tocar el piano. Yo...

—¡Oh, Rosario! —exclamó el joven con pasión—. Dudaba de que fueras perfecta. Ahora ya sé que lo eres.

De repente entró la madre. Rosarito no tenía nada que contestar a las últimas palabras de su primo. Pero sintió que necesitaba decir algo. Miró a su madre y dijo:

—¡Ah! Se me había olvidado ponerle la comida al loro.

—No te ocupes de eso ahora. ¿Qué hacéis ahí? Lleva a tu primo a dar un paseo por la huerta.

La señora sonreía con bondad de madre. Le señalaba a su sobrino los árboles frondosos que se veían detrás de los cristales.

—Vamos allá —dijo Pepe, levantándose.

Rosarito corrió hacia la vidriera como un pájaro al que dejan libre.

—Pepe sabe tanto que entenderá de árboles —afirmó doña Perfecta—. Él te enseñará cómo se hacen los injertos. A ver qué opina de esos peralitos que se van a trasplantar.

—Ven, ven —dijo Rosarito desde fuera.

Llamaba a su primo con impaciencia. Los dos desaparecieron entre las hojas. Doña Perfecta los vio alejarse, y después se ocupó del loro. Mientras le cambiaba la comida, dijo en voz muy baja, con aire pensativo:

—¡Qué poco cariñoso es! Ni siquiera le ha hecho una caricia al pobre animalito.

Luego añadió en voz alta, porque pensó que quizás su cuñado la podía oír:

—Cayetano, ¿qué te parece el sobrino?... ¡Cayetano!

Un gruñido sordo indicó que el anticuario volvía a darse cuenta de este miserable mundo.

—Cayetano...

—Eso es... eso es... —murmuró el sabio con voz torpe—. Ese caballerito defenderá, como todos, una opinión equivocada. Dirá que las estatuas de Mundogrande vienen de la primera inmigración fenicia. Yo le convenceré...

—Pero, Cayetano...

—Pero, Perfecta... ¡Bah! ¿Ahora también vas a decir que me he dormido?

—No, hombre, ¡cómo voy a decir yo semejante disparate!... ¿Pero no me dices qué te parece ese joven?

Don Cayetano se puso la palma de la mano delante de la boca para bostezar más a gusto. Después empezó una larga conversación con la señora. Las personas que nos han contado los datos de esta historia no dicen nada de aquel diálogo. Sin duda fue demasiado secreto. Y en cuanto a lo que hablaron el ingeniero y Rosarito en la huerta aquella tarde, parece claro que no merece la pena contarlo.

En cambio, en la tarde del día siguiente sí ocurrieron cosas que no se deben callar, porque fueron muy graves. Los dos primos estaban solos. Era ya bastante tarde. Habían paseado por distintos lugares de la huerta, atentos el uno al otro. Solo tenían alma y sentidos para verse y oírse.

—Pepe —decía Rosario—, todo lo que me has dicho es una fantasía. Es una de esas canciones que sabéis hacer tan bien los hombres ingeniosos. Tú piensas que, como soy de pueblo, me creo todo lo que me dicen.

—Si me conocieras como yo creo conocerte a ti, sabrías una cosa. Yo nunca digo nada más que lo que siento. Pero dejemos las sutilezas tontas y los trucos de enamorados. Solo sirven para falsear los sentimientos. Yo contigo solo hablaré el lenguaje de la verdad. ¿Eres acaso una señorita que he conocido en el paseo o en la tertulia? ¿Una con la que pienso pasar un rato divertido? No. Eres mi prima. Eres algo más... Rosario, pongamos de una vez las cosas en su sitio. Sin rodeos. Yo he venido aquí a casarme contigo.

Rosario sintió que la cara le ardía y que el corazón no le cabía en el pecho.

—Mira, querida prima —añadió el joven—, te juro una cosa. Si no me hubieras gustado, ya estaría lejos de aquí. La cortesía y la delicadeza me habrían obligado a hacer esfuerzos. Pero no me habría sido fácil esconder mi desengaño. Yo soy así.

—Primo, casi acabas de llegar —dijo Rosarito con pocas palabras, esforzándose por reír.

—Acabo de llegar y ya sé todo lo que tenía que saber. Sé que te quiero. Eres la mujer que el corazón me anuncia desde hace tiempo. Me lo dice noche y día: «Ya viene, ya está cerca; que te quemas».

Con esta frase, Rosario tuvo una excusa para soltar la risa que ya jugaba en sus labios. Su espíritu, lleno de alegría, parecía flotar en un aire de felicidad.

—Tú te empeñas en que no vales nada —siguió Pepe—, y eres una maravilla. Tienes una cualidad admirable. A todas horas proyectas sobre todo lo que te rodea la luz divina de tu alma. En cuanto se te ve, en cuanto se te mira, se notan los sentimientos nobles y la pureza de tu corazón. Al verte, se ve una vida del cielo que está en la tierra por un descuido de Dios. Eres un ángel, y yo te adoro como un tonto.

Al decir esto, parecía que había cumplido una misión importante. De repente, Rosarito sintió una emoción tan fuerte que su cuerpo débil no pudo soportarla. Se sintió desfallecer y se dejó caer sobre una piedra. Aquella piedra servía de asiento en aquel lugar tan agradable. Pepe se inclinó hacia ella. Vio que cerraba los ojos y apoyaba la frente en la palma de la mano. Poco después, la hija de doña Perfecta Polentinos miró a su primo con ternura, entre dulces lágrimas. Y le dijo estas palabras:

—Te quiero desde antes de conocerte.

Apoyó sus manos en las del joven y se levantó. Los dos desaparecieron entre las ramas frondosas de un paseo de adelfas. Caía la tarde. Una dulce sombra se extendía por la parte baja de la huerta. Y el último rayo del sol poniente coronaba de brillos las copas de los árboles. En las ramas altas, la ruidosa república de pajarillos armaba un escándalo enorme. Era la hora en que se iban a dormir, después de volar por la alegre inmensidad del cielo. Y se peleaban unos con otros por la rama que cada uno quería como dormitorio. Su charla parecía a veces una discusión con reproches, y a veces burla y gracia. Con sus trinos parlanchines, aquellos pillos se decían los peores insultos. Se daban picotazos y agitaban las alas. Así agitan los brazos los oradores cuando quieren que la gente crea sus mentiras. Pero por allí sonaban también palabras de amor. La hora tranquila y el lugar hermoso invitaban a ello. Un oído atento habría podido distinguir estas:

—Te quería desde antes de conocerte. Y si no hubieras venido, me habría muerto de pena. Mamá me daba a leer las cartas de tu padre. En ellas te alababa tanto que yo decía: «Este debería ser mi marido». Durante mucho tiempo, tu padre no habló de casarnos a ti y a mí. Eso me parecía un descuido muy grande. Yo no sabía qué pensar de una negligencia así... Mi tío Cayetano, siempre que hablaba de ti, decía: «Como ese hay pocos en el mundo. La mujer que lo pesque ya puede sentirse feliz...». Por fin tu papá dijo lo que tenía que decir... Sí, tenía que decirlo: yo lo esperaba todos los días...

Poco después de estas palabras, la misma voz añadió con inquietud:

—Alguien viene detrás de nosotros.

Pepe salió de entre las adelfas y vio a dos personas que se acercaban. Cerca había un arbolito joven. Pepe tocó sus hojas y le dijo en voz alta a su compañera:

—No conviene hacer la primera poda a los árboles jóvenes como este hasta que tengan bien las raíces. Los árboles recién plantados no tienen fuerza para soportar esa operación. Tú sabes bien que las raíces solo se forman gracias a las hojas. Así que, si le quitas las hojas...

—¡Ah, señor don José! —exclamó el Penitenciario con una risa franca.

Se acercó a los dos jóvenes y les hizo una reverencia.

—¿Está usted dando lecciones de horticultura? *Insere nunc, Meliboee, piros, pone ordine vitis*, como dijo el gran poeta de los trabajos del campo. «Injerta los perales, caro Melibeo, arregla las parras»... ¿Y qué tal estamos de salud, señor don José?

El ingeniero y el canónigo se dieron la mano. Luego el canónigo se volvió y señaló a un jovencito que venía detrás de él. Y dijo sonriendo:

—Tengo el gusto de presentarle a usted a mi querido Jacintillo... Es una buena pieza... un tarambana, señor don José.

### Glosario

- **hacer el pedante**: hablar como si uno supiera mucho, para presumir.
- **tresillo**: juego de cartas para tres personas.
- **bufete**: oficina de un abogado.
- **que te quemas**: se dice en un juego de niños cuando alguien está muy cerca de lo que busca.
- **injerto**: trozo de una planta que se une a otra para que crezca en ella.
- **inmigración fenicia**: llegada a España de los fenicios, un pueblo antiguo del mar Mediterráneo.
- **adelfa**: arbusto de flores rosas o blancas.
- **poda**: corte de algunas ramas de un árbol para que crezca mejor.
- **caro Melibeo**: «querido Melibeo»; Melibeo es un personaje de los poemas de Virgilio.
- **tarambana**: persona alocada, que hace las cosas sin pensar.

## IX. La desavenencia sigue creciendo y amenaza convertirse en discordia

Junto a la sotana negra apareció una cara fresca y sonrosada. Jacintito saludó a nuestro joven, aunque con cierta timidez.

Era uno de esos chiquillos precoces que la Universidad, demasiado blanda, lanza antes de tiempo a las duras luchas del mundo. Les hace creer que son hombres porque son doctores. Jacintito tenía una cara bonita y redonda, con mejillas de rosa como una muchacha. Era gordito y bajito, casi bajísimo. No tenía más barba que un bigote suave que solo la anunciaba. Tenía poco más de veinte años. Desde niño lo había educado su excelente y prudente tío. Así que, claro está, el arbolito joven no se torció al crecer. Una moral severa lo mantenía siempre derecho. En el cumplimiento de sus deberes de estudiante, apenas se le podía poner una falta. Terminó los estudios en la Universidad con un éxito asombroso. En todas las clases sacó las notas más altas. Después empezó a trabajar. Era aplicado y tenía buen ojo para la abogacía. Por eso prometía conservar en los tribunales la gloria que había ganado en las aulas.

A veces era travieso como un niño, y a veces serio como un hombre. Su buen tío lo habría creído perfecto, de verdad, de no ser por una cosa. A Jacintito le gustaban un poco, y hasta un mucho, las muchachas bonitas. El tío le daba sermones a todas horas y se daba prisa en cortarle esos vuelos atrevidos. Pero ni siquiera esta afición tan mundana del jovencito enfriaba el gran amor del buen canónigo. Lo quería muchísimo, porque era el hijo encantador de su querida sobrina María Remedios. Cuando se trataba del abogadillo, todo cedía. Hasta las costumbres serias y ordenadas del buen sacerdote cambiaban por cualquier asunto del joven que tenía a su cargo. Su vida era rigurosa y fija como un sistema de planetas. Pero perdía el equilibrio cuando Jacintito estaba enfermo o tenía que hacer un viaje. ¡Qué inútil es el celibato de los clérigos! El Concilio de Trento les prohíbe tener hijos. Pero Dios, y no el Demonio, les da sobrinos. Así conocen también los dulces cuidados de ser padres.

Si se miraban sin prejuicios las cualidades de aquel niño tan aplicado, había que reconocer que tenía mérito. Su carácter tendía, por lo general, a la honradez. Y las acciones nobles despertaban en su alma una sincera admiración. En cuanto a su inteligencia y a su saber estar en sociedad, tenía todo lo necesario para llegar lejos. Con el tiempo, podía ser una de esas celebridades que tanto abundan en España. Podía ser lo que siempre llamamos, exagerando, un *distinguido patricio* o *un eminente hombre público*. Pero hay tantos que apenas se les da su justo valor. El título universitario llega en una edad delicada, entre la niñez y la edad adulta. A esa edad, pocos jóvenes se libran de una pedantería pesada, sobre todo si sus maestros los han mimado. Esa pedantería les da mucho prestigio junto al sillón de sus mamás. Pero entre hombres hechos y serios resulta muy ridícula. Jacintito tenía este defecto. Era disculpable por su poca edad. Y también porque su buen tío alimentaba aquella vanidad infantil con aplausos imprudentes.

Cuando los cuatro se juntaron, siguieron paseando. Jacinto callaba. El canónigo volvió al tema que habían dejado: los *piros* que había que injertar y las *vitis* que había que poner en orden. Y dijo:

—Ya sé que don José es un gran agrónomo.

—Nada de eso; no sé ni una palabra —respondió el joven.

Le disgustaba mucho aquella manía de creerle experto en todas las ciencias.

—¡Oh, sí! Un gran agrónomo —añadió el Penitenciario—. Pero que no me citen libros novísimos de agronomía. Para mí, señor de Rey, toda esa ciencia cabe en lo que yo llamo la *Biblia del campo*. Me refiero a las *Geórgicas* del inmortal poeta latino. Todo en ellas es admirable. Empieza por aquella gran frase: *Nec vero terrae ferre omnes omnia possunt*. Es decir, que no todas las tierras sirven para todos los árboles, señor don José. Y llega hasta el detallado estudio de las abejas. Allí el poeta explica todo sobre estos sabios animalitos. Y define al zángano, diciendo:

.......................*Ille horridus alter*

*Desidia, latamque trahens inglorius alvum*,

de figura horrible y perezosa, arrastrando el innoble vientre pesado, señor don José...

—Hace usted bien en traducírmelo —dijo Pepe—, porque entiendo muy poco latín.

—¡Oh! Los hombres de hoy, ¿para qué van a perder el tiempo estudiando cosas antiguas? —añadió el canónigo con ironía—. Además, en latín solo escribieron unos pobres hombres sin carácter, como Virgilio, Cicerón y Tito Livio. Yo, sin embargo, pienso lo contrario. Que lo diga mi sobrino, a quien he enseñado esa lengua sublime. El pillo sabe más que yo. Lo malo es que, con las lecturas modernas, la va olvidando. Y cualquier día descubrirá que es un ignorante, sin sospecharlo. Porque, señor don José, a mi sobrino le ha dado por leer libros novísimos y teorías extravagantes. Todo es Flammarion por aquí y Flammarion por allá. Y no sale de eso: que las estrellas están llenas de gente. Vaya, me parece que ustedes dos van a ser buenos amigos. Jacinto, pídele a este caballero que te enseñe las matemáticas sublimes. Que te explique todo sobre los filósofos alemanes, y ya serás un hombre.

El buen clérigo se reía de sus propias ocurrencias. Jacinto estaba contento de ver la conversación en un terreno tan de su gusto. Se disculpó con Pepe Rey y, sin más, le soltó esta pregunta:

—Dígame, señor don José, ¿qué piensa usted del darwinismo?

Nuestro joven sonrió al oír una pedantería tan fuera de lugar. Con gusto habría animado al joven a seguir por aquel camino de vanidad infantil. Pero creyó más prudente no hacerse muy amigo del sobrino ni del tío. Así que contestó con sencillez:

—Yo no puedo pensar nada de las doctrinas de Darwin, porque apenas las conozco. Los trabajos de mi profesión no me han dejado tiempo para esos estudios.

—Ya —dijo el canónigo, riendo—. Todo se reduce a que descendemos de los monos... Si lo dijera solo de ciertas personas que yo conozco, tendría razón.

—La teoría de la selección natural —añadió Jacinto en tono solemne—, dicen que tiene muchos partidarios en Alemania.

—No lo dudo —dijo el clérigo—. En Alemania no les debe molestar que esa teoría sea verdad, por lo que se refiere a Bismarck.

Doña Perfecta y el señor don Cayetano aparecieron delante de los cuatro.

—¡Qué tarde tan hermosa! —dijo la señora—. ¿Qué tal, sobrino? ¿Te aburres mucho?...

—Nada de eso —respondió el joven.

—No me lo niegues. De eso veníamos hablando Cayetano y yo. Tú estás aburrido, y te empeñas en disimularlo. No todos los jóvenes de hoy son capaces de sacrificarse como Jacinto. Él pasa su juventud en un pueblo donde no hay Teatro Real, ni Bufos, ni bailarinas. No hay filósofos, ni ateneos, ni periodicuchos. No hay Congresos, ni otras diversiones y pasatiempos.

—Yo estoy aquí muy bien —respondió Pepe—. Ahora mismo le decía a Rosario que esta ciudad y esta casa me gustan mucho. Tanto, que me gustaría vivir y morir aquí.

Rosario se puso muy roja y los demás se callaron. Todos se sentaron en una glorieta. Jacinto se dio prisa en ocupar el sitio a la izquierda de la señorita.

—Mira, sobrino, tengo que advertirte una cosa —dijo doña Perfecta.

Lo dijo con aquella sonrisa de bondad que salía de su alma como el perfume sale de la flor.

—Pero no vayas a creer que te riño ni que te doy lecciones. Tú no eres un niño y comprenderás fácilmente mis ideas.

—Ríñame usted, querida tía, que seguro que lo merezco —contestó Pepe.

Ya empezaba a acostumbrarse a las bondades de la hermana de su padre.

—No, no es más que un consejo. Estos señores verán que tengo razón.

Rosarito escuchaba con toda su alma.

—Pues es solo esto —añadió la señora—. Cuando vuelvas a visitar nuestra hermosa catedral, procura estar en ella con un poco más de respeto.

—Pues ¿qué he hecho yo?

—No me extraña que tú mismo no veas tu falta —dijo la señora, con una alegría aparente—. Es natural. Estás acostumbrado a entrar con total soltura en los ateneos, clubes, academias y congresos. Y crees que se puede entrar igual en un templo donde está la Divina Majestad.

—Pero, señora, perdóneme usted —dijo Pepe, muy serio—. Yo he entrado en la catedral con el mayor respeto.

—Si no te riño, hombre, si no te riño. No lo tomes así, porque tendré que callarme. Señores, disculpen ustedes a mi sobrino. No es raro un pequeño descuido, una distracción... ¿Cuántos años hace que no pisas un lugar sagrado?

—Señora, yo le juro a usted... Pero, en fin, mis ideas religiosas pueden ser lo que se quiera. Pero yo suelo comportarme con el mayor respeto dentro de la iglesia.

—Lo que yo digo... Vamos, si te vas a ofender, no sigo... Lo que digo es que muchas personas lo notaron esta mañana. Lo notaron los señores de González, doña Robustiana, Serafinita... En fin, basta con decirte que llamaste la atención del señor obispo... Su Ilustrísima se me quejó esta tarde en casa de mis primas. Me dijo que no te había mandado echar a la calle porque le dijeron que eras mi sobrino.

Rosario miraba con angustia la cara de su primo. Intentaba adivinar sus respuestas antes de que las diera.

—Sin duda me han confundido con otro.

—No... no... Fuiste tú... Pero no vayas a ofenderte, que aquí estamos entre amigos y personas de confianza. Fuiste tú. Yo misma te vi.

—¡Usted!

—Exactamente. ¿Vas a negar que te pusiste a mirar las pinturas? Pasabas entre un grupo de fieles que estaban oyendo misa... Te juro que tus idas y venidas me distrajeron tanto que... Vamos... no lo debes volver a hacer. Luego entraste en la capilla de San Gregorio. En el altar mayor alzaron la Hostia, y tú ni siquiera te volviste para mostrar respeto. Después cruzaste la iglesia de punta a punta. Te acercaste al sepulcro del Adelantado y pusiste las manos sobre el altar. En seguida pasaste otra vez entre el grupo de los fieles, llamando la atención. Todas las muchachas te miraban. Y tú parecías contento de molestar de una forma tan bonita la devoción y el buen ejemplo de aquella buena gente.

—¡Dios mío! ¡Todo lo que he hecho!... —dijo Pepe, entre enfadado y divertido—. Soy un monstruo y ni siquiera lo sospechaba.

—No, ya sé que eres un buen muchacho —dijo doña Perfecta.

Mientras hablaba, observaba la cara del canónigo. Él la tenía falsamente seria e inmóvil, como una máscara de cartón.

—Pero, hijo, una cosa es pensar las cosas y otra decirlas con tanto descaro. Entre las dos hay una distancia. Y el hombre prudente y moderado nunca debe cruzarla. Ya sé que tus ideas son... No te enfades; si te enfadas, me callo... Digo que una cosa es tener ideas religiosas y otra mostrarlas... No voy a criticarte porque creas que Dios no nos creó a su imagen y semejanza. Ni porque creas que descendemos de los micos. Ni porque niegues que existe el alma. Tú dices que el alma es una droga, como los sobrecitos de magnesia o de ruibarbo que venden en la botica...

—Señora, por Dios... —dijo Pepe, disgustado—. Veo que tengo muy mala fama en Orbajosa.

Los demás seguían callados.

—Pues decía que no te voy a criticar por esas ideas... Además, no tengo derecho a hacerlo. Si me pusiera a discutir contigo, tú, con tu enorme talento, me confundirías mil veces... No, nada de eso. Lo que digo es otra cosa. Estos pobres y humildes habitantes de Orbajosa son piadosos y buenos cristianos. Es verdad que ninguno sabe filosofía alemana. Por eso no debes despreciar en público sus creencias.

—Querida tía —dijo el ingeniero muy serio—, yo no he despreciado las creencias de nadie. Y no tengo las ideas que usted me atribuye. Quizás haya sido un poco irrespetuoso en la iglesia; soy algo distraído. Mi inteligencia y mi atención estaban fijas en la arquitectura. Y, la verdad, no me di cuenta... Pero eso no era motivo para que el señor obispo quisiera echarme a la calle. Ni para que usted me creyera capaz de decir que el alma es un sobrecito de la botica. Puedo aceptar eso como broma, solo como broma.

Pepe Rey sentía en su espíritu una agitación tan fuerte que no pudo disimularla, a pesar de su mucha prudencia.

—Vaya, veo que te has enfadado —dijo doña Perfecta, bajando los ojos y cruzando las manos—. ¡Todo sea por Dios! Si hubiera sabido que lo tomabas así, no te habría dicho nada. Pepe, te ruego que me perdones.

Pepe oyó esto y vio la actitud humilde de su bondadosa tía. Entonces sintió vergüenza de la dureza de sus palabras e intentó calmarse. El venerable Penitenciario le sacó de aquella situación tan incómoda. Sonrió con su bondad de siempre y habló así:

—Señora doña Perfecta, hay que ser tolerantes con los artistas... ¡Oh! Yo he conocido a muchos. Estos señores ven delante una estatua, una armadura oxidada, un cuadro podrido o una pared vieja. Y entonces se olvidan de todo. El señor don José es artista. Ha visitado nuestra catedral como la visitan los ingleses. Ellos se llevarían con gusto a sus museos hasta la última baldosa... Los fieles estaban rezando. El sacerdote alzó la Sagrada Hostia. Llegó el momento de mayor piedad y recogimiento. Pues bien... ¿qué le importa nada de esto a un artista? Es verdad que yo no sé lo que vale el arte cuando se separa de los sentimientos que expresa... Pero, en fin, hoy se acostumbra a adorar la forma, no la idea... Dios me libre de ponerme a discutir este tema con el señor don José. Él sabe tanto y razona con la fina sutileza de los modernos... Confundiría en seguida mi espíritu, en el que no hay más que fe.

—Ustedes se empeñan en verme como el hombre más sabio de la tierra. Y eso me molesta bastante —dijo Pepe, otra vez con voz dura—. Ténganme por tonto. Prefiero la fama de tonto a tener esa ciencia de Satanás que aquí me atribuyen.

Rosarito se echó a reír. Y Jacinto creyó que había llegado el mejor momento para lucir su erudición.

—El panteísmo o panenteísmo están condenados por la Iglesia, así como por las doctrinas de Schopenhauer y el moderno Hartmann.

—Señores y señoras —dijo el canónigo con seriedad—, hay hombres que dedican un culto tan fervoroso al arte. Aunque solo se fijen en la forma, merecen el mayor respeto. Es mejor ser artista y disfrutar ante la belleza que ser indiferente y no creer en nada. Y eso aunque la belleza sean solo unas ninfas desnudas. En un espíritu que se dedica a contemplar la belleza no entrará del todo el mal. *Est Deus in nobis... Deus*, que se entienda bien. Así que siga el señor don José admirando las maravillas de nuestra iglesia. Por mi parte, le perdono con gusto sus faltas de respeto. Sin perjuicio, claro, de lo que opine el señor obispo.

—Gracias, señor don Inocencio —dijo Pepe.

Sentía crecer dentro de sí, punzante e inquieto, un sentimiento de hostilidad hacia el astuto canónigo. Y no pudo dominar las ganas de molestarle.

—Por lo demás, no crean ustedes que yo estaba absorto en las bellezas artísticas del templo. Ustedes creen que está lleno de ellas. Yo no veo esas bellezas en ninguna parte. Solo veo la arquitectura imponente de una parte del edificio. Y los tres sepulcros de las capillas del ábside, y algunos entalles del coro. Lo que ocupaba mi mente era otra cosa. Pensaba en la triste decadencia de las artes religiosas. La catedral está llena de innumerables monstruosidades artísticas. Y no me causaban asombro, sino rabia.

Los presentes se quedaron enormemente asombrados.

—No puedo soportar aquellas imágenes pintadas con barniz brillante y con rojo intenso —añadió Pepe—. Que Dios me perdone la comparación, pero se parecen mucho a las muñecas de las niñas mayorcitas. ¿Y qué puedo decir de los vestidos de teatro con que las cubren? Vi un San José con manto. No quiero decir qué aspecto tenía, por respeto al Santo Patriarca y a la Iglesia que lo adora. En los altares se amontonan imágenes de un gusto artístico lamentable. Hay muchísimas coronas, ramos, estrellas, lunas y otros adornos de metal o de papel dorado. Todo eso parece una tienda de cosas baratas. Ofende el sentimiento religioso y hace desmayar nuestro espíritu. En vez de elevarse a la contemplación religiosa, el espíritu se hunde. Y la idea de lo cómico lo molesta. Las grandes obras de arte dan formas visibles a las ideas, a los dogmas, a la fe y a la pasión mística. Así cumplen una misión muy noble. Pero hay también mamarrachos y errores del gusto. Son obras grotescas con que una piedad mal entendida llena las iglesias. Ellas también cumplen su objetivo, pero es bastante triste. Fomentan la superstición y enfrían el entusiasmo. Obligan a los ojos del creyente a apartarse de los altares. Y con los ojos se apartan las almas que no tienen una fe muy profunda ni muy segura.

—La doctrina de los iconoclastas —dijo Jacintito— parece que también está muy extendida en Alemania.

—Yo no soy iconoclasta —siguió el joven—. Aunque prefiero destruir todas las imágenes antes que ver estas payasadas de las que hablo. Al ver esto, se puede defender que el culto debe volver a la noble sencillez de los tiempos antiguos. Pero no: no hay que renunciar a la ayuda admirable de todas las artes. Desde la poesía hasta la música, todas ayudan a la relación entre el hombre y Dios. ¡Vivan las artes! Que haya la mayor pompa en los ritos religiosos. Yo estoy a favor de la pompa...

—Artista, artista y nada más que artista —dijo el canónigo, moviendo la cabeza con lástima—. Buenas pinturas, buenas estatuas, música bonita... Fiesta para los sentidos, y el alma, que se la lleve el Demonio.

—Y hablando de música —dijo Pepe Rey.

No se daba cuenta del efecto tan malo que sus palabras causaban en la madre y en la hija.

—Imagínense ustedes cómo estaría mi espíritu para la contemplación religiosa al visitar la catedral. De repente, al llegar al ofertorio de la misa mayor, el señor organista tocó un trozo de *La Traviata*.

—En eso tiene razón el señor de Rey —dijo el abogadillo en tono solemne—. El otro día el señor organista tocó entero el brindis y el vals de la misma ópera. Y después, un rondó de *La Gran Duquesa*.

—Pero lo que más me desanimó el corazón —siguió el ingeniero sin piedad— fue ver una imagen de la Virgen. Parece que la veneran mucho, por la mucha gente que había ante ella y las muchísimas velas que la alumbraban. La han vestido con un ropón hinchado de terciopelo bordado de oro. Tiene una forma tan rara que supera a las modas más extravagantes de hoy. Su cara desaparece entre un follaje espeso de mil clases de encajes rizados con tenacillas. Lleva una corona de media vara de alto, rodeada de rayos de oro. Es como un catafalco deforme que le han montado sobre la cabeza. Los pantalones del Niño Jesús son de la misma tela y con los mismos bordados... No quiero seguir. Si describo cómo están la madre y el hijo, quizás diga alguna falta de respeto. Solo diré esto: no pude aguantar la risa. Durante un rato miré la imagen profanada y dije: «¡Madre y señora mía, cómo te han puesto!».

Al terminar estas palabras, Pepe miró a sus oyentes. Con la sombra del atardecer no se distinguían bien las caras. Pero creyó ver en algunas señales de un amargo disgusto.

—Pues, señor don José —dijo en seguida el canónigo, riendo y con aire de triunfo—, esa imagen le parece muy ridícula a la filosofía y al panteísmo de usted. Pues es Nuestra Señora del Socorro, patrona y protectora de Orbajosa. Sus habitantes la veneran tanto que serían capaces de arrastrar por las calles a quien hablara mal de ella. Las crónicas y la historia, señor mío, están llenas de los milagros que ha hecho. Y aún hoy vemos continuamente pruebas indiscutibles de su protección. Debe saber usted también otra cosa. Su señora tía, doña Perfecta, es camarera mayor de la Santísima Virgen del Socorro. Y ese vestido que a usted le parece tan grotesco... pues... Digo que ese vestido, tan grotesco para los ojos sin fe de usted, salió de esta casa. Y los pantalones del Niño son obra de su prima de usted, Rosarito, que nos está oyendo. Los hicieron su maravillosa aguja y su pura piedad.

Pepe Rey se quedó bastante desconcertado. En ese mismo momento, doña Perfecta se levantó bruscamente. Sin decir una palabra, se fue hacia la casa, y el señor Penitenciario la siguió. Los demás también se levantaron. El joven, confuso, iba a pedir perdón a su prima por su falta de respeto. Pero entonces vio que Rosarito lloraba. Ella le miró fijamente, con un dulce reproche de amiga, y dijo:

—¡Pero qué cosas tienes!

Se oyó la voz de doña Perfecta, que gritaba muy alterada:

—¡Rosario, Rosario!

Rosario corrió hacia la casa.

### Glosario

- **sotana**: vestido largo y negro del sacerdote.
- **precoces**: que crecen o aprenden antes de lo normal.
- **celibato**: vida de quien no se casa, como los sacerdotes católicos.
- **Concilio de Trento**: gran reunión de la Iglesia en el siglo XVI que fijó muchas de sus reglas.
- **agrónomo**: persona que estudia cómo cultivar bien el campo.
- **zángano**: abeja macho que no trabaja; también, persona perezosa.
- **darwinismo**: teoría de Darwin sobre el origen de las especies.
- **glorieta**: lugar del jardín con un techo de plantas y bancos.
- **alzar la Hostia**: levantar el sacerdote el pan sagrado durante la misa.
- **micos**: monos pequeños.
- **botica**: farmacia antigua.
- **panteísmo**: idea de que Dios y el mundo son la misma cosa.
- **ábside**: parte redonda de la iglesia, detrás del altar mayor.
- **entalles**: figuras talladas en madera o en piedra.
- **mamarrachos**: figuras feas y ridículas.
- **iconoclasta**: persona que quiere destruir las imágenes religiosas.
- **pompa**: lujo y solemnidad en una ceremonia.
- **ofertorio**: momento de la misa en que se ofrecen el pan y el vino.
- **vara**: medida antigua de longitud, de unos 84 centímetros.
- **catafalco**: gran adorno de madera que se pone en la iglesia en los funerales.
- **profanada**: tratada sin respeto, siendo algo sagrado.
- **camarera mayor de la Virgen**: señora que cuida la ropa y los adornos de la imagen de la Virgen.

## X. La existencia de la discordia es evidente

Pepe Rey estaba confuso y preocupado. Estaba furioso contra los demás y también contra sí mismo. Quería entender por qué había empezado aquella lucha. Él no la había buscado, pero su forma de pensar chocaba con la de los amigos de su tía. Pensativo y triste, veía venir problemas. Se quedó un rato sentado en el banco de la glorieta. Tenía la barba apoyada en el pecho, la frente arrugada y las manos cruzadas. Creía que estaba solo.

De repente oyó una voz alegre. Alguien cantaba entre dientes el estribillo de una canción de zarzuela. Miró y vio a don Jacinto en el otro rincón de la glorieta.

—¡Ah, señor de Rey! —dijo de pronto el muchacho—. No se pueden herir sin castigo los sentimientos religiosos de casi toda una nación... Si no, piense usted en lo que pasó en la primera revolución francesa...

Pepe oyó aquel zumbido de insecto y se enfadó todavía más. Sin embargo, no sentía odio contra el joven doctor. Jacinto le molestaba como molestan las moscas, pero nada más. Rey sintió la molestia que causan todas las personas pesadas. Y le contestó como quien espanta un zángano:

—¿Qué tiene que ver la revolución francesa con el manto de la Virgen María?

Se levantó para ir hacia la casa. Pero no había dado cuatro pasos cuando oyó otra vez el zumbido del mosquito:

—Señor don José, tengo que hablarle de un asunto que le interesa mucho. Puede traerle algún problema...

—¿Un asunto? —preguntó el joven, y volvió hacia atrás—. Veamos qué es eso.

—Quizás usted ya lo sospecha —dijo Jacinto.

Se acercó a Pepe con una sonrisa. Era la sonrisa de los hombres de negocios cuando tratan un asunto muy serio.

—Quiero hablarle del pleito...

—¿Qué pleito?... Amigo mío, yo no tengo pleitos. Usted, como buen abogado, sueña con juicios y ve papel sellado por todas partes.

—¿Pero cómo?... ¿No sabe usted nada de su pleito? —exclamó el chico, muy sorprendido.

—¡De mi pleito!... Precisamente yo no tengo pleitos, ni los he tenido nunca.

—Pues si no sabe nada, me alegro más de habérselo dicho. Así puede usted prepararse... Sí, señor, usted tendrá un pleito.

—¿Y con quién?

—Con el tío Licurgo y con otros vecinos que tienen tierras junto a la finca de los *Alamillos*.

Pepe Rey se quedó sin palabras.

—Sí, señor —añadió el abogadillo—. Hoy el señor Licurgo y yo hemos tenido una larga reunión. Soy muy amigo de esta casa y por eso quiero avisarle. Si le parece bien, puede usted darse prisa y arreglarlo todo.

—Pero ¿qué tengo yo que arreglar? ¿Qué quiere de mí esa gente tan baja?

—Parece que unas aguas nacen en la finca de usted y han cambiado de camino. Ahora caen sobre unos tejares del citado Licurgo y sobre un molino de otro vecino. Les han hecho bastante daño. Mi cliente... porque se ha empeñado en que yo le saque de este problema... Mi cliente, digo, quiere dos cosas. Quiere que usted devuelva las aguas a su antiguo cauce, para evitar más daños. Y quiere que usted le pague los daños que ha sufrido. Según él, la culpa es del dueño de la tierra de arriba, por su descuido.

—¡Y el dueño de la tierra de arriba soy yo!... Si entro en un pleito, será lo primero que me den en toda mi vida los famosos Alamillos. Eran míos, pero ahora, por lo que veo, son de todo el mundo. Licurgo y otros labradores de la zona me han ido robando la tierra poco a poco. Año tras año me han quitado pedazos. Costará mucho volver a marcar los límites de mi finca.

—Esa es otra cuestión.

—Esa no es otra cuestión —exclamó el ingeniero, sin poder controlar su rabia—. Lo que pasa es esto: el verdadero pleito será el que yo ponga contra esa gentuza. Sin duda quieren cansarme y desesperarme. Quieren que yo lo deje todo y que ellos se queden con lo que han robado. Veremos si hay abogados y jueces que apoyan los sucios trucos de esos aldeanos. Se creen expertos en leyes, viven de los pleitos y se comen la propiedad de los demás, como la polilla. Caballerito, le doy las gracias por avisarme de los malos planes de esos brutos, que son peores que Caco. Basta con decirle esto: ese mismo tejar y ese mismo molino, que Licurgo usa para defender sus derechos, son míos...

—Habría que revisar los papeles de la propiedad —dijo Jacintito—. Hay que ver si ha habido prescripción en este caso.

—¡Qué prescripción ni qué...! Esos sinvergüenzas no se van a reír de mí. Supongo que la justicia es honrada y leal en la ciudad de Orbajosa...

—¡Oh, en eso sí! —exclamó el abogadillo, con tono de elogio—. El juez es una persona excelente. Viene aquí todas las noches... Pero es raro que usted no supiera nada de lo que pide el señor Licurgo. ¿Todavía no le han llamado para el juicio de conciliación?

—No.

—Será mañana... En fin, lo siento mucho. El señor Licurgo ha tenido prisa y me ha quitado el gusto y el honor de defenderle a usted. Pero qué le vamos a hacer... Licurgo se ha empeñado en que yo le saque de sus problemas. Estudiaré el asunto con mucho cuidado. Estas malditas servidumbres son el gran obstáculo de las leyes.

Pepe entró en el comedor. Tenía el ánimo muy mal. Vio a doña Perfecta hablando con el Penitenciario. Rosarito estaba sola y miraba fijamente la puerta. Sin duda esperaba a su primo.

—Ven acá, buena pieza —dijo la señora.

Sonreía, pero su sonrisa no era muy natural.

—Nos has insultado, gran ateo; pero te perdonamos. Ya sé que mi hija y yo somos dos mujeres de pueblo. No podemos subir a las alturas de las matemáticas, donde vives tú. Pero en fin... Todavía es posible que un día te pongas de rodillas delante de nosotras. Y quizás nos pidas que te enseñemos la doctrina cristiana.

Pepe contestó con frases vagas y palabras de cortesía. Dijo también que lo sentía.

—Por mi parte —dijo don Inocencio, con ojos dulces y modestos—, quizás he dicho algo en estas discusiones sin importancia. Si algo ha ofendido al señor don José, le pido perdón. Aquí todos somos amigos.

—Gracias. No tiene importancia.

—A pesar de todo —dijo doña Perfecta, ahora con una sonrisa más natural—, yo soy siempre la misma para mi querido sobrino. Lo soy aunque tenga ideas raras y contrarias a la religión... ¿Sabes qué pienso hacer esta noche? Pienso quitarle de la cabeza al tío Licurgo esa tozudez. Con ella quiere molestarte. Le he dicho que venga, y me está esperando en la galería. No te preocupes, que yo lo arreglaré. Aunque reconozco que no le falta razón...

—Gracias, querida tía —respondió el joven.

Sintió dentro de sí una ola de generosidad. En su alma nacía con mucha facilidad.

Pepe Rey miró hacia su prima. Quería ir con ella. Pero el canónigo le hizo algunas preguntas muy astutas, y Pepe tuvo que quedarse al lado de doña Perfecta. Rosario estaba triste. Escuchaba sin interés las palabras del abogadillo, que se había sentado a su lado. Jacinto le decía una larga lista de frases demasiado dulces. Las mezclaba con chistes pesados y tonterías de muy mal gusto.

Doña Perfecta vio que su sobrino miraba a Rosario y a Jacinto. Formaban una pareja que no hacía juego.

—Lo peor para ti —le dijo— es que has ofendido a la pobre Rosario. Debes hacer todo lo posible para quitarle el enfado. ¡La pobrecita es tan buena!...

—¡Oh, sí, tan buena! —añadió el canónigo—. Estoy seguro de que perdonará a su primo.

—Creo que Rosario ya me ha perdonado —dijo Rey.

—Y si no, el rencor no dura mucho en los corazones de ángel —dijo don Inocencio con voz muy dulce—. Yo tengo mucha influencia sobre esa niña. Intentaré quitar de su alma generosa toda mala idea contra usted. En cuanto le diga dos palabras...

Pepe Rey sintió que una nube pasaba por su pensamiento. Y dijo con intención:

—Quizás no haga falta.

—No le hablo ahora —añadió el canónigo— porque está encantada oyendo las tonterías de Jacintillo... ¡Estos chicos, demonche! Cuando se ponen a charlar, hay que dejarlos.

De pronto llegaron a la tertulia el juez de primera instancia, la señora del alcalde y el deán de la catedral. Todos saludaron al ingeniero. Por sus palabras y sus gestos se veía que tenían mucha curiosidad por conocerle.

El juez era un jovencito muy despierto. Era de esos jóvenes que salen cada día de las escuelas de hombres importantes. Apenas han nacido y ya quieren los primeros puestos de la administración y de la política. Se daba mucha importancia. Hablaba de sí mismo y de su joven carrera de juez. Parecía muy enfadado porque no le habían hecho, de golpe, presidente del Tribunal Supremo. El Estado había puesto en sus manos las tareas más delicadas y difíciles de la justicia. Eran unas manos sin experiencia, y era una cabeza llena de aire y de ridícula vanidad. Tenía modales de hombre de la Corte y cuidaba mucho todos los detalles de su persona. Tenía la maldita manía de quitarse y ponerse a cada momento los lentes de oro. En la conversación decía muchas veces que quería ir pronto a *Madriz*. Allí, en la secretaría de Gracia y Justicia, sus servicios serían necesarios.

La señora del alcalde era una mujer buena y sencilla. Su único defecto era creerse muy conocida en la Corte. Hizo a Pepe Rey varias preguntas sobre modas. Nombró algunas tiendas donde le habían hecho una manteleta o una falda en su último viaje. Ese viaje fue en la época de la visita de Muley-Abbas. También nombró a una docena de duquesas y marquesas. Hablaba de ellas con tanta confianza como si fueran amigas del colegio. Dijo además que era amiga de la condesa de M., famosa por sus tertulias. En el 60 fue a visitarla, y la condesa la invitó a su palco del Teatro Real. Allí vio a Muley-Abbas vestido de moro, con todos sus moros alrededor. La alcaldesa hablaba sin parar, como se suele decir, y tenía bastante gracia.

El señor deán era un hombre muy viejo, grande y de cara muy roja. Estaba tan gordo que parecía a punto de sufrir un ataque. Era un hombre que no cabía dentro de su propia piel. Había sido fraile y salió de su convento cuando los cerraron. Solo hablaba de asuntos religiosos. Desde el principio mostró hacia Pepe Rey el desprecio más fuerte.

Pepe se sentía cada vez menos capaz de adaptarse a aquella gente que no le gustaba. Tenía un carácter duro y muy poco flexible. No aceptaba las mentiras ni las palabras falsas que se usan para fingir amistad cuando no la hay. Por eso estuvo bastante serio durante toda aquella aburrida tertulia. Tuvo que aguantar la fuerza de la alcaldesa para hablar. No era la Fama, pero, como ella, cansaba el oído humano con cien lenguas. A veces esta señora dejaba descansar un poco a los que la escuchaban. En esos momentos Pepe Rey quería acercarse a su prima. Pero entonces el Penitenciario se pegaba a él como el molusco a la roca. Le llevaba aparte con aire misterioso. Y le proponía un paseo a Mundogrande con el señor don Cayetano, o un día de pesca en las aguas claras del Nahara.

Por fin aquello terminó, porque todo termina en este mundo. Se fue el señor deán, y la casa quedó vacía. Muy pronto de la señora alcaldesa solo quedó un eco. Era como el zumbido que queda en el oído cuando acaba de pasar una tormenta. El juez también se marchó de la tertulia. Por fin don Inocencio le hizo a su sobrino la señal para irse.

—Vamos, niño, vámonos, que es tarde —le dijo sonriendo—. ¡Cuánto has cansado a la pobre Rosarito!... ¿Verdad, niña? Anda, buena pieza, a casa pronto.

—Es hora de acostarse —dijo doña Perfecta.

—Es hora de trabajar —respondió el abogadillo.

—Le digo que trabaje de día —añadió el canónigo—, pero no me hace caso.

—¡Son tantos los asuntos... pero tantos...!

—No, di mejor que es esa maldita obra que has empezado... Él no lo quiere decir, señor don José. Pero sepa usted que se ha puesto a escribir una obra sobre *La influencia de la mujer en la sociedad cristiana*. Y además, una *Ojeada sobre el movimiento católico en*... no sé dónde. ¿Qué sabes tú de *ojeadas* ni de *influencias*?... Estos chicos de hoy se atreven con todo. ¡Uf... qué chicos!... Bueno, vámonos a casa. Buenas noches, señora doña Perfecta... Buenas noches, señor don José... Rosarito...

—Yo voy a esperar al señor don Cayetano —dijo Jacinto—. Tiene que darme el *Augusto Nicolás*.

—¡Siempre cargando libros, hombre!... A veces llegas a casa tan cargado que pareces un burro. Bueno, esperemos.

—El señor don Jacinto no escribe sin pensar —dijo Pepe Rey—. Se prepara bien para que sus obras sean un tesoro de saber.

—Pero este niño va a enfermar de la cabeza, señor don Inocencio —dijo doña Perfecta—. Por Dios, mucho cuidado. Yo le pondría un límite a sus lecturas.

—Ya que estamos esperando —dijo el doctorcillo, muy presumido—, me llevaré también el tercer tomo de *Concilios*. ¿No le parece bien, tío?...

—Hombre, sí. No dejes eso de la mano. Solo faltaría.

Por suerte, el señor don Cayetano llegó pronto. Normalmente pasaba las noches de tertulia en casa de don Lorenzo Ruiz. Dio los libros a Jacinto, y el tío y el sobrino se marcharon.

Rey vio en la cara triste de su prima que tenía muchas ganas de hablarle. Se acercó a ella. Mientras tanto, doña Perfecta y don Cayetano hablaban a solas de un asunto de la casa.

—Has ofendido a mamá —le dijo Rosario.

En su cara había una especie de terror.

—Es verdad —respondió el joven—. He ofendido a tu mamá. Y te he ofendido a ti...

—No; a mí no. Yo ya pensaba que el Niño Jesús no debe llevar calzones.

—Pero espero que las dos me perdonaréis. Tu mamá me ha mostrado hace poco tanta bondad...

De repente sonó en el comedor la voz de doña Perfecta. Tenía un tono tan duro que el sobrino tembló, como si oyera un grito de alarma. La voz dijo con autoridad:

—¡Rosario, vete a acostar!

La muchacha estaba nerviosa y llena de angustia. Dio varias vueltas por la habitación. Hacía como que buscaba algo. Al pasar junto a su primo, dijo en voz baja y con mucho disimulo estas palabras vagas:

—Mamá está enojada...

—Pero...

—Está enojada... No te fíes, no te fíes.

Y se marchó. Después salió doña Perfecta. La esperaba el tío Licurgo. Durante un rato se oyeron las voces de la señora y del aldeano. Hablaban mezcladas, como en una conversación de confianza.

Pepe se quedó solo con don Cayetano. Este cogió una luz y le habló así:

—Buenas noches, Pepe. No crea usted que voy a dormir. Voy a trabajar... ¿Pero por qué está usted tan pensativo? ¿Qué le pasa?... Pues sí, a trabajar. Estoy tomando notas para un *Discurso-Memoria* sobre los *Linajes de Orbajosa*... He encontrado datos y noticias de muchísimo valor. No hay duda. En todas las épocas de nuestra historia los orbajosenses han destacado. Han destacado por su honor, por su nobleza, por su valor y por su inteligencia. Si no, que lo digan la conquista de México, las guerras del Emperador y las guerras de Felipe contra los herejes... ¿Pero está usted enfermo? ¿Qué le pasa?... Pues sí: grandes teólogos, guerreros valientes, conquistadores, santos, obispos, poetas, políticos... Toda clase de hombres famosos nacieron en esta humilde tierra del ajo... No, no hay en el mundo cristiano un pueblo más ilustre que el nuestro. Sus virtudes y sus glorias llenan toda la historia de España, y todavía sobran... Vamos, ya veo que usted tiene sueño. Buenas noches... Pues sí, yo no cambiaría la gloria de ser hijo de esta noble tierra por todo el oro del mundo. Los antiguos la llamaron *Augusta*. Yo ahora la llamo *augustísima*. Porque ahora, igual que entonces, el honor, la generosidad, el valor y la nobleza le pertenecen... Bueno, buenas noches, querido Pepe... Me parece que usted no se encuentra bien. ¿Le ha sentado mal la cena?... Tiene razón Alonso González de Bustamante en su *Floresta amena*. Dice que los habitantes de Orbajosa bastan ellos solos para dar grandeza y honor a un reino. ¿No lo cree usted así?

—¡Oh, sí, señor, sin ninguna duda! —respondió Pepe Rey.

Y se fue bruscamente a su cuarto.

### Glosario

- **zarzuela**: obra de teatro española con partes habladas y partes cantadas.
- **pleito**: juicio entre dos personas que discuten un derecho, por ejemplo sobre una tierra.
- **papel sellado**: papel oficial que se usa en los juicios.
- **tejar**: lugar donde se fabrican tejas y ladrillos.
- **cauce**: camino por donde corre el agua de un río o arroyo.
- **prescripción**: pérdida o ganancia de un derecho porque ha pasado mucho tiempo.
- **servidumbres**: derechos que tiene una finca sobre otra, por ejemplo el paso del agua.
- **juicio de conciliación**: reunión ante el juez para intentar un acuerdo antes del pleito.
- **Caco**: ladrón famoso de la mitología antigua.
- **deán**: el primero de los canónigos de una catedral.
- **la Fama**: figura antigua que representa los rumores; se pintaba con muchas lenguas y bocas.
- **linajes**: familias, con todos sus antepasados.

## XI. La discordia crece

En los días siguientes Rey conoció a varias personas de la ciudad. También visitó el Casino. Allí hizo amistad con algunos hombres que pasaban la vida en las salas de aquel club.

Pero los jóvenes de Orbajosa no vivían siempre allí, aunque algún malpensado lo pueda creer. Por las tardes se veía a algunos caballeros en la esquina de la catedral. También estaban en la pequeña plaza donde se cruzan la calle del Condestable y la calle de la Tripería. Iban elegantemente envueltos en sus capas. Parecían soldados de guardia que miraban pasar a la gente. Si hacía buen tiempo, aquellas grandes luces de la cultura *urbsaugustense* iban al llamado paseo de las Descalzas. Siempre llevaban su necesaria capita. El paseo tenía dos filas de olmos enfermos y flacos y algunas retamas sin color. Allí aquel brillante grupo miraba a las hijas de don Fulano o de don Perencejo, que también habían salido a pasear. Y así pasaba la tarde, más o menos bien.

Por la noche el Casino se llenaba otra vez. Una parte de los socios dedicaba su gran inteligencia a los placeres del monte. Otros leían periódicos. La mayoría discutía en la sala del café sobre temas muy distintos: política, caballos, toros o chismes del pueblo. Todas las discusiones terminaban siempre igual. Orbajosa y sus habitantes eran superiores a todos los demás pueblos y personas de la tierra.

Aquellos hombres famosos eran lo mejor de la ilustre ciudad. Unos eran propietarios ricos y otros eran muy pobres. Pero ninguno tenía grandes ambiciones. Tenían la calma tranquila del mendigo. El mendigo no desea nada mientras tenga un pedazo de pan para engañar el hambre y el sol para calentarse. Los orbajosenses del Casino tenían, sobre todo, un sentimiento muy fuerte de hostilidad contra todo lo que venía de fuera. A veces se presentaba en aquellas nobles salas algún forastero importante. Entonces pensaban siempre que venía a dudar de la superioridad de la tierra del ajo. O creían que, por envidia, quería discutir los privilegios que la Naturaleza le había dado.

Cuando Pepe Rey llegó, le recibieron con cierta desconfianza. En el Casino había mucha gente graciosa. Por eso, a los quince minutos de estar allí el nuevo socio, ya habían hecho toda clase de bromas sobre él. Los socios le preguntaron muchas veces a qué venía. Él contestó que tenía el encargo de explorar la cuenca hullera del Nahara y de estudiar un camino. Entonces todos estuvieron de acuerdo: el señor don José era un presumido. Quería darse importancia y por eso inventaba minas de carbón y ferrocarriles. Alguien añadió:

—Pero se ha equivocado de sitio. Estos señores sabios creen que aquí somos tontos y que nos pueden engañar con palabras difíciles... Ha venido a casarse con la niña de doña Perfecta. Todo eso de las cuencas hulleras lo dice para presumir.

—Pues esta mañana —dijo otro, un comerciante arruinado— me contaron una cosa en casa de las de Domínguez. Ese señor no tiene ni una peseta. Viene para que su tía le mantenga y para ver si puede pescar a Rosarito.

—Parece que ni siquiera es ingeniero, ni nada parecido —añadió un propietario de olivos.

Este hombre había hipotecado sus fincas por el doble de lo que valían.

—Pero claro... Estos muertos de hambre de Madrid se creen con derecho a engañar a los pobres de provincias. Creen que aquí vamos casi desnudos, amigo...

—Se nota que tiene hambre.

—Pues anoche, medio en broma y medio en serio, nos dijo que éramos unos bárbaros perezosos.

—Que vivíamos como los beduinos, tomando el sol.

—Que vivíamos con la imaginación.

—Eso es: que vivíamos con la imaginación.

—Y que esta ciudad era igualita a las de Marruecos.

—Hombre, no hay paciencia para oír eso. ¿Dónde habrá visto él una calle como la del Condestable? Si no es en París, en ningún sitio. Tiene siete casas en fila, todas magníficas, desde la de doña Perfecta hasta la de Nicolasito Hernández... Estos sinvergüenzas creen que uno no ha visto nada, ni ha estado en París...

—También dijo, muy amablemente, que Orbajosa era un pueblo de mendigos. Y nos hizo entender que vivimos en la mayor pobreza sin darnos cuenta.

—¡Válgame Dios! Si me lo llega a decir a mí, hay un escándalo en el Casino —exclamó el recaudador de contribuciones—. ¿Por qué no le dijeron cuántas arrobas de aceite produjo Orbajosa el año pasado? ¿No sabe ese estúpido que en los años buenos Orbajosa da pan para toda España? ¡Y hasta para toda Europa! Es verdad que llevamos ya no sé cuántos años de mala cosecha; pero eso no es lo normal. ¿Y la cosecha del ajo? Seguro que ese señor no sabe una cosa. Los ajos de Orbajosa dejaron con la boca abierta a los señores del Jurado en la Exposición de Londres.

Estas y otras conversaciones se oían en las salas del Casino en aquellos días. Son chismes muy comunes en los pueblos pequeños. Como son pequeños, suelen ser también orgullosos. A pesar de esto, Rey encontró amigos sinceros en aquel sabio club. No todos hablaban mal de los demás, y había allí personas de buen sentido. Pero nuestro joven tenía una desgracia, si se puede llamar desgracia. Decía lo que pensaba con una franqueza poco común. Y por eso algunas personas empezaron a tenerle antipatía.

Pasaban los días. Las costumbres de aquella ciudad del obispo ya le disgustaban, como es natural. Pero además había otras causas, todas desagradables, que le llenaban de una tristeza profunda. La principal era la multitud de personas que le ponían pleitos. Cayeron sobre él como un enjambre de insectos hambrientos. No era solo el tío Licurgo. Muchos otros vecinos de sus tierras le pedían dinero por daños. Otros le pedían cuentas de unas tierras que había administrado su abuelo. También le pusieron una demanda por un contrato de aparcería. Ese contrato lo había firmado su madre y, según parece, no se cumplió. Además le pidieron que reconociera una hipoteca sobre las tierras de los *Alamillos*. La había hecho su tío en un documento muy extraño. Era un hormiguero, un sucio montón de gusanos hecho de pleitos.

Pepe había decidido renunciar a sus fincas. Pero mientras tanto, su dignidad no le dejaba ceder ante los trucos de aquellos aldeanos tan astutos. También el Ayuntamiento le puso una reclamación. Decía que había una confusión entre su finca y un monte de Propios que estaba al lado. Así el pobre joven tuvo que aclarar a cada paso las dudas sobre sus derechos. Su honor estaba en juego. No había otro remedio: pleitear o morir.

Doña Perfecta, con su gran generosidad, le había prometido ayudarle. Quería sacarle de aquellos líos con un acuerdo amistoso. Pero pasaban los días y la ayuda de la ejemplar señora no daba ningún resultado. Los pleitos crecían con la rapidez peligrosa de una enfermedad muy grave. Pepe Rey pasaba muchas horas del día en el Juzgado. Allí hacía declaraciones y contestaba a preguntas y más preguntas. Cuando volvía a casa, cansado y furioso, aparecía la cara afilada y ridícula del escribano. Le traía un buen montón de papel sellado, lleno de fórmulas horribles... para que fuera estudiando la cuestión.

Se entiende que aquel hombre no estaba hecho para sufrir tantos golpes. Además, podía evitarlos con solo marcharse.

En su imaginación, la noble ciudad de su madre era una bestia horrible. Le clavaba sus uñas feroces y le bebía la sangre. Él creía que para librarse de ella bastaba con huir. Pero un interés profundo, un interés del corazón, le retenía. Le tenía atado con lazos muy fuertes a la roca de su sufrimiento. Sin embargo, llegó a sentirse muy fuera de su sitio. Llegó a sentirse extranjero, por decirlo así, en aquella ciudad oscura de pleitos, de cosas viejas, de envidia y de chismes. Por eso decidió marcharse sin esperar más. Pero, al mismo tiempo, quería insistir en el proyecto que le había traído hasta allí. Una mañana encontró un buen momento y le explicó su plan a doña Perfecta.

—Sobrino mío —respondió la señora con su dulzura de siempre—, no seas impulsivo. Vaya, pareces de fuego. Tu padre era igual. ¡Qué hombre! Eres un rayo... Ya te he dicho que con muchísimo gusto te llamaré hijo mío. Tienes buenas cualidades y talento, aunque también tienes tus defectillos. Pero aunque no fueras un joven excelente, yo aceptaría esta boda. Basta con que la haya propuesto tu padre. Mi hija y yo le debemos mucho. Rosario tampoco se opondrá, si yo lo quiero. ¿Qué falta, entonces? Nada. Solo falta un poco de tiempo. No se puede hacer la boda con la prisa que tú quieres. La gente podría pensar cosas malas sobre el honor de mi querida hija... Vaya, como tú solo piensas en máquinas, todo lo quieres hacer al vapor. Espera, hombre, espera... ¿Qué prisa tienes? Ese odio que le has cogido a nuestra pobre Orbajosa es un capricho. Claro: tú solo puedes vivir entre condes y marqueses, oradores y diplomáticos... ¡Quieres casarte y separarme de mi hija para siempre!

Y se secó una lágrima.

—Ya que es así, joven sin corazón, ten al menos la caridad de retrasar un poco esa boda que tanto deseas... ¡Qué impaciencia! ¡Qué amor tan fuerte! No creía yo que una pobre chica de pueblo como mi hija pudiera despertar pasiones tan volcánicas.

Las razones de su tía no convencieron a Pepe Rey. Pero no quiso llevarle la contraria. Decidió, entonces, esperar todo lo posible.

Muy pronto llegó otro motivo de disgusto, que se sumó a los que ya le amargaban la vida. Hacía dos semanas que estaba en Orbajosa. En todo ese tiempo no había recibido ninguna carta de su padre. No se podía echar la culpa a la Administración de Correos de Orbajosa. El empleado encargado del correo era amigo y protegido de doña Perfecta. Y ella le pedía cada día el mayor cuidado, para que no se perdieran las cartas de su sobrino. También venía a la casa el hombre que llevaba el correo. Se llamaba Cristóbal Ramos, y su apodo era Caballuco. Ya le conocemos. Doña Perfecta solía reñirle con mucha energía, como en este ejemplo:

—¡Bonito servicio de correos tenéis!... ¿Cómo es posible que mi sobrino no haya recibido ni una carta desde que está en Orbajosa?... Si el correo lo lleva un cabeza loca como tú, ¡cómo van a ir bien las cosas! Hablaré con el señor Gobernador de la provincia. Le diré que mire bien qué clase de gente pone en la Administración.

Caballuco se encogía de hombros. Miraba a Rey con la mayor indiferencia.

Un día entró con un sobre grande en la mano.

—¡Gracias a Dios! —dijo doña Perfecta a su sobrino—. Aquí tienes cartas de tu padre. Alégrate, hombre. Nos hemos llevado un buen susto porque a mi señor hermano le da pereza escribir... ¿Qué dice? Seguro que está bien.

Lo dijo al ver que Pepe Rey abría el sobre con una impaciencia nerviosa.

El ingeniero se puso pálido al leer las primeras líneas.

—¡Jesús, Pepe!... ¿Qué te pasa? —exclamó la señora, y se levantó muy inquieta—. ¿Está enfermo tu papá?

—Esta carta no es de mi padre —respondió Pepe.

En su cara se veía la mayor consternación.

—¿Pues qué es?...

—Una orden del Ministerio de Fomento. Me quitan el cargo que me habían dado...

—¡Cómo!... ¿Es posible?

—Es una destitución, sin más. Y está escrita con palabras muy poco amables para mí.

—¿Se ha visto mayor maldad? —exclamó la señora, cuando salió de su sorpresa.

—¡Qué humillación! —murmuró el joven—. Es la primera vez en mi vida que me hacen un desprecio así.

—¡Pero ese Gobierno no tiene perdón de Dios! ¡Despreciarte a ti! ¿Quieres que escriba a Madrid? Tengo allí muy buenas relaciones. Puedo conseguir que el Gobierno corrija esa falta tan brutal y que te pida perdón.

—Gracias, señora. No quiero recomendaciones —respondió el joven, sin ganas.

—¡Es que se ven unas injusticias, unos abusos!... Quitar así el puesto a un joven de tanto mérito, a un gran científico... Vamos, que no puedo controlar la rabia.

—Yo voy a descubrir —dijo Pepe con mucha energía— quién se dedica a hacerme daño...

—Ese señor ministro... Pero ¿qué se puede esperar de esos politicuchos sinvergüenzas?

—Aquí hay alguien que quiere hacerme morir de desesperación —dijo el joven, muy alterado—. Esto no es obra del ministro. Esto y otros problemas que tengo son parte de un plan de venganza. Es un cálculo que no conozco, una enemistad que no tiene arreglo. Y ese plan, ese cálculo, esa enemistad están aquí, querida tía, no lo dude usted. Están aquí, en Orbajosa.

—Tú te has vuelto loco —respondió doña Perfecta.

Parecía sentir algo parecido a la compasión.

—¿Que tienes enemigos en Orbajosa? ¿Que alguien quiere vengarse de ti? Vamos, Pepillo, has perdido la cabeza. Esos libros que lees te la han trastornado. Esos libros donde dicen que nuestros abuelos eran monos o cotorras.

Sonrió con dulzura al decir la última frase. Después habló con un tono familiar, como quien da un consejo con cariño:

—Hijo mío, los de Orbajosa seremos unos brutos y unos labriegos sin educación, sin finura y sin buenos modales. Pero en lealtad y en buena fe no nos gana nadie, nadie, pero nadie.

—No crea usted que acuso a las personas de esta casa —dijo el joven—. Pero estoy seguro de que en la ciudad está mi enemigo, un enemigo duro y sin piedad.

—Me gustaría que me enseñaras a ese traidor de melodrama —respondió la señora, sonriendo otra vez—. Supongo que no acusarás al tío Licurgo ni a los otros que te han puesto pleitos. Los pobrecitos creen que defienden su derecho. Y, entre paréntesis, en este caso no les falta razón. Además, el tío Lucas te quiere mucho. Él mismo me lo ha dicho. Dice que desde que te conoció le caíste muy bien. El pobre viejo te ha tomado un cariño...

—¡Sí... un cariño muy profundo! —murmuró Pepe.

—No seas tonto —añadió la señora.

Le puso la mano en el hombro y le miró de cerca.

—No pienses tonterías. Convéncete: tu enemigo, si existe, está en Madrid. Allí todo es corrupción, envidia y rivalidad. No está en este rincón tranquilo y en paz, donde todo es buena voluntad y armonía... Seguramente es alguien que envidia tu mérito... Te digo una cosa. Si quieres ir allí para descubrir la causa de este desprecio y pedir explicaciones al Gobierno, ve. No dejes de hacerlo por nosotras.

Pepe Rey miró fijamente la cara de su tía. Parecía que quería examinarla hasta lo más escondido de su alma.

—Te digo que si quieres ir, no dejes de hacerlo —repitió la señora con una calma admirable.

En su cara se mezclaban la naturalidad y la honradez más pura.

—No, señora. No pienso ir.

—Mejor. Yo también lo creo. Aquí estás más tranquilo, aunque te atormentes con tantas preocupaciones. ¡Pobre Pepillo! Tu inteligencia, tu enorme inteligencia, es la causa de tu desgracia. Nosotros, los de Orbajosa, somos pobres aldeanos sencillos y vivimos felices en nuestra ignorancia. Siento mucho que no estés contento. ¿Pero tengo yo la culpa de que te aburras y te desesperes sin motivo? ¿No te trato como a un hijo? ¿No te he recibido como la esperanza de mi casa? ¿Puedo hacer más por ti? Y a pesar de eso, no nos quieres. Nos muestras tanta frialdad, te burlas de nuestra religión y desprecias a nuestros amigos. ¿Es acaso porque no te tratamos bien?

Los ojos de doña Perfecta se llenaron de lágrimas.

—Querida tía —dijo Rey, y sintió que su rencor desaparecía—. Yo también he cometido algunas faltas desde que vivo en esta casa.

—No seas tonto... ¡Qué faltas ni qué faltas! Entre personas de la misma familia, todo se perdona.

—Pero ¿dónde está Rosario? —preguntó el joven, y se levantó—. ¿Tampoco hoy la voy a ver?

—Está mejor. ¿Sabes que no ha querido bajar?

—Subiré yo.

—Hombre, no. Esa niña tiene unas tozudeces... Hoy se le ha metido en la cabeza no salir de su cuarto. Se ha encerrado por dentro.

—¡Qué cosa más rara!

—Se le pasará. Seguro que se le pasará. A ver si esta noche le quitamos de la cabeza esas ideas tristes. Haremos una tertulia para que se divierta. ¿Por qué no vas a casa del señor don Inocencio? Dile que venga esta noche y que traiga a Jacintillo.

—¡A Jacintillo!

—Sí. Cuando a Rosario le dan estos ataques de tristeza, ese jovencito es el único que la distrae...

—Pero yo subiré...

—Hombre, no.

—¡Cuánta etiqueta hay en esta casa!

—Tú te estás burlando de nosotros. Haz lo que te digo.

—Pues quiero verla.

—Pues no. ¡Qué mal conoces a la niña!

—Yo creía que la conocía bien... Bueno, me quedaré... Pero esta soledad es horrible.

—Ahí tienes al señor escribano.

—Maldito sea mil veces.

—Y me parece que también ha entrado el señor procurador... Es una persona excelente.

—Ojalá lo ahorcaran.

—Hombre, los asuntos de dinero, cuando son de uno mismo, sirven para distraerse. Llega alguien... Me parece que es el perito agrónomo. Ya tienes para un rato.

—¡Para un rato de infierno!

—Vaya, vaya, si no me equivoco, acaban de entrar el tío Licurgo y el tío Pasolargo. Quizás vienen a proponerte un acuerdo.

—Me tiraré al estanque.

—¡Qué poco cariño tienes a la gente! ¡Con lo que te quieren todos!... Vamos, para que no falte nada, ahí está también el alguacil. Viene a citarte.

—A crucificarme.

Todas las personas que había nombrado fueron entrando en la sala.

—Adiós, Pepe, que te diviertas —dijo doña Perfecta.

—¡Trágame, tierra! —exclamó el joven, desesperado.

—Señor don José...

—Mi querido señor don José...

—Estimado señor don José...

—Señor don José de mi alma...

—Mi respetable amigo, señor don José...

Pepe Rey oyó aquellas palabras tan dulces y dio un suspiro profundo. Y se rindió. Entregó su cuerpo y su alma a aquellos verdugos, que movían en el aire horribles hojas de papel sellado. Mientras tanto la víctima levantaba los ojos al cielo. Y decía para sí, con paciencia cristiana:

—Padre mío, ¿por qué me has abandonado?

### Glosario

- **monte**: juego de cartas en el que se apuesta dinero.
- **retama**: planta del campo con muchas ramas finas y flores amarillas.
- **cuenca hullera**: zona con minas de carbón.
- **arroba**: medida antigua de peso o de líquido, como el aceite.
- **aparcería**: contrato en el que el dueño deja su tierra a otro y se reparten la cosecha.
- **hipoteca**: deuda en la que una finca queda como garantía del pago.
- **monte de Propios**: terreno que pertenece al Ayuntamiento del pueblo.
- **escribano**: funcionario que escribe y da fe de los documentos de un juicio.
- **destitución**: orden que quita a alguien su cargo o empleo.
- **perito agrónomo**: experto que estudia y valora las tierras del campo.
- **alguacil**: empleado que lleva las órdenes del juez.
- **melodrama**: obra de teatro con muchas emociones exageradas y un malo muy malo.

## XII. Aquí fue Troya

Pepe Rey necesitaba con urgencia amor y amistad. Necesitaba un aire sano para respirar con el alma, y luz para su espíritu. Necesitaba simpatía y poder compartir con facilidad ideas y sentimientos. Como no tenía nada de eso, las sombras de su espíritu eran cada vez más oscuras. Y esa oscuridad interior le hacía frío y amargo en el trato con los demás.

Al día siguiente de las escenas del capítulo anterior, lo que más le dolía era el encierro de su prima. Duraba ya demasiado y era muy misterioso. Al principio la causa parecía una enfermedad sin importancia. Después parecía que eran caprichos y nervios difíciles de explicar.

A Rey le extrañaba mucho esta conducta. Era muy contraria a la idea que él tenía de Rosarito. Habían pasado cuatro días sin verla. Y no era, desde luego, porque a él le faltaran ganas de estar a su lado. La situación empezaba a ser humillante y ridícula. Tenía que hacer algo firme para arreglarla.

—¿Tampoco hoy veré a mi prima? —preguntó de mal humor a su tía, cuando terminaron de comer.

—Tampoco. ¡Dios sabe cuánto lo siento!... Ya le he dado hoy muchos sermones. Por la tarde veremos...

Pepe tenía una sospecha. En aquel encierro sin motivo, quizás su adorada prima no era la culpable. Quizás no lo había decidido ella. Quizás era una víctima sin defensa. Esta sospecha le hizo controlarse y esperar. Sin ella, se habría marchado aquel mismo día. No tenía ninguna duda: Rosario le amaba. Pero estaba claro que una fuerza desconocida actuaba entre los dos para separarlos. Y un hombre honrado debía descubrir de dónde venía aquella fuerza tan mala. Debía luchar contra ella hasta donde llegara la voluntad humana.

—Espero que la tozudez de Rosario no dure mucho —dijo a doña Perfecta.

Así escondía sus verdaderos sentimientos.

Aquel día recibió una carta de su padre. En ella su padre se quejaba porque no había recibido ninguna carta de Orbajosa. Esto aumentó la preocupación del ingeniero y le confundió todavía más. Por fin, después de pasear un buen rato solo por la huerta de la casa, salió y fue al Casino. Entró allí como un desesperado que se tira al mar.

En las salas principales encontró a varias personas que charlaban y discutían. En un grupo trataban con lógica muy fina difíciles problemas de toros. En otro discutían cuáles eran los mejores burros, los de Orbajosa o los de Villahorrenda. Pepe Rey estaba harto y dejó estas discusiones. Fue a la sala de periódicos y miró varias revistas, pero no disfrutó leyéndolas. Poco después, pasando de una sala a otra, llegó sin saber cómo a la sala de juego. Estuvo casi dos horas en las garras del horrible demonio amarillo del oro. Los ojos brillantes de oro de ese demonio atormentan y fascinan. Pero ni siquiera las emociones del juego cambiaron el estado triste de su alma. El aburrimiento le había llevado a la mesa verde del juego, y el mismo aburrimiento le apartó de ella.

Huyendo del ruido, llegó a una sala de tertulia. En ese momento no había nadie. Se sentó, sin ganas de nada, junto a la ventana y se puso a mirar la calle.

La calle era estrechísima. Tenía más esquinas y curvas que casas. La sombra de la catedral, que daba miedo, la cubría toda. Al final de la calle se levantaba su muro negro y viejo. Pepe Rey miró hacia todos lados, arriba y abajo. Había un silencio tranquilo, como de cementerio: ni un paso, ni una voz, ni una mirada. De pronto oyó ruidos extraños. Parecían voces de mujeres que hablaban muy bajito. Después oyó el ruido de unas cortinas que se corrían y algunas palabras. Por fin oyó a alguien cantar suavemente una canción, el ladrido de un perrito y otras señales de vida. En un sitio así parecían cosas muy raras. Pepe Rey miró bien. Vio que los ruidos salían de un enorme balcón con celosías, justo enfrente de su ventana.

Todavía estaba mirando cuando apareció de repente a su lado un socio del Casino. Se reía, y le dijo:

—¡Ah, señor don Pepe, pillo! ¿Se ha encerrado usted aquí para enamorar a las niñas?

El que hablaba era don Juan Tafetán. Era un hombre amabilísimo. Era uno de los pocos que en el Casino le habían mostrado a Rey una amistad sincera y verdadera admiración. Tenía la carita muy roja y un bigotito teñido de negro. Tenía los ojillos muy vivos y era bajito. Se peinaba el pelo con mucho cuidado para esconder la calva. Por todo esto, don Juan Tafetán no se parecía nada al bello Antinoo. Pero era muy simpático y tenía mucha gracia. Contaba aventuras divertidas con un ingenio estupendo. Se reía mucho. Y al reír, toda su cara, desde la frente hasta la barba, se llenaba de arrugas cómicas.

A la gente le encantaban sus bromas, y eso podía animarle a burlarse de los demás. Sin embargo, no hablaba mal de nadie. Todos le querían, y Pepe Rey pasaba con él ratos agradables. El pobre Tafetán había trabajado antes en la Administración civil de la capital de la provincia. Ahora vivía modestamente de su sueldo en la Secretaría de Beneficencia. Para ganar algo más, tocaba muy bien el clarinete en las procesiones y en las grandes fiestas de la catedral. También tocaba en el teatro. Pero eso solo pasaba cuando algún grupo de pobres actores llegaba a aquellas tierras con la mala idea de dar funciones en Orbajosa.

Pero lo más curioso de don Juan Tafetán era que le gustaban mucho las chicas guapas. Antes no tapaba su calva con seis pelos llenos de pomada. No se teñía el bigote. Andaba derecho y delgado, porque los años todavía no le pesaban. En aquel tiempo había sido un Tenorio tremendo. Oírle contar sus conquistas era para morirse de risa. Porque hay Tenorios y Tenorios, y aquel fue de los más originales.

—¿Qué niñas? Yo no veo niñas en ninguna parte —respondió Pepe Rey.

—Hágase usted el santo ermitaño.

Una de las celosías del balcón se abrió. Se vio una cara joven, encantadora y sonriente. Pero desapareció enseguida, como una luz que apaga el viento.

—Ya, ya veo.

—¿No las conoce usted?

—Le juro que no.

—Son las Troyas, las niñas de Troya. Pues no conoce usted nada bueno... Son tres chicas preciosísimas. Son hijas de un coronel de Estado Mayor de Plazas que murió en las calles de Madrid en el 54.

La celosía se abrió otra vez y aparecieron dos caras.

—Se están burlando de nosotros —dijo Tafetán, y les hizo a las niñas una seña amistosa.

—¿Las conoce usted?

—¿Cómo no las voy a conocer? Las pobres viven en la miseria. No sé cómo viven. Cuando murió don Francisco Troya, se recogió dinero entre la gente para mantenerlas. Pero eso duró poco.

—¡Pobres muchachas! Me imagino que no serán un modelo de honradez...

—¿Por qué no?... Yo no creo lo que dicen de ellas en el pueblo.

La celosía se movió otra vez. Aparecieron las tres, colocadas con mucho arte.

—Buenas tardes, niñas —gritó don Juan Tafetán—. Este caballero dice que lo bueno no se debe esconder. Dice que abran ustedes toda la celosía.

Pero la celosía se cerró. Se oyó un alegre concierto de risas, que llenó de una alegría extraña la calle triste. Parecía que pasaba un grupo de pájaros.

—¿Quiere usted que vayamos allá? —dijo de repente Tafetán.

Le brillaban los ojos, y en sus labios morados jugaba una sonrisa traviesa.

—¿Pero qué clase de gente es esa?

—Vamos, señor de Rey... Las pobrecitas son honradas. ¡Bah! Si viven del aire, como los camaleones. Dígame usted: el que no come, ¿puede pecar? Las infelices son bastante virtuosas. Y si pecaran, limpiarían su conciencia con el gran ayuno que hacen.

—Pues vamos.

Un momento después, don Juan Tafetán y Pepe Rey entraban en la sala. Allí se veía la miseria, que luchaba con un esfuerzo horrible para no parecer miseria. Esto entristeció al joven. Las tres muchachas eran muy guapas, sobre todo las dos más pequeñas. Eran morenas y pálidas, de ojos negros y cintura fina. Con buena ropa y buenos zapatos, habrían parecido hijas de una duquesa, listas para casarse con príncipes.

Cuando entraron los visitantes, las tres se quedaron muy tímidas. Pero muy pronto mostraron su carácter alegre y ligero. Vivían en la miseria como los pájaros en una jaula. Cantaban detrás de los hierros lo mismo que en la riqueza del bosque. Pasaban el día cosiendo, y esto mostraba por lo menos un principio de honradez. Pero en Orbajosa ninguna persona de su clase se trataba con ellas. Estaban, hasta cierto punto, apartadas, despreciadas, rodeadas por una barrera. Y eso indicaba también algún motivo de escándalo.

Pero, para decir la verdad, la mala fama de las Troyas venía sobre todo de otra cosa. Tenían fama de chismosas, enredadoras, traviesas y descaradas. Mandaban cartas anónimas a personas importantes. Ponían motes a todo el mundo en Orbajosa, desde el obispo hasta el último don nadie. Tiraban piedrecitas a la gente que pasaba. Escondidas detrás de las rejas, hacían «chis, chis» para reírse de la confusión y los nervios del que pasaba. Sabían todo lo que pasaba en el barrio. Para eso usaban siempre todos los tragaluces y agujeros de la parte alta de la casa. Cantaban de noche en el balcón. En Carnaval se ponían máscaras para meterse en las casas de las familias más nobles. Y hacían otras tonterías y libertades típicas de los pueblos pequeños.

Pero, fuera cual fuera la razón, aquel grupo de tres gracias troyanas tenía una marca encima. Era una de esas marcas que los vecinos desconfiados ponen una vez y que ya no se quitan nunca, ni siquiera después de la muerte.

—¿Es este el caballero que, según dicen, ha venido a sacar minas de oro? —dijo una.

—¿Y a derribar la catedral para hacer con sus piedras una fábrica de zapatos? —añadió otra.

—Y a quitar de Orbajosa los campos de ajo para poner algodón o el árbol de la canela.

Pepe no pudo aguantar la risa al oír aquellas tonterías.

—Solo viene a recoger niñas bonitas para llevárselas a Madrid —dijo Tafetán.

—¡Ay! ¡Con mucho gusto me iría! —dijo una.

—A las tres, a las tres me las llevo —dijo Pepe—. Pero quiero saber una cosa: ¿por qué se reían ustedes de mí cuando estaba en la ventana del Casino?

Estas palabras fueron la señal para nuevas risas.

—Estas son unas tontas —dijo la mayor.

—Fue porque dijimos que usted se merece algo mejor que la niña de doña Perfecta.

—Fue porque esta dijo que usted está perdiendo el tiempo. Dijo que Rosarito solo quiere gente de iglesia.

—¡Qué cosas dices! Yo no he dicho eso. Tú dijiste que este caballero es ateo y luterano. Y que entra en la catedral fumando y con el sombrero puesto.

—Pues yo no me lo inventé —dijo la menor—. Eso me lo dijo ayer Suspiritos.

—¿Y quién es esa Suspiritos que dice de mí esas tonterías?

—Suspiritos es... Suspiritos.

—Niñas mías —dijo Tafetán con cara muy dulce—, por ahí pasa el vendedor de naranjas. Llamadle, que os quiero invitar a naranjas.

Una de las tres llamó al naranjero.

A Pepe Rey no le gustó nada la conversación de las niñas. Al encontrarse entre aquella gente alegre y habladora, había sentido un poco de alegría. Pero ahora esa alegría desapareció. Sin embargo, no pudo aguantar la risa cuando vio a don Juan Tafetán. Descolgó una guitarra pequeña y la tocó con la gracia y la habilidad de sus años jóvenes.

—Me han dicho que ustedes cantan de maravilla —dijo Rey.

—Que cante don Juan Tafetán.

—Yo no canto.

—Ni yo —dijo la segunda.

Y ofreció al ingeniero unos trozos de la naranja que acababa de pelar.

—María Juana, no dejes la costura —dijo la Troya mayor—. Es tarde y hay que terminar la sotana esta noche.

—Hoy no se trabaja. ¡Al demonio las agujas! —gritó Tafetán.

Y enseguida empezó a cantar una canción.

—La gente se para en la calle —dijo la Troya segunda, asomándose al balcón—. Los gritos de don Juan Tafetán se oyen desde la plaza... ¡Juana, Juana!

—¿Qué?

—Por la calle va Suspiritos.

La más pequeña voló al balcón.

—Tírale una cáscara de naranja.

Pepe Rey también se asomó. Vio que por la calle pasaba una señora. La menor de las Troyas apuntó muy bien y le dio con una cáscara en el moño. Después cerraron deprisa. Las tres hacían grandes esfuerzos para ahogar la risa, para que no se oyera desde la calle.

—¡Hoy no se trabaja! —gritó una, y tiró de una patada la cesta de la costura.

—Es lo mismo que decir: «Mañana no se come» —añadió la mayor, mientras recogía las cosas.

Sin pensarlo, Pepe Rey se llevó la mano al bolsillo. Con mucho gusto les habría dado una limosna. Aquellas pobres huérfanas estaban condenadas por el mundo por ser tan ligeras. Verlas así le ponía muy triste. Quizás su único pecado era tirar cáscaras de naranja a la gente que pasaba. Quizás era su único alivio para la soledad, la pobreza y el abandono. Si era así, se las podía perdonar fácilmente. Quizás las costumbres severas de aquel pueblo grande y feo las habían protegido del vicio. Pero a las pobres les faltaba compostura y moderación. Esa es la forma más común y más visible del pudor. Y por eso se podía pensar que habían tirado por la ventana algo más que cáscaras.

Pepe Rey sentía por ellas una lástima profunda. Miró sus vestidos pobres. Estaban arreglados y cosidos de mil maneras para que parecieran nuevos. Miró sus zapatos rotos... Y otra vez se llevó la mano al bolsillo.

—Quizás aquí hay vicio —dijo para sí—. Pero las caras, los muebles, todo me dice que son los pobres restos de una familia honrada. Si estas pobres muchachas fueran tan malas como dicen, no vivirían tan pobremente ni trabajarían. ¡En Orbajosa hay hombres ricos!

Las tres niñas se le acercaban una tras otra. Iban de él al balcón y del balcón a él. Hablaban de cosas ligeras y picantes. Pero hay que decirlo: en aquella conversación se veía una especie de inocencia, en medio de tanta ligereza y descaro.

—Señor don José, ¡qué señora tan excelente es doña Perfecta!

—Es la única persona de Orbajosa que no tiene apodo. Es la única persona de la que no se habla mal en Orbajosa.

—Todos la respetan.

—Todos la adoran.

El joven respondía a estas frases con elogios de su tía. Pero tenía ganas de sacar dinero del bolsillo y decir: «María Juana, tome usted para unas botas. Pepa, tome usted para comprarse un vestido. Florentina, tome usted para que coman una semana...». Estuvo a punto de hacerlo tal como lo pensaba. En un momento, las tres corrieron al balcón para ver quién pasaba. Entonces don Juan Tafetán se acercó a él y le dijo en voz baja:

—¡Qué monas son! ¿Verdad?... ¡Pobres criaturas! Parece mentira que sean tan alegres, cuando... Se puede asegurar que hoy no han comido.

—¡Don Juan, don Juan! —gritó Pepilla—. Por ahí viene su amigo Nicolasito Hernández, o sea, *Cirio Pascual*, con su sombrero de tres pisos. Viene rezando en voz baja. Sin duda reza por las almas de los que ha mandado a la tumba con sus usuras.

—¿A que no le dicen ustedes el mote?

—¡A que sí!

—Juana, cierra las celosías. Dejemos que pase. Y cuando llegue a la esquina, yo gritaré: *¡Cirio, Cirio Pascual!...*

Don Juan Tafetán corrió al balcón.

—Venga usted, don José, para que conozca a este personaje.

Las tres muchachas y don Juan se divertían en el balcón. Llamaban a Nicolasito Hernández con el apodo que tanto le enfadaba. Pepe Rey aprovechó ese momento. Se acercó con mucho cuidado a uno de los costureros que había en la sala. Y dentro de él puso media onza que le quedaba del juego.

Después corrió al balcón, justo cuando las dos más pequeñas gritaban entre risas locas: *¡Cirio Pascual, Cirio Pascual!*

### Glosario

- **Aquí fue Troya**: frase que significa «aquí empezó el desastre»; aquí también juega con el nombre de las Troyas.
- **celosía**: rejilla de madera en una ventana o balcón para mirar sin ser visto.
- **Antinoo**: joven de la antigua Roma, famoso por su gran belleza.
- **Tenorio**: hombre que enamora a muchas mujeres, como el personaje de don Juan Tenorio.
- **Secretaría de Beneficencia**: oficina que ayudaba a los pobres y a los enfermos.
- **coronel de Estado Mayor de Plazas**: jefe militar que trabajaba en una ciudad con soldados.
- **ermitaño**: persona que vive sola y apartada para rezar.
- **tragaluz**: ventana pequeña en el techo o en lo alto de una pared.
- **moño**: pelo recogido y atado encima o detrás de la cabeza.
- **compostura**: manera seria y educada de comportarse.
- **pudor**: vergüenza y cuidado para no hacer cosas poco decentes.
- **usura**: préstamo de dinero con un interés muy alto y abusivo.
- **Cirio Pascual**: vela muy grande y alta que se enciende en las iglesias en Semana Santa.
- **media onza**: moneda de oro de bastante valor.
- **costurero**: caja o cesta donde se guardan las cosas para coser.

## XIII. Un casus belli

Después de esta travesura, las tres chicas empezaron con los dos caballeros una larga conversación sobre asuntos y personas de la ciudad. El ingeniero tenía miedo de que descubrieran su secreto delante de él. Por eso quiso marcharse, y a las Troyas eso no les gustó nada. Una de ellas había salido de la sala. Volvió y dijo:

—Ya está Suspiritos en acción, colgando la ropa.

—Don José querrá verla —dijo otra.

—Es una señora muy guapa. Y ahora se peina a la moda de Madrid. Vengan ustedes.

Los llevaron al comedor de la casa, una habitación que casi nunca usaban. Del comedor se salía a un terrado. Allí había algunas macetas con flores y bastantes cosas viejas, abandonadas y rotas. Desde allí se veía el patio profundo de una casa vecina. Tenía una galería llena de plantas verdes que subían por las paredes. También tenía macetas muy bonitas y muy bien cuidadas. Todo mostraba que allí vivía gente modesta, limpia y trabajadora.

Las Troyas se acercaron al borde de la azotea y miraron con atención la casa vecina. Pidieron silencio a los caballeros. Luego se retiraron a una parte del terrado desde donde no se veía nada. Allí no había peligro de que las vieran.

—Ahora sale de la despensa con una cazuela de garbanzos —dijo María Juana, que estiraba el cuello para ver un poco.

—¡Zas! —gritó otra, y tiró una piedrecita.

Se oyó el ruido de la piedra al chocar contra los cristales de la galería. Y luego una voz furiosa gritó:

—Ya nos han roto otro cristal esas...

Las tres estaban escondidas en el rincón del terrado, junto a los dos caballeros. Intentaban ahogar la risa.

—La señora Suspiritos está muy enfadada —dijo Rey—. ¿Por qué la llaman así?

—Porque siempre que habla suspira entre palabra y palabra. No le falta de nada, pero siempre se está quejando.

Hubo un momento de silencio en la casa de abajo. Pepita Troya miró con cuidado.

—Ahí viene otra vez —murmuró en voz baja, y pidió silencio—. María, dame una piedrecita. A ver... ¡zas!... Allá va.

—No le has dado. Ha caído en el suelo.

—A ver si puedo yo... Esperaremos a que salga otra vez de la despensa.

—Ya, ya sale. Prepárate, Florentina.

—¡A la una, a las dos, a las tres!... ¡Paf!...

Abajo se oyó un grito de dolor y una palabrota. Era una voz de hombre. Pepe Rey oyó con claridad estas palabras:

—¡Demonche! Esas me han agujereado la cabeza... ¡Jacinto, Jacinto! ¿Pero qué clase de vecinos sinvergüenzas son estos?...

—¡Jesús, María y José, lo que he hecho! —dijo Florentina, muy asustada—. Le he dado en la cabeza al señor don Inocencio.

—¿Al Penitenciario? —dijo Pepe Rey.

—Sí.

—¿Vive en esa casa?

—¿Pues dónde va a vivir?

—Esa señora de los suspiros...

—Es su sobrina, o su ama de casa, o no sé qué. Nos divertimos con ella porque es muy pesada. Pero con el señor Penitenciario no solemos hacer bromas.

Mientras decían estas palabras muy deprisa, Pepe Rey vio que se abría una ventana. Estaba frente al terrado, muy cerca, y era de la misma casa atacada. En la ventana apareció una cara sonriente, una cara conocida. Al verla, Pepe se quedó confundido y asustado, pálido y temblando. Era Jacintito. Estaba en sus serios estudios y alguien le había interrumpido. Por eso había abierto la ventana de su despacho. Tenía la pluma en la oreja. Su cara era tímida, fresca y rosada. Por eso parecía el cielo rosado del amanecer.

—Buenas tardes, señor don José —dijo alegremente.

La voz de abajo gritaba otra vez:

—¡Jacinto, pero Jacinto!

—Ya voy. Estaba saludando a un amigo...

—Vámonos, vámonos —gritó Florentina, muy nerviosa—. El señor Penitenciario va a subir al cuarto de *don Nominavito* y nos va a echar una buena bronca.

—Sí, vámonos. Cerremos la puerta del comedor.

Salieron todos juntos y deprisa del terrado.

—Ustedes debían saber que Jacinto las vería desde su templo del saber —dijo Tafetán.

—*Don Nominavito* es amigo nuestro —respondió una de ellas—. Desde su templo de la ciencia nos dice en secreto mil cosas tiernas. Y también nos tira besos con la mano.

—¿Jacinto? —preguntó el ingeniero—. ¿Qué nombre tan raro le han puesto ustedes?

—*Don Nominavito*...

Las tres se echaron a reír.

—Le llamamos así porque es muy sabio.

—No. Es porque cuando nosotras éramos pequeñas, él también era pequeño. Pues... sí. Salíamos al terrado a jugar y le oíamos estudiar sus lecciones en voz alta.

—Sí, y todo el santo día estaba cantando.

—Declinando, mujer, no cantando. Eso es. Decía así: *Nominavito rosa, Genivito, Davito, Acusavito*.

—Supongo que yo también tendré mi apodo —dijo Pepe Rey.

—Que se lo diga a usted María Juana —respondió Florentina, y se escondió.

—¿Yo?... Díselo tú, Pepa.

—Usted todavía no tiene nombre, don José.

—Pero lo tendré. Prometo que volveré para saberlo y para recibir la confirmación —dijo el joven.

Quería marcharse ya.

—¿Pero se va usted?

—Sí. Ya han perdido ustedes bastante tiempo. Niñas, a trabajar. Tirar piedras a los vecinos y a la gente que pasa no es lo mejor para unas jóvenes tan guapas y de tanto mérito... Bueno, adiós...

Y no esperó más. No hizo caso de las palabras amables de las muchachas. Salió muy deprisa de la casa y dejó allí a don Juan Tafetán.

Había visto aquella escena. Habían ofendido al canónigo. Y de repente había aparecido el doctorcillo. Todo esto aumentó las dudas, las sospechas y los malos presentimientos que preocupaban al pobre ingeniero. Lamentó con toda su alma haber entrado en casa de las Troyas. Decidió usar mejor el tiempo mientras le durara la tristeza. Y se puso a recorrer las calles de la ciudad.

Visitó el mercado y la calle de la Tripería, donde estaban las tiendas principales. Observó cómo eran la industria y el comercio de la gran Orbajosa. Pero solo encontró nuevos motivos para aburrirse. Entonces se dirigió al paseo de las Descalzas. Allí solo vio algunos perros sin dueño. Hacía un viento muy molesto, y los caballeros y las señoras se habían quedado en casa. Fue a la botica. Allí tenían su tertulia varias clases de progresistas que parecían vacas rumiando. Siempre estaban masticando un tema sin fin. Pero allí se aburrió todavía más.

Por fin pasaba junto a la catedral cuando oyó el órgano y los bonitos cantos del coro. Entró. Recordó los consejos de su tía sobre cómo portarse en la iglesia. Por eso se arrodilló delante del altar mayor. Luego visitó una capilla. Iba a entrar en otra cuando se le acercó un acólito, o un vigilante, o el hombre que echa a los perros de la iglesia. Con modales muy groseros y con malas palabras, le dijo:

—Su Ilustrísima dice que se vaya usted a la calle.

El ingeniero sintió que la sangre le subía a la cabeza. Obedeció sin decir ni una palabra. Una fuerza más poderosa, o su propio aburrimiento, le echaba de todas partes. Ya solo podía ir a casa de su tía. Allí le esperaban:

1.° El tío Licurgo, para anunciarle un segundo pleito. 2.° El señor don Cayetano, para leerle un nuevo trozo de su discurso sobre los linajes de Orbajosa. 3.° Caballuco, para un asunto que no había explicado. 4.° Doña Perfecta y su sonrisa bondadosa, para lo que se verá en el capítulo siguiente.

### Glosario

- **casus belli**: en latín, motivo para empezar una guerra.
- **terrado / azotea**: techo plano de una casa por donde se puede andar.
- **despensa**: habitación de la casa donde se guarda la comida.
- **¡Demonche!**: forma suave de decir «¡demonio!» cuando uno se enfada.
- **ama de casa**: aquí, mujer que gobierna la casa de un sacerdote.
- **declinar**: decir las formas de una palabra latina, como hacen los estudiantes.
- **confirmación**: ceremonia de la Iglesia en la que se puede recibir un nombre nuevo; aquí es una broma.
- **presentimiento**: sensación de que algo va a pasar.
- **acólito**: chico o ayudante que sirve al sacerdote en la iglesia.
- **botica**: farmacia antigua.
- **progresistas**: personas de ideas políticas liberales, que querían cambios.
- **rumiar**: masticar una y otra vez, como las vacas; aquí, pensar siempre en lo mismo.
- **Su Ilustrísima**: forma de llamar con respeto al obispo.

## XIV. La discordia sigue creciendo

Al caer la tarde, Pepe intentó otra vez ver a su prima Rosario, pero no lo consiguió. Entonces se encerró en su cuarto para escribir varias cartas. No podía quitarse de la cabeza una idea fija.

—Esta noche o mañana —decía— esto se acabará, de una forma o de otra.

Le llamaron para la cena. En el comedor, doña Perfecta se dirigió a él y le dijo enseguida:

—Querido Pepe, no te preocupes. Yo calmaré al señor don Inocencio... Ya lo sé todo. María Remedios acaba de irse de aquí y me lo ha contado.

La cara de la señora brillaba de satisfacción. Parecía un artista orgulloso de su obra.

—¿Qué?

—Yo te disculparé, hombre. Habrás tomado algunas copas en el Casino, ¿no es eso? Este es el resultado de las malas compañías. ¡Don Juan Tafetán, las Troyas!... Esto es horrible, espantoso. ¿Lo has pensado bien?...

—Lo he pensado todo, señora —respondió Pepe.

Había decidido no discutir con su tía.

—No pienso escribirle a tu padre lo que has hecho.

—Puede usted escribirle lo que quiera.

—Vamos: te defenderás diciendo que miento.

—Yo no digo que usted mienta.

—Entonces confiesas que estuviste en casa de esas...

—Estuve.

—Y que les diste media onza. Porque, según me ha dicho María Remedios, esta tarde Florentina bajó a la tienda del extremeño para cambiar media onza. No podían haberla ganado con su costura. Tú estuviste hoy en su casa; entonces...

—Entonces yo se la di. Perfectamente.

—¿No lo niegas?

—¡Cómo voy a negarlo! Creo que puedo hacer con mi dinero lo que me parezca mejor.

—Pero seguro que dirás que no tiraste piedras al señor Penitenciario.

—Yo no tiro piedras.

—Quiero decir que ellas, delante de ti...

—Eso es otra cosa.

—E insultaron a la pobre María Remedios.

—Tampoco lo niego.

—¿Y cómo vas a justificar lo que has hecho? Pepe... por Dios. No dices nada; no te arrepientes, no protestas... no...

—Nada, absolutamente nada, señora.

—Ni siquiera intentas pedirme perdón.

—Yo no he ofendido a usted...

—Vamos, ya solo te falta... Hombre, coge ese palo y pégame.

—Yo no pego.

—¡Qué falta de respeto! ¡Qué!... ¿No cenas?

—Cenaré.

Hubo una pausa de más de un cuarto de hora. Don Cayetano, doña Perfecta y Pepe Rey comían en silencio. Pepe dejó de comer cuando don Inocencio entró en el comedor.

—¡Cuánto lo he sentido, señor don José de mi alma!... Créame usted, lo he sentido de verdad —dijo.

Le dio la mano al joven y le miró con cara de lástima.

El ingeniero estaba tan confuso que no supo qué contestar.

—Hablo de lo que ha pasado esta tarde.

—¡Ah!... Ya.

—Hablo de cuando le echaron a usted del lugar sagrado de la catedral.

—El señor obispo —dijo Pepe Rey— debería pensarlo mucho antes de echar a un cristiano de la iglesia.

—Es verdad. Yo no sé quién le ha metido a Su Ilustrísima en la cabeza que usted es un hombre de malísimas costumbres. No sé quién le ha dicho que usted presume de ateo en todas partes. O que se burla de las cosas y las personas sagradas. Y hasta que piensa derribar la catedral para construir con sus piedras una gran fábrica de alquitrán. Yo he intentado convencerle de que no es así. Pero Su Ilustrísima es un poco testarudo.

—Gracias por tanta bondad.

—Y eso que el señor Penitenciario no tiene motivos para tratarte con tanto respeto. Esta tarde casi le matan.

—¡Bah!... ¿Pues qué? —dijo el sacerdote, riendo—. ¿Ya se sabe aquí lo de la travesurilla?... Apuesto a que María Remedios vino con el cuento. Y eso que se lo prohibí, se lo prohibí muy claramente. La cosa no tiene importancia, ¿verdad, señor de Rey?

—Si usted lo cree así...

—Esa es mi opinión. Cosas de muchachos... La juventud, digan lo que digan los modernos, tiende al vicio y a las malas acciones. El señor don José es una persona de grandes cualidades, pero no podía ser perfecto... ¿Qué tiene de raro? Esas niñas tan graciosas le sedujeron. Le sacaron el dinero y después le hicieron cómplice de sus insultos descarados y criminales a los vecinos.

Se llevó la mano a la parte de la cabeza donde le había dado la piedra.

—Querido amigo mío, a mí me tocó una parte muy dolorosa en los juegos de esta tarde. Pero no me siento ofendido. Ni siquiera voy a molestarle a usted recordando ese incidente tan desagradable. Me ha dado mucha pena saber que María Remedios había venido a contarlo todo... Mi sobrina es tan chismosa... Apuesto a que también contó lo de la media onza. Y los juegos de usted con las niñas en el tejado, las carreras y los pellizcos, y el bailoteo de don Juan Tafetán... ¡Bah! Estas cosas deberían quedar en secreto.

Pepe Rey no sabía qué le molestaba más: la dureza de su tía o la falsa comprensión del canónigo.

—¿Por qué no se van a contar? —dijo la señora—. Él mismo no parece avergonzado de lo que ha hecho. Que lo sepan todos. Solo se lo ocultaremos a mi querida hija. Con sus nervios, sus ataques de rabia son peligrosos.

—Vamos, no es para tanto, señora —añadió el Penitenciario—. En mi opinión, no hay que volver a hablar del asunto. Si lo dice el que recibió la pedrada, los demás pueden quedar satisfechos... Y no fue ninguna broma el golpe, señor don José. Creí que me abrían un agujero en la cabeza y que se me salían los sesos...

—¡Cuánto siento este incidente!... —dijo Pepe Rey, con dificultad—. Me da mucha pena, aunque yo no participé...

—La visita de usted a esas señoras Troyas llamará la atención en el pueblo —dijo el canónigo—. Aquí no estamos en Madrid, señores. Aquí no estamos en ese centro de corrupción y de escándalo...

—Allí puedes visitar los sitios más sucios —dijo doña Perfecta— sin que nadie se entere.

—Aquí nos vigilamos mucho unos a otros —siguió don Inocencio—. Nos fijamos en todo lo que hacen los vecinos. Con este sistema de vigilancia, la moral pública se mantiene a la altura necesaria... Créame usted, amigo mío, créame. Y no lo digo para molestarle. Usted ha sido el primer caballero de su clase que, a plena luz del día... El primero, sí, señor... *Trojae qui primus ab oris*.

Después se echó a reír. Le dio al ingeniero unas palmadas en la espalda, como señal de amistad y de buena voluntad.

El joven escondió su rabia. Buscó las palabras que le parecieron más adecuadas para contestar a aquella ironía disimulada.

—¡Qué agradable es para mí ver tanta generosidad y tanta tolerancia! —dijo—. ¡Y eso que yo merecía, por mi conducta criminal!...

—¿Pues qué? —dijo doña Perfecta—. Una persona de nuestra propia sangre, que lleva nuestro mismo apellido, ¿se puede tratar como a un cualquiera? Eres mi sobrino. Eres hijo del mejor y más santo de los hombres, mi querido hermano Juan. Y eso basta. Ayer por la tarde vino aquí el secretario del señor obispo. Vino a decirme que Su Ilustrísima está muy disgustado porque te tengo en mi casa.

—¿También eso? —murmuró el canónigo.

—También eso. Yo le dije que respeto mucho al señor obispo, y que le quiero y le venero. Pero que mi sobrino es mi sobrino, y no puedo echarle de mi casa.

—Esta es otra cosa rara que encuentro en este país —dijo Pepe Rey, pálido de rabia—. Por lo visto, aquí el obispo manda en las casas de los demás.

—Él es un santo. Me quiere tanto que se imagina... se imagina que nos vas a pegar tu ateísmo, tu falta de religión, tus ideas raras... Yo le he dicho muchas veces que en el fondo eres muy bueno.

—Al que tiene un talento superior siempre hay que perdonarle algo —dijo don Inocencio.

—Y esta mañana estuve en casa de las de Cirujeda. ¡Ay! No te puedes imaginar cómo me llenaron la cabeza... Que si habías venido a derribar la catedral. Que si te enviaban los protestantes ingleses para predicar la herejía por España. Que pasabas toda la noche jugando en el Casino. Que salías borracho... «Pero, señoras —les dije—, ¿quieren ustedes que mande a mi sobrino a la posada?». Además, en lo de las borracheras no tienen razón. Y en cuanto al juego, no sabía que jugaras hasta hoy.

Pepe Rey estaba en ese estado de ánimo en que hasta el hombre más prudente siente dentro un fuego violento. Siente una fuerza ciega y brutal que le empuja a estrangular, a dar bofetadas, a romper cabezas y a machacar huesos. Pero doña Perfecta era una señora y además era su tía. Don Inocencio era un anciano y un sacerdote. Además, la violencia física es de mal gusto. No es propia de personas cristianas y bien educadas. Le quedaba otro recurso: dejar salir su rabia por medio de las palabras, con educación y sin perder la dignidad. Pero este último recurso también le pareció demasiado temprano. Según él, solo debía usarlo en el momento de salir para siempre de aquella casa y de Orbajosa. Por eso aguantó aquel ataque furioso y esperó.

Jacinto llegó cuando la cena terminaba.

—Buenas noches, señor don José... —dijo, y le dio la mano al joven—. Usted y sus amigas no me han dejado trabajar esta tarde. No he podido escribir ni una línea. ¡Y tenía tanto que hacer!...

—¡Cuánto lo siento, Jacinto! Pues me han dicho que usted las acompaña algunas veces en sus juegos.

—¡Yo! —exclamó el muchacho, rojo como un tomate—. ¡Bah! Usted sabe muy bien que Tafetán nunca dice ni una palabra de verdad... ¿Pero es cierto, señor de Rey, que usted se marcha?

—¿Eso dice la gente?...

—Sí. Lo he oído en el Casino y en casa de don Lorenzo Ruiz.

Rey miró durante un rato la cara fresca de *don Nominavito*. Después dijo:

—Pues no es cierto. Mi tía está muy contenta conmigo. Desprecia las calumnias con que me obsequian los orbajosenses... Y no me echará de su casa, aunque el señor obispo se empeñe.

—Lo que es echarte... jamás. ¡Qué diría tu padre!...

—Pero a pesar de sus bondades, queridísima tía, y a pesar de la amistad sincera del señor canónigo, quizás decida marcharme...

—¡Marcharte!

—¡Marcharse usted!

En los ojos de doña Perfecta brilló una luz extraña. El canónigo era un hombre muy experto en disimular. Pero esta vez no pudo esconder su alegría.

—Sí. Y quizás esta misma noche...

—¡Pero hombre, qué impulsivo eres!... ¿Por qué no esperas por lo menos a mañana temprano?... A ver... Juan, que vayan a llamar al tío Licurgo para que prepare la jaca... Supongo que llevarás algo de comida fría para el viaje... ¡Nicolasa!... Ese pedazo de ternera que está en el aparador... Librada, la ropa del señorito...

—No, no puedo creer que usted tome una decisión tan repentina —dijo don Cayetano.

Pensaba que tenía que participar de algún modo en aquella cuestión.

—¿Pero volverá usted... verdad? —preguntó el canónigo.

—¿A qué hora pasa el tren de la mañana? —preguntó doña Perfecta.

En sus ojos se veía claramente una impaciencia nerviosa.

—Sí, me marcho esta misma noche.

—Pero hombre, si no hay luna.

En el alma de doña Perfecta, en el alma del Penitenciario y en la joven alma del doctorcillo sonaron estas palabras como una música del cielo: «esta misma noche».

—Por supuesto, querido Pepe, tú volverás... Yo he escrito hoy a tu padre, a tu excelente padre... —exclamó doña Perfecta.

Su cara mostraba todas las señales de alguien que está a punto de llorar.

—Le molestaré con algunos encargos —dijo el sabio.

—Es una buena ocasión para pedir el cuaderno que me falta de la obra del abate Gaume —dijo el abogadillo.

—Vamos, Pepe, qué arrebatos y qué ocurrencias tienes —murmuró la señora, sonriendo, con los ojos fijos en la puerta del comedor—. Pero se me olvidaba decirte que Caballuco te está esperando para hablar contigo.

### Glosario

- **calmar**: hacer que alguien deje de estar enfadado.
- **media onza**: moneda de oro de bastante valor.
- **extremeño**: persona de Extremadura; aquí, el dueño de una tienda.
- **alquitrán**: sustancia negra y espesa que se saca del carbón o de la madera.
- **Trojae qui primus ab oris**: palabras en latín de Virgilio: «el primero que, desde las costas de Troya...»; aquí es una broma con el nombre de las Troyas.
- **herejía**: idea contraria a lo que enseña la Iglesia.
- **jaca**: caballo pequeño.
- **aparador**: mueble del comedor donde se guardan platos y comida.
- **abate**: sacerdote, sobre todo francés o italiano.
- **arrebato**: reacción rápida y fuerte, sin pensar.

## XV. Sigue creciendo, hasta que se declara la guerra

Todos miraron hacia la puerta. Allí apareció la figura impresionante del Centauro. Estaba serio, con las cejas juntas. Quería saludar con amabilidad, pero no sabía cómo. Tenía una belleza salvaje. Pero hacía tanto esfuerzo por sonreír con buenos modales, pisar con suavidad y poner bien sus brazos enormes, que se le deformaba la cara.

—Adelante, señor Ramos —dijo Pepe Rey.

—Pero no —dijo doña Perfecta—. Lo que tiene que decirte es una tontería.

—Que lo diga.

—Yo no debo permitir que en mi casa se discutan estas cuestiones ridículas...

—¿Qué quiere de mí el señor Ramos?

Caballuco dijo algunas palabras.

—Basta, basta... —exclamó doña Perfecta, riendo—. No molestes más a mi sobrino. Pepe, no hagas caso de ese tonto... ¿Quieren ustedes que les diga por qué está enfadado el gran Caballuco?

—¿Enfadado? Ya me lo imagino —dijo el Penitenciario.

Se echó hacia atrás en el sillón y se rio con fuerza y mucho ruido.

—Yo quería decirle al señor don José... —gruñó el tremendo jinete.

—Hombre, calla, por Dios. No nos rompas los oídos.

—Señor Caballuco —dijo el canónigo—, no es raro que los señores de la Corte ganen a los rudos jinetes de estas tierras salvajes...

—En dos palabras, Pepe, la cuestión es esta. Caballuco es no sé qué...

La risa no la dejó seguir.

—No sé qué —añadió don Inocencio— de una de las niñas de Troya. De Mariquita Juana, si no me equivoco.

—¡Y está celoso! Para él, después de su caballo, lo primero de toda la Creación es Mariquilla Troya.

—¡Bonita ocurrencia! —exclamó la señora—. ¡Pobre Cristóbal! ¿Has creído que una persona como mi sobrino?... Vamos a ver, ¿qué ibas a decirle? Habla.

—Ya hablaremos el señor don José y yo —respondió de mala manera el valiente del pueblo.

Y sin decir nada más, se fue.

Poco después Pepe Rey salió del comedor para ir a su cuarto. En la galería se encontró cara a cara con su rival por la Troya. Al ver la seriedad sombría del enamorado ofendido, no pudo aguantar la risa.

—Una palabra —dijo Caballuco, y se plantó con descaro delante del ingeniero—. ¿Usted sabe quién soy yo?

Mientras lo decía, puso su mano pesada en el hombro del joven. Lo hizo con tanta confianza y tanta insolencia que Pepe le apartó con energía.

—No hace falta aplastar para eso.

El valentón se quedó un poco desconcertado, pero se recuperó enseguida. Miró a Rey con atrevimiento, como para provocarle, y repitió su pregunta:

—¿Sabe usted quién soy yo?

—Sí: ya sé que es usted un animal.

Le apartó bruscamente hacia un lado y entró en su cuarto.

En aquel momento la cabeza de nuestro pobre amigo estaba muy alterada. Por eso todos sus actos se podían resumir en un plan muy breve y definitivo. Primero, romperle la cabeza a Caballuco sin perder tiempo. Después, despedirse enseguida de su tía con palabras duras, aunque educadas, que le llegaran al alma. Luego, decir un adiós frío al canónigo y dar un abrazo al pobre don Cayetano, que no hacía daño a nadie. Para terminar la fiesta, dar una paliza al tío Licurgo. Y por fin, salir de Orbajosa aquella misma noche y sacudirse el polvo de los zapatos al salir de la ciudad.

Pero el joven perseguido, en medio de tantas amarguras, no podía dejar de pensar en otra persona desgraciada. Creía que esa persona estaba en una situación todavía más triste y angustiosa que la suya. Detrás del ingeniero entró en el cuarto una criada.

—¿Le diste mi recado? —preguntó él.

—Sí, señor, y me dio esto.

Rey cogió de las manos de la muchacha un pedacito de periódico. En el margen leyó estas palabras: «Dicen que te vas. Yo me muero».

Cuando volvió al comedor, el tío Licurgo se asomaba a la puerta y preguntaba:

—¿A qué hora hace falta la jaca?

—A ninguna —contestó Rey enseguida.

—¿Entonces no te vas esta noche? —dijo doña Perfecta—. Es mejor que lo dejes para mañana.

—Tampoco.

—¿Pues cuándo?

—Ya veremos —dijo el joven con frialdad.

Miraba a su tía con una calma total.

—Por ahora no pienso marcharme.

Sus ojos lanzaban un desafío lleno de energía.

Doña Perfecta primero se puso roja y después pálida. Miró al canónigo, que se había quitado las gafas de oro para limpiarlas. Luego miró uno por uno a los demás que estaban en la habitación. También miró a Caballuco, que había entrado poco antes y se había sentado en el borde de una silla. Doña Perfecta los miró como mira un general a sus queridas tropas. Después examinó la cara pensativa y tranquila de su sobrino. Era un enemigo hábil, que aparecía de repente cuando todos creían que huía con vergüenza.

¡Ay! ¡Sangre, ruina y destrucción!... Se preparaba una gran batalla.

### Glosario

- **Centauro**: ser de la mitología, mitad hombre y mitad caballo; aquí, Caballuco, gran jinete.
- **cejijunto**: que tiene las cejas muy juntas; con cara seria o enfadada.
- **jinete**: persona que monta a caballo.
- **la Corte**: Madrid, la ciudad donde vivían el rey y el Gobierno.
- **valentón**: hombre que presume de valiente y busca peleas.
- **recado**: mensaje que una persona lleva de parte de otra.
- **sacudirse el polvo de los zapatos**: irse de un sitio para siempre, sin querer llevarse nada de él.
- **desafío**: invitación a luchar o a enfrentarse.
- **jaca**: caballo pequeño.

## XVI. Noche

Orbajosa dormía. En los cruces y en los callejones, los pobres farolillos de la calle daban su última luz. Parecían ojos cansados que no pueden vencer el sueño. Con su luz débil pasaban, envueltos en sus capas, los vagabundos, los que rondaban a las chicas y los jugadores. Solo el grito ronco de algún borracho o la canción de algún enamorado rompían la paz silenciosa de la ciudad histórica. De pronto se oía el *Ave María Purísima* del sereno, que tenía voz de vino. Sonaba como un quejido enfermo del pueblo dormido.

En la casa de doña Perfecta también había silencio. Solo lo rompía una conversación entre don Cayetano y Pepe Rey en la biblioteca de don Cayetano. El sabio estaba sentado tranquilamente en el sillón de su mesa de estudio. La mesa estaba cubierta de papeles de todo tipo, con notas, apuntes y datos. Había muchísimos y eran muy distintos, pero no había el menor desorden entre ellos. Rey miraba fijamente aquel gran montón de papeles. Pero sus pensamientos, sin duda, volaban muy lejos de toda aquella sabiduría.

—Perfecta es una mujer excelente —dijo el anticuario—. Pero tiene un defecto: se escandaliza por cualquier acción ligera y sin importancia. Amigo, en estos pueblos de provincias el menor error se paga caro. Yo no veo nada raro en que usted fuera a casa de las Troyas. Me parece que don Inocencio, bajo su capita de hombre bueno, es un poco enredador. ¿A él qué le importa?...

—Hemos llegado a un punto, señor don Cayetano, en que hay que tomar una decisión firme. Yo necesito ver a Rosario y hablar con ella.

—Pues véala usted.

—Es que no me dejan —respondió el ingeniero, y dio un puñetazo en la mesa—. Rosario está secuestrada...

—¡Secuestrada! —exclamó el sabio, sin creérselo—. La verdad es que no me gusta su cara, ni su aspecto. Y menos me gusta esa mirada de asombro que tiene en sus bonitos ojos. Está triste, habla poco, llora... Amigo don José, tengo mucho miedo de que esa niña sufra la terrible enfermedad que ha atacado a tantas personas de mi familia.

—¡Una terrible enfermedad! ¿Cuál?

—La locura... Mejor dicho, las manías. En mi familia nadie se ha librado de ellas. Yo, yo soy el único que se ha salvado.

—¡Usted!... Dejemos aparte las manías —dijo Rey con impaciencia—. Yo quiero ver a Rosario.

—Es lo más natural. Pero el aislamiento en que la tiene su madre es un sistema de salud, querido Pepe. Es el único sistema que ha funcionado bien en todas las personas de mi familia. Piense usted una cosa. La persona que más puede afectar a los nervios delicados de Rosarillo, con su presencia y su voz, es el elegido de su corazón.

—A pesar de todo —insistió Pepe—, yo quiero verla.

—Quizás Perfecta no se oponga —dijo el sabio, mirando con atención sus notas y papeles—. Yo no quiero meterme en camisa de once varas.

El ingeniero vio que el buen Polentinos no le iba a ayudar. Por eso se levantó para irse.

—Usted va a trabajar, y no quiero molestarle.

—No, todavía tengo tiempo. Mire usted la cantidad de datos preciosos que he reunido hoy. Escuche usted... «En 1537 un vecino de Orbajosa, llamado Bartolomé del Hoyo, fue a Civita-Vecchia en los barcos del Marqués de Castel Rodrigo». Otro. «Ese mismo año dos hermanos, también hijos de Orbajosa, llamados Juan y Rodrigo González del Arco, subieron a los seis barcos que salieron de Maestrique el 20 de febrero. A la altura de Calais se encontraron con un barco inglés y con los flamencos que mandaba Van-Owen...». En fin, aquello fue una hazaña importante de nuestra marina.

»He descubierto también que un orbajosense, un tal Mateo Díaz Coronel, alférez de la Guardia, escribió una obra en 1709. La publicó en Valencia. Se llama *Métrico encomio, fúnebre canto, lírico elogio, descripción numérica, gloriosas fatigas, angustiadas glorias de la Reina de los Ángeles*. Tengo un ejemplar preciosísimo de esta obra, que vale un Perú... Otro orbajosense es autor de aquel famoso *Tractado de las diversas suertes de la Gineta*, que le enseñé a usted ayer. En resumen: no doy un paso por el laberinto de la historia que nadie ha publicado todavía sin encontrar algún paisano ilustre. Yo pienso sacar todos esos nombres de la oscuridad y del olvido injusto en que están.

»¡Qué placer tan puro, querido Pepe, devolver todo su brillo a las glorias de nuestra tierra, de guerra o de literatura! Un hombre no puede usar mejor la poca inteligencia que le dio el cielo. Ni la fortuna que ha heredado. Ni el poco tiempo que dura en el mundo hasta la vida más larga... Gracias a mí, se verá que Orbajosa es la cuna ilustre del genio español. Pero ¿qué digo? ¿No se ve bien su noble origen en la nobleza y el honor de la generación *urbsaugustana* de hoy? Conocemos pocos lugares donde crezcan con más fuerza las plantas de todas las virtudes. Y aquí no está la mala hierba de los vicios. Aquí todo es paz, respeto mutuo y humildad cristiana. La caridad se practica aquí como en los tiempos del Evangelio. Aquí no se conoce la envidia. Aquí no se conocen las pasiones criminales. Si oye usted hablar de ladrones y asesinos, puede estar seguro de una cosa. O no son hijos de esta noble tierra, o son pobres desgraciados que se han pervertido por los discursos de los demagogos.

»Aquí verá usted el carácter nacional en toda su pureza: recto, noble, honrado, puro, sencillo, patriarcal, hospitalario, generoso... Por eso me gusta tanto vivir en esta soledad tranquila, lejos del laberinto de las ciudades, donde reinan, ¡ay!, la mentira y el vicio. Por eso no han podido sacarme de aquí mis muchos amigos de Madrid. Por eso vivo en la dulce compañía de mis leales paisanos y de mis libros. Respiro siempre este aire sano de honradez, que en nuestra España es cada vez más escaso. Solo existe en las ciudades humildes y cristianas, que lo saben conservar con el perfume de sus virtudes.

»Y créame usted, queridísimo Pepe: este aislamiento tranquilo me ha ayudado mucho a librarme de la terrible enfermedad que sufre mi familia. De joven yo tenía, como mis hermanos y mi padre, una triste tendencia a las manías más absurdas. Pero aquí me tiene usted, tan asombrosamente curado que solo conozco esa enfermedad cuando la veo en los demás. Por eso mi sobrinilla me tiene tan preocupado.

—Me alegro de que los aires de Orbajosa le hayan protegido a usted —dijo Rey.

En medio de su tristeza, por una ley extraña, le habían entrado ganas de burlarse, y no pudo evitarlo.

—A mí me han sentado tan mal que creo que pronto tendré manías si sigo aquí. Bueno, buenas noches, y que trabaje usted mucho.

—Buenas noches.

Se fue a su habitación. Pero no tenía sueño ni necesitaba descansar. Al contrario, sentía una fuerte excitación. Necesitaba moverse y dar vueltas a sus pensamientos. Por eso empezó a pasear de un rincón a otro del cuarto. Después abrió la ventana que daba a la huerta. Apoyó los codos en el borde y contempló la enorme oscuridad de la noche.

No se veía nada. Pero el hombre que está metido en sus pensamientos lo ve todo. Rey tenía los ojos fijos en la oscuridad. Y en ella veía aparecer, poco a poco, el paisaje revuelto de sus desgracias. La oscuridad no le dejaba ver las flores de la tierra, ni las flores del cielo, que son las estrellas. Casi no había luz, y eso hacía que las masas de árboles parecieran moverse. Parecía que se extendían, que se iban despacio y que volvían retorciéndose, como las olas de un mar de sombras. Una gran subida y bajada, como de marea, agitaba aquel mundo silencioso. Era una lucha entre fuerzas que no se veían bien. El matemático miraba aquella imagen de su alma proyectada sobre la noche. Y decía:

—La batalla será terrible. Veremos quién gana.

Los insectos de la noche le hablaban al oído y le decían palabras misteriosas. Aquí se oía un chirrido áspero. Allí, un chasquido como el que hacemos con la lengua. Más allá, murmullos tristes. Y más lejos, un sonido vibrante, como el de la campanilla que lleva al cuello un animal perdido en el campo.

De repente Rey oyó una consonante extraña. Era una nota rápida que solo puede salir de la lengua y de los labios humanos. Aquel sonido pasó por la cabeza del joven como un relámpago. Sintió dentro de sí aquella S rápida, que se movía como una culebra. Se repitió una y otra vez, cada vez más fuerte. Miró hacia todos lados. Miró hacia la parte alta de la casa. En una ventana creyó ver algo parecido a un pájaro blanco que movía las alas. Por la mente excitada de Pepe Rey pasaron en un momento el fénix, la paloma, la garza real... Y, sin embargo, aquel pájaro no era más que un pañuelo.

El ingeniero saltó por la ventana a la huerta. Miró bien y vio la mano y la cara de su prima. Le pareció ver el gesto tan conocido de pedir silencio, con el dedo en los labios. Después la querida sombra extendió el brazo hacia abajo y desapareció.

Pepe Rey volvió a entrar rápidamente en su cuarto. Intentando no hacer ruido, salió a la galería y avanzó despacio por ella. Sentía los latidos de su corazón como si le dieran hachazos dentro del pecho. Esperó un rato... Por fin oyó con claridad unos golpes suaves en los escalones de la escalera. Uno, dos, tres... Aquel ruido lo hacían unos zapatitos.

Fue hacia allí en una oscuridad casi total. Extendió los brazos para ayudar a la persona que bajaba. En su alma había una ternura muy fuerte y profunda. Pero ¿para qué negarlo? Detrás de aquel dulce sentimiento apareció de repente otro, como una idea del infierno: un terrible deseo de venganza. Los pasos bajaban y se acercaban. Pepe Rey avanzó. Unas manos que buscaban en el aire chocaron con las suyas. Y las cuatro, ¡ay!, se unieron con fuerza.

### Glosario

- **sereno**: hombre que vigilaba las calles por la noche y decía la hora en voz alta.
- **Ave María Purísima**: saludo religioso que gritaba el sereno por la noche.
- **anticuario**: persona que estudia y colecciona objetos antiguos.
- **secuestrada**: encerrada contra su voluntad.
- **manía**: idea fija, rareza de la mente.
- **meterse en camisa de once varas**: meterse en asuntos difíciles que no son de uno.
- **alférez**: oficial del ejército de grado bajo.
- **vale un Perú**: vale muchísimo dinero.
- **demagogos**: políticos que engañan al pueblo con discursos para tener poder.
- **fénix**: pájaro de las leyendas que renace de sus cenizas.
- **garza real**: ave grande, de patas y cuello largos, que vive cerca del agua.

## XVII. Luz a oscuras

La galería era larga y ancha. En un extremo estaba la puerta del cuarto donde vivía el ingeniero. En el centro estaba la puerta del comedor. En el otro extremo estaban la escalera y una puerta grande y cerrada, con un escalón delante. Aquella puerta era la de una capilla. Allí los Polentinos tenían los santos a los que rezaba la familia. A veces se decía allí misa.

Rosario llevó a su primo hacia la puerta de la capilla y se dejó caer en el escalón.

—¿Aquí?... —murmuró Pepe Rey.

Por los movimientos de la mano derecha de Rosario, entendió que ella se estaba santiguando.

—Prima querida, Rosario... ¡Gracias por dejarte ver! —exclamó, y la apretó con pasión entre sus brazos.

Sintió los dedos fríos de la joven sobre sus labios. Le pedía silencio. Él besó aquellos dedos con locura.

—Estás helada... Rosario... ¿Por qué tiemblas así?

A ella le castañeteaban los dientes y todo su cuerpo temblaba como con fiebre. Rey sintió en su cara el calor ardiente de la cara de su prima. Se asustó y exclamó:

—Tu frente es un volcán. Tienes fiebre.

—Mucha.

—¿De verdad estás enferma?

—Sí...

—Y has salido...

—Para verte.

El ingeniero la apretó entre sus brazos para darle calor. Pero no era suficiente.

—Espera —dijo, y se levantó rápidamente—. Voy a mi cuarto a buscar mi manta de viaje.

—Apaga la luz, Pepe.

Rey había dejado la luz encendida en su cuarto. Por la puerta salía una claridad suave que iluminaba la galería. Volvió enseguida. Ahora la oscuridad era total. Tocando las paredes, pudo llegar hasta donde estaba su prima. Se juntaron otra vez, y él la tapó con mucho cuidado de los pies a la cabeza.

—¿Estás bien ahora, niña mía?

—Sí, ¡qué bien!... Contigo.

—Conmigo... y para siempre —exclamó el joven, muy emocionado.

Pero notó que ella se soltaba de sus brazos y se levantaba.

—¿Qué haces?

Oyó el ruido de un pequeño hierro. Rosario metía una llave en la cerradura, que no se veía. Abrió con cuidado la puerta donde se habían sentado. De aquel lugar oscuro como una tumba salía un ligero olor a humedad. Es el olor de todas las habitaciones que han estado cerradas mucho tiempo. Pepe Rey sintió que ella le llevaba de la mano. Y la voz de su prima dijo muy bajito:

—Entra.

Dieron algunos pasos. Él se sentía como si el ángel de la noche le llevara a un paraíso desconocido. Ella buscaba el camino con las manos. Por fin volvió a sonar su voz dulce, en un murmullo:

—Siéntate.

Estaban junto a un banco de madera. Los dos se sentaron. Pepe Rey la abrazó otra vez. En ese mismo momento su cabeza chocó con algo muy duro.

—¿Qué es esto?

—Los pies.

—Rosario... ¿Qué dices?

—Los pies del divino Jesús. De la imagen de Cristo Crucificado que adoramos en mi casa.

Pepe Rey sintió como una lanza fría que le atravesaba el corazón.

—Bésalos —dijo la joven con autoridad.

El matemático besó los pies helados de la santa imagen.

—Pepe —exclamó después la señorita, apretando con fuerza la mano de su primo—, ¿tú crees en Dios?

—¡Rosario!... ¿Qué dices? ¡Qué locuras piensas! —respondió el primo, sin saber qué pensar.

—Contéstame.

Pepe Rey sintió humedad en sus manos.

—¿Por qué lloras? —dijo, muy confuso—. Rosario, me estás matando con esas dudas absurdas. ¡Que si creo en Dios! ¿Lo dudas tú?

—Yo no. Pero todos dicen que eres ateo.

—Si creyeras esa tontería, valdrías menos para mí. Perderías tu aureola de pureza y de prestigio.

—Te oía llamar ateo. No tenía ninguna razón para convencerme de lo contrario. Pero desde el fondo de mi alma he protestado contra esa calumnia. Tú no puedes ser ateo. Dentro de mí siento, vivo y fuerte, que eres religioso, igual que siento mi propia fe.

—¡Qué bien has hablado! Entonces, ¿por qué me preguntas si creo en Dios?

—Porque quería oírlo de tu propia boca y disfrutar oyéndotelo decir. ¡Hace tanto tiempo que no oigo tu voz!... Después de un silencio tan largo, ¿hay un gusto mayor que oírla otra vez diciendo: «Creo en Dios»?

—Rosario, hasta los malvados creen en Él. Si existen ateos, y lo dudo, son los que dicen calumnias. Son los que hacen intrigas, y el mundo está lleno de ellos... A mí me importan poco las intrigas y las calumnias. Hay una mano traidora que quiere meter en tu corazón sentimientos de discordia. Si tú eres más fuerte que ellos y les cierras tu corazón, nada impedirá nuestra felicidad.

—¿Pero qué nos pasa? Pepe, querido Pepe... ¿tú crees en el Diablo?

El ingeniero se calló. En la oscuridad de la capilla, Rosario no podía ver la sonrisa con que su primo recibió aquella pregunta tan rara.

—Habrá que creer en él —dijo por fin.

—¿Qué nos pasa? Mamá me prohíbe verte. Pero, aparte de lo del ateísmo, no habla mal de ti. Me dice que espere. Que tú decidirás. Que te vas, que vuelves... Háblame con franqueza... ¿Piensas mal de mi madre?

—De ninguna manera —respondió Rey. Su delicadeza le obligaba a decirlo.

—¿No crees, como yo, que me quiere mucho? ¿Que nos quiere a los dos, que solo desea nuestro bien? ¿Y que al final nos dará el permiso que deseamos?

—Si tú lo crees así, yo también... Tu mamá nos adora a los dos... Pero, querida Rosario, hay que reconocer que el Demonio ha entrado en esta casa.

—No te burles —respondió ella con cariño—. ¡Ay! Mamá es muy buena. Ni una sola vez me ha dicho que no eras digno de ser mi marido. Solo insiste en lo del ateísmo. Además, dicen que tengo manías. Dicen que ahora me ha entrado la manía de quererte con toda mi alma. En nuestra familia es una ley no luchar de frente contra las manías con las que nacemos. Si se atacan, se hacen más graves.

—Pues yo creo que a tu lado hay buenos médicos que quieren curarte. Y al final, mi niña adorada, lo van a conseguir.

—¡No, no, mil veces no! —exclamó Rosario, y apoyó la frente en el pecho de su novio—. Quiero volverme loca contigo. Por ti estoy sufriendo. Por ti estoy enferma. Por ti desprecio la vida y me arriesgo a morir... Ya lo veo venir: mañana estaré peor, más grave... Me moriré. ¡Qué me importa!

—Tú no estás enferma —respondió él con energía—. Lo que tienes es una alteración del ánimo. Y eso, claro, trae algunos problemas de nervios. Solo tienes la pena que te causa esta violencia horrible que están haciendo contigo. Tu alma sencilla y generosa no lo entiende. Cedes. Perdonas a los que te hacen daño. Sufres, y crees que tu desgracia viene de fuerzas malas del más allá. Sufres en silencio. Ofreces tu cuello inocente al verdugo. Te dejas matar. Y el mismo cuchillo clavado en tu garganta te parece la espina de una flor que te pinchó al pasar.

»Rosario, deja esas ideas. Piensa en nuestra verdadera situación, que es grave. Busca la causa donde está de verdad. Y no tengas miedo. No aceptes ese castigo que te imponen y que enferma tu alma y tu cuerpo. Te falta valor. Cuando lo tengas, recuperarás la salud. Porque de verdad no estás enferma, querida niña mía. Tú estás... ¿quieres que lo diga? Estás asustada, aterrada. Te pasa algo que los antiguos no sabían explicar y que llamaban maleficio. ¡Rosario, ánimo, confía en mí! Levántate y sígueme. No te digo más.

—¡Ay, Pepe... primo mío!... Me parece que tienes razón —exclamó Rosarito, llorando mucho—. Tus palabras suenan en mi corazón como golpes fuertes. Me hacen temblar y me dan una vida nueva. Aquí, en esta oscuridad, no podemos vernos la cara. Pero sale de ti una luz maravillosa que me llena el alma. ¿Qué tienes tú, que me cambias así? Cuando te conocí, de repente fui otra. En los días que no te he visto, he vuelto a ser como antes, poca cosa y cobarde. Sin ti vivo en el Limbo, Pepe mío... Haré lo que me dices. Me levanto y te sigo. Iremos juntos adonde quieras.

»¿Sabes que me siento bien? ¿Sabes que ya no tengo fiebre? Recupero las fuerzas. Quiero correr y gritar. Todo mi ser se renueva, crece y se hace cien veces más grande para adorarte. Pepe, tienes razón. Yo no estoy enferma. Solo estoy acobardada; mejor dicho, fascinada.

—Eso es, fascinada.

—Fascinada. Unos ojos terribles me miran y me dejan muda y temblando. Tengo miedo. ¿Pero de qué?... Solo tú tienes el extraño poder de devolverme la vida. Cuando te oigo, resucito. Creo que si me muriera y tú pasearas junto a mi tumba, yo sentiría tus pasos desde el fondo de la tierra. ¡Oh, si pudiera verte ahora!... Pero estás aquí, a mi lado, y no puedo dudar que eres tú... ¡Tanto tiempo sin verte!... Yo estaba loca. Cada día de soledad me parecía un siglo... Me decían que mañana, que mañana, y otra vez mañana.

»Por las noches yo me asomaba a la ventana. La luz de tu cuarto me consolaba. A veces veía tu sombra en los cristales, y para mí era una aparición divina. Yo extendía los brazos hacia fuera. Lloraba y gritaba con el pensamiento, porque no me atrevía a gritar con la voz. Luego recibí tu recado por medio de la criada. Y recibí tu carta, donde me decías que te marchabas. Entonces me puse muy triste. Creí que el alma se me salía del cuerpo y que me moría poco a poco. Yo caía, caía, como el pájaro herido cuando vuela. Va cayendo y muriéndose, todo al mismo tiempo...

»Esta noche te vi despierto tan tarde. No pude aguantar las ganas de hablarte, y bajé. Creo que he gastado en esta sola acción todo el valor que puedo tener en mi vida. Y creo que ya no podré dejar de ser cobarde... Pero tú me darás ánimo. Tú me darás fuerzas. Tú me ayudarás, ¿verdad?... Pepe, primo mío querido, dime que sí. Dime que tengo fuerzas, y las tendré. Dime que no estoy enferma, y no lo estaré. Ya no lo estoy. Me siento tan bien que me río de mis males ridículos.

Al decir esto, Rosarito sintió que los brazos de su primo la abrazaban con locura. Se oyó un «¡ay!». Pero no salió de los labios de ella, sino de los de él. Al bajar la cabeza, había chocado con fuerza contra los pies del Cristo. En la oscuridad es donde se ven las estrellas.

Pepe estaba muy alterado. Además, los sitios oscuros producen, como es natural, ilusiones. Por eso a Rey le parecía que no había chocado él con el santo pie. Le parecía que el pie se había movido para reñirle, de la forma más breve y más clara. Medio en serio y medio en broma, levantó la cabeza y dijo:

—Señor, no me pegues, que no haré nada malo.

En ese mismo momento Rosario cogió la mano del joven y la apretó contra su corazón. Se oyó una voz pura, seria, de ángel, llena de emoción, que dijo así:

—Señor a quien adoro, Señor Dios del mundo, que proteges mi casa y mi familia. Señor a quien Pepe también adora. Santo Cristo bendito, que moriste en la Cruz por nuestros pecados. Delante de Ti, delante de tu cuerpo herido, delante de tu frente con su corona de espinas, digo que este es mi esposo. Después de Ti, es a quien más ama mi corazón. Digo que le declaro mi esposo, y que antes moriré que ser de otro. Mi corazón y mi alma son suyos. Haz que el mundo no se oponga a nuestra felicidad. Y concédeme el favor de esta unión. Juro que será buena ante el mundo, como lo es en mi conciencia.

—Rosario, eres mía —exclamó Pepe, muy emocionado—. Ni tu madre ni nadie lo impedirá.

La prima dejó caer su hermoso cuerpo, sin fuerzas, sobre el pecho del primo. Temblaba en los brazos de su enamorado como la paloma en las garras del águila.

Por la mente del ingeniero pasó como un rayo la idea de que el Demonio existía. Pero en aquel momento el Demonio era él. Rosario hizo un pequeño movimiento de miedo. Tuvo como ese temblor de sorpresa que anuncia un peligro.

—Júrame que no cambiarás de idea —dijo Rey, nervioso, para detener aquel movimiento.

—Te lo juro por las cenizas de mi padre, que están...

—¿Dónde?

—Bajo nuestros pies.

El matemático sintió que la losa se levantaba bajo sus pies... Pero no, no se levantaba. Él creyó notarlo así, aunque era matemático.

—Te lo juro —repitió Rosario— por las cenizas de mi padre y por Dios, que nos está mirando... Que nuestros cuerpos, unidos como están, descansen bajo estas losas cuando Dios quiera llevarnos de este mundo.

—Sí —repitió Pepe Rey, con una emoción profunda.

Sentía el alma llena de una inquietud que no podía explicar.

Los dos se quedaron callados un rato. Rosario se había levantado.

—¿Ya?

Ella volvió a sentarse.

—Tiemblas otra vez —dijo Pepe—. Rosario, tú estás enferma. Tu frente quema.

—Me parece que me muero —murmuró la joven, sin fuerzas—. No sé qué tengo.

Cayó desmayada en los brazos de su primo. Él la cuidó y notó que la cara de la joven se cubría de un sudor helado.

—Está enferma de verdad —dijo para sí—. Esta salida es una auténtica locura.

La levantó en sus brazos e intentó reanimarla. Pero ella seguía temblando y desmayada. Por eso decidió sacarla de la capilla, para que el aire fresco la reanimara. Y así fue. Cuando Rosario se recuperó, se puso muy inquieta por estar fuera de su habitación a aquella hora. El reloj de la catedral dio las cuatro.

—¡Qué tarde! —exclamó la joven—. Suéltame, primo. Creo que puedo andar. De verdad estoy muy mal.

—Subiré contigo.

—Eso de ninguna manera. Antes iré arrastrándome hasta mi cuarto... ¿No te parece que se oye un ruido?...

Los dos se callaron. Escuchaban con tanta atención que el silencio era total.

—¿No oyes nada, Pepe?

—Absolutamente nada.

—Presta atención... Ahora, ahora suena otra vez. Es un ruido que no sé si suena lejos, muy lejos, o cerca, muy cerca. Puede ser la respiración de mi madre o el chirrido de la veleta de la torre de la catedral. ¡Ah! Tengo un oído muy fino.

—Demasiado fino... Bueno, querida prima, te subiré en brazos.

—Bueno, súbeme hasta arriba de la escalera. Después iré yo sola. En cuanto descanse un poco, estaré como si nada... ¿Pero no lo oyes?

Se pararon en el primer escalón.

—Es un sonido de metal.

—¿La respiración de tu mamá?

—No, no es eso. El ruido viene de muy lejos. ¿Será el canto de un gallo?

—Puede ser.

—Parece que suenan dos palabras que dicen: *allá voy*, *allá voy*.

—Ya, ya lo oigo —murmuró Pepe Rey.

—Es un grito.

—Es una corneta.

—¡Una corneta!

—Sí. Sube pronto. Orbajosa va a despertar... Ya se oye con claridad. No es trompeta, es clarín. La tropa se acerca.

—¡Tropa!

—No sé por qué, pero me imagino que esta llegada del ejército va a ser buena para mí... Estoy contento. Rosario, arriba, deprisa.

—Yo también estoy contenta. Arriba.

En un momento la subió. Los dos enamorados se despidieron. Se hablaban al oído tan bajito que casi no se oían.

—Me asomaré a la ventana que da a la huerta para decirte que he llegado bien a mi cuarto. Adiós.

—Adiós, Rosario. Ten cuidado y no tropieces con los muebles.

—Por aquí navego bien, primo. Ya nos veremos otra vez. Asómate a la ventana de tu cuarto si quieres recibir mi telegrama.

Pepe Rey hizo lo que ella le pedía. Pero esperó mucho rato, y Rosario no apareció en la ventana. Al ingeniero le pareció oír voces agitadas en el piso de arriba.

### Glosario

- **capilla**: pequeña iglesia dentro de una casa.
- **santiguarse**: hacer con la mano la señal de la cruz.
- **castañetear**: chocar los dientes unos con otros por el frío o el miedo.
- **aureola**: círculo de luz que se pinta alrededor de la cabeza de los santos.
- **calumnia**: mentira que se dice para hacer daño a alguien.
- **verdugo**: persona que mata a los condenados a muerte.
- **maleficio**: daño que, según la gente antigua, se hace con brujería.
- **el Limbo**: según la antigua doctrina cristiana, lugar sin dolor y sin alegría, ni cielo ni infierno.
- **fascinada**: dominada por una mirada, como hipnotizada.
- **losa**: piedra plana que cubre el suelo o una tumba.
- **clarín**: instrumento de metal, como una trompeta pequeña, que usan los soldados.
- **veleta**: pieza de metal en lo alto de una torre que gira y muestra de dónde viene el viento.

## XVIII. Tropa

Los habitantes de Orbajosa estaban en la última parte de su sueño, medio dormidos todavía. Entre sueños oían aquel clarín sonoro. Abrían los ojos y decían:

—Tropa.

Algunos, medio dormidos y medio despiertos, murmuraban para sí mismos:

—Por fin nos han mandado a esa canalla.

Otros se levantaban a toda prisa y gruñían:

—Vamos a ver a esos condenados.

Alguno gritaba:

—Ya tenemos aquí el pago obligatorio... Ellos dicen quintas y contribuciones. Nosotros diremos palos y más palos.

En otra casa se oyeron estas palabras, dichas con alegría:

—¡A lo mejor viene mi hijo!... ¡A lo mejor viene mi hermano!...

Todos saltaban de la cama, se vestían deprisa y abrían las ventanas. Querían ver el ruidoso regimiento que entraba con las primeras luces del día. La ciudad era tristeza, silencio y vejez. El ejército era alegría, ruido y juventud. Cuando el ejército entró en la ciudad, pareció un milagro. Era como si una momia recibiera de pronto el don de la vida. Saltaba llena de ruido fuera de su sarcófago húmedo y se ponía a bailar a su alrededor. ¡Qué movimiento, qué griterío, qué risas, qué alegría! No hay nada tan interesante como un ejército. Es la patria en su forma joven y fuerte. Esa misma patria, vista en cada persona, puede ser torpe y rebelde. A veces es supersticiosa y otras veces blasfema. Pero todo eso desaparece bajo la presión de hierro de la disciplina. La disciplina convierte muchas figuritas sin importancia en un conjunto prodigioso. El soldado es como una pequeña partícula de esa masa. Después de un *rompan filas*, se separa de la masa en la que ha vivido con orden, y a veces de forma sublime. A veces conserva algunas de las cualidades propias del ejército. Pero eso no es lo más común. Lo normal es que, al separarse, se vuelva de repente un granuja. Por eso, un ejército es gloria y honor. Pero un grupo de soldados sueltos puede ser una desgracia insoportable. Los pueblos lloran de alegría y entusiasmo al ver entrar un batallón victorioso. Pero gimen de espanto y tiemblan de miedo cuando ven libres y sueltos a los señores soldados.

Esto último fue lo que pasó en Orbajosa. En aquellos días no había glorias que cantar. No había motivo para tejer coronas ni para escribir letreros de triunfo. Ni siquiera para hablar de las hazañas de nuestros valientes. Por eso, en la ciudad del obispo todo fue miedo y desconfianza. La ciudad era pobre, pero tenía sus tesoros: gallinas, frutas, dinero y doncellas. Y todos ellos corrían un gran peligro desde que entraron los famosos alumnos de Marte. Además, la patria de los Polentinos estaba muy apartada del movimiento y del ruido del mundo moderno. Ese ruido lo han traído el comercio, los periódicos, los ferrocarriles y otras cosas que no hace falta estudiar ahora. Y a Orbajosa no le gustaba que molestaran su vida tranquila.

Siempre que tenía una buena ocasión, mostraba también un fuerte rechazo a obedecer a la autoridad central. Es la autoridad que, bien o mal, nos gobierna. Orbajosa recordaba sus antiguos privilegios y los volvía a masticar, como el camello rumia la hierba que comió el día anterior. Y solía presumir de cierta independencia rebelde. Eran malas costumbres de behetría. A veces dieron muchos dolores de cabeza al gobernador de la provincia.

También hay que tener en cuenta otra cosa. Orbajosa tenía una larga tradición de rebeldía; mejor dicho, unos antepasados facciosos. Sin duda conservaba dentro algunas fibras de energía. Según la opinión entusiasta de don Cayetano, esas fibras la llevaron en tiempos antiguos a hazañas épicas nunca vistas. Aunque estaba en decadencia, a veces sentía unas ganas violentas de hacer grandes cosas. No importaba si eran barbaridades y disparates. Había dado al mundo tantos hijos ilustres que quería algo más. Sin duda quería que sus hijos de ahora, los Caballucos, Merengues y Pelosmalos, repitieran las *Gestas* gloriosas de los antiguos.

Siempre que hubo facciones en España, aquel pueblo mostró que no existía en vano sobre la tierra. Sin embargo, nunca fue el escenario de una verdadera guerra. Su carácter, su situación y su historia le daban un papel secundario: levantar partidas. Regaló al país esta fruta nacional en 1827, en tiempos de los Apostólicos. También durante la guerra de los siete años, en 1848 y en otras épocas menos famosas de nuestra historia. Las partidas y los partidarios siempre fueron populares. Esto era una desgracia que venía de la guerra de la Independencia. Aquella guerra fue una de esas cosas buenas que han dado origen a infinitas cosas odiosas. *Corruptio optimi pessima*. Y mientras crecía la popularidad de las partidas y de los partidarios, crecía también otra cosa. Era la impopularidad de todo lo que llegaba a Orbajosa en nombre del poder central. Allí siempre se miró muy mal a los soldados. Los ancianos contaban a veces un crimen, un robo, un asesinato, una violación o cualquier otro horror. Y siempre añadían: *esto sucedió cuando vino la tropa*.

Ya que hemos dicho algo tan importante, conviene añadir otra cosa. Los batallones que llegaron allí en los días de esta historia no iban a pasearse por las calles. Tenían un objetivo, que se verá clara y detalladamente más adelante. Daremos también un dato bastante interesante. Lo que aquí contamos ocurrió en un año que no está muy cerca del presente, ni tampoco muy lejos. Y Orbajosa no está muy lejos de Madrid, ni tampoco muy cerca. Los romanos la llamaban *urbs augusta*. Pero algunos eruditos modernos han estudiado la terminación *ajosa*. Piensan que la tiene por ser la patria de los mejores ajos del mundo. Tampoco se puede asegurar que sus gloriosos cimientos estén al norte ni al sur, ni al este ni al oeste. Es posible que esté en todas partes. Está dondequiera que los españoles vuelvan los ojos y sientan el picor de sus ajos.

El Ayuntamiento repartió las cédulas de alojamiento. Y cada soldado se fue a buscar su casa prestada. Los recibían de muy mal humor. Les daban sitio en los rincones más horribles e inhabitables de las casas. La verdad es que las muchachas del pueblo no eran las más descontentas. Pero se las vigilaba mucho. Y no era decente mostrar alegría por la visita de semejante canalla. Solo unos pocos soldados eran hijos de la comarca, y solo esos vivían como reyes. A los demás los trataban como a extranjeros.

A las ocho de la mañana, un teniente coronel de caballería entró con su cédula en casa de doña Perfecta Polentinos. Lo recibieron los criados, por orden de su señora. Ella estaba muy triste y alterada, y no quiso bajar a recibir al militarote. Los criados le dieron como vivienda la única habitación libre de la casa, al parecer. Era el cuarto de Pepe Rey.

—Que se arreglen como puedan —dijo doña Perfecta, con una cara muy amarga—. Y si no caben, que se vayan a la calle.

¿Quería así molestar a su malvado sobrino? ¿O de verdad no había en la casa otra habitación libre? No lo sabemos. Las crónicas de donde sale esta historia verdadera no dicen ni una palabra sobre una cuestión tan importante. Lo que sabemos con toda seguridad es otra cosa. Metieron juntos a los dos huéspedes, pero eso no los molestó. Al contrario, les dio muchísimo gusto, porque eran amigos antiguos. Los dos se llevaron una gran y alegre sorpresa al encontrarse. No paraban de hacerse preguntas y de soltar exclamaciones. Hablaban de la extraña casualidad que los juntaba en aquel lugar y en aquel momento.

—Pinzón... ¡Tú por aquí!... ¿Pero qué es esto? No sospechaba que estuvieras tan cerca...

—Yo había oído que andabas por estas tierras, Pepe Rey. Pero no creí que te encontraría en la horrible, en la salvaje Orbajosa.

—¡Pero qué casualidad tan feliz!... Porque esta casualidad es felicísima, la manda la Providencia... Pinzón, entre tú y yo vamos a hacer algo grande en este pueblucho.

—Y tendremos tiempo para pensarlo —respondió el otro.

Se sentó en la cama, donde estaba acostado el ingeniero.

—Porque, por lo que parece, vamos a vivir los dos en esta habitación. ¿Qué demonios de casa es esta?

—Hombre, la de mi tía. Habla con más respeto. ¿No conoces a mi tía?... Pero voy a levantarme.

—Me alegro, porque así me acostaré yo, que lo necesito mucho... ¡Qué camino, amigo Pepe, qué camino y qué pueblo!

—Dime, ¿venís a prender fuego a Orbajosa?

—¡Fuego!

—Lo digo porque yo quizás os ayudaría.

—¡Qué pueblo! ¡Pero qué pueblo! —exclamó el militar.

Tiró el chacó y dejó a un lado la espada y el tahalí, la cartera de viaje y el capote.

—Es la segunda vez que nos mandan aquí. Te juro que a la tercera pido que me den de baja del ejército.

—No hables mal de esta buena gente. ¡Pero qué a tiempo has llegado! Parece que te manda Dios para ayudarme, Pinzón... Tengo un proyecto terrible. Una aventura, si quieres llamarla así. Un plan, amigo mío... Y sin ti me habría sido muy difícil sacarlo adelante. Hace un momento me estaba volviendo loco de tanto pensar. Y me dije, lleno de angustia: «Si yo tuviera aquí a un amigo, a un buen amigo...».

—Proyecto, plan, aventura... Una de dos, señor matemático. O es cómo dirigir los globos por el aire, o es algo de amores...

—Es serio, muy serio. Acuéstate, duerme un poco y después hablaremos.

—Me acostaré, pero no dormiré. Puedes contarme todo lo que quieras. Solo te pido que hables lo menos posible de Orbajosa.

—Precisamente de Orbajosa te quiero hablar. ¿Pero tú también le tienes antipatía a esta cuna de tantos hombres ilustres?

—Estos ajeros... Los llamamos los ajeros... Pues digo que serán todo lo ilustres que tú quieras. Pero a mí me pican como los frutos del país. Este pueblo está dominado por gente que enseña la desconfianza y la superstición. Enseñan también el odio a todo el género humano. Cuando estemos tranquilos, te contaré algo que me pasó... Un lance, mitad gracioso y mitad terrible, que me pasó aquí el año pasado... Cuando te lo cuente, tú te reirás y yo echaré chispas de rabia... Pero, en fin, lo pasado, pasado está.

—Lo que me pasa a mí no tiene nada de gracioso.

—Pero tengo varios motivos para odiar este pueblucho. Has de saber que aquí asesinaron a mi padre, el 48, unos partidarios sin alma. Era brigadier y estaba fuera de servicio. El Gobierno lo llamó. Pasaba por Villahorrenda para ir a Madrid, y lo atrapó media docena de canallas... Aquí hay varias dinastías de guerrilleros. Los Aceros, los Caballucos, los Pelosmalos... «Un periódico suelto», como dijo alguien que sabía muy bien lo que decía.

—Supongo que dos regimientos con algo de caballería no vienen aquí por el gusto de visitar estos jardines tan agradables.

—¿Qué va a ser? Venimos a recorrer la región. Hay muchos depósitos de armas. El Gobierno quiere destituir a la mayoría de los Ayuntamientos. Pero no se atreve sin repartir algunas compañías de soldados por estos pueblos. En esta tierra hay mucha agitación de los facciosos. Dos provincias cercanas ya están llenas de partidas. Y además, este municipio de Orbajosa tiene una historia brillantísima en todas las guerras civiles. Por todo eso, se teme que los valientes de por aquí salgan a los caminos a robar lo que encuentren.

—¡Buena precaución! Pero yo creo una cosa. Mientras esta gente no muera y vuelva a nacer, no habrá paz en Orbajosa. Ni mientras las piedras no cambien de forma.

—Esa es también mi opinión —dijo el militar, encendiendo un cigarrillo—. ¿No ves que los partidarios son la gente mimada en este país? Piensa en los que destrozaron la región en 1848 y en otras épocas. A todos ellos, o a sus hijos, los encuentras colocados. Están en los fielatos, en las puertas de la ciudad, en el Ayuntamiento, en el correo. Hay algunos que son alguaciles, sacristanes o cobradores de deudas. Algunos se han vuelto caciques temibles. Son los que preparan las elecciones y tienen influencia en Madrid. Reparten empleos... En fin, esto da asco.

—Dime, ¿no se puede esperar que los partidarios hagan alguna fechoría estos días? Si la hicieran, ustedes destruirían el pueblo, y yo les ayudaría.

—Si dependiera de mí... Ellos harán de las suyas —dijo Pinzón—. Las facciones de las dos provincias cercanas crecen como una maldición de Dios. Y aquí, entre nosotros dos, amigo Rey, yo creo que esto va para largo. Algunos se ríen y aseguran que no puede haber otra guerra civil como la pasada. No conocen el país. No conocen Orbajosa ni a sus habitantes. Yo digo que esto que ahora empieza trae una larga cola. Tendremos una nueva lucha cruel y sangrienta, que durará lo que Dios quiera. ¿Qué opinas tú?

—Amigo, en Madrid yo me reía de todos los que hablaban de una nueva guerra civil. Una guerra tan larga y terrible como la de los siete años. Pero ahora, desde que estoy aquí...

—Hay que meterse de lleno en estos países encantadores. Hay que ver de cerca a esta gente y oírle dos palabras. Así se sabe de qué pie cojea.

—Pues sí... No puedo explicar en qué baso mis ideas. Pero la verdad es que desde aquí veo las cosas de otra manera. Y pienso que pueden venir guerras largas y feroces.

—Exactamente.

—Pero ahora me preocupa más una guerra privada que la guerra pública. Estoy metido en ella. La he declarado hace poco.

—¿Has dicho que esta es la casa de tu tía? ¿Cómo se llama?

—Doña Perfecta Rey de Polentinos.

—¡Ah! La conozco de nombre. Es una persona excelente. Es la única de la que no he oído hablar mal a los ajeros. Cuando estuve aquí la otra vez, en todas partes alababan su bondad, su caridad y sus virtudes.

—Sí, mi tía es muy bondadosa, muy amable —dijo Rey.

Después se quedó pensativo un rato.

—Pero ahora me acuerdo... —exclamó de pronto Pinzón—. Ya voy uniendo los hilos... Sí, en Madrid me dijeron que te casabas con una prima. Todo está descubierto. ¿Es aquella linda y celestial Rosarito?...

—Pinzón, vamos a hablar con calma.

—Me parece que hay problemas.

—Hay algo más. Hay luchas terribles. Hacen falta amigos poderosos, listos y decididos. Amigos con mucha experiencia en los lances difíciles, muy astutos y valientes.

—Hombre, eso es todavía más grave que un duelo.

—Mucho más grave. Es fácil batirse con otro hombre. Pero con mujeres es imposible. Y con enemigos invisibles que trabajan en la sombra, también.

—Vamos, ya soy todo oídos.

El teniente coronel Pinzón descansaba tumbado en la cama, todo lo largo que era. Pepe Rey acercó una silla. Apoyó el codo en la cama y la cabeza en la mano. Y empezó su conferencia, su consulta, su explicación del plan o lo que fuera. Habló durante muchísimo rato. Pinzón lo escuchaba con una curiosidad profunda, sin decir nada. Solo hacía de vez en cuando alguna preguntita para pedir más datos o para aclarar algo oscuro. Cuando Rey terminó, Pinzón estaba serio. Se estiró en la cama y se desperezó con gusto, como quien no ha dormido en tres noches. Y después dijo:

—Tu plan es arriesgado y difícil.

—Pero no imposible.

—¡Oh, no! En este mundo no hay nada imposible. Piénsalo bien.

—Ya lo he pensado.

—¿Y estás decidido a llevarlo adelante? Mira que esas cosas ya no se usan. Suelen salir mal, y no dejan en buen lugar a quien las hace.

—Estoy decidido.

—Pues, por mi parte, te ayudaré en todo y para todo. Aunque el asunto es arriesgado y grave, muy grave.

—¿Cuento contigo?

—Hasta morir.

### Glosario

- **tropa**: los soldados del Gobierno.
- **quintas**: sorteo para llevar a los jóvenes al ejército.
- **contribuciones**: impuestos.
- **sarcófago**: caja de piedra donde se pone a un muerto.
- **alumnos de Marte**: los soldados; Marte era el dios romano de la guerra.
- **behetría**: lugar sin orden, donde cada uno hace lo que quiere.
- **partida / faccioso**: grupo de hombres armados contra el Gobierno / miembro de ese grupo.
- **Corruptio optimi pessima**: en latín, «cuando lo mejor se estropea, se vuelve lo peor».
- **cédula de alojamiento**: papel que obliga a una casa a dar cama a un soldado.
- **chacó / tahalí**: gorro alto de los militares / cinta de cuero para colgar la espada.
- **fielato**: oficina a la entrada de un pueblo donde se pagaba impuesto por las mercancías.
- **cacique**: persona que tiene el poder real en un pueblo o comarca.

## XIX. Combate terrible. Estrategia

Los primeros disparos de la batalla no podían tardar. Pepe Rey y Pinzón se pusieron de acuerdo sobre el plan. La primera condición era que los dos amigos fingirían no conocerse. Después, a la hora de la comida, Pepe Rey fue al comedor. Allí encontró a su tía, que acababa de volver de la catedral. Como siempre, había pasado allí toda la mañana. Estaba sola y parecía muy preocupada. Su cara era pálida, como de mármol, y no le faltaba cierta belleza. El ingeniero notó que sobre ella caía la sombra misteriosa de una nube. Cuando miraba, la cara recobraba una claridad siniestra. Pero miraba poco. Echaba una mirada rápida a la cara de su sobrino. Y después la cara de la bondadosa señora volvía a su penumbra estudiada.

Esperaban la comida en silencio. No esperaron a don Cayetano, porque se había ido a Mundogrande. Cuando empezaron a comer, doña Perfecta dijo:

—¿Y ese militarote que nos ha regalado hoy el Gobierno? ¿No viene a comer?

—Parece que tiene más sueño que hambre —respondió el ingeniero, sin mirar a su tía.

—¿Le conoces tú?

—No le he visto en mi vida.

—Pues estamos bien con los huéspedes que nos manda el Gobierno. Aquí tenemos nuestras camas y nuestra comida para cuando a esos perdidos de Madrid les dé la gana usarlas.

—Es que se teme que se levanten partidas —dijo Pepe Rey.

Sintió como si un rayo le corriera por todo el cuerpo.

—Y el Gobierno está decidido a aplastar a los orbajosenses. A aplastarlos, a hacerlos polvo.

—Hombre, para, para, por Dios. No nos hagas polvo —exclamó la señora con sarcasmo—. ¡Pobrecitos de nosotros! Ten piedad, hombre, y deja vivir a estas infelices criaturas. Y dime, ¿vas a ser tú de los que ayuden a la tropa en la gran obra de aplastarnos?

—Yo no soy militar. Solo aplaudiré cuando arranquen para siempre las semillas de la guerra civil. Las semillas de la desobediencia, de la discordia, de la behetría, del bandolerismo y de la barbarie. Todo eso existe aquí, para vergüenza de nuestra época y de nuestro país.

—Todo sea por Dios.

—Orbajosa, querida tía, casi no tiene más que ajos y bandidos. Porque son bandidos los que se lanzan a correr aventuras cada cuatro o cinco años. Y da igual que lo hagan en nombre de una idea política o religiosa.

—Gracias, gracias, querido sobrino —dijo doña Perfecta, poniéndose pálida—. ¿Así que Orbajosa no tiene más que eso? Algo más habrá aquí. Algo más que tú no tienes y que has venido a buscar entre nosotros.

Rey sintió la bofetada. Le ardía el alma. Le resultaba muy difícil tratar a su tía con el respeto que merecía como mujer, como viuda y por su posición. Estaba a punto de estallar con violencia. Un impulso irresistible le empujaba contra la persona que tenía delante.

—Yo he venido a Orbajosa porque usted me mandó llamar —dijo—. Usted se puso de acuerdo con mi padre...

—Sí, sí, es verdad —respondió la señora, interrumpiéndole en seguida.

Intentaba recobrar su dulzura de siempre.

—No lo niego. Aquí la verdadera culpable he sido yo. Yo tengo la culpa de que te aburras. Y de los desprecios que nos haces. Y de todo lo desagradable que pasa en mi casa desde que llegaste.

—Me alegro de que usted lo reconozca.

—En cambio, tú eres un santo. ¿Tendré también que ponerme de rodillas ante tu señoría y pedirte perdón?...

—Señora —dijo Pepe Rey con seriedad, dejando de comer—, le ruego que no se burle de mí de una forma tan cruel. Yo no puedo ponerme a ese nivel... Solo he dicho que vine a Orbajosa porque usted me llamó.

—Y es verdad. Tu padre y yo acordamos que te casaras con Rosario. Viniste a conocerla. Yo te acepté en seguida como a un hijo... Tú fingiste que amabas a Rosario...

—Perdóneme usted —respondió Pepe—. Yo amaba y amo a Rosario. Usted fingió aceptarme como hijo. Usted me recibió con un cariño falso. Y desde el primer momento usó todos los trucos de la astucia contra mí. Quería impedir que se cumpliera lo que le había propuesto a mi padre. Usted decidió desde el primer día desesperarme y aburrirme. Con los labios llenos de sonrisas y de palabras cariñosas, me ha estado matando. Me ha estado quemando a fuego lento. Usted ha lanzado contra mí un enjambre de pleitos, en la oscuridad y sin dar la cara. Usted ha hecho que me quiten el cargo oficial que traje a Orbajosa. Usted me ha quitado el buen nombre en la ciudad. Usted me ha hecho echar de la catedral. Usted me ha tenido siempre lejos de la mujer que ha elegido mi corazón. Usted ha hecho sufrir a su hija con un encierro digno de la Inquisición. Y ese encierro la matará, si Dios no lo remedia.

Doña Perfecta se puso roja como la grana. Era la llama de su orgullo herido y de su pensamiento descubierto. Pero pasó rápidamente y la dejó pálida y verdosa. Le temblaban los labios. Tiró el cubierto con el que comía y se levantó de repente. El sobrino también se levantó.

—¡Dios mío, Santa Virgen del Socorro! —exclamó la señora.

Se llevó las dos manos a la cabeza y se la apretó, con el gesto propio de la desesperación.

—¿Es posible que yo merezca insultos tan horribles? Pepe, hijo mío, ¿eres tú el que habla?... Si he hecho lo que dices, la verdad es que soy muy pecadora.

Se dejó caer en el sofá y se tapó la cara con las manos. Pepe se acercó a ella despacio. Vio cómo sollozaba su tía con angustia y las muchas lágrimas que lloraba. A pesar de estar convencido, no pudo vencer una ligera ternura que se apoderó de él. Se sintió cobarde. Y sintió cierta pena por todo lo que había dicho, y por haberlo dicho con tanta fuerza.

—Querida tía —dijo, poniéndole la mano en el hombro—. Si me contesta usted con lágrimas y suspiros, me conmoverá, pero no me convencerá. Necesito razones y no sentimientos. Hábleme usted. Dígame que me equivoco al pensar lo que pienso. Después, demuéstremelo, y reconoceré mi error.

—Déjame. Tú no eres hijo de mi hermano. Si lo fueras, no me insultarías como me has insultado. ¿Así que yo soy una intrigante, una comedianta, una harpía hipócrita? ¿Una diplomática de enredos de familia?...

Al decir esto, la señora se había destapado la cara. Miraba a su sobrino con una expresión de santa. Pepe estaba perplejo. Las lágrimas y la voz dulce de la hermana de su padre no podían ser cosas sin importancia para el alma del matemático. Tenía en la boca las palabras para pedir perdón. Normalmente era un hombre de gran energía. Pero cualquier cosa que tocara su sensibilidad y su corazón lo convertía de repente en un niño. Son defectos de matemático. Dicen que Newton también era así.

—Yo quiero darte las razones que pides —dijo doña Perfecta.

Le hizo un gesto para que se sentara junto a ella.

—Quiero reparar la ofensa que crees haber recibido. Así verás si soy buena, si soy indulgente, si soy humilde... ¿Crees que te voy a contradecir? ¿Que voy a negar del todo los hechos de los que me acusas?... Pues no. No los niego.

El ingeniero se quedó asombrado.

—No los niego —siguió la señora—. Lo que niego es la mala intención que les atribuyes. ¿Con qué derecho juzgas lo que solo conoces por señales y suposiciones? ¿Tienes tú la inteligencia suprema que hace falta para juzgar sin dudar las acciones de los demás? ¿Para dictar sentencia sobre ellas? ¿Eres Dios, para conocer las intenciones?

Pepe se asombró todavía más.

—¿No está permitido usar alguna vez en la vida medios indirectos para conseguir un fin bueno y honrado? ¿Con qué derecho juzgas acciones mías que no comprendes bien? Querido sobrino, voy a ser sincera contigo, aunque no lo merezcas. Te confieso que sí. Es verdad que he usado trucos para conseguir un fin bueno. Para conseguir algo que era bueno para ti y para mi hija al mismo tiempo... ¿No lo comprendes? Parece que estás atontado... ¡Ah! Tu gran inteligencia de matemático y de filósofo alemán no puede entender estas sutilezas de una madre prudente.

—Es que cada vez me asombro más —dijo el ingeniero.

—Asómbrate todo lo que quieras, pero confiesa tu barbaridad —dijo la señora, cada vez con más fuerza—. Reconoce que has sido ligero y brutal conmigo al acusarme así. Eres un jovencito sin experiencia. Solo sabes lo que dicen los libros. Y los libros no enseñan nada del mundo ni del corazón. Tú solo entiendes de hacer caminos y muelles. ¡Ay, señorito mío! En el corazón humano no se entra por los túneles de los ferrocarriles. Ni se baja a sus abismos profundos por los pozos de las minas. No se lee en la conciencia de los demás con los microscopios de los naturalistas. Ni se decide la culpa del prójimo midiendo las ideas con un teodolito.

—¡Por Dios, querida tía!...

—¿Para qué nombras a Dios si no crees en él? —dijo doña Perfecta en tono solemne—. Si creyeras en él, si fueras buen cristiano, no harías juicios tan malvados sobre mi conducta. Yo soy una mujer piadosa, ¿entiendes? Yo tengo la conciencia tranquila, ¿entiendes? Yo sé lo que hago y por qué lo hago, ¿entiendes?

—Entiendo, entiendo, entiendo.

—Dios, en quien tú no crees, ve lo que tú no ves ni puedes ver: la intención. Y no te digo más. No quiero entrar en explicaciones largas, porque no me hace falta. Tampoco me entenderías si te dijera que yo quería conseguir mi objetivo sin escándalo. Sin ofender a tu padre y sin ofenderte a ti. Sin que la gente hablara por un «no» claro y directo... Nada de esto te diré, porque tampoco lo entenderás, Pepe. Eres matemático. Ves lo que tienes delante y nada más. La naturaleza bruta y nada más. Rayas, ángulos, pesos y nada más. Ves el efecto y no la causa. El que no cree en Dios no ve las causas. Dios es la intención suprema del mundo. El que no lo conoce tiene que juzgarlo todo como lo juzgas tú: como un tonto. Por ejemplo, en la tormenta solo ve destrucción. En el incendio solo ve daños, en la sequía miseria y en los terremotos desolación. Y sin embargo, orgulloso señorito, en todas esas aparentes desgracias hay que buscar la bondad de la intención... Sí, señor. La intención siempre buena de quien no puede hacer nada malo.

Esta forma de razonar, enredada, sutil y mística, no convenció a Rey. Pero no quiso seguir a su tía por el camino difícil de esos argumentos. Y le dijo simplemente:

—Bueno. Yo respeto las intenciones...

—Ahora parece que reconoces tu error —siguió la piadosa señora, cada vez más valiente—. Así que te voy a hacer otra confesión. Empiezo a comprender que hice mal al usar ese sistema, aunque mi objetivo era inmejorable. Con tu carácter tan impulsivo y sin capacidad para comprenderme, debí hablarte de frente. Debí decirte: «Sobrino mío, no quiero que seas el marido de mi hija».

—Ese es el lenguaje que usted debió usar conmigo desde el primer día —respondió el ingeniero.

Respiraba aliviado, como quien se libra de un peso enorme.

—Le agradezco mucho esas palabras. Me han acuchillado en la oscuridad. Después de eso, esta bofetada a la luz del día me gusta mucho.

—Pues te repito la bofetada, sobrino —afirmó la señora, con tanta energía como desprecio—. Ya lo sabes. No quiero que te cases con Rosario.

Pepe se calló. Hubo una larga pausa. Durante ella, los dos se miraron con mucha atención. Parecía que la cara de cada uno era para el otro la obra de arte más perfecta.

—¿No entiendes lo que te he dicho? —repitió ella—. Que se acabó todo. Que no hay boda.

—Permítame, querida tía —dijo el joven con firmeza—, que no me asuste con esa orden. Las cosas han llegado a tal punto que su «no» vale poco para mí.

—¿Qué dices? —gritó doña Perfecta, furiosa.

—Lo que usted oye. Me casaré con Rosario.

Doña Perfecta se levantó, indignada, majestuosa, terrible. Parecía una maldición hecha mujer. Rey se quedó sentado, tranquilo y valiente. Tenía el valor tranquilo de quien cree en algo profundamente y ha tomado una decisión firme. Toda la ira de su tía caía sobre él como una amenaza, pero no le hizo pestañear. Él era así.

—Estás loco. ¡Casarte tú con mi hija! ¡Casarte tú con ella, sin que yo quiera!...

Los labios temblorosos de la señora dijeron estas palabras con verdadero tono de tragedia.

—¡Sin que usted quiera!... Ella piensa de otra manera.

—¡Sin que yo quiera!... —repitió la señora—. Sí, lo digo y lo repito: no quiero, no quiero.

—Ella y yo lo deseamos.

—Pobre tonto, ¿es que en el mundo solo existís ella y tú? ¿No hay padres? ¿No hay sociedad, no hay conciencia, no hay Dios?

—Porque hay sociedad, porque hay conciencia, porque hay Dios —afirmó Rey con seriedad—, digo y repito que me casaré con ella.

Mientras hablaba, se levantó, alzó el brazo y señaló al cielo.

—¡Miserable, orgulloso! Y si lo pisotearas todo, ¿crees que no hay leyes para impedir tu violencia?

—Porque hay leyes, digo y repito que me casaré con ella.

—No respetas nada.

—Nada que no merezca respeto.

—¿Y mi autoridad, y mi voluntad? Yo... ¿yo no soy nada?

—Para mí, su hija de usted lo es todo. Lo demás no es nada.

La firmeza de Pepe Rey era como una fuerza imposible de vencer, que conocía muy bien su propio poder. Daba golpes secos y duros, sin suavizarlos de ninguna manera. Sus palabras parecían, si se permite la comparación, una artillería sin piedad.

Doña Perfecta cayó otra vez en el sofá. Pero no lloraba. Un temblor nervioso le agitaba todo el cuerpo.

—Así que para este ateo infame —exclamó con rabia— no hay reglas sociales. Solo hay un capricho. Eso es una avaricia indigna. Mi hija es rica.

—Usted quiere herirme con esa arma tan fina. Cambia el sentido del asunto y entiende mal mis sentimientos para dañar mi dignidad. Pero se equivoca, querida tía. Llámeme usted avaro. Dios sabe lo que soy.

—No tienes dignidad.

—Esa es una opinión como cualquier otra. Quizás el mundo piense que usted nunca se equivoca. Yo no. No creo que las sentencias de usted no se puedan recurrir ante Dios. Ni mucho menos.

—¿Pero es verdad lo que dices?... ¿Pero insistes después de que te he dicho que no?... Tú lo pisoteas todo. Eres un monstruo, un bandido.

—Soy un hombre.

—¡Un miserable! Terminemos. Yo te niego a mi hija. Te la niego.

—¡Pues yo la tomaré! No tomo más que lo que es mío.

—Fuera de mi vista —exclamó la señora, levantándose de repente—. Presumido, ¿crees que mi hija se acuerda de ti?

—Me ama, igual que yo a ella.

—¡Mentira, mentira!

—Ella misma me lo ha dicho. Perdone usted si en este asunto creo más a ella que a su mamá.

—¿Cuándo te lo ha dicho, si no la has visto en muchos días?

—La vi anoche. Y me juró ante el Cristo de la capilla que sería mi mujer.

—¡Oh, qué escándalo y qué falta de moral!... ¿Pero qué es esto? ¡Dios mío, qué deshonra! —exclamó doña Perfecta.

Se apretó otra vez la cabeza con las dos manos y dio algunos pasos por la habitación.

—¿Rosario salió anoche de su cuarto?

—Salió para verme. Ya era hora.

—¡Qué conducta tan vil la tuya! Has actuado como los ladrones. Has actuado como los seductores vulgares.

—He actuado según la escuela de usted. Mi intención era buena.

—¡Y ella bajó!... ¡Ah! Lo sospechaba. Esta mañana, al amanecer, la encontré vestida en su cuarto. Me dijo que había salido no sé para qué... El verdadero criminal eres tú, tú... Esto es una deshonra. Pepe, esperaba de ti cualquier cosa menos una ofensa tan grande... Todo se acabó. Márchate. Para mí no existes. Te perdono, con tal de que te vayas... No le diré a tu padre ni una palabra de esto... ¡Qué egoísmo tan horrible! No, en ti no hay amor. ¡Tú no amas a mi hija!

—Dios sabe que la adoro, y con eso me basta.

—No pongas a Dios en tus labios, blasfemo, y cállate —exclamó doña Perfecta—. Yo puedo nombrar a Dios, porque creo en él. Y en nombre de Dios te digo que mi hija nunca será tu mujer. Mi hija se salvará, Pepe. Mi hija no puede ser condenada en vida al infierno. Porque casarse contigo es el infierno.

—Rosario será mi esposa —repitió el matemático con una calma conmovedora.

La energía tranquila de su sobrino enfadaba todavía más a la piadosa señora. Con la voz entrecortada, dijo:

—No creas que me asustan tus amenazas. Sé lo que digo. Pues qué, ¿se puede pisotear un hogar, una familia? ¿Se puede pisotear la autoridad humana y divina?

—Yo lo pisotearé todo —dijo el ingeniero.

Empezaba a perder la calma y hablaba con cierta agitación.

—¡Lo pisotearás todo! ¡Ah! Bien se ve que eres un bárbaro, un salvaje, un hombre que vive de la violencia.

—No, querida tía. Soy tranquilo, recto, honrado y enemigo de la violencia. Pero entre usted y yo hay una pobre criatura atormentada. Usted es la ley, y yo soy el que debe obedecerla. Y entre los dos está un ángel de Dios, sometido a sufrimientos injustos. Ese espectáculo, esa injusticia, esa violencia nunca vista, me cambia. Convierte mi rectitud en barbarie y mi razón en fuerza. Convierte mi honradez en una violencia parecida a la de los asesinos y ladrones. Ese espectáculo, señora mía, me empuja a no respetar la ley de usted. Me empuja a pasar por encima de ella y a pisotearlo todo. Esto parece un disparate, pero es una ley de la que no se puede escapar. Hago lo que hacen las sociedades. A veces una brutalidad absurda e irritante les impide avanzar. Entonces pasan por encima y lo destrozan todo con un ataque feroz. Así soy yo en este momento. Ni yo mismo me reconozco. Era razonable y soy un bruto. Era respetuoso y soy insolente. Era culto y me encuentro salvaje. Usted me ha llevado a este extremo horrible. Me ha irritado y me ha apartado del buen camino, por el que yo iba tranquilamente. ¿De quién es la culpa, mía o de usted?

—¡Tuya, tuya!

—Ni usted ni yo lo podemos decidir. Creo que los dos estamos equivocados. En usted hay violencia e injusticia. En mí, injusticia y violencia. Hemos llegado a ser tan bárbaros el uno como el otro. Y luchamos y nos herimos sin compasión. Dios lo permite así. Mi sangre caerá sobre la conciencia de usted, y la de usted caerá sobre la mía... Basta ya, señora. No quiero molestarla con palabras inútiles. Ahora pasaremos a los hechos.

—¡A los hechos, muy bien! —dijo doña Perfecta, más rugiendo que hablando—. No creas que en Orbajosa falta Guardia civil.

—Adiós, señora. Me voy de esta casa. Creo que nos volveremos a ver.

—Vete, vete, vete ya —gritó ella, señalando la puerta con un gesto enérgico.

Pepe Rey salió. Doña Perfecta dijo algunas palabras sin sentido, que mostraban con toda claridad su ira. Después cayó en un sillón, agotada o con un ataque de nervios. Acudieron las criadas.

—¡Que vayan a llamar al señor don Inocencio! —gritó—. En seguida... ¡Pronto!... ¡Que venga!...

Después mordió el pañuelo.

### Glosario

- **partidas**: grupos de hombres armados que se levantan contra el Gobierno.
- **behetría**: lugar sin orden, donde cada uno hace lo que quiere.
- **bandolerismo**: existencia de muchos ladrones armados en los caminos.
- **la Inquisición**: antiguo tribunal de la Iglesia que juzgaba y encerraba con mucha dureza.
- **harpía**: mujer mala y cruel.
- **teodolito**: aparato que usan los ingenieros para medir ángulos en el terreno.
- **maldición**: palabras con las que se desea un gran mal a alguien.
- **Guardia civil**: policía armada que vigila los caminos y el campo.
- **blasfemo**: persona que dice palabras ofensivas contra Dios o las cosas sagradas.
- **muelle**: construcción en un puerto para que se acerquen los barcos.

## XX. Rumores. Temores

Al día siguiente de esta triste discusión, corrieron por toda Orbajosa muchos rumores sobre Pepe Rey y su conducta. Iban de casa en casa y de grupo en grupo. Iban desde el Casino hasta la botica, y desde el paseo de las Descalzas hasta la puerta de Baidejos. Todo el mundo los repetía. Y había tantos comentarios que don Cayetano podría haberlos reunido en una colección. Con ellos habría formado un rico *Thesaurum* de la bondad de los orbajosenses. Entre tantas versiones distintas, todos estaban de acuerdo en algunos puntos principales. Uno de ellos era este:

Que el ingeniero, furioso porque doña Perfecta no quería casar a Rosario con un ateo, había *alzado la mano* a su tía.

El joven vivía en la posada de la viuda del Cuzco. Era un establecimiento *montado*, como se dice ahora. Pero no estaba montado a la altura de nada, sino al nivel más bajo de los mejores atrasos del país. El teniente coronel Pinzón lo visitaba a menudo. Así se ponían de acuerdo sobre el enredo que preparaban entre los dos. Y el militar mostraba un gran talento para llevarlo a cabo. A cada momento inventaba nuevas travesuras y trucos. Y se daba prisa en ponerlos en práctica, siempre de muy buen humor. Aunque a veces le decía a su amigo:

—El papel que estoy haciendo, querido Pepe, no es de los más elegantes. Pero por darle un disgusto a Orbajosa y a su gente, yo andaría a cuatro patas.

No sabemos qué trucos finos usó el astuto militar, que era maestro en las artimañas del mundo. Pero lo cierto es que, a los tres días de vivir en casa de doña Perfecta, se había hecho muy simpático en la casa. A doña Perfecta le gustaba su trato. Se emocionaba al oír sus alabanzas tan aduladoras. Pinzón alababa el buen orden de la casa y la grandeza, la piedad y la noble magnificencia de la señora. Con don Inocencio se llevaba de maravilla. Ni la madre ni el Penitenciario le impedían hablar con Rosario. A ella le habían dado libertad cuando se fue el feroz primo. Pinzón era muy cortés y rebuscado, sabía adular y era muy hábil. Así consiguió en la casa de Polentinos mucha influencia, y hasta confianza. Pero el objetivo de todos sus trucos era una criada llamada Librada. La sedujo, en sentido casto, para que llevara recados y cartitas a Rosario. Pinzón fingía estar enamorado de Rosario. La muchacha no resistió el soborno, que se hizo con palabras bonitas y mucho dinero. No lo resistió porque no sabía de quién eran de verdad las notas ni el sentido real de aquellos líos. Si hubiera sabido que todo era una nueva travesura de don José, no habría traicionado a su señora. No lo habría hecho por todo el dinero del mundo, aunque don José le gustaba mucho.

Un día estaban en la huerta doña Perfecta, don Inocencio, Jacinto y Pinzón. Hablaron de la tropa y de la misión que traía a Orbajosa. Con este tema, el señor Penitenciario encontró motivo para condenar la conducta tiránica del Gobierno. Y, sin saber cómo, nombraron a Pepe Rey.

—Todavía está en la posada —dijo el abogadillo—. Lo vi ayer, y me dio recuerdos para usted, doña Perfecta.

—¿Se ha visto mayor insolencia?... ¡Ah, señor Pinzón! No le extrañe que hable así de un sobrino carnal... Ya sabe usted... Es aquel caballerito que dormía en el cuarto que ahora ocupa usted.

—¡Sí, ya lo sé! No le trato, pero le conozco de vista y de fama. Es amigo íntimo de nuestro brigadier.

—¿Amigo íntimo del brigadier?

—Sí, señora. Del que manda la brigada que ha venido a esta tierra. La brigada se ha repartido entre diferentes pueblos.

—¿Y dónde está? —preguntó la señora.

—En Orbajosa.

—Creo que vive en casa de Polavieja —dijo Jacinto.

—Su sobrino de usted y el brigadier Batalla son amigos íntimos —siguió Pinzón—. Se quieren muchísimo, y a todas horas se les ve juntos por las calles del pueblo.

—Pues, amigo mío, tengo muy mala opinión de ese señor jefe —respondió doña Perfecta.

—Es un... es un pobre hombre —dijo Pinzón.

Lo dijo con el tono de quien no se atreve, por respeto, a usar una palabra más dura.

—Con todo respeto por los presentes, señor Pinzón, y dejando a usted aparte, con todo honor —afirmó la señora—, no se puede negar que en el ejército español hay cada tipo...

—Nuestro brigadier era un militar excelente antes de entregarse al espiritismo...

—¡Al espiritismo!

—¡Esa secta que llama a los fantasmas y a los duendes por medio de las patas de las mesas!... —exclamó el canónigo, riendo.

—Por curiosidad, solo por curiosidad —dijo Jacintillo con aire importante—, he encargado a Madrid la obra de Allan Cardec. Es bueno enterarse de todo.

—¿Pero es posible que semejantes disparates?... ¡Jesús! Dígame usted, Pinzón, ¿mi sobrino también es de esa secta de patas de banco?

—Me parece que fue él quien convirtió a nuestro valiente brigadier Batalla.

—¡Pero, Jesús!

—Eso es. Y cuando le dé la gana —dijo don Inocencio, sin poder aguantar la risa—, hablará con Sócrates, San Pablo, Cervantes y Descartes. Hablará con ellos como hablo yo ahora con Librada para pedirle un fosforito. ¡Pobre señor de Rey! Ya dije yo que aquella cabeza no estaba bien.

—Por lo demás —siguió Pinzón—, nuestro brigadier es un buen militar. Si tiene algún defecto, es que es demasiado duro. Cumple las órdenes del Gobierno al pie de la letra. Si aquí le llevan mucho la contraria, será capaz de no dejar piedra sobre piedra en Orbajosa. Sí, les aviso a ustedes: tengan cuidado.

—Pero ese monstruo nos va a cortar la cabeza a todos. ¡Ay, señor don Inocencio! Estas visitas de la tropa me recuerdan lo que he leído en la vida de los mártires. Cuando un procónsul romano llegaba a un pueblo de cristianos...

—La comparación es bastante exacta —dijo el Penitenciario, mirando al militar por encima de las gafas.

—Es un poco triste, pero es la verdad y hay que decirla —dijo Pinzón con amabilidad—. Ahora, señores míos, están ustedes en nuestras manos.

—Las autoridades del país todavía funcionan perfectamente —objetó Jacinto.

—Creo que se equivoca usted —respondió el soldado.

La señora y el Penitenciario observaban su cara con un interés profundo.

—Hace una hora han destituido al alcalde de Orbajosa.

—¿Lo ha destituido el gobernador de la provincia?

—Al gobernador lo han sustituido por un delegado del Gobierno. Debía llegar esta mañana. Hoy cesarán todos los Ayuntamientos. Así lo ha ordenado el ministro. No sé por qué, pero temía que no apoyaran a la autoridad central.

—Bien, bien estamos —murmuró el canónigo, frunciendo el ceño y sacando el labio inferior.

Doña Perfecta pensaba.

—También han quitado a algunos jueces de primera instancia. Entre ellos, al de Orbajosa.

—¡El juez! ¡Periquito!... ¿Ya no es juez Periquito? —exclamó doña Perfecta.

Su voz y su gesto eran como los de una persona que acaba de recibir la picadura de una víbora.

—El que era juez de Orbajosa ya no lo es —dijo Pinzón—. Mañana vendrá el nuevo.

—¡Un desconocido!

—¡Un desconocido!

—Quizás un sinvergüenza... ¡El otro era tan honrado!... —dijo la señora, muy inquieta—. Nunca le pedí nada que no me concediera en seguida. ¿Sabe usted quién será el nuevo alcalde?

—Dicen que viene un corregidor.

—Vamos, diga usted de una vez que viene el Diluvio, y terminamos —dijo el canónigo, levantándose.

—¿Así que estamos en manos del señor brigadier?

—Por algunos días, ni más ni menos. No se enfaden ustedes conmigo. A pesar de mi uniforme, soy enemigo del militarismo. Pero nos mandan pegar... y pegamos. No puede haber un oficio más canalla que el nuestro.

—Sí que lo es, sí que lo es —dijo la señora, escondiendo mal su furia—. Ya que usted lo ha confesado... Así que ni alcalde ni juez...

—Ni gobernador de la provincia.

—Que nos quiten también al señor obispo y nos manden un monaguillo en su lugar.

—Es lo que falta... Si aquí les dejan hacerlo —murmuró don Inocencio, bajando los ojos—, no se van a detener por pequeñeces.

—Y todo es porque temen que se levanten partidas en Orbajosa —exclamó la señora.

Cruzaba las manos y las movía de arriba abajo, desde la barbilla hasta las rodillas.

—Francamente, Pinzón, no sé cómo no se levantan hasta las piedras. No le deseo ningún mal a usted. Pero lo justo sería que el agua que beben ustedes se les convirtiera en barro... ¿Dijo usted que mi sobrino es amigo íntimo del brigadier?

—Tan íntimo que no se separan en todo el día. Fueron compañeros de colegio. Batalla le quiere como a un hermano y le da gusto en todo. Yo, en su lugar, señora, no estaría tranquilo.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Temo un atropello!... —exclamó ella, muy nerviosa.

—Señora —afirmó el canónigo con energía—, antes de permitir un atropello en esta casa honrada... Antes de permitir la menor ofensa contra esta nobilísima familia, yo... mi sobrino... todos los vecinos de Orbajosa...

Don Inocencio no terminó. Su ira era tan fuerte que se le enredaban las palabras en la boca. Dio algunos pasos con aire militar y después se volvió a sentar.

—Me parece que esos temores no son inútiles —dijo Pinzón—. Si hace falta, yo...

—Y yo... —repitió Jacinto.

Doña Perfecta había fijado los ojos en la puerta vidriera del comedor. Detrás de ella apareció una figura graciosa. Al mirarla, parecía que en la cara de la señora se oscurecían todavía más las nubes negras del miedo.

—Rosario, pasa aquí, Rosario —dijo, saliendo a su encuentro—. Me parece que hoy tienes mejor cara y estás más alegre, sí... ¿No les parece a ustedes que Rosario tiene mejor cara? Parece otra.

Todos estuvieron de acuerdo en que en su cara se veía la felicidad más viva.

### Glosario

- **rumores**: noticias que corren de boca en boca sin saber si son verdad.
- **Thesaurum**: en latín, «tesoro»; aquí, una gran colección de palabras o noticias.
- **alzar la mano**: pegar o amenazar con pegar a alguien.
- **posada**: casa barata donde se paga por dormir y comer.
- **espiritismo**: creencia de que se puede hablar con los espíritus de los muertos.
- **procónsul**: gobernador romano de una provincia.
- **destituir**: quitar a alguien su cargo o empleo.
- **corregidor**: antiguo jefe del gobierno de una ciudad, nombrado por el Estado.
- **monaguillo**: niño que ayuda al sacerdote en la misa.
- **atropello**: acto violento contra alguien, sin respetar sus derechos.

## XXI. Desperta, ferro

En aquellos días, los periódicos de Madrid publicaron las siguientes noticias:

«No es cierto que se haya levantado ninguna partida en los alrededores de Orbajosa. Nos escriben desde aquella localidad que el país tiene muy pocas ganas de aventuras. Por eso se considera inútil allí la presencia de la brigada Batalla.»

«Se dice que la brigada Batalla saldrá de Orbajosa, porque allí no hacen falta fuerzas del ejército. Irá a Villajuán de Nahara, donde han aparecido algunas partidas.»

«Ya es seguro que los Aceros recorren con algunos jinetes el término de Villajuán, cerca del distrito judicial de Orbajosa. El gobernador de la provincia de X... ha telegrafiado al Gobierno. Dice que Francisco Acero entró en las Roquetas. Allí cobró los impuestos de un semestre y pidió comida para sus hombres. Domingo Acero (Faltriquera) andaba por la sierra del Jubileo. La Guardia civil lo perseguía activamente, le mató un hombre y apresó a otro. Bartolomé Acero fue el que quemó el registro civil de Lugarnoble. Se llevó como rehenes al alcalde y a dos de los principales propietarios.»

«En Orbajosa hay una tranquilidad completa, según una carta que tenemos delante. Allí solo piensan en trabajar el campo para la próxima cosecha de ajos, que promete ser magnífica. Los distritos cercanos sí están llenos de partidas. Pero la brigada Batalla acabará con ellas.»

Y así era: Orbajosa estaba tranquila. Los Aceros eran una dinastía de guerreros. Según algunas personas, merecían aparecer en el *Romancero*. Se habían adueñado de la provincia cercana. Pero la rebelión no se extendía por el término de la ciudad del obispo. Parecía que la cultura moderna había vencido por fin a las costumbres rebeldes de la gran behetría. Y que esta disfrutaba de las delicias de una paz duradera. Tan cierto era esto que hasta Caballuco hablaba claro. Él era una de las figuras más típicas de la rebeldía histórica de Orbajosa. Y decía a todo el mundo que no quería *reñir con el Gobierno*. Ni *meterse en danzas* que le podían salir caras.

Se diga lo que se diga, el carácter impulsivo de Ramos se había calmado con los años. Se había enfriado un poco el fuego que heredó de los Caballucos, su padre y sus abuelos. Eran la mejor raza de guerreros que ha destrozado la tierra. Además, se cuenta que en aquellos días el nuevo gobernador de la provincia *celebró una conferencia* con este importante personaje. Y que *oyó de sus labios las mayores seguridades*. Caballuco le prometió ayudar a la paz pública y evitar cualquier desorden. Testigos de confianza aseguran que se le veía muy amigo de los militares. Se tomaba algo en la taberna con este o aquel sargento. Y hasta se dijo que le iban a dar un buen empleo en el Ayuntamiento de la capital de la provincia.

¡Oh, qué difícil es para el historiador que quiere ser imparcial encontrar la verdad! Sobre todo, la verdad de las opiniones y los pensamientos de los grandes personajes que han llenado el mundo con su nombre. Uno no sabe a qué atenerse. Y la falta de datos seguros produce errores lamentables. Pensemos en hechos tan importantes como el golpe del Brumario, el saqueo de Roma por Borbón o la ruina de Jerusalén. ¿Qué psicólogo o qué historiador podrá decir qué pensaban antes y después Bonaparte, Carlos V y Tito? ¡Qué responsabilidad tan inmensa la nuestra! Para librarnos un poco de ella, vamos a contar las palabras, las frases y hasta los discursos del mismo emperador de Orbajosa. Así cada uno se formará la opinión que le parezca más acertada.

No hay ninguna duda de lo que pasó. Cristóbal Ramos salió de su casa cuando ya era de noche. Pasaba por la calle del Condestable cuando vio a tres labriegos. Venían en dirección contraria, cada uno en su mula. Les preguntó adónde iban. Respondieron que a casa de la señora doña Perfecta. Le llevaban los primeros frutos de las huertas y algún dinero de las rentas que ya se debían. Eran el señor Pasolargo, un mozo al que llamaban Frasquito González, y un tercero. El tercero era de mediana edad y de cuerpo fuerte. Lo llamaban Vejarruco, aunque su nombre verdadero era José Esteban Romero. Caballuco volvió atrás, porque le gustaba la compañía de aquella gente. Era amigo suyo, con una amistad franca y antigua. Y entró con ellos en casa de la señora. Según los datos más creíbles, esto pasó al anochecer. Fue dos días después de la conversación entre doña Perfecta y Pinzón que ha leído el lector en el capítulo anterior. El gran Ramos se entretuvo dando a Librada unos recados de poca importancia. Se los había encargado una vecina, que confiaba en su buena memoria. Cuando entró en el comedor, ya estaban hablando los tres labriegos. También estaba el señor Licurgo, que por una curiosa casualidad se encontraba allí. Hablaban de la cosecha y de los asuntos de la casa. La señora estaba de un humor de perros. A todo le ponía faltas. Les reñía con dureza por la sequía del cielo y porque la tierra no daba fruto. Pero de esas cosas no tenían ninguna culpa los pobrecitos. El señor Penitenciario estaba presente. Cuando entró Caballuco, el buen canónigo le saludó con cariño y le señaló un asiento a su lado.

—Aquí está el personaje —dijo la señora con desprecio—. ¡Parece mentira que se hable tanto de un hombre que vale tan poco! Dime, Caballuco, ¿es verdad que esta mañana te han dado de bofetadas unos soldados?

—¡A mí! ¡A mí! —dijo el Centauro.

Se levantó indignado, como si hubiera recibido el insulto más grosero.

—Eso es lo que dicen —añadió la señora—. ¿No es verdad? Yo me lo creí, porque quien se tiene en tan poco... Te escupirán, y tú te sentirás honrado con la saliva de los militares.

—¡Señora! —gritó Ramos con energía—. Con todo el respeto que le debo a usted... Usted es mi madre, más que mi madre, mi señora, mi reina... Pues digo que, con el respeto que le debo a la persona que me ha dado todo lo que tengo... con el respeto...

—¿Qué?... Parece que vas a decir mucho y no dices nada.

—Pues digo que, con todo respeto, eso de la bofetada es una calumnia —añadió.

Le costaba muchísimo hablar.

—Todos hablan de mí. Que si entro o si salgo, que si voy, que si vengo... ¿Y todo por qué? Porque quieren usarme de figurón para que revuelva el país. Bien está Pedro en su casa, señoras y caballeros. ¿Que ha venido la tropa?... Malo es, ¿pero qué le vamos a hacer?... ¿Que han quitado al alcalde y al secretario y al juez?... Malo es. Yo querría que se levantaran contra ellos las piedras de Orbajosa. Pero di mi palabra al gobernador, y hasta ahora yo...

Se rascó la cabeza y frunció el ceño, muy serio. Y siguió así, con la lengua cada vez más torpe:

—Yo seré bruto, pesado, ignorante, cariñoso, cabezota y todo lo que quieran. Pero en ser caballero no me gana nadie.

—¡Qué lástima de Cid Campeador! —dijo doña Perfecta con el mayor desprecio—. ¿No cree usted, como yo, señor Penitenciario, que en Orbajosa ya no queda un solo hombre con vergüenza?

—Esa es una opinión grave —respondió el canónigo.

No miraba a su amiga. Apoyaba la cara pensativa en la mano, y la mano en la barbilla.

—Pero me parece que este vecindario ha aceptado con demasiada sumisión el pesado yugo del militarismo.

Licurgo y los tres labradores se reían con toda su alma.

—Los soldados y las nuevas autoridades nos quitarán hasta el último real —dijo la señora—. Y el pueblo quedará deshonrado. Entonces enviaremos a Madrid a todos los valientes de Orbajosa, en una urna de cristal. Así los podrán poner en el Museo o enseñarlos por las calles.

—¡Viva la señora! —exclamó con energía el que llamaban Vejarruco—. Lo que ha dicho vale oro. Por mí no se dirá que no hay valientes. Si no estoy con los Aceros es porque uno tiene mujer y tres hijos. Y puede pasar cualquier desgracia. Que si no...

—¿Pero tú no le has dado tu palabra al gobernador? —le preguntó la señora.

—¡Al gobernador! —exclamó el llamado Frasquito González—. No hay en todo el país un sinvergüenza que merezca más un tiro. Gobernador y Gobierno, todos son lo mismo. El domingo, el cura nos predicó muchas cosas solemnes. Habló de las herejías y de las ofensas a la religión que hacen en Madrid... ¡Oh! Había que oírle... Al final dio muchos gritos en el púlpito. Decía que la religión ya no tenía defensores.

—Aquí está el gran Cristóbal Ramos —dijo la señora, dando una fuerte palmada en el hombro del Centauro—. Monta a caballo. Se pasea por la plaza y por el camino real para llamar la atención de los soldados. Los soldados lo ven y se asustan del aspecto feroz del héroe. Y echan todos a correr, muertos de miedo.

La señora terminó la frase con una risa exagerada. La risa sonaba todavía más extraña por el profundo silencio de los que la oían. Caballuco estaba pálido.

—Señor Pasolargo —siguió la señora, poniéndose seria—, esta noche, cuando vaya usted a su casa, mándeme aquí a su hijo Bartolomé. Que se quede aquí. Necesito tener buena gente en casa. Y aun así, puede pasar que cualquier día amanezcamos mi hija y yo asesinadas.

—¡Señora! —exclamaron todos.

—¡Señora! —gritó Caballuco, levantándose—. ¿Eso es broma o qué es?

—Señor Vejarruco, señor Pasolargo —siguió la señora, sin mirar al valiente del lugar—, no estoy segura en mi casa. Ningún vecino de Orbajosa lo está, y yo menos que nadie. Vivo con el alma en vilo. No puedo cerrar los ojos en toda la noche.

—Pero ¿quién, quién se va a atrever?...

—Vamos —exclamó Licurgo con pasión—, yo soy viejo y estoy enfermo. Pero si le tocan un pelo de la ropa a la señora, soy capaz de luchar contra todo el ejército español...

—Con el señor Caballuco basta y sobra —dijo Frasquito González.

—¡Oh, no! —respondió doña Perfecta con un sarcasmo cruel—. ¿No ven ustedes que Ramos ha dado su palabra al gobernador?...

Caballuco se volvió a sentar. Puso una pierna sobre la otra y cruzó las manos encima.

—Me basta un cobarde —añadió el ama sin piedad—, con tal de que no haya dado su palabra. Quizás tenga que pasar por el horror de ver asaltada mi casa. De ver cómo me arrancan de los brazos a mi querida hija. De verme atropellada e insultada de la forma más infame...

No pudo seguir. La voz se le ahogó en la garganta y se echó a llorar sin consuelo.

—¡Señora, por Dios, cálmese usted!... Vamos... Todavía no hay motivo... —dijo deprisa don Inocencio, con la cara y la voz llenas de pena—. También hace falta un poquito de resignación para soportar las desgracias que Dios nos envía.

—Pero ¿quién, señora? ¿Quién se va a atrever a esas ofensas? —preguntó uno de los cuatro—. Toda Orbajosa se levantaría como un solo hombre para defender a la señora.

—Pero ¿quién, quién? —repitieron todos.

—Vamos, no la molesten ustedes con preguntas inoportunas —dijo el Penitenciario, muy servicial—. Pueden marcharse.

—No, no, que se queden —dijo en seguida la señora, secándose las lágrimas—. La compañía de mis buenos servidores es un gran consuelo para mí.

—Maldita sea mi familia —dijo el tío Lucas, dándose un puñetazo en la rodilla— si todos estos líos no son obra del mismísimo sobrino de la señora.

—¿Del hijo de don Juan Rey?

—Lo vi en la estación de Villahorrenda —dijo Licurgo—. Me habló con su vocecita dulce y sus mimos de hombre de la corte. Desde entonces lo tuve por un grandísimo... No quiero terminar, por respeto a la señora... Pero yo lo conocí... Lo tuve marcado desde aquel día, y yo no me equivoco. Sé muy bien, como dijo el otro, que por el hilo se saca el ovillo. Que por la muestra se conoce el paño, y por la uña, el león.

—Que no se hable mal delante de mí de ese desdichado joven —dijo la de Polentinos con severidad—. Por grandes que sean sus faltas, la caridad nos prohíbe hablar de ellas y contarlas a todos.

—Pero la caridad —dijo don Inocencio con cierta energía— no nos impide protegernos de los malos. Y de eso se trata. En la desdichada Orbajosa han decaído mucho los caracteres y el valor. Este pueblo parece dispuesto a poner la cara para que le escupan cuatro soldados y un cabo. Ya que es así, busquemos alguna defensa, uniéndonos.

—Yo me defenderé como pueda —dijo doña Perfecta con resignación, cruzando las manos—. ¡Que se haga la voluntad del Señor!

—Tanto ruido para nada... ¡Por vida de!... ¡En esta casa están hechos de puro miedo!... —exclamó Caballuco, entre serio y burlón—. Parece que ese tal don Pepito es una *región* (léase legión) de demonios. No se asuste usted, señora mía. Mi sobrinillo Juan, que tiene trece años, guardará la casa. Y veremos, sobrino contra sobrino, quién puede más.

—Ya sabemos todos lo que valen tus bravuconadas y tus valentías —respondió la señora—. ¡Pobre Ramos! Quieres hacerte el valiente cuando ya se ha visto que no sirves para nada.

Ramos se puso un poco pálido. Miró a la señora de una forma extraña, con una mezcla de espanto y de respeto.

—Sí, hombre, no me mires así. Ya sabes que no me asustan los fanfarrones. ¿Quieres que te hable claro de una vez? Pues eres un cobarde.

Ramos se movía como quien siente picores molestos por todo el cuerpo. Estaba muy inquieto. Su nariz soltaba y tomaba el aire como la de un caballo. Dentro de aquel cuerpo enorme luchaba una tormenta, una pasión, una barbaridad. Luchaba por salir fuera rugiendo y destrozándolo todo. Dijo a medias algunas palabras y se tragó otras. Después se levantó y gritó con un bramido:

—¡Le cortaré la cabeza al señor Rey!

—¡Qué disparate! Eres tan bruto como cobarde —dijo la señora, poniéndose pálida—. ¿Qué dices de matar? Yo no quiero que maten a nadie. Y mucho menos a mi sobrino, una persona a la que quiero a pesar de sus maldades.

—¡El homicidio! ¡Qué horror! —exclamó el señor don Inocencio, escandalizado—. Ese hombre está loco.

—¡Matar!... Solo la idea de un homicidio me horroriza, Caballuco —dijo la señora, cerrando los dulces ojos—. ¡Pobre hombre! En cuanto has querido mostrar valentía, has aullado como un lobo hambriento de carne. Vete de aquí, Ramos. Me das miedo.

—¿No dice la señora que tiene miedo? ¿No dice que asaltarán la casa y que robarán a la niña?

—Sí, lo temo.

—Y eso lo va a hacer un solo hombre —dijo Ramos con desprecio, sentándose otra vez—. Eso lo va a hacer don Pepe Poquita Cosa con sus matemáticas. Hice mal en decir que le cortaría el cuello. A un muñeco como ese se le coge de una oreja y se le echa al río a remojo.

—Sí, ríete ahora, bestia. Mi sobrino no va a cometer solo todos esos atropellos que has dicho y que yo temo. Si fuera él solo, no le tendría miedo. Mandaría a Librada que se pusiera en la puerta con una escoba... y bastaría... No es él solo, no.

—¿Pues quién?

—No te hagas el tonto. ¿No sabes que mi sobrino y el brigadier que manda esa maldita tropa se han confabulado?...

—¡Confabulado! —exclamó Caballuco.

Se veía que no entendía la palabra.

—Que están de compinches —dijo Licurgo—. *Fabulearse* quiere decir estar de compinches. Ya me olía yo lo que dice la señora.

—Todo se reduce a esto. El brigadier y los oficiales son uña y carne de don José. Lo que él quiera lo quieren esos soldadotes. Y esos soldadotes harán toda clase de atropellos y barbaridades, porque ese es su oficio.

—Y no tenemos alcalde que nos proteja.

—Ni juez.

—Ni gobernador. Es decir, que estamos en manos de esa gentuza infame.

—Ayer —dijo Vejarruco—, unos soldados se llevaron con engaños a la hija más pequeña del tío Julián. La pobre no se atrevió a volver a su casa. Pero la encontraron llorando y descalza junto a la fuentecilla vieja. Estaba recogiendo los pedazos de su cántaro roto.

—¡Pobre don Gregorio Palomeque, el escribano de Naharilla Alta! —dijo Frasquito—. Estos pillos le robaron todo el dinero que tenía en casa. Pero cuando se lo contaron al brigadier, contestó que era mentira.

—Tiranos... No han nacido de madre tiranos peores —dijo el otro—. ¡Si os digo que por muy poco no estoy con los Aceros!...

—¿Y qué se sabe de Francisco Acero? —preguntó doña Perfecta con mucha dulzura—. Sentiría que le pasara alguna desgracia. Dígame usted, don Inocencio, ¿Francisco Acero no nació en Orbajosa?

—No. Él y su hermano son de Villajuán.

—Lo siento por Orbajosa —dijo doña Perfecta—. Esta pobre ciudad ha caído en desgracia. ¿Sabe usted si Francisco Acero dio su palabra al gobernador? ¿Le prometió no molestar a los pobres soldaditos en sus robos de doncellas? ¿Y en sus faltas de religión, en sus sacrilegios, en sus traiciones infames?

Caballuco dio un salto. Ya no se sentía pinchado, sino herido por un horrible golpe de sable. Con la cara roja y los ojos llenos de fuego, gritó así:

—Yo di mi palabra al gobernador porque el gobernador me dijo que venían con buena intención.

—Bárbaro, no grites. Habla como la gente y te escucharemos.

—Yo prometí que ni yo ni ninguno de mis amigos levantaríamos partidas en tierra de Orbajosa... Algunos han querido salir porque les bailaba la guerra en el cuerpo. A todos ellos les he dicho: *Vete con los Aceros, que aquí no nos movemos*... Pero tengo mucha gente honrada, sí, señora. Y buena, sí, señora. Y valiente, sí, señora. Está repartida por los caseríos y las aldeas, por los arrabales y los montes. Cada uno en su casa, ¿eh? Y en cuanto yo les diga la mitad de media palabra, ¿eh?, ya están todos descolgando las escopetas, ¿eh? Y echan a correr a caballo o a pie para ir adonde yo les mande... Y que no me vengan con gramáticas. Si yo di mi palabra, fue porque la di. Y si no salgo, es porque no quiero salir. Y si quiero que haya partidas, las habrá. Y si no quiero, no. Porque yo soy quien soy, el mismo hombre de siempre. Bien lo saben todos... Y digo otra vez que no me vengan con gramáticas, ¿estamos?... Y que no me digan las cosas al revés, ¿estamos?... Y si quieren que salga, que me lo digan con toda la boca abierta, ¿estamos?... Porque para eso nos ha dado Dios la lengua, para decir esto y aquello. Bien sabe la señora quién soy. Y bien sé yo lo que le debo. Le debo la camisa que llevo y el pan que como hoy. Le debo el primer garbanzo que chupé cuando me destetaron. Y la caja en que enterraron a mi padre cuando murió. Y las medicinas y el médico que me curaron cuando estuve enfermo. Y bien sabe la señora que, si ella me dice: «Caballuco, rómpete la cabeza», voy a aquel rincón y me la rompo contra la pared. Bien sabe la señora que, si ahora dice que es de día, yo me lo creo. Aunque vea la noche, creeré que me equivoco y que es pleno día. Bien sabe la señora que ella y sus bienes están antes que mi vida. Y que, si delante de mí la pica un mosquito, le perdono porque es mosquito. Bien sabe la señora que la quiero más que a todo lo que hay bajo el sol... A un hombre de tanto corazón se le dice: «Caballuco, so animal, haz esto o lo otro»... Y basta de ritólicas, y de meter y sacar palabrejas. Basta de sermoncillos al revés, y de pinchar por aquí y pellizcar por allá.

—Vamos, hombre, cálmate —dijo doña Perfecta con bondad—. Te has acalorado como aquellos oradores republicanos que venían aquí a predicar la religión libre. Y el amor libre, y no sé cuántas cosas libres más... Que te traigan un vaso de agua.

Caballuco hizo con el pañuelo una especie de bola apretada. Se la pasó por la ancha frente y por la nuca para limpiarse el sudor que las cubría. Le trajeron un vaso de agua. El señor canónigo lo tomó de las manos de la criada, con una dulzura que iba perfectamente con su carácter de sacerdote. Él mismo se lo dio y le sostuvo el plato mientras bebía. El agua bajaba por la garganta de Caballuco con un ruido sonoro, como un clac, clac.

—Ahora tráigame usted otro a mí, señora Librada —dijo don Inocencio—. Yo también tengo un poco de fuego dentro.

### Glosario

- **Desperta, ferro**: «¡Despierta, hierro!», antiguo grito de guerra.
- **partida**: grupo de hombres armados que se levantan contra el Gobierno.
- **rehenes**: personas que se llevan presas para obligar a otros a hacer algo.
- **Romancero**: colección de romances, poemas antiguos que cuentan hazañas de héroes.
- **behetría**: lugar sin orden, donde cada uno hace lo que quiere.
- **Cid Campeador**: famoso guerrero castellano de la Edad Media, símbolo de valor.
- **yugo**: madera que une a dos bueyes; aquí, un poder que oprime.
- **Bien está Pedro en su casa**: refrán: cada uno está mejor tranquilo en su casa, sin meterse en líos.
- **por el hilo se saca el ovillo**: refrán: por una pequeña señal se descubre todo lo demás.
- **confabularse / estar de compinches**: ponerse de acuerdo en secreto para hacer algo malo.
- **gramáticas / ritólicas**: Caballuco quiere decir «palabras complicadas» y «retóricas», discursos rebuscados.
- **destetar**: dejar de dar el pecho de la madre a un bebé.

## XXII. ¡Desperta!

Cuando terminaron de beber, doña Perfecta habló:

—Sobre lo de las partidas, solo te digo una cosa: haz lo que tu conciencia te dicte.

—Yo no entiendo de ditados —gritó Ramos—. Haré lo que le guste a la señora.

—Pues yo no te aconsejaré nada en un asunto tan grave —contestó ella.

Hablaba con la prudencia y la moderación que tan bien le sentaban.

—Eso es muy grave, gravísimo, y yo no puedo aconsejarte nada.

—Pero la opinión de usted...

—Mi opinión es que abras los ojos y veas, que abras los oídos y oigas... Consulta tu corazón... Te reconozco que tienes un gran corazón... Consulta a ese juez, a ese consejero que sabe tanto, y haz lo que él te mande.

Caballuco meditó. Pensó todo lo que puede pensar una espada.

—Los de Naharilla Alta nos contamos ayer —dijo Vejarruco—. Éramos trece, todos buenos para cualquier cosita mayor... Pero teníamos miedo de que la señora se enfadara, y no hicimos nada. Ya es tiempo de esquilar las ovejas.

—No te preocupes por la esquila —dijo la señora—. Hay tiempo. No se dejará de hacer por eso.

—Mis dos muchachos se pelearon ayer —dijo Licurgo—. Uno quería irse con Francisco Acero y el otro no. Yo les dije: «Despacio, hijos míos, que todo se andará. Esperad, que tan buen pan hacen aquí como en Francia».

—Anoche me dijo Roque Pelosmalos una cosa —contó el tío Pasolargo—. En cuanto el señor Ramos diga una sola palabra, todos estarán con las armas en la mano. ¡Qué lástima que los dos hermanos Burguillos se hayan ido a trabajar las tierras de Lugarnoble!

—Vaya usted a buscarlos —dijo el ama rápidamente—. Señor Lucas, déle usted un caballo al tío Pasolargo.

—Si la señora me lo manda, y el señor Ramos también —dijo Frasquito González—, yo iré a Villahorrenda. Veré si Robustiano, el guarda de montes, y su hermano Pedro quieren venir también...

—Me parece buena idea. Robustiano no se atreve a venir a Orbajosa porque me debe un poquito de dinero. Puedes decirle que le perdono los seis duros y medio... Esta pobre gente se sacrifica con tanta generosidad por una buena idea... ¡Y se contenta con tan poco!... ¿No es verdad, señor don Inocencio?

—Aquí nuestro buen Ramos me dice una cosa —contestó el canónigo—. Sus amigos están descontentos con él porque le ven tibio. Pero en cuanto le vean decidido, todos se pondrán la canana a la cintura.

—Pero, ¿qué?, ¿estás decidido a echarte a la calle? —dijo la señora—. Yo no te he aconsejado tal cosa. Si lo haces, es por tu voluntad. Tampoco el señor don Inocencio te habrá dicho una palabra en ese sentido. Pero si tú lo decides así, tendrás razones muy poderosas... Dime, Cristóbal, ¿quieres cenar? ¿Quieres tomar algo?... Con confianza...

Don Inocencio miró por encima de los cristales de sus anteojos y dijo:

—La señora tiene razón: yo no aconsejo al señor Ramos que se eche al campo. Yo, como sacerdote, no puedo aconsejar tal cosa. Sé que algunos lo hacen, y hasta toman las armas. Pero eso me parece impropio, muy impropio, y no seré yo quien los imite. Llevo mi cuidado hasta el extremo. No le diré al señor Ramos ni una palabra sobre la difícil cuestión de su levantamiento en armas. Yo sé que Orbajosa lo desea. Sé que todos los habitantes de esta noble ciudad le bendecirán. Sé que vamos a ver aquí hazañas dignas de pasar a la historia. Pero, aun así, permítanme guardar un discreto silencio.

—Está muy bien dicho —añadió doña Perfecta—. No me gusta que los sacerdotes se mezclen en esos asuntos. Así debe portarse un clérigo culto. Claro que hay momentos solemnes y graves. Por ejemplo, cuando la patria y la fe están en peligro. Entonces los sacerdotes están en su terreno si animan a los hombres a la lucha, y hasta si luchan ellos. Dios mismo ha tomado parte en batallas famosas, en forma de ángeles o de santos. Entonces sus ministros bien pueden hacerlo. En la guerra contra los infieles, ¿cuántos obispos mandaron las tropas castellanas?

—Muchos, y algunos fueron grandes guerreros. Pero estos tiempos no son como aquellos, señora. Aunque, si miramos las cosas con atención, la fe está ahora más en peligro que antes... Porque, ¿qué representan esos ejércitos que ocupan nuestra ciudad y los pueblos de alrededor? ¿Qué representan? Madrid está lleno de ateos y protestantes. Y esos ejércitos son su instrumento infame para sus conquistas traidoras y para acabar con la fe. ¿Son otra cosa?... Todos lo sabemos bien. Madrid es un centro de corrupción, de escándalo y de falta de fe. Allí unos cuantos hombres malvados, comprados por el oro extranjero, trabajan para destruir en España la semilla de la fe... ¿Pues qué creen ustedes? Nos dejan decir misa a nosotros, y a ustedes oírla, por un poco de respeto, por vergüenza... Pero cualquier día... Por mi parte, estoy tranquilo. No me preocupa ningún interés de este mundo. Bien lo sabe la señora doña Perfecta, y bien lo saben todos los que me conocen. Estoy tranquilo y no me asusta el triunfo de los malvados. Sé muy bien que nos esperan días terribles. Todos los que llevamos hábito de sacerdote tenemos la vida colgada de un pelo. Porque España, no lo duden ustedes, verá escenas como las de la Revolución francesa. Entonces murieron en un mismo día miles de sacerdotes muy piadosos... Pero no me preocupo. Cuando llegue la hora de degollar, presentaré mi cuello. Ya he vivido bastante. ¿Para qué sirvo yo? Para nada, para nada.

—¡Que me coman los perros —exclamó Vejarruco— si no acabamos pronto con toda esa canalla ladrona!

Mostraba el puño, que era tan duro y fuerte como un martillo.

—Dicen que la semana que viene empiezan a derribar la catedral —dijo Frasquito.

—Supongo que la derribarán con picos y martillos —dijo el canónigo, sonriendo—. Hay constructores que no tienen esas herramientas y, sin embargo, avanzan más construyendo. Ustedes ya conocen la piadosa tradición. Los moros derribaron nuestra hermosa capilla del Sagrario en un mes. Y enseguida los ángeles la volvieron a construir en una sola noche... Déjenlos, déjenlos que derriben.

—El cura de Naharilla nos contó la otra noche cómo está Madrid —dijo Vejarruco—. Ya quedan tan pocas iglesias que algunos curas dicen misa en medio de la calle. Allí les pegan, les insultan y también les escupen. Por eso muchos ya no quieren decirla.

—Por suerte, hijos míos —dijo don Inocencio—, aquí todavía no hemos tenido escenas así. ¿Por qué? Porque saben qué clase de gente sois. Porque conocen vuestra piedad ardiente y vuestro valor... No envidio a los primeros que pongan la mano sobre nuestros sacerdotes y nuestro culto... Claro está que, si no se les para a tiempo, harán barbaridades. ¡Pobre España, tan santa, tan humilde y tan buena! ¡Quién iba a decir que llegaríamos a estos extremos tan difíciles!... Pero yo digo que la impiedad no triunfará, no, señor. Todavía hay gente valiente. Todavía hay gente como la de antes. ¿No es verdad, señor Ramos?

—Todavía la hay, sí, señor —contestó él.

—Yo tengo una fe ciega en el triunfo de la ley de Dios. Alguien saldrá a defenderla. Si no son unos, serán otros. Alguien se llevará la palma de la victoria, y con ella la gloria eterna. Los malvados morirán, si no hoy, mañana. El que va contra la ley de Dios caerá, no hay remedio. Sea de una manera o de otra, tiene que caer. No le salvan ni sus trucos, ni sus escondites, ni sus engaños. La mano de Dios está levantada sobre él, y le herirá sin falta. Tengámosle compasión y deseemos que se arrepienta... En cuanto a vosotros, hijos míos, no esperéis que os diga una palabra sobre el paso que seguramente vais a dar. Sé que sois buenos. Quizás os manchéis con sangre derramada. Pero sé que vuestra decisión generosa y el noble fin que os guía lavan toda mancha de pecado. Sé que Dios os bendice. Vuestra victoria, igual que vuestra muerte, os hará grandes a los ojos de los hombres y a los de Dios. Sé que os merecéis palmas, alabanzas y toda clase de honores. Pero, a pesar de todo, hijos míos, mis labios no os animarán a la pelea. No lo han hecho nunca y no lo harán ahora. Obrad según el impulso de vuestro noble corazón. Si os manda quedaros en casa, quedaos en ella. Si os manda salir, salid, y que sea en buena hora. Yo me resigno a ser mártir y a inclinar el cuello ante el verdugo, si esa miserable tropa sigue aquí. Pero quizás los hijos de Orbajosa sientan un impulso noble, ardiente y piadoso. Quizás ayuden así a la gran obra de arrancar las desgracias de la patria. Entonces me tendré por el más feliz de los hombres, solo por ser vuestro paisano. Y toda mi vida de estudio, de penitencia y de resignación no me parecerá tan digna del cielo como un solo día de vuestro heroísmo.

—¡No se puede decir más ni mejor! —exclamó doña Perfecta, llena de entusiasmo.

Caballuco se había inclinado hacia delante en su asiento, con los codos sobre las rodillas. Cuando el canónigo terminó de hablar, le cogió la mano y se la besó con fervor.

—No ha nacido de madre un hombre mejor —dijo el tío Licurgo.

Se secaba una lágrima, o hacía como que se la secaba.

—¡Que viva el señor Penitenciario! —gritó Frasquito González.

Se puso de pie y tiró su gorra hacia el techo.

—Silencio —dijo doña Perfecta—. Siéntate, Frasquito. Tú eres de los de mucho ruido y pocas nueces.

—¡Bendito sea Dios, que le dio a usted ese pico de oro! —exclamó Cristóbal, lleno de admiración—. ¡Qué dos personas tengo delante! Mientras vivan ustedes dos, ¿para qué queremos más mundo?... Toda la gente de España debería ser así... ¡Pero cómo va a ser así, si no hay más que pillería! En Madrid, que es la corte, de donde vienen las leyes y los mandones, todo es robo y comedia. ¡Pobre religión, cómo la han dejado!... No se ven más que pecados... Señora doña Perfecta, señor don Inocencio: por el alma de mi padre, por el alma de mi abuelo y por la salvación de la mía, juro que deseo morir.

—¡Morir!

—Que me maten esos perros tunantes. Y digo que me maten porque yo no puedo hacerlos pedazos a ellos. Soy muy poca cosa.

—Ramos, eres grande —dijo la señora con solemnidad.

—¿Grande, grande?... Grandísimo de corazón. Pero ¿tengo yo fortalezas? ¿Tengo caballería? ¿Tengo artillería?

—Eso, Ramos —dijo doña Perfecta, sonriendo—, no me preocuparía. ¿No tiene el enemigo lo que a ti te hace falta?

—Sí.

—Pues quítaselo...

—Se lo quitaremos, sí, señora. Cuando digo que se lo quitaremos...

—Querido Ramos —exclamó don Inocencio—, ¡qué posición tan envidiable es la de usted!... Destacar, levantarse por encima de la gente vulgar, ponerse a la altura de los mayores héroes del mundo... ¡Poder decir que la mano de Dios guía su mano!... ¡Oh, qué grandeza y qué honor! Amigo mío, no es adulación. ¡Qué buena figura, qué gracia, qué valor!... No, los hombres de ese temple no pueden morir. El Señor va con ellos, y las balas y el hierro del enemigo se detienen... No se atreven... ¿Cómo se van a atrever, si vienen de cañones y de manos de herejes?... Querido Caballuco, al ver a usted, al ver su valentía y su nobleza, me vienen a la memoria sin querer unos versos. Son del romance de la conquista del imperio de Trapisonda:

Llegó el valiente Roldán
de todas armas armado,
en el fuerte Briador,
su poderoso caballo,
y la fuerte Durlindana
muy bien ceñida a su lado,
la lanza como una entena,
el fuerte escudo embrazado....
Por la visera del yelmo
fuego venía lanzando;
retemblando con la lanza
como un junco muy delgado,
y a toda la hueste junta
fieramente amenazando.

—Muy bien —exclamó Licurgo, aplaudiendo—. Y yo digo como don Renialdos:

¡Nadie en don Renialdos toque
si quiere ser bien librado!
Quien otra cosa quisiere
él será tan bien pagado,
que todo el resto del mundo
no se escape de mi mano
sin quedar pedazos hecho
o muy bien escarmentado.

—Ramos, tú querrás cenar. Querrás tomar algo, ¿verdad? —dijo la señora.

—Nada, nada —contestó el Centauro—. Denme, si acaso, un plato de pólvora.

Al decir esto, soltó una carcajada enorme. Dio varias vueltas por la habitación, y todos le observaban con atención. Se detuvo junto al grupo y fijó los ojos en doña Perfecta. Y con una voz como un trueno, dijo estas palabras:

—Digo que no hay más que decir. ¡Viva Orbajosa, muera Madrid!

Dio un golpe con la mano sobre la mesa, tan fuerte que tembló el suelo de la casa.

—¡Qué fuerza tan poderosa! —dijo don Inocencio.

—Vaya puños que tienes...

Todos miraban la mesa, que se había partido en dos pedazos.

Después miraban al nunca bastante admirado Renialdos, o Caballuco. Sin duda había algo grande en él. Estaba en su cara hermosa, en sus ojos verdes, con un extraño brillo de gato, en su pelo negro y en su cuerpo de Hércules. Había un aire de grandeza, un resto o, mejor dicho, un recuerdo de las grandes razas que dominaron el mundo. Pero en general su aspecto era el de una triste degeneración. Costaba trabajo encontrar el origen noble y heroico en su brutalidad de ahora. Se parecía a los grandes hombres de don Cayetano como el mulo se parece al caballo.

### Glosario

- **Desperta**: palabra antigua: «¡Despierta!». Viene del grito de guerra «Desperta, ferro» («¡Despierta, hierro!»).
- **partidas**: grupos de hombres armados que se levantan contra el Gobierno.
- **ditados**: forma equivocada de decir «dictados»; Caballuco no entiende la palabra.
- **echarse al campo / echarse a la calle**: levantarse en armas contra el Gobierno.
- **canana**: cinturón para llevar las balas.
- **duro**: moneda de cinco pesetas.
- **de mucho ruido y pocas nueces**: se dice de quien habla mucho y hace poco.
- **pico de oro**: gran facilidad para hablar bien y convencer.
- **romance**: poema popular antiguo que cuenta una historia de héroes.
- **Roldán / Renialdos**: héroes de los antiguos poemas de caballería; Durlindana y Briador son la espada y el caballo de Roldán.

## XXIII. Misterio

Después de lo que hemos contado, la reunión duró mucho más. Pero no contamos el resto, porque no es necesario para entender bien esta historia. Al final, todos se fueron. Como siempre, el último en quedarse fue el señor don Inocencio. La señora y el canónigo todavía no habían tenido tiempo de hablar dos palabras. Entonces entró en el comedor una criada mayor, de mucha confianza, que era el brazo derecho de doña Perfecta. La señora la vio inquieta y nerviosa. Ella también se puso nerviosa, porque sospechó que en la casa pasaba algo malo.

—No encuentro a la señorita por ninguna parte —dijo la criada, contestando a las preguntas de la señora.

—¡Jesús! ¡Rosario!... ¿Dónde está mi hija?

—¡Válgame la Virgen del Socorro! —gritó el Penitenciario.

Cogió el sombrero y se preparó para correr detrás de la señora.

—Buscadla bien... ¿Pero no estaba contigo en su cuarto?

—Sí, señora —contestó la criada vieja, temblando—. Pero el demonio me tentó y me quedé dormida.

—¡Maldito sea tu sueño!... ¡Jesús mío!... ¿Qué es esto? ¡Rosario, Rosario!... ¡Librada!

Subieron, bajaron, volvieron a bajar y a subir. Llevaban luz y buscaban en todas las habitaciones. Por fin se oyó en la escalera la voz del Penitenciario, que decía con alegría:

—Aquí está, aquí está. Ya apareció.

Un momento después, madre e hija estaban una frente a la otra en la galería.

—¿Dónde estabas? —preguntó doña Perfecta con voz severa.

Examinaba con atención la cara de su hija.

—En la huerta —contestó la niña, más muerta que viva.

—¿En la huerta a estas horas? ¡Rosario!...

—Tenía calor. Me asomé a la ventana, se me cayó el pañuelo y bajé a buscarlo.

—¿Por qué no le dijiste a Librada que te lo trajera?... ¡Librada!... ¿Dónde está esa muchacha? ¿También se ha dormido?

Por fin apareció Librada. Su cara pálida mostraba el miedo y la preocupación de quien es culpable.

—¿Qué es esto? ¿Dónde estabas? —preguntó la señora, terriblemente enfadada.

—Pues, señora... bajé a buscar la ropa que está en el cuarto de la calle... y me quedé dormida.

—Esta noche todas duermen aquí. Me parece que alguna no dormirá mañana en mi casa. Rosario, puedes retirarte.

La señora y el canónigo comprendieron que había que actuar rápido y con energía. Así que empezaron enseguida a investigar. Usaron con muchísima habilidad preguntas, amenazas, ruegos y promesas para descubrir la verdad. La criada anciana no tenía ni sombra de culpa. Pero Librada, entre lloros y suspiros, confesó todas sus picardías. Las resumimos así:

Poco después de alojarse en la casa, el señor Pinzón empezó a coquetear con la señorita Rosario. Según dice Librada, le dio dinero a ella para que llevara sus mensajes y sus cartitas de amor. La señorita no se enfadó. Al contrario, se puso contenta, y así pasaron algunos días. Por último, la criada declara lo de aquella noche. Rosario y el señor Pinzón habían quedado en verse y hablar en la ventana del cuarto de él, que da a la huerta. Le contaron su plan a la criada. Ella ofreció ayudarles a cambio de una cantidad de dinero, que le dieron en ese momento. Habían acordado lo siguiente. Pinzón saldría de la casa a la hora de siempre. Volvería en secreto a las nueve y entraría en su cuarto. Más tarde saldría del cuarto y de la casa, también en secreto. Y después volvería sin esconderse, a la hora tardía de siempre. Así nadie podría sospechar de él. Librada esperó a Pinzón. Él entró muy envuelto en su capote, sin decir una palabra. Se metió en su cuarto justo cuando la señorita bajaba a la huerta. Librada no vio la entrevista. Mientras duró, estuvo vigilando en la galería para avisar a Pinzón de cualquier peligro. Al cabo de una hora, él salió como había entrado: muy tapado con su capote y sin decir ni una palabra.

Cuando terminó la confesión, don Inocencio le preguntó a la pobre muchacha:

—¿Estás segura de que el que entró y salió era el señor Pinzón?

La acusada no contestó nada. Su cara mostraba una gran duda.

La señora se puso verde de rabia.

—¿Tú le viste la cara?

—¿Pero quién podía ser, si no era él? —contestó la criada—. Yo estoy segura de que era él. Fue derecho a su cuarto... Conocía muy bien el camino.

—Es raro —dijo el canónigo—. Vivía en la casa, así que no necesitaba esconderse tanto... Podía haber dicho que estaba enfermo y quedarse... ¿No es verdad, señora?

—Librada —exclamó ella, llena de rabia—, te juro por Dios que irás a la cárcel.

Después cruzó las manos. Se clavó los dedos de una mano en la otra con tanta fuerza que casi se hizo sangre.

—Señor don Inocencio —exclamó—. Muramos... No hay más remedio que morir.

Y luego se echó a llorar sin consuelo.

—Valor, señora mía —dijo el clérigo con voz emocionada—. Mucho valor... Ahora hay que tener un valor muy grande. Esto pide calma y un gran corazón.

—El mío es inmenso —dijo la señora de Polentinos entre sollozos.

—El mío es pequeñito... —dijo el canónigo—. Pero ya veremos.

### Glosario

- **canónigo**: sacerdote que forma parte del grupo de clérigos de una catedral.
- **Penitenciario**: canónigo de la catedral que confiesa a los fieles.
- **el brazo derecho**: la persona de más confianza, la que más ayuda a otra.
- **más muerta que viva**: muy asustada.
- **galería**: pasillo largo de una casa.
- **coquetear**: intentar enamorar a alguien con miradas, palabras o gestos.
- **capote**: capa con mangas que usan los militares.
- **la acusada**: la persona a la que se acusa de algo.

## XXIV. La confesión

Mientras tanto, Rosario estaba en su cuarto. Era muy tarde, en mitad de la noche. Tenía el corazón hecho pedazos. No podía llorar, ni tener calma ni tranquilidad. Un dolor inmenso la atravesaba como un acero frío. Su mente corría deprisa del mundo a Dios y de Dios al mundo. Estaba aturdida y medio loca. Estaba de rodillas, con las manos cruzadas y los pies descalzos sobre el suelo. Apoyaba la sien, que le ardía, en el borde de la cama. Estaba a oscuras, sola y en silencio. Tenía cuidado de no hacer el menor ruido. No quería llamar la atención de su mamá, que dormía, o fingía dormir, en la habitación de al lado. Levantó al cielo su pensamiento exaltado, de esta manera:

—Señor, Dios mío, ¿por qué antes no sabía mentir y ahora sé? ¿Por qué antes no sabía fingir y ahora finjo? ¿Soy una mujer infame?... Lo que siento, lo que me pasa, es la caída de las que no vuelven a levantarse. ¿He dejado de ser buena y honrada?... No me reconozco. ¿Soy yo misma, o es otra la que está en este sitio?... ¡Cuántas cosas terribles en tan pocos días! ¡Cuántos sentimientos distintos! ¡Mi corazón está gastado de tanto sentir!... Señor, Dios mío, ¿oyes mi voz? ¿O estoy condenada a rezar siempre sin que nadie me oiga?... Yo soy buena. Nadie me convencerá de que no soy buena. Amar, amar muchísimo, ¿es acaso una maldad?... Pero no... Esto no es una ilusión ni un engaño. Soy más mala que las peores mujeres de la tierra. Dentro de mí hay una gran culebra que me muerde y me envenena el corazón... ¿Qué es esto que siento? ¿Por qué no me matas, Dios mío? ¿Por qué no me hundes para siempre en el Infierno?... Es horrible, pero lo confieso. Lo confieso a solas a Dios, que me oye, y lo confesaré ante el sacerdote. Aborrezco a mi madre. ¿Cómo puede ser? No me lo puedo explicar. Él no me ha dicho ni una palabra contra mi madre. Yo no sé cómo ha llegado esto... ¡Qué mala soy! Los demonios se han apoderado de mí. Señor, ven a ayudarme, porque no puedo vencerme con mis propias fuerzas... Un impulso terrible me echa de esta casa. Quiero huir, quiero correr lejos de aquí. Si él no me lleva, me iré detrás de él, arrastrándome por los caminos... ¿Qué alegría divina es esta que se mezcla en mi pecho con una pena tan amarga?... Señor, Dios, padre mío, ilumíname. Solo quiero amar. Yo no nací para este odio que me está devorando. Yo no nací para fingir, ni para mentir, ni para engañar. Mañana saldré a la calle y gritaré en medio de ella. A todo el que pase le diré: *amo, aborrezco*... Así se desahogará mi corazón... ¡Qué felicidad sería poder unirlo todo, amar y respetar a todo el mundo! Que la Virgen Santísima me ayude... Otra vez la idea terrible. No lo quiero pensar, y lo pienso. No lo quiero sentir, y lo siento. ¡Ah! No puedo engañarme en esto. No puedo destruirlo ni hacerlo más pequeño... Pero puedo confesarlo, y lo confieso. Te lo digo: ¡Señor, aborrezco a mi madre!

Por fin se quedó adormecida. En su sueño inquieto, la imaginación le repetía todo lo que había hecho aquella noche. Lo deformaba, pero sin cambiarlo en lo esencial. Oía el reloj de la catedral, que daba las nueve. Veía con alegría a la criada anciana, que dormía con un sueño tranquilo y feliz. Y salía del cuarto muy despacito, para no hacer ruido. Bajaba la escalera con suavidad. No movía un pie hasta estar segura de que no haría el más pequeño ruido. Salía a la huerta. Para llegar allí daba una vuelta por el cuarto de las criadas y por la cocina. En la huerta se detenía un momento a mirar el cielo. Estaba negro y lleno de estrellas. El viento callaba. Ningún aire rompía la profunda calma de la noche. En ella parecía haber una atención fija y silenciosa. Era como si unos ojos miraran sin parpadear. Como si unos oídos esperaran algo muy importante... La noche observaba.

Después se acercaba a la puerta de cristal del comedor. Miraba con cuidado, desde cierta distancia, con miedo de que la vieran los de dentro. A la luz de la lámpara del comedor veía a su madre de espaldas. El Penitenciario estaba a la derecha. Su perfil se deformaba de un modo extraño. Le crecía la nariz, y se parecía al pico de un ave imposible. Toda su figura se convertía en una sombra recortada, negra y espesa, con ángulos aquí y allá. Era una sombra ridícula, seca y delgada. Enfrente estaba Caballuco, que parecía más un dragón que un hombre. Rosario veía sus ojos verdes como dos grandes linternas de cristales curvos. Aquel brillo y la enorme figura del animal le daban miedo. El tío Licurgo y los otros tres le parecían figuritas grotescas. Ella había visto en alguna parte aquella risa estúpida, aquellas caras toscas y aquella mirada tonta. Seguramente en los muñecos de barro de las ferias. El dragón movía los brazos. Pero en vez de hacer gestos, daban vueltas como las aspas de un molino. Y movía de un lado a otro sus globos verdes, tan parecidos a las grandes lámparas de una farmacia. Su mirada cegaba... La conversación parecía interesante. El Penitenciario agitaba las alas. Era un pajarito presumido que quería volar y no podía. Su pico se alargaba y se retorcía. Se le erizaban las plumas, como si estuviera furioso. Después se recogía, se calmaba y escondía la cabeza pelada debajo del ala. Luego las figuritas de barro se movían, porque querían ser personas. Y Frasquito González se empeñaba en parecer un hombre.

Rosario sentía un terror que no podía explicar delante de aquella reunión de amigos. Se alejaba de la puerta de cristal y seguía adelante paso a paso. Miraba a todos lados para ver si alguien la observaba. No veía a nadie, pero creía que un millón de ojos la miraban... Pero de repente desaparecían sus miedos y su vergüenza. En la ventana del cuarto donde vivía el señor Pinzón aparecía un hombre azul. En su cuerpo brillaban los botones como hileras de lucecitas. Ella se acercaba. En ese mismo instante sentía que unos brazos con galones la levantaban como una pluma. La metían con un movimiento rápido dentro de la habitación. Todo cambiaba. De repente sonó un estallido, un golpe seco que hizo temblar la casa hasta los cimientos. Ninguno de los dos supo la causa de aquel ruido. Temblaban y callaban.

Era el momento en que el dragón había roto la mesa del comedor.

### Glosario

- **aborrecer**: odiar, sentir un rechazo muy fuerte por alguien.
- **infame**: muy mala, sin honra.
- **desahogarse**: sacar fuera un sentimiento fuerte, contándolo o gritándolo.
- **dragón**: animal de los cuentos, enorme, como una serpiente con patas y alas.
- **grotesco**: feo y ridículo, que da risa o un poco de miedo.
- **aspas de molino**: brazos grandes que dan vueltas en un molino de viento.
- **galones**: cintas doradas o de color en el uniforme de los militares que muestran su grado.
- **cimientos**: parte de abajo de un edificio, bajo la tierra, que lo sostiene.

## XXV. Sucesos imprevistos. Pasajero desconcierto

La escena cambia. Ved una habitación hermosa, clara, humilde, alegre, cómoda y sorprendentemente limpia. Una fina estera de junco cubre el suelo. Las paredes blancas están adornadas con bonitas estampas de santos y algunas esculturas de dudoso valor artístico. La vieja caoba de los muebles brilla, porque la frotan y la lustran todos los sábados. Hay un altar con una Virgen muy adornada, vestida de azul y plata. Allí recibe el culto de la casa. El altar está cubierto de mil chucherías graciosas, mitad religiosas, mitad no. Hay además cuadritos hechos con cuentas de colores, pilas de agua bendita y una relojera con un *Agnus Dei*. Hay también una palma rizada del Domingo de Ramos y bastantes floreros con flores de trapo, que no huelen a nada. Un enorme estante de roble guarda una biblioteca rica y bien escogida. Allí está Horacio, el epicúreo, el amante de los placeres. A su lado está el tierno Virgilio. En sus versos se ve latir y derretirse el corazón de Dido, ardiendo de amor. Está Ovidio, el narigudo, tan sublime como obsceno y adulador. Junto a él, Marcial, el pícaro de lengua suelta y frases ingeniosas. Está Tibulo, el apasionado, con Cicerón, el grande. Está el serio Tito Livio con el terrible Tácito, verdugo de los Césares. Está Lucrecio, el panteísta. Y Juvenal, que con la pluma arrancaba la piel. Está Plauto, que inventó las mejores comedias de la antigüedad mientras daba vueltas a la rueda de un molino. Está Séneca, el filósofo, del que se dijo que el mejor acto de su vida fue su muerte. Está Quintiliano, el maestro de retórica. Y Salustio, el pícaro, que habla tan bien de la virtud. Están los dos Plinios, Suetonio y Varrón. En una palabra, todas las letras latinas. Desde su primera palabra, con Livio Andronico, hasta su último suspiro, con Rutilio.

Pero mientras hacíamos esta lista inútil, aunque rápida, no hemos visto que dos mujeres han entrado en el cuarto. Es muy temprano, pero en Orbajosa la gente madruga mucho. Los pajaritos cantan con todas sus fuerzas en sus jaulas. Las campanas de las iglesias tocan a misa. Y las cabras hacen sonar sus alegres cencerros mientras van a las puertas de las casas para que las ordeñen.

Las dos señoras que vemos en esta habitación vienen de oír misa. Van vestidas de negro. Cada una lleva en la mano derecha su librito de oraciones, y el rosario enrollado en los dedos.

—Tu tío ya no puede tardar —dijo una de ellas—. Le dejamos empezando la misa. Pero él la dice deprisa, y a estas horas estará en la sacristía quitándose la casulla. Yo me habría quedado a oír su misa, pero hoy es un día de mucho trabajo para mí.

—Yo hoy solo he oído la del señor magistral —dijo la otra—. El señor magistral las dice en un suspiro. Y creo que no me ha servido de nada, porque estaba muy preocupada. No podía apartar la cabeza de estas cosas terribles que nos pasan.

—¡Qué le vamos a hacer!... Hay que tener paciencia... Veremos qué nos aconseja tu tío.

—¡Ay! —exclamó la segunda, con un suspiro hondo y triste—. Yo tengo la sangre ardiendo.

—Dios nos protegerá.

—¡Y pensar que una persona como usted, una señora como usted, está amenazada por un...! Y él sigue en sus trece... Anoche, señora doña Perfecta, hice lo que usted me mandó. Volví a la posada de la viuda del Cuzco y pedí más información. El don Pepito y el brigadier Batalla están siempre juntos, hablando en secreto... ¡Ay, Jesús, Dios y Señor mío!... Hablan de sus planes infernales y se beben botellas y botellas de vino. Son dos perdidos, dos borrachos. Seguro que están pensando alguna maldad muy grande. Como me preocupo tanto por usted, anoche, cuando estaba en la posada, vi salir a don Pepito y le seguí...

—¿Y adónde fue?

—Al Casino, sí, señora, al Casino —contestó la otra, un poco nerviosa—. Después volvió a su casa. ¡Ay, cuánto me regañó mi tío por haberme quedado hasta tan tarde espiando!... Pero no lo puedo evitar... ¡Jesús divino, protégeme! No lo puedo evitar. Veo a una persona como usted en tanto peligro, y me vuelvo loca... Nada, nada, señora. Estoy viendo que cualquier día esos tunantes asaltan la casa y se nos llevan a Rosarito...

Doña Perfecta, porque era ella, se quedó mirando al suelo y pensó durante mucho rato. Estaba pálida y tenía la frente arrugada. Por fin exclamó:

—Pues no veo cómo impedirlo.

—Yo sí lo veo —dijo rápidamente la otra.

Era la sobrina del Penitenciario y madre de Jacinto.

—Veo un medio muy sencillo. Es el que ya le he dicho a usted, y no le gusta. ¡Ah, señora mía, usted es demasiado buena! En momentos como este conviene ser un poco menos perfecta... y dejar a un ladito los escrúpulos. ¿Qué pasa? ¿Se va a ofender Dios por eso?

—María Remedios —dijo la señora con orgullo—, no digas disparates.

—¡Disparates!... Usted, con toda su sabiduría, no podrá poner las peras a cuarto al sobrinejo. ¿Hay algo más sencillo que lo que yo propongo? Ahora no hay justicia que nos proteja. Pues hagamos nosotros la gran justicia. ¿No hay en su casa hombres que sirvan para cualquier cosa? Pues se les llama y se les dice: «Mira, Caballuco, Pasolargo o quien sea: esta misma noche te tapas bien, para que nadie te conozca. Te llevas a un amiguito de confianza y te pones detrás de la esquina de la calle de Santa Faz. Esperáis un rato. Don José Rey pasará por la calle de la Tripería para ir al Casino, porque seguro que irá al Casino. ¿Lo entendéis bien? Cuando pase, le salís al encuentro y le dais un susto»...

—María Remedios, no seas tonta —dijo la señora con una dignidad de maestra.

—Nada más que un susto, señora. Escuche bien lo que digo: un susto. ¿Qué pasa? ¿Iba yo a aconsejar un crimen?... ¡Jesús, Padre y Redentor mío! Solo la idea me llena de horror. Me parece ver señales de sangre y de fuego delante de mis ojos. Nada de eso, señora mía... Un susto, y nada más que un susto. Así ese sinvergüenza comprenderá que estamos bien defendidas. Él va solo al Casino, señora, completamente solo. Allí se junta con sus amigotes, los del sable y el gorrito militar. Imagínese usted que recibe el susto. Y que además se le rompen algunos huesos, sin heridas graves, claro... Pues entonces, o se acobarda y se va de Orbajosa, o tiene que meterse en la cama quince días. Eso sí, hay que decirles que el susto sea bueno. Nada de matar... Cuidadito con eso. Pero hay que pegar fuerte.

—María —dijo doña Perfecta con orgullo—, tú no eres capaz de una idea elevada, de una decisión grande y salvadora. Eso que me aconsejas es una bajeza cobarde.

—Bueno, pues me callo... ¡Ay de mí, qué tonta soy! —exclamó con humildad la sobrina del Penitenciario—. Me guardaré mis tonterías para consolarla a usted cuando haya perdido a su hija.

—¡Mi hija!... ¡Perder a mi hija!... —exclamó la señora, con un ataque repentino de rabia—. Solo con oírlo me vuelvo loca. No, no me la quitarán. Si Rosario no aborrece a ese perdido, como yo quiero, le aborrecerá. Para algo sirve la autoridad de una madre... Le arrancaremos esa pasión, mejor dicho, ese capricho. Se lo arrancaremos como se arranca una hierba tierna que todavía no ha echado raíces... No, esto no puede ser, Remedios. ¡Pase lo que pase, no será! A ese loco no le servirán ni los medios más infames. Antes que verla esposa de mi sobrino, acepto cuanto de malo pueda pasarle, incluso la muerte.

—Antes muerta, antes enterrada y comida por los gusanos —dijo Remedios. Cruzaba las manos como quien reza una oración—. Antes eso que verla en manos de... ¡Ay, señora! No se ofenda usted si le digo una cosa. Sería una gran debilidad ceder porque Rosarito haya tenido algunas entrevistas secretas con ese atrevido. Mi tío me contó lo de anteanoche. Y a mí me parece una trampa infame de don José. Quiere conseguir lo que busca por medio del escándalo. Muchos hacen eso... ¡Ay, Jesús divino! No sé cómo hay mujeres que miran a la cara a un hombre que no sea sacerdote.

—Calla, calla —dijo doña Perfecta con fuerza—. No me hables de lo de anteanoche. ¡Qué cosa tan horrible! María Remedios... comprendo que la ira puede perder un alma para siempre. Estoy ardiendo por dentro... ¡Pobre de mí, que veo estas cosas y no soy hombre!... Pero, si digo la verdad, sobre lo de anteanoche todavía tengo mis dudas. Librada jura y perjura que fue Pinzón el que entró. ¡Mi hija lo niega todo, y mi hija nunca ha mentido!... Yo sigo con mi sospecha. Creo que Pinzón es un bribón que ha tapado a otro. Pero nada más...

—Volvemos a lo de siempre: el culpable de todos los males es el dichoso matemático... ¡Ay! No me engañó el corazón cuando le vi por primera vez... Pues, señora mía, prepárese usted para ver algo todavía más terrible. A no ser que se decida a llamar a Caballuco y decirle: «Caballuco, espero que»...

—Otra vez lo mismo. Pero tú eres simple...

—¡Oh! Ya sé que soy muy simplona. Pero si no me da para más, ¿qué puedo hacer? Digo lo que se me ocurre, sin sabidurías.

—Lo que tú imaginas, esa tontería vulgar de la paliza y del susto, se le ocurre a cualquiera. Tú no tienes dos dedos de frente, Remedios. Cuando quieres resolver un problema grave, sales con esas tonterías. Yo imagino un recurso más digno de personas nobles y bien nacidas. ¡Apalear! ¡Qué estupidez! Además, no quiero que mi sobrino reciba ni un arañazo por orden mía. Eso, de ninguna manera. Dios le enviará su castigo por cualquiera de los caminos admirables que Él sabe elegir. Nosotros solo tenemos que trabajar para que los planes de Dios no encuentren obstáculos. En estos asuntos, María Remedios, hay que ir directamente a las causas de las cosas. Pero tú no entiendes de causas... Tú solo ves pequeñeces.

—Será así —dijo con humildad la sobrina del cura—. ¿Para qué me haría Dios tan tonta, que no entiendo nada de esas cosas tan altas?

—Hay que ir al fondo, al fondo, Remedios. ¿Tampoco lo entiendes ahora?

—Tampoco.

—Mi sobrino no es mi sobrino, mujer. Es la blasfemia, el sacrilegio, el ateísmo, la demagogia... ¿Sabes lo que es la demagogia?

—Algo de esa gente que quemó París con petróleo. Y de los que derriban las iglesias y fusilan las imágenes... Hasta ahí vamos bien.

—Pues mi sobrino es todo eso... ¡Ah, si él estuviera solo en Orbajosa!... Pero no, hija mía. Han pasado una serie de desgracias. Son pruebas de los males pasajeros que Dios permite a veces para castigarnos. Y por eso mi sobrino vale tanto como un ejército. Vale tanto como la autoridad del Gobierno, como el alcalde, como el juez. Mi sobrino no es mi sobrino. Es la nación oficial, Remedios. Es esa segunda nación, la de los perdidos que gobiernan en Madrid. Esa nación se ha hecho dueña de la fuerza material. Es una nación de apariencia, porque la nación real es la que calla, paga y sufre. Es una nación falsa. Firma los decretos y pronuncia discursos. Hace una comedia de gobierno, una comedia de autoridad y una comedia de todo. Eso es hoy mi sobrino. Tienes que acostumbrarte a ver lo de dentro de las cosas. Mi sobrino es el Gobierno, el brigadier, el alcalde nuevo, el juez nuevo. Porque todos le apoyan, ya que todos tienen las mismas ideas. Porque son uña y carne, lobos de la misma manada... Entiéndelo bien. Hay que defenderse de todos ellos, porque todos son uno, y uno es todos. Hay que atacarlos a todos juntos. Y no con palizas al volver una esquina. Hay que atacarlos como nuestros abuelos atacaban a los moros. ¡A los moros, Remedios!... Hija mía, entiende bien esto. Abre tu mente y deja entrar en ella una idea que no sea vulgar... Sube alto. Piensa en alto, Remedios...

La sobrina de don Inocencio estaba asombrada ante tanta grandeza. Abrió la boca para decir algo a la altura de un pensamiento tan maravilloso. Pero solo le salió un suspiro.

—Como a los moros —repitió doña Perfecta—. Es cuestión de moros y cristianos. ¡Y tú creías que todo se acababa con asustar a mi sobrino!... ¡Qué tonta eres! ¿No ves que le apoyan sus amigos? ¿No ves que estamos en manos de esa canalla? ¿No ves que cualquier tenientillo es capaz de quemar mi casa si se le antoja?... ¿Pero tú no llegas a entender esto? ¿No comprendes que hay que ir al fondo? ¿No comprendes la inmensa grandeza de mi enemigo, lo terriblemente extenso que es? No es un hombre: es una secta... ¿No comprendes que mi sobrino, tal como está hoy frente a mí, no es una desgracia, sino una plaga?... Contra ella, querida Remedios, tendremos aquí un batallón de Dios. Y ese batallón destruirá a la milicia infernal de Madrid. Te digo que esto va a ser grande y glorioso...

—Si por fin fuera así...

—¿Pero tú lo dudas? Hoy vamos a ver aquí cosas terribles... —dijo la señora con mucha impaciencia—. Hoy, hoy. ¿Qué hora es? Las siete. ¡Tan tarde y no pasa nada!...

—Quizás sepa algo mi tío. Ya está aquí. Le oigo subir la escalera.

—Gracias a Dios... —dijo doña Perfecta, y se levantó para salir a recibir al Penitenciario—. Él nos dirá algo bueno.

Don Inocencio entró con prisa. Tenía la cara cambiada. Se notaba que aquella alma, dedicada a la piedad y a los estudios latinos, no estaba tan tranquila como siempre.

—Malas noticias —dijo.

Dejó el sombrero sobre una silla y desató los cordones del manteo.

Doña Perfecta se puso pálida.

—Están deteniendo a gente —añadió don Inocencio.

Bajó la voz, como si debajo de cada silla hubiera un soldado.

—Sin duda sospechan que los de aquí no les aguantarían sus pesadas bromas. Y han ido de casa en casa, cogiendo a todos los que tenían fama de valientes...

La señora se dejó caer en un sillón. Apretó con fuerza los dedos contra la madera de los brazos del mueble.

—Falta saber si se han dejado detener —dijo Remedios.

—Muchos de ellos... pero muchos —dijo don Inocencio a la señora, con grandes gestos— han tenido tiempo de huir. Se han ido con armas y caballos a Villahorrenda.

—¿Y Ramos?

—En la catedral me dijeron que es al que buscan con más empeño... ¡Oh, Dios mío! ¡Detener así a unos pobres que todavía no han hecho nada!... Vamos, no sé cómo tienen paciencia los buenos españoles. Señora mía, doña Perfecta: contando esto de las detenciones, me he olvidado de decirle a usted una cosa. Debe irse a su casa ahora mismo.

—Sí, ahora mismo... ¿Registrarán mi casa esos bandidos?

—Quizás. Señora, estamos en un día nefasto —dijo don Inocencio con voz solemne y emocionada—. ¡Que Dios tenga piedad de nosotros!

—En mi casa tengo media docena de hombres muy bien armados —contestó la señora, muy alterada—. ¡Qué injusticia! ¿Serán capaces de querer llevárselos también?...

—Seguro que el señor Pinzón no se ha olvidado de denunciarlos. Señora, repito que estamos en un día nefasto. Pero Dios protegerá la inocencia.

—Me voy. No deje usted de pasar por allí.

—Señora, iré en cuanto termine la clase... Aunque me imagino que, con la alarma que hay en el pueblo, todos los chicos harán novillos hoy. Pero haya clase o no, iré después por allí... No quiero que salga usted sola, señora. Andan por las calles esos soldados holgazanes con unos aires... ¡Jacinto, Jacinto!

—No es necesario. Me iré sola.

—Que vaya Jacinto —dijo la madre del joven—. Ya debe de estar levantado.

Se oyeron los pasos rápidos del doctorcillo, que bajaba a toda prisa la escalera del piso de arriba. Traía la cara roja y le faltaba el aliento.

—¿Qué pasa? —le preguntó su tío.

—En casa de las Troyas —dijo el jovencito—, en casa de esas... pues...

—Termina de una vez.

—Está Caballuco.

—¿Allá arriba?... ¿En casa de las Troyas?

—Sí, señor... Me ha hablado desde el terrado. Me ha dicho que tiene miedo de que lo cojan allí.

—¡Oh, qué bestia!... Ese tonto se va a dejar detener —exclamó doña Perfecta, golpeando el suelo con el pie, inquieta.

—Quiere bajar aquí y que le escondamos en casa.

—¿Aquí?

El canónigo y su sobrina se miraron.

—¡Que baje! —dijo doña Perfecta con fuerza.

—¿Aquí? —repitió don Inocencio, y puso cara de mal humor.

—Aquí —contestó la señora—. No conozco una casa donde pueda estar más seguro.

—Puede saltar fácilmente por la ventana de mi cuarto —dijo Jacinto.

—Pues si es necesario...

—María Remedios —dijo la señora—. Si nos cogen a este hombre, todo está perdido.

—Seré tonta y simple —contestó la sobrina del canónigo. Se puso la mano en el pecho y ahogó el suspiro que, sin duda, iba a salir—. Pero no le cogerán.

La señora salió rápidamente. Poco después, el Centauro se acomodaba en la butaca donde el señor don Inocencio solía sentarse a escribir sus sermones.

No sabemos cómo se enteró el brigadier Batalla. Pero es seguro que este militar tan activo sabía que los orbajosenses habían cambiado de intenciones. Por eso, la mañana de aquel día ordenó detener a los *caracterizados*, como solemos llamarlos en nuestra rica lengua de rebeliones. El gran Caballuco se salvó por milagro, porque se refugió en casa de las Troyas. Pero allí no se sentía seguro. Por eso bajó, como se ha visto, a la casa santa y nada sospechosa del buen canónigo.

Por la noche, la tropa estaba colocada en varios puntos del pueblo. Vigilaba con muchísimo cuidado a todos los que entraban y salían. Pero Ramos consiguió escaparse. Quizás engañó a los militares, o quizás no tuvo que engañarlos. Esto acabó de encender los ánimos. Mucha gente se unía en secreto en los caseríos cerca de Villahorrenda. Se reunían de noche y se separaban de día. Así preparaban el difícil asunto del levantamiento. Ramos recorrió los alrededores, buscando hombres y armas. Las columnas de soldados andaban detrás de los Aceros, por las tierras de Villajuán de Nahara. Por eso nuestro héroe caballeresco avanzó mucho en poco tiempo.

Por las noches se atrevía, con muchísima audacia, a entrar en Orbajosa. Usaba trucos, o tal vez sobornos. Su popularidad y la protección que tenía dentro del pueblo le servían hasta cierto punto de defensa. Y no es arriesgado decir que la tropa no era tan dura con aquel valiente campeón como con los hombres sin importancia del lugar. En España, y sobre todo en tiempo de guerra, se ven a menudo esas tolerancias infames con los grandes. Y las guerras aquí siempre corrompen la moral. En cambio, a los pequeños se les persigue sin piedad. Así que Caballuco, gracias a su audacia, al soborno o a no sabemos qué, entraba en Orbajosa. Reclutaba más gente, reunía armas y juntaba dinero. No pisaba su casa. Quizás lo hacía por su seguridad, o quizás para guardar las apariencias. Apenas entraba en casa de doña Perfecta, y solo para tratar asuntos importantes. Solía cenar en casa de un amigo o de otro. Siempre prefería la respetada casa de algún sacerdote, y sobre todo la de don Inocencio. Allí había encontrado refugio en la triste mañana de las detenciones.

Mientras tanto, Batalla había enviado un telegrama al Gobierno. Decía que se había descubierto una conspiración de facciosos. Sus autores estaban presos. Los pocos que habían conseguido escapar andaban dispersos y huidos, *activamente perseguidos por nuestras columnas*.

### Glosario

- **Agnus Dei**: en latín, «Cordero de Dios»; aquí, una pequeña imagen religiosa de cera.
- **epicúreo**: persona que busca sobre todo los placeres de la vida.
- **casulla**: vestido que se pone el sacerdote encima de todo para decir misa.
- **magistral**: canónigo que predica en la catedral.
- **seguir en sus trece**: no cambiar de idea, insistir en algo.
- **poner las peras a cuarto**: castigar a alguien o decirle claramente lo que merece.
- **susto**: aquí, ataque por sorpresa para dar miedo y golpes.
- **demagogia**: aquí, para doña Perfecta, la revolución y el desorden contra la religión.
- **nefasto**: muy malo, que trae desgracias.
- **hacer novillos**: no ir a clase sin permiso.
- **terrado**: techo plano de una casa por donde se puede andar.
- **caracterizados**: aquí, los hombres más conocidos y peligrosos de una rebelión.

## XXVI. María Remedios

No hay nada más entretenido que buscar el origen de los sucesos interesantes que nos asombran o nos inquietan. Y no hay nada más agradable que encontrarlo. A veces vemos pasiones violentas que luchan, en secreto o abiertamente. Entonces nos lleva un impulso natural de toda observación humana: queremos buscar las causas. Y cuando por fin descubrimos la fuente escondida de donde vienen las aguas de ese río revuelto, sentimos algo muy parecido a la alegría de los geógrafos y de los exploradores de tierras.

Dios nos ha dado ahora esa alegría. Hemos explorado los rincones escondidos de los corazones que laten en esta historia. Y hemos descubierto un hecho que, seguramente, es el origen de los hechos más importantes que hemos contado. Es una pasión. Es la primera gota de agua de esta corriente agitada que estamos observando.

Sigamos, pues, la historia. Para eso, dejemos a la señora de Polentinos. No nos ocuparemos de lo que pudo pasarle en la mañana de su conversación con María Remedios. Entra muy inquieta en su casa. Allí tiene que aguantar las disculpas y las cortesías del señor Pinzón. Él le asegura que, mientras él viva, nadie registrará la casa de la señora. Doña Perfecta le contesta con orgullo, sin dignarse mirarle. Por eso él le pide, con educación, que le explique ese desprecio. Ella le contesta pidiéndole que se vaya de su casa. Y añade que, a su debido tiempo, contará su conducta traidora dentro de ella. Llega don Cayetano, y se cruzan palabras de caballero a caballero. Pero ahora nos interesa más otro asunto. Así que dejemos a los Polentinos y al teniente coronel que se arreglen como puedan. Y pasemos a examinar esa fuente de la que hablábamos antes.

Fijémonos en María Remedios, una mujer apreciable. Es urgente dedicarle algunas líneas. Era una señora, una verdadera señora. Su origen era muy humilde. Pero las virtudes de su tío, el señor don Inocencio, habían dado un brillo extraordinario a toda la familia. Él también era de origen humilde. Pero el sacerdocio, su saber y el respeto que todos le tenían le habían elevado mucho.

El amor de Remedios por Jacinto era una de las pasiones más fuertes que pueden caber en el corazón de una madre. Le amaba con locura. Ponía el bienestar de su hijo por encima de todas las cosas humanas. Le creía el modelo más perfecto de belleza y de talento que Dios había creado. Para verle feliz, grande y poderoso, habría dado todos los días de su vida. Y hasta una parte de la gloria eterna. El sentimiento de madre es el único que, por ser tan santo y tan noble, admite la exageración. Es el único que no se estropea con la locura. Sin embargo, ocurre un fenómeno extraño, aunque bastante común en la vida. A veces este amor exaltado de madre no va unido a un corazón totalmente puro y a una honradez perfecta. Entonces suele perder el camino y convertirse en una locura triste. Y puede causar grandes faltas y catástrofes, como cualquier otra pasión desbordada.

En Orbajosa, todos tenían a María Remedios por un modelo de virtud y de sobrinas. Quizás lo era de verdad. Ayudaba con cariño a todos los que la necesitaban. Nunca dio motivo a chismes ni a malas murmuraciones. Nunca se metió en intrigas. Era piadosa, aunque a veces llegaba a una beatería exagerada que molestaba. Practicaba la caridad. Gobernaba la casa de su tío con muchísima habilidad. En todas partes la recibían bien, la admiraban y la obsequiaban. Y eso a pesar de su costumbre de suspirar siempre y de hablar con tono de queja, que agobiaba muchísimo a los demás.

Pero en casa de doña Perfecta, aquella excelente señora sufría una especie de *capitis diminutio*. En tiempos muy lejanos y muy tristes para la familia del buen Penitenciario, María Remedios había sido lavandera en la casa de Polentinos. Si es verdad, ¿por qué no se va a decir? Y no se crea por esto que doña Perfecta la miraba con orgullo. Nada de eso. La trataba sin soberbia. Sentía por ella un cariño de verdadera hermana. Comían juntas y rezaban juntas. Se contaban sus penas. Se ayudaban la una a la otra en sus caridades y en sus devociones, y también en los asuntos de la casa... ¡Pero hay que decirlo! Siempre había algo. Siempre había una raya invisible, pero imposible de cruzar, entre la señora nueva y la señora de siempre. Doña Perfecta tuteaba a María. Pero María nunca pudo dejar de usar ciertas fórmulas de respeto. La sobrina de don Inocencio se sentía tan pequeña delante de la amiga de su tío que su humildad natural tomaba un extraño color de tristeza. Veía que el buen canónigo era en la casa una especie de consejero fijo, como los de los reyes. Veía a su adorado Jacintillo tratar a la señorita con una confianza casi de novios. Y, sin embargo, la pobre madre y sobrina iba a aquella casa lo menos posible. Hay que decir que María Remedios perdía bastante de su categoría de señora en casa de doña Perfecta. Y eso no le gustaba. Porque también en aquel espíritu suspirón había un poco de orgullo, como en todo lo que vive... ¡Ver a su hijo casado con Rosarito! ¡Verle rico y poderoso! ¡Verle de la familia de doña Perfecta, de la señora!... ¡Ay! Esto era para María Remedios la tierra y el cielo. Era esta vida y la otra, el presente y el más allá. Era el todo de su existencia. Desde hacía años, su pensamiento y su corazón se llenaban de aquella dulce luz de esperanza. Por esto era buena y mala. Por esto era religiosa y humilde, o terrible y atrevida. Por esto era todo lo que se puede ser. Porque sin esa idea, María no existiría: ella era su proyecto hecho persona.

Físicamente, María Remedios no podía ser más insignificante. Lo único que destacaba en ella era una frescura sorprendente. Parecía tener menos años de los que tenía. Siempre iba vestida de luto, aunque era viuda desde hacía muchísimo tiempo.

Habían pasado cinco días desde que Caballuco entró en casa del señor Penitenciario. Empezaba la noche. Remedios entró con la lámpara encendida en el cuarto de su tío. La dejó sobre la mesa y se sentó frente al anciano. Él estaba sentado en su sillón desde media tarde, quieto y pensativo, como si lo hubieran clavado allí. Con los dedos se sujetaba la barbilla. Arrugaba la piel morena, que no se había afeitado en tres días.

—¿Caballuco dijo que vendría a cenar aquí esta noche? —preguntó a su sobrina.

—Sí, señor, vendrá. En estas casas respetables es donde el pobrecito está más seguro.

—Pues yo no estoy nada tranquilo, aunque mi casa sea respetable —contestó el Penitenciario—. ¡Cómo se arriesga el valiente Ramos!... Y me han dicho que en Villahorrenda y sus campos hay mucha gente... qué sé yo cuánta gente... ¿Qué has oído tú?

—Que la tropa está haciendo unas barbaridades...

—¡Es un milagro que esos salvajes no hayan registrado mi casa! Te juro que si veo entrar a uno de esos del pantalón rojo, me caigo sin habla.

—¡Pues sí que estamos bien! —dijo Remedios, y echó en un suspiro la mitad de su alma—. No puedo quitarme de la cabeza la angustia de la señora doña Perfecta... ¡Ay, tío! Debe usted ir allí.

—¿Allí, esta noche?... Andan las tropas por las calles. Imagínate que a algún soldadote se le antoja... La señora está bien defendida. El otro día registraron la casa y se llevaron a los seis hombres armados que tenía allí. Pero después se los devolvieron. Nosotros, en cambio, no tenemos a nadie que nos defienda si nos atacan.

—Yo he mandado a Jacinto a casa de la señora para que la acompañe un ratito. Si viene Caballuco, le diremos que pase también por allí... Nadie me quita de la cabeza que esos pillos preparan alguna gran maldad contra nuestra amiga. ¡Pobre señora, pobre Rosarito!... Y pensar que todo esto se podía haber evitado con lo que le propuse a doña Perfecta hace dos días...

—Querida sobrina —dijo el Penitenciario con calma—, hemos hecho todo lo humanamente posible para conseguir nuestro santo propósito... Ya no se puede hacer más. Hemos fracasado, Remedios. Convéncete de ello y no seas terca. Rosarito no puede ser la mujer de nuestro adorado Jacintillo. Tu sueño dorado, tu ideal feliz, nos pareció posible durante un tiempo. Yo, como buen tío, le dediqué todas las fuerzas de mi inteligencia. Pero ahora se ha convertido en una fantasía. Se ha deshecho como el humo. Ha habido obstáculos graves: la maldad de un hombre, la pasión segura de la niña y otras cosas que callo. Todo eso ha puesto las cosas al revés. Íbamos ganando, y de repente nos han vencido. ¡Ay, sobrina mía! Convéncete de una cosa. Hoy por hoy, Jacinto se merece mucho más que esa niña loca.

—Caprichos y tozudeces —contestó María con un disgusto bastante irrespetuoso—. ¡Vaya con lo que sale usted ahora, tío! Pues las grandes cabezas se están luciendo... Doña Perfecta, con sus ideas tan altas, y usted, con sus muchas vueltas, sirven para cualquier cosa. Es una lástima que Dios me haya hecho tan tonta. Me ha dado esta cabeza de ladrillo y cemento, como dice la señora. Porque, si no, yo resolvería el problema.

—¿Tú?

—Si ella y usted me hubieran dejado, ya estaría resuelto.

—¿Con los palos?

—No se asuste, ni abra tanto los ojos, porque no se trata de matar a nadie... ¡Vaya!

—Eso de los palos —dijo el canónigo, sonriendo— es como el rascar... Ya sabes.

—¡Bah!... Diga usted también que soy cruel y sanguinaria... No tengo valor ni para matar a un gusanito. Bien lo sabe usted... Ya se entiende que yo no iba a querer la muerte de un hombre.

—En resumen, hija mía, por más vueltas que le des, el señor don Pepe Rey se lleva a la niña. Ya no se puede evitar. Él está dispuesto a usar todos los medios, incluso la deshonra. Si la Rosarito... ¡Cómo nos engañaba con aquella carita tan seria y aquellos ojos de cielo!, ¿eh?... Si la Rosarito, digo, no le quisiera... Vamos... todo se podría arreglar. Pero, ¡ay!, le ama como el pecador ama al demonio. Está ardiendo en un fuego criminal. Cayó, sobrina mía, cayó en la trampa infernal del deseo. Seamos honrados y justos. Apartemos la vista de esa pareja indigna y no pensemos más ni en el uno ni en la otra.

—Usted no entiende de mujeres, tío —dijo Remedios, con una hipocresía aduladora—. Usted es un santo varón. Usted no comprende que lo de Rosarito no es más que un caprichillo de esos que pasan. De esos que se curan con un par de bofetadas en la boca o con media docena de azotes.

—Sobrina —dijo don Inocencio con tono grave y solemne—, cuando ha habido cosas mayores, los caprichillos no se llaman caprichillos, sino de otra manera.

—Tío, usted no sabe lo que dice —contestó la sobrina, y se le encendió la cara de repente—. ¿Pero qué? ¿Es usted capaz de pensar de Rosarito...? ¡Qué barbaridad! Yo la defiendo, sí, la defiendo... Es pura como un ángel... Vamos, tío, con esas cosas se me suben los colores a la cara y me pone usted furiosa.

Al decir esto, la cara del buen clérigo se cubría de una sombra de tristeza. Parecía que había envejecido diez años.

—Querida Remedios —añadió—, hemos hecho todo lo humanamente posible. Hemos hecho todo lo que se podía y se debía hacer en conciencia. Nada más natural que nuestro deseo de ver a Jacintillo unido a esa gran familia, la primera de Orbajosa. Nada más natural que nuestro deseo de verle dueño de todos los bienes de esa niña. Las siete casas del pueblo, la dehesa de Mundogrande, las tres huertas del cortijo de Arriba, la Encomienda... Y las demás fincas de la ciudad y del campo que tiene. Tu hijo vale mucho, bien lo saben todos. A Rosarito le gustaba él, y a él le gustaba Rosarito. Parecía cosa hecha. La misma señora no se entusiasmaba mucho, seguramente por nuestro origen. Pero parecía bien dispuesta. Porque me aprecia y me respeta mucho, como confesor y como amigo... Pero de repente se presenta ese joven desgraciado. La señora me dice que tiene un compromiso con su hermano. Y que no se atreve a rechazar la propuesta que él le hizo. ¡Problema grave! ¿Y qué hago yo ante esto? ¡Ay, tú no lo sabes bien! Te voy a ser franco. Si el señor de Rey hubiera sido un hombre de buenos principios, capaz de hacer feliz a Rosario, yo no me habría metido en el asunto. Pero ese joven me pareció una desgracia. Y como director espiritual de la casa, tuve que tomar cartas en el asunto. Y las tomé. Ya sabes que le puse la proa, como se dice. Descubrí sus vicios. Descubrí su ateísmo. Puse ante los ojos de todo el mundo la podredumbre de aquel corazón materialista. Y la señora se convenció de que entregaba a su hija al vicio... ¡Ay, cuánto trabajo me costó! La señora dudaba, y yo fortalecía su ánimo indeciso. Le aconsejaba los medios permitidos que debía usar contra el sobrinejo para alejarle sin escándalo. Le sugería ideas ingeniosas. Y ella me mostraba a menudo su conciencia pura, llena de miedos. Entonces yo la tranquilizaba. Le marcaba hasta qué punto eran lícitas las batallas que librábamos contra aquel enemigo feroz. Nunca aconsejé medios violentos ni sangrientos, ni barbaridades de mala clase. Solo trucos finos que no tenían pecado. Estoy tranquilo, querida sobrina. Pero tú sabes bien que he luchado, que he trabajado como un negro. ¡Ay! Por las noches volvía a casa y te decía: «Mariquilla, vamos bien, vamos muy bien». Y tú te volvías loca de alegría y me besabas las manos cien veces. Y decías que yo era el mejor hombre del mundo. ¿Por qué te pones furiosa ahora y cambias tu noble carácter y tu natural tranquilo? ¿Por qué me riñes? ¿Por qué dices que estás furiosa y, con buenas palabras, me llamas Juan Lanas?

—Porque usted —dijo la mujer, sin calmar su rabia— se ha acobardado de repente.

—Es que todo se nos pone en contra, mujer. El maldito ingeniero, con la ayuda de la tropa, está decidido a todo. La chiquilla le ama, la chiquilla... No quiero decir más. No puede ser, te digo que no puede ser.

—¡La tropa! Usted cree, como doña Perfecta, que va a haber una guerra. Que para echar de aquí a don Pepe hace falta que media nación se levante contra la otra media... La señora se ha vuelto loca, y usted va detrás de ella.

—Creo lo mismo que ella. Rey tiene una relación muy íntima con los militares. Por eso la cuestión personal se hace más grande... Pero, ¡ay, sobrina mía! Hace dos días yo tenía esperanza. Pensaba que nuestros valientes echarían a patadas a la tropa. Pero he visto el giro que han tomado las cosas. He visto que a la mayoría los sorprenden antes de pelear. Que Caballuco se esconde. Que todo esto se va al diablo. Y ahora desconfío de todo. Los buenos principios todavía no tienen bastante fuerza material para hacer pedazos a los ministros y mensajeros del error... ¡Ay, sobrina mía! Resignación, resignación.

Entonces don Inocencio usó la manera de expresarse típica de su sobrina: suspiró dos o tres veces con mucho ruido. María, contra todo lo que se podía esperar, se quedó en un silencio profundo. En ella no había, por lo menos en apariencia, ni rabia ni tampoco el sentimentalismo superficial de su vida de siempre. Solo había una pena profunda y humilde. Poco después de que el buen tío terminó su discurso, dos lágrimas cayeron por las mejillas rosadas de la sobrina. Pronto se oyeron algunos sollozos mal contenidos. Poco a poco, la ola de dolor de María Remedios fue creciendo. Creció como crecen el ruido y la fuerza de un mar que empieza a agitarse. Y por fin rompió a llorar sin consuelo.

### Glosario

- **capitis diminutio**: en latín, «pérdida de categoría»; aquí, sentirse menos importante.
- **lavandera**: mujer que lava la ropa de otras personas por dinero.
- **tutear**: hablar a alguien de «tú» y no de «usted».
- **beatería**: religiosidad exagerada, más de apariencia que de verdad.
- **dehesa**: tierra grande de campo, normalmente para pastos.
- **tomar cartas en el asunto**: intervenir en un problema.
- **poner la proa a alguien**: ponerse en contra de alguien para hacerle daño.
- **trabajar como un negro**: expresión antigua: trabajar muchísimo.
- **Juan Lanas**: hombre débil, sin carácter, que se deja dominar.
- **cosas mayores**: aquí, se insinúa algo más grave entre los novios, sin decirlo claramente.

## XXVII. El tormento de un canónigo

—¡Resignación, resignación! —volvió a decir don Inocencio.

—¡Resignación, resignación! —repitió ella, secándose las lágrimas—. Si mi querido hijo tiene que ser siempre un pobre don nadie, que lo sea. Cada vez hay menos pleitos. Muy pronto llegará el día en que ser abogado será igual que no ser nada. ¿De qué sirve el talento? ¿De qué sirven tanto estudio y tanto romperse la cabeza? ¡Ay! Somos pobres. Llegará un día, señor don Inocencio, en que mi pobre hijo no tendrá ni una almohada para apoyar la cabeza.

—¡Mujer!

—¡Hombre!... Y si no, dígame: ¿qué herencia piensa usted dejarle cuando cierre los ojos? Cuatro monedas, seis libros viejos, miseria y nada más... Van a venir unos tiempos... ¡Qué tiempos, señor tío!... Mi pobre hijo está cada vez más delicado de salud y no podrá trabajar... En cuanto lee un libro ya se marea. Siempre que trabaja de noche le dan náuseas y dolor de cabeza... Tendrá que pedir de limosna un empleíllo. Yo tendré que ponerme a coser. Y quién sabe, quién sabe... Si no tenemos que pedir limosna.

—¡Mujer!

—Sé muy bien lo que digo... Buenos tiempos van a venir —añadió la excelente mujer.

Cada vez exageraba más aquel tono de llanto con que hablaba.

—¡Dios mío! ¿Qué va a ser de nosotros? ¡Ah! Solo el corazón de una madre siente estas cosas... Solo las madres son capaces de sufrir tantas penas por el bien de un hijo. ¿Cómo lo va a entender usted? No. Una cosa es tener hijos y pasar amarguras por ellos. Y otra cosa es cantar el *gori gori* en la catedral y enseñar latín en el Instituto... Mire usted de qué le sirve a mi hijo ser sobrino de usted. De qué le sirve haber sacado tantos sobresalientes y ser la joya y el orgullo de Orbajosa... Se morirá de hambre, porque ya sabemos lo que se gana como abogado. O tendrá que pedir a los diputados un puesto en la Habana, y allí le matará la fiebre amarilla...

—¡Pero mujer!

—No, si no me enfado, si ya me callo, si ya no le molesto más. Soy muy pesada, muy llorona, muy suspirona, y nadie me puede aguantar. Todo porque soy una madre cariñosa y pienso en el bien de mi querido hijo. Yo me moriré, sí, señor. Me moriré en silencio y ahogaré mi dolor. Me beberé mis lágrimas para no molestar al señor canónigo... Pero mi adorado hijo me entenderá. Él no se tapará los oídos, como hace usted en este momento... ¡Ay de mí! El pobre Jacinto sabe que yo me dejaría matar por él. Sabe que le daría la felicidad aunque me costara la vida. ¡Pobrecito niño de mi alma! Tener tanto mérito y vivir condenado a una vida mediocre, a una posición humilde.

»Porque no, señor tío, no se ponga usted orgulloso... Por mucho que presumamos, usted siempre será el hijo del tío Tinieblas, el sacristán de San Bernardo... Y yo nunca seré más que la hija de Ildefonso Tinieblas, el hermano de usted, el que vendía pucheros. Y mi hijo será el nieto de los Tinieblas... Tenemos un tenebrario en nuestra familia y nunca saldremos de la oscuridad. Nunca tendremos un pedazo de tierra donde decir: «Esto es mío». Nunca esquilaremos una oveja nuestra. Nunca ordeñaremos una cabra nuestra. Nunca meteré las manos hasta el codo en un saco de trigo limpio de nuestras eras... Y todo esto por su poco valor, su tontería y su corazón blando como un merengue...

—¡Pero... pero mujer!

Cada vez que repetía esta frase, el canónigo la decía más alto. Tenía las manos en los oídos y movía la cabeza a un lado y a otro, con un gesto de dolor y de desesperación. La canción chillona de María Remedios era cada vez más aguda. Entraba en la cabeza del pobre clérigo, ya aturdido, como una flecha.

Pero de repente la cara de aquella mujer cambió. Los sollozos de llanto se convirtieron en una voz ronca y dura. Su cara se puso pálida. Le temblaron los labios. Cerró los puños. Le cayeron sobre la frente algunos mechones de su pelo despeinado. Sus ojos se secaron del todo con el calor de la ira que rugía en su pecho. Se levantó del asiento. Y no como una mujer, sino como una harpía, gritó así:

—¡Yo me voy de aquí, yo me voy con mi hijo!... Nos iremos a Madrid. No quiero que mi hijo se pudra en este pueblo grande y feo. Estoy cansada de ver que mi hijo, a la sombra de la sotana, no es nada y nunca será nada. ¿Lo oye usted, señor tío? ¡Mi hijo y yo nos vamos! Usted no nos verá nunca más. Pero nunca más.

Don Inocencio había cruzado las manos. Recibía los rayos furiosos de su sobrina con el terror de un condenado que ve al verdugo y ya no tiene ninguna esperanza.

—Por Dios, Remedios —murmuró con voz dolorida—, por la Virgen Santísima...

Aquellas crisis eran tan fuertes como raras. Eran horribles erupciones en el carácter tranquilo de la sobrina. A veces pasaban cinco o seis años sin que don Inocencio viera a Remedios convertida en una furia.

—¡Soy madre!... ¡Soy madre!... Y como nadie se ocupa de mi hijo, me ocuparé yo, yo misma —rugió aquella mujer, convertida de repente en leona.

—Por María Santísima, mujer, no te pongas así... Mira que estás pecando... Recemos un Padrenuestro y un Avemaría, y verás cómo se te pasa.

Mientras lo decía, el Penitenciario temblaba y sudaba. ¡Pobre pollo en las garras del buitre! La mujer transformada terminó de aplastarle con estas palabras:

—Usted no sirve para nada. Usted es un cobarde... Mi hijo y yo nos marcharemos de aquí para siempre, para siempre. Yo le conseguiré a mi hijo una buena posición, un buen puesto, ¿entiende usted? Estoy dispuesta a barrer las calles con la lengua, si así tengo que ganarle la comida. Y de la misma forma removeré la tierra para buscarle una posición. Para que suba, y sea rico, y personaje, y caballero, y propietario, y señor, y grande, y todo lo que hay que ser, ¡todo, todo!

—¡Dios me ayude! —exclamó don Inocencio.

Se dejó caer en el sillón y bajó la cabeza sobre el pecho.

Hubo una pausa. Solo se oía la respiración agitada de la mujer furiosa.

—Mujer —dijo por fin don Inocencio—, me has quitado diez años de vida. Me has quemado la sangre. Me has vuelto loco... ¡Que Dios me dé la calma que necesito para aguantarte! Señor, paciencia, paciencia es lo que pido. Y tú, sobrina, hazme el favor de llorar, lagrimear y suspirar con mocos y babas durante diez años. Esa maldita costumbre tuya de hacer pucheros me enfada mucho. Pero es mejor que estas iras locas. Si no supiera que en el fondo eres buena... Vaya, para haberte confesado y haber comulgado esta mañana, ¡bien te estás portando!

—Sí, pero es por usted, por usted.

—¿Porque en el asunto de Rosario y de Jacinto te digo «resignación»?

—Porque cuando todo va bien, usted se echa atrás y deja que el señor Rey se quede con Rosarito.

—¿Y cómo lo voy a evitar? Bien dice la señora que tienes la cabeza de ladrillo. ¿Quieres que salga a la calle con una espada? ¿Que en un momento haga picadillo a toda la tropa? ¿Y que después me ponga delante de Rey y le diga: «O deja usted en paz a la niña o le corto el cuello»?

—No. Pero cuando yo aconsejé a la señora que diera un susto a su sobrino, usted se opuso. En vez de aconsejarle lo mismo que yo.

—Tú estás loca con eso del susto.

—Porque «muerto el perro, se acabó la rabia».

—Yo no puedo aconsejar eso que tú llamas susto. Puede ser algo tremendo.

—Claro, porque soy una asesina, ¿verdad, tío?

—Ya sabes que los juegos de manos son juegos de villanos. Además, ¿crees que ese hombre se dejará asustar? ¿Y sus amigos?

—De noche sale solo.

—¿Y tú qué sabes?

—Lo sé todo. No da un paso sin que yo me entere, ¿estamos? La viuda del Cuzco me cuenta todo.

—Vamos, no me vuelvas loco. ¿Y quién le va a dar ese susto?... Vamos a saberlo.

—Caballuco.

—¿Entonces él está dispuesto?...

—No, pero lo estará si usted se lo manda.

—Vamos, mujer, déjame en paz. Yo no puedo mandar una cosa tan horrible. ¡Un susto! ¿Y qué es eso? ¿Tú ya has hablado con él?

—Sí, señor. Pero no me ha hecho caso. Mejor dicho, se niega. En Orbajosa solo hay dos personas que pueden convencerle con una simple orden: usted o doña Perfecta.

—Pues que se lo mande la señora, si quiere. Yo nunca aconsejaré usar medios violentos y brutales. ¿Te lo vas a creer? Cuando Caballuco y algunos de los suyos querían levantarse en armas, no consiguieron sacarme ni una palabra para animarles a derramar sangre. No, eso no... Si doña Perfecta quiere hacerlo...

—Ella tampoco quiere. Esta tarde he estado hablando con ella dos horas. Dice que predicará la guerra y la ayudará con todos los medios. Pero que no mandará a un hombre que hiera a otro por la espalda. Tendría razón si se tratara de algo más grave... Pero yo no quiero que haya heridas. Solo quiero un susto.

—Pues si doña Perfecta no quiere ordenar que se den sustos al ingeniero, yo tampoco, ¿entiendes? Lo primero es mi conciencia.

—Bueno —respondió la sobrina—. Dígale usted a Caballuco que me acompañe esta noche... Solo dígale eso.

—¿Vas a salir tarde?

—Sí, señor, voy a salir. ¿Pues qué? ¿No salí también anoche?

—¿Anoche? No lo sabía. Si lo hubiera sabido, me habría enfadado, sí, señora.

—A Caballuco dígale solo esto: «Querido Ramos, le agradeceré mucho que acompañe a mi sobrina a un asunto que tiene que hacer esta noche. Y que la defienda si por casualidad se ve en algún peligro».

—Eso sí lo puedo hacer. Que te acompañe... Que te defienda. ¡Ah, pícara! Tú quieres engañarme y hacerme cómplice de alguna tontería.

—Claro... ¿Qué cree usted? —dijo María Remedios con ironía—. Entre Ramos y yo vamos a cortar el cuello a mucha gente esta noche.

—No bromees. Te repito que no le aconsejaré a Ramos nada que parezca malo. Me parece que ahí está...

Se oyó ruido en la puerta de la calle. Luego sonó la voz de Caballuco, que hablaba con el criado. Poco después el héroe de Orbajosa entró en la habitación.

—Noticias, denos noticias, señor Ramos —dijo el clérigo—. Vamos, a cambio de la cena y de la hospitalidad, denos usted alguna esperanza... ¿Qué pasa en Villahorrenda?

—Alguna cosa —respondió el valentón, y se sentó con cara de cansado—. Pronto verá usted si servimos para algo.

Como todas las personas importantes, o que quieren parecerlo, Caballuco hablaba muy poco de sus cosas.

—Esta noche, amigo mío, si quiere, se llevará usted el dinero que me han dado para...

—Mucha falta hace... Si los de la tropa lo huelen, no me dejarán pasar —dijo Ramos, con una risa brutal.

—Calle usted, hombre... Ya sabemos que usted pasa siempre que quiere. Solo faltaría. Los militares no son muy estrictos... Y si se ponen pesados, con un par de duros, ¿eh? Vamos, veo que viene usted bien armado... Solo le falta un cañón. Pistolitas, ¿eh?... Y también navaja.

—Por lo que pueda pasar —dijo Caballuco.

Sacó el arma del cinturón y enseñó su hoja horrible.

—¡Por Dios y la Virgen! —exclamó María Remedios.

Cerró los ojos y apartó la cara con miedo.

—Guarde usted ese chisme. Me horroriza solo verlo.

—Si a ustedes no les parece mal —dijo Ramos, cerrando la navaja—, vamos a cenar.

María Remedios lo preparó todo muy deprisa, para que el héroe no se impacientara.

—Oiga usted una cosa, señor Ramos —dijo don Inocencio a su invitado cuando empezaron a cenar—. ¿Tiene usted muchas cosas que hacer esta noche?

—Algo hay que hacer —respondió el valiente—. Esta es la última noche que vengo a Orbajosa, la última. Tengo que recoger a algunos muchachos que quedan por aquí. Y vamos a ver cómo sacamos el salitre y el azufre que hay en casa de Cirujeda.

—Se lo preguntaba —añadió el cura con bondad, mientras le llenaba el plato a su amigo— porque mi sobrina quiere que usted la acompañe un momento. Tiene que hacer no sé qué asunto, y ya es un poco tarde para ir sola.

—¿Va a casa de doña Perfecta? —preguntó Ramos—. Yo he estado allí hace un momento. No quise quedarme.

—¿Cómo está la señora?

—Un poco miedosa. Esta noche he sacado de la casa a los seis mozos que tenía.

—Hombre, ¿cree usted que allí no hacen falta? —dijo Remedios, muy inquieta.

—Hacen más falta en Villahorrenda. Dentro de las casas se pudre la gente valiente, ¿verdad, señor canónigo?

—Señor Ramos, aquella casa no debe estar nunca sola —dijo el Penitenciario.

—Con los criados hay de sobra. ¿Pero usted cree, señor don Inocencio, que el brigadier se dedica a asaltar casas ajenas?

—Sí, pero usted sabe muy bien que ese ingeniero de tres mil docenas de demonios...

—Para eso... en la casa no faltan escobas —dijo Cristóbal con buen humor—. Si al final no tendrán más remedio que casarlos... Después de lo que ha pasado...

—Señor Ramos —dijo Remedios, enfadada de repente—, me parece que usted no entiende mucho de eso de casar a la gente.

—Lo digo porque esta noche, hace un momento, he visto que la señora y la niña hacían algo así como una reconciliación. Doña Perfecta llenaba de besos a Rosarito, y todo eran palabritas tiernas y mimos.

—¡Reconciliación! Usted, con eso de las armas, ha perdido la cabeza... Pero en fin, ¿me acompaña usted o no?

—No quiere ir a la casa de la señora —dijo el clérigo—, sino a la posada de la viuda del Cuzco. Estaba diciendo que no se atreve a ir sola, porque tiene miedo de que la insulten...

—¿Quién?

—Se entiende muy bien. Ese ingeniero de tres mil o cuatro mil docenas de demonios. Anoche mi sobrina le vio allí y le dijo cuatro verdades. Por eso esta noche no está tranquila. El muchachito es vengativo y descarado.

—No sé si podré ir... —dijo Caballuco—. Como ahora ando escondido, no puedo desafiar al don José Poquita Cosa. Si no estuviera como estoy, con media cara tapada y la otra medio descubierta, ya le habría roto la espalda treinta veces. ¿Pero qué pasa si me lanzo sobre él? Que me descubren. Los soldados caen sobre mí, y adiós, Caballuco. Y darle un golpe a traición es algo que no sé hacer. No va con mi carácter, y la señora tampoco lo permite. Cristóbal Ramos no sirve para traiciones.

—Pero hombre, ¿estamos locos?... ¿Qué está usted diciendo? —dijo el Penitenciario, con señales claras de sorpresa—. Yo no le aconsejo a usted de ninguna manera que maltrate a ese caballero. Antes me dejaré cortar la lengua que aconsejar una maldad. Los malos caerán, es verdad. Pero es Dios quien debe decidir el momento, no yo. Tampoco se trata de dar palos. Antes recibiré yo diez docenas de palos que recomendar a un cristiano esas medicinas.

Miró al valiente por encima de las gafas y añadió:

—Solo le digo a usted una cosa. Mi sobrina va allí. Y es probable, muy probable, ¿verdad, Remedios?... que tenga que decirle algunas palabras a ese hombre. Le recomiendo a usted que no la deje sola si la insultan...

—Esta noche tengo cosas que hacer —respondió Caballuco, breve y seco.

—Ya lo oyes, Remedios. Deja tu asunto para mañana.

—Eso sí que no puede ser. Iré sola.

—No, no irás, sobrina mía. Tengamos la fiesta en paz. El señor Ramos tiene cosas que hacer y no puede acompañarte. Imagina que ese hombre grosero te ofende...

—¡Insultada... una señora insultada por ese!... —exclamó Caballuco—. Vamos, no puede ser.

—Si usted no tuviera cosas que hacer... ¡Bah, bah! Yo ya estaría tranquilo.

—Cosas que hacer tengo —dijo el Centauro, y se levantó de la mesa—. Pero si usted se empeña...

Hubo una pausa. El Penitenciario había cerrado los ojos y pensaba.

—Me empeño, señor Ramos —dijo por fin—. Empeño mío es.

—Pues no hay más que hablar. Iremos, señora doña María.

—Ahora, querida sobrina —dijo don Inocencio, entre serio y alegre—, ya que hemos terminado de cenar, tráeme la palangana.

Miró a su sobrina con una mirada penetrante. Y mientras hacía el gesto correspondiente, dijo estas palabras:

—Yo me lavo las manos.

### Glosario

- **resignación**: aceptar con paciencia algo malo que no se puede cambiar.
- **gori gori**: forma popular de llamar al canto de los entierros en la iglesia.
- **tenebrario**: candelabro de muchas velas que se usa en la iglesia en Semana Santa; aquí, juego con el apellido Tinieblas.
- **harpía**: en la mitología, monstruo con cara de mujer y cuerpo de ave; mujer furiosa y mala.
- **hacer pucheros**: poner cara de que se va a llorar.
- **dar un susto**: aquí, atacar a alguien por sorpresa para darle miedo y golpes.
- **los juegos de manos son juegos de villanos**: refrán: pegar es cosa de gente baja.
- **salitre y azufre**: sustancias que se usan para hacer pólvora.
- **palangana / jofaina**: recipiente ancho y poco hondo para lavarse las manos y la cara.
- **lavarse las manos**: no querer saber nada de lo que va a pasar, como hizo Pilato con Jesús.

## XXVIII. De Pepe Rey a don Juan Rey

*Orbajosa, 12 de abril.*

«Querido padre: perdóneme usted. Por primera vez le desobedezco: no me voy de aquí y no abandono mi propósito. Su consejo y su ruego son los de un padre bueno y honrado. Mi terquedad es la de un hijo sin juicio. Pero me pasa una cosa extraña. La terquedad y el honor se han juntado y mezclado en mí de tal forma que me da vergüenza la idea de cambiar de opinión y ceder.

»He cambiado mucho. Yo no conocía estas furias que me queman. Antes me reía de toda acción violenta. Me reía de las exageraciones de los hombres impulsivos y de las brutalidades de los malvados. Ahora ya nada de eso me sorprende. Porque a todas horas encuentro en mí mismo una terrible capacidad para el mal. A usted le puedo hablar como se habla a solas con Dios y con la conciencia. A usted le puedo decir que soy un miserable. Es un miserable el que no tiene esa gran fuerza moral contra sí mismo. Esa fuerza castiga las pasiones y obliga a la vida a seguir las duras reglas de la conciencia.

»Me ha faltado la firmeza cristiana. Esa firmeza mantiene el espíritu del hombre ofendido por encima de las ofensas y de los enemigos que se las hacen. Yo he tenido la debilidad de dejarme llevar por una ira loca. Me he puesto al nivel bajo de los que me critican. Les he devuelto golpes iguales a los suyos. He intentado vencerlos con los medios que aprendí en su propia escuela indigna. ¡Cuánto siento que usted no estuviera a mi lado para apartarme de este camino! Ya es tarde. Las pasiones no pueden esperar. Son impacientes. Piden a gritos su presa, con los temblores de una sed moral espantosa. He caído. No puedo olvidar lo que usted me ha dicho tantas veces. La ira es quizás la peor de las pasiones. Cambia de repente nuestro carácter y hace nacer todas las demás maldades. Y a todas les da su llama infernal.

»Pero no ha sido solo la ira. Me ha traído hasta aquí un sentimiento fuerte y generoso: el amor profundo que siento por mi prima. Es lo único que me disculpa. Y si no fuera el amor, sería la compasión. La compasión me habría empujado a desafiar la furia y las intrigas de su terrible hermana de usted. Porque la pobre Rosario está entre su amor, que no puede vencer, y su madre. Hoy es uno de los seres más desgraciados de la tierra. Ella me ama, como yo la amo a ella. ¿No me da eso derecho a abrir las puertas de su casa como pueda y sacarla de allí? Usaré la ley hasta donde la ley llegue. Y usaré la fuerza desde el punto en que la ley me abandone.

»Creo que usted, con su moral tan estricta, no dirá que sí a esta pregunta. Pero yo ya no soy aquel carácter ordenado y puro, con una conciencia tan exacta como un libro de reglas. Ya no soy aquel joven al que una educación casi perfecta dio unos sentimientos tan regulares que asombraban. Ahora soy un hombre como cualquier otro. De un solo paso he entrado en el terreno común de lo injusto y de lo malo. Prepárese usted para oír cualquier barbaridad, que será obra mía. Yo me encargaré de avisarle de las que vaya cometiendo.

»Pero confesar mis culpas no me quitará la responsabilidad de las cosas graves que han pasado y que pasarán. Y esa responsabilidad, por mucho que yo razone, no caerá entera sobre su hermana de usted. La responsabilidad de doña Perfecta es enorme, seguro. ¿Pero hasta dónde llegará la mía? ¡Ah, querido padre! No crea usted nada de lo que oiga sobre mí. Crea solo lo que yo le cuente. Si le dicen que he hecho una maldad a propósito, responda que es mentira. Me es difícil, muy difícil, juzgarme a mí mismo en el estado de confusión en que estoy. Pero me atrevo a asegurar que no he provocado el escándalo a propósito. Usted sabe muy bien hasta dónde puede llegar la pasión cuando las circunstancias la ayudan a crecer y a invadirlo todo.

»Lo que más me amarga la vida es haber usado la mentira, el engaño y los disimulos bajos. ¡Yo, que era la verdad misma! He dejado de ser como era... Pero ¿es esta la mayor maldad en que puede caer el alma? ¿Empiezo ahora o termino? No sé nada. Si Rosario, con su mano del cielo, no me saca de este infierno de mi conciencia, quiero que venga usted a sacarme. Mi prima es un ángel. Sufriendo por mí, me ha enseñado muchas cosas que yo no sabía.

»No le extrañe que lo que escribo no tenga mucho orden. Me queman sentimientos muy distintos. A veces me vienen ideas de verdad dignas de mi alma inmortal. Pero a veces caigo también en una triste debilidad. Y entonces pienso en los hombres débiles y pequeños. Usted me pintó su bajeza con colores vivos para que yo los odiara. Tal como estoy hoy, estoy preparado para el mal y para el bien. Que Dios tenga piedad de mí.

»Ya sé lo que es la oración. Es una súplica seria y pensada. Es tan personal que no se puede hacer con fórmulas aprendidas de memoria. Es el alma que se abre y se atreve a extenderse hasta buscar su origen. Es lo contrario del remordimiento. El remordimiento es el alma que lucha contra sí misma y se esconde, con la ridícula idea de que nadie la vea. Usted me ha enseñado cosas muy buenas. Pero ahora estoy en prácticas, como decimos los ingenieros. Hago estudios sobre el terreno, y así mis conocimientos crecen y se hacen firmes... Ahora me parece que no soy tan malo como yo mismo creo. ¿Será así?

»Termino esta carta muy deprisa. Tengo que enviarla con unos soldados que van hacia la estación de Villahorrenda. No hay que fiarse del correo de esta gente.»

*14 de abril.*

«Usted se divertiría, querido padre, si yo pudiera explicarle cómo piensa la gente de este pueblo grande y feo. Ya sabrá usted que casi toda esta región se ha levantado en armas. Se esperaba. Y los políticos se equivocan si creen que esto durará un par de días. Los orbajosenses tienen en su espíritu el odio contra nosotros y contra el Gobierno. Es parte de ellos, como la fe religiosa.

»Sobre mi problema con mi tía, le contaré algo curioso. La pobre señora tiene el feudalismo metido en los huesos. Se ha imaginado que yo voy a atacar su casa para robarle a su hija. Como los señores de la Edad Media, que atacaban un castillo enemigo para cometer cualquier abuso. No se ría usted, que es verdad: así piensa esta gente. No hace falta decirle que me tiene por un monstruo, por una especie de rey moro y hereje. Y de los militares con los que he hecho amistad aquí, no tiene mejor opinión. En casa de doña Perfecta se dice que la tropa y yo formamos una alianza diabólica y contraria a la religión. Dicen que queremos quitarle a Orbajosa sus tesoros, su fe y sus muchachas. Sé con seguridad que su hermana de usted cree firmemente que yo voy a asaltar su casa. Y seguro que detrás de la puerta habrá alguna barricada.

»Pero no puede ser de otra manera. Aquí tienen las ideas más anticuadas sobre la sociedad, la religión, el Estado y la propiedad. Usan la fuerza contra el Gobierno por una gran pasión religiosa. Dicen que defienden una fe que nadie ha atacado, y que ellos tampoco tienen. Esa pasión despierta en ellos viejas costumbres feudales. Ellos resolverían sus problemas con la fuerza bruta, a sangre y fuego, matando a todo el que no piensa como ellos. Por eso creen que nadie en el mundo usa otros medios.

»Yo no tengo ninguna intención de hacer locuras de Quijote en la casa de esa señora. Al contrario, he intentado evitarle algunas molestias que sufrieron los demás vecinos. Por mi amistad con el brigadier, no le han obligado a presentar la lista de todos los hombres de su servicio que se han ido con la facción. Así se había mandado. Si le registraron la casa, sé que fue solo para cumplir. Le quitaron los seis hombres armados que tenía allí. Pero después ha puesto otros seis, y no le han hecho nada. Vea usted a qué se reduce mi hostilidad contra la señora.

»Es verdad que tengo el apoyo de los jefes militares. Pero solo lo uso para que esta gente sin piedad no me insulte ni me maltrate. Tengo posibilidades de éxito porque todas las autoridades nuevas, que ha puesto el jefe militar, son amigas mías. De ellas saco mi fuerza moral, y con ellas les doy miedo. No sé si tendré que hacer alguna acción violenta. Pero no se asuste usted. Eso del asalto y la toma de la casa es una pura y loca idea feudal de su hermana de usted. La casualidad me ha puesto en una situación de ventaja. La ira y la pasión que arden en mí me empujarán a aprovecharla. No sé hasta dónde llegaré.»

*17 de abril.*

«Su carta me ha consolado mucho. Sí: puedo conseguir lo que quiero usando solo los medios de la ley. Para esto son totalmente eficaces. He consultado a las autoridades de aquí, y todas me confirman lo que usted me dice. Estoy contento. Yo he metido en el ánimo de mi prima la idea de desobedecer. Pues que por lo menos sea con la protección de las leyes de la sociedad.

»Haré lo que usted me manda. Es decir, dejaré la colaboración, un poco fea, de Pinzón. Romperé la unión con los militares, que daba tanto miedo. Dejaré de presumir de su poder. Pondré fin a las aventuras. Y en el momento oportuno actuaré con calma, con prudencia y con toda la bondad posible. Es mejor así. Mi alianza con el ejército, medio en serio y medio en broma, solo servía para protegerme de las brutalidades de los orbajosenses y de los criados y parientes de mi tía. Por lo demás, siempre he rechazado la idea de eso que llamamos *la intervención armada*.

»El amigo que me ayudaba ha tenido que salir de la casa. Pero no estoy del todo sin comunicación con mi prima. La pobrecita muestra un valor heroico en medio de sus penas, y me obedecerá ciegamente.

»No se preocupe usted por mi seguridad. Por mi parte, no tengo ningún miedo y estoy muy tranquilo.»

*Abril.*

«Hoy solo puedo escribir dos líneas. Tengo mucho que hacer. Todo terminará dentro de unos días. No me escriba usted más a este pueblucho. Muy pronto su hijo tendrá el gusto de abrazarle.

PEPE.»

### Glosario

- **terquedad**: actitud de quien no quiere cambiar de idea aunque le den razones.
- **detractores**: personas que critican a otra y hablan mal de ella.
- **compasión**: pena que se siente por el sufrimiento de otra persona.
- **remordimiento**: dolor del alma por haber hecho algo malo.
- **estar en prácticas**: estar aprendiendo un oficio con trabajo real, no solo con libros.
- **feudalismo**: sistema de la Edad Media en que los señores mandaban en sus tierras y en su gente.
- **barricada**: montón de muebles u otras cosas que se pone para impedir el paso.
- **quijotada**: acción exagerada y poco práctica, como las de don Quijote.
- **la facción**: grupo de hombres armados que se levantan contra el Gobierno.
- **intervención armada**: usar soldados y armas para resolver un problema.

## XXIX. De Pepe Rey a Rosarito Polentinos

«Dale a Estebanillo la llave de la huerta y dile que cuide del perro. El muchacho está vendido a mí en cuerpo y alma. No tengas miedo de nada. Sentiré mucho que no puedas bajar, como la otra noche. Haz todo lo posible por conseguirlo. Yo estaré allí después de medianoche. Te diré lo que he decidido y lo que debes hacer. Tranquilízate, niña mía, porque he abandonado todo medio imprudente y brutal. Ya te lo contaré. Es largo y tenemos que hablarlo. Me parece que veo tu susto y tu angustia al pensar que estoy tan cerca de ti. Pero hace ocho días que no te veo. He jurado que esta separación terminará pronto, y terminará. El corazón me dice que te veré. Maldito sea yo si no te veo.»

### Glosario

- **huerta**: terreno con árboles frutales y verduras junto a una casa.
- **estar vendido a alguien en cuerpo y alma**: hacer todo lo que esa persona quiere, a menudo porque le paga.
- **medianoche**: las doce de la noche.
- **imprudente**: que no piensa en los peligros.
- **brutal**: muy violento.
- **angustia**: miedo y preocupación muy fuertes.
- **separación**: tiempo en que dos personas están lejos y no se ven.
- **maldito sea yo**: fórmula fuerte para jurar que algo va a pasar.

## XXX. El ojeo

Una mujer y un hombre entraron en la posada de la viuda del Cuzco después de las diez. Salieron pasadas las once y media.

—Ahora, señora doña María —dijo el hombre—, la llevaré a usted a su casa, porque tengo cosas que hacer.

—Espere usted, señor Ramos, por amor de Dios —respondió ella—. ¿Por qué no vamos un momento al Casino, para ver si sale? Ya lo ha oído usted... Esta tarde estuvo hablando con él Estebanillo, el chico de la huerta.

—¿Pero usted busca a don José? —preguntó el Centauro, de muy mal humor—. ¿Qué nos importa a nosotros? El noviazgo con doña Rosario llegó hasta donde tenía que llegar. Y ahora no queda más remedio: la señora tiene que casarlos. Esa es mi opinión.

—Usted es un animal —dijo Remedios, enfadada.

—Señora, yo me voy.

—¿Pues qué, hombre grosero? ¿Me va usted a dejar sola en medio de la calle?

—Si usted no se va pronto a su casa, sí, señora.

—Eso es... Me deja usted sola, y alguien me puede insultar... Oiga usted, señor Ramos. Don José saldrá ahora del Casino, como siempre. Quiero saber si entra en su casa o si sigue adelante. Es un capricho, nada más que un capricho.

—Yo lo que sé es que tengo cosas que hacer, y van a dar las doce.

—Silencio —dijo Remedios—. Escondámonos detrás de la esquina... Viene un hombre por la calle de la Tripería Alta. Es él.

—Don José... Le conozco por su forma de andar.

Se escondieron, y el hombre pasó.

—Sigámosle —dijo María Remedios, muy nerviosa—. Sigámosle desde cerca, Ramos.

—Señora...

—Nada más hasta ver si entra en su casa.

—Un minutito nada más, doña Remedios. Después me marcharé.

Anduvieron unos treinta pasos, a cierta distancia del hombre al que espiaban. Por fin la sobrina del Penitenciario se paró y dijo estas palabras:

—No entra en su casa.

—Irá a casa del brigadier.

—El brigadier vive hacia arriba, y don Pepe va hacia abajo, hacia la casa de la señora.

—¡De la señora! —exclamó Caballuco, y empezó a andar deprisa.

Pero se equivocaban. El hombre al que espiaban pasó por delante de la casa de Polentinos y siguió adelante.

—¿Ve usted como no?

—Señor Ramos, sigámosle —dijo Remedios, y apretó con fuerza y nerviosismo la mano del Centauro—. Tengo un presentimiento.

—Pronto lo sabremos, porque el pueblo se acaba.

—No vayamos tan deprisa... Nos puede ver... Lo que yo pensaba, señor Ramos: va a entrar por la puerta condenada de la huerta.

—¡Señora, usted se ha vuelto loca!

—Adelante, y lo veremos.

La noche era oscura. Los que espiaban no pudieron ver exactamente por dónde había entrado el señor de Rey. Pero oyeron un ruido de bisagras oxidadas. Y además no encontraron al joven a lo largo de toda la tapia. Por eso se convencieron de que se había metido en la huerta. Caballuco miró a su compañera con asombro. Parecía atontado.

—¿En qué piensa usted?... ¿Todavía duda?

—¿Qué debo hacer? —preguntó el valiente, muy confuso—. ¿Le damos un susto?... No sé qué pensará la señora. Lo digo porque esta noche fui a verla y me pareció que la madre y la hija se reconciliaban.

—No sea usted bruto... ¿Por qué no entra?

—Ahora me acuerdo de que los mozos armados ya no están ahí. Yo les mandé salir esta noche.

—¡Y todavía duda este pedazo de mármol lo que tiene que hacer! Ramos, no sea usted cobarde y entre en la huerta.

—¿Por dónde, si han cerrado la puertecilla?

—Salte usted por encima de la tapia... ¡Qué pesado! Si yo fuera hombre...

—Pues arriba... Aquí hay unos ladrillos gastados. Por aquí suben los chicos a robar fruta.

—Arriba, deprisa. Yo voy a llamar a la puerta principal para que se despierte la señora, si es que duerme.

El Centauro subió, con alguna dificultad. Se quedó un momento sentado sobre el muro, como a caballo. Después desapareció entre los árboles negros y espesos. María Remedios corrió como loca hacia la calle del Condestable. Cogió el aldabón de la puerta principal y llamó... Llamó tres veces, con toda su alma y toda su vida.

### Glosario

- **ojeo**: en la caza, acción de asustar a los animales para llevarlos hacia el cazador.
- **posada**: casa barata donde se paga por dormir y comer.
- **noviazgo**: relación de dos novios antes de casarse.
- **presentimiento**: sensación de que algo va a pasar.
- **la puerta condenada**: puerta que ya no se usa y está siempre cerrada.
- **bisagra**: pieza de metal que permite abrir y cerrar una puerta.
- **tapia**: muro de tierra o ladrillo que cierra un terreno.
- **dar un susto**: aquí, atacar a alguien por sorpresa para darle miedo y golpes.
- **aldabón**: pieza de metal en la puerta para llamar golpeando.

## XXXI. Doña Perfecta

Ved con cuánta tranquilidad se dedica a escribir la señora doña Perfecta. Entrad en su cuarto, aunque es muy tarde, y la encontraréis en una tarea seria. Su espíritu está repartido entre sus pensamientos y unas cartas largas y muy cuidadas. A ratos las escribe con pluma segura y letra correcta. La luz del quinqué le da de lleno en la cara, en el pecho y en las manos. La pantalla de la lámpara deja en una sombra suave el resto de su persona y casi toda la habitación. Parece una figura de luz que la imaginación ve en medio de las sombras vagas del miedo.

Es extraño que hasta ahora no hayamos dicho una cosa muy importante. Doña Perfecta era hermosa. Mejor dicho, era todavía hermosa. Su cara conservaba rasgos de una belleza perfecta. Pero su belleza natural no brillaba, o brillaba muy poco. Las causas eran varias: la vida del campo y su falta total de presunción. Ella no se arreglaba ni se vestía con elegancia, odiaba las modas y despreciaba las vanidades de la Corte. También la afeaba el color muy amarillo de su cara. Ese color mostraba que tenía un temperamento bilioso muy fuerte.

Tenía los ojos negros y alargados, la nariz fina y delicada, la frente ancha y despejada. Cualquiera que la mirara la veía como un modelo perfecto de figura humana. Pero en aquella cara había una expresión de dureza y de orgullo que producía antipatía. Otras personas, aunque sean feas, atraen. Doña Perfecta, en cambio, alejaba. Su mirada, aunque fuera acompañada de palabras amables, ponía una distancia imposible de cruzar entre ella y los extraños. Era la distancia de un respeto desconfiado. Pero para los de la casa, es decir, para sus parientes, sus partidarios y sus amigos íntimos, tenía una atracción especial. Era una maestra en dominar a los demás. Nadie la igualaba en el arte de hablar a cada uno el lenguaje que mejor sonaba en su oído.

Su temperamento bilioso la había envejecido antes de tiempo. También la había envejecido el trato excesivo con personas y cosas religiosas, que excitaban su imaginación sin ningún fruto ni objetivo. Era joven, pero no lo parecía. Se podría decir que con sus costumbres y su forma de vida se había hecho una corteza. Era una envoltura de piedra, sin sentimientos. Se había encerrado dentro, como el caracol en su casa portátil. Doña Perfecta salía pocas veces de su concha.

Sus costumbres no tenían falta. Además, desde que apareció en nuestra historia, hemos visto su bondad en público. Por todo esto tenía un gran prestigio en Orbajosa. Además, tenía relaciones con señoras muy importantes de Madrid. Por medio de ellas consiguió que quitaran el cargo a su sobrino.

Ahora, en este momento de nuestra historia, la encontramos sentada junto a su escritorio. El escritorio es el único que conoce sus planes. Allí guarda sus cuentas de números con los aldeanos y sus cuentas morales con Dios y con la sociedad. Allí escribió las cartas que su hermano recibía cada tres meses. Allí escribía las notitas para animar al juez y al escribano a enredar los pleitos de Pepe Rey. Allí preparó la trampa para que el Gobierno dejara de confiar en él. Allí hablaba largas horas con don Inocencio. Para conocer el lugar de otras acciones, cuyos efectos ya hemos visto, habría que seguirla al palacio del obispo y a varias casas de familias amigas.

No sabemos cómo habría sido doña Perfecta amando. Odiando, tenía la pasión ardiente de un ángel protector del odio y de la discordia entre los hombres. Esto pasa cuando la pasión religiosa entra en un carácter duro y sin bondad natural. Pasa cuando esa pasión no se alimenta de la conciencia ni de la verdad revelada, que tiene principios tan sencillos como hermosos. Pasa cuando se alimenta de fórmulas estrechas, que solo sirven a los intereses del clero. Para que la beatería no haga daño, tiene que estar en corazones muy puros. Es verdad que, incluso así, no produce ningún bien. Pero hay corazones que no han nacido con la limpieza de los ángeles, esa limpieza que crea en la tierra un Limbo antes de tiempo. Esos corazones tienen que tener cuidado. No deben encenderse mucho con lo que ven en los altares, en los coros, en los locutorios y en las sacristías. Antes deben levantar en su propia conciencia un altar, un púlpito y un confesionario.

A ratos la señora dejaba de escribir y pasaba a la habitación de al lado, donde estaba su hija. A Rosarito le habían mandado dormir. Pero ella, que ya caía por el precipicio de la desobediencia, estaba despierta.

—¿Por qué no duermes? —le preguntó su madre—. Yo no pienso acostarme en toda la noche. Ya sabes que Caballuco se ha llevado a los hombres que teníamos aquí. Puede pasar cualquier cosa, y yo vigilo... Si yo no vigilara, ¿qué sería de ti y de mí?...

—¿Qué hora es? —preguntó la muchacha.

—Pronto será medianoche... Tú no tendrás miedo... pero yo sí lo tengo.

Rosarito temblaba. Todo en ella mostraba la angustia más negra. Sus ojos miraban al cielo, como cuando alguien quiere rezar. Luego miraban a su madre con un terror muy fuerte.

—¿Pero qué te pasa?

—¿Ha dicho usted que era medianoche?

—Sí.

—Pues... ¿Pero ya es medianoche?

Rosario quería hablar. Movía la cabeza, como si le hubiera caído encima un mundo.

—Tú tienes algo... A ti te pasa algo —dijo la madre, y clavó en ella sus ojos astutos.

—Sí... Quería decirle a usted —dijo la muchacha, con dificultad—, quería decir... Nada, nada. Me dormiré.

—Rosario, Rosario. Tu madre lee en tu corazón como en un libro —exclamó doña Perfecta con dureza—. Tú estás nerviosa. Ya te he dicho que estoy dispuesta a perdonarte si te arrepientes. Si eres una niña buena y formal...

—Pues qué, ¿no soy buena yo? ¡Ay, mamá, mamá mía, yo me muero!

Rosario se echó a llorar con angustia y dolor.

—¿Por qué lloras así? —dijo su madre, abrazándola—. Si son lágrimas de arrepentimiento, benditas sean.

—¡Yo no me arrepiento, yo no puedo arrepentirme! —gritó la joven.

Lo dijo con una desesperación tan fuerte que la hizo sublime. Levantó la cabeza, y en su cara apareció de repente una energía inspirada. El pelo le caía sobre la espalda. Nunca se ha visto una imagen más hermosa de un ángel a punto de rebelarse.

—¿Pero te vuelves loca, o qué es esto? —dijo doña Perfecta, y le puso las dos manos sobre los hombros.

—¡Me voy, me voy! —dijo la joven, con la excitación del delirio.

Y saltó de la cama.

—Rosario, Rosario... Hija mía... ¡Por Dios! ¿Qué es esto?

—¡Ay, mamá, señora! —exclamó la joven, abrazándose a su madre—. Áteme usted.

—La verdad es que te lo merecías... ¿Qué locura es esta?

—Áteme usted... Yo me marcho, me marcho con él.

Doña Perfecta sintió que le subían llamaradas de fuego desde el corazón hasta los labios. Se controló. Y contestó a su hija solo con sus ojos negros, más negros que la noche.

—¡Mamá, mamá mía, yo odio todo lo que no sea él! —exclamó Rosario—. Escúcheme usted en confesión. Quiero confesarlo a todos, y a usted la primera.

—Me vas a matar. Me estás matando.

—Quiero confesarlo, para que usted me perdone... Este peso, este peso que tengo encima no me deja vivir...

—¡El peso de un pecado!... Ponle encima la maldición de Dios, y a ver si puedes andar con esa carga, desgraciada... Solo yo puedo quitártelo.

—¡No, usted no, usted no! —gritó Rosario, desesperada—. Pero escúcheme usted. Quiero confesarlo todo, todo... Después écheme usted de esta casa, donde he nacido.

—¡Echarte yo!...

—Pues me marcharé.

—Menos. Yo te enseñaré los deberes de hija que has olvidado.

—Pues huiré. Él me llevará con él.

—¿Te lo ha dicho? ¿Te lo ha aconsejado? ¿Te lo ha mandado? —preguntó la madre.

Lanzaba estas palabras sobre su hija como si fueran rayos.

—Me lo aconseja... Hemos decidido casarnos. Es necesario, mamá, mamá mía querida. Yo la querré a usted... Sé que debo quererla... Me condenaré si no la quiero.

Se retorcía los brazos. Cayó de rodillas y besó los pies de su madre.

—¡Rosario, Rosario! —exclamó doña Perfecta con una voz terrible—. Levántate.

Hubo una pequeña pausa.

—¿Ese hombre te ha escrito?

—Sí.

—¿Le has vuelto a ver después de aquella noche?

—Sí.

—¡Y tú!...

—Yo también... ¡Oh, señora! ¿Por qué me mira usted así? Usted no es mi madre.

—Ojalá no lo fuera. Disfruta con el daño que me haces. Me matas, me matas sin remedio —gritó la señora, con una agitación imposible de describir—. Dices que ese hombre...

—Es mi esposo... Yo seré suya, con la protección de la ley... Usted no es mujer... ¿Por qué me mira usted de esa manera, que me hace temblar? Madre, madre mía, no me condene usted.

—Tú ya te has condenado. Basta. Obedéceme y te perdonaré... Responde: ¿cuándo recibiste cartas de ese hombre?

—Hoy.

—¡Qué traición! ¡Qué infamia! —exclamó la madre. Más que hablar, rugía—. ¿Pensabais veros?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—¿Dónde?

—Aquí, aquí. Lo confieso todo, todo. Sé que es un delito... Soy una infame. Pero usted, que es mi madre, me sacará de este infierno. Dé usted su permiso... Dígame usted una palabra, una sola.

—¡Ese hombre aquí, en mi casa! —gritó doña Perfecta.

Dio unos pasos hacia el centro de la habitación que parecían saltos.

Rosario la siguió de rodillas. En ese mismo momento se oyeron tres golpes, tres estampidos, tres cañonazos. Era el corazón de María Remedios, que llamaba a la puerta golpeando con la aldaba. La casa temblaba de una forma espantosa. Madre e hija se quedaron quietas como estatuas.

Un criado bajó a abrir. Poco después entró en la habitación de doña Perfecta María Remedios. No parecía una mujer, sino un basilisco envuelto en un mantón. Su cara, roja por la ansiedad, echaba fuego.

—Ahí está, ahí está —dijo al entrar—. Se ha metido en la huerta por la puertecilla condenada...

Respiraba con dificultad en cada sílaba.

—Ya entiendo —repitió doña Perfecta, con una especie de rugido.

Rosario cayó al suelo sin fuerzas y perdió el conocimiento.

—Bajemos —dijo doña Perfecta, sin hacer caso del desmayo de su hija.

Las dos mujeres bajaron por la escalera, deslizándose como dos culebras. Las criadas y el criado estaban en la galería y no sabían qué hacer. Doña Perfecta pasó por el comedor hacia la huerta. María Remedios la seguía.

—Por suerte tenemos ahí a Ca... Ca... Caballuco —dijo la sobrina del canónigo.

—¿Dónde?

—En la huerta también... Sal... sal... saltó la tapia.

Doña Perfecta examinó la oscuridad con sus ojos llenos de ira. El rencor les daba el extraño poder de ver en la oscuridad, como los gatos.

—Allí veo un bulto —dijo—. Va hacia las adelfas.

—Es él —gritó Remedios—. Pero allá aparece Ramos... ¡Ramos!

Vieron perfectamente la figura enorme del Centauro.

—¡Hacia las adelfas!... ¡Ramos, hacia las adelfas!...

Doña Perfecta avanzó algunos pasos. Su voz ronca, que vibraba con un tono terrible, disparó estas palabras:

—Cristóbal, Cristóbal... ¡mátale!

Se oyó un tiro. Después, otro.

### Glosario

- **quinqué**: lámpara antigua de aceite, con un tubo de cristal.
- **bilioso**: de temperamento amargo e irritable; se creía que daba a la piel un color amarillo.
- **beatería**: religiosidad exagerada y falsa, de puras costumbres exteriores.
- **el Limbo**: según la antigua doctrina cristiana, lugar sin dolor y sin alegría, ni cielo ni infierno.
- **locutorio**: sala de un convento donde las monjas hablan con las visitas.
- **sacristía**: habitación de la iglesia donde se guardan las ropas y objetos del culto.
- **púlpito**: lugar alto de la iglesia desde donde predica el sacerdote.
- **aldaba**: pieza de metal en la puerta para llamar golpeando.
- **basilisco**: animal de las leyendas que mataba con la mirada; persona muy furiosa.
- **mantón**: prenda grande de tela que las mujeres se ponían sobre los hombros.
- **adelfa**: arbusto de flores rosas o blancas.

## XXXII. Final

De don Cayetano Polentinos a un amigo suyo de Madrid

*Orbajosa, 21 de abril.*

«Querido amigo: envíeme usted sin perder tiempo la edición de 1562 que, según me dice, ha encontrado entre los libros de la herencia de Corchuelo. Pagaré ese ejemplar a cualquier precio. Hace tiempo que lo busco sin éxito, y si lo tengo me consideraré el más feliz de los mortales. En el colofón, en la última página, tiene que encontrar usted un casco con un emblema sobre la palabra *Tractado*. Y la X de la fecha MDLXII tiene que tener la colita torcida. Si de verdad el ejemplar tiene estas señas, mándeme usted un telegrama, porque estoy muy inquieto... Aunque ahora me acuerdo de que el telégrafo no funciona, por culpa de estas guerras tan molestas y tan pesadas. Espero su respuesta a vuelta de correo.

»Pronto, amigo mío, iré a Madrid para imprimir este trabajo tan esperado de los *Linajes de Orbajosa*. Le agradezco a usted su buena opinión, mi querido amigo. Pero no puedo aceptar lo que tiene de elogio exagerado. Mi trabajo, la verdad, no merece las palabras tan bonitas que usted le dedica. Es una obra de paciencia y de estudio. Es un monumento tosco, pero sólido y grande, que levanto a las grandezas de mi querida patria. Su forma es pobre y fea. Pero es noble la idea que le ha dado vida. Esa idea es hacer que esta generación sin fe y orgullosa vuelva los ojos hacia los hechos maravillosos y las virtudes puras de nuestros antepasados.

»¡Ojalá la juventud estudiosa de nuestro país diera este paso! Yo la animo con todas mis fuerzas. ¡Ojalá se olvidaran para siempre los estudios y las costumbres intelectuales tan horribles que han traído el desorden de los filósofos y las doctrinas equivocadas! ¡Ojalá nuestros sabios se dedicaran solo a contemplar aquellas épocas gloriosas! Así los tiempos modernos se llenarían de su buena sustancia. Y desaparecerían estas ganas locas de cambiarlo todo y esta manía ridícula de copiar ideas extranjeras, que luchan contra nuestro hermoso carácter nacional. Tengo mucho miedo de que mis deseos no se cumplan. Temo que solo unos pocos sigan admirando las perfecciones del pasado, en medio de esa juventud loca que corre detrás de sueños vacíos y novedades bárbaras. ¿Qué le vamos a hacer, amigo mío? Creo que dentro de algún tiempo nuestra pobre España estará tan cambiada que no se reconocerá a sí misma. Ni siquiera mirándose en el espejo clarísimo de su limpia historia.

»No quiero terminar esta carta sin contarle a usted un suceso desagradable. Ha muerto de forma terrible un joven muy apreciado y muy conocido en Madrid: el ingeniero de caminos don José de Rey, sobrino de mi cuñada. Este triste suceso ocurrió anoche en la huerta de nuestra casa. Todavía no entiendo bien qué causas pudieron llevar al desgraciado Rey a esta decisión horrible y criminal. Perfecta me lo contó esta mañana, cuando volví de Mundogrande. Según ella, Pepe Rey entró en la huerta de esta casa a eso de las doce de la noche. Allí se pegó un tiro en la sien derecha y murió en el acto. Imagínese usted el susto y la alarma que hubo en esta casa tan tranquila y tan honrada. La pobre Perfecta se impresionó tanto que nos asustamos. Pero ya está mejor, y esta tarde hemos conseguido que tome una sopita. Hacemos todo lo posible por consolarla. Y como es una buena cristiana, sabe aguantar las mayores desgracias con una resignación que es un ejemplo para todos.

»Aquí, entre nosotros, amigo mío, le diré una cosa. En ese terrible ataque del joven Rey contra su propia vida debió de influir mucho un amor imposible. Quizás también el remordimiento por su conducta. Y la tristeza amarguísima y enfermiza en que estaba su espíritu. Yo le apreciaba mucho. Creo que tenía cualidades excelentes. Pero aquí le tenían en tan mala opinión que ni una sola vez oí hablar bien de él. Según dicen, presumía de ideas y opiniones rarísimas. Se burlaba de la religión. Entraba en la iglesia fumando y con el sombrero puesto. No respetaba nada. Para él no había en el mundo ni pudor, ni virtudes, ni alma, ni ideal, ni fe. Solo había teodolitos, escuadras, reglas, máquinas, niveles, picos y azadas. ¿Qué le parece? Para decir la verdad, en sus conversaciones conmigo siempre escondió esas ideas. Sin duda tenía miedo de que le destrozara la metralla de mis argumentos. Pero en público se cuentan de él mil historias de herejías y de abusos increíbles.

»No puedo seguir, querido, porque en este momento oigo tiros de fusil. Como no me entusiasman las batallas y no soy guerrero, el pulso me tiembla un poquito. Ya le informará a usted de algunos detalles de esta guerra su muy afectuoso amigo, etc., etc.»

*22 de abril.*

«Mi inolvidable amigo: hoy hemos tenido una lucha sangrienta cerca de Orbajosa. Las tropas han atacado con mucho valor a la gran partida que se levantó en Villahorrenda. Ha habido muchos muertos y heridos en los dos lados. Después, los valientes guerrilleros se dispersaron. Pero están muy animados, y quizás oiga usted cosas maravillosas. Los manda Cristóbal Caballuco, aunque está herido en un brazo, no se sabe cómo ni cuándo. Es hijo de aquel famoso Caballuco que usted conoció en la guerra pasada. El jefe de ahora tiene grandes cualidades para mandar, y además es honrado y sencillo. Como al final veremos un pequeño acuerdo amistoso, supongo que Caballuco será general del ejército español. Así ganarán mucho los dos.

»Yo lamento esta guerra, que está creciendo de forma alarmante. Pero reconozco que la culpa no es de nuestros valientes campesinos. Les ha empujado a esta lucha sangrienta el atrevimiento del Gobierno. Y la mala moral de sus representantes, que no respetan lo sagrado. Y el odio constante con que los hombres del Estado atacan lo más venerable que hay en la conciencia de los pueblos. Es decir, la fe religiosa y el españolismo puro, que por suerte se conservan en los lugares donde todavía no ha llegado esa peste destructora. Hay gobiernos que quieren quitarle a un pueblo su alma para darle otra. Quieren arrancarle sus raíces, por decirlo así, y cambiar sus sentimientos, sus costumbres y sus ideas. Entonces es natural que ese pueblo se defienda. Como se defiende el viajero al que asaltan unos ladrones infames en medio de un camino solitario. Que lleven al Gobierno el espíritu y la sustancia pura y sana de mi obra de los *Linajes* (perdóneme usted la falta de modestia). Y entonces no habrá guerras.

»Hoy hemos tenido aquí un asunto muy desagradable. El clero, amigo mío, se ha negado a enterrar al pobre Rey en tierra sagrada. Yo intervine en este asunto. Le pedí al señor obispo que levantara una condena tan grave. Pero no se ha podido conseguir nada. Por fin hemos metido el cuerpo del joven en un hoyo que se hizo en el campo de Mundogrande. Allí mis pacientes excavaciones han descubierto la riqueza arqueológica que usted conoce. He pasado un rato muy triste, y todavía me dura la penosísima impresión. Don Juan Tafetán y yo fuimos los únicos que acompañamos el entierro. Poco después fueron allí (cosa rara) esas que aquí llaman las Troyas. Y rezaron largo rato sobre la tumba sencilla del matemático. Aunque parecía una cosa ridícula y sin sentido, me emocionó.

»Sobre la muerte de Rey, corre por el pueblo el rumor de que fue asesinado. No se sabe por quién. Dicen que él mismo lo declaró, porque vivió como una hora y media. Según dicen, guardó el secreto sobre quién le había matado. Yo repito esta versión sin decir que es falsa ni que es verdad. Perfecta no quiere que se hable de este asunto, y se pone muy triste siempre que hablo de ello.

»La pobrecita, nada más pasar una desgracia, sufre otra, que a todos nos entristece mucho. Amigo mío, la terrible y antigua enfermedad de nuestra familia ya tiene una nueva víctima. La pobre Rosario, que iba mejorando gracias a nuestros cuidados, ya ha perdido la cabeza. Sus palabras sin sentido, su delirio horrible y su palidez de muerta me recuerdan a mi madre y a mi hermana. Es el caso más grave que he visto en mi familia. Porque no se trata de manías, sino de verdadera locura. Es triste, tristísimo, que entre tantos yo sea el único que se ha salvado. Yo conservo mi juicio sano y entero, y totalmente libre de ese mal tan terrible.

»No he podido dar sus saludos a don Inocencio. El pobrecito se ha puesto enfermo de repente. No recibe a nadie y no deja que le vean ni sus amigos más íntimos. Pero estoy seguro de que le devuelve a usted sus saludos. Y no dude usted que empezará enseguida a traducir los epigramas latinos que usted le recomienda... Otra vez suenan tiros. Dicen que esta tarde habrá pelea. La tropa acaba de salir.»

*Barcelona, 1 de junio.*

«Acabo de llegar aquí, después de dejar a mi sobrina Rosario en San Baudilio de Llobregat. El director del hospital me ha asegurado que es un caso que no tiene cura.

»Eso sí, allí la cuidarán con muchísima atención. Es un manicomio alegre y grandioso. Mi querido amigo, si alguna vez caigo yo también, llévenme a San Baudilio. Espero encontrar a mi vuelta las pruebas de imprenta de los *Linajes*. Pienso añadir seis pliegos. Sería un gran error no publicar las razones que tengo para defender una cosa. Mateo Díaz Coronel, autor del *Métrico encomio*, desciende por parte de madre de los Guevaras, y no de los Burguillos. El autor de la *Floresta amena* se equivocó al decir lo contrario.

»Le escribo esta carta, sobre todo, para hacerle a usted una advertencia. Aquí he oído a varias personas hablar de la muerte de Pepe Rey. La contaban tal como pasó de verdad. Yo le revelé a usted este secreto cuando nos vimos en Madrid. Le conté lo que supe algún tiempo después de lo ocurrido. Me extraña mucho una cosa. Yo no se lo he dicho a nadie más que a usted. Y aquí lo cuentan con todos sus detalles. Explican cómo entró en la huerta. Cómo disparó su revólver contra Caballuco cuando vio que este le atacaba con la navaja. Cómo Ramos le disparó después con tanta puntería que le dejó muerto allí mismo... En fin, mi querido amigo, quizás usted ha hablado de esto con alguien sin darse cuenta. Por eso le recuerdo que es un secreto de familia. Y para una persona tan prudente y discreta como usted, con esto basta.

»¡Buenas noticias, buenas noticias! He leído en un periodiquillo que Caballuco ha derrotado al brigadier Batalla.»

*Orbajosa, 12 de diciembre.*

«Tengo que darle a usted una triste noticia. Ya no tenemos Penitenciario. No es exactamente porque haya muerto. Es porque el pobrecito está desde el mes de abril tan angustiado, tan melancólico y tan callado que no se le reconoce. Ya no queda en él ni un poco de aquel humor fino, de aquella alegría correcta y clásica que le hacía tan agradable. Huye de la gente, se encierra en su casa, no recibe a nadie y casi no come. Ha roto toda relación con el mundo. Si le viera usted, no le reconocería, porque se ha quedado en los huesos. Lo más raro es que se ha peleado con su sobrina. Ahora vive solo, completamente solo, en una casucha del barrio de Baidejos, a las afueras. Ahora dicen que deja su puesto en el coro de la catedral y que se va a Roma. ¡Ay! Orbajosa pierde mucho al perder a su gran latinista. Me parece que pasarán años y años y no tendremos otro. Nuestra gloriosa España se acaba, se destruye, se muere.»

*Orbajosa, 23 de diciembre.*

«El joven que le recomendé a usted en la carta que le llevó él mismo es el sobrino de nuestro querido Penitenciario. Es abogado y tiene algo de escritor. Su tío le educó con mucho cuidado, y tiene ideas sensatas. ¡Qué pena sería que se corrompiera en ese barro de falsa filosofía y de falta de fe! Es honrado, trabajador y buen católico. Por eso creo que hará carrera en un despacho de abogado como el de usted... Quizás una pequeña ambición, porque también la tiene, le llevará a las luchas políticas. Creo que no sería una mala ganancia para la causa del orden y de la tradición. Sobre todo hoy, cuando la juventud está pervertida y en manos de *los de la cáscara amarga*. Le acompaña su madre. Es una mujer ordinaria y sin educación social, pero tiene un corazón excelente y una fe muy pura. En ella el amor de madre toma la forma, algo rara, de la ambición del mundo. Dice que su hijo será ministro. Bien puede serlo.

»Perfecta le manda saludos. No sé exactamente qué le pasa, pero nos tiene preocupados. Ha perdido el apetito de una forma alarmante. Y, o yo no entiendo nada de enfermedades, o tiene un principio de ictericia. Esta casa está muy triste desde que falta Rosario. Ella la alegraba con su sonrisa y su bondad de ángel. Ahora parece que tenemos encima una nube negra. La pobre Perfecta habla muchas veces de esa nube, que cada vez se pone más negra. Y mientras, ella se pone cada día más amarilla. La pobre madre encuentra consuelo a su dolor en la religión y en las prácticas del culto. Las cumple cada vez con más devoción, como un ejemplo para todos. Pasa casi todo el día en la iglesia. Gasta su gran fortuna en fiestas religiosas espléndidas, en novenas y en exposiciones del Santísimo brillantísimas. Gracias a ella, el culto ha recuperado en Orbajosa el esplendor de otros tiempos. Esto es un consuelo en medio de la decadencia y del fin de nuestra nación...

»Mañana irán las pruebas... Añadiré otros dos pliegos, porque he descubierto un nuevo orbajosense ilustre. Es Bernardo Amador de Soto. Fue criado del duque de Osuna, y le sirvió durante la época en que el duque gobernó Nápoles. Y hay incluso señales de que no hizo nada, absolutamente nada, en el complot contra Venecia.»

### XXXIII

Esto se acabó. Es cuanto por ahora podemos decir de las personas que parecen buenas y no lo son.

### Glosario

- **colofón**: nota al final de un libro antiguo con datos de la impresión.
- **linajes**: familias, con todos sus antepasados.
- **sien**: parte de la cabeza entre el ojo y la oreja.
- **teodolito**: aparato que usan los ingenieros para medir ángulos en el terreno.
- **partida**: grupo de hombres armados que se levantan contra el Gobierno.
- **tierra sagrada**: cementerio bendecido por la Iglesia, donde se entierra a los católicos.
- **manicomio**: hospital para enfermos de la mente.
- **pliego**: hoja grande de papel que, doblada, forma varias páginas de un libro.
- **ictericia**: enfermedad que pone la piel amarilla.
- **los de la cáscara amarga**: los liberales o revolucionarios.
- **novena**: oraciones religiosas que se hacen durante nueve días.
- **complot**: plan secreto de varias personas contra alguien.
