# Don Quijote de la Mancha. Segunda parte (Edición B1)

*Miguel de Cervantes*

## Prólogo al lector

¡Válgame Dios! Lector ilustre, o lector del pueblo, ¡con cuántas ganas debes de estar esperando ahora este prólogo! Crees que vas a encontrar en él venganzas, peleas e insultos contra el autor del segundo «Don Quijote». Hablo de aquel autor que, según dicen, fue engendrado en Tordesillas y nació en Tarragona. Pues la verdad es que no te voy a dar ese gusto. Es cierto que las ofensas despiertan la ira hasta en los corazones más humildes. Pero en mi corazón esta regla tiene que tener una excepción. Tú querrías que yo lo llamara asno, tonto y atrevido. Pero no lo pienso hacer. Que lo castigue su pecado; con su pan se lo coma, y allá él.

Lo que sí me ha dolido es que me llame viejo y manco. Como si yo hubiera podido parar el tiempo para que no pasara por mí. Como si me hubieran dejado manco en alguna taberna. No fue allí. Fue en la ocasión más alta que vieron los siglos pasados y los presentes. Y los siglos futuros no esperan ver otra igual. Mis heridas quizá no brillan a los ojos de quien las mira. Pero al menos las aprecian los que saben dónde las gané. Porque el soldado queda mejor muerto en la batalla que libre en la huida. Y yo lo siento así de verdad. Si ahora me ofrecieran algo imposible, elegiría esto. Preferiría haber estado en aquella batalla maravillosa antes que estar sano ahora sin haber estado en ella. Las heridas que el soldado muestra en la cara y en el pecho son estrellas. Guían a los demás al cielo de la honra y al deseo de una alabanza justa. Y hay que tener en cuenta una cosa: no se escribe con las canas, sino con el entendimiento. Y el entendimiento suele mejorar con los años.

También me ha dolido que me llame envidioso. Me explica qué es la envidia, como si yo fuera un ignorante. Pero, en realidad, hay dos clases de envidia. Yo solo conozco la santa, la noble y bien intencionada. Siendo así, no voy a perseguir a ningún sacerdote. Y menos si, además, es familiar del Santo Oficio. Si él lo dijo pensando en quien parece, se equivocó del todo. De esa persona yo adoro el ingenio. Y admiro sus obras y su trabajo continuo y virtuoso. Pero, en fin, le agradezco a este señor autor una cosa. Dice que mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son buenas. Y no podrían ser buenas si no tuvieran de todo.

Me parece que me dices que soy demasiado prudente. Dices que me contengo mucho por modestia. Pero yo sé que no hay que añadir dolor al que ya sufre. Y el dolor de este señor, sin duda, debe de ser grande. Se nota porque no se atreve a aparecer en campo abierto y a cielo claro. Esconde su nombre y finge su patria, como si hubiera cometido una traición contra el rey. Si por casualidad llegas a conocerlo, dile de mi parte que no me siento ofendido. Bien sé lo que son las tentaciones del demonio. Una de las mayores es meterle a un hombre una idea en la cabeza. La idea es que puede escribir e imprimir un libro. Y que con él ganará tanta fama como dinero, y tanto dinero como fama. Para confirmarlo, quiero que tú, con tu buena gracia, le cuentes este cuento:

«En Sevilla había un loco que tuvo la locura más graciosa que ha tenido loco en el mundo. Hizo un tubo de caña con la punta afilada. Cuando cogía algún perro en la calle, o en cualquier otro sitio, le sujetaba una pata con el pie. La otra pata se la levantaba con la mano. Después, como mejor podía, le metía el tubo por cierta parte y soplaba. Así lo ponía redondo como una pelota. Cuando lo tenía así, le daba dos palmaditas en la barriga y lo soltaba. Entonces decía a la gente que miraba, que siempre era mucha: “¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?”».

¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

Y si este cuento no le gusta, lector amigo, cuéntale este otro, que también es de un loco y de un perro:

«En Córdoba había otro loco. Tenía la costumbre de llevar sobre la cabeza un trozo de losa de mármol, o una piedra bastante pesada. Cuando encontraba algún perro descuidado, se ponía a su lado. Y dejaba caer el peso encima de él, de golpe. El perro se enfadaba y, entre ladridos y aullidos, corría tres calles sin parar. Pues bien, entre los perros que recibieron la piedra, hubo uno de un bonetero. Su dueño lo quería mucho. Bajó la piedra y le dio en la cabeza. El perro herido empezó a gritar. Su amo lo vio y lo sintió. Cogió una vara de medir, salió hacia el loco y no le dejó un hueso sano. Y con cada golpe que le daba, decía: “Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?”. Repitió muchas veces la palabra “podenco” y dejó al loco hecho polvo. El loco aprendió la lección y se retiró. Durante más de un mes no salió a la plaza. Después de ese tiempo, volvió con su invento y con una piedra más pesada. Se acercaba al perro y lo miraba fijamente. No quería ni se atrevía a soltar la piedra, y decía: “Éste es podenco: ¡guarda!”. En efecto, decía que eran podencos todos los perros que encontraba, aunque fueran alanos o gozques. Y así, no soltó más la piedra».

Quizá le pase lo mismo a este historiador. Quizá no se atreva a soltar más la piedra de su ingenio en libros. Porque los libros, cuando son malos, son más duros que las rocas.

Dile también otra cosa. Me amenaza con quitarme las ganancias con su libro. Pues eso no me importa nada: no se me da un ardite. Le respondo con las palabras del famoso entremés de «La Perendenga»: «Que me viva el Veinte y cuatro, mi señor, y Cristo con todos». ¡Viva el gran conde de Lemos! Todos conocen su fe cristiana y su generosidad. Ellas me mantienen en pie contra todos los golpes de mi mala suerte. Y que me viva la enorme caridad del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas. Con ellos, no me importa que no haya imprentas en el mundo. Ni me importa que se impriman contra mí más libros que letras tienen las «Coplas de Mingo Revulgo». Estos dos príncipes me ayudan y me hacen favores solo por su bondad. Yo no se lo he pedido con adulaciones ni con otros aplausos. Por eso me siento más feliz y más rico así. Me siento mejor que si la fortuna me hubiera subido a lo más alto por el camino normal. El pobre puede tener honra, pero el vicioso no. La pobreza puede nublar a la nobleza, pero no oscurecerla del todo. A veces la virtud da alguna luz, aunque sea por las grietas de la pobreza. Entonces los espíritus altos y nobles la aprecian. Y, por eso, la ayudan.

Y no le digas nada más. Yo tampoco quiero decirte más a ti. Solo quiero que tengas en cuenta una cosa. Te ofrezco esta segunda parte de «Don Quijote». Está cortada por el mismo artesano y del mismo paño que la primera. En ella te doy a don Quijote alargado y, al final, muerto y enterrado. Así nadie se atreverá a inventar nuevas mentiras sobre él. Ya bastan las pasadas. Y basta también que un hombre honrado haya contado estas locuras discretas, sin querer meterse otra vez en ellas. La abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se aprecien. Y lo que escasea, aunque sea malo, se aprecia algo. Se me olvidaba decirte que esperes el «Persiles», que ya estoy terminando, y la segunda parte de «Galatea».

### Glosario

- **manco**: persona a la que le falta una mano o un brazo, o que no puede usarlos.
- **con su pan se lo coma**: frase popular: que él sufra las consecuencias; no es asunto mío.
- **familiar del Santo Oficio**: persona que trabajaba para la Inquisición, el tribunal de la Iglesia.
- **bonetero**: hombre que hace o vende bonetes, unos gorros.
- **podenco**: perro de caza de buen olfato; el dueño lo quería mucho.
- **¡guarda!**: palabra antigua para avisar: «¡cuidado!».
- **alanos o gozques**: dos clases de perros: el alano es grande y fuerte; el gozque, pequeño.
- **no se me da un ardite**: no me importa nada; el ardite era una moneda de muy poco valor.
- **entremés**: obra de teatro corta y cómica.
- **del mismo paño**: de la misma tela; aquí, de la misma calidad y del mismo autor.

## Capítulo I. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad

Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte de esta historia y tercera salida de don Quijote, lo siguiente. El cura y el barbero estuvieron casi un mes sin verlo. No querían recordarle las cosas pasadas. Pero sí visitaban a su sobrina y a su ama. Les pedían que lo cuidaran bien. Debían darle cosas de comer buenas para el corazón y el cerebro. Porque, según pensaban con razón, de allí venían todos sus males. Ellas dijeron que así lo hacían y que lo seguirían haciendo con todo su cuidado. Porque veían que su señor, poco a poco, daba muestras de estar en su sano juicio. Esto alegró mucho a los dos amigos, pues creían haber acertado al traerlo encantado en el carro de bueyes. Así se contó en el último capítulo de la primera parte de esta historia, tan grande como exacta. Por eso, decidieron visitarlo y comprobar si había mejorado, aunque casi les parecía imposible. Acordaron no hablarle de caballería andante en ningún momento. No querían descoser los puntos de una herida que todavía estaba tan tierna.

Por fin lo visitaron. Lo encontraron sentado en la cama. Llevaba un chaleco de bayeta verde y un gorro rojo de Toledo. Estaba tan seco y tan flaco que parecía una momia. Los recibió muy bien. Le preguntaron por su salud. Y él les habló de sí mismo y de su salud con mucho juicio y con palabras muy elegantes. Durante la conversación, empezaron a hablar de política y de las formas de gobierno. Corregían este abuso y condenaban aquel. Cambiaban una costumbre y quitaban otra. Cada uno de los tres se convirtió en un nuevo legislador, un Licurgo moderno o un Solón recién hecho. Renovaron tanto el Estado que parecía otro. Era como si lo hubieran metido en una fragua y hubieran sacado uno nuevo. Don Quijote habló con tanta inteligencia de todos los temas que los dos examinadores no tuvieron dudas. Creyeron que estaba completamente bueno y en su sano juicio.

La sobrina y el ama estaban presentes en la conversación. No se cansaban de dar gracias a Dios al ver a su señor con tan buen entendimiento. Pero el cura cambió su primer plan, que era no hablarle de caballerías. Quiso comprobar del todo si la salud de don Quijote era falsa o verdadera. Así, poco a poco, empezó a contar algunas noticias que habían llegado de la corte. Entre otras cosas, dijo que se daba por cierto que el Turco venía con una poderosa armada. Nadie sabía su plan, ni dónde iba a descargar una tormenta tan grande. Casi todos los años nos llega ese miedo y tenemos que prepararnos. Ahora toda la cristiandad estaba en alarma. Su Majestad había mandado proteger las costas de Nápoles y Sicilia y la isla de Malta. A esto respondió don Quijote:

—Su Majestad ha actuado como un guerrero muy prudente. Ha protegido sus estados a tiempo, para que el enemigo no lo encuentre desprevenido. Pero si Su Majestad tomara mi consejo, yo le aconsejaría una medida. Y Su Majestad, en este momento, debe de estar muy lejos de pensar en ella.

Nada más oír esto, el cura dijo para sí:

—¡Que Dios te ayude, pobre don Quijote! Me parece que te caes desde la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu simpleza.

Pero el barbero había tenido el mismo pensamiento que el cura. Preguntó a don Quijote cuál era esa medida que, según él, era bueno tomar. Quizá era una de esas muchas propuestas impertinentes que se suelen dar a los príncipes.

—La mía, señor rapador —dijo don Quijote—, no será impertinente, sino perteneciente.

—No lo digo por eso —respondió el barbero—. Lo digo porque la experiencia enseña algo. Casi todas las propuestas que se dan a Su Majestad son imposibles, o disparatadas, o malas para el rey o para el reino.

—Pues la mía —respondió don Quijote— no es imposible ni disparatada. Es la más fácil, la más justa, la más hábil y la más breve que puede pensar ningún inventor de propuestas.

—Pues ya tarda vuestra merced en decirla, señor don Quijote —dijo el cura.

—No querría decirla aquí ahora —dijo don Quijote— y que mañana amaneciera en los oídos de los señores consejeros. Y que otro se llevara las gracias y el premio de mi trabajo.

—Por mí —dijo el barbero—, doy mi palabra, aquí y delante de Dios. No diré lo que vuestra merced diga ni a rey ni a roque, ni a ningún hombre de este mundo. Aprendí este juramento del romance del cura. En la misa, ese cura avisó al rey del ladrón que le había robado las cien doblas y su mula andariega.

—No conozco esas historias —dijo don Quijote—. Pero sé que ese juramento es bueno, porque sé que el señor barbero es un hombre de bien.

—Y aunque no lo fuera —dijo el cura—, yo respondo por él. En este asunto no hablará más que un mudo. Si habla, pagará lo que decidan los jueces.

—¿Y por vuestra merced quién responde, señor cura? —dijo don Quijote.

—Mi profesión —respondió el cura—, que me obliga a guardar secretos.

—¡Cuerpo de tal! —dijo entonces don Quijote—. ¿Qué otra cosa hay que hacer? Su Majestad solo tiene que mandar un pregón público. Todos los caballeros andantes que viajan por España deben reunirse en la corte un día señalado. Aunque solo vinieran media docena, entre ellos podría venir uno capaz de todo. Él solo bastaría para destruir todo el poder del Turco. Escúchenme con atención, vuestras mercedes, y síganme. ¿Es algo nuevo, acaso, que un solo caballero andante destruya un ejército de doscientos mil hombres? Es como si todos juntos tuvieran una sola garganta, o estuvieran hechos de alfeñique. Si no, díganme: ¿cuántas historias están llenas de estas maravillas? ¡Qué mala suerte para mí, por no decir para otro, que hoy no viva el famoso don Belianís! ¡O alguno del enorme linaje de Amadís de Gaula! Si uno de ellos viviera hoy y se enfrentara con el Turco, ¡a fe mía que no me gustaría estar en el lugar del Turco! Pero Dios cuidará de su pueblo. Le enviará a alguien que quizá no sea tan valiente como los caballeros andantes de antes. Pero al menos no será inferior a ellos en el ánimo. Y Dios me entiende, y no digo más.

—¡Ay! —dijo en ese momento la sobrina—. ¡Que me maten si mi señor no quiere volver a ser caballero andante!

A lo que dijo don Quijote:

—Caballero andante he de morir. Y que baje o suba el Turco cuando quiera y con todo el poder que pueda. Otra vez digo que Dios me entiende.

Entonces dijo el barbero:

—Pido a vuestras mercedes permiso para contar un cuento breve que pasó en Sevilla. Viene aquí tan a propósito que tengo ganas de contarlo.

Don Quijote le dio permiso, y el cura y los demás lo escucharon. Él empezó de esta manera:

—«En la casa de los locos de Sevilla había un hombre. Sus parientes lo habían metido allí porque le faltaba el juicio. Había estudiado leyes de la Iglesia en Osuna. Pero, según muchos, también habría sido loco aunque hubiera estudiado en Salamanca. Después de algunos años encerrado, este hombre creyó que estaba cuerdo y en su sano juicio. Con esta idea escribió al arzobispo. Le pidió con mucha insistencia y con razones muy bien ordenadas que lo sacara de aquella miseria. Decía que, por la misericordia de Dios, ya había recuperado el juicio. Pero sus parientes lo tenían allí para quedarse con parte de sus bienes. Y querían, contra la verdad, que fuera loco hasta la muerte.

»Muchas cartas bien escritas e inteligentes convencieron al arzobispo. Mandó a un capellán suyo que preguntara al director de la casa si era verdad lo que escribía aquel licenciado. También le mandó hablar con el loco. Si le parecía cuerdo, debía sacarlo y darle la libertad. El capellán lo hizo así. El director le dijo que aquel hombre seguía loco. Muchas veces hablaba como una persona muy inteligente. Pero al final decía muchas tonterías, tan grandes como sus palabras sensatas del principio. Se podía comprobar hablando con él. El capellán quiso comprobarlo. Habló con el loco una hora y más. En todo ese tiempo, el loco no dijo nada sin sentido ni disparatado. Al contrario, habló con tanta sensatez que el capellán tuvo que creer que estaba cuerdo. Entre otras cosas, el loco le dijo que el director le tenía manía. Lo hacía para no perder los regalos de los parientes. Se los daban para que dijera que seguía loco, aunque con algunos momentos de lucidez. Y dijo que su mayor enemigo en su desgracia era su gran riqueza. Sus enemigos querían disfrutarla. Por eso mentían y dudaban del favor que Dios le había hecho: convertirlo otra vez de bestia en hombre. En fin, habló de tal manera que el director pareció sospechoso. Los parientes parecieron codiciosos y sin alma. Y él pareció tan sensato que el capellán decidió llevárselo. Quería que el arzobispo lo viera y tocara con la mano la verdad de aquel asunto.

»Con esta buena fe, el buen capellán pidió al director la ropa con la que el licenciado había entrado allí. El director volvió a decirle que tuviera cuidado con lo que hacía. Porque, sin ninguna duda, el licenciado seguía loco. Pero los avisos del director no sirvieron de nada; el capellán quería llevárselo. El director obedeció, porque era una orden del arzobispo. Pusieron al licenciado su ropa, que era nueva y decente. Cuando se vio vestido de cuerdo y sin ropa de loco, pidió un favor al capellán. Por caridad, quería permiso para despedirse de sus compañeros, los locos. El capellán dijo que quería acompañarlo y ver a los locos de la casa. Subieron, pues, y con ellos algunas personas que estaban allí. El licenciado llegó a una jaula donde había un loco furioso, aunque entonces estaba tranquilo. Y le dijo: “Hermano mío, dígame si quiere algo, porque me voy a mi casa. Dios, por su bondad y misericordia infinitas, me ha devuelto el juicio sin que yo lo merezca. Ya estoy sano y cuerdo, porque para el poder de Dios nada es imposible. Tenga mucha esperanza y confianza en Él. Ya que me ha devuelto mi primer estado, también se lo devolverá a usted si confía en Él. Yo tendré cuidado de enviarle algunas cosas buenas de comer. Cómalas sin falta. Le digo una cosa, como alguien que ha pasado por ello. Creo que todas nuestras locuras vienen de tener los estómagos vacíos y los cerebros llenos de aire. Ánimo, ánimo, que perder el ánimo en las desgracias quita la salud y trae la muerte”.

»Otro loco, que estaba en otra jaula enfrente de la del furioso, oyó todas estas palabras del licenciado. Se levantó de una estera vieja, donde estaba echado y completamente desnudo. Y preguntó a gritos quién era el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondió: “Yo soy el que me voy, hermano. Ya no necesito estar aquí más tiempo. Por eso doy infinitas gracias al cielo por tan gran favor”. “Cuidado con lo que decís, licenciado, que no os engañe el diablo —respondió el loco—. Quedaos quieto y tranquilo en vuestra casa, y así os ahorraréis la vuelta”. “Yo sé que estoy bien —respondió el licenciado—, y no tendré que volver a pasar por todo esto”. “¿Vos, bien? —dijo el loco—. Bueno, ya se verá. Id con Dios. Pero yo os juro una cosa por Júpiter, cuya majestad yo represento en la tierra. Sevilla comete hoy un pecado al sacaros de esta casa y al tomaros por cuerdo. Y solo por ese pecado le daré un castigo enorme. Se recordará por los siglos de los siglos, amén. ¿No sabes tú, licenciadillo tonto, que puedo hacerlo? Como digo, soy Júpiter Tonante. Tengo en mis manos los rayos ardientes con que puedo amenazar y destruir el mundo, y suelo hacerlo. Pero solo quiero castigar a este pueblo ignorante con una cosa. No lloverá en él, ni en toda su región y alrededores, durante tres años enteros. Se contarán desde el día y el momento de esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú sano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? ¡Tanto pienso llover como pienso ahorcarme!”.

»Los presentes escucharon con atención los gritos y las palabras del loco. Pero nuestro licenciado se volvió hacia nuestro capellán y le cogió las manos. Le dijo: “No se preocupe vuestra merced, señor mío. No haga caso de lo que ha dicho este loco. Si él es Júpiter y no quiere llover, aquí estoy yo. Yo, que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces que quiera y que haga falta”. A esto respondió el capellán: “Aun así, señor Neptuno, no será bueno enfadar al señor Júpiter. Vuestra merced quédese en su casa. Otro día, cuando haya más tiempo y más comodidad, volveremos a buscar a vuestra merced”. El director y los presentes se rieron, y por esa risa el capellán se quedó medio avergonzado. Le quitaron la ropa al licenciado, se quedó en la casa y se acabó el cuento».

—Pues, ¿este es el cuento, señor barbero —dijo don Quijote—, que venía aquí tan a propósito que no podía dejar de contarlo? ¡Ah, señor rapista, señor rapista! ¡Qué ciego es el que no ve a través de un colador! ¿Es posible que vuestra merced no sepa que las comparaciones son siempre odiosas y mal recibidas? Hablo de comparar ingenio con ingenio, valor con valor, belleza con belleza y linaje con linaje. Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas. Ni quiero que nadie me tenga por sensato si no lo soy. Solo me esfuerzo por hacer ver al mundo su error. El mundo se equivoca al no renovar aquel tiempo tan feliz en que brillaba la orden de la caballería andante. Pero nuestra época corrompida no merece gozar del bien que gozaron otras épocas. En ellas, los caballeros andantes cargaban sobre sus espaldas muchas tareas. Defendían los reinos y protegían a las doncellas. Ayudaban a los huérfanos y a los niños sin padre. Castigaban a los soberbios y premiaban a los humildes. Los caballeros de ahora visten damascos, brocados y otras telas ricas. A la mayoría les crujen más esas telas que la malla de su armadura. Ya no hay caballero que duerma en el campo, bajo el frío y el calor, armado de pies a cabeza. Ya no hay quien, apoyado en su lanza y sin sacar los pies de los estribos, solo eche una cabezada. Así lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que salga de este bosque y entre en aquella montaña. Ellos, desde allí, llegaban a una playa estéril y desierta, junto a un mar casi siempre agitado. En la orilla encontraban una barca pequeña, sin remos, vela, mástil ni cuerdas. Y, con corazón valiente, se lanzaban en ella. Se entregaban a las olas sin piedad del mar profundo. Las olas unas veces los subían al cielo y otras los bajaban al abismo. El caballero ponía el pecho contra la tormenta invencible. Y, cuando menos lo esperaba, se encontraba a tres mil leguas o más del lugar donde se embarcó. Saltaba a una tierra lejana y desconocida. Y allí le pasaban cosas dignas de escribirse, no en pergaminos, sino en bronce. Pero ahora la pereza vence a la diligencia, la ociosidad al trabajo y el vicio a la virtud. La arrogancia vence a la valentía, y la teoría a la práctica de las armas. Esas cosas buenas solo vivieron y brillaron en las edades de oro y en los caballeros andantes. Si no, díganme: ¿quién fue más honrado y más valiente que el famoso Amadís de Gaula? ¿Quién más sensato que Palmerín de Inglaterra? ¿Quién más agradable y más tratable que Tirante el Blanco? ¿Quién más galán que Lisuarte de Grecia? ¿Quién recibió y dio más cuchilladas que don Belianís? ¿Quién fue más valiente que Perión de Gaula? ¿Quién buscó más peligros que Felixmarte de Hircania? ¿Quién fue más sincero que Esplandián? ¿Quién más atrevido que don Cirongilio de Tracia? ¿Quién más bravo que Rodamonte? ¿Quién más prudente que el rey Sobrino? ¿Quién más audaz que Reinaldos? ¿Quién más invencible que Roldán? ¿Y quién más elegante y más cortés que Rugero? De él descienden hoy los duques de Ferrara, según Turpín en su «Cosmografía». Todos estos caballeros, y otros muchos que podría nombrar, señor cura, fueron caballeros andantes, luz y gloria de la caballería. Yo querría que los de mi propuesta fueran estos o como estos. Si lo fueran, Su Majestad estaría bien servido y se ahorraría muchos gastos. Y el Turco se quedaría arrancándose las barbas. Y con esto, como el capellán no me saca de mi casa, no quiero quedarme en ella. Y si su Júpiter, como ha dicho el barbero, no quiere llover, aquí estoy yo, que lloveré cuando quiera. Digo esto para que el señor Bacía sepa que lo entiendo.

—De verdad, señor don Quijote —dijo el barbero—, no lo dije por eso. Que Dios me ayude tanto como fue buena mi intención. Vuestra merced no debe sentirse.

—Si puedo sentirme o no —respondió don Quijote—, yo me lo sé.

A esto dijo el cura:

—Yo casi no he dicho una palabra hasta ahora. Pero no quisiera quedarme con un escrúpulo que me roe y me rasca la conciencia. Nace de lo que el señor don Quijote ha dicho aquí.

—El señor cura tiene permiso para esto y para más cosas —respondió don Quijote—. Así que puede decir su escrúpulo, porque no es agradable andar con la conciencia inquieta.

—Pues con ese permiso —respondió el cura—, digo cuál es mi escrúpulo. No puedo convencerme de ninguna manera de una cosa. Me refiero a toda esa multitud de caballeros andantes que vuestra merced ha nombrado, señor don Quijote. No creo que hayan sido de verdad personas de carne y hueso en el mundo. Al contrario, imagino que todo es ficción, fábula y mentira. Son sueños contados por hombres despiertos, o, mejor dicho, medio dormidos.

—Ese es otro error —respondió don Quijote— en que han caído muchos. No creen que haya habido tales caballeros en el mundo. Yo lo he combatido muchas veces, con gentes diferentes y en distintas ocasiones. He querido sacar a la luz de la verdad este engaño casi general. Algunas veces no lo he conseguido. Otras veces sí, porque lo he apoyado sobre los hombros de la verdad. Y esta verdad es tan cierta que casi diría que vi a Amadís de Gaula con mis propios ojos. Era un hombre alto, de cara blanca y barba bien cuidada, aunque negra. Su mirada era entre suave y dura. Hablaba poco, tardaba en enfadarse y se le pasaba pronto el enfado. Así como he dibujado a Amadís, podría pintar y describir a todos los caballeros andantes de las historias del mundo. Estoy convencido de que fueron como cuentan sus historias. Sus hazañas y su carácter nos dicen mucho. Con buena filosofía, se pueden deducir de ellos sus rasgos, sus colores y su estatura.

—¿Y cómo de grande le parece a vuestra merced, mi señor don Quijote —preguntó el barbero—, que sería el gigante Morgante?

—Sobre los gigantes —respondió don Quijote— hay diferentes opiniones. Unos dicen que los ha habido en el mundo y otros que no. Pero la Santa Escritura, que no puede faltar ni un átomo a la verdad, nos muestra que los hubo. Nos cuenta la historia de aquel enorme filisteo Golías, que medía siete codos y medio de altura. Es un tamaño desmesurado. También en la isla de Sicilia se han encontrado huesos de piernas y espaldas enormes. Su tamaño demuestra que sus dueños fueron gigantes, tan grandes como grandes torres. La geometría saca esta verdad de toda duda. Pero, con todo, no sabría decir con seguridad qué tamaño tenía Morgante. Imagino que no debió de ser muy alto. Pienso así por una razón. En la historia que cuenta sus hazañas, se dice que muchas veces dormía bajo techo. Y si encontraba casa donde cabía, está claro que no era tan enorme.

—Así es —dijo el cura.

Al cura le gustaba oírle decir tan grandes disparates. Por eso le preguntó por las caras de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán. Y también por las de los demás Doce Pares de Francia, pues todos habían sido caballeros andantes.

—De Reinaldos —respondió don Quijote— me atrevo a decir que tenía la cara ancha y de color rojizo. Tenía los ojos inquietos y algo saltones. Era muy puntilloso y se enfadaba demasiado. Y era amigo de ladrones y de gente perdida. De Roldán, o Rotolando, u Orlando, pues las historias le dan todos estos nombres, opino y afirmo lo siguiente. Fue de estatura media, ancho de espaldas y algo patizambo. Tenía la cara morena y la barba roja, el cuerpo velludo y la mirada amenazadora. Hablaba poco, pero era muy educado y bien criado.

—Si Roldán no era más guapo de lo que dice vuestra merced —respondió el cura—, no es extraño lo que pasó. La señora Angélica la Bella lo despreció y lo dejó. Prefirió la gracia, el brío y el encanto que debía de tener aquel morito. Ella se entregó a él, un joven al que empezaba a salir la barba. Y fue sensata al amar más la suavidad de Medoro que la aspereza de Roldán.

—Esa Angélica, señor cura —respondió don Quijote—, fue una doncella poco seria, vagabunda y algo caprichosa. Dejó el mundo tan lleno de sus tonterías como de la fama de su belleza. Despreció a mil señores, mil valientes y mil sabios. Y se contentó con un pajecillo sin barba. Él no tenía más riqueza ni más nombre que la fama de agradecido. Esa fama la ganó por la fidelidad que guardó a su amigo. El gran cantor de su belleza fue el famoso Ariosto. Él no se atrevió, o no quiso, cantar lo que le pasó a esta señora después de entregarse tan mal. No debieron de ser cosas muy honestas. Por eso la dejó donde dijo:

Y como del Catay recibió el cetro,
quizá otro cantará con mejor plectro.

»Y, sin duda, esto fue como una profecía. Porque a los poetas también se les llama «vates», que quiere decir adivinos. Esta verdad se ve clara, porque después un famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas. Y otro poeta castellano, famoso y único, cantó su belleza.

—Dígame, señor don Quijote —dijo entonces el barbero—. Entre tantos poetas que han alabado a esa señora Angélica, ¿no ha habido ninguno que le haya escrito una sátira?

—Yo creo —respondió don Quijote— que si Sacripante o Roldán hubieran sido poetas, ya habrían hablado muy mal de la doncella. Porque es propio y natural de los poetas despreciados vengarse con sátiras y libelos. Hablo de los poetas rechazados por sus damas inventadas. O por las damas que ellos eligieron como señoras de sus pensamientos. Es una venganza, por cierto, indigna de corazones nobles. Pero hasta ahora no he oído hablar de ningún verso deshonroso contra la señora Angélica, que tuvo revuelto al mundo.

—¡Milagro! —dijo el cura.

En ese momento oyeron grandes gritos en el patio. Eran el ama y la sobrina, que ya habían dejado la conversación. Y todos fueron corriendo hacia el ruido.

### Glosario

- **bayeta**: tela de lana, gruesa y suave.
- **Licurgo**: antiguo legislador griego que hizo leyes famosas; Solón fue otro.
- **fragua**: horno donde el herrero calienta el hierro para darle forma nueva.
- **pregón**: anuncio que se lee en voz alta en las calles y plazas.
- **ni a rey ni a roque**: a nadie, ni a la persona más importante.
- **impertinente, sino perteneciente**: juego de palabras: «impertinente» es lo que no viene al caso; «perteneciente», lo que sí.
- **rapador**: nombre burlón para el barbero, el que rapa o corta el pelo y la barba; también «rapista».
- **alfeñique**: pasta blanda de azúcar; aquí, algo muy débil.
- **sentirse**: aquí, ofenderse.
- **codos**: medida antigua, del codo a la punta de los dedos.
- **plectro**: pieza para tocar la lira; aquí, la inspiración del poeta.
- **barbero**: hombre que corta el pelo y la barba.
- **rapista**: otro nombre burlón para el barbero.
- **bueyes**: toros grandes que se usan para tirar de los carros.
- **descoser**: quitar o romper los puntos de hilo que cierran algo.
- **momia**: cuerpo muerto que se ha quedado seco.
- **desprevenido**: sin estar preparado.
- **capellán**: sacerdote que sirve a una persona o a una casa.
- **codiciosos**: que quieren tener mucho dinero o muchas cosas.
- **licenciadillo**: forma de despreciar a un licenciado, un hombre con estudios.
- **ahorcarme**: matarme colgándome del cuello con una cuerda.
- **invencible**: que no se puede vencer.
- **escrúpulo**: duda que preocupa la conciencia.

## Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos

Cuenta la historia que los gritos que oyeron don Quijote, el cura y el barbero eran de la sobrina y del ama. Gritaban a Sancho Panza, que luchaba por entrar a ver a don Quijote. Y ellas le cerraban la puerta:

—¿Qué quiere este mostrenco en esta casa? Idos a la vuestra, hermano. Vos sois, y nadie más, quien engaña y distrae a mi señor. Vos lo lleváis por esos caminos perdidos.

A lo que Sancho respondió:

—Ama de Satanás, el engañado, el distraído y el llevado por esos caminos perdidos soy yo, y no tu amo. Él me llevó por esos mundos. Y vosotras os equivocáis en la mitad del justo precio. Él me sacó de mi casa con engaños. Me prometió una ínsula, y todavía la estoy esperando.

—Malas ínsulas te ahoguen, Sancho maldito —respondió la sobrina—. ¿Y qué son ínsulas? ¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón, que es lo que tú eres?

—No es de comer —respondió Sancho—, sino de gobernar. Y de gobernar mejor que cuatro ciudades y que cuatro alcaldes de corte.

—Con todo eso —dijo el ama—, no entraréis aquí, saco de maldades y costal de malicias. Id a gobernar vuestra casa y a trabajar vuestros campitos. Y dejad de pedir ínsulas ni ínsulos.

Al cura y al barbero les gustaba mucho oír la conversación de los tres. Pero don Quijote tuvo miedo. Temía que Sancho se soltara y dijera un montón de tonterías con mala intención. Podía tocar asuntos malos para su buena fama. Así que lo llamó e hizo callar a las dos mujeres para que lo dejaran entrar. Sancho entró. El cura y el barbero dijeron adiós a don Quijote. Ya no tenían esperanza en su salud. Veían lo metido que estaba en sus locas ideas. Y veían lo perdido que estaba en la simpleza de sus desgraciadas caballerías. Y así, el cura dijo al barbero:

—Ya veréis, compadre: cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale otra vez a volar la ribera.

—No lo dudo —respondió el barbero—. Pero no me asombra tanto la locura del caballero como la simpleza del escudero. Se ha creído tanto lo de la ínsula que creo que nadie se lo sacará de la cabeza. Ni con todos los desengaños que se puedan imaginar.

—Que Dios los cure —dijo el cura—, y estemos atentos. Veremos en qué acaba este montón de disparates de tal caballero y de tal escudero. Parece que los hicieron a los dos en una misma turquesa. Y parece que las locuras del señor, sin las tonterías del criado, no valdrían un ardite.

—Así es —dijo el barbero—. Me gustaría mucho saber de qué hablarán ahora los dos.

—Estoy seguro —respondió el cura— de que la sobrina o el ama nos lo contarán después. Porque no son de las que dejan de escuchar.

Mientras tanto, don Quijote se metió con Sancho en su cuarto y cerró la puerta. Cuando estuvieron solos, le dijo:

—Me pesa mucho, Sancho, que hayas dicho, y que digas, que yo te saqué de tus casillas. Sabes bien que yo tampoco me quedé en mis casas. Juntos salimos, juntos fuimos y juntos viajamos. La misma fortuna y la misma suerte nos tocó a los dos. Si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido a palos cien veces. Esa es la ventaja que te llevo.

—Eso era lo justo —respondió Sancho—. Porque, según dice vuestra merced, las desgracias son más propias de los caballeros andantes que de sus escuderos.

—Te equivocas, Sancho —dijo don Quijote—. Según aquello de «quando caput dolet...», etcétera.

—No entiendo otra lengua que la mía —respondió Sancho.

—Quiero decir —dijo don Quijote— que, cuando la cabeza duele, duelen todos los miembros. Yo soy tu amo y señor, y por eso soy tu cabeza. Y tú eres una parte de mí, pues eres mi criado. Por esta razón, el mal que me toca o me toque a mí te tiene que doler a ti. Y a mí el tuyo.

—Así tenía que ser —dijo Sancho—. Pero cuando a mí me manteaban, como miembro, mi cabeza estaba detrás de la tapia. Me miraba volar por los aires sin sentir ningún dolor. Y ya que los miembros están obligados a sentir el mal de la cabeza, la cabeza también tendría que sentir el de ellos.

—¿Quieres decir ahora, Sancho —respondió don Quijote—, que a mí no me dolía cuando te manteaban? Si lo dices, no lo digas, ni lo pienses. Porque yo sentía entonces más dolor en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero dejemos esto por ahora. Ya habrá tiempo de pensarlo bien y ponerlo en su sitio. Y dime, Sancho amigo: ¿qué dicen de mí por este pueblo? ¿Qué opinión tiene de mí la gente común? ¿Y los hidalgos? ¿Y los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, de mis hazañas y de mi cortesía? ¿Qué se comenta de mi propósito de resucitar la orden de caballería, ya olvidada, y devolverla al mundo? En fin, Sancho, quiero que me digas lo que ha llegado a tus oídos sobre esto. Y me lo tienes que decir sin añadir nada al bien ni quitar nada al mal. Porque los vasallos leales deben decir la verdad a sus señores tal como es. La adulación no debe hacerla más grande, ni otro falso respeto más pequeña. Y quiero que sepas una cosa, Sancho. Si la verdad llegara desnuda a los oídos de los príncipes, sin los vestidos de la adulación, el mundo sería otro. Otras épocas serían tenidas por más de hierro que la nuestra. Porque yo creo que, de las que hay ahora, la nuestra es la de oro. Que te sirva este aviso, Sancho. Es para que me digas con inteligencia y buena intención la verdad de lo que sepas sobre mis preguntas.

—Eso lo haré con mucho gusto, señor mío —respondió Sancho—. Pero con una condición: vuestra merced no se ha de enfadar por lo que yo diga. Porque quiere que lo diga desnudo, sin vestirlo con otras ropas que las que traía cuando llegó a mí.

—De ninguna manera me enfadaré —respondió don Quijote—. Puedes hablar libremente, Sancho, y sin rodeos.

—Pues lo primero que digo —dijo— es esto. La gente común tiene a vuestra merced por un loco grandísimo, y a mí por no menos tonto. Los hidalgos dicen que vuestra merced no se ha quedado en los límites de la hidalguía. Dicen que se ha puesto el «don» y se ha lanzado a ser caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra. Y con un trapo atrás y otro delante. Los caballeros dicen que no quieren que los hidalgos se pongan a su altura. Sobre todo esos hidalgos pobres, casi escuderos, que ennegrecen sus zapatos con humo. Y que cosen los agujeros de las medias negras con seda verde.

—Eso —dijo don Quijote— no tiene que ver conmigo, pues yo ando siempre bien vestido y nunca con remiendos. Roto, puede ser; pero roto más por las armas que por el tiempo.

—En cuanto a la valentía, la cortesía, las hazañas y el propósito de vuestra merced —siguió Sancho—, hay diferentes opiniones. Unos dicen: «loco, pero gracioso». Otros: «valiente, pero desgraciado». Otros: «cortés, pero impertinente». Y así van hablando de tantas cosas que no nos dejan un hueso sano, ni a vuestra merced ni a mí.

—Mira, Sancho —dijo don Quijote—: dondequiera que la virtud está en grado muy alto, la persiguen. Pocos hombres famosos del pasado, o ninguno, se libraron de las calumnias de la maldad. A Julio César, capitán valentísimo, prudentísimo y lleno de ánimo, lo acusaron de ambicioso. Y también de no ser muy limpio, ni en su ropa ni en sus costumbres. De Alejandro, que por sus hazañas ganó el nombre de Magno, dicen que le gustaba demasiado el vino. De Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que fue lujurioso y blando. De don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura que le gustaban demasiado las mujeres. Y de su hermano, que era llorón. Así que, ¡oh, Sancho!, entre tantas calumnias contra los buenos, bien pueden pasar las mías. Siempre que no sean más que las que has dicho.

—¡Ahí está el problema, cuerpo de mi padre! —respondió Sancho.

—Pues, ¿hay más? —preguntó don Quijote.

—Aún la cola falta por desollar —dijo Sancho—. Lo de hasta ahora son tortas y pan pintado. Pero si quiere saber todas las cosas malas que dicen de vuestra merced, le traeré enseguida a alguien. Él se las dirá todas, sin que falte una miga. Anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco. Viene de estudiar en Salamanca, ya hecho bachiller. Fui a darle la bienvenida y me dijo que la historia de vuestra merced ya anda en libros. Se llama «El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha». Dice que me nombran a mí en ella con mi mismo nombre, Sancho Panza. Y también a la señora Dulcinea del Toboso. Y cuenta otras cosas que nos pasaron a nosotros a solas. Yo me hice cruces del susto. No entiendo cómo pudo saberlas el historiador que las escribió.

—Te aseguro, Sancho —dijo don Quijote—, que el autor de nuestra historia debe de ser algún sabio encantador. A esos no se les esconde nada de lo que quieren escribir.

—¡Ya lo creo que era sabio y encantador! —dijo Sancho—. Pues el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena. Así lo dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que le he dicho.

—Ese nombre es de moro —respondió don Quijote.

—Así será —respondió Sancho—, porque he oído decir que a la mayoría de los moros les gustan mucho las berenjenas.

—Tú debes de equivocarte, Sancho —dijo don Quijote—, en el apellido de ese Cide. Y «Cide», en árabe, quiere decir «señor».

—Bien podría ser —respondió Sancho—. Pero si vuestra merced quiere que lo traiga aquí, iré a buscarlo en volandas.

—Me darás mucho gusto, amigo —dijo don Quijote—, porque lo que me has dicho me tiene intrigado. No comeré ningún bocado a gusto hasta saberlo todo.

—Pues voy a buscarlo —respondió Sancho.

Y dejó a su señor y fue a buscar al bachiller. Volvió con él poco después, y entre los tres tuvieron una conversación graciosísima.

### Glosario

- **mostrenco**: persona sin casa ni dueño; aquí, insulto: vago, bruto.
- **distrae, distraído**: aquí, en lengua antigua: apartar a alguien del buen camino; apartado del buen camino.
- **Malas ínsulas te ahoguen**: maldición en broma: «que las ínsulas te traigan mala suerte»; ahogar es quitar el aire.
- **saco de maldades y costal de malicias**: insultos: persona llena de maldad y de malas intenciones.
- **os equivocáis en la mitad del justo precio**: expresión de los tratos y las ventas: os equivocáis muchísimo.
- **golosazo**: persona a la que le gusta muchísimo comer cosas ricas.
- **volar la ribera**: expresión de la caza con halcones; aquí, salir otra vez a buscar aventuras.
- **escudero, escuderos**: criado que acompaña a un caballero andante y le lleva las armas.
- **turquesa**: molde para hacer balas; los dos son iguales, como hechos en el mismo molde.
- **sacar de sus casillas**: aquí, sacar a alguien de su casa; también, hacerle perder la paciencia.
- **quando caput dolet**: palabras en latín: «cuando duele la cabeza...»; don Quijote lo explica después.
- **mantear, manteaban**: lanzar a alguien al aire con una manta, como burla.
- **adulación**: alabanza falsa que se dice a alguien para agradarle.
- **calumnias**: mentiras que se dicen contra alguien para hacerle daño.
- **yugadas**: trozos de tierra que puede arar una pareja de bueyes en un día.
- **Aún la cola falta por desollar**: refrán: todavía falta lo más difícil o lo peor.
- **tortas y pan pintado**: cosas fáciles y sin importancia, comparadas con lo que viene.
- **en volandas**: muy deprisa, casi volando.
- **Berenjena**: error de Sancho: el nombre correcto es Benengeli; la berenjena es una verdura.

## Capítulo III. Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco

Don Quijote se quedó muy pensativo mientras esperaba al bachiller Carrasco. Esperaba oír de él las noticias sobre sí mismo puestas en un libro, como había dicho Sancho. No podía creer que existiera tal historia. Porque aún no estaba seca en la hoja de su espada la sangre de los enemigos que había matado. ¡Y ya querían que sus grandes hazañas de caballería anduvieran impresas! Aun así, imaginó que algún sabio, amigo o enemigo, las habría hecho imprimir por arte de magia. Si era amigo, lo habría hecho para engrandecerlas y ponerlas por encima de las más famosas de cualquier caballero andante. Si era enemigo, lo habría hecho para destruirlas. Las pondría por debajo de las más bajas que se hubieran escrito de algún vil escudero. «Aunque —se decía— nunca se han escrito hazañas de escuderos». Y si de verdad existía esa historia, tenía que ser de una manera. Por ser de un caballero andante, sería por fuerza elocuente, alta, ilustre, magnífica y verdadera.

Con esto se consoló un poco. Pero perdió el consuelo al pensar que su autor era moro, según aquel nombre de «Cide». Y, según él, de los moros no se podía esperar ninguna verdad, porque todos eran tramposos, mentirosos y fantasiosos. Temía que el autor hubiera contado sus amores con alguna falta de decencia. Eso podía dañar la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso. Deseaba que hubiera explicado bien su fidelidad y el respeto que siempre le había guardado. Por ella había despreciado a reinas, emperatrices y doncellas de todas clases. Y había controlado los impulsos naturales. Así, envuelto y revuelto en estos y otros muchos pensamientos, lo encontraron Sancho y Carrasco. Don Quijote recibió al bachiller con mucha cortesía.

El bachiller, aunque se llamaba Sansón, no era muy grande de cuerpo. Pero era un gran socarrón. Tenía la cara pálida, pero era muy inteligente. Tendría unos veinticuatro años. Era de cara redonda, nariz chata y boca grande. Todo esto mostraba que era malicioso y amigo de bromas y de burlas. Así lo demostró al ver a don Quijote. Se puso de rodillas delante de él y le dijo:

—Deme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha. Vuestra merced es uno de los caballeros andantes más famosos que ha habido en toda la redondez de la tierra. ¡Y que habrá! Lo juro por el hábito de San Pedro que llevo, aunque solo tengo las cuatro primeras órdenes. ¡Bendito sea Cide Hamete Benengeli, que dejó escrita la historia de vuestras grandezas! ¡Y más bendito aún el curioso que la hizo traducir del árabe a nuestra lengua castellana! Lo hizo para entretenimiento de toda la gente.

Don Quijote lo hizo levantarse y dijo:

—Entonces, ¿es verdad que hay una historia mía, y que la escribió un moro sabio?

—Es tan verdad, señor —dijo Sansón—, que creo que hoy están impresos más de doce mil libros de esa historia. Si no, que lo digan Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso. Y además se dice que se está imprimiendo en Amberes. Y yo sospecho que no habrá nación ni lengua donde no se traduzca.

—Una de las cosas que más contento debe dar a un hombre virtuoso y eminente —dijo entonces don Quijote— es esta. Verse, en vida, con buen nombre en boca de la gente, impreso y en libros. Digo «con buen nombre» porque, si fuera al contrario, no habría muerte igual.

—Si hablamos de buena fama y de buen nombre —dijo el bachiller—, solo vuestra merced gana a todos los caballeros andantes. Porque el moro en su lengua y el cristiano en la suya pintaron muy al vivo a vuestra merced. Pintaron su gallardía, su gran ánimo ante los peligros y su paciencia en las dificultades. También su aguante, tanto en las desgracias como en las heridas. Y la honestidad y la pureza de los amores tan platónicos de vuestra merced y de mi señora doña Dulcinea del Toboso.

—Yo nunca he oído llamar «doña» a mi señora Dulcinea —dijo en ese momento Sancho Panza—. Solo la señora Dulcinea del Toboso. Ya en esto se equivoca la historia.

—Esa no es una objeción importante —respondió Carrasco.

—No, por cierto —respondió don Quijote—. Pero dígame vuestra merced, señor bachiller: ¿qué hazañas mías son las más alabadas en esa historia?

—En eso —respondió el bachiller— hay diferentes opiniones, como hay diferentes gustos. Unos prefieren la aventura de los molinos de viento, que a vuestra merced le parecieron gigantes como Briareo. Otros, la de los batanes. Este, la descripción de los dos ejércitos, que después resultaron ser dos rebaños de carneros. Aquel alaba la del muerto que llevaban a enterrar a Segovia. Uno dice que la mejor de todas es la de la libertad de los galeotes. Otro, que ninguna iguala a la de los dos «gigantes» benitos, con la pelea del valiente vizcaíno.

—Dígame, señor bachiller —dijo entonces Sancho—, ¿entra ahí la aventura de los yangüeses? Aquella vez que a nuestro buen Rocinante se le antojó pedir cotufas en el golfo.

—El sabio no se dejó nada en el tintero —respondió Sansón—. Todo lo dice y todo lo apunta. Hasta las cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta.

—En la manta no hice yo cabriolas —respondió Sancho—. En el aire sí, y más de las que yo quería.

—Yo creo —dijo don Quijote— que no hay historia humana en el mundo sin altos y bajos. Sobre todo las de caballerías, que nunca pueden estar llenas solo de éxitos.

—Con todo eso —respondió el bachiller—, algunos que han leído la historia dicen algo. Les habría gustado que a los autores se les olvidaran algunos de los infinitos palos. Me refiero a los que le dieron al señor don Quijote en diferentes peleas.

—Ahí entra la verdad de la historia —dijo Sancho.

—También podrían haberlos callado por justicia —dijo don Quijote—. Pues hay acciones que no cambian la verdad de la historia. No hace falta escribirlas si dejan en mal lugar al protagonista. A fe mía que Eneas no fue tan piadoso como lo pinta Virgilio, ni Ulises tan prudente como lo describe Homero.

—Así es —respondió Sansón—, pero una cosa es escribir como poeta y otra como historiador. El poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser. Y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron. Sin añadir ni quitar nada a la verdad.

—Pues si ese señor moro anda diciendo verdades —dijo Sancho—, seguro que entre los palos de mi señor están también los míos. Porque nunca le tomaron a su merced la medida de la espalda sin tomármela a mí de todo el cuerpo. Pero no me extraña, pues, como dice mi propio señor, los miembros han de participar del dolor de la cabeza.

—Socarrón sois, Sancho —respondió don Quijote—. A fe mía que no os falta memoria cuando queréis tenerla.

—Aunque yo quisiera olvidarme de los palos que me han dado —dijo Sancho—, no me lo permitirían los cardenales. Todavía están frescos en mis costillas.

—Callad, Sancho —dijo don Quijote—, y no interrumpáis al señor bachiller. Le ruego que siga diciéndome lo que se dice de mí en esa historia.

—Y de mí —dijo Sancho—, que también dicen que soy uno de los principales presonajes de ella.

—Personajes, no presonajes, Sancho amigo —dijo Sansón.

—¿Tenemos otro que me corrige los voquibles? —dijo Sancho—. Pues sigan así, y no acabaremos en toda la vida.

—Que Dios me castigue, Sancho —respondió el bachiller—, si no sois vos la segunda persona de la historia. Y hay lectores que prefieren oíros hablar a vos que al mejor personaje de todo el libro. Aunque también hay quien dice que fuisteis demasiado crédulo. Creísteis que podía ser verdad el gobierno de aquella ínsula. Os la ofreció el señor don Quijote, que está aquí presente.

—Aún hay sol en las bardas —dijo don Quijote—. Sancho irá cumpliendo años y ganará la experiencia que dan los años. Así estará más preparado y más hábil para ser gobernador que ahora.

—Por Dios, señor —dijo Sancho—, la isla que no gobierne con los años que tengo, no la gobernaré con los años de Matusalén. El problema es que esa ínsula se retrasa, no sé dónde. No es que a mí me falte cabeza para gobernarla.

—Encomendadlo a Dios, Sancho —dijo don Quijote—. Todo saldrá bien, y quizá mejor de lo que pensáis. Que no se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad de Dios.

—Así es —dijo Sansón—. Si Dios quiere, a Sancho no le faltarán mil islas que gobernar, y mucho menos una.

—Yo he visto por ahí gobernadores —dijo Sancho— que, en mi opinión, no me llegan a la suela del zapato. Y, con todo, los llaman «señoría» y comen en platos de plata.

—Esos no son gobernadores de ínsulas —respondió Sansón—, sino de otros gobiernos más fáciles. Porque los que gobiernan ínsulas por lo menos tienen que saber gramática.

—Con la grama bien me avendría yo —dijo Sancho—, pero con la tica no me llevo, porque no la entiendo. Pero dejemos esto del gobierno en las manos de Dios. Que Él me ponga donde mejor le sirva. Le digo, señor bachiller Sansón Carrasco, que me ha gustado muchísimo una cosa. El autor de la historia ha hablado de mí de una manera que no molesta. Y le digo otra cosa, a fe de buen escudero. Si hubiera dicho cosas poco propias de un cristiano viejo como yo, nos habrían oído hasta los sordos.

—Eso sería hacer milagros —respondió Sansón.

—Milagros o no milagros —dijo Sancho—, cada uno mire cómo habla o cómo escribe de las presonas. Y que no ponga a lo loco lo primero que le viene a la cabeza.

—Uno de los defectos que le ponen a esa historia —dijo el bachiller— es este. Su autor metió en ella una novela titulada «El curioso impertinente». No porque sea mala o esté mal escrita. Sino porque no es de aquel lugar y no tiene que ver con la historia del señor don Quijote.

—Apuesto —respondió Sancho— a que el hideperro ha mezclado berzas con capachos.

—Ahora digo —dijo don Quijote— que el autor de mi historia no ha sido un sabio, sino algún ignorante charlatán. Se puso a escribirla a ciegas y sin ningún juicio, salga lo que salga. Como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda. Cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: «Lo que salga». A veces pintaba un gallo tan mal hecho y tan poco parecido que tenía que escribir algo junto a él. Con letras góticas ponía: «Éste es gallo». Así debe de pasar con mi historia: necesitará un comentario para entenderla.

—Eso no —respondió Sansón—, porque es tan clara que no hay nada difícil en ella. Los niños la manosean, los jóvenes la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran. En fin, toda clase de gente la conoce, la ha leído y la sabe. Tanto, que en cuanto ven algún caballo flaco, dicen: «Allí va Rocinante». Y los que más la leen son los pajes. No hay antesala de un señor donde no haya un «Don Quijote». Unos lo cogen si otros lo dejan; estos se lanzan sobre él y aquellos lo piden. En fin, esa historia es el entretenimiento más agradable y menos dañino que se ha visto hasta ahora. Porque en toda ella no hay, ni de lejos, una palabra deshonesta ni un pensamiento poco católico.

—Escribir de otra manera —dijo don Quijote— no sería escribir verdades, sino mentiras. Y los historiadores que usan mentiras deberían ser quemados, como los que hacen moneda falsa. Y no sé qué movió al autor a usar novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir de los míos. Sin duda debió de seguir el refrán: «De paja y de heno...», etcétera. Solo con mostrar mis pensamientos, mis suspiros y mis lágrimas, el autor podría hacer un libro enorme. Lo mismo con mis buenos deseos y mis ataques. Sería más grande, o tan grande, como todas las obras del Tostado juntas. En efecto, lo que yo entiendo, señor bachiller, es esto. Para escribir historias y libros, de cualquier clase, hace falta un gran juicio y una inteligencia madura. Decir gracias y escribir cosas divertidas es propio de grandes ingenios. El personaje más inteligente de la comedia es el bobo. Porque no puede ser tonto quien sabe hacerse pasar por tonto. La historia es como una cosa sagrada, porque tiene que ser verdadera. Y donde está la verdad está Dios, en cuanto a la verdad. Pero, a pesar de esto, algunos escriben y echan libros de sí como si fueran buñuelos.

—No hay libro tan malo —dijo el bachiller— que no tenga algo bueno.

—No hay duda de eso —respondió don Quijote—. Pero muchas veces pasa algo. Algunos autores habían ganado con justicia una gran fama por sus escritos. Y al imprimirlos, la perdieron del todo o la perdieron en parte.

—La causa de eso es —dijo Sansón— que las obras impresas se miran despacio. Así se ven fácilmente sus faltas. Y cuanto mayor es la fama del autor, más se examinan. Los hombres famosos por su ingenio, los grandes poetas y los historiadores ilustres casi siempre tienen envidiosos. Son los que disfrutan juzgando los escritos de otros sin haber publicado nunca nada propio.

—Eso no es extraño —dijo don Quijote—. Porque hay muchos teólogos que no sirven para predicar. Pero son buenísimos para ver las faltas o los excesos de los que predican.

—Todo eso es así, señor don Quijote —dijo Carrasco—. Pero yo querría que esos críticos fueran más compasivos y menos exigentes. Que no se fijaran en las motas de polvo del sol clarísimo de la obra que critican. Si «aliquando bonus dormitat Homerus», piensen en lo mucho que estuvo despierto. Lo estuvo para dar la luz de su obra con la menor sombra posible. Y quizá lo que les parece mal son lunares. Los lunares a veces aumentan la belleza de la cara que los tiene. Por eso digo que se arriesga muchísimo el que imprime un libro. Porque es completamente imposible escribir uno que satisfaga y contente a todos sus lectores.

—El libro que trata de mí —dijo don Quijote— habrá contentado a pocos.

—Al contrario —respondió Sansón—. Como «stultorum infinitus est numerus», son infinitos los que han disfrutado de esa historia. Y algunos han acusado de fallos a la memoria del autor. Porque se le olvida contar quién fue el ladrón que robó el rucio a Sancho. Allí no se dice. Solo se entiende por lo escrito que se lo robaron. Y poco después vemos a Sancho montado en el mismo burro, sin que haya aparecido. También dicen que olvidó otra cosa: los cien escudos que Sancho encontró en la maleta en Sierra Morena. Nunca más los nombra. Y muchos quieren saber qué hizo con ellos o en qué los gastó. Es uno de los puntos importantes que faltan en la obra.

Sancho respondió:

—Yo, señor Sansón, no estoy ahora para cuentas ni para cuentos. Me ha dado un desmayo de estómago. Si no lo arreglo con dos tragos de vino viejo, me dejará en la espina de Santa Lucía. En casa lo tengo; mi oíslo me espera. En cuanto acabe de comer, volveré. Y responderé a vuestra merced y a todo el mundo a lo que quieran preguntar. Tanto de la pérdida del burro como del gasto de los cien escudos.

Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa.

Don Quijote pidió y rogó al bachiller que se quedara a hacer penitencia con él. El bachiller aceptó la invitación y se quedó. A la comida de siempre se añadieron un par de pichones. En la mesa se habló de caballerías, y Carrasco le siguió la corriente. Se acabó el banquete y durmieron la siesta. Sancho volvió, y empezó otra vez la conversación de antes.

### Glosario

- **socarrón**: persona que se burla de los demás con astucia y disimulo.
- **benitos**: frailes de la orden de San Benito; en la primera parte, don Quijote los tomó por gigantes.
- **pedir cotufas en el golfo**: pedir cosas imposibles.
- **cardenales**: manchas moradas en la piel después de un golpe; también, altos cargos de la Iglesia.
- **voquibles**: Sancho quiere decir «vocablos», es decir, palabras.
- **Aún hay sol en las bardas**: refrán: todavía hay tiempo y esperanza.
- **Con la grama bien me avendría yo**: la grama es una hierba; Sancho parte la palabra «gramática» en «grama» y «tica».
- **cristiano viejo**: persona sin antepasados judíos ni moros, algo muy valorado entonces.
- **hideperro**: insulto: hijo de perro.
- **mezclado berzas con capachos**: mezclar cosas que no tienen nada que ver.
- **De paja y de heno**: refrán: «de paja y de heno, mi colchón lleno»; cualquier cosa sirve para llenar.
- **aliquando bonus dormitat Homerus**: en latín: «a veces el buen Homero se duerme»; hasta el mejor se equivoca.
- **stultorum infinitus est numerus**: en latín: «el número de los tontos es infinito».
- **la espina de Santa Lucía**: dejarlo a uno muy flaco, en los huesos.
- **oíslo**: palabra popular para la esposa.
- **hacer penitencia**: aquí, compartir una comida sencilla.

## Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse

Sancho volvió a casa de don Quijote. Y, siguiendo con la conversación anterior, dijo:

—El señor Sansón dijo que se quería saber quién me robó el burro, y cómo, y cuándo. Respondo y digo lo siguiente. Fue la misma noche en que huíamos de la Santa Hermandad y entramos en Sierra Morena. Eso fue después de la aventura sin ventura de los galeotes y de la del muerto que llevaban a Segovia. Mi señor y yo nos metimos en un bosque espeso. Mi señor se quedó apoyado en su lanza, y yo encima de mi rucio. Estábamos molidos y cansados de las peleas pasadas. Y nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones de plumas. Yo, sobre todo, dormí con un sueño tan pesado que el ladrón, quienquiera que fuera, pudo hacer una cosa. Me levantó sobre cuatro estacas que puso en los cuatro lados de la albarda. Así me dejó montado sobre ella. Y me sacó el rucio de debajo sin que yo lo notara.

—Eso es cosa fácil, y no es nada nuevo. Lo mismo le pasó a Sacripante en el cerco de Albraca. Con ese mismo truco, aquel famoso ladrón llamado Brunelo le sacó el caballo de entre las piernas.

—Amaneció —siguió Sancho—. En cuanto me moví un poco, las estacas cayeron y yo di en el suelo una gran caída. Busqué el burro y no lo vi. Se me llenaron los ojos de lágrimas e hice un lamento. Si el autor de nuestra historia no lo puso, puede estar seguro de que no puso nada bueno. Después de no sé cuántos días, cuando veníamos con la señora princesa Micomicona, reconocí mi asno. Y encima venía, vestido de gitano, aquel Ginés de Pasamonte. Era aquel mentiroso y grandísimo malhechor que mi señor y yo soltamos de la cadena.

—El error no está en eso —respondió Sansón—. Está en que, antes de aparecer el burro, el autor dice que Sancho iba montado en el mismo rucio.

—A eso no sé qué responder —dijo Sancho—. Solo que el historiador se equivocó, o sería un descuido del impresor.

—Así es, sin duda —dijo Sansón—. Pero, ¿qué pasó con los cien escudos? ¿Desaparecieron?

Respondió Sancho:

—Los gasté en provecho de mi persona, de la de mi mujer y de mis hijos. Y gracias a ellos mi mujer ha llevado con paciencia mis viajes. Hablo de los caminos que he andado sirviendo a mi señor don Quijote. Si después de tanto tiempo hubiera vuelto a casa sin blanca y sin el burro, me esperaba una negra suerte. Y si hay más que saber de mí, aquí estoy. Responderé al mismo rey en persona. Y nadie tiene por qué meterse en si traje o no traje, en si gasté o no gasté. Porque imaginen que me pagaran en dinero los palos que me dieron en estos viajes. Aunque cada palo se pagara solo a cuatro maravedís, otros cien escudos no llegarían ni para la mitad. Y que cada uno se meta la mano en el pecho. Y que no juzgue lo blanco por negro y lo negro por blanco. Que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces.

—Yo tendré cuidado —dijo Carrasco— de avisar al autor de la historia. Si la imprime otra vez, que no se olvide de esto que ha dicho el buen Sancho. Con eso la mejorará bastante.

—¿Hay otra cosa que corregir en esa leyenda, señor bachiller? —preguntó don Quijote.

—Debe de haberla —respondió él—, pero ninguna debe de ser tan importante como las que ya hemos dicho.

—¿Y promete el autor, por casualidad, una segunda parte? —dijo don Quijote.

—Sí, la promete —respondió Sansón—. Pero dice que no la ha encontrado ni sabe quién la tiene. Por eso dudamos si saldrá o no. Además, algunos dicen: «Nunca segundas partes fueron buenas». Y otros: «De las cosas de don Quijote bastan las escritas». Por eso se duda que haya segunda parte. Aunque algunos, más alegres que tristes, dicen: «Vengan más quijotadas. Que ataque don Quijote y que hable Sancho Panza, y sea lo que sea. Con eso nos contentamos».

—¿Y qué piensa hacer el autor?

—Piensa esto —respondió Sansón—: busca la historia con muchísimo empeño. En cuanto la encuentre, la mandará imprimir enseguida. Lo hará más por el dinero que le dará que por ninguna alabanza.

A lo que dijo Sancho:

—¿Al dinero y al interés mira el autor? Será un milagro que acierte. Porque no hará más que coser rápido y mal, como un sastre en vísperas de Pascua. Y las obras que se hacen con prisa nunca se acaban con la perfección que necesitan. Que ese señor moro, o lo que sea, tenga cuidado con lo que hace. Mi señor y yo le daremos tanto material de aventuras y de sucesos diferentes. Tanto, que podrá escribir no solo una segunda parte, sino cien. Sin duda, el buen hombre debe de pensar que aquí nos dormimos en la paja. Pues que nos sujete el pie cuando nos pongan las herraduras, y verá de qué pie cojeamos. Lo que yo sé decir es esto. Si mi señor siguiera mi consejo, ya estaríamos por esos campos deshaciendo agravios y enderezando entuertos. Así es el uso y la costumbre de los buenos caballeros andantes.

Sancho apenas había terminado de decir estas palabras cuando oyeron los relinchos de Rocinante. Don Quijote tomó estos relinchos por un agüero felicísimo. Y decidió hacer otra salida tres o cuatro días después. Explicó su intención al bachiller y le pidió consejo: ¿por dónde empezaría su viaje? El bachiller respondió que, en su opinión, debía ir al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza. Allí, dentro de pocos días, iban a celebrarse unas justas muy solemnes por la fiesta de San Jorge. En ellas podría ganar fama sobre todos los caballeros aragoneses. Y eso sería ganarla sobre todos los del mundo. Alabó su decisión, que le pareció muy honrada y muy valiente. Pero le aconsejó que tuviera más cuidado al enfrentarse a los peligros. Porque su vida no era suya, sino de todos los que lo necesitaban. Ellos necesitaban su protección y su ayuda en sus desgracias.

—De eso es de lo que yo reniego, señor Sansón —dijo entonces Sancho—. Mi señor ataca a cien hombres armados como un muchacho goloso ataca media docena de melones. ¡Cuerpo del mundo, señor bachiller! Hay tiempos de atacar y tiempos de retirarse. No todo ha de ser «¡Santiago, y cierra, España!». Además, yo he oído decir una cosa, creo que a mi propio señor, si no me equivoco. Entre los extremos del cobarde y del temerario está el punto medio de la valentía. Y si esto es así, no quiero que huya sin motivo. Ni que ataque cuando el exceso pide otra cosa. Pero, sobre todo, aviso a mi señor de una condición, si me ha de llevar con él. Él tendrá que hacer todas las batallas. Y yo solo estaré obligado a cuidar de su persona, de su limpieza y de su comodidad. En eso yo le bailaré el agua delante. Pero no piense que yo voy a sacar la espada, aunque sea contra villanos malandrines con hacha y casco. Eso es pensar en lo imposible. Yo, señor Sansón, no pienso ganar fama de valiente. Quiero ganarla del mejor y más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante. Su merced dice que por ahí se encontrarán muchas ínsulas. Si mi señor don Quijote, en pago de mis muchos y buenos servicios, quiere darme alguna, le daré las gracias. Y si no me la da, ya he nacido. Y el hombre no ha de vivir confiando en otro, sino en Dios. Además, el pan me sabrá igual de bien, y quizá mejor, sin gobierno que siendo gobernador. ¿Y sé yo, acaso, si en esos gobiernos el diablo me tiene preparada alguna zancadilla? Podría tropezar, caer y romperme las muelas. Sancho nací, y Sancho pienso morir. Pero, con todo esto, el cielo podría ponerme delante alguna ínsula u otra cosa parecida. Si me la diera de buenas maneras, sin mucho esfuerzo y sin mucho riesgo, no sería tan tonto como para rechazarla. Porque también se dice: «Cuando te dieren la vaquilla, corre con la soguilla». Y: «Cuando viene el bien, mételo en tu casa».

—Vos, hermano Sancho —dijo Carrasco—, habéis hablado como un catedrático. Pero, aun así, confiad en Dios y en el señor don Quijote. Os dará un reino, y no solo una ínsula.

—Tanto da lo de más como lo de menos —respondió Sancho—. Aunque le digo al señor Carrasco una cosa. Si mi señor me diera un reino, no lo echaría en saco roto. Yo me he tomado el pulso a mí mismo y me encuentro con salud para regir reinos y gobernar ínsulas. Y esto ya se lo he dicho otras veces a mi señor.

—Mirad, Sancho —dijo Sansón—, que los oficios mudan las costumbres. Podría ser que, al veros gobernador, no conocierais ni a la madre que os parió.

—Eso será con los que nacieron en las malvas —respondió Sancho—. No con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de grasa de cristianos viejos, como yo. ¡No, acérquense a mi carácter, y verán si soy desagradecido con alguien!

—Dios lo quiera —dijo don Quijote—. Ya se verá cuando llegue el gobierno, que ya me parece que lo tengo delante de los ojos.

Dicho esto, rogó al bachiller un favor, si era poeta. Quería que le escribiera unos versos sobre la despedida que pensaba hacer de su señora Dulcinea del Toboso. Y le advirtió algo: al principio de cada verso tenía que poner una letra de su nombre. Así, al final, juntando las primeras letras, se leería: «Dulcinea del Toboso».

El bachiller respondió que no era de los famosos poetas de España. Según decían, esos no eran más que tres y medio. Aun así, prometió escribir esos versos. Pero veía una gran dificultad. Las letras del nombre eran diecisiete. Si hacía cuatro estrofas castellanas de cuatro versos, sobraba una letra. Y si las hacía de cinco versos, que llaman décimas o redondillas, faltaban tres letras. Pero, con todo, intentaría meter una letra lo mejor que pudiera. Así, en las cuatro estrofas castellanas cabría el nombre de Dulcinea del Toboso.

—Así ha de ser en todo caso —dijo don Quijote—. Si el nombre no va allí claro y a la vista, ninguna mujer cree que los versos se hicieron para ella.

Quedaron en esto, y en que la salida sería ocho días después. Don Quijote pidió al bachiller que la mantuviera en secreto. Sobre todo, no debían saberlo el cura, maese Nicolás, su sobrina ni el ama. Así no estorbarían su honrada y valiente decisión. Carrasco lo prometió todo. Con esto se despidió. Pidió a don Quijote que le avisara de todo lo que le pasara, bueno o malo, cuando pudiera. Y así se despidieron. Sancho se fue a preparar lo necesario para el viaje.

### Glosario

- **rucio**: burro de color gris; así llama Sancho a su burro.
- **asno**: burro.
- **galeotes**: presos condenados a remar en los barcos del rey.
- **molidos**: muy cansados, con el cuerpo dolorido.
- **malhechor**: persona que hace cosas malas, delincuente.
- **albarda**: silla de los burros, hecha con un saco relleno de paja.
- **maravedís**: monedas de muy poco valor.
- **sastre**: persona que hace y cose ropa.
- **agravios**: ofensas, injusticias hechas a alguien.
- **relinchos**: voces del caballo.
- **sin blanca**: sin dinero; la blanca era una moneda de muy poco valor.
- **cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces**: refrán: cada persona tiene sus defectos.
- **quijotadas**: cosas propias de don Quijote; aventuras locas.
- **verá de qué pie cojeamos**: verá lo que valemos y cuáles son nuestros defectos.
- **agüero**: señal que, según algunos, anuncia algo bueno o malo.
- **justas**: combates de caballeros con lanzas, a caballo, como fiesta.
- **le bailaré el agua delante**: le serviré con mucho cuidado y ganas.
- **Cuando te dieren la vaquilla, corre con la soguilla**: refrán: cuando te ofrecen algo bueno, cógelo enseguida.
- **no lo echaría en saco roto**: no lo perdería; lo aprovecharía bien.
- **nacieron en las malvas**: nacieron en un lugar muy humilde y pobre.
- **redondillas**: estrofas de versos cortos.

## Capítulo V. De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de feliz recordación

(Cuando el traductor de esta historia llegó a este quinto capítulo, dijo que lo tenía por apócrifo. La razón era que aquí Sancho Panza habla con otro estilo. No es el estilo que se podía esperar de su poca inteligencia. Además, dice cosas tan finas que el traductor no cree posible que Sancho las supiera. Pero no quiso dejar de traducirlo, porque debía cumplir con su oficio. Y así, siguió diciendo:)

Sancho llegó a su casa tan contento y alegre que su mujer notó su alegría a tiro de ballesta. Tanto, que tuvo que preguntarle:

—¿Qué traéis, Sancho amigo, que venís tan alegre?

Y él respondió:

—Mujer mía, si Dios quisiera, a mí me gustaría no estar tan contento como parezco.

—No os entiendo, marido —replicó ella—. No sé qué queréis decir con eso. ¿Cómo os gustaría, si Dios quisiera, no estar contento? Yo seré tonta, pero no conozco a nadie que se alegre de no tener alegría.

—Mirad, Teresa —respondió Sancho—: yo estoy alegre porque he decidido volver a servir a mi amo don Quijote. Él quiere salir por tercera vez a buscar aventuras. Y yo vuelvo a salir con él, porque así lo quiere mi necesidad. También me alegra la esperanza de encontrar otros cien escudos como los que ya gasté. Pero me pone triste tener que separarme de ti y de mis hijos. Dios podría darme de comer en mi casa, sin mojarme los pies. Podría hacerlo sin llevarme por caminos difíciles y cruces de caminos. Le costaría poco: le bastaría con quererlo. Si lo hiciera, claro está que mi alegría sería más firme y más verdadera. Porque la alegría que tengo va mezclada con la tristeza de dejarte. Por eso dije bien: me gustaría, si Dios quisiera, no estar contento.

—Mirad, Sancho —replicó Teresa—: desde que os hicisteis miembro de caballero andante, habláis de una manera tan complicada que nadie os entiende.

—Basta con que me entienda Dios, mujer —respondió Sancho—. Él es quien entiende todas las cosas, y no hablemos más de esto. Y escuchad, hermana: estos tres días tenéis que cuidar bien del rucio. Tiene que estar listo para las armas. Dadle doble comida y revisad la albarda y todos los demás arreos. Porque no vamos a una boda. Vamos a dar la vuelta al mundo y a pelear con gigantes, con endriagos y con vestiglos. Vamos a oír silbidos, rugidos, bramidos y gritos. Y todo esto sería poca cosa, flores de cantueso, si no tuviéramos que vérnoslas con yangüeses y con moros encantados.

—Ya creo yo, marido —replicó Teresa—, que los escuderos andantes no comen el pan gratis. Por eso me quedaré rezando a Nuestro Señor para que os saque pronto de tantos peligros.

—Yo os digo, mujer —respondió Sancho—, que me caería muerto aquí mismo si no pensara verme pronto gobernador de una ínsula.

—Eso no, marido mío —dijo Teresa—. «Viva la gallina, aunque sea con su pepita». Vivid vos, y que el diablo se lleve todos los gobiernos del mundo. Sin gobierno salisteis del vientre de vuestra madre. Sin gobierno habéis vivido hasta ahora. Y sin gobierno os iréis, o os llevarán, a la tumba cuando Dios quiera. Hay mucha gente en el mundo que vive sin gobierno. Y no por eso dejan de vivir ni de contar como personas. «La mejor salsa del mundo es el hambre». Y como a los pobres nunca les falta el hambre, siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho: si por suerte llegáis a tener algún gobierno, no os olvidéis de mí ni de vuestros hijos. Pensad que Sanchico ya tiene quince años cumplidos. Es justo que vaya a la escuela, si su tío el abad lo va a hacer hombre de la Iglesia. Pensad también que Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la casamos. Me parece que tiene tantas ganas de tener marido como vos de veros con gobierno. Y, al fin y al cabo, mejor está la hija mal casada que viviendo con un hombre sin casarse.

—De verdad os digo, mujer mía —respondió Sancho—, que si Dios me da algo de gobierno, casaré a Mari Sancha muy alto. Tan alto, que nadie podrá llegar a ella sin llamarla «señora».

—Eso no, Sancho —respondió Teresa—. Casadla con alguien igual a ella, que es lo más sensato. Imaginad que la sacáis de los zuecos y la subís a zapatos de señora. Imaginad que le quitáis la falda parda de tela barata y le ponéis vestidos de aros y de seda. Imaginad que deja de ser «Marica», a la que todos tratan de «tú». Y que ahora la llaman «doña» y «señoría». Entonces la muchacha no se va a encontrar a sí misma. A cada paso cometerá mil errores. Y todos verán el hilo de su tela basta y grosera.

—Calla, boba —dijo Sancho—. Todo es acostumbrarse dos o tres años. Después le vendrán el señorío y la seriedad como hechos con molde. Y si no, ¿qué importa? Que ella sea señoría, y que pase lo que tenga que pasar.

—Medíos con vuestro estado, Sancho —respondió Teresa—. No queráis subir más alto de lo que sois. Recordad el refrán que dice: «Al hijo de tu vecino, límpiale las narices y mételo en tu casa». ¡Qué cosa tan bonita sería casar a nuestra María con un condazo o con un caballerote! Cuando le diera la gana, la trataría mal. La llamaría villana, hija del destripaterrones y de la pelarruecas. ¡No mientras yo viva, marido! ¡No he criado yo a mi hija para eso! Traed vos dinero, Sancho, y dejad en mis manos lo de casarla. Ahí está Lope Tocho, el hijo de Juan Tocho. Es un mozo fuerte y sano, y lo conocemos. Y sé que no mira con malos ojos a la muchacha. Con él, que es nuestro igual, estará bien casada. Y lo tendremos siempre delante de nuestros ojos. Seremos todos uno: padres e hijos, nietos y yernos. Y la paz y la bendición de Dios estarán entre todos nosotros. No me la caséis ahora en esas cortes y en esos palacios grandes. Allí ni la entenderán a ella, ni ella se entenderá.

—Ven acá, bestia y mujer de Barrabás —replicó Sancho—. ¿Por qué quieres ahora, sin ninguna razón, impedirme casar a mi hija? Yo quiero casarla con alguien que me dé nietos que se llamen «señoría». Mira, Teresa: siempre he oído decir a los viejos una cosa. El que no sabe disfrutar de la suerte cuando le llega no debe quejarse si se le pasa. Y ahora la suerte está llamando a nuestra puerta. No estaría bien cerrársela. Dejémonos llevar por este viento favorable que nos sopla.

(Por esta manera de hablar, y por lo que Sancho dice más abajo, el traductor de esta historia dijo que tenía este capítulo por apócrifo.)

—¿No te parece, animalia —siguió Sancho—, que sería bueno meterme en algún gobierno que nos dé provecho? Un gobierno que nos saque el pie del barro. Y que se case Mari Sancha con quien yo quiera. Ya verás cómo te llaman a ti «doña Teresa Panza». Y te sentarás en la iglesia sobre alfombras, cojines y telas finas, aunque les pese a las hidalgas del pueblo. ¡Pero no! Tú prefieres estar siempre igual, sin crecer ni bajar, como una figura pintada en un tapiz. Y de esto no hablemos más: Sanchica tiene que ser condesa, digas tú lo que digas.

—¿Veis todo lo que decís, marido? —respondió Teresa—. Pues, con todo eso, temo que este condado de mi hija va a ser su perdición. Vos haced lo que queráis. Hacedla duquesa o princesa. Pero os digo que no será con mi voluntad ni con mi permiso. Siempre, hermano, me ha gustado la igualdad. No soporto los aires de grandeza sin fundamento. En el bautismo me pusieron Teresa, un nombre limpio y sencillo. No tiene añadidos, ni adornos de «don» ni de «doña». Mi padre se llamaba Cascajo. Y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman Teresa Panza. Con razón me tendrían que llamar Teresa Cascajo. Pero «allá van reyes do quieren leyes», y yo me contento con este nombre. No quiero que me pongan encima un «don» que pese tanto que no lo pueda llevar. Y no quiero dar que hablar a la gente que me vea vestida como condesa o como gobernadora. Enseguida dirían: «¡Mirad qué orgullosa va la pazpuerca! Ayer no paraba de hilar un copo de estopa. Iba a misa con la cabeza tapada con la falda, en lugar de manto. Y hoy va con vestido de aros, con broches y con aires de señora, como si no la conociéramos». Dios me guarde mis siete sentidos, o mis cinco, o los que tenga. Si me los guarda, no pienso verme en ese apuro. Vos, hermano, id a ser gobierno o ínsulo, y daos todos los aires que queráis. Pero mi hija y yo no nos vamos a mover ni un paso de nuestra aldea. Lo juro por la memoria de mi madre. «La mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa». Y «la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta». Idos con vuestro don Quijote a vuestras aventuras. Y dejadnos a nosotras con nuestras desventuras, que Dios nos las mejorará si somos buenas. Y la verdad, no sé quién le puso a él el «don». No lo tuvieron ni sus padres ni sus abuelos.

—Ahora digo —replicó Sancho— que tienes algún demonio dentro del cuerpo. ¡Dios te valga, mujer! ¡Cuántas cosas has ido juntando unas con otras, sin pies ni cabeza! ¿Qué tienen que ver el Cascajo, los broches, los refranes y los aires de grandeza con mis palabras? Ven acá, tonta e ignorante. Así te puedo llamar, porque no entiendes mis razones y huyes de la buena suerte. Si yo dijera que mi hija se tirara de una torre abajo, tendrías razón en no estar de acuerdo. O si dijera que se fuera por esos mundos, como quiso irse la infanta doña Urraca. Pero imagina que yo, en menos de un abrir y cerrar de ojos, le pongo un «don» y una «señoría». La saco de los rastrojos del campo. La pongo bajo un toldo y sobre un pedestal. La siento sobre más almohadas de terciopelo que moros hubo entre los Almohadas de Marruecos. Entonces, ¿por qué no vas a aceptar y querer lo que yo quiero?

—¿Sabéis por qué, marido? —respondió Teresa—. Por el refrán que dice: «¡Quien te cubre, te descubre!». Al pobre todos lo miran de pasada, deprisa. En cambio, en el rico se paran a mirar. Y si ese rico fue pobre alguna vez, entonces empiezan las críticas y los insultos. Y los que hablan mal no paran nunca. Hay montones de ellos por esas calles, como enjambres de abejas.

—Mira, Teresa —respondió Sancho—, escucha lo que ahora te quiero decir. Quizá no lo has oído en todos los días de tu vida. Y no hablo por mi cuenta. Todo lo que voy a decir son frases del padre predicador. Él predicó en este pueblo la Cuaresma pasada. Si no me acuerdo mal, dijo esto: las cosas presentes que miran los ojos están más vivas en nuestra memoria. Están allí mucho mejor y con más fuerza que las cosas pasadas.

(Todas estas razones que dice aquí Sancho son la segunda causa de la opinión del traductor. Por ellas tiene este capítulo por apócrifo. Según él, son demasiado para la inteligencia de Sancho. Y Sancho siguió diciendo:)

—De ahí viene una cosa. A veces vemos a una persona bien arreglada, con ropa rica y con muchos criados. Entonces parece que algo nos obliga y nos invita a respetarla. Y eso pasa aunque la memoria nos recuerde en ese momento alguna situación baja de esa persona. Esa vergüenza, sea de pobreza o de familia, ya pasó y ya no existe. Solo existe lo que vemos ahora. La fortuna puede sacar a alguien del borrador de su bajeza y subirlo a lo alto de la riqueza. Esas mismas palabras dijo el padre. Imagina que esa persona es bien educada, generosa y amable con todos. Imagina también que no se pelea con los que son nobles desde antiguo. Entonces, Teresa, ten por seguro que nadie se acordará de lo que fue. Todos respetarán lo que es. Solo los envidiosos no lo harán, y de ellos no se salva ninguna buena fortuna.

—Yo no os entiendo, marido —replicó Teresa—. Haced lo que queráis, y no me rompáis más la cabeza con vuestros discursos y vuestras retóricas. Y si estáis revuelto en hacer lo que decís...

—Resuelto tienes que decir, mujer —dijo Sancho—, y no revuelto.

—No os pongáis a discutir conmigo, marido —respondió Teresa—. Yo hablo como Dios quiere, y no me meto en más dibujos. Y digo una cosa: si os empeñáis en tener gobierno, llevad con vos a vuestro hijo Sancho. Así le enseñaréis desde ahora a tener gobierno. Está bien que los hijos hereden y aprendan los oficios de sus padres.

—Cuando tenga gobierno —dijo Sancho—, lo mandaré buscar por correo rápido. Y te enviaré dinero, que no me faltará. Porque a los gobernadores nunca les falta quien les preste dinero cuando no lo tienen. Y vístelo de manera que esconda lo que es y parezca lo que va a ser.

—Enviad vos dinero —dijo Teresa—, que yo os lo vestiré tan bonito como un palmito.

—Entonces quedamos de acuerdo —dijo Sancho— en que nuestra hija tiene que ser condesa.

—El día que yo la vea condesa —respondió Teresa—, haré cuenta de que la entierro. Pero otra vez os digo que hagáis lo que os guste. Las mujeres nacemos con esta carga: tenemos que obedecer a nuestros maridos, aunque sean unos porros.

Y entonces empezó a llorar de verdad, como si ya viera a Sanchica muerta y enterrada. Sancho la consoló. Le dijo que, si tenía que hacerla condesa, lo haría lo más tarde posible. Con esto terminó su conversación. Y Sancho volvió a ver a don Quijote para preparar la salida.

### Glosario

- **apócrifo**: falso, o no escrito por el autor verdadero.
- **a tiro de ballesta**: desde lejos; la ballesta es un arma antigua que lanza flechas.
- **endriagos y vestiglos**: monstruos terribles de los libros de caballerías.
- **yangüeses**: arrieros de Yanguas que dieron una paliza a don Quijote y a Sancho en la primera parte.
- **flores de cantueso**: cosa fácil y sin importancia; el cantueso es una planta del campo.
- **Viva la gallina, aunque sea con su pepita**: refrán: lo importante es vivir, aunque sea con algún mal.
- **destripaterrones / pelarruecas**: formas de llamar con desprecio a un campesino que rompe la tierra y a una mujer que hila.
- **allá van reyes do quieren leyes**: refrán: las cosas se hacen como quieren los que mandan («do» es «donde»).
- **pazpuerca**: mujer sucia y vulgar; insulto antiguo.
- **porro**: hombre torpe y tonto.

## Capítulo VI. De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina y con su ama, y es uno de los importantes capítulos de toda la historia

Sancho Panza y su mujer, Teresa Cascajo, tuvieron la conversación sin importancia que ya hemos contado. Mientras tanto, la sobrina y el ama de don Quijote no estaban sin hacer nada. Por mil señales iban comprendiendo que su tío y señor quería escaparse por tercera vez. Quería volver a su caballería andante, que para ellas era una caballería desgraciada. Intentaban por todos los medios apartarlo de una idea tan mala. Pero todo era predicar en el desierto y machacar hierro frío. Con todo, entre otras muchas razones que le dieron, el ama le dijo:

—De verdad, señor mío: vuestra merced debe poner los pies firmes en el suelo y quedarse quieto en su casa. Debe dejar de andar por los montes y los valles como un alma en pena. Anda buscando esas cosas que llaman aventuras, y que yo llamo desgracias. Si no lo deja, me voy a quejar a gritos a Dios y al rey, para que pongan remedio.

Don Quijote le respondió:

—Ama, no sé lo que Dios responderá a tus quejas. Tampoco sé lo que responderá Su Majestad. Solo sé una cosa: si yo fuera rey, no respondería a tantísimas peticiones inútiles como le dan cada día. Porque los reyes tienen muchos trabajos. Uno de los mayores es estar obligados a escuchar a todos y a responder a todos. Por eso no quisiera yo que mis cosas le dieran disgustos.

Entonces dijo el ama:

—Díganos, señor: en la corte de Su Majestad, ¿no hay caballeros?

—Sí —respondió don Quijote—, y muchos. Y es justo que los haya, para adornar la grandeza de los príncipes y para mostrar la majestad del rey.

—Pues, ¿no podría ser vuestra merced uno de ellos? —replicó ella—. Podría servir a su rey y señor sin moverse, quedándose en la corte.

—Mira, amiga —respondió don Quijote—: no todos los caballeros pueden ser cortesanos. Y no todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes. En el mundo tiene que haber de todo. Y aunque todos seamos caballeros, hay mucha diferencia entre unos y otros. Porque los cortesanos se pasean por todo el mundo mirando un mapa. No salen de sus habitaciones ni pasan de las puertas de la corte. No les cuesta ni una moneda, y no sufren calor ni frío, hambre ni sed. Pero nosotros, los verdaderos caballeros andantes, medimos toda la tierra con nuestros propios pies. Lo hacemos al sol, al frío, al aire y bajo el mal tiempo del cielo. Lo hacemos de noche y de día, a pie y a caballo. Y no conocemos a los enemigos solo en pintura, sino en carne y hueso. Los atacamos en cualquier peligro y en cualquier ocasión. No nos fijamos en niñerías ni en las leyes de los desafíos. No miramos si el otro lleva la lanza o la espada más corta, o no. No miramos si lleva encima reliquias o algún engaño escondido. Tampoco miramos si hay que repartir el sol entre los dos, o no. Ni otras ceremonias de este tipo, que se usan en los duelos de persona a persona. Tú no las conoces, y yo sí. Y además tienes que saber otra cosa. Imagina que el buen caballero andante ve diez gigantes. Con la cabeza no solo tocan las nubes, sino que las pasan. Cada uno tiene por piernas dos torres enormes. Sus brazos parecen los mástiles de grandes y poderosos barcos. Cada ojo es como una gran rueda de molino, y arde más que un horno de vidrio. Pues nada de esto lo debe asustar. Al contrario: con buena figura y con corazón valiente, debe atacarlos y lanzarse contra ellos. Y, si es posible, debe vencerlos y destrozarlos en un momento. Y esto aunque vengan armados con las conchas de cierto pescado. Dicen que esas conchas son más duras que el diamante. Y aunque en lugar de espadas traigan cuchillos afilados de acero de Damasco. O mazas de hierro con puntas también de acero, como yo las he visto más de dos veces. Todo esto lo he dicho, ama mía, para que veas la diferencia que hay entre unos caballeros y otros. Sería justo que todos los príncipes estimaran más a esta segunda clase de caballeros. Mejor dicho, a la primera: a los caballeros andantes. Porque, según leemos en sus historias, alguno de ellos ha sido la salvación no solo de un reino, sino de muchos.

—¡Ay, señor mío! —dijo entonces la sobrina—. Fíjese vuestra merced: todo eso que dice de los caballeros andantes es cuento y mentira. Sus historias, si no las queman, merecen por lo menos un sambenito cada una. O alguna señal para que todos sepan que son malas y que estropean las buenas costumbres.

—Por el Dios que me da la vida —dijo don Quijote—, has dicho una blasfemia. Si no fueras mi sobrina directa, hija de mi propia hermana, te castigaría por ella. Y el castigo sería tal que se oiría por todo el mundo. ¿Cómo es posible esto? ¡Una chiquilla que apenas sabe mover doce palillos de hacer encaje! ¿Y se atreve a hablar mal de las historias de los caballeros andantes? ¿Qué diría el señor Amadís si oyera tal cosa? Aunque seguro que él te perdonaría, porque fue el caballero más humilde y cortés de su tiempo. Además, protegía mucho a las doncellas. Pero otro caballero podría haberte oído, y no te habría ido bien. No todos son corteses ni educados: algunos son follones y groseros. Y no todos los que se llaman caballeros lo son del todo. Unos son de oro y otros de alquimia, y todos parecen caballeros. Pero no todos pasan la prueba de la piedra de la verdad. Hay hombres bajos que revientan por parecer caballeros. Y hay caballeros altos que parecen morirse a propósito por parecer hombres bajos. Los primeros suben por la ambición o por la virtud. Los segundos bajan por la pereza o por el vicio. Y tenemos que usar nuestro conocimiento prudente para distinguir estas dos clases de caballeros. Se parecen mucho en el nombre, pero están muy lejos en sus acciones.

—¡Válgame Dios! —dijo la sobrina—. ¡Vuestra merced sabe tanto, señor tío! Si hiciera falta, podría subir a un púlpito e irse a predicar por esas calles. Y, a pesar de todo eso, cae en una ceguera tan grande y en una tontería tan clara. Por eso cree que es valiente, y es viejo. Cree que tiene fuerzas, y está enfermo. Cree que endereza tuertos, y está doblado por la edad. Y sobre todo, cree que es caballero, y no lo es. Porque los hidalgos pueden ser caballeros, pero los pobres no.

—Tienes mucha razón en lo que dices, sobrina —respondió don Quijote—. Yo te podría decir cosas sobre los linajes que te dejarían admirada. Pero no las digo, para no mezclar lo divino con lo humano. Escuchad, amigas, y prestadme atención. Todos los linajes que hay en el mundo se pueden reducir a cuatro clases. Unos tuvieron principios humildes y fueron creciendo y extendiéndose hasta llegar a ser muy grandes. Otros tuvieron principios grandes, y los conservaron y todavía los mantienen como al principio. Otros tuvieron principios grandes, pero acabaron en punta, como una pirámide. Su principio se fue haciendo pequeño hasta quedar en nada. Es como la punta de la pirámide, que no es nada al lado de su base. Y hay otros, que son la mayoría, que no tuvieron un buen principio ni un medio razonable. Por eso tendrán también un final sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y corriente.

»El primer linaje empezó humilde y subió a la grandeza que tiene hoy. De él te sirve de ejemplo la Casa Otomana. La empezó un pastor humilde y bajo, y ahora está en la cumbre que vemos. Del segundo linaje, que empezó grande y conserva su grandeza sin aumentarla, son ejemplo muchos príncipes. Son príncipes por herencia y siguen así, sin crecer ni bajar. Se quedan en paz dentro de los límites de sus tierras. De los que empezaron grandes y acabaron en punta hay miles de ejemplos. Porque todos los faraones y Tolomeos de Egipto y los Césares de Roma acabaron así. También acabó así toda la multitud, si se puede llamar así, de infinitos príncipes, monarcas y señores. Medos, asirios, persas, griegos y bárbaros: todos estos linajes y señoríos han acabado en punta y en nada. Acabaron ellos y acabaron los que los empezaron, pues ahora no se puede encontrar a ninguno de sus descendientes. Y si encontráramos alguno, estaría en una situación baja y humilde. Del linaje plebeyo solo puedo decir una cosa. Sirve únicamente para aumentar el número de los que viven. Su grandeza no merece otra fama ni otro elogio.

»De todo lo dicho quiero que saquéis una conclusión, tontas mías. Hay una gran confusión entre los linajes. Solo parecen grandes e ilustres los que lo muestran con la virtud. También con la riqueza y la generosidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas y generosidad por una razón. El grande que tiene vicios será un gran vicioso. Y el rico que no es generoso será un avaro mendigo. Al dueño de las riquezas no lo hace feliz tenerlas, sino gastarlas. Y no gastarlas de cualquier manera, sino saber gastarlas bien. Al caballero pobre solo le queda un camino para mostrar que es caballero: el de la virtud. Tiene que ser amable, bien educado, cortés, prudente y servicial. No debe ser soberbio, ni arrogante, ni hablar mal de los demás. Y, sobre todo, debe ser caritativo. Puede dar dos maravedís al pobre con alegría. Entonces será tan generoso como el que da limosna a campana herida. Cualquiera que lo vea con estas virtudes lo tendrá por hombre de buena familia, aunque no lo conozca. Lo contrario sería un milagro. La alabanza siempre fue el premio de la virtud, y los virtuosos siempre son alabados.

»Hay dos caminos, hijas, para que los hombres lleguen a ser ricos y honrados. Uno es el de las letras, y el otro, el de las armas. Yo tengo más de armas que de letras. Y nací bajo la influencia del planeta Marte, a juzgar por mi inclinación a las armas. Así que casi estoy obligado a seguir su camino. Y por él tengo que ir, aunque le pese a todo el mundo. Será inútil que os canséis en convencerme. Yo quiero lo que los cielos quieren, lo que la fortuna ordena y lo que la razón pide. Y, sobre todo, lo que mi voluntad desea. Yo sé los innumerables trabajos que trae la caballería andante. Pero también sé los infinitos bienes que se consiguen con ella. Sé que el sendero de la virtud es muy estrecho, y el camino del vicio, ancho y amplio. Y sé que terminan en lugares diferentes. Porque el del vicio, ancho y largo, acaba en la muerte. El de la virtud, estrecho y difícil, acaba en la vida. Y no en una vida que se acaba, sino en una que no tendrá fin. Y sé, como dice nuestro gran poeta castellano, que

Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento,
do nunca arriba quien de allí declina.

—¡Ay, pobre de mí! —dijo la sobrina—. ¡Mi señor también es poeta! Todo lo sabe y todo lo puede. Apuesto a que, si quisiera ser albañil, sabría construir una casa como una jaula.

—Te prometo una cosa, sobrina —respondió don Quijote—. Estos pensamientos de caballería se llevan detrás todos mis sentidos. Si no fuera así, no habría nada que yo no supiera hacer. De mis manos saldría cualquier objeto curioso, sobre todo jaulas y palillos de dientes.

En ese momento llamaron a la puerta. Preguntaron quién era, y Sancho Panza respondió que era él. En cuanto el ama lo reconoció, corrió a esconderse para no verlo: tanto lo odiaba. La sobrina le abrió. Su señor don Quijote salió a recibirlo con los brazos abiertos. Los dos se encerraron en su habitación y tuvieron otra conversación. La conversación anterior no fue mejor que esta.

### Glosario

- **predicar en el desierto y machacar hierro frío**: hacer un esfuerzo inútil, porque nadie escucha ni nada cambia.
- **alma en pena**: espíritu de un muerto que anda triste y sin descanso.
- **sambenito**: ropa que se ponía a una persona para castigarla en público; aquí, una señal de vergüenza.
- **palillos de hacer encaje**: palitos de madera con hilo que usan las mujeres para hacer encaje.
- **follón**: insulto antiguo: hombre malo y cobarde.
- **de alquimia**: falso, como el metal que parece oro pero no lo es.
- **enderezar tuertos**: corregir injusticias, como hacen los caballeros andantes.
- **linaje**: familia de una persona: sus padres, abuelos y antepasados.
- **plebeyo**: de la gente común, que no es noble.
- **a campana herida**: de manera muy pública, para que todos lo vean.
- **Por estas asperezas se camina...**: versos de un poeta: por este camino difícil se llega a la fama eterna, y quien se aparta de él nunca llega.

## Capítulo VII. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos

En cuanto el ama vio que Sancho Panza se encerraba con su señor, comprendió lo que tramaban. Se imaginó que de aquella reunión saldría la decisión de la tercera salida. Así que tomó su manto, llena de angustia y de pena. Y se fue a buscar al bachiller Sansón Carrasco. Sansón hablaba bien y era un amigo nuevo de su señor. Por eso le pareció que él podría convencerlo de dejar una idea tan loca.

Lo encontró paseando por el patio de su casa. Al verlo, el ama se dejó caer a sus pies, sudando y angustiada. Carrasco la vio con aquella cara de dolor y de susto, y le dijo:

—¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha pasado? Parece que se le quiere arrancar el alma.

—No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale. ¡Se sale, sin duda!

—¿Y por dónde se sale, señora? —preguntó Sansón—. ¿Se le ha roto alguna parte del cuerpo?

—No se sale por ninguna parte —respondió ella—, sino por la puerta de su locura. Quiero decir, señor bachiller de mi alma, que quiere salir otra vez. Y con esta será la tercera. Quiere buscar por ese mundo lo que él llama venturas. Yo no entiendo cómo les puede dar ese nombre. La primera vez nos lo trajeron atravesado sobre un burro, molido a palos. La segunda vez vino en un carro de bueyes, encerrado en una jaula. Él creía que estaba encantado. Y el pobre venía tan mal que no lo habría conocido ni la madre que lo parió. Estaba flaco y amarillo, con los ojos hundidos en el último desván del cerebro. Para que volviera un poco en sí, gasté más de seiscientos huevos. Lo sabe Dios y lo sabe todo el mundo. Y lo saben mis gallinas, que no me dejarán mentir.

—Eso lo creo yo muy bien —respondió el bachiller—. Porque sus gallinas son tan buenas, tan gordas y tan bien criadas que no dirán una cosa por otra, aunque revienten. Entonces, señora ama, ¿no hay nada más? ¿No ha pasado ninguna otra desgracia, aparte de la que teme que quiere hacer el señor don Quijote?

—No, señor —respondió ella.

—Pues no se preocupe —respondió el bachiller—. Váyase tranquila a su casa y prepáreme algo caliente para almorzar. Y por el camino, vaya rezando la oración de Santa Apolonia, si la sabe. Yo iré allí enseguida, y verá maravillas.

—¡Pobre de mí! —replicó el ama—. ¿La oración de Santa Apolonia dice vuestra merced que rece? Eso estaría bien si a mi amo le dolieran las muelas. Pero lo que tiene mal no son las muelas, sino los cascos.

—Yo sé lo que digo, señora ama. Váyase y no se ponga a discutir conmigo —respondió Carrasco—. Porque ya sabe que soy bachiller por Salamanca, y no hay más bachillerear que eso.

Con esto, el ama se fue. Y el bachiller fue enseguida a buscar al cura. Quería hablar con él de algo que se contará a su tiempo.

Mientras tanto, don Quijote y Sancho estaban encerrados. La historia cuenta con mucho detalle y con toda verdad lo que hablaron.

Sancho le dijo a su amo:

—Señor, ya tengo relucida a mi mujer para que me deje ir con vuestra merced adonde quiera llevarme.

—Reducida tienes que decir, Sancho —dijo don Quijote—, y no relucida.

—Una o dos veces, si no me acuerdo mal, le he pedido a vuestra merced una cosa —respondió Sancho—. Le he pedido que no me corrija las palabras si entiende lo que quiero decir con ellas. Y si no las entiende, que diga: «Sancho, o diablo, no te entiendo». Y si yo no me explico, entonces me puede corregir. Porque yo soy tan fócil...

—No te entiendo, Sancho —dijo enseguida don Quijote—, porque no sé qué quiere decir «soy tan fócil».

—«Tan fócil» quiere decir —respondió Sancho— «soy tan así».

—Ahora te entiendo menos —replicó don Quijote.

—Pues si no me puede entender —respondió Sancho—, no sé cómo decirlo. No sé más, y que Dios me ayude.

—Ya, ya caigo —respondió don Quijote—. Tú quieres decir que eres tan dócil, tan blando y tan manejable que harás lo que yo te diga. Y que aceptarás lo que yo te enseñe.

—Apuesto a que desde el emprincipio me caló y me entendió —dijo Sancho—. Pero quiso confundirme para oírme decir otras doscientas tonterías.

—Puede ser —replicó don Quijote—. Y, en fin, ¿qué dice Teresa?

—Teresa dice —dijo Sancho— que ate bien mi dedo con vuestra merced. Y que hablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja. Pues más vale un «toma» que dos «te daré». Y yo digo que el consejo de la mujer es poco, y el que no lo toma es loco.

—Y yo digo lo mismo —respondió don Quijote—. Hablad, Sancho amigo, seguid adelante, que hoy habláis de perlas.

—El caso es —replicó Sancho— que, como vuestra merced sabe mejor que yo, todos estamos sujetos a la muerte. Hoy somos y mañana no. Tan pronto se va el cordero como el carnero. Nadie puede prometerse en este mundo más horas de vida de las que Dios quiera darle. Porque la muerte es sorda. Cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va con prisa. Y no la detienen ni ruegos, ni fuerzas, ni cetros, ni mitras. Así lo dice todo el mundo, y así nos lo dicen desde los púlpitos.

—Todo eso es verdad —dijo don Quijote—, pero no sé adónde quieres llegar.

—Quiero llegar a esto —dijo Sancho—: que vuestra merced me señale un salario fijo. Quiero saber lo que me va a dar cada mes mientras le sirva. Y que ese salario me lo pague de su hacienda. No quiero estar a mercedes, que llegan tarde, o mal, o nunca. Con lo mío, que Dios me ayude. En fin, yo quiero saber lo que gano, sea poco o mucho. Sobre un huevo pone la gallina, y muchos pocos hacen un mucho. Y mientras se gana algo, no se pierde nada. Es verdad que podría pasar otra cosa, aunque ni lo creo ni lo espero. Vuestra merced podría darme la ínsula que me tiene prometida. En ese caso, no soy tan desagradecido ni tan exigente como para negarme a una cosa. Querré que se calcule lo que vale la renta de esa ínsula. Y que se descuente de mi salario gata por cantidad.

—Sancho amigo —respondió don Quijote—, a veces una gata es tan buena como una rata.

—Ya entiendo —dijo Sancho—. Apuesto a que tenía que decir «rata», y no «gata». Pero no importa nada, porque vuestra merced me ha entendido.

—Y tan bien te he entendido —respondió don Quijote— que he llegado hasta el fondo de tus pensamientos. Sé a qué blanco apuntas con las innumerables flechas de tus refranes. Mira, Sancho: yo te señalaría salario con gusto si hubiera encontrado un ejemplo en alguna historia de caballeros andantes. Ese ejemplo me mostraría, por una pequeña rendija, lo que ganaban los escuderos cada mes o cada año. Pero yo he leído todas sus historias, o casi todas. Y no recuerdo haber leído que ningún caballero andante haya señalado un salario fijo a su escudero. Solo sé que todos servían a merced. Y cuando menos lo pensaban, si a sus señores les había ido bien, recibían su premio. Les daban una ínsula, u otra cosa igual. Y por lo menos se quedaban con título y señoría. Si con estas esperanzas y estos añadidos vos, Sancho, queréis volver a servirme, en buena hora. Pero es inútil pensar que yo voy a sacar de su sitio la antigua costumbre de la caballería andante. Así que, Sancho mío, volved a vuestra casa y explicad a vuestra Teresa mi intención. Si a ella le gusta, y a vos os gusta estar a merced conmigo, bene quidem. Y si no, tan amigos como antes. Porque si al palomar no le falta comida, no le faltarán palomas. Y fijaos, hijo, que vale más buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo así, Sancho, para que veáis que yo también sé tirar refranes como lluvia, igual que vos. Y, finalmente, os quiero decir una cosa, y os la digo. Quizá no queréis venir a merced conmigo y correr la misma suerte que yo. Entonces, que Dios quede con vos y os haga un santo. Porque a mí no me faltarán escuderos más obedientes y más trabajadores. Y no tan torpes ni tan habladores como vos.

Sancho oyó la firme decisión de su amo. Entonces se le nubló el cielo y se le cayeron las alas del corazón. Porque creía que su señor no se iría sin él por todas las riquezas del mundo. Y mientras estaba así, confuso y pensativo, entraron Sansón Carrasco y la sobrina. Querían oír con qué razones convencía Sancho a su señor para que no volviera a buscar aventuras. Sansón, famoso por sus burlas, se acercó a don Quijote. Lo abrazó como la primera vez y le dijo en voz alta:

—¡Oh flor de la andante caballería; oh luz resplandeciente de las armas; oh honor y espejo de la nación española! Pido a Dios todopoderoso, con todas las palabras que hagan falta, una cosa. Que la persona o personas que impidan tu tercera salida no encuentren nunca la salida del laberinto de sus deseos. Y que nunca se les cumpla lo que deseen de malo.

Y volviéndose al ama, le dijo:

—La señora ama ya puede dejar de rezar la oración de Santa Apolonia. Porque yo sé que las esferas del cielo han decidido algo. El señor don Quijote tiene que volver a realizar sus altos y nuevos pensamientos. Y yo tendría un gran peso en la conciencia si no animara a este caballero. No debe tener más tiempo encogida y quieta la fuerza de su valeroso brazo. Ni la bondad de su ánimo valentísimo. Porque con su tardanza quita su derecho a los que sufren injusticias. Quita la protección a los huérfanos y la honra a las doncellas. Quita la ayuda a las viudas y el apoyo a las casadas. Y otras cosas de este tipo, que tocan, atañen, dependen y pertenecen a la orden de la caballería andante. ¡Ea, señor don Quijote mío, hermoso y bravo! Póngase en camino vuestra merced y su grandeza, mejor hoy que mañana. Si falta alguna cosa para hacerlo, aquí estoy yo para darla con mi persona y mis bienes. Y si hace falta servir de escudero a tu magnificencia, lo tendré por felicísima suerte.

Entonces don Quijote se volvió a Sancho y le dijo:

—¿No te dije yo, Sancho, que me iban a sobrar escuderos? Mira quién se ofrece a serlo: nada menos que el increíble bachiller Sansón Carrasco. Es la eterna diversión y la alegría de los patios de las escuelas de Salamanca. Es sano de cuerpo y ágil de miembros. Es callado, y aguanta igual el calor que el frío, el hambre que la sed. Tiene todas las cualidades que necesita el escudero de un caballero andante. Pero no permita el cielo que yo rompa, por mi gusto, la columna de las letras. Él es el vaso de las ciencias, y no quiero romperlo. No quiero cortar la alta palmera de las buenas artes liberales. Quédese el nuevo Sansón en su tierra. Y, al honrarla, honre también las canas de sus ancianos padres. Yo estaré contento con cualquier escudero, ya que Sancho no se digna venir conmigo.

—Sí digno —respondió Sancho, emocionado y con los ojos llenos de lágrimas. Y siguió diciendo—: No se dirá de mí, señor mío: «el pan comido y la compañía deshecha». Yo no vengo de una familia desagradecida. Todo el mundo sabe, y especialmente mi pueblo, quiénes fueron los Panzas, de los que yo desciendo. Además, he conocido por muchas buenas obras y más buenas palabras el deseo de vuestra merced de hacerme favores. Si he discutido tanto más o tanto menos sobre mi salario, ha sido por complacer a mi mujer. Cuando ella se pone a convencer de una cosa, aprieta muchísimo. Ningún mazo aprieta tanto los aros de un tonel como ella aprieta para conseguir lo que quiere. Pero, en fin, el hombre tiene que ser hombre, y la mujer, mujer. Yo soy hombre en todas partes, no lo puedo negar. Por eso también lo quiero ser en mi casa, le pese a quien le pese. Así que no hay más que hacer. Vuestra merced haga su testamento con su codicilo, de modo que no se pueda revolcar. Y pongámonos enseguida en camino, para que no sufra el alma del señor Sansón. Él dice que su conciencia le lita que convenza a vuestra merced para salir por tercera vez. Y yo me ofrezco otra vez a servir a vuestra merced fiel y lealmente. Lo haré tan bien y mejor que todos los escuderos de los caballeros andantes, en los tiempos pasados y presentes.

El bachiller se quedó admirado al oír la manera de hablar de Sancho Panza. Había leído la primera historia de su señor. Pero nunca creyó que Sancho fuera tan gracioso como allí lo pintan. Ahora le oyó decir «testamento y codicilo que no se pueda revolcar». Tenía que decir «que no se pueda revocar». Entonces creyó todo lo que había leído de él. Y lo tuvo por uno de los tontos más solemnes de nuestros tiempos. Y se dijo a sí mismo una cosa: nunca se habían visto en el mundo dos locos como aquel amo y aquel criado.

Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos. El gran Carrasco era entonces su oráculo. Con su opinión y su permiso, decidieron que la salida sería tres días después. En esos días tendrían tiempo de preparar lo necesario para el viaje. También buscarían una celada de encaje, porque don Quijote dijo que tenía que llevarla de todas maneras. Sansón se la ofreció, porque sabía que un amigo suyo tenía una y no se la negaría. Pero estaba más oscura por el óxido y el moho que clara y limpia por el acero brillante.

Las maldiciones que el ama y la sobrina echaron al bachiller no tuvieron fin. Se tiraron de los pelos y se arañaron la cara. Lloraban la partida como si fuera la muerte de su señor. Lo hacían como las plañideras que se usaban entonces. Sansón tenía un plan para convencerlo de salir otra vez. Su plan era hacer lo que la historia cuenta más adelante. Todo lo hizo por consejo del cura y del barbero, con quienes lo había hablado antes.

En resumen, en aquellos tres días don Quijote y Sancho prepararon lo que les pareció necesario. Sancho calmó a su mujer, y don Quijote a su sobrina y a su ama. Y al anochecer se pusieron en camino hacia El Toboso. Nadie los vio, solo el bachiller, que quiso acompañarlos media legua fuera del pueblo. Don Quijote iba sobre su buen Rocinante, y Sancho sobre su viejo rucio. Las alforjas iban llenas de cosas para la bucólica. Y Sancho llevaba la bolsa del dinero que le dio don Quijote para lo que pudiera hacer falta. Sansón lo abrazó y le pidió que le avisara de su buena o mala suerte. Así podría alegrarse con la buena o entristecerse con la mala, como pedían las leyes de su amistad. Don Quijote se lo prometió. Sansón volvió a su pueblo, y los dos tomaron el camino de la gran ciudad del Toboso.

### Glosario

- **venturas**: buenas suertes; el ama no entiende que llame así a sus desgracias.
- **Sí digno**: error de Sancho: quería decir «Sí me digno» (sí quiero ir).
- **molido**: muy cansado y dolorido, como si lo hubieran golpeado mucho.
- **muelas**: dientes grandes del fondo de la boca.
- **Santa Apolonia**: santa a la que se rezaba para curar el dolor de muelas.
- **replicar**: responder.
- **emprincipio**: error de Sancho: quería decir «principio».
- **ate bien mi dedo con vuestra merced**: que me asegure bien con vuestra merced y deje claras las condiciones.
- **refranes**: frases cortas y populares que dan un consejo.
- **cetros**: bastones que llevan los reyes como señal de su poder.
- **púlpitos**: lugares altos en las iglesias desde donde habla el predicador.
- **escudero**: criado que acompaña y sirve a un caballero.
- **los cascos**: aquí, la cabeza; el ama quiere decir que su amo está mal de la cabeza.
- **relucida / fócil**: errores de Sancho: quería decir «reducida» (convencida) y «dócil» (obediente).
- **hablen cartas y callen barbas**: refrán: es mejor poner los acuerdos por escrito.
- **quien destaja no baraja**: refrán: quien fija las condiciones al principio evita peleas después.
- **a merced**: sin salario fijo, esperando solo el premio que quiera dar el señor.
- **gata por cantidad**: error de Sancho: se dice «a prorrata», es decir, en la parte que corresponde.
- **bene quidem**: palabras en latín: «muy bien».
- **revolcar / le lita**: errores de Sancho: quería decir «revocar» (anular) y «le dicta» (le ordena).
- **codicilo**: papel que se añade a un testamento para cambiar algo.
- **celada de encaje**: casco que se ajusta bien a la armadura.
- **plañideras**: mujeres a las que se pagaba para llorar en los entierros.
- **la bucólica**: palabra que en broma significa aquí «la comida».

## Capítulo VIII. Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote, yendo a ver su señora Dulcinea del Toboso

«¡Bendito sea el poderoso Alá!», dice Cide Hamete Benengeli al comienzo de este octavo capítulo. «¡Bendito sea Alá!», repite tres veces. Dice que da estas bendiciones porque ya tiene a don Quijote y a Sancho en el campo, de camino. Los lectores de su agradable historia pueden hacer cuenta de una cosa. Desde este momento empiezan las hazañas y las gracias de don Quijote y de su escudero. Les pide que olviden las aventuras pasadas del ingenioso hidalgo. Y que pongan los ojos en las que van a venir. Estas empiezan ahora en el camino del Toboso, como las otras empezaron en los campos de Montiel. Y no es mucho lo que pide, para todo lo que él promete. Y así sigue diciendo:

Don Quijote y Sancho se quedaron solos. Apenas se había ido Sansón, Rocinante empezó a relinchar y el rucio a suspirar. Caballero y escudero lo tomaron por buena señal y por un agüero felicísimo. Pero, a decir verdad, hubo más suspiros y rebuznos del rucio que relinchos del caballo. Por eso Sancho dedujo que su suerte iba a ser mayor que la de su señor. Iba a ponerse por encima de ella. No sé si se basaba en alguna astrología de adivinar el futuro que él supiera. La historia no lo dice. Solo le oyeron decir una cosa. Cuando tropezaba o se caía, le habría gustado no haber salido de casa. Porque de tropezar o caer no se sacaba nada más que el zapato roto o las costillas rotas. Y, aunque era tonto, en esto no iba muy equivocado. Don Quijote le dijo:

—Sancho amigo, la noche se nos echa encima muy deprisa. Y está más oscura de lo que necesitamos para llegar a ver el Toboso con la luz del día. He decidido ir allí antes de meterme en otra aventura. Allí recibiré la bendición y el permiso de la sin par Dulcinea. Con ese permiso, pienso y estoy seguro de que acabaré con éxito cualquier aventura peligrosa. Porque nada en esta vida hace más valientes a los caballeros andantes que el favor de sus damas.

—Yo también lo creo —respondió Sancho—. Pero me parece difícil que vuestra merced pueda hablar con ella o verla. Por lo menos, en un lugar donde pueda recibir su bendición. A no ser que ella se la eche desde las bardas del corral. Allí la vi yo la primera vez, cuando le llevé la carta. La carta contaba las tonterías y locuras que vuestra merced se quedaba haciendo en el corazón de Sierra Morena.

—¿Te parecieron bardas de corral, Sancho —dijo don Quijote—, aquellas desde donde viste esa gentileza y hermosura nunca bastante alabadas? No serían sino galerías, corredores o lonjas, o como se llamen, de ricos palacios reales.

—Todo pudo ser —respondió Sancho—, pero a mí me parecieron bardas, si no me falla la memoria.

—Con todo, vamos allá, Sancho —replicó don Quijote—. Con tal de verla, me da igual que sea por bardas, por ventanas, por rendijas o por rejas de jardines. Cualquier rayo del sol de su belleza que llegue a mis ojos alumbrará mi inteligencia. Y fortalecerá mi corazón, de modo que seré único y sin igual en la prudencia y en el valor.

—Pues la verdad, señor —respondió Sancho—, cuando yo vi ese sol de la señora Dulcinea del Toboso, no estaba tan claro como para echar rayos. Debió de ser por el trigo que le dije. Su merced lo estaba ahechando y sacaba mucho polvo. Ese polvo se le puso como una nube delante de la cara, y por eso se le oscureció.

—¡Todavía sigues, Sancho —dijo don Quijote—, diciendo, pensando, creyendo y porfiando que mi señora Dulcinea ahechaba trigo! Ese es un trabajo apartado de todo lo que hacen y deben hacer las personas principales. Ellas están hechas y guardadas para otros trabajos y entretenimientos. Y esos entretenimientos muestran su nobleza a tiro de ballesta. ¡Qué mal te acuerdas, oh Sancho, de aquellos versos de nuestro poeta! En ellos nos pinta las labores de aquellas cuatro ninfas en sus casas de cristal. Sacaron la cabeza del amado Tajo y se sentaron en el prado verde a bordar. Bordaban aquellas ricas telas que el ingenioso poeta nos describe. Todas estaban hechas y tejidas de oro, seda y perlas. Y así debía de ser el trabajo de mi señora cuando tú la viste. Pero algún mal encantador debe de tener envidia de mis cosas. Y todas las que me pueden dar gusto, las cambia y las convierte en figuras diferentes de las suyas. Por eso temo una cosa sobre esa historia de mis hazañas que dicen que anda impresa. Quizá su autor ha sido algún sabio enemigo mío. Entonces habrá puesto unas cosas por otras, mezclando mil mentiras con una verdad. Y se habrá entretenido en contar otras acciones que no pide una historia verdadera. ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen consigo algún placer. Pero el de la envidia solo trae disgustos, rencores y rabias.

—Eso es lo que digo yo también —respondió Sancho—. El bachiller Carrasco nos dijo que había visto esa leyenda o historia sobre nosotros. Pienso que en ella mi honra debe de andar arrastrada como un cerdo, al estricote, barriendo las calles. Pues, a fe de hombre bueno, yo no he hablado mal de ningún encantador. Y no tengo tantos bienes como para que me tengan envidia. Es verdad que soy un poco malicioso y que tengo algo de pícaro. Pero todo lo cubre y lo tapa la gran capa de mi simpleza, siempre natural y nunca fingida. Yo creo, como siempre, firme y verdaderamente en Dios y en todo lo que cree la Santa Iglesia Católica Romana. Además, soy enemigo mortal de los judíos. Aunque no tuviera otra cosa que esto, los historiadores deberían tener compasión de mí y tratarme bien en sus escritos. Pero que digan lo que quieran. Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano. Me veo puesto en libros y ando por ese mundo de mano en mano. Por eso no me importa un higo lo que digan de mí. Que digan todo lo que quieran.

—Eso me recuerda, Sancho —dijo don Quijote—, lo que le pasó a un famoso poeta de estos tiempos. Este poeta escribió una sátira con mala intención contra todas las damas cortesanas. Pero no nombró en ella a una dama de la que se dudaba si lo era o no. Ella vio que no estaba en la lista con las demás y se quejó al poeta. Le preguntó qué había visto en ella para no ponerla con las otras. Le pidió que alargara la sátira y la pusiera en la parte nueva. Y si no, que tuviera cuidado con ella. El poeta lo hizo, y la puso peor que a ninguna. Y ella quedó contenta, porque se veía con fama, aunque fuera infame.

»También viene a cuento lo que cuentan de aquel pastor que quemó el famoso templo de Diana. Ese templo era una de las siete maravillas del mundo. Lo quemó solo para que su nombre quedara vivo en los siglos futuros. Se mandó que nadie lo nombrara ni hablara de él, de palabra o por escrito. Así no conseguiría lo que deseaba. Pero aun así se supo que se llamaba Eróstrato.

»También tiene que ver con esto lo que le pasó al gran emperador Carlo Quinto con un caballero en Roma. El emperador quiso ver el famoso templo de la Rotunda. En la antigüedad se llamaba el templo de todos los dioses. Ahora, con mejor nombre, se llama de todos los santos. Es el edificio más entero de todos los que levantaron los paganos en Roma. Y es el que mejor conserva la fama de la grandeza de sus fundadores. Tiene forma de media naranja y es grandísimo. Por dentro es muy claro, aunque solo le entra luz por una ventana. Mejor dicho, por una claraboya redonda que está en lo más alto. Desde allí miraba el emperador el edificio. A su lado estaba un caballero romano, que le explicaba las bellezas y los detalles de aquella gran obra. Cuando se apartaron de la claraboya, el caballero dijo al emperador:

»—Mil veces, Sacra Majestad, me han dado ganas de abrazarme a vuestra Majestad y tirarme desde aquella claraboya. Así dejaría de mí fama eterna en el mundo.

»—Os agradezco que no hayáis cumplido un pensamiento tan malo —respondió el emperador—. Desde ahora no os daré otra ocasión de poner a prueba vuestra lealtad. Por eso os mando que nunca me habléis, ni estéis donde yo esté.

»Y después de estas palabras, le hizo un gran regalo. Quiero decir, Sancho, que el deseo de conseguir fama es muy poderoso. ¿Quién crees tú que tiró a Horacio desde el puente, con todas sus armas, a lo hondo del Tíber? ¿Quién quemó el brazo y la mano a Mucio? ¿Quién empujó a Curcio a lanzarse en el profundo abismo ardiente que apareció en medio de Roma? ¿Quién hizo pasar el Rubicón a César, contra todos los agüeros que tenía en contra? Y con ejemplos más modernos: ¿quién agujereó los barcos en el Nuevo Mundo? ¿Quién dejó en tierra y aislados a los valientes españoles guiados por el cortesísimo Cortés? Todas estas grandes hazañas, y otras diferentes, son, fueron y serán obras de la fama. Los mortales la desean como premio y como parte de la inmortalidad que merecen sus hechos famosos. Pero los cristianos, católicos y caballeros andantes debemos pensar más en la gloria de los siglos futuros. Esa gloria es eterna en las regiones del cielo. Debemos pensar en ella más que en la vanidad de la fama de este mundo, que se acaba. Porque esa fama, por mucho que dure, al final se acabará con el mismo mundo. Y el mundo tiene su fin señalado. Así que, ¡oh Sancho!, nuestras obras no deben salir del límite que nos pone la religión cristiana que tenemos. En los gigantes tenemos que matar la soberbia. La envidia, con la generosidad y el buen corazón. La ira, con la calma del cuerpo y la tranquilidad del ánimo. La gula y el sueño, con lo poco que comemos y lo mucho que velamos. La lujuria y la lascivia, con la lealtad que guardamos a las señoras de nuestros pensamientos. Y la pereza, andando por todas las partes del mundo. Así buscamos las ocasiones que nos pueden hacer famosos caballeros, además de cristianos. Aquí tienes, Sancho, los medios para conseguir las mayores alabanzas que trae consigo la buena fama.

—Todo lo que vuestra merced me ha dicho hasta aquí lo he entendido muy bien —dijo Sancho—. Pero, con todo, querría que vuestra merced me sorbiese una duda. Me ha venido ahora mismo a la memoria.

—Asolviese quieres decir, Sancho —dijo don Quijote—. Di en buena hora, que yo responderé lo que sepa.

—Dígame, señor —siguió Sancho—: esos Julios o Agostos, y todos esos caballeros de grandes hazañas que ha nombrado, ya están muertos. ¿Dónde están ahora?

—Los paganos —respondió don Quijote— sin duda están en el infierno. Los cristianos, si fueron buenos cristianos, están en el purgatorio o en el cielo.

—Está bien —dijo Sancho—. Pero vamos a ver: las tumbas donde están los cuerpos de esos señorazos, ¿tienen delante lámparas de plata? ¿Están adornadas las paredes de sus capillas con muletas, mortajas, cabelleras, y piernas y ojos de cera? Y si no, ¿con qué están adornadas?

Don Quijote respondió:

—Los sepulcros de los paganos fueron casi todos templos lujosos. Las cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide de piedra enorme. Hoy en Roma la llaman la aguja de San Pedro. Al emperador Adriano le sirvió de tumba un castillo tan grande como una buena aldea. Lo llamaron Moles Hadriani, y ahora es el castillo de Santángel, en Roma. La reina Artemisa enterró a su marido Mausoleo en un sepulcro que se consideró una de las siete maravillas del mundo. Pero ninguna de estas tumbas, ni otras muchas de los paganos, se adornó con mortajas. Tampoco con otras ofrendas o señales que mostraran que los enterrados eran santos.

—A eso voy —replicó Sancho—. Y dígame ahora: ¿qué es más, resucitar a un muerto o matar a un gigante?

—La respuesta es fácil —respondió don Quijote—: es más resucitar a un muerto.

—Ya lo tengo cogido —dijo Sancho—. Pensemos en el que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza a los cojos y da salud a los enfermos. Delante de su tumba arden lámparas. Y su capilla está llena de gente devota que adora de rodillas sus reliquias. La fama de ese será mejor, en esta vida y en la otra. Será mejor que la que dejaron y dejarán todos los emperadores paganos y caballeros andantes del mundo.

—También reconozco esa verdad —respondió don Quijote.

—Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como las llaman —respondió Sancho—, las tienen los cuerpos y las reliquias de los santos. Con aprobación y permiso de nuestra santa madre Iglesia, tienen lámparas, velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos y piernas. Con todo esto aumentan la devoción y hacen más grande su fama cristiana. Los reyes llevan sobre sus hombros los cuerpos de los santos o sus reliquias. Besan los pedazos de sus huesos. Y adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus altares más queridos...

—¿Qué quieres que saque yo, Sancho, de todo lo que has dicho? —dijo don Quijote.

—Quiero decir —dijo Sancho— que nos pongamos a ser santos. Así conseguiremos más pronto la buena fama que buscamos. Y fíjese, señor: ayer o anteayer canonizaron o beatificaron a dos frailecitos descalzos. Digo ayer o anteayer porque fue hace poco. Ahora la gente tiene por gran suerte besar y tocar sus cadenas de hierro. Con ellas se ataban y se atormentaban el cuerpo. Y esas cadenas se veneran más que, como ya dije, la espada de Roldán en la armería del rey, nuestro señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser un humilde frailecito, de cualquier orden, que un valiente caballero andante. Ante Dios consiguen más dos docenas de disciplinas que dos mil lanzadas. Da igual que las lanzadas se den a gigantes, a vestiglos o a endrigos.

—Todo eso es así —respondió don Quijote—, pero no todos podemos ser frailes. Y Dios lleva a los suyos al cielo por muchos caminos. La caballería es una religión. Hay caballeros santos en la gloria.

—Sí —respondió Sancho—, pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo que caballeros andantes.

—Eso es —respondió don Quijote— porque hay más religiosos que caballeros.

—Muchos son los andantes —dijo Sancho.

—Muchos —respondió don Quijote—, pero pocos los que merecen el nombre de caballeros.

En estas y otras conversaciones parecidas pasaron aquella noche y el día siguiente. No les pasó nada que merezca contarse, y eso le pesó bastante a don Quijote. Por fin, al otro día, al anochecer, vieron la gran ciudad del Toboso. Al verla, el espíritu de don Quijote se alegró, y el de Sancho se entristeció, porque no sabía dónde estaba la casa de Dulcinea. Nunca en su vida la había visto, igual que su señor. Así que los dos estaban nerviosos: uno por verla, y el otro por no haberla visto. Y Sancho no se imaginaba qué iba a hacer cuando su amo lo enviara al Toboso. Finalmente, don Quijote decidió entrar en la ciudad cuando fuera de noche. Mientras llegaba la hora, se quedaron entre unas encinas cerca del Toboso. Y cuando llegó el momento, entraron en la ciudad. Allí les pasaron cosas que ya son cosas de verdad.

### Glosario

- **agüero**: señal que, según algunos, anuncia algo bueno o malo.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero y le ayuda.
- **rucio**: el asno de Sancho; «rucio» quiere decir de color gris.
- **relinchar / relinchos**: dar su voz el caballo.
- **rebuznos**: voces del asno.
- **felicísimo**: muy feliz, muy bueno.
- **dedujo**: sacó una idea de lo que vio (del verbo «deducir»).
- **astrología**: arte de adivinar el futuro mirando las estrellas.
- **tropezaba**: daba con el pie en algo y casi se caía (del verbo «tropezar»).
- **replicó**: respondió a lo que dijo otro (del verbo «replicar»).
- **adornadas**: puestas bonitas con cosas colgadas o puestas encima.
- **muletas**: palos en los que se apoya una persona que no puede andar bien.
- **cabelleras**: pelo largo cortado; aquí, ofrendas que se colgaban en las capillas.
- **resucitar**: hacer volver a la vida a un muerto.
- **frailes / frailecitos**: hombres religiosos que viven en un convento.
- **bardas del corral**: muro bajo de un corral, cubierto de ramas o paja.
- **ahechar**: limpiar el trigo moviéndolo en una criba para separar el polvo y la paja.
- **ninfas**: en los poemas antiguos, jóvenes hermosas que viven en ríos y bosques.
- **carcoma**: insecto que se come la madera; aquí, algo que destruye poco a poco.
- **al estricote**: de un lado para otro, tratado con desprecio.
- **claraboya**: ventana abierta en el techo de un edificio.
- **sorbiese / asolviese**: error de Sancho y corrección de don Quijote: quiere decir «resolviese» una duda.
- **mortajas**: telas con las que se envuelve a un muerto; aquí, ofrendas que se colgaban en las capillas de los santos.
- **reliquias**: restos del cuerpo de un santo, o cosas que tocó, que la gente venera.
- **disciplinas**: látigos con los que algunos religiosos se golpeaban como penitencia.
- **endrigos**: error de Sancho por «endriagos»: monstruos de los libros de caballerías.

## Capítulo IX. Donde se cuenta lo que en él se verá

Media noche era por filo, poco más o menos. Entonces don Quijote y Sancho dejaron el monte y entraron en El Toboso. El pueblo estaba en un silencio tranquilo, porque todos sus vecinos dormían y descansaban a pierna suelta, como suele decirse. La noche era medio clara. Sancho habría querido que fuera del todo oscura, para disculpar su tontería con la oscuridad. En todo el lugar solo se oían ladridos de perros. Los ladridos atronaban los oídos de don Quijote e inquietaban el corazón de Sancho. De vez en cuando rebuznaba un burro, gruñían los cerdos y maullaban los gatos. Sus voces, de sonidos diferentes, parecían más fuertes con el silencio de la noche. El caballero enamorado lo tomó todo por mal agüero. Pero, aun así, dijo a Sancho:

—Sancho, hijo, guía al palacio de Dulcinea. Quizá la encontremos despierta.

—¿A qué palacio voy a guiar, cuerpo del sol? —respondió Sancho—. Donde yo vi a su grandeza no había más que una casa muy pequeña.

—Entonces debía de estar retirada en alguna pequeña parte de su alcázar —respondió don Quijote—. Estaría divirtiéndose a solas con sus doncellas, como es uso y costumbre de las altas señoras y princesas.

—Señor —dijo Sancho—, vuestra merced quiere, aunque me pese, que la casa de mi señora Dulcinea sea un alcázar. Pues, ya que lo quiere así, ¿es esta hora de encontrar la puerta abierta? ¿Y estará bien que demos golpes con la aldaba para que nos oigan y nos abran? Así alborotaremos a toda la gente. ¿Vamos acaso a llamar a la casa de nuestras amantes, como hacen los amancebados? Ellos llegan, llaman y entran a cualquier hora, por tarde que sea.

—Primero encontremos de una vez el alcázar —replicó don Quijote—. Entonces te diré, Sancho, lo que conviene hacer. Y mira, Sancho: desde aquí se ve un bulto grande y una sombra. O yo veo poco, o eso debe de ser el palacio de Dulcinea.

—Pues guíe vuestra merced —respondió Sancho—. Quizá sea así. Aunque yo lo veré con los ojos y lo tocaré con las manos. Y entonces lo creeré tanto como creo que ahora es de día.

Don Quijote fue delante. Después de andar unos doscientos pasos, llegó al bulto que hacía la sombra. Vio una gran torre, y enseguida comprendió que aquel edificio no era un alcázar. Era la iglesia principal del pueblo. Y dijo:

—Con la iglesia hemos dado, Sancho.

—Ya lo veo —respondió Sancho—. Y quiera Dios que no demos con nuestra tumba, porque no es buena señal andar por los cementerios a estas horas. Además, si no me acuerdo mal, yo le dije a vuestra merced una cosa. La casa de esta señora tiene que estar en una callejuela sin salida.

—¡Maldito seas de Dios, tonto! —dijo don Quijote—. ¿Dónde has visto tú que los alcázares y los palacios reales estén construidos en callejuelas sin salida?

—Señor —respondió Sancho—, cada tierra tiene su costumbre. Quizá aquí en El Toboso se acostumbra a construir los palacios y los edificios grandes en callejuelas. Así que le pido a vuestra merced que me deje buscar por estas calles y callejuelas que tengo delante. Podría ser que en algún rincón me encontrara con ese alcázar. ¡Ojalá se lo coman los perros, porque nos trae locos y cansados de tanto andar!

—Habla con respeto de las cosas de mi señora, Sancho —dijo don Quijote—. Tengamos la fiesta en paz, y no echemos la soga tras el caldero.

—Yo me controlaré —respondió Sancho—. Pero ¿cómo voy a tener paciencia con esto? Vuestra merced quiere que yo conozca siempre la casa de nuestra ama y la encuentre a medianoche. ¡Y yo solo la vi una vez! En cambio, vuestra merced no la encuentra, y la debe de haber visto miles de veces.

—Tú me vas a hacer desesperar, Sancho —dijo don Quijote—. Ven acá, hereje. ¿No te he dicho mil veces que nunca en mi vida he visto a la sin par Dulcinea? ¿Que nunca he pasado la puerta de su palacio? ¿Y que solo estoy enamorado de oídas, por la gran fama que tiene de hermosa y de discreta?

—Ahora lo oigo —respondió Sancho—. Y digo que, como vuestra merced no la ha visto, yo tampoco...

—Eso no puede ser —replicó don Quijote—. Por lo menos, tú ya me has dicho que la viste ahechando trigo. Fue cuando me trajiste la respuesta de la carta que le envié contigo.

—No se fíe de eso, señor —respondió Sancho—, porque le hago saber que también fue de oídas lo que vi, y también la respuesta que le traje. Porque yo sé quién es la señora Dulcinea tanto como sé dar un puñetazo al cielo.

—Sancho, Sancho —respondió don Quijote—, hay tiempos para bromear, y tiempos en que las bromas caen mal y parecen mal. Yo digo que no he visto ni he hablado a la señora de mi alma. Pero eso no quiere decir que tú tengas que decir lo mismo. Tú sabes muy bien que es al revés.

Mientras los dos hablaban así, vieron que alguien iba a pasar por donde estaban. Venía con dos mulas, y arrastraba un arado que hacía ruido por el suelo. Por eso pensaron que debía de ser un labrador. Seguramente había madrugado para ir a trabajar al campo antes del día. Y así era en verdad. El labrador venía cantando aquel romance que dice:

Mala la hubistes, franceses,
en esa de Roncesvalles.

—Que me maten, Sancho —dijo don Quijote al oírlo—, si nos va a pasar algo bueno esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando ese villano?

—Sí lo oigo —respondió Sancho—. Pero ¿qué tiene que ver la caza de Roncesvalles con lo nuestro? Lo mismo podría cantar el romance de Calaínos. Daría igual para que nuestro negocio salga bien o mal.

En esto llegó el labrador, y don Quijote le preguntó:

—Buen amigo, ¡que Dios os dé buena suerte! ¿Me sabréis decir dónde están por aquí los palacios de la sin par princesa doña Dulcinea del Toboso?

—Señor —respondió el mozo—, yo soy forastero. Hace pocos días que estoy en este pueblo. Sirvo a un labrador rico en el trabajo del campo. En esa casa de enfrente viven el cura y el sacristán del lugar. Los dos, o cualquiera de ellos, sabrán dar a vuestra merced noticia de esa señora princesa, porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso. Aunque yo creo que en todo el pueblo no vive ninguna princesa. Señoras principales sí hay muchas, y cada una puede ser princesa en su casa.

—Pues entre esas, amigo —dijo don Quijote—, debe de estar esta por quien te pregunto.

—Podría ser —respondió el mozo—. Y adiós, que ya viene el alba.

Y arreando a sus mulas, no esperó más preguntas. Sancho vio a su señor confuso y bastante descontento, y le dijo:

—Señor, el día ya llega muy deprisa. No será buena idea dejar que el sol nos encuentre en la calle. Mejor será que salgamos de la ciudad. Vuestra merced puede esconderse en algún bosque cercano. Yo volveré de día y no dejaré ni un rincón sin buscar en todo el lugar. Buscaré la casa, alcázar o palacio de mi señora. Sería muy desgraciado si no lo encontrara. Y cuando lo encuentre, hablaré con su merced. Le diré dónde y cómo está vuestra merced esperando. Espera que ella le diga la manera de verla, sin perjudicar su honra y su fama.

—Has dicho, Sancho —dijo don Quijote—, mil sentencias encerradas en el círculo de unas pocas palabras. El consejo que me has dado lo deseo y lo recibo con muchísimo gusto. Ven, hijo, y vamos a buscar dónde esconderme. Tú volverás, como dices, a buscar, a ver y a hablar a mi señora. De su prudencia y su cortesía espero favores más que milagrosos.

Sancho rabiaba por sacar a su amo del pueblo, para que no descubriera una mentira. Era la respuesta de Dulcinea que le había llevado a Sierra Morena. Así que dio prisa para salir, y salieron enseguida. A dos millas del lugar encontraron un bosque. Allí se escondió don Quijote, mientras Sancho volvía a la ciudad a hablar con Dulcinea. En esa embajada le pasaron cosas que piden nueva atención y nuevo crédito.

### Glosario

- **Media noche era por filo**: verso de un romance antiguo: era exactamente medianoche.
- **a pierna suelta**: profundamente y con tranquilidad.
- **ladridos**: voces del perro.
- **oían**: del verbo «oír»: percibir sonidos.
- **atronaban**: hacían un ruido muy fuerte en los oídos, como un trueno.
- **inquietaban**: ponían nervioso, quitaban la calma.
- **rebuznaba**: daba su voz el burro.
- **gruñían**: daban su voz los cerdos.
- **maullaban**: daban su voz los gatos.
- **divirtiéndose**: pasándolo bien (del verbo «divertirse»).
- **alborotaremos**: despertaremos y pondremos nerviosa a la gente con ruido.
- **replicó**: respondió a lo que dijo otro (del verbo «replicar»).
- **ahechando**: limpiando el trigo con una criba (del verbo «ahechar»).
- **no se fíe**: no crea en eso, no confíe en eso (del verbo «fiarse»).
- **dar un puñetazo al cielo**: golpear el cielo con la mano cerrada: algo imposible.
- **labrador**: hombre que trabaja la tierra.
- **Mala la hubistes**: forma antigua: «mal lo pasasteis».
- **alcázar**: palacio fuerte, como un castillo, donde viven reyes o señores.
- **aldaba**: pieza de metal en la puerta que sirve para llamar.
- **amancebados**: hombres que viven con una mujer sin estar casados con ella.
- **callejuela sin salida**: calle pequeña y estrecha que termina en una pared.
- **echar la soga tras el caldero**: perderlo todo por enfadarse después de una primera pérdida.
- **de oídas**: solo por lo que otros cuentan, sin haberlo visto.
- **villano**: aquí, hombre del campo, campesino.
- **Calaínos**: personaje de un romance antiguo muy conocido.
- **nuevo crédito**: que el lector tiene que creer de nuevo en lo que se cuenta.

## Capítulo X. Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos

El autor de esta gran historia llegó a contar lo que cuenta en este capítulo. Y dice que entonces quería pasarlo en silencio. Tenía miedo de que nadie lo creyera. Porque aquí las locuras de don Quijote llegaron al límite de las mayores que se pueden imaginar. Y aun pasaron dos tiros de ballesta más allá de las mayores. Al final, aunque con este miedo y esta duda, las escribió tal como él las hizo. No añadió ni quitó a la historia un átomo de la verdad. Y no le importó que pudieran acusarlo de mentiroso. Y tuvo razón, porque «la verdad adelgaza y no quiebra». La verdad siempre queda por encima de la mentira, como el aceite sobre el agua.

Y así, siguiendo su historia, dice lo siguiente. Junto al gran Toboso había un bosque, encinar o selva. Don Quijote se escondió en él. Entonces mandó a Sancho volver a la ciudad. No debía volver ante él sin hablar antes con su señora de su parte. Tenía que pedirle que se dejara ver por su caballero cautivo. Y que tuviera la bondad de darle su bendición. Así él podría esperar los más felices resultados en todos sus ataques y difíciles empresas. Sancho prometió hacerlo tal como se lo mandaba. Y prometió traerle una respuesta tan buena como la que le trajo la primera vez.

—Anda, hijo —dijo don Quijote—. Y no te pongas nervioso cuando estés ante la luz del sol de hermosura que vas a buscar. ¡Qué suerte tienes, más que todos los escuderos del mundo! Ten buena memoria, y no olvides cómo te recibe. Mira si cambia de color mientras le das mi mensaje. Mira si se inquieta y se turba al oír mi nombre. Quizá la encuentras sentada en el rico estrado de su autoridad. Entonces mira si no puede estarse quieta en el cojín. Y si está de pie, mira si se apoya ahora en un pie, ahora en el otro. Mira si te repite su respuesta dos o tres veces. Mira si la cambia de suave en dura, o de agria en amorosa. Mira si levanta la mano al pelo para arreglarlo, aunque no esté desordenado. En fin, hijo, mira todos sus gestos y movimientos. Porque si tú me los cuentas tal como fueron, yo descubriré su secreto. Sabré lo que ella esconde en lo más hondo de su corazón sobre mis amores. Porque has de saber una cosa, Sancho, si no la sabes. Entre los enamorados, los gestos y movimientos de fuera son correos muy seguros. Traen las noticias de lo que pasa allá dentro del alma. Ve, amigo, y que te guíe una suerte mejor que la mía. Y que vuelvas con mejor resultado del que yo temo y espero en esta amarga soledad en que me dejas.

—Yo iré y volveré pronto —dijo Sancho—. Y vuestra merced, señor mío, ensanche ese corazoncito. Ahora debe de tenerlo no mayor que una avellana. Piense que se suele decir: «buen corazón quebranta mala ventura». Y también: «donde no hay tocinos, no hay estacas». Y también se dice: «donde no se piensa, salta la liebre». Lo digo porque esta noche no encontramos los palacios o castillos de mi señora. Pero ahora que es de día, pienso encontrarlos cuando menos lo piense. Y cuando los encuentre, déjenme a mí con ella.

—Por cierto, Sancho —dijo don Quijote—, siempre traes tus refranes muy a propósito de lo que hablamos. ¡Así me dé Dios mejor suerte en lo que deseo!

Dicho esto, Sancho dio la vuelta y golpeó a su rucio con la vara. Don Quijote se quedó a caballo, apoyado en los estribos y en su lanza. Estaba lleno de pensamientos tristes y confusos. Allí lo dejaremos, y nos iremos con Sancho Panza. Sancho se apartó de su señor tan confuso y pensativo como se quedaba él. Tanto, que apenas salió del bosque, volvió la cabeza. Vio que ya no se veía a don Quijote. Entonces se bajó del burro y se sentó al pie de un árbol. Y empezó a hablar consigo mismo y a decirse:

—Vamos a ver ahora, Sancho hermano, ¿adónde va vuestra merced? ¿Va a buscar algún burro que se le haya perdido? «No, por cierto». Pues ¿qué va a buscar? «Voy a buscar, así como si nada, a una princesa. Y en ella, al sol de la hermosura y a todo el cielo junto». ¿Y dónde pensáis encontrar eso que decís, Sancho? «¿Dónde? En la gran ciudad del Toboso». Muy bien. ¿Y de parte de quién la vais a buscar? «De parte del famoso caballero don Quijote de la Mancha. Él deshace las injusticias, y da de comer al que tiene sed y de beber al que tiene hambre». Todo eso está muy bien. ¿Y sabéis dónde está su casa, Sancho? «Mi amo dice que deben de ser unos palacios reales o unos castillos magníficos». ¿Y la habéis visto alguna vez, por casualidad? «Ni yo ni mi amo la hemos visto nunca». Pensad ahora en una cosa, Sancho. Imaginad que los del Toboso supieran que estáis aquí para robarles sus princesas y molestar a sus damas. ¿No os parecería justo que vinieran y os rompieran las costillas a palos? ¿Y que no os dejaran ni un hueso sano? «De verdad que tendrían mucha razón, si no pensaran que me mandan a mí. Porque: "Mensajero sois, amigo, / no merecéis culpa, non"». No os fiéis de eso, Sancho, porque la gente de la Mancha es tan colérica como honrada. Y no aguanta bromas de nadie. ¡Por Dios, que si os descubren, lo vais a pasar muy mal! «¡Fuera, fuera! ¡Que el rayo caiga lejos de mí! ¡No voy a buscarle tres pies al gato por el gusto de otro! Además, buscar a Dulcinea por el Toboso es como buscar a Marica en Rávena, o al bachiller en Salamanca. ¡El diablo, el diablo me ha metido a mí en esto, y nadie más!».

Esta conversación tuvo Sancho consigo mismo. Y lo que sacó de ella fue que volvió a decirse:

—Bueno, todas las cosas tienen remedio, menos la muerte. Bajo su yugo tenemos que pasar todos al final de la vida, aunque no nos guste. Por mil señales he visto que este amo mío es un loco de atar. Y yo tampoco me quedo atrás, porque soy más tonto que él, ya que lo sigo y lo sirvo. Así es, si es verdad el refrán que dice: «Dime con quién andas y te diré quién eres». Y también el otro: «No con quien naces, sino con quien paces». Pues bien, él está loco. Y su locura, la mayoría de las veces, toma unas cosas por otras. Juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco. Se vio cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes. Y que las mulas de los frailes eran dromedarios. Y que los rebaños de carneros eran ejércitos de enemigos. Y dijo otras muchas cosas por el estilo. Así que no será muy difícil engañarlo. Le haré creer que la primera labradora que encuentre por aquí es la señora Dulcinea. Y si él no lo cree, yo lo juraré. Y si él jura, yo volveré a jurar. Y si él insiste, yo insistiré más. Así siempre tendré yo la última palabra, pase lo que pase. Quizá con esta insistencia consiga una cosa. Al ver las malas respuestas que le traigo, tal vez no me mande otra vez con estos recados. O quizá pensará otra cosa, como yo imagino. Pensará que algún encantador malo de esos que, según dice él, lo odian le ha cambiado la figura a ella. Y que lo ha hecho para hacerle mal y daño a él.

Con este pensamiento, Sancho Panza se quedó tranquilo y creyó que ya tenía el asunto resuelto. Se quedó allí hasta la tarde. Así don Quijote pensaría que había tenido tiempo de ir al Toboso y volver. Y todo le salió tan bien que, al levantarse para subir al rucio, vio venir a tres labradoras. Venían del Toboso hacia donde él estaba, montadas en tres burros, o burras. El autor no lo dice. Pero es más fácil creer que eran burras, porque son el animal normal de las mujeres de los pueblos. Como esto no importa mucho, no hace falta detenernos a averiguarlo. En fin, cuando Sancho vio a las labradoras, volvió a toda prisa a buscar a su señor don Quijote. Lo encontró suspirando y diciendo mil quejas de amor. En cuanto don Quijote lo vio, le dijo:

—¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré marcar este día con piedra blanca o con piedra negra?

—Mejor será —respondió Sancho— que vuestra merced lo marque con almagre, como los letreros de las cátedras. Así lo verán bien todos los que lo miren.

—Entonces —dijo don Quijote— traes buenas noticias.

—Tan buenas —respondió Sancho— que vuestra merced solo tiene que picar a Rocinante y salir al campo abierto. Allí verá a la señora Dulcinea del Toboso. Viene a ver a vuestra merced con otras dos doncellas suyas.

—¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? —dijo don Quijote—. Cuidado, no me engañes. No quieras alegrar mis tristezas verdaderas con alegrías falsas.

—¿Qué ganaría yo con engañar a vuestra merced —respondió Sancho—, y más estando tan cerca de descubrirse mi verdad? Pique, señor, y venga. Verá venir a la princesa, nuestra ama, vestida y adornada, en fin, como quien es. Ella y sus doncellas son todas un ascua de oro. Son todas mazorcas de perlas, todas diamantes, todas rubíes. Todas llevan telas de brocado de más de diez altos. Llevan el pelo suelto por la espalda. Sus cabellos son otros tantos rayos de sol que juegan con el viento. Y sobre todo, vienen montadas en tres cananeas con manchas de colores, que no hay más que ver.

—Hacaneas querrás decir, Sancho.

—Poca diferencia hay —respondió Sancho— de cananeas a hacaneas. Pero vengan en lo que vengan, son las señoras más elegantes que se puedan desear. Sobre todo, la princesa Dulcinea, mi señora, que deja a uno sin sentido.

—Vamos, Sancho hijo —respondió don Quijote—. Como albricias por estas noticias tan inesperadas como buenas, te prometo una cosa. Te daré lo mejor que gane en la primera aventura que tenga. Y si esto no te basta, te daré las crías que me den este año mis tres yeguas. Ya sabes que están para parir en el prado común de nuestro pueblo.

—Me quedo con las crías —respondió Sancho—. Porque no es muy seguro que sea bueno lo que gane en la primera aventura.

En esto salieron del bosque y vieron cerca a las tres aldeanas. Don Quijote miró a lo largo de todo el camino del Toboso. Como solo vio a las tres labradoras, se turbó mucho. Y preguntó a Sancho si había dejado a las señoras fuera de la ciudad.

—¿Cómo fuera de la ciudad? —respondió Sancho—. ¿Es que vuestra merced tiene los ojos en la nuca? ¿No ve que son estas que vienen aquí, brillantes como el mismo sol a mediodía?

—Yo no veo, Sancho —dijo don Quijote—, más que a tres labradoras sobre tres burros.

—¡Que Dios me libre del diablo! —respondió Sancho—. ¿Es posible que tres hacaneas, o como se llamen, blancas como la nieve, le parezcan a vuestra merced burros? ¡Por Dios, que me arranque estas barbas si eso fuera verdad!

—Pues yo te digo, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que son burros, o burras. Es tan verdad como que yo soy don Quijote y tú Sancho Panza. Por lo menos, eso me parecen a mí.

—Calle, señor —dijo Sancho—, no diga esa palabra. Abra bien esos ojos y venga a hacer reverencia a la señora de sus pensamientos, que ya llega cerca.

Y diciendo esto, se adelantó para recibir a las tres aldeanas. Se bajó del rucio y sujetó por el cabestro el burro de una de las tres labradoras. Luego se puso de rodillas en el suelo y dijo:

—Reina y princesa y duquesa de la hermosura: aquí tenéis a vuestro caballero cautivo. Que vuestra altivez y grandeza tenga a bien recibirlo con buena voluntad. Allí está, quieto como una piedra de mármol. Está muy turbado y sin pulso al verse ante vuestra magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza, su escudero. Y él es el cansado y sufrido caballero don Quijote de la Mancha. También lo llaman el Caballero de la Triste Figura.

En ese momento, don Quijote ya se había puesto de rodillas junto a Sancho. Miraba con los ojos muy abiertos y la vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora. Pero solo veía en ella a una moza de pueblo. Y no era muy guapa, porque tenía la cara redonda y la nariz chata. Por eso don Quijote estaba asombrado y confuso, y no se atrevía a abrir la boca. Las labradoras también estaban atónitas. Veían a aquellos dos hombres tan diferentes, de rodillas, que no dejaban pasar a su compañera. Pero la detenida rompió el silencio, muy enfadada y de mal humor, y dijo:

—¡Apártense, nora en tal, del camino, y déjennos pasar, que tenemos prisa!

A lo que respondió Sancho:

—¡Oh princesa y señora universal del Toboso! ¿Cómo no se enternece vuestro gran corazón? ¿No veis de rodillas ante vuestra alta presencia a la columna y apoyo de la caballería andante?

Al oír esto, otra de las dos dijo:

—¡Jo, que te estrego, burra de mi suegro! ¡Mirad cómo vienen ahora los señoritos a burlarse de las aldeanas! ¡Como si aquí no supiéramos decir burlas igual que ellos! Sigan su camino y déjennos seguir el nuestro, que les irá mejor.

—Levántate, Sancho —dijo entonces don Quijote—. Ya veo que la Fortuna no se cansa de hacerme mal. Ha cerrado todos los caminos por donde podría llegar alguna alegría a esta pobre alma mía. Y tú, ¡oh lo más alto del valor que se puede desear! ¡Oh límite de la belleza humana, único remedio de este triste corazón que te adora! El maligno encantador me persigue. Ha puesto nubes y cataratas en mis ojos. Y solo para ellos, y no para otros, ha cambiado tu hermosura sin igual. Ha transformado tu cara en la de una labradora pobre. Y quizá también ha cambiado la mía en la de algún monstruo, para que tus ojos la odien. Aun así, no dejes de mirarme con dulzura y con amor. Me arrodillo con sumisión ante tu hermosura disfrazada. Mira en este gesto la humildad con que mi alma te adora.

—¡Tomá que mi agüelo! —respondió la aldeana—. ¡Sí, sí, muy amiga soy yo de oír resquebrajos! Apártense y déjennos ir, y se lo agradeceremos.

Sancho se apartó y la dejó ir, contentísimo de haber salido bien de su engaño.

La aldeana que había hecho el papel de Dulcinea se vio libre. Enseguida picó a su cananea con un aguijón que llevaba en la punta de un palo. Y echó a correr por el prado. Pero la burra sentía la punta del aguijón, que le molestaba más de lo normal. Así que empezó a dar saltos, y tiró a la señora Dulcinea al suelo. Al verlo, don Quijote corrió a levantarla. Y Sancho fue a arreglar y a apretar la albarda. También la albarda se había ido a la barriga de la burra. Cuando estuvo bien puesta, don Quijote quiso subir en brazos a su señora encantada sobre la burra. Pero la señora se levantó del suelo y le ahorró ese trabajo. Se echó un poco hacia atrás y tomó una pequeña carrerilla. Puso las dos manos sobre las ancas de la burra. Y saltó sobre la albarda, más ligera que un halcón. Se quedó sentada con una pierna a cada lado, como si fuera un hombre. Entonces dijo Sancho:

—¡Vive Roque, que la señora nuestra ama es más ligera que un acotán! Podría enseñar a montar a la jineta al cordobés o al mexicano más hábil. Ha pasado de un salto el arzón trasero de la silla. Y sin espuelas hace correr a la hacanea como una cebra. Y sus doncellas no se quedan atrás, que todas corren como el viento.

Y así era la verdad, porque en cuanto Dulcinea se vio a caballo, todas picaron detrás de ella y salieron corriendo. No volvieron la cabeza atrás en más de media legua. Don Quijote las siguió con la vista. Cuando ya no se veían, se volvió a Sancho y le dijo:

—Sancho, ¿ves cuánto me odian los encantadores? Mira hasta dónde llega su maldad y la manía que me tienen. Porque me han querido quitar la alegría de ver a mi señora tal como es. De verdad, yo nací para ser ejemplo de desgraciados. Nací para ser el blanco donde la mala fortuna apunta y dispara sus flechas. Y también debes notar, Sancho, otra cosa. Estos traidores no se contentaron con cambiar y transformar a mi Dulcinea. La transformaron en una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana. Y además le quitaron algo muy propio de las grandes señoras: el buen olor. Porque ellas siempre andan entre ámbar y entre flores. Te hago saber, Sancho, lo que me pasó. Me acerqué a subir a Dulcinea sobre su hacanea, como tú dices, aunque a mí me pareció una burra. Y entonces me llegó un olor de ajos crudos que me mareó y me envenenó el alma.

—¡Oh canallas! —gritó entonces Sancho—. ¡Oh encantadores malvados, que traéis mala suerte! ¡Ojalá os viera a todos ensartados por las agallas, como sardinas en un palito! Mucho sabéis, mucho podéis y mucho más hacéis. Ya era bastante, bellacos, con cambiar las perlas de los ojos de mi señora en agallas de alcornoque. Y sus cabellos de oro purísimo, en pelos de cola de buey rojo. Y en fin, todas sus facciones, de buenas en malas. ¡No teníais que tocarle el olor! Por el olor, al menos, habríamos descubierto lo que había escondido bajo aquella fea corteza. Aunque, para decir la verdad, yo nunca vi su fealdad, sino su hermosura. Y la hacía todavía más bella un lunar que tenía sobre el labio derecho, como un bigote. Tenía siete u ocho pelos rubios como hilos de oro, y de más de un palmo de largo.

—Los lunares de la cara corresponden a los del cuerpo —dijo don Quijote—. Así que Dulcinea debe de tener otro lunar en el muslo, en el mismo lado que el de la cara. Pero los pelos del tamaño que dices son muy largos para un lunar.

—Pues yo puedo decir a vuestra merced —respondió Sancho— que allí le quedaban muy bien. Parecía que habían nacido para eso.

—Yo lo creo, amigo —dijo don Quijote—. Lo creo porque la naturaleza no puso en Dulcinea nada que no fuera perfecto y bien acabado. Por eso, si tuviera cien lunares como ese, en ella no serían lunares. Serían lunas y estrellas brillantes. Pero dime, Sancho: a mí me pareció una albarda aquello que tú arreglaste. ¿Era una silla sencilla o un sillón de señora?

—No era —respondió Sancho— sino una silla a la jineta. Y tenía una manta de campo tan rica que vale la mitad de un reino.

—¡Y que yo no viera todo eso, Sancho! —dijo don Quijote—. Ahora vuelvo a decir, y lo diré mil veces, que soy el más desgraciado de los hombres.

Al bromista de Sancho le costaba mucho esconder la risa. Oía las tonterías de su amo, engañado de una forma tan delicada. Al final, después de hablar de otras muchas cosas, volvieron a subir a sus animales. Y siguieron el camino de Zaragoza. Pensaban llegar a tiempo para unas fiestas solemnes que se celebran cada año en aquella famosa ciudad. Pero antes de llegar allí, les pasaron muchas cosas, grandes y nuevas. Por eso merecen ser escritas y leídas, como se verá más adelante.

### Glosario

- **la verdad adelgaza y no quiebra**: refrán: la verdad puede hacerse débil, pero nunca se rompe.
- **átomo**: parte muy, muy pequeña de algo.
- **encinar**: bosque de encinas, un tipo de árbol.
- **escuderos**: criados que acompañan a un caballero y le ayudan.
- **se inquieta**: se pone nerviosa, pierde la calma.
- **ensanche**: haga más grande (del verbo «ensanchar»).
- **avellana**: fruto seco pequeño y redondo.
- **buen corazón quebranta mala ventura**: refrán: con valor se vence la mala suerte; «quebrantar» es romper.
- **donde no se piensa, salta la liebre**: refrán: las cosas pasan cuando menos se esperan; la liebre es un animal como un conejo grande.
- **refranes**: frases populares y antiguas que enseñan algo.
- **No os fiéis**: no confiéis, no creáis en eso (del verbo «fiarse»).
- **rucio**: el asno de Sancho; «rucio» quiere decir de color gris.
- **labradora / labradoras**: mujer del campo que trabaja la tierra.
- **aguijón**: punta de hierro en un palo, para hacer andar a los animales.
- **agallas**: partes de la cabeza del pez por donde respira; «agallas de alcornoque» son bolitas que crecen en ese árbol.
- **estrado**: lugar algo alto, con alfombras y cojines, donde se sentaban las señoras para recibir visitas.
- **buscarle tres pies al gato**: buscar problemas o complicar las cosas sin necesidad.
- **buscar a Marica en Rávena**: buscar a alguien muy difícil de encontrar, porque hay muchas personas con ese nombre en ese lugar.
- **piedra blanca / almagre**: marcar un día con piedra blanca es recordarlo como un día feliz; el almagre es una tierra roja que se usaba para pintar letreros grandes en las paredes.
- **cananeas / hacaneas**: Sancho dice mal la palabra: lo correcto es «hacaneas», caballos pequeños y tranquilos para las damas.
- **albricias**: regalo que se da a quien trae una buena noticia.
- **nora en tal**: forma de campo de decir «en hora mala»; sirve para echar a alguien con enfado.
- **¡Jo, que te estrego, burra de mi suegro! / ¡Tomá que mi agüelo!**: expresiones de gente de campo para burlarse o rechazar algo con enfado.
- **acotán**: halcón, ave rápida que caza.
- **a la jineta / arzón**: montar a la jineta es montar con los estribos cortos; el arzón es la parte alta de delante o de detrás de la silla de montar.
- **albarda**: silla sencilla y blanda que se pone a los burros.
- **resquebrajos**: la aldeana dice mal la palabra «requiebros»: piropos, cosas bonitas que se dicen a una mujer.

## Capítulo XI. De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro, o carreta, de Las Cortes de la Muerte

Don Quijote seguía su camino muy pensativo. Pensaba en la mala burla que le habían hecho los encantadores. Habían convertido a su señora Dulcinea en la fea figura de la aldeana. Y él no se imaginaba qué remedio podría devolverle su forma de antes. Estos pensamientos lo tenían tan fuera de sí que, sin darse cuenta, soltó las riendas de Rocinante. El caballo sintió la libertad que le daban. Y a cada paso se paraba a comer la hierba verde, que abundaba en aquellos campos. Sancho Panza lo sacó de sus pensamientos, diciéndole:

—Señor, las tristezas no se hicieron para los animales, sino para los hombres. Pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven animales. Que vuestra merced se calme y vuelva en sí. Coja las riendas de Rocinante, anímese y despierte. Y muestre ese valor que deben tener los caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué desánimo es este? ¿Estamos aquí, o en Francia? ¡Que se lleve Satanás a todas las Dulcineas que hay en el mundo! Porque vale más la salud de un solo caballero andante que todos los encantos y transformaciones de la tierra.

—Calla, Sancho —respondió don Quijote, con una voz no muy débil—. Calla, te digo, y no digas blasfemias contra aquella señora encantada. Porque de su desgracia y su mala suerte solo yo tengo la culpa. Su desgracia ha nacido de la envidia que me tienen los malos.

—Eso digo yo —respondió Sancho—: «Quien la vio y la ve ahora, ¿cuál es el corazón que no llora?».

—Eso puedes decirlo tú con razón, Sancho —dijo don Quijote—. Porque tú la viste con toda su hermosura completa. El encanto no llegó a turbarte la vista ni a esconderte su belleza. La fuerza de su veneno va solo contra mí y contra mis ojos. Pero, con todo esto, Sancho, me he dado cuenta de una cosa. Me describiste mal su hermosura. Porque, si no me acuerdo mal, dijiste que tenía los ojos de perlas. Y los ojos que parecen de perlas son de besugo, no de dama. Yo creo que los ojos de Dulcinea deben de ser de verdes esmeraldas. Serán grandes y alargados, con dos arcos celestiales que les sirven de cejas. Así que esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes. Sin duda te equivocaste, Sancho, y confundiste los ojos con los dientes.

—Todo puede ser —respondió Sancho—, porque su hermosura también me turbó a mí, como a vuestra merced su fealdad. Pero dejémoslo todo en manos de Dios, que Él sabe las cosas que van a pasar en este valle de lágrimas. En este mal mundo nuestro casi no hay nada sin mezcla de maldad, mentira y engaño. Pero hay una cosa que me preocupa, señor mío, más que las otras. Pienso en lo que pasará cuando vuestra merced venza a algún gigante o a otro caballero. Vuestra merced le mandará que vaya a presentarse ante la hermosura de la señora Dulcinea. ¿Y dónde la va a encontrar ese pobre gigante, o ese pobre y miserable caballero vencido? Me parece que ya los veo andar por el Toboso como unos tontos, buscando a mi señora Dulcinea. Y aunque la encuentren en mitad de la calle, no la conocerán más que a mi padre.

—Quizá, Sancho —respondió don Quijote—, el encantamiento no llegue a tanto. Quizá los gigantes y caballeros vencidos sí puedan reconocer a Dulcinea. Lo probaremos con uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe. Veremos si la ven o no. Les mandaré que vuelvan a contarme lo que les haya pasado con esto.

—Digo, señor —dijo Sancho—, que me parece bien lo que vuestra merced ha dicho. Con ese truco sabremos lo que queremos saber. Y si ella se esconde solo de vuestra merced, la desgracia será más de vuestra merced que de ella. Pero mientras la señora Dulcinea tenga salud y esté contenta, nosotros por aquí nos arreglaremos. Lo pasaremos lo mejor que podamos, buscando nuestras aventuras. Y dejaremos que el tiempo haga de las suyas. Porque el tiempo es el mejor médico de estas enfermedades y de otras mayores.

Don Quijote quería responder a Sancho Panza, pero se lo impidió una carreta. Salió de lado al camino, cargada de los personajes y figuras más diversos y extraños que se puedan imaginar. El que guiaba las mulas y hacía de carretero era un demonio feo. La carreta venía descubierta, al cielo abierto, sin techo de tela ni de cañas. La primera figura que vio don Quijote fue la de la misma Muerte, con cara humana. Junto a ella venía un ángel con unas alas grandes y pintadas. A un lado estaba un emperador con una corona en la cabeza, que parecía de oro. A los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido. No llevaba venda en los ojos, pero sí su arco, su carcaj y sus flechas. Venía también un caballero armado de pies a cabeza. Solo que no llevaba casco, sino un sombrero lleno de plumas de diversos colores. Con estas figuras venían otras personas de diferentes trajes y caras. Todo esto apareció de repente. Por eso alteró un poco a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho. Pero luego don Quijote se alegró. Creyó que se le presentaba una aventura nueva y peligrosa. Con este pensamiento, y dispuesto a enfrentarse a cualquier peligro, se puso delante de la carreta. Y con voz alta y amenazadora, dijo:

—Carretero, cochero, diablo, o lo que seas: dime enseguida quién eres y adónde vas. Y dime quién es la gente que llevas en tu carricoche. Porque más parece la barca de Carón que una carreta de las normales.

El Diablo detuvo la carreta y respondió con calma:

—Señor, nosotros somos actores de la compañía de Angulo el Malo. Esta mañana hemos representado el auto de «Las Cortes de la Muerte». Ha sido en un pueblo que está detrás de aquella loma. Hoy es la octava del Corpus. Y esta tarde tenemos que representarlo en aquel pueblo que se ve desde aquí. Está muy cerca, y así nos ahorramos el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir. Por eso vamos vestidos con la misma ropa con que actuamos. Aquel joven hace de Muerte; el otro, de Ángel. Aquella mujer, que es la esposa del director, hace de Reina. El otro hace de Soldado, y aquel, de Emperador. Y yo hago de Demonio, y soy una de las figuras principales del auto. Porque en esta compañía hago los papeles más importantes. Si vuestra merced desea saber otra cosa de nosotros, pregúntemela. Yo sabré responderle con todo detalle. Como soy demonio, todo lo sé.

—Por la fe de caballero andante —respondió don Quijote—, que al ver este carro me imaginé una cosa. Pensé que se me presentaba una gran aventura. Y ahora digo que hay que tocar las apariencias con la mano para descubrir la verdad. Id con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta. Y mirad si queréis algo en que yo pueda ayudaros. Lo haré con buen ánimo y de buena gana. Porque desde muchacho me gustaron las máscaras. Y de joven se me iban los ojos detrás de los actores.

Mientras hablaban, quiso la suerte que llegara uno de la compañía. Venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles. En la punta de un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas. Este payaso se acercó a don Quijote. Empezó a mover el palo como una espada y a golpear el suelo con las vejigas. Y daba grandes saltos, haciendo sonar los cascabeles. Esta mala visión asustó tanto a Rocinante que don Quijote no pudo detenerlo. El caballo mordió el freno y echó a correr por el campo. Corrió más rápido de lo que nunca prometieron los huesos de su flaco cuerpo. Sancho vio el peligro de que su amo cayera al suelo. Saltó del rucio y fue a toda prisa a ayudarlo. Pero cuando llegó, don Quijote ya estaba en el suelo. Y junto a él estaba Rocinante, que había caído con su amo. Este era siempre el final de las alegrías y atrevimientos de Rocinante.

Pero apenas dejó Sancho su burro para ayudar a don Quijote, ocurrió algo. El demonio bailarín de las vejigas saltó sobre el rucio. Lo golpeó con ellas. Y el rucio, más por el miedo y el ruido que por el dolor de los golpes, salió volando por el campo. Iba hacia el pueblo donde iban a hacer la fiesta. Sancho miraba la carrera de su rucio y la caída de su amo. Y no sabía a cuál de las dos necesidades acudir primero. Pero al final se portó como buen escudero y buen criado. Pudo más el amor a su señor que el cariño a su burro. Aunque sufría una angustia de muerte cada vez que veía las vejigas subir en el aire. Y luego caían sobre las ancas de su rucio. Prefería recibir él aquellos golpes en las niñas de los ojos. No quería que tocaran ni el pelo más pequeño de la cola de su burro. Con esta duda y esta pena llegó adonde estaba don Quijote. Lo encontró mucho más maltrecho de lo que él quería. Lo ayudó a subir sobre Rocinante y le dijo:

—Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.

—¿Qué diablo? —preguntó don Quijote.

—El de las vejigas —respondió Sancho.

—Pues yo lo recuperaré —dijo don Quijote—. Lo haré aunque se encierre con él en los calabozos más hondos y oscuros del infierno. Sígueme, Sancho, porque la carreta va despacio, y con sus mulas pagaré la pérdida del rucio.

—No hace falta hacer eso, señor —respondió Sancho—. Que vuestra merced calme su enfado, porque me parece que el Diablo ya ha dejado al rucio. Y el rucio vuelve a su casa.

Y así era la verdad. Porque el Diablo se había caído con el rucio, como para imitar a don Quijote y a Rocinante. Entonces el Diablo se fue a pie al pueblo, y el burro volvió con su amo.

—Aun así —dijo don Quijote—, estará bien castigar la mala educación de aquel demonio en alguno de los de la carreta. Aunque sea en el mismo emperador.

—Quítese vuestra merced eso de la cabeza —dijo Sancho—, y siga mi consejo. Nunca se pelee con los actores, que es gente protegida. Yo he visto a un actor preso por dos muertes, y salió libre y sin pagar nada. Sepa vuestra merced que son gente alegre y divertida. Por eso todos los favorecen, todos los protegen, los ayudan y los aprecian. Sobre todo a los de las compañías reales y famosas. Todos, o casi todos, parecen unos príncipes por su ropa y su aspecto.

—Pues aun así —respondió don Quijote—, ese demonio actor no se irá riéndose de mí. Aunque lo favorezca todo el género humano.

Y diciendo esto, volvió hacia la carreta, que ya estaba muy cerca del pueblo. Iba gritando:

—¡Deteneos, esperad, gente alegre y divertida! Os quiero enseñar cómo hay que tratar a los burros y demás animales. Hablo de los que sirven de montura a los escuderos de los caballeros andantes.

Don Quijote gritaba tan alto que los de la carreta lo oyeron y lo entendieron. Por sus palabras comprendieron la intención del que las decía. En un instante, la Muerte saltó de la carreta. Detrás de ella saltaron el Emperador, el Diablo carretero y el Ángel. Tampoco se quedaron la Reina ni el dios Cupido. Todos se cargaron de piedras y se pusieron en fila. Así esperaban recibir a don Quijote con las puntas de sus piedras. Don Quijote los vio puestos en un escuadrón tan valiente. Tenían los brazos levantados, listos para lanzar las piedras con fuerza. Entonces detuvo a Rocinante y se puso a pensar cómo atacarlos con menos peligro para su persona. Mientras estaba parado, llegó Sancho. Lo vio con cara de atacar a aquel escuadrón tan bien formado, y le dijo:

—Sería una gran locura intentar esa empresa. Piense vuestra merced, señor mío, en una cosa. Contra las piedras del arroyo, cuando llegan a tente bonete, no hay en el mundo ninguna arma para defenderse. Solo valdría meterse y encerrarse en una campana de bronce. Y también hay que pensar en otra cosa. Es más locura que valentía que un hombre solo ataque a un ejército donde está la Muerte. Allí pelean en persona emperadores, y lo ayudan los ángeles buenos y los malos. Y si esto no lo convence para quedarse quieto, que lo convenza esto otro. Sepa con seguridad que, entre todos los que están allí, no hay ningún caballero andante. Aunque parecen reyes, príncipes y emperadores.

—Ahora sí, Sancho —dijo don Quijote—, has dado en el punto que puede y debe cambiar mi decisión. Ya te lo he dicho muchas veces. Yo no puedo ni debo sacar la espada contra quien no sea caballero armado. A ti, Sancho, te toca vengar la ofensa que le han hecho a tu rucio, si quieres. Yo te ayudaré desde aquí con gritos y buenos consejos.

—No hace falta vengarse de nadie, señor —respondió Sancho—. Porque no es de buenos cristianos vengarse de las ofensas. Y además, yo convenceré a mi burro para que deje su ofensa en mis manos. Y mi voluntad es vivir en paz los días de vida que me dé el cielo.

—Esa es tu decisión, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero —respondió don Quijote—. Pues dejemos a estos fantasmas. Volvamos a buscar aventuras mejores y más dignas. Porque yo veo que en esta tierra no faltarán muchas, y muy maravillosas.

Enseguida dio la vuelta a las riendas. Sancho fue a recoger su rucio. La Muerte y todo su escuadrón volante volvieron a su carreta y siguieron su viaje. Y este feliz final tuvo la temible aventura de la carreta de la Muerte. Fue gracias al buen consejo que Sancho Panza dio a su amo. Y al día siguiente a don Quijote le pasó otra aventura con un caballero andante y enamorado. Fue tan emocionante como la anterior.

### Glosario

- **¿Estamos aquí, o en Francia?**: expresión para despertar a alguien que está distraído, como si no supiera dónde está.
- **besugo**: pez de mar con ojos grandes y redondos.
- **la barca de Carón**: en los mitos antiguos, la barca que lleva a los muertos al otro mundo.
- **auto**: obra de teatro corta y religiosa; se representaba en las fiestas del Corpus.
- **la octava del Corpus**: los ocho días de fiesta después del Corpus Christi.
- **bojiganga**: actor vestido de forma ridícula, con cascabeles, que hace reír a la gente.
- **vejigas**: bolsas del cuerpo de los animales; hinchadas con aire, se usaban como juguete para golpear.
- **cascabeles**: bolas pequeñas de metal que suenan al moverse.
- **carcaj**: bolsa larga donde se llevan las flechas.
- **las niñas de los ojos**: el centro negro del ojo; algo que se quiere y se cuida mucho.
- **a tente bonete**: expresión popular que usa Sancho: en gran cantidad, muchísimo.

## Capítulo XII. De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos

Llegó la noche que siguió al día del encuentro con la Muerte. Don Quijote y su escudero la pasaron debajo de unos árboles altos y de mucha sombra. Sancho convenció a don Quijote para que comiera de las provisiones que llevaba el rucio. Y durante la cena Sancho le dijo a su señor:

—¡Señor, qué tonto habría sido yo si hubiera elegido otras albricias! Pude elegir lo que vuestra merced ganara en su primera aventura. Pero elegí las crías de las tres yeguas. En efecto, en efecto: «más vale pájaro en mano que buitre volando».

—Aun así —respondió don Quijote—, si tú, Sancho, me hubieras dejado atacar, como yo quería, te habría tocado un buen botín. Por lo menos, la corona de oro de la Emperatriz y las alas pintadas de Cupido. Yo se las habría quitado a la fuerza y te las habría puesto en las manos.

—Los cetros y coronas de los emperadores de teatro —respondió Sancho Panza— nunca fueron de oro puro. Siempre son de oropel o de hojalata.

—Así es —dijo don Quijote—, porque no estaría bien que la ropa de la comedia fuera fina. Debe ser fingida y de pura apariencia, como la misma comedia. Y quiero, Sancho, que tengas buena opinión de la comedia. Y también de los que la representan y de los que la escriben. Porque todos ellos hacen un gran bien a la sociedad. A cada paso nos ponen un espejo delante. En él se ven muy vivas las acciones de la vida humana. Ninguna comparación nos muestra mejor lo que somos y lo que seremos que la comedia y los actores. Si no, dime: ¿no has visto representar alguna comedia con reyes, emperadores y papas? ¿Y con caballeros, damas y otros personajes diversos? Uno hace de rufián, otro de mentiroso. Este, de comerciante, y aquel, de soldado. Otro hace de bobo listo, y otro, de enamorado bobo. Y cuando se acaba la comedia, se quitan la ropa del teatro. Y entonces todos los actores quedan iguales.

—Sí lo he visto —respondió Sancho.

—Pues lo mismo pasa en la comedia y en la vida de este mundo —dijo don Quijote—. Aquí unos hacen de emperadores, otros de papas. Y en fin, se hacen todas las figuras que pueden salir en una comedia. Pero al llegar al final, que es cuando se acaba la vida, la muerte les quita a todos las ropas. Esas ropas eran lo que los hacía diferentes. Y en la sepultura quedan todos iguales.

—¡Buena comparación! —dijo Sancho—. Aunque no es tan nueva, porque yo la he oído muchas y diversas veces. Es como aquella del juego del ajedrez. Mientras dura el juego, cada pieza tiene su función. Y cuando se acaba el juego, todas se mezclan, se juntan y se revuelven. Y las meten en una bolsa, que es como meter la vida en la sepultura.

—Cada día, Sancho —dijo don Quijote—, te vuelves menos simple y más discreto.

—Sí, algo se me tiene que pegar de la discreción de vuestra merced —respondió Sancho—. Las tierras que por naturaleza son estériles y secas dan buenos frutos si se abonan y se cultivan. Quiero decir lo siguiente. La conversación de vuestra merced ha sido el estiércol. Y ha caído sobre la tierra estéril de mi seco ingenio. El cultivo es el tiempo que llevo sirviéndole y hablando con vuestra merced. Y con esto espero dar frutos benditos. Espero que no se aparten de los caminos de la buena educación. Esa educación la ha sembrado vuestra merced en mi entendimiento seco.

Don Quijote se rio de las palabras rebuscadas de Sancho. Y le pareció verdad lo que decía de que había mejorado. Porque de vez en cuando Sancho hablaba de una forma que lo admiraba. Sin embargo, casi siempre que Sancho quería hablar con palabras finas y de corte, terminaba mal. Se caía del monte de su simpleza al fondo de su ignorancia. Donde más elegante y de mejor memoria se mostraba era al decir refranes. Los decía tanto si venían a propósito como si no. Así se habrá visto y notado a lo largo de esta historia.

En estas y en otras conversaciones se les pasó gran parte de la noche. Y a Sancho le entraron ganas de bajar las compuertas de los ojos, como él decía cuando quería dormir. Le quitó los arreos al rucio y lo dejó comer hierba en abundancia y en libertad. A Rocinante no le quitó la silla, porque era una orden clara de su señor. Mientras viajaran por el campo o no durmieran bajo techo, no debía quitarle los arreos a Rocinante. Era una antigua costumbre de los caballeros andantes, que siempre se respetaba. Se le quitaba el freno al caballo y se colgaba del arzón de la silla. Pero ¿quitarle la silla al caballo? ¡Eso nunca! Así lo hizo Sancho, y le dio a Rocinante la misma libertad que al rucio.

La amistad entre el rucio y Rocinante fue tan única y tan fuerte que se cuenta una cosa. Según una tradición de padres a hijos, el autor de esta historia verdadera le dedicó capítulos especiales. Pero no los puso en el libro, porque quería guardar la decencia y el respeto que merece una historia tan heroica. Aunque algunas veces se olvida de esta intención y escribe sobre ellos. Cuenta que, cuando los dos animales se juntaban, se rascaban el uno al otro. Y cuando ya estaban cansados y satisfechos, Rocinante cruzaba el pescuezo sobre el cuello del rucio. Le sobraba más de media vara por el otro lado. Y los dos se quedaban mirando atentamente al suelo. Así solían estar tres días. O al menos, todo el tiempo que los dejaban, o hasta que el hambre los obligaba a buscar comida.

Digo que dicen que el autor dejó escrita una comparación. Comparó la amistad de estos animales con la de Niso y Euríalo, y con la de Pílades y Orestes. Si esto es así, todo el mundo puede verlo con admiración. Puede ver lo firme que debió de ser la amistad de estos dos animales pacíficos. Y esto debería avergonzar a los hombres, que saben guardarse tan mal la amistad unos a otros. Por eso se dijo:

No hay amigo para amigo:
las cañas se vuelven lanzas.

Y otro cantó:

De amigo a amigo, la chinche, etc.

Y que nadie piense que el autor se salió del camino con esta comparación. No está mal comparar la amistad de estos animales con la de los hombres. Porque los hombres han recibido muchas lecciones de los animales. Y han aprendido de ellos muchas cosas importantes. De las cigüeñas aprendieron la lavativa. De los perros, el vómito y el agradecimiento. De las grullas, la vigilancia. De las hormigas, la previsión. De los elefantes, la honestidad. Y del caballo, la lealtad.

Al final, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque. Y don Quijote se quedó medio dormido al pie de una encina grande y fuerte. Pero poco tiempo después lo despertó un ruido a sus espaldas. Se levantó sobresaltado y se puso a mirar y a escuchar de dónde venía el ruido. Vio que eran dos hombres a caballo. Uno de ellos se dejó caer de la silla y le dijo al otro:

—Bájate, amigo, y quita los frenos a los caballos. Me parece que en este sitio hay mucha hierba para ellos. Y también hay el silencio y la soledad que necesitan mis pensamientos de amor.

Decir esto y tumbarse en el suelo fue todo a la vez. Y al tirarse al suelo, hicieron ruido las armas que llevaba puestas. Por esta clara señal, don Quijote supo que debía de ser un caballero andante. Se acercó a Sancho, que dormía, y lo agarró del brazo. Le costó bastante despertarlo. Y le dijo en voz baja:

—Hermano Sancho, tenemos aventura.

—Que Dios nos la dé buena —respondió Sancho—. ¿Y dónde está, señor mío, su merced la señora aventura?

—¿Dónde, Sancho? —dijo don Quijote—. Vuelve los ojos y mira. Verás allí tumbado a un caballero andante. Por lo que yo veo, no debe de estar demasiado alegre, porque lo he visto tirarse del caballo y tumbarse en el suelo con algunas señales de disgusto. Y al caer le sonaron las armas.

—Pues ¿por qué cree vuestra merced que esto es una aventura? —dijo Sancho.

—No quiero decir que esto sea ya una aventura completa —respondió don Quijote—, sino el principio de una. Porque así empiezan las aventuras. Pero escucha: parece que está afinando un laúd o una vihuela. Y por cómo escupe y se aclara la garganta, debe de prepararse para cantar algo.

—De verdad que es así —respondió Sancho—. Y debe de ser un caballero enamorado.

—No hay ningún caballero andante que no lo sea —dijo don Quijote—. Escuchémoslo. Si canta, tirando del hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos. Porque «de la abundancia del corazón habla la lengua».

Sancho quería responder a su amo. Pero se lo impidió la voz del Caballero del Bosque, que no era muy mala ni muy buena. Los dos se quedaron asombrados y oyeron que cantaba este soneto:

—Dadme, señora, un término que siga,
hecho a la medida de vuestra voluntad;
yo lo voy a respetar tanto
que nunca me apartaré de él ni un punto.

Si queréis que muera callando mi dolor,
contadme ya por muerto;
si queréis que os lo cuente de una forma nueva,
haré que el mismo Amor lo cuente.

Estoy hecho de cosas contrarias:
de cera blanda y de diamante duro,
y ajusto mi alma a las leyes del amor.

Blando o fuerte, os ofrezco mi pecho:
grabad o escribid en él lo que os guste,
que juro guardarlo para siempre.

El Caballero del Bosque terminó su canto con un «¡ay!». Parecía que le salía de lo más hondo del corazón. Y poco después, con voz dolorida y triste, dijo:

—¡Oh la mujer más hermosa y más ingrata del mundo! ¿Cómo es posible, serenísima Casildea de Vandalia, que lo permitas? ¿Vas a dejar que este caballero, que es tu cautivo, se consuma en viajes sin fin y en trabajos duros? ¿No basta con lo que ya he hecho? He hecho que todos los caballeros de Navarra te reconozcan como la más hermosa del mundo. Y también todos los leoneses, todos los tartesios y todos los castellanos. Y en fin, todos los caballeros de la Mancha.

—Eso no —dijo en ese momento don Quijote—, porque yo soy de la Mancha y nunca he reconocido tal cosa. Ni podía ni debía reconocer algo tan contrario a la belleza de mi señora. Ya ves, Sancho, que este caballero dice locuras. Pero escuchemos: quizá diga algo más.

—Seguro que sí —respondió Sancho—, porque parece que va a quejarse un mes seguido.

Pero no fue así, porque el Caballero del Bosque oyó a medias que alguien hablaba cerca de él. Y sin seguir con su lamento, se puso de pie. Luego dijo con voz sonora y educada:

—¿Quién va? ¿Qué gente es? ¿Es por casualidad de los contentos o de los afligidos?

—De los afligidos —respondió don Quijote.

—Pues acérquese a mí —respondió el del Bosque—. Y piense que se acerca a la misma tristeza y a la misma aflicción.

Como don Quijote oyó una respuesta tan tierna y educada, se acercó a él. Y Sancho hizo lo mismo.

El caballero que se lamentaba agarró a don Quijote del brazo y le dijo:

—Sentaos aquí, señor caballero. Sé que sois caballero, y de los que siguen la caballería andante. Me basta con haberos encontrado en este lugar. Aquí os hacen compañía la soledad y el frío de la noche. Ellos son las camas naturales y las casas propias de los caballeros andantes.

A lo que respondió don Quijote:

—Caballero soy, y de la profesión que decís. En mi alma tienen su propio sitio las tristezas, las desgracias y las desventuras. Pero no por eso se ha ido de ella la compasión por las desgracias de los demás. Por lo que dijisteis hace poco, deduzco que vuestras penas son de amor. Quiero decir, del amor que sentís por aquella hermosa ingrata que nombrasteis en vuestras quejas.

Mientras hablaban, ya estaban sentados juntos sobre la tierra dura, en paz y buena compañía. Parecía que al romper el día no iban a romperse la cabeza el uno al otro.

—¿Por ventura, señor caballero —preguntó el del Bosque a don Quijote—, estáis enamorado?

—Por desventura lo estoy —respondió don Quijote—. Aunque los males que nacen de un amor bien puesto deben tomarse más como regalos que como desgracias.

—Así es la verdad —respondió el del Bosque—, siempre que los desprecios no nos turben la razón y el entendimiento. Porque cuando son muchos, parecen venganzas.

—Mi señora nunca me ha despreciado —respondió don Quijote.

—No, por cierto —dijo Sancho, que estaba allí al lado—. Porque mi señora es como una oveja mansa. Es más blanda que la mantequilla.

—¿Este es vuestro escudero? —preguntó el del Bosque.

—Sí lo es —respondió don Quijote.

—Nunca he visto un escudero que se atreva a hablar cuando habla su señor —dijo el del Bosque—. Por lo menos, ahí está el mío, que es tan grande como su padre. Y nadie podrá decir que ha abierto la boca cuando yo hablo.

—Pues de verdad —dijo Sancho— que yo he hablado, y puedo hablar delante de otro tan... Bueno, mejor lo dejo aquí, que es peor removerlo.

El escudero del Bosque agarró a Sancho por el brazo y le dijo:

—Vámonos los dos adonde podamos hablar como escuderos todo lo que queramos. Y dejemos a estos señores amos nuestros que se peleen contándose las historias de sus amores. Seguro que se les hará de día y todavía no las habrán terminado.

—Me parece muy bien —dijo Sancho—. Y yo le diré a vuestra merced quién soy. Así verá si puedo compararme con los escuderos más habladores.

Con esto se apartaron los dos escuderos. Y entre ellos hubo una conversación tan graciosa como seria fue la de sus señores.

### Glosario

- **escudero**: hombre que sirve y acompaña a un caballero.
- **rucio**: el burro de Sancho; "rucio" quiere decir de color gris claro.
- **yegua**: hembra del caballo.
- **cetro**: bastón que llevan los reyes como señal de su poder.
- **rufián**: hombre malo que vive de engaños.
- **sepultura**: lugar donde se entierra a un muerto.
- **revolver**: mezclar cosas, ponerlas sin orden.
- **rebuscado**: demasiado complicado o poco natural.
- **refrán**: frase popular y corta que da un consejo.
- **compuerta**: puerta que se baja para cerrar el paso del agua; Sancho llama así a los párpados.
- **rascarse**: frotarse la piel con algo para quitar el picor.
- **avergonzar**: hacer sentir vergüenza.
- **afligido**: triste, con penas.
- **más vale pájaro en mano que buitre volando**: refrán: es mejor tener algo pequeño y seguro que esperar algo grande que no es seguro.
- **oropel**: lámina de metal barato que parece oro.
- **comedia**: obra de teatro.
- **estiércol**: excremento de animales que se echa en la tierra para que dé más frutos.
- **arreos**: cosas que se ponen a un caballo o a un burro para montarlo o cargarlo.
- **las cañas se vuelven lanzas**: refrán: un juego entre amigos puede terminar en pelea de verdad.
- **chinche**: insecto pequeño que pica; el refrán dice que hasta entre amigos hay que tener cuidado.
- **lavativa**: agua que se mete en el cuerpo por detrás para limpiar el vientre; se creía que la cigüeña lo hacía con su pico.
- **término**: aquí, camino o regla que hay que seguir.
- **laúd / vihuela**: instrumentos de música de cuerda, parecidos a la guitarra.
- **tirando del hilo sacaremos el ovillo**: a partir de una pequeña señal descubriremos todo lo demás.

## Capítulo XIII. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos

Los caballeros y los escuderos estaban separados. Los escuderos se contaban sus vidas, y los caballeros, sus amores. Pero la historia cuenta primero la conversación de los criados y luego sigue con la de los amos. Y así, dice que se apartaron un poco de ellos. Entonces el escudero del Bosque le dijo a Sancho:

—Qué vida tan dura llevamos, señor mío, los que somos escuderos de caballeros andantes. De verdad que comemos el pan con el sudor de nuestra frente. Y esa es una de las maldiciones que Dios echó a nuestros primeros padres.

—También se puede decir —añadió Sancho— que lo comemos con el hielo de nuestros cuerpos. Porque ¿quién pasa más calor y más frío que los pobres escuderos de la caballería andante? Y menos mal si comiéramos, porque «los duelos con pan son menos». Pero a veces se nos pasan uno o dos días sin desayunar nada. Bueno, solo el viento que sopla.

—Todo eso se puede aguantar y soportar —dijo el del Bosque— por la esperanza que tenemos del premio. Porque el escudero que sirve a un caballero andante no muy desgraciado tendrá su premio. En poco tiempo recibirá un hermoso gobierno de alguna ínsula, o un condado de buen aspecto.

—Yo —respondió Sancho— ya le he dicho a mi amo que me contento con el gobierno de alguna ínsula. Y él es tan noble y tan generoso que me la ha prometido muchas veces.

—Yo —dijo el del Bosque— quedaré pagado de mis servicios con un puesto de canónigo. Y mi amo ya me lo tiene prometido, ¡y qué puesto!

—Su amo de vuestra merced debe de ser un caballero de los de Iglesia —dijo Sancho—. Por eso podrá dar esos premios a sus buenos escuderos. Pero el mío no es más que un hombre normal, no de Iglesia. Aunque me acuerdo de una cosa. Algunas personas sabias, pero creo que con mala intención, le aconsejaban que intentara ser arzobispo. Pero él solo quiso ser emperador. Y yo entonces temblaba por si le daba por ser de la Iglesia. Porque yo no sirvo para recibir premios de la Iglesia. Y es que le hago saber a vuestra merced que, aunque parezco hombre, soy un animal para cosas de Iglesia.

—Pues de verdad que vuestra merced se equivoca —dijo el del Bosque—. Porque no todos los gobiernos de ínsulas son buenos. Algunos están torcidos, otros son pobres, otros son tristes. Y hasta el mejor y más derecho trae una pesada carga de preocupaciones y molestias. Y esa carga la lleva sobre sus hombros el pobre al que le toca. Sería mucho mejor que los que vivimos en esta maldita servidumbre nos volviéramos a nuestras casas. Allí podríamos entretenernos en cosas más suaves, por ejemplo, cazando o pescando. Porque ¿qué escudero hay en el mundo tan pobre que le falte un caballo? ¿Y un par de galgos y una caña de pescar? Con eso ya puede divertirse en su pueblo.

—A mí no me falta nada de eso —respondió Sancho—. Es verdad que no tengo caballo. Pero tengo un burro que vale el doble que el caballo de mi amo. Que Dios me dé una mala Pascua, y que sea la primera que venga, si lo cambiara por él. No lo haría ni aunque me dieran cuatro fanegas de cebada además. Vuestra merced pensará que es broma lo que vale mi rucio. Porque rucio es el color de mi burro. Y galgos no me iban a faltar, porque en mi pueblo hay de sobra. Y además, la caza es más divertida cuando se hace con lo que pagan otros.

—De verdad, señor escudero —respondió el del Bosque—, que lo tengo decidido. Voy a dejar estas borracheras de estos caballeros y me voy a volver a mi pueblo. Allí criaré a mis hijitos. Tengo tres, que son como tres perlas orientales.

—Yo tengo dos —dijo Sancho—, que se pueden presentar al mismo Papa. Sobre todo una muchacha a la que crío para ser condesa, si Dios quiere. Aunque su madre no quiere.

—¿Y qué edad tiene esa señora que se cría para condesa? —preguntó el del Bosque.

—Quince años, dos más o menos —respondió Sancho—. Pero es tan alta como una lanza y tan fresca como una mañana de abril. Y tiene la fuerza de un mozo de carga.

—Con esas cualidades —respondió el del Bosque— no solo puede ser condesa, sino también ninfa del verde bosque. ¡Oh hideputa, puta, y qué fuerza debe de tener la bribona!

Sancho, un poco enfadado, le respondió:

—Ni ella es puta, ni lo fue su madre. Y ninguna de las dos lo será, si Dios quiere, mientras yo viva. Y hable vuestra merced con más educación. Vuestra merced se ha criado entre caballeros andantes, que son la misma cortesía. Y aun así, no me parecen muy adecuadas esas palabras.

—¡Oh, qué poco entiende vuestra merced de alabanzas, señor escudero! —dijo el del Bosque—. ¿Es que no sabe lo que dice la gente en estos casos? Un caballero da una buena lanzada al toro en la plaza. O alguien hace una cosa muy bien hecha. Entonces la gente suele decir: «¡Oh hideputa, puto, y qué bien lo ha hecho!». Y eso que parece un insulto, en ese caso es una gran alabanza. Y vos, señor, renegad de los hijos o hijas que no merecen esas alabanzas para sus padres.

—Sí reniego de ellos —respondió Sancho—. Y de ese modo, por esa misma razón, vuestra merced podría echarnos encima toda una lluvia de putas. A mí, a mis hijos y a mi mujer. Porque todo lo que hacen y dicen es extraordinario y digno de esas alabanzas. Y para volver a verlos, le pido a Dios que me saque de pecado mortal. Y será lo mismo si me saca de este oficio tan peligroso de escudero. He caído en él por segunda vez, tentado y engañado por una bolsa con cien ducados. Me la encontré un día en el corazón de Sierra Morena. Y el diablo me pone delante de los ojos un saco lleno de doblones. Lo veo aquí, allí, no aquí, sino allá. Me parece que a cada paso lo toco con la mano. Y me abrazo a él, y me lo llevo a mi casa. Y presto dinero con intereses y pongo rentas, y vivo como un príncipe. Y mientras pienso en esto, me parecen fáciles todos los trabajos que paso con este tonto de mi amo. De él sé que tiene más de loco que de caballero.

—Por eso dicen que «la codicia rompe el saco» —respondió el del Bosque—. Y si hablamos de locos, no hay otro mayor en el mundo que mi amo. Porque es de esos que dicen: «Cuidados ajenos matan al asno». Pues, para que otro caballero recupere el juicio que ha perdido, él se hace el loco. Y anda buscando algo que, cuando lo encuentre, quizá le salga por las narices.

—¿Y está enamorado, por casualidad?

—Sí —dijo el del Bosque—. Está enamorado de una tal Casildea de Vandalia. Es la señora más cruda y más asada que se puede encontrar en todo el mundo. Pero su problema no es la crueldad de ella. Otros engaños mayores le gruñen a mi amo en las entrañas, y antes de muchas horas se verán.

—No hay camino tan llano que no tenga algún tropiezo o barranco —respondió Sancho—. «En otras casas cuecen habas, y en la mía, a calderadas». La locura debe de tener más compañeros y amigos que la sensatez. Pero dicen que tener compañeros en los trabajos suele aliviarlos. Si es verdad, con vuestra merced podré consolarme. Porque sirve a otro amo tan tonto como el mío.

—Tonto, pero valiente —respondió el del Bosque—. Y más pícaro que tonto y que valiente.

—Eso no es el mío —respondió Sancho—. Quiero decir que no tiene nada de pícaro. Al contrario, tiene un alma como un cántaro. No sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, y no tiene ninguna malicia. Un niño le puede hacer creer que es de noche en mitad del día. Y por esta sencillez lo quiero como a las telas de mi corazón. No consigo dejarlo, por más locuras que haga.

—Aun así, hermano y señor —dijo el del Bosque—, «si el ciego guía al ciego, los dos corren peligro de caer en el hoyo». Mejor es retirarnos a buen paso y volver a nuestras casas. Porque los que buscan aventuras no siempre las encuentran buenas.

Sancho escupía a menudo, al parecer, una especie de saliva pegajosa y algo seca. El caritativo escudero del Bosque lo vio y lo notó. Y dijo:

—Me parece que de tanto hablar se nos pegan las lenguas al paladar. Pero yo traigo un despegador colgado del arzón de mi caballo, y es de los buenos.

Se levantó y poco después volvió con una gran bota de vino y una empanada de media vara. Y no es exageración, porque era de un conejo blanco tan grande que Sancho, al tocarla, creyó que era de algún macho cabrío. No le pareció de cabrito, sino de cabrón. Al ver esto, Sancho dijo:

—¿Y esto lleva vuestra merced consigo, señor?

—Pues ¿qué se pensaba? —respondió el otro—. ¿Soy yo acaso algún escudero pobre y miserable? Llevo en las ancas de mi caballo mejores provisiones que las de un general cuando va de viaje.

Sancho comió sin hacerse rogar. Y a oscuras tragaba bocados tan grandes como nudos de cuerda. Luego dijo:

—Vuestra merced sí que es un escudero fiel y legal, como debe ser, magnífico y grande. Lo demuestra este banquete. Si no ha llegado aquí por arte de magia, por lo menos lo parece. No como yo, pobre y desgraciado. Yo solo llevo en mis alforjas un poco de queso. Es tan duro que se le podría romper la cabeza a un gigante con él. Lo acompañan cuatro docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces. Esto se lo debo a la tacañería de mi amo. Y también a su opinión y a la regla que sigue. Él cree que los caballeros andantes solo deben alimentarse de frutos secos y de hierbas del campo.

—Por mi fe, hermano —respondió el del Bosque—, que yo no tengo el estómago hecho a cardos. Ni a peras silvestres, ni a raíces del monte. Que nuestros amos se arreglen con sus opiniones y sus leyes de caballeros. Y que coman lo que ellos manden. Yo traigo fiambreras, y esta bota colgada del arzón de la silla, por si acaso. Le tengo tanta devoción y la quiero tanto que se la paso besando. Casi a cada rato le doy mil besos y mil abrazos.

Y diciendo esto, se la puso a Sancho en las manos. Sancho la levantó y se la puso en la boca. Y estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora. Al terminar de beber, dejó caer la cabeza a un lado. Dio un gran suspiro y dijo:

—¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!

—¿Lo veis? —dijo el del Bosque al oír el «hideputa» de Sancho—. ¿Veis cómo habéis alabado este vino llamándolo «hideputa»?

—Digo —respondió Sancho— que lo confieso y lo reconozco. No es deshonra llamar hijo de puta a nadie cuando se hace para alabarlo. Pero dígame, señor, por lo que más quiera: ¿este vino es de Ciudad Real?

—¡Qué gran catador! —respondió el del Bosque—. De verdad que no es de otra parte. Y ya tiene algunos años.

—¡A mí con eso! —dijo Sancho—. No penséis que no iba a ser capaz de reconocerlo. ¿No es estupendo, señor escudero, que yo tenga un instinto tan grande y tan natural para conocer vinos? Me dan a oler cualquier vino y acierto su tierra, su familia, su sabor y cuánto va a durar. Y sé los cambios que va a tener, y todo lo que tiene que ver con el vino. Pero no hay que extrañarse, porque en la familia de mi padre hubo dos grandes catadores de vino. Fueron los mejores que conoció la Mancha en muchos años. Como prueba, os contaré lo que les pasó. «Les dieron a los dos a probar el vino de una cuba. Les pidieron su opinión sobre el estado y la calidad del vino, y si era bueno o malo. Uno lo probó con la punta de la lengua. El otro solo se lo acercó a la nariz. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro. El segundo dijo que más bien sabía a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia. Y que el vino no tenía nada que le pudiera dar sabor a hierro ni a cordobán. Aun así, los dos famosos catadores siguieron firmes en lo que habían dicho. Pasó el tiempo y se vendió el vino. Y al limpiar la cuba encontraron dentro una llave pequeña, colgada de una correa de cordobán». Así verá vuestra merced si alguien de esta familia puede dar su opinión en estas cosas.

—Por eso digo —dijo el del Bosque— que dejemos de andar buscando aventuras. «Pues tenemos hogazas, no busquemos tortas». Volvámonos a nuestras chozas, que allí nos encontrará Dios, si Él quiere.

—Serviré a mi amo hasta que llegue a Zaragoza. Después ya nos entenderemos todos.

Al final, los dos buenos escuderos hablaron y bebieron tanto que el sueño tuvo que atarles la lengua. También tuvo que calmarles la sed, porque quitársela del todo era imposible. Y así, agarrados los dos a la bota ya casi vacía, se quedaron dormidos. Todavía tenían en la boca los bocados a medio masticar. Allí los dejaremos por ahora. Vamos a contar lo que pasó entre el Caballero del Bosque y el de la Triste Figura.

### Glosario

- **escudero**: hombre que sirve y acompaña a un caballero.
- **maldición**: castigo o desgracia que alguien desea o manda a otro.
- **torcido**: que no está derecho; aquí, que no está bien.
- **servidumbre**: trabajo de criado, vida al servicio de otro.
- **entretenerse**: pasar el tiempo con algo agradable.
- **galgo**: perro delgado y muy rápido que se usa para cazar.
- **rucio**: de color gris claro; Sancho llama así a su burro.
- **cebada**: grano que comen los caballos y los burros.
- **borrachera**: aquí, locura o tontería, como la de alguien que ha bebido demasiado.
- **bribona**: pícara; aquí se dice con cariño.
- **alabanza**: palabras buenas que se dicen de alguien.
- **reniego**: de «renegar».
- **pícaro**: astuto y con malas intenciones.
- **los duelos con pan son menos**: refrán: las penas se soportan mejor cuando hay comida.
- **canónigo**: sacerdote importante de una catedral, con un buen sueldo.
- **fanegas**: medida antigua para granos, como la hanega.
- **hideputa**: insulto fuerte («hijo de puta»), que la gente usaba también para alabar algo muy bien hecho.
- **renegad**: de «renegar»: rechazar a alguien, no querer saber nada de él.
- **la codicia rompe el saco**: refrán: quien quiere tener demasiado, al final lo pierde todo.
- **cuidados ajenos matan al asno**: refrán: quien se preocupa por los problemas de otros acaba sufriendo él.
- **más cruda y más asada**: juego de palabras: «cruda» quiere decir también «cruel», y el escudero añade «asada», como si hablara de carne.
- **un alma como un cántaro**: un alma muy sencilla y buena, sin malicia.
- **pues tenemos hogazas, no busquemos tortas**: refrán: si tenemos lo necesario, no busquemos algo mejor arriesgándonos.
- **católico**: aquí, Sancho quiere decir que el vino es bueno y puro, de verdad.
- **catador**: persona que prueba los vinos para decir si son buenos.
- **cordobán / cuba**: el cordobán es piel de cabra curtida; la cuba es un recipiente grande de madera para guardar vino.

## Capítulo XIV. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque

Don Quijote y el Caballero de la Selva hablaron de muchas cosas. Y la historia dice que, entre ellas, el del Bosque le dijo a don Quijote:

—En fin, señor caballero, quiero que sepáis una cosa. Mi destino, o mejor dicho, mi elección, me llevó a enamorarme de la sin par Casildea de Vandalia. La llamo «sin par» porque no tiene igual. No lo tiene ni en la grandeza del cuerpo, ni en lo alto de su posición, ni en su hermosura. Pues esta Casildea de la que os hablo pagó mis buenos pensamientos y mis deseos respetuosos con peligros. Me hizo pasar muchos y diversos peligros, como hizo con Hércules su madrina. Al final de cada peligro me prometía algo. Me decía que al final del siguiente llegaría el final de mi esperanza. Pero mis trabajos se han ido uniendo como los eslabones de una cadena. Y se han unido tanto que ya no tienen número. Y no sé cuál será el último, el que me deje cumplir por fin mis buenos deseos.

»Una vez me mandó desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda. Es tan valiente y fuerte como si estuviera hecha de bronce. Y sin moverse de su sitio, es la mujer más cambiante y voluble del mundo. Llegué, la vi y la vencí. La hice estarse quieta y en su sitio, porque en más de una semana solo soplaron vientos del norte. Otra vez me mandó ir a levantar y pesar las antiguas piedras de los valientes Toros de Guisando. Era una empresa más para mozos de carga que para caballeros. Otra vez me mandó tirarme y meterme en la sima de Cabra. Era un peligro nunca visto y terrible. Y tenía que traerle un informe detallado de lo que hay en aquella oscura profundidad. Detuve el movimiento de la Giralda. Pesé los Toros de Guisando. Me tiré a la sima y saqué a la luz lo escondido en su fondo. Y mis esperanzas siguen tan muertas como siempre. Y sus órdenes y sus desprecios, tan vivos como siempre.

»En fin, lo último que me ha mandado es recorrer todas las provincias de España. Debo hacer que todos los caballeros andantes que viajan por ellas confiesen una cosa. Que ella es la más hermosa de todas las mujeres que hoy viven. Y que yo soy el caballero más valiente y más enamorado del mundo. Con esta misión ya he recorrido la mayor parte de España. Y he vencido a muchos caballeros que se han atrevido a llevarme la contraria. Pero de lo que más orgulloso estoy es de una victoria. He vencido en combate, uno contra uno, a aquel famosísimo caballero don Quijote de la Mancha. Y le he hecho confesar que mi Casildea es más hermosa que su Dulcinea. Con esta sola victoria, creo que he vencido a todos los caballeros del mundo. Porque ese don Quijote que digo los ha vencido a todos. Y como yo lo he vencido a él, su gloria, su fama y su honra han pasado a mi persona.

y tanto el vencedor es más honrado
cuanto más el vencido es reputado;

»así que ahora son mías las innumerables hazañas de ese don Quijote.

Don Quijote se quedó asombrado al oír al Caballero del Bosque. Mil veces estuvo a punto de decirle que mentía. Ya tenía en la punta de la lengua la palabra «¡Mentís!». Pero se contuvo lo mejor que pudo, para que el otro confesara su mentira con su propia boca. Y así, le dijo con calma:

—Vuestra merced, señor caballero, dice que ha vencido a casi todos los caballeros andantes de España. Y aun a los de todo el mundo. Sobre eso no digo nada. Pero dudo que haya vencido a don Quijote de la Mancha. Podría ser otro que se le pareciera, aunque hay pocos que se le parezcan.

—¿Cómo que no? —respondió el del Bosque—. Por el cielo que nos cubre, que luché con don Quijote, y lo vencí y lo rendí. Es un hombre alto, de cara seca, de brazos y piernas largos y flacos. Tiene el pelo medio gris, la nariz de águila y algo curva, y unos bigotes grandes, negros y caídos. Va por el mundo con el nombre de Caballero de la Triste Figura. Y lleva como escudero a un labrador llamado Sancho Panza. Monta y guía a un famoso caballo llamado Rocinante. Y en fin, la señora de su corazón es una tal Dulcinea del Toboso, que antes se llamaba Aldonza Lorenzo. Igual que la mía: como se llama Casilda y es de Andalucía, yo la llamo Casildea de Vandalia. Si todas estas señas no bastan para demostrar que digo la verdad, aquí está mi espada. Ella hará que la crea hasta la misma incredulidad.

—Calmaos, señor caballero —dijo don Quijote—, y escuchad lo que os quiero decir. Debéis saber que ese don Quijote del que habláis es el mejor amigo que tengo en este mundo. Tanto, que puedo decir que lo tengo por mi misma persona. Las señas que me habéis dado de él son muy exactas y ciertas. Por eso no puedo pensar sino que es el mismo que habéis vencido. Por otra parte, veo con los ojos y toco con las manos que no es posible que sea el mismo. A no ser que haya pasado una cosa. Él tiene muchos enemigos encantadores, sobre todo uno que lo persigue siempre. Quizá alguno de ellos tomó su figura y se dejó vencer. Así le quitaría la fama que sus grandes hazañas le han ganado por toda la tierra conocida. Y para que lo creáis, quiero que sepáis también otra cosa. Esos encantadores enemigos suyos transformaron hace solo dos días a la hermosa Dulcinea del Toboso. Cambiaron su figura y su persona en las de una aldeana grosera y baja. Y de la misma manera habrán transformado a don Quijote. Y si todo esto no basta para que sepáis la verdad que digo, aquí está el mismo don Quijote. Él la defenderá con sus armas, a pie o a caballo, o como más os guste.

Y diciendo esto, se puso de pie y agarró la espada. Esperaba la decisión del Caballero del Bosque. Este, también con voz tranquila, le respondió:

—«Al buen pagador no le duelen prendas». Señor don Quijote, yo pude venceros una vez cuando estabais transformado. Así que bien puedo esperar venceros también en vuestra propia figura. Pero no está bien que los caballeros luchen a oscuras, como los ladrones y los rufianes. Por eso, esperemos al día, para que el sol vea lo que hacemos. Y nuestra batalla tendrá una condición. El vencido quedará en manos del vencedor, para que haga con él todo lo que quiera. Pero lo que le mande tiene que ser digno de un caballero.

—Estoy más que contento con esa condición y ese acuerdo —respondió don Quijote.

Y dicho esto, fueron adonde estaban sus escuderos. Los encontraron roncando, igual que estaban cuando los atrapó el sueño. Los despertaron y les mandaron preparar los caballos. Porque al salir el sol los dos caballeros iban a tener una batalla sangrienta, singular y desigual. Al oír esta noticia, Sancho se quedó asombrado y sin habla. Tenía miedo por la vida de su amo, porque el escudero del Bosque le había contado muchas hazañas del suyo. Pero los dos escuderos, sin decir palabra, fueron a buscar a sus animales. Los tres caballos y el rucio ya se habían olido unos a otros, y estaban todos juntos.

Por el camino, el del Bosque le dijo a Sancho:

—Ha de saber, hermano, una cosa sobre los peleadores de Andalucía. A veces son padrinos de alguna pelea. Entonces tienen la costumbre de no quedarse quietos, con los brazos cruzados, mientras sus ahijados se pelean. Se lo digo para que esté avisado. Mientras nuestros amos se pelean, nosotros también tenemos que pelear y hacernos pedazos.

—Esa costumbre, señor escudero —respondió Sancho—, podrá valer para los rufianes y peleadores que dice. Pero para los escuderos de los caballeros andantes, ni pensarlo. Por lo menos, yo nunca le he oído a mi amo hablar de esa costumbre. Y él sabe de memoria todas las leyes de la caballería andante. Pongamos que es verdad, y que hay una ley clara: los escuderos pelean mientras pelean sus señores. Pues yo no quiero cumplirla. Prefiero pagar la multa que tengan los escuderos pacíficos como yo. Seguro que no pasará de dos libras de cera. Prefiero pagar esas libras, porque me costarán menos que las vendas para curarme la cabeza. Ya la cuento por rota y partida en dos. Y hay más: no puedo pelear porque no tengo espada. En mi vida me he puesto una.

—Para eso conozco yo un buen remedio —dijo el del Bosque—. Traigo aquí dos sacos de tela del mismo tamaño. Vos tomaréis uno y yo el otro. Y nos pelearemos a sacazos, con armas iguales.

—Así, sí, me parece bien —respondió Sancho—. Porque esa pelea servirá más para quitarnos el polvo que para herirnos.

—No será así —dijo el otro—, porque dentro de los sacos hay que echar media docena de piedras lisas y bonitas. Así no se los llevará el aire. Y tienen que pesar lo mismo las de un saco que las del otro. Y de esta manera nos podremos dar sacazos sin hacernos mal ni daño.

—¡Mirad, por el cuerpo de mi padre —respondió Sancho—, qué pieles finas o qué algodón tan suave pone en los sacos! ¡Así no nos quedará la cabeza molida ni los huesos hechos polvo! Pero aunque se llenaran de capullos de seda, sepa, señor mío, que no voy a pelear. Que peleen nuestros amos, y allá ellos. Y nosotros bebamos y vivamos. Ya se encarga el tiempo de quitarnos la vida. No hace falta que busquemos motivos para que se acabe antes de tiempo. Hay que dejar que caiga cuando esté madura.

—Aun así —dijo el del Bosque—, tenemos que pelear al menos media hora.

—Eso no —respondió Sancho—. No seré yo tan maleducado ni tan desagradecido. No me pelearé con quien he comido y bebido, por poca que sea la pelea. Y además, si uno no está enfadado ni furioso, ¿quién diablos va a ponerse a pelear así, en seco?

—Para eso —dijo el del Bosque— yo tengo el remedio. Antes de empezar la pelea, me acercaré tranquilamente a vuestra merced. Y le daré tres o cuatro bofetadas, que lo tirarán a mis pies. Con ellas le despertaré el enfado, aunque tenga más sueño que un lirón.

—Contra ese truco conozco yo otro que no se queda atrás —respondió Sancho—. Cogeré un garrote. Y antes de que vuestra merced llegue a despertarme el enfado, le dormiré yo el suyo a garrotazos. Lo dormiré de tal manera que solo despierte en el otro mundo. Allí se sabe que no soy hombre que deje que nadie le toque la cara. Y que cada uno tenga cuidado. Aunque lo más sensato sería dejar dormir el enfado de cada uno. Porque nadie conoce el alma de nadie. Y «muchas veces alguien va por lana y vuelve trasquilado». Dios bendijo la paz y maldijo las peleas. Porque si un gato perseguido, encerrado y acorralado se vuelve un león, imagínese yo. Yo, que soy hombre, Dios sabe en qué podré convertirme. Así que desde ahora le aviso a vuestra merced, señor escudero. Todo el mal y el daño que salga de nuestra pelea será culpa suya.

—Está bien —respondió el del Bosque—. «Amanecerá Dios y medraremos».

En esto, ya empezaban a cantar en los árboles mil clases de pajarillos de colores. Con sus cantos diversos y alegres parecía que felicitaban y saludaban a la fresca aurora. La aurora ya mostraba la hermosura de su cara por las puertas y balcones del oriente. Sacudía de sus cabellos un número infinito de perlas líquidas. Las hierbas se bañaban en ese suave líquido. Y parecía que ellas también brotaban y llovían pequeñas perlas blancas. Los sauces soltaban un maná sabroso. Las fuentes se reían, los arroyos murmuraban. Los bosques se alegraban, y los prados se hacían más ricos con su llegada.

Pero apenas la luz del día permitió ver y distinguir las cosas, Sancho vio algo. Lo primero que se presentó ante sus ojos fue la nariz del escudero del Bosque. Era tan grande que casi le daba sombra a todo el cuerpo. Se cuenta, en efecto, que era enorme, curvada por la mitad y llena de verrugas. Era de color morado, como de berenjena. Y le colgaba dos dedos por debajo de la boca. Su tamaño, su color, sus verrugas y su curva le afeaban mucho la cara. Por eso, al verlo, Sancho empezó a temblar de pies y manos, como un niño con un ataque. Y decidió en su corazón dejarse dar doscientas bofetadas antes que enfadarse para pelear con aquel monstruo.

Don Quijote miró a su enemigo. Ya tenía puesto el casco, con la visera bajada, y no le pudo ver la cara. Pero notó que era un hombre fuerte y no muy alto. Sobre la armadura llevaba una casaca de una tela que parecía de oro finísimo. Tenía cosidas muchas lunas pequeñas de espejos brillantes. Esto lo hacía parecer muy elegante y llamativo. Sobre el casco volaban muchas plumas verdes, amarillas y blancas. La lanza estaba apoyada en un árbol. Era grandísima y gruesa, con una punta de acero de más de un palmo.

Don Quijote lo miró todo y lo notó todo. Y por lo que vio, pensó que aquel caballero debía de tener mucha fuerza. Pero no por eso tuvo miedo, como Sancho Panza. Al contrario, con mucho valor, le dijo al Caballero de los Espejos:

—Señor caballero, si las muchas ganas de pelear no os quitan la cortesía, os pido algo por ella. Levantad un poco la visera. Quiero ver si la belleza de vuestra cara corresponde a la de vuestro cuerpo.

—Salgáis vencido o vencedor de esta empresa, señor caballero —respondió el de los Espejos—, os sobrará tiempo para verme. Si ahora no cumplo vuestro deseo, es por una razón. Me parece que haría una gran ofensa a la hermosa Casildea de Vandalia. Perdería tiempo levantándome la visera, sin haceros confesar lo que ya sabéis que quiero.

—Pues mientras subimos a caballo —dijo don Quijote—, bien podéis decirme una cosa. ¿Soy yo aquel don Quijote que dijisteis que habíais vencido?

—A eso os respondemos lo siguiente —dijo el de los Espejos—. Os parecéis a aquel caballero que vencí como un huevo a otro huevo. Pero vos decís que lo persiguen encantadores. Por eso no me atrevo a decir si sois él o no.

—Eso me basta para saber que estáis engañado —respondió don Quijote—. Pero para sacaros del todo de vuestro engaño, que traigan nuestros caballos. Si Dios, mi señora y mi brazo me ayudan, veré vuestra cara. Y será en menos tiempo del que tardaríais en levantaros la visera. Y vos veréis que yo no soy el don Quijote vencido que pensáis.

Con esto, sin hablar más, subieron a caballo. Don Quijote dio la vuelta a Rocinante para tomar distancia en el campo. Desde allí volvería para atacar a su enemigo. Y lo mismo hizo el de los Espejos. Pero don Quijote no se había alejado ni veinte pasos cuando el de los Espejos lo llamó. Se encontraron a mitad de camino, y el de los Espejos le dijo:

—Recordad, señor caballero, la condición de nuestra batalla. Como ya he dicho, el vencido quedará en manos del vencedor.

—Ya la sé —respondió don Quijote—. Pero lo que se le mande al vencido no debe salir de los límites de la caballería.

—Así se entiende —respondió el de los Espejos.

En ese momento, don Quijote vio la extraña nariz del escudero. Y se asombró tanto como Sancho al verla. Le pareció algún monstruo, o un hombre de una clase nueva, de esas que no hay en el mundo. Sancho vio que su amo se alejaba para tomar carrera. Y no quiso quedarse solo con el narigudo. Tenía miedo de una cosa. Bastaría un golpecito de aquella nariz en la suya para terminar su pelea. Se quedaría tirado en el suelo, por el golpe o por el miedo. Así que fue detrás de su amo, agarrado a una correa del estribo de Rocinante. Y cuando le pareció que ya era hora de que su amo volviera, le dijo:

—Le suplico a vuestra merced, señor mío, que me ayude a subir a aquel alcornoque antes del choque. Desde allí veré mejor que desde el suelo, y a mi gusto. Así podré ver el valiente encuentro de vuestra merced con este caballero.

—Más bien creo, Sancho —dijo don Quijote—, que te quieres subir a un andamio para ver los toros sin peligro.

—Para decir la verdad —respondió Sancho—, la nariz enorme de aquel escudero me tiene asombrado y lleno de miedo. No me atrevo a estar junto a él.

—Es tal —dijo don Quijote— que, si yo no fuera quien soy, también me asustaría. Así que ven: te ayudaré a subir adonde dices.

Don Quijote se entretuvo ayudando a Sancho a subir al alcornoque. Mientras tanto, el de los Espejos tomó la distancia que le pareció necesaria. Creyó que don Quijote había hecho lo mismo. Y sin esperar sonido de trompeta ni otra señal, dio la vuelta a su caballo. Su caballo no era más rápido ni más guapo que Rocinante. Y a toda su velocidad, que era un trote mediano, fue a atacar a su enemigo. Pero vio que don Quijote estaba ocupado subiendo a Sancho. Entonces tiró de las riendas y se paró en mitad de la carrera. El caballo se lo agradeció muchísimo, porque ya no podía moverse. A don Quijote le pareció que su enemigo ya venía volando. Clavó con fuerza las espuelas en los flacos costados de Rocinante. Y lo hizo correr de tal manera que la historia cuenta algo. Dice que solo esta vez se supo que Rocinante había corrido un poco. Porque todas las demás veces fueron trotes claros. Y con esta furia nunca vista llegó adonde estaba el de los Espejos. Este estaba clavando a su caballo las espuelas hasta el fondo. Pero no conseguía moverlo ni un dedo del lugar donde se había parado.

En este buen momento encontró don Quijote a su enemigo. Estaba ocupado con su caballo y con su lanza. No acertaba a ponerla en ristre, o no tenía tiempo. Don Quijote no se fijó en estos problemas. Sin ningún peligro, chocó con el de los Espejos con tanta fuerza que lo tiró al suelo. Lo hizo caer por las ancas del caballo, aunque él no quería. Fue una caída tan grande que se quedó sin mover pies ni manos. Parecía que estaba muerto.

En cuanto Sancho lo vio caído, se deslizó del alcornoque y vino a toda prisa adonde estaba su señor. Don Quijote se bajó de Rocinante y fue hacia el de los Espejos. Le soltó los lazos del casco para ver si estaba muerto. Y también para que le diera el aire, por si estaba vivo. Y vio... ¿Quién podrá decir lo que vio sin causar asombro, maravilla y espanto a quien lo oiga? Vio, dice la historia, la misma cara del bachiller Sansón Carrasco. La misma figura, el mismo aspecto, la misma fisonomía, la misma imagen, la misma perspectiva. Y en cuanto la vio, gritó:

—¡Ven, Sancho, y mira lo que vas a ver y no vas a creer! ¡Corre, hijo, y mira lo que puede la magia! ¡Mira lo que pueden los hechiceros y los encantadores!

Llegó Sancho y vio la cara del bachiller Carrasco. Entonces empezó a hacerse mil cruces y a santiguarse otras mil. Durante todo esto, el caballero derribado no daba señales de estar vivo. Y Sancho le dijo a don Quijote:

—Mi opinión, señor mío, es que vuestra merced le meta la espada por la boca, por si acaso. Hablo de este que parece el bachiller Sansón Carrasco. Quizá así mate en él a alguno de sus enemigos los encantadores.

—No dices mal —dijo don Quijote—, porque «de los enemigos, los menos».

Y sacó la espada para hacer lo que Sancho le aconsejaba. Pero en ese momento llegó el escudero del de los Espejos. Ya no tenía la nariz que lo hacía tan feo. Y gritó:

—¡Mire vuestra merced lo que hace, señor don Quijote! Ese que tiene a sus pies es el bachiller Sansón Carrasco, su amigo. Y yo soy su escudero.

Sancho lo vio sin aquella fealdad de antes y le dijo:

—¿Y la nariz?

A lo que él respondió:

—Aquí la tengo, en el bolsillo.

Y metió la mano en el bolsillo derecho. Sacó una nariz de pasta y barniz, de máscara, tal como se ha descrito. Sancho lo miró cada vez más, y con voz de asombro gritó:

—¡Santa María, y válgame! ¿Este no es Tomé Cecial, mi vecino y mi compadre?

—¡Y claro que lo soy! —respondió el escudero, ya sin nariz—. Tomé Cecial soy, compadre y amigo Sancho Panza. Luego os contaré por qué caminos, mentiras y enredos he venido hasta aquí. Mientras tanto, pedidle y suplicadle a vuestro amo una cosa. Que no toque, ni maltrate, ni hiera, ni mate al Caballero de los Espejos que tiene a sus pies. Porque sin ninguna duda es el atrevido y mal aconsejado bachiller Sansón Carrasco, nuestro paisano.

En esto, el de los Espejos volvió en sí. Al verlo, don Quijote le puso la punta desnuda de la espada sobre la cara. Y le dijo:

—Sois hombre muerto, caballero, si no confesáis una cosa. Que la sin par Dulcinea del Toboso es más bella que vuestra Casildea de Vandalia. Y además tenéis que prometerme algo, si salís con vida de esta lucha y de esta caída. Iréis a la ciudad del Toboso y os presentaréis ante ella de mi parte. Así ella hará con vos lo que más quiera. Y si os deja libre, volveréis a buscarme. Las huellas de mis hazañas os servirán de guía para traeros adonde yo esté. Y me contaréis lo que os haya pasado con ella. Estas condiciones no salen de los límites de la caballería andante. Así lo acordamos antes de nuestra batalla.

—Confieso —dijo el caballero caído— que vale más el zapato descosido y sucio de la señora Dulcinea del Toboso. Vale más que las barbas mal peinadas, aunque limpias, de Casildea. Y prometo ir a verla y volver ante vos. Y os daré cuenta completa y detallada de lo que me pedís.

—También tenéis que confesar y creer otra cosa —añadió don Quijote—. Aquel caballero que vencisteis no fue ni pudo ser don Quijote de la Mancha. Fue otro que se le parecía. Del mismo modo, yo confieso y creo que vos no sois el bachiller Sansón Carrasco, aunque lo parecéis. Sois otro que se le parece. Mis enemigos os han puesto aquí con su figura. Lo han hecho para que yo detenga y calme la fuerza de mi enfado. Y para que use con suavidad la gloria de mi victoria.

—Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creéis, juzgáis y sentís —respondió el caballero, todo molido—. Dejadme levantar, os lo ruego, si me lo permite el golpe de mi caída. Me ha dejado muy maltrecho.

Don Quijote y Tomé Cecial, su escudero, lo ayudaron a levantarse. Sancho no le quitaba los ojos de encima a Tomé. Le preguntaba cosas, y sus respuestas daban señales claras de que era de verdad el Tomé Cecial que decía. Pero a Sancho se le había metido en la cabeza lo que había dicho su amo. Que los encantadores habían cambiado la figura del Caballero de los Espejos en la del bachiller Carrasco. Y por eso no podía creer la verdad que estaba viendo con sus propios ojos. En fin, amo y criado se quedaron con este engaño. El de los Espejos y su escudero se apartaron de don Quijote y Sancho, tristes y maltrechos. Iban con la intención de buscar algún sitio donde le pusieran emplastos y le entablillaran las costillas. Don Quijote y Sancho siguieron su camino hacia Zaragoza. Y allí los deja la historia, para contar quién era el Caballero de los Espejos y su narigudo escudero.

### Glosario

- **escudero**: hombre que sirve y acompaña a un caballero.
- **eslabón**: cada uno de los anillos de una cadena.
- **desafiar**: llamar a alguien a luchar.
- **soplar**: moverse el viento.
- **asombrado**: muy sorprendido.
- **labrador**: hombre que trabaja la tierra.
- **incredulidad**: el no creer algo.
- **rufián**: hombre malo que vive de engaños y peleas.
- **bofetada**: golpe en la cara con la mano abierta.
- **verruga**: bulto pequeño y duro que sale en la piel.
- **espuela**: pieza de metal en el talón de la bota para hacer correr al caballo.
- **narigudo**: que tiene la nariz muy grande.
- **alcornoque**: árbol grande parecido a la encina, del que se saca el corcho.
- **la Giralda**: torre de la catedral de Sevilla; arriba tiene una estatua de mujer que gira con el viento.
- **los Toros de Guisando**: figuras antiguas de piedra con forma de toro, en Castilla.
- **la sima de Cabra**: agujero muy profundo en la tierra, cerca de Cabra, en Córdoba.
- **reputado**: famoso, que tiene buena fama.
- **al buen pagador no le duelen prendas**: refrán: quien está seguro de cumplir no tiene miedo de prometer.
- **va por lana y vuelve trasquilado**: refrán: alguien va a quitarle algo a otro y al final es él quien sale perdiendo.
- **amanecerá Dios y medraremos**: refrán: mañana será otro día y quizá las cosas vayan mejor.
- **aurora**: la primera luz del día, antes de salir el sol.
- **visera**: parte del casco que cubre la cara y se puede subir y bajar.
- **casaca**: prenda larga que se lleva encima de la armadura o de la ropa.
- **en ristre**: poner la lanza en ristre es sujetarla bajo el brazo, apoyada en la armadura, para atacar.
- **de los enemigos, los menos**: refrán: cuantos menos enemigos, mejor.
- **compadre**: amigo muy cercano; también el padrino de un hijo de otro.
- **emplastos**: medicinas blandas que se ponen sobre una herida o un golpe.

## Capítulo XV. Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero de los Espejos y su escudero

Don Quijote iba muy contento, orgulloso y lleno de vanidad. Estaba así porque había vencido al de los Espejos, un caballero muy valiente, según imaginaba él. Esperaba que aquel caballero cumpliera su palabra de caballero. Así podría saber si el encantamiento de su señora seguía adelante. Porque el caballero vencido tenía que volver y contarle lo que le había pasado con ella. Si no lo hacía, dejaba de ser caballero. Pero una cosa pensaba don Quijote y otra el de los Espejos. Porque en aquel momento el de los Espejos solo pensaba en buscar un lugar donde curarse los golpes, como ya se ha dicho.

Cuenta, pues, la historia lo que había pasado antes. El bachiller Sansón Carrasco había aconsejado a don Quijote que volviera a sus caballerías. Lo hizo porque antes se había reunido con el cura y el barbero. Los tres buscaban un medio para que don Quijote se quedara en su casa, quieto y tranquilo. No querían que sus aventuras, tan mal buscadas, lo volvieran a alborotar.

De aquella reunión salió un plan. Todos votaron por él, y sobre todo Carrasco. Dejarían salir a don Quijote, porque detenerlo parecía imposible. Sansón le saldría al camino vestido de caballero andante. Pelearía con él, porque no le faltaría un motivo para hacerlo. Y lo vencería, pues lo creía cosa fácil. Antes de la batalla harían un pacto: el vencido quedaría a merced del vencedor. Cuando don Quijote estuviera vencido, el bachiller caballero le mandaría volver a su pueblo y a su casa. No podría salir de ella en dos años, o hasta que él le mandara otra cosa.

Estaba claro que don Quijote vencido cumpliría esa orden sin ninguna duda. Porque no querría ir contra las leyes de la caballería. Y quizá, durante ese tiempo de encierro, olvidaría sus locas fantasías. O quizá habría tiempo para buscar algún buen remedio para su locura.

Carrasco aceptó el plan. Tomé Cecial, compadre y vecino de Sancho Panza, se ofreció para ser su escudero. Era un hombre alegre y ligero de cascos. Sansón se armó como ya se ha contado. Tomé Cecial se puso encima de su nariz verdadera la nariz falsa de máscara que ya conocemos. Así su compadre no lo reconocería cuando se vieran.

Siguieron el mismo camino que llevaba don Quijote. Casi llegaron a tiempo para la aventura del carro de la Muerte. Por fin los encontraron en el bosque. Allí les pasó todo lo que el lector inteligente ya ha leído. Don Quijote tuvo unos pensamientos extraordinarios: se convenció de que el bachiller no era el bachiller. Si no hubiera sido por eso, el señor bachiller nunca habría podido llegar a licenciado. Porque no encontró nidos donde pensaba encontrar pájaros.

Tomé Cecial vio qué mal habían salido sus planes y qué mal final había tenido su viaje. Entonces le dijo al bachiller:

—Por cierto, señor Sansón Carrasco, tenemos lo que merecemos. Es fácil pensar una empresa y empezarla. Pero casi siempre es difícil salir de ella. Don Quijote es loco y nosotros somos cuerdos. Pero él se va sano y riendo, y vuestra merced se queda molido y triste. Sepamos, pues, ahora quién es más loco: ¿el que lo es porque no puede evitarlo, o el que lo es porque quiere?

Sansón le respondió:

—La diferencia entre esos dos locos es esta: el que es loco por fuerza lo será siempre. Y el que es loco por su gusto dejará de serlo cuando quiera.

—Pues así es —dijo Tomé Cecial—, yo fui loco por mi voluntad cuando quise ser escudero de vuestra merced. Y por mi misma voluntad quiero ahora dejar de serlo y volver a mi casa.

—Eso os conviene —respondió Sansón—. Porque yo no pienso volver a la mía hasta moler a palos a don Quijote. Pensar otra cosa es pensar en lo imposible. Ahora no me llevará a buscarle el deseo de que recupere el juicio. Me llevará el deseo de venganza. Porque el gran dolor de mis costillas no me deja tener pensamientos más compasivos.

Hablando de estas cosas siguieron los dos su camino. Por fin llegaron a un pueblo. Allí tuvieron la suerte de encontrar un algebrista, y el pobre Sansón se curó con él. Tomé Cecial volvió a su casa y lo dejó solo. Sansón se quedó pensando en su venganza. La historia volverá a hablar de él a su tiempo, porque ahora no quiere dejar de divertirse con don Quijote.

### Glosario

- **encantamiento**: cambio hecho con magia; aquí, el de Dulcinea, que don Quijote cree convertida en labradora.
- **bachiller**: persona que tiene el primer título de la universidad.
- **a merced del vencedor**: obligado a hacer todo lo que mande el que ha ganado.
- **compadre**: amigo y vecino muy cercano; también el padrino del hijo de otro.
- **nunca habría podido llegar a licenciado**: broma: don Quijote lo habría matado, y Sansón no habría podido terminar sus estudios.
- **no encontró nidos donde pensaba encontrar pájaros**: no consiguió lo que esperaba; Sansón quería ganar y perdió.
- **molido**: muy cansado y dolorido después de recibir golpes.
- **cuerdo**: persona que piensa bien y no está loca.
- **algebrista**: hombre que curaba los huesos rotos o fuera de su sitio.
- **ligero de cascos**: alegre, que piensa poco las cosas.

## Capítulo XVI. De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha

Don Quijote seguía su camino con la alegría, el contento y el orgullo que ya se han dicho. Por su última victoria, se creía el caballero andante más valiente del mundo en aquel tiempo. Daba por terminadas, y con buen final, todas las aventuras que pudieran pasarle desde entonces. Daba poca importancia a los encantos y a los encantadores. No se acordaba de los muchísimos palos que le habían dado en sus caballerías. Tampoco se acordaba de la pedrada que le tiró la mitad de los dientes. Ni de lo desagradecidos que fueron los galeotes. Ni del atrevimiento de los yangüeses y de su lluvia de palos.

En fin, se decía a sí mismo una cosa. Si encontraba alguna forma de desencantar a su señora Dulcinea, no tendría envidia de nadie. Ni siquiera envidiaría la mayor suerte del caballero andante más afortunado de los siglos pasados. Iba muy ocupado en estos pensamientos cuando Sancho le dijo:

—¿No es gracioso, señor? Todavía tengo delante de los ojos la nariz enorme y exagerada de mi compadre Tomé Cecial.

—¿Y crees tú, Sancho, que el Caballero de los Espejos era el bachiller Carrasco? ¿Y que su escudero era Tomé Cecial, tu compadre?

—No sé qué decir a eso —respondió Sancho—. Solo sé una cosa. Me dio noticias de mi casa, de mi mujer y de mis hijos que nadie más podía darme. Y la cara, sin la nariz, era la misma de Tomé Cecial. Se la he visto muchas veces en mi pueblo, porque vive pared con pared con mi casa. Y la voz era exactamente igual.

—Pensemos con razón, Sancho —replicó don Quijote—. Ven acá. ¿Cómo puede ser que el bachiller Sansón Carrasco viniera a pelear conmigo como caballero andante? ¿Y además con armas para atacar y para defenderse? ¿He sido yo acaso su enemigo? ¿Le he dado yo alguna vez motivo para odiarme? ¿Soy yo su rival? ¿Es él acaso un hombre de armas, para tener envidia de la fama que yo he ganado con ellas?

—Pues ¿qué diremos, señor —respondió Sancho—, de que aquel caballero se parezca tanto al bachiller Carrasco? Sea quien sea. ¿Y de que su escudero se parezca tanto a Tomé Cecial, mi compadre? Si es un encantamiento, como dice vuestra merced, ¿no había en el mundo otros dos a quienes parecerse?

—Todo es un truco y un engaño —respondió don Quijote— de los malvados magos que me persiguen. Ellos sabían de antemano que yo iba a ganar la batalla. Por eso prepararon esto: el caballero vencido mostraría la cara de mi amigo el bachiller. Así la amistad que le tengo se pondría entre el filo de mi espada y la fuerza de mi brazo. Así se calmaría la justa ira de mi corazón. Y de esta manera seguiría vivo el que, con engaños y mentiras, quería quitarme la vida a mí.

»Y para probarlo, Sancho, tú ya sabes una cosa por experiencia. Y la experiencia no te dejará mentir ni engañarte. Tú sabes qué fácil es para los encantadores cambiar unas caras por otras. Hacen feo lo hermoso, y hermoso lo feo. No hace ni dos días que tú viste con tus propios ojos a la sin par Dulcinea. La viste con toda su belleza y su elegancia, tal como es. Y yo, en cambio, la vi fea y vulgar, como una labradora grosera. Tenía cataratas en los ojos y mal olor en la boca.

»Además, ese malvado encantador se atrevió a hacer un cambio tan malo. Entonces no es extraño que haya hecho también el de Sansón Carrasco y el de tu compadre. Quería quitarme de las manos la gloria de la victoria. Pero, a pesar de todo, me consuelo. Porque, al final, sea cual sea su figura, yo he vencido a mi enemigo.

—Dios sabe la verdad de todo —respondió Sancho.

Sancho sabía que el cambio de Dulcinea había sido un truco y un engaño suyo. Por eso no le convencían las fantasías de su amo. Pero no quiso contestarle, para no decir alguna palabra que descubriera su mentira.

Estaban en esta conversación cuando los alcanzó un hombre. Venía detrás de ellos por el mismo camino, montado en una yegua tordilla muy hermosa. Llevaba un gabán de paño fino verde, con adornos de terciopelo de color leonado. En la cabeza llevaba una montera del mismo terciopelo. Los arreos de la yegua eran para el campo y para montar a la jineta. También eran de color morado y verde. Llevaba un alfanje morisco, que colgaba de un tahalí ancho, verde y dorado. Sus botas tenían el mismo trabajo que el tahalí. Las espuelas no eran doradas, sino pintadas con un barniz verde. Eran tan lisas y brillantes que hacían juego con todo el vestido. Por eso parecían más bonitas que si fueran de oro puro.

Cuando llegó junto a ellos, el viajero los saludó con cortesía. Picó a la yegua para seguir adelante y pasarlos. Pero don Quijote le dijo:

—Señor galán, quizá vuestra merced lleva nuestro mismo camino y no tiene prisa. Si es así, me haría un favor yendo con nosotros.

—En verdad —respondió el de la yegua—, no pasaría tan deprisa si no fuera por una cosa. Tengo miedo de que ese caballo se alborote junto a mi yegua.

—Bien puede, señor —respondió entonces Sancho—, bien puede sujetar las riendas de su yegua. Nuestro caballo es el más honesto y educado del mundo. Nunca ha hecho nada feo en estas ocasiones. Solo una vez se descontroló y lo hizo, y mi señor y yo lo pagamos siete veces. Digo otra vez que vuestra merced puede pararse, si quiere. Aunque le sirvieran la yegua en un plato, seguro que el caballo no la tocaría.

El viajero detuvo la yegua. Estaba admirado por la figura y por la cara de don Quijote. Don Quijote iba sin celada. Sancho la llevaba como una maleta, colgada delante de la albarda del rucio. El de verde miraba mucho a don Quijote, pero don Quijote lo miraba todavía más a él. Le parecía un hombre serio y de buen juicio. Parecía tener unos cincuenta años. Tenía pocas canas y la cara aguileña. Su mirada era a la vez alegre y seria. En fin, por su ropa y su figura parecía un hombre de buenas cualidades.

El de verde, por su parte, pensó que nunca había visto un hombre como don Quijote. Le asombraron lo alto que era su caballo y lo grande que era su cuerpo. También la delgadez y el color amarillo de su cara. Y sus armas, sus gestos y su manera de estar. Era una figura que no se veía en aquella tierra desde hacía muchísimo tiempo.

Don Quijote notó con cuánta atención lo miraba el viajero. En su silencio leyó su deseo de saber quién era. Don Quijote era muy cortés y le gustaba dar gusto a todos. Por eso, antes de que el otro le preguntara nada, se adelantó y le dijo:

—Vuestra merced se ha fijado en esta figura mía, que es tan nueva y tan rara. No me extraña que le haya extrañado. Pero dejará de extrañarse cuando le diga que soy un caballero

de estos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.

»Salí de mi tierra, empeñé mis bienes y dejé mi vida cómoda. Me puse en los brazos de la Fortuna, para que me llevara adonde ella quisiera. Quise resucitar la caballería andante, que ya estaba muerta. Desde hace muchos días tropiezo aquí y caigo allí. Me despeño por un lado y me levanto por otro. Pero así he cumplido gran parte de mi deseo. He ayudado a viudas y he protegido a doncellas. He favorecido a mujeres casadas, a huérfanos y a niños sin padres. Ese es el trabajo propio y natural de los caballeros andantes.

»Y así, por mis muchas hazañas, valientes y cristianas, ya ando impreso en casi todas las naciones del mundo. Se han impreso treinta mil volúmenes de mi historia. Y lleva camino de imprimirse treinta mil millares de veces, si el cielo no lo impide. En fin, para decirlo todo en pocas palabras, o en una sola: yo soy don Quijote de la Mancha. Por otro nombre me llaman el Caballero de la Triste Figura.

»Alabarse a uno mismo es una cosa baja, ya lo sé. Pero a veces tengo que decir yo mis propias alabanzas. Esto pasa cuando no hay nadie presente que las diga. Así que, señor gentilhombre, ya sabe quién soy y cuál es mi oficio. Desde ahora ya no le asombrarán este caballo, esta lanza, este escudo ni este escudero. Tampoco le asombrarán todas estas armas juntas, ni el color amarillo de mi cara, ni mi delgadez.

Don Quijote se calló después de decir esto. El de verde tardaba en responder, y parecía que no sabía qué decir. Pero después de un buen rato le dijo:

—Habéis acertado, señor caballero, a ver mi deseo en mi silencio. Pero no habéis conseguido quitarme el asombro que me causa veros. Vos decís, señor, que saber quién sois me lo podría quitar. Pero no ha sido así. Al contrario: ahora que lo sé, estoy más asombrado y admirado que antes. ¿Cómo es posible que hoy haya caballeros andantes en el mundo? ¿Y que haya historias impresas de caballerías verdaderas?

»No puedo creer que hoy haya en la tierra alguien que favorezca viudas y proteja doncellas. Ni que honre a las casadas ni ayude a los huérfanos. No lo creería si no lo hubiera visto con mis ojos en vuestra merced. ¡Bendito sea el cielo! Con esa historia impresa de sus altas y verdaderas caballerías, la gente olvidará las otras. Me refiero a las historias de los falsos caballeros andantes, que eran muchísimas. El mundo estaba lleno de ellas. Hacían mucho daño a las buenas costumbres y quitaban prestigio a las buenas historias.

—Hay mucho que decir —respondió don Quijote— sobre si las historias de los caballeros andantes son falsas o no.

—Pues ¿hay alguien que dude —respondió el Verde— de que esas historias son falsas?

—Yo lo dudo —respondió don Quijote—. Pero dejemos esto aquí. Si nuestro viaje dura, espero en Dios hacerle entender una cosa a vuestra merced. Ha hecho mal en seguir la opinión de los que creen que no son verdaderas.

Con estas últimas palabras de don Quijote, el viajero empezó a sospechar que don Quijote debía de ser algún tonto. Y esperaba que otras palabras se lo confirmaran. Pero, antes de que pasaran a otros temas, don Quijote le pidió que le dijera quién era. Se lo pidió porque él ya le había contado su condición y su vida. El del Verde Gabán le respondió:

—Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo. Soy de un pueblo donde iremos a comer hoy, si Dios quiere. Soy bastante rico y me llamo don Diego de Miranda. Paso la vida con mi mujer, con mis hijos y con mis amigos. Me gusta cazar y pescar. Pero no tengo halcón ni galgos. Solo tengo algún perdigón manso o algún hurón atrevido.

»Tengo unas seis docenas de libros. Unos están en castellano y otros en latín. Algunos son de historia y otros de devoción. Los de caballerías todavía no han entrado por la puerta de mi casa. Leo más los libros que no son religiosos que los devotos. Pero tienen que ser de entretenimiento honesto. Me gustan si su lenguaje me da placer y su invención me admira y me atrapa. Aunque de esos hay muy pocos en España.

»Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los invito a mi casa. Mis comidas son limpias y bien preparadas, y nada pobres. No me gusta criticar a nadie a sus espaldas. Y no permito que nadie lo haga delante de mí. No investigo la vida de los demás. No vigilo como un lince lo que hacen los otros. Oigo misa todos los días. Comparto mis bienes con los pobres, pero no presumo de mis buenas obras. Así no dejo entrar en mi corazón la hipocresía ni la vanidad. Esos enemigos se apoderan con suavidad hasta del corazón más prudente. Intento poner paz entre los que sé que están peleados. Soy devoto de Nuestra Señora. Y confío siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.

Sancho escuchó con muchísima atención lo que contaba el hidalgo de su vida y sus costumbres. Le pareció una vida buena y santa. Pensó que un hombre así debía de hacer milagros. Por eso saltó del rucio y corrió a agarrarse al estribo derecho del hidalgo. Y con el corazón lleno de devoción, casi llorando, le besó los pies muchas veces. Cuando el hidalgo vio esto, le preguntó:

—¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son estos?

—Déjeme besar —respondió Sancho—. Vuestra merced me parece el primer santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.

—No soy santo —respondió el hidalgo—, sino un gran pecador. Vos sí, hermano, debéis de ser bueno. Vuestra sencillez lo muestra.

Sancho volvió a subir a la albarda de su burro. Con su gesto había hecho reír a su amo, a pesar de su profunda melancolía. Y había asombrado otra vez a don Diego. Don Quijote le preguntó cuántos hijos tenía. Le explicó una cosa sobre los antiguos filósofos, que no conocían al Dios verdadero. Ellos ponían el mayor bien en los bienes de la naturaleza y en los de la fortuna. Y también en tener muchos amigos y muchos hijos buenos.

—Yo, señor don Quijote —respondió el hidalgo—, tengo un hijo. Si no lo tuviera, quizá me sentiría más feliz de lo que soy. Y no es porque sea malo. Es porque no es tan bueno como yo quisiera. Tiene unos dieciocho años. Ha pasado seis en Salamanca, aprendiendo latín y griego. Cuando quise que estudiara otras ciencias, lo encontré muy metido en la poesía. Si es que la poesía se puede llamar ciencia. Está tan metido en ella que no hay manera de hacerle estudiar leyes, como yo quisiera. Ni teología, que es la reina de todas las ciencias.

»Yo quisiera que fuera el orgullo de su familia. Lo quisiera porque vivimos en un tiempo en que nuestros reyes premian mucho a los que estudian con virtud. Porque los estudios sin virtud son perlas en el basurero. Se pasa todo el día pensando si Homero escribió bien o mal tal verso de la «Ilíada». O si Marcial fue indecente o no en tal epigrama. O cómo hay que entender tales y tales versos de Virgilio.

»En fin, todas sus conversaciones son con los libros de esos poetas. Y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo. A los poetas modernos que escriben en castellano no les hace mucho caso. Y aunque no quiere mucho a la poesía en castellano, ahora tiene la cabeza ocupada en una cosa. Está haciendo una glosa sobre cuatro versos que le han enviado de Salamanca. Creo que son para un concurso de poesía.

Don Quijote respondió a todo esto:

—Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres. Por eso hay que quererlos, sean buenos o malos. Hay que quererlos como se quieren las almas que nos dan vida. Los padres deben guiarlos desde pequeños por el camino de la virtud. Deben darles buena educación y buenas costumbres cristianas. Así, cuando sean mayores, serán el apoyo de la vejez de sus padres. Y serán la gloria de los que vengan después.

»Obligarlos a estudiar esta o aquella ciencia no me parece bien. Aunque convencerlos no hace daño. A veces un estudiante no tiene que estudiar pane lucrando. Entonces tiene la suerte de tener padres que le dejan elegir. En ese caso, yo creo que deben dejarle seguir la ciencia que más le guste. Es verdad que la poesía es más agradable que útil. Pero no es de las ciencias que deshonran a quien las tiene.

»La poesía, señor hidalgo, me parece a mí como una doncella joven, tierna y bellísima. Muchas otras doncellas tienen cuidado de enriquecerla, pulirla y adornarla. Esas doncellas son todas las demás ciencias. Ella se sirve de todas, y todas ganan prestigio con ella. Pero esta doncella no quiere que la toquen con manos sucias. No quiere que la lleven por las calles. Ni que la anuncien en las esquinas de las plazas, ni en los rincones de los palacios.

»Está hecha de una alquimia tan poderosa que quien sabe tratarla la convierte en oro purísimo. Y ese oro tiene un precio enorme. Quien la tenga debe controlarla. No debe dejarla correr hacia sátiras groseras ni hacia sonetos sin alma. No se debe vender de ninguna manera. Solo se puede vender en poemas heroicos, en tragedias tristes o en comedias alegres e ingeniosas. No debe dejarse tratar por los bufones ni por el vulgo ignorante. El vulgo no es capaz de conocer ni de valorar los tesoros que ella guarda.

»Y no penséis, señor, que yo llamo vulgo solo a la gente pobre y humilde. Todo el que no sabe puede y debe entrar en el vulgo. Aunque sea un señor o un príncipe. Y así, quien trate la poesía como he dicho será famoso. Su nombre será estimado en todas las naciones civilizadas del mundo.

»Decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía en castellano. Yo creo que en eso no acierta mucho, y la razón es esta. El gran Homero no escribió en latín, porque era griego. Y Virgilio no escribió en griego, porque era latino. En resumen, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron con la leche. No buscaron lenguas extranjeras para expresar sus altos pensamientos. Y siendo así, esta costumbre debería extenderse a todas las naciones. No se debería despreciar al poeta alemán porque escribe en su lengua. Ni al castellano, ni siquiera al vizcaíno, que escribe en la suya.

»Pero yo imagino, señor, que vuestro hijo no está en contra de la poesía en castellano. Debe de estar en contra de los poetas que solo saben castellano. Esos no saben otras lenguas ni otras ciencias. Y las lenguas y las ciencias adornan, despiertan y ayudan al talento natural. Pero aun en esto puede haber error. Porque hay una opinión verdadera: el poeta nace. Quiere decir que el poeta natural sale ya poeta del vientre de su madre. Con ese don que le dio el cielo, compone cosas sin más estudio ni técnica. Y así demuestra que tenía razón el que dijo: est Deus in nobis..., etcétera.

»También digo que el poeta natural que se ayude del arte será mucho mejor. Será mejor que el poeta que solo quiere serlo porque conoce el arte. La razón es que el arte no es mejor que la naturaleza, sino que la perfecciona. Así que, si se mezclan la naturaleza y el arte, saldrá un poeta perfectísimo.

»La conclusión de mi charla, señor hidalgo, es esta. Vuestra merced debe dejar a su hijo caminar por donde su estrella lo llama. Él debe de ser muy buen estudiante. Y ya ha subido con éxito el primer escalón del saber, que es el de las lenguas. Con ellas subirá él solo hasta lo más alto de las letras. Las letras quedan muy bien en un caballero de capa y espada. Lo adornan, lo honran y lo hacen más grande. Igual que las mitras a los obispos, o las togas a los buenos abogados.

»Riña vuestra merced a su hijo si escribe sátiras que dañen la honra de otros. Castíguelo y rómpale esas sátiras. Pero alábelo si escribe sermones al estilo de Horacio, que critiquen los vicios en general. Horacio lo hizo con mucha elegancia. Porque el poeta puede escribir contra la envidia y hablar mal de los envidiosos en sus versos. Y lo mismo de los otros vicios, con tal de no señalar a nadie. Pero hay poetas que, por decir una maldad, se arriesgan a que los destierren a las islas de Ponto.

»Si el poeta es limpio en sus costumbres, también lo será en sus versos. La pluma es la lengua del alma. Lo que el alma piensa, eso mismo escribe la pluma. Los reyes y los príncipes ven a veces la milagrosa ciencia de la poesía en personas prudentes, virtuosas y serias. Entonces las honran, las estiman y las hacen ricas. Y hasta las coronan con hojas de laurel, el árbol al que no hiere el rayo. Así muestran que nadie debe ofender a quien lleva la cabeza honrada con esas coronas.

El del Verde Gabán quedó admirado del discurso de don Quijote. Tanto, que fue perdiendo la idea de que era un tonto. A la mitad de esta charla, Sancho se había apartado del camino, porque no le gustaba mucho. Había ido a pedir un poco de leche a unos pastores que estaban cerca ordeñando unas ovejas.

El hidalgo estaba muy contento de la inteligencia y de las buenas razones de don Quijote. Ya iba a seguir la conversación cuando don Quijote levantó la cabeza. Vio que por su mismo camino venía un carro lleno de banderas reales. Creyó que debía de ser alguna nueva aventura. Por eso llamó a gritos a Sancho para que le trajera la celada. Sancho, al oír que lo llamaban, dejó a los pastores. Picó a toda prisa al rucio y llegó adonde estaba su amo. Y a su amo le pasó entonces una aventura espantosa y disparatada.

### Glosario

- **yegua tordilla**: yegua de pelo mezclado blanco y negro, que parece gris.
- **gabán**: abrigo largo con mangas.
- **a la jineta**: forma de montar a caballo con los estribos cortos y las piernas dobladas.
- **alfanje**: espada corta y curva, como las que usaban los moros.
- **tahalí**: banda de cuero o tela que cruza el pecho y sostiene la espada.
- **perdigón manso / hurón**: perdiz joven que se usa para atraer a otras perdices / animal pequeño que se usa para cazar conejos.
- **pane lucrando**: palabras latinas: «para ganarse el pan», para tener un oficio que dé dinero.
- **est Deus in nobis**: palabras latinas del poeta Ovidio: «hay un dios dentro de nosotros».
- **vulgo**: la gente común; aquí, todos los que no saben, sean pobres o ricos.
- **islas de Ponto**: lugar lejano donde desterraron al poeta romano Ovidio por sus versos.

## Capítulo XVII. De donde se declaró el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la felizmente acabada aventura de los leones

Cuenta la historia que don Quijote llamaba a gritos a Sancho para que le trajera el yelmo. En ese momento Sancho estaba comprando unos requesones a los pastores. Su amo le metía tanta prisa que no supo qué hacer con ellos. No tenía dónde llevarlos. Y no quería perderlos, porque ya los había pagado. Entonces decidió echarlos en la celada de su señor. Y con este buen recado volvió para ver qué quería su amo. Cuando llegó, don Quijote le dijo:

—Dame, amigo, esa celada. O yo sé poco de aventuras, o lo que veo allí es una aventura. Y me va a obligar a tomar las armas. Me obliga ya.

El del Verde Gabán oyó esto y miró hacia todas partes. No vio otra cosa que un carro que venía hacia ellos, con dos o tres banderas pequeñas. Por las banderas, pensó que el carro debía de llevar dinero de Su Majestad. Así se lo dijo a don Quijote. Pero don Quijote no le creyó. Siempre pensaba que todo lo que le pasaba eran aventuras y más aventuras. Por eso respondió al hidalgo:

—Hombre prevenido, medio combatido. No pierdo nada por prepararme. Sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles. Y no sé cuándo, ni dónde, ni con qué figura me van a atacar.

Se volvió hacia Sancho y le pidió la celada. Sancho no tuvo tiempo de sacar los requesones, y tuvo que dársela como estaba. Don Quijote la tomó. No vio lo que había dentro y se la encajó en la cabeza a toda prisa. Los requesones se apretaron y se aplastaron. Y el suero empezó a correr por toda la cara y la barba de don Quijote. Se asustó tanto que le dijo a Sancho:

—¿Qué será esto, Sancho? Parece que se me ablanda la cabeza, o que se me derriten los sesos. O que sudo de los pies a la cabeza. Y si sudo, de verdad que no es de miedo. Sin duda la aventura que me espera ahora es terrible. Dame algo para limpiarme, si lo tienes. Tanto sudor me ciega los ojos.

Sancho se calló y le dio un paño. Y dio gracias a Dios porque su señor no se había dado cuenta de la verdad. Don Quijote se limpió y se quitó la celada. Quería ver qué cosa le enfriaba la cabeza, según le parecía. Vio aquella pasta blanca dentro de la celada y se la acercó a la nariz. Al olerla, dijo:

—¡Por la vida de mi señora Dulcinea del Toboso, son requesones lo que me has puesto aquí! ¡Traidor, sinvergüenza y mal escudero!

Sancho le respondió con mucha calma, haciéndose el inocente:

—Si son requesones, démelos vuestra merced, y yo me los comeré... Pero no, que se los coma el diablo, porque él debió de ponerlos ahí. ¿Iba yo a atreverme a ensuciar el yelmo de vuestra merced? ¡Pues sí que ha encontrado al atrevido! De verdad, señor, Dios me da a entender una cosa. Yo también debo de tener encantadores que me persiguen, porque soy cosa y parte de vuestra merced. Habrán puesto ahí esa porquería para hacer enfadar a vuestra merced. Así querían que vuestra merced me moliera las costillas, como suele hacer. Pues esta vez han fallado el golpe. Yo confío en el buen juicio de mi señor. Habrá pensado que yo no tengo requesones, ni leche, ni nada parecido. Y si lo tuviera, lo pondría en mi estómago antes que en la celada.

—Todo puede ser —dijo don Quijote.

El hidalgo lo miraba todo y se admiraba de todo. Don Quijote se limpió la cabeza, la cara, la barba y la celada. Después se la volvió a encajar. Se afirmó bien en los estribos, comprobó la espada y agarró la lanza. El hidalgo se admiró aún más cuando lo oyó decir:

—Ahora, que venga lo que venga. Aquí estoy, con ánimo para pelear con el mismo Satanás en persona.

En esto llegó el carro de las banderas. En él solo venían el carretero, montado en las mulas, y un hombre sentado delante. Don Quijote se puso delante del carro y dijo:

—¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es este? ¿Qué lleváis en él y qué banderas son esas?

El carretero respondió:

—El carro es mío. Lo que va en él son dos leones bravos, metidos en jaulas. El general de Orán los envía a la corte como regalo para Su Majestad. Las banderas son del rey nuestro señor. Muestran que aquí va una cosa suya.

—¿Y son grandes los leones? —preguntó don Quijote.

—Tan grandes —respondió el hombre que iba en la puerta del carro— que nunca han pasado de África a España otros mayores. Ni siquiera tan grandes. Yo soy el leonero y he llevado otros leones, pero ninguno como estos. Son hembra y macho. El macho va en esta primera jaula, y la hembra en la de atrás. Ahora tienen hambre, porque hoy no han comido. Así que vuestra merced apártese, por favor. Tenemos que llegar pronto a un sitio donde darles de comer.

Don Quijote sonrió un poco y dijo:

—¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a estas horas? ¡Pues por Dios que esos señores que los envían van a ver una cosa! Van a ver si soy yo hombre que se asusta de leones. Bajaos, buen hombre. Vos sois el leonero: abrid esas jaulas y sacadme esas fieras. En medio de este campo les enseñaré quién es don Quijote de la Mancha. Y lo haré a pesar de los encantadores que me los envían.

—¡Vaya, vaya! —se dijo entonces el hidalgo—. Ya ha mostrado quién es nuestro buen caballero. Sin duda los requesones le han ablandado la cabeza y le han madurado los sesos.

En esto se acercó Sancho al hidalgo y le dijo:

—Señor, por Dios, haga vuestra merced algo para que mi señor don Quijote no pelee con estos leones. Si pelea, aquí nos van a hacer pedazos a todos.

—Pues ¿tan loco es vuestro amo —respondió el hidalgo— que tenéis miedo? ¿Creéis que va a pelear con unos animales tan fieros?

—No es loco —respondió Sancho—, sino atrevido.

—Yo haré que no lo sea —replicó el hidalgo.

Se acercó a don Quijote, que estaba metiendo prisa al leonero para que abriera las jaulas. Y le dijo:

—Señor caballero, los caballeros andantes deben emprender las aventuras que dan esperanza de salir bien de ellas. No deben emprender las que quitan toda esperanza. Porque la valentía que entra en el terreno de la temeridad tiene más de locura que de fuerza. Además, estos leones no vienen contra vuestra merced, ni lo sueñan. Son un regalo para Su Majestad. No está bien detenerlos ni impedir su viaje.

—Váyase vuestra merced, señor hidalgo —respondió don Quijote—, a ocuparse de su perdigón manso y de su hurón atrevido. Y deje a cada uno hacer su oficio. Este es el mío. Y yo sé si estos señores leones vienen contra mí o no.

Se volvió hacia el leonero y le dijo:

—¡Lo juro, don bellaco! Si no abrís ahora mismo las jaulas, con esta lanza os voy a clavar al carro.

El carretero vio que aquel fantasma armado estaba decidido. Entonces le dijo:

—Señor mío, por caridad, déjeme vuestra merced desatar las mulas del carro. Déjeme ponerme a salvo con ellas antes de que salgan los leones. Porque si me las matan, quedaré arruinado para toda la vida. No tengo otros bienes que este carro y estas mulas.

—¡Oh hombre de poca fe! —respondió don Quijote—. Bájate, desata las mulas y haz lo que quieras. Pronto verás que has trabajado en vano. Podrías ahorrarte este esfuerzo.

El carretero se bajó y desató las mulas a toda prisa. Y el leonero dijo en voz muy alta:

—Que todos los que están aquí sean mis testigos. Abro las jaulas y suelto a los leones contra mi voluntad, obligado. Y le digo a este señor que él pagará todo el mal y todo el daño que hagan estas fieras. Y también mis salarios y mis derechos. Vuestras mercedes, señores, pónganse a salvo antes de que yo abra. Yo estoy seguro de que a mí no me van a hacer daño.

El hidalgo intentó otra vez convencer a don Quijote de que no hiciera una locura así. Le dijo que emprender ese disparate era tentar a Dios. Don Quijote respondió que él sabía lo que hacía. El hidalgo le contestó que lo pensara bien, porque él creía que se equivocaba.

—Ahora, señor —replicó don Quijote—. A vuestra merced le parece que esto va a ser una tragedia. Si no quiere verla, pique a la tordilla y póngase a salvo.

Sancho oyó esto. Con lágrimas en los ojos, le suplicó a su amo que dejara aquella empresa. A su lado, la aventura de los molinos de viento había sido tortas y pan pintado. Y también la terrible de los batanes. Y, en fin, todas las hazañas que había emprendido en toda su vida.

—Mire, señor —decía Sancho—, aquí no hay encanto ni nada parecido. Yo he visto, entre las rejas y las rendijas de la jaula, una uña de león verdadero. Y por ella saco que ese león, que debe de ser el dueño de esa uña, es mayor que una montaña.

—El miedo, por lo menos —respondió don Quijote—, te lo hará parecer mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame. Si muero aquí, ya conoces nuestro antiguo acuerdo: irás a ver a Dulcinea. Y no te digo más.

A estas palabras añadió otras. Con ellas dejó claro que no iba a abandonar su loco plan. El del Verde Gabán quería oponerse, pero tenía peores armas que don Quijote. Y no le pareció prudente pelear con un loco. Porque don Quijote ya le parecía un loco del todo.

Don Quijote volvió a meter prisa al leonero y a repetir sus amenazas. Entonces el hidalgo picó a su yegua, Sancho a su rucio y el carretero a sus mulas. Todos intentaban alejarse del carro lo más posible antes de que salieran los leones.

Sancho lloraba la muerte de su señor. Estaba seguro de que esta vez le llegaba de verdad, entre las garras de los leones. Maldecía su suerte. Y llamaba desgraciada a la hora en que se le ocurrió volver a servirle. Pero, aunque lloraba y se quejaba, no dejaba de dar golpes al rucio para alejarse del carro.

El leonero vio que los que huían ya estaban bastante lejos. Entonces volvió a avisar a don Quijote, como ya había hecho antes. Don Quijote respondió que ya lo había oído. Le dijo que no se preocupara de más avisos, porque no servirían de nada. Y le pidió que se diera prisa.

Mientras el leonero abría la primera jaula, don Quijote estuvo pensando una cosa. ¿Sería mejor pelear a pie o a caballo? Por fin decidió pelear a pie. Tenía miedo de que Rocinante se asustara al ver los leones. Por eso saltó del caballo, tiró la lanza y se puso el escudo en el brazo. Sacó la espada y fue paso a paso, con un valor maravilloso, a ponerse delante del carro. Se encomendó a Dios de todo corazón, y después a su señora Dulcinea.

Hay que saber que, al llegar a este punto, el autor de esta verdadera historia exclama y dice así:

«¡Oh fuerte don Quijote de la Mancha, valiente más de lo que se puede decir! Eres el espejo donde pueden mirarse todos los valientes del mundo. Eres un segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de los caballeros españoles. ¿Con qué palabras contaré esta hazaña tan espantosa? ¿Cómo la haré creíble a los siglos que vendrán? Todas las alabanzas te convienen, aunque sean las más exageradas de todas. Tú a pie, tú solo, tú sin miedo, tú con el alma grande. Con una sola espada, y no de las buenas del perrillo. Con un escudo de acero no muy brillante ni limpio. Así estás esperando a los dos leones más fieros que han criado nunca las selvas de África. Que te alaben tus propios hechos, valiente manchego. Yo los dejo aquí, porque me faltan palabras para alabarlos».

Aquí terminó esta exclamación del autor. Después volvió a tomar el hilo de la historia y siguió contando. El leonero vio que don Quijote ya estaba preparado. Y vio que tenía que soltar al león macho. Si no, caería en desgracia con aquel caballero furioso y atrevido. Por eso abrió del todo la primera jaula. Allí estaba el león, como se ha dicho. Era de un tamaño extraordinario y de aspecto feo y espantoso.

Lo primero que hizo el león fue darse la vuelta en la jaula, donde estaba echado. Sacó la garra y se estiró todo. Luego abrió la boca y bostezó muy despacio. Sacó fuera casi dos palmos de lengua. Con ella se quitó el polvo de los ojos y se lavó la cara. Después sacó la cabeza fuera de la jaula. Miró a todas partes con los ojos como brasas. Su mirada y sus gestos asustarían a la misma temeridad. Solo don Quijote lo miraba con atención. Deseaba que saltara ya del carro y viniera a pelear con él. Pensaba hacerlo pedazos con sus propias manos.

Hasta aquí llegó el extremo de su locura, nunca vista. Pero el noble león era más educado que orgulloso. No hizo caso de tonterías ni de bravuconadas. Después de mirar a un lado y a otro, como se ha dicho, se dio la vuelta. Le enseñó a don Quijote sus partes de atrás. Y con mucha calma y tranquilidad se volvió a echar en la jaula. Al ver esto, don Quijote mandó al leonero que le diera palos. Quería que lo enfadara para hacerlo salir.

—Eso no lo haré yo —respondió el leonero—. Porque si lo provoco, el primero a quien hará pedazos será a mí mismo. Vuestra merced, señor caballero, conténtese con lo que ha hecho. Es todo lo que se puede hacer en materia de valentía. No quiera probar suerte por segunda vez. El león tiene la puerta abierta. Puede salir o no salir, como él quiera. Pero no ha salido hasta ahora, así que no saldrá en todo el día.

»La grandeza del corazón de vuestra merced ya ha quedado bien clara. Según yo entiendo, ningún buen guerrero está obligado a más. Solo tiene que desafiar a su enemigo y esperarlo en el campo. Si el enemigo no viene, la vergüenza es para él. Y el que esperaba gana la corona de la victoria.

—Así es verdad —respondió don Quijote—. Cierra, amigo, la puerta. Y da testimonio, de la mejor forma que puedas, de lo que me has visto hacer. Es decir: tú abriste al león y yo lo esperé. Él no salió. Yo volví a esperarlo, y él volvió a no salir y volvió a acostarse. No debo hacer más. ¡Fuera encantos! ¡Que Dios ayude a la razón, a la verdad y a la verdadera caballería! Y cierra, como te he dicho. Mientras, yo haré señas a los que huyeron, para que conozcan esta hazaña por tu boca.

El leonero lo hizo así. Don Quijote tomó el paño con que se había limpiado la lluvia de requesones de la cara. Lo puso en la punta de la lanza. Y empezó a llamar a los que huían. Estos seguían huyendo todos juntos, delante del hidalgo, y volvían la cabeza a cada paso. Pero Sancho alcanzó a ver la señal del paño blanco y dijo:

—Que me maten si mi señor no ha vencido a esas fieras. Si no, ¿por qué nos llama?

Todos se detuvieron y vieron que el que hacía las señas era don Quijote. Perdieron una parte del miedo y se fueron acercando poco a poco. Por fin llegaron a un sitio desde donde oían claramente la voz de don Quijote, que los llamaba. Al final volvieron al carro. Cuando llegaron, don Quijote le dijo al carretero:

—Volved, hermano, a atar vuestras mulas al carro y seguid vuestro viaje. Y tú, Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero. Es el pago por el tiempo que han perdido por mí.

—Esos se los daré yo con mucho gusto —respondió Sancho—. Pero ¿qué ha pasado con los leones? ¿Están muertos o vivos?

Entonces el leonero contó el final de la pelea con todos los detalles y despacio. Exageró todo lo que pudo y supo el valor de don Quijote. Dijo que el león, al verlo, se acobardó. No quiso ni se atrevió a salir de la jaula, aunque había tenido la puerta abierta un buen rato. Y contó otra cosa. El caballero quería que él provocara al león para obligarlo a salir. Pero el leonero le dijo que eso era tentar a Dios. Por eso, de mala gana y contra su voluntad, el caballero había dejado cerrar la puerta.

—¿Qué te parece esto, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Hay encantos que puedan contra la verdadera valentía? Los encantadores podrán quitarme la suerte. Pero quitarme el valor y el ánimo será imposible.

Sancho dio los escudos y el carretero ató las mulas. El leonero besó las manos a don Quijote por el regalo recibido. Y le prometió contar aquella valiente hazaña al mismo rey, cuando llegara a la corte.

—Pues si por casualidad Su Majestad pregunta quién la hizo, decidle que el Caballero de los Leones. Hasta ahora me he llamado el Caballero de la Triste Figura. Desde hoy quiero que este nuevo nombre sustituya al antiguo. En esto sigo la antigua costumbre de los caballeros andantes. Ellos se cambiaban el nombre cuando querían, o cuando les convenía.

El carro siguió su camino. Y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán siguieron el suyo.

En todo este tiempo don Diego de Miranda no había dicho ni una palabra. Estaba muy atento, mirando y notando los hechos y las palabras de don Quijote. Le parecía un cuerdo loco, y un loco que se acercaba a cuerdo. Todavía no conocía la primera parte de su historia. Si la hubiera leído, ya no se admiraría de sus hechos y sus palabras. Porque ya sabría qué tipo de locura tenía. Pero como no lo sabía, unas veces lo tenía por cuerdo y otras por loco. Porque lo que decía era ordenado, elegante y bien dicho. Y lo que hacía era disparatado, temerario y tonto. Y se decía a sí mismo:

«¿Puede haber mayor locura que ponerse la celada llena de requesones? ¿Y creer que los encantadores le ablandaban la cabeza? ¿Y qué mayor temeridad y disparate que querer pelear a la fuerza con leones?».

Don Quijote lo sacó de estos pensamientos y de este monólogo diciéndole:

—¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced me tiene por un hombre disparatado y loco? Y no sería raro, porque mis obras no pueden mostrar otra cosa. Pues, a pesar de todo, quiero que vuestra merced sepa una cosa. No soy tan loco ni tan corto de juicio como le debo de haber parecido.

»Queda muy bien un caballero elegante delante de su rey, en medio de una gran plaza. Allí clava con éxito su lanza a un toro bravo. Queda bien un caballero con armas brillantes que corre en alegres justas delante de las damas. Y quedan bien todos aquellos caballeros que, con ejercicios militares o parecidos, entretienen y alegran las cortes de sus príncipes. Y, si se puede decir, también las honran.

»Pero mejor que todos estos queda un caballero andante. Él va por los desiertos y por los lugares solitarios. Va por los cruces de caminos, por las selvas y por los montes. Busca aventuras peligrosas, con la intención de llevarlas a un final feliz. Y lo hace solo para ganar una fama gloriosa y duradera. Digo que queda mejor un caballero andante que ayuda a una viuda en un lugar sin gente. Queda mejor que un caballero de la corte que dice piropos a una doncella en las ciudades.

»Todos los caballeros tienen sus propios ejercicios. Que el cortesano sirva a las damas. Que dé esplendor a la corte de su rey con trajes de lujo. Que alimente a los caballeros pobres con la rica comida de su mesa. Que organice justas y torneos. Que se muestre grande, generoso y magnífico. Y, sobre todo, que sea buen cristiano. Así cumplirá con sus obligaciones.

»Pero el caballero andante debe buscar los rincones del mundo. Debe entrar en los laberintos más complicados. Debe emprender a cada paso lo imposible. En los campos sin gente debe aguantar los rayos ardientes del sol en pleno verano. Y en el invierno, la dureza de los vientos y de los hielos. No deben asustarle los leones, ni los vestiglos, ni los endriagos. Buscar a estos, atacar a aquellos y vencerlos a todos son sus ejercicios principales y verdaderos.

»Pues bien, a mí me tocó en suerte ser uno de los caballeros andantes. Por eso no puedo dejar de emprender todo lo que me parece que entra en mi oficio. Y así, me tocaba atacar a los leones que acabo de atacar. Aunque sabía que era una temeridad enorme. Porque sé bien lo que es la valentía. Es una virtud que está entre dos extremos malos: la cobardía y la temeridad.

»Pero es menos malo que el valiente suba hasta ser temerario que bajar hasta ser cobarde. Porque es más fácil que el que gasta demasiado llegue a ser generoso que el tacaño. Del mismo modo, es más fácil que el temerario llegue a ser valiente de verdad que el cobarde. Y en esto de emprender aventuras, créame vuestra merced, señor don Diego. Es mejor perder por carta de más que por carta de menos. Porque suena mejor a los que lo oyen «ese caballero es temerario y atrevido» que «ese caballero es tímido y cobarde».

—Digo, señor don Quijote —respondió don Diego—, que todo lo que vuestra merced ha dicho y hecho está muy de acuerdo con la razón. Y creo una cosa. Si se perdieran las leyes de la caballería andante, se encontrarían en el pecho de vuestra merced. Allí están como en su propio archivo. Y démonos prisa, que se hace tarde. Lleguemos a mi pueblo y a mi casa. Allí descansará vuestra merced del trabajo pasado. Si no ha sido trabajo del cuerpo, ha sido del espíritu. Y el cansancio del espíritu a veces cansa también el cuerpo.

—Acepto la invitación como un gran favor, señor don Diego —respondió don Quijote.

Picaron a los animales más que antes. Y serían más o menos las dos de la tarde cuando llegaron al pueblo y a la casa de don Diego. Don Quijote lo llamaba el Caballero del Verde Gabán.

### Glosario

- **requesones**: quesos blancos y blandos hechos con leche.
- **suero**: líquido que sale de la leche cuando se hace el queso.
- **Hombre prevenido, medio combatido**: refrán: quien está preparado ya tiene media batalla ganada.
- **leonero**: hombre que cuida y lleva los leones.
- **tortas y pan pintado**: expresión: algo muy fácil y sin peligro, comparado con otra cosa.
- **de las buenas del perrillo**: espadas de mucha calidad; tenían la marca de un perrito.
- **don Manuel de León**: caballero español famoso por su valor; sacó un guante de entre unos leones.
- **temeridad**: valor exagerado que no piensa en el peligro.
- **vestiglos / endriagos**: monstruos de los libros de caballerías.
- **perder por carta de más que por carta de menos**: es mejor pasarse que quedarse corto, como en el juego de cartas.

## Capítulo XVIII. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes

Don Quijote vio que la casa de don Diego de Miranda era grande, como las casas de pueblo. Encima de la puerta de la calle tenía el escudo de la familia, aunque era de piedra basta. La bodega estaba en el patio y la cueva en la entrada. Alrededor había muchas tinajas. Eran tinajas hechas en El Toboso. Por eso le recordaron a don Quijote a su Dulcinea, encantada y transformada. Don Quijote suspiró. Y, sin pensar lo que decía ni delante de quién estaba, dijo:

—¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!

¡Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído a la memoria a la dulce prenda de mi mayor tristeza!

Lo oyó decir esto el estudiante poeta, el hijo de don Diego. Había salido con su madre a recibirlo. La madre y el hijo se quedaron sorprendidos al ver la extraña figura de don Quijote. Él bajó de Rocinante y fue con mucha cortesía a pedirle a la señora las manos para besárselas. Y don Diego dijo:

—Recibid, señora, con vuestra amabilidad de siempre al señor don Quijote de la Mancha. Es este que tenéis delante. Es caballero andante, y el más valiente y el más sabio del mundo.

La señora se llamaba doña Cristina. Lo recibió con muestras de mucho cariño y de mucha cortesía. Don Quijote se puso a su servicio con palabras muy inteligentes y educadas. Casi los mismos saludos y cortesías hizo con el estudiante. Al oírlo hablar, don Quijote pensó que era listo y agudo.

Aquí el autor describe todos los detalles de la casa de don Diego. Nos pinta todo lo que tiene la casa de un caballero rico del campo. Pero al traductor de esta historia le pareció mejor no contar estos detalles y otros parecidos. Porque no iban bien con el propósito principal de la historia. Y su fuerza está más en la verdad que en las explicaciones aburridas que se apartan del tema.

Llevaron a don Quijote a una sala y Sancho le quitó las armas. Se quedó con unos calzones anchos y un jubón de piel de gamuza. Todo estaba sucio y lleno de grasa por la mugre de las armas. El cuello era de estudiante, sin almidón y sin encajes. Las botas eran de color dátil y los zapatos estaban encerados. Se puso al cinto su buena espada. Colgaba de un tahalí de piel de foca, porque dicen que sufrió muchos años de los riñones. Encima se puso una capa corta de buen paño marrón.

Pero antes de todo esto, se lavó la cabeza y la cara con cinco o seis calderos de agua. Sobre el número de calderos hay alguna diferencia. Y aun así, el agua seguía saliendo del color del suero. Esto fue gracias a la glotonería de Sancho y a la compra de sus negros requesones. ¡Qué blanco dejaron a su amo!

Con esta ropa, y con mucha elegancia y buen aire, salió don Quijote a otra sala. Allí lo esperaba el estudiante para hacerle compañía mientras ponían las mesas. Por la llegada de un huésped tan noble, la señora doña Cristina quería mostrar una cosa. Quería mostrar que sabía y podía tratar muy bien a los que llegaban a su casa.

El hijo de don Diego se llamaba don Lorenzo. Mientras le quitaban las armas a don Quijote, don Lorenzo pudo hablar con su padre:

—¿Quién es este caballero, señor, que vuestra merced nos ha traído a casa? Su nombre y su figura nos tienen sorprendidos a mi madre y a mí. Y también eso de decir que es caballero andante.

—No sé qué decirte, hijo —respondió don Diego—. Solo te puedo decir una cosa. Le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo. Y le he oído decir cosas tan sabias que borran y deshacen sus hechos. Háblale tú y tómale el pulso a lo que sabe. Tú eres inteligente, así que juzga si es sabio o tonto, lo que te parezca más razonable. Aunque, para decir la verdad, yo lo tengo más por loco que por cuerdo.

Entonces don Lorenzo fue a entretener a don Quijote, como ya se ha dicho. Hablaron de varias cosas, y entre otras, don Quijote le dijo a don Lorenzo:

—El señor don Diego de Miranda, padre de vuestra merced, me ha hablado de vuestra merced. Me ha contado su rara habilidad y su fino ingenio. Y, sobre todo, me ha dicho que vuestra merced es un gran poeta.

—Poeta, puede ser —respondió don Lorenzo—, pero grande, ni pensarlo. Es verdad que me gusta un poco la poesía y leer a los buenos poetas. Pero no tanto como para llamarme grande, como dice mi padre.

—No me parece mal esa humildad —respondió don Quijote—. Porque no hay poeta que no sea orgulloso. Todos piensan que son el mejor poeta del mundo.

—No hay regla sin excepción —respondió don Lorenzo—. Alguno habrá que lo sea y no lo piense.

—Pocos —respondió don Quijote—. Pero dígame vuestra merced: ¿qué versos tiene ahora entre manos? Su padre me ha dicho que lo tienen algo preocupado y pensativo. Si es alguna glosa, yo entiendo algo de glosas, y me gustaría conocer esos versos. Y si son para un concurso de poesía, intente vuestra merced ganar el segundo premio.

»Porque el primero siempre se lo lleva el favor o la importancia de la persona. El segundo se lo lleva la pura justicia. Así que el tercero viene a ser el segundo. Y el primero, según esta cuenta, será el tercero. Pasa lo mismo con los títulos que se dan en las universidades. Pero, a pesar de todo, el nombre de «primero» es algo muy grande.

«Hasta ahora —se dijo don Lorenzo—, no puedo decir que estáis loco. Sigamos adelante».

Y le dijo:

—Me parece que vuestra merced ha estudiado en la universidad. ¿Qué ciencias ha estudiado?

—La de la caballería andante —respondió don Quijote—. Es tan buena como la de la poesía, y aun dos deditos más.

—No sé qué ciencia es esa —replicó don Lorenzo—. Hasta ahora no había oído hablar de ella.

—Es una ciencia —replicó don Quijote— que contiene todas o casi todas las ciencias del mundo. Porque el que la practica tiene que saber de leyes. Debe conocer las leyes de la justicia, para dar a cada uno lo suyo y lo que le conviene. Tiene que ser teólogo. Así podrá explicar con claridad la ley cristiana que sigue, en cualquier lugar donde se lo pidan.

»Tiene que ser médico y, sobre todo, conocer las plantas. En medio de los desiertos y de los lugares sin gente debe conocer las hierbas que curan las heridas. Porque el caballero andante no puede estar a cada momento buscando quien se las cure. Tiene que ser astrólogo. Así sabrá por las estrellas cuántas horas de la noche han pasado. Y en qué parte y en qué zona del mundo se encuentra. Tiene que saber matemáticas, porque las necesitará a cada paso.

»Además, debe tener todas las virtudes teologales y cardinales. Pero eso lo dejo aparte. Y bajando a cosas más pequeñas, digo que tiene que saber nadar. Tiene que nadar como dicen que nadaba el pez Nicolás o Nicolao. Tiene que saber poner herraduras a un caballo y arreglar la silla y el freno.

»Y volviendo a las cosas altas, tiene que ser fiel a Dios y a su dama. Tiene que ser limpio en los pensamientos y honesto en las palabras. Generoso en las obras y valiente en los hechos. Paciente en los trabajos y caritativo con los necesitados. Y, por último, tiene que defender la verdad, aunque le cueste la vida.

»De todas estas partes, grandes y pequeñas, se compone un buen caballero andante. Así que vea vuestra merced, señor don Lorenzo, qué ciencia aprende el caballero que la estudia y la practica. ¿Es una ciencia de niños? Y vea si se puede comparar con las ciencias más altas de los colegios y las escuelas.

—Si eso es así —replicó don Lorenzo—, yo digo que esa ciencia es mejor que todas.

—¿Cómo que si es así? —respondió don Quijote.

—Lo que yo quiero decir —dijo don Lorenzo— es esto. Dudo que haya habido, o que haya ahora, caballeros andantes con tantas virtudes.

—Muchas veces he dicho lo que vuelvo a decir ahora —respondió don Quijote—. La mayor parte de la gente del mundo cree que nunca ha habido caballeros andantes. Y la verdad es que los hubo y los hay. Pero me parece una cosa. Si el cielo no se lo muestra a la gente con un milagro, cualquier esfuerzo será inútil. La experiencia me lo ha mostrado muchas veces.

»Por eso no quiero perder tiempo ahora en sacar a vuestra merced del error que tiene, igual que tantos otros. Lo que pienso hacer es rogar al cielo que lo saque de él. Que le haga entender lo útiles y necesarios que fueron los caballeros andantes en los siglos pasados. Y lo útiles que serían ahora, si todavía existieran. Pero ahora, por los pecados de la gente, triunfan la pereza, el ocio, la gula y la vida cómoda.

«Ya se nos ha escapado nuestro huésped —se dijo entonces don Lorenzo—. Pero, a pesar de todo, es un loco muy original. Y yo sería un tonto si no lo creyera así».

Aquí terminaron su charla, porque los llamaron a comer. Don Diego le preguntó a su hijo qué pensaba de la inteligencia del huésped. Y él respondió:

—Ni todos los médicos ni todos los buenos escribanos del mundo lo sacarán del borrador de su locura. Es un loco mezclado, lleno de momentos de lucidez.

Fueron a comer. Don Diego había dicho en el camino cómo eran las comidas que daba a sus invitados. Y la comida fue así: limpia, abundante y sabrosa. Pero lo que más le gustó a don Quijote fue el maravilloso silencio de toda la casa. Parecía un monasterio de cartujos.

Después levantaron los manteles, dieron gracias a Dios y se lavaron las manos. Entonces don Quijote le pidió con mucha insistencia a don Lorenzo que dijera los versos del concurso. Don Lorenzo respondió que no quería parecerse a ciertos poetas. Hay poetas que, cuando les piden sus versos, no los dicen. Y cuando nadie se los pide, los sueltan sin parar.

—...Así que yo diré mi glosa. No espero ningún premio por ella. La he hecho solo para ejercitar el ingenio.

—Un amigo mío, hombre inteligente —respondió don Quijote—, pensaba que nadie debía cansarse en glosar versos. Él decía que la glosa nunca podía llegar a la altura del texto. Y muchas veces, o casi siempre, la glosa se apartaba de la intención de los versos glosados. Además, las reglas de la glosa eran demasiado estrictas. No permitían preguntas, ni poner «dijo» ni «diré», ni hacer nombres de los verbos. Ni cambiar el sentido. Y tenían otras ataduras que atan a los que glosan, como vuestra merced debe de saber.

—De verdad, señor don Quijote —dijo don Lorenzo—, quiero pillar a vuestra merced en un error seguido, y no puedo. Se me escapa de las manos como una anguila.

—No entiendo —respondió don Quijote— lo que vuestra merced dice ni lo que quiere decir con eso de escaparme.

—Ya me explicaré —respondió don Lorenzo—. Por ahora, esté vuestra merced atento a los versos glosados y a la glosa. Dicen así:

¡Si mi fue tornase a es,
sin esperar más será,
o viniese el tiempo ya
de lo que será después...!

Glosa

Al fin, como todo pasa,
pasó el bien que me dio
la Fortuna, generosa un tiempo,
y nunca me lo devolvió,
ni mucho ni poco.
Hace siglos que me ves,
Fortuna, puesto a tus pies;
vuelve a darme la suerte,
que mi vida será feliz
si mi fue tornase a es.

No quiero otro placer ni gloria,
otra palma ni otro triunfo,
otro premio ni otra victoria,
sino volver a la alegría
que hoy es pena en mi memoria.
Si tú me llevas allí,
Fortuna, se calmará
todo el ardor de mi fuego,
y más si ese bien llega pronto,
sin esperar más será.

Pido cosas imposibles,
porque hacer volver el tiempo
después de que ya ha pasado
es algo que ningún poder
de la tierra ha conseguido.
Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volverá;
y se equivocaría quien pidiera
que el tiempo ya se fuese
o volviese el tiempo ya.

Vivo una vida confusa,
unas veces esperando, otras temiendo:
es una muerte muy clara,
y es mucho mejor, muriendo,
buscar una salida al dolor.
A mí me convendría
acabar, pero no es así,
porque, pensándolo mejor,
me da la vida el miedo
de lo que será después.

Cuando don Lorenzo terminó de decir su glosa, don Quijote se puso de pie. Agarró con su mano la mano derecha de don Lorenzo. Y con una voz tan alta que parecía un grito, dijo:

—¡Por los cielos más altos, joven noble, sois el mejor poeta del mundo! Merecéis ser coronado de laurel, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo un poeta, que Dios perdone. Merecéis ser coronado por las academias de Atenas, si hoy vivieran. Y por las que hoy viven de París, Bolonia y Salamanca. Quiera el cielo que Febo atraviese con sus flechas a los jueces que os quiten el primer premio. Y que las Musas nunca entren por la puerta de sus casas. Decidme, señor, si queréis, algunos versos más largos. Quiero tomar del todo el pulso a vuestro admirable ingenio.

¿No es gracioso lo que cuentan? Dicen que don Lorenzo se alegró de ver que don Quijote lo alababa, aunque lo tenía por loco. ¡Oh fuerza de la adulación, hasta dónde llegas! ¡Qué grandes son los límites de tu agradable poder! Don Lorenzo demostró esta verdad, pues aceptó la petición y el deseo de don Quijote. Y le dijo este soneto sobre la fábula o historia de Píramo y Tisbe:

Soneto

La doncella hermosa rompe el muro,
ella, que abrió el noble pecho de Píramo;
el Amor sale de Chipre y va directo
a ver la grieta estrecha y prodigiosa.

Allí habla el silencio, porque la voz
no se atreve a entrar por un paso tan estrecho;
las almas sí, porque el amor suele
hacer fácil la cosa más difícil.

Salió el deseo sin medida, y el paso
de la joven imprudente busca,
por su gusto, su muerte. ¡Mirad qué historia!:

a los dos, en un momento, ¡oh caso extraño!,
los mata, los esconde y los resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.

—¡Bendito sea Dios! —dijo don Quijote después de oír el soneto de don Lorenzo—. Entre los infinitos poetas consumidos que hay, he visto un poeta consumado. Eso es vuestra merced, señor mío. Así me lo muestra el arte de este soneto.

Don Quijote estuvo cuatro días en casa de don Diego, muy bien tratado. Al final de esos días le pidió permiso para irse. Le dijo que le agradecía el favor y el buen trato que había recibido en su casa. Pero no estaba bien que los caballeros andantes pasaran muchas horas en el ocio y en la comodidad. Por eso quería irse a cumplir con su oficio, buscando aventuras. Sabía que aquella tierra estaba llena de ellas. Con ellas esperaba pasar el tiempo hasta el día de las justas de Zaragoza, que era su destino directo.

Pero antes quería entrar en la cueva de Montesinos. Por aquellos lugares se contaban muchas cosas maravillosas de esa cueva. Y también quería averiguar el nacimiento y las fuentes verdaderas de las siete lagunas. Esas lagunas se llaman normalmente de Ruidera.

Don Diego y su hijo alabaron su honrosa decisión. Le dijeron que tomara de su casa y de sus bienes todo lo que quisiera. Le servirían con toda la buena voluntad posible. A ello los obligaban su valor y su honrosa profesión.

Por fin llegó el día de la partida. Para don Quijote fue un día alegre, y para Sancho Panza, triste y desgraciado. Sancho estaba muy a gusto con la abundancia de la casa de don Diego. No quería volver al hambre de los bosques y de los lugares sin gente. Ni a la pobreza de sus alforjas, siempre mal llenas. A pesar de todo, las llenó hasta arriba con lo que le pareció más necesario. Y al despedirse, don Quijote le dijo a don Lorenzo:

—No sé si ya se lo he dicho a vuestra merced. Si se lo he dicho, se lo vuelvo a decir. La cumbre del templo de la Fama no se puede alcanzar. Cuando vuestra merced quiera ahorrar caminos y trabajos para llegar a ella, solo tiene que hacer una cosa. Deje a un lado el camino de la poesía, que es algo estrecho. Y tome el de la caballería andante, que es estrechísimo. Ese camino basta para hacerlo emperador en daca las pajas.

Con estas palabras don Quijote terminó de demostrar su locura. Y todavía más con las que añadió:

—Dios sabe que me gustaría llevar conmigo al señor don Lorenzo. Así le enseñaría cómo hay que perdonar a los que se rinden, y someter y pisotear a los soberbios. Estas virtudes son propias de la profesión que yo tengo. Pero su poca edad no lo permite, y sus buenas ocupaciones tampoco lo consentirán. Así que solo quiero darle un consejo a vuestra merced. Siendo poeta, podrá ser famoso si se guía más por la opinión de los otros que por la suya. Porque ningún padre ni ninguna madre ve feos a sus hijos. Y con los hijos del entendimiento este engaño es todavía mayor.

El padre y el hijo se admiraron otra vez de las palabras mezcladas de don Quijote. Unas veces eran sabias y otras disparatadas. También se admiraron de su terquedad en buscar sus desgraciadas aventuras. Esas aventuras eran el fin y el blanco de sus deseos. Se repitieron los ofrecimientos y las cortesías. Y, con el permiso de la señora del castillo, don Quijote y Sancho se marcharon. Iban montados en Rocinante y en el rucio.

### Glosario

- **tinajas**: vasijas grandes de barro para guardar vino, aceite o agua.
- **¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas!**: versos famosos del poeta Garcilaso: un enamorado habla a unos objetos que le recuerdan a su amada.
- **tobosescas**: palabra inventada por don Quijote: del Toboso.
- **jubón**: prenda ajustada que cubría el cuerpo desde los hombros hasta la cintura.
- **gamuza**: piel fina y suave de un animal parecido a la cabra.
- **mugre**: suciedad con grasa, que se pega.
- **almidón**: polvo que se pone en la ropa para dejarla dura y lisa.
- **de color dátil**: marrón, como el dátil, el fruto de la palmera.
- **encerados**: limpios y brillantes con cera.
- **tahalí de piel de foca**: se creía que la piel de foca era buena contra el dolor de riñones.
- **negros requesones**: «negros» quiere decir aquí malditos; es una broma, porque dejaron blanco a don Quijote.
- **glotonería**: ganas de comer mucho.
- **tómale el pulso**: tomar el pulso a algo es probarlo con cuidado; aquí, descubre cuánto sabe.
- **glosa / glosar / glosados**: poema que explica y desarrolla unos versos dados (los versos glosados); cada estrofa termina con uno de ellos.
- **replicó**: respondió, contestó.
- **borrador**: primer texto, lleno de errores, que después se copia limpio; aquí, su locura no tiene arreglo.
- **cartujos**: monjes que viven casi siempre en silencio.
- **pez Nicolás**: hombre de una leyenda que nadaba tan bien que vivía en el mar como un pez.
- **Si mi fue tornase a es**: «ojalá mi pasado volviera a ser presente».
- **consumidos / consumado**: juego de palabras: poetas gastados y sin valor / poeta perfecto.
- **en daca las pajas**: en un momento, muy deprisa.

## Capítulo XIX. Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros en verdad graciosos sucesos

Don Quijote se había alejado muy poco del pueblo de don Diego cuando se encontró con cuatro hombres. Dos parecían clérigos o estudiantes, y los otros dos eran labradores. Los cuatro venían montados en burros. Uno de los estudiantes llevaba un paquete, como si fuera una maleta, envuelto en una tela verde. Dentro parecía haber un poco de tela fina blanca y dos pares de medias de lana basta. El otro estudiante solo llevaba dos espadas negras de esgrima, nuevas, con sus botones de cuero en la punta.

Los labradores llevaban otras cosas. Por ellas se veía que venían de alguna villa grande, donde las habían comprado. Ahora las llevaban a su aldea. Los estudiantes y los labradores se quedaron admirados. Les pasó lo mismo que a todos los que veían a don Quijote por primera vez. Se morían por saber qué hombre era aquel, tan distinto de los demás hombres.

Don Quijote los saludó. Supo que llevaban el mismo camino que él y les ofreció su compañía. Les pidió que fueran más despacio, porque sus burras caminaban más que su caballo. Y, para convencerlos, les dijo en pocas palabras quién era. Les explicó su oficio y su profesión: era caballero andante. Iba a buscar aventuras por todas las partes del mundo. Les dijo que su nombre propio era don Quijote de la Mancha, y su apodo, el Caballero de los Leones.

Para los labradores, todo esto era como si les hablaran en griego o en una lengua rara. Pero no para los estudiantes, que enseguida entendieron que don Quijote estaba mal de la cabeza. Aun así, lo miraban con admiración y con respeto. Y uno de ellos le dijo:

—Señor caballero, quizá vuestra merced no lleva un camino fijo, porque los que buscan aventuras no suelen llevarlo. Si es así, véngase con nosotros. Verá una de las mejores y más ricas bodas que se han celebrado hasta hoy en la Mancha. Y también en muchas leguas alrededor.

Don Quijote le preguntó si eran las bodas de algún príncipe, porque las alababa tanto.

—No —respondió el estudiante—, son de un labrador y de una labradora. Él es el más rico de toda esta tierra. Y ella es la más hermosa que han visto los hombres. Los preparativos son extraordinarios y nuevos. Porque las bodas se van a celebrar en un prado que está junto al pueblo de la novia. A la novia la llaman Quiteria la hermosa. Y el novio se llama Camacho el rico. Ella tiene dieciocho años y él veintidós. Están hechos el uno para el otro.

»Es verdad que algunos curiosos se saben de memoria las familias de todo el mundo. Y esos dicen que la familia de la hermosa Quiteria es mejor que la de Camacho. Pero ya nadie se fija en eso, porque la riqueza es capaz de arreglar muchas faltas.

»En fin, el tal Camacho es generoso. Se le ha ocurrido cubrir todo el prado por arriba con ramas. Así, si el sol quiere entrar a visitar la hierba verde del suelo, le va a costar mucho trabajo. También ha preparado danzas, tanto de espadas como de cascabeles pequeños. En su pueblo hay gente que los toca y los mueve de maravilla. De bailarines de zapateado no digo nada, porque ha juntado muchísimos.

»Pero ninguna de estas cosas, ni otras muchas que no he contado, hará más famosas estas bodas. Lo que las hará más famosas será lo que imagino que hará en ellas el desesperado Basilio. Este Basilio es un zagal del mismo pueblo que Quiteria. Su casa estaba pegada a la casa de los padres de Quiteria. Y allí el amor aprovechó para renovar en el mundo los amores ya olvidados de Píramo y Tisbe.

»Porque Basilio se enamoró de Quiteria desde que eran muy pequeños. Y ella respondió a su amor con mil favores honestos. Tanto, que en el pueblo la gente se entretenía contando los amores de los dos niños, Basilio y Quiteria.

»Pasaron los años y crecieron. Entonces el padre de Quiteria decidió prohibir a Basilio la entrada en su casa, que antes era normal. Y para no vivir con miedo y lleno de sospechas, decidió casar a su hija con el rico Camacho. No le pareció bien casarla con Basilio, porque Basilio no tenía tantos bienes de fortuna como de naturaleza.

»Porque, si hay que decir la verdad sin envidia, es el joven más ágil que conocemos. Lanza la barra como nadie, es un luchador extraordinario y juega muy bien a la pelota. Corre como un ciervo y salta más que una cabra. Derriba los bolos como por encantamiento. Canta como una alondra y toca la guitarra tan bien que la hace hablar. Y, sobre todo, maneja la espada como el mejor.

—Solo por esa habilidad —dijo entonces don Quijote—, ese joven merecía casarse con la hermosa Quiteria. Y no solo con ella, sino con la misma reina Ginebra, si hoy viviera. Y eso a pesar de Lanzarote y de todos los que quisieran impedirlo.

—¡Eso, díganselo a mi mujer! —dijo Sancho Panza, que hasta entonces había ido callado y escuchando—. Ella solo quiere que cada uno se case con su igual. Sigue el refrán que dice: «Cada oveja con su pareja». Lo que yo quisiera es que ese buen Basilio se casara con esa señora Quiteria. Ya le voy tomando cariño. ¡Y que Dios dé buena vida y buen descanso a los que impiden que se casen los que se quieren! Bueno, quería decir lo contrario.

—Si todos los que se quieren tuvieran que casarse —dijo don Quijote—, los padres perderían su derecho. Ya no podrían elegir con quién y cuándo deben casarse sus hijos. Y si las hijas pudieran escoger a sus maridos, alguna escogería al criado de su padre. Y otra, al primero que vio pasar por la calle, porque le pareció elegante y orgulloso. Aunque fuera un espadachín sin juicio.

»Porque el amor y el deseo ciegan con facilidad los ojos del entendimiento. Y esos ojos son muy necesarios para elegir el estado de la vida. El matrimonio es un estado en el que es muy fácil equivocarse. Hace falta mucho cuidado y un favor especial del cielo para acertar.

»Si uno quiere hacer un viaje largo y es prudente, antes de salir busca una compañía segura y agradable. Pues ¿por qué no hará lo mismo el que va a caminar toda la vida, hasta llegar a la muerte? Y más si esa compañía va a estar con él en la cama, en la mesa y en todas partes. Así es la compañía de la mujer con su marido.

»La propia mujer no es una mercancía que, una vez comprada, se puede devolver o cambiar. Porque es una cosa que no se puede separar, y dura lo que dura la vida. Es un lazo que, si uno se lo pone al cuello, se convierte en el nudo gordiano. Si no lo corta la guadaña de la muerte, no hay manera de desatarlo. Podría decir muchas más cosas sobre este tema. Pero quiero saber si al señor licenciado le queda algo más que contar de la historia de Basilio.

El estudiante, que era bachiller, o licenciado, como lo llamó don Quijote, respondió:

—Ya no me queda nada más que decir, excepto esto. Basilio supo que la hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico. Desde entonces nadie lo ha vuelto a ver reír. Ni lo han oído decir nada con sentido. Siempre anda pensativo y triste, hablando solo. Con esto da señales seguras y claras de que ha perdido el juicio. Come poco y duerme poco. Lo que come es fruta. Y cuando duerme, si duerme, es en el campo, sobre la tierra dura, como un animal.

»De vez en cuando mira al cielo. Y otras veces clava los ojos en el suelo, tan quieto que parece una estatua vestida. Solo el aire le mueve la ropa. En fin, se nota tanto que tiene el corazón lleno de pena que todos los que lo conocemos tenemos miedo. Mañana la hermosa Quiteria dará el sí, y tememos que ese sí sea su sentencia de muerte.

—Dios lo hará mejor —dijo Sancho—. Porque Dios, que da la herida, da la medicina. Nadie sabe lo que va a venir. De aquí a mañana hay muchas horas. Y en una hora, y aun en un momento, se cae la casa. Yo he visto llover y hacer sol al mismo tiempo. Alguno se acuesta sano por la noche y al día siguiente no se puede mover.

»Y díganme: ¿hay alguien que pueda decir que ha clavado un clavo en la rueda de la Fortuna? No, por cierto. Y entre el sí y el no de una mujer yo no me atrevería a poner la punta de un alfiler, porque no cabría. Quizá Quiteria quiere a Basilio de buen corazón y con buena voluntad. Si es así, yo le daré a él un saco de buena suerte. Porque el amor, según he oído decir, mira con unas gafas especiales. Con ellas el cobre parece oro, la pobreza parece riqueza y las legañas parecen perlas.

—¿Adónde vas a parar, Sancho, maldito seas? —dijo don Quijote—. Cuando empiezas a encadenar refranes y cuentos, nadie puede esperarte, solo el mismo Judas. ¡Que él te lleve! Dime, animal, ¿qué sabes tú de clavos, ni de ruedas, ni de ninguna otra cosa?

—¡Oh! Pues si no me entienden —respondió Sancho—, no es raro que mis frases parezcan disparates. Pero no importa. Yo me entiendo, y sé que no he dicho muchas tonterías en lo que he dicho. Lo que pasa es que vuestra merced, señor mío, siempre es el friscal de mis dichos. Y aun de mis hechos.

—Fiscal tienes que decir —dijo don Quijote—, y no friscal. ¡Estropeas el buen lenguaje! ¡Que Dios te confunda!

—No se enfade vuestra merced conmigo —respondió Sancho—. Ya sabe que no me he criado en la Corte ni he estudiado en Salamanca. ¿Cómo voy a saber si añado o quito alguna letra a mis palabras? ¡Válgame Dios! No hay por qué obligar al de Sayago a hablar como el de Toledo. Y puede haber toledanos que no sean muy finos en esto del hablar elegante.

—Así es —dijo el licenciado—. Porque los que se crían en las Tenerías y en Zocodover no pueden hablar tan bien como los otros. Me refiero a los que pasean casi todo el día por el claustro de la catedral. Y todos son de Toledo. El lenguaje puro, propio, elegante y claro está en los cortesanos inteligentes. Aunque hayan nacido en Majalahonda.

»Dije inteligentes porque hay muchos que no lo son. Y la inteligencia es la gramática del buen lenguaje, junto con la costumbre de usarlo. Yo, señores, por mis pecados, he estudiado Cánones en Salamanca. Y presumo un poco de decir lo que pienso con palabras claras, sencillas y precisas.

—Presumís más de mover esas espadas negras que lleváis que de mover la lengua —dijo el otro estudiante—. Si no fuera así, habríais sacado el primer puesto en los exámenes. Pero sacasteis el último.

—Mirad, bachiller —respondió el licenciado—, vos tenéis la opinión más equivocada del mundo sobre la destreza de la espada. Pensáis que no sirve para nada.

—Para mí no es una opinión, sino una verdad segura —replicó Corchuelo—. Si queréis, os lo demostraré con la experiencia. Vos traéis espadas y aquí hay sitio. Yo tengo pulso y fuerza. Y, junto con mi valor, que no es poco, os harán confesar que no me equivoco.

»Bajaos del burro y usad vuestros pasos medidos, vuestros círculos, vuestros ángulos y vuestra ciencia. Yo espero haceros ver las estrellas a mediodía con mi destreza nueva y basta. Confío en ella, después de Dios. Todavía no ha nacido el hombre que me haga dar la espalda. Y no hay nadie en el mundo a quien yo no haga retroceder.

—En eso de dar o no dar la espalda no me meto —replicó el diestro—. Pero podría pasar una cosa. En el sitio donde pongáis el pie la primera vez, allí os podrían abrir la sepultura. Quiero decir que allí quedaríais muerto por la destreza que tanto despreciáis.

—Ahora se verá —respondió Corchuelo.

Y bajó muy deprisa de su burro. Con furia agarró una de las espadas que llevaba el licenciado en el suyo.

—No ha de ser así —dijo en ese momento don Quijote—. Yo quiero ser el director de esta pelea. Y el juez de esta cuestión, que muchas veces nadie ha sabido resolver.

Bajó de Rocinante, agarró su lanza y se puso en medio del camino. En ese momento el licenciado ya avanzaba contra Corchuelo, con el cuerpo elegante y los pies bien medidos. Corchuelo vino contra él echando fuego por los ojos, como suele decirse. Los otros dos labradores no bajaron de sus burras. Se quedaron mirando aquella tragedia mortal.

Corchuelo tiraba golpes de filo, de punta, de arriba abajo, de revés y a dos manos. Eran tantos que no se podían contar. Caían más espesos que el hígado y más menudos que el granizo. Atacaba como un león furioso. Pero siempre le salía al encuentro, en la boca, el botón de la espada del licenciado. Así lo paraba en mitad de su furia. Y le hacía besar el botón como si fuera una reliquia. Aunque no lo besaba con tanta devoción como se suelen besar las reliquias.

Por fin, el licenciado le contó con la punta de la espada todos los botones de la sotana corta que llevaba. Le hizo tiras los faldones, como si fueran las patas de un pulpo. Le tiró el sombrero dos veces. Y lo cansó tanto que Corchuelo, lleno de despecho, enfado y rabia, agarró la espada por el puño. La lanzó por el aire con tanta fuerza que la mandó muy lejos.

Uno de los labradores que miraban era escribano, y fue a buscarla. Más tarde dio testimonio de que la había lanzado a casi tres cuartos de legua. Ese testimonio sirve y ha servido para mostrar con toda verdad que el arte vence a la fuerza.

Corchuelo se sentó, cansado. Sancho se acercó a él y le dijo:

—Por mi fe, señor bachiller, si vuestra merced acepta mi consejo, desde ahora no desafiará a nadie a pelear con espada. Los desafiará a luchar o a lanzar la barra, porque tiene edad y fuerza para ello. He oído decir que estos que llaman diestros meten la punta de una espada por el ojo de una aguja.

—Me alegro —respondió Corchuelo— de haber caído de mi burra. La experiencia me ha mostrado la verdad, y yo estaba muy lejos de ella.

Se levantó y abrazó al licenciado, y quedaron más amigos que antes. No quisieron esperar al escribano, que había ido a buscar la espada, porque les pareció que tardaría mucho. Así que decidieron seguir adelante, para llegar temprano a la aldea de Quiteria. Todos eran de allí.

En lo que quedaba de camino, el licenciado les fue contando las ventajas de la esgrima. Dio tantas razones y tantas figuras y demostraciones matemáticas que todos entendieron lo buena que era esa ciencia. Y Corchuelo dejó de ser tan terco.

Ya era de noche. Antes de llegar, a todos les pareció que delante del pueblo había un cielo lleno de estrellas brillantes. Eran tantas que no se podían contar. También oyeron sonidos suaves y mezclados de muchos instrumentos. Había flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y sonajas. Cuando se acercaron, vieron una enramada que habían puesto a mano a la entrada del pueblo. Sus árboles estaban llenos de luces. El viento no las apagaba, porque soplaba tan suave que no movía ni las hojas de los árboles.

Los músicos eran los que alegraban la boda. Iban en distintos grupos por aquel lugar agradable. Unos bailaban, otros cantaban y otros tocaban todos aquellos instrumentos. En fin, parecía que por todo aquel prado corría la alegría y saltaba el contento.

Otros muchos estaban ocupados levantando tablados. Desde allí podrían ver cómodamente, al día siguiente, las representaciones y las danzas. Aquel lugar estaba preparado para celebrar las bodas del rico Camacho y el entierro de Basilio.

Don Quijote no quiso entrar en el pueblo, aunque se lo pidieron tanto el labrador como el bachiller. Dio una excusa que a él le parecía más que suficiente. Dijo que los caballeros andantes tenían la costumbre de dormir en los campos y en los bosques. Lo preferían a dormir en los pueblos, aunque fuera bajo techos de oro. Y entonces se apartó un poco del camino. Sancho lo siguió muy en contra de su voluntad. Se acordaba del buen alojamiento que había tenido en el castillo o casa de don Diego.

### Glosario

- **esgrima**: arte de pelear con la espada siguiendo unas reglas.
- **zagal**: chico joven del campo.
- **¡Eso, díganselo a mi mujer!**: Sancho quiere decir que su mujer, Teresa, piensa lo contrario.
- **Cada oveja con su pareja**: refrán: cada persona debe casarse con alguien de su misma clase.
- **nudo gordiano**: nudo famoso que nadie podía desatar; algo muy difícil de deshacer.
- **friscal / fiscal**: Sancho dice «friscal» por error; lo correcto es «fiscal», la persona que acusa y critica.
- **Sayago / Toledo**: en Sayago se hablaba de forma rústica; en Toledo se pensaba que se hablaba el mejor castellano.
- **Cánones**: leyes de la Iglesia, que se estudiaban en la universidad.
- **haber caído de mi burra**: darse cuenta de un error; aquí es broma, porque Corchuelo viajaba en burra.
- **albogues / salterios / sonajas**: instrumentos antiguos de música: de viento / de cuerdas / de pequeñas chapas que suenan al moverlas.

## Capítulo XX. Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso de Basilio el pobre

Apenas la blanca aurora dejó salir al brillante Febo. Con el calor de sus rayos, Febo secó las perlas de agua de sus cabellos de oro. Entonces don Quijote sacudió la pereza de su cuerpo y se puso en pie. Llamó a su escudero Sancho, que todavía roncaba. Al verlo así, don Quijote le dijo, antes de despertarlo:

—¡Oh tú, el más feliz de todos los que viven sobre la tierra! No tienes envidia ni nadie te envidia, y por eso duermes con el espíritu tranquilo. No te persiguen encantadores ni te asustan los encantamientos. Duerme, te digo otra vez, y te lo diré otras cien veces. No te tienen despierto los celos de tu dama. No te quitan el sueño las deudas que tienes que pagar. Tampoco piensas en qué vais a comer mañana tú y tu pequeña familia llena de preocupaciones. No te inquieta la ambición, ni te cansa la vanidad del mundo. Tus deseos no van más allá de dar de comer a tu asno. El cuidado de tu persona lo has puesto sobre mis hombros. Esa es la carga que la naturaleza y la costumbre dieron a los señores. Duerme el criado, y el señor está despierto. El señor piensa cómo va a mantenerlo, mejorar su vida y hacerle favores. A veces el cielo se vuelve de bronce y no manda a la tierra el agua que necesita. Esa pena no aflige al criado, sino al señor. Él tiene que mantener en tiempos de hambre a quien le sirvió en tiempos de abundancia.

Sancho no respondió a nada de esto, porque dormía. No se habría despertado tan pronto, pero don Quijote lo movió con la parte de abajo de la lanza. Por fin despertó, con sueño y con pereza. Miró a todas partes y dijo:

—De esta enramada, si no me engaño, sale un olor mucho más de torreznos asados que de juncos y tomillo. Bodas que empiezan con estos olores, ¡por la cruz que hago!, deben de ser abundantes y generosas.

—Termina ya, glotón —dijo don Quijote—. Ven, vamos a ver esta boda, para ver lo que hace el despreciado Basilio.

—Que haga lo que quiera —respondió Sancho—. Si no fuera pobre, se casaría con Quiteria. ¿Basta con tener un cuarto y querer subir hasta las nubes? De verdad, señor, yo creo que el pobre debe contentarse con lo que encuentre. No debe pedir cotufas en el golfo. Apuesto un brazo a que Camacho puede envolver en reales a Basilio. Y si es así, como debe de ser, Quiteria sería muy tonta si rechazara los vestidos y las joyas de Camacho. Él se los debe de haber dado ya, y se los puede dar. ¿Y para qué? Para escoger a Basilio, que sabe tirar la barra y jugar con la negra. Por un buen tiro de barra no te dan ni un cuartillo de vino en la taberna. Por un buen golpe de espada, tampoco. Las habilidades y gracias que no se pueden vender no valen nada, aunque las tenga el conde Dirlos. Pero cuando esas gracias caen sobre alguien con buen dinero, ¡así sea mi vida de buena como ellas parecen! Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio. Y el mejor cimiento del mundo es el dinero.

—Por Dios, Sancho —dijo entonces don Quijote—, termina ya tu discurso. Empiezas uno a cada paso. Y creo que, si te dejaran seguir con todos, no tendrías tiempo para comer ni dormir. Todo lo gastarías en hablar.

—Si vuestra merced tuviera buena memoria —contestó Sancho—, se acordaría de las condiciones de nuestro acuerdo. Las hicimos antes de salir de casa esta última vez. Una de ellas era que me dejaría hablar todo lo que quisiera. Solo había una condición: que no fuera contra el prójimo ni contra la autoridad de vuestra merced. Y hasta ahora me parece que no he ido contra esa condición.

—Yo no me acuerdo de esa condición, Sancho —respondió don Quijote—. Y aunque sea así, quiero que te calles y que vengas. Lo digo porque los instrumentos que oímos anoche ya vuelven a alegrar los valles. Sin duda, la boda se celebrará con el fresco de la mañana, y no con el calor de la tarde.

Sancho hizo lo que su señor le mandaba. Puso la silla a Rocinante y la albarda al rucio. Los dos subieron y, paso a paso, fueron entrando en la enramada.

Lo primero que vio Sancho fue un novillo entero, clavado en un asador hecho con un olmo entero. En el fuego para asarlo ardía un monte de leña mediano. Alrededor de la hoguera había seis ollas, que no eran como las ollas normales. Eran seis medias tinajas, y en cada una cabía la carne de un matadero entero. Dentro había carneros enteros, y no se notaban, como si fueran pichones. Había liebres ya sin piel y gallinas sin plumas, colgadas de los árboles. Esperaban a ser enterradas en las ollas, y eran tantas que no se podían contar. Los pájaros y los animales de caza de muchas clases eran infinitos. Estaban colgados de los árboles para que el aire los mantuviera frescos.

Sancho contó más de sesenta zaques de vino. Cada uno tenía más de dos arrobas, y todos estaban llenos de buenos vinos, como se vio después. También había montones de pan blanquísimo, como los montones de trigo en las eras. Los quesos, puestos como ladrillos en una pared, formaban una muralla. Había dos calderas de aceite, más grandes que las de un tintorero. Servían para freír dulces de masa. Con dos grandes palas sacaban los dulces fritos. Después los metían en otra caldera de miel que había allí al lado.

Los cocineros y cocineras eran más de cincuenta. Todos estaban limpios, todos trabajaban con cuidado y todos estaban contentos. En la gran barriga del novillo había doce lechones pequeños y tiernos. Estaban cosidos dentro, para darle sabor a la carne y hacerla más tierna. Había especias de muchas clases. No parecía que las hubieran comprado por libras, sino por arrobas. Todas estaban a la vista en una gran caja de madera. En fin, la preparación de la boda era sencilla, de pueblo. Pero era tan abundante que podía dar de comer a un ejército.

Sancho Panza lo miraba todo, lo contemplaba todo y todo le gustaba. Primero le ganaron el deseo las ollas. De ellas habría tomado con mucho gusto un buen puchero. Después le gustaron los zaques de vino. Y por último, los dulces fritos en sartén, si se podían llamar sartenes aquellas calderas tan enormes. Y así, ya no pudo aguantar más ni hacer otra cosa. Se acercó a uno de los cocineros, que trabajaba sin parar. Con palabras educadas y hambrientas, le pidió permiso para mojar un trozo de pan en una de aquellas ollas. El cocinero le respondió:

—Hermano, gracias al rico Camacho, hoy no es un día en que mande el hambre. Bajaos del asno y buscad por ahí un cucharón. Espumad una gallina o dos, y que os aprovechen.

—No veo ninguno —respondió Sancho.

—Esperad —dijo el cocinero—. ¡Pobre de mí, qué delicado y qué poco hábil debéis de ser!

Mientras decía esto, tomó un caldero y lo metió en una de las medias tinajas. Sacó en él tres gallinas y dos gansos, y le dijo a Sancho:

—Comed, amigo, y desayunad con esta espuma, mientras llega la hora de la comida.

—No tengo dónde echarla —respondió Sancho.

—Pues llevaos la cuchara y todo —dijo el cocinero—. La riqueza y la alegría de Camacho lo pagan todo.

Mientras le pasaba esto a Sancho, don Quijote miraba otra cosa. Por un lado de la enramada entraban unos doce labradores sobre doce yeguas hermosísimas. Las yeguas llevaban ricos y bonitos adornos de campo, con muchos cascabeles en el pecho. Los labradores iban vestidos de fiesta. Todos juntos, en un grupo ordenado, corrieron no una, sino muchas carreras por el prado. Iban muy alegres y gritaban:

—¡Vivan Camacho y Quiteria! ¡Él tan rico como ella hermosa, y ella la más hermosa del mundo!

Al oír esto, don Quijote dijo para sí:

—Se ve que estos no han visto a mi Dulcinea del Toboso. Si la hubieran visto, tendrían más cuidado con sus alabanzas a esta Quiteria.

Poco después, empezaron a entrar por varias partes de la enramada muchas danzas diferentes. Entre ellas venía una danza de espadas, con unos veinticuatro zagales de buen aspecto y mucha energía. Todos llevaban ropa de lino fino y blanquísimo. En la cabeza llevaban pañuelos bordados con sedas finas de varios colores. Los guiaba un joven ágil. Uno de los jinetes de las yeguas le preguntó si se había herido algún bailarín.

—Por ahora, bendito sea Dios, nadie se ha herido: todos estamos sanos.

Y en seguida empezó a mezclarse con sus compañeros. Daba tantas vueltas y con tanta habilidad que a don Quijote le gustó mucho. Él estaba acostumbrado a ver danzas como esta. Pero ninguna le había parecido tan buena como aquella.

También le gustó otra danza de doncellas hermosísimas. Eran tan jóvenes que ninguna parecía tener menos de catorce años ni llegar a los dieciocho. Todas llevaban vestidos de paño verde. Tenían el pelo en parte trenzado y en parte suelto. Pero todas eran tan rubias que su pelo podía competir con el del sol. Sobre el pelo llevaban coronas de jazmines, rosas, amaranto y madreselva. Las guiaban un viejo venerable y una señora anciana. Pero los dos se movían con más agilidad de la que prometían sus años. La música la hacía una gaita zamorana. Las doncellas llevaban la honestidad en la cara y en los ojos, y la ligereza en los pies. Parecían las mejores bailarinas del mundo.

Detrás de esta entró otra danza preparada con arte, de las que llaman «habladas». La formaban ocho ninfas, repartidas en dos filas. Una fila la guiaba el dios Cupido, y la otra, el Interés. Cupido llevaba alas, arco, aljaba y flechas. El Interés iba vestido con ricos colores de oro y seda. Las ninfas que seguían al Amor llevaban sus nombres en la espalda. Estaban escritos con letras grandes en un pergamino blanco. La primera se llamaba Poesía; la segunda, Discreción; la tercera, Buen linaje; y la cuarta, Valentía. Del mismo modo venían marcadas las que seguían al Interés. La primera se llamaba Liberalidad; la segunda, Dádiva; la tercera, Tesoro; y la cuarta, Posesión pacífica. Delante de todos venía un castillo de madera. Tiraban de él cuatro salvajes, vestidos de hiedra y de cáñamo pintado de verde. Parecían tan reales que casi asustaron a Sancho. En el frente del castillo y en sus cuatro lados estaba escrito: «Castillo del buen recato». La música la hacían cuatro buenos músicos de tamboril y flauta.

Cupido empezaba la danza. Después de hacer dos figuras de baile, levantaba los ojos y apuntaba con su arco a una doncella. La doncella estaba entre las almenas del castillo. Cupido le dijo así:

—Yo soy el dios poderoso
en el aire y en la tierra,
en el ancho mar de olas
y en lo que el abismo encierra
en su fondo espantoso.
Nunca supe qué es el miedo;
todo lo que quiero, puedo,
aunque quiera lo imposible;
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y prohíbo.

Cupido terminó la copla. Disparó una flecha por encima del castillo y volvió a su sitio. Después salió el Interés e hizo otras dos figuras. Los tambores callaron, y él dijo:

—Soy quien puede más que Amor,
y es Amor quien me guía.
Soy de la familia mejor
que el cielo cría en la tierra,
la más conocida y mayor.
Soy el Interés: conmigo
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro.
Y tal como soy, me entrego a ti
para siempre jamás, amén.

Se retiró el Interés y se adelantó la Poesía. Hizo sus figuras de baile como los demás. Después miró a la doncella del castillo y dijo:

—Con dulcísimos pensamientos,
altos, serios y discretos,
la dulcísima Poesía,
señora, te envía el alma
envuelta en mil sonetos.
Si no te molesta
mi insistencia, tu suerte,
que muchas otras envidian,
yo la voy a levantar
más arriba de la luna.

Se apartó la Poesía, y del lado del Interés salió la Liberalidad. Después de hacer sus figuras, dijo:

—Se llama Liberalidad
el dar que huye de dos extremos:
de gastar demasiado
y de lo contrario, que muestra
una voluntad fría y floja.
Pero yo, para hacerte grande,
desde hoy gastaré sin medida.
Es un vicio, pero un vicio honrado,
de un pecho enamorado,
que se ve en lo que da.

De este modo salieron y se retiraron todas las figuras de los dos grupos. Cada una hizo sus figuras de baile y dijo sus versos. Algunos versos eran elegantes y otros eran ridículos. Don Quijote, que tenía muy buena memoria, solo recordó los que ya hemos contado. Luego se mezclaron todos. Hacían y deshacían lazos con mucha gracia y soltura. Cuando el Amor pasaba delante del castillo, disparaba sus flechas por encima. Pero el Interés rompía contra él huchas doradas.

Por fin, después de bailar un buen rato, el Interés sacó una bolsa grande. Estaba hecha con la piel de un gran gato atigrado y parecía llena de dinero. La tiró contra el castillo. Con el golpe, las tablas se soltaron y se cayeron. La doncella quedó al descubierto y sin ninguna defensa. Entonces llegó el Interés con las figuras de su grupo. Le pusieron al cuello una gran cadena de oro. Así hicieron como que la prendían, la vencían y la hacían su prisionera. Al ver esto, el Amor y sus ayudantes hicieron como que se la querían quitar. Todo lo hacían al son de los tambores, bailando con orden. Los salvajes pusieron paz entre ellos. Con mucha rapidez volvieron a montar las tablas del castillo, y la doncella se encerró en él otra vez. Así terminó la danza, y a todos los que la miraban les gustó mucho.

Don Quijote le preguntó a una de las ninfas quién había compuesto y preparado la danza. Ella respondió que un beneficiado de aquel pueblo. Este hombre tenía muy buena cabeza para esos inventos.

—Apuesto —dijo don Quijote— a que ese bachiller o beneficiado debe de ser más amigo de Camacho que de Basilio. Y debe de saber más de sátiras que de rezar vísperas. ¡Qué bien ha puesto en la danza las habilidades de Basilio y las riquezas de Camacho!

Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:

—El rey es mi gallo: yo me quedo con Camacho.

—En fin —dijo don Quijote—, se ve muy bien, Sancho, que eres un villano. Eres de esos que dicen: «¡Viva quien vence!».

—No sé de cuáles soy —respondió Sancho—. Pero sé muy bien una cosa. Nunca sacaré de las ollas de Basilio una espuma tan elegante como esta de Camacho.

Y le enseñó el caldero lleno de gansos y gallinas. Tomó una y empezó a comer con mucha gracia y muchas ganas. Después dijo:

—¡Y que se aguanten las habilidades de Basilio! Tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales. Una abuela mía decía que en el mundo solo hay dos linajes: el tener y el no tener. Y ella se quedaba con el del tener. Hoy en día, mi señor don Quijote, se mira más lo que uno tiene que lo que uno sabe. Un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo con albarda. Así que vuelvo a decir que yo me quedo con Camacho. De sus ollas salen como espuma gansos y gallinas, liebres y conejos. De las de Basilio, si viene a mano, o aunque solo venga al pie, saldrá aguachirle.

—¿Has terminado tu discurso, Sancho? —dijo don Quijote.

—Lo habré terminado —respondió Sancho—, porque veo que a vuestra merced le molesta. Si no fuera por eso, tenía palabras preparadas para tres días.

—Quiera Dios, Sancho —contestó don Quijote—, que yo te vea mudo antes de morirme.

—Al paso que vamos —respondió Sancho—, antes de que vuestra merced se muera, yo ya estaré mascando barro. Y entonces quizá estaré tan mudo que no diré ni una palabra hasta el fin del mundo. O por lo menos, hasta el día del Juicio.

—Aunque eso pase así, ¡oh Sancho! —respondió don Quijote—, tu silencio nunca será tan grande como tu charla. Nunca llegará a lo que has hablado, hablas y vas a hablar en tu vida. Además, es muy natural que llegue antes el día de mi muerte que el de la tuya. Y así, nunca pienso verte mudo, ni siquiera cuando estés bebiendo o durmiendo. Y no puedo decir nada más fuerte que esto.

—De verdad, señor —respondió Sancho—, no hay que fiarse de la descarnada, quiero decir, de la muerte. Ella come cordero igual que carnero. Y a nuestro cura le he oído decir algo sobre ella. Dice que pisa igual las altas torres de los reyes y las humildes chozas de los pobres. Esta señora tiene más poder que delicadeza. No le da asco nada: de todo come y con todo carga. Llena sus alforjas de toda clase de gentes, de todas las edades y de todos los rangos. No es un segador que duerme la siesta. Siega a todas horas, y corta igual la hierba seca que la verde. Y no parece que mastica, sino que engulle y traga todo lo que tiene delante. Tiene un hambre de perro, que nunca se llena. No tiene barriga, pero parece hidrópica, siempre con sed. Solo quiere beberse las vidas de todos los que viven, como quien se bebe un jarro de agua fría.

—No más, Sancho —dijo entonces don Quijote—. Para ahora que vas bien, y no lo estropees. Lo que has dicho de la muerte con tus palabras de campo podría decirlo un buen predicador. Te digo, Sancho, que tienes buen natural y discreción. Si pudieras tomar un púlpito en la mano e ir por el mundo predicando cosas bonitas...

—Bien predica quien bien vive —respondió Sancho—, y yo no sé otras tologías.

—Ni las necesitas —dijo don Quijote—. Pero no consigo entender una cosa. El principio de la sabiduría es el temor de Dios. ¿Cómo sabes tú tanto, si temes más a un lagarto que a Él?

—Juzgue vuestra merced, señor, sus caballerías —respondió Sancho—. Y no se meta a juzgar los miedos o las valentías de los demás. Yo temo a Dios tanto como cualquier hijo de vecino. Y déjeme vuestra merced acabar con esta espuma. Lo demás son palabras inútiles, y en la otra vida nos pedirán cuenta de ellas.

Y mientras decía esto, empezó de nuevo a atacar su caldero. Comía con tantas ganas que despertó también las ganas de don Quijote. Sin duda lo habría ayudado, pero se lo impidió lo que hay que contar más adelante.

### Glosario

- **Febo**: nombre antiguo y poético del dios del sol, o del mismo sol.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero.
- **glotón**: persona que come mucho y con muchas ganas.
- **rucio**: el asno de Sancho; «rucio» quiere decir de color gris.
- **cuartillo**: medida pequeña de vino; también una moneda de poco valor.
- **taberna**: lugar donde se vende y se bebe vino.
- **cimiento**: parte de abajo de un edificio, bajo la tierra, que lo sostiene.
- **liebres**: animales del campo, parecidos a los conejos pero más grandes.
- **arrobas**: medida antigua de peso o de líquido, de unos once o doce kilos o litros.
- **labradores**: hombres que trabajan la tierra en el campo.
- **enramada**: techo o lugar cubierto de ramas de árboles, preparado para una fiesta.
- **torreznos**: trozos de tocino fritos o asados.
- **pedir cotufas en el golfo**: refrán: pedir cosas imposibles.
- **la negra**: espada sin filo que se usaba para aprender a luchar con espada.
- **zaques**: bolsas grandes de piel para llevar vino.
- **espumar / espuma**: sacar con una cuchara lo que flota arriba en una olla; aquí Sancho llama «espuma» a las gallinas y gansos.
- **el rey es mi gallo**: refrán: yo estoy con el más fuerte, con el que va a ganar.
- **aguachirle**: líquido sin fuerza ni sabor, como agua sucia.
- **mascando barro**: muerto y enterrado.
- **hidrópica**: enferma que tiene siempre mucha sed.
- **tologías**: error de Sancho por «teologías», las ciencias que estudian a Dios.

## Capítulo XXI. Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos sucesos

Don Quijote y Sancho estaban en la conversación del capítulo anterior. En ese momento se oyeron grandes voces y mucho ruido. Los hacían los jinetes de las yeguas. Iban corriendo y gritando a recibir a los novios. Los novios venían rodeados de mil clases de instrumentos y de adornos. Los acompañaban el cura, las familias de los dos y la gente más elegante de los pueblos de alrededor. Todos iban vestidos de fiesta. Cuando Sancho vio a la novia, dijo:

—¡Por mi fe, que no viene vestida de labradora, sino de elegante dama de palacio! ¡Pardiez! Por lo que veo, las medallas que debía traer son ricos corales. Y el paño verde de Cuenca es terciopelo del más fino. ¡Y los adornos no son tiras de lino blanco! ¡Juro que son de raso! ¡Y miradle las manos! Pensé que llevaría anillos de azabache. Pero que me vaya mal si no son anillos de oro, y de oro muy bueno. Y llevan pelras blancas como la cuajada, que deben de valer un ojo de la cara cada una. ¡Oh hideputa, y qué cabellos! Si no son postizos, nunca en mi vida los he visto más largos ni más rubios. ¡A ver quién le encuentra un defecto en la energía o en el cuerpo! Parece una palmera que se mueve cargada de racimos de dátiles. Eso parecen las joyas que lleva colgando del pelo y del cuello. Juro por mi alma que es una moza estupenda, y que puede pasar por los bancos de Flandes.

Don Quijote se rio de las rústicas alabanzas de Sancho Panza. Le pareció que, fuera de su señora Dulcinea del Toboso, nunca había visto una mujer más hermosa. La hermosa Quiteria venía un poco pálida. Quizá era por la mala noche que pasan siempre las novias, preparándose para el día de su boda. Se iban acercando a un escenario que había a un lado del prado. Estaba adornado con alfombras y ramas. Allí se iba a celebrar la boda, y desde allí iban a mirar las danzas y los espectáculos. Cuando llegaban a ese lugar, oyeron grandes voces a sus espaldas. Una voz decía:

—Esperad un poco, gente tan imprudente como apresurada.

Al oír estas voces y palabras, todos volvieron la cabeza. Las daba un hombre que parecía vestido con un sayo negro. El sayo tenía trozos de color carmesí en forma de llamas. Venía coronado, como se vio después, con una triste corona de ciprés. En las manos traía un bastón grande. Cuando se acercó más, todos reconocieron al gallardo Basilio. Todos se quedaron en suspenso, esperando cómo iban a terminar sus voces y palabras. Temían que su llegada en aquel momento trajera alguna desgracia.

Por fin llegó, cansado y sin aliento. Se puso delante de los novios y clavó el bastón en el suelo. El bastón tenía en la punta de abajo un pincho de acero. Basilio había cambiado de color. Con los ojos puestos en Quiteria, y con voz temblorosa y ronca, dijo estas palabras:

—Bien sabes, Quiteria desagradecida, lo que manda la santa ley que seguimos. Mientras yo viva, tú no puedes tomar esposo. También sabes otra cosa. Yo esperaba que el tiempo y mi trabajo mejoraran mi fortuna. Por eso siempre he respetado tu honra, como debía. Pero tú has olvidado todo lo que debes a mi amor. Quieres hacer dueño de lo que es mío a otro hombre. Sus riquezas le dan no solo buena fortuna, sino una suerte buenísima. Quiero que su suerte sea completa. No creo que la merezca, pero los cielos se la quieren dar. Por eso, con mis propias manos, quitaré el obstáculo que puede estorbarla. Ese obstáculo soy yo, y me quitaré de en medio. ¡Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos! ¡Y muera, muera el pobre Basilio! Su pobreza cortó las alas de su felicidad y lo puso en la sepultura.

Mientras decía esto, tomó el bastón que tenía clavado en el suelo. La mitad del bastón se quedó en la tierra. Así se vio que el bastón era la vaina de un estoque mediano, escondido dentro. Basilio puso en el suelo lo que se podía llamar la empuñadura. Luego, con rapidez y decisión, se tiró encima del estoque. En un momento, la punta salió ensangrentada por su espalda, con la mitad de la hoja de acero. El pobre quedó tendido en el suelo, bañado en su sangre, atravesado por su propia arma.

Sus amigos corrieron en seguida a ayudarlo, llenos de pena por su desgracia. También don Quijote dejó a Rocinante y fue a ayudarlo. Lo tomó en sus brazos y vio que todavía no había muerto. Quisieron sacarle el estoque. Pero el cura, que estaba allí, opinó que no debían sacarlo antes de confesarlo, porque al sacarlo, Basilio moriría en ese mismo momento. Pero Basilio volvió un poco en sí y, con voz débil y llena de dolor, dijo:

—Cruel Quiteria, ¿querrías darme la mano de esposa en este último momento? Si me la dieras, todavía pensaría que mi locura tiene perdón. Porque gracias a ella habría conseguido la dicha de ser tuyo.

El cura lo oyó. Le dijo que pensara primero en la salud de su alma, y no en los gustos del cuerpo. También le dijo que pidiera a Dios, muy de verdad, perdón por sus pecados y por su decisión desesperada. Basilio respondió que de ninguna manera se confesaría sin recibir antes la mano de esposa de Quiteria. Esa alegría le prepararía la voluntad y le daría fuerzas para confesarse.

Don Quijote oyó la petición del herido. Entonces dijo en voz alta que Basilio pedía una cosa muy justa y razonable. Además, era muy fácil de hacer. Y el señor Camacho quedaría igual de honrado al recibir a la señora Quiteria como viuda del valiente Basilio. Sería lo mismo que recibirla de la mano de su padre.

—Aquí solo tiene que haber un «sí» —dijo—. Y ese «sí» no tendrá más efecto que decirlo, porque el tálamo de esta boda va a ser la sepultura.

Camacho lo oía todo. Estaba en suspenso y confundido, sin saber qué hacer ni qué decir. Pero los amigos de Basilio gritaban mucho. Le pedían que permitiera a Quiteria darle la mano de esposa. Así el alma de Basilio no se perdería, porque no saldría de esta vida desesperado. Tantas voces lo movieron, y hasta lo obligaron, a decir algo. Dijo que, si Quiteria quería darle la mano, a él le parecía bien. Al fin y al cabo, solo era esperar un momento más para cumplir sus deseos.

Luego todos fueron hacia Quiteria. Unos con ruegos, otros con lágrimas y otros con buenas razones, le pedían que diera la mano al pobre Basilio. Pero ella estaba más dura que un mármol y más quieta que una estatua. Parecía que no sabía, no podía ni quería responder ni una palabra. Y no habría respondido, pero el cura le dijo que se decidiera pronto, porque Basilio ya tenía el alma en los dientes, y no se podía esperar más.

Entonces la hermosa Quiteria, sin decir ni una palabra, se acercó a Basilio. Estaba turbada, y parecía triste y llena de pena. Basilio tenía ya los ojos en blanco y la respiración corta y rápida. Murmuraba entre dientes el nombre de Quiteria. Parecía que iba a morir como un pagano, y no como un cristiano. Por fin llegó Quiteria. Se puso de rodillas y le pidió la mano por señas, sin palabras. Basilio abrió mucho los ojos, la miró con atención y le dijo:

—¡Oh Quiteria, por fin te has vuelto compasiva! Pero llegas en un momento en que tu compasión será el cuchillo que acabe con mi vida, porque ya no tengo fuerzas para soportar la gloria que me das al escogerme como tuyo. Tampoco puedo parar el dolor que me cubre tan deprisa los ojos con la terrible sombra de la muerte. Lo que te suplico, ¡oh estrella fatal mía!, es esto. No me des la mano por cumplir, ni para engañarme otra vez. Confiesa y di que me la das con tu voluntad libre, como a tu legítimo esposo. Porque no es justo que me engañes en un momento como este. No finjas con quien siempre te ha tratado con tanta verdad.

Mientras decía estas palabras, se desmayaba. Todos los presentes pensaban que en cada desmayo se le iba a ir el alma. Quiteria, muy honesta y llena de vergüenza, tomó con su mano derecha la mano de Basilio y le dijo:

—Ninguna fuerza sería suficiente para torcer mi voluntad. Y así, con la voluntad más libre que tengo, te doy la mano de legítima esposa. Y recibo la tuya, si me la das con libertad, y si la desgracia no te turba la voluntad. A esa desgracia te ha llevado tu decisión tan rápida.

—Sí, te la doy —respondió Basilio—, no turbado ni confuso. Te la doy con el claro entendimiento que el cielo quiso darme. Y así, me doy y me entrego como tu esposo.

—Y yo como tu esposa —respondió Quiteria—, tanto si vives muchos años como si te llevan de mis brazos a la sepultura.

—Para estar tan herido, este muchacho habla mucho —dijo entonces Sancho Panza—. Que deje los piropos y piense en su alma. A mi parecer, la tiene más en la lengua que en los dientes.

Basilio y Quiteria estaban así, con las manos juntas. El cura, emocionado y llorando, les echó la bendición. Pidió al cielo que diera buen descanso al alma del nuevo esposo. Pero en cuanto Basilio recibió la bendición, se levantó de un salto. Con una soltura nunca vista, se sacó el estoque, que tenía su cuerpo como vaina.

Todos los presentes se quedaron admirados. Algunos, más simples que curiosos, empezaron a gritar:

—¡Milagro, milagro!

Pero Basilio respondió:

—¡No «milagro, milagro», sino industria, industria!

El cura, asombrado y sin saber qué pensar, tocó la herida con las dos manos. Y descubrió que el estoque no había pasado por la carne y las costillas de Basilio. Había pasado por un tubo hueco de hierro, lleno de sangre. Basilio lo tenía bien colocado en ese lugar. Según se supo después, había preparado la sangre para que no se cuajara.

Al final, el cura, Camacho y casi todos los presentes se sintieron burlados y engañados. La esposa no mostró ninguna pena por la burla. Al contrario: alguien dijo que aquel casamiento no valía, porque había sido un engaño. Y ella dijo que lo confirmaba otra vez. Por eso todos pensaron que los dos habían preparado juntos aquel truco, con el acuerdo de ambos. Camacho y sus amigos quedaron tan avergonzados que quisieron vengarse con las manos. Sacaron muchas espadas y atacaron a Basilio. Pero en un momento se sacaron casi otras tantas espadas a favor de Basilio. Don Quijote se puso delante, a caballo, con la lanza sobre el brazo y bien protegido con su escudo. Así se abría paso entre todos. A Sancho nunca le habían gustado estas peleas. Se refugió junto a las tinajas, donde había sacado su rica espuma. Le pareció que aquel lugar era sagrado y que todos lo iban a respetar. Don Quijote gritaba:

—¡Quietos, señores, quietos! No es razonable vengarse de las ofensas que nos hace el amor. Y daos cuenta de que el amor y la guerra son una misma cosa. En la guerra es lícito y normal usar trucos y trampas para vencer al enemigo. Del mismo modo, en las luchas y competencias de amor se aceptan los engaños para conseguir lo deseado. Pero solo si no hacen daño ni deshonran a la persona amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa y favorable voluntad de los cielos. Camacho es rico, y podrá comprar su gusto cuando quiera, donde quiera y como quiera. Basilio no tiene más que esta oveja, y nadie se la va a quitar, por poderoso que sea. Porque a los dos que Dios junta, el hombre no los puede separar. Y quien lo intente, primero tendrá que pasar por la punta de esta lanza.

Y entonces movió la lanza con tanta fuerza y habilidad que asustó a todos los que no lo conocían. Además, el desprecio de Quiteria se clavó con mucha fuerza en la imaginación de Camacho. Por eso, en un instante, la borró de su memoria. Así, el cura pudo convencerlo con sus consejos, porque era un hombre prudente y de buena intención. Con ellos, Camacho y los de su bando quedaron en paz y tranquilos. Como señal de paz, guardaron las espadas. Le echaron más culpa a la ligereza de Quiteria que al truco de Basilio. Camacho pensó así: si Quiteria quería a Basilio de soltera, también lo querría de casada. Y debía dar gracias al cielo, más por habérsela quitado que por habérsela dado.

Camacho y los de su grupo quedaron consolados y en paz. Entonces todos los del grupo de Basilio también se calmaron. El rico Camacho quería mostrar que no le dolía la burla y que no le daba importancia. Por eso quiso que la fiesta siguiera, como si de verdad se casara. Pero Basilio, su esposa y sus amigos no quisieron quedarse en ella. Y así, se fueron al pueblo de Basilio. Porque también los pobres buenos y discretos tienen quien los siga, los honre y los proteja. Igual que los ricos tienen quien los adule y los acompañe.

Se llevaron con ellos a don Quijote, porque lo tenían por hombre valiente y de pelo en pecho. Solo a Sancho se le oscureció el alma, porque ya no podía esperar la espléndida comida y las fiestas de Camacho, que duraron hasta la noche. Y así, cansado y triste, siguió a su señor, que iba con el grupo de Basilio. Así dejó atrás las ollas de Egipto, aunque las llevaba en el alma. En el caldero llevaba la espuma, ya casi comida y acabada. Esa espuma le recordaba la gloria y la abundancia del bien que perdía. Y así, preocupado y pensativo, aunque sin hambre, siguió las huellas de Rocinante sin bajarse del rucio.

### Glosario

- **pelras**: error de Sancho por «perlas».
- **hideputa**: insulto fuerte («hijo de puta»); aquí Sancho lo usa para alabar, como quien dice «¡qué maravilla!».
- **pasar por los bancos de Flandes**: ser tan bueno que se puede pasar cualquier prueba difícil.
- **sayo**: prenda de vestir larga y ancha, sin botones.
- **ciprés**: árbol alto y oscuro que se pone en los cementerios; es señal de muerte.
- **estoque**: espada estrecha que solo hiere con la punta.
- **tálamo**: cama de los novios en la noche de bodas.
- **tener el alma en los dientes**: estar a punto de morir.
- **industria**: habilidad para preparar un truco o un plan.
- **de pelo en pecho**: muy valiente y fuerte.
- **las ollas de Egipto**: la buena comida que uno echa de menos; viene de la Biblia.

## Capítulo XXII. Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio feliz cima el valeroso don Quijote de la Mancha

Los novios le hicieron a don Quijote muchos y grandes regalos. Se sentían obligados por la forma en que había defendido su causa. Lo tuvieron por tan discreto como valiente. Lo consideraban un Cid en las armas y un Cicerón en la elocuencia. El buen Sancho se dio la gran vida durante tres días a costa de los novios. Por ellos se supo que la hermosa Quiteria no conocía el plan de la falsa herida. Fue un truco solo de Basilio, que esperaba justo el resultado que se vio. Es verdad que Basilio confesó que había contado su idea a algunos amigos. Así, en el momento necesario, lo ayudarían y apoyarían su engaño.

—No se pueden ni se deben llamar engaños —dijo don Quijote— los que buscan fines buenos.

Y añadió que casarse los enamorados era el fin más excelente de todos. Y advirtió que el mayor enemigo del amor es el hambre y la necesidad continua. Porque el amor es todo alegría, fiesta y contento, sobre todo cuando el amante ya tiene a la persona amada. Y la necesidad y la pobreza son enemigos declarados de esa alegría. Dijo que decía todo esto con una intención. Quería que el señor Basilio dejara de practicar las habilidades que sabía. Esas habilidades le daban fama, pero no le daban dinero. Debía ocuparse en ganar bienes por medios honrados y con su trabajo. Esos medios nunca les faltan a los prudentes y trabajadores.

—El pobre honrado, si es que el pobre puede ser honrado, tiene un tesoro si tiene una mujer hermosa. Cuando se la quitan, le quitan la honra y se la matan. La mujer hermosa y honrada, con un marido pobre, merece ser coronada con laureles y palmas de victoria. La hermosura, por sí sola, atrae los deseos de todos los que la miran y la conocen. Hacia ella bajan las águilas reales y los pájaros más altos, como hacia un cebo sabroso. Pero puede pasar que a esa hermosura se le junten la necesidad y la pobreza. Entonces también la atacan los cuervos, los milanos y otras aves de rapiña. Y la mujer que resiste firme tantos ataques merece llamarse corona de su marido. Mirad, discreto Basilio —añadió don Quijote—. Un sabio, no sé cuál, opinaba que en el mundo solo había una mujer buena. Y aconsejaba que cada uno pensara y creyera que esa única mujer buena era la suya. Así viviría contento. Yo no estoy casado, y hasta ahora no he pensado en casarme. Y, a pesar de eso, me atrevería a dar consejo a quien me lo pidiera. Le diría cómo buscar a la mujer con quien quiere casarse. Primero, le aconsejaría que mirara más a la fama que a la riqueza. Porque la mujer buena no consigue buena fama solo con ser buena, sino también con parecerlo. Y es que las libertades y el mal comportamiento en público dañan mucho más la honra de las mujeres que las maldades secretas. Si traes a tu casa una mujer buena, será fácil conservarla en esa bondad, y hasta mejorarla. Pero si la traes mala, te costará mucho trabajo corregirla. Porque no es muy fácil pasar de un extremo a otro. Yo no digo que sea imposible, pero lo tengo por difícil.

Sancho oía todo esto y dijo para sí:

—Este amo mío, cuando yo digo cosas con meollo y sustancia, suele decir algo. Dice que yo podría tomar un púlpito en las manos e irme por el mundo predicando cosas bonitas. Y yo digo de él otra cosa. Cuando empieza a enhebrar sentencias y a dar consejos, no solo puede tomar un púlpito en las manos. Puede tomar dos en cada dedo, e irse por esas plazas a ¿qué quieres, boca? ¡Válgate el diablo, caballero andante, cuántas cosas sabes! Yo pensaba de verdad que solo sabía lo que tocaba a sus caballerías. Pero no hay cosa en la que no pique y no meta su cucharada.

Sancho murmuraba esto un poco alto, y su señor lo oyó a medias. Le preguntó:

—¿Qué murmuras, Sancho?

—No digo nada, ni murmuro de nada —respondió Sancho—. Solo estaba diciendo para mí una cosa. Me habría gustado oír lo que vuestra merced ha dicho aquí antes de casarme. Quizá ahora diría yo: «El buey suelto bien se lame».

—¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? —dijo don Quijote.

—No es muy mala —respondió Sancho—, pero no es muy buena. Por lo menos, no es tan buena como yo quisiera.

—Haces mal, Sancho —dijo don Quijote—, en hablar mal de tu mujer. Al fin y al cabo, es la madre de tus hijos.

—No nos debemos nada —respondió Sancho—, porque ella también habla mal de mí cuando le da la gana. Sobre todo cuando está celosa, y entonces, ¡que la aguante el mismo Satanás!

En fin, estuvieron tres días con los novios, y allí los trataron y sirvieron como a reyes. Don Quijote le pidió al hábil licenciado un guía. Quería que lo llevara a la cueva de Montesinos, porque tenía un gran deseo de entrar en ella. Quería ver con sus ojos si eran verdad las maravillas que contaban de ella en la comarca. El licenciado le ofreció a un primo suyo. Era un estudiante famoso y muy aficionado a leer libros de caballerías. Él lo llevaría con mucho gusto hasta la boca misma de la cueva. También le enseñaría las lagunas de Ruidera, famosas en toda la Mancha, y hasta en toda España. Y le dijo que el primo sería una compañía muy divertida, porque era un joven que sabía escribir libros para imprimirlos y dedicarlos a príncipes. Por fin, el primo llegó en una burra preñada. Sobre la albarda llevaba una alfombra de tela basta de colores. Sancho ensilló a Rocinante y preparó al rucio. Llenó sus alforjas, y también llevaban las del primo, igual de bien llenas. Se encomendaron a Dios, se despidieron de todos y se pusieron en camino hacia la famosa cueva de Montesinos.

En el camino, don Quijote le preguntó al primo de qué clase eran sus ocupaciones, su profesión y sus estudios. El primo respondió que su profesión era ser humanista. Sus ocupaciones y estudios eran escribir libros para imprimirlos. Todos eran muy útiles para el país y también muy entretenidos. Uno se titulaba «El de las libreas». En él describía setecientas tres libreas, con sus colores, lemas y letras. Los caballeros de la corte podían tomar de allí las que quisieran para las fiestas. Así no tendrían que pedírselas a nadie. Tampoco tendrían que estrujarse el cerebro, como se dice, para inventarlas a su gusto y según sus intenciones.

—Porque al celoso, al despreciado, al olvidado y al ausente les doy las que les convienen. Les vendrán más justas que pecadoras. Tengo también otro libro, que voy a llamar «Metamorfoseos, o el Ovidio español». Es una idea nueva y rara. En él imito a Ovidio, pero en broma. Cuento quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena. Cuento quién fue el Caño de Vecinguerra, de Córdoba, y quiénes fueron los Toros de Guisando. También la Sierra Morena y las fuentes de Leganitos y Lavapiés, en Madrid. Y no me olvido de la del Piojo, de la del Caño Dorado ni de la de la Priora. Y todo esto con sus alegorías, metáforas y comparaciones. Así, al mismo tiempo, alegran, sorprenden y enseñan. Tengo otro libro, que llamo «Suplemento a Virgilio Polidoro». Trata de quién inventó las cosas, y es de mucha ciencia y estudio. Lo es porque Polidoro dejó sin decir cosas muy importantes, y yo las averiguo y las explico con buen estilo. A Virgilio se le olvidó explicarnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo. Tampoco nos dijo quién fue el primero que usó pomadas para curarse del mal francés. Yo lo explico con todo detalle y lo apoyo en más de veinticinco autores. Para que vea vuestra merced si he trabajado bien, y si ese libro será útil a todo el mundo.

Sancho había escuchado con mucha atención lo que contaba el primo. Le dijo:

—Dígame, señor, y así Dios le dé buena suerte en la impresión de sus libros. ¿Sabría decirme quién fue el primero que se rascó la cabeza? Seguro que lo sabe, pues lo sabe todo. Yo creo que debió de ser nuestro padre Adán.

—Así sería —respondió el primo—. No hay duda de que Adán tuvo cabeza y pelo. Y como era el primer hombre del mundo, alguna vez se rascaría.

—Eso creo yo —respondió Sancho—. Pero dígame ahora: ¿quién fue el primer volteador del mundo?

—De verdad, hermano —respondió el primo—, por ahora no lo sé decir. Tengo que estudiarlo. Lo estudiaré cuando vuelva a donde tengo mis libros. Y os responderé cuando nos veamos otra vez, porque esta no será la última.

—Pues mire, señor —replicó Sancho—, no se tome ese trabajo. Ahora mismo me he dado cuenta de la respuesta. Sepa que el primer volteador del mundo fue Lucifer. Cuando lo echaron del cielo, vino dando vueltas hasta los abismos.

—Tienes razón, amigo —dijo el primo.

Y don Quijote dijo:

—Esa pregunta y esa respuesta no son tuyas, Sancho. Se las has oído decir a alguien.

—Calle, señor —replicó Sancho—. Le juro que si me pongo a preguntar y a responder, no acabo hasta mañana. Para preguntar tonterías y responder disparates no necesito ayuda de los vecinos.

—Has dicho más de lo que sabes, Sancho —dijo don Quijote—. Porque hay gente que se cansa en saber y averiguar cosas sin ningún valor. Después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite ni al entendimiento ni a la memoria.

Con estas y otras conversaciones divertidas pasaron aquel día. Por la noche se alojaron en un pueblo pequeño. Allí el primo le dijo a don Quijote que desde allí a la cueva de Montesinos solo había dos leguas. Y si estaba decidido a entrar en ella, tenía que comprar cuerdas para atarse y bajar hasta el fondo.

Don Quijote dijo que, aunque llegara al abismo, tenía que ver dónde terminaba. Así que compraron casi cien brazas de cuerda. Al día siguiente, a las dos de la tarde, llegaron a la cueva. Su boca es amplia y ancha, pero está llena de espinos, higueras salvajes, zarzas y malezas. Son tan espesas y enredadas que la tapan y la esconden del todo. Al verla, se bajaron de sus animales el primo, Sancho y don Quijote. Los dos ataron en seguida a don Quijote muy fuerte con las cuerdas. Mientras lo ataban y lo rodeaban con ellas, Sancho le dijo:

—Mire bien vuestra merced, señor mío, lo que hace. No quiera enterrarse en vida. No se ponga como una botella que ponen a enfriar en un pozo. A vuestra merced no le toca explorar esta cueva, que debe de ser peor que una mazmorra.

—Ata y calla —respondió don Quijote—. Una empresa como esta, Sancho amigo, estaba guardada para mí.

Entonces dijo el guía:

—Le suplico a vuestra merced, señor don Quijote, que mire bien y examine con cien ojos lo que hay allí dentro. Quizá haya cosas que yo pueda poner en el libro de mis «Transformaciones».

—En manos está el pandero que lo sabrá bien tañer —respondió Sancho Panza.

Cuando dijo esto, terminaron de atar a don Quijote. No lo ataron sobre la armadura, sino sobre el jubón que llevaba debajo. Entonces don Quijote dijo:

—Hemos sido descuidados. Debíamos haber traído una campanilla pequeña, atada junto a mí en esta misma cuerda. Con su sonido sabríais que yo seguía bajando y que estaba vivo. Pero como ya no es posible, ¡que la mano de Dios me guíe!

Y en seguida se puso de rodillas e hizo una oración en voz baja al cielo. Pedía a Dios que lo ayudara y le diera buen resultado en aquella aventura nueva, que parecía peligrosa. Y luego dijo en voz alta:

—¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del Toboso! Quizá puedan llegar a tus oídos las oraciones y súplicas de este afortunado amante tuyo. Si es así, por tu belleza nunca vista, te ruego que las escuches. Solo te pido que no me niegues tu favor y tu protección, ahora que tanto los necesito. Voy a tirarme, a meterme y a hundirme en el abismo que tengo delante. Lo hago solo para que el mundo sepa una cosa. Si tú me favoreces, no habrá nada imposible que yo no ataque y termine.

Después de decir esto, se acercó al agujero. Vio que solo podía bajar y abrir la entrada con la fuerza de los brazos o a golpes de espada. Así que sacó la espada y empezó a cortar y a derribar las malezas de la boca de la cueva. Con el ruido salieron de allí muchísimos cuervos y grajos enormes. Salieron tan juntos y con tanta prisa que tiraron a don Quijote al suelo. Si él hubiera creído en agüeros tanto como era católico cristiano, lo habría tomado por mala señal. Y no se habría encerrado en un lugar así.

Por fin se levantó. Vio que ya no salían más cuervos ni otras aves de la noche. Entre los cuervos también habían salido murciélagos. Entonces el primo y Sancho le fueron dando cuerda. Así don Quijote se dejó bajar al fondo de aquella cueva espantosa. Cuando entraba, Sancho le echó su bendición, le hizo mil cruces encima y dijo:

—¡Flor, nata y espuma de los caballeros andantes, que Dios te guíe! ¡Y que te guíen también la Peña de Francia y la Trinidad de Gaeta! ¡Allá vas, valentón del mundo, corazón de acero, brazos de bronce! ¡Que Dios te guíe otra vez y te devuelva libre, sano y sin daño a la luz de esta vida! La dejas para enterrarte en esta oscuridad que buscas.

El primo hizo casi las mismas oraciones y súplicas.

Don Quijote iba gritando que le dieran cuerda y más cuerda, y ellos se la daban poco a poco. Sus voces salían por la cueva como por un tubo. Cuando dejaron de oírse, ellos ya habían soltado las cien brazas de cuerda. Pensaron que debían volver a subir a don Quijote, porque no le podían dar más cuerda. Sin embargo, esperaron como media hora. Después empezaron a recoger la cuerda, y subía con mucha facilidad y sin ningún peso. Por eso imaginaron que don Quijote se había quedado dentro. Sancho lo creyó así y lloraba amargamente. Tiraba de la cuerda con mucha prisa para saber la verdad. Pero cuando llegaron, según les pareció, a poco más de las ochenta brazas, sintieron peso. Eso les dio una alegría enorme. Por fin, cuando faltaban diez brazas, vieron claramente a don Quijote. Sancho le gritó:

—¡Bienvenido sea vuestra merced, señor mío! Ya pensábamos que se quedaba allá para casta.

Pero don Quijote no respondía ni una palabra. Cuando lo sacaron del todo, vieron que traía los ojos cerrados, como si estuviera dormido. Lo tendieron en el suelo y lo desataron, pero aun así no despertaba. Lo giraron, lo sacudieron y lo menearon tanto que, después de un buen rato, volvió en sí. Se estiraba como si despertara de un sueño pesado y profundo. Miraba a un lado y a otro, como asustado, y dijo:

—Dios os lo perdone, amigos. Me habéis quitado la vida y la vista más dulce y agradable que ningún hombre ha visto ni vivido. Ahora sí acabo de comprender que todas las alegrías de esta vida pasan como sombra y sueño. O se secan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos! ¡Oh mal herido Durandarte! ¡Oh desgraciada Belerma! ¡Oh Guadiana, que lloras! ¡Y vosotras, desdichadas hijas de Ruidera! Vuestras aguas muestran las lágrimas que lloraron vuestros hermosos ojos.

El primo y Sancho escuchaban las palabras de don Quijote. Las decía como si las sacara de las entrañas con un dolor inmenso. Le suplicaron que les explicara lo que decía. Querían que les contara lo que había visto en aquel infierno.

—¿Lo llamáis infierno? —dijo don Quijote—. Pues no lo llaméis así, porque no lo merece, como veréis pronto.

Pidió algo de comer, porque traía muchísima hambre. Extendieron la alfombra del primo sobre la hierba verde y sacaron la comida de las alforjas. Se sentaron los tres en buena amistad y compañía, y merendaron y cenaron todo junto. Cuando quitaron la alfombra, dijo don Quijote de la Mancha:

—Que no se levante nadie. Escuchadme todos con atención, hijos.

### Glosario

- **elocuencia**: arte de hablar bien y de convencer con las palabras.
- **cebo**: comida que se usa para atraer a los animales y cazarlos.
- **meollo**: la parte más importante de una cosa; aquí, cosas inteligentes.
- **púlpito**: lugar alto en la iglesia desde donde el cura habla a la gente.
- **predicar**: hablar en público para enseñar cosas buenas, como hace el cura en la iglesia.
- **enhebrar**: pasar un hilo por una aguja; aquí, decir una frase detrás de otra.
- **murmurar**: hablar en voz baja, casi sin que se oiga; también, hablar mal de alguien.
- **replicar**: responder a lo que otro ha dicho.
- **ensillar**: poner la silla a un caballo.
- **rucio**: el asno de Sancho; «rucio» quiere decir de color gris.
- **alforjas**: bolsas dobles que se ponen sobre un animal o al hombro para llevar cosas.
- **encomendarse a Dios**: pedir a Dios que lo proteja a uno.
- **a ¿qué quieres, boca?**: con toda libertad, todo lo que uno quiera.
- **el buey suelto bien se lame**: refrán: quien no está atado, por ejemplo a un matrimonio, vive mejor.
- **humanista**: persona que estudia las lenguas, la historia y los libros antiguos.
- **libreas**: trajes con colores y lemas que llevaban los caballeros en las fiestas.
- **más justas que pecadoras**: juego de palabras: le quedarán muy bien («justas»), como lo contrario de «pecadoras».
- **mal francés**: una enfermedad grave que se pasaba con el amor.
- **volteador**: persona que da vueltas en el aire, como un acróbata.
- **no importar un ardite**: no tener ningún valor; el ardite era una moneda de muy poco valor.
- **en manos está el pandero que lo sabrá bien tañer**: refrán: esto está en manos de alguien que lo hará muy bien.
- **jubón**: prenda ajustada que cubre el pecho; los caballeros la llevaban debajo de la armadura.
- **para casta**: para quedarse allí y tener hijos; es decir, para siempre.

## Capítulo XXIII. De las admirables cosas que el extremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa

Serían las cuatro de la tarde. El sol estaba cubierto de nubes, con poca luz y rayos suaves. Así, sin calor ni cansancio, don Quijote pudo contar su historia a sus dos ilustres oyentes. Les contó lo que había visto en la cueva de Montesinos. Y empezó de este modo:

—A unos doce o catorce estados de profundidad en esta mazmorra, a la mano derecha, hay un hueco. Es un espacio tan grande que en él cabría un carro grande con sus mulas. Le entra un poco de luz por unas grietas o agujeros, abiertos lejos, en la superficie de la tierra. Vi este hueco cuando ya iba cansado y de mal humor. Bajaba colgado de la cuerda por aquella región oscura, sin un camino claro ni seguro. Así que decidí entrar en él y descansar un poco. Os grité que no soltarais más cuerda hasta que yo os lo dijera, pero no debisteis de oírme. Fui recogiendo la cuerda que me enviabais e hice con ella un rollo. Me senté encima, muy pensativo. Pensaba qué debía hacer para llegar al fondo, sin nadie que me sostuviera. Y estando con estos pensamientos y esta confusión, de repente y sin buscarlo, me vino un sueño profundísimo. Y cuando menos lo pensaba, sin saber cómo, me desperté. Me encontré en medio del prado más bello, agradable y delicioso que puede crear la naturaleza. Ni la imaginación humana más discreta podría imaginar otro igual. Abrí bien los ojos, me los limpié y vi que no dormía, sino que de verdad estaba despierto. Aun así, me toqué la cabeza y el pecho. Quería estar seguro de que era yo mismo el que estaba allí, y no un fantasma vacío y falso. Pero el tacto, lo que sentía y los pensamientos ordenados que hacía me lo aseguraron. Yo era allí entonces el mismo que soy aquí ahora.

»En seguida vi delante de mí un palacio o alcázar real y lujoso. Sus muros y paredes parecían hechos de cristal claro y transparente. Se abrieron dos grandes puertas, y vi que por ellas salía un anciano venerable y venía hacia mí. Llevaba una capa larga de tela morada, que le arrastraba por el suelo. Sobre los hombros y el pecho llevaba una banda de estudiante, de raso verde. En la cabeza llevaba una gorra milanesa negra. Su barba, muy blanca, le pasaba de la cintura. No traía ningún arma, sino solo un rosario en la mano. Las cuentas del rosario eran más grandes que nueces medianas. Y las cuentas más grandes, las de cada diez, eran como huevos medianos de avestruz. Su aspecto, su paso, su seriedad y su gran presencia me dejaron admirado. Cada cosa por sí sola me admiraba, y todas juntas también. Se acercó a mí y lo primero que hizo fue abrazarme con fuerza. Luego me dijo: «Hace mucho tiempo, valiente caballero don Quijote de la Mancha, que te esperamos. Los que estamos encantados en estas soledades esperamos verte. Queremos que cuentes al mundo lo que esconde la profunda cueva por donde has entrado. Se llama la cueva de Montesinos. Es una hazaña guardada solo para tu corazón invencible y tu valor asombroso. Ven conmigo, señor ilustre. Te quiero mostrar las maravillas que esconde este alcázar transparente. Yo soy su alcaide y su guarda mayor para siempre. Porque soy el mismo Montesinos, que da nombre a la cueva».

»Apenas me dijo que era Montesinos, le pregunté una cosa. Quería saber si era verdad lo que se contaba en el mundo de aquí arriba. Se decía que él había sacado el corazón a su gran amigo Durandarte. Decían que lo sacó de la mitad del pecho con una pequeña daga. Y se lo llevó a la señora Belerma, como Durandarte le mandó al morir. Me respondió que en todo decían la verdad, menos en la daga. Porque no fue una daga, ni pequeña, sino un puñal afilado, más agudo que una lezna.

—Ese puñal —dijo entonces Sancho— debía de ser de Ramón de Hoces, el sevillano.

—No lo sé —siguió don Quijote—. Pero no sería de ese fabricante de puñales, porque Ramón de Hoces es de ayer. Y lo de Roncesvalles, donde pasó esta desgracia, fue hace muchos años. Además, esta pregunta no tiene importancia. No cambia ni altera la verdad ni el contenido de la historia.

—Así es —respondió el primo—. Siga vuestra merced, señor don Quijote, que lo escucho con el mayor gusto del mundo.

—Y yo lo cuento con el mismo gusto —respondió don Quijote—. Y así, digo que el venerable Montesinos me llevó al palacio de cristal. Allí, en una sala baja, muy fresca y toda de alabastro, había un sepulcro de mármol, hecho con gran arte. Sobre él vi a un caballero tendido a lo largo. No estaba hecho de bronce, ni de mármol, ni de jaspe, como en otros sepulcros. Era de pura carne y puros huesos. Tenía la mano derecha puesta sobre el lado del corazón. Esa mano me pareció algo peluda y con fuertes nervios, señal de que su dueño tenía mucha fuerza. Antes de que yo preguntara nada, Montesinos me vio mirando con asombro al del sepulcro. Y me dijo: «Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo. Lo tiene aquí encantado Merlín, aquel encantador francés, igual que a mí y a otros muchos y muchas. Dicen que Merlín fue hijo del diablo. Pero yo creo que no fue su hijo, sino que sabía, como dicen, un punto más que el diablo. Nadie sabe cómo ni para qué nos encantó. Ya se sabrá con el tiempo, y creo que no falta mucho. Lo que a mí me asombra es esto. Sé, tan cierto como que ahora es de día, que Durandarte murió en mis brazos. Y sé que, después de muerto, le saqué el corazón con mis propias manos. Y de verdad debía de pesar dos libras. Porque, según los que estudian la naturaleza, quien tiene el corazón más grande tiene más valentía. Pues si esto es así, y este caballero murió de verdad, ¿cómo es posible esto? ¿Cómo se queja y suspira de vez en cuando, como si estuviera vivo?». Después de decir esto, el pobre Durandarte dio un grito y dijo:

«¡Oh, mi primo Montesinos!
Lo último que os rogaba:
que cuando yo estuviera muerto
y mi alma ya arrancada,
llevarais mi corazón
adonde Belerma estaba,
sacándomelo del pecho,
ya con puñal, ya con daga».

»Al oír esto, el venerable Montesinos se puso de rodillas ante el pobre caballero. Con lágrimas en los ojos, le dijo: «Ya, señor Durandarte, queridísimo primo mío, ya hice lo que me mandasteis. Lo hice en el triste día de nuestra derrota. Os saqué el corazón lo mejor que pude, sin dejaros ni un trocito en el pecho. Lo limpié con un pañuelo de encaje. Y salí corriendo con él hacia Francia. Antes os había enterrado, con tantas lágrimas que me bastaron para lavarme las manos. Con ellas limpié la sangre que tenían, por haber andado en vuestras entrañas. Y os doy otra prueba más, primo de mi alma. Salí de Roncesvalles, y en el primer pueblo que encontré, eché un poco de sal en vuestro corazón. Lo hice para que no oliera mal. Así llegaría ante la señora Belerma, si no fresco, por lo menos seco y salado. A la señora Belerma, a vos, a mí, a Guadiana, vuestro escudero, nos tiene aquí encantados el sabio Merlín. También a la dueña Ruidera, a sus siete hijas y a sus dos sobrinas, y a muchos otros conocidos y amigos vuestros. Llevamos así muchos años. Aunque ya pasan de quinientos, ninguno de nosotros se ha muerto. Solo faltan Ruidera, sus hijas y sus sobrinas. Lloraban, y Merlín debió de tenerles compasión. Por eso las convirtió en otras tantas lagunas. Ahora, en el mundo de los vivos, las llaman las lagunas de Ruidera. Están en la provincia de la Mancha. Las siete hijas son de los reyes de España. Y las dos sobrinas son de los caballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero, también lloraba vuestra desgracia, y fue convertido en un río con su mismo nombre. Cuando llegó a la superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo, sintió una pena enorme. Le dolía tanto dejaros que se hundió en las entrañas de la tierra. Pero no puede dejar de seguir su corriente natural. Por eso, de vez en cuando, sale y se muestra donde el sol y la gente lo vean. Las lagunas le van dando de sus aguas. Con ellas y con otras muchas que se le juntan, entra grande y orgulloso en Portugal. Pero aun así, por dondequiera que va muestra su tristeza y su melancolía. No se precia de criar en sus aguas peces finos y apreciados. Cría peces bastos y sin sabor, muy diferentes de los del Tajo dorado. Esto que ahora os digo, ¡oh primo mío!, os lo he dicho muchas veces. Y como no me respondéis, imagino que no me creéis, o que no me oís. Y eso me da una pena tan grande como Dios sabe. Ahora os quiero dar una noticia. Si no os sirve de alivio en vuestro dolor, por lo menos no lo aumentará. Sabed que tenéis aquí delante, abrid los ojos y lo veréis, a aquel gran caballero. Es el caballero de quien el sabio Merlín ha profetizado tantas cosas: don Quijote de la Mancha. Él ha resucitado en estos tiempos la ya olvidada caballería andante, y mejor que en los siglos pasados. Quizá con su ayuda y su favor nosotros podamos ser desencantados. Porque las grandes hazañas están guardadas para los grandes hombres». «Y si no es así —respondió el pobre Durandarte con voz débil y baja—. Si no es así, ¡oh primo!, digo: paciencia y barajar». Y se volvió de lado y volvió a su silencio de siempre, sin decir ni una palabra más.

»En ese momento se oyeron grandes gritos y llantos, con profundos gemidos y sollozos de angustia. Volví la cabeza. A través de las paredes de cristal vi que por otra sala pasaba una procesión. Eran dos filas de doncellas hermosísimas, todas vestidas de luto, con turbantes blancos en la cabeza, al estilo turco. Al final de las filas venía una señora, que por su seriedad lo parecía. También iba vestida de negro, con tocas blancas tan largas que tocaban el suelo. Su turbante era dos veces más grande que el más grande de las otras. Tenía las cejas juntas y la nariz algo chata. La boca era grande, pero los labios eran rojos. A veces enseñaba los dientes, y se veía que eran separados y mal puestos, aunque blancos como almendras peladas. En las manos traía un pañuelo fino. Y dentro, por lo que pude ver, llevaba un corazón seco y salado, como de momia. Montesinos me dijo que toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma. Estaban encantados allí con sus dos señores. La última, la que traía el corazón en el pañuelo, era la señora Belerma. Ella y sus doncellas hacían aquella procesión cuatro días a la semana. Cantaban, o mejor dicho, lloraban canciones tristes sobre el cuerpo y el pobre corazón de su primo. Y si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como decía su fama, había una causa. Eran las malas noches y los peores días que pasaba en aquel encantamiento. Se notaba en sus grandes ojeras y en su color enfermizo. «Y su color amarillo y sus ojeras no vienen del mal de cada mes, normal en las mujeres. Porque hace muchos meses, y hasta años, que no lo tiene. Vienen del dolor que siente su corazón por el otro, el que lleva siempre en las manos. Ese corazón le renueva y le trae a la memoria la desgracia de su amante, muerto tan joven. Si no fuera por esto, apenas la igualaría en hermosura, gracia y energía la gran Dulcinea del Toboso. Dulcinea es tan famosa en toda esta tierra, y hasta en todo el mundo». «¡Cepos quedos! —dije yo entonces—, señor don Montesinos. Cuente vuestra merced su historia como debe. Ya sabe que toda comparación es odiosa, y por eso no hay por qué comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del Toboso es quien es. Y la señora doña Belerma es quien es y quien ha sido. Y dejémoslo aquí». Él me respondió: «Señor don Quijote, perdóneme vuestra merced. Confieso que me equivoqué. No hice bien en decir que la señora Dulcinea apenas igualaría a la señora Belerma. Porque, por no sé qué señales, he entendido que vuestra merced es su caballero. Eso me bastaba para morderme la lengua antes que compararla con nada, salvo con el mismo cielo». Con esta disculpa del gran Montesinos, mi corazón se calmó del susto que tuve. Me había asustado oír que comparaban a mi señora con Belerma.

—Y hasta me extraña —dijo Sancho— que vuestra merced no se subiera encima del viejo y no le moliera los huesos a patadas. Y que no le arrancara las barbas, sin dejarle ni un pelo.

—No, Sancho amigo —respondió don Quijote—. No estaba bien que yo hiciera eso, porque todos tenemos que respetar a los ancianos, aunque no sean caballeros. Y sobre todo a los que son caballeros y están encantados. Pero sé bien que, en otras muchas preguntas y respuestas que tuvimos los dos, no nos quedamos debiendo nada.

Entonces dijo el primo:

—No sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced ha visto tantas cosas en tan poco tiempo allá abajo. Y cómo ha hablado y respondido tanto.

—¿Cuánto tiempo hace que bajé? —preguntó don Quijote.

—Poco más de una hora —respondió Sancho.

—Eso no puede ser —replicó don Quijote—. Porque allá se hizo de noche y se hizo de día, y otra vez de noche y de día, tres veces. Así que, según mi cuenta, he estado tres días en aquellos lugares lejanos y escondidos a nuestra vista.

—Verdad debe de decir mi señor —dijo Sancho—. Todas las cosas que le han pasado son por encantamiento. Por eso, quizá lo que a nosotros nos parece una hora, allá debe de parecer tres días con sus noches.

—Así será —respondió don Quijote.

—¿Y ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío? —preguntó el primo.

—No he probado bocado —respondió don Quijote—. Ni siquiera he tenido hambre, ni he pensado en ella.

—¿Y los encantados comen? —dijo el primo.

—No comen —respondió don Quijote—, ni hacen sus necesidades mayores. Aunque se cree que les crecen las uñas, las barbas y el pelo.

—¿Y duermen los encantados, señor? —preguntó Sancho.

—No, de ningún modo —respondió don Quijote—. Por lo menos en estos tres días que he estado con ellos, ninguno ha pegado ojo. Y yo tampoco.

—Aquí viene bien el refrán —dijo Sancho— de «dime con quién andas, decirte he quién eres». Vuestra merced anda con encantados que no comen y no duermen. ¿Qué tiene de raro que no coma ni duerma mientras anda con ellos? Pero perdóneme vuestra merced, señor mío, por lo que le voy a decir. De todo lo que ha dicho, que me lleve Dios, iba a decir el diablo, si le creo una sola cosa.

—¿Cómo que no? —dijo el primo—. ¿Iba a mentir el señor don Quijote? Aunque quisiera, no ha tenido tiempo de inventar e imaginar tantos millones de mentiras.

—Yo no creo que mi señor mienta —respondió Sancho.

—Si no, ¿qué crees? —le preguntó don Quijote.

—Creo —respondió Sancho— que lo hicieron aquel Merlín o aquellos encantadores. Hablo de los que encantaron a esa gente que vuestra merced vio y trató allá abajo. Ellos le metieron en la cabeza o en la memoria todo ese enredo que nos ha contado. Y también todo lo que le queda por contar.

—Todo eso podría ser, Sancho —replicó don Quijote—, pero no es así. Porque lo que he contado lo vi con mis propios ojos y lo toqué con mis propias manos. Pero ¿qué dirás cuando te cuente lo que viene ahora? Montesinos me mostró infinitas cosas y maravillas. Te las iré contando despacio, a su tiempo, durante nuestro viaje, porque no todas son para este momento. Pero entre ellas me mostró a tres labradoras. Iban por aquellos campos tan agradables saltando y brincando como cabras. Apenas las vi, conocí que una era la sin par Dulcinea del Toboso. Y las otras dos eran aquellas mismas labradoras que venían con ella. Eran las mismas con las que hablamos a la salida del Toboso. Le pregunté a Montesinos si las conocía. Me respondió que no. Pero imaginaba que debían de ser algunas señoras importantes encantadas. Habían aparecido en aquellos prados hacía pocos días. Me dijo que no me extrañara, porque allí había otras muchas señoras de siglos pasados y presentes. Estaban encantadas en figuras diferentes y extrañas. Entre ellas, él conocía a la reina Ginebra y a su dueña Quintañona. Ellas servían el vino a Lanzarote,

cuando de Bretaña vino.

Cuando Sancho Panza oyó esto, pensó que iba a perder el juicio o morirse de risa. Él sabía la verdad del falso encantamiento de Dulcinea. Él mismo había sido el encantador y el inventor de esa mentira. Así que terminó de convencerse, sin ninguna duda, de que su señor estaba fuera de juicio y completamente loco. Y le dijo:

—En mala hora, en peor momento y en un día negro bajó vuestra merced al otro mundo, querido patrón mío. Y en mal momento se encontró con el señor Montesinos, que así nos lo ha devuelto. Bien estaba vuestra merced aquí arriba, con todo su juicio, tal como Dios se lo había dado. Hablaba con sabiduría y daba consejos a cada paso. Y ahora cuenta los mayores disparates que se pueden imaginar.

—Como te conozco, Sancho —respondió don Quijote—, no hago caso de tus palabras.

—Ni yo de las de vuestra merced —replicó Sancho—. Aunque me hiera, aunque me mate por las que le he dicho. O por las que le pienso decir si no se corrige y enmienda en las suyas. Pero dígame vuestra merced, ahora que estamos en paz: ¿cómo reconoció a la señora nuestra ama? Y si habló con ella, ¿qué le dijo, y qué le respondió ella?

—La reconocí —respondió don Quijote— porque lleva los mismos vestidos que llevaba cuando tú me la mostraste. Le hablé, pero no me respondió ni una palabra. Al contrario, me dio la espalda y se fue huyendo con tanta prisa que no la alcanzaría ni una flecha. Quise seguirla, y lo habría hecho. Pero Montesinos me aconsejó que no me cansara, porque sería inútil. Además, ya llegaba la hora en que tenía que volver a salir de la cueva. También me dijo que, con el tiempo, me avisarían de cómo podían ser desencantados. Hablaba de él, de Belerma y de Durandarte, y de todos los que estaban allí. Pero lo que más pena me dio de todo lo que vi fue otra cosa. Montesinos me estaba diciendo estas palabras. Entonces se me acercó por un lado una de las dos compañeras de la pobre Dulcinea. Yo no la vi venir. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Con voz baja y turbada, me dijo: «Mi señora Dulcinea del Toboso besa a vuestra merced las manos. Le suplica que le haga el favor de decirle cómo está vuestra merced. Y como ella está en una gran necesidad, también le suplica una cosa, con todo el corazón. Le pide que le preste media docena de reales, o los que vuestra merced tenga. A cambio deja en prenda esta falda nueva de algodón que traigo aquí. Ella da su palabra de devolvérselos muy pronto». Este recado me dejó asombrado y admirado. Me volví al señor Montesinos y le pregunté: «¿Es posible, señor Montesinos, que los encantados importantes pasen necesidad?». Él me respondió: «Créame vuestra merced, señor don Quijote de la Mancha. Esto que llaman necesidad se encuentra en todas partes, llega a todos, y no perdona ni a los encantados. La señora Dulcinea del Toboso pide esos seis reales, y la prenda, según parece, es buena. Así que no hay más que dárselos. Sin duda, debe de estar en algún gran apuro». «La prenda no la tomaré —le respondí—. Y tampoco le daré lo que pide, porque solo tengo cuatro reales». Y se los di. Eran los que tú, Sancho, me diste el otro día. Eran para dar limosna a los pobres que encontrara por los caminos. Y le dije: «Decid, amiga mía, a vuestra señora que siento en el alma sus penas. Me gustaría ser un Fúcar para remediarlas. Decidle que yo no puedo ni debo tener salud sin su agradable vista y su discreta conversación. Y le suplico con todo el corazón que se deje ver y tratar por su cautivo servidor. Se lo pide este caballero, cansado de tantos trabajos. Decidle también otra cosa. Cuando menos lo piense, oirá que he hecho un juramento y un voto. Será como el que hizo el marqués de Mantua para vengar a su sobrino Baldovinos. Lo encontró a punto de morir en medio del monte. Y juró no comer pan en mesa con mantel, y otras cosillas que añadió, hasta vengarlo. Pues yo juro igual no descansar y andar por las siete partes del mundo hasta desencantarla. Y las andaré con más cuidado que el infante don Pedro de Portugal». «Todo eso, y más, le debe vuestra merced a mi señora», me respondió la doncella. Y tomó los cuatro reales. Pero en lugar de hacerme una reverencia, dio una cabriola y se levantó dos varas en el aire.

—¡Oh santo Dios! —gritó entonces Sancho—. ¿Es posible que pase esto en el mundo? ¿Tienen tanta fuerza en él los encantadores y los encantamientos? ¿Tanta que han cambiado el buen juicio de mi señor por una locura tan disparatada? ¡Oh señor, señor, por Dios, mire vuestra merced por sí mismo y defienda su honra! No crea esas tonterías vacías, que le han dejado el juicio pequeño y roto.

—Hablas así porque me quieres bien, Sancho —dijo don Quijote—. Y como no tienes experiencia en las cosas del mundo, todo lo que es un poco difícil te parece imposible. Pero pasará el tiempo, como ya he dicho otra vez. Y yo te contaré algunas de las cosas que he visto allá abajo. Ellas te harán creer las que he contado aquí, y su verdad no admite réplica ni discusión.

### Glosario

- **estado**: medida de la altura de un hombre.
- **alcaide**: hombre que guarda y manda en un castillo.
- **lezna**: herramienta con una punta muy fina que usan los zapateros.
- **libra**: medida antigua de peso, casi medio kilo.
- **paciencia y barajar**: frase de los jugadores de cartas: hay que tener paciencia y seguir intentándolo.
- **¡Cepos quedos!**: ¡alto ahí!, ¡cuidado con lo que dice!
- **dime con quién andas, decirte he quién eres**: refrán: por tus amigos se sabe cómo eres; «decirte he» es una forma antigua de «te diré».
- **prenda**: cosa que se deja a quien presta dinero, para asegurar que se le devolverá.
- **Fúcar**: los Fugger, una familia de banqueros muy rica; aquí, un hombre riquísimo.
- **cabriola**: salto en el aire, moviendo los pies, como en un baile.
- **vara**: medida de unos ochenta centímetros.

## Capítulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento de esta grande historia

El que tradujo esta gran historia del original, escrito por su primer autor, Cide Hamete Benengeli, dice una cosa. Cuando llegó al capítulo de la aventura de la cueva de Montesinos, encontró unas palabras en el margen. Estaban escritas por la mano del mismo Hamete, y decían así:

«No puedo entender ni creer una cosa. No creo que al valiente don Quijote le pasara exactamente todo lo del capítulo anterior. La razón es esta. Todas las aventuras que han pasado hasta aquí han sido posibles y creíbles. Pero no encuentro forma de creer que esta de la cueva sea verdadera, porque se sale mucho de lo razonable. Pero no es posible pensar que don Quijote mintiera. Era el hidalgo más sincero y el caballero más noble de su tiempo. No diría una mentira aunque lo mataran a flechazos. Por otra parte, pienso que él la contó y la dijo con todos los detalles que hemos visto. Y no pudo inventar en tan poco tiempo un montón tan grande de disparates. Si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa. Y así, la escribo sin decir si es falsa o verdadera. Tú, lector, como eres prudente, juzga lo que te parezca. Yo no debo ni puedo hacer más. Aunque se tiene por cierta una cosa. Dicen que, al final de su vida, cuando iba a morir, se retractó de ella. Dijo que la había inventado, porque le parecía que encajaba bien con las aventuras que había leído en sus libros».

Y luego sigue, diciendo:

El primo se asombró tanto del atrevimiento de Sancho Panza como de la paciencia de su amo. Pensó que aquel carácter suave que mostraba ahora venía de su alegría. Don Quijote estaba contento por haber visto a su señora Dulcinea del Toboso, aunque fuera encantada. Si no, Sancho le había dicho palabras y razones que merecían una buena paliza. Porque de verdad le pareció que Sancho había sido demasiado atrevido con su señor. Y el primo le dijo a don Quijote:

—Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por muy bien empleado el viaje que he hecho con vuestra merced. Porque en él he ganado cuatro cosas. La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo por una gran felicidad. La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos. Y también los cambios de Guadiana y de las lagunas de Ruidera. Me servirán para el «Ovidio español» que estoy escribiendo. La tercera, entender lo antiguas que son las cartas de la baraja. Por lo menos, ya se usaban en tiempos del emperador Carlomagno. Eso se puede sacar de las palabras que, según vuestra merced, dijo Durandarte. Montesinos estuvo hablando con él mucho tiempo, y al final él despertó diciendo: «Paciencia y barajar». Esta forma de hablar no la pudo aprender estando encantado. La aprendió cuando no lo estaba, en Francia, en tiempos de ese emperador Carlomagno. Y este descubrimiento me viene perfecto para el otro libro que estoy escribiendo. Es el «Suplemento de Virgilio Polidoro», sobre quién inventó las cosas antiguas. Creo que a Polidoro se le olvidó poner en el suyo el invento de las cartas. Yo lo pondré ahora, y será muy importante. Sobre todo porque cito a un autor tan serio y tan verdadero como el señor Durandarte. La cuarta es haber sabido con seguridad dónde nace el río Guadiana, que hasta ahora la gente no sabía.

—Vuestra merced tiene razón —dijo don Quijote—. Pero yo querría saber una cosa. Quizá Dios le dé la suerte de recibir permiso para imprimir esos libros, cosa que dudo. Si es así, ¿a quién piensa dedicarlos?

—En España hay señores y grandes a quienes se pueden dedicar —dijo el primo.

—No muchos —respondió don Quijote—. Y no porque no lo merezcan. Es que no quieren aceptarlos, para no obligarse a pagar el trabajo y la cortesía de los autores. Yo conozco a un príncipe que puede compensar la falta de todos los demás. Tiene tantas ventajas que, si me atreviera a decirlas, quizá despertaría la envidia en más de cuatro pechos nobles. Pero dejemos esto para otro momento mejor. Vamos a buscar dónde pasar esta noche.

—No lejos de aquí —respondió el primo— hay una ermita. Allí vive un ermitaño que, según dicen, ha sido soldado. Tiene fama de ser un buen cristiano, muy discreto y además caritativo. Junto a la ermita tiene una casa pequeña, que construyó él mismo con su dinero. Aunque es pequeña, puede recibir huéspedes.

—¿Tiene gallinas, por casualidad, ese ermitaño? —preguntó Sancho.

—Pocos ermitaños están sin ellas —respondió don Quijote—. Porque los de ahora no son como aquellos de los desiertos de Egipto. Aquellos se vestían de hojas de palma y comían raíces de la tierra. Y no se crea que, por hablar bien de aquellos, no hablo bien de estos. Quiero decir que las penitencias de ahora no llegan a la dureza y la pobreza de entonces. Pero no por eso dejan de ser todos buenos. Por lo menos, yo los tengo por buenos. Y en el peor de los casos, hace menos daño el hipócrita que finge ser bueno que el pecador público.

En esto, vieron que hacia ellos venía un hombre a pie. Caminaba deprisa y daba golpes con una vara a un mulo cargado de lanzas y alabardas. Cuando llegó a ellos, los saludó y siguió adelante. Don Quijote le dijo:

—Buen hombre, deteneos. Parece que vais con más prisa de la que necesita ese mulo.

—No me puedo detener, señor —respondió el hombre—. Las armas que veis aquí tienen que servir mañana. Por eso no puedo detenerme, y adiós. ¿Queréis saber para qué las llevo? Esta noche pienso dormir en la venta que está más arriba de la ermita. Si vais por este mismo camino, allí me encontraréis, y os contaré maravillas. Y adiós otra vez.

Y picó al mulo con tanta prisa que don Quijote no tuvo tiempo de preguntarle qué maravillas pensaba contarles. Don Quijote era algo curioso y siempre lo atormentaba el deseo de saber cosas nuevas. Por eso mandó que se marcharan en seguida a pasar la noche en la venta, sin pasar por la ermita. El primo, en cambio, habría querido quedarse en la ermita.

Así lo hicieron. Subieron a caballo y siguieron los tres el camino derecho hacia la venta. Llegaron un poco antes de anochecer. El primo le dijo a don Quijote que se acercaran a la ermita a beber un trago. Apenas lo oyó Sancho Panza, dirigió el rucio hacia la ermita, y lo mismo hicieron don Quijote y el primo. Pero parece que la mala suerte de Sancho quiso que el ermitaño no estuviera en casa. Así se lo dijo una sotaermitaño que encontraron en la ermita. Le pidieron «de lo caro». Respondió que su señor no lo tenía. Pero si querían agua barata, se la daría con mucho gusto.

—Si yo tuviera sed de agua —respondió Sancho—, en el camino hay pozos donde la habría quitado. ¡Ah, bodas de Camacho y abundancia de la casa de don Diego! ¡Cuántas veces os voy a echar de menos!

Con esto, dejaron la ermita y fueron deprisa hacia la venta. Poco después encontraron a un muchacho que caminaba delante de ellos sin mucha prisa, y así lo alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y colgado de ella un bulto o paquete. Parecía que eran sus vestidos: debían de ser los calzones o greguescos, la capa corta y alguna camisa. Porque llevaba puesta una chaqueta de terciopelo con algunos brillos de raso, y la camisa por fuera. Las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a la moda de la corte. Tendría unos dieciocho o diecinueve años. Tenía la cara alegre y parecía ágil. Iba cantando seguidillas para hacer más ligero el cansancio del camino. Cuando llegaron a él, acababa de cantar una. El primo la aprendió de memoria, y dicen que decía así:

A la guerra me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros,
no fuera, en verdad.

El primero que le habló fue don Quijote. Le dijo:

—Muy a la ligera camina vuestra merced, señor galán. ¿Y adónde va? Díganoslo, si le gusta.

El mozo respondió:

—Camino tan a la ligera por el calor y por la pobreza. Y voy a la guerra.

—¿Cómo que por la pobreza? —preguntó don Quijote—. Por el calor, bien puede ser.

—Señor —respondió el joven—, en este paquete llevo unos greguescos de terciopelo, compañeros de esta chaqueta. Si los gasto en el camino, no podré lucirlos con honra en la ciudad. Y no tengo dinero para comprar otros. Por eso, y también para tomar el aire, voy así. Voy a alcanzar unas compañías de infantería que están a menos de doce leguas de aquí. Allí me alistaré como soldado. Y desde allí no faltarán carros y animales para viajar hasta el puerto donde nos embarcaremos. Dicen que será en Cartagena. Prefiero tener por amo y señor al rey y servirlo en la guerra, antes que servir a un pobretón en la corte.

—¿Y lleva vuestra merced alguna ventaja, por casualidad? —preguntó el primo.

—Si yo hubiera servido a algún grande de España, o a alguna persona importante —respondió el mozo—, seguro que la llevaría. Eso tiene servir a los buenos señores. De la mesa de sus criados suelen salir alféreces o capitanes, o gente con algún buen sueldo. Pero yo, desgraciado de mí, siempre serví a funcionarios de poca importancia y a gente recién llegada a la corte. Me daban una comida y un sueldo tan pobres que la mitad se iba en almidonar un cuello. Sería un milagro que un paje aventurero como yo consiguiera una suerte siquiera razonable.

—Y dígame, por su vida, amigo —preguntó don Quijote—. ¿Es posible que en los años que sirvió no haya conseguido alguna librea?

—Me han dado dos —respondió el paje—. Pero pasa como con el que deja una orden religiosa antes de hacer los votos. Le quitan el hábito y le devuelven su ropa. Así me devolvían a mí la mía mis amos. Cuando terminaban los negocios que los traían a la corte, se volvían a sus casas. Y recogían las libreas, que solo habían dado para presumir.

—¡Notable espilorchería, como dicen los italianos! —dijo don Quijote—. Pero, aun así, tenga por buena suerte haber salido de la corte con tan buena intención. Porque no hay en la tierra nada más honrado ni más útil que servir a Dios, primero. Y luego, a su rey y señor natural, sobre todo en el oficio de las armas. Con las armas se consigue, si no más riqueza, por lo menos más honra que con las letras. Ya lo he dicho muchas veces. Es verdad que las letras han fundado más mayorazgos que las armas. Pero los de las armas tienen un no sé qué sobre los de las letras. Tienen un sí sé qué de esplendor, que los pone por encima de todos. Y esto que ahora le voy a decir, guárdelo en la memoria. Le será muy útil y le dará alivio en sus trabajos. No piense en las desgracias que le pueden venir. La peor de todas es la muerte. Y si la muerte es buena, morir es lo mejor de todo. Le preguntaron a Julio César, aquel valiente emperador romano, cuál era la mejor muerte. Respondió que la inesperada, la que llega de repente y sin aviso. Respondió como un pagano, que no conocía al verdadero Dios. Pero aun así dijo bien, para ahorrarse el sufrimiento humano. Porque, supongamos que os matan en la primera batalla o pelea. Que sea de un tiro de cañón, o volando por una mina. ¿Qué importa? Todo es morir, y se acabó la obra. Y según Terencio, queda mejor el soldado muerto en la batalla que vivo y a salvo en la huida. Y el buen soldado consigue tanta fama como obediencia tiene a sus capitanes y a quienes pueden mandarle. Y daos cuenta, hijo, de que al soldado le queda mejor oler a pólvora que a perfume. Y si la vejez os encuentra en este oficio honroso, puede que estéis lleno de heridas, estropeado o cojo. Pero, por lo menos, no os encontrará sin honra. Y será una honra que la pobreza no podrá disminuir. Además, ya se está ordenando cómo mantener y ayudar a los soldados viejos y estropeados. No está bien hacer con ellos lo que hacen algunos con sus esclavos negros. Cuando ya son viejos y no pueden servir, los liberan y los echan de casa. Les dan el título de libres, pero los hacen esclavos del hambre. Y de esa esclavitud solo se librarán con la muerte. Por ahora no os quiero decir más. Solo os pido que subáis a la grupa de mi caballo hasta la venta. Allí cenaréis conmigo, y por la mañana seguiréis el camino. Que Dios os lo dé tan bueno como merecen vuestros deseos.

El paje no aceptó subir a la grupa, pero sí aceptó cenar con él en la venta. Y dicen que en ese momento Sancho dijo para sí:

—¡Válgate Dios, qué señor! ¿Es posible? Este hombre sabe decir tantas cosas, y tan buenas, como las que ha dicho aquí. ¿Y dice que ha visto los disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Bueno, ya se verá.

Y en esto, llegaron a la venta cuando anochecía. Sancho se alegró, porque su señor la tomó por una venta de verdad, y no por un castillo, como solía. Apenas entraron, don Quijote le preguntó al ventero por el hombre de las lanzas y las alabardas. El ventero respondió que estaba en la cuadra, ocupándose del mulo. Lo mismo hicieron con sus animales el primo y Sancho. A Rocinante le dieron el mejor pesebre y el mejor sitio de la cuadra.

### Glosario

- **zarandajas**: cosas pequeñas y sin mucha importancia.
- **apócrifa**: falsa, o que no se puede creer que pasó de verdad.
- **retractarse**: decir que algo que uno dijo antes no es verdad.
- **alabarda**: arma larga, como una lanza, con una cuchilla en la punta.
- **sotaermitaño**: ayudante del ermitaño.
- **de lo caro**: vino; Sancho y los otros lo piden así, al contrario que el «agua barata».
- **greguescos**: pantalones anchos que llegaban hasta las rodillas.
- **a la ligera**: con poca ropa, y también deprisa.
- **ventaja**: paga extra que recibían algunos soldados recomendados.
- **librea**: traje especial que un señor daba a sus criados.
- **espilorchería**: palabra italiana: tacañería, avaricia.
- **mayorazgo**: conjunto de bienes de una familia que hereda siempre el hijo mayor.
- **grupa**: parte de atrás del lomo del caballo.

## Capítulo XXV. Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino

Como suele decirse, a don Quijote no se le cocía el pan hasta oír las maravillas que le había prometido el hombre de las armas. Fue a buscarlo donde el ventero le había dicho, y lo encontró. Le pidió que le contara ya lo que le iba a contar más tarde, sobre lo que le había preguntado en el camino. El hombre le respondió:

—El cuento de mis maravillas se tiene que escuchar más despacio, y no de pie. Déjeme vuestra merced, buen señor, terminar de cuidar a mi animal. Después le diré cosas que le van a admirar.

—Que no sea por eso —respondió don Quijote—. Yo os ayudaré en todo.

Y así lo hizo. Le limpió la cebada al animal y le limpió el pesebre. Esta humildad obligó al hombre a contarle con buena voluntad lo que le pedía. Se sentó en un banco de piedra, y don Quijote se sentó junto a él. Tenían como público al primo, al paje, a Sancho Panza y al ventero. Entonces el hombre empezó a hablar así:

—«Sabrán vuestras mercedes que en un pueblo a cuatro leguas y media de esta venta pasó una cosa. A un regidor de allí le faltó un asno. Fue por el engaño de una muchacha, su criada, pero eso es largo de contar. El regidor hizo todo lo posible por encontrarlo, pero no lo consiguió. Ya habían pasado unos quince días desde que faltaba el asno, según cuenta todo el mundo. Entonces el regidor que lo había perdido estaba en la plaza. Y otro regidor del mismo pueblo le dijo: “Dadme albricias, compadre, que vuestro burro ha aparecido”. “Os las prometo, y buenas, compadre —respondió el otro—. Pero decidme dónde ha aparecido”. “En el monte —respondió el que lo había encontrado—. Lo vi esta mañana sin albarda y sin nada encima. Estaba tan flaco que daba pena mirarlo. Quise empujarlo delante de mí para traéroslo. Pero ya está tan salvaje y tan asustadizo que se fue huyendo cuando llegué a él. Se metió en lo más escondido del monte. Si queréis, volvemos los dos a buscarlo. Dejadme poner esta burra en mi casa, que vuelvo enseguida”. “Me haréis un gran favor —dijo el dueño del burro—, y yo intentaré pagaros con la misma moneda”.

»Todos los que conocen bien la verdad de este caso lo cuentan así, con todos estos detalles, igual que yo. En fin, los dos regidores se fueron al monte a pie y juntos. Llegaron al sitio donde pensaban encontrar el asno, pero no estaba. Lo buscaron mucho por todos aquellos alrededores, pero no apareció. Entonces el regidor que lo había visto le dijo al otro: “Mirad, compadre: se me ha ocurrido un plan para descubrir a este animal. Con él lo encontraremos sin duda, aunque esté metido dentro de la tierra, y no solo en el monte. Yo sé rebuznar maravillosamente. Si vos sabéis un poco, el asunto está resuelto”. “¿Un poco, decís, compadre? —dijo el otro—. Por Dios, en eso no me gana nadie, ni siquiera los mismos asnos”. “Ahora lo veremos —respondió el segundo regidor—. Mi plan es este: vos vais por una parte del monte y yo por otra. Así lo rodeamos y lo recorremos todo. De vez en cuando rebuznaréis vos y rebuznaré yo. Si el asno está en el monte, seguro que nos oye y nos responde”. El dueño del burro respondió: “Digo, compadre, que el plan es excelente y digno de vuestro gran ingenio”.

»Se separaron según lo acordado. Y pasó que los dos rebuznaron casi al mismo tiempo. Cada uno se engañó con el rebuzno del otro. Los dos corrieron a buscarse, pensando que el burro ya había aparecido. Al verse, dijo el que lo había perdido: “¿Es posible, compadre, que no fuera mi asno el que rebuznó?”. “No fue él, sino yo”, respondió el otro. “Pues ahora digo —dijo el dueño— que entre vos y un asno no hay ninguna diferencia, compadre, en cuanto al rebuznar. En mi vida he visto ni oído nada tan parecido”. “Esas alabanzas os tocan más a vos que a mí, compadre —respondió el del plan—. Juro por el Dios que me creó que podéis ganar por dos rebuznos al mejor rebuznador del mundo. Vuestro sonido es alto. Mantenéis la voz con buen tiempo y buen ritmo. Los finales son muchos y rápidos. En fin, me doy por vencido. Os entrego el premio y la bandera de esta rara habilidad”. “Pues ahora digo —respondió el dueño— que desde hoy me estimaré en más. Pensaré que sé alguna cosa, pues tengo alguna gracia. Ya pensaba que rebuznaba bien, pero nunca creí que llegaba a tanto como decís”. “También diré yo ahora —respondió el segundo— que en el mundo hay raras habilidades perdidas. Y están mal empleadas en quienes no saben aprovecharlas”. “Las nuestras —respondió el dueño— solo nos pueden servir en casos como este que tenemos entre manos. Y aun en este, quiera Dios que nos sirvan de algo”.

»Dicho esto, se separaron otra vez y volvieron a sus rebuznos. A cada paso se engañaban y volvían a juntarse. Al final acordaron una señal: para saber que eran ellos, y no el asno, rebuznarían dos veces seguidas. Así, rebuznando siempre dos veces, rodearon todo el monte. Pero el burro perdido no respondió, ni siquiera por señas. ¿Y cómo iba a responder el pobre desgraciado? Lo encontraron en lo más escondido del bosque, comido por los lobos. Al verlo, dijo su dueño: “Ya me extrañaba a mí que no respondiera. Si no estuviera muerto, habría rebuznado al oírnos, o no sería asno. Pero os he oído rebuznar con tanta gracia, compadre. Por eso doy por bien empleado el trabajo de buscarlo, aunque lo he encontrado muerto”. “Está en buenas manos, compadre —respondió el otro—. Pues si el abad canta bien, el monaguillo no se queda atrás”.

»Así, tristes y roncos, volvieron a su aldea. Allí contaron a sus amigos, vecinos y conocidos todo lo que les había pasado buscando el asno. Cada uno exageraba la gracia del otro para rebuznar. Todo esto se supo y se extendió por los pueblos de alrededor. Y el diablo no duerme. Es amigo de sembrar peleas y discordia por todas partes, y de levantar grandes problemas de la nada. Así que hizo que la gente de los otros pueblos rebuznara cuando veía a alguien de nuestra aldea. Era como echarles en cara el rebuzno de nuestros regidores. Empezaron a hacerlo los muchachos, y eso fue como caer en manos y en bocas de todos los demonios del infierno. El rebuzno fue pasando de un pueblo a otro. Ahora todos conocen a los del pueblo del rebuzno, tan fácilmente como se distinguen los negros de los blancos. Y esta burla ha llegado a ser tan desgraciada que muchas veces los burlados han salido contra los burladores. Salen armados y en formación, como soldados, a darse la batalla. Y no lo puede remediar ni rey ni roque, ni el miedo ni la vergüenza. Yo creo que mañana o pasado saldrán a luchar los de mi pueblo, que son los del rebuzno. Irán contra otro pueblo que está a dos leguas del nuestro, uno de los que más nos persiguen. Para ir bien preparados, he comprado estas lanzas y alabardas que habéis visto.» Y estas son las maravillas que dije que os iba a contar. Si no os lo han parecido, no sé otras.

Con esto, el buen hombre terminó su relato. En ese momento entró un hombre por la puerta de la venta. Iba vestido todo de gamuza: medias, calzones y jubón. Y dijo en voz alta:

—Señor ventero, ¿hay sitio para dormir? Porque aquí vienen el mono adivino y el retablo de la libertad de Melisendra.

—¡Cuerpo de tal! —dijo el ventero—. ¡Aquí está el señor maese Pedro! Buena noche nos espera.

Se me olvidaba decir que este maese Pedro llevaba tapado el ojo izquierdo y casi media mejilla. Lo cubría con un parche de tela verde. Era señal de que todo aquel lado debía de estar enfermo. El ventero siguió diciendo:

—Bienvenido sea vuestra merced, señor maese Pedro. ¿Dónde están el mono y el retablo, que no los veo?

—Ya llegan cerca —respondió el hombre vestido de gamuza—. Pero yo me he adelantado para saber si hay sitio.

—Se lo quitaría al mismo duque de Alba para dárselo al señor maese Pedro —respondió el ventero—. Que lleguen el mono y el retablo. Esta noche hay gente en la venta que pagará por verlo, y por ver las habilidades del mono.

—Muy bien —respondió el del parche—. Yo bajaré el precio. Me daré por bien pagado si cubro los gastos. Ahora vuelvo para hacer avanzar la carreta donde vienen el mono y el retablo.

Y enseguida salió otra vez de la venta.

Entonces don Quijote le preguntó al ventero quién era aquel maese Pedro, y qué retablo y qué mono traía. El ventero le respondió:

—Es un titerero famoso. Hace muchos días que anda por esta Mancha de Aragón. Enseña un retablo de Melisendra, liberada por el famoso don Gaiferos. Es una de las mejores historias y mejor representadas que se han visto en este reino desde hace muchos años. También trae un mono con la habilidad más rara que se ha visto entre monos, o imaginado entre hombres. Si le preguntan algo, escucha con atención la pregunta. Luego salta sobre los hombros de su amo, se acerca a su oído y le dice la respuesta. Y maese Pedro la explica enseguida. De las cosas pasadas dice mucho más que de las futuras. No siempre acierta en todo, pero casi nunca se equivoca. Por eso nos hace creer que tiene el diablo en el cuerpo. Cobra dos reales por cada pregunta, si el mono responde. Quiero decir, si responde el amo por él, después de que el mono le habla al oído. Por eso se cree que este maese Pedro es riquísimo. Es hombre «galante», como dicen en Italia, y «bon compaño», y se da la mejor vida del mundo. Habla más que seis y bebe más que doce. Y todo lo paga con su lengua, su mono y su retablo.

En esto volvió maese Pedro. En una carreta venían el retablo y el mono. El mono era grande y sin cola, con el trasero pelado como de fieltro, pero no tenía mala cara. En cuanto don Quijote lo vio, le preguntó:

—Dígame vuestra merced, señor adivino: ¿qué peje pillamo? ¿Qué va a ser de nosotros? Mire, aquí tiene mis dos reales.

Y mandó a Sancho que se los diera a maese Pedro. Este respondió por el mono y dijo:

—Señor, este animal no responde ni da noticia de las cosas futuras. De las pasadas sabe algo, y de las presentes, un poco.

—¡Voto a Rus! —dijo Sancho—. Yo no daría ni una moneda para que me digan lo que me ha pasado a mí. ¿Quién lo puede saber mejor que yo mismo? Pagar para que me digan lo que ya sé sería una gran tontería. Pero, como sabe las cosas presentes, aquí tiene mis dos reales. Dígame el señor monísimo qué hace ahora mi mujer Teresa Panza, y en qué se entretiene.

Maese Pedro no quiso tomar el dinero, y dijo:

—No quiero recibir el pago antes de hacer el servicio.

Luego se dio con la mano derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo. De un salto, el mono se le subió a él. Acercó la boca a su oído y empezó a mover los dientes muy deprisa. Hizo este gesto durante el tiempo que se tarda en rezar un credo. Después, de otro salto, bajó al suelo. Al momento, con muchísima prisa, maese Pedro fue a ponerse de rodillas delante de don Quijote. Le abrazó las piernas y dijo:

—¡Estas piernas abrazo como si abrazara las dos columnas de Hércules! ¡Oh gran resucitador de la caballería andante, que ya estaba olvidada! ¡Oh caballero don Quijote de la Mancha, nunca alabado como se merece! ¡Ánimo de los que se desaniman, apoyo de los que van a caer, brazo de los caídos! ¡Bastón y consuelo de todos los desgraciados!

Don Quijote se quedó asombrado. Sancho, sin palabras. El primo, sorprendido. El paje, atónito. El hombre del rebuzno, como tonto. El ventero, confuso. En fin, todos los que oyeron las palabras del titerero se quedaron espantados. Y él siguió diciendo:

—Y tú, ¡oh buen Sancho Panza!, el mejor escudero del mejor caballero del mundo, alégrate. Tu buena mujer Teresa está bien. En este momento está rastrillando una libra de lino. Y, para darte más señas, tiene a su lado izquierdo un jarro con la boca rota. En él cabe una buena cantidad de vino, y con él se entretiene mientras trabaja.

—Eso me lo creo muy bien —respondió Sancho—, porque ella es una bendita. Si no fuera celosa, no la cambiaría ni por la giganta Andandona. Según mi señor, esa fue una mujer muy completa y de mucho valor. Y mi Teresa es de las que no se tratan mal a sí mismas, aunque sea a costa de sus herederos.

—Ahora digo —dijo entonces don Quijote— que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho. Lo digo porque nadie habría podido convencerme de que hay monos en el mundo que adivinan. Y ahora lo he visto con mis propios ojos. Porque yo soy el mismo don Quijote de la Mancha que ha dicho este buen animal. Aunque es verdad que se ha alargado un poco en mis alabanzas. Pero sea yo como sea, doy gracias al cielo. Me dio un ánimo blando y compasivo, que siempre quiere hacer bien a todos y mal a ninguno.

—Si yo tuviera dinero —dijo el paje—, le preguntaría al señor mono qué me va a pasar en el viaje que hago.

Maese Pedro, que ya se había levantado de los pies de don Quijote, le respondió:

—Ya he dicho que este animalito no responde a lo que va a pasar. Si respondiera, no importaría no tener dinero. Por servir al señor don Quijote, que está aquí presente, yo dejaría todas las ganancias del mundo. Y ahora quiero montar mi retablo y dar placer a todos los que están en la venta, sin cobrar nada. Lo hago porque se lo debo a él, y para darle gusto.

Al oír esto, el ventero se alegró muchísimo. Señaló el lugar donde se podía poner el retablo, y en un momento estuvo montado.

Don Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono. No le parecía bien que un mono adivinara, ni las cosas futuras ni las pasadas. Así que, mientras maese Pedro preparaba el retablo, se apartó con Sancho a un rincón de la cuadra. Allí, sin que nadie los oyera, le dijo:

—Mira, Sancho, he pensado bien en la extraña habilidad de este mono. Y creo que, sin duda, maese Pedro, su amo, debe de tener hecho un pacto, tácito o expreso, con el demonio.

—Si el patio es espeso y del demonio —dijo Sancho—, sin duda debe de ser un patio muy sucio. Pero ¿de qué le sirve a maese Pedro tener esos patios?

—No me entiendes, Sancho. Solo quiero decir que debe de tener algún acuerdo con el demonio. El demonio pone esa habilidad en el mono, y así maese Pedro se gana la vida. Y cuando sea rico, le dará su alma al demonio. Eso es lo que busca este enemigo de todos. Y lo creo porque el mono solo responde a las cosas pasadas o presentes. La sabiduría del diablo no llega más lejos. Las cosas futuras no las sabe; solo las supone, y no siempre. Solo Dios conoce los tiempos y los momentos. Para Él no hay pasado ni futuro: todo es presente. Y si esto es así, como lo es, está claro que este mono habla al estilo del diablo. Me maravilla que no lo hayan denunciado al Santo Oficio. Allí lo examinarían hasta sacarle por qué poder adivina. Porque está claro que este mono no es astrólogo. Ni él ni su amo hacen ni saben hacer esas figuras de los astros que llaman «judiciarias». Ahora se usan mucho en España. No hay mujercita, ni paje, ni zapatero remendón que no presuma de saber hacer una figura. La hacen tan fácilmente como si levantaran del suelo una sota de la baraja. Y con sus mentiras y su ignorancia echan a perder la verdad maravillosa de la ciencia. Sé de una señora que hizo una pregunta a uno de estos adivinos de figuras. Tenía una perrita pequeña de las que se llevan en la falda. Quería saber si quedaría preñada y tendría crías. También quería saber cuántos perritos serían y de qué color. El señor adivino hizo su figura y respondió. Dijo que la perrita quedaría preñada y tendría tres perritos: uno verde, otro rojo y otro de mezcla. Con una condición: la perra debía cruzarse entre las once y las doce del día, o de la noche. Y tenía que ser en lunes o en sábado. Y lo que pasó fue que, dos días después, la perra se murió de tanto comer. Y el señor adivino quedó en el pueblo con fama de acertar en todo. Así quedan todos o casi todos estos adivinos.

—Aun así —dijo Sancho—, me gustaría que vuestra merced le pidiera algo a maese Pedro. Que le pregunte a su mono si es verdad lo que le pasó a vuestra merced en la cueva de Montesinos. Porque yo, con perdón de vuestra merced, creo que todo fue engaño y mentira. O por lo menos, cosas soñadas.

—Todo podría ser —respondió don Quijote—. Pero haré lo que me aconsejas, aunque me va a quedar un no sé qué de escrúpulo.

En esto llegó maese Pedro a buscar a don Quijote. Le dijo que el retablo ya estaba preparado, y que viniera a verlo, porque lo merecía. Don Quijote le contó lo que pensaba. Le rogó que preguntara enseguida a su mono por ciertas cosas que le pasaron en la cueva de Montesinos. Quería saber si habían sido soñadas o verdaderas, porque a él le parecía que tenían de todo. Maese Pedro no respondió ni una palabra. Volvió a traer el mono, lo puso delante de don Quijote y de Sancho y dijo:

—Mirad, señor mono: este caballero quiere saber si ciertas cosas que le pasaron en una cueva llamada de Montesinos fueron falsas o verdaderas.

Le hizo la señal de siempre, y el mono se le subió al hombro izquierdo. Pareció que le hablaba al oído, y enseguida maese Pedro dijo:

—El mono dice que una parte de lo que vuestra merced vio o vivió en esa cueva es falsa. Y que otra parte es verosímil. Dice que esto es lo que sabe sobre esta pregunta, y nada más. Si vuestra merced quiere saber más, el viernes que viene responderá a todo lo que le pregunten. Por ahora se le ha acabado el poder, y no le volverá hasta el viernes, como ha dicho.

—¿No lo decía yo? —dijo Sancho—. Yo no me podía creer que fuera verdad todo lo que vuestra merced, señor mío, ha contado de la cueva. ¡Ni siquiera la mitad!

—Los hechos lo dirán, Sancho —respondió don Quijote—. El tiempo lo descubre todo. No deja nada sin sacarlo a la luz del sol, aunque esté escondido en el fondo de la tierra. Y por ahora basta con esto. Vamos a ver el retablo del buen maese Pedro, que creo que debe de tener alguna novedad.

—¿Cómo alguna? —respondió maese Pedro—. ¡Sesenta mil tiene este retablo mío! Le digo a vuestra merced, mi señor don Quijote, que es una de las cosas más dignas de ver que hay hoy en el mundo. «Operibus credite, et non verbis». Y manos a la obra, que se hace tarde y tenemos mucho que hacer, que decir y que mostrar.

Don Quijote y Sancho le obedecieron. Fueron adonde ya estaba el retablo, montado y abierto. Estaba lleno por todas partes de velitas de cera encendidas, que lo hacían vistoso y brillante. Al llegar, maese Pedro se metió dentro, porque él era quien tenía que mover las figuras. Fuera se puso un muchacho, criado de maese Pedro. Su trabajo era hacer de intérprete y explicar los misterios del retablo. Tenía en la mano una varita para señalar las figuras que iban saliendo.

Todos los que había en la venta se pusieron delante del retablo, y algunos estaban de pie. Don Quijote, Sancho, el paje y el primo se sentaron en los mejores sitios. Entonces el intérprete empezó a decir lo que oirá y verá quien oiga o vea el capítulo siguiente.

### Glosario

- **no se le cocía el pan**: estaba muy nervioso e impaciente por algo.
- **regidor**: persona que gobierna un pueblo junto con otras.
- **albricias**: regalo que se da a quien trae una buena noticia.
- **rebuznar / rebuzno**: hacer el ruido del burro / ese ruido.
- **ni rey ni roque**: nadie, ninguna persona, por importante que sea.
- **titerero / retablo**: hombre que hace teatro con muñecos / el pequeño teatro de muñecos.
- **¿qué peje pillamo?**: frase en italiano mal dicho: «¿qué pez pescamos?»; quiere decir «¿qué nos va a pasar?».
- **rastrillar el lino**: peinar la planta del lino para sacar sus fibras y hacer hilo.
- **patio espeso**: Sancho entiende mal «pacto expreso», que es un acuerdo dicho claramente.
- **Santo Oficio**: la Inquisición, el tribunal que juzgaba a los que iban contra la fe.
- **verosímil**: que parece verdad y se puede creer.
- **Operibus credite, et non verbis**: frase en latín: «creed a las obras y no a las palabras».

## Capítulo XXVI. Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas

Todos se callaron, tirios y troyanos. Quiero decir que todos los que miraban el retablo estaban pendientes de la boca del que explicaba sus maravillas. Entonces se oyeron sonar en el retablo muchos tambores y trompetas, y disparos de artillería. El ruido pasó en poco tiempo. Luego el muchacho levantó la voz y dijo:

—Esta historia verdadera que aquí se representa a vuestras mercedes está sacada palabra por palabra de las crónicas francesas. También de los romances españoles que andan en boca de la gente y de los muchachos por esas calles. Trata de cómo el señor don Gaiferos liberó a su esposa Melisendra. Ella estaba cautiva en España, en poder de los moros. Estaba en la ciudad de Sansueña, que así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza. Vean vuestras mercedes allí a don Gaiferos jugando a las tablas, como dice la canción:

Jugando está a las tablas don Gaiferos,
que ya de Melisendra está olvidado.

»Y aquel personaje que aparece allí, con corona en la cabeza y cetro en las manos, es el emperador Carlomagno. Es el que pasa por padre de esa Melisendra. Está enfadado de ver lo perezoso y descuidado que es su yerno, y sale a reñirle. Fíjense con qué fuerza y con qué ganas le riñe. Parece que le quiere dar con el cetro media docena de golpes en la cabeza. Y hasta hay autores que dicen que se los dio, y muy bien dados. Le dijo muchas cosas sobre el peligro que corría su honra si no liberaba a su esposa. Y después, dicen que le dijo:

“Harto os he dicho: miradlo”.

»Miren vuestras mercedes también cómo el emperador se da la vuelta y deja a don Gaiferos lleno de rabia. Ya ven cómo don Gaiferos, impaciente de cólera, tira lejos el tablero y las fichas. Pide deprisa sus armas. Y a don Roldán, su primo, le pide prestada su espada Durindana. Pero don Roldán no se la quiere prestar. En cambio, le ofrece acompañarle en esa difícil empresa. Pero el valiente enfadado no lo quiere aceptar. Dice que él solo puede sacar a su esposa, aunque esté metida en lo más hondo de la tierra. Y con esto se va a ponerse las armas, para salir enseguida de camino.

»Vuelvan vuestras mercedes los ojos a aquella torre que se ve allí. Imaginen que es una de las torres del palacio de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería. Y aquella dama del balcón, vestida a la manera mora, es la sin par Melisendra. Desde allí se ponía muchas veces a mirar el camino de Francia. Pensaba en París y en su esposo, y así se consolaba en su cautiverio. Miren también un caso nuevo que pasa ahora, quizá nunca visto. ¿No ven a aquel moro que se acerca por detrás de Melisendra? Viene callado y paso a paso, con el dedo en la boca. Pues miren cómo le da un beso en mitad de los labios. Y miren con qué prisa ella escupe y se limpia los labios con la manga blanca de su camisa. Miren cómo se lamenta y se arranca de pena sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del mal. Miren también a aquel moro serio que está en aquellos pasillos: es el rey Marsilio de Sansueña. Ha visto el atrevimiento del moro, aunque era pariente suyo y gran amigo de su confianza. Por eso ha mandado enseguida que lo prendan. Y que le den doscientos azotes, llevándolo por las calles de siempre de la ciudad,

con pregoneros delante
y los guardias detrás.

»Y aquí ven cómo salen a cumplir la sentencia, cuando casi no ha terminado de cometerse la culpa. Porque entre los moros no hay “traslado a la parte”, ni “a prueba y estése”, como entre nosotros.

—Niño, niño —dijo entonces don Quijote en voz alta—, seguid vuestra historia en línea recta. No os metáis en curvas ni en calles de lado. Para sacar en limpio una verdad, hacen falta muchas pruebas y más pruebas.

También dijo maese Pedro desde dentro:

—Muchacho, no te metas en adornos. Haz lo que ese señor te manda, que será lo más acertado. Sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que de tan finos se suelen romper.

—Así lo haré —respondió el muchacho.

Y siguió diciendo:

—Esta figura que aparece aquí a caballo, cubierta con una capa gascona, es la del mismo don Gaiferos. Su esposa ya se ha vengado del atrevimiento del moro enamorado. Ahora, con la cara más tranquila, se ha asomado a los balcones de la torre. Habla con su esposo, pero cree que es un viajero cualquiera. Con él tiene todas aquellas conversaciones de aquel romance que dice:

Caballero, si a Francia vais,
por Gaiferos preguntad.

»Esas palabras no las digo ahora, porque de lo largo suele nacer el aburrimiento. Basta ver cómo don Gaiferos se descubre. Por los gestos alegres de Melisendra, entendemos que ella lo ha reconocido. Y más ahora, que vemos cómo se descuelga del balcón para subirse a la grupa del caballo de su buen esposo. Pero, ¡ay, pobre de ella!, se le ha enganchado una punta de la falda en uno de los hierros del balcón. Está colgada en el aire, sin poder llegar al suelo. Pero vean cómo el cielo bondadoso ayuda en las mayores necesidades. Pues llega don Gaiferos y la agarra, sin mirar si se rompe o no la rica falda. La hace bajar al suelo, aunque ella no quiera. Y luego, de un salto, la sube a la grupa de su caballo, con una pierna a cada lado, como un hombre. Le manda que se agarre fuerte y le eche los brazos alrededor, cruzándolos sobre su pecho. Así no se caerá, porque la señora Melisendra no estaba acostumbrada a montar de esa manera. Vean también cómo el caballo relincha, y así da señales de que va contento. Lleva una carga valiente y hermosa: su señor y su señora. Vean cómo se dan la vuelta y salen de la ciudad. Y, alegres y felices, toman el camino de París. ¡Id en paz, oh pareja sin par de verdaderos amantes! ¡Llegad sanos y salvos a vuestra querida patria! ¡Que la fortuna no ponga obstáculos en vuestro feliz viaje! ¡Que los ojos de vuestros amigos y parientes os vean disfrutar en paz los días que os quedan de vida! ¡Y que sean tan largos como los de Néstor!

Aquí maese Pedro volvió a levantar la voz y dijo:

—Sencillez, muchacho. No te pongas tan alto, que toda afectación es mala.

El intérprete no respondió nada. Siguió diciendo:

—Pero hubo unos ojos ociosos, de esos que lo ven todo, que vieron bajar y subir a Melisendra. Le dieron la noticia al rey Marsilio. Y el rey mandó enseguida tocar la alarma. Miren con qué prisa: la ciudad ya se hunde con el sonido de las campanas. Suenan en todas las torres de las mezquitas.

—¡Eso no! —dijo entonces don Quijote—. En esto de las campanas maese Pedro se equivoca mucho. Entre los moros no se usan campanas, sino tambores y una especie de dulzainas parecidas a nuestras chirimías. Esto de sonar campanas en Sansueña es, sin duda, un gran disparate.

Al oír esto, maese Pedro dejó de tocar y dijo:

—No se fije vuestra merced en tonterías, señor don Quijote. No quiera llevar las cosas tan al extremo que no se encuentre su final. ¿No se representan por ahí, casi todos los días, mil comedias llenas de mil errores y disparates? Y, aun así, tienen un éxito felicísimo. Y el público las escucha no solo con aplausos, sino también con admiración. Sigue, muchacho, y deja hablar. Mientras yo llene mi bolsa, puedo representar más errores que átomos tiene el sol.

—Así es la verdad —contestó don Quijote.

Y el muchacho dijo:

—Miren cuántos caballeros, y qué brillantes, salen de la ciudad persiguiendo a los dos amantes católicos. Oigan cuántas trompetas suenan, cuántas dulzainas tocan y cuántos tambores retumban. Me temo que los van a alcanzar. Y que los van a traer atados a la cola de su mismo caballo, que sería un espectáculo horrible.

Don Quijote vio y oyó tantos moros y tanto estruendo. Y le pareció bien ayudar a los que huían. Se puso de pie y dijo en voz alta:

—Mientras yo viva y esté presente, no permitiré que se le haga un abuso a un caballero tan famoso y a un enamorado tan atrevido como don Gaiferos. ¡Deteneos, canalla mal nacida! ¡No le sigáis ni le persigáis! ¡Si no, tendréis que luchar conmigo!

Y, dicho y hecho, sacó la espada. De un salto se puso junto al retablo. Y con una furia rapidísima y nunca vista, empezó a llover golpes de espada sobre los moros de muñecos. A unos los tiraba, a otros les cortaba la cabeza. A este lo dejaba cojo, a aquel lo destrozaba. Entre otros muchos, lanzó un golpe de arriba abajo tan fuerte que casi mata a maese Pedro. Si maese Pedro no se agacha y se encoge, le habría cortado la cabeza. Y la habría cortado con más facilidad que si fuera de mazapán. Maese Pedro gritaba:

—¡Deténgase vuestra merced, señor don Quijote! Mire que estos que tira, destroza y mata no son moros de verdad, sino unas figuritas de pasta. ¡Mire, pobre de mí, que me destruye y me echa a perder todo lo que tengo!

Pero no por eso dejaba don Quijote de dar golpes. Cuchilladas, mandobles, tajos y reveses caían como lluvia. Al final, en menos tiempo del que se tarda en rezar dos credos, tiró todo el retablo al suelo. Todas sus cuerdas y figuras quedaron hechas pedazos. El rey Marsilio quedó mal herido. Y el emperador Carlomagno, con la corona y la cabeza partidas en dos. El público se alborotó. El mono huyó por los tejados. El primo tuvo miedo y el paje se acobardó. Y hasta el mismo Sancho Panza sintió un miedo grandísimo. Porque, como juró después de pasada la tormenta, nunca había visto a su señor con una cólera tan loca. Cuando terminó de destrozar todo el retablo, don Quijote se calmó un poco y dijo:

—Me gustaría tener aquí delante, en este momento, a todos los que no creen, ni quieren creer, lo útiles que son en el mundo los caballeros andantes. Miren qué habría sido del buen don Gaiferos y de la hermosa Melisendra si yo no estuviera aquí. Seguro que a esta hora ya los habrían alcanzado estos perros, y les habrían hecho algún daño. En fin, ¡viva la caballería andante por encima de todas las cosas que hoy viven en la tierra!

—¡Que viva en hora buena! —dijo entonces maese Pedro con voz de enfermo—. Y que muera yo, pues soy tan desgraciado que puedo decir como el rey don Rodrigo:

Ayer fui señor de España...
y hoy no tengo una almena
que pueda decir que es mía.

»No hace ni media hora, ni siquiera un momento, que yo era señor de reyes y de emperadores. Tenía mis cuadras llenas de infinitos caballos, y mis cofres y sacos llenos de innumerables vestidos de fiesta. Y ahora me veo destrozado y hundido, pobre y mendigo. Y, sobre todo, sin mi mono. Os aseguro que me van a sudar los dientes antes de que vuelva a tenerlo. Y todo por la furia sin pensar de este señor caballero. Dicen de él que protege a los huérfanos, que endereza las injusticias y que hace otras obras de caridad. Y solo conmigo le ha faltado su intención generosa. ¡Benditos y alabados sean los cielos, allá en lo más alto de sus asientos! En fin, el Caballero de la Triste Figura tenía que ser el que desfigurara las mías.

Sancho Panza se emocionó con las palabras de maese Pedro, y le dijo:

—No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me partes el corazón. Porque te hago saber una cosa: mi señor don Quijote es un cristiano muy católico y cuidadoso de su conciencia. Por eso, si se da cuenta de que te ha hecho algún daño, te lo querrá pagar y compensar con creces.

—Me quedaría contento con que el señor don Quijote me pagara una parte de las figuras que me ha deshecho —dijo maese Pedro—. Y su merced dejaría tranquila su conciencia. Porque no se puede salvar quien tiene lo de otro contra la voluntad de su dueño y no lo devuelve.

—Así es —dijo don Quijote—. Pero hasta ahora no sé que yo tenga nada vuestro, maese Pedro.

—¿Cómo que no? —respondió maese Pedro—. Y estos restos que están por este suelo duro y pelado, ¿quién los esparció y los destruyó? ¿Quién, sino la fuerza invencible de ese poderoso brazo? ¿Y de quién eran esos cuerpos, sino míos? ¿Y con qué me ganaba yo la vida, sino con ellos?

—Ahora acabo de creer —dijo entonces don Quijote— lo que muchas otras veces he creído. Estos encantadores que me persiguen me ponen las figuras delante de los ojos tal como son. Y luego me las cambian y las convierten en las que ellos quieren. De verdad os digo, señores que me oís, que me pareció que todo esto pasaba de verdad. Melisendra era Melisendra, don Gaiferos era don Gaiferos, Marsilio era Marsilio y Carlomagno era Carlomagno. Por eso se me encendió la cólera. Y, para cumplir con mi oficio de caballero andante, quise ayudar y favorecer a los que huían. Con esta buena intención hice lo que habéis visto. Si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malvados que me persiguen. Y, aun así, quiero yo mismo pagar los gastos de mi error, aunque no lo hice con malicia. Que maese Pedro diga lo que quiere por las figuras rotas. Yo me ofrezco a pagárselo enseguida, en buena moneda castellana.

Maese Pedro le hizo una reverencia y le dijo:

—No esperaba menos de la enorme bondad cristiana del valiente don Quijote de la Mancha. Él es el verdadero protector y ayuda de todos los necesitados y de los pobres vagabundos. El señor ventero y el gran Sancho harán de jueces entre vuestra merced y yo. Ellos dirán lo que valen, o podían valer, las figuras ya rotas.

El ventero y Sancho dijeron que así lo harían. Enseguida maese Pedro levantó del suelo al rey Marsilio de Zaragoza, que estaba sin cabeza, y dijo:

—Ya se ve que es imposible devolver a este rey a como era antes. Así que, salvo mejor opinión, me parece que me deben dar por su muerte y su final cuatro reales y medio.

—¡Adelante! —dijo don Quijote.

—Pues por este corte de arriba abajo —siguió maese Pedro, tomando en las manos al emperador Carlomagno partido—, no sería mucho pedir cinco reales y un cuartillo.

—No es poco —dijo Sancho.

—Ni mucho —contestó el ventero—. Partamos la diferencia y pongámosle cinco reales.

—Que le den los cinco reales y el cuartillo —dijo don Quijote—. Por un cuartillo más o menos no cambia el valor de esta gran desgracia. Y que maese Pedro termine pronto, que ya es hora de cenar y empiezo a sentir algo de hambre.

—Por esta figura sin nariz y con un ojo de menos, que es la de la hermosa Melisendra —dijo maese Pedro—, pido dos reales y doce maravedís. Y creo que es lo justo.

—¡Eso sí que sería cosa del diablo! —dijo don Quijote—. A estas horas Melisendra y su esposo deben de estar ya, por lo menos, en la frontera de Francia. Porque el caballo en que iban me pareció que volaba más que corría. Así que no hay por qué venderme gato por liebre. No me presentéis aquí una Melisendra sin nariz, cuando la otra estará ahora en Francia con su esposo, descansando tan tranquila. Que Dios ayude a cada uno con lo suyo, señor maese Pedro. Y caminemos todos con paso firme y con intención limpia. Siga.

Maese Pedro vio que don Quijote se torcía y volvía a su antigua locura. No quiso que se le escapara, así que le dijo:

—Esta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la servían. Así que me quedaré contento y bien pagado con sesenta maravedís por ella.

De esta manera fue poniendo precio a muchas otras figuras destrozadas. Después, los dos jueces bajaron los precios, y las dos partes quedaron satisfechas. En total fueron cuarenta reales y tres cuartillos. Sancho pagó esa cantidad enseguida. Y, además, maese Pedro pidió dos reales por el trabajo de coger al mono.

—Dáselos, Sancho —dijo don Quijote—, no para coger al mono, sino para coger la mona. Y yo daría ahora doscientos reales de albricias a quien me dijera con seguridad una cosa. Que la señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos ya estaban en Francia, con los suyos.

—Nadie nos lo podría decir mejor que mi mono —dijo maese Pedro—. Pero ahora no habrá diablo que lo coja. Aunque imagino que el cariño y el hambre le obligarán a buscarme esta noche. Mañana será otro día, y ya nos veremos.

En fin, la tormenta del retablo se acabó. Todos cenaron en paz y en buena compañía, y pagó don Quijote, que era generoso hasta el extremo.

Antes del amanecer se fue el hombre que llevaba las lanzas y las alabardas. Ya de día, el primo y el paje vinieron a despedirse de don Quijote. El primo se volvía a su tierra. El paje seguía su camino, y para ayudarle don Quijote le dio una docena de reales. Maese Pedro no quiso tener más discusiones con don Quijote, porque lo conocía muy bien. Así que se levantó antes que el sol, cogió los restos de su retablo y a su mono, y se fue también a buscar sus aventuras. El ventero no conocía a don Quijote. Y estaba tan admirado de sus locuras como de su generosidad. Al final, Sancho le pagó muy bien, por orden de su señor. Se despidieron de él y, casi a las ocho de la mañana, dejaron la venta y se pusieron en camino. Allí los dejaremos ir, porque así conviene. Hay que dar lugar a contar otras cosas que sirven para explicar esta famosa historia.

### Glosario

- **tirios y troyanos**: todos, gente de un lado y del otro.
- **jugar a las tablas**: juego antiguo de mesa, con un tablero y fichas.
- **traslado a la parte / a prueba y estése**: fórmulas de los juicios: dar tiempo a la otra persona para defenderse y esperar las pruebas.
- **canto llano / contrapunto**: música sencilla / música complicada, con varias voces; aquí: contar las cosas de manera sencilla.
- **dulzaina / chirimía**: instrumentos de viento antiguos, parecidos a una flauta.
- **almena**: cada uno de los trozos de piedra en lo alto de las murallas de un castillo.
- **vender gato por liebre**: engañar, dar una cosa mala como si fuera buena.
- **coger la mona**: emborracharse; don Quijote hace un juego de palabras con «mono».
- **cuartillo / maravedí**: monedas antiguas de poco valor.

## Capítulo XXVII. Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado

Cide Hamete, el cronista de esta gran historia, empieza este capítulo con estas palabras: «Juro como católico cristiano...». Su traductor explica qué quiso decir con esto. Cide Hamete era moro, sin ninguna duda, y aun así juró como católico cristiano. Con ello solo quiso decir una cosa. Cuando un católico cristiano jura, jura la verdad, o debe jurarla, y la dice en todo lo que dice. Pues así decía él la verdad, como si jurara como cristiano católico. La decía en todo lo que quería escribir de don Quijote. Y sobre todo al decir quién era maese Pedro, y quién era el mono adivino. Ese mono tenía admirados a todos aquellos pueblos con sus adivinanzas.

Dice, pues, Cide Hamete que el lector de la primera parte de esta historia se acordará de Ginés de Pasamonte. Don Quijote lo liberó en Sierra Morena, junto con otros presos condenados a las galeras. Aquella gente mala y mal acostumbrada le agradeció mal ese favor, y se lo pagó peor. Este Ginés de Pasamonte, al que don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue el que le robó el rucio a Sancho Panza. En la primera parte no se contó cómo ni cuándo, por culpa de los impresores. Esto ha dado que pensar a muchos, que achacaban el fallo de la imprenta a la mala memoria del autor. Pero, en fin, Ginés le robó el burro mientras Sancho Panza dormía encima de él. Usó el mismo truco que usó Brunelo con Sacripante en Albraca: le sacó el caballo de entre las piernas. Y después Sancho recuperó su burro, como ya se ha contado.

Este Ginés tenía miedo de que la justicia lo encontrara. Lo buscaban para castigarlo por sus infinitas maldades y delitos. Eran tantos y tan graves que él mismo escribió un libro muy gordo contándolos. Por eso decidió pasarse al reino de Aragón y taparse el ojo izquierdo. Se dedicó al oficio de titerero, porque esto y los juegos de manos los sabía hacer muy bien.

Pasó que compró aquel mono a unos cristianos que venían de Berbería, ya libres. Le enseñó una cosa: cuando él le hacía cierta señal, el mono se le subía al hombro. Entonces le murmuraba algo al oído, o lo parecía. Después, antes de entrar en un pueblo con su retablo y su mono, se informaba. Preguntaba en el pueblo más cercano, o a quien mejor podía, qué cosas especiales habían pasado en aquel lugar, y a qué personas. Las guardaba bien en la memoria. Lo primero que hacía era mostrar su retablo. A veces era de una historia y a veces de otra, pero todas eran alegres, divertidas y conocidas. Al terminar la función, presentaba las habilidades de su mono. Le decía a la gente que el mono adivinaba todo lo pasado y lo presente. Pero que para el futuro no tenía habilidad.

Por la respuesta a cada pregunta pedía dos reales. Algunas las hacía más baratas, según veía a los que preguntaban. A veces llegaba a casas de gente de la que conocía su historia. Aunque no le preguntaran nada, para no pagarle, él hacía la señal al mono. Y luego decía que el mono le había dicho tal y tal cosa, y encajaba perfectamente con lo que había pasado. Con esto ganaba una fama increíble, y todos iban detrás de él. Otras veces, como era tan listo, respondía de modo que las respuestas encajaban bien con las preguntas. Nadie le apuraba ni le obligaba a decir cómo adivinaba su mono. Así, con su mono, a todos les hacía monas, es decir, se burlaba de todos. Y llenaba sus bolsas.

En cuanto entró en la venta, reconoció a don Quijote y a Sancho. Por eso le fue fácil dejar admirados a don Quijote, a Sancho Panza y a todos los que estaban allí. Pero le habría costado caro si don Quijote hubiera bajado un poco más la mano. Fue cuando cortó la cabeza al rey Marsilio y destruyó a todos sus caballeros, como se ha dicho en el capítulo anterior.

Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono.

Y, volviendo a don Quijote de la Mancha, digo que, después de salir de la venta, decidió ver primero las orillas del río Ebro y todos aquellos alrededores. Quería verlos antes de entrar en la ciudad de Zaragoza. Tenía tiempo para todo, porque todavía faltaba mucho para las justas. Con esta intención siguió su camino. Anduvo dos días sin que le pasara nada digno de escribirse. Pero al tercer día, al subir una loma, oyó un gran ruido de tambores, trompetas y arcabuces. Al principio pensó que pasaba por allí algún grupo de soldados. Para verlos, espoleó a Rocinante y subió la loma. Cuando llegó a lo alto, vio abajo a más de doscientos hombres, según le pareció. Iban armados con armas de distintas clases: lanzas grandes, ballestas, partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y muchos escudos redondos.

Bajó de la cuesta y se acercó al grupo de hombres. Se acercó tanto que vio claramente las banderas. Distinguió los colores y se fijó en los dibujos que llevaban. Sobre todo, se fijó en uno que iba en un estandarte de tela blanca de raso. Allí estaba pintado, muy vivamente, un asno como un burrito pequeño. Tenía la cabeza levantada, la boca abierta y la lengua fuera, en la postura de quien está rebuznando. Alrededor del asno estaban escritos con letras grandes estos dos versos:

No rebuznaron en balde
el uno y el otro alcalde.

Por esta señal, don Quijote entendió que aquella gente debía de ser del pueblo del rebuzno. Así se lo dijo a Sancho, y le explicó lo que estaba escrito en el estandarte. También le dijo que el hombre que les había contado el caso se había equivocado. Había dicho que los que rebuznaron eran dos regidores. Pero, según los versos del estandarte, eran alcaldes. Sancho Panza le respondió:

—Señor, en eso no hay que fijarse. Puede ser que los regidores que rebuznaron entonces llegaran con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo. Y así se les puede llamar con los dos títulos. Además, a la verdad de la historia no le importa que los rebuznadores fueran alcaldes o regidores. Lo importante es que los dos rebuznaron. Porque un alcalde está tan cerca de rebuznar como un regidor.

En fin, entendieron que el pueblo burlado salía a pelear con otro pueblo. Ese otro se burlaba de él más de lo justo, y más de lo que se debe entre buenos vecinos.

Don Quijote se fue acercando a ellos. A Sancho le dio mucha pena, porque nunca le gustó encontrarse en esas aventuras. Los del grupo pusieron a don Quijote en medio, creyendo que era de su bando. Don Quijote levantó la visera del casco. Con gran energía y elegancia, llegó hasta el estandarte del asno. Allí se le pusieron alrededor todos los más importantes del ejército, para verlo. Estaban admirados, con la admiración de siempre que sentían todos los que lo veían por primera vez. Don Quijote vio que lo miraban con tanta atención, sin que nadie le hablara ni le preguntara nada. Quiso aprovechar aquel silencio. Rompió el suyo, levantó la voz y dijo:

—Buenos señores, os suplico con todo mi corazón que no interrumpáis un discurso que quiero haceros. Solo hasta que veáis que os disgusta y os molesta. Si pasa eso, a la más mínima señal que me hagáis, pondré un sello en mi boca y una mordaza en mi lengua.

Todos le dijeron que dijera lo que quisiera, que lo escucharían con gusto. Con este permiso, don Quijote siguió diciendo:

—Yo, señores míos, soy caballero andante. Mi oficio es el de las armas. Y mi trabajo es ayudar a los que necesitan ayuda y socorrer a los necesitados. Hace días que conozco vuestra desgracia. Sé por qué tomáis las armas a cada momento para vengaros de vuestros enemigos. He pensado una y muchas veces en vuestro asunto. Y, según las leyes del duelo, encuentro que os equivocáis al sentiros ofendidos. Porque una sola persona no puede ofender a un pueblo entero. Solo puede hacerlo si lo reta, todo junto, por traidor. Y lo reta así porque no sabe quién, en concreto, cometió la traición.

»Tenemos un ejemplo en don Diego Ordóñez de Lara. Él retó a todo el pueblo de Zamora, porque no sabía que solo Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a su rey. Por eso los retó a todos, y a todos les tocaba la venganza y la respuesta. Aunque es verdad que el señor don Diego exageró un poco. Fue mucho más allá de los límites del reto. No tenía por qué retar a los muertos, ni a las aguas, ni a los panes. Ni a los que estaban por nacer, ni a las otras pequeñeces que se dicen allí. Pero, ¡bueno!, cuando la cólera se sale de madre, la lengua no tiene padre, ni maestro, ni freno que la corrija.

»Así pues, una sola persona no puede ofender a un reino, una provincia, una ciudad, una república ni un pueblo entero. Por eso, está claro que no hay que salir a vengar el reto de esa ofensa, porque no es ofensa. ¡Bueno sería que los del pueblo de la Reloja se mataran a cada paso con quien los llama así! ¡O los cazoleros, los berenjeneros, los ballenatos, los jaboneros! ¡O los de otros nombres y motes que andan por ahí en boca de los muchachos y de la gente sencilla! ¡Bueno sería, por cierto, que todos estos pueblos famosos se ofendieran y se vengaran! ¡Que anduvieran siempre sacando y metiendo las espadas en cualquier pelea, por pequeña que fuera! No, no, que Dios no lo permita ni lo quiera.

»Los hombres prudentes y los pueblos bien gobernados deben tomar las armas por cuatro cosas. Por ellas deben sacar las espadas y arriesgar sus personas, sus vidas y sus bienes. La primera, para defender la fe católica. La segunda, para defender su vida, que es ley natural y divina. La tercera, para defender su honra, su familia y sus bienes. La cuarta, para servir a su rey en una guerra justa. Y si queremos añadir una quinta, que puede contar como segunda, es para defender a su patria. A estas cinco causas principales se pueden añadir algunas otras. Deben ser justas y razonables, y obligar de verdad a tomar las armas. Pero algunos las toman por niñerías y por cosas que son más de risa y de pasatiempo que de ofensa. Quien las toma así parece que no tiene nada de juicio.

»Además, tomar una venganza injusta va directamente contra la santa ley que seguimos. Y ninguna venganza puede ser justa. Nuestra ley nos manda hacer el bien a nuestros enemigos y amar a los que nos odian. Este mandamiento parece algo difícil de cumplir. Pero solo lo es para los que tienen menos de Dios que del mundo, y más de carne que de espíritu. Porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, nunca mintió, ni pudo ni puede mentir. Él es nuestro legislador, y dijo que su yugo era suave y su carga ligera. Así que no nos iba a mandar algo imposible de cumplir. Por eso, señores míos, vuestras mercedes están obligados por leyes divinas y humanas a calmarse.

—Que me lleve el diablo —dijo entonces Sancho para sí— si este amo mío no es tólogo. Y si no lo es, se le parece como un huevo a otro.

Don Quijote tomó un poco de aire. Vio que todavía lo escuchaban en silencio, y quiso seguir con su discurso. Lo habría hecho si no se hubiera metido en medio la agudeza de Sancho. Al ver que su amo se paraba, Sancho tomó la palabra por él y dijo:

—Mi señor don Quijote de la Mancha antes se llamaba el Caballero de la Triste Figura, y ahora se llama el Caballero de los Leones. Es un hidalgo muy atentado, que sabe latín y castellano como un bachiller. En todo lo que trata y aconseja actúa como un muy buen soldado. Y se sabe de memoria todas las leyes y reglas de eso que llaman el duelo. Así que no hay más que hacer que seguir lo que él diga. Y si se equivocan, la culpa es mía. Además, ya está dicho que es una tontería ofenderse solo por oír un rebuzno. Yo me acuerdo de que, cuando era muchacho, rebuznaba siempre que me daba la gana. Nadie me lo impedía. Y lo hacía con tanta gracia y tan bien que, al rebuznar yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo. Y no por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradísimos. Por esta habilidad me tenían envidia más de cuatro de los orgullosos de mi pueblo. Pero a mí no me importaba nada. Y para que vean que digo la verdad, esperen y escuchen. Esta ciencia es como la de nadar: una vez aprendida, nunca se olvida.

Y enseguida se puso la mano en la nariz y empezó a rebuznar con tanta fuerza que retumbaron todos los valles de alrededor. Pero uno de los que estaban junto a él creyó que se burlaba de ellos. Levantó un palo largo que tenía en la mano y le dio un golpe tan fuerte que tiró a Sancho Panza al suelo. Sancho no pudo hacer nada. Don Quijote vio a Sancho tan malherido y atacó con la lanza en la mano al que le había pegado. Pero se pusieron en medio tantos hombres que no pudo vengarlo. Al contrario: vio que caía sobre él una nube de piedras. Y lo amenazaban mil ballestas apuntándole, y otros tantos arcabuces. Entonces dio la vuelta a Rocinante y salió de entre ellos a todo el galope que pudo. Se encomendaba de todo corazón a Dios para que lo librara de aquel peligro. A cada paso temía que le entrara una bala por la espalda y le saliera por el pecho. Y a cada momento respiraba hondo, para ver si le faltaba el aire.

Pero los del grupo se contentaron con verlo huir, y no le dispararon. A Sancho lo subieron a su burro, cuando apenas había vuelto en sí. Y lo dejaron ir detrás de su amo. Sancho no tenía fuerzas para guiar al burro. Pero el rucio siguió las huellas de Rocinante, porque sin él no estaba tranquilo ni un momento. Cuando don Quijote estaba ya bastante lejos, volvió la cabeza y vio que Sancho venía. Vio también que nadie lo seguía, y lo esperó.

Los del grupo se quedaron allí hasta la noche. Sus enemigos no salieron a la batalla, así que volvieron a su pueblo contentos y alegres. Y si hubieran conocido la antigua costumbre de los griegos, habrían levantado allí mismo un trofeo.

### Glosario

- **cronista**: persona que escribe la historia de unos hechos.
- **galeras**: barcos de guerra de remos; aquí, el castigo de remar en ellos como preso.
- **arcabuz**: arma de fuego antigua, parecida a un fusil.
- **ballesta / partesana / alabarda / pica**: armas antiguas: un arco para lanzar flechas y varios tipos de lanza.
- **estandarte**: bandera de un grupo de soldados.
- **en balde**: sin motivo, para nada.
- **regidor / alcalde**: personas que gobiernan un pueblo.
- **retar**: desafiar a alguien a luchar.
- **salirse de madre**: pasar el límite, perder el control.
- **tólogo**: Sancho dice mal «teólogo»: persona que estudia la religión.
- **atentado**: aquí, en sentido antiguo: prudente, cuidadoso.
- **trofeo**: monumento que se ponía en el lugar de una victoria.

## Capítulo XXVIII. De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención

Cuando el valiente huye, es porque ha descubierto una trampa. Y los hombres prudentes deben guardarse para una ocasión mejor. Esta verdad se cumplió en don Quijote. Se apartó de la furia del pueblo y de las malas intenciones de aquel grupo enfadado. Y puso pies en polvorosa. No se acordó de Sancho ni del peligro en que lo dejaba. Se alejó todo lo que le pareció necesario para estar seguro. Sancho lo seguía, atravesado sobre su burro, como ya se ha contado. Al final llegó, ya con el sentido recobrado. Al llegar, se dejó caer del rucio a los pies de Rocinante. Estaba todo angustiado, todo molido y todo apaleado. Don Quijote se bajó del caballo para mirarle las heridas. Como lo encontró sano de los pies a la cabeza, le dijo con bastante cólera:

—¡Tan en hora mala supisteis vos rebuznar, Sancho! ¿Y dónde aprendisteis vos que era bueno nombrar la soga en casa del ahorcado? A una música de rebuznos, ¿qué acompañamiento se podía esperar, sino de palos? Os hicieron la señal de la cruz con un palo. Y dad gracias a Dios, Sancho, de que no fue con un sable.

—No estoy para responder —respondió Sancho—, porque me parece que hablo por la espalda. Subamos y vámonos de aquí. Yo me callaré los rebuznos. Pero no me callaré una cosa: que los caballeros andantes huyen. Y que dejan a sus buenos escuderos en manos de sus enemigos. Los dejan molidos como polvo, o como grano en el molino.

—No huye el que se retira —respondió don Quijote—. Porque has de saber, Sancho, que la valentía sin prudencia se llama temeridad. Y las hazañas del temerario se deben más a la buena suerte que a su valor. Así que confieso que me he retirado, pero no he huido. En esto he imitado a muchos valientes que se han guardado para tiempos mejores. Las historias están llenas de ellos. Pero no te las cuento ahora, porque a ti no te servirían y a mí no me darían gusto.

En esto, Sancho ya estaba montado, con la ayuda de don Quijote. Don Quijote también subió a Rocinante. Y poco a poco fueron a esconderse en una alameda que se veía a un cuarto de legua de allí. De vez en cuando, Sancho soltaba unos ayes profundísimos y unos gemidos de dolor. Don Quijote le preguntó la causa de una pena tan amarga. Sancho respondió que le dolía todo, desde la punta de la columna hasta la nuca. Y le dolía tanto que le hacía perder el sentido.

—Sin duda, la causa de ese dolor debe de ser esta —dijo don Quijote—. El palo con que te dieron era largo. Por eso te cogió toda la espalda, donde están todas esas partes que te duelen. Y si te hubiera cogido más, más te dolería.

—¡Por Dios —dijo Sancho—, que vuestra merced me ha sacado de una gran duda! ¡Y me la ha explicado con palabras bonitas! ¡Cuerpo de mí! ¿Tan escondida estaba la causa de mi dolor? ¿Hacía falta decirme que me duele todo lo que alcanzó el palo? Si me dolieran los tobillos, aún habría que adivinar por qué me dolían. Pero que me duela lo que me molieron no es mucho adivinar. A fe mía, señor nuestro amo, el mal ajeno de pelo cuelga. Y cada día voy descubriendo lo poco que puedo esperar de la compañía de vuestra merced. Porque si esta vez me ha dejado apalear, otra vez y otras cien volveremos a los manteos de aquel día. Y volveremos a otras chiquilladas. Si ahora me han salido a la espalda, después me saldrán a los ojos.

»Mucho mejor haría yo... pero soy un bruto, y no haré nada bueno en toda mi vida. Mucho mejor haría yo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa, con mi mujer y mis hijos. Allí la mantendría a ella y criaría a ellos con lo que Dios ha querido darme. Y no andaría detrás de vuestra merced por caminos sin camino, y por sendas que no lo son. ¡Bebiendo mal y comiendo peor! ¡Y luego, el dormir! “Contad, hermano escudero, siete pies de tierra. Y si queréis más, tomad otros tantos, que eso está en vuestra mano. Y tumbaos como más os guste.” ¡Así sea quemado y hecho polvo el primero que inventó la caballería andante! O, por lo menos, el primero que quiso ser escudero de tontos. ¡Y tontos debieron de ser todos los caballeros andantes del pasado! De los de ahora no digo nada. Vuestra merced es uno de ellos, y por eso les tengo respeto. Y también porque sé que vuestra merced sabe un punto más que el diablo en lo que habla y piensa.

—Haría yo una buena apuesta con vos, Sancho —dijo don Quijote—. Ahora que vais hablando sin que nadie os pare, apuesto a que no os duele nada en todo el cuerpo. Hablad, hijo mío, todo lo que os venga a la cabeza y a la boca. Con tal de que a vos no os duela nada, aceptaré con gusto el enfado que me dan vuestras impertinencias. Y si tanto deseáis volver a casa con vuestra mujer e hijos, Dios no permita que yo os lo impida. Tenéis dinero mío. Mirad cuánto tiempo hace que salimos de nuestro pueblo esta tercera vez. Mirad lo que podéis y debéis ganar cada mes, y pagaos vos mismo.

—Cuando yo servía a Tomé Carrasco —respondió Sancho—, ganaba dos ducados al mes, además de la comida. Tomé es el padre del bachiller Sansón Carrasco, que vuestra merced conoce bien. Con vuestra merced no sé lo que puedo ganar. Pero sé que el escudero de un caballero andante trabaja más que el que sirve a un labrador. Porque los que servimos a labradores trabajamos mucho de día. Pero, pase lo que pase, por la noche cenamos de la olla y dormimos en cama. Y yo no he dormido en cama desde que sirvo a vuestra merced. Solo el poco tiempo que estuvimos en casa de don Diego de Miranda. Y la fiesta que me di con la espuma que saqué de las ollas de Camacho. Y lo que comí, bebí y dormí en casa de Basilio. Todo el resto del tiempo he dormido en la tierra dura, al cielo abierto. He sufrido eso que llaman las inclemencias del cielo. Me he mantenido con trozos de queso y pedazos de pan duro. Y he bebido agua de arroyos o de fuentes, de las que encontramos por esos lugares perdidos por donde andamos.

—Confieso, Sancho —dijo don Quijote—, que todo lo que dices es verdad. ¿Cuánto os parece que os debo dar, más de lo que os daba Tomé Carrasco?

—A mi parecer —dijo Sancho—, me daría por bien pagado si vuestra merced añadiera dos reales más cada mes. Esto es en cuanto al salario de mi trabajo. Pero vuestra merced me dio su palabra y me prometió el gobierno de una ínsula. Por eso sería justo que me añadiera otros seis reales. Así, en total, serían treinta.

—Está muy bien —contestó don Quijote—. Según el salario que vos mismo os habéis puesto, hace 23 días que salimos de nuestro pueblo. Contad, Sancho, la parte que os corresponde, y mirad lo que os debo. Y pagaos vos mismo, como os he dicho.

—¡Oh, cuerpo de mí! —dijo Sancho—. Vuestra merced se equivoca mucho en esta cuenta. Porque la promesa de la ínsula se tiene que contar desde el día en que vuestra merced me la prometió. Y hay que contar hasta este mismo momento.

—Pues, ¿cuánto tiempo hace, Sancho, que os la prometí? —dijo don Quijote.

—Si no me acuerdo mal —respondió Sancho—, debe de hacer más de veinte años, tres días más o menos.

Don Quijote se dio una gran palmada en la frente. Empezó a reírse con muchas ganas y dijo:

—¡Pero si entre Sierra Morena y todas nuestras salidas apenas he andado dos meses! ¿Y dices, Sancho, que hace veinte años que te prometí la ínsula? Ahora digo que quieres gastar en tus salarios todo el dinero mío que tienes. Si es así y eso te gusta, desde ahora te lo doy, y que te aproveche. A cambio de verme sin un escudero tan malo, me alegraré de quedarme pobre y sin un céntimo.

»¡Tú rompes las reglas de los escuderos de la caballería andante! Pero dime: ¿dónde has visto o leído que un escudero de caballero andante haya regateado con su señor? ¿Que le haya dicho: “Tanto más cuánto me tenéis que dar cada mes para que os sirva”? Entra, entra, malandrín, follón y monstruo, que todo eso pareces. Entra, digo, en el mare magnum de sus historias. Busca si algún escudero ha dicho, o pensado, lo que tú has dicho aquí. Si lo encuentras, quiero que me lo claves en la frente. Y, además, quiero que me des cuatro mamonas bien marcadas en la cara. Da la vuelta a las riendas, o al cabestro, del rucio, y vuélvete a tu casa. Porque desde aquí no vas a dar ni un solo paso más conmigo.

»¡Oh pan mal agradecido! ¡Oh promesas mal colocadas! ¡Oh hombre que tiene más de bestia que de persona! Ahora, cuando yo pensaba darte una buena posición, ¿te despides? ¡Y tan buena que, aunque le pesara a tu mujer, te llamarían señoría! ¿Ahora te vas, cuando yo venía con la intención firme de hacerte señor de la mejor ínsula del mundo? En fin, como tú has dicho otras veces: «No es la miel...», etcétera. Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de acabar cuando se termine tu vida. Porque yo creo que tu vida llegará a su final antes de que te des cuenta de que eres bestia.

Mientras don Quijote le decía estos insultos, Sancho lo miraba fijamente. Y le dolió tanto que se le llenaron los ojos de lágrimas. Con voz triste y débil, le dijo:

—Señor mío, confieso que para ser del todo asno solo me falta la cola. Si vuestra merced me la quiere poner, la daré por bien puesta. Y le serviré como burro todos los días que me quedan de vida. Que vuestra merced me perdone y tenga compasión de mi juventud. Piense que sé poco. Y que si hablo mucho, es más por enfermedad que por malicia. Pero quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda.

—Me extrañaría, Sancho, que no mezclaras algún refrancito en tu conversación. Bueno, te perdono, con tal de que te corrijas. Y con tal de que desde ahora no te muestres tan amigo de tu propio interés. Procura ensanchar el corazón. Anímate y espera a que se cumplan mis promesas. Aunque tarden, no son imposibles.

Sancho respondió que sí lo haría, aunque tuviera que sacar fuerzas de flaqueza.

Con esto, entraron en la alameda. Don Quijote se acomodó al pie de un olmo, y Sancho al pie de un haya. Porque estos árboles y otros parecidos siempre tienen pies, pero no manos. Sancho pasó mal la noche, porque el golpe del palo se sentía más con el frío de la noche. Don Quijote la pasó con sus recuerdos de siempre. Pero, aun así, los dos se durmieron. Al amanecer, siguieron su camino buscando las orillas del famoso Ebro. Allí les pasó lo que se contará en el capítulo siguiente.

### Glosario

- **poner pies en polvorosa**: huir corriendo.
- **nombrar la soga en casa del ahorcado**: hablar de algo que molesta u ofende a quien escucha.
- **el mal ajeno de pelo cuelga**: refrán: el dolor de otra persona importa poco.
- **manteo**: castigo en el que mantean a alguien: lo lanzan al aire con una manta, como a Sancho en la primera parte.
- **inclemencias del cielo**: el mal tiempo: frío, calor, lluvia, viento.
- **mare magnum**: palabras en latín: «mar grande»; aquí, la enorme cantidad de libros de caballerías.
- **no es la miel...**: principio del refrán «no es la miel para la boca del asno»: las cosas buenas no son para quien no sabe apreciarlas.
- **quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda**: refrán: quien se equivoca y se corrige, tiene la ayuda de Dios.
- **sacar fuerzas de flaqueza**: hacer un esfuerzo aunque uno esté débil o cansado.
- **alameda**: lugar con muchos álamos, unos árboles altos.
- **escudero**: criado que acompaña y sirve a un caballero.
- **rucio**: el burro de Sancho (rucio quiere decir de color gris).
- **recobrar**: volver a tener algo que se había perdido.
- **apalear**: dar golpes con un palo; **apaleado**: golpeado con palos.
- **ayes**: gritos de «¡ay!» de una persona que sufre.
- **gemido**: sonido de dolor o de pena.
- **moler**: romper en trozos muy pequeños; aquí, golpear mucho a alguien.
- **chiquillada**: cosa propia de niños, sin importancia.
- **impertinencia**: palabra o cosa que molesta o que no viene al caso.
- **ducado**: moneda antigua de oro.
- **labrador**: persona que trabaja la tierra.
- **mamona**: burla: poner los dedos en la cara de alguien y apretarle.

## Capítulo XXIX. De la famosa aventura del barco encantado

Paso a paso, dos días después de salir de la alameda, don Quijote y Sancho llegaron al río Ebro. A don Quijote le dio mucho gusto verlo. Y es que contempló la belleza de sus orillas, la claridad de sus aguas y la calma de su corriente. Miró la abundancia de sus aguas, claras como el cristal. Aquella vista alegre le trajo a la memoria mil pensamientos de amor. Sobre todo, daba vueltas a lo que había visto en la cueva de Montesinos. El mono de maese Pedro le había dicho que una parte de aquellas cosas era verdad y otra parte, mentira. Pero él creía más en las verdaderas que en las mentirosas. Sancho pensaba justo lo contrario: para él, todas eran pura mentira.

Iban así cuando vieron un pequeño barco sin remos ni ninguna otra cosa de navegar. Estaba atado en la orilla al tronco de un árbol. Don Quijote miró a todas partes y no vio a nadie. Entonces, sin más, se bajó de Rocinante. Mandó a Sancho que hiciera lo mismo con el rucio. Y le mandó atar muy bien los dos animales juntos al tronco de un álamo o de un sauce que había allí. Sancho le preguntó por qué se bajaban tan de repente y por qué ataban a los animales. Don Quijote respondió:

—Has de saber, Sancho, que este barco me está llamando. Sin ninguna duda, me invita a entrar en él. Quiere que vaya a socorrer a algún caballero, o a otra persona importante y necesitada. Esa persona debe de estar en algún gran apuro. Porque así pasa en los libros de caballerías y con los encantadores que aparecen en ellos. A veces un caballero está en un problema y solo lo puede salvar la mano de otro caballero. Puede ser que estén lejos uno del otro, a dos o tres mil leguas, o incluso más. Entonces los encantadores se llevan al segundo caballero en una nube, o le ponen delante un barco para que entre. Y en menos de un abrir y cerrar de ojos lo llevan por el aire o por el mar. Lo llevan adonde quieren y adonde hace falta su ayuda. Así que, ¡oh Sancho!, este barco está aquí para eso mismo. Y esto es tan verdad como que ahora es de día. Antes de que se acabe el día, ata juntos al rucio y a Rocinante, y que Dios nos guíe. Porque no dejaré de embarcarme aunque me lo pidan frailes descalzos.

—Pues si es así —respondió Sancho—, y vuestra merced quiere caer a cada paso en estas cosas, que no sé si llamar disparates, solo queda obedecer y bajar la cabeza. Como dice el refrán: «Haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él a la mesa». Pero, aun así, para dejar tranquila mi conciencia, quiero avisar a vuestra merced de una cosa. A mí me parece que este barco no es de los encantados. Me parece que es de algunos pescadores de este río, porque aquí se pescan las mejores sabogas del mundo.

Esto decía Sancho mientras ataba a los animales. Los dejaba bajo la protección de los encantadores, con mucho dolor de su alma. Don Quijote le dijo que no se preocupara por dejar solos a aquellos animales. El que los iba a llevar a ellos por caminos y tierras tan longincuos se encargaría de darles de comer.

—No entiendo eso de «logicuos» —dijo Sancho—. Nunca en mi vida he oído esa palabra.

—«Longincuos» —respondió don Quijote— quiere decir «lejanos». Y no es raro que no lo entiendas. Porque tú no tienes obligación de saber latín, como algunos que presumen de saberlo y no lo saben.

—Ya están atados —contestó Sancho—. ¿Qué tenemos que hacer ahora?

—¿Qué? —respondió don Quijote—. Santiguarnos y levar ferro. Quiero decir, embarcarnos y cortar la cuerda con que está atado este barco.

Dio un salto y entró en el barco, y Sancho lo siguió. Don Quijote cortó la cuerda, y el barco se fue apartando poco a poco de la orilla. Cuando Sancho se vio a unas dos varas dentro del río, empezó a temblar. Tenía miedo de perderse. Pero lo que más pena le dio fue oír rebuznar al rucio y ver que Rocinante luchaba por soltarse. Y le dijo a su señor:

—El rucio rebuzna porque le duele que nos vayamos. Y Rocinante intenta soltarse para tirarse detrás de nosotros. ¡Oh queridísimos amigos, quedaos en paz! ¡Y que esta locura que nos aparta de vosotros se convierta en desengaño, y nos devuelva a vuestro lado!

Y en esto empezó a llorar con tanta amargura que don Quijote, enfadado y furioso, le dijo:

—¿De qué tienes miedo, criatura cobarde? ¿Por qué lloras, corazón de mantequilla? ¿Quién te persigue o quién te acosa, alma de ratón de casa? ¿Qué te falta, necesitado en medio de la abundancia? ¿Acaso vas caminando a pie y descalzo por las montañas Rifeas? ¡No! Vas sentado en una tabla, como un archiduque, por la corriente tranquila de este río agradable. Y pronto saldremos por él al ancho mar. Aunque ya debemos de haber salido, y recorrido por lo menos setecientas u ochocientas leguas. Si yo tuviera aquí un astrolabio para medir la altura del polo, te diría cuántas leguas hemos andado. Aunque, o yo sé poco, o ya hemos pasado la línea equinoccial, o la pasaremos pronto. Es la línea que divide y corta a la misma distancia los dos polos opuestos.

—Y cuando lleguemos a esa leña que dice vuestra merced —preguntó Sancho—, ¿cuánto habremos andado?

—Mucho —contestó don Quijote—. Porque el globo de agua y de tierra tiene trescientos sesenta grados, según el cómputo de Ptolomeo. Él fue el mayor cosmógrafo que se conoce. Pues al llegar a la línea que te he dicho, habremos recorrido la mitad.

—Por Dios —dijo Sancho—, que vuestra merced me pone como testigo de lo que dice a una persona fina: «puto y gafo», y además «meón», o «meo», o no sé cómo.

Don Quijote se rio de cómo había entendido Sancho el nombre de Ptolomeo y la palabra «cómputo». Y le dijo:

—Sabrás, Sancho, algo de los españoles y de los que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias Orientales. Para saber que han pasado la línea equinoccial que te he dicho, tienen varias señales. Una de ellas es esta: a todos los que van en el barco se les mueren los piojos. No les queda ni uno, y no encontrarían ninguno en todo el barco aunque lo pagaran a precio de oro. Así que puedes pasarte una mano por un muslo, Sancho. Si encuentras algo vivo, saldremos de esta duda. Y si no, es que ya la hemos pasado.

—Yo no me creo nada de eso —respondió Sancho—. Pero, aun así, haré lo que vuestra merced me manda. Aunque no sé para qué hace falta hacer esas pruebas. Pues veo con mis propios ojos que no nos hemos alejado de la orilla ni cinco varas. Ni nos hemos apartado dos varas de donde están las alemañas. Porque allí están Rocinante y el rucio, en el mismo sitio donde los dejamos. Y si miro bien, como miro ahora, juro que no nos movemos ni andamos al paso de una hormiga.

—Haz, Sancho, la prueba que te he dicho, y no te preocupes de otra cosa. Porque tú no sabes qué son los coluros, las líneas, los paralelos, los zodíacos, las eclípticas y los polos. Ni los solsticios, los equinoccios, los planetas, los signos, los puntos y las medidas. De todo eso se componen la esfera del cielo y la de la tierra. Si supieras todas estas cosas, o una parte, verías claramente cuántos paralelos hemos cortado. Verías cuántos signos hemos visto y cuántas constelaciones hemos dejado atrás y vamos dejando ahora. Y te vuelvo a decir que te toques y busques. Yo creo que estás más limpio que una hoja de papel lisa y blanca.

Sancho se tocó. Llevó la mano con cuidado, despacito, hacia la parte de atrás de la rodilla izquierda. Luego levantó la cabeza, miró a su amo y dijo:

—O la prueba es falsa, o no hemos llegado adonde dice vuestra merced, ni de lejos.

—Pues ¿qué? —preguntó don Quijote—. ¿Has encontrado algo?

—¡Y aun algos! —respondió Sancho.

Se sacudió los dedos y se lavó toda la mano en el río. El barco se deslizaba tranquilo por el centro de la corriente. No lo movía ninguna fuerza secreta ni ningún encantador escondido. Lo movía solo la corriente del agua, que entonces era blanda y suave.

En esto, vieron unas grandes aceñas que estaban en mitad del río. En cuanto don Quijote las vio, le dijo a Sancho en voz alta:

—¿Ves? ¡Allí, oh amigo, aparece la ciudad, castillo o fortaleza! Allí debe de estar algún caballero prisionero, o alguna reina, infanta o princesa en apuros. Para socorrer a esa persona me han traído aquí.

—¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuestra merced, señor? —dijo Sancho—. ¿No ve que aquello son aceñas que están en el río, donde se muele el trigo?

—Calla, Sancho —dijo don Quijote—. Aunque parecen aceñas, no lo son. Ya te he dicho que los encantamientos cambian todas las cosas y las sacan de su ser natural. No quiero decir que las cambien de verdad de una cosa a otra, sino que lo parece. Así lo demostró la transformación de Dulcinea, único refugio de mis esperanzas.

En esto, el barco llegó al centro de la corriente y empezó a ir más deprisa que antes. Los molineros de las aceñas vieron venir aquel barco por el río. Vieron que iba a meterse en la corriente fuerte de las ruedas. Muchos de ellos salieron rápidamente con palos largos para detenerlo. Salían llenos de harina, con la cara y la ropa cubiertas del polvo blanco. Por eso tenían un aspecto feo. Daban grandes gritos:

—¡Demonios de hombres! ¿Adónde vais? ¿Venís desesperados? ¿Qué queréis, ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?

—¿No te dije yo, Sancho —dijo entonces don Quijote—, que habíamos llegado a un lugar donde tengo que mostrar hasta dónde llega el valor de mi brazo? Mira cuántos malandrines y follones me salen al encuentro. Mira cuántos monstruos se me ponen delante. Mira cuántas caras feas nos hacen muecas para asustarnos... ¡Pues ahora lo veréis, bellacos!

Se puso de pie en el barco y empezó a amenazar a gritos a los molineros, diciéndoles:

—¡Canalla malvada y peor aconsejada! Dejad en libertad a la persona que tenéis presa en esa fortaleza o prisión vuestra. Da igual que sea alta o baja, de cualquier clase o condición. Porque yo soy don Quijote de la Mancha, también llamado el Caballero de los Leones. Por orden de los altos cielos, a mí me toca dar un final feliz a esta aventura.

Dicho esto, sacó la espada y empezó a moverla en el aire contra los molineros. Ellos oían aquellas tonterías y no las entendían. Se pusieron con sus palos a detener el barco, que ya iba entrando en la corriente y en el canal de las ruedas.

Sancho se puso de rodillas. Pedía con devoción al cielo que lo librara de un peligro tan claro. Y el cielo lo libró, gracias a la habilidad y la rapidez de los molineros. Pusieron sus palos contra el barco y lo detuvieron. Pero no pudieron evitar que el barco se diera la vuelta, y don Quijote y Sancho cayeron al agua. A don Quijote le fue bien, porque sabía nadar como un ganso. Aunque el peso de la armadura lo llevó al fondo dos veces. Los molineros se tiraron al agua y los sacaron a los dos casi en brazos. Si no fuera por ellos, allí habría sido Troya para los dos.

Ya en tierra, estaban más mojados que muertos de sed. Sancho se puso de rodillas, con las manos juntas y los ojos fijos en el cielo. Con una oración larga y devota, pidió a Dios una cosa. Que desde ese día lo librara de los deseos y los ataques atrevidos de su señor.

En esto llegaron los pescadores dueños del barco, al que habían hecho pedazos las ruedas de las aceñas. Al verlo roto, empezaron a quitarle la ropa a Sancho, y a pedir a don Quijote que lo pagara. Don Quijote, muy tranquilo, como si no le hubiera pasado nada, habló a los molineros y a los pescadores. Les dijo que pagaría el barco con muchísimo gusto. Pero con una condición: que le entregaran libres y sin engaños a la persona o personas presas en aquel castillo suyo.

—¿Qué personas o qué castillo dices, hombre sin juicio? —respondió uno de los molineros—. ¿Es que te quieres llevar a los que vienen a moler trigo a estas aceñas?

—¡Basta! —dijo don Quijote para sí—. Querer que esta canalla haga una buena obra por medio de ruegos es predicar en el desierto. En esta aventura deben de haberse encontrado dos encantadores valientes. Uno estorba lo que el otro intenta. Uno me puso delante el barco, y el otro me tiró al agua. Que Dios lo remedie, porque todo este mundo está lleno de trucos y planes, unos contrarios a otros. Yo no puedo hacer más.

Y, levantando la voz y mirando a las aceñas, siguió diciendo:

—Amigos, quienesquiera que seáis los que quedáis encerrados en esa prisión, perdonadme. Por mi desgracia y por la vuestra, no os puedo sacar de vuestro apuro. Esta aventura debe de estar guardada y reservada para otro caballero.

Dicho esto, se puso de acuerdo con los pescadores y pagó cincuenta reales por el barco. Sancho los dio de muy mala gana, diciendo:

—Con dos viajes en barco como este, todo nuestro dinero se irá al fondo.

Los pescadores y los molineros estaban admirados. Miraban a aquellas dos figuras, que parecían tan distintas de los demás hombres. No acababan de entender adónde iban las palabras y las preguntas de don Quijote. Pensaron que estaban locos y los dejaron. Los molineros volvieron a sus aceñas y los pescadores a sus cabañas. Don Quijote y Sancho volvieron a sus bestias, y a ser bestias. Y este fue el final de la aventura del barco encantado.

### Glosario

- **saboga**: pez de río, parecido a la sardina pero más grande.
- **longincuos**: palabra culta, del latín: lejanos; Sancho la entiende mal y dice «logicuos».
- **levar ferro**: expresión de marineros: levantar el ancla para salir con el barco.
- **línea equinoccial**: el ecuador, la línea imaginaria que divide la Tierra en dos mitades; Sancho entiende «leña».
- **puto y gafo... meón**: Sancho entiende mal «Ptolomeo» y «cómputo» (cálculo) y dice palabras feas que suenan parecido.
- **astrolabio**: instrumento antiguo para medir la altura de las estrellas y saber dónde se está.
- **alemañas**: Sancho dice mal «alimañas»: animales.
- **¡Y aun algos!**: «¡y más de uno!»: Sancho ha encontrado piojos.
- **aceña**: molino de agua en un río.
- **allí había sido Troya**: allí habría sido el desastre final, como la destrucción de la ciudad de Troya.
- **predicar en el desierto**: hablar a quien no quiere escuchar ni hacer caso.
- **molinero**: persona que trabaja en un molino, donde se hace harina del trigo.
- **rucio**: el burro de Sancho (rucio quiere decir de color gris).
- **legua**: medida antigua de distancia, de unos cinco kilómetros.
- **cómputo**: cálculo, cuenta.
- **álamo**: árbol alto que crece cerca del agua.
- **sauce**: árbol de ramas largas que caen hacia abajo; crece cerca de los ríos.
- **embarcarse**: subir a un barco.
- **frailes descalzos**: religiosos que andan sin zapatos o solo con sandalias.
- **descalzo**: sin zapatos.
- **refrán**: frase popular y corta que da un consejo o una enseñanza.
- **archiduque**: título de un príncipe muy importante.

## Capítulo XXX. De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora

Caballero y escudero volvieron a sus animales muy tristes y de mal humor. Sancho estaba especialmente triste, porque le dolía en el alma tocar el dinero. Le parecía que todo lo que sacaban de allí se lo quitaban de las niñas de sus ojos. Al final, sin decirse una palabra, subieron a sus animales y se alejaron del famoso río. Don Quijote iba hundido en los pensamientos de sus amores. Sancho iba pensando en mejorar su posición, y en aquel momento eso le parecía algo muy lejano. Porque, aunque era tonto, entendía bien que todas o casi todas las acciones de su amo eran locuras. Por eso buscaba una ocasión para escaparse un día y volver a su casa. Quería hacerlo sin hacer cuentas con su señor y sin despedirse de él. Pero la fortuna ordenó las cosas muy al revés de lo que él temía.

Sucedió, pues, que al día siguiente, a la puesta del sol, salieron de un bosque. Don Quijote miró a lo largo de un prado verde, y al fondo vio gente. Al acercarse, vio que eran cazadores de altanería. Se acercó más, y entre ellos vio a una señora elegante. Iba sobre un palafrén o hacanea blanquísima, con adornos verdes y una silla de plata. La señora también iba vestida de verde, con tanta elegancia y riqueza que parecía la elegancia misma. En la mano izquierda llevaba un azor. Por esa señal, don Quijote entendió que era una gran señora. Pensó que debía de ser la señora de todos aquellos cazadores, y así era. Por eso dijo a Sancho:

—Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora del palafrén y del azor que yo, el Caballero de los Leones, beso las manos a su gran hermosura. Dile que, si su grandeza me da permiso, iré a besárselas. Y que la serviré en todo lo que mis fuerzas puedan y su alteza me mande. Y mira bien cómo hablas, Sancho. Ten cuidado de no meter ninguno de tus refranes en tu mensaje.

—¡Pues sí que habéis dado con el que mete refranes! —respondió Sancho—. ¡A mí con eso! ¡Como si fuera esta la primera vez en mi vida que llevo mensajes a señoras altas y grandes!

—Aparte del que llevaste a la señora Dulcinea —respondió don Quijote—, yo no sé que hayas llevado ningún otro. Por lo menos, no estando a mi servicio.

—Es verdad —respondió Sancho—, pero al buen pagador no le duelen prendas, y en casa llena pronto se guisa la cena. Quiero decir que a mí no hay que decirme ni avisarme de nada. Yo sirvo para todo, y de todo sé un poco.

—Lo creo, Sancho —dijo don Quijote—. Ve en buena hora, y que Dios te guíe.

Sancho partió corriendo y obligó al rucio a ir más deprisa de lo normal. Llegó donde estaba la bella cazadora, se bajó del burro y se puso de rodillas delante de ella. Entonces le dijo:

—Hermosa señora, aquel caballero que se ve allí se llama el Caballero de los Leones. Es mi amo, y yo soy un escudero suyo. En mi casa me llaman Sancho Panza. Este Caballero de los Leones hace poco se llamaba el de la Triste Figura. Me envía a pedir algo a vuestra grandeza. Pide permiso para venir, con su propósito, beneplácito y consentimiento, a cumplir su deseo. Según él dice y yo pienso, su deseo no es otro que servir a vuestra encumbrada altanería y hermosura. Si vuestra señoría le da ese permiso, hará algo que será para su bien. Y él recibirá un favor muy grande y una gran alegría.

—Por cierto, buen escudero —respondió la señora—, habéis dado vuestro mensaje con todos los detalles que piden estos mensajes. Levantaos del suelo. No es justo que esté de rodillas el escudero de un caballero tan grande como el de la Triste Figura. Aquí ya tenemos muchas noticias de él. Levantaos, amigo, y decid a vuestro señor que venga en muy buena hora. Que venga a servirse de mí y del duque, mi marido, en una casa de campo que tenemos aquí.

Sancho se levantó admirado. Le admiraba la belleza de la buena señora y su mucha educación y cortesía. Pero más le admiraba que ella tuviera noticias de su señor, el Caballero de la Triste Figura. Pensó que, si no lo había llamado el de los Leones, sería porque ese nombre era muy nuevo. Entonces la duquesa le preguntó (todavía no se sabe de qué tierras era duquesa):

—Decidme, hermano escudero: ¿no es este señor vuestro uno del que hay impresa una historia? ¿Una que se llama «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha»? ¿Y no tiene como señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?

—El mismo es, señora —respondió Sancho—. Y ese escudero suyo que sale, o debe de salir, en esa historia, al que llaman Sancho Panza, soy yo. A no ser que me cambiaran en la cuna; quiero decir, que me cambiaran en la estampa.

—Me alegro mucho de todo eso —dijo la duquesa—. Id, hermano Panza, y decid a vuestro señor que sea bien llegado y bienvenido a mis tierras. Decidle que nada podría darme más alegría.

Sancho volvió a su amo con muchísimo gusto por esta respuesta tan agradable. Le contó todo lo que la gran señora le había dicho. Con sus palabras de campesino, subía hasta el cielo su gran hermosura, su gracia y su cortesía. Don Quijote se puso muy derecho y elegante en la silla. Se colocó bien en los estribos y se ajustó la visera. Después hizo correr a Rocinante y fue con noble valor a besar las manos a la duquesa. Mientras don Quijote llegaba, ella hizo llamar al duque, su marido, y le contó todo el mensaje. Los dos habían leído la primera parte de esta historia. Por ella conocían el carácter loco de don Quijote. Por eso lo esperaban con muchísimo gusto y con ganas de conocerlo. Pensaban seguirle la corriente y darle la razón en todo lo que dijera. Lo tratarían como a un caballero andante durante los días que se quedara con ellos. Usarían todas las ceremonias de los libros de caballerías. Ellos habían leído esos libros, y además les gustaban mucho.

En esto llegó don Quijote, con la visera levantada. Hizo el gesto de bajarse del caballo, y Sancho corrió a sujetarle el estribo. Pero Sancho tuvo muy mala suerte. Al bajarse del rucio, se le enganchó un pie en una cuerda de la albarda. No hubo manera de soltarlo. Al contrario, se quedó colgado de ella, con la boca y el pecho en el suelo. Don Quijote no tenía costumbre de bajarse sin que alguien le sujetara el estribo. Pensó que Sancho ya estaba allí sujetándolo y dejó caer el cuerpo de golpe. Así arrastró con él la silla de Rocinante, que debía de estar mal atada. La silla y él cayeron juntos al suelo. Don Quijote sintió vergüenza. Y entre dientes echó muchas maldiciones al pobre Sancho, que todavía tenía el pie atrapado en la cuerda.

El duque mandó a sus cazadores que ayudaran al caballero y al escudero. Ellos levantaron a don Quijote, que estaba maltrecho por la caída. Cojeando y como pudo, don Quijote fue a ponerse de rodillas delante de los dos señores. Pero el duque no lo permitió de ninguna manera. Al contrario, se bajó de su caballo y fue a abrazar a don Quijote. Le dijo:

—Siento mucho, señor Caballero de la Triste Figura, que lo primero que le ha pasado a vuestra merced en mi tierra sea tan malo. Pero los descuidos de los escuderos suelen causar cosas peores.

—Lo que me ha pasado al veros, valeroso príncipe, no puede ser malo —respondió don Quijote—. Aunque mi caída hubiera llegado hasta el fondo de los abismos, no sería malo. Porque la gloria de haberos visto me habría levantado y sacado de allí. Mi escudero, que Dios maldiga, suelta la lengua para decir maldades mejor que ata una silla para que esté firme. Pero, comoquiera que yo esté, caído o levantado, a pie o a caballo, siempre estaré a vuestro servicio. Y también al servicio de mi señora la duquesa, vuestra digna esposa. Ella es digna señora de la belleza y princesa universal de la cortesía.

—¡Pasito, mi señor don Quijote de la Mancha! —dijo el duque—. Donde está mi señora doña Dulcinea del Toboso, no es justo alabar otras bellezas.

En ese momento Sancho Panza ya estaba libre de la cuerda. Estaba allí cerca, y antes de que su amo respondiera, dijo:

—No se puede negar, sino afirmar, que mi señora Dulcinea del Toboso es muy hermosa. Pero donde menos se piensa se levanta la liebre. Yo he oído decir que eso que llaman naturaleza es como un alcaller que hace vasos de barro. Y el que hace un vaso hermoso también puede hacer dos, y tres, y ciento. Lo digo porque, a fe mía, mi señora la duquesa no se queda atrás de mi ama, la señora Dulcinea del Toboso.

Don Quijote se volvió hacia la duquesa y dijo:

—Imagine vuestra grandeza que ningún caballero andante del mundo tuvo un escudero más hablador ni más gracioso que el mío. Y él me dará la razón si vuestra gran celsitud quiere servirse de mí algunos días.

A esto respondió la duquesa:

—Yo valoro mucho que Sancho el bueno sea gracioso, porque es señal de que es discreto. Las gracias y los chistes, señor don Quijote, como vuestra merced sabe bien, no nacen en cabezas torpes. Y ya que el buen Sancho es gracioso y tiene chispa, desde ahora lo declaro discreto.

—Y hablador —añadió don Quijote.

—Tanto mejor —dijo el duque—, porque muchas gracias no se pueden decir con pocas palabras. Y para que no se nos vaya el tiempo en ellas, venga el gran Caballero de la Triste Figura...

—De los Leones tiene que decir vuestra alteza —dijo Sancho—, que ya no hay Triste Figura, ni figuro.

—Sea el de los Leones —siguió el duque—. Digo que venga el señor Caballero de los Leones a un castillo mío que está aquí cerca. Allí lo recibiremos como merece justamente una persona tan alta. Así recibimos la duquesa y yo a todos los caballeros andantes que llegan a él.

Mientras tanto, Sancho había preparado la silla de Rocinante y la había atado bien. Don Quijote subió en él, y el duque en un hermoso caballo. Pusieron a la duquesa en medio y se dirigieron al castillo. La duquesa mandó a Sancho que fuera a su lado, porque le gustaba muchísimo oír sus ocurrencias. Sancho no se hizo de rogar. Se metió entre los tres y fue el cuarto en la conversación. La duquesa y el duque disfrutaron mucho. Les parecía una gran suerte recibir en su castillo a tal caballero andante y a tal escudero andado.

### Glosario

- **las niñas de sus ojos**: lo que una persona quiere más que nada.
- **cazadores de altanería**: cazadores que cazan con halcones y otras aves que vuelan alto.
- **palafrén / hacanea**: caballo tranquilo y elegante que montaban las señoras.
- **azor**: ave de caza parecida al halcón.
- **al buen pagador no le duelen prendas**: refrán: quien cumple lo que promete no tiene miedo de dar garantías.
- **encumbrada altanería**: Sancho quiere decir «gran nobleza», pero «altanería» también es orgullo y caza con aves.
- **en la estampa**: en la imprenta, en el libro impreso.
- **¡Pasito!**: «¡Despacio!, ¡con calma!».
- **alcaller**: hombre que hace vasos y platos de barro.
- **celsitud**: título antiguo de honor para una persona muy alta e importante.

## Capítulo XXXI. Que trata de muchas y grandes cosas

Sancho iba muy alegre, porque le parecía que ya era uno de los favoritos de la duquesa. Y es que se imaginaba que en su castillo iba a encontrar lo mismo que en la casa de don Diego y en la de Basilio. Siempre le había gustado la buena vida. Por eso, cada vez que tenía ocasión de darse un buen trato, tomaba la ocasión por la melena.

Cuenta, pues, la historia que el duque se adelantó antes de llegar a la casa de campo o castillo. Y dio órdenes a todos sus criados sobre cómo tenían que tratar a don Quijote. Cuando don Quijote llegó con la duquesa a las puertas del castillo, salieron enseguida dos lacayos o palafreneros. Llevaban unas ropas largas de finísimo raso carmesí que les llegaban hasta los pies. En un abrir y cerrar de ojos, cogieron a don Quijote en brazos y le dijeron:

—Vaya vuestra grandeza a bajar del caballo a mi señora la duquesa.

Don Quijote lo hizo, y los dos se hicieron grandes cortesías sobre el asunto. Pero al final ganó la duquesa, que insistió más. No quiso bajar del palafrén si no era en brazos del duque. Decía que no era digna de dar a un caballero tan grande una carga tan inútil. Por fin, el duque salió a bajarla. Al entrar en un gran patio, llegaron dos hermosas doncellas. Pusieron sobre los hombros de don Quijote un gran manto de finísima tela escarlata. En un momento, todos los corredores del patio se llenaron de criados y criadas de aquellos señores. Decían a grandes gritos:

—¡Bienvenido sea la flor y la nata de los caballeros andantes!

Todos, o casi todos, echaban frascos de agua perfumada sobre don Quijote y sobre los duques. Don Quijote estaba admirado de todo esto. Y aquel fue el primer día en que conoció y creyó del todo ser caballero andante verdadero, y no de fantasía. Porque veía que lo trataban igual que, según había leído, trataban a esos caballeros en los siglos pasados.

Sancho dejó solo al rucio y se pegó a la duquesa como si estuviera cosido a ella. Así entró en el castillo. Pero le remordía la conciencia por dejar solo al burro. Entonces se acercó a una dueña de aspecto respetable, que había salido con otras a recibir a la duquesa. En voz baja le dijo:

—Señora González, o como se llame vuestra merced...

—Me llamo doña Rodríguez de Grijalba —respondió la dueña—. ¿Qué es lo que mandáis, hermano?

Sancho respondió:

—Querría que vuestra merced me hiciera el favor de salir a la puerta del castillo. Allí encontrará un asno rucio mío. Le pido que lo mande poner, o que lo ponga, en la cuadra. Es que el pobrecito es un poco miedoso, y no sabrá estar solo de ninguna manera.

—Si el amo es tan discreto como el criado —respondió la dueña—, ¡pues estamos buenas! Andad, hermano, en muy mala hora para vos y para quien os trajo aquí. Y cuidad vos mismo de vuestro burro. Porque las dueñas de esta casa no estamos acostumbradas a esos trabajos.

—Pues la verdad —respondió Sancho— es que yo he oído a mi señor, que conoce todas las historias como un adivino, contar la de Lanzarote:

cuando de Bretaña vino,
que damas curaban de él,
y dueñas de su rocino.

»Y en cuanto a mi asno, yo no lo cambiaría por el rocín del señor Lanzarote.

—Hermano, si sois juglar —replicó la dueña—, guardad vuestras gracias para donde gusten y os las paguen. De mí no os vais a llevar más que una higa.

—¡Menos mal —respondió Sancho— que será bien madura! Porque vuestra merced no perderá la quínola de sus años por un punto de menos.

—¡Hijo de puta! —dijo la dueña, ya roja de rabia—. Si soy vieja o no, se lo diré a Dios, y no a vos, bellaco, harto de ajos.

Lo dijo en voz tan alta que la duquesa lo oyó. Se volvió y vio a la dueña muy alterada y con los ojos rojos de furia. Entonces le preguntó con quién estaba peleando.

—Estoy peleando con este buen hombre —respondió la dueña—. Me ha pedido con mucha insistencia que ponga en la cuadra a un asno suyo. Dice que está en la puerta del castillo. Me ha puesto como ejemplo que, no sé dónde, unas damas cuidaron a un tal Lanzarote, y unas dueñas a su rocín. Y, para colmo, con buenas palabras me ha llamado vieja.

—Eso sería para mí la peor ofensa que podrían hacerme —respondió la duquesa.

Y, hablando con Sancho, le dijo:

—Fijaos, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy joven. Lleva esas tocas más por autoridad y por costumbre que por sus años.

—Que sean malos los años que me quedan por vivir —respondió Sancho— si lo dije con esa intención. Solo lo dije porque quiero mucho a mi burro. Por eso me pareció que no podía dejarlo en manos más caritativas que las de la señora doña Rodríguez.

Don Quijote, que lo oía todo, le dijo:

—¿Son estas conversaciones para este lugar, Sancho?

—Señor —respondió Sancho—, cada uno tiene que hablar de lo que necesita, esté donde esté. Aquí me acordé del rucio, y aquí hablé de él. Si me hubiera acordado en la cuadra, allí habría hablado.

El duque dijo entonces:

—Sancho tiene toda la razón, y no hay que culparle de nada. Al rucio se le dará de comer todo lo que quiera. Que no se preocupe Sancho, que se le tratará como a él mismo.

Con estas conversaciones, que gustaron a todos menos a don Quijote, subieron a lo alto del castillo. Llevaron a don Quijote a una sala adornada con telas riquísimas de oro y brocado. Allí seis doncellas le quitaron las armas y le sirvieron como pajes. El duque y la duquesa les habían enseñado lo que tenían que hacer. También les habían dicho cómo tenían que tratar a don Quijote. Así él pensaría y vería que lo trataban como a un caballero andante. Sin las armas, don Quijote se quedó con sus estrechos calzones y su jubón de piel de gamuza. Estaba seco, alto y estirado. Tenía las mejillas tan hundidas que por dentro se besaban una con otra. Una de las órdenes precisas de sus señores a las doncellas era esconder la risa. Si no hubieran tenido cuidado de esconder la risa, habrían reventado de risa al verlo.

Le pidieron que se dejara desnudar para ponerle una camisa, pero él nunca lo permitió. Decía que la honestidad quedaba tan bien en los caballeros andantes como la valentía. Aun así, dijo que dieran la camisa a Sancho. Se encerró con él en una habitación donde había una cama rica. Allí se desnudó y se puso la camisa. Al verse solo con Sancho, le dijo:

—Dime, truhán moderno y majadero antiguo. ¿Te parece bien deshonrar y ofender a una dueña tan venerable y digna de respeto como aquella? ¿Era aquel momento para acordarte del rucio? ¿O son estos señores de los que tratan mal a los animales, si tratan tan bien a sus dueños? Por Dios, Sancho, contrólate. No enseñes la hilaza, para que no se den cuenta de que estás tejido de tela de campesino grosero. Mira, pecador, que un señor es más estimado cuanto más honrados y bien nacidos son sus criados. Una de las mayores ventajas de los príncipes sobre los demás hombres es tener criados tan buenos como ellos. ¿No te das cuenta, desgraciado de ti y desdichado de mí, de lo que pensarán? Si ven que tú eres un campesino grosero o un tonto gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos. O pensarán que soy algún caballero de mohatra. No, no, Sancho amigo, huye, huye de estos peligros. Porque quien empieza a ser hablador y gracioso, al primer tropiezo cae y se convierte en un bufón sin gracia. Frena la lengua. Piensa y mastica bien las palabras antes de que te salgan de la boca. Y date cuenta de adónde hemos llegado. De aquí, con el favor de Dios y el valor de mi brazo, saldremos con mucha más fama y riqueza.

Sancho le prometió muy en serio que se cosería la boca o se mordería la lengua. Lo haría antes de decir una palabra que no fuera apropiada y bien pensada, como él le mandaba. Le dijo que no se preocupara por eso. Nunca se descubriría por su culpa quiénes eran ellos.

Don Quijote se vistió. Se puso el tahalí con su espada y se echó el manto escarlata sobre los hombros. Se puso también una montera de raso verde que le dieron las doncellas. Así adornado, salió a la gran sala. Allí encontró a las doncellas puestas en dos filas, tantas a un lado como al otro. Todas tenían preparado lo necesario para lavarle las manos. Y se las lavaron con muchas reverencias y ceremonias.

Luego llegaron doce pajes con el maestresala para llevarlo a comer, porque los señores ya lo esperaban. Lo pusieron en medio de ellos y, con mucha pompa y majestad, lo llevaron a otra sala. Allí había una mesa rica, preparada solo para cuatro personas. La duquesa y el duque salieron a la puerta de la sala a recibirlo. Con ellos salió un eclesiástico serio, de esos que gobiernan las casas de los príncipes. Son de esos que, como no nacen príncipes, no saben enseñar a los que lo son cómo deben serlo. De esos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrechez de su propio espíritu. De esos que, al querer enseñar a sus señores a gastar con medida, los vuelven tacaños. De esos, digo, debía de ser el religioso serio que salió con los duques a recibir a don Quijote. Se hicieron mil cortesías y, al final, pusieron a don Quijote en medio y fueron a sentarse a la mesa.

El duque invitó a don Quijote a sentarse en la cabecera de la mesa. Él no quiso, pero el duque insistió tanto que al final tuvo que aceptarla. El eclesiástico se sentó enfrente, y el duque y la duquesa a los dos lados.

Sancho estaba presente en todo. Estaba embobado y asombrado al ver el honor que aquellos príncipes hacían a su señor. Vio las muchas ceremonias y ruegos entre el duque y don Quijote para que este se sentara en la cabecera. Entonces dijo:

—Si sus mercedes me dan permiso, les contaré un cuento que pasó en mi pueblo sobre esto de los asientos.

En cuanto Sancho dijo esto, don Quijote tembló. Creía sin ninguna duda que iba a decir alguna tontería. Sancho lo miró, lo entendió y dijo:

—No tema vuestra merced, señor mío, que yo me descontrole ni que diga algo que no venga muy a cuento. Porque no he olvidado los consejos que hace poco me dio vuestra merced sobre hablar mucho o poco, o bien o mal.

—Yo no me acuerdo de nada, Sancho —respondió don Quijote—. Di lo que quieras, con tal de que lo digas pronto.

—Pues lo que quiero decir —dijo Sancho— es tan verdad que mi señor don Quijote, que está presente, no me dejará mentir.

—Por mí —replicó don Quijote—, miente tú, Sancho, todo lo que quieras, que yo no te lo voy a impedir. Pero mira lo que vas a decir.

—Lo tengo tan mirado y remirado que a buen salvo está el que repica, como se verá en la obra.

—Sería bueno —dijo don Quijote— que vuestras grandezas mandaran echar de aquí a este tonto. Va a decir mil tonterías.

—Por la vida del duque —dijo la duquesa—, que Sancho no se va a apartar de mí ni un momento. Lo quiero mucho, porque sé que es muy discreto.

—Discretos días viva vuestra santidad —dijo Sancho— por la buena opinión que tiene de mí, aunque yo no la merezca. Y el cuento que quiero contar es este: «Invitó un hidalgo de mi pueblo, muy rico e importante, porque venía de los Álamos de Medina del Campo... Se casó con doña Mencía de Quiñones. Ella era hija de don Alonso de Marañón, caballero de la orden de Santiago, que se ahogó en la Herradura. Por él hubo hace años aquella pelea en nuestro pueblo. Creo que mi señor don Quijote estuvo en ella. Allí salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el herrero...». ¿No es verdad todo esto, señor nuestro amo? Dígalo, por su vida, para que estos señores no me tengan por un hablador mentiroso.

—Hasta ahora —dijo el eclesiástico— os tengo más por hablador que por mentiroso. Pero de aquí en adelante no sé por qué os tendré.

—Das tantos testigos y tantos detalles, Sancho —dijo don Quijote—, que tengo que decir que debes de decir la verdad. Sigue adelante y acorta el cuento, porque vas camino de no terminarlo en dos días.

—No lo ha de acortar —dijo la duquesa—, si quiere darme gusto. Al contrario, lo ha de contar como lo sabe, aunque no lo termine en seis días. Si tardara tantos, serían los mejores días de mi vida.

—«Digo, pues, señores míos —siguió Sancho—, que este hidalgo invitó a un labrador pobre, pero honrado. Yo conozco a este hidalgo como a mis manos. De mi casa a la suya no hay ni un tiro de ballesta».

—Adelante, hermano —dijo entonces el religioso—, que vais camino de no parar con vuestro cuento hasta el otro mundo.

—Pararé antes de la mitad, si Dios quiere —respondió Sancho—. «Y así, digo que el labrador llegó a casa del hidalgo que lo había invitado. Que en paz descanse su alma, porque ya está muerto. Y dicen además que tuvo una muerte de ángel. Yo no estuve presente, porque en aquel tiempo me había ido a segar a Tembleque...».

—Por vuestra vida, hijo, volved pronto de Tembleque. Y terminad vuestro cuento sin enterrar al hidalgo, si no queréis hacerle más funerales.

—«Pues el caso es —replicó Sancho— que los dos estaban a punto de sentarse a la mesa. Parece que ahora los estoy viendo mejor que nunca...».

Los duques disfrutaban mucho al ver el disgusto del buen religioso. No le gustaban nada la lentitud y las pausas con que Sancho contaba su cuento. Y don Quijote se estaba consumiendo de cólera y de rabia.

—«Digo, así —dijo Sancho—, que, como he dicho, los dos estaban a punto de sentarse a la mesa. El labrador insistía en que el hidalgo tomara la cabecera de la mesa. Y el hidalgo también insistía en que la tomara el labrador. Porque en su casa se tenía que hacer lo que él mandara. Pero el labrador, que presumía de cortés y bien educado, nunca quiso. Al final, el hidalgo, enfadado, le puso las dos manos sobre los hombros. Le hizo sentarse a la fuerza y le dijo: “Sentaos, majagranzas, que dondequiera que yo me siente será vuestra cabecera”». Y este es el cuento. Y de verdad creo que no lo he traído aquí fuera de lugar.

Don Quijote se puso de mil colores, que se veían como manchas sobre su piel morena. Él había entendido la malicia de Sancho. Los señores escondieron la risa para que don Quijote no se avergonzara del todo. La duquesa quería cambiar de conversación y evitar que Sancho siguiera con otras tonterías. Por eso preguntó a don Quijote qué noticias tenía de la señora Dulcinea. También le preguntó si le había enviado estos días algunos regalos de gigantes o malandrines. Pues seguro que había vencido a muchos. Don Quijote respondió:

—Señora mía, mis desgracias tuvieron un principio, pero nunca tendrán fin. He vencido gigantes, y le he enviado follones y malandrines. Pero ¿dónde la iban a encontrar, si está encantada? Está convertida en la labradora más fea que se pueda imaginar.

—No sé —dijo Sancho Panza—. A mí me parece la criatura más hermosa del mundo. Por lo menos, en ligereza y en saltar, sé bien que ningún acróbata le gana. De verdad, señora duquesa, salta desde el suelo sobre una burra como si fuera un gato.

—¿La habéis visto vos encantada, Sancho? —preguntó el duque.

—¡Y claro que la he visto! —respondió Sancho—. Pues ¿quién diablos sino yo fue el primero que cayó en eso del encantorio? ¡Tan encantada está como mi padre!

El eclesiástico oyó hablar de gigantes, de follones y de encantamientos. Entonces se dio cuenta de que aquel debía de ser don Quijote de la Mancha. El duque leía su historia a menudo. Y el eclesiástico se lo había reprochado muchas veces. Le decía que era una locura leer tales locuras. Cuando comprobó que era verdad lo que sospechaba, habló con el duque con mucha cólera. Le dijo:

—Vuestra Excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta a Nuestro Señor de lo que hace este buen hombre. Hablo de este don Quijote, o don Tonto, o como se llame. Imagino que no debe de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiere que sea. Vuestra Excelencia le da ocasiones para que siga adelante con sus tonterías y vaciedades.

Y, volviéndose hacia don Quijote, le dijo:

—Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha metido en el cerebro que sois caballero andante? ¿Quién os ha dicho que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad en buena hora, y que en tal hora se os diga: volved a vuestra casa. Criad a vuestros hijos, si los tenéis, y cuidad de vuestra hacienda. Dejad de andar vagando por el mundo, papando viento. Dejad de hacer reír a todos los que os conocen y a los que no os conocen. ¿Dónde, por Dios, habéis encontrado vos que hubo o que hay ahora caballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en la Mancha? ¿Dónde hay Dulcineas encantadas, y todo ese montón de simplezas que se cuentan de vos?

Don Quijote escuchó con atención las palabras de aquel venerable hombre. Cuando vio que ya callaba, se puso de pie, sin guardar respeto a los duques. Tenía la cara enfadada y alterada, y dijo...

Pero esta respuesta merece un capítulo para ella sola.

### Glosario

- **tomar la ocasión por la melena**: aprovechar enseguida una buena oportunidad.
- **la flor y la nata**: lo mejor de un grupo.
- **higa**: gesto de desprecio que se hace con la mano cerrada; suena parecido a «higo», una fruta.
- **quínola**: juego de cartas en que gana quien suma más puntos; Sancho quiere decir que ella tiene muchos años.
- **harto de ajos**: insulto: hombre basto, de campo, que huele a ajo.
- **enseñar la hilaza**: dejar ver lo que uno es de verdad, sus defectos.
- **echacuervos / caballero de mohatra**: un mentiroso que engaña a la gente / un caballero falso.
- **a buen salvo está el que repica**: refrán: quien habla desde un lugar seguro no corre peligro.
- **majagranzas**: insulto: hombre tonto y pesado.
- **alma de cántaro**: persona tonta, sin inteligencia.
- **papar viento**: perder el tiempo sin hacer nada útil.
- **rucio**: el burro de Sancho (rucio quiere decir de color gris).
- **labrador**: persona que trabaja la tierra.
- **malandrín**: hombre malvado, bandido.
- **replicar**: responder, contestar.
- **raso**: tela de seda lisa y brillante.
- **escarlata**: de color rojo muy vivo; también, una tela fina de ese color.
- **lacayo / palafrenero**: criados que acompañan a los señores y cuidan de sus caballos.
- **perfumado**: que tiene buen olor.
- **caritativo**: que ayuda a los demás y tiene buen corazón.
- **gamuza**: piel muy suave de un animal parecido a la cabra.

## Capítulo XXXII. De la respuesta que dio don Quijote a su reprensor, con otros graves y graciosos sucesos

Don Quijote se puso, pues, de pie. Temblaba de los pies a la cabeza, como si tuviera mercurio en el cuerpo. Con la lengua rápida y alterada, dijo:

—El lugar donde estoy me ata las manos, y también las personas ante quienes me encuentro. Y me las ata el respeto que siempre he tenido y tengo a la profesión de vuestra merced. Si no, actuaría mi justo enojo. Todos saben que las armas de los togados son las mismas que las de las mujeres: la lengua. Por eso, y por lo que he dicho, lucharé con la mía contra vuestra merced, en igual batalla. De vuestra merced se debían esperar buenos consejos, y no insultos infames. Las reprensiones santas y con buena intención piden otras circunstancias y otras formas. Por lo menos, reprenderme en público y con tanta dureza ha pasado todos los límites de la buena reprensión. Porque las reprensiones se reciben mejor con suavidad que con dureza. Y no está bien llamar al pecador tonto y mentecato, sin más, sin conocer el pecado que se reprende. Si no, dígame vuestra merced: ¿por cuál de las tonterías que ha visto en mí me condena y me insulta? ¿Por qué me manda irme a mi casa a cuidar de ella, de mi mujer y de mis hijos? ¡Ni siquiera sabe si tengo mujer o hijos! ¿Basta con entrar sin orden en las casas ajenas para gobernar a sus dueños? Algunos se han criado en la estrechez de un colegio. No han visto más mundo que el que cabe en veinte o treinta leguas a la redonda. ¿Y esos se meten de golpe a dar leyes a la caballería y a juzgar a los caballeros andantes? ¿Es acaso un asunto vano o tiempo mal gastado andar por el mundo? Yo no busco sus comodidades, sino los caminos duros por donde los buenos suben al trono de la inmortalidad. Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los de alto linaje, lo tendría por afrenta sin remedio. Pero que me tengan por bobo los estudiantes, que nunca pisaron los caminos de la caballería, no me importa nada. Caballero soy y caballero he de morir, si Dios lo quiere. Unos van por el ancho campo de la ambición orgullosa. Otros, por el de la adulación servil y baja. Otros, por el de la hipocresía engañosa. Y algunos, por el de la verdadera religión. Pero yo, guiado por mi estrella, voy por el estrecho camino de la caballería andante. Por este oficio desprecio la riqueza, pero no la honra. Yo he reparado agravios, he enderezado injusticias y he castigado insolencias. He vencido gigantes y he atropellado monstruos. Estoy enamorado solo porque los caballeros andantes tienen que estarlo. Y, aunque lo estoy, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos y castos. Siempre dirijo mis intenciones a buenos fines: hacer bien a todos y mal a ninguno. Juzguen vuestras grandezas, excelentes duque y duquesa. Si el que entiende esto, el que hace esto y el que trata de esto merece ser llamado bobo, díganlo.

—¡Bien, por Dios! —dijo Sancho—. No diga más vuestra merced en su defensa, señor y amo mío. Porque no hay más que decir, ni más que pensar, ni más que insistir en el mundo. Además, este señor niega que haya habido o que haya caballeros andantes en el mundo. ¿Qué tiene de raro, entonces, que no sepa nada de las cosas que ha dicho?

—¿Sois vos por casualidad, hermano, ese Sancho Panza del que hablan? —dijo el eclesiástico—. ¿Ese al que vuestro amo ha prometido una ínsula?

—Sí, lo soy —respondió Sancho—. Y soy quien la merece tan bien como cualquier otro. Soy de los de «júntate a los buenos y serás uno de ellos». Y soy de aquellos de «no con quien naces, sino con quien paces». Y de los de «quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija». Yo me he arrimado a un buen señor, y hace muchos meses que ando en su compañía. Y seré otro como él, si Dios quiere. ¡Que viva él y que viva yo! Que ni a él le faltarán imperios que mandar ni a mí ínsulas que gobernar.

—No, por cierto, Sancho amigo —dijo entonces el duque—. Yo, en nombre del señor don Quijote, os doy el gobierno de una que tengo de nones. Y es de no poca calidad.

—Ponte de rodillas, Sancho —dijo don Quijote—, y besa los pies a Su Excelencia por el favor que te ha hecho.

Sancho lo hizo así. Al verlo, el eclesiástico se levantó de la mesa, muy enfadado, y dijo:

—Por el hábito que llevo, casi diría que Vuestra Excelencia es tan tonto como estos pecadores. ¡Cómo no van a ser locos ellos, si los cuerdos santifican sus locuras! Quédese Vuestra Excelencia con ellos. Mientras estén en esta casa, yo me quedaré en la mía. Así no tendré que reprender lo que no puedo remediar.

Y, sin decir ni comer más, se fue. Los ruegos de los duques no bastaron para detenerlo. El duque, en realidad, no le dijo mucho. No podía hablar por la risa que le daba aquella cólera fuera de lugar. Cuando terminó de reír, dijo a don Quijote:

—Señor Caballero de los Leones, vuestra merced ha respondido tan bien por sí mismo que no le queda nada que reparar. Esto parece un agravio, pero no lo es de ninguna manera. Porque las mujeres no agravian, y los eclesiásticos tampoco, como vuestra merced sabe mejor que yo.

—Así es —respondió don Quijote—. La causa es que el que no puede ser agraviado no puede agraviar a nadie. Las mujeres, los niños y los eclesiásticos no pueden defenderse. Por eso, aunque sean ofendidos, no pueden ser afrentados. Porque entre el agravio y la afrenta hay una diferencia, como Vuestra Excelencia sabe mejor. La afrenta viene de quien puede hacerla, y la hace, y la sostiene. El agravio puede venir de cualquier parte, sin que afrente. Pongamos un ejemplo. Uno está en la calle, sin cuidado. Llegan diez hombres armados y le dan de palos. Él saca la espada y hace su deber. Pero son demasiados contrarios, y no le dejan cumplir su intención, que es vengarse. Este queda agraviado, pero no afrentado. Otro ejemplo confirmará lo mismo. Uno está de espaldas. Llega otro, le da de palos y luego huye sin esperar. El primero lo sigue, pero no lo alcanza. El que recibió los palos recibió agravio, pero no afrenta, porque la afrenta tiene que ser sostenida. Imaginemos que el que dio los palos, aunque fuera a traición, sacara luego su espada. Y que se quedara quieto, mirando de frente a su enemigo. Entonces el apaleado quedaría agraviado y afrentado al mismo tiempo. Agraviado, porque le pegaron a traición. Afrentado, porque el que le pegó sostuvo lo que había hecho, sin volver la espalda y sin moverse. Así, según las leyes del maldito duelo, yo puedo estar agraviado, pero no afrentado. Porque los niños no sienten, ni las mujeres. Ni pueden huir, ni tienen por qué esperar. Y lo mismo pasa con los que pertenecen a la santa religión. Porque estos tres grupos de personas no tienen armas para atacar ni para defenderse. Por eso, aunque por naturaleza estén obligados a defenderse, no lo están para ofender a nadie. Hace poco dije que yo podía estar agraviado. Pero ahora digo que no, de ninguna manera. Porque quien no puede recibir afrenta, menos la puede dar. Por estas razones, no debo sentir, ni siento, lo que aquel buen hombre me ha dicho. Solo me habría gustado que esperara un poco. Así le habría hecho entender su error. Se equivoca al pensar y decir que no ha habido ni hay caballeros andantes en el mundo. Si Amadís, o uno de los infinitos de su linaje, lo hubiera oído, sé que no le habría ido bien a su merced.

—Eso lo juro yo —dijo Sancho—. Le habrían dado una cuchillada y lo habrían abierto de arriba abajo como una granada. O como un melón muy maduro. ¡Buenos eran ellos para aguantar esas cosquillas! Para mi santiguada, estoy seguro de una cosa. Si Reinaldos de Montalbán hubiera oído estas razones al hombrecito, le habría dado un tapaboca. Y no habría hablado más en tres años. ¡Que se metiera con ellos, y vería cómo escapaba de sus manos!

La duquesa se moría de risa al oír hablar a Sancho. En su opinión, era más gracioso y más loco que su amo. Y en aquel tiempo muchos pensaron lo mismo. Al final, don Quijote se calmó y la comida terminó. Cuando quitaron los manteles, llegaron cuatro doncellas. Una llevaba una fuente de plata. Otra llevaba un aguamanil, también de plata. La tercera llevaba al hombro dos toallas blanquísimas y riquísimas. La cuarta llevaba los brazos descubiertos hasta la mitad. En sus blancas manos (que sin duda eran blancas) traía una bola redonda de jabón napolitano. Se acercó la de la fuente y, con gracia y soltura, puso la fuente debajo de la barba de don Quijote. Él no dijo una palabra, admirado de aquella ceremonia. Creyó que en aquella tierra debía de ser costumbre lavar las barbas en lugar de las manos. Por eso estiró la suya todo lo que pudo. En ese mismo momento empezó a llover agua del aguamanil. Y la doncella del jabón le frotó las barbas muy deprisa. Levantaba copos de nieve, porque así de blanca era la espuma. La espuma cubrió no solo las barbas, sino toda la cara y los ojos del obediente caballero. Tanto, que tuvo que cerrarlos a la fuerza.

El duque y la duquesa no sabían nada de esto. Esperaban a ver en qué terminaba un lavado tan extraordinario. La doncella barbera lo cubrió con un palmo de espuma. Entonces fingió que se había acabado el agua. Mandó a la del aguamanil que fuera a buscar más, y dijo que el señor don Quijote esperaría. Así lo hizo. Y don Quijote se quedó con la figura más extraña y más ridícula que se pueda imaginar.

Todos los presentes, que eran muchos, lo miraban. Lo veían con media vara de cuello, más que medianamente moreno, los ojos cerrados y las barbas llenas de jabón. Fue una gran maravilla y mucha discreción que pudieran esconder la risa. Las doncellas de la broma tenían los ojos bajos y no se atrevían a mirar a sus señores. A los duques les saltaban en el cuerpo la cólera y la risa, y no sabían qué hacer. No sabían si castigar el atrevimiento de las muchachas o premiarlas. Porque les daba mucho gusto ver así a don Quijote.

Por fin volvió la doncella del aguamanil, y terminaron de lavar a don Quijote. Luego la que traía las toallas lo limpió y lo secó con mucha calma. Las cuatro le hicieron a la vez una gran y profunda reverencia, y querían irse. Pero el duque no quería que don Quijote se diera cuenta de la burla. Por eso llamó a la doncella de la fuente y le dijo:

—Venid a lavarme a mí, y cuidad de que no se os acabe el agua.

La muchacha, lista y rápida, llegó y le puso la fuente al duque igual que a don Quijote. Se dieron prisa y lo lavaron y enjabonaron muy bien. Lo dejaron seco y limpio, y se fueron haciendo reverencias. Después se supo algo. El duque había jurado castigar su atrevimiento si no lo lavaban a él como a don Quijote. Ellas lo habían arreglado con discreción, enjabonándolo también a él.

Sancho miraba con atención las ceremonias de aquel lavado, y se dijo a sí mismo:

—¡Válgame Dios! ¿Será también costumbre en esta tierra lavar las barbas a los escuderos como a los caballeros? Porque, por Dios y por mi alma, que bien lo necesito. Y si además me las afeitaran a navaja, lo tendría por un favor todavía mayor.

—¿Qué decís para vos, Sancho? —preguntó la duquesa.

—Digo, señora —respondió él—, que siempre he oído algo de las cortes de otros príncipes. Allí, después de quitar los manteles, dan agua para las manos. Pero no dan lejía para las barbas. Por eso es bueno vivir mucho, para ver mucho. Aunque también dicen que el que larga vida vive, mucho mal ha de pasar. Pero pasar por un lavado de estos es más un gusto que un trabajo.

—No os preocupéis, amigo Sancho —dijo la duquesa—. Yo haré que mis doncellas os laven, y que hasta os metan en la colada, si hace falta.

—Con las barbas me conformo —respondió Sancho—, por lo menos por ahora. Con el tiempo, Dios dirá lo que será.

—Maestresala —dijo la duquesa—, mirad lo que pide el buen Sancho, y cumplid su deseo al pie de la letra.

El maestresala respondió que el señor Sancho sería servido en todo. Con esto se fue a comer y se llevó con él a Sancho. Los duques y don Quijote se quedaron a la mesa. Hablaron de muchas y diversas cosas, pero todas tenían que ver con las armas y la caballería andante.

La duquesa rogó a don Quijote que le describiera la hermosura y las facciones de la señora Dulcinea del Toboso. Se lo pidió porque le parecía que él tenía buena memoria. Según lo que la fama decía de su belleza, debía de ser la criatura más bella del mundo, y hasta de toda la Mancha. Don Quijote suspiró al oír lo que la duquesa le pedía, y dijo:

—Si yo pudiera, sacaría mi corazón y lo pondría en un plato, aquí sobre esta mesa, ante vuestra grandeza. Así mi lengua no tendría el trabajo de decir lo que apenas se puede pensar. Porque Vuestra Excelencia vería a Dulcinea retratada entera en él. Pero ¿para qué voy a dibujar y describir punto por punto la hermosura de la sin par Dulcinea? Esa carga es digna de otros hombros que los míos. Es una empresa para los pinceles de Parrasio, de Timantes y de Apeles, y para los buriles de Lisipo. Ellos podrían pintarla y grabarla en tablas, en mármoles y en bronces. Y haría falta la retórica ciceroniana y demostina para alabarla.

—¿Qué quiere decir «demostina», señor don Quijote? —preguntó la duquesa—. Es una palabra que no he oído en todos los días de mi vida.

—Retórica demostina —respondió don Quijote— quiere decir retórica de Demóstenes. Igual que ciceroniana quiere decir de Cicerón. Fueron los dos mayores oradores del mundo.

—Así es —dijo el duque—, y os habéis despistado al hacer esa pregunta. Pero, aun así, el señor don Quijote nos daría un gran gusto si nos la pintara. Seguro que, aunque fuera en un simple esbozo, saldría tan bella que la envidiarían las más hermosas.

—Lo haría, por cierto —respondió don Quijote—, si no me la hubiera borrado de la mente la desgracia que le pasó hace poco. Es tan grande que estoy más para llorarla que para describirla. Porque han de saber vuestras grandezas una cosa. Hace unos días fui a besarle las manos. Quería recibir su bendición, su aprobación y su permiso para esta tercera salida. Pero encontré a otra distinta de la que buscaba. La encontré encantada y convertida: de princesa en labradora, de hermosa en fea, de ángel en diablo. La encontré cambiada de perfumada en apestosa, de bien hablada en grosera, de tranquila en saltarina, de luz en tinieblas. Y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en una villana de Sayago.

—¡Válgame Dios! —gritó en ese momento el duque—. ¿Quién ha hecho tanto mal al mundo? ¿Quién le ha quitado la belleza que lo alegraba, la gracia que lo entretenía y la honestidad que le daba prestigio?

—¿Quién? —respondió don Quijote—. ¿Quién puede ser sino algún encantador malvado, de los muchos envidiosos que me persiguen? Es una raza maldita. Nació en el mundo para oscurecer y destruir las hazañas de los buenos. Y también para dar luz y levantar los hechos de los malos. Me han perseguido encantadores, encantadores me persiguen y encantadores me perseguirán. No pararán hasta echarnos a mí y a mis altas caballerías en el profundo abismo del olvido. Y me hacen daño y me hieren donde ven que más lo siento. Porque quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira. Es quitarle el sol que lo alumbra y el alimento que lo mantiene. Muchas otras veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir. El caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, o el edificio sin cimiento. Es como la sombra sin el cuerpo que la causa.

—No hay más que decir —dijo la duquesa—. Pero hablemos de la historia del señor don Quijote, que salió hace pocos días con el aplauso de todos. Si hemos de creerla, y si no recuerdo mal, de ella se deduce algo. Vuestra merced nunca ha visto a la señora Dulcinea. Esa señora no existe en el mundo, sino que es una dama de fantasía. Vuestra merced la creó y la dio a luz en su mente. Y la pintó con todas las gracias y perfecciones que quiso.

—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es de fantasía o no lo es. Y estas no son cosas que haya que averiguar hasta el final. Yo no creé ni di a luz a mi señora. Pero la contemplo como tiene que ser una dama con todas las cualidades para ser famosa en todo el mundo. Es hermosa, sin defecto; seria, sin orgullo; amorosa, con honestidad. Es agradecida por cortés, y cortés por bien educada. Y, finalmente, es de alto linaje. Porque sobre la buena sangre brilla la hermosura con más perfección que en las hermosas de origen humilde.

—Así es —dijo el duque—. Pero el señor don Quijote me tiene que dar permiso para decir algo. Me obliga a decirlo la historia de sus hazañas que he leído. Aceptemos que hay Dulcinea, en el Toboso o fuera de él. Y aceptemos que es tan hermosa como vuestra merced la pinta, en el grado más alto. Aun así, en la altura del linaje no se puede comparar con las Orianas, las Alastrajareas o las Madásimas. Ni con otras de esa clase, que llenan las historias que vuestra merced conoce bien.

—A eso puedo decir —respondió don Quijote— que Dulcinea es hija de sus obras. Las virtudes mejoran la sangre. Y hay que estimar más a un humilde con virtudes que a un noble con vicios. Además, Dulcinea tiene algo que la puede llevar a ser reina con corona y cetro. Porque el mérito de una mujer hermosa y virtuosa llega a hacer milagros mayores. Y, aunque no lo tenga de hecho, tiene guardadas en sí mayores fortunas.

—Digo, señor don Quijote —dijo la duquesa—, que en todo lo que dice vuestra merced va con pies de plomo. Y, como se suele decir, con la sonda en la mano. Desde ahora yo creeré que hay Dulcinea en el Toboso. Y haré que lo crean todos los de mi casa, y hasta el duque, mi señor, si hace falta. Creeré que vive hoy, que es hermosa y de familia importante. Y que merece que la sirva un caballero como el señor don Quijote. Es lo más que puedo decir en su alabanza. Pero no puedo dejar de tener una duda, y un no sé qué de antipatía contra Sancho Panza. La duda es esta. Dice esa historia que Sancho Panza le llevó una carta de vuestra merced a la señora Dulcinea. Y que la encontró ahechando un saco de trigo. Y para más detalles, dice que era trigo rubión. Eso me hace dudar de la altura de su linaje.

Don Quijote respondió:

—Señora mía, sepa vuestra grandeza que casi todas las cosas que me pasan a mí son distintas de lo normal. No se parecen a lo que les pasa a los otros caballeros andantes. Puede que las guíe la voluntad misteriosa del destino. O puede que las guíe la malicia de algún encantador envidioso. Ya está comprobado que casi todos los caballeros andantes famosos tienen algún don especial. Uno tiene el don de no poder ser encantado. Otro tiene la carne tan dura que no puede ser herido. Así le pasaba al famoso Roldán, uno de los Doce Pares de Francia. Se cuenta que solo podía ser herido en la planta del pie izquierdo. Y solo con la punta de un alfiler gordo, y con ninguna otra arma. Por eso, cuando Bernardo del Carpio lo mató en Roncesvalles, vio que no podía herirlo con hierro. Entonces lo levantó del suelo entre los brazos y lo ahogó. Se acordó de cómo Hércules mató a Anteón. Era un gigante feroz que, según decían, era hijo de la Tierra. Con esto quiero decir que yo podría tener alguno de estos dones. No el de no poder ser herido, porque la experiencia me ha mostrado muchas veces que soy de carne blanda. No tengo nada de duro. Tampoco el de no poder ser encantado, porque ya me he visto metido en una jaula. Nadie en el mundo habría podido encerrarme en ella, si no fuera con fuerzas de encantamiento. Pero, como me liberé de aquel encantamiento, quiero creer que ningún otro me podrá hacer daño. Y así, estos encantadores ven que no pueden usar sus malas artes contra mi persona. Por eso se vengan en las cosas que más quiero. Quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo. Y así, creo que, cuando mi escudero le llevó mi mensaje, se la convirtieron en villana. La pusieron a hacer un trabajo tan bajo como ahechar trigo. Pero ya he dicho que aquel trigo no era rubión, ni era trigo, sino granos de perlas orientales. Y como prueba de esta verdad, quiero contar algo a vuestras magnitudes. Hace poco pasé por el Toboso y nunca pude encontrar los palacios de Dulcinea. Y al día siguiente, Sancho, mi escudero, la vio en su verdadera figura, que es la más bella del mundo. Pero a mí me pareció una labradora tosca y fea, que hablaba sin ninguna educación. ¡Y ella es la discreción del mundo! Yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según la razón. Por lo tanto, la encantada es ella. Ella es la ofendida, la cambiada, la trocada y la trastocada. En ella se han vengado de mí mis enemigos. Y por ella viviré yo siempre llorando, hasta verla en su estado original. Todo esto lo he dicho por una razón. Nadie debe fijarse en lo que Sancho dijo del cernido y del ahecho de Dulcinea. Como a mí me la cambiaron, no es extraño que a él también se la cambiaran. Dulcinea es importante y bien nacida. En el Toboso hay muchos linajes de hidalgos, antiguos y muy buenos. Seguro que a la sin par Dulcinea le toca una buena parte de ellos. Por ella su pueblo será famoso y nombrado en los siglos futuros. Igual que lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama. Por otra parte, quiero que vuestras señorías entiendan algo de Sancho Panza. Es uno de los escuderos más graciosos que jamás sirvieron a un caballero andante. A veces tiene unas simplezas tan agudas que da mucho gusto pensar si es simple o agudo. Tiene malicias que lo condenan por bellaco, y descuidos que lo confirman por bobo. Duda de todo y se lo cree todo. Cuando pienso que va a despeñarse de puro tonto, sale con unas discreciones que lo levantan al cielo. En fin, yo no lo cambiaría por otro escudero, aunque me dieran además una ciudad. Por eso dudo si será bueno enviarlo al gobierno que vuestra grandeza le ha regalado. Aunque veo en él cierta aptitud para gobernar. Si se le peinara un poquito el entendimiento, saldría bien de cualquier gobierno, como el rey con sus impuestos. Además, ya sabemos por mucha experiencia que no hace falta mucha habilidad ni muchas letras para ser gobernador. Porque por ahí hay cien que apenas saben leer, y gobiernan como unos girifaltes. Lo importante es que tengan buena intención y que deseen acertar en todo. Nunca les faltará quien les aconseje y les guíe en lo que deben hacer. Así hacen los gobernadores que son caballeros y no letrados: juzgan con un asesor. Yo le aconsejaría que no tome cohecho ni pierda derecho. Y otras cosillas que me quedan en el estómago y que saldrán a su tiempo. Serán para bien de Sancho y en provecho de la ínsula que gobierne.

En este punto de su conversación estaban el duque, la duquesa y don Quijote, cuando oyeron muchas voces y un gran ruido de gente en el palacio. De repente, Sancho entró en la sala, muy asustado. Llevaba un cernadero como babero. Detrás de él venían muchos mozos, o mejor dicho, pícaros de cocina y otra gente menuda. Uno traía una pequeña artesa con agua. Por el color y la suciedad, se veía que era agua de fregar. El de la artesa lo seguía y lo perseguía. Intentaba con mucho empeño ponérsela y encajársela debajo de las barbas. Y otro pícaro hacía como que quería lavárselas.

—¿Qué es esto, hermanos? —preguntó la duquesa—. ¿Qué es esto? ¿Qué queréis de este buen hombre? ¿No os dais cuenta de que está elegido gobernador?

El pícaro barbero respondió:

—Este señor no quiere dejarse lavar, como es costumbre. Así se las lavaron al duque, mi señor, y al señor su amo.

—Sí quiero —respondió Sancho con mucha cólera—. Pero querría que fuera con toallas más limpias, con lejía más clara y con manos no tan sucias. No hay tanta diferencia entre mi amo y yo. ¿Por qué a él lo lavan con agua de ángeles y a mí con lejía de diablos? Las costumbres de las tierras y de los palacios de los príncipes son buenas mientras no molestan. Pero la costumbre del lavado que se usa aquí es peor que la de los disciplinantes. Yo tengo las barbas limpias y no necesito estos refrescos. Si alguien se acerca a lavarme o a tocarme un pelo de la cabeza, digo, de mi barba, lo pagará. Hablando con el debido respeto, le daré tal puñetazo que le dejaré el puño metido en los cascos. Estas ceremonias y estas jabonaduras parecen más burlas que buenos tratos a los huéspedes.

La duquesa se moría de risa al ver la cólera de Sancho y oír sus razones. Pero a don Quijote no le gustó mucho verlo tan mal arreglado, con aquella toalla manchada. Tampoco le gustó verlo rodeado de tanta gente de cocina. Así que hizo una profunda reverencia a los duques, como pidiéndoles permiso para hablar. Luego, con voz tranquila, dijo a aquella gentuza:

—¡Hola, señores caballeros! Dejen vuestras mercedes al muchacho y vuélvanse por donde vinieron, o por otro sitio si quieren. Mi escudero está tan limpio como cualquiera. Esas artesillas son para él como jarras estrechas y desagradables. Sigan mi consejo y déjenlo, porque ni él ni yo entendemos de bromas.

Sancho le quitó la palabra de la boca y siguió diciendo:

—¡Sí, claro, vengan a burlarse del mostrenco, que yo lo aguantaré igual que ahora es de noche! Traigan aquí un peine, o lo que quieran, y cepíllenme estas barbas. Y si sacan de ellas algo sucio, que me trasquilen a cruces.

Entonces la duquesa, sin dejar de reír, dijo:

—Sancho Panza tiene razón en todo lo que ha dicho, y la tendrá en todo lo que diga. Él está limpio y, como dice, no necesita lavarse. Y si nuestra costumbre no le gusta, su alma en su palma. Además, vosotros, ministros de la limpieza, habéis sido demasiado lentos y descuidados. Y no sé si decir atrevidos. A tal personaje y a tales barbas le traéis artesillas y artesas de madera, y trapos de cocina. ¡En lugar de fuentes y aguamaniles de oro puro, y de toallas finas de Alemania! Pero, en fin, sois malos y mal nacidos. Como malandrines que sois, no podéis dejar de mostrar la antipatía que tenéis a los escuderos de los caballeros andantes.

Los pícaros, y hasta el maestresala que venía con ellos, creyeron que la duquesa hablaba en serio. Así que quitaron el cernadero del pecho de Sancho. Todos confundidos y casi avergonzados, se fueron y lo dejaron. Sancho se vio fuera de aquel peligro, que a él le parecía enorme. Entonces fue a ponerse de rodillas delante de la duquesa y dijo:

—De grandes señoras, grandes mercedes se esperan. Esta que vuestra merced me ha hecho hoy no se puede pagar con menos que con desear ser armado caballero andante. Así podría dedicar todos los días de mi vida a servir a una señora tan alta. Labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado soy, hijos tengo y de escudero sirvo. Si con alguna de estas cosas puedo servir a vuestra grandeza, tardaré menos yo en obedecer que vuestra señoría en mandar.

—Bien se ve, Sancho —respondió la duquesa—, que habéis aprendido a ser cortés en la escuela de la misma cortesía. Quiero decir que bien se ve que os ha criado el señor don Quijote. Él debe de ser la nata de las cortesías y la flor de las ceremonias, o cirimonias, como decís vos. ¡Bendito sea tal señor y tal criado! El uno, como guía de la caballería andante. Y el otro, como estrella de la fidelidad de los escuderos. Levantaos, Sancho amigo. Yo pagaré vuestras cortesías haciendo que el duque, mi señor, os dé cuanto antes el gobierno prometido.

Con esto terminó la conversación. Don Quijote se fue a dormir la siesta. La duquesa pidió a Sancho que, si no tenía mucho sueño, fuera a pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una sala muy fresca. Sancho respondió que, de verdad, tenía la costumbre de dormir cuatro o cinco horas de siesta en verano. Pero, por servir a su bondad, intentaría con todas sus fuerzas no dormir nada aquel día. E iría obediente a lo que ella mandaba. Y se fue. El duque dio nuevas órdenes para que trataran a don Quijote como a un caballero andante. No debían apartarse ni un punto de la manera en que, según cuentan, se trataba a los antiguos caballeros.

### Glosario

- **togado**: hombre que lleva toga, como los jueces y los eclesiásticos.
- **agravio / afrenta**: ofensa que se recibe / ofensa que deshonra, porque el que la hace la sostiene sin huir.
- **de nones**: que sobra, que uno tiene sin usar.
- **tapaboca**: golpe en la boca para hacer callar a alguien.
- **aguamanil**: jarra para echar agua y lavarse las manos.
- **una villana de Sayago**: una campesina muy basta de una comarca pobre de Zamora.
- **ahechar**: limpiar el trigo moviéndolo en una criba.
- **la Cava**: mujer de una vieja leyenda; según ella, por su culpa se perdió España.
- **girifalte**: ave de caza muy fuerte; aquí, persona que hace algo muy bien.
- **cohecho**: dinero o regalo que se da a un juez para que juzgue mal.
- **cernadero**: trapo grueso que se usaba para colar la lejía.
- **su alma en su palma**: refrán: cada uno es libre de hacer lo que quiere.
- **trasquilar a cruces**: cortar el pelo a alguien de forma fea, como castigo.
- **escudero**: hombre que acompaña y sirve a un caballero.
- **reprender / reprensión**: decirle a alguien que ha hecho algo mal / las palabras con que se le dice.
- **lejía**: agua con ceniza que se usaba para lavar la ropa.
- **obediente**: que hace lo que le mandan.
- **atrevimiento**: acción de quien se atreve a hacer algo que no debe.
- **reverencia**: movimiento del cuerpo hacia delante para saludar con respeto.
- **ciceroniana**: de Cicerón, gran orador de Roma.
- **labradora**: mujer del campo que trabaja la tierra.
- **antipatía**: sentimiento de no querer a alguien.
- **pícaro**: chico pobre y sin vergüenza; aquí, criado de cocina.
- **artesilla**: artesa pequeña: caja de madera para lavar o amasar.

## Capítulo XXXIII. De la sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note

Cuenta, pues, la historia que Sancho no durmió la siesta aquel día. Para cumplir su palabra, fue a ver a la duquesa en cuanto terminó de comer. A ella le gustaba mucho oírle, así que le hizo sentarse a su lado en una silla baja. Sancho, por pura buena educación, no quería sentarse. Pero la duquesa le dijo que se sentara como gobernador y hablara como escudero. Porque por las dos cosas merecía el mismo asiento del Cid Ruy Díaz Campeador.

Sancho se encogió de hombros, obedeció y se sentó. Todas las doncellas y dueñas de la duquesa la rodearon, en grandísimo silencio, atentas para escuchar lo que él diría. Pero la duquesa fue la primera en hablar:

—Ahora que estamos solos y nadie nos oye, querría que el señor gobernador me resolviera ciertas dudas. Me han nacido de la historia del gran don Quijote que ya anda impresa. Una de ellas es esta. El buen Sancho nunca vio a Dulcinea, digo, a la señora Dulcinea del Toboso. Tampoco le llevó la carta del señor don Quijote, porque se quedó en el librito de notas en Sierra Morena. Entonces, ¿cómo se atrevió a inventar la respuesta? ¿Y cómo se atrevió a decir que la encontró ahechando trigo? Todo era burla y mentira, y muy dañina para la buena fama de la sin par Dulcinea. Son cosas que no van bien con la calidad y la fidelidad de los buenos escuderos.

Sancho no respondió nada a estas razones. Se levantó de la silla y recorrió toda la sala con pasos silenciosos, el cuerpo encorvado y el dedo sobre los labios. Iba levantando las cortinas que colgaban de las paredes. Hecho esto, volvió a sentarse y dijo:

—Ahora, señora mía, ya he visto que nadie nos escucha a escondidas, aparte de los presentes. Así que responderé sin miedo ni sobresalto a lo que se me ha preguntado. Y también a todo lo que se me pregunte. Lo primero que digo es que tengo a mi señor don Quijote por loco rematado. Es verdad que algunas veces dice cosas muy discretas y muy bien encaminadas. Así me lo parece a mí, y a todos los que lo escuchan. Son tan buenas que ni el mismo Satanás podría decirlas mejor. Pero, aun así, de verdad y sin ninguna duda, estoy convencido de que es un mentecato. Como tengo esto en la cabeza, me atrevo a hacerle creer cosas que no tienen pies ni cabeza. Así fue lo de la respuesta de la carta. Y así fue lo de hace seis u ocho días, que todavía no está en la historia. Me refiero al encantamiento de mi señora doña Dulcinea. Le he hecho creer que está encantada, pero eso es tan verdad como los cerros de Úbeda.

La duquesa le rogó que le contara aquel encantamiento o burla. Sancho se lo contó todo, tal como había pasado, y los oyentes disfrutaron mucho. Siguiendo con la conversación, la duquesa dijo:

—Por lo que el buen Sancho me ha contado, me salta en el alma una duda. Y llega a mis oídos un susurro que me dice: «Don Quijote de la Mancha es loco, tonto y mentecato. Sancho Panza, su escudero, lo sabe. Y, aun así, lo sirve, lo sigue y cree en sus promesas vacías. Por lo tanto, sin duda, Sancho debe de ser más loco y más tonto que su amo. Y si esto es así, como lo es, harás mal, señora duquesa, si le das a Sancho Panza una ínsula para gobernar. Porque el que no sabe gobernarse a sí mismo, ¿cómo sabrá gobernar a otros?».

—Por Dios, señora —dijo Sancho—, que esa duda nace bien. Pero dígale vuestra merced que hable claro, o como quiera, porque reconozco que dice la verdad. Si yo fuera discreto, hace tiempo que habría dejado a mi amo. Pero esta fue mi suerte y esta mi desgracia. No puedo hacer otra cosa: tengo que seguirle. Somos del mismo pueblo, he comido su pan, lo quiero bien y es agradecido. Me dio sus pollinos y, sobre todo, yo soy fiel. Así que es imposible que nos separe otra cosa que la pala y el azadón. Y si vuestra altanería no quiere que me den el gobierno prometido, de menos me hizo Dios. Y puede que no dármelo sea bueno para mi conciencia. Porque, aunque soy tonto, entiendo aquel refrán de «por su mal le nacieron alas a la hormiga». Y puede ser que Sancho escudero vaya antes al cielo que Sancho gobernador. Tan buen pan hacen aquí como en Francia. Y de noche todos los gatos son pardos. Y bastante desgraciada es la persona que a las dos de la tarde no ha desayunado. Y no hay estómago un palmo más grande que otro. Todos se pueden llenar, como suele decirse, de paja y de heno. Y los pájaros del campo tienen a Dios como proveedor y despensero. Y más calientan cuatro varas de paño de Cuenca que otras cuatro de límiste de Segovia. Y al dejar este mundo y meternos bajo tierra, el príncipe va por un camino tan estrecho como el jornalero. El cuerpo del Papa no ocupa más pies de tierra que el del sacristán. Y eso aunque uno sea más alto que el otro. Porque al entrar en la fosa todos nos ajustamos y encogemos, o nos hacen ajustar y encoger, aunque no queramos. ¡Y buenas noches! Y vuelvo a decir una cosa. Si vuestra señoría no me quiere dar la ínsula por tonto, yo sabré no darle importancia por discreto. Y he oído decir que detrás de la cruz está el diablo, y que no es oro todo lo que reluce. También he oído que sacaron al labrador Wamba de entre los bueyes, los arados y las coyundas. Lo sacaron para ser rey de España. Y que sacaron a Rodrigo de entre los brocados, las diversiones y las riquezas. Lo sacaron para que se lo comieran las culebras. Eso, si no mienten los versos de los romances antiguos.

—¡Y claro que no mienten! —dijo entonces doña Rodríguez, la dueña, que era una de las que escuchaban—. Hay un romance que lo cuenta. Dice que metieron al rey Rodrigo vivo, vivo, en una tumba llena de sapos, culebras y lagartos. Y que dos días después el rey dijo desde dentro de la tumba, con voz baja y dolorida:

Ya me comen, ya me comen
por do más pecado había.

»Y, según esto, mucha razón tiene este señor al decir que prefiere ser labrador que rey, si se lo han de comer los bichos.

La duquesa no pudo contener la risa al oír la simpleza de su dueña. Y también se admiró al oír las razones y los refranes de Sancho. Le dijo:

—Ya sabe el buen Sancho que lo que un caballero promete una vez intenta cumplirlo, aunque le cueste la vida. El duque, mi señor y marido, no es de los caballeros andantes, pero no por eso deja de ser caballero. Así que cumplirá su palabra de darle la ínsula prometida, a pesar de la envidia y la malicia del mundo. Que Sancho tenga buen ánimo. Cuando menos lo piense, se verá sentado en la silla de su ínsula y de su estado. Y tendrá en la mano su gobierno, y no lo cambiará ni por otro de brocado de tres altos. Lo que yo le encargo es que mire bien cómo gobierna a sus vasallos. Debe saber que todos son leales y bien nacidos.

—No hace falta que me encarguen gobernarlos bien —respondió Sancho—. Porque yo soy caritativo por naturaleza y tengo compasión de los pobres. Y a quien cuece y amasa, no le hurtes hogaza. Y, para mi santiguada, que no me van a meter un dado falso. Soy perro viejo y entiendo todo «tus, tus». Sé despabilarme cuando hace falta y no dejo que me pongan musarañas delante de los ojos. Porque sé dónde me aprieta el zapato. Lo digo porque los buenos tendrán conmigo mano y concavidad, y los malos, ni pie ni entrada. Y me parece que en esto de los gobiernos todo es empezar. Puede que a los quince días de ser gobernador me coma las manos tras el oficio. Y puede que sepa más de él que de las labores del campo, en las que me he criado.

—Tenéis toda la razón, Sancho —dijo la duquesa—. Nadie nace enseñado, y de los hombres se hacen los obispos, que no de las piedras. Pero volvamos a lo que hablábamos hace poco del encantamiento de la señora Dulcinea. Tengo por cierta y más que comprobada una cosa. Sancho tuvo la idea de burlarse de su señor. Le hizo creer que la labradora era Dulcinea, y que si su señor no la reconocía, sería porque estaba encantada. Pues todo eso fue invención de alguno de los encantadores que persiguen al señor don Quijote. Porque yo sé real y verdaderamente, por buena fuente, una cosa. La villana que saltó sobre la burra era y es Dulcinea del Toboso. Y el buen Sancho, que pensaba ser el engañador, es el engañado. No hay que dudar de esta verdad más que de las cosas que nunca vimos. Y sepa el señor Sancho Panza que aquí también tenemos encantadores que nos quieren bien. Nos dicen lo que pasa por el mundo, pura y sencillamente, sin enredos ni trucos. Y créame Sancho: la villana saltarina era y es Dulcinea del Toboso, que está encantada como la madre que la parió. Y cuando menos lo pensemos, la veremos en su propia figura. Entonces Sancho saldrá del engaño en que vive.

—Bien puede ser todo eso —dijo Sancho Panza—. Y ahora quiero creer lo que mi amo cuenta que vio en la cueva de Montesinos. Dice que allí vio a la señora Dulcinea del Toboso con el mismo traje y la misma ropa que yo dije. Era la ropa que yo dije que llevaba cuando la encanté solo por mi gusto. Y todo debió de ser al revés, como dice vuestra merced, señora mía. Porque no se puede ni se debe pensar que mi pobre ingenio inventara en un momento un engaño tan agudo. Y no creo que mi amo esté tan loco. Con razones tan flacas y pobres como las mías, no habría creído algo tan fuera de lo normal. Pero, señora, no por eso me debe tener vuestra bondad por malvado. Porque un porro como yo no tiene obligación de taladrar los pensamientos y las malicias de los malvadísimos encantadores. Yo inventé aquello para escaparme de las riñas de mi señor don Quijote, y no con intención de ofenderle. Y si ha salido al revés, Dios está en el cielo y juzga los corazones.

—Así es la verdad —dijo la duquesa—. Pero dígame ahora, Sancho, qué es eso que dice de la cueva de Montesinos. Me gustaría saberlo.

Entonces Sancho Panza le contó punto por punto lo que ya se ha dicho sobre aquella aventura. Al oírlo, la duquesa dijo:

—De este suceso se puede deducir una cosa. El gran don Quijote dice que vio allí a la misma labradora que Sancho vio a la salida del Toboso. Por lo tanto, sin duda es Dulcinea. Y por aquí andan los encantadores muy listos y demasiado curiosos.

—Eso digo yo —dijo Sancho Panza—. Si mi señora Dulcinea del Toboso está encantada, peor para ella. Yo no me voy a pelear con los enemigos de mi amo, que deben de ser muchos y malos. La verdad es que la que yo vi era una labradora. Por labradora la tuve, y como tal labradora la juzgué. Y si aquella era Dulcinea, no es cosa mía, ni tengo yo la culpa. Y si no, ¡que haya pelea! ¡Pues sí, que anden conmigo a cada momento con dimes y diretes! «Sancho lo dijo, Sancho lo hizo, Sancho tornó y Sancho volvió». Como si Sancho fuera un cualquiera. ¡Y es el mismo Sancho Panza, el que ya anda en libros por todo el mundo! Así me lo dijo Sansón Carrasco, que por lo menos es bachiller por Salamanca. Y los bachilleres no pueden mentir, si no es cuando les da la gana o les conviene mucho. Así que nadie tiene por qué meterse conmigo. Pues tengo buena fama, y he oído decir a mi señor que más vale el buen nombre que las muchas riquezas. Por eso, ¡encájenme ese gobierno y verán maravillas! Porque quien ha sido buen escudero será buen gobernador.

—Todo lo que ha dicho aquí el buen Sancho son sentencias catonianas —dijo la duquesa—. O, por lo menos, están sacadas de las mismas entrañas de Micael Verino, «florentibus occidit annis». En fin, en fin, hablando a su manera: debajo de mala capa suele haber buen bebedor.

—De verdad, señora —respondió Sancho—, que en mi vida he bebido por vicio. Con sed, puede ser, porque no tengo nada de hipócrita. Bebo cuando tengo ganas. Y también cuando no las tengo, si me lo ofrecen, para no parecer remilgado o maleducado. Cuando un amigo brinda, ¿qué corazón será tan de mármol que no le corresponda? Pero, aunque las calzo, no las ensucio. Además, los escuderos de los caballeros andantes casi siempre beben agua. Porque siempre andan por bosques, selvas y prados, montañas y riscos. Y no encuentran ni una gota de vino, aunque den un ojo por ella.

—Así lo creo yo —respondió la duquesa—. Y por ahora, váyase Sancho a descansar. Después hablaremos más despacio. Y daremos orden para que vaya pronto a encajarse, como él dice, aquel gobierno.

Sancho volvió a besar las manos a la duquesa. Le suplicó que le hiciera el favor de cuidar bien a su rucio, porque era la lumbre de sus ojos.

—¿Qué rucio es ese? —preguntó la duquesa.

—Mi asno —respondió Sancho—. Para no llamarlo con ese nombre, suelo llamarlo el rucio. Cuando entré en este castillo, le rogué a esta señora dueña que cuidara de él. Y ella se enfadó como si le hubiera dicho que era fea o vieja. Y eso que a las dueñas les va mejor cuidar burros que dar autoridad a las salas. ¡Ay, válgame Dios, qué mal se llevaba con estas señoras un hidalgo de mi pueblo!

—Sería algún villano —dijo doña Rodríguez, la dueña—. Si hubiera sido hidalgo y bien nacido, las habría puesto en los cuernos de la luna.

—Bueno, ya está bien —dijo la duquesa—. Que se calle doña Rodríguez y que se tranquilice el señor Panza. Yo me encargo de que traten bien al rucio. Como es una joya de Sancho, lo pondré sobre las niñas de mis ojos.

—Basta con que esté en la cuadra —respondió Sancho—. Ni él ni yo somos dignos de estar ni un momento sobre las niñas de los ojos de vuestra grandeza. Yo lo consentiría tanto como darme de puñaladas. Mi señor dice que en las cortesías es mejor perder por carta de más que por carta de menos. Pero en las cortesías con burros y con niñas de los ojos hay que ir con cuidado. Hay que ir con el compás en la mano y con medida.

—Que Sancho se lo lleve a su gobierno —dijo la duquesa—. Allí podrá darle todos los gustos que quiera, y hasta jubilarlo del trabajo.

—No piense vuestra merced, señora duquesa, que ha dicho mucho —dijo Sancho—. Yo he visto ir más de dos asnos a los gobiernos. Que yo llevara el mío no sería nada nuevo.

Las razones de Sancho hicieron reír y alegrarse otra vez a la duquesa. Lo mandó a descansar, y ella fue a contarle al duque lo que había pasado con él. Entre los dos planearon y ordenaron una burla a don Quijote. Querían que fuera famosa y que encajara con el estilo de la caballería. Y le hicieron muchas burlas de ese estilo, tan apropiadas y discretas que son las mejores aventuras de esta gran historia.

### Glosario

- **los cerros de Úbeda**: expresión: algo que no tiene nada que ver con la verdad.
- **coyunda**: correa con que se ata a los bueyes al yugo para arar.
- **límiste**: tela fina y cara de Segovia; el paño de Cuenca es más basto.
- **por do**: palabra antigua: «por donde».
- **a quien cuece y amasa, no le hurtes hogaza**: refrán: no intentes engañar a quien conoce bien el oficio.
- **perro viejo / «tus, tus»**: persona con experiencia, difícil de engañar / palabras para llamar a los perros.
- **mano y concavidad**: Sancho quiere decir «mano y cabida»: buena acogida.
- **comerse las manos tras algo**: desear mucho algo, gustarle mucho a uno.
- **porro**: persona torpe y tonta.
- **sentencias catonianas**: frases sabias, como las de Catón, un sabio romano.
- **florentibus occidit annis**: frase en latín: «murió en la flor de la vida».
- **debajo de mala capa suele haber buen bebedor**: refrán: bajo un aspecto pobre puede haber algo bueno; la duquesa juega con «bebedor».
- **aunque las calzo, no las ensucio**: Sancho quiere decir que bebe, pero no se emborracha.
- **escudero**: hombre que acompaña y sirve a un caballero.
- **labrador / labradora**: persona del campo que trabaja la tierra.
- **rucio**: de color gris; Sancho llama así a su asno.
- **culebra**: serpiente.
- **encogerse de hombros**: subir los hombros para mostrar que uno acepta o no sabe qué decir.
- **ahechar**: limpiar el trigo moviéndolo en una criba.
- **encorvado**: doblado hacia delante.
- **loco rematado**: loco del todo, sin remedio.
- **encaminado**: dirigido, llevado por un camino.
- **azadón**: herramienta para cavar la tierra; aquí, la de cavar la tumba.
- **refrán**: frase corta y popular que da un consejo o enseñanza.
- **hormiga**: insecto muy pequeño que vive en grupo bajo la tierra.

## Capítulo XXXIV. Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas de este libro

El duque y la duquesa disfrutaban mucho con la conversación de don Quijote y de Sancho Panza. Cada vez estaban más decididos a hacerles algunas burlas que tuvieran aire y apariencia de aventuras. Tomaron como motivo lo que don Quijote ya les había contado de la cueva de Montesinos. A partir de eso querían hacerle una burla que fuera famosa. (Pero lo que más admiraba a la duquesa era la gran simpleza de Sancho. Había llegado a creer como verdad segura que Dulcinea del Toboso estaba encantada. ¡Y él mismo había sido el encantador y el mentiroso de aquel asunto!) Así que dieron a sus criados órdenes de todo lo que tenían que hacer. Seis días después, lo llevaron a una montería. Llevaban tantos monteros y cazadores como podría llevar un rey coronado. Le dieron a don Quijote un traje de caza, y a Sancho otro verde, de finísimo paño. Pero don Quijote no quiso ponérselo. Dijo que un día tendría que volver al duro ejercicio de las armas. Y que no podía llevar con él armarios de ropa ni despensas. Sancho, en cambio, sí tomó el que le dieron. Pensaba venderlo en la primera ocasión que pudiera.

Llegó, pues, el día esperado. Don Quijote se armó y Sancho se vistió. Montado en su rucio, que no quiso dejar aunque le ofrecían un caballo, Sancho se metió entre el grupo de los monteros. La duquesa salió muy bien vestida. Don Quijote, por pura cortesía, tomó la rienda de su palafrén, aunque el duque no quería permitirlo. Por fin llegaron a un bosque que estaba entre dos montañas altísimas. Allí ocuparon los puestos, los escondites y los caminos, y repartieron a la gente por diferentes lugares. Entonces empezó la caza, con un gran estruendo de gritos y voces. Nadie podía oír a los demás, por los ladridos de los perros y por el sonido de las bocinas.

La duquesa se bajó del caballo. Con un venablo afilado en las manos, se puso en un lugar por donde sabía que solían pasar jabalíes. El duque y don Quijote también se bajaron y se pusieron a su lado. Sancho se puso detrás de todos, sin bajarse del rucio. No se atrevía a dejarlo solo, por si le pasaba alguna desgracia. Apenas habían puesto el pie en el suelo y se habían colocado en fila con muchos criados. Entonces vieron venir hacia ellos un jabalí enorme. Lo perseguían los perros y lo seguían los cazadores. Venía rechinando los dientes y los colmillos y echando espuma por la boca. Al verlo, don Quijote se adelantó a recibirlo, con el escudo en el brazo y la mano en la espada. Lo mismo hizo el duque con su venablo. La duquesa se habría adelantado a todos, si el duque no se lo hubiera impedido. Solo Sancho, al ver al valiente animal, dejó al rucio y echó a correr todo lo que pudo. Intentó subirse a una encina alta, pero no pudo. Ya estaba a la mitad, agarrado a una rama y luchando por subir a lo más alto. Pero tuvo tan poca suerte que la rama se rompió. Al caer, se quedó en el aire, colgado de un gancho de la encina, sin poder llegar al suelo. Al verse así, notó que el traje verde se le rompía. Y le pareció que, si aquel animal feroz llegaba allí, podría alcanzarlo. Entonces empezó a dar gritos y a pedir ayuda con muchísima fuerza. Gritaba tanto que todos los que lo oían sin verlo creyeron que alguna fiera lo tenía entre los dientes.

Al final, el jabalí de grandes colmillos quedó atravesado por las puntas de muchos venablos que le pusieron delante. Don Quijote volvió la cabeza hacia los gritos de Sancho, porque ya lo había reconocido por ellos. Lo vio colgado de la encina, cabeza abajo. Y vio junto a él al rucio, que no lo abandonó en su desgracia. Y dice Cide Hamete que pocas veces vio a Sancho Panza sin ver al rucio, ni al rucio sin ver a Sancho. Tan grandes eran la amistad y la lealtad que había entre los dos.

Don Quijote llegó y descolgó a Sancho. Al verse libre y en el suelo, Sancho miró los rotos de su traje de caza, y le dolió en el alma. Porque pensaba que en aquel traje tenía un mayorazgo. Mientras tanto, pusieron al poderoso jabalí atravesado sobre una mula de carga. Lo cubrieron con matas de romero y ramas de mirto. Y lo llevaron, como señal de victoria, a unas grandes tiendas de campaña puestas en medio del bosque. Allí encontraron las mesas preparadas y la comida servida. Era tan rica y abundante que se veía bien en ella la grandeza y la generosidad de quien la daba. Sancho enseñó a la duquesa las heridas de su traje roto y dijo:

—Si esta caza fuera de liebres o de pajarillos, mi traje no se vería en este estado. Yo no sé qué gusto da esperar a un animal que, si os alcanza con un colmillo, os puede quitar la vida. Me acuerdo de haber oído cantar un romance antiguo que dice:

De los osos seas comido,
como Favila el nombrado.

—Ese fue un rey godo —dijo don Quijote—. Iba de montería y se lo comió un oso.

—Eso es lo que yo digo —respondió Sancho—. Yo no querría que los príncipes y los reyes se pusieran en esos peligros a cambio de un gusto. Y además, no me parece que deba ser un gusto, porque consiste en matar a un animal que no ha cometido ningún delito.

—Al contrario, os equivocáis, Sancho —respondió el duque—. Porque la montería es el ejercicio más conveniente y necesario para los reyes y los príncipes. La caza es una imagen de la guerra. En ella hay estrategias, astucias y trampas para vencer al enemigo sin peligro. En ella se sufren fríos grandísimos y calores insoportables. Se pierden el descanso y el sueño. Las fuerzas se hacen mayores y los miembros del que la practica se vuelven más ágiles. En resumen, es un ejercicio que se puede hacer sin dañar a nadie y con gusto de muchos. Y lo mejor que tiene es que no es para todos, como otros tipos de caza. Solo la caza con aves es igual, porque también es solo para reyes y grandes señores. Así que, ¡oh Sancho!, cambiad de opinión. Cuando seáis gobernador, dedicaos a la caza y veréis cómo os vale un pan por ciento.

—Eso no —respondió Sancho—. El buen gobernador, la pierna quebrada y en casa. ¡Bueno sería que vinieran a buscarlo, cansados, los que tienen negocios, y él estuviera en el monte divirtiéndose! ¡Así iría de mal el gobierno! A fe mía, señor, la caza y las diversiones son más para los holgazanes que para los gobernadores. Yo pienso entretenerme jugando al triunfo envidado en las pascuas, y a los bolos los domingos y fiestas. Esas cazas ni cazos no van con mi carácter ni con mi conciencia.

—Quiera Dios, Sancho, que así sea, porque del dicho al hecho hay gran trecho.

—Pase lo que pase —replicó Sancho—, al buen pagador no le duelen prendas. Y más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga. Y tripas llevan pies, que no pies a tripas. Quiero decir una cosa. Si Dios me ayuda y yo hago lo que debo con buena intención, sin duda gobernaré mejor que un gerifalte. ¡Pues sí, pónganme el dedo en la boca y verán si aprieto o no!

—¡Maldito seas de Dios y de todos sus santos, Sancho maldito! —dijo don Quijote—. Te lo he dicho muchas veces. ¿Cuándo llegará el día en que te oiga una frase normal y ordenada sin refranes? Dejen vuestras grandezas a este tonto, señores míos. Les va a moler el alma, y no entre dos refranes, sino entre dos mil. Y los trae tan a tiempo y tan oportunos... ¡Que Dios le dé a él la misma salud, o a mí si quiero escucharlos!

—Los refranes de Sancho Panza son más que los del Comendador Griego —dijo la duquesa—. Pero no por eso valen menos, porque sus sentencias son breves. Yo puedo decir que a mí me dan más gusto que otros. Y eso aunque los otros estén mejor traídos y vengan más a propósito.

Con estas y otras conversaciones entretenidas, salieron de la tienda al bosque. Revisaron algunos puestos de caza, y pronto se les pasó el día y llegó la noche. No fue tan clara ni tan tranquila como pedía la época del año, que era la mitad del verano. Pero trajo con ella una cierta penumbra que ayudó mucho al plan de los duques. En cuanto empezó a anochecer, un poco después del crepúsculo, de repente pareció que todo el bosque ardía por sus cuatro lados. Y luego se oyeron, por aquí y por allí, por acá y por allá, infinitas cornetas y otros instrumentos de guerra. Parecían de muchas tropas de caballería que pasaban por el bosque. La luz del fuego casi cegó a los presentes. El sonido de los instrumentos de guerra casi los dejó sordos, a ellos y a todos los que estaban en el bosque. Luego se oyeron infinitos lelilíes, como los gritos de los moros cuando entran en batalla. Sonaron trompetas y clarines, retumbaron tambores y resonaron pífanos. Todos sonaban casi a la vez, tan seguido y tan deprisa que no tendría sentido el que no lo perdiera. Así de confuso era el sonido de tantos instrumentos. El duque se quedó pasmado, la duquesa sin habla, don Quijote admirado y Sancho Panza temblando. Y, al final, hasta los que conocían la causa se asustaron. Con el miedo llegó el silencio. Entonces pasó por delante de ellos un postillón vestido de demonio. Tocaba, como si fuera una corneta, un cuerno hueco y enorme, que daba un sonido ronco y espantoso.

—¡Hola, hermano correo! —dijo el duque—. ¿Quién sois? ¿Adónde vais? ¿Y qué gente de guerra es esa que parece cruzar este bosque?

El correo respondió con una voz horrible y descarada:

—Yo soy el Diablo. Voy a buscar a don Quijote de la Mancha. La gente que viene por aquí son seis tropas de encantadores. Traen sobre un carro triunfal a la sin par Dulcinea del Toboso. Viene encantada con el gallardo francés Montesinos. Vienen a decir a don Quijote cómo hay que desencantar a esa señora.

—Si vos fuerais diablo, como decís y como muestra vuestra figura, ya habríais reconocido a ese caballero don Quijote de la Mancha. Porque lo tenéis delante.

—En Dios y en mi conciencia —respondió el Diablo— que no me había fijado. Porque traigo los pensamientos distraídos en tantas cosas que se me olvidaba la principal, a la que venía.

—Sin duda —dijo Sancho— este demonio debe de ser hombre de bien y buen cristiano. Porque, si no lo fuera, no juraría «en Dios y en mi conciencia». Ahora yo creo que hasta en el mismo infierno debe de haber buena gente.

Luego el Demonio, sin bajarse de su montura, miró a don Quijote y dijo:

—A ti, el Caballero de los Leones (¡que entre sus garras te vea yo!), me envía el desgraciado pero valiente caballero Montesinos. Me manda decirte de su parte que lo esperes en el mismo lugar donde yo te encuentre. Porque trae con él a la que llaman Dulcinea del Toboso. Y trae la orden de darte lo necesario para desencantarla. Mi visita no era para más, así que no me quedaré más. Que los demonios como yo se queden contigo, y los ángeles buenos con estos señores.

Y, dicho esto, tocó el enorme cuerno, se dio la vuelta y se fue, sin esperar la respuesta de nadie.

Todos se quedaron otra vez admirados, especialmente Sancho y don Quijote. Sancho, porque veía que, contra la verdad, querían que Dulcinea estuviera encantada. Don Quijote, porque no sabía con seguridad si era verdad lo que le había pasado en la cueva de Montesinos. Mientras estaba hundido en estos pensamientos, el duque le dijo:

—¿Piensa vuestra merced esperar, señor don Quijote?

—¿Cómo no? —respondió él—. Aquí esperaré, valiente y fuerte, aunque venga a atacarme todo el infierno.

—Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el de antes, esperaré aquí igual que en Flandes —dijo Sancho.

En esto, la noche se hizo más oscura. Empezaron a correr muchas luces por el bosque. Corrían igual que esas luces secas que salen de la tierra y cruzan el cielo. A nuestra vista parecen estrellas que corren. También se oyó un ruido espantoso, como el de las ruedas macizas de los carros de bueyes. Se dice que los lobos y los osos huyen de su chirrido áspero y continuo, si los hay por donde pasan. A toda esta tormenta se añadió otra que la hizo todavía mayor. De verdad parecía que en los cuatro lados del bosque había al mismo tiempo cuatro combates o batallas. Porque allí sonaba el duro estruendo de una artillería espantosa. Allá se disparaban infinitas escopetas. Cerca sonaban casi las voces de los combatientes. Lejos se repetían los lililíes agarenos.

Al final sonaban todos juntos las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines y las trompetas. Sonaban también los tambores, la artillería, los arcabuces y, sobre todo, el ruido temible de los carros. Todo junto formaba un sonido tan confuso y horrible que don Quijote necesitó todo su corazón para soportarlo. Pero el corazón de Sancho se vino abajo, y Sancho cayó desmayado en la falda de la duquesa. Ella lo recibió en su falda y mandó a toda prisa que le echaran agua en la cara. Así lo hicieron, y Sancho volvió en sí justo cuando llegaba a aquel lugar un carro de ruedas chirriantes.

Tiraban del carro cuatro bueyes lentos, todos cubiertos con mantas negras. En cada cuerno llevaban atada y encendida una gran antorcha de cera. Encima del carro había un asiento alto. En él venía sentado un viejo venerable, con una barba más blanca que la misma nieve. Era tan larga que le pasaba de la cintura. Llevaba una ropa larga de bocací negro. Como el carro venía lleno de infinitas luces, se podía ver y distinguir bien todo lo que venía en él. Lo guiaban dos demonios feos, vestidos del mismo bocací. Tenían unas caras tan feas que Sancho, después de verlas una vez, cerró los ojos para no verlas otra. Cuando el carro llegó a la altura del puesto, el viejo venerable se levantó de su alto asiento. De pie, dio una gran voz y dijo:

—Yo soy el sabio Lirgandeo.

Y el carro siguió adelante, sin que él dijera ni una palabra más. Detrás de este pasó otro carro igual, con otro viejo sentado en un trono. Este hizo detener el carro y, con voz no menos grave que la del otro, dijo:

—Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo de Urganda la Desconocida.

Y siguió adelante.

Luego llegó otro carro de la misma manera. Pero el que venía sentado en el trono no era viejo como los demás. Era un hombretón robusto y de mala cara. Al llegar, se puso de pie como los otros y dijo con una voz más ronca y más endiablada:

—Yo soy Arcaláus el encantador, enemigo mortal de Amadís de Gaula y de toda su parentela.

Y siguió adelante. Los tres carros se pararon un poco más allá, y cesó el molesto ruido de sus ruedas. Luego se oyó otra cosa: no un ruido, sino el sonido de una música suave y armoniosa. Sancho se alegró con ella y la tomó por buena señal. No se apartaba de la duquesa ni un momento ni un paso, y le dijo:

—Señora, donde hay música no puede haber cosa mala.

—Tampoco donde hay luces y claridad —respondió la duquesa.

Sancho replicó:

—Luz da el fuego y claridad las hogueras, como vemos en las que nos rodean. Y bien podría ser que nos quemaran. Pero la música siempre es señal de alegrías y de fiestas.

—Ello dirá —dijo don Quijote, que lo escuchaba todo.

Y dijo bien, como se verá en el capítulo siguiente.

### Glosario

- **montería**: caza de animales grandes, como el jabalí.
- **venablo**: lanza corta que se usa para cazar.
- **jabalí**: cerdo salvaje.
- **mayorazgo**: conjunto de bienes de una familia que hereda el hijo mayor; aquí, algo de mucho valor.
- **valer un pan por ciento**: dar mucho beneficio, ser muy útil.
- **el buen gobernador, la pierna quebrada y en casa**: refrán cambiado por Sancho: el buen gobernador debe quedarse en casa.
- **triunfo envidado**: antiguo juego de cartas.
- **gerifalte**: ave de caza muy fuerte; aquí, persona que hace algo muy bien.
- **lelilíes**: gritos de guerra de los moros.
- **lililíes agarenos**: los mismos gritos de guerra; «agarenos» es una palabra antigua para «moros».
- **rucio**: de color gris; Sancho llama así a su asno.
- **encina**: árbol grande de hoja dura que da bellotas.
- **refrán**: frase corta y popular que da un consejo o enseñanza.
- **colmillo**: diente largo y puntiagudo; el jabalí los tiene muy grandes.
- **replicar**: responder a lo que otro ha dicho.
- **tripas**: el estómago y lo que hay dentro del cuerpo.
- **corneta / trompeta / clarín**: instrumentos de metal que se tocan soplando.
- **despensa**: lugar donde se guarda la comida; aquí, las cosas para comer.
- **ladrido**: voz del perro.
- **afilado**: que corta o pincha mucho.
- **rechinar los dientes**: hacer ruido apretando unos dientes contra otros.
- **postillón**: mensajero que va a caballo.
- **esperar como en Flandes**: Sancho quiere decir que no esperará nada, porque Flandes está muy lejos.
- **bocací**: tela gruesa de color.
- **ello dirá**: «ya veremos lo que pasa».

## Capítulo XXXV. Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos

Al ritmo de aquella música agradable, vieron que hacia ellos venía un carro de los que llaman triunfales. Lo tiraban seis mulas pardas, pero cubiertas con telas blancas. Sobre cada mula venía un penitente de luz, también vestido de blanco, con una gran antorcha de cera encendida en la mano. El carro era dos veces, y hasta tres, más grande que los anteriores. En los lados y encima de él iban otros doce penitentes, blancos como la nieve, todos con sus antorchas encendidas. Era algo que admiraba y asustaba a la vez. En un trono alto venía sentada una ninfa. Llevaba mil velos de tela de plata, y en todos ellos brillaban infinitas hojitas de oro. Así iba, si no rica, por lo menos vestida de forma vistosa. Tenía la cara cubierta con un velo de seda fino y transparente. Los hilos del velo no impedían ver, a través de ellos, una cara de doncella muy hermosa. Las muchas luces permitían distinguir su belleza y su edad. Al parecer, no llegaba a los veinte años ni bajaba de los diecisiete.

Junto a ella venía una figura con una ropa larga hasta los pies, de las que llaman rozagantes. Tenía la cabeza cubierta con un velo negro. Pero, en el momento en que el carro llegó frente a los duques y a don Quijote, se calló la música de las chirimías. Luego se callaron también las arpas y los laúdes que sonaban en el carro. La figura de la ropa larga se puso en pie. Apartó la ropa a los dos lados y se quitó el velo de la cara. Entonces se vio claramente que era la misma figura de la Muerte, sin carne y fea. Don Quijote sintió pena al verla, y Sancho, miedo. Los duques también mostraron un poco de miedo. Esta muerte viva se levantó y, con una voz algo dormida y una lengua poco despierta, empezó a hablar así:

—Yo soy Merlín. Las historias dicen que mi padre fue el diablo, pero es una mentira que el tiempo ha hecho creer. Soy príncipe de la Magia, rey y archivo de la ciencia zoroástrica. Lucho contra los tiempos y los siglos que quieren esconder las hazañas de los valientes caballeros andantes. Siempre los he querido mucho, y todavía los quiero. Los encantadores, los magos y los hechiceros siempre tienen un carácter duro y áspero. El mío, en cambio, es tierno, suave y cariñoso, y me gusta hacer el bien a todo el mundo. Yo estaba en las oscuras cuevas de Dite. Allí mi alma se entretenía dibujando ciertas figuras y letras mágicas. Hasta allí llegó la voz triste de la bella y sin par Dulcinea del Toboso. Supe de su encantamiento y de su desgracia. Supe que la habían cambiado de dama noble en aldeana del campo. Sentí pena por ella. Entonces encerré mi espíritu dentro de este esqueleto horrible y feroz. Busqué en cien mil libros de esta ciencia mía, endemoniada y torpe. Y ahora vengo a dar el remedio que necesita un dolor tan grande, un mal tan grande. ¡Oh tú, gloria y honor de todos los que visten túnicas de acero y de diamante! ¡Luz y farol, camino, norte y guía de los que dejan el sueño torpe y las ociosas camas de plumas! ¡Guía de los que eligen el duro ejercicio de las armas, pesadas y sangrientas! A ti te hablo, ¡oh hombre nunca alabado como se debe! A ti, valiente y sabio a la vez, don Quijote, esplendor de la Mancha, estrella de España. La sin par Dulcinea del Toboso tiene que volver a su estado primero. Para eso es necesario que Sancho, tu escudero, se dé tres mil trescientos azotes. Se los tiene que dar en sus dos valientes posaderas, descubiertas al aire. Y se los tiene que dar de manera que le escuezan, le amarguen y le molesten. En esto están de acuerdo todos los que han causado su desgracia. Y a esto he venido, mis señores.

—¡Voto a tal! —dijo entonces Sancho—. Yo no digo tres mil azotes: me daré tres de la misma manera que me daría tres puñaladas. ¡Al diablo con esta forma de desencantar! ¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantamientos! ¡Por Dios, si el señor Merlín no ha encontrado otra manera de desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la tumba!

—Os voy a coger yo —dijo don Quijote—, don villano, harto de ajos. Os voy a atar a un árbol, desnudo como vuestra madre os parió. Y no digo yo tres mil trescientos: os daré seis mil seiscientos azotes. Os los daré tan bien pegados que no se os quitarán ni con tres mil trescientos tirones. Y no me repliquéis ni una palabra, que os arrancaré el alma.

Al oír esto, Merlín dijo:

—No ha de ser así. Los azotes que debe recibir el buen Sancho tienen que ser por su voluntad, y no a la fuerza. Y se los dará en el tiempo que él quiera, porque no tiene un plazo fijo. Pero se le permite una cosa. Si quiere ahorrarse la mitad de este castigo, puede dejar que otra mano se los dé, aunque sea una mano algo pesada.

—Ni mano ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar —respondió Sancho—: a mí no me ha de tocar ninguna mano. ¿Acaso parí yo a la señora Dulcinea del Toboso, para que mis posas paguen lo que pecaron sus ojos? Mi señor amo sí, que es parte de ella. Porque a cada paso la llama «mi vida», «mi alma», su sustento y su apoyo. Él sí puede y debe azotarse por ella, y hacer todo lo necesario para su desencanto. Pero ¿azotarme yo...? ¡Abernuncio!

Apenas terminó Sancho de decir esto, se levantó la ninfa plateada que venía junto al espíritu de Merlín. Se quitó el fino velo de la cara, y a todos les pareció una cara más que demasiado hermosa. Con una desenvoltura de hombre y una voz poco femenina, habló directamente a Sancho Panza y le dijo:

—¡Oh escudero desgraciado, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas de guijarro y de pedernal! Ladrón desuellacaras, si te mandaran tirarte al suelo desde una torre alta, no sería raro verte difícil y esquivo. Enemigo del género humano, tampoco sería raro si te pidieran comerte una docena de sapos, dos de lagartos y tres de culebras. Y lo mismo si te pidieran matar a tu mujer y a tus hijos con algún alfanje cruel y afilado. Pero hacer tanto caso de tres mil trescientos azotes... ¡No hay niño de la doctrina, por malo que sea, que no reciba otros tantos cada mes! Eso admira, asombra y espanta a todos los corazones piadosos que lo escuchan. Y también espantará a todos los que lo sepan con el paso del tiempo. Pon, ¡oh animal miserable y duro!, pon, digo, tus ojos de mulo asustadizo en las niñas de estos ojos míos. Mis ojos se parecen a estrellas brillantes. Verás que lloran hilo a hilo y madeja a madeja. Sus lágrimas hacen surcos, carreras y caminos por los hermosos campos de mis mejillas. Conmuévete, monstruo burlón y malintencionado. Porque mi edad, tan florida, se gasta y se marchita bajo la corteza de una labradora del campo. Todavía está en los diez y... años, pues tengo diecinueve y no llego a veinte. Si ahora no lo parezco, es por un favor especial del señor Merlín, que está presente. Lo ha hecho solo para que mi belleza te ablande. Porque las lágrimas de una hermosa afligida convierten las rocas en algodón y los tigres en ovejas. ¡Date, date en esas carnazas, bestión indómito! Despierta esa fuerza perezosa, que solo te sirve para comer y más comer. Y deja libre la suavidad de mi piel, la dulzura de mi carácter y la belleza de mi cara. Si por mí no quieres ablandarte ni aceptar algo razonable, hazlo por ese pobre caballero que tienes a tu lado. Hablo de tu amo. Estoy viendo su alma: la tiene atravesada en la garganta, a menos de diez dedos de los labios. Solo espera tu respuesta, dura o blanda, para salir por la boca o para volver al estómago.

Al oír esto, don Quijote se tocó la garganta y, volviéndose al duque, dijo:

—Por Dios, señor, Dulcinea ha dicho la verdad. Aquí tengo el alma atravesada en la garganta, como una nuez de ballesta.

—¿Qué decís vos a esto, Sancho? —preguntó la duquesa.

—Digo, señora —respondió Sancho—, lo que ya he dicho: que de los azotes, abernuncio.

—Abrenuncio tenéis que decir, Sancho, y no como decís —dijo el duque.

—Déjeme vuestra grandeza —respondió Sancho—, que ahora no estoy para fijarme en detalles ni en una letra más o menos. Porque estos azotes me tienen tan nervioso que no sé lo que digo ni lo que hago. Hablo de los azotes que me han de dar, o que me tengo que dar. Pero me gustaría saber una cosa de la señora mi señora doña Dulcina del Toboso. ¿Dónde aprendió esa manera de rogar? Viene a pedirme que me abra las carnes a azotes. Y me llama alma de cántaro y bestión indómito, con una larga lista de malos nombres, que el diablo los aguante. ¿Acaso son mis carnes de bronce? ¿O me va a mí algo en que se desencante o no? ¿Qué cesta de ropa blanca trae delante para ablandarme? ¿Trae camisas, pañuelos para la cabeza o calcetines, aunque yo no los use? No: solo trae un insulto tras otro. Y eso que conoce los refranes que dicen por ahí. Un asno cargado de oro sube ligero por una montaña. Dádivas quebrantan peñas. A Dios rogando y con el mazo dando. Y más vale un «toma» que dos «te daré». Y luego está el señor mi amo. Él debería pasarme la mano por el lomo y halagarme. Así yo me volvería blando como la lana y el algodón cardado. Pero él dice que, si me coge, me atará desnudo a un árbol y me doblará los azotes. Además, estos señores tan compasivos deberían pensar en otra cosa. No solo piden que se azote un escudero, sino un gobernador. Es como quien dice: «bebe con guindas». ¡Que aprendan, que aprendan, en mala hora, a saber rogar, a saber pedir y a tener educación! No todos los tiempos son iguales, ni los hombres están siempre de buen humor. Ahora mismo estoy reventando de pena por ver roto mi sayo verde. Y vienen a pedirme que me azote por mi voluntad. ¡Pero mi voluntad está tan lejos de eso como de volverme cacique!

—Pues de verdad, amigo Sancho —dijo el duque—, si no os ablandáis más que una breva madura, no vais a tener el gobierno en la mano. ¡Bueno sería que yo enviara a la gente de mi ínsula un gobernador cruel, con entrañas de piedra! ¡Un gobernador que no se rinde ante las lágrimas de las doncellas afligidas! ¡Ni ante los ruegos de encantadores y sabios, discretos, poderosos y antiguos! En resumen, Sancho: o vos tenéis que ser azotado, o os tienen que azotar, o no seréis gobernador.

—Señor —respondió Sancho—, ¿no me darían dos días de plazo para pensar qué me conviene más?

—No, de ninguna manera —dijo Merlín—. Aquí, en este momento y en este lugar, debe quedar decidido lo que ha de pasar en este asunto. Si no, Dulcinea volverá a la cueva de Montesinos y a su antiguo estado de labradora. O, tal como está ahora, será llevada a los Campos Elíseos. Allí esperará hasta que se cumpla el número de azotes.

—Vamos, buen Sancho —dijo la duquesa—, buen ánimo. Responded bien al pan que habéis comido del señor don Quijote. Todos debemos servirle y agradarle, por su buen carácter y por sus altas hazañas de caballero. Decid que sí a estos azotes, hijo. Y que el diablo se vaya con el diablo, y el miedo con los cobardes. Porque un buen corazón vence a la mala suerte, como vos bien sabéis.

A estas palabras Sancho respondió con otras sin sentido. Hablando con Merlín, le preguntó:

—Dígame vuestra merced, señor Merlín: aquí llegó el diablo correo y le dio a mi amo un recado del señor Montesinos. Le mandaba de su parte que le esperara aquí, porque venía a dar orden de desencantar a la señora doña Dulcinea del Toboso. Y hasta ahora no hemos visto a Montesinos, ni a nadie que se le parezca.

Merlín le respondió:

—El Diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grandísimo bellaco. Yo le envié a buscar a vuestro amo, pero no con un recado de Montesinos, sino mío. Porque Montesinos sigue en su cueva, ocupado o, mejor dicho, esperando su desencanto, porque todavía le falta la cola por desollar. Si os debe algo, o tenéis algún negocio con él, yo os lo traeré y os lo pondré donde vos queráis. Y, por ahora, acabad de decir que sí a esta disciplina. Creedme que os será muy útil, tanto para el alma como para el cuerpo. Para el alma, por la caridad con que lo haréis. Para el cuerpo, porque yo sé que sois de complexión sanguínea. Y no os hará daño sacaros un poco de sangre.

—Hay muchos médicos en el mundo: hasta los encantadores son médicos —respondió Sancho—. Pero, ya que todos me lo dicen, aunque yo no lo veo, digo que acepto darme los tres mil trescientos azotes. Pongo una condición: me los daré cuando yo quiera, sin límite de días ni de tiempo. Y yo intentaré pagar la deuda lo antes posible, para que el mundo disfrute de la hermosura de la señora doña Dulcinea del Toboso. Porque, según parece, al contrario de lo que yo pensaba, de verdad es hermosa. También pongo otra condición: no estaré obligado a sacarme sangre con la disciplina. Y si algunos azotes son de mosqueo, también me los tienen que contar. Ítem más: si me equivoco en el número, el señor Merlín, que lo sabe todo, tendrá cuidado de contarlos. Y me avisará de los que me faltan o de los que me sobran.

—De los que sobren no habrá que avisar —respondió Merlín—. Porque, cuando llegue al número exacto, la señora Dulcinea quedará desencantada de repente. Y vendrá agradecida a buscar al buen Sancho para darle las gracias, y hasta premios, por la buena obra. Así que no hay que preocuparse por los que sobren ni por los que falten. Y que el cielo no permita que yo engañe a nadie, ni en un pelo de la cabeza.

—¡Ea, pues, a la mano de Dios! —dijo Sancho—. Acepto mi mala suerte. Digo que acepto la penitencia con las condiciones que he dicho.

Apenas dijo Sancho estas últimas palabras, volvió a sonar la música de las chirimías y volvieron a disparar infinitos arcabuces. Don Quijote se colgó del cuello de Sancho y le dio mil besos en la frente y en las mejillas. La duquesa, el duque y todos los presentes mostraron una enorme alegría. El carro empezó a moverse. Al pasar, la hermosa Dulcinea inclinó la cabeza ante los duques e hizo una gran reverencia a Sancho.

En esto, ya llegaba deprisa el alba, alegre y sonriente. Las florecillas del campo se levantaban y se ponían derechas. El agua de los arroyos, clara como el cristal, corría murmurando entre piedrecitas blancas y pardas. Iba a dar su tributo a los ríos que la esperaban. La tierra alegre, el cielo claro, el aire limpio, la luz serena: cada cosa sola, y todas juntas, daban señales claras. Anunciaban que el día, que venía pisando las faldas de la aurora, iba a ser sereno y claro. Los duques estaban satisfechos de la caza. También estaban contentos de haber logrado su intención de forma tan inteligente y feliz. Así que volvieron a su castillo con la idea de seguir con sus burlas. Para ellos no había nada serio que les diera más gusto.

### Glosario

- **penitente de luz**: persona que va en una procesión con una luz en la mano, sin castigarse el cuerpo.
- **chirimía**: instrumento antiguo de viento, parecido a una flauta larga.
- **ciencia zoroástrica**: la magia antigua; se decía que venía de Zoroastro, un sabio de Persia.
- **posaderas**: las nalgas, la parte del cuerpo sobre la que nos sentamos. Sancho las llama «posas».
- **abernuncio**: error de Sancho por «abrenuncio», palabra latina que significa «renuncio, no quiero».
- **niño de la doctrina**: niño huérfano que vivía y estudiaba en una escuela de caridad, donde lo castigaban a menudo.
- **bestión indómito**: bestia grande y salvaje que nadie puede dominar.
- **nuez de ballesta**: pieza de una ballesta (arma antigua) que sujeta la cuerda; aquí, algo atascado.
- **Dádivas quebrantan peñas**: refrán: los regalos ablandan hasta a las personas más duras.
- **A Dios rogando y con el mazo dando**: refrán: hay que pedir ayuda a Dios, pero también trabajar uno mismo.
- **más vale un «toma» que dos «te daré»**: refrán: es mejor recibir algo ahora que muchas promesas.
- **bebe con guindas**: expresión para decir que algo es todavía más de lo que se pedía.
- **le falta la cola por desollar**: le falta todavía lo más difícil.
- **complexión sanguínea**: según la medicina antigua, cuerpo con mucha sangre.
- **de mosqueo**: dicho de un azote: muy suave, como el golpe para espantar moscas.
- **escudero**: hombre que acompaña y sirve a un caballero.
- **desencantar**: quitar un encantamiento, hacer que alguien vuelva a ser como era.
- **labradora**: mujer del campo que trabaja la tierra.
- **azote**: golpe que se da con la mano o con un látigo, como castigo.
- **rozagante**: dicho de una ropa: larga, ancha y elegante.
- **arpa / laúd**: instrumentos antiguos de cuerda.
- **hechicero**: persona que hace magia.
- **áspero**: duro, poco agradable.
- **endemoniado**: del demonio, malo.
- **túnica**: ropa larga; aquí, la armadura de los caballeros.
- **escocer**: producir un dolor que pica y quema, como una herida.
- **puñalada**: golpe o herida que se hace con un puñal.

## Capítulo XXXVI. Donde se cuenta la extraña y jamás imaginada aventura de la dueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho Panza escribió a su mujer Teresa Panza

El duque tenía un mayordomo de carácter muy burlón y alegre. Él hizo el papel de Merlín y preparó todo el montaje de la aventura anterior. También escribió los versos e hizo que un paje hiciera de Dulcinea. Finalmente, con la ayuda de sus señores, preparó otra aventura, la más graciosa y extraña que se puede imaginar.

Al día siguiente, la duquesa preguntó a Sancho si había empezado ya la tarea de la penitencia para el desencanto de Dulcinea. Él dijo que sí, y que aquella noche se había dado cinco azotes. La duquesa le preguntó con qué se los había dado. Él respondió que con la mano.

—Eso —replicó la duquesa— es más darse palmadas que azotes. Yo creo que el sabio Merlín no estará contento con tanta suavidad. El buen Sancho tendrá que usar alguna disciplina de abrojos, o de cuerdas con nudos, que se dejen sentir. Porque la letra con sangre entra. Y no se debe dar tan barata la libertad de una señora tan grande como Dulcinea, por tan poco precio. Y sepa Sancho que las obras de caridad hechas sin ganas y con flojera no tienen mérito ni valen nada.

A esto respondió Sancho:

—Déme vuestra señoría alguna disciplina o alguna cuerda adecuada. Yo me daré con ella, con tal de que no me duela demasiado. Porque le hago saber a vuestra merced que, aunque soy un hombre de campo, mis carnes tienen más de algodón que de esparto. Y no está bien que yo me destroce por el provecho de otros.

—Sea en buena hora —respondió la duquesa—. Mañana os daré una disciplina que os venga muy justa. Irá bien con la ternura de vuestras carnes, como si fueran sus propias hermanas.

Entonces dijo Sancho:

—Sepa vuestra alteza, señora de mi alma, que tengo escrita una carta a mi mujer, Teresa Panza. En ella le cuento todo lo que me ha pasado desde que me separé de ella. Aquí la tengo, en el pecho, y solo le falta escribir la dirección por fuera. Me gustaría que vuestra discreción la leyera. Porque me parece que está escrita como de gobernador, digo, de la manera en que deben de escribir los gobernadores.

—¿Y quién la dictó? —preguntó la duquesa.

—¿Quién la iba a dictar sino yo, pobre pecador? —respondió Sancho.

—¿Y la escribisteis vos? —dijo la duquesa.

—Ni pensarlo —respondió Sancho—, porque yo no sé leer ni escribir, aunque sé firmar.

—Veámosla —dijo la duquesa—, que seguro que en ella mostráis la calidad y la capacidad de vuestro ingenio.

Sancho sacó del pecho una carta abierta. La duquesa la tomó y vio que decía así:

Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer

Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba; si buen gobierno me tengo, buenos azotes me cuesta. Esto no lo entenderás tú ahora, Teresa mía; otra vez lo sabrás. Has de saber, Teresa, que he decidido que vayas en coche. Eso es lo importante, porque cualquier otra manera de ir es ir a gatas. Eres mujer de un gobernador: ¡ya verás cómo nadie se atreve a hablar mal de ti! Ahí te envío un vestido verde de cazador, que me dio mi señora la duquesa. Arréglalo de manera que sirva de falda y cuerpo para nuestra hija. Mi amo don Quijote, según he oído decir en esta tierra, es un loco cuerdo y un tonto gracioso. Y dicen que yo no me quedo atrás. Hemos estado en la cueva de Montesinos. Y el sabio Merlín me ha elegido a mí para el desencanto de Dulcinea del Toboso, que por allá se llama Aldonza Lorenzo. Con tres mil trescientos azotes, menos cinco, que me tengo que dar, quedará desencantada como la madre que la parió. No digas nada de esto a nadie, porque pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro. Dentro de pocos días me iré al gobierno. Voy con muchísimas ganas de hacer dinero, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con estas mismas ganas. Le tomaré el pulso y te avisaré si tienes que venir a estar conmigo o no. El rucio está bien y te manda muchos recuerdos. No lo pienso dejar, aunque me llevaran a ser Gran Turco. La duquesa, mi señora, te besa mil veces las manos. Devuélvele el saludo con dos mil. Porque, según dice mi amo, no hay nada que cueste menos ni sea más barato que la buena educación. Dios no ha querido darme otra maleta con otros cien escudos, como la de aquella vez. Pero no te preocupes, Teresa mía, que en salvo está el que repica, y todo saldrá en la colada del gobierno. Lo que sí me preocupa mucho es lo que me dicen. Dicen que, si lo pruebo una vez, me voy a comer las manos tras él. Y si fuera así, no me saldría muy barato. Aunque los lisiados y los mancos ya tienen su buena renta en la limosna que piden. Así que, por un camino o por otro, tú vas a ser rica y afortunada. Que Dios te dé esa suerte, como puede, y a mí me guarde para servirte. Desde este castillo, a veinte de julio de 1614.

Tu marido el gobernador,

Sancho Panza.

Cuando la duquesa terminó de leer la carta, le dijo a Sancho:

—En dos cosas va un poco equivocado el buen gobernador. La primera es que dice, o da a entender, que le han dado este gobierno por los azotes que se tiene que dar. Pero él sabe, y no lo puede negar, que el duque, mi señor, se lo prometió antes. Entonces nadie soñaba con azotes en el mundo. La segunda es que en la carta se muestra muy codicioso. Y no quisiera que eso acabara mal, porque la codicia rompe el saco. Y el gobernador codicioso hace una justicia sin gobierno.

—Yo no lo digo con esa intención, señora —respondió Sancho—. Y si a vuestra merced le parece que esta carta no está como debe, solo hay que romperla y hacer otra nueva. Aunque podría salir peor si me lo dejan a mi cabeza.

—No, no —replicó la duquesa—, esta está bien, y quiero que el duque la vea.

Con esto se fueron a un jardín, donde iban a comer aquel día. La duquesa mostró la carta de Sancho al duque, y a él le dio muchísima alegría. Comieron, y después de quitar los manteles se entretuvieron un buen rato con la sabrosa conversación de Sancho. De repente se oyó el sonido tristísimo de un pífano y el de un tambor ronco y desafinado. Todos se alteraron con aquella música confusa, militar y triste. Sobre todo don Quijote, que de puro nervioso no podía estarse quieto en su asiento. De Sancho solo hay que decir que el miedo lo llevó a su refugio de siempre: el lado o las faldas de la duquesa. Porque, real y verdaderamente, el sonido que se oía era tristísimo y melancólico.

Mientras todos estaban así, en suspenso, vieron entrar por el jardín a dos hombres vestidos de luto. Sus ropas eran tan largas y anchas que les arrastraban por el suelo. Venían tocando dos grandes tambores, también cubiertos de negro. A su lado venía el músico del pífano, negro y oscuro como los demás. Detrás de los tres venía un personaje de cuerpo enorme. No estaba vestido, sino envuelto en una loba negrísima, con una falda también enorme. Por encima de la loba le cruzaba el pecho un tahalí ancho, también negro. De él colgaba un alfanje gigantesco, con la empuñadura y la vaina negras. Traía la cara cubierta con un velo negro transparente. A través del velo se veía a medias una barba larguísima, blanca como la nieve. Caminaba al ritmo de los tambores, con mucha seriedad y calma. En fin, su tamaño, su manera de moverse, su negrura y su acompañamiento podían dejar asombrados a todos los que lo miraban sin conocerlo. Y los dejaron asombrados.

Llegó así, con esa lentitud y esa solemnidad, y se puso de rodillas ante el duque. El duque, de pie con los demás que estaban allí, lo esperaba. Pero no le permitió hablar de ninguna manera hasta que se levantara. Así lo hizo aquel asombroso espantajo. Ya de pie, se levantó el velo de la cara. Mostró entonces la barba más horrible, más larga, más blanca y más espesa que ojos humanos habían visto hasta entonces. Luego sacó de su pecho, ancho y grande, una voz grave y sonora. Y, mirando al duque, dijo:

—Altísimo y poderoso señor, a mí me llaman Trifaldín el de la Barba Blanca. Soy escudero de la condesa Trifaldi, también llamada la Dueña Dolorida. De su parte traigo a vuestra grandeza un mensaje. Pide que vuestra magnificencia le dé permiso para entrar a contarle su cuita. Es una de las penas más nuevas y más asombrosas que puede haber pensado el pensamiento más triste del mundo. Pero antes quiere saber si está en este castillo vuestro el valiente y nunca vencido caballero don Quijote de la Mancha. Viene a buscarlo a pie y sin desayunar desde el reino de Candaya hasta estas tierras vuestras. Esto se puede y se debe tener por milagro o por fuerza de encantamiento. Ella está a la puerta de esta fortaleza o casa de campo, y solo espera vuestro permiso para entrar. He dicho.

Luego tosió y se acarició la barba de arriba abajo con las dos manos. Con mucha calma se quedó esperando la respuesta del duque, que fue esta:

—Buen escudero Trifaldín de la Blanca Barba, hace ya muchos días que tenemos noticia de la desgracia de mi señora la condesa Trifaldi. Los encantadores hacen que la llamen la Dueña Dolorida. Bien podéis, estupendo escudero, decirle que entre. Decidle que aquí está el valiente caballero don Quijote de la Mancha. De su carácter generoso puede esperar con seguridad toda protección y toda ayuda. Y también le podéis decir de mi parte que, si necesita mi favor, no le faltará. Estoy obligado a dárselo porque soy caballero. Y a los caballeros les toca ayudar a toda clase de mujeres. Sobre todo a las dueñas viudas, maltratadas y doloridas, como debe de estar su señoría.

Al oír esto, Trifaldín dobló la rodilla hasta el suelo. Hizo una señal al pífano y a los tambores para que tocaran. Y, con la misma música y el mismo paso con que había entrado, volvió a salir del jardín. Todos quedaron admirados de su presencia y de su seriedad. Entonces el duque se volvió hacia don Quijote y le dijo:

—En fin, famoso caballero, las tinieblas de la maldad y de la ignorancia no pueden tapar ni oscurecer la luz del valor y de la virtud. Digo esto porque apenas hace seis días que vuestra bondad está en este castillo. Y ya os vienen a buscar desde tierras lejanas y apartadas. No vienen en carrozas ni en dromedarios, sino a pie y sin comer. Son los tristes, los afligidos. Confían en encontrar en ese brazo tan fuerte el remedio de sus penas y trabajos. Y esto es gracias a vuestras grandes hazañas, que corren y dan la vuelta a toda la tierra conocida.

—Me gustaría, señor duque —respondió don Quijote—, que estuviera aquí aquel bendito religioso. El otro día, en la mesa, mostró tan mal humor y tanta antipatía contra los caballeros andantes. Así vería con sus propios ojos si estos caballeros son necesarios en el mundo. Por lo menos, tocaría con la mano esta verdad. Cuando sufren grandes desgracias, los que están muy afligidos y desconsolados no buscan remedio en casa de los letrados. Tampoco lo buscan en casa de los sacristanes de los pueblos. Ni en el caballero que nunca ha sabido salir de los límites de su pueblo. Ni en el cortesano perezoso, que prefiere buscar noticias para contarlas. Ese no intenta hacer obras y hazañas para que otros las cuenten y las escriban. Nadie da mejor remedio a las penas que los caballeros andantes. Nadie ayuda mejor en las necesidades, ni protege mejor a las doncellas, ni consuela mejor a las viudas. Yo doy infinitas gracias al cielo por ser uno de ellos. Y doy por bien empleado cualquier daño o trabajo que me pueda pasar en este oficio tan honroso. Que venga esta dueña y pida lo que quiera. Yo le daré su remedio con la fuerza de mi brazo y con la valiente decisión de mi espíritu.

### Glosario

- **disciplina de abrojos**: látigo con puntas como espinas, que se usaba para castigarse el cuerpo.
- **la letra con sangre entra**: refrán antiguo: se aprende mejor con esfuerzo y dolor.
- **esparto**: planta dura con la que se hacen cuerdas; aquí, algo fuerte y áspero.
- **Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba**: Sancho cambia un refrán para decir que su gobierno le cuesta azotes.
- **pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro**: refrán: si cuentas tus cosas, cada uno opinará una cosa distinta.
- **Gran Turco**: el sultán, rey de los turcos.
- **en salvo está el que repica**: refrán: quien está seguro puede estar tranquilo.
- **saldrá en la colada**: al final todo se verá y se arreglará.
- **comer las manos tras él**: gustar tanto algo que uno no puede dejarlo.
- **la codicia rompe el saco**: refrán: quien quiere tener demasiado lo pierde todo.
- **pífano**: flauta pequeña de sonido agudo, que se toca con tambores.
- **loba**: ropa larga y negra, como un manto, que llega hasta los pies.
- **tahalí**: banda de cuero que cruza el pecho y de la que cuelga la espada.
- **cuita**: pena, desgracia.

## Capítulo XXXVII. Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida

El duque y la duquesa se alegraron muchísimo al ver lo bien que don Quijote respondía a su plan. En ese momento, Sancho dijo:

—No me gustaría que esta señora dueña pusiera algún obstáculo a la promesa de mi gobierno. Porque yo le he oído decir a un boticario de Toledo, que hablaba como un jilguero, una cosa. Decía que donde se meten dueñas no puede pasar nada bueno. ¡Válgame Dios, y qué mal se llevaba con ellas ese boticario! De eso saco yo una conclusión. Todas las dueñas son pesadas e impertinentes, de cualquier clase y condición que sean. Entonces, ¿cómo serán las que están doloridas, como dicen que está esta condesa Tres Faldas, o Tres Colas? Porque en mi tierra faldas y colas, colas y faldas, todo es lo mismo.

—Calla, Sancho amigo —dijo don Quijote—. Esta señora dueña viene a buscarme desde tierras tan lejanas. Así que no debe de ser de aquellas que el boticario tenía en su lista. Además, esta es condesa. Y cuando las condesas sirven de dueñas, será sirviendo a reinas y a emperatrices. En sus propias casas son señorísimas, y otras dueñas las sirven a ellas.

A esto respondió doña Rodríguez, que estaba allí presente:

—Mi señora la duquesa tiene a su servicio dueñas que podrían ser condesas, si la fortuna quisiera. Pero allá van leyes do quieren reyes. Y que nadie hable mal de las dueñas, y menos de las antiguas que son doncellas. Yo no lo soy, pero bien entiendo la ventaja que tiene una dueña doncella sobre una dueña viuda. Y quien a nosotras nos trasquiló, se quedó con las tijeras en la mano.

—Con todo eso —replicó Sancho—, mi barbero dice una cosa. Hay tanto que trasquilar en las dueñas que será mejor no menear el arroz, aunque se pegue.

—Los escuderos siempre son enemigos nuestros —respondió doña Rodríguez—. Son duendes de las antesalas y nos ven a cada momento. Por eso, los ratos en que no rezan, que son muchos, los pasan criticándonos. Nos desentierran los huesos y nos entierran la fama. Pues yo les digo a esos leños movibles una cosa. Aunque les pese, tenemos que vivir en el mundo y en las casas importantes. Aunque nos muramos de hambre. Aunque tapemos con un monjil negro nuestras carnes, delicadas o no. Lo hacemos como quien tapa un montón de basura con un tapiz en un día de procesión. Les aseguro que, si pudiera y el momento lo pidiera, yo demostraría una cosa. Y no solo a los presentes, sino a todo el mundo: que no hay virtud que no esté dentro de una dueña.

—Yo creo —dijo la duquesa— que mi buena doña Rodríguez tiene razón, y mucha. Pero debe esperar el momento oportuno para defenderse a sí misma y a las demás dueñas. Así podrá deshacer la mala opinión de aquel mal boticario. Y podrá arrancar la que tiene en su pecho el gran Sancho Panza.

A lo que Sancho respondió:

—Desde que tengo humos de gobernador se me han quitado los mareos de escudero. Y todas las dueñas del mundo no me importan un cabrahígo.

Habrían seguido con esta conversación sobre dueñas, pero oyeron que el pífano y los tambores volvían a sonar. Por eso entendieron que entraba la dueña Dolorida. La duquesa preguntó al duque si estaría bien ir a recibirla, pues era condesa y persona importante.

—Por lo que tiene de condesa —respondió Sancho, antes que el duque—, me parece bien que vuestras grandezas salgan a recibirla. Pero por lo que tiene de dueña, soy de la opinión de que no se muevan ni un paso.

—¿Quién te mete a ti en esto, Sancho? —dijo don Quijote.

—¿Quién, señor? —respondió Sancho—. Me meto yo, que puedo meterme. Soy un escudero que ha aprendido las reglas de la cortesía en la escuela de vuestra merced. Y vuestra merced es el caballero más cortés y mejor educado que hay en toda la cortesanía. Y le he oído decir a vuestra merced una cosa. En estas cosas, tanto se pierde por carta de más como por carta de menos. Y al buen entendedor, pocas palabras.

—Así es, como dice Sancho —dijo el duque—. Veremos cómo es la condesa, y según eso calcularemos la cortesía que se le debe.

En esto entraron los tambores y el pífano, como la primera vez.

Y aquí, con este breve capítulo, el autor terminó. Y empezó el siguiente, que sigue con la misma aventura, una de las más notables de la historia.

### Glosario

- **boticario**: hombre que prepara y vende medicinas.
- **jilguero**: pájaro pequeño que canta mucho.
- **allá van leyes do quieren reyes**: refrán: los que mandan hacen las leyes como quieren («do» significa «donde»).
- **quien a nosotras nos trasquiló, se quedó con las tijeras en la mano**: quien empezó a hablar mal de las dueñas sigue haciéndolo.
- **no menear el arroz, aunque se pegue**: refrán: es mejor no tocar un asunto, aunque esté mal.
- **duendes de las antesalas**: se dice de los escuderos, que están siempre en las salas de entrada, mirándolo todo.
- **leños movibles**: palos que se mueven; insulto para personas torpes y sin sentimientos.
- **monjil**: vestido negro, parecido al de una monja, que llevaban las dueñas.
- **humos**: orgullo, aires de persona importante.
- **cabrahígo**: higuera salvaje, de higos que no valen nada; «no me importa un cabrahígo» es «no me importa nada».
- **tanto se pierde por carta de más como por carta de menos**: refrán del juego de cartas: es malo pasarse y también quedarse corto.
- **al buen entendedor, pocas palabras**: refrán: la persona inteligente entiende sin muchas explicaciones.

## Capítulo XXXVIII. Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña Dolorida

Detrás de los tristes músicos empezaron a entrar por el jardín unas doce dueñas, en dos filas. Todas llevaban unos monjiles anchos, al parecer de una lana gruesa y apretada. Llevaban también unas tocas blancas de tela delgada, tan largas que solo dejaban ver el borde del monjil. Detrás de ellas venía la condesa Trifaldi, de la mano de su escudero Trifaldín de la Blanca Barba. Iba vestida de bayeta negra finísima, sin frisar. Si le hubieran levantado el pelo, cada grano habría sido tan grande como un garbanzo de los buenos de Martos. La cola, o falda, o como quieran llamarla, tenía tres puntas. Las sujetaban en las manos tres pajes, también vestidos de luto. Formaban una figura vistosa y matemática con aquellos tres ángulos agudos de las tres puntas. Todos los que miraron la falda de puntas pensaron lo mismo. Por ella se debía de llamar la condesa Trifaldi, como si dijéramos la condesa de las Tres Faldas. Y Benengeli dice que fue verdad. Dice también que su propio apellido era Lobuna, porque en su condado se criaban muchos lobos. Si en lugar de lobos hubieran sido zorras, la habrían llamado la condesa Zorruna. Porque en aquellas tierras los señores solían tomar su nombre de lo que más había en sus tierras. Pero esta condesa, para destacar la novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó el Trifaldi.

Las doce dueñas y la señora venían a paso de procesión. Traían las caras cubiertas con unos velos negros. No eran transparentes como el de Trifaldín, sino tan espesos que no se veía nada a través de ellos.

En cuanto apareció el escuadrón de dueñas, se pusieron en pie el duque, la duquesa y don Quijote. También se levantaron todos los que miraban la lenta procesión. Las doce dueñas se pararon y abrieron un pasillo. Por el medio avanzó la Dolorida, sin soltarse de la mano de Trifaldín. Al verlo, el duque, la duquesa y don Quijote avanzaron unos doce pasos para recibirla. Ella se puso de rodillas en el suelo. Y, con una voz más basta y ronca que fina y delicada, dijo:

—Vuestras grandezas no hagan tanta cortesía a este criado suyo; digo, a esta criada suya. Estoy tan dolorida que no sabré responder como debo. Porque mi desgracia, extraña y nunca vista, se me ha llevado el entendimiento no sé adónde. Y debe de ser muy lejos, pues cuanto más lo busco, menos lo encuentro.

—Sin entendimiento estaría, señora condesa —respondió el duque—, quien no descubriera vuestro valor solo con ver vuestra persona. Vuestro valor, sin ver más, merece toda la nata de la cortesía y toda la flor de las ceremonias bien educadas.

Y, levantándola de la mano, la llevó a sentarse en una silla junto a la duquesa. La duquesa también la recibió con mucha cortesía.

Don Quijote callaba. Sancho se moría por ver la cara de la Trifaldi y de alguna de sus muchas dueñas. Pero no fue posible hasta que ellas mismas, por su propia voluntad, se descubrieron.

Todos se calmaron y se quedaron en silencio. Esperaban a ver quién lo rompía, y fue la dueña Dolorida, con estas palabras:

—Estoy confiada, señor poderosísimo, hermosísima señora y discretísimos presentes. Confío en que mi cuitísima encontrará buena acogida en vuestros valerosísimos pechos. Será una acogida tan amable como generosa y dolorosa. Porque mi pena es tal que puede enternecer los mármoles y volver blandos los diamantes. Puede volver blando el acero de los corazones más duros del mundo. Pero, antes de que salga a la plaza de vuestros oídos, por no decir orejas, quisiera saber una cosa. ¿Está en este grupo, corro y compañía el purísimo caballero don Quijote de la Manchísima? ¿Y está su escuderísimo Panza?

—El Panza —dijo Sancho, antes de que nadie respondiera— aquí está, y el don Quijotísimo también. Así que podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis. Todos estamos prontos y preparadísimos para ser vuestros servidorísimos.

En esto se levantó don Quijote y, dirigiendo sus palabras a la Dolorida dueña, dijo:

—Angustiada señora, quizá vuestras penas pueden esperar algún remedio del valor o de las fuerzas de algún caballero andante. Si es así, aquí están las mías. Aunque son débiles y pocas, todas se usarán en vuestro servicio. Yo soy don Quijote de la Mancha, y mi oficio es ayudar a toda clase de necesitados. Siendo esto así, como lo es, no necesitáis, señora, ganaros nuestra simpatía ni buscar introducciones. Decid vuestros males con sencillez y sin rodeos. Aquí hay oídos que os escuchan. Si no saben darles remedio, por lo menos sabrán sentir pena por ellos.

Al oír esto, la Dolorida dueña hizo como que quería echarse a los pies de don Quijote. Y de hecho se echó. Luchando por abrazárselos, decía:

—¡Ante estos pies y piernas me arrojo, oh caballero nunca vencido, porque son las bases y columnas de la caballería andante! Quiero besar estos pies, porque de sus pasos depende todo el remedio de mi desgracia. ¡Oh valiente andante! Tus hazañas verdaderas dejan atrás y oscurecen las hazañas inventadas de los Amadises, Esplandianes y Belianises.

Y, dejando a don Quijote, se volvió hacia Sancho Panza, le tomó las manos y le dijo:

—¡Oh tú, el escudero más leal que jamás sirvió a un caballero andante, en los siglos presentes o en los pasados! ¡Tu bondad es más larga que la barba de Trifaldín, mi acompañante, que está aquí presente! Bien puedes estar orgulloso. Al servir al gran don Quijote, sirves en resumen a todos los caballeros que han usado armas en el mundo. Te ruego, por lo que debes a tu bondad fidelísima, que seas buen intercesor ante tu amo. Hazlo para que él ayude pronto a esta humildísima y desdichadísima condesa.

A esto respondió Sancho:

—Que mi bondad sea tan larga y grande como la barba de vuestro escudero, señoría mía, me importa muy poco. Lo que importa es que yo tenga el alma con barbas y bigotes cuando me vaya de esta vida. Las barbas de aquí me importan poco o nada. Pero no hacen falta esas palabras dulces ni esos ruegos. Yo le pediré a mi amo que ayude a vuestra merced en todo lo que pueda. Sé que me quiere bien, y más ahora, que me necesita para cierto negocio. Vuestra merced desembaúle su cuita y cuéntenosla, y deje hacer, que todos nos entenderemos.

Los duques reventaban de risa con estas cosas, porque conocían bien el secreto de esta aventura. Entre ellos alababan la agudeza y el disimulo de la Trifaldi. Ella volvió a sentarse y dijo:

—«La reina doña Maguncia fue señora del famoso reino de Candaya. Candaya está entre la gran Trapobana y el mar del Sur, dos leguas más allá del cabo Comorín. La reina era viuda del rey Archipiela, su señor y marido. De su matrimonio nació la infanta Antonomasia, heredera del reino. Esta infanta Antonomasia se crió y creció bajo mi cuidado y mi enseñanza. Porque yo era la dueña más antigua y más importante de su madre. Pues pasó que, con el paso de los días, la niña Antonomasia llegó a los catorce años. Tenía una hermosura tan perfecta que la naturaleza no la podía subir más. ¡Y no digamos que su inteligencia era de niña con mocos! Era tan discreta como bella, y era la más bella del mundo. Y lo es todavía, si los hados envidiosos y las parcas duras no le han cortado el hilo de la vida. Pero no lo habrán hecho. Los cielos no van a permitir tanto mal a la tierra. Sería como arrancar verde el racimo de la viña más hermosa del mundo. De esta hermosura se enamoraron infinitos príncipes, de su tierra y extranjeros. Y mi torpe lengua no sabe alabarla como se debe. Entre ellos, un simple caballero de la corte se atrevió a levantar sus pensamientos al cielo de tanta belleza. Confiaba en su juventud y en su elegancia, y en sus muchas habilidades y gracias. Confiaba también en la facilidad y la suerte de su ingenio. Porque les hago saber a vuestras grandezas una cosa, si no les molesta. Tocaba la guitarra de manera que la hacía hablar. Además era poeta y gran bailarín. Y sabía hacer jaulas de pájaros. Solo con hacerlas, podría ganarse la vida en caso de extrema necesidad. Todas estas cualidades y gracias bastan para derribar una montaña, y más aún a una delicada doncella. Pero toda su gentileza, su buena gracia y sus habilidades habrían servido de poco o de nada. No habrían bastado para rendir la fortaleza de mi niña. Lo consiguió porque aquel ladrón desuellacaras me rindió primero a mí. Primero quiso aquel malandrín y vagabundo sin alma ganarse mi voluntad y comprar mi gusto. Quería que yo, como mala guardiana, le entregara las llaves de la fortaleza que guardaba. En resumen: me aduló el entendimiento y me ganó la voluntad con no sé qué joyitas y adornos que me dio. Pero lo que más me hizo caer y rendirme fueron unas coplas. Se las oí cantar una noche desde una reja que daba a una callejuela, donde él estaba. Si no me acuerdo mal, decían:

De la dulce mi enemiga
nace un mal que al alma hiere,
y, por más tormento, quiere
que se sienta y no se diga.

La copla me pareció de perlas, y su voz, de almíbar. Y después, desde entonces, he visto el mal en que caí por estos versos y otros parecidos. Y he pensado que de las repúblicas buenas y ordenadas se debería expulsar a los poetas, como aconsejaba Platón. Por lo menos, a los poetas lascivos. Porque escriben unas coplas que no son como las del marqués de Mantua. Aquellas entretienen y hacen llorar a los niños y a las mujeres. Ellos escriben, en cambio, agudezas que, como espinas blandas, os atraviesan el alma. Y, como rayos, os hieren en ella sin romper el vestido. Y otra vez cantó:

Ven, muerte, tan escondida
que no te sienta venir,
porque el placer del morir
no me vuelva a dar la vida.

Y cantó otras coplitas y estrambotes de este tipo, que cantados encantan y escritos dejan admirado. ¿Y qué decir cuando se rebajan a componer una clase de verso que entonces se usaba en Candaya? Lo llamaban seguidillas. Con ellas saltaban las almas, jugaba la risa y se inquietaban los cuerpos. En fin, todos los sentidos se movían como el mercurio. Y por eso digo, señores míos, que con toda razón deberían desterrar a esos trovadores a las islas de los Lagartos. Pero ellos no tienen la culpa. La culpa la tienen los tontos que los alaban y las tontas que los creen. Si yo hubiera sido la buena dueña que debía ser, no me habrían movido sus ideas trasnochadas. Ni habría creído que fuera verdad lo que dicen. Dicen: “Vivo muriendo, ardo en el hielo, tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, me parto y me quedo”. Sus escritos están llenos de estos y otros imposibles de la misma clase. ¿Y qué decir cuando prometen el fénix de Arabia, la corona de Aridiana y los caballos del Sol? ¿O cuando prometen las perlas del Sur, el oro de Tíbar y el bálsamo de Pancaya? Ahí es donde más alargan la pluma. Porque les cuesta poco prometer lo que nunca piensan ni pueden cumplir. Pero, ¿adónde me desvío? ¡Ay de mí, desdichada! ¿Qué locura o qué disparate me lleva a contar las faltas ajenas, cuando tengo tanto que decir de las mías? ¡Ay de mí otra vez, sin suerte! No me rindieron los versos, sino mi simpleza. No me ablandaron las músicas, sino mi ligereza. Mi mucha ignorancia y mi poca prudencia abrieron el camino y despejaron la senda a los pasos de don Clavijo. Este es el nombre de aquel caballero. Y así, conmigo como intermediaria, él estuvo una y muchísimas veces en el cuarto de Antonomasia. Ella estaba engañada por mí, y no por él. Él entraba con el título de verdadero esposo. Yo soy pecadora, pero nunca habría consentido otra cosa. Sin ser su marido, no le habría dejado tocar ni el borde de la suela de sus zapatillas. ¡No, no, eso no! En cualquier asunto de estos que pase por mis manos, el matrimonio tiene que ir por delante. Solo hubo un problema en este asunto: la desigualdad. Don Clavijo era un simple caballero. Y la infanta Antonomasia era, como ya he dicho, la heredera del reino. Durante algunos días, mi astucia y mi cuidado mantuvieron escondido este enredo. Pero al final me pareció que cierta hinchazón en el vientre de Antonomasia lo iba descubriendo a toda prisa. Por miedo a eso, nos reunimos los tres a pensar qué hacer. Y decidimos que don Clavijo pidiera a Antonomasia por esposa ante el vicario, antes de que el problema saliera a la luz. Lo haría con una cédula que la infanta le había dado, con la promesa de ser su esposa. Yo misma la había redactado con mi ingenio. Y era tan fuerte que ni las fuerzas de Sansón habrían podido romperla. Se hicieron los trámites. El vicario vio la cédula y tomó declaración a la señora. Ella lo confesó todo claramente. Y el vicario mandó dejarla bajo custodia en casa de un alguacil de corte muy honrado...»

En este momento dijo Sancho:

—También en Candaya hay alguaciles de corte, poetas y seguidillas. Por eso puedo jurar que me imagino que todo el mundo es igual. Pero dese prisa vuestra merced, señora Trifaldi, que es tarde. Ya me muero por saber el final de esta historia tan larga.

—Sí, lo haré —respondió la condesa.

### Glosario

- **escudero**: criado que acompaña y sirve a un caballero.
- **garbanzo**: semilla redonda y amarilla que se come cocida.
- **valerosísimos**: muy valientes; la Dolorida pone «-ísimo» a muchas palabras, y Sancho la imita.
- **escuderísimo**: palabra inventada a partir de «escudero», con «-ísimo».
- **quisieridísimis**: palabra inventada por Sancho a partir de «quisiereis» (quisierais), para imitar a la Dolorida.
- **fidelísima**: muy fiel.
- **desdichadísima**: muy desgraciada.
- **toca**: tela blanca con la que las dueñas se cubrían la cabeza y el cuello.
- **bayeta / frisar**: tela de lana; «frisar» es levantar su pelo, que la hace más gruesa.
- **cuitísima**: palabra inventada a partir de «cuita»: pena, desgracia muy grande.
- **desembaúle su cuita**: «desembaular» es sacar algo de un baúl; aquí, contar su pena.
- **intercesor**: persona que pide un favor a otra en nombre de alguien.
- **hados / parcas**: en los mitos antiguos, el destino y las diosas que cortaban el hilo de la vida.
- **De la dulce mi enemiga**: la «dulce enemiga» es la mujer amada, que hace sufrir al poeta.
- **seguidillas**: canciones populares cortas para bailar.
- **Vivo muriendo, ardo en el hielo**: frases imposibles que usaban los poetas para hablar del amor.
- **cédula**: papel firmado donde alguien promete algo.
- **vicario**: sacerdote que juzga en nombre del obispo.
- **alguacil de corte**: hombre que hacía cumplir las órdenes de los jueces de la corte.

## Capítulo XXXIX. Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia

Cada palabra que decía Sancho le gustaba a la duquesa tanto como hacía perder la paciencia a don Quijote. Le mandaron callar, y la Dolorida siguió diciendo:

—«En fin, hubo muchas preguntas y respuestas. Y la infanta seguía siempre en sus trece, sin cambiar nada de su primera declaración. Así que el vicario dio la sentencia a favor de don Clavijo y se la entregó como su legítima esposa. Esto le dio tanto disgusto a la reina doña Maguncia, madre de la infanta Antonomasia, que a los tres días la enterramos.»

—Debió de morir, sin duda —dijo Sancho.

—¡Claro está! —respondió Trifaldín—. En Candaya no se entierra a las personas vivas, sino a las muertas.

—Ya se ha visto, señor escudero —contestó Sancho—, enterrar a un desmayado creyendo que estaba muerto. Y a mí me parecía que la reina Maguncia tenía la obligación de desmayarse antes que de morirse. Porque con vida muchas cosas tienen remedio. Y el disparate de la infanta no fue tan grande como para sentirlo tanto. Si esa señora se hubiera casado con algún paje suyo, o con otro criado de su casa, el daño no tendría remedio. Muchas otras lo han hecho, según he oído decir. Pero se ha casado con un caballero tan elegante y tan listo como nos lo han pintado aquí. Así que, de verdad de verdad, aunque fue una tontería, no fue tan grande como se piensa. Porque mi señor tiene sus reglas, y él está presente y no me dejará mentir. Según esas reglas, de los hombres letrados se hacen los obispos. Y de los caballeros, y más si son andantes, se pueden hacer los reyes y los emperadores.

—Tienes razón, Sancho —dijo don Quijote—. Porque un caballero andante, si tiene dos dedos de suerte, está muy cerca de ser el mayor señor del mundo. Pero siga adelante la señora Dolorida. Me parece que todavía le falta contar lo amargo de esta historia, que hasta aquí ha sido dulce.

—¡Y claro que falta lo amargo! —respondió la condesa—. Y es tan amargo que, a su lado, son dulces las tueras y sabrosas las adelfas. «Muerta, pues, la reina, y no desmayada, la enterramos. Y apenas la cubrimos de tierra y apenas le dimos el último adiós, cuando...

quis talia fando temperet a lachrymis?,

...apareció encima de la tumba de la reina el gigante Malambruno, montado en un caballo de madera. Era primo hermano de Maguncia, y además de cruel, era encantador. Con sus artes quiso vengar la muerte de su prima. Quiso también castigar a don Clavijo por atreverse a tanto, y a Antonomasia por su exceso. Por eso los dejó encantados sobre la misma tumba. A ella la convirtió en una jimia de bronce. Y a él, en un cocodrilo espantoso de un metal desconocido. Entre los dos hay una columna, también de metal, con unas letras escritas en lengua siria. Se tradujeron a la lengua de Candaya, y ahora a la castellana, y dicen así: “No cobrarán su primera forma estos dos atrevidos amantes hasta que el valeroso manchego luche conmigo en singular batalla. Porque los hados guardan esta aventura nunca vista solo para su gran valor”. Hecho esto, sacó de la vaina un alfanje ancho y enorme. Me agarró por el pelo e hizo como que me quería cortar el cuello y la cabeza de un golpe. Yo me asusté, la voz se me pegó a la garganta y me quedé tristísima. Pero, aun así, hice todo el esfuerzo que pude. Con voz temblorosa y triste, le dije tantas cosas que él detuvo un castigo tan duro. Finalmente, mandó traer ante él a todas las dueñas del palacio, que son estas que están aquí. Exageró nuestra culpa y criticó el carácter de las dueñas, sus malas costumbres y sus peores trucos. Y nos echó a todas la culpa que solo tenía yo. Dijo que no quería castigarnos con la pena de muerte. Prefería castigarnos con otras penas largas, que nos dieran una muerte civil y continua. Y en el mismo momento en que acabó de decir esto, todas sentimos que se nos abrían los poros de la cara. Era como si nos picaran toda la cara con puntas de agujas. Enseguida nos llevamos las manos a la cara, y nos encontramos como ahora vais a ver.»

Y entonces la Dolorida y las demás dueñas levantaron los velos que las cubrían y descubrieron sus caras. Todas estaban llenas de barbas: unas rubias, otras negras, otras blancas y otras de pelo blanco y negro mezclado. Al verlas, el duque y la duquesa se mostraron admirados. Don Quijote y Sancho se quedaron pasmados, y todos los presentes, asombrados.

Y la Trifaldi siguió:

—«De esta manera nos castigó aquel follón y malvado de Malambruno. Cubrió nuestras caras, suaves y blandas, con estas cerdas duras. ¡Ojalá el cielo hubiera querido que antes nos cortara la cabeza con su enorme alfanje! Eso sería mejor que tapar la luz de nuestras caras con esta borra que nos cubre. Porque, si hacemos cuentas, señores míos... Esto que voy a decir ahora me gustaría decirlo con los ojos hechos fuentes. Pero pienso en nuestra desgracia, y en los mares de lágrimas que han llovido hasta ahora. Por eso tengo los ojos sin agua y secos como la paja. Así que lo diré sin lágrimas. Digo, pues: ¿adónde podrá ir una dueña con barbas? ¿Qué padre o qué madre sentirá pena por ella? ¿Quién la ayudará? Su piel puede estar lisa, y su cara martirizada con mil clases de cremas y mezclas. Aun así, apenas encuentra a alguien que la quiera bien. ¿Qué hará entonces cuando descubra su cara hecha un bosque? ¡Oh dueñas y compañeras mías, en un momento desgraciado nacimos, y en mala hora nuestros padres nos engendraron!»

Y, diciendo esto, dio señales de desmayarse.

### Glosario

- **escudero**: criado que acompaña y sirve a un caballero.
- **desmayarse / desmayado / desmayada**: perder el sentido por un rato; una persona desmayada parece muerta, pero está viva.
- **tradujeron**: de «traducir»: pasar lo que dice un texto de una lengua a otra.
- **estar en sus trece**: no cambiar de opinión, aunque todos digan lo contrario.
- **dos dedos de suerte**: un poco de suerte.
- **tueras / adelfas**: frutos y plantas de sabor muy amargo.
- **quis talia fando temperet a lachrymis?**: frase latina del poeta Virgilio: «¿Quién podría contar estas cosas sin llorar?».
- **primo hermano**: hijo del hermano o de la hermana del padre o de la madre.
- **jimia**: mona, animal parecido al hombre.
- **hados**: el destino.
- **alfanje**: espada corta y curva, de origen árabe.
- **muerte civil**: vida en la que una persona ya no cuenta para nadie, como si estuviera muerta.
- **follón**: insulto antiguo: hombre malo y cobarde.
- **cerdas**: pelos gruesos y duros, como los del cerdo.
- **borra**: pelo corto y basto, como el de la lana de peor calidad.

## Capítulo XL. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia

Real y verdaderamente, todos los que disfrutan de historias como esta deben estar agradecidos a Cide Hamete, su primer autor. Él tuvo el cuidado de contarnos hasta los detalles más pequeños. No dejó ninguna cosa, por pequeña que fuera, sin sacarla a la luz con claridad. Pinta los pensamientos y descubre lo que imaginan las personas. Responde a las preguntas que nadie hace, aclara las dudas y resuelve los argumentos. En fin, muestra hasta lo más pequeño que puede desear el lector más curioso. ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡Oh Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Que todos juntos, y cada uno por su parte, viváis siglos infinitos, para el gusto y la diversión de todos los vivos.

Cuenta, pues, la historia que Sancho, en cuanto vio desmayada a la Dolorida, dijo:

—Juro por mi fe de hombre de bien, y por el alma de todos mis antepasados los Panzas, que nunca he visto ni oído una aventura como esta. Mi amo nunca me ha contado otra igual, y nunca le ha pasado por el pensamiento. ¡Que te lleven mil satanases, Malambruno! Lo digo por no maldecirte como encantador y gigante. ¿No encontraste otro castigo para estas pecadoras más que ponerles barbas? ¿No era mejor, y más conveniente para ellas, cortarles la mitad de arriba de la nariz? Hablarían gangoso, pero no tendrían barbas. Apuesto a que no tienen dinero para pagar a alguien que las afeite.

—Así es, señor —respondió una de las doce dueñas—. No tenemos dinero para limpiarnos la cara. Por eso algunas de nosotras usamos un remedio barato: unos pegotes o parches pegajosos. Nos los ponemos en la cara y tiramos de golpe. Así quedamos rasas y lisas como el fondo de un mortero de piedra. En Candaya hay mujeres que van de casa en casa a quitar el vello y a arreglar las cejas. También hacen otros preparados de mujeres. Pero nosotras, las dueñas de mi señora, nunca las dejamos entrar. Porque casi todas huelen a terceras, ya que han dejado de ser primas. Y si el señor don Quijote no nos ayuda, nos llevarán a la tumba con barbas.

—Yo me arrancaría mi propia barba en tierra de moros —dijo don Quijote— si no os quitara las vuestras.

En ese momento, la Trifaldi volvió de su desmayo y dijo:

—Valeroso caballero, el sonido de esa promesa llegó a mis oídos en medio de mi desmayo. Por él he vuelto en mí y he recuperado todos mis sentidos. Por eso os suplico de nuevo, ilustre caballero andante y señor indomable, que vuestra amable promesa se convierta en obra.

—Por mí no quedará —respondió don Quijote—. Decidme, señora, qué tengo que hacer. Mi ánimo está muy dispuesto para serviros.

—El caso es este —respondió la Dolorida—. Desde aquí al reino de Candaya hay cinco mil leguas por tierra, dos más o menos. Pero por el aire y en línea recta hay tres mil doscientas veintisiete. Además, Malambruno me dijo una cosa. Cuando la suerte me trajera al caballero que nos iba a liberar, él le enviaría una cabalgadura. Sería mucho mejor y con menos malas mañas que los caballos de alquiler. Porque sería aquel mismo caballo de madera en el que el valiente Pierres robó a la linda Magalona. Ese caballo se guía por una clavija que tiene en la frente, que le sirve de freno. Y vuela por el aire tan ligero que parece que lo llevan los mismos diablos. Según una tradición antigua, este caballo lo hizo el sabio Merlín. Se lo prestó a Pierres, que era su amigo. Con él, Pierres hizo grandes viajes y robó, como he dicho, a la linda Magalona. La llevaba sentada detrás por el aire. Todos los que los miraban desde la tierra se quedaban con la boca abierta. Merlín solo lo prestaba a quien él quería, o a quien mejor se lo pagaba. Y desde el gran Pierres hasta ahora no sabemos que nadie haya subido en él. Malambruno lo sacó de allí con sus artes mágicas. Lo tiene en su poder y lo usa en sus viajes, que hace a cada momento por distintas partes del mundo. Hoy está aquí, mañana en Francia y otro día en Potosí. Y lo bueno es que ese caballo no come, ni duerme, ni gasta herraduras. Además, no tiene alas, pero va por el aire con un paso suave y tranquilo. Por eso el que va encima puede llevar en la mano una taza llena de agua sin derramar una gota. Por eso a la linda Magalona le gustaba mucho montar en él.

A esto dijo Sancho:

—Para andar tranquilo y suave, mi rucio. Es verdad que no va por los aires. Pero por la tierra, yo lo pongo a competir con todos los caballos de buen paso del mundo.

Todos se rieron, y la Dolorida siguió:

—Y si Malambruno quiere poner fin a nuestra desgracia, este caballo estará aquí delante. Llegará antes de que pase la primera media hora de la noche. Porque él me explicó cuál sería la señal de que yo había encontrado al caballero que buscaba. La señal sería enviarme el caballo adonde yo estuviera, con comodidad y rapidez.

—¿Y cuántos caben en ese caballo? —preguntó Sancho.

La Dolorida respondió:

—Dos personas: una en la silla y otra en las ancas. Casi siempre estas dos personas son el caballero y su escudero, cuando no hay ninguna doncella robada.

—Quisiera saber, señora Dolorida —dijo Sancho—, qué nombre tiene ese caballo.

—Su nombre —respondió la Dolorida— no es como el del caballo de Belorofonte, que se llamaba Pegaso. Tampoco es como el del gran Alejandro, llamado Bucéfalo. Ni como el del furioso Orlando, que se llamaba Brilladoro. Menos aún es Bayarte, el caballo de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, el de Rugero. Tampoco es Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los caballos del Sol. Y tampoco se llama Orelia, como el caballo del desdichado Rodrigo, último rey de los godos. En ese caballo entró Rodrigo en la batalla donde perdió la vida y el reino.

—Yo apuesto una cosa —dijo Sancho—. No le han dado ninguno de esos nombres tan famosos y conocidos. Por eso tampoco le habrán dado el nombre del caballo de mi amo, Rocinante. Y el nombre de Rocinante es más apropiado que todos los que se han dicho.

—Así es —respondió la condesa barbuda—, pero aun así su nombre le va muy bien. Se llama Clavileño el Alígero. Este nombre está de acuerdo con su cuerpo de leño, con la clavija que lleva en la frente y con la ligereza con que camina. Así que, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso Rocinante.

—No me disgusta el nombre —contestó Sancho—. Pero ¿con qué freno o con qué jáquima se guía?

—Ya he dicho —respondió la Trifaldi— que con la clavija. El caballero que va encima la gira hacia un lado o hacia otro. Así lo hace caminar como quiere. Puede ir por los aires, o casi barriendo la tierra, o por el medio. El medio es lo que se busca y lo que hay que tener en todas las acciones bien ordenadas.

—Ya me gustaría verlo —respondió Sancho—. Pero pensar que yo voy a subir en él, en la silla o en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Si apenas puedo sostenerme en mi rucio, sobre una albarda más blanda que la misma seda! Y ahora quieren que me siente sobre unas ancas de tabla, sin cojín ni almohada. ¡Pardiez! Yo no pienso molerme el cuerpo por quitarle las barbas a nadie. Cada cual se rape como mejor le venga. Yo no pienso acompañar a mi señor en un viaje tan largo. Además, yo no debo de ser necesario para afeitar estas barbas. Para el desencanto de mi señora Dulcinea, sí lo soy.

—Sí lo sois, amigo —respondió la Trifaldi—. Y tanto, que sin vuestra presencia creo que no haremos nada.

—¡Aquí del rey! —dijo Sancho—. ¿Qué tienen que ver los escuderos con las aventuras de sus señores? ¿Ellos se llevan la fama de las aventuras que terminan, y nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Si al menos los historiadores dijeran: «Tal caballero terminó tal y tal aventura, pero con ayuda de fulano, su escudero. Sin él, habría sido imposible terminarla». Pero no. Escriben solamente: «Don Paralipomenón de las Tres Estrellas terminó la aventura de los seis vestiglos». Y no nombran a su escudero, que estuvo presente en todo. ¡Como si no existiera en el mundo! Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y que le aproveche. Yo me quedaré aquí, en compañía de la duquesa mi señora. Y puede ser que, cuando él vuelva, encuentre la causa de la señora Dulcinea mejorada en tercio y quinto. Porque en los ratos libres pienso darme una tanda de azotes que no me la cubra el pelo.

—Con todo eso, buen Sancho, tenéis que acompañarle si es necesario, porque os lo pedirán personas buenas. Por vuestro miedo inútil no van a quedar tan pobladas las caras de estas señoras. Eso, de verdad, sería una mala cosa.

—¡Aquí del rey otra vez! —contestó Sancho—. Si esta caridad se hiciera por algunas doncellas recogidas, o por algunas niñas de la doctrina, uno podría arriesgarse a cualquier trabajo. ¡Pero sufrirlo para quitarles las barbas a unas dueñas, mal año! Me da igual verlas a todas con barbas, desde la mayor hasta la menor. Y desde la más melindrosa hasta la más remilgada.

—Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo —dijo la duquesa—. Seguís mucho la opinión del boticario de Toledo. Pues, de verdad, no tenéis razón. En mi casa hay dueñas que pueden ser ejemplo de dueñas. Aquí está mi doña Rodríguez, que no me dejará decir otra cosa.

—Vuestra excelencia puede decir lo que quiera —dijo doña Rodríguez—. Dios sabe la verdad de todo. Seamos buenas o malas, con barba o sin ella, a las dueñas también nos parió nuestra madre, como a las otras mujeres. Y ya que Dios nos puso en el mundo, Él sabe para qué. Yo confío en su misericordia, y no en las barbas de nadie.

—Pues bien, señora Rodríguez —dijo don Quijote—, y señora Trifaldi y compañía: espero que el cielo mire con buenos ojos vuestras penas. Sancho hará lo que yo le mande, en cuanto venga Clavileño y yo me vea frente a Malambruno. Sé que mi espada cortaría de los hombros la cabeza de Malambruno. Y lo haría con más facilidad que cualquier navaja que afeitara a vuestras mercedes. Porque Dios aguanta a los malos, pero no para siempre.

—¡Ay! —dijo entonces la Dolorida—. Valeroso caballero, que todas las estrellas del cielo miren con buenos ojos a vuestra grandeza. Que pongan en vuestro ánimo toda prosperidad y valentía. Así seréis escudo y protección del humillado y despreciado género de las dueñas. Los boticarios nos odian, los escuderos hablan mal de nosotras y los pajes nos sacan lo que tenemos con engaños. ¡Maldita sea la bellaca que, en la flor de su edad, no se hizo monja antes que dueña! ¡Pobres de nosotras, las dueñas! Podemos descender en línea recta, de padre en hijo, del mismo Héctor el troyano. Aun así, nuestras señoras nos tratarían de «vos» si con eso pensaran llegar a ser reinas. ¡Oh gigante Malambruno, que eres encantador, pero segurísimo en tus promesas! Envíanos ya al sin par Clavileño, para que se acabe nuestra desgracia. Porque si llega el calor y nos duran estas barbas, ¡ay de nuestra suerte!

La Trifaldi dijo esto con tanto sentimiento que hizo llorar a todos los presentes. Incluso se le llenaron de lágrimas los ojos a Sancho. Y decidió en su corazón acompañar a su señor hasta el último rincón del mundo, si con eso podía quitar la lana de aquellas venerables caras.

### Glosario

- **celebérrimo**: muy, muy famoso.
- **gangoso**: que habla con un sonido que sale por la nariz.
- **pegotes**: trozos de una cosa pegajosa que se pega a la piel.
- **terceras / primas**: juego de palabras: una «tercera» es una mujer que ayuda a otros en amores secretos; «prima» significa aquí joven y bonita.
- **clavija**: trozo pequeño de madera que se mete en un agujero y se puede girar.
- **ancas**: la parte de atrás de un caballo, detrás de la silla.
- **pedir peras al olmo**: refrán: pedir una cosa imposible, porque el olmo no da peras.
- **rapar**: cortar el pelo o la barba muy cerca de la piel.
- **vestiglo**: monstruo horrible de los libros de caballerías.
- **en tercio y quinto**: mucho, en gran parte.
- **¡Aquí del rey!**: grito antiguo para pedir ayuda o protestar.
- **tratar de vos**: aquí, hablar a alguien con poco respeto, como a un inferior.
- **escudero / escuderos**: criado que acompaña a un caballero y le ayuda.
- **rucio**: el asno de Sancho; «rucio» quiere decir de color gris claro.
- **afeitar / afeite**: cortar la barba o el pelo con una navaja.
- **desmayada / desmayo**: sin sentido, como dormida, por un susto o un dolor.
- **satanases**: diablos; Satanás es el jefe de los diablos.
- **maldecirte**: decir cosas malas contra ti, desearte mal.
- **rasas**: lisas, sin pelo.
- **indomable**: que nadie puede vencer ni dominar.
- **leguas**: medida antigua de distancia; una legua son unos cinco kilómetros y medio.

## Capítulo XLI. De la venida de Clavileño, con el fin de esta dilatada aventura

En esto llegó la noche, y con ella el momento fijado para la llegada del famoso caballo Clavileño. Don Quijote ya estaba cansado de esperar. Le parecía que, como Malambruno tardaba en enviarlo, podía ser por dos razones. O él no era el caballero elegido para aquella aventura, o Malambruno no se atrevía a luchar con él cuerpo a cuerpo. Pero de repente entraron por el jardín cuatro salvajes, todos vestidos de hiedra verde. Traían sobre los hombros un gran caballo de madera. Lo pusieron de pie en el suelo, y uno de los salvajes dijo:

—Que suba sobre esta máquina el que tenga valor para ello.

—Pues yo no subo —dijo Sancho—, porque ni tengo valor ni soy caballero.

Y el salvaje siguió diciendo:

—Y que ocupe las ancas el escudero, si lo tiene. Y que confíe en el valeroso Malambruno. Solo la espada de Malambruno podrá hacerle daño, y ninguna otra espada ni ningún otro engaño. No hay más que girar esta clavija que lleva en el cuello. Él los llevará por los aires hasta donde los espera Malambruno. Pero el camino es muy alto, y no deben marearse. Por eso tienen que taparse los ojos hasta que el caballo relinche. Esa será la señal de que el viaje ha terminado.

Dicho esto, dejaron allí a Clavileño y se volvieron con elegancia por donde habían venido. En cuanto la Dolorida vio el caballo, dijo a don Quijote casi llorando:

—Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido verdad. El caballo está en casa y nuestras barbas crecen. Cada una de nosotras, y con cada pelo de ellas, te suplicamos que nos rapes y nos esquiles. Pues solo falta que subas en él con tu escudero y empecéis felizmente vuestro nuevo viaje.

—Eso lo haré yo, señora condesa Trifaldi, con mucho gusto y de mejor humor —respondió don Quijote—. No me pondré a buscar cojín ni a calzarme espuelas, para no perder tiempo. Tantas ganas tengo de veros a vos, señora, y a todas estas dueñas rasas y limpias.

—Eso no lo haré yo —dijo Sancho—, ni de mal ni de buen humor, de ninguna manera. Si este afeitado no se puede hacer sin que yo suba a las ancas, mi señor puede buscar otro escudero que le acompañe. Y estas señoras pueden buscar otro modo de alisarse la cara. Yo no soy brujo, para disfrutar andando por los aires. ¿Y qué dirán mis insulanos cuando sepan que su gobernador se pasea por los vientos? Y otra cosa más. De aquí a Candaya hay tres mil y tantas leguas. Si el caballo se cansa o el gigante se enfada, tardaremos media docena de años en volver. Y entonces ya no habrá ínsula ni ínsulos en el mundo que me conozcan. Se dice comúnmente que en la tardanza va el peligro. Y también que cuando te dieren la vaquilla, acudas con la soguilla. Así que perdónenme las barbas de estas señoras, pero bien se está San Pedro en Roma. Quiero decir que yo estoy bien en esta casa. Aquí me hacen muchos favores. Y de su dueño espero un bien tan grande como verme gobernador.

A esto el duque dijo:

—Sancho amigo, la ínsula que os he prometido no se mueve ni se escapa. Sus raíces llegan a lo más profundo de la tierra. Son tan hondas que no la arrancarán de su sitio ni con tres tirones. Vos sabéis que yo sé una cosa. Todos estos cargos importantes se consiguen con algún tipo de soborno, unos más y otros menos. Pues el soborno que yo quiero por este gobierno es este: que vayáis con vuestro señor don Quijote a terminar esta memorable aventura. Puede ser que volváis sobre Clavileño, tan rápido como promete su ligereza. O puede ser que la mala suerte os haga volver a pie, como un peregrino, de mesón en mesón y de venta en venta. Cuando volváis, encontraréis vuestra ínsula donde la dejáis. Y vuestros insulanos tendrán las mismas ganas de recibiros como gobernador que siempre han tenido. Y mi voluntad será la misma. No dudéis de esta verdad, señor Sancho. Dudar sería una ofensa clara a mis deseos de serviros.

—No más, señor —dijo Sancho—. Yo soy un pobre escudero y no puedo llevar a cuestas tantas cortesías. Que suba mi amo, que me tapen estos ojos y que me encomienden a Dios. Y díganme una cosa: cuando vayamos por esas alturas, ¿podré encomendarme a Nuestro Señor? ¿O podré llamar a los ángeles para que me ayuden?

A esto respondió la Trifaldi:

—Sancho, podéis encomendaros a Dios o a quien queráis, porque Malambruno es encantador, pero es cristiano. Hace sus encantamientos con mucha inteligencia y con mucho cuidado, sin meterse con nadie.

—¡Ea, pues —dijo Sancho—, que me ayuden Dios y la Santísima Trinidad de Gaeta!

—Desde la memorable aventura de los batanes —dijo don Quijote—, nunca he visto a Sancho con tanto miedo como ahora. Si yo creyera en agüeros como otros, su cobardía me haría algunas cosquillas en el ánimo. Pero acercaos, Sancho. Con permiso de estos señores, quiero hablaros aparte dos palabras.

Y llevó a Sancho entre unos árboles del jardín. Le tomó las dos manos y le dijo:

—Ya ves, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera. Dios sabe cuándo volveremos de él. Y no sabemos qué comodidad ni qué tiempo libre nos dejarán los asuntos. Por eso querría que ahora fueras a tu habitación, como si fueras a buscar algo necesario para el camino. Y allí, en un momento, podrías darte por lo menos quinientos de los tres mil trescientos azotes que debes. Una vez dados, ya los tendrás dados. Porque empezar las cosas es tenerlas medio acabadas.

—¡Por Dios —dijo Sancho—, vuestra merced debe de haber perdido el juicio! Esto es como eso que dicen: «¡En prisa me ves y doncellez me demandas!». Ahora que tengo que ir sentado en una tabla dura, ¿quiere vuestra merced que me haga daño en las posaderas? De verdad, de verdad, vuestra merced no tiene razón. Vamos ahora a afeitar a estas dueñas. A la vuelta, le prometo a vuestra merced, como quien soy, una cosa. Me daré tanta prisa en cumplir mi obligación que vuestra merced quedará contento. Y no le digo más.

Y don Quijote respondió:

—Pues con esa promesa, buen Sancho, me quedo consolado. Y creo que la cumplirás, porque, en efecto, aunque eres tonto, eres hombre verídico.

—No soy verde, sino moreno —dijo Sancho—. Pero aunque fuera de mezcla, cumpliría mi palabra.

Con esto volvieron para subir en Clavileño. Al subir, dijo don Quijote:

—Tapaos, Sancho, y subid, Sancho. Quien envía por nosotros desde tierras tan lejanas no lo hará para engañarnos. Porque poca gloria puede ganar engañando a quien confía en él. Y aunque todo saliera al revés de lo que imagino, ninguna maldad podrá oscurecer la gloria de haber empezado esta hazaña.

—Vamos, señor —dijo Sancho—. Tengo clavadas en el corazón las barbas y las lágrimas de estas señoras. No comeré un bocado a gusto hasta verlas lisas como antes. Suba vuestra merced y tápese primero. Si yo tengo que ir en las ancas, está claro que primero sube el de la silla.

—Así es la verdad —contestó don Quijote.

Sacó un pañuelo del bolsillo y pidió a la Dolorida que le tapara muy bien los ojos. Ella se los tapó, pero él se los volvió a destapar y dijo:

—Si no recuerdo mal, yo he leído en Virgilio la historia del Paladión de Troya. Era un caballo de madera que los griegos regalaron a la diosa Palas. Iba lleno por dentro de caballeros armados, que después fueron la ruina total de Troya. Así que será bueno ver primero lo que lleva Clavileño en el estómago.

—No hace falta —dijo la Dolorida—. Yo respondo por él, y sé que Malambruno no tiene nada de malicioso ni de traidor. Suba vuestra merced, señor don Quijote, sin ningún miedo. Si le pasa algo malo, que caiga sobre mí.

A don Quijote le pareció que, si seguía hablando de su seguridad, pondría en duda su valentía. Así que, sin discutir más, subió sobre Clavileño y tocó la clavija, que giraba con facilidad. No tenía estribos y le colgaban las piernas. Por eso parecía una figura de un tapiz flamenco, pintada o tejida en algún triunfo romano. De mala gana y poco a poco, Sancho también subió. Se acomodó lo mejor que pudo en las ancas, pero las encontró algo duras y nada blandas. Entonces pidió al duque un cojín o una almohada, si era posible. Le daba igual que fuera del estrado de la duquesa o de la cama de algún paje. Porque las ancas de aquel caballo parecían más de mármol que de madera.

La Trifaldi le dijo que Clavileño no aceptaba sobre él ningún arreo ni ningún tipo de adorno. Lo que podía hacer Sancho era sentarse a mujeriegas, y así no sentiría tanto la dureza. Sancho lo hizo así. Dijo «adiós» y se dejó vendar los ojos. Pero, ya vendado, se volvió a destapar. Miró a todos los del jardín con ternura y con lágrimas. Les pidió que le ayudaran en aquel momento difícil con un padrenuestro y un avemaría cada uno. Era para que Dios les diera alguien que rezara por ellos cuando se vieran en un momento parecido. A esto dijo don Quijote:

—Ladrón, ¿estás puesto en la horca, por casualidad, o al final de tu vida, para rezar de esa manera? ¿No estás tú, criatura cobarde y sin alma, en el mismo sitio que ocupó la linda Magalona? De ese sitio no bajó a la tumba, sino a ser reina de Francia, si no mienten las historias. ¿Y yo, que voy a tu lado, no puedo compararme con el valeroso Pierres? Él se sentó en este mismo lugar donde yo me siento ahora. Tápate, tápate, animal sin corazón. Y no dejes que el miedo te salga por la boca, por lo menos delante de mí.

—Tápenme —respondió Sancho—. Como no quieren que me encomiende a Dios ni que me encomienden, ¿qué tiene de raro que tenga miedo? Puede andar por aquí alguna región de diablos que nos tire en Peralvillo.

Se taparon los dos. Don Quijote sintió que estaba bien colocado y tocó la clavija. Apenas puso los dedos en ella, todas las dueñas y todos los presentes levantaron la voz y dijeron:

—¡Dios te guíe, valeroso caballero!

—¡Dios sea contigo, escudero intrépido!

—¡Ya, ya vais por esos aires, cortándolos más rápido que una flecha!

—¡Ya empezáis a asombrar a todos los que os miran desde la tierra!

—¡Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! ¡Cuidado, no te caigas! Tu caída sería peor que la de aquel joven atrevido que quiso conducir el carro del Sol, su padre.

Sancho oyó las voces. Se apretó contra su amo, lo rodeó con los brazos y le dijo:

—Señor, ¿cómo dicen estos que vamos tan altos, si sus voces llegan hasta aquí? Parece que están hablando aquí mismo, a nuestro lado.

—No te fijes en eso, Sancho —respondió don Quijote—. Estas cosas y estos vuelos van fuera de lo normal. Por eso, desde mil leguas verás y oirás lo que quieras. Y no me aprietes tanto, que me tiras. De verdad, no sé por qué te asustas ni te espantas. Me atrevo a jurar que nunca en mi vida he montado en un animal de paso más suave. Parece que no nos movemos del sitio. Olvida el miedo, amigo, que la cosa va como tiene que ir. Llevamos el viento a favor.

—Así es la verdad —respondió Sancho—. Por este lado me da un viento tan fuerte que parece que me soplan con mil fuelles.

Y así era, porque unos grandes fuelles le estaban echando aire. El duque, la duquesa y su mayordomo habían preparado tan bien aquella aventura que no le faltaba nada para ser perfecta.

Don Quijote también sintió el aire y dijo:

—Sin ninguna duda, Sancho, ya debemos de estar llegando a la segunda región del aire. Allí se forman el granizo y la nieve. Los truenos, los relámpagos y los rayos se forman en la tercera región. Si seguimos subiendo así, pronto llegaremos a la región del fuego. Y no sé cómo mover esta clavija para no subir hasta donde nos quememos.

En esto, desde lejos, les calentaban la cara con unas estopas colgadas de una caña. Las estopas se encendían y se apagaban con facilidad. Sancho sintió el calor y dijo:

—Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o muy cerca. Porque se me ha quemado una gran parte de la barba. Señor, estoy por destaparme y ver dónde estamos.

—No hagas eso —respondió don Quijote—. Acuérdate del cuento verdadero del licenciado Torralba. Los diablos lo llevaron en volandas por el aire, montado en una caña y con los ojos cerrados. En doce horas llegó a Roma y se bajó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad. Allí vio todo el desastre, el asalto y la muerte de Borbón. Y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde contó todo lo que había visto. Él también dijo que, mientras iba por el aire, el diablo le mandó abrir los ojos. Él los abrió y se vio muy cerca de la luna. Le pareció que podía cogerla con la mano. Y no se atrevió a mirar a la tierra para no marearse. Así que, Sancho, no hace falta destaparnos. El que nos lleva a su cargo responderá por nosotros. Quizás vamos dando vueltas y subiendo muy alto para caer de golpe sobre el reino de Candaya. Así hace el sacre o el neblí con la garza para cogerla, por muy alto que ella suba. Y nos parece que no hace ni media hora que salimos del jardín. Pero créeme que debemos de haber hecho mucho camino.

—No sé lo que es —respondió Sancho Panza—. Solo sé decir una cosa. Si la señora Magallanes o Magalona estaba contenta con estas ancas, no debía de tener la carne muy tierna.

El duque, la duquesa y los del jardín oían todas estas conversaciones de los dos valientes, y se divertían muchísimo. Entonces quisieron terminar aquella extraña y bien preparada aventura. Prendieron fuego a la cola de Clavileño con unas estopas. Como el caballo estaba lleno de cohetes ruidosos, en ese momento saltó por los aires con un ruido extraño. Don Quijote y Sancho Panza cayeron al suelo, medio quemados.

Para entonces ya habían desaparecido del jardín todo el escuadrón barbudo de las dueñas, la Trifaldi y todo lo demás. Los del jardín se quedaron tendidos en el suelo, como desmayados. Don Quijote y Sancho se levantaron maltrechos y miraron a todas partes. Se quedaron asombrados al verse en el mismo jardín de donde habían salido. Y también al ver tanta gente tendida en el suelo. Su asombro creció aún más cuando vieron, a un lado del jardín, una gran lanza clavada en el suelo. De ella colgaba, con dos cordones de seda verde, un pergamino liso y blanco. En él estaba escrito lo siguiente con grandes letras de oro:

«El ilustre caballero don Quijote de la Mancha terminó y acabó la aventura de la condesa Trifaldi, también llamada la Dueña Dolorida, y compañía, solo con intentarla.

»Malambruno queda contento y satisfecho del todo. Las barbas de las dueñas ya están lisas y limpias. Y los reyes don Clavijo y Antonomasia han vuelto a su forma de antes. Cuando se cumpla el escuderil vápulo, la blanca paloma quedará libre de los halcones dañinos que la persiguen. Y estará en brazos de su querido arrullador. Así lo ha ordenado el sabio Merlín, protoencantador de los encantadores».

Don Quijote leyó las letras del pergamino. Entendió claramente que hablaban del desencanto de Dulcinea. Dio muchas gracias al cielo por haber terminado una hazaña tan grande con tan poco peligro. Además, había devuelto su piel de antes a las caras de las venerables dueñas, que ya no se veían por allí. Luego se fue adonde estaban el duque y la duquesa, que todavía no habían vuelto en sí. Tomó de la mano al duque y le dijo:

—¡Ea, buen señor, buen ánimo! ¡Buen ánimo, que todo es nada! La aventura ya está terminada sin daño de barras. Lo muestra claramente el escrito que está puesto en aquel poste.

El duque fue volviendo en sí poco a poco, como quien despierta de un sueño pesado. Lo mismo hicieron la duquesa y todos los que estaban caídos por el jardín. Mostraban tanta maravilla y tanto espanto que casi parecía que les había pasado de verdad. Y en realidad solo lo sabían fingir muy bien, en broma. El duque leyó el cartel con los ojos medio cerrados. Luego fue con los brazos abiertos a abrazar a don Quijote. Le dijo que era el mejor caballero que se había visto en ningún siglo.

Sancho buscaba a la Dolorida con la mirada. Quería ver qué cara tenía sin las barbas, y si era tan hermosa como prometía su elegante figura. Pero le dijeron que todo el escuadrón de las dueñas, con la Trifaldi, había desaparecido. Había ocurrido en el momento en que Clavileño bajó ardiendo por los aires y cayó al suelo. Y le dijeron que ya iban afeitadas y sin cañones. La duquesa preguntó a Sancho cómo le había ido en aquel largo viaje. Sancho respondió:

—Yo, señora, sentí que íbamos volando por la región del fuego, según me dijo mi señor. Quise destaparme un poco los ojos. Pedí permiso a mi amo, pero no me lo dio. Pero yo tengo un poco de curioso, y deseo saber lo que me prohíben. Así que, con cuidado y sin que nadie lo viera, aparté un poquito el pañuelo junto a la nariz. Por allí miré hacia la tierra. Me pareció que toda ella no era más grande que un grano de mostaza. Y los hombres que andaban sobre ella eran poco más grandes que avellanas. Así se ve lo altos que debíamos de ir entonces.

A esto dijo la duquesa:

—Sancho amigo, mirad lo que decís. Por lo que parece, vos no visteis la tierra, sino a los hombres que andaban sobre ella. Y una cosa está clara. Si la tierra os pareció un grano de mostaza, y cada hombre una avellana, un solo hombre cubriría toda la tierra.

—Es verdad —respondió Sancho—, pero, con todo eso, la vi por un ladito, y la vi toda.

—Mirad, Sancho —dijo la duquesa—, que por un ladito no se ve todo lo que se mira.

—Yo no entiendo de esas miradas —contestó Sancho—. Solo sé que vuestra señoría debe entender una cosa. Como volábamos por encantamiento, por encantamiento yo podía ver toda la tierra. Y a todos los hombres, mirara por donde mirara. Y si no me cree esto, tampoco me creerá vuestra merced otra cosa. Me destapé junto a las cejas. Y me vi tan cerca del cielo que entre él y yo no había palmo y medio. Y puedo jurar, señora mía, que es muy grande. Y pasó que íbamos por donde están las siete cabrillas. Yo, de niño, fui cabrero en mi tierra. Por eso, por Dios y por mi alma, en cuanto las vi, ¡me dieron unas ganas de jugar un rato con ellas...! Si no lo hacía, creo que reventaba. Así que vengo, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, me bajé de Clavileño muy despacito y con cuidado. Y estuve jugando con las cabrillas casi tres cuartos de hora. Son como unos alhelíes, como unas flores. Y Clavileño no se movió del sitio ni pasó adelante.

—Y mientras el buen Sancho jugaba con las cabras —preguntó el duque—, ¿qué hacía el señor don Quijote?

A esto don Quijote respondió:

—Todas estas cosas y estos sucesos van fuera del orden natural. Por eso no es raro que Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que no me destapé ni por arriba ni por abajo. No vi el cielo ni la tierra, ni el mar ni las arenas. Es verdad que sentí que pasaba por la región del aire, y hasta que tocaba la del fuego. Pero no puedo creer que pasáramos de allí. La región del fuego está entre el cielo de la luna y la última región del aire. Así que no podíamos llegar sin quemarnos al cielo donde están las siete cabrillas que dice Sancho. Y como no nos quemamos, o Sancho miente o Sancho sueña.

—Ni miento ni sueño —respondió Sancho—. Si no, pregúntenme cómo eran esas cabras, y así verán si digo la verdad o no.

—Dígalo, pues, Sancho —dijo la duquesa.

—Son —respondió Sancho— dos verdes, dos rojas, dos azules y una de mezcla.

—Esa es una nueva clase de cabras —dijo el duque—. Aquí abajo, en nuestra región del suelo, no se usan esos colores. Quiero decir, cabras de esos colores.

—Eso está muy claro —dijo Sancho—. Tiene que haber diferencia entre las cabras del cielo y las del suelo.

—Decidme, Sancho —preguntó el duque—: ¿visteis allí, entre esas cabras, algún cabrón?

—No, señor —respondió Sancho—. Pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos de la luna.

No quisieron preguntarle más sobre su viaje. Era porque les pareció que Sancho estaba dispuesto a pasearse por todos los cielos. Y a dar noticias de todo lo que pasaba allí, sin haberse movido del jardín.

En resumen, este fue el fin de la aventura de la Dueña Dolorida. Hizo reír a los duques no solo entonces, sino durante toda su vida. Y Sancho habría tenido algo que contar durante siglos, si los hubiera vivido. Entonces don Quijote se acercó a Sancho y le dijo al oído:

—Sancho, ya que vos queréis que os crean lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más.

### Glosario

- **salvajes**: aquí, hombres disfrazados de personas que viven en el bosque, sin civilizar.
- **en la tardanza va el peligro**: refrán: si esperas demasiado, las cosas pueden salir mal.
- **cuando te dieren la vaquilla, acudas con la soguilla**: refrán: cuando te ofrecen algo bueno, tómalo enseguida.
- **bien se está San Pedro en Roma**: refrán: cada uno está bien donde está y no quiere cambiar.
- **¡En prisa me ves y doncellez me demandas!**: refrán: me pides algo difícil en el peor momento.
- **verídico / verde**: «verídico» es el que dice la verdad; Sancho lo confunde con «verde», el color.
- **a mujeriegas**: sentado sobre un caballo con las dos piernas del mismo lado, como montaban las mujeres.
- **Peralvillo**: lugar cerca de Ciudad Real donde mataban a los criminales.
- **estopa**: restos de lino o cáñamo que arden con mucha facilidad.
- **sacre / neblí**: tipos de halcón que se usaban para cazar otras aves.
- **escuderil vápulo**: forma graciosa y solemne de decir «los azotes del escudero».
- **las siete cabrillas**: grupo de siete estrellas en el cielo; Sancho habla de ellas como si fueran cabras de verdad.

## Capítulo XLII. De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas

Los duques quedaron muy contentos con el final feliz y gracioso de la aventura de la Dolorida. Por eso decidieron seguir adelante con las burlas. Veían que tenían a la persona perfecta para creerlas de verdad. Así que prepararon el plan y dieron órdenes a sus criados y a sus vasallos. Todos debían saber cómo tratar a Sancho en el gobierno de la ínsula prometida. Al día siguiente, que fue el día después del vuelo de Clavileño, el duque habló con Sancho. Le dijo que se preparara y se arreglara para ir a ser gobernador. Sus insulanos ya lo estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se inclinó ante él y le dijo:

—Desde que bajé del cielo, se me han quitado en parte las grandes ganas que tenía de ser gobernador. Y también desde que, allí arriba, desde lo más alto, miré la tierra y la vi tan pequeña. Porque ¿qué grandeza hay en mandar en un grano de mostaza? ¿Qué dignidad o qué poder hay en gobernar a media docena de hombres del tamaño de avellanas? Me parece que no había más en toda la tierra. Si vuestra señoría quisiera darme un poquito del cielo, aunque no fuera más de media legua, lo tomaría con más gusto que la ínsula más grande del mundo.

—Mirad, amigo Sancho —respondió el duque—. Yo no puedo dar a nadie una parte del cielo, aunque no sea más grande que una uña. Esos favores y esas gracias son solo de Dios. Os doy lo que puedo dar: una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada, y muy fértil y rica. Allí, si sabéis hacer las cosas bien, podéis ganar las riquezas del cielo con las riquezas de la tierra.

—Pues bien —respondió Sancho—, venga esa ínsula. Yo lucharé por ser un gobernador tan bueno que, a pesar de los bellacos, me vaya al cielo. Y no lo hago por ganas de salir de mi sitio ni de subir más alto. Lo hago por el deseo que tengo de probar a qué sabe ser gobernador.

—Si lo probáis una vez, Sancho —dijo el duque—, os chuparéis los dedos con el gobierno. Porque mandar y ser obedecido es una cosa dulcísima. Vuestro señor llegará a ser emperador, y lo será sin duda, por cómo van sus cosas. Y estoy seguro de que entonces no será fácil quitarle el imperio. Le dolerá y le pesará en el fondo del alma todo el tiempo que no lo haya sido.

—Señor —contestó Sancho—, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un rebaño de ganado.

—Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo —respondió el duque—. Espero que seréis tan buen gobernador como promete vuestro juicio. Pero dejemos esto aquí. Sabed que mañana mismo tenéis que ir al gobierno de la ínsula. Esta tarde os darán el traje adecuado que debéis llevar y todas las cosas necesarias para vuestro viaje.

—Que me vistan como quieran —dijo Sancho—. Vaya vestido como vaya, seré Sancho Panza.

—Es verdad —dijo el duque—, pero los trajes tienen que estar de acuerdo con el oficio o la dignidad de cada uno. No estaría bien que un jurista se vistiera como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, iréis vestido en parte de letrado y en parte de capitán. Porque en la ínsula que os doy hacen falta tanto las armas como las letras, y las letras como las armas.

—Letras tengo pocas —respondió Sancho—, porque todavía no sé el A, B, C. Pero me basta con tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las armas, usaré las que me den, hasta caer, y que Dios vaya delante.

—Con tan buena memoria —dijo el duque—, Sancho no podrá equivocarse en nada.

En esto llegó don Quijote. Supo lo que pasaba y la prisa con que Sancho tenía que irse a su gobierno. Con permiso del duque, lo tomó de la mano y se lo llevó a su habitación. Quería aconsejarle cómo debía portarse en su oficio.

Cuando entraron en el cuarto, cerró la puerta detrás de él. Casi a la fuerza, hizo que Sancho se sentara a su lado. Y con voz tranquila le dijo:

—Doy infinitas gracias al cielo, Sancho amigo, por una cosa. Yo todavía no he encontrado ninguna buena suerte, y la buena suerte ya ha salido a recibirte y a encontrarte a ti. Yo pensaba pagarte tus servicios con mi buena suerte. Pero yo apenas estoy empezando a mejorar. Y tú, antes de tiempo y contra toda lógica, ves cumplidos tus deseos. Otros sobornan, molestan, piden, madrugan, ruegan e insisten, y no consiguen lo que quieren. Y llega otro, y sin saber cómo ni cómo no, se encuentra con el cargo que muchos otros querían. Aquí viene bien decir que hay buena y mala suerte cuando se busca un cargo. Tú, para mí, eres sin duda un porro. Y sin madrugar ni trasnochar, sin hacer ningún esfuerzo, ya eres gobernador de una ínsula. Te ha bastado el aire que te ha tocado de la caballería andante. Y así, sin más, te ves gobernador, como si nada. Te digo todo esto, ¡oh Sancho!, para que no pienses que este favor viene de tus méritos. Debes dar gracias al cielo, que ordena las cosas con suavidad. Y después debes darlas a la grandeza que hay en la profesión de la caballería andante. Ahora que tu corazón está dispuesto a creer lo que te he dicho, escucha con atención, ¡oh hijo!, a este tu Catón. Él quiere aconsejarte y ser tu norte y tu guía. Quiere llevarte a un puerto seguro, lejos de este mar de tormentas donde vas a meterte. Porque los oficios y los grandes cargos no son más que un golfo profundo de confusiones.

»Primero, ¡oh hijo!, debes temer a Dios. Porque en temerle está la sabiduría, y si eres sabio, no podrás equivocarte en nada.

»Segundo, debes mirar quién eres y tratar de conocerte a ti mismo. Es el conocimiento más difícil que se puede imaginar. Si te conoces, no te hincharás como la rana que quiso ser igual que el buey. Si haces esto, recordarás que guardaste cerdos en tu tierra. Y ese recuerdo será los feos pies de la rueda de tu locura.

—Así es la verdad —respondió Sancho—, pero eso fue de muchacho. Después, ya un poco más hombre, guardé gansos, y no cerdos. Pero me parece que esto no importa, porque no todos los que gobiernan vienen de familia de reyes.

—Es verdad —contestó don Quijote—. Por eso, los que no tienen un origen noble deben unir a la seriedad de su cargo una suave amabilidad. Esa amabilidad, guiada por la prudencia, los librará de las críticas maliciosas. Nadie, en ninguna posición, se escapa de ellas. Presume, Sancho, de la humildad de tu familia. No te dé vergüenza decir que vienes de labradores. Porque si ven que tú no te avergüenzas, nadie intentará avergonzarte. Y siéntete más orgulloso de ser humilde y virtuoso que pecador y soberbio. Son innumerables los que nacieron en familias humildes y subieron a la dignidad más alta de papa o de emperador. De esta verdad te podría dar tantos ejemplos que te cansarían.

»Mira, Sancho: puedes tomar la virtud como camino y estar orgulloso de hacer obras virtuosas. Si lo haces, no tienes por qué envidiar a los que vienen de príncipes y señores. Porque la sangre se hereda y la virtud se aquista. Y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.

»Y como esto es así, si viene a verte algún pariente cuando estés en tu ínsula, no lo rechaces ni lo ofendas. Al contrario, debes recibirlo, tratarlo bien y hacerle regalos. Con esto agradarás al cielo, que no quiere que nadie desprecie lo que él hizo. Y cumplirás con lo que debes a la naturaleza bien ordenada.

»Puede que lleves a tu mujer contigo, porque no está bien que un gobernador pase mucho tiempo sin la suya. Si la llevas, enséñala, edúcala y quítale su rudeza natural. Porque una mujer rústica y tonta suele perder y tirar todo lo que gana un gobernador inteligente.

»Puede pasar también que te quedes viudo. Si es así, y con el cargo consigues una esposa mejor, elígela bien. No elijas una que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del «no quiero» de tu capilla. Porque te digo de verdad que el marido juez tendrá que dar cuenta de todo lo que reciba su mujer. Lo hará en la residencia universal. Allí pagará cuatro veces, en la muerte, todas las cuentas que no haya arreglado en la vida.

»Nunca te guíes por la ley del encaje. Esa ley suele gustar mucho a los ignorantes que se creen listos.

»Que las lágrimas del pobre encuentren en ti más compasión, pero no más justicia, que las razones del rico.

»Intenta descubrir la verdad entre las promesas y los regalos del rico. Y también entre los sollozos y las súplicas del pobre.

»Cuando puedas y debas usar la equidad, no le cargues al culpable todo el peso de la ley. Porque la fama del juez duro no es mejor que la del juez compasivo.

»Si alguna vez doblas la vara de la justicia, que no sea por el peso de un regalo, sino por el de la misericordia.

»Si te toca juzgar un pleito de algún enemigo tuyo, olvida la ofensa que te hizo y piensa en la verdad del caso.

»No dejes que tu propia pasión te ciegue en el asunto de otro. Porque los errores que cometas así casi nunca tendrán remedio. Y si lo tienen, será a costa de tu buen nombre, y hasta de tu dinero.

»Si viene una mujer hermosa a pedirte justicia, aparta los ojos de sus lágrimas y los oídos de sus gemidos. Piensa despacio en lo que pide de verdad. Si no lo haces, tu razón se ahogará en su llanto y tu bondad en sus suspiros.

»Si tienes que castigar a alguien con hechos, no lo trates mal con palabras. Porque al desdichado le basta con la pena del castigo, sin añadirle malas palabras.

»Al culpable que caiga bajo tu poder, míralo como un pobre hombre. Está sujeto a nuestra naturaleza humana, que es débil y mala. En todo lo que dependa de ti, muéstrate con él piadoso y compasivo, pero sin perjudicar a la otra parte. Porque a nuestros ojos brilla y destaca más la misericordia de Dios que su justicia. Y eso, aunque todas sus cualidades son iguales.

»Si sigues estos consejos y estas reglas, Sancho, tendrás una vida larga y una fama eterna. Tus premios serán muchos y tu felicidad no se podrá describir. Casarás a tus hijos como quieras. Ellos y tus nietos tendrán títulos de nobleza. Vivirás en paz y con el aprecio de la gente. Y al final de tu vida te llegará la muerte, en una vejez suave y madura. Te cerrarán los ojos las tiernas y delicadas manos de tus bisnietos.

»Todo lo que te he dicho hasta aquí son consejos para adornar tu alma. Escucha ahora los que te servirán para adornar el cuerpo.

### Glosario

- **como el agua de mayo**: con muchas ganas, como se espera la lluvia de mayo en el campo.
- **hecha y derecha**: completa, sin faltarle nada.
- **Con vos me entierren**: frase para decir que alguien piensa igual que uno y que es muy listo.
- **el Christus**: la cruz que se ponía al principio de los libros para aprender a leer, antes del A, B, C.
- **Catón**: sabio romano famoso por sus consejos; aquí, el que da consejos.
- **porro**: persona tonta, de pocas luces.
- **los feos pies de la rueda de tu locura**: imagen del pavo real: abre la cola en rueda, pero la baja cuando ve sus pies feos; así, el recuerdo de tu origen humilde bajará tu orgullo.
- **se aquista**: se consigue, se gana.
- **el «no quiero» de tu capilla**: se dice del que dice «no quiero» a un regalo, pero deja que se lo metan en la capucha; es decir, acepta sobornos.
- **residencia**: revisión de lo que hizo un gobernador al dejar su cargo; aquí, el juicio final de Dios.
- **la ley del encaje**: decisión de un juez que sigue solo su propia idea, y no la ley.
- **la vara de la justicia**: bastón que llevaban los jueces como señal de su autoridad.

## Capítulo XLIII. De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza

¿Quién podía oír el discurso anterior de don Quijote y no pensar que era una persona muy cuerda y con muy buenas intenciones? Pero ya se ha dicho muchas veces en esta gran historia: solo perdía la razón cuando le tocaban el tema de la caballería. En las demás conversaciones mostraba un entendimiento claro y despierto. Por eso, a cada paso, sus obras quitaban valor a su juicio, y su juicio a sus obras. Pero en estos segundos consejos que dio a Sancho mostró mucha gracia. Y llevó muy alto tanto su inteligencia como su locura.

Sancho lo escuchaba con muchísima atención. Intentaba guardar sus consejos en la memoria, porque pensaba seguirlos. Así quería salir con buen parto del embarazo de su gobierno. Don Quijote, pues, siguió y dijo:

—En cuanto a cómo debes gobernar tu persona y tu casa, Sancho, lo primero que te pido es que seas limpio. Córtate las uñas y no las dejes crecer, como hacen algunos. Su ignorancia les ha hecho creer que las uñas largas les ponen bonitas las manos. ¡Como si eso que no se cortan fuera uña! Son más bien garras de cernícalo lagartijero: una costumbre sucia y muy rara. No andes, Sancho, sin cinturón y con la ropa suelta. Porque la ropa desordenada muestra un ánimo débil y flojo. Menos cuando ese desorden es a propósito, para engañar, como se pensó en el caso de Julio César. Calcula con prudencia lo que puede darte tu oficio. Si te permite dar uniforme a tus criados, dáselo decente y útil, más que vistoso y elegante. Y dáselo en parte a tus criados y en parte a los pobres. Quiero decir que, si tienes que vestir a seis pajes, viste a tres y a otros tres pobres. Así tendrás pajes para el cielo y para el suelo. Los vanidosos no conocen esta nueva manera de dar uniforme. No comas ajos ni cebollas, para que su olor no descubra que eres un villano. Anda despacio. Habla con calma, pero no de forma que parezca que te escuchas a ti mismo, porque toda afectación es mala. Come poco y cena todavía menos. Porque la salud de todo el cuerpo se fabrica en el taller del estómago. Bebe con moderación. Piensa que el vino en exceso ni guarda secretos ni cumple su palabra. Ten cuidado, Sancho, de no masticar con la boca llena por los dos lados, ni de erutar delante de nadie.

—Eso de erutar no lo entiendo —dijo Sancho.

Y don Quijote le dijo:

—Erutar, Sancho, quiere decir regoldar. Esta es una de las palabras más feas que tiene la lengua castellana, aunque dice muy bien lo que quiere decir. Por eso la gente culta ha buscado ayuda en el latín. Y en vez de regoldar dice erutar, y en vez de regüeldos dice erutaciones. Y si algunos no entienden estas palabras, importa poco. Porque el uso las irá metiendo en la lengua con el tiempo, y todos las entenderán con facilidad. Esto es enriquecer la lengua, que está en manos de la gente y del uso.

—De verdad, señor —dijo Sancho—, uno de los consejos que pienso guardar en la memoria es el de no regoldar. Porque lo hago muy a menudo.

—Erutar, Sancho, y no regoldar —dijo don Quijote.

—Erutar diré de aquí en adelante —respondió Sancho—, y le juro que no se me olvidará.

—También, Sancho, no debes mezclar en tus conversaciones tantos refranes como sueles. Los refranes son frases cortas y sabias. Pero muchas veces los traes tan por los pelos que parecen más tonterías que frases sabias.

—Eso solo Dios lo puede remediar —respondió Sancho—. Porque sé más refranes que un libro. Y cuando hablo, me vienen tantos juntos a la boca que se pelean por salir. Y la lengua va soltando los primeros que encuentra, aunque no vengan a cuento. Pero de aquí en adelante tendré cuidado de decir los que convengan a la seriedad de mi cargo. Que en casa llena, presto se guisa la cena. Y quien destaja no baraja. Y a buen salvo está el que repica. Y el dar y el tener, seso ha menester.

—¡Eso es, Sancho! —dijo don Quijote—. ¡Mete, ensarta, junta refranes, que nadie te lo impide! ¡Castígame mi madre, y yo trómpogelas! Te estoy diciendo que dejes los refranes. Y en un momento has soltado aquí una letanía de ellos. Y tienen que ver con lo que estamos hablando lo mismo que los cerros de Úbeda. Mira, Sancho, no te digo que esté mal un refrán dicho a propósito. Pero cargar y ensartar refranes sin orden ni medida hace la conversación pobre y vulgar.

»Cuando subas a caballo, no eches el cuerpo hacia atrás, sobre la parte de atrás de la silla. No lleves las piernas tiesas, estiradas y separadas de la barriga del caballo. Pero tampoco vayas tan flojo que parezca que vas sobre el rucio. Porque montar a caballo a unos los hace caballeros, y a otros, caballerizos.

»Duerme con moderación, porque el que no madruga con el sol no disfruta del día. Y date cuenta, ¡oh Sancho!, de que la diligencia es madre de la buena suerte. Y la pereza, que es su contraria, nunca llegó a la meta que pide un buen deseo.

»Ahora quiero darte un último consejo. No sirve para adornar el cuerpo, pero quiero que lo guardes muy bien en la memoria. Porque creo que no te será menos útil que los que te he dado hasta aquí. Es este: nunca te pongas a discutir sobre familias y linajes, por lo menos comparándolos entre sí. Porque, al compararlos, uno tiene que ser por fuerza el mejor. El linaje que bajes te odiará, y el que subas no te lo agradecerá de ninguna manera.

»Tu ropa será así: calzas enteras, una ropilla larga y un herreruelo un poco más largo. Greguescos, ni pensarlo, porque no les quedan bien ni a los caballeros ni a los gobernadores.

»Por ahora, Sancho, esto es lo que se me ha ocurrido para aconsejarte. Pasará el tiempo, y te daré más consejos según las ocasiones. Eso sí, siempre que tú tengas cuidado de contarme cómo te va.

—Señor —respondió Sancho—, bien veo que todo lo que vuestra merced me ha dicho son cosas buenas, santas y útiles. Pero ¿de qué me van a servir, si no me acuerdo de ninguna? Es verdad que lo de no dejarme crecer las uñas no se me irá de la cabeza. Tampoco lo de casarme otra vez, si llega la ocasión. Pero de esas otras tonterías, líos y mezclas, no me acuerdo ni me acordaré más que de las nubes del año pasado. Así que hará falta que me los den por escrito. Yo no sé leer ni escribir, pero se los daré a mi confesor. Él me los meterá en la cabeza y me los recordará cuando haga falta.

—¡Ay, pecador de mí! —respondió don Quijote—. ¡Qué mal está en los gobernadores no saber leer ni escribir! Porque has de saber, ¡oh Sancho!, que si un hombre no sabe leer, o es zurdo, eso muestra una de dos cosas. O que fue hijo de padres demasiado humildes y bajos. O que él fue tan travieso y malo que no pudo aprender buenas costumbres ni buena educación. Es una gran falta la que llevas contigo. Por eso querría que aprendieras por lo menos a firmar.

—Ya sé firmar mi nombre —respondió Sancho—. Cuando fui prioste en mi pueblo, aprendí a hacer unas letras como las marcas de los fardos. Decían que ahí ponía mi nombre. Además, fingiré que tengo la mano derecha tullida, y haré que otro firme por mí. Que para todo hay remedio, si no es para la muerte. Y si yo tengo el mando y el palo, haré lo que quiera. Además, el que tiene el padre alcalde... Y yo, que seré gobernador, que es más que alcalde, ¡acérquense, que la dejan ver! ¡Que me desprecien y me calumnien! Vendrán por lana y volverán trasquilados. Y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe. Y las tonterías del rico pasan en el mundo por frases sabias. Y yo seré rico, porque seré gobernador. Y siendo rico, gobernador y además generoso, como pienso ser, nadie verá ninguna falta en mí. ¡No, sino haceos miel, y os comerán las moscas! Tanto vales cuanto tienes, decía una abuela mía. Y del hombre arraigado no te verás vengado.

—¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! —dijo entonces don Quijote—. ¡Sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Hace una hora que los estás ensartando, y con cada uno me das tragos de tormento. Te aseguro que estos refranes te llevarán un día a la horca. Por ellos te quitarán el gobierno tus vasallos, o habrá rebeliones entre ellos. Dime, ignorante, ¿dónde los encuentras? ¿Y cómo los aplicas, tonto? Yo, para decir uno y aplicarlo bien, sudo y trabajo como si estuviera cavando.

—Por Dios, señor nuestro amo —contestó Sancho—, vuestra merced se queja de muy poca cosa. ¿Por qué diablos se enfada porque yo use lo que es mío? No tengo otra riqueza ni otro capital que refranes y más refranes. Y ahora se me ocurren cuatro que venían aquí que ni pintados, como peras en tabaque. Pero no los diré, porque al buen callar llaman Sancho.

—Ese Sancho no eres tú —dijo don Quijote—. Porque tú no solo no eres buen callar, sino mal hablar y mal insistir. Y, con todo eso, querría saber qué cuatro refranes se te ocurrían ahora que venían a propósito. Yo estoy buscando en mi memoria, que es buena, y no se me ocurre ninguno.

—¿Qué refranes mejores —dijo Sancho— que «entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares»? ¿Y que «a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay responder»? ¿Y que «si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro»? Todos vienen a cuento. Que nadie se pelee con su gobernador ni con el que le manda, porque saldrá herido. Le pasará como al que pone el dedo entre dos muelas cordales. Y aunque no sean cordales, si son muelas, da igual. Y a lo que diga el gobernador no hay que contestar, como al «salíos de mi casa y qué queréis con mi mujer». Y lo de la piedra en el cántaro, hasta un ciego lo verá. Así que el que ve la mota en el ojo ajeno tiene que ver la viga en el suyo. Así no dirán de él: «espantóse la muerta de la degollada». Y vuestra merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.

—Eso no, Sancho —respondió don Quijote—. El necio no sabe nada, ni en su casa ni en la ajena. Porque sobre la tontería no se puede levantar ningún edificio inteligente. Y dejemos esto aquí, Sancho. Si gobiernas mal, tuya será la culpa, y mía la vergüenza. Pero me consuela haber hecho lo que debía. Te he aconsejado con toda la seriedad y la prudencia que he podido. Con esto cumplo mi obligación y mi promesa. Dios te guíe, Sancho, y te gobierne en tu gobierno. Y que a mí me quite un miedo que tengo: que vas a poner toda la ínsula patas arriba. Yo podría evitarlo si le dijera al duque quién eres. Le diría que toda esa gordura y esa personilla tuya no es más que un saco lleno de refranes y de malicias.

—Señor —contestó Sancho—, si a vuestra merced le parece que no valgo para este gobierno, desde ahora lo dejo. Porque quiero más a un solo negro de la uña de mi alma que a todo mi cuerpo. Y lo mismo viviré como Sancho a secas con pan y cebolla que como gobernador con perdices y capones. Además, mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los pequeños, los pobres y los ricos. Y si vuestra merced lo piensa, verá que solo vuestra merced me ha metido en esto de gobernar. Yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre. Y si cree que, por ser gobernador, me va a llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.

—Por Dios, Sancho —dijo don Quijote—, solo por estas últimas palabras que has dicho, creo que mereces ser gobernador de mil ínsulas. Tienes buen natural, y sin él no hay ciencia que sirva. Encomiéndate a Dios y procura no equivocarte en la primera intención. Quiero decir que siempre tengas la intención y el firme propósito de acertar en todos los asuntos que te lleguen. Porque el cielo siempre ayuda a los buenos deseos. Y vámonos a comer, que creo que estos señores ya nos esperan.

### Glosario

- **cernícalo lagartijero**: ave pequeña de caza, con uñas curvas, que come lagartijas.
- **erutar / regoldar**: echar por la boca el aire del estómago; hoy se dice «eructar».
- **presto**: palabra antigua: pronto, rápido.
- **quien destaja no baraja**: refrán: el que pone las condiciones antes evita las peleas después.
- **¡Castígame mi madre, y yo trómpogelas!**: refrán: me riñen, y yo sigo haciendo lo mismo.
- **por los cerros de Úbeda**: muy lejos del tema de la conversación.
- **caballerizo**: criado que cuida los caballos.
- **calzas / ropilla / herreruelo / greguescos**: ropa de la época: medias largas, chaqueta corta, capa corta y pantalones anchos.
- **prioste**: jefe de una cofradía, un grupo religioso del pueblo.
- **como peras en tabaque**: muy a propósito, como frutas bien colocadas en una cesta.
- **al buen callar llaman Sancho**: refrán: callar a tiempo es sabio («santo»).
- **espantóse la muerta de la degollada**: refrán: alguien critica en otro un defecto que él tiene más grande.
- **refrán / refranes**: frase corta y conocida de la gente que da un consejo o enseña algo.
- **regüeldos / erutaciones**: los aires del estómago que salen por la boca.
- **seso / menester**: «seso» es juicio, inteligencia; «ha menester» quiere decir «necesita». El refrán dice que para dar y para guardar hace falta juicio.
- **ensarta / ensartar**: poner muchas cosas una detrás de otra, como perlas en un hilo.
- **vanidosos**: personas que se creen mejores que los demás y quieren que las admiren.
- **muelas / cordales**: las muelas son los dientes grandes del fondo de la boca; las cordales son las últimas.
- **necio**: tonto, que sabe poco y no tiene juicio.

## Capítulo XLIV. Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la extraña aventura que en el castillo sucedió a don Quijote

Dicen que en el original de esta historia se lee lo siguiente. Cuando Cide Hamete llegó a escribir este capítulo, su intérprete no lo tradujo como él lo había escrito. Era una especie de queja que el moro tenía de sí mismo. Se quejaba de haber empezado una historia tan seca y tan limitada como esta de don Quijote. Le parecía que siempre tenía que hablar de él y de Sancho. Y no se atrevía a extenderse en otras digresiones y episodios más serios y más entretenidos. Decía que era un trabajo insoportable tener siempre el entendimiento, la mano y la pluma atados a un solo tema. Y también hablar por la boca de pocas personas. Además, el fruto de ese trabajo no era para su autor. Para huir de este problema, en la primera parte había usado el recurso de algunas novelas. Así fueron la del «Curioso impertinente» y la del «Capitán cautivo», que están como separadas de la historia. Las otras que se cuentan allí son casos que le pasaron al mismo don Quijote. Esas no se podían dejar de escribir.

También pensó, como él dice, otra cosa. Muchos lectores, atentos a las hazañas de don Quijote, no prestarían atención a las novelas. Pasarían por ellas con prisa o con enfado, sin ver la gracia y el arte que contienen. Ese arte se vería muy bien si las novelas salieran a la luz solas. Así no se apoyarían en las locuras de don Quijote ni en las tonterías de Sancho. Por eso, en esta segunda parte no quiso meter novelas sueltas ni pegadas a la historia. Solo quiso meter algunos episodios que lo parecieran, nacidos de los mismos sucesos que ofrece la verdad. E incluso estos, de forma limitada y solo con las palabras necesarias para contarlos. Él tiene habilidad, capacidad e inteligencia para hablar del universo entero. Pero se contiene y se encierra en los estrechos límites de la narración. Por eso pide que no se desprecie su trabajo. Y que lo alaben, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir.

Luego sigue la historia diciendo que don Quijote terminó de comer el día que dio los consejos a Sancho. Y aquella tarde se los dio por escrito, para que él buscara a alguien que se los leyera. Pero apenas se los dio, a Sancho se le cayeron y llegaron a manos del duque. El duque se los enseñó a la duquesa. Y los dos se admiraron otra vez de la locura y del ingenio de don Quijote. Así que siguieron adelante con sus burlas. Aquella misma tarde enviaron a Sancho, con mucha gente, al lugar que para él iba a ser la ínsula.

Pasó, pues, que el encargado de llevarlo era un mayordomo del duque, muy inteligente y muy gracioso. Porque no puede haber gracia donde no hay inteligencia. Este mayordomo había hecho el papel de la condesa Trifaldi, con la gracia que ya se ha contado. Con esto, y con las instrucciones de sus señores sobre cómo tratar a Sancho, consiguió su objetivo de maravilla. Digo, pues, que pasó lo siguiente. En cuanto Sancho vio a aquel mayordomo, le pareció que su cara era la misma que la de la Trifaldi. Y se volvió hacia su señor y le dijo:

—Señor, o el diablo me lleva de aquí, en justo y en creyente, o vuestra merced me tiene que confesar una cosa. La cara de este mayordomo del duque que está aquí es la misma de la Dolorida.

Don Quijote miró con atención al mayordomo. Después de mirarlo, le dijo a Sancho:

—No hace falta que te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente. No sé lo que quieres decir. La cara de la Dolorida es la del mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida. Si lo fuera, habría una contradicción muy grande. Y ahora no es momento de hacer estas averiguaciones, porque nos meteríamos en laberintos muy complicados. Créeme, amigo, hay que rogar de verdad a Nuestro Señor. Hay que pedirle que nos libre a los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.

—No es broma, señor —contestó Sancho—. Antes le oí hablar, y me pareció que me sonaba en los oídos la voz de la Trifaldi. Bueno, yo me callaré. Pero de aquí en adelante andaré con cuidado, a ver si descubro otra señal que confirme o deshaga mi sospecha.

—Así lo tienes que hacer, Sancho —dijo don Quijote—. Y me avisarás de todo lo que descubras en este asunto, y de todo lo que te pase en el gobierno.

Por fin, Sancho salió acompañado de mucha gente. Iba vestido como un letrado. Encima llevaba un gabán muy ancho de tela brillante de color leonado, con una montera de la misma tela. Iba sobre un macho, montado a la jineta. Detrás de él, por orden del duque, iba el rucio. Llevaba arreos y adornos de burro, de seda y muy nuevos. Sancho volvía la cabeza de vez en cuando para mirar a su asno. Iba tan contento con su compañía que no se habría cambiado por el emperador de Alemania.

Al despedirse de los duques, les besó las manos. Y recibió la bendición de su señor, que se la dio con lágrimas. Sancho la recibió haciendo pucheritos.

Deja, amable lector, que el buen Sancho se vaya en paz y en buena hora. Y espera dos fanegas de risa, porque te reirás mucho cuando sepas cómo se portó en su cargo. Mientras tanto, presta atención a lo que le pasó a su amo aquella noche. Si no te ríes con ello, por lo menos abrirás los labios con risa de mona. Porque los sucesos de don Quijote se tienen que celebrar o con admiración o con risa.

Se cuenta, pues, que apenas se fue Sancho, don Quijote sintió su soledad. Si hubiera podido quitarle el cargo y el gobierno, lo habría hecho. La duquesa notó su tristeza y le preguntó por qué estaba triste. Si era por la ausencia de Sancho, en su casa había escuderos, dueñas y doncellas. Ellos le servirían como él deseara.

—Es verdad, señora mía —respondió don Quijote—, que siento la ausencia de Sancho. Pero esa no es la causa principal de que parezca triste. De todos los ofrecimientos que vuestra excelencia me hace, solo acepto y elijo la buena voluntad con que me los hace. En lo demás, suplico a vuestra excelencia que me permita una cosa. Dentro de mi habitación, quiero ser yo solo el que me sirva.

—De verdad, señor don Quijote —dijo la duquesa—, eso no puede ser. Le servirán cuatro de mis doncellas, hermosas como flores.

—Para mí —respondió don Quijote— no serán como flores, sino como espinas que me pinchan el alma. Ellas, o cualquier cosa parecida, entrarán en mi habitación el día que yo sepa volar. Si vuestra grandeza quiere seguir haciéndome favores que no merezco, déjeme arreglármelas solo. Déjeme que yo me sirva de mis puertas adentro. Así pongo una muralla entre mis deseos y mi honestidad. No quiero perder esta costumbre por la generosidad que vuestra alteza quiere mostrarme. Y, en resumen, antes dormiré vestido que permitir que nadie me desnude.

—No más, no más, señor don Quijote —contestó la duquesa—. Le digo que daré orden para que no entre en su habitación ni una mosca, y menos una doncella. No seré yo la persona que rompa la decencia del señor don Quijote. Según he podido ver, entre sus muchas virtudes la que más destaca es la honestidad. Desnúdese y vístase vuestra merced solo y a su manera, como y cuando quiera. Nadie se lo impedirá. Dentro de su habitación encontrará los recipientes necesarios para quien duerme con la puerta cerrada. Así ninguna necesidad natural le obligará a abrirla. ¡Que viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso! ¡Y que su nombre se extienda por toda la redondez de la tierra! Porque mereció ser amada por un caballero tan valiente y tan honesto. Y que el cielo bondadoso ponga en el corazón de Sancho, nuestro gobernador, el deseo de acabar pronto sus azotes. Así el mundo volverá a disfrutar de la belleza de una señora tan grande.

A esto dijo don Quijote:

—Vuestra altitud ha hablado como quien es. En la boca de las buenas señoras no puede haber ninguna que sea mala. Y Dulcinea será más feliz y más conocida en el mundo porque la ha alabado vuestra grandeza. Más que por todas las alabanzas que puedan darle los hombres más elocuentes de la tierra.

—Pues bien, señor don Quijote —contestó la duquesa—, llega la hora de cenar, y el duque debe de estar esperando. Venga vuestra merced y cenemos. Y luego se acostará temprano. El viaje que hizo ayer a Candaya no fue tan corto que no le haya dejado algo molido.

—No siento ningún cansancio, señora —respondió don Quijote—. Y es porque nunca en mi vida he montado en un animal más tranquilo ni de mejor paso que Clavileño. Me atrevo a jurarlo a vuestra excelencia. Y no sé por qué Malambruno quiso deshacerse de una cabalgadura tan ligera y tan elegante. ¡Y quemarla así, sin más ni más!

—Sobre eso se puede imaginar una cosa —respondió la duquesa—. Quizás se arrepintió del mal que había hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras personas. Y también de las maldades que, como hechicero y encantador, debía de haber hecho. Por eso quiso terminar con todos los instrumentos de su oficio. Y quemó a Clavileño, que era el principal y el que más lo inquietaba y lo hacía vagar de tierra en tierra. Y sus cenizas y el trofeo del cartel dejan eterno el valor del gran don Quijote de la Mancha.

Don Quijote volvió a dar las gracias a la duquesa. Después de cenar, se retiró solo a su habitación. No permitió que nadie entrara con él para servirle, porque tenía mucho miedo. Temía encontrar ocasiones que le empujaran o le obligaran a perder el honesto respeto que guardaba a su señora Dulcinea. Siempre tenía en la imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo de los caballeros andantes. Cerró la puerta detrás de él y se desnudó a la luz de dos velas de cera. Y al quitarse las medias, ¡oh desgracia indigna de tal persona!, se le soltaron... No fueron suspiros, ni otra cosa que manchara su limpieza. Se le soltaron unos veinticuatro puntos de una media, que quedó hecha una celosía. El buen señor se puso muy triste. Habría dado una onza de plata por tener allí un adarme de seda verde. Digo seda verde porque las medias eran verdes.

Aquí Benengeli exclamó, y escribió así: «¡Oh pobreza, pobreza! No sé por qué razón aquel gran poeta cordobés te llamó

dádiva santa desagradecida.

Yo soy moro, pero sé bien una cosa por mi trato con cristianos. La santidad consiste en la caridad, la humildad, la fe, la obediencia y la pobreza. Pero, con todo eso, digo una cosa. Tiene que tener mucho de Dios el que se contenta con ser pobre. Menos cuando es aquella pobreza de la que habla uno de sus santos más grandes. Él dice: "Tened todas las cosas como si no las tuvierais". A esto lo llaman pobreza de espíritu. Pero tú eres la segunda pobreza, la pobreza de la que yo hablo. ¿Por qué quieres chocar con los hidalgos y la gente bien nacida más que con los demás? ¿Por qué los obligas a teñir de negro sus zapatos? ¿Por qué los obligas a llevar botones distintos en sus chaquetas, unos de seda, otros de pelo y otros de vidrio? ¿Por qué sus cuellos tienen que ser casi siempre arrugados como la escarola, y no abiertos con molde?». Y en esto se verá que el uso del almidón y de los cuellos abiertos es antiguo. Y siguió: «¡Pobre del hombre bien nacido que va dando pistos a su honra! Come mal y con la puerta cerrada. Y luego sale a la calle con un palillo de dientes, que es un hipócrita. Porque no ha comido nada que le obligue a limpiárselos. ¡Pobre de aquel, digo, que tiene una honra asustadiza! Piensa que desde una legua se le ve el remiendo del zapato y el sudor del sombrero. Y también los hilos gastados de la capa y el hambre de su estómago».

Todo esto se le renovó a don Quijote cuando se le soltaron los puntos. Pero se consoló al ver que Sancho le había dejado unas botas de camino, y pensó ponérselas al día siguiente. Por fin se acostó pensativo y triste. Le pesaba la falta que le hacía Sancho y también la desgracia sin remedio de sus medias. Las habría cosido aunque fuera con seda de otro color. Y esa es una de las mayores señales de miseria que puede dar un hidalgo en su larga pobreza. Apagó las velas. Hacía calor y no podía dormir. Se levantó de la cama y abrió un poco una ventana con reja que daba a un hermoso jardín. Al abrirla, notó y oyó que había gente andando y hablando en el jardín. Se puso a escuchar con atención. Los de abajo levantaron tanto la voz que pudo oír estas palabras:

—No insistas, ¡oh Emerencia!, en que cante. Ya sabes que no sé cantar, sino llorar. Así estoy desde el momento en que este forastero entró en este castillo y mis ojos lo miraron. Además, mi señora tiene el sueño más ligero que pesado. Y no querría que nos encontrara aquí por todo el tesoro del mundo. Y aunque ella durmiera y no despertara, mi canto sería inútil. Lo sería si este nuevo Eneas duerme y no despierta para oírlo. Ha llegado a mis tierras para dejarme burlada.

—No pienses en eso, Altisidora amiga —le respondieron—. Sin duda la duquesa y todos los de esta casa duermen. Todos menos el señor de tu corazón, el que despierta tu alma. Porque ahora mismo he oído que abría la ventana con reja de su habitación. Así que debe de estar despierto. Canta, pobrecita mía, en voz baja y suave, con el sonido de tu arpa. Y si la duquesa nos oye, le echaremos la culpa al calor que hace.

—No es eso lo que me preocupa, ¡oh Emerencia! —respondió Altisidora—. Me preocupa que mi canto descubra mi corazón. No querría que me juzgaran como una doncella caprichosa y ligera. Así me juzgarían los que no conocen las fuerzas poderosas del amor. Pero pase lo que pase, más vale vergüenza en cara que mancilla en corazón.

Y en esto, don Quijote oyó tocar un arpa con muchísima suavidad. Al oírla, se quedó asombrado. Y es que en ese momento recordó las infinitas aventuras parecidas que había leído en sus locos libros de caballerías. Eran aventuras de ventanas, rejas y jardines, de músicas, piropos y desmayos. Enseguida imaginó que alguna doncella de la duquesa estaba enamorada de él. Y que su honestidad la obligaba a guardar en secreto su amor. Tuvo miedo de que ella lo venciera. Y decidió en su pensamiento no dejarse vencer. Se encomendó con todo su ánimo y su buena voluntad a su señora Dulcinea del Toboso. Y decidió escuchar la música. Para que supieran que estaba allí, fingió un estornudo. Las doncellas se alegraron mucho, porque no deseaban otra cosa que don Quijote las oyera. Altisidora, pues, repasó y afinó el arpa, y empezó este romance:

¡Oh, tú, que estás en tu lecho,
entre sábanas de holanda,
durmiendo a pierna suelta
de la noche a la mañana!

¡Caballero, el más valiente
que ha nacido en la Mancha,
más honesto y más bendito
que el oro fino de Arabia!

Oye a una triste doncella,
ya crecida y sin fortuna.
En la luz de tus dos soles
siente que se le quema el alma.

Tú buscas tus aventuras
y encuentras penas de otros;
das las heridas, y niegas
el remedio para curarlas.

Dime, valeroso joven,
—que Dios cumpla tus deseos—,
si te criaste en Libia
o en las montañas de Jaca.

Dime si las serpientes te dieron leche,
si por casualidad te criaron
la dureza de las selvas
y el horror de las montañas.

Muy bien puede Dulcinea,
doncella rolliza y sana,
presumir de haber vencido
a una tigre, a una fiera brava.

Por eso será famosa
desde el Henares al Jarama,
desde el Tajo al Manzanares,
desde el Pisuerga hasta el Arlanza.

Yo me cambiaría por ella.
Y además le daría una falda,
la más alegre de las mías,
con adornos de oro en el borde.

¡Oh, quién se viera en tus brazos,
o si no, junto a tu cama,
rascándote la cabeza
y quitándote la caspa!

Mucho pido, y no merezco
un favor tan grande:
quisiera frotarte los pies,
que a una humilde esto le basta.

¡Oh, cuántas cofias te daría,
cuántas zapatillas de plata,
cuántas medias de damasco,
cuántas capas de holanda!

¡Cuántas perlas finísimas,
cada una como una agalla!
Si no tuvieran compañeras,
las llamarían «las solas».

No mires desde tu Tarpeya
este fuego que me quema,
Nerón manchego del mundo,
ni lo avives con tu furia.

Soy una niña, una doncella tierna.
Mi edad no pasa de quince:
catorce tengo y tres meses,
te lo juro por Dios y por mi alma.

No soy renca, ni soy coja,
ni tengo nada de manca.
Mi pelo, como lirios,
llega al suelo cuando estoy de pie.

Y aunque mi boca es aguileña
y la nariz algo chata,
mis dientes son de topacio.
Y eso sube al cielo mi belleza.

Ya ves mi voz, si me escuchas:
es igual a la más dulce.
Y de estatura soy
algo menos que mediana.

Estas y otras gracias mías
son presas de tus flechas.
Soy doncella de esta casa,
y Altisidora me llaman.

Aquí terminó el canto de la herida Altisidora, y empezó el asombro de don Quijote, a quien ella pedía amor. Él dio un gran suspiro y dijo para sí:

—¡Soy un caballero andante tan desdichado que no hay doncella que me mire y no se enamore de mí...! ¡Qué poca suerte tiene la sin par Dulcinea del Toboso! ¡No la dejan disfrutar sola de mi fidelidad sin igual...! ¿Qué queréis de ella, reinas? ¿Por qué la perseguís, emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de catorce a quince años? Dejad, dejad que la pobre triunfe, disfrute y se sienta orgullosa de su suerte. El Amor quiso darle la suerte de vencer mi corazón y recibir mi alma. Mirad, grupo de enamoradas: solo para Dulcinea soy de masa y de alfeñique. Para todas las demás soy de piedra. Para ella soy miel, y para vosotras, acíbar. Para mí, solo Dulcinea es la hermosa, la inteligente, la honesta, la elegante y la bien nacida. Y las demás son las feas, las tontas, las ligeras y las de peor familia. La naturaleza me echó al mundo para ser suyo, y no de ninguna otra. Que llore o que cante Altisidora. Que se desespere Madama, por quien me dieron golpes en el castillo del moro encantado. Yo tengo que ser de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien educado y honesto. Y lo seré a pesar de todos los poderes mágicos de la tierra.

Y con esto cerró la ventana de golpe. Enfadado y triste, como si le hubiera pasado una gran desgracia, se acostó en su cama. Allí lo dejaremos por ahora, porque nos está llamando el gran Sancho Panza, que quiere empezar su famoso gobierno.

### Glosario

- **en justo y en creyente**: en un momento, enseguida.
- **macho / a la jineta**: mulo / montado con los estribos cortos y las piernas dobladas.
- **pucheritos**: gestos de la cara de quien está a punto de llorar.
- **dos fanegas de risa**: muchísima risa; la fanega es una medida antigua para granos.
- **celosía**: reja de madera con muchos agujeros pequeños en una ventana.
- **adarme**: peso muy pequeño, de menos de dos gramos.
- **dar pistos a su honra**: cuidar su honra con muy poco, como se da caldo a un enfermo.
- **más vale vergüenza en cara que mancilla en corazón**: refrán: es mejor pasar vergüenza un momento que sufrir por dentro mucho tiempo.
- **agalla**: bola redonda que crece en algunos árboles, como el roble.
- **Tarpeya / Nerón**: según la leyenda, el emperador Nerón miraba desde la roca Tarpeya cómo se quemaba Roma.
- **alfeñique**: pasta de azúcar muy blanda.
- **acíbar**: jugo muy amargo de una planta; aquí, amargura.

## Capítulo XLV. De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del modo que comenzó a gobernar

¡Oh descubridor eterno de los antípodas, antorcha del mundo, ojo del cielo, dulce meneo de las cantimploras! Aquí te llaman Timbrio, allí Febo; aquí eres arquero, allí médico. Eres padre de la Poesía e inventor de la Música. Tú siempre sales y, aunque lo parece, nunca te pones. A ti te hablo, ¡oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al hombre! A ti te pido que me ayudes y que ilumines la oscuridad de mi ingenio. Así podré contar punto por punto el gobierno del gran Sancho Panza. Porque sin ti, me siento tibio, sin fuerzas y confuso.

Digo, pues, que Sancho llegó con todo su acompañamiento a un pueblo de unos mil vecinos. Era uno de los mejores que tenía el duque. Le dijeron que se llamaba la ínsula Barataria. Quizá era porque el pueblo se llamaba Baratario, o quizá por lo barato que le habían dado el gobierno. El pueblo tenía murallas. Cuando Sancho llegó a sus puertas, salieron a recibirlo las autoridades del pueblo. Tocaron las campanas, y todos los vecinos mostraron una gran alegría. Con mucha pompa lo llevaron a la iglesia mayor para dar gracias a Dios. Luego, con algunas ceremonias ridículas, le entregaron las llaves del pueblo. Y lo aceptaron como gobernador perpetuo de la ínsula Barataria.

El traje, las barbas, la gordura y lo pequeño que era el nuevo gobernador tenían admirada a toda la gente. Se admiraban los que no sabían el secreto de la historia, y también los que lo sabían, que eran muchos. Al final, cuando lo sacaron de la iglesia, lo llevaron a la silla del juzgado y lo sentaron en ella. Y el mayordomo del duque le dijo:

—Señor gobernador, en esta ínsula hay una costumbre antigua. El que viene a tomar posesión de esta famosa ínsula tiene que responder a una pregunta. Esa pregunta es algo complicada y difícil. Con la respuesta, el pueblo toma el pulso al ingenio de su nuevo gobernador. Y así, se alegra o se entristece con su llegada.

Mientras el mayordomo decía esto, Sancho miraba unas letras grandes y numerosas. Estaban escritas en la pared que tenía enfrente de su silla. Como él no sabía leer, preguntó qué eran aquellas pinturas de la pared. Le respondieron:

—Señor, allí está escrito el día en que vuestra señoría tomó posesión de esta ínsula. El epitafio dice así: «Hoy, a tantos de tal mes y de tal año, tomó posesión de esta ínsula el señor don Sancho Panza. Que la disfrute muchos años».

—¿Y a quién llaman don Sancho Panza? —preguntó Sancho.

—A vuestra señoría —respondió el mayordomo—. En esta ínsula no ha entrado otro Panza más que el que está sentado en esa silla.

—Pues fijaos bien, hermano —dijo Sancho—: yo no tengo «don», y en toda mi familia nadie lo ha tenido nunca. Me llaman Sancho Panza, sin más. Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi abuelo. Y todos fueron Panzas, sin añadidos de dones ni de doñas. Me imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras. Pero basta: Dios me entiende. Si el gobierno me dura cuatro días, puede ser que yo arranque estos dones como malas hierbas. Como son tantos, deben de molestar como los mosquitos. Siga adelante con su pregunta el señor mayordomo. Yo responderé lo mejor que sepa, se entristezca el pueblo o no se entristezca.

En ese momento entraron en el juzgado dos hombres. Uno iba vestido de labrador. El otro iba vestido de sastre, porque traía unas tijeras en la mano. El sastre dijo:

—Señor gobernador, este labrador y yo venimos ante vuestra merced por lo siguiente. Este buen hombre llegó ayer a mi tienda. Yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, bendito sea Dios. Me puso un trozo de paño en las manos y me preguntó: «Señor, ¿habría aquí bastante paño para hacerme una caperuza?». Yo toqué y medí el paño con la mano, y le respondí que sí. Él debió de imaginar, según imagino yo, y lo imaginé bien, que sin duda yo quería robarle una parte del paño. Lo pensó por su malicia y por la mala fama de los sastres. Y me respondió que mirara si había para dos. Yo le adiviné el pensamiento y le dije que sí. Él siguió con su mala idea del principio y fue añadiendo caperuzas, y yo fui añadiendo síes. Así llegamos hasta cinco caperuzas. Y ahora mismo acaba de venir a buscarlas. Yo se las doy, pero no me quiere pagar el trabajo. Al contrario, me pide que le pague o que le devuelva su paño.

—¿Es todo esto así, hermano? —preguntó Sancho.

—Sí, señor —respondió el hombre—. Pero haga vuestra merced que me enseñe las cinco caperuzas que me ha hecho.

—Con mucho gusto —respondió el sastre.

Y en seguida sacó la mano de debajo de su capa corta. En ella mostró cinco caperuzas, puestas en las cinco puntas de los dedos. Y dijo:

—Aquí están las cinco caperuzas que me pide este buen hombre. Juro por Dios y por mi conciencia que no me ha quedado nada del paño. Y dejaré que los inspectores de mi oficio examinen el trabajo.

Todos los presentes se rieron de tantas caperuzas y de aquel nuevo pleito. Sancho se puso a pensar un poco y dijo:

—Me parece que en este pleito no hay que esperar mucho. Hay que juzgar en seguida, como lo haría un hombre de bien. Y así, doy esta sentencia: que el sastre pierda su trabajo, y el labrador su paño. Que las caperuzas se lleven a los presos de la cárcel, y no se hable más.

Si la sentencia pasada, la de la bolsa del ganadero, había llenado de admiración a los presentes, esta los hizo reír. Pero, al final, se hizo lo que mandó el gobernador. Luego se presentaron ante él dos hombres ancianos. Uno de ellos traía una caña como báculo. El que no tenía báculo dijo:

—Señor, hace días le presté a este buen hombre diez escudos de oro, en monedas de oro. Lo hice para darle gusto y hacerle un favor. La condición era que me los devolviera cuando yo se los pidiera. Pasaron muchos días sin que yo se los pidiera. Fue porque no quería ponerlo en más apuros para devolvérmelos que los que tenía cuando se los presté. Pero, como me pareció que se olvidaba de pagar, se los he pedido una y muchas veces. Y no solo no me los devuelve, sino que me lo niega. Dice que nunca le presté esos diez escudos. Y dice que, si se los presté, ya me los ha devuelto. Yo no tengo testigos del préstamo ni de la devolución, porque no me los ha devuelto. Quisiera que vuestra merced le hiciera jurar. Si jura que me los ha devuelto, yo se los perdono aquí y delante de Dios.

—¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? —dijo Sancho.

El viejo respondió:

—Yo, señor, confieso que me los prestó. Baje vuestra merced esa vara. Y, como él lo deja en mi juramento, yo juraré que se los he devuelto y pagado de verdad.

El gobernador bajó la vara. Mientras tanto, el viejo del báculo le dio el báculo al otro viejo para que se lo sostuviera mientras juraba. Hacía como si le molestara mucho. Luego puso la mano en la cruz de la vara. Juró que era verdad que el otro le había prestado aquellos diez escudos. Pero dijo que él se los había devuelto de su mano a la mano del otro. Y dijo que el otro no se acordaba y por eso se los pedía a cada momento. Al ver esto, el gran gobernador habló con el que había prestado el dinero. Le preguntó qué respondía a lo que decía su contrario. Él dijo que sin duda su deudor debía de decir la verdad. Porque lo tenía por hombre de bien y buen cristiano. A él se le debía de haber olvidado cómo y cuándo se los había devuelto. Y dijo que desde entonces nunca más le pediría nada.

El deudor tomó otra vez su báculo, bajó la cabeza y salió del juzgado. Sancho vio que se iba así, sin más. Vio también la paciencia del que pedía el dinero. Entonces inclinó la cabeza sobre el pecho. Se puso el dedo índice de la mano derecha sobre las cejas y la nariz. Y se quedó así un ratito, como pensativo. Luego levantó la cabeza y mandó llamar al viejo del báculo, que ya se había ido. Se lo trajeron, y en cuanto Sancho lo vio, le dijo:

—Dadme, buen hombre, ese báculo, que lo necesito.

—Con muy buena gana —respondió el viejo—. Aquí lo tiene, señor.

Y se lo puso en la mano. Sancho lo tomó, se lo dio al otro viejo y le dijo:

—Andad con Dios, que ya estáis pagado.

—¿Yo, señor? —respondió el viejo—. ¿Pues vale esta caña diez escudos de oro?

—Sí —dijo el gobernador—. O, si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora se verá si tengo yo cabeza para gobernar todo un reino.

Y mandó que allí mismo, delante de todos, rompieran y abrieran la caña. Así se hizo, y dentro de ella encontraron diez escudos de oro. Todos se quedaron admirados y pensaron que su gobernador era un nuevo Salomón.

Le preguntaron cómo había adivinado que aquellos diez escudos estaban en la caña. Él respondió que lo había pensado por lo que había visto. El viejo que juraba le había dado el báculo a su contrario mientras hacía el juramento. Luego había jurado que se los había dado real y verdaderamente. Y, al terminar de jurar, le había pedido otra vez el báculo. Entonces a Sancho se le ocurrió que dentro estaba el pago de lo que pedían. De aquí se puede sacar una idea. A los que gobiernan, aunque sean unos tontos, a veces Dios los guía en sus juicios. Además, Sancho había oído contar otro caso como aquel al cura de su pueblo. Y dijo que tenía tan gran memoria que no habría otra igual en toda la ínsula. Eso, si no se le olvidara todo lo que quería recordar. Al final, un viejo se fue avergonzado y el otro pagado. Los presentes se quedaron admirados. Y el que escribía las palabras, los hechos y los movimientos de Sancho no sabía qué pensar. No podía decidir si debía tenerlo por tonto o por listo.

Cuando terminó este pleito, entró en el juzgado una mujer. Venía bien agarrada a un hombre vestido de ganadero rico, y daba grandes gritos:

—¡Justicia, señor gobernador, justicia! ¡Y si no la encuentro en la tierra, iré a buscarla al cielo! Señor gobernador de mi alma, este mal hombre me ha cogido en medio de ese campo. Se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera un trapo mal lavado. ¡Pobre de mí! Me ha quitado lo que yo tenía guardado desde hace más de veintitrés años. Lo he defendido de moros y cristianos, de los de aquí y de los extranjeros. Yo he sido siempre dura como un alcornoque. Me he conservado entera, como la salamanquesa en el fuego o como la lana entre las zarzas. ¡Y ahora llega este buen hombre con sus manos limpias a manosearme!

—Eso todavía está por averiguar: si este galán tiene las manos limpias o no —dijo Sancho.

Y, volviéndose al hombre, le preguntó qué decía y qué respondía a la queja de aquella mujer. El hombre, muy nervioso, respondió:

—Señores, yo soy un pobre ganadero de cerdos. Esta mañana salía de este pueblo después de vender, con perdón, cuatro cerdos. Entre impuestos y cobros con engaño, me quitaron casi todo lo que valían. Volvía a mi aldea y me encontré en el camino a esta buena señora. Y el diablo, que todo lo enreda y todo lo cocina, hizo que nos acostáramos juntos. Le pagué lo suficiente, pero ella no quedó contenta. Me agarró y no me ha soltado hasta traerme a este lugar. Dice que la forcé, y miente, por el juramento que hago o pienso hacer. Y esta es toda la verdad, sin que falte una migaja.

Entonces el gobernador le preguntó si llevaba encima algún dinero en plata. Él dijo que tenía unos veinte ducados junto al pecho, dentro de una bolsa de cuero. Sancho le mandó sacarla y dársela, tal como estaba, a la mujer que se quejaba. El hombre lo hizo temblando. La mujer la tomó e hizo mil reverencias a todos. Y rogó a Dios por la vida y la salud del señor gobernador. Porque así cuidaba él de las huérfanas necesitadas y de las doncellas. Con esto salió del juzgado, llevando la bolsa agarrada con las dos manos. Pero antes miró si era de plata la moneda que había dentro.

Apenas había salido, cuando Sancho habló al ganadero. Al hombre ya se le saltaban las lágrimas. Sus ojos y su corazón se iban detrás de su bolsa. Sancho le dijo:

—Buen hombre, id detrás de aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera. Y volved aquí con ella.

Y no se lo dijo a un tonto ni a un sordo. Porque el hombre salió en seguida como un rayo a hacer lo que le mandaban. Todos los presentes esperaban, en suspenso, el final de aquel pleito. Poco después volvieron el hombre y la mujer, más agarrados y pegados que la primera vez. Ella llevaba la falda levantada y la bolsa puesta en el regazo. El hombre luchaba por quitársela. Pero no podía, por lo bien que la defendía la mujer. Ella gritaba:

—¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la poca vergüenza y el poco miedo de este hombre sin alma. En medio del pueblo y en medio de la calle, me ha querido quitar la bolsa. ¡La bolsa que vuestra merced mandó darme!

—¿Y os la ha quitado? —preguntó el gobernador.

—¿Cómo que quitar? —respondió la mujer—. Antes me dejaría quitar la vida que la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me tienen que echar a las barbas, y no este desgraciado y asqueroso! Ni tenazas ni martillos, ni mazos ni escoplos bastarán para sacármela de las uñas, ni siquiera garras de leones. ¡Antes me sacarán el alma de en medio del cuerpo!

—Ella tiene razón —dijo el hombre—. Me doy por vencido y sin fuerzas. Confieso que mis fuerzas no bastan para quitársela, y la dejo.

Entonces el gobernador dijo a la mujer:

—Enseñadme esa bolsa, mujer honrada y valiente.

Ella se la dio en seguida, y el gobernador se la devolvió al hombre. Luego dijo a la mujer, que era esforzada y no forzada:

—Hermana mía, habéis mostrado mucho aliento y valor para defender esta bolsa. Imaginad que hubierais mostrado el mismo valor para defender vuestro cuerpo, o aunque fuera la mitad. Entonces ni las fuerzas de Hércules os habrían podido forzar. Andad con Dios, y en muy mala hora. No os quedéis en esta ínsula, ni a menos de seis leguas alrededor, o recibiréis doscientos azotes. ¡Marchaos ahora mismo, os digo, churrillera, desvergonzada y embaidora!

La mujer se asustó y se fue con la cabeza baja y descontenta. Y el gobernador dijo al hombre:

—Buen hombre, andad con Dios a vuestro pueblo con vuestro dinero. Y de ahora en adelante, si no queréis perderlo, procurad que no os entren ganas de acostaros con nadie.

El hombre le dio las gracias lo peor que supo y se fue. Los presentes se quedaron admirados otra vez de los juicios y sentencias de su nuevo gobernador. Su cronista lo anotó todo, y en seguida se lo escribió al duque, que lo estaba esperando con muchas ganas.

Y quédese aquí el buen Sancho, porque su amo nos da mucha prisa: está emocionado con la música de Altisidora.

### Glosario

- **antípodas**: tierras y gentes que están en el lado opuesto del mundo.
- **cantimplora**: recipiente para llevar agua; con el calor del sol, la gente la movía para enfriar el agua.
- **Timbrio, Febo**: otros nombres de Apolo, el dios del sol en los mitos antiguos.
- **caperuza**: gorro de tela que termina en punta.
- **báculo**: palo o bastón que usan los viejos para andar.
- **vara**: palo que lleva el juez o el gobernador como señal de su poder; arriba tenía una cruz para jurar.
- **porro**: persona tonta, que entiende poco.
- **salamanquesa**: pequeño animal parecido al lagarto; según una creencia antigua, podía vivir en el fuego sin quemarse.
- **¡Bonita es la niña!**: frase irónica: «¡no soy tan tonta!».
- **echar gatos a las barbas**: atacar a alguien; ella dice que hace falta alguien más fuerte para vencerla.
- **esforzada y no forzada**: juego de palabras: valiente y fuerte, pero no obligada por la fuerza.
- **churrillera, embaidora**: palabras antiguas: mujer charlatana y mentirosa; mujer que engaña.

## Capítulo XLVI. Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora

Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le había causado la música de la enamorada doncella Altisidora. Se acostó con ellos. Y los pensamientos, como si fueran pulgas, no lo dejaron dormir ni descansar ni un momento. A ellos se juntaban los que le daban los puntos que faltaban en sus medias. Pero el tiempo es ligero, y no hay barranco que lo detenga. Corrió montado a caballo en las horas, y muy pronto llegó la de la mañana. Al verlo, don Quijote dejó las blandas plumas de la cama. Sin ninguna pereza, se vistió su traje de color de gamuza. Se calzó sus botas de viaje, para esconder la desgracia de sus medias. Se echó encima su manto rojo. Y se puso en la cabeza una montera de terciopelo verde, con cintas de plata alrededor. Se colgó de los hombros el tahalí con su buena espada, que cortaba muy bien. Agarró un gran rosario que siempre llevaba consigo. Y con mucha pompa y contoneo salió a la antesala. Allí estaban el duque y la duquesa, ya vestidos y como esperándolo.

Al pasar por una galería, lo estaban esperando a propósito Altisidora y la otra doncella, su amiga. En cuanto Altisidora vio a don Quijote, fingió desmayarse. Su amiga la recogió en su falda y empezó muy rápido a abrirle la ropa del pecho. Don Quijote lo vio, se acercó a ellas y dijo:

—Ya sé yo de dónde vienen estos desmayos.

—Pues yo no lo sé —respondió la amiga—, porque Altisidora es la doncella más sana de toda esta casa. Desde que la conozco, nunca la he oído decir ni un «¡ay!». ¡Malditos sean todos los caballeros andantes del mundo, si es que todos son desagradecidos! Váyase vuestra merced, señor don Quijote, porque esta pobre niña no volverá en sí mientras vuestra merced esté aquí.

Don Quijote respondió:

—Haga vuestra merced, señora, que esta noche me pongan un laúd en mi habitación. Yo consolaré lo mejor que pueda a esta doncella herida. Porque, cuando el amor empieza, los desengaños rápidos suelen ser los mejores remedios.

Y con esto se fue, para que no lo notaran los que lo veían allí. Apenas se había apartado, cuando la desmayada Altisidora volvió en sí y dijo a su compañera:

—Habrá que ponerle el laúd, porque sin duda don Quijote quiere darnos música, y no será mala, siendo suya.

Luego fueron a contarle a la duquesa lo que pasaba y lo del laúd que pedía don Quijote. Ella se alegró muchísimo. Se puso de acuerdo con el duque y con sus doncellas para hacerle una burla más divertida que dañina. Y esperaban la noche con mucho contento. La noche llegó tan rápido como había llegado el día. Los duques pasaron ese día en agradables conversaciones con don Quijote. Y ese mismo día, real y verdaderamente, la duquesa envió a un paje suyo a ver a Teresa Panza. Era el paje que había hecho en el bosque la figura encantada de Dulcinea. Le dio la carta de su marido, Sancho Panza, y el paquete de ropa que Sancho había dejado para enviárselo. Y le encargó que le trajera una buena relación de todo lo que pasara con ella.

Hecho esto, cuando llegaron las once de la noche, don Quijote encontró una vihuela en su habitación. La templó, abrió la reja y notó que había gente en el jardín. Recorrió los trastes de la vihuela y la afinó lo mejor que supo. Luego escupió y se aclaró el pecho. Y con una voz un poco ronca, pero afinada, cantó el siguiente romance, que él mismo había compuesto aquel día:

Suelen las fuerzas de amor
sacar de quicio a las almas,
y usan como instrumento
la pereza descuidada.

Suele el coser y el bordar,
y el estar siempre ocupada,
ser remedio del veneno
de las ansias enamoradas.

Las doncellas recogidas
que desean ser casadas
tienen la honestidad por dote
y por voz de sus alabanzas.

Los caballeros andantes
y los que en la corte andan
enamoran a las libres;
con las honestas se casan.

Hay amores de levante,
que entre huéspedes se tratan;
pronto llegan al poniente,
porque al partirse se acaban.

El amor recién llegado,
que hoy viene y se va mañana,
no deja bien grabadas
sus imágenes en el alma.

Una pintura sobre otra
ni se ve ni se señala;
donde hay belleza primera,
la segunda no gana nada.

Dulcinea del Toboso
del alma en la tabla rasa
tengo pintada de modo
que es imposible borrarla.

La firmeza en los amantes
es la parte más preciada;
por ella el amor hace milagros,
y también a ellos los levanta.

Hasta aquí había llegado don Quijote con su canto. Lo estaban escuchando el duque y la duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo. De repente, desde un corredor que estaba justo encima de la reja de don Quijote, bajaron una cuerda. En ella venían atados más de cien cencerros. Y luego, detrás de ellos, vaciaron un gran saco de gatos. Los gatos también llevaban cencerros más pequeños atados a la cola. El ruido de cencerros y maullidos de gatos fue tan grande que asustó incluso a los duques. Y eso que ellos habían inventado la burla. Y don Quijote se quedó pasmado de miedo.

Además, quiso la suerte que dos o tres gatos entraran por la reja en su habitación. Corrían de un lado a otro, y parecía que una multitud de diablos andaba por allí. Apagaron las velas que ardían en la habitación y buscaban por dónde escapar. La cuerda de los cencerros grandes no paraba de bajar y subir. La mayor parte de la gente del castillo no sabía la verdad del caso, y estaba en suspenso y admirada.

Don Quijote se puso de pie. Echó mano a la espada y empezó a tirar estocadas por la reja. Y decía a grandes gritos:

—¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca! Yo soy don Quijote de la Mancha, y contra mí no valen ni tienen fuerza vuestras malas intenciones.

Luego se volvió hacia los gatos que andaban por la habitación y les tiró muchos golpes de espada. Ellos corrieron a la reja y salieron por allí. Pero uno se vio tan perseguido por los golpes de don Quijote que le saltó a la cara. Lo agarró de la nariz con las uñas y los dientes. Por el dolor, don Quijote empezó a dar los mayores gritos que pudo. El duque y la duquesa los oyeron y pensaron en lo que podía ser. Corrieron muy rápido a su habitación y abrieron con la llave maestra. Allí vieron al pobre caballero luchando con todas sus fuerzas por arrancarse el gato de la cara. Entraron con luces y vieron aquella pelea desigual. El duque se acercó para separarlos, y don Quijote dijo a gritos:

—¡No me lo quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con este hechicero, con este encantador! ¡Yo le haré entender quién es don Quijote de la Mancha!

Pero el gato no hacía caso de estas amenazas: gruñía y apretaba. Al final, el duque se lo arrancó y lo echó por la reja.

Don Quijote quedó con la cara llena de agujeros, como una criba, y con la nariz no muy sana. Pero estaba muy enfadado, porque no lo habían dejado terminar la batalla tan reñida que tenía con aquel malandrín encantador. Mandaron traer aceite de Aparicio. Y la misma Altisidora, con sus manos blanquísimas, le puso unas vendas en todas las heridas. Al ponérselas, le dijo en voz baja:

—Todas estas desgracias te pasan, caballero de corazón de piedra, por el pecado de tu dureza y de tu terquedad. Y quiera Dios que a Sancho, tu escudero, se le olvide azotarse. Que así nunca salga de su encantamiento esa Dulcinea tan amada tuya. Y que tú no la disfrutes ni llegues a la cama de bodas con ella. Por lo menos, mientras yo viva, que te adoro.

Don Quijote no respondió ni una palabra a todo esto. Solo dio un profundo suspiro, y luego se tendió en su cama. Dio las gracias a los duques por el favor. No era porque él tuviera miedo de aquella canalla gatuna, encantadora y cencerruna. Era porque había visto la buena intención con que habían venido a ayudarle. Los duques lo dejaron descansar y se fueron, tristes por el mal resultado de la burla. Porque no habían creído que aquella aventura le iba a salir tan pesada y tan cara a don Quijote. Le costó cinco días de encierro y de cama. Allí le sucedió otra aventura más divertida que esta. Pero su historiador no quiere contarla ahora, porque quiere volver a Sancho Panza. Sancho andaba muy atento y muy gracioso en su gobierno.

### Glosario

- **montera**: gorro de tela que cubre la cabeza.
- **gamuza**: piel suave de un animal parecido a la cabra; su color es amarillo claro.
- **desmayarse, desmayos, desmayada**: perder el sentido y caer; el desmayo es esa pérdida del sentido.
- **desagradecidos**: personas que no agradecen el bien que reciben.
- **afinó, afinada**: afinar es preparar un instrumento para que suene bien; una voz afinada canta las notas justas.
- **escupió**: echó saliva por la boca.
- **descuidada**: que no tiene cuidado ni atención.
- **alabanzas**: palabras buenas que se dicen de alguien.
- **tahalí**: cinta de cuero que cruza el pecho y sostiene la espada.
- **laúd, vihuela**: instrumentos de cuerda antiguos, parecidos a la guitarra.
- **romance**: poema popular español de versos de ocho sílabas.
- **sacar de quicio**: hacer perder la calma y el control.
- **amores de levante**: amores que nacen y mueren pronto, como el sol que sale por el levante (este) y se pone por el poniente (oeste).
- **tabla rasa**: tabla lisa preparada para pintar en ella.
- **cencerro**: campana que llevan los animales al cuello; «cencerruna» es una palabra inventada: de cencerros.
- **mano a mano**: solos los dos, uno contra otro.
- **aceite de Aparicio**: medicina de aquella época para curar heridas.
- **criba**: utensilio lleno de agujeros para separar el grano.

## Capítulo XLVII. Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno

Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un palacio lujoso. Allí, en una gran sala, estaba puesta una mesa digna de un rey y muy limpia. En cuanto Sancho entró en la sala, sonaron las chirimías. Y salieron cuatro pajes a darle agua para lavarse las manos. Sancho la recibió con mucha seriedad.

Paró la música, y Sancho se sentó a la cabecera de la mesa, porque no había más que aquel asiento. Y en toda la mesa no había otro cubierto. A su lado se puso de pie un personaje, que después resultó ser médico. Tenía en la mano una varilla de ballena. Levantaron una toalla blanca y muy rica que cubría las frutas y muchos platos de comidas diferentes. Uno que parecía estudiante bendijo la mesa. Un paje le puso a Sancho un babero con encajes. Otro, que hacía de maestresala, le acercó un plato de fruta. Pero apenas había comido Sancho un bocado, cuando el de la varilla tocó con ella el plato. Y se lo quitaron de delante a toda velocidad. Entonces el maestresala le acercó otro plato con otra comida. Sancho iba a probarla. Pero, antes de llegar a ella y de sentir su sabor, la varilla ya la había tocado. Y un paje la retiró tan rápido como la fruta. Al ver esto, Sancho se quedó sorprendido. Miró a todos y preguntó si había que comer aquella comida como en un juego de maesecoral. El de la vara respondió:

—No se ha de comer, señor gobernador, sino como es uso y costumbre en las otras ínsulas donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico. En esta ínsula me pagan un salario para ser el médico de sus gobernadores. Y cuido su salud mucho más que la mía. Estudio de noche y de día, y examino la complexión del gobernador. Así podré curarlo bien cuando caiga enfermo. Lo más importante que hago es estar presente en sus comidas y cenas. Le dejo comer lo que me parece que le conviene. Y le quito lo que imagino que le va a hacer daño y va a ser malo para el estómago. Por eso mandé quitar el plato de la fruta, porque es demasiado húmeda. Y el plato de la otra comida también lo mandé quitar, porque es demasiado caliente y tiene muchas especias. Las especias aumentan la sed. Y el que bebe mucho mata y gasta el húmedo radical, que es donde está la vida.

—Entonces —dijo Sancho—, aquel plato de perdices asadas, que a mi parecer están bien sazonadas, no me hará ningún daño.

El médico respondió:

—Esas no las comerá el señor gobernador mientras yo esté vivo.

—Pues ¿por qué? —dijo Sancho.

Y el médico respondió:

—Porque nuestro maestro Hipócrates, guía y luz de la medicina, dice en uno de sus aforismos: «Omnis saturatio mala, perdices autem pessima». Quiere decir: «Todo hartazgo es malo, pero el de perdices es malísimo».

—Si eso es así —dijo Sancho—, mire el señor doctor cuál de estas comidas me hará más provecho y menos daño. Y déjeme comer de ella sin darle golpes con la varilla. Porque, por vida del gobernador, y así Dios me deje disfrutarlo, me muero de hambre. Y negarme la comida será quitarme la vida, y no alargármela. Y eso, aunque le pese al señor doctor y diga lo que diga.

—Vuestra merced tiene razón, señor gobernador —respondió el médico—. Por eso, mi opinión es esta: vuestra merced no debe comer de aquellos conejos guisados que están allí. Porque es comida peliaguda. De aquella ternera se podría probar algo, si no fuera asada y en adobo. Pero no hace falta.

Y Sancho dijo:

—Aquel platazo que está más adelante, echando vapor, me parece que es olla podrida. En las ollas podridas hay muchas cosas diferentes. Así que no podré dejar de encontrar alguna que me guste y me haga provecho.

—¡Absit! —dijo el médico—. Vaya lejos de nosotros un pensamiento tan malo. No hay en el mundo comida que alimente peor que una olla podrida. Las ollas podridas, para los canónigos, o para los rectores de colegios, o para las bodas de los labradores. Y que dejen libres las mesas de los gobernadores, donde todo debe ser fino y delicado. La razón es esta: siempre, en todas partes y para todos, se aprecian más las medicinas simples que las compuestas. En las simples no se puede uno equivocar. En las compuestas, sí, porque se puede cambiar la cantidad de las cosas que llevan. Pero yo sé lo que debe comer ahora el señor gobernador para conservar y reforzar su salud. Debe comer un ciento de barquillos y unas tajaditas finas de carne de membrillo. Eso le asentará el estómago y le ayudará a hacer la digestión.

Al oír esto, Sancho se echó hacia atrás en el respaldo de la silla. Miró fijamente a aquel médico y, con voz seria, le preguntó cómo se llamaba y dónde había estudiado. Él respondió:

—Yo, señor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero. Soy de un pueblo llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo, a mano derecha. Y tengo el título de doctor por la universidad de Osuna.

Sancho, ardiendo de rabia, le respondió:

—Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera, graduado en Osuna: ¡quíteseme ahora mismo de delante! Sí, de Tirteafuera, ese pueblo que está a mano derecha cuando vamos de Caracuel a Almodóvar del Campo. Si no se va, juro por el sol que tomaré un garrote. Y a garrotazos, empezando por él, no dejaré ni un médico en toda la ínsula. Por lo menos, ni uno de los que yo crea que son ignorantes. A los médicos sabios, prudentes y listos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas divinas. Y vuelvo a decir, Pedro Recio, que se vaya de aquí. Si no, tomaré esta silla donde estoy sentado y se la romperé en la cabeza. Y que me lo pidan en la residencia. Yo me defenderé diciendo que hice un servicio a Dios al matar a un mal médico, verdugo del pueblo. ¡Y denme de comer! O, si no, que se queden con su gobierno. Porque un oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.

El doctor se asustó al ver tan furioso al gobernador. Y quiso hacer «tirteafuera» de la sala. Pero en ese momento sonó en la calle una corneta de correo. El maestresala se asomó a la ventana y volvió diciendo:

—Viene un correo del duque, mi señor. Debe de traer algún mensaje importante.

Entró el correo sudando y asustado. Sacó un pliego de dentro de su ropa y lo puso en las manos del gobernador. Sancho lo puso en las del mayordomo y le mandó leer lo que estaba escrito por fuera. Decía así: «A don Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria, en su propia mano o en las de su secretario». Al oírlo, Sancho dijo:

—¿Quién es aquí mi secretario?

Y uno de los que estaban presentes respondió:

—Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno.

—Con eso que añadís —dijo Sancho—, bien podéis ser secretario del mismo emperador. Abrid ese pliego y mirad lo que dice.

Así lo hizo el secretario recién nacido. Cuando leyó lo que decía, dijo que era un asunto para tratarlo a solas. Sancho mandó vaciar la sala. Solo se quedaron en ella el mayordomo y el maestresala. Los demás y el médico se fueron. Y luego el secretario leyó la carta, que decía así:

«Señor don Sancho Panza: me he enterado de algo. Unos enemigos míos y de esa ínsula van a atacarla con furia, no sé qué noche. Conviene vigilar y estar alerta, para que no le cojan desprevenido. También sé algo por espías de confianza. Han entrado en ese pueblo cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida. Lo hacen porque tienen miedo de vuestro ingenio. Abrid bien los ojos y mirad quién se acerca a hablaros. Y no comáis nada de lo que os regalen. Yo tendré cuidado de ayudaros si os veis en apuros. Y en todo haréis lo que se espera de vuestra inteligencia. Desde este lugar, a 16 de agosto, a las cuatro de la mañana.

Vuestro amigo,

El Duque».

Sancho se quedó asombrado, y los presentes también mostraron estarlo. Sancho se volvió hacia el mayordomo y le dijo:

—Lo que hay que hacer ahora, y en seguida, es meter en un calabozo al doctor Recio. Porque, si alguien me ha de matar, será él. Y de una muerte adminícula y pésima, como es la del hambre.

—También me parece a mí —dijo el maestresala— que vuestra merced no debe comer nada de lo que está en esta mesa. Porque lo han regalado unas monjas, y, como suele decirse, detrás de la cruz está el diablo.

—No lo niego —respondió Sancho—. Y por ahora, denme un pedazo de pan y unas cuatro libras de uvas. En ellas no podrá venir veneno. Porque, de verdad, no puedo pasar sin comer. Y si tenemos que estar preparados para estas batallas que nos amenazan, habrá que estar bien alimentados. Porque tripas llevan corazón, que no corazón tripas. Y vos, secretario, responded al duque, mi señor. Decidle que se cumplirá lo que manda, tal como lo manda, sin faltar nada. Y de mi parte, besad las manos a mi señora la duquesa. Decidle que le suplico una cosa. Que no se le olvide enviar con un mensajero mi carta y mi paquete a mi mujer, Teresa Panza. Con eso me hará un gran favor, y yo tendré cuidado de servirla en todo lo que pueda. Y de paso podéis meter también un besamanos para mi señor don Quijote de la Mancha. Así verá que soy pan agradecido. Y vos, como buen secretario y como buen vizcaíno, podéis añadir todo lo que queráis y venga a cuento. Y quiten estos manteles, y denme de comer. Yo me las arreglaré con todos los espías, asesinos y encantadores que vengan contra mí y contra mi ínsula.

En ese momento entró un paje y dijo:

—Aquí está un labrador que tiene un asunto. Quiere hablar con vuestra señoría de un negocio que, según él dice, es muy importante.

—¡Qué cosa tan extraña es esta de los que vienen con negocios! —dijo Sancho—. ¿Es posible que sean tan tontos que no vean que a estas horas no se viene a tratar negocios? ¿Acaso los que gobernamos y los que somos jueces no somos hombres de carne y hueso? Tienen que dejarnos descansar el tiempo que hace falta. ¿O quieren que seamos de piedra de mármol? Por Dios y por mi conciencia, si me dura el gobierno, meteré en cintura a más de un negociante. Aunque no me durará, según me parece. Ahora decid a ese buen hombre que entre. Pero antes asegúrense de que no es uno de los espías o de los que me quieren matar.

—No, señor —respondió el paje—, porque parece un alma de cántaro. Y, si yo no me equivoco, es tan bueno como el buen pan.

—No hay que tener miedo —dijo el mayordomo—, que aquí estamos todos.

—Maestresala —dijo Sancho—, ¿sería posible que yo comiera algo de peso y de sustancia, ahora que no está aquí el doctor Pedro Recio? Aunque fuera un pedazo de pan y una cebolla.

—Esta noche, en la cena, se compensará la falta de la comida. Y vuestra señoría quedará satisfecho y pagado —dijo el maestresala.

—Dios lo quiera —respondió Sancho.

En esto entró el labrador. Tenía muy buena presencia, y a mil leguas se veía que era bueno y de buen corazón. Lo primero que dijo fue:

—¿Quién es aquí el señor gobernador?

—¿Quién va a ser —respondió el secretario— sino el que está sentado en la silla?

—Pues me humillo ante él —dijo el labrador.

Y se puso de rodillas y le pidió la mano para besársela. Sancho no se la dio. Le mandó levantarse y decir lo que quisiera. El labrador se levantó, y luego dijo:

—Yo, señor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un pueblo que está a dos leguas de Ciudad Real.

—¡Ya tenemos otro Tirteafuera! —dijo Sancho—. Hablad, hermano. Lo que yo os puedo decir es que conozco muy bien Miguel Turra, y que no está muy lejos de mi pueblo.

—Pues el caso es este, señor —siguió el labrador—. Yo, por la misericordia de Dios, estoy casado en paz y en haz de la Santa Iglesia Católica Romana. Tengo dos hijos estudiantes. El menor estudia para bachiller y el mayor para licenciado. Soy viudo, porque se murió mi mujer. O, mejor dicho, me la mató un mal médico, que la purgó cuando estaba embarazada. Si Dios hubiera querido que naciera el niño, y hubiera sido hijo, yo lo habría puesto a estudiar para doctor. Así no habría tenido envidia de sus hermanos, el bachiller y el licenciado.

—De modo —dijo Sancho— que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o no la hubieran matado, vos ahora no seríais viudo.

—No, señor, de ninguna manera —respondió el labrador.

—¡Pues sí que avanzamos! —contestó Sancho—. Adelante, hermano, que es más hora de dormir que de tratar negocios.

—Digo, pues —dijo el labrador—, que este hijo mío que va a ser bachiller se enamoró, en el mismo pueblo, de una doncella. Se llama Clara Perlerina y es hija de Andrés Perlerino, un labrador riquísimo. Este nombre de Perlerines no les viene de sus antepasados ni de familia noble. Les viene porque todos los de esta familia son perláticos. Y, para mejorar el nombre, los llaman Perlerines. Aunque, a decir verdad, la doncella es como una perla de Oriente. Mirada por el lado derecho, parece una flor del campo. Por el izquierdo, no tanto, porque le falta ese ojo, que se le saltó por las viruelas. Tiene en la cara muchos hoyos, y grandes. Pero los que la quieren bien dicen que no son hoyos, sino sepulturas donde se entierran las almas de sus enamorados. Es tan limpia que, para no ensuciarse la cara, lleva la nariz levantada, como dicen. Parece que la nariz va huyendo de la boca. Y, con todo esto, es guapísima, porque tiene la boca grande. Si no le faltaran diez o doce dientes y muelas, podría competir con las bocas más bonitas. De los labios no tengo nada que decir. Porque son tan finos y delicados que, si se pudieran devanar, se podría hacer con ellos una madeja. Pero, como tienen un color diferente del que suelen tener los labios, parecen milagrosos. Es porque tienen manchas de azul, de verde y de color de berenjena. Y perdóneme el señor gobernador si pinto con tanto detalle las partes de la que al final será mi hija. Es porque la quiero bien y no me parece mal.

—Pintad lo que queráis —dijo Sancho—, que yo me voy divirtiendo con la pintura. Y, si hubiera comido, no habría mejor postre para mí que vuestro retrato.

—Eso todavía me queda por serviros —respondió el labrador—. Pero ya vendrá el tiempo en que seamos algo, si ahora no lo somos. Y digo, señor, que, si pudiera pintar su elegancia y lo alta que es, sería cosa de admiración. Pero no puede ser, porque ella está doblada y encogida, con las rodillas junto a la boca. Y, con todo eso, se ve bien que, si se pudiera levantar, daría con la cabeza en el techo. Y ya le habría dado la mano de esposa a mi bachiller. Pero no la puede estirar, porque la tiene anudada. Y, aun así, en sus uñas largas y con surcos se ve su bondad y su buena forma.

—Está bien —dijo Sancho—. Haced cuenta, hermano, de que ya la habéis pintado de los pies a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Id al grano, sin rodeos ni callejuelas, sin pedazos ni añadidos.

—Querría, señor —respondió el labrador—, que vuestra merced me hiciera el favor de darme una carta de recomendación para mi consuegro. En ella le suplicaría que aceptara que se hiciera esta boda. Porque no somos desiguales ni en los bienes de la fortuna ni en los de la naturaleza. Pues, a decir verdad, señor gobernador, mi hijo está endemoniado. No hay día en que los malos espíritus no lo atormenten tres o cuatro veces. Y, como una vez se cayó en el fuego, tiene la cara arrugada como un pergamino. Y tiene los ojos algo llorosos, siempre echando agua como fuentes. Pero tiene un carácter de ángel. Y, si no fuera porque se golpea y se da puñetazos a sí mismo, sería un santo.

—¿Queréis otra cosa, buen hombre? —preguntó Sancho.

—Otra cosa querría —dijo el labrador—, pero no me atrevo a decirla. Pero vaya, que al final no se me ha de pudrir dentro del pecho, salga bien o salga mal. Digo, señor, que querría que vuestra merced me diera trescientos o seiscientos ducados para ayudar a la dote de mi bachiller. Quiero decir, para ayudarle a poner su casa. Porque, al fin y al cabo, tienen que vivir solos, sin aguantar las impertinencias de los suegros.

—Mirad si queréis otra cosa —dijo Sancho—, y no dejéis de decirla por vergüenza ni por timidez.

—No, de verdad —respondió el labrador.

Y apenas dijo esto, cuando el gobernador se puso de pie, agarró la silla en que estaba sentado y dijo:

—¡Voto a tal, don patán rústico y maleducado! Si no os apartáis y os escondéis en seguida, con esta silla os rompo y os abro la cabeza. ¡Hideputa bellaco, pintor del mismo demonio! ¿Y a estas horas vienes a pedirme seiscientos ducados? ¿Y dónde los tengo yo, apestoso? ¿Y por qué te los iba a dar, aunque los tuviera, burlón y tonto? ¿Y qué me importa a mí Miguel Turra, ni toda la familia de los Perlerines? ¡Fuera de aquí, te digo! Si no, por vida del duque, mi señor, haré lo que he dicho. Tú no debes de ser de Miguel Turra. Debes de ser algún burlón que el infierno ha enviado aquí para tentarme. Dime, desalmado: todavía no hace día y medio que tengo el gobierno, ¿y ya quieres que tenga seiscientos ducados?

El maestresala le hizo señas al labrador para que saliera de la sala. Él salió con la cabeza baja y, al parecer, con miedo de que el gobernador cumpliera sus amenazas. Porque aquel gran bribón supo hacer muy bien su papel.

Pero dejemos a Sancho con su enfado, y que haya paz en el corro. Y volvamos a don Quijote. Lo dejamos con la cara vendada y curada de las heridas de los gatos. No se curó de ellas en ocho días. Y en uno de esos días le sucedió lo que Cide Hamete promete contar. Lo contará con la exactitud y la verdad con que cuenta todo en esta historia, por pequeño que sea.

### Glosario

- **chirimía**: instrumento de viento antiguo, parecido a una flauta larga.
- **juego de maesecoral**: juego de manos de los magos, que hacen desaparecer las cosas muy rápido.
- **complexión**: la naturaleza y la fuerza del cuerpo de una persona.
- **húmedo radical**: según la medicina antigua, el líquido del cuerpo que mantiene la vida.
- **peliaguda**: difícil; también es un chiste, porque los conejos tienen el pelo agudo.
- **olla podrida**: guiso con muchas carnes y verduras.
- **¡Absit!**: palabra latina: «¡lejos de nosotros!».
- **barquillo, carne de membrillo**: dulce fino y crujiente en forma de tubo; dulce espeso hecho con una fruta amarilla.
- **hacer «tirteafuera»**: chiste con el nombre del pueblo: «tírate afuera», es decir, irse.
- **residencia**: examen que se hacía a un gobernador al terminar su gobierno, para juzgar lo que había hecho.
- **adminícula**: palabra que Sancho usa mal; quiere decir una muerte lenta y cruel.
- **tripas llevan corazón, que no corazón tripas**: refrán: el estómago lleno da valor, y no al revés.
- **pan agradecido**: persona que agradece los favores que recibe.
- **meter en cintura**: obligar a alguien a portarse bien.
- **alma de cántaro**: persona simple, sin malicia.
- **perlático**: enfermo que tiembla mucho y no puede mover bien el cuerpo.
- **devanar, madeja**: enrollar el hilo; el hilo enrollado en vueltas.
- **labrador, labradores**: hombre que trabaja la tierra; campesino.
- **babero**: trozo de tela que se pone sobre el pecho para no mancharse al comer.
- **sazonadas**: preparadas con sal y especias para que tengan buen sabor.
- **aforismos**: frases cortas que enseñan una regla, sobre todo de medicina.
- **saturatio**: palabra latina: hartazgo, comer demasiado.
- **pliego**: hoja de papel doblada; aquí, una carta.
- **vizcaíno**: de Vizcaya, en el norte de España.
- **leguas**: la legua es una medida antigua de distancia, de unos cinco kilómetros.
- **ducados**: monedas antiguas de oro.

## Capítulo XLVIII. De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna

Además, el malherido don Quijote estaba triste y melancólico. Tenía la cara vendada y marcada, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato. Son desgracias que van unidas a la caballería andante. Estuvo seis días sin salir en público. Una de esas noches estaba despierto y sin poder dormir. Pensaba en sus desgracias y en cómo lo perseguía Altisidora. De pronto oyó que alguien abría con una llave la puerta de su habitación. En seguida imaginó que era la enamorada doncella. Pensó que venía a poner en peligro su honestidad. Y que quería hacerle faltar a la fidelidad que debía a su señora Dulcinea del Toboso.

—No —dijo, creyendo a su imaginación, y lo dijo en una voz que se podía oír—. La mayor hermosura de la tierra no conseguirá que yo deje de adorar a mi señora. La tengo grabada en el centro de mi corazón y estampada en lo más escondido de mis entrañas. Da igual, señora mía, que estés transformada en labradora que huele a cebolla. O en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y seda. O que te tengan Merlín o Montesinos donde ellos quieran. Dondequiera que estés, eres mía. Y dondequiera que yo esté, he sido tuyo, y lo seré.

Terminar estas palabras y abrirse la puerta fue todo uno. Don Quijote se puso de pie sobre la cama. Estaba envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo. Llevaba una galocha en la cabeza, y la cara y los bigotes vendados. La cara, por los arañazos. Los bigotes, para que no se le pusieran lacios y se le cayeran. Con ese traje parecía el fantasma más extraordinario que se pueda imaginar.

Clavó los ojos en la puerta. Esperaba ver entrar por ella a la rendida y triste Altisidora. Pero vio entrar a una dueña muy respetable. Llevaba unas tocas blancas con pliegues, tan largas que la cubrían como un manto de los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía media vela encendida. Con la derecha se hacía sombra, para que la luz no le diera en los ojos. Y los ojos los cubrían unas gafas muy grandes. Venía pisando muy despacito y movía los pies con suavidad.

Don Quijote la miró desde su atalaya. Vio cómo iba vestida y notó su silencio. Entonces pensó que alguna bruja o maga venía con aquel traje para hacerle algún mal. Y empezó a santiguarse con mucha prisa. La visión se fue acercando. Cuando llegó a la mitad de la habitación, levantó los ojos. Vio la prisa con que don Quijote se estaba haciendo cruces. Si él se asustó al ver tal figura, ella se espantó al ver la de él. Porque lo vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con las vendas que lo desfiguraban. Y en seguida dio un gran grito, diciendo:

—¡Jesús! ¿Qué es lo que veo?

Con el susto se le cayó la vela de las manos. Al verse a oscuras, dio la vuelta para irse. Pero con el miedo tropezó con sus faldas y se dio una gran caída. Don Quijote, asustado, empezó a decir:

—Te conjuro, fantasma, o lo que seas, a que me digas quién eres. Y dime qué es lo que quieres de mí. Si eres un alma en pena, dímelo. Yo haré por ti todo lo que pueda, porque soy católico cristiano. Y soy amigo de hacer bien a todo el mundo. Para eso tomé la orden de la caballería andante que sigo. Su trabajo llega incluso a hacer bien a las almas del purgatorio.

La dueña estaba dolorida por la caída. Oyó que la conjuraban, y por su propio miedo comprendió el miedo de don Quijote. Y con voz triste y baja le respondió:

—Señor don Quijote, si es que vuestra merced es don Quijote: yo no soy fantasma, ni visión, ni alma del purgatorio. Vuestra merced lo debe de haber pensado, pero no lo soy. Soy doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la duquesa. Vengo a vuestra merced con una necesidad de esas que vuestra merced suele remediar.

—Dígame, señora doña Rodríguez —dijo don Quijote—: ¿viene vuestra merced quizá a hacer de alcahueta? Porque le hago saber que no sirvo para nadie, gracias a la belleza sin par de mi señora Dulcinea del Toboso. En fin, señora doña Rodríguez, le digo esto: deje a un lado todo mensaje de amor. Si lo hace, puede volver a encender su vela y volver aquí. Y hablaremos de todo lo que mande y de lo que más le guste. Pero, como digo, dejando aparte toda tentación y todo coqueteo.

—¿Yo, mensajes de nadie, señor mío? —respondió la dueña—. Mal me conoce vuestra merced. Todavía no soy tan vieja como para meterme en esas niñerías. Pues, gracias a Dios, todavía tengo el alma en el cuerpo. Y tengo todos mis dientes y muelas en la boca, menos unos pocos que me han robado unos catarros. Los catarros son muy frecuentes en esta tierra de Aragón. Pero espéreme vuestra merced un poco. Saldré a encender mi vela y volveré en un momento a contarle mis penas. Vuestra merced remedia las penas de todo el mundo.

Y, sin esperar respuesta, salió de la habitación. Don Quijote se quedó allí esperándola, tranquilo y pensativo. Pero en seguida le vinieron mil pensamientos sobre aquella nueva aventura. Le parecía mal hecho, y peor pensado, ponerse en peligro de romper la fidelidad prometida a su señora. Y se decía a sí mismo:

—¿Quién sabe si el diablo, que es listo y tramposo, querrá engañarme ahora con una dueña? Lo que no ha podido hacer con emperatrices, reinas, duquesas, marquesas ni condesas. He oído decir una cosa muchas veces, y a muchos hombres sabios. El diablo, si puede, os la dará antes roma que aguileña. ¿Y quién sabe si esta soledad, esta ocasión y este silencio despertarán mis deseos dormidos? Quizá harán que, a mis años, caiga donde nunca he tropezado. En casos así, es mejor huir que esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en mi juicio, porque digo y pienso tales disparates. No es posible que una dueña toquiblanca, larga y antojuna despierte pensamientos de lujuria. No lo haría ni en el pecho más desalmado del mundo. ¿Hay acaso en la tierra alguna dueña que tenga buenas carnes? ¿Hay acaso en el mundo alguna dueña que no sea impertinente, estirada y quisquillosa? ¡Afuera, pues, caterva dueñesca, que no sirve para ningún placer humano! ¡Oh, qué bien hacía aquella señora de la que se cuenta una cosa! Tenía dos dueñas de bulto, con sus gafas y sus almohadillas, al final de su estrado. Estaban como si estuvieran cosiendo. Y aquellas estatuas daban tanta importancia a la sala como las dueñas verdaderas.

Y, diciendo esto, saltó de la cama. Quería cerrar la puerta y no dejar entrar a la señora Rodríguez. Pero, cuando llegó a cerrarla, la señora Rodríguez ya volvía con una vela de cera blanca encendida. Ella vio a don Quijote más de cerca, envuelto en la colcha, con las vendas y la galocha o becoquín. Y volvió a tener miedo. Se echó atrás unos dos pasos y dijo:

—¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no me parece muy buena señal que vuestra merced se haya levantado de la cama.

—Eso mismo debería preguntar yo, señora —respondió don Quijote—. Y así, pregunto si yo estaré seguro de no ser atacado y forzado.

—¿A quién y de quién pedís esa seguridad, señor caballero? —respondió la dueña.

—A vos y de vos la pido —contestó don Quijote—. Porque ni yo soy de mármol ni vos de bronce. Y ahora no son las diez de la mañana, sino media noche, y aun un poco más, según imagino. Y estamos en una habitación más cerrada y secreta de lo que debió de ser cierta cueva. En ella el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido. Pero dadme, señora, la mano. No quiero otra seguridad mayor que mi propia continencia y prudencia, y la que ofrecen esas tocas tan respetables.

Y, diciendo esto, se besó su mano derecha y tomó la de ella. Ella se la dio con las mismas ceremonias.

Aquí Cide Hamete hace un paréntesis. Dice, por Mahoma, que habría dado la mejor de las dos almalafas que tenía por ver a aquellos dos así. Iban agarrados de la mano desde la puerta hasta la cama.

Al fin, don Quijote se metió en su cama. Doña Rodríguez se quedó sentada en una silla, algo apartada de la cama. No se quitó las gafas ni soltó la vela. Don Quijote se encogió y se tapó entero, dejando solo la cara al descubierto. Cuando los dos se calmaron, el primero que rompió el silencio fue don Quijote. Dijo:

—Ahora, mi señora doña Rodríguez, puede vuestra merced abrirse y echar fuera todo lo que tiene dentro. Saque todo lo que guarda en su triste corazón y en sus doloridas entrañas. Yo la escucharé con oídos castos y la ayudaré con obras piadosas.

—Así lo creo yo —respondió la dueña—. De la presencia amable y elegante de vuestra merced no se podía esperar más que una respuesta tan cristiana. Pues el caso es este, señor don Quijote. Vuestra merced me ve sentada en esta silla, en medio del reino de Aragón. Y me ve con traje de dueña acabada y maltratada por la vida. Pero yo soy natural de las Asturias de Oviedo. Y soy de una familia emparentada con muchas de las mejores de aquella provincia. Pero mi poca suerte me llevó a la corte, a Madrid. También me llevó el descuido de mis padres, que se empobrecieron antes de tiempo. No sé cómo ni cómo no. Allí, para vivir en paz y evitar mayores desgracias, mis padres me colocaron con una señora importante. Yo la servía como doncella de costura. Y quiero que sepa vuestra merced una cosa. En hacer dobladillos y costura fina nadie me ha ganado nunca. Mis padres me dejaron sirviendo y volvieron a su tierra. Pocos años después debieron de irse al cielo, porque eran muy buenos y católicos cristianos. Me quedé huérfana, con el miserable salario y los pobres favores que suelen dar en palacio a esas criadas. En ese tiempo, sin que yo diera motivo, se enamoró de mí un escudero de la casa. Era ya un hombre mayor, con barba y de buena presencia. Y, sobre todo, era tan hidalgo como el rey, porque era montañés. No llevamos nuestros amores tan en secreto como para que no se enterara mi señora. Para evitar habladurías, ella nos casó en paz y en haz de la Santa Madre Iglesia Católica Romana. De ese matrimonio nació una hija, para acabar con mi buena suerte, si es que tenía alguna. No fue porque yo muriera en el parto, que fue normal y a su tiempo. Fue porque, poco después, mi esposo murió de un susto que tuvo. Si ahora tuviera tiempo para contarlo, sé que vuestra merced se admiraría.

Y en esto empezó a llorar con ternura, y dijo:

—Perdóneme vuestra merced, señor don Quijote, pero no puedo evitarlo. Siempre que me acuerdo de mi marido, muerto antes de tiempo, se me llenan los ojos de lágrimas. ¡Válgame Dios, con qué dignidad llevaba a mi señora en la grupa de una mula fuerte, negra como el azabache! En aquel tiempo no se usaban coches ni sillas de manos, como dicen que se usan ahora. Las señoras iban en la grupa, detrás de sus escuderos. Esto, por lo menos, no puedo dejar de contarlo. Así se verá lo bien educado y lo cumplidor que era mi buen marido. Iban a entrar en la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha. Y por ella venía a salir un alcalde de corte, con dos alguaciles delante. En cuanto mi buen escudero lo vio, dio la vuelta a la mula con las riendas. Daba a entender que iba a volver para acompañarlo. Mi señora, que iba en la grupa, le decía en voz baja: «¿Qué hacéis, desgraciado? ¿No veis que voy aquí?». El alcalde, por cortesía, paró su caballo y le dijo: «Seguid vuestro camino, señor. Soy yo el que debe acompañar a mi señora doña Casilda». Así se llamaba mi ama. Pero mi marido seguía insistiendo, con la gorra en la mano, en ir acompañando al alcalde. Al ver esto, mi señora se llenó de rabia y enfado. Sacó de su estuche un alfiler gordo, o creo que un punzón. Y se lo clavó en la espalda. Mi marido dio un gran grito y torció el cuerpo, de tal manera que tiró a su señora al suelo. Corrieron a levantarla dos lacayos suyos, y lo mismo hicieron el alcalde y los alguaciles. Se alborotó la Puerta de Guadalajara, quiero decir, la gente ociosa que estaba en ella. Mi ama se fue a pie. Y mi marido corrió a casa de un barbero, diciendo que tenía las entrañas atravesadas de lado a lado. La cortesía de mi esposo se hizo tan famosa que los muchachos corrían detrás de él por las calles. Por eso, y porque él era un poco corto de vista, mi señora la duquesa lo despidió. Y estoy segura de que esa pena le causó la enfermedad de la que murió. Me quedé viuda y sin amparo, y con una hija a cuestas. Mi hija iba creciendo en hermosura como la espuma del mar. Al final, como yo tenía fama de gran costurera, mi señora la duquesa quiso traerme con ella. Estaba recién casada con el duque, mi señor. Me trajo a este reino de Aragón, y a mi hija también. Aquí, pasando los días, creció mi hija, y con ella toda la gracia del mundo. Canta como una calandria, baila danzas finas como el pensamiento y bailes alegres como una loca. Lee y escribe como un maestro de escuela, y cuenta el dinero como un avaro. De su limpieza no digo nada: el agua que corre no es más limpia. Y ahora debe de tener, si no me equivoco, dieciséis años, cinco meses y tres días, uno más o menos. En resumen: de esta muchacha mía se enamoró el hijo de un labrador riquísimo. Vive en una aldea del duque, mi señor, no muy lejos de aquí. El caso es que, no sé cómo ni cómo no, se juntaron. Él le dio palabra de ser su esposo y así engañó a mi hija. Y ahora no quiere cumplir su palabra. El duque, mi señor, lo sabe, porque yo me he quejado a él muchas veces, no una sola. Le he pedido que mande a ese labrador casarse con mi hija. Pero él se hace el sordo y apenas quiere oírme. Y la causa es esta: el padre del engañador es muy rico y le presta dinero. Y a cada momento sale como fiador de sus deudas. Por eso el duque no lo quiere disgustar ni darle ninguna pena. Querría, pues, señor mío, que vuestra merced se encargara de deshacer este agravio, o con ruegos o con armas. Pues, según dice todo el mundo, vuestra merced nació en el mundo para deshacer agravios. Y para enderezar entuertos y amparar a los desgraciados. Piense vuestra merced en que mi hija es huérfana. Piense en su gracia, en su juventud y en todas las buenas cualidades que he dicho. Por Dios y por mi conciencia, de todas las doncellas de mi señora, ninguna le llega a la suela del zapato. Hay una que llaman Altisidora, a la que tienen por la más atrevida y elegante. Pero, comparada con mi hija, no le llega ni a dos leguas. Porque quiero que sepa vuestra merced, señor mío, que no es oro todo lo que reluce. Esta Altisidorilla tiene más de presumida que de hermosa, y más de atrevida que de recatada. Además, no está muy sana: tiene un aliento tan cansado que no se puede aguantar estar junto a ella un momento. Y hasta mi señora la duquesa... Me quiero callar, porque se suele decir que las paredes tienen oídos.

—¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez? —preguntó don Quijote.

—Con ese conjuro —respondió la dueña—, no puedo dejar de responder con toda verdad a lo que se me pregunta. ¿Ve vuestra merced, señor don Quijote, la hermosura de mi señora la duquesa? ¿Ve esa piel de la cara, que parece una espada pulida y brillante? ¿Y esas dos mejillas de leche y de carmín, que en una tiene el sol y en la otra la luna? ¿Y esa elegancia con que va pisando el suelo, y hasta despreciándolo? Parece que va repartiendo salud por donde pasa. Pues sepa vuestra merced que eso lo puede agradecer primero a Dios. Y luego a dos fuentes que tiene en las dos piernas. Por ellas sale todo el mal humor del que, según dicen los médicos, está llena.

—¡Santa María! —dijo don Quijote—. ¿Y es posible que mi señora la duquesa tenga esos desagües? No lo creería aunque me lo dijeran frailes descalzos. Pero, como lo dice la señora doña Rodríguez, debe de ser así. Pero esas fuentes, y en esos lugares, no deben de echar humor, sino ámbar líquido. De verdad, ahora termino de creer que esto de hacerse fuentes debe de ser algo importante para la salud.

Apenas terminó don Quijote de decir esto, cuando abrieron de golpe las puertas de la habitación. Con el susto, a doña Rodríguez se le cayó la vela de la mano. Y la habitación quedó oscura como boca de lobo, como suele decirse. Luego la pobre dueña sintió que la agarraban de la garganta con dos manos. La apretaban tan fuerte que no la dejaban ni gemir. Y otra persona, muy rápido y sin decir una palabra, le levantó las faldas. Con algo que parecía una zapatilla, empezó a darle tantos azotes que daba pena. Don Quijote lo notaba, pero no se movía de la cama. No sabía qué podía ser aquello. Se quedaba quieto y callado. Y hasta tenía miedo de que le tocara a él la tanda y la tunda de azotes. Y su miedo no fue en vano. Los verdugos silenciosos dejaron molida a la dueña, que no se atrevía a quejarse. Y entonces fueron a por don Quijote. Lo desenvolvieron de la sábana y de la colcha. Y le dieron pellizcos tan seguidos y tan fuertes que tuvo que defenderse a puñetazos. Y todo esto pasaba en un silencio asombroso. La batalla duró casi media hora. Los fantasmas se fueron. Doña Rodríguez se recogió las faldas y salió por la puerta llorando su desgracia, sin decir una palabra a don Quijote. Él se quedó solo, dolorido y lleno de pellizcos, confuso y pensativo. Allí lo dejaremos, con ganas de saber quién había sido el malvado encantador que lo había dejado así. Pero eso se dirá a su tiempo, porque Sancho Panza nos llama, y el buen orden de la historia lo pide.

### Glosario

- **malherido**: herido de forma grave.
- **melancólico**: triste, sin ánimo.
- **dondequiera**: en cualquier lugar.
- **labrador, labradora**: persona que trabaja la tierra en el campo.
- **tejiendo**: de tejer: hacer tela con hilos.
- **raso**: tela de seda lisa y brillante.
- **lacios**: caídos y sin fuerza.
- **purgatorio**: según la Iglesia católica, lugar donde las almas sufren un tiempo antes de ir al cielo.
- **catarros**: enfermedades leves de la nariz y la garganta, con tos y mocos.
- **huérfana**: niña o mujer que no tiene padres.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero o a una señora.
- **pellizcos**: apretones fuertes de la piel con dos dedos, que hacen daño.
- **galocha, becoquín**: gorro para dormir que cubre la cabeza y las orejas.
- **toca**: tela que las mujeres llevaban sobre la cabeza y los hombros; las dueñas las llevaban blancas y largas.
- **atalaya**: torre alta desde donde se vigila; aquí, la cama, donde don Quijote está de pie.
- **alcahueta**: mujer que lleva mensajes de amor entre dos personas y les ayuda a encontrarse.
- **roma, aguileña**: nariz chata; nariz curva como el pico de un águila. El refrán dice que el diablo usa cualquier medio para tentar.
- **toquiblanca, antojuna**: palabras inventadas por don Quijote: con tocas blancas; con anteojos, es decir, con gafas.
- **caterva dueñesca**: grupo grande de dueñas, dicho con desprecio.
- **almalafa**: manta larga que usaban los moros para cubrirse.
- **hidalgo como el rey, porque era montañés**: en aquella época se decía que todos los de las montañas del norte eran nobles.
- **calandria**: pájaro que canta muy bien.
- **fuentes**: pequeñas heridas que los médicos abrían en la piel para sacar los malos líquidos del cuerpo.
- **como boca de lobo**: muy oscuro.
- **colcha**: tela grande que cubre la cama.
- **cayeran**: de caer: ir hacia abajo, al suelo.
- **santiguarse**: hacer con la mano la señal de la cruz.
- **espantó**: de espantarse: asustarse.
- **desfiguraban**: de desfigurar: cambiar el aspecto de alguien y hacerlo feo o raro.
- **tropezó, tropezado**: de tropezar: dar con el pie en algo y casi caer. Aquí también: cometer una falta.
- **conjuro, conjuraban**: de conjurar: pedir algo con mucha fuerza, en nombre de Dios o de algo sagrado.
- **coqueteo**: forma de actuar para gustar a alguien y enamorarlo.
- **niñerías**: cosas de niños, sin importancia.
- **emperatrices, marquesas**: mujeres de la alta nobleza, con el título de emperatriz o de marquesa, o esposas de un emperador o de un marqués.
- **lujuria**: deseo sexual muy fuerte.
- **desalmado**: sin alma, sin buenos sentimientos.

## Capítulo XLIX. De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula

Dejamos al gran gobernador enfadado y de mal humor con el labrador pintor y burlón. Al labrador lo había preparado el mayordomo, y al mayordomo, el duque. Todos ellos se burlaban de Sancho. Pero él les plantaba cara a todos, aunque era tonto, tosco y gordo. El doctor Pedro Recio había vuelto a entrar en la sala. Había vuelto porque ya se había acabado el secreto de la carta del duque. Sancho dijo a los que estaban con él, y también al doctor:

—Ahora entiendo de verdad que los jueces y gobernadores deben de ser de bronce, o tienen que serlo. Así no sentirán las molestias de los que vienen con negocios. Esos quieren que los escuchen y los atiendan a todas horas y en todo momento. Solo piensan en su negocio, pase lo que pase. A veces el pobre juez no los escucha ni los atiende. O porque no puede, o porque no es la hora señalada para recibirlos. Entonces, en seguida, lo maldicen y murmuran de él. Le roen los huesos y hasta le sacan los defectos de toda su familia. ¡Negociante tonto, negociante necio, no te des prisa! Espera el momento y la ocasión buenos para tratar tus negocios. No vengas a la hora de comer ni a la de dormir. Los jueces son de carne y hueso. Tienen que dar a la naturaleza lo que naturalmente les pide. Menos yo, que no le doy de comer a la mía. Y es gracias al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está aquí delante. Él quiere que me muera de hambre, y dice que esta muerte es vida. ¡Que Dios le dé esa misma vida a él y a todos los de su clase! Quiero decir, a la de los malos médicos, porque los buenos merecen palmas y laureles.

Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban de oírle hablar con tanta elegancia. No sabían a qué se debía. Solo podían pensar que los oficios y los cargos importantes o mejoran o vuelven torpe el entendimiento. Al final, el doctor Pedro Recio Agüero de Tirteafuera prometió darle de cenar aquella noche. Lo haría aunque se saltara todos los aforismos de Hipócrates. Con esto el gobernador quedó contento. Esperaba con muchas ganas que llegara la noche y la hora de cenar. A él le parecía que el tiempo estaba quieto, sin moverse de un lugar. Pero, aun así, llegó por fin el momento tan deseado. Le dieron de cenar un salpicón de vaca con cebolla y unas manos cocidas de ternera ya algo vieja. Se lanzó sobre todo ello con más gusto que si le hubieran dado francolines de Milán o faisanes de Roma. O ternera de Sorrento, perdices de Morón o gansos de Lavajos. Y en medio de la cena se volvió hacia el doctor y le dijo:

—Mirad, señor doctor: de aquí en adelante no os molestéis en darme cosas delicadas ni comidas exquisitas. Porque eso sería sacar de quicio a mi estómago. Mi estómago está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a nabos y a cebollas. Si por casualidad le dan otras comidas de palacio, las recibe con remilgos, y algunas veces con asco. Lo que puede hacer el maestresala es traerme esas que llaman ollas podridas. Cuanto más podridas son, mejor huelen. Y en ellas puede meter y encerrar todo lo que quiera, con tal que sea de comer. Yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día. Y que nadie se burle de mí, porque o somos o no somos. Vivamos todos y comamos en buena paz y compañía, pues cuando Dios amanece, para todos amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho. Y que todo el mundo tenga el ojo alerta y mire por el virote. Porque les hago saber que el diablo está en Cantillana. Y, si me dan ocasión, verán maravillas. ¡Pues no! Haceos miel y os comerán las moscas.

—Desde luego, señor gobernador —dijo el maestresala—, vuestra merced tiene mucha razón en todo lo que ha dicho. Yo prometo una cosa en nombre de todos los isleños de esta ínsula. Servirán a vuestra merced con toda puntualidad, amor y buena voluntad. Vuestra merced ha empezado a gobernar de una manera suave. Por eso no pueden hacer ni pensar nada en contra de vuestra merced.

—Yo lo creo —respondió Sancho—. Y serían unos tontos si hicieran o pensaran otra cosa. Y vuelvo a decir que tengan cuidado con mi comida y con la de mi rucio. Eso es lo que importa en este asunto y lo que más viene al caso. Y, cuando sea la hora, vamos a hacer la ronda. Mi intención es limpiar esta ínsula de toda clase de suciedad y de gente vagabunda, holgazana y de mala vida. Porque quiero que sepáis una cosa, amigos. La gente ociosa y perezosa es en la república como los zánganos en las colmenas. Se comen la miel que hacen las abejas trabajadoras. Pienso ayudar a los labradores y guardar sus privilegios a los hidalgos. Pienso premiar a los virtuosos. Y, sobre todo, respetar la religión y la honra de los religiosos. ¿Qué os parece esto, amigos? ¿Digo algo, o me rompo la cabeza para nada?

—Dice vuestra merced tantas cosas, señor gobernador —dijo el mayordomo—, que estoy admirado. Vuestra merced es un hombre sin letras; a lo que creo, no tiene ninguna. Y, sin embargo, dice tantas cosas y tan buenas, llenas de sabiduría y de consejos. Están muy lejos de lo que esperaban de su ingenio los que nos enviaron y los que vinimos aquí. Cada día se ven cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados.

Llegó la noche, y el gobernador cenó, con permiso del señor doctor Recio. Se prepararon para hacer la ronda. Salió con el mayordomo, el secretario y el maestresala. También iba el cronista que se encargaba de escribir sus hechos. Y alguaciles y escribanos, tantos que podían formar un escuadrón mediano. Sancho iba en medio, con su vara, y era digno de verse. Habían andado pocas calles del pueblo cuando oyeron ruido de espadas. Fueron hacia allá y encontraron solo a dos hombres peleando. Al ver venir a la justicia, los dos se quedaron quietos. Y uno de ellos dijo:

—¡Aquí de Dios y del rey! ¿Cómo se puede aguantar que roben en este pueblo, delante de todos? ¿Y que asalten a la gente en medio de las calles?

—Calmaos, hombre de bien —dijo Sancho—, y contadme la causa de esta pelea, que yo soy el gobernador.

El otro, su contrario, dijo:

—Señor gobernador, yo lo contaré muy brevemente. Sepa vuestra merced que este caballero acaba de ganar más de mil reales. Los ganó en esa casa de juego que está aquí enfrente, y sabe Dios cómo. Yo estaba presente. Y juzgué a su favor más de una jugada dudosa, contra lo que me decía la conciencia. Él se quedó con la ganancia. Yo esperaba que me diera por lo menos algún escudo de barato. Es uso y costumbre dárselo a los hombres importantes como yo. Nosotros estamos allí para lo bueno y para lo malo, para apoyar injusticias y para evitar peleas. Pero él se guardó su dinero y se salió de la casa. Yo vine detrás de él, enfadado. Y con palabras buenas y corteses le he pedido que me diera al menos ocho reales. Porque él sabe que yo soy un hombre honrado. Y sabe que no tengo oficio ni beneficio, porque mis padres no me enseñaron ninguno ni me dejaron nada. Y el muy burlón, que es tan ladrón como Caco y tan fullero como Andradilla, solo quería darme cuatro reales. ¡Vea vuestra merced, señor gobernador, qué poca vergüenza y qué poca conciencia! Pero le juro que, si no llega vuestra merced, le hago vomitar la ganancia. Y habría sabido lo que pesa la romana.

—¿Qué decís vos a esto? —preguntó Sancho.

Y el otro respondió que era verdad todo lo que decía su contrario. No había querido darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces. Y dijo que los que esperan barato deben ser educados. Deben tomar con cara alegre lo que les den, sin pedir cuentas a los que ganan. Solo pueden hacerlo si saben con seguridad que son tramposos y que lo que ganan está mal ganado. Y dijo que él era hombre de bien y no ladrón, como decía el otro. Y que la mejor prueba de ello era no haberle querido dar nada. Porque los tramposos siempre tienen que pagar a los mirones que los conocen.

—Así es —dijo el mayordomo—. Vea vuestra merced, señor gobernador, qué se debe hacer con estos hombres.

—Lo que se debe hacer es esto —respondió Sancho—. Vos, el que ha ganado, seáis bueno, malo o ni una cosa ni otra, escuchad. Dad ahora mismo cien reales a este que os ataca con la espada. Y además tenéis que pagar treinta para los pobres de la cárcel. Y vos, que no tenéis oficio ni beneficio y andáis sin hacer nada por esta ínsula: tomad ahora esos cien reales. Y mañana, en todo el día, salid de esta ínsula, desterrado por diez años. Si no lo cumplís, los cumpliréis en la otra vida. Porque yo os colgaré de una picota, o por lo menos lo hará el verdugo por orden mía. ¡Y que nadie me replique, o le daré un golpe!

El uno pagó y el otro cobró. Este salió de la ínsula, y aquel se fue a su casa. Y el gobernador se quedó diciendo:

—Ahora, o yo puedo poco, o quitaré estas casas de juego. Me parece que hacen mucho daño.

—Esta, por lo menos —dijo un escribano—, no la podrá quitar vuestra merced. Porque es de un gran personaje. Y él pierde cada año mucho más de lo que gana con las cartas. Vuestra merced podrá mostrar su poder contra otras casas de juego más pequeñas. Esas son las que hacen más daño y esconden más insolencias. En las casas de los caballeros importantes y de los señores, los famosos tramposos no se atreven a usar sus trucos. Y, como el vicio del juego se ha vuelto una costumbre de todos, es mejor que se juegue en casas importantes. Es mejor eso que jugar en la casa de algún artesano. Allí cogen a un desgraciado después de medianoche y lo despellejan vivo.

—Ahora, escribano —dijo Sancho—, yo sé que hay mucho que decir sobre eso.

Y en esto llegó un corchete que traía agarrado a un joven, y dijo:

—Señor gobernador, este muchacho venía hacia nosotros. En cuanto vio de lejos a la justicia, dio la vuelta y empezó a correr como un ciervo. Es señal de que debe de ser algún delincuente. Yo salí detrás de él. Y, si no fuera porque tropezó y se cayó, no lo habría alcanzado nunca.

—¿Por qué huías, hombre? —preguntó Sancho.

El joven respondió:

—Señor, para no tener que responder a las muchas preguntas que hacen los de la justicia.

—¿Qué oficio tienes?

—Tejedor.

—¿Y qué tejes?

—Hierros de lanzas, con el permiso de vuestra merced.

—¿Os hacéis el gracioso conmigo? ¿Presumís de bromista? ¡Está bien! ¿Y adónde ibais ahora?

—Señor, a tomar el aire.

—¿Y dónde se toma el aire en esta ínsula?

—Donde sopla.

—¡Bueno, respondéis muy a propósito! Sois listo, muchacho. Pero imaginad que yo soy el aire. Os soplo por detrás, como a un barco, y os llevo a la cárcel. ¡Eh, vosotros, agarradlo y llevadlo! Yo haré que esta noche duerma allí sin aire.

—¡Por Dios —dijo el joven—, vuestra merced me hará dormir en la cárcel igual que me hará rey!

—Pues ¿por qué no te voy a hacer dormir en la cárcel? —respondió Sancho—. ¿No tengo yo poder para prenderte y soltarte cada vez que quiera?

—Por mucho poder que tenga vuestra merced —dijo el joven—, no bastará para hacerme dormir en la cárcel.

—¿Cómo que no? —contestó Sancho—. Llevadlo ahora mismo adonde verá con sus propios ojos su error. Aunque el alcaide quiera ser generoso con él por interés, no servirá de nada. Yo le pondré al alcaide una multa de dos mil ducados si te deja salir un paso de la cárcel.

—Todo eso es cosa de risa —respondió el joven—. El caso es que no me harán dormir en la cárcel todos los que hoy viven.

—Dime, demonio —dijo Sancho—, ¿tienes algún ángel que te saque y te quite los grillos que pienso mandar ponerte?

—Ahora, señor gobernador —respondió el joven con mucha gracia—, seamos razonables y vayamos al grano. Suponga vuestra merced que me manda llevar a la cárcel. Y que allí me ponen grillos y cadenas, y me meten en un calabozo. Y que al alcaide le ponen graves multas si me deja salir, y él lo cumple como le mandan. Aun con todo esto, ¿y si yo no quiero dormir? ¿Y si quiero estar despierto toda la noche, sin pegar ojo? ¿Podrá vuestra merced, con todo su poder, hacerme dormir si yo no quiero?

—No, desde luego —dijo el secretario—. Y el hombre se ha salido con la suya.

—De modo —dijo Sancho— que dejaréis de dormir solo por vuestra voluntad, y no por ir contra la mía.

—No, señor —dijo el joven—, ni pensarlo.

—Pues andad con Dios —dijo Sancho—. Id a dormir a vuestra casa, y que Dios os dé buen sueño, que yo no os lo quiero quitar. Pero os aconsejo que de aquí en adelante no os burléis de la justicia. Porque os encontraréis con alguna que os rompa la cabeza con la burla.

El joven se fue, y el gobernador siguió con su ronda. Poco después llegaron dos corchetes que traían agarrado a un hombre, y dijeron:

—Señor gobernador, este que parece hombre no lo es. Es una mujer, y no fea, que viene vestida de hombre.

Le acercaron a los ojos dos o tres linternas. A su luz descubrieron la cara de una mujer de unos dieciséis años, o pocos más. Llevaba el pelo recogido con una redecilla de oro y seda verde, y era hermosa como mil perlas. La miraron de arriba abajo. Vieron que llevaba unas medias de seda roja, con ligas de tafetán blanco. Las ligas tenían flecos de oro y aljófar. Los greguescos eran verdes, de tela de oro. Llevaba también una saltaembarca o ropilla suelta de la misma tela. Debajo llevaba un jubón de tela finísima de oro y blanco. Los zapatos eran blancos y de hombre. No llevaba espada en la cintura, sino una daga riquísima. Y en los dedos llevaba muchos anillos muy buenos. En fin, la moza les pareció bien a todos. Ninguno de los que la vieron la conocía. Los del pueblo dijeron que no podían imaginar quién era. Los que sabían las burlas que se iban a hacer a Sancho fueron los que más se admiraron. Porque aquel suceso y aquel hallazgo no lo habían preparado ellos. Y así, estaban dudosos, esperando cómo acabaría el caso.

Sancho se quedó pasmado de la hermosura de la moza. Le preguntó quién era, adónde iba y qué motivo la había llevado a vestirse de aquella manera. Ella, con los ojos en el suelo y con una vergüenza muy honesta, respondió:

—No puedo decir, señor, tan en público lo que me importaba tanto que fuera secreto. Solo quiero que se entienda una cosa. No soy ladrón ni criminal. Soy una doncella desgraciada. La fuerza de unos celos me ha hecho romper el decoro que se debe a la honestidad.

Al oír esto, el mayordomo dijo a Sancho:

—Señor gobernador, haga que se aparte la gente. Así esta señora podrá decir lo que quiera con menos vergüenza.

El gobernador lo mandó así. Todos se apartaron, menos el mayordomo, el maestresala y el secretario. Cuando se vieron solos, la doncella siguió diciendo:

—Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, el arrendador de las lanas de este pueblo. Él suele ir muchas veces a casa de mi padre.

—Eso no tiene sentido, señora —dijo el mayordomo—. Yo conozco muy bien a Pedro Pérez y sé que no tiene ningún hijo, ni varón ni hembra. Y además, decís que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchas veces a casa de vuestro padre.

—Ya me había dado cuenta yo —dijo Sancho.

—Señores, estoy nerviosa y no sé lo que digo —respondió la doncella—. Pero la verdad es que soy hija de Diego de la Llana. Todas vuestras mercedes deben de conocerlo.

—Eso sí tiene sentido —respondió el mayordomo—. Yo conozco a Diego de la Llana. Sé que es un hidalgo importante y rico, y que tiene un hijo y una hija. Desde que se quedó viudo, nadie en todo este pueblo puede decir que ha visto la cara de su hija. La tiene tan encerrada que no deja ni que el sol la vea. Y, con todo esto, la fama dice que es hermosísima.

—Así es la verdad —respondió la doncella—, y esa hija soy yo. Si la fama miente o no sobre mi hermosura, ya lo habréis visto, señores, pues me tenéis delante.

Y en esto empezó a llorar con ternura. Al verlo, el secretario se acercó al oído del maestresala y le dijo muy bajo:

—Sin duda a esta pobre doncella le debe de haber pasado algo importante. Si no, una muchacha tan principal no andaría fuera de su casa con ese traje y a estas horas.

—No hay duda —respondió el maestresala—. Y además, sus lágrimas confirman esa sospecha.

Sancho la consoló con las mejores palabras que supo. Y le pidió que les contara sin ningún miedo lo que le había pasado. Le dijo que todos intentarían remediarlo de verdad y de todas las maneras posibles.

—El caso, señores —respondió ella—, es que mi padre me tiene encerrada desde hace diez años. Son los mismos años que lleva mi madre bajo tierra. En casa dicen misa en una rica capilla. En todo este tiempo, solo he visto el sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de noche. No sé lo que son calles, ni plazas, ni iglesias, ni siquiera hombres. Solo conozco a mi padre, a un hermano mío y a Pedro Pérez, el arrendador. Como él viene a menudo a mi casa, se me ocurrió decir que era mi padre. Así no decía quién es el mío. Este encierro me tiene muy triste desde hace muchos días y meses. No me dejan salir de casa, ni siquiera a la iglesia. Yo quería ver el mundo, o por lo menos el pueblo donde nací. Y me parecía que este deseo no iba contra el buen decoro de las doncellas principales. Cuando oía decir que había corridas de toros o juegos de cañas, o que se representaban comedias, preguntaba a mi hermano. Él es un año menor que yo. Le pedía que me dijera qué eran aquellas cosas, y otras muchas que yo no he visto. Él me lo explicaba lo mejor que sabía. Pero todo eso solo me encendía más el deseo de verlo. Al final, para abreviar la historia de mi perdición, digo que yo le rogué y le pedí a mi hermano... ¡Ojalá nunca se lo hubiera pedido ni rogado!

Y volvió a llorar. El mayordomo le dijo:

—Siga vuestra merced, señora, y termine de contarnos lo que le ha pasado. Sus palabras y sus lágrimas nos tienen a todos en suspenso.

—Me quedan pocas palabras por decir —respondió la doncella—, pero sí muchas lágrimas por llorar. Porque los deseos mal puestos no pueden traer otro resultado que este.

La belleza de la doncella se le había metido en el alma al maestresala. Volvió a acercar su linterna para verla otra vez. Y le pareció que no eran lágrimas lo que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados. Y hasta las subía de categoría y las comparaba con perlas de Oriente. Y deseaba que su desgracia no fuera tan grande como daban a entender su llanto y sus suspiros. El gobernador estaba desesperado porque la moza tardaba tanto en contar su historia. Le dijo que no los tuviera más en suspenso, porque ya era tarde y les quedaba mucho pueblo por recorrer. Ella, entre sollozos cortados y suspiros a medias, dijo:

—Mi desgracia no es otra que esta. Le rogué a mi hermano que me vistiera de hombre con uno de sus trajes. Y que me sacara una noche a ver todo el pueblo, mientras nuestro padre dormía. Él, cansado de mis ruegos, aceptó cumplir mi deseo. Me puso este traje, y él se vistió con uno mío. Le queda como si hubiera nacido con él, porque no tiene barba. Parece una doncella hermosísima. Esta noche, hará una hora más o menos, salimos de casa. Guiados por nuestra idea juvenil y loca, hemos dado la vuelta a todo el pueblo. Cuando queríamos volver a casa, vimos venir mucha gente junta. Y mi hermano me dijo: «Hermana, esta debe de ser la ronda. Aligera los pies y ponles alas, y ven corriendo detrás de mí. Que no nos reconozcan, porque nos irá mal». Y, diciendo esto, se dio la vuelta y empezó, no digo a correr, sino a volar. Yo, a menos de seis pasos, me caí con el susto. Entonces llegó el hombre de la justicia y me trajo ante vuestras mercedes. Y aquí me veo, avergonzada ante tanta gente, por mala y por caprichosa.

—Entonces, señora —dijo Sancho—, ¿no os ha pasado ninguna otra desgracia? ¿No os sacaron de vuestra casa los celos, como dijisteis al principio de vuestro cuento?

—No me ha pasado nada, ni me sacaron los celos. Solo fue el deseo de ver el mundo. Y ese deseo no iba más allá de ver las calles de este pueblo.

Entonces llegaron los corchetes con su hermano preso. Eso acabó de confirmar que era verdad lo que decía la doncella. Uno de ellos lo había alcanzado cuando huía de su hermana. El hermano solo llevaba una falda rica y una mantilla de damasco azul con galones de oro fino. Tenía la cabeza sin toca ni otro adorno que su propio pelo. Su pelo era tan rubio y rizado que parecía hecho de anillos de oro. El gobernador, el mayordomo y el maestresala se apartaron con él. Y, sin que lo oyera su hermana, le preguntaron por qué venía con aquel traje. Él, con la misma vergüenza y timidez, contó lo mismo que había contado su hermana. El enamorado maestresala se alegró mucho de oírlo. Pero el gobernador les dijo:

—Desde luego, señores, esto ha sido una gran chiquillada. Para contar esta tontería y este atrevimiento no hacían falta tantos rodeos, ni tantas lágrimas y suspiros. Bastaba con decir: «Somos fulano y fulana. Nos escapamos de casa de nuestros padres con este truco para pasear. Lo hicimos solo por curiosidad, sin ninguna otra intención». Y se acababa el cuento, sin tantos gemidicos y lloramicos y dale que dale.

—Es verdad —respondió la doncella—. Pero sepan vuestras mercedes que estaba tan nerviosa que no he podido comportarme como debía.

—No se ha perdido nada —respondió Sancho—. Vamos, y dejaremos a vuestras mercedes en casa de su padre. Quizá no los habrá echado de menos. Y de aquí en adelante, no sean tan niños ni tan deseosos de ver mundo. Porque la doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa. Y la mujer y la gallina, por andar se pierden aína. Y la que es deseosa de ver también tiene deseo de ser vista. No digo más.

El joven agradeció al gobernador el favor que quería hacerles de llevarlos a su casa. Y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy lejos de allí. Cuando llegaron, el hermano tiró una piedrecita a una reja. Al momento bajó una criada que los estaba esperando y les abrió la puerta. Ellos entraron y dejaron a todos admirados. Se admiraban de su elegancia y su hermosura. Y también de sus ganas de ver mundo de noche y sin salir del pueblo. Pero todo lo atribuyeron a su poca edad.

El maestresala se quedó con el corazón atravesado de amor. Decidió pedirle al padre la mano de la doncella al día siguiente. Estaba seguro de que no se la negaría, porque él era criado del duque. Y también a Sancho le vinieron deseos e ideas de casar al muchacho con Sanchica, su hija. Decidió proponerlo cuando llegara el momento. Pensaba que a la hija de un gobernador no se le podía negar ningún marido.

Con esto se acabó la ronda de aquella noche. Y dos días después se acabó el gobierno. Con él se cortaron de raíz y se borraron todos sus planes, como se verá más adelante.

### Glosario

- **salpicón**: comida de carne picada con cebolla, fría y con vinagre.
- **francolines**: pájaros parecidos a la perdiz, de carne muy fina.
- **faisanes**: aves grandes de cola larga, de carne muy apreciada.
- **aforismos**: frases cortas con reglas o consejos; aquí, las reglas de medicina de Hipócrates.
- **cecina**: carne seca y salada.
- **nabos**: raíces blancas que se comen cocidas.
- **labrador**: hombre que trabaja la tierra en el campo.
- **maldicen**: de maldecir: decir cosas malas contra alguien.
- **murmuran**: de murmurar: hablar mal de alguien a sus espaldas.
- **roer los huesos**: morder poco a poco; aquí, criticar a alguien sin parar.
- **necio**: tonto, que no sabe lo que hace.
- **corchete**: hombre de la justicia que detiene a los delincuentes.
- **grillos**: anillos de hierro con cadena que se ponían en los pies de los presos.
- **arrendador**: persona que paga por cobrar un impuesto o por usar algo que es de otro.
- **sin perdonar derecho ni llevar cohecho**: refrán: cobrar lo que es justo, sin aceptar regalos para cambiar una sentencia.
- **mirar por el virote**: tener mucho cuidado.
- **el diablo está en Cantillana**: refrán: va a pasar algo malo; hay que tener cuidado.
- **haceos miel y os comerán las moscas**: refrán: si eres demasiado blando, los demás se aprovechan de ti.
- **las burlas se vuelven en veras**: las bromas se vuelven cosas serias.
- **barato**: dinero que el que gana en el juego da a los que miran.
- **fullero; Caco, Andradilla**: tramposo en el juego; un ladrón famoso de los mitos y un tramposo famoso de aquella época.
- **saber lo que pesa la romana**: aprender una lección dura; la romana es una balanza antigua.
- **picota**: columna de piedra donde se ponía a los condenados en público.
- **greguescos, saltaembarca, jubón**: pantalones anchos hasta la rodilla; chaqueta corta y suelta; prenda ajustada que cubría el pecho.
- **aljófar**: perlas pequeñas.
- **juego de cañas**: fiesta en la que unos jinetes se lanzaban cañas como si fueran lanzas.
- **gemidicos y lloramicos**: palabras de Sancho para burlarse de los gemidos y los lloros.
- **aína**: palabra antigua: pronto, fácilmente.

## Capítulo L. Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza

Cide Hamete, que examina con muchísimo cuidado hasta los átomos de esta verdadera historia, cuenta lo siguiente. Doña Rodríguez salió de su habitación para ir a la de don Quijote. En ese momento, otra dueña que dormía con ella la oyó. Y como todas las dueñas son amigas de saber, entender y oler, esta dueña fue detrás de ella. Iba con tanto silencio que la buena Rodríguez no se dio cuenta. La dueña la vio entrar en la habitación de don Quijote. Y al momento fue a contárselo a su señora la duquesa. Le dijo que doña Rodríguez estaba en la habitación de don Quijote. Lo hizo para no faltar a la costumbre general que tienen todas las dueñas: ser chismosas.

La duquesa se lo dijo al duque. Le pidió permiso para ir con Altisidora a ver qué quería aquella dueña con don Quijote. El duque se lo dio. Las dos fueron con mucho cuidado y en silencio, paso a paso, y se pusieron junto a la puerta de la habitación. Estaban tan cerca que oían todo lo que hablaban dentro. Cuando la duquesa oyó que Rodríguez había sacado a la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo aguantar. Y Altisidora tampoco. Así que, llenas de rabia y con ganas de venganza, entraron de golpe en la habitación. Llenaron de pellizcos a don Quijote y le dieron azotes a la dueña, de la manera que ya se ha contado. Porque las ofensas que van directas contra la belleza y el orgullo de las mujeres despiertan en ellas una gran ira. Y encienden el deseo de vengarse.

La duquesa le contó al duque lo que le había pasado, y él se divirtió mucho con ello. La duquesa seguía con su intención de burlarse de don Quijote y de pasarlo bien con él. Por eso envió a un paje a casa de Teresa Panza, la mujer de Sancho. Era el paje que había hecho de Dulcinea en el plan de su desencanto. (Sancho Panza, ocupado con su gobierno, ya había olvidado del todo aquel desencanto.) El paje llevaba la carta de su marido y otra carta de la duquesa. También llevaba una gran sarta de corales ricos como regalo.

Dice, pues, la historia que el paje era muy discreto y listo. Con ganas de servir a sus señores, salió muy contento hacia el pueblo de Sancho. Antes de entrar en él, vio a muchas mujeres que lavaban ropa en un arroyo. Les preguntó si sabían si en aquel pueblo vivía una mujer llamada Teresa Panza. Buscaba a la mujer de un tal Sancho Panza, escudero de un caballero llamado don Quijote de la Mancha. Al oír la pregunta, una muchacha que estaba lavando se puso de pie y dijo:

—Esa Teresa Panza es mi madre, ese tal Sancho es mi señor padre, y ese tal caballero es nuestro amo.

—Pues venid, doncella —dijo el paje—, y mostradme a vuestra madre. Porque le traigo una carta y un regalo de ese padre vuestro.

—Lo haré con mucho gusto, señor mío —respondió la muchacha, que parecía tener unos catorce años, poco más o menos.

Dejó la ropa que lavaba a otra compañera. No se cubrió la cabeza ni se puso zapatos, pues estaba con las piernas desnudas y despeinada. Saltó delante del caballo del paje y dijo:

—Venga vuestra merced, que nuestra casa está a la entrada del pueblo, y mi madre está en ella. Está con mucha pena, porque hace muchos días que no sabe nada de mi señor padre.

—Pues yo le traigo noticias tan buenas —dijo el paje— que tiene que dar muchas gracias a Dios por ellas.

Por fin, saltando, corriendo y brincando, la muchacha llegó al pueblo. Antes de entrar en su casa, gritó desde la puerta:

—¡Salga, madre Teresa, salga, salga, que aquí viene un señor que trae cartas y otras cosas de mi buen padre!

Al oír sus gritos, salió su madre, Teresa Panza. Venía hilando un copo de estopa y llevaba una falda parda. La falda era tan corta que parecía que se la habían cortado por un lugar vergonzoso. Llevaba también un corpiño pardo y una camisa que le cubría el pecho. No era muy vieja, aunque parecía tener más de cuarenta años. Era fuerte, derecha, de músculos duros y seca como una avellana. Al ver a su hija y al paje a caballo, le dijo a la niña:

—¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es este?

—Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza —respondió el paje.

Y lo dijo y lo hizo a la vez. Saltó del caballo y fue con mucha humildad a ponerse de rodillas delante de la señora Teresa. Mientras, decía:

—Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa. Vuestra merced es la mujer legítima y propia del señor don Sancho Panza, verdadero gobernador de la ínsula Barataria.

—¡Ay, señor mío, quítese de ahí, no haga eso! —respondió Teresa—. Porque yo no soy nada de palacio, sino una pobre labradora, hija de un destripaterrones. Soy la mujer de un escudero andante, y no de ningún gobernador.

—Vuestra merced —respondió el paje— es mujer dignísima de un gobernador archidignísimo. Y, como prueba de esta verdad, reciba vuestra merced esta carta y este regalo.

Enseguida sacó del bolsillo una sarta de corales con los extremos de oro. Se la puso al cuello y dijo:

—Esta carta es del señor gobernador. Y otra carta que traigo y estos corales son de mi señora la duquesa, que me envía a vuestra merced.

Teresa se quedó asombrada, y su hija igual. La muchacha dijo:

—Que me maten si nuestro señor amo don Quijote no anda por aquí. Debe de haberle dado a padre el gobierno o el condado que tantas veces le había prometido.

—Así es la verdad —respondió el paje—. Por respeto al señor don Quijote, el señor Sancho es ahora gobernador de la ínsula Barataria. Así se verá por esta carta.

—Léamela vuestra merced, señor gentilhombre —dijo Teresa—, porque, aunque yo sé hilar, no sé leer ni una migaja.

—Ni yo tampoco —añadió Sanchica—. Pero espérenme aquí, que voy a llamar a alguien que la lea. Puede ser el mismo cura o el bachiller Sansón Carrasco. Vendrán con mucho gusto, para saber noticias de mi padre.

—No hace falta llamar a nadie —dijo el paje—, porque yo no sé hilar, pero sé leer, y la leeré.

Y así, se la leyó entera. Aquí no se pone, porque ya se ha contado antes. Luego sacó otra carta, la de la duquesa, que decía así:

Amiga Teresa:

Vuestro marido Sancho tiene buenas cualidades de bondad e inteligencia. Ellas me movieron y me obligaron a pedir algo a mi marido el duque. Le pedí que le diera el gobierno de una ínsula, de las muchas que tiene. Tengo noticia de que gobierna como un girifalte. Yo estoy muy contenta de eso, y el duque mi señor también. Por eso doy muchas gracias al cielo, porque no me engañé al escogerlo para ese gobierno. Porque quiero que sepa la señora Teresa que es difícil encontrar un buen gobernador en el mundo. ¡Y que Dios me trate a mí tan bien como gobierna Sancho!

Ahí le envío, querida mía, una sarta de corales con los extremos de oro. Me gustaría que fuera de perlas orientales; pero «quien te da el hueso, no te querría ver muerta». Vendrá un tiempo en que nos conozcamos y nos tratemos, y Dios sabe lo que pasará. Salude de mi parte a Sanchica, su hija. Dígale que se prepare, porque la voy a casar muy alto cuando menos lo piense.

Me dicen que en ese pueblo hay bellotas gordas. Envíeme hasta dos docenas; las apreciaré mucho, porque vienen de su mano. Escríbame largo y cuénteme cómo está de salud y cómo le va. Y si necesita alguna cosa, no tiene que hacer más que abrir la boca. Le daré lo que pida su boca, y que Dios me la guarde. Desde este lugar.

Su amiga, que la quiere bien,

La Duquesa.

—¡Ay —dijo Teresa al oír la carta—, qué buena, qué sencilla y qué humilde es esta señora! Que me entierren a mí con señoras como ella, y no con las hidalgas de este pueblo. Esas piensan que, por ser hidalgas, no las puede tocar ni el viento. Van a la iglesia con tanto orgullo como si fueran las mismas reinas. Parece que les da vergüenza mirar a una labradora. Y mirad cómo esta buena señora, aunque es duquesa, me llama amiga. Me trata como si fuera su igual. ¡Así la vea yo igual de alta que el campanario más alto de la Mancha! Y en cuanto a las bellotas, señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín. Son tan gordas que la gente puede venir a mirarlas como una maravilla. Y ahora, Sanchica, ocúpate de atender bien a este señor. Cuida de este caballo, saca huevos de la cuadra y corta tocino adunia. Démosle de comer como a un príncipe. Porque las buenas noticias que nos ha traído y su buena cara lo merecen todo. Mientras tanto, yo saldré a contar a mis vecinas las noticias de nuestra alegría. Se las contaré también al padre cura y a maese Nicolás el barbero. Ellos son y han sido tan amigos de tu padre.

—Sí, lo haré, madre —respondió Sanchica—. Pero mire que me tiene que dar la mitad de esa sarta. No creo que mi señora la duquesa sea tan boba como para enviársela toda a usted.

—Todo es para ti, hija —respondió Teresa—, pero déjame llevarla al cuello algunos días. Porque de verdad parece que me alegra el corazón.

—También se alegrarán —dijo el paje— cuando vean el paquete que viene en esta maleta. Es un vestido de paño finísimo que el gobernador llevó a la caza un solo día. Lo envía entero para la señora Sanchica.

—¡Que viva él mil años —respondió Sanchica—, y el que lo trae, lo mismo, y aun dos mil, si hace falta!

En esto, Teresa salió de casa con las cartas y con la sarta al cuello. Iba tocando con los dedos sobre las cartas, como si fueran un pandero. Por casualidad se encontró con el cura y con Sansón Carrasco, y empezó a bailar y a decir:

—¡Por mi fe, que ahora ya no hay pariente pobre! ¡Tenemos un gobiernito! ¡Que se atreva conmigo la hidalga más pintada, que yo la pondré como nueva!

—¿Qué es esto, Teresa Panza? —le preguntaron ellos—. ¿Qué locuras son estas, y qué papeles son esos?

—No hay más locura que esta —respondió Teresa—. Estas son cartas de duquesas y de gobernadores, y esto que llevo al cuello son corales finos. Las avemarías y los padrenuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.

—Solo Dios os entenderá, Teresa —dijeron ellos—; nosotros no os entendemos ni sabemos lo que decís.

—Ahí lo podrán ver vuestras mercedes —respondió Teresa.

Y les dio las cartas. El cura las leyó de manera que Sansón Carrasco también las oyó. Sansón y el cura se miraron el uno al otro, como asombrados de lo que habían leído. El bachiller preguntó quién había traído aquellas cartas. Teresa respondió que fueran con ella a su casa y verían al mensajero. Dijo que era un joven como un pino de oro, y que le traía otro regalo que valía mucho más. El cura le quitó los corales del cuello, los miró y los volvió a mirar. Comprobó que eran finos y se asombró otra vez. Entonces dijo:

—Por el hábito que llevo, que no sé qué decir ni qué pensar de estas cartas y de estos regalos. Por una parte, veo y toco lo finos que son estos corales. Por otra, leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de bellotas.

—¡Aderézame esas medidas! —dijo entonces Carrasco—. Bueno, vamos a ver al que ha traído esta carta. Él nos explicará las dudas que tenemos.

Así lo hicieron, y Teresa volvió con ellos. Encontraron al paje limpiando con una criba un poco de cebada para su caballo. Sanchica estaba cortando un trozo de tocino para freírlo con huevos y dar de comer al paje. A los dos les gustaron mucho la presencia del paje y su buena ropa. Lo saludaron con cortesía, y él a ellos. Después Sansón le pidió noticias tanto de don Quijote como de Sancho Panza. Porque, aunque habían leído las cartas de Sancho y de la señora duquesa, todavía estaban confusos. No acababan de entender qué era aquello del gobierno de Sancho, y menos de una ínsula. Pues todas o casi todas las islas del mar Mediterráneo son de Su Majestad. A esto el paje respondió:

—No hay que dudar de que el señor Sancho Panza es gobernador. Si lo que gobierna es una ínsula o no, en eso no me meto. Pero basta saber que es un lugar de más de mil vecinos. Y en cuanto a las bellotas, digo una cosa —decía él—. Mi señora la duquesa es tan sencilla y tan humilde que no solo envía a pedir bellotas a una labradora. A veces envía a pedir prestado un peine a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras mercedes una cosa. Las señoras de Aragón, aunque son tan importantes, no son tan puntillosas ni tan orgullosas como las señoras castellanas. Tratan a la gente con más sencillez.

En medio de esta conversación, llegó Sanchica de un salto, con la falda llena de huevos, y preguntó al paje:

—Dígame, señor: ¿mi señor padre lleva por casualidad calzas atacadas desde que es gobernador?

—No me he fijado en eso —respondió el paje—, pero sí debe de llevarlas.

—¡Ay, Dios mío! —replicó Sanchica—. ¡Qué cosa será ver a mi padre con pedorreras! ¿No es gracioso que desde que nací tengo ganas de ver a mi padre con calzas atacadas?

—Con esas cosas lo verá vuestra merced, si vive —respondió el paje—. Por Dios, que lleva camino de viajar con papahígo, aunque el gobierno le dure solo dos meses.

El cura y el bachiller se dieron cuenta de que el paje hablaba con burla. Pero lo finos que eran los corales y el vestido de caza que Sancho enviaba lo deshacían todo. Porque Teresa ya les había enseñado el vestido. Y se rieron del deseo de Sanchica, y más cuando Teresa dijo:

—Señor cura, mire a ver si hay por ahí alguien que vaya a Madrid o a Toledo. Quiero que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, a la moda y de los mejores que haya. Porque de verdad, de verdad, tengo que honrar el gobierno de mi marido todo lo que pueda. Y hasta, si me enfado, me iré a esa corte y me compraré un coche, como todas. Porque la que tiene marido gobernador muy bien puede tener y mantener un coche.

—¡Y cómo, madre! —dijo Sanchica—. Ojalá fuera antes hoy que mañana, aunque me vean ir sentada con mi señora madre en aquel coche. Y aunque digan: «¡Mirad a esa tal por cual, hija del harto de ajos! ¡Cómo va sentada y tumbada en el coche, como si fuera una papisa!». Pero que pisen ellos el barro, y que yo vaya en mi coche, con los pies levantados del suelo. ¡Mal año y mal mes para todos los murmuradores del mundo, y «ándeme yo caliente, y ríase la gente»! ¿Digo bien, madre mía?

—¡Y cómo que dices bien, hija! —respondió Teresa—. Todas estas buenas suertes, y aun mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho. Y ya verás, hija, cómo no para hasta hacerme condesa, porque todo es empezar a tener suerte. Tu buen padre es padre de los refranes igual que es padre tuyo. Y yo le he oído decir muchas veces: «cuando te dieren la vaquilla, corre con soguilla». Cuando te den un gobierno, cógelo; cuando te den un condado, agárralo. Y cuando te hagan «tus, tus» con algún buen regalo, guárdalo. ¡Pues no, dormíos! ¡Y no respondáis a las suertes y a las buenas fortunas que están llamando a la puerta de vuestra casa!

—¿Y qué me importa a mí —añadió Sanchica— lo que diga cualquiera cuando me vea orgullosa y presumida? Que digan: «Viose el perro en bragas de cerro...», y lo demás.

Al oír esto, el cura dijo:

—Yo no puedo creer otra cosa. Todos los de este linaje de los Panzas nacieron cada uno con un saco de refranes dentro del cuerpo. No he visto a ninguno que no los suelte a todas horas y en todas sus conversaciones.

—Así es la verdad —dijo el paje—, porque el señor gobernador Sancho los dice a cada paso. Y, aunque muchos no vienen a cuento, siempre dan gusto. Mi señora la duquesa y el duque los celebran mucho.

—¿Entonces vuestra merced, señor mío, sigue diciendo que es verdad eso del gobierno de Sancho? —dijo el bachiller—. ¿Y que hay en el mundo una duquesa que le envía regalos y le escribe? Porque nosotros, aunque tocamos los regalos y hemos leído las cartas, no lo creemos. Pensamos que esta es una de las cosas de don Quijote, nuestro paisano, que piensa que todo está hecho por encantamiento. Y así, estoy por decir que quiero tocar y palpar a vuestra merced. Quiero ver si es un embajador de fantasía o un hombre de carne y hueso.

—Señores, yo no sé más de mí —respondió el paje— sino que soy un embajador verdadero. Sé que el señor Sancho Panza es gobernador de verdad. Y sé que mis señores, el duque y la duquesa, pueden dar y han dado ese gobierno. Y he oído decir que en él se porta valentísimamente el tal Sancho Panza. Si en esto hay encantamiento o no, discútanlo vuestras mercedes entre ustedes, que yo no sé otra cosa. Lo juro por la vida de mis padres, que están vivos y a los que amo y quiero mucho.

—Bien puede ser así —replicó el bachiller—, pero «dubitat Augustinus».

—Dude quien quiera dudar —respondió el paje—: la verdad es la que he dicho. Y la verdad tiene que andar siempre por encima de la mentira, como el aceite sobre el agua. Y si no, «operibus credite, et non verbis». Venga alguno de vuestras mercedes conmigo, y verán con los ojos lo que no creen por los oídos.

—Ese viaje me toca a mí —dijo Sanchica—. Lléveme vuestra merced, señor, en las ancas de su caballo. Yo iré con mucho gusto a ver a mi señor padre.

—Las hijas de los gobernadores no deben ir solas por los caminos —dijo el paje—. Tienen que ir acompañadas de carrozas, de literas y de muchos criados.

—Por Dios —respondió Sancha—, igual de bien me iría a mí en una burra joven que en un coche. ¡Pues sí que habéis encontrado a una niña delicada!

—Calla, muchacha —dijo Teresa—, que no sabes lo que dices. Este señor tiene razón: «tal el tiempo, tal el tiento»; «cuando Sancho, Sancha, y cuando gobernador, señora». Y no sé si digo algo.

—La señora Teresa dice más de lo que piensa —dijo el paje—. Y denme de comer y déjenme ir pronto, porque pienso volver esta tarde.

A esto el cura dijo:

—Vuestra merced vendrá a hacer penitencia conmigo. Porque la señora Teresa tiene más buena voluntad que cosas para atender a tan buen huésped.

El paje dijo que no; pero al final tuvo que aceptar, porque le convenía. Y el cura se lo llevó con mucho gusto, porque así podía preguntarle con calma por don Quijote y sus hazañas.

El bachiller se ofreció a escribir las cartas de respuesta de Teresa. Pero ella no quiso que el bachiller se metiera en sus cosas, porque lo tenía por un poco burlón. Y así, le dio un bollo y dos huevos a un monaguillo que sabía escribir. El monaguillo le escribió dos cartas, una para su marido y otra para la duquesa. Las palabras salieron de la propia cabeza de Teresa. Y no son las peores cartas que se ponen en esta gran historia, como se verá más adelante.

### Glosario

- **el Aranjuez de sus fuentes**: Aranjuez es un lugar con jardines reales famosos por sus fuentes. Aquí es una broma: las «fuentes» de la duquesa eran heridas abiertas en sus piernas, y doña Rodríguez lo había contado.
- **destripaterrones**: campesino pobre que rompe la tierra para trabajarla.
- **sarta**: serie de bolitas o cuentas pasadas por un hilo, como un collar.
- **gobierna como un girifalte**: el girifalte es un ave de caza muy fuerte; quiere decir que gobierna muy bien.
- **quien te da el hueso, no te querría ver muerta**: refrán: quien te da algo pequeño también te quiere bien.
- **adunia**: en abundancia, mucho.
- **la más pintada / la pondré como nueva**: la más orgullosa / le diré cosas muy duras y la dejaré avergonzada.
- **oro de martillo**: oro puro trabajado a golpes de martillo.
- **un pino de oro**: un joven muy guapo y elegante.
- **¡Aderézame esas medidas!**: expresión para decir que dos cosas no encajan y no se entienden.
- **calzas atacadas / pedorreras**: pantalones anchos y cortos que llevaban los señores, atados a la ropa de arriba.
- **papahígo**: gorro de tela que cubre la cabeza y la cara, usado por los señores para viajar con frío.
- **verdugado**: falda con aros que se ponía debajo del vestido para darle volumen.
- **ándeme yo caliente, y ríase la gente**: refrán: lo importante es estar bien, aunque los demás se rían.
- **tus, tus**: palabras para llamar a un perro; aquí, cuando alguien te ofrece algo.
- **Viose el perro en bragas de cerro...**: refrán sobre quien sube de posición y olvida a sus amigos de antes.
- **dubitat Augustinus**: frase en latín: «San Agustín duda».
- **operibus credite, et non verbis**: frase en latín: «creed a las obras y no a las palabras».
- **tal el tiempo, tal el tiento**: refrán: hay que comportarse según el momento.
- **ancas**: la parte de atrás del caballo.
- **hacer penitencia**: aquí, comer una comida sencilla; es una forma modesta de invitar.

## Capítulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales como buenos

Llegó la mañana del día que siguió a la noche de la ronda del gobernador. El maestresala pasó aquella noche sin dormir. Tenía el pensamiento ocupado en la cara, la gracia y la belleza de la doncella disfrazada. Y el mayordomo usó el resto de la noche para escribir a sus señores lo que Sancho Panza hacía y decía. Estaba tan admirado de sus hechos como de sus palabras. Porque las palabras y las acciones de Sancho andaban mezcladas, con señales de discreto y de tonto.

Por fin se levantó el señor gobernador. Por orden del doctor Pedro Recio, le dieron de desayuno un poco de conserva y cuatro tragos de agua fría. Sancho lo habría cambiado por un pedazo de pan y un racimo de uvas. Pero vio que aquello era más obligación que voluntad. Por eso lo aceptó, con mucho dolor de su alma y cansancio de su estómago. Pedro Recio le hacía creer que las comidas pocas y delicadas avivaban el ingenio. Y eso, según él, era lo que más convenía a las personas que tienen mando y cargos importantes. Porque en esos cargos no se usan tanto las fuerzas del cuerpo como las de la inteligencia.

Con estas razones falsas, Sancho pasaba hambre. Y tanta, que en secreto maldecía el gobierno y hasta a quien se lo había dado. Pero, con su hambre y con su conserva, se puso a juzgar aquel día. Lo primero que se le presentó fue una pregunta de un forastero. Estaban presentes el mayordomo y los demás ayudantes. La pregunta fue esta:

—Señor, un río grande separaba dos tierras de un mismo señor. (Y esté vuestra merced atento, porque el caso es importante y algo difícil.) Digo, pues, que sobre este río había un puente. Al final del puente había una horca y una especie de casa de audiencia. Allí había normalmente cuatro jueces. Aplicaban la ley que había puesto el dueño del río, del puente y de las tierras. La ley decía así. «Si alguien pasa por este puente de un lado a otro, primero tiene que jurar adónde va y a qué va. Si jura la verdad, déjenlo pasar. Y si dice mentira, que muera ahorcado en la horca que hay allí, sin ningún perdón». Muchos conocían esta ley y su dura condición, y pasaban. Por lo que juraban, enseguida se veía que decían la verdad, y los jueces los dejaban pasar libremente. Pues sucedió que tomaron juramento a un hombre. Él juró y dijo, por el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca de allí. No iba a ninguna otra cosa. Los jueces pensaron en el juramento y dijeron: «Si dejamos pasar libremente a este hombre, mintió en su juramento. Y, según la ley, debe morir. Y si lo ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca. Y como juró la verdad, por la misma ley debe ser libre». Se pide a vuestra merced, señor gobernador, que diga qué harán los jueces con este hombre. Porque todavía hoy están dudando y sin saber qué decidir. Han oído hablar de la inteligencia aguda y elevada de vuestra merced. Por eso me enviaron a mí. Vengo a suplicar a vuestra merced, de su parte, que dé su opinión en un caso tan enredado y dudoso.

A esto respondió Sancho:

—Por cierto que esos señores jueces que os envían a mí podrían haberse ahorrado el viaje. Porque yo soy un hombre que tiene más de mostrenco que de agudo. Pero, aun así, repetidme otra vez el asunto de manera que yo lo entienda: quizá podría ser que acertara.

El que preguntaba volvió a contar una y otra vez lo que había dicho al principio, y Sancho dijo:

—En mi opinión, este asunto os lo voy a explicar yo en dos palabras. Es así: ese hombre jura que va a morir en la horca. Si muere en ella, juró la verdad, y por la ley que hay merece ser libre y pasar el puente. Y si no lo ahorcan, juró mentira, y por la misma ley merece que lo ahorquen.

—Así es como dice el señor gobernador —dijo el mensajero—. Y en cuanto a entender todo el caso entero, no hay más que pedir ni que dudar.

—Digo yo, pues, ahora —replicó Sancho— que, de este hombre, dejen pasar la parte que juró verdad. Y que ahorquen la parte que dijo mentira. Y de esta manera se cumplirá al pie de la letra la condición para pasar.

—Pues, señor gobernador —replicó el que preguntaba—, entonces será necesario dividir a ese hombre en partes, en mentirosa y verdadera. Y si se divide, por fuerza tiene que morir. Así no se consigue nada de lo que pide la ley, y está claro que es necesario cumplirla.

—Venid acá, señor buen hombre —respondió Sancho—. O yo soy un porro, o ese pasajero tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar el puente. Porque si la verdad lo salva, la mentira lo condena igualmente. Y como esto es así, os doy mi opinión. Decid a esos señores que os enviaron a mí que lo dejen pasar libremente. Pues las razones para condenarlo o para absolverlo están igualadas. Porque siempre se alaba más hacer el bien que hacer el mal. Y esto lo daría firmado con mi nombre, si supiera firmar. En este caso yo no he hablado por mí mismo. Es que me vino a la memoria un consejo, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote. Me lo dio la noche antes de venir a ser gobernador de esta ínsula. Me dijo que, cuando la justicia estuviera en duda, me inclinara y me acogiera a la misericordia. Y Dios ha querido que ahora me acordara, porque viene a este caso como hecho a medida.

—Así es —respondió el mayordomo—. Y yo creo que el mismo Licurgo no habría podido dar mejor sentencia que la del gran Panza. Licurgo fue el que dio leyes a los lacedemonios. Y termine con esto la audiencia de esta mañana. Yo daré orden de que el señor gobernador coma muy a su gusto.

—Eso pido, y sin trampas —dijo Sancho—. Denme de comer, y que lluevan sobre mí casos y dudas, que yo las resolveré en el aire.

El mayordomo cumplió su palabra, porque le parecía un cargo de conciencia matar de hambre a un gobernador tan discreto. Además, pensaba terminar con él aquella misma noche, con la última burla que le habían encargado hacerle.

Pues sucedió que aquel día Sancho comió contra las reglas y los consejos del doctor Tirteafuera. Cuando quitaban los manteles, entró un correo con una carta de don Quijote para el gobernador. Sancho mandó al secretario que la leyera primero para sí. Y si no traía nada que debiera ser secreto, que la leyera en voz alta. El secretario lo hizo así. Primero la repasó, y luego dijo:

—Bien se puede leer en voz alta. Porque lo que el señor don Quijote escribe a vuestra merced merece estar impreso y escrito con letras de oro. Dice así:

Carta de don Quijote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria

Yo esperaba oír noticias de tus descuidos y tonterías, Sancho amigo, y las oí de tu buen juicio. Por eso di gracias especiales al cielo, que sabe levantar a los pobres del estiércol y hacer discretos a los tontos. Me dicen que gobiernas como si fueras hombre. Y que eres hombre como si fueras bestia, por la humildad con que te tratas. Y quiero que tengas en cuenta, Sancho, una cosa. Muchas veces conviene y es necesario ir contra la humildad del corazón, por la autoridad del cargo. Porque la persona que tiene cargos importantes debe vestirse como piden esos cargos. No debe vestirse según lo que le pide su condición humilde. Vístete bien, que «un palo compuesto no parece palo». No digo que lleves adornos ni ropas de fiesta, ni que te vistas de soldado siendo juez. Digo que te vistas con la ropa que pide tu oficio, con tal que esté limpia y bien arreglada.

Para ganarte el cariño del pueblo que gobiernas, tienes que hacer dos cosas, entre otras. La primera, ser educado con todos, aunque esto ya te lo he dicho otra vez. Y la segunda, procurar que haya abundancia de alimentos. Porque no hay nada que canse más el corazón de los pobres que el hambre y la carestía.

No hagas muchas leyes. Y si las haces, procura que sean buenas y, sobre todo, que se respeten y se cumplan. Porque las leyes que no se respetan son lo mismo que si no existieran. Al contrario: dan a entender que el príncipe tuvo inteligencia y autoridad para hacerlas. Pero no tuvo valor para hacer que se respetaran. Y las leyes que asustan y no se cumplen terminan siendo como la viga, rey de las ranas. Al principio las asustó, pero con el tiempo las ranas la despreciaron y se subieron encima de ella.

Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre duro, ni siempre blando. Escoge el medio entre estos dos extremos, porque en eso está la discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas, porque la presencia del gobernador en esos lugares es muy importante. Esa presencia consuela a los presos, que esperan que se resuelva pronto su caso. Es un coco para los carniceros, que entonces pesan la carne con justicia. Y es un espantajo para las vendedoras de la plaza, por la misma razón. Quizá seas avaricioso, mujeriego o glotón, aunque yo no lo creo. Pero no te muestres así. Porque, en cuanto el pueblo y los que te tratan conozcan tu inclinación, te atacarán por ese lado. Y te atacarán hasta hundirte en lo más profundo de la perdición.

Mira y vuelve a mirar, pasa y vuelve a pasar los consejos y las enseñanzas que te di por escrito. Te los di antes de que salieras de aquí hacia tu gobierno. Si los cumples, verás que encuentras en ellos una ayuda extra. Te hará más ligeros los trabajos y las dificultades que los gobernadores encuentran a cada paso. Escribe a tus señores y muéstrate agradecido con ellos. Porque la ingratitud es hija de la soberbia y uno de los mayores pecados que se conocen. Y quien es agradecido con los que le han hecho bien da señal de que también lo será con Dios. Porque Dios le hizo tantos bienes y se los hace siempre.

La señora duquesa envió a un mensajero con tu vestido y con otro regalo a tu mujer Teresa Panza. Esperamos la respuesta en cualquier momento.

Yo he estado un poco enfermo por un cierto gateamiento que me pasó. Y no les sentó muy bien a mis narices. Pero no fue nada, porque, si hay encantadores que me maltratan, también hay otros que me defienden.

Avísame si el mayordomo que está contigo tuvo algo que ver con lo que hizo la Trifaldi, como tú sospechaste. Y ve contándome todo lo que te pase, pues el camino es tan corto. Además, yo pienso dejar pronto esta vida ociosa en que estoy, pues no nací para ella.

Se me ha presentado un asunto que creo que me va a hacer perder el favor de estos señores. Pero, aunque me importa mucho, no me importa nada. Pues, al fin y al cabo, antes tengo que cumplir con mi profesión que con su gusto. Como suele decirse: «amicus Plato, sed magis amica veritas». Te digo este latín porque me imagino que lo habrás aprendido desde que eres gobernador. Y adiós. Que Dios te guarde de que nadie te tenga lástima.

Tu amigo,

Don Quijote de la Mancha.

Sancho escuchó la carta con mucha atención. Los que la oyeron la celebraron y la tuvieron por discreta. Luego Sancho se levantó de la mesa, llamó al secretario y se encerró con él en su habitación. Quiso responder enseguida a su señor don Quijote, sin esperar más. Dijo al secretario que fuera escribiendo lo que él le dijera, sin añadir ni quitar nada. Y así lo hizo el secretario. La carta de respuesta decía lo siguiente:

Carta de Sancho Panza a don Quijote de la Mancha

Mis asuntos me ocupan tanto que no tengo tiempo para rascarme la cabeza, ni siquiera para cortarme las uñas. Y por eso las llevo tan largas que solo Dios lo puede remediar. Digo esto, señor mío de mi alma, para que vuestra merced no se asuste por mi silencio. Hasta ahora no le he contado si estoy bien o mal en este gobierno. En él tengo más hambre que cuando andábamos los dos por los bosques y por los lugares sin gente.

El otro día me escribió el duque, mi señor. Me avisaba de que habían entrado en esta ínsula ciertos espías para matarme. Hasta ahora yo no he descubierto a ningún otro espía que a un cierto doctor. Está en este lugar con un sueldo para matar a todos los gobernadores que vengan aquí. Se llama el doctor Pedro Recio, y es natural de Tirteafuera. ¡Para que vea vuestra merced qué nombre! ¡Cómo no voy a temer que moriré en sus manos! Este doctor dice de sí mismo que él no cura las enfermedades cuando las hay. Dice que las previene, para que no vengan. Y las medicinas que usa son dieta y más dieta, hasta dejar a la persona en los puros huesos. ¡Como si no fuera peor mal la debilidad que la fiebre! En fin, él me va matando de hambre, y yo me voy muriendo de rabia. Porque yo pensaba venir a este gobierno a comer caliente y a beber frío. Pensaba descansar el cuerpo entre sábanas de holanda, sobre colchones de pluma. Y he venido a hacer penitencia, como si fuera ermitaño. Y como no la hago por mi voluntad, pienso que, al final de todo, me va a llevar el diablo.

Hasta ahora «no he tocado derecho ni llevado cohecho», y no sé qué pasa con esto. Porque aquí me han dicho una cosa de los gobernadores que suelen venir a esta ínsula. Antes de que entren en ella, la gente del pueblo les ha dado o les ha prestado mucho dinero. Y dicen que esta es la costumbre normal con todos los que van a gobiernos, no solo en este.

Anoche, cuando hacía la ronda, me encontré con una doncella muy hermosa vestida de hombre. Iba con un hermano suyo vestido de mujer. Mi maestresala se enamoró de la muchacha y la escogió en su imaginación para su mujer, según él ha dicho. Y yo escogí al muchacho para mi yerno. Hoy los dos hablaremos de nuestros planes con el padre de ambos. Es un tal Diego de la Llana, hidalgo y cristiano viejo como el que más.

Yo visito las plazas, como vuestra merced me aconseja. Ayer encontré a una vendedora que vendía avellanas nuevas. Descubrí que había mezclado una hanega de avellanas nuevas con otra de avellanas viejas, vacías y podridas. Se las quité todas y se las di a los niños de la doctrina, que sabrían distinguirlas bien. Y la condené a no entrar en la plaza durante quince días. Me han dicho que lo hice con valor. Lo que sí puedo decir a vuestra merced es una cosa. En este pueblo es fama que no hay gente peor que las vendedoras de la plaza. Porque todas son desvergonzadas, sin alma y atrevidas. Y yo así lo creo, por las que he visto en otros pueblos.

Estoy muy satisfecho de que mi señora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza. Y también de que le haya enviado el regalo que dice vuestra merced. Procuraré mostrarme agradecido a su tiempo. Bésele vuestra merced las manos de mi parte. Y dígale que yo digo que no lo ha echado en saco roto, como verá por las obras.

No querría que vuestra merced tuviera discusiones ni disgustos con esos señores míos. Porque si vuestra merced se enfada con ellos, está claro que eso me hará daño a mí. Vuestra merced me aconseja a mí que sea agradecido. Por eso no estará bien que vuestra merced no lo sea con quien le ha hecho tantos favores. Le han tratado con tanto regalo en su castillo.

Aquello del gateado no lo entiendo. Pero me imagino que debe de ser alguna mala jugada de los malos encantadores. Suelen hacérselas a vuestra merced. Ya lo sabré cuando nos veamos.

Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no sé qué enviarle. Solo se me ocurren algunos tubos de jeringa, que en esta ínsula los hacen muy bonitos para ponerles vejigas. Pero, si me dura el cargo, yo buscaré algo que enviar, de un modo o de otro.

Si me escribe mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el envío y mándeme la carta. Porque tengo muchísimas ganas de saber cómo están mi casa, mi mujer y mis hijos. Y con esto, que Dios libre a vuestra merced de encantadores con malas intenciones. Y que a mí me saque bien y en paz de este gobierno. Pero lo dudo, porque pienso dejarlo junto con la vida, según me trata el doctor Pedro Recio.

Criado de vuestra merced,

Sancho Panza, el Gobernador.

El secretario cerró la carta y despachó enseguida al correo. Los que se burlaban de Sancho se reunieron y decidieron entre ellos cómo sacarlo del gobierno. Aquella tarde Sancho la pasó haciendo algunas ordenanzas para el buen gobierno de lo que él imaginaba que era una ínsula. Ordenó que no hubiera revendedores de alimentos en la república. Ordenó también que se pudiera traer vino de los lugares que quisieran, pero con una condición. Tenían que declarar el lugar de donde era el vino. Así le pondrían el precio según su valor, su calidad y su fama. Y el que le echara agua o le cambiara el nombre perdería la vida por ello.

Bajó el precio de todo el calzado, sobre todo el de los zapatos, porque le parecía exagerado. Puso un límite a los sueldos de los criados, que corrían sin freno por el camino del interés. Puso castigos durísimos a los que cantaran canciones indecentes y groseras, de noche o de día. Ordenó que ningún ciego cantara milagros en coplas si no traía una prueba auténtica de que eran verdaderos. Porque le parecía que la mayoría de los milagros que cantan los ciegos son inventados, y eso perjudica a los verdaderos.

Hizo y creó un alguacil de pobres. No era para perseguirlos, sino para examinar si eran pobres de verdad. Porque, detrás de los falsos mancos y de las heridas falsas, se esconden brazos ladrones y una salud borracha. En resumen, ordenó cosas tan buenas que todavía hoy se cumplen en aquel lugar. Y se llaman «Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza».

### Glosario

- **mostrenco**: persona torpe y de pocas luces.
- **porro**: tonto, persona que entiende poco.
- **Licurgo / los lacedemonios**: Licurgo fue un sabio que dio leyes a los antiguos espartanos (los lacedemonios).
- **un palo compuesto no parece palo**: refrán: con buena ropa, cualquier persona parece mejor.
- **carestía**: falta de alimentos y precios muy altos.
- **coco / espantajo**: figuras que dan miedo; aquí, alguien que asusta a los que hacen trampas.
- **gateamiento / gateado**: palabras inventadas a partir de «gato»: el ataque de los gatos que sufrió don Quijote.
- **amicus Plato, sed magis amica veritas**: frase en latín: «Platón es mi amigo, pero la verdad es más amiga».
- **no he tocado derecho ni llevado cohecho**: no he cobrado dinero que no me tocaba ni he aceptado sobornos.
- **Tirteafuera**: nombre de un pueblo; suena como «tírate fuera», es decir, «vete de aquí».
- **sábanas de holanda**: sábanas de una tela muy fina.
- **niños de la doctrina**: niños pobres o huérfanos que la Iglesia cuidaba y educaba.
- **no lo ha echado en saco roto**: no lo ha olvidado; lo tendrá en cuenta.
- **alguacil de pobres**: oficial que vigila si los pobres que piden son pobres de verdad.

## Capítulo LII. Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez

Cuenta Cide Hamete que don Quijote ya estaba curado de sus arañazos. Entonces le pareció que la vida que llevaba en aquel castillo iba contra toda la orden de caballería que profesaba. Así que decidió pedir permiso a los duques para irse a Zaragoza. Las fiestas de esa ciudad estaban cerca, y allí pensaba ganar el arnés que se gana en esas fiestas.

Un día estaba a la mesa con los duques. Empezaba a poner en práctica su intención y a pedir el permiso. De repente, entraron por la puerta de la gran sala dos mujeres, como se vio después. Estaban cubiertas de luto de los pies a la cabeza. Una de ellas se acercó a don Quijote y se echó a sus pies. Estaba tendida a lo largo en el suelo, con la boca pegada a los pies de don Quijote. Daba unos gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos que confundió a todos los que la oían y la miraban. Los duques pensaron que sería alguna burla que sus criados querían hacer a don Quijote. Pero, aun así, veían con cuánta fuerza la mujer suspiraba, gemía y lloraba. Y eso los tenía dudosos y sin saber qué pensar. Por fin don Quijote, lleno de compasión, la levantó del suelo. Hizo que se descubriera y que se quitara el manto de la cara llorosa.

Ella lo hizo así, y resultó ser lo que nadie habría podido pensar. Porque descubrió la cara de doña Rodríguez, la dueña de la casa. Y la otra mujer de luto era su hija, la muchacha engañada por el hijo del labrador rico. Todos los que la conocían se asombraron, y los duques más que nadie. Porque la tenían por boba y de buena pasta. Pero no la tenían por tan boba como para venir a hacer locuras. Finalmente, doña Rodríguez se volvió hacia los señores y les dijo:

—Vuestras excelencias, tengan la bondad de darme permiso para hablar un poco con este caballero. Porque así conviene para salir bien del asunto en que me ha metido el atrevimiento de un villano con malas intenciones.

El duque dijo que se lo daba, y que hablara con el señor don Quijote todo lo que quisiera. Ella volvió la voz y la cara hacia don Quijote y dijo:

—Hace días, valeroso caballero, que os conté la injusticia y la traición de un mal labrador. Las ha fecho a mi muy querida y amada fija, esta desdichada que está aquí presente. Y vos me habedes prometido defenderla y enderezar el tuerto que le han fecho. Y ahora he sabido que os queréis ir de este castillo. Os vais en busca de las buenas aventuras que Dios os dé. Así que querría pediros algo antes de que os marchéis por esos caminos. Querría que desafiarais a este campesino salvaje y que le hicierais casarse con mi hija. Así cumpliría la palabra que le dio de ser su esposo, antes de acostarse con ella. Porque pensar que el duque mi señor me va a hacer justicia es pedir peras al olmo. Ya os he contado en secreto la razón. Y con esto, que Nuestro Señor dé a vuestra merced mucha salud, y que a nosotras no nos abandone.

A estas palabras respondió don Quijote con mucha seriedad y mucha solemnidad:

—Buena dueña, calmad vuestras lágrimas, o, mejor dicho, secadlas, y ahorraos los suspiros. Porque yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra hija. Mejor le habría ido si no hubiera sido tan fácil para creer promesas de enamorados. La mayoría de esas promesas son ligeras de prometer y muy pesadas de cumplir. Y así, con permiso del duque mi señor, saldré enseguida en busca de ese joven sin alma. Lo encontraré, lo desafiaré y lo mataré si se niega a cumplir la palabra que prometió. Porque lo principal de mi profesión es perdonar a los humildes y castigar a los soberbios. Quiero decir: socorrer a los desgraciados y destruir a los crueles.

—No hace falta —respondió el duque— que vuestra merced busque al campesino de quien se queja esta buena dueña. Ni tampoco hace falta que vuestra merced me pida permiso para desafiarlo. Porque yo lo doy por desafiado, y me encargo de hacerle saber este desafío. Haré que lo acepte y que venga a responder por sí mismo a este castillo mío. Aquí daré a los dos un campo seguro para luchar. Se respetarán todas las condiciones que suelen y deben respetarse en estos actos. Y se respetará igualmente la justicia de cada uno. Así están obligados a hacerlo todos los príncipes que dan campo libre a los que luchan en sus tierras.

—Pues con esa seguridad y con el permiso de vuestra grandeza —replicó don Quijote—, digo esto desde aquí. Por esta vez renuncio a mi hidalguía. Me bajo y me pongo al nivel humilde del que hizo el daño. Me hago igual a él, para que pueda luchar conmigo. Y así, aunque no está aquí, lo desafío y lo reto. Lo acuso de que hizo mal en engañar a esta pobre. Ella era doncella, y por su culpa ya no lo es. Y digo que tiene que cumplirle la palabra que le dio de ser su legítimo esposo, o morir en el intento.

Y luego se quitó un guante y lo arrojó en medio de la sala. El duque lo levantó. Dijo que, como ya había dicho, él aceptaba aquel desafío en nombre de su vasallo. Señaló el plazo: de allí a seis días. El campo sería la plaza de aquel castillo. Y las armas serían las de costumbre de los caballeros: lanza, escudo y armadura completa, con todas sus piezas. No habría engaño, trampa ni hechizo, y los jueces del campo las examinarían y las verían.

—Pero, antes que nada —dijo el duque—, es necesario algo. Esta buena dueña y esta mala doncella deben poner el derecho de su justicia en manos del señor don Quijote. Porque, si no, no se hará nada, ni se llevará a cabo como debe este desafío.

—Yo sí lo pongo —respondió la dueña.

—Y yo también —añadió la hija, toda llorosa, toda avergonzada y de mal humor.

Quedó tomado este acuerdo, y el duque ya había pensado lo que tenía que hacer en el caso. Las mujeres de luto se fueron. La duquesa ordenó que desde entonces no las trataran como a criadas suyas. Debían tratarlas como a señoras aventureras que venían a pedir justicia a su casa. Así que les dieron una habitación aparte y las sirvieron como a forasteras. Las demás criadas se asombraron de la tontería y el atrevimiento de doña Rodríguez y de su desgraciada hija. Pues no sabían en qué iba a terminar todo aquello.

En esto, para terminar de alegrar la fiesta y dar buen final a la comida, entró en la sala el paje. Era el que había llevado las cartas y los regalos a Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza. Los duques se alegraron mucho de su llegada, porque deseaban saber lo que le había pasado en su viaje. Se lo preguntaron. El paje respondió que no podía contarlo tan en público ni en pocas palabras. Les pidió que lo dejaran para cuando estuvieran a solas, y que mientras tanto se entretuvieran con aquellas cartas. Sacó dos cartas y las puso en manos de la duquesa. Una decía por fuera: «Carta para mi señora la duquesa tal, de no sé dónde». Y la otra: «A mi marido Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí». A la duquesa no se le cocía el pan, como suele decirse, hasta leer su carta. La abrió y la leyó para sí. Vio que podía leerla en voz alta para que la oyeran el duque y los presentes, y la leyó así:

Carta de Teresa Panza a la Duquesa

Mucho contento me dio, señora mía, la carta que vuestra grandeza me escribió, porque de verdad la tenía muy deseada. La sarta de corales es muy buena, y el vestido de caza de mi marido no se queda atrás. Todo este pueblo se ha alegrado mucho de que vuestra señoría haya hecho gobernador a Sancho, mi esposo. Aunque no hay nadie que lo crea, sobre todo el cura, y mase Nicolás el barbero, y Sansón Carrasco el bachiller. Pero a mí no me importa nada. Como la cosa es así, y así es, que diga cada uno lo que quiera. Aunque, a decir verdad, si no hubieran venido los corales y el vestido, tampoco yo lo creería. Porque en este pueblo todos tienen a mi marido por un porro. Y, aparte de gobernar un rebaño de cabras, no pueden imaginar para qué gobierno puede ser bueno. Dios lo haga y lo guíe, como ve que lo necesitan sus hijos.

Yo, señora de mi alma, he decidido, con permiso de vuestra merced, meter este buen día en mi casa. Quiero irme a la corte a pasearme tumbada en un coche, para dar rabia a mil envidiosos que ya tengo. Por eso suplico a vuestra excelencia que mande a mi marido que me envíe algún dinerillo. Y que sea una cantidad seria, porque en la corte los gastos son grandes. El pan vale a real, y la libra de carne a treinta maravedís, que es una locura. Y si quiere que no vaya, que me avise con tiempo, porque los pies me están hirviendo por ponerme en camino. Mis amigas y mis vecinas me dicen una cosa. Puede que mi hija y yo andemos por la corte orgullosas y elegantes. Si es así, conocerán a mi marido por mí más que a mí por él. Porque por fuerza muchos preguntarán: «¿Quién son estas señoras de este coche?». Y un criado mío responderá: «La mujer y la hija de Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria». Y de esta manera será conocido Sancho, y yo seré estimada, y «a Roma por todo».

Me pesa todo lo que me puede pesar que este año no se han cogido bellotas en este pueblo. Aun así, envío a vuestra alteza hasta medio celemín. Yo misma fui al monte a cogerlas y a escogerlas una a una, y no las encontré más grandes. Yo querría que fueran como huevos de avestruz.

No se le olvide a vuestra pomposidad escribirme. Yo tendré cuidado de responder. Le contaré cómo estoy de salud y todo lo que haya que contar de este lugar. Aquí quedo rogando a Nuestro Señor que guarde a vuestra grandeza, y que a mí no me olvide. Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced las manos.

La que tiene más ganas de ver a vuestra señoría que de escribirle, su criada,

Teresa Panza.

Todos se divirtieron mucho al oír la carta de Teresa Panza, sobre todo los duques. La duquesa preguntó a don Quijote si estaría bien abrir la carta que venía para el gobernador. Se imaginaba que debía de ser buenísima. Don Quijote dijo que él la abriría para darles gusto. Y así lo hizo, y vio que decía así:

Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido

Recibí tu carta, Sancho mío de mi alma. Te prometo y te juro como católica cristiana que me faltaron dos dedos para volverme loca de contento. Mira, hermano: cuando oí que eres gobernador, pensé que me iba a caer allí muerta de pura alegría. Porque ya sabes tú que dicen que la alegría repentina mata igual que el dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le escapó el pis sin darse cuenta, de puro contento. Yo tenía delante el vestido que me enviaste. Tenía al cuello los corales que me envió mi señora la duquesa, y las cartas en las manos. Y allí estaba presente el que las había traído. Y, a pesar de todo eso, creía y pensaba que todo lo que veía y tocaba era un sueño. Porque, ¿quién podía pensar que un pastor de cabras iba a llegar a ser gobernador de ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que mi madre decía que hay que vivir mucho para ver mucho. Lo digo porque pienso ver más si vivo más. Porque no pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero. El diablo se lleva a quien los usa mal. Pero, al fin y al cabo, son oficios que siempre tienen y manejan dinero. Mi señora la duquesa te dirá las ganas que tengo de ir a la corte. Piénsalo bien y dime lo que quieres, porque yo procuraré honrarte allí andando en coche.

El cura, el barbero, el bachiller y hasta el sacristán no pueden creer que eres gobernador. Dicen que todo es un engaño, o cosas de encantamiento, como son todas las de don Quijote tu amo. Y dice Sansón que va a ir a buscarte para sacarte el gobierno de la cabeza. Y a don Quijote le quiere sacar la locura de los sesos. Yo no hago más que reírme y mirar mi sarta. Y pienso en el vestido que voy a hacerle a nuestra hija con el tuyo.

Envié unas bellotas a mi señora la duquesa; yo querría que fueran de oro. Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula.

Las noticias de este pueblo son estas. La Berrueca casó a su hija con un pintor de mala mano. Él llegó a este pueblo a pintar lo que saliera. El Concejo le mandó pintar el escudo de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento. Pidió dos ducados y se los dieron por adelantado. Trabajó ocho días, y al final no pintó nada. Dijo que no sabía pintar tantas cosas pequeñas. Devolvió el dinero, y, a pesar de todo, se casó con fama de buen artesano. Es verdad que ya ha dejado el pincel y ha tomado la azada, y va al campo como un señor. El hijo de Pedro de Lobo ha recibido las primeras órdenes y la corona, con intención de hacerse clérigo. Lo supo Minguilla, la nieta de Mingo Silvato. Y lo ha denunciado, porque dice que él le dio palabra de casamiento. Las malas lenguas quieren decir que ella ha estado embarazada de él, pero él lo niega con todas sus fuerzas.

Este año no hay aceitunas, ni se encuentra una gota de vinagre en todo este pueblo. Por aquí pasó una compañía de soldados, y de paso se llevaron a tres muchachas de este pueblo. No te quiero decir quiénes son. Quizá volverán, y no faltará quien las tome por mujeres, con sus defectos buenos o malos.

Sanchica hace puntas de encaje y gana cada día ocho maravedís limpios. Los va echando en una hucha para ayudarse con su ajuar. Pero ahora que es hija de un gobernador, tú le darás la dote sin que ella tenga que trabajar. La fuente de la plaza se secó. Un rayo cayó en la picota, ¡y que allí caigan todas las desgracias!

Espero respuesta a esta carta y tu decisión sobre mi viaje a la corte. Y con esto, que Dios te me guarde más años que a mí, o los mismos. Porque no querría dejarte sin mí en este mundo.

Tu mujer,

Teresa Panza.

Las cartas fueron celebradas, reídas, apreciadas y admiradas. Y, para terminar de ponerle el sello, llegó el correo que traía la carta que Sancho enviaba a don Quijote. También se leyó en público, y esa carta hizo dudar de que el gobernador fuera tonto.

La duquesa se retiró para saber del paje lo que le había pasado en el pueblo de Sancho. Él se lo contó todo muy por extenso, sin dejar ningún detalle. Le dio las bellotas y, además, un queso. Teresa se lo había dado porque era muy bueno, mejor que los de Tronchón. La duquesa lo recibió con muchísimo gusto. Y con ese gusto la dejaremos, para contar el final del gobierno del gran Sancho Panza. Él fue flor y espejo de todos los gobernadores de ínsulas.

### Glosario

- **arnés**: armadura; aquí, la que se daba como premio en las fiestas de Zaragoza.
- **fecho, fija, habedes**: formas muy antiguas de «hecho», «hija» y «habéis», como en los libros de caballerías.
- **enderezar el tuerto**: corregir una injusticia («tuerto» es una palabra antigua para «injusticia»).
- **pedir peras al olmo**: refrán: pedir algo imposible, porque el olmo no da peras.
- **no se le cocía el pan**: expresión: estaba muy impaciente.
- **meter este buen día en mi casa**: aprovechar la buena suerte que ha llegado.
- **y a Roma por todo**: expresión: y que pase lo que tenga que pasar, con todo resuelto.
- **vuestra pomposidad**: tratamiento inventado por Teresa, a partir de «pompa» (lujo, grandeza).
- **arrendador / alcabalero**: personas que cobraban impuestos y rentas, y ganaban dinero con ello.
- **las primeras órdenes y la corona**: primeros pasos para ser clérigo; la corona es el círculo de pelo cortado en la cabeza.
- **ajuar / dote**: ropa y cosas de casa que lleva una novia / dinero o bienes que la novia lleva al casarse.
- **picota**: columna de piedra en la plaza donde se ponía a los castigados para que todos los vieran.
- **Tronchón**: pueblo de Aragón famoso por sus quesos.

## Capítulo LIII. Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza

«Pensar que en esta vida las cosas van a durar siempre igual es pensar en lo imposible. Al contrario, parece que todo anda en redondo, quiero decir, en círculo. La primavera sigue al verano, el verano al estío y el estío al otoño. Luego el otoño al invierno, y el invierno a la primavera. Y así vuelve a andar el tiempo con esta rueda que nunca para. Solo la vida humana corre hacia su fin, más rápida que el tiempo. Y no espera renovarse, si no es en la otra vida, que no tiene límites». Esto dice Cide Hamete, filósofo mahomético. Porque muchos lo han entendido sin la luz de la fe, solo con la luz natural. Han entendido que la vida presente es rápida y poco firme. Y han entendido que la vida eterna que se espera dura para siempre. Pero aquí nuestro autor lo dice por la rapidez con que se acabó el gobierno de Sancho. Se acabó, se consumió, se deshizo y se fue como sombra y humo.

La séptima noche de su gobierno, Sancho estaba en su cama. No estaba harto de pan ni de vino, sino de juzgar, de dar opiniones y de hacer estatutos y leyes. El sueño, a pesar del hambre y contra ella, empezaba a cerrarle los párpados. Entonces oyó un ruido tan grande de campanas y de voces que parecía que toda la ínsula se hundía. Se sentó en la cama y se quedó atento, escuchando. Quería ver si descubría cuál podía ser la causa de un alboroto tan grande. Pero no solo no lo supo. Además, al ruido de voces y campanas se añadió el de muchísimas trompetas y tambores. Y se quedó más confuso y lleno de temor y de espanto. Se levantó y se puso unas zapatillas, por la humedad del suelo. Sin ponerse bata ni nada parecido, salió a la puerta de su habitación. En ese momento vio venir por unos pasillos a más de veinte personas. Traían antorchas encendidas en las manos y las espadas desenvainadas. Todos gritaban a grandes voces:

—¡Arma, arma, señor gobernador, arma! Porque han entrado muchísimos enemigos en la ínsula, y estamos perdidos si vuestra habilidad y vuestro valor no nos socorren.

Con este ruido, furia y alboroto llegaron adonde estaba Sancho, sorprendido y pasmado por lo que oía y veía. Cuando llegaron a él, uno le dijo:

—¡Ármese enseguida vuestra señoría, si no quiere perderse y que se pierda toda esta ínsula!

—¿Para qué me voy a armar yo —respondió Sancho—, y qué sé yo de armas ni de socorros? Será mejor dejar estas cosas para mi amo don Quijote, que en un momento las resolverá y las pondrá a salvo. Porque yo, ¡pecador de mí!, no entiendo nada de estas prisas.

—¡Ay, señor gobernador! —dijo otro—. ¿Qué calma es esa? Ármese vuestra merced, que aquí le traemos armas para atacar y para defenderse. Y salga a esa plaza y sea nuestro guía y nuestro capitán. Pues le toca por derecho, ya que es nuestro gobernador.

—Ármenme, pues, en buena hora —respondió Sancho.

Y al momento le trajeron dos paveses, porque venían preparados con ellos. Se los pusieron encima de la camisa, sin dejarle ponerse otra ropa: un pavés delante y otro detrás. Le sacaron los brazos por unos huecos que traían hechos, y lo ataron muy bien con unas cuerdas. Así quedó encerrado entre tablas, como entre paredes, derecho como un huso. No podía doblar las rodillas ni dar un solo paso. Le pusieron en las manos una lanza, y él se apoyó en ella para poder sostenerse en pie. Cuando lo tuvieron así, le dijeron que caminara y que los guiara y animara a todos. Porque, siendo él su norte, su linterna y su lucero, sus asuntos tendrían buen final.

—¿Cómo voy a caminar, desgraciado de mí —respondió Sancho—, si no puedo mover las rodillas? Me lo impiden estas tablas, que tengo tan cosidas a mis carnes. Lo que tienen que hacer es llevarme en brazos y ponerme, atravesado o de pie, en alguna puerta pequeña. Yo la guardaré, con esta lanza o con mi cuerpo.

—Ande, señor gobernador —dijo otro—, que es más el miedo que las tablas lo que le impide andar. Termine y muévase, que es tarde. Los enemigos crecen, y las voces aumentan, y el peligro es cada vez mayor.

Por estas razones y estos insultos, el pobre gobernador intentó moverse. Y se cayó al suelo con un golpe tan grande que pensó que se había hecho pedazos. Se quedó como un galápago encerrado y cubierto con su concha, o como medio tocino metido entre dos artesas. O bien como una barca que se ha quedado atrapada en la arena. Y aquella gente que se burlaba de él no le tuvo ninguna compasión por verlo caído. Al contrario: apagaron las antorchas y volvieron a gritar más fuerte. Repetían el «¡arma!» con muchísima prisa. Pasaban por encima del pobre Sancho y le daban muchísimos golpes con las espadas sobre los paveses. Si no se hubiera hecho pequeño y metido la cabeza entre los paveses, lo habría pasado muy mal el pobre gobernador. Allí, metido en aquel espacio estrecho, sudaba y sudaba. Y de todo corazón rogaba a Dios que lo sacara de aquel peligro.

Unos tropezaban con él, otros caían. Y hubo uno que se subió encima de él un buen rato. Desde allí, como desde una torre de vigilancia, dirigía a los ejércitos y decía a grandes voces:

—¡Aquí los nuestros, que por este lado atacan más los enemigos! ¡Que se guarde aquella entrada, que se cierre aquella puerta, que se bloqueen aquellas escaleras! ¡Que vengan alcancías, pez y resina en calderas de aceite hirviendo! ¡Trinchéense las calles con colchones!

En fin, nombraba con todas sus fuerzas todas las cosas, instrumentos y armas de guerra. Con ellas se suele defender una ciudad cuando la asaltan. Y el molido Sancho, que lo escuchaba y lo sufría todo, decía para sí:

—¡Oh, si mi Señor quisiera que se acabara ya de perder esta ínsula! ¡Y si me viera yo o muerto o fuera de esta angustia tan grande!

El cielo oyó su petición, y, cuando menos lo esperaba, oyó voces que decían:

—¡Victoria, victoria! ¡Los enemigos huyen vencidos! ¡Ea, señor gobernador, levántese vuestra merced! Venga a disfrutar de la victoria y a repartir los despojos que se han quitado a los enemigos. Se han ganado gracias al valor de ese brazo invencible.

—Levántenme —dijo con voz de dolor el dolorido Sancho.

Lo ayudaron a levantarse, y, cuando estuvo de pie, dijo:

—Al enemigo que yo haya vencido, quiero que me lo claven en la frente. Yo no quiero repartir despojos de enemigos. Solo quiero pedir y suplicar algo a algún amigo, si es que tengo alguno. Que me dé un trago de vino, porque me seco. Y que me seque este sudor, porque me estoy haciendo agua.

Lo limpiaron, le trajeron el vino y le desataron los paveses. Se sentó sobre su cama y se desmayó del miedo, del susto y del esfuerzo. A los de la burla ya les pesaba haberla hecho tan pesada. Pero que Sancho volviera en sí les calmó la pena que les había dado su desmayo. Él preguntó qué hora era, y le respondieron que ya amanecía. Se calló, y, sin decir nada más, empezó a vestirse, hundido en silencio. Todos lo miraban y esperaban a ver en qué iba a terminar la prisa con que se vestía. Por fin se vistió. Y poco a poco, porque estaba molido y no podía ir deprisa, se fue a la cuadra. Lo siguieron todos los que estaban allí. Se acercó al rucio, lo abrazó y le dio un beso de paz en la frente. Y, no sin lágrimas en los ojos, le dijo:

—Venid vos acá, compañero mío y amigo mío, que me ayudáis a llevar mis trabajos y mis miserias. Cuando yo vivía con vos, solo pensaba en arreglar vuestros arreos y en alimentar vuestro cuerpecito. Entonces eran felices mis horas, mis días y mis años. Pero después os dejé y me subí a las torres de la ambición y de la soberbia. Desde entonces se me han metido en el alma mil miserias, mil trabajos y cuatro mil inquietudes.

Y, mientras iba diciendo estas palabras, iba también poniendo la albarda al asno, sin que nadie le dijera nada. Cuando el rucio tuvo puesta la albarda, Sancho subió sobre él con mucha pena y tristeza. Dirigió sus palabras al mayordomo, al secretario, al maestresala, a Pedro Recio el doctor y a otros muchos presentes. Les dijo:

—Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad. Dejadme ir a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quieran atacarlas. Yo entiendo más de arar y cavar, y de podar y plantar las viñas. Entiendo de eso más que de dar leyes o de defender provincias o reinos. «Bien se está San Pedro en Roma»: quiero decir, que cada uno está bien haciendo el oficio para el que nació. Me va mejor a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador. Prefiero hartarme de gazpachos a estar sometido a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre. Y prefiero, en mi libertad, tumbarme a la sombra de una encina en el verano. Y abrigarme con un zamarro de dos pelos en el invierno. Eso es mejor que acostarme entre sábanas de holanda bajo la obligación del gobierno, y vestirme con pieles de marta. Vuestras mercedes quédense con Dios. Y digan al duque mi señor que «desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano». Quiero decir que entré en este gobierno sin una blanca y sin ella salgo. Es al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y apártense, déjenme ir, que me voy a poner emplastos. Porque creo que tengo molidas todas las costillas, gracias a los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí.

—No debe ser así, señor gobernador —dijo el doctor Recio—. Porque yo le daré a vuestra merced una bebida contra caídas y golpes. Enseguida le devolverá su fuerza y su energía de antes. Y en cuanto a la comida, le prometo a vuestra merced corregirme. Le dejaré comer en abundancia todo lo que quiera.

—¡Tarde piache! —respondió Sancho—. Es tan imposible que me quede como que me vuelva turco. Estas burlas no son para dos veces. Por Dios, que no me quedo en este gobierno ni acepto otro, aunque me lo dieran entre dos platos. Es tan imposible como volar al cielo sin alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos. Y si una vez dicen nones, nones tienen que ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo. Quédense en esta cuadra las alas de la hormiga. Me levantaron en el aire para que me comieran los vencejos y otros pájaros. Y volvamos a andar por el suelo con pie llano. Si no lo adornan zapatos picados de cuero de Córdoba, no le faltarán unas alpargatas toscas de cuerda. «Cada oveja con su pareja», y «nadie extienda la pierna más de lo que sea larga la sábana». Y déjenme pasar, que se me hace tarde.

A esto el mayordomo dijo:

—Señor gobernador, con mucho gusto dejaríamos ir a vuestra merced, aunque nos pesará mucho perderlo. Porque su ingenio y su conducta cristiana nos obligan a quererlo aquí. Pero ya se sabe que todo gobernador está obligado a dar primero residencia, antes de irse del lugar donde ha gobernado. Dela vuestra merced de los diez días que hace que tiene el gobierno, y váyase en paz de Dios.

—Nadie me la puede pedir —respondió Sancho—, si no es la persona que mande el duque mi señor. Yo voy a verme con él, y a él se la daré perfecta. Además, como salgo desnudo, no hace falta otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel.

—Por Dios que tiene razón el gran Sancho —dijo el doctor Recio—. Yo soy de la opinión de que lo dejemos ir, porque al duque le va a gustar muchísimo verlo.

Todos estuvieron de acuerdo y lo dejaron ir. Antes le ofrecieron compañía y todo lo que quisiera para su comodidad y para su viaje. Sancho dijo que no quería más que un poco de cebada para el rucio. Y para él, medio queso y medio pan. Pues, como el camino era tan corto, no necesitaba más ni mejores provisiones. Todos lo abrazaron, y él, llorando, abrazó a todos. Y los dejó admirados, tanto de sus palabras como de su decisión, tan firme y tan discreta.

### Glosario

- **estío**: el verano; aquí Cide Hamete separa el «verano» (principio del verano) y el «estío» (pleno verano).
- **filósofo mahomético**: sabio musulmán (seguidor de Mahoma).
- **¡Arma!**: grito para llamar a todos a tomar las armas.
- **desenvainadas**: sacadas de su funda (la vaina), listas para usar.
- **pavés, paveses**: escudo grande de madera que cubre casi todo el cuerpo.
- **huso**: palo delgado y derecho que se usa para hilar.
- **galápago / artesa**: tortuga de agua / caja de madera para hacer el pan.
- **alcancías, pez y resina**: ollas de barro llenas de fuego / sustancias pegajosas que arden; se echaban sobre los enemigos.
- **trinchéense**: que se hagan trincheras o barreras para defenderse.
- **despojos**: cosas que se quitan a los enemigos vencidos.
- **rucio**: el burro de Sancho («rucio» quiere decir de color gris claro).
- **albarda**: silla sencilla que se pone a los burros para montar o llevar carga.
- **zamarro de dos pelos**: chaqueta de piel de oveja con su lana, de los pastores.
- **sin una blanca**: sin nada de dinero (la blanca era una moneda de muy poco valor).
- **¡Tarde piache!**: expresión: ya es tarde para eso.
- **dicen nones... aunque sean pares**: cuando dicen que no, es que no, aunque no tengan razón.
- **las alas de la hormiga**: referencia al refrán «por su mal le nacieron alas a la hormiga»: subir alto puede traer desgracias.
- **residencia**: revisión de lo que ha hecho un gobernador al terminar su cargo.

## Capítulo LIV. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna

Don Quijote había desafiado al vasallo del duque, por la causa ya contada. El duque y la duquesa decidieron que el desafío siguiera adelante. Pero, como el joven estaba en Flandes, ordenaron poner en su lugar a un lacayo gascón que se llamaba Tosilos. El joven se había ido huyendo a Flandes para no tener a doña Rodríguez por suegra. Antes de nada, instruyeron muy bien a Tosilos en todo lo que tenía que hacer.

Dos días después, el duque dijo a don Quijote que de allí a cuatro días vendría su contrario. Se presentaría en el campo armado como caballero. Y sostendría que la doncella mentía por la mitad de la barba, y aun por toda la barba entera. Mentía, si se decía que él le había dado palabra de casamiento. Don Quijote se alegró mucho con esta noticia. Se prometió a sí mismo hacer maravillas en el caso. Y tuvo por gran suerte que se le presentara aquella ocasión. Así aquellos señores podrían ver hasta dónde llegaba el valor de su poderoso brazo. Y así, con alegría y contento, esperaba los cuatro días. Medidos por su deseo, le iban pareciendo cuatrocientos siglos.

Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a acompañar a Sancho. Venía caminando sobre el rucio, entre alegre y triste, a buscar a su amo. Le gustaba más la compañía de su amo que ser gobernador de todas las ínsulas del mundo.

Pues sucedió que todavía no se había alejado mucho de la ínsula de su gobierno. (Él nunca se puso a averiguar si lo que gobernaba era ínsula, ciudad, villa o pueblo.) Entonces vio que por el camino por donde él iba venían seis peregrinos con sus bordones. Eran de esos extranjeros que piden limosna cantando. Al llegar a él, se pusieron en fila. Levantaron la voz todos juntos y empezaron a cantar en su lengua. Sancho no pudo entender nada, menos una palabra que pronunciaban claramente: «limosna». Por eso entendió que lo que pedían en su canto era limosna. Y él, según dice Cide Hamete, era caritativo en extremo. Por eso sacó de sus alforjas el medio pan y el medio queso que llevaba. Se los dio y les dijo por señas que no tenía otra cosa que darles. Ellos lo recibieron con mucho gusto y dijeron:

—¡Guelte! ¡Guelte!

—No entiendo qué es lo que me pedís, buena gente —respondió Sancho.

Entonces uno de ellos sacó una bolsa de debajo de la ropa y se la mostró a Sancho. Así entendió Sancho que le pedían dinero. Él se puso el dedo pulgar en la garganta y extendió la mano hacia arriba. Con eso les dio a entender que no tenía ni una pizca de moneda. Luego picó al rucio y pasó entre ellos. Pero uno de ellos lo había estado mirando con mucha atención. Al pasar Sancho, se lanzó hacia él y le echó los brazos por la cintura. Y en voz alta y en muy buen castellano dijo:

—¡Válgame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tenga en mis brazos a mi querido amigo, a mi buen vecino Sancho Panza? Sí lo tengo, sin duda, porque ni duermo ni estoy borracho ahora.

Sancho se asombró de oír su nombre y de verse abrazado por el peregrino extranjero. Lo estuvo mirando con mucha atención, sin decir palabra, pero no pudo reconocerlo. El peregrino vio su duda y le dijo:

—¿Cómo es posible, Sancho Panza hermano, que no conozcas a tu vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?

Entonces Sancho lo miró con más atención y empezó a reconocer su cara. Y, por fin, lo reconoció del todo. Sin bajarse del burro, le echó los brazos al cuello y le dijo:

—¿Quién diablos te iba a reconocer, Ricote, con ese disfraz de mamarracho que llevas? Dime: ¿quién te ha hecho franchote? ¿Y cómo te atreves a volver a España? Si te cogen y te reconocen, vas a tener muy mala suerte.

—Si tú no me descubres, Sancho —respondió el peregrino—, estoy seguro de que con este traje nadie me reconocerá. Y apartémonos del camino hacia aquella alameda que se ve allí. Mis compañeros quieren comer y descansar allí, y tú comerás con ellos, que son gente muy tranquila. Yo tendré tiempo de contarte lo que me ha pasado desde que me fui de nuestro pueblo. Me fui para obedecer el bando de Su Majestad. Como oíste, amenazaba con tanta dureza a los desgraciados de mi gente.

Sancho lo hizo así. Ricote habló con los demás peregrinos, y se fueron a la alameda que se veía, bastante lejos del camino real. Tiraron los bordones, se quitaron las mucetas o esclavinas y se quedaron con la ropa de debajo. Todos eran jóvenes y muy bien parecidos, menos Ricote, que ya era un hombre de bastante edad. Todos llevaban alforjas, y todas venían bien provistas, según pareció. Por lo menos, venían llenas de cosas que despiertan la sed y la llaman desde dos leguas.

Se tumbaron en el suelo y usaron la hierba como mantel. Pusieron sobre ella pan, sal, cuchillos, nueces, trozos de queso y huesos de jamón sin carne. Si no se dejaban masticar, por lo menos no impedían que los chuparan. Pusieron también una comida negra que dicen que se llama cavial. Está hecha de huevos de pescado y despierta mucho las ganas de beber vino. No faltaron aceitunas, aunque secas y sin ningún aliño, pero sabrosas y buenas para pasar el rato. Pero lo que más destacó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino. Cada uno sacó la suya de su alforja. Hasta el buen Ricote, que se había transformado de morisco en alemán o tudesco, sacó la suya. En tamaño, su bota podía competir con las otras cinco.

Empezaron a comer con muchísimo gusto y muy despacio. Saboreaban cada bocado, que tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de cada cosa. Y luego, en un momento, todos a la vez levantaron los brazos y las botas en el aire. Tenían la boca de la bota en su boca y los ojos clavados en el cielo. Parecía que apuntaban al cielo. De esta manera se estuvieron un buen rato, pasando a sus estómagos lo que había dentro de las botas. Movían la cabeza a un lado y a otro, como señal del gusto que sentían.

Sancho lo miraba todo, y nada le daba pena. Al contrario: quiso cumplir con el refrán «cuando a Roma fueres, haz como vieres», que él conocía muy bien. Pidió a Ricote la bota y apuntó al cielo como los demás, y con no menos gusto que ellos.

Cuatro veces se pudieron levantar las botas. Pero la quinta no fue posible, porque ya estaban más secas y resecas que un esparto. Esto marchitó la alegría que habían mostrado hasta entonces. De vez en cuando, alguno juntaba su mano derecha con la de Sancho y decía:

—Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño.

Y Sancho respondía:

—¡Bon compaño, jura Di!

Y se echaba a reír con una risa que le duraba una hora. En ese momento no se acordaba de nada de lo que le había pasado en su gobierno. Porque, en el rato en que se come y se bebe, las preocupaciones suelen tener poco poder. Finalmente, cuando se acabó el vino, empezó un sueño que les entró a todos. Se quedaron dormidos sobre las mismas mesas y manteles. Solo Ricote y Sancho se quedaron despiertos, porque habían comido más y bebido menos. Ricote llevó a Sancho aparte, y se sentaron al pie de una haya. Dejaron a los peregrinos hundidos en un dulce sueño. Y Ricote, sin usar nada de su lengua morisca, le dijo en castellano puro las siguientes palabras:

—«Su Majestad mandó publicar un pregón y un bando contra los de mi gente. Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, que nos llenó a todos de terror y de espanto. Por lo menos, eso me pasó a mí. Me asustó tanto que me parece que ya tenía el castigo cumplido en mí y en mis hijos. Y eso, antes del plazo que nos daban para salir de España. Así que decidí algo que me pareció prudente. Hice como el que sabe que en cierta fecha le van a quitar la casa donde vive. Y entonces busca otra adonde mudarse. Decidí, digo, salir yo solo de mi pueblo, sin mi familia. Quería buscar un lugar adonde llevarla con comodidad y sin la prisa con que salieron los demás. Porque yo vi bien, y lo vieron todos nuestros ancianos, que aquellos pregones no eran solo amenazas, como algunos decían. Eran leyes verdaderas, que se iban a cumplir en el tiempo fijado. Y me obligaba a creer esta verdad lo que yo sabía. Conocía los planes malos y locos que tenían los nuestros. Eran tan malos que, a mi parecer, una inspiración divina movió a Su Majestad a tomar una decisión tan valiente. No porque todos fuéramos culpables, pues algunos había que eran cristianos firmes y verdaderos. Pero eran tan pocos que no podían oponerse a los que no lo eran. Y no estaba bien criar la serpiente en el pecho, teniendo a los enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razón nos castigaron con la pena del destierro. Según algunos, es una pena blanda y suave; pero, según nosotros, es la más terrible que nos podían dar.

»Dondequiera que estamos, lloramos por España, porque, al fin y al cabo, nacimos en ella y es nuestra patria natural. En ninguna parte encontramos la acogida que pide nuestra desgracia. En Berbería y en todas las partes de África esperábamos ser recibidos, acogidos y bien tratados. Y allí es donde más nos ofenden y nos maltratan. No hemos conocido el bien hasta que lo hemos perdido. Y casi todos tenemos tantas ganas de volver a España que muchos vuelven a ella. Son la mayoría de los que saben la lengua como yo, y son muchos. Y dejan allá a sus mujeres y a sus hijos abandonados: tanto es el amor que le tienen. Y ahora conozco y vivo lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria.

»Salí, como digo, de nuestro pueblo y entré en Francia. Allí nos recibían bien, pero yo quise verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania. Allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitantes no se fijan en muchos detalles. Cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte del país se vive con libertad de conciencia. Dejé alquilada una casa en un pueblo cerca de Augusta. Y me junté con estos peregrinos. Muchos de ellos tienen la costumbre de venir a España cada año, a visitar sus santuarios. Los tienen por sus Indias, y por una ganancia segurísima y conocida. Recorren casi toda España. Y no hay ningún pueblo de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse. Y salen con un real en dinero, por lo menos. Al final de su viaje, salen con más de cien escudos de sobra. Los cambian por oro. Los esconden en el hueco de los bordones o entre los remiendos de las esclavinas. O usan la habilidad que pueden. Así los sacan del reino y los pasan a sus tierras. Lo hacen a pesar de los guardas de los puestos y puertos donde los registran.

»Ahora mi intención, Sancho, es sacar el tesoro que dejé enterrado. Como está fuera del pueblo, lo podré hacer sin peligro. Después quiero escribir desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que está en Argel. O quiero pasar allí a buscarlas. Y quiero buscar la manera de traerlas a algún puerto de Francia, y desde allí llevarlas a Alemania. Allí esperaremos lo que Dios quiera hacer de nosotros. Porque, en fin, Sancho, sé con certeza que la Ricota, mi hija, y Francisca Ricota, mi mujer, son católicas cristianas. Y aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro. Y siempre ruego a Dios que me abra los ojos del entendimiento y me haga saber cómo tengo que servirle. Y hay algo que me tiene asombrado. No sé por qué mi mujer y mi hija se fueron a Berbería y no a Francia. Allí podía vivir como cristiana».

A esto respondió Sancho:

—Mira, Ricote, eso no debió de estar en su mano, porque se las llevó Juan Tiopieyo, el hermano de tu mujer. Y como debe de ser un moro de verdad, se fue adonde le iba mejor. Y te puedo decir otra cosa: creo que vas en vano a buscar lo que dejaste escondido. Porque tuvimos noticias de algo. A tu cuñado y a tu mujer les habían quitado muchas perlas y mucho dinero en oro. Lo llevaban sin declarar.

—Bien puede ser eso —replicó Ricote—, pero yo sé, Sancho, que no tocaron mi escondite. Porque yo no les dije dónde estaba, por miedo a alguna desgracia. Y así, si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y a esconderlo, yo te daré doscientos escudos. Con ellos podrás remediar tus necesidades, que ya sabes que yo sé que tienes muchas.

—Yo lo haría —respondió Sancho—, pero no soy nada codicioso. Porque, si lo fuera, esta mañana dejé de mis manos un oficio. Con él podría hacer de oro las paredes de mi casa. Y antes de seis meses comería en platos de plata. Por esto no iría contigo. Y también porque me parece que haría traición a mi rey si ayudara a sus enemigos. No iría aunque, en vez de prometerme doscientos escudos, me dieras aquí mismo cuatrocientos al contado.

—¿Y qué oficio es el que has dejado, Sancho? —preguntó Ricote.

—He dejado de ser gobernador de una ínsula —respondió Sancho—. Y de una ínsula tal que, a buena fe, no encontrarán otra como ella fácilmente.

—¿Y dónde está esa ínsula? —preguntó Ricote.

—¿Dónde? —respondió Sancho—. A dos leguas de aquí, y se llama la ínsula Barataria.

—Calla, Sancho —dijo Ricote—, que las ínsulas están allá dentro del mar; en la tierra firme no hay ínsulas.

—¿Cómo que no? —replicó Sancho—. Te digo, Ricote amigo, que esta mañana salí de ella. Y ayer estuve en ella gobernando a mi gusto, como un sagitario. Pero, a pesar de todo, la he dejado, porque me parece un oficio peligroso el de los gobernadores.

—¿Y qué has ganado en el gobierno? —preguntó Ricote.

—He ganado —respondió Sancho— saber que no sirvo para gobernar, si no es un rebaño de ganado. Y he aprendido que las riquezas que se ganan en esos gobiernos cuestan el descanso y el sueño, y hasta la comida. Porque en las ínsulas los gobernadores deben de comer poco, sobre todo si tienen médicos que cuidan de su salud.

—Yo no te entiendo, Sancho —dijo Ricote—, pero me parece que todo lo que dices es un disparate. Porque ¿quién te iba a dar a ti ínsulas para gobernar? ¿Faltaban hombres en el mundo más hábiles que tú para ser gobernadores? Calla, Sancho, y vuelve en ti. Y mira si quieres venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dejé escondido. Porque de verdad es tanto que se puede llamar tesoro, y te daré con qué vivir, como te he dicho.

—Ya te he dicho, Ricote —replicó Sancho—, que no quiero. Conténtate con que yo no te descubra, y sigue en buena hora tu camino, y déjame seguir el mío. Porque yo sé que «lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño».

—No quiero insistir, Sancho —dijo Ricote—, pero dime una cosa. ¿Estabas en nuestro pueblo cuando se fueron de él mi mujer, mi hija y mi cuñado?

—Sí, estaba —respondió Sancho—. Y te puedo decir que tu hija salió tan hermosa que salieron a verla todos los que había en el pueblo. Y todos decían que era la criatura más bella del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y conocidas, y a todos los que llegaban a verla. A todos les pedía que la encomendaran a Dios y a Nuestra Señora, su madre. Y lo hacía con tanto sentimiento que a mí me hizo llorar, y eso que no suelo ser muy llorón. Y, a fe mía, muchos tuvieron ganas de esconderla y de salir a quitársela en el camino. Pero el miedo a ir contra la orden del rey los detuvo. El que se mostró más apasionado fue don Pedro Gregorio, aquel joven rico, heredero de un mayorazgo, que tú conoces. Dicen que la quería mucho. Y desde que ella se fue, él no ha vuelto a aparecer por nuestro pueblo. Todos pensamos que iba detrás de ella para robarla, pero hasta ahora no se ha sabido nada.

—Siempre tuve yo la mala sospecha —dijo Ricote— de que ese caballero amaba a mi hija. Pero, como confiaba en la virtud de mi Ricota, nunca me dio pena saber que la quería bien. Porque ya habrás oído decir, Sancho, que las moriscas pocas veces o nunca se mezclaron por amores con cristianos viejos. Y mi hija, según creo, pensaba más en ser cristiana que en estar enamorada. No haría caso de los ruegos de ese señor heredero.

—Dios lo haga —replicó Sancho—, porque a los dos les iría mal. Y déjame irme de aquí, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde está mi señor don Quijote.

—Dios vaya contigo, Sancho hermano —dijo Ricote—, que ya mis compañeros se están moviendo. Y también es hora de que sigamos nuestro camino.

Y luego los dos se abrazaron. Sancho subió en su rucio, Ricote se apoyó en su bordón, y se separaron.

### Glosario

- **gascón**: de Gascuña, una región del sur de Francia.
- **mentir por mitad de la barba**: mentir con todo descaro, delante de todos.
- **bordón**: bastón alto que llevan los peregrinos.
- **¡Guelte!**: palabra alemana que significa «dinero».
- **franchote**: extranjero; así llamaban a los franceses y a otros forasteros.
- **pregón / bando**: orden del rey que se anuncia en voz alta en público.
- **mucetas o esclavinas**: capas cortas que cubren los hombros, típicas de los peregrinos.
- **cavial**: caviar: huevos de pescado, de color negro, muy salados.
- **tudesco**: alemán.
- **Español y tudesqui, tuto uno**: bon compaño / ¡Bon compaño, jura Di!** — mezcla de lenguas: «Español y alemán, todo uno: buen compañero» / «¡Buen compañero, juro a Dios!».
- **cuando a Roma fueres, haz como vieres**: refrán: en cada lugar, haz lo que hace la gente de allí.
- **sus Indias**: una fuente de riqueza, como lo eran las tierras de América para España.
- **Augusta**: ciudad de Alemania, hoy llamada Augsburgo.
- **sagitario**: arquero; aquí, una comparación graciosa de Sancho.
- **lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño**: refrán: el dinero ganado mal hace perder también a quien lo tiene.
- **mayorazgo**: herencia de una familia noble que pasa entera al hijo mayor.

## Capítulo LV. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más que ver

Sancho se había detenido con Ricote. Por eso no pudo llegar aquel día al castillo del duque. Llegó a media legua de él, y allí le sorprendió la noche, algo oscura y cerrada. Pero era verano, y eso no le preocupó mucho. Así que se apartó del camino, con la intención de esperar la mañana. Pero su mala suerte quiso otra cosa. Mientras buscaba un buen lugar para descansar, él y el rucio cayeron en un agujero hondo y oscurísimo. Estaba entre unos edificios muy antiguos. Mientras caía, Sancho se encomendó a Dios con todo su corazón. Pensaba que no iba a parar hasta el fondo de los abismos. Pero no fue así. A poco más de tres estados, el rucio llegó al fondo. Sancho se encontró encima de él, sin ninguna herida ni daño.

Se tocó todo el cuerpo y contuvo la respiración, para ver si estaba sano o tenía algún agujero. Se vio bien, entero y sano del todo. Y no dejaba de dar gracias a Dios Nuestro Señor por el favor que le había hecho. Porque había pensado, sin duda, que estaba hecho mil pedazos. También tocó con las manos las paredes del agujero, para ver si podía salir de él sin ayuda de nadie. Pero todas eran lisas, sin nada donde agarrarse. Sancho se angustió mucho, sobre todo cuando oyó que el rucio se quejaba con voz tierna y dolorida. Y no era para menos, ni se quejaba por vicio. La verdad es que el animal no estaba muy bien.

—¡Ay! —dijo entonces Sancho Panza—. ¡Qué cosas tan inesperadas les pasan a cada paso a los que viven en este mundo miserable! ¿Quién iba a decirlo? Ayer yo estaba en el trono de gobernador de una ínsula. Daba órdenes a mis criados y a mis vasallos. Y hoy estoy enterrado en un agujero, sin nadie que me ayude, sin criado ni vasallo que venga a socorrerme. Aquí vamos a morir de hambre mi burro y yo, si no morimos antes: él, de los golpes, y yo, de pena. Por lo menos, no tendré la suerte de mi señor don Quijote de la Mancha. Él bajó a la cueva de aquel encantado Montesinos, y allí encontró quien lo tratara mejor que en su casa. Parece que fue a mesa puesta y a cama hecha. Allí vio visiones hermosas y tranquilas. Y yo aquí veré, según creo, sapos y culebras. ¡Pobre de mí! ¡En qué han terminado mis locuras y mis fantasías! De aquí sacarán mis huesos cuando el cielo quiera que alguien los descubra. Estarán limpios, blancos y gastados, y con ellos los de mi buen rucio. Quizá por eso se sabrá quiénes somos. Por lo menos, lo sabrán los que saben que Sancho Panza nunca se separó de su asno, ni su asno de Sancho Panza. Lo digo otra vez: ¡pobres de nosotros! Nuestra mala suerte no ha querido que muramos en nuestra tierra, entre los nuestros. Allí, aunque nuestra desgracia no tuviera remedio, habría alguien que sintiera pena por ella. Y en la última hora de nuestra muerte, alguien nos cerraría los ojos. ¡Oh compañero y amigo mío, qué mal te he pagado tus buenos servicios! Perdóname. Y pide a la fortuna, lo mejor que sepas, que nos saque de este miserable apuro en que estamos los dos. Yo te prometo ponerte en la cabeza una corona de laurel, para que parezcas un poeta famoso. Y te prometo darte doble ración de pienso.

Así se lamentaba Sancho Panza, y su burro lo escuchaba sin responderle ni una palabra. Tan grande era el apuro y la angustia del pobre animal. Por fin, Sancho pasó toda aquella noche en quejas y lamentos tristes, y llegó el día. Con su luz, vio que era imposible, totalmente imposible, salir de aquel pozo sin ayuda. Empezó a quejarse y a gritar, por si alguien lo oía. Pero gritaba en el desierto, porque en todos aquellos alrededores no había nadie que pudiera escucharlo. Entonces ya se dio por muerto del todo.

El rucio estaba boca arriba. Sancho lo colocó de manera que lo puso de pie, aunque casi no podía sostenerse. Las alforjas habían tenido la misma suerte en la caída. Sancho sacó de ellas un pedazo de pan y se lo dio a su burro, y al animal no le supo mal. Y Sancho le dijo, como si el burro lo entendiera:

—Todos los duelos con pan son buenos.

En esto, descubrió a un lado del agujero un hueco por donde cabía una persona, si se agachaba y se encogía. Sancho Panza fue hacia él, se agachó y entró. Vio que por dentro era ancho y largo. Lo pudo ver porque entraba un rayo de sol por lo que se podía llamar techo, y lo iluminaba todo. Vio también que el hueco seguía y se alargaba hacia otra cueva ancha. Al ver esto, volvió a salir adonde estaba el burro. Con una piedra empezó a deshacer la tierra del agujero. Así, en poco tiempo, hizo un espacio por donde el asno podía entrar con facilidad, y el asno entró. Sancho lo cogió del cabestro y empezó a caminar por aquella cueva adelante. Quería ver si encontraba una salida por otro lado. A veces iba a oscuras, y a veces sin luz, pero nunca sin miedo.

—¡Válgame Dios todopoderoso! —decía para sí—. Esto, que para mí es una desventura, sería mejor como aventura para mi amo don Quijote. Él sí que tomaría estas profundidades y estas cárceles por jardines llenos de flores y por palacios de Galiana. Y esperaría salir de esta oscuridad tan estrecha a algún prado lleno de flores. Pero yo no tengo suerte, me falta el consejo y no tengo valor. A cada paso pienso que se va a abrir de repente bajo mis pies otro agujero, más profundo que el primero. Y pienso que me va a tragar del todo. ¡Bien vengas, mal, si vienes solo!

Así, con estos pensamientos, le pareció que había caminado poco más de media legua. Al final descubrió una luz débil y confusa. Parecía que ya era de día y que la luz entraba por alguna parte. Eso mostraba que aquel camino tenía una salida abierta. Y para Sancho era el camino hacia la otra vida.

Aquí lo deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a hablar de don Quijote. Don Quijote estaba alegre y contento, esperando el día de la batalla. Iba a luchar contra el hombre que había robado la honra a la hija de doña Rodríguez. Pensaba deshacer el agravio y la injusticia que le habían hecho tan malamente.

Una mañana salió a practicar lo que pensaba hacer en la batalla que le esperaba. Hizo correr a Rocinante de golpe. Y llegó tan cerca de una cueva que, si no hubiera tirado fuerte de las riendas, habría caído en ella sin remedio. Por fin lo detuvo y no cayó. Se acercó un poco más, sin bajar del caballo, y miró aquella hondura. Mientras la miraba, oyó grandes voces dentro. Escuchó con atención y pudo entender que el que gritaba decía:

—¡Eh, los de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche? ¿Hay algún caballero caritativo que sienta pena por un pecador enterrado en vida, por un desdichado gobernador desgobernado?

A don Quijote le pareció que oía la voz de Sancho Panza. Se quedó sorprendido y asombrado, y levantó la voz todo lo que pudo:

—¿Quién está ahí abajo? ¿Quién se queja?

—¿Quién puede estar aquí, o quién se va a quejar —respondieron—, sino el pobre y cansado Sancho Panza? Soy gobernador de la ínsula Barataria, por mis pecados y mi mala suerte. Y antes fui escudero del famoso caballero don Quijote de la Mancha.

Al oír esto, la admiración de don Quijote se hizo doble y su asombro creció. Le vino a la cabeza que Sancho Panza debía de estar muerto, y que su alma estaba allí sufriendo. Llevado por esta idea, dijo:

—Te lo pido por todo lo que puedo pedirte como católico cristiano: dime quién eres. Y si eres un alma en pena, dime qué quieres que haga por ti. Mi profesión es ayudar y socorrer a los necesitados de este mundo. Por eso también ayudaré y socorreré a los necesitados del otro mundo, que no pueden ayudarse a sí mismos.

—Entonces —respondieron—, vuestra merced, que me habla, debe de ser mi señor don Quijote de la Mancha. Y por el sonido de la voz, no es otro, sin duda.

—Don Quijote soy —respondió don Quijote—. Mi profesión es socorrer y ayudar a los vivos y a los muertos en sus necesidades. Por eso dime quién eres, porque me tienes asombrado. Puede ser que seas mi escudero Sancho Panza y que te hayas muerto. En ese caso, si no te han llevado los diablos y estás en el purgatorio por la misericordia de Dios, hay ayuda para ti. Nuestra Santa Madre la Iglesia Católica Romana tiene oraciones y misas suficientes para sacarte de tus penas. Y yo, por mi parte, se las pediré a la Iglesia, y pagaré con todo lo que tengo. Así que acaba de decirme quién eres.

—¡Voto a tal! —respondieron—. Juro por el nacimiento de quien vuestra merced quiera, señor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero Sancho Panza. Y nunca me he muerto en todos los días de mi vida. Lo que pasa es que dejé mi gobierno por cosas y causas que necesitan más tiempo para contarlas. Y anoche caí en este agujero donde estoy tumbado, y el rucio conmigo. Él no me dejará mentir, porque, para más pruebas, está aquí conmigo.

Y hay más: parece que el burro entendió lo que dijo Sancho. Porque en ese momento empezó a rebuznar, tan fuerte que toda la cueva retumbaba.

—¡Famoso testigo! —dijo don Quijote—. Conozco ese rebuzno como si yo lo hubiera parido, y oigo tu voz, Sancho mío. Espérame. Iré al castillo del duque, que está aquí cerca, y traeré a alguien que te saque de este agujero. Seguramente te han metido en él tus pecados.

—Vaya vuestra merced —dijo Sancho—, y vuelva pronto, por Dios. Ya no aguanto estar aquí enterrado en vida, y me estoy muriendo de miedo.

Don Quijote lo dejó y fue al castillo a contar a los duques lo que le había pasado a Sancho Panza. Los duques se maravillaron mucho, aunque entendieron bien que Sancho debía de haber caído por la boca de aquella cueva. La cueva estaba allí desde tiempos muy antiguos. Pero no podían entender cómo había dejado el gobierno sin que ellos tuvieran aviso de que venía. Por fin, como se suele decir, llevaron sogas y cuerdas gruesas. Con mucha gente y mucho trabajo, sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquella oscuridad a la luz del sol. Un estudiante lo vio y dijo:

—Así deberían salir de sus gobiernos todos los malos gobernadores, como sale este pecador del fondo del abismo. Sale muerto de hambre, pálido y, según creo, sin una blanca.

Sancho lo oyó y dijo:

—Hace ocho o diez días, hermano criticón, que entré a gobernar la ínsula que me dieron. En todo ese tiempo no me vi lleno de pan ni una sola hora. Me han perseguido los médicos, y los enemigos me han molido los huesos. No he tenido ocasión de aceptar sobornos ni de cobrar lo que me tocaba. Y siendo así, como es, creo que no merecía salir de esta manera. Pero el hombre pone y Dios dispone. Dios sabe lo mejor y lo que le conviene a cada uno. Y cual el tiempo, tal el tiento. Y nadie diga «de esta agua no beberé», porque donde se piensa que hay tocinos, no hay estacas. Dios me entiende, y basta, y no digo más, aunque podría.

—No te enfades, Sancho, ni te pongas triste por lo que oigas, porque eso no se acabaría nunca. Ven tú con la conciencia tranquila, y que digan lo que quieran. Querer atar las lenguas de los que hablan mal es lo mismo que querer poner puertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen de él que ha sido un ladrón. Y si sale pobre, dicen que ha sido un inútil y un tonto.

—Seguro —respondió Sancho— que esta vez me van a tomar antes por tonto que por ladrón.

Hablando así llegaron al castillo, rodeados de muchachos y de mucha otra gente. En unos corredores ya estaban el duque y la duquesa, esperando a don Quijote y a Sancho. Pero Sancho no quiso subir a ver al duque antes de dejar bien colocado al rucio en la caballeriza. Decía que había pasado muy mala noche en la posada. Luego subió a ver a sus señores. Se puso de rodillas delante de ellos y dijo:

—Yo, señores, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria porque así lo quiso vuestra grandeza, y no porque yo lo mereciera. Entré desnudo en ella, y desnudo me hallo: ni pierdo ni gano. Si he gobernado bien o mal, he tenido testigos delante, y ellos dirán lo que quieran. He resuelto dudas y he juzgado pleitos, siempre muerto de hambre. Así lo quiso el doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, médico insulano y gobernadoresco. Nos atacaron enemigos de noche y nos pusieron en un gran apuro. Los de la ínsula dicen que salieron libres y con victoria gracias al valor de mi brazo. ¡Que Dios les dé tanta salud como verdad dicen! En resumen, en este tiempo he probado las cargas y las obligaciones que trae el gobernar. Y he visto, por mi cuenta, que mis hombros no las pueden llevar. No son peso para mis costillas ni flechas para mi aljaba. Por eso, antes de que el gobierno acabara conmigo, he querido yo acabar con el gobierno. Ayer por la mañana dejé la ínsula como la encontré. Tenía las mismas calles, casas y tejados que cuando entré en ella. No he pedido dinero prestado a nadie, ni me he metido en negocios. Pensaba hacer algunas leyes útiles, pero no hice ninguna. Tenía miedo de que nadie las cumpliera, y entonces es lo mismo hacerlas que no hacerlas. Salí de la ínsula, como digo, sin más compañía que la de mi rucio. Caí en un agujero y caminé por él adelante. Esta mañana, con la luz del sol, vi la salida, pero no era fácil. Si el cielo no me hubiera traído a mi señor don Quijote, allí me habría quedado hasta el fin del mundo. Así que, mis señores duque y duquesa, aquí está vuestro gobernador Sancho Panza. En solo diez días de gobierno he ganado una cosa: he aprendido que no me importa nada ser gobernador. Y no digo de una ínsula, sino del mundo entero. Con esta idea, beso los pies a vuestras mercedes. Imito el juego de los muchachos, que dicen «Salta tú, y dámela tú», y doy un salto fuera del gobierno. Y paso otra vez al servicio de mi señor don Quijote. Porque con él, aunque como el pan con sobresaltos, por lo menos me harto. Y para mí, con tal de estar harto, lo mismo me da que sea de zanahorias que de perdices.

Con esto terminó Sancho su largo discurso. Don Quijote había temido todo el tiempo que iba a decir miles de disparates. Cuando vio que terminaba con tan pocos, dio gracias al cielo en su corazón. El duque abrazó a Sancho y le dijo que le dolía en el alma que hubiera dejado tan pronto el gobierno. Pero le prometió que en sus tierras le daría otro cargo, con menos peso y más provecho. La duquesa también lo abrazó, y mandó que lo cuidaran bien. Porque se notaba que venía muy molido y en peor estado.

### Glosario

- **estado**: medida antigua de la altura de un hombre.
- **pienso**: comida seca que se da a los animales, como la cebada.
- **Todos los duelos con pan son buenos**: refrán: las penas se sufren mejor con comida.
- **cabestro**: cuerda que se ata a la cabeza de un animal para llevarlo.
- **desventura**: desgracia; Sancho juega con la palabra «aventura».
- **palacios de Galiana**: palacios de una princesa mora de las leyendas, famosos por su belleza.
- **gobernador desgobernado**: gobernador que ya no tiene gobierno; Sancho juega con las palabras.
- **sin una blanca**: sin nada de dinero (la blanca era una moneda de muy poco valor).
- **el hombre pone y Dios dispone**: refrán: las personas hacen planes, pero Dios decide lo que pasa.
- **cual el tiempo, tal el tiento**: refrán: hay que actuar según el momento.
- **donde se piensa que hay tocinos, no hay estacas**: refrán: muchas veces no encontramos lo que esperamos.
- **poner puertas al campo**: intentar algo imposible.
- **insulano y gobernadoresco**: palabras graciosas de Sancho: de la ínsula y del gobernador.
- **aljaba**: caja donde se llevan las flechas.

## Capítulo LVI. De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la dueña doña Rodríguez

Los duques no se arrepintieron de la burla que le habían hecho a Sancho Panza con el gobierno. Además, aquel mismo día llegó su mayordomo. Les contó punto por punto casi todas las palabras y las acciones de Sancho en aquellos días. Al final les describió con mucho detalle el ataque a la ínsula, el miedo de Sancho y su salida. Los duques se divirtieron mucho con todo esto.

Después de esto, cuenta la historia que llegó el día de la batalla acordada. El duque había explicado muchísimas veces a su lacayo Tosilos cómo debía portarse con don Quijote. Tenía que vencerlo sin matarlo ni herirlo. El duque mandó quitar los hierros a las lanzas. Y le dijo a don Quijote que su fe cristiana, de la que él estaba orgulloso, no permitía una batalla tan peligrosa para las vidas. Le pidió que se contentara con tener un campo libre en sus tierras para luchar. Le daba ese campo aunque eso iba contra el decreto del Santo Concilio, que prohíbe esos desafíos. Y le pidió también que no llevara aquella dura lucha hasta el final con todo rigor.

Don Quijote dijo que Su Excelencia podía organizar aquel asunto como quisiera, y que él lo obedecería en todo. Llegó, pues, el temido día. El duque había mandado construir un gran tablado delante de la plaza del castillo. Allí iban a sentarse los jueces del campo y las dueñas, madre e hija, que pedían justicia. De todos los pueblos y aldeas de alrededor había venido muchísima gente para ver aquella batalla tan nueva. En aquella tierra nunca habían visto ni oído otra igual, ni los vivos ni los muertos.

El primero que entró en el campo cerrado fue el maestro de ceremonias. Examinó el campo y lo recorrió entero. Quería estar seguro de que no había ningún engaño, ni nada escondido donde alguien pudiera tropezar y caer. Luego entraron las dueñas y se sentaron en sus asientos. Iban cubiertas con los mantos hasta los ojos, y hasta el pecho, y mostraban mucha tristeza. Don Quijote ya estaba en el campo. Poco después, acompañado de muchas trompetas, apareció por un lado de la plaza el gran lacayo Tosilos. Venía sobre un caballo poderoso que hacía temblar toda la plaza. Llevaba la visera bajada y estaba muy tieso y estirado, con unas armas fuertes y brillantes. El caballo parecía frisón: era ancho y de color gris. De cada pata le colgaba una arroba de lana.

El valiente luchador venía bien informado por el duque, su señor, de cómo debía portarse con el valiente don Quijote de la Mancha. El duque le había advertido que de ninguna manera lo matara. Debía intentar evitar el primer choque, para no poner en peligro la vida de don Quijote. Porque, si lo golpeaba de lleno, su muerte sería segura. Tosilos recorrió la plaza. Cuando llegó adonde estaban las dueñas, se quedó un rato mirando a la joven que lo pedía por esposo. El maestre de campo llamó a don Quijote, que ya estaba en la plaza. Y habló a las dueñas junto con Tosilos. Les preguntó si aceptaban que don Quijote de la Mancha defendiera su derecho. Ellas dijeron que sí. Y dijeron que todo lo que él hiciera en aquel caso lo daban por bien hecho, firme y válido.

En ese momento, el duque y la duquesa ya estaban en una galería que daba sobre el campo. Alrededor del campo había muchísima gente, que esperaba ver aquella dura lucha nunca vista. Los dos luchadores habían aceptado una condición. Si don Quijote vencía, su contrario tenía que casarse con la hija de doña Rodríguez. Y si don Quijote era vencido, su contrario quedaba libre de la promesa que le pedían, sin tener que dar ninguna otra satisfacción.

El maestro de ceremonias les partió el sol y puso a cada uno en su sitio. Sonaron los tambores, el sonido de las trompetas llenó el aire y la tierra temblaba bajo los pies. Los corazones de la gente que miraba estaban en suspenso. Unos tenían miedo del final de aquel caso, y otros lo esperaban con ilusión, bueno o malo. Por fin, don Quijote se encomendó con todo su corazón a Dios Nuestro Señor y a la señora Dulcinea del Toboso. Y esperaba la señal exacta para lanzarse al ataque. Pero nuestro lacayo tenía otros pensamientos. Solo pensaba en lo que ahora diré.

Parece que, mientras miraba a su enemiga, le pareció la mujer más hermosa que había visto en toda su vida. Y aquel niño ciego, al que en la calle suelen llamar Amor, no quiso perder la ocasión. Quería triunfar sobre un alma de lacayo y ponerla en su lista de trofeos. Así que se acercó a él con mucho cuidado, sin que nadie lo viera. Le clavó al pobre lacayo una flecha de dos varas por el lado izquierdo. Y le atravesó el corazón de lado a lado. Pudo hacerlo sin ningún peligro, porque el Amor es invisible. Entra y sale por donde quiere, y nadie le pide cuentas de lo que hace.

Digo, pues, que, cuando dieron la señal del ataque, nuestro lacayo estaba como fuera de sí. Pensaba en la belleza de la joven, que ya era dueña de su libertad. Por eso no hizo caso al sonido de la trompeta. Don Quijote, en cambio, apenas lo oyó, se lanzó al ataque. Salió contra su enemigo con toda la velocidad que le permitía Rocinante. Al verlo salir, su buen escudero Sancho gritó:

—¡Dios te guíe, nata y flor de los caballeros andantes! ¡Dios te dé la victoria, porque tienes la razón de tu parte!

Tosilos vio venir a don Quijote contra él, pero no se movió ni un paso de su sitio. Al contrario, llamó a gritos al maestre de campo. Este vino a ver qué quería, y Tosilos le dijo:

—Señor, ¿esta batalla no se hace para saber si yo me caso o no me caso con aquella señora?

—Así es —le respondieron.

—Pues yo —dijo el lacayo— tengo miedo por mi conciencia. Le pondría un gran peso si siguiera adelante con esta batalla. Por eso digo que me doy por vencido. Y quiero casarme enseguida con aquella señora.

El maestre de campo se quedó admirado de las palabras de Tosilos. Y, como era uno de los que conocían el plan de aquella burla, no supo responderle nada. Don Quijote se detuvo en medio de su carrera, al ver que su enemigo no lo atacaba. El duque no sabía por qué no seguía la batalla. Pero el maestre de campo fue a explicarle lo que decía Tosilos. El duque se quedó sorprendido y muy enfadado.

Mientras pasaba esto, Tosilos se acercó adonde estaba doña Rodríguez y dijo en voz muy alta:

—Yo, señora, quiero casarme con vuestra hija. No quiero conseguir con pleitos ni peleas lo que puedo conseguir en paz y sin peligro de muerte.

Lo oyó el valiente don Quijote y dijo:

—Si esto es así, yo quedo libre de mi promesa. Que se casen en buena hora. Y, pues Dios Nuestro Señor se la dio, San Pedro se la bendiga.

El duque había bajado a la plaza del castillo. Se acercó a Tosilos y le dijo:

—¿Es verdad, caballero, que os dais por vencido? ¿Y que, empujado por vuestra conciencia temerosa, os queréis casar con esta doncella?

—Sí, señor —respondió Tosilos.

—Él hace muy bien —dijo entonces Sancho Panza—, porque lo que has de dar al mur, dalo al gato, y te quitará de preocupaciones.

Tosilos estaba desatándose la celada. Pedía que lo ayudaran deprisa, porque le faltaba el aliento. No podía estar tanto tiempo encerrado en un espacio tan estrecho. Se la quitaron deprisa, y quedó a la vista su cara de lacayo. Al verla, doña Rodríguez y su hija empezaron a gritar:

—¡Esto es un engaño, un engaño es esto! ¡Han puesto a Tosilos, el lacayo del duque mi señor, en lugar de mi verdadero esposo! ¡Pedimos justicia a Dios y al Rey contra tanta malicia, por no decir tanta maldad!

—No os preocupéis, señoras —dijo don Quijote—. Esto no es malicia ni maldad. Y si lo es, la culpa no es del duque, sino de los malos encantadores que me persiguen. Tienen envidia de que yo consiga la gloria de esta victoria. Por eso han convertido la cara de vuestro esposo en la de este hombre que decís que es lacayo del duque. Seguid mi consejo y casaos con él, a pesar de la malicia de mis enemigos. Sin duda es el mismo que vos deseáis tener por esposo.

Al oír esto, al duque casi se le convirtió toda la rabia en risa, y dijo:

—Al señor don Quijote le pasan cosas tan extraordinarias que casi creo que este no es mi lacayo. Pero usemos este truco: retrasemos la boda quince días, si quieren. Y tengamos encerrado a este personaje que nos hace dudar. En esos días quizá vuelva a su figura de antes. Porque el odio de los encantadores al señor don Quijote no va a durar tanto. Y menos cuando ganan tan poco con estos engaños y cambios.

—¡Oh, señor! —dijo Sancho—. Estos malandrines tienen la costumbre de cambiar unas cosas en otras cuando tocan a mi amo. Hace pocos días mi amo venció a un caballero llamado el de los Espejos. Y ellos le cambiaron la figura por la del bachiller Sansón Carrasco, que es de nuestro pueblo y gran amigo nuestro. Y a mi señora Dulcinea del Toboso la han convertido en una labradora tosca. Así que imagino que este lacayo va a morir y a vivir lacayo todos los días de su vida.

A esto dijo la hija de doña Rodríguez:

—Sea quien sea este que me pide por esposa, yo se lo agradezco. Prefiero ser la mujer legítima de un lacayo antes que la amante engañada de un caballero. Aunque el que me engañó a mí no es caballero.

En resumen, todos estos cuentos y sucesos terminaron así: Tosilos quedaría encerrado hasta ver en qué acababa su transformación. Todos declararon vencedor a don Quijote. Pero la mayoría de la gente se quedó triste y melancólica, porque los luchadores tan esperados no se habían hecho pedazos. Les pasó lo mismo que a los muchachos que esperan ver a un ahorcado y se quedan tristes cuando no lo sacan. Porque lo ha perdonado la otra parte, o la justicia. La gente se fue, y el duque y don Quijote volvieron al castillo. Encerraron a Tosilos. Doña Rodríguez y su hija quedaron contentísimas. Porque, de una manera o de otra, aquel caso iba a terminar en boda. Y Tosilos no esperaba otra cosa.

### Glosario

- **lacayo**: criado que acompaña a su señor, a pie o a caballo.
- **Santo Concilio**: gran reunión de los obispos de la Iglesia; prohibió los duelos.
- **tablado**: suelo de tablas, más alto, donde se sienta la gente importante para mirar.
- **maestre de campo**: aquí, el hombre que dirige y vigila la lucha.
- **frisón**: caballo grande y fuerte que viene de Frisia, en el norte de Europa.
- **partir el sol**: colocar a los dos luchadores de manera que el sol no moleste más a uno que a otro.
- **celada**: casco de metal que protege la cabeza.
- **nata y flor**: lo mejor de algo.
- **lo que has de dar al mur, dalo al gato**: refrán: si tienes que perder algo, que sea para algo útil y te quite de problemas (el mur es el ratón).
- **malandrín**: insulto antiguo: hombre malo.

## Capítulo LVII. Que trata de cómo don Quijote se despidió del duque, y de lo que le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la duquesa

A don Quijote ya le pareció que era hora de salir de tanta vida ociosa como tenía en aquel castillo. Se imaginaba que hacía mucha falta mientras se quedaba encerrado y perezoso entre tantos regalos y placeres. Aquellos señores se los daban porque era caballero andante. Le parecía que tendría que dar cuentas al cielo de aquella pereza y de aquel encierro. Por eso, un día pidió permiso a los duques para marcharse. Se lo dieron, y mostraron que les pesaba mucho que los dejara. La duquesa dio a Sancho Panza las cartas de su mujer. Sancho lloró con ellas y dijo:

—¿Quién iba a pensarlo? La noticia de mi gobierno hizo nacer grandes esperanzas en el pecho de mi mujer, Teresa Panza. ¿Y todo iba a terminar en volver yo ahora a las pobres aventuras de mi amo don Quijote de la Mancha? Aun así, me alegra ver que mi Teresa se portó como quien es, porque envió las bellotas a la duquesa. Si no se las hubiera enviado, yo me habría quedado triste, y ella se habría mostrado desagradecida. Lo que me consuela es que a este regalo no se le puede llamar soborno. Porque yo ya tenía el gobierno cuando ella las envió. Y es justo que los que reciben algún favor se muestren agradecidos, aunque sea con cosas pequeñas. En efecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo de él. Así podré decir con la conciencia tranquila, y eso no es poco: «Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano».

Esto decía Sancho para sí el día de la partida. Don Quijote se había despedido de los duques la noche antes. Una mañana salió y se presentó armado en la plaza del castillo. Toda la gente del castillo lo miraba desde los corredores, y también los duques salieron a verlo. Sancho estaba sobre su rucio, con sus alforjas, su maleta y sus provisiones. Estaba contentísimo porque tenía doscientos escudos de oro. El mayordomo del duque, el que había hecho de la Trifaldi, se los había dado en una bolsita para los gastos del camino. Y esto todavía no lo sabía don Quijote.

Mientras todos lo miraban, como he dicho, de repente habló la atrevida y lista Altisidora. Estaba entre las otras dueñas y doncellas de la duquesa que lo miraban. Levantó la voz y, en tono triste, dijo:

—Escucha, mal caballero,
para un poco las riendas;
no canses los costados
de tu bestia mal llevada.
Mira, falso, que no huyes
de una serpiente feroz,
sino de una corderita
que aún no ha llegado a oveja.
Has engañado, monstruo horrible,
a la doncella más hermosa
que Diana vio en sus montes
y Venus miró en sus bosques.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.

»Tú llevas, ¡qué robo tan cruel!,
en tus garras
el corazón de una joven humilde,
tierna y enamorada.
Te llevas tres tocadores
y unas ligas de unas piernas
que son como el mármol puro,
lisas, blancas y negras.
Te llevas dos mil suspiros;
si fueran de fuego, podrían quemar
dos mil ciudades de Troya,
si hubiera dos mil Troyas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.

»Que el corazón de Sancho, tu escudero,
sea tan terco y tan duro
que Dulcinea nunca salga
de su encantamiento.
Que la pobre Dulcinea pague
la culpa que tú tienes,
porque a veces, en mi tierra,
pagan justos por pecadores.
Que tus mejores aventuras
se vuelvan desventuras;
tus diversiones, sueños,
y tu fidelidad, olvido.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.

»Que te tengan por falso
desde Sevilla a Marchena,
desde Granada hasta Loja,
de Londres a Inglaterra.
Si juegas al reinado,
a los cientos o a la primera,
que los reyes huyan de ti.
Que no veas ases ni sietes.
Si te cortas los callos,
que te sangren las heridas.
Y si te sacas las muelas,
que se te queden las raíces.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.

Mientras la pobre Altisidora se quejaba de esta manera, don Quijote la estuvo mirando. No le respondió ni una palabra. Volvió la cara hacia Sancho y le dijo:

—Por la vida de tus antepasados, Sancho mío, te pido que me digas una verdad. Dime, ¿llevas por casualidad los tres tocadores y las ligas de los que habla esta doncella enamorada?

A esto Sancho respondió:

—Los tres tocadores sí los llevo; pero las ligas, como por los cerros de Úbeda.

La duquesa se quedó admirada del atrevimiento de Altisidora. Ya sabía que era atrevida, graciosa y desenvuelta, pero no tanto como para atreverse a algo así. Y como nadie le había avisado de esta burla, se admiró todavía más. El duque quiso hacer la broma más grande, y dijo:

—No me parece bien, señor caballero, lo que habéis hecho. En este castillo os hemos recibido muy bien. Y vos os habéis atrevido a llevaros por lo menos tres tocadores de mi doncella, y quizá también sus ligas. Esto es señal de mal corazón, y no corresponde a vuestra fama. Devolvedle las ligas. Si no, os desafío a una batalla a muerte. Y no tengo miedo de que los malandrines encantadores me cambien la cara. Así lo han hecho con la de Tosilos, mi lacayo, el que luchó con vos.

—No quiera Dios —respondió don Quijote— que yo saque mi espada contra vuestra ilustrísima persona, de quien he recibido tantos favores. Devolveré los tocadores, porque Sancho dice que los tiene. Pero las ligas es imposible, porque ni yo las he recibido ni él tampoco. Si esta doncella vuestra busca bien en sus escondites, seguro que las encuentra. Yo, señor duque, nunca he sido ladrón, ni pienso serlo en toda mi vida, si Dios no me abandona. Esta doncella habla como enamorada, como ella misma dice, y yo no tengo la culpa de eso. Así que no tengo que pedirle perdón ni a ella ni a Vuestra Excelencia. Os suplico que tengáis mejor opinión de mí y que me deis otra vez permiso para seguir mi camino.

—Dios os lo dé tan bueno, señor don Quijote —dijo la duquesa—, que siempre oigamos buenas noticias de vuestras hazañas. Y andad con Dios. Porque cuanto más os quedáis, más aumentáis el fuego en el pecho de las doncellas que os miran. A la mía yo la castigaré. Así, de aquí en adelante, no se atreverá a tanto ni con los ojos ni con las palabras.

—Solo quiero que me escuches una cosa más, ¡oh valiente don Quijote! —dijo entonces Altisidora—. Te pido perdón por el robo de las ligas. Porque, por Dios y por mi alma, las llevo puestas. Me ha pasado como a aquel que buscaba el asno mientras iba montado en él.

—¿No lo dije yo? —dijo Sancho—. ¡Pues sí que soy yo bueno para esconder robos! Si hubiera querido robar, en mi gobierno tuve la ocasión perfecta.

Don Quijote bajó la cabeza e hizo una reverencia a los duques y a todos los presentes. Luego volvió las riendas de Rocinante y salió del castillo, con Sancho detrás sobre el rucio. Y tomó el camino de Zaragoza.

### Glosario

- **ociosa**: sin trabajo ni actividad.
- **ligas**: cintas que sujetan las medias en la pierna.
- **tocador**: paño con que se cubría la cabeza, sobre todo para dormir.
- **Vireno**: personaje de un poema italiano que abandonó a la mujer que lo amaba.
- **Eneas**: héroe antiguo que se fue y abandonó a la reina Dido, que lo amaba.
- **Barrabás te acompañe; allá te avengas**: que te acompañe el diablo; arréglatelas tú solo.
- **pagan justos por pecadores**: refrán: a veces sufren los inocentes por la culpa de otros.
- **reinado, cientos, primera**: juegos de cartas antiguos.
- **callos**: piel dura y gruesa que sale en los pies.
- **como por los cerros de Úbeda**: expresión: nada que ver; de ninguna manera.
- **desenvuelta**: que habla y actúa sin vergüenza.

## Capítulo LVIII. Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras

Don Quijote se vio en el campo abierto, libre y lejos de las palabras de amor de Altisidora. Entonces le pareció que estaba en su elemento. Sentía que se le renovaban las fuerzas para seguir otra vez con sus aventuras de caballería. Se volvió a Sancho y le dijo:

—La libertad, Sancho, es uno de los regalos más preciosos que los cielos dieron a los hombres. No se pueden comparar con ella los tesoros que guarda la tierra ni los que esconde el mar. Por la libertad, igual que por la honra, se puede y se debe arriesgar la vida. En cambio, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Te lo digo, Sancho, porque has visto bien los regalos y la abundancia que tuvimos en ese castillo que dejamos. Pues en medio de aquellos banquetes sabrosos y de aquellas bebidas enfriadas con nieve, me parecía que pasaba hambre. Porque no lo disfrutaba con la libertad con que lo disfrutaría si fuera mío. Porque cuando uno recibe favores y regalos, se siente obligado a devolverlos. Y esas obligaciones son como cuerdas que no dejan moverse al ánimo libre. ¡Feliz aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin deber agradecérselo a nadie más que al cielo!

—Vuestra merced me ha dicho todo eso —dijo Sancho—. Pero no está bien que no agradezcamos los doscientos escudos de oro que me dio el mayordomo del duque. Me los dio en una bolsita. La llevo puesta sobre el corazón, como un remedio que da fuerzas, para lo que pueda pasar. Porque no siempre vamos a encontrar castillos donde nos traten bien. A veces tropezaremos con algunas ventas donde nos den palos.

Con estas y otras conversaciones iban los dos andantes, caballero y escudero. Habían caminado poco más de una legua cuando vieron a una docena de hombres vestidos de labradores. Estaban comiendo sobre la hierba de un pequeño prado verde, sentados encima de sus capas. A su lado tenían unas como sábanas blancas, que cubrían algunas cosas. Las sábanas estaban levantadas y extendidas, colocadas a cierta distancia unas de otras. Don Quijote se acercó a los que comían. Primero los saludó con cortesía y luego les preguntó qué cubrían aquellas telas. Uno de ellos le respondió:

—Señor, debajo de estas telas hay unas imágenes talladas en madera. Son para un retablo que estamos haciendo en nuestra aldea. Las llevamos cubiertas para que no se estropeen, y en los hombros para que no se rompan.

—Si me lo permitís —respondió don Quijote—, me gustaría verlas. Pues unas imágenes que se llevan con tanto cuidado sin duda deben de ser buenas.

—¡Y tan buenas! —dijo otro—. Si no, que lo diga lo que cuestan. De verdad, no hay ninguna que valga menos de cincuenta ducados. Y para que vuestra merced vea que es verdad, espere, y lo verá con sus propios ojos.

Se levantó, dejó de comer y fue a quitar la tela de la primera imagen. Era San Jorge a caballo, con una serpiente enroscada a sus pies. La lanza le atravesaba la boca a la serpiente, con la fiereza con que suele pintarse. Toda la imagen brillaba como un ascua de oro, como se suele decir. Al verla, don Quijote dijo:

—Este caballero fue uno de los mejores caballeros andantes que tuvo el ejército de Dios. Se llamó don San Jorge, y además defendía a las doncellas. Veamos esta otra.

El hombre la descubrió. Era San Martín a caballo, que partía su capa con el pobre. En cuanto la vio, don Quijote dijo:

—Este caballero también fue de los aventureros cristianos. Creo que fue más generoso que valiente. Lo puedes ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad. Y sin duda entonces debía de ser invierno. Si no, se la habría dado entera, de tan caritativo que era.

—No debió de ser eso —dijo Sancho—. Debió de seguir el refrán que dice: para dar y tener, seso es menester.

Don Quijote se rio y pidió que quitaran otra tela. Debajo apareció la imagen del Patrón de las Españas a caballo. Tenía la espada llena de sangre, y pasaba por encima de moros y pisaba cabezas. Al verla, don Quijote dijo:

—Este sí que es caballero, y de los ejércitos de Cristo. Se llama don San Diego Matamoros. Es uno de los santos y caballeros más valientes que tuvo el mundo y que tiene ahora el cielo.

Luego descubrieron otra tela. Debajo estaba la caída de San Pablo de su caballo. Tenía todos los detalles que suelen pintarse en los retablos de su conversión. Estaba tan vivo que parecía que Cristo le hablaba y que Pablo respondía.

—Este —dijo don Quijote— fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios Nuestro Señor en su tiempo. Y fue el mayor defensor que tendrá jamás. Fue caballero andante en la vida y santo tranquilo y firme en la muerte. Trabajó sin descanso en la viña del Señor y fue maestro de los pueblos. Los cielos le sirvieron de escuela, y el mismo Jesucristo fue su profesor y maestro.

No había más imágenes. Así que don Quijote mandó que las cubrieran otra vez, y dijo a los que las llevaban:

—Hermanos, tomo como buen agüero haber visto lo que he visto. Porque estos santos y caballeros tuvieron la misma profesión que yo, que es el ejercicio de las armas. La diferencia entre ellos y yo es esta. Ellos fueron santos y lucharon a lo divino, y yo soy pecador y lucho a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo se deja ganar por la fuerza. Y yo hasta ahora no sé qué conquisto a fuerza de mis trabajos. Pero si mi Dulcinea del Toboso saliera de sus sufrimientos, mi suerte mejoraría y se me arreglaría el juicio. Y entonces podría ser que yo llevara mis pasos por un camino mejor que el que llevo.

—Dios lo oiga y el pecado sea sordo —dijo Sancho en ese momento.

Los hombres se admiraron tanto de la figura como de las palabras de don Quijote. Pero no entendieron ni la mitad de lo que quería decir. Terminaron de comer y cargaron con sus imágenes. Luego se despidieron de don Quijote y siguieron su viaje.

Sancho se quedó otra vez como si nunca hubiera conocido a su señor. Estaba admirado de lo que sabía. Pensaba que en el mundo no debía de haber historia ni suceso que su amo no tuviera en la memoria. Y le dijo:

—De verdad, señor nuestro amo: ¿se puede llamar aventura esto que nos ha pasado hoy? Si se puede, ha sido de las más suaves y dulces de todo nuestro viaje. Hemos salido de ella sin palos y sin ningún susto. No hemos sacado las espadas, ni hemos golpeado la tierra con los cuerpos, ni nos hemos quedado con hambre. Bendito sea Dios, que me ha dejado ver esto con mis propios ojos.

—Dices bien, Sancho —dijo don Quijote—. Pero debes saber que no todos los tiempos son iguales, ni corren de la misma manera. La gente suele llamar agüeros a ciertas cosas que no se basan en ninguna razón natural. Pero el hombre discreto debe tomarlas y juzgarlas como buenos sucesos. Uno de estos supersticiosos se levanta por la mañana y sale de su casa. Se encuentra con un fraile de la orden del bienaventurado San Francisco. Y, como si se hubiera encontrado con un grifo, da la vuelta y se vuelve a su casa. A otro, a un Mendoza, se le cae la sal sobre la mesa. Y a él se le cae la tristeza sobre el corazón. Es como si la naturaleza tuviera que avisar de las desgracias futuras con cosas tan pequeñas como estas. El hombre discreto y cristiano no debe andar con tonterías sobre lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipión a África y tropieza al saltar a tierra. Sus soldados lo toman como mal agüero. Pero él se abraza al suelo y dice: «No te me podrás huir, África, porque te tengo agarrada entre mis brazos». Así que, Sancho, encontrar estas imágenes ha sido para mí un suceso felicísimo.

—Yo también lo creo —respondió Sancho—. Y querría que vuestra merced me explicara una cosa. Cuando los españoles van a empezar una batalla, llaman a aquel San Diego Matamoros y dicen: «¡Santiago, y cierra, España!». ¿Es que España está abierta, de modo que hay que cerrarla? ¿O qué ceremonia es esta?

—Eres simplísimo, Sancho —respondió don Quijote—. Mira: Dios ha dado a España este gran caballero de la cruz roja como patrón y protector. Lo ha hecho sobre todo para las duras batallas que los españoles han tenido con los moros. Por eso lo llaman como a su defensor en todas las batallas que empiezan. Y muchas veces lo han visto claramente en ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los ejércitos de los agarenos. De esta verdad te podría dar muchos ejemplos que cuentan las verdaderas historias españolas.

Sancho cambió de conversación y dijo a su amo:

—Estoy maravillado, señor, del atrevimiento de Altisidora, la doncella de la duquesa. Muy fuerte la debe de haber herido y atravesado ese que llaman Amor. Dicen que es un niño ciego. Tiene legañas, o mejor dicho, no ve nada. Pero si apunta a un corazón, por pequeño que sea, le acierta. Y lo atraviesa de lado a lado con sus flechas. También he oído decir una cosa. La vergüenza y el pudor de las doncellas les quitan la punta a las flechas del amor. Pero en esta Altisidora parece que se las afilan en vez de quitársela.

—Fíjate, Sancho —dijo don Quijote—, que el amor no respeta nada ni sigue las reglas de la razón. Tiene la misma condición que la muerte. Ataca igual los altos palacios de los reyes que las chozas humildes de los pastores. Y cuando se apodera del todo de un alma, lo primero que hace es quitarle el miedo y la vergüenza. Por eso Altisidora declaró sus deseos sin vergüenza. Y esos deseos me produjeron en el pecho más confusión que lástima.

—¡Qué crueldad tan clara! —dijo Sancho—. ¡Qué desagradecimiento nunca oído! Yo, por mí, sé decir una cosa. La más pequeña palabra de amor de ella me habría rendido y me habría hecho su esclavo. ¡Hideputa, y qué corazón de mármol, qué entrañas de bronce y qué alma de cemento! Pero no puedo imaginar qué vio esta doncella en vuestra merced para rendirse así. ¿Qué elegancia, qué fuerza, qué gracia, qué cara? ¿Cuál de estas cosas, o todas juntas, la enamoraron? Porque de verdad, de verdad, muchas veces me paro a mirar a vuestra merced. Lo miro desde la punta del pie hasta el último pelo de la cabeza. Y veo más cosas para asustar que para enamorar. También he oído decir que la belleza es lo primero y lo principal que enamora. Y como vuestra merced no tiene ninguna, no sé de qué se enamoró la pobre.

—Fíjate, Sancho —respondió don Quijote—, que hay dos clases de belleza: una del alma y otra del cuerpo. La del alma brilla y se muestra en la inteligencia, en la honestidad y en el buen comportamiento. También en la generosidad y en la buena educación. Todas estas cosas pueden estar en un hombre feo. Alguien puede fijarse en esta belleza, y no en la del cuerpo. Entonces el amor suele nacer con fuerza y con ventaja. Yo, Sancho, veo bien que no soy hermoso, pero también sé que no soy deforme. A un hombre de bien le basta con no ser un monstruo para ser querido. Pero tiene que tener los dones del alma que te he dicho.

Con estas razones y conversaciones fueron entrando en un bosque que estaba fuera del camino. De repente, sin esperarlo, don Quijote se encontró enredado en unas redes de hilo verde. Estaban tendidas de unos árboles a otros. Como no podía imaginar qué era aquello, dijo a Sancho:

—Me parece, Sancho, que estas redes deben de ser una de las aventuras más nuevas que se pueden imaginar. Que me maten si los encantadores que me persiguen no quieren enredarme en ellas y detener mi camino. Debe de ser como una venganza por la dureza que he tenido con Altisidora. Pues yo les digo una cosa. Estas redes son de hilo verde, pero aunque fueran de durísimos diamantes, las rompería. Podrían ser aún más fuertes que la red del celoso dios de los herreros. Con aquella red él atrapó a Venus y a Marte. Aun así, yo las rompería como si fueran de juncos o de hilos de algodón.

Y quería seguir adelante y romperlo todo. Pero de repente aparecieron delante de él, saliendo de entre unos árboles, dos pastoras bellísimas. Por lo menos, iban vestidas como pastoras. Pero sus chaquetas y sus faldas eran de brocado fino. Mejor dicho, las faldas eran riquísimas, de seda con hilos de oro. Llevaban el pelo suelto por la espalda, tan rubio que podía competir con los rayos del mismo sol. Lo coronaban dos guirnaldas tejidas de laurel verde y de amaranto rojo. Su edad, al parecer, no bajaba de los quince años ni pasaba de los dieciocho.

Fue una vista que admiró a Sancho y dejó suspenso a don Quijote. Hizo parar al sol en su camino para verlas. Y dejó a los cuatro en un silencio maravilloso. Por fin, la primera que habló fue una de las dos zagalas, que dijo a don Quijote:

—Detened el paso, señor caballero, y no rompáis las redes. No están tendidas ahí para haceros daño, sino para divertirnos. Sé que nos vais a preguntar para qué están y quiénes somos. Os lo quiero decir en pocas palabras. Hay una aldea a unas dos leguas de aquí, donde vive mucha gente importante, con muchos hidalgos y ricos. Allí, muchos amigos y parientes acordaron venir a divertirse a este sitio. Es uno de los más agradables de los alrededores. Hemos venido con hijos, mujeres e hijas, vecinos, amigos y parientes. Entre todos queremos formar una nueva Arcadia de pastores. Las doncellas nos vestimos de zagalas y los jóvenes de pastores. Hemos preparado dos églogas: una del famoso poeta Garcilaso y otra del excelentísimo Camoes, en su propia lengua portuguesa. Hasta ahora no las hemos representado. Ayer fue el primer día que llegamos aquí. Tenemos entre estos árboles algunas tiendas, que dicen que se llaman de campaña. Están a la orilla de un arroyo abundante que riega todos estos prados. Anoche tendimos estas redes entre los árboles para engañar a los pajaritos inocentes. Cuando los asustemos con nuestro ruido, vendrán a caer en ellas. Si queréis, señor, ser nuestro invitado, os recibiremos con generosidad y cortesía. Porque, por ahora, en este sitio no pueden entrar ni la tristeza ni la melancolía.

Se calló y no dijo más. Don Quijote respondió:

—Desde luego, bellísima señora, Anteón no debió de quedarse más suspenso ni admirado cuando vio de repente a Diana bañándose en el agua. Así de asombrado me he quedado yo al ver vuestra belleza. Alabo vuestras diversiones y os agradezco vuestras ofertas. Si os puedo servir, podéis mandármelo, seguras de que os obedeceré. Porque mi profesión no es otra que mostrarme agradecido y hacer el bien a toda clase de gente. Y en especial a la gente importante, como sois vosotras. Estas redes deben de ocupar un pequeño espacio. Pero si ocuparan toda la redondez de la tierra, yo buscaría nuevos mundos por donde pasar sin romperlas. Y para que creáis un poco esta exageración mía, mirad quién os lo promete. Os lo promete, por lo menos, don Quijote de la Mancha, si es que este nombre ha llegado a vuestros oídos.

—¡Ay, amiga de mi alma —dijo entonces la otra zagala—, qué suerte tan grande hemos tenido! ¿Ves a este señor que tenemos delante? Pues te hago saber que es el más valiente, el más enamorado y el más educado del mundo. A no ser que nos mienta y nos engañe una historia impresa de sus hazañas, que yo he leído. Apuesto a que este buen hombre que viene con él es un tal Sancho Panza, su escudero. Nadie tiene tanta gracia como él.

—Así es la verdad —dijo Sancho—: yo soy ese gracioso y ese escudero que dice vuestra merced. Y este señor es mi amo, el mismo don Quijote de la Mancha del que habla la historia.

—¡Ay! —dijo la otra—. Supliquémosle, amiga, que se quede. A nuestros padres y a nuestros hermanos les gustará muchísimo. Yo también he oído de su valor y de su gracia lo mismo que tú me has dicho. Y, sobre todo, dicen de él que es el enamorado más firme y más fiel que se conoce. Y que su dama es una tal Dulcinea del Toboso, a quien en toda España dan el premio de la belleza.

—Con razón se lo dan —dijo don Quijote—, a no ser que lo ponga en duda vuestra belleza sin igual. Pero no os canséis, señoras, en detenerme. Porque las obligaciones de mi profesión no me dejan descansar en ningún sitio.

En esto llegó adonde estaban los cuatro un hermano de una de las dos pastoras. También iba vestido de pastor, con la misma riqueza y elegancia que las zagalas. Ellas le contaron que aquel hombre era el valiente don Quijote de la Mancha, y el otro, su escudero Sancho. Él ya los conocía, porque había leído su historia. El elegante pastor se ofreció a servirle y le pidió que fuera con él a sus tiendas. Don Quijote tuvo que aceptar, y así lo hizo.

En esto llegaron los que espantaban a los pájaros, y las redes se llenaron de pajaritos de distintas clases. Engañados por el color de las redes, caían en el peligro del que iban huyendo. Se juntaron en aquel sitio más de treinta personas, todas vestidas con elegancia de pastores y pastoras. En un momento supieron quiénes eran don Quijote y su escudero. Y se alegraron mucho, porque ya los conocían por su historia. Fueron a las tiendas y encontraron las mesas puestas, ricas, abundantes y limpias. Honraron a don Quijote dándole el primer lugar. Todos lo miraban y se admiraban de verlo.

Por fin, cuando quitaron los manteles, don Quijote levantó la voz con gran calma y dijo:

—Algunos dicen que el mayor pecado de los hombres es la soberbia. Yo digo que es el desagradecimiento. Porque, como se suele decir, de los desagradecidos está lleno el infierno. Yo he intentado huir de este pecado todo lo posible desde que tengo uso de razón. Si no puedo pagar con obras las buenas obras que me hacen, pongo en su lugar el deseo de hacerlas. Y cuando esto no basta, las publico. Porque quien cuenta y publica las buenas obras que recibe también las pagaría con otras, si pudiera. Porque normalmente los que reciben son inferiores a los que dan. Por eso Dios está sobre todos, porque da más que todos. Los regalos del hombre nunca pueden igualar a los de Dios, porque la distancia es infinita. Y esta pobreza y esta falta, de alguna manera, las completa el agradecimiento. Yo, pues, estoy agradecido por el favor que aquí me han hecho. No puedo pagarlo en la misma medida, porque mi poder tiene límites estrechos. Así que ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha. Y digo esto: durante dos días enteros, en medio de ese camino real que va a Zaragoza, defenderé una cosa. Defenderé que estas señoras, vestidas de zagalas, son las doncellas más hermosas y más corteses del mundo. Solo dejo fuera a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis pensamientos. Y lo digo con todo respeto para cuantos y cuantas me escuchan.

Sancho lo había estado escuchando con mucha atención. Al oír esto, dio un gran grito y dijo:

—¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar que este señor mío está loco? Díganme vuestras mercedes, señores pastores. ¿Hay algún cura de aldea, por listo y estudiado que sea, que pueda decir lo que ha dicho mi amo? ¿Y hay algún caballero andante, por mucha fama de valiente que tenga, que pueda ofrecer lo que mi amo ha ofrecido aquí?

Don Quijote se volvió hacia Sancho con la cara roja de rabia y le dijo:

—¿Es posible, ¡oh Sancho!, que haya en todo el mundo alguna persona que diga que no eres tonto? Eres tonto, forrado de tonto, y con no sé qué adornos de malicioso y de bribón. ¿Quién te mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy discreto o idiota? Calla y no me contestes. Ensilla a Rocinante, si está sin silla, y vamos a cumplir mi oferta. Con la razón que tengo de mi parte, puedes dar por vencidos a todos los que quieran llevarme la contraria.

Y se levantó de la silla con gran furia y con muestras de enfado. Los presentes se quedaron admirados, y dudaban si debían tenerlo por loco o por cuerdo. Intentaron convencerlo de que no hiciera aquello. Le dijeron que ya conocían bien su agradecimiento. Y que no hacían falta más pruebas de su valor, porque bastaban las que contaba la historia de sus hazañas. Pero, a pesar de todo, don Quijote hizo lo que quería. Montó en Rocinante, se colocó el escudo en el brazo y tomó la lanza. Y se puso en medio de un camino real que estaba cerca del prado verde. Sancho lo siguió sobre su rucio, y con él toda la gente del rebaño de pastores. Querían ver en qué terminaba aquella oferta tan arrogante y nunca vista.

Don Quijote, pues, se puso en medio del camino, como os he dicho, y dijo al aire estas palabras:

—¡Oh vosotros, pasajeros y viajeros, caballeros, escuderos, gente a pie y a caballo! Vosotros pasáis por este camino, o vais a pasar en estos dos días siguientes. Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante, está aquí para defender una cosa. Las ninfas que viven en estos prados y bosques son más hermosas y más corteses que todas las del mundo. Dejo aparte a la señora de mi alma, Dulcinea del Toboso. Por eso, el que piense lo contrario, que venga, que aquí lo espero.

Repitió estas mismas palabras dos veces, y las dos veces ningún aventurero las oyó. Pero la suerte iba llevando sus cosas cada vez mejor. Quiso que poco después apareciera por el camino una multitud de hombres a caballo. Muchos llevaban lanzas en las manos, y venían todos juntos, en tropel y muy deprisa. En cuanto los vieron, los que estaban con don Quijote se dieron la vuelta y se apartaron muy lejos del camino. Porque comprendieron que, si se quedaban, podía pasarles algo peligroso. Solo don Quijote se quedó quieto, con un corazón valiente. Y Sancho Panza se protegió detrás de las ancas de Rocinante.

Llegó el tropel de los hombres con lanzas, y uno de ellos, que venía delante, empezó a gritar a don Quijote:

—¡Apártate del camino, hombre del diablo, que te harán pedazos estos toros!

—¡Vamos, canalla! —respondió don Quijote—. Para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría el Jarama en sus orillas. Confesad todos a la vez, malandrines, que es verdad lo que yo he anunciado aquí. Si no, tendréis que luchar conmigo.

El vaquero no tuvo tiempo de responder, ni don Quijote de apartarse, aunque hubiera querido. Y así, la manada de toros bravos y de cabestros mansos pasó por encima de él. Venía con una multitud de vaqueros y de otra gente. Los llevaban a encerrar a un lugar donde al día siguiente iba a haber una corrida. Pasaron sobre don Quijote, sobre Sancho, sobre Rocinante y sobre el rucio. Los tiraron a todos al suelo y los hicieron rodar. Sancho quedó molido, don Quijote asustado, el rucio golpeado y Rocinante no muy sano. Pero al fin se levantaron todos. Y don Quijote, muy deprisa, tropezando aquí y cayendo allá, empezó a correr detrás de la manada, gritando:

—¡Deteneos y esperad, canalla malandrina! Aquí os espera un solo caballero. Y no es de los que piensan que al enemigo que huye hay que hacerle la puente de plata.

Pero los que corrían no se detuvieron por eso. No hicieron más caso de sus amenazas que de las nubes del año pasado. El cansancio detuvo a don Quijote. Y, más enfadado que vengado, se sentó en el camino a esperar a Sancho, a Rocinante y al rucio. Llegaron, amo y criado volvieron a montar, y siguieron su camino. No volvieron a despedirse de la Arcadia falsa, y se fueron con más vergüenza que alegría.

### Glosario

- **retablo**: conjunto de imágenes de santos, talladas o pintadas, que se pone detrás del altar de una iglesia.
- **ascua**: trozo de carbón o de madera que arde sin llama y brilla mucho.
- **para dar y tener, seso es menester**: refrán: hay que tener cabeza para dar sin quedarse sin nada.
- **Dios lo oiga y el pecado sea sordo**: expresión: ojalá sea así y nada lo estropee.
- **grifo**: animal de las leyendas, mitad águila y mitad león.
- **agarenos**: nombre antiguo que se daba a los musulmanes.
- **¡Hideputa!**: palabra grosera; aquí Sancho la usa como exclamación de admiración.
- **brocado**: tela de seda muy rica, con dibujos de oro o de plata.
- **Arcadia**: región de Grecia que los poetas pintaban como un lugar feliz de pastores.
- **égloga**: poema sobre la vida de los pastores.
- **cabestros**: bueyes mansos que guían a los toros bravos.
- **hacer la puente de plata**: dejar escapar con facilidad al enemigo que huye.

## Capítulo LIX. Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote

Don Quijote y Sancho estaban llenos de polvo y cansados por culpa de los toros, que los habían tratado sin ninguna educación. Pero encontraron un remedio: una fuente clara y limpia en medio de unos árboles frescos. En su orilla dejaron sueltos al rucio y a Rocinante, sin cabezada ni freno. Y los dos, amo y criado, cansados de tanto camino, se sentaron. Sancho fue a la despensa de sus alforjas y sacó de allí lo que él solía llamar condumio. Se enjuagó la boca, y don Quijote se lavó la cara. Con ese fresco alivio recobraron el ánimo perdido. Don Quijote no comía, de pura tristeza. Y Sancho no se atrevía a tocar la comida que tenía delante, de puro educado. Esperaba a que su señor empezara primero. Pero vio que su amo, perdido en sus pensamientos, no se acordaba de llevarse el pan a la boca. Entonces Sancho no dijo nada. Se olvidó de toda buena educación y empezó a meterse en el estómago el pan y el queso que tenía delante.

—Come, Sancho amigo —dijo don Quijote—. Mantén la vida, que a ti te importa más que a mí. Y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y por la fuerza de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo. Y para que veas que te digo la verdad, piensa en esto. Estoy impreso en historias, soy famoso en las armas y educado en mis acciones. Me respetan los príncipes y me buscan las doncellas. Y al final de todo, yo esperaba palmas, triunfos y coronas, ganados y merecidos por mis valientes hazañas. Pero esta mañana me he visto pisado, pateado y molido por los pies de unos animales sucios y groseros. Pensar en esto me quita el filo a los dientes y me deja torpes las muelas. Me quita la fuerza de las manos y me quita del todo las ganas de comer. Así que pienso dejarme morir de hambre, que es la muerte más cruel de todas.

—Entonces —dijo Sancho, sin dejar de masticar deprisa—, vuestra merced no estará de acuerdo con aquel refrán que dice: «Muera Marta, y muera harta». Yo, por lo menos, no pienso matarme. Al contrario, pienso hacer como el zapatero, que estira el cuero con los dientes hasta que llega adonde él quiere. Yo estiraré mi vida comiendo, hasta que llegue al final que le tiene preparado el cielo. Y sepa, señor, que no hay mayor locura que querer desesperarse como vuestra merced. Créame: después de comer, échese a dormir un poco sobre los colchones verdes de esta hierba. Y verá cómo, cuando despierte, se encuentra algo más aliviado.

Don Quijote lo hizo así, porque le pareció que las palabras de Sancho eran más de filósofo que de tonto. Y le dijo:

—Si tú, ¡oh Sancho!, quisieras hacer por mí lo que ahora te diré, mis alivios serían más seguros y mis penas no tan grandes. Es esto: mientras yo duermo, siguiendo tus consejos, tú podrías apartarte un poco de aquí. Con las riendas de Rocinante, y con las carnes al aire, podrías darte trescientos o cuatrocientos azotes. Serían a cuenta de los tres mil y pico que te tienes que dar para desencantar a Dulcinea. Porque es una gran pena que aquella pobre señora siga encantada por tu descuido y tu pereza.

—Hay mucho que decir sobre eso —dijo Sancho—. Durmamos los dos por ahora, y después, Dios dirá. Sepa vuestra merced que azotarse un hombre a sangre fría es cosa dura. Y más si los azotes caen sobre un cuerpo mal alimentado y peor comido. Que tenga paciencia mi señora Dulcinea. Cuando menos lo espere, me verá hecho una criba a fuerza de azotes. Y hasta la muerte, todo es vida. Quiero decir que todavía estoy vivo, y que también tengo el deseo de cumplir lo que he prometido.

Don Quijote se lo agradeció. Comió algo, y Sancho mucho, y se echaron a dormir los dos. Dejaron que Rocinante y el rucio, los dos compañeros y amigos de siempre, comieran a su gusto la mucha hierba de aquel prado. Se despertaron algo tarde, volvieron a montar y siguieron su camino. Se dieron prisa para llegar a una venta que parecía estar a una legua de allí. Digo que era venta porque don Quijote la llamó así. Esta vez no siguió su costumbre de llamar castillos a todas las ventas.

Llegaron, pues, a ella y preguntaron al dueño si había alojamiento. Les respondió que sí, con toda la comodidad y los lujos que podrían encontrar en Zaragoza. Bajaron de sus animales. Sancho guardó sus provisiones en una habitación, y el dueño le dio la llave. Llevó los animales a la cuadra y les echó su comida. Luego salió a ver qué le mandaba don Quijote, que estaba sentado en un banco de piedra. Y daba gracias especiales al cielo, porque a su amo no le había parecido castillo aquella venta.

Llegó la hora de cenar y se retiraron a su habitación. Sancho preguntó al ventero qué tenía para darles de cenar. El ventero respondió que su boca sería la medida: que pidiera lo que quisiera. Aquella venta, dijo, tenía de todo: pajaritos del aire, aves de la tierra y pescados del mar.

—No hace falta tanto —respondió Sancho—. Con un par de pollos asados tendremos bastante. Porque mi señor es delicado y come poco, y yo no soy demasiado tragón.

El ventero le respondió que no tenía pollos, porque los milanos se los habían llevado todos.

—Pues mande el señor ventero —dijo Sancho— asar una polla que sea tierna.

—¿Polla? ¡Ay, padre mío! —respondió el ventero—. De verdad, de verdad, ayer mandé a la ciudad a vender más de cincuenta. Pero, fuera de pollas, pida vuestra merced lo que quiera.

—Entonces —dijo Sancho—, no faltará ternera o cabrito.

—En casa, por ahora —respondió el ventero—, no hay, porque se ha acabado. Pero la semana que viene habrá de sobra.

—¡Pues sí que estamos bien con eso! —respondió Sancho—. Apuesto a que todas estas faltas se van a arreglar con lo mucho que debe de sobrar de tocino y huevos.

—¡Por Dios —respondió el ventero—, qué cara tiene mi huésped! Le he dicho que no tengo ni pollas ni gallinas, ¿y quiere que tenga huevos? Piense, si quiere, en otras cosas delicadas, y deje de pedir gallinas.

—¡Decidámonos de una vez, por Dios! —dijo Sancho—. Dígame por fin lo que tiene, señor ventero, y déjese de tantas vueltas.

Dijo el ventero:

—Lo que de verdad tengo son dos uñas de vaca que parecen manos de ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca. Están cocidas con sus garbanzos, cebollas y tocino. Y ahora mismo están diciendo: «¡Coméme! ¡Coméme!».

—Desde aquí las marco como mías —dijo Sancho—. Que nadie las toque, que yo las pagaré mejor que nadie. Porque para mí no podría haber nada más sabroso. Y no me importaría que fueran manos, con tal de que fueran uñas.

—Nadie las tocará —dijo el ventero—, porque los otros huéspedes que tengo son tan importantes que traen con ellos cocinero, despensero y provisiones.

—Si se trata de ser importante —dijo Sancho—, nadie lo es más que mi amo. Pero su oficio no le permite llevar despensas ni bodegas. Nosotros nos tumbamos en medio de un prado y nos llenamos de bellotas o de nísperos.

Esta fue la conversación que Sancho tuvo con el ventero. El ventero le había preguntado ya qué oficio o qué trabajo tenía su amo. Pero Sancho no quiso seguir respondiéndole.

Llegó, pues, la hora de cenar. Don Quijote se retiró a su habitación. El ventero trajo la olla tal como estaba, y se sentó a cenar muy en serio. En otra habitación, junto a la de don Quijote, había otros huéspedes. Las dos habitaciones estaban separadas solo por una pared muy fina. Y parece que don Quijote oyó decir allí:

—Por su vida, señor don Jerónimo, mientras traen la cena, leamos otro capítulo de la segunda parte de «Don Quijote de la Mancha».

En cuanto don Quijote oyó su nombre, se puso de pie. Escuchó con mucha atención lo que decían de él. Y oyó que aquel don Jerónimo respondió:

—¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates? El que haya leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no puede disfrutar leyendo esta segunda.

—Aun así —dijo don Juan—, será bueno leerla, porque no hay libro tan malo que no tenga algo bueno. Lo que más me disgusta de este es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.

Al oír esto, don Quijote, lleno de rabia y de despecho, levantó la voz y dijo:

—Si alguien dice que don Quijote de la Mancha ha olvidado o puede olvidar a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que está muy lejos de la verdad. Porque la sin par Dulcinea del Toboso no puede ser olvidada, ni en don Quijote cabe el olvido. Su lema es la fidelidad, y su profesión es guardarla con dulzura y sin hacerse ninguna fuerza.

—¿Quién es el que nos responde? —preguntaron desde la otra habitación.

—¿Quién va a ser —respondió Sancho— sino el mismo don Quijote de la Mancha? Él cumplirá todo lo que ha dicho, y también lo que diga, que al buen pagador no le duelen prendas.

Apenas dijo esto Sancho, entraron por la puerta de su habitación dos caballeros, porque eso parecían. Uno de ellos echó los brazos al cuello de don Quijote y le dijo:

—Ni vuestra presencia puede negar vuestro nombre, ni vuestro nombre puede dejar de confirmar vuestra presencia. Sin duda, señor, vos sois el verdadero don Quijote de la Mancha, guía y estrella de la caballería andante. Y lo sois a pesar del que ha querido robar vuestro nombre y destruir vuestras hazañas. Eso es lo que ha hecho el autor de este libro que aquí os entrego.

Y le puso en las manos un libro que traía su compañero. Don Quijote lo tomó y, sin decir nada, empezó a hojearlo. Poco después se lo devolvió, diciendo:

—En lo poco que he visto, he encontrado en este autor tres cosas que merecen crítica. La primera, algunas palabras que he leído en el prólogo. La segunda, que el lenguaje es aragonés, porque a veces escribe sin artículos. Y la tercera es la que más demuestra que es ignorante: se equivoca y se aparta de la verdad en lo más importante de la historia. Porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza, mi escudero, se llama Mari Gutiérrez. Y no se llama así, sino Teresa Panza. Quien se equivoca en algo tan importante, bien podemos temer que se equivoque en todo lo demás de la historia.

A esto dijo Sancho:

—¡Vaya historiador tan gracioso! ¡Pues sí que debe de conocer bien nuestras aventuras, si llama Mari Gutiérrez a Teresa Panza, mi mujer! Vuelva a coger el libro, señor, y mire si salgo yo ahí y si me ha cambiado el nombre.

—Por lo que he oído hablar, amigo —dijo don Jerónimo—, sin duda debéis de ser Sancho Panza, el escudero del señor don Quijote.

—Sí lo soy —respondió Sancho—, y estoy orgulloso de ello.

—Pues, a fe mía —dijo el caballero—, que este autor moderno no os trata con la limpieza que se ve en vuestra persona. Os pinta comilón y simple, y nada gracioso. Es muy distinto del Sancho que se describe en la primera parte de la historia de vuestro amo.

—Dios se lo perdone —dijo Sancho—. Ojalá me hubiera dejado en mi rincón, sin acordarse de mí. Porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma.

Los dos caballeros pidieron a don Quijote que pasara a su habitación a cenar con ellos. Porque sabían bien que en aquella venta no había nada digno de su persona. Don Quijote, que siempre fue educado, aceptó su invitación y cenó con ellos. Sancho se quedó con la olla, con mero mixto imperio. Se sentó en la cabecera de la mesa, y con él el ventero. Al ventero le gustaban aquellas manos y uñas tanto como a Sancho.

Durante la cena, don Juan preguntó a don Quijote qué noticias tenía de la señora Dulcinea del Toboso. Le preguntó si se había casado, si había tenido un hijo o si estaba embarazada. O si, todavía doncella, se acordaba de los pensamientos amorosos del señor don Quijote, sin perder su honestidad ni su decoro. Él respondió:

—Dulcinea sigue doncella, y mis pensamientos están más firmes que nunca. Ella sigue respondiendo a mi amor con la sequedad de siempre. Y su belleza está transformada en la de una labradora grosera.

Y luego les fue contando punto por punto el encantamiento de la señora Dulcinea y lo que le había pasado en la cueva de Montesinos. Les contó también la orden que había dado el sabio Merlín para desencantarla, que eran los azotes de Sancho.

Los dos caballeros se alegraron muchísimo de oír a don Quijote contar los extraños sucesos de su historia. Se admiraron tanto de sus disparates como de la manera elegante en que los contaba. Unas veces les parecía discreto, y otras veces se les escapaba como tonto. No sabían decidir qué lugar darle entre la discreción y la locura.

Sancho terminó de cenar y dejó al ventero hecho equis. Luego pasó a la habitación de su amo y, al entrar, dijo:

—Que me maten, señores, si el autor de ese libro que tienen vuestras mercedes no quiere que nos llevemos mal. Ya que me llama comilón, como dicen vuestras mercedes, me gustaría que no me llamara también borracho.

—Sí que os lo llama —dijo don Jerónimo—, aunque no me acuerdo de qué manera. Pero sé que son palabras feas y, además, mentirosas, según veo en la cara del buen Sancho que tengo delante.

—Créanme vuestras mercedes —dijo Sancho—: el Sancho y el don Quijote de esa historia deben de ser otros. No son los que salen en la historia que escribió Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros. Mi amo es valiente, discreto y enamorado. Y yo soy simple y gracioso, y no comilón ni borracho.

—Yo también lo creo —dijo don Juan—. Y, si fuera posible, habría que mandar que nadie se atreviera a escribir sobre las cosas del gran don Quijote, excepto Cide Hamete, su primer autor. Igual que Alejandro mandó que nadie se atreviera a pintarlo, excepto Apeles.

—Que me pinte quien quiera —dijo don Quijote—, pero que no me maltrate. Porque muchas veces la paciencia se cae cuando la cargan de insultos.

—Ningún insulto —dijo don Juan— se le puede hacer al señor don Quijote del que él no se pueda vengar. A no ser que lo pare con el escudo de su paciencia, que, en mi opinión, es fuerte y grande.

En estas y otras conversaciones pasó gran parte de la noche. Don Juan quería que don Quijote leyera más del libro, para ver qué comentaba. Pero no lo consiguieron. Don Quijote dijo que lo daba por leído y que lo declaraba tonto de principio a fin. Dijo también que el autor quizá se enteraría de que él había tenido el libro en sus manos. Y no quería que entonces se alegrara pensando que lo había leído. Porque de las cosas obscenas y feas hay que apartar los pensamientos, y mucho más los ojos. Le preguntaron adónde iba. Respondió que a Zaragoza, para participar en las justas del arnés que se hacen todos los años en esa ciudad. Don Juan le dijo que, según aquella nueva historia, don Quijote, fuera quien fuera, había estado allí en una sortija. Y que esa sortija no tenía imaginación, tenía pobres lemas y pobrísimos trajes, aunque era muy rica en tonterías.

—Por eso mismo —respondió don Quijote—, no pondré los pies en Zaragoza. Así mostraré a todo el mundo la mentira de ese historiador moderno. Y la gente verá que yo no soy el don Quijote que él dice.

—Hará muy bien —dijo don Jerónimo—. Y hay otras justas en Barcelona, donde el señor don Quijote podrá mostrar su valor.

—Eso pienso hacer —dijo don Quijote—. Y ahora, vuestras mercedes denme permiso, porque ya es hora de irme a la cama. Y ténganme y pónganme en el número de sus mayores amigos y servidores.

—Y a mí también —dijo Sancho—: quizá sirva para algo.

Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su habitación. Don Juan y don Jerónimo se quedaron admirados de ver la mezcla que don Quijote había hecho de su discreción y de su locura. Y de verdad creyeron que estos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés.

Don Quijote se levantó temprano y se despidió de sus vecinos dando golpes en la pared de la otra habitación. Sancho pagó al ventero con mucha generosidad. Y le aconsejó que alabara menos la comida de su venta, o que la tuviera mejor provista.

### Glosario

- **condumio**: palabra popular para la comida que se come con el pan.
- **Muera Marta, y muera harta**: refrán: aunque haya que morir, mejor morir con el estómago lleno.
- **criba**: utensilio con muchos agujeros para separar el grano; «hecho una criba» es lleno de heridas.
- **milanos**: aves de presa que cazan pollos y otros animales pequeños.
- **polla**: gallina joven.
- **uñas de vaca, manos de ternera**: patas de vaca o de ternera que se comen cocidas.
- **al buen pagador no le duelen prendas**: refrán: quien piensa cumplir no tiene miedo de prometer.
- **quien las sabe las tañe**: refrán: cada uno debe hacer solo lo que sabe hacer.
- **bien se está San Pedro en Roma**: refrán: cada uno está bien en su sitio, sin moverse.
- **con mero mixto imperio**: expresión de los jueces: con poder total, como dueño absoluto.
- **hecho equis**: muy borracho, caminando de un lado a otro.
- **justas del arnés**: fiestas en las que los caballeros luchaban con armadura.
- **sortija**: juego en el que los caballeros, a caballo, intentaban meter la lanza por un anillo.

## Capítulo LX. De lo que sucedió a don Quijote yendo a Barcelona

La mañana era fresca, y el día también parecía que iba a serlo, cuando don Quijote salió de la venta. Antes preguntó cuál era el camino más directo para ir a Barcelona sin pasar por Zaragoza. Tan grande era su deseo de dejar como mentiroso a aquel nuevo historiador, que, según decían, hablaba tan mal de él.

Pues bien, durante más de seis días no le pasó nada digno de ser escrito. Al final de esos días iban fuera del camino, y la noche los sorprendió entre unas espesas encinas o alcornoques. En esto Cide Hamete no es tan exacto como suele serlo en otras cosas.

Amo y criado bajaron de sus animales y se acomodaron contra los troncos de los árboles. Sancho, que había merendado aquel día, entró de golpe por las puertas del sueño. Pero don Quijote no podía cerrar los ojos, porque sus imaginaciones lo desvelaban mucho más que el hambre. Al contrario, con el pensamiento iba y venía por mil clases de lugares. Unas veces le parecía estar en la cueva de Montesinos. Otras veces le parecía ver a Dulcinea, convertida en labradora, saltando y subiendo sobre su burra. Otras veces sonaban en sus oídos las palabras del sabio Merlín. Esas palabras le explicaban las condiciones y lo que había que hacer para desencantar a Dulcinea. Se desesperaba al ver la pereza y la poca caridad de Sancho, su escudero. Porque, según creía, Sancho solo se había dado cinco azotes. Era un número pequeño y desproporcionado para los infinitos azotes que le faltaban. Esto le dio tanta pena y tanto enfado que se puso a pensar así:

—Alejandro Magno cortó el nudo gordiano y dijo: «Tanto monta cortar como desatar». Y no por eso dejó de ser señor universal de toda Asia. Lo mismo podría pasar ahora con el desencanto de Dulcinea, si yo azotara a Sancho contra su voluntad. La condición de este remedio es que Sancho reciba los tres mil y pico azotes. Entonces, ¿qué me importa a mí si se los da él o se los da otro? Lo importante es que él los reciba, vengan de donde vengan.

Con esta idea se acercó a Sancho. Antes había tomado las riendas de Rocinante y las había preparado para poder azotarlo con ellas. Empezó a quitarle las cintas que le sujetaban los calzones. Según se cree, Sancho solo tenía la cinta de delante. Pero, apenas llegó don Quijote, Sancho se despertó del todo y dijo:

—¿Qué es esto? ¿Quién me toca y me quita las cintas?

—Soy yo —respondió don Quijote—. Vengo a suplir tus faltas y a remediar mis penas. Vengo a azotarte, Sancho, y a pagar en parte la deuda que aceptaste. Dulcinea se muere; tú vives sin preocuparte; yo muero de deseo. Así que bájate los calzones por tu voluntad. Porque mi voluntad es darte, en esta soledad, por lo menos dos mil azotes.

—Eso no —dijo Sancho—. Vuestra merced quédese quieto. Si no, por Dios verdadero, nos van a oír hasta los sordos. Los azotes que yo prometí tienen que ser voluntarios, y no a la fuerza. Y ahora no tengo ganas de azotarme. Basta con que doy a vuestra merced mi palabra. Me azotaré y me daré golpes, como quien espanta moscas, cuando me venga en gana.

—No se puede dejar a tu cortesía, Sancho —dijo don Quijote—, porque eres duro de corazón y, aunque eres un villano, eres blando de carnes.

Y así, don Quijote intentaba con fuerza desatarle los calzones. Al ver esto, Sancho Panza se puso de pie y se lanzó contra su amo. Se agarró a él con los dos brazos, le puso una zancadilla y lo tiró al suelo boca arriba. Le puso la rodilla derecha sobre el pecho y le sujetaba las manos con las suyas. Así no lo dejaba ni moverse ni respirar. Don Quijote le decía:

—¿Cómo, traidor? ¿Te rebelas contra tu amo y señor natural? ¿Te atreves con quien te da su pan?

—Ni quito rey ni pongo rey —respondió Sancho—, sino que me ayudo a mí, que soy mi señor. Vuestra merced prométame que se quedará quieto y que no intentará azotarme por ahora. Entonces yo lo dejaré libre y suelto. Si no,

Aquí morirás, traidor,

enemigo de doña Sancha.

Don Quijote se lo prometió. Juró por la vida de sus pensamientos que no le tocaría ni un pelo de la ropa. También juró que dejaría el azotarse a la voluntad y libertad de Sancho, para cuando él quisiera.

Sancho se levantó y se apartó bastante de aquel lugar. Cuando fue a apoyarse en otro árbol, sintió que algo le tocaba la cabeza. Levantó las manos y encontró dos pies de persona, con zapatos y medias. Tembló de miedo y se fue a otro árbol, y le pasó lo mismo. Empezó a gritar y a llamar a don Quijote para que lo ayudara. Don Quijote fue y le preguntó qué le había pasado y de qué tenía miedo. Sancho le respondió que todos aquellos árboles estaban llenos de pies y de piernas humanas. Don Quijote los tocó, y enseguida se dio cuenta de lo que podía ser. Le dijo a Sancho:

—No tienes por qué tener miedo. Estos pies y piernas que tocas y no ves son, sin duda, de algunos ladrones y bandoleros. Están ahorcados en estos árboles. Por aquí la justicia suele ahorcarlos cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta. Por eso entiendo que debo de estar cerca de Barcelona.

Y era verdad, tal como él lo había imaginado.

Al parecer, levantaron los ojos y vieron los racimos de aquellos árboles, que eran cuerpos de bandoleros. En esto ya amanecía. Si los muertos los habían asustado, no los asustaron menos más de cuarenta bandoleros vivos. Estos los rodearon de repente. Les dijeron en catalán que se quedaran quietos y que esperaran hasta que llegara su capitán.

Don Quijote estaba a pie, su caballo sin freno y su lanza apoyada en un árbol. En fin, estaba sin ninguna defensa. Por eso le pareció bien cruzar las manos y bajar la cabeza, y guardarse para una ocasión mejor.

Los bandoleros fueron a registrar al rucio. No le dejaron ninguna de las cosas que llevaba en las alforjas y en la maleta. Pero Sancho tuvo suerte. Llevaba atado a la barriga un cinturón de tela. Allí iban los escudos del duque y los que habían sacado de su tierra. Aun así, aquella buena gente lo habría registrado todo, hasta lo escondido entre la piel y la carne. Pero en ese momento llegó su capitán. Parecía tener unos treinta y cuatro años. Era robusto, algo más alto de lo normal, de mirada seria y de piel morena. Venía sobre un caballo poderoso, con la cota de malla de acero puesta. A los lados llevaba cuatro pistolas, que en aquella tierra se llaman pedreñales. Vio que sus escuderos iban a robar a Sancho Panza. (Allí llaman escuderos a los que tienen ese oficio.) Les mandó que no lo hicieran, y ellos obedecieron enseguida. Así se salvó el cinturón. Le sorprendió ver una lanza apoyada en el árbol y un escudo en el suelo. Y le sorprendió ver a don Quijote armado y pensativo, con la figura más triste y melancólica que podría formar la misma tristeza. Se acercó a él y le dijo:

—No estéis tan triste, buen hombre. No habéis caído en las manos de algún cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que son más compasivas que duras.

—Mi tristeza no es por haber caído en tu poder —respondió don Quijote—, ¡oh valeroso Roque, cuya fama no tiene límites en la tierra! Es por mi descuido, que ha sido tal que tus soldados me han cogido sin el freno. Y yo estoy obligado a vivir siempre alerta, según la orden de la caballería andante que sigo. Tengo que ser a todas horas mi propio centinela. Porque te hago saber una cosa, ¡oh gran Roque! Si me hubieran encontrado a caballo, con mi lanza y mi escudo, no les habría sido muy fácil vencerme. Porque yo soy don Quijote de la Mancha, aquel que ha llenado todo el mundo con sus hazañas.

Roque Guinart comprendió enseguida que la enfermedad de don Quijote tenía más de locura que de valentía. Algunas veces había oído hablar de él. Pero nunca había creído que sus hechos fueran verdad, ni podía creer que una manía así pudiera reinar en el corazón de un hombre. Se alegró muchísimo de haberlo encontrado. Así podía tocar de cerca lo que de lejos había oído de él. Y le dijo:

—Valeroso caballero, no os desesperéis. Y no toméis por mala suerte esta situación en que os encontráis. Podría ser que en estos tropiezos vuestra suerte torcida se enderezara. Porque el cielo suele levantar a los caídos y enriquecer a los pobres. Y lo hace por caminos extraños y nunca vistos, que los hombres no imaginan.

Ya iba don Quijote a darle las gracias, cuando oyeron a sus espaldas un ruido como de muchos caballos. Pero era solo uno, y sobre él venía a toda velocidad un joven. Parecía tener unos veinte años. Iba vestido de damasco verde con adornos de oro, con calzones anchos y una casaca corta. Llevaba el sombrero ladeado, al estilo valón, y botas enceradas y ajustadas. Llevaba también espuelas, y daga y espada doradas. Tenía una escopeta pequeña en las manos y dos pistolas a los lados. Al oír el ruido, Roque volvió la cabeza y vio esta hermosa figura. Cuando el joven llegó junto a él, dijo:

—Venía a buscarte, ¡oh valeroso Roque! Quiero encontrar en ti, si no remedio, por lo menos alivio en mi desgracia. Sé que no me has reconocido. Por eso, para no tenerte en duda, quiero decirte quién soy. Soy Claudia Jerónima, hija de Simón Forte. Mi padre es tu gran amigo y enemigo particular de Clauquel Torrellas. Clauquel también es enemigo tuyo, porque es de tu bando contrario. Ya sabes que este Torrellas tiene un hijo que se llama don Vicente Torrellas. O, por lo menos, se llamaba así hace menos de dos horas. Para hacer corto el cuento de mi desgracia, te diré en pocas palabras la que él me ha causado. Me vio, me dijo palabras de amor, lo escuché y me enamoré, a escondidas de mi padre. Porque no hay mujer, por retirada y honesta que sea, a la que no le sobre tiempo para cumplir sus deseos locos. Al final, él me prometió ser mi esposo, y yo le di mi palabra de ser suya. Pero no pasamos de ahí. Ayer supe que él se casaba con otra, olvidando lo que me debía. Supe que esta mañana iba a celebrar su boda. Esta noticia me quitó el juicio y acabó con mi paciencia. Como mi padre no estaba en el pueblo, tuve ocasión de ponerme la ropa que ves. Hice correr a este caballo y alcancé a don Vicente a cosa de una legua de aquí. No me paré a quejarme ni a oír disculpas. Le disparé estas escopetas y, además, estas dos pistolas. Creo que debí de meterle más de dos balas en el cuerpo. Así le abrí puertas para que saliera mi honra por ellas, envuelta en su sangre. Allí lo dejo entre sus criados, que no se atrevieron a defenderlo ni pudieron. Vengo a buscarte para que me pases a Francia, donde tengo parientes con quienes vivir. También vengo a rogarte que defiendas a mi padre. Lo pido para que la mucha gente de don Vicente no se atreva a vengarse de él de forma terrible.

Roque se quedó admirado del valor, la elegancia, la buena figura y la hazaña de la hermosa Claudia, y le dijo:

—Ven, señora, y vamos a ver si tu enemigo está muerto. Después veremos lo que más te convenga.

Don Quijote había escuchado con atención lo que había dicho Claudia y lo que había respondido Roque Guinart. Entonces dijo:

—Nadie tiene que molestarse en defender a esta señora, porque yo me encargo de ello. Denme mi caballo y mis armas, y espérenme aquí. Yo iré a buscar a ese caballero. Y, muerto o vivo, le haré cumplir la palabra que prometió a tanta belleza.

—Nadie lo dude —dijo Sancho—, porque mi señor tiene muy buena mano para casamentero. No hace muchos días hizo casar a otro que también negaba su palabra a otra doncella. Los encantadores que persiguen a mi señor cambiaron la figura verdadera de aquel hombre en la de un lacayo. Si no fuera por eso, a estas horas esa doncella ya no sería doncella.

Roque pensaba más en el caso de la hermosa Claudia que en las palabras de amo y criado, y no las entendió. Mandó a sus escuderos que devolvieran a Sancho todo lo que le habían quitado del rucio. También les mandó que se retiraran al lugar donde habían pasado aquella noche. Luego se fue con Claudia a toda prisa a buscar a don Vicente, herido o muerto. Llegaron al lugar donde Claudia lo había alcanzado. No encontraron allí más que sangre recién derramada. Pero miraron hacia todas partes y descubrieron a alguna gente que subía por una cuesta. Pensaron que debía de ser don Vicente, y era verdad. Sus criados lo llevaban, muerto o vivo, para curarlo o para enterrarlo. Se dieron prisa para alcanzarlos, y lo hicieron con facilidad, porque iban despacio.

Encontraron a don Vicente en los brazos de sus criados. Con voz cansada y débil, les rogaba que lo dejaran morir allí. Porque el dolor de las heridas no le permitía seguir adelante.

Claudia y Roque saltaron de los caballos y se acercaron a él. Los criados tuvieron miedo al ver a Roque, y Claudia se turbó al ver a don Vicente. Así, entre tierna y dura, se acercó a él. Le tomó las manos y le dijo:

—Si tú me hubieras dado estas manos, como habíamos acordado, nunca te habrías visto así.

El caballero herido abrió los ojos, que tenía casi cerrados. Reconoció a Claudia y le dijo:

—Bien veo, hermosa y engañada señora, que tú eres la que me ha matado. Es un castigo que no merecía, ni lo merecían mis deseos. Ni con ellos ni con mis obras quise nunca ofenderte, ni supe hacerlo.

—Entonces, ¿no es verdad —dijo Claudia— que ibas esta mañana a casarte con Leonora, la hija del rico Balvastro?

—No, de ninguna manera —respondió don Vicente—. Mi mala fortuna debió de traerte esa noticia para que, celosa, me quitaras la vida. Pero dejo mi vida en tus manos y en tus brazos, y por eso considero que mi suerte es buena. Y para asegurarte de que esto es verdad, apriétame la mano y recíbeme como esposo, si quieres. No tengo otra forma mejor de reparar la ofensa que crees que te he hecho.

Claudia le apretó la mano, y a ella se le apretó el corazón. Se quedó desmayada sobre la sangre y el pecho de don Vicente, y a él le dio un ataque mortal. Roque estaba confuso y no sabía qué hacer. Los criados corrieron a buscar agua para echarles en la cara. La trajeron y les mojaron la cara con ella. Claudia volvió de su desmayo, pero don Vicente no volvió de su ataque, porque se le acabó la vida. Claudia vio esto y comprendió que su dulce esposo ya no vivía. Entonces llenó el aire de suspiros y el cielo de quejas. Se tiró de los cabellos y los lanzó al viento. Se hirió la cara con sus propias manos. Mostró todas las señales de dolor que se pueden imaginar en un pecho herido.

—¡Oh mujer cruel y sin juicio! —decía—. ¡Con qué facilidad cumpliste un pensamiento tan malo! ¡Oh fuerza rabiosa de los celos, a qué fin desesperado lleváis a quien os deja entrar en su pecho! ¡Oh esposo mío! Tu triste suerte, por ser tú mío, te ha llevado de la cama de bodas a la sepultura.

Las quejas de Claudia eran tales y tan tristes que sacaron lágrimas de los ojos de Roque. Y esos ojos no estaban acostumbrados a llorar en ninguna ocasión. Los criados lloraban y Claudia se desmayaba a cada momento. Todo aquel lugar parecía un campo de tristeza y desgracia. Al final, Roque Guinart ordenó a los criados de don Vicente que llevaran su cuerpo al pueblo de su padre, que estaba cerca, para enterrarlo. Claudia le dijo a Roque que quería irse a un monasterio donde una tía suya era abadesa. Allí pensaba terminar su vida, acompañada de otro esposo mejor y más eterno. Roque alabó su buena intención. Se ofreció a acompañarla hasta donde ella quisiera. También se ofreció a defender a su padre de los parientes de don Vicente y de todo el mundo, si alguien quería hacerle daño. Claudia no quiso de ninguna manera que la acompañara. Le agradeció sus ofertas con las mejores palabras que supo y se despidió de él llorando. Los criados de don Vicente se llevaron su cuerpo, y Roque volvió con los suyos. Este fue el final de los amores de Claudia Jerónima. Pero ¿qué tiene de extraño? Las fuerzas invencibles y duras de los celos tejieron la tela de su triste historia.

Roque Guinart encontró a sus escuderos en el lugar que les había ordenado. Don Quijote estaba entre ellos, sobre Rocinante, dándoles un sermón. Intentaba convencerlos de que dejaran aquel modo de vivir, tan peligroso para el alma como para el cuerpo. Pero la mayoría eran gascones, gente ruda y desordenada, y el sermón de don Quijote no les entraba bien. Cuando llegó Roque, preguntó a Sancho Panza si le habían devuelto sus cosas de valor. Eran las joyas y objetos que los suyos le habían quitado del rucio. Sancho respondió que sí, pero que le faltaban tres tocadores que valían tres ciudades.

—¿Qué dices, hombre? —dijo uno de los presentes—. Yo los tengo, y no valen tres reales.

—Así es —dijo don Quijote—. Pero mi escudero los valora en lo que ha dicho por la persona que me los dio.

Roque Guinart mandó que se los devolvieran enseguida. Después mandó a los suyos que se pusieran en fila. Hizo traer delante de todos los vestidos, las joyas, el dinero y todo lo que habían robado desde el último reparto. Hizo la cuenta rápidamente. Lo que no se podía repartir, lo convirtió en dinero. Luego lo repartió entre toda su compañía. Lo hizo con tanta honradez y prudencia que no se pasó en nada ni faltó en nada a la justicia del reparto. Con esto todos quedaron contentos, satisfechos y pagados. Entonces Roque dijo a don Quijote:

—Si no se tuviera este cuidado con estos, no se podría vivir con ellos.

A lo que dijo Sancho:

—Por lo que he visto aquí, la justicia es tan buena que es necesario usarla incluso entre los mismos ladrones.

Lo oyó un escudero y levantó la culata de un arcabuz. Sin duda le habría abierto la cabeza a Sancho con ella, si Roque Guinart no le hubiera gritado que se detuviera. Sancho se quedó helado. Decidió no abrir la boca mientras estuviera entre aquella gente.

En esto llegó uno de los escuderos, o algunos, de los que estaban de centinelas en los caminos. Su trabajo era ver la gente que venía por ellos y avisar a su jefe de lo que pasaba. Este dijo:

—Señor, no lejos de aquí, por el camino que va a Barcelona, viene un gran grupo de gente.

A lo que respondió Roque:

—¿Te has fijado si son de los que nos buscan o de los que nosotros buscamos?

—No, son de los que buscamos —respondió el escudero.

—Pues salid todos —respondió Roque— y traédmelos aquí enseguida, sin que se os escape ninguno.

Así lo hicieron. Don Quijote, Sancho y Roque se quedaron solos y esperaron a ver lo que traían los escuderos. Mientras tanto, Roque dijo a don Quijote:

—Nuestra manera de vivir le debe de parecer nueva al señor don Quijote: nuevas aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos. Y no me extraña, porque le confieso que no hay vida más inquieta ni con más sobresaltos que la nuestra. A mí me han traído a ella no sé qué deseos de venganza. Esos deseos tienen fuerza para turbar los corazones más tranquilos. Yo soy por naturaleza compasivo y de buenas intenciones. Pero, como he dicho, quiero vengarme de una ofensa que me hicieron. Y ese deseo tira al suelo todas mis buenas inclinaciones, de tal modo que sigo en este estado. Sigo en él a pesar de lo que entiendo que está bien. Un abismo llama a otro abismo, y un pecado a otro pecado. Así, las venganzas se han unido como los eslabones de una cadena. Ahora no solo me encargo de las mías, sino también de las de otros. Pero Dios quiere que, aunque me veo en medio del laberinto de mis confusiones, no pierda la esperanza. Espero salir de él a puerto seguro.

Don Quijote se quedó admirado de oír a Roque decir cosas tan buenas y tan bien ordenadas. Porque él pensaba que, entre los que tienen oficios como robar, matar y asaltar, nadie podía razonar bien. Y le respondió:

—Señor Roque, el principio de la salud está en conocer la enfermedad. Y está en que el enfermo quiera tomar las medicinas que el médico le manda. Vuestra merced está enfermo y conoce su mal. Y el cielo, o mejor dicho Dios, que es nuestro médico, le dará medicinas que lo curen. Estas medicinas suelen curar poco a poco, y no de repente ni por milagro. Además, los pecadores inteligentes están más cerca de corregirse que los simples. Vuestra merced ha mostrado su prudencia en sus palabras. Así que solo tiene que tener buen ánimo y esperar que mejore la enfermedad de su conciencia. Y si vuestra merced quiere ahorrar camino y ponerse fácilmente en el de su salvación, véngase conmigo. Yo le enseñaré a ser caballero andante. En esa vida se pasan tantos trabajos y desgracias que, si los toma como penitencia, lo pondrán en el cielo en un momento.

Roque se rio del consejo de don Quijote. Cambió de conversación y le contó el trágico caso de Claudia Jerónima. A Sancho le dio muchísima pena, porque no le habían parecido mal la belleza, la soltura y el valor de la muchacha.

En esto llegaron los escuderos con su presa. Traían a dos caballeros a caballo y a dos peregrinos a pie. También traían un coche de mujeres con unos seis criados, que las acompañaban a pie y a caballo. Y traían a dos mozos de mulas que venían con los caballeros. Los escuderos los pusieron en medio. Vencidos y vencedores guardaban un gran silencio, esperando a que hablara el gran Roque Guinart. Este preguntó a los caballeros quiénes eran, adónde iban y qué dinero llevaban. Uno de ellos le respondió:

—Señor, nosotros somos dos capitanes de la infantería española. Tenemos nuestras compañías en Nápoles. Vamos a embarcarnos en cuatro galeras que, según dicen, están en Barcelona con orden de pasar a Sicilia. Llevamos unos doscientos o trescientos escudos. Con eso, en nuestra opinión, vamos ricos y contentos. Porque la pobreza normal de los soldados no permite tesoros mayores.

Roque preguntó a los peregrinos lo mismo que a los capitanes. Le respondieron que iban a embarcarse para pasar a Roma. Entre los dos podían llevar unos sesenta reales. Quiso saber también quién iba en el coche, adónde iban y qué dinero llevaban. Y uno de los que iban a caballo dijo:

—En el coche va mi señora doña Guiomar de Quiñones, mujer del regente de la Vicaría de Nápoles. Va con una hija pequeña, una doncella y una dueña. La acompañamos seis criados, y el dinero son seiscientos escudos.

—De modo que —dijo Roque Guinart— ya tenemos aquí novecientos escudos y sesenta reales. Mis soldados deben de ser unos sesenta. Mírese cuánto le toca a cada uno, porque yo soy mal contador.

Al oír esto, los bandoleros levantaron la voz y gritaron:

—¡Viva Roque Guinart muchos años, a pesar de los lladres que buscan su perdición!

Los capitanes se mostraron afligidos y la señora regenta se entristeció. Y a los peregrinos no les gustó nada ver cómo les quitaban sus bienes. Roque los tuvo así un rato, en suspenso. Pero no quiso que su tristeza fuera más lejos, porque ya se veía desde un tiro de arcabuz. Se volvió hacia los capitanes y dijo:

—Señores capitanes, vuestras mercedes, por cortesía, préstenme sesenta escudos, y la señora regenta, ochenta. Son para contentar a este grupo que me acompaña, porque el abad, de lo que canta yanta. Después pueden seguir su camino libres y sin estorbos, con un salvoconducto que yo les daré. Así, si se encuentran con otros grupos míos que tengo repartidos por estos alrededores, no les harán daño. Porque no es mi intención ofender a soldados ni a ninguna mujer, sobre todo a las nobles.

Los capitanes agradecieron a Roque su cortesía y su generosidad con infinitas palabras, todas bien dichas. Porque les pareció cortesía y generosidad que les dejara su mismo dinero. La señora doña Guiomar de Quiñones quiso bajarse de un salto del coche para besar los pies y las manos del gran Roque. Pero él no lo permitió de ninguna manera. Al contrario, le pidió perdón por la ofensa que le hacía. Estaba obligado, le dijo, a cumplir con los deberes de su mal oficio. La señora regenta mandó a un criado suyo que diera enseguida los ochenta escudos que le habían tocado. Los capitanes ya habían sacado los sesenta. Los peregrinos iban a dar toda su pobreza, pero Roque les dijo que no se movieran. Se volvió hacia los suyos y les dijo:

—De estos escudos tocan dos a cada uno, y sobran veinte. Que se den diez a estos peregrinos y los otros diez a este buen escudero, para que pueda hablar bien de esta aventura.

Roque siempre llevaba consigo lo necesario para escribir. Se lo trajeron, y les dio por escrito un salvoconducto para los jefes de sus grupos. Se despidió de ellos y los dejó ir libres. Ellos se fueron admirados de su nobleza, de su buena figura y de su extraña manera de actuar. Lo tenían más por un Alejandro Magno que por un ladrón conocido. Uno de los escuderos dijo en su lengua gascona y catalana:

—Este capitán nuestro sirve más para frade que para bandolero. Si de aquí en adelante quiere ser generoso, que lo sea con sus bienes y no con los nuestros.

El desgraciado no lo dijo tan bajo que Roque no lo oyera. Roque echó mano a la espada y le abrió la cabeza casi en dos partes, diciéndole:

—Así castigo yo a los malhablados y atrevidos.

Todos se quedaron helados, y ninguno se atrevió a decirle una palabra: tanta era la obediencia que le tenían.

Roque se apartó a un lado y escribió una carta a un amigo suyo de Barcelona. Le avisaba de que estaba con él el famoso don Quijote de la Mancha, aquel caballero andante de quien se decían tantas cosas. Le hacía saber que era el hombre más gracioso y más inteligente del mundo. Le decía que dentro de cuatro días, que era el día de San Juan Bautista, se lo pondría en medio de la playa de la ciudad. Don Quijote estaría armado con todas sus armas, sobre Rocinante, su caballo, y su escudero Sancho iría sobre un asno. Le pedía que avisara de esto a sus amigos los Niarros, para que se divirtieran con él. Él habría querido que los Cadells, sus enemigos, no tuvieran este placer. Pero eso era imposible, porque las locuras y los buenos juicios de don Quijote no podían dejar de gustar a todo el mundo. Lo mismo pasaba con las gracias de su escudero Sancho Panza. Mandó estas cartas con uno de sus escuderos. Este cambió su ropa de bandolero por la de un labrador, entró en Barcelona y entregó la carta a la persona a quien iba dirigida.

### Glosario

- **encinas**: árboles del monte, de madera dura, que dan bellotas.
- **alcornoques**: árboles parecidos a las encinas; de su corteza se hace el corcho.
- **merendado**: de merendar: comer algo por la tarde.
- **imaginaciones**: ideas y cosas que uno se imagina.
- **desvelaban**: de desvelar: no dejar dormir.
- **labradora**: mujer del campo que trabaja la tierra.
- **desencantar**: quitar un encantamiento; desencanto: el acto de quitarlo.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero; en Cataluña llaman también así a los hombres de un bandolero.
- **azotar**: dar golpes con un látigo o una cuerda; azote: cada uno de esos golpes.
- **desesperaba**: de desesperarse: perder la esperanza y la paciencia.
- **desproporcionado**: que no está en la medida justa con otra cosa.
- **rucio**: el burro de Sancho (rucio quiere decir de color gris).
- **nudo gordiano**: nudo muy difícil de deshacer; según la historia antigua, Alejandro Magno lo cortó con la espada.
- **«Tanto monta cortar como desatar»**: da lo mismo cortar el nudo que deshacerlo; lo que importa es el resultado.
- **zancadilla**: movimiento de poner el pie delante del pie de otro para hacerlo caer.
- **bandolero**: ladrón que vive en el monte con otros.
- **pedreñales**: pistolas antiguas que se usaban en Cataluña.
- **Osiris**: aquí, nombre de un rey cruel de la antigüedad.
- **damasco**: tela fina de seda con dibujos.
- **tocadores**: pañuelos o gorros de tela para la cabeza.
- **lladres**: palabra catalana: ladrones.
- **«el abad, de lo que canta yanta»**: refrán: cada uno come y vive de su trabajo.
- **salvoconducto**: papel firmado que permite pasar por un lugar sin peligro.
- **frade**: palabra catalana: fraile, hombre religioso.

## Capítulo LXI. De lo que le sucedió a don Quijote en la entrada de Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto

Don Quijote estuvo tres días y tres noches con Roque. Y si hubiera estado trescientos años, no le habría faltado qué mirar y admirar en su modo de vivir. Aquí amanecían, allá comían. Unas veces huían, sin saber de quién, y otras esperaban, sin saber a quién. Dormían de pie, interrumpiendo el sueño y cambiando de un lugar a otro. Todo era poner espías, escuchar a los centinelas y soplar las mechas de los arcabuces. Aunque llevaban pocos arcabuces, porque todos usaban pedreñales. Roque pasaba las noches apartado de los suyos, en lugares donde ellos no pudieran saber dónde estaba. El visorrey de Barcelona había publicado muchos bandos contra su vida, y eso lo tenía inquieto y con miedo. No se atrevía a fiarse de nadie. Temía que sus mismos hombres lo mataran o lo entregaran a la justicia. Era, de verdad, una vida miserable y pesada.

Al fin, por caminos poco usados, por atajos y por sendas escondidas, Roque, don Quijote y Sancho partieron hacia Barcelona con otros seis escuderos. Llegaron a su playa la víspera de San Juan, por la noche. Roque abrazó a don Quijote y a Sancho. A Sancho le dio los diez escudos prometidos, que hasta entonces no le había dado. Luego los dejó, después de mil ofrecimientos que se hicieron unos a otros.

Roque se volvió. Don Quijote se quedó esperando el día, así, a caballo, como estaba. Y no tardó mucho en asomar por los balcones del oriente la cara de la blanca aurora. Alegraba las hierbas y las flores, en lugar de alegrar el oído. Aunque en ese mismo momento también alegraron el oído muchos sonidos. Sonaban muchas chirimías y tambores y ruido de cascabeles. Sonaban también los gritos de «¡trapa, trapa, aparta, aparta!» de unos jinetes que, al parecer, salían de la ciudad. La aurora dejó su lugar al sol. El sol se iba levantando poco a poco por el horizonte más bajo, con una cara más grande que una rodela.

Don Quijote y Sancho miraron hacia todas partes. Vieron el mar, que hasta entonces no habían visto nunca. Les pareció grandísimo y largo, mucho más que las lagunas de Ruidera que habían visto en la Mancha. Vieron las galeras que estaban en la playa. Cuando las galeras bajaron sus toldos, se vio que estaban llenas de banderas y banderines. Estos se movían con el viento y besaban y barrían el agua. Dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías. Cerca y lejos, llenaban el aire de sonidos suaves y guerreros. Las galeras empezaron a moverse y a hacer como una batalla de juego por las aguas tranquilas. Infinitos caballeros les respondían casi del mismo modo. Salían de la ciudad sobre hermosos caballos y con vistosos trajes de colores. Los soldados de las galeras disparaban infinita artillería. Les respondían los que estaban en las murallas y en los fuertes de la ciudad. La artillería gruesa rompía el aire con un ruido espantoso. Y le respondían los cañones grandes del centro de las galeras. El mar alegre, la tierra contenta, el aire claro, solo a veces turbio por el humo de la artillería… Todo parecía ir llenando de repente de alegría a toda la gente.

Sancho no podía imaginar cómo podían tener tantos pies aquellos bultos que se movían por el mar. En esto llegaron corriendo los caballeros de los trajes vistosos, con gritos, lililíes y alboroto. Llegaron hasta donde estaba don Quijote, suspenso y asombrado. Uno de ellos era el amigo a quien Roque había avisado. Este dijo en voz alta a don Quijote:

—¡Bienvenido sea a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el norte de toda la caballería andante, en todo su sentido! Bienvenido sea, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha. No el falso, no el inventado, no el apócrifo que estos días nos han mostrado en historias falsas. Sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describió Cide Hamete Benengeli, flor de los historiadores.

Don Quijote no respondió ni una palabra, y los caballeros tampoco esperaron a que respondiera. Al contrario, daban vueltas y más vueltas con los demás que los seguían. Y empezaron a hacer un caracol revuelto alrededor de don Quijote. Él se volvió a Sancho y dijo:

—Estos nos han conocido bien. Apuesto a que han leído nuestra historia, y también la del aragonés, recién impresa.

El caballero que había hablado a don Quijote volvió otra vez y le dijo:

—Vuestra merced, señor don Quijote, venga con nosotros, porque todos somos sus servidores y grandes amigos de Roque Guinart.

A lo que don Quijote respondió:

—Si la cortesía produce cortesía, la vuestra, señor caballero, es hija o pariente muy cercana de la del gran Roque. Llevadme adonde queráis. Yo no tendré otra voluntad que la vuestra, y más si la queréis usar en vuestro servicio.

El caballero le respondió con palabras no menos educadas que estas. Todos lo pusieron en medio y, al son de las chirimías y de los tambores, se dirigieron con él a la ciudad. Al entrar en ella, intervino el malo, es decir, el demonio, que ordena todo lo malo. Y también intervinieron los muchachos, que son más malos que el malo. Dos de ellos, traviesos y atrevidos, se metieron entre toda la gente. Uno levantó la cola del rucio y el otro la de Rocinante. Y les metieron debajo un manojo de aliagas a cada uno. Los pobres animales sintieron las nuevas espuelas. Apretaron las colas, y así aumentaron su dolor. De modo que dieron mil saltos y tiraron a sus dueños al suelo. Don Quijote, avergonzado y ofendido, fue a quitar aquel plumaje de la cola de su rocín, y Sancho, el de su rucio. Los que guiaban a don Quijote quisieron castigar el atrevimiento de los muchachos, pero no fue posible. Porque los muchachos se escondieron entre más de otros mil que los seguían.

Don Quijote y Sancho volvieron a subir a sus animales. Con el mismo aplauso y la misma música llegaron a la casa de su guía. Era grande e importante; en fin, como de caballero rico. Allí lo dejaremos por ahora, porque así lo quiere Cide Hamete.

### Glosario

- **visorrey**: virrey: hombre que gobierna una región en nombre del rey.
- **bando**: orden pública de la autoridad; aquí, órdenes para capturar o matar a Roque.
- **arcabuces**: armas de fuego antiguas y largas, que se encendían con una mecha (singular: arcabuz).
- **huían**: de huir: escapar corriendo.
- **soplar**: echar aire con la boca.
- **mechas**: cuerdas que arden despacio y sirven para encender un arma o una vela.
- **inquieto**: nervioso, sin paz.
- **fiarse**: tener confianza en alguien.
- **escuderos**: criados de un caballero; aquí, los hombres de Roque.
- **ofrecimientos**: promesas de ayuda que se hacen a otra persona.
- **asomar**: empezar a verse.
- **toldos**: techos de tela que dan sombra.
- **banderines**: banderas pequeñas.
- **clarines**: trompetas pequeñas de sonido muy agudo.
- **trompetas**: instrumentos de metal que se tocan soplando.
- **rucio**: el burro de Sancho (rucio quiere decir de color gris).
- **pedreñales**: pistolas antiguas que se usaban en Cataluña.
- **chirimía**: instrumento de viento antiguo, parecido a una flauta grande.
- **rodela**: escudo redondo.
- **galera**: barco grande de guerra movido con remos.
- **lililíes**: gritos de alegría o de guerra, como los de los moros.
- **apócrifo**: falso, o no escrito por el autor verdadero.
- **aliagas**: plantas del campo con muchas espinas.

## Capítulo LXII. Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse

El huésped de don Quijote se llamaba don Antonio Moreno. Era un caballero rico e inteligente, y le gustaba divertirse de forma honesta y amable. Al ver a don Quijote en su casa, buscaba maneras de mostrar en público sus locuras sin hacerle daño. Porque no son bromas las que duelen, ni hay diversiones que valgan si hacen daño a otro. Lo primero que hizo fue mandar que le quitaran las armas a don Quijote. Después lo sacó a un balcón que daba a una de las calles más importantes de la ciudad. Iba con aquel traje suyo estrecho y de color de gamuza, como ya otras veces lo hemos descrito. Allí la gente y los muchachos podían verlo, y lo miraban como a un mono. Los caballeros de los trajes vistosos corrieron otra vez delante de él. Parecía que se los habían puesto solo para él, y no para alegrar aquel día de fiesta. Y Sancho estaba contentísimo. Le parecía que, sin saber cómo, se había encontrado otras bodas de Camacho. También le parecía haber encontrado otra casa como la de don Diego de Miranda y otro castillo como el del duque.

Aquel día comieron con don Antonio algunos de sus amigos. Todos honraban a don Quijote y lo trataban como a caballero andante. Por eso él, orgulloso y lleno de vanidad, no cabía en sí de contento. Las gracias de Sancho fueron tantas que todos los criados de la casa estaban como colgados de su boca. Y lo mismo pasaba con todos los que lo oían. Estando a la mesa, don Antonio le dijo a Sancho:

—Aquí tenemos noticia de algo, buen Sancho. Os gustan tanto el manjar blanco y las albondiguillas que os las guardáis si os sobran. Las guardáis en el pecho de la camisa para el día siguiente.

—No, señor, no es así —respondió Sancho—, porque tengo más de limpio que de goloso. Mi señor don Quijote está delante y lo sabe bien. Con un puñado de bellotas o de nueces solemos pasar los dos ocho días. Es verdad que, si alguna vez me dan la vaquilla, corro con la soguilla. Quiero decir que como lo que me dan y aprovecho las ocasiones como las encuentro. Y si alguien ha dicho que yo como demasiado y que no soy limpio, sepa que no acierta. Y lo diría de otra manera si no fuera por respeto a las barbas honradas que hay en esta mesa.

—Es cierto —dijo don Quijote—. La moderación y la limpieza con que come Sancho se pueden escribir y grabar en láminas de bronce. Así quedarán en memoria eterna para los siglos que vendrán. Es verdad que, cuando tiene hambre, parece algo tragón, porque come deprisa y mastica con los dos carrillos. Pero la limpieza siempre la tiene en su punto. Y en el tiempo en que fue gobernador aprendió a comer de forma muy delicada. Tanto, que comía con tenedor las uvas y hasta los granos de la granada.

—¡Cómo! —dijo don Antonio—. ¿Sancho ha sido gobernador?

—Sí —respondió Sancho—, y de una ínsula llamada la Barataria. La goberné diez días, a mi gusto. En ellos perdí la tranquilidad y aprendí a despreciar todos los gobiernos del mundo. Salí huyendo de ella y caí en una cueva, donde me di por muerto. De allí salí vivo por milagro.

Don Quijote contó con todo detalle la historia del gobierno de Sancho. Con eso dio mucho gusto a los que lo oían.

Cuando quitaron los manteles, don Antonio tomó de la mano a don Quijote y entró con él en una habitación apartada. Allí no había otro adorno que una mesa que parecía de jaspe, sostenida sobre un pie de lo mismo. Sobre la mesa había una cabeza que parecía de bronce. Era como las cabezas de los emperadores romanos, desde el pecho hacia arriba. Don Antonio se paseó con don Quijote por toda la habitación, dando muchas vueltas alrededor de la mesa. Después de esto dijo:

—Ahora, señor don Quijote, estoy seguro de que nadie nos oye ni nos escucha, y la puerta está cerrada. Por eso quiero contar a vuestra merced una de las aventuras más raras que se pueden imaginar. O, mejor dicho, una de las novedades más raras. Pero con una condición: lo que yo le diga, vuestra merced debe guardarlo en lo más escondido del secreto.

—Así lo juro —respondió don Quijote—, y además le pondré una losa encima, para más seguridad. Porque quiero que sepa una cosa, señor don Antonio —ya sabía su nombre—. Vuestra merced habla con quien, aunque tiene oídos para oír, no tiene lengua para hablar. Así que vuestra merced puede pasar con seguridad lo que tiene en su pecho al mío. Y puede hacer cuenta de que lo ha echado en los abismos del silencio.

—Confiando en esa promesa —respondió don Antonio—, quiero dejar admirado a vuestra merced con lo que va a ver y oír. Y quiero darme a mí algún alivio. Porque me da pena no tener con quién hablar de mis secretos, que no son para contárselos a cualquiera.

Don Quijote estaba en suspenso, esperando a ver en qué acababan tantas precauciones. En esto, don Antonio le tomó la mano. Se la pasó por la cabeza de bronce, por toda la mesa y por su pie de jaspe. Luego dijo:

—Esta cabeza, señor don Quijote, la hizo uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo. Creo que era polaco y discípulo del famoso Escotillo, de quien se cuentan tantas maravillas. Estuvo aquí en mi casa y, por mil escudos que le di, hizo esta cabeza. Tiene el poder de responder a todo lo que le pregunten al oído. Siguió rumbos, pintó signos, observó las estrellas y miró puntos del cielo. Y, al final, la terminó con la perfección que veremos mañana. Porque los viernes está muda, y hoy es viernes, así que nos hará esperar hasta mañana. Mientras tanto, vuestra merced puede pensar qué le quiere preguntar. Porque sé por experiencia que dice la verdad en todo lo que responde.

Don Quijote se quedó admirado del poder de la cabeza, y estuvo a punto de no creer a don Antonio. Pero vio que faltaba poco tiempo para hacer la prueba. Por eso no quiso decirle otra cosa, sino que le agradecía haberle descubierto un secreto tan grande. Salieron de la habitación y don Antonio cerró la puerta con llave. Se fueron a la sala donde estaban los demás caballeros. Mientras tanto, Sancho les había contado muchas de las aventuras y sucesos que le habían pasado a su amo.

Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote. No iba armado, sino con ropa de calle. Llevaba un balandrán de paño de color leonado, que en aquella época del año habría hecho sudar al mismo hielo. Ordenaron a los criados que entretuvieran a Sancho para que no lo dejaran salir de casa. Don Quijote no iba sobre Rocinante, sino sobre un gran mulo de paso tranquilo y muy bien adornado. Le pusieron el balandrán, y en la espalda, sin que él lo viera, le cosieron un pergamino. En él escribieron con letras grandes: «Este es don Quijote de la Mancha». Cuando empezó el paseo, el letrero se llevaba los ojos de todos los que venían a verlo. Y como leían «Este es don Quijote de la Mancha», don Quijote se admiraba. No entendía cómo todos los que lo miraban lo nombraban y lo conocían. Se volvió a don Antonio, que iba a su lado, y le dijo:

—Grande es el privilegio que tiene la caballería andante. Porque hace conocido y famoso al que la sigue por todos los rincones de la tierra. Si no, mire vuestra merced, señor don Antonio: hasta los muchachos de esta ciudad me conocen sin haberme visto nunca.

—Así es, señor don Quijote —respondió don Antonio—. Igual que el fuego no puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de ser conocida. Y la virtud que se consigue con el oficio de las armas brilla y destaca sobre todas las otras.

Pues sucedió que, mientras don Quijote iba con ese aplauso, un castellano leyó el letrero de la espalda. Levantó la voz y dijo:

—¡Que el diablo te lleve, don Quijote de la Mancha! ¿Cómo has llegado hasta aquí sin que te hayan matado los infinitos palos que llevas encima? Tú estás loco. Si lo estuvieras a solas y dentro de las puertas de tu locura, sería menos malo. Pero tienes la propiedad de volver locos y tontos a todos los que tratan contigo. Si no, mírenlo en estos señores que te acompañan. Vuélvete a tu casa, tonto, y cuida de tus bienes, de tu mujer y de tus hijos. Y deja estas tonterías, que te comen el cerebro y te quitan la nata del entendimiento.

—Hermano —dijo don Antonio—, seguid vuestro camino y no deis consejos a quien no os los pide. El señor don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y nosotros, que lo acompañamos, no somos tontos. La virtud se debe honrar dondequiera que se encuentre. Y andad en mala hora, y no os metáis donde no os llaman.

—Por Dios, vuestra merced tiene razón —respondió el castellano—. Aconsejar a este buen hombre es dar patadas contra el aguijón. Pero, aun así, me da muchísima lástima una cosa. Dicen que este tonto tiene buen ingenio para todo. Y ese ingenio se le escapa por el desagüe de su caballería andante. Y que esa mala hora que vuestra merced me ha deseado caiga sobre mí y sobre todos mis descendientes. Que caiga si desde hoy doy consejo a nadie, aunque me lo pida. Y aunque viva más años que Matusalén.

El consejero se apartó y el paseo siguió adelante. Pero los muchachos y toda la gente corrían tanto para leer el letrero que don Antonio tuvo que quitárselo. Lo hizo como si le quitara otra cosa.

Llegó la noche y volvieron a casa. Hubo un baile de damas, porque la mujer de don Antonio había invitado a otras amigas suyas. Era una señora noble y alegre, hermosa e inteligente. Las invitó a venir para honrar a su huésped y disfrutar de sus locuras nunca vistas. Vinieron algunas, se cenó espléndidamente y el baile empezó casi a las diez de la noche. Entre las damas había dos de gusto pícaro y burlonas. Eran muy honestas, pero algo atrevidas, para que las bromas alegraran sin molestar. Estas dos insistieron tanto en sacar a bailar a don Quijote que le molieron no solo el cuerpo, sino también el alma. Era digna de ver la figura de don Quijote. Era largo, estirado, flaco y amarillo, con el traje estrecho, sin gracia y, sobre todo, nada ligero. Las damas le decían piropos como a escondidas, y él, también como a escondidas, las despreciaba. Pero, al ver que le apretaban con tantos piropos, levantó la voz y dijo:

—Fugite, partes adversae! Dejadme en paz, pensamientos mal venidos. Arreglaos vosotras, señoras, con vuestros deseos. Porque la reina de los míos es la sin par Dulcinea del Toboso. Y ella no permite que me dominen y me venzan otros deseos que los suyos.

Y, diciendo esto, se sentó en el suelo, en medio de la sala, molido y roto de tanto bailar. Don Antonio mandó que lo llevaran en brazos a su cama. El primero que lo agarró fue Sancho, que le dijo:

—¡En mala hora lo habéis bailado, señor nuestro amo! ¿Pensáis que todos los valientes son danzarines y todos los caballeros andantes bailarines? Digo que, si lo pensáis, estáis engañado. Hay hombres que se atreverán a matar a un gigante antes que a dar un salto de baile. Si tuvierais que zapatear, yo os supliría, porque zapateo como un gerifalte. Pero en esto de danzar, no doy ni una.

Con estas y otras palabras Sancho hizo reír a los del baile. Y metió a su amo en la cama y lo tapó bien, para que sudara el frío de su baile.

Al día siguiente, a don Antonio le pareció bien hacer la prueba de la cabeza encantada. Se encerró en la habitación de la cabeza con don Quijote, Sancho y otros dos amigos. También estaban las dos señoras que habían molido a don Quijote en el baile. Aquella misma noche se habían quedado con la mujer de don Antonio. Les contó el poder que tenía la cabeza y les pidió que guardaran el secreto. Les dijo que aquel era el primer día en que se iba a probar su poder. Solo los dos amigos de don Antonio sabían el secreto del encanto. Y si don Antonio no se lo hubiera descubierto antes, también ellos se habrían quedado tan admirados como los demás. No habría sido posible otra cosa: tan bien hecha y ordenada estaba.

El primero que se acercó al oído de la cabeza fue el mismo don Antonio. Le habló en voz baja, pero no tan baja que no lo entendieran todos:

—Dime, cabeza, por el poder que tienes dentro: ¿qué pensamientos tengo yo ahora?

Y la cabeza, sin mover los labios, le respondió con voz clara y distinta, de modo que todos la entendieron:

—Yo no juzgo pensamientos.

Al oír esto, todos se quedaron asombrados. Y se asombraron más todavía al ver una cosa. En toda la habitación y alrededor de la mesa no había ninguna persona que pudiera responder.

—¿Cuántos estamos aquí? —volvió a preguntar don Antonio.

Y la cabeza le respondió del mismo modo, en voz baja:

—Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos y dos amigas de ella. Y un caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un escudero suyo que se llama Sancho Panza.

¡Entonces sí que se admiraron todos de nuevo! ¡Entonces sí que se les pusieron a todos los pelos de punta de puro miedo! Don Antonio se apartó de la cabeza y dijo:

—Esto me basta para entender que no me engañó el que te me vendió. ¡Cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable cabeza! Que se acerque otro y le pregunte lo que quiera.

Las mujeres suelen tener prisa y ganas de saber. Por eso la primera que se acercó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio. Y le preguntó:

—Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?

Y le respondió:

—Sé muy honesta.

—No te pregunto más —dijo la que había preguntado.

Luego se acercó su compañera y dijo:

—Quisiera saber, cabeza, si mi marido me quiere o no.

Y le respondieron:

—Mira lo que hace por ti, y lo verás.

La casada se apartó diciendo:

—Esta respuesta no necesitaba pregunta. Porque, en efecto, las obras que uno hace muestran la voluntad que tiene.

Luego se acercó uno de los dos amigos de don Antonio y le preguntó:

—¿Quién soy yo?

Y le respondieron:

—Tú lo sabes.

—No te pregunto eso —respondió el caballero—, sino que me digas si tú me conoces.

—Sí te conozco —le respondieron—. Eres don Pedro Noriz.

—No quiero saber más. Esto basta para entender, ¡oh cabeza!, que lo sabes todo.

Se apartó, y llegó el otro amigo y le preguntó:

—Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo mayor, el heredero?

—Ya he dicho —le respondieron— que yo no juzgo deseos. Pero, aun así, te puedo decir que los deseos de tu hijo son de enterrarte.

—Eso es —dijo el caballero—: lo que veo con los ojos, lo señalo con el dedo.

Y no preguntó más. Se acercó la mujer de don Antonio y dijo:

—Yo no sé qué preguntarte, cabeza. Solo querría saber de ti si disfrutaré muchos años de mi buen marido.

Y le respondieron:

—Sí lo disfrutarás, porque su salud y su moderación en el vivir prometen muchos años de vida. Muchos suelen acortar la vida con sus excesos.

Luego se acercó don Quijote y dijo:

—Dime tú, el que respondes. ¿Fue verdad o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos? ¿Se cumplirán los azotes de Sancho, mi escudero? ¿Se conseguirá el desencanto de Dulcinea?

—Sobre lo de la cueva —respondieron— hay mucho que decir: tiene de todo. Los azotes de Sancho irán despacio. El desencanto de Dulcinea llegará a cumplirse como debe.

—No quiero saber más —dijo don Quijote—. En cuanto yo vea a Dulcinea desencantada, me parecerá una cosa. Haré cuenta de que me llegan de golpe todas las venturas que sepa desear.

El último que preguntó fue Sancho, y lo que preguntó fue:

—¿Tendré por casualidad otro gobierno, cabeza? ¿Saldré de la pobreza de escudero? ¿Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos?

A lo que le respondieron:

—Gobernarás en tu casa. Y, si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos. Y, si dejas de servir, dejarás de ser escudero.

—¡Bueno, por Dios! —dijo Sancho Panza—. Eso me lo habría dicho yo. No habría dicho más el profeta Perogrullo.

—Bestia —dijo don Quijote—, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta con que las respuestas de esta cabeza correspondan a lo que se le pregunta?

—Sí basta —respondió Sancho—, pero yo querría que se explicara más y me dijera más.

Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas. Pero no se acabó la admiración de todos, menos la de los dos amigos de don Antonio, que conocían el secreto. Cide Hamete Benengeli quiso explicarlo enseguida, para no tener en suspenso al mundo. Porque el mundo podía creer que en aquella cabeza había algún misterio de brujería extraordinario. Y así, dice que don Antonio Moreno hizo esta cabeza en su casa para divertirse y para asombrar a los ignorantes. La hizo imitando otra cabeza que vio en Madrid, hecha por un hombre que hacía estampas. Estaba fabricada de esta manera. La tabla de la mesa era de madera, pintada y barnizada para parecer jaspe. El pie que la sostenía era de lo mismo. De él salían cuatro garras de águila, para que aguantara mejor el peso. La cabeza parecía una medalla o figura de emperador romano y tenía color de bronce. Estaba toda hueca, y la tabla de la mesa también. La cabeza encajaba en la mesa tan bien que no se veía ninguna señal de unión. El pie de la mesa también estaba hueco y se correspondía con la garganta y el pecho de la cabeza. Y todo esto daba a otra habitación que estaba debajo de la de la cabeza. Por todo este hueco del pie, la mesa, la garganta y el pecho de la figura pasaba un tubo de hojalata. Estaba muy bien ajustado y nadie podía verlo. En la habitación de abajo se ponía el que tenía que responder, con la boca pegada al mismo tubo. Así, como por una cerbatana, la voz iba de arriba abajo y de abajo arriba, con palabras claras y bien pronunciadas. De esta manera no era posible descubrir el engaño. El que respondía era un sobrino de don Antonio, un estudiante listo e inteligente. Su tío le había avisado de quiénes iban a entrar con él aquel día en la habitación de la cabeza. Por eso le fue fácil responder rápido y con exactitud a la primera pregunta. A las demás respondió adivinando y, como era inteligente, con inteligencia. Y dice además Cide Hamete que esta máquina maravillosa duró unos diez o doce días. Pero la noticia se extendió por la ciudad. Se decía que don Antonio tenía en su casa una cabeza encantada que respondía a todos. Don Antonio temió que la noticia llegara a los oídos de los vigilantes guardianes de nuestra fe. Así que explicó el caso a los señores inquisidores. Ellos le mandaron que la deshiciera y que no siguiera adelante, para que la gente ignorante no se escandalizara. Pero, en opinión de don Quijote y de Sancho Panza, la cabeza siguió siendo encantada y respondona. Don Quijote quedó más satisfecho que Sancho.

Los caballeros de la ciudad quisieron complacer a don Antonio, agasajar a don Quijote y darle ocasión de mostrar sus tonterías. Por eso organizaron una carrera de sortija para seis días después. Pero no se hizo, por la razón que se dirá más adelante. A don Quijote le dieron ganas de pasear por la ciudad sencillamente y a pie. Temía que, si iba a caballo, lo perseguirían los muchachos. Y así, él y Sancho salieron a pasear con otros dos criados que don Antonio le dio.

Sucedió que, yendo por una calle, don Quijote levantó los ojos. Sobre una puerta vio escrito con letras muy grandes: «Aquí se imprimen libros». Esto le gustó mucho, porque hasta entonces no había visto ninguna imprenta y deseaba saber cómo era. Entró con todos sus acompañantes. Vio que en una parte imprimían, en otra corregían, en esta componían, en aquella arreglaban. En fin, vio toda la maquinaria que hay en las imprentas grandes. Don Quijote se acercaba a un cajón y preguntaba qué se hacía allí. Los trabajadores se lo explicaban, y él se admiraba y pasaba adelante. Entre otros, llegó a uno y le preguntó qué estaba haciendo. El trabajador le respondió:

—Señor, mire a este caballero que está aquí. —Y le señaló a un hombre de muy buena figura y aspecto, y con cierta seriedad—. Ha traducido un libro toscano a nuestra lengua castellana. Y yo se lo estoy componiendo para imprimirlo.

—¿Qué título tiene el libro? —preguntó don Quijote.

A lo que el autor respondió:

—Señor, el libro, en toscano, se llama «Le bagatele».

—¿Y qué quiere decir «le bagatele» en nuestro castellano? —preguntó don Quijote.

—«Le bagatele» —dijo el autor— es como si en castellano dijéramos «los juguetes». Y, aunque el nombre de este libro es humilde, tiene dentro cosas muy buenas y con mucha sustancia.

—Yo —dijo don Quijote— sé un poco de toscano, y presumo de cantar algunas estrofas de Ariosto. Pero dígame vuestra merced, señor mío. Se lo pregunto solo por curiosidad, y no porque quiera examinar su ingenio. ¿Ha encontrado alguna vez en el libro la palabra «piñata»?

—Sí, muchas veces —respondió el autor.

—¿Y cómo la traduce vuestra merced al castellano? —preguntó don Quijote.

—¿Cómo la iba a traducir —respondió el autor— sino diciendo «olla»?

—¡Caramba —dijo don Quijote—, y qué adelantado está vuestra merced en la lengua toscana! Apuesto lo que sea a que, donde en toscano dice «piache», vuestra merced dice en castellano «place». Y donde dice «più», dice «más». Y el «su» lo explica con «arriba», y el «giù» con «abajo».

—Así lo explico, sí —dijo el autor—, porque esas son sus palabras correspondientes.

—Me atrevo a jurar —dijo don Quijote— que vuestra merced no es conocido en el mundo. Porque el mundo siempre es enemigo de premiar los buenos ingenios y los trabajos dignos de alabanza. ¡Cuántas habilidades hay perdidas por ahí! ¡Cuántos ingenios olvidados en un rincón! ¡Cuántas virtudes despreciadas! Pero, con todo esto, me parece una cosa. Traducir de una lengua a otra es como mirar los tapices flamencos por el revés. Salvo si se traduce de las reinas de las lenguas, la griega y la latina. En el revés se ven las figuras, pero están llenas de hilos que las oscurecen. Y no se ven con la suavidad y el color del derecho. Y traducir de lenguas fáciles no demuestra ingenio ni buen estilo. Tampoco lo demuestra el que copia un papel de otro papel. Y no quiero decir con esto que traducir no sea un trabajo digno de alabanza. Porque el hombre se podría ocupar en cosas peores y que le dieran menos provecho. Fuera de esta cuenta quedan los dos famosos traductores. Uno es el doctor Cristóbal de Figueroa, con su «Pastor Fido», y el otro, don Juan de Jáurigui, con su «Aminta». En ellos, con gran acierto, uno duda cuál es la traducción y cuál el original. Pero dígame vuestra merced: ¿este libro se imprime por su cuenta, o ya ha vendido el privilegio a algún librero?

—Lo imprimo por mi cuenta —respondió el autor—. Y pienso ganar por lo menos mil ducados con esta primera edición. Será de dos mil ejemplares, y se venderán a seis reales cada uno en un momento.

—¡Qué bien hace vuestra merced las cuentas! —respondió don Quijote—. Se nota que no sabe las entradas y salidas de los impresores, ni los tratos que hay entre unos y otros. Yo le prometo una cosa. Cuando se vea cargado con dos mil cuerpos de libros, verá su propio cuerpo tan molido que se asustará. Y más si el libro es un poco raro y nada picante.

—Pues ¿qué? —dijo el autor—. ¿Quiere vuestra merced que se lo dé a un librero? Me daría tres maravedís por el privilegio, y todavía pensaría que me hace un favor dándomelos. Yo no imprimo mis libros para ganar fama en el mundo, porque ya soy conocido en él por mis obras. Quiero provecho, porque sin él la buena fama no vale ni un céntimo.

—Dios le dé a vuestra merced buena suerte —respondió don Quijote.

Y pasó adelante a otro cajón. Allí vio que estaban corrigiendo una hoja de un libro que se titulaba «Luz del alma». Y, al verlo, dijo:

—Estos libros, aunque hay muchos de este tipo, son los que se deben imprimir. Porque hoy hay muchos pecadores, y hacen falta infinitas luces para tantos que están a oscuras.

Siguió adelante y vio que también estaban corrigiendo otro libro. Preguntó su título. Le respondieron que se llamaba «Segunda parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha». Lo había escrito un tal vecino de Tordesillas.

—Ya tengo noticia de este libro —dijo don Quijote—. Y, en verdad y en mi conciencia, pensé que ya estaba quemado y hecho polvo, por impertinente. Pero ya le llegará su San Martín, como a cada puerco. Porque las historias inventadas son buenas y agradables cuanto más se acercan a la verdad o se le parecen. Y las verdaderas son mejores cuanto más verdaderas son.

Y, diciendo esto, salió de la imprenta con muestras de algún enfado. Aquel mismo día don Antonio decidió llevarlo a ver las galeras que estaban en la playa. Sancho se alegró mucho, porque nunca en su vida las había visto. Don Antonio avisó al cuatralbo de las galeras de que aquella tarde iba a llevar a verlas a su huésped. Su huésped era el famoso don Quijote de la Mancha. El cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad ya tenían noticia de él. Y lo que le pasó en las galeras se contará en el capítulo siguiente.

### Glosario

- **manjar blanco**: dulce hecho con leche, azúcar, arroz y pollo.
- **«si me dan la vaquilla, corro con la soguilla»**: refrán: aprovecho lo bueno cuando me lo ofrecen.
- **jaspe**: piedra dura y brillante, de varios colores.
- **balandrán**: abrigo largo y ancho, con mangas.
- **gerifalte**: ave de caza grande; Sancho lo dice como broma.
- **«Fugite, partes adversae!»**: palabras en latín: «¡Huid, enemigos!».
- **cerbatana**: tubo largo por el que se sopla o se habla.
- **inquisidores**: jueces de la Iglesia que vigilaban la fe.
- **correr sortija**: juego de caballeros: a caballo, meter la lanza en un anillo colgado.
- **privilegio**: permiso oficial para imprimir y vender un libro.
- **«ya le llegará su San Martín, como a cada puerco»**: refrán: a todos les llega su castigo, como a los cerdos les llega el día de matarlos.
- **cuatralbo**: capitán que manda cuatro galeras.

## Capítulo LXIII. De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca

Don Quijote pensaba mucho sobre la respuesta de la cabeza encantada. Pero ninguno de sus pensamientos descubría el engaño. Y todos terminaban en la promesa del desencanto de Dulcinea, que él tomó por cierta. Iba y venía con esa idea, y se alegraba dentro de sí, porque creía que pronto la vería cumplida. Y Sancho, aunque odiaba ser gobernador, como ya se ha dicho, todavía deseaba volver a mandar y a ser obedecido. Porque esta desgracia trae consigo el mando, aunque sea de broma.

En fin, aquella tarde don Antonio Moreno, su huésped, y sus dos amigos fueron a las galeras con don Quijote y Sancho. El cuatralbo estaba avisado de su buena visita y quería ver a los dos tan famosos Quijote y Sancho. Apenas llegaron a la orilla del mar, todas las galeras bajaron sus toldos y sonaron las chirimías. Luego echaron al agua el esquife, cubierto de ricas alfombras y de almohadas de terciopelo rojo. En cuanto don Quijote puso los pies en él, la galera capitana disparó el cañón del centro. Y las otras galeras hicieron lo mismo. Y cuando don Quijote subió por la escalera de la derecha, todos los remeros lo saludaron. Lo hicieron como es costumbre cuando una persona importante entra en la galera: gritaron «¡Hu, hu, hu!» tres veces. Le dio la mano el general, que así lo llamaremos, y que era un caballero valenciano importante. Abrazó a don Quijote y le dijo:

—Este día lo marcaré con piedra blanca. Es uno de los mejores que pienso tener en mi vida, porque he visto al señor don Quijote de la Mancha. Este momento y esta señal nos muestran que en él se encierra y se resume todo el valor de la caballería andante.

Don Quijote le respondió con otras palabras no menos corteses. Estaba alegrísimo de verse tratar como un gran señor. Entraron todos en la popa, que estaba muy bien adornada, y se sentaron en los asientos de los lados. El cómitre pasó al pasillo central. Dio una señal con el silbato para que los remeros se quitaran la ropa. Lo hicieron en un instante. Sancho, al ver a tanta gente desnuda, se quedó asombrado. Y más todavía cuando vio levantar el toldo tan deprisa, que le pareció que todos los diablos andaban allí trabajando. Pero todo esto no fue nada comparado con lo que voy a contar ahora. Sancho estaba sentado sobre un poste de la popa, junto al primer remero del lado derecho. Este remero ya sabía lo que tenía que hacer. Agarró a Sancho y lo levantó en brazos. Todos los remeros estaban de pie y atentos. Empezando por el lado derecho, lo fueron pasando y volteando sobre sus brazos de banco en banco. Lo hicieron tan deprisa que el pobre Sancho perdió la vista de los ojos. Sin duda pensó que los mismos demonios se lo llevaban. Y no pararon hasta devolverlo por el lado izquierdo y ponerlo en la popa. El pobre se quedó molido, jadeando y sudando, sin poder imaginar qué le había pasado.

Don Quijote vio el vuelo sin alas de Sancho. Preguntó al general si aquellas eran ceremonias que se usaban con los que entraban por primera vez en las galeras. Porque, si lo eran, él no tenía intención de hacerse marinero allí, y no quería hacer semejantes ejercicios. Y juró por Dios que, si alguno llegaba a agarrarlo para voltearlo, le sacaría el alma a patadas. Y, diciendo esto, se puso de pie y agarró la espada.

En ese momento bajaron el toldo, y dejaron caer la entena de arriba abajo con muchísimo ruido. Sancho pensó que el cielo se salía de su sitio y le venía a caer sobre la cabeza. Lleno de miedo, bajó la cabeza y la puso entre las piernas. Tampoco don Quijote se sintió muy seguro. También él tembló, encogió los hombros y perdió el color de la cara. Los remeros subieron la entena con la misma prisa y el mismo ruido con que la habían bajado. Y todo esto lo hacían callados, como si no tuvieran voz ni aliento. El cómitre hizo una señal para que levantaran el ancla. Saltó en medio del pasillo central con el látigo y empezó a sacudir las espaldas de los remeros. Y la galera se fue apartando poco a poco hacia el mar. Sancho vio moverse a la vez tantos pies rojos, porque eso pensó él que eran los remos. Y se dijo a sí mismo:

—Estas sí que son de verdad cosas encantadas, y no las que dice mi amo. ¿Qué han hecho estos desgraciados para que los azoten así? ¿Y cómo este hombre solo, que anda por aquí silbando, se atreve a azotar a tanta gente? Ahora digo yo que esto es el infierno, o por lo menos el purgatorio.

Don Quijote vio con qué atención miraba Sancho lo que pasaba, y le dijo:

—¡Ay, Sancho amigo! ¡Qué rápido y qué barato podríais vos, si quisierais, desnudaros de medio cuerpo arriba y poneros entre estos señores! Así acabaríais con el desencanto de Dulcinea. Porque, con la miseria y la pena de tantos, no sentiríais mucho la vuestra. Y además, estos azotes son dados por buena mano. Por eso podría ser que el sabio Merlín contara cada uno como diez de los vuestros. Y los vuestros, al final, os los tenéis que dar.

El general quería preguntar qué azotes eran aquellos, o qué desencanto de Dulcinea. Pero en ese momento dijo el marinero:

—Monjuí hace señal de que hay un barco de remos en la costa, por el lado del poniente.

Al oír esto, el general saltó al pasillo central y dijo:

—¡Ea, hijos, que no se nos escape! Este barco que nos señala la torre de vigilancia debe de ser algún bergantín de corsarios de Argel.

Las otras tres galeras se acercaron enseguida a la capitana, para saber qué les ordenaba. El general mandó que dos salieran al mar abierto, y que él iría con la otra junto a la costa. Porque así el barco no se les escaparía. Los remeros apretaron los remos y empujaron las galeras con tanta fuerza que parecía que volaban. Las que salieron al mar, a unas dos millas, descubrieron un barco. Calcularon a la vista que tendría unos catorce o quince bancos, y era verdad. Cuando el barco descubrió las galeras, huyó a toda velocidad. Tenía la intención y la esperanza de escaparse, porque era ligero. Pero le salió mal, porque la galera capitana era de los barcos más ligeros que navegaban por el mar. Y así se le fue acercando, de modo que los del bergantín vieron claramente que no podían escaparse. Por eso el arráez habría querido que dejaran los remos y se entregaran. Así no harían enfadar al capitán que mandaba nuestras galeras. Pero la suerte lo llevó de otra manera. La capitana ya estaba tan cerca que los del barco podían oír las voces que les mandaban rendirse. Entonces dos toraquís, que es como decir dos turcos borrachos, dispararon dos escopetas. Venían en el bergantín con otros doce. Con los disparos mataron a dos soldados que venían en la parte delantera de nuestra galera. Al ver esto, el general juró que no dejaría con vida a ninguno de los que cogiera en el barco. Llegó a embestirlo con toda su furia, pero el barco se le escapó por debajo de los remos. La galera pasó de largo un buen trecho. Los del barco se vieron perdidos y levantaron las velas mientras la galera se daba la vuelta. Y de nuevo huyeron, a vela y a remo. Pero su prisa no les sirvió tanto como les hizo daño su atrevimiento. Porque la capitana los alcanzó a poco más de media milla, les echó los remos encima y los cogió vivos a todos.

En esto llegaron las otras dos galeras, y las cuatro volvieron a la playa con la presa. Allí los esperaba muchísima gente, con ganas de ver lo que traían. El general echó el ancla cerca de tierra y vio que el virrey de la ciudad estaba en la orilla. Mandó echar el esquife para traerlo. Y mandó bajar la entena para ahorcar enseguida al arráez y a los demás turcos que había cogido en el barco. Eran unas treinta y seis personas, todos de buena figura, y la mayoría, tiradores turcos de escopeta. El general preguntó quién era el arráez del bergantín. Le respondió en lengua castellana uno de los cautivos, que después resultó ser un renegado español:

—Este joven que ves aquí, señor, es nuestro arráez.

Y le mostró a uno de los muchachos más bellos y elegantes que podría pintar la imaginación humana. Al parecer, no llegaba a los veinte años. El general le preguntó:

—Dime, perro mal aconsejado, ¿quién te empujó a matarme a mis soldados, si veías que era imposible escaparte? ¿Así se respeta a las galeras capitanas? ¿No sabes que la temeridad no es valentía? Las esperanzas dudosas deben hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios.

El arráez quería responder. Pero el general no pudo oír la respuesta en ese momento, porque fue a recibir al virrey. El virrey ya entraba en la galera, y con él entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo.

—¡Buena ha sido la caza, señor general! —dijo el virrey.

—Tan buena —respondió el general— como la verá Vuestra Excelencia ahora, colgada de esta entena.

—¿Cómo es eso? —preguntó el virrey.

—Porque me han matado —respondió el general— a dos de los mejores soldados que venían en estas galeras. Lo han hecho contra toda ley, contra toda razón y contra toda costumbre de guerra. Y yo he jurado ahorcar a todos los que he capturado. Y sobre todo a este muchacho, que es el arráez del bergantín.

Y le señaló al joven, que ya tenía las manos atadas y la cuerda al cuello, esperando la muerte.

El virrey lo miró. Lo vio tan hermoso, tan elegante y tan humilde, que le entraron ganas de evitar su muerte. Su hermosura fue en aquel momento como una carta de recomendación. Y así, le preguntó:

—Dime, arráez, ¿eres turco de nacimiento, o moro, o renegado?

A lo que el muchacho respondió, también en lengua castellana:

—No soy turco de nacimiento, ni moro, ni renegado.

—Entonces, ¿qué eres? —preguntó el virrey.

—Mujer cristiana —respondió el joven.

—¿Mujer y cristiana, con esa ropa y en esta situación? Es una cosa más para admirarse que para creerla.

—Suspended, ¡oh señores!, mi ejecución —dijo el joven—. No se perderá mucho si vuestra venganza espera mientras os cuento mi vida.

¿Quién tendría un corazón tan duro que no se ablandara con estas palabras? ¿O que, por lo menos, no esperara a oír lo que el triste y desgraciado joven quería decir? El general le dijo que dijera lo que quisiera, pero que no esperara recibir el perdón de su culpa, que era clara. Con este permiso, el joven empezó a hablar de esta manera:

—«Yo nací de padres moriscos, de aquella nación más desgraciada que prudente. Sobre ella ha llovido estos días un mar de desgracias. En la corriente de su desgracia, dos tíos míos me llevaron a Berbería. No me sirvió de nada decir que era cristiana, como de verdad lo soy. Y no soy de las cristianas fingidas o de apariencia, sino de las verdaderas y católicas. No me sirvió decir esta verdad a los que estaban a cargo de nuestro triste destierro. Tampoco mis tíos quisieron creerla. Al contrario, pensaron que era una mentira y un invento para quedarme en la tierra donde había nacido. Y así, me llevaron con ellos más a la fuerza que por mi gusto. Tuve una madre cristiana y un padre inteligente y cristiano, igual que ella. Mamé la fe católica con la leche y me crié con buenas costumbres. Nunca, ni en la lengua ni en las costumbres, di señales de ser morisca, según me parece. Al mismo tiempo que estas virtudes, que yo creo que lo son, creció mi hermosura, si es que tengo alguna. Yo vivía muy retirada y muy encerrada. Pero no debió de ser tanto como para que no pudiera verme un joven caballero llamado don Gaspar Gregorio. Es el hijo mayor y heredero de un caballero que tiene un pueblo junto al nuestro. Sería largo de contar cómo me vio y cómo nos hablamos. También sería largo contar cómo él se volvió loco por mí y cómo yo no quedé muy conquistada por él. Y más ahora, que temo que la dura cuerda que me amenaza se me atraviese entre la lengua y la garganta. Y así, solo diré que don Gregorio quiso acompañarme en nuestro destierro. Se mezcló con los moriscos que salieron de otros pueblos, porque sabía muy bien la lengua. Y en el viaje se hizo amigo de los dos tíos míos que me llevaban con ellos. Porque mi padre, prudente y previsor, en cuanto oyó el primer bando de nuestro destierro, salió del pueblo. Se fue a buscar en reinos extranjeros algún lugar que nos acogiera. Dejó encerradas y enterradas, en un sitio que solo yo conozco, muchas perlas y piedras de gran valor. También dejó algún dinero en cruzados y doblones de oro. Me mandó que, si por casualidad nos desterraban antes de que volviera, no tocara de ninguna manera el tesoro. Así lo hice. Y, como he dicho, pasé a Berbería con mis tíos y con otros parientes y conocidos. El lugar donde nos instalamos fue Argel, como si nos hubiéramos instalado en el mismo infierno. El rey tuvo noticia de mi hermosura, y también de mis riquezas, porque se hablaba de ellas. Eso, en parte, fue una suerte para mí. Me llamó a su presencia y me preguntó de qué parte de España era, y qué dinero y qué joyas traía. Le dije el pueblo, y que las joyas y el dinero estaban enterrados allí. Y le dije que se podrían recuperar con facilidad si yo misma volvía a buscarlos. Le dije todo esto porque tenía miedo de que lo cegara mi hermosura, y prefería que lo cegara su codicia. Mientras hablaba conmigo, vinieron a decirle que conmigo venía uno de los jóvenes más elegantes y hermosos que se podían imaginar. Enseguida entendí que lo decían por don Gaspar Gregorio, cuya belleza supera a las mayores que se pueden alabar. Me turbé al pensar en el peligro que corría don Gregorio. Porque aquellos bárbaros turcos aprecian y estiman más a un muchacho o joven hermoso. Lo estiman más que a una mujer, por bellísima que sea. El rey mandó enseguida que se lo trajeran delante para verlo. Y me preguntó si era verdad lo que le decían de aquel joven. Entonces yo, casi como si el cielo me avisara, le dije que sí era verdad. Pero le hice saber que no era hombre, sino mujer como yo. Y le supliqué que me dejara ir a vestirla con su ropa natural. Lo pedía para que mostrara del todo su belleza y apareciera ante él con menos vergüenza. Me dijo que fuera en buena hora, y que al día siguiente hablaríamos. Hablaríamos de cómo podía yo volver a España a sacar el tesoro escondido. Hablé con don Gaspar y le conté el peligro que corría si mostraba que era hombre. Lo vestí de mora, y aquella misma tarde lo llevé ante el rey. El rey, al verla, se quedó admirado y decidió guardarla para regalársela al Gran Señor. Había peligro en el harén de sus mujeres, y él también podía temer de sí mismo. Para evitar ese peligro, mandó ponerla en casa de unas moras importantes. Ellas la guardarían y la servirían, y allí la llevaron enseguida. No puedo negar que lo quiero. Lo que sentimos los dos lo dejo a la imaginación de los que se separan cuando se quieren bien. Enseguida el rey dispuso que yo volviera a España en este bergantín. Y que me acompañaran dos turcos de nacimiento, que son los que mataron a vuestros soldados. Vino también conmigo este renegado español —y señaló al que había hablado primero—. Yo sé bien que es cristiano en secreto. Sé también que viene con más deseo de quedarse en España que de volver a Berbería. Los demás remeros del bergantín son moros y turcos, que solo sirven para remar. La orden era dejarnos en tierra a mí y a este renegado en la primera parte de España. Debíamos ir vestidos de cristianos, porque traíamos esa ropa. Pero los dos turcos, codiciosos e insolentes, no obedecieron esta orden. Primero quisieron recorrer esta costa y robar algo, si podían. Temían que, si nos dejaban primero en tierra, nos pasara algo a los dos. Y entonces podríamos descubrir que el bergantín seguía en el mar, y, si había galeras por esta costa, lo capturarían. Anoche vimos esta playa. No sabíamos nada de estas cuatro galeras, nos descubrieron, y nos ha pasado lo que habéis visto. En resumen: don Gregorio se ha quedado vestido de mujer entre mujeres, con un peligro claro de perderse. Y yo me veo con las manos atadas, esperando, o, mejor dicho, temiendo perder la vida, que ya me cansa.» Este es, señores, el final de mi triste historia, tan verdadera como desgraciada. Lo que os ruego es que me dejéis morir como cristiana. Porque, como ya he dicho, yo no he tenido ninguna parte en la culpa en que han caído los de mi nación.

Y luego se calló, con los ojos llenos de tiernas lágrimas. Muchos de los que estaban presentes lloraron con ella. El virrey, tierno y compasivo, sin decirle una palabra, se acercó a ella. Y le quitó con sus propias manos la cuerda que ataba las hermosas manos de la mora.

Mientras la morisca cristiana contaba su extraña historia, un viejo peregrino la había mirado sin apartar los ojos de ella. Había entrado en la galera al mismo tiempo que el virrey. Apenas terminó de hablar la morisca, él se tiró a sus pies y se abrazó a ellos. Con palabras cortadas por mil sollozos y suspiros, le dijo:

—¡Oh Ana Félix, mi desgraciada hija! Yo soy tu padre Ricote. Volvía a buscarte porque no puedo vivir sin ti, que eres mi alma.

Al oír estas palabras, Sancho abrió los ojos y levantó la cabeza. La tenía bajada, porque pensaba en la desgracia de su paseo. Miró al peregrino y reconoció que era el mismo Ricote. Era el que había encontrado el día en que salió de su gobierno. Y comprobó que aquella era su hija. Ella, ya desatada, abrazó a su padre, mezclando sus lágrimas con las de él. Ricote dijo al general y al virrey:

—Esta, señores, es mi hija, más desgraciada en lo que le pasa que en su nombre. Se llama Ana Félix, con el apellido de Ricote, y es famosa tanto por su hermosura como por mi riqueza. Yo salí de mi patria a buscar en reinos extranjeros quien nos diera casa y nos acogiera. Lo encontré en Alemania. Entonces volví vestido de peregrino, con otros alemanes, a buscar a mi hija y a desenterrar muchas riquezas que dejé escondidas. No encontré a mi hija, pero encontré el tesoro, que traigo conmigo. Y ahora, por el extraño camino que habéis visto, he encontrado el tesoro que más me enriquece, que es mi querida hija. Nuestra culpa es poca, y vuestra justicia es recta. Si esto y nuestras lágrimas, las suyas y las mías, pueden abrir puertas a la misericordia, usadla con nosotros. Porque nunca tuvimos intención de ofenderos. Y de ninguna manera estuvimos de acuerdo con la intención de los nuestros, que han sido desterrados con justicia.

Entonces dijo Sancho:

—Conozco bien a Ricote, y sé que es verdad lo que dice de que Ana Félix es su hija. En esas otras pequeñeces de ir y venir, y de tener buena o mala intención, no me meto.

Todos los presentes se quedaron admirados del extraño caso. Y el general dijo:

—Vuestras lágrimas, una por una, no me dejarán cumplir mi juramento. Vivid, hermosa Ana Félix, los años de vida que os tiene destinados el cielo. Y que paguen la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.

Y luego mandó ahorcar de la entena a los dos turcos que habían matado a sus dos soldados. Pero el virrey le pidió con mucha insistencia que no los ahorcara, porque lo suyo había sido más locura que valentía. El general hizo lo que el virrey le pedía, porque las venganzas no se hacen bien a sangre fría. Luego intentaron buscar una manera de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en que estaba. Ricote ofreció para ello más de dos mil ducados que tenía en perlas y en joyas. Se propusieron muchos planes. Pero ninguno fue tan bueno como el del renegado español del que ya hemos hablado. Él se ofreció a volver a Argel en algún barco pequeño, de unos seis bancos, con remeros cristianos. Porque él sabía dónde, cómo y cuándo podía y debía desembarcar. Y también conocía la casa donde estaba don Gaspar. El general y el virrey dudaban si fiarse del renegado y de los cristianos que tenían que remar. Ana Félix respondió por el renegado. Y Ricote, su padre, dijo que él pagaría el rescate de los cristianos, si por casualidad los capturaban.

Así quedaron de acuerdo en este plan, y el virrey bajó a tierra. Don Antonio Moreno se llevó consigo a la morisca y a su padre. El virrey le encargó que los cuidara y los tratara con todo el cariño posible. Y le ofreció todo lo que hubiera en su propia casa para atenderlos. Tanta fue la bondad y la caridad que la hermosura de Ana Félix puso en su pecho.

### Glosario

- **esquife**: barco pequeño que llevan las galeras para ir a tierra.
- **cómitre**: hombre que dirige y castiga a los remeros de una galera.
- **popa**: parte de atrás de un barco.
- **entena**: palo largo y grueso que sostiene la vela de una galera.
- **«marcar el día con piedra blanca»**: recordarlo como un día muy feliz.
- **bergantín**: barco pequeño y rápido, con remos y velas.
- **corsario**: marinero que ataca y roba otros barcos.
- **arráez**: capitán de un barco musulmán.
- **renegado**: cristiano que se hizo musulmán.
- **Félix**: nombre que en latín quiere decir «feliz»; por eso Ricote dice que su hija es más desgraciada en lo que le pasa que en su nombre.
- **morisco**: descendiente de musulmanes en España, obligado a ser cristiano.
- **cruzados y doblones**: monedas antiguas de oro.
- **a sangre fría**: con calma, cuando ya ha pasado el enfado.

## Capítulo LXIV. Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido

La historia cuenta que la mujer de don Antonio Moreno se alegró muchísimo de ver a Ana Félix en su casa. La recibió con mucho cariño, porque le gustaban tanto su belleza como su buen juicio. En las dos cosas la morisca era extraordinaria. Y toda la gente de la ciudad venía a verla, como si alguien hubiera tocado la campana para llamarlos.

Don Quijote le dijo a don Antonio que el plan para liberar a don Gregorio no era bueno, porque era más peligroso que conveniente. Sería mejor llevarlo a él a Berbería con sus armas y su caballo. Él sacaría de allí a don Gregorio, aunque se opusieran todos los moros. Así lo había hecho don Gaiferos con su esposa Melisendra.

—Fíjese vuestra merced —dijo Sancho al oír esto— que el señor don Gaiferos sacó a su esposa de tierra firme y la llevó a Francia por tierra firme. Pero aquí hay un problema, porque el mar está en medio. Si acaso sacamos a don Gregorio, no tenemos por dónde traerlo a España.

—Para todo hay remedio, si no es para la muerte —respondió don Quijote—. Pues cuando el barco llegue a la costa, podremos subir a él, aunque todo el mundo lo impida.

—Vuestra merced lo pinta muy bien y lo hace parecer fácil —dijo Sancho—. Pero del dicho al hecho hay gran trecho. Yo confío en el renegado, que me parece muy hombre de bien y de muy buen corazón.

Don Antonio dijo que harían lo que proponía el gran don Quijote si al renegado no le salía bien el plan. Entonces don Quijote pasaría a Berbería.

Dos días después partió el renegado en un barco ligero de seis remos por cada lado, con remeros muy valientes. Y otros dos días más tarde partieron las galeras hacia Levante. Antes de partir, el general le pidió un favor al virrey. Le pidió que le avisara de lo que pasara con la libertad de don Gregorio y con el caso de Ana Félix. El virrey prometió hacerlo así.

Una mañana don Quijote salió a pasear por la playa con todas sus armas puestas. Las llevaba porque, como decía muchas veces, las armas eran su ropa y pelear era su descanso. No podía estar sin ellas ni un momento. Entonces vio venir hacia él a un caballero, también armado de pies a cabeza. En el escudo traía pintada una luna brillante. Cuando llegó a una distancia desde donde podía oírlo, le habló a don Quijote en voz alta:

—Famoso caballero don Quijote de la Mancha, nunca alabado como mereces: yo soy el Caballero de la Blanca Luna. Quizá mis increíbles hazañas ya te habrán traído mi nombre a la memoria. Vengo a luchar contigo y a probar la fuerza de tus brazos. Quiero hacerte reconocer y confesar una cosa. Mi dama, sea quien sea, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso. Si confiesas esta verdad claramente, evitarás tu muerte. Y yo me ahorraré el trabajo de dártela. Si peleas y yo te venzo, solo quiero esta satisfacción: que dejes las armas y no busques más aventuras. Te retirarás a tu pueblo durante un año. Allí vivirás sin poner la mano en la espada, en paz tranquila y en descanso provechoso. Esto te conviene, porque así crecerá tu hacienda y salvarás tu alma. Y si tú me vences, mi cabeza quedará en tus manos. Serán tuyos mis armas y mi caballo, y la fama de mis hazañas pasará a la tuya. Piensa qué es lo mejor para ti y respóndeme enseguida, porque solo tengo el día de hoy para terminar este asunto.

Don Quijote se quedó sorprendido y asombrado. Le sorprendía la arrogancia del Caballero de la Blanca Luna, y también la causa del desafío. Con calma y con gesto serio, le respondió:

—Caballero de la Blanca Luna, vuestras hazañas no han llegado hasta ahora a mis oídos. Me atrevo a jurar que nunca habéis visto a la ilustre Dulcinea. Si la hubierais visto, sé que habríais procurado no meteros en este desafío. Porque, al verla, habríais comprendido vuestro error. Habríais visto que no ha habido ni puede haber belleza comparable a la suya. Así que no os digo que mentís, sino que os equivocáis en lo que decís. Acepto vuestro desafío con las condiciones que habéis dicho. Y lo acepto ahora mismo, para que no pase el día que traéis de plazo. Solo hay una condición que no acepto: que la fama de vuestras hazañas pase a mí. No la acepto porque no sé cuáles son vuestras hazañas ni cómo son. Yo me contento con las mías, tal como son. Tomad, pues, la parte del campo que queráis, y yo haré lo mismo. Y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.

Desde la ciudad habían visto al Caballero de la Blanca Luna. Y le habían dicho al virrey que estaba hablando con don Quijote de la Mancha. El virrey pensó que sería alguna nueva aventura preparada por don Antonio Moreno. O quizá por algún otro caballero de la ciudad. Salió enseguida a la playa con don Antonio y con muchos otros caballeros que lo acompañaban. Llegaron justo cuando don Quijote giraba a Rocinante para tomar la distancia necesaria.

El virrey vio que los dos se preparaban para atacarse. Entonces se puso en medio y les preguntó por qué querían luchar tan de repente. El Caballero de la Blanca Luna respondió que era una cuestión de belleza: cuál de las dos damas era más hermosa. Con pocas palabras, le repitió lo mismo que había dicho a don Quijote. También le contó que los dos habían aceptado las condiciones del desafío. El virrey se acercó a don Antonio. Le preguntó en voz baja si sabía quién era aquel Caballero de la Blanca Luna. También le preguntó si era alguna broma que querían hacerle a don Quijote. Don Antonio le respondió que no sabía quién era. Tampoco sabía si el desafío era de broma o de verdad. Con esta respuesta, el virrey dudaba si debía dejarlos seguir con la batalla o no. Pero no podía creer que fuera otra cosa que una broma. Así que se apartó y dijo:

—Señores caballeros, si aquí no hay otra solución que confesar o morir... Si el señor don Quijote está en sus trece, y vuestra merced, el de la Blanca Luna, en sus catorce... Entonces, que todo quede en la mano de Dios. ¡Y adelante!

El de la Blanca Luna le agradeció al virrey el permiso con palabras corteses y prudentes. Don Quijote hizo lo mismo. Después se encomendó de todo corazón al cielo y a su Dulcinea, como tenía costumbre al empezar cada batalla. Luego se alejó otro poco más, porque vio que su enemigo hacía lo mismo. No sonó ninguna trompeta ni otro instrumento de guerra para darles la señal de atacar. Los dos giraron sus caballos en el mismo momento. El caballo del de la Blanca Luna era más rápido. Por eso llegó hasta don Quijote cuando ya había recorrido dos tercios de la carrera. Allí chocó con él sin tocarlo con la lanza, porque, al parecer, la levantó a propósito. Pero el golpe fue tan fuerte que Rocinante y don Quijote cayeron al suelo. Fue una caída peligrosa. Enseguida el de la Blanca Luna se puso sobre él. Le puso la lanza sobre la visera y le dijo:

—Vencido estáis, caballero, y hasta muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío.

Don Quijote estaba molido y aturdido, y no se levantó la visera. Como si hablara desde dentro de una tumba, dijo con voz débil y enferma:

—Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra. No está bien que mi debilidad haga daño a esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra.

—Eso no lo haré yo, desde luego —dijo el de la Blanca Luna—. ¡Viva, viva entera la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso! Yo solo me contento con una cosa: que el gran don Quijote se retire a su pueblo un año, o hasta el tiempo que yo le mande. Así lo acordamos antes de empezar esta batalla.

Todo esto lo oyeron el virrey y don Antonio, con otros muchos que estaban allí. También oyeron la respuesta de don Quijote. Dijo que cumpliría todo lo demás como caballero puntual y verdadero. Solo ponía una condición: que no le pidiera nada que hiciera daño a Dulcinea.

Después de esta confesión, el de la Blanca Luna giró su caballo. Saludó al virrey con una inclinación de cabeza y entró en la ciudad a medio galope.

El virrey le mandó a don Antonio que fuera detrás de él y que averiguara, de cualquier manera, quién era. Levantaron a don Quijote y le descubrieron la cara: estaba sin color y sudando. Rocinante estaba tan maltratado que de momento no se pudo mover. Sancho, todo triste y lleno de pena, no sabía qué decir ni qué hacer. Le parecía que todo aquello pasaba en sueños y que todo era cosa de encantamiento. Veía a su señor vencido y obligado a no tomar las armas durante un año. Imaginaba apagada la luz de la gloria de sus hazañas. Imaginaba también deshechas las esperanzas de las nuevas promesas, como se deshace el humo con el viento. Tenía miedo de que Rocinante quedara cojo, o su amo deslocado. ¡Y no sería poca suerte que su amo quedara deslocado! Finalmente, lo llevaron a la ciudad en una silla de manos que mandó traer el virrey. El virrey también volvió a la ciudad. Tenía ganas de saber quién era aquel Caballero de la Blanca Luna. Había dejado a don Quijote en tan mal estado.

### Glosario

- **Berbería**: nombre antiguo de la costa del norte de África, donde vivían los moros.
- **renegado**: cristiano que se hizo musulmán.
- **galeras**: barcos grandes de guerra movidos con remos.
- **Levante**: el este; las tierras y mares que están hacia donde sale el sol.
- **virrey**: hombre que gobierna una región en nombre del rey.
- **del dicho al hecho hay gran trecho**: refrán: es fácil decir una cosa, pero es difícil hacerla.
- **a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga**: refrán: que gane quien Dios quiera, y que disfrute de su suerte.
- **estar en sus trece**: no querer cambiar de idea por nada; «en sus catorce» es una broma: todavía más terco.
- **visera**: parte del casco que cubre y protege la cara.
- **silla de manos**: silla cerrada en la que dos o más hombres llevan a una persona, cogida con barras.
- **deslocado**: juego de palabras: con un hueso fuera de su sitio, y también curado de su locura.

## Capítulo LXV. Donde se da noticia quién era el de la Blanca Luna, con la libertad de don Gregorio, y de otros sucesos

Don Antonio Moreno siguió al Caballero de la Blanca Luna. También le siguieron muchos muchachos, y hasta le persiguieron, hasta que le encerraron en un mesón dentro de la ciudad. Don Antonio entró con deseo de conocerle. Un escudero salió a recibir al caballero y a quitarle las armas. El caballero se encerró en una sala del piso bajo, y don Antonio entró con él. No podía estar tranquilo hasta saber quién era. Cuando el de la Blanca Luna vio que aquel caballero no le dejaba, le dijo:

—Bien sé, señor, a qué venís: queréis saber quién soy. No hay razón para negároslo. Mientras este criado mío me quita las armas, os lo diré, sin faltar en nada a la verdad. Sabed, señor, que me llaman el bachiller Sansón Carrasco. Soy del mismo pueblo que don Quijote de la Mancha. Su locura y sus tonterías nos dan lástima a todos los que le conocemos. Y yo he sido uno de los que más lástima le han tenido. Creo que su salud está en el descanso, y en quedarse en su tierra y en su casa. Por eso hice un plan para hacerle estar allí. Hace unos tres meses le salí al camino como caballero andante. Me llamaba entonces el Caballero de los Espejos. Quería pelear con él y vencerle sin hacerle daño. Puse como condición de la pelea que el vencido haría lo que quisiera el vencedor. Yo ya le creía vencido. Por eso pensaba pedirle que volviera a su pueblo y que no saliera de él en todo un año. En ese tiempo quizá podría curarse. Pero la suerte lo ordenó de otra manera, porque él me venció a mí y me tiró del caballo. Así, mi plan no tuvo efecto. Él siguió su camino, y yo volví vencido, avergonzado y molido por la caída, que además fue peligrosa. Pero no por eso perdí el deseo de volver a buscarle y de vencerle, como hoy se ha visto. Él es tan exacto en cumplir las leyes de la caballería andante que, sin ninguna duda, cumplirá la orden que le he dado. Lo hará porque ha dado su palabra. Esto es, señor, lo que pasa, y no tengo nada más que deciros. Os suplico que no me descubráis ni digáis a don Quijote quién soy. Así mis buenos planes tendrán efecto. Y recobrará el juicio un hombre que lo tiene muy bueno, si le dejan en paz las tonterías de la caballería.

—¡Oh, señor! —dijo don Antonio—. Dios os perdone el daño que habéis hecho a todo el mundo. ¡Queréis volver cuerdo al loco más gracioso que hay en él! ¿No veis, señor, que el provecho de la cordura de don Quijote nunca llegará al gusto que da con sus locuras? Pero yo imagino que todo el ingenio del señor bachiller no bastará para volver cuerdo a un hombre tan completamente loco. Y si no fuera contra la caridad, diría que ojalá nunca sane don Quijote. Porque con su salud no solo perdemos sus gracias, sino también las de Sancho Panza, su escudero. Cualquiera de ellas puede volver alegre a la misma tristeza. Con todo, callaré y no le diré nada. Así veré si tengo razón cuando sospecho que el esfuerzo del señor Carrasco no tendrá efecto.

Carrasco respondió que, de todos modos, aquel asunto ya iba por buen camino, y que esperaba un final feliz. Don Antonio se ofreció a hacer todo lo que él le mandara, y Carrasco se despidió de él. Hizo atar sus armas sobre un mulo. Y enseguida, en el mismo caballo con que había entrado en la batalla, salió de la ciudad aquel mismo día. Así volvió a su tierra. En el camino no le pasó nada que obligue a contarlo en esta historia verdadera.

Don Antonio le contó al virrey todo lo que Carrasco le había contado. Al virrey no le gustó mucho, porque con el encierro de don Quijote se perdía la diversión. Todos los que conocían sus locuras perdían el gusto que podían tener con ellas.

Seis días estuvo don Quijote en la cama, débil, triste, pensativo y de mal humor. Su imaginación iba y venía sobre el desgraciado suceso de su derrota. Sancho le consolaba, y entre otras cosas le dijo:

—Señor mío, levante vuestra merced la cabeza y alégrese, si puede. Y dé gracias al cielo porque, aunque le tiraron al suelo, no salió con ninguna costilla rota. Ya sabe que «donde las dan las toman», y que «no siempre hay tocinos donde hay estacas». Así que dé una higa al médico, pues no lo necesita para curarse de esta enfermedad. Volvamos a nuestra casa y dejemos de buscar aventuras por tierras y lugares que no conocemos. Y, si bien se piensa, yo soy aquí el que más pierde, aunque vuestra merced es el que ha quedado peor. Yo dejé el gobierno, y con él las ganas de ser gobernador otra vez. Pero no dejé las ganas de ser conde. Y eso nunca pasará si vuestra merced deja de ser rey al dejar el oficio de la caballería. Y así, mis esperanzas se vuelven humo.

—Calla, Sancho —respondió don Quijote—. Ya ves que mi encierro y mi retiro no durarán más de un año. Después volveré a mis honrados ejercicios. Y no me faltará un reino que ganar ni algún condado que darte.

—Dios lo oiga —dijo Sancho—, y el pecado sea sordo. Siempre he oído decir que «más vale buena esperanza que ruin posesión».

En esto estaban cuando entró don Antonio con señales de grandísima alegría, diciendo:

—¡Albricias, señor don Quijote! Don Gregorio y el renegado que fue a buscarle están en la playa. Pero ¿qué digo en la playa? Ya están en casa del virrey, y llegarán aquí en un momento.

Don Quijote se alegró un poco y dijo:

—De verdad, casi diría que me habría gustado que todo hubiera pasado al revés. Así habría tenido que pasar a Berbería. Allí, con la fuerza de mi brazo, habría dado libertad no solo a don Gregorio, sino a todos los cristianos cautivos que hay en Berbería. Pero ¿qué digo, miserable de mí? ¿No soy yo el vencido? ¿No soy yo el derribado? ¿No soy yo el que no puede tomar las armas en un año? Entonces, ¿qué prometo? ¿De qué me alabo, si me conviene más usar la rueca que la espada?

—Déjese de eso, señor —dijo Sancho—. «Viva la gallina, aunque sea con su pepita», que «hoy por ti y mañana por mí». En estas cosas de choques y golpes no se puede saber nada seguro, pues el que hoy cae puede levantarse mañana, salvo si se quiere quedar en la cama. Quiero decir: salvo si se deja desanimar y no recobra fuerzas nuevas para nuevas peleas. Y levántese vuestra merced ahora para recibir a don Gregorio. Me parece que la gente anda alborotada, y ya debe de estar en casa.

Y así era la verdad. Don Gregorio y el renegado ya habían contado al virrey su viaje de ida y vuelta. Don Gregorio tenía muchas ganas de ver a Ana Félix y vino con el renegado a casa de don Antonio. Cuando le sacaron de Argel, iba vestido de mujer. Pero en el barco cambió esa ropa por la de un cautivo que salió con él. Con cualquier ropa, habría parecido una persona digna de ser deseada, servida y estimada. Porque era hermoso de verdad, y parecía tener diecisiete o dieciocho años. Ricote y su hija salieron a recibirle: el padre, con lágrimas, y la hija, con modestia. No se abrazaron, porque donde hay mucho amor no suele haber demasiado atrevimiento. Las dos bellezas juntas de don Gregorio y de Ana Félix admiraron a todos los que estaban allí. Allí el silencio habló por los dos enamorados. Y los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus pensamientos alegres y honestos.

El renegado contó el plan y los medios que usó para sacar a don Gregorio. Don Gregorio contó los peligros y apuros que había pasado con las mujeres con quienes se había quedado. No lo contó con un discurso largo, sino con pocas palabras. Con ellas mostró que su inteligencia iba por delante de sus años. Al final, Ricote pagó con generosidad tanto al renegado como a los que habían remado. El renegado volvió a unirse a la Iglesia. Antes era un miembro podrido, y con la penitencia y el arrepentimiento volvió limpio y sano.

Dos días después, el virrey habló con don Antonio. Buscaban una manera para que Ana Félix y su padre se quedaran en España. No les parecía ningún problema que se quedaran una hija tan cristiana y un padre, al parecer, con tan buenas intenciones. Don Antonio se ofreció a ir a la corte para arreglarlo, porque de todos modos tenía que ir allí por otros negocios. Y dio a entender que en la corte muchas cosas difíciles se consiguen con favores y con regalos.

—No hay que esperar nada de favores ni de regalos —dijo Ricote, que estaba presente en esta conversación—. Porque Su Majestad dio el encargo de nuestra expulsión al gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar. Y con él no valen ruegos, ni promesas, ni regalos, ni lástimas. Es verdad que él mezcla la misericordia con la justicia. Pero ve que todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado y podrido. Por eso usa con él el hierro ardiente que quema, y no la crema que suaviza. Así, con prudencia, con astucia, con trabajo y con los miedos que pone, ha cumplido esta gran tarea. Ha llevado su peso sobre sus fuertes hombros. Nuestros trucos, engaños, ruegos y fraudes no han podido cegar sus ojos de Argos, que siempre tiene despiertos. Así no se le queda ni se le esconde ninguno de los nuestros. Porque uno escondido sería como una raíz escondida. Con el tiempo podría brotar y echar frutos venenosos en España. Y España ya está limpia y libre de los temores que le daba nuestro gran número. ¡Heroica decisión la del gran Filipo Tercero, y prudencia nunca vista la de encargársela a ese don Bernardino de Velasco!

—De todos modos, cuando esté allí, haré todo lo posible —dijo don Antonio—, y que el cielo haga lo que más le guste. Don Gregorio se irá conmigo para consolar la pena que sus padres deben de tener por su ausencia. Ana Félix se quedará con mi mujer en mi casa, o en un monasterio. Y yo sé que al señor virrey le gustará que el buen Ricote se quede en su casa hasta ver cómo negocio yo.

El virrey aceptó todo lo que se propuso. Pero don Gregorio, cuando supo lo que pasaba, dijo que de ninguna manera podía ni quería dejar a doña Ana Félix. Sin embargo, quería ver a sus padres y buscar la manera de volver por ella. Por eso aceptó el plan acordado. Ana Félix se quedó con la mujer de don Antonio, y Ricote, en casa del virrey.

Llegó el día de la partida de don Antonio. La de don Quijote y Sancho fue dos días después, porque la caída no le permitió ponerse en camino antes. Hubo lágrimas, suspiros, desmayos y sollozos cuando don Gregorio se despidió de Ana Félix. Ricote le ofreció a don Gregorio mil escudos, si los quería. Pero él no tomó ninguno, sino solo cinco que le prestó don Antonio. Prometió devolvérselos en la corte. Con esto se fueron los dos, y después don Quijote y Sancho, como se ha dicho. Don Quijote iba sin armadura y con ropa de viaje. Sancho iba a pie, porque el rucio iba cargado con las armas.

### Glosario

- **mesón**: casa donde se da comida y cama a los viajeros, como una venta.
- **albricias**: regalo que se pide o se da a quien trae una buena noticia.
- **dé una higa**: haga un gesto de desprecio con la mano; aquí, no haga caso.
- **«no siempre hay tocinos donde hay estacas»**: refrán: las cosas no siempre son como uno espera.
- **rueca**: palo que usaban las mujeres para hilar lana; aquí, señal de que ya no puede ser caballero.
- **renegado**: cristiano que se hizo musulmán.
- **cautivo**: persona presa por los enemigos, sin libertad.
- **ojos de Argos**: Argos tenía cien ojos en las historias antiguas; aquí, alguien que lo vigila todo.
- **corte**: ciudad donde vive el rey con su gobierno.

## Capítulo LXVI. Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que lo escuchare leer

Al salir de Barcelona, don Quijote volvió a mirar el lugar donde había caído, y dijo:

—¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi mala suerte, y no mi cobardía, se llevó las glorias que yo había ganado! Aquí la fortuna me dio sus vueltas y revueltas. Aquí se oscurecieron mis hazañas. ¡Aquí, en fin, cayó mi buena suerte para no levantarse jamás!

Al oír esto, Sancho dijo:

—Señor mío, los corazones valientes saben tener paciencia en las desgracias, igual que saben alegrarse en los buenos tiempos. Esto lo sé por mí mismo. Cuando era gobernador, estaba alegre. Y ahora, que soy escudero a pie, no estoy triste. Porque he oído decir que eso que llaman por ahí la Fortuna es una mujer borracha y caprichosa. Y, sobre todo, es ciega. Por eso no ve lo que hace, ni sabe a quién tira al suelo ni a quién levanta.

—Muy filósofo estás, Sancho —respondió don Quijote—. Hablas con mucha sensatez; no sé quién te lo enseña. Lo que te puedo decir es que no hay fortuna en el mundo. Las cosas que pasan en él, buenas o malas, no vienen por casualidad. Vienen por la voluntad especial del cielo. De aquí viene lo que se suele decir: que «cada uno es artífice de su ventura». Yo lo he sido de la mía, pero no con la prudencia necesaria. Por eso mi orgullo me ha salido mal. Pues debía pensar que el flaco Rocinante no podía resistir al caballo grande y poderoso del de la Blanca Luna. En fin, me atreví, hice lo que pude y me derribaron. Pero, aunque perdí la honra, no perdí ni puedo perder la virtud de cumplir mi palabra. Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, mis obras y mis manos probaban mis hechos. Y ahora, que soy escudero a pie, probaré mis palabras cumpliendo la promesa que di. Camina, pues, amigo Sancho. Vamos a pasar en nuestra tierra el año de noviciado. Con ese encierro tendremos fuerza nueva para volver al oficio de las armas, que yo nunca olvido.

—Señor —respondió Sancho—, caminar a pie no es tan agradable que me anime a hacer jornadas largas. Dejemos estas armas colgadas de algún árbol, en lugar de un ahorcado. Yo me subiré al rucio, con los pies lejos del suelo. Así haremos las jornadas como vuestra merced las pida y las mida. Pero pensar que voy a caminar a pie y a hacer jornadas largas es pensar en lo imposible.

—Bien has dicho, Sancho —respondió don Quijote—. Que cuelguen mis armas como trofeo. Y al pie de ellas, o alrededor, escribiremos en los árboles lo que estaba escrito en el trofeo de las armas de Roldán:

Nadie las mueva
que estar no pueda con Roldán a prueba.

—Todo eso me parece de perlas —respondió Sancho—. Y si no fuera porque Rocinante nos hará falta en el camino, también estaría bien dejarle colgado.

—¡Pues no quiero que se ahorquen ni él ni las armas! —replicó don Quijote—. No quiero que se diga que «a buen servicio, mal galardón».

—Muy bien dice vuestra merced —respondió Sancho—. Porque, según la opinión de los sabios, «la culpa del asno no se ha de echar a la albarda». Y como la culpa de este suceso es de vuestra merced, castíguese a sí mismo. Y que su enfado no caiga sobre las armas, ya rotas y llenas de sangre. Ni sobre la mansedumbre de Rocinante, ni sobre la blandura de mis pies, queriendo que caminen más de lo justo.

Con estas razones y conversaciones se les pasó todo aquel día, y aun otros cuatro, sin que nada les estorbara el camino. Al quinto día, a la entrada de un pueblo, encontraron mucha gente a la puerta de un mesón. Como era día de fiesta, estaban allí pasándolo bien. Cuando don Quijote llegaba a ellos, un labrador levantó la voz y dijo:

—Uno de estos dos señores que vienen aquí, que no conocen a las partes, dirá lo que se debe hacer en nuestra apuesta.

—Sí lo diré, por cierto —respondió don Quijote—, con toda justicia, si llego a entenderla.

—Pues el caso es este, buen señor —dijo el labrador—: «Un vecino de este pueblo es tan gordo que pesa once arrobas. Desafió a correr a otro vecino, que no pesa más de cinco. La condición fue correr una carrera de cien pasos con pesos iguales. Al que desafió le preguntaron cómo se iba a igualar el peso. Él dijo que el desafiado, que pesa cinco arrobas, debía cargarse seis de hierro a la espalda. Así las once arrobas del flaco serían iguales a las once del gordo».

—Eso no —dijo entonces Sancho, antes de que don Quijote respondiera—. Hace pocos días que dejé de ser gobernador y juez, como todo el mundo sabe. Por eso a mí me toca aclarar estas dudas y dar mi opinión en todo pleito.

—Responde en buena hora, Sancho amigo —dijo don Quijote—. Yo no estoy para dar migas a un gato, porque tengo el juicio confuso y revuelto.

Con este permiso, Sancho habló a los labradores. Muchos estaban a su alrededor con la boca abierta, esperando su sentencia. Les dijo:

—Hermanos, lo que pide el gordo no tiene sentido ni ninguna sombra de justicia. Porque, si es verdad lo que se dice, el desafiado puede escoger las armas. Y no está bien que el gordo se las escoja de manera que no pueda ganar. Así que mi opinión es esta: el gordo que desafió debe recortarse, pelarse, quitarse, pulirse y arreglarse. Debe sacar seis arrobas de sus carnes, de aquí o de allá de su cuerpo, como mejor le parezca. De esta manera quedará en cinco arrobas de peso. Así será igual a las cinco de su contrario, y podrán correr igualados.

—¡Voto a tal! —dijo un labrador que oyó la sentencia de Sancho—. ¡Este señor ha hablado como un bendito y ha juzgado como un canónigo! Pero seguro que el gordo no querrá quitarse ni una onza de sus carnes, ¡cuánto menos seis arrobas!

—Lo mejor es que no corran —respondió otro—. Así el flaco no se aplasta con el peso, ni el gordo se quita las carnes. Gastemos en vino la mitad de la apuesta. Llevemos a estos señores a la taberna del vino caro, y «sobre mí la capa cuando llueva».

—Os lo agradezco, señores —respondió don Quijote—, pero no puedo detenerme ni un momento. Porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer descortés y caminar más deprisa de lo normal.

Y así, picó con las espuelas a Rocinante y siguió adelante. Los dejó admirados, tanto de su extraña figura como de la inteligencia de su criado, porque pensaron que Sancho lo era. Y otro de los labradores dijo:

—Si el criado es tan listo, ¡cómo debe de ser el amo! Apuesto a que, si van a estudiar a Salamanca, en un momento llegarán a ser alcaldes de corte. Porque todo es broma, menos estudiar y estudiar más, y tener apoyo y suerte. Y cuando menos lo piensa, el hombre se encuentra con una vara de juez en la mano o con una mitra en la cabeza.

Aquella noche amo y criado la pasaron en medio del campo, al aire libre. Al día siguiente siguieron su camino y vieron que venía hacia ellos un hombre a pie. Llevaba unas alforjas al cuello y una lanza corta en la mano, como suelen llevar los correos que van a pie. Cuando llegó cerca de don Quijote, apretó el paso y llegó a él medio corriendo. Le abrazó por el muslo derecho, porque no llegaba más arriba. Y le dijo, con señales de mucha alegría:

—¡Oh, mi señor don Quijote de la Mancha! ¡Qué gran alegría llegará al corazón de mi señor el duque cuando sepa que vuestra merced vuelve a su castillo! Él todavía está allí con mi señora la duquesa.

—No os conozco, amigo —respondió don Quijote—, ni sé quién sois, si vos no me lo decís.

—Yo, señor don Quijote —respondió el correo—, soy Tosilos, el lacayo del duque mi señor. Soy el que no quiso pelear con vuestra merced por el casamiento de la hija de doña Rodríguez.

—¡Válgame Dios! —dijo don Quijote—. ¿Es posible que seáis vos aquel a quien mis enemigos los encantadores transformaron en ese lacayo que decís? ¡Lo hicieron para quitarme la honra de aquella batalla!

—Calle, buen señor —replicó el cartero—. No hubo ningún encanto ni ningún cambio de cara. Tosilos el lacayo entré en el campo de la pelea, y Tosilos el lacayo salí de él. Yo pensé casarme sin pelear, porque me gustó la muchacha. Pero me salió al revés. Pues en cuanto vuestra merced se fue de nuestro castillo, el duque mi señor me hizo dar cien palos. Fue porque no cumplí las órdenes que me había dado antes de entrar en la batalla. Y todo ha terminado así: la muchacha ya es monja, y doña Rodríguez ha vuelto a Castilla. Yo voy ahora a Barcelona a llevar al virrey un paquete de cartas que le envía mi amo. Si vuestra merced quiere un traguito, aquí llevo una calabaza llena de vino del caro. Está caliente, pero es puro. Y llevo no sé cuántas rajitas de queso de Tronchón. Servirán para llamar y despertar a la sed, si acaso está dormida.

—Acepto el envite —dijo Sancho—, y que la cortesía llegue hasta el final. ¡Sirva el vino el buen Tosilos, a pesar de todos los encantadores que hay en las Indias!

—En fin, Sancho —dijo don Quijote—, eres el mayor glotón del mundo y el mayor ignorante de la tierra. Pues no te das cuenta de que este correo está encantado y de que este Tosilos es falso. Quédate con él y hártate. Yo me iré adelante poco a poco y te esperaré.

El lacayo se rio. Sacó su calabaza como quien saca una espada y sacó de las alforjas sus rajas de queso y un panecillo. Él y Sancho se sentaron sobre la hierba verde. Y en buena paz y compañía se comieron todas las provisiones de las alforjas, con tanto apetito que lamieron el paquete de cartas solo porque olía a queso. Tosilos le dijo a Sancho:

—Sin duda, Sancho amigo, este amo tuyo debe de ser un loco.

—¿Cómo que «debe»? —respondió Sancho—. No debe nada a nadie, porque todo lo paga, y más cuando la moneda es locura. Yo lo veo bien, y bien se lo digo a él. Pero ¿de qué sirve? Y más ahora, que está loco del todo, porque va vencido por el Caballero de la Blanca Luna.

Tosilos le pidió que le contara lo que le había pasado. Pero Sancho le respondió que era descortés hacer esperar a su amo. Otro día, si se encontraban, habría tiempo para eso. Se levantó, se sacudió el sayo y las migas de la barba, y llevó delante al rucio. Dijo «adiós», dejó a Tosilos y alcanzó a su amo, que le estaba esperando a la sombra de un árbol.

### Glosario

- **¡Aquí fue Troya!**: frase que se dice en el lugar de una gran desgracia, como la de la antigua ciudad de Troya.
- **«cada uno es artífice de su ventura»**: cada persona construye su propia suerte.
- **noviciado**: primer año de quien entra en un convento; aquí, el año de encierro en casa.
- **«Nadie las mueva / que estar no pueda con Roldán a prueba»**: que nadie toque estas armas si no es tan fuerte como Roldán.
- **«a buen servicio, mal galardón»**: refrán: a quien sirve bien, se le paga mal.
- **«la culpa del asno no se ha de echar a la albarda»**: refrán: no hay que culpar a otro de lo que hizo uno mismo.
- **dar migas a un gato**: hacer la cosa más pequeña; aquí, no estar en condiciones de nada.
- **mitra**: gorro alto que llevan los obispos.
- **envite**: en el juego de cartas, la apuesta que se ofrece; aquí, la invitación a beber.
- **calabaza**: fruto seco y hueco que se usaba como botella.
- **oscurecieron**: perdieron su luz; aquí, dejaron de brillar.
- **escudero**: criado que acompaña y sirve a un caballero.
- **rucio**: el burro de Sancho; «rucio» quiere decir de color gris.
- **ahorquen**: de «ahorcar»: matar a alguien colgándolo del cuello.
- **replicó**: respondió, contestó.
- **mansedumbre**: carácter tranquilo y obediente de un animal.
- **blandura**: aquí, debilidad: los pies de Sancho se cansan pronto.
- **labrador, labradores**: hombre que trabaja la tierra en el campo.
- **arrobas**: antigua medida de peso; una arroba son unos once kilos y medio.
- **desafiado**: el que recibe un desafío, es decir, una invitación a luchar o competir.
- **descortés**: que no es amable ni educado con los demás.
- **alforjas**: bolsa doble que se lleva al hombro o sobre un animal.

## Capítulo LXVII. De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y seguir la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su promesa, con otros sucesos en verdad gustosos y buenos

Si muchos pensamientos cansaban a don Quijote antes de ser derribado, muchos más le cansaron después de su caída. Estaba a la sombra del árbol, como se ha dicho. Allí los pensamientos venían a él y le picaban como moscas a la miel. Unos iban al desencanto de Dulcinea, y otros a la vida que iba a llevar en su retiro obligado. Llegó Sancho y le alabó lo generoso que era el lacayo Tosilos.

—¿Es posible, ¡oh, Sancho!, que todavía pienses que ese es un lacayo de verdad? —le dijo don Quijote—. Parece que se te ha olvidado que viste a Dulcinea convertida y transformada en labradora. Y al Caballero de los Espejos, en el bachiller Carrasco. Todo eso son obras de los encantadores que me persiguen. Pero dime ahora: ¿le preguntaste a ese Tosilos qué ha sido de Altisidora? ¿Ha llorado mi ausencia? ¿O ha dejado ya en manos del olvido los pensamientos de amor que la cansaban cuando yo estaba allí?

—Mis pensamientos no eran como para dejarme preguntar tonterías —respondió Sancho—. ¡Cuerpo de mí, señor! ¿Está vuestra merced ahora para preguntar por pensamientos ajenos, y sobre todo de amor?

—Mira, Sancho —dijo don Quijote—, hay mucha diferencia entre lo que se hace por amor y lo que se hace por agradecimiento. Bien puede ser que un caballero no ame. Pero, hablando con todo rigor, no puede ser que sea desagradecido. Por lo que parece, Altisidora me quiso bien. Me dio los tres tocadores que sabes y lloró cuando me fui. Me maldijo, me insultó y se quejó en público, a pesar de la vergüenza. Todas son señales de que me adoraba, porque la rabia de los enamorados suele terminar en maldiciones. Yo no tenía esperanzas que darle ni tesoros que ofrecerle. Porque mis esperanzas se las he entregado a Dulcinea. Y los tesoros de los caballeros andantes son como los de los duendes: aparentes y falsos. Solo puedo darle estos recuerdos que tengo de ella, sin quitar nada a los que tengo de Dulcinea. Y tú le haces daño a Dulcinea con tu pereza en azotarte y en castigar esas carnes. ¡Ojalá las vea yo comidas por los lobos! Prefieren guardarse para los gusanos antes que para el remedio de aquella pobre señora.

—Señor —respondió Sancho—, si he de decir la verdad, no puedo creer que los azotes en mis posaderas tengan que ver con desencantar a los encantados. Es como si dijéramos: «Si os duele la cabeza, untaos las rodillas». Por lo menos, me atrevo a jurar una cosa. En todas las historias de caballería andante que vuestra merced ha leído, no ha visto a nadie desencantado por azotes. Pero, por si acaso, me los daré cuando tenga ganas y el tiempo me dé ocasión para castigarme.

—Dios lo haga —respondió don Quijote—. Y que el cielo te dé la gracia de darte cuenta de tu obligación de ayudar a mi señora. Ella es también señora tuya, pues tú eres mío.

Con estas conversaciones seguían su camino, cuando llegaron al mismo sitio donde los toros los habían atropellado. Don Quijote lo reconoció y dijo a Sancho:

—Este es el prado donde encontramos a las elegantes pastoras y a los gallardos pastores. Querían renovar e imitar aquí la Arcadia de los pastores. Fue una idea tan nueva como inteligente. Si te parece bien, ¡oh, Sancho!, me gustaría que los imitáramos y nos hiciéramos pastores. Por lo menos, el tiempo que tengo que estar retirado. Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas necesarias para la vida de pastor. Yo me llamaré el pastor Quijotiz, y tú, el pastor Pancino. Andaremos por los montes, por los bosques y por los prados. Aquí cantaremos, allí lloraremos con canciones tristes. Beberemos el agua clara como el cristal de las fuentes, o de los arroyos limpios, o de los ríos grandes. Las encinas nos darán con mano generosa su dulcísimo fruto. Los troncos de los durísimos alcornoques nos darán asiento; los sauces, sombra; las rosas, olor. Los prados extendidos nos darán alfombras de mil colores. El aire claro y puro nos dará aliento. La luna y las estrellas nos darán luz, a pesar de la oscuridad de la noche. El canto nos dará gusto, y el llanto, alegría. Apolo nos dará versos, y el amor, ideas. Con todo eso podremos hacernos eternos y famosos, no solo en este tiempo, sino también en los siglos que vendrán.

—¡Pardiez! —dijo Sancho—. Esta clase de vida me ha cuadrado, y hasta me ha esquinado. Y además, en cuanto la vean el bachiller Sansón Carrasco y maese Nicolás el barbero, querrán seguirla y hacerse pastores con nosotros. Y quiera Dios que al cura no le den ganas de entrar también en el corral, porque es alegre y amigo de divertirse.

—Has dicho muy bien —dijo don Quijote—. Si el bachiller Sansón Carrasco entra en el gremio de los pastores, y entrará sin duda, podrá llamarse el pastor Sansonino, o el pastor Carrascón. El barbero Nicolás se podrá llamar Miculoso, como el antiguo Boscán se llamó Nemoroso. Al cura no sé qué nombre ponerle, si no es uno que salga de su nombre: le llamaremos el pastor Curiambro. Los nombres de las pastoras de quienes seremos enamorados los podremos escoger como quien escoge entre peras. Y el nombre de mi señora sirve tanto para pastora como para princesa. Así que no tengo por qué cansarme buscando otro que le vaya mejor. Tú, Sancho, pondrás a la tuya el que quieras.

—No pienso ponerle otro —respondió Sancho— más que el de Teresona. Le irá bien por lo gorda que está y por su propio nombre, pues se llama Teresa. Y además, si la celebro en mis versos, mostraré mis deseos castos. Porque yo no ando buscando «pan de trastrigo» por las casas ajenas. No estará bien que el cura tenga pastora, para dar buen ejemplo. Y si el bachiller quiere tenerla, «su alma en su palma».

—¡Válgame Dios, y qué vida vamos a tener, Sancho amigo! —dijo don Quijote—. ¡Cuántas churumbelas llegarán a nuestros oídos, cuántas gaitas zamoranas, cuántos tamborines, cuántas sonajas y cuántos rabeles! ¡Y qué será si entre todas estas músicas suena también la de los albogues! Allí se verán casi todos los instrumentos de los pastores.

—¿Qué son albogues? —preguntó Sancho—. Nunca los he oído nombrar, ni los he visto en toda mi vida.

—Los albogues —respondió don Quijote— son unas chapas de latón parecidas a candeleros. Se golpea una contra otra por la parte vacía y hueca, y hacen un sonido. No es muy agradable ni armonioso, pero tampoco desagrada. Y va bien con la sencillez de la gaita y del tamborín. Este nombre, albogues, es morisco. También lo son todas las palabras de nuestra lengua castellana que empiezan por «al». Por ejemplo: almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almacén, alcancía y otras parecidas, que deben de ser pocas más. Y nuestra lengua solo tiene tres palabras moriscas que terminan en «í». Son borceguí, zaquizamí y maravedí. Alhelí y alfaquí se conocen como árabes, tanto por el «al» del principio como por la «í» del final. Esto te lo he dicho de paso, porque me lo ha recordado el nombre de los albogues. Nos ayudará mucho a hacer perfecto este ejercicio que yo soy un poco poeta, como sabes. Y que el bachiller Sansón Carrasco lo es en extremo. Del cura no digo nada. Pero apuesto a que debe de tener algo de poeta. Y no dudo de que también lo tenga maese Nicolás, porque todos los barberos, o la mayoría, tocan la guitarra y hacen coplas. Yo me quejaré de la ausencia. Tú te alabarás de enamorado fiel. El pastor Carrascón se quejará de que le desprecian. Y el cura Curiambro, de lo que más le sirva. Y así, la cosa irá de manera que no habrá nada más que desear.

A esto respondió Sancho:

—Yo, señor, tengo tan mala suerte que temo que no llegará el día en que me vea en ese ejercicio. ¡Oh, qué cucharas tan bonitas voy a hacer cuando me vea pastor! ¡Cuántas migas, cuántas natas, cuántas guirnaldas y cuántas otras cosillas de pastores! Aunque no me den fama de sabio, no dejarán de darme la de ingenioso. Mi hija Sanchica nos llevará la comida al ganado. Pero ¡cuidado!, que es guapa, y hay pastores más maliciosos que simples. No querría que «fuese por lana y volviese trasquilada». También suelen andar los amores y los malos deseos por los campos como por las ciudades. Y por las chozas de los pastores como por los palacios reales. Y «quitada la causa, se quita el pecado». Y «ojos que no ven, corazón que no quiebra». Y «más vale salto de mata que ruego de hombres buenos».

—No más refranes, Sancho —dijo don Quijote—. Pues cualquiera de los que has dicho basta para que se entienda tu pensamiento. Muchas veces te he aconsejado que no gastes tantos refranes y que te contengas al decirlos. Pero me parece que es predicar en el desierto, y «castígame mi madre, y yo trómpogelas».

—Me parece —respondió Sancho— que vuestra merced es como lo que dicen: «Dijo la sartén a la caldera: Quítate allá, ojinegra». Me está reprendiendo para que no diga refranes, y vuestra merced los ensarta de dos en dos.

—Mira, Sancho —respondió don Quijote—: yo traigo los refranes a propósito. Cuando los digo, vienen como anillo en el dedo. Pero tú los traes tan por los pelos que los arrastras, y no los guías. Si no recuerdo mal, ya te he dicho otra vez lo que son los refranes. Son frases breves, sacadas de la experiencia y del pensamiento de nuestros antiguos sabios. Y el refrán que no viene a propósito es más disparate que sentencia. Pero dejemos esto. Ya viene la noche: apartémonos un poco del camino real. Allí pasaremos esta noche, y Dios sabe lo que será mañana.

Se apartaron y cenaron tarde y mal, muy en contra de la voluntad de Sancho. Él pensaba en lo mal que se vivía en la caballería andante por los bosques y por los montes. Es verdad que a veces había abundancia en los castillos y en las casas. Así fue en la de don Diego de Miranda, en las bodas del rico Camacho y en la de don Antonio Moreno. Pero pensaba que no podía ser siempre de día ni siempre de noche. Y así, pasó aquella noche durmiendo, y su amo, despierto.

### Glosario

- **tocador**: pañuelo o gorro que se pone en la cabeza para dormir.
- **duende**: espíritu pequeño de las historias populares; sus tesoros desaparecen.
- **posaderas**: la parte del cuerpo sobre la que uno se sienta.
- **Arcadia**: tierra de los poemas antiguos donde los pastores viven felices.
- **me ha cuadrado, y hasta me ha esquinado**: me ha gustado mucho (juego con «cuadrado» y «esquina»).
- **«pan de trastrigo»**: algo mejor de lo que uno necesita; aquí, otras mujeres que no son la suya.
- **«su alma en su palma»**: que él decida; es asunto suyo.
- **albogues**: instrumento de música de los pastores, de dos chapas de metal.
- **«ir por lana y volver trasquilado»**: buscar un provecho y salir perdiendo.
- **«Dijo la sartén a la caldera**: Quítate allá, ojinegra»** — refrán: criticar a otro por el defecto que uno mismo tiene.
- **labradora**: mujer que trabaja la tierra en el campo.
- **desagradecido**: que no agradece el bien que le hacen.
- **adoraba**: quería muchísimo.
- **maldiciones**: palabras con las que se desea un mal a alguien.
- **azotarte**: darte golpes con un látigo; son los azotes que debe darse Sancho.
- **desencantar, desencantado**: quitar un encantamiento; libre de un encantamiento.
- **untaos**: poneos crema o aceite sobre la piel.
- **atropellado**: tirado al suelo y pisado; aquí, por los toros.
- **encinas**: árboles que dan bellotas, un fruto pequeño.
- **alcornoques**: árboles de tronco muy duro, parecidos a las encinas.
- **sauces**: árboles que crecen junto al agua y dan mucha sombra.
- **refranes**: frases cortas y populares que dan un consejo o una enseñanza.

## Capítulo LXVIII. De la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote

La noche era algo oscura. La luna estaba en el cielo, pero en un lugar donde no se podía ver. Porque a veces la señora Diana se va a pasear a las antípodas. Entonces deja los montes negros y los valles oscuros. Don Quijote cumplió con la naturaleza durmiendo el primer sueño, pero no el segundo. Sancho era todo lo contrario: nunca tenía segundo sueño. Dormía de un tirón desde la noche hasta la mañana. En eso se veía su buena salud y sus pocas preocupaciones. Las preocupaciones de don Quijote, en cambio, le quitaron el sueño. Por eso despertó a Sancho y le dijo:

—Me maravilla, Sancho, lo tranquilo que es tu carácter. Imagino que estás hecho de mármol o de duro bronce, y que en ti no cabe ningún movimiento ni sentimiento. Yo velo cuando tú duermes. Yo lloro cuando tú cantas. Yo me desmayo de hambre mientras tú estás perezoso y sin fuerzas de puro lleno. Los buenos criados deben compartir las penas de sus señores y sentir lo que ellos sienten. Deben hacerlo, aunque solo sea por quedar bien. Mira la calma de esta noche y la soledad en que estamos. Nos invitan a pasar un rato despiertos en medio del sueño. Levántate, por tu vida, y apártate un poco de aquí. Y con buen ánimo, con valor y con agradecimiento, date trescientos o cuatrocientos azotes. Serán a cuenta de los del desencanto de Dulcinea. Te lo pido y te lo suplico. No quiero pelear contigo a brazo partido como la otra vez, porque sé que tienes los brazos pesados. Cuando te los hayas dado, pasaremos el resto de la noche cantando: yo, mi ausencia, y tú, tu fidelidad. Así empezaremos desde ahora la vida de pastores que vamos a tener en nuestra aldea.

—Señor —respondió Sancho—, yo no soy fraile para levantarme en medio del sueño y darme disciplina. Tampoco me parece que se pueda pasar del extremo del dolor de los azotes al de la música. Déjeme dormir vuestra merced y no me apriete con lo de azotarme. Si no, me hará jurar que nunca me tocaré ni un pelo del sayo, cuanto menos de mis carnes.

—¡Oh, alma endurecida! ¡Oh, escudero sin piedad! ¡Oh, pan mal empleado y favores mal pagados los que te he hecho y pienso hacerte! Por mí te has visto gobernador. Y por mí tienes esperanzas cercanas de ser conde o de tener otro título igual. No tardarán en cumplirse más de lo que tarde en pasar este año. Porque yo, «post tenebras spero lucem».

—No entiendo eso —replicó Sancho—. Solo entiendo que, mientras duermo, no tengo miedo ni esperanza, ni trabajo ni gloria. ¡Bendito sea el que inventó el sueño! Es una capa que cubre todos los pensamientos humanos. Es comida que quita el hambre y agua que aleja la sed. Es fuego que calienta el frío y frío que templa el calor. Y, en fin, es una moneda general con la que se compran todas las cosas. Es balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al tonto con el sabio. El sueño solo tiene una cosa mala, según he oído decir: que se parece a la muerte. Porque entre un dormido y un muerto hay muy poca diferencia.

—Nunca te he oído hablar con tanta elegancia como ahora, Sancho —dijo don Quijote—. Por eso veo que es verdad el refrán que tú dices a veces: «No con quien naces, sino con quien paces».

—¡Ah, caramba, señor nuestro amo! —replicó Sancho—. Ahora no soy yo el que ensarta refranes. También a vuestra merced se le caen de la boca de dos en dos, y mejor que a mí. Pero entre los míos y los suyos debe de haber esta diferencia. Los de vuestra merced vienen a tiempo, y los míos, a destiempo. Pero, en fin, todos son refranes.

En esto estaban cuando oyeron un ruido sordo y áspero que se extendía por todos aquellos valles. Don Quijote se puso de pie y echó mano a la espada. Sancho se escondió debajo del rucio. A los lados se puso el lío de las armas y la albarda de su burro. Temblaba de miedo tanto como don Quijote estaba alterado. El ruido crecía poco a poco y se acercaba a los dos miedosos. Por lo menos, a uno de ellos, porque del otro ya se sabe lo valiente que es.

Pues el caso es que unos hombres llevaban a vender a una feria más de seiscientos cerdos. Caminaban con ellos a aquellas horas. Hacían tanto ruido, y tanto gruñir y bufar, que dejaron sordos a don Quijote y a Sancho. Por eso no se dieron cuenta de lo que podía ser. Llegó en tropel la larga piara gruñendo. Los cerdos no tuvieron ningún respeto a la autoridad de don Quijote ni a la de Sancho. Pasaron por encima de los dos. Deshicieron las trincheras de Sancho y derribaron a don Quijote. Y además se llevaron por delante a Rocinante. El tropel, los gruñidos y la rapidez de aquellos animales sucios lo dejaron todo revuelto y por el suelo. Allí quedaron la albarda, las armas, el rucio, Rocinante, Sancho y don Quijote.

Sancho se levantó como mejor pudo y le pidió la espada a su amo. Le dijo que quería matar a media docena de aquellos señores maleducados. Ya se había dado cuenta de que eran cerdos. Don Quijote le dijo:

—Déjalos, amigo. Esta afrenta es la pena de mi pecado. Y es justo castigo del cielo que a un caballero andante vencido le coman los chacales. Y también que le piquen las avispas y le pisen los cerdos.

—También debe de ser castigo del cielo —respondió Sancho— que las moscas piquen a los escuderos de los caballeros vencidos. Y también que se los coman los piojos y los ataque el hambre. Si los escuderos fuéramos hijos de los caballeros a quienes servimos, o parientes muy cercanos, no sería raro. Entonces nos podría alcanzar el castigo de sus culpas hasta la cuarta generación. Pero ¿qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes? Bueno, volvamos a acomodarnos y durmamos lo poco que queda de la noche. «Amanecerá Dios y medraremos».

—Duerme tú, Sancho —respondió don Quijote—, que naciste para dormir. Yo nací para velar. En el tiempo que falta hasta el día, daré rienda suelta a mis pensamientos. Los desahogaré en un pequeño madrigal que compuse anoche de memoria, sin que tú lo supieras.

—A mí me parece —respondió Sancho— que los pensamientos que dejan tiempo para hacer coplas no deben de ser muchos. Vuestra merced haga todas las coplas que quiera, que yo dormiré todo lo que pueda.

Y luego tomó en el suelo todo el sitio que quiso, se acurrucó y se durmió profundamente. No le molestaban ni deudas, ni fianzas, ni ningún dolor. Don Quijote se apoyó en el tronco de una haya o de un alcornoque. Cide Hamete Benengeli no dice qué árbol era. Y, al son de sus propios suspiros, cantó así:

—Amor, cuando yo pienso
en el mal que me das, terrible y fuerte,
voy corriendo a la muerte,
pensando así acabar mi mal inmenso.
Pero, cuando llego al paso
que es puerto en este mar de mi tormento,
tanta alegría siento
que la vida se hace fuerte y no lo paso.
Así el vivir me mata,
pues la muerte me vuelve a dar la vida.
¡Oh, condición nunca oída,
la que conmigo muerte y vida trata!

Cada uno de estos versos lo acompañaba con muchos suspiros y no pocas lágrimas. Era como alguien que tiene el corazón atravesado por el dolor de la derrota y por la ausencia de Dulcinea.

En esto llegó el día. El sol le dio a Sancho en los ojos con sus rayos. Sancho se despertó y se desperezó, sacudiendo y estirando sus brazos y piernas perezosos. Miró el destrozo que habían hecho los cerdos en sus provisiones. Y maldijo a la piara, y a más que a la piara. Al final, los dos volvieron al camino que habían empezado. Al caer la tarde, vieron que venían hacia ellos unos diez hombres a caballo y cuatro o cinco a pie. El corazón de don Quijote se sobresaltó, y el de Sancho se asustó. Porque aquella gente traía lanzas y escudos y venía muy preparada para la guerra. Don Quijote se volvió a Sancho y le dijo:

—Sancho, mi promesa me ha atado los brazos y no puedo usar mis armas. Si pudiera, esta tropa que viene contra nosotros sería para mí cosa de nada, «tortas y pan pintado». Pero podría ser que fuera otra cosa distinta de lo que tememos.

En esto llegaron los de a caballo. Levantaron las lanzas y, sin decir ni una palabra, rodearon a don Quijote. Le pusieron las lanzas en la espalda y en el pecho, amenazándole de muerte. Uno de los de a pie se puso un dedo en la boca, como señal de que callara. Tomó el freno de Rocinante y lo sacó del camino. Los demás de a pie llevaron delante a Sancho y al rucio. Todos, en un silencio maravilloso, siguieron al que llevaba a don Quijote. Él quiso preguntar dos o tres veces adónde le llevaban o qué querían. Pero, en cuanto empezaba a mover los labios, se los iban a cerrar con las puntas de las lanzas. A Sancho le pasaba lo mismo. En cuanto parecía que iba a hablar, uno de los de a pie le pinchaba con un aguijón. Y al rucio, igual, como si también quisiera hablar. Se hizo de noche y apuraron el paso. Creció el miedo de los dos presos, y creció más cuando oyeron que de vez en cuando les decían:

—¡Caminad, trogloditas!

—¡Callad, bárbaros!

—¡Pagad, antropófagos!

—¡No os quejéis, escitas, ni abráis los ojos, Polifemos asesinos, leones carniceros!

Y otros nombres parecidos, con que atormentaban los oídos del pobre amo y del pobre criado. Sancho iba diciendo para sí:

—¿Nosotros tortolitas? ¿Nosotros barberos ni estropajos? ¿Nosotros perritas, a las que llaman «cita, cita»? No me gustan nada estos nombres. «A mal viento va esta parva». Todo el mal nos viene junto, como al perro los palos. ¡Y ojalá que lo que amenaza esta aventura tan desgraciada se quede en palos!

Don Quijote iba atontado. Pensaba y pensaba, pero no podía adivinar qué querían decir aquellos nombres llenos de insultos. De ellos solo sacaba en limpio que no debía esperar ningún bien y que debía temer mucho mal. En esto llegaron, casi una hora después de caer la noche, a un castillo. Don Quijote reconoció bien que era el del duque, donde habían estado hacía poco.

—¡Válgame Dios! —dijo en cuanto reconoció el lugar—. ¿Y qué será esto? En esta casa todo es cortesía y buena educación. Pero para los vencidos el bien se vuelve mal, y el mal, peor.

Entraron en el patio principal del castillo. Lo vieron adornado y preparado de una manera que les aumentó el asombro y les dobló el miedo. Cómo estaba, se verá en el capítulo siguiente.

### Glosario

- **Diana**: diosa antigua de la luna; aquí, la luna.
- **antípodas**: el otro lado de la Tierra.
- **«post tenebras spero lucem»**: frase en latín: «después de la oscuridad espero la luz».
- **piara**: grupo grande de cerdos.
- **chacal**: animal salvaje parecido al perro o al lobo.
- **«Amanecerá Dios y medraremos»**: refrán: mañana será otro día y quizá nos irá mejor.
- **madrigal**: poema corto de amor.
- **«tortas y pan pintado»**: cosa fácil, sin peligro.
- **aguijón**: palo con una punta de hierro para pinchar a los animales.
- **trogloditas, antropófagos, escitas**: insultos cultos: hombres de las cuevas, personas que comen carne humana, pueblo antiguo y salvaje.
- **«A mal viento va esta parva»**: refrán: esto va a salir mal.
- **tortolitas, barberos, estropajos, «cita, cita»**: Sancho entiende mal los insultos: oye «tortolitas» por «trogloditas», «barberos» por «bárbaros», «estropajos» por «antropófagos» y «cita», palabra para llamar a los perros, por «escitas».
- **rucio**: el burro de Sancho.
- **replicar**: responder.
- **refrán**: frase popular y corta que da un consejo.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero.
- **fraile**: hombre religioso que vive en un convento.
- **azotar(se)**: golpear(se) con un látigo; un azote es uno de esos golpes.
- **alma endurecida**: persona que no siente compasión.
- **ensartar refranes**: decir muchos refranes seguidos.
- **a destiempo**: en un momento que no es el adecuado.
- **áspero**: duro y desagradable.
- **gruñir**: hacer el ruido que hace el cerdo.

## Capítulo LXIX. Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso de esta grande historia avino a don Quijote

Los de a caballo se bajaron. Junto con los de a pie, levantaron en brazos a Sancho y a don Quijote, de golpe y con prisa, y los metieron en el patio. Alrededor del patio ardían casi cien antorchas, puestas en sus soportes. Y por los corredores del patio había más de quinientas luces. Así, aunque la noche era algo oscura, no se notaba la falta del día. En medio del patio había un túmulo de unas dos varas de alto. Estaba todo cubierto con un enorme dosel de terciopelo negro. Alrededor, en sus escalones, ardían velas de cera blanca sobre más de cien candeleros de plata. Encima del túmulo se veía el cuerpo muerto de una doncella. Era tan hermosa que con su hermosura hacía parecer hermosa a la misma muerte. Tenía la cabeza sobre una almohada de brocado. Llevaba una corona tejida con flores diversas y de buen olor. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, y entre ellas, una rama de palma amarilla, señal de victoria.

A un lado del patio habían puesto un escenario. Allí estaban sentados en dos sillas dos personajes. Tenían coronas en la cabeza y cetros en las manos, y por eso parecían reyes, verdaderos o fingidos. Al lado de este escenario, al que se subía por unas gradas, había otras dos sillas. Los que habían traído a los presos sentaron en ellas a don Quijote y a Sancho. Todo esto lo hacían en silencio, y con señales les daban a entender a los dos que también callaran. Pero ellos callaron sin necesidad de señales, porque el asombro por lo que veían les tenía atadas las lenguas.

En esto subieron al escenario, con mucho acompañamiento, dos personas importantes. Don Quijote vio enseguida que eran el duque y la duquesa, los señores en cuya casa había estado. Se sentaron en dos sillas muy ricas, junto a los dos que parecían reyes. ¿Quién no se iba a asombrar con todo esto? Y más aún, porque don Quijote había reconocido que el cuerpo muerto del túmulo era el de la hermosa Altisidora.

Cuando el duque y la duquesa subieron al escenario, don Quijote y Sancho se levantaron y les hicieron una profunda reverencia. Los duques hicieron lo mismo, inclinando un poco la cabeza.

En esto salió de un lado un criado. Se acercó a Sancho y le echó encima una ropa de tela negra, toda pintada con llamas de fuego. Le quitó la caperuza y le puso en la cabeza una coroza, como las que llevaban los castigados por el Santo Oficio. Y le dijo al oído que no abriera los labios. Si no, le pondrían una mordaza o le quitarían la vida. Sancho se miraba de arriba abajo y se veía ardiendo en llamas. Pero, como no le quemaban, no le importaban nada. Se quitó la coroza y vio que estaba pintada de diablos. Se la volvió a poner, diciendo para sí:

—Menos mal que ni ellas me queman ni ellos me llevan.

Don Quijote también le miraba. Y, aunque el miedo le tenía los sentidos paralizados, no dejó de reírse al ver la figura de Sancho. En esto empezó a salir, al parecer de debajo del túmulo, un sonido de flautas suave y agradable. Ninguna voz humana lo interrumpía, porque en aquel lugar el mismo silencio guardaba silencio. Por eso sonaba dulce y amoroso. Luego apareció de repente, junto a la almohada de aquel que parecía cadáver, un joven hermoso vestido a la romana. Al son de un arpa que él mismo tocaba, cantó con voz muy suave y clara estas dos estrofas:

—Mientras vuelve a la vida Altisidora,
muerta por la crueldad de don Quijote,
y mientras en la corte encantadora
las damas se vistan de picote,
y mientras a sus dueñas mi señora
vista de bayeta y de anascote,
cantaré su belleza y su desgracia
mejor que el cantor de Tracia.

Y no creo que este oficio sea mío
solamente mientras tenga vida;
con la lengua en la boca muerta y fría
pienso alzar la voz que te es debida.
Libre mi alma de su estrecha roca,
llevada por el lago de la Estigia,
irá cantándote, y aquel sonido
parará las aguas del olvido.

—No más —dijo entonces uno de los dos que parecían reyes—. No más, cantor divino. Sería no acabar nunca si ahora nos contaras la muerte y las gracias de la sin par Altisidora. Ella no está muerta, como piensa el mundo ignorante. Está viva en las lenguas de la Fama. Y está viva en la pena que tiene que pasar Sancho Panza, aquí presente, para devolverla a la luz perdida. Y así, ¡oh, tú, Radamanto, que juzgas conmigo en las oscuras cuevas de Dite! Tú sabes lo que han decidido los destinos misteriosos sobre la vuelta a la vida de esta doncella. Por eso, dilo y decláralo enseguida, para que no se retrase el bien que esperamos con su vuelta.

Apenas había dicho esto Minos, juez y compañero de Radamanto, cuando Radamanto se puso de pie y dijo:

—¡Ea, criados de esta casa, altos y bajos, grandes y pequeños! Venid unos tras otros y sellad la cara de Sancho con veinticuatro mamonas. Y dadle doce pellizcos y seis pinchazos de alfiler en los brazos y en la espalda. ¡En esta ceremonia está la salud de Altisidora!

Al oír esto, Sancho Panza rompió el silencio y dijo:

—¡Voto a tal! ¡No dejaré que me sellen la cara ni me la manoseen, igual que nunca me volveré moro! ¡Cuerpo de mí! ¿Qué tiene que ver manosearme la cara con la resurrección de esta doncella? «Regostóse la vieja a los bledos». Encantan a Dulcinea, y me azotan a mí para que se desencante. Se muere Altisidora de los males que Dios quiso darle. ¡Y para resucitarla me tienen que dar veinticuatro mamonas! ¡Y agujerearme el cuerpo con alfileres y ponerme los brazos morados a pellizcos! ¡Esas bromas, a un cuñado! Yo soy perro viejo, y conmigo no vale «tus, tus».

—¡Morirás! —dijo en voz alta Radamanto—. Ablándate, tigre. Humíllate, Nembrot soberbio, y sufre y calla, pues no te piden cosas imposibles. Y no te metas a averiguar las dificultades de este asunto. Recibirás mamonas, te verás lleno de pinchazos y gemirás de los pellizcos. ¡Ea, digo, criados, cumplid mi orden! Si no, por mi fe de hombre de bien, que vais a ver para qué habéis nacido.

En esto aparecieron por el patio hasta seis dueñas en procesión, una tras otra. Cuatro de ellas llevaban gafas. Todas tenían la mano derecha levantada, con cuatro dedos de muñeca al aire, para que las manos parecieran más largas, como ahora se usa. En cuanto Sancho las vio, gritó como un toro:

—Bien puedo dejar que me manosee todo el mundo. ¡Pero que me toquen dueñas, eso no! Que me arañen la cara como gatos, como le hicieron a mi amo en este mismo castillo. Que me atraviesen el cuerpo con puntas de dagas afiladas. Que me aprieten los brazos con tenazas de fuego. Todo lo sufriré con paciencia, por servir a estos señores. Pero no consentiré que me toquen dueñas, aunque me lleve el diablo.

También rompió el silencio don Quijote, y le dijo a Sancho:

—Ten paciencia, hijo. Da gusto a estos señores, y da muchas gracias al cielo por la virtud que ha puesto en tu persona. Es tan grande que, con tu martirio, desencantas a los encantados y resucitas a los muertos.

Ya estaban las dueñas cerca de Sancho. Él, más tranquilo y más convencido, se colocó bien en la silla y ofreció la cara y la barba a la primera. Ella le dio una mamona muy bien sellada y luego le hizo una gran reverencia.

—¡Menos cortesía y menos cremas, señora dueña! —dijo Sancho—. ¡Por Dios, que traéis las manos oliendo a vinagrillo!

Al final, todas las dueñas le sellaron la cara, y otra mucha gente de la casa le pellizcó. Pero lo que no pudo aguantar fueron los pinchazos de los alfileres. Así que se levantó de la silla, enfadado, al parecer. Agarró una antorcha encendida que estaba junto a él y corrió detrás de las dueñas y de todos sus verdugos, diciendo:

—¡Fuera, ministros del infierno! ¡Que no soy de bronce para no sentir unos martirios tan extraordinarios!

En esto Altisidora, que debía de estar cansada de estar tanto tiempo boca arriba, se volvió de lado. Al verlo, casi todos los presentes dijeron a una voz:

—¡Viva está Altisidora! ¡Altisidora vive!

Radamanto le mandó a Sancho que dejara su enfado, pues ya se había conseguido lo que se buscaba.

En cuanto don Quijote vio moverse a Altisidora, se fue a poner de rodillas delante de Sancho y le dijo:

—Ahora es el momento, hijo de mis entrañas, y no solo escudero mío, de que te des algunos de los azotes que debes darte por el desencanto de Dulcinea. Ahora, digo, es cuando tienes la virtud en su punto. Ahora tiene fuerza para hacer el bien que se espera de ti.

A lo que respondió Sancho:

—Esto me parece «argado sobre argado», y no «miel sobre hojuelas». ¡Bueno sería que, después de pellizcos, mamonas y alfilerazos, vinieran ahora los azotes! Solo les falta tomar una piedra grande, atármela al cuello y tirarme a un pozo. Y eso no me pesaría mucho, si para curar los males de otros tengo que ser yo «la vaca de la boda». Déjenme. Si no, por Dios que lo tiro todo y lo echo a trece, aunque no se venda.

En esto, Altisidora ya se había sentado en el túmulo. En ese mismo momento sonaron las chirimías, y con ellas las flautas y las voces de todos, que gritaban:

—¡Viva Altisidora! ¡Altisidora viva!

Se levantaron los duques y los reyes Minos y Radamanto. Y todos juntos, con don Quijote y Sancho, fueron a recibir a Altisidora y a bajarla del túmulo. Ella fingía estar todavía débil. Se inclinó ante los duques y ante los reyes. Luego miró de lado a don Quijote y le dijo:

—Dios te lo perdone, caballero sin amor. Por tu crueldad he estado en el otro mundo, me parece, más de mil años. Y a ti, ¡oh, el escudero más compasivo que hay en la tierra!, te agradezco la vida que tengo. Desde hoy, amigo Sancho, puedes disponer de seis camisas mías. Te las doy para que hagas otras seis para ti. Y, si no están todas sanas, por lo menos están todas limpias.

Sancho le besó las manos por ello, con la coroza en la mano y de rodillas en el suelo. El duque mandó que se la quitaran, que le devolvieran su caperuza y su sayo y que le quitaran la ropa de las llamas. Sancho le suplicó al duque que le dejaran la ropa y la mitra. Las quería llevar a su tierra, como señal y recuerdo de aquel suceso nunca visto. La duquesa respondió que sí se las dejarían, porque él ya sabía lo amiga suya que era. El duque mandó vaciar el patio y que todos se retiraran a sus habitaciones. Y mandó llevar a don Quijote y a Sancho a las que ellos ya conocían.

### Glosario

- **túmulo**: lugar alto donde se pone a un muerto.
- **dosel**: tela que cubre algo desde arriba, como un techo.
- **coroza**: gorro alto de papel que llevaban las personas castigadas en público.
- **Santo Oficio**: la Inquisición, el tribunal de la Iglesia que castigaba a los herejes.
- **picote, bayeta, anascote**: telas bastas y oscuras, propias del luto.
- **cantor de Tracia / lago de la Estigia**: Orfeo, el gran músico antiguo / el río de los muertos en las historias antiguas.
- **mamona**: golpe suave y burlón debajo de la barbilla.
- **«Regostóse la vieja a los bledos»**: refrán: a quien le gusta algo una vez, quiere más.
- **perro viejo / «tus, tus»**: persona con experiencia, a quien no engañan / palabras para llamar a los perros.
- **«argado sobre argado»**: una molestia encima de otra.
- **«la vaca de la boda»**: la persona que paga y sufre por todos.
- **vinagrillo**: crema con vinagre que usaban las mujeres para la cara.
- **Dite**: el mundo de los muertos en las historias antiguas.
- **candelero**: objeto donde se pone una vela.
- **cetro**: bastón que llevan los reyes como señal de su poder.
- **reverencia**: movimiento del cuerpo hacia delante para saludar con respeto.
- **paralizado**: que no se puede mover.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero.
- **pellizco**: apretón de la piel con dos dedos, que hace daño.
- **alfiler / pinchazo**: aguja pequeña / herida pequeña que hace una punta.

## Capítulo LXX. Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no excusadas para la claridad de esta historia

Aquella noche Sancho durmió en una carriola, en la misma habitación de don Quijote. Él habría querido evitarlo, si hubiera podido, porque sabía bien una cosa. Su amo no lo iba a dejar dormir, con tantas preguntas y respuestas. Y Sancho no tenía ganas de hablar mucho, porque todavía sentía los dolores de los martirios pasados. Esos dolores no le dejaban la lengua libre. Le habría gustado más dormir solo en una choza que acompañado en aquella rica habitación. Y su miedo resultó tan verdadero y su sospecha tan cierta que su señor habló enseguida. En cuanto se metió en la cama, le dijo:

—¿Qué te parece, Sancho, lo que ha pasado esta noche? Grande y poderosa es la fuerza del desprecio sin amor. Lo has visto con tus propios ojos: Altisidora ha estado muerta. No la mataron flechas, ni espadas, ni otras armas de guerra, ni venenos mortales. La mató solo pensar en la dureza y el desprecio con que yo siempre la he tratado.

—Por mí, que se muera ella en buena hora, todo lo que quiera y como quiera —respondió Sancho—, y que me deje a mí en mi casa. Pues yo ni la enamoré ni la desprecié nunca en mi vida. Ya lo he dicho otra vez, y no sé ni puedo imaginarlo. ¿Qué tiene que ver la salud de Altisidora con los martirios de Sancho Panza? Ella es una doncella más caprichosa que sensata. Ahora sí que veo clara y distintamente que hay encantadores y encantamientos en el mundo. Que Dios me libre de ellos, pues yo no sé librarme. Con todo esto, le suplico a vuestra merced que me deje dormir. No me pregunte más, si no quiere que me tire por una ventana abajo.

—Duerme, Sancho amigo —respondió don Quijote—, si es que te dejan dormir los alfilerazos y pellizcos que recibiste, y las mamonas que te hicieron.

—Ningún dolor llegó a la vergüenza de las mamonas —replicó Sancho—. Y fue solo porque me las hizo una dueña, ¡malditas sean las dueñas! Y vuelvo a suplicarle a vuestra merced que me deje dormir. Porque el sueño es el alivio de las penas de quien las sufre despierto.

—Así sea —dijo don Quijote—, y Dios te acompañe.

Los dos se durmieron. Y en este momento Cide Hamete, autor de esta gran historia, quiso escribir y explicar algo. Quiso contar qué movió a los duques a levantar todo aquel montaje que ya se ha contado. Dice que el bachiller Sansón Carrasco no había olvidado lo que le pasó como Caballero de los Espejos. Don Quijote lo venció y lo tiró al suelo, y esa derrota y esa caída deshicieron todos sus planes. Por eso quiso volver a probar suerte, esperando un resultado mejor que la otra vez. Así que le preguntó al paje dónde estaba don Quijote. Era el paje que había llevado la carta y el regalo a Teresa Panza, la mujer de Sancho. Después buscó armas y caballo nuevos, y puso en el escudo la blanca luna. Lo llevaba todo sobre un mulo, que guiaba un labrador. No lo guiaba Tomé Cecial, su antiguo escudero, porque no quería que Sancho ni don Quijote lo reconocieran.

Llegó, pues, al castillo del duque. El duque le dijo qué camino llevaba don Quijote: quería estar en las justas de Zaragoza. También le contó las burlas que le había hecho con el plan para desencantar a Dulcinea. Ese desencanto lo iba a pagar el trasero de Sancho. Por último, le contó la burla que Sancho le había hecho a su amo. Sancho le había hecho creer que Dulcinea estaba encantada y convertida en labradora. Y le contó cómo la duquesa, su mujer, le había hecho creer a Sancho que el engañado era él. Según ella, Dulcinea estaba encantada de verdad. El bachiller se rió y se admiró no poco de todo esto. Pensaba en lo listo y lo simple que era Sancho, y en lo extrema que era la locura de don Quijote.

El duque le pidió una cosa al bachiller. Si lo encontraba, tanto si lo vencía como si no, debía volver por allí para contarle lo que había pasado. Así lo hizo el bachiller. Salió a buscar a don Quijote y no lo encontró en Zaragoza. Siguió adelante, y le pasó lo que ya se ha contado.

Volvió por el castillo del duque y se lo contó todo, con las condiciones de la batalla. Le dijo que don Quijote ya volvía a cumplir su palabra, como buen caballero andante. Se iba a retirar un año a su aldea. Y el bachiller dijo que podía ser que en ese tiempo se curara de su locura. Esa era la intención que lo había movido a hacer aquellos disfraces. Porque era una lástima que un hidalgo tan inteligente como don Quijote estuviera loco. Con esto, se despidió del duque y volvió a su pueblo. Allí esperaba a don Quijote, que venía detrás de él.

Esto le dio al duque la ocasión de hacerle aquella burla. ¡Tanto le gustaban las cosas de Sancho y de don Quijote! Mandó vigilar los caminos, cerca y lejos del castillo, por todas partes por donde pensó que podía volver don Quijote. Puso allí a muchos criados suyos, a pie y a caballo. Si lo encontraban, debían traerlo al castillo, por las buenas o por la fuerza. Lo encontraron y avisaron al duque. El duque ya tenía preparado todo lo que había que hacer. En cuanto supo que llegaba, mandó encender las antorchas y las luces del patio. Y mandó poner a Altisidora sobre el túmulo, con todo lo que ya se ha contado. Todo estaba tan vivo y tan bien hecho que había bien poca diferencia con la verdad.

Y Cide Hamete dice algo más. Él piensa que los burladores estaban tan locos como los burlados. Y dice que a los duques les faltaban solo dos dedos para parecer tontos. Porque ponían tanto esfuerzo en burlarse de dos tontos.

De los dos tontos, uno dormía profundamente, y el otro estaba despierto, con los pensamientos sueltos. Así les llegó el día, y con el día las ganas de levantarse. Porque a don Quijote nunca le gustó quedarse en la cama sin hacer nada, ni vencido ni vencedor.

Entonces Altisidora entró en la habitación de don Quijote. En opinión de don Quijote, había vuelto de la muerte a la vida. Ella seguía el juego de sus señores. Llevaba en la cabeza la misma corona de flores que tenía en el túmulo. Vestía una túnica de tafetán blanco, llena de flores de oro. Llevaba el pelo suelto por la espalda y se apoyaba en un bastón de ébano negro y finísimo. Al verla, don Quijote se quedó turbado y confuso. Se encogió y se cubrió casi entero con las sábanas y las colchas de la cama. No le salía ni una palabra, ni supo saludarla con ninguna cortesía. Altisidora se sentó en una silla, junto a la cabecera. Dio un gran suspiro y, con voz tierna y débil, le dijo:

—Las señoras nobles y las doncellas honestas a veces pasan por encima de su honra. Dejan que la lengua rompa todos los obstáculos y cuentan en público los secretos de su corazón. Cuando hacen esto, están en una situación difícil. Yo, señor don Quijote de la Mancha, soy una de ellas: apretada, vencida y enamorada. Pero, con todo esto, soy paciente y honesta. Lo soy tanto que mi alma reventó por mi silencio, y perdí la vida. Por pensar en la dureza con que me has tratado,

¡oh más duro que mármol a mis quejas,
empedernido caballero!,

he estado muerta dos días. O, por lo menos, así me han juzgado los que me han visto. El Amor tuvo compasión de mí y puso mi remedio en los martirios de este buen escudero. Si no fuera por eso, allí me habría quedado, en el otro mundo.

—Bien podría el Amor haberlo puesto en los martirios de mi asno —dijo Sancho—, y yo se lo agradecería. Pero dígame, señora, y ojalá el cielo le dé otro amante más blando que mi amo. ¿Qué vio en el otro mundo? ¿Qué hay en el infierno? Porque quien muere desesperado, por fuerza tiene que acabar allí.

—Si os digo la verdad —respondió Altisidora—, yo no debí de morir del todo, pues no entré en el infierno. Si hubiera entrado allí, no habría podido salir de ninguna manera, aunque hubiera querido. La verdad es que llegué a la puerta. Allí estaban jugando a la pelota hasta una docena de diablos. Todos llevaban calzas y jubón, y cuellos adornados con puntas de randas flamencas. También llevaban unas vueltas de lo mismo, que les servían de puños. Dejaban fuera cuatro dedos de brazo, para que las manos parecieran más largas. En las manos tenían unas palas de fuego. Y lo que más me admiró fue que no usaban pelotas, sino libros. Al parecer, estaban llenos de viento y de borra, cosa maravillosa y nueva. Pero esto no me admiró tanto como otra cosa. Lo normal en los jugadores es que se alegren los que ganan y se entristezcan los que pierden. Pero allí, en aquel juego, todos gruñían, todos regañaban y todos se maldecían.

—Eso no es ninguna maravilla —respondió Sancho—, porque los diablos, jueguen o no jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen.

—Así debe de ser —respondió Altisidora—. Pero hay otra cosa que también me admira; quiero decir, que me admiró entonces. Con el primer golpe, ninguna pelota quedaba entera ni servía para otra vez. Por eso pasaban libros nuevos y viejos sin parar, que era una maravilla. Uno de ellos era nuevo, flamante y bien encuadernado. Le dieron un golpe que le sacó las tripas y le esparció las hojas. Un diablo le dijo a otro: «Mirad qué libro es ese». Y el otro diablo le respondió: «Esta es la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha. No la escribió Cide Hamete, su primer autor, sino un aragonés que dice que es natural de Tordesillas». «Quitadlo de ahí —respondió el primer diablo—, y metedlo en los abismos del infierno. Que no lo vean más mis ojos». «¿Tan malo es?», preguntó el otro. «Tan malo —replicó el primero— que, si yo mismo me pusiera a hacerlo peor a propósito, no lo conseguiría». Siguieron su juego con otros libros. Yo había oído nombrar a don Quijote, a quien tanto amo y quiero. Por eso procuré guardar esta visión en la memoria.

—Visión debió de ser, sin duda —dijo don Quijote—, porque no hay otro yo en el mundo. Esa historia ya anda por aquí de mano en mano. Pero no se queda en ninguna, porque todos la apartan con el pie. No me alteré al oír que ando como fantasma por las tinieblas del abismo o la claridad de la tierra. Porque yo no soy aquel de quien trata esa historia. Si es buena, fiel y verdadera, tendrá siglos de vida. Pero si es mala, el camino desde su nacimiento hasta la tumba no será muy largo.

Altisidora iba a seguir quejándose de don Quijote, pero él le dijo:

—Muchas veces os he dicho, señora, que me pesa que hayáis puesto en mí vuestros pensamientos. Pues yo puedo agradecerlos, pero no puedo darles remedio. Yo nací para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados, si existen, me dedicaron a ella. Y pensar que otra belleza va a ocupar el lugar que ella tiene en mi alma es pensar lo imposible. Este desengaño es suficiente para que os quedéis dentro de los límites de vuestra honestidad. Pues nadie puede obligarse a lo imposible.

Al oír esto, Altisidora hizo como que se enfadaba y se alteraba, y le dijo:

—¡Vive el Señor, don bacalao, alma de almirez, cuesco de dátil! Sois más terco y duro que un villano cuando le ruegan y ya ha decidido algo. ¡Si me lanzo contra vos, os voy a sacar los ojos! ¿Pensáis acaso, don vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que habéis visto esta noche ha sido fingido. Yo no soy mujer que deje que me duela ni lo negro de una uña por camellos como vos. ¡Y mucho menos morirme!

—Eso lo creo yo muy bien —dijo Sancho—, porque eso de morirse los enamorados es cosa de risa. Ellos bien lo pueden decir, pero hacerlo, ¡que lo crea Judas!

Mientras hablaban, entró el músico, cantor y poeta que había cantado las dos estrofas ya contadas. Hizo una gran reverencia a don Quijote y dijo:

—Vuestra merced, señor caballero, cuénteme entre sus mayores servidores. Porque hace muchos días que soy un gran admirador suyo, tanto por su fama como por sus hazañas.

Don Quijote le respondió:

—Dígame vuestra merced quién es, para que mi cortesía responda a sus méritos.

El joven respondió que era el músico que había cantado las alabanzas la noche anterior.

—Por cierto —replicó don Quijote— que vuestra merced tiene una voz extraordinaria. Pero lo que cantó no me pareció muy oportuno. Porque, ¿qué tienen que ver las estrofas de Garcilaso con la muerte de esta señora?

—No se sorprenda vuestra merced de eso —respondió el músico—. Entre los poetas intonsos de nuestro tiempo ya es costumbre que cada uno escriba como quiera. Y cada uno roba versos de quien quiere, vengan o no a cuento. Y ya no hay tontería que canten o escriban que no se excuse como licencia poética.

Don Quijote quería responder, pero no pudo, porque entraron a verlo el duque y la duquesa. Tuvieron todos una conversación larga y agradable. En ella Sancho dijo tantas gracias y tantas malicias que los duques se quedaron admirados otra vez. Les admiraba tanto su simplicidad como su agudeza. Don Quijote les suplicó que le dieran permiso para marcharse aquel mismo día. Porque a los caballeros vencidos, como él, les convenía más vivir en una pocilga que en palacios reales. Los duques le dieron permiso de muy buena gana. Y la duquesa le preguntó si Altisidora seguía en su gracia. Él le respondió:

—Señora mía, sepa vuestra señoría que todo el mal de esta doncella nace de la ociosidad. Su remedio es estar ocupada en algo honesto y sin parar. Ella me ha dicho aquí que en el infierno se usan randas. Y como ella debe de saber hacerlas, que no las deje de la mano. Cuando esté ocupada en mover los palillos, no se moverán en su imaginación la imagen o las imágenes de quien ama. Esta es la verdad, este es mi parecer y este es mi consejo.

—Y el mío también —añadió Sancho—, pues en toda mi vida no he visto una randera que se haya muerto de amor. Las doncellas ocupadas piensan más en acabar sus tareas que en sus amores. Lo digo por mí. Mientras estoy cavando, no me acuerdo de mi oíslo; digo, de mi Teresa Panza, a quien quiero más que a las pestañas de mis ojos.

—Decís muy bien, Sancho —dijo la duquesa—. Yo haré que mi Altisidora se ocupe desde ahora en hacer alguna labor blanca, que la sabe hacer de maravilla.

—No hace falta usar ese remedio, señora —respondió Altisidora—. Me bastará pensar en las crueldades que este malandrín mostrenco ha usado conmigo. Eso lo borrará de mi memoria sin ningún otro truco. Y, con permiso de vuestra grandeza, me quiero ir de aquí. No quiero ver más delante de mis ojos, ya no su triste figura, sino su cara fea y horrible.

—Eso me recuerda lo que suele decirse —dijo el duque—:

«Porque aquel que dice injurias,
cerca está de perdonar».

Altisidora hizo como que se limpiaba las lágrimas con un pañuelo. Luego hizo una reverencia a sus señores y salió de la habitación.

—Yo te anuncio, pobre doncella —dijo Sancho—, sí, te anuncio mala suerte. Pues te has metido con un alma de esparto y un corazón de encina. ¡Te aseguro que, si te hubieras metido conmigo, otro gallo te cantaría!

Se acabó la conversación. Don Quijote se vistió, comió con los duques y se marchó aquella tarde.

### Glosario

- **carriola**: cama baja y pequeña, con ruedas, que se guarda debajo de otra cama.
- **mamonas**: golpes suaves y burlones debajo de la barbilla.
- **túmulo**: lugar alto donde se pone a un muerto.
- **empedernido**: duro como una piedra, que no se ablanda.
- **randas**: encajes, adornos de hilo muy fino; una **randera** es la mujer que los hace.
- **borra**: pelo o lana de poca calidad que se usa para rellenar cosas.
- **almirez**: recipiente pequeño de metal para machacar cosas en la cocina; aquí, alguien muy duro.
- **cuesco de dátil**: el hueso duro que tiene dentro el dátil, una fruta.
- **¡que lo crea Judas!**: manera de decir que algo no lo cree nadie.
- **intonsos**: con el pelo sin cortar; aquí, poetas jóvenes y sin cultura.
- **licencia poética**: libertad que se toma un poeta para no seguir las reglas normales.
- **mostrenco**: persona torpe e ignorante.
- **oíslo**: palabra popular para la esposa: la persona a quien uno dice «¿oíslo?», es decir, «¿lo oíste?».
- **otro gallo te cantaría**: expresión: te iría de otra manera, mucho mejor.
- **martirio**: dolor o sufrimiento muy grande.
- **replicar**: responder.
- **suplicar**: pedir algo con mucha humildad.
- **distintamente**: de forma clara y precisa.
- **pellizco**: apretón de la piel con dos dedos, que hace daño.
- **alfilerazo**: pinchazo con un alfiler, una aguja pequeña.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero.
- **labrador, labradora**: persona del campo que trabaja la tierra.
- **desencantar**: quitar un encantamiento.
- **burladores**: los que se burlan de otros.
- **túnica**: vestido largo y sencillo.
- **reverencia**: movimiento del cuerpo hacia delante para saludar con respeto.

## Capítulo LXXI. De lo que a don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea

Don Quijote, vencido y cansado del camino, iba muy pensativo por una parte y muy alegre por otra. Su tristeza venía de la derrota. Y su alegría venía de pensar en la virtud de Sancho, como se había visto en la resurrección de Altisidora. Aunque, con alguna duda, se convencía de que la enamorada doncella había estado muerta de verdad. Sancho no iba nada alegre, porque le ponía triste una cosa. Altisidora no le había cumplido la palabra de darle las camisas. Dándole vueltas a esto, le dijo a su amo:

—La verdad, señor, es que soy el médico más desgraciado que debe de haber en el mundo. En el mundo hay médicos que matan al enfermo que curan, y aun así quieren cobrar su trabajo. Y su trabajo es solo firmar un papelito con algunas medicinas. Ni siquiera las hace él, sino el boticario, ¡y listo! Pero a mí la salud de los demás me cuesta gotas de sangre, mamonas, pellizcos, alfilerazos y azotes. Y no me dan ni un ardite. Pues les juro una cosa, ¡voto a tal! Si me traen otro enfermo, antes de curarlo me tendrán que untar las manos. Porque el abad, de donde canta, yanta. Y no quiero creer que el cielo me haya dado esta virtud para regalarla a otros de bóbilis, bóbilis.

—Tienes razón, Sancho amigo —respondió don Quijote—. Altisidora ha hecho muy mal en no darte las camisas que te prometió. Tu virtud es gratis data, y no te ha costado ningún estudio. Aunque es así, recibir martirios en tu cuerpo es más que estudio. De mí te puedo decir una cosa. Si hubieras querido una paga por los azotes del desencanto de Dulcinea, ya te la habría dado, y buena. Pero no sé si la paga irá bien con la cura. No querría que el premio le quitara la fuerza a la medicina. Con todo eso, me parece que no se pierde nada por probarlo. Mira, Sancho, cuánto quieres, y azótate enseguida. Págate en dinero contante y con tu propia mano, pues tienes dinero mío.

Al oír estas ofertas, Sancho abrió los ojos y las orejas un palmo. En su corazón aceptó azotarse de buena gana, y le dijo a su amo:

—Muy bien, señor. Quiero prepararme para dar gusto a vuestra merced en lo que desea, y con provecho para mí. Es el amor de mis hijos y de mi mujer lo que me hace parecer interesado. Dígame vuestra merced: ¿cuánto me dará por cada azote que me dé?

—Si yo tuviera que pagarte lo que merecen la grandeza y la calidad de este remedio, Sancho —respondió don Quijote—, el tesoro de Venecia y las minas del Potosí serían poco. Calcula tú lo que llevas mío y pon el precio a cada azote.

—Son tres mil trescientos y tantos —respondió Sancho—. De ellos ya me he dado cinco, y quedan los demás. Que entren estos cinco entre los «tantos», y quedémonos en los tres mil trescientos. Los cobro a cuartillo cada uno, y no aceptaré menos aunque me lo mande todo el mundo. Suman tres mil trescientos cuartillos. Los tres mil son mil quinientos medios reales, que hacen setecientos cincuenta reales. Y los trescientos hacen ciento cincuenta medios reales, que son setenta y cinco reales. Juntos con los setecientos cincuenta, son en total ochocientos veinticinco reales. Estos los quitaré yo del dinero que tengo de vuestra merced. Y entraré en mi casa rico y contento, aunque bien azotado. Porque no se toman truchas..., y no digo más.

—¡Oh Sancho bendito! ¡Oh Sancho amable! —respondió don Quijote—. ¡Qué obligados vamos a quedar Dulcinea y yo a servirte todos los días de vida que nos dé el cielo! Si ella vuelve a su ser perdido, y es imposible que no vuelva, su desgracia habrá sido buena suerte. Y mi derrota habrá sido un triunfo felicísimo. Y dime, Sancho, cuándo quieres empezar la disciplina. Para que la acabes antes, te añado cien reales.

—¿Cuándo? —replicó Sancho—. Esta noche, sin falta. Procure vuestra merced que la pasemos en el campo, al cielo abierto, que yo me abriré las carnes.

Llegó la noche. Don Quijote la había esperado con la mayor ansia del mundo. Le parecía que las ruedas del carro de Apolo se habían roto, y que el día era más largo de lo normal. Así les pasa a los enamorados, que nunca ajustan bien la cuenta de sus deseos. Por fin, se metieron entre unos árboles agradables, un poco apartados del camino. Allí quitaron la silla a Rocinante y la albarda al rucio. Se tumbaron sobre la hierba verde y cenaron de las provisiones de Sancho. Después Sancho hizo un látigo fuerte y flexible con el cabestro y la jáquima del rucio. Y se alejó hasta unos veinte pasos de su amo, entre unas hayas. Don Quijote lo vio ir con valor y con energía, y le dijo:

—Mira, amigo, no te hagas pedazos. Deja que entre unos azotes y otros pase un poco de tiempo. No quieras correr tan deprisa que te falte el aliento en mitad de la carrera. Quiero decir que no te des tan fuerte que te falte la vida antes de llegar al número deseado. Y para que no pierdas por carta de más ni de menos, yo contaré los azotes desde aparte. Los contaré con este rosario mío. Que el cielo te ayude como merece tu buena intención.

—Al buen pagador no le duelen prendas —respondió Sancho—. Pienso darme de manera que me duela, pero sin matarme. En eso debe de estar la sustancia de este milagro.

Enseguida se desnudó de la cintura para arriba. Cogió el cordel y empezó a darse, y don Quijote empezó a contar los azotes.

Sancho se habría dado unos seis u ocho cuando le pareció pesada la broma y muy barato su precio. Se paró un poco y le dijo a su amo que se sentía engañado. Porque cada uno de aquellos azotes merecía pagarse a medio real, y no a cuartillo.

—Sigue, Sancho amigo, y no te desanimes —le dijo don Quijote—, que yo doblo el precio.

—De ese modo —dijo Sancho—, ¡a la mano de Dios, y que lluevan azotes!

Pero el socarrón dejó de dárselos en la espalda y empezó a dárselos a los árboles. De vez en cuando daba unos suspiros, y parecía que con cada uno se le arrancaba el alma. Don Quijote tenía el alma tierna. Tenía miedo de que a Sancho se le acabara la vida. Y temía no conseguir su deseo por la imprudencia de Sancho. Así que le dijo:

—Por tu vida, amigo, que este asunto se quede aquí. Esta medicina me parece muy dura, y será bueno dar tiempo al tiempo. Que no se ganó Zamora en una hora. Si no he contado mal, te has dado más de mil azotes. Bastan por ahora. Porque el asno, hablando de manera grosera, sufre la carga, pero no la sobrecarga.

—No, no, señor —respondió Sancho—. No se dirá de mí aquello de «a dineros pagados, brazos quebrados». Apártese vuestra merced otro poco y déjeme darme por lo menos otros mil azotes. Con dos tandas como estas habremos terminado esta cuenta, y aún nos sobrará ropa.

—Pues tienes tan buena disposición —dijo don Quijote—, que el cielo te ayude. Pégate, que yo me aparto.

Sancho volvió a su tarea con tanto valor que ya había quitado la corteza a muchos árboles. ¡Con tanta fuerza se azotaba! Una vez levantó la voz y dio un azote tremendo a una haya. Y dijo:

—¡Aquí morirás, Sansón, y cuantos con él son!

Don Quijote acudió enseguida al oír aquella voz de dolor y el golpe del duro azote. Agarró el cabestro retorcido que le servía a Sancho de látigo y le dijo:

—No permita la suerte, Sancho amigo, que tú pierdas la vida por darme gusto a mí. Tu vida tiene que servir para mantener a tu mujer y a tus hijos. Que Dulcinea espere una ocasión mejor. Yo me quedaré dentro de los límites de la esperanza cercana. Esperaré a que recobres nuevas fuerzas, para terminar este asunto a gusto de todos.

—Pues vuestra merced, señor mío, lo quiere así —respondió Sancho—, sea en buena hora. Écheme su capa sobre la espalda, que estoy sudando y no quisiera resfriarme. Los nuevos disciplinantes corren este peligro.

Así lo hizo don Quijote. Se quedó sin la capa, en ropa ligera, y abrigó con ella a Sancho. Sancho durmió hasta que lo despertó el sol. Luego siguieron su camino, y por entonces lo terminaron en un pueblo que estaba a tres leguas de allí. Se bajaron en un mesón. Don Quijote lo reconoció como mesón, y no como castillo con foso profundo, torres, rastrillos y puente levadizo. Porque, desde que lo vencieron, pensaba con más juicio en todas las cosas, como ahora se dirá. Lo alojaron en una sala baja. Las paredes no tenían cueros adornados, sino unas telas viejas pintadas, como se usan en las aldeas. En una de ellas estaba pintado, y muy mal, el robo de Elena. Era el momento en que el atrevido huésped se la robó a Menalao. En otra estaba la historia de Dido y de Eneas. Ella estaba sobre una torre alta, y parecía hacer señas con media sábana al huésped que huía. Él se iba huyendo por el mar, en una fragata o bergantín.

En las dos historias se notaba que Elena no se iba de muy mala gana, porque se reía a escondidas y con picardía. Pero la hermosa Dido parecía echar por los ojos lágrimas del tamaño de nueces. Al ver esto, don Quijote dijo:

—Estas dos señoras fueron desdichadísimas por no haber nacido en esta época. Y yo soy el más desdichado de todos por no haber nacido en la suya. Si yo me hubiera encontrado con esos señores, Troya no habría ardido ni Cartago habría sido destruida. Porque con solo matar yo a Paris se habrían evitado tantas desgracias.

—Yo apuesto —dijo Sancho— que dentro de poco la historia de nuestras hazañas estará pintada en todas partes. No habrá taberna, venta, mesón ni tienda de barbero sin ella. Pero querría que la pintaran las manos de un pintor mejor que el que ha pintado a estas.

—Tienes razón, Sancho —dijo don Quijote—, porque este pintor es como Orbaneja, un pintor que había en Úbeda. Cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: «Lo que saliere». Y si por casualidad pintaba un gallo, escribía debajo: «Este es gallo», para que no pensaran que era un zorro. Así me parece a mí, Sancho, que debe de ser el pintor o escritor, que todo es uno. Hablo del que sacó a la luz la historia de este nuevo don Quijote que ha salido. Pintó o escribió lo que saliere. O habrá sido como un poeta llamado Mauleón, que andaba hace unos años por la corte. Este respondía enseguida a todo lo que le preguntaban. Una vez, uno le preguntó qué quería decir *Deum de Deo*, y él respondió: «Dé donde diere». Pero, dejando esto aparte, dime, Sancho: ¿piensas darte otra tanda esta noche? ¿Y quieres que sea bajo techo o al cielo abierto?

—¡Pardiez, señor! —respondió Sancho—. Para lo que yo pienso darme, me da lo mismo en casa que en el campo. Pero, con todo eso, querría que fuera entre árboles. Parece que me acompañan y me ayudan a llevar mi trabajo de maravilla.

—Pues no será así, Sancho amigo —respondió don Quijote—. Para que recobres fuerzas, lo vamos a guardar para nuestra aldea. Llegaremos allí, como muy tarde, después de mañana.

Sancho respondió que hiciera lo que quisiera. Pero él quería terminar pronto aquel asunto, con la sangre caliente y cuando estaba picado el molino. Porque en la tardanza suele estar muchas veces el peligro. Y dijo también: «a Dios rogando y con el mazo dando». Y que más valía un «toma» que dos «te daré», y el pájaro en la mano que el buitre volando.

—¡No más refranes, Sancho, por un solo Dios! —dijo don Quijote—. Parece que vuelves al *sicut erat*. Habla de manera llana, sencilla y nada complicada, como muchas veces te he dicho. Y verás cómo ganas ciento por uno.

—No sé qué mala suerte es esta mía —respondió Sancho—, que no sé decir una razón sin un refrán, ni hay refrán que no me parezca razón. Pero me corregiré, si puedo.

Y con esto, terminó por entonces su conversación.

### Glosario

- **ardite**: moneda antigua de muy poco valor; «no me dan ni un ardite» quiere decir que no le dan nada.
- **el abad, de donde canta, yanta**: refrán: cada uno debe vivir de su trabajo (el abad come de lo que gana cantando en la iglesia).
- **de bóbilis, bóbilis**: gratis, sin trabajo y sin pagar nada.
- **gratis data**: palabras en latín: regalo que Dios da gratis, sin que uno lo gane.
- **Potosí**: lugar de América famoso por sus minas de plata, muy ricas.
- **no se toman truchas...**: parte del refrán «no se toman truchas a bragas enjutas»: para conseguir algo, hay que sufrir o mojarse.
- **disciplina / disciplinantes**: castigo de azotes que alguien se da a sí mismo / personas que se dan esos azotes.
- **por carta de más ni de menos**: como en el juego de cartas: ni por tener de más ni por tener de menos.
- **a dineros pagados, brazos quebrados**: refrán: cuando alguien ya ha cobrado, trabaja mal o deja de trabajar.
- **¡Aquí morirás, Sansón, y cuantos con él son!**: frase popular, basada en la historia de Sansón en la Biblia, que murió junto con sus enemigos.
- **Deum de Deo**: palabras en latín de una oración: «Dios de Dios»; Mauleón las entiende como «dé donde diere».
- **sicut erat**: palabras en latín: «como era»; aquí, volver a las costumbres de antes.
- **cuando estaba picado el molino**: cuando todo estaba preparado y con ganas de hacerlo.
- **untar las manos**: pagar a alguien, darle dinero.
- **azote / azotar(se)**: golpe con un látigo / golpear(se) con un látigo.
- **látigo**: cuerda o correa para golpear.
- **rucio**: el burro de Sancho.
- **recobrar**: volver a tener algo que se había perdido.
- **refrán**: frase popular y corta que da un consejo.
- **pellizco**: apretón de la piel con dos dedos, que hace daño.
- **alfilerazo**: pinchazo con un alfiler, una aguja pequeña.
- **martirio**: dolor o sufrimiento muy grande.

## Capítulo LXXII. De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea

Don Quijote y Sancho pasaron todo aquel día en aquel lugar y en el mesón, esperando la noche. Sancho esperaba la noche para terminar sus azotes en el campo abierto. Don Quijote la esperaba para ver el final de ellos, porque de ese final dependía el de su deseo. En ese momento llegó al mesón un viajero a caballo, con tres o cuatro criados. Uno de ellos le dijo al que parecía su señor:

—Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta. La posada parece limpia y fresca.

Al oír esto, don Quijote le dijo a Sancho:

—Mira, Sancho: yo miré las páginas de aquel libro de la segunda parte de mi historia. Me parece que allí vi, de pasada, este nombre de don Álvaro Tarfe.

—Bien puede ser —respondió Sancho—. Dejemos que baje del caballo, y después se lo preguntaremos.

El caballero bajó del caballo. La dueña del mesón le dio una sala en el piso bajo, enfrente de la habitación de don Quijote. La sala estaba adornada con telas pintadas, como las que había en la habitación de don Quijote. El caballero recién llegado se puso ropa ligera de verano. Luego salió al portal del mesón, que era amplio y fresco. Por allí se paseaba don Quijote, y el caballero le preguntó:

—¿Adónde va vuestra merced, señor gentilhombre?

Y don Quijote le respondió:

—A una aldea que está aquí cerca, que es mi tierra. Y vuestra merced, ¿adónde va?

—Yo, señor —respondió el caballero—, voy a Granada, que es mi patria.

—¡Y buena patria! —contestó don Quijote—. Pero dígame vuestra merced su nombre, por cortesía. Porque me parece que saberlo me va a importar más de lo que puedo explicar.

—Mi nombre es don Álvaro Tarfe —respondió el huésped.

Y don Quijote le contestó:

—Sin ninguna duda, pienso que vuestra merced debe de ser aquel don Álvaro Tarfe que aparece en un libro. Es la «Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha». Un autor moderno la ha impreso y publicado hace poco.

—El mismo soy —respondió el caballero—. Y ese don Quijote, el personaje principal de esa historia, fue un gran amigo mío. Yo fui el que lo sacó de su tierra. O, por lo menos, yo lo convencí para venir a unas justas que se hacían en Zaragoza, adonde yo iba. Y de verdad, de verdad, le hice muchos favores. Él era demasiado atrevido, y por eso el verdugo le iba a azotar la espalda. Yo lo libré de eso.

—Y dígame vuestra merced, señor don Álvaro: ¿me parezco yo en algo a ese don Quijote del que habla?

—No, por cierto —respondió el huésped—. De ninguna manera.

—Y ese don Quijote —dijo nuestro don Quijote—, ¿llevaba con él a un escudero llamado Sancho Panza?

—Sí, lo llevaba —respondió don Álvaro—. Y aunque tenía fama de ser muy gracioso, nunca le oí decir una gracia que de verdad tuviera gracia.

—Eso lo creo yo muy bien —dijo entonces Sancho—, porque decir gracias no es para todos. Y ese Sancho del que habla vuestra merced, señor gentilhombre, debe de ser un gran bellaco. Debe de ser soso y ladrón a la vez. Porque el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que gotas tiene la lluvia. Y si no, haga vuestra merced la prueba. Ande detrás de mí por lo menos un año, y verá que se me caen las gracias a cada paso. Son tales y tantas que hago reír a todos los que me escuchan. Y la mayoría de las veces ni siquiera sé lo que digo. Y el verdadero don Quijote de la Mancha es este señor que está aquí, que es mi amo. Él es el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el que deshace agravios. Él es el protector de los niños sin padres y de los huérfanos. Es el amparo de las viudas, el matador de las doncellas. Él es el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso. Cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es una burla y cosa de sueño.

—¡Por Dios que lo creo! —respondió don Álvaro—. Porque vos, amigo, en cuatro frases habéis dicho más gracias que el otro Sancho Panza en todas las suyas. Y yo le oí hablar mucho. Aquel tenía más de comilón que de buen hablador, y más de tonto que de gracioso. Y estoy seguro de esto. Los encantadores que persiguen a don Quijote el bueno han querido perseguirme a mí con don Quijote el malo. Pero no sé qué decir. Me atrevería a jurar que lo dejé en la casa del Nuncio, en Toledo, para que lo curen. Y ahora aparece aquí otro don Quijote, aunque muy diferente del mío.

—Yo —dijo don Quijote— no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo. Para probarlo, quiero que sepa vuestra merced, mi señor don Álvaro Tarfe, una cosa. En todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza. Al contrario: me dijeron que ese don Quijote fantástico había estado en las justas de esa ciudad. Por eso no quise entrar en ella, para mostrar su mentira delante de todo el mundo. Y así, me fui directamente a Barcelona. Barcelona es archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres y patria de los valientes. Es venganza de los ofendidos y lugar de firmes y agradables amistades. Y por su sitio y su belleza, es única. Allí me pasaron cosas que no me dieron mucho gusto, sino mucha pena. Pero, aunque fue así, las llevo sin pena, solo por haber visto esa ciudad. Finalmente, señor don Álvaro Tarfe, yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo del que habla la fama. No soy ese desgraciado que ha querido robar mi nombre y honrarse con mis pensamientos. Le suplico a vuestra merced, por su deber de caballero, que haga una declaración ante el alcalde de este lugar. Le pido que diga en ella que no me ha visto en todos los días de su vida hasta ahora. También le pido que diga que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte. Y que este Sancho Panza, mi escudero, no es aquel que vuestra merced conoció.

—Eso haré con mucho gusto —respondió don Álvaro—. Pero causa asombro ver a la vez dos don Quijotes y dos Sanchos. Son tan iguales en los nombres como diferentes en las acciones. Y lo vuelvo a decir y lo afirmo. No he visto lo que he visto, ni me ha pasado lo que me ha pasado.

—Sin duda —dijo Sancho—, vuestra merced debe de estar encantado, como mi señora Dulcinea del Toboso. ¡Ojalá el desencanto de vuestra merced dependiera de darme otros tres mil y pico azotes! Yo me los daría, como los que me doy por ella, sin pedir nada a cambio.

—No entiendo eso de los azotes —dijo don Álvaro.

Y Sancho le respondió que era largo de contar. Pero le dijo que se lo contaría si por casualidad iban por el mismo camino.

Entonces llegó la hora de comer, y don Quijote y don Álvaro comieron juntos. Por casualidad, entró en el mesón el alcalde del pueblo con un escribano. Don Quijote le presentó al alcalde una petición. En ella decía que, para defender su derecho, necesitaba una declaración de don Álvaro Tarfe. Era aquel caballero que estaba allí presente. Don Álvaro debía declarar ante el alcalde que no conocía a don Quijote de la Mancha. Don Quijote también estaba allí presente. También debía declarar que este no era el don Quijote de una historia impresa. La historia se titulaba «Segunda parte de don Quijote de la Mancha». La había escrito un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas.

Finalmente, el alcalde lo decidió todo según la ley. La declaración se hizo con todas las formalidades necesarias en esos casos. Con esto, don Quijote y Sancho quedaron muy alegres, como si aquella declaración les importara mucho. Y eso que sus obras y palabras mostraban claramente la diferencia entre los dos don Quijotes y los dos Sanchos.

Don Álvaro y don Quijote se dijeron muchas cortesías y se ofrecieron muchos favores. Con ellas, el gran manchego mostró su buen juicio. Así sacó a don Álvaro Tarfe del error en que estaba. Don Álvaro pensó que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano a dos don Quijotes tan contrarios.

Llegó la tarde, y se marcharon de aquel lugar. A una media legua, el camino se dividía en dos. Uno llevaba a la aldea de don Quijote, y el otro era el que debía seguir don Álvaro. En ese poco tiempo, don Quijote le contó la desgracia de su derrota. También le contó el encantamiento de Dulcinea y su remedio. Todo esto llenó otra vez de asombro a don Álvaro. Este abrazó a don Quijote y a Sancho y siguió su camino, y don Quijote siguió el suyo. Aquella noche don Quijote la pasó entre otros árboles, para dar a Sancho la ocasión de cumplir su penitencia. Sancho la cumplió del mismo modo que la noche anterior. Los azotes los pagaron las cortezas de las hayas, mucho más que su espalda. Sancho cuidó tanto su espalda que los azotes no le habrían quitado ni una mosca, aunque la hubiera tenido encima.

El engañado don Quijote no perdió la cuenta de un solo golpe. Y contando los de la noche anterior, vio que eran tres mil veintinueve. Parece que el sol se había levantado temprano para ver el sacrificio. Con su luz, siguieron su camino. Los dos hablaban del engaño de don Álvaro. También comentaban qué buena idea había sido tomar su declaración ante la justicia, y de una forma tan oficial.

Aquel día y aquella noche caminaron sin que les pasara nada digno de contarse. Solo pasó que esa noche Sancho terminó su tarea. Don Quijote quedó muy contento con ello, y esperaba que llegara el día. Quería ver si encontraba por el camino a su señora Dulcinea, ya desencantada. Y mientras seguían su camino, no encontraba a ninguna mujer sin acercarse a ver si era Dulcinea del Toboso. Estaba seguro de que las promesas de Merlín no podían mentir.

Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta. Desde arriba vieron su aldea. Al verla, Sancho se puso de rodillas y dijo:

—Abre los ojos, deseada patria. Mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también a tu hijo don Quijote. Si viene vencido por los brazos de otro, viene vencedor de sí mismo. Y, según él me ha dicho, esa es la mayor victoria que se puede desear. Dinero traigo, porque «si buenos azotes me daban, bien caballero me iba».

—Déjate de esas tonterías —dijo don Quijote—, y vamos a entrar con el pie derecho en nuestro pueblo. Allí daremos libertad a nuestras imaginaciones. Y allí prepararemos el plan de la vida de pastores que pensamos llevar.

Con esto, bajaron la cuesta y se fueron a su pueblo.

### Glosario

- **mesón**: casa en el camino donde los viajeros comen y duermen.
- **gentilhombre**: hombre noble y educado; forma cortés de llamar a un caballero.
- **justas**: fiestas en las que los caballeros luchan a caballo con lanzas.
- **verdugo**: hombre que castiga a los presos por orden de la justicia.
- **la casa del Nuncio**: casa de Toledo donde se cuidaba a los locos.
- **el matador de las doncellas**: Sancho se equivoca: quiere decir que su amo defiende a las doncellas, no que las mata.
- **alcalde / escribano**: persona que gobierna un pueblo / hombre que escribe documentos oficiales.
- **haya**: árbol grande del campo.
- **«si buenos azotes me daban, bien caballero me iba»**: refrán: dice que algo bueno costó mucho dolor; Sancho trae dinero, pero lo ha pagado con azotes.
- **entrar con el pie derecho**: empezar algo con buena suerte.

## Capítulo LXXIII. De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia

Según dice Cide Hamete, a la entrada del pueblo don Quijote vio a dos muchachos que se peleaban en las eras del lugar. Uno de ellos le dijo al otro:

—No te canses, Periquillo, que no la vas a ver en todos los días de tu vida.

Don Quijote lo oyó y le dijo a Sancho:

—¿No te das cuenta, amigo, de lo que ha dicho aquel muchacho? «No la vas a ver en todos los días de tu vida».

—Pues bien, ¿qué importa que el muchacho haya dicho eso? —respondió Sancho.

—¿Cómo que qué importa? —contestó don Quijote—. ¿No ves que, si aplico esas palabras a lo que yo pienso, quieren decir que no voy a ver más a Dulcinea?

Sancho quería responderle, pero no pudo, porque vio una liebre que venía huyendo por aquel campo. La seguían muchos galgos y cazadores. La liebre, llena de miedo, vino a esconderse y a encogerse debajo de las patas del rucio. Sancho la cogió con la mano sin ninguna dificultad y se la dio a don Quijote. Don Quijote estaba diciendo:

—Malum signum! Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: ¡Dulcinea no aparece!

—Vuestra merced es extraño —dijo Sancho—. Supongamos que esta liebre es Dulcinea del Toboso. Y supongamos que estos galgos que la persiguen son los malandrines encantadores que la transformaron en labradora. Ella huye, yo la cojo y la pongo en manos de vuestra merced. Y vuestra merced la tiene en sus brazos y la acaricia. ¿Qué mala señal es esta? ¿Qué mal agüero se puede sacar de aquí?

Los dos muchachos de la pelea se acercaron a ver la liebre. Sancho le preguntó a uno de ellos por qué se peleaban. Le respondió el que había dicho «no la verás más en toda tu vida». Explicó que él le había quitado al otro muchacho una jaula de grillos. Y no pensaba devolvérsela en toda su vida. Sancho sacó cuatro cuartos del bolsillo y se los dio al muchacho por la jaula. Después se la puso en las manos a don Quijote, y le dijo:

—Aquí tiene, señor, rotos y deshechos estos agüeros. Según yo imagino, aunque soy tonto, tienen tanto que ver con nuestras cosas como las nubes del año pasado. Fijarse en estas niñerías no es de personas cristianas ni discretas. Si no recuerdo mal, eso se lo he oído decir al cura de nuestro pueblo. Y hasta vuestra merced mismo me lo dijo hace unos días. Me dio a entender que eran tontos todos los cristianos que se fijaban en agüeros. Y no hace falta insistir más en esto. Sigamos adelante y entremos en nuestra aldea.

Llegaron los cazadores y pidieron su liebre, y don Quijote se la dio. Siguieron adelante. A la entrada del pueblo encontraron al cura y al bachiller Carrasco, que rezaban en un pequeño prado. Hay que saber una cosa. Sancho Panza había echado una túnica sobre el rucio y sobre el bulto de las armas, para que sirviera de manta de adorno. Era la túnica de bocací pintada con llamas de fuego. Se la habían puesto en el castillo del duque, la noche en que Altisidora volvió en sí. Sancho también le había colocado al burro la coroza en la cabeza. Fue la transformación y el adorno más nuevos que se vieron jamás en un burro en el mundo.

El cura y el bachiller los reconocieron enseguida y fueron hacia ellos con los brazos abiertos. Don Quijote bajó del caballo y los abrazó con fuerza. Los muchachos, que tienen ojos de lince y lo ven todo, vieron la coroza del burro. Vinieron corriendo a verlo, y se decían unos a otros:

—¡Venid, muchachos, y veréis el asno de Sancho Panza, más galán que Mingo! ¡Y la bestia de don Quijote, más flaca hoy que el primer día!

Finalmente, rodeados de muchachos y acompañados por el cura y el bachiller, entraron en el pueblo. Fueron a la casa de don Quijote, y en la puerta encontraron al ama y a la sobrina. A ellas ya les había llegado la noticia de su vuelta. La misma noticia le había llegado a Teresa Panza, la mujer de Sancho. Teresa vino a ver a su marido despeinada y medio desnuda, y traía de la mano a Sanchica, su hija. Vio que Sancho no venía tan bien vestido como ella pensaba que debía ir un gobernador, y le dijo:

—¿Cómo venís así, marido mío? Me parece que venís a pie y con los pies destrozados. Más parecéis un desgobernado que un gobernador.

—Calla, Teresa —respondió Sancho—, que muchas veces «donde hay estacas no hay tocinos». Vámonos a nuestra casa, que allí oirás maravillas. Traigo dinero, que es lo que importa. Y lo he ganado con mi esfuerzo y sin hacer daño a nadie.

—Traed vos dinero, mi buen marido —dijo Teresa—, y da igual si lo habéis ganado por aquí o por allí. Porque, lo hayáis ganado como lo hayáis ganado, no habréis empezado ninguna costumbre nueva en el mundo.

Sanchica abrazó a su padre y le preguntó si le traía algo, porque lo estaba esperando como el agua de mayo. Sanchica lo agarró de un lado del cinturón, y Teresa de la mano, mientras la hija tiraba del rucio. Así se fueron a su casa. Dejaron a don Quijote en la suya, en manos de su sobrina y de su ama, y en compañía del cura y del bachiller.

Don Quijote no respetó formas ni horas. En aquel mismo momento se apartó a solas con el bachiller y el cura. En pocas palabras, les contó su derrota y la obligación que tenía de no salir de su aldea en un año. Pensaba cumplirla al pie de la letra, sin saltársela ni un poco. Así lo haría como caballero andante, obligado por la exactitud y el orden de la andante caballería. Les dijo que pensaba hacerse pastor aquel año y pasar el tiempo en la soledad de los campos. Allí podría dar total libertad a sus pensamientos de amor, en la vida pastoril y virtuosa. Y les suplicó que fueran sus compañeros, si no tenían mucho que hacer y no los ocupaban negocios más importantes. Él compraría ovejas y el ganado suficiente para que pudieran llamarse pastores. Les hizo saber que lo más importante de aquel negocio ya estaba hecho, porque ya les había puesto los nombres. Y esos nombres les irían perfectos. El cura le pidió que se los dijera. Don Quijote respondió que él se llamaría el pastor Quijotiz, y el bachiller, el pastor Carrascón. El cura sería el pastor Curambro, y Sancho Panza, el pastor Pancino.

Todos se quedaron asombrados al ver la nueva locura de don Quijote. Pero, para que no se les fuera otra vez del pueblo detrás de sus caballerías, aceptaron su nueva idea. Tenían la esperanza de que en aquel año se pudiera curar. Aprobaron su locura como si fuera algo discreto, y se ofrecieron a ser sus compañeros en aquella vida.

—Y además —dijo Sansón Carrasco—, como ya sabe todo el mundo, yo soy un celebérrimo poeta. A cada paso compondré versos de pastores, o de la corte, o lo que mejor me venga. Así nos entretendremos por esos lugares apartados por donde vamos a andar. Y lo que más hace falta, señores míos, es esto: que cada uno elija el nombre de una pastora. Será la pastora que piensa celebrar en sus versos. Y no debemos dejar ningún árbol, por duro que sea, sin escribir y grabar en él su nombre. Así lo hacen siempre los pastores enamorados.

—Eso viene perfecto —respondió don Quijote—, aunque yo no tengo que buscar el nombre de una pastora inventada. Porque ahí está la sin par Dulcinea del Toboso. Ella es gloria de estas riberas, adorno de estos prados, sustento de la hermosura, nata de los donaires. Ella es, en fin, la persona a quien se puede dar toda alabanza, por exagerada que sea.

—Así es —dijo el cura—, pero nosotros buscaremos por ahí pastoras mañeruelas, que si no nos cuadran, nos esquinen.

Y Sansón Carrasco añadió:

—Y si nos faltan pastoras, les daremos los nombres de las pastoras de los libros impresos, que llenan el mundo. Hay muchas: Fílidas, Amarilis, Dianas, Fléridas, Galateas y Belisardas. Ya que las venden en las plazas, bien podemos comprarlas nosotros y tenerlas por nuestras. Si mi dama, o mejor dicho, mi pastora, se llama por casualidad Ana, la celebraré con el nombre de Anarda. Si se llama Francisca, la llamaré Francenia; y si se llama Lucía, Lucinda, que todo viene a ser lo mismo. Y Sancho Panza, si va a entrar en esta cofradía, podrá celebrar a su mujer, Teresa Panza, con el nombre de Teresaina.

Don Quijote se rió de cómo Sansón había adaptado aquel nombre. El cura alabó muchísimo la honesta y honrada decisión de don Quijote. Y se ofreció otra vez a acompañarlo todo el tiempo que le dejaran libre sus obligaciones. Con esto se despidieron de él. Le rogaron y le aconsejaron que cuidara su salud y que se tratara bien con buena comida.

Quiso la suerte que la sobrina y el ama oyeran la conversación de los tres. En cuanto el cura y el bachiller se fueron, las dos entraron a ver a don Quijote, y la sobrina le dijo:

—¿Qué es esto, señor tío? Nosotras pensábamos que vuestra merced volvía para quedarse en su casa y llevar en ella una vida tranquila y honrada. ¿Y ahora se quiere meter en nuevos laberintos, haciéndose «pastorcillo, tú que vienes, pastorcico, tú que vas»? Pues de verdad que ya está duro el alcacel para zampoñas.

Y el ama añadió:

—¿Y podrá vuestra merced aguantar en el campo las siestas del verano, el frío húmedo de las noches de invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, porque ese es trabajo y oficio de hombres fuertes y curtidos. Son hombres criados para ese oficio casi desde que llevaban pañales. Y, de dos males, es mejor ser caballero andante que pastor. Mire, señor, siga mi consejo. No se lo doy con la barriga llena de pan y vino, sino en ayunas, y con los cincuenta años que tengo. Quédese en su casa, cuide su hacienda, confiésese a menudo y ayude a los pobres. Y si le va mal, que la culpa caiga sobre mi alma.

—Callad, hijas —les respondió don Quijote—, que yo sé bien lo que me conviene. Llevadme a la cama, porque me parece que no estoy muy bien. Y estad seguras de una cosa. Ahora sea caballero andante o futuro pastor, siempre os ayudaré en lo que necesitéis. Ya lo veréis con los hechos.

Y las buenas hijas, que sin duda lo eran el ama y la sobrina, lo llevaron a la cama. Allí le dieron de comer y lo cuidaron todo lo posible.

### Glosario

- **agüero**: señal que, según algunos, anuncia algo bueno o malo.
- **eras**: terrenos planos junto al pueblo donde se limpia el trigo.
- **Malum signum**: palabras en latín: «mala señal».
- **galgo**: perro rápido que se usa para cazar liebres.
- **cuartos**: monedas antiguas de poco valor.
- **coroza**: gorro alto de papel que se ponía para castigar a alguien en público.
- **más galán que Mingo**: más elegante que Mingo, un pastor de unos versos antiguos famoso por ir muy bien vestido.
- **«donde hay estacas no hay tocinos»**: refrán: las cosas no siempre son lo que parecen.
- **como el agua de mayo**: con muchas ganas, como se espera la lluvia en primavera.
- **celebérrimo**: famosísimo.
- **mañeruelas / que si no nos cuadran, nos esquinen**: pastoras fáciles de tratar / juego de palabras: si no nos van bien, nos da igual.
- **ya está duro el alcacel para zampoñas**: refrán: ya es usted demasiado mayor para estas cosas.

## Capítulo LXXIV. De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte

Las cosas humanas no son eternas. Desde su principio van siempre a menos hasta llegar a su último fin, y sobre todo las vidas de los hombres. La vida de don Quijote no tenía ningún privilegio del cielo para detener su curso. Por eso llegó su fin cuando él menos lo pensaba. Pudo ser por la tristeza que le causaba verse vencido, o por voluntad del cielo, que así lo ordenaba. El caso es que le entró una fiebre que lo tuvo seis días en la cama. En esos días lo visitaron muchas veces sus amigos, el cura, el bachiller y el barbero. Y Sancho Panza, su buen escudero, no se apartaba de la cabecera de su cama.

Ellos creían que lo tenía así la pena de verse vencido. También creían que le dolía no ver cumplido su deseo: la libertad y el desencanto de Dulcinea. Por eso intentaban alegrarlo de todas las formas posibles. El bachiller le decía que se animara y se levantara para empezar su vida de pastor. Para esa vida ya tenía compuesta una égloga, mejor que todas las que había compuesto Sanazaro. También le dijo que ya había comprado con su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado. Uno se llamaba Barcino y el otro Butrón. Se los había vendido un ganadero del Quintanar. Pero ni por esto dejaba don Quijote sus tristezas.

Sus amigos llamaron al médico. El médico le tomó el pulso, y no le gustó mucho lo que encontró. Le dijo que, por si acaso, cuidara de la salud de su alma, porque la del cuerpo estaba en peligro. Don Quijote lo oyó con el ánimo tranquilo. Pero no lo oyeron así su ama, su sobrina y su escudero. Los tres empezaron a llorar con ternura, como si ya lo tuvieran muerto delante. El médico pensaba que las tristezas y los disgustos estaban acabando con él. Don Quijote pidió que lo dejaran solo, porque quería dormir un poco. Así lo hicieron, y él durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas. Durmió tanto que el ama y la sobrina pensaron que se iba a quedar en el sueño. Despertó después de ese tiempo y dijo con una gran voz:

—¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni las impiden los pecados de los hombres.

La sobrina escuchó con atención las palabras de su tío. Le parecieron más ordenadas que las que solía decir, por lo menos durante aquella enfermedad. Y le preguntó:

—¿Qué dice vuestra merced, señor? ¿Pasa algo nuevo? ¿Qué misericordias son esas, o qué pecados de los hombres?

—Las misericordias, sobrina —respondió don Quijote—, son las que Dios acaba de tener conmigo en este momento. Y, como dije, mis pecados no se las impiden. Ya tengo el juicio libre y claro, sin las sombras oscuras de la ignorancia. Esas sombras me las puso encima mi lectura amarga y continua de los odiosos libros de caballerías. Ya conozco sus disparates y sus engaños. Solo me pesa que este desengaño llega tan tarde que no me deja tiempo para compensarlo. Lo haría leyendo otros libros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de morir. Querría morir de tal modo que se entendiera que mi vida no fue tan mala como para dejar fama de loco. Porque, aunque lo he sido, no querría confirmar esta verdad con mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos: al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás, el barbero. Quiero confesarme y hacer mi testamento.

Pero la sobrina no tuvo que hacer ese trabajo, porque en ese momento entraron los tres. En cuanto don Quijote los vio, dijo:

—Dadme albricias, buenos señores: ya yo no soy don Quijote de la Mancha. Soy Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la enorme multitud de su familia. Ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería. Ya conozco mi necedad y el peligro en que me puso leerlas. Ya, por misericordia de Dios, he escarmentado en mi propia cabeza, y las odio.

Cuando los tres le oyeron decir esto, creyeron sin duda que le había entrado alguna locura nueva. Y Sansón le dijo:

—¿Ahora, señor don Quijote, sale vuestra merced con eso? ¿Ahora, que tenemos noticia de que la señora Dulcinea está desencantada? ¿Y ahora que estamos tan a punto de ser pastores, quiere vuestra merced hacerse ermitaño? ¡Íbamos a pasar la vida cantando, como unos príncipes! Calle, por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos.

—Los cuentos de hasta ahora —contestó don Quijote— han sido verdaderos para mi daño. Pero mi muerte, con ayuda del cielo, los volverá en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda prisa. Dejen las burlas aparte. Tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento. En momentos como este, el hombre no debe burlarse de su alma. Y así, les suplico que vayan por el escribano mientras el señor cura me confiesa.

Se miraron unos a otros, asombrados de las palabras de don Quijote. Aunque dudaban, quisieron creerle. Pensaron que se moría por varias señales. Una de ellas fue que había pasado con tanta facilidad de loco a cuerdo. Porque añadió muchas razones más, tan bien dichas, tan cristianas y tan ordenadas que les quitaron del todo la duda. Y creyeron que estaba cuerdo.

El cura hizo salir a la gente, se quedó solo con él y lo confesó.

El bachiller fue a buscar al escribano, y poco después volvió con él y con Sancho Panza. Sancho ya sabía por el bachiller cómo estaba su señor. Al encontrar al ama y a la sobrina llorando, empezó a hacer pucheros y a derramar lágrimas. Terminó la confesión, y el cura salió diciendo:

—Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno. Bien podemos entrar para que haga su testamento.

Estas noticias dieron un terrible empujón a los ojos del ama, de la sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero. Esos ojos ya estaban llenos de lágrimas. El empujón fue de tal manera que las lágrimas les reventaron de los ojos. Y del pecho les salieron mil suspiros profundos. Porque, de verdad, como ya se ha dicho alguna vez, él siempre fue de carácter tranquilo y de trato agradable. Lo fue mientras fue Alonso Quijano el Bueno, sin más, y también mientras fue don Quijote de la Mancha. Por eso lo querían no solo los de su casa, sino todos los que lo conocían.

El escribano entró con los demás. Don Quijote hizo el principio del testamento y puso en orden las cosas de su alma. Lo hizo con todos los detalles cristianos que hacen falta. Al llegar a las mandas, dijo:

—Ítem, hablo de cierto dinero que tiene Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero. Entre él y yo ha habido ciertas cuentas, y dares y tomares. Por eso es mi voluntad que no se le haga cargo de ese dinero ni se le pida ninguna cuenta. Si sobra algo después de pagarse lo que le debo, el resto será suyo. Será bien poco, y que le aproveche. Estando loco, yo ayudé a darle el gobierno de la ínsula. Ahora estoy cuerdo, y si pudiera darle el gobierno de un reino, se lo daría. Porque lo merecen la sencillez de su carácter y la fidelidad de su trato.

Y, volviéndose hacia Sancho, le dijo:

—Perdóname, amigo, porque te di ocasión de parecer loco como yo. Te hice caer en el error en que yo caí: creer que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

—¡Ay! —respondió Sancho, llorando—. No se muera vuestra merced, señor mío. Siga mi consejo y viva muchos años. Porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más. Nadie lo mata, y no lo acaban otras manos que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso: levántese de esa cama y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos acordado. Quizá detrás de alguna mata encontremos a la señora doña Dulcinea desencantada, y no haya más que ver. Si se muere de pena por verse vencido, écheme a mí la culpa. Diga que lo derribaron porque yo até mal la cincha de Rocinante. Además, vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías que es cosa normal. Unos caballeros derriban a otros, y el que hoy es vencido, mañana es vencedor.

—Así es —dijo Sansón—. El buen Sancho Panza dice toda la verdad sobre estos casos.

—Señores —dijo don Quijote—, vamos poco a poco, pues ya «en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño». Yo fui loco, y ya soy cuerdo. Fui don Quijote de la Mancha, y ahora soy, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Ojalá mi arrepentimiento y mi verdad me devuelvan la estima que vuestras mercedes me tenían. Y siga adelante el señor escribano.

»Ítem, dejo toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, mi sobrina, que está presente. Pero antes se sacará de lo mejor de ella lo necesario para cumplir las mandas que dejo hechas. Lo primero que quiero que se pague es el salario que debo a mi ama. Es el salario de todo el tiempo que me ha servido. Y además, quiero que se le den veinte ducados para un vestido. Dejo como albaceas al señor cura y al señor bachiller Sansón Carrasco, que están presentes.

»Ítem, hablo ahora de Antonia Quijana, mi sobrina. Si quiere casarse, es mi voluntad que se case con un hombre que no sepa qué son libros de caballerías. Antes habrá que averiguarlo bien. Puede ser que se descubra que lo sabe. Si aun así mi sobrina quiere casarse con él y se casa, perderá todo lo que le he dejado. Mis albaceas podrán repartirlo en obras de caridad, como ellos quieran.

»Ítem, suplico a estos señores, mis albaceas, una cosa. Dicen que un autor escribió una historia que anda por ahí. Tiene el título de «Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha». Si tienen la buena suerte de conocer a ese autor, pídanle de mi parte con todo el corazón que me perdone. Le di, sin pensarlo, la ocasión de escribir tantos y tan grandes disparates como escribe en ella. Porque me voy de esta vida con el escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.

Con esto cerró el testamento. Le dio un desmayo y se quedó tendido a lo largo de la cama. Todos se asustaron y corrieron a ayudarlo. Vivió tres días después del día en que hizo el testamento, y en ellos se desmayaba muy a menudo. La casa estaba alborotada. Pero, a pesar de todo, la sobrina comía, el ama brindaba y Sancho Panza se alegraba. Porque heredar algo borra o suaviza en el heredero el recuerdo de la pena que, con razón, deja el muerto.

Por fin llegó el último día de don Quijote. Antes había recibido todos los sacramentos. Y había condenado los libros de caballerías con muchas razones que convencían. El escribano estaba presente. Dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías una muerte como aquella. En ninguno moría un caballero andante en su cama tan tranquilo y tan cristiano como don Quijote. Entre la compasión y las lágrimas de los que estaban allí, don Quijote dio su espíritu: quiero decir que se murió.

Al ver esto, el cura pidió al escribano un testimonio. En él debía constar que había muerto Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha. Había pasado de esta vida y había muerto de forma natural. El cura pedía ese testimonio para que ningún otro autor, aparte de Cide Hamete Benengeli, lo resucitara falsamente. No quería que nadie escribiera historias interminables de sus hazañas.

Este fue el fin del Ingenioso Hidalgo de la Mancha. Cide Hamete no quiso decir exactamente cuál era su pueblo. Lo hizo para que todas las villas y lugares de la Mancha lucharan entre sí por él. Así cada uno querría tenerlo como hijo suyo. Lo mismo hicieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

Aquí no se cuentan los llantos de Sancho, de la sobrina y del ama de don Quijote. Tampoco se ponen los nuevos epitafios de su tumba, aunque Sansón Carrasco le puso este:

Yace aquí el Hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente, que se ve
que la muerte no ganó
a su vida con su muerte.
Tuvo en poco a todo el mundo;
fue el espantapájaros y el coco
del mundo, en tal momento,
que su buena suerte probó
morir cuerdo y vivir loco.

Y el prudentísimo Cide Hamete le dijo a su pluma:

—Aquí te quedarás, colgada de esta espetera y de este hilo de alambre, pluma mía. No sé si estás bien cortada o mal cortada. Aquí vivirás largos siglos, si algunos historiadores presumidos y malvados no te bajan para profanarte. Pero, antes de que lleguen a ti, puedes avisarles. Puedes decirles, de la mejor manera que puedas:

«¡Tate, tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada;
porque esta impresa, buen rey,
para mí estaba guardada.

»Para mí sola nació don Quijote, y yo para él. Él supo obrar y yo escribir. Solos los dos somos para en uno. Y esto es así aunque le pese al escritor falso de Tordesillas. Él se atrevió, o se atreverá, a escribir las hazañas de mi valiente caballero. Lo hizo con una pluma de avestruz, grosera y mal cortada. Porque esa no es carga para sus hombros ni tema para su ingenio frío. Si por casualidad llegas a conocerlo, avísale de esto. Que deje descansar en la tumba los huesos cansados y ya podridos de don Quijote. Que no quiera llevarlo a Castilla la Vieja, contra todas las leyes de la muerte. Que no lo saque de la tumba donde real y verdaderamente está tendido a lo largo. Ya no puede hacer una tercera jornada ni una nueva salida. Porque, para burlarse de tantas salidas como hicieron tantos caballeros andantes, bastan las dos que él hizo. Y esas dos salidas gustaron mucho a la gente que las conoció, en estos reinos y en los extranjeros».

»Y con esto cumplirás con tu deber de cristiana, dando buenos consejos a quien te quiere mal. Yo quedaré contento y orgulloso de haber sido el primero que disfrutó por completo del fruto de sus escritos. Así lo deseaba. Porque mi único deseo ha sido que los hombres odien las historias falsas y disparatadas de los libros de caballerías. Gracias a las de mi verdadero don Quijote, esas historias ya van tropezando. Y caerán del todo, sin duda alguna. Vale.

Fin

### Glosario

- **melancolía**: tristeza profunda que dura mucho tiempo.
- **égloga**: poema sobre la vida de los pastores.
- **albricias**: regalo que se da a quien trae una buena noticia.
- **escarmentado**: que ha aprendido de un error después de sufrir por él.
- **testamento / mandas / ítem**: documento donde una persona dice a quién deja sus cosas al morir / lo que deja a cada uno / palabra en latín que se usa para empezar cada punto («también»).
- **a puerta cerrada**: todo junto, con todo lo que hay dentro de la casa.
- **albaceas**: personas que hacen cumplir un testamento.
- **«en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño»**: refrán: las cosas del pasado ya no están en el presente; las cosas han cambiado.
- **brindaba**: levantaba el vaso y bebía deseando algo bueno.
- **epitafios**: textos que se escriben sobre la tumba de un muerto.
- **espetera**: tabla con ganchos de la cocina para colgar cosas.
- **somos para en uno**: estamos hechos el uno para el otro.
- **Vale**: palabra en latín para despedirse: «adiós».
