# Don Quijote de la Mancha. Primera parte (Edición B1)

*Miguel de Cervantes*

## Prólogo

Desocupado lector: puedes creerme sin que te lo jure. Me gustaría que este libro, hijo de mi mente, fuera el más hermoso, elegante e inteligente que se pueda imaginar. Pero no he podido ir contra la ley de la naturaleza. En ella, cada cosa produce algo parecido a sí misma. Mi ingenio es pobre y está mal cultivado, como una tierra seca. ¿Qué podía producir, entonces? Solo la historia de un hijo seco, arrugado y caprichoso. Es un hijo lleno de pensamientos raros que nadie había imaginado antes. Es lógico, porque nació en una cárcel. Allí viven todas las molestias y todos los ruidos tristes. Para que una mente dé frutos, ayudan mucho otras cosas. Ayudan la calma, un lugar tranquilo y la belleza de los campos. Ayudan también un cielo sereno, el ruido suave de las fuentes y la paz del espíritu. Con todo esto, hasta las musas más estériles dan frutos. Y esos frutos llenan el mundo de maravilla y de alegría.

A veces un padre tiene un hijo feo y sin ninguna gracia. Pero el amor le pone una venda en los ojos, y no ve sus defectos. Al contrario, los toma por cosas inteligentes y bonitas. Y se los cuenta a sus amigos como si fueran ocurrencias graciosas. Yo parezco el padre de don Quijote, pero en realidad soy su padrastro. Por eso no quiero hacer lo que hace todo el mundo. No voy a pedirte, casi con lágrimas en los ojos, como hacen otros, que perdones los defectos de este hijo mío. Tampoco te pediré que hagas como que no los ves, queridísimo lector. Tú no eres su pariente ni su amigo. Tienes tu propia alma en tu cuerpo y tu libre voluntad, como el mejor de todos. Estás en tu casa, donde eres el señor, como el rey con sus impuestos. Y conoces el dicho popular: «debajo de mi manto, al rey mato». Todo esto te deja libre de cualquier respeto y de cualquier obligación. Así que puedes decir de esta historia todo lo que te parezca. No tengas miedo: nadie te criticará si dices algo malo, ni te premiará si dices algo bueno.

Yo solo quería darte la historia limpia y sencilla, sin el adorno de un prólogo. Tampoco quería poner la larga lista de sonetos, epigramas y elogios que suelen ir al principio de los libros. Te diré por qué. Escribir la historia me costó algún trabajo. Pero nada me costó tanto como escribir este prólogo que estás leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribirlo. Y muchas veces la dejé, porque no sabía qué escribir. Un día estaba así, sin saber qué hacer. Tenía el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en la mesa y la mano en la mejilla. Pensaba qué podía decir. Entonces entró de repente un amigo mío, gracioso e inteligente. Me vio tan pensativo y me preguntó la causa. Yo no se la escondí. Le dije que pensaba en el prólogo para la historia de don Quijote. Le expliqué que ese prólogo me preocupaba tanto que ya no quería escribirlo. Y menos aún quería publicar las hazañas de un caballero tan noble.

— Porque, ¿cómo no voy a estar confundido? —le dije—. Me preocupa qué dirá el público, ese viejo juez que llaman el vulgo. Hace muchos años que duermo en el silencio del olvido. Y ahora salgo, con todos mis años a la espalda, con una historia seca como el esparto. Es una historia sin invención, de estilo pobre, con pocas ideas y sin nada de ciencia. No tiene notas en los márgenes ni comentarios al final del libro. Otros libros sí los tienen, aunque sean inventados y no religiosos. Están llenos de frases de Aristóteles, de Platón y de todo el montón de filósofos. Así los lectores se admiran y piensan que sus autores son hombres sabios y elocuentes. ¡Y qué decir cuando citan la Sagrada Escritura! La gente dirá que son como santo Tomás y otros doctores de la Iglesia. Y lo hacen con una habilidad muy curiosa. En una línea pintan a un enamorado de mala vida. Y en la siguiente hacen un pequeño sermón cristiano. ¡Da gusto oírlo o leerlo! Mi libro no tendrá nada de esto, porque no tengo nada que poner en el margen ni que comentar al final. Ni siquiera sé qué autores sigo, para ponerlos al principio, como hacen todos. Ellos los ponen por orden del abecedario, de la A a la Z. Empiezan con Aristóteles y terminan con Xenofonte, y con Zoílo o Zeuxis. Y eso que el uno hablaba mal de todos y el otro era pintor. Mi libro tampoco tendrá sonetos al principio. Por lo menos, no tendrá sonetos de duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas muy famosos. Es verdad que podría pedírselos a dos o tres amigos del oficio. Sé que me los darían. Y serían mejores que los de los poetas más conocidos de nuestra España. En fin, señor y amigo mío —continué—, he decidido una cosa. El señor don Quijote se quedará enterrado en sus archivos de la Mancha. Allí esperará hasta que el cielo le mande a alguien que le dé todo lo que le falta. Yo no me siento capaz de hacerlo, porque sé poco y he estudiado poco. Además, soy cómodo y perezoso por naturaleza. No me gusta andar buscando autores que digan lo que yo sé decir sin ellos. Por eso me encontrasteis tan pensativo y tan perdido en mis ideas, amigo. Ya habéis oído la causa, y es suficiente.

Mi amigo me escuchó. Luego se dio una palmada en la frente, se echó a reír con fuerza y me dijo:

— ¡Por Dios, hermano! Ahora descubro que me he equivocado todo este tiempo. Os conozco desde hace mucho. Y siempre os he tenido por un hombre inteligente y prudente en todo lo que hacéis. Pero ahora veo que estáis tan lejos de serlo como el cielo de la tierra. ¿Cómo es posible que cosas tan pequeñas y tan fáciles de arreglar os paren así? Tenéis un ingenio maduro, acostumbrado a vencer dificultades mucho mayores. De verdad, esto no viene de falta de habilidad. Viene de que os sobra pereza y os falta reflexión. ¿Queréis ver si digo la verdad? Pues escuchadme con atención. En un abrir y cerrar de ojos voy a deshacer todas vuestras dificultades. Y voy a arreglar todas las faltas que, según decís, os detienen y os dan miedo. Por ellas no queréis sacar a la luz la historia de vuestro famoso don Quijote. ¡Y él es luz y espejo de toda la caballería andante!

— Decidme —le contesté yo, después de oírle—: ¿cómo pensáis llenar el vacío de mi miedo? ¿Cómo vais a poner claridad en el caos de mi confusión?

Él respondió:

— Lo primero que os preocupa son los sonetos, epigramas o elogios para el principio. Queréis que sean de personas importantes y con títulos. Eso tiene fácil remedio. Vos mismo podéis trabajar un poco y escribirlos. Después los bautizáis y les ponéis el nombre que queráis. Podéis decir que son del Preste Juan de las Indias o del emperador de Trapisonda. Yo sé que, según dicen, fueron poetas famosos. Y si no lo fueron, quizá algunos pedantes y bachilleres os critiquen a vuestras espaldas. Puede que hablen mal de esta «verdad». Que no os importe nada, ni dos maravedís. Porque, aunque descubran la mentira, no os van a cortar la mano con que la escribisteis.

»Luego están las notas en los márgenes, con los libros y autores de donde sacáis frases y dichos. Para esto solo tenéis que poner algunas frases o latines en el momento adecuado. Deben ser frases que sepáis de memoria, o que os cueste poco buscar. Por ejemplo, si habláis de libertad y cautiverio, podéis poner:

Non bene pro toto libertas venditur auro.

(La libertad no se vende bien ni por todo el oro del mundo.)

»Y luego, en el margen, citáis a Horacio, o a quien lo dijo. Si habláis del poder de la muerte, ponéis enseguida:

Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas,
Regumque turres.

(La pálida muerte llama con el mismo pie a las casas de los pobres y a las torres de los reyes.)

»Si habláis de la amistad y del amor que Dios manda tener al enemigo, id directamente a la Sagrada Escritura. Podéis hacerlo con un poquito de cuidado. Poned, por lo menos, las palabras del mismo Dios: Ego autem dico vobis: diligite inimicos vestros (Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos). Si habláis de malos pensamientos, usad el Evangelio: De corde exeunt cogitationes malae (Del corazón salen los malos pensamientos). Si habláis de amigos que no son fieles, ahí tenéis a Catón. Él os dará sus dos versos:

Donec eris felix, multos numerabis amicos,
tempora si fuerint nubila, solus eris.

(Mientras seas feliz, tendrás muchos amigos; si llegan tiempos nublados, estarás solo.)

»Con estos latines y otros parecidos, por lo menos os tendrán por gramático. Y hoy en día eso da bastante honra y bastante provecho.

»Ahora vamos a las notas al final del libro. Las podéis hacer así, sin ningún peligro. Si nombráis a algún gigante en vuestro libro, que sea el gigante Golías. Eso no os cuesta casi nada, y ya tenéis una gran nota. Podéis poner: “El gigante Golías, o Goliat, fue un filisteo. El pastor David lo mató de una gran pedrada en el valle de Terebinto. Así se cuenta en el Libro de los Reyes, en el capítulo donde lo encontréis escrito”. Después, para parecer un hombre sabio en letras y en geografía, haced que en vuestra historia aparezca el río Tajo. Enseguida tendréis otra nota famosa. Podéis poner: “El río Tajo se llama así por un rey de las Españas. Nace en tal lugar y muere en el mar océano, besando los muros de la famosa ciudad de Lisboa. Y dicen que sus arenas son de oro, etc.”. Si habláis de ladrones, yo os contaré la historia de Caco, que me la sé de memoria. Si habláis de mujeres de mala vida, ahí está el obispo de Mondoñedo. Él os prestará a Lamia, Laida y Flora, y esa nota os dará mucha fama. Si habláis de personas crueles, Ovidio os dará a Medea. Si habláis de magos y hechiceras, Homero tiene a Calipso, y Virgilio a Circe. Si habláis de capitanes valientes, el mismo Julio César se os prestará a sí mismo en sus Comentarios. Y Plutarco os dará mil Alejandros. Si habláis de amores, basta con saber dos onzas de lengua toscana. Así encontraréis a León Hebreo, que os dará todo lo que necesitéis. Y si no queréis ir por tierras extranjeras, en vuestra casa tenéis a Fonseca. Su libro se llama Del amor de Dios. Allí está todo lo que vos, o el hombre más listo, podáis desear sobre ese tema. En resumen, solo tenéis que nombrar estos nombres o tocar estas historias en la vuestra. Dejad a mi cargo las notas del margen y del final. Os juro que os llenaré los márgenes. Y gastaré cuatro pliegos al final del libro.

»Vamos ahora a la lista de autores que tienen los otros libros y que al vuestro le falta. Esto tiene un remedio muy fácil. Solo tenéis que buscar un libro que los cite a todos, de la A a la Z, como vos decís. Y ese mismo abecedario lo ponéis en vuestro libro. Puede que se vea claramente la mentira, porque vos no necesitabais usar a esos autores. Pero no importa nada. Quizá alguien sea tan simple que crea que los habéis usado todos en vuestra historia sencilla. Y si no sirve para otra cosa, por lo menos esa larga lista dará autoridad al libro de repente. Además, nadie se pondrá a comprobar si los seguisteis o no, porque no le importa nada. Y, si lo pienso bien, vuestro libro no necesita nada de lo que decís que le falta. Todo él es una invectiva contra los libros de caballerías. Aristóteles nunca se acordó de esos libros, San Basilio no dijo nada de ellos y Cicerón no los conoció. Sus locuras inventadas no tienen nada que ver con la exactitud de la verdad. Tampoco tienen que ver con las observaciones de la astrología. No les importan las medidas de la geometría ni los argumentos de la retórica. Vuestro libro tampoco tiene que predicar a nadie, mezclando lo humano con lo divino. Esa clase de mezcla no la debe usar ninguna mente cristiana. Solo tiene que imitar bien la realidad mientras la escribe. Cuanto más perfecta sea la imitación, mejor será lo que se escriba. Esta obra vuestra solo quiere destruir la autoridad de los libros de caballerías. Quiere acabar con la fama que tienen en el mundo y entre la gente. Por eso no tenéis que andar mendigando frases de filósofos ni consejos de la Sagrada Escritura. Tampoco necesitáis fábulas de poetas, discursos de oradores o milagros de santos. Solo tenéis que escribir de manera sencilla, con palabras claras, honestas y bien colocadas. Así vuestras frases sonarán bien y serán alegres. Mostrad vuestra intención lo mejor que podáis. Haced entender vuestras ideas sin complicarlas ni oscurecerlas. Procurad también otra cosa. Al leer vuestra historia, el triste debe reír, y el alegre debe reír todavía más. El simple no debe aburrirse, y el inteligente debe admirar la invención. El serio no debe despreciarla, y el prudente debe alabarla. En fin, tened siempre un objetivo: derribar la máquina mal construida de estos libros de caballerías. Muchos los odian, pero muchos más los alaban. Si lo conseguís, no habréis conseguido poco.

Yo escuché en gran silencio lo que decía mi amigo. Sus razones se me quedaron tan grabadas que las acepté sin discutir. Y con ellas mismas quise hacer este prólogo. En él verás, amable lector, la inteligencia de mi amigo. Verás también mi buena suerte, porque encontré a tal consejero cuando más lo necesitaba. Y verás tu alivio, porque encuentras la historia del famoso don Quijote de la Mancha sincera y sin complicaciones. Todos los habitantes del campo de Montiel tienen la misma opinión de él. Dicen que fue el enamorado más casto y el caballero más valiente que se vio por allí en muchos años. No quiero dar demasiada importancia al favor que te hago. Es verdad que te presento a un caballero tan noble y tan honrado. Pero sí quiero que me agradezcas otra cosa: que vas a conocer al famoso Sancho Panza, su escudero. En mi opinión, en él te doy juntas todas las gracias de los escuderos. Son las gracias que están esparcidas en el montón de libros vanos de caballerías.

Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no me olvide. Vale.

### Glosario

- **Desocupado lector**: lector que tiene tiempo libre; así saluda el autor a quien lee su libro.
- **padrastro**: hombre casado con la madre de un niño, pero que no es su padre de verdad.
- **debajo de mi manto, al rey mato**: refrán: en mi casa y en mis pensamientos hago y digo lo que quiero.
- **epigramas**: poemas cortos e ingeniosos.
- **el vulgo**: la gente común, el público en general.
- **esparto**: planta seca y dura que se usa para hacer cuerdas y cestos.
- **maravedís**: monedas antiguas de muy poco valor.
- **pliegos**: hojas grandes de papel.
- **invectiva**: texto que ataca y critica algo con fuerza.
- **Vale**: palabra latina para despedirse: "adiós", "que estés bien".
- **arrugado**: con la piel llena de pliegues, como una fruta seca.
- **elocuentes**: que hablan y escriben muy bien y convencen.
- **marqueses**: nobles con un título algo menor que el de duque.
- **bautizáis**: de bautizar: aquí, dar un nombre a algo.
- **abecedario**: lista ordenada por las letras de la A a la Z.
- **toto**: palabra latina: «todo».
- **aequo**: palabra latina: «igual».
- **eris**: palabra latina: «serás».

## Capítulo I. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo vivía un hidalgo. Era de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Comía una olla con algo más de carne de vaca que de carnero. Casi todas las noches cenaba salpicón. Los sábados comía duelos y quebrantos, y los viernes, lentejas. Los domingos, además, tomaba algún palomino. En todo esto se le iban las tres cuartas partes de lo que tenía. El resto lo gastaba en ropa: un sayo de velarte y, para las fiestas, unas calzas de terciopelo con zapatillas de lo mismo. Los días de entre semana se vestía con orgullo con su vellorí de lo más fino. En su casa vivían un ama de más de cuarenta años y una sobrina que no llegaba a los veinte. También tenía un mozo de campo y plaza. Este mozo lo mismo ensillaba el rocín que cogía la podadera. Nuestro hidalgo tenía casi cincuenta años. Era fuerte, muy delgado y de cara seca. Se levantaba muy temprano y le gustaba mucho la caza. Algunos dicen que su apellido era Quijada, o Quesada. En esto no están de acuerdo los autores que escriben sobre este caso. Pero hay buenas razones para pensar que se llamaba Quejana. Esto importa poco para nuestro cuento. Basta con que, al contarlo, no nos apartemos nada de la verdad.

Hay que saber que este hidalgo, en sus ratos libres, leía libros de caballerías. Y tenía ratos libres casi todo el año. Leía con tanta pasión y tanto gusto que olvidó casi por completo la caza. Olvidó incluso cuidar de sus tierras y de sus bienes. Su curiosidad y su locura llegaron a tal punto que vendió muchas hanegas de tierra de cultivo. Con ese dinero compraba libros de caballerías para leer. Así llevó a su casa todos los que pudo conseguir. De todos ellos, ninguno le parecía tan bueno como los del famoso Feliciano de Silva. Era porque la claridad de su prosa y sus frases tan complicadas le parecían maravillosas. Le gustaban sobre todo sus frases de amor y sus cartas de desafío. En muchas de ellas encontraba cosas como esta: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también, cuando leía: «...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».

Con estas frases el pobre caballero perdía el juicio. No dormía por las noches, intentando entenderlas y sacarles el sentido. Pero no se lo habría sacado ni el mismo Aristóteles, aunque resucitara solo para eso. No le gustaban mucho las heridas que don Belianís daba y recibía. Pensaba que, aunque lo hubieran curado grandes médicos, tendría la cara y todo el cuerpo llenos de cicatrices y marcas. Aun así, alababa al autor por terminar su libro con la promesa de una aventura sin fin. Muchas veces sintió el deseo de tomar la pluma y terminarla él mismo, tal como allí se prometía. Y sin duda lo habría hecho, y lo habría hecho bien. Pero se lo impidieron otros pensamientos más grandes y continuos. Muchas veces discutía con el cura de su pueblo, un hombre sabio, graduado en Sigüenza. Discutían sobre quién había sido mejor caballero: Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula. Pero maese Nicolás, el barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo. Y si alguno se le podía comparar, era don Galaor, el hermano de Amadís de Gaula. Decía que era así porque Galaor tenía muy buen carácter para todo. No era un caballero delicado ni tan llorón como su hermano. Y en valentía no era menos que él.

En fin, se metió tanto en la lectura que pasaba las noches leyendo, desde que oscurecía hasta que amanecía. Y pasaba los días leyendo, desde que amanecía hasta que oscurecía. Así, de dormir poco y de leer mucho, se le secó el cerebro, y perdió el juicio. Se le llenó la imaginación de todo lo que leía en los libros. Había encantamientos, peleas, batallas, desafíos, heridas, palabras de amor, amores, tormentas y locuras imposibles. Se le metió tan fuerte en la cabeza que todas aquellas famosas invenciones soñadas eran verdad. Por eso, para él no había en el mundo ninguna historia más cierta. Decía que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero. Pero decía también que no se podía comparar con el Caballero de la Ardiente Espada. Este, de un solo golpe de revés, había partido por la mitad a dos gigantes enormes y feroces. Le gustaba más Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había matado a Roldán el encantado. Para hacerlo, usó el truco de Hércules cuando ahogó entre sus brazos a Anteo, el hijo de la Tierra. Hablaba muy bien del gigante Morgante, porque era el único gigante amable y bien educado. Todos los demás gigantes son orgullosos y maleducados. Pero, sobre todos, le gustaba Reinaldos de Montalbán. Le gustaba más aún cuando lo veía salir de su castillo y robar a todos los que encontraba. Y también cuando, en tierras lejanas, robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Por darle una buena serie de patadas al traidor Galalón, habría dado a su ama, y a su sobrina además.

En efecto, cuando ya había perdido del todo el juicio, tuvo la idea más extraña que jamás tuvo un loco en el mundo. Le pareció conveniente y necesario hacerse caballero andante. Así aumentaría su honra y serviría a su país. Iría por todo el mundo con sus armas y su caballo a buscar aventuras. Haría todo lo que, según había leído, hacían los caballeros andantes. Corregiría toda clase de injusticias. Se pondría en ocasiones y peligros, y al superarlos ganaría nombre y fama eternos. El pobre ya se imaginaba coronado por el valor de su brazo, por lo menos como emperador de Trapisonda. Con estos pensamientos tan agradables, y llevado por el extraño placer que sentía, se dio prisa en hacer lo que deseaba.

Lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos. Estaban cubiertas de óxido y de moho. Hacía muchísimo tiempo que estaban olvidadas en un rincón. Las limpió y las arregló lo mejor que pudo. Pero vio que tenían un gran defecto: no tenían celada de encaje, sino solo un morrión simple. Pero lo solucionó con su ingenio. Con cartón hizo una especie de media celada. Al unirla con el morrión, parecía una celada entera. Quiso probar si era fuerte y si podía resistir un golpe de espada. Sacó su espada y le dio dos golpes. Con el primero, en un momento, deshizo lo que había hecho en una semana. No le gustó lo fácil que la había roto. Para protegerse de ese peligro, la volvió a hacer. Esta vez le puso unas barras de hierro por dentro, y quedó contento de su fuerza. No quiso hacer otra prueba. La aceptó y la tuvo por una celada de encaje finísima.

Luego fue a ver a su rocín. El caballo tenía más cuartos que un real y más defectos que el caballo de Gonela, que «tantum pellis et ossa fuit». Aun así, a él le pareció que ni Bucéfalo, el de Alejandro, ni Babieca, el del Cid, eran tan buenos como él. Pasó cuatro días pensando qué nombre le pondría. Porque se decía a sí mismo que no era justo dejarlo sin un nombre conocido. Era el caballo de un caballero tan famoso, y además era tan bueno él mismo. Por eso buscaba un nombre que dijera lo que había sido antes de ser caballo de caballero andante. Y también debía decir lo que era ahora. Le parecía muy razonable: si su señor cambiaba de estado, el caballo también debía cambiar de nombre. Y debía tener un nombre famoso y sonoro, como convenía a la nueva orden y al nuevo oficio de su señor. Así, inventó muchos nombres en su memoria y en su imaginación. Los formó, los borró, los quitó, los añadió, los deshizo y los volvió a hacer. Al final lo llamó Rocinante. Le pareció un nombre alto y sonoro. Decía lo que había sido cuando era rocín, antes de lo que era ahora. Y ahora era antes y primero que todos los rocines del mundo.

Cuando ya había puesto a su caballo un nombre tan de su gusto, quiso ponerse un nombre a sí mismo. Pasó otros ocho días pensándolo. Al final decidió llamarse don Quijote. Por eso, como ya se ha dicho, los autores de esta historia tan verdadera piensan que, sin duda, se llamaba Quijada. No Quesada, como otros quisieron decir. Pero recordó que el valiente Amadís no se contentó con llamarse solo Amadís. Añadió el nombre de su reino y de su patria, para hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula. Así, como buen caballero, quiso añadir al suyo el nombre de su tierra. Se llamó don Quijote de la Mancha. Le parecía que así mostraba muy claramente su familia y su patria. Y además la honraba al tomar su nombre.

Ya tenía limpias sus armas y había convertido el morrión en celada. Había dado nombre a su rocín y se había dado un nombre a sí mismo. Pensó entonces que solo le faltaba una cosa: buscar una dama de quien enamorarse. Porque un caballero andante sin amores es como un árbol sin hojas ni fruto, o como un cuerpo sin alma. Se decía a sí mismo:

— Puede ser que, por mis pecados o por mi buena suerte, me encuentre por ahí con algún gigante. Eso les pasa a menudo a los caballeros andantes. Puede ser que lo derribe de un golpe, o que lo parta por la mitad, o que, en fin, lo venza y se rinda. Entonces, ¿no será bueno tener a quién enviarlo? Así entrará y se pondrá de rodillas ante mi dulce señora. Y dirá con voz humilde y rendida: “Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania. Me venció en batalla, uno contra uno, el caballero don Quijote de la Mancha, a quien nadie alaba bastante. Él me mandó presentarme ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza haga conmigo lo que quiera”.

¡Oh, qué contento se puso nuestro buen caballero después de este discurso! Y más aún cuando encontró a quién dar el nombre de su dama. Según se cree, en un pueblo cerca del suyo vivía una moza labradora muy guapa. Él estuvo enamorado de ella durante un tiempo. Pero, según parece, ella nunca lo supo ni se dio cuenta. Se llamaba Aldonza Lorenzo. A él le pareció bien darle el título de señora de sus pensamientos. Le buscó un nombre que no fuera muy distinto del suyo y que sonara a princesa y gran señora. Al final la llamó Dulcinea del Toboso, porque había nacido en El Toboso. Era un nombre, en su opinión, musical, raro y lleno de sentido, como todos los que había puesto a sí mismo y a sus cosas.

### Glosario

- **hidalgo**: hombre noble pero de poco rango, a menudo pobre.
- **lanza en astillero**: lanza antigua guardada en un soporte de la pared, sin usar.
- **adarga**: escudo de cuero, de forma ovalada.
- **rocín**: caballo malo, flaco o de trabajo.
- **galgo**: perro delgado y muy rápido que se usa para cazar.
- **duelos y quebrantos**: comida de los sábados, hecha con huevos y tocino.
- **salpicón**: carne picada y fría, con cebolla y vinagre.
- **vellorí**: tela de lana sencilla, de color pardo.
- **hanegas**: medida antigua de tierra de cultivo.
- **celada / morrión**: cascos para proteger la cabeza; la celada de encaje cubre también la cara.
- **más cuartos que un real**: juego de palabras: el caballo tenía muchas heridas en los cascos ("cuartos"), y un real se cambiaba por muchas monedas llamadas "cuartos".
- **tantum pellis et ossa fuit**: frase latina: "solo era piel y huesos".

## Capítulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote

Hechos estos preparativos, no quiso esperar más para cumplir su idea. Le daba prisa pensar en la falta que hacía en el mundo su retraso. Había muchas ofensas que deshacer, injusticias que corregir y errores que arreglar. También había abusos que mejorar y deudas que pagar. Así que no contó a nadie su intención, y nadie lo vio salir. Una mañana, antes de que amaneciera, se puso todas sus armas. Era uno de los días de calor del mes de julio. Subió sobre Rocinante, con su celada mal arreglada puesta. Se colocó la adarga en el brazo y tomó su lanza. Y salió al campo por la puerta trasera de un corral. Iba muy contento y alegre al ver lo fácil que había sido empezar su buen deseo. Pero, nada más verse en el campo, le vino un pensamiento terrible. Fue tan terrible que casi le hizo dejar la aventura recién empezada. Recordó que no lo habían armado caballero. Y, según la ley de caballería, no podía ni debía luchar contra ningún caballero. Además, aunque ya lo fuera, como era un caballero nuevo debía llevar armas blancas. Su escudo debía ir sin ninguna empresa, hasta que la ganara con su esfuerzo. Estos pensamientos le hicieron dudar. Pero su locura pudo más que cualquier razón. Decidió que lo armaría caballero el primero que encontrara. Así lo habían hecho muchos otros, según había leído en sus libros. En cuanto a las armas blancas, pensaba limpiarlas muy bien cuando tuviera ocasión. Así serían más blancas que un armiño. Con esto se tranquilizó y siguió su camino. Iba por donde quería su caballo, porque creía que en eso estaba la fuerza de las aventuras.

Mientras caminaba, nuestro nuevo aventurero iba hablando consigo mismo y decía:

— ¿Quién duda que en el futuro saldrá a la luz la verdadera historia de mis famosos hechos? Y el sabio que la escriba contará así esta primera salida mía tan de mañana: «Apenas el rubicundo Apolo había extendido sobre la cara de la ancha tierra los hilos dorados de sus hermosos cabellos. Apenas los pequeños pájaros de colores habían saludado con sus dulces lenguas la llegada de la rosada aurora. Ella dejaba la blanda cama de su celoso marido. Y se mostraba a los mortales por las puertas y los balcones del horizonte de la Mancha. Entonces el famoso caballero don Quijote de la Mancha dejó las perezosas plumas de su cama. Subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel».

Y era verdad que caminaba por él. Luego añadió:

— Feliz época y feliz siglo aquel en que saldrán a la luz mis famosas hazañas. Son dignas de grabarse en bronce, esculpirse en mármol y pintarse en cuadros, para que se recuerden en el futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, seas quien seas! A ti te tocará escribir la crónica de esta extraordinaria historia. Te ruego que no te olvides de mi buen Rocinante, mi compañero eterno en todos mis caminos y viajes.

Luego volvía a hablar, como si de verdad estuviera enamorado:

— ¡Oh princesa Dulcinea, señora de este corazón cautivo! Mucho daño me habedes fecho al despedirme y reprocharme. Me mandasteis con dureza no aparecer ante la vuestra fermosura. Os ruego, señora, que os acordéis de este corazón vuestro, que tantas penas sufre por vuestro amor.

A estos disparates iba añadiendo otros, todos al estilo de los que le habían enseñado sus libros. Imitaba su lenguaje todo lo que podía. Con esto, caminaba muy despacio. Y el sol subía tan rápido y con tanto calor que le habría derretido los sesos, si hubiera tenido alguno.

Casi todo aquel día caminó sin que le pasara nada digno de contarse. Esto le desesperaba, porque quería encontrar enseguida a alguien con quien probar el valor de su fuerte brazo. Algunos autores dicen que su primera aventura fue la de Puerto Lápice. Otros dicen que fue la de los molinos de viento. Pero yo he averiguado otra cosa, y la he encontrado escrita en los Anales de la Mancha. Él anduvo todo aquel día. Y al anochecer, su rocín y él estaban cansados y muertos de hambre. Miró a todas partes, buscando algún castillo o alguna majada de pastores. Allí podría descansar y calmar su mucha hambre y necesidad. Entonces vio, no lejos del camino, una venta. Fue como ver una estrella que no lo llevaba a los portales, sino a los palacios de su salvación. Se dio prisa y llegó a la venta cuando ya anochecía.

Por casualidad, en la puerta estaban dos mujeres jóvenes, de esas que llaman mozas del partido. Iban a Sevilla con unos arrieros que aquella noche se quedaban en la venta. A nuestro aventurero todo lo que pensaba, veía o imaginaba le parecía igual que en sus libros. Por eso, en cuanto vio la venta, se imaginó que era un castillo. Tenía cuatro torres con tejados puntiagudos de plata brillante. No le faltaban el puente levadizo ni el foso profundo. Tenía todas las cosas que se pintan en esos castillos. Se fue acercando a la venta, que a él le parecía castillo. Un poco antes de llegar, tiró de las riendas de Rocinante y se detuvo. Esperaba que algún enano apareciera entre las almenas. El enano tocaría una trompeta para anunciar que llegaba un caballero al castillo. Pero el enano tardaba, y Rocinante tenía prisa por llegar al establo. Así que se acercó a la puerta de la venta y vio a las dos mozas de mala vida que estaban allí. A él le parecieron dos hermosas doncellas o dos damas elegantes. Pensó que descansaban delante de la puerta del castillo. En ese momento pasó por allí un porquero. Estaba recogiendo de un campo una manada de puercos, y no pido perdón, porque así se llaman. Tocó un cuerno, que es la señal para que los puercos se junten. Y enseguida don Quijote imaginó lo que deseaba: que algún enano anunciaba su llegada. Así que, muy contento, llegó a la venta y se acercó a las damas. Ellas vieron venir a un hombre así, armado y con lanza y adarga, y se asustaron mucho. Iban a meterse en la venta. Pero don Quijote comprendió por su huida que tenían miedo. Levantó la visera de cartón y mostró su cara seca y llena de polvo. Y con buenos modales y voz tranquila, les dijo:

— No fuyan las vuestras mercedes ni teman ningún daño. La orden de caballería que yo sigo non permite facer daño a nadie. Y mucho menos a doncellas tan altas como vuestras presencias muestran.

Las mozas lo miraban y buscaban con los ojos su cara, que la mala visera tapaba. Pero, cuando oyeron que las llamaba doncellas, algo tan lejos de su oficio, no pudieron aguantar la risa. Se rieron tanto que don Quijote se molestó y les dijo:

— Bien parece la moderación en las fermosas. Y es una gran tontería la risa que nace de una causa pequeña. Pero no os lo digo para que os pongáis tristes ni os enfadéis. Mi único deseo es serviros.

Las señoras no entendían su lenguaje. Eso, y la mala figura de nuestro caballero, les daba más risa a ellas, y a él más enfado. Y la cosa habría ido a más si en ese momento no hubiera salido el ventero. Era un hombre muy gordo, y por eso muy pacífico. Vio aquella figura tan rara, con armas tan distintas entre sí: la brida, la lanza, la adarga y el coselete. Y casi se puso a reír con las doncellas. Pero le dio miedo ver tantas armas juntas, y decidió hablarle con educación. Así que le dijo:

— Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, aquí encontrará de todo en abundancia, menos la cama. En esta venta no hay ninguna.

Don Quijote vio la humildad del alcaide de la fortaleza, porque así le parecían el ventero y la venta. Y respondió:

— Para mí, señor castellano, cualquier cosa basta, porque «mis arreos son las armas, mi descanso el pelear», etc.

El ventero pensó que lo había llamado castellano porque le parecía de los «sanos de Castilla». Pero él era andaluz, de la playa de Sanlúcar. Era tan ladrón como Caco y tan tramposo como un estudiante o un paje. Así que le respondió:

— Según eso, «las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir, siempre velar». Si es así, bien puede bajar del caballo. En esta choza encontrará ocasiones de sobra para no dormir en todo un año, y mucho más en una sola noche.

Y diciendo esto, fue a sujetarle el estribo a don Quijote. Él bajó del caballo con mucha dificultad y esfuerzo, porque en todo el día no había comido nada.

Luego le dijo al ventero que cuidara mucho de su caballo, porque era el mejor animal que comía pan en el mundo. El ventero lo miró y no le pareció tan bueno como decía don Quijote, ni siquiera la mitad. Lo dejó en el establo y volvió a ver qué quería su huésped. Las doncellas, que ya habían hecho las paces con él, le estaban quitando las armas. Le quitaron el peto y el espaldar. Pero no supieron ni pudieron quitarle la gola ni la falsa celada. La llevaba atada con unas cintas verdes. Había que cortarlas, porque los nudos no se podían deshacer. Pero él no quiso permitirlo de ninguna manera. Así que pasó toda aquella noche con la celada puesta. Era la figura más graciosa y más extraña que se pueda imaginar. Mientras lo desarmaban, él imaginaba que aquellas mozas de mala vida eran grandes señoras y damas del castillo. Y les dijo con mucha gracia:

— Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban de él;
princesas, de su rocino,

o de Rocinante, que este es el nombre de mi caballo, señoras mías. Y don Quijote de la Mancha es el mío. No quería decir mi nombre hasta que lo descubrieran las fazañas fechas en vuestro servicio. Pero, para adaptar a este momento este viejo romance de Lanzarote, he tenido que deciros mi nombre antes de tiempo. Ya llegará el día en que vuestras señorías me manden y yo obedezca. Entonces el valor de mi brazo mostrará el deseo que tengo de serviros.

Las mozas no estaban acostumbradas a oír discursos así y no respondían nada. Solo le preguntaron si quería comer algo.

— Cualquier cosa yantaría yo —respondió don Quijote—, porque, por lo que entiendo, me vendría muy bien.

Por casualidad, aquel día era viernes. En toda la venta solo había unas raciones de un pescado. En Castilla lo llaman abadejo; en Andalucía, bacallao; en otras partes, curadillo, y en otras, truchuela. Le preguntaron si su merced comería truchuela, porque no tenían otro pescado para darle.

— Si hay muchas truchuelas —respondió don Quijote—, podrán servir como una trucha. Porque a mí me da igual que me den ocho reales sueltos o una sola moneda de a ocho. Además, puede ser que estas truchuelas sean como la ternera, que es mejor que la vaca. O como el cabrito, que es mejor que el cabrón. Pero, sea lo que sea, que me lo traigan pronto. Porque el trabajo y el peso de las armas no se pueden llevar sin llenar la tripa.

Le pusieron la mesa en la puerta de la venta, para estar al fresco. El ventero le trajo una porción de bacallao mal remojado y peor cocinado. También le trajo un pan tan negro y tan sucio como sus armas. Daba mucha risa verle comer, porque tenía puesta la celada y levantada la visera. Así no podía meterse nada en la boca con sus manos. Necesitaba que otra persona se lo diera y se lo pusiera en la boca. Y así, una de aquellas señoras le ayudaba en esto. Pero darle de beber no fue posible. Al final, el ventero hizo un agujero a lo largo de una caña. Le puso una punta en la boca y por la otra le iba echando el vino. Don Quijote lo aceptaba todo con paciencia, para no romper las cintas de la celada.

En esto, por casualidad, llegó a la venta un castrador de puercos. Nada más llegar, tocó cuatro o cinco veces su silbato de cañas. Con eso, don Quijote quedó convencido de que estaba en algún castillo famoso. Creyó que le servían con música. Creyó que el abadejo eran truchas, y el pan negro, pan blanco de trigo. Las mujeres de mala vida eran damas, y el ventero era el castellano del castillo. Por eso pensaba que su decisión y su salida habían valido la pena. Pero lo que más le preocupaba era no estar armado caballero todavía. Le parecía que no podía empezar ninguna aventura de forma legítima sin recibir la orden de caballería.

### Glosario

- **armado caballero**: hecho caballero en una ceremonia especial.
- **armas blancas / empresa**: armas lisas, sin dibujo; la empresa es el dibujo y la frase que un caballero pone en su escudo.
- **armiño**: animal pequeño de piel muy blanca.
- **mozas del partido**: mujeres que se ganaban la vida vendiendo su cuerpo.
- **almenas**: partes altas y cortadas de los muros de un castillo.
- **castellano**: señor o jefe de un castillo; el ventero entiende "persona de Castilla".
- **alcaide**: hombre que guarda y manda en una fortaleza.
- **peto / espaldar / gola**: piezas de la armadura que protegen el pecho, la espalda y el cuello.
- **fuyan / facer / fecho / fazañas**: formas antiguas de "huyan", "hacer", "hecho" y "hazañas".
- **yantaría**: forma antigua de "comería".
- **truchuela**: bacalao pequeño y seco; parece el nombre de una trucha pequeña.
- **moneda de a ocho**: moneda de plata que valía ocho reales.
- **aventurero**: hombre que busca aventuras.
- **rubicundo**: rojo y brillante; "el rubicundo Apolo" es el sol.
- **esculpirse**: de esculpir: hacer figuras en piedra o mármol.
- **cautivo**: preso; aquí, un corazón que no es libre porque ama.
- **reprocharme**: de reprochar: decir a alguien que ha hecho algo mal.
- **fermosura**: forma antigua de "hermosura", belleza.
- **derretido**: de derretir: hacer líquido algo con el calor.
- **sesos**: el cerebro; "no tener sesos" es no tener juicio.
- **puercos**: cerdos; la palabra parecía fea y por eso el autor "no pide perdón".
- **visera**: parte de la celada que se baja para cubrir la cara.
- **bacallao**: forma antigua de "bacalao", un pescado.

## Capítulo III. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero

Preocupado por este pensamiento, don Quijote terminó pronto su pobre cena de venta. Cuando acabó, llamó al ventero y se encerró con él en la caballeriza. Allí se puso de rodillas ante él y le dijo:

— No me levantaré jamás de aquí, valeroso caballero, fasta que vuestra cortesía me otorgue un don. Os lo quiero pedir, y será para alabanza vuestra y para bien de todo el género humano.

El ventero vio a su huésped a sus pies y oyó estas palabras. Se quedó mirándolo, confuso, sin saber qué hacer ni qué decir. Insistía en que se levantara, pero don Quijote no quiso. Al final, el ventero tuvo que decirle que le otorgaba el don que le pedía.

— No esperaba menos de vuestra gran generosidad, señor mío —respondió don Quijote—. Os diré cuál es el don que os he pedido y que me habéis concedido. Mañana me tenéis que armar caballero. Y esta noche velaré las armas en la capilla de vuestro castillo. Así, mañana se cumplirá lo que tanto deseo. Y así podré ir, como se debe, por las cuatro partes del mundo buscando aventuras. Lo haré para ayudar a los necesitados. Esa es la tarea de la caballería y de los caballeros andantes como yo, que desean hacer tales fazañas.

El ventero, como ya se ha dicho, era un poco burlón. Ya sospechaba que a su huésped le faltaba el juicio. Al oír estas palabras, terminó de creerlo. Y para tener de qué reírse aquella noche, decidió seguirle la corriente. Le dijo que tenía mucha razón en lo que deseaba y pedía. Ese deseo era propio de caballeros tan importantes como él parecía, y como mostraba su elegante figura. Le contó que él mismo, en su juventud, se había dedicado a ese honroso oficio. Había andado por muchas partes del mundo buscando aventuras. Había estado en los Percheles de Málaga, las Islas de Riarán, el Compás de Sevilla y el Azoguejo de Segovia. También en la Olivera de Valencia, la Rondilla de Granada, la Playa de Sanlúcar, el Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo. Y en otros muchos lugares. Allí había ejercitado la rapidez de sus pies y la habilidad de sus manos. Había hecho muchos tuertos, había cortejado a muchas viudas y había deshonrado a algunas doncellas. También había engañado a algunos huérfanos. Y, al final, se había hecho conocido en casi todos los tribunales de España. Por último, se había retirado a aquel castillo suyo. Allí vivía con sus bienes y con los bienes de los demás. Recibía a todos los caballeros andantes, fueran de la clase que fueran. Lo hacía solo por el gran cariño que les tenía. Y también para que compartieran con él su dinero, en pago de su buena voluntad.

Le dijo también que en su castillo no había ninguna capilla para velar las armas. Era porque la habían derribado para construirla de nuevo. Pero sabía que, en caso de necesidad, las armas se podían velar en cualquier sitio. Aquella noche podría velarlas en un patio del castillo. Y por la mañana, si Dios quería, harían las ceremonias necesarias. Así quedaría armado caballero, y tan caballero que no se podría ser más en el mundo.

Le preguntó si traía dinero. Don Quijote respondió que no traía ni una blanca. Explicó que nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que alguno lo llevara. El ventero le dijo que se equivocaba. Es cierto que en las historias no se escribía, porque los autores pensaron que no hacía falta. Llevar dinero y camisas limpias era algo claro y necesario. Pero no por eso había que creer que no los llevaban. Así que debía estar seguro de una cosa. Todos los caballeros andantes, de los que hay tantos libros llenos, llevaban las bolsas bien llenas, por si acaso. También llevaban camisas y una cajita llena de ungüentos para curarse las heridas. Lo hacían porque en los campos y desiertos donde luchaban, no siempre había alguien para curarlos. Solo si tenían por amigo a algún sabio encantador. Este les ayudaba enseguida. Les enviaba por el aire, en alguna nube, a una doncella o a un enano. Traían un frasco de un agua tan poderosa que, con probar una gota, quedaban sanos de sus heridas. Quedaban como si nunca hubieran tenido ningún mal. Pero, cuando no tenían esa suerte, los caballeros antiguos pensaban que lo mejor era otra cosa. Sus escuderos debían llevar dinero y otras cosas necesarias, como hilas y ungüentos para curarse. A veces los caballeros no tenían escudero, aunque esto pasaba pocas veces. Entonces ellos mismos lo llevaban todo en unas alforjas muy finas, que casi no se veían. Las ponían en la grupa del caballo, como si fueran otra cosa más importante. Porque, salvo en casos así, llevar alforjas no estaba bien visto entre los caballeros andantes. Por eso le daba un consejo. Y hasta se lo podía mandar, porque muy pronto iba a ser su ahijado. Le dijo que, desde entonces, no viajara sin dinero ni sin esas cosas. Y vería lo bien que le iban cuando menos lo pensara.

Don Quijote le prometió hacer exactamente lo que le aconsejaba. Enseguida decidieron que velaría las armas en un corral grande que había a un lado de la venta. Don Quijote recogió todas sus armas y las puso sobre una pila que estaba junto a un pozo. Se colocó la adarga en el brazo, tomó su lanza y empezó a pasear con mucha dignidad delante de la pila. Cuando empezó el paseo, empezaba a caer la noche.

El ventero contó a todos los que estaban en la venta la locura de su huésped. Les habló de la vela de las armas y de la ceremonia de caballería que esperaba. Todos se quedaron admirados de una locura tan extraña, y fueron a mirarlo desde lejos. Vieron que, con gesto tranquilo, unas veces paseaba. Otras veces se apoyaba en su lanza y miraba fijamente sus armas durante un buen rato. Ya era de noche del todo. Pero la luna brillaba tanto que podía competir con el sol, que es quien le presta la luz. Así que todos veían bien lo que hacía el nuevo caballero. En esto, a uno de los arrieros de la venta se le ocurrió ir a dar agua a sus mulas. Para eso tenía que quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila. Don Quijote lo vio llegar y le dijo en voz alta:

— ¡Oh tú, seas quien seas, atrevido caballero, que vienes a tocar las armas del andante más valiente que jamás llevó espada! Mira lo que haces y no las toques, si no quieres perder la vida en pago de tu atrevimiento.

El arriero no hizo caso de estas palabras. Mejor le habría ido si hubiera hecho caso, porque así se habría ahorrado la cura. Al contrario, cogió las armas por las correas y las tiró lejos. Al ver esto, don Quijote levantó los ojos al cielo. Y, pensando —según parecía— en su señora Dulcinea, dijo:

— Ayudadme, señora mía, en esta primera ofensa que recibe este pecho vuestro, que es vuestro vasallo. Que no me falten vuestro favor y vuestra protección en este primer peligro.

Y diciendo estas y otras palabras parecidas, soltó la adarga. Levantó la lanza con las dos manos y dio al arriero un golpe tan fuerte en la cabeza que lo tiró al suelo. Lo dejó tan malherido que, con un segundo golpe, ya no habría necesitado médico. Después recogió sus armas y volvió a pasear con la misma calma que antes. Poco después llegó otro arriero con la misma intención de dar agua a sus mulos. No sabía lo que había pasado, porque el primer arriero todavía estaba aturdido. Fue a quitar las armas para dejar libre la pila. Esta vez don Quijote no dijo ni una palabra ni pidió ayuda a nadie. Soltó otra vez la adarga y levantó otra vez la lanza. La lanza no se hizo pedazos, pero la cabeza del segundo arriero sí: la hizo más de tres, porque se la abrió en cuatro. Con el ruido llegó toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Al verlo, don Quijote se colocó la adarga, puso la mano en la espada y dijo:

— ¡Oh señora de la fermosura, fuerza y vigor de mi débil corazón! Ahora es el momento de que mires con tu grandeza a este caballero cautivo tuyo, que espera una aventura tan grande.

Con esto, según le pareció, cobró tanto valor que no se habría echado atrás ni aunque lo atacaran todos los arrieros del mundo. Los compañeros de los heridos los vieron así y empezaron a tirar piedras a don Quijote desde lejos. Las piedras le caían como lluvia. Él se protegía con su adarga lo mejor que podía. No se atrevía a apartarse de la pila, para no dejar solas las armas. El ventero gritaba que lo dejaran, porque ya les había dicho que estaba loco, y por loco no lo castigarían, aunque los matara a todos. También don Quijote gritaba, y más fuerte. Los llamaba desleales y traidores. Decía que el señor del castillo era un follón y un caballero mal nacido, porque permitía que trataran así a los caballeros andantes. Y decía que, si ya hubiera recibido la orden de caballería, le haría pagar su traición.

— Pero de vosotros, gente vil y baja, no hago ningún caso —decía—. Tirad, acercaos, venid y atacadme todo lo que podáis. Ya veréis el castigo que recibiréis por vuestra tontería y vuestro atrevimiento.

Lo decía con tanta fuerza y valor que los que lo atacaban sintieron un miedo terrible. Por eso, y por lo que les decía el ventero, dejaron de tirarle piedras. Él dejó que se llevaran a los heridos. Y volvió a velar sus armas con la misma calma y tranquilidad de antes.

Al ventero no le gustaron las bromas de su huésped. Decidió terminar pronto y darle enseguida la maldita orden de caballería, antes de que pasara otra desgracia. Así que se acercó a él y le pidió perdón por la insolencia de aquella gente baja. Le dijo que él no sabía nada, pero que ya estaban bien castigados por su atrevimiento. Le repitió que en aquel castillo no había capilla. Y le dijo que, para lo que faltaba, tampoco era necesaria. Según lo que él sabía de la ceremonia de la orden, lo esencial era la pescozada y el espaldarazo. Con eso uno quedaba armado caballero, y se podía hacer en mitad de un campo. Además, ya había cumplido con la vela de las armas. Para eso bastaban solo dos horas, y él había estado más de cuatro. Don Quijote se lo creyó todo. Dijo que estaba allí, listo para obedecerle, y que terminara lo más rápido posible. Porque, si lo atacaban otra vez y ya estaba armado caballero, no pensaba dejar a nadie vivo en el castillo. Solo dejaría vivos a los que el castellano le pidiera, por respeto a él.

El castellano se asustó al oír esto. Enseguida trajo un libro donde apuntaba la paja y la cebada que daba a los arrieros. Un muchacho le traía un trozo de vela encendida. Con él y con las dos doncellas ya dichas, fue adonde estaba don Quijote. Le mandó ponerse de rodillas. Luego empezó a leer en su libro, como si dijera alguna oración devota. En mitad de la lectura, levantó la mano y le dio un buen golpe en el cuello. Y después, con la misma espada de don Quijote, le dio un elegante espaldarazo. Mientras tanto, murmuraba entre dientes, como si rezara. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñera la espada. Ella lo hizo con mucha soltura y discreción. Y necesitó mucha discreción para no reventar de risa en cada momento de la ceremonia. Pero lo que ya habían visto hacer al nuevo caballero les ayudaba a aguantar la risa. Al ceñirle la espada, la buena señora dijo:

— Dios haga a vuestra merced un caballero muy afortunado y le dé suerte en las batallas.

Don Quijote le preguntó cómo se llamaba. Quería saber a quién debía, desde entonces, el favor recibido. Porque pensaba darle una parte de la honra que ganara por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa. Era hija de un remendón de Toledo que vivía en las tendillas de Sancho Bienaya. Le dijo que, dondequiera que estuviera, lo serviría y lo tendría por señor. Don Quijote le pidió que, por amor a él, se pusiera desde entonces el «don» y se llamara doña Tolosa. Ella se lo prometió. Después, la otra le puso la espuela. Con ella tuvo casi la misma conversación que con la de la espada. Le preguntó su nombre, y ella dijo que se llamaba la Molinera. Era hija de un honrado molinero de Antequera. Don Quijote también le pidió que se pusiera el «don» y se llamara doña Molinera. Y le ofreció nuevos servicios y favores.

Así se hicieron, al galope y deprisa, aquellas ceremonias nunca vistas hasta entonces. Don Quijote estaba impaciente por verse a caballo y salir a buscar aventuras. Enseguida ensilló a Rocinante y subió en él. Abrazó al ventero y le dio las gracias por haberlo armado caballero. Le dijo cosas tan extrañas que es imposible contarlas. El ventero, para verlo fuera de la venta cuanto antes, le respondió con discursos parecidos, aunque más cortos. Y, sin pedirle lo que debía por la posada, lo dejó irse en buena hora.

### Glosario

- **otorgar un don**: conceder un favor antes de saber qué favor es.
- **velar las armas**: pasar la noche vigilando las armas antes de ser armado caballero.
- **tuertos**: injusticias, daños hechos a otros.
- **no traer ni una blanca**: no llevar nada de dinero; la blanca era una moneda de muy poco valor.
- **ungüentos / hilas**: cremas para curar; trozos de tela para cubrir las heridas.
- **ahijado**: persona a la que alguien apadrina en una ceremonia.
- **pila**: recipiente grande de piedra donde beben los animales.
- **follón**: insulto antiguo: persona cobarde y mala.
- **pescozada / espaldarazo**: golpe en el cuello / golpe con la espada en la espalda, en la ceremonia de armar caballero.
- **ceñir la espada**: atar la espada a la cintura de alguien.
- **remendón**: zapatero que arregla zapatos viejos.
- **espuela**: pieza de metal en el talón de la bota para hacer andar al caballo.
- **caballeriza**: lugar donde se guardan los caballos; establo.
- **encerró**: de encerrarse: meterse en un lugar cerrado, a solas.
- **alabanza**: palabras buenas que se dicen para honrar a alguien.
- **deshonrado**: de deshonrar: quitar la honra a alguien.
- **escudero / escuderos**: criado que acompaña a un caballero y le lleva las armas.
- **alforjas**: bolsas dobles que se ponen sobre el lomo de un caballo o de un burro.
- **arriero / arrieros**: hombre que lleva mulas con carga de un lugar a otro.
- **atrevimiento**: acción de quien hace algo sin respeto ni miedo.
- **malherido**: con heridas graves.
- **aturdido**: sin poder pensar ni moverse bien después de un golpe.
- **fermosura**: forma antigua de "hermosura", belleza.
- **cautivo**: preso; aquí, el caballero que no es libre porque ama a su dama.

## Capítulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta

La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta. Iba tan contento, tan orgulloso y tan alegre por verse ya armado caballero que la alegría le reventaba las cinchas del caballo. Pero recordó los consejos del ventero sobre las cosas tan necesarias que debía llevar. Sobre todo, el dinero y las camisas. Así que decidió volver a su casa para conseguir todo eso, y también un escudero. Pensaba tomar como escudero a un labrador vecino suyo. Era pobre y tenía hijos, pero era muy adecuado para el oficio de escudero. Con este pensamiento, guió a Rocinante hacia su aldea. El caballo parecía reconocer el camino de casa. Empezó a caminar con tantas ganas que parecía que no tocaba el suelo con los pies.

No había andado mucho cuando le pareció oír, a su mano derecha, unas voces débiles. Salían de la parte más espesa de un bosque, como de alguien que se quejaba. Apenas las oyó, dijo:

— Doy gracias al cielo por este favor, porque muy pronto me pone delante ocasiones de cumplir con mi profesión. Allí podré recoger el fruto de mis buenos deseos. Sin duda, estas voces son de algún necesitado o necesitada que necesita mi favor y mi ayuda.

Volvió las riendas y llevó a Rocinante hacia donde le pareció que salían las voces. A pocos pasos de entrar en el bosque, vio una yegua atada a una encina. Y atado a otra encina vio a un muchacho de unos quince años, desnudo de cintura para arriba. Era él quien gritaba, y no sin motivo. Gritaba porque un labrador alto y fuerte le estaba dando muchos azotes con una pretina. Y con cada azote le daba también un reproche y un consejo. Le decía:

— La lengua queda y los ojos listos.

Y el muchacho respondía:

— No lo haré otra vez, señor mío. Por la pasión de Dios, no lo haré otra vez. Prometo que desde ahora cuidaré mejor el rebaño.

Don Quijote vio lo que pasaba y dijo con voz enfadada:

— Descortés caballero, está muy mal atacar a quien no se puede defender. Subid a vuestro caballo y tomad vuestra lanza. Os haré ver que lo que estáis haciendo es de cobardes.

Y era verdad que el labrador también tenía una lanza apoyada en la encina donde estaba atada la yegua.

El labrador vio sobre él aquella figura llena de armas, que movía la lanza delante de su cara. Se creyó muerto y respondió con buenas palabras:

— Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un criado mío. Me sirve guardando un rebaño de ovejas que tengo por aquí cerca. Es tan descuidado que cada día me falta una oveja. Y, porque castigo su descuido, o su maldad, él dice que lo hago por tacaño. Dice que es para no pagarle el sueldo que le debo. Pero, por Dios y por mi alma, miente.

— ¿«Miente», delante de mí, villano ruin? —dijo don Quijote—. Por el sol que nos alumbra, estoy a punto de atravesaros de lado a lado con esta lanza. Pagadle ahora mismo, sin decir nada más. Si no, por el Dios que nos gobierna, acabaré con vos en este momento. Desatadlo enseguida.

El labrador bajó la cabeza y, sin decir palabra, desató a su criado. Don Quijote preguntó al muchacho cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Don Quijote hizo la cuenta y le salieron setenta y tres reales. Le dijo al labrador que los pagara en ese momento, si no quería morir por ello. El labrador, asustado, respondió que no eran tantos. Lo juraba por el apuro en que estaba y por el juramento que había hecho. Y todavía no había jurado nada. Explicó que había que descontar tres pares de zapatos que le había dado. Y también un real por dos sangrías que le habían hecho cuando estaba enfermo.

— Todo eso está muy bien —respondió don Quijote—. Pero los zapatos y las sangrías quedan pagados con los azotes que le habéis dado sin culpa. Si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagasteis, vos le habéis roto el cuero de su cuerpo. Y si el barbero le sacó sangre cuando estaba enfermo, vos se la habéis sacado estando sano. Así que, por esa parte, no os debe nada.

— El problema, señor caballero, es que aquí no tengo dinero. Que Andrés venga conmigo a mi casa, y yo le pagaré todo, un real sobre otro.

— ¿Irme yo con él? —dijo el muchacho—. ¡Ni hablar! No, señor, ni lo pienso. Porque, en cuanto se vea solo conmigo, me arrancará la piel como a San Bartolomé.

— No lo hará —respondió don Quijote—. Basta que yo se lo mande para que me respete. Si me lo jura por la ley de caballería que ha recibido, lo dejaré ir libre y te aseguraré la paga.

— Mire vuestra merced lo que dice, señor —dijo el muchacho—. Este amo mío no es caballero ni ha recibido ninguna orden de caballería. Es Juan Haldudo el rico, vecino del Quintanar.

— Eso importa poco —respondió don Quijote—. También puede haber caballeros entre los Haldudos. Además, cada uno es hijo de sus obras.

— Eso es verdad —dijo Andrés—. Pero este amo mío, ¿de qué obras es hijo, si me niega mi sueldo, mi sudor y mi trabajo?

— No os lo niego, hermano Andrés —respondió el labrador—. Hacedme el favor de venir conmigo. Juro por todas las órdenes de caballería que hay en el mundo que os pagaré, como he dicho, un real sobre otro. Y hasta os los daré sahumados.

— Del perfume os libro —dijo don Quijote—. Dádselos en reales, que con eso me contento. Y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado. Si no, por el mismo juramento os juro que volveré a buscaros y a castigaros. Y os encontraré, aunque os escondáis mejor que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para sentiros más obligado a cumplirlo, sabed una cosa. Yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones. Quedad con Dios. Y no se os olvide lo prometido y jurado, bajo pena de la pena ya dicha.

Y, diciendo esto, picó a Rocinante y en poco tiempo se alejó de ellos. El labrador lo siguió con los ojos. Cuando vio que había salido del bosque y que ya no se le veía, se volvió hacia su criado Andrés y le dijo:

— Venid aquí, hijo mío. Os quiero pagar lo que os debo, como me mandó aquel deshacedor de agravios.

— Eso juro yo —dijo Andrés—. Y hará muy bien vuestra merced en cumplir lo que mandó aquel buen caballero. ¡Que viva mil años! Es tan valiente y tan buen juez que, ¡vive Roque!, si no me paga, ¡que vuelva y haga lo que dijo!

— También lo juro yo —dijo el labrador—. Pero, como os quiero tanto, quiero aumentar la deuda para aumentar la paga.

Y, cogiéndolo del brazo, lo volvió a atar a la encina. Allí le dio tantos azotes que lo dejó por muerto.

— Llamad ahora, señor Andrés, al desfacedor de agravios —decía el labrador—. Ya veréis cómo no desface este. Aunque creo que todavía no está terminado, porque me dan ganas de arrancaros la piel vivo, como vos temíais.

Pero al final lo desató y le dio permiso para ir a buscar a su juez, para que cumpliera la sentencia. Andrés se fue algo triste. Juraba que iría a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha. Le contaría punto por punto lo que había pasado. Y decía que su amo se lo iba a pagar con las setenas. Pero, con todo esto, él se fue llorando y su amo se quedó riendo.

Y de esta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote. Estaba contentísimo de lo sucedido. Le parecía que había empezado sus caballerías de una forma muy feliz y muy alta. Muy satisfecho de sí mismo, iba caminando hacia su aldea y decía en voz baja:

— Bien te puedes llamar la más feliz de todas las mujeres que hoy viven en la tierra, ¡oh Dulcinea del Toboso, la más bella entre las bellas! Porque has tenido la suerte de tener a tus órdenes a un caballero tan valiente y tan famoso como es y será don Quijote de la Mancha. Él, como todo el mundo sabe, ayer recibió la orden de caballería. Y hoy ha desfecho el mayor tuerto y la mayor injusticia que inventó la sinrazón y que cometió la crueldad. Hoy quitó el látigo de la mano a aquel enemigo sin piedad. Ese hombre azotaba sin ningún motivo a aquel niño tan delicado.

En esto, llegó a un camino que se dividía en cuatro. Enseguida se acordó de las encrucijadas donde los caballeros andantes se paraban a pensar qué camino tomar. Para imitarlos, se quedó quieto un rato. Después de pensarlo muy bien, soltó la rienda a Rocinante y dejó que el rocín decidiera. El caballo siguió su primera idea, que era ir camino de su caballeriza.

Después de andar unas dos millas, don Quijote vio un gran grupo de gente. Como se supo después, eran unos mercaderes de Toledo que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis y llevaban sus quitasoles. Iban con cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los vio don Quijote, se imaginó que era una nueva aventura. Quería imitar en todo lo posible las escenas que había leído en sus libros. Y le pareció que allí venía perfecta una que pensaba hacer. Así que, con buen aire y mucho valor, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza y se puso la adarga junto al pecho. Se colocó en mitad del camino y esperó a que llegaran aquellos caballeros andantes. Porque él ya los tenía por caballeros andantes. Cuando llegaron tan cerca que se podían ver y oír, don Quijote levantó la voz y dijo con gesto arrogante:

— ¡Que todo el mundo se pare, si todo el mundo no confiesa una cosa! No hay en todo el mundo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

Los mercaderes se pararon al oír estas palabras y al ver la extraña figura de quien las decía. Por la figura y por las palabras, enseguida vieron que estaba loco. Pero quisieron ver con calma en qué paraba aquella confesión que les pedía. Uno de ellos, que era un poco burlón y muy inteligente, le dijo:

— Señor caballero, nosotros no sabemos quién es esa buena señora que decís. Enseñádnosla. Si es tan hermosa como decís, confesaremos con mucho gusto, y sin que nadie nos obligue, la verdad que nos pedís.

— Si os la enseñara —respondió don Quijote—, ¿qué mérito tendríais en confesar una verdad tan clara? Lo importante es que, sin verla, lo tenéis que creer, confesar, afirmar, jurar y defender. Si no, tendréis que luchar conmigo, gente monstruosa y soberbia. Venid uno a uno, como pide la orden de caballería, o todos juntos, como es costumbre y mala costumbre de los de vuestra clase. Aquí os espero, seguro de que tengo la razón de mi parte.

— Señor caballero —respondió el mercader—, suplico a vuestra merced una cosa en nombre de todos estos príncipes que estamos aquí. No queremos cargar nuestra conciencia confesando algo que nunca hemos visto ni oído. Y menos cuando esto perjudica tanto a las emperatrices y reinas de la Alcarria y de Extremadura. Por eso, pido a vuestra merced que nos enseñe algún retrato de esa señora, aunque sea del tamaño de un grano de trigo. Por el hilo se saca el ovillo. Así quedaremos satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado. Y creo que ya estamos tan de su parte que diremos en su favor todo lo que quiera. Lo diremos para complacer a vuestra merced, aunque el retrato muestre que es tuerta de un ojo. Y aunque del otro le salga bermellón y piedra azufre.

— ¡No le sale, canalla infame! —respondió don Quijote, rojo de cólera—. No le sale eso que decís, digo, sino ámbar y algalia entre algodones. Y no es tuerta ni jorobada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la gran blasfemia que habéis dicho contra una belleza tan grande como la de mi señora.

Y, diciendo esto, atacó con la lanza baja al que había hablado. Lo hizo con tanta furia y tanto enfado que el atrevido mercader lo habría pasado mal. Pero, por suerte, Rocinante tropezó y cayó en mitad del camino. Cayó Rocinante, y su amo salió rodando un buen trecho por el campo. Quiso levantarse, pero no pudo. Se lo impedían la lanza, la adarga, las espuelas y la celada, con el peso de las armas antiguas. Y mientras luchaba por levantarse sin conseguirlo, decía:

— ¡Non fuyáis, gente cobarde; gente miserable, esperad! No estoy aquí tirado por culpa mía, sino de mi caballo.

Uno de los mozos de mulas que venían allí no debía de tener muy buenas intenciones. Oyó al pobre caído decir tantas arrogancias y no lo pudo aguantar. Quiso darle la respuesta en las costillas. Se acercó a él, cogió la lanza y la hizo pedazos. Y con uno de los trozos empezó a dar a nuestro don Quijote tantos palos que, a pesar de sus armas, lo molió como el trigo en el molino. Sus amos le gritaban que no le diera tanto y que lo dejara. Pero el mozo ya estaba picado y no quiso dejar el juego hasta gastar toda su rabia. Fue a buscar los demás trozos de la lanza y los terminó de romper sobre el pobre caído. Pero don Quijote, aunque veía caer sobre él aquella tormenta de palos, no cerraba la boca. Amenazaba al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que eso le parecían.

El mozo se cansó, y los mercaderes siguieron su camino. Durante todo el viaje tuvieron algo que contar del pobre apaleado. Cuando don Quijote se vio solo, volvió a intentar levantarse. Pero si no había podido hacerlo sano y bueno, ¿cómo lo iba a hacer molido y casi deshecho? Y aun así se sentía afortunado. Le parecía que aquella era una desgracia propia de caballeros andantes. Y le echaba toda la culpa a su caballo. Pero no podía levantarse, porque tenía todo el cuerpo lleno de golpes.

### Glosario

- **La del alba sería**: forma antigua y literaria de decir "sería la hora del amanecer".
- **cinchas**: correas que sujetan la silla al cuerpo del caballo.
- **pretina**: cinturón de cuero.
- **La lengua queda y los ojos listos**: habla poco y vigila bien.
- **sangrías**: cura antigua: sacar sangre a un enfermo.
- **un real sobre otro, y sahumados**: todo el dinero, moneda a moneda, y además perfumado.
- **desfacedor de agravios**: forma antigua de decir "el que corrige las injusticias".
- **pagar con las setenas**: pagar siete veces lo que se debe; recibir un castigo muy grande.
- **encrucijada**: lugar donde se cruzan varios caminos.
- **quitasoles**: sombrillas para protegerse del sol.
- **bermellón y piedra azufre**: sustancias rojas y amarillas; aquí, la suciedad que sale de un ojo enfermo.
- **ámbar y algalia**: perfumes muy caros y agradables.
- **malandrines**: insulto antiguo: personas malvadas.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero y le lleva las armas.
- **labrador**: hombre del campo que trabaja la tierra.
- **encina**: árbol grande de hoja dura, muy común en España.
- **yegua**: hembra del caballo.
- **reproche**: palabras con que se dice a alguien que ha hecho algo mal.
- **descuidado**: que no pone atención en lo que hace.
- **ruin**: malo, bajo y despreciable.
- **alumbra**: de alumbrar: dar luz.
- **descontar**: quitar una cantidad de una cuenta.
- **lagartija**: animal pequeño, parecido a un lagarto, que se esconde muy bien.
- **agravio / sinrazones**: ofensas e injusticias.
- **desfecho**: forma antigua de "deshecho".
- **tuerto**: aquí, injusticia o daño (palabra antigua); también, persona que no ve de un ojo.
- **tuerta**: mujer que no ve de un ojo.

## Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero

Don Quijote vio que, en efecto, no podía moverse. Entonces decidió usar su remedio de siempre: pensar en alguna escena de sus libros. Su locura le trajo a la memoria la historia de Valdovinos y del marqués de Mantua. Es la historia en la que Carloto deja herido a Valdovinos en la montaña. La conocen los niños y no la ignoran los jóvenes. Los viejos la celebran y hasta la creen. Y, sin embargo, no es más verdadera que los milagros de Mahoma. A don Quijote le pareció que esta historia le venía perfecta para la situación en que estaba. Así que, con muestras de gran dolor, empezó a revolcarse por el suelo. Y con voz débil decía lo mismo que, según cuentan, decía el caballero herido del bosque:

— ¿Dónde estás, señora mía, que no te duele mi mal? O no lo sabes, señora, o eres falsa y desleal.

Y así siguió con el romance hasta llegar a aquellos versos que dicen:

— ¡Oh noble marqués de Mantua, mi tío y señor carnal!

Quiso la suerte que, justo cuando llegó a este verso, pasara por allí un labrador de su mismo pueblo. Era vecino suyo y volvía de llevar una carga de trigo al molino. Vio a aquel hombre tendido en el suelo y se acercó a él. Le preguntó quién era y qué dolor tenía, porque se quejaba con mucha tristeza. Don Quijote creyó, sin duda, que aquel hombre era el marqués de Mantua, su tío. Por eso no le respondió otra cosa que los versos del romance. En ellos le contaba su desgracia y los amores del hijo del emperador con su esposa. Todo lo decía exactamente como lo canta el romance.

El labrador estaba asombrado de oír aquellos disparates. Le quitó la visera, que ya estaba hecha pedazos por los palos. Luego le limpió la cara, que tenía cubierta de polvo. En cuanto se la limpió, lo reconoció y le dijo:

— Señor Quijana, ¿quién ha dejado así a vuestra merced?

Así debía de llamarse don Quijote cuando todavía tenía juicio. Entonces era un hidalgo tranquilo, y todavía no se había convertido en caballero andante.

Pero él respondía con su romance a todo lo que le preguntaba. Al ver esto, el buen hombre le quitó como pudo el peto y el espaldar. Quería ver si tenía alguna herida, pero no vio sangre ni ninguna señal. Intentó levantarlo del suelo y, con bastante trabajo, lo subió a su jumento. Le pareció un animal más tranquilo para llevarlo. Recogió las armas, hasta los trozos de la lanza, y las ató sobre Rocinante. Tomó a Rocinante por la rienda y al asno por el cabestro. Y se puso en camino hacia su pueblo, muy pensativo por los disparates que oía.

Y no menos pensativo iba don Quijote. Estaba tan molido y tan roto que no podía sostenerse sobre el burro. De vez en cuando daba unos suspiros que llegaban al cielo. Por eso el labrador tuvo que preguntarle otra vez qué dolor sentía. Parecía que el diablo le traía a la memoria cuentos que encajaban con lo que le pasaba. Porque en ese momento se olvidó de Valdovinos y se acordó del moro Abindarráez. Recordó cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, lo prendió y lo llevó cautivo a su fortaleza.

Así, cuando el labrador le preguntó de nuevo cómo estaba y qué sentía, respondió como el cautivo. Usó las mismas palabras y razones que el Abencerraje decía a Rodrigo de Narváez. Las había leído en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde se cuenta esa historia. Y las usaba tan a propósito que el labrador se desesperaba de oír tantas tonterías juntas. Así comprendió que su vecino estaba loco. Por eso se daba prisa en llegar al pueblo, para librarse del enfado que le causaba el largo discurso de don Quijote. Al final del discurso, don Quijote dijo:

— Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa de la que le he hablado es ahora la linda Dulcinea del Toboso. Por ella he hecho, hago y haré los hechos de caballería más famosos del mundo. Nadie los ha visto, ni los ve, ni los verá iguales.

A esto respondió el labrador:

— Mire vuestra merced, señor, ¡pobre de mí!, que yo no soy don Rodrigo de Narváez ni el marqués de Mantua. Soy Pedro Alonso, su vecino. Y vuestra merced no es Valdovinos ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.

— Yo sé quién soy —respondió don Quijote—. Y sé que puedo ser no solo los que he dicho, sino también todos los Doce Pares de Francia. Y hasta todos los Nueve de la Fama. Porque mis hazañas serán mayores que todas las que ellos hicieron, juntos o cada uno por su lado.

Con estas conversaciones y otras parecidas, llegaron al pueblo cuando anochecía. Pero el labrador esperó a que fuera un poco más de noche. No quería que la gente viera al hidalgo molido y tan mal montado. Cuando le pareció la hora adecuada, entró en el pueblo y fue a la casa de don Quijote. La encontró toda alborotada. Allí estaban el cura y el barbero del pueblo, que eran grandes amigos de don Quijote. Y el ama les estaba diciendo a gritos:

— ¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez —así se llamaba el cura—, la desgracia de mi señor? Hace tres días que no aparecen ni él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza, ni las armas. ¡Pobre de mí! Ahora lo entiendo, y es tan verdad como que nací para morir. Esos malditos libros de caballerías que él tiene y lee tan a menudo le han vuelto loco. Ahora me acuerdo de algo que le oí decir muchas veces, cuando hablaba solo. Decía que quería hacerse caballero andante e irse a buscar aventuras por esos mundos. ¡Que se lleven Satanás y Barrabás esos libros! Han echado a perder la inteligencia más fina de toda la Mancha.

La sobrina decía lo mismo, y todavía decía más:

— Sepa, señor maese Nicolás —este era el nombre del barbero—, que a mi señor tío le pasaba muchas veces una cosa. Se pasaba dos días con sus noches leyendo esos malditos libros de desventuras. Al final, tiraba el libro de las manos, sacaba la espada y daba cuchilladas a las paredes. Y cuando estaba muy cansado, decía que había matado a cuatro gigantes grandes como cuatro torres. Y el sudor del cansancio, decía que era sangre de las feridas recibidas en la batalla. Luego se bebía un gran jarro de agua fría y se quedaba sano y tranquilo. Decía que aquella agua era una bebida preciosísima. Se la había traído el sabio Esquife, un gran encantador y amigo suyo. Pero yo tengo la culpa de todo, porque no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío. Si lo hubiera hecho, lo habrían remediado antes de llegar a esto. Y habrían quemado todos estos malditos libros, que tiene muchos. Bien merecen ser quemados, como si fueran de herejes.

— Eso digo yo también —dijo el cura—. Y le prometo que no pasará el día de mañana sin hacer con ellos un acto público. Serán condenados al fuego. Así no harán que otros lectores hagan lo que mi buen amigo debe de haber hecho.

Todo esto lo estaban oyendo el labrador y don Quijote. Así terminó de entender el labrador la enfermedad de su vecino. Y empezó a decir a voces:

— Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido. Y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.

Al oír estas voces, salieron todos. Como ellos reconocieron a su amigo, y ellas a su amo y tío, todos corrieron a abrazarlo. Él todavía no se había bajado del jumento, porque no podía. Él dijo:

— Deténganse todos, que vengo malferido por culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho. Y, si es posible, llamen a la sabia Urganda, para que cure y examine mis feridas.

— ¡Ay, en mala hora! —dijo entonces el ama—. ¡Bien me decía a mí el corazón de qué pie cojeaba mi señor! Suba vuestra merced, en buena hora. Sin que venga esa Hurgada, aquí sabremos curarle. ¡Malditos sean otra vez, y otras cien veces, estos libros de caballerías, que así han dejado a vuestra merced!

Lo llevaron enseguida a la cama. Buscaron sus feridas, pero no le encontraron ninguna. Él dijo que solo estaba molido, porque había tenido una gran caída con Rocinante, su caballo. Estaba luchando contra diez jayanes, los más fieros y atrevidos de gran parte de la tierra.

— ¡Vaya, vaya! —dijo el cura—. ¿Jayanes hay en la danza? Por la señal de la cruz, que los quemo mañana antes de que llegue la noche.

Le hicieron a don Quijote mil preguntas. Pero a ninguna quiso responder. Solo pidió que le dieran de comer y le dejaran dormir, que era lo que más le importaba. Así se hizo. El cura le preguntó al labrador, con mucho detalle, cómo había encontrado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que había dicho al encontrarlo y por el camino. Esto le dio al licenciado todavía más ganas de hacer lo que hizo al día siguiente. Ese día llamó a su amigo el barbero, maese Nicolás, y fue con él a casa de don Quijote.

### Glosario

- **labrador**: hombre que trabaja la tierra en el campo.
- **jumento / asno / burro**: animal parecido a un caballo pequeño, de orejas largas.
- **molido**: muy cansado y con dolor en todo el cuerpo, como si le hubieran dado golpes.
- **cautivo**: prisionero.
- **revolcarse**: dar vueltas con el cuerpo en el suelo.
- **asombrado**: muy sorprendido.
- **alborotada**: llena de ruido, nervios y confusión.
- **cuchilladas**: golpes con un cuchillo o una espada.
- **desventuras**: desgracias; la sobrina juega con la palabra "aventuras".
- **fieros**: salvajes y violentos.
- **Hurgada**: el ama dice mal el nombre de Urganda, una maga de los libros de caballerías.
- **romance**: poema popular español que cuenta una historia.
- **señor carnal**: pariente de sangre; un "tío carnal" es hermano del padre o de la madre.
- **visera**: parte del casco que cubre y protege la cara.
- **peto y espaldar**: piezas de la armadura que cubren el pecho y la espalda.
- **alcaide**: hombre que manda en un castillo o en una fortaleza.
- **malferido / feridas**: formas antiguas de "malherido" y "heridas".
- **de qué pie cojeaba**: cuál era su defecto o su punto débil.
- **jayanes**: gigantes; hombres enormes y muy fuertes.
- **¿Jayanes hay en la danza?**: "¿también hay gigantes en este asunto?"; el cura se burla.
- **hereje**: persona que no acepta lo que enseña la Iglesia.

## Capítulo VI. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo

Don Quijote todavía dormía. El cura le pidió a la sobrina las llaves del cuarto donde estaban los libros, culpables del daño. Ella se las dio con mucho gusto. Entraron todos, y el ama con ellos. Encontraron más de cien libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños. En cuanto el ama los vio, salió del cuarto a toda prisa. Volvió enseguida con un cuenco de agua bendita y un hisopo, y dijo:

— Tome vuestra merced, señor licenciado, y rocíe este cuarto. Puede haber aquí algún encantador de los muchos que hay en estos libros. No quiero que nos encanten para castigarnos por lo que queremos hacerles: echarlos del mundo.

Al licenciado le dio risa la simpleza del ama. Mandó al barbero que le diera los libros uno a uno, para ver de qué trataban. Podía ser que encontraran algunos que no merecieran el castigo del fuego.

— No —dijo la sobrina—, no hay que perdonar a ninguno, porque todos han hecho daño. Mejor será tirarlos por las ventanas al patio, hacer un montón con ellos y prenderles fuego. O, si no, llevarlos al corral y hacer allí la hoguera. Así no molestará el humo.

Lo mismo dijo el ama. Tantas ganas tenían las dos de la muerte de aquellos inocentes. Pero el cura no quiso hacerlo sin leer antes por lo menos los títulos. El primero que maese Nicolás le puso en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula. Y el cura dijo:

— Esto parece cosa de misterio. He oído decir que este fue el primer libro de caballerías que se imprimió en España. Todos los demás nacieron de él. Por eso me parece que debemos condenarlo al fuego sin ninguna excusa. Él fue el maestro de una secta tan mala.

— No, señor —dijo el barbero—. También he oído decir que es el mejor de todos los libros de este tipo. Por eso, como es único en su arte, hay que perdonarlo.

— Es verdad —dijo el cura—, y por esa razón le perdonamos la vida por ahora. Veamos ese otro que está a su lado.

— Es —dijo el barbero— las Sergas de Esplandián, hijo legítimo de Amadís de Gaula.

— Pues, en verdad —dijo el cura—, al hijo no le va a servir la bondad del padre. Tomad, señora ama: abrid esa ventana y echadlo al corral. Con él empezará el montón de la hoguera que vamos a hacer.

El ama lo hizo con mucha alegría. Y el bueno de Esplandián salió volando al corral. Allí esperó con toda paciencia el fuego que lo amenazaba.

— Adelante —dijo el cura.

— Este que viene —dijo el barbero— es Amadís de Grecia. Y creo que todos los de este lado son de la misma familia de Amadís.

— Pues vayan todos al corral —dijo el cura—. Quiero quemar a la reina Pintiquiniestra y al pastor Darinel, con sus églogas. Y también las palabras endiabladas y enredadas de su autor. Para quemarlos a ellos, quemaría hasta a mi propio padre, si anduviera vestido de caballero andante.

— Yo pienso lo mismo —dijo el barbero.

— Y yo también —añadió la sobrina.

— Pues si es así —dijo el ama—, vengan, y al corral con ellos.

Se los dieron, y eran muchos. Ella se ahorró la escalera y los tiró por la ventana abajo.

— ¿Quién es ese tonel? —dijo el cura.

— Este es —respondió el barbero— Don Olivante de Laura.

— El autor de ese libro —dijo el cura— fue el mismo que escribió Jardín de flores. La verdad es que no sé decir cuál de los dos libros es más verdadero. O, mejor dicho, cuál es menos mentiroso. Solo sé que este irá al corral por disparatado y arrogante.

— El que sigue es Florimorte de Hircania —dijo el barbero.

— ¿Ahí está el señor Florimorte? —respondió el cura—. Pues le aseguro que pronto acabará en el corral. Y será así a pesar de su extraño nacimiento y de sus famosas aventuras. Su estilo es tan duro y tan seco que no merece otra cosa. Al corral con él y con ese otro, señora ama.

— Con mucho gusto, señor mío —respondía ella. Y con mucha alegría hacía lo que le mandaban.

— Este es El Caballero Platir —dijo el barbero.

— Es un libro antiguo —dijo el cura—, y no encuentro en él nada que merezca perdón. Que vaya con los demás sin protestar.

Así se hizo. Abrieron otro libro y vieron que se titulaba El Caballero de la Cruz.

— Por un nombre tan santo como el de este libro, se podría perdonar su ignorancia —dijo el cura—. Pero también se suele decir: "Tras la cruz está el diablo". Al fuego con él.

El barbero tomó otro libro y dijo:

— Este es Espejo de caballerías.

— Ya conozco a su merced —dijo el cura—. Ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco. Y también los Doce Pares, con el verdadero historiador Turpín. La verdad es que solo los condenaría a destierro para siempre. Y es porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo. De allí también tejió su tela el poeta cristiano Ludovico Ariosto. Si encuentro aquí a Ariosto hablando en otra lengua que no sea la suya, no le tendré ningún respeto. Pero si habla en su idioma, lo pondré sobre mi cabeza.

— Pues yo lo tengo en italiano —dijo el barbero—, pero no lo entiendo.

— Ni sería bueno que lo entendierais —respondió el cura—. Y mejor habría sido que el señor capitán no lo hubiera traído a España ni lo hubiera pasado al castellano. Porque le quitó mucho de su valor natural. Lo mismo les pasará a todos los que quieran pasar libros de verso a otra lengua. Por mucho cuidado y habilidad que pongan, nunca llegarán a la altura que tienen en su lengua original. Digo, pues, que este libro y todos los que hablen de estas cosas de Francia se echen en un pozo seco. Allí se quedarán hasta que pensemos mejor qué hacer con ellos. Menos un Bernardo del Carpio que anda por ahí, y otro llamado Roncesvalles. Estos, en cuanto lleguen a mis manos, pasarán a las del ama. Y de las suyas pasarán al fuego, sin ningún perdón.

El barbero lo aprobó todo. Le pareció bien y muy acertado, porque sabía que el cura era muy buen cristiano y muy amigo de la verdad. Por nada del mundo diría algo que no fuera verdad. Luego abrió otro libro y vio que era Palmerín de Oliva. A su lado estaba otro que se llamaba Palmerín de Inglaterra. Al verlo, el licenciado dijo:

— Esa oliva hágase astillas enseguida y quémese, y que no queden ni las cenizas. Y esa palma de Inglaterra guárdese y consérvese como cosa única. Hágase para ella otra caja como la que encontró Alejandro entre las cosas que le quitó a Darío. Alejandro la usó para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas. La primera, porque es muy bueno en sí mismo. La segunda, porque dicen que lo escribió un sabio rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son buenísimas y están muy bien hechas. Las conversaciones son elegantes y claras. Cada personaje habla como le corresponde, con mucha propiedad e inteligencia. Digo, pues, señor maese Nicolás, si a vos os parece bien, que este y Amadís de Gaula se salven del fuego. Y que todos los demás perezcan, sin mirarlos más.

— No, señor compadre —respondió el barbero—, que este que tengo aquí es el famoso Don Belianís.

— Pues ese —respondió el cura—, con la segunda, tercera y cuarta parte, necesita un poco de ruibarbo para purgar su demasiada cólera. Hay que quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras tonterías más graves. Para eso se les da un plazo largo, como a los que viven al otro lado del mar. Según se corrijan, así se tendrá con ellos misericordia o justicia. Mientras tanto, guardadlos vos, compadre, en vuestra casa. Pero no dejéis que nadie los lea.

— Con mucho gusto —respondió el barbero.

El cura no quiso cansarse más leyendo libros de caballerías. Así que mandó al ama que tomara todos los grandes y los echara al corral. No se lo dijo a una tonta ni a una sorda. Ella tenía más ganas de quemarlos que de tejer una tela, por grande y fina que fuera. Agarró casi ocho de una vez y los tiró por la ventana. Como tomó tantos juntos, se le cayó uno a los pies del barbero. Al barbero le entraron ganas de ver de quién era. Y vio que decía: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.

— ¡Válgame Dios! —dijo el cura, dando un gran grito—. ¡Que aquí esté Tirante el Blanco! Dádmelo acá, compadre. Para mí, he encontrado en él un tesoro de alegría y una mina de diversión. Aquí está don Quirieleisón de Montalbán, un caballero valiente, y su hermano Tomás de Montalbán. También está el caballero Fonseca, y la batalla del valiente Tirante con el alano. Y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y engaños de la viuda Reposada. Y la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. De verdad os digo, señor compadre, que por su estilo este es el mejor libro del mundo. Aquí los caballeros comen, duermen y mueren en sus camas. Y hacen testamento antes de morir. Todos los demás libros de este tipo no tienen estas cosas. Con todo eso, el que lo escribió merecía que lo mandaran a galeras para toda la vida. Porque no escribió tantas tonterías a propósito. Llevadlo a casa y leedlo, y veréis que es verdad todo lo que os he dicho.

— Así lo haré —respondió el barbero—. Pero, ¿qué haremos con estos libros pequeños que quedan?

— Estos —dijo el cura— no deben de ser de caballerías, sino de poesía.

Abrió uno y vio que era La Diana, de Jorge de Montemayor. Creyó que todos los demás eran del mismo tipo, y dijo:

— Estos no merecen ser quemados como los demás. No hacen ni harán el daño que han hecho los de caballerías. Son libros para el entendimiento, que no hacen daño a nadie.

— ¡Ay, señor! —dijo la sobrina—. Bien puede vuestra merced mandar quemarlos como a los demás. Mi señor tío puede curarse de la enfermedad de los caballeros. Pero, si luego lee estos, no sería raro que le diera por hacerse pastor. Entonces andaría por los bosques y los prados, cantando y tocando música. Y, lo que sería peor, podría hacerse poeta. Según dicen, esa es una enfermedad incurable y contagiosa.

— Verdad dice esta doncella —dijo el cura—. Será bueno quitarle a nuestro amigo este tropiezo y esta ocasión de caer. Y, ya que empezamos por La Diana de Montemayor, opino que no se queme. Pero hay que quitarle todo lo que trata de la sabia Felicia y del agua encantada. Y también casi todos los versos mayores. Que se quede, en buena hora, con la prosa y con el honor de ser el primero de esta clase de libros.

— Este que sigue —dijo el barbero— es La Diana llamada segunda, del Salmantino. Y este otro tiene el mismo nombre, y su autor es Gil Polo.

— Pues la del Salmantino —respondió el cura— que acompañe a los condenados al corral y aumente su número. Y la de Gil Polo guárdese como si fuera del mismo Apolo. Y siga adelante, señor compadre. Démonos prisa, que se va haciendo tarde.

— Este libro es —dijo el barbero, abriendo otro— Los diez libros de Fortuna de Amor, escritos por Antonio de Lofraso, poeta sardo.

— Por las órdenes que recibí —dijo el cura—, nunca se ha escrito un libro tan gracioso ni tan disparatado como ese. Y eso desde que Apolo es Apolo, las musas son musas y los poetas son poetas. En su estilo, es el mejor y el más único de todos los de su clase. El que no lo ha leído puede pensar que nunca ha leído nada divertido. Dádmelo acá, compadre. Me alegra más haberlo encontrado que si me regalaran una sotana de raja de Florencia.

Lo puso aparte con muchísimo gusto, y el barbero siguió diciendo:

— Estos que siguen son El Pastor de Iberia, Ninfas de Henares y Desengaños de celos.

— Pues no hay más que hacer —dijo el cura— que entregarlos al brazo seglar del ama. Y que no me pregunten por qué, porque sería no acabar nunca.

— Este que viene es El Pastor de Fílida.

— Ese no es pastor —dijo el cura—, sino un cortesano muy discreto. Guárdese como una joya preciosa.

— Este grande que viene aquí se titula —dijo el barbero— Tesoro de varias poesías.

— Si no fueran tantas —dijo el cura—, se apreciarían más. Hay que limpiar este libro de algunas cosas bajas que tiene entre sus grandezas, como se quitan las malas hierbas. Guárdese, porque su autor es amigo mío. Y también por respeto a otras obras suyas, más heroicas y elevadas.

— Este es —siguió el barbero— El Cancionero de López Maldonado.

— El autor de ese libro también es gran amigo mío —respondió el cura—. Sus versos, en su boca, admiran a quien los oye. Y tiene una voz tan suave cuando los canta que encanta. Es algo largo en las églogas, pero lo bueno nunca fue mucho. Guárdese con los escogidos. Pero, ¿qué libro es ese que está a su lado?

— La Galatea, de Miguel de Cervantes —dijo el barbero.

— Hace muchos años que ese Cervantes es gran amigo mío. Y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención. Propone algo y no termina nada. Hay que esperar la segunda parte que promete. Quizá, si se corrige, conseguirá del todo el perdón que ahora se le niega. Y, mientras tanto, tenedlo encerrado en vuestra casa, señor compadre.

— Con mucho gusto —respondió el barbero—. Y aquí vienen tres, todos juntos: La Araucana, de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de Juan Rufo, jurado de Córdoba; y El Monserrato, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano.

— Esos tres libros —dijo el cura— son los mejores escritos en verso heroico en lengua castellana. Pueden competir con los más famosos de Italia. Guárdense como las joyas más ricas de poesía que tiene España.

El cura se cansó de ver más libros. Así que quiso que todos los demás se quemaran juntos, sin mirarlos. Pero el barbero ya tenía abierto uno, que se llamaba Las lágrimas de Angélica.

— Yo mismo las lloraría —dijo el cura al oír el nombre— si hubiera mandado quemar ese libro. Porque su autor fue uno de los poetas famosos del mundo, y no solo de España. Y tradujo muy bien algunas fábulas de Ovidio.

### Glosario

- **donoso**: gracioso, divertido.
- **escrutinio**: examen cuidadoso de las cosas, una por una.
- **hisopo**: instrumento con el que se echa agua bendita.
- **compadre**: forma amistosa de llamar a un amigo.
- **églogas**: poemas en los que hablan pastores.
- **alano**: perro grande y fuerte.
- **ponerlo sobre mi cabeza**: respetarlo y admirarlo mucho.
- **ruibarbo**: planta que se usaba como medicina para limpiar el cuerpo.
- **raja de Florencia**: tela de lana fina y cara.
- **brazo seglar**: antes, la autoridad que cumplía los castigos de la Iglesia; aquí, el ama, que quema los libros.
- **versado**: que sabe mucho de algo; aquí hay un juego con la palabra "versos".

## Capítulo VII. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha

En ese momento, don Quijote empezó a dar voces:

— ¡Aquí, aquí, valerosos caballeros! ¡Aquí hay que mostrar la fuerza de vuestros valerosos brazos, que los cortesanos van ganando el torneo!

Todos fueron corriendo hacia aquel ruido y alboroto. Por eso no siguieron con el escrutinio de los demás libros que quedaban. Así que se cree que fueron al fuego, sin ser vistos ni oídos, La Carolea y León de España. También Los hechos del Emperador, escritos por don Luis de Ávila. Sin duda debían de estar entre los que quedaban. Y quizá, si el cura los hubiera visto, no habrían recibido una sentencia tan dura.

Cuando llegaron hasta don Quijote, él ya se había levantado de la cama. Seguía con sus gritos y sus locuras, dando cuchilladas y golpes hacia todas partes. Estaba tan despierto como si nunca hubiera dormido. Lo abrazaron y lo volvieron a la cama a la fuerza. Cuando se calmó un poco, se volvió hacia el cura y le dijo:

— Por cierto, señor arzobispo Turpín, es una gran vergüenza para los que nos llamamos Doce Pares. Es una vergüenza dejar, así sin más, que los caballeros cortesanos se lleven la victoria de este torneo. ¡Y eso que nosotros, los aventureros, ganamos el premio en los tres días anteriores!

— Calle vuestra merced, señor compadre —dijo el cura—. Dios querrá que la suerte cambie, y lo que hoy se pierde se ganará mañana. Por ahora, cuide vuestra merced su salud. Me parece que debe de estar demasiado cansado, si no es que está malherido.

— Ferido no —dijo don Quijote—, pero sí molido y quebrantado, no hay duda. Porque ese bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina. Y todo por envidia, porque ve que solo yo puedo hacer frente a su valentía. Pero no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si no se lo hago pagar. Lo haré en cuanto me levante de este lecho, a pesar de todos sus encantamientos. Y, por ahora, tráiganme de comer, que sé que es lo que más me conviene. La venganza déjenla en mis manos.

Así lo hicieron: le dieron de comer y se quedó otra vez dormido. Y ellos se quedaron asombrados de su locura.

Aquella noche el ama quemó todos los libros que había en el corral y en toda la casa. Seguramente ardieron algunos que merecían guardarse para siempre en los archivos. Pero no lo permitieron su suerte ni la pereza del que los examinaba. Así se cumplió en ellos el refrán que dice: "A veces pagan justos por pecadores".

El cura y el barbero buscaron entonces un remedio para el mal de su amigo. Decidieron cerrar con una pared el cuarto de los libros. Así, cuando se levantara, no los encontraría. Quizá, quitando la causa, terminaría el efecto. También decidieron decirle que un encantador se los había llevado, con el cuarto y todo. Y así se hizo, muy deprisa.

Dos días después, don Quijote se levantó. Lo primero que hizo fue ir a ver sus libros. Como no encontraba el cuarto donde lo había dejado, andaba de un lado a otro buscándolo. Llegaba adonde antes estaba la puerta y la tocaba con las manos. Y miraba y volvía a mirar por todas partes, sin decir una palabra. Pero, después de un buen rato, preguntó al ama dónde estaba el cuarto de sus libros. El ama ya sabía bien lo que tenía que responder, y le dijo:

— ¿Qué cuarto ni qué nada busca vuestra merced? Ya no hay cuarto ni libros en esta casa, porque todo se lo llevó el mismo diablo.

— No era el diablo —dijo la sobrina—, sino un encantador. Vino sobre una nube una noche, después del día en que vuestra merced se fue de aquí. Bajó de una sierpe en la que venía montado y entró en el cuarto. No sé qué hizo dentro. Al poco rato salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo. Cuando fuimos a mirar lo que había hecho, no vimos ni libro ni cuarto. Solo nos acordamos muy bien el ama y yo de una cosa. Al irse, aquel viejo malo dijo a gritos que tenía una enemistad secreta con el dueño de los libros y del cuarto. Por eso dejaba hecho en la casa el daño que luego veríamos. Dijo también que se llamaba el sabio Muñatón.

— Frestón diría —dijo don Quijote.

— No sé —respondió el ama— si se llamaba Frestón o Fritón. Solo sé que su nombre acababa en "tón".

— Así es —dijo don Quijote—. Es un sabio encantador, gran enemigo mío, que me tiene manía porque sabe una cosa por sus artes y sus libros. Con el tiempo, voy a pelear en batalla singular con un caballero al que él protege. Y lo voy a vencer sin que él pueda impedirlo. Por eso intenta darme todos los disgustos que puede. Pero yo le digo que no podrá cambiar ni evitar lo que el cielo ha ordenado.

— ¿Quién duda de eso? —dijo la sobrina—. Pero, señor tío, ¿quién le mete a vuestra merced en esas peleas? ¿No es mejor quedarse tranquilo en su casa? ¿Para qué irse por el mundo a buscar pan de trastrigo? Muchos van por lana y vuelven trasquilados.

— ¡Oh, sobrina mía —respondió don Quijote—, qué equivocada estás! Antes de que a mí me trasquilen, les habré arrancado las barbas a todos. A todos los que piensen tocarme la punta de un solo pelo.

Las dos no quisieron contestarle más, porque vieron que se estaba enfadando.

Don Quijote pasó quince días en casa muy tranquilo. No mostraba ganas de repetir sus primeras locuras. En esos días tuvo conversaciones muy graciosas con sus dos compadres, el cura y el barbero. Él decía que lo que más necesitaba el mundo eran caballeros andantes. Y que había que hacer renacer la caballería andante. El cura algunas veces le llevaba la contraria y otras le daba la razón. Porque, si no usaba este truco, no había manera de entenderse con él.

En este tiempo, don Quijote habló con un labrador vecino suyo. Era un hombre de bien, si se puede llamar así a un pobre, pero de muy poca sal en la mollera. En fin, tanto le dijo, tanto le convenció y le prometió, que el pobre hombre decidió irse con él. Iba a servirle de escudero. Entre otras cosas, don Quijote le decía que se preparara para ir con él de buena gana. Porque quizá podía pasarle una aventura en la que él ganara una ínsula en un momento. Y entonces lo dejaría a él como gobernador de ella. El labrador se llamaba Sancho Panza. Con estas promesas y otras parecidas, dejó a su mujer y a sus hijos. Y entró a servir como escudero de su vecino.

Luego don Quijote se ocupó de buscar dinero. Vendió una cosa, empeñó otra, y lo vendió todo muy barato. Así reunió una cantidad razonable. También consiguió una rodela, que le pidió prestada a un amigo suyo. Arregló lo mejor que pudo su celada rota. Y avisó a su escudero Sancho del día y la hora en que pensaba ponerse en camino. Así Sancho podría prepararse con lo que más necesitara. Sobre todo le encargó que llevara alforjas. Sancho dijo que sí las llevaría. También pensaba llevar un asno muy bueno que tenía, porque no estaba acostumbrado a andar mucho a pie.

Lo del asno hizo dudar un poco a don Quijote. Intentó recordar si algún caballero andante había llevado un escudero montado en asno. Pero no le vino ninguno a la memoria. Aun así, decidió que lo llevara. Pensaba darle una montura más honrosa en cuanto tuviera ocasión. Le quitaría el caballo al primer caballero descortés que encontrara. Se llevó camisas y las demás cosas que pudo, como le había aconsejado el ventero.

Cuando todo estuvo hecho, se pusieron en marcha. Panza no se despidió de sus hijos y su mujer, ni don Quijote de su ama y su sobrina. Una noche salieron del pueblo sin que nadie los viera. Caminaron tanto aquella noche que, al amanecer, se sintieron seguros. Aunque los buscaran, ya no los encontrarían.

Sancho Panza iba sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota. Tenía muchas ganas de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Don Quijote tomó por casualidad el mismo camino que en su primer viaje, por el campo de Montiel. Esta vez caminaba con menos molestia que la vez anterior, porque era por la mañana. Los rayos del sol les llegaban de lado, así que no los cansaban. Entonces Sancho Panza le dijo a su amo:

— Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo de la ínsula que me ha prometido. Yo sabré gobernarla, por grande que sea.

Don Quijote le respondió:

— Has de saber, amigo Sancho Panza, que los antiguos caballeros andantes tenían una costumbre muy común. Hacían a sus escuderos gobernadores de las ínsulas o reinos que ganaban. Y yo he decidido que esta buena costumbre no se pierda por mí. Al contrario, pienso hacerlo mejor que ellos. Porque ellos a veces, y quizá la mayoría de las veces, esperaban a que sus escuderos fueran viejos. Cuando ya estaban hartos de servir y de pasar malos días y peores noches, les daban algún título. Los hacían condes o, como mucho, marqueses de algún valle o provincia sin importancia. Pero, si tú vives y yo vivo, podría ser que antes de seis días yo ganara un reino. Y ese reino podría tener otros unidos a él, perfectos para coronarte rey de uno de ellos. Y no te parezca mucho. A estos caballeros les pasan cosas por caminos nunca vistos ni pensados. Así que fácilmente podría darte aún más de lo que te prometo.

— De esa manera —respondió Sancho Panza—, quizá yo sería rey por alguno de esos milagros que dice vuestra merced. Y si lo fuera, por lo menos Juana Gutiérrez, mi oíslo, llegaría a ser reina. Y mis hijos serían infantes.

— Pues, ¿quién lo duda? —respondió don Quijote.

— Yo lo dudo —respondió Sancho Panza—, porque creo una cosa. Aunque Dios hiciera llover reinos sobre la tierra, ninguno le quedaría bien en la cabeza a Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina. Condesa le irá mejor, y aun así, con la ayuda de Dios.

— Déjalo tú en manos de Dios, Sancho —respondió don Quijote—, que Él le dará lo que más le convenga. Pero no te hagas tan pequeño de ánimo. No te contentes con menos que con ser adelantado.

— No lo haré, señor mío —respondió Sancho—. Y más teniendo un amo tan importante como vuestra merced. Sabrá darme todo lo que me convenga y lo que yo pueda llevar.

### Glosario

- **torneo**: fiesta en la que los caballeros luchaban entre ellos para ganar un premio.
- **aventureros**: aquí, los caballeros andantes que buscan aventuras.
- **cuchilladas**: golpes con un cuchillo o una espada.
- **malherido**: herido de forma grave.
- **molido y quebrantado**: muy cansado y con dolor en todo el cuerpo, como si le hubieran dado golpes.
- **encina**: árbol grande y fuerte, muy común en España.
- **encantamientos**: hechizos o trucos mágicos de los encantadores.
- **labrador**: hombre que trabaja la tierra en el campo.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero y le lleva las armas.
- **ínsula**: isla; palabra antigua de los libros de caballerías.
- **alforjas**: bolsas dobles que se ponen sobre un animal para llevar cosas.
- **asno / jumento**: burro; animal parecido a un caballo pequeño, de orejas largas.
- **ferido**: forma antigua de "herido".
- **sierpe**: serpiente grande; animal fantástico de los libros.
- **pan de trastrigo**: pan mejor que el de trigo; buscar algo imposible o más de lo razonable.
- **ir por lana y volver trasquilado**: querer ganar algo y acabar perdiendo.
- **poca sal en la mollera**: poca inteligencia.
- **rodela**: escudo redondo.
- **patriarca**: hombre viejo y respetado, jefe de una gran familia.
- **oíslo**: palabra antigua y popular para decir "esposa".
- **infantes**: hijos de los reyes.
- **adelantado**: antiguo cargo: gobernador de una provincia o de una tierra.

## Capítulo VIII. Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de feliz recordación

En esto, vieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo. En cuanto don Quijote los vio, dijo a su escudero:

— La suerte va guiando nuestras cosas mejor de lo que podríamos desear. Porque mira allí, amigo Sancho Panza: hay treinta gigantes enormes, o pocos más. Pienso pelear con ellos y quitarles la vida a todos. Con lo que les quitemos empezaremos a hacernos ricos. Esta es una guerra justa. Y es un gran servicio a Dios quitar tan mala semilla de la faz de la tierra.

— ¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.

— Aquellos que ves allí —respondió su amo—, los de los brazos largos. Algunos suelen tenerlos de casi dos leguas.

— Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se ven no son gigantes, sino molinos de viento. Y lo que parecen brazos son las aspas. El viento las hace girar, y ellas mueven la piedra del molino.

— Bien se ve —respondió don Quijote— que no sabes mucho de aventuras. Ellos son gigantes. Y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte a rezar. Mientras tanto, yo voy a entrar con ellos en una batalla fiera y desigual.

Y, diciendo esto, picó con las espuelas a su caballo Rocinante. No hizo caso de las voces de su escudero Sancho. Sancho le gritaba que, sin ninguna duda, eran molinos de viento y no gigantes. Pero él estaba tan seguro de que eran gigantes que no oía las voces de Sancho. Y, aunque ya estaba muy cerca, tampoco veía lo que eran. Al contrario, iba diciendo en voz alta:

— Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.

En ese momento se levantó un poco de viento, y las grandes aspas empezaron a moverse. Al verlo, don Quijote dijo:

— Pues, aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y, al decir esto, se encomendó de todo corazón a su señora Dulcinea. Le pidió que lo ayudara en aquel peligro. Bien cubierto con su rodela y con la lanza en el ristre, atacó a todo el galope de Rocinante. Embistió contra el primer molino que tenía delante. Le dio una lanzada en el aspa. Pero el viento movió el aspa con tanta fuerza que hizo pedazos la lanza. Y arrastró tras de sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Sancho Panza corrió a ayudarlo, todo lo deprisa que podía su asno. Cuando llegó, vio que no se podía mover: tan fuerte había sido el golpe con Rocinante.

— ¡Válgame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirara bien lo que hacía? Le dije que no eran más que molinos de viento. Solo podía no verlo quien tuviera otros molinos como esos en la cabeza.

— Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—. Las cosas de la guerra, más que otras, cambian continuamente. Además, yo pienso, y es así de verdad, que ha sido aquel sabio Frestón. El mismo que me robó el cuarto y los libros ha convertido estos gigantes en molinos. Lo ha hecho para quitarme la gloria de vencerlos: tanta enemistad me tiene. Pero, al final, sus malas artes poco podrán contra la bondad de mi espada.

— Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.

Sancho lo ayudó a levantarse, y don Quijote volvió a subir sobre Rocinante, que tenía la espalda medio rota. Y, hablando de la aventura pasada, siguieron el camino de Puerto Lápice. Porque don Quijote decía que allí era imposible no encontrar muchas y diversas aventuras, ya que pasaba mucha gente. Pero iba muy triste porque le faltaba la lanza. Y se lo dijo así a su escudero:

— Recuerdo haber leído que un caballero español, llamado Diego Pérez de Vargas, rompió su espada en una batalla. Entonces arrancó de una encina una rama pesada, o un tronco. Y con él hizo tales cosas aquel día y machacó a tantos moros que le quedó el sobrenombre de Machuca. Desde aquel día, él y sus descendientes se llamaron Vargas y Machuca. Te he dicho esto porque pienso arrancar otro tronco tan bueno como aquel. Lo arrancaré de la primera encina o roble que encuentre. Y pienso hacer con él tales hazañas que te tendrás por muy afortunado. Habrás merecido venir a verlas y ser testigo de cosas que apenas podrán creerse.

— A la mano de Dios —dijo Sancho—. Yo me lo creo todo tal como vuestra merced lo dice. Pero enderécese un poco, que parece que va torcido hacia un lado. Debe de ser por los golpes de la caída.

— Así es —respondió don Quijote—. Y si no me quejo del dolor, es porque los caballeros andantes no pueden quejarse de ninguna herida. Aunque se les salgan las tripas por ella.

— Si eso es así, no tengo nada que decir —respondió Sancho—. Pero sabe Dios que a mí me gustaría que vuestra merced se quejara cuando algo le doliera. De mí sé decir que me voy a quejar del más pequeño dolor que tenga. A no ser que eso de no quejarse sea también para los escuderos de los caballeros andantes.

Don Quijote no pudo evitar reírse de la simpleza de su escudero. Le dijo que podía quejarse muy bien cómo y cuándo quisiera, con ganas o sin ellas. Porque hasta entonces no había leído nada en contra en la orden de caballería. Sancho le dijo que mirara que era hora de comer. Su amo le respondió que por ahora no lo necesitaba. Le dijo que comiera él cuando quisiera. Con este permiso, Sancho se acomodó lo mejor que pudo sobre su jumento. Sacó de las alforjas lo que había puesto en ellas. Y fue caminando y comiendo detrás de su amo, muy despacio. De vez en cuando levantaba la bota para beber. Lo hacía con tanto gusto que lo podría envidiar el bodegonero más regalado de Málaga. Mientras iba así, bebiendo trago tras trago, no se acordaba de ninguna promesa de su amo. Y buscar aventuras, por peligrosas que fueran, no le parecía ningún trabajo. Al contrario, le parecía un gran descanso.

En fin, aquella noche la pasaron entre unos árboles. De uno de ellos, don Quijote arrancó una rama seca que casi le podía servir de lanza. Y le puso la punta de hierro de la lanza que se le había roto. Don Quijote no durmió en toda la noche, pensando en su señora Dulcinea. Quería imitar lo que había leído en sus libros. Allí los caballeros pasaban muchas noches sin dormir en los bosques y lugares solitarios. Y se entretenían pensando en sus señoras. No la pasó así Sancho Panza. Como tenía el estómago lleno, y no de agua de achicoria, durmió la noche entera de un tirón. Su amo tuvo que llamarlo. Si no, no lo habrían despertado los rayos del sol en la cara. Tampoco el canto de los muchos pájaros, que saludaban muy alegres la llegada del nuevo día. Al levantarse, Sancho tocó la bota y la encontró algo más flaca que la noche anterior. Y se le encogió el corazón, porque no parecía que fueran a remediar pronto esa falta. Don Quijote no quiso desayunar. Porque, como ya se ha dicho, se alimentaba de sabrosos recuerdos. Volvieron a su camino hacia Puerto Lápice, y hacia las tres de la tarde lo vieron.

— Aquí —dijo don Quijote al verlo—, hermano Sancho Panza, podemos meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Pero ten cuidado. Aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no debes sacar tu espada para defenderme. Solo puedes ayudarme si ves que los que me atacan son canalla y gente baja. Pero si son caballeros, las leyes de caballería no te permiten de ninguna manera ayudarme. No podrás hacerlo hasta que seas armado caballero.

— Por cierto, señor —respondió Sancho—, que en esto obedeceré muy bien a vuestra merced. Además, yo soy pacífico por naturaleza y enemigo de meterme en ruidos y peleas. Pero también es verdad que, cuando tenga que defenderme, no haré mucho caso de esas leyes. Porque las leyes de Dios y de los hombres permiten que cada uno se defienda de quien quiera hacerle daño.

— No digo yo lo contrario —respondió don Quijote—. Pero, en esto de ayudarme contra caballeros, debes controlar tus impulsos naturales.

— Le digo que así lo haré —respondió Sancho—. Cumpliré esa orden tan bien como guardo el domingo.

Mientras hablaban de esto, aparecieron por el camino dos frailes de la orden de San Benito. Venían montados en dos dromedarios: así de grandes eran las dos mulas en que venían. Traían sus anteojos de camino y sus sombrillas. Detrás de ellos venía un coche. Lo acompañaban cuatro o cinco hombres a caballo y dos mozos de mulas a pie. En el coche venía, como se supo después, una señora vizcaína que iba a Sevilla. Allí estaba su marido, que iba a pasar a las Indias con un cargo muy importante. Los frailes no venían con ella, aunque iban por el mismo camino. Pero, en cuanto don Quijote los vio, dijo a su escudero:

— O yo me engaño, o esta va a ser la aventura más famosa que se haya visto. Porque aquellos bultos negros que se ven allí deben de ser, y lo son sin duda, unos encantadores. Llevan en aquel coche a alguna princesa robada. Y tengo que deshacer este tuerto con todas mis fuerzas.

— Esto va a ser peor que lo de los molinos de viento —dijo Sancho—. Mire, señor, que aquellos son frailes de San Benito. Y el coche debe de ser de alguna gente que va de viaje. Mire, le digo que mire bien lo que hace, no sea que el diablo le engañe.

— Ya te he dicho, Sancho —respondió don Quijote—, que sabes poco de aventuras. Lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.

Y, diciendo esto, se adelantó y se puso en medio del camino por donde venían los frailes. Cuando estuvieron tan cerca que le pareció que podrían oírle, dijo en voz alta:

— Gente endiablada y descomunal, dejad ahora mismo a las altas princesas que lleváis a la fuerza en ese coche. Si no, preparaos para recibir pronto la muerte, como justo castigo de vuestras malas obras.

Los frailes pararon las mulas. Se quedaron asombrados, tanto de la figura de don Quijote como de sus palabras. Y le respondieron:

— Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales. Somos dos religiosos de San Benito que vamos por nuestro camino. Y no sabemos si en este coche vienen princesas forzadas o no.

— Conmigo no valen palabras dulces, que ya os conozco, fementida canalla —dijo don Quijote.

Y, sin esperar más respuesta, picó a Rocinante y, con la lanza baja, atacó al primer fraile. Lo hizo con tanta furia y tanto valor que el fraile se dejó caer de la mula. Si no, don Quijote lo habría tirado al suelo a la fuerza. Y lo habría dejado malherido, si no muerto. El segundo fraile vio cómo trataban a su compañero. Entonces clavó las piernas en su buena mula, grande como un castillo. Y empezó a correr por el campo, más rápido que el mismo viento.

Sancho Panza vio al fraile en el suelo. Bajó rápidamente de su asno, se lanzó sobre él y empezó a quitarle los hábitos. En esto llegaron dos mozos de los frailes y le preguntaron por qué lo desnudaba. Sancho les respondió que aquello le correspondía legítimamente. Eran los despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos no entendían de bromas, ni sabían nada de despojos ni de batallas. Vieron que don Quijote ya estaba lejos, hablando con las señoras del coche. Entonces atacaron a Sancho y lo tiraron al suelo. No le dejaron ni un pelo en la barba y lo molieron a patadas. Lo dejaron tendido en el suelo, sin aliento y sin sentido.

Sin perder un momento, el fraile volvió a subir a su mula. Estaba muy asustado, acobardado y sin color en la cara. Cuando se vio montado, salió detrás de su compañero. Este lo estaba esperando un buen trecho más allá, para ver en qué acababa aquel susto. Y, sin querer esperar el final de todo aquel suceso, siguieron su camino. Iban haciéndose más cruces que si llevaran al diablo detrás.

Don Quijote, como se ha dicho, estaba hablando con la señora del coche. Le decía:

— La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más quiera. Porque el orgullo de vuestros robadores ya está por el suelo, derribado por este mi fuerte brazo. Y, para que no sufráis por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que me llamo don Quijote de la Mancha. Soy caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso. Y, en pago del favor que habéis recibido de mí, solo quiero una cosa. Quiero que volváis al Toboso y que os presentéis de mi parte ante esta señora. Y que le digáis lo que he fecho por vuestra libertad.

Todo esto lo escuchaba uno de los escuderos que acompañaban el coche, que era vizcaíno. Vio que don Quijote no dejaba pasar el coche y que decía que debía volver al Toboso. Entonces se acercó a don Quijote y lo agarró de la lanza. Y le dijo así, en mal castellano y peor vizcaíno:

— Anda, caballero que mal andes. Por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te matas como estás ahí vizcaíno.

Don Quijote lo entendió muy bien y le respondió con mucha calma:

— Si fueras caballero, y no lo eres, ya habría castigado yo tu tontería y tu atrevimiento, miserable criatura.

A esto respondió el vizcaíno:

— ¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo. Y mientes que mira si otra dices cosa.

— ¡Ahora lo veredes, dijo Agrajes! —respondió don Quijote.

Y tiró la lanza al suelo, sacó su espada y se colocó bien la rodela. Luego atacó al vizcaíno, decidido a quitarle la vida. El vizcaíno lo vio venir. Habría querido bajarse de la mula, pero no podía fiarse de ella, porque era de las malas de alquiler. Así que solo pudo sacar su espada. Pero tuvo la suerte de estar junto al coche. De allí pudo tomar una almohada que le sirvió de escudo. Y enseguida fueron el uno contra el otro, como dos enemigos mortales.

Los demás quisieron ponerlos en paz, pero no pudieron por lo que decía el vizcaíno. Con sus palabras mal unidas, decía que debían dejarle terminar su batalla. Si no, él mismo mataría a su señora y a toda la gente que se lo impidiera. La señora del coche, asombrada y asustada de lo que veía, le dijo al cochero que se apartara un poco. Y desde lejos se puso a mirar la dura pelea. Durante la pelea, el vizcaíno dio una gran cuchillada a don Quijote encima de un hombro, por encima de la rodela. Si le hubiera dado sin defensa, lo habría abierto hasta la cintura. Don Quijote sintió el peso de aquel golpe terrible y dio un gran grito:

— ¡Oh señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero! Por agradar a vuestra gran bondad, se encuentra en este duro peligro.

Decir esto, apretar la espada, cubrirse bien con la rodela y atacar al vizcaíno, todo fue a la vez. Estaba decidido a jugárselo todo a un solo golpe.

El vizcaíno lo vio venir contra él y comprendió por su valor lo furioso que estaba. Y decidió hacer lo mismo que don Quijote. Así que lo esperó bien cubierto con su almohada. No podía mover la mula ni a un lado ni a otro. Porque la mula estaba muy cansada y nada acostumbrada a semejantes juegos, y ya no podía dar un paso.

Venía, pues, don Quijote contra el prudente vizcaíno, con la espada en alto, decidido a abrirlo por la mitad. Y el vizcaíno lo esperaba también con la espada levantada y protegido con su almohada. Todos los presentes estaban asustados, pendientes de lo que iba a pasar con aquellos golpes tan terribles. La señora del coche y sus criadas hacían mil promesas a todas las imágenes y santuarios de España. Pedían que Dios librara a su escudero y a ellas de aquel peligro tan grande.

Pero lo malo es que, en este mismo punto, el autor de esta historia deja la batalla sin terminar. Se disculpa diciendo que no encontró nada más escrito sobre estas hazañas de don Quijote. Es verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que una historia tan curiosa estuviera olvidada. Tampoco creyó que los sabios de la Mancha fueran tan poco curiosos. Pensaba que debían de tener en sus archivos o escritorios algunos papeles sobre este famoso caballero. Así que, con esta idea, no perdió la esperanza de encontrar el final de esta agradable historia. Y, con la ayuda del cielo, lo encontró del modo que se contará en la segunda parte.

Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

### Glosario

- **escudero**: criado que acompaña a un caballero y le lleva las armas.
- **leguas**: medida antigua de distancia; una legua son unos 5,5 kilómetros.
- **aspas**: brazos de un molino de viento, que el viento hace girar.
- **espuelas**: piezas de metal en los talones del jinete; con ellas se pica al caballo para que corra.
- **se encomendó**: pidió protección y ayuda.
- **galope**: la forma más rápida de correr de un caballo.
- **asno / jumento**: burro; animal parecido a un caballo pequeño, de orejas largas.
- **encina**: árbol grande y fuerte, muy común en España.
- **frailes**: religiosos que viven en un convento.
- **vizcaíno**: persona de Vizcaya, en el norte de España; habla mal el castellano.
- **fermosura / facer / fecho**: formas antiguas de "hermosura", "hacer" y "hecho".
- **Non fuyades**: forma antigua de decir "no huyáis".
- **acomete**: ataca con fuerza.
- **en el ristre**: preparada para atacar; el ristre es la pieza de la armadura donde se apoya la lanza.
- **bodegonero**: dueño de una taberna o casa de comidas.
- **agua de achicoria**: bebida pobre hecha con una planta; aquí, algo sin alimento.
- **tuerto**: injusticia (palabra antigua).
- **fementida canalla**: gente mala y mentirosa.
- **despojos**: cosas que el vencedor quita al vencido.
- **sin par**: sin igual, única.
- **¡Ahora lo veredes, dijo Agrajes!**: frase de los libros de caballerías; quiere decir "¡ahora lo veréis!", como amenaza.
- **¡el agua cuán presto verás que al gato llevas!**: frase del vizcaíno: "pronto verás quién gana".

## Capítulo IX. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron

En la primera parte de esta historia dejamos al valiente vizcaíno y al famoso don Quijote con las espadas levantadas y desnudas. Estaban a punto de descargar dos golpes furiosos. Si los golpes acertaban de lleno, por lo menos se partirían de arriba abajo. Se abrirían como una granada. Y en aquel punto tan dudoso se paró y se cortó una historia tan sabrosa. Su autor no nos dijo dónde podríamos encontrar lo que faltaba.

Esto me dio mucha pena, porque el gusto de haber leído tan poco se convertía en disgusto. Me disgustaba pensar en lo difícil que iba a ser encontrar lo mucho que, en mi opinión, faltaba de un cuento tan sabroso. Me parecía imposible y contra toda buena costumbre que a un caballero tan bueno le faltara un sabio. Un sabio que se encargara de escribir sus hazañas nunca vistas. Eso no le faltó a ninguno de los caballeros andantes,

de esos que dicen las gentes que van a sus aventuras,

porque cada uno de ellos tenía uno o dos sabios a su medida. Estos sabios no solo escribían sus hechos. También pintaban sus pensamientos más pequeños y sus niñerías, por muy escondidos que fueran. No podía ser tan desgraciado un caballero tan bueno. No podía faltarle a él lo que les sobró a Platir y a otros como él. Por eso yo no podía creer que una historia tan hermosa hubiera quedado manca e incompleta. Yo echaba la culpa a la maldad del tiempo, que devora y consume todas las cosas. El tiempo la tenía escondida o la había destruido.

Por otra parte, entre sus libros se habían encontrado algunos tan modernos como Desengaño de celos y Ninfas y Pastores de Henares. Por eso me parecía que su historia también debía de ser moderna. Y, si no estaba escrita, estaría en la memoria de la gente de su aldea y de las aldeas vecinas. Esta idea me tenía confuso. Quería saber de verdad toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha. Él es luz y espejo de la caballería manchega. Fue el primero que, en nuestra época y en estos tiempos tan malos, se dedicó al trabajo de las armas andantes. Fue el primero en desfacer agravios, socorrer viudas y proteger doncellas.

Me refiero a aquellas doncellas de antes, que andaban con sus látigos y sus palafrenes. Iban con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle. Si no las forzaba algún follón, algún villano con hacha y capellina o algún gigante enorme, seguían así. En los tiempos pasados hubo alguna doncella así que vivió ochenta años. En todos ellos no durmió ni un día bajo techo. Y se fue a la sepultura tan entera como la madre que la había parido.

Digo, pues, que por estos y otros muchos motivos nuestro gallardo Quijote merece alabanzas continuas y memorables. Y a mí tampoco me las deben negar. Porque puse trabajo y cuidado en buscar el final de esta agradable historia. Pero sé bien una cosa: si el cielo, el azar y la fortuna no me ayudan, el mundo perderá este pasatiempo. Y quien la lea con atención podrá disfrutarla casi dos horas. Así fue como la encontré:

Un día estaba yo en el Alcaná de Toledo. Llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero. A mí me gusta mucho leer, aunque sean los papeles rotos de las calles. Así que, llevado por esta costumbre mía, tomé uno de los cartapacios que vendía el muchacho. Vi que tenía letras que reconocí como árabes. Las reconocía, pero no sabía leerlas. Por eso busqué por allí algún morisco aljamiado que me las leyera. No fue muy difícil encontrar un intérprete así. Pues, aunque lo hubiera buscado de otra lengua mejor y más antigua, también lo habría encontrado. En fin, la suerte me trajo uno. Le dije lo que quería y le puse el libro en las manos. Él lo abrió por la mitad, leyó un poco y empezó a reírse.

Le pregunté de qué se reía. Me respondió que de una cosa que el libro tenía escrita en el margen, como nota. Le pedí que me la dijera. Y él, sin dejar de reír, dijo:

— Está aquí en el margen, como he dicho, escrito esto: "Esta Dulcinea del Toboso aparece muchas veces en esta historia. Dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha".

Cuando oí decir "Dulcinea del Toboso", me quedé asombrado y sin palabras. Fue porque enseguida pensé que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta idea, le di prisa para que leyera el principio. Él lo hizo, pasando el árabe al castellano en ese mismo momento. Dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.

Tuve que ser muy discreto para disimular la alegría que sentí al oír el título del libro. Me adelanté al sedero y le compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real. Si él hubiera sido listo y hubiera sabido cuánto los deseaba yo, podría haber conseguido más de seis reales. Luego me aparté con el morisco al claustro de la iglesia mayor. Le pedí que me pasara al castellano todos los cartapacios que trataban de don Quijote. Le pedí que no quitara ni añadiera nada, y le ofrecí el pago que él quisiera. Se contentó con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo. Y prometió traducirlos bien, fielmente y muy pronto. Pero yo quería facilitar el negocio y no dejar escapar un hallazgo tan bueno. Así que me lo llevé a mi casa. Allí, en poco más de mes y medio, lo tradujo todo, tal como aquí se cuenta.

En el primer cartapacio estaba pintada, muy al natural, la batalla de don Quijote con el vizcaíno. Estaban en la misma postura que cuenta la historia, con las espadas levantadas. Uno estaba cubierto con su rodela, y el otro con la almohada. La mula del vizcaíno estaba tan bien pintada que, a tiro de ballesta, se veía que era de alquiler. A los pies del vizcaíno había un letrero que decía: Don Sancho de Azpetia. Sin duda, ese debía de ser su nombre. A los pies de Rocinante había otro que decía: Don Quijote.

Rocinante estaba maravillosamente pintado. Era tan largo y estirado, tan delgado y flaco, con tanto espinazo y tan consumido por la enfermedad. Por eso se veía muy bien con cuánto acierto le habían puesto el nombre de Rocinante. Junto a él estaba Sancho Panza, que llevaba a su asno del cabestro. A los pies del asno había otro letrero que decía: Sancho Zancas. Según mostraba la pintura, debía de tener la barriga grande, el cuerpo bajo y las zancas largas. Por eso le debieron de poner los nombres de Panza y de Zancas. Con estos dos sobrenombres lo llama algunas veces la historia. Había otros pequeños detalles que se podrían notar. Pero todos son de poca importancia y no tienen que ver con el relato verdadero de la historia. Y ninguna historia es mala si es verdadera.

Si a esta historia se le puede poner alguna objeción sobre su verdad, solo puede ser una: que su autor fue árabe. Porque es muy propio de los de aquella nación ser mentirosos. Aunque, como son tan enemigos nuestros, se puede pensar que en ella dijo de menos, y no de más. Y así me lo parece a mí. Porque, cuando podía y debía alargarse en alabanzas de tan buen caballero, parece que las calla a propósito. Esto está mal hecho y peor pensado. Los historiadores deben ser exactos, verdaderos y nada apasionados. Ni el interés, ni el miedo, ni el rencor ni el cariño deben apartarlos del camino de la verdad. La madre de la verdad es la historia. La historia es émula del tiempo y depósito de las acciones. Es testigo del pasado, ejemplo y aviso del presente y advertencia del futuro.

Sé que en esta historia se encontrará todo lo que se pueda desear en la más agradable. Y si le falta algo bueno, creo que fue por culpa del galgo de su autor, y no por falta del tema. En fin, su segunda parte, según la traducción, empezaba de esta manera:

Las espadas cortantes de los dos valientes y enfadados luchadores estaban levantadas en alto. Parecía que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo: tal era el valor y el aspecto que tenían. El primero que descargó el golpe fue el colérico vizcaíno. Lo dio con mucha fuerza y mucha furia. Si la espada no se le hubiera torcido en el camino, ese solo golpe habría bastado para acabar la pelea. Y también todas las aventuras de nuestro caballero. Pero la buena suerte, que lo guardaba para cosas mayores, torció en el camino la espada de su enemigo. Así que le dio en el hombro izquierdo, pero no le hizo otro daño que desarmarle todo ese lado. De paso le llevó gran parte de la celada y la mitad de la oreja. Todo ello cayó al suelo de manera espantosa y lo dejó muy maltrecho.

¡Válgame Dios! ¿Quién podrá contar ahora bien la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego al verse así? No digamos más, sino que se levantó otra vez en los estribos. Apretó más la espada con las dos manos y la descargó con tanta furia sobre el vizcaíno. Le dio de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza. Por eso la almohada, tan buena defensa, no le sirvió de nada: fue como si le cayera encima una montaña. El vizcaíno empezó a echar sangre por la nariz, por la boca y por los oídos. Parecía que iba a caerse de la mula. Y se habría caído, sin duda, si no se hubiera abrazado a su cuello. Pero, aun así, sacó los pies de los estribos y luego soltó los brazos. La mula, asustada por el terrible golpe, echó a correr por el campo. Y, a los pocos saltos, tiró a su dueño al suelo.

Don Quijote lo estaba mirando con mucha calma. Cuando lo vio caer, saltó de su caballo y se acercó a él muy deprisa. Le puso la punta de la espada delante de los ojos y le dijo que se rindiera. Si no, le cortaría la cabeza. El vizcaíno estaba tan aturdido que no podía decir una palabra. Y lo habría pasado mal, porque don Quijote estaba ciego de furia, si no fuera por las señoras del coche. Hasta entonces habían mirado la pelea muy asustadas. Pero ahora fueron adonde estaba don Quijote. Y le pidieron con mucha insistencia que les hiciera el gran favor de perdonar la vida a su escudero. Don Quijote respondió con mucho orgullo y seriedad:

— Por cierto, fermosas señoras, estoy muy contento de hacer lo que me pedís. Pero ha de ser con una condición. Este caballero me ha de prometer que irá al lugar del Toboso. Allí se presentará de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga con él lo que quiera.

La señora, asustada y triste, no pensó en lo que pedía don Quijote. Ni siquiera preguntó quién era Dulcinea. Le prometió que el escudero haría todo lo que él le mandara.

— Pues, confiando en esa palabra, no le haré más daño, aunque bien lo tenía merecido.

### Glosario

- **cartapacio**: cuaderno o carpeta con papeles escritos.
- **sedero**: persona que trabaja o comercia con seda.
- **morisco aljamiado**: morisco que sabía hablar y leer el castellano y el árabe.
- **salar puercos**: conservar con sal la carne de cerdo.
- **claustro**: patio con galerías alrededor, dentro de una iglesia o un convento.
- **arroba / fanega**: medidas antiguas de peso y de grano.
- **palafrén / palafrenes**: caballo tranquilo para damas.
- **vizcaíno**: persona de Vizcaya, en el norte de España.
- **manchego / manchega**: de la Mancha, la tierra de don Quijote.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero y le lleva las armas.
- **asno**: burro; animal parecido a un caballo pequeño, de orejas largas.
- **niñerías**: cosas de niños, cosas sin importancia.
- **desfacer agravios**: forma antigua de "deshacer agravios": corregir injusticias.
- **sepultura**: lugar donde se entierra a un muerto.
- **alabanzas**: palabras que dicen cosas buenas de alguien.
- **pasatiempo**: diversión, entretenimiento.
- **arábigo**: árabe.
- **capellina**: pieza de la armadura que cubre la cabeza.
- **zancas**: piernas largas y delgadas.
- **émula**: rival; que compite con otro y quiere igualarlo.
- **galgo**: perro de caza; aquí, insulto contra el autor.

## Capítulo X. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses

Mientras tanto, Sancho Panza ya se había levantado. Los mozos de los frailes lo habían tratado algo mal. Había mirado con atención la batalla de su señor don Quijote. En su corazón rogaba a Dios que le diera la victoria. Y rogaba que con ella su amo ganara alguna ínsula y lo hiciera gobernador de ella, como le había prometido. Vio que la pelea había terminado y que su amo volvía a subir sobre Rocinante. Entonces fue a sujetarle el estribo. Pero antes de que subiera, se puso de rodillas delante de él. Le tomó la mano, se la besó y le dijo:

— Señor don Quijote mío, vuestra merced ha ganado una ínsula en esta dura pelea. Le pido que me dé su gobierno. Por grande que sea, me siento con fuerzas para gobernarla. La gobernaré tan bien como cualquiera que haya gobernado ínsulas en el mundo.

Don Quijote le respondió:

— Fíjate, hermano Sancho, que esta aventura y las parecidas a ella no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas. En ellas no se gana nada más que una cabeza rota o una oreja menos. Ten paciencia. Ya llegarán aventuras en las que podré hacerte gobernador, y aún algo más.

Sancho se lo agradeció mucho. Le besó otra vez la mano y también la falda de la loriga. Después le ayudó a subir sobre Rocinante. Luego él subió sobre su asno y empezó a seguir a su señor. Don Quijote, a paso rápido, se metió en un bosque que había allí cerca. No se despidió ni habló más con las señoras del coche. Sancho lo seguía al trote de su jumento, todo lo rápido que podía. Pero Rocinante caminaba tanto que Sancho se quedaba atrás. Por eso tuvo que gritar a su amo que lo esperara. Don Quijote lo hizo así. Sujetó las riendas de Rocinante hasta que llegó su cansado escudero. Cuando llegó, Sancho le dijo:

— Señor, me parece que sería buena idea ir a refugiarnos en alguna iglesia. Aquel hombre con quien vuestra merced peleó ha quedado mal herido. Por eso es fácil que avisen a la Santa Hermandad y que nos prendan. Y le aseguro que, si lo hacen, vamos a sudar mucho antes de salir de la cárcel.

— Calla —dijo don Quijote—. ¿Dónde has visto tú, o dónde has leído nunca, que a un caballero andante lo hayan llevado ante la justicia? Nunca ha pasado, por muchos homicidios que haya cometido.

— Yo no sé nada de omecillos —respondió Sancho—, y en mi vida he tenido ninguno. Solo sé que la Santa Hermandad se ocupa de los que pelean en el campo. En lo demás no me meto.

— Pues no tengas miedo, amigo —respondió don Quijote—. Yo te sacaré de las manos de los caldeos, y mucho más de las de la Hermandad. Pero dime, por tu vida: ¿has visto un caballero más valiente que yo en toda la tierra conocida? ¿Has leído en las historias de otro que tenga o haya tenido más fuerza para atacar? ¿O más aliento para seguir luchando, más habilidad para herir o más arte para derribar?

— La verdad —respondió Sancho— es que yo nunca he leído ninguna historia, porque no sé leer ni escribir. Pero me atrevo a apostar una cosa. En toda mi vida no he servido a un amo más atrevido que vuestra merced. Y quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde le he dicho. Lo que le pido a vuestra merced es que se cure, porque le sale mucha sangre de esa oreja. Aquí en las alforjas traigo hilas y un poco de ungüento blanco.

— Todo eso no haría ninguna falta —respondió don Quijote— si yo me hubiera acordado de hacer un frasco del bálsamo de Fierabrás. Con una sola gota ahorraríamos tiempo y medicinas.

— ¿Qué frasco y qué bálsamo es ese? —dijo Sancho Panza.

— Es un bálsamo —respondió don Quijote— cuya receta tengo en la memoria. Con él no hay que tener miedo a la muerte, ni pensar en morir de ninguna herida. Cuando yo lo haga, te lo daré. Entonces solo tendrás que hacer una cosa. Puede que en alguna batalla me partan el cuerpo por la mitad, como suele pasar muchas veces. Si lo ves, tomarás con cuidado la parte del cuerpo que haya caído al suelo. Con mucha habilidad la pondrás sobre la mitad que quede en la silla, antes de que la sangre se hiele. Pero ten cuidado de encajarla bien y justo en su sitio. Luego me darás a beber solo dos tragos del bálsamo. Y verás cómo quedo más sano que una manzana.

— Si eso existe —dijo Panza—, desde ahora renuncio al gobierno de la ínsula prometida. Como pago de mis muchos y buenos servicios, solo quiero una cosa. Quiero que vuestra merced me dé la receta de ese licor tan extraordinario. Yo creo que en cualquier sitio una onza valdrá más de dos reales. Y no necesito más para vivir esta vida con honra y con descanso. Pero ahora hay que saber si cuesta mucho hacerlo.

— Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres —respondió don Quijote.

— ¡Pobre de mí! —contestó Sancho—. ¿Y a qué espera vuestra merced para hacerlo y para enseñarme?

— Calla, amigo —respondió don Quijote—. Pienso enseñarte secretos más grandes y hacerte favores mayores. Pero por ahora curémonos, porque la oreja me duele más de lo que quisiera.

Sancho sacó de las alforjas las hilas y el ungüento. Pero cuando don Quijote vio rota su celada, casi perdió el juicio. Puso la mano en la espada, levantó los ojos al cielo y dijo:

— Juro por el Creador de todas las cosas y por los santos cuatro Evangelios, donde está escrito más largamente. Juro hacer la vida que hizo el gran marqués de Mantua cuando juró vengar la muerte de su sobrino Valdovinos. Él juró no comer pan sobre mantel ni dormir con su mujer. Juró también otras cosas que ahora no recuerdo, pero aquí las doy por dichas. Y viviré así hasta vengarme por completo del que me fizo tal daño.

Al oír esto, Sancho le dijo:

— Piense vuestra merced, señor don Quijote, en una cosa. A aquel caballero le mandaron ir a presentarse ante mi señora Dulcinea del Toboso. Si lo ha hecho, ya ha cumplido con lo que debía. Y no merece otro castigo si no comete un nuevo delito.

— Has hablado y has señalado muy bien —respondió don Quijote—. Por eso anulo el juramento en lo que toca a vengarme otra vez de él. Pero en lo demás lo hago y lo confirmo de nuevo. Haré la vida que he dicho hasta quitarle por la fuerza a algún caballero otra celada tan buena como esta. Y no pienses, Sancho, que hago esto sin motivo. Tengo a quien imitar en esto. Lo mismo pasó, exactamente igual, con el yelmo de Mambrino, que tan caro le costó a Sacripante.

— Mande vuestra merced al diablo esos juramentos, señor mío —contestó Sancho—. Son muy malos para la salud y muy dañinos para la conciencia. Si no, dígame ahora: ¿y si en muchos días no encontramos a ningún hombre armado con celada? ¿Qué vamos a hacer? ¿Hay que cumplir el juramento a pesar de tantas molestias e incomodidades? Por ejemplo, dormir vestido, no dormir en ningún pueblo y otras mil penitencias. Todo eso venía en el juramento de aquel viejo loco del marqués de Mantua. Y vuestra merced lo quiere repetir ahora. Piénselo bien vuestra merced. Por estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros. Ellos no llevan celadas, y quizá no las han oído nombrar en toda su vida.

— En eso te equivocas —dijo don Quijote—. No habremos pasado dos horas por estas encrucijadas y ya veremos muchos hombres armados. Veremos más que los que fueron a Albraca a conquistar a Angélica la Bella.

— Bueno, pues que sea así —dijo Sancho—. Quiera Dios que nos vaya bien. Y que llegue ya el momento de ganar esa ínsula que tan cara me cuesta. Después, que me muera.

— Ya te he dicho, Sancho, que no te preocupes nada por eso. Si falta una ínsula, ahí está el reino de Dinamarca o el de Soliadisa. Te vendrán como anillo al dedo. Y además, como están en tierra firme, debes alegrarte más. Pero dejemos esto para su momento. Mira si traes en esas alforjas algo que podamos comer, porque luego iremos a buscar algún castillo. Allí pasaremos esta noche y haremos el bálsamo que te he dicho, porque te juro por Dios que me duele mucho la oreja.

— Aquí traigo una cebolla, un poco de queso y no sé cuántos mendrugos de pan —dijo Sancho—. Pero no son comidas propias de un caballero tan valiente como vuestra merced.

— ¡Qué mal lo entiendes! —respondió don Quijote—. Has de saber, Sancho, que para los caballeros andantes es una honra no comer en un mes. Y cuando comen, comen lo que encuentran más a mano. Lo sabrías bien si hubieras leído tantas historias como yo. He leído muchas, y en ninguna he encontrado que los caballeros andantes comieran. Solo comían por casualidad o en algunos banquetes lujosos que les preparaban. Los demás días los pasaban sin comer nada. Está claro que no podían vivir sin comer. Tampoco podían vivir sin hacer las otras necesidades naturales, porque eran hombres como nosotros. Pero también hay que entender otra cosa. Pasaban la mayor parte de su vida por bosques y lugares sin gente, y sin cocinero. Por eso su comida más normal sería de alimentos sencillos del campo. Serían como los que tú me ofreces ahora. Así que, Sancho amigo, no te preocupes por lo que a mí me gusta. No querrás tú hacer un mundo nuevo ni sacar la caballería andante de su sitio.

— Perdóneme vuestra merced —dijo Sancho—. Como ya he dicho otra vez, yo no sé leer ni escribir. Por eso no conozco las reglas de la profesión de caballero. De ahora en adelante llenaré las alforjas de toda clase de fruta seca para vuestra merced, que es caballero. Y para mí, como no lo soy, las llenaré de otras cosas volátiles y de más sustancia.

— No digo yo, Sancho —contestó don Quijote—, que los caballeros andantes estén obligados a no comer más que esas frutas que dices. Digo que su alimento más normal debía de ser de ellas. Y también de algunas hierbas que encontraban por los campos. Ellos conocían esas hierbas, y yo también las conozco.

— Es una virtud conocer esas hierbas —respondió Sancho—. Según me voy imaginando, algún día nos hará falta usar ese conocimiento.

Entonces Sancho sacó lo que había dicho que traía, y los dos comieron en paz y buena compañía. Pero querían buscar un lugar donde pasar aquella noche. Por eso terminaron muy pronto su comida pobre y seca. Después subieron a caballo y se dieron prisa para llegar a algún pueblo antes de la noche. Pero junto a unas chozas de cabreros se les acabó el sol. También se les acabó la esperanza de conseguir lo que deseaban. Así que decidieron pasar la noche allí. A Sancho le dio mucha pena no llegar a un pueblo. En cambio, a su amo le dio mucha alegría dormir al aire libre. Le parecía que, cada vez que le pasaba esto, tomaba posesión de su vida de caballero. Y así podía demostrar mejor que era un caballero de verdad.

### Glosario

- **encrucijadas**: lugares donde se cruzan varios caminos.
- **loriga**: armadura antigua hecha de pequeñas piezas de metal.
- **refugiarnos en alguna iglesia**: antes, la justicia no podía detener a nadie dentro de una iglesia.
- **omecillos**: palabra que Sancho dice mal; quería decir "homicidios".
- **de las manos de los caldeos**: de las manos de enemigos muy poderosos.
- **hilas**: hilos sacados de tela vieja que se ponían en las heridas.
- **azumbre**: medida antigua de líquido, unos dos litros.
- **celada**: casco que protege la cabeza del caballero.
- **fizo**: forma antigua de "hizo".
- **cosas volátiles**: aves, como gallinas o pollos: Sancho piensa en comida con más sustancia.
- **ínsula**: isla; palabra de los libros de caballerías. Sancho no sabe bien qué es.
- **frailes**: religiosos que viven en un convento.
- **asno / jumento**: burro.
- **trote**: paso rápido de un animal, entre andar y correr.
- **escudero**: criado que acompaña y ayuda a un caballero.
- **atrevimientos**: acciones de una persona que no tiene miedo a nada.
- **alforjas**: bolsas dobles que se llevan sobre el animal para guardar cosas.
- **ungüento**: crema que se pone en las heridas.
- **bálsamo**: medicina líquida para curar heridas; el de Fierabrás es mágico, de los libros de caballerías.
- **onza**: medida antigua de peso, unos 28 gramos.
- **largamente**: con muchos detalles, por extenso.
- **yelmo de Mambrino**: casco mágico de oro de los poemas de caballerías.
- **incomodidades**: cosas que hacen la vida difícil o poco agradable.

## Capítulo XI. De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros

Los cabreros recibieron a don Quijote con amabilidad. Sancho colocó a Rocinante y a su jumento lo mejor que pudo. Después siguió el olor que salía de unos tasajos de cabra. Estaban hirviendo al fuego en un caldero. Sancho quería ver en ese mismo momento si ya estaban listos para pasar del caldero al estómago. Pero no lo hizo, porque los cabreros los quitaron del fuego. Luego pusieron unas pieles de oveja en el suelo y prepararon muy deprisa su sencilla mesa. Con muestras de muy buena voluntad, invitaron a los dos a comer lo que tenían. Seis cabreros se sentaron alrededor de las pieles. Eran todos los que había en la majada. Antes, con ceremonias torpes, le pidieron a don Quijote que se sentara sobre un dornajo. Lo habían puesto boca abajo para él. Don Quijote se sentó. Sancho se quedó de pie para servirle la copa, que estaba hecha de cuerno. Al verlo de pie, su amo le dijo:

— Sancho, quiero que veas todo el bien que tiene la caballería andante. Quiero que veas también algo más. Los que trabajan en cualquier oficio de ella están muy cerca de llegar pronto a ser honrados y estimados por el mundo. Por eso quiero que te sientes aquí, a mi lado, con esta buena gente. Quiero que seas una misma cosa conmigo, que soy tu amo y tu señor natural. Comerás en mi plato y beberás por donde yo beba. Porque de la caballería andante se puede decir lo mismo que se dice del amor: que hace iguales todas las cosas.

— ¡Muchas gracias! —dijo Sancho—. Pero le digo a vuestra merced una cosa. Si tengo buena comida, me la como igual de bien de pie y solo. Y hasta mejor que sentado junto a un emperador. Y, para decir la verdad, me gusta mucho más lo que como en mi rincón, sin cumplidos ni respetos. Aunque sea pan y cebolla, me sabe mejor que los pavos de otras mesas. En esas mesas tengo que masticar despacio, beber poco y limpiarme a menudo. Allí no puedo estornudar ni toser si tengo ganas. Tampoco puedo hacer otras cosas que uno hace cuando está solo y libre. Así que, señor mío, vuestra merced quiere darme estas honras porque sirvo a la caballería andante como escudero suyo. Pero, por favor, cámbielas por otras cosas que me sean más cómodas y útiles. Doy estas honras por bien recibidas, pero renuncio a ellas desde ahora hasta el fin del mundo.

— Aun así, te tienes que sentar. Porque a quien se humilla, Dios lo ensalza.

Y lo agarró del brazo y lo obligó a sentarse junto a él.

Los cabreros no entendían aquel extraño lenguaje de escuderos y de caballeros andantes. Solo comían, callaban y miraban a sus huéspedes. Don Quijote y Sancho, con mucho gusto y mucha gana, se tragaban trozos de carne grandes como un puño. Cuando terminó la carne, los cabreros pusieron sobre las pieles muchas bellotas dulces. Pusieron también medio queso, más duro que si estuviera hecho de argamasa. Mientras tanto, el cuerno no estaba parado. Daba vueltas alrededor muy a menudo, unas veces lleno y otras vacío, como los cubos de una noria. Así vació fácilmente uno de los dos zaques de vino que estaban a la vista. Don Quijote llenó bien el estómago. Después tomó un puñado de bellotas en la mano. Las miró con atención y empezó a decir estas palabras:

— ¡Qué feliz época y qué felices siglos aquellos que los antiguos llamaron dorados! Y no los llamaron así por el oro, que en esta edad de hierro se aprecia tanto. No es que entonces el oro se consiguiera sin ningún esfuerzo. Los llamaron así porque la gente de entonces no conocía estas dos palabras: «tuyo» y «mío». En aquella santa época todas las cosas eran de todos. Nadie tenía que trabajar para conseguir su comida de cada día. Solo tenía que levantar la mano y tomarla de las fuertes encinas. Ellas los invitaban generosamente con su fruto dulce y maduro. Las fuentes claras y los ríos les ofrecían, en gran abundancia, aguas sabrosas y transparentes. En las grietas de las rocas y en los huecos de los árboles vivían las abejas, trabajadoras y sabias. Allí formaban su república. Ofrecían a cualquier mano, sin pedir nada a cambio, la rica cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques soltaban sus cortezas anchas y ligeras, sin más motivo que su cortesía. Con ellas empezaron a cubrir las casas, que se sostenían sobre palos sencillos. Solo servían para protegerse del mal tiempo. Entonces todo era paz, todo amistad, todo acuerdo. El pesado hierro del arado curvo todavía no se había atrevido a abrir la tierra. La tierra, nuestra primera madre, tenía entrañas bondadosas. Sin que nadie la obligara, ofrecía en todo su ancho y rico seno lo necesario. Daba todo lo que podía alimentar, mantener y alegrar a los hijos que vivían en ella. Entonces sí que andaban las pastoras, sencillas y hermosas, de valle en valle y de colina en colina. Llevaban el pelo en trenzas o suelto. No llevaban más ropa que la necesaria para cubrir con decencia lo que la decencia quiere cubrir. Sus adornos no eran como los de ahora. Ahora la púrpura de Tiro y la seda, trabajada y torturada de mil maneras, hacen caros los vestidos. Sus adornos eran solo algunas hojas verdes de lampazo y de hiedra, tejidas juntas. Y quizá así iban tan elegantes y arregladas como van ahora nuestras damas de la corte. Ahora ellas llevan los inventos raros y extraños que les ha enseñado la curiosidad de la gente ociosa. Entonces los pensamientos de amor del alma se decían de manera simple y sencilla. Se decían tal como el alma los sentía. Nadie buscaba vueltas artificiales de palabras para hacerlos más grandes. El fraude, el engaño y la malicia todavía no se habían mezclado con la verdad y la sencillez. La justicia se quedaba en su sitio. No la molestaban ni la ofendían los que buscan favores ni los que buscan su propio interés. Ellos, ahora, la rebajan, la molestan y la persiguen tanto. La ley del encaje todavía no se había metido en la cabeza del juez, porque entonces no había nada que juzgar, ni nadie a quien juzgar. Las doncellas y la decencia andaban, como he dicho, por todas partes, solas y libres. No tenían miedo de que el atrevimiento y los malos deseos de otros les hicieran daño. Si se perdían, era por su propio gusto y su propia voluntad. Y ahora, en estos siglos nuestros tan odiosos, ninguna está segura. No lo está aunque la escondan y la encierren en otro laberinto como el de Creta. Porque allí también entra la peste del amor, por las grietas o por el aire. Entra con las malditas insistencias de los hombres y destruye todo su encierro. Pasó el tiempo y la maldad creció cada vez más. Por eso, para protegerlas, se fundó la orden de los caballeros andantes. Se fundó para defender a las doncellas, proteger a las viudas y ayudar a los huérfanos y a los necesitados. Yo soy de esa orden, hermanos cabreros. Os agradezco la buena comida y el buen recibimiento que nos dais a mí y a mi escudero. Por ley natural, todos los que viven en el mundo deben ayudar a los caballeros andantes. Pero vosotros no conocíais esta obligación, y aun así me habéis recibido y tratado muy bien. Por eso es justo que os agradezca vuestra buena voluntad con toda la mía.

Nuestro caballero dijo todo este largo discurso, que muy bien se podía haber ahorrado, por una razón. Las bellotas que le dieron le recordaron la edad dorada. Entonces le dio la gana de hacer aquel discurso inútil a los cabreros. Ellos lo escucharon embobados y en suspenso, sin responderle ni una palabra. Sancho también callaba y comía bellotas. Y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que estaba colgado de un alcornoque para que el vino se enfriara.

Don Quijote tardó más en hablar que la cena en acabarse. Al final de la cena, uno de los cabreros dijo:

— Señor caballero andante, queremos que vuestra merced pueda decir de verdad que lo recibimos con buena voluntad y sin tardar. Por eso queremos darle un rato de alegría y diversión. Un compañero nuestro va a cantar. No tardará mucho en llegar. Es un zagal muy listo y muy enamorado. Y, sobre todo, sabe leer y escribir. Además, toca el rabel tan bien que no se puede pedir más.

El cabrero apenas había terminado de decir esto cuando oyeron el sonido del rabel. Poco después llegó el que lo tocaba. Era un mozo de unos veintidós años, con muy buena presencia. Sus compañeros le preguntaron si había cenado. Él respondió que sí. Entonces el cabrero que había hecho la oferta le dijo:

— Pues así, Antonio, puedes darnos el gusto de cantar un poco. Así este señor huésped verá que también en los montes y en los bosques hay quien sabe de música. Le hemos contado tus buenas habilidades. Queremos que las demuestres para que vea que decimos la verdad. Así que te ruego, por tu vida, que te sientes y cantes. Canta el romance de tus amores que te escribió tu tío, el beneficiado. En el pueblo ha gustado mucho.

— Con mucho gusto —respondió el mozo.

Y sin necesidad de que se lo pidieran más, se sentó en el tronco de una encina cortada. Afinó su rabel y, poco después, con muy buena gracia, empezó a cantar así:

Antonio

Yo sé, Olalla, que me quieres,
aunque no me lo has dicho,
ni siquiera con los ojos,
que son lenguas mudas del amor.

Sé que eres lista,
y por eso estoy seguro de que me quieres.
Un amor que se conoce
nunca ha sido desgraciado.

Es verdad que a veces, Olalla,
me has dado alguna señal
de que tienes el alma de bronce
y el pecho blanco de roca.

Pero entre tus reproches
y tus rechazos tan honestos,
a veces la esperanza me enseña
el borde de su vestido.

Mi fe se lanza a ese cebo.
Mi fe nunca ha podido bajar
porque tú no me llamas,
ni crecer porque tú me elijas.

Si el amor es cortesía,
por la cortesía que tienes
pienso que mis esperanzas
acabarán como imagino.

Y si los servicios ayudan
a ablandar un corazón,
algunos de los que te he hecho
me dan más fuerza a mi favor.

Si te has fijado,
más de una vez habrás visto
que me pongo los lunes
la ropa buena del domingo.

El amor y la elegancia
van por el mismo camino.
Por eso siempre quise
parecer elegante a tus ojos.

No hablo de los bailes que dejo por ti.
Tampoco te describo las canciones
que has oído a horas extrañas
y cuando canta el primer gallo.

No cuento las alabanzas
que he dicho de tu belleza.
Aunque son verdad,
por ellas algunas no me quieren.

Una vez te alababa yo,
y Teresa del Berrocal me dijo:
“Alguno cree que adora a un ángel,
y en realidad adora a una mona.

Lo engañan las muchas joyas,
el pelo postizo
y las bellezas falsas,
que engañan al mismo Amor”.

Yo le dije que mentía, y ella se enfadó.
Su primo salió a defenderla
y me desafió.
Ya sabes lo que hice yo y lo que hizo él.

Yo no te quiero de cualquier manera.
No te busco ni te sirvo
para que seas mi amante.
Mis intenciones son mejores.

La Iglesia tiene lazos
que son cuerdas de seda.
Pon tú el cuello en el yugo
y verás cómo pongo yo el mío.

Si no, desde aquí juro
por el santo más bendito
no salir de estas sierras
más que para hacerme capuchino.

Con esto el cabrero terminó su canción. Don Quijote le pidió que cantara algo más. Pero Sancho Panza no estuvo de acuerdo, porque tenía más ganas de dormir que de oír canciones. Por eso le dijo a su amo:

— Vuestra merced ya puede buscar el sitio donde va a dormir esta noche. Porque estos buenos hombres trabajan todo el día, y por eso no pueden pasar las noches cantando.

— Ya te entiendo, Sancho —le respondió don Quijote—. Veo muy bien que tus visitas al zaque piden como premio más sueño que música.

— A todos nos sabe bien, bendito sea Dios —respondió Sancho.

— No lo niego —contestó don Quijote—. Pero acomódate tú donde quieras, porque los de mi profesión quedan mejor despiertos y vigilando que durmiendo. Pero, de todos modos, Sancho, estaría bien que me curaras otra vez esta oreja, porque me duele más de lo necesario.

Sancho hizo lo que le mandaba. Uno de los cabreros vio la herida y le dijo que no se preocupara. Él tenía un remedio para que se curara fácilmente. Tomó algunas hojas de romero, que había mucho por allí. Las masticó y las mezcló con un poco de sal. Se las puso en la oreja y se la vendó muy bien. Le aseguró que no necesitaba otra medicina. Y así fue de verdad.

### Glosario

- **tasajos**: trozos de carne seca y salada.
- **majada**: lugar donde los pastores pasan la noche con su ganado.
- **dornajo**: recipiente de madera, largo, donde comen los animales.
- **argamasa**: mezcla de cal, arena y agua que se usa para construir.
- **zaque**: bolsa de cuero para llevar vino.
- **ley del encaje**: decisión que un juez toma según su capricho, no según la ley.
- **rabel**: instrumento de música pequeño, de tres cuerdas, que se toca con un arco.
- **beneficiado**: sacerdote que recibe dinero de una iglesia por su trabajo.
- **capuchino**: fraile de una orden religiosa muy pobre y sencilla.
- **zagal**: chico joven, a menudo pastor.

## Capítulo XII. De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote

En ese momento llegó otro mozo, uno de los que les traían la comida desde el pueblo, y dijo:

— ¿Sabéis lo que pasa en el pueblo, compañeros?

— ¿Cómo lo vamos a saber? —respondió uno de ellos.

— Pues sabed —siguió el mozo— que esta mañana ha muerto aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo. Y se dice que ha muerto de amor por aquella endiablada moza, Marcela. Es la hija de Guillermo el rico, la que anda vestida de pastora por esos campos perdidos.

— Por Marcela, dirás —dijo uno.

— Por esa digo —respondió el cabrero—. Y lo bueno es que ha mandado en su testamento que lo entierren en el campo, como si fuera moro. Quiere que sea al pie de la roca donde está la fuente del alcornoque. Porque, según dice la gente, y dicen que él lo dijo, en ese lugar la vio por primera vez. También mandó otras cosas. Los abades del pueblo dicen que no se deben cumplir, ni está bien cumplirlas, porque parecen cosas de paganos. Pero su gran amigo Ambrosio, el estudiante, responde a todo esto. Él también se vistió de pastor con Grisóstomo. Dice que hay que cumplirlo todo, sin que falte nada, tal como lo mandó Grisóstomo. Por eso el pueblo está alborotado. Pero, según se dice, al final se hará lo que quieren Ambrosio y todos los pastores amigos suyos. Mañana vienen a enterrarlo con gran ceremonia en el lugar que he dicho. Y yo creo que será algo digno de ver. Por lo menos, yo no dejaré de ir a verlo, aunque sepa que mañana no podré volver al pueblo.

— Todos haremos lo mismo —respondieron los cabreros—. Y echaremos a suertes quién se queda a cuidar las cabras de todos.

— Bien dices, Pedro —dijo uno—. Pero no hará falta echarlo a suertes, porque yo me quedaré por todos. Y no creas que lo hago por bondad o porque tengo poca curiosidad. Lo hago porque no puedo andar por el garrancho que el otro día se me clavó en este pie.

— Aun así, te lo agradecemos —respondió Pedro.

Don Quijote le pidió a Pedro que le dijera quién era aquel muerto y quién era aquella pastora. Pedro le contó lo que sabía. El muerto era un hidalgo rico, vecino de un pueblo de aquellas sierras. Había sido estudiante muchos años en Salamanca. Después había vuelto a su pueblo con fama de muy sabio y de haber leído mucho.

— «Sobre todo, decían que sabía la ciencia de las estrellas. Decían también que sabía lo que hacen allá en el cielo el sol y la luna. Porque nos decía con exactitud cuándo iba a haber cris del sol y de la luna.»

— Se llama eclipse, amigo, y no cris, cuando se oscurecen esas dos grandes luces del cielo —dijo don Quijote.

Pero Pedro no se paró en esas tonterías y siguió su cuento:

— «También adivinaba cuándo el año iba a ser abundante o estil.»

— Estéril, queréis decir, amigo —dijo don Quijote.

— Estéril o estil —respondió Pedro—, viene a ser lo mismo. «Y digo que su padre y sus amigos le creían. Hacían lo que él les aconsejaba, y por eso se hicieron muy ricos. Él les decía: “Este año sembrad cebada, no trigo. Este otro podéis sembrar garbanzos y no cebada. El que viene habrá mucho aceite. En los tres siguientes no se cogerá ni una gota”.»

— Esa ciencia se llama astrología —dijo don Quijote.

— Yo no sé cómo se llama —contestó Pedro—, pero sé que sabía todo esto, y aún más. «Al final, pocos meses después de volver de Salamanca, un día apareció vestido de pastor. Llevaba su cayado y su pellico. Se había quitado la ropa larga que llevaba como estudiante. Y con él se vistió también de pastor otro gran amigo suyo, llamado Ambrosio. Había sido su compañero en los estudios. Se me olvidaba decir que el difunto Grisóstomo era muy bueno para componer coplas. Tanto, que él hacía los villancicos para la Nochebuena. También escribía los autos para el día de Dios, y los representaban los mozos de nuestro pueblo. Todos decían que eran buenísimos. La gente del pueblo vio de repente a los dos estudiantes vestidos de pastores y se quedó asombrada. No podían adivinar por qué habían hecho un cambio tan extraño. Por entonces ya había muerto el padre de nuestro Grisóstomo. Él había heredado muchos bienes: muebles, tierras y casas. También heredó bastante ganado, grande y pequeño, y mucho dinero. El joven quedó dueño absoluto de todo. Y de verdad que lo merecía todo, porque era muy buen compañero y caritativo. Era amigo de los buenos y tenía una cara que era una bendición. Después se supo por qué se había cambiado de ropa. Lo hizo solo para andar por estos campos solitarios detrás de aquella pastora Marcela. Es la que nombró antes nuestro zagal. El pobre difunto Grisóstomo se había enamorado de ella.» Y ahora os quiero decir quién es esta muchacha, porque es bueno que lo sepáis. Quizá, y sin quizá, no habréis oído una cosa igual en toda vuestra vida, aunque viváis más años que sarna.

— Decid Sarra —contestó don Quijote. No podía soportar que el cabrero cambiara las palabras.

— La sarna ya vive bastante —respondió Pedro—. Y si vos, señor, me vais a corregir las palabras a cada paso, no acabaremos en un año.

— Perdonad, amigo —dijo don Quijote—. Os lo dije porque hay mucha diferencia entre sarna y Sarra. Pero habéis respondido muy bien, porque la sarna vive más que Sarra. Seguid vuestra historia, que no os interrumpiré más en nada.

— «Digo, pues, señor de mi alma —dijo el cabrero—, que en nuestro pueblo hubo un labrador aún más rico que el padre de Grisóstomo. Se llamaba Guillermo. Dios le dio muchas y grandes riquezas, y además una hija. La madre murió en el parto. Fue la mujer más honrada de toda esta comarca. Me parece que todavía la estoy viendo. Tenía una cara con el sol a un lado y la luna al otro. Y, sobre todo, era trabajadora y amiga de los pobres. Por eso creo que su alma ahora debe de estar gozando de Dios en el otro mundo. Su marido, Guillermo, murió de pena por la muerte de una mujer tan buena. Dejó a su hija Marcela, niña y rica, al cuidado de un tío suyo. Era sacerdote y beneficiado en nuestro pueblo. La niña creció con tanta belleza que nos recordaba a su madre, que había sido muy hermosa. Aun así, todos pensaban que la hija iba a ser más hermosa que la madre. Y así fue. Cuando llegó a los catorce o quince años, todos los que la miraban bendecían a Dios por haberla hecho tan hermosa. Y la mayoría quedaban enamorados y perdidos por ella. Su tío la guardaba con mucho cuidado y la tenía muy encerrada. Pero, a pesar de eso, la fama de su gran belleza se extendió mucho. Por su belleza y por sus muchas riquezas, muchos le pedían al tío que se la diera por esposa. No eran solo los de nuestro pueblo. Eran también los de muchas leguas alrededor, y de los mejores. Le rogaban, le insistían y le molestaban. Pero él es un buen cristiano de verdad. Quería casarla pronto, porque veía que ya tenía edad. Pero no quiso hacerlo sin el consentimiento de ella. Retrasaba la boda sin pensar en la ganancia que le daba administrar los bienes de la muchacha. Y os aseguro que esto se dijo en más de un corro del pueblo, para alabar al buen sacerdote.» Porque quiero que sepáis, señor andante, que en estos pueblos pequeños se habla de todo y se critica todo. Y pensad una cosa, como la pienso yo. Tiene que ser buenísimo el cura que consigue que sus feligreses hablen bien de él. Sobre todo en las aldeas.

— Así es —dijo don Quijote—. Y seguid adelante, que el cuento es muy bueno. Y vos, buen Pedro, lo contáis con mucha gracia.

— Que no me falte la gracia del Señor, que es la que importa. «Y en lo demás, sabréis una cosa. Muchos pedían a la sobrina por esposa, y el tío se los presentaba. Le explicaba las cualidades de cada uno. Le rogaba que se casara y que eligiera a su gusto. Pero ella nunca respondió otra cosa. Decía que por entonces no quería casarse. Decía que, como era muy joven, no se sentía capaz de llevar la carga del matrimonio. Estas excusas parecían justas, y por eso el tío dejaba de insistirle. Esperaba a que fuera un poco mayor y supiera elegir compañero a su gusto. Porque él decía, y decía muy bien, que los padres no deben casar a sus hijos contra su voluntad. Pero, de repente, cuando menos lo esperábamos, un día aparece la delicada Marcela convertida en pastora. Su tío y todo el pueblo se lo desaconsejaban, pero no sirvió de nada. Ella decidió irse al campo con las demás pastoras del pueblo y cuidar su propio ganado. En cuanto salió en público, todos pudieron ver su belleza. No sabría deciros cuántos jóvenes ricos, hidalgos y labradores se han vestido como Grisóstomo. Y andan por esos campos diciéndole palabras de amor. Uno de ellos, como ya he dicho, fue nuestro difunto. De él decían que ya no la quería, sino que la adoraba. Marcela vive con esa libertad, en una vida tan suelta y casi sin encierro. Pero no penséis que por eso ha dado ninguna señal contra su honestidad y su decencia. Al contrario, cuida su honra con muchísima atención. Muchos la sirven y la buscan. Pero ninguno ha presumido de que ella le haya dado la más pequeña esperanza. Y nadie podrá presumir de eso con verdad. Ella no huye de la compañía ni de la conversación de los pastores. Los trata con cortesía y amistad. Pero en cuanto alguno le descubre su intención, ella lo echa de su lado como con una catapulta. Lo hace aunque la intención sea tan justa y santa como el matrimonio. Con esta manera de ser, hace más daño en esta tierra que si entrara en ella la peste. Porque su amabilidad y su belleza atraen los corazones de los que la tratan. Todos quieren servirla y amarla. Pero su desprecio y su sinceridad los llevan a desesperarse. Por eso no saben qué decirle. Solo la llaman a gritos cruel y desagradecida, y otros nombres parecidos. Esos nombres muestran bien cómo es ella. Si estuvierais aquí algún día, señor, oiríais las quejas de los desengañados que la siguen. Esas quejas suenan por estas sierras y estos valles. No muy lejos de aquí hay un sitio con casi dos docenas de hayas altas. En la corteza lisa de cada una está grabado y escrito el nombre de Marcela. Encima de algún nombre hay una corona grabada en el mismo árbol. Es como si su enamorado quisiera decir claramente una cosa. Marcela lleva y merece la corona de toda la belleza humana. Aquí suspira un pastor, allí se queja otro. Más allá se oyen canciones de amor, y aquí canciones tristes de desesperación. Hay uno que pasa todas las horas de la noche sentado al pie de alguna encina o roca. Allí no cierra los ojos llorosos y se queda perdido en sus pensamientos. Y así lo encuentra el sol por la mañana. Y hay otro que no deja de suspirar ni un momento. En medio del calor de la siesta más pesada del verano, se tumba sobre la arena ardiente. Desde allí envía sus quejas al cielo piadoso. Y de este y de aquel, y de aquellos y de estos, triunfa la hermosa Marcela, libre y tranquila. Todos los que la conocemos estamos esperando a ver cómo acaba su orgullo. Queremos saber quién será el afortunado que logre domar un carácter tan terrible. Y quién disfrutará de una belleza tan extraordinaria.» Todo lo que he contado es una verdad bien comprobada. Por eso creo que también es verdad lo que nuestro zagal dijo que se decía sobre la causa de la muerte de Grisóstomo. Así que os aconsejo, señor, que mañana vayáis a su entierro. Será algo digno de ver, porque Grisóstomo tiene muchos amigos. Y de este lugar a aquel donde manda que lo entierren hay media legua.

— Lo tendré muy en cuenta —dijo don Quijote—. Y os agradezco el gusto que me habéis dado al contarme un cuento tan sabroso.

— ¡Oh! —contestó el cabrero—. Todavía no sé ni la mitad de lo que les ha pasado a los enamorados de Marcela. Pero puede ser que mañana encontremos en el camino a algún pastor que nos lo cuente. Y, por ahora, será bueno que os vayáis a dormir bajo techo. Porque el frío de la noche podría haceros daño en la herida. Aunque la medicina que os han puesto es tan buena que no hay que temer ningún problema.

Sancho Panza ya mandaba al diablo tanto hablar del cabrero. Por eso, él también le pidió a su amo que entrara a dormir en la choza de Pedro. Don Quijote lo hizo así. Pasó la mayor parte de la noche recordando a su señora Dulcinea, para imitar a los enamorados de Marcela. Sancho Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento. Y durmió, no como un enamorado sin suerte, sino como un hombre molido a patadas.

### Glosario

- **abades**: aquí, los curas del pueblo.
- **garrancho**: trozo de rama rota y con punta.
- **cayado**: palo de pastor, curvo por arriba.
- **pellico**: chaqueta de piel que llevan los pastores.
- **autos**: obras de teatro cortas sobre temas religiosos.
- **el día de Dios**: la fiesta del Corpus Christi.
- **más años que sarna**: la sarna es una enfermedad de la piel; "más viejo que la sarna" quiere decir "muy viejo".
- **Sarra**: Sara, la mujer de Abraham en la Biblia, que vivió muchísimos años.
- **feligreses**: personas que van a la iglesia de un cura.
- **catapulta**: máquina antigua de guerra para lanzar piedras.

## Capítulo XIII. Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos

Apenas empezaba a aparecer el día por los balcones del oriente, cinco de los seis cabreros se levantaron. Fueron a despertar a don Quijote. Le preguntaron si todavía quería ir a ver el famoso entierro de Grisóstomo. Ellos le harían compañía. Don Quijote no deseaba otra cosa. Se levantó y mandó a Sancho que ensillara a Rocinante y le pusiera la albarda al asno enseguida. Sancho lo hizo muy deprisa, y con la misma prisa se pusieron todos en camino. No habían andado ni un cuarto de legua cuando, al cruzar un sendero, vieron venir hacia ellos a unos seis pastores. Iban vestidos con pellicos negros. En la cabeza llevaban coronas de ciprés y de adelfa amarga. Cada uno traía en la mano un grueso bastón de acebo. Con ellos venían también dos caballeros a caballo, muy bien vestidos para el viaje. Los acompañaban otros tres criados a pie. Al encontrarse, se saludaron con cortesía. Se preguntaron unos a otros adónde iban y supieron que todos iban al lugar del entierro. Así que empezaron a caminar todos juntos.

Uno de los que iban a caballo habló con su compañero y le dijo:

— Me parece, señor Vivaldo, que no vamos a perder el tiempo que tardemos en ver este famoso entierro. Será famoso sin duda, por lo que nos han contado estos pastores. Nos han contado cosas extrañas del pastor muerto y de la pastora asesina.

— Eso me parece a mí también —respondió Vivaldo—. Y no digo yo tardar un día. Tardaría hasta cuatro días por verlo.

Don Quijote les preguntó qué habían oído de Marcela y de Grisóstomo. Uno de los viajeros le contó lo siguiente. Aquella madrugada se habían encontrado con aquellos pastores. Como los vieron vestidos de esa manera tan triste, les preguntaron por qué iban así. Uno de ellos se lo contó. Les habló de lo extraña y lo hermosa que era una pastora llamada Marcela. Les habló también de los muchos que la amaban y de la muerte de aquel Grisóstomo. Iban a su entierro. Al final, el viajero contó todo lo que Pedro le había contado a don Quijote.

Terminó esta conversación y empezó otra. El que se llamaba Vivaldo le preguntó a don Quijote una cosa. Quería saber por qué andaba armado de aquella manera por una tierra tan tranquila. Don Quijote le respondió:

— Mi profesión no me permite andar de otra manera. La buena vida, el lujo y el descanso se inventaron para los cortesanos blandos. Pero el trabajo, la inquietud y las armas se inventaron solo para aquellos que el mundo llama caballeros andantes. Y yo, aunque no lo merezco, soy el más pequeño de todos ellos.

En cuanto le oyeron decir esto, todos pensaron que estaba loco. Vivaldo quería comprobarlo mejor y ver qué tipo de locura tenía. Por eso le volvió a preguntar qué quería decir «caballeros andantes».

— ¿No han leído vuestras mercedes —respondió don Quijote— los anales y las historias de Inglaterra? Allí se cuentan las famosas fazañas del rey Arturo. En nuestra lengua castellana lo llamamos siempre el rey Artús. En todo aquel reino de Gran Bretaña hay una tradición antigua y conocida por todos. Dicen que este rey no murió. Dicen que, por arte de encantamiento, se convirtió en cuervo. Y dicen que, con el tiempo, volverá a reinar y a recuperar su reino y su cetro. Por eso no se podrá probar que, desde entonces hasta hoy, algún inglés haya matado un cuervo. Pues en tiempos de este buen rey se fundó aquella famosa orden de caballería de los caballeros de la Tabla Redonda. Y entonces pasaron, exactamente como se cuentan, los amores de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra. Los ayudaba y lo sabía todo aquella dueña tan honrada, la dueña Quintañona. De ahí nació aquel romance tan conocido y tan cantado en nuestra España:

Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña vino;

y sigue con el relato tan dulce y tan suave de sus amores y de sus valientes fechos. Pues desde entonces, de mano en mano, aquella orden de caballería se fue extendiendo por muchas y diversas partes del mundo. En ella fueron famosos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula, con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta generación. También el valeroso Felixmarte de Hircania. Y Tirante el Blanco, a quien nunca se ha alabado lo bastante. Y casi en nuestros días vimos, tratamos y oímos al invencible y valeroso caballero don Belianís de Grecia. Esto es, señores, ser caballero andante, y esta es la orden de su caballería. En ella, como ya he dicho, yo, aunque pecador, he entrado. Y lo mismo que prometieron esos caballeros, lo prometo yo. Por eso voy por estos lugares solitarios y sin gente buscando aventuras. Tengo la firme decisión de ofrecer mi brazo y mi persona a la aventura más peligrosa que me traiga la suerte. Y lo hago para ayudar a los débiles y a los necesitados.

Con estas palabras, los viajeros terminaron de entender que don Quijote había perdido el juicio. Vieron también qué tipo de locura lo dominaba. Y se asombraron tanto como se asombraban todos los que la conocían por primera vez. Vivaldo era una persona muy inteligente y de carácter alegre. Quería pasar sin aburrimiento el poco camino que, según decían, les faltaba para llegar a la sierra del entierro. Por eso quiso darle la ocasión de seguir con sus disparates. Y así, le dijo:

— Me parece, señor caballero andante, que vuestra merced ha elegido una de las profesiones más duras y estrictas de la tierra. Yo creo que ni siquiera la de los frailes cartujos es tan estricta.

— Puede que sea igual de estricta —respondió nuestro don Quijote—. Pero estoy muy cerca de dudar que sea igual de necesaria en el mundo. Porque, para decir la verdad, el soldado que cumple lo que su capitán le manda hace tanto como el capitán que se lo ordena. Quiero decir que los religiosos, con toda paz y tranquilidad, piden al cielo el bien de la tierra. Pero los soldados y los caballeros hacemos realidad lo que ellos piden. Defendemos la tierra con el valor de nuestros brazos y el filo de nuestras espadas. Y no lo hacemos bajo techo, sino al aire libre. Allí somos el blanco de los terribles rayos del sol en verano y de los duros hielos del invierno. Así que somos ministros de Dios en la tierra. Somos los brazos con los que Dios hace justicia en ella. Las cosas de la guerra solo se pueden hacer con sudor, esfuerzo y trabajo. Por eso, los que se dedican a ellas tienen sin duda más trabajo que los otros. Los otros, en paz y descanso, ruegan a Dios que ayude a los que pueden poco. No quiero decir, ni se me pasa por la cabeza, que el estado de caballero andante sea tan bueno como el del religioso encerrado. Solo quiero decir, por lo que yo sufro, que su vida es sin duda más trabajosa y recibe más golpes. Pasa más hambre y más sed. Es más miserable, va más rota y tiene más piojos. Porque no hay duda de que los caballeros andantes del pasado tuvieron muchas desgracias a lo largo de su vida. Y si algunos llegaron a ser emperadores por el valor de su brazo, les costó mucha sangre y mucho sudor. Y si no hubieran tenido encantadores y sabios que los ayudaran, no habrían conseguido sus deseos. Sus esperanzas habrían quedado en nada.

— Yo pienso lo mismo —contestó el viajero—. Pero, entre otras muchas, hay una cosa que me parece muy mal de los caballeros andantes. A veces van a atacar en una aventura grande y peligrosa, donde se ve claro el peligro de perder la vida. Y en ese momento nunca se acuerdan de encomendarse a Dios. Todo cristiano tiene obligación de hacerlo en peligros así. Pero ellos, en cambio, se encomiendan a sus damas, con tantas ganas y devoción como si ellas fueran su Dios. Y eso me parece que huele un poco a paganismo.

— Señor —respondió don Quijote—, eso no puede ser de ninguna otra manera. El caballero andante que hiciera otra cosa haría muy mal. Porque en la caballería andante hay una costumbre. A veces el caballero empieza un gran fecho de armas y tiene a su señora delante. Entonces debe volver los ojos hacia ella con dulzura y amor. Es como si le pidiera con los ojos que lo ayude y lo proteja en el difícil momento que empieza. Y aunque nadie lo oiga, tiene que decir algunas palabras entre dientes. Con ellas se encomienda a ella de todo corazón. De esto tenemos ejemplos sin número en las historias. Pero no hay que entender por esto que dejan de encomendarse a Dios. Porque les queda tiempo y lugar para hacerlo durante la lucha.

— Aun así —contestó el viajero—, me queda una duda. Muchas veces he leído que dos caballeros andantes empiezan a discutir. De una palabra en otra se enfadan. Dan la vuelta a los caballos y se alejan un buen trozo por el campo. Luego, sin más, vuelven a encontrarse corriendo con todas sus fuerzas. Y en mitad de la carrera se encomiendan a sus damas. Lo que suele pasar en el choque es esto. Uno cae por la parte de atrás del caballo, atravesado de lado a lado por la lanza del otro. Y el otro también se habría caído al suelo, si no se hubiera agarrado a las crines de su caballo. Yo no sé cómo el muerto tuvo tiempo de encomendarse a Dios en una cosa tan rápida. Habría sido mejor otra cosa. Las palabras que gastó en la carrera encomendándose a su dama debería haberlas gastado en lo que debía como cristiano. Y además, yo creo que no todos los caballeros andantes tienen damas a quienes encomendarse. Porque no todos están enamorados.

— Eso no puede ser —respondió don Quijote—. Digo que no puede haber caballero andante sin dama. Para ellos es tan propio y tan natural estar enamorados como para el cielo tener estrellas. Y estoy seguro de que no hay ninguna historia con un caballero andante sin amores. Si alguno no los tuviera, no lo tendrían por caballero legítimo, sino por bastardo. Dirían que entró en la fortaleza de la caballería como un salteador y un ladrón. No entró por la puerta, sino saltando la tapia.

— Aun así —dijo el viajero—, si no me falla la memoria, creo haber leído algo sobre don Galaor. Era hermano del valeroso Amadís de Gaula. Nunca tuvo una dama concreta a quien encomendarse. Y, a pesar de eso, nadie lo consideró menos. Fue un caballero muy valiente y famoso.

Nuestro don Quijote le respondió:

— Señor, una golondrina sola no hace verano. Además, yo sé que ese caballero estaba muy enamorado en secreto. Es verdad que quería bien a todas las mujeres que le parecían bonitas. Pero eso era su manera natural de ser, y no lo podía controlar. Pero, en resumen, está bien comprobado que tenía una sola dama, a la que había hecho señora de su voluntad. Se encomendaba a ella muy a menudo y muy en secreto, porque presumía de ser un caballero discreto.

— Si todo caballero andante tiene que estar enamorado —dijo el viajero—, vuestra merced también lo estará, porque es de la profesión. Quizá vuestra merced no presume de ser tan discreto como don Galaor. Si es así, se lo suplico con todo mi corazón, en nombre de todos los presentes y en el mío. Díganos el nombre de su dama, su tierra, su rango y su belleza. Ella se sentiría feliz si todo el mundo supiera que la quiere y la sirve un caballero como parece vuestra merced.

Entonces don Quijote dio un gran suspiro y dijo:

— Yo no puedo asegurar si a mi dulce enemiga le gusta o no que el mundo sepa que yo la sirvo. Pero vuestras mercedes me lo piden con tanta cortesía que les responderé. Solo sé decir esto. Su nombre es Dulcinea. Su tierra, el Toboso, un lugar de la Mancha. Su rango tiene que ser, por lo menos, de princesa, porque es mi reina y señora. Su belleza es sobrehumana. Porque en ella se hacen verdad todas las cualidades imposibles y fantásticas que los poetas dan a sus damas. Sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles. Sus mejillas son rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello. Mármol es su pecho, marfil sus manos, nieve su blancura. Y luego están las partes que la decencia esconde a la vista humana. Según yo pienso, no se pueden comparar con nada. Solo una mente discreta puede imaginar su valor.

— Querríamos saber su linaje, su familia y sus antepasados —contestó Vivaldo.

Don Quijote le respondió:

— No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos. Tampoco es de los modernos Colonas y Ursinos. No es de los Moncadas y Requesenes de Cataluña, ni de los Rebellas y Villanovas de Valencia. No es de los Palafoxes, Nuzas, Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragón. Ni de los Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla. Ni de los Alencastros, Pallas y Meneses de Portugal. Es de los del Toboso de la Mancha. Es un linaje moderno, pero puede ser el noble principio de las familias más ilustres de los siglos futuros. Y que nadie me lleve la contraria en esto. Solo podrá hacerlo con las condiciones que puso Cervino al pie de las armas de Orlando. Allí decía:

nadie las mueva
si no puede
ponerse a prueba con Roldán.

— Mi familia es de los Cachopines de Laredo —respondió el viajero—. Aun así, no me atreveré a compararla con la del Toboso de la Mancha. Aunque, para decir la verdad, nunca había oído ese apellido hasta ahora.

— ¡Cómo que no lo habrá oído! —contestó don Quijote.

Todos los demás escuchaban con gran atención la conversación de los dos. Hasta los cabreros y los pastores se dieron cuenta de que a nuestro don Quijote le faltaba mucho juicio. Solo Sancho Panza pensaba que todo lo que decía su amo era verdad. Él sabía quién era y lo conocía desde que nació. Lo único que dudaba un poco era aquello de la linda Dulcinea del Toboso. Porque nunca había oído ese nombre ni había sabido nada de esa princesa, aunque vivía tan cerca del Toboso.

Iban hablando de estas cosas cuando vieron bajar a unos veinte pastores por el paso entre dos altas montañas. Todos llevaban pellicos de lana negra y coronas en la cabeza. Después se vio que unas coronas eran de tejo y otras de ciprés. Seis de ellos llevaban unas andas, cubiertas de muchas clases de flores y de ramas. Al verlo, uno de los cabreros dijo:

— Aquellos que vienen allí son los que traen el cuerpo de Grisóstomo. Y el pie de aquella montaña es el lugar donde él mandó que lo enterraran.

Por eso se dieron prisa para llegar. Llegaron cuando los otros ya habían puesto las andas en el suelo. Cuatro de ellos estaban cavando la tumba con picos afilados, al lado de una roca dura.

Unos y otros se saludaron con cortesía. Luego don Quijote y los que venían con él se pusieron a mirar las andas. Vieron en ellas un cuerpo muerto, cubierto de flores y vestido de pastor. Parecía tener unos treinta años. Aunque estaba muerto, se notaba que en vida había tenido una cara hermosa y un cuerpo elegante. A su alrededor, en las mismas andas, había algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados. Todos guardaban un silencio extraordinario: los que miraban, los que cavaban la tumba y todos los demás. Hasta que uno de los que habían traído al muerto le dijo a otro:

— Mira bien, Ambrosio, si es este el lugar que dijo Grisóstomo. Ya que queréis que se cumpla con tanto cuidado lo que mandó en su testamento.

— Es este —respondió Ambrosio—, porque aquí me contó muchas veces mi desgraciado amigo la historia de su desgracia. Aquí me dijo que vio por primera vez a aquella enemiga mortal de la humanidad. Aquí fue también donde le declaró por primera vez su amor, tan honesto como enamorado. Y aquí fue donde Marcela lo desengañó y lo despreció por última vez. Así terminó la tragedia de su vida desgraciada. Y aquí, en recuerdo de tantas desgracias, quiso que lo dejaran en el fondo del olvido eterno.

Después se volvió hacia don Quijote y los viajeros y siguió diciendo:

— Ese cuerpo, señores, que miráis con ojos llenos de pena, guardó un alma muy especial. El cielo puso en ella una parte infinita de sus riquezas. Ese es el cuerpo de Grisóstomo. Fue único en el ingenio, el primero en la cortesía y extraordinario en la elegancia. En la amistad fue un fénix. Fue generoso sin medida, serio sin orgullo y alegre sin vulgaridad. En fin, fue el primero en todo lo que es ser bueno. Y no tuvo segundo en todo lo que fue ser desgraciado. Quiso bien y fue odiado. Adoró y fue despreciado. Rogó a una fiera, insistió a un mármol, corrió detrás del viento y dio gritos a la soledad. Sirvió a la ingratitud. Y como premio la muerte se lo llevó en la mitad de la carrera de su vida. Le quitó la vida una pastora a la que él quería hacer eterna en el recuerdo de la gente. Así lo podrían mostrar esos papeles que estáis mirando. Pero él me mandó que los echara al fuego después de dar su cuerpo a la tierra.

— Seréis más duro y más cruel con ellos que su mismo dueño —dijo Vivaldo—. Porque no es justo ni acertado cumplir la voluntad de alguien que ordena cosas fuera de toda razón. Augusto César habría hecho mal si hubiera dejado cumplir lo que mandó en su testamento el divino Mantuano. Así que, señor Ambrosio, aunque deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no deis sus escritos al olvido. Él lo ordenó porque se sentía ofendido. Pero no está bien que vos lo cumpláis sin pensar. Al contrario, dad vida a estos papeles. Así la crueldad de Marcela vivirá siempre y servirá de ejemplo a la gente de los tiempos futuros. Y así se apartarán y huirán de caer en precipicios parecidos. Yo y los que venimos aquí ya conocemos la historia de vuestro amigo, enamorado y desesperado. Sabemos vuestra amistad y la causa de su muerte. Y sabemos lo que mandó al final de su vida. De esta triste historia se puede aprender mucho. Se ve cuánta ha sido la crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo y la lealtad de vuestra amistad. Y se ve cómo acaban los que corren sin freno por el camino que les pone delante el amor loco. Anoche supimos la muerte de Grisóstomo y que lo iban a enterrar en este lugar. Así que, por curiosidad y por pena, dejamos nuestro camino directo. Decidimos venir a ver con nuestros ojos lo que tanta pena nos había dado al oírlo. Sentimos esta pena y deseamos remediarla, si podíamos. Como pago de eso, te rogamos, ¡oh discreto Ambrosio!, que no quemes estos papeles. Por lo menos yo te lo suplico de mi parte. Déjame llevarme algunos de ellos.

Y, sin esperar a que el pastor respondiera, alargó la mano y tomó algunos de los que estaban más cerca. Al verlo, Ambrosio dijo:

— Por cortesía, os dejaré quedaros, señor, con los que ya habéis tomado. Pero es inútil pensar que no voy a quemar los que quedan.

Vivaldo deseaba ver lo que decían los papeles. Abrió enseguida uno de ellos y vio que tenía este título: «Canción desesperada». Ambrosio lo oyó y dijo:

— Ese es el último papel que escribió el desgraciado. Leedlo de modo que todos os oigan, señor. Así veréis cómo lo habían dejado sus desgracias. Tendréis tiempo mientras terminan de cavar la tumba.

— Lo haré con mucho gusto —dijo Vivaldo.

Todos los presentes tenían el mismo deseo, y por eso se pusieron a su alrededor. Y él, leyendo en voz clara, vio que decía así:

### Glosario

- **pellicos**: chaquetas de piel que llevan los pastores.
- **adelfa**: planta de flores rosas o blancas, amarga y venenosa.
- **acebo**: árbol de hojas duras con pinchos y frutos rojos.
- **frailes cartujos**: monjes que viven encerrados, en silencio y con una vida muy dura.
- **fazañas / fechos**: formas antiguas de "hazañas" y "hechos".
- **dueña**: señora mayor que sirve en una casa noble.
- **encomendarse**: pedir a alguien ayuda y protección antes de un peligro.
- **campos elíseos**: en los mitos antiguos, lugar maravilloso donde viven los muertos buenos.
- **andas**: tabla con dos palos para llevar a un muerto o una imagen sobre los hombros.
- **el divino Mantuano**: el poeta latino Virgilio, que pidió en su testamento quemar su gran poema.

## Capítulo XIV. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos

Canción de Grisóstomo

Cruel, tú quieres que todos sepan,
de boca en boca y de pueblo en pueblo,
la fuerza de tu dureza.
Pues yo haré que el mismo infierno
dé a mi pecho triste un sonido de dolor.
Con él mi voz cambiará su forma de siempre.
Mi deseo se esfuerza en contar
mi dolor y tus hazañas.
Con él irá el sonido de una voz espantosa.
Y en ella irán mezclados, para más tormento,
pedazos de mis pobres entrañas.
Escucha, pues, y presta atención.
No escuches una música bella y ordenada,
sino el ruido que sale del fondo de mi pecho amargo.
Lo saca una locura que no puedo evitar.
Sale por mi gusto y para tu disgusto.

Que salgan con mi alma dolorida
el rugido del león y el aullido terrible del lobo feroz.
Que salgan el silbido horrible de la serpiente con escamas,
el grito espantoso de algún monstruo
y el graznido de la corneja, que anuncia desgracias.
Que salga el estruendo del viento
cuando lucha contra el mar inquieto.
Que salgan el bramido sin fin del toro vencido
y el arrullo triste de la tórtola viuda.
Que salga el canto triste del búho, a quien todos odian,
y el llanto de toda la negra banda del infierno.
Que salgan todos mezclados en un solo sonido,
de manera que se confundan todos los sentidos.
Porque la pena cruel que hay en mí
necesita maneras nuevas para contarse.

Los tristes ecos de tanta confusión
no los oirán las arenas del padre Tajo,
ni los olivos del famoso Betis.
Mis duras penas se esparcirán
por rocas altas y por huecos profundos,
con lengua muerta y con palabras vivas.
O irán por valles oscuros,
o por playas solitarias, sin ninguna persona,
o adonde el sol nunca mostró su luz,
o entre la multitud venenosa de fieras
que vive en las llanuras de Libia.
Los ecos roncos e inciertos de mi mal
sonarán en los campos desiertos,
junto con tu dureza, que no tiene igual.
Pero, por el privilegio de mi corta suerte,
viajarán por todo el ancho mundo.

El desprecio mata.
Una sospecha, verdadera o falsa, derriba la paciencia.
Los celos matan con más fuerza todavía.
Una larga ausencia desordena la vida.
Contra el miedo a ser olvidado
no sirve la firme esperanza de tener buena suerte.
En todo esto hay una muerte segura, que nadie evita.
Pero yo, ¡milagro nunca visto!, vivo.
Vivo celoso, ausente y despreciado.
Y estoy seguro de las sospechas que me matan.
Vivo en el olvido, y en él avivo mi fuego.
Entre tantos tormentos, mis ojos nunca ven
ni siquiera la sombra de la esperanza.
Y yo, desesperado, tampoco la busco.
Al contrario, para llevar mi queja hasta el extremo,
juro vivir sin esperanza para siempre.

¿Se puede, por casualidad, esperar y temer al mismo tiempo?
¿Y está bien hacerlo,
si las causas del miedo son más seguras?
Si tengo delante los duros celos,
¿debo cerrar estos ojos?
Porque tengo que verlos
por mil heridas abiertas en el alma.
¿Quién no abrirá de par en par las puertas
a la desconfianza cuando ve claro el desprecio?
¿Y cuando ve que las sospechas
se han hecho verdades, ¡oh cambio amargo!,
y que la verdad limpia se ha vuelto mentira?
¡Oh celos, tiranos feroces en el reino del amor,
ponedme un hierro en estas manos!
Dame, desprecio, una cuerda retorcida.
Pero, ¡ay de mí!, vuestro recuerdo
ahoga mi paciencia con una victoria cruel.

En fin, yo muero.
Y para no esperar nunca nada bueno, ni en la muerte ni en la vida,
seguiré firme en mi fantasía.
Diré que acierta el que quiere bien.
Diré que el alma más libre
es la que más se rinde a la antigua tiranía del amor.
Diré que mi enemiga de siempre
tiene el alma tan hermosa como el cuerpo.
Diré que su olvido nace de mi culpa.
Y diré que el amor, con los males que nos hace,
mantiene su imperio en paz y con justicia.
Con esta opinión y con un duro lazo
haré más corto el triste plazo
al que me ha llevado su desprecio.
Ofreceré a los vientos mi cuerpo y mi alma,
sin esperar ningún premio en el futuro.

Tú me das tantas injusticias.
Con ellas me muestras la razón
que me obliga a terminar esta vida cansada que odio.
Ya ves que esta herida profunda de mi corazón
te muestra muy claramente
que me ofrezco alegre a tu dureza.
Si por suerte ves que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos
se nuble con mi muerte,
no lo hagas.
No quiero que me des nada a cambio
cuando te entregue los restos de mi alma.
Al contrario, ríete en ese momento tan triste.
Muestra que mi final fue tu fiesta.
Pero es una gran tontería decirte esto.
Porque sé que tu gloria
es que mi vida termine tan pronto.

Ya es hora: que venga del profundo abismo
Tántalo con su sed.
Que venga Sísifo con el peso terrible de su piedra.
Que traiga Ticio su buitre.
Que Egïón no se pare con su rueda,
ni las hermanas que trabajan tanto.
Que todos juntos pasen a mi pecho
su sufrimiento mortal.
Y que canten en voz baja,
si un desesperado merece funerales,
canciones tristes y dolorosas
para el cuerpo al que le niegan hasta la mortaja.
Y que el portero del infierno, el de las tres caras,
con otras mil quimeras y mil monstruos,
acompañe con su música dolorosa.
Porque no creo que un enamorado muerto
merezca una ceremonia mejor.

Canción desesperada, no te quejes
cuando dejes mi triste compañía.
La que es la causa de que nacieras
ve crecer su suerte con mi desgracia.
Por eso, ni siquiera en la tumba estés triste.

A los que la habían escuchado les pareció bien la canción de Grisóstomo. Pero el que la leyó dijo una cosa. Le parecía que no estaba de acuerdo con lo que él había oído sobre la decencia y la bondad de Marcela. Porque en ella Grisóstomo se quejaba de celos, de sospechas y de ausencia. Y todo eso dañaba el buen nombre y la buena fama de Marcela. Ambrosio conocía muy bien los pensamientos más escondidos de su amigo, y le respondió:

— Señor, para que se os quite esa duda, debéis saber una cosa. Cuando este desgraciado escribió esta canción, estaba lejos de Marcela. Se había alejado de ella por su propia voluntad. Quería ver si la ausencia tenía en él los efectos de siempre. Al enamorado ausente todo lo cansa y todos los miedos lo alcanzan. Así a Grisóstomo lo atormentaban los celos imaginados y las sospechas temidas, como si fueran verdaderas. Por eso sigue en pie la verdad que dice la fama sobre la bondad de Marcela. Es cruel, un poco orgullosa y muy despreciativa. Pero, aparte de eso, ni la misma envidia puede encontrarle ningún defecto.

— Así es —respondió Vivaldo.

Vivaldo quiso leer otro de los papeles que había salvado del fuego. Pero se lo impidió una visión maravillosa, porque eso parecía. Apareció de repente ante sus ojos. Encima de la roca donde se cavaba la tumba apareció la pastora Marcela. Era tan hermosa que su belleza era aún mayor que su fama. Los que no la habían visto hasta entonces la miraban con admiración y en silencio. Y los que estaban acostumbrados a verla se quedaron tan asombrados como los que nunca la habían visto. Pero Ambrosio, en cuanto la vio, le dijo con muestras de indignación:

— ¿Vienes acaso, ¡oh feroz basilisco de estas montañas!, a ver si sangran las heridas de este pobre con tu presencia? Tu crueldad le quitó la vida. ¿O vienes a presumir de las crueles hazañas de tu carácter? ¿O vienes a mirar desde esa altura, como otro Nero sin piedad, el incendio de su Roma en llamas? ¿O vienes a pisar con orgullo este pobre cadáver, como la hija ingrata pisó el de su padre Tarquino? Dinos pronto a qué vienes o qué es lo que más te gusta. Sé que los pensamientos de Grisóstomo te obedecieron siempre en vida. Por eso haré que, aunque él esté muerto, te obedezcan los de todos los que fueron sus amigos.

— No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna de las cosas que has dicho —respondió Marcela—. Vengo a defenderme a mí misma. Quiero mostrar qué poca razón tienen los que me culpan de sus penas y de la muerte de Grisóstomo. Así que os ruego a todos los que estáis aquí que me escuchéis con atención. Porque no hará falta mucho tiempo ni muchas palabras para convencer de una verdad a las personas inteligentes.

»El cielo me hizo hermosa, según decís vosotros. Y tan hermosa que mi belleza os mueve a amarme, sin que podáis evitarlo. Y por el amor que me mostráis, decís, y hasta queréis, que yo esté obligada a amaros. Yo entiendo, con la inteligencia natural que Dios me ha dado, que todo lo hermoso se hace amar. Pero no entiendo una cosa. No entiendo por qué lo que es amado por hermoso tiene que amar a quien lo ama. Además, podría pasar que el que ama lo hermoso fuera feo. Y lo feo merece ser odiado. Entonces queda muy mal decir: “Te quiero porque eres hermosa; tienes que amarme aunque yo sea feo”. Pero supongamos que los dos son igual de hermosos. Ni siquiera así los deseos tienen que ser iguales. Porque no todas las bellezas enamoran. Algunas alegran la vista, pero no conquistan la voluntad. Si todas las bellezas enamoraran y conquistaran, las voluntades andarían confusas y perdidas. No sabrían en cuál quedarse. Porque las personas hermosas son infinitas, y por eso los deseos también serían infinitos. Y, según he oído decir, el amor verdadero no se divide. Tiene que ser libre, y no obligado. Si esto es así, como yo creo, ¿por qué queréis que entregue mi voluntad a la fuerza? ¿Solo porque decís que me queréis bien? Si no, decidme una cosa. El cielo me hizo hermosa, pero imaginad que me hubiera hecho fea. ¿Sería justo entonces quejarme de vosotros porque no me amáis? Además, debéis pensar que yo no elegí la belleza que tengo. Sea como sea, el cielo me la dio como un regalo, sin que yo la pidiera ni la eligiera. La víbora no merece ser culpada por su veneno, aunque mata con él, porque se lo dio la naturaleza. Y así tampoco yo merezco ser criticada por ser hermosa. Porque la belleza en la mujer honesta es como el fuego lejano o como la espada afilada. El fuego no quema y la espada no corta a quien no se acerca a ellos. La honra y las virtudes son adornos del alma. Sin ellas, el cuerpo no debe parecer hermoso, aunque lo sea. Pues bien, la honestidad es una de las virtudes que más adornan y embellecen el cuerpo y el alma. Entonces, ¿por qué tiene que perderla la que es amada por hermosa? ¿Por qué tiene que perderla para responder a quien la busca solo por su propio gusto? Ese hombre intenta con todas sus fuerzas y todos sus trucos que ella la pierda.

»Yo nací libre, y para poder vivir libre elegí la soledad de los campos. Los árboles de estas montañas son mi compañía. Las aguas claras de estos arroyos son mis espejos. Con los árboles y con las aguas comparto mis pensamientos y mi belleza. Soy fuego lejano y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista los he desengañado con las palabras. Y si los deseos se alimentan de esperanzas, yo no le di ninguna a Grisóstomo ni a ningún otro. Por eso se puede decir que a ninguno de ellos lo mató mi crueldad, sino su terquedad. Quizá me acusan de que sus intenciones eran honestas. Y quizá dicen que por eso yo estaba obligada a corresponderle. Pues os digo una cosa. Él me descubrió su buena intención en este mismo lugar donde ahora se cava su tumba. Y yo le dije que mi intención era vivir siempre en soledad. Le dije que solo la tierra disfrutaría el fruto de mi retiro y los restos de mi belleza. A pesar de este desengaño, él quiso seguir luchando contra la esperanza y navegar contra el viento. ¿Qué tiene de extraño que se hundiera en medio del mar de su locura? Si yo le hubiera dado esperanzas, habría sido falsa. Si le hubiera complacido, habría ido contra mi mejor intención y mi decisión. Él siguió insistiendo aunque estaba desengañado. Se desesperó sin que nadie lo odiara. ¡Pensad ahora si es justo que me echen a mí la culpa de su pena! Que se queje el engañado. Que se desespere aquel a quien no le cumplieron las esperanzas prometidas. Que confíe aquel a quien yo llame. Que presuma aquel a quien yo acepte. Pero que no me llame cruel ni asesina aquel a quien yo no prometo nada. Ni aquel a quien no engaño, no llamo y no acepto.

»Hasta ahora el cielo no ha querido que yo ame por destino. Y es inútil pensar que voy a amar por elección. Este desengaño general sirva de aviso a cada uno de los que me buscan. Y que se entienda desde ahora una cosa. Si alguno muere por mí, no muere por celos ni por desgracia. Porque quien no quiere a nadie no debe dar celos a nadie. Y los desengaños no deben tomarse como desprecios. El que me llama fiera y basilisco, que me deje como una cosa mala y peligrosa. El que me llama ingrata, que no me sirva. El que me llama desconocida, que no me conozca. El que me llama cruel, que no me siga. Porque esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida no los buscará de ninguna manera. Tampoco los servirá, ni los conocerá, ni los seguirá. A Grisóstomo lo mató su impaciencia y su deseo atrevido. Entonces, ¿por qué hay que culpar mi conducta honesta y mi decencia? Yo conservo mi pureza en compañía de los árboles. ¿Por qué quiere que la pierda el que quiere que yo la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no deseo las de otros. Soy libre y no me gusta depender de nadie. No quiero a nadie ni odio a nadie. No engaño a este ni busco a aquel. No juego con uno ni me divierto con el otro. Me entretienen la conversación honesta de las pastoras de estas aldeas y el cuidado de mis cabras. Mis deseos terminan en estas montañas. Y si salen de aquí, es para contemplar la belleza del cielo. Esos son los pasos con los que el alma camina hacia su primera casa.

Y, al decir esto, no quiso oír ninguna respuesta. Se dio la vuelta y se metió por la parte más espesa de un monte que había allí cerca. Todos los que estaban allí quedaron asombrados por su inteligencia y por su belleza. Algunos de ellos estaban heridos por la poderosa flecha de los rayos de sus bellos ojos. Y mostraron que querían seguirla, sin aprovechar el claro desengaño que habían oído. Don Quijote lo vio. Le pareció que allí estaba bien usar su caballería y ayudar a las doncellas necesitadas. Puso la mano en la empuñadura de su espada y dijo en voz alta y clara:

— Que ninguna persona, de cualquier clase y condición, se atreva a seguir a la hermosa Marcela. Si lo hace, caerá en mi furiosa indignación. Ella ha mostrado con razones claras y suficientes que ha tenido poca o ninguna culpa en la muerte de Grisóstomo. Y ha mostrado también que vive muy lejos de aceptar los deseos de ninguno de sus enamorados. Por eso es justo que no la sigan ni la persigan. Al contrario, todos los buenos del mundo deben honrarla y estimarla. Porque ella muestra que es la única en el mundo que vive con una intención tan honesta.

Quizá fue por las amenazas de don Quijote. O quizá fue porque Ambrosio les dijo que terminaran lo que le debían a su buen amigo. El caso es que ninguno de los pastores se movió ni se apartó de allí hasta el final. Terminaron de cavar la tumba y quemaron los papeles de Grisóstomo. Después pusieron su cuerpo en ella, y los presentes lloraron mucho. Cerraron la tumba con una roca gruesa, hasta que estuviera terminada una losa. Ambrosio dijo que pensaba mandarla hacer, con un epitafio que diría así:

Aquí yace el pobre cuerpo helado
de un enamorado.
Fue pastor de ganado
y se perdió por falta de amor.
Murió por la dureza
de una hermosa, esquiva e ingrata.
Con ella el amor
extiende su imperio y su tiranía.

Luego echaron muchas flores y ramas sobre la tumba. Todos le dieron el pésame a su amigo Ambrosio y se despidieron de él. Lo mismo hicieron Vivaldo y su compañero. Don Quijote se despidió de sus anfitriones, los cabreros, y de los viajeros. Los viajeros le pidieron que fuera con ellos a Sevilla. Le dijeron que era un lugar muy bueno para encontrar aventuras. Allí había más aventuras que en ningún otro sitio, en cada calle y detrás de cada esquina. Don Quijote les agradeció el aviso y las ganas que mostraban de hacerle un favor. Pero dijo que por entonces no quería ni debía ir a Sevilla. Primero tenía que limpiar todas aquellas sierras de ladrones malandrines. Tenían fama de estar llenas de ellos. Los viajeros vieron su firme decisión y no quisieron insistirle más. Se despidieron otra vez, lo dejaron y siguieron su camino. Durante el viaje tuvieron mucho de qué hablar: la historia de Marcela y Grisóstomo y las locuras de don Quijote. Don Quijote decidió ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que podía hacer para servirla. Pero no le salió como él pensaba, según se cuenta más adelante en esta verdadera historia. Y aquí termina la segunda parte.

Tercera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

### Glosario

- **corneja**: pájaro negro parecido al cuervo; antes se creía que anunciaba desgracias.
- **Betis**: nombre antiguo del río Guadalquivir.
- **Tántalo, Sísifo, Ticio, Egïón**: personajes de los mitos antiguos que sufren castigos eternos en el infierno.
- **las hermanas que trabajan tanto**: en los mitos antiguos, hermanas castigadas a llenar de agua, para siempre, unos recipientes con agujeros.
- **mortaja**: tela con la que se envuelve a un muerto para enterrarlo.
- **el portero del infierno, el de las tres caras**: en los mitos antiguos, un perro con tres cabezas que guarda la puerta del infierno.
- **basilisco**: animal de las leyendas que mataba solo con la mirada.
- **Nero**: Nerón, emperador romano; se dice que miró cómo ardía Roma sin sentir pena.
- **víbora**: serpiente venenosa.
- **desconocida**: aquí, desagradecida; Marcela juega con la palabra "conocer".
- **epitafio**: texto que se escribe sobre una tumba.
- **malandrines**: hombres malos, ladrones (palabra antigua).

## Capítulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses

Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli lo que pasó después. Don Quijote se despidió de sus huéspedes y de todos los que estaban en el entierro del pastor Grisóstomo. Luego él y su escudero entraron en el mismo bosque donde había entrado la pastora Marcela. Anduvieron por él más de dos horas. La buscaron por todas partes, pero no pudieron encontrarla. Al final llegaron a un prado lleno de hierba fresca. Junto al prado corría un arroyo tranquilo y fresco. El lugar era tan agradable que los invitó, y los obligó, a pasar allí las horas de la siesta. Y la siesta, con todo su calor, ya empezaba.

Don Quijote y Sancho bajaron de sus animales. Dejaron al jumento y a Rocinante libres, para que comieran la mucha hierba que había allí. Después abrieron las alforjas. Y, sin ninguna ceremonia, en buena paz y compañía, amo y criado comieron lo que encontraron en ellas.

Sancho no se había preocupado de atar las patas a Rocinante. Estaba seguro de que el caballo era muy manso y muy poco amigo de las yeguas. Pensaba que ni todas las yeguas de los prados de Córdoba le harían portarse mal. Pero la suerte, y el diablo, que no siempre duerme, lo ordenaron de otra manera. Por aquel valle andaba comiendo un grupo de yeguas gallegas. Eran de unos arrieros gallegos. Estos arrieros tenían la costumbre de descansar al mediodía con sus animales en sitios con hierba y agua. Y el lugar donde estaba don Quijote era perfecto para ellos.

Entonces a Rocinante le vinieron ganas de divertirse con las señoras yeguas. En cuanto las olió, dejó su paso lento de siempre. Sin pedir permiso a su dueño, empezó a trotar un poco deprisa y fue a contarles su necesidad. Pero ellas, por lo visto, tenían más ganas de comer que de otra cosa. Lo recibieron con coces y mordiscos. Lo trataron de tal manera que, en poco tiempo, se le rompieron las cinchas. Rocinante quedó sin silla, desnudo. Pero lo que más debió de sentir fue otra cosa. Los arrieros vieron que el caballo quería forzar a sus yeguas. Vinieron corriendo con estacas y le dieron tantos palos que lo tiraron al suelo, muy maltratado.

En ese momento llegaron don Quijote y Sancho, sin aliento. Habían visto la paliza que le daban a Rocinante. Don Quijote dijo a Sancho:

— Por lo que veo, amigo Sancho, estos no son caballeros, sino gente baja y grosera. Te lo digo porque ahora sí puedes ayudarme. Debemos vengar la ofensa que le han hecho a Rocinante delante de nuestros ojos.

— ¿Qué diablos de venganza vamos a tomar? —respondió Sancho—. Ellos son más de veinte, y nosotros solo dos. Y quizá ni dos, sino uno y medio.

— Yo valgo por ciento —respondió don Quijote.

Y, sin decir nada más, sacó la espada y atacó a los gallegos. Sancho Panza hizo lo mismo, animado por el ejemplo de su amo. Con el primer golpe, don Quijote dio una cuchillada a uno de ellos. Le abrió el sayo de cuero que llevaba, y también una gran parte de la espalda. Los gallegos vieron que solo dos hombres los atacaban, siendo ellos tantos. Entonces cogieron sus estacas y rodearon a los dos. Y empezaron a darles golpes, uno tras otro, con mucha fuerza y mucha rabia. Es verdad que al segundo golpe tiraron a Sancho al suelo. Lo mismo le pasó a don Quijote, aunque era hábil y valiente. Y su suerte quiso que cayera a los pies de Rocinante, que todavía no se había levantado. Así se ve la furia con que golpean las estacas en manos de campesinos enfadados.

Los gallegos vieron el daño que habían hecho. Cargaron sus animales lo más rápido que pudieron y siguieron su camino. Dejaron a los dos aventureros en el suelo, con mal aspecto y de peor humor.

El primero en volver en sí fue Sancho Panza. Estaba junto a su señor, y dijo con voz débil y triste:

— ¡Señor don Quijote! ¡Ay, señor don Quijote!

— ¿Qué quieres, Sancho hermano? —respondió don Quijote, con la misma voz débil y quejosa que Sancho.

— Querría, si es posible —dijo Sancho Panza—, que vuestra merced me diera dos tragos de aquella bebida del feo Blas. Si es que vuestra merced la tiene a mano. Quizá sirve para los huesos rotos igual que para las feridas.

— Si la tuviera aquí, ¡pobre de mí!, ¿qué nos faltaría? —respondió don Quijote—. Pero te juro, Sancho Panza, por mi palabra de caballero andante, que la tendré antes de dos días. A menos que la fortuna ordene otra cosa, o que me fallen las manos.

— ¿Y en cuántos días cree vuestra merced que podremos mover los pies? —preguntó Sancho Panza.

— De mí puedo decir —dijo el molido caballero don Quijote— que no sé cuántos serán esos días. Pero yo tengo la culpa de todo. No debía sacar la espada contra hombres que no son caballeros armados como yo. Por eso creo que el dios de las batallas ha permitido que me den este castigo. Es la pena por romper las leyes de la caballería. Así que, Sancho Panza, debes estar atento a lo que ahora te voy a decir. Importa mucho para la salud de los dos. Cuando veas que gente baja como esta nos ofende, no esperes a que yo saque la espada contra ellos. No lo haré de ninguna manera. Saca tú tu espada y castígalos como quieras. Y si vienen caballeros a ayudarlos y defenderlos, yo sabré defenderte y atacarlos con todas mis fuerzas. Ya has visto por mil señales y experiencias hasta dónde llega el valor de este fuerte brazo mío.

Así de orgulloso se había quedado el pobre señor después de vencer al valiente vizcaíno. Pero a Sancho Panza no le gustó tanto el consejo de su amo, y le respondió:

— Señor, yo soy un hombre pacífico, manso y tranquilo. Sé olvidar cualquier ofensa, porque tengo mujer e hijos que mantener y criar. Así que tome vuestra merced esto también como un aviso, ya que no puede ser una orden. No sacaré la espada de ninguna manera, ni contra un villano ni contra un caballero. Y desde ahora, delante de Dios, perdono todas las ofensas que me han hecho y que me harán. Perdono a quien me las haya hecho, me las haga o me las vaya a hacer. Sea persona alta o baja, rica o pobre, hidalgo o pechero. No dejo fuera a nadie, sea de la clase que sea.

Al oír esto, su amo le respondió:

— Me gustaría tener aliento para hablar un poco más tranquilo. Y me gustaría que se calmara un poco el dolor que tengo en esta costilla. Así podría explicarte, Panza, el error en que estás. Ven aquí, pecador. Imagina que el viento de la fortuna, hasta ahora tan contrario, cambia a nuestro favor. Imagina que llena las velas de nuestro deseo. Imagina que nos lleva, seguros y sin problemas, al puerto de alguna de las ínsulas que te tengo prometidas. ¿Qué sería de ti si yo la ganara y te hiciera señor de ella? ¿Lo harías imposible porque no eres caballero ni quieres serlo? ¿Porque no tienes valor ni intención de vengar tus ofensas y defender tus tierras? Debes saber una cosa. En los reinos y provincias recién conquistados, la gente nunca está tranquila. Nunca está del todo con el nuevo señor. Siempre hay miedo de que hagan algo para cambiar otra vez las cosas. Quieren, como dicen, probar suerte de nuevo. Por eso, el nuevo dueño necesita inteligencia para saber gobernar. Y necesita valor para atacar y defenderse en cualquier situación.

— En esta situación que ahora nos ha pasado —respondió Sancho—, me gustaría tener esa inteligencia y ese valor que dice vuestra merced. Pero le juro, por mi palabra de pobre hombre, que ahora necesito más vendas que discursos. Mire vuestra merced si puede levantarse, y ayudaremos a Rocinante. Aunque no lo merece, porque él fue la causa principal de toda esta paliza. Nunca creí esto de Rocinante. Yo pensaba que era una persona casta y tan pacífica como yo. En fin, bien dicen que hace falta mucho tiempo para conocer a las personas. Y que no hay nada seguro en esta vida. Vuestra merced dio aquellas grandes cuchilladas a aquel pobre caballero andante. ¿Quién iba a decir que justo detrás vendría corriendo esta gran tormenta de palos sobre nuestras espaldas?

— Tus espaldas, Sancho —respondió don Quijote—, deben de estar acostumbradas a estas tormentas. Pero las mías se criaron entre telas finas, entre sinabafas y holandas. Por eso, claro, sienten más el dolor de esta desgracia. Yo imagino... ¿qué digo imagino?, sé muy bien que todas estas molestias son parte del oficio de las armas. Si no lo supiera, me dejaría morir aquí de pura rabia.

A esto respondió el escudero:

— Señor, ya que estas desgracias son la cosecha de la caballería, dígame vuestra merced una cosa. ¿Pasan muy a menudo, o solo en ciertas épocas? Porque a mí me parece que, después de dos cosechas, no serviremos para la tercera. A menos que Dios, por su infinita misericordia, nos ayude.

— Has de saber, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que la vida de los caballeros andantes tiene mil peligros y desgracias. Pero, del mismo modo, los caballeros andantes están muy cerca de llegar a ser reyes y emperadores. Lo ha mostrado la experiencia con muchos caballeros diferentes. Yo conozco muy bien sus historias. Y ahora podría contarte, si el dolor me dejara, de algunos que subieron a esos altos puestos. Llegaron allí solo por el valor de su brazo. Y esos mismos pasaron, antes y después, por muchas desgracias y miserias. Por ejemplo, el valiente Amadís de Gaula cayó en manos de su enemigo mortal, Arcaláus el encantador. Se sabe con seguridad que Arcaláus lo tuvo preso y atado a una columna de un patio. Y allí le dio más de doscientos azotes con las riendas de su caballo. Hay también un autor secreto, y bastante digno de crédito, que cuenta otra historia. Dice que en cierto castillo atraparon al Caballero del Febo con una trampa. El suelo se abrió bajo sus pies, y él cayó a un agujero profundo bajo tierra. Allí estaba atado de pies y manos. Y le pusieron una de esas que llaman melecinas, de agua de nieve y arena. Casi se muere. Un sabio muy amigo suyo lo ayudó en aquel gran apuro. Si no, lo habría pasado muy mal el pobre caballero. Así que yo bien puedo sufrir lo mismo que tanta buena gente. Ellos sufrieron ofensas mayores que las que ahora sufrimos nosotros. Porque quiero que sepas una cosa, Sancho. Las heridas que se hacen con lo que uno tiene en la mano por casualidad no deshonran. Esto está escrito con palabras claras en la ley del duelo. Por ejemplo, un zapatero puede golpear a otro con la horma que tiene en la mano. La horma es de palo, es verdad. Pero, si lo hace, no por eso se dice que el otro queda apaleado. Te lo digo para que no pienses que esta pelea nos ha deshonrado, aunque nos haya dejado molidos. Porque las armas de aquellos hombres eran solo sus estacas. Y ninguno de ellos, que yo recuerde, llevaba estoque, espada ni puñal.

— No me dejaron mirar tanto —respondió Sancho—. Apenas puse la mano en mi tizona, me hicieron la cruz en los hombros con sus palos de pino. Me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los pies. Y me tiraron aquí, donde ahora estoy tumbado. Y aquí no me preocupa nada si los estacazos fueron una deshonra o no. Lo que me preocupa es el dolor de los golpes. Se me van a quedar tan marcados en la memoria como en la espalda.

— Con todo eso, hermano Panza —respondió don Quijote—, te digo que no hay recuerdo que el tiempo no borre, ni dolor que la muerte no termine.

— Pues ¿hay desgracia mayor —respondió Panza— que la que necesita al tiempo para borrarse y a la muerte para terminar? Si nuestra desgracia fuera de las que se curan con un par de vendas, no sería tan malo. Pero ya veo que todos los emplastos de un hospital no bastarán ni para empezar a curarla.

— Deja eso y saca fuerzas de donde no las tienes, Sancho —respondió don Quijote—. Yo haré lo mismo. Y veamos cómo está Rocinante. Me parece que al pobre no le ha tocado la parte más pequeña de esta desgracia.

— No es raro —respondió Sancho—, porque él también es un buen caballero andante. Lo que me parece raro es otra cosa. Mi jumento ha quedado libre y sin costas, y nosotros hemos salido sin costillas.

— La suerte siempre deja una puerta abierta en las desgracias, para poder remediarlas —dijo don Quijote—. Lo digo porque ese animalito puede ahora ocupar el lugar de Rocinante. Me puede llevar desde aquí a algún castillo donde me curen las feridas. Y no tendré por deshonra montar en él. Recuerdo haber leído algo sobre el buen viejo Sileno, el maestro del alegre dios de la risa. Cuando entró en la ciudad de las cien puertas, iba muy contento, montado en un asno muy hermoso.

— Será verdad que él iba montado como un caballero, como dice vuestra merced —respondió Sancho—. Pero hay mucha diferencia entre ir montado como un caballero e ir atravesado como un saco de basura.

A esto respondió don Quijote:

— Las heridas que se reciben en las batallas dan honra, no la quitan. Así que, Panza amigo, no me contestes más. Como ya te he dicho, levántate lo mejor que puedas. Luego ponme encima de tu jumento como prefieras. Y vámonos de aquí antes de que llegue la noche y nos sorprenda en este lugar sin gente.

— Pues yo he oído decir a vuestra merced —dijo Panza— que los caballeros andantes duermen casi todo el año en los campos y desiertos. Y que lo tienen por una gran suerte.

— Eso es —dijo don Quijote— cuando no tienen otro remedio, o cuando están enamorados. Y es tan verdad que hubo un caballero que pasó dos años sobre una roca. Estuvo al sol y a la sombra, bajo el mal tiempo del cielo, y su señora no lo supo. Uno de ellos fue Amadís, cuando se llamaba Beltenebros y vivió en la Peña Pobre. No sé si estuvo allí ocho años u ocho meses, porque no recuerdo bien la cuenta. Basta saber que estuvo allí haciendo penitencia, por no sé qué disgusto que le dio la señora Oriana. Pero dejemos esto ya, Sancho, y termina pronto. No sea que le pase otra desgracia al jumento, como a Rocinante.

— Eso ya sería cosa del diablo —dijo Sancho.

Y entonces Sancho soltó treinta ayes, sesenta suspiros y ciento veinte maldiciones contra quien lo había llevado allí. Se levantó, pero se quedó doblado por la mitad, como un arco turco. No podía ponerse derecho del todo. Y con todo este trabajo preparó su asno, que también se había distraído un poco con tanta libertad aquel día. Después levantó a Rocinante. Si el caballo hubiera tenido lengua para quejarse, seguro que no se habría quejado menos que Sancho y su amo.

Al final, Sancho colocó a don Quijote sobre el asno y ató a Rocinante detrás. Llevó al asno por el cabestro y fue, más o menos, hacia donde le pareció que estaba el camino real. La suerte, que llevaba sus cosas cada vez mejor, le ayudó. Antes de andar una pequeña legua, encontró el camino. Y en él descubrió una venta. Para disgusto de Sancho y gusto de don Quijote, aquella venta tenía que ser un castillo. Sancho insistía en que era una venta, y su amo decía que no, que era un castillo. La discusión duró tanto que llegaron a la venta sin terminarla. Y Sancho entró en ella, sin pensarlo más, con todos sus animales.

### Glosario

- **yangüeses**: hombres de Yanguas; aquí, los arrieros que pegan a don Quijote y a Sancho.
- **cinchas**: correas que sujetan la silla al cuerpo del caballo.
- **estacas**: palos gruesos y fuertes.
- **sayo**: prenda de vestir antigua, como una chaqueta larga.
- **bebida del feo Blas**: Sancho se equivoca: quiere decir el bálsamo de Fierabrás.
- **pechero**: persona que no era noble y tenía que pagar impuestos.
- **sinabafas y holandas**: telas finas y caras.
- **melecinas**: agua que se mete en el cuerpo por detrás, como medicina.
- **horma**: pieza de madera con forma de pie que usa el zapatero.
- **tizona**: espada (Tizona era el nombre de la espada del Cid).
- **sin costas**: sin pagar nada; aquí, sin daño.
- **cabestro**: cuerda que se ata a la cabeza de un animal para llevarlo.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero; aquí, Sancho.
- **jumento**: burro.
- **asno**: burro.
- **alforjas**: dos bolsas unidas que se llevan sobre el animal, para la comida.
- **yeguas**: hembras del caballo.
- **arrieros**: hombres que llevan animales de carga de un lugar a otro.
- **olió**: de oler: notó su olor.
- **trotar**: andar el caballo más rápido que al paso, pero sin correr.
- **maltratado**: herido, en mal estado por los golpes.
- **cuchillada**: golpe o herida hecha con una espada o un cuchillo.
- **cayera**: de caer: llegara al suelo.
- **aventureros**: personas que buscan aventuras.
- **molido**: muy cansado y con dolor por los golpes.
- **vizcaíno**: hombre de Vizcaya; aquí, el que luchó antes con don Quijote.
- **deshonra**: pérdida de la honra; vergüenza.

## Capítulo XVI. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo

El ventero vio a don Quijote atravesado sobre el asno y preguntó a Sancho qué le pasaba. Sancho le respondió que no era nada. Solo se había caído desde lo alto de una roca y traía las costillas un poco golpeadas. La mujer del ventero no era como suelen ser las mujeres de ese oficio. Era caritativa por naturaleza y sentía pena por las desgracias de los demás. Por eso fue enseguida a curar a don Quijote. Y pidió a su hija que la ayudara a curar a su huésped. La hija era una muchacha joven, soltera y muy guapa.

En la venta trabajaba también una criada asturiana. Tenía la cara ancha y la nuca plana. Su nariz era chata. De un ojo era tuerta, y el otro no estaba muy sano. Es verdad que la gracia de su cuerpo compensaba las otras faltas. No medía ni siete palmos de los pies a la cabeza. Y tenía la espalda un poco cargada, así que miraba al suelo más de lo que ella quería. Esta simpática moza ayudó a la hija del ventero. Entre las dos le hicieron a don Quijote una cama muy mala en un camaranchón. Se veía claramente que aquel cuarto había sido un pajar durante muchos años.

En el mismo cuarto dormía también un arriero. Tenía su cama un poco más allá de la de nuestro don Quijote. Estaba hecha con las mantas y los aparejos de sus mulos, pero era mucho mejor que la de don Quijote. La de don Quijote tenía solo cuatro tablas mal cepilladas sobre dos bancos desiguales. Encima había un colchón tan fino que parecía una colcha. Estaba lleno de bultos. Por algunos agujeros se veía que eran de lana, pero al tocarlos parecían piedras de duros que eran. Tenía además dos sábanas tan duras como el cuero de un escudo. Y tenía una manta tan gastada que se podían contar todos sus hilos sin perder ni uno.

En esta maldita cama se acostó don Quijote. Enseguida la ventera y su hija le pusieron emplastos de arriba abajo. Maritornes, que así se llamaba la asturiana, les daba luz. Mientras lo curaba, la ventera vio que don Quijote tenía moratones por muchas partes. Entonces dijo que aquello parecía más de golpes que de una caída.

— No fueron golpes —dijo Sancho—. Es que la roca tenía muchos picos y salientes.

Y añadió que cada pico le había hecho un moratón. Y también le dijo:

— Haga vuestra merced el favor, señora, de guardar un poco de estopa. No faltará quien la necesite, porque a mí también me duele un poco la espalda.

— Entonces —respondió la ventera—, vos también os debisteis de caer.

— No me caí —dijo Sancho Panza—. Pero me llevé un susto tan grande al ver caer a mi amo que ahora me duele todo el cuerpo. Me parece que me han dado mil palos.

— Eso puede ser —dijo la hija—. A mí me ha pasado muchas veces. Sueño que me caigo desde una torre y que nunca llego al suelo. Y cuando me despierto, estoy tan molida y cansada como si de verdad me hubiera caído.

— Ahí está la cuestión, señora —respondió Sancho Panza—. Yo no he soñado nada. Estaba más despierto que ahora. Y sin embargo tengo casi tantos moratones como mi señor don Quijote.

— ¿Cómo se llama este caballero? —preguntó la asturiana Maritornes.

— Don Quijote de la Mancha —respondió Sancho Panza—. Es caballero aventurero. Es de los mejores y más fuertes que se han visto en el mundo desde hace mucho tiempo.

— ¿Qué es un caballero aventurero? —preguntó la moza.

— ¿Tan nueva sois en el mundo que no lo sabéis? —respondió Sancho Panza—. Pues sabed, hermana mía, que un caballero aventurero es una cosa así: en dos palabras lo ves apaleado y lo ves emperador. Hoy es la criatura más desgraciada y más pobre del mundo. Y mañana puede tener dos o tres coronas de reinos para dárselas a su escudero.

— Pues vos sois escudero de un señor tan bueno —dijo la ventera—. ¿Cómo es que no tenéis, por lo que parece, ni siquiera un condado?

— Todavía es pronto —respondió Sancho—. Solo hace un mes que andamos buscando aventuras. Y hasta ahora no hemos encontrado ninguna que sea de verdad una aventura. A veces uno busca una cosa y encuentra otra. Pero le digo una cosa. Mi señor don Quijote puede curarse de esta herida, o de esta caída. Y yo puedo no quedar lisiado. Si es así, no cambiaría mis esperanzas por el mejor título de España.

Don Quijote estaba escuchando con mucha atención toda esta conversación. Se sentó en la cama como pudo, tomó de la mano a la ventera y le dijo:

— Creedme, fermosa señora, os podéis llamar dichosa por haber recibido a mi persona en este castillo vuestro. Mi persona es tal que, si no la alabo yo mismo, es por lo que suele decirse. Alabarse a uno mismo es cosa baja. Pero mi escudero os dirá quién soy. Solo os digo que tendré siempre escrito en mi memoria el servicio que me habedes fecho. Os lo agradeceré mientras viva. Y ojalá los altos cielos hubieran querido otra cosa. Ojalá el amor no me tuviera tan rendido y tan sujeto a sus leyes. Y ojalá no me tuvieran preso los ojos de aquella hermosa ingrata, cuyo nombre digo entre dientes. Porque entonces los ojos de esta fermosa doncella serían dueños de mi libertad.

La ventera, su hija y la buena de Maritornes estaban confusas oyendo las palabras del caballero andante. Las entendían como si hablara en griego. Pero sí comprendieron que eran ofrecimientos y cumplidos de amor. No estaban acostumbradas a esa forma de hablar. Por eso lo miraban asombradas, y les parecía un hombre distinto de los normales. Le agradecieron sus ofrecimientos con palabras sencillas de venta, y lo dejaron. Y la asturiana Maritornes curó a Sancho, que lo necesitaba tanto como su amo.

El arriero había quedado con ella en que aquella noche se divertirían juntos. Ella le había dado su palabra. Cuando los huéspedes estuvieran tranquilos y sus amos durmiendo, iría a buscarlo. Y le daría todo el gusto que él le pidiera. Se cuenta de esta buena moza que siempre cumplía esas promesas. Las cumplía aunque las hubiera dado en un monte y sin ningún testigo. Porque presumía mucho de ser hidalga. No le parecía una vergüenza trabajar como criada en la venta. Y era porque decía que la habían llevado a aquel estado sus desgracias y malas suertes.

La cama de don Quijote era dura, estrecha, pobre y traidora. Estaba en medio de aquel establo, donde se veían las estrellas por el techo. Junto a ella hizo Sancho la suya. Tenía solo una estera de junco y una manta que parecía más de tela gastada que de lana. Después de estas dos camas estaba la del arriero. Como ya se ha dicho, la había hecho con los aparejos y adornos de sus dos mejores mulos. Tenía doce mulos, brillantes, gordos y famosos. Era uno de los arrieros ricos de Arévalo, según dice el autor de esta historia. El autor habla en especial de este arriero porque lo conocía muy bien. Y algunos dicen que hasta era un poco pariente suyo.

Además, Cide Hamete Benengeli fue un historiador muy cuidadoso y muy exacto en todo. Se ve muy bien en estas cosas que hemos contado. Son muy pequeñas y sin importancia, pero él no quiso callarlas. De él pueden aprender los historiadores serios. Ellos cuentan los hechos de forma tan corta que apenas los probamos. Se dejan en el tintero lo más importante de la obra, por descuido, por malicia o por ignorancia. ¡Mil veces bendito el autor de Tablante de Ricamonte! ¡Y bendito el autor de aquel otro libro que cuenta los hechos del conde Tomillas! ¡Con qué exactitud lo describen todo!

Digo, pues, que el arriero fue a ver a sus mulos y les dio la segunda comida. Después se tumbó sobre sus aparejos y se puso a esperar a su puntualísima Maritornes. Sancho ya tenía puestos los emplastos y estaba acostado. Quería dormir, pero el dolor de las costillas no le dejaba. Y don Quijote, con el dolor de las suyas, tenía los ojos abiertos como una liebre. Toda la venta estaba en silencio. No había más luz que la de una lámpara colgada en medio de la entrada.

Aquella maravillosa tranquilidad hizo pensar a nuestro caballero en sus libros. Siempre tenía en la cabeza las aventuras que se cuentan en ellos, los libros que causaron su desgracia. Y así se le ocurrió una de las locuras más extrañas que se pueden imaginar. Se imaginó que había llegado a un famoso castillo. Como ya se ha dicho, todas las ventas donde se alojaba le parecían castillos. Se imaginó también que la hija del ventero era la hija del señor del castillo. Y pensó que la muchacha, vencida por su elegancia, se había enamorado de él. Creyó que ella le había prometido venir aquella noche a su cama, a escondidas de sus padres. Iba a pasar con él un buen rato. Don Quijote creyó que toda esta fantasía era cierta y segura. Entonces empezó a preocuparse. Pensaba en el peligro en que se iba a ver su honestidad. Y decidió en su corazón no traicionar a su señora Dulcinea del Toboso. No la traicionaría aunque se le presentara delante la misma reina Ginebra con su dama Quintañona.

Mientras pensaba en estos disparates, llegó la hora en que debía venir la asturiana. Para él fue una hora de mala suerte. Ella llevaba solo la camisa e iba descalza. Llevaba el pelo recogido en una albanega de fustán. Con pasos silenciosos y cuidadosos, entró en el cuarto de los tres hombres para buscar al arriero. Pero, apenas llegó a la puerta, don Quijote la oyó. Se sentó en la cama, a pesar de los emplastos y del dolor de las costillas. Y abrió los brazos para recibir a su fermosa doncella.

La asturiana iba encogida y callada, con las manos delante, buscando a su amante. Y se encontró con los brazos de don Quijote. Él la agarró con fuerza de una muñeca y la atrajo hacia sí. Ella no se atrevió a decir ni una palabra. Don Quijote la hizo sentarse en la cama. Luego le tocó la camisa. Era de harpillera, pero a él le pareció de seda finísima. Llevaba en las muñecas unas cuentas de cristal, pero él creyó ver en ellas perlas preciosas de Oriente. Su pelo era casi como las crines de un caballo. Pero a él le parecieron hilos del oro más brillante de Arabia, que brillaban más que el mismo sol. Su aliento olía, sin duda, a ensalada fría del día anterior. Pero a él le pareció que de su boca salía un olor suave y perfumado.

En fin, la pintó en su imaginación igual que en sus libros. Allí había leído de otra princesa que vino a ver a un caballero mal herido, vencida por el amor. Y la imaginó con todos esos adornos. Era tan grande la ceguera del pobre hidalgo que nada le quitaba el engaño. Ni el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía la buena doncella. Esas cosas habrían hecho vomitar a cualquiera que no fuera arriero. Pero a él le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la belleza. La tenía bien agarrada, y con voz baja y amorosa empezó a decirle:

— Quisiera estar en situación de pagaros este gran favor, fermosa y alta señora. Me habedes fecho el favor de dejarme ver vuestra gran fermosura. Pero la fortuna, que nunca se cansa de perseguir a los buenos, me ha puesto en esta cama. Aquí estoy tumbado, tan molido y roto que no puedo daros gusto, aunque mi voluntad lo quisiera. Y a esta dificultad se añade otra mayor. Tengo dada mi palabra de fidelidad a la sin par Dulcinea del Toboso. Ella es la única señora de mis pensamientos más secretos. Si no fuera por esto, no sería yo un caballero tan tonto. No dejaría pasar esta ocasión tan dichosa que vuestra gran bondad me ofrece.

Maritornes estaba muy angustiada y sudando, al verse tan agarrada por don Quijote. No entendía ni escuchaba lo que él le decía. Sin decir una palabra, intentaba soltarse. El buen arriero no dormía, porque sus malos deseos lo tenían despierto. La oyó desde el momento en que su amante entró por la puerta. Escuchó con atención todo lo que decía don Quijote. Tuvo celos y pensó que la asturiana le había fallado por otro hombre. Así que se fue acercando a la cama de don Quijote. Se quedó quieto para ver en qué terminaban aquellas palabras que no podía entender.

Pero vio que la moza luchaba por soltarse y que don Quijote se esforzaba por sujetarla. Aquella broma no le gustó nada. Levantó el brazo y dio un puñetazo terrible en las estrechas mandíbulas del enamorado caballero. Le llenó toda la boca de sangre. Y, no contento con esto, se le subió encima de las costillas. Y se las recorrió todas de un extremo a otro, pisando más rápido que al trote.

La cama era un poco débil y no tenía bases firmes. No pudo aguantar el peso del arriero y se cayó al suelo. Con el gran ruido se despertó el ventero. Enseguida imaginó que serían peleas de Maritornes, porque la había llamado a gritos y no respondía. Con esta sospecha se levantó, encendió un candil y fue hacia donde había oído la pelea. La moza vio que su amo venía. Sabía que tenía muy mal genio. Muy asustada y nerviosa, se metió en la cama de Sancho Panza, que todavía dormía. Allí se encogió y se hizo una bola. El ventero entró diciendo:

— ¿Dónde estás, puta? Seguro que estas son cosas tuyas.

En ese momento se despertó Sancho. Sintió aquel bulto casi encima de él y pensó que tenía una pesadilla. Empezó a dar puñetazos a un lado y a otro. Y no sé cuántos le dieron a Maritornes. Ella sintió el dolor, se olvidó de la vergüenza y le devolvió a Sancho tantos golpes que le quitó el sueño del todo. Y eso aunque él no quería despertarse. Sancho se vio tratado de aquella manera y no sabía por quién. Se levantó como pudo y se abrazó a Maritornes. Y empezó entre los dos la pelea más dura y más graciosa del mundo.

El arriero vio, a la luz del candil del ventero, cómo estaba su dama. Dejó a don Quijote y fue a ayudarla. Lo mismo hizo el ventero, pero con otra intención. Él fue a castigar a la moza, porque creía que ella sola era la causa de todo aquel jaleo. Y pasó como en el dicho: el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo. El arriero pegaba a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, y el ventero a la moza. Y todos golpeaban tan deprisa que no descansaban ni un momento. Y lo mejor fue que al ventero se le apagó el candil. Se quedaron a oscuras y se pegaban sin compasión, a ciegas. Donde ponían la mano, no dejaban nada sano.

Aquella noche dormía por casualidad en la venta un cuadrillero de la Santa Hermandad Vieja de Toledo. Él también oyó el extraño ruido de la pelea. Cogió su media vara y la caja de lata con sus títulos. Y entró a oscuras en el cuarto, gritando:

— ¡Alto a la justicia! ¡Alto a la Santa Hermandad!

El primero con quien se encontró fue el pobre don Quijote, molido a puñetazos. Estaba en su cama caída, tumbado boca arriba y sin sentido. El cuadrillero, a tientas, lo agarró de la barba. Y no paraba de decir:

— ¡Ayuda a la justicia!

Pero vio que el hombre que tenía agarrado no se movía nada. Pensó que estaba muerto, y que los que estaban allí dentro eran sus asesinos. Con esta sospecha gritó más fuerte:

— ¡Cierren la puerta de la venta! ¡Que no se vaya nadie, porque aquí han matado a un hombre!

Este grito asustó a todos. Cada uno dejó la pelea en el punto en que estaba. El ventero se retiró a su cuarto, el arriero a sus aparejos y la moza a su rincón. Solo los desgraciados don Quijote y Sancho no pudieron moverse de donde estaban. Entonces el cuadrillero soltó la barba de don Quijote. Salió a buscar luz para buscar y detener a los criminales. Pero no la encontró, porque el ventero había apagado la lámpara a propósito al volver a su cuarto. Así que el cuadrillero tuvo que ir a la chimenea. Y allí, con mucho trabajo y mucho tiempo, encendió otro candil.

### Glosario

- **camaranchón**: cuarto pobre en lo alto de la casa, usado para guardar cosas.
- **pajar**: lugar donde se guarda la paja.
- **palmo**: medida antigua: lo que mide una mano abierta, unos 20 centímetros.
- **emplastos**: medicina blanda que se pone sobre la piel.
- **estopa**: restos de lino o cáñamo que se usaban para curar heridas.
- **albanega de fustán**: gorro o redecilla de tela de algodón para recoger el pelo.
- **harpillera**: tela muy basta, como la de los sacos.
- **candil**: lámpara pequeña de aceite.
- **cuadrillero**: hombre que trabaja para la Santa Hermandad, la policía de los caminos.
- **media vara**: palo corto que llevaban los cuadrilleros como señal de su autoridad.
- **fermosa / habedes fecho**: formas antiguas de "hermosa" y "habéis hecho".
- **asno**: burro.
- **caritativa**: que ayuda a los pobres y a los que sufren.
- **asturiana**: mujer de Asturias, en el norte de España.
- **tuerta**: que no ve de un ojo.
- **arriero**: hombre que lleva animales de carga de un lugar a otro.
- **aparejos**: cosas que se ponen sobre un animal de carga para llevar peso.
- **cepilladas**: alisadas con una herramienta de carpintero.
- **molida**: muy cansada y con dolor en el cuerpo.
- **molido**: muy cansado y con dolor por los golpes.
- **aventurero**: que busca aventuras.
- **apaleado**: golpeado con palos.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero; aquí, Sancho.
- **lisiado**: con una parte del cuerpo dañada para siempre.
- **ofrecimientos**: cosas que alguien ofrece o promete.
- **puñetazos**: golpes dados con la mano cerrada.

## Capítulo XVII. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal, pensó que era castillo

Mientras tanto, don Quijote ya había vuelto en sí. Empezó a llamar a su escudero con el mismo tono de voz que el día anterior. Era la voz con que lo había llamado cuando estaba tumbado en el valle de las estacas. Le dijo:

— Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo Sancho?

— ¿Cómo voy a dormir, pobre de mí? —respondió Sancho, lleno de pena y de rabia—. Parece que todos los diablos han estado conmigo esta noche.

— Puedes creerlo así, sin duda —respondió don Quijote—. Porque, o yo sé poco, o este castillo está encantado. Porque has de saber... Pero antes tienes que jurarme una cosa. Lo que ahora te quiero decir lo guardarás en secreto hasta después de mi muerte.

— Sí, lo juro —respondió Sancho.

— Te lo pido —dijo don Quijote— porque no me gusta quitarle la honra a nadie.

— Digo que sí, que lo juro —repitió Sancho—. Lo callaré hasta después de los días de vuestra merced. Y quiera Dios que lo pueda contar mañana.

— ¿Tan mal te trato, Sancho —respondió don Quijote—, que me quieres ver muerto tan pronto?

— No es por eso —respondió Sancho—. Es que no me gusta guardar mucho tiempo las cosas. No querría que se me pudrieran de tanto guardarlas.

— Sea por lo que sea —dijo don Quijote—, yo confío más en tu cariño y en tu educación. Así que has de saber que esta noche me ha pasado una de las aventuras más extrañas que puedo contar. Te lo diré en pocas palabras. Hace poco vino a verme la hija del señor de este castillo. Es la doncella más elegante y fermosa que se puede encontrar en gran parte de la tierra. ¿Qué te podría decir de la belleza de su persona? ¿Qué te diría de su inteligencia? ¿Y qué te diría de otras cosas ocultas? Esas las dejaré en silencio y sin tocar, por guardar la fidelidad que debo a mi señora Dulcinea del Toboso. Solo te quiero decir esto. Quizá el cielo tuvo envidia de tanta suerte como yo tenía en las manos. O quizá, y esto es lo más seguro, este castillo está encantado, como ya te he dicho. El caso es que yo estaba con ella hablando dulcísimas palabras de amor. Y de pronto, sin que yo la viera ni supiera por dónde venía, llegó una mano. Era la mano de algún brazo de algún gigante enorme. Me dio un puñetazo en las mandíbulas tan fuerte que las tengo todas llenas de sangre. Y después me molió a golpes de tal manera que estoy peor que ayer. Peor que cuando los gallegos nos ofendieron por culpa de los excesos de Rocinante, como ya sabes. Por eso imagino que algún moro encantado debe de guardar el tesoro de la fermosura de esta doncella. Y no debe de ser para mí.

— Ni para mí tampoco —respondió Sancho—. Porque a mí me han apaleado más de cuatrocientos moros. Tanto, que la paliza de las estacas fue un juego de niños a su lado. Pero dígame, señor, ¿cómo llama a esta buena y rara aventura, si hemos quedado como hemos quedado? Vuestra merced todavía no está tan mal. Tuvo en sus manos aquella fermosura sin igual que dice. Pero yo, ¿qué tuve? Solo los mayores golpes que pienso recibir en toda mi vida. ¡Pobre de mí y de la madre que me parió! No soy caballero andante ni pienso serlo nunca. Y de todas las desgracias me toca la mayor parte.

— Entonces, ¿a ti también te han apaleado? —respondió don Quijote.

— ¿No le he dicho que sí, maldita sea mi familia? —dijo Sancho.

— No te preocupes, amigo —dijo don Quijote—. Ahora haré el bálsamo precioso. Con él nos curaremos en un abrir y cerrar de ojos.

En ese momento el cuadrillero terminó de encender el candil. Y entró a ver al hombre que creía muerto. Sancho lo vio entrar en camisa, con un pañuelo en la cabeza, el candil en la mano y muy mala cara. Entonces preguntó a su amo:

— Señor, ¿será este, por casualidad, el moro encantado? ¿Vuelve a castigarnos, por si se le olvidó algo?

— No puede ser el moro —respondió don Quijote—, porque los encantados no se dejan ver por nadie.

— Si no se dejan ver, sí se dejan sentir —dijo Sancho—. Si no, que lo digan mis espaldas.

— También lo podrían decir las mías —respondió don Quijote—. Pero esa no es prueba suficiente para creer que este que vemos es el moro encantado.

El cuadrillero se acercó. Los encontró hablando tan tranquilos que se quedó sorprendido. Es verdad que don Quijote seguía tumbado boca arriba. No se podía mover, de tan molido y tan lleno de emplastos como estaba. El cuadrillero se acercó a él y le dijo:

— Bueno, ¿cómo va, buen hombre?

— Yo hablaría con más educación si fuera vos —respondió don Quijote—. ¿Es costumbre en esta tierra hablar así a los caballeros andantes, majadero?

El cuadrillero no pudo aguantar que un hombre de tan mal aspecto lo tratara tan mal. Levantó el candil, con todo su aceite, y le dio a don Quijote con él en la cabeza. Le dejó la cabeza bien golpeada. Y, como todo quedó a oscuras, se fue enseguida. Entonces Sancho Panza dijo:

— Sin duda, señor, este es el moro encantado. Debe de guardar el tesoro para otros. Para nosotros solo guarda los puñetazos y los golpes de candil.

— Así es —respondió don Quijote—. No hay que hacer caso de estas cosas de encantamientos, ni enfadarse con ellas. Como son invisibles y fantásticas, no encontraremos de quién vengarnos, por mucho que lo intentemos. Levántate, Sancho, si puedes. Llama al alcaide de esta fortaleza y pídele un poco de aceite, vino, sal y romero. Con eso haré el bálsamo que cura. La verdad es que creo que ahora lo necesito mucho. Me sale mucha sangre de la herida que me ha hecho este fantasma.

Sancho se levantó, con mucho dolor de huesos, y fue a oscuras hacia donde estaba el ventero. Por el camino se encontró con el cuadrillero, que estaba escuchando qué hacía su enemigo. Sancho le dijo:

— Señor, seáis quien seáis, hacednos el favor de darnos un poco de romero, aceite, sal y vino. Lo necesitamos para curar a uno de los mejores caballeros andantes que hay en la tierra. Está en aquella cama, mal herido por las manos del moro encantado que vive en esta venta.

Cuando el cuadrillero oyó esto, pensó que Sancho estaba loco. Como ya empezaba a amanecer, abrió la puerta de la venta. Llamó al ventero y le dijo lo que quería aquel buen hombre. El ventero le dio todo lo que pedía, y Sancho se lo llevó a don Quijote. Don Quijote estaba con las manos en la cabeza, quejándose del dolor del golpe de candil. En realidad, el candil solo le había levantado dos chichones bastante grandes. Y lo que él creía que era sangre no era más que sudor. Sudaba por la angustia de la tormenta pasada.

En fin, don Quijote tomó los ingredientes y los mezcló todos. Los coció un buen rato, hasta que le pareció que estaban en su punto. Luego pidió una botella para echar la mezcla. Como no había ninguna en la venta, decidió ponerla en una aceitera de lata. El ventero se la regaló con gusto. Después don Quijote dijo sobre la aceitera más de ochenta padrenuestros, y otras tantas avemarías, salves y credos. Y con cada palabra hacía una cruz, como una bendición. Estaban presentes Sancho, el ventero y el cuadrillero. El arriero, en cambio, ya estaba tranquilamente cuidando de sus mulos.

Hecho esto, don Quijote quiso probar él mismo enseguida el poder de aquel bálsamo precioso. Todo lo que no cabía en la aceitera había quedado en la olla donde se coció. Y de eso se bebió casi media azumbre. Apenas terminó de beber, empezó a vomitar. Vomitó tanto que no le quedó nada en el estómago. Con el esfuerzo y la agitación de los vómitos, empezó a sudar muchísimo. Por eso pidió que lo taparan bien y lo dejaran solo. Así lo hicieron, y se quedó dormido más de tres horas. Al despertarse, se sintió con el cuerpo mucho más aliviado. Estaba tanto mejor de sus golpes que se creyó curado. Y de verdad creyó que había acertado con el bálsamo de Fierabrás. Pensó que con aquel remedio podía atacar sin miedo cualquier peligro, batalla o pelea, por peligrosos que fueran.

Sancho Panza también pensó que la mejoría de su amo era un milagro. Le pidió que le diera a él lo que quedaba en la olla, que no era poco. Don Quijote se lo dio. Sancho cogió la olla con las dos manos, con buena fe y mejor voluntad, y se la bebió. Bebió casi tanto como su amo. Pero el estómago del pobre Sancho no debía de ser tan delicado como el de su amo. No vomitó enseguida. Antes sintió muchas angustias y muchas ganas de vomitar, con sudores y mareos. Creyó de verdad que le había llegado su última hora. Se vio tan mal y tan angustiado que maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado. Al verlo así, don Quijote le dijo:

— Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero. Estoy convencido de que este licor no sirve a los que no lo son.

— Si vuestra merced lo sabía —respondió Sancho—, ¡maldito sea yo y toda mi familia!, ¿por qué dejó que lo probara?

En ese momento la bebida hizo su efecto. El pobre escudero empezó a vaciarse por arriba y por abajo, tan deprisa que nada sirvió de nada. Ni la estera de junco donde se había vuelto a tumbar, ni la manta de tela basta con que se tapaba. Sudaba y sudaba, con tales ataques y mareos que todos creyeron que se moría. Y no solo lo creyó él, sino todos los demás. Esta tormenta y este mal rato le duraron casi dos horas. Al final no quedó como su amo. Quedó tan molido y tan roto que no se podía tener en pie.

Pero don Quijote, como ya se ha dicho, se sentía aliviado y sano. Quería salir enseguida a buscar aventuras. Le parecía que todo el tiempo que pasaba allí se lo quitaba al mundo. Se lo quitaba a todos los que en el mundo necesitaban su ayuda y su protección. Y ahora se sentía aún más seguro, por la confianza que tenía en su bálsamo. Empujado por este deseo, él mismo ensilló a Rocinante. Y puso la albarda al jumento de su escudero. También ayudó a Sancho a vestirse y a subir al asno. Luego montó a caballo. Se acercó a un rincón de la venta y cogió un lanzón que había allí, para usarlo como lanza.

Lo estaban mirando todos los que había en la venta, que eran más de veinte personas. También lo miraba la hija del ventero. Y él tampoco le quitaba los ojos de encima. De vez en cuando soltaba un suspiro que parecía salirle de lo más hondo del cuerpo. Todos pensaban que suspiraba por el dolor de las costillas. Por lo menos, eso pensaban los que la noche antes lo habían visto curar con emplastos.

Cuando los dos estuvieron montados, don Quijote se puso a la puerta de la venta. Llamó al ventero y le dijo con voz muy tranquila y seria:

— Muchos y muy grandes son los favores que he recibido en este castillo vuestro, señor alcaide. Os los agradeceré todos los días de mi vida. Si os los puedo pagar vengándoos de algún orgulloso que os haya ofendido, sabed una cosa. Mi oficio es ayudar a los débiles, vengar a los que reciben injusticias y castigar las traiciones. Buscad en vuestra memoria. Si encontráis algo de ese tipo que encargarme, no tenéis más que decirlo. Os prometo, por la orden de caballero que recibí, que os dejaré satisfecho y pagado como queráis.

El ventero le respondió con la misma calma:

— Señor caballero, yo no necesito que vuestra merced me vengue de ninguna ofensa. Yo sé vengarme como me parece cuando me ofenden. Solo necesito que vuestra merced me pague lo que ha gastado esta noche en la venta. Es decir, la paja y la cebada de sus dos animales, la cena y las camas.

— Entonces, ¿esto es una venta? —preguntó don Quijote.

— Y muy honrada —respondió el ventero.

— He vivido engañado hasta ahora —respondió don Quijote—. De verdad pensé que era un castillo, y no malo. Pero no es castillo, sino venta. Así que lo único que se puede hacer ahora es perdonarme el pago. Yo no puedo ir contra la orden de los caballeros andantes. Sé con seguridad que nunca pagaron la posada ni nada en las ventas donde estuvieron. Y hasta ahora no he leído nada que diga lo contrario. Por ley y por derecho se les debe un buen recibimiento. Es el pago por el terrible trabajo que sufren buscando aventuras. Las buscan de noche y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo. Sufren sed y hambre, calor y frío. Sufren todo el mal tiempo del cielo y todas las molestias de la tierra.

— Eso no tiene nada que ver conmigo —respondió el ventero—. Págueme lo que me debe, y dejémonos de cuentos y de caballerías. Yo solo me ocupo de cobrar lo que es mío.

— Vos sois un tonto y un mal posadero —respondió don Quijote.

Y, picando a Rocinante con las piernas y con el lanzón cruzado, salió de la venta. Nadie lo detuvo. Y él, sin mirar si su escudero lo seguía, se alejó un buen trecho.

El ventero vio que se iba sin pagar y fue a cobrarle a Sancho Panza. Sancho dijo que, como su señor no había querido pagar, él tampoco pagaría. Él era escudero de un caballero andante. Por eso le tocaba la misma regla que a su amo: no pagar nada en las posadas y las ventas. El ventero se enfadó mucho. Lo amenazó: si no le pagaba, le cobraría de una manera que le iba a doler. Sancho respondió que no pagaría ni una moneda, aunque le costara la vida. Lo mandaba así la ley de caballería que había recibido su amo. No quería que se perdiera por su culpa la buena y antigua costumbre de los caballeros andantes. Ni quería que se quejaran de él los escuderos que vendrían al mundo en el futuro. No quería que le echaran en cara haber roto una ley tan justa.

Pero la mala suerte del pobre Sancho quiso que hubiera en la venta cierta gente. Eran cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla. Era gente alegre, con buena intención, pero bromista y traviesa. Todos ellos, como movidos por un mismo espíritu, se acercaron a Sancho y lo bajaron del asno. Uno de ellos fue a buscar la manta de la cama del huésped. Echaron a Sancho en ella. Pero miraron hacia arriba y vieron que el techo era un poco bajo para lo que querían hacer. Así que decidieron salir al corral, que no tenía más techo que el cielo. Allí pusieron a Sancho en medio de la manta. Y empezaron a lanzarlo hacia arriba y a divertirse con él, como se hace con los perros en carnaval.

El pobre manteado gritaba tanto que sus gritos llegaron a los oídos de su amo. Don Quijote se paró a escuchar con atención. Primero creyó que le llegaba alguna nueva aventura. Luego se dio cuenta claramente de que el que gritaba era su escudero. Dio la vuelta al caballo y volvió a la venta a un galope muy trabajoso. Encontró la venta cerrada y la rodeó para ver si encontraba por dónde entrar. Las paredes del corral no eran muy altas. Y en cuanto llegó a ellas, vio la mala broma que le estaban haciendo a su escudero. Lo vio bajar y subir por el aire con mucha gracia y rapidez. Creo que, si no fuera por la rabia, se habría reído.

Intentó subir desde el caballo a lo alto de la tapia. Pero estaba tan molido y tan roto que ni siquiera pudo bajarse del caballo. Así que, desde encima del caballo, empezó a gritar insultos y ofensas a los que manteaban a Sancho. Eran tantos que no es posible escribirlos. Pero ellos no dejaban de reírse ni de lanzar a Sancho. Y el volador Sancho tampoco dejaba de quejarse. A veces mezclaba amenazas y a veces súplicas. Pero todo sirvió de poco, o de nada. Al final lo dejaron porque estaban cansados.

Le trajeron allí su asno, lo subieron encima y lo taparon con su gabán. La compasiva Maritornes lo vio tan agotado que le pareció bien ayudarlo con un jarro de agua. Se lo trajo del pozo, porque allí estaba más fría. Sancho lo cogió y se lo llevó a la boca. Pero se paró al oír los gritos de su amo, que decía:

— ¡Hijo Sancho, no bebas agua! ¡Hijo, no la bebas, que te matará! ¿Ves? Aquí tengo el santísimo bálsamo —y le enseñaba la aceitera con la bebida—. Si bebes dos gotas de él, te curarás sin duda.

Al oír esto, Sancho lo miró de reojo y le dijo, gritando más fuerte:

— ¿Se le ha olvidado a vuestra merced que yo no soy caballero? ¿O quiere que termine de vomitar las tripas que me quedaron de anoche? Guárdese su licor, con todos los diablos, y déjeme a mí.

Terminar de decir esto y empezar a beber fue todo uno. Pero al primer trago vio que era agua y no quiso beber más. Pidió a Maritornes que le trajera vino. Ella lo hizo con muy buena voluntad, y lo pagó con su propio dinero. Porque, de verdad, se dice de ella que, aunque tenía aquel oficio, le quedaba algo de buena cristiana.

En cuanto bebió, Sancho dio con los talones al asno. Abrió del todo la puerta de la venta y salió. Iba muy contento de no haber pagado nada y de haberse salido con la suya. Aunque había sido a costa de sus fiadores de siempre, que eran sus espaldas. Es verdad que el ventero se quedó con sus alforjas, como pago de lo que le debían. Pero Sancho no las echó de menos, porque salió muy aturdido. El ventero quiso cerrar bien la puerta en cuanto lo vio fuera. Pero no lo dejaron los manteadores. Eran gente que no habría dado nada por don Quijote, ni dos monedas. Ni aunque hubiera sido de verdad uno de los caballeros andantes de la Tabla Redonda.

### Glosario

- **alcaide**: hombre que manda en un castillo o fortaleza.
- **chichones**: bultos que salen en la cabeza después de un golpe.
- **azumbre**: medida antigua de líquido, unos dos litros.
- **lanzón**: lanza más corta y gruesa que la normal.
- **albarda**: silla sencilla que se pone a los burros para llevar carga.
- **perailes**: obreros que preparaban la lana y los paños.
- **agujeros del Potro de Córdoba**: gente pícara de una plaza de Córdoba (el Potro).
- **manteado / manteadores**: el que es lanzado al aire con una manta / los que lo lanzan.
- **gabán**: abrigo largo y grueso.
- **fiadores**: personas que pagan por otro si él no paga; aquí, en broma, las espaldas de Sancho.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero; aquí, Sancho.
- **pudrieran**: de pudrirse: ponerse malo, como la fruta vieja.
- **fermosura**: forma antigua de "hermosura": belleza.
- **cuatrocientos**: 400.
- **apaleado**: golpeado con palos.
- **puñetazo**: golpe dado con la mano cerrada.
- **puñetazos**: golpes dados con la mano cerrada.
- **bálsamo**: medicina líquida; aquí, el bálsamo mágico de Fierabrás de los libros de caballerías.
- **molido**: muy cansado y con dolor por los golpes.
- **emplastos**: medicina blanda que se pone sobre la piel.
- **majadero**: tonto, necio (es un insulto).
- **encantamientos**: cosas hechas con magia.
- **seáis**: de ser: "seáis quien seáis" quiere decir "no importa quién sois".
- **asno**: burro.

## Capítulo XVIII. Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas

Sancho llegó hasta su amo tan débil y tan cansado que no podía ni hacer andar a su jumento. Cuando don Quijote lo vio así, le dijo:

— Ahora sí que creo, buen Sancho, que aquel castillo, o venta, está encantado sin duda. Aquellos que se divirtieron contigo de forma tan cruel, ¿qué podían ser sino fantasmas y gente del otro mundo? Y lo confirmo por otra cosa. Yo estaba junto a las tapias del corral, mirando los actos de tu triste tragedia. Y no pude subir por ellas, ni pude bajarme de Rocinante. Debían de tenerme encantado. Te juro, por la fe de quien soy, que si hubiera podido subir o bajarme, te habría vengado. Aquellos follones y malandrines se habrían acordado de la broma para siempre. Lo habría hecho aunque fuera contra las leyes de la caballería. Como ya te he dicho muchas veces, esas leyes no permiten que un caballero ataque a quien no lo es. Solo puede hacerlo para defender su propia vida y su persona, en caso de urgente y gran necesidad.

— Yo también me habría vengado si hubiera podido, fuera o no fuera armado caballero —respondió Sancho—. Pero no pude. Aunque yo creo que aquellos que se divirtieron conmigo no eran fantasmas ni hombres encantados, como dice vuestra merced. Eran hombres de carne y hueso como nosotros. Y todos tenían sus nombres. Los oí cuando me lanzaban por el aire. Uno se llamaba Pedro Martínez, y otro Tenorio Hernández. Y oí que el ventero se llamaba Juan Palomeque el Zurdo. Así que, señor, vuestra merced no pudo saltar las tapias del corral ni bajarse del caballo. Pero fue por otra cosa, no por encantamientos. Y lo que yo saco en claro de todo esto es una cosa. Estas aventuras que buscamos nos van a traer, al final, tantas desventuras que no sabremos cuál es nuestro pie derecho. Según mi poca inteligencia, lo mejor y más acertado sería volver a nuestro pueblo. Ahora es tiempo de la siega y de ocuparse de la hacienda. Deberíamos dejar de andar de Ceca en Meca y de zoca en colodra, como dicen.

— ¡Qué poco sabes, Sancho, de asuntos de caballería! —respondió don Quijote—. Calla y ten paciencia. Llegará el día en que veas con tus propios ojos qué cosa tan honrosa es este oficio. Si no, dime: ¿qué mayor alegría puede haber en el mundo que vencer una batalla y triunfar sobre el enemigo? ¿Qué gusto se le puede comparar? Ninguno, sin ninguna duda.

— Así debe de ser —respondió Sancho—, aunque yo no lo sé. Solo sé una cosa. Desde que somos caballeros andantes, o desde que lo es vuestra merced, nunca hemos vencido ninguna batalla. Y digo vuestra merced porque yo no tengo por qué contarme en un grupo tan honroso. Solo vencimos la del vizcaíno. Y aun de aquella salió vuestra merced con media oreja y media celada menos. Desde entonces, todo han sido palos y más palos, puñetazos y más puñetazos. Y yo, además, me he llevado el manteo. Me lo hicieron personas encantadas, y de ellas no me puedo vengar. Así que no puedo saber hasta dónde llega el gusto de vencer al enemigo, como dice vuestra merced.

— Esa es la pena que yo tengo, y la que tú debes tener, Sancho —respondió don Quijote—. Pero, desde ahora, intentaré conseguir una espada hecha con mucha maestría. Con ella, nadie podrá hacer encantamientos a quien la lleve. Y quizá la suerte me haga encontrar aquella espada de Amadís, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente Espada. Fue una de las mejores espadas que tuvo caballero en el mundo. Además de ese poder, cortaba como una navaja. Y no había armadura, por fuerte y encantada que fuera, que la pudiera parar.

— Yo tengo tan buena suerte —dijo Sancho— que, si eso pasara y vuestra merced encontrara esa espada, solo serviría a los armados caballeros, como el bálsamo. Y los escuderos, que se aguanten con sus penas.

— No temas eso, Sancho —dijo don Quijote—, que el cielo lo hará mejor contigo.

En estas conversaciones iban don Quijote y su escudero. Entonces don Quijote vio que, por el camino, venía hacia ellos una gran nube de polvo muy espesa. Al verla, se volvió a Sancho y le dijo:

— ¡Oh Sancho, este es el día en que se verá el bien que me tiene guardado mi suerte! Este es el día, digo, en que se mostrará el valor de mi brazo, tanto como en cualquier otro. Hoy tengo que hacer hechos que quedarán escritos en el libro de la Fama por todos los siglos futuros. ¿Ves aquella polvareda que se levanta allí, Sancho? Pues está toda llena de un enorme ejército. Viene marchando por allí, formado por gentes de muchísimos pueblos diferentes.

— Entonces deben de ser dos —dijo Sancho—, porque por este otro lado se levanta también otra polvareda igual.

Don Quijote volvió a mirar y vio que era verdad. Se alegró muchísimo. Y pensó, sin ninguna duda, que eran dos ejércitos. Creyó que venían a atacarse en medio de aquella gran llanura. Porque tenía siempre, a todas horas, la imaginación llena de las cosas de los libros de caballerías. Batallas, encantamientos, aventuras, locuras, amores, desafíos... Y todo lo que decía, pensaba o hacía iba hacia cosas así.

En realidad, la polvareda la levantaban dos grandes rebaños de ovejas y carneros. Venían por aquel mismo camino, cada uno desde un lado diferente. Por el polvo, no se podían ver hasta que llegaban cerca. Y don Quijote afirmaba con tanta fuerza que eran ejércitos que Sancho llegó a creerlo. Y le dijo:

— Señor, ¿y qué tenemos que hacer nosotros?

— ¿Qué? —dijo don Quijote—. Ayudar a los necesitados y a los débiles. Y has de saber, Sancho, que este ejército que viene de frente lo guía el gran emperador Alifanfarón, señor de la gran isla Trapobana. Este otro, que marcha a mi espalda, es el de su enemigo, el rey de los garamantas, Pentapolín del Arremangado Brazo. Se llama así porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.

— Pues ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores? —preguntó Sancho.

— Se quieren mal —respondió don Quijote— porque este Alifanfarón es un pagano furioso. Está enamorado de la hija de Pentapolín, que es una señora muy fermosa y muy graciosa. Además, es cristiana. Y su padre no se la quiere dar al rey pagano si antes no deja la ley de su falso profeta Mahoma y se hace cristiano.

— ¡Por mis barbas —dijo Sancho—, que Pentapolín hace muy bien! Y yo lo tengo que ayudar en todo lo que pueda.

— Si lo haces, harás lo que debes, Sancho —dijo don Quijote—. Porque para entrar en batallas como esta no hace falta ser armado caballero.

— Eso lo entiendo bien —respondió Sancho—. Pero ¿dónde pondremos a este asno para estar seguros de encontrarlo después de la pelea? Porque no creo que hasta ahora se haya usado entrar en batalla montado en un animal así.

— Es verdad —dijo don Quijote—. Lo que puedes hacer es dejarlo a su suerte, se pierda o no. Después de vencer, tendremos tantos caballos que hasta Rocinante corre peligro de que yo lo cambie por otro. Pero escúchame bien y mira. Te quiero hablar de los caballeros más importantes que vienen en estos dos ejércitos. Y, para que los veas mejor, vamos a aquella pequeña colina de allí. Desde ella se deben de ver los dos ejércitos.

Así lo hicieron. Se pusieron sobre una loma. Desde allí se habrían visto bien los dos rebaños que don Quijote creía ejércitos. Pero las nubes de polvo que levantaban no les dejaban ver. Aun así, don Quijote veía en su imaginación lo que no veía ni existía. Y con voz alta empezó a decir:

— ¿Ves allí aquel caballero de las armas amarillas? Lleva en el escudo un león con corona, rendido a los pies de una doncella. Es el valiente Laurcalco, señor de la Puente de Plata. El otro, de las armas con flores de oro, lleva en el escudo tres coronas de plata sobre fondo azul. Es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia. El otro, el de los brazos y piernas de gigante, está a su derecha. Es Brandabarbarán de Boliche, que nunca tiene miedo, señor de las tres Arabias. Viene armado con aquella piel de serpiente. Y tiene por escudo una puerta. Dicen que es una de las puertas del templo que derribó Sansón cuando, con su muerte, se vengó de sus enemigos.

»Pero mira ahora hacia este otro lado. Verás delante, al frente de este otro ejército, a Timonel de Carcajona, siempre vencedor y nunca vencido. Es príncipe de la Nueva Vizcaya. Viene con las armas divididas en cuatro partes: azules, verdes, blancas y amarillas. Lleva en el escudo un gato de oro sobre fondo leonado, con un letrero que dice: “Miau”. Es el principio del nombre de su dama. Según dicen, es la sin par Miulina, hija del duque Alfeñiquén del Algarbe. El otro carga con su peso el lomo de aquella yegua tan fuerte. Lleva las armas blancas como la nieve y el escudo blanco, sin ningún dibujo. Es un caballero nuevo, francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique. El otro clava los talones con espuelas en aquella cebra rápida y pintada. Lleva las armas de veros azules. Es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque. Lleva como dibujo en el escudo una esparraguera, con un letrero en castellano que dice: “Rastrea mi suerte”.

Y de esta manera fue nombrando a muchos caballeros de los dos ejércitos, todos imaginados por él. A todos les dio sus armas, colores, dibujos y lemas en ese mismo momento. Lo llevaba su imaginación y su locura nunca vista. Y, sin parar, siguió diciendo:

— Este ejército de enfrente está formado por gentes de muchas naciones. Aquí están los que bebían las dulces aguas del famoso río Janto. Están los montañeses que pisan los campos masílicos. Están los que separan el oro finísimo y menudo en la feliz Arabia. Están los que disfrutan de las famosas y frescas orillas del claro Termodonte. Están los que sacan oro por muchos caminos del dorado Pactolo. Están los númidas, que no cumplen bien sus promesas. Están los persas, famosos por sus arcos y flechas. Están los partos y los medos, que pelean huyendo. Están los árabes, que cambian siempre de casa. Están los citas, tan crueles como blancos, y los etíopes, con los labios agujereados. Y hay otras muchísimas naciones. Conozco y veo sus caras, aunque no me acuerdo de sus nombres.

»En este otro ejército vienen los que beben las aguas claras del Betis, rico en olivos. Vienen los que se lavan y pulen la cara con el agua del Tajo, siempre rico y dorado. Vienen los que disfrutan de las aguas útiles del divino Genil. Vienen los que pisan los campos tartesios, llenos de pastos. Vienen los que se alegran en los prados de Jerez, que parecen los Campos Elíseos. Vienen los manchegos, ricos y coronados de espigas rubias. Vienen los vestidos de hierro, restos antiguos de la sangre goda. Vienen los que se bañan en el Pisuerga, famoso por su corriente tranquila. Vienen los que llevan su ganado a los grandes prados del Guadiana, que da tantas vueltas. Este río es famoso por su curso escondido. Vienen los que tiemblan con el frío del Pirineo, lleno de bosques. Y los que tiemblan con la nieve blanca del alto Apenino. En fin, vienen todos los pueblos que hay en Europa.

¡Válgame Dios, cuántas provincias dijo y cuántas naciones nombró! A cada una le dio enseguida, con una rapidez maravillosa, sus cualidades propias. Estaba totalmente lleno de lo que había leído en sus libros mentirosos. Sancho Panza escuchaba sus palabras sin decir ninguna. De vez en cuando volvía la cabeza para ver si veía a los caballeros y gigantes que nombraba su amo. Como no veía a ninguno, le dijo:

— Señor, que me lleve el diablo si aparece por aquí un solo hombre, gigante o caballero de los que dice vuestra merced. Por lo menos, yo no los veo. Quizá todo es encantamiento, como los fantasmas de anoche.

— ¿Cómo dices eso? —respondió don Quijote—. ¿No oyes relinchar a los caballos, sonar las trompetas y el ruido de los tambores?

— No oigo nada más —respondió Sancho— que muchos balidos de ovejas y carneros.

Y era verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.

— El miedo que tienes, Sancho —dijo don Quijote—, no te deja ver ni oír bien. Porque uno de los efectos del miedo es confundir los sentidos. Hace que las cosas no parezcan lo que son. Y si tienes tanto miedo, apártate a un lado y déjame solo. Yo solo basto para dar la victoria al ejército que yo ayude.

Y, diciendo esto, picó con las espuelas a Rocinante. Con la lanza preparada para atacar, bajó la cuesta como un rayo. Sancho le gritaba:

— ¡Vuelva vuestra merced, señor don Quijote! ¡Juro por Dios que son carneros y ovejas lo que va a atacar! ¡Vuelva, pobre del padre que me hizo! ¿Qué locura es esta? Mire que no hay ningún gigante ni caballero. No hay gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es lo que hace? ¡Pecador de mí!

Pero ni así volvió don Quijote. Al contrario, iba gritando:

— ¡Vamos, caballeros, los que seguís y lucháis bajo las banderas del valiente emperador Pentapolín del Arremangado Brazo! ¡Seguidme todos! Veréis qué fácilmente lo vengo de su enemigo Alifanfarón de la Trapobana.

Diciendo esto, entró en medio del ejército de las ovejas. Y empezó a clavarles la lanza con tanto valor y tanta furia como si de verdad atacara a sus enemigos mortales. Los pastores y ganaderos que venían con el rebaño le gritaban que no hiciera aquello. Pero vieron que sus gritos no servían de nada. Entonces se quitaron las hondas de la cintura. Y empezaron a saludarle los oídos con piedras tan grandes como un puño. Don Quijote no hacía caso de las piedras. Al contrario, corría de un lado a otro y decía:

— ¿Dónde estás, orgulloso Alifanfarón? Ven hacia mí. Soy un caballero solo, que quiere probar tus fuerzas cuerpo a cuerpo. Y quiere quitarte la vida, como castigo por lo que le haces sufrir al valiente Pentapolín Garamanta.

En ese momento llegó una piedra lisa de río. Le dio en un costado y le hundió dos costillas en el cuerpo. Al verse tan maltratado, creyó sin duda que estaba muerto o muy mal herido. Entonces se acordó de su licor. Sacó la aceitera, se la puso en la boca y empezó a echarse el licor en el estómago. Pero, antes de que terminara de beber lo que a él le parecía suficiente, llegó otra piedra. Le dio en la mano y en la aceitera tan de lleno que la hizo pedazos. De paso le arrancó tres o cuatro dientes y muelas de la boca. Y le aplastó gravemente dos dedos de la mano.

Tan fuerte fue el primer golpe, y tan fuerte el segundo, que el pobre caballero tuvo que caerse del caballo. Los pastores se acercaron a él y creyeron que lo habían matado. Así que, muy deprisa, recogieron su ganado y cargaron las ovejas muertas, que eran más de siete. Y, sin mirar nada más, se fueron.

Todo este tiempo Sancho estaba sobre la cuesta, mirando las locuras de su amo. Se arrancaba los pelos de la barba. Y maldecía la hora y el momento en que la fortuna le había hecho conocerlo. Lo vio caído en el suelo y vio que los pastores ya se habían ido. Entonces bajó de la cuesta y se acercó a él. Lo encontró muy maltrecho, aunque no había perdido el sentido. Y le dijo:

— ¿No le decía yo, señor don Quijote, que volviera? ¿No le decía que lo que iba a atacar no eran ejércitos, sino rebaños de carneros?

— Así puede hacer desaparecer y cambiar las cosas aquel ladrón de sabio, mi enemigo —dijo don Quijote—. Has de saber, Sancho, que para esos magos es muy fácil hacernos ver lo que ellos quieren. Este malvado que me persigue tuvo envidia de la gloria que yo iba a conseguir en esta batalla. Y ha convertido los ejércitos enemigos en rebaños de ovejas. Si no me crees, haz una cosa, Sancho, por mi vida. Así saldrás del engaño y verás que digo la verdad. Sube en tu asno y síguelos con cuidado. Verás cómo, en cuanto se alejen un poco de aquí, vuelven a su forma de antes. Dejarán de ser carneros y serán hombres hechos y derechos, como yo te los pinté primero... Pero no vayas ahora, porque necesito tu ayuda. Acércate y mira cuántas muelas y dientes me faltan. Me parece que no me ha quedado ninguno en la boca.

Sancho se acercó tanto que casi le metía los ojos en la boca. Justo entonces el bálsamo ya había hecho efecto en el estómago de don Quijote. Sancho iba a mirarle la boca. Y en ese instante don Quijote echó todo lo que tenía dentro, más fuerte que un disparo de escopeta. Y todo fue a parar a la barba del compasivo escudero.

— ¡Santa María! —dijo Sancho—. ¿Qué es esto que me ha pasado? Sin duda, este pecador está herido de muerte, porque vomita sangre por la boca.

Pero lo miró un poco mejor. Y vio por el color, el sabor y el olor que no era sangre. Era el bálsamo de la aceitera que le había visto beber. Le dio tanto asco que se le revolvió el estómago. Y vomitó las tripas encima de su mismo señor. Y los dos quedaron preciosos. Sancho fue a su asno para sacar de las alforjas algo con que limpiarse y curar a su amo. Pero no encontró las alforjas, y casi se volvió loco. Volvió a maldecirse. Y decidió en su corazón dejar a su amo y volver a su tierra. Lo haría aunque perdiera el sueldo de lo que había servido y la esperanza de gobernar la ínsula prometida.

En esto se levantó don Quijote. Se puso la mano izquierda en la boca, para que no se le acabaran de salir los dientes. Con la otra mano cogió las riendas de Rocinante. El caballo no se había movido nunca del lado de su amo, porque era muy fiel y de muy buen carácter. Y fue hacia donde estaba su escudero. Sancho estaba apoyado con el pecho sobre su asno, con la mano en la mejilla, como un hombre muy pensativo. Don Quijote lo vio así, con señales de tanta tristeza, y le dijo:

— Has de saber, Sancho, que un hombre no vale más que otro si no hace más que otro. Todas estas tormentas que nos pasan son señales de que pronto se calmará el tiempo. Y pronto nos irán bien las cosas. Porque no es posible que el mal ni el bien duren para siempre. Y de aquí se sigue que, como el mal ha durado mucho, el bien ya está cerca. Así que no debes preocuparte por las desgracias que me pasan a mí, porque a ti no te toca parte de ellas.

— ¿Cómo que no? —respondió Sancho—. ¿Acaso el que mantearon ayer era otro que el hijo de mi padre? ¿Y las alforjas que hoy me faltan, con todas mis cosas, son de otro que del mismo?

— ¿Te faltan las alforjas, Sancho? —dijo don Quijote.

— Sí que me faltan —respondió Sancho.

— Entonces, hoy no tenemos nada que comer —respondió don Quijote.

— Eso sería —respondió Sancho— si faltaran por estos prados las hierbas que vuestra merced dice que conoce. Con ellas suelen arreglar estas faltas los caballeros andantes tan desgraciados como vuestra merced.

— Con todo eso —respondió don Quijote—, ahora preferiría un buen pedazo de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques. Lo preferiría a todas las hierbas que describe Dioscórides, aunque fuera el libro explicado por el doctor Laguna. Pero, con todo, sube en tu jumento, buen Sancho, y ven detrás de mí. Dios, que da todas las cosas, no nos va a abandonar. Y menos ahora, que vamos tanto a su servicio. Él no abandona a los mosquitos del aire, ni a los gusanitos de la tierra, ni a los renacuajos del agua. Y es tan bueno que hace salir su sol sobre los buenos y los malos. Y hace llover sobre los injustos y los justos.

— Vuestra merced sería mejor predicador que caballero andante —dijo Sancho.

— Los caballeros andantes sabían y deben saber de todo, Sancho —dijo don Quijote—. En los siglos pasados hubo caballeros andantes que se paraban a dar un sermón en medio de un campamento militar. Lo hacían como si tuvieran un título de la Universidad de París. De aquí se ve que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza.

— Bueno, sea como dice vuestra merced —respondió Sancho—. Vámonos ahora de aquí y busquemos dónde dormir esta noche. Y quiera Dios que sea en un sitio donde no haya mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros encantados. Porque, si los hay, lo mando todo al diablo.

— Pídeselo tú a Dios, hijo —dijo don Quijote—, y guía tú por donde quieras. Esta vez quiero dejar en tus manos el sitio donde dormiremos. Pero dame la mano y tócame con el dedo. Mira bien cuántos dientes y muelas me faltan en este lado derecho, en la mandíbula de arriba. Ahí siento el dolor.

Sancho le metió los dedos en la boca y, mientras lo tocaba, le dijo:

— ¿Cuántas muelas solía tener vuestra merced en esta parte?

— Cuatro —respondió don Quijote—, sin contar la muela del juicio. Todas enteras y muy sanas.

— Piense bien vuestra merced lo que dice, señor —respondió Sancho.

— Digo cuatro, si no eran cinco —respondió don Quijote—. Porque en toda mi vida no me han sacado ningún diente ni muela de la boca. Ni se me ha caído ninguno, ni se me ha estropeado por caries ni por ninguna enfermedad.

— Pues en esta parte de abajo —dijo Sancho— vuestra merced no tiene más que dos muelas y media. Y en la de arriba, ni media ni ninguna. Está todo liso como la palma de la mano.

— ¡Desgraciado de mí! —dijo don Quijote, al oír las tristes noticias que le daba su escudero—. Preferiría que me hubieran cortado un brazo, siempre que no fuera el de la espada. Porque te digo, Sancho, que la boca sin muelas es como un molino sin piedra. Y un diente vale mucho más que un diamante. Pero a todo esto estamos sujetos los que seguimos la dura orden de la caballería. Sube, amigo, y guía. Yo te seguiré al paso que quieras.

Así lo hizo Sancho. Fue hacia donde le pareció que podría encontrar dónde dormir. No salió del camino real, que por allí era muy recto. Iban poco a poco, porque el dolor de las mandíbulas no dejaba a don Quijote estar tranquilo ni darse prisa. Sancho quiso entretenerlo y distraerlo hablándole de alguna cosa. Y, entre otras cosas, le dijo lo que se contará en el capítulo siguiente.

### Glosario

- **follones y malandrines**: insultos antiguos: hombres malos, cobardes y tramposos.
- **de Ceca en Meca y de zoca en colodra**: dicho popular: de un sitio para otro, sin parar y sin sentido.
- **celada**: casco que protege la cabeza del caballero.
- **polvareda**: nube de polvo que se levanta del suelo.
- **veros**: dibujo de los escudos, con piezas en forma de campana de dos colores.
- **lema / letrero**: frase corta que un caballero pone en su escudo.
- **honda**: tira de cuero o cuerda que sirve para lanzar piedras.
- **aceitera**: botella pequeña para el aceite; aquí don Quijote guarda en ella el bálsamo.
- **muela del juicio**: la última muela de cada lado de la boca.
- **nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza**: las armas y los estudios no se estorban; se pueden tener los dos.
- **jumento**: burro.
- **asno**: burro.
- **divirtieron**: de divertirse: pasarlo bien; aquí, burlarse de alguien.
- **encantamientos**: cosas hechas con magia.
- **desventuras**: desgracias, malas suertes.
- **siega**: trabajo de cortar el trigo cuando está maduro.
- **vizcaíno**: hombre de Vizcaya; aquí, el que luchó antes con don Quijote.
- **puñetazos**: golpes dados con la mano cerrada.
- **bálsamo**: medicina líquida; aquí, el bálsamo mágico de Fierabrás de los libros de caballerías.
- **escuderos**: criados que acompañan a un caballero.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero; aquí, Sancho.
- **garamantas**: pueblo antiguo de África, de los libros antiguos.
- **escúchame**: de escuchar: oye con atención lo que te digo.
- **espuelas**: piezas de metal en los talones del jinete, para hacer correr al caballo.
- **alforjas**: dos bolsas unidas que se llevan sobre el animal, para la comida.

## Capítulo XIX. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos

— Me parece, señor mío, que todas las desgracias de estos días son un castigo. Sin ninguna duda, son la pena por el pecado que vuestra merced cometió contra la orden de su caballería. Vuestra merced no ha cumplido su juramento. Juró no comer pan en mesa con mantel, ni folgar con la reina, y todo lo demás que sigue. Y juró cumplirlo hasta quitar aquel casco de Malandrino, o como se llame el moro, que no me acuerdo bien.

— Tienes mucha razón, Sancho —dijo don Quijote—. Pero, si te digo la verdad, se me había olvidado. Y también puedes estar seguro de otra cosa. Lo de la manta te pasó por tu culpa, porque no me lo recordaste a tiempo. Pero yo lo arreglaré, porque en la orden de la caballería hay maneras de arreglarlo todo.

— Pues ¿acaso juré yo algo? —respondió Sancho.

— No importa que no hayas jurado —dijo don Quijote—. Basta con que yo entiendo que tampoco estás muy libre de culpa, como compañero mío. Y, por si acaso, no estará mal buscar un remedio.

— Pues, si es así —dijo Sancho—, que no se le vuelva a olvidar a vuestra merced, como lo del juramento. Quizá a los fantasmas les vuelvan las ganas de divertirse otra vez conmigo. Y hasta con vuestra merced, si lo ven tan cabezota.

Con estas y otras conversaciones les llegó la noche en medio del camino. No tenían ni veían ningún sitio donde pasar aquella noche. Y lo peor era que se morían de hambre. Sin las alforjas, no les quedaba nada de comida ni de provisiones. Y, para completar esta desgracia, les pasó una aventura que, sin ningún truco, de verdad lo parecía.

La noche se cerró bastante oscura. Aun así, siguieron caminando. Sancho pensaba que, como aquel era el camino real, lo normal era encontrar alguna venta a una o dos leguas. Iban así, con la noche oscura, el escudero con hambre y el amo con ganas de comer. Entonces vieron que, por el mismo camino, venían hacia ellos muchísimas luces. Parecían estrellas que se movían.

Sancho se quedó helado al verlas, y don Quijote tampoco se sintió muy seguro. Uno tiró del cabestro de su asno y el otro de las riendas de su caballo. Se quedaron quietos, mirando con atención qué podía ser aquello. Vieron que las luces se iban acercando a ellos. Y, cuanto más se acercaban, más grandes parecían. Al verlas, Sancho empezó a temblar como un enfermo de mercurio. Y a don Quijote se le pusieron de punta los pelos de la cabeza. Pero se animó un poco y dijo:

— Sin duda, Sancho, esta debe de ser una aventura grandísima y peligrosísima. En ella tendré que mostrar todo mi valor y mi fuerza.

— ¡Pobre de mí! —respondió Sancho—. Si esta aventura es de fantasmas, como me va pareciendo, ¿dónde habrá costillas que la aguanten?

— Por muy fantasmas que sean —dijo don Quijote—, no dejaré que te toquen ni un pelo de la ropa. La otra vez se burlaron de ti porque no pude saltar las paredes del corral. Pero ahora estamos en campo abierto. Aquí podré mover mi espada como quiera.

— ¿Y si le encantan y le dejan sin poder moverse, como la otra vez? —dijo Sancho—. ¿De qué servirá estar en campo abierto o no?

— Con todo eso —respondió don Quijote—, te pido, Sancho, que tengas buen ánimo. La experiencia te mostrará el ánimo que tengo yo.

— Sí lo tendré, si Dios quiere —respondió Sancho.

Los dos se apartaron a un lado del camino. Y volvieron a mirar con atención qué podían ser aquellas luces que caminaban. Muy pronto descubrieron muchos encamisados. Aquella visión tan terrible acabó del todo con el valor de Sancho Panza. Empezó a castañetear los dientes, como quien tiene fiebre y frío. Y le castañetearon todavía más cuando vieron claramente lo que era.

Porque descubrieron unos veinte encamisados, todos montados, con antorchas encendidas en las manos. Detrás de ellos venía una litera cubierta de tela negra de luto. Y detrás de la litera iban otros seis hombres montados, vestidos de luto hasta los pies de las mulas. Se veía bien que eran mulas y no caballos, por lo tranquilas que caminaban. Los encamisados iban murmurando entre ellos, con una voz baja y triste.

Era una visión extraña, a esas horas y en un lugar tan solitario. Bastaba para meter miedo en el corazón de Sancho. Y también en el de su amo. Y así habría sido también con don Quijote. Sancho, en cambio, ya había perdido todo su valor. Pero a su amo le pasó lo contrario. En ese momento se imaginó, muy claramente, que aquella era una de las aventuras de sus libros. Le pareció que la litera eran unas andas. Pensó que en ellas iría algún caballero mal ferido o muerto. Y pensó que solo él tenía el deber de vengarlo.

Sin pensarlo más, preparó su lanzón para atacar y se colocó bien en la silla. Con mucha elegancia y valor, se puso en medio del camino. Los encamisados tenían que pasar por allí por fuerza. Cuando los vio cerca, levantó la voz y dijo:

— Deteneos, caballeros, o quienquiera que seáis. Decidme quiénes sois, de dónde venís y adónde vais. Y decidme qué lleváis en aquellas andas. Por lo que parece, o vosotros habéis fecho algún mal, o alguien os lo ha fecho a vosotros. Y necesito saberlo. Así podré castigaros por el mal que fecistes, o vengaros por el tuerto que vos ficieron.

— Tenemos prisa —respondió uno de los encamisados—. La venta está lejos y no podemos pararnos a dar tantas explicaciones como pedís.

Y, picando a la mula, siguió adelante. Don Quijote se sintió muy ofendido por esta respuesta. Agarró la mula por el freno y dijo:

— Deteneos y tened más educación. Contestad a lo que os he preguntado. Si no, os declaro la batalla a todos.

La mula era asustadiza. Al agarrarla del freno, se asustó tanto que se levantó sobre las patas de atrás. Y tiró a su dueño al suelo por encima de la grupa. Un criado que iba a pie vio caer al encamisado y empezó a insultar a don Quijote. Don Quijote, ya furioso, no esperó más. Preparó su lanzón y atacó a uno de los hombres de luto. Lo hirió gravemente y lo tiró al suelo. Luego se volvió contra los demás. Era digno de ver con qué rapidez los atacaba y los dispersaba. Parecía que a Rocinante le habían salido alas en ese momento, por lo ligero y orgulloso que andaba.

Todos los encamisados eran gente miedosa y sin armas. Así que dejaron enseguida la pelea y empezaron a correr por el campo con las antorchas encendidas. Parecían esas personas con máscaras que corren en las noches de fiesta. Los hombres de luto, por su parte, estaban enredados en sus faldas y mantos largos, y no se podían mover. Así que don Quijote, sin ningún peligro, los apaleó a todos. Y los obligó a dejar el sitio, aunque no querían, porque todos pensaron que aquel no era un hombre. Creyeron que era un diablo del infierno, que venía a quitarles el cuerpo muerto de la litera. Sancho lo miraba todo, admirado del valor de su señor. Y se decía a sí mismo:

— Sin duda, este amo mío es tan valiente y tan fuerte como él dice.

En el suelo había una antorcha encendida, junto al primer hombre que la mula había tirado. A su luz, don Quijote pudo verlo. Se acercó a él y le puso la punta del lanzón en la cara. Le dijo que se rindiera, o lo mataría. El caído respondió:

— Ya estoy bien rendido, porque no me puedo mover. Tengo una pierna rota. Le suplico a vuestra merced, si es caballero cristiano, que no me mate. Cometería un gran sacrilegio, porque soy licenciado y tengo las primeras órdenes de la Iglesia.

— Pues ¿qué diablos os ha traído aquí —dijo don Quijote—, siendo hombre de Iglesia?

— ¿Qué, señor? —respondió el caído—. Mi mala suerte.

— Pues os espera otra peor —dijo don Quijote—, si no me contestáis a todo lo que os pregunté antes.

— Vuestra merced quedará satisfecho enseguida —respondió el licenciado—. Sepa vuestra merced que antes dije que era licenciado, pero no soy más que bachiller. Me llamo Alonso López y soy natural de Alcobendas. Vengo de la ciudad de Baeza con otros once sacerdotes. Son los que huyeron con las antorchas. Vamos a la ciudad de Segovia, acompañando un cuerpo muerto que va en aquella litera. Es de un caballero que murió en Baeza, donde lo enterraron por un tiempo. Y ahora, como digo, llevábamos sus huesos a su sepultura de Segovia, de donde es natural.

— ¿Y quién lo mató? —preguntó don Quijote.

— Dios, con unas fiebres contagiosas que le dieron —respondió el bachiller.

— Entonces —dijo don Quijote—, Nuestro Señor me ha quitado el trabajo de vengar su muerte. Lo habría vengado si lo hubiera matado otro. Pero, como lo mató quien lo mató, solo queda callar y encogerse de hombros. Porque lo mismo haría yo si me matara a mí. Y quiero que sepa vuestra reverencia que yo soy un caballero de la Mancha, llamado don Quijote. Mi oficio es andar por el mundo enderezando tuertos y desfaciendo agravios.

— No sé cómo puede ser eso de enderezar tuertos —dijo el bachiller—. Porque a mí, que estaba derecho, me habéis dejado tuerto, con una pierna rota. Y no se verá derecha en todos los días de su vida. Y el agravio que en mí habéis deshecho es dejarme agraviado para siempre. Y ha sido una gran desgracia encontrarme con vos, que vais buscando aventuras.

— No todas las cosas pasan de la misma manera —respondió don Quijote—. El problema, señor bachiller Alonso López, fue cómo veníais. Veníais de noche, vestidos con aquellas sobrepellices, con las antorchas encendidas, rezando y cubiertos de luto. Parecíais de verdad cosa mala y del otro mundo. Así que yo no pude dejar de cumplir con mi deber atacándoos. Y os habría atacado aunque supiera de verdad que erais los mismos satanases del infierno. Porque así os vi y así os consideré siempre.

— Ya que así lo ha querido mi suerte —dijo el bachiller—, le suplico que me ayude, señor caballero andante, que tan mal andar me ha dado. Quiero salir de debajo de esta mula. Me tiene atrapada una pierna entre el estribo y la silla.

— ¡Podíais haberlo dicho antes! —dijo don Quijote—. ¿Hasta cuándo pensabais esperar para decirme vuestro problema?

Enseguida llamó a gritos a Sancho Panza para que viniera. Pero Sancho no tenía ganas de venir, porque estaba ocupado. Estaba vaciando una mula de carga que traían aquellos buenos señores, bien llena de cosas de comer. Sancho usó su gabán como saco. Recogió todo lo que pudo y todo lo que cabía, y lo cargó en su jumento. Luego acudió a los gritos de su amo. Y ayudó a sacar al señor bachiller de debajo de la mula. Lo subió encima de ella y le dio la antorcha. Don Quijote le dijo que siguiera el camino de sus compañeros. Y que les pidiera perdón de su parte por la ofensa, porque no había podido evitarla. Sancho también le dijo:

— Por si esos señores quieren saber quién es el valiente que los dejó así, dígales una cosa. Es el famoso don Quijote de la Mancha, que también se llama, con otro nombre, el Caballero de la Triste Figura.

Con esto, se fue el bachiller. Y don Quijote preguntó a Sancho por qué lo había llamado el Caballero de la Triste Figura. ¿Por qué precisamente ahora, y nunca antes?

— Yo se lo diré —respondió Sancho—. Es que lo he estado mirando un rato a la luz de la antorcha que lleva aquel desgraciado. Y la verdad es que, desde hace poco, vuestra merced tiene la figura más mala que he visto nunca. Debe de ser por el cansancio de este combate, o por la falta de las muelas y los dientes.

— No es eso —respondió don Quijote—. Es cosa del sabio que debe de encargarse de escribir la historia de mis hazañas. Le habrá parecido bien que yo tome algún nombre especial, como lo tomaban todos los caballeros antiguos. Uno se llamaba el de la Ardiente Espada. Otro, el del Unicornio. Aquel, el de las Doncellas. Este, el del Ave Fénix. El otro, el Caballero del Grifo. Y este otro, el de la Muerte. Y por estos nombres y señales eran conocidos por toda la tierra. Así que digo que ese sabio te habrá puesto ahora en la lengua y en el pensamiento este nombre. Por eso me has llamado el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy. Y, para que este nombre me vaya mejor, he decidido una cosa. Cuando pueda, haré pintar en mi escudo una figura muy triste.

— No hace falta gastar tiempo y dinero en hacer esa figura —dijo Sancho—. Lo que hay que hacer es que vuestra merced muestre la suya. Que enseñe la cara a los que lo miren. Sin más, y sin otra imagen ni escudo, lo llamarán el de la Triste Figura. Y créame que le digo la verdad. Porque se lo prometo a vuestra merced, señor, y esto lo digo en broma. El hambre y la falta de muelas le dan tan mala cara que no hace falta ninguna pintura triste. Como ya le he dicho.

Don Quijote se rió de la gracia de Sancho. Pero, aun así, decidió llamarse con aquel nombre. Lo haría en cuanto pudiera pintar su escudo, o rodela, como lo había imaginado.

En esto volvió el bachiller y le dijo a don Quijote:

— Se me olvidaba decirle a vuestra merced una cosa. Queda excomulgado por haber puesto las manos con violencia en una cosa sagrada. Juxta illud: Si quis suadente diabolo, etc.

— No entiendo ese latín —respondió don Quijote—. Pero sé bien que no puse las manos, sino este lanzón. Además, yo no pensé que ofendía a sacerdotes ni a cosas de la Iglesia. Yo la respeto y la adoro como católico y fiel cristiano que soy. Pensé que atacaba a fantasmas y a monstruos del otro mundo. Y, aunque fuera así, tengo en la memoria lo que le pasó al Cid Ruy Díaz. Rompió la silla del embajador de un rey delante de Su Santidad el Papa. Por eso el Papa lo excomulgó. Y aquel día el buen Rodrigo de Vivar se portó como un caballero muy honrado y valiente.

Al oír esto, el bachiller se fue, como ya se ha dicho, sin contestar ni una palabra. Don Quijote quería mirar si el cuerpo de la litera eran huesos o no. Pero Sancho no lo dejó, y le dijo:

— Señor, vuestra merced ha terminado esta peligrosa aventura con menos peligro que todas las que yo he visto. Esta gente está vencida y dispersa. Pero puede que se den cuenta de que los venció una sola persona. Puede que se pongan rojos de vergüenza, se reúnan otra vez y vengan a buscarnos. Y entonces podrían darnos problemas. El jumento está como tiene que estar, la montaña está cerca y el hambre aprieta. Solo hay que retirarse con paso ligero. Y, como dicen, el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.

Y, llevando su asno por delante, pidió a su señor que lo siguiera. A don Quijote le pareció que Sancho tenía razón, y lo siguió sin contestar. Caminaron un poco entre dos montañas pequeñas. Y llegaron a un valle amplio y escondido, donde bajaron de sus animales. Sancho descargó el jumento. Se tumbaron sobre la hierba verde y, con el hambre como salsa, desayunaron, almorzaron, merendaron y cenaron al mismo tiempo. Llenaron el estómago con más de un plato de carne fría. Los señores curas del muerto la traían en su mula de carga, porque ellos pocas veces pasan hambre.

Pero les pasó otra desgracia, y Sancho la tuvo por la peor de todas. No tenían vino para beber, ni siquiera agua para mojarse la boca. Tenían mucha sed. Entonces Sancho vio que el prado donde estaban estaba lleno de hierba verde y menuda. Y dijo lo que se contará en el capítulo siguiente.

### Glosario

- **folgar**: forma antigua de "holgar": divertirse, descansar; aquí, estar con una mujer.
- **Malandrino**: Sancho se equivoca: quiere decir Mambrino, el del yelmo mágico.
- **encamisados**: hombres vestidos con camisas blancas largas encima de la ropa.
- **litera / andas**: especie de cama o caja cerrada que se lleva entre animales o entre personas.
- **luto**: ropa negra que se lleva cuando alguien muere.
- **enderezar tuertos / desfacer agravios**: forma antigua de decir "corregir injusticias"; "tuerto" también significa "torcido".
- **bachiller / licenciado**: títulos de la universidad; el de licenciado es más alto.
- **sobrepellices**: ropas blancas y anchas que llevan los curas sobre la sotana.
- **excomulgado**: echado de la Iglesia como castigo.
- **rodela**: escudo redondo.
- **hogaza**: pan grande y redondo.
- **alforjas**: dos bolsas unidas que se llevan sobre el animal, para la comida.
- **leguas**: medida antigua de distancia; una legua son unos 5,5 kilómetros.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero; aquí, Sancho.
- **asno**: burro.
- **jumento**: burro.
- **castañetear**: chocar los dientes de arriba con los de abajo, por miedo o por frío.
- **castañetearon**: de castañetear: los dientes chocaron unos con otros.
- **murmurando**: hablando en voz muy baja.
- **quienquiera**: cualquier persona; "quienquiera que seáis" quiere decir "no importa quién sois".
- **seáis**: de ser: ver "quienquiera".
- **fecistes / ficieron**: formas antiguas de "hicisteis" y "hicieron".
- **sepultura**: lugar donde se entierra a un muerto.
- **muelas**: dientes grandes del fondo de la boca.
- **tuerto**: que no ve de un ojo; también "torcido". Aquí el bachiller juega con las dos palabras, "derecho" y "tuerto".

## Capítulo XX. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha

— Señor mío, estas hierbas son la prueba de que cerca de aquí debe de haber una fuente o un arroyo que da agua a estas hierbas. Por eso, será bueno caminar un poco más adelante. Pronto encontraremos un sitio donde calmar esta terrible sed que nos cansa. Sin duda, la sed da más pena que el hambre.

A don Quijote le pareció bien el consejo. Él tomó a Rocinante por la rienda, y Sancho tomó a su asno por el cabestro. Antes, Sancho había puesto sobre el asno los restos de la cena. Comenzaron a caminar por el prado hacia arriba, a tientas, porque la oscuridad de la noche no les dejaba ver nada. Pero no habían andado doscientos pasos cuando oyeron un gran ruido de agua. Parecía agua que caía desde unas rocas grandes y altas. El ruido los alegró mucho. Se pararon a escuchar de qué lado venía. Y de pronto oyeron otro ruido fuerte, que les quitó la alegría del agua. Esto le pasó sobre todo a Sancho, que por naturaleza era miedoso y de poco valor. Digo que oyeron unos golpes a compás, con un ruido de hierros y cadenas. Esos golpes, junto con el ruido furioso del agua, habrían asustado a cualquier corazón menos al de don Quijote.

La noche, como ya se ha dicho, era oscura. Ellos entraron por casualidad entre unos árboles altos. El viento suave movía sus hojas, que hacían un ruido tranquilo pero que daba miedo. La soledad, el lugar, la oscuridad, el ruido del agua y el susurro de las hojas: todo causaba horror y espanto. Y el miedo creció cuando vieron que los golpes no paraban, el viento no se calmaba y la mañana no llegaba. Además, no sabían en qué lugar estaban. Pero don Quijote, con su corazón valiente, saltó sobre Rocinante. Se puso la rodela en el brazo, preparó su lanzón para atacar y dijo:

— Sancho amigo, has de saber que yo nací, porque el cielo lo quiso, en esta nuestra edad de hierro. Nací para resucitar en ella la edad de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los hechos valerosos. Yo soy, lo digo otra vez, quien ha de resucitar a los de la Tabla Redonda. Resucitaré a los Doce de Francia y a los Nueve de la Fama. Yo haré olvidar a los Platires, los Tablantes, Olivantes y Tirantes, los Febos y Belianises. Haré olvidar a todo el grupo de famosos caballeros andantes del pasado. Porque en este tiempo en que vivo haré grandezas, cosas extrañas y fechos de armas. Serán tales que oscurecerán los más brillantes que ellos ficieron. Bien ves, escudero fiel y leal, las tinieblas de esta noche y su extraño silencio. Oyes el ruido sordo y confuso de estos árboles. Oyes el ruido terrible de esa agua que venimos buscando. Parece que cae desde los altos montes de la luna. Y oyes ese golpear que no para y que nos hiere los oídos. Todas estas cosas juntas, y cada una sola, bastan para meter miedo, temor y espanto en el pecho del mismo Marte. Y mucho más en el pecho de quien no está acostumbrado a tales aventuras. Pues todo esto que te pinto despierta mi ánimo y lo enciende. Ya siento que el corazón me revienta en el pecho. Tanto desea acometer esta aventura, por difícil que parezca. Así que aprieta un poco las cinchas a Rocinante y quédate con Dios. Espérame aquí tres días, no más. Si en ese tiempo no vuelvo, puedes volver a nuestra aldea. Y desde allí, como favor y buena obra, irás al Toboso. Allí dirás a mi incomparable señora Dulcinea que su caballero cautivo murió. Dirás que murió por acometer cosas que lo hicieran digno de llamarse suyo.

Cuando Sancho oyó las palabras de su amo, comenzó a llorar con la mayor ternura del mundo y le dijo:

— Señor, yo no sé por qué quiere vuestra merced acometer esta aventura que da tanto miedo. Ahora es de noche y aquí no nos ve nadie. Bien podemos cambiar de camino y apartarnos del peligro, aunque no bebamos en tres días. Y como nadie nos ve, menos habrá quien nos llame cobardes. Además, yo he oído predicar al cura de nuestro pueblo, que vuestra merced conoce bien, que «quien busca el peligro perece en él». Así que no está bien tentar a Dios con una locura tan grande. De ella no se puede escapar sino por milagro. Ya bastan los milagros que ha hecho el cielo con vuestra merced. Lo libró de ser manteado, como lo fui yo. Y lo sacó vencedor, libre y salvo de entre tantos enemigos como acompañaban al muerto. Y si todo esto no mueve ni ablanda ese duro corazón, muévalo esto otro. Apenas se haya ido vuestra merced de aquí, yo moriré de miedo. Daré mi alma a quien quiera llevársela. Yo salí de mi tierra y dejé hijos y mujer para venir a servir a vuestra merced. Creía que así valdría más, y no menos. Pero, como la codicia rompe el saco, a mí me ha roto las esperanzas. Las tenía más vivas que nunca. Esperaba conseguir por fin esa negra y desgraciada ínsula que tantas veces me ha prometido. Y ahora veo que, en pago de ella, me quiere dejar en un lugar tan lejos de la gente. Por un solo Dios, señor mío, que non se me faga tal desaguisado. Y si vuestra merced no quiere dejar del todo este fecho, por lo menos espere hasta la mañana. Lo digo por la ciencia que aprendí cuando era pastor. Según ella, desde aquí hasta el alba no debe de haber tres horas. Porque la boca de la Bocina está encima de la cabeza, y marca la medianoche en la línea del brazo izquierdo.

— ¿Cómo puedes tú ver, Sancho —dijo don Quijote—, dónde está esa línea, o dónde está esa boca o ese colodrillo que dices? La noche está tan oscura que no se ve ni una estrella en todo el cielo.

— Así es —dijo Sancho—, pero el miedo tiene muchos ojos. Ve las cosas que están debajo de la tierra, y mucho más las que están arriba en el cielo. Además, pensándolo bien, se puede entender que queda poco para el día.

— Falte lo que falte —respondió don Quijote—. Nunca se dirá de mí, ni ahora ni nunca, que lágrimas y ruegos me apartaron de mi deber de caballero. Así que te ruego, Sancho, que te calles. Dios me ha puesto en el corazón el deseo de acometer ahora esta aventura tan nueva y tan terrible. Él cuidará de mi salud y consolará tu tristeza. Lo que tienes que hacer es apretar bien las cinchas a Rocinante y quedarte aquí. Yo volveré pronto, vivo o muerto.

Sancho vio que la decisión de su amo era firme y que sus lágrimas, consejos y ruegos valían muy poco. Entonces decidió usar su ingenio y hacerle esperar hasta el día, si podía. Mientras apretaba las cinchas al caballo, ató las dos patas traseras de Rocinante con el cabestro de su asno. Lo hizo con cuidado y sin que su amo lo notara. Así, cuando don Quijote quiso partir, no pudo, porque el caballo solo podía moverse a saltos. Al ver Sancho Panza que su engaño había salido bien, dijo:

— Ea, señor, el cielo se ha conmovido con mis lágrimas y oraciones. Ha ordenado que Rocinante no se pueda mover. Si vos queréis insistir, y espolearlo, y darle, será enojar a la fortuna. Será dar coces, como dicen, contra el aguijón.

Con esto, don Quijote se desesperaba. Cuanto más apretaba las piernas contra el caballo, menos lo podía mover. No se dio cuenta de que estaba atado. Entonces decidió calmarse y esperar, o a que amaneciera, o a que Rocinante se moviera. Creía, sin duda, que aquello venía de otra parte y no del ingenio de Sancho. Y así, le dijo:

— Pues si es así, Sancho, y Rocinante no puede moverse, estoy contento de esperar a que ría el alba. Aunque yo llore todo lo que ella tarde en venir.

— No hay que llorar —respondió Sancho—. Yo entretendré a vuestra merced contando cuentos desde ahora hasta el día. A no ser que quiera bajarse del caballo y dormir un poco sobre la hierba verde. Así lo hacen los caballeros andantes. De ese modo estará más descansado cuando llegue el momento de acometer esta extraordinaria aventura que le espera.

— ¿Qué es eso de bajarme o de dormir? —dijo don Quijote—. ¿Soy yo, acaso, de esos caballeros que descansan en los peligros? Duerme tú, que naciste para dormir, o haz lo que quieras. Yo haré lo que crea más adecuado para mi propósito.

— No se enoje vuestra merced, señor mío —respondió Sancho—, que no lo dije por tanto.

Y se acercó a él. Puso una mano en el arzón delantero de la silla y la otra en el arzón trasero. Así quedó abrazado al muslo izquierdo de su amo, sin atreverse a separarse de él ni un dedo. Tanto miedo tenía a los golpes, que seguían sonando uno tras otro. Don Quijote le dijo que contara algún cuento para entretenerlo, como le había prometido. Sancho respondió que lo haría si el miedo a lo que oía se lo permitiera.

— Pero, aun así, yo me esforzaré por contar una historia. Si consigo contarla y nadie me interrumpe, es la mejor de las historias. Y esté vuestra merced atento, que ya comienzo. «Érase que se era, el bien que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar...» Y fíjese vuestra merced, señor mío, que los antiguos no empezaban sus cuentos de cualquier manera. Este principio es una sentencia de Catón Zonzorino, romano, que dice: “Y el mal, para quien lo fuere a buscar”. Viene aquí como anillo al dedo. Sirve para que vuestra merced se quede quieto y no vaya a buscar el mal a ninguna parte. Mejor volvamos por otro camino, pues nadie nos obliga a seguir este, donde tantos miedos nos asustan.

— Sigue tu cuento, Sancho —dijo don Quijote—, y deja en mis manos el camino que hemos de seguir.

— «Digo, pues —siguió Sancho—, que en un lugar de Extremadura había un pastor cabrerizo, quiero decir que guardaba cabras. Este pastor o cabrerizo de mi cuento, como digo, se llamaba Lope Ruiz. Y este Lope Ruiz estaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba. Esta pastora llamada Torralba era hija de un ganadero rico, y este ganadero rico...»

— Si cuentas tu cuento de esa manera, Sancho —dijo don Quijote—, repitiendo dos veces lo que dices, no acabarás en dos días. Dilo seguido y cuéntalo como un hombre inteligente. Y si no, no digas nada.

— Yo lo cuento como se cuentan todos los cuentos en mi tierra —respondió Sancho—. No sé contarlo de otra manera. Y no está bien que vuestra merced me pida costumbres nuevas.

— Dilo como quieras —respondió don Quijote—. La suerte quiere que no pueda dejar de escucharte, así que sigue.

— «Así que, señor mío de mi alma —siguió Sancho—, como ya he dicho, este pastor estaba enamorado de Torralba, la pastora. Era una moza gordita y arisca, y tiraba un poco a hombre, porque tenía un poco de bigote. Parece que ahora mismo la estoy viendo.»

— Entonces, ¿la conociste tú? —dijo don Quijote.

— Yo no la conocí —respondió Sancho—. Pero el que me contó este cuento me dijo que era muy cierto y verdadero. Me dijo que, al contarlo a otro, yo podía jurar que lo había visto todo. «Así que fueron pasando los días. El diablo, que no duerme y todo lo enreda, metió la mano. El amor que el pastor tenía a la pastora se volvió odio y mala voluntad. Y la causa fue, según las malas lenguas, una cierta cantidad de celillos que ella le dio. Eran tales que pasaban de la raya y llegaban a lo prohibido. Desde entonces el pastor la odió tanto que, para no verla, quiso irse de aquella tierra. Quería irse adonde sus ojos no la vieran jamás. La Torralba, cuando se vio despreciada por Lope, empezó a quererlo más que nunca.»

— Esa es la condición natural de las mujeres —dijo don Quijote—: despreciar a quien las quiere y amar a quien las odia. Sigue adelante, Sancho.

— «Sucedió —dijo Sancho— que el pastor cumplió su decisión. Juntó sus cabras y se fue por los campos de Extremadura, para pasar a los reinos de Portugal. La Torralba lo supo y se fue tras él. Lo seguía de lejos, a pie y descalza, con un bastón en la mano y unas alforjas al cuello. En ellas llevaba, según dicen, un trozo de espejo y otro de un peine. También llevaba no sé qué botecito de maquillaje para la cara. Pero llevara lo que llevara, yo no me quiero meter ahora en averiguarlo. Solo diré que, según dicen, el pastor llegó con su ganado al río Guadiana. En aquel momento el río iba crecido y casi se salía de su cauce. Y por donde llegó no había barca ni barco. No había nadie que lo pasara a la otra orilla, ni a él ni a su ganado. Esto le dio mucha angustia, porque veía que la Torralba ya venía muy cerca. Sabía que ella lo iba a molestar mucho con sus ruegos y lágrimas. Pero tanto anduvo mirando, que vio a un pescador que tenía a su lado un barco. Era tan pequeño que solo cabían en él una persona y una cabra. Aun así, le habló y acordó con él que lo pasaría a él y a sus trescientas cabras. Entró el pescador en el barco y pasó una cabra; volvió y pasó otra; volvió otra vez y pasó otra.» Lleve vuestra merced la cuenta de las cabras que el pescador va pasando. Porque si se olvida una, se acabará el cuento y no será posible contar ni una palabra más. «Sigo, pues, y digo que la orilla del otro lado estaba llena de barro y resbalaba. El pescador tardaba mucho tiempo en ir y volver. Aun así, volvió por otra cabra, y otra, y otra...»

— Haz cuenta que las pasó todas —dijo don Quijote—. No andes yendo y viniendo de esa manera, que no acabarás de pasarlas en un año.

— ¿Cuántas han pasado hasta ahora? —dijo Sancho.

— ¡Yo qué diablos sé! —respondió don Quijote.

— Eso es lo que yo le dije: que llevara bien la cuenta. Pues, por Dios, se ha acabado el cuento. No se puede seguir adelante.

— ¿Cómo puede ser eso? —respondió don Quijote—. ¿Tan importante es para la historia saber exactamente las cabras que han pasado? ¿Si te equivocas en una del número, ya no puedes seguir con la historia?

— No, señor, de ninguna manera —respondió Sancho—. Porque yo le pregunté a vuestra merced cuántas cabras habían pasado, y me respondió que no lo sabía. En ese mismo instante se me olvidó todo lo que me quedaba por decir. Y le juro que era muy bueno y muy alegre.

— ¿De modo —dijo don Quijote— que la historia ya está acabada?

— Tan acabada como mi madre —dijo Sancho.

— Te digo de verdad —respondió don Quijote— que has contado uno de los cuentos más nuevos que nadie pudo imaginar en el mundo. Nunca se ha visto ni se verá una manera así de contarlo y de dejarlo. Aunque yo no esperaba otra cosa de tu buena cabeza. Pero no me extraña, pues quizá estos golpes, que no paran, te tienen confundido el entendimiento.

— Todo puede ser —respondió Sancho—. Pero yo sé que de mi cuento no hay más que decir. Se acaba justo donde empieza el error en la cuenta de las cabras que pasan.

— Que acabe donde quiera, en buena hora —dijo don Quijote—, y veamos si Rocinante se puede mover.

Volvió a apretarle las piernas, y Rocinante volvió a dar saltos y a quedarse quieto. Tan bien atado estaba.

Entonces le pasó algo a Sancho. Quizá fue el frío de la mañana, que ya llegaba. Quizá había cenado alguna cosa que suelta el vientre. O quizá era algo natural, que es lo más creíble. El caso es que le vinieron ganas de hacer algo que nadie podía hacer por él. Pero tenía tanto miedo que no se atrevía a separarse de su amo ni el negro de una uña. Y no hacer lo que tenía ganas tampoco era posible. Así que, para tener paz, hizo lo siguiente. Soltó la mano derecha, que tenía agarrada al arzón trasero. Con ella, con cuidado y sin ningún ruido, soltó el nudo corredizo que sostenía sus calzones. No tenían nada más que los sujetara. Al soltarlo, los calzones cayeron enseguida y se le quedaron en los pies como grilletes. Después levantó la camisa lo mejor que pudo y sacó al aire las dos nalgas, que no eran muy pequeñas. Él pensó que con esto ya había hecho lo más difícil para salir de aquel terrible apuro. Pero entonces le vino una angustia mayor. Le pareció que no podía hacerlo sin hacer estruendo y ruido. Comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, y contuvo la respiración todo lo que pudo. Pero, a pesar de todos estos esfuerzos, tuvo tan mala suerte que al final hizo un poco de ruido. Era un ruido muy diferente del que a él le daba tanto miedo. Don Quijote lo oyó y dijo:

— ¿Qué ruido es ese, Sancho?

— No sé, señor —respondió él—. Alguna cosa nueva debe de ser, porque las aventuras y desventuras nunca empiezan por poco.

Sancho volvió a probar suerte, y esta vez le salió muy bien. Sin más ruido ni alboroto que antes, quedó libre de la carga que tanto le había molestado. Pero don Quijote tenía el olfato tan fino como el oído. Y Sancho estaba tan pegado y cosido a él que los vapores subían casi en línea recta hacia arriba. Así que no se pudo evitar que algunos llegaran a su nariz. Apenas llegaron, don Quijote corrió a defenderse y se apretó la nariz entre dos dedos. Con una voz algo gangosa, dijo:

— Me parece, Sancho, que tienes mucho miedo.

— Sí lo tengo —respondió Sancho—. Pero ¿en qué lo nota vuestra merced ahora más que nunca?

— En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar —respondió don Quijote.

— Bien puede ser —dijo Sancho—, pero yo no tengo la culpa. La culpa la tiene vuestra merced, que me trae a estas horas y por estos caminos tan poco normales.

— Apártate tres o cuatro pasos de aquí, amigo —dijo don Quijote, todo esto sin quitarse los dedos de la nariz—. Y desde ahora ten más cuidado con tu persona y con lo que debes a la mía. La mucha confianza que tengo contigo ha causado esta falta de respeto.

— Apuesto —contestó Sancho— a que vuestra merced piensa que yo he hecho con mi persona alguna cosa que no debía.

— Peor es meneallo, amigo Sancho —respondió don Quijote.

En estas conversaciones y otras parecidas pasaron la noche amo y criado. Pero Sancho vio que la mañana llegaba deprisa. Entonces, con mucho cuidado, desató a Rocinante y se ató los calzones. Rocinante se vio libre y, aunque no era nada animado, pareció que se despertaba. Comenzó a dar golpes con las patas delanteras, porque corvetas —con perdón suyo— no sabía hacerlas. Don Quijote vio que Rocinante ya se movía y lo tomó como una buena señal. Creyó que era la señal para acometer aquella terrible aventura.

En esto, acabó de aparecer el alba y las cosas se vieron con claridad. Don Quijote vio que estaba entre unos árboles altos. Eran castaños, que dan una sombra muy oscura. Notó también que los golpes no paraban, pero no vio quién los podía causar. Así que, sin esperar más, picó a Rocinante con las espuelas. Se despidió otra vez de Sancho. Le mandó que lo esperara allí tres días como máximo, como ya le había dicho. Si al cabo de esos días no había vuelto, debía darlo por seguro. Sería porque Dios había querido terminar sus días en aquella peligrosa aventura. Le repitió el mensaje que debía llevar de su parte a su señora Dulcinea. Y le dijo que no se preocupara por el pago de sus servicios. Antes de salir de su pueblo, había dejado hecho su testamento. Allí Sancho encontraría pagado todo su salario, en proporción al tiempo que hubiera servido. Pero si Dios lo sacaba de aquel peligro sano y salvo, Sancho podía estar más que seguro de la ínsula prometida.

Sancho, al oír otra vez las tristes palabras de su buen señor, volvió a llorar. Y decidió no dejarlo hasta el último momento y el final de aquel asunto.

El autor de esta historia saca algo de estas lágrimas y de esta decisión tan honrada de Sancho Panza. Deduce que debía de ser de buena familia y, por lo menos, cristiano viejo. Su emoción enterneció un poco a su amo, pero no tanto como para mostrar debilidad. Al contrario, lo disimuló lo mejor que pudo. Y comenzó a caminar hacia el lugar de donde parecía venir el ruido del agua y de los golpes.

Sancho lo seguía a pie, llevando por el cabestro a su jumento, como tenía por costumbre. El jumento era el compañero de siempre de sus buenas y malas fortunas. Anduvieron un buen rato entre aquellos castaños y árboles oscuros. Luego llegaron a un pequeño prado al pie de unas rocas altas. Desde ellas caía con gran fuerza un enorme chorro de agua. Al pie de las rocas había unas casas mal hechas, que más parecían ruinas que casas. Notaron que de entre ellas salía el ruido y el estruendo de aquellos golpes, que todavía no paraban.

Rocinante se asustó con el estruendo del agua y de los golpes. Don Quijote lo calmó y se fue acercando poco a poco a las casas. Se encomendaba de todo corazón a su señora y le suplicaba que lo ayudara en aquella terrible empresa. Y, de paso, se encomendaba también a Dios, para que no lo olvidara. Sancho no se apartaba de su lado. Estiraba todo lo que podía el cuello y la vista por entre las patas de Rocinante. Quería ver si veía ya lo que tanto miedo y tanta duda le causaba. Habrían andado otros cien pasos. Entonces, al doblar una esquina, apareció ante ellos la causa misma de aquel ruido. No podía ser otra. Era el ruido horrible y espantoso que toda la noche los había tenido con tanto miedo y tanta duda. Y eran —si no te disgusta, ¡oh lector!— seis mazos de batán. Con sus golpes, uno tras otro, formaban aquel estruendo.

Cuando don Quijote vio lo que era, se quedó mudo y paralizado de arriba abajo. Sancho lo miró y vio que tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, como avergonzado. Don Quijote también miró a Sancho. Vio que tenía las mejillas hinchadas y la boca llena de risa. Estaba claro que iba a reventar con ella. Y la tristeza de don Quijote no fue tan fuerte como para impedirle reírse al ver a Sancho. Cuando Sancho vio que su amo había empezado, soltó la risa con toda su fuerza. Tuvo que apretarse los costados con los puños para no reventar de risa. Cuatro veces se calmó, y otras cuatro volvió a reírse con la misma fuerza que al principio. Don Quijote ya se estaba enfadando mucho. Y se enfadó más cuando le oyó decir, como burlándose:

— «Has de saber, ¡oh Sancho amigo!, que yo nací, porque el cielo lo quiso, en esta nuestra edad de hierro. Nací para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las hazañas grandes, los valerosos fechos...»

Y así fue repitiendo todas o casi todas las palabras que don Quijote había dicho la primera vez que oyeron los terribles golpes.

Don Quijote vio que Sancho se burlaba de él, y se avergonzó y se enfadó tanto que levantó el lanzón. Le dio con él dos golpes en la espalda. Fueron tan fuertes que, si los hubiera recibido en la cabeza, don Quijote se habría librado de pagarle el salario. Solo habría tenido que pagárselo a sus herederos. Sancho vio que sus bromas le traían cosas tan serias. Temió que su amo siguiera adelante con ellas, y le dijo con mucha humildad:

— Cálmese vuestra merced, que, por Dios, solo estoy bromeando.

— Pues aunque vos bromeéis, yo no bromeo —respondió don Quijote—. Venid acá, señor alegre. Si estos golpes hubieran sido otra aventura peligrosa, y no mazos de batán, ¿no habría mostrado yo el valor necesario? ¿No lo habría tenido para emprenderla y acabarla? ¿Estoy yo obligado acaso, siendo caballero como soy, a conocer y distinguir los sonidos? ¿Tengo que saber cuáles son de batán y cuáles no? Además, podría ser, y es verdad, que yo no los he visto en mi vida. Vos sí los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos. Si no, haced vos que estos seis mazos se conviertan en seis jayanes. Echádmelos encima uno a uno, o todos juntos. Y si no los tumbo a todos patas arriba, burlaos de mí todo lo que queráis.

— No hablemos más, señor mío —contestó Sancho—. Yo confieso que me he reído demasiado. Pero dígame vuestra merced, ahora que estamos en paz. Y así Dios le saque de todas sus aventuras tan sano y salvo como de esta. ¿No ha sido cosa de risa el gran miedo que hemos pasado? ¿Y no es cosa para contarla? Por lo menos, el miedo que pasé yo. Porque ya sé que vuestra merced no conoce el miedo ni sabe qué es el espanto.

— No niego yo —respondió don Quijote— que lo que nos ha pasado sea cosa de risa. Pero no es cosa para contarla. Porque no todas las personas son tan inteligentes que sepan ver las cosas en su justo punto.

— Por lo menos —respondió Sancho—, vuestra merced supo poner en su punto el lanzón. Me apuntó a la cabeza y me dio en la espalda. Gracias a Dios, y a la rapidez con que me eché a un lado. Pero bueno, todo saldrá en la colada. Yo he oído decir: “Ese te quiere bien, que te hace llorar”. Y además, los grandes señores, después de decir una mala palabra a un criado, suelen regalarle unas calzas. Aunque no sé qué suelen darle después de darle de palos. A no ser que los caballeros andantes, después de los palos, den ínsulas o reinos en tierra firme.

— Podría salir el dado de tal manera —dijo don Quijote— que todo lo que dices llegara a ser verdad. Y perdona lo pasado, pues eres listo. Ya sabes que los primeros movimientos no están en manos del hombre. Y desde ahora ten cuidado con una cosa: debes contenerte y no hablar tanto conmigo. He leído infinitos libros de caballerías. Y en ninguno he visto un escudero que hable tanto con su señor como tú. De verdad que lo tengo por una gran falta, tuya y mía. Tuya, porque me respetas poco; mía, porque no me hago respetar más. Mira: Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, llegó a ser conde de la ínsula Firme. Y se lee de él que siempre hablaba a su señor con la gorra en la mano. Tenía la cabeza inclinada y el cuerpo doblado, a la manera turca. ¿Y qué diremos de Gasabal, escudero de don Galaor? Fue tan callado que su nombre aparece una sola vez en toda aquella historia, tan grande como verdadera. Así nos muestra el autor lo maravilloso de su silencio. De todo esto, Sancho, debes entender una cosa. Hay que hacer diferencia entre amo y mozo, entre señor y criado, entre caballero y escudero. Así que, desde hoy en adelante, tenemos que tratarnos con más respeto, sin bromas pesadas. Porque, de cualquier manera que yo me enfade con vos, ha de ser malo para el cántaro. Los favores y premios que os he prometido llegarán a su tiempo. Y si no llegan, por lo menos el salario no se perderá, como ya os he dicho.

— Está bien todo lo que dice vuestra merced —dijo Sancho—. Pero yo querría saber una cosa, por si acaso no llega el tiempo de los favores. Así sabré qué hacer si hay que acudir al de los salarios. ¿Cuánto ganaba un escudero de un caballero andante en aquellos tiempos? ¿Se ponían de acuerdo por meses, o por días, como los peones de albañil?

— No creo yo —respondió don Quijote— que esos escuderos estuvieran nunca a salario, sino a merced. Es verdad que te he señalado un salario en el testamento cerrado que dejé en mi casa. Pero lo hice por lo que pudiera pasar. Porque todavía no sé cómo le va a la caballería en estos tiempos nuestros tan desgraciados. Y no querría que mi alma sufriera en el otro mundo por cosas pequeñas. Porque quiero que sepas, Sancho, que en el mundo no hay estado más peligroso que el de los aventureros.

— Así es verdad —dijo Sancho—. Porque solo el ruido de un batán pudo asustar el corazón de un aventurero tan valiente como vuestra merced. Pero esté seguro de que, desde ahora, no abriré los labios para burlarme de las cosas de vuestra merced. Solo los abriré para honrarle, como a mi amo y señor natural.

— De esa manera —respondió don Quijote— vivirás sobre la faz de la tierra. Porque, después de a los padres, a los amos hay que respetarlos como si lo fueran.

### Glosario

- **cabestro**: cuerda que se ata a la cabeza de un animal para llevarlo.
- **cinchas**: correas que sujetan la silla al caballo por debajo de la barriga.
- **rodela / lanzón**: escudo pequeño y redondo / lanza corta y gruesa.
- **arzón**: parte alta, delante o detrás, de la silla de montar.
- **la boca de la Bocina**: grupo de estrellas que los pastores miraban de noche para saber la hora.
- **non se me faga tal desaguisado**: forma antigua de decir "no me hagan esta injusticia".
- **dar coces contra el aguijón**: luchar inútilmente contra algo más fuerte que uno.
- **mazos de batán**: grandes martillos de madera, movidos por el agua, que golpean la tela.
- **Peor es meneallo**: mejor no hablar más de eso ("meneallo" es "menearlo", moverlo).
- **todo saldrá en la colada**: al final todo se sabrá y se arreglará.
- **ha de ser malo para el cántaro**: de un refrán: en una pelea, el más débil (aquí, el criado) siempre pierde.
- **jayán**: gigante.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero y le lleva las armas.
- **acometer**: atacar; empezar algo difícil o peligroso.
- **asno / jumento**: burro.
- **resucitar**: volver a dar vida a algo o a alguien muerto.
- **ínsula**: isla (palabra de los libros de caballerías; Sancho no sabe bien qué es).
- **ató**: de "atar": sujetar con una cuerda.
- **cabrerizo**: pastor de cabras.
- **se encomendaba**: pedía ayuda y protección.
- **inclinada**: doblada hacia abajo.
- **a tientas**: tocando con las manos, sin ver.
- **oscurecerán**: aquí: harán parecer menos brillantes.
- **fechos / ficieron**: formas antiguas de "hechos" e "hicieron".
- **incomparable**: que no tiene igual.

## Capítulo XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero

En esto, comenzó a llover un poco. Sancho quería que entraran en el molino de los batanes. Pero don Quijote les había tomado tanto odio, por la pesada burla, que de ninguna manera quiso entrar. Así que tomaron otro camino hacia la mano derecha. Y llegaron a otro camino como el que habían llevado el día anterior.

Poco después, don Quijote vio a un hombre a caballo. Llevaba en la cabeza una cosa que brillaba como si fuera de oro. Apenas lo vio, don Quijote se volvió a Sancho y le dijo:

— Me parece, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero. Todos son frases sacadas de la misma experiencia, que es la madre de todas las ciencias. Lo digo especialmente por el refrán que dice: “Donde una puerta se cierra, otra se abre”. Anoche la suerte nos cerró la puerta de la aventura que buscábamos, y nos engañó con los batanes. Pero ahora nos abre otra puerta de par en par, para otra aventura mejor y más segura. Y si yo no consigo entrar por ella, mía será la culpa. No podré echársela a mi poco conocimiento de los batanes ni a la oscuridad de la noche. Digo esto porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno con el yelmo de Mambrino en la cabeza. Ya sabes que sobre ese yelmo hice yo un juramento.

— Mire bien vuestra merced lo que dice, y mejor lo que hace —dijo Sancho—. No querría que fueran otros batanes que nos acabaran de batanear y golpear el sentido.

— ¡Que el diablo te lleve, hombre! —contestó don Quijote—. ¿Qué tiene que ver un yelmo con unos batanes?

— No sé nada —respondió Sancho—. Pero le juro una cosa. Si yo pudiera hablar tanto como antes, quizá le daría buenas razones. Así vería vuestra merced que se engaña en lo que dice.

— ¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor desconfiado? —dijo don Quijote—. Dime, ¿no ves aquel caballero que viene hacia nosotros? Viene sobre un caballo rucio rodado, y lleva puesto en la cabeza un yelmo de oro.

— Lo que yo veo y distingo —respondió Sancho— no es más que un hombre sobre un asno pardo, como el mío. Y lleva sobre la cabeza una cosa que brilla.

— Pues ese es el yelmo de Mambrino —dijo don Quijote—. Apártate a un lado y déjame solo con él. Verás cómo acabo esta aventura sin decir una palabra, para no perder tiempo. Y verás cómo queda para mí el yelmo que tanto he deseado.

— Yo ya me ocupo de apartarme —contestó Sancho—. Pero quiera Dios, lo digo otra vez, que sea orégano, y no batanes.

— Ya os he dicho, hermano, que no me mencionéis más eso de los batanes, ni siquiera en el pensamiento —dijo don Quijote—. Porque juro..., y no digo más, que os batanearé el alma.

Sancho se calló. Tenía miedo de que su amo cumpliera el juramento que le había echado, redondo como una bola.

Pues bien, la verdad sobre el yelmo, el caballo y el caballero que veía don Quijote era esta. En aquella zona había dos pueblos. Uno era tan pequeño que no tenía ni farmacia ni barbero. El otro, que estaba al lado, sí los tenía. Así que el barbero del pueblo mayor servía también al menor. Allí un enfermo necesitaba que le sacaran sangre, y otro necesitaba afeitarse. Por eso venía el barbero, y traía una bacía de latón. Y quiso la suerte que, mientras venía, comenzara a llover. El sombrero debía de ser nuevo, y para que no se le manchara, se puso la bacía sobre la cabeza. Como la bacía estaba limpia, brillaba desde media legua. Venía sobre un asno pardo, como dijo Sancho. Por eso a don Quijote le pareció un caballo rucio rodado, un caballero y un yelmo de oro. Porque todas las cosas que veía las adaptaba con mucha facilidad a sus locas caballerías y a sus pensamientos de aventuras.

Don Quijote vio que el pobre caballero ya se acercaba. Sin hablar con él, corrió contra él con Rocinante a toda velocidad, con el lanzón bajo. Quería atravesarlo de parte a parte. Cuando ya llegaba a él, sin parar la furia de su carrera, le dijo:

— ¡Defiéndete, criatura cautiva, o entrégame por tu voluntad lo que con tanta razón se me debe!

El barbero vio venir sobre él aquel fantasma, sin pensarlo ni temerlo. Para librarse del golpe de la lanza, no tuvo otro remedio que dejarse caer del asno. Y apenas tocó el suelo, se levantó más ligero que un gamo. Comenzó a correr por aquella llanura tan deprisa que ni el viento lo habría alcanzado. Dejó la bacía en el suelo, y con ella se contentó don Quijote. Dijo que el pagano había sido listo y que había imitado al castor. Cuando los cazadores persiguen al castor, este se arranca con los dientes la parte de su cuerpo que ellos buscan. Él sabe por instinto que lo persiguen por eso. Don Quijote mandó a Sancho que recogiera el yelmo. Sancho la tomó en las manos y dijo:

— Por Dios, que la bacía es buena. Vale un real de a ocho, como un maravedí.

Se la dio a su amo, y él se la puso enseguida en la cabeza. La giraba hacia un lado y hacia otro, buscando cómo encajarla. Y como no lo conseguía, dijo:

— Sin duda el pagano para quien se hizo primero esta famosa celada debía de tener una cabeza enorme. Y lo peor es que le falta la mitad.

Cuando Sancho oyó llamar celada a la bacía, no pudo aguantar la risa. Pero se acordó del enfado de su amo y se calló a mitad de la risa.

— ¿De qué te ríes, Sancho? —dijo don Quijote.

— Me río —respondió él— al pensar en la gran cabeza que tenía el pagano dueño de este casco. Porque parece exactamente una bacía de barbero.

— ¿Sabes qué imagino, Sancho? Esta famosa pieza de este yelmo encantado, por algún accidente extraño, debió de llegar a manos de alguien que no supo conocer su valor. Esa persona vio que era de oro purísimo, y sin saber lo que hacía, debió de fundir una mitad para venderla. Y con la otra mitad hizo esta, que parece una bacía de barbero, como tú dices. Pero sea lo que sea, a mí, que la conozco, no me importa este cambio. Yo la arreglaré en el primer pueblo donde haya herrero. La dejaré tan bien que no será mejor la que hizo el dios de los herreros para el dios de las batallas. Ni siquiera se le acercará. Y mientras tanto, la llevaré como pueda, que más vale algo que nada. Además, bastará para defenderme de alguna pedrada.

— Eso será —dijo Sancho— si no tiran las piedras con honda. Así las tiraron en la pelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra merced las muelas. Y le rompieron la aceitera donde iba aquel benditísimo brebaje que me hizo vomitar hasta las tripas.

— No me da mucha pena haberlo perdido —dijo don Quijote—. Ya sabes tú, Sancho, que yo tengo la receta en la memoria.

— También la tengo yo —respondió Sancho—. Pero que me muera aquí mismo si lo vuelvo a hacer o a probar en mi vida. Además, no pienso ponerme en ocasión de necesitarlo. Pienso protegerme con mis cinco sentidos para no ser ferido ni ferir a nadie. De lo de ser manteado otra vez, no digo nada. Esas desgracias casi no se pueden prevenir. Y si vienen, no hay más remedio que encoger los hombros, aguantar la respiración y cerrar los ojos. Y luego dejarse ir por donde la suerte y la manta nos lleven.

— Mal cristiano eres, Sancho —dijo don Quijote al oír esto—, porque nunca olvidas una ofensa que te han hecho una vez. Pues has de saber que los corazones nobles y generosos no hacen caso de niñerías. ¿Sacaste algún pie cojo, alguna costilla rota, alguna cabeza rota? ¿Por qué no se te olvida aquella broma? Porque, bien mirado, fue una broma y un pasatiempo. Si yo no lo entendiera así, ya habría vuelto allá. Y para vengarte habría hecho más daño que los griegos por el rapto de Elena. Aunque, si Elena viviera en este tiempo, o mi Dulcinea en aquel, Elena no tendría tanta fama de hermosa como tiene.

Y aquí dio un suspiro que llegó hasta las nubes. Y Sancho dijo:

— Que pase por broma, ya que la venganza no puede ser de verdad. Pero yo sé cómo fueron las veras y las burlas. Y sé también que no se me van a caer de la memoria, igual que nunca se me quitarán de la espalda. Pero, dejando esto aparte, dígame vuestra merced qué haremos con este caballo rucio rodado que parece asno pardo. Lo dejó aquí abandonado aquel Martino que vuestra merced derribó. Por cómo salió corriendo y escapó a toda prisa, no parece que piense volver nunca por él. ¡Y por mis barbas, que el rucio es bueno!

— Yo nunca tengo la costumbre de robar a los que venzo —dijo don Quijote—. Y no es costumbre de caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie. Solo se puede si el vencedor ha perdido el suyo en la pelea. En ese caso, es justo tomar el del vencido, como ganado en una guerra justa. Así que, Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo que tú quieras que sea. En cuanto su dueño nos vea lejos de aquí, volverá por él.

— Dios sabe que me lo querría llevar —contestó Sancho—, o por lo menos cambiarlo por este mío, que no me parece tan bueno. De verdad que son estrictas las leyes de la caballería. No llegan ni a dejar cambiar un asno por otro. Y querría saber si por lo menos podría cambiar los aparejos.

— En eso no estoy muy seguro —respondió don Quijote—. Y en caso de duda, hasta estar mejor informado, digo que los cambies, si es que tienes una necesidad extrema de ellos.

— Los necesito tanto —respondió Sancho— que no los necesitaría más si fueran para mi propia persona.

Y enseguida, con aquel permiso, hizo *mutatio caparum*. Puso a su jumento de lo más bonito y lo dejó mucho mejor que antes. Hecho esto, almorzaron de las sobras que le habían quitado a la mula de carga del campamento. Bebieron del agua del arroyo de los batanes, pero sin volver la cara para mirarlos. Tanto odio les tenían por el miedo que les habían hecho pasar.

Cuando se les pasó el enfado, y también la tristeza, subieron a caballo. No tomaron ningún camino fijo, porque es muy propio de caballeros andantes no tomar ninguno seguro. Se pusieron a caminar por donde quiso Rocinante. La voluntad del caballo llevaba detrás la de su amo, y también la del asno. El asno siempre lo seguía por dondequiera que fuera, con mucho cariño y compañía. Con todo esto, volvieron al camino real y siguieron por él a la aventura, sin ningún otro plan.

Mientras caminaban así, Sancho dijo a su amo:

— Señor, ¿me da permiso vuestra merced para hablar un poco? Desde que me puso aquella dura orden de silencio, se me han podrido más de cuatro cosas en el estómago. Y ahora tengo una en la punta de la lengua que no querría que se perdiera.

— Dila —dijo don Quijote—, y sé breve en tus palabras, porque ninguna conversación larga es agradable.

— Digo, pues, señor —respondió Sancho—, que desde hace algunos días pienso en una cosa. Pienso en lo poco que se gana con estas aventuras. Vuestra merced las busca por estos desiertos y cruces de caminos. Aquí, aunque se venzan y se acaben las más peligrosas, no hay nadie que las vea ni las sepa. Y así, se quedarán en silencio para siempre. Eso va contra la intención de vuestra merced y contra lo que ellas merecen. Por eso me parece que sería mejor, salvo mejor opinión de vuestra merced, ir a servir a algún emperador. O a otro príncipe grande que tenga alguna guerra. A su servicio, vuestra merced podrá mostrar su valor, sus grandes fuerzas y su entendimiento aún mayor. Y cuando lo vea el señor a quien sirvamos, por fuerza nos tendrá que premiar, a cada uno según sus méritos. Y allí no faltará quien escriba las hazañas de vuestra merced, para que se recuerden siempre. De las mías no digo nada, pues no saldrán de los límites de un escudero. Aunque sé decir que, si en la caballería se escriben las hazañas de los escuderos, no creo que las mías se queden entre líneas.

— No dices mal, Sancho —respondió don Quijote—. Pero antes de llegar a eso, hay que andar por el mundo buscando aventuras, como en un periodo de prueba. Así, al terminar algunas, el caballero gana nombre y fama. Y cuando vaya a la corte de algún gran rey, ya lo conocerán por sus obras. Los muchachos lo verán entrar por la puerta de la ciudad, y enseguida todos lo seguirán y lo rodearán. Gritarán: “Este es el Caballero del Sol”, o de la Sierpe, o de otro emblema bajo el cual haya hecho grandes hazañas. “Este es —dirán— el que venció en combate a solas al gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerza. Es el que liberó al Gran Mameluco de Persia del largo encantamiento en que había estado casi novecientos años”. Y así, de boca en boca, irán anunciando sus hechos. Entonces, con el alboroto de los muchachos y de la demás gente, el rey de aquel reino se asomará a las ventanas de su palacio real. En cuanto vea al caballero, lo reconocerá por las armas o por el dibujo del escudo. Y por fuerza tendrá que decir: “¡Vamos! ¡Que salgan todos los caballeros de mi corte a recibir a la flor de la caballería, que allí viene!”

»Al oír su orden, todos saldrán. Y el rey bajará hasta la mitad de la escalera, y lo abrazará con mucha fuerza, y le dará la paz besándole en la cara. Luego lo llevará de la mano a la habitación de la señora reina. Allí el caballero la encontrará con la infanta, su hija. Será una de las doncellas más fermosas y perfectas que se puedan encontrar en casi toda la tierra conocida. Enseguida ella pondrá los ojos en el caballero, y él en los de ella. Y a cada uno le parecerá el otro algo más divino que humano. Sin saber cómo, quedarán presos y atados en la red del amor, de la que no se puede salir. Y tendrán una gran pena en sus corazones, porque no sabrán cómo fablarse para mostrar sus deseos y sentimientos. Desde allí lo llevarán, sin duda, a una habitación del palacio adornada con mucha riqueza. Le quitarán las armas y le traerán un rico manto rojo para cubrirse. Y si estaba guapo con armadura, igual o más guapo estará con ropa de casa.

»Al llegar la noche, cenará con el rey, la reina y la infanta. Y nunca le quitará los ojos de encima a ella, mirándola a escondidas de los demás. Ella hará lo mismo con la misma habilidad, porque, como he dicho, es una doncella muy lista. Quitarán las mesas, y de pronto entrará por la puerta de la sala un enano feo y pequeño. Detrás del enano vendrá una fermosa dueña entre dos gigantes. Traerá una aventura preparada por un sabio antiquísimo: el que la acabe será considerado el mejor caballero del mundo. El rey mandará enseguida que todos los presentes la prueben. Y ninguno podrá terminarla, sino el caballero invitado, para gran provecho de su fama. La infanta quedará contentísima con esto. Y se sentirá feliz y bien pagada por haber puesto sus pensamientos en alguien tan alto.

»Y lo bueno es que este rey, o príncipe, o lo que sea, tiene una guerra muy dura con otro tan poderoso como él. El caballero invitado, después de algunos días en su corte, le pide permiso para ir a servirle en aquella guerra. El rey se lo dará de muy buena gana. Y el caballero le besará las manos con cortesía por el favor que le face. Y aquella noche se despedirá de su señora la infanta por las rejas de un jardín. Ese jardín da a la habitación donde ella duerme. Ya muchas otras veces le había fablado por esas rejas. Una doncella de mucha confianza de la infanta los ayudaba y lo sabía todo. Él suspirará, ella se desmayará y la doncella traerá agua. La doncella se angustiará mucho porque llega la mañana. No querría que los descubrieran, por la honra de su señora.

»Al fin, la infanta volverá en sí y dará sus blancas manos al caballero por la reja. Él se las besará mil y mil veces y se las mojará con lágrimas. Quedarán de acuerdo en cómo se harán saber sus buenas o malas noticias. La princesa le rogará que tarde lo menos posible. Él se lo prometerá con muchos juramentos. Le vuelve a besar las manos y se despide con tanta pena que casi se muere. Desde allí se va a su habitación y se echa en la cama. No puede dormir por el dolor de la partida. Se levanta muy de mañana y va a despedirse del rey, de la reina y de la infanta. Se despide de los dos reyes, y le dicen que la señora infanta no se encuentra bien. Dicen que no puede recibir visitas. El caballero piensa que es por la pena de su partida. Se le parte el corazón, y le falta poco para mostrar claramente su dolor.

»La doncella que los ayuda está delante y lo nota todo. Va a contárselo a su señora, que la recibe con lágrimas. La infanta le dice que una de sus mayores penas es no saber quién es su caballero. No sabe si es de familia de reyes o no. La doncella le asegura que tanta cortesía, nobleza y valentía solo pueden estar en una persona real y seria. Con esto se consuela la pobre. Intenta consolarse para que sus padres no noten nada raro en ella. Y al cabo de dos días sale en público.

»El caballero ya se ha ido. Pelea en la guerra, vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades y triunfa en muchas batallas. Vuelve a la corte y ve a su señora en el sitio de siempre. Quedan de acuerdo en que él la pedirá a su padre por esposa, como pago de sus servicios. El rey no se la quiere dar, porque no sabe quién es. Pero, aun así, robada o de cualquier otra manera, la infanta llega a ser su esposa. Y su padre acaba considerándolo una gran suerte. Porque se llega a saber que ese caballero es hijo de un valiente rey de no sé qué reino. Creo que ese reino no debe de estar en el mapa. Se muere el padre, hereda la infanta, y en dos palabras el caballero queda como rey. Y aquí llega el momento de premiar a su escudero y a todos los que le ayudaron a subir. Casa a su escudero con una doncella de la infanta. Será, sin duda, la que les ayudó en sus amores, que es hija de un duque muy importante.

— Eso pido yo, y sin trampas —dijo Sancho—. A eso me atengo. Porque todo eso, al pie de la letra, le tiene que pasar a vuestra merced, que se llama el Caballero de la Triste Figura.

— No lo dudes, Sancho —contestó don Quijote—. Así, por estos mismos pasos, suben y han subido los caballeros andantes a ser reyes y emperadores. Solo falta ahora buscar qué rey, cristiano o pagano, tenga guerra y tenga una hija hermosa. Pero habrá tiempo para pensar en esto. Pues, como te he dicho, primero hay que ganar fama en otras partes antes de ir a la corte. También me falta otra cosa. Supongamos que se encuentra un rey con guerra y con hija hermosa. Y supongamos que yo he ganado una fama increíble por todo el universo. Aun así, no sé cómo se podría descubrir que yo soy de familia de reyes. O por lo menos primo segundo de un emperador. Porque el rey no me querrá dar a su hija por esposa si antes no lo sabe con seguridad. Y no me la dará aunque mis famosos hechos lo merezcan mucho. Así que, por esta falta, temo perder lo que mi brazo tiene bien merecido.

»Bien es verdad que yo soy hidalgo de casa conocida, con tierras propias y con derecho a cobrar quinientos sueldos. Y podría ser que el sabio que escriba mi historia estudiara bien mi familia y mis antepasados. Quizá descubriera que soy nieto de un rey, en la quinta o sexta generación. Porque te hago saber, Sancho, que hay dos clases de familias en el mundo. Unas descienden de príncipes y reyes, y el tiempo las ha ido deshaciendo poco a poco. Han acabado en punta, como una pirámide puesta al revés. Otras empezaron con gente baja, y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes señores. Así que la diferencia está en que unos fueron y ya no son, y otros son y antes no fueron. Y podría ser que yo fuera de los primeros. Quizá, cuando se investigue, se descubra que mi principio fue grande y famoso. Con eso se tendría que contentar el rey que haya de ser mi suegro. Y si no, la infanta me querrá tanto que me aceptará por señor y esposo, a pesar de su padre. Me aceptará aunque sepa claramente que soy hijo de un aguador. Y si no, entonces habrá que robarla y llevarla adonde yo quiera. Porque el tiempo o la muerte acabarán con el enfado de sus padres.

— Ahí entra bien también —dijo Sancho— lo que dicen algunos sin conciencia: “No pidas por las buenas lo que puedes tomar por la fuerza”. Aunque es mejor decir: “Más vale salto de mata que ruego de hombres buenos”. Lo digo porque quizá el señor rey, suegro de vuestra merced, no quiera entregarle a mi señora la infanta. Entonces no hay más remedio que robarla y llevársela, como vuestra merced dice. Pero el problema es otro. Mientras se hacen las paces y se disfruta del reino en calma, el pobre escudero puede quedarse sin favores. A no ser que la doncella que ayudó en los amores, que ha de ser su mujer, se vaya con la infanta. Entonces él pasará con ella su mala suerte, hasta que el cielo ordene otra cosa. Porque creo yo que su señor podrá dársela enseguida como legítima esposa.

— Eso no hay nadie que lo impida —dijo don Quijote.

— Pues, si es así —respondió Sancho—, no hay más que encomendarnos a Dios y dejar que la suerte vaya por donde mejor nos lleve.

— Hágalo Dios —respondió don Quijote— como yo deseo y como tú, Sancho, necesitas. Y que sea ruin quien se tiene por ruin.

— Así sea, por Dios —dijo Sancho—, que yo soy cristiano viejo, y para ser conde esto me basta.

— Y hasta te sobra —dijo don Quijote—. Y si no lo fueras, no importaría nada. Porque, si yo soy el rey, bien te puedo dar nobleza sin que la compres ni me sirvas con nada. Al hacerte conde, ya eres caballero, digan lo que digan. Y te aseguro que te llamarán “señoría”, aunque no les guste.

— ¡Y vaya si sabría yo llevar bien el litado! —dijo Sancho.

— Dictado has de decir, y no litado —dijo su amo.

— Que sea así —respondió Sancho Panza—. Digo que lo sabría llevar bien. Porque, por mi vida, que hace tiempo fui muñidor de una cofradía. Y me quedaba tan bien la ropa de muñidor que todos decían una cosa. Decían que tenía presencia para ser el jefe de la cofradía. Pues ¿qué pasará cuando me ponga a la espalda un gran manto de duque? ¿O cuando me vista de oro y perlas, como un conde extranjero? Yo creo que me vendrán a ver desde cien leguas.

— Te verás muy bien —dijo don Quijote—, pero tendrás que afeitarte la barba a menudo. La tienes tan espesa, tan revuelta y tan mal puesta que tendrás que usar la navaja. Hazlo cada dos días por lo menos. Si no, a un tiro de escopeta se verá lo que eres.

— ¿Qué problema hay? —dijo Sancho—. Basta con tomar un barbero y tenerlo en casa con un salario. Y, si hace falta, haré que ande detrás de mí, como el caballerizo de un gran señor.

— Pues ¿cómo sabes tú —preguntó don Quijote— que los grandes señores llevan detrás a sus caballerizos?

— Yo se lo diré —respondió Sancho—. Hace unos años estuve un mes en la corte. Allí vi pasear a un señor muy pequeño, del que decían que era muy grande. Un hombre a caballo lo seguía en todas las vueltas que daba, y parecía su cola. Pregunté por qué aquel hombre no se juntaba con el otro y siempre andaba detrás de él. Me respondieron que era su caballerizo y que los grandes señores tenían la costumbre de llevarlos detrás. Desde entonces lo sé tan bien que nunca se me ha olvidado.

— Digo que tienes razón —dijo don Quijote—, y que así puedes llevar tú a tu barbero. Las costumbres no vinieron todas juntas ni se inventaron de una vez. Puedes ser tú el primer conde que lleve detrás a su barbero. Además, hacer la barba es de más confianza que ensillar un caballo.

— Lo del barbero quede a mi cargo —dijo Sancho—. Y a cargo de vuestra merced quede llegar a ser rey y hacerme conde.

— Así será —respondió don Quijote.

Y, al levantar los ojos, vio lo que se contará en el capítulo siguiente.

### Glosario

- **yelmo de Mambrino**: casco mágico de oro de los libros de caballerías.
- **bacía**: recipiente de metal de los barberos para lavar la barba.
- **rucio rodado**: de color gris, con manchas redondas más oscuras.
- **celada**: casco que protege la cabeza del caballero.
- **gamo**: animal parecido al ciervo, muy rápido.
- **mutatio caparum**: expresión latina: "cambio de capas"; aquí, cambiar los aparejos de un asno a otro.
- **aparejos**: todo lo que se pone a un animal para montarlo o cargarlo.
- **infanta**: hija de un rey.
- **fablar / face**: formas antiguas de "hablar / hace".
- **ferido / ferir**: formas antiguas de "herido / herir".
- **Martino**: Sancho se equivoca: quiere decir "Mambrino".
- **más vale salto de mata que ruego de hombres buenos**: refrán: es mejor escapar a tiempo que pedir ayuda a otros.
- **muñidor de cofradía**: hombre que avisaba a los miembros de una asociación religiosa de sus reuniones y fiestas.
- **caballerizo**: criado que cuida los caballos de un señor y va detrás de él.
- **dictado / litado**: "dictado" es un título de honor; Sancho se equivoca y dice "litado".

## Capítulo XXII. De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir

Cide Hamete Benengeli, autor árabe y manchego, cuenta lo siguiente en esta historia seriísima, solemne, pequeñísima, dulce e imaginada. Al final del capítulo veintiuno se cuenta una conversación entre el famoso don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero. Después de ella, don Quijote levantó los ojos. Y vio que por su camino venían unos doce hombres a pie. Venían atados por el cuello a una gran cadena de hierro, como las cuentas de un collar. Y todos llevaban esposas en las manos. Con ellos venían también dos hombres a caballo y dos a pie. Los de a caballo llevaban escopetas de rueda, y los de a pie, dardos y espadas. En cuanto Sancho Panza los vio, dijo:

— Esta es una cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.

— ¿Cómo que gente forzada? —preguntó don Quijote—. ¿Es posible que el rey fuerce a alguien?

— No digo eso —respondió Sancho—. Digo que es gente condenada por sus delitos a servir al rey en las galeras a la fuerza.

— En resumen —contestó don Quijote—, sea como sea, a esta gente la llevan a la fuerza, y no van por su voluntad.

— Así es —dijo Sancho.

— Pues entonces —dijo su amo—, aquí entra mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y ayudar a los desgraciados.

— Fíjese vuestra merced —dijo Sancho— que la justicia, que es el mismo rey, no hace fuerza ni injusticia a esta gente. Solo los castiga por sus delitos.

En esto, llegó la cadena de los galeotes. Don Quijote, con palabras muy corteses, pidió a los guardias que le explicaran algo. Quería saber la causa, o las causas, por las que llevaban a aquella gente de aquella manera. Uno de los guardias a caballo respondió que eran galeotes, gente de Su Majestad que iba a galeras. Dijo que no había más que decir, ni él tenía más que saber.

— Aun así —contestó don Quijote—, querría saber de cada uno de ellos la causa de su desgracia.

Añadió otras palabras tan educadas para convencerlos que el otro guardia a caballo le dijo:

— Aquí llevamos el registro con las sentencias de cada uno de estos desgraciados. Pero no es momento de pararnos a sacarlas ni a leerlas. Vuestra merced puede acercarse y preguntárselo a ellos mismos. Ellos lo dirán si quieren, y sí querrán. Porque es gente a la que le gusta hacer y decir maldades.

Con este permiso, que don Quijote se habría tomado aunque no se lo dieran, se acercó a la cadena. Al primero le preguntó por qué pecados iba de tan mala manera. Él le respondió que iba así por enamorado.

— ¿Solo por eso? —contestó don Quijote—. Pues si echan a galeras a los enamorados, hace tiempo que yo podría estar remando en ellas.

— No son amores como los que piensa vuestra merced —dijo el galeote—. Los míos fueron así. Quise tanto a una canasta de colar, llena de ropa blanca, que la abracé con mucha fuerza. Y si la justicia no me la hubiera quitado a la fuerza, todavía hoy no la habría soltado por mi voluntad. Me pillaron en el acto, así que no hubo necesidad de tortura. Se acabó el juicio, me pusieron en la espalda cien azotes y, además, tres años justos de gurapas. Y se acabó la obra.

— ¿Qué son gurapas? —preguntó don Quijote.

— Gurapas son galeras —respondió el galeote.

Era un mozo de unos veinticuatro años, y dijo que era de Piedrahíta. Don Quijote preguntó lo mismo al segundo. Pero este no respondió ni una palabra, de tan triste y melancólico como iba. El primero respondió por él y dijo:

— Este, señor, va por canario. Quiero decir, por músico y cantante.

— ¿Cómo? —repitió don Quijote—. ¿También van a galeras los músicos y cantantes?

— Sí, señor —respondió el galeote—. No hay peor cosa que cantar en el ansia.

— Pues yo he oído decir —dijo don Quijote— que quien canta sus males espanta.

— Aquí es al revés —dijo el galeote—. Quien canta una vez llora toda la vida.

— No lo entiendo —dijo don Quijote.

Pero uno de los guardias le dijo:

— Señor caballero, entre esta gente non santa, cantar en el ansia quiere decir confesar en la tortura. A este pecador lo torturaron y confesó su delito. Era cuatrero, que quiere decir ladrón de animales. Y por haber confesado, lo condenaron a seis años de galeras. Además, ya lleva en la espalda doscientos azotes. Siempre va pensativo y triste, porque los otros ladrones lo maltratan y lo desprecian. Así lo tratan los que se quedaron allá y los que van aquí. Se burlan de él y lo tienen en poco porque confesó. No tuvo valor para decir que no. Porque ellos dicen que un “no” tiene tantas letras como un “sí”. Y dicen que un delincuente tiene mucha suerte si su vida o su muerte dependen de su propia lengua. Así no dependen de los testigos ni de las pruebas. Y yo creo que no van muy equivocados.

— Yo también lo entiendo así —respondió don Quijote.

Luego pasó al tercero y le preguntó lo mismo que a los otros. Este respondió enseguida y con mucha soltura:

— Yo voy por cinco años a las señoras gurapas porque me faltaron diez ducados.

— Yo daré veinte de muy buena gana —dijo don Quijote— para libraros de esa pena.

— Eso me parece —respondió el galeote— como el que tiene dinero en medio del mar y se está muriendo de hambre. No tiene dónde comprar lo que necesita. Lo digo por esto: vuestra merced me ofrece ahora veinte ducados. Si yo los hubiera tenido a tiempo, los habría usado bien. Habría untado con ellos la pluma del escribano y avivado el ingenio del abogado. Así hoy estaría en medio de la plaza de Zocodover, en Toledo. Y no en este camino, atado como un galgo. Pero Dios es grande: paciencia y basta.

Don Quijote pasó al cuarto. Era un hombre de cara venerable, con una barba blanca que le pasaba del pecho. Cuando le preguntaron por qué iba allí, comenzó a llorar y no respondió ni una palabra. Pero el quinto condenado habló por él y dijo:

— Este hombre honrado va por cuatro años a galeras. Antes lo pasearon por las calles de costumbre, vestido con mucha pompa y a caballo.

— Eso es —dijo Sancho Panza—, según me parece, haber salido a la vergüenza.

— Así es —contestó el galeote—. Y la culpa por la que le dieron esta pena es haber sido corredor de oreja, y hasta de todo el cuerpo. Quiero decir que este caballero va por alcahuete. Y también por tener sus puntas y sus ribetes de hechicero.

— Si no le hubieran añadido esas puntas de hechicero —dijo don Quijote—, no merecía ir a remar en las galeras. Por ser solo alcahuete, merecía mandarlas y ser su general. Porque el oficio de alcahuete no es un oficio cualquiera. Es oficio de personas listas y muy necesario en un país bien ordenado. Solo debería hacerlo gente de muy buena familia. Y hasta debería haber un inspector y examinador de ellos, como lo hay en los demás oficios. Debería haber un número fijo y conocido, como los corredores de la lonja. Así se evitarían muchos males. Esos males vienen porque este oficio está en manos de gente tonta y de poco entendimiento. Son mujercillas de poca importancia, pajecillos y pícaros jóvenes y con poca experiencia. Cuando llega el momento más necesario y hay que dar una buena solución, no saben qué hacer. Se les hielan las migas entre la boca y la mano, y no saben cuál es su mano derecha. Querría seguir y dar las razones por las que conviene elegir bien a quienes tengan un oficio tan necesario. Pero este no es el lugar adecuado para ello. Algún día se lo diré a quien pueda arreglarlo.

»Solo digo ahora una cosa. Me daba pena ver estas canas blancas y esta cara venerable sufriendo tanto por alcahuete. Pero esa pena se me ha quitado con lo de hechicero. Aunque yo sé bien que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la voluntad. Algunos tontos piensan que sí los hay. Nuestra voluntad es libre, y no hay hierba ni encantamiento que la fuerce. Lo que suelen hacer algunas mujercillas tontas y algunos bellacos mentirosos son algunas mezclas y venenos. Con ellos vuelven locos a los hombres. Y dan a entender que tienen poder para hacer que alguien quiera a otro. Pero, como digo, es imposible forzar la voluntad.

— Así es —dijo el buen viejo—. Y de verdad, señor, que en lo de hechicero no tuve culpa. En lo de alcahuete, no lo pude negar. Pero nunca pensé que hacía mal con ello. Toda mi intención era que todo el mundo se divirtiera y viviera en paz y tranquilidad, sin peleas ni penas. Pero este buen deseo no me ha servido de nada. Voy adonde no espero volver, por el peso de los años y por un mal de orina. Ese mal no me deja descansar ni un rato.

Y aquí volvió a llorar, como al principio. Sancho sintió tanta compasión que sacó un real de a cuatro de su camisa y se lo dio de limosna.

Don Quijote siguió adelante y preguntó a otro por su delito. Este respondió con mucha más gracia que el anterior:

— Yo voy aquí porque me burlé demasiado con dos primas hermanas mías. Y también con otras dos hermanas que no eran mías. Al final, tanto me burlé con todas que la familia creció. Y creció de una manera tan enredada que no hay diablo que la explique. Me lo probaron todo. No tuve a nadie que me ayudara ni tuve dinero. Estuve a punto de que me colgaran del cuello. Me condenaron a seis años de galeras y lo acepté: es el castigo de mi culpa. Soy joven: que dure la vida, que con ella todo se consigue. Si vuestra merced, señor caballero, lleva algo para ayudar a estos pobrecillos, Dios se lo pagará en el cielo. Y nosotros, en la tierra, rogaremos a Dios en nuestras oraciones por la vida y la salud de vuestra merced. Que sean tan largas y tan buenas como merece su buena presencia.

Este iba vestido de estudiante. Uno de los guardias dijo que era un gran hablador y que sabía muy bien latín.

Detrás de todos estos venía un hombre de muy buen aspecto, de unos treinta años. Pero al mirar, metía un poco un ojo en el otro. Venía atado de otra manera que los demás. Llevaba una cadena en el pie tan grande que le daba vueltas por todo el cuerpo. Y llevaba dos argollas en el cuello. Una estaba en la cadena, y la otra era de las que llaman guardaamigo o piedeamigo. De ella bajaban dos hierros hasta la cintura. A esos hierros iban unidas dos esposas, donde llevaba las manos, cerradas con un grueso candado. Así no podía llevarse las manos a la boca, ni bajar la cabeza hasta las manos. Don Quijote preguntó por qué aquel hombre llevaba tantas más cadenas que los otros. El guardia le respondió que aquel solo tenía más delitos que todos los otros juntos. Era tan atrevido y tan gran bellaco que, aunque lo llevaban así, no estaban tranquilos. Temían que se les escapara.

— ¿Qué delitos puede tener —dijo don Quijote— si no han merecido más pena que echarlo a las galeras?

— Va por diez años —contestó el guardia—, que es como una muerte civil. No hace falta saber más. Este buen hombre es el famoso Ginés de Pasamonte, al que también llaman Ginesillo de Parapilla.

— Señor comisario —dijo entonces el galeote—, vaya despacio, y no nos pongamos ahora a discutir nombres y apodos. Me llamo Ginés y no Ginesillo, y Pasamonte es mi familia, y no Parapilla, como dice vuestra merced. Y que cada uno se mire a sí mismo, que ya tendrá bastante.

— Hable con menos soberbia —contestó el comisario—, señor ladrón de primera clase, si no quiere que lo haga callar, aunque no le guste.

— Bien se ve —respondió el galeote— que uno va como Dios quiere. Pero algún día sabrá alguien si me llamo Ginesillo de Parapilla o no.

— Pues ¿no te llaman así, mentiroso? —dijo el guardia.

— Sí me llaman así —respondió Ginés—. Pero yo haré que no me lo llamen, o me arrancaré los pelos donde yo me sé. Señor caballero, si tiene algo que darnos, dénoslo ya y vaya con Dios. Ya molesta con tanto querer saber vidas ajenas. Y si quiere saber la mía, sepa que yo soy Ginés de Pasamonte. Mi vida está escrita por estos dedos.

— Dice la verdad —dijo el comisario—. Él mismo ha escrito su historia, sin duda. Y deja empeñado el libro en la cárcel por doscientos reales.

— Y lo pienso recuperar —dijo Ginés—, aunque estuviera empeñado por doscientos ducados.

— ¿Tan bueno es? —dijo don Quijote.

— Es tan bueno —respondió Ginés— que pobre del Lazarillo de Tormes. Y pobres de todos los libros de esa clase que se han escrito o se escriban. Lo que le puedo decir a vuestra merced es que cuenta verdades. Y son verdades tan bonitas y tan graciosas que no hay mentiras que se les igualen.

— ¿Y cómo se titula el libro? —preguntó don Quijote.

— *La vida de Ginés de Pasamonte* —respondió el mismo.

— ¿Y está acabado? —preguntó don Quijote.

— ¿Cómo puede estar acabado —respondió él— si todavía no está acabada mi vida? Lo escrito va desde mi nacimiento hasta el momento en que me han echado a galeras esta última vez.

— Entonces, ¿ya habéis estado en ellas otra vez? —dijo don Quijote.

— Para servir a Dios y al rey, ya estuve cuatro años otra vez —respondió Ginés—. Ya sé a qué saben el pan duro y el látigo. Y no me pesa mucho ir allí, porque allí tendré tiempo de acabar mi libro. Me quedan muchas cosas que decir. Y en las galeras de España hay más tranquilidad de la necesaria. Aunque no necesito mucha para lo que tengo que escribir, porque me lo sé de memoria.

— Pareces listo —dijo don Quijote.

— Y desgraciado —respondió Ginés—, porque las desgracias siempre persiguen al buen ingenio.

— Persiguen a los bellacos —dijo el comisario.

— Ya le he dicho, señor comisario —respondió Pasamonte—, que vaya despacio. Aquellos señores no le dieron esa vara para que maltratara a los pobrecillos que vamos aquí. Se la dieron para que nos guiara y nos llevara adonde Su Majestad manda. Si no, ¡por vida de...! ¡Basta! Podría ser que algún día salieran en la colada las manchas que se hicieron en la venta. Y que todo el mundo se calle, y viva bien, y hable mejor. Y caminemos, que ya es mucho entretenimiento este.

El comisario levantó la vara para pegar a Pasamonte en respuesta a sus amenazas. Pero don Quijote se puso en medio y le rogó que no lo maltratara. Porque no era raro que quien llevaba las manos tan atadas tuviera la lengua un poco suelta. Y, volviéndose a todos los de la cadena, dijo:

— De todo lo que me habéis dicho, hermanos queridísimos, he sacado algo en limpio. Os han castigado por vuestras culpas. Pero las penas que vais a sufrir no os gustan mucho. Vais a ellas de muy mala gana y contra vuestra voluntad. Y podría ser que la causa de vuestra perdición fuera otra. Quizá fue el poco valor de aquel en la tortura, o la falta de dinero de este. O quizá la poca ayuda del otro, o, al final, el juicio torcido del juez. Y quizá por eso no habéis conseguido la justicia que teníais de vuestra parte. Todo esto se me presenta ahora en la memoria. Y me está diciendo, convenciendo y hasta obligando a mostraros para qué me echó el cielo al mundo. Para eso me hizo entrar en la orden de caballería que tengo. Y para eso hice en ella el voto de ayudar a los necesitados y a los oprimidos por los poderosos.

»Pero sé que una parte de la prudencia es no hacer por las malas lo que se puede hacer por las buenas. Por eso quiero rogar a estos señores guardianes y al comisario que os desaten y os dejen ir en paz. No faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones. Porque me parece una cosa dura hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hicieron libres. Además, señores guardias —añadió don Quijote—, estos pobres no han hecho nada contra vosotros. Que cada uno responda de su pecado. Hay un Dios en el cielo que no se olvida de castigar al malo ni de premiar al bueno. Y no está bien que los hombres honrados sean verdugos de otros hombres, si no les va nada en ello. Pido esto con esta calma y esta tranquilidad para tener algo que agradeceros, si lo cumplís. Y si no lo hacéis por las buenas, lo haréis a la fuerza. Lo harán esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo.

— ¡Vaya tontería más graciosa! —respondió el comisario—. ¡Buena broma ha soltado al final! ¡Quiere que le dejemos los forzados del rey! ¡Como si nosotros tuviéramos autoridad para soltarlos o él para mandárnoslo! Siga vuestra merced su camino en buena hora, señor. Póngase derecho ese bacín que lleva en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.

— ¡Vos sois el gato, y el ratón, y el bellaco! —respondió don Quijote.

Y, dicho y hecho, se lanzó contra él tan deprisa que el comisario no tuvo tiempo de defenderse. Lo tiró al suelo, malherido de un golpe de lanza. Y don Quijote tuvo suerte, porque este era el de la escopeta. Los demás guardias se quedaron asombrados y parados por aquel suceso tan inesperado. Pero luego reaccionaron. Los de a caballo pusieron la mano en sus espadas, y los de a pie en sus dardos. Y atacaron a don Quijote, que los esperaba con mucha calma. Sin duda lo habría pasado mal si los galeotes no hubieran visto su ocasión de conseguir la libertad. La aprovecharon e intentaron romper la cadena a la que iban atados. Hubo tal revuelta que los guardias no hicieron nada útil. Unas veces corrían hacia los galeotes, que se desataban. Otras veces atacaban a don Quijote, que los atacaba a ellos.

Sancho, por su parte, ayudó a soltar a Ginés de Pasamonte. Él fue el primero que saltó al campo, libre y suelto. Se lanzó contra el comisario caído y le quitó la espada y la escopeta. Apuntaba con ella a uno y señalaba a otro, pero nunca la disparó. Al final no quedó ni un guardia en todo el campo. Todos huyeron de la escopeta de Pasamonte. Y huyeron también de las muchas pedradas que les tiraban los galeotes ya sueltos.

Sancho se puso muy triste con esto. Pensó que los que huían irían a contárselo a la Santa Hermandad. Y la Santa Hermandad saldría enseguida, tocando las campanas, a buscar a los delincuentes. Así se lo dijo a su amo. Le rogó que se fueran de allí enseguida y se escondieran en la sierra, que estaba cerca.

— Bien está eso —dijo don Quijote—, pero yo sé lo que conviene hacer ahora.

Y llamó a todos los galeotes. Andaban alborotados y habían robado al comisario hasta dejarlo desnudo. Todos se pusieron a su alrededor para ver qué les mandaba. Y él les dijo:

— Es propio de gente bien nacida agradecer los favores que recibe. Y uno de los pecados que más ofenden a Dios es la ingratitud. Lo digo porque ya habéis visto, señores, con vuestros propios ojos, el favor que habéis recibido de mí. Como pago, querría, y es mi voluntad, que os carguéis con esa cadena que os quité del cuello. Poneos enseguida en camino y id a la ciudad del Toboso. Allí os presentaréis ante la señora Dulcinea del Toboso. Le diréis que su caballero, el de la Triste Figura, se encomienda a ella. Y le contaréis, punto por punto, todo lo que pasó en esta famosa aventura hasta daros la deseada libertad. Hecho esto, os podréis ir adonde queráis, con buena suerte.

Ginés de Pasamonte respondió por todos y dijo:

— Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es completamente imposible de cumplir. No podemos ir juntos por los caminos. Tenemos que ir solos y separados, cada uno por su lado. Tenemos que intentar meternos en lo más profundo de la tierra, para que no nos encuentre la Santa Hermandad. Porque, sin ninguna duda, saldrá a buscarnos. Lo que vuestra merced puede hacer, y es justo que haga, es otra cosa. Puede cambiar ese servicio y ese tributo a la señora Dulcinea del Toboso. Puede cambiarlo por cierta cantidad de avemarías y credos. Nosotros los rezaremos por las intenciones de vuestra merced. Y esto se puede cumplir de noche y de día, huyendo o descansando, en paz o en guerra. Pero pensar que vamos a volver ahora a las ollas de Egipto es otra cosa. Quiero decir, volver a tomar nuestra cadena y ponernos en camino del Toboso. Eso es pensar que ahora es de noche, cuando aún no son las diez de la mañana. Y pedirnos eso es como pedir peras al olmo.

— Pues ¡voto a tal! —dijo don Quijote, ya furioso—. Don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llaméis. Tendréis que ir vos solo, con el rabo entre las piernas y con toda la cadena a cuestas.

Pasamonte no era nada paciente. Ya se había dado cuenta de que don Quijote no estaba muy cuerdo, por la locura de querer darles la libertad. Al verse tratar de aquella manera, guiñó el ojo a sus compañeros. Se apartaron un poco y comenzaron a llover piedras sobre don Quijote. Eran tantas que no podía cubrirse con la rodela. Y el pobre Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera de bronce. Sancho se puso detrás de su asno. Con él se defendía de la nube de piedras que caía sobre los dos. Don Quijote no se pudo proteger bien, y le dieron no sé cuántas piedras en el cuerpo. Le dieron con tanta fuerza que lo tiraron al suelo. Y apenas cayó, el estudiante se le echó encima y le quitó la bacía de la cabeza. Le dio con ella tres o cuatro golpes en la espalda. Luego la golpeó otras tantas veces contra el suelo, y así la hizo pedazos. Le quitaron una chaqueta corta que llevaba sobre la armadura. Y también le querían quitar las medias, pero no pudieron por las piezas de metal de las piernas. A Sancho le quitaron el abrigo y lo dejaron casi desnudo. Se repartieron el resto del botín de la batalla y se fue cada uno por su lado. Les preocupaba más escapar de la Santa Hermandad, a la que temían. Cargar con la cadena e ir a ver a la señora Dulcinea del Toboso les preocupaba mucho menos.

Solos se quedaron el jumento y Rocinante, Sancho y don Quijote. El jumento estaba con la cabeza baja y pensativo. De vez en cuando sacudía las orejas. Pensaba que todavía no había terminado la tormenta de piedras que le zumbaba en los oídos. Rocinante estaba tumbado junto a su amo, porque también había caído al suelo de otra pedrada. Sancho estaba casi desnudo y con miedo de la Santa Hermandad. Y don Quijote estaba tristísimo de verse tan maltratado por los mismos a quienes tanto bien había hecho.

### Glosario

- **galeote**: preso condenado a remar en las galeras del rey.
- **escopeta de rueda**: arma de fuego antigua que se disparaba con una rueda de metal.
- **gurapas**: palabra de los presos para decir "galeras".
- **cantar en el ansia**: palabras de los presos: confesar el delito durante la tortura.
- **cuatrero**: ladrón de animales, sobre todo de caballos y mulas.
- **salir a la vergüenza**: castigo antiguo: pasear al condenado por las calles para que todos lo vieran.
- **alcahuete / corredor de oreja**: persona que ayuda a otros a tener relaciones amorosas a escondidas.
- **comisario**: jefe de los guardias que llevan a los presos.
- **guardaamigo**: hierro que se ponía en el cuello del preso para que no pudiera bajar la cabeza.
- **pedir peras al olmo**: pedir algo imposible.
- **buscar tres pies al gato**: buscar problemas donde no los hay.
- **las ollas de Egipto**: la vida de antes, aunque fuera de esclavo (de la Biblia).
- **galeras**: barcos de guerra movidos por remos; los presos remaban en ellos como castigo.
- **remar / remando**: mover un barco con remos.
- **hechicero**: persona que hace hechizos o magia.
- **ducados**: monedas antiguas de oro.
- **mujercillas**: mujeres de poca importancia (palabra de desprecio).
- **pobrecillos**: pobres (dicho con pena).
- **empeñado**: dejado a alguien a cambio de dinero prestado.
- **maltratara**: de "maltratar": tratar mal, pegar.
- **jumento**: burro.
- **manchego**: de la Mancha.
- **veintiuno**: el número 21.
- **escudero**: criado que acompaña a un caballero y le lleva las armas.
- **desfacer**: forma antigua de "deshacer"; "desfacer fuerzas": deshacer injusticias.
- **melancólico**: muy triste.
- **untado**: de "untar"; "untar la pluma del escribano": pagarle en secreto para que ayude.

## Capítulo XXIII. De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuentan

Don Quijote, al verse tan maltratado, dijo a su escudero:

— Siempre lo he oído decir, Sancho: hacer bien a villanos es echar agua en el mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste, me habría ahorrado este disgusto. Pero ya está hecho. Paciencia, y escarmentar para el futuro.

— Vuestra merced escarmentará tanto como yo soy turco —respondió Sancho—. Pero dice que, si me hubiera creído, se habría ahorrado este daño. Pues créame ahora y se ahorrará otro mayor. Porque le hago saber que con la Santa Hermandad no sirven las caballerías. A ella no le importan nada todos los caballeros andantes que hay; no les da ni dos maravedís. Y sepa que ya me parece oír sus flechas zumbándome en los oídos.

— Eres cobarde por naturaleza, Sancho —dijo don Quijote—. Pero no quiero que digas que soy terco y que nunca hago lo que me aconsejas. Por esta vez voy a seguir tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes. Pero ha de ser con una condición. Nunca, ni en vida ni en muerte, dirás a nadie que me retiré de este peligro por miedo. Dirás que lo hice para complacer tus ruegos. Si dices otra cosa, mentirás. Y desde ahora para entonces, y desde entonces para ahora, te desmiento. Digo que mientes y mentirás todas las veces que lo pienses o lo digas. Y no me contestes más. Porque solo con pensar que me aparto de algún peligro, ya tengo ganas de quedarme. Sobre todo de este, que parece tener un poquito de sombra de miedo. Estoy dispuesto a esperar aquí solo, no solo a la Santa Hermandad que dices y temes. También esperaría a los hermanos de las doce tribus de Israel y a los siete Macabeos. Y a Cástor y Pólux, y hasta a todos los hermanos y hermandades que hay en el mundo.

— Señor —respondió Sancho—, retirarse no es huir. Y esperar no es prudente cuando el peligro es mayor que la esperanza. Los sabios se guardan hoy para mañana y no lo arriesgan todo en un día. Y sepa que, aunque soy tosco y villano, todavía entiendo algo de eso que llaman buen gobierno. Así que no se arrepienta de haber seguido mi consejo. Suba a Rocinante, si puede, y si no, yo le ayudaré. Y sígame, que mi cabeza me dice que ahora necesitamos más los pies que las manos.

Don Quijote subió sin contestar ni una palabra más. Sancho iba delante, guiando sobre su asno. Entraron por una parte de Sierra Morena, que estaba allí al lado. Sancho tenía la intención de atravesarla toda y salir al Viso o a Almodóvar del Campo. Quería esconderse algunos días por aquellas montañas tan ásperas, para que no los encontrara la Hermandad si los buscaba. Lo animó ver que la comida que llevaba sobre su asno se había salvado de la pelea con los galeotes. Le pareció un milagro, por todo lo que se llevaron y buscaron los galeotes.

Cuando don Quijote entró por aquellas montañas, se le alegró el corazón. Le parecía que aquellos lugares eran perfectos para las aventuras que buscaba. Recordaba las cosas maravillosas que les habían pasado a los caballeros andantes en lugares solitarios y ásperos como aquellos. Iba pensando en estas cosas, tan metido en ellas que no se acordaba de nada más. Y Sancho, desde que le pareció que caminaba por un lugar seguro, no tenía otra preocupación que llenar el estómago. Comía los restos que habían quedado del botín de los clérigos. Iba detrás de su amo, sentado a la mujeriega sobre su jumento. Sacaba comida de un saco y la metía en su panza. Y mientras iba así, no le importaba nada encontrar otra aventura.

En esto, levantó los ojos y vio que su amo estaba parado. Intentaba levantar con la punta del lanzón un bulto que estaba caído en el suelo. Por eso Sancho se dio prisa en llegar, para ayudarle si hacía falta. Llegó justo cuando don Quijote levantaba con la punta del lanzón un cojín con una maleta unida a él. Estaban medio podridos, o del todo podridos y deshechos. Pero pesaban tanto que Sancho tuvo que bajarse para tomarlos. Su amo le mandó que viera lo que había en la maleta.

Sancho lo hizo muy deprisa. La maleta estaba cerrada con una cadena y un candado. Pero por las partes rotas y podridas vio lo que había dentro. Eran cuatro camisas de tela fina de Holanda y otras cosas de lino, tan bonitas como limpias. Y en un pañuelo encontró un buen montón de escudos de oro. En cuanto los vio, dijo:

— ¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha dado una aventura provechosa!

Y buscando más, encontró un librito de notas con ricos adornos. Don Quijote se lo pidió. Y le mandó que guardara el dinero y se lo quedara para él. Sancho le besó las manos por el favor. Sacó de la maleta toda la ropa y la puso en el saco de la comida. Al ver todo esto, don Quijote dijo:

— Me parece, Sancho, y no puede ser otra cosa, que algún viajero perdido debió de pasar por esta sierra. Unos ladrones lo debieron de atacar y matar. Y lo trajeron a enterrar en este lugar tan escondido.

— No puede ser eso —respondió Sancho—, porque, si fueran ladrones, no habrían dejado aquí este dinero.

— Tienes razón —dijo don Quijote—. Así que no adivino qué puede ser esto. Pero espera: veremos si en este librito hay algo escrito que nos ayude a descubrir lo que queremos saber.

Lo abrió. Lo primero que encontró escrito, como en borrador pero con muy buena letra, fue un soneto. Lo leyó en voz alta para que Sancho también lo oyera, y decía así:

O al Amor le falta conocimiento,
o le sobra crueldad, o mi pena
no es igual a la causa que me condena
al más duro de todos los tormentos.

Pero si el Amor es un dios, está claro
que lo sabe todo, y es muy justo
que un dios no sea cruel. Entonces, ¿quién manda
este dolor terrible que adoro y que siento?

Si digo que sois vos, Fili, me equivoco,
porque tanto mal no cabe en tanto bien,
y esta desgracia no me viene del cielo.

Pronto tendré que morir, eso es lo más seguro,
porque, cuando no se sabe la causa de un mal,
es un milagro encontrar la medicina.

— Por esos versos —dijo Sancho— no se puede saber nada. A no ser que tirando de ese hilo que está ahí se saque todo el ovillo.

— ¿Qué hilo hay aquí? —dijo don Quijote.

— Me parece —dijo Sancho— que vuestra merced ha dicho ahí “hilo”.

— Solo he dicho “Fili” —respondió don Quijote—. Ese es, sin duda, el nombre de la dama de quien se queja el autor de este soneto. Y te aseguro que debe de ser un poeta bastante bueno, o yo sé poco de este arte.

— Entonces —dijo Sancho—, ¿vuestra merced también entiende de versos?

— Y más de lo que tú piensas —respondió don Quijote—. Ya lo verás cuando lleves a mi señora Dulcinea del Toboso una carta escrita en verso de arriba abajo. Porque quiero que sepas, Sancho, que casi todos los caballeros andantes del pasado eran grandes poetas y grandes músicos. Estas dos habilidades, o mejor dicho, estos dos dones, van unidos a los enamorados andantes. Es verdad que los versos de los caballeros antiguos tienen más sentimiento que perfección.

— Lea más vuestra merced —dijo Sancho—, que ya encontrará algo que nos sirva.

Don Quijote pasó la hoja y dijo:

— Esto es prosa, y parece una carta.

— ¿Una carta de las que se envían, señor? —preguntó Sancho.

— Por el principio, parece una carta de amor —respondió don Quijote.

— Pues lea vuestra merced en voz alta —dijo Sancho—, que me gustan mucho estas cosas de amores.

— Con mucho gusto —dijo don Quijote.

Y la leyó en voz alta, como Sancho le había pedido. Decía así:

Tu falsa promesa y mi segura desgracia me llevan a un lugar lejano. Desde allí, antes llegará a tus oídos la noticia de mi muerte que la voz de mis quejas. Me dejaste, ¡oh ingrata!, por quien tiene más que yo, no por quien vale más. Pero si la virtud fuera una riqueza apreciada, yo no envidiaría la suerte de otros ni lloraría la mía. Lo que levantó tu hermosura lo han derribado tus obras. Por tu hermosura creí que eras un ángel, y por tus obras sé que eres mujer. Quédate en paz, tú que causas mi guerra. Y que el cielo haga que los engaños de tu esposo estén siempre escondidos. Así tú no te arrepentirás de lo que hiciste, y yo no me vengaré de lo que no deseo.

Al acabar de leer la carta, don Quijote dijo:

— Por esta carta se puede saber todavía menos que por los versos. Solo que quien la escribió es algún amante despreciado.

Y hojeó casi todo el librito. Encontró otros versos y cartas. Algunos los pudo leer y otros no. Pero todos estaban llenos de quejas, lamentos, desconfianzas, alegrías y disgustos, favores y desprecios. Unos se celebraban y otros se lloraban.

Mientras don Quijote miraba el libro, Sancho miraba la maleta. No dejó rincón en ella, ni en el cojín, que no buscara y examinara. No dejó costura sin deshacer ni trozo de lana sin separar. No quería que se quedara nada por falta de cuidado. Tanta codicia habían despertado en él los escudos encontrados, que eran más de cien. Y aunque no encontró nada más, dio por bien empleado todo lo que había sufrido. Dio por bien empleados los vuelos en la manta y el vómito del brebaje. También los palos de los yangüeses, los puñetazos del arriero y la pérdida de las alforjas. Y el robo del abrigo, y el hambre, la sed y el cansancio que había pasado sirviendo a su buen señor. Le parecía que estaba más que bien pagado con el favor de quedarse con lo encontrado.

El Caballero de la Triste Figura se quedó con muchas ganas de saber quién era el dueño de la maleta. Por el soneto y la carta, por el dinero en oro y por las camisas tan buenas, imaginaba algo. Pensaba que debía de ser algún enamorado importante. Los desprecios y malos tratos de su dama lo habrían llevado a algún final desesperado. Pero por aquel lugar deshabitado y áspero no se veía a nadie a quien preguntar. Así que solo se preocupó de seguir adelante. Iba por el camino que Rocinante quería, que era por donde él podía caminar. Y siempre imaginaba que por aquellos matorrales no podía faltar alguna aventura extraña.

Mientras iba con este pensamiento, vio a un hombre en lo alto de un pequeño monte que tenía delante. Iba saltando de roca en roca y de mata en mata, con una rapidez extraña. Le pareció que iba desnudo, con la barba negra y espesa, y mucho pelo revuelto. Iba descalzo y con las piernas desnudas. Los muslos los cubrían unos calzones que parecían de terciopelo leonado. Pero estaban tan rotos que por muchas partes se le veía la carne. Llevaba la cabeza descubierta. Pasó con la rapidez que se ha dicho. Pero aun así, el Caballero de la Triste Figura vio y notó todos estos detalles. Intentó seguirlo, pero no pudo. La debilidad de Rocinante no le permitía andar por aquellos lugares tan ásperos. Además, el caballo era de por sí lento y de paso corto.

Enseguida don Quijote imaginó que aquel era el dueño del cojín y de la maleta. Y decidió buscarlo, aunque tuviera que andar un año por aquellas montañas hasta encontrarlo. Así que mandó a Sancho que se bajara del asno y tomara un atajo por un lado de la montaña. Él iría por el otro lado. Así podría ser que se encontraran con aquel hombre que había desaparecido tan deprisa.

— No podré hacer eso —respondió Sancho—. En cuanto me aparto de vuestra merced, me entra el miedo. Me asalta con mil clases de sustos y visiones. Y que esto que digo le sirva de aviso: desde ahora no me apartaré ni un dedo de su lado.

— Así será —dijo el de la Triste Figura—. Y estoy muy contento de que quieras apoyarte en mi valor. No te faltará, aunque te falte el alma del cuerpo. Ven ahora detrás de mí poco a poco, o como puedas, y abre bien los ojos, como linternas. Daremos la vuelta a este pequeño monte. Quizá encontremos a aquel hombre que vimos. Sin ninguna duda, él es el dueño de lo que hemos encontrado.

Sancho respondió:

— Mucho mejor sería no buscarlo. Porque, si lo encontramos y es el dueño del dinero, está claro que se lo tendré que devolver. Así que sería mejor no hacer este esfuerzo inútil. Yo lo guardaría de buena fe hasta que apareciera su verdadero dueño por otro camino menos trabajoso. Y quizá para entonces ya me lo habría gastado, y entonces el rey me dejaría libre de deudas.

— Te equivocas en eso, Sancho —respondió don Quijote—. Ya sospechamos quién es el dueño, y lo tenemos casi delante. Por eso estamos obligados a buscarlo y devolverle los escudos. Y si no lo buscáramos, nuestra fuerte sospecha ya nos haría culpables. Seríamos tan culpables como si supiéramos que es él. Así que, Sancho amigo, no te dé pena buscarlo. Piensa en la pena que se me quitará a mí si lo encuentro.

Y así, picó a Rocinante, y Sancho lo siguió con su jumento de siempre. Rodearon parte de la montaña y encontraron una mula en un arroyo. Estaba caída y muerta, con su silla y su freno. Los perros se la habían comido a medias y los cuervos la habían picoteado. Todo esto les confirmó la sospecha. Aquel hombre que huía era el dueño de la mula y del cojín.

Mientras la miraban, oyeron un silbido como de pastor que cuida ganado. Y de pronto, a su mano izquierda, aparecieron muchas cabras. Detrás de ellas, en lo alto de la montaña, apareció el cabrero que las cuidaba, que era un hombre viejo. Don Quijote lo llamó a gritos y le rogó que bajara donde estaban ellos. El cabrero respondió a gritos. Les preguntó quién los había traído a aquel lugar. Por allí casi nunca pasaban más que cabras, lobos y otras fieras. Sancho le respondió que bajara, que se lo explicarían todo. El cabrero bajó, y al llegar adonde estaba don Quijote, dijo:

— Apuesto a que está mirando la mula de alquiler que está muerta en esa hondonada. Pues le aseguro que lleva ya seis meses en ese lugar. Díganme: ¿han encontrado por ahí a su dueño?

— No hemos encontrado a nadie —respondió don Quijote—. Solo un cojín y una maleta pequeña, no lejos de este lugar.

— También la encontré yo —respondió el cabrero—, pero nunca la quise recoger ni acercarme a ella. Tenía miedo de alguna desgracia y de que me acusaran de robo. Porque el diablo es astuto. Y pone debajo de los pies de uno algo con lo que tropieza y cae, sin saber cómo.

— Eso mismo digo yo —respondió Sancho—. También la encontré yo, y no quise acercarme a ella ni a un tiro de piedra. Allí la dejé y allí se queda como estaba. Porque no quiero perro con cencerro.

— Decidme, buen hombre —dijo don Quijote—, ¿sabéis quién es el dueño de estas cosas?

— Lo que yo os puedo decir —dijo el cabrero— es esto: «Hará unos seis meses, poco más o menos, llegó un joven a una majada de pastores. La majada está a unas tres leguas de este lugar. El joven era guapo y de buena figura. Venía montado en esa misma mula que ahí está muerta. Y traía el mismo cojín y la misma maleta que decís que encontrasteis y no tocasteis. Nos preguntó qué parte de esta sierra era la más áspera y escondida. Le dijimos que era esta donde estamos ahora. Y es verdad, porque si entráis media legua más adentro, quizá no consigáis salir. Y estoy asombrado de que hayáis podido llegar aquí, porque no hay camino ni sendero que lleve a este lugar.

»Digo, pues, que el joven oyó nuestra respuesta, dio la vuelta y se fue hacia el lugar que le señalamos. Todos nos quedamos contentos de su buena figura. Y nos quedamos asombrados de su pregunta y de la prisa con que lo veíamos ir hacia la sierra. Desde entonces no lo volvimos a ver. Pero unos días después salió al camino de uno de nuestros pastores. Sin decirle nada, se acercó a él y le dio muchos puñetazos y patadas. Luego fue a la burra que llevaba las provisiones y le quitó todo el pan y el queso que traía. Hecho esto, con una rapidez extraña, se volvió a esconder en la sierra.

»Cuando algunos cabreros supimos esto, lo estuvimos buscando casi dos días por lo más cerrado de esta sierra. Al final lo encontramos metido en el hueco de un alcornoque grueso y fuerte. Salió hacia nosotros con mucha mansedumbre. Ya tenía la ropa rota y la cara deformada y quemada por el sol. Casi no lo reconocíamos. Pero por la ropa, aunque rota, supimos que era el que buscábamos. Nos saludó con cortesía. Y con pocas y muy buenas palabras nos dijo que no nos extrañáramos de verlo andar así. Nos dijo que le convenía para cumplir cierta penitencia. Se la habían impuesto por sus muchos pecados. Le rogamos que nos dijera quién era, pero nunca lo conseguimos.

»También le pedimos otra cosa para cuando necesitara comida, sin la cual no podía vivir. Le pedimos que nos dijera dónde encontrarlo, porque se la llevaríamos con mucho cariño y cuidado. Y si eso tampoco le gustaba, que por lo menos saliera a pedirla, y no a quitársela a los pastores. Nos agradeció la oferta y pidió perdón por los ataques pasados. Prometió que desde entonces la pediría por amor de Dios, sin molestar a nadie. En cuanto al lugar donde vivía, dijo que no tenía otro que el sitio donde le cogía la noche. Y terminó de hablar con un llanto tan tierno que habríamos sido de piedra si no hubiéramos llorado con él. Pensábamos en cómo lo habíamos visto la primera vez y en cómo lo veíamos entonces. Porque, como he dicho, era un joven muy guapo y con mucha gracia. Y con sus palabras corteses y ordenadas mostraba ser de buena familia y muy educado. Nosotros, los que le escuchábamos, éramos gente del campo. Pero su nobleza era tan grande que hasta la gente del campo la podía reconocer.

»Y en lo mejor de su conversación, se paró y se quedó mudo. Clavó los ojos en el suelo durante un buen rato. Todos nos quedamos quietos y en suspenso, esperando cómo acabaría aquel ensimismamiento. Y nos daba mucha pena verlo así. Abría los ojos y se quedaba mirando fijamente al suelo mucho rato, sin mover las pestañas. Otras veces los cerraba, apretando los labios y levantando las cejas. Por todo esto, enseguida supimos que le había dado algún ataque de locura. Y él pronto nos demostró que era verdad lo que pensábamos. Se levantó con gran furia del suelo, donde se había echado. Y se lanzó con mucha fuerza y rabia contra el primero que encontró a su lado. Lo habría matado a puñetazos y mordiscos si no se lo hubiéramos quitado. Y mientras hacía todo esto, decía: “¡Ah, traidor Fernando! ¡Aquí, aquí me pagarás la injusticia que me hiciste! Estas manos te sacarán el corazón. En él viven y se esconden todas las maldades juntas, sobre todo el fraude y el engaño”. Y a estas palabras añadía otras. Todas eran para hablar mal de aquel Fernando y llamarlo traidor y mentiroso.

»Se lo quitamos de encima, con mucho trabajo. Y él, sin decir ni una palabra más, se apartó de nosotros. Se metió corriendo entre estas jaras y matorrales, y no pudimos seguirlo. Por esto pensamos que la locura le venía a ratos. Y pensamos que alguien llamado Fernando le debía de haber hecho algún daño muy grave. Tan grave como se veía por el estado al que lo había llevado. Todo esto se ha confirmado después muchas veces, porque ha salido al camino muchas veces. Unas veces sale a pedir a los pastores que le den algo de comer. Otras veces sale a quitárselo a la fuerza. Porque cuando tiene el ataque de locura, no acepta la comida aunque los pastores se la ofrezcan de buena gana. La toma a puñetazos. Y cuando está en su sano juicio, la pide por amor de Dios, con cortesía y educación. Y da muchas gracias por ella, y no sin lágrimas.

»Y de verdad os digo, señores —siguió el cabrero—, que ayer decidimos una cosa yo y cuatro muchachos. Dos son mis criados y dos son amigos míos. Decidimos buscarlo hasta encontrarlo. Y cuando lo encontremos, lo llevaremos por las buenas o por las malas a la villa de Almodóvar. Está a ocho leguas de aquí. Allí lo curaremos, si su mal tiene cura. O, cuando esté en su sano juicio, sabremos quién es y si tiene parientes a quienes avisar de su desgracia».

»Esto es, señores, lo que os puedo decir sobre lo que me habéis preguntado. Y sabed que el dueño de las cosas que encontrasteis es el hombre que visteis pasar. Es el que pasó tan deprisa y tan desnudo.

Porque don Quijote ya le había contado que había visto pasar a aquel hombre saltando por la sierra.

Don Quijote se quedó asombrado de lo que había oído al cabrero. Y se quedó con más ganas de saber quién era el pobre loco. Decidió lo mismo que ya tenía pensado: buscarlo por toda la montaña hasta encontrarlo. No dejaría rincón ni cueva sin mirar. Pero la suerte lo hizo mejor de lo que él pensaba o esperaba. Porque en aquel mismo instante apareció el joven que buscaba. Salió por un paso estrecho de la sierra que daba adonde ellos estaban. Venía hablando solo, diciendo cosas que no se podían entender de cerca, y mucho menos de lejos. Su ropa era como se ha descrito. Pero, cuando se acercó, don Quijote vio algo más. Una chaqueta de cuero hecha pedazos que llevaba encima estaba perfumada con ámbar. Por eso acabó de entender que una persona con esa ropa no debía de ser de clase baja.

Cuando el joven llegó hasta ellos, los saludó con una voz ronca y desafinada, pero con mucha cortesía. Don Quijote le devolvió el saludo con la misma educación. Se bajó de Rocinante con buena figura y elegancia, y fue a abrazarlo. Lo tuvo un buen rato apretado entre sus brazos, como si lo conociera desde hacía mucho tiempo. Al otro lo podemos llamar el Roto de la Mala Figura, como a don Quijote el de la Triste. Se dejó abrazar, y luego lo apartó un poco de sí. Le puso las manos en los hombros y se quedó mirándolo, como si quisiera ver si lo conocía. Quizá le asombraban tanto la figura, el cuerpo y las armas de don Quijote como a este verlo a él. En resumen, el primero que habló después del abrazo fue el Roto. Y dijo lo que se contará más adelante.

### Glosario

- **escarmentar**: aprender de un error para no repetirlo.
- **Santa Hermandad**: policía de los caminos y del campo.
- **a la mujeriega**: montar sentado de lado, con las dos piernas por el mismo lado, como montaban las mujeres.
- **librito de notas**: cuaderno pequeño para escribir apuntes.
- **holanda**: tela de lino muy fina.
- **soneto**: poema de catorce versos.
- **ovillo**: bola de hilo; "tirar del hilo para sacar el ovillo" es descubrir todo un asunto a partir de un detalle.
- **no quiero perro con cencerro**: refrán: no quiero cosas que me traigan problemas.
- **majada**: lugar donde los pastores recogen el ganado de noche.
- **alcornoque**: árbol grande de cuya corteza se saca el corcho.
- **terciopelo leonado**: tela suave de color amarillo oscuro, como un león.
- **el Roto de la Mala Figura**: nombre que da el narrador al joven loco, porque va con la ropa rota.

## Capítulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena

Dice la historia que don Quijote escuchaba con muchísima atención al sucio y roto Caballero de la Sierra. Este siguió hablando y dijo:

— De verdad, señor, quienquiera que seáis, yo no os conozco. Pero os agradezco las muestras de cortesía que habéis tenido conmigo. Me habéis recibido con mucha buena voluntad. Y querría poder pagaros con algo más que con buena voluntad. Pero mi suerte no me da otra cosa para responder a los favores que me hacen. Solo tengo buenos deseos de pagarlos.

— Los deseos que yo tengo son de serviros —respondió don Quijote—. Tanto, que había decidido no salir de estas sierras hasta encontraros. Quería saber si vuestro dolor tiene algún remedio. Porque se ve que tenéis mucho dolor, por la vida tan extraña que lleváis. Y si hacía falta buscar ese remedio, quería buscarlo con todo el cuidado posible. Y si vuestra desgracia fuera de las que cierran la puerta a todo consuelo, pensaba ayudaros a llorarla lo mejor posible. Porque en las desgracias ya es un consuelo encontrar a alguien que las sienta con uno. Si mi buena intención merece algún agradecimiento, os pido un favor, señor. Os lo pido por la mucha cortesía que veo en vos. Y os lo pido también por la persona que más habéis amado o amáis en esta vida. Decidme quién sois. Y decidme qué os ha traído a vivir y a morir en estos lugares solitarios como un animal salvaje. Porque vivís entre ellos como si no fuerais vos mismo, como muestran vuestra ropa y vuestra persona. Y juro una cosa —añadió don Quijote—. La juro por la orden de caballería que recibí, aunque soy indigno y pecador. Y la juro por mi profesión de caballero andante. Si me complacéis en esto, señor, os serviré con todas mis fuerzas, como me obliga mi condición. Remediaré vuestra desgracia, si tiene remedio, o os ayudaré a llorarla, como os he prometido.

El Caballero del Bosque oyó hablar así al de la Triste Figura. No hacía más que mirarlo, y volverlo a mirar, y mirarlo otra vez de arriba abajo. Después de mirarlo bien, le dijo:

— Si tienen algo que darme de comer, por amor de Dios, dénmelo. Después de comer, haré todo lo que me manden, para agradecer los buenos deseos que me han mostrado.

Enseguida Sancho sacó comida de su saco y el cabrero de su zurrón. Con ella calmó el Roto su hambre. Comía lo que le daban como una persona atontada, tan deprisa que no dejaba tiempo entre un bocado y otro. Más que tragarlos, los engullía. Y mientras comía, ni él ni los que lo miraban decían una palabra. Cuando acabó de comer, les hizo señas para que lo siguieran, y ellos lo siguieron. Los llevó a un pequeño prado verde que estaba detrás de una roca, no muy lejos de allí. Al llegar, se tumbó en el suelo, sobre la hierba, y los demás hicieron lo mismo. Y todo esto sin que nadie hablara. Al fin el Roto se acomodó en su sitio y dijo:

— Si queréis, señores, que os cuente en pocas palabras mis enormes desgracias, tenéis que prometerme una cosa. No interrumpiréis con ninguna pregunta ni con nada el hilo de mi triste historia. Porque en el momento en que lo hagáis, allí se quedará lo que esté contando.

Estas palabras del Roto le recordaron a don Quijote el cuento de su escudero. Se quedó sin final cuando don Quijote no supo cuántas cabras habían pasado el río. Pero, volviendo al Roto, siguió diciendo:

— Os aviso de esto porque querría pasar deprisa por el relato de mis desgracias. Recordarlas solo me sirve para añadir otras nuevas. Y cuanto menos me preguntéis, antes acabaré de contarlas. Aunque no dejaré de contar nada importante, para satisfacer del todo vuestro deseo.

Don Quijote se lo prometió en nombre de todos. Y él, con esta seguridad, comenzó así:

— «Mi nombre es Cardenio. Mi tierra es una de las mejores ciudades de esta Andalucía. Mi familia es noble y mis padres son ricos. Mi desgracia es tan grande que mis padres la deben de haber llorado. Y mi familia la debe de haber sentido. Pero no la han podido aliviar con su riqueza. El dinero sirve de poco contra las desgracias que vienen del cielo. En esta misma tierra vivía un cielo. En él puso el amor toda la gloria que yo podía desear. Ese cielo es la hermosura de Luscinda. Es una doncella tan noble y tan rica como yo, pero con más suerte que yo. Y con menos firmeza de la que merecían mis honrados pensamientos. A esta Luscinda la amé, la quise y la adoré desde que yo era muy niño. Y ella me quiso a mí con la sencillez y la buena voluntad que permitía su poca edad. Nuestros padres sabían lo que sentíamos, y no les disgustaba. Veían bien que, si la cosa seguía adelante, solo podía terminar en boda. Y la boda casi la arreglaba ya la igualdad de nuestras familias y riquezas.

»Fuimos creciendo, y con la edad creció el amor de los dos. Entonces el padre de Luscinda pensó que, por razones de respeto, debía prohibirme la entrada en su casa. En esto casi imitó a los padres de aquella Tisbe tan cantada por los poetas. Y esta prohibición fue añadir llama a la llama y deseo al deseo. Porque nos hicieron callar las lenguas, pero no pudieron hacer callar las plumas. Las plumas suelen decir con más libertad que las lenguas lo que está guardado en el alma. Porque muchas veces, delante de la persona amada, se turba la intención más decidida. Y la lengua más atrevida se queda muda. ¡Ay, cielos, cuántas cartas le escribí! ¡Qué respuestas tan dulces y honestas recibí! ¡Cuántas canciones y cuántos versos de amor compuse! En ellos mi alma declaraba sus sentimientos y pintaba sus deseos ardientes. Así entretenía sus recuerdos y alegraba su voluntad.

»Al fin me vi en un apuro. Mi alma se consumía con el deseo de verla. Así que decidí hacer de una vez lo que me pareció más conveniente para conseguir mi premio, deseado y merecido. Decidí pedírsela a su padre como esposa legítima, y así lo hice. Él me respondió que me agradecía mi deseo de honrarle y de honrarme con su hija. Pero me dijo que mi padre estaba vivo. Por eso le tocaba a él hacer esa petición, como era justo. Luscinda no era mujer para tomarla ni darla a escondidas. Solo podía ser con la voluntad y el gusto de mi padre.

»Yo le agradecí su buena intención. Me pareció que tenía razón en lo que decía y que mi padre aceptaría en cuanto yo se lo dijera. Con esta intención, en aquel mismo instante, fui a decirle a mi padre lo que deseaba. Entré en la habitación donde estaba y lo encontré con una carta abierta en la mano. Antes de que yo dijera una palabra, me la dio y me dijo: “Por esta carta verás, Cardenio, cuánto quiere favorecerte el duque Ricardo”.»

Este duque Ricardo, como ya debéis de saber, señores, es un grande de España. Tiene sus tierras en lo mejor de esta Andalucía.

«Tomé la carta y la leí. Pedía las cosas con tanto interés que a mí mismo me habría parecido mal que mi padre no las cumpliera. El duque le pedía que me enviara enseguida adonde él estaba. Quería que yo fuera compañero de su hijo mayor, no su criado. Y él se ocuparía de darme una posición digna del aprecio que me tenía. Leí la carta y me quedé mudo al leerla. Y más todavía cuando oí que mi padre me decía: “Dentro de dos días te irás, Cardenio, para hacer la voluntad del duque. Y da gracias a Dios, que te va abriendo un camino para conseguir lo que yo sé que mereces”. A estas palabras añadió otros consejos de padre.

»Llegó el día de mi partida. Una noche hablé con Luscinda y le conté todo lo que pasaba. Lo mismo hice con su padre. Le supliqué que esperara algunos días y que no la casara todavía. Debía esperar hasta que yo viera qué quería de mí el duque Ricardo. Él me lo prometió, y ella me lo confirmó con mil juramentos y mil desmayos. Al fin llegué adonde estaba el duque Ricardo. Me recibió y me trató tan bien que enseguida la envidia empezó a hacer su trabajo. Los criados antiguos me tenían envidia. Les parecía que los favores que el duque me hacía iban a perjudicarlos a ellos. Pero el que más se alegró con mi llegada fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando. Era un joven elegante, noble, generoso y enamoradizo. En poco tiempo quiso que yo fuera tan amigo suyo que todos hablaban de ello. El hijo mayor también me quería y me trataba bien. Pero no llegaba al extremo con que me quería y me trataba don Fernando.

»Pues bien, entre amigos no hay secretos que no se cuenten. Y mi confianza con don Fernando ya era más que confianza: era amistad. Por eso me contaba todos sus pensamientos, sobre todo uno de amor que lo tenía un poco inquieto. Quería a una labradora, vasalla de su padre. Los padres de ella eran muy ricos. Y ella era tan hermosa, prudente, lista y honesta que nadie sabía cuál de estas cosas tenía más. Estas buenas cualidades de la hermosa labradora encendieron tanto los deseos de don Fernando que tomó una decisión. Para conseguir lo que quería y vencer la virtud de la labradora, decidió darle palabra de ser su esposo. De otra manera, era intentar lo imposible. Yo, por mi amistad, intenté impedírselo y apartarlo de esa idea. Usé las mejores razones que supe y los ejemplos más claros que pude. Pero vi que no servía de nada. Entonces decidí contárselo al duque Ricardo, su padre.

»Pero don Fernando era astuto y listo, y sospechó y temió que yo lo hiciera. Pensaba que, como buen criado, yo no debía esconder algo tan perjudicial para la honra del duque, mi señor. Así que, para distraerme y engañarme, me dijo una cosa. Esa hermosura lo tenía muy atado, y el mejor remedio para olvidarla era irse lejos durante algunos meses. Y quería que nos fuéramos los dos a casa de mi padre. Al duque le dirían que iba a ver y a comprar unos caballos muy buenos que había en mi ciudad. Porque mi ciudad cría los mejores caballos del mundo.

»Apenas le oí decir esto, me pareció bien, por el amor que yo sentía. Aunque su decisión no hubiera sido tan buena, yo la habría aprobado. Me habría parecido una de las mejores que se podían imaginar. Porque veía qué buena ocasión se me presentaba para volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y este deseo, aprobé su opinión y lo animé en su idea. Le dije que lo hiciera lo antes posible, porque la ausencia hace su efecto aun en los pensamientos más firmes. Según se supo después, cuando él me dijo esto ya había gozado a la labradora como su esposo. Esperaba la ocasión de descubrirlo sin peligro. Temía lo que haría el duque su padre al saber su locura.

»Sucedió, pues, lo siguiente. En los jóvenes, el amor casi nunca es amor, sino deseo. Y el deseo busca solo el placer. Cuando lo consigue, se acaba, y aquello que parecía amor vuelve atrás. Porque no puede pasar del límite que le puso la naturaleza. Y ese límite no se lo puso al amor verdadero... Quiero decir que, cuando don Fernando gozó a la labradora, se le calmaron los deseos. Y se le enfriaron las ganas. Antes fingía querer irse para curarse de ellos. Y ahora quería irse de verdad, para no tener que cumplir su promesa. El duque le dio permiso y me mandó que lo acompañara. Llegamos a mi ciudad, y mi padre lo recibió como a quien era. Yo vi enseguida a Luscinda. Y mis deseos volvieron a vivir, aunque nunca habían estado muertos ni dormidos. Por mi mala suerte, se los conté a don Fernando. Me parecía que, con la gran amistad que me mostraba, no debía esconderle nada.

»Le alabé tanto la hermosura, la gracia y la inteligencia de Luscinda que mis alabanzas despertaron en él un deseo. Quiso ver a una doncella con tantas buenas cualidades. Por mi mala suerte, yo cumplí su deseo. Se la enseñé una noche, a la luz de una vela, por una ventana por donde los dos solíamos hablar. La vio con su ropa de casa, y tan hermosa que olvidó todas las bellezas que había visto hasta entonces. Se quedó mudo, perdió el sentido, se quedó absorto. Y al final se enamoró tanto como veréis a lo largo del relato de mi desgracia. Él me escondía su deseo y solo se lo descubría al cielo. Y para encenderlo más, quiso la suerte que encontrara un día una carta de ella. En la carta, Luscinda me pedía que la pidiera a su padre como esposa. Era una carta tan inteligente, tan honesta y tan enamorada que, al leerla, me dijo algo. Me dijo que solo en Luscinda estaban juntas todas las gracias de hermosura e inteligencia. En las demás mujeres del mundo estaban repartidas.

»Es verdad, lo quiero confesar ahora, que don Fernando tenía razones justas para alabar a Luscinda. Pero a mí me pesaba oír aquellas alabanzas en su boca. Y empecé a temerlo y a desconfiar de él. Porque no pasaba un momento sin que quisiera hablar de Luscinda. Él sacaba la conversación, aunque fuera tirando de ella por los pelos. Esto despertaba en mí un no sé qué de celos. No era porque yo temiera algún cambio en la bondad y la fidelidad de Luscinda. Pero, aun así, mi suerte me hacía temer lo mismo de lo que ella me aseguraba. Don Fernando siempre intentaba leer las cartas que yo enviaba a Luscinda y las que ella me respondía. Decía que le gustaba mucho la inteligencia de los dos. Sucedió, pues, que Luscinda me pidió un libro de caballerías para leer, porque le gustaban mucho. Era el de Amadís de Gaula...»

En cuanto don Quijote oyó nombrar un libro de caballerías, dijo:

— Si vuestra merced me hubiera dicho una cosa al principio de su historia, no habría hecho falta más. Bastaba con saber que la señora Luscinda era aficionada a los libros de caballerías. Con eso yo habría entendido lo alta que es su inteligencia. Porque no la tendría tan buena como vos, señor, la habéis pintado si no le gustara una lectura tan sabrosa. Así que, para mí, no hace falta gastar más palabras en explicarme su hermosura, su valor y su inteligencia. Solo con saber esta afición suya, la considero la mujer más hermosa y más lista del mundo. Y me habría gustado, señor, que le hubiera enviado también al bueno de don Rugel de Grecia. Yo sé que a la señora Luscinda le habrían gustado mucho Daraida y Geraya. Y también las cosas inteligentes del pastor Darinel. Y aquellos admirables versos de sus poemas de pastores. Él los cantaba y representaba con mucha gracia, inteligencia y soltura. Pero puede llegar el momento de arreglar esa falta. Y se arreglará en cuanto vuestra merced quiera venir conmigo a mi aldea. Allí le podré dar más de trescientos libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida. Aunque creo que ya no tengo ninguno, por culpa de la maldad de malos y envidiosos encantadores. Y perdóneme vuestra merced por no haber cumplido lo que prometimos: no interrumpir su conversación. Pero cuando oigo cosas de caballerías y de caballeros andantes, no puedo dejar de hablar de ellos. Es tan imposible como que los rayos del sol dejen de calentar o los de la luna dejen de mojar. Así que perdón, y siga, que es lo que ahora importa más.

Mientras don Quijote decía todo esto, a Cardenio se le había caído la cabeza sobre el pecho. Parecía profundamente pensativo. Don Quijote le dijo dos veces que siguiera su historia, pero él ni levantaba la cabeza ni respondía una palabra. Pero al cabo de un buen rato la levantó y dijo:

— No me lo puede quitar nadie del pensamiento, ni habrá nadie en el mundo que me lo quite. Nadie me hará entender otra cosa, y sería un majadero quien creyera lo contrario. Aquel gran bellaco del maestro Elisabat estaba amancebado con la reina Madásima.

— ¡Eso no, voto a tal! —respondió don Quijote con mucha cólera, soltando su juramento de costumbre—. Esa es una gran maldad, o mejor dicho, una gran bellaquería. La reina Madásima fue una señora muy importante. Y no se puede pensar que una princesa tan alta estuviera amancebada con un sacapotras. Y quien piense lo contrario miente como un gran bellaco. Y yo se lo haré entender a pie o a caballo, armado o desarmado. De noche o de día, o como más le guste.

Cardenio lo estaba mirando muy atentamente. Ya le había venido el ataque de locura y no estaba para seguir su historia. Y don Quijote tampoco la habría escuchado, por lo mucho que le había disgustado lo que oyó de Madásima. ¡Cosa extraña! La defendió como si de verdad fuera su verdadera señora. Así lo tenían sus malditos libros. Digo, pues, que Cardenio ya estaba loco. Y como oyó que lo llamaban mentiroso y bellaco, con otros insultos parecidos, no le gustó la broma. Levantó una piedra que encontró a su lado. Y le dio con ella a don Quijote en el pecho un golpe tan fuerte que lo tiró de espaldas. Sancho Panza, al ver así a su señor, se lanzó contra el loco con el puño cerrado. Pero el Roto lo recibió de tal manera que lo tiró a sus pies de un puñetazo. Luego se subió encima de él y le machacó las costillas a su gusto. El cabrero quiso defenderlo y corrió el mismo peligro. Y cuando los tuvo a todos vencidos y molidos, los dejó. Y se fue con mucha calma a esconderse en la montaña.

Sancho se levantó. Estaba furioso de verse golpeado sin merecerlo, y fue a vengarse del cabrero. Le dijo que él tenía la culpa por no haberles avisado. A aquel hombre le daba la locura a ratos. Si lo hubieran sabido, habrían estado atentos para protegerse. El cabrero respondió que ya lo había dicho. Y que si Sancho no lo había oído, no era culpa suya. Sancho le contestó, y el cabrero volvió a contestar. Y al final de tantas respuestas se agarraron de las barbas. Se dieron tales puñetazos que se habrían hecho pedazos si don Quijote no los hubiera puesto en paz. Sancho, agarrado al cabrero, decía:

— Déjeme vuestra merced, señor Caballero de la Triste Figura. Este es villano como yo y no está armado caballero. Así que bien puedo vengarme sin peligro de la ofensa que me ha hecho. Puedo pelear con él mano a mano, como un hombre honrado.

— Así es —dijo don Quijote—, pero yo sé que él no tiene ninguna culpa de lo que ha pasado.

Con esto los calmó. Y don Quijote volvió a preguntar al cabrero si sería posible encontrar a Cardenio. Porque tenía muchísimas ganas de saber el final de su historia. El cabrero le repitió lo que ya le había dicho antes. No sabía con seguridad dónde se escondía. Pero si don Quijote andaba mucho por aquellos alrededores, lo encontraría tarde o temprano, cuerdo o loco.

### Glosario

- **zurrón**: bolsa de cuero que llevan los pastores.
- **engullía**: tragaba la comida muy deprisa, casi sin masticar.
- **Tisbe**: joven de una historia antigua de amor; sus padres no la dejaban ver a su enamorado, Píramo.
- **grande de España**: noble de la clase más alta del reino.
- **vasalla**: persona que vive en las tierras de un señor y depende de él.
- **gozó a la labradora**: tuvo relaciones con ella.
- **amancebado**: que vive con una persona como si fuera su pareja, sin estar casado.
- **sacapotras**: cirujano malo (insulto antiguo).
- **voto a tal**: forma antigua de jurar cuando uno está enfadado.
- **armado caballero**: que ha recibido la ceremonia para ser caballero.
- **mano a mano**: los dos solos, sin ayuda de nadie.
- **cuerdo**: que tiene la mente sana; lo contrario de loco.

## Capítulo XXV. Que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros

Don Quijote se despidió del cabrero y subió otra vez sobre Rocinante. Mandó a Sancho que le siguiera, y Sancho lo hizo con su jumento, de muy mala gana. Poco a poco entraban en la parte más áspera de la montaña. Sancho se moría de ganas de hablar con su amo. Quería que don Quijote empezara la conversación, para no desobedecer la orden de silencio que tenía. Pero no pudo aguantar tanto silencio y le dijo:

— Señor don Quijote, écheme vuestra merced su bendición y deme permiso. Desde aquí quiero volverme a mi casa, con mi mujer y mis hijos. Con ellos, por lo menos, hablaré y charlaré todo lo que quiera. Porque vuestra merced quiere que vaya con usted por estos lugares solitarios, de día y de noche. Y no quiere que hable cuando tengo ganas. Eso es enterrarme vivo. Si la suerte quisiera que los animales hablaran, como en tiempos de Guisopete, no sería tan malo. Yo hablaría con mi jumento de lo que me diera la gana, y así pasaría mi mala suerte. Porque es cosa dura, y no se puede llevar con paciencia, buscar aventuras toda la vida. Y no encontramos más que coces y manteamientos, golpes de ladrillo y puñetazos. Y, con todo esto, tenemos que coser la boca. No nos atrevemos a decir lo que tenemos en el corazón, como si fuéramos mudos.

— Ya te entiendo, Sancho —respondió don Quijote—. Tú te mueres porque te quite la prohibición que te puse en la lengua. Considérala quitada y di lo que quieras. Pero con una condición: este permiso solo durará mientras andemos por estas sierras.

— Así sea —dijo Sancho—. Que hable yo ahora, que después Dios sabe lo que pasará. Y, para empezar a gozar de ese salvoconducto, le pregunto una cosa. ¿Qué le importaba a vuestra merced defender tanto a aquella reina Magimasa, o como se llame? ¿Y qué importaba si aquel abad era su amigo o no? Vuestra merced no era su juez. Si lo hubiera dejado pasar, creo que el loco habría seguido con su historia. Y nos habríamos ahorrado el golpe de la piedra, y las coces, y más de seis bofetones.

— Te aseguro, Sancho —respondió don Quijote—, que no sabes qué honrada e importante señora era la reina Madásima. Si lo supieras, como yo lo sé, dirías que tuve mucha paciencia. Porque no le rompí la boca por donde salieron tales blasfemias. Es una blasfemia enorme decir o pensar que una reina sea amante de un cirujano. La verdad de la historia es esta. Aquel maestro Elisabat que nombró el loco fue un hombre muy prudente y de muy buenos consejos. Fue maestro y médico de la reina. Pero pensar que ella era su amante es un disparate que merece un gran castigo. Y para que veas que Cardenio no sabía lo que decía, recuerda una cosa: cuando lo dijo, ya había perdido el juicio.

— Eso digo yo —dijo Sancho—: no había por qué hacer caso de las palabras de un loco. La buena suerte ayudó a vuestra merced y la piedra le dio en el pecho. Si le hubiera dado en la cabeza, ¡buenos habríamos quedado por defender a esa señora, que Dios confunda! ¡Y Cardenio se habría librado del castigo por estar loco!

— Contra cuerdos y contra locos —dijo don Quijote—, todo caballero andante debe defender la honra de cualquier mujer. Y mucho más la de reinas tan altas y tan nobles como la reina Madásima. Yo le tengo un cariño especial por sus buenas cualidades. Además de ser fermosa, fue muy prudente y muy paciente en sus desgracias, que tuvo muchas. Los consejos y la compañía del maestro Elisabat le dieron mucho provecho y alivio. Así pudo llevar sus penas con prudencia y paciencia. Por eso la gente ignorante y de mala intención empezó a decir y pensar que ella era su amante. Y mienten, lo digo otra vez. Y mentirán otras doscientas veces todos los que piensen y digan tal cosa.

— Ni yo lo digo ni lo pienso —respondió Sancho—. Allá ellos; con su pan se lo coman. Si fueron amantes o no, ya habrán dado cuenta a Dios. De mis viñas vengo, no sé nada. No me gusta saber vidas ajenas, que el que compra y miente, en su bolsa lo siente. Además, desnudo nací y desnudo me hallo: ni pierdo ni gano. Y aunque lo fueran, ¿a mí qué me importa? Muchos piensan que hay tocinos, y no hay estacas. Pero, ¿quién puede poner puertas al campo? Además, hasta de Dios hablaron mal.

— ¡Válgame Dios —dijo don Quijote—, cuántas tonterías vas encadenando, Sancho! ¿Qué tiene que ver lo que hablamos con los refranes que vas enhebrando? Por tu vida, Sancho, calla. De aquí en adelante, ocúpate de espolear a tu asno y no te metas en lo que no te importa. Y entiende bien, con tus cinco sentidos, una cosa. Todo lo que yo he hecho, hago y haré tiene mucha razón. Y está muy de acuerdo con las reglas de la caballería. Yo las sé mejor que todos los caballeros que las siguieron en el mundo.

— Señor —respondió Sancho—, ¿y es buena regla de caballería andar perdidos por estas montañas, sin senda ni camino? ¿Es buena regla buscar a un loco? Quizá, cuando lo encontremos, querrá acabar lo que dejó empezado. Y no hablo de su cuento, sino de la cabeza de vuestra merced y de mis costillas. ¡Querrá terminar de rompérnoslas del todo!

— Calla, te digo otra vez, Sancho —dijo don Quijote—. Te hago saber que no solo me trae por aquí el deseo de encontrar al loco. También quiero hacer aquí una hazaña. Con ella ganaré nombre y fama para siempre en toda la tierra conocida. Y será tal que pondrá el sello final a todo lo que hace perfecto y famoso a un caballero andante.

— ¿Y es muy peligrosa esa hazaña? —preguntó Sancho Panza.

— No —respondió el de la Triste Figura—. Aunque los dados podrían caer mal, y entonces tendríamos mala suerte en lugar de buena. Pero todo dependerá de tu diligencia.

— ¿De mi diligencia? —dijo Sancho.

— Sí —dijo don Quijote—. Si vuelves pronto de donde pienso enviarte, pronto acabará mi pena y pronto empezará mi gloria. No quiero tenerte más tiempo esperando, sin saber adónde van mis palabras. Quiero que sepas, Sancho, que el famoso Amadís de Gaula fue uno de los caballeros andantes más perfectos. No, no he dicho bien «uno». Fue el solo, el primero, el único, el señor de todos los que hubo en su tiempo en el mundo. Mal año y mal mes para don Belianís y para todos los que digan que se le igualó en algo. Se engañan, te lo juro. Digo también otra cosa. Cuando un pintor quiere hacerse famoso en su arte, intenta imitar las obras de los mejores pintores que conoce. Y esta misma regla vale para todos los oficios importantes que sirven de adorno a los estados. Así debe hacer, y hace, quien quiere ganar fama de prudente y paciente: imita a Ulises. En la persona de Ulises y en sus trabajos, Homero pinta un retrato vivo de la prudencia y la paciencia. También Virgilio nos mostró, en la persona de Eneas, el valor de un hijo bueno con su padre. Y nos mostró la astucia de un capitán valiente y sabio. No los pintaron como fueron de verdad, sino como debían ser. Así dejaron un ejemplo de sus virtudes para los hombres del futuro. De la misma manera, Amadís fue el norte, la estrella y el sol de los caballeros valientes y enamorados. Todos los que luchamos bajo la bandera del amor y de la caballería debemos imitarle. Esto es así, como lo es. Por eso creo, Sancho amigo, que el caballero andante que más le imite estará más cerca de la perfección de la caballería. Hubo un momento en que Amadís mostró muy bien su prudencia, valor, valentía, paciencia, firmeza y amor. Fue cuando su señora Oriana lo despreció y él se retiró a hacer penitencia en la Peña Pobre. Allí cambió su nombre por el de Beltenebros. Es un nombre, por cierto, significativo y propio para la vida que él eligió por su voluntad. Así que para mí es más fácil imitarle en esto que en otras cosas. Es más fácil que partir gigantes, cortar cabezas de serpientes o matar monstruos. Y más fácil que deshacer ejércitos, hundir armadas y deshacer encantamientos. Y estos lugares son muy buenos para algo así. Por eso no hay por qué dejar pasar la ocasión, que ahora se me pone delante con tanta comodidad.

— En fin —dijo Sancho—, ¿qué es lo que vuestra merced quiere hacer en un lugar tan apartado?

— ¿No te he dicho ya —respondió don Quijote— que quiero imitar a Amadís? Quiero hacer aquí el papel de desesperado, de tonto y de furioso. Así imitaré también al valiente don Roldán. Él encontró en una fuente las señales de que Angélica la Bella había cometido una vileza con Medoro. De esa pena se volvió loco. Arrancó los árboles, ensució las aguas de las fuentes claras y mató pastores. Destruyó ganados, quemó chozas, derribó casas, arrastró yeguas e hizo otras cien mil locuras. Todas merecen fama y ser escritas para siempre. Pero yo no pienso imitar a Roldán, u Orlando, o Rotolando, en todas sus locuras. Tenía estos tres nombres. No haré una por una todas las cosas que hizo, dijo y pensó. Haré un esbozo, lo mejor que pueda, de las locuras que me parezcan más importantes. Y puede ser que me contente solo con imitar a Amadís. Él no hizo locuras que hicieran daño, sino locuras de lágrimas y sentimientos. Y ganó tanta fama como el que más.

— Me parece a mí —dijo Sancho— que los caballeros que hicieron eso tenían motivo. Alguien los provocó, y por eso hicieron esas tonterías y penitencias. Pero vuestra merced, ¿qué motivo tiene para volverse loco? ¿Qué dama le ha despreciado? ¿Qué señales ha encontrado de que la señora Dulcinea del Toboso ha hecho alguna tontería con moro o cristiano?

— Ahí está el punto —respondió don Quijote—, y esa es la gracia de mi plan. Que un caballero andante se vuelva loco con motivo no tiene ningún mérito. Lo importante es perder el juicio sin motivo. Así mi dama entenderá esto: si hago esto en seco, ¿qué haría en mojado? Además, motivo tengo de sobra: la larga ausencia de mi señora para siempre, Dulcinea del Toboso. Ya oíste decir a aquel pastor de antes, Ambrosio, que quien está ausente tiene y teme todos los males. Así que, Sancho amigo, no pierdas tiempo aconsejándome que deje esta imitación. Es una imitación tan rara, tan feliz y tan nunca vista. Loco soy y loco he de ser hasta que vuelvas con la respuesta de una carta. Pienso enviar contigo esa carta a mi señora Dulcinea. Si la respuesta es la que merece mi fidelidad, se acabarán mi locura y mi penitencia. Y si es al contrario, seré loco de verdad, y así no sentiré nada. De cualquier manera que responda, saldré del apuro y del trabajo en que me dejes. Si me traes algo bueno, lo disfrutaré, porque estaré cuerdo. Si me traes algo malo, no lo sentiré, porque estaré loco. Pero dime, Sancho, ¿traes bien guardado el yelmo de Mambrino? Vi que lo levantaste del suelo cuando aquel desagradecido quiso hacerlo pedazos. Pero no pudo, y en eso se ve la calidad de su metal.

A esto respondió Sancho:

— ¡Vive Dios, señor Caballero de la Triste Figura, que no puedo aguantar con paciencia algunas cosas que dice vuestra merced! Por ellas llego a imaginar que todo lo que me dice debe de ser cosa de viento y mentira. Hablo de las caballerías, de ganar reinos e imperios y de dar ínsulas. Hablo de hacer otros favores y grandezas, como es costumbre de los caballeros andantes. Todo debe de ser pastraña, o patraña, o como lo llamemos. Porque vuestra merced dice que una bacía de barbero es el yelmo de Mambrino. Y no sale de ese error en más de cuatro días. Quien oiga eso, ¿qué va a pensar? Pensará que quien dice tal cosa debe de tener el juicio podrido. La bacía la llevo yo en el saco, toda abollada. La llevo para arreglarla en mi casa y afeitarme en ella. Eso, si Dios me da la gracia de verme algún día con mi mujer y mis hijos.

— Mira, Sancho —dijo don Quijote—, te lo juro por el mismo Dios por quien juraste antes. Tienes el entendimiento más corto que tiene ni tuvo ningún escudero en el mundo. ¿Es posible que, en todo el tiempo que andas conmigo, no te hayas dado cuenta de una cosa? Todas las cosas de los caballeros andantes parecen fantasías, tonterías y locuras. Y todas parecen hechas al revés. No es porque sean así de verdad. Es porque entre nosotros anda siempre una multitud de encantadores. Ellos cambian y transforman todas nuestras cosas a su gusto. Las cambian según quieran ayudarnos o destruirnos. Por eso, eso que a ti te parece bacía de barbero, a mí me parece el yelmo de Mambrino. Y a otro le parecerá otra cosa. Fue una idea rara del sabio mago que está de mi parte. Hizo que pareciera bacía a todos lo que real y verdaderamente es el yelmo de Mambrino. Lo hizo porque el yelmo vale tanto que todo el mundo me perseguiría para quitármelo. Pero como ven que no es más que una bacía de barbero, no intentan conseguirlo. Eso se vio bien con aquel que quiso romperlo. Lo dejó en el suelo y no se lo llevó. Te aseguro que, si hubiera sabido lo que era, nunca lo habría dejado. Guárdalo, amigo, que por ahora no lo necesito. Antes tengo que quitarme todas estas armas y quedarme desnudo como cuando nací. Eso, si me apetece seguir en mi penitencia más a Roldán que a Amadís.

Con esta conversación llegaron al pie de una montaña alta. Estaba sola entre otras muchas que la rodeaban, casi como una roca cortada. Por su falda corría un arroyo tranquilo. Alrededor de ella había un prado muy verde y lleno de hierba. Daba alegría a los ojos que lo miraban. Había por allí muchos árboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugar agradable. El Caballero de la Triste Figura eligió este sitio para hacer su penitencia. Y en cuanto lo vio, empezó a decir en voz alta, como si hubiera perdido el juicio:

— ¡Oh cielos! Este es el lugar que elijo para llorar la desgracia en que vosotros mismos me habéis puesto. Este es el sitio donde las lágrimas de mis ojos harán crecer las aguas de este pequeño arroyo. Aquí mis suspiros, continuos y profundos, moverán sin parar las hojas de estos árboles salvajes. Serán la prueba y la señal de la pena que sufre mi cansado corazón. ¡Oh vosotros, dioses del campo que vivís en este lugar sin gente, quienesquiera que seáis! Oíd las quejas de este amante desgraciado. Una larga ausencia y unos celos imaginados lo han traído a lamentarse entre estas rocas. Viene a quejarse del duro carácter de aquella dama ingrata y bella. Ella es el límite y el fin de toda la hermosura humana. ¡Oh vosotras, napeas y dríadas, que soléis vivir en lo más espeso de los montes! Ayudadme a llorar mi desgracia, o por lo menos no os canséis de oírla. ¡Ojalá los sátiros, ligeros y lujuriosos, que os aman en vano, no perturben nunca vuestra dulce paz! ¡Oh Dulcinea del Toboso, día de mi noche, gloria de mi pena, norte de mis caminos, estrella de mi suerte! ¡Ojalá el cielo te dé buena suerte en todo lo que le pidas! Mira el lugar y el estado a los que me ha traído tu ausencia. Y responde bien, como merece mi fidelidad. ¡Oh árboles solitarios, que desde hoy vais a hacer compañía a mi soledad! Mostradme, con el suave movimiento de vuestras ramas, que no os molesta mi presencia. ¡Oh tú, escudero mío, agradable compañero en los buenos y en los malos momentos! Guarda bien en la memoria lo que me verás hacer aquí. Así podrás contárselo a la causa de todo ello.

Mientras decía esto, se bajó de Rocinante. En un momento le quitó el freno y la silla. Le dio una palmada en el anca y le dijo:

— Te da la libertad el que se queda sin ella. ¡Oh caballo, tan excelente por tus obras como desgraciado por tu suerte! Vete por donde quieras. En la frente llevas escrito que no te igualó en rapidez el Hipogrifo de Astolfo. Tampoco te igualó el famoso Frontino, que tan caro le costó a Bradamante.

Al ver esto, Sancho dijo:

— ¡Bendito sea quien nos ha quitado ahora el trabajo de quitarle la albarda al rucio! A fe que no faltarían palmaditas que darle ni cosas que decir en su alabanza. Pero, si él estuviera aquí, yo no dejaría que nadie le quitara la albarda. No habría ningún motivo. A él no le tocaban esas cosas de enamorado ni de desesperado, porque su amo no lo estaba. Y su amo era yo, cuando Dios quería. Y en verdad, señor Caballero de la Triste Figura, le digo una cosa. Si mi partida y su locura van en serio, será bueno ensillar otra vez a Rocinante. Así sustituirá al rucio que me falta, y ahorraré tiempo en la ida y en la vuelta. Si voy a pie, no sé cuándo llegaré ni cuándo volveré. Porque, en resumen, soy mal caminante.

— Digo, Sancho —respondió don Quijote—, que sea como tú quieras, porque no me parece mal tu idea. Y digo que te marcharás dentro de tres días. Porque quiero que en este tiempo veas lo que hago y digo por ella, para que se lo cuentes.

— Pues, ¿qué más tengo que ver —dijo Sancho— que lo que ya he visto?

— ¡Qué poco sabes del asunto! —respondió don Quijote—. Ahora me falta rasgarme la ropa, tirar las armas por ahí y darme cabezazos contra estas rocas. Y haré otras cosas de este tipo que te van a asombrar.

— Por amor de Dios —dijo Sancho—, mire bien vuestra merced cómo se da esos cabezazos. Podría dar con una roca tal, y de tal manera, que el primer golpe acabara con esta penitencia. A vuestra merced le parece que aquí son necesarios los cabezazos. Le parece que esta obra no se puede hacer sin ellos. Pues yo creo que debería contentarse con dárselos en el agua, o en algo blando, como el algodón. Porque todo esto es fingido, una cosa de imitación y de broma. Y déjeme a mí lo demás. Yo le diré a mi señora que se los daba en una punta de roca más dura que un diamante.

— Te agradezco tu buena intención, amigo Sancho —respondió don Quijote—. Pero quiero que sepas que todas estas cosas que hago no son de broma, sino muy de verdad. Si no, iría contra las órdenes de caballería. Ellas nos mandan no decir ninguna mentira, bajo pena de ser castigados como herejes. Y hacer una cosa en lugar de otra es lo mismo que mentir. Así que mis cabezazos tienen que ser verdaderos, firmes y válidos, sin nada de engaño ni de fantasía. Y será necesario que me dejes algunas hilas para curarme, porque la suerte quiso que perdiéramos el bálsamo.

— Más fue perder el asno —respondió Sancho—, porque con él se perdieron las hilas y todo. Y le ruego a vuestra merced que no se acuerde más de aquella maldita bebida. Solo con oír su nombre se me revuelve el alma, y no solo el estómago. Y le ruego otra cosa. Haga cuenta que ya han pasado los tres días que me ha dado para ver sus locuras. Yo ya las doy por vistas y por juzgadas, y le diré maravillas a mi señora. Escriba la carta y despácheme enseguida. Porque tengo muchas ganas de volver para sacar a vuestra merced de este purgatorio donde le dejo.

— ¿Purgatorio lo llamas, Sancho? —dijo don Quijote—. Mejor harías en llamarlo infierno, y aún peor, si hay algo peor.

— Quien ha infierno, nula es retencio —respondió Sancho—, según he oído decir.

— No entiendo qué quiere decir «retencio» —dijo don Quijote.

— Retencio quiere decir —respondió Sancho— que quien está en el infierno nunca sale de él, ni puede. Con vuestra merced pasará al revés, o me andarán mal los pies. Eso, si llevo espuelas para animar a Rocinante. Póngame yo de una vez en el Toboso, delante de mi señora Dulcinea. Yo le contaré las tonterías y locuras que vuestra merced ha hecho y sigue haciendo, que todo es lo mismo. Le diré tales cosas que la pondré más blanda que un guante, aunque la encuentre más dura que un alcornoque. Con su respuesta, dulce como la miel, volveré por los aires, como un brujo. Y sacaré a vuestra merced de este purgatorio, que parece infierno y no lo es. Porque hay esperanza de salir de él. Y los que están en el infierno, como he dicho, no tienen esa esperanza. Y no creo que vuestra merced diga otra cosa.

— Así es la verdad —dijo el de la Triste Figura—. Pero, ¿cómo vamos a escribir la carta?

— Y la libranza pollinesca también —añadió Sancho.

— Todo irá dentro —dijo don Quijote—. Como no hay papel, sería bueno escribirla como hacían los antiguos. La escribiríamos en hojas de árboles o en unas tablitas de cera. Aunque ahora será tan difícil encontrar eso como el papel. Pero ya me he acordado de dónde será bueno, y más que bueno, escribirla. Será en el librillo de memoria que era de Cardenio. Y tú te encargarás de copiarla en papel, con buena letra, en el primer pueblo que encuentres. Búscalo donde haya un maestro de escuela de niños. Si no, cualquier sacristán te la copiará. Y no se la des a copiar a ningún escribano. Ellos escriben con una letra tan enredada que no la entendería ni Satanás.

— Pues, ¿qué hacemos con la firma? —dijo Sancho.

— Las cartas de Amadís nunca se firman —respondió don Quijote.

— Está bien —respondió Sancho—, pero la libranza tiene que ir firmada a la fuerza. Si se copia, dirán que la firma es falsa y me quedaré sin pollinos.

— La libranza irá firmada en el mismo librillo —dijo don Quijote—. Cuando mi sobrina la vea, no pondrá ninguna dificultad para cumplirla. Y en la carta de amor pondrás como firma: «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura». No importa mucho que vaya escrita por otra mano. Por lo que yo recuerdo, Dulcinea no sabe escribir ni leer. En toda su vida no ha visto letra mía ni carta mía. Porque nuestro amor ha sido siempre platónico, y no ha pasado de un honesto mirar. Y aun eso, muy de vez en cuando. La quiero desde hace doce años más que a la luz de estos ojos, que se comerá la tierra. Y puedo jurar con verdad que en estos doce años no la he visto cuatro veces. Y quizá, de esas cuatro veces, ella no se dio cuenta ni una sola vez de que yo la miraba. Con tanta discreción y tanto encierro la han criado su padre, Lorenzo Corchuelo, y su madre, Aldonza Nogales.

— ¡Ta, ta! —dijo Sancho—. ¿Así que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso, llamada también Aldonza Lorenzo?

— Esa es —dijo don Quijote—, y es la que merece ser señora de todo el universo.

— La conozco bien —dijo Sancho—. Y le aseguro que lanza la barra tan bien como el chico más fuerte de todo el pueblo. ¡Vive Dios, que es una moza de chapa, hecha y derecha, y de pelo en pecho! Puede sacar del apuro a cualquier caballero andante, o por andar, que la tenga por señora. ¡Oh, hideputa, qué fuerza tiene, y qué voz! Un día se subió al campanario del pueblo para llamar a unos chicos de su casa. Ellos trabajaban en un campo de su padre. Estaban a más de media legua, y aun así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada remilgada, porque tiene mucho de mujer de mundo. Se burla de todos, y de todo hace gestos y bromas. Ahora digo una cosa, señor Caballero de la Triste Figura. Vuestra merced no solo puede y debe hacer locuras por ella. También puede, con toda razón, desesperarse y ahorcarse. Y todos los que lo sepan dirán que hizo muy bien, aunque se lo lleve el diablo. Ya querría estar en camino, solo para verla. Hace muchos días que no la veo, y debe de estar cambiada. Porque andar siempre por el campo, al sol y al aire, estropea mucho la cara de las mujeres. Y le confieso una verdad, señor don Quijote: hasta ahora he estado en una gran ignorancia. Yo pensaba de buena fe que la señora Dulcinea debía de ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba enamorado. O alguna persona que mereciera los ricos regalos que vuestra merced le ha enviado. Hablo del regalo del vizcaíno y del de los galeotes. Y de otros muchos, porque vuestra merced debió de ganar muchas victorias antes de que yo fuera su escudero. Pero, bien pensado, ¿qué le va a importar a la señora Aldonza Lorenzo, digo, a la señora Dulcinea del Toboso? ¿Qué le importa que se arrodillen delante de ella los vencidos que vuestra merced le envía y le enviará? Podría ser que, cuando ellos llegaran, ella estuviera peinando lino o trillando en las eras. Entonces ellos se avergonzarían al verla, y ella se reiría y se enfadaría con el regalo.

— Ya te he dicho antes muchas veces, Sancho —dijo don Quijote—, que eres muy hablador. Y aunque tienes un ingenio torpe, muchas veces eres agudo. Pero quiero que veas lo tonto que eres tú y lo discreto que soy yo. Por eso, oye un cuento breve. «Has de saber que había una viuda hermosa, joven, libre y rica, y sobre todo alegre y despreocupada. Esta viuda se enamoró de un mozo motilón, gordo y fuerte. Su superior se enteró. Y un día le dijo a la buena viuda, como un reproche de hermano: “Estoy asombrado, señora, y con mucha razón. Vuestra merced es una mujer muy importante, muy hermosa y muy rica. ¡Y se ha enamorado de un hombre tan grosero, tan bajo y tan ignorante como fulano! ¡Y en esta casa hay tantos maestros, tantos presentados y tantos teólogos! Vuestra merced podría escoger entre ellos como entre peras, y decir: ‘Este quiero, este no quiero’”. Pero ella le respondió con mucha gracia y desenvoltura: “Vuestra merced, señor mío, está muy engañado. Piensa de una manera muy anticuada si cree que he escogido mal a fulano, por ignorante que le parezca. Porque, para lo que yo lo quiero, sabe tanta filosofía como Aristóteles, y más”». Así que, Sancho, para lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, vale tanto como la princesa más alta de la tierra. Sí, porque no todos los poetas que alaban damas tienen de verdad esas damas. Les ponen un nombre a su gusto. Piensa en las Amariles, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Alidas y otras así. De ellas están llenos los libros, los romances, las tiendas de los barberos y los teatros de comedias. ¿Piensas tú que fueron damas de carne y hueso? ¿Crees que fueron de verdad las damas de los que las celebran y celebraron? No, por cierto. La mayoría se las inventan, para tener un tema para sus versos. Y lo hacen para que los tengan por enamorados y por hombres con valor para serlo. Por eso me basta a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta. El linaje importa poco. Nadie va a investigar su familia para darle el hábito de una orden. Y yo hago cuenta que es la princesa más alta del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que solo dos cosas mueven a amar más que otras. Son la mucha hermosura y la buena fama. Y estas dos cosas están de forma perfecta en Dulcinea. En hermosura ninguna la iguala, y en buena fama pocas le llegan. Y para terminar: yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada. La pinto en mi imaginación como la deseo, tanto en belleza como en nobleza. Y no la alcanza Elena, ni Lucrecia, ni ninguna otra mujer famosa de los tiempos pasados, griega, bárbara o latina. Y que cada uno diga lo que quiera. Si los ignorantes me critican por esto, los sabios severos no me castigarán.

— Digo que vuestra merced tiene razón en todo —respondió Sancho—, y que yo soy un asno. Pero no sé para qué nombro al asno, pues no se debe mentar la soga en casa del ahorcado. Pero venga la carta, y adiós, que me voy.

Don Quijote sacó el libro de memoria y se apartó a un lado. Con mucha calma empezó a escribir la carta. Al terminarla, llamó a Sancho y le dijo que quería leérsela. Así la aprendería de memoria, por si se le perdía en el camino. Porque con su mala suerte se podía temer cualquier cosa. A esto respondió Sancho:

— Escríbala vuestra merced dos o tres veces ahí en el libro y démelo, que yo lo llevaré bien guardado. Pensar que yo la voy a aprender de memoria es un disparate. Tengo tan mala memoria que muchas veces se me olvida cómo me llamo. Pero, con todo, léamela vuestra merced. Me gustará mucho oírla, que debe de ser perfecta.

— Escucha, que dice así —dijo don Quijote:

Carta de don Quijote a Dulcinea del Toboso

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón te escribe, dulcísima Dulcinea del Toboso. Te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no me ayuda y tus desdenes me afligen, mal soportaré esta pena. Y eso que soy muy paciente. Porque esta pena, además de fuerte, es muy larga. Mi buen escudero Sancho te contará todo, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía! Te dirá cómo estoy por tu causa. Si quieres ayudarme, tuyo soy. Y si no, haz lo que te guste. Porque, al acabar con mi vida, habré satisfecho tu crueldad y mi deseo.

Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura.

— Por vida de mi padre —dijo Sancho al oír la carta—, que es la cosa más alta que he oído nunca. ¡Caramba, y qué bien le dice vuestra merced ahí todo lo que quiere! ¡Y qué bien queda en la firma «El Caballero de la Triste Figura»! Digo de verdad que vuestra merced es el mismo diablo, y que no hay cosa que no sepa.

— Todo es necesario —respondió don Quijote— para el oficio que tengo.

— Ea, pues —dijo Sancho—, ponga vuestra merced en la otra página la orden de los tres pollinos. Y fírmela con mucha claridad, para que la reconozcan al verla.

— Con mucho gusto —dijo don Quijote.

Y cuando la escribió, se la leyó. Decía así:

Señora sobrina: por esta primera orden de pollinos, vuestra merced dará tres pollinos a Sancho Panza, mi escudero. Son tres de los cinco que dejé en casa a cargo de vuestra merced. Le mando entregar y pagar estos tres pollinos por otros tantos que he recibido aquí al contado. Así consta, y con el recibo de Sancho estarán bien dados. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veinte y dos de agosto de este presente año.

— Está bien —dijo Sancho—. Fírmela vuestra merced.

— No hace falta firmarla —dijo don Quijote—. Basta con poner mi rúbrica, que es lo mismo que la firma. Para tres asnos, y aun para trescientos, sería suficiente.

— Me fío de vuestra merced —respondió Sancho—. Déjeme, que voy a ensillar a Rocinante. Y prepárese vuestra merced para darme su bendición, que pienso partir enseguida. No veré las tonterías que vuestra merced va a hacer. Ya diré yo que le vi hacer tantas que no hacen falta más.

— Por lo menos quiero, Sancho, porque es necesario, que me veas en cueros —dijo don Quijote—. Y quiero hacer una o dos docenas de locuras, que haré en menos de media hora. Así las habrás visto con tus propios ojos. Y podrás jurar tranquilo las demás que quieras añadir. Y te aseguro que no contarás tantas como yo pienso hacer.

— Por amor de Dios, señor mío, que no vea yo en cueros a vuestra merced. Me dará mucha pena y no podré dejar de llorar. Tengo la cabeza mal por lo que lloré anoche por el rucio, y no estoy para nuevos llantos. Si vuestra merced quiere que yo vea algunas locuras, hágalas vestido, cortas y las que mejor le vengan. Además, yo no necesitaba nada de eso. Y, como ya he dicho, así ahorraría camino para mi vuelta. Y volveré con las noticias que vuestra merced desea y merece. Y si no, que se prepare la señora Dulcinea. Si no responde como es razón, hago voto solemne a quien puedo de una cosa. Le sacaré la buena respuesta del estómago a coces y a bofetones. Porque, ¿cómo se va a aguantar esto? ¡Un caballero andante tan famoso como vuestra merced se vuelve loco sin qué ni para qué, por una...! No me lo haga decir la señora. Porque, por Dios, lo suelto todo y lo echo a rodar, cueste lo que cueste. ¡Bonito soy yo para eso! ¡Qué mal me conoce! ¡Pues, a fe que si me conociera, me tendría miedo!

— A fe, Sancho —dijo don Quijote—, que, por lo que parece, tú no estás más cuerdo que yo.

— No estoy tan loco —respondió Sancho—, pero estoy más enfadado. Pero, dejando esto aparte, ¿qué va a comer vuestra merced mientras yo vuelvo? ¿Va a salir al camino, como Cardenio, a quitarles la comida a los pastores?

— No te preocupes por eso —respondió don Quijote—. Aunque tuviera otra cosa, solo comería las hierbas y los frutos que me den este prado y estos árboles. Porque la gracia de mi plan está en no comer y en hacer otros sacrificios parecidos.

— Adiós, pues. Pero, ¿sabe vuestra merced qué temo? Que no voy a saber volver a este lugar donde ahora le dejo, porque está muy escondido.

— Fíjate bien en las señales, que yo intentaré no alejarme de estos alrededores —dijo don Quijote—. Y además tendré cuidado de subirme a estas rocas más altas, para ver si te descubro cuando vuelvas. Pero lo más acertado, para que no te equivoques y te pierdas, es otra cosa. Corta algunas retamas de las muchas que hay por aquí. Ve poniéndolas de trecho en trecho hasta salir al llano. Te servirán de señales para encontrarme cuando vuelvas, como el hilo del laberinto de Teseo.

— Así lo haré —respondió Sancho Panza.

Cortó algunas ramas y pidió la bendición a su señor. Se despidió de él, con muchas lágrimas de los dos. Subió sobre Rocinante. Don Quijote se lo encomendó mucho y le pidió que lo cuidara como a su propia persona. Sancho se puso en camino hacia el llano. De trecho en trecho iba dejando ramas de retama, como su amo le había aconsejado. Y así se fue, aunque don Quijote todavía le insistía en que le viera hacer al menos dos locuras. Pero no había andado cien pasos cuando volvió y dijo:

— Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien. Así podré jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras. Por eso será bueno que vea por lo menos una. Aunque una bien grande ya la he visto: que vuestra merced se quede aquí.

— ¿No te lo decía yo? —dijo don Quijote—. Espera, Sancho, que las haré en lo que se tarda en rezar un credo.

Se quitó los calzones con mucha prisa y se quedó en carnes, solo con la camisa. Luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire. Y dio dos tumbas, con la cabeza abajo y los pies arriba. Así enseñó cosas que Sancho no quería volver a ver. Por eso Sancho giró las riendas de Rocinante. Ya estaba contento y satisfecho: podía jurar que su amo se quedaba loco. Y así lo dejaremos seguir su camino hasta la vuelta, que fue breve.

### Glosario

- **salvoconducto**: permiso escrito para ir de un lugar a otro sin peligro; aquí, el permiso para hablar.
- **Guisopete**: nombre popular de Esopo, autor antiguo de fábulas con animales que hablan.
- **reina Magimasa**: error de Sancho: quiere decir «la reina Madásima», una reina de los libros de caballerías.
- **De mis viñas vengo, no sé nada**: refrán: no sé nada de ese asunto y no quiero meterme en él.
- **poner puertas al campo**: intentar algo imposible, como impedir que la gente hable.
- **si hago esto en seco, ¿qué haría en mojado?**: si hago esto sin motivo, imagina lo que haría con un motivo de verdad.
- **Peña Pobre**: roca solitaria donde Amadís hizo penitencia en los libros de caballerías.
- **napeas y dríadas**: ninfas, diosas pequeñas de los bosques y los campos.
- **sátiros**: seres del bosque, mitad hombre y mitad cabra, que persiguen a las ninfas.
- **abollada**: con golpes que han deformado el metal.
- **patraña**: mentira, cuento inventado; Sancho primero dice mal la palabra («pastraña»).
- **hilas**: trocitos de hilo o tela que se ponían en las heridas para curarlas.
- **nula es retencio**: error de Sancho con unas palabras en latín; quiere decir que del infierno no se puede salir.
- **libranza pollinesca**: broma de Sancho: la orden escrita para recibir los pollinos.
- **pollinos**: burros jóvenes.
- **escribano**: hombre que escribía documentos oficiales; tenía fama de escribir con letra difícil.
- **rúbrica**: dibujo o trazo que una persona pone siempre con su firma o en lugar de ella.
- **platónico**: amor puro, que no busca el cuerpo.
- **moza de chapa**: chica fuerte, sensata y de carácter.
- **hideputa**: insulto fuerte; aquí Sancho lo usa como exclamación de admiración.
- **mozo motilón**: criado joven de un convento, con el pelo cortado.
- **ferido / llagado**: formas antiguas de «herido» y «con llagas».
- **en cueros**: desnudo.
- **zapatetas / tumbas**: saltos en el aire / volteretas.
- **retama**: planta del campo con muchas ramas finas y flores amarillas.
- **escudero**: criado que acompaña y ayuda a un caballero.
- **bálsamo**: medicina líquida; aquí, el bálsamo mágico de Fierabrás.
- **asno**: burro; también se dice de una persona tonta.
- **purgatorio**: según la Iglesia, lugar de sufrimiento del que las almas salen al final; el infierno es para siempre.
- **espuelas**: piezas de metal en los talones para hacer correr al caballo.
- **alcornoque**: árbol de madera muy dura, del que se saca el corcho.
- **librillo de memoria**: cuaderno pequeño para apuntar cosas.
- **enredada**: mezclada y difícil de leer.
- **remilgada**: que hace muchos gestos de delicadeza exagerada.
- **desesperarse y ahorcarse**: perder toda esperanza y matarse colgándose de una cuerda.
- **vizcaíno**: hombre de Vizcaya; aquí, el escudero que venció don Quijote.
- **fulano**: palabra para hablar de una persona sin decir su nombre.
- **fírmela**: ponga su firma en ella.
- **se me revuelve**: me da asco, me pone malo.

## Capítulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena

Volvamos a contar lo que hizo el de la Triste Figura cuando se quedó solo. Dice la historia que don Quijote terminó de dar las tumbas o vueltas. Estaba desnudo de cintura para abajo y vestido de cintura para arriba. Vio que Sancho se había ido sin querer esperar a ver más tonterías. Entonces se subió a la punta de una roca alta. Allí volvió a pensar en algo que había pensado otras muchas veces, sin decidirse nunca. ¿Qué sería mejor y más conveniente para él? ¿Imitar a Roldán en sus locuras violentas, o a Amadís en sus locuras melancólicas? Y, hablando consigo mismo, decía:

— Si Roldán fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen, ¿qué tiene de extraño? Al fin y al cabo, estaba encantado. Nadie podía matarlo, a no ser clavándole un alfiler barato en la planta del pie. Y él llevaba siempre zapatos con siete suelas de hierro. Aunque sus trucos no le sirvieron contra Bernardo del Carpio. Bernardo los conocía y lo ahogó entre sus brazos en Roncesvalles. Pero dejemos a un lado su valentía y vamos a lo de perder el juicio. Es cierto que lo perdió. Fue por las señales que encontró en la fuente y por las noticias que le dio el pastor. Angélica había dormido más de dos siestas con Medoro, un morito de pelo rizado, paje de Agramante. Si Roldán creyó que esto era verdad y que su dama lo había traicionado, no es raro que enloqueciera. Pero yo, ¿cómo puedo imitarle en las locuras, si no le imito en el motivo de ellas? Porque me atrevo a jurar una cosa de mi Dulcinea del Toboso. En todos los días de su vida no ha visto a ningún moro de verdad, con su propia ropa. Y hoy sigue tan pura como el día en que nació. Le haría una ofensa clara si, pensando otra cosa de ella, me volviera loco como Roldán el furioso. Por otra parte, veo que Amadís de Gaula ganó tanta fama de enamorado como el que más. Y lo hizo sin perder el juicio y sin hacer locuras. Según su historia, solo hizo esto. Su señora Oriana lo despreció y le mandó que no apareciera delante de ella hasta que ella quisiera. Por eso él se retiró a la Peña Pobre con un ermitaño. Allí lloró hasta hartarse y se encomendó a Dios. Y así estuvo hasta que el cielo lo ayudó, en medio de su mayor pena y necesidad. Y si esto es verdad, como lo es, ¿para qué voy a tomarme ahora el trabajo de desnudarme del todo? ¿Para qué voy a hacer daño a estos árboles, que no me han hecho ningún mal? Tampoco tengo por qué ensuciar el agua clara de estos arroyos. Ellos me darán de beber cuando tenga sed. ¡Viva la memoria de Amadís! ¡Y que don Quijote de la Mancha lo imite en todo lo que pueda! De él se dirá lo mismo que del otro: que si no acabó grandes cosas, murió por intentarlas. Y si Dulcinea del Toboso no me rechaza ni me desprecia, me basta con estar lejos de ella. Ya lo he dicho. ¡Ea, pues, manos a la obra! Venid a mi memoria, cosas de Amadís, y enseñadme por dónde tengo que empezar a imitaros. Pero ya sé que lo que más hizo fue rezar y encomendarse a Dios. Pero, ¿qué haré para tener un rosario, si no tengo ninguno?

En ese momento se le ocurrió cómo hacerlo. Rasgó una tira grande de los faldones de la camisa, que le colgaban. Le hizo once nudos, uno más gordo que los otros. Esto le sirvió de rosario todo el tiempo que estuvo allí, y con él rezó un millón de avemarías. Y lo que más le preocupaba era no encontrar por allí otro ermitaño que le confesara y con quien consolarse. Así que pasaba el tiempo paseando por el pequeño prado. Escribía y grababa muchos versos en las cortezas de los árboles y en la arena fina. Todos iban de acuerdo con su tristeza, y algunos alababan a Dulcinea. Pero después, cuando lo encontraron allí, solo se pudieron encontrar enteros y leer estos versos:

Árboles, hierbas y plantas
que vivís en este lugar,
tan altos, verdes y tantas.
Si mi dolor no os alegra,
escuchad mis quejas santas.
Que no os asuste mi pena,
aunque sea tan terrible.
Pues, por pagaros mi parte,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.

Este es el lugar donde
el amante más fiel
de su señora se esconde.
Ha llegado a tanto mal
sin saber cómo ni por dónde.
El amor lo lleva de aquí para allá,
y el amor es de muy mala raza.
Y así, hasta llenar un barril,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.

Buscaba las aventuras
entre las duras rocas.
Maldecía corazones duros,
pues entre rocas y matorrales
el triste encuentra desgracias.
El amor lo hirió con su látigo,
no con su correa suave.
Y, al tocarle en la nuca,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.

Los que encontraron estos versos se rieron mucho con el añadido «del Toboso» al nombre de Dulcinea. Porque imaginaron que don Quijote debió de pensar una cosa. Si al nombrar a Dulcinea no decía también «del Toboso», no se entendería la copla. Y así fue la verdad, como él confesó después. Escribió otros muchos versos. Pero, como se ha dicho, solo se pudieron copiar limpias y enteras estas tres coplas. Así pasaba el tiempo: suspirando y llamando a los faunos y silvanos de aquellos bosques. Llamaba también a las ninfas de los ríos. Y llamaba a la triste y húmeda Eco, para que le respondiera, le consolara y le escuchara. Y buscaba algunas hierbas para alimentarse mientras Sancho volvía. Sancho tardó tres días. Si hubiera tardado tres semanas, el Caballero de la Triste Figura habría quedado muy desfigurado. ¡No lo habría conocido ni la madre que lo parió!

Será bueno dejarle aquí, envuelto en sus suspiros y sus versos. Ahora contaremos lo que le pasó a Sancho Panza en su encargo. Cuando Sancho salió al camino real, se puso a buscar el Toboso. Al día siguiente llegó a la venta donde le había pasado la desgracia de la manta. En cuanto la vio, le pareció que otra vez volaba por los aires, y no quiso entrar. Y eso que llegó a una hora en que podía y debía hacerlo, porque era la hora de comer. Además, tenía ganas de comer algo caliente, porque hacía muchos días que solo comía comida fría.

Esta necesidad le obligó a acercarse a la venta, todavía dudando si entrar o no. Y, mientras dudaba, salieron de la venta dos personas que lo reconocieron enseguida. Uno le dijo al otro:

— Dígame, señor licenciado, aquel del caballo, ¿no es Sancho Panza? ¿No es el que, según el ama de nuestro aventurero, salió con su señor como escudero?

— Sí lo es —dijo el licenciado—. Y aquel es el caballo de nuestro don Quijote.

Lo reconocieron tan bien porque eran el cura y el barbero de su mismo pueblo. Eran los que hicieron el escrutinio y la quema general de los libros. En cuanto reconocieron a Sancho Panza y a Rocinante, quisieron saber de don Quijote y se acercaron a él. El cura lo llamó por su nombre y le dijo:

— Amigo Sancho Panza, ¿dónde se ha quedado vuestro amo?

Sancho Panza los reconoció enseguida. Decidió esconder el lugar donde se había quedado su amo y el estado en que estaba. Así que les respondió que su amo estaba ocupado en cierto lugar, en cierta cosa muy importante. Y no podía contarla aunque le costara los ojos de la cara.

— No, no, Sancho Panza —dijo el barbero—. Si no nos decís dónde está, pensaremos lo que ya pensamos. Pensaremos que vos le habéis matado y robado, pues venís montado en su caballo. De verdad, nos tenéis que dar al dueño del rocín, o lo vais a pasar mal.

— No hacen falta amenazas conmigo —respondió Sancho—, que yo no soy hombre que robe ni mate a nadie. A cada uno lo mate su suerte, o Dios, que lo hizo. Mi amo se ha quedado haciendo penitencia en medio de esta montaña, muy a gusto.

Y luego, deprisa y sin parar, les contó cómo se había quedado su amo. Les contó las aventuras que les habían pasado. Y les contó que llevaba la carta a la señora Dulcinea del Toboso, hija de Lorenzo Corchuelo. Su amo estaba enamorado de ella hasta los hígados.

Los dos se quedaron asombrados de lo que Sancho Panza les contaba. Ya conocían la locura de don Quijote y de qué tipo era. Pero siempre que oían hablar de ella se asombraban de nuevo. Le pidieron a Sancho Panza que les enseñara la carta que llevaba a la señora Dulcinea del Toboso. Él dijo que iba escrita en un libro de memoria. Y que su señor le había mandado copiarla en papel en el primer pueblo al que llegara. El cura le dijo que se la enseñara, que él la copiaría con muy buena letra. Sancho Panza metió la mano dentro de la camisa buscando el librillo. Pero no lo encontró, ni lo podría encontrar aunque lo buscara hasta hoy. Don Quijote se había quedado con él y no se lo había dado. Y a Sancho no se le ocurrió pedírselo.

Cuando Sancho vio que no encontraba el libro, se le puso la cara pálida como la de un muerto. Volvió a tocarse todo el cuerpo muy deprisa, y otra vez vio que no lo encontraba. Y, sin más ni más, se agarró las barbas con los dos puños y se arrancó la mitad. Luego, deprisa y sin parar, se dio media docena de puñetazos en la cara y en la nariz. Se la dejó toda bañada en sangre. Al ver esto, el cura y el barbero le preguntaron qué le había pasado para ponerse así.

— ¿Qué me va a pasar —respondió Sancho—, sino que he perdido de golpe, en un momento, tres pollinos? ¡Y cada uno era como un castillo!

— ¿Cómo es eso? —preguntó el barbero.

— He perdido el libro de memoria —respondió Sancho—. En él venía la carta para Dulcinea y una orden firmada por mi señor. En ella mandaba a su sobrina que me diera tres pollinos de los cuatro o cinco que había en casa.

Y con esto les contó la pérdida del rucio. El cura lo consoló. Le dijo que, cuando encontraran a su señor, le haría repetir la orden. Le haría escribir otra vez la libranza en papel, como era uso y costumbre. Porque las libranzas escritas en libros de memoria nunca se aceptaban ni se cumplían.

Con esto se consoló Sancho. Dijo que, si era así, no le daba mucha pena perder la carta de Dulcinea. Porque él se la sabía casi de memoria, y se podría copiar donde y cuando quisieran.

— Decidla, pues, Sancho —dijo el barbero—, que después la copiaremos.

Sancho Panza se puso a rascarse la cabeza para recordar la carta. A veces se ponía sobre un pie y a veces sobre el otro. Unas veces miraba al suelo y otras al cielo. Se mordió la mitad de la punta de un dedo, mientras los otros esperaban impacientes que la dijera. Por fin, después de muchísimo rato, dijo:

— Por Dios, señor licenciado, que se lleven los diablos lo que recuerdo de la carta. Aunque al principio decía: «Alta y sobajada señora».

— No diría «sobajada» —dijo el barbero—, sino «sobrehumana» o «soberana señora».

— Así es —dijo Sancho—. Luego, si no recuerdo mal, seguía... Si no recuerdo mal, decía: «el llego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced las manos». Y luego: «ingrata y muy desconocida hermosa». Y no sé qué decía de la salud y de la enfermedad que le enviaba. Y así iba resbalando hasta que acababa en «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».

A los dos les hizo mucha gracia la buena memoria de Sancho Panza, y se la alabaron mucho. Le pidieron que dijera la carta otras dos veces. Así ellos también la aprenderían de memoria para copiarla a su tiempo. Sancho la volvió a decir otras tres veces, y otras tres veces dijo otros tres mil disparates. Después contó también las cosas de su amo. Pero no dijo ni una palabra del manteo que le había pasado en aquella venta, donde no quería entrar. Dijo también otra cosa de su señor. Cuando Sancho le trajera una buena respuesta de la señora Dulcinea del Toboso, su amo se pondría en camino. Iba a intentar ser emperador, o por lo menos monarca. Así lo tenían acordado entre los dos. Y era algo muy fácil de conseguir, por el valor de su persona y la fuerza de su brazo. Y cuando lo fuera, casaría a Sancho. Porque para entonces Sancho ya sería viudo, que no podía ser de otra manera. Le daría por mujer a una doncella de la emperatriz. Sería heredera de un estado rico y grande en tierra firme. Sería sin ínsulos ni ínsulas, porque ya no las quería.

Sancho decía esto con mucha calma, limpiándose de vez en cuando la nariz. Y lo decía con tan poco juicio que los dos se asombraron de nuevo. Pensaron en lo fuerte que había sido la locura de don Quijote. ¡Había arrastrado también el juicio de aquel pobre hombre! No quisieron cansarse en sacarle de su error. Como no le hacía daño a la conciencia, les pareció mejor dejarle en él. Además, a ellos les divertiría más oír sus tonterías. Así que le dijeron que rogara a Dios por la salud de su señor. Le dijeron que era posible y muy factible que, con el tiempo, llegara a ser emperador, como él decía. O, por lo menos, arzobispo, u otro cargo de igual importancia. A esto respondió Sancho:

— Señores, puede que la fortuna dé vueltas y a mi amo le apetezca ser arzobispo y no emperador. En ese caso, querría saber ahora qué suelen dar los arzobispos andantes a sus escuderos.

— Suelen darles —respondió el cura— algún beneficio, simple o con parroquia, o alguna sacristanía. Eso les da una buena renta fija. Y además está el pie de altar, que suele valer otro tanto.

— Para eso hará falta —respondió Sancho— que el escudero no esté casado. Y que sepa ayudar a misa, por lo menos. Y si es así, ¡pobre de mí, que estoy casado y no sé la primera letra del abecé! ¿Qué será de mí si a mi amo se le antoja ser arzobispo? ¿Y si no quiere ser emperador, como es uso y costumbre de los caballeros andantes?

— No tengáis pena, Sancho amigo —dijo el barbero—. Rogaremos a vuestro amo y le aconsejaremos que sea emperador y no arzobispo. Y hasta se lo pondremos como un caso de conciencia. Le será más fácil, porque es más valiente que estudioso.

— Así me ha parecido a mí —respondió Sancho—, aunque puedo decir que tiene habilidad para todo. Lo que yo pienso hacer de mi parte es rogar a Nuestro Señor una cosa. Le pediré que lo lleve adonde mejor le sirva y adonde a mí más favores me haga.

— Vos lo decís como persona discreta —dijo el cura—, y lo haréis como buen cristiano. Pero lo que ahora hay que hacer es pensar cómo sacar a vuestro amo de esa penitencia inútil que decís que está haciendo. Para pensar la manera, y para comer, que ya es hora, será bueno que entremos en esta venta.

Sancho dijo que entraran ellos y que él esperaría allí fuera. Después les diría por qué no entraba ni le convenía entrar. Pero les rogó que le sacaran algo de comer, algo caliente, y también cebada para Rocinante. Ellos entraron y lo dejaron allí, y poco después el barbero le sacó comida. Después los dos pensaron bien cómo conseguir lo que querían. Y al cura se le ocurrió una idea muy del gusto de don Quijote y muy útil para su plan. Le contó al barbero lo que había pensado. Él, el cura, se vestiría de doncella andante. Y el barbero se vestiría lo mejor que pudiera de escudero. Así irían adonde estaba don Quijote. Ella fingiría ser una doncella triste y necesitada, y le pediría un don. Don Quijote, como valiente caballero andante, no podría negárselo. El don que pensaba pedirle era este: que fuera con ella adonde ella le llevara. Allí tenía que desfacer un agravio que un mal caballero le había fecho. Y también le suplicaría que no le mandara quitarse el antifaz. Ni que le preguntara nada de su vida hasta que le hubiera hecho justicia contra aquel mal caballero. El cura estaba seguro de que don Quijote aceptaría todo lo que le pidieran de esta manera. Así lo sacarían de allí y lo llevarían a su pueblo. Allí intentarían ver si su extraña locura tenía algún remedio.

### Glosario

- **planta del pie**: la parte de abajo del pie, la que pisa el suelo.
- **paje**: chico joven que sirve a un señor.
- **ermitaño**: hombre que vive solo, lejos de la gente, para rezar.
- **rosario**: collar de cuentas o nudos que se usa para contar las oraciones.
- **copla**: estrofa, grupo de versos de una canción o poema.
- **faunos, silvanos y ninfas**: dioses pequeños de los bosques, los campos y los ríos en los mitos antiguos.
- **Eco**: ninfa de los mitos antiguos que solo podía repetir las últimas palabras que oía.
- **sobajada**: error de Sancho: quiere decir «soberana»; «sobajada» significa «manoseada».
- **beneficio / pie de altar**: cargo de la Iglesia que da una renta; dinero extra que recibe un cura por bodas, bautizos y entierros.
- **antifaz**: tela que tapa la cara para no ser reconocido.
- **pedir un don**: pedir un favor a un caballero antes de decir cuál es.
- **desfacer un agravio / fecho**: formas antiguas de «deshacer una injusticia» / «hecho».
- **escudero**: criado que acompaña y ayuda a un caballero.
- **melancólicas**: tristes, llenas de pena.
- **alfiler**: aguja pequeña y fina con una cabeza redonda.
- **clavándole**: metiéndole algo con punta.
- **ahogó**: lo mató apretándolo hasta que no pudo respirar.
- **rizado**: con el pelo en forma de pequeños anillos.
- **enloqueciera**: se volviera loco.
- **encomendarse a Dios**: ponerse en manos de Dios, pedirle ayuda.
- **ensuciar**: poner sucio.
- **faldones**: la parte de abajo de la camisa, que cuelga.
- **avemarías**: oraciones a la Virgen María.
- **alababan**: decían cosas buenas de alguien.
- **matorrales**: plantas bajas y espesas del monte.
- **deprisa**: rápido.

## Capítulo XXVII. De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia

Al barbero no le pareció mal la idea del cura. Al contrario, le pareció tan buena que enseguida la pusieron en práctica. Le pidieron a la ventera una saya y unas tocas, y le dejaron en prenda una sotana nueva del cura. El barbero se hizo una gran barba con una cola de buey, de color gris rojizo. En esa cola el ventero tenía colgado su peine. La ventera les preguntó para qué querían aquellas cosas. El cura le contó en pocas palabras la locura de don Quijote. Le explicó que necesitaban aquel disfraz para sacarlo de la montaña, donde estaba en ese momento. Enseguida el ventero y la ventera se dieron cuenta de quién era el loco. Era su huésped, el del bálsamo, el amo del escudero manteado. Y le contaron al cura todo lo que les pasó con él, sin callar lo que Sancho tanto callaba. En resumen, la ventera vistió al cura de una manera increíble. Le puso una saya de paño con muchas franjas de terciopelo negro, de un palmo de ancho. Todas las franjas tenían cortes. También le puso un corpiño de terciopelo verde, adornado con ribetes de raso blanco. El corpiño y la saya debieron de hacerse en tiempos del rey Wamba. El cura no dejó que le pusieran las tocas. Se puso en la cabeza un gorrito de lienzo acolchado que llevaba para dormir por la noche. Se ató a la frente una liga de tafetán negro. Con otra liga se hizo un antifaz, y con él se tapó muy bien las barbas y la cara. Se encasquetó su sombrero, que era tan grande que le podía servir de sombrilla. Se cubrió con su capa y subió a su mula de lado, como las mujeres. Y el barbero subió a la suya, con su barba que le llegaba a la cintura. Era entre roja y blanca, porque, como se ha dicho, estaba hecha con la cola de un buey de ese color.

Se despidieron de todos, y también de la buena de Maritornes. Ella prometió rezar un rosario, aunque era pecadora, para que Dios les diera buen éxito. Porque el asunto que habían empezado era muy difícil y muy cristiano.

Pero, apenas había salido de la venta, al cura se le ocurrió un pensamiento. Pensó que hacía mal en vestirse de aquella manera. Era una cosa indecente que un sacerdote se vistiera así, aunque le importara mucho el asunto. Se lo dijo al barbero y le rogó que cambiaran los trajes. Era más justo que el barbero fuera la doncella necesitada y que él hiciera de escudero. Así su dignidad de sacerdote quedaría menos ofendida. Y si el barbero no quería, él había decidido no seguir adelante, aunque a don Quijote se lo llevara el diablo.

En esto llegó Sancho, y al ver a los dos con aquel traje no pudo aguantar la risa. Al final, el barbero aceptó todo lo que el cura quiso, y cambiaron el plan. El cura le fue explicando cómo debía comportarse y qué palabras debía decir a don Quijote. Así lo convencería y lo obligaría a irse con él. Y le haría dejar el lugar que había elegido para su penitencia inútil. El barbero respondió que, sin necesidad de lecciones, él lo haría perfectamente. No quiso vestirse todavía, hasta que estuvieran cerca del lugar de don Quijote. Así que dobló sus vestidos, y el cura se colocó la barba. Siguieron su camino, y Sancho Panza los guiaba. Por el camino les contó lo que les había pasado con el loco que encontraron en la sierra. Pero no dijo nada de la maleta que encontraron ni de lo que había dentro. Porque, aunque era tonto, el muchacho era un poco codicioso.

Al día siguiente llegaron al lugar donde Sancho había dejado las ramas como señales para encontrar a su señor. Cuando Sancho lo reconoció, les dijo que aquella era la entrada. Les dijo que ya podían vestirse, si eso servía para liberar a su señor. Porque ellos le habían dicho antes que ir así y vestirse de aquel modo era lo más importante. Era la clave para sacar a su amo de aquella mala vida que había elegido. Ellos le pidieron mucho que no le dijera a su amo quiénes eran, ni que los conocía. También le dijeron qué debía contestar si su amo le preguntaba si había dado la carta a Dulcinea. Y seguro que se lo iba a preguntar. Debía decir que sí. Y que, como ella no sabía leer, le había respondido de palabra. Le mandaba, bajo pena de perder su favor, que viniera enseguida a verla, porque era algo muy importante para ella. Porque con esto, y con lo que ellos pensaban decirle, estaban seguros de llevarlo a una vida mejor. Y conseguirían que se pusiera en camino enseguida para ser emperador o monarca. Porque, en cuanto a ser arzobispo, no había nada que temer.

Sancho lo escuchó todo y lo guardó muy bien en la memoria. Les agradeció mucho que quisieran aconsejar a su señor que fuera emperador y no arzobispo. Porque él pensaba que, para hacer favores a sus escuderos, podían más los emperadores que los arzobispos andantes. También les dijo que sería bueno que él fuera delante a buscarle. Así le daría la respuesta de su señora. Esa respuesta ya bastaría para sacarlo de aquel lugar, sin que ellos tuvieran que tomarse tanto trabajo. A ellos les pareció bien lo que decía Sancho Panza. Así que decidieron esperarle hasta que volviera con noticias de que había encontrado a su amo.

Sancho se metió por aquellos barrancos de la sierra. Dejó a los dos en uno por donde corría un arroyo pequeño y tranquilo. Unas rocas y algunos árboles que había por allí le daban una sombra agradable y fresca. Era un día de calor del mes de agosto, cuando por aquellas tierras suele hacer un calor muy grande. Y eran las tres de la tarde. Todo esto hacía el sitio más agradable y les invitaba a esperar allí la vuelta de Sancho. Y así lo hicieron.

Mientras estaban los dos allí, tranquilos y a la sombra, les llegó a los oídos una voz. Sonaba dulce y bonita, sin el acompañamiento de ningún instrumento. Se asombraron mucho, porque les parecía que aquel no era un lugar donde alguien pudiera cantar tan bien. Porque se suele decir que en los bosques y los campos hay pastores con voces excelentes. Pero eso son más exageraciones de poetas que verdades. Y se asombraron más cuando notaron que lo que oían eran versos de cortesanos discretos, no de pastores rústicos. Y lo confirmaron los versos que oyeron, que fueron estos:

¿Quién hace menor mi bien?
Desdenes.
¿Y quién aumenta mis penas?
Los celos.
¿Y quién pone a prueba mi paciencia?
La ausencia.
Así, en mi enfermedad
no encuentro ningún remedio,
pues me matan la esperanza
desdenes, celos y ausencia.

¿Quién me causa este dolor?
Amor.
¿Y quién se opone a mi gloria?
La fortuna.
¿Y quién permite mi pena?
El cielo.
Así, tengo miedo
de morir de este mal extraño,
pues crecen para mi daño
amor, fortuna y el cielo.

¿Quién mejorará mi suerte?
La muerte.
Y el bien del amor, ¿quién lo alcanza?
La mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura?
La locura.
Así, no es sensato
querer curar la pasión
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.

La hora, el momento, la soledad, la voz y la habilidad del que cantaba asombraron a los dos oyentes. Y también les dieron alegría. Se quedaron quietos, esperando por si oían algo más. Pero, como el silencio duraba un rato, decidieron salir a buscar al músico de tan buena voz. Y, cuando iban a hacerlo, la misma voz los detuvo. Llegó de nuevo a sus oídos, cantando este soneto:

Soneto

Santa amistad, con alas ligeras
subiste alegre al cielo,
a las salas más altas, entre almas benditas.
En el suelo dejaste solo tu apariencia.

Desde allí, cuando quieres, nos enseñas
la paz justa, cubierta con un velo.
A través de él a veces se ve el deseo
de hacer obras buenas que al final son malas.

Deja el cielo, ¡oh amistad!, o no permitas
que el engaño se vista con tu ropa.
Con ella destruye la intención sincera.

Si no le quitas tu apariencia,
pronto el mundo volverá a la lucha
y a la confusión del principio de todo.

El canto terminó con un suspiro profundo. Los dos volvieron a esperar con atención por si cantaba más. Pero vieron que la música se había convertido en sollozos y en quejas tristes. Entonces decidieron averiguar quién era aquel hombre triste, de voz tan excelente y de gemidos tan dolorosos. No anduvieron mucho. Al dar la vuelta a la punta de una roca, vieron a un hombre. Tenía el mismo aspecto y la misma figura que les había descrito Sancho Panza. Fue cuando Sancho les contó la historia de Cardenio. Cuando aquel hombre los vio, no se asustó. Se quedó quieto, con la cabeza inclinada sobre el pecho, como un hombre pensativo. Solo los miró una vez, cuando llegaron de repente, y no volvió a levantar los ojos.

El cura era hombre que hablaba bien. Ya sabía de su desgracia, porque lo había reconocido por las señas. Se acercó a él y, con palabras breves pero muy discretas, le rogó que dejara aquella vida tan miserable. Intentó convencerle de que no la perdiera allí, porque esa sería la mayor de las desgracias. Cardenio estaba entonces en su sano juicio. Estaba libre de aquel ataque de furia que tantas veces le hacía perder la cabeza. Por eso, al ver a los dos con unos trajes tan raros para aquellos lugares solitarios, se asombró un poco. Y se asombró más cuando oyó que le hablaban de su asunto como de algo conocido. Así lo dejaban ver las palabras del cura. Y respondió de esta manera:

— Bien veo yo una cosa, señores, quienesquiera que seáis. El cielo cuida de ayudar a los buenos, y muchas veces también a los malos. Y, sin que yo lo merezca, me envía algunas personas a estos lugares tan apartados de la gente. Estas personas me muestran con razones vivas y variadas lo poco razonable que es la vida que llevo. Y han intentado sacarme de ella hacia algo mejor. Pero no saben lo que yo sé. Sé que, en cuanto salga de este mal, caeré en otro mayor. Por eso quizá me tienen por hombre de poca inteligencia. O, lo que sería peor, por un hombre sin ningún juicio. Y no sería extraño que fuera así. Porque yo noto que la imaginación de mis desgracias es muy fuerte. Tiene tanto poder para perderme que no puedo impedirlo. Me quedo como una piedra, sin ningún sentido ni conocimiento. Y me doy cuenta de esta verdad cuando algunos me cuentan las cosas que he hecho. Me enseñan señales de lo que hice mientras aquel terrible ataque me dominaba. Y yo solo sé quejarme en vano y maldecir mi suerte sin provecho. Como disculpa de mis locuras, cuento su causa a todos los que quieren oírla. Porque, cuando los cuerdos ven la causa, no se asombrarán de los efectos. Y si no me dan remedio, por lo menos no me echarán la culpa. Su enfado por mis malos modos se convertirá en lástima por mis desgracias. Y si vosotros, señores, venís con la misma intención que otros, os pido una cosa. Antes de seguir con vuestros discretos consejos, escuchad el cuento de mis desgracias, que no tiene cuento. Porque quizá, después de oírlo, os ahorraréis el trabajo de consolar un mal que no tiene consuelo.

Los dos no deseaban otra cosa que saber por su propia boca la causa de su mal. Le rogaron que la contara, y le prometieron hacer solo lo que él quisiera para su remedio o consuelo. Con esto, el triste caballero empezó su triste historia. La contó casi con las mismas palabras y en el mismo orden que pocos días antes. Entonces se la había contado a don Quijote y al cabrero. Aquella vez el cuento se quedó sin terminar, como ya ha contado la historia. Fue por culpa del maestro Elisabat y del cuidado de don Quijote en defender el honor de la caballería. Pero ahora quiso la buena suerte que el ataque de locura no llegara, y pudo contarla hasta el final. Así llegó al momento del billete que don Fernando había encontrado dentro del libro de Amadís de Gaula. Cardenio dijo que lo recordaba bien, y que decía así:

«Luscinda a Cardenio.

Cada día descubro en vos cualidades que me obligan a estimaros más. Por eso, si queréis que os pague esta deuda sin perder mi honra, lo podréis hacer muy bien. Tengo un padre que os conoce y que me quiere bien. Él no forzará mi voluntad, y hará lo que sea justo que vos queráis. Eso, si me estimáis como decís y como yo creo».

— Por este billete me decidí a pedir a Luscinda por esposa, como ya os he contado. Por este billete, don Fernando la tuvo por una de las mujeres más discretas e inteligentes de su tiempo. Y este billete fue el que le despertó el deseo de destruirme antes de que mi deseo se cumpliera. Yo le conté a don Fernando lo que esperaba el padre de Luscinda: que mi padre se la pidiera. Pero yo no me atrevía a decírselo a mi padre. Temía que no aceptara. No porque no conociera bien la calidad, la bondad, la virtud y la hermosura de Luscinda. Sabía que ella tenía cualidades suficientes para hacer más noble a cualquier otra familia de España. Pero yo notaba que él no quería que me casara tan pronto. Quería esperar a ver qué hacía conmigo el duque Ricardo. En resumen, le dije a don Fernando que no me atrevía a decírselo a mi padre. Era por esa dificultad y por otras muchas que me daban miedo, sin saber cuáles eran. Solo me parecía que lo que yo deseara nunca se iba a cumplir.

»A todo esto, don Fernando me respondió que él se encargaba de hablar con mi padre. Haría que mi padre hablara con el padre de Luscinda. ¡Oh Mario ambicioso, oh Catilina cruel, oh Sila criminal, oh Galalón mentiroso! ¡Oh Vellido traidor, oh Julián vengativo, oh Judas codicioso! Traidor, cruel, vengativo y mentiroso, ¿qué mal te había hecho este pobre? ¡Con cuánta sencillez te descubrió los secretos y las alegrías de su corazón! ¿Qué ofensa te hice? ¿Qué palabras te dije, o qué consejos te di, que no buscaran aumentar tu honra y tu provecho? Pero, ¿de qué me quejo, desgraciado de mí? Es cosa cierta que las desgracias vienen con la corriente de las estrellas. Vienen de arriba abajo, cayendo con furia y con violencia. Y no hay fuerza en la tierra que las detenga, ni habilidad humana que pueda evitarlas. ¿Quién podía imaginar esto de don Fernando? Era un caballero ilustre y discreto, y me debía favores. Tenía poder para conseguir todo lo que su deseo amoroso le pidiera, en cualquier lugar. ¿Quién podía imaginar que se empeñaría en quitarme a mí una sola oveja, que todavía no era mía? Pero dejemos estas reflexiones, que son inútiles y no sirven de nada. Y atemos de nuevo el hilo roto de mi desgraciada historia.

»Digo, pues, que a don Fernando le pareció que mi presencia le estorbaba. Le estorbaba para cumplir su falso y mal plan. Por eso decidió enviarme a su hermano mayor, con la excusa de pedirle dinero para pagar seis caballos. Los compró a propósito el mismo día en que se ofreció a hablar con mi padre. Lo hizo solo para que yo me fuera y él pudiera salirse mejor con su mala intención. Y quiso que yo fuera a buscar el dinero. ¿Pude yo evitar esta traición? ¿Pude, por casualidad, imaginarla? No, por cierto. Al contrario, me ofrecí con muchísimo gusto a partir enseguida, contento de la buena compra. Aquella noche hablé con Luscinda. Le conté lo que había acordado con don Fernando. Le dije que tuviera firme esperanza de que se cumplirían nuestros buenos y justos deseos. Ella estaba tan segura como yo de don Fernando, sin sospechar su traición. Me dijo que intentara volver pronto. Porque creía que nuestra boda llegaría en cuanto mi padre hablara con el suyo. No sé qué le pasó, pero, al terminar de decirme esto, se le llenaron los ojos de lágrimas. Se le hizo un nudo en la garganta que no la dejaba hablar. Y me pareció que intentaba decirme otras muchas palabras.

»Me quedé asombrado de esto nuevo, que nunca había visto en ella. Porque siempre hablábamos con alegría y contento, las veces que la buena suerte y mi esfuerzo lo permitían. En nuestras conversaciones no mezclábamos lágrimas, suspiros, celos, sospechas ni temores. Yo solo alababa mi suerte, porque el cielo me la había dado por señora. Exageraba su belleza y admiraba su valor y su inteligencia. Ella me devolvía el cambio. Alababa en mí lo que, como enamorada, le parecía digno de alabanza. Además, nos contábamos cien mil cosas pequeñas y sucesos de nuestros vecinos y conocidos. Lo más atrevido que yo hacía era tomarle, casi por la fuerza, una de sus bellas y blancas manos. Y la acercaba a mi boca, como permitía la estrechez de una reja baja que nos separaba. Pero la noche antes del triste día de mi partida, ella lloró, gimió y suspiró. Y se fue, y me dejó lleno de confusión y de susto. Estaba espantado de ver en Luscinda señales de dolor y de pena tan nuevas y tan tristes. Pero, para no destruir mis esperanzas, lo atribuí todo a la fuerza de su amor por mí. Y también al dolor que suele causar la ausencia en los que se quieren bien.

»Al fin, me fui triste y pensativo, con el alma llena de imaginaciones y sospechas. Pero no sabía qué sospechaba ni qué imaginaba. Eran señales claras de la triste desgracia que me esperaba. Llegué al lugar adonde me enviaban. Di las cartas al hermano de don Fernando. Me recibió bien, pero no me despachó bien. Porque me mandó esperar ocho días, muy a mi disgusto. Y tenía que esperar en un lugar donde el duque, su padre, no me viera. Porque su hermano le escribía que le enviara cierto dinero sin que el duque lo supiera. Y todo fue un invento del falso don Fernando. Pues a su hermano no le faltaba dinero para despacharme enseguida. Esta orden casi me hizo desobedecer. Porque me parecía imposible vivir tantos días lejos de Luscinda. Y más aún, porque la había dejado con la tristeza que os he contado. Pero, a pesar de todo, obedecí como un buen criado, aunque veía que me iba a costar la salud.

»Pero, cuatro días después de llegar allí, vino un hombre a buscarme con una carta. Me la dio, y por la letra del sobre supe que era de Luscinda. La abrí con miedo y con sobresalto. Pensaba que debía de ser algo grave lo que la había movido a escribirme estando yo lejos. Porque cuando yo estaba cerca, pocas veces lo hacía. Antes de leerla, le pregunté al hombre quién se la había dado y cuánto había tardado en el camino. Me dijo que pasaba por casualidad por una calle de la ciudad a mediodía. Entonces una señora muy hermosa lo llamó desde una ventana, con los ojos llenos de lágrimas. Y con mucha prisa le dijo: “Hermano, si sois cristiano, como parecéis, os ruego una cosa por amor de Dios. Llevad enseguida esta carta al lugar y a la persona que dice el sobre, que es bien conocido. Con esto haréis un gran servicio a Nuestro Señor. Y para que tengáis medios para hacerlo, tomad lo que va en este pañuelo”. “Y, diciendo esto —siguió el hombre—, me tiró por la ventana un pañuelo. En él venían atados cien reales y esta sortija de oro que traigo aquí. También venía esa carta que os he dado. Luego, sin esperar mi respuesta, se quitó de la ventana. Pero antes vio que yo tomaba la carta y el pañuelo. Y yo le dije por señas que haría lo que me mandaba. Me vi muy bien pagado por el trabajo de traérosla. Además, por el sobre supe que la carta era para vos, porque yo, señor, os conozco muy bien. Y también me obligaron las lágrimas de aquella hermosa señora. Por eso decidí no fiarme de otra persona y venir yo mismo a dárosla. Me la dieron hace dieciséis horas, y en ellas he hecho el camino. Ya sabéis que es de dieciocho leguas”.

»Mientras el agradecido y nuevo mensajero me decía esto, yo estaba colgado de sus palabras. Me temblaban tanto las piernas que apenas podía sostenerme. Al fin abrí la carta y vi que decía esto:

»“Don Fernando os dio su palabra de hablar a vuestro padre para que él hablara con el mío. Y la ha cumplido, pero más para su gusto que para vuestro provecho. Sabed, señor, que él me ha pedido por esposa. Y mi padre ha aceptado lo que quiere, porque piensa que don Fernando vale más que vos. Lo ha aceptado tan en serio que dentro de dos días será la boda. Será tan secreta y tan a solas que solo serán testigos el cielo y alguna gente de la casa. Imaginad cómo me quedo yo. Si os conviene venir, vedlo vos. Y si os quiero bien o no, os lo dirá el final de este asunto. Quiera Dios que esta carta llegue a vuestras manos. Que llegue antes de que mi mano tenga que unirse a otra. Es la mano de un hombre que tan mal sabe cumplir lo que promete”.

»Esto fue, en resumen, lo que decía la carta. Y por eso me puse en camino enseguida, sin esperar otra respuesta ni otro dinero. Porque entonces vi muy claro por qué don Fernando me había enviado a su hermano. No lo movió la compra de los caballos, sino la compra de su propio gusto. Sentí mucha rabia contra don Fernando. Y además tenía miedo de perder el tesoro que había ganado con tantos años de servicio y de amor. Todo eso me puso alas. Casi volando, al día siguiente llegué a mi ciudad, justo a la hora buena para ir a hablar con Luscinda. Entré en secreto. Dejé la mula en que venía en casa del buen hombre que me había llevado la carta. Y tuve tan buena suerte que encontré a Luscinda en la reja, testigo de nuestros amores. Luscinda me reconoció enseguida, y yo a ella. Pero no como ella debía reconocerme ni yo a ella. Pero, ¿quién hay en el mundo que pueda presumir de entender el pensamiento confuso y el carácter cambiante de una mujer? Nadie, por cierto.

»Digo, pues, que en cuanto Luscinda me vio, me dijo: “Cardenio, estoy vestida de boda. Ya me están esperando en la sala don Fernando el traidor y mi padre el codicioso, con otros testigos. Pero antes serán testigos de mi muerte que de mi boda. No te asustes, amigo. Intenta estar presente en este sacrificio. Si mis palabras no pueden impedirlo, llevo escondida una daga. Ella podrá impedir fuerzas más decididas. Acabará con mi vida, y así empezarás a conocer el amor que te he tenido y te tengo”. Yo le respondí nervioso y deprisa, con miedo de no tener tiempo para responderle: “Señora, que tus obras hagan verdaderas tus palabras. Si tú llevas una daga para demostrar tu amor, aquí llevo yo una espada. Con ella te defenderé, o me mataré si la suerte nos es contraria”. No creo que ella pudiera oír todas estas palabras, porque oí que la llamaban deprisa. El novio la estaba esperando. Con esto se cerró la noche de mi tristeza y se me puso el sol de mi alegría. Me quedé sin luz en los ojos y sin razón en el entendimiento. No me decidía a entrar en su casa, ni podía moverme a ninguna parte. Pero pensé en lo importante que era mi presencia para lo que pudiera pasar en aquel caso. Me animé todo lo que pude y entré en su casa. Yo conocía muy bien todas sus entradas y salidas. Y además había en la casa mucho alboroto, aunque en secreto. Por eso nadie me vio. Así que, sin ser visto, pude meterme en el hueco de una ventana de la misma sala. Lo tapaban las puntas y los bordes de dos tapices. Por entre ellos yo podía ver todo lo que se hacía en la sala, sin que nadie me viera.

»¿Quién podría decir ahora los sobresaltos de mi corazón mientras estuve allí? ¿Quién podría contar los pensamientos que tuve y las cosas que pensé? Fueron tantas y tales que no se pueden decir, y tampoco está bien decirlas. Basta que sepáis que el novio entró en la sala sin ningún adorno, con la ropa de todos los días. Su padrino era un primo hermano de Luscinda. En toda la sala no había nadie de fuera, solo los criados de la casa. Poco después, Luscinda salió de una habitación, acompañada de su madre y de dos doncellas suyas. Venía tan bien arreglada y vestida como merecían su nobleza y su hermosura. Era la perfección de la elegancia y la belleza de la corte. Yo estaba tan asombrado y tan fuera de mí que no pude fijarme bien en su ropa. Solo pude notar los colores, que eran rojo y blanco. Y los brillos que hacían las piedras y las joyas del tocado y de todo el vestido. Pero más que todo eso brillaba la belleza única de sus hermosos cabellos rubios. Brillaban más que las piedras preciosas y que las luces de las cuatro antorchas que había en la sala. ¡Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso! ¿De qué me sirve recordar ahora la belleza sin igual de aquella adorada enemiga mía? ¿No será mejor, memoria cruel, que me recuerdes lo que hizo entonces? Así, movido por una ofensa tan clara, buscaría, si no la venganza, por lo menos perder la vida. No os canséis, señores, de oír estas digresiones que hago. Mi pena no es de las que se pueden o se deben contar en pocas palabras y de paso. Cada detalle de ella me parece digno de un largo discurso.

A esto le respondió el cura que no solo no se cansaban de oírle. Al contrario, les gustaban mucho los detalles que contaba. Eran tales que no merecían pasarse en silencio. Merecían la misma atención que lo principal del cuento.

— Digo, pues —siguió Cardenio—, que, cuando todos estaban en la sala, entró el cura de la parroquia. Tomó a los dos de la mano para hacer lo que se hace en ese acto. Y dijo: “¿Queréis, señora Luscinda, a don Fernando, que está presente, por vuestro legítimo esposo, como manda la Santa Madre Iglesia?”. Entonces yo saqué toda la cabeza y el cuello de entre los tapices. Con los oídos muy atentos y el alma nerviosa, me puse a escuchar lo que respondía Luscinda. Esperaba de su respuesta la sentencia de mi muerte o la confirmación de mi vida. ¡Ojalá me hubiera atrevido entonces a salir gritando! “¡Ah, Luscinda, Luscinda, mira lo que haces! ¡Piensa en lo que me debes! ¡Mira que eres mía y que no puedes ser de otro! Date cuenta de que, si tú dices que sí, en ese mismo momento se me acabará la vida. ¡Ah, traidor don Fernando, ladrón de mi gloria, muerte de mi vida! ¿Qué quieres? ¿Qué pretendes? Piensa que no puedes conseguir tus deseos como un buen cristiano. Porque Luscinda es mi esposa y yo soy su marido”. ¡Ah, loco de mí! Ahora que estoy lejos y fuera de peligro, digo que tenía que haber hecho lo que no hice. Ahora que dejé robar mi tesoro querido, maldigo al ladrón. ¡Podría vengarme de él si tuviera valor para ello, como lo tengo para quejarme! En fin, como entonces fui cobarde y tonto, no es raro que ahora muera avergonzado, arrepentido y loco.

»El cura esperaba la respuesta de Luscinda, que tardó un buen rato en darla. Yo pensé que iba a sacar la daga para demostrar su amor. O que iba a soltar la lengua para decir alguna verdad que me ayudara. Pero oigo que dijo con voz débil y sin fuerza: “Sí quiero”. Y lo mismo dijo don Fernando. Él le dio el anillo, y quedaron atados con el nudo del matrimonio. El novio se acercó a abrazar a su esposa. Y ella se puso la mano sobre el corazón y cayó desmayada en los brazos de su madre. Ahora falta decir cómo me quedé yo al oír aquel sí. Vi mis esperanzas burladas y las palabras y promesas de Luscinda falsas. Ya nunca podría recuperar el bien que había perdido en aquel momento. Me quedé sin saber qué hacer. Me sentí abandonado por todo el cielo y enemigo de la tierra que me sostenía. El aire me negaba aliento para mis suspiros y el agua me negaba lágrimas para mis ojos. Solo el fuego creció tanto que yo ardía entero de rabia y de celos.

»Todos se alborotaron con el desmayo de Luscinda. Su madre le desabrochó el vestido en el pecho para que le diera el aire. Y allí apareció un papel cerrado. Don Fernando lo tomó enseguida y se puso a leerlo a la luz de una de las antorchas. Al terminar de leerlo, se sentó en una silla. Se puso la mano en la mejilla, como un hombre muy pensativo. No ayudó en nada a los que intentaban despertar a su esposa del desmayo. Yo vi alborotada a toda la gente de la casa y me atreví a salir, me vieran o no. Si me veían, estaba decidido a hacer una locura muy grande. Así todo el mundo entendería la justa rabia de mi pecho con el castigo del falso don Fernando. Y también con el castigo de la traidora desmayada, tan cambiante. Pero mi suerte debe de guardarme para males mayores, si es que los hay. Por eso quiso que en aquel momento me sobrara el juicio que después me ha faltado. Así que no quise vengarme de mis mayores enemigos. Habría sido fácil, porque ellos no pensaban en mí para nada. En cambio, quise vengarme con mi propia mano y darme a mí mismo el castigo que ellos merecían. Y quizá con más dureza que si entonces los hubiera matado a ellos. Porque la muerte que llega de repente acaba pronto con la pena. Pero la muerte que se alarga con tormentos siempre mata, sin acabar con la vida.

»En fin, salí de aquella casa y fui a la del hombre donde había dejado la mula. Le pedí que me la ensillara, y sin despedirme de él subí en ella. Salí de la ciudad sin atreverme a volver la cara para mirarla, como otro Lot. Cuando me vi solo en el campo, la oscuridad de la noche me escondía. Y su silencio me invitaba a quejarme, sin miedo a ser escuchado ni reconocido. Entonces solté la voz y desaté la lengua en muchas maldiciones contra Luscinda y don Fernando. Era como si con ellas pudiera pagar la ofensa que me habían hecho. La llamé cruel, ingrata, falsa y desagradecida. Pero, sobre todo, la llamé codiciosa. Porque la riqueza de mi enemigo le había cerrado los ojos del corazón. Por eso la riqueza me la quitaba a mí y la entregaba a aquel con quien la fortuna había sido más generosa. Y, en medio de estas maldiciones e insultos, la disculpaba. Decía que no era raro lo que había hecho una doncella que vivía encerrada en casa de sus padres. Estaba acostumbrada a obedecerles siempre, y había querido darles gusto. Porque le daban por esposo a un caballero muy importante, muy rico y muy elegante. Si no lo aceptaba, la gente podía pensar que no tenía juicio. O que su corazón estaba en otra parte, y eso dañaría mucho su buena fama. Luego volvía a pensar otra cosa. Si ella hubiera dicho que yo era su esposo, sus padres habrían visto que no había elegido tan mal. La habrían disculpado. Porque, antes de aparecer don Fernando, ellos mismos no podrían desear para su hija un esposo mejor que yo. Eso, si medían su deseo con razón. Y antes del momento final de dar la mano, ella podía decir que yo ya le había dado la mía. Yo habría venido y habría aceptado todo lo que ella hubiera querido fingir en ese caso.

»Al fin decidí que poco amor, poco juicio, mucha ambición y deseos de grandezas la hicieron olvidar sus palabras. Con esas palabras me había engañado y entretenido. Con ellas había mantenido mis firmes esperanzas y mis deseos honestos. Con estos gritos y esta inquietud caminé el resto de aquella noche. Al amanecer llegué a una entrada de estas sierras. Por ellas caminé otros tres días, sin senda ni camino. Por fin llegué a unos prados; no sé en qué lado de estas montañas están. Allí pregunté a unos ganaderos hacia dónde estaba lo más áspero de estas sierras. Me dijeron que hacia esta parte. Enseguida me dirigí hacia aquí, con intención de acabar aquí mi vida. Al entrar en estas asperezas, mi mula cayó muerta de cansancio y de hambre. O, como yo más creo, para quitarse de encima una carga tan inútil como yo. Me quedé a pie, sin fuerzas, muerto de hambre. No tenía a nadie que me ayudara, ni pensaba buscarlo.

»Así estuve no sé cuánto tiempo, tendido en el suelo. Al final me levanté sin hambre, y encontré junto a mí a unos cabreros. Sin duda, ellos fueron los que me ayudaron en mi necesidad. Lo sé porque me contaron cómo me habían encontrado. Yo estaba diciendo tantos disparates y locuras que se veía claro que había perdido el juicio. Y desde entonces he notado que no siempre tengo el juicio entero. A veces lo tengo tan débil y tan pobre que hago mil locuras. Me rasgo la ropa, doy gritos por estos lugares solitarios y maldigo mi suerte. Y repito en vano el nombre querido de mi enemiga. En esos momentos no pienso ni busco otra cosa que acabar mi vida a gritos. Y cuando vuelvo en mí, me encuentro tan cansado y molido que apenas puedo moverme. Casi siempre vivo en el hueco de un alcornoque, donde cabe este miserable cuerpo. Los vaqueros y cabreros que andan por estas montañas me dan de comer por caridad. Me dejan la comida en los caminos y en las rocas por donde creen que quizá pasaré. Y así, aunque entonces me falte el juicio, la necesidad natural me hace reconocer la comida. Me despierta las ganas de comerla y la voluntad de tomarla. Otras veces, cuando me encuentran cuerdo, me dicen que salgo a los caminos. Allí les quito la comida por la fuerza a los pastores que la traen del pueblo a las majadas. Y se la quito aunque ellos me la darían con gusto.

»Así paso mi vida miserable y extrema, hasta que el cielo quiera llevarla a su fin. O hasta que el cielo cambie mi memoria. Así no me acordaré de la hermosura y la traición de Luscinda, ni de la ofensa de don Fernando. Si el cielo hace esto sin quitarme la vida, volveré a pensar con más juicio. Si no, solo me queda rogarle que tenga misericordia de mi alma. Porque yo no siento en mí valor ni fuerzas para salir de aquí. No puedo sacar el cuerpo de esta estrechez en que lo he puesto por mi gusto. Esta es, ¡oh señores!, la amarga historia de mi desgracia. Decidme si se puede contar con menos dolor del que habéis visto en mí. Y no os canséis en convencerme ni aconsejarme lo que la razón os diga que es bueno para mí. Porque conmigo servirá lo mismo que sirve la medicina de un médico famoso a un enfermo que no quiere tomarla. Yo no quiero salud sin Luscinda. Ella quiso ser de otro, aunque era mía o debía serlo. Pues yo quiero ser de la desgracia, aunque podía haber sido de la felicidad. Ella quiso, con su cambio, hacer firme mi perdición. Yo querré, buscando perderme, contentar su voluntad. Y esto será un ejemplo para los hombres del futuro. Mostrará que a mí solo me faltó lo que a todos los desgraciados les sobra. A ellos les suele servir de consuelo no poder tener consuelo. Pero en mí eso causa mayores penas y males. Porque creo que ni siquiera se acabarán con la muerte.

Aquí terminó Cardenio su larga conversación y su historia, tan desgraciada como llena de amor. El cura se preparaba para decirle algunas palabras de consuelo. Pero lo detuvo una voz que llegó a sus oídos. Con tono triste, oyeron que decía lo que se contará en la cuarta parte de esta narración. Porque en este punto terminó la tercera parte el sabio y cuidadoso historiador Cide Hamete Benengeli.

Cuarta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

### Glosario

- **saya / tocas**: falda larga de mujer / telas que las mujeres se ponían en la cabeza.
- **sotana**: ropa larga y negra de los sacerdotes.
- **dejar en prenda**: dejar algo de valor como garantía de que se va a devolver lo prestado.
- **rey Wamba**: rey godo de hace muchos siglos; «del tiempo del rey Wamba» quiere decir «muy antiguo».
- **de lado, como las mujeres**: con las dos piernas del mismo lado del animal («a mujeriegas»).
- **desdenes**: desprecios, falta de amor de la persona amada.
- **mudanza**: cambio; aquí, cambiar de amor o de idea.
- **no tener cuento**: ser tan grande que no se puede contar; juego de palabras con «cuento» (historia).
- **billete**: carta corta.
- **reja**: barras de hierro en una ventana.
- **Mario, Catilina, Sila, Galalón, Vellido, Julián, Judas**: personajes famosos de la historia y las leyendas, conocidos por su ambición, su crueldad o su traición.
- **escudero**: criado que acompaña y ayuda a un caballero.
- **bálsamo**: medicina líquida; aquí, el bálsamo mágico de Fierabrás.
- **manteado**: lanzado al aire en una manta, como burla.
- **rojizo**: de color parecido al rojo.
- **peine**: objeto con muchos dientes finos para arreglar el pelo.
- **paño**: tela gruesa de lana.
- **franjas**: tiras largas de tela.
- **corpiño**: prenda de mujer, ajustada, que cubre el pecho y la espalda.
- **adornado**: con cosas que lo hacen más bonito.
- **ribetes / raso**: tiras de tela en los bordes / tela de seda lisa y brillante.
- **acolchado**: relleno y blando, como un colchón.
- **codicioso**: que desea mucho tener dinero y cosas.
- **asombraron**: causaron mucha sorpresa.
- **sobre**: papel doblado donde se mete una carta y donde se escribe el nombre de quien la recibe.
- **sortija**: anillo.
- **reales**: monedas antiguas de plata.
- **legua**: medida antigua de distancia, unos cinco kilómetros y medio.
- **daga**: cuchillo grande con punta, como una espada corta.
- **tapices**: telas grandes con dibujos que se cuelgan en las paredes.
- **padrino**: hombre que acompaña al novio o a la novia en la boda.
- **antorchas**: palos con fuego en la punta que se usan para dar luz.
- **digresiones**: partes de un relato que se apartan del tema principal.
- **como otro Lot**: como Lot en la Biblia, que huyó de su ciudad sin mirar atrás.
- **majadas**: lugares donde los pastores guardan el ganado por la noche.
- **alcornoque**: árbol grande de cuya corteza se saca el corcho.

## Capítulo XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedió en la misma sierra

Muy felices y afortunados fueron los tiempos en que nació el atrevidísimo caballero don Quijote de la Mancha. Él tomó una decisión muy honrosa. Quiso resucitar la orden de la caballería andante, que ya estaba perdida y casi muerta. Gracias a eso, ahora, en nuestra época, necesitada de diversiones alegres, disfrutamos de su verdadera historia. Y no solo de ella, sino también de los cuentos y episodios que hay dentro. En parte, ellos no son menos agradables, ingeniosos y verdaderos que la historia misma. La historia sigue ahora su hilo, como un hilo de lino peinado, torcido y enrollado. Y cuenta que el cura se preparaba para consolar a Cardenio. Pero se lo impidió una voz que llegó a sus oídos. Decía con tono triste:

— ¡Ay, Dios! ¿Será posible que ya haya encontrado un lugar que pueda servir de sepultura escondida para mi cuerpo? Este cuerpo me pesa, y lo llevo contra mi voluntad. Y lo será, si no me engaña la soledad que prometen estas sierras. ¡Ay, desgraciada de mí! Estas rocas y estos matorrales serán mejor compañía que cualquier hombre para lo que quiero. Porque aquí podré contar al cielo mis desgracias con mis quejas. Pues en la tierra no hay nadie de quien se pueda esperar consejo en las dudas. Nadie da alivio en las quejas ni remedio en los males.

El cura y los que estaban con él oyeron y entendieron todas estas palabras. Les pareció que alguien las decía allí cerca, y así era. Por eso se levantaron a buscar a quien hablaba. No habían andado veinte pasos cuando vieron, detrás de una gran roca, a un mozo vestido de labrador. Estaba sentado al pie de un fresno. Tenía la cara inclinada, porque se lavaba los pies en el arroyo que pasaba por allí. Por eso no pudieron verle la cara en ese momento. Ellos llegaron en tanto silencio que él no los oyó. Él solo estaba atento a lavarse los pies. Y sus pies eran tan blancos que parecían dos trozos de cristal blanco. Era como si hubieran nacido allí, entre las otras piedras del arroyo.

La blancura y la belleza de aquellos pies los dejaron asombrados. Les pareció que no estaban hechos para pisar la tierra del campo. Tampoco parecían hechos para andar detrás del arado y de los bueyes, como mostraba la ropa de su dueño. Vieron que nadie los había notado. Entonces el cura, que iba delante, hizo señas a los otros dos para que se agacharan. Les indicó que se escondieran detrás de unas rocas que había allí. Así lo hicieron todos, y miraron con atención lo que hacía el mozo.

Llevaba un capotillo pardo de dos faldones, muy ajustado al cuerpo con una toalla blanca. Llevaba también unos calzones y unas polainas de paño pardo. En la cabeza tenía una montera parda. Tenía las polainas subidas hasta la mitad de la pierna, y la pierna parecía, sin duda, de blanco alabastro. Terminó de lavarse los hermosos pies. Luego sacó un paño de debajo de la montera y se los secó. Luego quiso quitarse la montera, y al hacerlo levantó la cara. Así, los que miraban pudieron ver una belleza sin igual. Era tan grande que Cardenio le dijo al cura en voz baja:

— Esta persona no es Luscinda. Por eso no puede ser humana: es divina.

El mozo se quitó la montera y movió la cabeza a un lado y a otro. Entonces se soltaron y se extendieron unos cabellos que el mismo sol podría envidiar. Así supieron que aquel que parecía labrador era una mujer, y una mujer delicada. Era la más hermosa que el cura y el barbero habían visto nunca. Y también lo era para Cardenio, salvo por Luscinda, a quien él había visto y conocido. Después él dijo que solo la belleza de Luscinda podía competir con la de ella.

Los largos cabellos rubios no solo le cubrían la espalda. La escondían toda alrededor, y solo se le veían los pies. Tantos y tan largos eran. Ella se peinó con las manos. Si los pies en el agua parecían trozos de cristal, las manos en el pelo parecían trozos de nieve apretada. Todo esto aumentaba la admiración de los tres que la miraban. Y también aumentaba su deseo de saber quién era.

Por eso decidieron mostrarse. Al moverse para ponerse de pie, hicieron ruido, y la hermosa moza levantó la cabeza. Se apartó el pelo de los ojos con las dos manos y miró a los que hacían el ruido. Apenas los vio, se puso de pie. No esperó a calzarse ni a recoger el pelo. Agarró muy deprisa un bulto, como de ropa, que tenía a su lado. Y quiso huir, llena de miedo y de sorpresa. Pero no había dado seis pasos cuando cayó al suelo. Fue porque sus pies delicados no podían soportar la dureza de las piedras. Al ver esto, los tres salieron hacia ella, y el cura fue el primero en hablar:

— Deteneos, señora, quienquiera que seáis. Los que aquí veis solo queremos serviros. No hay razón para huir así. Porque vuestros pies no lo podrán soportar, y nosotros no lo permitiremos.

Ella no respondía nada, asombrada y confusa. Ellos se acercaron, y el cura la tomó de la mano y siguió diciendo:

— Vuestra ropa, señora, nos esconde quién sois, pero vuestros cabellos nos lo descubren. Son señales claras de que las causas no deben de ser pequeñas. Esas causas han disfrazado vuestra belleza con una ropa tan indigna. Y os han traído a un lugar tan solitario como este. Ha sido una suerte encontraros aquí. Quizá no podamos curar vuestros males, pero al menos podemos daros consejo. Porque, mientras dura la vida, ningún mal es tan grande que haga rechazar un consejo. Y menos un consejo dado con buena intención. Así que, señora mía, o señor mío, o lo que vos queráis ser, perded el miedo que os hemos causado. Contadnos vuestra buena o mala suerte. En todos nosotros juntos, o en cada uno, encontraréis a alguien que sienta con vos vuestras desgracias.

Mientras el cura decía estas palabras, la moza disfrazada los miraba a todos como hechizada. No movía los labios ni decía nada. Era como un campesino que de pronto ve cosas raras que nunca había visto. Pero el cura le dijo otras palabras con la misma intención. Ella dio entonces un profundo suspiro, rompió el silencio y dijo:

— La soledad de estas sierras no ha servido para esconderme. Y mis cabellos sueltos no permiten que mi lengua mienta. Por eso sería inútil fingir otra cosa ahora. Si me creyerais, sería más por cortesía que por otra razón. Así que os digo, señores, que os agradezco vuestra oferta. Ella me obliga a contaros todo lo que me habéis pedido. Pero temo que la historia de mis desgracias os cause pena, además de compasión. Porque no vais a encontrar remedio para ellas, ni consuelo para aliviarlas. Aun así, no quiero que mi honra quede en duda ante vosotros. Ya sabéis que soy mujer, y me veis joven, sola y con esta ropa. Todas estas cosas juntas, y cada una por separado, pueden destruir la buena fama de cualquier mujer honesta. Por eso os tendré que contar lo que preferiría callar, si pudiera.

La que parecía una mujer tan hermosa dijo todo esto sin parar. Hablaba con tanta soltura y con voz tan suave que admiraron su inteligencia tanto como su belleza. Ellos le repitieron sus ofertas y le rogaron otra vez que cumpliera su promesa. Ella no se hizo rogar más. Se calzó con toda decencia y se recogió el pelo. Luego se sentó sobre una piedra, y los tres se pusieron a su alrededor. Ella hacía fuerza para contener algunas lágrimas que le venían a los ojos. Y con voz tranquila y clara, empezó así la historia de su vida:

— «En esta Andalucía hay un lugar que da su título a un duque. Por eso él es uno de los que llaman “grandes de España”. Este duque tiene dos hijos. El mayor heredará sus tierras y, según parece, también sus buenas costumbres. El menor, no sé qué heredará, salvo las traiciones de Vellido y los engaños de Galalón. Mis padres son vasallos de este señor. Son de familia humilde, pero muy ricos. Si su sangre fuera tan buena como su fortuna, ellos no tendrían nada más que desear. Y yo no temería verme en la desgracia en que me veo. Porque quizá mi mala suerte viene de que ellos no nacieron nobles.

»Es verdad que no son tan bajos como para avergonzarse de lo que son. Pero tampoco son tan altos como para quitarme esta idea: que mi desgracia viene de su humildad. En fin, son labradores, gente sencilla, sin mezcla de ninguna raza mal vista. Son, como se dice, cristianos viejos ranciosos. Pero son tan ricos, y viven con tanto lujo, que poco a poco ganan fama de hidalgos. Y hasta de caballeros. Sin embargo, la mayor riqueza y nobleza de la que estaban orgullosos era tenerme a mí por hija. No tenían otra hija ni otro hijo que los heredara. Además, eran padres muy cariñosos. Por eso yo era una de las hijas más mimadas que han tenido nunca unos padres.

»Yo era el espejo en que se miraban y el bastón de su vejez. Todos sus deseos, siempre de acuerdo con el cielo, iban hacia mí. Y como ellos eran tan buenos, mis deseos nunca se apartaban de los suyos. Yo era la dueña de sus corazones, y también de su hacienda. Yo recibía y despedía a los criados. Yo llevaba la cuenta de lo que se sembraba y se cosechaba. Pasaban por mis manos los molinos de aceite y los lagares de vino. También el número de vacas y de ovejas, y el de las colmenas. En fin, llevaba la cuenta de todo lo que tiene un labrador tan rico como mi padre. Yo era la administradora y la señora de la casa. Yo ponía tanto cuidado, y a ellos les gustaba tanto, que no sabría decirlo bien.

»Después de atender a los mayorales, a los capataces y a los jornaleros, me quedaban ratos libres. Los pasaba en trabajos que son buenos y necesarios para las doncellas. Cosía con la aguja y la almohadilla, y muchas veces hilaba con la rueca. Y si alguna vez dejaba estos trabajos para descansar, leía algún libro religioso o tocaba el arpa. Porque la experiencia me enseñaba que la música calma el ánimo alterado. Y también alivia las penas que nacen del espíritu.

»Esta era la vida que yo llevaba en casa de mis padres. Os la he contado con tanto detalle, pero no para presumir ni para mostrar que soy rica. Lo hago para que veáis que, sin culpa mía, he caído de aquella buena vida a esta tan triste. Yo pasaba los días con tantas ocupaciones y tan encerrada que mi casa parecía un monasterio. Creo que nadie me veía, salvo los criados de la casa. Porque los días que iba a misa, iba muy temprano, con mi madre y con otras criadas. Iba tan cubierta y con tanto cuidado que mis ojos apenas veían el suelo donde ponía los pies. Y aun así, me vieron los ojos del amor, o mejor dicho, los de la ociosidad. Esos ojos ven más que los de un lince. Eran los ojos de don Fernando, que me buscaban. Así se llama el hijo menor del duque del que os he hablado.»

Cuando ella nombró a don Fernando, a Cardenio le cambió el color de la cara. Empezó a sudar, muy alterado. El cura y el barbero lo notaron y temieron un ataque de locura. Habían oído decir que esos ataques le venían de vez en cuando. Pero Cardenio no hizo más que sudar y quedarse quieto. Miraba fijamente a la labradora e imaginaba quién era. Ella no notó los movimientos de Cardenio y siguió su historia:

— «En cuanto me vio, según él dijo después, se enamoró tanto de mí como mostraron luego sus acciones. Pero quiero terminar pronto el cuento de mis desgracias, que no tiene fin. Por eso no contaré todo lo que hizo don Fernando para declararme su amor. Sobornó a toda la gente de mi casa. Dio y prometió regalos y favores a mis parientes. En mi calle, todos los días eran de fiesta y de alegría. Por las noches, la música no dejaba dormir a nadie. Me llegaban a las manos, sin saber cómo, infinitas cartas. Estaban llenas de palabras de amor y de ofertas. Tenían menos letras que promesas y juramentos.

»Pero nada de esto me ablandaba. Al contrario, me endurecía, como si él fuera mi peor enemigo. Todo lo que hacía para conquistarme producía el efecto contrario. Y no porque me pareciera mal la elegancia de don Fernando. Tampoco me parecían excesivas sus atenciones. Porque me daba cierta alegría verme tan querida y estimada por un caballero tan importante. Y no me disgustaba leer mis alabanzas en sus papeles. Creo que a las mujeres, aunque seamos feas, siempre nos gusta oír que nos llaman hermosas.

»Pero contra todo esto estaban mi honestidad y los consejos constantes de mis padres. Ellos ya conocían muy bien las intenciones de don Fernando. Porque a él ya no le importaba que todo el mundo las supiera. Mis padres me decían que ponían su honra y su fama solo en mi virtud y mi bondad. Me pedían que pensara en la diferencia que había entre don Fernando y yo. Así vería que él buscaba su propio placer más que mi bien, aunque dijera otra cosa. Y me decían que me casarían enseguida, si así podía frenar su injusta pretensión. Me casarían con quien yo prefiriera, entre los hombres más importantes de nuestro pueblo y de los vecinos. Porque todo era posible con su gran riqueza y con mi buena fama. Con estas promesas seguras y con la verdad que me decían, yo me hacía más fuerte. Nunca quise responder a don Fernando ninguna palabra que pudiera darle, ni de lejos, esperanza de conseguir su deseo.

»Él debía de ver todo este cuidado mío como desprecio. Y eso debió de encender más su deseo lascivo. Quiero dar este nombre a lo que él sentía por mí. Si su amor hubiera sido como debía, vosotros no lo conoceríais ahora. Porque no habría habido ocasión de contarlo. Al final, don Fernando supo que mis padres querían casarme. Querían quitarle así la esperanza de tenerme, o al menos darme más protección. Esta noticia, o esta sospecha, le hizo hacer lo que ahora oiréis.

»Una noche yo estaba en mi habitación, solo con una doncella que me servía. Tenía las puertas bien cerradas. Temía que mi honestidad corriera peligro por algún descuido. Y de pronto, sin saber ni imaginar cómo, lo encontré delante de mí. Fue en medio de tanto cuidado, tanta soledad y tanto encierro. Verlo me alteró tanto que no veía nada y no podía hablar. Así que no pude gritar. Y creo que él tampoco me habría dejado. Porque enseguida se acercó y me tomó entre sus brazos. Yo, como digo, no tenía fuerzas para defenderme, de tan asustada que estaba. Y empezó a decirme cosas tan bien hechas que no sé cómo la mentira puede parecer tan verdadera. El traidor quería que sus lágrimas hicieran creíbles sus palabras, y sus suspiros, su intención. Yo, pobrecita, sola entre los míos y sin experiencia en estas cosas, empecé, no sé cómo, a creer tantas mentiras. Pero sus lágrimas y suspiros no me movieron a una compasión que no fuera honesta.

»Pasado aquel primer susto, recuperé un poco el ánimo. Y con más valor del que creía tener, le dije: “Señor, ahora estoy en tus brazos. Pero imagina que estuviera en los brazos de un león feroz. Y que solo pudiera librarme haciendo o diciendo algo contra mi honestidad. Pues no lo haría: me sería tan imposible como cambiar lo que ya ha pasado. Tú tienes mi cuerpo rodeado con tus brazos. Pero yo tengo mi alma atada con mis buenos deseos. Mis deseos son muy diferentes de los tuyos, como verás si intentas usar la fuerza. Soy tu vasalla, pero no tu esclava. La nobleza de tu sangre no tiene ni debe tener poder para deshonrar mi sangre humilde. Yo, campesina y labradora, me estimo tanto como tú, señor y caballero. Conmigo no servirán de nada tus fuerzas ni tus riquezas. Tus palabras no podrán engañarme, ni tus suspiros y lágrimas ablandarme. Imagina que yo viera alguna de estas cosas en el esposo que me dieran mis padres. Entonces mi voluntad seguiría a la suya, y nunca me apartaría de ella. Así quedaría con honra, aunque fuera sin gusto. Y daría de buena voluntad lo que tú, señor, buscas ahora con tanta fuerza. Digo todo esto porque nadie conseguirá nada de mí si no es mi legítimo esposo”.

»“Si solo te preocupa eso, bellísima Dorotea —dijo el caballero desleal; porque así se llama esta desgraciada—, mira. Aquí te doy mi mano: seré tu esposo. Que sean testigos de esta verdad los cielos, a los que nada se esconde. Y también esta imagen de Nuestra Señora que tienes aquí”.»

Cuando Cardenio oyó que se llamaba Dorotea, volvió a alterarse. Y se convenció de que su primera idea era verdadera. Pero no quiso interrumpir el cuento, porque quería ver cómo terminaba lo que ya casi sabía. Solo dijo:

— ¿Dorotea es tu nombre, señora? He oído hablar de otra con el mismo nombre. Quizá sus desgracias se parecen a las tuyas. Sigue adelante. Ya llegará el momento de contarte cosas que te asustarán tanto como te dolerán.

Dorotea se fijó en las palabras de Cardenio y en su ropa extraña y rota. Le rogó que, si sabía algo de su vida, se lo dijera enseguida. Porque, si la fortuna le había dejado algo bueno, era el valor para soportar cualquier desgracia. Estaba segura de que, en su opinión, ninguna desgracia nueva podía hacer mayor la que ya tenía.

— Si lo que imagino fuera verdad, señora —respondió Cardenio—, decirte lo que pienso no te quitaría ese valor. Pero todavía no se ha perdido la ocasión. Y ahora no te importa nada saberlo.

— Sea lo que sea —respondió Dorotea—, «lo que pasó en mi cuento fue esto. Don Fernando tomó una imagen que había en aquella habitación. Y la puso como testigo de nuestra boda. Con palabras muy fuertes y juramentos extraordinarios, me dio su palabra de ser mi marido. Pero antes de que terminara, le dije que pensara bien lo que hacía. Le pedí que pensara en el enfado de su padre al verlo casado con una campesina, vasalla suya. Le dije que no lo cegara mi belleza, tal como era, porque no bastaba para disculpar su error. Y le pedí algo más. Si me quería hacer algún bien por amor, que dejara mi suerte en su sitio. Es decir, que me dejara casarme con alguien de mi clase. Porque los matrimonios tan desiguales nunca se disfrutan ni duran mucho con la alegría del principio.

»Le dije todas estas razones y muchas otras que ya no recuerdo. Pero no sirvieron para que dejara su intención. Era como el que no piensa pagar: cuando hace un trato, no se fija en las dificultades. En ese momento, pensé un poco y me dije a mí misma: “Yo no seré la primera. Otras han subido por el matrimonio de una posición humilde a una alta. Ni será don Fernando el primero que se casa con alguien desigual a él. Otros lo hicieron por la belleza o por una pasión ciega, que es lo más seguro. No invento ni un mundo ni una costumbre nueva. Así que es bueno aceptar este honor que la suerte me ofrece. Aunque su amor no dure más que su deseo, ante Dios yo seré su esposa. Y si lo rechazo con desprecio, lo veo capaz de usar la fuerza en vez de portarse bien. Entonces me quedaré deshonrada y sin manera de defenderme. Me culparán los que no sepan lo inocente que he llegado a esta situación. Porque, ¿qué razones bastarán para convencer a mis padres, y a otros? ¿Cómo creerán que este caballero entró en mi habitación sin mi permiso?”.

»Pensé en todas estas preguntas y respuestas en un instante. Y, sobre todo, varias cosas empezaron a empujarme hacia lo que fue, sin yo saberlo, mi perdición. Me empujaban los juramentos de don Fernando, los testigos que ponía y las lágrimas que lloraba. Y, al final, su buena figura y su elegancia. Con tantas muestras de amor verdadero, podrían vencer a otro corazón tan libre y prudente como el mío. Llamé a mi criada para que fuera testigo en la tierra, junto a los testigos del cielo. Don Fernando repitió y confirmó sus juramentos. Añadió nuevos santos como testigos. Se echó mil maldiciones para el futuro, si no cumplía su promesa. Volvió a llenar de lágrimas sus ojos y suspiró más. Me apretó más entre sus brazos, de los que nunca me había soltado. Y luego mi doncella volvió a salir de la habitación. Así yo dejé de ser doncella, y él terminó de ser traidor y mentiroso.

»El día que siguió a mi noche de desgracia tardó en llegar más de lo que, según creo, deseaba don Fernando. Porque, cuando alguien ha cumplido lo que pide el deseo, su mayor gusto es irse de aquel lugar. Digo esto porque don Fernando tenía prisa por separarse de mí. Mi doncella lo había traído allí, y con su ayuda estuvo en la calle antes del amanecer. Al despedirse, ya sin tanta pasión como cuando llegó, me dijo que estuviera segura de su fidelidad. Me dijo que sus juramentos eran firmes y verdaderos. Y para confirmar su palabra, se quitó un anillo rico del dedo y me lo puso en el mío.

»Él se fue, y yo me quedé no sé si triste o alegre. Lo que sí sé es que me quedé confusa y pensativa, casi fuera de mí. No tuve ánimo, o no me acordé, de reñir a mi doncella por su traición. Ella había escondido a don Fernando en mi propia habitación. Porque yo aún no sabía si lo que me había pasado era bueno o malo. Al irse, le dije a don Fernando que podía verme otras noches por el mismo camino, porque yo ya era suya. Así podría verme hasta que él quisiera hacer pública la boda. Pero no volvió ninguna otra noche, salvo la siguiente. Y en más de un mes no pude verlo ni en la calle ni en la iglesia. Me cansé en vano intentando verlo, aunque sabía que estaba en la villa y que iba de caza casi todos los días. Le gustaba mucho cazar.

»Bien sé que aquellos días y aquellas horas fueron desgraciados para mí. Sé que en ellos empecé a dudar, y hasta a no creer en la palabra de don Fernando. Sé también que entonces mi doncella oyó los reproches por su atrevimiento que antes no había oído. Y sé que tuve que controlar mis lágrimas y la expresión de mi cara. No quería que mis padres me preguntaran por qué estaba triste. Entonces tendría que buscar mentiras para contestarles. Pero todo esto terminó de golpe. Llegó un momento en que olvidé todo respeto y se acabaron los pensamientos prudentes. Perdí la paciencia, y mis pensamientos secretos salieron a la luz. Y fue porque, pocos días después, se dijo en el pueblo que don Fernando se había casado en una ciudad cercana. Se había casado con una doncella bellísima, de padres muy importantes. Pero ella no era tan rica como para esperar, por su dote, un matrimonio tan noble. Se dijo que se llamaba Luscinda. Y se contaron otras cosas sorprendentes que pasaron en su boda.»

Cardenio oyó el nombre de Luscinda. No hizo más que encoger los hombros, morderse los labios y levantar las cejas. Poco después, de sus ojos cayeron dos fuentes de lágrimas. Pero Dorotea no dejó por eso de seguir su cuento:

— «Esta triste noticia llegó a mis oídos. Mi corazón no se quedó helado al oírla. Al contrario, se encendió en él tanta rabia que casi salgo a la calle gritando. Quería contar a todos la traición que me habían hecho. Pero esta furia se calmó por el momento con un plan, que puse en práctica esa misma noche. Me puse esta ropa. Me la dio un criado de mi padre, uno de los que llaman zagales en las casas de labradores. Le conté toda mi desgracia. Y le rogué que me acompañara a la ciudad donde yo creía que estaba mi enemigo. Primero me reprochó mi atrevimiento y criticó mi decisión. Pero al verme tan decidida, se ofreció a acompañarme, como él dijo, hasta el fin del mundo.

»Enseguida tomé una funda de almohada de lino. Metí en ella un vestido de mujer, algunas joyas y dinero, por si acaso. En el silencio de aquella noche, sin decir nada a mi doncella traidora, salí de casa. Iba con mi criado y con muchos pensamientos. Me puse en camino hacia la ciudad a pie. El deseo de llegar me llevaba volando. No podía impedir lo que ya creía hecho. Pero al menos quería que don Fernando me dijera con qué alma lo había hecho.

»Llegué adonde quería en dos días y medio. Al entrar en la ciudad, pregunté por la casa de los padres de Luscinda. El primero a quien pregunté me contestó más de lo que yo quería oír. Me dijo dónde estaba la casa. Y me contó todo lo que había pasado en la boda de su hija. Era algo tan conocido en la ciudad que la gente se reunía en grupos para contarlo. Me dijo que, la noche de la boda, Luscinda dio el sí para ser esposa de don Fernando. Y después le dio un fuerte desmayo. Su esposo se acercó a abrirle el vestido del pecho para que le diera el aire. Y allí encontró un papel escrito con la letra de Luscinda. En él decía que ella no podía ser esposa de don Fernando, porque ya era esposa de Cardenio. Según me dijo aquel hombre, Cardenio era un caballero muy importante de la misma ciudad. Y el papel decía que había dado el sí a don Fernando para no desobedecer a sus padres.

»En resumen, según me dijo, el papel daba a entender que ella pensaba matarse al terminar la boda. Y explicaba allí por qué se había quitado la vida. Dicen que esto lo confirmó una daga que le encontraron en alguna parte de su ropa. Don Fernando vio todo esto. Le pareció que Luscinda se había burlado de él y lo había despreciado. Y se lanzó contra ella antes de que despertara de su desmayo. Quiso apuñalarla con la misma daga que le habían encontrado. Y lo habría hecho si sus padres y los demás presentes no lo hubieran impedido. Dijeron más: que don Fernando se fue enseguida. Y que Luscinda no despertó de su desmayo hasta el día siguiente. Entonces contó a sus padres que ella era la verdadera esposa de aquel Cardenio que he dicho.

»Supe más: que, según decían, Cardenio había estado presente en la boda. Al verla casada, algo que él nunca había imaginado, salió de la ciudad desesperado. Antes le dejó escrita una carta a Luscinda. En ella le daba a entender el daño que ella le había hecho. Y le decía que se iba adonde nadie lo viera.

»Todo esto era público y conocido en toda la ciudad, y todos hablaban de ello. Y hablaron más cuando supieron que Luscinda había desaparecido de casa de sus padres y de la ciudad. No la encontraron en ninguna parte, y sus padres estaban locos de pena. No sabían qué hacer para encontrarla. Lo que supe me dio esperanzas otra vez. Pensé que era mejor no haber encontrado a don Fernando que encontrarlo casado. Me parecía que aún no estaba cerrada del todo la puerta a mi remedio. Me decía que quizá el cielo había puesto ese obstáculo en el segundo matrimonio. Así don Fernando reconocería lo que debía al primero. Y se daría cuenta de que era cristiano. Debía cuidar más su alma que su posición en el mundo. Pensaba en todas estas cosas y me consolaba sin tener consuelo. Me inventaba esperanzas largas y débiles para seguir viviendo una vida que ya odio.

»Seguía en la ciudad, sin saber qué hacer, porque no encontraba a don Fernando. Entonces oí un pregón público. En él se prometía una gran recompensa a quien me encontrara. Daban las señas de mi edad y de la misma ropa que llevaba. Y oí decir que el mozo que venía conmigo me había sacado de casa de mis padres. Eso me dolió en el alma, porque vi lo mal que estaba mi fama. No bastaba con perderla por haberme ido. Además decían con quién: un hombre tan bajo e indigno de mis buenos pensamientos. En cuanto oí el pregón, salí de la ciudad con mi criado. Él ya empezaba a mostrar dudas en la fidelidad que me había prometido. Aquella noche entramos en lo más espeso de esta montaña, con miedo a que nos encontraran.

»Pero, como suele decirse, un mal llama a otro. Y el fin de una desgracia suele ser el principio de otra mayor. Así me pasó a mí. Porque mi buen criado, hasta entonces fiel y seguro, me vio en esta soledad. Y enseguida quiso aprovechar la ocasión que, según él, le ofrecían estos lugares desiertos. Lo movía su propia maldad más que mi belleza. Con poca vergüenza, y con menos temor de Dios y menos respeto hacia mí, me pidió amores. Yo le respondí con palabras duras y justas. Entonces dejó los ruegos, que fue lo primero que intentó, y empezó a usar la fuerza. Pero el cielo justo casi nunca deja de ayudar a las buenas intenciones. Y ayudó a las mías. Con mis pocas fuerzas y poco esfuerzo, lo empujé por un derrumbadero. Allí lo dejé, y no sé si muerto o vivo. Luego entré en estas montañas, más deprisa de lo que permitían mi miedo y mi cansancio. Solo pensaba en esconderme en ellas. Quería huir de mi padre y de los que me buscaban por orden suya.

»Con este deseo entré en estas montañas hace no sé cuántos meses. Aquí encontré a un ganadero que me tomó como criado. Me llevó a un lugar que está en lo más profundo de esta sierra. Le he servido como zagal todo este tiempo. Siempre intentaba estar en el campo para esconder estos cabellos. Y ahora, sin pensarlo, ellos me han descubierto. Pero todo mi ingenio y todo mi cuidado no sirvieron de nada. Porque mi amo descubrió que yo no era hombre. Y nació en él el mismo mal pensamiento que en mi criado. Pero la fortuna no siempre da el remedio junto con el problema. Por eso no encontré derrumbadero ni barranco para tirar al amo y acabar con sus penas. Con el criado sí lo encontré. Por eso me pareció menos malo dejarlo y esconderme otra vez entre estas montañas. Era mejor que probar con él mis fuerzas o mis razones.

»Así que volví a meterme en el bosque. Busqué un lugar donde pudiera, sin estorbos, rogar al cielo con suspiros y lágrimas. Le pido que tenga piedad de mi desgracia y me dé ingenio y ayuda para salir de ella. O que me deje morir en estas soledades. Así no quedará memoria de esta triste mujer. Sin tener culpa, ha dado motivo para que hablen y murmuren de ella. Lo harán en su tierra y en otras tierras.»

### Glosario

- **fresno**: árbol alto de hojas verdes que crece cerca del agua.
- **montera**: gorro de tela que llevaban los campesinos.
- **polainas**: piezas de tela o cuero que cubren la pierna desde el pie hasta la rodilla.
- **cristianos viejos ranciosos**: cristianos de familia muy antigua, sin antepasados judíos ni musulmanes.
- **lagar**: lugar donde se pisa la uva para hacer vino.
- **rueca**: instrumento de madera que se usaba para hilar la lana o el lino.
- **zagal**: chico joven que trabaja como criado o pastor en el campo.
- **pregón**: noticia que un hombre anuncia en voz alta por las calles.
- **derrumbadero**: lugar alto y muy inclinado desde donde se puede caer al vacío.
- **ganadero**: dueño de muchos animales, como vacas u ovejas.

## Capítulo XXIX. Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo

— Esta es, señores, la verdadera historia de mi tragedia. Mirad y juzgad ahora mis suspiros, mis palabras y mis lágrimas. ¿No tenían razón para salir en mayor cantidad? Pensad en cómo es mi desgracia, y veréis que el consuelo será inútil. Porque no tiene remedio. Solo os ruego una cosa, que podéis y debéis hacer con facilidad. Aconsejadme dónde puedo pasar la vida sin este miedo continuo a que me encuentren los que me buscan. Sé que mis padres me quieren mucho, y que me recibirán bien. Pero siento mucha vergüenza al pensar en presentarme ante ellos. No soy ya la hija que ellos creían. Por eso prefiero desaparecer para siempre antes que mirarles a la cara. Pensaría que ellos ven en mi cara que he perdido la honestidad que esperaban de mí.

Al decir esto, se calló, y la cara se le puso roja. Ese color mostraba bien claro el dolor y la vergüenza de su alma. Los que la habían escuchado sintieron en sus almas tanta lástima como admiración por su desgracia. El cura quería consolarla y aconsejarla enseguida. Pero Cardenio habló primero y dijo:

— Entonces, señora, tú eres la hermosa Dorotea, la hija única del rico Clenardo.

Dorotea se quedó asombrada al oír el nombre de su padre. Y también al ver lo pobre que parecía quien lo decía. Porque ya hemos contado lo mal vestido que iba Cardenio. Así que ella le dijo:

— ¿Y quién sois vos, hermano, que sabéis el nombre de mi padre? Porque yo, si no me equivoco, no lo he nombrado en toda la historia de mi desgracia.

— Soy aquel desgraciado —respondió Cardenio— de quien Luscinda dijo que era su esposo, según vos, señora, habéis contado. Soy el desdichado Cardenio. Aquel que os ha traído a vos a esta situación se portó muy mal también conmigo. Por eso me veis como estoy. Estoy roto, desnudo y sin ningún consuelo humano. Y, lo que es peor, sin juicio. Solo lo tengo cuando al cielo le apetece dármelo por un rato corto. Yo, Dorotea, soy el que estaba presente cuando don Fernando cometió sus injusticias. Yo soy el que esperó a oír el sí de Luscinda para ser su esposa. Y yo soy el que no tuvo valor para ver cómo terminaba su desmayo. Tampoco esperé a ver qué pasaba con el papel que le encontraron en el pecho. Porque mi alma no podía soportar tantas desgracias juntas.

»Así que dejé la casa y la paciencia. Dejé también una carta a un huésped mío, y le rogué que se la diera a Luscinda. Y vine a estas soledades con intención de terminar aquí mi vida. Desde aquel momento, odio mi vida como a mi peor enemigo. Pero la suerte no ha querido quitármela. Se ha contentado con quitarme el juicio. Quizá me guardaba para la buena suerte de encontraros a vos. Si es verdad lo que habéis contado, y creo que lo es, aún hay esperanza. Quizá el cielo nos guarda a los dos un final mejor de lo que pensamos.

»Luscinda no puede casarse con don Fernando, porque es mía. Y don Fernando no puede casarse con ella, porque es vuestro. Ella lo ha declarado muy claramente. Por eso podemos esperar que el cielo nos devuelva lo que es nuestro. Todavía existe, y no se ha perdido ni se ha destruido. Tenemos este consuelo, y no nace de una esperanza muy lejana ni de imaginaciones locas. Por eso os suplico, señora, que cambiéis de decisión en vuestros honrados pensamientos. Yo pienso hacer lo mismo con los míos. Esperemos los dos una fortuna mejor. Yo os juro, por mi fe de caballero y de cristiano, que no os abandonaré. No os dejaré hasta veros con don Fernando. Y si no consigo con razones que reconozca lo que os debe, usaré mi libertad de caballero. Lo desafiaré con justo motivo, por la injusticia que os hace. Olvidaré mis propias ofensas y dejaré su venganza al cielo. Así podré atender en la tierra a las vuestras.

Con estas palabras de Cardenio, Dorotea se quedó todavía más admirada. No sabía cómo agradecer ofertas tan grandes, y quiso besarle los pies. Pero Cardenio no lo permitió. El licenciado respondió por los dos y aprobó las buenas palabras de Cardenio. Y, sobre todo, les rogó, les aconsejó y los convenció para que fueran con él a su aldea. Allí podrían conseguir las cosas que les faltaban. Y allí decidirían cómo buscar a don Fernando, o cómo llevar a Dorotea a casa de sus padres. O harían lo que les pareciera más conveniente. Cardenio y Dorotea se lo agradecieron y aceptaron el favor que les ofrecía.

El barbero, que había estado callado y atento a todo, también habló con buenas palabras. Se ofreció, con tantas ganas como el cura, a hacer todo lo bueno que pudiera para servirles. Además, contó brevemente por qué habían venido allí. Habló de la extraña locura de don Quijote. Y dijo que esperaban a su escudero, que había ido a buscarlo. Cardenio recordó entonces, como en sueños, la pelea que había tenido con don Quijote. Y se la contó a los demás. Pero no supo decir por qué había sido la pelea.

En ese momento oyeron voces. Reconocieron que era Sancho Panza quien gritaba. No los había encontrado en el lugar donde los dejó, y los llamaba a gritos. Salieron a su encuentro y le preguntaron por don Quijote. Sancho les contó que lo había encontrado solo en camisa, flaco, amarillo y muerto de hambre. Suspiraba por su señora Dulcinea. Sancho le había dicho que ella le mandaba salir de aquel lugar e ir al Toboso, donde lo esperaba. Pero don Quijote había respondido que estaba decidido. No se presentaría ante su fermosura fasta que hobiese fecho fazañas dignas de su favor. Y Sancho dijo que, si aquello seguía así, había peligro. Su amo podía no llegar a ser emperador, como era su obligación. Ni siquiera arzobispo, que era lo mínimo que podía ser. Por eso les pidió que pensaran qué hacer para sacarlo de allí.

El licenciado le respondió que no se preocupara. Ellos lo sacarían de allí, aunque no quisiera. Luego contó a Cardenio y a Dorotea el plan que tenían para curar a don Quijote. O, al menos, para llevarlo a su casa. Dorotea dijo entonces que ella haría de doncella necesitada mejor que el barbero. Además, tenía allí vestidos para hacerlo de forma natural. Les pidió que la dejaran encargarse de representar todo lo necesario para su plan. Porque ella había leído muchos libros de caballerías. Conocía bien el estilo de las doncellas en apuros cuando pedían sus dones a los caballeros andantes.

— Pues no hace falta más —dijo el cura— que ponerlo en práctica enseguida. Sin duda, la buena suerte está de nuestro lado. A vosotros, señores, sin esperarlo, se os empieza a abrir una puerta para vuestro remedio. Y a nosotros se nos ha hecho más fácil la puerta que necesitábamos.

Entonces Dorotea sacó de su funda de almohada una falda entera de una tela fina y rica. Sacó también una mantilla de otra tela verde muy vistosa. Y de una cajita sacó un collar y otras joyas. Con todo esto se arregló en un instante, y parecía una señora rica e importante. Dijo que había sacado todo aquello, y más, de su casa por si lo necesitaba. Y que hasta entonces no había tenido ocasión de usarlo. Todos quedaron muy contentos con su gracia, su encanto y su belleza. Y pensaron que don Fernando era un hombre de poco juicio, pues rechazaba tanta belleza.

Pero el más admirado fue Sancho Panza. Le pareció, y era verdad, que nunca en su vida había visto una criatura tan hermosa. Así que preguntó al cura con mucho interés quién era aquella fermosa señora. Y qué buscaba por aquellos lugares tan apartados.

— Sancho hermano —respondió el cura—, esta hermosa señora es nada menos que la heredera directa del gran reino de Micomicón. Viene a buscar a vuestro amo para pedirle un don. Quiere que le desfaga un tuerto o agravio que le ha fecho un gigante malo. Vuestro amo tiene fama de buen caballero en todo el mundo conocido. Por esa fama, esta princesa ha venido desde Guinea a buscarlo.

— ¡Feliz búsqueda y feliz encuentro! —dijo entonces Sancho Panza—. Y más si mi amo tiene la suerte de desfacer ese agravio y enderezar ese tuerto. Tiene que matar a ese hideputa de gigante que dice vuestra merced. Y lo matará, si lo encuentra, siempre que no sea un fantasma. Contra los fantasmas mi señor no tiene ningún poder. Pero quiero suplicar a vuestra merced una cosa, entre otras, señor licenciado. Yo temo que a mi amo le entren ganas de ser arzobispo. Por eso, vuestra merced debe aconsejarle que se case enseguida con esta princesa. Así ya no podrá recibir órdenes de arzobispo. Llegará fácilmente a su imperio, y yo al fin de mis deseos. Lo he pensado bien, y veo que no me conviene que mi amo sea arzobispo. Yo no sirvo para la Iglesia, porque estoy casado. Tengo mujer e hijos. Andar buscando permisos para cobrar una renta de la Iglesia sería cosa de nunca acabar. Así que, señor, todo está en que mi amo se case enseguida con esta señora. Todavía no sé su nombre, y por eso no la llamo por él.

— Se llama la princesa Micomicona —respondió el cura—. Su reino se llama Micomicón, así que está claro que ella debe llamarse así.

— No hay duda de eso —respondió Sancho—. Yo he visto a muchos tomar el apellido del lugar donde nacieron. Se llaman Pedro de Alcalá, Juan de Úbeda y Diego de Valladolid. Lo mismo debe de pasar allá en Guinea: las reinas toman el nombre de sus reinos.

— Así debe de ser —dijo el cura—. Y en lo de casar a vuestro amo, yo haré todo lo que pueda.

Sancho se quedó muy contento con esto. Y el cura se quedó admirado de su sencillez. Vio que Sancho tenía metidos en la cabeza los mismos disparates que su amo. Sin ninguna duda, creía que su amo iba a llegar a ser emperador.

Mientras tanto, Dorotea ya había subido a la mula del cura. Y el barbero se había puesto en la cara la barba hecha con la cola de buey. Le dijeron a Sancho que los guiara adonde estaba don Quijote. Y le avisaron de que no dijera que conocía al licenciado ni al barbero. Le explicaron que de eso, de no conocerlos, dependía que su amo llegara a ser emperador. Ni el cura ni Cardenio quisieron ir con ellos. Cardenio no fue para que don Quijote no recordara la pelea que habían tenido. Y el cura no fue porque, por el momento, no hacía falta. Así que dejaron ir delante a los otros, y ellos los siguieron a pie, poco a poco. El cura no dejó de explicar a Dorotea lo que tenía que hacer. Ella le dijo que no se preocupara. Todo se haría exactamente como lo pedían y lo pintaban los libros de caballerías.

Habrían andado tres cuartos de legua cuando vieron a don Quijote entre unas rocas muy enredadas. Ya estaba vestido, aunque no llevaba las armas. Sancho le dijo a Dorotea que aquel era don Quijote. Entonces ella dio con el látigo a su palafrén, y el barbero de gran barba la siguió. Al llegar junto a él, el escudero saltó de la mula y fue a tomar en brazos a Dorotea. Pero ella bajó con mucha soltura y se arrodilló ante don Quijote. Él intentaba levantarla, pero ella siguió de rodillas y le fabló de esta manera:

— De aquí no me levantaré, ¡oh valeroso y esforzado caballero!, fasta que vuestra bondad y cortesía me otorgue un don. Este don dará honra y fama a vuestra persona. Y ayudará a la doncella más triste y ofendida que el sol ha visto. Si el valor de vuestro fuerte brazo es tan grande como vuestra fama inmortal, tenéis la obligación de ayudarme. Soy una desgraciada que viene de tierras muy lejanas. Me ha traído el olor de vuestro famoso nombre. Os busco para que pongáis remedio a mis desgracias.

— No os responderé ni una palabra, fermosa señora —respondió don Quijote—. Ni oiré nada más de vuestros asuntos fasta que os levantéis del suelo.

— No me levantaré, señor —respondió la doncella afligida—, si antes vuestra cortesía no me otorga el don que pido.

— Yo os lo otorgo y concedo —respondió don Quijote—, si no es en daño o mengua de mi rey o de mi patria. Ni en daño o mengua de aquella que tiene la llave de mi corazón y mi libertad.

— No será en daño ni en mengua de ninguno de ellos, mi buen señor —respondió la dolorida doncella.

En ese momento, Sancho Panza se acercó al oído de su señor y le dijo muy bajito:

— Vuestra merced puede concederle el don que pide, señor. No es nada: solo hay que matar a un gigantazo. Y la que lo pide es la alta princesa Micomicona, reina del gran reino Micomicón de Etiopía.

— Sea quien sea —respondió don Quijote—, yo haré lo que debo y lo que me dicta mi conciencia. Así lo manda la orden de caballería que he jurado.

Y, volviéndose a la doncella, le dijo:

— Levántese vuestra gran fermosura, que yo le otorgo el don que quiera pedirme.

— Pues el don que pido es este —dijo la doncella—. Que vuestra generosa persona venga enseguida conmigo adonde yo la lleve. Y que me prometa no meterse en ninguna otra aventura hasta vengarme de un traidor. Este traidor, contra todo derecho divino y humano, me ha quitado mi reino.

— Digo que así os lo otorgo —respondió don Quijote—. Así que desde hoy, señora, podéis dejar la tristeza que os agota. Que vuestra esperanza desmayada recobre nuevas fuerzas. Con la ayuda de Dios y la de mi brazo, pronto os veréis otra vez en vuestro reino. Os sentaréis en el trono de vuestro antiguo y gran estado. Y será a pesar de los follones que quieran impedirlo. Y manos a la obra, que dicen que en la tardanza está el peligro.

La doncella necesitada insistió mucho en besarle las manos. Pero don Quijote, que era en todo un caballero educado y cortés, no lo permitió nunca. Al contrario, la hizo levantarse y la abrazó con mucha cortesía y delicadeza. Luego mandó a Sancho que apretara las cinchas de Rocinante y que lo armara enseguida. Sancho bajó las armas, que colgaban de un árbol como un trofeo. Apretó las cinchas y en un momento armó a su señor. Don Quijote, al verse armado, dijo:

— Vámonos de aquí, en el nombre de Dios, a ayudar a esta gran señora.

El barbero seguía de rodillas. Tenía mucho cuidado de esconder la risa y de que no se le cayera la barba. Si se le caía, quizá todos se quedarían sin conseguir su buena intención. Vio que el don ya estaba concedido y que don Quijote se preparaba deprisa para cumplirlo. Entonces se levantó y tomó a su señora de la otra mano. Y entre los dos la subieron a la mula. Luego don Quijote subió sobre Rocinante, y el barbero se acomodó en su montura.

Sancho se quedó a pie. Así volvió a sentir la pérdida del rucio, que entonces le hacía mucha falta. Pero lo llevaba todo con gusto. Le parecía que su señor ya iba camino de ser emperador, y que estaba muy cerca. Porque creía sin ninguna duda que se iba a casar con aquella princesa. Y que sería, por lo menos, rey de Micomicón. Solo le preocupaba una cosa: aquel reino estaba en tierra de negros. Todos los vasallos que le dieran serían negros. Pero enseguida encontró en su imaginación un buen remedio, y se dijo a sí mismo:

— ¿Qué me importa a mí que mis vasallos sean negros? Solo tengo que cargar con ellos y traerlos a España. Aquí podré venderlos y me pagarán al contado. Con ese dinero podré comprar algún título o algún oficio. Así viviré tranquilo todos los días de mi vida. ¿O es que soy tonto? ¿No tengo ingenio ni habilidad para arreglar mis cosas? ¿No sabré vender treinta o diez mil vasallos en un momento? ¡Por Dios que los venderé volando, pequeños y grandes, como pueda! Por negros que sean, los convertiré en monedas blancas de plata o amarillas de oro. ¡Que se acerquen, que yo no me chupo el dedo!

Con estos pensamientos iba tan animado y tan contento que se le olvidaba la pena de caminar a pie.

Cardenio y el cura miraban todo esto desde unos matorrales. No sabían qué hacer para juntarse con ellos. Pero el cura, que era muy bueno para hacer planes, pensó enseguida lo que harían. Llevaba unas tijeras en un estuche, y con ellas le cortó muy deprisa la barba a Cardenio. Luego le puso un capotillo pardo que él llevaba y le dio una capa negra. Y el cura se quedó en calzas y jubón. Cardenio quedó tan cambiado que ni él mismo se habría reconocido en un espejo. Mientras ellos se disfrazaban, los otros habían seguido adelante. Pero ellos salieron fácilmente al camino real antes que los otros. Aquellos lugares estaban llenos de matorrales y malos pasos. Por eso los de a caballo no podían andar tanto como los de a pie.

Así que ellos se pusieron en el llano, a la salida de la sierra. Cuando don Quijote y sus compañeros salieron de ella, el cura se puso a mirarlo muy despacio. Hacía como si lo fuera reconociendo poco a poco. Después de mirarlo un buen rato, fue hacia él con los brazos abiertos y gritó:

— ¡Qué alegría encontrar al espejo de la caballería! ¡A mi buen paisano don Quijote de la Mancha, la flor y nata de la nobleza! ¡Al protector y remedio de los necesitados, al mejor de todos los caballeros andantes!

Y mientras decía esto, abrazaba a don Quijote por la rodilla de la pierna izquierda. Don Quijote se asustó de lo que aquel hombre decía y hacía. Se puso a mirarlo con atención y al fin lo reconoció. Se quedó asombrado de verlo allí e hizo mucha fuerza para bajarse del caballo. Pero el cura no se lo permitió. Por eso don Quijote decía:

— Déjeme vuestra merced, señor licenciado. No está bien que yo vaya a caballo y una persona tan respetable como vuestra merced vaya a pie.

— Eso no lo permitiré de ningún modo —dijo el cura—. Quédese vuestra grandeza a caballo. A caballo termina las mayores fazañas y aventuras que se han visto en nuestra época. A mí, sacerdote sin méritos, me bastará con subir en las ancas de una de estas mulas. Me refiero a las de estos señores que caminan con vuestra merced, si no les molesta. Y haré cuenta de que voy montado sobre el caballo Pegaso. O sobre la cebra o el caballo del famoso moro Muzaraque. Ese moro todavía está encantado en la gran cuesta Zulema, que está cerca de la gran Compluto.

— No había caído yo en eso, mi señor licenciado —respondió don Quijote—. Y sé que mi señora la princesa, por amor a mí, querrá mandar algo a su escudero. Le mandará que dé a vuestra merced la silla de su mula. Él podrá ir en las ancas, si la mula lo aguanta.

— Sí lo aguanta, según creo —respondió la princesa—. Y también sé que no hará falta mandárselo al señor mi escudero. Es tan cortés y tan educado que no permitirá que un sacerdote vaya a pie, pudiendo ir a caballo.

— Así es —respondió el barbero.

Y bajó enseguida de la mula y le ofreció la silla al cura, que la aceptó sin hacerse rogar mucho. Pero entonces pasó una desgracia. El barbero quiso subir a las ancas de la mula. Y la mula, que era de alquiler, lo que basta para decir que era mala, levantó un poco las patas de atrás. Dio dos coces en el aire. Si le hubiera dado en el pecho o en la cabeza, maese Nicolás habría maldecido aquel viaje. Se habría arrepentido de venir a buscar a don Quijote. Aun así, lo asustaron tanto que cayó al suelo. Y con tan poco cuidado de las barbas que se le cayeron al suelo. Al verse sin ellas, no tuvo otro remedio que taparse la cara con las dos manos. Y se quejó de que le habían roto las muelas. Don Quijote vio todo aquel montón de barbas lejos de la cara del escudero caído, sin mandíbula y sin sangre. Y dijo:

— ¡Por Dios, qué gran milagro es este! ¡Le ha arrancado las barbas de la cara como si se las quitaran a propósito!

El cura vio que su plan corría peligro de ser descubierto. Fue enseguida a recoger las barbas y las llevó adonde estaba maese Nicolás, que todavía gritaba. Le acercó la cabeza a su pecho y se las puso de un golpe. Mientras, murmuraba sobre él unas palabras. Dijo que eran un ensalmo especial para pegar barbas, como iban a ver. Cuando se las puso, se apartó. Y el escudero quedó tan bien barbado y tan sano como antes. Don Quijote se admiró muchísimo. Rogó al cura que, cuando tuviera tiempo, le enseñara aquel ensalmo. Él pensaba que servía para más cosas que para pegar barbas. Porque, si se arrancan las barbas, la carne queda herida y dañada. Y si el ensalmo lo curaba todo, servía para más que para las barbas.

— Así es —dijo el cura.

Y prometió enseñárselo en la primera ocasión. Decidieron que por el momento subiera el cura. Luego irían cambiando por turnos hasta llegar a la venta, que estaría a unas dos leguas de allí. Iban tres a caballo: don Quijote, la princesa y el cura. Y tres a pie: Cardenio, el barbero y Sancho Panza. Entonces don Quijote dijo a la doncella:

— Vuestra grandeza, señora mía, guíe por donde más le guste.

Y antes de que ella respondiera, dijo el licenciado:

— ¿Hacia qué reino quiere ir vuestra señoría? ¿Es, por casualidad, hacia el de Micomicón? Así debe de ser, o yo sé poco de reinos.

Ella, que estaba atenta a todo, entendió que tenía que responder que sí. Y dijo:

— Sí, señor, mi camino va hacia ese reino.

— Si es así —dijo el cura—, tenemos que pasar por el centro de mi pueblo. Y desde allí vuestra merced tomará el camino de Cartagena, donde podrá embarcarse con buena suerte. Si hay buen viento y el mar está tranquilo y sin tormentas, llegará en poco menos de nueve años. Entonces verá la gran laguna Meona, digo, Meótides. Está a poco más de cien días de viaje del reino de vuestra grandeza.

— Vuestra merced se equivoca, señor mío —dijo ella—. No hace ni dos años que salí de allí. Y la verdad es que nunca tuve buen tiempo. Aun así, he llegado a ver lo que tanto deseaba: al señor don Quijote de la Mancha. Sus noticias llegaron a mis oídos en cuanto puse los pies en España. Ellas me movieron a buscarlo. Quería ponerme en manos de su cortesía y confiar mi justicia al valor de su brazo invencible.

— Basta: no me alabéis más —dijo entonces don Quijote—. Soy enemigo de toda clase de adulación. Y aunque esto no lo sea, estas palabras ofenden mis castas orejas. Lo que sí puedo decir, señora mía, es esto. Tenga yo valor o no, el que tenga lo usaré en vuestro servicio hasta perder la vida. Y dejemos esto para su momento. Ahora ruego al señor licenciado que me diga por qué ha venido a estos lugares. Viene tan solo, sin criados y con tan poco equipaje que me asusta.

— A eso responderé brevemente —respondió el cura—. Sepa vuestra merced, señor don Quijote, que maese Nicolás, nuestro amigo y barbero, y yo íbamos a Sevilla. Íbamos a cobrar un dinero que me había enviado un pariente mío. Él se fue a las Indias hace muchos años. Y no era poco dinero: no pasaba de sesenta mil pesos ensayados, que valen mucho. Ayer, al pasar por estos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores. Nos quitaron hasta las barbas. Y nos las quitaron de tal modo que el barbero tuvo que ponerse unas postizas. Y también a este joven que viene aquí —dijo señalando a Cardenio— lo dejaron como nuevo.

»Y lo mejor es que todo el mundo por aquí dice que esos salteadores son unos galeotes. Dicen que los liberó, casi en este mismo sitio, un hombre muy valiente. A pesar del comisario y de los guardas, los soltó a todos. Sin duda, ese hombre debía de estar loco. O debe de ser tan bellaco como ellos. O algún hombre sin alma y sin conciencia. Porque quiso soltar al lobo entre las ovejas, a la zorra entre las gallinas, a la mosca en la miel. Quiso engañar a la justicia e ir contra su rey y señor natural, pues fue contra sus justas órdenes. Quiso, digo, quitar a las galeras sus pies, es decir, los remeros que las mueven. Quiso alborotar a la Santa Hermandad, que llevaba muchos años tranquila. Quiso, en fin, hacer algo que pierde su alma y no le trae ningún bien a su cuerpo.

Sancho ya les había contado al cura y al barbero la aventura de los galeotes. Su amo la había terminado con tanta gloria. Por eso el cura exageraba al contarla. Quería ver qué hacía o qué decía don Quijote. A don Quijote se le cambiaba el color de la cara con cada palabra. Y no se atrevía a decir que él había liberado a aquella buena gente.

— Estos, pues, fueron los que nos robaron —dijo el cura—. Que Dios, por su misericordia, perdone al que no los dejó llegar al castigo que merecían.

### Glosario

- **don**: favor que un caballero promete hacer antes de saber qué es.
- **desfacer un tuerto o agravio**: forma antigua de decir "corregir una injusticia".
- **palafrén**: caballo tranquilo que usaban las damas.
- **cinchas**: correas que sujetan la silla al cuerpo del caballo.
- **ensalmo**: palabras mágicas o rezos para curar.
- **mengua**: pérdida de honra o de valor.
- **ancas**: parte de atrás del lomo de un caballo o una mula.
- **pesos ensayados**: monedas de plata que venían de las Indias.
- **salteador**: ladrón que ataca a los viajeros en los caminos.
- **calzas y jubón**: pantalones ajustados y chaqueta corta que se llevaban debajo de la capa.
- **no chuparse el dedo**: no ser tonto; no dejarse engañar.

## Capítulo XXX. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto

Apenas terminó de hablar el cura, Sancho dijo:

— Pues, a fe mía, señor licenciado, el que hizo esa fazaña fue mi amo. Y no fue porque yo no le avisara antes. Le dije que mirara lo que hacía. Le dije que era pecado darles la libertad, porque todos iban allí por ser grandísimos bellacos.

— ¡Majadero! —dijo entonces don Quijote—. A los caballeros andantes no les toca averiguar nada de eso. Encuentran por los caminos gente afligida, encadenada y oprimida. No les toca saber si van así por sus culpas o por sus méritos. Solo les toca ayudarles porque están necesitados. Deben fijarse en sus penas y no en sus bellaquerías. Yo encontré un rosario, una fila de gente triste y desgraciada. E hice con ellos lo que me pide mi orden de caballería. Lo demás, que se arregle como pueda. Y a quien le haya parecido mal, le digo una cosa. Dejo aparte la santa dignidad del señor licenciado y su honrada persona. Pero quien piense así sabe poco de asuntos de caballería. Y miente como un hideputa y un mal nacido. Y se lo haré entender con mi espada, que lo explica mucho mejor.

Dijo esto firme sobre los estribos y bajándose el casco. Porque llevaba colgada de la parte delantera de la silla la bacía de barbero. Para él era el yelmo de Mambrino. La llevaba allí hasta arreglar el daño que le habían hecho los galeotes.

Dorotea era inteligente y muy graciosa. Ya conocía la locura de don Quijote, y sabía que todos se burlaban de él, menos Sancho Panza. Ella no quiso ser menos. Al verlo tan enfadado, le dijo:

— Señor caballero, acuérdese vuestra merced del don que me ha prometido. Según ese don, no puede meterse en otra aventura, por urgente que sea. Calme vuestra merced su pecho. Si el señor licenciado hubiera sabido que ese brazo invencible liberó a los galeotes, se habría callado. Se habría cosido la boca con tres puntos. Y se habría mordido tres veces la lengua antes de decir una palabra contra vuestra merced.

— Eso lo juro yo —dijo el cura—. Y hasta me habría arrancado un bigote.

— Yo callaré, señora mía —dijo don Quijote—. Contendré la justa rabia que ya se había levantado en mi pecho. E iré quieto y tranquilo hasta cumpliros el don prometido. Pero, a cambio de este buen deseo, os suplico una cosa, si no os molesta. Decidme cuál es vuestra pena. Y decidme cuántas, quiénes y cómo son las personas de quienes debo vengaros. Quiero daros una venganza justa, completa y entera.

— Lo haré con gusto —respondió Dorotea—, si no os molesta oír tristezas y desgracias.

— No me molestará, señora mía —respondió don Quijote.

Y Dorotea respondió:

— Pues si es así, préstenme atención vuestras mercedes.

Apenas dijo esto, Cardenio y el barbero se pusieron a su lado. Querían ver cómo inventaba su historia la lista de Dorotea. Lo mismo hizo Sancho, que estaba tan engañado con ella como su amo. Ella se acomodó bien en la silla. Se preparó tosiendo y haciendo otros gestos, con mucha gracia. Y empezó a hablar así:

— «Primero, quiero que vuestras mercedes sepan, señores míos, que a mí me llaman...»

Y aquí se detuvo un poco, porque se le olvidó el nombre que le había puesto el cura. Pero él entendió el problema y acudió a ayudarla. Dijo:

— No es extraño, señora mía, que vuestra grandeza se confunda y se trabe al contar sus desgracias. Las desgracias suelen quitar la memoria a quienes las sufren. Y se la quitan de tal manera que ni se acuerdan de sus propios nombres. Eso le ha pasado a vuestra gran señoría. Se ha olvidado de que se llama la princesa Micomicona, legítima heredera del gran reino Micomicón. Con esta ayuda, vuestra grandeza podrá recordar ahora fácilmente todo lo que quiera contar.

— Así es la verdad —respondió la doncella—. Y desde aquí creo que no hará falta ayudarme más. Llegaré a buen puerto con mi verdadera historia. «Mi padre, el rey, se llama Tinacrio el Sabidor. Sabía mucho de eso que llaman el arte de la magia. Gracias a su ciencia, supo que mi madre, la reina Jaramilla, iba a morir antes que él. Y supo que poco después él también moriría. Así, yo me quedaría huérfana de padre y madre. Pero decía que eso no le preocupaba tanto. Le preocupaba más otra cosa que sabía con toda seguridad. Hay un gigante enorme, señor de una gran ínsula que casi toca con nuestro reino. Se llama Pandafilando de la Fosca Vista. Le llaman así por una razón conocida. Tiene los ojos en su sitio y derechos, pero siempre mira torcido, como si fuera bizco. Lo hace por maldad, para dar miedo a quienes mira.

»Pues mi padre supo lo que haría este gigante al saber que yo era huérfana. Vendría con un gran ejército contra mi reino y me lo quitaría todo. No me dejaría ni una pequeña aldea donde refugiarme. Pero yo podía evitar toda esta ruina y desgracia si me casaba con él. Sin embargo, mi padre pensaba que yo nunca querría hacer un matrimonio tan desigual. Y en esto dijo la pura verdad. Porque nunca he pensado en casarme con aquel gigante, ni con ningún otro, por grande y enorme que fuera.

»Mi padre dijo también otra cosa. Después de su muerte, cuando Pandafilando empezara a atacar mi reino, yo no debía defenderme, porque eso sería mi destrucción. Debía dejarle el reino libre, sin luchar. Lo debía hacer si quería evitar la muerte y la destrucción total de mis buenos y leales vasallos. Porque no iba a ser posible defenderme de la fuerza endiablada del gigante. Debía ponerme enseguida en camino hacia España con algunos de los míos. Allí encontraría el remedio de mis males. Encontraría a un caballero andante cuya fama se extendería entonces por todo este reino. Ese caballero se llamaría, si no me equivoco, don Azote o don Gigote.»

— Don Quijote querrá decir, señora —dijo entonces Sancho Panza—. O, con otro nombre, el Caballero de la Triste Figura.

— Así es —dijo Dorotea—. «Dijo más: que sería alto de cuerpo y de cara seca. Y que en el lado derecho, debajo del hombro izquierdo, o por allí cerca, tendría un lunar oscuro. Ese lunar tendría unos pelos como cerdas.»

Al oír esto, don Quijote dijo a su escudero:

— Ven aquí, Sancho, hijo, ayúdame a desnudarme. Quiero ver si soy el caballero que profetizó aquel sabio rey.

— Pues, ¿para qué quiere vuestra merced desnudarse? —dijo Dorotea.

— Para ver si tengo ese lunar que dijo vuestro padre —respondió don Quijote.

— No hace falta desnudarse —dijo Sancho—. Yo sé que vuestra merced tiene un lunar así en medio del espinazo. Es señal de que es un hombre fuerte.

— Eso basta —dijo Dorotea—. Entre amigos no hay que fijarse en pequeñeces. Importa poco que esté en el hombro o en el espinazo. Basta con que haya un lunar, esté donde esté, pues todo es la misma carne. Sin duda, mi buen padre acertó en todo. Y yo he acertado al ponerme en manos del señor don Quijote. Él es el caballero del que habló mi padre. Porque las señales de su cara coinciden con la buena fama que tiene. Y la tiene no solo en España, sino en toda la Mancha. Apenas desembarqué en Osuna, oí contar tantas hazañas suyas que enseguida lo supe. Mi alma me dijo que era el mismo que venía a buscar.

— Pero, ¿cómo desembarcó vuestra merced en Osuna, señora mía —preguntó don Quijote—, si no es puerto de mar?

Pero antes de que Dorotea respondiera, el cura habló y dijo:

— La señora princesa debe de querer decir otra cosa. Desembarcó en Málaga, y el primer lugar donde oyó noticias de vuestra merced fue Osuna.

— Eso quise decir —dijo Dorotea.

— Así tiene sentido —dijo el cura—. Siga adelante vuestra majestad.

— No hay más que contar —respondió Dorotea—. Solo esto: he tenido mucha suerte al encontrar al señor don Quijote. Ya me considero reina y señora de todo mi reino. Porque él, por su cortesía y generosidad, me ha prometido el don de ir conmigo adonde yo lo lleve. Y lo llevaré solo ante Pandafilando de la Fosca Vista. Así podrá matarlo y devolverme lo que me ha quitado tan injustamente. Todo esto pasará como deseamos, porque así lo profetizó mi buen padre, Tinacrio el Sabidor. Él también dejó dicho y escrito algo en letras caldeas, o griegas, que yo no sé leer. Si este caballero de la profecía quiere casarse conmigo después de cortarle el cuello al gigante, yo debo aceptarlo. Debo aceptarlo enseguida, sin protestar, como mi legítimo esposo. Y debo darle mi reino junto con mi persona.

— ¿Qué te parece, Sancho amigo? —dijo entonces don Quijote—. ¿No oyes lo que pasa? ¿No te lo dije yo? Mira si ya tenemos reino que mandar y reina con quien casar.

— ¡Eso lo juro yo! —dijo Sancho—. ¡Y maldito el puto que no se case después de abrirle el gaznate al señor Pandahilado! ¡Pues no es mala la reina! ¡Ojalá se me volvieran así las pulgas de la cama!

Y, diciendo esto, dio dos zapatetas en el aire, muy contento. Luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea y la hizo parar. Se arrodilló ante ella y le suplicó que le diera las manos para besárselas. Era la señal de que la aceptaba como su reina y señora. ¿Quién de los presentes no iba a reírse, viendo la locura del amo y la sencillez del criado? Dorotea le dio las manos. Y le prometió hacerlo un gran señor en su reino, cuando el cielo le permitiera recuperarlo y disfrutarlo. Sancho se lo agradeció con tales palabras que todos volvieron a reírse.

— Esta, señores —siguió Dorotea—, es mi historia. Solo me queda deciros una cosa. De toda la gente que salió conmigo de mi reino, solo me queda este buen escudero de gran barba. Porque todos se ahogaron en una gran tormenta que tuvimos a la vista del puerto. Él y yo llegamos a tierra sobre dos tablas, como por milagro. Así que toda mi vida es milagro y misterio, como habréis notado. Si en algo me he pasado o no he acertado, no me culpéis a mí. Echad la culpa a lo que dijo el señor licenciado al principio. Los sufrimientos continuos y extraordinarios quitan la memoria a quien los padece.

— A mí no me la quitarán, ¡oh alta y valerosa señora! —dijo don Quijote—. No me la quitarán todos los sufrimientos que pase por serviros, por grandes y nunca vistos que sean. Así que vuelvo a confirmar el don que os he prometido. Juro ir con vos hasta el fin del mundo, hasta encontrarme con vuestro feroz enemigo. Con la ayuda de Dios y de mi brazo, pienso cortarle la cabeza orgullosa con el filo de esta... No quiero decir buena espada, gracias a Ginés de Pasamonte, que se llevó la mía.

Esto lo dijo entre dientes, y luego siguió diciendo:

— Y después de cortársela y de devolveros en paz vuestro reino, haréis con vuestra persona lo que más os guste. Porque yo tengo la memoria ocupada, la voluntad cautiva y el entendimiento perdido por aquella... Y no digo más. Mientras sea así, no puedo ni pensar en casarme, aunque fuera con el ave fénix.

A Sancho le pareció muy mal lo último que dijo su amo sobre no querer casarse. Se enfadó mucho, levantó la voz y dijo:

— ¡Juro por mí mismo que vuestra merced, señor don Quijote, no está en su sano juicio! ¿Cómo es posible que dude en casarse con una princesa tan alta como esta? ¿Piensa que la fortuna le va a ofrecer en cada esquina una suerte como esta? ¿Es más hermosa, por casualidad, mi señora Dulcinea? No, por cierto, ni la mitad. Y hasta diría que no le llega a la suela del zapato a la que tenemos delante. ¡Mal voy yo a conseguir el condado que espero, si vuestra merced pide imposibles! Cásese, cásese enseguida, ¡que se lo lleve Satanás! Tome ese reino que le cae en las manos sin hacer nada. Y cuando sea rey, hágame marqués o adelantado. Y luego, que se lo lleve el diablo todo.

Don Quijote oyó decir tales blasfemias contra su señora Dulcinea y no lo pudo soportar. Levantó el lanzón sin decirle a Sancho ni una palabra. Le dio dos palos tan fuertes que lo tiró al suelo. Dorotea le gritó que no le pegara más. Si no hubiera sido por eso, sin duda lo habría matado allí mismo.

— ¿Pensáis, villano ruin —le dijo después de un rato—, que siempre podréis burlaros de mí? ¿Que todo será equivocaros vos y perdonaros yo? Pues no lo penséis, bellaco descomulgado. Porque seguro que lo estáis, pues habéis hablado mal de la sin par Dulcinea. ¿Y no sabéis vos, gañán, faquín, belitre, lo que le debo? Sin el valor que ella pone en mi brazo, no podría matar ni una pulga. Decid, socarrón de lengua de víbora, ¿quién creéis que ha ganado este reino? ¿Quién ha cortado la cabeza a este gigante y os ha hecho a vos marqués? Porque todo esto lo doy ya por hecho y decidido. ¿Quién ha sido, si no el valor de Dulcinea, que usa mi brazo como instrumento de sus hazañas? Ella lucha en mí y vence en mí. Y yo vivo y respiro en ella, y de ella tengo vida y ser. ¡Oh, hideputa bellaco, qué desagradecido sois! Os veis levantado del polvo de la tierra hasta ser señor con título. ¡Y respondéis a tan buena obra hablando mal de quien os la hizo!

Sancho no estaba tan mal herido que no oyera todo lo que le decía su amo. Se levantó bastante deprisa y fue a ponerse detrás del palafrén de Dorotea. Y desde allí le dijo a su amo:

— Dígame, señor: si vuestra merced ha decidido no casarse con esta gran princesa, el reino no será suyo. Y si no es suyo, ¿qué favores me puede hacer a mí? De eso es de lo que me quejo. Cásese vuestra merced de una vez con esta reina, ahora que la tenemos aquí, caída del cielo. Y después puede volver con mi señora Dulcinea. Debe de haber habido reyes en el mundo que han tenido amantes. En lo de la belleza no me meto. La verdad es que las dos me parecen bien, aunque yo nunca he visto a la señora Dulcinea.

— ¿Cómo que no la has visto, traidor blasfemo? —dijo don Quijote—. ¿No acabas de traerme un mensaje de su parte?

— Digo que no la he visto con tanta calma —dijo Sancho—. No pude fijarme en su belleza y sus buenas partes una por una. Pero así, en general, me parece bien.

— Ahora te disculpo —dijo don Quijote—. Y perdóname el enfado que te he dado. Los primeros impulsos no están en manos de los hombres.

— Ya lo veo —respondió Sancho—. Y por eso en mí las ganas de hablar son siempre un primer impulso. No puedo dejar de decir, al menos una vez, lo que me viene a la lengua.

— Aun así —dijo don Quijote—, mira bien lo que dices, Sancho. Porque tantas veces va el cántaro a la fuente... Y no te digo más.

— Bueno —respondió Sancho—, Dios está en el cielo y ve las trampas. Él juzgará quién hace más mal: yo, al no hablar bien, o vuestra merced, al no obrar bien.

— Basta ya —dijo Dorotea—. Corred, Sancho, besad la mano a vuestro señor y pedidle perdón. Y de ahora en adelante tened más cuidado con vuestras alabanzas y vuestras críticas. No digáis nada malo de esa señora Tobosa. Yo no la conozco, pero estoy a su servicio. Y tened confianza en Dios. No os faltará un estado donde vivir como un príncipe.

Sancho fue con la cabeza baja y pidió la mano a su señor. Él se la dio con mucha calma y seriedad. Sancho se la besó, y don Quijote le echó la bendición. Luego le dijo que se adelantaran un poco. Tenía que preguntarle y hablarle de cosas muy importantes. Sancho lo hizo así, y los dos se apartaron un poco hacia delante. Entonces don Quijote le dijo:

— Desde que volviste no he tenido ocasión de preguntarte muchas cosas. Quiero saber los detalles de tu embajada y de la respuesta que trajiste. Ahora la fortuna nos da tiempo y lugar. Así que no me niegues la felicidad que puedes darme con tan buenas noticias.

— Pregunte vuestra merced lo que quiera —respondió Sancho—. A todo daré tan buena salida como tuve la entrada. Pero le suplico, señor mío, que de aquí en adelante no sea tan vengativo.

— ¿Por qué lo dices, Sancho? —dijo don Quijote.

— Lo digo por estos palos de ahora —respondió—. Han sido más por la pelea que el diablo armó entre nosotros la otra noche. No han sido tanto por lo que dije contra mi señora Dulcinea. Yo la quiero y la venero como a una reliquia, aunque no lo sea. Lo hago solo porque es cosa de vuestra merced.

— No vuelvas a esas conversaciones, Sancho, por tu vida —dijo don Quijote—, que me dan pena. Ya te perdoné entonces. Y bien sabes que suele decirse: a pecado nuevo, penitencia nueva.

Mientras los dos hablaban de estas cosas, el cura le dijo a Dorotea que lo había hecho muy bien. Su cuento había sido muy inteligente, y también breve. Y se parecía mucho a los de los libros de caballerías. Ella dijo que había pasado muchos ratos leyéndolos. Pero no sabía dónde estaban las provincias ni los puertos de mar. Por eso había dicho sin pensar que había desembarcado en Osuna.

— Así lo entendí yo —dijo el cura—, y por eso dije enseguida lo que dije. Con eso se arregló todo. Pero, ¿no es extraño ver con qué facilidad cree este pobre hidalgo todas estas invenciones y mentiras? Las cree solo porque tienen el estilo de las tonterías de sus libros.

— Sí lo es —dijo Cardenio—. Es una locura tan rara y tan nunca vista que dudo que alguien pudiera inventarla. No creo que haya un ingenio tan agudo como para imaginar algo así.

— Pues hay otra cosa —dijo el cura—. Este buen hidalgo dice tonterías cuando se trata de su locura. Pero si le hablan de otras cosas, razona muy bien. Y muestra un entendimiento claro y tranquilo en todo. De modo que, si no le tocan el tema de la caballería, cualquiera diría que tiene muy buen juicio.

Mientras ellos hablaban de esto, don Quijote siguió su conversación y le dijo a Sancho:

— Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras peleas. Y dime ahora, sin enfado ni rencor: ¿dónde, cómo y cuándo encontraste a Dulcinea? ¿Qué hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió? ¿Qué cara puso cuando leía mi carta? ¿Quién te la copió? Cuéntame todo lo que te parezca digno de saberse y de preguntarse. No añadas ni mientas para darme gusto. Y tampoco me cuentes menos para no quitármelo.

— Señor —respondió Sancho—, a decir verdad, nadie me copió la carta. Porque yo no llevé ninguna carta.

— Es como tú dices —dijo don Quijote—. Porque encontré en mi poder el librillo de memoria donde la escribí dos días después de tu partida. Eso me dio muchísima pena, porque no sabía qué ibas a hacer cuando te vieras sin carta. Y siempre creí que volverías desde el lugar donde la echaras de menos.

— Así habría sido —respondió Sancho—, si no la hubiera aprendido de memoria cuando vuestra merced me la leyó. Así que se la dije a un sacristán, y él la copió de mi cabeza punto por punto. Me dijo que había leído muchas cartas de excomunión en su vida. Pero que nunca había visto ni leído una carta tan bonita como aquella.

— ¿Y todavía la tienes en la memoria, Sancho? —dijo don Quijote.

— No, señor —respondió Sancho—. Después de entregarla, vi que ya no servía para nada, y me puse a olvidarla. Si me acuerdo de algo, es de aquello de “sobajada”, digo, “soberana señora”. Y de lo último: “Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura”. Y entre estas dos cosas le puse más de trescientas “almas mías”, “vidas mías” y “ojos míos”.

### Glosario

- **majadero**: tonto, persona sin juicio (insulto).
- **lunar**: pequeña mancha oscura en la piel.
- **espinazo**: columna de huesos en el centro de la espalda.
- **gaznate**: garganta, cuello por dentro.
- **zapatetas**: saltos de alegría en los que uno se golpea el pie con la mano.
- **gañán, faquín, belitre**: insultos antiguos: hombre bruto, bajo o sin valor.
- **pedir imposibles**: querer cosas que nunca se pueden conseguir.
- **echar pelillos a la mar**: olvidar una pelea y hacer las paces.
- **sacristán**: hombre que ayuda al cura y cuida la iglesia.
- **sobajada**: palabra equivocada de Sancho; él quería decir "soberana".

## Capítulo XXXI. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos

— Nada de eso me disgusta. Sigue adelante —dijo don Quijote—. Llegaste, ¿y qué hacía aquella reina de la hermosura? Seguro que la encontraste ensartando perlas. O bordando con hilo de oro algún emblema para este caballero, que es su cautivo.

— No la encontré así —respondió Sancho—. Estaba ahechando dos hanegas de trigo en un corral de su casa.

— Pues piensa —dijo don Quijote— que los granos de aquel trigo eran granos de perlas, al tocarlos sus manos. Y dime, amigo, si te fijaste: ¿el trigo era candeal o trechel?

— Era rubión, nada más —respondió Sancho.

— Pues yo te aseguro —dijo don Quijote— que, limpiado por sus manos, dio pan candeal, sin ninguna duda. Pero sigue: cuando le diste mi carta, ¿la besó? ¿Se la puso sobre la cabeza? ¿Hizo alguna ceremonia digna de esa carta? ¿O qué hizo?

— Cuando yo se la iba a dar —respondió Sancho—, ella estaba moviendo con fuerza mucho trigo en la criba. Y me dijo: “Amigo, poned esa carta sobre aquel costal. No puedo leerla hasta que termine de cribar todo esto”.

— ¡Qué señora tan inteligente! —dijo don Quijote—. Lo haría para leerla despacio y disfrutar con ella. Adelante, Sancho. Y mientras hacía su trabajo, ¿de qué habló contigo? ¿Qué te preguntó de mí? ¿Y tú qué le respondiste? Vamos, cuéntamelo todo. No te dejes nada sin contar, ni lo más pequeño.

— Ella no me preguntó nada —dijo Sancho—. Pero yo le conté cómo estaba vuestra merced, por servirla. Le dije que hacía penitencia, desnudo de la cintura para arriba, metido en estas sierras como un salvaje. Le dije que dormía en el suelo y que no comía pan en mesa con mantel. Que no se peinaba la barba, y que lloraba y maldecía su fortuna.

— Hiciste mal en decir que maldecía mi fortuna —dijo don Quijote—. Al contrario, la bendigo y la bendeciré todos los días de mi vida. Porque me ha hecho digno de amar a una señora tan alta como Dulcinea del Toboso.

— Tan alta es —respondió Sancho— que, a fe mía, me saca a mí más de un coto.

— ¿Cómo es eso, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Te has medido tú con ella?

— Me medí de esta manera —respondió Sancho—. Fui a ayudarla a poner un costal de trigo sobre un burro. Estábamos tan juntos que vi que me sacaba más de un gran palmo.

— ¡Pues es verdad! —respondió don Quijote—. Y esa altura va acompañada y adornada con mil millones de gracias del alma. Pero no me negarás una cosa, Sancho. Cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un olor de Arabia? ¿Una fragancia aromática y un no sé qué de bueno, que no sé cómo nombrar? Quiero decir, ¿un perfume como en la tienda de un guantero elegante?

— Lo que puedo decir —dijo Sancho— es que sentí un olorcillo algo de hombre. Debía de ser que ella, con tanto trabajo, estaba sudada y algo pegajosa.

— No sería eso —respondió don Quijote—. Tú debías de estar resfriado, o te debiste de oler a ti mismo. Porque yo sé bien a qué huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar líquido.

— Todo puede ser —respondió Sancho—. Muchas veces sale de mí aquel olor que entonces me pareció que salía de la señora Dulcinea. Pero no hay que extrañarse: un diablo se parece a otro.

— Y bien —siguió don Quijote—, ya terminó de limpiar su trigo y de mandarlo al molino. ¿Qué hizo cuando leyó la carta?

— La carta no la leyó —dijo Sancho—, porque dijo que no sabía leer ni escribir. Al contrario, la rompió en pedacitos. Dijo que no quería darla a leer a nadie, para que no se supieran sus secretos en el pueblo. Dijo que bastaba con lo que yo le había contado de palabra. Es decir, del amor que vuestra merced le tenía y de la penitencia extraordinaria que hacía por ella. Y, al final, me dijo que le dijera a vuestra merced que le besaba las manos. Que tenía más ganas de verlo que de escribirle. Y que le suplicaba y le mandaba que saliera de aquellos matorrales enseguida. Que dejara de hacer disparates y se pusiera en camino del Toboso inmediatamente. Salvo si le pasaba algo más importante, porque tenía muchas ganas de ver a vuestra merced. Se rio mucho cuando le dije que vuestra merced se llamaba el Caballero de la Triste Figura. Le pregunté si había ido allí el vizcaíno de aquel día. Me dijo que sí, y que era un hombre muy bueno. También le pregunté por los galeotes. Pero me dijo que hasta entonces no había visto a ninguno.

— Todo va bien hasta ahora —dijo don Quijote—. Pero dime: ¿qué joya te dio al despedirte, por las noticias que le llevaste de mí? Es una costumbre antigua entre los caballeros y las damas andantes. Los escuderos, las doncellas o los enanos llevan noticias de unos a otros. Las llevan de las damas a sus caballeros, o de los caballeros a sus damas. Y ellos les dan alguna joya rica como premio, para agradecer el mensaje.

— Bien puede ser así, y me parece una buena costumbre —respondió Sancho—. Pero debía de ser en los tiempos pasados. Ahora solo se debe de acostumbrar a dar un pedazo de pan y queso. Eso es lo que me dio mi señora Dulcinea cuando me despedí. Me lo dio por encima de la tapia de un corral. Y, para más señas, el queso era de oveja.

— Es generosísima —dijo don Quijote—. Si no te dio una joya de oro, sin duda sería porque no tenía ninguna a mano para dártela. Pero lo bueno siempre llega, aunque llegue tarde: yo la veré, y todo se arreglará. ¿Sabes de qué estoy asombrado, Sancho? Me parece que fuiste y volviste por el aire. Has tardado poco más de tres días en ir y volver de aquí al Toboso. Y de aquí allá hay más de treinta leguas.

»Por eso pienso que te ayudó a caminar aquel sabio mago que se ocupa de mis cosas. Él es mi amigo. Por fuerza tiene que haberlo, o yo no sería un buen caballero andante. Ese sabio te debió de ayudar sin que tú lo notaras. Hay sabios de esos que toman a un caballero andante dormido en su cama. Y, sin saber cómo, al día siguiente amanece a más de mil leguas de donde se durmió. Si no fuera por esto, los caballeros andantes no podrían ayudarse en sus peligros. Y se ayudan a cada momento.

»Puede pasar que uno esté luchando en las sierras de Armenia. Lucha con algún endriago, o con algún monstruo feroz, o con otro caballero. Y está perdiendo la batalla, a punto de morir. Y cuando menos se espera, aparece allá otro caballero amigo suyo. Viene encima de una nube o sobre un carro de fuego. Ese amigo estaba poco antes en Inglaterra. Lo ayuda y lo libra de la muerte. Y por la noche ya está en su posada, cenando muy a gusto. Y entre un lugar y otro suele haber dos o tres mil leguas. Todo esto lo hacen el ingenio y la sabiduría de estos sabios encantadores. Ellos cuidan de estos valerosos caballeros. Así que, amigo Sancho, no me cuesta creer en tu viaje. Has ido y vuelto muy deprisa entre este lugar y el Toboso. Como ya te he dicho, algún sabio amigo te debió de llevar volando, sin que tú lo notaras.

— Así sería —dijo Sancho—. Porque, a fe mía, Rocinante corría como burro de gitano con mercurio en las orejas.

— ¡Y tanto que llevaba mercurio! —dijo don Quijote—. Y hasta una legión de demonios. Los demonios caminan y hacen caminar a quien quieren, sin cansarse nunca. Pero dejemos esto. ¿Qué crees tú que debo hacer ahora? Mi señora me manda que vaya a verla. Yo veo que tengo la obligación de cumplir su orden. Pero no puedo, por el don que he prometido a la princesa que viene con nosotros. La ley de la caballería me obliga a cumplir mi palabra antes que mi gusto. Por un lado, me persigue y me agota el deseo de ver a mi señora. Por otro, me llaman la palabra dada y la gloria que ganaré en esta empresa.

»Lo que pienso hacer es esto. Caminaré deprisa y llegaré pronto adonde está este gigante. Al llegar, le cortaré la cabeza y devolveré a la princesa su reino en paz. Y enseguida volveré a ver a la luz que alumbra mis sentidos. Le daré tales disculpas que ella aceptará mi tardanza. Porque verá que todo sirve para aumentar su gloria y su fama. Toda la fama que he ganado, gano y ganaré con las armas me viene de ella. Me viene del favor que ella me da y de ser yo suyo.

— ¡Ay! —dijo Sancho—. ¡Qué mal está vuestra merced de la cabeza! Dígame, señor: ¿piensa hacer este camino para nada? ¿Va a dejar pasar y perder una boda tan rica e importante como esta? Le dan como dote un reino. He oído decir que tiene más de veinte mil leguas alrededor. Y que tiene de sobra todo lo necesario para la vida humana. Y que es mayor que Portugal y Castilla juntos. Calle, por amor de Dios, y tenga vergüenza de lo que ha dicho. Tome mi consejo, y perdóneme. Cásese enseguida, en el primer pueblo donde haya cura. Y si no, ahí está nuestro licenciado, que lo hará de maravilla. Y piense que ya tengo edad para dar consejos. Y este que le doy le viene como anillo al dedo. Más vale pájaro en mano que buitre volando. Porque quien tiene algo bueno y escoge mal, luego se enfada, pero ya no tiene remedio.

— Mira, Sancho —respondió don Quijote—. Me aconsejas casarme para ser rey enseguida, al matar al gigante. Así podría hacerte favores y darte lo prometido. Si es por eso, has de saber que puedo cumplir tu deseo muy fácilmente sin casarme. Antes de entrar en la batalla, pondré una condición como premio. Si salgo vencedor, aunque no me case, me darán una parte del reino. Y podré darla a quien yo quiera. Y cuando me la den, ¿a quién quieres que se la dé sino a ti?

— Eso está claro —respondió Sancho—. Pero vuestra merced debe escogerla cerca del mar. Así, si no me gusta vivir allí, podré embarcar a mis vasallos negros. Y podré hacer con ellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced no se preocupe por ir ahora a ver a mi señora Dulcinea. Vaya a matar al gigante, y terminemos este negocio. Por Dios que me parece que nos dará mucha honra y mucho provecho.

— Te digo, Sancho —dijo don Quijote—, que tienes razón. Tomaré tu consejo y acompañaré a la princesa antes de ir a ver a Dulcinea. Y te aviso de que no digas nada de lo que hemos hablado aquí. No se lo digas a nadie, ni siquiera a los que vienen con nosotros. Dulcinea es tan discreta que no quiere que se sepan sus pensamientos. Así que no está bien que yo, ni otro por mí, los descubra.

— Pues si es así —dijo Sancho—, ¿por qué manda vuestra merced a todos los que vence a ver a Dulcinea? Eso es como firmar con su nombre que la quiere y que está enamorado de ella. Los vencidos tienen que ir a arrodillarse delante de ella. Y tienen que decir que van de parte de vuestra merced a obedecerla. Entonces, ¿cómo se pueden esconder los pensamientos de los dos?

— ¡Oh, qué tonto y qué simple eres! —dijo don Quijote—. ¿No ves, Sancho, que todo eso sirve para alabarla más? Has de saber cómo es nuestra orden de caballería. Para una dama es un gran honor tener muchos caballeros andantes que la sirvan. Ellos no piensan en nada más que en servirla, solo por ser ella quien es. No esperan otro premio por sus buenos deseos. Solo esperan que ella acepte tenerlos como sus caballeros.

— He oído predicar que con ese amor se debe amar a Nuestro Señor —dijo Sancho—. Hay que amarlo por sí mismo, sin esperar la gloria y sin temer el castigo. Aunque yo querría amarlo y servirlo por lo que pudiera darme.

— ¡Que el diablo te lleve, villano! —dijo don Quijote—. ¡Y qué cosas tan inteligentes dices a veces! Cualquiera diría que has estudiado.

— Pues, a fe mía, no sé leer —respondió Sancho.

En ese momento, maese Nicolás les gritó que esperaran un poco. Querían pararse a beber en una pequeña fuente que había allí. Don Quijote se detuvo. Sancho se alegró mucho, porque ya estaba cansado de mentir tanto. Y tenía miedo de que su amo lo pillara en alguna mentira. Porque, aunque sabía que Dulcinea era una labradora del Toboso, no la había visto en toda su vida.

Mientras tanto, Cardenio se había puesto la ropa que llevaba Dorotea cuando la encontraron. No era muy buena, pero era mucho mejor que la que había dejado. Todos bajaron de sus monturas junto a la fuente. Con la comida que el cura había conseguido en la venta calmaron un poco el hambre. Y todos tenían mucha.

Estaban en esto cuando pasó por allí un muchacho que iba de viaje. Se puso a mirar con mucha atención a los que estaban en la fuente. Poco después corrió hacia don Quijote y lo abrazó por las piernas. Y empezó a llorar con muchas ganas, diciendo:

— ¡Ay, señor mío! ¿No me reconoce vuestra merced? Míreme bien. Yo soy aquel mozo Andrés que vuestra merced desató de la encina.

Don Quijote lo reconoció. Lo tomó de la mano, se volvió hacia los que estaban allí y dijo:

— Quiero que vean vuestras mercedes lo importante que es que haya caballeros andantes en el mundo. Ellos desfacen los tuertos y agravios que hacen los hombres malos y atrevidos. Sepan vuestras mercedes que hace unos días pasé por un bosque. Oí unos gritos y unas voces muy tristes, como de una persona afligida y necesitada. Fui enseguida, por mi obligación, hacia el lugar de donde venían aquellas voces. Y encontré atado a una encina a este muchacho que tienen delante. Me alegro de verdad de que esté aquí. Él será testigo, y no me dejará mentir en nada.

»Digo que estaba atado a la encina, desnudo de la cintura para arriba. Un villano le estaba dando azotes con las riendas de una yegua. Después supe que era su amo. En cuanto lo vi, le pregunté por qué le daba una paliza tan cruel. El bruto respondió que le pegaba porque era su criado. Dijo que tenía ciertos descuidos que eran más de ladrón que de tonto. Pero este niño dijo: “Señor, me azota solo porque le pido mi salario”. El amo me dio no sé qué discursos y disculpas. Yo los oí, pero no los acepté. En fin, lo hice desatar. Y le hice jurar al villano que se lo llevaría con él. Y que le pagaría real sobre real, y hasta perfumados.

»¿No es verdad todo esto, hijo Andrés? ¿No viste con cuánta autoridad se lo mandé? ¿Y con cuánta humildad prometió hacer todo lo que yo le ordené? Responde. No te asustes ni dudes. Cuéntales a estos señores lo que pasó. Así verán qué útil es que haya caballeros andantes por los caminos.

— Todo lo que vuestra merced ha dicho es verdad —respondió el muchacho—. Pero el negocio terminó muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.

— ¿Cómo al revés? —respondió don Quijote—. Entonces, ¿no te pagó el villano?

— No solo no me pagó —respondió el muchacho—. En cuanto vuestra merced salió del bosque y nos quedamos solos, me volvió a atar a la misma encina. Y me dio otra vez tantos azotes que me dejó como a San Bartolomé, sin piel. Con cada azote me decía una broma para burlarse de vuestra merced. Si no me hubiera dolido tanto, me habría reído de lo que decía. Me dejó tan mal que hasta ahora he estado curándome en un hospital. Allí me curaban del daño que me hizo aquel mal villano.

»Y de todo esto tiene vuestra merced la culpa. Si hubiera seguido su camino y no hubiera venido donde no lo llamaban, no habría pasado. No tenía que meterse en asuntos ajenos. Mi amo se habría contentado con darme una o dos docenas de azotes. Y luego me habría soltado y me habría pagado lo que me debía. Pero vuestra merced lo insultó sin motivo y le dijo tantas groserías. Así que se enfadó muchísimo. No podía vengarse de vuestra merced. Por eso, cuando se vio solo, descargó toda la tormenta sobre mí. Creo que no volveré a ser un hombre sano en toda mi vida.

— El error fue irme de allí —dijo don Quijote—. No tenía que irme hasta verte pagado. Porque, por mi larga experiencia, debía saber que ningún villano cumple su palabra si no le conviene. Pero ya te acuerdas, Andrés, de lo que juré. Juré que, si no te pagaba, iría a buscarlo. Y que lo encontraría, aunque se escondiera en el vientre de la ballena.

— Así es —dijo Andrés—, pero no sirvió de nada.

— Ahora verás si sirve —dijo don Quijote.

Y, diciendo esto, se levantó muy deprisa. Mandó a Sancho que pusiera el freno a Rocinante, que estaba comiendo hierba mientras ellos comían.

Dorotea le preguntó qué quería hacer. Él respondió que quería ir a buscar al villano y castigarlo por su mal comportamiento. Y quería hacer que pagara a Andrés hasta el último maravedí. Lo haría aunque se opusieran todos los villanos del mundo. Ella le respondió que se acordara del don prometido. Según ese don, no podía meterse en ninguna empresa hasta terminar la suya. Él lo sabía mejor que nadie. Así que debía calmar su pecho hasta que volvieran de su reino.

— Así es —respondió don Quijote—. Andrés tendrá que tener paciencia hasta la vuelta, como vos decís, señora. Pero le vuelvo a jurar y a prometer que no pararé hasta vengarlo y verlo pagado.

— No me creo esos juramentos —dijo Andrés—. Prefiero tener ahora con qué llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo. Si tiene ahí algo de comer, démelo para el camino. Y quédese con Dios vuestra merced, y todos los caballeros andantes. Ojalá les vaya a ellos tan bien como me ha ido a mí con ellos.

Sancho sacó de sus provisiones un pedazo de pan y otro de queso. Se los dio al mozo y le dijo:

— Tomad, hermano Andrés. A todos nos toca una parte de vuestra desgracia.

— Pues, ¿qué parte os toca a vos? —preguntó Andrés.

— Esta parte de queso y pan que os doy —respondió Sancho—. Dios sabe si me hará falta o no. Porque os aseguro, amigo, que los escuderos de los caballeros andantes pasamos mucha hambre y mucha mala suerte. Y hasta otras cosas que se sienten mejor que se dicen.

Andrés tomó su pan y su queso. Vio que nadie le daba otra cosa. Entonces bajó la cabeza y «tomó el camino en las manos», como suele decirse: se puso en camino. Pero, al irse, le dijo a don Quijote:

— Por amor de Dios, señor caballero andante, si otra vez me encuentra, no me ayude. Aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra. Déjeme con mi desgracia. Por grande que sea, mayor será la que me venga de la ayuda de vuestra merced. ¡Que Dios lo maldiga a vuestra merced, y a todos los caballeros andantes que han nacido en el mundo!

Don Quijote se iba a levantar para castigarlo. Pero el muchacho echó a correr de tal manera que nadie se atrevió a seguirlo. Don Quijote se quedó muy avergonzado por el cuento de Andrés. Y los demás tuvieron que esforzarse mucho para no reírse. No querían avergonzarlo del todo.

### Glosario

- **ahechar**: limpiar el trigo moviéndolo en una criba para separar el polvo y la paja.
- **hanega**: antigua medida para el grano.
- **candeal, trechel, rubión**: tipos de trigo; el candeal da el pan más blanco y fino.
- **criba**: instrumento redondo con agujeros para limpiar el grano.
- **costal**: saco grande de tela para llevar grano.
- **coto**: medida antigua: un puño cerrado con el dedo pulgar levantado.
- **palmo**: medida de una mano abierta, unos veinte centímetros.
- **endriago**: monstruo de los libros de caballerías.
- **mercurio**: metal líquido; se decía que ponerlo en las orejas de un burro lo hacía correr.
- **encina**: árbol grande y fuerte que da bellotas.
- **maravedí**: moneda antigua de muy poco valor.

## Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote

Terminó la buena comida y enseguida ensillaron los animales. No les pasó nada digno de contar, y al día siguiente llegaron a la venta. Esa venta era el terror y el espanto de Sancho Panza. Él no quería entrar, pero no pudo evitarlo. La ventera, el ventero, su hija y Maritornes vieron venir a don Quijote y a Sancho. Salieron a recibirlos con muestras de mucha alegría. Don Quijote los recibió con aire serio y satisfecho. Les pidió que le prepararan una cama mejor que la vez pasada. La ventera le respondió que se la daría digna de un príncipe, si la pagaba mejor que la otra vez. Don Quijote dijo que sí lo haría. Así que le prepararon una cama aceptable en el mismo camaranchón de la otra vez. Y él se acostó enseguida, porque venía muy cansado y sin juicio.

Apenas se había encerrado, la ventera se lanzó contra el barbero. Lo agarró de la barba y dijo:

— ¡Por mi santa señal de la cruz, ya no va a usar más mi rabo para su barba! Me tiene que devolver mi cola. Las cosas de mi marido andan por el suelo, que es una vergüenza. Me refiero al peine, que yo solía colgar de mi buena cola.

El barbero no se la quería dar, aunque ella tiraba con fuerza. Al final el licenciado le dijo que se la diera. Ya no hacía falta usar aquel truco. Podía descubrirse y mostrarse como era de verdad. Le diría a don Quijote que unos galeotes ladrones los habían robado. Y que, después del robo, el cura y él habían venido a aquella venta huyendo. Y si don Quijote preguntaba por el escudero de la princesa, le dirían otra cosa. Le dirían que ella lo había enviado delante, a avisar a los de su reino. Tenía que decirles que ella iba hacia allí y que llevaba con ella al libertador de todos. Con esto, el barbero dio de buena gana la cola a la ventera. También le devolvieron a ella todas las demás cosas que había prestado para liberar a don Quijote.

Todos los de la venta se asombraron de la belleza de Dorotea. Y también de la buena figura del zagal Cardenio. El cura mandó que les prepararan de comer con lo que hubiera en la venta. El ventero esperaba que le pagaran mejor esta vez. Por eso les preparó enseguida una comida bastante buena. Mientras tanto, don Quijote dormía. Todos pensaron que era mejor no despertarlo. Porque en ese momento le haría más bien dormir que comer.

Durante la comida hablaron de la extraña locura de don Quijote y de cómo lo habían encontrado. Estaban delante el ventero, su mujer, su hija, Maritornes y todos los viajeros. La ventera les contó lo que les había pasado con él y con el arriero. Luego miró si Sancho estaba allí. Como no lo vio, contó todo lo de su manteamiento. Los demás se divirtieron mucho con la historia. El cura dijo que los libros de caballerías que había leído don Quijote le habían hecho perder el juicio. Entonces el ventero dijo:

— No sé cómo puede ser eso. La verdad es que, para mí, no hay mejor lectura en el mundo. Tengo ahí dos o tres de esos libros, con otros papeles. Y de verdad me han dado la vida, no solo a mí, sino a otros muchos. En tiempo de cosecha, los días de fiesta se reúnen aquí muchos segadores. Y siempre hay alguno que sabe leer. Ese toma uno de estos libros en las manos. Y más de treinta nos ponemos a su alrededor. Lo escuchamos con tanto gusto que nos quita mil canas. Por lo menos de mí puedo decir una cosa. Cuando oigo aquellos golpes furiosos y terribles que dan los caballeros, me entran ganas de hacer lo mismo. Y querría estar oyéndolos noches y días.

— Y a mí me pasa igual —dijo la ventera—. Porque nunca tengo un buen rato en mi casa, salvo cuando vos estáis escuchando leer. Estáis tan embobado que entonces no os acordáis de reñir.

— Así es la verdad —dijo Maritornes—. Y, a fe mía, a mí también me gusta mucho oír aquellas cosas, que son muy bonitas. Sobre todo cuando cuentan que una señora está debajo de unos naranjos, abrazada con su caballero. Y una dueña les está vigilando, muerta de envidia y con mucho miedo. Digo que todo esto es dulce como la miel.

— Y a vos, ¿qué os parece, señora doncella? —dijo el cura a la hija del ventero.

— No sé, señor, por mi alma —respondió ella—. Yo también lo escucho. Y la verdad es que, aunque no lo entiendo, me gusta oírlo. Pero a mí no me gustan los golpes que le gustan a mi padre. Me gustan las quejas de los caballeros cuando están lejos de sus señoras. De verdad que algunas veces me hacen llorar de la compasión que les tengo.

— Entonces, ¿vos las remediaríais, señora doncella —dijo Dorotea—, si lloraran por vos?

— No sé lo que haría —respondió la moza—. Solo sé que algunas de aquellas señoras son tan crueles que sus caballeros las llaman tigres y leones. Y les dicen otras mil cosas feas. ¡Jesús! No sé qué gente es aquella, tan sin alma y tan sin conciencia. No quieren mirar a un hombre honrado, y lo dejan morir o volverse loco. No sé para qué hacen tantos remilgos. Si lo hacen por honradas, que se casen con ellos. Ellos no desean otra cosa.

— Calla, niña —dijo la ventera—. Parece que sabes mucho de estas cosas. Y no está bien que las doncellas sepan ni hablen tanto.

— Este señor me lo ha preguntado —respondió ella—, y no pude dejar de responderle.

— Bueno —dijo el cura—, traedme esos libros, señor ventero. Los quiero ver.

— Con mucho gusto —respondió él.

Entró en su habitación y sacó una maleta pequeña y vieja, cerrada con una cadenita. La abrió y encontró en ella tres libros grandes y unos papeles escritos a mano con muy buena letra. El cura abrió el primer libro y vio que era Don Cirongilio de Tracia. El otro era Felixmarte de Hircania. Y el otro, la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes. En cuanto el cura leyó los dos primeros títulos, se volvió hacia el barbero y dijo:

— Aquí nos hacen falta ahora el ama de mi amigo y su sobrina.

— No hacen falta —respondió el barbero—. Yo también sé llevarlos al corral o a la chimenea. Y la verdad es que en ella hay muy buen fuego.

— Entonces, ¿quiere vuestra merced quemar más libros? —dijo el ventero.

— Solo estos dos —dijo el cura—: el de Don Cirongilio y el de Felixmarte.

— Pues, ¿es que mis libros son herejes o flemáticos, para quererlos quemar? —dijo el ventero.

— Cismáticos queréis decir, amigo —dijo el barbero—, no flemáticos.

— Así es —respondió el ventero—. Pero si quiere quemar alguno, que sea ese del Gran Capitán y ese de Diego García. Antes dejaría quemar a un hijo que dejar quemar ninguno de los otros.

— Hermano mío —dijo el cura—, estos dos libros son mentirosos. Están llenos de disparates y locuras. En cambio, este del Gran Capitán es historia verdadera. Cuenta los hechos de Gonzalo Hernández de Córdoba. Por sus muchas y grandes hazañas, todo el mundo lo llamó el Gran Capitán. Es un nombre famoso y claro, y solo él lo mereció. Y este Diego García de Paredes fue un caballero importante, nacido en la ciudad de Trujillo, en Extremadura. Fue un soldado valentísimo. Tenía tanta fuerza natural que detenía con un dedo una rueda de molino en plena marcha. Una vez se puso con una gran espada a la entrada de un puente. Y detuvo a todo un ejército enorme para que no pasara por él. Hizo otras cosas parecidas. Él mismo las contó y las escribió con la modestia de un caballero que escribe su propia historia. Pero si las hubiera escrito otro, libre y sin pasión, harían olvidar las de los Héctores, Aquiles y Roldanes.

— ¡Vaya cosa! —dijo el ventero—. ¡Mirad de qué se asombra: de parar una rueda de molino! Por Dios, vuestra merced tendría que leer lo que hizo Felixmarte de Hircania. De un solo golpe de revés partió por la cintura a cinco gigantes. Los partió como si fueran de habas, como los frailecitos que hacen los niños. Y otra vez atacó a un ejército grandísimo y poderosísimo. Tenía más de un millón seiscientos mil soldados, todos armados de pies a cabeza. Y los deshizo a todos como si fueran rebaños de ovejas.

»Pues, ¿qué me dirán del bueno de don Cirongilio de Tracia? Fue tan valiente y tan atrevido como se verá en el libro. Allí cuenta que iba navegando por un río. Y del medio del agua le salió una serpiente de fuego. En cuanto la vio, se lanzó sobre ella. Se puso a caballo sobre su espalda llena de escamas. Y le apretó la garganta con las dos manos con mucha fuerza. La serpiente vio que la estaba ahogando. Así que no tuvo otro remedio que hundirse hasta el fondo del río. Y se llevó con ella al caballero, que nunca la quiso soltar. Cuando llegaron allá abajo, él se encontró en unos palacios y unos jardines tan bonitos que era una maravilla. Y luego la serpiente se convirtió en un viejo anciano. Le dijo tantas cosas que no hay más que oír. Calle, señor, que si oyera esto se volvería loco de placer. ¡Dos higas para el Gran Capitán y para ese Diego García que dice!

Al oír esto, Dorotea le dijo en voz baja a Cardenio:

— Poco le falta a nuestro ventero para ser la segunda parte de don Quijote.

— Eso me parece a mí —respondió Cardenio—. Por lo que se ve, él cree que todo lo que cuentan estos libros pasó tal como lo escriben. Y no le harán creer otra cosa ni los frailes descalzos.

— Mirad, hermano —volvió a decir el cura—. En el mundo no hubo ningún Felixmarte de Hircania. Ni hubo ningún don Cirongilio de Tracia. Tampoco hubo otros caballeros como los que cuentan los libros de caballerías. Porque todo es invención y ficción de ingenios ociosos. Los escribieron para lo que vos decís: para pasar el tiempo. Así lo pasan vuestros segadores cuando los leen. Porque de verdad os juro que nunca hubo tales caballeros en el mundo. Ni pasaron en él tales hazañas ni tales disparates.

— ¡A otro perro con ese hueso! —respondió el ventero—. ¡Como si yo no supiera cuántos son cinco y dónde me aprieta el zapato! No piense vuestra merced que me va a engañar como a un niño. ¡Porque, por Dios, no tengo nada de tonto! ¡Pues sí que es buena! Quiere hacerme creer que todo lo que dicen estos buenos libros son disparates y mentiras. ¡Y eso que están impresos con permiso de los señores del Consejo Real! Como si ellos fueran gente capaz de dejar imprimir tantas mentiras juntas. ¡Y tantas batallas y tantos encantamientos que quitan el juicio!

— Ya os he dicho, amigo —respondió el cura—, que esto se hace para entretener nuestros ratos libres. En los países bien gobernados se permiten juegos como el ajedrez, la pelota y los trucos. Sirven para entretener a algunos que no tienen, ni deben, ni pueden trabajar. Pues de la misma manera se permite imprimir estos libros. Se cree, y es verdad, que nadie será tan ignorante como para tomarlos por historia verdadera. Si ahora fuera el momento, y los presentes lo pidieran, yo diría algunas cosas. Diría qué deben tener los libros de caballerías para ser buenos. Quizá sería útil y hasta agradable para algunos. Pero espero que llegue el día en que pueda hablar de esto con quien pueda remediarlo. Mientras tanto, señor ventero, creed lo que os he dicho. Tomad vuestros libros y arreglaos con sus verdades o sus mentiras. Que os aprovechen. Y quiera Dios que no cojeéis del mismo pie que vuestro huésped don Quijote.

— Eso no —respondió el ventero—. No seré tan loco como para hacerme caballero andante. Ya veo que ahora no se hace lo que se hacía en aquel tiempo. Dicen que entonces andaban por el mundo estos famosos caballeros.

Sancho había llegado a mitad de esta conversación. Se quedó muy confuso y pensativo con lo que había oído. Habían dicho que ahora ya no había caballeros andantes. Y que todos los libros de caballerías eran tonterías y mentiras. Así que decidió en su corazón esperar a ver cómo terminaba aquel viaje de su amo. Y si no salía con la felicidad que él esperaba, lo dejaría. Volvería con su mujer y sus hijos a su trabajo de siempre.

El ventero se iba a llevar la maleta y los libros. Pero el cura le dijo:

— Esperad, que quiero ver qué papeles son esos escritos con tan buena letra.

El ventero los sacó y se los dio a leer. El cura vio unos ocho pliegos escritos a mano. Al principio tenían un título grande que decía: «Novela del curioso impertinente». El cura leyó para sí tres o cuatro líneas y dijo:

— La verdad es que no me parece mal el título de esta novela. Me están entrando ganas de leerla entera.

El ventero le respondió:

— Pues su reverencia puede leerla. Le digo que a algunos huéspedes que la han leído aquí les ha gustado mucho. Me la han pedido con mucho interés. Pero yo no se la he querido dar. Porque pienso devolverla a quien dejó olvidada aquí esta maleta con estos libros y esos papeles. Puede ser que su dueño vuelva por aquí algún día. Y aunque sé que echaré de menos los libros, a fe mía que se los devolveré. Porque, aunque soy ventero, también soy cristiano.

— Tenéis mucha razón, amigo —dijo el cura—. Pero, aun así, si la novela me gusta, me la tenéis que dejar copiar.

— Con mucho gusto —respondió el ventero.

Mientras los dos hablaban, Cardenio había tomado la novela y había empezado a leerla. Le pareció lo mismo que al cura. Por eso le rogó que la leyera en voz alta para que todos la oyeran.

— Sí la leería —dijo el cura—, si no fuera mejor usar este tiempo para dormir que para leer.

— Para mí será un buen descanso pasar el tiempo oyendo algún cuento —dijo Dorotea—. Porque todavía no tengo el espíritu tan tranquilo como para poder dormir cuando conviene.

— Pues en ese caso —dijo el cura—, quiero leerla, aunque sea por curiosidad. Quizá tenga algo agradable.

Maese Nicolás también vino a rogarle lo mismo, y Sancho también. El cura vio que la lectura daría gusto a todos, y también a él. Así que dijo:

— Pues si es así, préstenme todos atención. La novela empieza de esta manera:

### Glosario

- **camaranchón**: cuarto pobre en la parte alta de una casa, donde antes se guardaba la paja.
- **manteamiento**: acción de mantear: lanzar a alguien hacia arriba con una manta.
- **segador**: hombre que corta el trigo en el campo en tiempo de cosecha.
- **remilgos**: gestos exagerados de delicadeza o de rechazo.
- **cismático / flemático**: "cismático" es quien se separa de la Iglesia; "flemático" es una persona tranquila. El ventero confunde las dos palabras.
- **dos higas**: gesto de desprecio hecho con la mano: "no me importan nada".
- **¡A otro perro con ese hueso!**: "no me engañas; cuéntaselo a otro".
- **Consejo Real**: grupo de hombres que gobernaba con el rey y daba permiso para imprimir libros.
- **pliego**: hoja grande de papel doblada.
- **trucos**: antiguo juego de mesa parecido al billar.

## Capítulo XXXIII. Donde se cuenta la novela del Curioso impertinente

«En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la provincia que llaman Toscana, vivían Anselmo y Lotario. Eran dos caballeros ricos e importantes. Eran tan amigos que todos los que los conocían los llamaban “los dos amigos”. Eran solteros y jóvenes, y tenían la misma edad y las mismas costumbres. Por eso se querían tanto el uno al otro. Es verdad que a Anselmo le gustaban algo más los asuntos de amor. A Lotario, en cambio, le atraía más la caza. Pero, cuando hacía falta, Anselmo dejaba sus gustos para seguir los de Lotario. Y Lotario dejaba los suyos para acompañar a Anselmo en los de él. Así, sus voluntades marchaban tan juntas que ningún reloj bien ajustado marchaba mejor.

»Anselmo se enamoró locamente de una doncella hermosa y de buena familia de la misma ciudad. Sus padres eran muy buenos, y ella también lo era. Anselmo no hacía nada sin el consejo de su amigo Lotario. Con su opinión favorable, decidió pedir a los padres de la joven que se la dieran por esposa. Y así lo hizo. Lotario fue quien llevó el mensaje. También fue quien cerró el acuerdo, y lo hizo tan bien como su amigo deseaba. En poco tiempo, Anselmo se vio casado con la mujer que quería. Camila estaba tan contenta con su esposo Anselmo que no dejaba de dar gracias al cielo. También daba gracias a Lotario, porque gracias a él le había llegado tanta felicidad.

»Los primeros días después de una boda suelen ser alegres. Durante esos días, Lotario siguió visitando la casa de su amigo, como antes. Intentaba honrarle, celebrar con él y alegrarle en todo lo posible. Pero, cuando terminó la boda, ya no había tantas visitas ni felicitaciones. Entonces Lotario empezó a ir menos a casa de Anselmo, y lo hacía con cuidado y a propósito. Pensaba lo mismo que deben pensar todas las personas sensatas. No se deben visitar las casas de los amigos casados igual que cuando eran solteros. La amistad buena y verdadera no debe causar ninguna sospecha. Pero la honra del hombre casado es tan delicada que puede sufrir incluso por culpa de los hermanos. ¡Y mucho más por culpa de los amigos!

»Anselmo notó que Lotario venía menos y se quejó mucho de él. Le dijo que, si hubiera sabido que el matrimonio iba a separarlos, nunca se habría casado. Le recordó que, de solteros, se llevaban tan bien que los llamaban “los dos amigos”. Le pidió que no dejara perder un nombre tan famoso y tan agradable. Y todo solo por querer parecer prudente, sin ningún otro motivo. Le suplicó que volviera a ser el dueño de su casa, si entre ellos se podía usar la palabra “suplicar”. Quería que entrara y saliera de ella como antes. Le aseguró que su esposa Camila no tenía otros gustos ni otros deseos que los de su marido. Además, ella sabía lo mucho que se querían los dos amigos. Por eso estaba confusa al ver a Lotario tan distante.

»Anselmo le dio estas y otras muchas razones para convencerle de que volviera a su casa. Lotario le respondió con tanta prudencia y tanto juicio que Anselmo quedó convencido de su buena intención. Acordaron que Lotario iría a comer con él dos días a la semana y los días de fiesta. Pero, aunque lo acordaron así, Lotario se propuso hacer solo lo que fuera mejor para la honra de su amigo. Para él, el buen nombre de Anselmo valía más que el suyo propio. Decía, y tenía razón, que algunos maridos reciben del cielo una mujer hermosa. Ese marido debe tener mucho cuidado con los amigos que lleva a su casa. Y debe tener el mismo cuidado con las amigas con quienes habla su mujer. Porque hay cosas que no se pueden preparar en las plazas, ni en las iglesias, ni en las fiestas públicas. Tampoco en las visitas a las iglesias. Y los maridos no siempre pueden prohibir a sus mujeres esas salidas. Pero esas mismas cosas se preparan con facilidad en casa de una amiga o de una parienta de confianza.

»También decía Lotario que cada casado necesita un amigo que le avise de sus descuidos. A menudo el marido quiere tanto a su mujer que no se atreve a decirle ciertas cosas. Para no enfadarla, no le dice que haga algo o que deje de hacerlo. Y, sin embargo, hacer esas cosas o no hacerlas puede traerle honra o vergüenza. Si un amigo le avisara, el marido podría remediarlo todo con facilidad. Pero ¿dónde se encontrará un amigo tan sensato, tan leal y tan sincero como el que pide aquí Lotario? Yo, desde luego, no lo sé. Solo Lotario era así. Con todo cuidado y atención, miraba por la honra de su amigo. Intentaba reducir y acortar los días acordados para ir a su casa. Lo hacía para que la gente ociosa y maliciosa no pensara mal. Él era un joven rico, noble y elegante, y pensaba que tenía buenas cualidades. No quería que esa gente le viera entrar en casa de una mujer tan hermosa. La bondad y el valor de Camila podían hacer callar a cualquier mala lengua. Aun así, Lotario no quería poner en duda el buen nombre de ella ni el de su amigo. Por eso, casi todos los días acordados se ocupaba en otros asuntos. Y hacía creer que eran obligaciones que no podía evitar. Así, entre las quejas de uno y las disculpas del otro, se les pasaban muchos ratos.

»Un día, los dos paseaban por un prado fuera de la ciudad. Entonces Anselmo le dijo a Lotario estas palabras:

»—Amigo Lotario, Dios me ha hecho muchos favores, y creo que nunca podré agradecérselos como merecen. Me hizo hijo de unos padres muy buenos. Me dio con mano generosa los bienes de la naturaleza y los de la fortuna. Y, sobre todo, me dio a ti como amigo y a Camila como esposa. Son dos tesoros que valoro, si no tanto como debo, tanto como puedo. Con todo esto, los hombres suelen vivir contentos. Pues yo, en cambio, vivo como el hombre más desesperado y amargado del mundo entero. Porque desde hace algunos días me atormenta un deseo muy extraño. Es tan distinto de lo que desean los demás que me asombro de mí mismo. Me culpo y me riño a solas. Intento callarlo y esconderlo incluso de mis propios pensamientos. Pero no he podido guardar este secreto. Es como si quisiera contárselo a todo el mundo. Y, ya que tiene que salir a la luz, quiero que salga solo ante ti. Tú lo guardarás en secreto. Confío en que, como verdadero amigo, harás todo lo posible para ayudarme. Así pronto me veré libre de esta angustia. Gracias a tu ayuda, mi alegría será tan grande como mi tristeza por esta locura.

»Lotario escuchaba muy intrigado las palabras de Anselmo. No sabía adónde iba a llevar un preámbulo tan largo. Pensaba y pensaba qué deseo podía atormentar tanto a su amigo. Pero siempre estaba muy lejos de la verdad. Para salir pronto de aquella espera tan angustiosa, le habló. Le dijo que buscar tantos rodeos para contarle sus secretos era una ofensa a su gran amistad. Pues Anselmo podía estar seguro de que Lotario le daría consejos para calmar esos pensamientos o ayuda para cumplirlos.

»—Así es —respondió Anselmo—. Y con esa confianza te lo digo, amigo Lotario. El deseo que me atormenta es saber si Camila, mi esposa, es tan buena y tan perfecta como pienso. Y solo puedo saberlo si la pongo a prueba. La prueba debe mostrar los quilates de su bondad, como el fuego muestra los quilates del oro. Porque yo creo, amigo, que una mujer solo es buena si la han tentado. Solo es fuerte la mujer que no cede ante las promesas, los regalos y las lágrimas. Ni ante la insistencia continua de los enamorados. ¿Qué mérito tiene una mujer buena —decía él— si nadie le pide que sea mala? ¿Qué tiene de raro que sea prudente y temerosa si nadie le da ocasión de dejar de serlo? Y más si sabe que su marido la matará al primer descuido. Por eso no quiero valorar igual a la mujer buena por miedo o por falta de ocasión. Valoro mucho más a la que ha sido buscada y perseguida y ha ganado la corona de la victoria. Por estas razones y por otras muchas que podría darte, deseo una cosa. Quiero que Camila pase por estas dificultades. Quiero que se pruebe en el fuego de ser cortejada por alguien con valor para desearla. Si ella gana esta batalla, como creo que ganará, me sentiré el hombre más afortunado. Podré decir que mis deseos están completos. Diré que me tocó en suerte la mujer fuerte de la que habla el Sabio: “¿Quién la encontrará?”. Y si pasa lo contrario de lo que pienso, me quedará un consuelo. Tendré el gusto de ver que mi opinión era acertada. Así sufriré sin queja el dolor que me cause una prueba tan cara. Nada de lo que me digas contra mi deseo me impedirá llevarlo a cabo. Por eso quiero, amigo Lotario, que seas tú el instrumento de esta obra. Yo te daré ocasiones y todo lo necesario para cortejar a una mujer honesta, honrada, retirada y desinteresada. Hay algo más que me lleva a confiarte esta empresa tan difícil. Si Camila se rindiera ante ti, tú no llegarías hasta el final. Solo darías por hecho lo que se habría hecho, por respeto a mí. Así, yo solo quedaría ofendido por la intención de ella. Y mi deshonra quedaría escondida en tu silencio. Sé que en lo que me toca tu silencio será eterno, como el de la muerte. Así que, si quieres que yo tenga una vida digna de ese nombre, empieza ya esta batalla de amor. No la hagas con poco interés ni con pereza. Hazla con el esfuerzo que pide mi deseo y con la confianza que me da nuestra amistad.

»Éstas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario. Lotario le escuchó con mucha atención. Aparte de lo que ya hemos contado, no abrió la boca hasta el final. Al ver que Anselmo no decía nada más, le estuvo mirando un buen rato. Le miraba como a algo nunca visto, que le causaba asombro y espanto. Por fin le dijo:

»—No puedo creer, ¡oh amigo Anselmo!, que no sea una broma lo que me has dicho. Si hubiera pensado que hablabas en serio, no te habría dejado llegar tan lejos. No te habría escuchado, y así habría evitado tu largo discurso. Sin duda, o tú no me conoces, o yo no te conozco a ti. Pero no; sé muy bien que eres Anselmo, y tú sabes que yo soy Lotario. El problema es que yo pienso que tú ya no eres el Anselmo de antes. Y tú debes de pensar que yo tampoco soy el Lotario que debía ser. Lo que me has dicho no es propio de mi amigo Anselmo. Y lo que me pides no se le debe pedir al Lotario que tú conoces. Los buenos amigos deben probar a sus amigos y servirse de ellos usque ad aras, como dijo un poeta. Quería decir que no deben usar su amistad en cosas que vayan contra Dios. Si un pagano pensaba así de la amistad, ¡cuánto más debe pensarlo un cristiano! El cristiano sabe que no debe perder la amistad de Dios por ninguna amistad humana. Un amigo puede llegar al punto de olvidar el respeto al cielo para ayudar a su amigo. Pero no debe hacerlo por cosas pequeñas y de poca importancia. Solo por cosas en las que estén en peligro la honra y la vida de ese amigo. Pues dime ahora, Anselmo: ¿cuál de estas dos cosas tienes en peligro? ¿Por cuál de ellas debo arriesgarme a hacer algo tan horrible como lo que me pides? Por ninguna, desde luego. Al contrario, según entiendo, me pides que intente quitarte la honra y la vida. Y que me las quite también a mí. Porque, si intento quitarte la honra, está claro que te quito la vida. El hombre sin honra es peor que un muerto. Y, si yo soy el instrumento de tanto mal para ti, ¿no quedo también deshonrado? ¿Y no quedo, por lo tanto, también sin vida? Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia. No me respondas hasta que termine de decirte lo que pienso sobre tu deseo. Después tendrás tiempo para contestarme, y yo te escucharé.

»—De acuerdo —dijo Anselmo—. Di lo que quieras.

»Y Lotario siguió diciendo:

»—Me parece, ¡oh Anselmo!, que ahora tienes la mente como la tienen siempre los moros. A ellos no se les puede hacer ver el error de su religión con citas de la Sagrada Escritura. Tampoco con razonamientos del entendimiento ni con artículos de fe. Hay que darles ejemplos claros, fáciles y seguros, que se puedan tocar y comprender. Hay que darles pruebas matemáticas que no se puedan negar. Por ejemplo: “Si de dos partes iguales quitamos partes iguales, las que quedan también son iguales”. Y, si no lo entienden de palabra, y de hecho no lo entienden, hay que mostrárselo con las manos. Hay que ponérselo delante de los ojos. Y, aun así, nadie consigue convencerlos de las verdades de mi santa religión. Contigo tendré que usar ese mismo método. Tu deseo va tan desviado y tan lejos de toda razón que me parece inútil hablarte. Será tiempo perdido intentar hacerte ver tu simpleza. Por ahora no quiero darle otro nombre. Casi estoy por dejarte en tu locura, como castigo por tu mal deseo. Pero la amistad que te tengo no me deja ser tan duro. No me permite dejarte en un peligro tan claro de perderte. Para que lo veas claro, dime, Anselmo: ¿no me has dicho que debo cortejar a una mujer retirada? ¿Que debo convencer a una mujer honesta, ofrecer regalos a una desinteresada y servir a una prudente? Sí, eso me has dicho. Pues, si sabes que tu mujer es retirada, honesta, desinteresada y prudente, ¿qué buscas? Y si piensas que ella vencerá todos mis ataques —y sin duda los vencerá—, ¿qué títulos piensas darle después? ¿Serán mejores que los que ya tiene? ¿Qué será ella después que no sea ya ahora? O no crees que es como dices, o no sabes lo que pides. Si no crees que es así, ¿para qué quieres probarla? ¿Para tratarla después como a una mala mujer y hacer con ella lo que quieras? Pero, si es tan buena como crees, es absurdo poner a prueba la misma verdad. Después de la prueba, ella seguirá valiendo lo mismo que antes. Así que una cosa está clara. Intentar algo que puede traernos más daño que provecho es propio de personas imprudentes y sin juicio. Sobre todo cuando nadie las obliga a hacerlo. Y más cuando desde muy lejos se ve que intentarlo es una locura.

»Las cosas difíciles se intentan por Dios, por el mundo, o por los dos a la vez. Por Dios las intentaron los santos, que quisieron vivir como ángeles en cuerpos humanos. Por el mundo las intentan los que cruzan mares inmensos, climas muy diversos y pueblos muy extraños. Lo hacen para conseguir eso que llaman bienes de fortuna. Y por Dios y por el mundo a la vez las intentan los soldados valientes. Ven en la muralla enemiga un agujero del tamaño de una bala de cañón. Entonces dejan a un lado todo el miedo. No piensan en el peligro claro que los amenaza, ni lo ven. Vuelan con las alas del deseo de defender su fe, su nación y su rey. Y se lanzan sin miedo en medio de mil muertes que los esperan. Éstas son las cosas que se suelen intentar. Intentarlas da honra, gloria y provecho, aunque están llenas de problemas y peligros. Pero lo que tú quieres intentar no te dará gloria ante Dios, ni riquezas, ni fama entre los hombres. Si sale como deseas, no serás más orgulloso, ni más rico, ni más honrado que ahora. Y si sale mal, te verás en la mayor desgracia que se pueda imaginar. No te servirá de nada pensar que nadie conoce tu desgracia. Bastará con que la conozcas tú mismo para que sufras y te hundas. Para confirmar esta verdad, te diré una estrofa del famoso poeta Luis Tansilo. Está al final de la primera parte de Las lágrimas de San Pedro, y dice así:

Crece el dolor y crece la vergüenza
en Pedro, cuando llega el día.
Aunque allí no ve a nadie, se avergüenza
de sí mismo, porque sabe que ha pecado.
Un corazón noble y grande
no siente vergüenza solo cuando le miran.
También se avergüenza de sí mismo cuando falla,
aunque solo le vean el cielo y la tierra.

»Así que no evitarás tu dolor con el secreto. Al contrario, tendrás que llorar sin parar. Si no lloras lágrimas por los ojos, llorarás lágrimas de sangre en el corazón. Así lloraba aquel doctor simple que hizo la prueba del vaso, según cuenta nuestro poeta. El prudente Reinaldos, en cambio, fue más sensato y no quiso hacerla. Aquello es una invención de poeta. Pero contiene enseñanzas morales que merece la pena notar, entender e imitar. Además, con lo que voy a decirte ahora, verás del todo el gran error que quieres cometer. Dime, Anselmo: imagina que el cielo o la buena suerte te han hecho dueño de un diamante finísimo. Todos los joyeros que lo ven quedan satisfechos de su calidad. Todos dicen a una voz que es tan bueno como puede serlo una piedra así. Y tú mismo lo crees, porque no sabes nada en contra. ¿Sería justo que te entraran ganas de tomar aquel diamante y ponerlo entre un yunque y un martillo? ¿Sería justo golpearlo con toda tu fuerza para ver si es tan duro y fino como dicen? ¿Y más aún si lo hicieras de verdad? Si la piedra resistiera una prueba tan tonta, no por eso valdría más ni tendría más fama. Y si se rompiera, cosa que podría pasar, ¿no se perdería todo? Sí, desde luego. Y además todos tendrían a su dueño por un tonto. Pues piensa, amigo Anselmo, que Camila es un diamante finísimo, para ti y para los demás. No es razonable ponerla en peligro de romperse. Aunque se quede entera, no puede valer más de lo que vale ahora. Y si fallara y no resistiera, piensa desde ahora cómo quedarías sin ella. ¡Y con cuánta razón podrías quejarte de ti mismo por haber causado su perdición y la tuya! Mira que no hay en el mundo joya que valga tanto como una mujer casta y honrada. Todo el honor de las mujeres está en la buena opinión que la gente tiene de ellas. Y la opinión que todos tienen de tu esposa es la mejor posible, como sabes. ¿Para qué quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, la mujer es un ser imperfecto. No hay que ponerle obstáculos donde pueda tropezar y caer. Al contrario, hay que quitárselos y dejarle el camino libre de todo problema. Así podrá correr ligera y sin dificultad hacia la perfección que le falta, que es ser virtuosa.

»Cuentan los sabios que el armiño es un animalito de piel blanquísima. Cuando los cazadores quieren atraparlo, usan este truco. Conocen los lugares por donde suele pasar y los cierran con barro. Después lo asustan y lo llevan hacia ese lugar. En cuanto el armiño llega al barro, se queda quieto y se deja atrapar. Prefiere eso a pasar por el barro y ensuciar su blancura. Valora su blancura más que la libertad y la vida. La mujer honesta y casta es un armiño. La virtud de la honestidad es más blanca y limpia que la nieve. Quien quiera que la mujer no pierda esa virtud, sino que la guarde, debe actuar de otra manera. No debe hacer lo que hacen con el armiño. No debe ponerle delante el barro de los regalos y atenciones de los enamorados pesados. Porque quizá ella, y sin quizá, no tiene bastante virtud y fuerza natural para superar sola esos obstáculos. Por eso hay que quitárselos. Y hay que ponerle delante la limpieza de la virtud y la belleza de la buena fama. La buena mujer es también como un espejo de cristal brillante y claro. Pero cualquier aliento que lo toque puede empañarlo y oscurecerlo. Con la mujer honesta hay que hacer lo mismo que con las reliquias: adorarlas sin tocarlas. Hay que guardar y valorar a la mujer buena como a un hermoso jardín lleno de flores y rosas. Su dueño no deja que nadie pasee por él ni toque sus flores. Los demás pueden disfrutar desde lejos de su perfume y su belleza, entre las rejas de hierro. Por último, quiero decirte unos versos que me han venido a la memoria. Los oí en una comedia moderna, y creo que vienen muy bien a lo que hablamos. Un viejo prudente aconsejaba a otro, padre de una doncella, que la tuviera recogida, guardada y encerrada. Y, entre otras razones, le dijo éstas:

Es de vidrio la mujer;
pero no se debe probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podría ser.

Y es más fácil que se quiebre.
No es sensato poner en peligro
lo que se puede romper
y luego no se puede soldar.

Que todos piensen así,
y doy esta razón:
si en el mundo hay Dánaes,
también hay lluvias de oro.

»Todo lo que te he dicho hasta ahora, ¡oh Anselmo!, ha sido por lo que te toca a ti. Ahora conviene que oigas algo de lo que me toca a mí. Si me alargo, perdóname. Lo exige el laberinto donde te has metido y del que quieres que yo te saque. Tú me tienes por amigo, y quieres quitarme la honra, cosa que va contra toda amistad. Y no solo pretendes eso. También quieres que yo te la quite a ti. Está claro que quieres quitármela a mí. Cuando Camila vea que la cortejo, como me pides, me tendrá por un hombre sin honra y sin respeto. Porque intento algo muy lejos de lo que me exigen mi nombre y tu amistad. Y también está claro que quieres que yo te la quite a ti. Al ver Camila que la cortejo, pensará que he visto en ella alguna ligereza. Pensará que eso me dio valor para descubrirle mi mal deseo. Y, como ella se sentirá deshonrada, esa deshonra te toca también a ti, porque ella es tuya. De aquí nace lo que dice todo el mundo sobre el marido de la mujer adúltera. Quizá él no lo sabe. Quizá no ha dado ningún motivo para que su mujer sea mala. Quizá no podía evitar su desgracia, ni ha sido descuidado. Aun así, la gente le llama con un nombre feo y bajo. Los que conocen la maldad de su mujer le miran con desprecio en vez de con lástima. Y eso aunque ven que su desgracia no es culpa suya, sino del capricho de su mala compañera. Pero quiero explicarte por qué el marido de la mujer mala queda deshonrado con razón. Queda deshonrado aunque no lo sepa, no tenga culpa ni haya dado ocasión. Y no te canses de oírme, que todo será para tu bien.

»Cuando Dios creó a nuestro primer padre en el Paraíso terrenal, ocurrió lo que cuenta la Sagrada Escritura. Dios hizo dormir a Adán, y mientras dormía, le sacó una costilla del lado izquierdo. Con ella formó a nuestra madre Eva. Cuando Adán despertó y la miró, dijo: “Ésta es carne de mi carne y hueso de mis huesos”. Y Dios dijo: “Por ésta dejará el hombre a su padre y a su madre. Y serán dos en una sola carne”. Entonces se creó el divino sacramento del matrimonio. Sus lazos son tan fuertes que solo la muerte puede desatarlos. Este sacramento milagroso tiene tanta fuerza que hace de dos personas distintas una sola carne. Y en los buenos matrimonios hace aún más: tienen dos almas, pero una sola voluntad. Por eso, la carne de la esposa es la misma que la del esposo. Las manchas que caen en ella, o los defectos que ella busca, llegan también a la carne del marido. Y llegan aunque él no haya dado ocasión para ese daño, como ya he dicho. Si duele un pie o cualquier otra parte, lo siente todo el cuerpo, porque es una sola carne. La cabeza siente el dolor del tobillo, aunque ella no lo haya causado. Del mismo modo, el marido participa de la deshonra de la mujer, porque es una misma cosa con ella. Las honras y deshonras del mundo nacen todas de la carne y de la sangre. Y las de la mujer mala son de esa clase. Por eso al marido le toca una parte, y le consideran deshonrado sin que él lo sepa. Mira, pues, ¡oh Anselmo!, el peligro en que te pones al querer turbar la paz de tu buena esposa. Mira por qué curiosidad tan vana y tan absurda quieres agitar los sentimientos tranquilos de tu casta esposa. Fíjate en que lo que puedes ganar es poco. Y lo que perderás es tanto que no lo voy a describir, porque me faltan palabras. Pero, si todo lo que he dicho no basta para apartarte de tu mal propósito, busca a otro. Busca a otro que sea el instrumento de tu deshonra y tu desgracia, porque yo no pienso serlo. No lo seré aunque por ello pierda tu amistad, que es la mayor pérdida que puedo imaginar.

»Cuando dijo esto, el virtuoso y prudente Lotario se calló. Anselmo quedó tan confuso y pensativo que durante un buen rato no pudo responder. Pero al fin le dijo:

»—He escuchado con atención todo lo que has querido decirme, amigo Lotario. En tus razones, ejemplos y comparaciones he visto tu gran inteligencia. Y he visto también lo verdadera que es tu amistad. Además, veo y confieso una cosa. Si no sigo tu consejo y sigo el mío, huyo del bien y corro tras el mal. Pero debes tener en cuenta otra cosa. Yo sufro ahora la enfermedad que tienen algunas mujeres. A ellas les entran ganas de comer tierra, yeso, carbón y otras cosas peores. Son cosas que dan asco solo de mirarlas, y mucho más de comerlas. Así que hace falta algún truco para que yo me cure. Y es fácil hacerlo. Basta con que empieces a cortejar a Camila, aunque sea con poco interés y fingiendo. Ella no será tan débil que pierda su honestidad a los primeros intentos. Con ese solo principio quedaré contento. Y tú habrás cumplido con lo que debes a nuestra amistad. No solo me darás la vida, sino que me convencerás de que no estoy sin honra. Y estás obligado a hacerlo por una razón. Yo estoy decidido a hacer esta prueba. Y tú no debes permitir que cuente mi locura a otra persona. Eso pondría en peligro la honra que tú quieres que yo no pierda. Mientras cortejes a Camila, quizá tu honra no quede bien ante ella. Pero eso importa poco o nada, porque pronto verás en ella la virtud que esperamos. Entonces podrás decirle la pura verdad de nuestro engaño, y tu buen nombre volverá a ser el de antes. Arriesgas muy poco, y puedes darme una gran alegría. Así que no dejes de hacerlo, aunque veas delante muchos problemas. Como ya te he dicho, con solo que empieces, daré el asunto por terminado.

»Lotario vio que Anselmo estaba decidido. Ya no sabía qué otros ejemplos ni qué otras razones darle para apartarle de su idea. Y vio que le amenazaba con contar su mal deseo a otra persona. Para evitar un mal mayor, decidió darle gusto y hacer lo que le pedía. Pero tenía otra intención. Quería llevar el asunto de manera que Anselmo quedara satisfecho sin que Camila se alterara. Así que le respondió que no contara su idea a nadie más. Él se encargaba de aquella empresa, y la empezaría cuando le pareciera mejor. Anselmo le abrazó con mucho cariño. Le agradeció su oferta como si le hubiera hecho un gran favor. Los dos acordaron empezar la obra al día siguiente. Anselmo le daría tiempo y ocasión para hablar a solas con Camila. También le daría dinero y joyas para regalarle y ofrecerle. Le aconsejó que le diera serenatas y que escribiera versos en su alabanza. Y, si Lotario no quería tomarse el trabajo de escribirlos, él mismo los haría. Lotario aceptó todo, pero con una intención muy distinta de la que Anselmo pensaba.

»Con este acuerdo volvieron a casa de Anselmo. Allí encontraron a Camila nerviosa y preocupada, esperando a su esposo, porque aquel día él tardaba más de lo normal en volver.

»Lotario se fue a su casa, y Anselmo se quedó en la suya. Anselmo estaba tan contento como Lotario pensativo. Lotario no sabía qué plan seguir para salir bien de aquel asunto tan absurdo. Pero aquella noche pensó la manera de engañar a Anselmo sin ofender a Camila. Al día siguiente fue a comer con su amigo. Camila le recibió bien, como siempre. Le trataba con mucho cariño, porque sabía lo mucho que su esposo le quería.

»Terminaron de comer y quitaron los manteles. Anselmo dijo a Lotario que se quedara allí con Camila. Él tenía que ir a un asunto urgente y volvería dentro de una hora y media. Camila le pidió que no se fuera, y Lotario se ofreció a acompañarle. Pero Anselmo no les hizo caso. Al contrario, insistió en que Lotario se quedara a esperarle. Dijo que tenía que hablar con él de algo muy importante. También pidió a Camila que no dejara solo a Lotario hasta que él volviera. Anselmo fingió tan bien la necesidad, o la necedad, de su ausencia que nadie habría notado que era fingida. Anselmo se fue. Camila y Lotario se quedaron solos a la mesa, porque toda la gente de la casa se había ido a comer. Lotario se vio en el campo de batalla que su amigo deseaba. Tenía al enemigo delante. Con su sola hermosura, ella podía vencer a un escuadrón de caballeros armados. ¡Imaginad si Lotario tenía razones para temerla!

»Pero lo que hizo fue poner el codo sobre el brazo de la silla. Y apoyó la mejilla en la mano abierta. Pidió perdón a Camila por su mala educación. Dijo que quería descansar un poco hasta que volviera Anselmo. Camila le respondió que descansaría mejor en el estrado que en la silla. Y le pidió que pasara allí a dormir. Lotario no quiso, y se quedó dormido en la silla hasta que volvió Anselmo. Anselmo encontró a Camila en su cuarto y a Lotario durmiendo. Como había tardado tanto, creyó que habrían tenido tiempo para hablar, y hasta para dormir. Estaba impaciente porque Lotario despertara. Quería salir con él y preguntarle cómo le había ido.

»Todo salió como él quería. Lotario se despertó, y enseguida salieron los dos de casa. Anselmo le preguntó lo que deseaba saber. Lotario le respondió que no le había parecido bien descubrirse del todo la primera vez. Por eso solo había alabado la belleza de Camila. Le había dicho que en toda la ciudad solo se hablaba de su hermosura y su inteligencia. Eso le había parecido un buen principio para ganar su voluntad poco a poco. Así ella le escucharía con gusto la próxima vez. Había usado el mismo truco que usa el demonio para engañar a quien está vigilante. El demonio, que es ángel de las tinieblas, se transforma en ángel de luz. Se presenta con buena apariencia. Al final descubre quién es y consigue lo que quiere, si antes no han descubierto su engaño. Todo esto contentó mucho a Anselmo. Dijo que cada día le daría la misma ocasión, aunque no saliera de casa. Se ocuparía en cosas dentro de ella, para que Camila no descubriera su plan.

»Así pasaron muchos días. Lotario no le decía ni una palabra a Camila. Pero a Anselmo le respondía que sí le hablaba. Y le decía que nunca conseguía de ella la menor señal de aceptar nada malo. Ni siquiera la sombra de una esperanza. Al contrario, decía que ella le amenazaba con contárselo a su esposo si no dejaba aquel mal pensamiento.

»—Muy bien —dijo Anselmo—. Hasta ahora Camila ha resistido a las palabras. Hay que ver cómo resiste a los hechos. Mañana te daré dos mil escudos de oro. Son para que se los ofrezcas, y hasta para que se los des. Y te daré otros tantos para que compres joyas con que atraerla. Las mujeres, aunque sean muy castas, suelen ser aficionadas a vestir bien e ir elegantes. Y más si son hermosas. Si ella resiste esta tentación, yo quedaré satisfecho y no te molestaré más.

»Lotario respondió que, ya que había empezado, llevaría la empresa hasta el final. Aunque creía que acabaría cansado y vencido. Al día siguiente recibió los cuatro mil escudos, y con ellos cuatro mil confusiones. No sabía qué inventar para mentir otra vez. Pero al fin decidió decirle una cosa. Camila resistía a los regalos y a las promesas igual que a las palabras. No hacía falta cansarse más, porque todo el tiempo se perdía en vano.

»Pero la suerte, que llevaba las cosas por otro camino, hizo que pasara algo. Un día, Anselmo dejó solos a Lotario y a Camila, como solía. Entonces se encerró en un cuarto. Por el agujero de la cerradura, miró y escuchó lo que hacían los dos. Vio que en más de media hora Lotario no le dijo a Camila ni una palabra. Y no se la habría dicho aunque hubiera estado allí cien años. Así comprendió que era mentira todo lo que su amigo le contaba de las respuestas de Camila. Para comprobarlo, salió del cuarto y llamó a Lotario aparte. Le preguntó qué novedades había y cómo estaba Camila. Lotario le respondió que no pensaba hacer nada más en aquel asunto. Porque ella le respondía de forma tan dura y desagradable que ya no tenía valor para volver a hablarle.

»—¡Ah, Lotario, Lotario! —dijo Anselmo—. ¡Qué mal respondes a lo que me debes y a lo mucho que confío en ti! Te he estado mirando ahora por el agujero de esta cerradura. Y he visto que no le has dicho ni una palabra a Camila. Por eso entiendo que todavía no le has dicho ni la primera. Y, si es así, como sin duda lo es, ¿por qué me engañas? ¿Por qué quieres quitarme con tus trucos los medios para conseguir mi deseo?

»Anselmo no dijo más, pero bastó para dejar a Lotario avergonzado y confuso. Le habían descubierto en una mentira, y Lotario lo tomó casi como una cuestión de honor. Juró a Anselmo que desde aquel momento se encargaría de contentarle de verdad y no mentirle más. Anselmo lo vería si lo espiaba con atención. Aunque no haría falta espiarle, porque el esfuerzo que pondría le quitaría toda sospecha. Anselmo le creyó. Y, para darle una ocasión más segura y más tranquila, decidió irse de casa durante ocho días. Iría a casa de un amigo suyo que vivía en una aldea, no lejos de la ciudad. Acordó con ese amigo que le mandara llamar con mucha urgencia. Así tendría una excusa ante Camila para irse.

»¡Desgraciado y poco prudente Anselmo! ¿Qué es lo que haces? ¿Qué es lo que planeas? ¿Qué es lo que preparas? Mira que actúas contra ti mismo. Estás planeando tu deshonra y preparando tu perdición. Tu esposa Camila es buena. La tienes en paz y tranquilidad, y nadie altera tu felicidad. Sus pensamientos no salen de las paredes de su casa. Tú eres su cielo en la tierra y el blanco de sus deseos. Eres lo que llena sus gustos y la medida de su voluntad. Ella ajusta en todo su voluntad a la tuya y a la del cielo. Pues bien: su honor, su hermosura, su honestidad y su recato son como una mina. Esa mina te da sin trabajo toda la riqueza que tiene y que puedes desear. ¿Para qué quieres cavar más hondo y buscar nuevas vetas de un tesoro nuevo y nunca visto? Así te arriesgas a que todo se venga abajo. Porque, al fin y al cabo, esa mina se sostiene sobre los débiles apoyos de su frágil naturaleza. Mira que al que busca lo imposible es justo que se le niegue lo posible. Un poeta lo dijo mejor con estos versos:

Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad.
Busco en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.

Pero mi suerte,
de la que nunca espero ningún bien,
lo ha decidido con el cielo.
Como pido lo imposible,
no me darán ni lo posible.

»Al día siguiente, Anselmo se fue a la aldea. Antes dijo a Camila que Lotario vendría mientras él estuviera fuera. Vendría a cuidar de la casa y a comer con ella. Le pidió que le tratara como a él mismo. Camila, como mujer sensata y honrada, se disgustó por esta orden de su marido. Le dijo que no estaba bien que nadie ocupara su silla en la mesa mientras él estaba fuera. Quizá lo hacía porque no confiaba en que ella supiera gobernar su casa. Si era así, que la probara esta vez. Así vería que era capaz de cuidados mayores. Anselmo le respondió que aquél era su deseo. Ella solo tenía que bajar la cabeza y obedecerle. Camila dijo que así lo haría, aunque en contra de su voluntad.

»Anselmo se marchó, y al día siguiente Lotario fue a su casa. Camila le recibió con amabilidad y con honestidad. Nunca estuvo donde Lotario pudiera verla a solas, porque siempre estaba rodeada de sus criados y criadas. Sobre todo, de una doncella suya que se llamaba Leonela, a quien quería mucho. La quería porque las dos se habían criado juntas desde niñas en casa de los padres de Camila. Y, cuando Camila se casó con Anselmo, se la llevó con ella.

»En los tres primeros días, Lotario nunca le dijo nada, aunque habría podido. Tenía ocasión cuando quitaban los manteles y los criados se iban a comer muy deprisa. Camila les había mandado que lo hicieran así. Y Leonela tenía orden de comer antes que Camila y de no separarse nunca de su lado. Pero Leonela tenía el pensamiento puesto en otras cosas de su gusto. Necesitaba esas horas y ese lugar para sus propios placeres. Por eso no siempre cumplía la orden de su señora. Al contrario, los dejaba solos, como si le hubieran mandado eso. Pero la presencia honesta de Camila frenaba la lengua de Lotario. También la frenaban la seriedad de su cara y su compostura.

»Pero las muchas virtudes de Camila, que hacían callar a Lotario, acabaron haciendo más daño a los dos. Porque, aunque la lengua callaba, el pensamiento corría. Lotario tenía tiempo para contemplar, parte por parte, toda la bondad y la hermosura de Camila. Eran tan grandes que podrían enamorar a una estatua de mármol. ¡Cuánto más a un corazón de carne!

»En los ratos en que debía hablarle, Lotario solo la miraba. Pensaba en lo mucho que merecía ser amada. Y esta idea empezó poco a poco a atacar el respeto que tenía a Anselmo. Mil veces quiso irse lejos de la ciudad. Quería ir a un lugar donde Anselmo nunca le viera, ni él viera a Camila. Pero ya se lo impedía el placer que sentía al mirarla. Luchaba contra sí mismo para rechazar y no sentir la alegría que le llevaba a mirar a Camila. A solas, se culpaba de su locura. Se llamaba mal amigo y hasta mal cristiano. Se comparaba con Anselmo, y siempre llegaba a la misma conclusión. La locura y la confianza de Anselmo eran mayores que su propia falta de lealtad. Pensaba que tenía disculpa ante los hombres por lo que pensaba hacer. Si la tuviera también ante Dios, no temería ningún castigo por su culpa.

»En fin, la hermosura y la bondad de Camila derribaron la lealtad de Lotario. También la derribó la ocasión que el marido ignorante le había puesto en las manos. Lotario ya solo miró a lo que su deseo le pedía. Durante los tres días de ausencia de Anselmo luchó sin descanso contra sus deseos. Pero al cabo de esos tres días empezó a decir palabras de amor a Camila. Lo hizo tan nervioso y con palabras tan amorosas que Camila se quedó sin saber qué hacer. Solo se levantó de donde estaba y se fue a su cuarto, sin responderle ni una palabra. Pero esta frialdad no le quitó la esperanza a Lotario, porque la esperanza siempre nace junto con el amor. Al contrario, valoró a Camila todavía más. Camila había visto en Lotario lo que nunca habría imaginado, y no sabía qué hacer. No le parecía seguro ni correcto darle otra ocasión para hablarle. Así que decidió enviar aquella misma noche a un criado suyo con una carta para Anselmo. Y así lo hizo. En la carta le escribió estas palabras:

### Glosario

- **honra**: buena fama y respeto que una persona tiene ante los demás.
- **quilates**: medida de la pureza del oro y del valor de las piedras preciosas.
- **cortejar**: intentar enamorar a una mujer con palabras, regalos y atenciones.
- **la mujer fuerte de la que habla el Sabio**: la mujer de gran virtud de la que habla la Biblia, en un libro atribuido al rey Salomón.
- **usque ad aras**: palabras latinas: “hasta los altares”; es decir, solo hasta donde lo permite la religión.
- **pagano**: persona que no es cristiana; aquí, un poeta de la Antigüedad.
- **la prueba del vaso**: prueba de un poema italiano: un vaso mágico mostraba si la mujer de un hombre le era fiel.
- **yunque**: bloque de hierro sobre el que se golpean los metales con un martillo.
- **armiño**: animal pequeño de piel muy blanca y muy apreciada.
- **reliquias**: restos de un santo, o cosas que tocó, que se guardan con mucho respeto.
- **soldar**: unir dos piezas rotas de metal o de vidrio con calor.
- **Dánaes**: Dánae era una princesa de un mito griego. Estaba encerrada en una torre, y un dios entró allí convertido en lluvia de oro.
- **adúltera**: mujer casada que tiene relaciones con un hombre que no es su marido.
- **costilla**: cada uno de los huesos curvos del pecho.
- **sacramento del matrimonio**: ceremonia religiosa que une para siempre al marido y a la mujer.
- **yeso**: polvo blanco que se usa para hacer paredes y techos.
- **escudos**: monedas antiguas de oro.
- **necedad**: tontería, cosa de persona poco inteligente.
- **estrado**: parte de la sala, con alfombras y almohadas, donde se sentaban las señoras.
- **vetas**: líneas de metal que hay dentro de la roca de una mina.

## Capítulo XXXIV. Donde se prosigue la novela del Curioso impertinente

»Suele decirse que un ejército sin su general y un castillo sin su castellano no están bien. Pues yo digo que todavía está peor una mujer casada y joven sin su marido. Sobre todo cuando no hay razones muy justas que lo impidan. Yo estoy tan mal sin vos que no puedo soportar esta ausencia. Si no venís pronto, tendré que irme a casa de mis padres. Aunque así deje sin guarda la vuestra. Porque creo que la guarda que me dejasteis, si lo es, mira más por su gusto que por vos. Y, como sois sensato, no tengo más que deciros, ni está bien que os diga más.

»Anselmo recibió esta carta. Por ella entendió que Lotario ya había empezado la empresa. Y pensó que Camila debía de haber respondido como él deseaba. Muy contento con estas noticias, le mandó a Camila una respuesta de palabra. Le dijo que de ninguna manera se fuera de su casa, porque él volvería muy pronto. Camila se quedó asombrada con la respuesta de Anselmo. Ahora estaba más confusa que antes. No se atrevía a quedarse en su casa, ni tampoco a irse a la de sus padres. Si se quedaba, ponía en peligro su honestidad. Si se iba, desobedecía la orden de su esposo.

»Al final decidió lo que peor le fue: quedarse. Decidió también no huir de la presencia de Lotario, para que los criados no hablaran. Y ya le pesaba haber escrito aquella carta a su esposo. Temía que él pensara que Lotario había visto en ella alguna ligereza. Algo que le hubiera llevado a perderle el respeto que le debía. Pero se fiaba de su bondad, y puso su confianza en Dios y en sus buenas intenciones. Con ellas pensaba resistir en silencio a todo lo que Lotario quisiera decirle. No pensaba contar nada más a su marido, para no meterle en peleas ni problemas. Incluso buscaba la manera de disculpar a Lotario ante Anselmo. Porque él le preguntaría por qué le había escrito aquella carta. Con estos pensamientos, más honrados que acertados y útiles, al día siguiente escuchó a Lotario. Él insistió tanto que la firmeza de Camila empezó a tambalearse. Su honestidad tuvo mucho trabajo para vigilar sus ojos. No quería que mostraran la compasión amorosa que Lotario había despertado en su pecho. La habían despertado sus lágrimas y sus razones. Lotario notaba todo esto, y todo le encendía más.

»Al fin, a Lotario le pareció necesario aprovechar la ausencia de Anselmo. Tenía tiempo y lugar para apretar el cerco a aquella fortaleza. Y así, atacó el orgullo de Camila con alabanzas a su hermosura. Lo hizo porque la vanidad de las mujeres hermosas es como un castillo de altas torres. Y nada las rinde tan deprisa como la misma vanidad, en boca de los que adulan. En efecto, con mucho empeño, Lotario fue minando la roca de su virtud. Usó tales armas que Camila habría caído aunque hubiera sido de bronce. Lotario lloró, rogó, ofreció, alabó, insistió y fingió. Lo hizo con tantos sentimientos y con tantas muestras de verdad que venció la prudencia de Camila. Y consiguió lo que menos esperaba y más deseaba.

»Camila se rindió; se rindió Camila. Pero ¿qué tiene de extraño, si la amistad de Lotario tampoco quedó en pie? Esto nos muestra claramente una cosa. La pasión del amor solo se vence huyendo de ella. Nadie debe luchar cuerpo a cuerpo con un enemigo tan poderoso. Porque hacen falta fuerzas divinas para vencer sus fuerzas humanas. Solo Leonela supo la debilidad de su señora, porque los dos malos amigos y nuevos amantes no pudieron ocultársela. Lotario no quiso contarle a Camila el plan de Anselmo. Tampoco le dijo que Anselmo le había dado la ocasión para llegar a aquel punto. No quería que ella valorara menos su amor. Ni que pensara que la había cortejado por casualidad, sin querer, y no a propósito.

»Pocos días después, Anselmo volvió a su casa. No notó lo que faltaba en ella, que era lo que menos cuidaba y más valoraba. Enseguida fue a ver a Lotario y le encontró en su casa. Los dos se abrazaron, y Anselmo le preguntó por las noticias. Para él eran noticias de vida o de muerte.

»—Las noticias que puedo darte, ¡oh amigo Anselmo! —dijo Lotario—, son éstas. Tienes una mujer que puede ser ejemplo y corona de todas las mujeres buenas. Mis palabras se las ha llevado el viento. Mis ofertas no le han importado. No ha aceptado mis regalos. Y se ha burlado mucho de algunas lágrimas falsas mías. En resumen, Camila reúne en sí toda la belleza. Y es como un archivo donde viven la honestidad, la buena educación y el recato. Allí están todas las virtudes que hacen digna y feliz a una mujer honrada. Vuelve a tomar tu dinero, amigo. Aquí lo tengo, y no he necesitado tocarlo. La virtud de Camila no se rinde a cosas tan bajas como los regalos y las promesas. Conténtate, Anselmo, y no hagas más pruebas. Has cruzado sin mojarte el mar de las dificultades y sospechas que suelen tenerse de las mujeres. No vuelvas a entrar en el mar profundo de nuevos problemas. El cielo te dio en suerte un buen barco para cruzar el mar de este mundo. No pongas a prueba su bondad y su fuerza con otro piloto. Piensa que ya estás en un puerto seguro. Agárrate a las anclas de la sensatez. Y quédate quieto hasta que te pidan la deuda que ningún hombre puede dejar de pagar.

»Anselmo quedó contentísimo con las palabras de Lotario. Se las creyó como si las hubiera dicho un oráculo. Pero, aun así, le pidió que no dejara la empresa. Aunque fuera solo por curiosidad y por pasar el tiempo. Y aunque ya no pusiera tanto esfuerzo como hasta entonces. Solo quería que escribiera algunos versos en alabanza de Camila, con el nombre de Clori. Él le haría creer a Camila que Lotario estaba enamorado de una dama. Le diría que Lotario la llamaba Clori para poder alabarla con el respeto que merecía su honestidad. Y, si Lotario no quería tomarse el trabajo de escribir los versos, él mismo los haría.

»—No hará falta —dijo Lotario—. Las musas no son tan enemigas mías que no me visiten algunos ratos al año. Tú dile a Camila eso de mis amores fingidos, y yo haré los versos. Quizá no sean tan buenos como merece el tema. Pero serán, por lo menos, los mejores que yo pueda.

»Así quedaron de acuerdo el impertinente Anselmo y el amigo traidor. Anselmo volvió a su casa. Allí preguntó a Camila algo que a ella ya le extrañaba que no le hubiera preguntado. Quería saber por qué le había escrito aquella carta. Camila le respondió que le había parecido que Lotario la miraba con un poco más de atrevimiento. Más que cuando Anselmo estaba en casa. Pero ya se había dado cuenta de su error, y creía que había sido imaginación suya. Porque ahora Lotario evitaba verla y estar a solas con ella. Anselmo le dijo que podía estar tranquila respecto a esa sospecha. Porque él sabía que Lotario estaba enamorado de una doncella importante de la ciudad. La alababa en sus versos con el nombre de Clori. Y, aunque no lo estuviera, no había nada que temer. Lotario era leal, y los dos eran muy amigos. Pero Lotario ya había avisado a Camila de que aquellos amores de Clori eran fingidos. Le había dicho que se lo había contado así a Anselmo para poder alabarla a ella algunos ratos. Si no la hubiera avisado, Camila habría caído sin duda en la red desesperada de los celos. Pero, como ya lo sabía, pasó aquel susto sin pena.

»Al día siguiente, los tres estaban de sobremesa. Anselmo pidió a Lotario que recitara algo de lo que había escrito a su amada Clori. Camila no la conocía, así que podía decir lo que quisiera sin peligro.

»—Aunque la conociera —respondió Lotario—, no escondería nada. Porque, cuando un enamorado alaba la hermosura de su dama y la llama cruel, no ofende su buen nombre. Pero, sea como sea, os diré esto: ayer escribí un soneto sobre la ingratitud de esta Clori. Dice así:

Soneto

Es de noche, y el dulce sueño
ocupa a los mortales en silencio.
Yo cuento al cielo y a mi Clori
la pobre lista de mis muchos males.

Sale el sol por las puertas
rosadas del oriente.
Entonces, con suspiros y voces desiguales,
vuelvo a mi antigua queja.

El sol, desde su asiento de estrellas,
manda después sus rayos derechos a la tierra.
Entonces crece mi llanto, y mis gemidos son el doble.

Vuelve la noche, y vuelvo a mi triste historia.
Y siempre encuentro, en mi lucha mortal,
al cielo, sordo; y a Clori, sin oídos.

»A Camila le gustó el soneto, pero a Anselmo le gustó aún más. Lo alabó y dijo que era demasiado cruel la dama que no respondía a verdades tan claras. Entonces dijo Camila:

»—Entonces, ¿todo lo que dicen los poetas enamorados es verdad?

»—Como poetas, no dicen la verdad —respondió Lotario—. Pero, como enamorados, siempre se quedan cortos, aunque dicen la verdad.

»—De eso no hay duda —replicó Anselmo.

»Lo dijo para apoyar y dar crédito a las ideas de Lotario delante de Camila. Pero ella no sabía nada del plan de Anselmo, y ya estaba enamorada de Lotario. Le gustaban mucho las cosas de Lotario. Además, entendía que sus deseos y sus versos iban dirigidos a ella. Sabía que ella era la verdadera Clori. Así que le pidió que dijera otro soneto u otros versos, si los sabía.

»—Sí sé otro —respondió Lotario—, pero no creo que sea tan bueno como el primero. O, mejor dicho, no creo que sea tan poco malo. Podréis juzgarlo bien, porque es éste:

Soneto

Yo sé que muero; y si no me crees,
mi muerte es más segura.
Antes me verás muerto a tus pies, ¡oh bella ingrata!,
que arrepentido de adorarte.

Podré verme en la región del olvido,
sin vida, sin gloria y sin favor.
Y allí, en mi pecho abierto, se podrá ver
tu hermoso rostro grabado.

Guardo esta reliquia para el duro momento
con que me amenaza mi insistencia.
Y mi insistencia crece con tu misma dureza.

¡Ay de aquel que navega con el cielo oscuro
por un mar desconocido y peligroso!
Allí no encuentra estrella norte ni puerto.

»Anselmo alabó también este segundo soneto, como había hecho con el primero. Así iba añadiendo eslabones a la cadena que le ataba a su deshonra. Cuanto más le deshonraba Lotario, más honrado le decía que estaba. Camila bajaba escalones hacia lo más hondo del desprecio. Pero, para su marido, cada escalón la subía hacia la cumbre de la virtud y la buena fama.

»Un día, Camila estaba a solas con su doncella y le dijo:

»—Estoy avergonzada, amiga Leonela, de lo poco que he sabido valorarme. Al menos debería haber hecho esperar a Lotario. Le entregué mi voluntad entera demasiado pronto. Temo que piense que fui rápida o ligera. Y que no vea la fuerza que él usó para que yo no pudiera resistirme.

»—No te preocupes por eso, señora mía —respondió Leonela—. Darse pronto no hace perder valor, si lo que se da es bueno y digno de estima. Y además se suele decir que el que da pronto da dos veces.

»—También se suele decir —dijo Camila— que lo que cuesta poco se valora menos.

»—Eso no va contigo —respondió Leonela—. He oído decir que el amor unas veces vuela y otras anda. Con uno corre, y con otro va despacio. A unos los enfría y a otros los quema. A unos los hiere y a otros los mata. En un mismo momento empieza la carrera de sus deseos y en ese mismo momento la acaba. Por la mañana pone el cerco a una fortaleza, y por la noche ya la tiene rendida. Porque no hay fuerza que le resista. Siendo así, ¿de qué te asustas o qué temes? Lo mismo debe de haberle pasado a Lotario. El amor usó la ausencia de mi señor para rendirnos. Y era necesario que en esa ausencia se cumpliera lo que el amor había decidido. No podía dar tiempo a Anselmo para volver. Con su presencia, la obra habría quedado sin terminar. Porque el amor no tiene mejor ayudante para cumplir sus deseos que la ocasión. Usa la ocasión en todo lo que hace, y sobre todo al principio. Todo esto lo sé muy bien, más por experiencia que de oídas. Algún día te lo contaré, señora, porque yo también soy de carne y de sangre joven. Además, señora Camila, no te entregaste tan deprisa. Antes viste toda el alma de Lotario en sus ojos, sus suspiros, sus palabras, sus promesas y sus regalos. Viste en ella y en sus virtudes lo mucho que merecía ser amado. Si es así, no dejes que te asalten esos escrúpulos y esos remilgos. Ten por seguro que Lotario te valora como tú le valoras a él. Y vive contenta y satisfecha. Ya que has caído en el lazo del amor, el que te aprieta es de valor y de estima. Y Lotario no tiene solo las cuatro eses que dicen que deben tener los buenos enamorados. Tiene todo un ABC entero. Si no, escúchame y verás cómo te lo digo de memoria. Él es, según yo veo y me parece, agradecido, bueno, caballero, dadivoso, enamorado y firme. Es gallardo, honrado, ilustre, leal, mozo y noble. Es onesto, principal, quantioso y rico, y tiene las eses que dicen. Y luego es tácito y verdadero. La X no le va, porque es una letra áspera. La Y ya está dicha. Y la Z: zelador de tu honra.

»Camila se rió del ABC de su doncella. Pensó que Leonela tenía más experiencia en asuntos de amor de lo que decía. Y Leonela lo confesó. Le contó a Camila que tenía amores con un joven de buena familia de la misma ciudad. Camila se preocupó mucho. Temía que por ese camino su honra pudiera correr peligro. Le preguntó si sus encuentros eran algo más que conversaciones. Leonela, con poca vergüenza y mucho descaro, le respondió que sí. Porque es cosa segura que los descuidos de las señoras quitan la vergüenza a las criadas. Cuando ven que sus amas tropiezan, a ellas no les importa cojear, ni que se sepa.

»Camila no pudo hacer otra cosa que pedirle un favor a Leonela. Le rogó que no contara nada de lo de su señora al hombre que decía ser su amante. Y que llevara sus asuntos en secreto, para que no se enteraran Anselmo ni Lotario. Leonela respondió que así lo haría. Pero lo cumplió de tal manera que el temor de Camila se hizo realidad. Camila temía perder su buen nombre por culpa de Leonela, y así fue. Porque Leonela, deshonesta y atrevida, vio que su ama ya no se portaba como antes. Entonces se atrevió a meter a su amante dentro de casa. Confiaba en que, aunque su señora le viera, no se atrevería a descubrirla. Éste es uno de los daños que traen los pecados de las señoras. Se vuelven esclavas de sus propias criadas. Y se ven obligadas a ocultar las deshonestidades y las bajezas de ellas. Así le pasó a Camila. Una y muchas veces vio a su Leonela con su galán en un cuarto de la casa. Y no solo no se atrevía a reñirla, sino que la dejaba encerrarlo allí. Le quitaba todos los obstáculos, para que su marido no le viera.

»Pero no pudo evitar que Lotario le viera salir una vez, al amanecer. Lotario no sabía quién era. Al principio pensó que debía de ser un fantasma. Pero luego vio que caminaba y se tapaba la cara con mucho cuidado. Entonces dejó aquella idea simple y tuvo otra. Esa otra idea habría sido la perdición de todos, si Camila no lo hubiera remediado. Lotario no pensó que aquel hombre había entrado en casa de Anselmo por Leonela. Ni siquiera se acordó de que Leonela existía. Solo creyó que Camila era fácil y ligera con otro, igual que lo había sido con él. Éstas son las consecuencias que trae la maldad de la mujer mala. Pierde su buen nombre ante el mismo hombre a quien se entregó después de sus ruegos. Él cree que ella se entrega a otros con más facilidad. Y cree sin dudar cualquier sospecha que le venga. Parece que en ese momento a Lotario le faltó toda su inteligencia. Se le olvidaron todos sus sabios razonamientos. No pensó nada bueno ni razonable. Sin más, fue a ver a Anselmo antes de que se levantara. Estaba impaciente y ciego por la rabia de los celos, que le comían por dentro. Se moría por vengarse de Camila, que en nada le había ofendido. Y le dijo:

»—Debes saber, Anselmo, que llevo muchos días luchando conmigo mismo. Me esforzaba por no decirte lo que ya no puedo ni debo ocultarte más. Debes saber que la fortaleza de Camila ya se ha rendido. Está dispuesta a hacer todo lo que yo quiera. Si he tardado en descubrirte esta verdad, ha sido por una razón. Quería ver si era solo un capricho ligero de ella. O si lo hacía para probarme y ver si mis amores eran serios. Son los amores que empecé con ella con tu permiso. Además, pensé que, si ella fuera tan buena como creíamos, ya te lo habría contado. Pero veo que no lo hace. Así que sé que son verdaderas sus promesas. Me ha prometido que me hablará en la recámara, donde guardas tus joyas y objetos de valor. Será la próxima vez que salgas de casa —y era verdad que Camila solía hablarle allí—. No quiero que corras a vengarte sin pensar, porque el pecado todavía no se ha cometido, salvo con el pensamiento. Y puede ser que, antes de cometerlo, Camila cambie de idea y se arrepienta. Siempre has seguido mis consejos, en todo o en parte. Sigue también el que te voy a dar ahora. Así podrás comprobar sin engaño y con prudencia lo que más te convenga. Finge que te vas dos o tres días, como otras veces. Y quédate escondido en tu recámara. Los tapices y otras cosas que hay allí te permiten esconderte con facilidad. Entonces verás con tus propios ojos, y yo con los míos, lo que quiere Camila. Puede ser la maldad que más se teme que se espera. Si es así, podrás ser tú mismo el verdugo de tu ofensa. Hazlo en silencio, con astucia y con discreción.

»Anselmo quedó asombrado, confuso y sorprendido con las palabras de Lotario. Porque le llegaron cuando menos esperaba oírlas. Ya creía que Camila había vencido los falsos ataques de Lotario. Y empezaba a disfrutar de la gloria de esa victoria. Estuvo un buen rato callado, mirando al suelo sin mover las pestañas. Al final dijo:

»—Has hecho lo que esperaba de tu amistad, Lotario. Seguiré tu consejo en todo. Haz lo que quieras, y guarda el secreto que exige un caso tan inesperado.

»Lotario se lo prometió. Pero, en cuanto se separó de él, se arrepintió totalmente de todo lo que le había dicho. Vio lo tontamente que había actuado. Podía haberse vengado de Camila de otra forma, no por un camino tan cruel y tan deshonroso. Maldecía su poca inteligencia y su decisión tan rápida. No sabía qué hacer para deshacer lo hecho o para encontrar una salida razonable. Al final decidió contárselo todo a Camila. Y, como no le faltaban ocasiones, aquel mismo día la encontró sola. En cuanto ella vio que podía hablarle, le dijo:

»—Sabed, amigo Lotario, que tengo una pena en el corazón. Me lo aprieta tanto que parece que va a reventar en el pecho. Y será un milagro si no revienta. La desvergüenza de Leonela ha llegado a tanto que cada noche encierra a un galán en esta casa. Y se queda con él hasta el amanecer. Eso pone en peligro mi buen nombre. Quien le vea salir de mi casa a horas tan raras podrá pensar lo que quiera. Y lo que me angustia es que no puedo castigarla ni reñirla. Ella conoce nuestros secretos, y eso me obliga a callar los suyos. Temo que de aquí va a salir alguna desgracia.

»Al principio, cuando Camila decía esto, Lotario creyó que era un truco. Pensó que ella quería hacerle creer que el hombre que había visto salir era de Leonela, y no suyo. Pero la vio llorar, sufrir y pedirle ayuda, y entonces creyó la verdad. Y, al creerla, quedó del todo confuso y arrepentido. Aun así, respondió a Camila que no se preocupara. Él buscaría un remedio para frenar el descaro de Leonela. También le contó lo que había dicho a Anselmo, llevado por la rabia furiosa de los celos. Le dijo que Anselmo iba a esconderse en la recámara. Desde allí vería claramente lo poco leal que ella le era. Le pidió perdón por esta locura. Y le pidió consejo para remediarla y salir bien de aquel laberinto tan enredado. Su mal juicio le había metido en él.

»Camila se quedó espantada al oír lo que Lotario le decía. Con mucho enfado y muchas razones sensatas, le riñó por su mal pensamiento. También le reprochó su decisión tan tonta y tan mala. Pero la mujer tiene por naturaleza un ingenio más rápido que el hombre, para el bien y para el mal. Aunque ese ingenio le falla cuando se pone a razonar despacio y a propósito. Y así, en un instante, Camila encontró la manera de remediar un asunto que parecía no tener remedio. Le dijo a Lotario que hiciera que Anselmo se escondiera al día siguiente donde había dicho. Porque ella pensaba sacar provecho de ese escondite. Así, desde entonces, los dos podrían disfrutar de su amor sin ningún sobresalto. No le explicó del todo su plan. Solo le advirtió de una cosa. Cuando Anselmo estuviera escondido, Lotario debía venir en cuanto Leonela le llamara. Y debía responder a todo lo que ella le dijera como si no supiera que Anselmo escuchaba. Lotario insistió en que le explicara del todo su intención. Así podría hacer con más seguridad y cuidado todo lo necesario.

»—Os digo —dijo Camila— que no tenéis que hacer nada más que responderme a lo que os pregunte.

»Camila no quería contarle antes lo que pensaba hacer. Temía que él no quisiera seguir su plan, que a ella le parecía tan bueno. Y que siguiera o buscara otros que no podrían ser tan buenos.

»Con esto, Lotario se fue. Al día siguiente, Anselmo se marchó con la excusa de ir a la aldea de su amigo. Y volvió para esconderse. Pudo hacerlo con facilidad, porque Camila y Leonela le dieron la ocasión a propósito. Anselmo se escondió, con el sobresalto que es fácil imaginar. Iba a ver con sus propios ojos cómo abrían y destrozaban las entrañas de su honra. Estaba a punto de perder el mayor bien que creía tener en su querida Camila. Camila y Leonela ya estaban seguras de que Anselmo estaba escondido. Entonces entraron en la recámara. Nada más poner Camila los pies en ella, dio un gran suspiro y dijo:

»—¡Ay, Leonela amiga! ¿No sería mejor que tomaras la daga de Anselmo que te he pedido? ¿Y que atravesaras con ella este pecho mío tan infame? Así no llegaría a hacer lo que pienso hacer. No quiero que lo sepas, para que no intentes impedirlo. Pero no lo hagas. No es justo que yo pague por la culpa de otro. Primero quiero saber qué vieron en mí los ojos atrevidos y deshonestos de Lotario. Quiero saber qué le dio valor para descubrirme un deseo tan malo. Me lo ha descubierto despreciando a su amigo y deshonrándome a mí. Ponte, Leonela, en esa ventana y llámale. Sin duda está en la calle, esperando para cumplir su mala intención. Pero antes se cumplirá la mía, que es cruel pero honrada.

»—¡Ay, señora mía! —respondió Leonela, que era astuta y lista—. ¿Qué quieres hacer con esta daga? ¿Quieres quitarte la vida o quitársela a Lotario? Cualquiera de las dos cosas te hará perder tu buen nombre y tu fama. Es mejor que disimules tu ofensa. No dejes que este mal hombre entre ahora en casa y nos encuentre solas. Mira, señora, que somos mujeres débiles, y él es hombre y está decidido. Viene con esa mala intención, ciego de pasión. Quizá, antes de que tú cumplas la tuya, él te haga algo peor que quitarte la vida. ¡Maldito sea mi señor Anselmo, que ha dado tanta libertad en su casa a este sinvergüenza! Y, si le matas, como yo creo que quieres hacer, ¿qué haremos con él después de muerto?

»—¿Qué haremos, amiga? —respondió Camila—. Le dejaremos para que Anselmo le entierre. Pues será justo que le parezca un descanso el trabajo de enterrar su propia deshonra. Llámale ya, acaba. Todo el tiempo que tardo en vengarme me parece una ofensa a la lealtad que debo a mi esposo.

»Anselmo lo escuchaba todo, y con cada palabra de Camila cambiaban sus pensamientos. Pero, cuando entendió que estaba decidida a matar a Lotario, quiso salir y descubrirse para impedirlo. Sin embargo, le detuvo el deseo de ver adónde llegaba tanto valor y una decisión tan honesta. Pensaba salir a tiempo para impedirlo.

»En esto, a Camila le dio un fuerte desmayo y se dejó caer sobre una cama que había allí. Leonela empezó a llorar con mucha amargura y a decir:

»—¡Ay, pobre de mí! ¡Qué desgracia, si se me muriera aquí en los brazos la flor de la honestidad del mundo! ¡La corona de las buenas mujeres, el ejemplo de la castidad...!

»Y decía otras cosas parecidas. Cualquiera que la escuchara la tendría por la doncella más afligida y leal del mundo. Y tendría a su señora por una nueva Penélope perseguida. Camila tardó poco en volver de su desmayo. Al volver en sí, dijo:

»—¿Por qué no vas a llamarle, Leonela? Es el amigo más leal que ha visto el sol o ha cubierto la noche. ¡Acaba, corre, date prisa, ve! Que no se apague con la espera el fuego de mi furia. Que mi justa venganza no se quede en amenazas y maldiciones.

»—Ya voy a llamarle, señora mía —dijo Leonela—. Pero antes tienes que darme esa daga. No quiero que hagas algo con ella mientras no estoy. Algo que haga llorar toda la vida a los que te quieren.

»—Ve tranquila, Leonela amiga, que no lo haré —respondió Camila—. Porque, aunque te parezca atrevida y simple por defender así mi honra, no lo seré tanto como aquella Lucrecia. Dicen que ella se mató sin haber cometido ningún error. Y sin matar primero al culpable de su desgracia. Yo moriré, si muero. Pero antes me vengaré del que me ha traído a este lugar a llorar sus atrevimientos. Unos atrevimientos que nacieron sin ninguna culpa mía.

»Leonela se hizo rogar mucho antes de salir a llamar a Lotario, pero al fin salió. Mientras volvía, Camila se quedó diciendo, como si hablara consigo misma:

»—¡Válgame Dios! ¿No habría sido más acertado despedir a Lotario, como he hecho otras muchas veces? ¿No habría sido mejor eso que dejar que me crea deshonesta y mala? Aunque sea solo durante el tiempo que tarde en sacarle de su error. Mejor habría sido, sin duda. Pero entonces yo no quedaría vengada, ni la honra de mi marido satisfecha. No, si Lotario saliera tan tranquilo y tan fácilmente del lugar donde le metieron sus malos pensamientos. ¡Que pague el traidor con la vida lo que intentó con un deseo tan lascivo! Que el mundo sepa, si acaso llega a saberlo, una cosa. Camila no solo fue leal a su esposo. También le vengó del que se atrevió a ofenderle. Sin embargo, creo que sería mejor contárselo a Anselmo. Pero ya se lo insinué en la carta que le escribí a la aldea. Y creo que no vino a remediar el daño por ser tan bueno y tan confiado. No quiso ni pudo creer una cosa así. No podía creer que en el pecho de su amigo tan fiel cupiera un pensamiento contra su honra. Ni yo misma lo creí después, durante muchos días. Y nunca lo habría creído si su descaro no hubiera llegado a tanto. Me lo demostraron sus regalos tan claros, sus largas promesas y sus lágrimas continuas. Pero ¿para qué pienso ahora todo esto? ¿Una decisión valiente necesita algún consejo? No, desde luego. ¡Fuera, pues, los traidores! ¡Aquí, la venganza! ¡Que entre el falso, que venga, que llegue, que muera y que acabe, y pase lo que pase! Limpia entré en poder del hombre que el cielo me dio por esposo, y limpia he de salir. Como mucho, saldré bañada en mi sangre casta y en la impura del amigo más falso del mundo.

»Y, diciendo esto, se paseaba por la sala con la daga desenvainada. Daba pasos tan desordenados y tan violentos, y hacía tales gestos, que parecía haber perdido el juicio. No parecía una mujer delicada, sino un rufián desesperado.

»Anselmo lo miraba todo, escondido detrás de unos tapices. Todo le asombraba. Ya le parecía que lo que había visto y oído bastaba para responder a sospechas aún mayores. Y ya quería que Lotario no viniera, porque temía alguna desgracia repentina. Estaba a punto de descubrirse y salir para abrazar a su esposa y contarle la verdad. Pero se detuvo, porque vio que Leonela volvía con Lotario de la mano. En cuanto Camila le vio, hizo con la daga una gran raya en el suelo, delante de ella. Y le dijo:

»—Lotario, escucha lo que te digo. Si te atreves a pasar esta raya, o incluso a acercarte a ella, me clavaré esta daga. Me la clavaré en el pecho en el mismo momento en que vea que lo intentas. Y, antes de que me respondas una palabra, quiero que me escuches otras. Después responderás lo que quieras. Primero, quiero que me digas si conoces a Anselmo, mi marido, y qué opinión tienes de él. Y segundo, quiero saber también si me conoces a mí. Respóndeme a esto sin ponerte nervioso. No pienses mucho la respuesta, porque no te pregunto cosas difíciles.

»Lotario no era tan tonto. Desde que Camila le pidió que hiciera esconderse a Anselmo, ya había adivinado lo que ella pensaba hacer. Por eso siguió su juego con tanta inteligencia y tanto acierto. Entre los dos hicieron que aquella mentira pareciera más cierta que la verdad. Así que respondió a Camila de esta manera:

»—No pensé, hermosa Camila, que me llamabas para preguntarme cosas tan lejanas de lo que vengo a buscar. Si lo haces para retrasar el favor que me prometiste, podías haberlo retrasado desde más lejos. Porque el bien deseado cansa más cuanto más cerca está la esperanza de tenerlo. Pero, para que no digas que no respondo a tus preguntas, te diré esto. Conozco a tu esposo Anselmo, y nos conocemos los dos desde muy niños. No quiero decir lo que tú ya sabes de nuestra amistad. No lo digo para no ser testigo de la ofensa que el amor me obliga a hacerle. El amor es una disculpa poderosa para errores mayores. A ti te conozco, y te valoro tanto como él. Por una mujer con menos cualidades que tú, yo no iría contra lo que debo a quien soy. Ni contra las santas leyes de la verdadera amistad. Ahora las he roto y violado por culpa de un enemigo tan poderoso como el amor.

»—Si confiesas eso —respondió Camila—, eres enemigo mortal de todo lo que merece ser amado. ¿Con qué cara te atreves a presentarte ante mí? Yo soy el espejo donde se mira Anselmo. Y en Anselmo deberías mirarte tú, para ver qué poca razón tienes para ofenderle. Pero ya me doy cuenta, ¡ay, desdichada de mí!, de por qué te respetas tan poco a ti mismo. Debe de haber sido algún descuido mío. No quiero llamarlo deshonestidad, porque no lo habré hecho a propósito. Será uno de esos descuidos de las mujeres que creen no tener que guardarse de nadie. Si no, dime, ¡oh traidor!: ¿cuándo respondí a tus ruegos con alguna palabra o señal? ¿Cuándo te di la menor esperanza de cumplir tus deseos infames? ¿Cuándo no rechacé tus palabras de amor con dureza y aspereza? ¿Cuándo creí o acepté tus muchas promesas y tus regalos aún mayores? Pero creo que nadie puede insistir mucho tiempo en el amor sin alguna esperanza. Por eso quiero echarme a mí la culpa de tu atrevimiento. Sin duda, algún descuido mío ha alimentado tanto tiempo tu deseo. Así que quiero castigarme y darme la pena que merece tu culpa. Y te he traído aquí por una razón. Quiero que veas que, si soy tan cruel conmigo, no puedo dejar de serlo contigo. Quiero que seas testigo del sacrificio que pienso ofrecer a la honra ofendida de mi honrado marido. Tú le has ofendido con todo el empeño posible. Y yo también, porque no me cuidé de huir de la ocasión. Si es que te di alguna ocasión para favorecer tus malas intenciones. Lo repito: lo que más me angustia es sospechar que algún descuido mío causó tus locos pensamientos. Eso es lo que más deseo castigar con mis propias manos. Porque, si me castigara otro verdugo, quizá mi culpa sería más pública. Pero, antes de hacerlo, quiero matar muriendo. Quiero llevarme conmigo a quien satisfaga del todo mi deseo de venganza. Allí, dondequiera que vaya, veré el castigo que da la justicia limpia y que no se dobla. Ese castigo será para el que me ha puesto en una situación tan desesperada.

»Y, mientras decía estas palabras, se lanzó contra Lotario con una fuerza y una rapidez increíbles. Llevaba la daga desenvainada. Parecía tan decidida a clavársela en el pecho que él casi dudó si aquello era fingido o verdadero. Porque tuvo que usar su habilidad y su fuerza para impedir que Camila le hiriera. Ella fingía con tanta viveza aquel extraño y feo engaño que quiso darle color de verdad con su propia sangre. Vio que no podía alcanzar a Lotario, o fingió que no podía, y dijo:

»—La suerte no quiere satisfacer del todo mi deseo tan justo. Pero al menos no podrá impedir que lo satisfaga en parte.

»Hizo fuerza para soltar la mano que sujetaba la daga, porque Lotario se la tenía agarrada. Consiguió sacarla. Dirigió la punta hacia un lugar donde la herida no fuera profunda. Y se la clavó un poco más arriba de la islilla del lado izquierdo, junto al hombro. Luego se dejó caer al suelo, como desmayada.

»Leonela y Lotario estaban asombrados y sin palabras. Todavía dudaban si aquello era verdad al ver a Camila tendida en el suelo y bañada en sangre. Lotario corrió muy deprisa a sacar la daga, asustado y sin aliento. Al ver la pequeña herida, se le pasó el miedo. Y de nuevo se admiró de la astucia, la prudencia y la gran inteligencia de la hermosa Camila. Para hacer su parte, empezó una larga y triste lamentación sobre el cuerpo de Camila, como si estuviera muerta. Se echaba muchas maldiciones a sí mismo. Y también al que le había llevado a aquella situación. Sabía que su amigo Anselmo le estaba escuchando. Por eso decía cosas que daban más lástima de él que de Camila, aunque la creyeran muerta.

»Leonela tomó a Camila en brazos y la puso en la cama. Rogó a Lotario que fuera a buscar a alguien que curara a Camila en secreto. También le pidió consejo sobre lo que dirían a Anselmo de aquella herida. Por si acaso él volvía antes de que estuviera curada. Lotario respondió que dijeran lo que quisieran. Él no estaba en condiciones de dar un buen consejo. Solo le dijo que intentara cortar la sangre, porque él se iba adonde nadie le viera. Y salió de la casa con muestras de mucho dolor y pena. Cuando se vio solo y en un lugar donde nadie le veía, no paraba de santiguarse. Estaba maravillado de la astucia de Camila y de lo bien que había actuado Leonela. Pensaba en lo convencido que quedaría Anselmo de tener por esposa a una segunda Porcia. Y deseaba verse con él para celebrar juntos la mentira y la verdad mejor disimuladas que se podían imaginar.

»Leonela, como hemos dicho, cortó la sangre de su señora. No era más que la necesaria para que el engaño pareciera verdad. Lavó la herida con un poco de vino y se la vendó lo mejor que supo. Mientras la curaba, decía tales palabras que habrían bastado para convencer a Anselmo. Aunque no hubiera oído nada antes, habría creído que Camila era la imagen misma de la honestidad.

»A las palabras de Leonela se unieron otras de Camila. Se llamaba cobarde y de poco valor. Porque le había faltado el valor justo cuando más lo necesitaba, para quitarse la vida que tanto odiaba. Pidió consejo a su doncella. ¿Debía contar todo aquello a su querido esposo o no? Leonela le dijo que no se lo contara. Porque, si se lo contaba, le obligaría a vengarse de Lotario. Y eso no podría hacerse sin mucho peligro para él. Y le dijo que la buena mujer estaba obligada a no dar motivos a su marido para pelear. Al contrario, debía quitarle todos los que pueda.

»Camila respondió que el consejo le parecía muy bueno y que lo seguiría. Pero, de todos modos, tenían que buscar qué decirle a Anselmo sobre la causa de la herida. Él la vería sin remedio. Leonela respondía que ella no sabía mentir, ni siquiera en broma.

»—Pues yo, hermana —replicó Camila—, ¿qué voy a saber? No me atrevería a inventar ni a sostener una mentira, aunque me fuera la vida en ello. Si no sabemos encontrar una salida, será mejor decirle la verdad desnuda. Es mejor eso que dejar que nos descubra mintiendo.

»—No te preocupes, señora —respondió Leonela—. De aquí a mañana pensaré qué le podemos decir. Quizá, por estar la herida donde está, puedas taparla sin que él la vea. Y el cielo querrá ayudar a nuestras intenciones tan justas y tan honradas. Cálmate, señora mía, y procura tranquilizarte, para que mi señor no te encuentre alterada. Lo demás déjalo en mis manos y en las de Dios, que siempre ayuda a los buenos deseos.

»Anselmo había escuchado y mirado con mucha atención. Había visto representar la tragedia de la muerte de su honra. Los personajes la representaron con sentimientos tan extraños y tan eficaces que parecía real. Parecía que se habían convertido en la verdad misma de lo que fingían. Deseaba mucho que llegara la noche y poder salir de su casa. Quería ir a ver a su buen amigo Lotario. Quería celebrar con él la margarita preciosa que había encontrado al descubrir la bondad de su esposa. Las dos tuvieron cuidado de darle tiempo y ocasión para salir. Él la aprovechó, salió y enseguida fue a buscar a Lotario. Cuando le encontró, es difícil contar los abrazos que le dio. Ni las cosas que le dijo de su alegría, ni las alabanzas que hizo de Camila. Lotario lo escuchó todo sin poder mostrar ninguna alegría. Porque recordaba lo engañado que estaba su amigo y lo injustamente que él le ofendía. Anselmo veía que Lotario no se alegraba. Pero creía que era porque había dejado a Camila herida y él había sido la causa. Por eso, entre otras cosas, le dijo que no se preocupara por lo que le había pasado a Camila. Sin duda, la herida era leve, porque ellas habían quedado en ocultársela a él. Así que no había nada que temer. Desde ahora, Lotario debía disfrutar y alegrarse con él. Gracias a su habilidad y a su ayuda, Anselmo había llegado a la mayor felicidad que se podía desear. Y quería que sus únicos pasatiempos fueran escribir versos en alabanza de Camila. Versos que la hicieran eterna en la memoria de los siglos futuros. Lotario alabó su buena decisión. Y dijo que, por su parte, le ayudaría a levantar un edificio tan ilustre.

»Así quedó Anselmo como el hombre más dulcemente engañado del mundo. Él mismo llevaba de la mano a su casa al que creía instrumento de su gloria. Y, en realidad, llevaba la perdición de su buen nombre. Camila le recibía con la cara, al parecer, enfadada, aunque con el alma sonriente. Este engaño duró algunos días. Pero, al cabo de pocos meses, la Fortuna hizo girar su rueda. Salió a la luz la maldad que hasta entonces había estado tan bien escondida. Y a Anselmo su curiosidad impertinente le costó la vida.»

### Glosario

- **castellano**: aquí, el señor que manda en un castillo y lo guarda.
- **apretar el cerco**: rodear más a una fortaleza para que se rinda; aquí, insistir más en el amor.
- **oráculo**: en la Antigüedad, respuesta de los dioses que todos creían verdadera.
- **la deuda que ningún hombre puede dejar de pagar**: la muerte.
- **las musas**: diosas antiguas que, según se creía, ayudaban a los poetas a escribir.
- **sobremesa**: rato de conversación en la mesa después de comer.
- **las cuatro eses**: según un dicho antiguo, el buen enamorado debía ser sabio, solícito, sufrido y secreto.
- **ABC**: el abecedario. Leonela busca una cualidad para cada letra; por eso escribe "onesto", "quantioso" (rico) y "zelador" (que vigila y protege) con O, Q y Z.
- **recámara**: cuarto de la casa donde se guardan las joyas y los objetos de valor.
- **tapices**: telas grandes con dibujos que se cuelgan en las paredes.
- **daga**: cuchillo grande con punta, que se usa como arma.
- **desenvainada**: sacada de su funda.
- **Penélope**: en un poema griego, esposa de Ulises; le esperó y le fue fiel durante veinte años.
- **Lucrecia**: mujer romana muy honrada que se quitó la vida después de ser deshonrada por un hombre.
- **rufián**: hombre violento y sin honra.
- **islilla**: hueso que va del cuello al hombro.
- **santiguarse**: hacer con la mano la señal de la cruz.
- **Porcia**: mujer romana famosa por su valor y su fidelidad a su marido.
- **margarita**: aquí, perla.
- **la Fortuna hizo girar su rueda**: la suerte cambió.

## Capítulo XXXV. Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente

Quedaba poco por leer de la novela cuando Sancho Panza salió muy alterado del camaranchón donde descansaba don Quijote. Gritaba:

— ¡Vengan, señores, deprisa, y ayuden a mi señor! Está metido en la batalla más dura y reñida que han visto mis ojos. ¡Vive Dios, que le ha dado un golpe de espada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona! ¡Le ha cortado la cabeza cercén a cercén, como si fuera un nabo!

— ¿Qué dices, hermano? —dijo el cura, dejando de leer lo que quedaba de la novela—. ¿Estás en tu juicio, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que dices, si el gigante está a dos mil leguas de aquí?

En esto, oyeron un gran ruido en el cuarto. Y oyeron a don Quijote, que gritaba:

— ¡Detente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo, y no te va a servir de nada tu cimitarra!

Y parecía que daba grandes cuchilladas contra las paredes. Y Sancho dijo:

— No se queden ahí escuchando. Entren a separar la pelea o a ayudar a mi amo. Aunque ya no hará falta, porque sin duda el gigante ya está muerto. Ya estará dando cuenta a Dios de su vida pasada y mala. Yo vi correr la sangre por el suelo. Y vi la cabeza cortada y caída a un lado. ¡Es tan grande como un gran cuero de vino!

— Que me maten —dijo el ventero— si don Quijote, o don diablo, no ha rajado un cuero de vino. Junto a la cabecera de su cama había unos cueros llenos de vino tinto. Y el vino derramado debe de ser lo que a este buen hombre le parece sangre.

Y con esto entró en el cuarto, y todos detrás de él. Encontraron a don Quijote con la ropa más extraña del mundo. Estaba en camisa. Por delante, la camisa no le llegaba a cubrir del todo los muslos. Y por detrás era seis dedos más corta. Las piernas eran muy largas y flacas, llenas de pelo y nada limpias. Llevaba en la cabeza un gorrito rojo y grasiento, que era del ventero. En el brazo izquierdo tenía enrollada la manta de la cama. Sancho le tenía manía a esa manta, y él sabía muy bien por qué. En la mano derecha llevaba la espada desenvainada. Con ella daba cuchilladas a todas partes y decía palabras como si de verdad peleara con algún gigante. Y lo mejor es que no tenía los ojos abiertos. Estaba dormido y soñaba que estaba en batalla con el gigante. Pensaba tanto en la aventura que iba a terminar que había soñado con ella. Soñó que ya había llegado al reino de Micomicón y que ya peleaba con su enemigo. Había dado tantas cuchilladas a los cueros que todo el cuarto estaba lleno de vino. Él creía que se las daba al gigante. El ventero lo vio y se enfadó tanto que se lanzó contra don Quijote. Le empezó a dar muchísimos puñetazos. Si Cardenio y el cura no se lo hubieran quitado, él mismo habría terminado la guerra del gigante. Y, con todo aquello, el pobre caballero no se despertaba. Al final, el barbero trajo un gran caldero de agua fría del pozo. Y se lo echó de golpe por todo el cuerpo. Con eso despertó don Quijote. Pero no tanto como para darse cuenta de cómo estaba.

Dorotea vio lo corta y fina que era su ropa. Por eso no quiso entrar a ver la batalla de su defensor con su enemigo.

Sancho buscaba la cabeza del gigante por todo el suelo. Y, como no la encontraba, dijo:

— Ya sé yo que todo en esta casa es encantamiento. La otra vez, en este mismo lugar donde estoy ahora, me dieron muchos puñetazos y golpes. No sabía quién me los daba, y nunca pude ver a nadie. Y ahora no aparece por aquí esta cabeza que vi cortar con mis mismísimos ojos. ¡Y la sangre corría del cuerpo como de una fuente!

— ¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? —dijo el ventero—. ¿No ves, ladrón, que la sangre y la fuente no son otra cosa que estos cueros agujereados? ¿Y el vino tinto que nada en este cuarto? ¡Así vea yo nadando en el infierno el alma del que los agujereó!

— No sé nada —respondió Sancho—. Solo sé que voy a ser muy desgraciado. Como no encuentro esta cabeza, mi condado se me va a deshacer como la sal en el agua.

Sancho despierto estaba peor que su amo dormido. Así le tenían las promesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba al ver la calma del escudero y el daño que había hecho el señor. Juraba que no iba a ser como la vez pasada, cuando se fueron sin pagar. Esta vez no les iban a servir los privilegios de su caballería para no pagar. Tendrían que pagar esta vez y la anterior. Incluso lo que costaran los parches que había que ponerles a los cueros rotos.

El cura tenía sujeto a don Quijote de las manos. Don Quijote creyó que ya había terminado la aventura y que estaba delante de la princesa Micomicona. Así que se arrodilló delante del cura y dijo:

— Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa señora, vivir desde hoy segura. Esta criatura mal nacida ya no le puede hacer daño. Y yo también, desde hoy, quedo libre de la palabra que os di, porque la he cumplido muy bien. La he cumplido con la ayuda del alto Dios. Y con el favor de aquella por quien vivo y respiro.

— ¿No lo dije yo? —dijo Sancho al oír esto—. Ya ven que no estaba borracho. ¡Miren si mi amo no ha puesto en sal al gigante! ¡Ciertos son los toros: mi condado está de molde!

¿Quién no se iba a reír con las tonterías de los dos, amo y criado? Todos se reían, menos el ventero, que estaba furioso y se daba a Satanás. Al fin, el barbero, Cardenio y el cura consiguieron, con no poco trabajo, meter a don Quijote en la cama. Él se quedó dormido, con muestras de un enorme cansancio. Le dejaron dormir y salieron al portal de la venta a consolar a Sancho Panza. Estaba triste por no haber encontrado la cabeza del gigante. Aunque más trabajo tuvieron para calmar al ventero. Estaba desesperado por la muerte repentina de sus cueros. Y la ventera decía a gritos:

— En mal momento y en mala hora entró en mi casa este caballero andante. ¡Ojalá nunca le hubieran visto mis ojos, porque tan caro me cuesta! La vez pasada se fue sin pagar lo de una noche. No pagó la cena, la cama, la paja ni la cebada. Ni para él ni para su escudero, ni para un rocín y un jumento. Decía que era caballero aventurero. ¡Que mala ventura le dé Dios a él y a todos los aventureros del mundo! Y que por eso no tenía que pagar nada, porque así lo decían las leyes de la caballería andantesca. Y ahora, por culpa de él, vino este otro señor y se llevó mi cola. Me la ha devuelto con más de dos cuartillos de daño, toda pelada. Ya no sirve para lo que la quiere mi marido. Y, para acabar de rematarlo todo, me rompe los cueros y me derrama el vino. ¡Así vea yo derramada su sangre! ¡Pues que no se crea! ¡Lo juro por los huesos de mi padre y por el alma de mi madre! Me lo tienen que pagar hasta el último cuarto. Si no, que no me llame yo como me llamo, ni sea hija de quien soy.

Esto y otras cosas parecidas decía la ventera muy enfadada. Y la ayudaba su buena criada Maritornes. La hija callaba y de vez en cuando sonreía. El cura los calmó a todos. Prometió pagarles lo mejor que pudiera la pérdida de los cueros y del vino. Y, sobre todo, el daño de la cola, que tanto les importaba. Dorotea consoló a Sancho Panza. Le prometió una cosa para cuando se viera en paz en su reino. Si su amo de verdad había cortado la cabeza al gigante, le daría su mejor condado. Sancho se consoló con esto. Aseguró a la princesa que había visto la cabeza del gigante, sin ninguna duda. Y, como prueba, dijo que tenía una barba que le llegaba a la cintura. Si no aparecía, era porque todo lo que pasaba en aquella casa era por encantamiento. Ya lo había comprobado la otra vez que se alojó en ella. Dorotea dijo que así lo creía, y que no se preocupara. Todo saldría bien, a pedir de boca. Cuando todos estaban ya tranquilos, el cura quiso terminar de leer la novela, porque vio que faltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los demás le pidieron que la terminara. Él quiso darles gusto a todos, y también tenía ganas de leerla. Así que siguió con la historia, que decía así:

«Sucedió, pues, que Anselmo estaba muy satisfecho de la bondad de Camila. Por eso vivía contento y tranquilo. Camila, a propósito, ponía mala cara a Lotario. Quería que Anselmo creyera lo contrario de lo que ella sentía por él. Y, para hacerlo más creíble, Lotario pidió permiso para no venir más a la casa. Decía que se veía claramente que a Camila le molestaba verle. Pero Anselmo, engañado, le dijo que de ninguna manera hiciera eso. Y así, de mil maneras, Anselmo construía su propia deshonra, creyendo que construía su felicidad.

»Mientras tanto, Leonela se sentía tan aprobada en sus amores que se dejó llevar por ellos sin ningún freno. Confiaba en que su señora la tapaba. Y hasta le aconsejaba cómo hacerlo sin mucho peligro. Al fin, una noche, Anselmo oyó pasos en el cuarto de Leonela. Quiso entrar a ver quién era, pero notó que alguien sujetaba la puerta. Eso le dio más ganas de abrirla. Hizo tanta fuerza que la abrió. Entró justo a tiempo de ver a un hombre que saltaba por la ventana a la calle. Corrió deprisa para alcanzarle o para ver quién era. Pero no pudo conseguir ninguna de las dos cosas, porque Leonela se abrazó a él y le dijo:

»—Cálmate, señor mío, no te alteres ni sigas al que ha saltado. Es cosa mía, tanto que es mi esposo.

»Anselmo no quiso creerla. Al contrario, ciego de rabia, sacó la daga y quiso herir a Leonela. Le dijo que le dijera la verdad o la mataría. Ella, con el miedo, sin saber lo que decía, le contestó:

»—No me mates, señor, que te diré cosas más importantes de lo que puedes imaginar.

»—Dilas ahora mismo —dijo Anselmo—. Si no, eres mujer muerta.

»—Ahora será imposible —dijo Leonela—, porque estoy muy alterada. Déjame hasta mañana. Entonces sabrás por mí cosas que te asombrarán. Y puedes estar seguro de que el que saltó por esta ventana es un joven de esta ciudad. Me ha dado su palabra de que será mi esposo.

»Con esto Anselmo se calmó. Quiso esperar el plazo que le pedía, porque no pensaba oír nada contra Camila. Pensaba así porque estaba muy satisfecho y seguro de su bondad. Así que salió del cuarto y dejó encerrada en él a Leonela. Le dijo que no saldría de allí hasta que le contara lo que tenía que decirle.

»Luego fue a ver a Camila y le contó todo lo que había pasado con su doncella. También le contó que Leonela le había prometido decirle cosas grandes e importantes. No hace falta decir si Camila se asustó o no. Creía de verdad, y era lógico creerlo, que Leonela lo iba a contar todo. Iba a decirle a Anselmo lo que sabía de su infidelidad. Tuvo tanto miedo que no se atrevió a esperar para ver si su sospecha era falsa. Aquella misma noche, cuando le pareció que Anselmo dormía, reunió sus mejores joyas y algo de dinero. Sin que nadie la oyera, salió de casa y se fue a la de Lotario. Le contó lo que pasaba. Le pidió que la pusiera a salvo, o que se fueran los dos adonde Anselmo no pudiera encontrarlos. Camila dejó a Lotario tan confuso que no sabía qué responderle. Ni sabía qué decidir.

»Al final, decidió llevar a Camila a un monasterio donde una hermana suya era priora. Camila aceptó. Con la rapidez que pedía el caso, Lotario la llevó y la dejó en el monasterio. Y él también se marchó enseguida de la ciudad, sin decir nada a nadie.

»Al amanecer, Anselmo se levantó sin darse cuenta de que Camila no estaba a su lado. Tenía muchas ganas de saber lo que Leonela quería decirle. Fue adonde la había dejado encerrada. Abrió y entró en el cuarto, pero Leonela no estaba. Solo encontró unas sábanas atadas a la ventana. Era la señal de que se había descolgado por allí y se había ido. Volvió muy triste a contárselo a Camila. Pero no la encontró en la cama ni en toda la casa, y se quedó asombrado. Preguntó a los criados por ella, pero nadie supo darle ninguna razón.

»Mientras buscaba a Camila, vio por casualidad sus cofres abiertos. Faltaban la mayoría de sus joyas. Con eso acabó de comprender su desgracia. Y entendió que no era Leonela la causa de su desdicha. Así como estaba, sin terminar de vestirse, triste y pensativo, fue a contar su desgracia a su amigo Lotario. Pero no le encontró. Sus criados le dijeron que aquella noche había desaparecido de casa. Y que se había llevado todo el dinero que tenía. Anselmo creyó que iba a perder el juicio. Y, para acabar del todo, volvió a su casa y no encontró a ninguno de sus criados ni criadas. La casa estaba vacía y sola.

»No sabía qué pensar, ni qué decir, ni qué hacer. Poco a poco iba perdiendo el juicio. Se veía de repente sin mujer, sin amigo y sin criados. Le parecía que hasta el cielo que le cubría le había abandonado. Y, sobre todo, se veía sin honra, porque en la falta de Camila vio su perdición.

»Al fin, después de un buen rato, decidió irse a la aldea de su amigo. Era allí donde había estado cuando dio ocasión a que se preparara toda aquella desgracia. Cerró las puertas de su casa, subió a caballo y se puso en camino, sin fuerzas. Apenas había hecho la mitad del camino cuando sus pensamientos le agobiaron tanto que tuvo que bajarse. Ató su caballo a un árbol y se dejó caer junto al tronco, con tiernos y dolorosos suspiros. Allí se quedó hasta casi el anochecer. A esa hora vio que venía de la ciudad un hombre a caballo. Anselmo le saludó y le preguntó qué noticias había en Florencia. El ciudadano respondió:

»—Las más extrañas que se han oído allí en muchos días. Todo el mundo dice que Lotario se ha llevado esta noche a Camila, la mujer de Anselmo el rico. Lotario era aquel gran amigo de Anselmo que vivía junto a San Juan. Y Anselmo tampoco aparece. Todo esto lo ha contado una criada de Camila. Anoche el gobernador la encontró bajando con una sábana por las ventanas de la casa de Anselmo. En fin, no sé exactamente cómo ocurrió todo. Solo sé que toda la ciudad está asombrada. Porque nadie podía esperar algo así de una amistad tan grande y tan íntima. Dicen que eran tan amigos que los llamaban “los dos amigos”.

»—¿Se sabe por casualidad —dijo Anselmo— qué camino llevan Lotario y Camila?

»—Ni idea —dijo el ciudadano—, aunque el gobernador los ha buscado con mucho empeño.

»—Id con Dios, señor —dijo Anselmo.

»—Quedad con Él —respondió el ciudadano, y se fue.

»Con noticias tan terribles, Anselmo estuvo a punto no solo de perder el juicio, sino también la vida. Se levantó como pudo y llegó a casa de su amigo, que todavía no sabía su desgracia. Pero, al verle llegar amarillo, consumido y seco, entendió que venía agotado por algún mal grave. Anselmo pidió enseguida que le acostaran y que le dieran algo para escribir. Así se hizo. Le dejaron acostado y solo, porque así lo quiso él. Incluso pidió que le cerraran la puerta. Al verse solo, empezó a pensar tanto en su desgracia que comprendió claramente que se le iba acabando la vida. Por eso decidió dejar escrita la causa de su extraña muerte. Empezó a escribir. Pero, antes de terminar de poner todo lo que quería, le faltó el aliento. Y dejó la vida en manos del dolor que le causó su curiosidad impertinente.

»El dueño de la casa vio que ya era tarde y que Anselmo no llamaba. Decidió entrar para ver si seguía enfermo. Le encontró tendido boca abajo, con medio cuerpo en la cama y el otro medio sobre la mesa. Sobre la mesa estaba el papel escrito y abierto, y Anselmo aún tenía la pluma en la mano. El dueño de la casa se acercó y le llamó primero. Después le tomó de la mano. Vio que no respondía y que estaba frío, y comprendió que estaba muerto. Se asombró y se afligió mucho. Llamó a la gente de la casa para que vieran la desgracia que le había pasado a Anselmo. Y, por último, leyó el papel. Reconoció que estaba escrito por la propia mano de Anselmo. Decía estas palabras:

Un necio e impertinente deseo me quitó la vida. Si la noticia de mi muerte llega a los oídos de Camila, que sepa que la perdono. La perdono porque ella no estaba obligada a hacer milagros, ni yo tenía necesidad de querer que los hiciera. Y, como yo fui quien construyó mi deshonra, no hay para qué...

»Hasta aquí escribió Anselmo. Por eso se vio que en aquel momento, sin poder terminar la frase, se le acabó la vida. Al día siguiente, su amigo avisó de su muerte a los parientes de Anselmo. Ellos ya sabían su desgracia. También sabían en qué monasterio estaba Camila. Ella estaba casi a punto de acompañar a su esposo en la muerte. Pero no era por la noticia de la muerte de su esposo. Era por las noticias que había sabido de su amigo ausente. Dicen que, aunque se vio viuda, no quiso salir del monasterio. Tampoco quiso hacerse monja. Así estuvo hasta que, pocos días después, le llegó una noticia. Lotario había muerto en una batalla en el reino de Nápoles. Era la batalla que en aquel tiempo dio monsieur de Lautrec al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Allí había ido a parar el amigo, que se arrepintió demasiado tarde. Cuando Camila lo supo, se hizo monja. Y en pocos días murió en las duras manos de la tristeza y la melancolía. Éste fue el final que tuvieron todos, nacido de un principio tan loco.»

— Me parece bien esta novela —dijo el cura—, pero no puedo creer que sea verdad. Y, si es inventada, el autor la inventó mal. No se puede imaginar un marido tan tonto que quiera hacer una prueba tan costosa como Anselmo. Si el caso fuera entre un galán y una dama, se podría aceptar. Pero entre marido y mujer tiene algo de imposible. En cuanto a la manera de contarlo, no me disgusta.

### Glosario

- **camaranchón**: cuarto pequeño en lo alto de una casa, que antes servía para guardar paja.
- **cercén a cercén**: de un solo corte, del todo.
- **cimitarra**: espada curva que usaban los moros y los turcos.
- **cuero de vino**: bolsa grande hecha de piel de animal para guardar vino.
- **caldero**: recipiente grande de metal, como una olla.
- **puesto en sal**: la carne se pone en sal para guardarla; aquí, el gigante está muerto y acabado.
- **Ciertos son los toros**: frase popular: es seguro, ya no hay duda.
- **está de molde**: está perfecto, como Sancho quería.
- **cuartillos**: monedas antiguas de poco valor; el cuarto era otra moneda pequeña.
- **a pedir de boca**: muy bien, como uno desea.
- **priora**: monja que dirige un monasterio.
- **necio**: tonto.

## Capítulo XXXVI. Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron

Mientras pasaba esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:

— Por ahí viene un buen grupo de huéspedes. Si paran aquí, gaudeamus tenemos.

— ¿Qué gente es? —preguntó Cardenio.

— Son cuatro hombres a caballo —respondió el ventero—. Montan a la jineta, con lanzas y adargas, y todos llevan antifaces negros. Con ellos viene una mujer vestida de blanco, en un sillón. También ella lleva la cara cubierta. Y vienen otros dos mozos a pie.

— ¿Están muy cerca? —preguntó el cura.

— Tan cerca —respondió el ventero— que ya llegan.

Al oír esto, Dorotea se cubrió la cara, y Cardenio se metió en el cuarto de don Quijote. Casi no tuvieron tiempo para hacerlo, porque enseguida entraron en la venta todos los que el ventero había dicho. Los cuatro de a caballo eran hombres de muy buena figura y presencia. Bajaron de sus caballos y fueron a ayudar a bajar a la mujer del sillón. Uno de ellos la tomó en sus brazos y la sentó en una silla. La silla estaba a la entrada del cuarto donde Cardenio se había escondido. En todo ese tiempo, ni ella ni ellos se habían quitado los antifaces. Tampoco habían dicho ni una palabra. Solo que, al sentarse en la silla, la mujer dio un suspiro profundo. Luego dejó caer los brazos, como una persona enferma y sin fuerzas. Los mozos de a pie llevaron los caballos a la caballeriza.

El cura vio todo esto. Quería saber quién era aquella gente, tan extraña en su ropa y en su silencio. Fue donde estaban los mozos y le preguntó a uno de ellos. El mozo le respondió:

— Pardiez, señor, yo no sabría deciros quiénes son. Solo sé que parecen gente muy importante. Sobre todo aquel que tomó en sus brazos a la señora que habéis visto. Lo digo porque todos los demás lo respetan. Y no se hace nada más que lo que él ordena y manda.

— ¿Y la señora, quién es? —preguntó el cura.

— Tampoco sabría decirlo —respondió el mozo—, porque en todo el camino no le he visto la cara. Eso sí, la he oído suspirar muchas veces. Y da unos gemidos que parece que con cada uno se le va el alma. No es raro que no sepamos más, porque mi compañero y yo solo vamos con ellos desde hace dos días. Los encontramos en el camino y nos pidieron que viniéramos con ellos hasta Andalucía. Nos convencieron prometiendo pagarnos muy bien.

— ¿Y habéis oído el nombre de alguno de ellos? —preguntó el cura.

— No, de verdad —respondió el mozo—, porque todos caminan en un silencio que da asombro. Entre ellos no se oye nada más que los suspiros y sollozos de la pobre señora. Nos dan lástima. Nosotros creemos sin duda que ella va obligada, vaya adonde vaya. Por su ropa, parece que es monja, o que va a serlo, que es lo más seguro. Y quizá va triste porque no quiere ser monja por su propia voluntad.

— Todo podría ser —dijo el cura.

Los dejó y volvió adonde estaba Dorotea. Ella había oído suspirar a la mujer tapada. Llena de compasión, se acercó a ella y le dijo:

— ¿Qué mal tenéis, señora mía? Si es alguno de esos que las mujeres sabemos curar, yo os ofrezco con gusto mi ayuda.

La pobre señora no dijo nada. Dorotea le ofreció más ayuda todavía, pero ella seguía en silencio. Entonces llegó el caballero tapado, aquel al que los demás obedecían, según el mozo. Y le dijo a Dorotea:

— No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer. Tiene la costumbre de no agradecer nada de lo que se hace por ella. Y no intentéis que os responda, si no queréis oír alguna mentira de su boca.

— Nunca he dicho una mentira —dijo entonces la mujer, que hasta ese momento había estado callada—. Al contrario: por ser tan sincera y no saber mentir, me veo ahora en tanta desgracia. Y quiero que vos mismo seáis testigo de esto, porque mi pura verdad os hace a vos falso y mentiroso.

Cardenio oyó estas palabras de forma muy clara. Estaba tan cerca de la mujer que solo los separaba la puerta del cuarto de don Quijote. En cuanto las oyó, gritó:

— ¡Válgame Dios! ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado a mis oídos?

La señora, muy asustada, volvió la cabeza al oír estos gritos. No vio quién gritaba, así que se puso de pie y quiso entrar en el cuarto. El caballero la vio y la detuvo; no la dejó dar ni un paso. Con tanto nervio y agitación, a ella se le cayó el tafetán que le cubría la cara. Así se descubrió una belleza sin igual y un rostro maravilloso. Pero estaba pálida y asustada. Con los ojos miraba a todas partes, con tanta ansia que parecía una persona loca. Nadie entendía por qué hacía esto. Pero daba mucha lástima a Dorotea y a todos los que la miraban. El caballero la tenía fuertemente agarrada por la espalda. Como estaba tan ocupado en sujetarla, no pudo subirse el antifaz, que se le caía. Y, en efecto, se le cayó del todo. Dorotea, que también estaba abrazada a la señora, levantó los ojos. Entonces vio que el hombre que la sujetaba era su esposo, don Fernando. Apenas lo reconoció, soltó desde lo más hondo de su pecho un “¡ay!” largo y tristísimo. Y cayó hacia atrás, desmayada. Si el barbero no hubiera estado allí al lado para recogerla en sus brazos, ella habría caído al suelo.

Enseguida llegó el cura y le quitó el velo para echarle agua en la cara. En cuanto le descubrió la cara, la reconoció don Fernando, que era el que sujetaba a la otra mujer. Al verla, se quedó como muerto. Pero, aun así, no soltó a Luscinda, que era la mujer que intentaba librarse de sus brazos. Luscinda había reconocido a Cardenio por el suspiro, y él la había reconocido a ella. Cardenio oyó también el “¡ay!” que dio Dorotea al caer desmayada. Creyó que era su Luscinda y salió del cuarto muy asustado. Lo primero que vio fue a don Fernando, que tenía abrazada a Luscinda. Don Fernando también reconoció enseguida a Cardenio. Y los tres, Luscinda, Cardenio y Dorotea, se quedaron mudos. Casi no sabían qué les había pasado.

Todos callaban y todos se miraban: Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. La primera que rompió el silencio fue Luscinda. Le habló así a don Fernando:

— Dejadme, señor don Fernando. Hacedlo por lo que debéis a quien sois, ya que no lo hacéis por otra razón. Dejadme llegar al muro del que yo soy yedra. Es el apoyo del que no me han podido separar vuestras insistencias, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestros regalos. Mirad cómo el cielo, por caminos extraños y ocultos para nosotros, me ha puesto delante a mi verdadero esposo. Y sabéis bien, por mil experiencias dolorosas, que solo la muerte podría borrarlo de mi memoria. Que esta verdad tan clara os sirva para algo. Ya que no podéis hacer otra cosa, cambiad vuestro amor en rabia y vuestro deseo en odio. Y quitadme la vida con esa rabia. Si muero delante de mi buen esposo, daré mi vida por bien empleada. Quizá con mi muerte él quedará seguro de la fidelidad que le guardé hasta el último momento.

Mientras tanto, Dorotea se había recuperado. Había escuchado todas las palabras de Luscinda, y por ellas supo quién era. Vio que don Fernando aún no la soltaba de sus brazos ni respondía a sus palabras. Entonces, con todo el esfuerzo que pudo, se levantó y fue a arrodillarse a sus pies. Llorando muchas lágrimas, hermosas y tristes, empezó a decirle:

— Señor mío, quizá los rayos de este sol que tienes apagado en tus brazos te ciegan los ojos. Si no es así, ya habrás visto quién está arrodillada a tus pies. Es la desgraciada Dorotea, sin suerte hasta que tú quieras. Yo soy aquella labradora humilde a la que tú quisiste levantar muy alto. Por tu bondad o por tu gusto, quisiste que pudiera llamarse tuya. Soy la que vivía contenta, encerrada en los límites de la honestidad. Así viví hasta que escuché tus ruegos insistentes y tus sentimientos, que parecían justos y llenos de amor. Entonces abrí las puertas de mi recato y te di las llaves de mi libertad. Tú agradeciste muy mal ese regalo. Lo demuestra bien claro que yo haya tenido que venir a este lugar y que te vea a ti de esta manera. Pero, aun así, no quiero que pienses que he venido aquí por caminos deshonestos. Solo me han traído el dolor y la pena de verme olvidada por ti. Tú quisiste que yo fuera tuya. Y lo quisiste de tal manera que, aunque ahora quieras lo contrario, no es posible que dejes de ser mío. Mira, señor mío: mi amor sin igual puede compensar la belleza y la nobleza por las que me dejas. Tú no puedes ser de la hermosa Luscinda, porque eres mío. Ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio. Piénsalo bien: es más fácil querer a quien te adora que obligar a quererte a quien te odia. Tú buscaste mi descuido, tú rogaste a mi honradez. Tú conocías bien mi condición, y sabes bien cómo me entregué a tu voluntad. No puedes decir ahora que te engañaron. Y si esto es así, como lo es, y eres tan cristiano como caballero, ¿por qué das tantas vueltas? ¿Por qué tardas en hacerme feliz al final, como me hiciste feliz al principio? Si no me quieres como lo que soy, tu verdadera y legítima esposa, quiéreme por lo menos como tu esclava. Con estar en tu poder, me sentiré feliz y afortunada. Si me dejas y me abandonas, la gente se juntará en corrillos para hablar de mi deshonra. No permitas eso. No les des una vejez tan mala a mis padres. No lo merecen, después de los leales servicios que siempre hicieron a los tuyos como buenos vasallos. Quizá piensas que vas a manchar tu sangre si la mezclas con la mía. Pero piensa que casi no hay ninguna familia noble en el mundo que no haya pasado por este camino. Y la nobleza que viene de las mujeres no es la que cuenta en las familias ilustres. Además, la verdadera nobleza está en la virtud. Y si te falta la virtud, al negarme lo que en justicia me debes, yo seré más noble que tú. En fin, señor, lo último que te digo es esto: quieras o no quieras, yo soy tu esposa. Son testigos tus palabras, que no pueden ni deben ser mentira. No lo serán si te precias de tu nobleza, la misma que te hace despreciarme. Es testigo la firma que hiciste. Y es testigo el cielo, al que tú llamaste como testigo de tus promesas. Y si todo esto faltara, no faltará tu propia conciencia. Ella gritará en silencio en medio de tus alegrías. Defenderá esta verdad que te he dicho y estropeará tus mejores placeres.

Estas y otras razones dijo la pobre Dorotea con tanto sentimiento y tantas lágrimas que todos lloraron con ella. Lloraron los acompañantes de don Fernando y todos los presentes. Don Fernando la escuchó sin responder ni una palabra. Ella terminó de hablar y empezó a sollozar y a suspirar. Lo hacía tanto que solo un corazón de bronce no se habría ablandado ante tanto dolor. Luscinda la miraba, con tanta pena por su dolor como admiración por su inteligencia y su belleza. Quería acercarse a ella y decirle algunas palabras de consuelo. Pero no la dejaban los brazos de don Fernando, que la tenían apretada. Él, lleno de confusión y de asombro, estuvo un buen rato mirando atentamente a Dorotea. Al fin abrió los brazos, dejó libre a Luscinda y dijo:

— Venciste, hermosa Dorotea, venciste, porque no es posible tener valor para negar tantas verdades juntas.

Luscinda estaba débil por el desmayo que había tenido. Así que, cuando don Fernando la soltó, iba a caer al suelo. Pero Cardenio estaba allí cerca. Se había puesto a la espalda de don Fernando para que no lo reconociera. Ahora dejó a un lado todo miedo y, sin pensar en el peligro, corrió a sostener a Luscinda. La tomó en sus brazos y le dijo:

— Leal, firme y hermosa señora mía: quizá el cielo piadoso quiere que por fin descanses. Si es así, creo que en ningún lugar estarás más segura que en estos brazos. Ahora te reciben, y ya te recibieron en otro tiempo, cuando la suerte me dejaba llamarte mía.

Al oír estas palabras, Luscinda miró a Cardenio. Primero empezó a reconocerlo por la voz, y después se aseguró con la vista de que era él. Casi fuera de sí, y olvidando todo respeto y decoro, le echó los brazos al cuello. Juntó su cara con la de Cardenio y le dijo:

— Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño de esta cautiva vuestra. Lo sois aunque la mala suerte lo impida. Y lo sois aunque amenacen a esta vida, que solo vive de la vuestra.

Fue un espectáculo extraño para don Fernando y para todos los que estaban allí. Todos se admiraban de algo tan nunca visto. A Dorotea le pareció que don Fernando se había puesto pálido. Le pareció también que quería vengarse de Cardenio, porque llevaba la mano hacia la espada. En cuanto lo pensó, con una rapidez increíble, se abrazó a sus rodillas. Se las besaba y lo sujetaba tan fuerte que no lo dejaba moverse. Sin dejar de llorar ni un momento, le decía:

— ¿Qué piensas hacer, mi único refugio, en un momento tan inesperado? Tienes a tus pies a tu esposa. Y la que tú quieres como esposa está en los brazos de su marido. Piensa si te conviene, o si es posible, deshacer lo que el cielo ha hecho. Piensa si te conviene levantar hasta ti a esta mujer. Ella ha dejado de lado todo obstáculo y se ha mantenido firme en su verdad. Delante de ti, tiene los ojos clavados en su verdadero esposo. Y le baña la cara y el pecho con lágrimas de amor. Por Dios te lo ruego, y por quien tú eres te lo suplico: que esta verdad tan clara no aumente tu ira. Al contrario, que la disminuya tanto que permitas, con calma y tranquilidad, que estos dos amantes vivan en paz. Déjalos vivir sin estorbo todo el tiempo que el cielo quiera darles. Así mostrarás la generosidad de tu noble corazón. Y el mundo verá que en ti tiene más fuerza la razón que el deseo.

Mientras Dorotea decía esto, Cardenio tenía abrazada a Luscinda, pero no quitaba los ojos de don Fernando. Estaba decidido a defenderse si lo veía moverse contra él. Pensaba atacar como mejor pudiera a todos los que quisieran hacerle daño, aunque le costara la vida. Pero en ese momento llegaron los amigos de don Fernando. Llegaron también el cura y el barbero, que lo habían visto todo, y no faltó el bueno de Sancho Panza. Todos rodeaban a don Fernando. Le suplicaban que tuviera en cuenta las lágrimas de Dorotea. Si era verdad lo que ella había dicho, y ellos no lo dudaban, no debía dejarla sin sus justas esperanzas. Le pedían que pensara en una cosa: no se habían reunido allí por casualidad, como parecía. Era una decisión especial del cielo que todos se encontraran en el lugar menos pensado. Y el cura le dijo que solo la muerte podía separar a Luscinda de Cardenio. Aunque los separara el filo de una espada, ellos considerarían su muerte muy feliz. Le dijo también que, ante unos lazos que no tienen remedio, lo más sabio era vencerse a sí mismo. Así mostraría un corazón generoso. Debía permitir, por su propia voluntad, que los dos disfrutaran del bien que el cielo ya les había dado. Le pidió que mirara también la belleza de Dorotea. Vería que pocas mujeres o ninguna podían igualarla, y menos todavía superarla. A su belleza había que sumar su humildad y el enorme amor que le tenía. Y, sobre todo, le recordó una cosa. Si se preciaba de caballero y de cristiano, no podía hacer otra cosa que cumplir la palabra que había dado. Cumpliéndola, cumpliría con Dios y dejaría contentas a las personas sensatas. Ellas saben que la belleza tiene un privilegio, aunque esté en una persona humilde. Si va unida a la honestidad, puede subir e igualarse a cualquier altura. Y eso no rebaja al que la sube hasta él. Además, cuando uno sigue las fuertes leyes del deseo, si no hay pecado en ello, no se le debe culpar.

En efecto, todos añadieron tantas otras razones, y tan buenas, que el corazón valiente de don Fernando se ablandó. Al fin y al cabo, era de sangre noble. Se dejó vencer por la verdad, que no habría podido negar aunque quisiera. Para mostrar que se rendía al buen consejo, se agachó y abrazó a Dorotea, diciéndole:

— Levantaos, señora mía. No es justo que esté arrodillada a mis pies la que yo tengo en mi alma. Si hasta ahora no he mostrado lo que digo, quizá ha sido por orden del cielo. Así, al ver la fidelidad con que me amáis, sabré valoraros como merecéis. Solo os ruego que no me reprochéis mi mal comportamiento y mi gran descuido. Porque la misma razón y la misma fuerza me movieron a aceptaros como mía. Y esas mismas me empujaron después a intentar no ser vuestro. Para ver que esto es verdad, volveos y mirad los ojos de Luscinda, que ya está contenta. En ellos encontraréis la disculpa de todos mis errores. Ella ha encontrado y conseguido lo que deseaba, y yo he encontrado en vos lo que me conviene. Por eso, que viva ella segura y contenta, muchos y felices años, con su Cardenio. Yo rogaré al cielo que me deje vivirlos con mi Dorotea.

Y, mientras decía esto, volvió a abrazarla y a juntar su cara con la de ella. Lo hizo con un sentimiento tan tierno que tuvo que esforzarse mucho para no llorar. Si hubiera llorado, sus lágrimas habrían sido señales seguras de su amor y de su arrepentimiento. Luscinda y Cardenio no contuvieron sus lágrimas, ni tampoco casi todos los que estaban allí. Empezaron a llorar mucho, unos por su propia alegría y otros por la alegría ajena. Lloraban tanto que parecía que les había pasado una desgracia grave. Hasta Sancho Panza lloraba. Aunque después dijo que no lloraba por eso. Lloraba porque Dorotea no era la reina Micomicona, como él pensaba, de quien esperaba tantos favores. El llanto y el asombro duraron un rato. Luego Cardenio y Luscinda fueron a arrodillarse ante don Fernando. Le dieron las gracias por el favor que les había hecho. Sus palabras eran tan amables que don Fernando no sabía qué responder. Así que los levantó y los abrazó con muestras de mucho cariño y mucha cortesía.

Después le pidió a Dorotea que le contara cómo había llegado a aquel lugar, tan lejos del suyo. Ella, con palabras breves e inteligentes, contó todo lo que antes había contado a Cardenio. A don Fernando y a sus acompañantes les gustó tanto que habrían querido que el relato durara más. Tanta era la gracia con que Dorotea contaba sus desgracias. Cuando ella terminó, don Fernando contó lo que le había pasado en la ciudad. Empezó por el momento en que encontró el papel en el pecho de Luscinda. En ese papel ella declaraba que era esposa de Cardenio y que no podía ser la suya. Don Fernando dijo que quiso matarla, y lo habría hecho si sus padres no lo hubieran impedido. Por eso salió de la casa, furioso y avergonzado. Estaba decidido a vengarse más tarde, cuando tuviera mejor ocasión. Al día siguiente supo que Luscinda había desaparecido de casa de sus padres. Nadie sabía adónde había ido. Al cabo de algunos meses, se enteró de que estaba en un monasterio. Ella quería quedarse allí toda la vida si no podía pasarla con Cardenio. En cuanto lo supo, eligió a aquellos tres caballeros como compañía y fue al lugar donde ella estaba. No quiso hablarle, por miedo a que vigilaran más el monasterio si sabían que él estaba allí. Así que esperó un día a que la portería estuviera abierta. Dejó a dos de ellos guardando la puerta. Él entró con el otro en el monasterio a buscar a Luscinda. La encontraron en el claustro hablando con una monja. La tomaron a la fuerza, sin darle tiempo para nada. Luego se fueron con ella a un lugar donde consiguieron lo necesario para llevarla. Todo esto lo pudieron hacer sin peligro, porque el monasterio estaba en el campo, bastante lejos del pueblo. Contó que Luscinda, al verse en su poder, perdió el sentido. Y que, cuando volvió en sí, no había hecho otra cosa que llorar y suspirar, sin decir ni una palabra. Y así, en silencio y entre lágrimas, habían llegado a aquella venta. Para él, llegar allí había sido como llegar al cielo, donde terminan todas las desgracias de la tierra.

### Glosario

- **gaudeamus tenemos**: expresión con una palabra latina que significa "alegrémonos"; aquí, "tendremos fiesta y buenas ganancias".
- **a la jineta**: forma de montar a caballo con los estribos cortos y las piernas dobladas.
- **antifaz**: trozo de tela que tapa la cara, sobre todo los ojos.
- **sillón**: silla de montar especial para que las mujeres vayan sentadas de lado.
- **pardiez**: exclamación antigua, como "¡por Dios!".
- **tafetán**: tela fina de seda; aquí, el velo que tapaba la cara de la señora.
- **yedra**: planta que sube por los muros y se agarra a ellos.
- **recato**: cuidado que tiene una persona para guardar su honra.
- **corrillo**: grupo pequeño de personas que hablan entre ellas, a menudo mal de alguien.
- **claustro**: patio con galerías dentro de un monasterio.

## Capítulo XXXVII. Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras

Sancho escuchaba todo esto con mucho dolor en el alma. Veía que las esperanzas de su título de noble desaparecían y se convertían en humo. La linda princesa Micomicona se le había convertido en Dorotea, y el gigante en don Fernando. Y su amo seguía durmiendo profundamente, sin saber nada de lo que había pasado. Dorotea no estaba segura de si la felicidad que tenía era un sueño. Cardenio pensaba lo mismo, y Luscinda también. Don Fernando daba gracias al cielo por el favor recibido. El cielo lo había sacado de aquel laberinto tan complicado, donde había estado a punto de perder la honra y el alma. En fin, todos los que estaban en la venta estaban contentos y alegres. Se alegraban de que unos asuntos tan enredados y desesperados hubieran terminado bien.

El cura, como hombre sensato, lo ponía todo en orden y felicitaba a cada uno por el bien conseguido. Pero la que más se alegraba era la ventera, por una promesa. Cardenio y el cura le habían prometido pagarle todos los daños que don Quijote le había causado. Solo Sancho, como ya se ha dicho, estaba afligido, desgraciado y triste. Así que, con cara de melancolía, entró a ver a su amo, que acababa de despertarse. Y le dijo:

— Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo que quiera. Ya no tiene que preocuparse de matar a ningún gigante, ni de devolver a la princesa su reino. Todo está ya hecho y terminado.

— Eso creo yo —respondió don Quijote—, porque he tenido una batalla con el gigante. Ha sido la batalla más enorme y terrible que pienso tener en toda mi vida. De un golpe de revés, ¡zas!, le tiré la cabeza al suelo. Le salió tanta sangre que corría por la tierra en arroyos, como si fueran de agua.

— Como si fueran de vino tinto, podría decir mejor vuestra merced —respondió Sancho—. Porque quiero que sepa vuestra merced, si no lo sabe, que el gigante muerto es un cuero agujereado. La sangre son seis arrobas de vino tinto que tenía en la barriga. Y la cabeza cortada es la puta que me parió, y que se lo lleve todo Satanás.

— ¿Qué dices, loco? —respondió don Quijote—. ¿Estás en tu juicio?

— Levántese vuestra merced —dijo Sancho— y verá el buen trabajo que ha hecho y lo que tenemos que pagar. Y verá a la reina convertida en una dama corriente, llamada Dorotea. Y verá otras cosas que, si se da cuenta de ellas, lo van a asombrar.

— No me sorprendería nada de eso —respondió don Quijote—. Porque, si te acuerdas bien, la otra vez que estuvimos aquí te dije una cosa. Te dije que todo lo que pasaba aquí eran cosas de encantamiento. No sería raro que ahora pasara lo mismo.

— Yo lo creería todo —respondió Sancho— si mi manteamiento también hubiera sido cosa de ese tipo. Pero no lo fue: fue real y verdadero. Yo vi que el ventero que hoy está aquí tenía agarrada una punta de la manta. Y me lanzaba hacia el cielo con mucha gracia y energía, y con tanta risa como fuerza. Y cuando uno reconoce a las personas, yo creo, aunque soy simple y pecador, que no hay encantamiento ninguno. Lo que hay son muchos golpes y muy mala suerte.

— Bueno, Dios lo arreglará —dijo don Quijote—. Dame la ropa y déjame salir fuera. Quiero ver esos sucesos y esas transformaciones que dices.

Sancho le dio la ropa. Mientras don Quijote se vestía, el cura contó a don Fernando y a los demás las locuras de don Quijote. Les contó también el truco que habían usado para sacarlo de la Peña Pobre. Allí se imaginaba él que estaba, por el desprecio de su señora. Les contó además casi todas las aventuras que Sancho le había contado. Ellos se admiraron y se rieron mucho, porque les pareció lo mismo que a todos. Les pareció que era la locura más extraña que podía caber en una cabeza sin juicio. El cura dijo algo más. Con la buena suerte de la señora Dorotea, ya no podían seguir con su plan. Era necesario inventar otro para poder llevar a don Quijote a su tierra. Cardenio se ofreció a seguir con lo comenzado, y dijo que Luscinda podría hacer el papel de Dorotea.

— No —dijo don Fernando—, no será así. Yo quiero que Dorotea siga con su invención. Si el pueblo de este buen caballero no está muy lejos de aquí, me alegraré de ayudar a curarlo.

— No está a más de dos jornadas de aquí.

— Pues aunque estuviera más lejos, yo las caminaría con gusto, a cambio de hacer una obra tan buena.

En ese momento salió don Quijote con todas sus armas. Llevaba en la cabeza el yelmo de Mambrino, aunque abollado. En el brazo llevaba su rodela y se apoyaba en su tronco o lanzón. Don Fernando y los demás se quedaron asombrados por su extraña presencia. Veían su cara, larga como media legua de camino, seca y amarilla. Veían sus armas, todas diferentes, y su aire tan serio y medido. Se quedaron callados para ver qué decía. Él, con mucha seriedad y calma, miró a la hermosa Dorotea y dijo:

— Hermosa señora, este escudero mío me ha informado de que vuestra grandeza ha desaparecido. Dice que vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y gran señora os habéis convertido en una doncella corriente. Quizá esto ha sido por orden del rey nigromante, vuestro padre. Quizá temía que yo no os diera la ayuda necesaria y debida. Si es así, digo que no sabía ni sabe de la misa la media. Y digo que conocía poco las historias de caballerías. Porque, si las hubiera leído con tanta atención y tanto tiempo como yo, lo habría visto a cada paso. Habría visto que otros caballeros de menos fama que yo terminaron cosas más difíciles. Y no es muy difícil matar a un gigantillo, por arrogante que sea. Porque hace pocas horas que yo me vi con él, y... prefiero callar, para que no digan que miento. Pero el tiempo, que descubre todas las cosas, lo dirá cuando menos lo pensemos.

— Os visteis vos con dos cueros, y no con un gigante —dijo entonces el ventero.

Don Fernando le mandó callar y no interrumpir de ninguna manera las palabras de don Quijote. Y don Quijote siguió diciendo:

— Digo, en fin, alta y desheredada señora, que no deis ningún crédito a vuestro padre. Si por la causa que he dicho ha hecho este metamorfóseos en vuestra persona, no le creáis. Porque no hay en la tierra ningún peligro que mi espada no pueda atravesar. Con ella pondré en el suelo la cabeza de vuestro enemigo. Y dentro de pocos días os pondré en la cabeza la corona de vuestra tierra.

Don Quijote no dijo más y esperó la respuesta de la princesa. Ella ya sabía que don Fernando quería seguir con el engaño hasta llevar a don Quijote a su tierra. Así que, con mucha gracia y seriedad, le respondió:

— Valeroso Caballero de la Triste Figura, quien os dijo que yo había cambiado de ser no os dijo la verdad. Porque la misma que fui ayer soy hoy. Es verdad que ciertos sucesos de buena suerte me han cambiado un poco. Me han dado la mejor suerte que yo podía desear. Pero no por eso he dejado de ser la misma de antes. Y sigo pensando, como siempre, en valerme del valor de vuestro valeroso e invencible brazo. Así que, señor mío, devolved con vuestra bondad la honra al padre que me dio la vida. Tenedlo por sabio y prudente, pues con su ciencia encontró un camino fácil y seguro para remediar mi desgracia. Yo creo que, si no fuera por vos, señor, nunca habría conseguido la suerte que tengo. Y digo en esto tanta verdad que la mayoría de estos señores presentes son buenos testigos. Lo que queda es ponernos en camino mañana, porque hoy ya podríamos avanzar poco. Y el buen final que espero lo dejaré en manos de Dios y del valor de vuestro corazón.

Esto dijo la inteligente Dorotea. Al oírlo, don Quijote se volvió hacia Sancho y, muy enfadado, le dijo:

— Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España. Dime, ladrón vagabundo, ¿no me acabas de decir que esta princesa se había convertido en una doncella llamada Dorotea? ¿Y que la cabeza que creo que corté a un gigante era la puta que te parió? ¿Y otros disparates que me pusieron en la mayor confusión de toda mi vida? ¡Voto...! —y miró al cielo y apretó los dientes—. ¡Estoy a punto de hacer contigo un castigo terrible! Un castigo que ponga sal en la mollera a todos los escuderos mentirosos de caballeros andantes. ¡A todos los que haya en el mundo de aquí en adelante!

— Cálmese vuestra merced, señor mío —respondió Sancho—. Bien podría ser que yo me hubiera engañado en el cambio de la señora princesa Micomicona. Pero en lo de la cabeza del gigante no me engaño, ¡vive Dios! O, por lo menos, no me engaño en los agujeros de los cueros y en que la sangre era vino tinto. Porque los cueros están allí heridos, a la cabecera de la cama de vuestra merced. Y el vino tinto ha hecho un lago en el cuarto. Si no lo cree, al freír de los huevos lo verá. Quiero decir que lo verá cuando el señor ventero le pida que pague todos los daños. En lo demás, me alegro en el alma de que la señora reina siga como estaba. Porque a mí me toca mi parte, como a cada hijo de vecino.

— Ahora yo te digo, Sancho —dijo don Quijote—, que eres un mentecato. Y perdóname, y basta.

— Basta —dijo don Fernando—, y no se hable más de esto. La señora princesa dice que nos pongamos en camino mañana, porque hoy ya es tarde. Pues hagámoslo así. Esta noche la podremos pasar en buena conversación hasta el día siguiente. Entonces todos acompañaremos al señor don Quijote. Lo haremos porque queremos ser testigos de las hazañas valerosas y nunca oídas que hará en esta gran empresa.

— Yo soy el que tiene que serviros y acompañaros —respondió don Quijote—. Agradezco mucho el favor que se me hace y la buena opinión que tenéis de mí. Intentaré que esa opinión resulte verdadera, aunque me cueste la vida, y aún más, si más me puede costar.

Don Quijote y don Fernando se dijeron muchas palabras de cortesía y se hicieron muchos ofrecimientos. Pero todo quedó en silencio cuando entró en la venta un viajero. Por su ropa, parecía un cristiano recién llegado de tierra de moros. Llevaba una casaca de paño azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello. Los calzones eran también de tela azul, y el gorro del mismo color. Llevaba unos borceguíes de color dátil y un alfanje moro. El alfanje colgaba de un tahalí que le cruzaba el pecho. Detrás de él entró, sobre un jumento, una mujer vestida a la manera mora. Llevaba la cara cubierta con una toca en la cabeza. Tenía un gorrito de brocado y vestía una almalafa, que la cubría desde los hombros hasta los pies. El hombre era de cuerpo fuerte y agradable, de poco más de cuarenta años. Tenía la cara algo morena, el bigote largo y la barba muy bien arreglada. En resumen, por su aspecto se veía que, bien vestido, parecería una persona importante y de buena familia.

Al entrar, pidió una habitación. Le dijeron que en la venta no había ninguna, y él se mostró disgustado. Se acercó a la mujer que por su ropa parecía mora y la bajó en sus brazos. Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija y Maritornes rodearon a la mora. Les atraía aquella ropa nueva, que nunca habían visto. Dorotea, que siempre era amable, educada y sensata, pensó que los dos estaban preocupados por la falta de habitación. Y le dijo a la mora:

— No os preocupéis mucho, señora mía, por la falta de comodidades, pues es normal no encontrarlas en las ventas. Pero, aun así, podéis quedaros con nosotras —y señaló a Luscinda—, si os parece bien. Quizá en este camino habéis encontrado acogidas peores que esta.

La mujer tapada no respondió nada. Solo se levantó de donde se había sentado. Cruzó las dos manos sobre el pecho, inclinó la cabeza y dobló el cuerpo para mostrar que lo agradecía. Por su silencio, pensaron que sin duda era mora y que no sabía hablar en cristiano. En esto llegó el cautivo, que hasta entonces había estado ocupado en otra cosa. Vio que todas rodeaban a la mujer que venía con él, y que ella no respondía a nada. Entonces dijo:

— Señoras mías, esta doncella apenas entiende mi lengua. Y no sabe hablar ninguna otra más que la de su tierra. Por eso no debe de haber respondido, ni responde, a lo que le han preguntado.

— No le preguntamos nada más —respondió Luscinda— que si quiere nuestra compañía esta noche. Le ofrecemos parte del lugar donde nos acomodemos. Allí la atenderemos con las comodidades que haya. Lo haremos con la buena voluntad con que se debe servir a los extranjeros que lo necesitan. Y más si es una mujer.

— Por ella y por mí, señora mía, os beso las manos —respondió el cautivo—. Valoro mucho, como es justo, el favor que nos ofrecéis. En esta ocasión, y viniendo de personas como vosotras parecéis, se ve bien que el favor es muy grande.

— Decidme, señor —dijo Dorotea—: ¿esta señora es cristiana o mora? Porque su ropa y su silencio nos hacen pensar que es lo que no querríamos que fuera.

— Es mora en la ropa y en el cuerpo. Pero en el alma es muy cristiana, porque tiene muchísimas ganas de serlo.

— Entonces, ¿no está bautizada? —preguntó Luscinda.

— No ha habido ocasión para ello —respondió el cautivo— desde que salió de Argel, su patria y su tierra. Y hasta ahora no ha estado en un peligro de muerte tan cercano. Solo un peligro así obligaría a bautizarla antes de que conozca las ceremonias de nuestra Madre la Santa Iglesia. Pero Dios querrá que pronto se bautice con la dignidad que merece su persona. Porque ella vale más de lo que muestran su ropa y la mía.

Con estas palabras, todos los que lo escuchaban tuvieron ganas de saber quiénes eran la mora y el cautivo. Pero nadie quiso preguntárselo entonces. Porque veían que aquel era momento de dejarlos descansar, y no de preguntarles por sus vidas. Dorotea tomó a la mora de la mano y la llevó a sentarse a su lado. Luego le pidió que se quitara el velo. Ella miró al cautivo, como preguntándole qué decían y qué debía hacer. Él le dijo en lengua árabe que le pedían que se quitara el velo, y que lo hiciera. Ella se lo quitó y descubrió una cara tan hermosa que Dorotea la creyó más hermosa que Luscinda. Y Luscinda la creyó más hermosa que Dorotea. Todos los presentes vieron que, si alguna cara podía igualar a las de las dos, era la de la mora. Y algunos pensaron que en ciertas cosas era aún más bella. La belleza tiene el poder y la gracia de reconciliar los ánimos y atraer las voluntades. Por eso, enseguida todos quisieron servir y tratar con cariño a la hermosa mora.

Don Fernando le preguntó al cautivo cómo se llamaba la mora. Él respondió que lela Zoraida. En cuanto ella lo oyó, entendió lo que le habían preguntado al cristiano. Y dijo muy deprisa, llena de angustia y de gracia:

— ¡No, no Zoraida: María, María! —queriendo decir que se llamaba María y no Zoraida.

Estas palabras, y el gran sentimiento con que la mora las dijo, hicieron llorar a algunos de los que la escuchaban. Sobre todo a las mujeres, que por naturaleza son tiernas y compasivas. Luscinda la abrazó con mucho cariño y le dijo:

— Sí, sí: María, María.

Y la mora respondió:

— ¡Sí, sí: María; Zoraida macange! —que quiere decir no.

Ya llegaba la noche. Los que venían con don Fernando habían mandado al ventero que les preparara la cena. Él se había esforzado en prepararla lo mejor que pudo. Cuando llegó la hora, se sentaron todos a una mesa larga, como la de los criados en las casas grandes. La mesa era así porque en la venta no había ninguna redonda ni cuadrada. Dieron la cabecera, el sitio principal, a don Quijote, aunque él no quería aceptarlo. Él quiso que la señora Micomicona se sentara a su lado, pues él era su protector. Luego se sentaron Luscinda y Zoraida, y enfrente de ellas don Fernando y Cardenio. Después se sentaron el cautivo y los demás caballeros. Y al lado de las señoras, el cura y el barbero. Así cenaron, muy contentos. Y se alegraron todavía más cuando don Quijote dejó de comer y empezó a hablar. Lo movía el mismo espíritu que lo hizo hablar tanto cuando cenó con los cabreros. Y dijo:

— En verdad, señores míos, si se piensa bien, los que profesan la orden de la caballería andante ven cosas grandes y nunca oídas. Si no, pensad en cualquier persona que entrara ahora por la puerta de este castillo. Si nos viera así, ¿creería que somos quienes somos? ¿Quién podría decir que esta señora que está a mi lado es la gran reina que todos sabemos? ¿Y que yo soy aquel Caballero de la Triste Figura del que habla la fama por todas partes? Ya no hay duda: este arte y oficio está por encima de todos los que han inventado los hombres. Y hay que estimarlo más cuanto más peligros tiene. Que se aparten de mi vista los que digan que las letras son superiores a las armas. Les diré, sean quienes sean, que no saben lo que dicen. Ellos suelen dar una razón, y es la que más defienden. Dicen que los trabajos del espíritu son mayores que los del cuerpo. Y dicen que las armas solo usan el cuerpo. ¡Como si fueran un oficio de ganapanes, para el que basta tener fuerza! O como si en eso que llamamos armas no hubiera actos de valor que piden mucha inteligencia. O como si no trabajara con el espíritu, igual que con el cuerpo, el guerrero que manda un ejército. O el que tiene a su cargo la defensa de una ciudad sitiada. Si no, que me digan si con la fuerza del cuerpo se puede adivinar lo que piensa el enemigo. ¿Se pueden conocer así sus planes, sus trucos y sus dificultades? ¿Se pueden prevenir así los daños que se temen? Todas estas cosas son acciones de la inteligencia, y en ellas el cuerpo no tiene ninguna parte. Así pues, las armas necesitan espíritu, como las letras. Veamos ahora cuál de los dos espíritus trabaja más: el del letrado o el del guerrero. Esto lo sabremos por el fin al que se dirige cada uno. Porque se debe estimar más el propósito que tiene un fin más noble. El fin de las letras... Y no hablo ahora de las letras divinas, que buscan llevar las almas al cielo. A un fin tan sin fin como ese no se le puede igualar ningún otro. Hablo de las letras humanas. Su fin es poner en orden la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo. Es también entender las buenas leyes y hacer que se cumplan. Es un fin generoso, alto y digno de gran alabanza. Pero no merece tanta alabanza como el fin de las armas. Porque las armas tienen como objeto y fin la paz. Y la paz es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida. Por eso, la primera buena noticia que tuvieron el mundo y los hombres la dieron los ángeles. Fue la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en el aire. Cantaron: “Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Y el mejor maestro de la tierra y del cielo enseñó un saludo a sus amigos y preferidos. Les dijo que, cuando entraran en una casa, dijeran: “Paz sea en esta casa”. Y muchas otras veces les dijo: “Mi paz os doy, mi paz os dejo: paz sea con vosotros”. Era como una joya y un regalo dado y dejado por tal mano. Sin esa joya no puede haber ningún bien, ni en la tierra ni en el cielo. Esta paz es el verdadero fin de la guerra, porque decir armas es lo mismo que decir guerra. Aceptemos, pues, esta verdad: el fin de la guerra es la paz. Y en esto supera al fin de las letras. Pasemos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a los del que profesa las armas. Y veamos cuáles son mayores.

Don Quijote hablaba con tan buen orden y tan buenas palabras que, por entonces, nadie lo tomó por loco. Al contrario, como la mayoría eran caballeros, y las armas son propias de los caballeros, lo escuchaban con mucho gusto. Y él siguió diciendo:

— Digo, pues, que los trabajos del estudiante son estos. Principalmente, la pobreza. No digo que todos sean pobres, pero quiero poner el caso más extremo posible. Y al decir que sufre pobreza, me parece que no hace falta decir más de su mala suerte. Porque quien es pobre no tiene nada bueno. Sufre esta pobreza de varias formas: a veces con hambre, a veces con frío, a veces sin ropa, a veces con todo junto. Pero, aun así, no es tan pobre que no coma. Come, aunque sea un poco más tarde de lo normal, y aunque sea de las sobras de los ricos. Esta es la mayor miseria del estudiante, y entre ellos la llaman andar a la sopa. Y no les falta algún brasero o chimenea de otro. Si no les calienta, por lo menos les quita un poco el frío. Y, en fin, por la noche duermen bajo techo. No quiero hablar de otros detalles pequeños. Por ejemplo, de la falta de camisas y de que no les sobran los zapatos, ni de la ropa vieja y gastada. Tampoco de cómo se atiborran con tanto gusto cuando la buena suerte les ofrece algún banquete. Por este camino que he pintado, áspero y difícil, llegan al título que desean. Tropiezan aquí, caen allí, se levantan allá y vuelven a caer acá. Pero alcanzan su título. Y a muchos los hemos visto pasar por estas Sirtes y por estas Scilas y Caribdis. Parecía que los llevaba en vuelo la buena fortuna. Y luego, digo, los hemos visto mandar y gobernar el mundo desde una silla. Su hambre se ha cambiado en abundancia y su frío en alivio. Su falta de ropa se ha cambiado en ropa elegante. Y su dormir en una estera, en descansar entre sábanas de holanda y damasco. Es un premio justamente merecido por su virtud. Pero si comparamos sus trabajos con los del soldado, se quedan muy atrás en todo, como diré ahora.

### Glosario

- **manteamiento**: acción de mantear: lanzar a alguien hacia arriba con una manta, como broma cruel.
- **no saber de la misa la media**: no saber nada de un asunto.
- **metamorfóseos**: cambio de forma; palabra culta que don Quijote usa a su manera.
- **poner sal en la mollera**: dar una lección a alguien para que tenga más juicio.
- **al freír de los huevos**: en el momento de la verdad; aquí, cuando haya que pagar.
- **mentecato**: tonto, persona de poco juicio.
- **borceguíes**: botas altas y blandas que llegan a media pierna.
- **alfanje / tahalí**: espada curva y ancha / correa que cruza el pecho para colgar la espada.
- **almalafa**: ropa larga de las mujeres moras que cubre desde los hombros hasta los pies.
- **ganapán**: hombre que hace trabajos pesados por poco dinero.
- **andar a la sopa**: comer de la sopa que daban gratis los conventos a los pobres.
- **Sirtes, Scilas y Caribdis**: lugares muy peligrosos del mar en los relatos antiguos; aquí, grandes dificultades.

## Capítulo XXXVIII. Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras

Don Quijote siguió diciendo:

— Empezamos con el estudiante por la pobreza y sus partes. Veamos ahora si el soldado es más rico. Veremos que no hay nadie más pobre que él en la pobreza misma. Porque depende de su miserable paga, que llega tarde o nunca. O depende de lo que pueda robar con sus manos, con gran peligro de su vida y de su conciencia. A veces está tan sin ropa que un coleto acuchillado le sirve a la vez de traje elegante y de camisa. En medio del invierno, en campo abierto, se defiende del mal tiempo solo con el aliento de su boca. Y como ese aliento sale de un lugar vacío, estoy seguro de que sale frío, contra toda naturaleza. Pero esperad a que llegue la noche, cuando podrá descansar de todas estas molestias en la cama que lo espera. Esa cama nunca será estrecha, a menos que sea por su culpa. Porque puede medir en la tierra todos los pies que quiera. Y puede dar vueltas en ella a su gusto, sin miedo a que se le encojan las sábanas. Llegue, pues, después de todo esto, el día y la hora de recibir el título de su oficio. Llegue un día de batalla. Allí le pondrán en la cabeza la borla de su título, hecha de hilas, para curarle algún balazo. Quizá la bala le habrá atravesado las sienes, o le dejará cojo o manco. Quizá esto no pase, y el cielo piadoso lo guarde sano y vivo. Aun así, puede que siga tan pobre como antes. Quizá tenga que pasar un combate y otro, una batalla y otra, y ganarlas todas, para mejorar un poco. Pero estos milagros se ven pocas veces. Pero decidme, señores, si lo habéis pensado. ¿Cuántos menos son los premiados por la guerra que los muertos en ella? Sin duda, responderéis que no hay comparación. Los muertos no se pueden contar. Y los premiados que viven se podrán contar con tres letras de guarismo. Con los letrados es todo al revés. Porque, de faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen de qué vivir. Así que el trabajo del soldado es mayor, pero su premio es mucho menor. Pero a esto se puede responder una cosa. Es más fácil premiar a dos mil letrados que a treinta mil soldados. Porque a los letrados se les premia dándoles cargos, que por fuerza se dan a los de su profesión. Y a los soldados solo se les puede premiar con los propios bienes del señor al que sirven. Y esta imposibilidad hace más fuerte mi razón. Pero dejemos esto, que es un laberinto de salida muy difícil. Volvamos a la superioridad de las armas sobre las letras. Es un asunto que todavía no está claro, por las razones que da cada parte. Entre otras razones, las letras dicen que sin ellas no podrían mantenerse las armas. Porque la guerra también tiene sus leyes y debe obedecerlas. Y las leyes pertenecen a las letras y a los letrados. A esto responden las armas que las leyes no pueden mantenerse sin ellas. Porque con las armas se defienden las repúblicas y se conservan los reinos. Con ellas se guardan las ciudades, se aseguran los caminos y se limpian los mares de corsarios. En fin, sin las armas, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades y los caminos de mar y tierra sufrirían. Sufrirían la dureza y el desorden que trae la guerra mientras dura y usa sus privilegios y su fuerza. Y es una verdad probada que lo que más cuesta se estima más, y se debe estimar más. A uno le cuesta mucho llegar a ser importante en las letras. Le cuesta tiempo, noches sin dormir, hambre, falta de ropa, mareos, indigestiones y otras cosas parecidas. Algunas ya las he contado. Pero llegar a ser un buen soldado le cuesta lo mismo que al estudiante, y mucho más. Tanto más, que no hay comparación, porque a cada paso está a punto de perder la vida. ¿Qué miedo a la necesidad y a la pobreza puede sentir el estudiante, comparado con el de un soldado? Pensad en un soldado sitiado en una fortaleza, haciendo guardia en algún revellín o en lo alto de un muro. De pronto siente que los enemigos están cavando una mina hacia el lugar donde él está. Y no puede apartarse de allí de ninguna manera, ni huir del peligro que lo amenaza tan de cerca. Lo único que puede hacer es avisar a su capitán de lo que pasa. Así el capitán puede remediarlo con alguna contramina. Y él tiene que quedarse quieto, con miedo, esperando el momento. En cualquier instante, de repente, puede subir a las nubes sin alas y bajar al fondo sin quererlo. Y si este parece un peligro pequeño, veamos si lo iguala o lo supera otro. Pensad en dos galeras que chocan por la proa en medio del ancho mar. Quedan enganchadas y unidas, y al soldado no le queda más sitio que dos pies de tabla del espolón. Delante tiene tantos ministros de la muerte como cañones lo apuntan desde el otro barco. Y esos cañones no están ni a una lanza de distancia de su cuerpo. Sabe que, al primer descuido de los pies, irá a visitar las profundidades de Neptuno. Y, aun así, con un corazón sin miedo, movido por la honra, se pone como blanco de tantos disparos. E intenta pasar por aquel paso tan estrecho al barco enemigo. Y lo más admirable es esto. Apenas cae uno, que ya no se levantará hasta el fin del mundo, otro ocupa su lugar. Y si este también cae al mar, que lo espera como a un enemigo, otro y otro lo siguen. No dan tiempo ni a que pase el tiempo entre sus muertes. Es la mayor valentía y el mayor atrevimiento que se puede encontrar en todos los peligros de la guerra. ¡Benditos aquellos siglos que no conocieron la terrible furia de estos instrumentos endemoniados de la artillería! Yo creo que su inventor está recibiendo en el infierno el premio de su invento diabólico. Por culpa de ese invento, un brazo cobarde y miserable puede quitar la vida a un caballero valiente. En medio del valor y la energía que encienden los corazones valientes, llega de pronto una bala perdida. Nadie sabe cómo ni por dónde llega. Quizá la disparó alguien que huyó asustado del resplandor del fuego al disparar la maldita máquina. Y esa bala corta y termina en un instante los pensamientos y la vida de quien merecía vivir muchos siglos. Por eso, cuando pienso en esto, casi me pesa en el alma haber tomado este oficio de caballero andante. Me pesa hacerlo en una época tan odiosa como esta en que vivimos ahora. La razón es esta: a mí ningún peligro me da miedo. Pero me preocupa pensar que la pólvora y el estaño me quiten la ocasión de hacerme famoso. Quiero ser conocido por el valor de mi brazo y el filo de mi espada en toda la tierra descubierta. Pero que el cielo haga lo que quiera. Si consigo lo que pretendo, me estimarán más cuanto mayores son los peligros que he corrido. Unos peligros mayores que los de los caballeros andantes de los siglos pasados.

Don Quijote dijo todo este largo discurso mientras los demás cenaban. Él se olvidaba de llevarse comida a la boca, aunque Sancho Panza le había dicho varias veces que cenara. Le decía que después tendría tiempo para decir todo lo que quisiera. Los que lo habían escuchado sintieron de nuevo lástima. Veían que aquel hombre parecía tener buena inteligencia y buen juicio en todos los temas que trataba. Y, sin embargo, lo perdía por completo cuando se hablaba de su negra y maldita caballería. El cura le dijo que tenía mucha razón en todo lo que había dicho a favor de las armas. Y le dijo que él, aunque era letrado y tenía título, opinaba lo mismo.

Terminaron de cenar y quitaron los manteles. Mientras tanto, la ventera, su hija y Maritornes preparaban el camaranchón de don Quijote de la Mancha. Habían decidido que aquella noche solo las mujeres dormirían en él. Entonces don Fernando le pidió al cautivo que les contara la historia de su vida. Pensaba que sería una historia rara y agradable. Así lo hacía pensar el hecho de que viniera con Zoraida. El cautivo respondió que lo haría con mucho gusto. Solo temía que la historia no les diera el placer que él deseaba. Pero, aun así, para no dejar de obedecerle, la contaría. El cura y todos los demás se lo agradecieron y se lo pidieron otra vez. Al ver que tantos se lo pedían, dijo que no hacían falta ruegos donde mandar tenía tanta fuerza.

— Así que estén vuestras mercedes atentos y oirán una historia verdadera. Quizá no la igualen las historias mentirosas que se suelen inventar con mucho arte y cuidado.

Con estas palabras, hizo que todos se acomodaran y guardaran un gran silencio. Al ver que ya callaban y esperaban lo que él quisiera decir, empezó a hablar así, con voz agradable y tranquila:

### Glosario

- **coleto acuchillado**: chaqueta de cuero de los soldados, con cortes en la tela.
- **borla**: adorno de hilos que se ponía en la cabeza a quien recibía un título en la universidad.
- **hilas**: hilos sacados de un trapo viejo, que se usaban para curar heridas.
- **tres letras de guarismo**: un número de tres cifras; es decir, menos de mil.
- **de faldas, que no quiero decir de mangas**: juego de palabras: los letrados siempre tienen de qué vivir ("mangas" eran también regalos para conseguir favores).
- **revellín**: parte de una fortaleza que sale hacia fuera para defender la entrada.
- **mina / contramina**: túnel que se cava bajo una fortaleza para volarla / túnel que se cava para impedirlo.
- **espolón**: punta de la proa de una galera.
- **Neptuno**: dios del mar en la mitología romana.
- **la pólvora y el estaño**: las armas de fuego y sus balas.
- **camaranchón**: cuarto en lo alto de la casa que antes servía para guardar paja.

## Capítulo XXXIX. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos

— «Mi familia tiene su origen en un pueblo de las Montañas de León. La naturaleza fue más generosa con ella que la fortuna. Aun así, en aquellos pueblos tan pobres, mi padre tenía fama de rico. Y de verdad lo habría sido si hubiera sabido conservar sus bienes tan bien como sabía gastarlos. Esta costumbre de ser generoso y gastador le venía de haber sido soldado en su juventud. La vida de soldado es una escuela donde el tacaño se vuelve generoso, y el generoso, derrochador. Y si hay algunos soldados tacaños, son como monstruos, que se ven pocas veces. Mi padre pasaba los límites de la generosidad y casi llegaba a ser un derrochador. Eso no es nada bueno para un hombre casado que tiene hijos que heredarán su nombre y su posición. Mi padre tenía tres hijos, todos varones y todos con edad para elegir su camino en la vida. Mi padre veía que, según él decía, no podía controlar su forma de ser. Por eso quiso quitarse el instrumento y la causa que lo hacía gastador y generoso. Es decir, quiso quitarse sus bienes. Sin bienes, hasta el mismo Alejandro habría parecido tacaño.

»Así que un día nos llamó a los tres a solas a una habitación. Y nos dijo unas palabras parecidas a las que voy a decir ahora: “Hijos, para deciros que os quiero, basta saber y decir que sois mis hijos. Y para entender que os quiero mal, basta saber que no sé conservar vuestros bienes. Pues bien, quiero que entendáis desde ahora que os quiero como padre y que no quiero destruiros como un padrastro. Por eso quiero hacer con vosotros una cosa. Hace muchos días que la tengo pensada y decidida con calma. Vosotros ya tenéis edad para elegir vuestro estado, o al menos un oficio. Un oficio que, cuando seáis mayores, os dé honra y provecho. Lo que he pensado es dividir mis bienes en cuatro partes. Tres partes os las daré a vosotros, a cada uno lo justo, sin dar a nadie de más. Con la otra parte me quedaré yo, para vivir los días que el cielo quiera darme. Pero querría que, cuando cada uno tenga su parte, siga uno de los caminos que os voy a decir. Hay un refrán en nuestra España que me parece muy verdadero. Todos los refranes lo son, porque son frases breves sacadas de una larga y sabia experiencia. El refrán que digo dice: ‘Iglesia, o mar, o casa real’. Es como si dijera más claramente: ‘Quien quiera valer y ser rico, que siga la Iglesia. O que navegue y se dedique al comercio. O que entre a servir a los reyes en sus casas’. Porque dicen: ‘Más vale migaja de rey que merced de señor’. Digo esto porque quiero, y es mi voluntad, que uno de vosotros siga las letras y otro el comercio. Y que el otro sirva al rey en la guerra, porque es difícil entrar a servirle en su casa. La guerra no da muchas riquezas, pero suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho días os daré toda vuestra parte en dinero, sin quitaros ni un ardite. Lo veréis con los hechos. Decidme ahora si queréis seguir mi opinión y mi consejo en lo que os he propuesto”.

»Como yo era el mayor, me mandó responder a mí. Yo le dije que no se deshiciera de sus bienes. Le dije que gastara todo lo que quisiera, porque nosotros éramos jóvenes y sabríamos ganar dinero. Pero al final acepté hacer lo que él quería. Y dije que yo quería seguir la carrera de las armas, sirviendo en ella a Dios y a mi rey. El segundo hermano ofreció lo mismo que yo, y eligió irse a las Indias, llevando su parte invertida en mercancías. El menor, y creo que el más sensato, dijo que quería seguir la Iglesia. O bien ir a Salamanca a terminar los estudios que había empezado. En cuanto nos pusimos de acuerdo y elegimos nuestros oficios, mi padre nos abrazó a todos. Y, tan rápido como había dicho, cumplió todo lo que nos había prometido. Dio a cada uno su parte, que, si me acuerdo bien, fueron tres mil ducados en dinero. Era en dinero porque un tío nuestro había comprado todos los bienes y los había pagado al contado. Lo hizo para que no salieran de la familia. Ese mismo día los tres nos despedimos de nuestro buen padre. Y ese mismo día me pareció cruel que mi padre se quedara viejo y con tan pocos bienes. Así que conseguí que de mis tres mil ducados tomara dos mil. Porque a mí me bastaba el resto para comprar lo que necesita un soldado. Mis dos hermanos siguieron mi ejemplo, y cada uno le dio mil ducados. Así, a mi padre le quedaron cuatro mil ducados en dinero. Y además tres mil, que era lo que valían, según parece, las tierras que le tocaron. No quiso venderlas, sino quedarse con ellas. En fin, nos despedimos de él y de aquel tío nuestro, con mucha pena y lágrimas de todos. Nos pidieron que les diéramos noticias de nuestros sucesos, buenos o malos, siempre que pudiéramos. Se lo prometimos. Nos abrazaron y nos dieron su bendición. Uno tomó el camino de Salamanca, otro el de Sevilla, y yo el de Alicante. Allí, según me dijeron, había un barco genovés que cargaba lana para Génova.

»Hace ya veintidós años que salí de casa de mi padre. En todos estos años, aunque he escrito algunas cartas, no he sabido nada de él ni de mis hermanos. Y lo que he vivido en este tiempo lo diré brevemente. Me embarqué en Alicante y llegué a Génova con buen viaje. Desde allí fui a Milán, donde me compré armas y algunas ropas elegantes de soldado. Desde Milán quise ir al Piamonte para alistarme. Ya iba de camino hacia Alejandría de la Palla cuando supe que el gran duque de Alba pasaba a Flandes. Cambié de plan y me fui con él. Lo serví en sus campañas y estuve presente en la muerte de los condes de Eguemón y de Hornos. Llegué a ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamado Diego de Urbina. Algún tiempo después de llegar a Flandes, llegaron noticias de la liga. Su Santidad el Papa Pío Quinto, de feliz memoria, la había hecho con Venecia y con España. Era contra el enemigo común, que es el Turco. Por entonces, el Turco había ganado con su armada la famosa isla de Chipre, que era de los venecianos. Fue una pérdida triste y desgraciada. Se supo con seguridad que el general de esta liga sería el serenísimo don Juan de Austria. Era hermano natural de nuestro buen rey don Felipe. Se hablaba por todas partes de los enormes preparativos de guerra. Todo esto me despertó el ánimo y el deseo de estar en la batalla que se esperaba. Tenía señales, y casi promesas seguras, de que pronto me harían capitán. Pero quise dejarlo todo y venir a Italia, y así lo hice. Y mi buena suerte quiso que el señor don Juan de Austria acabara de llegar a Génova. Iba a Nápoles a juntarse con la armada de Venecia, como hizo después en Mesina.

»En fin, yo estuve en aquella felicísima jornada. Ya me habían hecho capitán de infantería, un cargo honroso que conseguí más por buena suerte que por mis méritos. Aquel día fue muy feliz para la cristiandad. Porque en él, el mundo y todas las naciones salieron de su error. Creían que los turcos eran invencibles en el mar. En aquel día, digo, quedaron rotos el orgullo y la soberbia de los otomanos. Allí hubo muchos afortunados. Porque tuvieron más suerte los cristianos que murieron allí que los que quedaron vivos y vencedores. Pero yo fui el único desgraciado. En los tiempos de los romanos, habría podido esperar alguna corona naval. En cambio, la noche que siguió a aquel día tan famoso, me vi con cadenas en los pies y esposas en las manos.

»Y fue de esta manera. El Uchalí, rey de Argel, un corsario atrevido y afortunado, había atacado y vencido a la capitana de Malta. En ella solo quedaron vivos tres caballeros, y estos muy heridos. La capitana de Juan Andrea fue a socorrerla, y yo iba en ella con mi compañía. Hice lo que debía en una ocasión así: salté a la galera enemiga. Pero esa galera se apartó de la que la había atacado, y mis soldados no pudieron seguirme. Así que me encontré solo entre mis enemigos. No pude resistirme, porque eran muchos. Al final me vencieron, lleno de heridas. Como ya habréis oído decir, señores, el Uchalí se salvó con toda su escuadra. Y yo quedé cautivo en su poder. Fui el único triste entre tantos alegres y el único cautivo entre tantos libres. Porque aquel día quince mil cristianos consiguieron la libertad que deseaban. Todos iban remando en la armada turca.

»Me llevaron a Constantinopla. Allí el Gran Turco Selim hizo general del mar a mi amo, porque había cumplido bien en la batalla. Como prueba de su valor, había llevado el estandarte de la orden de Malta. El segundo año, que fue el de setenta y dos, yo estaba en Navarino, remando en la capitana de los tres fanales. Allí vi cómo se perdió la ocasión de atrapar en el puerto a toda la armada turca. Porque todos los leventes y jenízaros que venían en ella estaban seguros de que los atacarían en el mismo puerto. Tenían preparadas su ropa y sus pasamaques, que son sus zapatos, para huir enseguida por tierra. No pensaban esperar a que los atacaran: tanto miedo le tenían a nuestra armada. Pero el cielo lo ordenó de otra manera. No fue por culpa ni descuido del general que mandaba a los nuestros. Fue por los pecados de la cristiandad. Y porque Dios quiere y permite que siempre tengamos verdugos que nos castiguen.

»En efecto, el Uchalí se retiró a Modón, que es una isla que está junto a Navarino. Desembarcó a su gente y fortificó la entrada del puerto. Y se quedó quieto hasta que el señor don Juan se volvió. En este viaje se tomó la galera llamada La Presa. Su capitán era un hijo del famoso corsario Barbarroja. La tomó la capitana de Nápoles, llamada La Loba. La mandaba aquel rayo de la guerra, aquel padre de los soldados. Era aquel capitán afortunado y nunca vencido, don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz. Y no quiero dejar de contar lo que pasó en la presa de La Presa. El hijo de Barbarroja era tan cruel y trataba tan mal a sus cautivos que pasó esto. Los que iban remando vieron que la galera Loba se acercaba y los alcanzaba. Entonces soltaron todos los remos a la vez y agarraron a su capitán. Él estaba de pie junto al estanterol, gritándoles que remaran deprisa. Lo pasaron de banco en banco, de popa a proa, y lo mordieron. Apenas había pasado del mástil cuando su alma ya había pasado al infierno. Tanta era, como he dicho, la crueldad con que los trataba y el odio que le tenían.

»Volvimos a Constantinopla. Al año siguiente, que fue el de setenta y tres, se supo allí que el señor don Juan había ganado Túnez. Había quitado aquel reino a los turcos y se lo había dado a Muley Hamet. Así terminó con las esperanzas de Muley Hamida, que quería volver a reinar allí. Era el moro más cruel y más valiente que ha tenido el mundo. El Gran Turco sintió mucho esta pérdida. Usó la astucia que tienen todos los de su familia. Hizo la paz con los venecianos, que la deseaban mucho más que él. Y al año siguiente, el de setenta y cuatro, atacó la Goleta. Atacó también el fuerte que el señor don Juan había dejado a medio construir junto a Túnez. En todos estos sucesos yo seguía remando, sin ninguna esperanza de libertad. Por lo menos, no esperaba conseguirla por rescate. Porque había decidido no escribir a mi padre las noticias de mi desgracia.

»Al final se perdió la Goleta, y se perdió el fuerte. Contra estas plazas vinieron setenta y cinco mil soldados turcos pagados. Y vinieron más de cuatrocientos mil moros y árabes de toda África. Esta enorme cantidad de gente traía muchísimas municiones y materiales de guerra, y muchísimos trabajadores. Eran tantos que con las manos, a puñados de tierra, podrían haber cubierto la Goleta y el fuerte. Primero se perdió la Goleta, que hasta entonces todos creían imposible de conquistar. Y no se perdió por culpa de sus defensores, que hicieron todo lo que debían y podían para defenderla. Se perdió porque la experiencia mostró lo fácil que era levantar trincheras en aquella arena desierta. Porque allí se encontraba agua a dos palmos de profundidad, y los turcos no la encontraron ni a dos varas. Así, con muchos sacos de arena, levantaron trincheras más altas que las murallas de la fortaleza. Disparaban desde arriba, y nadie podía aguantar ni quedarse a defenderla. Mucha gente opinó que los nuestros no debían encerrarse en la Goleta. Decían que debían esperar al enemigo en campo abierto, en el lugar donde desembarcaba. Pero los que dicen esto hablan desde lejos y con poca experiencia de estas cosas. Porque en la Goleta y en el fuerte apenas había siete mil soldados. ¿Cómo podían tan pocos, por muy valientes que fueran, salir al campo y a la vez quedarse en las fortalezas? ¡Y contra tantos enemigos! ¿Y cómo es posible que no se pierda una fortaleza que no recibe ayuda? Sobre todo cuando la rodean enemigos muchos y tercos, y en su propia tierra. Pero a muchos les pareció, y a mí también, que el cielo hizo a España un favor especial. Permitió que se destruyera aquel taller y aquella capa de maldades. Aquella fortaleza era un monstruo que se tragaba, como una esponja o una polilla, enormes cantidades de dinero. Allí se gastaba sin ningún provecho. Solo servía para conservar el recuerdo de que la había ganado el felicísimo e invencible Carlos Quinto. ¡Como si esas piedras hicieran falta para que su memoria fuera eterna, como lo es y lo será!

»También se perdió el fuerte. Pero los turcos lo fueron ganando palmo a palmo. Porque sus defensores pelearon con tanto valor y tanta fuerza que mataron a más de veinticinco mil enemigos. Los mataron en veintidós asaltos generales. De los trescientos que quedaron vivos, no capturaron a ninguno sano. Era una señal clara de su esfuerzo y su valor, y de lo bien que habían defendido sus plazas. Un pequeño fuerte o torre que estaba en medio de la laguna se rindió con condiciones. Estaba a cargo de don Juan Zanoguera, caballero valenciano y soldado famoso. Capturaron a don Pedro Puertocarrero, general de la Goleta, que hizo todo lo posible por defender su fortaleza. Sintió tanto haberla perdido que murió de pena en el camino a Constantinopla, adonde lo llevaban cautivo. Capturaron también al general del fuerte, que se llamaba Gabrio Cervellón. Era un caballero milanés, gran ingeniero y soldado muy valiente. En estas dos fortalezas murieron muchas personas importantes. Una de ellas fue Pagán de Oria, caballero de la orden de San Juan. Era generoso, como mostró la enorme generosidad que tuvo con su hermano, el famoso Juan Andrea de Oria. Y lo que hizo más triste su muerte fue la forma en que murió. Cuando ya vio perdido el fuerte, confió en unos árabes. Ellos se ofrecieron a llevarlo, vestido de moro, a Tabarca. Tabarca es un pequeño puerto o casa que tienen en aquellas costas los genoveses que pescan coral. Pero aquellos árabes le cortaron la cabeza y se la llevaron al general de la armada turca. Y el general cumplió con ellos nuestro refrán castellano: “Aunque la traición aplace, el traidor se aborrece”. Por eso, según dicen, mandó ahorcar a los que le llevaron aquel regalo. Lo hizo porque no se lo habían llevado vivo.

»Entre los cristianos que se perdieron en el fuerte, había uno llamado don Pedro de Aguilar. Era de algún lugar de Andalucía, no sé de cuál. Había sido alférez en el fuerte, y era un soldado muy importante y de una inteligencia poco común. Sobre todo tenía mucho talento para eso que llaman poesía. Lo digo porque la suerte lo llevó a mi galera y a mi banco. Y lo hizo esclavo de mi mismo amo. Antes de salir de aquel puerto, este caballero escribió dos sonetos, como si fueran epitafios. Uno era para la Goleta y el otro para el fuerte. Y la verdad es que los quiero decir, porque los sé de memoria. Y creo que os darán más gusto que pena.»

Cuando el cautivo nombró a don Pedro de Aguilar, don Fernando miró a sus compañeros. Y los tres sonrieron. Cuando el cautivo habló de los sonetos, uno de ellos dijo:

— Antes de que vuestra merced siga, le ruego que me diga qué fue de ese don Pedro de Aguilar.

— Lo que sé —respondió el cautivo— es que estuvo dos años en Constantinopla. Al cabo de ese tiempo, huyó vestido de arnaúte con un espía griego. No sé si consiguió la libertad, aunque creo que sí. Porque un año después vi al griego en Constantinopla, pero no pude preguntarle cómo les fue en aquel viaje.

— Pues sí la consiguió —respondió el caballero—, porque ese don Pedro es mi hermano. Ahora está en nuestro pueblo, sano y rico, casado y con tres hijos.

— Gracias a Dios —dijo el cautivo— por tantos favores como le hizo. Porque, en mi opinión, no hay en la tierra alegría igual a recuperar la libertad perdida.

— Y además —respondió el caballero— yo sé los sonetos que hizo mi hermano.

— Dígalos, pues, vuestra merced —dijo el cautivo—, que los sabrá decir mejor que yo.

— Con mucho gusto —respondió el caballero—. El de la Goleta decía así:

### Glosario

- **cautivo**: persona presa por el enemigo y tenida como esclava.
- **padrastro**: nuevo marido de la madre; aquí, alguien que no cuida a los hijos como un padre.
- **refrán**: frase corta y popular que da un consejo o una enseñanza.
- **dedicarse a**: trabajar en algo, tener ese oficio.
- **deshacerse de algo**: darlo, venderlo o quedarse sin ello.
- **ducado**: moneda antigua de oro.
- **embarcarse**: subir a un barco para viajar.
- **alistarse**: entrar como soldado en el ejército.
- **galera**: barco de guerra largo que se movía con remos.
- **remar**: mover un barco con remos; en las galeras lo hacían los esclavos y los presos.
- **corsario**: marino que ataca y roba barcos enemigos con permiso de su rey.
- **invencible**: que nadie puede vencer.
- **Más vale migaja de rey que merced de señor**: refrán: es mejor recibir poco del rey que mucho de un señor.
- **ardite**: moneda antigua que casi no valía nada.
- **alférez**: oficial del ejército que lleva la bandera de su compañía.
- **felicísima jornada**: aquí, la gran batalla en el mar en que los cristianos vencieron a la armada turca.
- **capitana**: galera principal de una flota, donde va el jefe.
- **leventes y jenízaros**: soldados de la armada y del ejército turcos.
- **estanterol**: poste en la parte de atrás de la galera, junto al que se ponía el capitán.
- **trinchera**: zanja o muro de tierra para protegerse de los disparos.
- **Aunque la traición aplace, el traidor se aborrece**: refrán: la traición puede agradar (aplacer), pero el traidor siempre es odiado.
- **arnaúte**: soldado de Albania al servicio de los turcos.
- **epitafio**: texto que se escribe sobre una tumba para recordar a un muerto.

## Capítulo XL. Donde se prosigue la historia del cautivo

Soneto

Almas felices, que, libres del cuerpo mortal,
por el bien que hicisteis en la vida,
subisteis desde la tierra baja
a lo más alto y mejor del cielo.

Ardiendo de ira y de noble celo,
usasteis toda la fuerza de los cuerpos,
y con vuestra sangre y la del enemigo
pintasteis de rojo el mar y la arena.

Antes que el valor, os faltó la vida
en los brazos cansados, que, al morir,
aunque vencidos, se llevan la victoria.

Y esta caída vuestra, triste y mortal,
entre el muro y el hierro, os gana
fama en el mundo y gloria en el cielo.

— Así mismo lo sé yo —dijo el cautivo.

— Pues el del fuerte, si no me acuerdo mal —dijo el caballero—, dice así:

Soneto

De esta tierra seca y destruida,
de estos trozos de tierra caídos por el suelo,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a una casa mejor.

Antes usaron, sin éxito,
la fuerza de sus brazos valientes,
hasta que al fin, pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.

Y este es el suelo que siempre ha estado
lleno de mil recuerdos tristes,
en los siglos pasados y en los de hoy.

Pero de su duro pecho nunca subieron
al cielo claro almas más justas,
ni él sostuvo nunca cuerpos tan valientes.

Los sonetos no les parecieron mal. El cautivo se alegró con las noticias que le dieron de su compañero. Y, siguiendo con su historia, dijo:

— «Así pues, cuando se rindieron la Goleta y el fuerte, los turcos dieron orden de derribar la Goleta. Porque el fuerte quedó tan destruido que no hubo nada más que echar abajo. Para hacerlo más rápido y con menos trabajo, pusieron minas en la Goleta por tres partes. Pero ninguna pudo volar lo que parecía menos fuerte, que eran las murallas viejas. En cambio, cayó con mucha facilidad todo lo que quedaba de la fortificación nueva, la que había hecho el Fratín. En fin, la armada volvió a Constantinopla, triunfante y vencedora. Pocos meses después murió mi amo, el Uchalí. Lo llamaban Uchalí Fartax, que en lengua turca quiere decir “el renegado tiñoso”, porque lo era. Entre los turcos es costumbre ponerse nombres por algún defecto que tengan o por alguna virtud. Esto es porque entre ellos solo hay cuatro apellidos de familia, que vienen de la casa Otomana. Los demás, como he dicho, toman nombre y apellido de los defectos del cuerpo o de las virtudes del alma. Este Tiñoso estuvo catorce años remando como esclavo del Gran Señor. Y con más de treinta y cuatro años renegó de su fe por rabia. Fue porque un turco le había dado una bofetada mientras remaba. Y él dejó su fe para poder vengarse. Fue tan valiente que llegó a ser rey de Argel. Y no subió por los caminos sucios que usan los favoritos del Gran Turco. Después llegó a ser general del mar, que es el tercer cargo de aquel imperio. Era de Calabria, y en su conducta fue un hombre de bien. Trataba con mucha humanidad a sus cautivos, que llegaron a ser tres mil. Después de su muerte, sus cautivos se repartieron como él lo dejó en su testamento. Una parte fue para el Gran Señor. Él también hereda de todos los que mueren, igual que los hijos del muerto. La otra parte fue para sus renegados. A mí me tocó un renegado veneciano. El Uchalí lo había capturado cuando era grumete de un barco. Lo quiso tanto que fue uno de sus muchachos más mimados. Y llegó a ser el renegado más cruel que se ha visto jamás. Se llamaba Azán Agá, y llegó a ser muy rico y a ser rey de Argel. Con él vine yo de Constantinopla, algo contento por estar tan cerca de España. No era porque pensara escribir a nadie mi desgracia. Era porque quería ver si la suerte me era más favorable en Argel que en Constantinopla. Allí ya había probado mil maneras de huir, y ninguna había salido bien. En Argel pensaba buscar otros medios de conseguir lo que tanto deseaba. Porque nunca me abandonó la esperanza de ser libre. Y cuando lo que planeaba y hacía no salía como yo quería, no me rendía. Enseguida me inventaba y buscaba otra esperanza que me mantuviera, aunque fuera débil y pequeña.

»Así pasaba la vida, encerrado en una prisión o casa que los turcos llaman baño. Allí encierran a los cautivos cristianos, tanto los del rey como los de algunos particulares. También encierran allí a los que llaman del almacén, que son como cautivos del ayuntamiento. Estos sirven a la ciudad en las obras públicas y en otros trabajos. Para estos cautivos es muy difícil conseguir la libertad. Son de todos y no tienen un amo particular. Así que no hay con quién tratar su rescate, aunque tengan el dinero. A estos baños, como he dicho, algunos particulares del pueblo suelen llevar a sus cautivos. Sobre todo cuando son cautivos de rescate, porque allí los tienen tranquilos y seguros hasta que llega el dinero. Los cautivos de rescate del rey tampoco salen a trabajar con los demás esclavos. Solo salen cuando su rescate tarda en llegar. Entonces los hacen trabajar e ir por leña con los demás, para que escriban pidiendo su rescate con más ganas. Y no es un trabajo pequeño.

»Yo era uno de los de rescate. Como se supo que era capitán, no sirvió de nada decir que tenía pocos medios y ningún bien. Me pusieron entre los caballeros y la gente de rescate. Me pusieron una cadena, más como señal de rescate que para vigilarme. Y así pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente importante, todos señalados como de rescate. A veces, y casi siempre, nos molestaban el hambre y la falta de ropa. Pero nada nos molestaba tanto como oír y ver a cada paso las crueldades de mi amo con los cristianos. Eran crueldades nunca vistas ni oídas. Cada día ahorcaba a uno, empalaba a otro, le cortaba las orejas a otro. Lo hacía con tan poco motivo, o sin ninguno, que los turcos sabían que lo hacía solo por hacerlo. Lo hacía porque era, por naturaleza, asesino de todo el género humano. Solo le fue bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra. Este soldado hizo cosas que aquella gente recordará muchos años, y todas para conseguir la libertad. Pero Azán Agá nunca le pegó, ni mandó que le pegaran, ni le dijo una mala palabra. Por la menor de las muchas cosas que hizo, todos temíamos que lo iban a empalar. Y él mismo lo temió más de una vez. Si tuviera tiempo, os contaría ahora algo de lo que hizo este soldado. Os entretendría y os admiraría mucho más que la historia de mi vida.

»Pues bien, sobre el patio de nuestra prisión daban las ventanas de la casa de un moro rico e importante. Como suelen ser las de los moros, más que ventanas eran agujeros. Y además estaban cubiertas con celosías muy espesas y cerradas. Un día yo estaba en una terraza de nuestra prisión con otros tres compañeros. Para pasar el tiempo, probábamos a saltar con las cadenas. Estábamos solos, porque todos los demás cristianos habían salido a trabajar. Por casualidad levanté los ojos. Vi que por aquellas ventanitas cerradas asomaba una caña, con un pañuelo atado en la punta. La caña se movía de un lado a otro, como si nos hiciera señas para que fuéramos a tomarla. Lo miramos, y uno de mis compañeros fue a ponerse debajo de la caña. Quería ver si la soltaban o qué hacían. Pero, en cuanto llegó, subieron la caña y la movieron a los dos lados. Era como si dijeran que no con la cabeza. El cristiano volvió, y la bajaron otra vez e hicieron los mismos movimientos que antes. Fue otro de mis compañeros, y le pasó lo mismo que al primero. Al final fue el tercero, y le pasó lo mismo que al primero y al segundo. Al ver esto, yo no quise dejar de probar suerte. En cuanto me puse debajo de la caña, la dejaron caer, y cayó a mis pies dentro del baño. Corrí a desatar el pañuelo y vi que tenía un nudo. Dentro venían diez cianíis, que son unas monedas de oro de poca ley que usan los moros. Cada una vale diez reales de los nuestros. No hace falta decir si me alegré con el hallazgo. Fue tan grande la alegría como el asombro de pensar de dónde nos podía venir aquel bien. Sobre todo a mí, pues no habían querido soltar la caña más que para mí. Eso decía claramente que el favor era para mí. Tomé mi buen dinero, rompí la caña y volví a la terraza. Miré la ventana y vi que por ella salía una mano muy blanca. Abrían y cerraban la mano muy deprisa. Con esto entendimos, o imaginamos, que alguna mujer que vivía en aquella casa nos debía de haber hecho aquel favor. Para mostrar que lo agradecíamos, hicimos zalemas a la manera de los moros. Inclinamos la cabeza, doblamos el cuerpo y pusimos los brazos sobre el pecho. Poco después sacaron por la misma ventana una pequeña cruz hecha de cañas, y luego la volvieron a meter. Esta señal nos hizo pensar que en aquella casa debía de haber una cristiana cautiva. Y que era ella quien nos hacía el bien. Pero la blancura de la mano y las ajorcas que vimos en ella nos quitaron esa idea. Entonces imaginamos que debía de ser una cristiana renegada. Muchas veces sus propios amos las toman como esposas legítimas. Y lo consideran una suerte, porque las estiman más que a las mujeres de su nación.

»En todas nuestras ideas estábamos muy lejos de la verdad. Desde entonces, nuestro único entretenimiento era mirar aquella ventana. Era nuestra guía, como la estrella del norte, porque allí se nos había aparecido la estrella de la caña. Pero pasaron quince días sin que viéramos la caña, ni la mano, ni ninguna otra señal. Durante ese tiempo intentamos con mucho cuidado saber quién vivía en aquella casa. Queríamos saber si había en ella alguna cristiana renegada. Pero nadie nos dijo otra cosa: solo que allí vivía un moro importante y rico, llamado Agi Morato. Había sido alcaide de La Pata, que es entre ellos un cargo muy importante. Cuando menos pensábamos que por allí iban a llover más cianíis, de repente vimos aparecer la caña. Traía otro pañuelo, con otro nudo más grande. Y fue en un momento en que el baño estaba, como la otra vez, solo y sin gente. Hicimos la prueba de siempre: cada uno de mis compañeros fue antes que yo. Pero la caña no se rindió a ninguno, sino a mí, porque en cuanto llegué, la dejaron caer. Desaté el nudo y encontré cuarenta escudos de oro españoles. Había también un papel escrito en árabe, y al final de lo escrito, una gran cruz. Besé la cruz, tomé los escudos y volví a la terraza. Todos hicimos nuestras zalemas, y volvió a aparecer la mano. Yo hice señas de que leería el papel, y cerraron la ventana. Todos nos quedamos confusos y alegres con lo que había pasado. Ninguno de nosotros entendía el árabe. Teníamos un gran deseo de saber lo que decía el papel. Pero era aún más difícil encontrar a alguien que lo leyera.

»Al final decidí confiar en un renegado de Murcia, que decía ser muy amigo mío. Entre los dos había compromisos que lo obligaban a guardar cualquier secreto que yo le confiara. Porque algunos renegados, cuando piensan volver a tierra de cristianos, suelen llevar firmas de cautivos importantes. En esos papeles los cautivos certifican, como pueden, que aquel renegado es un hombre de bien. Dicen que siempre ha ayudado a los cristianos y que desea huir en la primera ocasión. Algunos buscan estos certificados con buena intención. Otros los usan por si acaso y con astucia. Vienen a robar a tierra de cristianos, y si por casualidad se pierden o los capturan, sacan sus firmas. Dicen que esos papeles muestran su verdadera intención, que era quedarse en tierra de cristianos. Y dicen que por eso venían a robar con los demás turcos. Así se libran del primer castigo y se reconcilian con la Iglesia sin sufrir daño. Y cuando tienen ocasión, vuelven a Berbería a ser lo que eran antes. Hay otros que buscan y usan estos papeles con buena intención, y se quedan en tierra de cristianos.

»Pues bien, mi amigo era uno de esos renegados. Tenía firmas de todos nuestros compañeros, donde hablábamos de él lo mejor posible. Si los moros le encontraran esos papeles, lo quemarían vivo. Yo sabía que conocía muy bien el árabe, y que no solo lo hablaba, sino que también lo escribía. Pero, antes de contárselo todo, le pedí que me leyera aquel papel. Le dije que lo había encontrado por casualidad en un agujero de mi rincón. Lo abrió y estuvo un buen rato mirándolo e interpretándolo, murmurando entre dientes. Le pregunté si lo entendía. Me dijo que muy bien. Y que, si quería que me lo explicara palabra por palabra, le diera tinta y pluma para hacerlo mejor. Le dimos enseguida lo que pedía, y él lo fue traduciendo poco a poco. Al terminar, dijo: “Todo lo que va aquí en castellano, sin faltar una letra, es lo que dice este papel moro. Y hay que saber que, donde dice Lela Marién, quiere decir Nuestra Señora la Virgen María”.

»Leímos el papel, y decía así:

Cuando yo era niña, mi padre tenía una esclava. Ella me enseñó en mi lengua la zalá de los cristianos y me dijo muchas cosas de Lela Marién. La cristiana murió, y yo sé que no fue al fuego, sino con Alá. Porque después la vi dos veces. Me dijo que me fuera a tierra de cristianos a ver a Lela Marién, que me quería mucho. Yo no sé cómo ir. He visto a muchos cristianos por esta ventana, y ninguno me ha parecido caballero, sino tú. Yo soy muy hermosa y joven, y tengo mucho dinero para llevar conmigo. Mira tú si puedes encontrar la manera de irnos. Allí serás mi marido, si quieres. Y si no quieres, no me importará, porque Lela Marién me dará con quién casarme. Yo escribí esto. Mira bien a quién lo das a leer. No te fíes de ningún moro, porque todos son marfuces. Esto me preocupa mucho. Quisiera que no se lo contaras a nadie. Porque si mi padre lo sabe, me echará enseguida en un pozo y me cubrirá de piedras. En la caña pondré un hilo: ata allí la respuesta. Y si no tienes quien te escriba en árabe, dímelo por señas, que Lela Marién hará que te entienda. Ella y Alá te guarden, y también esa cruz, que yo beso muchas veces. Así me lo mandó la cautiva.

»Ya veis, señores, si teníamos motivos para que las palabras de este papel nos asombraran y alegraran. Nos asombraron y alegraron tanto que el renegado comprendió algo. Comprendió que aquel papel no se había encontrado por casualidad, sino que estaba escrito de verdad para alguno de nosotros. Así que nos rogó que, si era verdad lo que sospechaba, confiáramos en él y se lo dijéramos. Él arriesgaría su vida por nuestra libertad. Y, mientras decía esto, sacó del pecho un crucifijo de metal. Con muchas lágrimas juró por el Dios que representaba aquella imagen. Él creía en ese Dios bien y fielmente, aunque era pecador y malo. Juró ser leal y guardar el secreto en todo lo que quisiéramos contarle. Porque le parecía, y casi lo adivinaba, que la mujer de aquel papel nos haría libres a todos. Y así él conseguiría lo que tanto deseaba: volver a la Santa Iglesia, su madre. Por su ignorancia y su pecado, estaba separado de ella como un miembro podrido.

»El renegado dijo esto con tantas lágrimas y tantas muestras de arrepentimiento que todos estuvimos de acuerdo. Decidimos contarle la verdad, y se lo contamos todo, sin ocultarle nada. Le mostramos la ventanita por donde aparecía la caña. Él se fijó desde allí en la casa y prometió informarse con mucho cuidado de quién vivía en ella. Acordamos también que sería bueno responder a la carta de la mora. Como ya teníamos quien supiera hacerlo, el renegado escribió enseguida las palabras que yo le dicté. Fueron exactamente las que voy a deciros. Porque de todos los puntos importantes de esta historia, no he olvidado ninguno, ni lo olvidaré mientras viva.

»En efecto, lo que respondimos a la mora fue esto:

El verdadero Alá te guarde, señora mía, y también aquella bendita Marién. Ella es la verdadera madre de Dios. Ella te ha puesto en el corazón el deseo de ir a tierra de cristianos, porque te quiere. Pídele tú que te haga entender cómo podrás hacer lo que te manda. Ella es tan buena que lo hará. Por mi parte y por la de todos los cristianos que están conmigo, te prometo una cosa. Haremos por ti todo lo que podamos, hasta morir. No dejes de escribirme y de avisarme de lo que pienses hacer, que yo siempre te responderé. El gran Alá nos ha dado un cristiano cautivo que sabe hablar y escribir tu lengua. Lo hace muy bien, como verás por este papel. Así que, sin miedo, puedes avisarnos de todo lo que quieras. Dices que, si vas a tierra de cristianos, serás mi mujer. Yo te lo prometo como buen cristiano. Y has de saber que los cristianos cumplen sus promesas mejor que los moros. Alá y Marién, su madre, te guarden, señora mía.

»Escrito y cerrado este papel, esperé dos días a que el baño estuviera solo, como solía. Luego salí al sitio de siempre en la terraza, para ver si aparecía la caña. No tardó mucho en asomar. En cuanto la vi, aunque no podía ver quién la ponía, mostré el papel. Quería dar a entender que pusieran el hilo. Pero el hilo ya venía puesto en la caña, y até a él el papel. Poco después volvió a aparecer nuestra estrella, con la blanca bandera de paz del pañuelo atado. La dejaron caer, y yo la recogí. En el pañuelo encontré más de cincuenta escudos, en toda clase de monedas de plata y de oro. Esos cincuenta escudos multiplicaron por cincuenta nuestra alegría y nos confirmaron la esperanza de ser libres.

»Esa misma noche volvió nuestro renegado. Nos dijo que en aquella casa vivía el mismo moro que nos habían dicho, llamado Agi Morato. Era riquísimo, y tenía una sola hija, heredera de todos sus bienes. En toda la ciudad se decía que era la mujer más hermosa de Berbería. Muchos de los virreyes que llegaban allí la habían pedido como esposa, pero ella nunca había querido casarse. Supo también que había tenido una cristiana cautiva, que ya había muerto. Todo esto coincidía con lo que decía el papel. Enseguida pensamos con el renegado cómo sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos. Al final acordamos, por entonces, esperar el segundo aviso de Zoraida. Así se llamaba la que ahora quiere llamarse María. Porque veíamos bien que ella, y nadie más, era quien podía resolver todas aquellas dificultades. Después de acordar esto, el renegado nos dijo que no nos preocupáramos. Él perdería la vida o nos pondría en libertad.

»Durante cuatro días el baño estuvo lleno de gente, y por eso la caña tardó cuatro días en aparecer. Al cabo de ellos, cuando el baño estaba solo como de costumbre, apareció la caña. Traía el pañuelo tan lleno que parecía embarazado y prometía un parto muy feliz. La caña y el pañuelo se inclinaron hacia mí. Encontré en él otro papel y cien escudos de oro, sin ninguna otra moneda. El renegado estaba allí. Le dimos el papel para que lo leyera dentro de nuestro rincón, y nos dijo que decía así:

Yo no sé, mi señor, cómo hacer para irnos a España. Lela Marién no me lo ha dicho, aunque yo se lo he preguntado. Lo que se puede hacer es esto: yo os daré por esta ventana muchísimas monedas de oro. Rescataos con ellas vos y vuestros amigos. Y que uno vaya a tierra de cristianos, compre allí una barca y vuelva por los demás. A mí me encontraréis en el jardín de mi padre, que está en la puerta de Babazón, junto al mar. Allí voy a estar todo este verano con mi padre y con mis criados. De allí, de noche, me podréis sacar sin miedo y llevarme a la barca. Y mira que tienes que ser mi marido, porque si no, pediré a Marién que te castigue. Si no te fías de nadie para que vaya por la barca, rescátate tú y ve. Yo sé que volverás mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Intenta conocer el jardín. Cuando te pasees por ahí, sabré que el baño está solo y te daré mucho dinero. Alá te guarde, señor mío.

»Esto decía el segundo papel. Cuando todos lo oyeron, cada uno se ofreció para ser el rescatado. Cada uno prometía ir y volver con toda puntualidad, y yo también me ofrecí. Pero el renegado se opuso a todo esto. Dijo que de ninguna manera permitiría que nadie saliera libre antes que los demás. Debían salir todos juntos. Porque la experiencia le había enseñado lo mal que cumplen los libres las promesas que hacen en el cautiverio. Muchas veces algunos cautivos importantes habían usado ese remedio. Rescataban a uno para que fuera a Valencia o a Mallorca con dinero. Allí debía preparar una barca y volver por los que lo habían rescatado. Pero nunca volvían. Porque la libertad conseguida y el miedo a perderla otra vez les borraban de la memoria todas sus obligaciones. Para confirmar lo que decía, nos contó brevemente un caso. Les había pasado casi en aquel mismo tiempo a unos caballeros cristianos. Era el caso más extraño que había pasado nunca en aquellas tierras. Y allí, a cada paso, pasan cosas que asustan y asombran.

»En efecto, el renegado dijo lo que se podía y se debía hacer. El dinero para rescatar al cristiano debía dárselo a él. Con ese dinero compraría allí, en Argel, una barca. Diría que quería hacerse comerciante y negociar con Tetuán y con aquella costa. Siendo él dueño de la barca, sería fácil encontrar la manera de sacarnos del baño y embarcarnos a todos. Además, si la mora daba dinero para rescatarnos a todos, como decía, sería facilísimo. Una vez libres, podríamos embarcarnos incluso a mediodía. La mayor dificultad era otra. Los moros no permiten que ningún renegado compre ni tenga una barca. Solo permiten barcos grandes para ir en corso. Temen que quien compra una barca, sobre todo si es español, quiera irse con ella a tierra de cristianos. Pero él resolvería este problema. Haría que un moro tagarino fuera su socio en la barca y en las ganancias de las mercancías. Con esta apariencia, él sería el dueño de la barca. Y con eso daba por terminado todo lo demás.

»A mis compañeros y a mí nos parecía mejor enviar a alguien a Mallorca por la barca. Así lo decía la mora. Pero no nos atrevimos a llevarle la contraria. Temíamos que, si no hacíamos lo que él decía, nos descubriera y pusiera en peligro nuestras vidas. Podía descubrir el trato con Zoraida, y por la vida de ella todos habríamos dado las nuestras. Así que decidimos ponernos en las manos de Dios y en las del renegado. En ese mismo momento respondimos a Zoraida. Le dijimos que haríamos todo lo que nos aconsejaba. Porque lo había pensado tan bien como si Lela Marién se lo hubiera dicho. Le dijimos que solo dependía de ella retrasar aquel asunto o ponerlo en marcha enseguida. Yo le ofrecí de nuevo ser su esposo. Otro día en que el baño estaba solo, nos dio dos mil escudos de oro. Nos los dio en varias veces, con la caña y el pañuelo. También nos dio un papel. Decía que el primer jumá, que es el viernes, se iba al jardín de su padre. Antes de irse, nos daría más dinero. Y si aquello no bastaba, que se lo dijéramos, que nos daría todo lo que le pidiéramos. Su padre tenía tanto que no lo echaría de menos. Además, ella tenía las llaves de todo.

»Enseguida dimos quinientos escudos al renegado para comprar la barca. Con ochocientos me rescaté yo. Di el dinero a un comerciante valenciano que estaba entonces en Argel. Él me rescató del rey dando su palabra, sin pagar todavía. Prometió pagar mi rescate con el primer barco que llegara de Valencia. Si hubiera dado el dinero enseguida, el rey habría sospechado. Habría pensado que mi rescate llevaba muchos días en Argel. Y que el comerciante lo había callado por su propio interés. En fin, mi amo era tan desconfiado que de ninguna manera me atreví a que se pagara el dinero enseguida. El jueves antes del viernes de su ida al jardín, la hermosa Zoraida nos dio otros mil escudos. Y nos avisó de su partida. Me rogó que, si me rescataba, buscara enseguida el jardín de su padre. Y que, pasara lo que pasara, buscara la ocasión de ir allí y verla. Le respondí en pocas palabras que así lo haría. Le pedí que tuviera cuidado de encomendarnos a Lela Marién con todas las oraciones que le había enseñado la cautiva.

»Hecho esto, organizamos el rescate de nuestros tres compañeros, para que fuera más fácil salir del baño. También lo hice por otra razón. Si me veían rescatado a mí y a ellos no, habiendo dinero, quizá se alborotaran. Temí que el diablo los convenciera de hacer algo contra Zoraida. Por ser quienes eran, podía estar tranquilo y no temer esto. Pero, aun así, no quise arriesgar el asunto. Así que los hice rescatar de la misma manera que yo. Le entregué todo el dinero al comerciante, para que pudiera dar su garantía con seguridad. Pero nunca le contamos nuestro plan secreto, por el peligro que había.

### Glosario

- **fortificación**: muros y defensas que se construyen para proteger un lugar.
- **renegado / renegar**: cristiano que se hizo musulmán / dejar la propia fe.
- **cautivo**: persona presa por el enemigo y tenida como esclava.
- **rendir**: vencer a alguien y obligarlo a entregarse.
- **remar**: mover un barco con remos; en las galeras lo hacían los esclavos y los presos.
- **bofetada**: golpe en la cara con la mano abierta.
- **mimado**: tratado con mucho cariño y muchos regalos.
- **mantener**: aquí, dar fuerzas para seguir viviendo.
- **embarcar(se)**: subir a un barco.
- **tiñoso**: que tiene tiña, una enfermedad de la piel de la cabeza.
- **grumete**: muchacho que aprende el oficio de marinero en un barco.
- **baño**: en Argel, prisión donde vivían los cautivos cristianos.
- **empalar**: matar a alguien atravesándolo con un palo.
- **celosía**: rejilla de madera en una ventana para ver sin ser visto.
- **cianí**: moneda de oro de los moros (en plural, cianíis).
- **zalema**: saludo de los moros, inclinando la cabeza y el cuerpo.
- **ajorca**: pulsera ancha de oro o de plata.
- **zalá**: oración; Zoraida llama así a la oración de los cristianos.
- **marfuces**: palabra de Zoraida que significa "traidores".
- **tagarino**: moro de Aragón que vive en Berbería.
- **ir en corso**: ir por el mar para atacar y robar barcos enemigos.

## Capítulo XLI. Donde todavía prosigue el cautivo su suceso

»No habían pasado quince días cuando nuestro renegado ya tenía comprada una barca muy buena. Cabían en ella más de treinta personas. Quería asegurar su plan y que nadie sospechara. Por eso hizo un viaje a un lugar llamado Sargel. Sargel está a treinta leguas de Argel, hacia Orán, y allí se comercia mucho con higos secos. Hizo este viaje dos o tres veces, con el tagarino del que ya os he hablado. En Berbería llaman tagarinos a los moros de Aragón, y mudéjares a los de Granada. En el reino de Fez llaman elches a los mudéjares. Son la gente que más usa aquel rey en la guerra.

»Pues bien, cada vez que pasaba con su barca, echaba el ancla en una pequeña cala. Esta cala no estaba ni a dos tiros de ballesta del jardín donde Zoraida esperaba. Allí, a propósito, el renegado se ponía con los moritos que remaban. Unas veces hacían la zalá; otras parecía que ensayaban en broma lo que él pensaba hacer en serio. Así iba al jardín de Zoraida y le pedía fruta, y el padre se la daba sin conocerle. Él quería hablar con Zoraida, como me dijo después. Quería decirle que él la iba a llevar a tierra de cristianos, por orden mía. Y quería decirle que estuviera tranquila y segura. Pero nunca pudo, porque las moras no se dejan ver por ningún moro ni turco. Solo lo hacen si su marido o su padre lo mandan. En cambio, con los cautivos cristianos hablan y tratan, incluso más de lo que sería razonable. A mí me habría pesado que él hablara con ella. Quizá ella se habría asustado al ver que su secreto andaba en boca de renegados. Pero Dios, que lo ordenaba de otra manera, no permitió el buen deseo de nuestro renegado. Él veía que iba y venía a Sargel con toda seguridad. Echaba el ancla cuando, como y donde quería. El tagarino, su compañero, solo hacía lo que él mandaba. Yo ya estaba rescatado, y solo faltaba buscar algunos cristianos que remaran. Por eso me dijo que eligiera a los que quería llevar conmigo, además de los rescatados. Debía tenerlos avisados para el primer viernes, porque había decidido que partiríamos ese día. Entonces hablé con doce españoles, todos hombres valientes y buenos remeros. Eran de los que podían salir de la ciudad con más libertad. No fue fácil encontrar tantos en aquel momento. Porque veinte barcos habían salido en corso y se habían llevado a toda la gente de remo. Y tampoco habría encontrado a estos si su amo no se hubiera quedado aquel verano en tierra. Se quedó para terminar una galeota que estaba construyendo en el astillero. A estos hombres solo les dije una cosa. El primer viernes por la tarde debían salir de uno en uno, con disimulo. Luego debían ir hacia el jardín de Agi Morato. Allí debían esperarme hasta que yo llegara. Di este aviso a cada uno por separado. Si veían allí a otros cristianos, solo debían decirles una cosa: que yo los había mandado esperar allí.

»Hecho esto, me faltaba otra cosa, la que más me importaba. Tenía que avisar a Zoraida de cómo estaban las cosas. Así estaría preparada y no se asustaría si la sorprendíamos antes de lo que ella pensaba. Ella podía creer que la barca de cristianos tardaría más en volver. Por eso decidí ir al jardín para ver si podía hablar con ella. Un día, antes de mi partida, fui allá, con la excusa de coger algunas hierbas. La primera persona que encontré fue su padre. Me habló en una lengua que se usa entre cautivos y moros en toda Berbería, y aun en Constantinopla. No es lengua morisca ni castellana ni de ninguna otra nación. Es una mezcla de todas las lenguas, y con ella todos nos entendemos. Pues en esta lengua me preguntó qué buscaba en su jardín y de quién era yo. Le respondí que era esclavo de Arnaúte Mamí. Lo dije porque sabía con certeza que era un gran amigo suyo. Y le dije que buscaba toda clase de hierbas para hacer ensalada. Luego me preguntó si yo era hombre de rescate o no, y cuánto pedía mi amo por mí. Mientras hablábamos, salió de la casa del jardín la bella Zoraida. Ella me había visto ya hacía mucho tiempo. Como ya he dicho, las moras no tienen reparo en mostrarse a los cristianos, ni se apartan de ellos. Por eso no le importó venir adonde su padre estaba conmigo. Al contrario: su padre vio que venía despacio y la llamó para que se acercara.

»Sería demasiado contar ahora la gran hermosura de mi querida Zoraida. Tampoco contaré su gracia ni el rico adorno con que apareció ante mis ojos. Solo diré esto. De su hermosísimo cuello, de sus orejas y de su pelo colgaban muchísimas perlas. Había más perlas que pelos en su cabeza. Llevaba los tobillos descubiertos, como es costumbre entre ellas. En ellos traía dos carcajes, que así llaman los moros a las pulseras de los pies. Eran de oro purísimo y tenían tantos diamantes que su padre los valoraba en diez mil doblas. Ella me lo dijo después. Y las pulseras de las muñecas valían otro tanto. Las perlas eran muchas y muy buenas. Porque el mayor lujo de las moras es adornarse con perlas ricas, grandes y pequeñas. Por eso hay más perlas entre los moros que entre todas las demás naciones. El padre de Zoraida tenía fama de tener muchas, y de las mejores de Argel. También tenía fama de tener más de doscientos mil escudos españoles. De todo esto era dueña la que ahora es dueña de mí. ¿Estaba hermosa entonces con todo este adorno? Podéis imaginarlo por lo que le queda después de tantos trabajos. Así se puede adivinar cómo sería en los tiempos felices. Porque ya se sabe que la belleza de algunas mujeres tiene sus días y sus momentos. Algunas cosas la hacen crecer o disminuir. Y es natural que los sentimientos del alma la suban o la bajen, aunque casi siempre la destruyen.

»En fin, aquel día llegó adornada al máximo y hermosa al máximo. Por lo menos, a mí me pareció la mujer más hermosa que había visto hasta entonces. Y como pensaba en todo lo que le debía, me parecía tener delante una diosa del cielo. Me parecía que había bajado a la tierra para mi alegría y mi salvación. Cuando llegó, su padre le dijo en su lengua quién era yo. Le dijo que era cautivo de su amigo Arnaúte Mamí y que venía a buscar ensalada. Ella tomó la palabra. En aquella mezcla de lenguas que ya he dicho, me preguntó si era caballero. También me preguntó por qué no me rescataba. Le respondí que ya estaba rescatado. Por el precio podía ver cuánto me valoraba mi amo. Se habían pagado por mí mil quinientos zoltanís. Ella respondió: “Si tú fueras de mi padre, yo haría que no te vendiera ni por el doble. Porque vosotros, los cristianos, siempre mentís en todo lo que decís. Os hacéis pobres para engañar a los moros”. “Bien podría ser eso, señora —le respondí—, pero yo le he dicho la verdad a mi amo. Y se la digo y se la diré a todas las personas del mundo”. “¿Y cuándo te vas?”, dijo Zoraida. “Mañana, creo yo —le dije—. Porque aquí hay un barco de Francia que sale mañana, y pienso irme en él”. “¿No es mejor —respondió Zoraida— esperar a que vengan barcos de España e irte con ellos? Los de Francia no son vuestros amigos”. “No —respondí yo—. Dicen que ya viene un barco de España. Si es verdad, lo esperaré. Pero lo más seguro es que me vaya mañana. Porque deseo tanto verme en mi tierra, con las personas que quiero, que no podré esperar otra ocasión. Si tarda, no la esperaré, por mejor que sea”. “Sin duda debes de estar casado en tu tierra —dijo Zoraida—, y por eso quieres ver a tu mujer”. “No estoy casado —respondí yo—, pero he dado mi palabra de casarme cuando llegue allá”. “¿Y es hermosa la dama a quien se la diste?”, dijo Zoraida. “Es tan hermosa —respondí yo— que, para alabarla y decirte la verdad, se parece mucho a ti”. Su padre se rió mucho de esto. Y dijo: “Gualá, cristiano, debe de ser muy hermosa si se parece a mi hija. Mi hija es la más hermosa de todo este reino. Si no lo crees, mírala bien y verás que digo la verdad”. El padre de Zoraida nos hacía de intérprete en casi todas estas palabras, porque hablaba mejor aquella lengua. Ella también hablaba la lengua mezclada que, como he dicho, se usa allí. Pero se explicaba más con señas que con palabras.

»Mientras hablábamos de estas y otras muchas cosas, llegó un moro corriendo. Gritó que cuatro turcos habían saltado las bardas o paredes del jardín. Estaban cogiendo la fruta, aunque todavía no estaba madura. El viejo se asustó, y Zoraida también. Porque los moros tienen a los turcos un miedo común y casi natural, sobre todo a los soldados. Los soldados turcos son tan insolentes y mandan tanto en sus moros que los tratan peor que a sus esclavos. Entonces su padre dijo a Zoraida: “Hija, vuelve a casa y enciérrate. Yo voy a hablar con estos canes. Y tú, cristiano, busca tus hierbas y vete en buena hora. Que Alá te lleve con bien a tu tierra”. Yo me incliné y él se fue a buscar a los turcos. Me dejó solo con Zoraida, que empezó a hacer como que iba adonde su padre le había mandado. Pero en cuanto él desapareció entre los árboles del jardín, ella se volvió hacia mí. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Me dijo: “Ámexi, cristiano, ámexi”, que quiere decir: “¿Te vas, cristiano, te vas?”. Yo le respondí: “Señora, sí, pero de ningún modo sin ti. Espérame el primer jumá, y no te asustes cuando nos veas. Sin ninguna duda iremos a tierra de cristianos”.

»Se lo dije de manera que ella entendió muy bien todo lo que hablamos. Entonces me echó un brazo al cuello. Y empezó a caminar hacia la casa con pasos débiles, como si se desmayara. Y quiso la suerte algo que pudo ser muy malo, si el cielo no lo hubiera ordenado de otra manera. Íbamos los dos así, como os he contado, con su brazo en mi cuello. Su padre, que ya volvía de echar a los turcos, nos vio de aquella manera. Y nosotros vimos que él nos había visto. Pero Zoraida, prudente y lista, no quiso quitar el brazo de mi cuello. Al contrario: se acercó más a mí y puso la cabeza sobre mi pecho. Dobló un poco las rodillas y mostró claramente que se desmayaba. Yo, por mi parte, hice ver que la sostenía contra mi voluntad. Su padre llegó corriendo adonde estábamos. Al ver así a su hija, le preguntó qué tenía. Como ella no le respondía, su padre dijo: “Sin duda se ha desmayado del susto por la entrada de estos canes”. La quitó de mis brazos y la apretó contra su pecho. Ella dio un suspiro, con los ojos todavía mojados de lágrimas. Y volvió a decir: “Ámexi, cristiano, ámexi”, es decir: “Vete, cristiano, vete”. Su padre respondió: “No importa, hija, que el cristiano se vaya. Él no te ha hecho ningún mal, y los turcos ya se han ido. No te asustes por nada, pues no hay nada que pueda darte pena. Como ya te he dicho, los turcos se fueron por donde entraron, porque yo se lo pedí”. “Ellos la asustaron, señor, como has dicho —le dije yo a su padre—. Pero, como ella dice que me vaya, no quiero darle pena. Quédate en paz. Con tu permiso, volveré a este jardín por hierbas si hace falta. Mi amo dice que en ningún jardín las hay mejores para ensalada”. “Puedes volver por todas las que quieras —respondió Agi Morato—. Mi hija no dice esto porque tú ni ningún cristiano la molestéis. Quería decir que se fueran los turcos, y dijo que te fueras tú. O quizá lo dijo porque ya era hora de que buscaras tus hierbas”.

»Con esto me despedí al momento de los dos. Ella se fue con su padre, y parecía que se le arrancaba el alma. Yo, con la excusa de buscar hierbas, recorrí todo el jardín con calma y a mi gusto. Miré bien las entradas y las salidas, y la fuerza de la casa. Miré también todo lo que podía hacer más fácil nuestro plan. Después volví y conté todo lo que había pasado al renegado y a mis compañeros. Y ya no veía la hora de disfrutar sin miedo del bien que la suerte me ofrecía en la hermosa Zoraida.

»En fin, pasó el tiempo y llegó el día y el plazo que tanto deseábamos. Todos seguimos el orden y el plan que habíamos pensado muchas veces, con cuidado y largas conversaciones. Y tuvimos el buen resultado que deseábamos. Fue el viernes siguiente al día en que hablé con Zoraida en el jardín. Nuestro renegado llegó al anochecer. Echó el ancla con la barca casi enfrente de donde estaba la hermosísima Zoraida. Los cristianos que iban a remar ya estaban preparados y escondidos en distintos lugares de los alrededores. Todos estaban nerviosos y alegres esperándome. Tenían ganas de atacar la barca que tenían delante de los ojos. Porque ellos no sabían el acuerdo con el renegado. Pensaban que tendrían que ganar la libertad con la fuerza de sus brazos. Creían que tendrían que matar a los moros de la barca.

»Pues ocurrió que, en cuanto yo y mis compañeros aparecimos, todos los demás escondidos nos vieron y se acercaron. Ya era la hora en que la ciudad estaba cerrada, y no se veía a nadie por aquel campo. Cuando estuvimos juntos, dudamos qué era mejor. ¿Ir primero por Zoraida, o dominar primero a los moros bagarinos que remaban en la barca? Estábamos en esta duda cuando llegó nuestro renegado. Nos preguntó por qué nos deteníamos. Dijo que ya era hora y que todos sus moros estaban descuidados, y la mayoría dormidos. Le dijimos qué nos preocupaba. Él dijo que lo más importante era tomar primero la barca. Eso se podía hacer muy fácilmente y sin ningún peligro. Luego podríamos ir por Zoraida. A todos nos pareció bien. Así que, sin esperar más y con él como guía, llegamos a la barca. Él saltó dentro el primero y sacó un alfanje. Dijo en lengua morisca: “Que ninguno de vosotros se mueva de aquí, si no quiere perder la vida”. En ese momento ya habían entrado casi todos los cristianos. Los moros eran de poco valor. Al oír hablar así a su arráez, se quedaron espantados. Ninguno tomó las armas, y tenían pocas o casi ninguna. Sin decir una palabra, se dejaron atar las manos por los cristianos. Los cristianos lo hicieron muy rápido. Amenazaron a los moros con matarlos a todos a cuchillo si levantaban la voz de cualquier modo.

»Hecho esto, la mitad de los nuestros se quedó vigilándolos. Los demás fuimos al jardín de Agi Morato, otra vez con el renegado como guía. Y quiso la buena suerte que la puerta se abriera tan fácilmente como si no estuviera cerrada. Así, con mucha calma y silencio, llegamos a la casa sin que nadie nos oyera. La bellísima Zoraida nos esperaba en una ventana. En cuanto oyó gente, preguntó en voz baja si éramos nizarani, como si preguntara si éramos cristianos. Yo le respondí que sí y que bajara. Cuando me reconoció, no se detuvo ni un momento. Sin responderme nada, bajó en un instante y abrió la puerta. Apareció ante todos tan hermosa y tan ricamente vestida que no sé cómo describirlo. En cuanto la vi, le tomé una mano y empecé a besarla. El renegado hizo lo mismo, y también mis dos camaradas. Los demás, que no sabían nada del asunto, hicieron lo que nos vieron hacer. Parecía que le dábamos las gracias y la reconocíamos como señora de nuestra libertad. El renegado le preguntó en lengua morisca si su padre estaba en el jardín. Ella respondió que sí y que estaba dormido. “Pues habrá que despertarle —respondió el renegado— y llevarlo con nosotros. Y también todo lo que tiene de valor este hermoso jardín”. “No —dijo ella—. A mi padre no hay que tocarle de ningún modo. En esta casa no hay nada más que lo que yo llevo. Y es tanto que habrá bastante para que todos quedéis ricos y contentos. Esperad un poco y lo veréis”. Dicho esto, volvió a entrar y dijo que volvería muy pronto. Nos pidió que estuviéramos quietos y sin hacer ruido. Pregunté al renegado qué había hablado con ella, y él me lo contó. Yo le dije que no se debía hacer nada más que lo que Zoraida quisiera. Ella ya volvía, cargada con un cofrecillo lleno de escudos de oro. Eran tantos que casi no podía sostenerlo. Pero quiso la mala suerte que en ese momento su padre se despertara. Oyó el ruido que había en el jardín. Se asomó a la ventana y enseguida vio que todos los que estaban allí eran cristianos. Empezó a gritar muy fuerte, como un loco, en árabe: “¡Cristianos, cristianos! ¡Ladrones, ladrones!”. Estos gritos nos pusieron a todos en una gran confusión y con mucho miedo. Pero el renegado vio el peligro en que estábamos. Sabía lo mucho que importaba terminar la empresa antes de que nos descubrieran. Muy rápido, subió adonde estaba Agi Morato, y algunos de nosotros fueron con él. Yo no me atreví a dejar sola a Zoraida, que se había dejado caer en mis brazos medio desmayada. En fin, los que subieron lo hicieron tan bien que en un momento bajaron con Agi Morato. Traía las manos atadas y un pañuelo en la boca que no le dejaba decir ni una palabra. Le amenazaban: si hablaba, le costaría la vida. Cuando su hija le vio, se cubrió los ojos para no verle. Su padre se quedó espantado. No sabía que ella se había puesto en nuestras manos por su propia voluntad. Pero entonces lo más necesario eran los pies. Muy rápido nos metimos en la barca. Los que se habían quedado en ella ya nos esperaban, con miedo de que nos hubiera pasado algo malo.

»Habrían pasado apenas dos horas de la noche cuando ya estábamos todos en la barca. Allí le quitaron al padre de Zoraida la cuerda de las manos y el pañuelo de la boca. Pero el renegado le volvió a decir que no hablara ni una palabra, o le quitarían la vida. Cuando vio allí a su hija, empezó a suspirar con mucha ternura. Suspiró más aún cuando vio que yo la tenía bien abrazada. Ella no se defendía, ni se quejaba, ni se apartaba: se quedaba quieta. Aun así, él callaba, para que no cumplieran las muchas amenazas del renegado. Zoraida se vio ya en la barca y vio que queríamos empezar a remar. Vio también allí a su padre y a los demás moros atados. Entonces le dijo al renegado que me pidiera un favor. Quería que soltara a aquellos moros y que diera la libertad a su padre. Dijo que prefería tirarse al mar antes que ver a su padre cautivo por su culpa. ¡Un padre que la había querido tanto! No podía verlo así delante de sus ojos. El renegado me lo dijo, y yo respondí que estaba muy de acuerdo. Pero él respondió que no convenía. Porque, si los dejaban allí, enseguida darían la alarma en la tierra y alborotarían la ciudad. Saldrían a buscarlos con algunas fragatas ligeras y les cerrarían el paso por tierra y por mar. Así no podríamos escapar. Lo que se podía hacer era darles la libertad al llegar a la primera tierra de cristianos. Todos estuvimos de acuerdo con esta opinión. Se lo explicamos a Zoraida, con las razones que teníamos para no hacer enseguida lo que ella quería. Y ella también quedó satisfecha. Luego, en un silencio alegre y con alegre rapidez, cada uno de nuestros valientes remeros tomó su remo. Nos encomendamos a Dios de todo corazón y empezamos a navegar hacia las islas de Mallorca. Es la tierra de cristianos más cercana.

»Pero soplaba un poco el viento del norte, la tramontana, y el mar estaba algo agitado. Por eso no pudimos seguir el rumbo de Mallorca. Tuvimos que ir pegados a la costa, hacia Orán, y esto nos daba mucha preocupación. Temíamos que nos descubrieran desde Sargel, que en aquella costa está a sesenta millas de Argel. También temíamos encontrar por allí alguna galeota de las que suelen venir de Tetuán con mercancías. Pero cada uno de nosotros, y todos juntos, pensábamos algo. Si encontrábamos una galeota de mercancías, y no era de las que van en corso, no estaríamos perdidos. Al contrario: tomaríamos un barco donde terminar nuestro viaje con más seguridad. Mientras navegábamos, Zoraida llevaba la cabeza entre mis manos para no ver a su padre. Y yo sentía que iba llamando a Lela Marién para que nos ayudara.

»Habríamos navegado unas treinta millas cuando amaneció. Estábamos a unos tres tiros de arcabuz de la tierra. Toda la costa estaba desierta, sin nadie que nos pudiera descubrir. Aun así, remamos con fuerza y nos metimos un poco en el mar. Ya estaba algo más tranquilo. Cuando habíamos avanzado casi dos leguas, se dio la orden de remar por turnos mientras comíamos algo. La barca llevaba bastante comida. Pero los que remaban dijeron que no era momento de descansar. Pidieron que les dieran de comer los que no remaban. Ellos no querían soltar los remos de ningún modo. Así se hizo. En esto empezó a soplar un viento favorable. Nos obligó a poner la vela enseguida y a dejar el remo. Fuimos derechos a Orán, porque no era posible ir a otro sitio. Todo se hizo muy rápido. Así, a vela, navegamos a más de ocho millas por hora. No teníamos otro miedo que el de encontrar algún barco de corsarios.

»Dimos de comer a los moros bagarinos. El renegado los consoló. Les dijo que no iban cautivos y que los soltarían en la primera ocasión. Lo mismo le dijimos al padre de Zoraida. Él respondió: “Cualquier otra cosa podría esperar y creer de vuestra generosidad y buen trato, ¡oh cristianos! Pero no me creáis tan simple como para imaginar que me daréis la libertad. No os pusisteis en peligro para quitármela y devolverla luego tan generosamente. Y menos sabiendo quién soy yo y el provecho que podéis sacar si me la dais. Si queréis poner precio a ese provecho, desde aquí os ofrezco todo lo que queráis. Os lo ofrezco por mí y por esta desdichada hija mía. O si no, por ella sola, que es la mayor y mejor parte de mi alma”. Dicho esto, empezó a llorar con tanta amargura que a todos nos dio compasión. Y obligó a Zoraida a mirarle. Al verle llorar, ella se enterneció tanto que se levantó de mis pies y fue a abrazarle. Juntaron sus caras y empezaron a llorar con tanta ternura que muchos de nosotros lloramos con ellos. Pero entonces su padre la vio vestida de fiesta y con tantas joyas. Y le dijo en su lengua: “¿Qué es esto, hija? Ayer al anochecer, antes de esta terrible desgracia, te vi con tu ropa de casa, la de todos los días. Y ahora no has tenido tiempo de vestirte, ni has recibido ninguna noticia alegre para celebrarla. ¿Cómo es que te veo con los mejores vestidos que pude darte en nuestros tiempos más felices? Respóndeme a esto. Me tiene más sorprendido y confuso que la misma desgracia en que me encuentro”.

»El renegado nos traducía todo lo que el moro decía a su hija. Y ella no le respondía ni una palabra. Pero luego él vio a un lado de la barca el cofrecillo donde ella solía guardar sus joyas. Él sabía bien que lo había dejado en Argel y no lo había llevado al jardín. Por eso quedó más confuso. Preguntó cómo había llegado aquel cofre a nuestras manos y qué había dentro. El renegado no esperó a que Zoraida contestara. Le respondió: “No te canses, señor, en preguntar tantas cosas a Zoraida, tu hija. Con una sola respuesta mía te las contestaré todas. Quiero que sepas que ella es cristiana. Ella ha sido la lima de nuestras cadenas y la libertad de nuestro cautiverio. Va aquí por su voluntad. Creo que está tan contenta de verse así como el que sale de la oscuridad a la luz. O como el que pasa de la muerte a la vida y de la pena a la gloria”. “¿Es verdad lo que dice este, hija?”, dijo el moro. “Así es”, respondió Zoraida. “¿Entonces de verdad eres cristiana? —replicó el viejo—. ¿Y eres tú la que ha puesto a su padre en manos de sus enemigos?”. Zoraida respondió: “Yo soy la que es cristiana, pero no la que te ha puesto en esta situación. Porque nunca quise dejarte ni hacerte daño. Solo quise hacerme un bien a mí”. “¿Y qué bien es el que te has hecho, hija?”. “Eso —respondió ella— pregúntaselo tú a Lela Marién. Ella te lo sabrá decir mejor que yo”.

»En cuanto el moro oyó esto, se tiró de cabeza al mar con increíble rapidez. Sin duda se habría ahogado. Pero su vestido, largo y pesado, lo mantuvo un poco sobre el agua. Zoraida gritó que lo sacaran. Todos acudimos enseguida y lo agarramos por la almalafa. Lo sacamos medio ahogado y sin sentido. Zoraida sintió tanta pena que lloraba sobre él con ternura y dolor, como si ya estuviera muerto. Lo pusimos boca abajo y echó mucha agua. Volvió en sí al cabo de dos horas. Durante ese tiempo cambió el viento, y tuvimos que volver hacia tierra. Remamos con fuerza para no chocar contra ella. Pero quiso nuestra buena suerte que llegáramos a una cala junto a un pequeño cabo. Los moros llaman a ese cabo La Cava Rumía. En nuestra lengua quiere decir “La mala mujer cristiana”. Los moros cuentan que allí está enterrada la Cava, por quien se perdió España. En su lengua, “cava” quiere decir mujer mala, y “rumía”, cristiana. Y creen que trae mala suerte echar el ancla allí. Solo lo hacen cuando la necesidad los obliga. Pero para nosotros no fue refugio de mala mujer. Fue un puerto seguro para salvarnos, porque el mar estaba muy agitado.

»Pusimos centinelas en tierra y no soltamos nunca los remos de la mano. Comimos de lo que el renegado había preparado. Rogamos de todo corazón a Dios y a Nuestra Señora que nos ayudaran. Queríamos terminar con felicidad un principio tan dichoso. Zoraida nos suplicó que dejáramos en tierra a su padre y a todos los demás moros atados. Su corazón tierno no podía soportar ver a su padre atado delante de sus ojos. Tampoco podía ver presos a aquellos hombres de su tierra. Le prometimos hacerlo al partir, pues no había peligro en dejarlos en aquel lugar, que estaba despoblado. Nuestras oraciones no fueron tan vanas que el cielo no las oyera. Enseguida el viento cambió a nuestro favor y el mar se calmó. Parecía que nos invitaba a seguir alegres el viaje que habíamos empezado.

»Al ver esto, desatamos a los moros y los pusimos en tierra uno a uno. Ellos se quedaron admirados. Luego íbamos a desembarcar al padre de Zoraida, que ya estaba del todo en su juicio. Entonces dijo: “¿Por qué creéis, cristianos, que esta mala mujer se alegra de que me deis la libertad? ¿Creéis que es por compasión de mí? No, por cierto. Lo hace porque mi presencia le estorbaría cuando quiera cumplir sus malos deseos. Y no penséis que ha cambiado de religión porque crea que la vuestra es mejor que la nuestra. Lo ha hecho porque sabe que en vuestra tierra hay más libertad para la deshonestidad que en la nuestra”. Luego se volvió hacia Zoraida. Otro cristiano y yo lo teníamos agarrado de los dos brazos, para que no hiciera alguna locura. Y él le dijo: “¡Oh muchacha infame y mal aconsejada! ¿Adónde vas, ciega y loca, en manos de estos perros, nuestros enemigos naturales? ¡Maldita sea la hora en que te engendré! ¡Y malditos sean los regalos y placeres con que te he criado!”. Vi que no pensaba terminar pronto, y me di prisa en dejarlo en tierra. Desde allí siguió gritando sus maldiciones y lamentos. Rogaba a Mahoma que pidiera a Alá que nos destruyera, nos confundiera y acabara con nosotros. Como ya íbamos a vela, no podíamos oír sus palabras. Pero veíamos lo que hacía. Se arrancaba la barba, se tiraba de los pelos y se arrastraba por el suelo. Pero una vez levantó tanto la voz que pudimos entenderle. Decía: “¡Vuelve, hija amada, vuelve a tierra, que todo te lo perdono! Dales a esos hombres ese dinero, que ya es suyo. Y vuelve a consolar a este triste padre tuyo. Si tú le dejas, dejará la vida en esta arena desierta”. Zoraida lo escuchaba todo, lo sentía todo y lloraba. No supo responderle más que estas palabras: “Quiera Alá, padre mío, que Lela Marién te consuele en tu tristeza. Ella es la causa de que yo sea cristiana. Alá sabe bien que no pude hacer otra cosa. Y estos cristianos no tienen la culpa de lo que yo he querido. Aunque yo hubiera querido no venir con ellos y quedarme en mi casa, no habría podido. Mi alma me daba mucha prisa para hacer esto. A mí me parece tan bueno como a ti, padre amado, te parece malo”. Dijo esto cuando ya ni su padre la oía ni nosotros le veíamos. Yo consolé a Zoraida, y todos nos ocupamos de nuestro viaje. El viento nos ayudaba mucho. Por eso estábamos seguros de ver las costas de España al amanecer del día siguiente.

»Pero pocas veces, o nunca, llega el bien puro y sencillo. Casi siempre viene con algún mal que lo turba o lo asusta. Así lo quiso nuestra suerte, o quizá las maldiciones que el moro había echado a su hija. Las maldiciones de un padre, sea cual sea, siempre se deben temer. Ya estábamos en alta mar y habían pasado casi tres horas de la noche. Íbamos con la vela tendida del todo y los remos recogidos. El buen viento nos ahorraba el trabajo de remar. Con la luz de la luna, que brillaba mucho, vimos cerca de nosotros un barco redondo. Llevaba todas las velas tendidas y el timón un poco girado, y cruzaba delante de nosotros. Pasaba tan cerca que tuvimos que bajar la vela para no chocar con él. Ellos también giraron el timón para dejarnos pasar.

»Se habían asomado a la borda del barco para preguntarnos quiénes éramos, adónde íbamos y de dónde veníamos. Pero preguntaban en francés, y nuestro renegado dijo: “Que nadie responda. Estos sin duda son corsarios franceses, que roban todo lo que encuentran”. Por este aviso, nadie respondió ni una palabra. Pasamos un poco adelante, y el barco quedó a sotavento. Entonces, de repente, dispararon dos cañones. Parecía que los dos llevaban balas con cadenas, porque con una cortaron nuestro mástil por la mitad. Lo tiraron al mar con la vela. Al momento dispararon otro cañón. La bala dio en medio de nuestra barca y la abrió toda, pero no hizo otro daño. Al ver que nos hundíamos, empezamos a pedir socorro a gritos. Rogábamos a los del barco que nos recogieran, porque nos ahogábamos. Entonces bajaron las velas y echaron al mar el esquife, su barca pequeña. En él entraron unos doce franceses bien armados, con sus arcabuces y las mechas encendidas. Así llegaron junto a nosotros. Vieron que éramos pocos y que la barca se hundía, y nos recogieron. Nos dijeron que aquello nos había pasado por la mala educación de no responderles. Nuestro renegado tomó el cofre de las riquezas de Zoraida. Lo tiró al mar sin que nadie lo viera. En fin, todos pasamos al barco de los franceses. Ellos se informaron de todo lo que quisieron saber de nosotros. Y luego, como si fueran nuestros peores enemigos, nos quitaron todo lo que teníamos. A Zoraida le quitaron hasta los carcajes que llevaba en los pies. Pero a mí no me daba tanta pena lo que le quitaban a Zoraida. Me daba más miedo otra cosa. Temía que, después de las joyas riquísimas y preciosísimas, le quitaran otra joya. Era la joya que más valía y que ella más estimaba. Pero los deseos de aquella gente no van más allá del dinero. Y de dinero su codicia nunca se ve llena. Entonces llegó a tanto que nos habrían quitado hasta la ropa de cautivos, si les hubiera servido de algo. Algunos de ellos opinaban que nos debían tirar a todos al mar, envueltos en una vela. Porque pensaban comerciar en algunos puertos de España, haciéndose pasar por bretones. Si nos llevaban vivos, descubrirían su robo y los castigarían. Pero el capitán era el que había robado a mi querida Zoraida. Él dijo que se contentaba con lo que había ganado. No quería tocar ningún puerto de España. Quería pasar el estrecho de Gibraltar de noche, o como pudiera. Luego iría a La Rochela, de donde había salido. Así que decidieron darnos su esquife y todo lo necesario para el corto viaje que nos quedaba. Lo hicieron al día siguiente, ya a la vista de la tierra de España. Al verla, olvidamos del todo nuestras penas y pobrezas, como si nunca nos hubieran pasado. Tan grande es el gusto de recuperar la libertad perdida.

»Sería cerca de mediodía cuando nos pusieron en la barca. Nos dieron dos barriles de agua y algo de bizcocho. Al subir la hermosísima Zoraida a la barca, el capitán le dio unos cuarenta escudos de oro. No sé qué compasión le movió. Y no permitió que sus soldados le quitaran estos mismos vestidos que ahora lleva puestos. Entramos en la barca y les dimos las gracias por el bien que nos hacían. Nos mostramos más agradecidos que quejosos. Ellos se alejaron, siguiendo el rumbo del estrecho. Nosotros no teníamos otra guía que la tierra que veíamos delante. Remamos con tanta prisa que a la puesta del sol estábamos ya muy cerca. Nos parecía que podíamos llegar antes de que fuera noche cerrada. Pero aquella noche no salió la luna y el cielo estaba oscuro. Además, no sabíamos en qué lugar estábamos. Por eso no nos pareció seguro acercarnos a tierra. Muchos de nosotros sí querían hacerlo. Decían que debíamos llegar a tierra aunque fuera en unas rocas y lejos de cualquier pueblo. Así quitaríamos un miedo razonable: que por allí anduvieran barcos de corsarios de Tetuán. Esos corsarios anochecen en Berbería y amanecen en las costas de España. Suelen hacer sus presas y vuelven a dormir a sus casas. Pero, de las opiniones contrarias, se eligió esta: acercarnos poco a poco. Y si el mar tranquilo lo permitía, desembarcaríamos donde pudiéramos.

»Así se hizo. Poco antes de la medianoche llegamos al pie de una montaña enorme y muy alta. No estaba tan pegada al mar que no dejara un poco de espacio para desembarcar con comodidad. Llevamos la barca a la arena, saltamos a tierra y besamos el suelo. Con lágrimas de grandísima alegría, todos dimos gracias a Dios, Nuestro Señor. Nos había hecho un bien sin igual. Sacamos de la barca la comida que llevaba y la arrastramos a tierra. Luego subimos un gran trecho por la montaña. Lo hicimos porque, aunque ya estábamos allí, todavía no estábamos tranquilos. No terminábamos de creer que era tierra de cristianos la que pisábamos. Me pareció que amanecía más tarde de lo que queríamos. Terminamos de subir toda la montaña. Queríamos ver si desde allí se veía algún pueblo o alguna cabaña de pastores. Pero, por más que miramos, no vimos pueblo, ni persona, ni sendero, ni camino. Aun así, decidimos entrar tierra adentro. Pensábamos que pronto encontraríamos a alguien que nos dijera dónde estábamos. Lo que más me cansaba a mí era ver a Zoraida ir a pie por aquellos lugares tan ásperos. Alguna vez la llevé sobre mis hombros. Pero a ella le cansaba más mi cansancio que lo que la hacía descansar su descanso. Así que no quiso nunca más que yo hiciera ese trabajo. Con mucha paciencia y mostrando alegría, caminaba siempre de mi mano. Habríamos andado poco menos de un cuarto de legua cuando oímos el sonido de una pequeña esquila. Era señal clara de que había ganado cerca. Todos miramos con atención por si se veía a alguien. Y vimos al pie de un alcornoque a un pastor joven. Estaba muy tranquilo y descuidado, tallando un palo con un cuchillo. Le llamamos a gritos. Él levantó la cabeza y se puso de pie de un salto. Según supimos después, los primeros que vio fueron el renegado y Zoraida. Los vio vestidos de moros y pensó que todos los de Berbería venían contra él. Se metió por el bosque con una rapidez extraña. Y empezó a dar los mayores gritos del mundo: “¡Moros, moros hay en la tierra! ¡Moros, moros! ¡Arma, arma!”.

»Con estos gritos nos quedamos todos confusos y no sabíamos qué hacer. Pero pensamos que los gritos del pastor alarmarían a toda la tierra. Enseguida vendría la caballería de la costa a ver qué pasaba. Por eso acordamos que el renegado se quitara la ropa de turco. Uno de nosotros le dio enseguida un gilecuelco o casaca de cautivo, aunque se quedó en camisa. Así, encomendándonos a Dios, seguimos el mismo camino que habíamos visto tomar al pastor. Esperábamos en cualquier momento el ataque de la caballería de la costa. Y no nos equivocamos. No habrían pasado dos horas cuando salimos de aquellos matorrales a un llano. Allí vimos venir hacia nosotros unos cincuenta jinetes a gran velocidad, a media rienda. En cuanto los vimos, nos quedamos quietos esperándolos. Llegaron y, en lugar de los moros que buscaban, vieron a tantos pobres cristianos. Se quedaron confusos. Uno de ellos nos preguntó si éramos nosotros la causa de que un pastor hubiera dado la alarma. “Sí”, dije yo. Quise empezar a contarle lo que nos había pasado, de dónde veníamos y quiénes éramos. Pero uno de los cristianos que venían con nosotros reconoció al jinete que nos había preguntado. Y dijo, sin dejarme decir nada más: “¡Gracias a Dios, señores, que nos ha traído a tan buen lugar! Si no me engaño, la tierra que pisamos es la de Vélez Málaga. Y si los años de cautiverio no me han quitado la memoria, os conozco. Vos, señor, que nos preguntáis quiénes somos, sois Pedro de Bustamante, mi tío”. En cuanto el cautivo dijo esto, el jinete saltó del caballo y vino a abrazar al joven. Le dijo: “Sobrino de mi alma y de mi vida, ya te reconozco. Ya te hemos llorado como muerto yo y mi hermana, tu madre, y todos los tuyos, que todavía viven. Dios ha querido darles vida para que tengan el placer de verte. Ya sabíamos que estabas en Argel. Veo tus ropas y las de todos los de esta compañía. Por ellas comprendo que habéis tenido una libertad milagrosa”. “Así es —respondió el joven—, y ya tendremos tiempo para contároslo todo”.

»En cuanto los jinetes entendieron que éramos cristianos cautivos, bajaron de sus caballos. Cada uno nos ofrecía el suyo para llevarnos a la ciudad de Vélez Málaga. Estaba a legua y media de allí. Les dijimos dónde habíamos dejado la barca, y algunos volvieron para llevarla a la ciudad. Otros nos subieron a la grupa de sus caballos. Zoraida fue en el caballo del tío del cristiano. Todo el pueblo salió a recibirnos. Alguien se había adelantado y les había dado la noticia de nuestra llegada. No les sorprendía ver cautivos libres ni moros cautivos. Toda la gente de aquella costa está acostumbrada a ver a los unos y a los otros. Lo que les admiraba era la hermosura de Zoraida. En aquel momento estaba más hermosa que nunca. Estaba cansada del camino y alegre de verse ya en tierra de cristianos, sin miedo a perderse. Todo esto le había dado tales colores en la cara que no había en el mundo criatura más hermosa. Me atrevo a decirlo, si el amor no me engañaba entonces. Por lo menos, yo no había visto ninguna más hermosa.

»Fuimos derechos a la iglesia a dar gracias a Dios por el favor recibido. En cuanto Zoraida entró en ella, dijo que allí había caras que se parecían a la de Lela Marién. Le dijimos que eran imágenes de ella. El renegado le explicó lo mejor que pudo lo que significaban. Así ella podría adorarlas como si cada una fuera de verdad la misma Lela Marién que le había hablado. Ella tiene buen entendimiento y una inteligencia fácil y clara. Por eso entendió enseguida todo lo que le dijeron sobre las imágenes. Desde allí nos llevaron y nos repartieron a todos en distintas casas del pueblo. Pero al renegado, a Zoraida y a mí nos llevó el cristiano que vino con nosotros. Fuimos a casa de sus padres, que tenían bastantes bienes, aunque no eran muy ricos. Nos trataron con tanto cariño como a su propio hijo.

»Estuvimos seis días en Vélez. Al cabo de ellos, el renegado se informó de todo lo que le convenía. Luego se fue a la ciudad de Granada. Allí, por medio de la Santa Inquisición, quería volver al seno santísimo de la Iglesia. Los demás cristianos liberados se fueron cada uno adonde mejor le pareció. Solo quedamos Zoraida y yo, con solo los escudos que la cortesía del francés le dio a Zoraida. Con ellos compré este animal en que ella viene. Hasta ahora la he servido como padre y escudero, y no como esposo. Vamos con la intención de ver si mi padre vive. También quiero saber si alguno de mis hermanos ha tenido mejor suerte que yo. Pero el cielo me ha dado a Zoraida por compañera. Por eso creo que no podría tener otra suerte mejor, por buena que fuera. Zoraida sufre con mucha paciencia las incomodidades de la pobreza. Y muestra un deseo tan grande de ser ya cristiana que me admira. Esto me mueve a servirla todo el tiempo de mi vida. Me da gran alegría ser suyo y que ella sea mía. Pero esa alegría se me turba y se deshace por una duda. No sé si encontraré en mi tierra algún rincón donde recogerla. Tampoco sé cuánto habrán cambiado el tiempo y la muerte la vida de mi padre y de mis hermanos. Ni sé qué habrá sido de su hacienda. Si ellos faltan, quizá apenas encuentre a alguien que me conozca.» No tengo más que deciros, señores, de mi historia. Vuestro buen entendimiento juzgará si es agradable y extraña. Por mi parte, os digo que habría querido contarla más brevemente. Aunque el miedo de aburriros ya me ha hecho callar más de cuatro detalles.

### Glosario

- **renegado**: cristiano que se ha hecho musulmán.
- **cautivo**: prisionero; cristiano que los moros tienen como esclavo.
- **leguas**: legua: medida antigua de distancia, unos cinco kilómetros y medio.
- **tagarinos**: moros que venían de Aragón.
- **higos secos**: frutos de la higuera, secados al sol.
- **remar**: mover un barco con los remos.
- **ensayar**: practicar algo antes de hacerlo de verdad.
- **astillero**: lugar donde se construyen barcos.
- **tiros de ballesta**: distancia a la que llega una flecha disparada con una ballesta, un arma antigua.
- **zalá**: oración de los musulmanes.
- **en corso**: salir en corso: ir en barco para atacar y robar otros barcos.
- **galeota**: barco pequeño de guerra, con remos y velas.
- **carcajes**: pulseras que las moras llevaban en los tobillos.
- **zoltanís**: monedas de oro de los turcos y los moros.
- **Gualá**: palabra árabe: "por Dios".
- **Ámexi**: palabra árabe: "¿te vas?" o "vete".
- **jumá**: palabra árabe: viernes, el día santo de los musulmanes.
- **arráez**: capitán o jefe de un barco moro.
- **nizarani**: palabra árabe: cristianos.
- **tramontana**: viento frío que viene del norte.
- **bagarinos**: moros libres que remaban a cambio de un sueldo.
- **cofre**: caja para guardar joyas o dinero; un cofrecillo es un cofre pequeño.
- **desdichada**: que tiene mala suerte, muy triste.
- **maldiciones**: palabras con las que alguien pide un mal para otra persona.
- **agitado**: (el mar) con muchas olas, movido.
- **despoblado**: lugar donde no vive nadie.
- **corsarios**: piratas; gente que ataca y roba barcos en el mar.
- **almalafa**: ropa larga, como un manto, que llevaban los moros.
- **cala**: entrada pequeña del mar en la costa, buena para que paren los barcos.
- **sotavento**: el lado contrario a aquel de donde viene el viento.
- **esquife**: barca pequeña que lleva un barco grande.
- **arcabuces**: armas de fuego antiguas, parecidas a una escopeta.
- **bizcocho**: pan duro y seco que se llevaba en los barcos para muchos días.
- **esquila**: campana pequeña que llevan al cuello las ovejas o las cabras.
- **alcornoque**: árbol grande de cuya corteza se saca el corcho.
- **gilecuelco**: chaqueta corta de los cautivos.
- **a media rienda**: con el caballo corriendo bastante deprisa.
- **grupa**: parte de atrás del caballo, detrás de la silla.
- **Santa Inquisición**: tribunal de la Iglesia; los renegados se presentaban allí para volver a ser cristianos.

## Capítulo XLII. Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse

Al decir esto, el cautivo se calló. Entonces don Fernando le dijo:

— Por cierto, señor capitán, vuestro modo de contar ha sido digno de este extraño suceso. Es tan nuevo y tan extraño como el caso mismo. Todo es raro y fuera de lo común. Está lleno de sucesos que maravillan y emocionan a quien los oye. Hemos disfrutado tanto al escucharle que nos gustaría oírlo otra vez desde el principio. Y no nos importaría que nos encontrara el día de mañana con el mismo cuento.

Dicho esto, don Fernando y todos los demás se ofrecieron a servirle en todo lo que pudieran. Lo hicieron con palabras tan cariñosas y tan sinceras que el capitán quedó muy satisfecho de su buena voluntad. Especialmente, don Fernando le ofreció una cosa, si quería volver con él. Haría que el marqués, su hermano, fuera padrino del bautismo de Zoraida. Y él, por su parte, le ayudaría a volver a su tierra. Así entraría en ella con la autoridad y la comodidad que merecía. El cautivo se lo agradeció todo con mucha cortesía. Pero no quiso aceptar ninguna de sus generosas ofertas.

En esto ya llegaba la noche. Al hacerse oscuro, llegó a la venta un coche, con algunos hombres a caballo. Pidieron alojamiento. La ventera respondió que en toda la venta no quedaba ni un palmo libre.

— Aunque sea así —dijo uno de los jinetes—, tiene que haber sitio para el señor oidor que viene aquí.

Al oír este nombre, la ventera se asustó y dijo:

— Señor, lo que pasa es que no tengo camas. Si su merced el señor oidor trae la suya, que sí debe de traerla, que entre en buena hora. Mi marido y yo dejaremos nuestro cuarto para que su merced esté cómodo.

— Sea en buena hora —dijo el escudero.

Pero en ese momento ya había bajado del coche un hombre. Su ropa mostraba enseguida el oficio y el cargo que tenía. Llevaba una ropa larga con las mangas anchas y abultadas. Así se veía que era oidor, como había dicho su criado. Traía de la mano a una doncella que parecía tener unos dieciséis años. Iba vestida de viaje. Era tan elegante, tan hermosa y tan graciosa que todos se quedaron admirados al verla. Ya habían visto a Dorotea, a Luscinda y a Zoraida, que estaban en la venta. Si no, habrían creído que era difícil encontrar otra belleza como la de esta doncella. Don Quijote estaba presente cuando entraron el oidor y la doncella. En cuanto le vio, dijo:

— Vuestra merced puede entrar con toda seguridad y descansar en este castillo. Es estrecho y poco cómodo. Pero ninguna estrechez ni incomodidad del mundo deja de abrir sitio a las armas y a las letras. Y más aún si las armas y las letras traen por guía y capitán a la fermosura. Así la traen las letras de vuestra merced en esta fermosa doncella. Ante ella no solo deben abrirse los castillos. También deben apartarse las rocas, y dividirse y bajarse las montañas, para recibirla. Entre vuestra merced, digo, en este paraíso. Aquí hallará estrellas y soles que acompañen al cielo que vuestra merced trae consigo. Aquí hallará las armas en su mejor momento y la hermosura en su grado más alto.

El oidor se quedó admirado del discurso de don Quijote. Se puso a mirarle con mucha atención. Le sorprendía tanto su figura como sus palabras. No encontraba ninguna palabra para responderle. Y se volvió a admirar al ver delante de sí a Luscinda, a Dorotea y a Zoraida. Ellas habían oído la noticia de los nuevos huéspedes. También la ventera les había hablado de la hermosura de la doncella. Por eso habían venido a verla y a recibirla. Pero don Fernando, Cardenio y el cura le hicieron ofrecimientos más sencillos y más corteses. En fin, el señor oidor entró confuso, tanto por lo que veía como por lo que escuchaba. Y las hermosas de la venta dieron la bienvenida a la hermosa doncella.

En resumen, el oidor vio bien que toda la gente que estaba allí era gente importante. Pero la figura, la cara y la postura de don Quijote le desconcertaban. Hubo entre todos ofrecimientos corteses, y miraron qué comodidad había en la venta. Al final se decidió lo que ya estaba decidido antes. Todas las mujeres entrarían en el camaranchón del que ya se ha hablado. Y los hombres se quedarían fuera, como si fueran su guardia. El oidor estuvo de acuerdo en que su hija, que era la doncella, fuera con aquellas señoras. Ella lo hizo con mucho gusto. Usaron parte de la estrecha cama del ventero y la mitad de la cama que traía el oidor. Así se arreglaron aquella noche mejor de lo que pensaban.

Al cautivo, desde el momento en que vio al oidor, le dio saltos el corazón. Sospechó que aquel era su hermano. Preguntó a uno de los criados que venían con él cómo se llamaba y de qué tierra era. El criado respondió que se llamaba el licenciado Juan Pérez de Viedma. Había oído decir que era de un pueblo de las montañas de León. Con esto y con lo que había visto, el cautivo se convenció de que aquel era su hermano. Era el que había seguido las letras por consejo de su padre. Nervioso y contento, llamó aparte a don Fernando, a Cardenio y al cura. Les contó lo que pasaba y les aseguró que aquel oidor era su hermano. El criado le había dicho también que iba nombrado oidor a las Indias, a la Audiencia de México. Supo también que aquella doncella era su hija. Su madre había muerto al darla a luz. Y él se había quedado muy rico con la dote, que se quedó en casa con la hija. El cautivo les pidió consejo sobre cómo darse a conocer. O cómo saber antes si su hermano, al verle pobre, se avergonzaría de él. O si, al contrario, le recibiría con buen corazón.

— Dejadme a mí hacer esa prueba —dijo el cura—. Además, estoy seguro de que vos, señor capitán, seréis muy bien recibido. Porque vuestro hermano muestra en su buena presencia valor y prudencia. No parece arrogante ni ingrato. Y sabrá dar a los golpes de la fortuna su justo valor.

— Aun así —dijo el capitán—, yo querría darme a conocer poco a poco, no de repente.

— Ya os digo —respondió el cura— que yo lo prepararé de modo que todos quedemos contentos.

En esto ya estaba preparada la cena, y todos se sentaron a la mesa. Solo faltaban el cautivo y las señoras, que cenaron aparte en su cuarto. En mitad de la cena dijo el cura:

— Señor oidor, yo tuve un camarada con el mismo apellido que vuestra merced. Fue en Constantinopla, donde estuve cautivo algunos años. Este camarada era uno de los soldados y capitanes más valientes de toda la infantería española. Pero tenía tanta mala suerte como valor y fuerza.

— ¿Y cómo se llamaba ese capitán, señor mío? —preguntó el oidor.

— Se llamaba Ruy Pérez de Viedma —respondió el cura—, y era de un pueblo de las montañas de León. Me contó algo que le había pasado a su padre con sus hermanos. Si no me lo hubiera contado un hombre tan sincero como él, lo habría tomado por un cuento. De esos que cuentan las viejas en invierno junto al fuego. Me dijo que su padre había dividido su hacienda entre sus tres hijos. Y les había dado ciertos consejos, mejores que los de Catón. Yo sé decir que a él le fue muy bien al elegir la guerra. En pocos años, por su valor y su esfuerzo, llegó a ser capitán de infantería. Y no tuvo más ayuda que la de su mucha virtud. Iba camino de ser pronto maestre de campo. Pero la fortuna le fue contraria. Allí donde podía esperar buena suerte, la perdió. Perdió la libertad en la felicísima jornada en que tantos la ganaron. Fue en la batalla de Lepanto. Yo perdí la mía en la Goleta. Después, por distintos sucesos, fuimos camaradas en Constantinopla. Desde allí él fue a Argel. Sé que allí le pasó una de las cosas más extrañas que han pasado en el mundo.

El cura siguió desde aquí. Contó brevemente lo que le había pasado a su hermano con Zoraida. El oidor escuchaba con tanta atención que nunca había sido tan oidor como entonces. El cura solo llegó hasta el momento en que los franceses robaron a los cristianos de la barca. Contó la pobreza y la necesidad en que se quedaron su camarada y la hermosa mora. Dijo que no sabía qué había sido de ellos. No sabía si habían llegado a España o si los franceses se los habían llevado a Francia.

El capitán escuchaba todo lo que decía el cura, un poco apartado. Y observaba todos los gestos de su hermano. Este, al ver que el cura había terminado su cuento, dio un gran suspiro. Se le llenaron los ojos de lágrimas y dijo:

— ¡Oh, señor, si supierais cuánto me tocan las noticias que me habéis contado! Me tocan tan de cerca que tengo que mostrarlo con estas lágrimas. Me salen de los ojos contra toda mi prudencia y mi discreción. Ese capitán tan valiente del que habláis es mi hermano mayor. Él era más fuerte y de pensamientos más altos que yo y que mi otro hermano, el menor. Por eso eligió el honroso y digno oficio de la guerra. Fue uno de los tres caminos que nos propuso nuestro padre. Así os lo dijo vuestro camarada en ese cuento que, según vos, le oísteis. Yo seguí el camino de las letras. En ellas, Dios y mi esfuerzo me han llevado al puesto que veis. Mi hermano menor está en el Perú. Es tan rico que ya nos ha devuelto bien a mi padre y a mí la parte que se llevó. Y aún le ha dado a mi padre bastante para que pueda ser tan generoso como es por naturaleza. Yo también he podido estudiar con más decencia y autoridad, y llegar al puesto en que me veis. Mi padre todavía vive, muriéndose de ganas de saber de su hijo mayor. Pide a Dios con continuas oraciones una cosa. Que la muerte no le cierre los ojos antes de ver vivo a su hijo. Me sorprende que mi hermano, siendo tan prudente, no haya dado noticias de sí a su padre. No lo ha hecho ni en tantos trabajos y penas, ni en los buenos momentos. Pero ni mi padre ni ninguno de nosotros lo sabía. Si no, no habría tenido que esperar el milagro de la caña para su rescate. Pero ahora temo una cosa. No sé si aquellos franceses le habrán dado la libertad o le habrán matado para ocultar su robo. Por eso seguiré mi viaje, no con la alegría con que lo empecé, sino con melancolía y tristeza. ¡Oh, buen hermano mío, quién supiera ahora dónde estás! Yo iría a buscarte y a librarte de tus trabajos, aunque me costara los míos. ¡Oh, quién pudiera llevar a nuestro viejo padre la noticia de que vives! Aunque estuvieras en las mazmorras más escondidas de Berbería, te sacaríamos de allí. Lo harían sus riquezas, las de mi hermano y las mías. ¡Oh, Zoraida, hermosa y generosa, quién pudiera pagarte el bien que hiciste a un hermano! ¡Quién pudiera estar presente cuando renazca tu alma, y en vuestras bodas! ¡Qué alegría nos darían a todos!

El oidor decía estas y otras palabras parecidas. Estaba lleno de compasión por las noticias de su hermano. Por eso todos los que le oían mostraban también la pena que sentían.

El cura vio que su plan había salido muy bien, como deseaba el capitán. Por eso no quiso tenerlos a todos tristes más tiempo. Se levantó de la mesa y entró donde estaba Zoraida. La tomó de la mano, y detrás de ella vinieron Luscinda, Dorotea y la hija del oidor. El capitán estaba esperando a ver qué quería hacer el cura. El cura le tomó a él también de la otra mano. Con los dos fue adonde estaban el oidor y los demás caballeros, y dijo:

— Dejad de llorar, señor oidor, y que vuestro deseo se llene de todo el bien que se pueda desear. Porque tenéis delante a vuestro buen hermano y a vuestra buena cuñada. Este que aquí veis es el capitán Viedma, y esta, la hermosa mora que tanto bien le hizo. Los franceses de los que os hablé los dejaron en la pobreza que veis. Así podréis mostrar la generosidad de vuestro buen corazón.

El capitán fue a abrazar a su hermano. El oidor le puso las dos manos en el pecho para mirarle desde un poco más lejos. Pero cuando terminó de reconocerle, le abrazó con mucha fuerza. Lloraba lágrimas tan tiernas de alegría que casi todos los presentes lloraron con él. Los dos hermanos se dijeron palabras y mostraron sentimientos que, creo, casi no se pueden imaginar. Mucho menos se pueden escribir. Allí, en pocas palabras, se contaron lo que les había pasado. Allí mostraron la buena amistad de dos hermanos en su punto más alto. Allí el oidor abrazó a Zoraida. Allí le ofreció su hacienda. Allí hizo que su hija la abrazara. Allí la cristiana hermosa y la mora hermosísima hicieron llorar otra vez a todos.

Allí estaba don Quijote, atento y sin decir una palabra. Pensaba en estos sucesos tan extraños y creía que todos eran fantasías de la caballería andante. Allí acordaron que el capitán y Zoraida volverían con su hermano a Sevilla. Desde allí avisarían a su padre de que lo habían encontrado y estaba libre. Así el padre podría venir, si podía, a la boda y al bautismo de Zoraida. Lo acordaron así porque el oidor no podía dejar el camino que llevaba. Y es que sabía que dentro de un mes salía de Sevilla la flota para la Nueva España. Y le habría causado un gran trastorno perder el viaje.

En fin, todos quedaron contentos y alegres por la buena suerte del cautivo. Ya habían pasado casi dos terceras partes de la noche. Por eso decidieron recogerse y descansar lo que quedaba de ella. Don Quijote se ofreció a hacer la guardia del castillo. Así no los atacaría ningún gigante ni otro follón malvado con ganas de robar el gran tesoro de hermosura del castillo. Los que le conocían se lo agradecieron. Y contaron al oidor la extraña locura de don Quijote, con lo que el oidor se divirtió mucho.

Solo Sancho Panza se desesperaba porque tardaban tanto en irse a dormir. Y solo él se acomodó mejor que todos. Se echó sobre los aparejos de su jumento, que le costaron muy caros, como se dirá más adelante.

Las damas se recogieron en su cuarto, y los demás se acomodaron como pudieron. Don Quijote salió fuera de la venta a hacer la guardia del castillo, como había prometido.

Poco antes del amanecer, llegó a los oídos de las damas una voz. Era tan afinada y tan buena que todas tuvieron que escucharla con atención. Sobre todo Dorotea, que estaba despierta. A su lado dormía doña Clara de Viedma, que así se llamaba la hija del oidor. Nadie podía imaginar quién era la persona que cantaba tan bien. Era una voz sola, sin ningún instrumento. Unas veces les parecía que cantaban en el patio, y otras, en la caballeriza. Estaban muy atentas y confusas cuando llegó Cardenio a la puerta del cuarto y dijo:

— Quien no duerma, que escuche. Oirán la voz de un mozo de mulas que canta de tal manera que encanta.

— Ya lo oímos, señor —respondió Dorotea.

Con esto, Cardenio se fue. Y Dorotea, con toda la atención posible, entendió que lo que se cantaba era esto:

### Glosario

- **oidor**: juez de un tribunal del rey; la palabra viene de "oír".
- **licenciado**: persona que ha estudiado en la universidad.
- **Audiencia**: tribunal importante del rey, en España o en las Indias.
- **dote**: dinero o bienes que una mujer lleva al casarse.
- **maestre de campo**: jefe militar de alto rango, por encima de los capitanes.
- **camaranchón**: cuarto pobre en lo alto de la casa, que antes fue pajar.
- **follón**: insulto antiguo: persona mala y cobarde.
- **aparejos**: cosas que se ponen al burro para montarlo o cargarlo, como la albarda.
- **flota**: grupo de barcos que viajaban juntos a América.
- **fermosura**: forma antigua de "hermosura".

## Capítulo XLIII. Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros extraños acaecimientos en la venta sucedidos

Marinero soy de amor,
y en su mar hondo y profundo
navego sin esperanza
de llegar a ningún puerto.

Voy siguiendo a una estrella
que descubro desde lejos.
Es más bella y más brillante
que todas las que vio Palinuro.

Yo no sé adónde me guía,
y así navego confuso;
mi alma la mira atenta,
con cuidado y sin cuidado.

Un recato que molesta,
una honestidad excesiva,
son nubes que me la tapan
cuando más quiero verla.

¡Oh estrella clara y brillante,
cuya luz me pone a prueba!
En el momento en que te escondas,
llegará el momento de mi muerte.

Cuando el que cantaba llegó a este punto, Dorotea pensó algo. No estaría bien que Clara no oyera una voz tan buena. Así que la movió de un lado a otro y la despertó, diciéndole:

— Perdóname, niña, que te despierte. Lo hago para que disfrutes de la mejor voz que quizá hayas oído en toda tu vida.

Clara se despertó muy dormida, y la primera vez no entendió lo que Dorotea le decía. Volvió a preguntárselo, y Dorotea se lo repitió. Entonces Clara se puso atenta. Pero en cuanto oyó dos versos de lo que el cantante seguía cantando, le dio un temblor muy extraño. Parecía que tenía un fuerte ataque de fiebre cuartana. Se abrazó con fuerza a Dorotea y le dijo:

— ¡Ay, señora de mi alma y de mi vida! ¿Para qué me despertasteis? Lo mejor que me podía dar la fortuna ahora era tener cerrados los ojos y los oídos. Así no vería ni oiría a ese desdichado músico.

— ¿Qué dices, niña? Mira que dicen que el que canta es un mozo de mulas.

— No es sino señor de lugares —respondió Clara—. Y es señor del lugar que tiene en mi alma. Lo tiene tan seguro que nadie se lo quitará nunca, si él no quiere dejarlo.

Dorotea se quedó admirada de las palabras tan sentidas de la muchacha. Le pareció que eran mucho más discretas de lo que prometía su poca edad. Y así le dijo:

— Habláis de un modo, señora Clara, que no puedo entenderos. Explicaos más y decidme qué es eso de alma y de lugares. Y habladme de este músico, cuya voz os tiene tan inquieta. Pero no me digáis nada por ahora. No quiero perder el gusto de oír al que canta por atender a vuestro susto. Me parece que vuelve a cantar con nuevos versos y con una música nueva.

— Sea en buena hora —respondió Clara.

Y para no oírle, se tapó los dos oídos con las manos. Esto también sorprendió a Dorotea. Ella siguió atenta a lo que se cantaba, y oyó que seguían de esta manera:

Dulce esperanza mía:
rompes imposibles y malezas
y sigues firme el camino
que tú misma te inventas y preparas.
No te desanimes al verte
a cada paso junto a tu muerte.

Los perezosos no consiguen
triunfos honrados ni victoria alguna.
Ni son felices
los que no luchan contra la fortuna
y entregan, débiles,
sus sentidos al descanso blando.

Que el amor venda caras sus glorias
es muy justo y es buen trato.
No hay joya más rica
que la que se mide por el gusto que da.
Y está claro
que lo que poco cuesta no se estima.

Un amor que insiste
consigue a veces cosas imposibles.
Yo sigo con el mío
lo más difícil del amor.
Aun así, no tengo miedo
de no alcanzar el cielo desde la tierra.

Aquí terminó la voz, y Clara empezó a sollozar de nuevo. Todo esto aumentaba el deseo de Dorotea. Quería saber la causa de un canto tan dulce y de un llanto tan triste. Así que le volvió a preguntar qué era lo que quería decirle antes. Entonces Clara tuvo miedo de que Luscinda la oyera. Abrazó con fuerza a Dorotea y le puso la boca muy cerca del oído. Así podía hablar con seguridad, sin que nadie más la oyera. Y le dijo:

— Este que canta, señora mía, es hijo de un caballero del reino de Aragón, señor de dos lugares. Este caballero vivía enfrente de la casa de mi padre en la Corte. Mi padre tenía las ventanas cubiertas con cortinas en invierno y con celosías en verano. Aun así, no sé cómo fue, pero este joven, que era estudiante, me vio. No sé si fue en la iglesia o en otra parte. Al final se enamoró de mí. Desde las ventanas de su casa me lo dio a entender con muchas señas y muchas lágrimas. Por eso tuve que creerle, y hasta quererle, sin saber lo que él quería de mí. Entre las señas que me hacía, una era juntar una mano con la otra. Así me daba a entender que se casaría conmigo. A mí me habría gustado mucho que fuera así. Pero estaba sola y sin madre, y no sabía con quién hablarlo. Por eso lo dejé estar, sin darle ningún otro favor. Solo hacía una cosa cuando mi padre y el suyo estaban fuera de casa. Levantaba un poco la cortina o la celosía y dejaba que me viera entera. Él lo celebraba tanto que parecía que se iba a volver loco. Llegó en esto el momento de la partida de mi padre. Él lo supo, pero no por mí, porque yo nunca pude decírselo. Se puso enfermo, según creo, de pena. Por eso, el día que partimos no pude verle para despedirme de él, ni siquiera con los ojos. Pero llevábamos dos días de camino cuando entramos en una posada. Estaba en un pueblo a una jornada de aquí. Y allí le vi a la puerta del mesón, vestido de mozo de mulas. Iba tan natural que, si yo no lo llevara tan retratado en mi alma, no le habría reconocido. Le reconocí, me sorprendí y me alegré. Él me miró a escondidas de mi padre. Siempre se esconde de él cuando pasa delante de mí en los caminos y en las posadas. Yo sé quién es. Y pienso que por amor a mí viene a pie y con tanto trabajo. Por eso me muero de pena, y adonde él pone los pies, pongo yo los ojos. No sé con qué intención viene. Ni sé cómo ha podido escaparse de su padre, que le quiere muchísimo. Le quiere así porque no tiene otro heredero, y porque él lo merece, como verá vuestra merced cuando le vea. Y más le puedo decir: todo lo que canta lo saca de su cabeza. He oído decir que es muy buen estudiante y poeta. Y hay más: cada vez que le veo o le oigo cantar, tiemblo toda y me asusto. Tengo miedo de que mi padre le reconozca y descubra nuestros deseos. En mi vida le he dicho una palabra. Y, con todo, le quiero tanto que no podré vivir sin él. Esto es, señora mía, todo lo que os puedo decir de este músico, cuya voz tanto os ha gustado. Solo por ella veréis bien que no es mozo de mulas, como decís. Es señor de almas y lugares, como yo os he dicho.

— No digáis más, señora doña Clara —dijo entonces Dorotea, besándola mil veces—. No digáis más, digo, y esperad a que venga el nuevo día. Espero en Dios llevar vuestros asuntos de manera que tengan un final feliz. Lo merecen unos principios tan honestos.

— ¡Ay, señora! —dijo doña Clara—. ¿Qué final se puede esperar? Su padre es tan importante y tan rico que pensará que yo no valgo ni para criada de su hijo. ¡Cuánto menos para esposa! Y casarme a escondidas de mi padre no lo haré por nada del mundo. Solo querría que este muchacho se volviera a su casa y me dejara. Quizá, sin verle y con la gran distancia del viaje, se me aliviaría la pena que ahora tengo. Aunque sé que este remedio que imagino me servirá de bien poco. No sé qué diablos ha sido esto, ni por dónde me ha entrado este amor. Yo soy tan muchacha y él tan muchacho... De verdad creo que tenemos la misma edad. Yo todavía no tengo cumplidos los dieciséis años. Mi padre dice que los cumplo el día de San Miguel que viene.

Dorotea no pudo evitar reírse al oír lo niña que parecía doña Clara al hablar. Y le dijo:

— Descansemos, señora, lo poco que creo que queda de la noche. Amanecerá Dios y medraremos, o mal me andarán las manos.

Con esto se tranquilizaron, y en toda la venta había un gran silencio. Solo no dormían la hija de la ventera y Maritornes, su criada. Ya conocían la locura de don Quijote. Sabían que estaba fuera de la venta, armado y a caballo, haciendo la guardia. Así que las dos decidieron hacerle alguna burla. O, por lo menos, pasar un rato oyendo sus disparates.

Pues en toda la venta no había ninguna ventana que diera al campo. Solo había un agujero en el pajar, por donde echaban la paja desde fuera. A este agujero se asomaron las dos semidoncellas. Vieron que don Quijote estaba a caballo, apoyado en su lanzón. De vez en cuando daba unos suspiros muy tristes y profundos. Parecía que con cada uno se le arrancaba el alma. Y también le oyeron decir con voz suave, dulce y enamorada:

— ¡Oh, mi señora Dulcinea del Toboso, extremo de toda hermosura, fin y cumbre de la inteligencia! ¡Archivo de la mejor gracia, depósito de la honestidad! ¡Y, en fin, modelo de todo lo útil, honesto y agradable que hay en el mundo! ¿Y qué fará ahora la tu merced? ¿Tendrás quizá el pensamiento en tu cautivo caballero? Él se ha puesto por su voluntad en tantos peligros solo por servirte. ¡Dame tú noticias de ella, oh luminaria de las tres caras! Quizá la estás mirando ahora, con envidia de su cara. Ella pasea por alguna galería de sus lujosos palacios, o está apoyada en algún balcón. Y está pensando cómo calmar la tormenta que sufre por ella mi triste corazón. Lo hará sin perder su honestidad y su grandeza. Piensa qué gloria dará a mis penas y qué descanso a mis cuidados. Y, en fin, qué vida dará a mi muerte y qué premio a mis servicios. Y tú, sol, ya debes de estar ensillando con prisa tus caballos. Querrás madrugar y salir a ver a mi señora. En cuanto la veas, te suplico que la saludes de mi parte. Pero cuidado: al verla y saludarla, no le des un beso en la cara. Si lo haces, tendré más celos de ti que los que tú tuviste de aquella ingrata tan ligera. Ella te hizo sudar y correr mucho por los llanos de Tesalia o por las orillas del Peneo. No me acuerdo bien por dónde corriste entonces, celoso y enamorado.

Don Quijote había llegado a este punto de su triste discurso. Entonces la hija de la ventera empezó a llamarle en voz baja. Le dijo:

— Señor mío, lléguese acá la vuestra merced, si es servido.

Al oír estas señas y esta voz, don Quijote volvió la cabeza. La luna brillaba entonces con toda su claridad. A su luz, vio que le llamaban desde el agujero. A él le pareció una ventana, y además con rejas doradas. Así deben tenerlas castillos tan ricos como él imaginaba que era aquella venta. Y enseguida su loca imaginación le hizo pensar algo. Creyó que la fermosa doncella, hija de la señora del castillo, venía otra vez a buscarle. Igual que la vez pasada, estaba vencida por su amor. No quería parecer descortés ni desagradecido. Por eso volvió las riendas de Rocinante y se acercó al agujero. En cuanto vio a las dos mozas, dijo:

— Os tengo lástima, fermosa señora, porque habéis puesto vuestros pensamientos de amor donde no es posible corresponderos. No puedo responderos como merecen vuestro gran valor y vuestra gracia. Pero no debéis echar la culpa a este pobre caballero andante. El amor le impide entregar su voluntad a otra que no sea aquella dama. En el momento en que sus ojos la vieron, la hizo señora absoluta de su alma. Perdonadme, buena señora, y volved a vuestro aposento. No queráis mostrarme más vuestros deseos, para que yo no parezca más desagradecido. Si en mí encontráis otra cosa que os satisfaga, que no sea el amor mismo, pedídmela. Os juro por aquella dulce enemiga mía, que está ausente, que os la daré al instante. Aunque me pidierais un mechón del pelo de Medusa, que era todo de culebras. O aunque me pidierais los mismos rayos del sol encerrados en un frasco.

— Mi señora no necesita nada de eso, señor caballero —dijo entonces Maritornes.

— Pues ¿qué necesita, discreta dueña, vuestra señora? —respondió don Quijote.

— Solo una de vuestras hermosas manos —dijo Maritornes—. Con ella podrá calmar el gran deseo que la ha traído a este agujero. Ha venido con mucho peligro para su honor. Si su señor padre la hubiera oído, lo menos que le cortaría sería la oreja.

— ¡Ya me gustaría ver eso! —respondió don Quijote—. Pero él se guardará muy bien de hacerlo. Si toca a su delicada y enamorada hija, tendrá el peor final que ha tenido un padre.

A Maritornes le pareció que sin duda don Quijote daría la mano que le habían pedido. Pensó bien lo que iba a hacer, bajó del agujero y fue a la caballeriza. Allí tomó el cabestro del jumento de Sancho Panza. Y volvió muy rápido a su agujero. En ese momento don Quijote se había puesto de pie sobre la silla de Rocinante. Quería alcanzar la ventana con rejas donde imaginaba que estaba la doncella herida de amor. Y, al darle la mano, dijo:

— Tomad, señora, esta mano, o, mejor dicho, este verdugo de los malhechores del mundo. Tomad esta mano, digo, que no ha tocado ninguna mujer. Ni siquiera la ha tocado aquella que es dueña de todo mi cuerpo. No os la doy para que la beséis. Os la doy para que miréis sus nervios y cómo se unen sus músculos. Mirad también qué anchas y grandes son sus venas. Así sabréis qué fuerza tendrá el brazo que tiene tal mano.

— Ahora lo veremos —dijo Maritornes.

E hizo un nudo corredizo en el cabestro y se lo echó a la muñeca. Luego bajó del agujero y ató muy fuerte el otro extremo al cerrojo de la puerta del pajar. Don Quijote sintió la cuerda áspera en la muñeca y dijo:

— Más parece que vuestra merced me ralla la mano que no que me la regala. No la tratéis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que os hace mi voluntad. Tampoco está bien que os venguéis de todo vuestro enojo en una parte tan pequeña. Mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.

Pero ya nadie escuchaba estas palabras de don Quijote. Porque, en cuanto Maritornes le ató, ella y la otra se fueron, muertas de risa. Le dejaron atado de tal manera que era imposible soltarse.

Estaba, pues, como se ha dicho, de pie sobre Rocinante. Tenía todo el brazo metido por el agujero y atado por la muñeca al cerrojo de la puerta. Tenía muchísimo miedo y cuidado. Si Rocinante se movía a un lado o a otro, él se quedaría colgado del brazo. Por eso no se atrevía a hacer ningún movimiento. Aunque de la paciencia y la tranquilidad de Rocinante se podía esperar que estuviera sin moverse un siglo entero.

En fin, don Quijote se vio atado y vio que las damas ya se habían ido. Entonces empezó a imaginar que todo aquello era cosa de encantamiento, como la vez pasada. Aquella vez, en ese mismo castillo, le había molido a golpes aquel moro encantado, que era el arriero. Y se maldecía a sí mismo por su poca prudencia y su poco juicio. Porque la primera vez le había ido muy mal en aquel castillo. Y aun así se había atrevido a entrar la segunda. Los caballeros andantes saben una cosa. Cuando prueban una aventura y no les sale bien, es señal de que no está guardada para ellos. Está guardada para otros. Así que no necesitan probarla una segunda vez. Aun así, tiraba de su brazo para ver si podía soltarse. Pero estaba tan bien atado que todos sus intentos fueron inútiles. Es verdad que tiraba con cuidado, para que Rocinante no se moviera. Y aunque quería sentarse en la silla, no podía. Solo podía estar de pie, o arrancarse la mano.

Allí deseó tener la espada de Amadís, contra la que no tenía fuerza ningún encantamiento. Allí maldijo su fortuna. Allí exageró la falta que haría en el mundo su presencia mientras estuviera allí encantado. Porque sin duda creía que lo estaba. Allí se acordó otra vez de su querida Dulcinea del Toboso. Allí llamó a su buen escudero Sancho Panza. Pero Sancho estaba enterrado en el sueño, tendido sobre la albarda de su jumento. En aquel momento no se acordaba ni de la madre que lo había parido. Allí llamó a los sabios Lirgandeo y Alquife para que le ayudaran. Allí pidió socorro a su buena amiga Urganda. Y, en fin, allí le encontró la mañana, tan desesperado y confuso que bramaba como un toro. Porque no esperaba que el día remediara su desgracia, porque la creía eterna. Se tenía por encantado. Y le hacía creerlo ver que Rocinante no se movía nada. Creía que él y su caballo iban a estar así, sin comer, ni beber, ni dormir. Estarían así hasta que pasara aquella mala influencia de las estrellas. O hasta que otro encantador más sabio le desencantara.

Pero se equivocaba mucho. Apenas empezó a amanecer, llegaron a la venta cuatro hombres a caballo. Iban muy bien vestidos y preparados, con sus escopetas sobre los arzones de las sillas. Llamaron con grandes golpes a la puerta de la venta, que aún estaba cerrada. Don Quijote lo vio desde donde seguía haciendo la guardia. Y con voz alta y arrogante dijo:

— Caballeros, o escuderos, o quienquiera que seáis: no tenéis por qué llamar a las puertas de este castillo. Está bien claro que a estas horas los de dentro duermen. O no tienen la costumbre de abrir las fortalezas hasta que el sol se extiende por el suelo. Apartaos y esperad a que aclare el día. Entonces veremos si es justo o no que os abran.

— ¿Qué diablos de fortaleza o castillo es este —dijo uno— para obligarnos a guardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran. Somos viajeros y solo queremos dar cebada a nuestros caballos y seguir adelante, porque tenemos prisa.

— ¿Os parece, caballeros, que tengo yo figura de ventero? —respondió don Quijote.

— No sé de qué tenéis figura —respondió el otro—. Pero sé que decís disparates al llamar castillo a esta venta.

— Castillo es —replicó don Quijote—, y de los mejores de toda esta provincia. Y dentro hay gente que ha tenido cetro en la mano y corona en la cabeza.

— Mejor sería al revés —dijo el viajero—: el cetro en la cabeza y la corona en la mano. Quizá dentro hay alguna compañía de actores. Ellos suelen tener a menudo esas coronas y cetros que decís. Porque esta venta es muy pequeña y en ella hay mucho silencio. No creo que se alojen aquí personas dignas de corona y cetro.

— Sabéis poco del mundo —replicó don Quijote—, pues no conocéis los casos que suelen ocurrir en la caballería andante.

Los compañeros del que preguntaba se cansaron de la conversación con don Quijote. Así que volvieron a llamar con gran furia. Lo hicieron tan fuerte que el ventero se despertó, y también todos los que estaban en la venta. El ventero se levantó a preguntar quién llamaba. En ese momento, uno de los caballos de los cuatro que llamaban se acercó a oler a Rocinante. Rocinante, triste y melancólico, con las orejas caídas, sostenía sin moverse a su estirado señor. Pero, en fin, era de carne, aunque parecía de madera. Por eso no pudo evitar sentirlo y volverse a oler a quien venía a hacerle caricias. Apenas se movió un poco, los pies juntos de don Quijote resbalaron de la silla. Habría caído al suelo si no hubiera quedado colgado del brazo. Esto le causó tanto dolor que creyó que le cortaban la muñeca o que le arrancaban el brazo. Quedó tan cerca del suelo que tocaba la tierra con las puntas de los pies. Y esto era peor para él. Sentía lo poco que le faltaba para poner las plantas en el suelo. Por eso se cansaba y se estiraba todo lo que podía para alcanzarlo. Era como los que sufren el tormento de la garrucha, puestos «a toca, no toca». Ellos mismos aumentan su dolor con el esfuerzo que hacen al estirarse. Les engaña la esperanza de que, si se estiran un poco más, llegarán al suelo.

### Glosario

- **desdichado**: que tiene mala suerte, muy triste.
- **inquieta**: nerviosa, sin paz.
- **desanimarse**: perder las ganas y la fuerza para seguir.
- **retratado**: pintado o dibujado; aquí, guardado como una imagen en el alma.
- **desagradecido**: que no da las gracias por un bien recibido.
- **jumento**: burro, asno.
- **encantamiento**: magia que cambia o ata a alguien.
- **cetro**: bastón que llevan los reyes en la mano.
- **Palinuro**: piloto del barco de Eneas en un poema antiguo; guiaba el barco mirando las estrellas.
- **cuartana**: fiebre que vuelve cada cuatro días y hace temblar mucho.
- **celosías**: rejillas de madera en una ventana para ver sin ser visto.
- **mesón**: casa en un pueblo donde comen y duermen los viajeros.
- **Amanecerá Dios y medraremos**: refrán: mañana será otro día y las cosas irán mejor.
- **semidoncellas**: "medio doncellas": el narrador se burla de las dos chicas.
- **luminaria de las tres caras**: la luna, que cambia de forma.
- **cabestro**: cuerda que se ata a la cabeza de un animal para llevarlo.
- **cerrojo**: barra de hierro que cierra una puerta.
- **ralla**: de "rallar": raspar algo con fuerza; don Quijote juega con "regala".
- **arzones**: partes altas de delante y de detrás de la silla de montar.
- **garrucha**: tortura antigua: colgaban a la persona de los brazos con una cuerda.

## Capítulo XLIV. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta

En efecto, don Quijote dio tantos gritos que el ventero abrió deprisa las puertas de la venta. Salió muy asustado a ver quién gritaba así, y los que estaban fuera hicieron lo mismo. Maritornes ya se había despertado con los mismos gritos. Se imaginó lo que podía ser y se fue al pajar. Allí, sin que nadie la viera, desató el cabestro que sostenía a don Quijote. Él cayó enseguida al suelo, delante del ventero y de los viajeros. Ellos se acercaron y le preguntaron qué le pasaba para dar tales gritos. Él no respondió ni una palabra. Se quitó la cuerda de la muñeca y se puso de pie. Subió sobre Rocinante, se colocó la adarga en el brazo y preparó el lanzón para atacar. Se alejó un buen trecho por el campo y volvió a medio galope, diciendo:

— Si alguien dice que me han encantado con justa razón, yo le digo que miente. Y, si mi señora la princesa Micomicona me da licencia, le reto a una batalla de uno contra uno.

Los nuevos viajeros se quedaron admirados de las palabras de don Quijote. Pero el ventero les quitó la sorpresa. Les dijo que aquel era don Quijote y que no debían hacerle caso, porque estaba loco.

Preguntaron al ventero si por casualidad había llegado a la venta un muchacho de unos quince años. Venía vestido de mozo de mulas, y dieron sus señas. Eran las mismas señas del enamorado de doña Clara. El ventero respondió que había tanta gente en la venta que no se había fijado en él. Pero uno de ellos vio el coche en que había llegado el oidor, y dijo:

— Sin duda debe de estar aquí, porque este es el coche que dicen que sigue. Que uno de nosotros se quede a la puerta y que los demás entren a buscarle. Y también sería bueno que uno diera la vuelta a toda la venta. Así no podrá escaparse por las bardas de los corrales.

— Así se hará —respondió uno de ellos.

Dos entraron, uno se quedó a la puerta y el otro fue a dar la vuelta a la venta. El ventero lo veía todo y no sabía adivinar para qué hacían todo aquello. Aunque bien creyó que buscaban al muchacho cuyas señas le habían dado.

Ya entonces se hacía de día. Por eso, y por el ruido que había hecho don Quijote, todos estaban despiertos y se levantaban. Sobre todo doña Clara y Dorotea, que habían dormido muy mal aquella noche. Una, por el susto de tener tan cerca a su enamorado. La otra, por las ganas de verle. Don Quijote vio que ninguno de los cuatro viajeros le hacía caso ni respondía a su desafío. Se moría de rabia y de enfado. Pero había dado su palabra de no meterse en ninguna aventura hasta terminar la que había prometido. Si las leyes de su caballería le hubieran permitido emprender otra, los habría atacado a todos. Y les habría hecho responder aunque no quisieran. Pero no le parecía conveniente ni correcto empezar una nueva empresa hasta poner a Micomicona en su reino. Así que tuvo que callar y quedarse quieto. Esperaba a ver en qué terminaban las búsquedas de aquellos viajeros. Uno de ellos encontró al joven que buscaba. Dormía al lado de un mozo de mulas. No pensaba que alguien le buscara, y menos que le fuera a encontrar. El hombre le agarró del brazo y le dijo:

— Por cierto, señor don Luis, este traje que lleváis va muy bien con quien sois. Y esta cama en que os encuentro va muy bien con el cuidado con que os crió vuestra madre.

El muchacho se limpió los ojos dormidos y miró despacio al que le tenía agarrado. Enseguida reconoció que era un criado de su padre. Se asustó tanto que durante un buen rato no supo o no pudo decirle ni una palabra. Y el criado siguió diciendo:

— Aquí no hay más remedio, señor don Luis, que tener paciencia y volver a casa. A no ser que vuestra merced quiera que su padre, mi señor, se vaya al otro mundo. Porque no se puede esperar otra cosa de la pena que tiene por vuestra ausencia.

— Pero ¿cómo supo mi padre —dijo don Luis— que yo venía por este camino y con este traje?

— Un estudiante a quien contasteis vuestros planes fue el que lo descubrió —respondió el criado—. Lo hizo porque le dio lástima ver cómo sufría vuestro padre cuando notó que faltabais. Entonces vuestro padre envió a cuatro de sus criados a buscaros. Y aquí estamos todos a vuestro servicio, más contentos de lo que se puede imaginar. Estamos así de contentos porque volveremos con buen resultado. Os llevaremos ante los ojos que tanto os quieren.

— Eso será como yo quiera, o como el cielo lo ordene —respondió don Luis.

— ¿Qué habéis de querer, o qué va a ordenar el cielo, sino que aceptéis volver? Porque no es posible otra cosa.

El mozo de mulas que estaba junto a don Luis oyó todas estas palabras. Se levantó de allí y fue a buscar a don Fernando, a Cardenio y a los demás. Ya se habían vestido, y les contó lo que pasaba. Les dijo que aquel hombre llamaba «don» a aquel muchacho. Les contó lo que hablaban. El hombre quería llevarle a casa de su padre, y el muchacho no quería. Ellos ya sabían de la buena voz que el cielo le había dado. Con esto, todos sintieron un gran deseo de saber más de quién era. Y también de ayudarle si alguien quería obligarle por la fuerza. Así que fueron hacia el lugar donde todavía estaba hablando y discutiendo con su criado.

En esto salía Dorotea de su cuarto, y detrás de ella doña Clara, muy alterada. Dorotea llamó aparte a Cardenio. Le contó en pocas palabras la historia del músico y de doña Clara. Él también le contó lo que pasaba: habían venido a buscarle los criados de su padre. No se lo dijo tan en voz baja que Clara no lo oyera. Al oírlo, Clara quedó tan fuera de sí que habría caído al suelo si Dorotea no la hubiera sujetado. Cardenio dijo a Dorotea que volvieran al cuarto, que él intentaría arreglarlo todo. Y ellas lo hicieron.

Ya estaban los cuatro que venían a buscar a don Luis dentro de la venta, rodeándole. Intentaban convencerle de que volviera enseguida, sin perder un momento, a consolar a su padre. Él respondió que de ningún modo podía hacerlo antes de terminar un asunto. En ese asunto le iban la vida, la honra y el alma. Entonces los criados le presionaron más. Le dijeron que de ningún modo volverían sin él, y que le llevarían quisiera o no.

— Eso no lo haréis vosotros —replicó don Luis—, si no es llevándome muerto. Aunque, de cualquier manera que me llevéis, me llevaréis sin vida.

A esas alturas ya habían acudido a la discusión casi todos los que estaban en la venta. Sobre todo Cardenio, don Fernando, sus camaradas, el oidor, el cura, el barbero y don Quijote. A don Quijote ya le pareció que no hacía falta seguir guardando el castillo. Cardenio ya sabía la historia del muchacho. Por eso preguntó a los que querían llevárselo por qué querían llevarle contra su voluntad.

— Lo hacemos —respondió uno de los cuatro— para dar la vida a su padre. Por la ausencia de este caballero, su padre está en peligro de perderla.

Entonces dijo don Luis:

— No hay por qué contar aquí mis cosas. Yo soy libre, y volveré si me da la gana. Y si no, ninguno de vosotros me obligará por la fuerza.

— Os obligará la razón —respondió el hombre—. Y si la razón no basta con vuestra merced, bastará con nosotros. Haremos lo que venimos a hacer y lo que debemos hacer.

— Sepamos qué es esto desde la raíz —dijo en ese momento el oidor.

Pero el hombre le reconoció, porque era vecino de su casa, y respondió:

— ¿No conoce vuestra merced, señor oidor, a este caballero? Es el hijo de su vecino. Se ha marchado de casa de su padre con este traje. Ya ve vuestra merced qué poco digno es de su clase.

Entonces el oidor le miró con más atención y le reconoció. Le abrazó y le dijo:

— ¿Qué niñerías son estas, señor don Luis? ¿O qué causas tan poderosas os han movido a venir de esta manera? ¡Y con este traje, que tan mal va con vuestra clase!

Al muchacho se le saltaron las lágrimas y no pudo responder ni una palabra. El oidor dijo a los cuatro que se calmaran, que todo se arreglaría bien. Tomó a don Luis de la mano y le llevó aparte. Allí le preguntó a qué se debía aquel viaje.

Y mientras le hacía esta y otras preguntas, oyeron grandes gritos a la puerta de la venta. La causa era esta. Dos huéspedes que habían pasado allí aquella noche vieron a todos ocupados en saber qué buscaban los cuatro. Y habían intentado irse sin pagar lo que debían. Pero el ventero atendía más a su negocio que a los asuntos de los demás. Los agarró al salir por la puerta y les pidió que pagaran. Y les reprochó su mala intención con tales palabras que ellos le respondieron con los puños. Empezaron a pegarle tanto que el pobre ventero tuvo que gritar y pedir ayuda. La ventera y su hija no vieron a nadie más libre para socorrerle que a don Quijote. Y la hija de la ventera le dijo:

— Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios le dio, a mi pobre padre. Dos malos hombres le están moliendo como a cibera.

A esto respondió don Quijote, muy despacio y con mucha calma:

— Fermosa doncella, por ahora no puedo atender vuestra petición. Porque estoy impedido de meterme en otra aventura mientras no termine una a la que me obliga mi palabra. Pero lo que puedo hacer por serviros es esto que ahora os diré. Corred y decid a vuestro padre que aguante en esa batalla lo mejor que pueda. Y que no se deje vencer de ningún modo. Mientras tanto, yo pediré licencia a la princesa Micomicona para socorrerle en su apuro. Si ella me la da, tened por seguro que yo le sacaré de él.

— ¡Pecadora de mí! —dijo a esto Maritornes, que estaba delante—. Antes de que vuestra merced consiga esa licencia que dice, mi amo ya estará en el otro mundo.

— Dejad vos, señora, que yo consiga la licencia que digo —respondió don Quijote—. Cuando la tenga, poco importará que él esté en el otro mundo. De allí le sacaré, aunque el mismo mundo se oponga. O, por lo menos, os vengaré de los que le hayan enviado allá. Y quedaréis más que satisfechas.

Y sin decir más, fue a ponerse de rodillas ante Dorotea. Le habló con palabras de caballero andante. Le pidió que la su grandeza le diera licencia para acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo. Dijo que estaba en grave apuro. La princesa se la dio de buena gana. Enseguida él se colocó la adarga en el brazo y puso la mano en la espada. Luego fue a la puerta de la venta. Allí los dos huéspedes todavía seguían maltratando al ventero. Pero en cuanto llegó, se paró y se quedó quieto. Maritornes y la ventera le preguntaban por qué se detenía. Le pedían que socorriera a su señor y marido.

— Me detengo —dijo don Quijote— porque no me está permitido sacar la espada contra gente escuderil. Pero llamadme aquí a mi escudero Sancho. A él le toca esta defensa y esta venganza.

Esto pasaba en la puerta de la venta. Y allí los puñetazos y los golpes iban en su mejor momento, todo en daño del ventero. Maritornes, la ventera y su hija rabiaban. Veían la cobardía de don Quijote y se desesperaban. También se desesperaban al ver lo mal que lo pasaba el ventero, su señor, su marido y su padre.

Pero dejémosle aquí, que no le faltará quien le socorra. O si no, que sufra y calle el que se atreve a más de lo que sus fuerzas le permiten. Y volvamos cincuenta pasos atrás, a ver qué respondió don Luis al oidor. Le habíamos dejado aparte, preguntándole por qué había venido a pie y con un traje tan humilde. El muchacho le agarró con fuerza de las manos, como si un gran dolor le apretara el corazón. Y, llorando muchas lágrimas, le dijo:

— Señor mío, no sé deciros otra cosa sino esta. El cielo quiso, y el ser vecinos lo hizo fácil, que yo viera a mi señora doña Clara. Ella es hija vuestra y señora mía. Desde aquel instante la hice dueña de mi voluntad. Y si vos, mi verdadero señor y padre, no lo impedís, hoy mismo ha de ser mi esposa. Por ella dejé la casa de mi padre y por ella me puse este traje. Así podía seguirla adondequiera que fuese. La seguía como la flecha al blanco, o como el marinero al norte. Ella no sabe de mis deseos nada más que esto: algunas veces ha visto llorar mis ojos desde lejos. Ya sabéis, señor, qué ricos y nobles son mis padres, y que yo soy su único heredero. Si os parece que esto basta para arriesgaros a hacerme feliz del todo, recibidme ya como hijo. Puede que mi padre tenga otros planes y no le guste este bien que yo he sabido buscarme. Pero el tiempo tiene más fuerza que las voluntades humanas para deshacer y cambiar las cosas.

Dicho esto, el enamorado muchacho se calló. El oidor se quedó suspenso, confuso y admirado. Le sorprendía el modo y la inteligencia con que don Luis le había descubierto su pensamiento. Además, no sabía qué decisión tomar en un asunto tan repentino e inesperado. Así que solo le respondió que se calmara por el momento. Y que entretuviera a sus criados, para que aquel día no le llevaran de vuelta. Así tendrían tiempo para pensar qué era lo mejor para todos. Don Luis le besó las manos a la fuerza, y aun se las bañó en lágrimas. Aquello habría enternecido un corazón de mármol, y no solo el del oidor. El oidor, como hombre prudente, ya había visto lo bien que le venía aquel matrimonio a su hija. Pero, si era posible, quería hacerlo con el consentimiento del padre de don Luis. Sabía que este quería conseguir un título de nobleza para su hijo.

A estas alturas los huéspedes ya estaban en paz con el ventero. Le habían pagado todo lo que quiso. Los convencieron las buenas razones de don Quijote, más que sus amenazas. Los criados de don Luis esperaban el final de la conversación con el oidor. Querían saber qué decidía su amo. Entonces el demonio, que no duerme, hizo que en ese mismo momento entrara en la venta un barbero. Era el barbero al que don Quijote quitó el yelmo de Mambrino. Sancho Panza le había quitado también los aparejos del asno y los había cambiado por los del suyo. El barbero llevaba su jumento a la caballeriza. Allí vio a Sancho Panza, que estaba arreglando no sé qué de la albarda. En cuanto la vio, la reconoció. Y se atrevió a lanzarse contra Sancho, diciendo:

— ¡Ah, don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi bacía y mi albarda, con todos los aparejos que me robasteis!

Sancho se vio atacado tan de repente y oyó los insultos que le decían. Con una mano agarró la albarda. Con la otra dio al barbero un puñetazo que le llenó de sangre los dientes. Pero ni por eso soltó el barbero la albarda que tenía agarrada. Al contrario, levantó tanto la voz que todos los de la venta acudieron al ruido y a la pelea. Y decía:

— ¡Aquí del rey y de la justicia! ¡Vengo a recuperar lo que es mío, y este ladrón salteador de caminos me quiere matar!

— Mentís —respondió Sancho—. Yo no soy salteador de caminos. Mi señor don Quijote ganó estos despojos en buena guerra.

Don Quijote ya estaba delante, muy contento de ver lo bien que su escudero se defendía y atacaba. Desde entonces le tuvo por hombre de valor. Y decidió en su corazón armarle caballero en la primera ocasión que se le ofreciera. Le parecía que la orden de la caballería estaría bien empleada en él. Entre otras cosas que decía el barbero durante la pelea, llegó a decir esto:

— Señores, esta albarda es mía tan seguro como la muerte que debo a Dios. La conozco como si la hubiera parido. Y ahí está mi asno en el establo, que no me dejará mentir. Si no me creen, pruébensela. Y si no le queda perfecta, yo quedaré por infame. Y hay más: el mismo día que me la quitaron, me quitaron también una bacía de azófar nueva. Todavía no la había estrenado, y valía un escudo.

Aquí don Quijote no pudo contenerse sin responder. Se puso entre los dos y los separó. Dejó la albarda en el suelo, a la vista de todos, hasta que se aclarara la verdad. Y dijo:

— ¡Vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error de este buen escudero! Llama bacía a lo que fue, es y será yelmo de Mambrino. Yo se lo quité en buena guerra, y me hice su dueño con legítima y lícita posesión. En lo de la albarda no me meto. Solo sé decir esto. Mi escudero Sancho me pidió licencia para quitar los jaeces del caballo de este cobarde vencido. Quería adornar con ellos el suyo. Yo se la di, y él los tomó. Y no sabré explicar cómo se ha convertido el jaez en albarda. Solo puedo dar la razón de siempre: estas transformaciones se ven en los sucesos de la caballería. Para confirmarlo, corre, Sancho hijo, y trae aquí el yelmo que este buen hombre dice que es bacía.

— ¡Pardiez, señor —dijo Sancho—, si no tenemos otra prueba que esa que dice vuestra merced...! Entonces tan bacía es el yelmo de Malino como albarda el jaez de este buen hombre.

— Haz lo que te mando —replicó don Quijote—. No todas las cosas de este castillo han de ser cosa de encantamiento.

Sancho fue adonde estaba la bacía y la trajo. En cuanto don Quijote la vio, la tomó en las manos y dijo:

— Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que esta es bacía, y no yelmo. Juro por la orden de caballería que profeso que este yelmo es el mismo que yo le quité. No le he añadido ni quitado nada.

— En eso no hay duda —dijo entonces Sancho—. Porque desde que mi señor lo ganó hasta ahora, solo ha hecho con él una batalla. Fue cuando liberó a los desdichados encadenados. Y si no hubiera sido por este baciyelmo, entonces no lo habría pasado muy bien. Porque en aquel trance hubo muchas pedradas.

### Glosario

- **adarga**: escudo de cuero, de forma ovalada.
- **lanzón**: lanza corta y gruesa.
- **bardas**: muros bajos de tierra o piedra que rodean un corral.
- **moliendo como a cibera**: pegando muy fuerte, como el molino aplasta el grano.
- **acorrer y socorrer**: palabras antiguas de caballería: ayudar a alguien en peligro.
- **castellano**: para don Quijote, el señor de un castillo (aquí, el ventero).
- **gente escuderil**: gente de poca categoría, como los escuderos; no son caballeros.
- **¡Aquí del rey y de la justicia!**: grito antiguo para pedir ayuda a las autoridades.
- **azófar**: metal amarillo, parecido al oro, hecho de cobre y cinc.
- **jaeces**: adornos ricos de la silla y las correas de un caballo.
- **Malino**: Sancho se equivoca: quiere decir "Mambrino".
- **baciyelmo**: palabra que inventa Sancho: mitad bacía, mitad yelmo.

## Capítulo XLV. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad

— ¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores, lo que dicen estos caballeros? —dijo el barbero—. Todavía insisten en que esto no es una bacía, sino un yelmo.

— Y si alguien dice lo contrario —dijo don Quijote—, yo le haré ver que miente, si es caballero. Y si es escudero, le haré ver que miente mil veces.

Nuestro barbero estaba presente en todo. Conocía muy bien el carácter de don Quijote. Por eso quiso animar su locura y seguir con la broma para que todos se rieran. Y dijo, hablando con el otro barbero:

— Señor barbero, o quien sois, sabed que yo también tengo vuestro oficio. Hace más de veinte años que tengo mi carta de examen. Conozco muy bien todos los instrumentos de la barbería, sin que me falte ninguno. Además, en mi juventud fui soldado durante un tiempo. Por eso sé también qué es un yelmo, qué es un morrión y qué es una celada de encaje. Y sé otras cosas de la milicia, quiero decir, de las clases de armas de los soldados. Y digo una cosa, salvo mejor opinión, y siempre aceptando lo que diga alguien más sabio. Hablo de esta pieza que está aquí delante, en las manos de este buen señor. No solo no es una bacía de barbero. Está tan lejos de serlo como lo blanco de lo negro y la verdad de la mentira. También digo que, aunque es un yelmo, no es un yelmo entero.

— No, desde luego —dijo don Quijote—, porque le falta la mitad, que es la babera.

— Así es —dijo el cura, que ya había entendido la intención de su amigo el barbero.

Y lo mismo dijeron Cardenio, don Fernando y sus compañeros. Incluso el oidor habría ayudado a la broma, pero estaba muy pensativo por el asunto de don Luis. Ese asunto serio lo tenía tan preocupado que casi no prestaba atención a aquellas bromas.

— ¡Válgame Dios! —dijo entonces el barbero burlado—. ¿Es posible que tanta gente honrada diga que esto no es una bacía, sino un yelmo? Esto podría asombrar a toda una universidad, por sabia que sea. Basta. Si esta bacía es un yelmo, esta albarda también debe de ser un jaez de caballo, como ha dicho este señor.

— A mí me parece una albarda —dijo don Quijote—, pero ya he dicho que en eso no me meto.

— Si es albarda o jaez —dijo el cura—, solo lo puede decir el señor don Quijote. En estas cosas de la caballería, todos estos señores y yo reconocemos que él sabe más.

— Por Dios, señores míos —dijo don Quijote—. En las dos veces que he estado en este castillo, me han pasado cosas muy extrañas. Son tantas que no me atrevo a afirmar nada sobre lo que hay en él. Porque imagino que todo lo que pasa aquí es cosa de encantamiento. La primera vez me hizo sufrir mucho un moro encantado que vive aquí. Y a Sancho no le fue muy bien con otros seguidores de ese moro. Y anoche estuve colgado de este brazo casi dos horas. Y no sé cómo caí en aquella desgracia. Así que, si ahora doy mi opinión en un asunto tan confuso, juzgaré sin pensar bien. Sobre lo de que esto es bacía y no yelmo, ya he respondido. Pero no me atrevo a decidir si esa es albarda o jaez. Lo dejo solo a la buena opinión de vuestras mercedes. Vuestras mercedes no son caballeros armados, como yo lo soy. Por eso quizá los encantamientos de este lugar no tendrán poder sobre vuestras mercedes. Tendrán la mente libre. Y podrán juzgar las cosas de este castillo como son de verdad, y no como me parecían a mí.

— No hay duda —respondió a esto don Fernando—. El señor don Quijote ha dicho muy bien hoy que nos toca a nosotros decidir este caso. Y, para hacerlo con más fundamento, yo tomaré en secreto los votos de estos señores. Después daré noticia completa y clara del resultado.

Para los que conocían el carácter de don Quijote, todo esto era motivo de muchísima risa. Pero a los que no lo conocían les parecía el mayor disparate del mundo. Así les parecía sobre todo a los cuatro criados de don Luis, y también al propio don Luis. Y también a otros tres viajeros que habían llegado por casualidad a la venta. Tenían aspecto de cuadrilleros, y de verdad lo eran. Pero el que más se desesperaba era el barbero. Delante de sus ojos, su bacía se había convertido en el yelmo de Mambrino. Y estaba seguro de que su albarda se iba a convertir en un rico jaez de caballo. Todos se reían al ver a don Fernando ir de uno en otro, tomando los votos. Les hablaba al oído para que cada uno dijera en secreto su opinión. ¿Era albarda o jaez aquella joya, causa de tanta pelea? Cuando terminó de tomar los votos de los que conocían a don Quijote, dijo en voz alta:

— El caso es, buen hombre, que ya estoy cansado de pedir tantas opiniones. Pregunto a todos lo que deseo saber, y todos me dicen lo mismo. Dicen que es un disparate llamar a esto albarda de burro. Dicen que es jaez de caballo, y además de caballo de buena raza. Así que tendréis que tener paciencia. Aunque os pese a vos y a vuestro asno, esto es jaez y no albarda. Y vos habéis defendido y probado muy mal vuestro caso.

— Que no tenga yo sitio en el cielo —dijo el sobrebarbero— si vuestras mercedes no se engañan todos. Por mi alma ante Dios, esto me parece albarda, y no jaez. Pero «allá van leyes...», etcétera. Y no digo más. Y de verdad que no estoy borracho. Ni siquiera he desayunado, si no es de pecados.

Las tonterías que decía el barbero causaban tanta risa como los disparates de don Quijote. Y don Quijote dijo entonces:

— Aquí no hay nada más que hacer. Que cada uno tome lo que es suyo, y «a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga».

Uno de los cuatro criados de don Luis dijo:

— Quizá esto es una broma pesada. Si no lo es, no puedo creer una cosa. Todos los que están aquí son, o parecen, hombres muy inteligentes. No puedo creer que se atrevan a decir que esta no es una bacía, ni aquella una albarda. Pero veo que lo dicen y lo afirman. Por eso entiendo que hay algún misterio en todo esto. Insisten en algo muy contrario a lo que nos muestran la verdad y la experiencia. Porque, ¡voto a tal! —y soltó el juramento entero—, nadie en el mundo me hará creer otra cosa. Esta es una bacía de barbero, y esta, una albarda de asno.

— Bien podría ser de borrica —dijo el cura.

— Tanto monta —dijo el criado—. La cuestión no es esa. La cuestión es si es o no es albarda, como dicen vuestras mercedes.

Uno de los cuadrilleros que habían entrado había oído la pelea y la discusión. Lleno de rabia y de enfado, dijo:

— Tan albarda es como mi padre es mi padre. Y el que ha dicho otra cosa, o la diga, debe de estar hecho uva.

— Mentís como un bellaco villano —respondió don Quijote.

Levantó el lanzón, que nunca soltaba de las manos. Iba a darle tal golpe en la cabeza que lo habría dejado tendido en el suelo. Pero el cuadrillero se apartó a tiempo. El lanzón se hizo pedazos contra el suelo. Los otros cuadrilleros vieron que trataban mal a su compañero. Entonces empezaron a gritar, pidiendo ayuda a la Santa Hermandad.

El ventero también era de la cuadrilla. En seguida fue a buscar su varilla y su espada, y se puso al lado de sus compañeros. Los criados de don Luis rodearon a don Luis, para que no se les escapara con el alboroto. El barbero vio la casa revuelta y volvió a agarrar su albarda. Y lo mismo hizo Sancho. Don Quijote sacó su espada y atacó a los cuadrilleros. Don Luis gritaba a sus criados que lo dejaran a él. Quería que fueran a ayudar a don Quijote, a Cardenio y a don Fernando. Todos ellos estaban de parte de don Quijote. El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija estaba afligida y Maritornes lloraba. Dorotea estaba confusa, Luscinda asombrada y doña Clara desmayada. El barbero golpeaba a Sancho, y Sancho machacaba al barbero. Un criado de don Luis se atrevió a agarrarlo del brazo para que no se fuera. Don Luis le dio un puñetazo que le llenó los dientes de sangre. El oidor defendía a don Luis. Don Fernando tenía a un cuadrillero debajo de sus pies. Y le pisaba todo el cuerpo, muy a su gusto. El ventero volvió a gritar más fuerte, pidiendo ayuda a la Santa Hermandad. Así, toda la venta era llantos, voces, gritos, confusión, miedos y sustos. Y también desgracias, cuchilladas, puñetazos, palos, coces y sangre. En medio de aquel caos, de aquel laberinto de cosas, don Quijote tuvo un recuerdo. Le pareció que estaba metido de lleno en la discordia del campo de Agramante. Y dijo, con una voz que hacía temblar la venta:

— ¡Deténganse todos! ¡Todos guarden las espadas! ¡Todos cálmense! ¡Óiganme todos, si todos quieren seguir con vida!

Al oír su gran voz, todos se pararon. Y él siguió diciendo:

— ¿No os dije yo, señores, que este castillo estaba encantado? ¿No os dije que en él debe de vivir algún ejército de demonios? Ahora lo podéis confirmar con vuestros propios ojos. La discordia del campo de Agramante ha pasado aquí, entre nosotros. Mirad: allí se pelea por la espada, aquí por el caballo, allá por el águila, acá por el yelmo. Todos peleamos y ninguno nos entendemos. Venga, pues, vuestra merced, señor oidor, y vuestra merced, señor cura. Uno haga de rey Agramante y el otro de rey Sobrino, y pónganos en paz. Porque aquí estamos muchas personas importantes. Y, por Dios Todopoderoso, es una gran maldad matarnos por causas tan pequeñas.

Los cuadrilleros no entendían el lenguaje de don Quijote. Además, se veían maltratados por don Fernando, Cardenio y sus compañeros. Por eso no querían calmarse. El barbero sí se calmó, porque en la pelea le habían destrozado la barba y la albarda. Sancho obedeció a la más mínima palabra de su amo, como buen criado. Los cuatro criados de don Luis también se quedaron quietos, porque vieron que no ganaban nada con pelear. Solo el ventero insistía en que había que castigar las insolencias de aquel loco. ¡A cada paso le alborotaba la venta! Por fin, el ruido se calmó por entonces. En la imaginación de don Quijote, la albarda se quedó como jaez hasta el día del Juicio Final. Y la bacía se quedó como yelmo, y la venta como castillo.

Ya estaban todos tranquilos. El oidor y el cura los habían convencido para hacer las paces. Entonces los criados de don Luis volvieron a insistir: querían que se fuera con ellos en ese mismo momento. Mientras él discutía con ellos, el oidor consultó a don Fernando, a Cardenio y al cura. Les preguntó qué debía hacer en aquel caso. Y les contó las razones que don Luis le había dado. Por fin decidieron una cosa. Don Fernando diría a los criados de don Luis quién era él. Y les diría que deseaba llevar a don Luis con él a Andalucía. Allí su hermano el marqués lo trataría con el respeto que merecía el valor de don Luis. Lo hacían así porque conocían la intención de don Luis. Esta vez no pensaba volver a ver a su padre, aunque lo hicieran pedazos. Los cuatro criados entendieron quién era don Fernando y qué quería don Luis. Entonces decidieron entre ellos que tres volverían para contar a su padre lo que pasaba. El otro se quedaría para servir a don Luis. No lo dejaría hasta que los otros volvieran a buscarlo, o hasta saber qué ordenaba su padre.

Así se calmó aquel montón de peleas. Fue gracias a la autoridad del rey Agramante y a la prudencia del rey Sobrino. Pero el enemigo de la concordia, el rival de la paz, se vio despreciado y burlado. Había puesto a todos en un laberinto tan confuso, y había sacado muy poco fruto. Por eso decidió intentarlo otra vez y despertar nuevas peleas y desórdenes.

Lo que pasó fue esto. Los cuadrilleros se calmaron, porque habían oído algo sobre la categoría de sus enemigos. Y se retiraron de la pelea, porque pensaban que, de cualquier manera, iban a llevar la peor parte de la batalla. Pero uno de ellos era el que don Fernando había golpeado y pisoteado. Este se acordó de algo. Llevaba varios mandamientos para detener a algunos delincuentes. Y uno de ellos era contra don Quijote. La Santa Hermandad había mandado detenerlo por dar la libertad a los galeotes. Eso era justo lo que Sancho, con mucha razón, había temido.

Al pensar esto, quiso comprobar si las señas de don Quijote coincidían. Sacó un pergamino del pecho y encontró el que buscaba. Se puso a leerlo despacio, porque no leía bien. Con cada palabra que leía, miraba a don Quijote. Iba comparando las señas del mandamiento con la cara de don Quijote. Y vio que, sin ninguna duda, era el hombre del mandamiento. En cuanto estuvo seguro, guardó su pergamino. Con la mano izquierda tomó el mandamiento. Con la derecha agarró a don Quijote del cuello con tanta fuerza que no lo dejaba respirar. Y gritaba muy fuerte:

— ¡Ayuda a la Santa Hermandad! Y, para que se vea que lo pido en serio, léase este mandamiento. En él se manda detener a este salteador de caminos.

El cura tomó el mandamiento. Vio que era verdad todo lo que decía el cuadrillero, y que las señas coincidían con don Quijote. Don Quijote se vio tratado mal por aquel villano malandrín. Se puso furioso y le crujían los huesos del cuerpo. Como mejor pudo, agarró al cuadrillero de la garganta con las dos manos. Sus compañeros tuvieron que ayudarlo. Si no, el cuadrillero habría perdido allí la vida antes que don Quijote soltara su presa. El ventero tenía que ayudar a los de su oficio, y fue en seguida a ayudarlo. La ventera vio otra vez a su marido metido en peleas, y otra vez se puso a gritar. Maritornes y su hija la siguieron en el mismo tono. Pedían ayuda al cielo y a todos los presentes. Sancho, al ver lo que pasaba, dijo:

— ¡Vive el Señor, que es verdad todo lo que dice mi amo de los encantamientos de este castillo! ¡No se puede vivir en él tranquilo ni una hora!

Don Fernando separó al cuadrillero y a don Quijote, y los dos quedaron contentos. Les soltó las manos, que tenían bien agarradas. El uno tenía al otro por el cuello del sayo. Y el otro tenía al uno por la garganta. Pero los cuadrilleros no dejaban de pedir a su preso. Querían que los ayudaran a entregárselo atado y a su disposición. Decían que así convenía al servicio del rey y de la Santa Hermandad. Y en nombre de ella pedían otra vez ayuda. Querían detener a aquel ladrón y salteador de sendas y caminos. Don Quijote se reía al oír estas palabras. Y, muy tranquilo, dijo:

— Venid aquí, gente grosera y mal nacida. ¿Llamáis «saltear caminos» a dar libertad a los encadenados? ¿A soltar a los presos, ayudar a los desgraciados, levantar a los caídos y socorrer a los necesitados? ¡Ah, gente infame! Tenéis un entendimiento bajo y vil. Por eso merecéis que el cielo no os muestre el valor de la caballería andante. Y merecéis no entender el pecado y la ignorancia en que vivís. Porque no respetáis la sombra de un caballero andante, y mucho menos su presencia. Venid aquí, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros. ¡Salteadores de caminos con permiso de la Santa Hermandad! Decidme: ¿quién fue el ignorante que firmó un mandamiento de prisión contra un caballero como yo? ¿Quién no sabía que los caballeros andantes están libres de todos los tribunales? ¿Quién no sabía que su ley es su espada? ¿Que sus derechos son su valor, y sus normas, su voluntad? ¿Quién fue el tonto, vuelvo a decir, que no sabe una cosa? Ningún título de hidalgo da tantos privilegios y libertades como los que gana un caballero andante. Los gana el día en que lo arman caballero. Es el día en que se entrega al duro ejercicio de la caballería. ¿Qué caballero andante pagó nunca pecho, alcabala, chapín de la reina, moneda forera, portazgo o barca? ¿Qué sastre le cobró por hacerle un vestido? ¿Qué castellano lo recibió en su castillo y le hizo pagar la cuenta? ¿Qué rey no lo sentó a su mesa? ¿Qué doncella no se enamoró de él y se le entregó rendida, a todo su gusto y voluntad? Y, en fin, ¿qué caballero andante ha habido, hay o habrá en el mundo con tan poco valor? ¿Cuál no podría dar él solo cuatrocientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan delante?

### Glosario

- **yelmo**: casco de metal de los caballeros antiguos.
- **bacía**: recipiente de metal que usaban los barberos para afeitar.
- **albarda**: silla sencilla que se pone a un burro para llevar cargas.
- **jaez**: adorno rico que se pone a un caballo.
- **asno**: burro.
- **escudero**: criado que acompañaba a un caballero.
- **barbería**: oficio y tienda del barbero.
- **se rieran**: forma del verbo «reírse».
- **cuadrillero / cuadrilla**: policía de la Santa Hermandad, que vigilaba los caminos; la cuadrilla es su grupo.
- **encantamiento**: magia que cambia las cosas o a las personas.
- **cuatrocientos**: 400.
- **carta de examen**: documento que daba permiso para trabajar en un oficio, como el de barbero.
- **morrión / celada de encaje**: clases de casco que usaban los soldados.
- **babera**: parte del casco que protege la boca y la barbilla.
- **allá van leyes...**: principio del refrán "allá van leyes do quieren reyes": los poderosos hacen lo que quieren.
- **a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga**: refrán: que cada uno disfrute lo que le ha tocado.
- **tanto monta**: da lo mismo, es igual.
- **estar hecho uva**: estar borracho.
- **la discordia del campo de Agramante**: gran pelea de un poema antiguo, en la que todos luchaban contra todos sin entenderse.
- **mandamiento**: orden escrita de un juez para detener a alguien.
- **pecho, alcabala, chapín de la reina, moneda forera, portazgo, barca**: impuestos antiguos: se pagaban al rey o por pasar caminos, puentes y ríos.

## Capítulo XLVI. De la notable aventura de los cuadrilleros, y la gran ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote

Mientras don Quijote decía esto, el cura intentaba convencer a los cuadrilleros. Les explicaba que don Quijote no estaba bien de la cabeza. Ellos mismos lo podían ver por sus obras y por sus palabras. Por eso no tenían por qué seguir adelante con aquel asunto. Porque, aunque lo detuvieran y se lo llevaran, luego tendrían que soltarlo por loco. El del mandamiento respondió que a él no le tocaba juzgar la locura de don Quijote. Él solo tenía que hacer lo que le mandaba su jefe. Y, una vez preso, que lo soltaran después trescientas veces si querían.

— Con todo eso —dijo el cura—, esta vez no os lo vais a llevar. Y, según yo entiendo, él tampoco se dejará llevar.

De hecho, el cura les dijo muchas cosas, y don Quijote hizo muchas locuras. Los cuadrilleros habrían estado más locos que él si no hubieran visto su falta de juicio. Así que decidieron calmarse. Y hasta quisieron hacer de mediadores para poner en paz al barbero y a Sancho Panza. Estos dos todavía seguían su pelea con mucho rencor. Al final, los cuadrilleros, como miembros de la justicia, hicieron de jueces en el caso. Lo hicieron de tal modo que las dos partes quedaron, si no del todo contentas, al menos algo satisfechas. Porque se cambiaron las albardas, pero no las cinchas ni las jáquimas. En cuanto al yelmo de Mambrino, el cura le dio al barbero ocho reales por la bacía. Lo hizo a escondidas, sin que don Quijote se diera cuenta. Y el barbero le firmó un papel. En él decía que había recibido el dinero. También decía que nunca diría que lo habían engañado, ni entonces «ni por siempre jamás, amén».

Así se calmaron estas dos peleas, que eran las más importantes y graves. Faltaba que los criados de don Luis aceptaran una cosa: que tres volvieran a casa. Y que el otro se quedara para acompañarlo adonde don Fernando quería llevarlo. La buena suerte ya había empezado a romper lanzas y a quitar dificultades. Lo hacía a favor de los enamorados de la venta y de sus valientes. Por eso quiso terminar su obra y dar a todo un final feliz. Porque los criados aceptaron todo lo que don Luis quería. Doña Clara se puso tan contenta que se le notaba en la cara. Cualquiera que la mirara en aquel momento veía la alegría de su alma.

Zoraida no entendía bien todo lo que había visto. Pero se ponía triste o alegre más o menos, según las caras que veía en cada uno. Sobre todo miraba la cara de su español. En él tenía siempre puestos los ojos, y de él tenía colgada el alma.

El ventero se dio cuenta del dinero que el cura le había dado al barbero. Entonces pidió que le pagaran la cuenta de don Quijote. Pidió también que le pagaran el daño de sus cueros y el vino perdido. Juró que Rocinante y el jumento de Sancho no saldrían de la venta sin pagarle antes. Quería cobrar hasta el último ardite. El cura lo calmó todo, y don Fernando pagó. El oidor también se había ofrecido a pagar, con muy buena voluntad. Todos quedaron en paz y tranquilos. Por eso la venta ya no parecía la discordia del campo de Agramante, como había dicho don Quijote. Ahora parecía la misma paz y calma del tiempo de Octaviano. Y todos opinaban lo mismo: había que dar las gracias por ello al señor cura. Él había tenido buena intención y había hablado con mucha elocuencia. Y también había que dárselas a don Fernando, por su generosidad sin igual.

Don Quijote se vio libre de tantas peleas, las de su escudero y las suyas. Entonces le pareció bien seguir el viaje que había empezado. Quería terminar aquella gran aventura para la que lo habían llamado y escogido. Así que, muy decidido, fue a ponerse de rodillas ante Dorotea. Ella no le dejó decir ni una palabra hasta que se levantara. Él, para obedecerla, se puso de pie y le dijo:

— Hay un proverbio muy conocido, fermosa señora: «la diligencia es madre de la buena ventura». La experiencia ha mostrado esto en muchas cosas graves. El que se ocupa de su asunto con cuidado gana el pleito dudoso. Pero en nada se ve más esta verdad que en la guerra. Allí la rapidez se adelanta a los planes del enemigo. Y gana la victoria antes de que el contrario se defienda. Digo todo esto, alta y preciosa señora, por una razón. Me parece que ya no ganamos nada quedándonos en este castillo. Y quizá nos haga tanto daño que algún día lo lamentemos. Porque, ¿quién sabe? Quizá vuestro enemigo el gigante ya sabe que voy a destruirlo. Puede haberlo sabido por espías secretos y rápidos. Y, si le damos tiempo, podría encerrarse en algún castillo o fortaleza imposible de conquistar. Allí valdrían poco mis esfuerzos y la fuerza de mi brazo incansable. Así que, señora mía, adelantémonos a sus planes con nuestra rapidez, como he dicho. Partamos ya, y que nos acompañe la buena suerte. Vuestra grandeza tendrá lo que desea tan pronto como yo me vea con vuestro enemigo.

Don Quijote calló y no dijo más. Y esperó muy tranquilo la respuesta de la fermosa infanta. Ella, con gestos de gran señora y al estilo de don Quijote, le respondió así:

— Os agradezco, señor caballero, el deseo que mostráis de ayudarme en mi gran pena. Así lo hace un buen caballero, porque su deber es ayudar a los huérfanos y necesitados. Quiera el cielo que vuestro deseo y el mío se cumplan. Así veréis que en el mundo hay mujeres agradecidas. Y en cuanto a mi partida, que sea en seguida. Yo no tengo más voluntad que la vuestra. Disponed de mí como os parezca y os guste. Yo os entregué una vez la defensa de mi persona. Puse en vuestras manos la recuperación de mis tierras. Por eso no voy a ir contra lo que vuestra prudencia ordene.

— A la mano de Dios —dijo don Quijote—. Ya que una señora se humilla ante mí, no quiero perder la ocasión de levantarla. La pondré en el trono que heredó. Partamos en seguida. Hay un dicho: «en la tardanza está el peligro». Ese dicho me pone espuelas en el deseo y en el camino. Ni el cielo ha creado ni el infierno ha visto a nadie que me asuste o acobarde. Así que ensilla a Rocinante, Sancho. Prepara tu jumento y el palafrén de la reina. Despidámonos del castellano y de estos señores, y vámonos de aquí ahora mismo.

Sancho estaba presente en todo. Moviendo la cabeza de un lado a otro, dijo:

— ¡Ay, señor, señor, y cómo hay más mal en el aldegüela que se suena! Con perdón de las tocadas honradas.

— ¿Qué mal puede haber en ninguna aldea, ni en todas las ciudades del mundo, que suene contra mi honra, villano? —dijo don Quijote.

— Si vuestra merced se enoja —respondió Sancho—, yo me callaré. Y dejaré de decir lo que tengo obligación de decir como buen escudero. Es lo que un buen criado debe decir a su señor.

— Di lo que quieras —replicó don Quijote—, con tal de que tus palabras no busquen darme miedo. Si tú tienes miedo, haces lo propio de quien eres. Y si yo no lo tengo, hago lo propio de quien soy.

— No es eso, ¡pecador de mí ante Dios! —respondió Sancho—. Es que yo tengo una cosa por cierta y comprobada. Esta señora que dice ser reina del gran reino Micomicón no lo es más que mi madre. Porque, si fuera lo que dice, no andaría besuqueándose con alguno de los que están en el corro. Lo hace cada vez que alguien vuelve la cabeza, y en cada rincón.

Dorotea se puso colorada al oír las palabras de Sancho. Porque era verdad que su esposo, don Fernando, alguna vez la había besado a escondidas. Así había tomado con los labios parte del premio que merecían sus deseos. Sancho lo había visto. Le pareció que aquel atrevimiento era más propio de una dama cortesana que de una gran reina. Dorotea no pudo ni quiso responder a Sancho ni una palabra. Lo dejó seguir hablando, y él dijo:

— Digo esto, señor, por una razón. Hemos andado caminos y carreteras, y hemos pasado malas noches y peores días. Al final, quizá venga otro a coger el fruto de nuestros trabajos. Será alguno que ahora se está divirtiendo en esta venta. Si es así, no hace falta darme prisa para ensillar a Rocinante. Ni para poner la albarda al jumento, ni para preparar el palafrén. Será mejor que nos quedemos quietos, y «cada puta hile, y comamos».

¡Oh, válgame Dios, qué enfado tan grande sintió don Quijote al oír las palabras groseras de su escudero! Fue tan grande que habló con la voz atropellada y la lengua tartamuda. Echaba fuego vivo por los ojos. Y dijo:

— ¡Oh, bellaco villano, maleducado, grosero, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, chismoso y malhablado! ¿Cómo te atreves a decir tales palabras delante de mí y de estas ilustres señoras? ¿Cómo te atreviste a poner tales indecencias y atrevimientos en tu confusa imaginación? ¡Vete de mi presencia, monstruo de la naturaleza, depósito de mentiras, armario de embustes, silo de bellaquerías! ¡Inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del respeto debido a las personas reales! ¡Vete! ¡No aparezcas delante de mí, si no quieres sufrir mi ira!

Al decir esto, arqueó las cejas, hinchó las mejillas y miró a todas partes. Y dio con el pie derecho una gran patada en el suelo. Todas eran señales de la ira que guardaba dentro. Al oír aquellas palabras y ver aquellos gestos furiosos, Sancho se quedó encogido y asustado. Le habría gustado que en ese momento la tierra se abriera bajo sus pies y se lo tragara. No supo qué hacer, sino darse la vuelta y quitarse de delante de su señor enfadado. Pero la discreta Dorotea ya conocía muy bien el carácter de don Quijote. Y, para calmar su ira, dijo:

— No os enfadéis, señor Caballero de la Triste Figura, por las sandeces que ha dicho vuestro buen escudero. Quizá no las dice sin motivo. Él tiene buen juicio y conciencia cristiana. No se puede sospechar que acuse a nadie en falso. Así que debemos creer una cosa, sin ninguna duda. Según decís vos, señor caballero, en este castillo todo pasa por encantamiento. Por eso podría ser que Sancho viera por ese camino diabólico lo que dice que vio. ¡Algo que tanto ofende a mi honestidad!

— Juro por Dios todopoderoso —dijo entonces don Quijote— que vuestra grandeza ha acertado. Alguna mala visión se le puso delante a este pecador de Sancho. Y le hizo ver lo que no se podría ver de ningún otro modo que por encantamiento. Yo conozco bien la bondad y la inocencia de este desdichado. Sé que no es capaz de acusar a nadie en falso.

— Así es y así será —dijo don Fernando—. Por eso vuestra merced, señor don Quijote, debe perdonarlo y devolverle su favor, sicut erat in principio. Hágalo antes de que esas visiones le hagan perder el juicio.

Don Quijote respondió que lo perdonaba. El cura fue a buscar a Sancho, que vino muy humilde. Se puso de rodillas y pidió la mano a su amo. Don Quijote se la dio y dejó que se la besara. Después le echó la bendición y dijo:

— Ahora acabarás de ver, Sancho hijo, que es verdad lo que te he dicho muchas veces. Todas las cosas de este castillo pasan por encantamiento.

— Así lo creo yo —dijo Sancho—, menos lo de la manta. Eso pasó de verdad, de la manera normal.

— No lo creas —respondió don Quijote—. Si así fuera, yo te habría vengado entonces, y te vengaría ahora. Pero ni entonces ni ahora he podido vengar tu ofensa. Ni he visto en quién vengarla.

Todos quisieron saber qué era aquello de la manta. Y el ventero lo contó todo, punto por punto: cómo Sancho Panza había volado por los aires. Todos se rieron mucho. Y Sancho se habría avergonzado mucho si su amo no le hubiera asegurado otra vez que era encantamiento. Pero la simpleza de Sancho nunca llegó a tanto. Él siempre creyó que era verdad pura y comprobada, sin ningún engaño. Lo habían manteado personas de carne y hueso. No eran fantasmas soñados ni imaginados, como creía y afirmaba su señor.

Ya hacía dos días que toda aquella ilustre compañía estaba en la venta. Les pareció que era hora de partir. Y prepararon un plan. Con el plan, Dorotea y don Fernando no tendrían que ir con don Quijote hasta su aldea. No haría falta seguir con el cuento de liberar a la reina Micomicona. Y el cura y el barbero podrían llevárselo, como deseaban. Querían intentar curar su locura en su tierra.

El plan fue este. Hablaron con un carretero de bueyes que pasaba por allí por casualidad, para que llevara a don Quijote. Lo harían de esta forma. Hicieron una especie de jaula de palos cruzados, como una reja. Era tan grande que don Quijote podía caber en ella cómodamente. Luego don Fernando y sus compañeros se cubrieron la cara y se disfrazaron. También lo hicieron los criados de don Luis, los cuadrilleros y el ventero. Todo lo hicieron por orden y consejo del cura. Cada uno se disfrazó de una manera. Así don Quijote creería que eran otras personas, distintas de las que había visto en aquel castillo.

Hecho esto, entraron en gran silencio adonde él estaba durmiendo. Descansaba de las peleas pasadas. Se acercaron a él, que dormía tranquilo, sin sospechar nada. Lo agarraron con fuerza y le ataron muy bien las manos y los pies. Cuando se despertó sobresaltado, no podía moverse. Solo podía asombrarse y quedarse quieto al ver delante caras tan extrañas. En seguida pensó lo que le mostraba su continua y loca imaginación. Creyó que todas aquellas figuras eran fantasmas de aquel castillo encantado. Y creyó que, sin ninguna duda, ya estaba encantado, porque no podía moverse ni defenderse. Todo pasó tal como lo había pensado el cura, que había inventado este plan. De todos los presentes, solo Sancho estaba con su juicio normal y con su figura de siempre. Le faltaba muy poco para tener la misma enfermedad que su amo. Aun así, reconoció a todas aquellas figuras disfrazadas. Pero no se atrevió a abrir la boca. Quería ver en qué acababa aquel ataque y prisión de su amo. Don Quijote tampoco decía nada. Esperaba ver el final de su desgracia. Y el final fue este: trajeron allí la jaula y lo encerraron dentro. Y clavaron los palos tan fuerte que no se podrían romper ni con dos tirones.

Luego lo levantaron en hombros. Al salir de la habitación, se oyó una voz que daba miedo. La hizo como mejor pudo el barbero; no el de la albarda, sino el otro. La voz decía:

— ¡Oh Caballero de la Triste Figura! No te dé pena la prisión en que vas. Porque así conviene para terminar antes la aventura en que te puso tu gran valor. La aventura terminará cuando el furioso león manchado y la blanca paloma tobosina yoguieren en uno. Será después de que bajen sus altos cuellos al suave yugo matrimoñesco. De esta unión nunca oída nacerán al mundo los bravos cachorros. Y ellos imitarán las garras rampantes de su valiente padre. Y esto será antes de que el seguidor de la fugitiva ninfa faga dos vegadas su visita. Visitará las brillantes imágenes del cielo con su curso rápido y natural. Y tú, ¡oh escudero, el más noble y obediente de todos! De todos los que tuvieron espada al cinto, barbas en la cara y olfato en la nariz. No te desanimes ni te pongas triste. Ves que se llevan así, delante de tus propios ojos, a la flor de la caballería andante. Pero pronto, si quiere el creador del mundo, te verás tan alto y tan elevado que no te conocerás. Y se cumplirán las promesas que te ha fecho tu buen señor. Y te aseguro, de parte de la sabia Mentironiana, que te pagarán tu salario, como verás en los hechos. Sigue los pasos del valiente caballero encantado, porque conviene que vayas donde paréis los dos. Y, como no me está permitido decir otra cosa, quedad con Dios. Yo me vuelvo adonde yo me sé.

Al final de la profecía, levantó mucho la voz y después la bajó. Su tono era tan tierno que hasta los que sabían la broma casi creyeron que era verdad.

Don Quijote quedó consolado con la profecía que había escuchado. Porque en seguida entendió por completo su significado. Vio que le prometían casarse, en santo y debido matrimonio, con su querida Dulcinea del Toboso. De su feliz vientre saldrían los cachorros, que eran sus hijos, para gloria eterna de la Mancha. Lo creyó firmemente. Y levantó la voz, dio un gran suspiro y dijo:

— ¡Oh tú, quienquiera que seas, que me has anunciado tanto bien! Te ruego que pidas algo de mi parte al sabio encantador que se ocupa de mis cosas. Pídele que no me deje morir en esta prisión en que ahora me llevan. Que no muera sin ver cumplidas estas promesas tan alegres y sin igual. Si es así, tendré por gloria las penas de mi cárcel. Y tendré por alivio estas cadenas que me rodean. Y este lecho en que me acuestan no será para mí un duro campo de batalla. Será una cama blanda y un tálamo feliz. En cuanto al consuelo de Sancho Panza, mi escudero, confío en su bondad y en su buen proceder. Confío en que no me dejará, ni en la buena ni en la mala suerte. Quizá, por su mala suerte o por la mía, no pueda darle la ínsula prometida. O quizá no pueda darle otra cosa de igual valor. Pero, por lo menos, su salario no se podrá perder. En mi testamento, que ya está hecho, dejo escrito lo que se le debe dar. No será lo que merecen sus muchos y buenos servicios. Será lo que yo pueda dar.

Sancho Panza se inclinó ante él con mucho respeto y le besó las dos manos. No podía besarle una sola, porque las tenía atadas juntas.

Luego aquellas visiones levantaron la jaula en hombros y la colocaron en el carro de bueyes.

### Glosario

- **cuadrilleros**: policías de la Santa Hermandad, que vigilaban los caminos.
- **mandamiento**: orden escrita de un juez para detener a alguien.
- **detuvieran**: forma del verbo «detener»: llevar preso a alguien.
- **trescientas**: 300.
- **mediadores**: personas que ayudan a dos enemigos a hacer las paces.
- **yelmo**: casco de metal de los caballeros antiguos.
- **bacía**: recipiente de metal que usaban los barberos para afeitar.
- **elocuencia**: arte de hablar bien y convencer.
- **escudero**: criado que acompañaba a un caballero.
- **encerrarse**: meterse en un sitio cerrado para defenderse.
- **incansable**: que nunca se cansa.
- **se humilla**: se baja, ponerse por debajo de otro.
- **espuelas**: piezas de metal en el talón del jinete para hacer correr al caballo; aquí: dar prisa.
- **jumento**: burro.
- **encantamiento**: magia que cambia las cosas o a las personas.
- **cinchas y jáquimas**: correas: las cinchas sujetan la albarda al animal; la jáquima se pone en la cabeza para guiarlo.
- **ardite**: moneda antigua de muy poco valor.
- **Octaviano**: emperador romano; en su tiempo hubo una paz muy larga en todo el imperio.
- **hay más mal en el aldegüela que se suena**: refrán: hay más problemas en un sitio de los que parece. "Aldegüela" es una aldea pequeña.
- **tocadas honradas**: mujeres honradas que llevan toca, un pañuelo en la cabeza.
- **dama cortesana**: mujer de vida libre, que tiene amantes.
- **cada puta hile, y comamos**: refrán grosero: que cada uno se ocupe de lo suyo, y nosotros, tranquilos.
- **infacundo**: que no sabe hablar bien.
- **sicut erat in principio**: en latín: "como era al principio".
- **yoguieren en uno**: forma antigua: estén juntos, se unan.
- **matrimoñesco**: palabra cómica inventada: del matrimonio.
- **el seguidor de la fugitiva ninfa faga dos vegadas su visita**: forma antigua de decir: antes de que el sol recorra dos veces todas las figuras de estrellas del cielo, es decir, antes de dos años.
- **tálamo**: cama de los recién casados.

## Capítulo XLVII. Del extraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos

Cuando don Quijote se vio así, enjaulado y encima del carro, dijo:

— He leído muchas historias muy serias de caballeros andantes. Pero nunca he leído, ni visto, ni oído que lleven así a los caballeros encantados. Nunca los llevan tan despacio como prometen estos animales perezosos y lentos. Porque siempre suelen llevarlos por los aires, con extraña rapidez. Van encerrados en alguna nube oscura y gris, o en algún carro de fuego. O van sobre algún hipogrifo o sobre otra bestia parecida. ¡Pero que me lleven a mí ahora en un carro de bueyes! ¡Vive Dios, que eso me confunde! Aunque quizá la caballería y los encantamientos de nuestros tiempos siguen otro camino que los antiguos. Y también podría ser otra cosa. Yo soy un caballero nuevo en el mundo. Soy el primero que ha resucitado el ejercicio ya olvidado de la caballería aventurera. Quizá por eso se han inventado también nuevas clases de encantamientos y nuevas maneras de llevar a los encantados. ¿Qué te parece esto, Sancho hijo?

— No sé qué me parece —respondió Sancho—, porque no he leído tanto como vuestra merced en las escrituras andantes. Pero, aun así, me atrevería a afirmar y jurar una cosa. Estas visiones que andan por aquí no son del todo católicas.

— ¿Católicas? ¡Padre mío! —respondió don Quijote—. ¿Cómo van a ser católicas, si todos son demonios? Han tomado cuerpos fantásticos para venir a hacer esto y a ponerme en este estado. Y si quieres ver que es verdad, tócalos y pálpalos. Verás que no tienen cuerpo, sino de aire. Verás que no son más que apariencia.

— Por Dios, señor —replicó Sancho—, ya los he tocado. Y este diablo que anda por aquí tan ocupado está gordito y lleno de carnes. Y tiene otra cualidad muy diferente de la que tienen los demonios, según he oído. Porque, según dicen, todos huelen a azufre y a otros malos olores. Pero este huele a ámbar a media legua.

Sancho decía esto por don Fernando. Como era un gran señor, debía de oler a lo que decía Sancho.

— No te asombres de eso, Sancho amigo —respondió don Quijote—. Porque te hago saber que los diablos saben mucho. Aunque lleven olores consigo, ellos no huelen nada, porque son espíritus. Y, si huelen, no pueden oler a cosas buenas, sino a cosas malas y apestosas. La razón es esta: dondequiera que están, llevan el infierno consigo. No pueden recibir ningún alivio en sus tormentos. Y el buen olor es una cosa que da placer y alegría. Por eso no es posible que huelan bien. Y si a ti te parece que ese demonio huele a ámbar, una de dos. O tú te engañas, o él quiere engañarte para que no pienses que es un demonio.

Todas estas conversaciones pasaron entre amo y criado. Don Fernando y Cardenio temieron que Sancho descubriera del todo su plan, porque ya estaba muy cerca de hacerlo. Por eso decidieron adelantar la partida. Llamaron aparte al ventero y le ordenaron ensillar a Rocinante y poner la albarda al jumento de Sancho. El ventero lo hizo muy rápido.

Mientras tanto, el cura se había puesto de acuerdo con los cuadrilleros. Ellos lo acompañarían hasta su pueblo, y él les pagaría una cantidad cada día. En la silla de Rocinante, Cardenio colgó la adarga de un lado y la bacía del otro. Por señas, mandó a Sancho que subiera en su asno y llevara a Rocinante de las riendas. Y puso a los dos cuadrilleros con sus escopetas a los dos lados del carro. Pero, antes de que el carro se moviera, salieron la ventera, su hija y Maritornes. Venían a despedirse de don Quijote y fingían que lloraban de pena por su desgracia. Don Quijote les dijo:

— No lloréis, mis buenas señoras. Todas estas desgracias van unidas al oficio que yo tengo. Si no me pasaran estas calamidades, no me consideraría un caballero andante famoso. Porque a los caballeros de poco nombre y fama nunca les pasan estas cosas. Porque nadie en el mundo se acuerda de ellos. A los valientes sí les pasan. Muchos príncipes y otros caballeros envidian su virtud y su valentía. Y buscan por malos caminos destruir a los buenos. Pero, aun así, la virtud es tan poderosa que, por sí sola, saldrá vencedora de todos los peligros. Vencerá a pesar de toda la nigromancia que supo su primer inventor, Zoroastes. Y dará luz al mundo, como el sol la da en el cielo. Perdonadme, fermosas damas, si os he fecho algún daño por descuido. Porque nunca hice daño a nadie a propósito y queriendo. Y rogad a Dios que me saque de estas prisiones, donde me ha puesto algún encantador malvado. Si me veo libre de ellas, no olvidaré los favores que me habedes fecho en este castillo. Os los agradeceré, os serviré y os los pagaré como merecen.

Mientras las damas del castillo hablaban con don Quijote, el cura y el barbero se despidieron de todos. Se despidieron de don Fernando y sus compañeros, del capitán y de su hermano. Y también de todas aquellas señoras felices, especialmente de Dorotea y Luscinda. Todos se abrazaron y quedaron en darse noticias de lo que les pasara. Don Fernando dijo al cura dónde debía escribirle para contarle qué pasaba con don Quijote. Le aseguró que nada le daría más gusto que saberlo. Y él, a su vez, le contaría todo lo que pudiera darle gusto. Le contaría su boda, el bautismo de Zoraida y lo que pasara con don Luis. Y también la vuelta de Luscinda a su casa. El cura prometió hacer todo lo que le pedía, con toda puntualidad. Se abrazaron otra vez, y otra vez se hicieron nuevas promesas.

El ventero se acercó al cura y le dio unos papeles. Le dijo que los había encontrado en el forro de la maleta donde estaba la Novela del curioso impertinente. Su dueño no había vuelto más por allí. Así que el cura podía llevárselos todos. Como el ventero no sabía leer, no los quería. El cura se lo agradeció y los abrió en seguida. Vio que al principio decía: Novela de Rinconete y Cortadillo. Por eso entendió que era una novela. Y pensó que, como la del Curioso impertinente había sido buena, esta también lo sería. Porque quizá eran todas del mismo autor. Así que la guardó, con la intención de leerla cuando tuviera tiempo.

El cura subió a caballo, y también su amigo el barbero. Llevaban sus antifaces, para que don Quijote no los reconociera en seguida. Y se pusieron a caminar detrás del carro. El orden en que iban era este. Primero iba el carro, guiado por su dueño. A los dos lados iban los cuadrilleros con sus escopetas, como se ha dicho. Luego seguía Sancho Panza sobre su asno, llevando a Rocinante de las riendas. Detrás de todo iban el cura y el barbero sobre sus fuertes mulas. Llevaban la cara cubierta, como se ha dicho, y tenían un aire serio y tranquilo. No caminaban más rápido de lo que permitía el paso lento de los bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, con las manos atadas y los pies estirados. Iba apoyado en las rejas, en silencio y con mucha paciencia. Parecía una estatua de piedra, y no un hombre de carne.

Así, despacio y en silencio, caminaron unas dos leguas. Llegaron a un valle. Al boyero le pareció un buen lugar para descansar y dar de comer a los bueyes. Se lo dijo al cura. Pero el barbero opinó que debían caminar un poco más. Porque él sabía que detrás de una cuesta cercana había otro valle. Tenía más hierba y era mucho mejor que aquel donde querían parar. Siguieron el consejo del barbero, y así continuaron su camino.

En esto, el cura volvió la cara. Vio que detrás de ellos venían unos seis o siete hombres a caballo, bien vestidos y preparados. Pronto los alcanzaron, porque no caminaban con la calma y la lentitud de los bueyes. Iban como quien monta mulas de canónigos. Y tenían ganas de llegar pronto a la venta para dormir la siesta. La venta se veía a menos de una legua de allí. Los rápidos alcanzaron a los lentos y se saludaron con cortesía. Uno de los que venían era canónigo de Toledo. Era el señor de los demás que lo acompañaban. Vio aquella ordenada procesión: el carro, los cuadrilleros, Sancho, Rocinante, el cura y el barbero. Y, sobre todo, vio a don Quijote enjaulado y preso. No pudo dejar de preguntar por qué llevaban a aquel hombre de aquella manera. Aunque, al ver las insignias de los cuadrilleros, ya imaginaba algo. Pensaba que debía de ser algún salteador peligroso. O algún otro delincuente que debía castigar la Santa Hermandad. Uno de los cuadrilleros, al que le hicieron la pregunta, respondió así:

— Señor, ¿qué significa que este caballero vaya así? Que lo diga él, porque nosotros no lo sabemos.

Don Quijote oyó la conversación y dijo:

— ¿Por casualidad vuestras mercedes, señores caballeros, son expertos en esto de la caballería andante? Porque si lo son, les contaré mis desgracias. Y si no, no hay por qué cansarme en contarlas.

En ese momento ya habían llegado el cura y el barbero. Vieron que los viajeros estaban hablando con don Quijote de la Mancha. Y se acercaron para responder de modo que no se descubriera su engaño.

El canónigo respondió a lo que había dicho don Quijote:

— La verdad, hermano, es que sé más de libros de caballerías que de las Súmulas de Villalpando. Así que, si solo es eso, podéis contarme con toda confianza lo que queráis.

— A la mano de Dios —replicó don Quijote—. Siendo así, quiero, señor caballero, que sepades una cosa. Voy encantado en esta jaula por la envidia y el engaño de malos encantadores. Porque los malos persiguen más a la virtud que la aman los buenos. Soy caballero andante. Y no de aquellos cuyos nombres nunca recordó la Fama para hacerlos eternos en su memoria. Soy de los que pondrán su nombre en el templo de la inmortalidad. Lo pondré a pesar de la misma envidia. Y a pesar de los magos que crió Persia, los bracmanes de la India y los ginosofistas de Etiopía. Mi nombre servirá de ejemplo y modelo en los siglos futuros. Allí los caballeros andantes verán los pasos que deben seguir. Los seguirán si quieren llegar a la cumbre y a la altura honrosa de las armas.

— Dice la verdad el señor don Quijote de la Mancha —dijo entonces el cura—. Va encantado en esta carreta, no por sus culpas y pecados. Va así por la mala intención de aquellos a los que enfada la virtud y enoja la valentía. Este es, señor, el Caballero de la Triste Figura, si alguna vez habéis oído hablar de él. Sus valientes hazañas y grandes hechos se escribirán en duros bronces y en mármoles eternos. Y así será por mucho que la envidia se canse en oscurecerlos y la malicia en esconderlos.

El canónigo oyó hablar así al preso y al libre, y casi se hizo la cruz del asombro. No podía entender lo que le había pasado. Y todos los que venían con él se quedaron igual de asombrados. En esto, Sancho Panza, que se había acercado a oír la conversación, quiso arreglarlo todo. Y dijo:

— Ahora, señores, quiéranme bien o quiéranme mal por lo que voy a decir. La verdad es que mi señor don Quijote va tan encantado como mi madre. Tiene todo su juicio. Come y bebe y hace sus necesidades como los demás hombres. Y como las hacía ayer, antes de que lo enjaularan. Siendo así, ¿cómo quieren hacerme creer que va encantado? Yo he oído decir a muchas personas que los encantados no comen, ni duermen, ni hablan. Y mi amo, si no lo paran, hablará más que treinta procuradores.

Y, volviéndose a mirar al cura, siguió diciendo:

— ¡Ah, señor cura, señor cura! ¿Pensaba vuestra merced que no lo conozco? ¿Pensará que no adivino adónde van estos nuevos encantamientos? Pues sepa que lo conozco, aunque se cubra la cara. Y sepa que lo entiendo, aunque disimule sus engaños. En fin, «donde reina la envidia no puede vivir la virtud, ni donde hay tacañería, la generosidad». ¡Maldito sea el diablo! Si no fuera por su reverencia, a esta hora mi señor ya estaría casado con la infanta Micomicona. Y yo sería conde, por lo menos. No se podía esperar otra cosa, por la bondad de mi señor el de la Triste Figura. Y también por la grandeza de mis servicios. Pero ya veo que es verdad lo que se dice por ahí. «La rueda de la Fortuna anda más rápido que una rueda de molino.» Y «los que ayer estaban en pinganitos hoy están por el suelo». Me da pena por mis hijos y por mi mujer. Ellos podían y debían esperar una cosa. Esperaban ver entrar a su padre por la puerta hecho gobernador o virrey de alguna ínsula o reino. Y ahora lo verán entrar hecho un mozo de caballos. Todo esto que he dicho, señor cura, es solo para pedir a su paternidad una cosa. Que piense en su conciencia en el mal trato que le dan a mi señor. Y que tenga cuidado. Quizá Dios le pida cuentas en la otra vida por esta prisión de mi amo. Y quizá le haga responsable de todas las ayudas y bienes que mi señor don Quijote no hace estando preso.

— ¡Adóbame esos candiles! —dijo entonces el barbero—. ¿También vos, Sancho, sois de la cofradía de vuestro amo? ¡Vive el Señor, que ya veo que tendréis que hacerle compañía en la jaula! Os quedaréis tan encantado como él, por lo que tenéis de su locura y de su caballería. En mal momento os empreñasteis de sus promesas. Y en mala hora se os metió en la cabeza esa ínsula que tanto deseáis.

— Yo no estoy preñado de nadie —respondió Sancho—. Ni soy hombre que se dejaría empreñar, aunque fuera por el rey. Soy pobre, pero soy cristiano viejo, y no debo nada a nadie. Y si yo deseo ínsulas, otros desean otras cosas peores. Y «cada uno es hijo de sus obras». Y, siendo hombre, puedo llegar a ser papa. ¡Cuánto más gobernador de una ínsula! Y más si mi señor puede ganar tantas que le falte a quién dárselas. Vuestra merced mire cómo habla, señor barbero. «No es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a Pedro.» Lo digo porque todos nos conocemos, y «a mí no se me ha de echar dado falso». Y en esto del encantamiento de mi amo, Dios sabe la verdad. Y dejémoslo aquí, porque «es peor meneallo».

El barbero no quiso responder a Sancho. Temía que Sancho, con sus simplezas, descubriera lo que él y el cura tanto querían esconder. Por ese mismo miedo, el cura había pedido al canónigo que se adelantaran un poco. Así le contaría el misterio del hombre enjaulado, y otras cosas que le gustarían. El canónigo lo hizo así y se adelantó con sus criados y con el cura. Escuchó con atención todo lo que el cura quiso decirle sobre don Quijote. Le habló de su carácter, su vida, su locura y sus costumbres. Le contó en pocas palabras el principio y la causa de su locura. Y le contó todo lo que le había pasado, hasta meterlo en aquella jaula. También le explicó su plan: llevarlo a su tierra, para ver si encontraban algún remedio para su locura. Los criados y el canónigo se asombraron otra vez al oír la extraña historia de don Quijote. Y, al terminar de oírla, el canónigo dijo:

— La verdad, señor cura, es que yo opino que estos libros de caballerías hacen daño a la república. He leído el principio de casi todos los que se han impreso. Me llevaba a ello un gusto ocioso y falso. Pero nunca he podido leer ninguno del principio al final. Porque me parece que todos ellos, unos más y otros menos, son la misma cosa. Este no tiene más que aquel, ni el otro más que el de más allá. Y, en mi opinión, este tipo de escritura pertenece a las fábulas que llaman milesias. Son cuentos disparatados que solo buscan divertir, y no enseñar. Lo contrario hacen las fábulas apólogas, que divierten y enseñan a la vez. Y aunque el fin principal de estos libros sea divertir, no sé cómo pueden conseguirlo. Porque están llenos de disparates enormes. El placer que siente el alma tiene que venir de la belleza y la armonía. Tiene que verlas en las cosas que le ponen delante la vista o la imaginación. Y ninguna cosa fea y desordenada nos puede dar placer. Pues, ¿qué belleza puede haber en un libro o fábula así? ¿Qué proporción puede haber entre las partes y el todo, y entre el todo y las partes? En esos libros, un muchacho de dieciséis años da un espadazo a un gigante grande como una torre. Y lo parte en dos mitades, como si fuera de alfeñique. Y nos quieren pintar una batalla. Dicen que del lado de los enemigos hay un millón de combatientes. Pero, si el héroe del libro está contra ellos, por fuerza hemos de entender una cosa, aunque nos pese. Tenemos que creer que ese caballero ganó la victoria solo con el valor de su fuerte brazo. ¿Y qué diremos de una reina o emperatriz heredera? ¡Con qué facilidad se echa en los brazos de un caballero andante desconocido! ¿Qué mente, si no es del todo bárbara e inculta, puede contentarse con leer esto? Una gran torre llena de caballeros va por el mar, como un barco con buen viento. Hoy anochece en Lombardía y mañana amanece en tierras del Preste Juan de las Indias. O en otras tierras que nunca descubrió Tolomeo ni vio Marco Polo. Quizá alguien me responda que los autores de estos libros los escriben como mentiras. Y que por eso no tienen que fijarse en detalles ni en verdades. Yo les respondería que la mentira es mejor cuanto más parece verdad. Y gusta más cuanto más tiene de dudoso y de posible. Las fábulas inventadas tienen que adaptarse a la inteligencia de quien las lee. Deben escribirse de manera que hagan fáciles los imposibles y acerquen las cosas grandes. Deben tener al lector en suspenso. Así las fábulas admiran, sorprenden, alegran y entretienen. Y así van juntas, al mismo paso, la admiración y la alegría. Y todo esto no lo podrá hacer quien huya de la verosimilitud y de la imitación de la realidad. En ellas está la perfección de lo que se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que forme un cuerpo de fábula entero, con todos sus miembros. En un buen libro el medio corresponde al principio, y el final al principio y al medio. Pero estos libros tienen tantos miembros que parecen querer formar una quimera o un monstruo. No parecen querer hacer una figura bien proporcionada. Además de esto, tienen un estilo duro. Sus hazañas son increíbles; sus amores, lascivos; sus cortesías, groseras. Son largos en las batallas, tontos en las conversaciones y disparatados en los viajes. Y, en fin, no tienen ningún arte inteligente. Por eso merecen ser expulsados de la república cristiana, como gente inútil.

El cura lo escuchó con mucha atención. Le pareció un hombre inteligente, y pensó que tenía razón en todo lo que decía. Así que le dijo que él opinaba lo mismo. Él también tenía manía a los libros de caballerías. Por eso había quemado todos los de don Quijote, que eran muchos. Y le contó el examen que había hecho de ellos. Le dijo cuáles había condenado al fuego y cuáles había dejado con vida. El canónigo se rió bastante de esto. Y dijo que había hablado muy mal de esos libros. Aun así, encontraba en ellos una cosa buena. Era el tema que ofrecían para que un buen escritor pudiera mostrar su talento. Porque daban un campo largo y ancho por donde la pluma podía correr libremente. Podía contar naufragios, tormentas, encuentros y batallas. Podía pintar un capitán valiente con todas las cualidades necesarias. Lo mostraría prudente, adelantándose a los engaños de sus enemigos. Lo mostraría como un orador elocuente, que convence a sus soldados para hacer algo o para no hacerlo. Sería maduro en el consejo y rápido en las decisiones. Y sería tan valiente al esperar como al atacar. El escritor podía pintar unas veces un suceso triste y trágico. Otras veces, un acontecimiento alegre e inesperado. Aquí, una dama bellísima, honesta, discreta y prudente. Allí, un caballero cristiano, valiente y educado. Allá, un bárbaro fanfarrón y salvaje. Acá, un príncipe cortés, valiente y respetuoso. Podía mostrar la bondad y la lealtad de los vasallos, y la grandeza y generosidad de los señores. Podía mostrarse unas veces astrólogo, otras veces excelente cosmógrafo, o músico, o experto en asuntos de estado. Y quizá tendría ocasión de mostrarse nigromante, si quería. Podía mostrar la astucia de Ulises, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles y las desgracias de Héctor. Y también las traiciones de Sinón, la amistad de Eurialo, la generosidad de Alejandro y el valor de César. Y la clemencia y la verdad de Trajano, la fidelidad de Zopiro y la prudencia de Catón. En fin, podía mostrar todas las acciones que hacen perfecto a un hombre ilustre. Unas veces las pondría todas en uno solo. Otras veces las repartiría entre muchos.

— Y todo esto debe hacerse con un estilo agradable y una invención ingeniosa. Esa invención debe acercarse lo más posible a la verdad. Si se hace así, sin duda el autor tejerá una tela de lazos variados y hermosos. Cuando esté terminada, mostrará tanta perfección y belleza que conseguirá el mejor fin de lo que se escribe. Ese fin es enseñar y divertir a la vez, como ya he dicho. Porque la escritura libre de estos libros permite que el autor se muestre épico, lírico, trágico y cómico. Puede usar todas las partes que tienen las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y la oratoria. Porque la épica también puede escribirse en prosa, igual que en verso.

### Glosario

- **enjaulado**: metido en una jaula.
- **resucitado**: vuelto a la vida.
- **caballería aventurera**: la vida de los caballeros que buscan aventuras.
- **encantamientos**: magias que cambian las cosas o a las personas.
- **tócalos**: pon la mano sobre ellos (del verbo «tocar»).
- **replicó**: respondió.
- **apestosas**: que huelen muy mal.
- **cuadrilleros**: policías de la Santa Hermandad, que vigilaban los caminos.
- **asno**: burro.
- **despidieron**: forma del verbo «despedirse»: decir adiós.
- **canónigo**: sacerdote de una catedral.
- **ínsula**: isla (palabra de los libros de caballerías).
- **divertir**: entretener, dar placer.
- **fábula**: cuento inventado.
- **hipogrifo**: animal fantástico que vuela: mitad caballo y mitad águila.
- **ámbar**: perfume caro, de olor muy agradable.
- **nigromancia / nigromante**: magia negra / mago que dice hablar con los muertos.
- **antifaz**: máscara que cubre la parte de la cara alrededor de los ojos.
- **boyero**: hombre que guía y cuida los bueyes.
- **mulas de canónigos**: mulas buenas y rápidas, como las que usaban los canónigos ricos.
- **Súmulas de Villalpando**: libro de lógica que estudiaban los estudiantes de la universidad.
- **procurador**: persona que habla en los juicios en nombre de otra.
- **estar en pinganitos**: estar en una situación alta y buena.
- **¡Adóbame esos candiles!**: expresión de sorpresa y burla, como "¡lo que faltaba!".
- **empreñarse de promesas**: llenarse la cabeza de promesas; Sancho lo entiende como "quedarse embarazado".
- **algo va de Pedro a Pedro**: refrán: no todas las personas son iguales, aunque se parezcan.
- **echar dado falso**: engañar a alguien.
- **es peor meneallo**: es mejor no hablar más de eso.
- **fábulas milesias / fábulas apólogas**: cuentos que solo divierten / cuentos que divierten y además enseñan.
- **alfeñique**: dulce de azúcar muy frágil.
- **verosimilitud**: cualidad de parecer verdad.

## Capítulo XLVIII. Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio

— Es como vuestra merced dice, señor canónigo —dijo el cura—. Por eso merecen todavía más críticas los que hasta ahora han escrito esos libros. Los escribieron sin pensar bien, y sin seguir el arte y las reglas. Con esas reglas habrían podido guiarse y hacerse famosos en prosa. Así son famosos en verso los dos príncipes de la poesía griega y latina.

— Yo, por lo menos —replicó el canónigo—, he tenido la tentación de escribir un libro de caballerías. Quería seguir en él todas las reglas que he explicado. Y, si tengo que confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas. Quise probar si eran tan buenas como yo pensaba. Por eso se las enseñé a hombres sabios e inteligentes, a los que les gustan mucho estas historias. Y también a otros ignorantes, que solo buscan el gusto de oír disparates. Y a todos les gustaron. Pero, aun así, no he seguido adelante. Por una parte, me parece que es algo ajeno a mi profesión. Por otra, veo que hay más tontos que sabios. Es mejor que te alaben unos pocos sabios que se burlen de ti muchos tontos. Por eso no quiero someterme al juicio confuso del vulgo vanidoso, que es quien más lee estos libros. Pero lo que más me hizo dejarlo, y hasta olvidar la idea de terminarlo, fue un argumento. Lo pensé yo mismo, a partir de las comedias que se representan ahora. Me dije: “Las comedias de ahora, tanto las inventadas como las de historia, son casi todas disparates conocidos. No tienen pies ni cabeza. Y, sin embargo, el vulgo las oye con gusto y las aprueba como buenas. Y están muy lejos de serlo. Los autores que las escriben y los actores que las representan dicen que así deben ser. Dicen que así las quiere el vulgo, y no de otra manera. Dicen que las comedias bien construidas, que siguen el arte, solo sirven para cuatro personas inteligentes que las entienden. Todos los demás se quedan sin entender su arte. Y dicen que prefieren ganarse el pan con los muchos antes que la buena opinión de los pocos. Pues lo mismo pasará con mi libro. Me quemaré las cejas estudiando para seguir esas reglas, y acabaré como el sastre del cantillo”. Algunas veces he intentado convencer a los actores de que se equivocan con esa opinión. Les digo que atraerían a más gente y ganarían más fama con comedias que sigan el arte. Mucho más que con las disparatadas. Pero están tan agarrados a su opinión que ninguna razón ni prueba los saca de ella. Me acuerdo de que un día le dije a uno de estos testarudos: “Decidme, ¿no os acordáis de unas tragedias que se representaron en España hace pocos años? Eran tres, y las escribió un famoso poeta de estos reinos. Eran tan buenas que asombraron, alegraron y emocionaron a todos los que las oyeron. Gustaron a simples y a sabios, al pueblo y a la gente escogida. Y esas tres solas dieron más dinero a los actores que treinta de las mejores hechas después”. “Sin duda —respondió aquel hombre—, vuestra merced debe de hablar de La Isabela, La Filis y La Alejandra”. “De esas hablo —le contesté yo—. Y mirad si seguían bien las reglas del arte. Y, por seguirlas, no dejaron de ser lo que eran ni de gustar a todo el mundo. Así que la culpa no está en el pueblo, que pide disparates. Está en los que no saben representar otra cosa. Porque no fue un disparate La ingratitud vengada, ni lo fue La Numancia. Tampoco lo hubo en El mercader amante, ni mucho menos en La enemiga favorable. Ni en algunas otras que han escrito algunos poetas inteligentes. Les dieron fama y nombre a ellos, y ganancias a los que las representaron”. Y le añadí otras cosas. Creo que con ellas lo dejé algo confuso. Pero no lo dejé satisfecho ni convencido, ni lo saqué de su error.

— Vuestra merced ha tocado un tema, señor canónigo —dijo entonces el cura—. Ese tema ha despertado en mí un viejo rencor. Es el que tengo contra las comedias de ahora. Y es tan grande como el que tengo contra los libros de caballerías. Según Tulio, la comedia debe ser espejo de la vida humana. Debe ser ejemplo de las costumbres e imagen de la verdad. Pero las que se representan ahora son espejos de disparates, ejemplos de tonterías e imágenes de lascivia. Porque, ¿qué mayor disparate puede haber en este asunto? En la primera escena del primer acto sale un niño en pañales. ¡Y en la segunda sale ya hecho un hombre con barba! ¿Y qué mayor disparate que pintarnos un viejo valiente y un joven cobarde? ¿O un lacayo que habla como un orador y un paje que da consejos? ¿O un rey que es mozo de carga y una princesa fregona? ¿Y qué diré del respeto que tienen al tiempo en que pasa lo que representan? Solo puedo decir que he visto una comedia que empezó su primer acto en Europa. El segundo fue en Asia y el tercero terminó en África. Y, si hubiera tenido cuatro actos, el cuarto habría terminado en América. Así se habría hecho en las cuatro partes del mundo. Se supone que lo principal de la comedia es la imitación de la realidad. Entonces, ¿cómo puede contentar a nadie de mediana inteligencia lo que voy a decir? Una comedia cuenta una acción que pasa en tiempos del rey Pepino y de Carlomagno. Y al protagonista le hacen ser el emperador Heraclio, que entró con la Cruz en Jerusalén. Y también el que ganó la Casa Santa, como Godofre de Bullón. ¡Y entre una cosa y otra hay muchísimos años! La comedia se basa en algo inventado, y le mezclan verdades de la historia. Y le añaden trozos de otras historias de personas y tiempos diferentes. Y no lo hacen de manera creíble, sino con errores evidentes que no tienen ninguna excusa. Y lo malo es que hay ignorantes que dicen que esto es lo perfecto. Dicen que lo demás es buscar delicadezas inútiles. ¿Y qué pasa si hablamos de las comedias religiosas? ¡Cuántos milagros falsos inventan en ellas! ¡Cuántas cosas falsas y mal entendidas! Dan a un santo los milagros de otro. Y hasta en las comedias no religiosas se atreven a hacer milagros. Solo piensan que allí quedará bien el milagro, o la «apariencia», como ellos la llaman. Así la gente ignorante se asombra y viene a la comedia. Todo esto va contra la verdad y daña a la historia. Y hasta es una vergüenza para los ingenios españoles. Porque los extranjeros siguen con mucho cuidado las leyes de la comedia. Y, al ver los absurdos y disparates de las nuestras, nos tienen por bárbaros e ignorantes. Y no sería bastante excusa decir otra cosa. Alguien podría decir que las repúblicas bien ordenadas permiten las comedias públicas por una razón. Quieren entretener a la gente con alguna diversión honesta. Y quieren apartarla a veces de los malos humores que suele traer el no hacer nada. Y como esto se consigue con cualquier comedia, buena o mala, no hace falta poner leyes. No hace falta obligar a los autores y actores a hacerlas como deben hacerse. Porque, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que se busca. A esto yo respondería que ese fin se conseguiría muchísimo mejor con las comedias buenas que con las malas. Porque, después de oír una comedia bien hecha y ordenada, el oyente saldría alegre con las bromas. Saldría enseñado con las partes serias y admirado de los sucesos. Saldría más inteligente con las razones y advertido con los engaños. Saldría más listo con los ejemplos, enfadado contra el vicio y enamorado de la virtud. Todos estos sentimientos debe despertar la buena comedia en quien la escuche, por rústico y torpe que sea. Y es completamente imposible que una comedia con todas estas partes no alegre, entretenga, satisfaga y contente. Lo hará mucho más que otra que no las tenga. Y casi todas las que se representan ahora no las tienen. Y la culpa de esto no la tienen los poetas que las escriben. Porque algunos de ellos saben muy bien en qué se equivocan y saben perfectamente lo que deben hacer. Pero las comedias se han convertido en una mercancía que se vende. Por eso los poetas dicen, con verdad, que los actores no se las comprarían de otra clase. Por eso el poeta intenta adaptarse a lo que le pide el actor que le va a pagar su obra. Y que esto es verdad se ve en las muchísimas comedias de un ingenio felicísimo de estos reinos. Las ha escrito con mucha gracia, con mucho encanto y con versos muy elegantes. Tienen buenas razones, frases muy serias y, en fin, un estilo muy rico y elevado. Por eso su fama llena el mundo. Pero, por querer adaptarse al gusto de los actores, no todas han llegado a la perfección que necesitan. Solo algunas lo han conseguido. Otros autores las escriben sin pensar en lo que hacen. Lo hacen tan sin cuidado que, después de representarlas, los actores tienen que huir y esconderse. Tienen miedo de que los castiguen, como ha pasado muchas veces. Los castigan por representar cosas que ofenden a algunos reyes y deshonran a algunas familias. Todos estos problemas se acabarían, y muchos otros que no digo, con una solución. En la Corte debería haber una persona inteligente y sensata que examinara todas las comedias antes de representarlas. No solo las que se hicieran en la Corte, sino todas las que se quisieran representar en España. Sin su aprobación, su sello y su firma, ningún juez de ningún lugar dejaría representar ninguna comedia. Así, los actores tendrían cuidado de enviar las comedias a la Corte. Y después podrían representarlas con seguridad. Y los que las escriben mirarían con más cuidado y estudio lo que hacen. Tendrían miedo de que sus obras pasaran por el examen riguroso de alguien que entiende. Así se harían buenas comedias y se conseguiría muy bien lo que se busca con ellas. Se conseguiría el entretenimiento del pueblo y la buena fama de los ingenios de España. También la ganancia y la seguridad de los actores, y no haría falta preocuparse de castigarlos. Y se podría encargar a otro, o a este mismo, examinar los nuevos libros de caballerías. Si se hiciera así, sin duda podrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho. Enriquecerían nuestra lengua con el agradable y precioso tesoro de la elocuencia. Y harían que los libros viejos se oscurecieran ante la luz de los nuevos. Servirían de pasatiempo honesto, no solo para la gente ociosa, sino también para la más ocupada. Porque no es posible que el arco esté siempre tenso. Y la naturaleza débil del hombre no puede aguantar sin alguna diversión permitida.

A este punto de su conversación llegaban el canónigo y el cura cuando el barbero se adelantó. Llegó hasta ellos y dijo al cura:

— Este, señor licenciado, es el lugar que dije. Es bueno para que nosotros durmamos la siesta y los bueyes tengan pasto fresco y abundante.

— Así me lo parece a mí —respondió el cura.

El cura dijo al canónigo lo que pensaba hacer. Y el canónigo también quiso quedarse con ellos, atraído por un hermoso valle que tenían a la vista. Quería disfrutar del valle y de la conversación del cura, que ya le caía muy bien. Y quería saber con más detalle las hazañas de don Quijote. Por eso mandó a algunos de sus criados que fueran a la venta, que no estaba lejos. Debían traer de allí comida para todos, porque él había decidido dormir la siesta en aquel lugar esa tarde. Uno de sus criados respondió que la acémila con las provisiones ya debía de estar en la venta. Traía comida suficiente. Así que de la venta solo tendrían que tomar cebada.

— Pues si es así —dijo el canónigo—, llevad allá todas las cabalgaduras, y haced volver la acémila.

Mientras pasaba esto, Sancho vio que podía hablar con su amo sin la presencia del cura y del barbero. Los dos le parecían sospechosos. Así que se acercó a la jaula donde iba su amo y le dijo:

— Señor, para quedarme con la conciencia tranquila, le quiero decir lo que pasa con su encantamiento. Estos dos que vienen aquí con la cara cubierta son el cura y el barbero de nuestro pueblo. Y me imagino que han inventado este plan de llevarlo así por pura envidia. Envidian que vuestra merced les gane en hacer hechos famosos. Siendo esto verdad, se sigue que vuestra merced no va encantado, sino embaído y tonto. Para probarlo, le quiero preguntar una cosa. Si me responde como creo que me va a responder, tocará este engaño con la mano. Y verá que no va encantado, sino con el juicio trastornado.

— Pregunta lo que quieras, Sancho hijo —respondió don Quijote—. Yo te contestaré y te responderé a tu gusto. Dices que esos que van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros paisanos y conocidos. Bien puede ser que parezca que son ellos mismos. Pero no creas de ninguna manera que lo son de verdad. Lo que debes creer y entender es otra cosa. Si se parecen a ellos, como dices, será porque los que me han encantado han tomado esa apariencia. Para los encantadores es fácil tomar la figura que quieren. Habrán tomado la de nuestros amigos para que tú pienses lo que piensas. Así te meten en un laberinto de imaginaciones. No podrás salir de él, aunque tuvieras la cuerda de Teseo. Y también lo habrán hecho para que yo dude y no sepa de dónde me viene este daño. Por una parte, tú me dices que me acompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo. Por otra parte, yo me veo enjaulado. Y sé que ninguna fuerza humana, si no fuera sobrenatural, bastaría para enjaularme. Entonces, ¿qué quieres que diga o piense? Solo puedo pensar que mi encantamiento es más extraño que todos los que he leído. Los he leído en todas las historias de caballeros andantes que han sido encantados. Así que puedes quedarte tranquilo en esto de creer que son los que dices. Porque «así son ellos como yo soy turco». Y, en cuanto a lo que quieres preguntarme, pregunta. Yo te responderé, aunque me preguntes desde hoy hasta mañana.

— ¡Válgame Nuestra Señora! —respondió Sancho, dando una gran voz—. ¿Es posible que vuestra merced tenga la cabeza tan dura y tan poco seso? ¿No ve que lo que le digo es pura verdad? ¿No ve que en esta prisión y desgracia tiene más parte la malicia que el encantamiento? Pero, ya que es así, le quiero probar claramente que no va encantado. Si no, dígame... Así Dios lo saque de esta tormenta. Y así se vea en los brazos de mi señora Dulcinea cuando menos lo piense...

— Acaba ya de conjurarme —dijo don Quijote— y pregunta lo que quieras. Ya te he dicho que te responderé con toda exactitud.

— Eso pido —replicó Sancho—. Y lo que quiero saber es esto. Quiero que me diga la verdad, sin añadir ni quitar nada. Toda la verdad, como se espera que la digan, y como la dicen, todos los que siguen las armas. Como las sigue vuestra merced, con el título de caballero andante...

— Digo que no mentiré en nada —respondió don Quijote—. Acaba ya de preguntar. De verdad que me cansas con tantos rodeos, ruegos y preparativos, Sancho.

— Digo que estoy seguro de la bondad y la sinceridad de mi amo. Y así, porque importa para nuestro asunto, le pregunto una cosa con todo respeto. Vuestra merced va enjaulado y, según cree, encantado en esta jaula. Desde entonces, ¿le han venido ganas de hacer aguas mayores o menores, como suele decirse?

— No entiendo eso de hacer aguas, Sancho. Explícate mejor, si quieres que te responda bien.

— ¿Es posible que vuestra merced no entienda eso de hacer aguas menores o mayores? ¡Pero si eso lo saben los niños de la escuela desde que los destetan! Pues sepa que quiero decir si le han venido ganas de hacer lo que no se puede evitar.

— ¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces. Y ahora mismo tengo ganas. ¡Sácame de este peligro, que no anda todo limpio!

### Glosario

- **vulgo**: la gente común, el pueblo.
- **no tener pies ni cabeza**: no tener sentido ni orden.
- **quemarse las cejas**: estudiar o trabajar muchísimo.
- **el sastre del cantillo**: refrán: el sastre que cosía gratis y además ponía el hilo; trabajar para nada.
- **Tulio**: Cicerón, gran escritor y orador romano.
- **lacayo / fregona**: criado que acompaña a su señor / criada que friega y limpia la casa.
- **apariencia**: en el teatro de entonces, efecto para mostrar un milagro o algo maravilloso.
- **no es posible que el arco esté siempre tenso**: nadie puede trabajar siempre; todos necesitan descansar y divertirse.
- **acémila**: mula que lleva la carga.
- **embaído**: engañado.
- **así son ellos como yo soy turco**: de ninguna manera son ellos.
- **la cuerda de Teseo**: el hilo que ayudó al héroe Teseo a salir del laberinto.
- **hacer aguas mayores o menores**: ir al baño (forma educada).

## Capítulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote

— ¡Ah! —dijo Sancho—. ¡Ya le he cogido! Esto es lo que yo deseaba saber con toda mi alma y toda mi vida. Venga acá, señor. ¿Puede negar lo que la gente suele decir cuando una persona está de mal humor? Dicen: "No sé qué tiene fulano. Ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde bien a lo que le preguntan. Parece que está encantado". De aquí se saca una cosa: están encantados los que no comen, ni beben, ni duermen. Tampoco hacen las otras cosas naturales que yo digo. Pero no están encantados los que tienen las ganas que tiene vuestra merced. Vuestra merced bebe cuando le dan, come cuando tiene comida y responde a todo lo que le preguntan.

— Dices la verdad, Sancho —respondió don Quijote—. Pero ya te he dicho que hay muchas clases de encantamientos. Puede ser que con el tiempo hayan cambiado unos por otros. Quizá ahora se usa que los encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hacían. Así que no se puede discutir contra las costumbres de cada tiempo, ni sacar conclusiones. Yo sé y creo que voy encantado, y esto me basta para tener tranquila la conciencia. Mi conciencia sufriría mucho si yo pensara que no estaba encantado y me quedara en esta jaula. Sería un perezoso y un cobarde. Y negaría mi ayuda a muchos pobres y necesitados. Ellos, en este mismo momento, deben de tener urgente necesidad de mi ayuda y protección.

— Pues, con todo eso —replicó Sancho—, digo que sería bueno probar otra cosa, para estar más seguros y contentos. Vuestra merced podría intentar salir de esta cárcel. Yo me comprometo con todas mis fuerzas a ayudarle, y hasta a sacarle de ella. Después podría probar a subir otra vez sobre su buen Rocinante. Él también parece encantado, por lo triste y melancólico que va. Hecho esto, probaríamos otra vez la suerte de buscar más aventuras. Si no nos sale bien, tendremos tiempo de volver a la jaula. Y le prometo, como buen y leal escudero, encerrarme en ella junto con vuestra merced. Eso, si vuestra merced tiene tan mala suerte, o yo soy tan simple, que no consigo lo que digo.

— Estoy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano —replicó don Quijote—. Cuando veas la ocasión de ponerme en libertad, te obedeceré en todo. Pero tú, Sancho, verás cómo te equivocas sobre mi desgracia.

Con estas conversaciones se entretuvieron el caballero andante y el mal andante escudero. Así llegaron al sitio donde los esperaban el cura, el canónigo y el barbero. Ellos ya habían bajado de sus mulas. Luego el boyero quitó el yugo a los bueyes de la carreta. Los dejó andar libres por aquel lugar verde y tranquilo. Su frescura invitaba a disfrutarla. No invitaba a personas tan encantadas como don Quijote, sino a personas tan listas y discretas como su escudero. Sancho pidió al cura que dejara salir a su señor de la jaula por un rato. Porque, si no le dejaban salir, aquella prisión no iba a estar muy limpia. Y eso no era decente para un caballero como su amo. El cura le entendió. Dijo que lo haría con mucho gusto, pero tenía miedo. Temía que su señor, al verse libre, hiciera de las suyas. Y que se fuera adonde nadie le viera nunca más.

— Yo respondo de que no se escapará —respondió Sancho.

— Y yo también —dijo el canónigo—, sobre todo si él me da su palabra de caballero. Debe prometer que no se apartará de nosotros hasta que nosotros queramos.

— Sí, la doy —respondió don Quijote, que lo estaba escuchando todo—. Además, el que está encantado, como yo, no es libre de hacer lo que quiera con su persona. El que le encantó puede hacer que no se mueva de un lugar en tres siglos. Y si ha huido, le hará volver por el aire.

Y añadió que, siendo así, bien podían soltarle, sobre todo porque era bueno para todos. Si no le soltaban, les avisaba de una cosa. No podría evitar molestarles la nariz, si no se alejaban de allí.

El canónigo le tomó la mano, aunque las tenía atadas. Confiando en su buena fe y en su palabra, le sacaron de la jaula. Don Quijote se alegró muchísimo de verse fuera. Lo primero que hizo fue estirar todo el cuerpo. Luego fue adonde estaba Rocinante, le dio dos palmadas en las ancas y dijo:

— ¡Oh flor y espejo de los caballos! Todavía tengo esperanza en Dios y en su bendita Madre. Pronto nos veremos los dos como deseamos. Tú llevarás a tu señor encima. Y yo, sobre ti, haré el oficio para el que Dios me trajo al mundo.

Y, diciendo esto, don Quijote se fue con Sancho a un sitio apartado. Volvió de allí más aliviado, y con más ganas de hacer lo que su escudero ordenara.

El canónigo lo miraba. Se admiraba de ver lo extraña que era su gran locura. Y se admiraba de que, cuando hablaba y respondía, mostraba tener muy buena inteligencia. Solamente perdía los estribos, como ya se ha dicho otras veces, cuando le hablaban de caballería. Por eso, movido por la compasión, le habló cuando todos se sentaron en la hierba verde. Esperaban allí la comida del canónigo. Le dijo:

— ¿Es posible, señor hidalgo, que la amarga y ociosa lectura de los libros de caballerías le haya hecho tanto daño? ¿Es posible que le haya trastornado el juicio de esta manera? Ahora cree que va encantado, y cree otras cosas de este tipo. Y esas cosas están tan lejos de ser verdad como la mentira misma. ¿Cómo puede un entendimiento humano creer que en el mundo hubo todo aquello? Me refiero a esa infinidad de Amadises y a ese montón de caballeros famosos. Tanto emperador de Trapisonda, tanto Felixmarte de Hircania, tanto palafrén, tanta doncella andante. Tantas sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas aventuras nunca oídas. Tantas clases de encantamientos, tantas batallas, tantos encuentros violentos, tantos trajes extravagantes. Tantas princesas enamoradas, tantos escuderos convertidos en condes, tantos enanos graciosos. Tanta carta de amor, tanto piropo, tantas mujeres valientes. Y, en fin, tantos casos absurdos como tienen los libros de caballerías. Yo, cuando los leo, siento algún gusto mientras no pienso que todo es mentira y tontería. Pero cuando me doy cuenta de lo que son, tiro el mejor de ellos contra la pared. Y hasta lo tiraría al fuego, si lo tuviera cerca. Merecen ese castigo porque son falsos y mentirosos. Están fuera de lo que pide la naturaleza común. Son como inventores de nuevas sectas y de una nueva manera de vivir. Además, hacen que la gente ignorante crea como verdaderas todas sus tonterías. Y son tan atrevidos que hasta trastornan la cabeza de los hidalgos discretos y bien nacidos. Esto se ve bien en lo que han hecho con vuestra merced. Le han llevado a tal punto que es necesario encerrarle en una jaula. Y hay que llevarle de lugar en lugar en un carro de bueyes. Es como quien lleva un león o un tigre para ganar dinero, dejando que la gente lo vea. ¡Vamos, señor don Quijote, tenga compasión de sí mismo! Vuelva al grupo de los sensatos. Sepa usar el mucho juicio que el cielo le quiso dar. Emplee el felicísimo talento de su mente en otra lectura. Que sea una lectura útil para su conciencia y que aumente su honra. Puede que todavía, por su inclinación natural, quiera leer libros de hazañas y de caballerías. Entonces lea en la Sagrada Escritura el libro de los Jueces. Allí encontrará grandes verdades y hechos tan verdaderos como valientes. Lusitania tuvo un Viriato; Roma, un César; Cartago, un Aníbal; Grecia, un Alejandro. Castilla tuvo un conde Fernán González; Valencia, un Cid; Andalucía, un Gonzalo Fernández. Extremadura tuvo un Diego García de Paredes; Jerez, un Garci Pérez de Vargas. Toledo tuvo un Garcilaso; Sevilla, un don Manuel de León. Leer sus hechos valientes puede entretener, enseñar, alegrar y asombrar a las mentes más altas. Esta sí será una lectura digna del buen entendimiento de vuestra merced, mi señor don Quijote. Con ella saldrá sabio en historia, enamorado de la virtud, instruido en la bondad y mejor en sus costumbres. Será valiente sin locura y atrevido sin cobardía. Y todo esto será para honra de Dios, provecho suyo y fama de la Mancha. Porque, según he sabido, vuestra merced tiene allí su principio y origen.

Don Quijote escuchó con muchísima atención las razones del canónigo. Cuando vio que había terminado, se quedó un buen rato mirándole. Después le dijo:

— Me parece, señor hidalgo, que vuestra merced quiere hacerme entender varias cosas. Quiere decir que no ha habido caballeros andantes en el mundo. Y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañinos e inútiles para la república. Y que yo he hecho mal en leerlos, peor en creerlos y todavía peor en imitarlos. Porque me he puesto a seguir la durísima profesión de la caballería andante, que ellos enseñan. Vuestra merced me niega que haya habido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia. Y niega también a todos los otros caballeros de los que están llenos los libros.

— Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va contando —dijo entonces el canónigo.

A esto respondió don Quijote:

— Vuestra merced añadió algo más. Dijo que esos libros me habían hecho mucho daño. Me habían trastornado el juicio y me habían metido en una jaula. Y dijo que sería mejor para mí corregirme y cambiar de lectura. Debería leer otros libros más verdaderos, que alegran y enseñan mejor.

— Así es —dijo el canónigo.

— Pues yo —replicó don Quijote— creo que el loco y el encantado es vuestra merced. Porque ha dicho tantas blasfemias contra una cosa tan aceptada en el mundo y tenida por tan verdadera... Quien la niega, como hace vuestra merced, merece el mismo castigo que, según dice, vuestra merced da a los libros. Me refiero al castigo que les da cuando los lee y le enfadan. Querer hacer creer que Amadís no existió es como querer convencer de que el sol no alumbra. Es lo mismo que decir que el hielo no enfría y que la tierra no nos sostiene. Y lo mismo pasa con todos los otros caballeros aventureros que llenan las historias. ¿Qué ingenio del mundo podría convencer a alguien de esto? ¿De que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoña? ¿O lo de Fierabrás en el puente de Mantible, que ocurrió en tiempos de Carlomagno? ¡Juro que eso es tan verdad como que ahora es de día! Y si es mentira, también será mentira que hubo un Héctor, un Aquiles y una guerra de Troya. También serán mentira los Doce Pares de Francia. Y también el rey Artús de Inglaterra, que todavía anda convertido en cuervo. En su reino lo esperan en cualquier momento. También se atreverán a decir que es mentira la historia de Guarino Mezquino. Y la de la búsqueda del Santo Grial. Y dirán que son falsos los amores de don Tristán y la reina Iseo. Y también los de Ginebra y Lanzarote. Y eso que hay personas que casi recuerdan haber visto a la dueña Quintañona. Ella fue la mejor sirviendo vino que tuvo la Gran Bretaña. Y esto es tan cierto que me acuerdo de una abuela mía, por parte de mi padre. Cuando veía a alguna dueña con tocas de respeto, me decía: "Aquélla, nieto, se parece a la dueña Quintañona". De aquí saco que mi abuela debió de conocerla. O, por lo menos, debió de llegar a ver algún retrato suyo. Pues, ¿quién podrá negar que es verdadera la historia de Pierres y la linda Magalona? Porque todavía hoy se ve en la armería de los reyes la clavija del caballo de madera. Con ella se movía aquel caballo, y sobre él volaba por los aires el valiente Pierres. Y la clavija es un poco mayor que el timón de una carreta. Junto a la clavija está la silla de Babieca. Y en Roncesvalles está el cuerno de Roldán, tan grande como una viga gruesa. De aquí se saca que hubo Doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides y otros caballeros parecidos,

de estos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.

Si no, que me digan también que no fue caballero andante el valiente portugués Juan de Merlo. Él fue a Borgoña y luchó en la ciudad de Ras con el famoso señor de Charní. Este señor se llamaba mosén Pierres. Después luchó en la ciudad de Basilea con mosén Enrique de Remestán. Salió vencedor de las dos empresas, lleno de fama y de honra. Que me nieguen también las aventuras y desafíos de los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada. Yo desciendo de la familia de Gutierre Quijada por línea directa de varón. Ellos también acabaron aventuras en Borgoña y vencieron a los hijos del conde de San Polo. Que me nieguen que don Fernando de Guevara fue a buscar aventuras a Alemania. Allí luchó con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria. Que digan que fueron una burla las justas de Suero de Quiñones, el del Paso. Y las empresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmán, caballero castellano. Y muchas otras hazañas de caballeros cristianos, de estos reinos y de los extranjeros. Todas son tan auténticas y verdaderas que lo digo otra vez. Quien las negara no tendría razón ni buen juicio.

El canónigo se quedó admirado al oír la mezcla de verdades y mentiras que hacía don Quijote. También le admiraba lo mucho que sabía de todas las cosas de su caballería andante. Así que le respondió:

— Señor don Quijote, no puedo negar que algo de lo que ha dicho vuestra merced es verdad. Sobre todo, en lo que toca a los caballeros andantes españoles. Y también quiero aceptar que hubo Doce Pares de Francia. Pero no quiero creer que hicieron todas las cosas que de ellos escribe el arzobispo Turpín. Porque la verdad es que fueron caballeros elegidos por los reyes de Francia. Los llamaron "pares" porque todos eran iguales en valor, en calidad y en valentía. Por lo menos, si no lo eran, deberían serlo. Era como una de las órdenes religiosas de ahora, como la de Santiago o la de Calatrava. En ellas se supone que sus caballeros son, o deben ser, valerosos, valientes y bien nacidos. Ahora se dice "caballero de San Juan" o "de Alcántara". Pues en aquel tiempo se decía "caballero de los Doce Pares". Porque los que se eligieron para esta orden militar no fueron doce iguales. Que hubo un Cid no hay duda, ni tampoco que hubo un Bernardo del Carpio. Pero creo que hay una duda muy grande sobre si hicieron las hazañas que cuentan. Vuestra merced habla también de la clavija del conde Pierres. Dice que está junto a la silla de Babieca, en la armería de los reyes. Sobre esto, confieso mi pecado. Soy tan ignorante, o tan corto de vista, que he visto la silla, pero no he notado la clavija. Y eso que es tan grande como dice vuestra merced.

— Pues allí está, sin ninguna duda —replicó don Quijote—. Y, para dar más señas, dicen que está metida en una funda de vaqueta, para que no se oxide.

— Todo puede ser —respondió el canónigo—. Pero, por las órdenes sagradas que recibí, no me acuerdo de haberla visto. Pero aunque acepte que está allí, no por eso estoy obligado a creer las historias de tantos Amadises. Ni las de ese montón de caballeros que nos cuentan por ahí. Y no es razonable que un hombre como vuestra merced crea esas cosas. Vuestra merced es muy honrado, tiene muy buenas cualidades y un gran entendimiento. No debe creer que son verdaderas tantas locuras tan extrañas. Me refiero a las que están escritas en los absurdos libros de caballerías.

### Glosario

- **boyero**: hombre que guía y cuida los bueyes.
- **hiciera de las suyas**: hacer cosas locas o malas, como es su costumbre.
- **ancas**: parte de atrás del cuerpo del caballo, encima de las patas traseras.
- **perdía los estribos**: perder el control y dejar de pensar con calma.
- **sierpes**: serpientes muy grandes y terribles de los cuentos.
- **endriagos**: monstruos de los libros de caballerías, mezcla de hombre y de animales.
- **al pie de la letra**: exactamente, palabra por palabra.
- **clavija**: pieza pequeña que se mete en un agujero; aquí, la que movía el caballo de madera.
- **funda de vaqueta**: bolsa de cuero de vaca que protege un objeto.
- **mosén / micer**: títulos antiguos de respeto para caballeros de Aragón, Cataluña o Italia.
- **canónigo**: sacerdote que trabaja en una catedral.
- **escudero / escuderos**: hombre que acompaña y sirve a un caballero.
- **replicó**: respondió, sobre todo para decir lo contrario.
- **fulano**: una persona cualquiera, sin decir su nombre.
- **encantamientos**: cosas mágicas que hacen los magos para cambiar a las personas o las cosas.
- **trastornado / trastornan**: volver loco a alguien, cambiar su forma de pensar.
- **melancólico**: triste y sin ganas de nada.
- **encerrarme**: meterme en un sitio cerrado.
- **se entretuvieron**: pasaron el tiempo.
- **yugo**: madera que une a dos bueyes para tirar del carro.
- **frescura**: aire fresco y agradable.
- **extravagantes**: muy raros y fuera de lo normal.
- **piropo**: palabras bonitas que se dicen a una mujer.
- **nieguen**: forma de negar: digan que no es verdad.

## Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos

— ¡Eso sí que está bueno! —respondió don Quijote—. Estos libros están impresos con licencia de los reyes y con la aprobación de los que los revisaron. Todos los leen y los celebran con gusto. Los leen grandes y pequeños, pobres y ricos, sabios e ignorantes. Los leen la gente del pueblo y los caballeros. En fin, los lee toda clase de personas, de cualquier estado y condición. ¿Y van a ser mentira? Además, parecen tan verdaderos, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad y el lugar del caballero. Y nos cuentan sus hazañas punto por punto y día por día. Calle vuestra merced, no diga esa blasfemia. Créame, le aconsejo lo que debe hacer un hombre discreto. Léalos, y verá el gusto que le dan. Si no, dígame: ¿hay mayor alegría que ver algo así? Imagine que ahora aparece delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo, que hace grandes burbujas. Por él nadan y cruzan muchas serpientes, culebras y lagartos. Y muchas otras clases de animales feroces y terribles. Y del medio del lago sale una voz tristísima que dice: "Tú, caballero, quienquiera que seas, que estás mirando este lago temible: escucha. Si quieres alcanzar el bien que se esconde bajo estas aguas negras, muestra tu valor. Muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en medio de este líquido negro y ardiente. Si no, no serás digno de ver las maravillas de los siete castillos de las siete fadas. Esos castillos están aquí abajo, bajo esta negrura". ¿Y qué me dice de lo que pasa luego? El caballero apenas ha terminado de oír la voz temible. Y entonces no piensa más ni mira el peligro. Ni siquiera se quita el peso de sus fuertes armas. Se encomienda a Dios y a su señora, y se arroja en medio del lago hirviendo. Y cuando menos lo espera, sin saber dónde va a parar, se encuentra en unos campos llenos de flores. Los Campos Elíseos no son nada al lado de ellos. Allí le parece que el cielo es más transparente y que el sol brilla con una luz más nueva. Ante sus ojos aparece un bosque tranquilo de árboles tan verdes y frondosos que su verde alegra la vista. Y el canto dulce y natural de los pájaros entretiene los oídos. Son muchísimos pajarillos pequeños, de mil colores, que cruzan entre las ramas enredadas. Aquí descubre un arroyo de aguas frescas, que parecen cristal líquido. Corren sobre arena fina y piedrecitas blancas, que parecen oro fino y perlas puras. Allí ve una fuente artística de jaspe de colores y de mármol liso. Más acá ve otra fuente, adornada de forma rústica. Tiene pequeñas conchas de almejas y casas de caracol, blancas, amarillas y retorcidas. Están puestas con un orden desordenado, mezcladas con trozos de cristal brillante y esmeraldas falsas. Todo forma un trabajo muy variado. Así parece que el arte, imitando a la naturaleza, allí la vence. De repente, más allá, descubre un castillo fuerte o un palacio hermoso. Sus murallas son de oro macizo, las almenas de diamantes y las puertas de jacintos. En fin, es tan admirable que su forma vale más que sus materiales. Y eso que está hecho nada menos que de diamantes, carbuncos, rubíes, perlas, oro y esmeraldas. ¿Y hay algo más hermoso después de ver esto? Sí: ver salir por la puerta del castillo a muchas doncellas. Sus trajes son tan elegantes y vistosos que, si yo los describiera como las historias, no acabaría nunca. Luego la que parece la principal toma de la mano al atrevido caballero que se arrojó al lago. Sin decirle una palabra, le lleva dentro del rico palacio o castillo. Le hacen desnudar como su madre le parió, y le bañan con agua templada. Luego le untan todo el cuerpo con ungüentos que huelen bien. Le ponen una camisa de seda finísima, toda perfumada. Y llega otra doncella y le echa un manto sobre los hombros. Dicen que ese manto suele valer, por lo menos, una ciudad, y aun más. ¿Y qué me dice cuando nos cuentan lo que pasa después? Le llevan a otra sala, donde encuentra las mesas puestas con tanto orden que se queda asombrado. ¿Y qué me dice de verle lavarse las manos con agua destilada de ámbar y de flores olorosas? ¿Y de verle sentarse en una silla de marfil? ¿Y de ver que todas las doncellas le sirven en un silencio maravilloso? ¿Y que le traen tantos platos distintos y tan bien guisados que no sabe cuál elegir? ¿Y qué será oír la música que suena mientras come? Nadie sabe quién canta ni de dónde viene. Después termina la comida y quitan las mesas. El caballero se queda recostado en la silla, y quizá se limpia los dientes, como es costumbre. Y entonces, de repente, entra por la puerta de la sala otra doncella. Es mucho más hermosa que todas las primeras. Se sienta al lado del caballero y empieza a contarle qué castillo es aquel. Le cuenta que ella está encantada en él, y le dice otras cosas. Esas cosas asombran al caballero y admiran a los lectores que leen su historia. No quiero alargarme más en esto, pues de aquí se puede sacar una conclusión. Cualquier parte de cualquier historia de caballero andante da gusto y maravilla al lector. Y créame vuestra merced: como ya le he dicho, lea estos libros. Verá cómo le quitan la melancolía que tenga. Y le mejoran el carácter, si acaso es malo. De mí puedo decir una cosa. Desde que soy caballero andante, soy valiente, educado, generoso y bien criado. También soy noble, cortés, atrevido, amable y paciente. Y sé sufrir trabajos, prisiones y encantamientos. Hace muy poco me vi encerrado en una jaula, como un loco. Pero pienso que, por el valor de mi brazo, pronto seré rey de algún reino. Eso, si el cielo me ayuda y la fortuna no está en mi contra. Allí podré mostrar el agradecimiento y la generosidad que guarda mi pecho. Porque, a fe mía, señor, el pobre no puede mostrar la virtud de la generosidad con nadie. No puede, aunque la tenga en el grado más alto. Y el agradecimiento que es solo un deseo es una cosa muerta. Es como la fe sin obras, que está muerta. Por eso querría que la fortuna me diera pronto la ocasión de ser emperador. Así mostraría mi buen corazón haciendo bien a mis amigos. Sobre todo a este pobre Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo. Querría darle un condado que le prometí hace muchos días. Pero temo que no tenga habilidad para gobernar su estado.

Sancho oyó casi estas últimas palabras de su amo, y le dijo:

— Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, para darme ese condado. Vuestra merced me lo ha prometido mucho, y yo lo he esperado mucho. Le prometo que no me faltará habilidad para gobernarlo. Y si me falta, he oído decir que hay hombres que alquilan los estados de los señores. Les pagan una cantidad cada año y se ocupan ellos del gobierno. Y el señor se queda a pierna tendida, disfrutando de la renta que le dan. No se preocupa de nada más. Así haré yo. No voy a discutir por un poco más o un poco menos. Enseguida me desentenderé de todo y disfrutaré de mi renta como un duque. Y allá se lo hayan.

— Eso, hermano Sancho —dijo el canónigo—, vale para disfrutar de la renta. Pero el señor del estado tiene que ocuparse de hacer justicia. Y aquí entran la habilidad y el buen juicio, y sobre todo la buena intención de hacerlo bien. Si falta la buena intención al principio, siempre irán mal los medios y los fines. Por eso Dios suele ayudar al buen deseo del simple, y suele ir contra el mal deseo del listo.

— No sé de esas filosofías —respondió Sancho Panza—. Solo sé que, en cuanto tuviera el condado, sabría gobernarlo. Tengo tanta alma como cualquier otro y tanto cuerpo como el que más. Y sería tan rey de mi estado como cada uno del suyo. Y, siéndolo, haría lo que quisiera. Y, haciendo lo que quisiera, haría mi gusto. Y, haciendo mi gusto, estaría contento. Y cuando uno está contento, no tiene más que desear. Y, no teniendo más que desear, se acabó. ¡Que venga el estado, y a Dios y veámonos, como dijo un ciego a otro!

— No son malas filosofías esas, como tú dices, Sancho. Pero, aun así, hay mucho que decir sobre esto de los condados.

A lo cual replicó don Quijote:

— Yo no sé que haya más que decir. Solo me guío por el ejemplo del gran Amadís de Gaula. Él hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme. Así que yo puedo hacer conde a Sancho Panza sin ningún escrúpulo de conciencia. Sancho es uno de los mejores escuderos que ha tenido nunca un caballero andante.

El canónigo se quedó admirado de los disparates tan bien ordenados que había dicho don Quijote. Le admiraba cómo había pintado la aventura del Caballero del Lago. Y le admiraba la huella que le habían dejado las mentiras inventadas de los libros que había leído. Y, por último, le admiraba la tontería de Sancho. Sancho deseaba con muchísimas ganas el condado que su amo le había prometido.

En esto volvían los criados del canónigo, que habían ido a la venta por la acémila con la comida. Hicieron una mesa con una alfombra sobre la hierba verde del prado. Se sentaron a la sombra de unos árboles y comieron allí. Lo hicieron para que el boyero no perdiera la comodidad de aquel sitio, como ya se ha dicho. Mientras comían, de repente oyeron un ruido fuerte y el sonido de una esquila. Sonaba entre unas zarzas y matas espesas que había allí cerca. En ese mismo momento vieron salir de entre aquellas matas una hermosa cabra. Tenía toda la piel manchada de negro, blanco y marrón. Detrás de ella venía un cabrero gritándole. Le decía las palabras que usan los cabreros, para que se parara o volviera al rebaño. La cabra fugitiva, asustada y llena de miedo, se acercó a la gente, como para pedir protección. Y allí se paró. Llegó el cabrero, la agarró por los cuernos y le habló como si pudiera razonar y entender:

— ¡Ah, cerrera, cerrera, Manchada, Manchada! ¡Qué mal andáis estos días, como si fuerais coja! ¿Qué lobos os asustan, hija? ¿No me diréis qué os pasa, hermosa? Pero ¿qué puede ser, sino que sois hembra y no podéis estar tranquila? ¡Maldita sea vuestra condición, y la de todas aquellas a quienes imitáis! Volved, volved, amiga. Quizá no estaréis tan contenta, pero al menos estaréis más segura en vuestro aprisco, o con vuestras compañeras. Vos tenéis que guardarlas y guiarlas. Si vos andáis sin guía y perdida, ¿qué será de ellas?

Las palabras del cabrero hicieron gracia a los que las oyeron, sobre todo al canónigo, que le dijo:

— Por vuestra vida, hermano, calmaos un poco. No tengáis tanta prisa por devolver esa cabra a su rebaño. Ella es hembra, como vos decís. Por eso seguirá su instinto natural, por más que vos intentéis impedirlo. Tomad este bocado y bebed un trago. Con esto se os calmará el enfado, y mientras tanto la cabra descansará.

Mientras decía esto, le ofreció en la punta del cuchillo el lomo de un conejo fiambre. El cabrero lo tomó y le dio las gracias. Bebió, se calmó y luego dijo:

— He hablado con este animal muy en serio. Pero no querría que por eso vuestras mercedes me tomaran por un hombre simple. De verdad, las palabras que le dije tienen su misterio. Soy rústico, pero no tanto como para no saber tratar con los hombres y con los animales.

— Eso lo creo yo muy bien —dijo el cura—. Ya sé por experiencia que los montes crían letrados y que las cabañas de los pastores esconden filósofos.

— Por lo menos, señor —replicó el cabrero—, acogen a hombres que han aprendido con el dolor. Y para que creáis esta verdad y la toquéis con la mano, os contaré algo. Ya sé que parece que me invito sin que nadie me lo pida. Pero si no os molesta, señores, y queréis escucharme con atención un rato, os contaré una historia verdadera. Ella demostrará lo que ha dicho ese señor —y señaló al cura—, y también lo que digo yo.

A esto respondió don Quijote:

— Veo que este caso tiene algo de aventura de caballería, como una sombra. Por eso yo, por mi parte, os escucharé con muchísimo gusto, hermano. Y lo mismo harán todos estos señores, porque son muy discretos. Y les gustan las novedades curiosas que asombran, alegran y entretienen los sentidos. Sin duda, pienso que eso hará vuestro cuento. Empezad, pues, amigo, que todos escucharemos.

— Saco la mía —dijo Sancho—. Yo me voy a aquel arroyo con esta empanada, y allí pienso comer hasta hartarme para tres días. Porque he oído decir a mi señor don Quijote una cosa. El escudero de caballero andante debe comer cuando puede, hasta no poder más. Porque a veces entran por casualidad en una selva tan enredada que no salen de ella en seis días. Si el hombre no va harto, o con las alforjas bien llenas, allí se puede quedar hecho carne momia. Y así se queda muchas veces.

— Tienes razón, Sancho —dijo don Quijote—. Vete adonde quieras y come lo que puedas. Yo ya estoy satisfecho. Solo me falta dar al alma su alimento, y se lo daré escuchando el cuento de este buen hombre.

— Lo mismo haremos todos con nuestras almas —dijo el canónigo.

Luego pidió al cabrero que empezara lo que había prometido. El cabrero tenía agarrada a la cabra por los cuernos. Le dio dos palmadas en el lomo y le dijo:

— Túmbate junto a mí, Manchada, que todavía tenemos tiempo para volver con nuestro rebaño.

Parece que la cabra lo entendió, porque, cuando su dueño se sentó, ella se tumbó junto a él muy tranquila. Le miraba a la cara, y parecía que estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo. Y él comenzó su historia de esta manera:

### Glosario

- **pez**: sustancia negra y pegajosa que se saca de los pinos.
- **fadas**: forma antigua de "hadas": mujeres con poderes mágicos.
- **Campos Elíseos**: en los mitos griegos, el paraíso donde descansan los héroes.
- **almenas**: partes altas de la muralla de un castillo, con forma de dientes.
- **a pierna tendida**: descansando, tumbado, sin hacer nada.
- **allá se lo hayan**: que se arreglen ellos; a mí no me importa.
- **a Dios y veámonos**: "adiós, y hasta la vista"; tiene gracia porque lo dice un ciego a otro ciego.
- **esquila**: campana pequeña que llevan al cuello las cabras o las vacas.
- **cerrera**: salvaje, que anda libre y no obedece.
- **aprisco**: lugar cerrado donde los pastores guardan el ganado.
- **Saco la mía**: "yo me quedo fuera de esto"; Sancho no piensa quedarse a escuchar.
- **carne momia**: cuerpo seco y sin vida, como una momia.
- **canónigo**: sacerdote que trabaja en una catedral.
- **escudero / escuderos**: hombre que acompaña y sirve a un caballero.
- **replicó**: respondió, sobre todo para decir lo contrario.
- **blasfemia**: palabras que ofenden a Dios o a algo sagrado; aquí, algo muy ofensivo.
- **hirviendo**: tan caliente que hace burbujas.
- **culebras**: serpientes.
- **lagartos**: animales pequeños de piel verde, con cuatro patas y cola larga.
- **quienquiera**: cualquier persona; no importa quién.
- **arrójate**: tírate, échate con fuerza.
- **frondosos**: con muchas hojas y ramas.
- **pajarillos**: pájaros pequeños.
- **enredadas / enredada**: mezcladas unas con otras, difíciles de separar o de atravesar.
- **piedrecitas**: piedras pequeñas.
- **jaspe**: piedra dura y bonita, de varios colores.
- **adornada**: decorada, hecha más bonita.

## Capítulo LI. Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban a don Quijote

— «A tres leguas de este valle hay una aldea. Aunque es pequeña, es de las más ricas de toda esta comarca. En ella vivía un labrador muy honrado y respetado. Ser rico suele traer consigo ser respetado. Pero a él le respetaban más por su virtud que por su riqueza. Y lo que le hacía más feliz, según él decía, era tener una hija. Era de una belleza extraordinaria, y tenía una inteligencia rara, gracia y virtud. Por eso quien la conocía y la miraba se admiraba. Veía las cualidades que el cielo y la naturaleza le habían dado. De niña fue hermosa, y su belleza siempre fue creciendo. A los dieciséis años era hermosísima. La fama de su belleza empezó a extenderse por todas las aldeas vecinas. Pero ¿qué digo yo, por las aldeas vecinas solamente? Se extendió a las ciudades lejanas, y hasta entró en las salas de los reyes. Llegó a los oídos de toda clase de gente. Y de todas partes venían a verla, como a una cosa rara o a una imagen milagrosa. Su padre la guardaba, y ella se guardaba a sí misma. Porque no hay candados, guardas ni cerraduras que guarden mejor a una doncella que su propia prudencia.

»La riqueza del padre y la belleza de la hija hicieron que muchos la pidieran por esposa. Unos eran del pueblo y otros, forasteros. El padre tenía que decidir a quién daba una joya tan rica, y estaba confuso. No sabía a cuál de los muchísimos pretendientes entregarla. Entre los muchos que tenían tan buen deseo, estaba yo. Yo tenía muchas y grandes esperanzas de éxito, porque el padre sabía quién era yo. Yo había nacido en el mismo pueblo, era de sangre limpia y estaba en la flor de la edad. Además, era muy rico en bienes, y no menos rico en inteligencia. Otro hombre del mismo pueblo, con estas mismas cualidades, también la pidió. Por eso el padre dudaba, y su voluntad estaba como en una balanza. Le parecía que su hija estaría bien casada con cualquiera de los dos. Para salir de esta duda, decidió hablar con Leandra. Así se llama la rica muchacha que me tiene en la miseria. El padre pensó que, como los dos éramos iguales, era bueno dejar elegir a su querida hija. Esto deberían imitarlo todos los padres que quieren casar a sus hijos. No digo que les dejen elegir cosas malas y ruines. Digo que les propongan cosas buenas, y que entre las buenas elijan ellos a su gusto. No sé cuál fue el gusto de Leandra. Solo sé que su padre nos entretuvo a los dos con la poca edad de su hija. Y nos dio palabras generales, que no le obligaban a él ni nos quitaban la esperanza a nosotros. Mi rival se llama Anselmo, y yo, Eugenio. Os lo digo para que sepáis los nombres de las personas de esta tragedia. Su final todavía no ha llegado, pero se puede ver que será desgraciado.

»En ese tiempo llegó a nuestro pueblo un tal Vicente de la Rosa. Era hijo de un pobre labrador del mismo lugar. Este Vicente volvía de las Italias y de otros muchos sitios, donde había sido soldado. Cuando era un muchacho de unos doce años, un capitán se lo llevó de nuestro pueblo. El capitán pasaba por allí con su compañía de soldados. Y el joven volvió doce años después, vestido de soldado y pintado de mil colores. Llevaba encima mil adornos de cristal y finas cadenas de acero. Hoy se ponía un traje elegante y mañana otro. Pero todos eran finos, llamativos, de poco peso y de menos valor. La gente del campo es maliciosa por naturaleza, y cuando tiene tiempo libre es la malicia misma. Así que se fijó en él y contó una por una sus galas y sus joyas. Y descubrió que tenía solo tres trajes, de colores diferentes, con sus ligas y sus medias. Pero él los combinaba de tantas maneras que, si no los hubieran contado, alguien habría jurado otra cosa. Habría jurado que había mostrado más de diez trajes y más de veinte penachos de plumas. Y que no parezca impertinente ni exagerado esto que cuento de los vestidos. Porque los vestidos tienen un papel importante en esta historia.

»Se sentaba en un banco de piedra que hay debajo de un gran álamo, en nuestra plaza. Y allí nos tenía a todos con la boca abierta, escuchando las hazañas que nos contaba. No había tierra en todo el mundo que no hubiera visto, ni batalla donde no hubiera estado. Había matado más moros de los que hay en Marruecos y Túnez. Según él decía, había luchado en más duelos que Gante y Luna y que Diego García de Paredes. Y en más que otros mil que nombraba. Y de todos había salido vencedor, sin perder una sola gota de sangre. Por otra parte, nos enseñaba señales de heridas. No se veían, pero nos hacía creer que eran tiros de arcabuz de diferentes combates y batallas. En fin, era de una arrogancia nunca vista. Trataba de “vos” a sus iguales, y hasta a los que le conocían bien. Y decía que su padre era su brazo, y su familia, sus obras. Decía también que, por ser soldado, no le debía nada ni siquiera al rey. A estas arrogancias se añadía que era un poco músico. Tocaba la guitarra rasgueando las cuerdas, y algunos decían que la hacía hablar. Pero sus gracias no terminaban aquí, porque también era poeta. Así que de cada tontería que pasaba en el pueblo, componía un romance de legua y media de largo.

»Pues bien, Leandra vio y miró muchas veces a este soldado que os he pintado. A este Vicente de la Rosa, este valiente, este galán, este músico, este poeta. Lo miraba desde una ventana de su casa que daba a la plaza. La enamoró el oropel de sus trajes vistosos. La encantaron sus romances, porque de cada uno que componía regalaba veinte copias. Llegaron a sus oídos las hazañas que él mismo contaba de sí. Y, en fin, como el diablo lo debía de tener preparado, ella se enamoró de él. Se enamoró antes de que a él se le ocurriera siquiera cortejarla. En los asuntos de amor, ninguno se cumple tan fácilmente como aquel en que la dama lo desea. Por eso Leandra y Vicente se pusieron de acuerdo con facilidad. Ninguno de sus muchos pretendientes se dio cuenta de su deseo. Y antes de que se dieran cuenta, ella ya lo había cumplido. Había dejado la casa de su querido y amado padre, porque madre no tiene. Y se había ido de la aldea con el soldado. Él salió de esta empresa con más triunfo que de todas las muchas que se atribuía.

»El suceso asombró a toda la aldea, y a todos los que tuvieron noticia de él. Yo me quedé sin palabras; Anselmo, atónito; el padre, triste; sus parientes, avergonzados. La justicia se puso a trabajar y los cuadrilleros estaban listos. Vigilaron los caminos y buscaron por los bosques y por todas partes. Al cabo de tres días encontraron a la caprichosa Leandra en una cueva de un monte. Estaba en camisa, sin el mucho dinero ni las joyas preciosísimas que había sacado de su casa. La llevaron ante su dolido padre. Le preguntaron por su desgracia, y ella confesó sin que nadie la obligara. Dijo que Vicente de la Rosa la había engañado. Con la promesa de ser su esposo, la convenció para dejar la casa de su padre. Le dijo que la llevaría a la ciudad más rica y más viciosa del mundo entero, que era Nápoles. Y ella, poco prudente y peor engañada, le había creído. Robó a su padre y se puso en manos de Vicente la misma noche que desapareció. Él la llevó a un monte áspero y la encerró en aquella cueva donde la habían encontrado. Contó también que el soldado no le quitó su honra. Pero le robó todo lo que tenía, la dejó en aquella cueva y se fue. Esto dejó otra vez admirados a todos.

»Nos costó creer que el joven se hubiera controlado así. Pero ella lo afirmó con tanta seriedad que el desconsolado padre se consoló. No le importaron las riquezas que le habían robado. Porque le habían dejado a su hija con la joya que, si se pierde una vez, nunca se puede recuperar. El mismo día que apareció Leandra, su padre la hizo desaparecer de nuestros ojos. La llevó a encerrar en un monasterio de una villa que está aquí cerca. Esperaba que el tiempo borrara algo de la mala fama que su hija había ganado. Los pocos años de Leandra sirvieron para disculpar su culpa. Al menos, para los que no tenían ningún interés en que ella fuera mala o buena. Pero otros conocían su discreción y su mucha inteligencia. Esos no pensaron que su pecado venía de la ignorancia. Lo explicaron por su atrevimiento y por la inclinación natural de las mujeres. Esa inclinación, la mayoría de las veces, suele ser loca y desordenada.

»Con Leandra encerrada, los ojos de Anselmo quedaron ciegos. Por lo menos, no tenían nada que mirar que les diera alegría. Los míos quedaron a oscuras, sin luz que los llevara a nada agradable. Con la ausencia de Leandra crecía nuestra tristeza y se acababa nuestra paciencia. Maldecíamos los trajes del soldado y odiábamos el poco cuidado del padre de Leandra. Al final, Anselmo y yo decidimos dejar la aldea y venir a este valle. Él cuida aquí muchas ovejas suyas, y yo un gran rebaño de cabras, también mías. Pasamos la vida entre los árboles, dando salida a nuestras penas. A veces cantamos juntos alabanzas o insultos a la hermosa Leandra. Otras veces suspiramos solos, y a solas contamos al cielo nuestras quejas.

»Muchos otros pretendientes de Leandra nos han imitado y han venido a estos montes ásperos. Aquí hacen lo mismo que nosotros. Son tantos que este sitio parece la Arcadia de los pastores. Está lleno de pastores y de apriscos, y en todas partes se oye el nombre de la hermosa Leandra. Uno la maldice y la llama caprichosa, cambiante e indecente. Otro la condena por fácil y ligera. Uno la perdona y la absuelve, y otro la juzga y la insulta. Uno celebra su belleza, otro reniega de su carácter. En fin, todos la deshonran y todos la adoran. La locura llega a tanto que alguno se queja de su desprecio sin haberle hablado nunca. Y hay quien se lamenta y sufre la rabiosa enfermedad de los celos. Pero ella nunca dio celos a nadie. Porque, como ya he dicho, se supo antes su pecado que su deseo. No hay hueco de roca, ni orilla de arroyo, ni sombra de árbol sin algún pastor. Allí cada uno cuenta al aire sus desgracias. El eco repite el nombre de Leandra dondequiera que puede sonar. “Leandra”, resuenan los montes. “Leandra”, murmuran los arroyos. Y Leandra nos tiene a todos asombrados y encantados. Esperamos sin esperanza y tenemos miedo sin saber de qué. Entre todos estos locos, el que tiene a la vez menos juicio y más juicio es mi rival Anselmo. Él tiene tantas otras cosas de que quejarse, pero solo se queja de la ausencia. Toca el rabel de forma admirable, y se queja cantando versos que muestran su inteligencia. Yo sigo otro camino más fácil y, en mi opinión, el más acertado. Hablo mal de la ligereza de las mujeres, de su inconstancia y de su doble juego. Hablo de sus promesas muertas y de su fe rota. Y, en fin, hablo de lo poco que piensan al elegir dónde ponen sus deseos e intenciones.» Y por esto, señores, le dije a esta cabra aquellas palabras cuando llegué aquí. La tengo en poco porque es hembra, aunque es la mejor de todo mi rebaño. Esta es la historia que os prometí contar. Si he sido largo al contarla, no seré corto al serviros. Cerca de aquí tengo mi majada. Allí tengo leche fresca y un queso muy sabroso. Y tengo también varias frutas maduras, tan agradables a la vista como al gusto.

### Glosario

- **sangre limpia**: sin antepasados judíos ni musulmanes; entonces la gente estaba orgullosa de esto.
- **las Italias**: forma antigua de hablar de los distintos estados de Italia.
- **galas**: vestidos elegantes y adornos.
- **penachos**: grupos de plumas que se ponen como adorno en el sombrero.
- **arcabuz**: arma de fuego antigua, parecida a una escopeta.
- **Trataba de “vos”**: hablar a alguien con "vos"; aquí, una forma de hablar con poco respeto.
- **oropel**: adorno que brilla mucho pero vale poco.
- **Arcadia**: región de Grecia que los poetas imaginaban como un paraíso de pastores.
- **rabel**: instrumento musical antiguo de cuerda que tocaban los pastores.
- **majada**: lugar donde se recogen de noche el ganado y los pastores.

## Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura de los disciplinantes, a quien dio feliz fin a costa de su sudor

El cuento del cabrero gustó a todos los que lo habían escuchado. Al que más le gustó fue al canónigo. Con mucha curiosidad, se fijó en la manera en que lo había contado. No parecía un cabrero rústico, sino un cortesano discreto. Por eso dijo que el cura había dicho muy bien: los montes criaban letrados. Todos se ofrecieron a ayudar a Eugenio. Pero el más generoso fue don Quijote, que le dijo:

— Os lo digo de verdad, hermano cabrero. Si yo pudiera empezar alguna aventura, me pondría en camino ahora mismo para ayudaros. Sacaría a Leandra del monasterio, donde sin duda debe de estar contra su voluntad. Lo haría a pesar de la abadesa y de todos los que quisieran impedirlo. Y os la pondría en vuestras manos, para que hicierais con ella lo que quisierais. Pero guardaría siempre las leyes de la caballería, que mandan no hacer ningún daño a ninguna doncella. Aunque espero en Dios Nuestro Señor una cosa. La fuerza de un encantador malicioso no podrá ser mayor que la de otro con mejor intención. Y para entonces os prometo mi favor y mi ayuda, como me obliga mi profesión. Mi profesión no es otra que favorecer a los débiles y a los necesitados.

El cabrero le miró. Vio a don Quijote con tan mal aspecto y tan mala cara que se quedó admirado. Y preguntó al barbero, que estaba a su lado:

— Señor, ¿quién es este hombre, que tiene esta figura y habla de esta manera?

— ¿Quién va a ser —respondió el barbero— sino el famoso don Quijote de la Mancha? Es el desfacedor de agravios, el enderezador de tuertos, el amparo de las doncellas. Es el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas.

— Eso me parece —respondió el cabrero— a lo que se lee en los libros de caballeros andantes. Ellos hacían todo eso que vuestra merced dice de este hombre. Aunque yo creo una de dos cosas. O vuestra merced se burla, o este gentilhombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.

— Sois un grandísimo bellaco —dijo entonces don Quijote—. Vos sois el vacío y el tonto. Yo estoy más lleno de lo que nunca estuvo la muy hideputa puta que os parió.

Y, diciendo esto, agarró un pan que tenía a su lado. Con él golpeó al cabrero en plena cara, con tanta furia que le aplastó la nariz. Pero el cabrero no entendía de bromas. Vio que le maltrataban de verdad. Entonces no respetó la alfombra, ni los manteles, ni a los que estaban comiendo. Saltó sobre don Quijote y lo agarró del cuello con las dos manos. Y lo habría ahogado si Sancho Panza no hubiera llegado en aquel momento. Sancho lo agarró por la espalda y lo tiró encima de la mesa. Así rompió platos y tazas, y derramó y esparció todo lo que había en ella. Don Quijote, al verse libre, corrió a subirse encima del cabrero. El cabrero tenía la cara llena de sangre, y Sancho lo había molido a patadas. Andaba a cuatro patas buscando algún cuchillo de la mesa para vengarse con sangre. Pero el canónigo y el cura se lo impedían. Sin embargo, el barbero hizo de modo que el cabrero pusiera a don Quijote debajo de él. Y sobre el pobre caballero llovieron tantos puñetazos que su cara sangraba tanto como la del cabrero.

El canónigo y el cura se morían de risa. Los cuadrilleros saltaban de alegría. Unos y otros animaban a los dos, como se hace con los perros cuando se pelean. Solo Sancho Panza estaba desesperado, porque no podía soltarse de un criado del canónigo, que no le dejaba ayudar a su amo.

En resumen, todos estaban de fiesta y de alegría, menos los dos que se golpeaban. Entonces oyeron el sonido de una trompeta, tan triste que les hizo volver la cara hacia donde les pareció que sonaba. Pero el que más se alteró al oírla fue don Quijote. Estaba debajo del cabrero, muy en contra de su voluntad y bastante molido. Aun así, le dijo:

— Hermano demonio, pues no puedes ser otra cosa, ya que has tenido valor y fuerzas para vencer las mías. Te ruego que hagamos una tregua, solo por una hora. Porque el triste sonido de esa trompeta llega a nuestros oídos. Y me parece que me llama a alguna nueva aventura.

El cabrero ya estaba cansado de golpear y de ser golpeado, y le soltó enseguida. Don Quijote se puso de pie y volvió también la cara hacia donde se oía el sonido. De repente vio que por una colina bajaban muchos hombres vestidos de blanco, como disciplinantes.

Lo que pasaba era esto. Aquel año las nubes no habían dado su lluvia a la tierra. En todos los pueblos de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y disciplinas. Pedían a Dios que abriera las manos de su misericordia y les mandara lluvia. Y para esto, la gente de una aldea que estaba allí cerca venía en procesión a una ermita. Era una ermita de mucha devoción, que estaba en una colina de aquel valle.

Don Quijote vio los trajes extraños de los disciplinantes. No se acordó de las muchas veces que los habría visto antes. Se imaginó que era cosa de aventura, y que solo a él, como caballero andante, le tocaba emprenderla. Esta idea se le confirmó al ver una imagen que traían cubierta de luto. Pensó que era alguna señora importante que aquellos follones y malandrines llevaban por la fuerza. En cuanto se le ocurrió esto, corrió muy deprisa hacia Rocinante, que andaba paciendo. Le quitó de la silla el freno y la adarga, y en un momento le puso el freno. Pidió a Sancho su espada, subió sobre Rocinante y se colocó la adarga en el brazo. Y dijo en voz alta a todos los que estaban allí:

— Ahora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el mundo caballeros andantes. Caballeros que profesen la orden de la andante caballería. Ahora digo que veredes si se debe estimar a los caballeros andantes. Lo veredes en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva.

Y, diciendo esto, apretó a Rocinante con los muslos, porque no tenía espuelas. Y fue al galope a encontrarse con los disciplinantes. Fue al galope, porque en toda esta verdadera historia no se lee que Rocinante corriera nunca a toda velocidad. El cura, el canónigo y el barbero fueron a detenerle, pero no pudieron. Tampoco le detuvieron los gritos de Sancho, que decía:

— ¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que le empujan a ir contra nuestra fe católica? ¡Fíjese, maldito sea yo, que eso es una procesión de disciplinantes! Y aquella señora que llevan sobre la peana es la imagen benditísima de la Virgen sin mancha. Mire, señor, lo que hace, que esta vez se puede decir que no sabe lo que hace.

Sancho gritó en vano, porque su amo solo pensaba en llegar a aquellos hombres vestidos de blanco. Quería liberar a la señora de luto. Por eso no oyó ni una palabra. Y aunque la hubiera oído, no habría vuelto, ni aunque el rey se lo mandara. Llegó, pues, a la procesión y paró a Rocinante, que ya tenía ganas de descansar un poco. Y con voz alterada y ronca, dijo:

— Vosotros, que quizá os tapáis la cara porque no sois buenos, atended y escuchad lo que os quiero decir.

Los primeros que se pararon fueron los que llevaban la imagen. Uno de los cuatro clérigos que cantaban las letanías vio la extraña cara de don Quijote. Vio también lo flaco que estaba Rocinante, y otras cosas de risa que notó en don Quijote. Y le respondió:

— Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo pronto, porque estos hermanos van abriéndose las carnes con los azotes. No podemos detenernos a oír nada, ni es razonable, si no se dice en dos palabras.

— Lo diré en una —replicó don Quijote—, y es esta: dejad libre ahora mismo a esa hermosa señora. Sus lágrimas y su cara triste muestran claramente que la lleváis contra su voluntad. Y está claro que le habedes fecho algún daño. Yo nací en el mundo para desfacer estos agravios. Y no consentiré que deis un solo paso adelante sin darle la libertad que merece.

Al oír estas razones, todos se dieron cuenta de que don Quijote debía de ser algún loco. Y se echaron a reír con muchas ganas. Esa risa fue como echar pólvora a la cólera de don Quijote. Sin decir más, sacó la espada y atacó las andas. Uno de los que las llevaban dejó la carga a sus compañeros y salió a su encuentro. Levantaba en alto una horquilla o bastón. Con ella sostenía las andas mientras descansaban. Don Quijote tiró una gran cuchillada contra la horquilla y la partió en dos. Al hombre le quedó en la mano el último tercio del palo. Con él dio a don Quijote un golpe tremendo encima de un hombro. Fue en el mismo lado de la espada, y la adarga no pudo protegerle contra aquella fuerza de villano. Así que el pobre don Quijote cayó al suelo muy maltrecho.

Sancho Panza le seguía jadeando. Al verle caído, gritó al que le había golpeado que no le diera otro palo. Le dijo que no lo hiciera, porque era un pobre caballero encantado. Nunca había hecho mal a nadie en todos los días de su vida. Pero al villano no le detuvieron los gritos de Sancho. Le detuvo ver que don Quijote no movía ni pie ni mano. Y así, creyendo que le había matado, se levantó deprisa la túnica hasta la cintura. Y echó a correr por el campo como un gamo.

En esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde él estaba. Los de la procesión los vieron venir corriendo, y con ellos a los cuadrilleros con sus ballestas. Entonces temieron algún mal suceso y se pusieron todos en círculo alrededor de la imagen. Se levantaron los capirotes y agarraron los látigos de las disciplinas. Los clérigos agarraron los ciriales. Y esperaban el ataque decididos a defenderse, y aun a atacar, si podían, a sus enemigos. Pero la fortuna lo hizo mejor de lo que se pensaba. Porque Sancho no hizo otra cosa que echarse sobre el cuerpo de su señor. Lloraba por él con el llanto más triste y más gracioso del mundo. Creía que estaba muerto.

Al cura le conoció otro cura que venía en la procesión. Al conocerse, se calmó el miedo de los dos escuadrones. El primer cura explicó al segundo, en pocas palabras, quién era don Quijote. Y él y todo el grupo de disciplinantes fueron a ver si el pobre caballero estaba muerto. Y oyeron que Sancho Panza decía, con lágrimas en los ojos:

— ¡Oh flor de la caballería, que con un solo garrotazo acabaste la carrera de tus años tan bien gastados! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de toda la Mancha, y aun de todo el mundo! Ahora, sin ti, el mundo quedará lleno de malhechores, sin miedo a ser castigados por sus maldades. ¡Oh generoso más que todos los Alejandros! Pues por solo ocho meses de servicio ya me habías dado la mejor ínsula que el mar rodea. ¡Oh humilde con los soberbios y arrogante con los humildes! ¡Atacador de peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos! ¡Azote de los malos, enemigo de los ruines! En fin, ¡caballero andante, que es todo lo que se puede decir!

Con los gritos y lamentos de Sancho, don Quijote volvió en sí. Y la primera palabra que dijo fue:

— El que vive ausente de vos, dulcísima Dulcinea, sufre miserias aún mayores que estas. Ayúdame, Sancho amigo, a subir al carro encantado. Ya no estoy para apretar la silla de Rocinante, porque tengo todo este hombro hecho pedazos.

— Eso haré yo con mucho gusto, señor mío —respondió Sancho—. Y volvamos a mi aldea en compañía de estos señores, que desean su bien. Allí prepararemos otra salida que nos dé más provecho y más fama.

— Dices bien, Sancho —respondió don Quijote—. Será muy prudente dejar pasar la mala influencia de las estrellas que corre ahora.

El canónigo, el cura y el barbero le dijeron que haría muy bien en hacer lo que decía. Las simplezas de Sancho Panza les habían hecho mucha gracia. Y así, pusieron a don Quijote en el carro, como venía antes. La procesión volvió a ordenarse y siguió su camino. El cabrero se despidió de todos. Los cuadrilleros no quisieron ir más adelante, y el cura les pagó lo que les debía. El canónigo pidió al cura que le avisara de lo que pasaba con don Quijote. Quería saber si se curaba de su locura o si seguía con ella. Y con esto se despidió para seguir su viaje. En fin, todos se separaron. Quedaron solos el cura y el barbero, don Quijote y Panza, y el bueno de Rocinante. Rocinante había mirado todo aquello con tanta paciencia como su amo.

El boyero unció sus bueyes y colocó a don Quijote sobre un haz de heno. Con su calma de siempre, siguió el camino que quiso el cura. Al cabo de seis días llegaron a la aldea de don Quijote. Entraron a mediodía, y era domingo. Toda la gente estaba en la plaza, y el carro de don Quijote la cruzó por en medio. Todos se acercaron a ver lo que venía en el carro. Cuando reconocieron a su vecino, se quedaron maravillados. Un muchacho corrió a dar la noticia al ama y a la sobrina. Les dijo que su tío y señor venía flaco y amarillo. Venía tumbado sobre un montón de heno, en un carro de bueyes. Daba pena oír los gritos de las dos buenas señoras. Se dieron bofetadas y volvieron a maldecir los malditos libros de caballerías. Y todo esto se repitió cuando vieron entrar a don Quijote por la puerta.

Al saber que don Quijote había vuelto, vino la mujer de Sancho Panza. Ya sabía que Sancho se había ido con él como escudero. En cuanto vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue si el asno venía bien. Sancho respondió que venía mejor que su amo.

— Gracias sean dadas a Dios —replicó ella—, que tanto bien me ha hecho. Pero contadme ahora, amigo: ¿qué ganancia habéis sacado de vuestras escuderías? ¿Qué saboyana me traes a mí? ¿Qué zapatitos traes a vuestros hijos?

— No traigo nada de eso, mujer mía —dijo Sancho—, aunque traigo otras cosas más importantes y de más valor.

— Eso me da mucho gusto —respondió la mujer—. Enseñadme esas cosas más importantes y de más valor, amigo mío, que las quiero ver. Así se alegrará este corazón, que ha estado tan triste y descontento en todos los siglos de vuestra ausencia.

— En casa os las enseñaré, mujer —dijo Panza—. Y por ahora estad contenta. Dios puede querer que salgamos otra vez de viaje a buscar aventuras. Si es así, pronto me veréis conde o gobernador de una ínsula. Y no de las de por ahí, sino de la mejor que se pueda encontrar.

— Que el cielo lo quiera así, marido mío, que bien lo necesitamos. Pero decidme: ¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?

— No es la miel para la boca del asno —respondió Sancho—. A su tiempo lo verás, mujer. Y hasta te asombrarás de oír que todos tus vasallos te llaman Señoría.

— ¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? —respondió Juana Panza. Así se llamaba la mujer de Sancho. No eran parientes, pero en la Mancha es costumbre que las mujeres tomen el apellido de sus maridos.

— No te acucies, Juana, por saber todo esto tan deprisa. Basta con que te digo la verdad, y cose la boca. Solo te diré una cosa, así de paso. Ser el escudero honrado de un caballero andante buscador de aventuras es lo más agradable del mundo. Es verdad que la mayoría de las aventuras no salen tan bien como uno querría. Porque de cien que se encuentran, noventa y nueve suelen salir mal y torcidas. Lo sé por experiencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras, molido a palos. Pero, con todo eso, es muy bonito esperar lo que va a pasar. Es bonito atravesar montes, buscar por los bosques, pisar rocas y visitar castillos. Y alojarse en las ventas como uno quiera, sin pagar ni un maravedí, ¡que se lo lleve el diablo!

Todas estas conversaciones pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer. Mientras tanto, el ama y la sobrina recibieron a don Quijote. Le desnudaron y le acostaron en su vieja cama. Él las miraba de reojo, y no acababa de entender dónde estaba. El cura encargó a la sobrina que cuidara mucho a su tío y le diera todos los cuidados. Y les pidió que estuvieran alerta para que no se les escapara otra vez. Les contó todo lo que había hecho falta para traerle a casa. Entonces las dos volvieron a gritar al cielo. Allí se repitieron las maldiciones contra los libros de caballerías. Allí pidieron al cielo que hundiera en el fondo del abismo a los autores de tantas mentiras y tonterías. Finalmente, ellas quedaron confusas y con miedo. Temían quedarse sin su amo y su tío en cuanto él se mejorara un poco. Y fue tal como ellas se lo imaginaron.

El autor de esta historia ha buscado con cuidado y esfuerzo más hechos de don Quijote. Ha buscado los de su tercera salida. Pero no ha podido encontrar noticias de ellos, por lo menos en escritos auténticos. Solo la fama ha guardado algo en las memorias de la Mancha. Dicen que don Quijote, la tercera vez que salió de su casa, fue a Zaragoza. Allí estuvo en unas famosas justas que se celebraron en aquella ciudad. Y allí le pasaron cosas dignas de su valor y de su buen entendimiento. Tampoco pudo saber nada de su fin y de su muerte. Y no lo habría sabido nunca sin la buena suerte de encontrar a un antiguo médico. Este médico tenía en su poder una caja de plomo. Según él dijo, la habían encontrado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se estaba renovando. En la caja había unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos castellanos. Contaban muchas de sus hazañas. Hablaban de la belleza de Dulcinea del Toboso y de la figura de Rocinante. También de la fidelidad de Sancho Panza. Y hablaban de la sepultura del mismo don Quijote, con varios epitafios y elogios de su vida y costumbres.

El autor de esta historia nueva y nunca vista es digno de confianza. Aquí pone los versos que se pudieron leer y copiar en limpio. Le costó un trabajo inmenso investigar en todos los archivos de la Mancha para publicarla. Pero como premio no pide nada a sus lectores, salvo una cosa. Pide que le den el mismo crédito que los discretos suelen dar a los libros de caballerías. Esos libros tienen hoy mucho éxito en el mundo. Con esto él se dará por bien pagado y satisfecho. Y se animará a buscar y publicar otras historias. Quizá no sean tan verdaderas, pero tendrán, por lo menos, tanta invención y entretenimiento.

Las primeras palabras escritas en el pergamino que se encontró en la caja de plomo eran estas:

LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA, LUGAR DE LA MANCHA, EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO DON QUIJOTE DE LA MANCHA,

HOC SCRIPSERUNT:

EL MONICONGO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA, A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

El calvatrueno que llenó la Mancha
de más trofeos que los de Jasón;
el que tuvo un juicio agudo como una veleta
allí donde mejor habría sido ancho;

el del brazo que extendió tanto su fuerza
que llegó desde Catay hasta Gaeta;
la musa más horrible y más discreta
que grabó versos en una placa de bronce;

el que dejó atrás a los Amadises
y tuvo en muy poco a los Galaores,
apoyado en su amor y en su valor;

el que hizo callar a los Belianises,
aquel que anduvo errante sobre Rocinante,
está enterrado bajo esta piedra fría.

DEL PANIAGUADO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,

In laudem Dulcineae del Toboso

Soneto

Esta que veis, de rostro amondongado,
de pecho alto y de aire decidido,
es Dulcinea, reina del Toboso,
de quien el gran Quijote se enamoró.

Por ella pisó un lado y otro
de la gran Sierra Negra, y el famoso
campo de Montiel, hasta el verde
llano de Aranjuez, a pie y cansado.

Fue culpa de Rocinante. ¡Oh, qué dura estrella
tuvieron esta dama de la Mancha
y este caballero andante nunca vencido!

Ella, en sus años jóvenes, murió y dejó de ser bella;
y él, aunque su nombre queda escrito en mármol,
no pudo huir del amor, la ira y los engaños.

DEL CAPRICHOSO, DISCRETÍSIMO ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA, EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

En el orgulloso trono de diamante
que Marte pisa con pies llenos de sangre,
el Manchego, furioso, agita su bandera
con un esfuerzo nunca visto.

Cuelga sus armas y su acero fino,
con el que destroza, arrasa, raja y parte.
¡Nuevas hazañas! Y el arte inventa
un estilo nuevo para el nuevo caballero.

Y si Gaula está orgullosa de su Amadís,
por cuyos valientes descendientes Grecia
triunfó mil veces y extendió su fama,

hoy a Quijote lo corona la sala
donde manda Belona, y de él está orgullosa,
más que Grecia o Gaula, la alta Mancha.

El olvido nunca mancha sus glorias,
pues hasta Rocinante, por su elegancia,
es mejor que Brilladoro y que Bayardo.

DEL BURLADOR, ACADÉMICO ARGAMASILLESCO, A SANCHO PANZA

Soneto

Este es Sancho Panza, pequeño de cuerpo,
pero grande en valor: ¡qué milagro extraño!
Es el escudero más simple y más sincero
que tuvo el mundo, os lo juro y lo aseguro.

Le faltó muy poco para ser conde,
pero se unieron para hacerle daño
las insolencias y ofensas de este siglo
tacaño, que no perdona ni a un borrico.

Sobre un borrico anduvo (con perdón sea dicho)
este manso escudero, detrás del manso
caballo Rocinante y detrás de su dueño.

¡Oh esperanzas vanas de la gente!
¡Cómo pasáis prometiendo descanso,
y al final os quedáis en sombra, en humo, en sueño!

DEL CACHIDIABLO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA, EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

Aquí yace el caballero
bien molido y mal andante,
a quien llevó Rocinante
por un camino y por otro.

Sancho Panza, el majadero,
también yace junto a él:
el escudero más fiel
que vio el oficio de escudero.

DEL TIQUITOC, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA, EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO

Epitafio

Aquí descansa Dulcinea.
Y aunque era gordita de carnes,
la muerte, horrible y fea,
la convirtió en polvo y ceniza.

Fue de familia de buena casta
y tuvo aires de dama;
fue la llama del gran Quijote
y la gloria de su aldea.

Estos fueron los versos que se pudieron leer. Los demás tenían la letra comida por la carcoma. Por eso se los dieron a un académico para que los explicara por conjeturas. Se sabe que lo ha hecho, después de muchas noches sin dormir y mucho trabajo. Y se sabe que piensa publicarlos, con la esperanza de la tercera salida de don Quijote.

Forsi altro canterà con miglior plectio.

Finis

### Glosario

- **vacíos los aposentos de la cabeza**: "aposentos" son habitaciones; tenerlos vacíos es estar loco, no tener juicio.
- **veredes / habedes fecho**: formas antiguas de "veréis" y "habéis hecho".
- **andas**: tablero con barras que se lleva a hombros para pasear una imagen en una procesión.
- **ciriales**: candeleros altos que llevan los clérigos en las procesiones.
- **saboyana**: falda abierta por delante que las mujeres se ponían sobre la ropa.
- **No es la miel para la boca del asno**: refrán: hay cosas buenas que no son para todos; aquí, "no es cosa para ti".
- **No te acucies**: no tengas tanta prisa.
- **HOC SCRIPSERUNT**: en latín, "esto escribieron".
- **calvatrueno**: persona loca, que hace las cosas sin pensar.
- **amondongado**: de cara gorda, redonda e hinchada.
- **mal andante**: juego de palabras con "caballero andante": que tiene mala suerte.
- **Forsi altro canterà con miglior plectio**: en italiano: "quizá otro lo cantará con mejor instrumento", es decir, quizá otro lo contará mejor.
- **canónigo**: sacerdote que trabaja en una catedral.
- **escudero**: hombre que acompaña y sirve a un caballero.
- **replicó**: respondió, sobre todo para decir lo contrario.
- **molido**: muy cansado y dolorido después de recibir muchos golpes.
- **sepultura**: lugar donde está enterrado un muerto.
- **cuadrilleros**: policías del campo, de la Santa Hermandad.
- **deprisa**: rápido, con prisa.
- **agravios**: ofensas, cosas injustas que se hacen a alguien.
- **trompeta**: instrumento de música de metal que se toca soplando.
- **galope**: forma rápida de correr de un caballo, pero no la más rápida.
- **horquilla**: palo largo con dos puntas en un extremo.
- **ínsula / ínsulas**: isla; palabra de los libros de caballerías.
- **heno**: hierba seca que se da de comer a los animales.
- **vasallos**: personas que viven en las tierras de un señor y le obedecen.
