# Cuentos de la selva (Edición A2)

*Horacio Quiroga*

## La tortuga gigante

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires. Estaba muy contento, porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó. Los médicos le dijeron que solamente podía curarse en el campo. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos y les daba de comer. Y cada día estaba más enfermo.

Un amigo suyo era director del Zoológico. Por fin, un día, este amigo le dijo:

—Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso le pido esto: vaya a vivir al monte. Allí va a hacer mucho ejercicio al aire libre, y así va a curarse. Usted tira muy bien con la escopeta. Por eso, cace bichos del monte y tráigame los cueros. Yo le voy a dar plata por adelantado. Así sus hermanitos van a comer bien.

El hombre enfermo aceptó y se fue a vivir al monte. Se fue lejos, más lejos que Misiones todavía. Allá hacía mucho calor, y eso le hacía bien.

Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, y los cazaba con la escopeta. Después comía frutas. Dormía bajo los árboles. Cuando hacía mal tiempo, construía una ramada con hojas de palmera. La hacía en cinco minutos. Allí se quedaba sentado y fumaba. Estaba muy contento en medio del bosque. Y el bosque hacía un gran ruido con el viento y la lluvia.

Con los cueros de los animales había hecho un atado, y lo llevaba al hombro. También había agarrado vivas muchas víboras venenosas. Las llevaba dentro de un gran mate. Porque allá hay mates tan grandes como una lata de kerosene.

El hombre tenía otra vez buen color. Estaba fuerte y tenía apetito. Un día tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada. Entonces vio un tigre enorme a la orilla de una gran laguna. El tigre quería comer a una tortuga. La ponía de pie, sobre un lado, para meter una pata dentro. Quería sacar la carne con las uñas. Cuando vio al hombre, el tigre lanzó un rugido terrible y saltó sobre él. Pero el cazador tenía una gran puntería. Le apuntó entre los dos ojos y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero. Era tan grande que podía servir de alfombra para un cuarto.

—Ahora —se dijo el hombre— voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.

Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que ya estaba herida. Tenía la cabeza casi separada del cuello. La cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.

El hombre tenía mucha hambre, pero sintió lástima de la pobre tortuga. La tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. Por eso la llevó arrastrando con una cuerda hasta su ramada. Le vendó la cabeza con tiras de tela. Sacó las tiras de su camisa, porque tenía una sola camisa y no tenía trapos.

La tortuga se quedó en un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.

El hombre la curaba todos los días. Después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.

Por fin la tortuga se curó. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo.

Después no pudo levantarse más. La fiebre subía siempre. La garganta le quemaba porque tenía mucha sed. Entonces el hombre comprendió que estaba gravemente enfermo. Estaba solo, pero habló en voz alta, porque tenía mucha fiebre.

—Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, y ya no puedo levantarme más. No tengo a nadie, ni siquiera para darme agua. Voy a morir aquí de hambre y de sed.

Poco después la fiebre subió más todavía, y perdió el conocimiento.

Pero la tortuga lo había oído, y entendió las palabras del cazador. Entonces ella pensó:

—El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre. Y me curó. Ahora yo lo voy a curar a él.

Entonces fue a la laguna y buscó una cáscara de tortuga chiquita. La limpió bien con arena y ceniza, y la llenó de agua. Después le dio de beber al hombre. Él estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. En seguida ella buscó raíces ricas y yuyitos tiernos. Se los llevó al hombre para darle de comer. El hombre comía, pero no sabía quién le daba la comida. No lo sabía porque con la fiebre hablaba sin sentido y no conocía a nadie.

Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte. Buscaba raíces cada vez más ricas para darle al hombre. Y sentía no poder subir a los árboles para llevarle frutas.

Así el cazador comió días y días, y no sabía quién le daba la comida. Un día recuperó el conocimiento. Miró a todos lados y vio que estaba solo. Porque allí estaban solamente él y la tortuga, y la tortuga era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:

—Estoy solo en el bosque. La fiebre va a volver. Voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.

Y fue como él había dicho. La fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió otra vez el conocimiento.

Pero esta vez también la tortuga lo había oído, y se dijo:

—Si se queda aquí en el monte, va a morir, porque aquí no hay remedios. Tengo que llevarlo a Buenos Aires.

Después cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas. Acostó al hombre con mucho cuidado encima de su lomo. Lo ató bien con las enredaderas, y así no podía caerse. Hizo muchas pruebas para colocar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras. Por fin pudo hacerlo, y no molestó al cazador. Entonces empezó el viaje.

Con esa carga, la tortuga caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes y campos. Cruzó a nado ríos de una legua de ancho. Atravesó pantanos, y en ellos quedaba casi enterrada. Y siempre llevaba encima al hombre, que estaba casi muerto. Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía. Deshacía los nudos y acostaba al hombre con mucho cuidado. Lo dejaba en un lugar con pasto bien seco.

Entonces iba a buscar agua y raíces tiernas, y se las daba al hombre enfermo. Ella también comía, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.

A veces tenía que caminar al sol. Y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que hablaba sin sentido. Y se moría de sed. A cada momento gritaba: ¡agua! ¡agua! Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.

Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires. Pero la tortuga también estaba cada día más débil, y cada día tenía menos fuerzas. Pero ella no se quejaba. A veces quedaba tendida en el suelo, completamente sin fuerzas. Y el hombre recuperaba un poco el conocimiento. Entonces decía en voz alta:

—Voy a morir. Estoy cada vez más enfermo, y solo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte.

Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. Entonces la tortuga se levantaba y empezaba otra vez a caminar.

Pero un día, al atardecer, la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana, porque quería llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.

Cuando ya era completamente de noche, vio una luz lejana en el horizonte. Era un resplandor, e iluminaba el cielo. Ella no supo qué era. Se sentía cada vez más débil. Entonces cerró los ojos para morir junto con el cazador. Pensaba con tristeza en el hombre. Él había sido bueno con ella, y ella no había podido salvarlo.

Y sin embargo, ya estaba en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz en el cielo era el resplandor de la ciudad. Iba a morir cuando ya estaba al final de su viaje heroico.

Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros. Los dos se estaban muriendo.

—¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y qué es eso que llevas en el lomo? ¿Es leña?

—No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es un hombre.

—¿Y adónde vas con ese hombre? —preguntó el ratón, que era curioso.

La pobre tortuga respondió con una voz tan baja que casi no se oía:

—Voy... voy... quería ir a Buenos Aires. Pero vamos a morir aquí, porque nunca llegaré...

—¡Ah, zonza, zonza! —dijo el ratoncito, y se rio—. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá es Buenos Aires.

Cuando oyó esto, la tortuga sintió una fuerza inmensa. Sintió esa fuerza porque todavía tenía tiempo para salvar al cazador. Y empezó a caminar otra vez.

Todavía era de madrugada cuando el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga. Estaba llena de barro y muy flaca. Traía en su lomo a un hombre acostado. El hombre estaba atado con enredaderas y no podía caerse. Se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo. Él mismo fue corriendo a buscar remedios, y con ellos el cazador se curó en seguida.

Entonces el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga. Supo que ella había hecho un viaje de trescientas leguas para llevarlo hasta los remedios. Y ya no quiso separarse de ella. Pero no podía tenerla en su casa, porque su casa era muy chica. Por eso el director del Zoológico prometió tenerla en el jardín. Prometió cuidarla como a su propia hija.

Y así fue. La tortuga está feliz y contenta, porque todos la quieren. Pasea por todo el jardín. Es la misma gran tortuga que vemos todos los días. Come el pastito alrededor de las jaulas de los monos.

El cazador la va a ver todas las tardes. Ella conoce a su amigo de lejos, por los pasos. Pasan un par de horas juntos. Y ella nunca quiere dejarlo ir sin una palmadita de cariño en el lomo.

### Glosario

- **monte**: bosque grande y salvaje.
- **escopeta**: arma larga para cazar.
- **bichos**: animales, sobre todo pequeños o del monte.
- **cueros**: pieles de animales.
- **plata**: dinero.
- **ramada**: refugio simple hecho con ramas y hojas.
- **mate**: aquí, fruto muy grande y seco que se usa como recipiente.
- **lomo**: espalda de un animal; aquí, también la parte de arriba de la tortuga.
- **yuyitos**: hierbas pequeñas.
- **enredaderas**: plantas largas y delgadas que suben por los árboles.
- **piolas**: cuerdas delgadas.
- **legua**: medida antigua de distancia, unos cinco kilómetros.
- **resplandor**: luz fuerte que se ve de lejos.
- **zonza**: tonta.
- **tortuga**: animal lento con una parte muy dura sobre la espalda.
- **adelantado**: por adelantado: antes de hacer el trabajo.
- **palmera**: árbol alto de lugares calientes, con hojas grandes arriba.
- **atado**: paquete de cosas unidas con una cuerda.
- **víboras**: serpientes.
- **kerosene**: líquido que se quema para dar luz o calor.
- **apetito**: ganas de comer.
- **rugido**: grito fuerte de un animal grande, como el tigre.
- **puntería**: habilidad para dar con un arma en el lugar exacto.
- **alfombra**: tela gruesa que cubre el suelo de un cuarto.
- **colgaba**: de colgar; estaba sujeta por arriba, sin apoyo abajo.
- **arrastrando**: tirando de algo por el suelo.
- **dolía**: de doler; sentía dolor.
- **cáscara**: parte dura de afuera; aquí, la parte dura de una tortuga.
- **oyó**: de oír; escuchó un sonido.

## Las medias de los flamencos

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, y a los flamencos. También invitaron a los yacarés y a los pescados. Los pescados no caminan, y por eso no pudieron bailar. Pero el baile era a la orilla del río. Así, los pescados se asomaban a la arena y aplaudían con la cola.

Los yacarés querían estar muy elegantes. Se habían puesto en el cuello un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo. Al caminar se movían de un lado a otro. Parecía que nadaban. Pasaban muy serios por la orilla del río. Y cada vez los pescados les gritaban y se burlaban de ellos.

Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo y caminaban en dos pies. Además, de cada rana colgaba una luciérnaga, como un farolito. La luciérnaga se movía de un lado a otro.

Pero las más hermosas eran las víboras. Todas, sin excepción, llevaban traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado. Las verdes llevaban una de tul verde, y las amarillas, otra de tul amarillo. Las yararás llevaban una pollerita de tul gris. Estaba pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza. Porque así es el color de las yararás.

Las víboras de coral eran las más espléndidas de todas. Llevaban larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas. Las víboras bailaban y daban vueltas sobre la punta de la cola. Entonces todos los invitados aplaudían como locos.

Solo los flamencos estaban tristes. En aquel tiempo tenían las patas blancas. Su nariz era entonces como ahora, muy gruesa y torcida. Estaban tristes porque tienen muy poca inteligencia, y no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Las víboras pasaban delante de ellos, coqueteaban y movían sus gasas de serpentina. Y cada vez los flamencos sentían una envidia terrible.

Un flamenco dijo entonces:

—Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras. Y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

Todos juntos levantaron el vuelo y cruzaron el río. Fueron a golpear en un almacén del pueblo.

—¡Tan-tan! —pegaron con las patas.

—¿Quién es? —respondió el almacenero.

—Somos los flamencos. ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?

—No, no hay —contestó el almacenero—. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así.

Los flamencos fueron entonces a otro almacén.

—¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero contestó:

—¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿Quiénes son?

—Somos los flamencos —respondieron ellos.

Y el hombre dijo:

—Entonces seguro que son flamencos locos.

Fueron entonces a otro almacén.

—¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero gritó:

—¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse en seguida!

Y el hombre los echó con la escoba.

Así los flamencos fueron a todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos.

Un tatú había ido al río a tomar agua. Entonces quiso burlarse de los flamencos. Les hizo un gran saludo y les dijo:

—¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez hay en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.

Los flamencos le dieron las gracias. Se fueron volando a la cueva de la lechuza y le dijeron:

—¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras. Si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

—¡Con mucho gusto! —respondió la lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo en seguida.

Se echó a volar y dejó solos a los flamencos. Al rato volvió con las medias. Pero no eran medias. Eran cueros de víboras de coral, unos cueros lindísimos. La lechuza acababa de sacarlos a las víboras que había cazado.

—Aquí están las medias —les dijo la lechuza—. No se preocupen de nada, solo de una cosa. Bailen toda la noche. Bailen sin parar un momento. Bailen de costado, de pico, de cabeza, no importa cómo. Pero no paren un momento, porque entonces, en vez de bailar, van a llorar.

Pero los flamencos son muy tontos, y no comprendían bien el gran peligro. Locos de alegría, se pusieron los cueros de las víboras de coral como medias. Metieron las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.

Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar únicamente con ellos. Los flamencos no dejaban de mover las patas ni un instante. Por eso las víboras no podían ver bien de qué eran aquellas preciosas medias.

Pero poco a poco las víboras empezaron a desconfiar. Cuando los flamencos bailaban a su lado, ellas se agachaban hasta el suelo. Querían ver bien.

Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No dejaban de mirar las medias. También se agachaban y trataban de tocar con la lengua las patas de los flamencos. Lo hacían porque la lengua de las víboras es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin parar. Bailaban aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.

Las víboras de coral se dieron cuenta de esto. En seguida les pidieron a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz. Y esperaron todas juntas el momento en que los flamencos iban a caer de cansados.

Y así fue. Un minuto después, un flamenco ya no pudo más. Tropezó con el cigarro de un yacaré, perdió el equilibrio y cayó de costado. En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos. Alumbraron bien las patas del flamenco. Vieron qué eran aquellas medias. Y lanzaron un silbido, y el silbido se oyó desde la otra orilla del Paraná.

—¡No son medias! —gritaron las víboras—. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral!

Los flamencos oyeron esto y sintieron mucho miedo, porque las víboras ya sabían la verdad. Quisieron volar, pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola ala. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos. Se enroscaron en sus patas y les deshicieron las medias a mordiscos. Furiosas, les arrancaban las medias en pedazos. También les mordían las patas, porque querían matarlos.

Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro. Pero las víboras de coral seguían enroscadas en sus patas. Por fin ya no quedaba un solo pedazo de media. Entonces las víboras los dejaron libres. Estaban cansadas, y se arreglaban las gasas de su traje de baile.

Además, las víboras de coral estaban seguras de una cosa: los flamencos iban a morir. Porque por lo menos la mitad de las que los habían mordido eran venenosas.

Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, con un dolor grandísimo. Gritaban de dolor. Sus patas eran blancas, pero entonces estaban coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre sentían un terrible ardor en las patas. Y las patas seguían de color de sangre, porque estaban envenenadas.

Esto pasó hace muchísimo tiempo. Todavía hoy los flamencos tienen las patas coloradas. Las tienen en el agua casi todo el día. Así tratan de calmar el ardor.

A veces se alejan de la orilla y dan unos pasos por tierra. Quieren ver cómo están. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor es tan grande que encogen una pata. Y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.

Esta es la historia de los flamencos. Antes tenían las patas blancas, y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse. Se comen a cualquier pescadito que se acerca demasiado para burlarse de ellos.

### Glosario

- **yacarés**: animales grandes del río, como cocodrilos pequeños.
- **pescados**: aquí, peces vivos.
- **luciérnaga**: insecto pequeño que da luz por la noche. También se llama bichito de luz.
- **farolito**: lámpara pequeña que se lleva en la mano o cuelga.
- **pollerita**: falda pequeña.
- **tul**: tela muy fina y ligera.
- **yararás**: víboras venenosas de color gris con dibujos oscuros.
- **gasas**: telas muy finas, casi transparentes.
- **serpentinas**: tiras largas de papel de colores, usadas en las fiestas.
- **almacén**: tienda donde se venden muchas cosas.
- **narigudos**: con la nariz muy grande.
- **tatú**: animal pequeño con el cuerpo cubierto por una especie de armadura dura.
- **encomienda postal**: paquete que se envía por correo.
- **ardor**: dolor que quema.
- **víboras**: serpientes.
- **ranas**: animales pequeños que saltan y viven cerca del agua.
- **sapos**: animales parecidos a las ranas, pero más gordos.
- **flamencos**: pájaros grandes de patas muy largas que viven cerca del agua.
- **flamenco**: uno de los flamencos.
- **se asomaban**: sacaban un poco el cuerpo para mirar.
- **aplaudían**: daban golpes con las manos para mostrar que algo les gustaba; aquí, con la cola.
- **collar**: adorno que se lleva alrededor del cuello.
- **bananas**: frutas largas y amarillas.
- **cigarros**: hojas de tabaco enrolladas para fumar.
- **escamas**: piezas pequeñas y duras que cubren el cuerpo de los peces.
- **enamorar**: hacer que alguien sienta amor.
- **almacenero**: dueño de un almacén.
- **lechuza**: pájaro de noche con ojos grandes.
- **agachaban**: bajaban el cuerpo hacia el suelo.
- **silbido**: sonido fino y fuerte.

## El loro pelado

Había una vez una bandada de loros que vivían en el monte. Por la mañana, temprano, iban a comer choclos a la chacra. Por la tarde comían naranjas. Hacían mucho ruido con sus gritos. Siempre tenían un loro de centinela en los árboles más altos. Miraba si venía alguien.

Los loros hacen tanto daño como la langosta. Esto es porque abren los choclos con el pico para comer. Después los choclos se pudren con la lluvia. Además, los loros guisados son ricos para comer. Por eso los peones los cazaban a tiros.

Un día, un hombre le tiró a un loro centinela. El loro cayó herido, y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los hijos del patrón. Los chicos lo curaron, porque solo tenía un ala rota. El loro se curó muy bien y se hizo completamente manso. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata. Le gustaba estar en el hombro de las personas. Y con el pico les hacía cosquillas en la oreja.

Vivía libre, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. También le gustaba burlarse de las gallinas. En la casa tomaban el té a las cuatro o cinco de la tarde. A esa hora el loro entraba también en el comedor. Subía por el mantel con el pico y las patas. Y comía pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.

Pedrito estaba mucho con los chicos, y las criaturas le decían muchas cosas. Por eso el loro aprendió a hablar. Decía: “¡Buen día, lorito!...”, “¡Rica, la papa!...”, “¡Papa para Pedrito!...” Decía también otras cosas que no se pueden repetir. Porque los loros, como los chicos, aprenden muy fácilmente las malas palabras.

Cuando llovía, Pedrito levantaba las plumas. Se contaba a sí mismo muchas cosas, muy bajito. Cuando el tiempo mejoraba, salía volando y gritaba como un loco.

Era, como se ve, un loro muy feliz. Era libre, como quieren ser todos los pájaros. Y además tenía, como las personas ricas, su té de las cinco.

Pero en medio de esta felicidad pasó algo. Una tarde de lluvia, por fin salió el sol, después de cinco días de tormenta. Pedrito se puso a volar y gritaba: “¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica, papa!... ¡La pata, Pedrito!...” Volaba lejos. Entonces vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná. Parecía una cinta blanca, ancha y lejana. Y siguió, siguió volando. Por fin se paró en un árbol para descansar.

De pronto vio brillar en el suelo, entre las ramas, dos luces verdes. Parecían enormes bichos de luz.

—¿Qué será? —se dijo el loro—. “¡Rica, papa!...” ¿Qué será eso?... “¡Buen día, Pedrito!...”

El loro hablaba siempre así, como todos los loros. Mezclaba las palabras sin ningún orden, y a veces era difícil entenderlo. Como era muy curioso, fue bajando de rama en rama hasta acercarse. Entonces vio qué eran aquellas dos luces verdes. Eran los ojos de un tigre. Estaba agachado y lo miraba fijamente.

Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día que no tuvo ningún miedo.

—¡Buen día, tigre! —le dijo—. “¡La pata, Pedrito!...”

Y el tigre respondió con esa voz terriblemente ronca que tiene:

—**¡Bu-en dí-a!**

—¡Buen día, tigre! —repitió el loro—. “¡Rica, papa!... ¡Rica, papa!... ¡Rica, papa!...”

Decía tantas veces “¡rica, papa!” porque ya eran las cuatro de la tarde. Tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de una cosa. Los bichos del monte no toman té con leche. Por eso invitó al tigre.

—¡Rico, té con leche! —le dijo—. “¡Buen día, Pedrito!...” ¿Querés tomar té con leche conmigo, amigo tigre?

Pero el tigre se puso furioso, porque creyó que el loro se reía de él. Además, él también tenía hambre, y quiso comerse al pájaro hablador. Por eso le contestó:

—**¡Bue-no! ¡Acercá-te un po-co, que soy sor-do!**

El tigre no era sordo. Quería tener a Pedrito muy cerca para agarrarlo con un golpe de su pata. Pero el loro solamente pensaba en la alegría que iba a tener la familia. Iba a llegar a la casa con aquel magnífico amigo, para tomar té con leche. Y voló a otra rama más cerca del suelo.

—¡Rica, papa, en casa! —repitió, y gritó con todas sus fuerzas.

—**¡Más cer-ca! ¡No oi-go!** —respondió el tigre con su voz ronca.

El loro se acercó un poco más y dijo:

—¡Rico, té con leche!

—**¡Más cer-ca toda-vía!** —repitió el tigre.

El pobre loro se acercó aún más. En ese momento el tigre dio un salto terrible, tan alto como una casa. Alcanzó a Pedrito con la punta de las uñas. No pudo matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola.

—**¡Tomá!** —rugió el tigre—. **Andá a tomar té con leche...**

El loro gritaba de dolor y de miedo, y se fue volando. Pero no podía volar bien, porque no tenía cola. La cola es como el timón de los pájaros. Volaba y caía en el aire de un lado para otro. Todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.

Por fin pudo llegar a la casa. Lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo del mundo. Estaba todo pelado, sin cola, y temblaba de frío.

¿Cómo iba a presentarse en el comedor con ese aspecto? Entonces voló hasta un hueco en el tronco de un eucalipto. El hueco era como una cueva. Se escondió en el fondo, y temblaba de frío y de vergüenza.

Pero mientras tanto, en el comedor, todos notaban que no estaba.

—¿Dónde estará Pedrito? —decían. Y llamaban—: ¡Pedrito! ¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!

Pero Pedrito no salía de su cueva. No respondía nada, y estaba mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Entonces todos creyeron que Pedrito había muerto, y los chicos se pusieron a llorar.

Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban del loro. Recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre Pedrito! Nunca más lo iban a ver, porque había muerto.

Pero Pedrito no había muerto. Seguía en su cueva y no se dejaba ver por nadie. Sentía mucha vergüenza, porque estaba pelado como un ratón. De noche bajaba a comer, y subía en seguida. De madrugada bajaba otra vez, muy ligero. Iba a mirarse en el espejo de la cocinera. Siempre estaba muy triste, porque las plumas tardaban mucho en crecer.

Por fin, un día, o una tarde, la familia estaba sentada a la mesa. Era la hora del té. Y vio entrar a Pedrito, muy tranquilo. Se movía de un lado a otro al caminar. Parecía que no había pasado nada. Todos sintieron una alegría enorme cuando lo vieron, bien vivo y con lindísimas plumas.

—¡Pedrito, lorito! —le decían—. ¿Qué te pasó, Pedrito? ¡Qué plumas brillantes tiene el lorito!

Pero no sabían que eran plumas nuevas. Y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. Solamente comía pan mojado en té con leche. Pero hablar, ni una sola palabra.

Por eso el dueño de casa se sorprendió mucho a la mañana siguiente. El loro fue volando a pararse en su hombro, y charlaba como un loco. En dos minutos le contó lo que le había pasado. Le contó su paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre y lo demás. Y terminaba cada cuento cantando:

—¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!

Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.

Precisamente en ese momento el dueño de casa iba a comprar una piel de tigre. La necesitaba para la estufa. Quedó muy contento, porque ahora podía tenerla gratis. Volvió a entrar en la casa para tomar la escopeta. Y salió con Pedrito de viaje al Paraguay. Hicieron este plan: al ver al tigre, Pedrito iba a distraerlo con su charla. Así el hombre iba a poder acercarse despacito con la escopeta.

Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba. Al mismo tiempo miraba a todos lados para ver al tigre. Por fin oyó un ruido de ramas rotas. De repente vio debajo del árbol dos luces verdes fijas en él. Eran los ojos del tigre.

Entonces el loro se puso a gritar:

—¡Lindo día!... ¡Rica, papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té con leche?...

El tigre reconoció a aquel loro pelado. Él creía que lo había matado, y ahora el loro tenía otra vez lindísimas plumas. Se enojó muchísimo, y juró que esta vez el loro no iba a escapar. Sus ojos brillaron de rabia, y respondió con su voz ronca:

—**¡Acer-cá-te más! ¡Soy sor-do!**

El loro voló a otra rama más cerca, y seguía charlando:

—¡Rico, pan con leche!... ¡ESTÁ AL PIE DE ESTE ÁRBOL!...

Cuando oyó estas últimas palabras, el tigre lanzó un rugido. Y se levantó de un salto.

—**¿Con quién estás hablando?** —rugió—. **¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?**

—¡A nadie, a nadie! —gritó el loro—. ¡Buen día, Pedrito!... ¡La pata, lorito!

Y seguía charlando y saltaba de rama en rama, cada vez más cerca. Pero él había dicho **Está al pie del árbol** para avisarle al hombre. El hombre se acercaba muy agachado, con la escopeta al hombro.

Llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más. Porque si seguía, caía en la boca del tigre. Entonces gritó:

—¡Rica, papa!... ¡ATENCIÓN!

—**¡Más cer-ca aún!** —rugió el tigre, y se agachó para saltar.

—¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO, VA A SALTAR!

Y el tigre saltó. Dio un salto enorme. Pero al mismo tiempo el loro se lanzó al aire como una flecha. Así evitó el salto. El hombre tenía el cañón de la escopeta apoyado en un tronco para apuntar bien. En ese mismo instante apretó el gatillo. Eran nueve balines, cada uno del tamaño de un garbanzo. Entraron como un rayo en el corazón del tigre. El tigre lanzó un rugido, y todo el monte tembló. Y cayó muerto.

Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! Estaba loco de contento porque se había vengado. Se había vengado —¡y bien vengado!— del feísimo animal que le había sacado las plumas.

El hombre también estaba muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil. Y además ya tenía la piel para la estufa del comedor.

Llegaron a la casa. Entonces todos supieron por qué Pedrito estuvo tanto tiempo escondido en el hueco del árbol. Y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.

Desde entonces vivieron muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre. Todas las tardes entraba en el comedor para tomar el té. Entonces se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa. Y lo invitaba a tomar té con leche.

—¡Rica, papa!... —le decía—. ¿Querés té con leche?... ¡La papa para el tigre!...

Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.

### Glosario

- **bandada**: grupo grande de pájaros que vuelan juntos.
- **choclos**: mazorcas de maíz.
- **chacra**: pequeña granja, tierra donde se cultiva.
- **centinela**: el que vigila para avisar si hay peligro.
- **langosta**: insecto que vuela en grupos y come las plantas.
- **peones**: hombres que trabajan en el campo para un patrón.
- **tenía locura por**: le gustaba muchísimo.
- **papa**: aquí, palabra de niños que quiere decir comida.
- **timón**: pieza que da la dirección a un barco.
- **estufa**: lugar de la casa donde se quema leña para calentar.
- **balines**: balas muy pequeñas de escopeta.
- **hazaña**: acción grande y difícil.
- **se morían de risa**: se reían muchísimo.
- **loro**: pájaro de colores que puede aprender a hablar.
- **loros**: más de un loro.
- **lorito**: loro pequeño; forma cariñosa de decir loro.
- **pluma**: cada una de las piezas suaves que cubren el cuerpo de los pájaros.
- **plumas**: más de una pluma.
- **mojado**: con agua, leche u otro líquido.
- **pelado**: aquí, sin plumas.
- **agachado**: con el cuerpo bajo, cerca del suelo.
- **rugió**: gritó fuerte, como un tigre.
- **rugido**: grito fuerte de un animal grande, como el tigre.
- **caía**: de caer; iba hacia abajo.
- **temblaba**: se movía un poco y muy rápido, por el frío o el miedo.
- **oyó**: de oír; escuchó un sonido.
- **pudren**: de pudrirse; se ponen malos y se deshacen.
- **guisados**: cocinados en una olla, con salsa.
- **peón**: hombre que trabaja en el campo para un patrón.
- **cosquillas**: lo que se siente cuando alguien toca suavemente la piel y da risa.
- **eucaliptos**: árboles muy altos, de hojas largas y olor fuerte.
- **mantel**: tela que cubre la mesa.
- **llovía**: de llover; caía agua del cielo.
- **furioso**: muy enojado.
- **reía**: de reír; "se reía de él": se burlaba de él.
- **sordo**: que no puede oír.
- **alejaban**: de alejarse; se iban lejos.
- **cer-ca, sor-do, dí-a, oi-go**: el tigre separa las partes de las palabras: cerca, sordo, día, oigo.

## La guerra de los yacarés

En un río muy grande, en un país desierto, vivían muchos yacarés. Nunca había estado allí un hombre. Eran más de cien o más de mil. Comían pescados y bichos que iban a tomar agua al río, pero sobre todo pescados. Dormían la siesta en la arena de la orilla. Y a veces jugaban sobre el agua en las noches de luna.

Todos vivían muy tranquilos y contentos. Pero una tarde, durante la siesta, un yacaré se despertó de golpe. Levantó la cabeza, porque creía haber oído un ruido. Escuchó bien, y lejos, muy lejos, oyó de verdad un ruido bajo y profundo. Entonces llamó al yacaré que dormía a su lado.

—¡Despiértate! —le dijo—. Hay peligro.

—¿Qué cosa? —respondió el otro, asustado.

—No sé —contestó el primer yacaré—. Oigo un ruido desconocido.

El segundo yacaré oyó también el ruido, y en un momento despertaron a los otros.

Todos se asustaron, y corrían de un lado para otro con la cola levantada.

Tenían razón para estar inquietos, porque el ruido crecía y crecía. Pronto vieron a lo lejos como una nubecita de humo. Y oyeron un ruido de **chas-chas** en el río. Eran como golpes en el agua, muy lejos.

Los yacarés se miraban unos a otros: ¿qué podía ser aquello?

Había un yacaré viejo y sabio, el más sabio y viejo de todos. Solo le quedaban dos dientes sanos en los costados de la boca. Una vez había hecho un viaje hasta el mar. Este viejo yacaré dijo de repente:

—¡Yo sé lo que es! ¡Es una ballena! ¡Son grandes y echan agua blanca por la nariz! El agua cae para atrás.

Cuando oyeron esto, los yacarés chiquitos se pusieron a gritar como locos de miedo. Se tiraban al agua de cabeza, y gritaban:

—¡Es una ballena! ¡Ahí viene la ballena!

Pero el viejo yacaré sacudió por la cola al yacarecito que tenía más cerca.

—¡No tengan miedo! —les gritó—. ¡Yo sé lo que es la ballena! ¡Ella tiene miedo de nosotros! ¡Siempre tiene miedo!

Con esto los yacarés chicos se tranquilizaron. Pero en seguida volvieron a asustarse, porque el humo gris se volvió negro de repente. Y todos oyeron ahora muy fuerte el **chas-chas-chas** en el agua. Los yacarés, llenos de miedo, se hundieron en el río. Dejaron fuera solamente los ojos y la punta de la nariz. Y así vieron pasar delante de ellos aquella cosa inmensa. Estaba llena de humo y golpeaba el agua. Era un vapor de ruedas, y navegaba por primera vez por aquel río.

El vapor pasó, se alejó y desapareció.

Entonces los yacarés salieron poco a poco del agua. Estaban muy enojados con el viejo, porque los había engañado con eso de la ballena.

—¡Eso no es una ballena! —le gritaron en las orejas, porque era un poco sordo—. ¿Qué es eso que pasó?

Entonces el viejo yacaré les explicó que era un vapor, lleno de fuego. Y dijo que los yacarés iban a morir todos si el buque seguía pasando.

Pero ellos se pusieron a reír, porque creyeron que el viejo se había vuelto loco. ¿Por qué iban a morir ellos si el vapor seguía pasando? ¡Estaba bien loco, el pobre yacaré viejo!

Y como tenían hambre, se pusieron a buscar pescados.

Pero no había ni un pescado. No encontraron un solo pescado. Todos se habían ido, porque el ruido del vapor los asustó. No había más pescados.

—¿No les decía yo? —dijo entonces el viejo yacaré—. Ya no tenemos nada para comer. Todos los pescados se han ido. Vamos a esperar hasta mañana. Tal vez el vapor no vuelve más. Entonces los pescados van a perder el miedo y van a volver.

Pero al día siguiente oyeron otra vez el ruido en el agua. Y vieron pasar otra vez al vapor. Hacía mucho ruido y echaba tanto humo que oscurecía el cielo.

—Bueno —dijeron entonces los yacarés—, el buque pasó ayer, pasó hoy y pasará mañana. Ya no habrá más pescados, y los bichos no vendrán a tomar agua. Y moriremos de hambre. Hagamos entonces un dique.

—¡Sí, un dique! ¡Un dique! —gritaron todos, y nadaron con todas sus fuerzas hacia la orilla—. ¡Hagamos un dique!

En seguida se pusieron a hacer el dique. Fueron todos al bosque y cortaron más de diez mil árboles. Eran sobre todo lapachos y quebrachos, porque tienen la madera muy dura. Los cortaron con la especie de serrucho que los yacarés tienen encima de la cola. Los empujaron hasta el agua. Y los clavaron a todo lo ancho del río, a un metro uno de otro. Ningún buque podía pasar por allí, ni grande ni chico. Estaban seguros: nadie iba a venir a asustar a los pescados. Y como estaban muy cansados, se acostaron a dormir en la playa.

Al otro día todavía dormían cuando oyeron el **chas-chas-chas** del vapor. Todos lo oyeron, pero ninguno se levantó, ni abrió siquiera los ojos. ¿Qué les importaba el buque? Podía hacer todo el ruido del mundo, pero por allí no iba a pasar.

En efecto, el vapor se detuvo cuando todavía estaba lejos. Los hombres que iban dentro miraron con anteojos aquella cosa que cruzaba el río. Y mandaron un bote para ver qué les impedía pasar. Entonces los yacarés se levantaron y fueron al dique. Miraron entre los palos, y se reían del vapor, que ahora no podía seguir.

El bote se acercó y vio el enorme dique de los yacarés. Volvió al vapor. Pero después volvió otra vez al dique, y los hombres del bote gritaron:

—¡Eh, yacarés!

—¿Qué hay? —respondieron los yacarés, y sacaron la cabeza entre los troncos del dique.

—¡Eso nos está molestando! —siguieron los hombres.

—¡Ya lo sabemos!

—¡No podemos pasar!

—¡Eso es lo que queremos!

—¡Saquen el dique!

—¡No lo sacamos!

Los hombres del bote hablaron un rato en voz baja entre ellos. Después gritaron:

—¡Yacarés!

—¿Qué hay? —contestaron ellos.

—¿No lo sacan?

—¡No!

—¡Hasta mañana, entonces!

—¡Hasta cuando quieran!

Y el bote volvió al vapor. Mientras tanto, los yacarés, locos de contento, daban tremendos golpes de cola en el agua. Ningún vapor iba a pasar por allí, y siempre, siempre iba a haber pescados.

Pero al día siguiente volvió el vapor. Los yacarés miraron el buque y se quedaron mudos de sorpresa. Ya no era el mismo buque. Era otro, un buque de color ratón, mucho más grande que el otro. ¿Qué nuevo vapor era ese? ¿Ese también quería pasar? No iba a pasar, no. ¡Ni ese, ni otro, ni ningún otro!

—¡No, no va a pasar! —gritaron los yacarés, y se lanzaron al dique. Cada uno fue a su puesto entre los troncos.

El nuevo buque se detuvo lejos, como el otro. Y también como el otro bajó un bote, y el bote se acercó al dique.

Dentro venían un oficial y ocho marineros. El oficial gritó:

—¡Eh, yacarés!

—¿Qué hay? —respondieron ellos.

—¿No sacan el dique?

—No.

—¿No?

—¡No!

—Está bien —dijo el oficial—. Entonces lo vamos a echar a pique a cañonazos.

—¡Echen! —contestaron los yacarés.

Y el bote volvió al buque.

Ese buque de color ratón era un buque de guerra, un acorazado con terribles cañones. El viejo yacaré sabio había ido una vez hasta el mar. Y se acordó de repente. Apenas tuvo tiempo de gritar a los otros yacarés:

—¡Escóndanse bajo el agua! ¡Ligero! ¡Es un buque de guerra! ¡Cuidado! ¡Escóndanse!

Los yacarés desaparecieron en un instante bajo el agua. Nadaron hacia la orilla y se quedaron hundidos. Solo tenían la nariz y los ojos fuera del agua. En ese mismo momento salió del buque de guerra una gran nube blanca de humo. Sonó un ruido terrible. Una enorme bala de cañón cayó en el dique, justo en el medio. Dos o tres troncos volaron en pedazos. En seguida cayó otra bala, y otra, y otra más. Cada una hacía saltar por el aire un pedazo de dique. Y lo rompía en astillas. Y al final no quedó nada del dique. Ni un tronco, ni una astilla, ni una cáscara. El acorazado lo había deshecho todo a cañonazos. Los yacarés estaban hundidos en el agua, con solo los ojos y la nariz fuera. Y así vieron pasar al buque de guerra, que silbaba con toda su fuerza.

Entonces los yacarés salieron del agua y dijeron:

—Hagamos otro dique mucho más grande que el otro.

Y esa misma tarde y esa misma noche hicieron otro dique, con troncos inmensos. Después se acostaron a dormir, cansadísimos. Al día siguiente todavía dormían cuando el buque de guerra llegó otra vez. Y el bote se acercó al dique.

—¡Eh, yacarés! —gritó el oficial.

—¿Qué hay? —respondieron los yacarés.

—¡Saquen ese otro dique!

—¡No lo sacamos!

—¡Lo vamos a deshacer a cañonazos como al otro!

—¡Deshagan... si pueden!

Hablaban así con orgullo, porque estaban seguros de una cosa. Ni todos los cañones del mundo podían deshacer su nuevo dique.

Pero un rato después el buque se llenó otra vez de humo. Hubo un ruido horrible, y la bala reventó en el medio del dique. Reventó porque esta vez habían tirado con granada. La granada reventó entre los troncos. Hizo saltar las enormes vigas y las rompió en astillas. La segunda reventó al lado de la primera. Y otro pedazo de dique voló por el aire. Y así fueron deshaciendo el dique. Y no quedó nada del dique, nada, nada. Entonces el buque de guerra pasó delante de los yacarés. Y los hombres se burlaban de ellos y se tapaban la boca.

—Bueno —dijeron entonces los yacarés al salir del agua—. Moriremos todos, porque el buque va a pasar siempre y los pescados no volverán.

Y estaban tristes, porque los yacarés chiquitos se quejaban de hambre.

Entonces el viejo yacaré dijo:

—Todavía tenemos una esperanza de salvarnos. Vamos a ver al Surubí. Yo hice con él mi viaje hasta el mar. Y él tiene un torpedo. Él vio un combate entre dos buques de guerra. Y trajo hasta aquí un torpedo que no reventó. Vamos a pedírselo. Él está muy enojado con nosotros, los yacarés, pero tiene buen corazón. No va a querer la muerte de todos nosotros.

Muchos años antes, los yacarés se habían comido a un sobrinito del Surubí. Desde entonces el Surubí no quiso tener más relación con los yacarés. Pero a pesar de todo, fueron corriendo a ver al Surubí. Vivía en una gruta grandísima en la orilla del río Paraná. Y dormía siempre al lado de su torpedo. Hay surubíes de hasta dos metros de largo. El dueño del torpedo era uno de esos.

—¡Eh, Surubí! —gritaron todos los yacarés desde la entrada de la gruta.

No se atrevían a entrar, por aquel asunto del sobrinito.

—¿Quién me llama? —contestó el Surubí.

—¡Somos nosotros, los yacarés!

—No tengo ni quiero tener relación con ustedes —respondió el Surubí, de mal humor.

Entonces el viejo yacaré entró un poco en la gruta y dijo:

—¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo, el yacaré que hizo contigo el viaje hasta el mar!

Al oír esa voz conocida, el Surubí salió de la gruta.

—¡Ah, no te había conocido! —le dijo con cariño a su viejo amigo—. ¿Qué quieres?

—Venimos a pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que pasa por nuestro río y asusta a los pescados. Es un buque de guerra, un acorazado. Hicimos un dique, y lo echó a pique. Hicimos otro, y lo echó también a pique. Los pescados se han ido, y moriremos de hambre. Danos el torpedo, y nosotros lo echaremos a pique a él.

Cuando oyó esto, el Surubí pensó un largo rato. Y después dijo:

—Está bien. Les voy a prestar el torpedo. Pero siempre me acuerdo de lo que hicieron con el hijo de mi hermano. ¿Quién sabe hacer reventar el torpedo?

Ninguno sabía, y todos se callaron.

—Está bien —dijo el Surubí con orgullo—. Yo lo haré reventar. Yo sé hacer eso.

Entonces organizaron el viaje. Los yacarés se ataron todos unos con otros. Iban atados de la cola de uno al cuello del otro. De la cola de este al cuello de aquel. Así formaron una larga cadena de yacarés, de más de una cuadra. El inmenso Surubí empujó el torpedo hacia la corriente. Se puso debajo de él y lo sostuvo sobre el lomo, para hacerlo flotar. Los yacarés estaban atados con lianas, pero las lianas se terminaron. Por eso el Surubí agarró con los dientes la cola del último yacaré. Y así empezaron la marcha. El Surubí sostenía el torpedo, y los yacarés tiraban y corrían por la costa. Subían, bajaban, saltaban sobre las piedras. Corrían siempre y arrastraban el torpedo. Por la velocidad, el torpedo levantaba olas como un buque.

A la mañana siguiente, muy temprano, llegaron al lugar de su último dique. En seguida empezaron otro. Era mucho más fuerte que los anteriores, porque siguieron un consejo del Surubí. Pusieron los troncos bien juntos, uno al lado del otro. Era un dique realmente enorme.

Pusieron el último tronco. Apenas una hora después, el buque de guerra apareció otra vez. Y el bote con el oficial y los ocho marineros se acercó de nuevo al dique. Los yacarés subieron entonces por los troncos y sacaron la cabeza del otro lado.

—¡Eh, yacarés! —gritó el oficial.

—¿Qué hay? —respondieron los yacarés.

—¿Otra vez el dique?

—¡Sí, otra vez!

—¡Saquen ese dique!

—¡Nunca!

—¿No lo sacan?

—¡No!

—Bueno, entonces oigan —dijo el oficial—. Vamos a deshacer este dique. Y para evitar otro dique, después los vamos a deshacer a ustedes, a cañonazos. No va a quedar ni uno solo vivo. Ni grandes, ni chicos, ni gordos, ni flacos. Ni jóvenes ni viejos, como ese viejísimo yacaré que veo allí. Solo tiene dos dientes en los costados de la boca.

El viejo y sabio yacaré vio que el oficial hablaba de él y se burlaba. Y le dijo:

—Es cierto que me quedan pocos dientes, y algunos rotos. ¿Pero sabe usted qué van a comer mañana estos dientes? —añadió, y abrió su inmensa boca.

—¿Qué van a comer, a ver? —respondieron los marineros.

—A ese oficialito —dijo el yacaré, y bajó rápidamente de su tronco.

Mientras tanto, el Surubí había puesto su torpedo bien en medio del dique. Había ordenado a cuatro yacarés agarrarlo con cuidado. Debían hundirlo en el agua hasta su aviso. Así lo hicieron. En seguida los demás yacarés se hundieron también cerca de la orilla. Dejaron fuera del agua únicamente la nariz y los ojos. El Surubí se hundió al lado de su torpedo.

De repente el buque de guerra se llenó de humo. Y lanzó el primer cañonazo contra el dique. La granada reventó justo en el centro del dique. Hizo volar en mil pedazos diez o doce troncos.

Pero el Surubí estaba atento. Los yacarés sujetaban el torpedo bajo el agua. Apenas se abrió el agujero en el dique, les gritó:

—¡Suelten el torpedo! ¡Ligero, suelten!

Los yacarés soltaron, y el torpedo subió a la superficie del agua.

Todo pasó en menos tiempo del que se necesita para contarlo. El Surubí puso el torpedo bien en el centro del agujero. Apuntó con un solo ojo. Puso en movimiento el mecanismo del torpedo y lo lanzó contra el buque.

¡Ya era tiempo! En ese instante el acorazado lanzaba su segundo cañonazo. La granada iba a reventar entre los palos. Iba a romper en astillas otro pedazo de dique.

Pero el torpedo ya llegaba al buque, y los hombres lo vieron. Mejor dicho, vieron el remolino que hace un torpedo en el agua. Todos dieron un gran grito de miedo. Quisieron mover el acorazado para evitar el torpedo.

Pero era tarde. El torpedo llegó, chocó con el inmenso buque bien en el centro, y reventó.

Nadie puede imaginar el terrible ruido del torpedo. Reventó y partió el buque en quince mil pedazos. Lanzó por el aire, a cuadras y cuadras de distancia, chimeneas, máquinas, cañones, lanchas, todo.

Los yacarés dieron un gran grito de triunfo y corrieron como locos al dique. La granada había abierto un agujero. Desde el dique, por ese agujero, vieron pasar a los hombres. La corriente del río arrastraba a los muertos, a los heridos y a algunos vivos.

Se subieron todos juntos a los dos troncos que quedaban. Estaban a los dos lados del agujero. Cuando los hombres pasaban por allí, los yacarés se burlaban de ellos. Se tapaban la boca con las patas.

No quisieron comer a ningún hombre, aunque bien lo merecían. Pero entonces pasó uno con galones de oro en el traje, y estaba vivo. Solamente entonces el viejo yacaré saltó al agua. Y ¡tac!, en dos golpes de boca se lo comió.

—¿Quién es ese? —preguntó un yacarecito ignorante.

—Es el oficial —le respondió el Surubí—. Mi viejo amigo le había prometido comérselo, y se lo ha comido.

Los yacarés sacaron el resto del dique. Ya no servía para nada, porque ningún buque iba a volver a pasar por allí. Al Surubí le gustaron muchísimo el cinturón y los cordones del oficial. Los pidió de regalo. Tuvo que sacarlos de entre los dientes del viejo yacaré, porque se habían quedado enredados. El Surubí se puso el cinturón y lo abrochó debajo de las aletas. De la punta de sus grandes bigotes colgó los cordones de la espada. La piel del Surubí es muy bonita. Por sus manchas oscuras se parece a la piel de una víbora. Por eso nadó una hora delante de los yacarés, de un lado a otro. Y ellos lo admiraban con la boca abierta.

Después los yacarés lo acompañaron hasta su gruta y le dieron las gracias muchísimas veces. Luego volvieron a su lugar. Los pescados volvieron también. Los yacarés vivieron y viven todavía muy felices. Es porque al fin se acostumbraron a ver pasar vapores y buques que llevan naranjas.

Pero no quieren saber nada de buques de guerra.

### Glosario

- **yacarés**: animales grandes del río, como cocodrilos pequeños.
- **yacaré**: uno de los yacarés.
- **yacarecito**: yacaré pequeño.
- **pescados**: aquí, peces vivos.
- **siesta**: sueño corto de la tarde.
- **oyó**: pasado de «oír» (él): notó un ruido con los oídos.
- **oyeron**: pasado de «oír» (ellos): notaron un ruido con los oídos.
- **asustaron**: de «asustarse»: tener miedo de repente.
- **chas**: sonido de golpes en el agua.
- **ballena**: animal muy grande del mar.
- **chiquitos**: muy pequeños.
- **vapor**: barco que se mueve con el vapor de agua.
- **dique**: pared que cierra el paso en un río.
- **lapachos y quebrachos**: árboles de madera muy dura.
- **serrucho**: herramienta con dientes para cortar madera.
- **troncos**: partes gruesas de los árboles.
- **marineros**: hombres que trabajan en un barco.
- **echar a pique**: destruir, hundir.
- **cañones**: armas muy grandes que lanzan balas.
- **cañonazos**: tiros de cañón.
- **astillas**: trozos pequeños de madera rota.
- **deshacer**: destruir, romper del todo.
- **acorazado**: barco de guerra muy grande con cañones.
- **granada**: bala de cañón que explota.
- **torpedo**: arma que va por debajo del agua y explota contra un barco.
- **reventar**: explotar, romperse con mucha fuerza.
- **gruta**: cueva grande.
- **cuadra**: distancia entre dos calles, unos cien metros.
- **galones**: adornos de oro en el traje de un oficial.

## La gama ciega

Había una vez una venado, una gama. Tuvo dos hijos mellizos, y eso es raro entre los venados. Un gato montés se comió a uno de ellos. Solo quedó la hembra. Las otras gamas la querían mucho. Siempre le hacían cosquillas en los costados.

Su madre le hacía repetir una oración todas las mañanas, cuando empezaba el día. Era la oración de los venados. Y dice así:

I

Hay que oler bien las hojas antes de comerlas, porque algunas son venenosas.

II

Antes de bajar a beber, hay que mirar bien el río y quedarse quieto. Hay que hacerlo para estar seguro de que no hay yacarés.

III

Cada media hora hay que levantar bien alto la cabeza. Hay que oler el viento para sentir el olor del tigre.

IV

Cuando se come pasto del suelo, siempre hay que mirar antes los yuyos. Así se ve si hay víboras.

Este es el padrenuestro de los venados chicos. La gamita lo aprendió bien, y entonces su madre la dejó andar sola.

Pero una tarde la gamita andaba por el monte y comía las hojitas tiernas. De pronto vio algo delante de ella. En el hueco de un árbol podrido colgaban muchas bolitas juntas. Tenían un color oscuro, como el de las pizarras.

¿Qué podía ser aquello? La gamita tenía un poco de miedo. Pero como era muy traviesa, le dio un cabezazo a aquellas cosas. Después salió corriendo.

Entonces vio que las bolitas se habían abierto y que caían gotas. También habían salido muchas mosquitas rubias, de cintura muy fina. Caminaban apuradas por encima de las bolitas.

La gamita se acercó, y las mosquitas no la picaron. Entonces, despacito, muy despacito, probó una gota con la punta de la lengua. Después se pasó la lengua por la boca con gran placer. Aquellas gotas eran miel, y miel riquísima. Era miel porque las bolas de color pizarra eran una colmena de abejitas. Estas abejitas no picaban, porque no tenían aguijón. Hay abejas así.

En dos minutos la gamita se tomó toda la miel. Estaba loca de contento y fue a contárselo a su mamá. Pero su mamá se enojó y le habló seriamente.

—Ten mucho cuidado con los nidos de abejas, mi hija —le dijo—. La miel es una cosa muy rica, pero es muy peligroso ir a sacarla. Nunca debes tocar los nidos que ves.

La gamita gritó contenta:

—¡Pero no pican, mamá! Los tábanos y las uras sí pican. Las abejas, no.

—Estás equivocada, mi hija —continuó la madre—. Hoy has tenido suerte, nada más. Hay abejas y avispas muy malas. Cuidado, mi hija, porque me vas a dar una gran pena.

—¡Sí, mamá! ¡Sí, mamá! —respondió la gamita.

Pero a la mañana siguiente, lo primero que hizo fue seguir los senderos del monte. Los hombres habían abierto esos senderos. Los siguió para ver con más facilidad los nidos de abejas.

Hasta que por fin encontró uno. Esta vez el nido tenía abejas oscuras, con una fajita amarilla en la cintura. Caminaban por encima del nido. El nido también era distinto. Pero la gamita pensó: estas abejas son más grandes. Entonces la miel debe de ser más rica.

También se acordó de las palabras de su mamá. Pero creyó que su mamá exageraba, como exageran siempre las madres de las gamitas. Entonces le dio un gran cabezazo al nido.

¡Nunca debió hacerlo! En seguida salieron cientos de avispas, miles de avispas. La picaron en todo el cuerpo. Le llenaron todo el cuerpo de picaduras: en la cabeza, en la barriga, en la cola. Y lo peor de todo: también en los mismos ojos. Más de diez avispas la picaron en los ojos.

La gamita, loca de dolor, corrió y corrió y gritó. Hasta que de repente tuvo que pararse. Tuvo que pararse porque no veía más. Estaba ciega, ciega del todo.

Los ojos se le habían hinchado enormemente, y no veía más. Entonces se quedó quieta. Temblaba de dolor y de miedo, y solo podía llorar desesperada:

—¡Mamá!... ¡Mamá!...

La gamita tardaba mucho, y su madre salió a buscarla. Por fin la encontró, y ella también se desesperó al verla ciega. La llevó paso a paso hasta su cubil. La gamita iba con la cabeza apoyada en el pescuezo de su madre. En el camino encontraban a los bichos del monte. Todos se acercaban a mirar los ojos de la pobre gamita.

La madre no sabía qué hacer. ¿Qué remedios podía darle ella? Ella sabía bien una cosa. En el pueblo, del otro lado del monte, vivía un hombre que tenía remedios. El hombre era cazador, y cazaba también venados. Pero era un hombre bueno.

Sin embargo, la madre tenía miedo. No quería llevar a su hija a un hombre que cazaba gamas. Como estaba desesperada, se decidió a hacerlo. Pero antes quiso ir a ver al oso hormiguero, que era gran amigo del hombre. Quería pedirle una carta de recomendación.

Salió después de dejar a la gamita bien escondida. Atravesó el monte corriendo, y un tigre casi la alcanzó. Llegó a la guarida de su amigo. Estaba tan cansada que no podía dar un paso más.

Este amigo era, como ya sabemos, un oso hormiguero. Pero era de una especie pequeña. Estos animales tienen un color amarillo. Encima del color amarillo tienen una especie de camiseta negra. Dos cintas pasan por encima de los hombros y sujetan la camiseta. Tienen también una cola que puede agarrar cosas, porque viven casi siempre en los árboles. Se cuelgan de la cola.

¿De dónde venía la gran amistad entre el oso hormiguero y el cazador? Nadie lo sabía en el monte. Pero alguna vez ha de llegar el motivo a nuestros oídos.

La pobre madre llegó hasta el cubil del oso hormiguero.

—¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! —llamó, sin aire.

—¿Quién es? —respondió el oso hormiguero.

—¡Soy yo, la gama!

—¡Ah, bueno! ¿Qué quiere la gama?

—Vengo a pedirle una tarjeta de recomendación para el cazador. La gamita, mi hija, está ciega.

—¡Ah! ¿La gamita? —respondió el oso hormiguero—. Es una buena persona. Si es por ella, sí le doy lo que quiere. Pero no necesita nada escrito... Muéstrele esto, y él la va a atender.

El oso hormiguero extendió la cola. Con la punta le dio a la gama una cabeza de víbora. Estaba completamente seca, y tenía todavía los colmillos venenosos.

—Muéstrele esto —dijo otra vez el comedor de hormigas—. No necesita nada más.

—¡Gracias, oso hormiguero! —respondió contenta la gama—. Usted también es una buena persona.

Y salió corriendo, porque era muy tarde y pronto iba a amanecer.

Pasó por su cubil y recogió a su hija, que se quejaba siempre. Por fin llegaron juntas al pueblo. Allí tuvieron que caminar muy despacito y muy cerca de las paredes. Los perros no debían oírlas.

Ya estaban delante de la puerta del cazador.

—¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! —golpearon.

—¿Qué hay? —respondió una voz de hombre desde adentro.

—¡Somos las gamas!... ¡TENEMOS LA CABEZA DE VÍBORA!

La madre dijo esto muy rápido. Así el hombre iba a saber que ellas eran amigas del oso hormiguero.

—¡Ah, ah! —dijo el hombre, y abrió la puerta—. ¿Qué pasa?

—Venimos a pedirle esto: cure a mi hija, la gamita, que está ciega.

Y le contó al cazador toda la historia de las abejas.

—¡Hum!... Vamos a ver qué tiene esta señorita —dijo el cazador.

Entró otra vez en la casa y salió con una sillita alta. Hizo sentar en ella a la gamita. Así podía verle bien los ojos sin agacharse mucho. Le miró los ojos muy de cerca con un vidrio redondo muy grande. Mientras tanto, la mamá daba luz con el farol de viento, colgado de su cuello.

—Esto no es gran cosa —dijo por fin el cazador, y ayudó a bajar a la gamita—. Pero hay que tener mucha paciencia. Póngale esta pomada en los ojos todas las noches. Téngala 20 días en la oscuridad. Después póngale estos lentes amarillos, y se va a curar.

—¡Muchas gracias, cazador! —respondió la madre, muy contenta y agradecida—. ¿Cuánto le debo?

—No es nada —respondió el cazador, y sonrió—. Pero tenga mucho cuidado con los perros, porque en la otra cuadra vive un hombre. Tiene perros para seguir el rastro de los venados.

Las gamas tuvieron mucho miedo. Casi no pisaban el suelo, y se detenían a cada momento. Y a pesar de eso, los perros las olieron. Las persiguieron media legua dentro del monte. Corrían por una picada muy ancha, y delante iba la gamita, y balaba.

La cura fue como dijo el cazador. Pero solo la gama supo qué difícil fue para ella. Tuvo a la gamita encerrada en el hueco de un gran árbol. Fueron veinte días que no terminaban nunca. Adentro no se veía nada. Por fin, una mañana, la madre apartó con la cabeza el gran montón de ramas. Ella había puesto las ramas contra el hueco del árbol, porque no debía entrar luz. Y la gamita, con sus lentes amarillos, salió corriendo y gritando:

—¡Veo, mamá! ¡Ya veo todo!

Y la gama apoyó la cabeza en una rama. Ella también lloraba de alegría, porque veía curada a su gamita.

Y la gamita se curó del todo. Pero aunque estaba curada, sana y contenta, tenía un secreto. Ese secreto la ponía triste. Y el secreto era este: ella quería pagarle al hombre. Él había sido muy bueno con ella. Lo quería hacer a toda costa, y no sabía cómo.

Hasta que un día creyó haber encontrado la manera. Empezó a recorrer la orilla de las lagunas y de los bañados. Buscaba plumas de garzas para llevarle al cazador. El cazador, por su parte, se acordaba a veces de aquella gamita ciega. Él la había curado.

Una noche de lluvia, el hombre estaba leyendo en su cuarto. Estaba muy contento porque acababa de arreglar el techo de paja. Ahora ya no entraba la lluvia. Mientras leía, oyó que llamaban a la puerta. Abrió y vio a la gamita. Le traía un atadito, un plumerito todo mojado de plumas de garza.

El cazador se puso a reír. La gamita sintió vergüenza, porque creía que se reía de su pobre regalo. Y se fue muy triste. Entonces buscó plumas muy grandes, bien secas y limpias. Una semana después volvió con ellas. La primera vez, el hombre se había reído de cariño. Esta vez no se rio, porque la gamita no comprendía su risa. Pero le regaló un tubo de tacuara lleno de miel. La gamita se lo tomó, loca de contento.

Desde entonces la gamita y el cazador fueron grandes amigos. Ella siempre quería llevarle plumas de garza, que valen mucho dinero. Se quedaba horas hablando con el hombre. Él siempre ponía en la mesa un jarro enlozado lleno de miel. Y acercaba la sillita alta para su amiga. A veces le daba también cigarros, y las gamas los comen con gran gusto. Y no les hace mal. Así pasaban el tiempo, mirando la llama, porque el hombre tenía una estufa de leña. Mientras tanto, afuera, el viento y la lluvia sacudían el alero de paja del rancho.

Por miedo a los perros, la gamita solo iba en las noches de tormenta. Cuando caía la tarde y empezaba a llover, el cazador preparaba la mesa. Ponía el jarrito con miel y la servilleta. Mientras tanto él tomaba café y leía. Esperaba en la puerta el TAN-TAN bien conocido de su amiga la gamita.

### Glosario

- **mellizos**: dos hermanos que nacen el mismo día.
- **hembra**: animal femenino. Aquí, la hija.
- **cosquillas**: toques suaves en el cuerpo que dan risa.
- **padrenuestro**: oración muy conocida de los cristianos. Aquí, la oración de los venados.
- **oler**: usar la nariz para notar un olor.
- **quieto**: sin moverse.
- **quieta**: sin moverse.
- **víbora**: serpiente.
- **yuyos**: hierbas pequeñas.
- **tiernas**: suaves y jóvenes.
- **pizarras**: piedras oscuras y planas.
- **pizarra**: piedra oscura y plana.
- **caían**: de «caer»: iban hacia abajo.
- **mosquitas**: moscas pequeñas.
- **apuradas**: con prisa.
- **picaron**: de «picar»: clavar el aguijón en la piel.
- **picaban**: de «picar»: clavar el aguijón en la piel.
- **despacito**: muy despacio, con cuidado.
- **riquísima**: muy rica, de sabor muy bueno.
- **colmena**: casa de las abejas, donde hacen la miel.
- **abejitas**: abejas pequeñas.
- **abejas**: insectos que hacen miel.
- **aguijón**: punta con la que pican algunos animales.
- **enojó**: de «enojarse»: sentirse muy molesto con alguien.
- **nido**: lugar donde viven las abejas, las avispas o los pájaros.
- **nidos**: plural de «nido».
- **tábanos**: moscas grandes que pican.
- **uras**: moscas del monte. Su larva hace daño a los animales.
- **avispas**: insectos parecidos a las abejas. Pican mucho.
- **senderos**: caminos pequeños.
- **fajita**: cinta pequeña alrededor del cuerpo.
- **desesperada**: con mucho dolor y sin esperanza.
- **cubil**: lugar donde vive y se esconde un animal.
- **hormiguero**: en «oso hormiguero»: animal que come hormigas.
- **guarida**: lugar donde vive y se esconde un animal.
- **ha de llegar**: va a llegar.
- **pomada**: crema para curar.
- **póngale**: de «poner»: ponga en ella.
- **lentes**: gafas.
- **picada**: camino abierto en el monte.
- **bañados**: tierra baja cubierta de agua.
- **garza**: pájaro de patas largas que vive cerca del agua.
- **garzas**: plural de «garza».
- **plumas**: lo que cubre el cuerpo de los pájaros.
- **tacuara**: caña grande y fuerte.
- **alero**: parte del techo que sale fuera de la pared.

## Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre

Había una vez una coatí que tenía tres hijos. Vivían en el monte y comían frutas, raíces y huevos de pajaritos. A veces estaban arriba de los árboles y oían un gran ruido. Entonces se tiraban al suelo de cabeza. Después salían corriendo con la cola levantada.

Los coaticitos crecieron un poco. Entonces su madre los reunió un día arriba de un naranjo. Y les habló así:

—Coaticitos: ustedes ya son bastante grandes. Pueden buscar la comida solos. Deben aprenderlo, porque de viejos van a andar siempre solos, como todos los coatís.

—El mayor de ustedes es muy amigo de cazar cascarudos. Puede encontrarlos entre los palos podridos, porque allí hay muchos cascarudos y cucarachas. El segundo come muchas frutas. Puede encontrarlas en este naranjal. Hasta diciembre va a haber naranjas. El tercero solo quiere comer huevos de pájaros. Puede ir a todas partes, porque en todas partes hay nidos de pájaros. Pero nunca debe ir a buscar nidos al campo, porque es peligroso.

—Coaticitos: hay una sola cosa que les debe dar mucho miedo. Son los perros. Yo peleé una vez con ellos, y sé lo que les digo. Por eso tengo un diente roto. Detrás de los perros vienen siempre los hombres, con un gran ruido que mata. Si oyen cerca ese ruido, tírense de cabeza al suelo. No importa la altura del árbol. Si no lo hacen así, los van a matar de un tiro, con seguridad.

Así habló la madre. Entonces todos bajaron y se separaron. Caminaban de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Parecía que habían perdido algo, porque así caminan los coatís.

El mayor quería comer cascarudos. Buscó entre los palos podridos y las hojas de los yuyos. Encontró tantos que comió hasta quedarse dormido.

El segundo prefería las frutas a cualquier otra cosa. Comió todas las naranjas que quiso. Podía hacerlo porque aquel naranjal estaba dentro del monte. Así pasa en el Paraguay y en Misiones. Y ningún hombre vino a molestarlo.

El tercero estaba loco por los huevos de pájaros. Tuvo que andar todo el día, y encontró solo dos nidos. Uno era de tucán y tenía tres huevos. El otro era de tórtola y tenía solo dos. En total, cinco huevos chiquitos, y eso era muy poca comida. Por eso, al caer la tarde, el coaticito tenía tanta hambre como en la mañana. Se sentó muy triste a la orilla del monte. Desde allí veía el campo, y pensó en las palabras de su madre.

—¿Por qué dice mamá que no debo buscar nidos en el campo? —se dijo.

Estaba pensando así cuando oyó, muy lejos, el canto de un pájaro.

—¡Qué canto tan fuerte! —dijo, admirado—. ¡Qué huevos tan grandes debe de tener ese pájaro!

El canto se repitió. Entonces el coatí se puso a correr por el monte. Cortó camino, porque el canto sonaba muy a su derecha. Ya caía el sol, pero el coatí corría muy ligero con la cola levantada. Por fin llegó a la orilla del monte y miró al campo. Lejos vio una casa de hombres. Vio a un hombre con botas, que llevaba un caballo de la soga. Vio también un pájaro muy grande que cantaba. Entonces el coaticito se golpeó la frente y dijo:

—¡Qué zonzo soy! Ahora ya sé qué pájaro es ese. Es un gallo. Mamá me lo mostró un día, desde arriba de un árbol. Los gallos tienen un canto lindísimo, y tienen muchas gallinas que ponen huevos. ¡Cómo me gustaría comer huevos de gallina!...

Es sabido: los bichos chicos del monte prefieren los huevos de gallina a todo. Durante un rato, el coaticito se acordó de las palabras de su madre. Pero el deseo fue más fuerte. Se sentó a la orilla del monte y esperó la noche cerrada. Entonces iba a ir al gallinero.

Por fin llegó la noche. El coaticito fue hacia la casa en puntas de pie, paso a paso. Llegó y escuchó con atención. No se oía ningún ruido. Estaba loco de alegría, porque iba a comer cien, mil, dos mil huevos de gallina. Entró en el gallinero. Lo primero que vio, justo en la entrada, fue un huevo de gallina. Era un huevo espléndido, y estaba solo en el suelo. Pensó un momento en dejarlo para el final, como postre, porque era muy grande. Pero tenía muchas ganas de comerlo, y clavó los dientes en el huevo.

Apenas lo mordió, ¡TRAC! Un golpe terrible en la cara y un dolor inmenso en el hocico.

—¡Mamá, mamá! —gritó, loco de dolor, y saltó a todos lados.

Pero estaba sujeto. Y en ese momento oyó el ronco ladrido de un perro.

…………………………

El coatí esperaba a la orilla del monte la noche cerrada, para ir al gallinero. En ese momento, el hombre de la casa jugaba sobre la gramilla con sus hijos. Eran dos criaturas rubias de cinco y seis años. Corrían y reían, se caían, se levantaban riendo otra vez, y volvían a caerse. El padre también se caía, y los chicos estaban muy alegres. Por fin dejaron de jugar, porque ya era de noche. Entonces el hombre dijo:

—Voy a poner la trampa para cazar a la comadreja. Viene a matar a los pollos y a robar los huevos.

Y fue y preparó la trampa. Después comieron y se acostaron. Pero las criaturas no tenían sueño. Saltaban de la cama de uno a la cama del otro. Y se enredaban en el camisón. El padre leía en el comedor y los dejaba jugar. Pero de repente los chicos dejaron de saltar y gritaron:

—¡Papá! ¡Ha caído la comadreja en la trampa! ¡Tuké está ladrando! ¡Nosotros también queremos ir, papá!

El padre dijo que sí, pero las criaturas tenían que ponerse las sandalias. Nunca los dejaba andar descalzos de noche, por miedo a las víboras.

Fueron. ¿Qué vieron allí? Vieron a su padre agachado. Con una mano tenía al perro. Con la otra levantaba de la cola a un coatí, un coaticito todavía chico. El coaticito gritaba con un chillido muy rápido y agudo, como un grillo.

—¡Papá, no lo mates! —dijeron las criaturas—. ¡Es muy chiquito! ¡Dánoslo para nosotros!

—¡Bueno, se lo voy a dar! —respondió el padre—. Pero cuídenlo bien. Y sobre todo, no se olviden: los coatís toman agua, como ustedes.

Dijo esto porque los chicos tuvieron una vez un gatito montés. A cada rato le llevaban carne, y la sacaban de la fiambrera. Pero nunca le dieron agua, y el gatito se murió.

Por eso pusieron al coatí en la misma jaula del gato montés. La jaula estaba cerca del gallinero. Y todos se acostaron otra vez.

Era más de medianoche y había un gran silencio. El coaticito sufría mucho por los dientes de la trampa. A la luz de la luna vio tres sombras. Se acercaban sin hacer ruido. El pobre coaticito sintió una gran emoción al reconocerlos. Eran su madre y sus dos hermanos, y lo estaban buscando.

—¡Mamá, mamá! —dijo el prisionero en voz muy baja, para no hacer ruido—. ¡Estoy aquí! ¡Sáquenme de aquí! ¡No quiero quedarme, má... má!...

Y lloraba, muy triste.

Pero a pesar de todo estaban contentos, porque se habían encontrado. Se hacían mil caricias con el hocico.

En seguida trataron de sacar al prisionero. Primero quisieron cortar el alambre tejido. Los cuatro se pusieron a trabajar con los dientes. Pero no conseguían nada. Entonces la madre tuvo de repente una idea, y dijo:

—¡Vamos a buscar las herramientas del hombre! Los hombres tienen herramientas para cortar hierro. Se llaman limas. Tienen tres lados, como las víboras de cascabel. Se empuja y se retira. ¡Vamos a buscarla!

Fueron al taller del hombre y volvieron con la lima. Creían que uno solo no iba a tener bastante fuerza. Por eso sujetaron la lima entre los tres y empezaron el trabajo. Trabajaron con tanto entusiasmo que al rato toda la jaula temblaba con las sacudidas. Hacía un ruido terrible. Hacía tanto ruido que el perro se despertó y soltó un ronco ladrido. Los coatís no esperaron. No querían explicarle al perro aquel escándalo. Salieron corriendo al monte y dejaron la lima tirada.

Al día siguiente los chicos fueron temprano a ver a su nuevo huésped. Estaba muy triste.

—¿Qué nombre le vamos a poner? —preguntó la nena a su hermano.

—¡Ya sé! —respondió el varoncito—. ¡Le vamos a poner Diecisiete!

¿Por qué Diecisiete? Nunca hubo bicho del monte con un nombre más raro. Pero el varoncito está aprendiendo a contar. Tal vez aquel número le llamó la atención.

El caso es que se llamó Diecisiete.

Le dieron pan, uvas, chocolate, carne, langostas, huevos, riquísimos huevos de gallina. En un solo día, el coatí se dejó rascar la cabeza. El cariño de las criaturas es muy sincero. Por eso, al llegar la noche, el coatí casi aceptaba su vida de prisionero. Pensaba a cada momento en las cosas ricas que había para comer allí. Y pensaba en aquellos rubios cachorritos de hombre, tan alegres y tan buenos.

Durante dos noches seguidas el perro durmió muy cerca de la jaula. Por eso la familia del prisionero tuvo miedo de acercarse. Y eso le dio mucha pena. A la tercera noche volvieron a buscar la lima, para darle la libertad al coaticito. Pero él les dijo:

—Mamá: yo no quiero irme más de aquí. Me dan muchos huevos y son muy buenos conmigo. Hoy me dijeron algo: si me porto bien, muy pronto me van a dejar suelto. Son como nosotros. Son cachorritos también, y jugamos juntos.

Los coatís salvajes se quedaron muy tristes, pero lo aceptaron. Le prometieron al coaticito ir a visitarlo todas las noches.

Y así fue. Su madre y sus hermanos iban a verlo todas las noches. Iban con lluvia o sin lluvia. Pasaban un rato con él. El coaticito les daba pan por el tejido de alambre. Y los coatís salvajes se sentaban a comer delante de la jaula.

A los quince días el coaticito ya andaba suelto. De noche iba solo a su jaula. A veces le tiraban de las orejas, porque andaba muy cerca del gallinero. Pero aparte de eso, todo iba muy bien. Él y las criaturas se querían mucho. Los coatís salvajes vieron lo buenos que eran aquellos cachorritos de hombre. Y al final ellos también tomaron cariño a las dos criaturas.

Hasta que llegó una noche muy oscura. Hacía mucho calor y tronaba. Los coatís salvajes llamaron al coaticito, y nadie les respondió. Se acercaron muy inquietos. Y entonces, cuando casi la pisaban, vieron una enorme víbora. Estaba enroscada a la entrada de la jaula. Los coatís comprendieron en seguida: la víbora había mordido al coaticito cuando entraba. No respondía porque tal vez ya estaba muerto. Pero lo iban a vengar bien. En un segundo, entre los tres, volvieron loca a la víbora de cascabel. Saltaban de aquí para allá. En otro segundo cayeron sobre ella y le deshicieron la cabeza a mordiscos.

Entonces corrieron adentro. Allí estaba el coaticito, tendido, hinchado, con las patas temblando, y se moría. Los coatís salvajes lo movieron, pero fue inútil. Lo lamieron por todo el cuerpo durante un cuarto de hora, pero fue inútil. Por fin el coaticito abrió la boca y dejó de respirar, porque estaba muerto.

Los coatís son casi refractarios, como se dice, al veneno de las víboras. El veneno casi no les hace nada. Y hay otros animales, como la mangusta, que lo resisten muy bien. Con toda seguridad la víbora mordió al coaticito en una arteria o en una vena. Porque entonces la sangre se envenena en seguida, y el animal muere. Esto le pasó al coaticito.

Al verlo así, su madre y sus hermanos lloraron un largo rato. Después, como ya no tenían nada más que hacer allí, salieron de la jaula. Se dieron vuelta y miraron por última vez la casa. Allí el coaticito había sido muy feliz. Y se fueron otra vez al monte.

Pero los tres coatís iban muy preocupados, y su preocupación era esta. Al día siguiente los chicos iban a ver muerto a su querido coaticito. ¿Qué iban a decir? Los chicos lo querían muchísimo. Y ellos, los coatís, querían también a los cachorritos rubios. Así, los tres coatís tenían el mismo pensamiento. Querían evitarles ese gran dolor a los chicos.

Hablaron un largo rato, y al final decidieron esto. El segundo de los coatís se parecía muchísimo al menor. Se parecía en el cuerpo y en el modo de ser. Él iba a quedarse en la jaula, en lugar del muerto. Conocían muchos secretos de la casa por los cuentos del coaticito. Por eso los chicos no iban a notar nada. Iban a extrañar un poco algunas cosas, pero nada más.

Y así pasó. Volvieron a la casa, y un nuevo coaticito ocupó el lugar del primero. Mientras tanto, la madre y el otro hermano se llevaron el cuerpo del menor. Lo sujetaban con los dientes. Lo llevaron despacio al monte. La cabeza colgaba y se balanceaba, y la cola se arrastraba por el suelo.

Al día siguiente, en efecto, los chicos notaron algunas costumbres raras del coaticito. Pero este era tan bueno y cariñoso como el otro. Por eso las criaturas no sospecharon nada. Formaron la misma familia de cachorritos de antes. Y como antes, los coatís salvajes venían todas las noches a visitar al coaticito civilizado. Se sentaban a su lado y comían pedacitos de huevos duros. Él se los guardaba. Mientras tanto, ellos le contaban la vida de la selva.

### Glosario

- **coatí**: animal pequeño del monte, con la nariz larga y la cola larga. Sube a los árboles. Plural: coatís.
- **coaticito**: coatí pequeño.
- **coaticitos**: coatís pequeños.
- **oían**: del verbo oír: escuchaban un sonido.
- **cascarudos**: insectos con el cuerpo duro.
- **cucarachas**: insectos oscuros que corren rápido.
- **nidos**: casas pequeñas que hacen los pájaros para poner sus huevos.
- **yuyos**: hierbas pequeñas.
- **tórtola**: pájaro pequeño parecido a la paloma.
- **oyó**: del verbo oír: escuchó un sonido.
- **caía**: del verbo caer. Si cae el sol, el sol baja y termina el día.
- **gallinero**: lugar donde viven las gallinas.
- **hocico**: nariz y boca de un animal.
- **ladrido**: la voz fuerte del perro.
- **gramilla**: hierba baja que cubre el suelo.
- **comadreja**: animal pequeño que roba huevos y mata pollos.
- **acostaron**: se fueron a la cama.
- **fiambrera**: lugar para guardar la carne y otras comidas.
- **jaula**: casa pequeña con barras o alambre, para tener animales.
- **má**: forma corta de "mamá".
- **alambre**: hilo largo de metal.
- **limas**: herramientas de metal para cortar o gastar el hierro.
- **varoncito**: niño pequeño.
- **cachorritos**: hijos muy pequeños de un animal. Aquí también, los niños.
- **víbora de cascabel**: víbora venenosa que hace ruido con la punta de la cola.
- **refractarios**: que resisten algo y casi no sufren daño.
- **mangusta**: animal pequeño que resiste el veneno de las víboras.

## El paso del Yabebirí

En el río Yabebirí, que está en Misiones, hay muchísimas rayas. Hay muchísimas porque "Yabebirí" quiere decir precisamente "Río-de-las-rayas". Hay tantas que a veces es peligroso meter un solo pie en el agua. Yo conocí un hombre. Una raya lo picó en el talón. Tuvo que caminar rengueando media legua para llegar a su casa. El hombre iba llorando y se caía de dolor. Es uno de los dolores más fuertes que se pueden sentir.

En el Yabebirí hay también muchos otros pescados. Por eso algunos hombres van a cazarlos con bombas de dinamita. Tiran la bomba al río. La bomba revienta y mata millones de pescados. Todos los pescados que están cerca mueren, incluso los que son grandes como una casa. Y mueren también todos los chiquitos, que no sirven para nada.

Bueno: una vez un hombre fue a vivir allá. No quiso más bombas de dinamita, porque tenía lástima de los pescaditos. A él no le molestaba la pesca para comer. Pero no quería ver morir para nada a millones de pescaditos. Los hombres que tiraban bombas se enojaron al principio. Pero el hombre tenía un carácter serio, aunque era muy bueno. Por eso los otros se fueron a cazar a otra parte. Todos los pescados quedaron muy contentos. Estaban muy contentos y agradecidos a su amigo, porque había salvado a los pescaditos. Por eso lo conocían apenas se acercaba a la orilla. Y cuando andaba por la costa fumando, las rayas lo seguían. Se arrastraban por el barro, muy contentas de acompañar a su amigo. Él no sabía nada, y vivía feliz en aquel lugar.

Y sucedió una cosa. Una tarde, un zorro llegó corriendo hasta el Yabebirí. Metió las patas en el agua y gritó:

—¡Eh, rayas! ¡Ligero! ¡Ahí viene el amigo de ustedes, herido!

Las rayas lo oyeron y corrieron ansiosas a la orilla. Le preguntaron al zorro:

—¿Qué pasa? ¿Dónde está el hombre?

—¡Ahí viene! —gritó el zorro de nuevo—. ¡Ha peleado con un tigre! ¡El tigre viene corriendo! ¡El hombre seguramente va a cruzar a la isla! ¡Denle paso, porque es un hombre bueno!

—¡Claro! ¡Claro que le vamos a dar paso! —contestaron las rayas—. ¡Pero el tigre no va a pasar!

—¡Cuidado con él! —gritó todavía el zorro—. ¡No se olviden de que es el tigre!

Y dio un salto y entró de nuevo en el monte.

En ese momento el hombre apartó las ramas y apareció. Estaba todo lleno de sangre, y tenía la camisa rota. La sangre le caía por la cara y el pecho hasta el pantalón. Y desde las arrugas del pantalón, la sangre caía a la arena. Avanzó hacia la orilla y casi se caía, porque estaba muy herido. Entró en el río. Las rayas estaban todas juntas en la orilla. Apenas puso un pie en el agua, ellas se apartaron de su camino. El hombre llegó hasta la isla con el agua al pecho. Ninguna raya lo picó. Al llegar, cayó desmayado en la arena, porque había perdido mucha sangre.

Las rayas casi no tuvieron tiempo de sentir lástima por su amigo, que se moría. Un rugido terrible las hizo saltar en el agua.

—¡El tigre! ¡El tigre! —gritaron todas, y fueron a la orilla, rápidas como una flecha.

En efecto, el tigre había peleado con el hombre y venía detrás de él. Ya estaba en la costa del Yabebirí. El animal también estaba muy herido, y la sangre le corría por todo el cuerpo. Vio al hombre caído en la isla, como muerto. Soltó un rugido de rabia y se echó al agua. Quería terminar de matarlo.

Pero apenas metió una pata en el agua, sintió algo en las patas. Parecían ocho o diez terribles clavos, y dio un salto atrás. Eran las rayas. Defendían el paso del río. Le habían clavado con toda su fuerza el aguijón de la cola.

El tigre se quedó roncando de dolor, con la pata en el aire. Vio toda el agua de la orilla sucia de barro. Parecía que alguien movía el barro del fondo. Comprendió: eran las rayas, y no lo querían dejar pasar. Y entonces gritó, furioso:

—¡Ah, ya sé lo que es! ¡Son ustedes, malditas rayas! ¡Salgan del camino!

—¡No salimos! —respondieron las rayas.

—¡Salgan!

—¡No salimos! ¡Él es un hombre bueno! ¡No hay derecho a matarlo!

—¡Él me ha herido a mí!

—¡Los dos se han herido! ¡Esos son asuntos de ustedes en el monte! ¡Aquí está bajo nuestra protección!... ¡No se pasa!

—¡Paso! —rugió por última vez el tigre.

—¡NI NUNCA! —respondieron las rayas.

(Ellas dijeron "ni nunca", porque así dicen los que hablan guaraní, como en Misiones).

—¡Vamos a ver! —rugió todavía el tigre.

Y retrocedió para tomar impulso y dar un salto enorme.

El tigre sabía que las rayas están casi siempre en la orilla. Pensaba en un salto muy grande. Tal vez en el medio del río no había más rayas. Así podía comerse al hombre moribundo.

Pero las rayas lo adivinaron. Todas corrieron al medio del río y se pasaron la voz:

—¡Fuera de la orilla! —gritaban bajo el agua—. ¡Adentro! ¡A la canal! ¡A la canal!

En un segundo, el ejército de rayas fue río adentro a defender el paso. En ese momento el tigre daba su enorme salto y caía en medio del agua. Cayó loco de alegría, porque al principio no sintió ninguna picadura. Creyó que todas las rayas estaban en la orilla, engañadas...

Pero apenas dio un paso, una verdadera lluvia de aguijonazos lo detuvo. Cada uno era como una puñalada de dolor. Eran otra vez las rayas, que le llenaban las patas de picaduras.

El tigre quiso continuar, sin embargo. Pero el dolor era tan terrible que soltó un grito. Y volvió corriendo como loco a la orilla. Se echó de costado en la arena, porque no podía sufrir más. La barriga subía y bajaba, como cuando alguien está cansadísimo.

Lo que pasaba era esto: el tigre estaba envenenado con el veneno de las rayas.

Las rayas vencieron al tigre, pero no estaban tranquilas, porque tenían miedo. Tal vez venía la tigra, y otros tigres, y otros muchos más... Y ellas no iban a poder defender más el paso.

En efecto, el monte rugió de nuevo y apareció la tigra. Se puso loca de furia al ver al tigre tirado de costado en la arena. Ella vio también el agua sucia por el movimiento de las rayas. Y se acercó al río. Casi tocó el agua con la boca, y gritó:

—¡Rayas! ¡Quiero paso!

—¡No hay paso! —respondieron las rayas.

—¡No va a quedar una sola raya con cola, si no dan paso! —rugió la tigra.

—¡Podemos quedar sin cola, pero no se pasa! —respondieron ellas.

—¡Por última vez, paso!

—¡NI NUNCA! —gritaron las rayas.

La tigra, furiosa, metió sin querer una pata en el agua. Una raya se acercó despacito y le clavó todo el aguijón entre los dedos. La tigra soltó un rugido de dolor, y las rayas respondieron con una sonrisa:

—¡Parece que todavía tenemos cola!...

Pero la tigra había tenido una idea. Con esa idea en la cabeza, se alejó de allí río arriba, por la orilla. No dijo una palabra.

Pero las rayas comprendieron también esta vez el plan de su enemiga. El plan era este: pasar el río por otra parte. Las rayas de allá no sabían que había que defender el paso. Y las rayas sintieron entonces una inmensa angustia.

—¡Va a pasar el río más arriba! —gritaron—. ¡Ella no debe matar al hombre! ¡Tenemos que defender a nuestro amigo!

Y se movían desesperadas en el barro, y el río se ponía sucio.

—¿Pero qué hacemos? —decían—. Nosotras no sabemos nadar ligero... ¡Las rayas de allá deben defender el paso a toda costa, y no lo saben! ¡La tigra va a pasar antes!

Y no sabían qué hacer. Hasta que una rayita muy inteligente dijo de pronto:

—¡Ya está! ¡Vamos a mandar a los dorados! ¡Los dorados son amigos nuestros! ¡Ellos nadan más ligero que nadie!

—¡Eso es! —gritaron todas—. ¡Vamos a mandar a los dorados!

En un momento pasó la voz. Y en otro momento se vieron ocho o diez filas de dorados. Era un verdadero ejército de dorados. Nadaban a toda velocidad río arriba. Iban dejando surcos en el agua, como los torpedos.

A pesar de todo, casi no tuvieron tiempo de dar la orden. La orden era cerrar el paso a los tigres. La tigra ya había entrado en el agua y ya había nadado. Ya estaba por llegar a la isla.

Pero las rayas habían corrido también a la otra orilla. Apenas la tigra hizo pie, las rayas se lanzaron contra sus patas. Se las deshicieron a aguijonazos. El animal, furioso y loco de dolor, rugía y saltaba en el agua. Hacía volar nubes de agua con las patas. Pero las rayas seguían lanzándose contra sus patas, y le cerraban el paso. Por eso la tigra dio vuelta y nadó de nuevo. Se echó ella también en la orilla, con las cuatro patas monstruosamente hinchadas. Por allí tampoco se podía ir a comer al hombre.

Pero las rayas también estaban muy cansadas. Y lo peor: el tigre y la tigra se levantaron por fin y entraron en el monte.

¿Qué iban a hacer? Esto tenía muy inquietas a las rayas, y tuvieron una larga conferencia. Al fin dijeron:

—¡Ya sabemos lo que es! Van a ir a buscar a los otros tigres y van a venir todos. ¡Van a venir todos los tigres, y van a pasar!

—¡NI NUNCA! —gritaron las rayas más jóvenes, que no tenían tanta experiencia.

—¡Sí, pasarán! —respondieron tristemente las más viejas—. Si son muchos, al final van a pasar... Vamos a consultar a nuestro amigo.

Y fueron todas a ver al hombre. Antes no tuvieron tiempo de hacerlo, porque defendían el paso del río.

El hombre seguía tendido, porque había perdido mucha sangre. Pero podía hablar y moverse un poquito. En un momento las rayas le contaron lo que había pasado. Le contaron cómo habían defendido el paso contra los tigres que lo querían comer. El hombre herido se emocionó mucho con la amistad de las rayas. Ellas le habían salvado la vida. Y dio la mano con verdadero cariño a las rayas que estaban más cerca. Y dijo entonces:

—¡No hay remedio! Si los tigres son muchos y quieren pasar, pasarán...

—¡No pasarán! —dijeron las rayas chicas—. ¡Usted es nuestro amigo, y no van a pasar!

—¡Sí, pasarán, compañeritas! —dijo el hombre.

Y añadió en voz baja:

—El único modo sería mandar a alguien a casa... A buscar el winchester con muchas balas... Pero yo no tengo ningún amigo en el río, fuera de los pescados... Y ninguno de ustedes sabe andar por la tierra...

—¿Qué hacemos entonces? —dijeron las rayas, ansiosas.

—A ver, a ver... —dijo entonces el hombre.

Y se pasó la mano por la frente. Parecía que recordaba algo.

—Yo tuve un amigo... Un carpinchito que creció en casa y que jugaba con mis hijos... Un día volvió otra vez al monte, y creo que vivía aquí, en el Yabebirí... Pero no sé dónde está...

Las rayas dieron entonces un grito de alegría:

—¡Ya sabemos! ¡Nosotras lo conocemos! ¡Tiene su guarida en la punta de la isla! ¡Él nos habló una vez de usted! ¡Lo vamos a mandar a buscar en seguida!

Y así lo hicieron. Un dorado muy grande fue muy rápido río abajo a buscar al carpinchito. Mientras, el hombre disolvió una gota de sangre seca en la palma de la mano. Esa era la tinta. Una espina de pescado era la pluma, y una hoja seca era el papel. Y escribió esta carta: **Mándenme con el carpinchito el winchester y una caja entera de 25 balas**.

Apenas terminó de escribir, todo el monte tembló con un rugido sordo. Eran todos los tigres, que se acercaban para empezar la lucha. Las rayas llevaron la carta con la cabeza fuera del agua, porque no debía mojarse. Se la dieron al carpinchito. Él salió corriendo por el pajonal y llevó la carta a la casa del hombre.

Y ya era tiempo, porque los rugidos, todavía lejanos, se acercaban muy rápido. Las rayas reunieron entonces a los dorados, que esperaban órdenes, y les gritaron:

—¡Ligero, compañeros! ¡Recorran todo el río y den la voz de alarma! ¡Todas las rayas deben estar listas en todo el río! ¡Todas deben venir alrededor de la isla! ¡Vamos a ver si pasan!

Y el ejército de dorados salió en seguida, río arriba y río abajo. Iban tan rápido que hacían líneas en el agua.

Todas las rayas del Yabebirí recibieron la orden. Tenían que ir a las orillas, alrededor de la isla. Venían de todas partes. Venían de entre las piedras, de entre el barro, de la boca de los arroyitos. De todo el Yabebirí venían las rayas a defender el paso contra los tigres. Y delante de la isla, los dorados pasaban y volvían a pasar a toda velocidad.

Ya era tiempo, otra vez. Un inmenso rugido hizo temblar el agua de la orilla. Y los tigres llegaron a la costa.

Eran muchos. Parecía que todos los tigres de Misiones estaban allí. Pero todo el Yabebirí estaba también lleno de rayas. Se lanzaron a la orilla, listas para defender el paso a toda costa.

—¡Paso a los tigres!

—¡No hay paso! —respondieron las rayas.

—¡Paso, de nuevo!

—¡No se pasa!

—¡Si no dan paso, no va a quedar raya! ¡Ni hijo de raya, ni nieto de raya!

—¡Es posible! —respondieron las rayas—. ¡Pero los tigres no van a pasar por aquí! ¡Ni los hijos de tigre, ni los nietos de tigre! ¡Ni todos los tigres del mundo!

Así respondieron las rayas. Entonces los tigres rugieron por última vez:

—¡Paso, pedimos!

—¡NI NUNCA!

Y entonces comenzó la batalla. Con un salto enorme, los tigres se lanzaron al agua. Y cayeron todos sobre un verdadero piso de rayas. Las rayas les llenaban las patas de aguijonazos. Con cada herida los tigres soltaban un rugido de dolor. Pero ellos se defendían con las garras. Movían las patas como locos en el agua. Las rayas volaban por el aire. Las uñas de los tigres les abrían el vientre.

El Yabebirí parecía un río de sangre. Las rayas morían por centenares... Pero los tigres también recibían terribles heridas. Se retiraban a la playa y se tendían allí, y rugían, horriblemente hinchados. Las rayas, pisadas y deshechas por las patas de los tigres, no se rendían. Seguían viniendo a defender el paso. Algunas volaban por el aire y caían otra vez al río. Y se lanzaban de nuevo contra los tigres.

Esta lucha terrible duró media hora. Después de esa media hora, todos los tigres estaban otra vez en la playa. Estaban sentados, muy cansados, y rugían de dolor. Ni uno solo había pasado.

Pero las rayas también estaban muy cansadas, sin fuerzas. Muchas, muchísimas habían muerto. Y las que quedaban vivas dijeron:

—No vamos a poder resistir dos ataques como este. ¡Los dorados deben ir a buscar refuerzos! ¡Deben venir en seguida todas las rayas de todo el Yabebirí!

Y los dorados fueron otra vez río arriba y río abajo. Iban tan ligero que dejaban surcos en el agua, como los torpedos.

Entonces las rayas fueron a ver al hombre.

—¡No vamos a poder resistir más! —le dijeron tristemente.

Algunas rayas hasta lloraban, porque veían que no iban a poder salvar a su amigo.

—¡Váyanse, rayas! —respondió el hombre herido—. ¡Déjenme solo! ¡Ustedes ya han hecho demasiado por mí! ¡Dejen pasar a los tigres!

—¡NI NUNCA! —gritaron las rayas, todas juntas, con una sola voz—. ¡El Yabebirí es nuestro río! ¡Si queda una sola raya viva, vamos a defender al hombre bueno! ¡Él nos defendió antes a nosotras!

El hombre herido dijo entonces, contento:

—¡Rayas! Yo estoy casi por morir, y casi no puedo hablar. Pero les aseguro una cosa. El winchester va a llegar, y entonces vamos a tener farra para largo rato. ¡Esto yo se lo aseguro a ustedes!

—¡Sí, ya sabemos! —contestaron las rayas, entusiasmadas.

Pero no pudieron terminar de hablar, porque la batalla empezaba otra vez. Los tigres ya habían descansado. Se pusieron de pie de golpe, se agacharon para saltar y rugieron:

—¡Por última vez, y de una vez por todas: paso!

—¡NI NUNCA! —respondieron las rayas, y se lanzaron a la orilla.

Pero los tigres saltaron también al agua, y empezó otra vez la terrible lucha. Ahora todo el Yabebirí, de orilla a orilla, estaba rojo de sangre. La sangre hacía espuma en la arena de la playa. Las rayas volaban deshechas por el aire y los tigres rugían de dolor. Pero nadie retrocedía un paso.

Y los tigres no solo no retrocedían: avanzaban. El ejército de dorados pasaba a toda velocidad río arriba y río abajo. Llamaba a las rayas, pero era inútil. Ya no había más rayas. Todas estaban luchando delante de la isla, y la mitad ya había muerto. Y las que quedaban estaban todas heridas y sin fuerzas.

Entonces comprendieron que no iban a poder resistir un minuto más. Los tigres iban a pasar. Las pobres rayas preferían morir antes que entregar a su amigo. Y se lanzaron por última vez contra los tigres. Pero ya todo era inútil. Cinco tigres ya nadaban hacia la costa de la isla. Las rayas, desesperadas, gritaron:

—¡A la isla! ¡Vamos todas a la otra orilla!

Pero también esto llegaba tarde. Dos tigres más se echaron a nadar. Y en un momento todos los tigres estaban en el medio del río. Solo se veían sus cabezas.

Pero también en ese momento un animalito cruzaba el Yabebirí, nadando con todas sus fuerzas. Era un pobre animalito colorado y peludo. Era el carpinchito. Llegaba a la isla con el winchester y las balas en la cabeza. Así no se mojaban.

El hombre dio un gran grito de alegría, porque aún podía defender a las rayas. Él solo no podía ponerse de costado. Por eso le pidió ayuda al carpinchito, y el carpinchito lo empujó con la cabeza. Ya en esta posición, cargó el winchester con la rapidez de un rayo.

Y en ese preciso momento las rayas veían con desesperación que habían perdido la batalla. Veían que los tigres iban a comerse a su pobre amigo herido. Entonces oyeron un tiro muy fuerte. El tigre que iba delante ya pisaba la arena. Dio un gran salto y cayó muerto, con un agujero de bala en la frente.

—¡Bravo, bravo! —gritaron las rayas, locas de contento—. ¡El hombre tiene el winchester! ¡Ya estamos salvadas!

Y ponían sucia toda el agua, verdaderamente locas de alegría. Pero el hombre seguía tirando, tranquilo, y cada tiro era un nuevo tigre muerto. Cada tigre caía muerto con un rugido, y las rayas respondían con grandes sacudidas de la cola.

Uno tras otro, los tigres murieron a tiros. Parecía que el rayo caía encima de sus cabezas. Aquello duró solamente dos minutos. Uno tras otro se fueron al fondo del río, y allí las palometas los comieron. Algunos flotaron después. Entonces los dorados los acompañaron hasta el Paraná. Los iban comiendo, y hacían saltar el agua de contento.

En poco tiempo las rayas, que tienen muchos hijos, volvieron a ser tantas como antes. El hombre se curó. Estaba muy agradecido a las rayas, porque le habían salvado la vida. Por eso se fue a vivir a la isla. Allí, en las noches de verano, le gustaba tenderse en la playa. Fumaba a la luz de la luna. Mientras tanto, las rayas hablaban despacito. Se lo mostraban a los pescados que no lo conocían. Les contaban la gran batalla contra los tigres. Una vez la habían tenido junto con ese hombre.

### Glosario

- **rayas**: peces planos que viven en el fondo del río y tienen un aguijón en la cola.
- **pescados**: aquí, peces vivos.
- **rengueando**: caminando mal, porque duele un pie o una pierna.
- **dinamita**: materia que explota con mucha fuerza.
- **zorro**: animal del monte, parecido a un perro, con la cola larga.
- **oyeron**: del verbo oír: escucharon un sonido.
- **ansiosas**: muy nerviosas, con miedo de lo que va a pasar.
- **caía**: del verbo caer: iba hacia abajo.
- **pantalón**: ropa que cubre las piernas.
- **rugido**: la voz fuerte y ronca del tigre.
- **aguijón**: punta con la que pican algunos animales.
- **aguijonazos**: golpes o picaduras con el aguijón.
- **furioso**: muy enojado.
- **rugió**: dio un rugido.
- **tigra**: hembra del tigre.
- **despacito**: muy despacio, o en voz muy baja.
- **canal**: la parte más honda del río.
- **desesperadas**: con mucho miedo, sin saber qué hacer.
- **dorados**: peces de río, de color amarillo, que nadan muy rápido.
- **surcos**: líneas largas que quedan en el agua o en la tierra.
- **winchester**: tipo de arma larga con muchas balas.
- **carpinchito**: carpincho pequeño. El carpincho es un animal grande y peludo que vive cerca del agua y nada muy bien.
- **pajonal**: lugar con mucha hierba alta.
- **rugieron**: dieron un rugido.
- **rugían**: daban rugidos.
- **deshechas**: rotas, destruidas. "Deshechas de cansancio": muy cansadas.
- **farra**: fiesta, diversión.
- **palometas**: peces de río con dientes fuertes, que comen carne.

## La abeja haragana

Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar. Es decir, iba a los árboles, uno por uno, y tomaba el jugo de las flores. Pero no lo guardaba para hacer miel. Se lo tomaba todo.

Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas el sol calentaba el aire. Entonces la abejita se asomaba a la puerta de la colmena. Veía que hacía buen tiempo y se peinaba con las patas, como hacen las moscas. Después echaba a volar, muy contenta del lindo día. Zumbaba muy feliz de flor en flor. Entraba en la colmena, volvía a salir, y así pasaba todo el día. Mientras tanto, las otras abejas trabajaban muchísimo para llenar la colmena de miel. Trabajaban así porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.

Las abejas son muy serias. Por eso empezaron a disgustarse con la conducta de la hermana haragana. En la puerta de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas de guardia. Ellas no dejan entrar bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida. Tienen el lomo pelado, porque han perdido los pelos. Los han perdido de tanto rozar contra la puerta de la colmena.

Un día detuvieron a la abeja haragana cuando iba a entrar, y le dijeron:

—Compañera: tienes que trabajar, porque todas las abejas debemos trabajar.

La abejita contestó:

—¡Yo ando todo el día volando, y me canso mucho!

—No importa si te cansas mucho —le respondieron—. Tienes que trabajar un poco. Es la primera advertencia que te hacemos.

Dijeron esto y la dejaron pasar.

Pero la abeja haragana no cambiaba. Por eso, a la tarde siguiente, las abejas de guardia le dijeron:

—Hay que trabajar, hermana.

Y ella respondió en seguida:

—¡Uno de estos días lo voy a hacer!

—No tienes que hacerlo uno de estos días —le respondieron—, sino mañana mismo. Acuérdate de esto.

Y la dejaron pasar.

Al anochecer siguiente pasó la misma cosa. Las abejas de guardia todavía no le habían dicho nada, y la abejita exclamó:

—¡Sí, sí, hermanas! ¡Ya me acuerdo de lo que he prometido!

—No tienes que acordarte de lo prometido —le respondieron—, sino trabajar. Hoy es 19 de abril. Pues bien: mañana, 20, trata de traer por lo menos una gota de miel. Y ahora pasa.

Y después de decir esto se apartaron y la dejaron entrar.

Pero el 20 de abril pasó sin trabajo, como todos los otros días. Solo hubo una diferencia: al caer el sol el tiempo se puso malo. Empezó a soplar un viento frío.

La abejita haragana voló de prisa hacia su colmena. Pensaba en el calor que había allá adentro. Pero cuando quiso entrar, las abejas de guardia no la dejaron.

—No se entra —le dijeron fríamente.

—¡Yo quiero entrar! —gritó la abejita—. Esta es mi colmena.

—Esta es la colmena de unas pobres abejas trabajadoras —le contestaron las otras—. No hay entrada para las haraganas.

—¡Mañana sin falta voy a trabajar! —insistió la abejita.

—No hay mañana para las que no trabajan —respondieron las abejas, que saben mucha filosofía.

Y después de decir esto la empujaron afuera.

La abejita no sabía qué hacer. Voló un rato más, pero ya caía la noche y casi no se veía. Quiso agarrarse de una hoja y cayó al suelo. Tenía el cuerpo duro por el aire frío, y no podía volar más.

Entonces se arrastró por el suelo. Subía y bajaba por los palitos y las piedritas, que le parecían montañas. Llegó a la puerta de la colmena. En ese momento empezaban a caer frías gotas de lluvia.

—¡Ay, mi Dios! —exclamó la pobre abejita—. ¡Va a llover, y me voy a morir de frío!

Y trató de entrar en la colmena.

Pero de nuevo le cerraron el paso.

—¡Perdón! —lloró la abeja—. ¡Déjenme entrar!

—Ya es tarde —le respondieron.

—¡Por favor, hermanas! ¡Tengo sueño!

—Es más tarde aún.

—¡Compañeras, por piedad! ¡Tengo frío!

—Imposible.

—¡Por última vez! ¡Me voy a morir!

Entonces le dijeron:

—No, no morirás. Aprenderás en una sola noche lo que es el descanso ganado con el trabajo. Vete.

Y la echaron.

Entonces, temblando de frío, con las alas mojadas y tropezando, la abeja se arrastró, se arrastró... De pronto rodó por un agujero. Mejor dicho, cayó rodando al fondo de una caverna.

Creyó que nunca iba a terminar de bajar. Al fin llegó al fondo, y de pronto se encontró delante de una víbora. Era una culebra verde, de lomo color ladrillo. Estaba enroscada, miraba a la abeja y estaba lista para lanzarse sobre ella.

En verdad, aquella caverna era el hueco de un árbol. Hacía tiempo habían trasplantado ese árbol, y la culebra había elegido el hueco como guarida.

A las culebras les gustan mucho las abejas, y las comen. Por eso la abejita, al ver a su enemiga, cerró los ojos y murmuró:

—¡Adiós, mi vida! Esta es la última hora que veo la luz.

Pero con gran sorpresa suya, la culebra no la comió. Le dijo:

—¿Qué tal, abejita? Creo que no eres muy trabajadora, porque estás aquí a estas horas.

—Es cierto —murmuró la abeja—. No trabajo, y yo tengo la culpa.

—Entonces —agregó la culebra, burlona— voy a quitar del mundo a un mal bicho como tú. Te voy a comer, abeja.

La abeja, temblando, exclamó entonces:

—¡No es justo, eso, no es justo! Usted me come porque es más fuerte que yo, y eso no es justo. Los hombres saben lo que es justicia.

—¡Ah, ah! —exclamó la culebra, y se enroscó ligero—. ¿Tú conoces bien a los hombres? ¿Tú crees que los hombres son más justos? ¡Ellos les quitan la miel a ustedes, grandísima tonta!

—No, no es por eso que nos quitan la miel —respondió la abeja.

—¿Y por qué, entonces?

—Porque son más inteligentes.

Así dijo la abejita. Pero la culebra se echó a reír y exclamó:

—¡Bueno! Con justicia o sin ella, te voy a comer. Prepárate.

Y se echó atrás para lanzarse sobre la abeja. Pero la abeja exclamó:

—Usted hace eso porque es menos inteligente que yo.

—¿Yo, menos inteligente que tú, mocosa? —se rio la culebra.

—Así es —afirmó la abeja.

—Pues bien —dijo la culebra—, vamos a verlo. Vamos a hacer dos pruebas. La prueba más rara gana. Si gano yo, te como.

—¿Y si gano yo? —preguntó la abejita.

—Si ganas tú —respondió su enemiga—, puedes pasar la noche aquí, hasta el día. ¿Te conviene?

—Aceptado —contestó la abeja.

La culebra se echó a reír otra vez. Se reía porque había pensado en una cosa que una abeja nunca podría hacer. Y esto fue lo que hizo:

Salió un momento afuera, tan rápido que la abeja no tuvo tiempo de nada. Y volvió con una cápsula de semillas de eucalipto. La trajo de un eucalipto que estaba al lado de la colmena. Este árbol le daba sombra.

Los muchachos hacen bailar estas cápsulas como trompos, y las llaman trompitos de eucalipto.

—Esto es lo que voy a hacer —dijo la culebra—. ¡Mira bien, atención!

Enrolló rápidamente la cola alrededor del trompito, como una cuerda. Después la desenrolló a toda velocidad. Lo hizo con tanta rapidez que el trompito se quedó bailando y zumbando como un loco.

La culebra se reía, y con mucha razón. Porque una abeja nunca ha hecho ni podrá hacer bailar a un trompito.

El trompito se había quedado dormido y zumbaba, como les pasa a los trompos de naranjo. Por fin cayó al suelo. Entonces la abeja dijo:

—Esta prueba es muy linda, y yo nunca podré hacer eso.

—Entonces, te como —exclamó la culebra.

—¡Un momento! Yo no puedo hacer eso, pero hago una cosa que no hace nadie.

—¿Qué es eso?

—Desaparecer.

—¿Cómo? —exclamó la culebra, y dio un salto de sorpresa—. ¿Desaparecer sin salir de aquí?

—Sin salir de aquí.

—¿Y sin esconderte en la tierra?

—Sin esconderme en la tierra.

—¡Pues bien, hazlo! Y si no lo haces, te como en seguida —dijo la culebra.

Mientras el trompito bailaba, la abeja había tenido tiempo de mirar bien la caverna. Y había visto una plantita que crecía allí. Era un arbusto pequeño, casi un yuyito. Tenía grandes hojas del tamaño de una moneda de dos centavos.

La abeja se acercó a la plantita. Tuvo cuidado de no tocarla, y dijo:

—Ahora me toca a mí, señora Culebra. Hágame el favor de darse vuelta y contar hasta tres. Yo digo "tres", y usted me busca por todas partes. ¡Ya no voy a estar!

Y así pasó. La culebra dijo rápidamente: "Uno..., dos... tres". Se volvió y abrió muy grande la boca, de sorpresa. Allí no había nadie. Miró arriba, abajo, a los lados. Recorrió los rincones y la plantita, y tocó todo con la lengua. Inútil: la abeja había desaparecido.

La culebra comprendió entonces una cosa. Su prueba del trompito era muy buena, pero la prueba de la abeja era extraordinaria. ¿Qué había pasado con la abeja? ¿Dónde estaba?

No había manera de encontrarla.

—¡Bueno! —exclamó al fin—. Me doy por vencida. ¿Dónde estás?

Se oyó una voz muy baja, la voz de la abejita. Salió del medio de la cueva.

—¿No me vas a hacer nada? —dijo la voz—. ¿Puedo contar con tu juramento?

—Sí —respondió la culebra—. Te lo juro. ¿Dónde estás?

—Aquí —respondió la abejita, y apareció de pronto de entre una hoja cerrada de la plantita.

¿Qué había pasado? Una cosa muy sencilla. La plantita era una sensitiva, muy común también aquí en Buenos Aires. Sus hojas tienen algo especial: se cierran con el menor toque. Pero esta aventura pasaba en Misiones, donde las plantas crecen mucho. Por eso allí las hojas de las sensitivas son muy grandes. Por eso las hojas se cerraron cuando la abeja las tocó, y la ocultaron completamente.

La culebra, con su inteligencia, nunca se había dado cuenta de esto. Pero la abeja lo había observado, y lo usó para salvar su vida.

La culebra no dijo nada, pero quedó muy enojada con su derrota. Por eso la abeja pasó toda la noche recordándole a su enemiga su promesa. Había prometido no hacerle daño.

Fue una noche larga, que no terminaba nunca. Las dos la pasaron contra la pared más alta de la caverna. Estaban allí porque había empezado la tormenta, y el agua entraba como un río.

Además, hacía mucho frío, y adentro estaba completamente oscuro. De vez en cuando la culebra sentía ganas de lanzarse sobre la abeja. Entonces la abeja creía que había llegado el fin de su vida.

Nunca, jamás, creyó que una noche podría ser tan fría, tan larga, tan horrible. Recordaba su vida de antes, cuando dormía todas las noches en la colmena bien calentita. Y entonces lloraba en silencio.

Llegó el día y salió el sol, porque el tiempo estaba otra vez bueno. La abejita voló hasta la puerta de la colmena. La familia había hecho esa colmena con su esfuerzo. Allí lloró otra vez en silencio. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada. La dejaron pasar porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana. Era una abeja que en una sola noche había aprendido duramente lo que es la vida.

Así fue. Desde entonces ninguna abeja recogió tanto polen ni hizo tanta miel como ella. Llegó el otoño, y llegó también el fin de sus días. Todavía tuvo tiempo de dar una última lección antes de morir. Se la dio a las jóvenes abejas que la rodeaban:

—No es nuestra inteligencia sino nuestro trabajo lo que nos hace tan fuertes. Yo usé una sola vez mi inteligencia, y fue para salvar mi vida. Yo no trabajé como todas, y por eso necesité ese esfuerzo. Me he cansado tanto volando de aquí para allá como trabajando. Lo que me faltaba era la idea del deber, y la aprendí aquella noche.

—Trabajen, compañeras. Piensen en el fin de nuestros esfuerzos: la felicidad de todos. Ese fin es mucho más importante que el cansancio de cada una. A esto los hombres llaman ideal, y tienen razón. No hay otra filosofía en la vida de un hombre y de una abeja.

### Glosario

- **abeja**: insecto que vuela, pica y hace miel.
- **abejas**: plural de abeja.
- **abejita**: abeja pequeña.
- **haragana**: que no quiere trabajar.
- **colmena**: casa de las abejas.
- **calentaba**: daba calor.
- **asomaba**: "se asomaba": sacaba la cabeza para mirar.
- **peinaba**: "se peinaba": se arreglaba los pelos.
- **moscas**: insectos pequeños y negros que vuelan.
- **zumbaba**: hacía el ruido de una abeja cuando vuela.
- **lomo**: la espalda de un animal.
- **advertencia**: palabras que te avisan de un peligro o de un castigo.
- **exclamó**: dijo con fuerza.
- **arrastró**: "se arrastró": avanzó con el cuerpo pegado al suelo.
- **temblando**: moviendo el cuerpo sin querer, por frío o por miedo.
- **caverna**: lugar grande y oscuro debajo de la tierra.
- **culebra**: víbora.
- **murmuró**: dijo en voz muy baja.
- **mocosa**: niña pequeña que no sabe nada. Se dice para ofender.
- **eucalipto**: árbol alto de hojas largas y olor fuerte.
- **trompos**: juguetes que giran sobre una punta.
- **trompito**: trompo pequeño.
- **trompitos**: juguetes pequeños que giran sobre una punta.
- **se había quedado dormido**: aquí, giraba tan bien que parecía quieto.
- **sensitiva**: planta cuyas hojas se cierran cuando alguien las toca.
- **paseandera**: que pasea mucho y no hace nada.
- **polen**: polvo de las flores que recogen las abejas.
- **deber**: lo que una persona tiene que hacer.
