# Cuentos de amor de locura y de muerte (Edición B1)

*Horacio Quiroga*

## Una estación de amor

## Primavera

Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, cuando ya estaba oscureciendo. Mientras abría un paquete de serpentinas, miró el coche que iba delante. Allí había una cara que no había visto la tarde anterior. Sorprendido, preguntó a sus compañeros:

—¿Quién es? No parece fea.

—¡Un demonio! Es lindísima. Creo que es sobrina, o algo así, del doctor Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece…

Entonces Nébel miró con atención a la hermosa criatura. Era una chica muy joven todavía, quizá de no más de catorce años. Pero su cuerpo ya era el de una mujer. Bajo el pelo muy oscuro, tenía una cara blanquísima. Era ese blanco mate y suave como la seda que solo tienen las pieles muy finas. Tenía los ojos azules y largos. Llegaban casi hasta las sienes, rodeados de pestañas negras. Quizá estaban un poco separados. Eso da, bajo una frente lisa, un aire de mucha nobleza o de gran terquedad. Pero así eran sus ojos, y llenaban de luz y de belleza aquella cara joven como una flor. Nébel sintió un momento esos ojos fijos en los suyos, y quedó deslumbrado.

—¡Qué encanto!—murmuró. Se quedó inmóvil, con una rodilla sobre el almohadón del surrey.

Un momento después, las serpentinas volaban hacia la victoria. Pronto los dos coches estuvieron unidos por un puente colgante de cintas. Y la chica que lo había causado sonreía de vez en cuando al galante muchacho.

Pero aquello ya era una falta de respeto a las personas, al cochero y hasta al coche. Las serpentinas llovían sin parar sobre el hombro, la cabeza, el látigo y el guardabarros. Tanto fue así que las dos personas sentadas atrás se dieron vuelta. Sonreían, pero miraron con atención al muchacho que gastaba tanto.

—¿Quiénes son?—preguntó Nébel en voz baja.

—El doctor Arrizabalaga; es cierto que no lo conoces. La otra es la madre de tu chica… Es cuñada del doctor.

Después de mirarlo, Arrizabalaga y la señora sonrieron abiertamente ante tanta energía juvenil. Entonces Nébel creyó que debía saludarlos. Los tres le respondieron con alegre amabilidad.

Ese fue el principio de un idilio que duró tres meses. Nébel puso en él toda la adoración que cabía en su apasionada adolescencia. En Concordia el corso dura hasta horas increíbles. Y mientras siguió el corso, Nébel estiró su brazo hacia adelante sin parar. Lo estiró tanto que el puño de su camisa se soltó y bailaba sobre su mano.

Al día siguiente se repitió la escena. Esta vez el corso continuaba de noche, con una batalla de flores. Nébel vació cuatro canastas enormes en un cuarto de hora. Arrizabalaga y la señora se reían y se daban vuelta a menudo. La joven casi no apartaba los ojos de Nébel. Él miró con desesperación sus canastas vacías. Pero sobre el almohadón del surrey todavía quedaba uno: un pobre ramo de siemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él por encima de la rueda del surrey y casi se torció un tobillo. Corrió hasta la victoria, sin aliento, mojado de sudor y con el entusiasmo en los ojos. Le dio el ramo a la joven. Ella buscó nerviosa otro ramo para darle, pero no lo tenía. Sus acompañantes se reían.

—¡Pero loca!—le dijo la madre, señalándole el pecho—. ¡Ahí tienes uno!

El coche ya empezaba a moverse al trote. Nébel, triste, había bajado del estribo. Corrió y alcanzó el ramo que la joven le daba, con el cuerpo casi fuera del coche.

Nébel había llegado de Buenos Aires tres días antes. Allí estaba terminando su bachillerato. Había vivido allá siete años, así que conocía muy poco la sociedad actual de Concordia. Todavía debía quedarse quince días en su ciudad natal. Pensaba pasarlos con el alma tranquila, aunque no el cuerpo. Y ya desde el segundo día había perdido toda su calma. Pero, en cambio, ¡qué encanto!

—¡Qué encanto!—se repetía. Pensaba en aquel rayo de luz, de flor y de carne de mujer que había llegado a él desde el coche. Sabía que estaba deslumbrado de verdad, profundamente. Y enamorado, por supuesto.

¡Y si ella lo quisiera!… ¿Lo querría? Para saberlo, Nébel no confiaba tanto en el ramo que ella había sacado de su pecho. Confiaba mucho más en la prisa nerviosa con que la joven había buscado algo para darle. Recordaba bien el brillo de sus ojos cuando lo vio llegar corriendo. Recordaba la ansiedad con que lo esperó. Y también, en otro sentido, la suavidad de su joven pecho cuando le dio el ramo.

¡Y ahora, todo terminado! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué le importaba lo demás: Concordia, sus amigos de antes, su propio padre? Por lo menos, iría con ella hasta Buenos Aires.

Y así fue: hicieron el viaje juntos. Durante el viaje, Nébel llegó a la pasión más alta posible para un muchacho romántico de 18 años que se siente querido. La madre aceptó con amable simpatía aquel idilio casi infantil. Se reía a menudo al verlos. Ellos hablaban poco, sonreían sin parar y se miraban infinitamente.

La despedida fue breve, porque Nébel quería conservar el último resto de sentido común que le quedaba. Por eso no siguió viajando detrás de ella.

Ellas volverían a Concordia en el invierno, quizá por una temporada. ¿Iría él? "¡Oh, no volver yo!" Nébel se alejaba despacio por el muelle y se daba vuelta a cada momento. Ella, con el pecho apoyado en la borda y la cabeza un poco baja, lo seguía con los ojos. Mientras tanto, en la planchada, los marineros levantaban los ojos sonriendo hacia aquel idilio. Y miraban también el vestido, todavía corto, de la novia tan joven.

## Verano

El 13 de junio Nébel volvió a Concordia. Supo desde el primer momento que Lidia estaba allí. Pero pasó una semana sin preocuparse nada por ella. Cuatro meses son tiempo de sobra para olvidar una pasión rápida como un relámpago. En el agua dormida de su alma, la última luz apenas movía un poco su amor propio. Eso sí, sentía curiosidad por verla. Pero un pequeño incidente hirió su vanidad y lo llevó otra vez hacia ella. El primer domingo, Nébel esperó en la esquina la salida de misa, como todo buen chico de pueblo. Por fin, quizá las últimas, Lidia y su madre avanzaron entre la fila de muchachos. Iban muy derechas y miraban hacia adelante.

Al verla de nuevo, Nébel sintió que sus ojos se abrían mucho. Querían beber entera aquella figura que de pronto adoraba otra vez. Esperó con un deseo casi doloroso el momento en que ella lo iba a reconocer entre el grupo. Imaginaba sus ojos llenos de una luz repentina de feliz sorpresa.

Pero ella pasó con la mirada fría, fija adelante.

—Parece que ya no se acuerda de ti—le dijo un amigo. Estaba a su lado y había visto todo.

—¡No mucho!—sonrió él—. Y es una lástima, porque la chica me gustaba de verdad.

Pero cuando estuvo solo, lloró por su desgracia. ¡Y justo ahora, que la había vuelto a ver! ¡Cómo la había querido siempre, él, que creía no acordarse más de ella! ¡Y todo acabado!

—¡Pum, pum, pum!—repetía sin darse cuenta, con su costumbre de niño—. ¡Pum! ¡Todo terminado!

De golpe pensó: ¿Y si no me hubiera visto?… ¡Claro! ¡Pero claro! Su cara se animó de nuevo. Se agarraba con total convicción a esa posibilidad, que le parecía muy razonable.

A las tres llamaba a la puerta de la casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era simple. Le haría una consulta al abogado con cualquier pobre excusa, y mientras tanto quizá podría verla. Al sonar el timbre, alguien vino corriendo por el patio. Era Lidia. Para frenar, tuvo que agarrarse con fuerza a la puerta de vidrio. Vio a Nébel y dio un grito. Llevaba una ropa ligera de casa, y se la tapó con los brazos. Luego huyó todavía más rápido.

Un momento después, la madre abría el consultorio. Recibió a su viejo conocido con más alegría que cuatro meses antes. Nébel no podía más de felicidad. Como la señora no parecía interesada en los problemas legales de Nébel, él también prefería un millón de veces la presencia de ella a la del abogado.

Sin embargo, estaba como sobre brasas, con una felicidad demasiado ardiente. Y como tenía 18 años, quería irse de una vez. Quería disfrutar solo, y sin vergüenza, de su inmensa alegría.

—¡Tan pronto, ya!—le dijo la señora—. Espero que tendremos el gusto de verlo otra vez… ¿No es verdad?

—¡Oh, sí, señora!

—En casa todos tendríamos mucho placer… ¡Supongo que todos! ¿Quiere que consultemos?—sonrió, con una burla cariñosa de madre.

—¡Oh, con toda el alma!—respondió Nébel.

—¡Lidia! ¡Ven un momento! Aquí hay una persona que conoces.

Ella ya había visto a Nébel; pero no importaba.

Lidia llegó cuando él estaba de pie. Fue hacia él con los ojos brillantes de felicidad. Le dio un gran ramo de violetas, con una torpeza adorable.

—Si a usted no le molesta—siguió la madre—, podría venir todos los lunes… ¿Qué le parece?

—¡Que es muy poco, señora!—respondió el muchacho—. Los viernes también… ¿Me permite?

La señora se echó a reír.

—¡Qué apurado! Yo no sé… Veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?

La criatura no apartaba de Nébel sus ojos sonrientes. Le dijo ¡*sí*! directamente a la cara, porque a él le debía su respuesta.

—Muy bien: entonces hasta el lunes, Nébel.

Nébel protestó:

—¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario…

—¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.

Pero Nébel sentía una loca necesidad de moverse. Se despidió allí mismo y salió casi corriendo con su ramo. Ya casi había deshecho los tallos con la mano. Su alma volaba hasta el cielo más alto de la felicidad.

### II

Durante dos meses, Nébel y Lidia se adoraron. Se adoraban en todos los momentos en que se veían y en todas las horas que estaban separados. Nébel era muy romántico. Una simple llovizna que ponía gris el patio le daba una melancolía dolorosa. Para él, aquella criatura era todo el ideal posible. Tenía una cara de ángel, ojos azules y un cuerpo ya maduro, aunque era tan joven. Para ella, Nébel era varonil, guapo e inteligente. Solo había una nube sobre el futuro de su amor: Nébel era todavía menor de edad. El muchacho quería casarse. Dejaba de lado los estudios, la carrera y otras cosas sin importancia como esas. Para él, solo dos cosas estaban probadas. La primera: le era *absolutamente* imposible vivir sin su Lidia. La segunda: iba a pasar por encima de todo lo que se opusiera. Presentía, o mejor dicho, sentía, que iba a chocar con fuerza contra un obstáculo.

En efecto, a su padre le había disgustado mucho el año que Nébel perdía por un amor de carnaval. Y su padre iba a dejar las cosas muy claras, con una fuerza terrible. A fines de agosto le habló a su hijo de una vez por todas:

—Me han dicho que sigues con tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es cierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.

Nébel vio toda la tormenta en esa manera de hablar de *dignidad*. La voz le tembló un poco.

—Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que hable de eso.

—¡Bah! Cómo me va a gustar. En efecto, puedes ahorrarte el trabajo… Pero quisiera saber en qué situación estás. ¿Vas a esa casa como novio?

—Sí.

—¿Y te reciben formalmente?

—C-creo que sí.

El padre lo miró fijamente y tamborileó con los dedos sobre la mesa.

—¡Está bueno! ¡Muy bien!… Óyeme, porque tengo el deber de mostrarte el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que puede pasar?

—¿Pasar?… ¿Qué?

—Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para pensar un poco, por lo menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?

—¡Papá!

—¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! No pongas esa cara… No hablo de tu… novia. Ella es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero sabes de qué viven?

—¡No! Y no me importa, porque aunque seas mi padre…

—¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre. Te hablo como podría hablarte cualquier hombre honrado. Y ya que te indigna tanto lo que te pregunto, averigua. Pregunta a cualquiera que quiera contártelo qué clase de relación tiene la madre de tu novia con su cuñado. ¡Pregunta!

—¡Sí! Ya sé que ha sido…

—Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan tranquilo!

—¡…!

—¡Sí, ya sé, tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay impulso más bello que el tuyo… ¡Pero ten cuidado, porque puedes llegar tarde!… ¡No, no, cálmate! No quiero ofender a tu novia. Creo, como te he dicho, que todavía no está contaminada por la podredumbre que la rodea. Pero si la madre quiere vendértela en matrimonio, o mejor dicho, vendérsela a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera, dile que el viejo Nébel no está dispuesto a esos negocios. Dile que antes se lo llevará el diablo que aceptar eso. Nada más te quería decir.

El muchacho quería mucho a su padre, a pesar de su carácter duro. Salió lleno de rabia, porque no había podido soltar su enojo. Y ese enojo era más violento porque él mismo sabía que era injusto. Hacía tiempo que conocía la verdad. La madre de Lidia había sido la querida de Arrizabalaga mientras vivía su marido. Y lo siguió siendo cuatro o cinco años después. Todavía se veían de vez en cuando. Pero el viejo libertino era ahora un solterón enfermizo, envuelto en su artritis. Ya no era para su cuñada lo que la gente decía. Si pagaba los gastos de madre e hija, lo hacía por una especie de compasión de ex amante. Esa compasión estaba muy cerca de un egoísmo vil. Y sobre todo lo hacía para dar razón a los chismes de la gente, que llenaban de orgullo su vanidad.

Nébel recordaba a la madre. Y con un estremecimiento de muchacho loco por las mujeres casadas, recordaba cierta noche. Estaban mirando juntos una revista, la *Illustration*, inclinados sobre ella. De pronto sus nervios se pusieron tensos. Creyó sentir un hondo aliento de deseo, que salía del cuerpo lleno de ella, que rozaba el suyo. Nébel levantó los ojos. Vio la mirada de ella, vaga y lánguida, como mareada. Esa mirada se posó, pesada, sobre la suya.

¿Se había equivocado? Ella era terriblemente histérica, pero rara vez se le notaba por fuera. Sus nervios desordenados golpeaban hacia adentro. De ahí venía su terquedad repentina en una tontería. De ahí venía también el abandono brusco de una idea en la que creía. Y antes de sus crisis, crecía en ella una obstinación convulsiva. Iba construyendo grandes bloques de cosas absurdas. Abusaba de la morfina, por una necesidad angustiosa y también por elegancia. Tenía treinta y siete años. Era alta, con labios muy gruesos y rojos, que mojaba sin parar. Sus ojos no eran grandes, pero lo parecían, porque estaban un poco hundidos y tenían pestañas muy largas. Eran ojos admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Se vestía como su hija, con un gusto perfecto. Esa era, sin duda, su mayor atracción. Como mujer, debía de haber tenido un encanto profundo. Ahora la histeria había gastado mucho su cuerpo. Además, por supuesto, estaba enferma del vientre. Cuando pasaba el golpe fuerte de la morfina, sus ojos se volvían opacos. Entonces, en las esquinas de los labios y en el párpado hinchado, colgaba una fina red de arrugas. Pero a pesar de eso, la misma histeria que le destrozaba los nervios la mantenía con fuerza. Era como un alimento un poco mágico.

Quería profundamente a Lidia. Tenía la moral de las burguesas histéricas. Por eso, para hacer feliz a su hija, habría sido capaz de hacerla caer en lo más bajo. Es decir, para darle lo que a ella misma la habría hecho feliz.

Por eso, la preocupación del padre tocaba a Nébel en lo más profundo de su amor. ¿Cómo se había salvado Lidia? Porque su piel era limpia, y su pasión de niña salía con adorable libertad de sus ojos brillantes. Estas cosas ya no eran solo una prueba de pureza. Eran para Nébel como un escalón de noble alegría. Por él subía triunfante para arrancar de un golpe la flor que lo llamaba, de aquella planta podrida.

Esta convicción era tan fuerte que Nébel nunca la había besado. Una tarde, después de almorzar, pasaba por la casa de Arrizabalaga. Sintió un deseo loco de verla. Su felicidad fue completa, porque la encontró sola. Llevaba un batón y tenía los rizos sobre las mejillas. Nébel la retuvo contra la pared, y ella, riendo y avergonzada, se apoyó en el muro. El muchacho estaba frente a ella, casi tocándola. Con las manos quietas, sintió la alta felicidad de un amor puro. Y le habría sido tan fácil mancharlo.

¡Pero después, cuando fuera su mujer! Nébel apuraba su casamiento todo lo posible. En esos días había obtenido su habilitación de edad. Con ella, podía pagar los gastos con su legítima materna. Faltaba el consentimiento del padre, y la madre insistía en ese detalle.

La situación de ella en Concordia era demasiado dudosa. Necesitaba que la sociedad la aceptara. Y eso debía empezar, por supuesto, por el futuro suegro de su hija. Pero sobre todo la movía un deseo: humillar a la moral burguesa. Quería obligarla a ponerse de rodillas ante la misma conducta indecente que antes había despreciado.

Ya varias veces había tocado el tema con su futuro yerno. Hacía alusiones a "mi suegro"… "mi nueva familia"… "la cuñada de mi hija". Nébel se callaba, y entonces los ojos de la madre brillaban con más fuego.

Hasta que un día la llama subió. Nébel había fijado el 18 de octubre para su casamiento. Faltaba todavía más de un mes. Pero la madre le hizo entender claramente al muchacho que quería la presencia de su padre esa noche.

—Será difícil—dijo Nébel, después de un silencio incómodo—. Le cuesta mucho salir de noche… No sale nunca.

—¡Ah!—dijo solamente la madre, y se mordió rápido el labio. Siguió otra pausa, pero esta ya anunciaba algo malo.

—Porque usted no hace un casamiento clandestino, ¿verdad?

—¡Oh!—sonrió Nébel con dificultad—. Mi padre tampoco lo cree.

—¿Y entonces?

Hubo un nuevo silencio, cada vez más tormentoso.

—¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?

—¡No, no, señora!—exclamó por fin Nébel, impaciente—. Es su manera de ser… Hablaré de nuevo con él, si quiere.

—¿Yo, querer?—sonrió la madre, abriendo mucho la nariz—. Haga lo que le parezca… ¿Quiere irse ahora, Nébel? No estoy bien.

Nébel salió muy disgustado. ¿Qué le iba a decir a su padre? El padre seguía totalmente en contra de ese matrimonio. Y el hijo ya había empezado los trámites para casarse sin su consentimiento.

—Puedes hacer eso, y mucho más, y todo lo que te dé la gana. Pero mi consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!

Después de tres días, Nébel decidió aclarar de una vez esa situación. Aprovechó un momento en que Lidia no estaba.

—Hablé con mi padre—empezó Nébel—, y me ha dicho que le será completamente imposible asistir.

La madre se puso un poco pálida. Sus ojos brillaron de pronto y parecieron estirarse hacia las sienes.

—¡Ah! ¿Y por qué?

—No sé—respondió Nébel con voz apagada.

—Es decir… ¿que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí?

—No sé—repitió él, terco sin darse cuenta.

—¡Es que ese señor nos hace una ofensa sin ningún motivo! ¿Qué se ha creído?—añadió ella, con la voz ya alterada y los labios temblorosos—. ¿Quién es él para darse esos aires?

Entonces Nébel sintió la reacción de su familia en lo más profundo de su sangre, como un golpe de látigo.

—¡Qué es, no sé!—respondió él, también con la voz rápida—. Pero no solo se niega a asistir. Tampoco da su consentimiento.

—¿Qué? ¿Que se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡Justo él, el más autorizado para esto!

Nébel se levantó:

—Señora…

Pero ella también se había levantado.

—¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su fortuna! ¡Se la robó a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia perfecta, sin mancha! ¡Se llena la boca con eso! ¡Su familia!… ¡Pídale que le diga cuántas paredes tenía que saltar para ir a dormir con su mujer, antes de casarse! ¡Sí, y me viene con su familia!… ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lo pase bien!

### III

Nébel pasó cuatro días vagando, en la desesperación más honda. ¿Qué podía esperar después de lo que había pasado? Al quinto día, al anochecer, recibió una esquela:

"Octavio: Lidia está bastante enferma, y solo su presencia podría calmarla.

María S. de Arrizabalaga."

No tenía ninguna duda: era una treta. Pero si su Lidia de verdad…

Fue esa misma noche. La madre lo recibió con una discreción que asombró a Nébel. No fue demasiado amable. Tampoco tenía el aire de una pecadora que pide perdón.

—Si quiere verla…

Nébel entró con la madre y vio a su amor adorado en la cama. Su cara tenía esa frescura sin maquillaje que solo dan los 14 años. Su cuerpo estaba recogido bajo las sábanas, que escondían bastante su plena juventud.

Se sentó a su lado. La madre esperó en vano que se dijeran algo. Ellos solo se miraban y se reían.

De pronto Nébel sintió que estaban solos. Y vio con claridad la intención de la madre: "Se va para que yo pierda la cabeza, con la emoción de este amor recuperado. Así el matrimonio será obligatorio". Le ofrecían ese cuarto de hora de placer final por adelantado y gratis. Pero luego tendría que pagarlo con un pagaré de casamiento. Sin embargo, el muchacho, de 18 años, sintió otra vez lo mismo que aquella tarde contra la pared. Sintió el placer sin la más pequeña mancha de un amor puro, con toda la luz de un idilio poético.

Solo Nébel podría decir lo grande que fue su felicidad recuperada después del naufragio. Él también olvidaba la explosión de calumnias de la madre. Había sido un deseo rabioso de insultar a quien no lo merecía. Pero estaba decidido, con la mayor frialdad, a apartar a la madre de su vida una vez casados. Recordaba a su tierna novia, pura y sonriente en la cama, con una punta de la sábana abierta para él. Ese recuerdo encendía la promesa de un placer completo. Él no le había robado a ese placer ni el más pequeño diamante.

A la noche siguiente, Nébel llegó a la casa de Arrizabalaga y encontró el zaguán oscuro. Después de un largo rato, la sirvienta abrió un poco la puerta de vidrio:

—No están las señoras.

—¿Han salido?—preguntó él, extrañado.

—No, se van a Montevideo… Han ido al Salto a dormir a bordo.

—¡Ah!—murmuró Nébel, lleno de terror. Todavía le quedaba una esperanza.

—¿El doctor? ¿Puedo hablar con él?

—No está; se ha ido al club después de comer…

Cuando estuvo solo en la calle oscura, Nébel levantó los brazos y los dejó caer, sin ninguna fuerza. ¡Se había acabado todo! Su felicidad, la alegría que había recuperado un día antes, ¡perdida otra vez y para siempre! Sentía que esta vez no había salvación posible. Los nervios de la madre habían saltado como locos, como las teclas de un piano. Y él ya no podía hacer nada más.

Empezaba a lloviznar. Caminó hasta la esquina. Desde allí, quieto bajo el farol, miró la casa rosada con una fijeza estúpida. Dio una vuelta a la manzana y se detuvo otra vez bajo el farol. ¡Nunca, nunca!

Hizo lo mismo hasta las once y media. Por fin se fue a su casa y cargó el revólver. Pero un recuerdo lo detuvo. Meses antes le había prometido algo a un dibujante alemán. Antes de suicidarse—Nébel era adolescente—, iría a verlo. Lo unía una amistad muy viva con aquel viejo soldado de Guillermo. Era una amistad hecha de largas charlas filosóficas.

A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel llamaba a la puerta del pobre cuarto del alemán. La expresión de su cara lo decía todo.

—¿Es ahora?—le preguntó su amigo, que lo trataba como un padre. Le apretó la mano con fuerza.

—¡Pst! ¡De todos modos!…—respondió el muchacho, mirando hacia otro lado.

Entonces el dibujante, con gran calma, le contó su propio drama de amor.

—Vaya a su casa—terminó—. Y si a las once no ha cambiado de idea, vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qué comer. Después hará lo que quiera. ¿Me lo jura?

—Se lo juro—contestó Nébel. Le devolvió el fuerte apretón de manos, con muchas ganas de llorar.

En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia:

"Idolatrado Octavio: Mi desesperación no puede ser más grande, pero mamá ha visto que si me casaba con usted me estaban reservados grandes dolores, he comprendido como ella que lo mejor era separarnos y le jura no olvidarlo nunca

tu Lidia."

—¡Ah, tenía que ser así!—gritó el muchacho. Al mismo tiempo vio con espanto en el espejo su cara cambiada—. ¡La madre había inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no había podido negarse a escribirla. Y la pobre chica, alterada, lloraba todo su amor en esas líneas. ¡Ah! ¡Si pudiera verla algún día y decirle cómo la he querido, cuánto la quiero ahora, adorada de mi alma!

Temblando, fue hasta el velador y agarró el revólver. Pero recordó su nueva promesa. Y durante un rato se quedó quieto. Limpiaba una y otra vez con la uña una mancha del tambor.

## Otoño

Una tarde, en Buenos Aires, Nébel acababa de subir al tranvía. El coche se detuvo un momento más de lo normal, y Nébel, que estaba leyendo, por fin volvió la cabeza. Una mujer avanzaba con paso lento y difícil. Nébel echó una mirada rápida a esa persona molesta y siguió leyendo. La dama se sentó a su lado y, al hacerlo, miró con atención a Nébel. Él sentía de vez en cuando la mirada de la desconocida sobre él, pero siguió leyendo. Al fin se cansó y levantó la cara, extrañado.

—Ya me parecía que era usted—exclamó la dama—, aunque todavía dudaba… No me recuerda, ¿no es cierto?

—Sí—respondió Nébel, abriendo los ojos—: la señora de Arrizabalaga…

Ella vio la sorpresa de Nébel. Sonrió con el aire de una vieja cortesana que todavía intenta gustarle a un muchacho.

Nébel la había conocido once años antes. De aquella mujer solo quedaban los ojos, aunque más hundidos y ya apagados. La piel amarilla, con tonos un poco verdes en las sombras, se rompía en arrugas como surcos de polvo. Los pómulos ahora salían hacia afuera. Los labios, siempre gruesos, intentaban esconder unos dientes totalmente cariados. Bajo el cuerpo flaquísimo se veía la morfina viva. Corría por los nervios agotados y por las arterias aguadas. Había convertido en aquel esqueleto a la mujer elegante que un día miró la *Illustration* a su lado.

—Sí, estoy muy envejecida… y enferma; ya he tenido ataques a los riñones… Y usted—añadió, mirándolo con ternura—, ¡siempre igual! Es verdad que no tiene treinta años aún… Lidia también está igual.

Nébel levantó los ojos:

—¿Soltera?

—Sí… ¡Cuánto se alegrará cuando se lo cuente! ¿Por qué no le da ese gusto a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?

—Con mucho gusto—murmuró Nébel.

—Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para… En fin: Boedo, 1483; departamento 14… Nuestra posición es tan pobre…

—¡Oh!—protestó él, y se levantó para irse. Prometió ir muy pronto.

Doce días después, Nébel debía volver al ingenio. Antes quiso cumplir su promesa. Fue allá: era un departamento miserable de un arrabal. La señora de Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.

—¡Así que once años!—dijo otra vez la madre—. ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Y usted, que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!

—Seguramente—sonrió Nébel, mirando a su alrededor.

—¡Oh! ¡No estamos muy bien! Y sobre todo, pienso en lo bien puesta que debe de estar su casa… Siempre oigo hablar de sus cañaverales… ¿Es ese su único establecimiento?

—Sí… en Entre Ríos también…

—¡Qué feliz! Si uno pudiera… Siempre con ganas de ir a pasar unos meses en el campo, ¡y siempre con las ganas!

Se calló y echó una mirada rápida a Nébel. Él, con el corazón apretado, volvía a vivir con claridad las impresiones que llevaba once años enterradas en el alma.

—Y todo esto por falta de relaciones… ¡Es tan difícil tener un amigo en estas condiciones!

El corazón de Nébel se encogía cada vez más. Entonces entró Lidia.

Ella también estaba muy cambiada, porque el encanto de la inocencia y la frescura de los catorce años no se encuentra más en la mujer de veintiséis. Pero seguía siendo bella. Nébel lo sintió con su instinto de hombre. Lo notó en la calma tranquila de su mirada y en su cuello suave y lleno. Lo notó en todas esas cosas difíciles de definir que le muestran a un hombre que una mujer ya ha conocido el amor. Y sintió que debía guardar escondido para siempre el recuerdo de la Lidia que había conocido.

Hablaron de cosas muy triviales, con la perfecta discreción de las personas maduras. Cuando ella salió otra vez un momento, la madre continuó:

—Sí, está un poco débil… Y cuando pienso que en el campo se recuperaría en seguida… Vea, Octavio: ¿me permite ser franca con usted? Ya sabe que lo he querido como a un hijo… ¿No podríamos pasar una temporada en su establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia!

—Soy casado—respondió Nébel.

La señora hizo un gesto de fuerte disgusto, y por un instante su decepción fue sincera. Pero en seguida cruzó las manos de una forma cómica:

—¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, ya sabe!… No sé lo que digo… ¿Y su señora vive con usted en el ingenio?

—Sí, generalmente… Ahora está en Europa.

—¡Qué desgracia! Es decir… ¡Octavio!—añadió, abriendo los brazos con lágrimas en los ojos—. A usted se lo puedo contar, usted ha sido casi mi hijo… ¡Estamos casi en la miseria! ¿Por qué no quiere que vaya con Lidia? Le voy a hacer una confesión de madre—terminó, con una sonrisa espesa y bajando la voz—. Usted conoce bien el corazón de Lidia, ¿no es cierto?

Esperó una respuesta, pero Nébel siguió callado.

—¡Sí, usted lo conoce! ¿Y cree que Lidia es una mujer capaz de olvidar cuando ha querido?

Ahora había reforzado su insinuación con un ligero guiño. Entonces Nébel comprendió de golpe el abismo en el que pudo haber caído antes. Era siempre la misma madre. Pero ahora estaba envilecida por su propia alma vieja, por la morfina y por la pobreza. Y Lidia… Al verla otra vez, había sentido un golpe brusco de deseo por la mujer de ahora. Era una mujer de garganta llena, que ya conocía el temblor del amor. Le ofrecían un tratado comercial. Y él se echó en brazos de aquella rara conquista que le daba el destino.

—¿No sabes, Lidia?—exclamó la madre, muy alegre, cuando volvió su hija—. Octavio nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ¿Qué te parece?

Lidia frunció las cejas un instante y recuperó su calma.

—Muy bien, mamá…

—¡Ah! ¿No sabes lo que dice? Está casado. ¡Tan joven todavía! Somos casi de su familia…

Entonces Lidia volvió los ojos hacia Nébel y lo miró un momento con una seriedad dolorosa.

—¿Hace tiempo?—murmuró.

—Cuatro años—respondió él en voz baja. A pesar de todo, no tuvo valor para mirarla.

## Invierno

No hicieron el viaje juntos. Fue un último escrúpulo de hombre casado, porque en esa línea de tren lo conocían mucho. Pero al salir de la estación subieron juntos al brec de la casa. Cuando Nébel se quedaba solo en el ingenio, solo tenía a su servicio a una vieja india, porque él vivía con sencillez, y además su mujer se llevaba con ella a todos los sirvientes. Así que presentó a sus acompañantes a la fiel nativa como una tía anciana y su hija. Le dijo que venían a recuperar la salud perdida.

Por otro lado, nada era más creíble, porque la señora empeoraba a toda velocidad. Había llegado destrozada, con el paso inseguro y pesadísimo. A pedido de Nébel, había pasado cuatro horas seguidas sin morfina. Y en su cara llena de angustia, la morfina pedía a gritos correr otra vez por dentro de aquel cadáver vivo.

Nébel había dejado sus estudios cuando murió su padre. Pero sabía lo suficiente para prever una catástrofe rápida. El riñón estaba muy atacado. A veces se paraba de forma peligrosa, y la morfina solo hacía que eso llegara más rápido.

Ya en el coche, ella no había podido aguantar más. Había mirado a Nébel con una angustia terrible:

—Si me permite, Octavio… ¡no puedo más! Lidia, ponte delante.

La hija, tranquila, tapó un poco a su madre. Nébel oyó el ruido de la ropa, levantada con violencia para pincharse el muslo.

De pronto los ojos se encendieron. Una plenitud de vida cubrió como una máscara aquella cara de agonía.

—Ahora estoy bien… ¡qué dicha! Me siento bien.

—Debería dejar eso—dijo Nébel con dureza, mirándola de reojo—. Al llegar, estará peor.

—¡Oh, no! Antes morir aquí mismo.

Nébel pasó todo el día disgustado. Estaba decidido a vivir, todo lo posible, sin ver en Lidia y su madre nada más que dos pobres enfermas. Pero al caer la tarde las fieras empiezan a afilar las uñas. Y a esa hora, como ellas, su deseo de hombre empezó a recorrerle la cintura en escalofríos lentos.

Comieron temprano, porque la madre, agotada, quería acostarse de una vez. No hubo manera de que tomara solamente leche.

—¡Huy! ¡Qué asco! No la puedo tragar. ¿Y quiere que sacrifique los últimos años de mi vida, ahora que podría morir contenta?

Lidia no movió ni las pestañas. Había hablado muy poco con Nébel. Solo al final del café la mirada de él se clavó en la de ella. Pero Lidia bajó la suya en seguida.

Cuatro horas después, Nébel abría sin ruido la puerta del cuarto de Lidia.

—¡Quién es!—sonó de pronto la voz asustada.

—Soy yo—murmuró Nébel, con una voz que casi no se oía.

Se oyó un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta de golpe en la cama. Luego hubo otra vez silencio. Pero cuando la mano de Nébel tocó en la oscuridad un brazo tibio, el cuerpo tembló con una sacudida profunda.

* * *

Después, Nébel quedó quieto al lado de aquella mujer. Ella ya había conocido el amor antes de que él llegara. Y desde lo más escondido de su alma subió el santo orgullo de su adolescencia. Nunca había tocado a aquella criatura que lo miraba con una inocencia radiante. Nunca le había robado ni siquiera un beso. Pensó en las palabras de Dostoievski, que hasta ese momento no había comprendido: "Nada hay más bello y que fortalezca más en la vida, que un puro recuerdo". Nébel lo había guardado, ese recuerdo sin mancha, la pureza perfecta de sus dieciocho años. Y ahora estaba allí, hundido en el barro hasta el fondo, sobre una cama de sirvienta…

Entonces sintió sobre su cuello dos lágrimas pesadas y silenciosas. Ella también recordaría… Y las lágrimas de Lidia seguían cayendo, una tras otra. Regaban, como se riega una tumba, el final horrible de su único sueño de felicidad.

### II

Durante diez días vivieron juntos, aunque Nébel pasaba casi todo el día afuera. Sin hablarlo, estaban de acuerdo: Lidia y él se encontraban solos muy pocas veces. Y aunque de noche volvían a verse, aun entonces pasaban mucho tiempo callados.

Lidia también tenía bastante que hacer, porque cuidaba a su madre. Al final, la madre ya no podía levantarse de la cama. No era posible reconstruir lo que ya estaba podrido. Por eso Nébel pensó en quitarle la morfina, aunque eso trajera un peligro inmediato. Pero una mañana dejó la idea, cuando entró de golpe en el comedor y sorprendió a Lidia bajándose rápidamente las faldas. Tenía la jeringuilla en la mano, y lo miró con espanto.

—¿Hace mucho tiempo que usas eso?—le preguntó él al fin.

—Sí—murmuró Lidia, y dobló la aguja con un movimiento convulsivo.

Nébel la miró un momento más y se encogió de hombros.

Sin embargo, la madre se ponía inyecciones con una frecuencia terrible. Quería ahogar los dolores de su riñón, que la misma morfina estaba terminando de matar. Por eso Nébel decidió intentar salvar a aquella desgraciada. Le quitó la droga.

—¡Octavio! ¡Me va a matar!—gritó ella, suplicando con voz ronca—. ¡Mi hijo Octavio! ¡No podría vivir un día!

—¡Es que no vivirá dos horas si le dejo eso!—la cortó Nébel.

—¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!

Nébel dejó que ella estirara los brazos hacia él inútilmente, y salió con Lidia.

—¿Tú sabes lo grave que está tu madre?

—Sí… Los médicos me habían dicho…

Él la miró fijamente.

—Es que está mucho peor de lo que imaginas.

Lidia se puso lívida. Miró hacia afuera, cerró a medias los ojos y se mordió los labios, casi con un sollozo.

—¿No hay médico aquí?—murmuró.

—Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.

Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor. Nébel abrió una carta.

—¿Noticias?—preguntó Lidia, levantando hacia él los ojos inquietos.

—Sí—respondió Nébel, y siguió leyendo.

—¿Del médico?—volvió a preguntar Lidia un rato después, todavía más ansiosa.

—No, de mi mujer—respondió él con voz dura, sin levantar los ojos.

A las diez de la noche, Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel.

—¡Octavio! ¡Mamá se muere!…

Corrieron al cuarto de la enferma. La cara ya tenía una palidez intensa, de cadáver. Los labios estaban enormemente hinchados y azules. Entre ellos salía algo parecido a una palabra, desde la garganta y con la boca llena:

—Pla… pla… pla…

En seguida Nébel vio sobre el velador el frasco de morfina, casi vacío.

—¡Claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto?—preguntó.

—¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido… Seguramente lo fue a buscar a tu cuarto cuando no estabas… ¡Mamá, pobre mamá!

Y cayó sollozando sobre el pobre brazo, que colgaba hasta el piso.

Nébel le tomó el pulso. El corazón ya no daba más, y la temperatura bajaba. Al rato, los labios dejaron de decir su pla… pla. En la piel aparecieron grandes manchas violeta.

Murió a la una de la mañana. Esa tarde, después del entierro, los peones cargaban las valijas en el coche. Mientras tanto, Nébel esperaba a que Lidia terminara de vestirse.

—Toma esto—le dijo cuando ella se acercó. Le daba un cheque de diez mil pesos.

Lidia se estremeció con violencia. Sus ojos enrojecidos se fijaron de lleno en los de Nébel. Pero él aguantó la mirada.

—¡Toma, pues!—repitió, sorprendido.

Lidia lo tomó y se agachó para recoger su valija pequeña. Nébel se inclinó sobre ella.

—Perdóname—le dijo—. No me juzgues peor de lo que soy.

En la estación esperaron un rato sin hablar, junto a la escalerilla del vagón, porque el tren todavía no salía. Cuando sonó la campana, Lidia le dio la mano y se preparó para subir. Nébel se la apretó y se quedó un largo rato sin soltarla, mirándola. Luego se acercó, tomó a Lidia por la cintura y la besó profundamente en la boca.

El tren partió. Sin moverse, Nébel siguió con la vista la ventanilla, que se alejaba.

Pero Lidia no se asomó.

### Glosario

- **corso**: desfile de coches en carnaval
- **serpentinas**: cintas de papel largas que se tiran en las fiestas
- **surrey / victoria**: tipos de coche tirado por caballos
- **bachillerato**: estudios del colegio secundario
- **borda**: borde del barco
- **querida**: amante
- **entretenida**: mujer que un amante mantiene con su dinero
- **habilitación de edad**: permiso legal para actuar como adulto antes de la mayoría de edad
- **legítima materna**: parte de la herencia de su madre que le corresponde a un hijo
- **batón**: ropa larga y cómoda para estar en casa
- **clandestino**: secreto, escondido de los demás
- **idilio**: amor tierno y feliz entre dos jóvenes
- **sienes**: los dos lados de la cabeza, al lado de los ojos
- **terquedad**: forma de ser de quien no cambia de idea
- **deslumbrado**: tan impresionado por algo bello que no puede pensar en otra cosa
- **histeria / histérica**: estado de nervios muy alterados y difíciles de controlar
- **látigo**: cuerda con mango que usa el cochero para hacer andar a los caballos
- **guardabarros**: pieza sobre la rueda del coche que para el barro
- **siemprevivas**: flores que duran mucho tiempo sin secarse
- **jazmines**: flores blancas pequeñas de olor muy agradable
- **trote**: paso rápido del caballo, entre andar y correr
- **estoy hasta aquí**: estoy cansada y harta, no aguanto más
- **esquela**: carta corta
- **treta**: trampa, engaño
- **pagaré**: papel firmado en que alguien promete pagar algo más tarde
- **zaguán**: entrada de la casa, entre la puerta de la calle y el patio
- **arrabal**: barrio pobre a las afueras de la ciudad
- **ingenio**: finca grande donde se produce azúcar
- **cañaverales**: plantaciones de caña de azúcar
- **brec**: tipo de coche tirado por caballos
- **jeringuilla**: jeringa pequeña para inyectar
- **legua**: medida antigua de distancia, unos cinco kilómetros
- **sirvienta**: mujer que trabaja en una casa haciendo las tareas domésticas
- **revólver**: pistola pequeña
- **naufragio**: hundimiento de un barco; aquí, el desastre de su amor
- **calumnias**: mentiras que se dicen para dañar a alguien
- **rabioso**: lleno de rabia, muy furioso
- **frescura**: aspecto joven, sano y nuevo
- **pla… pla**: sonido sin sentido que hace la enferma cuando intenta hablar

## Los ojos sombríos

Unas semanas después de romper con Elena, una noche no pude evitar ir a un baile. Hacía mucho rato que estaba sentado allí, muy aburrido. Entonces Julio Zapiola me vio y vino a saludarme. Es un hombre joven, de una elegancia poco común y de carácter muy viril. Yo lo había apreciado muchos años atrás. En ese momento él acababa de volver de Europa, después de una larga ausencia.

Por eso nuestra charla fue distinta. En otra ocasión no habría pasado de ocho o diez frases. Pero esta vez se alargó, y hablamos con mucha sinceridad y confianza. Supe que se había casado; su mujer estaba allí mismo esa noche. Yo, por mi parte, le conté mi noviazgo con Elena y nuestra reciente ruptura. Posiblemente me quejé de mi amarga situación, porque recuerdo que le dije que creía totalmente imposible cualquier arreglo.

—No crea en esas sacudidas—me dijo Zapiola, tranquilo y serio—. Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o lo que se hará después. En mi matrimonio yo tengo una novela infinitamente más complicada que la suya. Y eso no impide que hoy sea el marido más feliz de la tierra. Óigala, porque a usted le puede servir mucho. Hace cinco años, yo veía con mucha frecuencia a Vezzera. Era un amigo del colegio a quien yo había querido mucho. Y sobre todo, él me había querido mucho a mí. Todo lo que prometía el muchacho se cumplió por completo en el hombre. Era, como antes, inconstante y apasionado. Tenía, como una mujer, depresiones y momentos de exaltación. Todos sus deseos y sus sospechas eran enfermizos. Y usted sabe bien cómo sufre uno, y cómo hace sufrir, con esa manera de ser.

Un día me dijo que estaba enamorado y que posiblemente se casaría muy pronto. Me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia. Pero su opinión sobre esa belleza no tenía para mí ningún valor. Vezzera insistió, y se irritó con mi orgullo.

—No sé qué tiene que ver el orgullo con esto—le dije.

—¡Pero es eso! Yo soy enfermizo, excitable, siempre veo espejismos, y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que tú dices es la medida justa de lo que has visto!

—Te juro…

—¡Bah; déjame en paz!—terminó. Estaba cada vez más irritado con mi tranquilidad, que para él era otra forma de orgullo.

Cada vez que volví a verlo en los días siguientes, lo encontré más exaltado con su amor. Estaba más delgado. Sus ojos, con grandes ojeras, brillaban de fiebre.

—¿Quieres hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.

Fuimos. No sé si usted ha sentido algo parecido alguna vez. Ella me dio la mano y nos miramos. Y sentí que, por ese contacto tibio, me entraba en todo el cuerpo una ola caliente. Era la belleza espléndida de aquellos ojos sombríos y de aquel cuerpo silencioso.

Cuando salimos, Vezzera me dijo:

—¿Y?… ¿Es como te he dicho?

—Sí—le respondí.

—¿Entonces la gente impresionable puede comunicar una impresión que corresponde a la realidad?

—Esta vez, sí—le dije. No pude evitar reírme.

Vezzera me miró de reojo y se calló durante un largo rato.

—¡Parece—me dijo de pronto—que solo me concedes su belleza como un gran favor!

—¿Pero estás loco?—le respondí.

Vezzera se encogió de hombros, como si yo hubiera evitado contestarle. Siguió sin hablarme, claramente disgustado. Hasta que al fin volvió hacia mí sus ojos de fiebre.

—¿De veras, de veras me juras que te parece linda?

—¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima; ¿quieres más?

Entonces se calmó. Y con la reacción inevitable de sus nervios femeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo. Ardía al recordar a su novia.

Fui varias veces más con Vezzera. Una noche me invitó otra vez, y le respondí que no me sentía bien. Le dije que lo dejaríamos para otro momento. Diez días más tarde le respondí lo mismo. Y de igual modo a la semana siguiente. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:

—¿Por qué no quieres ir?

—No es que no quiera ir. Es que hoy estoy de poco humor para esas cosas.

—¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!

—¿Yo?

—Sí; y te exijo como a un amigo, o como a ti mismo, que me digas exactamente esto: ¿por qué no quieres ir más?

—¡No tengo ganas!… ¿Te gusta?

Vezzera me miró como miran los tuberculosos, condenados al reposo, a un hombre fuerte que no presume de su fuerza. Y en realidad, creo que su tisis ya avanzaba rápido.

En seguida se miró las manos sudadas, que le temblaban.

—Hace días que las noto más flacas… ¿Sabes por qué no quieres ir más? ¿Quieres que te lo diga?

Tenía la nariz contraída, y su respiración rápida le cerraba los labios.

—¡Vamos! No seas… Cálmate, que es lo mejor.

—¡Es que te lo voy a decir!

—¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre?—lo interrumpí.

Por suerte, un violento ataque de tos lo detuvo. Lo empujé con cariño.

—Acuéstate un momento… Estás mal.

Vezzera se recostó en mi cama y cruzó las dos manos sobre la frente.

Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:

—¿Sabes lo que te iba a decir?… Que no querías que María se enamorara de ti… Por eso no ibas.

—¡Qué estúpido!—sonreí.

—¡Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras!

Nos quedamos callados otra vez. Al fin me acerqué a él.

—Esta noche vamos—le dije—. ¿Quieres?

—Sí, quiero.

Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó como si me hubiera visto el día anterior. No parecía nada preocupada por mi larga ausencia.

—Pregúntale por lo menos—se rió Vezzera, de una forma claramente falsa—por qué ha pasado tanto tiempo sin venir.

María frunció un poquito el ceño y se volvió hacia mí, con una sorpresa sonriente:

—¡Pero supongo que no tendría ganas de visitarnos!

El tono de la exclamación no pedía respuesta. Pero María se quedó un instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba con los ojos.

—Aunque deba avergonzarme para siempre—respondí—, confieso que hay algo de verdad…

—¿No es verdad?—se rió ella.

Pero yo ya notaba la tensión de los nervios de Vezzera. La veía en el movimiento de sus pies y en su nariz, que se abría.

—Dile que te diga—le dijo Vezzera a María—por qué de verdad no quería venir.

El ataque era tan perverso y cobarde que lo miré con verdadera rabia. Vezzera hizo como que no se daba cuenta. Mantenía la tensión golpeando el suelo con el pie, de forma convulsiva. Mientras tanto, María volvía a fruncir las cejas.

—¿Hay otra cosa?—sonrió ella con esfuerzo.

—Sí, Zapiola te va a decir…

—¡Vezzera!—exclamé.

—… Es decir, no su motivo, sino el que yo le atribuía para no venir más aquí… ¿Sabes por qué?

—Porque él cree que usted se va a enamorar de mí—me adelanté, hablándole a María.

Ya antes de decirlo, vi muy claro el ridículo en que iba a caer. Pero tuve que hacerlo. María se echó a reír, y así se notó mucho más el cansancio de sus ojos.

—¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor?

—No, imagínate… Era una broma—se rió él también.

La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de tema.

—Eres un canalla—le dije rápidamente a Vezzera, mirándolo a los ojos, cuando salimos.

—Sí—me respondió, mirándome con claridad—. Lo hice a propósito.

—¿Querías ponerme en ridículo?

—Sí… quería.

—¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes contra mí?

No me contestó; se encogió de hombros.

—¡Anda al demonio!—murmuré.

Pero un momento después, al separarnos, sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.

—¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no sabes lo que pienso?

—No—le respondí secamente.

—¿No mientes? ¿No estás mintiendo?

—No miento.

Y mentía profundamente.

—Bueno, me alegro… Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que volvamos allá?

—¡Nunca! Se acabó.

Vi que una verdadera angustia le abría mucho los ojos.

—¿No quieres ir más?—me dijo con voz ronca y extraña.

—No, nunca más.

—Como quieras, mejor… No estás enojado, ¿verdad?

—¡Oh, no seas criatura!—me reí.

Pero estaba realmente irritado contra Vezzera, y contra mí…

Al día siguiente, al anochecer, Vezzera entró en mi cuarto. Llovía desde la mañana, con un fuerte temporal. La humedad y el frío me tenían agotado. Desde el primer momento noté que Vezzera ardía de fiebre.

—Vengo a pedirte una cosa—empezó.

—¡Déjate de cosas!—lo interrumpí—. ¿Por qué has salido con esta noche? ¿No ves que te estás jugando la vida?

—La vida no me importa… Dentro de unos meses esto se acaba… Mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.

—¡No! Ya te lo dije.

—¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Esto me mata! ¿Por qué no quieres ir?

—Ya te he dicho: ¡no-qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿oyes?

La angustia de la noche anterior volvió a abrirle enormemente los ojos.

—Entonces—dijo despacio, con la voz muy ronca—es lo que pienso. Es lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo que… Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.

Lo detuve por el hombro. En seguida se dejó caer en la silla, con la cabeza sobre los brazos, en la mesa.

—Quédate—le dije—. Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo.

Durante un rato nos quedamos en un profundo silencio. Al fin dijo, con una voz sin ningún tono:

—Es que me dan unas ganas locas de matarme…

—¡Por eso! ¡Quédate aquí!… No estés solo.

Pero no pude retenerlo, y pasé toda la noche inquieto.

Usted sabe qué fuerza de atracción tan terrible tiene el suicidio cuando la idea fija se ha enredado en unos nervios enfermos, como en un ovillo. Habría sido necesario que Vezzera no estuviera solo en su cuarto, a cualquier precio. Y aun así, el motivo seguía allí.

Pasó lo que yo temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de Vezzera. Ya estaba muerto desde hacía cuatro horas. En la carta me decía que estaba demasiado claro: yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Sobre María, tenía la seguridad más completa. Y yo solo le había confirmado mi amor al negarme a ir más allá. Me pedía que no creyera que se mataba de dolor; absolutamente no. Pero él no era un hombre capaz de sacrificar a nadie por su felicidad egoísta. Por eso nos dejaba libres a mí y a ella. Además, sus pulmones ya no daban más… Era cuestión de tiempo. Me pedía que hiciera feliz a María, como él lo hubiera deseado…, etc.

Y dos o tres frases más. No vale la pena contarle en detalle mi confusión de esos días. Pero en su carta yo veía algo muy claro, porque lo conocía bien. Lo que lo llevó al suicidio fue la desesperación de los celos. Ese era el único motivo. Lo demás, el sacrificio y la conciencia tranquila, no tenía ningún valor.

En medio de todo quedaba la imagen de María, muy viva, radiante de una felicidad repentina. Yo sé el esfuerzo que tuve que hacer para dejar de ir a verla, cuando era de Vezzera. Y también había creído adivinar que a ella le pasaba algo parecido. Y ahora, ¡libres! Sí, solos los dos, pero con un cadáver entre nosotros.

Quince días después fui a su casa. Hablamos de cosas vagas y evitamos la menor alusión. Ella apenas me respondía. Y aunque se esforzaba, no podía sostener mi mirada ni un solo momento.

—Entonces—le dije al fin, levantándome—, creo que lo más discreto es que no vuelva más a verla.

—Creo lo mismo—me respondió.

Pero no me moví.

—¿Nunca más?—añadí.

—No, nunca… como usted quiera—dijo, y se echó a llorar. Dos lágrimas vencidas le caían por las mejillas.

Me acerqué, y ella se tapó la cara con las manos. Apenas sintió que la tocaba, se estremeció con violencia y estalló en sollozos. Me incliné detrás de ella y le abracé la cabeza.

—Sí, mi alma querida… ¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no importa nada… ¿Quieres?

—¡No, no!—me respondió—. No podríamos… No, ¡imposible!

—¡Después, sí, mi amor!… ¿Sí, después?

—¡No, no, no!—y sollozó todavía más fuerte.

Entonces salí desesperado. Pensaba con una amargura rabiosa que aquel imbécil, al matarse, nos había matado también a nosotros dos.

Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla?

—¡María!—llamó a una joven que pasaba del brazo de alguien—. Ya es hora; son las tres.

—¿Ya? ¿Las tres?—se volvió ella—. No lo hubiera creído. Bueno, vamos. Un momentito.

Entonces Zapiola me dijo:

—Ya ve, amigo mío, cómo se puede ser feliz después de lo que le he contado. Y su caso… Espere un segundo.

Y mientras me presentaba a su mujer, dijo:

—Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.

La joven sonrió a su marido. Y yo reconocí aquellos ojos sombríos de los que él me había hablado. Como todos los ojos de ese tipo, cuando ella reía brillaban de felicidad.

—Sí—respondió con sencillez—, sufrimos un poco…

—¡Ya ve!—se rió Zapiola, despidiéndose—. Yo, en su lugar, volvería al salón.

Me quedé solo. Volvió otra vez el pensamiento de Elena. Pero en medio de mi disgusto, me acordaba a cada momento de lo que sintió Zapiola al ver por primera vez los ojos de María.

Y yo no hacía sino recordarlos.

### Glosario

- **sombríos**: oscuros, tristes, con mucha sombra
- **noviazgo**: tiempo de novios antes de casarse
- **espejismos**: cosas que uno cree ver, pero que no son reales
- **ojeras**: manchas oscuras bajo los ojos
- **de reojo**: mirando de lado, sin girar la cabeza
- **tuberculosos / tisis**: enfermos de una enfermedad grave de los pulmones / esa enfermedad
- **canalla**: persona mala y baja
- **temporal**: tormenta fuerte con lluvia y viento
- **ovillo**: bola de hilo enrollado
- **sollozos**: llanto fuerte, con golpes de respiración
- **viril**: de hombre fuerte y firme
- **inconstante**: que cambia mucho de idea y de humor
- **exaltación / exaltado**: estado de mucha emoción y nervios
- **enfermizo**: débil, que se enferma fácilmente; también, que no es sano
- **excitable**: que se pone nervioso con mucha facilidad
- **impresionable**: que se deja impresionar y emocionar con facilidad

## El solitario

Kassim era un hombre enfermizo. Era joyero de profesión, aunque no tenía una tienda propia. Trabajaba para las grandes casas de joyas. Su especialidad era el montaje de las piedras preciosas. Había pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más energía y más habilidad para el comercio, habría sido rico. Pero a los treinta y cinco años seguía trabajando en su cuarto. Lo había arreglado como taller, debajo de la ventana.

Kassim tenía un cuerpo pequeño y pobre. Su cara era muy pálida, con una barba negra y escasa. Tenía una mujer hermosa y muy apasionada. La joven venía de la calle, de una familia humilde. Con su belleza había soñado con casarse con alguien de más alta posición. Esperó hasta los veinte años, provocando con su cuerpo a los hombres y a sus vecinas. Al fin tuvo miedo, y aceptó nerviosamente a Kassim.

Sin embargo, se acabaron los sueños de lujo. Su marido era hábil, era incluso un artista. Pero no tenía ningún carácter para hacer una fortuna. Por eso, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella lo miraba apoyada en los codos. Era una mirada lenta y pesada. Después la apartaba de golpe. Y por los vidrios seguía con los ojos a algún hombre rico que pasaba por la calle. Ese hombre podía haber sido su marido.

Aun así, todo lo que ganaba Kassim era para ella. Trabajaba también los domingos para poder darle algo más. Cuando María deseaba una joya, trabajaba de noche. ¡Y con cuánta pasión deseaba ella las joyas! Después venían la tos y los dolores en el costado. Pero María tenía sus chispas de brillante.

Poco a poco, el trato diario con las piedras le hizo amar a ella el trabajo del artista. Seguía con pasión los pequeños secretos del engarce. Pero cuando la joya estaba terminada, tenía que irse, porque no era para ella. Entonces María caía más hondo en la decepción de su matrimonio. Se probaba la joya y se quedaba delante del espejo. Al fin la dejaba en cualquier sitio y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oír sus sollozos. La encontraba en la cama, y ella no quería escucharlo.

—Sin embargo, hago todo lo que puedo por ti —decía él al fin, con tristeza.

Con esto los sollozos subían. Y el joyero volvía despacio a sentarse en su banco.

Estas cosas se repitieron tanto que Kassim ya no se levantaba a consolarla. ¡Consolarla! ¿De qué? Pero eso no impedía que Kassim trabajara cada vez más por la noche. Así ganaba un poco más de dinero para ella.

Era un hombre indeciso y callado, que nunca se atrevía a decidir nada. Ahora las miradas de su mujer se quedaban con más peso sobre aquella tranquilidad muda.

—¡Y tú eres un hombre! —murmuraba ella.

Kassim, inclinado sobre sus engarces, no dejaba de mover los dedos.

—No eres feliz conmigo, María —decía después de un rato.

—¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo? ¡Ni la última de las mujeres!… ¡Pobre diablo! —terminaba ella con una risa nerviosa, y se iba.

Esa noche Kassim trabajaba hasta las tres de la mañana. Y luego su mujer tenía nuevas chispas de brillante. Ella las miraba un instante con los labios apretados.

—Sí… ¡No es una diadema sorprendente!… ¿Cuándo la hiciste?

—Desde el martes —la miraba él con una ternura sin color—. Tú dormías de noche…

—¡Oh, podías haberte acostado!… ¡Inmensos, los brillantes!

Porque su pasión eran las piedras grandes que Kassim montaba. Seguía el trabajo con un hambre loca de verlo terminado de una vez. Y apenas estaba lista la joya, corría con ella al espejo. Luego venía un ataque de sollozos.

—¡Todos, cualquier marido, el último de todos, haría un sacrificio para dar gusto a su mujer! Y tú… y tú… ¡Ni un miserable vestido tengo para ponerme!

Cuando una mujer pasa cierto límite de respeto a su marido, puede llegar a decirle cosas increíbles.

La mujer de Kassim pasó ese límite con una pasión igual, por lo menos, a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó que faltaba un prendedor. Valía cinco mil pesos, con dos solitarios. Buscó otra vez en sus cajones.

—¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.

—Sí, lo he visto.

—¿Dónde está? —se volvió él, extrañado.

—¡Aquí!

Su mujer estaba de pie, muy derecha, con el prendedor puesto. Tenía los ojos encendidos y la boca burlona.

—Te queda muy bien —dijo Kassim después de un rato—. Guardémoslo.

María se rio.

—¡Oh, no! Es mío.

—¿Es una broma?…

—¡Sí, es una broma! ¡Es una broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser mío… Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.

Kassim se puso pálido y su cara cambió.

—Haces mal… Podrían verte. Perderían toda la confianza en mí.

—¡Oh! —cortó ella con rabia y fastidio, y cerró la puerta con un golpe violento.

Al volver del teatro, puso la joya sobre el velador. Kassim se levantó y la guardó con llave en su taller. Cuando volvió, su mujer estaba sentada en la cama.

—¡Es decir, que tienes miedo de que te la robe! ¡Que soy una ladrona!

—No mires así… Has sido imprudente, nada más.

—¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide un poco de cariño, y quiere… me llamas ladrona a mí! ¡Infame!

Al fin ella se durmió. Pero Kassim no durmió.

Después le dieron a Kassim un solitario para montar. Era el brillante más admirable que había pasado por sus manos.

—Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.

Su mujer no dijo nada. Pero Kassim la sintió respirar hondo sobre el solitario.

—Tiene un brillo admirable… —siguió él—. Costará nueve o diez mil pesos.

—¡Un anillo! —murmuró María al fin.

—No, es de hombre… Un alfiler.

Mientras montaba el solitario, Kassim recibió sobre su espalda de trabajador todo el rencor de su mujer. Ardía en ella la frustración de la mujer que quería una vida de lujo y no la tenía. Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante al espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.

—Si quieres, puedes hacerlo después… —se atrevió a decir Kassim—. Es un trabajo urgente.

Esperó la respuesta, pero no llegó. Su mujer abría el balcón.

—¡María, te pueden ver!

—¡Toma! ¡Ahí está tu piedra!

Ella se arrancó el solitario con violencia, y la piedra rodó por el suelo.

Kassim, lívido, la recogió y la examinó. Luego, desde el suelo, levantó la mirada hacia su mujer.

—Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Le pasó algo a tu piedra?

—No —contestó Kassim. Y volvió en seguida a su trabajo, aunque las manos le temblaban tanto que daba pena verlo.

Pero al fin tuvo que levantarse para ver a su mujer en el dormitorio. Ella estaba en plena crisis de nervios. Tenía el pelo suelto y los ojos se le salían de la cara.

—¡Dame el brillante! —gritó—. ¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí! ¡Dámelo!

—María… —dijo Kassim, sin poder hablar bien, mientras trataba de soltarse.

—¡Ah! —rugió su mujer, como loca—. ¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba a vengar… ¡Cornudo! ¡Ajá! Mírame… Nunca se te había ocurrido, ¿eh? ¡Ah!

Y se llevó las dos manos a la garganta, porque se ahogaba. Pero cuando Kassim se iba, ella saltó de la cama. Cayó al suelo y alcanzó a cogerlo de una bota.

—¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim miserable!

Kassim, lívido, la ayudó a levantarse.

—Estás enferma, María. Después hablaremos… Acuéstate.

—¡Mi brillante!

—Bueno, veremos si es posible… Acuéstate.

—¡Dámelo!

Otra vez se le subió a la garganta el nudo del llanto.

Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una seguridad matemática, ya faltaban pocas horas para terminar.

María se levantó para comer, y Kassim la atendió con el mismo cuidado de siempre. Al final de la cena, su mujer lo miró de frente.

—Es mentira, Kassim —le dijo.

—¡Oh! —contestó Kassim, sonriendo—. No es nada.

—¡Te juro que es mentira! —insistió ella.

Kassim sonrió otra vez y le tocó la mano con un cariño torpe.

—¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.

Y se levantó para seguir con su trabajo. Su mujer, con la cara entre las manos, lo siguió con la vista.

—Y no me dice más que eso… —murmuró.

Sintió un asco profundo por aquella cosa pegajosa, blanda y sin vida que era su marido. Y se fue a su cuarto.

No durmió bien. Se despertó, ya tarde, y vio luz en el taller. Su marido seguía trabajando. Una hora después, él oyó un grito terrible.

—¡Dámelo!

—Sí, es para ti. Falta poco, María —contestó él con prisa, y se levantó.

Pero su mujer, después de ese grito de pesadilla, dormía otra vez. A las dos de la mañana Kassim pudo dar por terminado su trabajo. El brillante brillaba, firme y fuerte en su engarce, como una joya de hombre. Con paso silencioso fue al dormitorio y encendió la lamparita de noche. María dormía boca arriba. Estaba en la blancura helada de su camisón y de la sábana.

Kassim fue al taller y volvió otra vez. Miró un rato el pecho casi descubierto de su mujer. Y con una sonrisa sin color, abrió un poco más el camisón suelto.

Su mujer no lo sintió.

No había mucha luz. De pronto, la cara de Kassim se quedó dura e inmóvil. Sostuvo un instante la joya justo sobre el pecho desnudo. Luego hundió el alfiler entero en el corazón de su mujer. Lo clavó firme y recto, como un clavo.

Ella abrió los ojos de golpe. Después los párpados cayeron despacio. Los dedos se arquearon, y nada más.

La joya tembló un instante, sin equilibrio, por la convulsión del corazón herido. Kassim esperó un momento. Y cuando el solitario quedó por fin completamente inmóvil, pudo irse. Cerró la puerta detrás de sí sin hacer ruido.

### Glosario

- **joyero**: persona que hace joyas
- **engarce**: forma de fijar una piedra preciosa en una joya
- **solitario**: diamante grande montado solo en una joya
- **brillante**: diamante tallado para que brille mucho
- **prendedor**: joya que se prende en la ropa
- **diadema**: joya que se pone en la cabeza
- **alfiler**: joya larga y fina, con punta
- **velador**: mesita de noche que está junto a la cama
- **cornudo**: insulto para el hombre a quien su mujer engaña con otro
- **lívido**: muy pálido, por miedo o por rabia

## La muerte de Isolda

Terminaba el primer acto de *Tristán e Isolda*. Estaba cansado por la agitación de aquel día. Por eso me quedé en mi butaca, muy contento de no tener vecinos. Volví la cabeza hacia la sala, y en seguida mis ojos se quedaron en un palco balcón.

Era, sin duda, un matrimonio. Él era un marido cualquiera. Era vulgar, con aire de comerciante, y mayor que su mujer. Por eso quizá valía menos que cualquiera. Ella era joven y pálida. Tenía una de esas bellezas profundas que no están solo en la cara, aunque su cara era muy hermosa. Estaban en la perfecta armonía de la mirada, la boca, el cuello y su modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser nada provocativa. Y esto es justamente lo que las mujeres no entenderán nunca.

La miré largo rato sin anteojos, porque la veía muy bien. Y también porque, cuando un hombre mira así, con tensión, un cuerpo hermoso, no usa ese recurso de mujeres que son los anteojos.

Empezó el segundo acto. Volví otra vez la cabeza hacia el palco, y nuestras miradas se cruzaron. Yo ya había notado el encanto de aquella mirada mientras iba de un lado a otro de la sala. Ahora la sentí directamente sobre mí. Y en un segundo viví el sueño de amor más adorable que he tenido nunca.

Fue algo muy rápido. Sus ojos huyeron. Pero yo seguí mirando un largo minuto, y dos o tres veces volvieron a mí un instante.

Por un momento soñé con la felicidad de ser su marido. Y también fue el final más rápido de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez. Pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá. Los dos se quedaron un momento inmóviles. Después se saludaron.

Así pues, yo no tenía el menor derecho a creerme un hombre feliz. Entonces observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, con barba rubia. Tenía los ojos azules, con una mirada clara y un poco dura. Era la mirada de un hombre de mucha voluntad.

—Se conocen —me dije—, y bastante.

En efecto, después de la mitad del acto, mi vecino miró al palco. Hasta entonces no había apartado los ojos de la escena. Ella tenía la cabeza un poco echada hacia atrás, en la penumbra, y también lo miraba. Me pareció todavía más pálida. Se miraron fijamente, sin parar, separados del mundo. Era como una línea recta que iba de un alma a la otra y los dejaba inmóviles.

Durante el tercer acto, mi vecino no volvió la cabeza ni un instante. Pero antes del final de ese acto salió por el pasillo del otro lado. Miré al palco, y ella también se había ido.

—Final de idilio —me dije con melancolía.

Él no volvió más, y el palco quedó vacío.

* * *

—Sí, se repiten —dijo él, y movió la cabeza con amargura—. Todas las situaciones dramáticas pueden repetirse, aun las más increíbles. Y se repiten. Hay que vivir para saberlo, y usted es muy muchacho… Las situaciones de su *Tristán* también se repiten. Pero eso no impide que allí esté el grito de pasión más largo que ha gritado un alma humana… Yo quiero esa obra tanto como usted, y quizá más… Créame, no hablo del drama de *Tristán*. No hablo de las treinta y dos situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No. Hablo de otra cosa: de la escena que vuelve como una pesadilla. De los personajes que sufren la alucinación de una felicidad muerta… Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones… Sí, ya sé que se acuerda… Entonces usted y yo no nos conocíamos… ¡Y justamente a usted debía hablarle de esto! Pero usted juzga mal lo que vio. Creyó que era un acto feliz para mí… ¡Feliz!… Óigame. El buque sale dentro de un momento, ¡y esta vez no vuelvo más… Le cuento esto como si se lo pudiera escribir, por dos razones. Primero, porque usted se parece de un modo asombroso a lo que era yo entonces. Por suerte, solo en lo bueno. Y segundo, porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla después de lo que va a oír. Óigame:

La conocí hace diez años. Fui su novio durante seis meses, y en ese tiempo hice todo lo posible para que fuera mía. Yo la quería mucho, y ella me quería inmensamente. Por eso un día se entregó a mí. Y desde ese instante, sin tensión, mi amor se enfrió.

Nuestro ambiente social era distinto. Ella se emborrachaba de felicidad con mi nombre; entonces me consideraban un hombre guapo. Pero yo vivía en otro mundo. Allí era inevitable flirtear con muchachas de buen apellido y fortuna, y a veces muy lindas.

Con una de ellas el flirt llegó tan lejos, bajo las sombrillas de las fiestas en los jardines, que me exasperé. Entonces la pretendí en serio. Mi persona era interesante para esos juegos. Pero mi fortuna no alcanzaba para darle el nivel de vida que ella necesitaba. Y me lo dio a entender claramente.

Tenía razón, toda la razón. Por eso flirteé con una amiga suya, mucho más fea. Pero era infinitamente menos hábil en esas torturas de hablar a diez centímetros de la cara del otro. Toda la gracia de ese juego está en volver loco al otro y seguir uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó.

Seguro de mi triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés. Seguía viéndola. Ella no podía engañarse: mi pasión se había apagado. Pero su amor era demasiado grande. Por eso sus ojos se iluminaban de felicidad cada vez que me veía entrar.

La madre nos dejaba solos. Aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría cerrado los ojos. No quería perder la más pequeña posibilidad de subir con su hija a un mundo mucho más alto.

Una noche fui a su casa decidido a romper. Por eso estaba de visible mal humor. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo de golpe, pálida.

—Qué tienes —me dijo.

—Nada —le respondí con una sonrisa forzada, y le acaricié la frente.

Ella me dejó hacer, sin prestar atención a mi mano. Me miraba sin parar. Al fin apartó los ojos, con dolor, y entramos.

La madre vino. Pero sintió que había tormenta en el aire, estuvo solo un momento y desapareció.

Romper es una palabra corta y fácil. Pero empezar a hacerlo…

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano de la cara y me clavó los ojos. Me examinaba con angustia y con dolor.

—¡Es evidente!… —murmuró.

—Qué —le pregunté con frialdad.

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su cara cambió:

—¡Que ya no me quieres! —dijo despacio, moviendo la cabeza de un lado a otro, desesperada.

—Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo —respondí.

No se podía dar una respuesta más dura. Pero yo ya tenía el comienzo.

Inés me miró un rato casi como a un extraño. Luego apartó de golpe mi mano y el cigarro, y su voz se rompió:

—¡Esteban!

—Qué —volví a decirle.

Esta vez fue suficiente. Soltó despacio mi mano y se echó hacia atrás en el sofá. Mantenía su cara lívida fija en la lámpara. Pero un momento después su cara cayó de lado, debajo del brazo tenso sobre el respaldo.

Pasó un rato más. Mi actitud era injusta; yo no veía en ella más que injusticia. Y eso aumentaba el profundo disgusto que sentía por mí mismo. Por eso, cuando oí, o más bien sentí, que por fin salían las lágrimas, me levanté. Hice un ruido violento con la lengua.

—Yo creía que no íbamos a tener más escenas —le dije, mientras caminaba por la sala.

No me respondió, y añadí:

—Pero que esta sea la última.

Sentí que las lágrimas se detenían. Y detrás de ellas, un momento después, me respondió:

—Como quieras.

Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

—¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho!

—¡Nada! —le respondí—. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti… Creo que estamos en el mismo caso. ¡Estoy harto de estas cosas!

Seguramente mi voz era mucho más dura que mis palabras. Inés se levantó un poco. Se apoyó en el brazo del sofá y repitió, helada:

—Como quieras.

Era una despedida. Yo iba a romper, y ella lo hacía antes que yo. El amor propio, el miserable amor propio herido, me hizo responder:

—Perfectamente… Me voy. Que seas más feliz… otra vez.

Ella no comprendió y me miró con extrañeza. Yo había cometido la primera infamia. Y como pasa en estos casos, sentí el vértigo de ensuciarme todavía más.

—¡Es claro! —insistí con brutalidad—. Porque de mí no has tenido queja… ¿no?

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida.

Ella comprendió más mi sonrisa que mis palabras. Yo salí a buscar mi sombrero al corredor. Y en la sala, con un «¡ah!», su cuerpo y su alma se derrumbaron.

Entonces, en el instante en que crucé la galería, sentí con fuerza cuánto la quería. Y sentí lo que acababa de hacer. Mis deseos de lujo, mi idea de un matrimonio rico: todo me apareció como una herida en mi propia alma. Yo me ofrecía como en un remate a las mujeres feas y ricas de la alta sociedad. Me ponía en venta. Y acababa de cometer el acto más ofensivo con la mujer que nos ha querido demasiado… Un momento de debilidad, como en el Monte de los Olivos, o un momento bajo en un hombre que no es bajo, llevan al mismo fin. Llevan al deseo de sacrificio, de recuperar más alto el propio valor. Y luego viene una inmensa sed de ternura. Queremos borrar con un beso tras otro las lágrimas de la mujer adorada. Su primera sonrisa después de la herida que le causamos es la luz más bella que puede llenar el corazón de un hombre.

¡Y todo había terminado! Ante mí mismo, no podía volver a tomar lo que acababa de ofender de ese modo. Ya no era digno de ella, ya no la merecía. En un segundo había ensuciado el amor más puro que un hombre ha recibido nunca. Y con Inés acababa de perder una felicidad que no se encuentra dos veces: tener a quien nos ama con toda el alma.

Desesperado y humillado, pasé por delante de la puerta. La vi echada en el sofá, sollozando con toda el alma sobre sus brazos. ¡Inés! ¡Ya perdida! Ante su cuerpo, todo amor, sacudido por los sollozos de su felicidad muerta, sentí más honda mi miseria. Casi sin darme cuenta, me detuve.

—¡Inés! —llamé.

Mi voz ya no era la de antes. Y ella debió de notarlo bien, porque su alma sintió la llamada desesperada de mi amor, y sus sollozos crecieron. ¡Esta vez sí era un amor inmenso!

—No, no… —me respondió—. ¡Es demasiado tarde!

* * *

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto una amargura más cansada y más tranquila que la de sus ojos cuando terminó. Yo, por mi parte, no podía apartar de mis ojos a aquella belleza adorable del palco, sollozando sobre el sofá…

—Me creerá —siguió Padilla— si le digo que la vi así delante de mí en mis muchas noches sin dormir. Era un soltero descontento de sí mismo… Salí de Buenos Aires casi sin ver a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna… Volví a los ocho años. Entonces supe que ella se había casado a los seis meses de irme yo. Me fui otra vez lejos. Y hace un mes regresé, ya muy tranquilo, y en paz.

No había vuelto a ver a Inés. Era para mí como un primer amor. Tenía todo el encanto y toda la dignidad que tiene un idilio puro para un hombre maduro, que después amó cien veces… Si alguna vez a usted lo quieren como me quisieron a mí, y usted ofende como yo ofendí, lo comprenderá. Comprenderá toda la pureza de hombre que hay en mi recuerdo.

Hasta que una noche me encontré con ella. Sí, esa misma noche en el teatro… Vi a su marido, con su enorme fortuna. Y comprendí que ella se había lanzado al matrimonio como yo me lancé al Ucayali… Pero al verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí algo en mi alma. Mi alma dormía en paz. Y de pronto surgió en ella, sangrando, la tristeza de haberla perdido. Era como si no hubiera pasado ni un solo día en esos diez años. ¡Inés! Su belleza y su mirada eran únicas entre todas las mujeres. Y habían sido mías, bien mías, porque me las había dado con adoración. Usted también apreciará esto algún día.

Hice todo lo humanamente posible para olvidar. Apreté los dientes hasta casi romperlos, para pensar solo en la escena. Pero la música prodigiosa de Wagner, ese grito de pasión que enferma, encendió en una llama viva lo que yo quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella también sentía la fuerza de Wagner, y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto, su boca y sus manos estuvieron bajo mi boca y mis ojos. Y durante ese tiempo su palidez se llenó de aquella felicidad muerta hacía diez años. ¡Y siempre *Tristán*, con sus gritos de pasión sobrehumana, sobre nuestra felicidad helada!

Entonces salí. Crucé entre las butacas como un sonámbulo. Me acerqué a ella sin verla, sin que ella me viera. Era como si durante diez años yo no hubiera sido un miserable…

Y como diez años antes, tuve la alucinación de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

Pasé. La puerta del palco estaba abierta, y me detuve como loco. Ella, Inés, estaba tendida en el diván del antepalco, como diez años antes sobre el sofá. Sollozaba por la pasión de Wagner y por su felicidad deshecha.

¡Inés!… Sentí que el destino me ponía en un momento decisivo. ¡Diez años!… ¿Pero habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, murmuré:

—¡Inés!

Y como diez años antes, los sollozos crecieron. Y como entonces, me respondió bajo sus brazos:

—No, no… ¡Es demasiado tarde!…

### Glosario

- **butaca**: asiento del teatro, en la sala
- **palco**: lugar separado en el teatro, más alto, para pocas personas
- **antepalco**: pequeña sala detrás del palco
- **flirtear / flirt**: coquetear / persona con quien se coquetea
- **idilio**: historia de amor
- **quincuagésima**: número cincuenta en una serie
- **buque**: barco grande
- **Ucayali**: río lejano de Perú
- **Monte de los Olivos**: lugar donde Jesús sufrió un momento de debilidad antes de morir
- **sonámbulo**: persona que camina dormida

## El infierno artificial

En las noches de luna, el sepulturero camina entre las tumbas con un paso muy rígido y extraño. Va desnudo hasta la cintura y lleva un gran sombrero de paja. Su sonrisa no se mueve. Parece pegada con cola a la cara. Si fuera sin zapatos, se vería que camina con los dedos gordos de los pies doblados hacia abajo.

Esto no tiene nada de extraño, porque el sepulturero abusa del cloroformo. Por cosas de su oficio llegó a probar esta droga. Y cuando el cloroformo atrapa a un hombre, es muy difícil que lo suelte. Nuestro conocido espera la noche para abrir su frasco. Y como es un hombre muy prudente, elige el cementerio para sus borracheras. Allí nadie lo molesta.

Con la primera respiración, el cloroformo abre el pecho. Con la segunda, la boca se llena de saliva. Con la tercera, los brazos y las piernas sienten un hormigueo. Con la cuarta, los labios se hinchan, y las ideas también. Y luego pasan cosas extrañas.

Así, su paso fantástico ha llevado al sepulturero hasta una tumba abierta. Esa tarde sacaron huesos de ella, pero no terminaron porque faltó tiempo. Detrás de la reja ha quedado un ataúd abierto. Y a su lado, sobre la arena, está el esqueleto del hombre que estuvo encerrado en él.

… ¿Ha oído algo, de verdad? Nuestro conocido corre el cerrojo y entra. Da una vuelta alrededor del hombre de hueso, sin saber qué hacer. Luego se pone de rodillas y pone sus ojos junto a las órbitas de la calavera.

Allí, en el fondo, un poco más arriba de la base del cráneo, hay un hombre pequeño encogido. Está apoyado en un borde del hueso, como en un pequeño balcón. Es amarillo, tiembla de frío y tiene la cara llena de arrugas. Su boca está morada y sus ojos, muy hundidos. Tiene la mirada loca de deseo.

Es todo lo que queda de un cocainómano.

—¡Cocaína! ¡Por favor, un poco de cocaína!

El sepulturero está tranquilo. Sabe bien que él mismo sería capaz de deshacer con la saliva el vidrio de su frasco para llegar al cloroformo prohibido. Por eso es su deber ayudar al hombre pequeño que tiembla.

Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que ha sacado del armario de las medicinas del cementerio. ¿Pero cómo ponerle la inyección a un hombre tan pequeño?…

—¡Por las fisuras del cráneo!… ¡Pronto!

¡Es verdad! ¿Cómo no lo había pensado él? Y el sepulturero, de rodillas, echa en las fisuras todo lo que tiene la jeringuilla. El líquido pasa por las grietas y desaparece.

Pero seguramente algo ha llegado hasta la fisura donde el hombre pequeño se agarra desesperado. Después de ocho años sin cocaína, hasta la cantidad más pequeña de cocaína basta para encender un delirio de fuerza, de juventud y de belleza.

El sepulturero acercó los ojos a la órbita de la calavera y no reconoció al hombre pequeño que se moría. Su piel estaba firme y lisa, sin la menor arruga. Los labios, rojos y llenos de vida, se mordían despacio, con un placer perezoso. Ese gesto no sería propio de un hombre, pero casi todas las drogas que dan sueño son femeninas. Y sobre todo los ojos, antes apagados y sin brillo, brillaban ahora con tanta pasión que el sepulturero sintió sorpresa y envidia.

—Y eso, así… ¿es la cocaína? —murmuró.

La voz de adentro sonó con un encanto que no se puede explicar.

—¡Ah! ¡Hay que saber lo que son ocho años de agonía! ¡Ocho años desesperado, helado, agarrado a la eternidad solo por la esperanza de una gota!… Sí, es por la cocaína… ¿Y usted? Yo conozco ese olor… ¿Es cloroformo?

—Sí —contestó el sepulturero, con vergüenza de lo pobre que era su paraíso artificial. Y añadió en voz baja—: El cloroformo también… Me mataría antes que dejarlo.

La voz sonó como si se riera un poco de él.

—¡Matarse! Y seguramente se acabaría todo para usted. Sería como cualquiera de estos vecinos míos… Se pudriría en tres horas, usted y sus deseos.

«Es verdad», pensó el sepulturero, «acabarían conmigo». Pero el otro no se había rendido. Aquella pasión ardía todavía, después de ocho años. Había resistido aun sin la droga, que era la copa de su placer. Había vencido a la muerte del cuerpo que la creó y la sostuvo, y el cuerpo no pudo destruirla al morir. Vivía de sí misma, de un modo monstruoso. El deseo se había convertido en un placer final y supremo. Y así se mantenía ante la eternidad, en un borde del viejo cráneo.

La voz, cálida y lenta de placer, todavía parecía reírse de él.

—Usted se mataría… ¡Linda cosa! Yo también me maté… ¡Ah, le interesa! ¿Verdad? Pero somos de distinta clase… Sin embargo, traiga su cloroformo, respire un poco más y óigame. Así verá la diferencia entre su droga y la cocaína. Vaya.

El sepulturero volvió. Se echó en el suelo sobre el pecho, apoyado en los codos, con el frasco bajo la nariz. Y esperó.

—¡Su cloroformo! No es gran cosa, la verdad. Y aun la morfina… ¿Usted conoce el amor por los perfumes? ¿No? ¿Y el Jicky de Guerlain? Oiga, entonces. A los treinta años me casé, y tuve tres hijos. Tenía fortuna, una mujer adorable y tres niños sanos. Era perfectamente feliz. Sin embargo, nuestra casa era demasiado grande para nosotros. Usted lo ha visto. Usted no… en fin… ha visto que las salas con muebles de lujo parecen más solitarias e inútiles. Sobre todo solitarias. Todo nuestro palacio vivía así, en silencio, su lujo inútil y triste como un funeral.

Un día, en menos de diez y ocho horas, la difteria se llevó a nuestro hijo mayor. A la tarde siguiente el segundo se fue con su hermano. Mi mujer se echó desesperada sobre lo único que nos quedaba: nuestra hija de cuatro meses. ¿Qué nos importaban la difteria, el contagio y todo lo demás? El médico lo había prohibido, pero la madre le dio el pecho a la niña. Al rato la pequeña se retorcía y temblaba toda. Murió ocho horas después, envenenada por la leche de la madre.

Sume usted: 18, 24, 9. En 51 horas, poco más de dos días, nuestra casa quedó perfectamente silenciosa, porque ya no había nada que hacer. Mi mujer estaba en su cuarto, y yo caminaba en el cuarto de al lado. Fuera de eso, nada, ni un ruido. Y dos días antes teníamos tres hijos…

Bueno. Mi mujer pasó cuatro días arañando la sábana, con un ataque cerebral. Y yo me refugié en la morfina.

—Deje eso —me dijo el médico—. No es para usted.

—¿Qué, entonces? —le respondí.

Y le señalé el lujo triste de mi casa. Seguía encendiendo desgracias poco a poco, como si fueran rubíes.

El hombre sintió compasión.

—Pruebe el sulfonal, cualquier cosa… Pero sus nervios no van a aguantar.

Sulfonal, brional, estramonio… ¡bah! ¡Ah, la cocaína! Piense en la felicidad hecha cenizas al pie de cada cama vacía. Y piense en esa misma felicidad quemada, que vuelve brillante. ¡Cuánto infinito hay entre las dos cosas! ¡Y todo cabe en una sola gota de cocaína! Uno se asombra de haber sufrido un dolor inmenso unos momentos antes. De pronto siente una confianza sencilla en la vida. Las ilusiones vuelven a nacer al instante. Acercan el futuro a diez centímetros del alma abierta. Todo esto corre por las venas, a través de la aguja de platino. ¡Y su cloroformo!… Mi mujer murió. Durante dos años gasté en cocaína mucho más de lo que usted puede imaginar. ¿Sabe usted algo de tolerancias? Cinco centigramos de morfina matan sin remedio a un hombre fuerte. Quincey llegó a tomar dos gramos por día durante quince años. Es decir, cuarenta veces más que la dosis mortal.

Pero eso se paga. Dentro de mí, la verdad de las cosas tristes estaba encerrada y borracha, día tras día. Y empezó a vengarse. Ya no me quedaban nervios para defenderme de las horribles alucinaciones que me atacaban. Entonces hice esfuerzos enormes para echar fuera al demonio, sin ningún resultado. Tres veces resistí un mes sin cocaína, un mes entero. Y caía otra vez. ¡Usted no sabe, pero sabrá un día, qué sufrimiento se siente cuando uno quiere dejar la droga un solo día! ¡Qué angustia, qué sudor de agonía!

Al fin estaba envenenado hasta lo más profundo de mi ser. Estaba lleno de torturas y fantasmas. Era un resto humano que temblaba, sin sangre, sin vida. Diez veces por día la cocaína le daba a esa miseria un disfraz brillante. Y en seguida me hundía en un sopor cada vez más hondo. Al fin, un resto de dignidad me llevó a un sanatorio. Me entregué allí atado de pies y manos para curarme.

Allí estaría bajo la voluntad de otros. Me vigilarían siempre para que no pudiera conseguir el veneno. Así tendría que dejar la cocaína por fuerza.

¿Sabe usted lo que pasó? Yo tuve el heroísmo de entregarme a la tortura. Pero al mismo tiempo llevaba bien escondido en el bolsillo un frasquito con cocaína… Ahora calcule usted lo que es una pasión.

Después de ese fracaso, seguí poniéndome inyecciones durante un año entero. Luego hice un largo viaje. Me dio no sé qué fuerzas misteriosas para reaccionar. Y entonces me enamoré.

La voz se calló. El sepulturero escuchaba, con su sonrisa fija y babeante siempre en la cara. Acercó el ojo, y le pareció ver un velo un poco opaco y vidrioso en los ojos del otro. Y la piel se le agrietaba visiblemente.

—Sí —siguió la voz—, es el principio… Terminaré de una vez. A usted, que es un colega, le debo toda esta historia.

Los padres de ella hicieron todo lo posible para oponerse: ¡un morfinómano, o algo así! Para mi desgracia, la de ella y la de todos, el destino había puesto en mi camino a una muchacha supernerviosa. ¡Oh, era bellísima! No tenía más que diez y ocho años. El lujo era para ella como el cristal tallado para un perfume: su envase natural.

La primera vez fue así: me olvidé de darme una nueva inyección antes de entrar. Delante de ella, me vio caer de pronto, volverme como un idiota, llenarme de arrugas. Fijó en mí sus ojos inmensamente grandes, bellos y asustados. ¡Asustados de un modo curioso! Pálida y sin moverse, me vio darme la inyección. En todo el resto de la noche no dejó de mirarme ni un instante. Y detrás de aquellos ojos abiertos, que me habían visto así, yo veía su herencia de nervios enfermos. Veía a su tío, encerrado en un manicomio, y a su hermano menor, que era epiléptico…

Al día siguiente la encontré respirando Jicky, su perfume favorito. En veinticuatro horas había leído todo lo posible sobre las drogas para dormir.

Ahora bien: basta que dos personas gocen de la vida de un modo anormal para que se comprendan íntimamente. Y se comprenden más cuanto más extraño es el modo de conseguir el placer. Se unen en seguida y dejan fuera cualquier otra pasión. Así se aíslan en la felicidad alucinada de un paraíso artificial.

En veinte días, aquel encanto de cuerpo, de belleza, de juventud y de elegancia quedó colgado del aliento embriagador de los perfumes. Ella empezó a vivir en el cielo delirante de su Jicky, como yo con la cocaína.

Al fin nos pareció peligroso vivir así, como sonámbulos, en su casa, aunque fuera solo un rato. Y decidimos crear nuestro paraíso. Ningún lugar era mejor que mi propia casa. Yo no había tocado nada en ella, y no había vuelto más. Llevamos a la sala unos sofás anchos y bajos. Allí estaban el mismo silencio y el mismo lujo de funeral que habían preparado la muerte de mis hijos. En la profunda quietud de la sala, con la lámpara encendida a la una de la tarde, el aire estaba pesado de perfumes. Allí vivimos horas y horas nuestro idilio de hermanos, callado. Yo estaba tendido, sin moverme, con los ojos abiertos, pálido como la muerte. Ella estaba echada en el sofá. Con su mano helada se ponía bajo la nariz el frasco de Jicky.

Porque en nosotros no había el menor rastro de deseo. ¡Y qué hermosa estaba, con sus ojeras profundas, su pelo en desorden y el lujo ardiente de su falda perfecta!

Durante tres meses seguidos, ella faltó muy pocas veces. Nunca supe qué combinaciones de visitas, bodas y fiestas en jardines tuvo que hacer para que nadie sospechara. En esas pocas ocasiones, llegaba al día siguiente llena de ansia. Entraba sin mirarme y tiraba su sombrero con un gesto brusco. En seguida se tendía, con la cabeza hacia atrás y los ojos medio cerrados, en el sueño de su Jicky.

Lo digo en pocas palabras. Los cuerpos envenenados a veces reaccionan de un modo inexplicable. Echan fuera de golpe, como una explosión, todas sus defensas. ¡Los morfinómanos lo conocen bien! Una tarde me pasó eso. Sentí todo el placer profundo que había, no en mi cocaína, sino en aquel cuerpo de diez y ocho años. Era un cuerpo hecho de un modo perfecto para ser deseado. Esa tarde, como nunca, su belleza surgía pálida y sensual en la quietud lujosa de la sala iluminada. La sacudida fue tan brusca que me encontré sentado en el sofá, mirándola. ¡Diez y ocho años… y con esa belleza!

Ella me vio llegar sin hacer un movimiento. Y cuando me incliné, me miró con una extrañeza fría.

—Sí… —murmuré.

—No, no… —respondió ella con la voz sin color. Apartaba la boca con movimientos pesados de su pelo.

Al fin, al fin echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y cedió.

¡Ah! ¿Para qué había resucitado un instante, si mi fuerza de hombre ya no revivía? ¡Si mi orgullo de varón no volvía más! ¡Estaba muerto para siempre, ahogado, perdido en el mar de cocaína! Caí a su lado, sentado en el suelo, y hundí la cabeza en su falda. Me quedé así una hora entera, en un silencio profundo. Ella, muy pálida, tampoco se movía, con los ojos abiertos fijos en el techo.

Aquella reacción fue como un golpe de látigo. Encendió un relámpago corto en mis sentidos arruinados. Pero también me hizo sentir todo el honor de hombre y la vergüenza que morían en mí. El fracaso de aquel día en el sanatorio no era nada al lado de este. Tampoco era nada el fracaso de cada día ante mi propia dignidad. ¿Comprende usted? ¿Para qué vivir? Me había tirado a un infierno artificial del que no podía salir. ¡Y ese infierno no era capaz de tragarme del todo! ¡Me había soltado un instante solo para hundirme en ese final!

Me levanté y fui adentro, a los cuartos que conocía bien, donde todavía estaba mi revólver. Cuando volví, ella tenía los párpados cerrados.

—Matémonos —le dije.

Abrió un poco los ojos, y durante un minuto no apartó la mirada de mí. Su frente clara volvió a tener el mismo gesto de éxtasis cansado:

—Matémonos —murmuró.

En seguida recorrió con la vista el lujo triste de la sala, donde la lámpara ardía con una luz alta. Y frunció un poco el ceño.

—Aquí no —añadió.

Salimos juntos, todavía pesados de alucinación. Atravesamos la casa, cuarto tras cuarto, y los pasos sonaban en el silencio. Al fin ella se apoyó contra una puerta y cerró los ojos. Cayó a lo largo de la pared. Volví el arma contra mí mismo, y me maté también.

Con la explosión, mi mandíbula cayó de golpe y sentí un inmenso hormigueo en la cabeza. El corazón dio dos o tres saltos y se paró. En mi cerebro, en mis nervios y en mi sangre no había la menor posibilidad de que volviera la vida. Entonces sentí que mi deuda con la cocaína estaba pagada. ¡Me había matado, pero yo también la había matado!

¡Y me equivoqué! Porque un instante después vi entrar por la puerta de la sala nuestros cuerpos muertos. Entraban vacilando, de la mano. Volvían, obstinados…

La voz se rompió de golpe.

—¡Cocaína, por favor! ¡Un poco de cocaína!

### Glosario

- **sepulturero**: hombre que entierra a los muertos en el cementerio
- **cloroformo**: líquido que se respira para dormir; quita el dolor
- **cocainómano**: persona adicta a la cocaína
- **calavera / órbitas**: hueso de la cabeza / huecos de los ojos en la calavera
- **fisura**: grieta pequeña
- **jeringuilla**: jeringa pequeña para poner inyecciones
- **difteria**: enfermedad grave y contagiosa de la garganta
- **sanatorio**: hospital para curarse de una enfermedad
- **dosis**: cantidad de medicina o de droga
- **Jicky**: perfume famoso de la casa Guerlain
- **arruga**: línea que se forma en la piel, sobre todo en la cara de los viejos
- **hormigueo**: sensación en la piel como si caminaran hormigas por ella
- **sulfonal / brional / estramonio**: drogas antiguas para dormir o calmar los nervios
- **borrachera**: estado de una persona que ha tomado demasiado alcohol o una droga y no controla bien lo que hace
- **encogido**: con el cuerpo doblado y apretado, para ocupar poco lugar
- **pudrirse**: ponerse malo y deshacerse un cuerpo muerto
- **envenenado / envenenada**: que ha recibido veneno; enfermo o muerto por un veneno

## La gallina degollada

Todo el día, los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz estaban sentados en un banco del patio. Tenían la lengua entre los labios y los ojos estúpidos. Volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra. Al oeste lo cerraba un cerco de ladrillos. El banco estaba a cinco metros del cerco, paralelo a él. Allí se quedaban sin moverse, con los ojos fijos en los ladrillos. Como el sol se escondía detrás del cerco, cuando empezaba a bajar, los idiotas tenían fiesta. Al principio les llamaba la atención la luz, tan fuerte que no los dejaba ver. Poco a poco sus ojos se animaban. Al fin se reían muy fuerte, con la cara roja por la misma risa ansiosa. Miraban el sol con una alegría de animales, como si fuera comida.

Otras veces, en fila en el banco, hacían ruido con la boca horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes también los hacían moverse. Entonces corrían alrededor del patio, mordiéndose la lengua y gritando como vacas. Pero casi siempre estaban apagados en un sueño oscuro de idiotas. Pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgando y quietas. La saliva espesa les mojaba los pantalones.

El mayor tenía doce años y el menor, nueve. Estaban sucios y abandonados. En todo su aspecto se notaba que les faltaba por completo el cuidado de una madre.

Sin embargo, esos cuatro idiotas habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta dirigieron su amor estrecho de marido y mujer hacia un futuro con mucha más vida: un hijo. Para dos enamorados no hay mayor felicidad que dedicar así su cariño, de forma honrada. Así el amor se libera del bajo egoísmo de un amor mutuo sin ningún fin. Y, lo que es peor para el amor mismo, sin ninguna esperanza de renovarse.

Así lo sintieron Mazzini y Berta. Y cuando llegó el hijo, a los catorce meses de matrimonio, creyeron completa su felicidad. El niño creció bello y radiante hasta que tuvo año y medio. Pero en el mes veinte, una noche, lo sacudieron unas convulsiones terribles. A la mañana siguiente ya no conocía a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que busca visiblemente la causa del mal en las enfermedades de los padres.

Al principio no podía mover los brazos ni las piernas. Después de algunos días volvieron a moverse. Pero la inteligencia, el alma, y aun el instinto, se habían ido del todo. El niño había quedado profundamente idiota. Babeaba, colgaba sin fuerza, como muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ella sobre aquella espantosa ruina de su primer hijo.

El padre, desesperado, acompañó al médico afuera.

—A usted se lo puedo decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar. Podrá aprender todo lo que le permita su idiotez, pero nada más.

—¡Sí!… ¡Sí!… —decía Mazzini, moviendo la cabeza—. Pero dígame: ¿usted cree que es herencia, que…?

—Sobre la herencia del padre, ya le dije lo que creí cuando vi a su hijo. En cuanto a la madre, tiene un pulmón que no respira bien. No veo nada más, pero se oye un ruido un poco duro. Hágala examinar bien.

Mazzini tenía el alma destrozada por la culpa. Por eso quiso el doble a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. También tuvo que consolar y sostener sin descanso a Berta. Ella estaba herida en lo más profundo por aquel fracaso de madre joven.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació el segundo. Su salud y su risa clara volvieron a encender el futuro apagado. Pero a los diez y ocho meses se repitieron las convulsiones del primer hijo. Y al día siguiente amaneció idiota.

Esta vez los padres cayeron en una desesperación profunda. ¡Entonces su sangre, su amor, estaban malditos! ¡Sobre todo su amor! Él tenía veintiocho años y ella veintidós. Y toda su ternura apasionada no lograba crear ni un átomo de vida normal. Ya no pedían belleza e inteligencia, como en el primero. ¡Solo pedían un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre nacieron nuevas llamas de un amor dolorido. Sentían un deseo loco de salvar para siempre la santidad de su ternura. Llegaron dos mellizos. Y punto por punto se repitió lo mismo que en los dos mayores.

Pero, por encima de su inmensa amargura, Mazzini y Berta sentían una gran compasión por sus cuatro hijos. Tuvieron que sacarlos del fondo más oscuro de la vida animal. No se trataba de sus almas: se trataba del instinto mismo, que habían perdido. No sabían tragar, ni cambiar de sitio, ni siquiera sentarse. Al fin aprendieron a caminar. Pero chocaban contra todo, porque no se daban cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban, gritaban como animales hasta que la cara se les ponía roja de sangre. Solo se animaban al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Entonces se reían, sacando la lengua y ríos de baba, radiantes de una locura de animales. En cambio, tenían cierta capacidad para imitar. Pero no se consiguió nada más.

Con los mellizos pareció terminar aquella descendencia terrible. Pero pasados tres años, desearon otra vez con ardor otro hijo. Confiaban en que tanto tiempo hubiera calmado al destino.

Sus esperanzas no se cumplían. Y en ese deseo ardiente, que crecía con cada fracaso, se volvieron amargos. Hasta ese momento cada uno había aceptado su parte de culpa en la desgracia de sus hijos. Pero ya no esperaban salvarse ante las cuatro bestias nacidas de ellos. Entonces salió fuera esa necesidad urgente de culpar a los otros. Es propia de los corazones inferiores.

Empezó con el cambio de pronombres: *tus* hijos. Y como además del insulto había mala intención, el aire de la casa se cargaba.

—Me parece —le dijo una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta siguió leyendo, como si no hubiera oído.

—Es la primera vez —contestó después de un rato— que te veo preocupado por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara hacia ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —levantó ella los ojos.

Esta vez Mazzini habló claramente:

—Creo que no vas a decir que yo tengo la culpa, ¿no?

—¡Ah, no! —sonrió Berta, muy pálida—. ¡Pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!… —murmuró.

—¿Qué no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento. Tenía un deseo brutal de insultarla.

—¡Dejemos esto! —dijo al fin, mientras se secaba las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir…

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Este fue el primer choque, y después vinieron otros. Pero en las reconciliaciones, que siempre llegaban, sus almas se unían con doble pasión y con más locura por tener otro hijo.

Así nació una niña. Vivieron dos años con la angustia siempre a flor de piel, esperando otro desastre. Sin embargo, no pasó nada. Los padres pusieron en ella todo su cariño. La pequeña aprovechaba ese cariño hasta los últimos límites, y la mimaron y la educaron muy mal.

Hasta los últimos tiempos, Berta siempre había cuidado a sus hijos. Pero al nacer Bertita, se olvidó casi por completo de los otros. Solo recordarlos le daba horror, como algo terrible que la hubieran obligado a hacer. A Mazzini le pasaba lo mismo, aunque menos.

Pero no por eso había llegado la paz a sus almas. Ahora, con el miedo a perderla, la menor enfermedad de su hija sacaba fuera el rencor por sus hijos enfermos. Habían juntado amargura durante demasiado tiempo. El vaso estaba lleno, y al menor golpe el veneno se derramaba. Desde el primer disgusto se habían perdido el respeto. Y cuando un hombre empieza a humillar a una persona, se siente arrastrado cruelmente a humillarla del todo. Antes se contenían todavía porque los dos habían fracasado. Ahora tenían una hija sana. Cada uno creía que era mérito propio. Y por eso sentía más la vergüenza de los cuatro monstruos que el otro le había obligado a crear.

Con estos sentimientos, ya no podían tener cariño por los cuatro hijos mayores. La criada los vestía, les daba de comer y los acostaba con visible brutalidad. Casi nunca los lavaban. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, sin una sola caricia.

Así llegó Bertita a cumplir cuatro años. Esa noche había comido golosinas, porque a sus padres les era absolutamente imposible negárselas. Por eso tuvo algunos escalofríos y fiebre. Y el miedo a verla morir o quedar idiota volvió a abrir la herida de siempre.

Hacía tres horas que no se hablaban. El motivo fue, como casi siempre, los pasos fuertes de Mazzini.

—¡Dios mío! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces te lo he dicho?…

—Bueno, es que me olvido. ¡Se acabó! No lo hago a propósito.

Ella sonrió con desprecio:

—¡No, no te creo capaz de tanto!

—Y yo nunca te habría creído capaz de tanto a ti… ¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿Qué dijiste?…

—¡Nada!

—¡Sí, te oí algo! Mira: no sé lo que dijiste. ¡Pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que tuviste tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he tenido padres sanos! ¿Oyes? ¡Sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo habría tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro son tuyos!

Mazzini explotó también:

—¡Víbora tísica! ¡Eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene más culpa de la meningitis de tus hijos! ¿Mi padre o tu pulmón enfermo? ¡Víbora!

Siguieron cada vez con más violencia. Hasta que un gemido de Bertita les cerró la boca en un instante. A la una de la mañana la pequeña indigestión había desaparecido. Y llegó la reconciliación, como pasa siempre en los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente, aunque sea una sola vez. Y fue tan cariñosa como hirientes habían sido los insultos.

Amaneció un día espléndido. Al levantarse, Berta escupió sangre. Sin duda tenían mucha culpa las emociones y la mala noche. Mazzini la tuvo abrazada largo rato. Ella lloró desesperadamente, pero ninguno de los dos se atrevió a decir una palabra.

A las diez decidieron salir después de almorzar. Como tenían muy poco tiempo, mandaron a la criada que matara una gallina.

El día radiante había sacado a los idiotas de su banco. De modo que, mientras la criada degollaba al animal en la cocina y lo desangraba despacio, con calma (Berta había aprendido de su madre que así la carne se conserva fresca), le pareció sentir algo como una respiración detrás de ella. Se volvió y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados unos a otros. Miraban la operación, asombrados. Rojo… rojo…

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó. No quería que ellos entraran nunca allí. ¡Y ni siquiera en esas horas de pleno perdón, de olvido y de felicidad recuperada podía evitar esa visión horrible! Porque, naturalmente, cuanto más fuerte era su amor por su marido y su hija, más irritable era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas y empujadas con brutalidad, fueron a parar a su banco.

Después de almorzar, salieron todos. La criada fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Volvieron cuando bajaba el sol. Pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija se escapó en seguida a casa.

Mientras tanto, los idiotas no se habían movido de su banco en todo el día. El sol ya había pasado al otro lado del cerco y empezaba a hundirse. Y ellos seguían mirando los ladrillos, más quietos que nunca.

De pronto, algo se puso entre su mirada y el cerco. Era su hermana. Estaba cansada de pasar cinco horas con sus padres y quería explorar sola. Se detuvo al pie del cerco y miró pensativa la parte de arriba. Quería subir, no había duda. Al fin eligió una silla sin asiento, pero todavía no llegaba. Entonces usó un cajón de kerosene. Su instinto le hizo ponerlo de pie, vertical, y así lo consiguió.

Los cuatro idiotas, con la mirada indiferente, vieron cómo su hermana encontraba con paciencia el equilibrio. La vieron ponerse de puntillas y apoyar la garganta sobre el borde del cerco, entre sus manos tensas. La vieron mirar a todos lados y buscar un apoyo con el pie para subir más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado. Tenían fija en los ojos una misma luz insistente. No apartaban la vista de su hermana. Poco a poco, un hambre de animal iba cambiando cada línea de sus caras. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña ya había logrado apoyar el pie. Iba a sentarse con una pierna a cada lado del cerco, y seguramente a caerse del otro lado. Entonces sintió que la agarraban de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Soltáme! ¡Dejáme! —gritó, sacudiendo la pierna.

Pero la arrastraron hacia abajo.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró con fuerza.

Todavía trató de agarrarse del borde. Pero sintió que la arrancaban, y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma…

No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando sus rizos como si fueran plumas. Los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana habían desangrado a la gallina, bien sujeta, quitándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

—Me parece que te llama —le dijo a Berta.

Escucharon, inquietos, pero no oyeron nada más. Aun así, un momento después se despidieron. Berta fue a dejar su sombrero, y Mazzini entró en el patio.

—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita! —levantó más la voz, ya nervioso.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón, siempre lleno de miedo, que se le heló la espalda. Tuvo un presentimiento horrible.

—¡Mi hija, mi hija! —corrió, ya desesperado, hacia el fondo.

Pero al pasar delante de la cocina, vio en el suelo un mar de sangre. Empujó con violencia la puerta medio abierta y lanzó un grito de horror.

Berta ya había echado a correr al oír la llamada angustiada del padre. Oyó el grito y respondió con otro. Pero cuando iba a entrar en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se puso delante y la detuvo:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el suelo inundado de sangre. Solo pudo poner los brazos sobre la cabeza. Y se hundió a lo largo del cuerpo de su marido con un suspiro ronco.

### Glosario

- **idiota**: (uso médico antiguo) persona con una discapacidad mental muy grave
- **cerco**: muro bajo alrededor de un terreno
- **convulsiones**: movimientos violentos del cuerpo que no se pueden controlar
- **herencia**: enfermedad que pasa de los padres a los hijos
- **mellizos**: dos hermanos que nacen en el mismo parto
- **tísica / tisiquilla**: enferma de tuberculosis / forma de burla para decirlo
- **víbora**: serpiente venenosa; como insulto, persona mala
- **meningitis**: enfermedad grave del cerebro
- **degollar**: cortar el cuello
- **quintas**: casas de campo con huerta

## Los buques suicidantes

Pocas cosas son tan terribles como encontrar en el mar un buque abandonado. De día el peligro es menor. Pero de noche nadie ve el buque y no hay ningún aviso posible: el choque hunde a los dos barcos.

Estos buques abandonados, por una razón o por otra, navegan sin parar. Van con las corrientes o con el viento, si tienen las velas abiertas. Así recorren los mares, y cambian de dirección sin ninguna regla.

Muchos vapores que un día no llegaron a puerto encontraron en su camino uno de estos buques silenciosos. Estos buques viajan solos, por su cuenta. Siempre es posible encontrarlos, en cualquier minuto. Por suerte, las corrientes muchas veces los dejan atrapados en los mares de sargazo. Allí los buques se detienen por fin, aquí o allá. Quedan quietos para siempre en ese desierto de algas. Así se quedan, hasta que poco a poco se deshacen. Pero cada día llegan otros y ocupan su lugar en silencio. Por eso aquel puerto tranquilo y triste siempre tiene visitantes.

Las causas principales de estos abandonos son, sin duda, las tormentas y los incendios. Ellos dejan a la deriva negros esqueletos de barcos que vagan por el mar. Pero hay otras causas extrañas. Entre ellas podemos poner lo que le pasó al *María Margarita*. Este barco salió de Nueva York el 24 de agosto de 1903. La mañana del 26 habló con una corbeta y no informó de ningún problema. Cuatro horas más tarde, un paquete lo llamó y no tuvo respuesta. Entonces bajó una chalupa, que llegó hasta el *María Margarita*. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban en la proa. La cocina estaba todavía encendida. Había una máquina de coser con la aguja levantada sobre la costura. Parecía que alguien la había dejado un momento antes. No había ninguna señal de lucha ni de pánico. Todo estaba en perfecto orden, y faltaban todos. ¿Qué pasó?

La noche que supe esto estábamos reunidos en el puente. Íbamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia del mar. Era una historia totalmente cierta, por otra parte.

Las mujeres escuchaban temblando. El mar que teníamos delante, como un campo de batalla, las ponía nerviosas. Las chicas nerviosas, sin querer, oían con miedo las voces de los marineros en la proa. Una señora recién casada se atrevió a preguntar:

—¿No serán águilas?…

El capitán sonrió con bondad:

—¿Qué, señora? ¿Águilas que se llevan a la tripulación?

Todos se rieron, y la joven también se rió, un poco avergonzada.

Por suerte, un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos con curiosidad. Durante el viaje había sido un compañero excelente. Admiraba las cosas a su manera, solo, y hablaba poco.

—¡Ah! ¡Si nos lo contara, señor! —le pidió la joven de las águilas.

—No tengo inconveniente —aceptó aquel hombre discreto—. Se lo cuento en dos palabras. Fue en los mares del norte, como el *María Margarita* del capitán. Una vez encontramos un barco de vela. Nosotros también viajábamos a vela, y nuestro camino nos llevó casi a su lado. En un buque, el aire de abandono no engaña. Ese aire extraño nos llamó la atención. Fuimos más despacio para observarlo. Al fin bajamos una chalupa. A bordo no encontramos a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última nota del diario de a bordo era de cuatro días antes. Por eso no nos preocupó mucho. Hasta nos reímos un poco de esas famosas historias de hombres que desaparecen de repente.

Ocho de nuestros hombres se quedaron a bordo para dirigir el nuevo buque. Íbamos a viajar juntos, uno al lado del otro. Al anochecer, el otro barco se adelantó un poco. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie en el puente. Bajamos otra vez la chalupa. Los que fueron recorrieron el buque, pero no encontraron a nadie: todos habían desaparecido. No había ni un objeto fuera de su lugar. El mar estaba completamente liso, hasta donde se veía. En la cocina todavía hervía una olla con papas.

Como ustedes comprenderán, el miedo supersticioso de nuestra gente llegó al máximo. Pero, al final, seis hombres se animaron a ocupar el barco vacío, y yo fui con ellos. Apenas subimos a bordo, mis nuevos compañeros decidieron beber para olvidar toda preocupación. Se sentaron en círculo, y una hora después casi todos cantaban ya.

Llegó el mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa se paró y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar, liso como el aceite. Todos se habían levantado y caminaban sin rumbo. Ya no tenían ganas de hablar. Uno se sentó sobre un rollo de cuerda. Se quitó la camiseta para arreglarla y cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y silbó largo rato. Sus compañeros se volvieron. Él los miró sin interés, también sorprendido, y se sentó otra vez. Un momento después dejó la camiseta sobre la cuerda. Fue hasta la borda y se tiró al agua. Al oír el ruido, los otros volvieron la cabeza, un poco serios. Enseguida se olvidaron y volvieron a la misma indiferencia de todos.

Al rato otro marinero estiró los brazos. Caminó pasándose la mano por los ojos y se tiró al agua. Pasó media hora, y el sol iba bajando. De pronto sentí que alguien me tocaba el hombro.

—¿Qué hora es?

—Las cinco —respondí.

El viejo marinero me miró con desconfianza. Tenía las manos en los bolsillos y se apoyaba enfrente de mí. Miró mi pantalón durante largo rato, con la cabeza en otra parte. Al fin se tiró al agua.

Los tres que quedaban se acercaron rápido a la borda y miraron el remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la mirada perdida a lo lejos. Uno bajó y se acostó en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno detrás de otro. A las seis, el último se levantó. Se arregló la ropa y se apartó el pelo de la frente. Caminó todavía con sueño y se tiró al agua.

Entonces me quedé solo, mirando como un idiota el mar vacío. Todos se habían tirado al mar sin saber lo que hacían. Los envolvía un sueño lento, como de sonámbulos, que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvían un momento, preocupados. Parecía que recordaban algo, pero enseguida lo olvidaban. Así habían desaparecido todos. Supongo que lo mismo pasó con los hombres del día anterior. Y con los otros, y con los de los demás buques. Esto es todo.

Nos quedamos mirando a aquel hombre raro con demasiada curiosidad.

—¿Y usted no sintió nada? —le preguntó mi vecino de camarote.

—Sí, sentí una gran falta de ganas. Y las mismas ideas volvían una y otra vez. Pero nada más. No sé por qué no sentí nada más. Creo que la razón es esta. Los otros seguramente se cansaron en una defensa angustiosa y *a toda costa* contra lo que sentían. Hasta los marineros lo hicieron, sin darse cuenta. Yo, en cambio, acepté simplemente esa muerte hipnótica, como si ya estuviera muerto por dentro. Sin duda les pasó algo muy parecido a los centinelas de aquella guardia famosa. Cada noche, uno de ellos se ahorcaba.

Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Al rato el hombre se fue. El capitán lo siguió un momento con la mirada, de reojo.

—¡Farsante! —murmuró.

—Al contrario —dijo un pasajero enfermo, que volvía a su tierra para morir—. Si fuera un farsante, no habría dejado de pensar en eso. Y se habría tirado al agua.

### Glosario

- **buque abandonado**: barco que nadie dirige porque no tiene tripulación
- **a la deriva**: llevado por el agua o el viento, sin control
- **sargazo**: alga que flota en el mar; en los mares de sargazo hay muchísimas
- **corbeta / paquete / chalupa**: barcos de distintos tamaños; la chalupa es una barca pequeña
- **proa**: la parte de delante del barco
- **borda**: el borde del barco
- **remolino**: agua que da vueltas rápidas en círculo
- **centinela**: soldado que vigila de noche
- **de reojo**: mirando hacia un lado, sin volver la cabeza
- **farsante**: mentiroso, persona que engaña
- **supersticioso**: que cree en la mala suerte y en fuerzas mágicas

## El almohadón de pluma

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Alicia era rubia, tímida y parecía un ángel. El carácter duro de su marido enfrió sus sueños infantiles de novia. Sin embargo, ella lo quería mucho. A veces, cuando volvían juntos de noche por la calle, sentía un pequeño temblor. Entonces miraba a escondidas la alta figura de Jordán, que no hablaba desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, pero no lo mostraba.

Se habían casado en abril. Durante tres meses vivieron una felicidad especial. Sin duda ella habría deseado menos seriedad en aquel cielo de amor tan rígido. Habría querido una ternura más abierta y más libre. Pero la cara fría y siempre igual de su marido la frenaba enseguida.

La casa donde vivían influía bastante en sus temblores. El patio era blanco y silencioso, con adornos, columnas y estatuas de mármol. Daba una impresión de otoño, de palacio encantado. Dentro, el brillo helado del estuco hacía más fuerte esa sensación de frío desagradable. En las altas paredes no había ni la más pequeña marca. Al pasar de una habitación a otra, los pasos hacían eco en toda la casa. Parecía que un largo abandono la había vuelto más sensible a los ruidos.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. Sin embargo, al final había dejado de pensar en sus antiguos sueños, como si los tapara con un velo. Vivía como dormida en aquella casa enemiga. No quería pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo una gripe ligera que duró días y días, y que avanzaba sin hacer ruido. Alicia no se recuperaba nunca. Al fin, una tarde pudo salir al jardín, apoyada en el brazo de él. Miraba sin interés a un lado y a otro. De pronto Jordán, con profunda ternura, le pasó la mano por la cabeza. Enseguida Alicia rompió a llorar y le echó los brazos al cuello. Lloró mucho tiempo todo el miedo que había callado. Cuando él intentaba tocarla con cariño, ella lloraba todavía más. Después los sollozos fueron más lentos. Pero ella se quedó aún un largo rato escondida en su cuello, sin moverse y sin decir una palabra.

Ese fue el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente se despertó desmayada. El médico de Jordán la examinó con mucho cuidado. Le ordenó calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de la calle, todavía en voz baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico. Y no tiene vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia estaba peor. Hubo una consulta de varios médicos. Vieron que tenía una anemia que avanzaba muy rápido, y no podían explicarla. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba hacia la muerte, y todos lo veían. Todo el día el dormitorio tenía las luces encendidas y estaba en completo silencio. Pasaban horas sin el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con todas las luces encendidas. Caminaba sin parar de un extremo a otro, con una insistencia que no se cansaba. La alfombra apagaba sus pasos. A veces entraba en el dormitorio. Allí seguía yendo y viniendo en silencio a lo largo de la cama. Cada vez que caminaba hacia su mujer, la miraba.

Pronto Alicia empezó a tener alucinaciones. Al principio eran confusas y flotaban en el aire. Luego bajaron hasta el nivel del suelo. La joven tenía los ojos enormemente abiertos. No hacía otra cosa que mirar la alfombra, a un lado y a otro de la cabecera de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar. En su nariz y en sus labios aparecieron gotas de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —gritó, rígida de miedo, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio. Al verlo aparecer, Alicia dio un grito de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con ojos perdidos. Miró la alfombra y lo miró otra vez a él. Durante un largo rato comparó, sin entender, lo que veía. Por fin se calmó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido. La acariciaba temblando.

Entre sus alucinaciones más insistentes hubo un antropoide. Estaba apoyado en la alfombra sobre los dedos y tenía los ojos fijos en ella.

Los médicos volvieron, pero no sirvió de nada. Delante de ellos había una vida que se acababa. Perdía sangre día a día, hora a hora, y ellos no sabían de ninguna manera cómo. En la última consulta, Alicia estaba quieta, sin conocimiento, mientras ellos le tomaban el pulso. Se pasaban de uno a otro su muñeca sin vida. La observaron un largo rato en silencio y pasaron al comedor.

—Pst… —su médico se encogió de hombros, desanimado—. Es un caso serio… Hay poco que hacer…

—¡Solo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y golpeó con los dedos sobre la mesa, de golpe.

Alicia se fue apagando en un medio delirio causado por la anemia. Por la tarde se ponía peor, pero en las primeras horas del día siempre mejoraba. Durante el día su enfermedad no avanzaba. Pero cada mañana se despertaba pálida como una muerta, casi desmayada. Parecía que solo de noche se le escapaba la vida en nuevas olas de sangre. Al despertar, siempre sentía que estaba hundida en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día, esta sensación de hundimiento no la dejó nunca más. Casi no podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni siquiera que le arreglaran el almohadón. Al caer la tarde llegaban sus miedos. Tenían forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y subían con dificultad por la colcha.

Después perdió el conocimiento. Los dos últimos días deliró sin parar, en voz baja. Las luces seguían encendidas en el dormitorio y en la sala, como en un velorio. En el silencio de muerte de la casa, solo se oían dos cosas. Una era el delirio monótono que salía de la cama. La otra, el ruido apagado de los pasos eternos de Jordán.

Por fin, murió. La criada entró después a deshacer la cama, ya vacía. Miró un rato el almohadón, extrañada.

—Señor —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente y también se inclinó. Era verdad. Sobre la funda, a los dos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchas de sangre.

—Parecen picaduras —murmuró la criada, después de observar un rato sin moverse.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La criada lo levantó, pero enseguida lo dejó caer. Se quedó mirándolo, pálida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que se le ponían los pelos de punta.

—¿Qué pasa? —murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho —dijo la criada despacio, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba muchísimo. Salieron con él. Sobre la mesa del comedor, Jordán cortó la funda y la tela de un solo corte. Las plumas de arriba volaron. La criada dio un grito de horror con la boca muy abierta. Se llevó las manos tensas al pelo. En el fondo, entre las plumas, había un animal monstruoso, una bola viva y pegajosa. Movía despacio sus patas peludas. Estaba tan hinchado que casi no se le veía la boca.

Noche tras noche, desde que Alicia estaba en cama, el animal había puesto su boca en las sienes de ella. O mejor dicho, su trompa. La había puesto en secreto, y le había chupado la sangre. La picadura casi no se veía. Al principio movían el almohadón todos los días, y sin duda eso había impedido que el animal creciera. Pero cuando la joven ya no pudo moverse, chupó a toda velocidad. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves son muy pequeños en su medio normal. Pero en ciertas condiciones llegan a ser enormes. La sangre humana parece ser especialmente buena para ellos. Y no es raro encontrarlos en los almohadones de pluma.

### Glosario

- **luna de miel**: los primeros días o semanas después de la boda
- **escalofrío**: temblor del cuerpo por frío o por miedo
- **estuco**: pasta blanca y lisa que cubre las paredes
- **anemia**: falta de sangre buena en el cuerpo
- **antropoide**: animal parecido a un mono grande, casi humano
- **almohadón**: almohada grande
- **funda**: tela que cubre la almohada
- **sienes**: los lados de la cabeza, entre los ojos y las orejas
- **trompa**: boca larga de algunos animales e insectos, para chupar
- **parásito**: animal que vive y se alimenta de otro
- **desmayo / desmayada**: pérdida del conocimiento por un momento / que ha perdido el conocimiento
- **alucinaciones**: cosas que una persona ve u oye, pero que no son reales
- **vómitos**: acción de echar por la boca la comida del estómago

## El perro rabioso

El 20 de marzo de este año, los vecinos de un pueblo del Chaco, en la provincia de Santa Fe, persiguieron a un hombre rabioso. Este hombre había disparado su escopeta contra su mujer. Después mató de un tiro a un peón que cruzaba delante de él. Los vecinos, armados, lo buscaron en el monte como a un animal salvaje. Por fin lo encontraron subido a un árbol. Todavía tenía su escopeta y aullaba de un modo horrible. Tuvieron que matarlo de un tiro.

* * *

## Marzo 9

Hoy hace treinta y nueve días, hora por hora, que el perro rabioso entró de noche en nuestro cuarto. Si un recuerdo va a quedar para siempre en mi memoria, es el de las dos horas que siguieron a aquel momento.

La casa solo tenía puertas en la habitación de mamá. Desde el principio ella había empezado a tener miedo. Por eso, en los primeros días, mientras nos instalábamos con prisa, no hice otra cosa. Solo corté tablas con la sierra para las puertas y ventanas de su cuarto. En nuestro cuarto íbamos a esperar a tener menos trabajo. Mientras tanto, mi mujer había aceptado unas magníficas puertas de arpillera. Es verdad que yo la presioné un poco. Como estábamos en verano, este detalle de pura decoración no dañaba nuestra salud ni nuestro miedo. El perro rabioso entró por una de estas arpilleras, la que da al corredor central. Por allí entró y me mordió.

Yo no sé si el grito de un epiléptico les parece a los demás un grito de animal, fuera de todo lo humano. A mí me lo parece. Pero estoy seguro de una cosa. El aullido de un perro rabioso que insiste de noche alrededor de nuestra casa provoca en todos la misma angustia de muerte. Es un grito corto, metálico, de agonía. Parece que el animal ya está muriéndose. Y el grito está lleno de todo lo triste y siniestro que sugiere un animal rabioso.

Era un perro negro, grande, con las orejas cortadas. Y para empeorar las cosas, desde que llegamos no había dejado de llover. El monte estaba cerrado por el agua, y las tardes eran cortas y tristísimas. Casi no salíamos de casa. El campo, triste y solo bajo un temporal sin descanso, había puesto demasiado triste a mamá.

Y además de esto, los perros rabiosos. Una mañana el peón nos dijo que la noche anterior había andado uno cerca de su casa. Había mordido a su perro. Dos noches antes, un perro barcino había aullado *feo* en el monte. Según él, había muchos. Mi mujer y yo no le dimos mucha importancia al asunto. Pero mamá sí. Empezó a sentir que nuestra casa, a medio terminar, estaba terriblemente sola y sin defensa. A cada momento salía al corredor para mirar el camino.

Sin embargo, esa mañana nuestro chico volvió del pueblo y confirmó la noticia. Había empezado una epidemia de rabia, muy rápida y violenta. Una hora antes, en el pueblo, habían perseguido a un perro. Un peón había alcanzado a darle un golpe de machete en la oreja. El animal echaba baba y llevaba el hocico en el suelo. Tenía el rabo entre las patas delanteras. Había cruzado por nuestro camino y había mordido a un caballo joven y a un chancho que encontró en el camino.

Hubo todavía más noticias. En la chacra vecina, esa misma madrugada, otro perro había intentado saltar el corral de las vacas, pero no pudo. Un perro enorme y flaco había perseguido a un muchacho a caballo por la picada del puerto viejo. Todavía por la tarde se oía dentro del monte el aullido de agonía del perro. Por último, a las nueve llegaron dos agentes, a caballo y muy rápido. Nos dieron la descripción de los perros rabiosos que habían visto. Y nos recomendaron mucho cuidado.

Era más que suficiente para que mamá perdiera el poco ánimo que le quedaba. Ella es una persona muy tranquila, que no pierde la calma ante nada. Pero tiene terror a los perros rabiosos, por algo horrible que vio cuando era niña. Sus nervios ya estaban enfermos por el cielo siempre nublado y lluvioso. Por eso tenía verdaderas alucinaciones: veía perros que entraban corriendo por la portera.

Había una razón real para este miedo. Aquí la gente pobre tiene muchos más perros de los que puede alimentar, como en todas partes. Por eso, todas las noches, perros hambrientos rondan las casas. Los peligros de su vida, como un tiro o una mala pedrada, los han vuelto como animales salvajes. Avanzan al paso, agachados, con los músculos flojos. Nunca se los oye caminar. Roban todo lo que les pide su hambre terrible, si aquí la palabra "robar" tiene sentido. Al menor ruido no huyen, porque eso haría ruido. Se alejan al paso, doblando las patas. Al llegar al pasto se agachan y esperan así, tranquilos, media hora o una hora. Después avanzan otra vez.

De ahí venía la angustia de mamá. Nuestra casa era una de las muchas que estos perros rondaban. Por eso, claro, estábamos amenazados por la visita de los perros rabiosos. Ellos iban a recordar su camino de cada noche.

Y así fue. Esa misma tarde, mamá caminaba despacio hacia la portera, un poco distraída. Entonces oí su grito:

—¡Federico! ¡Un perro rabioso!

Un perro barcino, con el lomo arqueado, avanzaba corriendo en línea recta, como ciego. Al verme llegar se detuvo, con los pelos del lomo de punta. Fui hacia atrás, sin darle la espalda, para tomar la escopeta de la pared. Pero el animal se fue. Recorrí el camino, pero no lo volví a encontrar.

Pasaron dos días. El campo seguía triste y solo bajo la lluvia, y había cada vez más perros rabiosos. No se podía dejar a los niños expuestos a un encuentro terrible en los caminos llenos de perros enfermos. Por eso cerraron la escuela. Ya no pasaba nadie por la carretera. Antes, a las siete y a las doce, el ruido de los escolares la llenaba de vida. Ahora quedó en un silencio triste.

Mamá no se atrevía a dar un paso fuera del patio. Al menor ladrido miraba asustada hacia la portera. En cuanto llegaba la noche, veía avanzar entre el pasto ojos que brillaban en la oscuridad. Al terminar la cena se encerraba en su cuarto. Escuchaba con atención, por si se oía algún aullido.

Hasta que la tercera noche me desperté, ya muy tarde. Me pareció que había oído un grito, pero no estaba seguro. Esperé un rato. Y de pronto un aullido corto, metálico, de sufrimiento terrible, tembló bajo el corredor.

—¡Federico! —oí la voz de mamá, llena de emoción—. ¿Oíste?

—Sí —respondí, y me bajé de la cama sin hacer ruido. Pero ella oyó el ruido.

—¡Por Dios, es un perro rabioso! ¡Federico, no salgas, por Dios! ¡Juana! ¡Dile a tu marido que no salga! —gritó desesperada a mi mujer.

Estalló otro aullido, esta vez en el corredor central, delante de la puerta. Un escalofrío finísimo me bajó por la espalda hasta la cintura. No creo que haya nada más triste y siniestro que el aullido de un perro rabioso a esa hora. Detrás de él subía la voz desesperada de mamá.

—¡Federico! ¡Va a entrar en tu cuarto! ¡No salgas, Dios mío, no salgas! ¡Juana! ¡Dile a tu marido!…

—¡Federico! —mi mujer se agarró de mi brazo.

Pero la situación podía ser muy peligrosa si esperaba a que el animal entrara. Encendí la lámpara y tomé la escopeta de la pared. Levanté de lado la arpillera de la puerta. Solo vi el triángulo negro de la profunda oscuridad de afuera. Apenas tuve tiempo de sacar el cuerpo. Enseguida sentí que algo firme y tibio me rozaba el muslo: el perro rabioso estaba entrando en nuestro cuarto. Le eché la cabeza hacia atrás con un golpe violento de rodilla. De pronto me lanzó un mordisco, pero falló, y se oyó el golpe seco de los dientes. Pero un instante después sentí un dolor agudo.

Ni mi mujer ni mi madre se dieron cuenta de que me había mordido.

—¡Federico! ¿Qué fue eso? —gritó mamá. Había oído que yo me paraba y el golpe de los dientes en el aire.

—Nada: quería entrar.

—¡Oh!…

Otra vez estalló el aullido de mal agüero, ahora detrás del cuarto de mamá.

—¡Federico! ¡Está rabioso! ¡Está rabioso! ¡No salgas! —gritó, loca de miedo. Sentía al animal a un metro de ella.

Hay cosas absurdas que parecen un razonamiento completamente correcto. Salí afuera con la lámpara en una mano y la escopeta en la otra. Lo hice exactamente como para buscar a una rata muerta de miedo. Con una rata habría tenido tiempo de sobra para dejar la luz en el suelo y matarla con la punta de un palo.

Recorrí los corredores. No se oía ningún ruido. Pero desde dentro de las habitaciones me seguía la terrible angustia de mamá y de mi mujer. Ellas esperaban oír el disparo.

El perro se había ido.

—¡Federico! —exclamó mamá cuando por fin me oyó volver—. ¿Se fue el perro?

—Creo que sí; no lo veo. Me parece que oí correr a un animal cuando salí.

—Sí, yo también lo oí… Federico: ¿no estará en tu cuarto?… ¡No tiene puerta, Dios mío! ¡Quédate adentro! ¡Puede volver!

Era verdad: podía volver. Eran las dos y veinte de la mañana. Y juro que fueron duras las dos horas que pasamos mi mujer y yo. Tuvimos la luz encendida hasta que amaneció. Ella estaba acostada, y yo sentado en la cama. Yo vigilaba sin parar la arpillera, que se movía con el aire.

Antes me había curado. La mordedura se veía con claridad: dos agujeros de color violeta. Los apreté con todas mis fuerzas y los lavé con permanganato.

Yo no creía mucho que el animal tuviera rabia. Desde el día anterior habían empezado a envenenar perros. Y algo en la actitud del nuestro, que parecía agotado, me hacía pensar en la estricnina. Quedaban el aullido siniestro y el mordisco. Pero de todos modos yo prefería creer en el veneno. Por eso, seguramente, cuidé la herida con poca atención.

Por fin llegó el día. A las ocho, a cuatro cuadras de casa, un transeúnte mató de un tiro de revólver al perro negro. El perro trotaba por allí, y estaba claramente rabioso. Lo supimos enseguida. Tuve que librar una verdadera batalla contra mamá y mi mujer. Ellas querían que fuera a Buenos Aires a ponerme inyecciones, y yo no quería. La herida estaba abierta y limpia, y la había apretado bien. La había lavado con muchísimo permanganato, de ese que quema. Y todo esto, a los cinco minutos de la mordedura. ¿Qué diablos podía temer después de una limpieza tan buena? En casa terminaron por tranquilizarse. La epidemia se acabó casi de golpe. Seguramente la causó aquel tiempo de lluvia sin descanso, como nunca se había visto aquí. Y como la epidemia había terminado, la vida volvió a ser como siempre.

Pero mamá y mi mujer no dejaron de contar el tiempo con exactitud, y no dejan de hacerlo. Los famosos cuarenta días pesan mucho, sobre todo a mamá. Hoy ya han pasado treinta y nueve, sin el más pequeño problema. Aun así, ella espera el día de mañana. Entonces echará de su mente, con un enorme suspiro, el terror de aquella noche, que todavía está vivo en ella.

Para mí, la única molestia de todo esto quizás es recordar paso a paso lo que pasó. Espero que mañana por la noche termine esta historia, con los cuarenta días. Por ella, los ojos de mi mujer y de mi madre están siempre fijos en mí. Parece que buscan en mi cara la primera señal de la enfermedad.

* * *

## Marzo 10

¡Por fin! Espero que desde ahora podré vivir como un hombre cualquiera, sin la amenaza de la muerte sobre la cabeza. Ya han pasado los famosos cuarenta días. Y la angustia, la manía de persecución y los gritos horribles que ellas esperaban de mí también han pasado para siempre.

Mi mujer y mi madre han celebrado este feliz acontecimiento de un modo especial. Me han contado, uno por uno, todos los miedos que han sufrido sin dejarme verlos. Cuando yo tenía la más pequeña falta de ganas, ellas caían en una angustia mortal. "¡Es la rabia que empieza!", se quejaban. Si alguna mañana me levanté tarde, durante horas no vivieron, esperando otro síntoma. Una vez tuve una molesta infección en un dedo. Me dio tres días de fiebre y de impaciencia. Para ellas, fue una prueba segura de que la rabia empezaba. Por eso su miedo fue enorme, y más angustioso porque lo escondían.

Y así, durante cuarenta días, cada pequeño cambio de humor y cada momento de cansancio les dieron otras tantas horas de inquietud.

Estas confesiones sobre el pasado siempre son desagradables para quien ha vivido engañado, aunque lo hayan engañado con la mejor intención del mundo. Pero a pesar de todo, me he reído de buena gana.

—¡Ah, hijo mío! ¡No puedes imaginar lo horrible que es para una madre pensar que su hijo puede estar rabioso! Cualquier otra cosa… ¡pero rabioso, rabioso!…

Mi mujer es más sensata, pero también ha imaginado tonterías, bastante más de lo que confiesa. ¡Pero ya se acabó, por suerte! Ser un mártir, un bebé vigilado segundo a segundo contra una amenaza de muerte tan absurda, no es agradable, a pesar de todo. ¡Por fin, otra vez! Viviremos en paz. Ojalá que mañana o pasado no me despierte con dolor de cabeza, porque entonces volverían las locuras.

* * *

## Marzo 15

Me habría gustado estar totalmente tranquilo, pero es imposible. Creo que esto ya no va a terminar nunca. Miradas de reojo todo el día. Susurros sin fin, que paran de golpe en cuanto oyen mis pasos. Un espionaje que me pone nervioso: me estudian la cara cuando estamos en la mesa. Todo esto se está volviendo insoportable.

—¡Pero qué les pasa, por favor! —acabo de decirles—. ¿Me encuentran algo raro? ¿No estoy exactamente como siempre? ¡Ya me cansa un poco esta historia del perro rabioso!

—¡Pero Federico! —me han respondido, mirándome con sorpresa—. ¡Si no te decimos nada, ni nos hemos acordado de eso!

¡Y sin embargo no hacen otra cosa que espiarme noche y día, día y noche! Quieren ver si la estúpida rabia de su perro ha entrado en mí.

* * *

## Marzo 18

Desde hace tres días vivo como debería vivir, y como querría vivir toda la vida. ¡Por fin me han dejado en paz, por fin, por fin, por fin!

* * *

## Marzo 19

¡Otra vez! ¡Otra vez han empezado! Ya no me quitan los ojos de encima. Es como si pasara lo que ellas parecen desear: que yo esté rabioso. ¡Cómo es posible tanta estupidez en dos personas sensatas! Ahora ya no lo esconden. Hablan de mí en voz alta y muy rápido. Pero no sé por qué, no puedo entender ni una palabra. En cuanto llego, se callan de golpe. Y apenas me alejo un paso, vuelven a hablar a toda velocidad. No he podido controlarme y me he vuelto hacia ellas con rabia:

—¡Pero hablen, hablen delante de mí, que es menos cobarde!

No he querido oír lo que han dicho y me he ido. ¡Esto que vivo ya no es vida!

* * *

## 8 p. m.

¡Quieren irse! ¡Quieren que nos vayamos! ¡Ah, yo sé por qué quieren dejarme!…

* * *

## Marzo 20 (6 a. m.)

¡Aullidos, aullidos! ¡Toda la noche no he oído más que aullidos! ¡He pasado toda la noche despertándome a cada momento! ¡Anoche había perros alrededor de casa, nada más que perros! ¡Y mi mujer y mi madre han fingido que dormían perfectamente! ¡Así yo solo tenía que tragar con los ojos los aullidos de todos los perros que me miraban!…

* * *

## 7 a. m.

¡No hay más que víboras! ¡Mi casa está llena de víboras! ¡Cuando me lavaba, había tres enroscadas en la palangana! ¡En el forro del saco había muchas! ¡Y hay más! ¡Hay otras cosas! ¡Mi mujer me ha llenado la casa de víboras! ¡Ha traído enormes arañas peludas que me persiguen! ¡Ahora comprendo por qué me espiaba día y noche! ¡Ahora lo comprendo todo! ¡Por eso quería irse!

* * *

## 7:15 a. m.

¡El patio está lleno de víboras! ¡No puedo dar un paso! ¡No, no!… ¡Socorro!…

* * *

¡Mi mujer se va corriendo! ¡Mi madre se va! ¡Me han asesinado!… ¡Ah, la escopeta!… ¡Maldición! ¡Está cargada con munición! Pero no importa…

* * *

¡Qué grito ha dado! No le di… ¡Otra vez las víboras! ¡Allí, allí hay una enorme!… ¡Ay! ¡Socorro, socorro!

* * *

¡Todos me quieren matar! ¡Las han mandado contra mí, a todas! ¡El monte está lleno de arañas! ¡Me han seguido desde casa!…

Ahí viene otro asesino… ¡Las trae en la mano! ¡Viene tirando víboras al suelo! ¡Se saca víboras de la boca y las tira al suelo contra mí! ¡Ah! Pero ese no vivirá mucho… ¡Le di! ¡Murió con todas las víboras!… ¡Las arañas! ¡Ay! ¡Socorro!

* * *

¡Ahí vienen, vienen todos!… ¡Me buscan, me buscan!… ¡Han lanzado contra mí un millón de víboras! ¡Todos las ponen en el suelo! ¡Y yo no tengo más cartuchos!… ¡Me han visto!… Uno me apunta…

### Glosario

- **rabioso / la rabia**: que tiene rabia / enfermedad mortal que pasa con la mordedura de un animal enfermo
- **arpillera**: tela gruesa y basta, como la de los sacos
- **barcino**: perro de pelo con manchas oscuras
- **portera**: puerta de campo en la cerca
- **agente**: policía
- **permanganato**: producto para lavar heridas
- **estricnina**: veneno muy fuerte
- **escopeta / munición / cartucho**: arma de fuego / balas pequeñas / carga del arma
- **víbora**: serpiente venenosa
- **palangana**: recipiente ancho y bajo para lavarse
- **aullido / aullar**: grito largo y triste de un perro o un lobo / dar ese grito
- **epiléptico**: persona que tiene ataques de una enfermedad del cerebro, con convulsiones

## A la deriva

El hombre pisó algo blando, y enseguida sintió la mordedura en el pie. Saltó hacia adelante. Al volverse, soltó una maldición. Entonces vio una yararacusú enroscada sobre sí misma, que esperaba para atacar otra vez.

El hombre miró rápido su pie. Allí dos gotitas de sangre crecían despacio, con dificultad. Sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza y escondió más la cabeza en el mismo centro de su espiral. Pero el machete cayó de plano sobre ella y le rompió las vértebras.

El hombre se agachó hasta la mordedura. Quitó las gotitas de sangre y la miró un instante. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta y empezaba a llenar todo el pie. Rápidamente se ató el tobillo con su pañuelo. Después siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba. Lo sentía hinchado y tirante. De pronto el hombre sintió dos o tres pinchazos muy fuertes. Fueron como relámpagos, desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad. Sintió la garganta seca, con un gusto metálico, y después una sed que quemaba. Soltó otra maldición.

Por fin llegó al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta ya no se veían, porque todo el pie estaba monstruosamente hinchado. La piel parecía más fina y tan tensa que iba a romperse. Quiso llamar a su mujer, pero la voz se le rompió. De su garganta seca salió solo un ruido ronco. La sed lo devoraba.

—¡Dorotea! —consiguió gritar, con un ruido de agonía en la garganta—. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno. El hombre se lo tomó en tres tragos. Pero no había sentido ningún gusto.

—¡Te pedí caña, no agua! —gritó otra vez con furia—. ¡Dame caña!

—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer, asustada.

—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez y volvió con la damajuana. El hombre tragó dos vasos, uno detrás de otro. Pero no sintió nada en la garganta.

—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces.

Miraba su pie, de color morado, que ya brillaba como la carne podrida. El pañuelo apretaba hondo, y por encima de él la carne salía como una monstruosa morcilla.

Los dolores, como relámpagos, venían uno tras otro sin parar. Ahora llegaban hasta la ingle. Al mismo tiempo aumentaba la terrible sequedad de la garganta. El aliento parecía calentarla todavía más. Cuando intentó levantarse, un vómito repentino lo tuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de madera.

Pero el hombre no quería morir. Bajó hasta la costa y subió a su canoa. Se sentó en la popa y empezó a remar hasta el centro del Paraná. Cerca del Iguazú, la corriente del río corre seis millas. Allí la corriente lo llevaría a Tacurú-Pucú en menos de cinco horas.

El hombre, con una energía oscura, pudo de verdad llegar hasta el medio del río. Pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala del remo dentro de la canoa. Vomitó otra vez, ahora sangre. Después miró el sol, que ya se escondía detrás del monte.

Toda la pierna, hasta la mitad del muslo, era ya un bloque deforme y durísimo. Le reventaba la ropa. El hombre cortó el pañuelo y abrió el pantalón con su cuchillo. La parte baja del vientre salió hinchada, con grandes manchas moradas, y le dolía terriblemente. El hombre pensó que nunca podría llegar solo a Tacurú-Pucú. Decidió pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban peleados.

Ahora la corriente del río corría rápida hacia la costa brasileña. El hombre pudo acercar la canoa a la orilla sin problemas. Se arrastró cuesta arriba por la picada. Pero a los veinte metros quedó tirado boca abajo, agotado.

—¡Alves! —gritó con toda la fuerza que pudo. Y escuchó, pero nadie respondió.

—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —gritó otra vez, levantando la cabeza del suelo.

En el silencio de la selva no se oyó ni un solo ruido. El hombre todavía tuvo valor para volver hasta su canoa. La corriente la tomó otra vez y la llevó rápidamente a la deriva.

En ese lugar, el Paraná corre en el fondo de un valle enorme y hondo. Sus paredes tienen cien metros de altura y encierran el río como en una caja de muerto. En las orillas hay negros bloques de basalto. Desde allí sube el bosque, negro también. Adelante, a los lados, detrás, siempre está la misma muralla triste y oscura. En su fondo, el río da vueltas y corre con fuerza. El agua de barro hierve sin parar en remolinos. El paisaje es agresivo, y en él hay un silencio de muerte. Sin embargo, al atardecer, su belleza oscura y tranquila tiene una majestad única.

El sol ya había caído. El hombre estaba medio tendido en el fondo de la canoa, y tuvo un escalofrío violento. Y de pronto, con asombro, levantó con esfuerzo la cabeza: se sentía mejor. La pierna casi no le dolía, la sed era menor, y su pecho, ya libre, respiraba despacio y hondo.

El veneno empezaba a irse, no había duda. Estaba casi bien. No tenía fuerzas para mover la mano. Pero esperaba que el rocío de la noche, al caer, lo ayudara a recuperarse del todo. Calculó que en menos de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar crecía, y con él llegaba un sueño lleno de recuerdos. Ya no sentía nada en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría todavía su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Quizás vería también a su ex-patrón, míster Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? Ahora, al oeste, el cielo se abría como una pantalla de oro, y el río también tenía ese color. La costa paraguaya ya estaba oscura. Desde allí, el monte dejaba caer sobre el río el fresco de la tarde. Traía fuertes olores de flor de naranjo y de miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa iba a la deriva, rápidamente. A veces daba vueltas sobre sí misma, cuando llegaba al agua revuelta de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor. Mientras tanto, pensaba en el tiempo exacto que había pasado sin ver a su ex-patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Quizás. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también…

Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Deseado, un Viernes Santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

—Un jueves…

Y dejó de respirar.

### Glosario

- **a la deriva**: llevado por el agua, sin control
- **yararacusú**: serpiente muy venenosa de Sudamérica
- **picada**: camino estrecho abierto en el monte
- **rancho**: casa pobre de campo
- **trapiche**: máquina para exprimir la caña de azúcar
- **caña**: aguardiente, bebida alcohólica fuerte
- **damajuana**: botella grande
- **compadre**: amigo íntimo; padrino de un hijo
- **monte**: bosque, selva (no montaña)
- **obraje**: lugar en la selva donde se corta madera
- **guacamayos**: loros grandes de colores vivos

## La insolación

El cachorro Old salió por la puerta y cruzó el patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en el borde del pasto. Levantó la nariz temblorosa hacia el monte, cerró un poco los ojos y se sentó tranquilo. Veía la llanura del Chaco, siempre igual: campo y monte, monte y campo, uno detrás de otro. No había más color que el crema del pasto y el negro del monte. El monte cerraba el horizonte a doscientos metros, por tres lados de la chacra. Hacia el oeste, el campo se abría y se hacía más ancho. Pero allí también, a lo lejos, la línea oscura del monte lo cerraba.

A esa hora temprana, el horizonte se veía claro y tranquilo. A mediodía, en cambio, la luz era tan fuerte que no se podía mirar. No había una nube ni un soplo de viento. El cielo estaba quieto y de color plata. El campo daba un aire fresco que hacía bien. Pero ya era seguro que vendría otro día de sequía. Por eso el alma pensativa se ponía triste y soñaba con un trabajo mejor pagado.

Milk, el padre del cachorro, cruzó también el patio y se sentó al lado de Old. Dio un quejido perezoso de bienestar. Los dos se quedaron quietos, porque todavía no había moscas.

Old miraba desde hacía rato el borde del monte. Entonces dijo:

—La mañana es fresca.

Milk siguió la mirada del cachorro y se quedó con la vista fija, abriendo y cerrando los ojos, sin prestar atención. Después de un momento, dijo:

—En aquel árbol hay dos halcones.

Miraron sin interés a un buey que pasaba. Luego siguieron mirando las cosas, por costumbre.

Mientras tanto, el cielo del este empezaba a ponerse rojo, abierto en abanico. El horizonte ya no se veía tan claro como al amanecer. Milk cruzó las patas delanteras y sintió un poco de dolor. Miró sus dedos sin moverse. Por fin se decidió a olerlos. El día anterior se había sacado un pique. Recordó cuánto había sufrido y se lamió largo rato el dedo enfermo.

—No podía caminar —dijo al final.

Old no entendió de qué hablaba. Milk agregó:

—Hay muchos piques.

Esta vez el cachorro comprendió. Después de un largo rato, respondió por su cuenta:

—Hay muchos piques.

Se callaron otra vez, convencidos.

Salió el sol. Con la primera luz, las pavas del monte lanzaron al aire puro sus gritos ruidosos, como las trompetas de una banda. Los perros, dorados por el sol bajo, cerraron un poco los ojos. Los abrían y cerraban felices, llenos de pereza. Poco a poco llegaron los otros compañeros. Llegó Dick, el preferido, que hablaba poco. Llegó Prince: un coatí le había partido el labio superior, y por eso se le veían dos dientes. Y llegó Isondú, que tenía un nombre indígena. Los cinco fox-terriers se tendieron, muertos de bienestar, y se durmieron.

Una hora después levantaron la cabeza. Habían oído los pasos de su dueño, que bajaba la escalera al otro lado del rancho. Era un rancho raro, de dos pisos. El de abajo era de barro y el de arriba de madera, con corredores y baranda, como un chalet. Míster Jones, con la toalla al hombro, se detuvo un momento en la esquina del rancho. Miró el sol, que ya estaba alto. Todavía tenía la mirada muerta y el labio caído. La noche anterior había bebido whisky solo, durante más tiempo que de costumbre.

Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olieron las botas, moviendo la cola con pereza. Los perros, como los animales salvajes enseñados por el hombre, conocen la menor señal de borrachera en su amo. Se alejaron despacio y se echaron otra vez al sol. Pero el calor crecía, y pronto lo dejaron por la sombra de los corredores.

El día avanzaba igual que todos los días de ese mes. Era seco y claro, con catorce horas de un sol que quemaba. El cielo parecía metal que se vuelve líquido en el fuego. La tierra mojada se rompía en un instante en costras blancas. Míster Jones fue a la chacra, miró el trabajo del día anterior y volvió al rancho. En toda la mañana no hizo nada. Almorzó y subió a dormir la siesta.

A las dos, los peones volvieron a la carpición, aunque era la hora de más fuego, porque las malas hierbas no dejaban en paz al algodonal. Los perros fueron detrás de ellos. Les gustaba mucho el cultivo desde el invierno pasado. Entonces habían aprendido a pelear con los halcones por los gusanos blancos que levantaba el arado. Cada perro se echó bajo una planta de algodón. Con su jadeo acompañaban los golpes sordos de la azada.

Mientras tanto, el calor crecía. El paisaje estaba en silencio y el sol era tan fuerte que no dejaba ver. El aire temblaba por todos lados y hacía daño a la vista. La tierra removida echaba un vapor caliente de horno. Los peones lo soportaban sobre la cabeza, envuelta hasta los hombros en un pañuelo suelto. Trabajaban callados, como siempre en la chacra. Los perros cambiaban de planta, buscando una sombra más fresca. Se tendían a lo largo, pero el cansancio los obligaba a sentarse sobre las patas de atrás para respirar mejor.

Delante de ellos brillaba ahora un pequeño terreno seco de greda. Nadie había intentado nunca ararlo. Allí, de pronto, el cachorro vio a míster Jones. Estaba sentado sobre un tronco y lo miraba fijamente. Old se puso de pie, moviendo la cola. Los otros también se levantaron, pero con el pelo erizado.

—Es el patrón —dijo el cachorro, sorprendido.

—No, no es él —respondió Dick.

Los cuatro perros estaban juntos y gruñían bajo, sin quitar los ojos de míster Jones. Él seguía quieto, mirándolos. El cachorro no lo creía y quiso avanzar, pero Prince le mostró los dientes:

—No es él, es la Muerte.

Al cachorro se le erizó el pelo de miedo, y volvió atrás, al grupo.

—¿Es el patrón muerto? —preguntó con angustia.

Los otros no le respondieron. Empezaron a ladrar con furia, siempre listos para atacar, pero con miedo. Sin moverse, míster Jones desapareció en el aire, que temblaba de calor.

Al oír los ladridos, los peones levantaron la vista, pero no vieron nada. Giraron la cabeza para ver si había entrado algún caballo en la chacra. Después se agacharon otra vez sobre su trabajo.

Los fox-terriers volvieron al paso hacia el rancho. El cachorro, todavía erizado, se adelantaba y volvía atrás con trotes cortos y nerviosos. Por la experiencia de sus compañeros, aprendió una cosa: cuando una cosa va a morir, aparece antes.

—¿Y cómo saben que ese que vimos no era el patrón? —preguntó.

—Porque no era él —le respondieron, sin ningún interés.

Así que la Muerte estaba sobre ellos. Y con ella venían el cambio de dueño, la miseria y las patadas. Pasaron el resto de la tarde al lado de su patrón, serios y atentos. Al menor ruido gruñían, sin saber hacia dónde. Míster Jones estaba contento de verlos tan inquietos, como guardianes.

Por fin el sol se hundió detrás de las palmeras negras del arroyo. La noche era tranquila y de color plata. Los perros se quedaron alrededor del rancho. Arriba, en el segundo piso, míster Jones empezaba otra vez a beber whisky. A medianoche oyeron sus pasos. Luego oyeron caer las dos botas en el piso de tablas, y la luz se apagó. Entonces los perros sintieron más cerca el cambio de dueño. Solos, al pie de la casa dormida, empezaron a llorar. Lloraban en coro. Sus sollozos eran secos y nerviosos, como masticados, y terminaban en un aullido muy triste. La voz de cazador de Prince sostenía el aullido, mientras los otros volvían a sollozar. El cachorro ladraba. Pasó media hora. Los cuatro perros mayores seguían juntos a la luz de la luna, con el hocico estirado e hinchado de quejas. Su dueño los alimentaba bien y los acariciaba, y ahora lo iban a perder. Y seguían llorando su propia desgracia de perros de casa.

A la mañana siguiente, míster Jones fue él mismo a buscar las mulas. Las ató a la carpidora y trabajó hasta las nueve. Sin embargo, no estaba contento. La tierra nunca se había preparado bien con el rastrillo. Además, las cuchillas no tenían filo, y con el paso rápido de las mulas la carpidora saltaba. Volvió con la máquina y afiló las cuchillas. Pero la máquina tenía un tornillo con un defecto, que él ya había notado al comprarla. Al armarla otra vez, el tornillo se rompió. Mandó a un peón al obraje cercano. Le recomendó cuidar el caballo, que era un buen animal, pero estaba asoleado. Levantó la cabeza hacia el sol de mediodía, que lo quemaba todo. E insistió en que no galopara ni un momento. En seguida almorzó y subió. Los perros no habían dejado a su patrón ni un momento en toda la mañana. Ahora se quedaron en los corredores.

La siesta pesaba y aplastaba con su luz y su silencio. Todo alrededor estaba lleno de bruma por el humo de los campos quemados. El sol caía a plomo sobre la tierra blanca del patio. Brillaba tanto que la tierra parecía moverse y hervir, temblando. Eso les daba sueño a los fox-terriers, que abrían y cerraban los ojos.

—No ha aparecido más —dijo Milk.

Old, al oír *aparecido*, levantó las orejas sobre los ojos.

Esta vez el cachorro, excitado por el recuerdo, se puso de pie y ladró. Buscaba a quién ladrar. Al rato el grupo se calló. Volvieron a cazar moscas, solo para defenderse de ellas.

—No vino más —dijo Isondú.

—Había una lagartija bajo la raíz —se acordó Prince, por primera vez.

Una gallina cruzó el patio ardiente con su trote pesado de calor. Tenía el pico abierto y las alas caídas y separadas del cuerpo. Prince la siguió con la vista, con pereza, y de pronto saltó:

—¡Viene otra vez! —gritó.

Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que se había ido el peón. Los perros arquearon el cuerpo sobre las patas. Ladraban con furia, pero con prudencia, a la Muerte que se acercaba. El animal caminaba con la cabeza baja. Parecía no saber qué camino seguir. Al pasar frente al rancho, dio unos pasos hacia el pozo. Y poco a poco se fue borrando en la luz fuerte.

Míster Jones bajó, porque no tenía sueño. Iba a seguir armando la carpidora cuando vio llegar al peón a caballo, sin esperarlo. A pesar de su orden, tenía que haber galopado para volver a esa hora. Míster Jones lo culpó con toda la lógica de su país. El otro respondía con excusas que no explicaban nada. Apenas terminó su trabajo, el pobre caballo tembló y bajó la cabeza. Sus costados latían tan rápido que era imposible contar los latidos. Luego cayó de costado. Míster Jones mandó al peón a la chacra, todavía con el rebenque en la mano. Así no tendría que echarlo, si seguía oyendo sus disculpas tramposas.

Pero los perros estaban contentos. La Muerte buscaba a su patrón, pero se había conformado con el caballo. Se sentían alegres y sin preocupaciones. Por eso se preparaban para ir a la chacra detrás del peón. En ese momento oyeron a míster Jones, que le gritaba de lejos y le pedía el tornillo. No había tornillo: el almacén estaba cerrado, el encargado dormía, etc. Míster Jones no le respondió. Tomó su casco y salió él mismo a buscar la pieza. Aguantaba el sol como un peón, y el paseo era muy bueno contra su mal humor.

Los perros fueron con él, pero se pararon a la sombra del primer algarrobo. Hacía demasiado calor. Desde allí, firmes sobre las patas, con la frente arrugada y atentos, lo veían alejarse. Al final, el miedo a quedarse solos fue más fuerte. Con un trote cansado, lo siguieron.

Míster Jones consiguió su tornillo y volvió. Para acortar camino, no tomó la curva del camino, llena de polvo. Fue en línea recta hacia su chacra. Llegó al riacho y entró en el pajonal. Era el viejísimo pajonal del Saladito. Desde que hay paja en el mundo, ha crecido, se ha secado y ha vuelto a crecer, sin conocer el fuego. Las matas se doblan como un techo a la altura del pecho y se cruzan en bloques espesos. Atravesarlo ya era difícil en un día fresco. A esa hora era muy duro. Pero míster Jones lo atravesó. Iba abriendo paso con los brazos entre la paja, que crujía. La paja estaba llena de polvo, por el barro que dejaban las crecidas. Él se ahogaba de cansancio y de olores fuertes de nitratos.

Por fin salió y se detuvo en el borde. Pero era imposible quedarse quieto con ese sol y ese cansancio, y siguió caminando. Desde hacía tres días el calor quemaba y crecía sin parar. Ahora, además, el tiempo estaba pesado y ahogaba. El cielo estaba blanco y no había un soplo de viento. Faltaba el aire. El corazón se angustiaba y no lo dejaba terminar de respirar.

Míster Jones comprendió que había pasado el límite de lo que podía aguantar. Desde hacía rato oía en los oídos los golpes de la sangre en las venas del cuello. Se sentía como en el aire. Le parecía que, desde dentro de la cabeza, alguien le empujaba el cráneo hacia arriba con violencia. Se mareaba al mirar el pasto. Caminó más rápido para terminar con eso de una vez… Y de pronto volvió en sí y se encontró en otro lugar. Había caminado media cuadra sin darse cuenta de nada. Miró hacia atrás y la cabeza le dio vueltas otra vez.

Mientras tanto, los perros lo seguían, trotando con toda la lengua fuera. A veces, agotados, se paraban a la sombra de una mata de espartillo. Se sentaban y jadeaban más rápido, pero volvían otra vez al tormento del sol. Al final, como la casa ya estaba cerca, trotaron más rápido.

En ese momento Old, que iba delante, vio a míster Jones detrás del alambrado de la chacra. Iba vestido de blanco y caminaba hacia ellos. El cachorro recordó algo de pronto. Volvió la cabeza para comparar.

—¡La Muerte, la Muerte! —aulló.

Los otros también la habían visto y ladraban con el pelo erizado. Vieron que atravesaba el alambrado. Por un instante creyeron que se iba a equivocar. Pero a cien metros se detuvo. Miró al grupo con sus ojos celestes y siguió adelante.

—¡Que el patrón no camine rápido! —exclamó Prince.

—¡Va a chocar con él! —aullaron todos.

En efecto, el otro dudó un poco y luego avanzó. Pero no venía directo hacia ellos, como antes. Venía en una línea oblicua, que parecía equivocada. Pero esa línea debía llevarlo justo al encuentro de míster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo terminaba, porque su patrón seguía caminando al mismo paso, como un autómata, sin darse cuenta de nada. El otro ya llegaba. Los perros bajaron la cola y corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo, y se produjo el encuentro. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y cayó al suelo.

Los peones lo vieron caer y lo llevaron rápido al rancho. Pero toda el agua fue inútil: murió sin volver en sí. Míster Moore, su hermano por parte de madre, vino de Buenos Aires. Estuvo una hora en la chacra y en cuatro días vendió todo. Después volvió en seguida. Los indios se repartieron los perros. Desde entonces vivieron flacos y sarnosos. Todas las tardes iban a escondidas, con hambre, a comer espigas de maíz en las chacras de otros.

### Glosario

- **chacra**: pequeña finca de campo.
- **míster**: señor (palabra inglesa).
- **fox-terriers**: perros pequeños de caza, de origen inglés.
- **halcones**: aves que cazan otros animales.
- **erizado**: con el pelo levantado, por miedo o por furia.
- **aullido**: grito largo y triste de un perro.
- **trote**: paso rápido de un animal, entre caminar y correr.
- **tornillo**: pieza pequeña de metal que une las partes de una máquina.
- **alambrado**: cerca hecha con alambres.
- **peón / peones**: trabajador del campo.
- **pique**: insecto pequeño que entra en la piel, sobre todo en los pies.
- **carpición / carpidora**: trabajo de quitar las malas hierbas / máquina para hacerlo.
- **algodonal**: plantación de algodón.
- **azada**: herramienta con una hoja de metal y un palo largo, para cavar la tierra.
- **coatí**: animal salvaje de América del Sur, con nariz larga y cola larga con anillos.
- **greda**: tierra arcillosa, dura y blanca.
- **asoleado**: enfermo o débil por haber estado demasiado al sol.
- **rebenque**: látigo corto.
- **pajonal**: terreno con hierba alta y dura.
- **sarnoso**: que tiene sarna, una enfermedad de la piel que da picor y hace caer el pelo.

## El alambre de púa

Durante quince días, el alazán había buscado sin éxito el camino por donde su compañero se escapaba del potrero. El cerco era enorme, de capuera: un monte cortado que había vuelto a crecer, muy cerrado. Por allí no podía pasar ni la cabeza de un caballo. Estaba claro que el malacara no pasaba por ese lugar.

Ahora el alazán recorría otra vez la chacra. Trotaba nervioso, con la cabeza alerta. El alazán relinchaba con fuerza. Desde lo hondo del monte, el malacara le respondía con relinchos cortos y rápidos. Sin duda eran una promesa de hermano: allí había mucha comida. Lo que más molestaba al alazán era que el malacara volvía dos o tres veces al día para beber. Entonces el alazán se prometía no dejar a su compañero ni un instante. Y durante algunas horas, en efecto, los dos comían juntos el pasto, en perfecta compañía. Pero de pronto el malacara, arrastrando su soga, entraba en el chircal. El alazán se daba cuenta de que estaba solo y corría detrás de él. Pero encontraba el monte tan cerrado que no podía entrar. Eso sí: desde adentro, todavía muy cerca, el malacara respondía a sus relinchos desesperados. Le contestaba con un relincho pequeño, con la boca llena, como burlándose.

Hasta que esa mañana el viejo alazán encontró el paso, de manera muy sencilla. Desde el monte, el chircal entraba cincuenta metros en el campo. El alazán pasaba por delante del chircal cuando vio un sendero poco marcado. El sendero lo llevó en una línea oblicua perfecta hasta el monte. Allí estaba el malacara, comiendo las hojas de los árboles.

La cosa era muy simple. Un día, el malacara cruzaba el chircal y encontró un paso abierto en el monte. Lo había abierto un árbol de incienso, al caer con sus raíces. El malacara volvió a cruzar el chircal muchas veces, hasta conocer perfectamente la entrada del túnel. Después usaba el viejo camino que los dos caballos habían hecho a lo largo del borde del monte. Y aquí estaba el problema del alazán. La entrada del sendero formaba una línea muy oblicua con el camino de los caballos. El alazán siempre recorría ese camino de sur a norte, nunca de norte a sur. Por eso nunca habría encontrado el paso.

En un instante el alazán estuvo junto a su compañero. Entonces los dos caballos decidieron irse lejos de aquel potrero odioso, que ya conocían de memoria. No tenían otra preocupación que morder, con torpeza, las puntas de las palmeras jóvenes.

En el monte habían cortado muchos árboles, y se podía avanzar con facilidad, hasta con caballos. En verdad, del bosque solo quedaba una franja de doscientos metros de ancho. Detrás había una capuera de dos años, llena de tabaco salvaje. El viejo alazán conocía bien las capueras. De joven había corrido por ellas, y una vez vivió perdido allí seis meses. Por eso él iba delante. En media hora, los tabacos cercanos se quedaron sin hojas, hasta donde llega el cuello de un caballo.

Caminando, comiendo y mirándolo todo con curiosidad, el alazán y el malacara cruzaron la capuera. Al final, un alambrado los detuvo.

—Un alambrado —dijo el alazán.

—Sí, alambrado —dijo el malacara.

Los dos apoyaron la cabeza sobre el hilo de arriba y miraron con atención. Desde allí se veía un rozado viejo, con pasto alto, blanco por la helada. También se veía un bananal y una plantación nueva. Nada de eso era muy atractivo, sin duda. Pero los caballos querían ver aquello. Uno detrás del otro, siguieron el alambrado hacia la derecha.

Dos minutos después pasaron al otro lado. Un árbol, que el fuego había secado en pie, había caído sobre los hilos. Cruzaron el pasto blanco y helado, donde sus pasos no hacían ruido. Siguieron por el borde del bananal, rojizo, quemado por la helada. Y entonces vieron de cerca qué eran aquellas plantas nuevas.

—Es yerba —dijo el malacara. Movía los labios, temblando, a medio centímetro de las hojas duras.

La desilusión pudo ser grande. Pero los caballos, aunque eran golosos, querían sobre todo pasear. Así que cruzaron el yerbal en línea oblicua y siguieron su camino. Al final, otro alambrado detuvo a la pareja. Lo siguieron con calma y con paciencia, muy serios. Así llegaron a una tranquera. Por suerte para ellos, estaba abierta. Y de repente los dos paseantes se encontraron en medio del camino real.

Para los caballos, lo que acababan de hacer parecía una hazaña. Del potrero aburrido a la libertad de ahora había una distancia infinita. Pero, aunque la distancia fuera infinita, los caballos querían hacerla todavía más larga. Miraron con atención perezosa los alrededores. Después se quitaron el uno al otro la caspa del cuello. Y, tranquilos y felices, siguieron su aventura.

El día, en verdad, ayudaba a sentirse así. La niebla de la mañana en Misiones acababa de desaparecer del todo. El cielo, de pronto, estaba limpio, y el paisaje brillaba con una luz espléndida. Los dos caballos estaban en ese momento en lo alto de una loma. Delante de ellos, el camino de tierra roja cortaba el pasto con una precisión admirable. Bajaba al valle, blanco de espartillo helado, y volvía a subir hasta el monte lejano. El viento, muy frío, hacía todavía más clara la mañana dorada. Los caballos tenían el sol de frente, casi horizontal todavía. Entrecerraban los ojos, felices, ante tanta luz.

Así seguían, solos y orgullosos de su libertad, por el camino lleno de luz. Al pasar una punta de monte, vieron al lado del camino un terreno de un verde poco común. ¿Pasto? Sin duda. Pero en pleno invierno…

Con la nariz abierta de deseo, los caballos se acercaron al alambrado. ¡Sí, pasto fino, pasto admirable! ¡Y ellos, los caballos libres, iban a entrar!

Hay que decir que, desde esa madrugada, el alazán y el malacara tenían muy buena opinión de sí mismos. Ni tranquera, ni alambrado, ni monte, ni campo cortado: nada era un obstáculo para ellos. Habían visto cosas extraordinarias y habían superado dificultades increíbles. Se sentían gordos y orgullosos. Se creían capaces de tomar la decisión más loca que se les pudiera ocurrir.

En ese estado de orgullo, vieron a cien metros varias vacas paradas al lado del camino. Fueron hacia allá y llegaron a la tranquera. Estaba cerrada con cinco palos fuertes. Las vacas estaban quietas, mirando fijamente aquel paraíso verde que no podían alcanzar.

—¿Por qué no entran? —preguntó el alazán a las vacas.

—Porque no se puede —le respondieron.

—Nosotros pasamos por todas partes —dijo el alazán, orgulloso—. Desde hace un mes pasamos por todas partes.

Con el brillo de su aventura, los caballos habían perdido de verdad el sentido del tiempo. Las vacas ni siquiera quisieron mirar a los recién llegados.

—Los caballos no pueden —dijo una vaquillona nerviosa—. Dicen eso y no pasan por ninguna parte. Nosotras sí pasamos por todas partes.

—Tienen soga —añadió una vieja madre, sin volver la cabeza.

—¡Yo no, yo no tengo soga! —respondió el alazán, rápido—. Yo vivía en las capueras y pasaba.

—¡Sí, detrás de nosotras! Nosotras pasamos y ustedes no pueden.

La vaquillona nerviosa habló otra vez:

—El patrón dijo el otro día: a los caballos con un solo hilo se los contiene. ¿Y entonces?… ¿Ustedes no pasan?

—No, no pasamos —respondió con sencillez el malacara. La prueba lo había convencido.

—¡Nosotras sí!

Pero al honrado malacara se le ocurrió algo de pronto. Las vacas eran atrevidas y astutas. Siempre invadían las chacras y no respetaban el Código Rural. Sin embargo, ellas tampoco pasaban la tranquera.

—Esta tranquera es mala —explicó la vieja madre—. ¡Él sí! Mueve los palos con los cuernos.

—¿Quién? —preguntó el alazán.

Todas las vacas volvieron la cabeza hacia él, sorprendidas.

—¡El toro, Barigüí! Él puede más que los alambrados malos.

—¿Alambrados?… ¿Pasa?

—¡Todo! Alambre de púa también. Nosotras pasamos después.

Los dos caballos volvieron a ser lo que eran: animales tranquilos, a los que contiene un solo hilo. Y se sintieron deslumbrados, con inocencia, por aquel héroe. Barigüí se atrevía con el alambre de púa. Y el alambre de púa es lo más terrible que puede encontrar quien quiere pasar adelante.

De pronto las vacas se movieron, mansas: el toro llegaba con paso lento. Traía la frente chata y terca dirigida tranquilamente, en línea recta, hacia la tranquera. Al verla, los caballos comprendieron con humildad que eran inferiores.

Las vacas se apartaron. Barigüí metió la frente bajo uno de los palos e intentó moverlo hacia un lado.

Los caballos levantaron las orejas, admirados. Pero el palo no se movió. El toro probó con todos los palos, uno tras otro, pero su esfuerzo inteligente no sirvió de nada. La tarde anterior, el chacarero había sujetado los palos con cuñas. Él era el dueño feliz de la plantación de avena.

El toro no lo intentó más. Se dio la vuelta con pereza y olió a lo lejos, entrecerrando los ojos. Luego siguió el alambrado, dando mugidos ahogados que silbaban.

Desde la tranquera, los caballos y las vacas miraban. En un lugar, el toro pasó los cuernos bajo el alambre de púa. Con la frente lo levantó hacia arriba con violencia. Y la enorme bestia pasó, arqueando el lomo. Con cuatro pasos más, ya estaba en medio de la avena. Entonces las vacas fueron hacia allá e intentaron pasar también. Pero a las vacas les falta, está claro, la decisión masculina de aceptar rasguños con sangre en la piel. Apenas metían el cuello, lo sacaban rápido, moviendo la cabeza de un lado a otro, mareadas.

Los caballos seguían mirando.

—No pasan —dijo el malacara.

—El toro pasó —respondió el alazán—. Come mucho.

Por costumbre, la pareja iba a seguir también el alambrado. Pero entonces les llegó un mugido, claro y fuerte ahora. Dentro del avenal, el toro saltaba y fingía atacar. Bramaba frente al chacarero, que trataba de golpearlo con un palo.

—¡Añá!… Te voy a dar saltitos… —gritaba el hombre.

Barigüí seguía bailando y bramando delante del hombre, y esquivaba los golpes. Así se movieron unos cincuenta metros. Al final, el chacarero pudo empujar a la bestia contra el alambrado. Pero el toro tenía la decisión pesada y bruta de su fuerza. Metió la cabeza entre los hilos y pasó. Los alambres sonaron con un ruido agudo, como un violín, y las grampas salieron volando a veinte metros.

Los caballos vieron que el hombre volvía corriendo a su rancho. Luego salió otra vez, con la cara pálida. Vieron también que saltaba el alambrado y venía hacia ellos con paso decidido. Por eso los dos compañeros se fueron hacia atrás por el camino, en dirección a su chacra.

Los caballos caminaban obedientes, a pocos pasos delante del hombre. Así llegaron junto con él a la chacra del dueño del toro, y pudieron oír la conversación.

Por lo que se oyó, está claro que el hombre había sufrido muchísimo con el toro del polaco. Ninguna plantación se salvaba, aunque estuviera escondida dentro del monte. Ningún alambrado lo paraba, aunque estuviera muy tenso y tuviera muchísimos hilos. Con su costumbre de robar comida, el toro lo rompía todo. También se ve que los vecinos estaban hartos de la bestia y de su dueño, por los destrozos que hacía sin parar. Pero en esa región la gente casi nunca denuncia ante el Juzgado de Paz los daños de los animales. No lo hacen aunque los daños sean muy duros. Por eso el toro seguía comiendo en todas partes, menos en la chacra de su dueño. Y al dueño, además, parecía que esto le divertía mucho.

Así, los caballos vieron y oyeron al chacarero enojado y al polaco astuto.

—¡Es la última vez, don Zaninski, que vengo a verlo por su toro! Acaba de pisotearme toda la avena. ¡Ya no se puede más!

El polaco era alto y tenía ojos pequeños y azules. Hablaba con una voz muy aguda y dulce, de falsete.

—¡Ah, toro, malo! ¡Mí no puede! ¡Mí ata, escapa! ¡Vaca tiene culpa! ¡Toro sigue vaca!

—¡Yo no tengo vacas, usted bien sabe!

—¡No, no! ¡Vaca Ramírez! ¡Mí queda loco, toro!

—¡Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo sabe también!

—¡Sí, sí, alambre! ¡Ah, mí no sabe!…

—¡Bueno!, vea, don Zaninski: yo no quiero problemas con los vecinos. Pero tenga cuidado con su toro, por última vez. Que no entre por el alambrado del fondo. En el camino voy a poner alambre nuevo.

—¡Toro pasa por camino! ¡No fondo!

—Es que ahora no va a pasar por el camino.

—¡Pasa, toro! ¡No púa, no nada! ¡Pasa todo!

—No va a pasar.

—¿Qué pone?

—Alambre de púa… pero no va a pasar.

—¡No hace nada púa!

—Bueno; haga lo posible para que no entre. Porque si pasa, se va a lastimar.

El chacarero se fue. Igual que antes, está claro lo que pasó después. El polaco malicioso se rio una vez más de las gracias de su animal. Y tuvo lástima, si eso era posible, de su vecino. ¡El pobre iba a construir un alambrado que su toro no pudiera pasar! Seguramente se frotó las manos:

—¡Mí no podrán decir nada esta vez si toro come toda avena!

Los caballos volvieron a tomar el camino que los alejaba de su chacra. Un rato después llegaron al lugar donde Barigüí había hecho su hazaña. La bestia seguía allí, inmóvil en medio del camino. Desde hacía un cuarto de hora miraba un punto fijo a lo lejos, muy serio y con la cabeza vacía. Detrás de él, las vacas dormitaban al sol, que ya calentaba, y rumiaban.

Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas abrieron los ojos con desprecio:

—Son los caballos. Querían pasar el alambrado. Y tienen soga.

—¡Barigüí sí pasó!

—A los caballos un solo hilo los contiene.

—Son flacos.

Esto pareció herir de verdad al alazán, que volvió la cabeza:

—Nosotros no estamos flacos. Ustedes sí están. No va a pasar más aquí —añadió. Y señaló los alambres caídos, obra de Barigüí.

—¡Barigüí pasa siempre! Después pasamos nosotras. Ustedes no pasan.

—No va a pasar más. Lo dijo el hombre.

—Él comió la avena del hombre. Nosotras pasamos después.

El caballo vive más cerca del hombre que la vaca, y por eso lo quiere bastante más. Por esa razón, el malacara y el alazán tenían fe en el alambrado que iba a construir el hombre.

La pareja siguió su camino. Momentos después, ante el campo libre que se abría delante, los dos caballos bajaron la cabeza a comer. Ya se habían olvidado de las vacas.

Era tarde ya. El sol acababa de ponerse cuando los dos caballos se acordaron del maíz y emprendieron la vuelta. En el camino vieron al chacarero, que cambiaba todos los postes de su alambrado. A su lado había un hombre rubio, a caballo, que lo miraba trabajar.

—Le digo que va a pasar —decía el hombre rubio.

—No pasará dos veces —respondía el chacarero.

—¡Usted verá! ¡Esto es un juego para el maldito toro del polaco! ¡Va a pasar!

—No pasará dos veces —repetía el otro, terco.

Los caballos siguieron. Todavía oían palabras sueltas:

—… reír!

—… veremos.

Dos minutos después, el hombre rubio pasó a su lado a trote inglés. El malacara y el alazán no conocían ese paso y se sorprendieron un poco. Miraron al hombre, que iba con prisa, hasta que se perdió en el valle.

—¡Curioso! —dijo el malacara, después de un largo rato—. El caballo va al trote y el hombre al galope.

Siguieron adelante. En ese momento estaban en lo alto de la loma, como esa mañana. Sobre el cielo pálido y frío, sus siluetas se veían negras. Iban en pareja, mansos, con la cabeza baja: el malacara delante y el alazán detrás. Durante el día, el sol había llenado el aire de demasiada luz. A esa hora del atardecer, en cambio, el aire se volvía transparente, casi como en un funeral. El viento había parado del todo. Con la calma de la tarde, el termómetro empezaba a bajar rápido. El valle helado echaba una humedad que penetraba. Esa humedad formaba una niebla baja en el fondo oscuro de las laderas. En la tierra, ya fría, volvía el olor de invierno a pasto quemado. Y cuando el camino pasaba al lado del monte, el aire se volvía de golpe más frío y húmedo. Entonces se ponía demasiado pesado, por el perfume de azahar.

Los caballos entraron por el portón de su chacra, porque el muchacho, que hacía sonar el cajoncito de maíz, oyó su relincho ansioso y tembloroso. Todos pensaron que la idea de la aventura había sido del viejo alazán. Él recibió ese honor, y como premio le pusieron una soga, por lo que pudiera pasar.

Pero a la mañana siguiente los caballos se escaparon otra vez. Era ya bastante tarde, por la niebla espesa. Cruzaron otra vez el tabacal salvaje y pisaron sin ruido el pasto helado. Y pasaron por la tranquera, que seguía abierta.

La mañana estaba llena de sol, ya muy alto, y brillaba de luz. El calor era demasiado fuerte y anunciaba un cambio de tiempo muy pronto. Después de pasar la loma, los caballos vieron de pronto a las vacas paradas en el camino. Recordaron la tarde anterior, y levantaron las orejas y caminaron más rápido. Querían ver cómo era el nuevo alambrado.

Pero cuando llegaron, la desilusión fue grande. En los postes nuevos, oscuros y torcidos, había solo dos alambres de púa. Eran gruesos, tal vez, pero eran solo dos.

Los caballos no eran muy atrevidos. Pero la vida siempre en las chacras les había dado cierta experiencia en cercos. Miraron todo con atención, sobre todo los postes.

—Son de madera de ley —dijo el malacara.

—Sí, de corazón de árbol, quemados.

Y después de mirar otra vez largo rato, dijo:

—El hilo pasa por el medio, no hay grampas.

—Están muy cerca uno de otro.

Sí, los postes estaban cerca, sin duda: a tres metros. Pero había solo dos pobres alambres en lugar de los cinco hilos del cerco anterior. Eso desilusionó a los caballos. ¿Cómo podía creer el hombre que aquel alambrado para terneros iba a contener al terrible toro?

—El hombre dijo que no iba a pasar —se atrevió a decir, sin embargo, el malacara.

El malacara era el favorito de su amo y comía más maíz. Por eso creía más en él.

Pero las vacas lo habían oído.

—Son los caballos. Los dos tienen soga. Ellos no pasan. Barigüí pasó ya.

—¿Pasó? ¿Por aquí? —preguntó el malacara, desanimado.

—Por el fondo. Por aquí pasa también. Comió la avena.

Mientras tanto, la vaquilla charlatana había intentado meter los cuernos entre los hilos. Se oyó una vibración aguda, y luego un golpe seco en los cuernos. Los caballos se quedaron quietos, esperando.

—Los alambres están muy estirados —dijo el alazán, después de mirar largo rato.

—Sí. Más estirados no se puede…

Y los dos, sin quitar los ojos de los hilos, pensaban de forma confusa cómo se podría pasar entre ellos.

Mientras tanto, las vacas se animaban unas a otras.

—Él pasó ayer. Pasa el alambre de púa. Nosotras después.

—Ayer no pasaron. Las vacas dicen sí, y no pasan —oyeron decir al alazán.

—¡Aquí hay púa, y Barigüí pasa! ¡Allí viene!

El toro avanzaba hacia el avenal, por dentro, a lo largo del monte del fondo. Todavía estaba a doscientos metros. Todas las vacas se pusieron de frente al cerco y seguían con los ojos a la bestia que invadía. Los caballos, quietos, levantaron las orejas.

—¡Come toda avena! ¡Después pasa!

—Los hilos están muy estirados… —dijo otra vez el malacara. Seguía tratando de imaginar qué pasaría si…

—¡Comió la avena! ¡El hombre viene! ¡Viene el hombre! —gritó la vaquilla charlatana.

En efecto, el hombre acababa de salir del rancho e iba hacia el toro. Traía el palo en la mano, pero no parecía furioso. Eso sí, estaba muy serio y con la frente arrugada.

El animal esperó a que el hombre llegara frente a él. Entonces empezó a mugir y a amenazar con los cuernos. El hombre avanzó más, y el toro empezó a ir hacia atrás. Seguía bramando y destrozaba la avena con sus saltos de bestia. Hasta que, ya a diez metros del camino, se dio la vuelta. Dio un último mugido de desafío, burlón, y se lanzó contra el alambrado.

—¡Viene Barigüí! ¡Él pasa todo! ¡Pasa alambre de púa! —llegaron a gritar las vacas.

El enorme toro venía con el impulso de su trote pesado. Bajó la cabeza y metió los cuernos entre los dos hilos. Se oyó un quejido agudo del alambre. Fue un ruido fuerte, que corrió de poste en poste hasta el fondo. Y el toro pasó.

Pero tenía el lomo y el vientre abiertos, muy hondo, desde el pecho hasta las ancas. De allí caían ríos de sangre. La bestia, sin entender nada, se quedó un instante quieta y temblando. Luego se alejó al paso, llenando el pasto de sangre. A los veinte metros se echó al suelo, con un suspiro ronco.

A mediodía, el polaco fue a buscar a su toro. Lloró en falsete delante del chacarero, que no mostró ninguna emoción. El animal se había levantado y podía caminar. Pero su dueño comprendió que curarlo le costaría mucho trabajo, si es que aún era posible. Por eso lo carneó esa tarde. Y al día siguiente, por casualidad, al malacara le tocó llevar algo a su casa. En la maleta llevó dos kilos de carne del toro muerto.

### Glosario

- **alazán**: caballo de color rojizo.
- **malacara**: caballo con la cara blanca.
- **potrero**: campo cerrado donde están los caballos.
- **capuera**: monte que volvió a crecer después de cortarlo.
- **chircal**: terreno lleno de arbustos.
- **alambrado**: cerca hecha con alambre.
- **alambre de púa**: alambre con puntas que cortan.
- **tranquera**: puerta de palos en una cerca.
- **relincho / relinchos**: voz del caballo.
- **oblicua**: inclinada, en diagonal.
- **chacarero**: hombre que tiene y trabaja una chacra, una pequeña finca de campo.
- **vaquillona / vaquilla**: vaca joven.
- **mugido**: voz de la vaca o del toro.
- **bramar**: dar mugidos fuertes, con furia.
- **grampas**: clavos en forma de U que sujetan el alambre al poste.
- **falsete**: voz muy aguda, más alta que la natural.
- **trote**: paso rápido de un caballo, entre caminar y galopar.
- **soga**: cuerda; aquí, la que se ata al caballo.
- **¡Añá!**: palabra guaraní de enfado, como "¡diablo!".
- **carnear**: matar un animal para comer su carne.
- **maleta**: aquí, bolsa que se lleva sobre el caballo.

## Los mensú

Cayetano Maidana y Esteban Podeley eran peones de obraje. Volvían a Posadas en el *Silex*, con quince compañeros. Podeley era labrador de madera. Volvía después de nueve meses, con la contrata terminada, y por eso tenía el pasaje gratis. Cayé era mensualero y llegaba en las mismas condiciones. Pero él volvía después de un año y medio, el tiempo que necesitó para pagar su cuenta.

Estaban flacos y sin peinar. Iban en calzoncillos, con la camisa abierta en largos cortes. Iban descalzos, como la mayoría, y sucios, como todos. Los dos mensú se comían con los ojos Posadas, la capital del bosque. Esa ciudad era a la vez el paraíso y el lugar de sufrimiento de sus vidas: su Jerusalén y su Gólgota. ¡Nueve meses allá arriba! ¡Un año y medio! Pero por fin volvían. La vida del obraje todavía les dolía como un hachazo. Pero ese dolor era apenas el roce de una astilla al lado del enorme placer que olían en la ciudad.

De cien peones, solo dos llegan a Posadas con dinero. El río los lleva aguas abajo hacia una semana de gloria. Para pagarla, cuentan con el anticipo de una nueva contrata. En la playa los espera un grupo de muchachas, alegres de carácter y de profesión. Ellas ayudan a gastar y hacen de intermediarias. Al verlas, los mensú, sedientos de placer, lanzan su grito de locura: ¡ahijú!

Cayé y Podeley bajaron del barco tambaleándose, borrachos solo de pensar en la fiesta. En un momento estaban rodeados de tres o cuatro amigas. Y en otro momento ya tenían delante bastante caña para calmar el hambre de alcohol de un mensú.

Un instante después estaban borrachos y con una nueva contrata firmada. ¿Para qué trabajo? ¿Dónde? No lo sabían, y tampoco les importaba. Sí sabían que tenían cuarenta pesos en el bolsillo y permiso para gastar mucho más. Estaban descansados y felices de alcohol, casi babeaban. Obedientes y torpes, los dos siguieron a las muchachas para vestirse. Las muchachas eran listas. Los llevaron a una tienda que les pagaba a ellas un tanto por ciento. O tal vez los llevaron al almacén de la misma casa que contrataba a los peones. En una o en otro, las muchachas renovaron su ropa de lujo, de colores muy llamativos. Se llenaron la cabeza de peinetas grandes y el cuello de cintas. Todo lo robaron con total sangre fría a la generosidad borracha de su compañero. Porque lo único que un mensú posee de verdad es una brutal indiferencia por su dinero.

Por su parte, Cayé compró muchos más perfumes, lociones y aceites de los necesarios. Con ellos perfumó su ropa nueva hasta dar asco. Podeley, más sensato, insistió en comprar un traje de paño. Posiblemente pagaron muy cara una cuenta que apenas escucharon. La pagaron con un montón de billetes tirados sobre el mostrador. Pero de todos modos, una hora después subían a un coche descubierto, con ropa nueva. Llevaban botas, el poncho al hombro y, claro, el revólver 44 en el cinturón. La ropa iba llena de cigarrillos, que deshacían torpemente entre los dientes. De cada bolsillo salía la punta de un pañuelo. Los acompañaban dos muchachas, orgullosas de tanta riqueza. Lo grande de esa riqueza se notaba en la cara un poco aburrida de los mensú. Mañana y tarde iban por las calles calientes. Llevaban con ellos un olor fuerte a tabaco negro y a perfume barato del obraje.

Por fin llegaba la noche, y con ella la bailanta. Allí las mismas muchachas listas hacían beber a los mensú. Ellos se sentían reyes con el dinero del anticipo. Pagaban 10 pesos por una botella de cerveza y recibían 1.40 de cambio. Lo guardaban sin mirarlo siquiera.

Así gastaban sin parar nuevos adelantos. Tenían una necesidad irresistible de vivir siete días como grandes señores, para compensar las miserias del obraje. Y así, el *Silex* volvió a subir el río. Cayé llevó una compañera. Los dos, borrachos como los demás peones, se instalaron en la cubierta. Allí ya se amontonaban diez mulas, muy juntas, con baúles, bultos, perros, mujeres y hombres.

Al día siguiente, con la cabeza ya despejada, Podeley y Cayé miraron sus libretas. Era la primera vez que lo hacían desde la contrata. Cayé había recibido 120 en efectivo y 35 en compras. Podeley había recibido 130 y 75.

Los dos se miraron. Su cara podría haber sido de espanto, pero un mensú ya está totalmente curado de ese malestar. No recordaban haber gastado ni la quinta parte.

—¡Añá…! —murmuró Cayé—. No voy a cumplir nunca…

Y desde ese momento tuvo, sencillamente, la idea de escaparse de allá. Fue como un justo castigo por todo lo que había gastado.

Sin embargo, a él le parecía que su vida en Posadas había sido totalmente justa. Por eso sintió celos del adelanto más grande que le habían dado a Podeley.

—Vos tenés suerte… —dijo—. Grande, tu anticipo…

—Vos traés compañera —le respondió Podeley—, eso te cuesta para tu bolsillo…

Cayé miró a su mujer. Para elegir mujer, a un mensú le importan muy poco la belleza y otras cualidades morales. Pero quedó satisfecho. La muchacha, en efecto, brillaba con su traje de raso: falda verde y blusa amarilla. En el cuello sucio lucía un collar triple de perlas. Llevaba zapatos Luis XV y las mejillas pintadas de forma brutal. Bajo los ojos medio cerrados fumaba un cigarro de hoja, con desprecio.

Cayé miró a la muchacha y miró su revólver 44. De verdad, era lo único que valía algo de todo lo que llevaba. Y el revólver también podía perderse, como el anticipo. Bastaba con que le dieran ganas de jugar, aunque fueran muy pequeñas.

A dos metros de él, sobre un baúl puesto de pie, los mensú jugaban al monte. Jugaban todo lo que tenían, muy concentrados. Cayé miró un rato, riéndose. Los peones siempre se ríen cuando están juntos, sea cual sea el motivo. Después se acercó al baúl, eligió una carta y puso sobre ella cinco cigarros.

Era un comienzo modesto. Pero podía darle bastante dinero para pagar el adelanto en el obraje. Así podría volver en el mismo vapor a Posadas, para gastar un nuevo anticipo.

Perdió. Perdió los otros cigarros, perdió cinco pesos, el poncho, el collar de su mujer, sus propias botas y su 44. Al día siguiente recuperó las botas, pero nada más. La muchacha, con el cuello desnudo, se consolaba fumando sin parar cigarros, con desprecio.

Podeley ganó el famoso collar, después de que pasó por muchísimos dueños. También ganó una caja de jabones perfumados. Logró jugarla a cambio de un machete y media docena de medias. Y así quedó satisfecho.

Por fin habían llegado. Los peones subieron la interminable cinta roja del camino que subía por la barranca. Desde arriba, el *Silex* se veía pequeño y hundido en el río oscuro y triste. Estaban alegres, y despidieron al vapor con ahijús y terribles insultos en guaraní. El vapor iba a necesitar tres horas de lavado con agua. Solo así se iría el olor asqueroso a suciedad, a pachulí y a mulas enfermas. Ese olor había subido el río con él durante cuatro días.

* * *

Para Podeley, la vida en el obraje no era dura. Era labrador de madera, y su paga diaria podía llegar a siete pesos. Ya estaba acostumbrado a esa vida. Había dejado de pedir justicia exacta cuando medían la madera que él cortaba. Los robos de siempre los compensaba con algunos privilegios que tiene un buen peón. Al día siguiente le marcaron su zona de bosque, y empezó su nueva etapa. Con hojas de palmera construyó su cobertizo: solo el techo y la pared del sur. Llamó cama a ocho palos puestos en horizontal, y nada más. De un poste colgó la comida de la semana. Y volvió a empezar, sin pensar, sus días de obraje. Al levantarse, todavía de noche, tomaba mate en silencio. Tomaba uno tras otro, sin soltar la pava de la mano. Después buscaba madera en el monte. A las ocho desayunaba harina, charque y grasa. Luego venía el hacha, con el pecho desnudo. Su sudor atraía tábanos, barigüís y mosquitos. Después almorzaba porotos y maíz, que flotaban en la grasa de siempre. Por la tarde volvía a luchar con las piezas de 8 por 30. Y de noche terminaba el día con el yopará que había sobrado del mediodía.

A veces tenía algún problema con otros labradores, que entraban en su zona. A veces se aburría en los días de lluvia, sentado en cuclillas frente a la pava. Fuera de eso, el trabajo seguía hasta el sábado por la tarde. Entonces lavaba su ropa. Y el domingo iba al almacén a comprar comida.

Ese era el verdadero momento de descanso de los mensú. Lo olvidaban todo entre las maldiciones de su lengua natal. Los precios subían siempre, y ellos lo aceptaban con un fatalismo indígena. Ya pagaban cinco pesos por un machete y ochenta centavos por un kilo de galleta. Lo aceptaban con un ¡añá! y una mirada riendo a los compañeros. Pero ese mismo fatalismo les dictaba también un deber, como una pequeña venganza: escapar del obraje en cuanto pudieran. No todos tenían esa ambición en el pecho. Pero todos los peones comprendían ese deseo de devolver la injusticia. Si alguna vez llegaba, sería como un mordisco en las mismas tripas del patrón. El patrón, por su parte, llevaba la lucha hasta el final. Vigilaba a su gente día y noche, y sobre todo a los mensualeros.

En ese tiempo los mensú trabajaban en la planchada. Tiraban troncos al río entre gritos que no terminaban nunca. Los gritos subían más cuando la alzaprima bajaba a toda velocidad y las mulas no podían frenarla. Entonces las mulas rodaban unas sobre otras, dando tumbos. Vigas, animales y carretas, todo quedaba bien mezclado. Pocas veces se lastimaban las mulas, pero el escándalo era el mismo.

Cayé, entre risa y risa, pensaba siempre en su fuga. Ya estaba harto de revirados y de yoparás. Pensar en la huida le hacía esa comida todavía más pesada. Pero aún no se iba porque le faltaba un revólver. Y, claro, por el winchester del capataz. ¡Pero si tuviera un 44!…

Esta vez la suerte le llegó por un camino bastante raro.

La compañera de Cayé ya no tenía su ropa de lujo y lavaba la ropa de los peones. Un día se fue a vivir a otra casa. Cayé esperó dos noches. A la tercera fue a la casa del hombre que lo había reemplazado. Allí le dio a la muchacha una paliza tremenda. Después, los dos mensú se quedaron solos, charlando. Al final se pusieron de acuerdo para vivir juntos. Para eso, el seductor se fue a vivir con la pareja. Era económico y bastante sensato. Pero al otro mensú, al parecer, le gustaba de verdad la mujer, y eso es raro entre ellos. Entonces Cayé se la ofreció en venta, a cambio de un revólver con balas. El revólver lo sacaría el mismo Cayé del almacén. El trato era sencillo, pero estuvo a punto de romperse, porque a última hora Cayé pidió además un metro de tabaco en cuerda. Al otro mensú le pareció demasiado. Pero al final cerraron el negocio. Los nuevos esposos se instalaron en su rancho. Mientras tanto, Cayé cargaba con cuidado su 44. Después se fue a pasar con ellos el resto de la tarde lluviosa, tomando mate.

* * *

El otoño terminaba. El cielo había estado seco, con chaparrones de cinco minutos. Pero por fin se estropeó y hubo mal tiempo constante. La humedad les hinchaba el hombro a los mensú. Podeley no había tenido fiebre hasta entonces. Pero un día, al llegar a su viga, se sintió tan sin ganas que se detuvo. Miró a todas partes, pensando qué podía hacer. No tenía ánimo para nada. Volvió a su cobertizo, y en el camino sintió unas ligeras cosquillas en la espalda.

Sabía muy bien qué eran esas pocas ganas y esas cosquillas, casi un temblor. Se sentó con calma, como un filósofo, a tomar mate. Media hora después, un escalofrío hondo y largo le recorrió la espalda bajo la camisa.

No había nada que hacer. Se echó en la cama, temblando de frío, doblado como un gatillo bajo el poncho. Los dientes le castañeteaban sin control.

Al día siguiente, el ataque no esperó hasta el atardecer y volvió a mediodía. Podeley fue a la comisaría a pedir quinina. El chucho se veía tan claramente en su cara que el dependiente le dio los paquetes casi sin mirarlo. Podeley se echó con tranquilidad sobre la lengua aquel polvo terriblemente amargo. Al volver al monte, encontró al mayordomo.

—Vos también —le dijo el mayordomo, mirándolo—, y van cuatro. Los otros no importa… poca cosa. Vos sos cumplidor… ¿Cómo está tu cuenta?

—Falta poco… pero no voy a poder trabajar…

—¡Bah! Curate bien y no es nada… Hasta mañana.

—Hasta mañana —dijo Podeley.

Y se alejó rápido, porque acababa de sentir unas cosquillas suaves en los talones.

El tercer ataque empezó una hora después. Podeley se quedó aplastado, sin ninguna fuerza. Tenía la mirada fija y apagada, como si no pudiera ver más allá de uno o dos metros.

Descansó del todo durante tres días. Para un mensú, eso es la mejor medicina, porque nunca lo espera. Pero solo sirvió para convertirlo en un bulto envuelto en el poncho. Estaba sentado sobre una raíz, con los dientes castañeteando. Antes, su fiebre había tenido un ritmo honrado y regular. Ahora los ataques galopaban, uno detrás de otro, casi sin pausa. Podeley no esperaba nada bueno de eso. Hay fiebre y fiebre. Si la quinina no había cortado del todo el segundo ataque, era inútil quedarse allá arriba, para morir hecho un ovillo en cualquier curva de la picada. Y bajó otra vez al almacén.

—¡Otra vez vos! —lo recibió el mayordomo—. Eso no anda bien… ¿No tomaste quinina?

—Tomé… No me hallo con esta fiebre… No puedo trabajar. Si querés darme para mi pasaje, te voy a cumplir en cuanto me sane…

El mayordomo miró aquella ruina de hombre. La vida que quedaba allí no le pareció que valiera mucho.

—¿Cómo está tu cuenta? —preguntó otra vez.

—Debo veinte pesos todavía… El sábado entregué… Me hallo muy enfermo…

—Sabés bien que mientras tu cuenta no esté pagada, debés quedar. Abajo… podés morirte. Curate aquí, y arreglás tu cuenta en seguida.

¿Curarse de una fiebre peligrosa en el mismo lugar donde la había agarrado? No, por supuesto. Pero el mensú que se va puede no volver. Y el mayordomo prefería un hombre muerto a un deudor lejano.

Podeley nunca había dejado de cumplir nada. Ese es el único orgullo que se permite un buen mensú delante de su patrón.

—¡No me importa que hayas dejado o no de cumplir! —le respondió el mayordomo—. ¡Pagá tu cuenta primero, y después veremos!

Esta injusticia con él creó, lógica y rápidamente, el deseo de venganza. Podeley fue a vivir con Cayé, cuyo carácter conocía bien. Y los dos decidieron escaparse el domingo siguiente.

Pero al día siguiente, viernes, hubo en el obraje un movimiento poco común.

—¡Ahí tenés! —gritó el mayordomo cuando se encontró con Podeley—. Anoche se han escapado tres… ¿Eso es lo que te gusta, no? ¡Esos también eran cumplidores! ¡Como vos! ¡Pero antes vas a reventar aquí, que salir de la planchada! ¡Y mucho cuidado, vos y todos los que están oyendo! ¡Ya saben!

Para huir y enfrentar sus peligros, el mensú necesita todas sus fuerzas. Y la decisión de huir es capaz de frenar algo más que una fiebre peligrosa. Además, ya había llegado el domingo. Fingieron que lavaban ropa. Fingieron que tocaban la guitarra en el rancho de uno o de otro. Así engañaron la vigilancia. Y de pronto Podeley y Cayé se encontraron a mil metros de la comisaría.

Mientras no se sintieran perseguidos, no iban a dejar la picada, porque Podeley caminaba mal. Y aun así…

El monte tiene un eco especial, y por él les llegó, lejana, una voz ronca:

—¡A la cabeza! ¡A los dos!

Un momento después aparecieron en una curva de la picada el capataz y tres peones, corriendo. La cacería empezaba.

Cayé preparó su revólver para disparar, sin dejar de avanzar.

—¡Entregáte, añá! —les gritó el capataz.

—Entremos en el monte —dijo Podeley—. Yo no tengo fuerza para mi machete.

—¡Volvé o te tiro! —llegó otra voz.

—Cuando estén más cerca… —empezó Cayé.

Una bala de winchester pasó silbando por la picada.

—¡Entrá! —le gritó Cayé a su compañero.

Y se protegió detrás de un árbol. Desde allí disparó hacia ellos los cinco tiros de su revólver.

Le respondieron unos gritos agudos. Otra bala de winchester hizo saltar la corteza del árbol.

—¡Entregáte o te voy a dejar la cabeza…!

—¡Andá no más! —le insistió Cayé a Podeley—. Yo voy a…

Y después de otra descarga, entró en el monte.

Los disparos detuvieron un momento a los perseguidores. Después se lanzaron adelante, furiosos. Con el winchester, tiro tras tiro, barrían el camino por donde seguramente iban los que huían.

A 100 metros de la picada, y en línea paralela a ella, Cayé y Podeley se alejaban. Iban doblados hasta el suelo para evitar las lianas. Los perseguidores lo sospechaban. Pero dentro del monte, el que ataca tiene cien posibilidades contra una de morir. Una bala en medio de la frente puede pararlo en cualquier momento. Por eso el capataz se contentaba con disparar salvas de winchester y gritar desafíos. Además, los tiros que hoy fallaban habían dado muy bien en el blanco la noche del jueves…

El peligro había pasado. Los dos hombres se sentaron, agotados. Podeley se envolvió en el poncho y se apoyó en la espalda de su compañero. Pagó aquel esfuerzo con dos horas terribles de chucho.

Siguieron la fuga, siempre sin perder de vista la picada. Cuando por fin llegó la noche, acamparon. Cayé había llevado chipas. Podeley encendió fuego, aunque eso traía mil problemas. En ese país, además de los pavones, hay otros seres que se sienten atraídos por la luz, sin contar a los hombres.

A la mañana siguiente, con el sol ya muy alto, encontraron el riacho. Era la primera y la última esperanza de los que se escapaban. Cayé cortó doce tacuaras, sin elegirlas con mucho cuidado. Podeley usó sus últimas fuerzas para cortar los isipós. Apenas tuvo tiempo de hacerlo antes de enroscarse a temblar.

Así que Cayé construyó solo la jangada. Eran diez tacuaras atadas a lo largo con lianas, con una tacuara atravesada en cada punta.

Diez segundos después de terminarla, subieron a ella. Y la pequeña jangada, llevada a la deriva por el agua, entró en el Paraná.

En esa época del año, las noches son demasiado frescas. Los dos mensú, con los pies en el agua, pasaron la noche helados, uno junto al otro. El Paraná llegaba cargado de lluvias inmensas. Su corriente retorcía la jangada en los remolinos, que hervían. Y poco a poco aflojaba los nudos de isipó.

En todo el día siguiente comieron dos chipas, lo último que les quedaba. Podeley casi no las probó. Los tambús habían agujereado las tacuaras, y las tacuaras se hundían. Al caer la tarde, la jangada estaba un palmo por debajo del nivel del agua.

El río era salvaje, encerrado entre altas y tristes paredes de bosque. No se oía allí ni el más lejano grito humano. Los dos hombres, con el agua hasta las rodillas, iban a la deriva, girando sobre sí mismos. A veces se paraban un momento, quietos, delante de un remolino. Luego seguían otra vez. Apenas se sostenían sobre las tacuaras, casi sueltas, que se les escapaban de los pies. La noche era negra como la tinta. Sus ojos desesperados no lograban ver nada.

El agua ya les llegaba al pecho cuando tocaron tierra. ¿Dónde? No lo sabían… un pajonal. Pero allí mismo, en la orilla, se quedaron quietos, tendidos de espaldas.

Cuando despertaron, el sol ya brillaba con fuerza. El pajonal entraba veinte metros en la tierra y servía de orilla entre el río y el bosque. A media cuadra al sur estaba el riacho Paranaí. Decidieron cruzarlo a pie cuando recuperaran las fuerzas. Pero las fuerzas no volvían tan rápido como querían, porque los brotes y los gusanos de tacuara dan fuerza muy despacio. Y durante veinte horas llovió. La lluvia convirtió el Paraná en aceite blanco y el Paranaí en una crecida furiosa. Todo era imposible. De pronto Podeley se levantó, chorreando agua. Se apoyó en el revólver para levantarse, y apuntó. Ardía de fiebre.

—¡Pasá, añá!…

Cayé vio que poco podía esperar de aquel delirio. Se agachó disimuladamente para alcanzar un palo y golpear a su compañero. Pero el otro insistió:

—¡Andá al agua! ¡Vos me trajiste! ¡Bandeá el río!

Los dedos lívidos temblaban sobre el gatillo.

Cayé obedeció. Se dejó llevar por la corriente y desapareció detrás del pajonal. Con un esfuerzo terrible, logró llegar a la orilla.

Desde allí volvió por detrás, espiando a su compañero, y recogió el revólver caído. Pero Podeley estaba otra vez tendido de costado, con las rodillas dobladas hasta el pecho. La lluvia no paraba. Cuando Cayé se acercó, Podeley levantó la cabeza. Casi sin abrir los ojos, ciegos por el agua, murmuró:

—Cayé… caray… Frío muy grande…

Siguió lloviendo toda la noche sobre el moribundo. Era la lluvia blanca y sorda de los diluvios de otoño. Y en la madrugada, Podeley quedó inmóvil para siempre en su tumba de agua.

Cayé se quedó en el mismo pajonal. Durante siete días, el bosque, el río y la lluvia lo tuvieron encerrado. El mensú comió todas las raíces y gusanos que pudo encontrar. Poco a poco perdió las fuerzas. Al final quedó sentado, muriéndose de frío y de hambre, con los ojos fijos en el Paraná.

El *Silex* pasó por allí al atardecer y recogió al mensú, que ya estaba casi muerto. Pero al día siguiente su felicidad se convirtió en terror. Se dio cuenta de que el vapor subía el río.

—¡Por favor te pido! —le lloriqueó al capitán—. ¡No me bajen en Puerto X! ¡Me van a matar!… ¡Te lo pido de veras!…

El *Silex* volvió a Posadas con el mensú, todavía empapado de pesadillas.

Pero diez minutos después de bajar a tierra, ya estaba borracho, con una nueva contrata. Y se iba tambaleando a comprar perfumes.

### Glosario

- **mensú / mensualero**: peón que trabaja en los obrajes y cobra por mes.
- **obraje**: lugar en la selva donde se corta madera.
- **peón / peones**: trabajador del campo o del obraje.
- **labrador de madera**: peón que corta los troncos y les da forma en el obraje.
- **revólver**: pistola con un tambor para las balas.
- **winchester**: tipo de rifle, arma larga de fuego.
- **gatillo**: pieza del arma que se aprieta con el dedo para disparar.
- **baúl**: caja grande para guardar ropa y otras cosas.
- **cobertizo**: techo sencillo, con poca o ninguna pared, para protegerse.
- **cosquillas**: sensación ligera en la piel, como de algo que se mueve sobre ella.
- **riacho**: río pequeño.
- **lianas**: plantas largas y delgadas, como cuerdas, que cuelgan de los árboles en la selva.
- **pajonal**: terreno con hierba alta y dura.
- **contrata**: contrato de trabajo.
- **anticipo**: dinero que se recibe antes de hacer el trabajo.
- **caña**: aguardiente, bebida alcohólica fuerte.
- **bailanta**: lugar popular de baile.
- **libreta**: cuaderno donde se anota lo que el peón debe.
- **planchada**: lugar donde se cargan los troncos.
- **alzaprima**: carro grande para mover troncos.
- **chucho**: fiebre de la malaria, con temblores.
- **quinina**: medicina contra la malaria.
- **jangada**: balsa hecha con troncos o cañas.
- **tacuara**: caña muy gruesa, como el bambú.
- **¡añá!**: palabra guaraní de enfado, como "¡diablo!".

## Yaguaí

Bueno, no podía estar en otro lugar. Yaguaí olió la piedra, un bloque sólido de mineral de hierro. Después dio una vuelta alrededor, con cuidado. Era mediodía en Misiones, y bajo el sol el aire temblaba sobre la roca negra. Eso no le gustaba al fox-terrier. Pero allí abajo estaba la lagartija. Volvió a dar la vuelta. Echó aire con fuerza por la nariz en una grieta. Y, para honor de su raza, rascó un instante el bloque ardiente. Después volvió con paso perezoso. Pero eso no le impedía oler con método a los dos lados del camino.

Entró en el comedor y se echó entre el aparador y la pared. Era un refugio fresco, y él lo consideraba suyo, aunque toda la casa opinaba lo contrario. Aquel rincón oscuro era admirable cuando el aire estaba pesado y quieto. Pero se volvía imposible en un día de viento norte. Esto era algo nuevo para el fox-terrier. En él todavía luchaba la herencia de un país templado: Buenos Aires, la patria de sus abuelos y la suya. Allí pasa justamente lo contrario. Por eso salió afuera y se sentó bajo un naranjo. Allí le daba de lleno el viento de fuego, pero se respiraba muchísimo mejor. Los perros sudan muy poco. Por eso Yaguaí apreciaba mucho el viento que secaba su lengua, que colgaba y se movía al respirar.

En ese momento el termómetro llegaba a 40°. Pero los fox-terriers de buena familia no cumplen casi nunca sus promesas de quedarse quietos. Bajo aquel mediodía de fuego, sobre la meseta volcánica, había lagartijas. La arena roja hacía la meseta todavía más ardiente.

Ahora con la boca cerrada, Yaguaí pasó al otro lado del tejido de alambre. Ya estaba en pleno campo de caza. Desde septiembre no había tenido otra ocupación en las siestas de más calor. Esta vez siguió el rastro de cuatro de las pocas lagartijas que quedaban. Cazó tres, perdió una, y entonces se fue a bañar.

A cien metros de la casa, al pie de la meseta y al lado del bananal, había un pozo. Estaba hecho en la roca viva, y su forma era original, porque lo había comenzado con dinamita un profesional, pero lo había terminado un aficionado con una pala. La verdad es que solo tenía dos metros de profundidad. Por un lado tenía una pendiente larga, como una rampa. Su fuente de agua estaba poco honda, pero aguantaba sequías de dos meses. Y eso, en Misiones, tiene mucho mérito.

Allí se bañaba el fox-terrier. Primero metía la lengua. Después se sentaba en el agua y se mojaba el vientre. Y al final cruzaba el pozo nadando. Luego volvía a la casa, si no encontraba algún rastro en el camino. Al caer el sol, volvía otra vez al pozo. Por eso las pulgas le molestaban poco. Y soportaba con bastante facilidad el calor tropical, aunque su raza no había sido creada para él.

El instinto de pelea del fox-terrier se mostró primero, como es normal, contra las hojas secas. Después pasó a las mariposas y a su sombra. Y por fin se fijó en las lagartijas. Ya en noviembre tenía controladas a todas las ratas de la casa. Pero aun así, lo que más le encantaba eran las lagartijas. A veces llegaban peones a la hora de la siesta, por una cosa o por otra. Siempre admiraban lo terco que era el perro, echando aire con fuerza por la nariz en los agujeritos bajo un sol de fuego. Pero su admiración no iba más allá de esa escena de caza.

—Eso —dijo uno un día, señalando al perro con un movimiento de la cabeza— no sirve más que para bichitos…

El dueño de Yaguaí lo oyó:

—Tal vez —respondió—, pero ninguno de los famosos perros de ustedes sería capaz de hacer lo que hace ese.

Los hombres sonrieron sin contestar.

Sin embargo, Cooper conocía bien a los perros de monte. Sabía que eran maravillosos para cazar corriendo detrás de la presa. Y su fox-terrier no sabía hacerlo. ¿Enseñarle? Tal vez. Pero él no tenía cómo.

Justamente esa misma tarde, un peón se quejó a Cooper de los venados. Se estaban comiendo todos los porotos. Pedía una escopeta, porque, aunque tenía un perro, solo podía alcanzarlos *a veces*, con un palo…

Cooper le prestó la escopeta. Y además propuso ir esa noche al rozado.

—No hay luna —dijo el peón.

—No importa. Suelte el perro y veremos si el mío lo sigue.

Esa noche fueron a la plantación. El peón soltó a su perro. El animal se lanzó en seguida a la oscuridad del monte, buscando un rastro.

Al ver partir a su compañero, Yaguaí intentó pasar la barrera de caraguatá, pero no pudo. Por fin lo logró y siguió el rastro del otro. Pero a los dos minutos volvía, muy contento de aquella escapada nocturna. Eso sí: olió todos los agujeritos que había a diez metros a la redonda.

Pero cazar siguiendo un rastro en el monte, al galope, no era para él. Ese galope puede durar desde la madrugada hasta las tres de la tarde. El perro del peón encontró un rastro, muy lejos, y lo perdió en seguida. Una hora después volvió con su amo, y todos juntos regresaron a la casa.

La prueba no demostraba mucho, pero le quitó las ganas a Cooper. Luego se olvidó del asunto. Mientras tanto, el fox-terrier seguía cazando ratas, algún lagarto, algún zorro en su cueva, y lagartijas.

Mientras tanto, los días pasaban, uno tras otro, pesados y con una luz tan fuerte que no dejaba ver. El viento norte no paraba nunca. Doblaba las verduras, que colgaban blandas como trapos, bajo el cielo blanco de los mediodías de fuego. El termómetro seguía en 38-40, sin ninguna esperanza de lluvia. Durante cuatro días el cielo se cargó de nubes. Hubo una calma que ahogaba, y el calor subió todavía más. Todos esperaban que el viento sur trajera mucha lluvia. Tenía que devolver en agua todo el viento de fuego que había llegado del norte durante un mes entero. Pero al final se perdió la esperanza. Y la gente aceptó que venía una sequía terrible.

Desde entonces, el fox-terrier vivió sentado bajo su naranjo, porque cuando el calor pasa cierto límite razonable, los perros no respiran bien echados. Con la lengua fuera y los ojos medio cerrados, vio morir poco a poco todo lo que había brotado en primavera. La huerta se perdió rápidamente. El maizal pasó del verde claro a un blanco un poco amarillo. A fines de noviembre solo quedaban de él unos palitos cortados sobre la tierra negra y triste del rozado. La mandioca era la más heroica de todas, y resistía bien.

La fuente del pozo del fox-terrier se agotó. Día tras día el pozo perdía su agua verdosa, que además estaba muy caliente. Por eso Yaguaí solo iba por la mañana. Pero ahora encontraba allí rastros de apereás, agutíes y hurones. La sequía del monte los obligaba a ir hasta el pozo.

Al volver del baño, el perro se sentaba otra vez. Veía cómo el viento aumentaba poco a poco. El termómetro bajaba a 15 al amanecer, pero llegaba a 41 a las dos de la tarde. El aire era tan seco que el fox-terrier tenía que beber cada media hora. Entonces debía luchar con las avispas y las abejas que llenaban los baldes, muertas de sed. Las gallinas jadeaban tendidas, con las alas en el suelo. Estaban a la triple sombra de los bananos, de la glorieta y de la enredadera de flor roja. No se atrevían a dar un paso sobre la arena ardiente. Y el sol mataba al instante a las hormigas rubias.

Todo lo que el fox-terrier veía alrededor bailaba, mareado de calor. Bailaban los bloques de hierro, las piedritas volcánicas y el mismo monte. Al oeste, en el fondo del valle lleno de bosque, entre las dos sierras, estaba el Paraná. A esa hora parecía muerto, con su agua gris como el cinc. Esperaba la caída de la tarde para revivir. Hasta esa hora, el aire tenía un poco de humo. Entonces el horizonte se cubría de un vapor espeso. Detrás de él, el sol caía sobre el río, ahogado, como un círculo perfecto de sangre. El viento paraba del todo. En el aire, todavía ardiente, Yaguaí arrastraba por la meseta su pequeña mancha blanca. Y las palmeras, inmóviles, se recortaban sobre el río, que parecía de rubí. Daban al paisaje la sensación de un oasis lujoso y oscuro.

Los días seguían iguales. El pozo del fox-terrier se secó. Y esa misma tarde empezaron para Yaguaí las durezas de la vida, que hasta entonces no lo habían tocado.

Desde hacía tiempo, un amigo de Cooper le pedía muchas veces el perrito blanco. Era un hombre de la selva. Pasaba muchas de sus horas libres en el monte, cazando tatetos. Tenía tres perros magníficos para esa caza. Pero a esos perros les gustaba mucho seguir el rastro de los coatíes. Eso le hacía perder tiempo al cazador. Y además podía terminar en un desastre. Cuando un perro no logra agarrar a un coatí, el coatí siempre le corta el cuello de un mordisco.

Un día Fragoso vio trabajar al fox-terrier contra una irara. Yaguaí la obligó a quedarse quieta para siempre. Fragoso pensó que ese perrito tenía un talento especial: mordía justo entre la cruz y el cuello. Así que no era un perro cualquiera, aunque tuviera la cola tan corta. Por eso le pidió muchas veces a Cooper que le prestara a Yaguaí.

—Yo te lo voy a enseñar bien a usted, patrón —le decía.

—Tiene tiempo —respondía Cooper.

Pero en esos días agobiantes, Fragoso vino de visita, y Cooper recordó el asunto. Entonces le entregó su perro, para que le enseñara a correr.

Y corrió, sin duda, mucho más de lo que el mismo Cooper hubiera querido.

Fragoso vivía en la orilla izquierda del Yabebirí. En octubre había plantado un mandiocal, que todavía no daba nada. También había plantado media hectárea de maíz y porotos, que se perdió del todo. Esto último era un problema del cazador y le importaba muy poco a Yaguaí. Lo que sí le cambió la vida fue la nueva comida. En casa de Cooper, Yaguaí movía la cola ante la mandioca hervida, sin nada más, para no ofender a su amo. Y olía el locro por tres o cuatro lados, para no pelearse del todo con la cocinera. Ahora conoció la angustia de los ojos brillantes, fijos en el amo que come. Al final lamía el plato que sus tres compañeros ya habían dejado limpio. Y esperaba con ansia el puñado de maíz hervido que les daban cada día.

Los tres perros salían de noche a cazar por su cuenta. Esto era parte del sistema con que el cazador educaba a sus perros. El hambre llevaba a los otros, naturalmente, al monte, a buscar rastros para comer. Pero al fox-terrier, el hambre lo dejaba quieto en el rancho. Era el único lugar del mundo donde podía encontrar comida. Los perros que no se comen lo que cazan serán siempre malos cazadores. Y justamente la raza de Yaguaí, desde su creación, caza solo por deporte.

Fragoso intentó enseñarle algo al fox-terrier. Pero Yaguaí molestaba mucho más de lo que ayudaba en el trabajo hábil de los tres perros. Por eso, desde entonces, lo dejó en el rancho, esperando mejores tiempos para esa enseñanza.

Mientras tanto, la mandioca del año anterior empezaba a terminarse. Las últimas espigas de maíz cayeron al suelo, blancas y sin un grano. El hambre ya era dura para los tres perros, que habían nacido con ella. Pero a Yaguaí le mordía las tripas. En aquella vida nueva había tomado muy rápido el aspecto de los perros del país: humillado, servil y traicionero. Aprendió a rondar de noche por los ranchos vecinos. Avanzaba con cuidado, con las patas dobladas y elásticas. Al menor ruido peligroso, se hundía despacio al pie de una mata de espartillo. Aprendió a no ladrar, aunque tuviera mucha furia o mucho miedo. Y aprendió a gruñir muy bajo cuando el cuzco de un rancho defendía su casa de los robos. Aprendió a visitar los gallineros. Aprendió a separar con el hocico dos platos puestos uno sobre otro. Y aprendió a llevarse en la boca una lata con grasa, para vaciarla tranquilo en el pajonal. Conoció el gusto de las correas de cuero con sebo y de los zapatones untados de grasa. Conoció el del hollín pegado en una olla. Y alguna vez, el de la miel guardada en un trozo de tacuara. Aprendió a ser prudente y a salir del camino cuando alguien pasaba. Lo seguía con los ojos, agachado entre el pasto. A fines de enero ya no quedaba nada del fox-terrier de antes. Antes tenía la mirada encendida, las orejas firmes sobre los ojos y la cola alta y provocadora. Ahora era un pequeño esqueleto sarnoso. Tenía las orejas echadas hacia atrás y la cola baja y traicionera. Y trotaba a escondidas por los caminos.

La sequía continuaba. Poco a poco, el monte quedó vacío. Los animales se juntaban en los hilos de agua que antes habían sido grandes arroyos. Los tres perros hacían el largo camino hasta el lugar donde bebían los animales. Pero cazaban poco. Allí también iban a beber los yaguareteí, y por eso los animales pequeños desconfiaban. Fragoso estaba preocupado por la ruina del rozado. Además tenía problemas con el dueño de su tierra. No tenía ganas de cazar, ni siquiera por hambre. La situación amenazaba con volverse muy grave. Pero entonces una casualidad dio un poco de ánimo a aquella pobre jauría.

Fragoso tuvo que ir a San Ignacio, y los cuatro perros fueron con él. Con la nariz bien abierta, sintieron un olor fresco de plantas. Era muy débil, es verdad. Pero mostraba que había un poco de vida en aquel infierno de calor y de sequía. En efecto, en esa región la sequía había sido menos dura. Por eso algunos maizales, aunque pobres, seguían en pie.

Ese día no comieron. Pero volvieron jadeando detrás del caballo, y no olvidaron aquel olor fresco. A la noche siguiente salieron juntos, con un trote mudo, hacia San Ignacio. En la orilla del Yabebirí se detuvieron. Olían el agua y levantaban el hocico tembloroso hacia la otra orilla. Entonces salía la luna menguante, con su luz un poco amarilla. Los perros avanzaron con cuidado sobre el río, por encima de las piedras. Aquí saltaban, allá nadaban. Era un paso que, con el agua normal, tiene más de tres metros de profundidad.

Casi sin sacudirse el agua, siguieron su trote silencioso y terco hacia el maizal más cercano. Allí el fox-terrier vio cómo sus compañeros rompían los tallos con los dientes. Devoraban los choclos con mordiscos secos, hasta llegar al centro duro de la mazorca. Él hizo lo mismo. Durante una hora, los perros se movieron de aquí para allá entre las cañas, gruñéndose unos a otros. Estaban en el rozado, negro de árboles quemados. La triste luz de la luna menguante lo hacía todavía más fantasmal.

Volvieron tres veces más. Pero la última noche oyeron un disparo demasiado cerca, y eso los puso en guardia. Sin embargo, justo en esos días Fragoso se mudó a San Ignacio, así que a los perros no les importó mucho.

* * *

Por fin Fragoso había conseguido mudarse allá, al fondo de la colonia. El monte estaba lleno de tacuapí, y eso mostraba que la tierra era excelente. Aquellas enormes masas de bambú, cortadas y tendidas en el suelo con el machete, iban a dar magníficos rozados.

Cuando Fragoso se instaló, el tacuapí empezaba a secarse. Rápidamente limpió y quemó un cuarto de hectárea. Confiaba en algún milagro de lluvia. Y, en efecto, el tiempo cambió. El cielo blanco se volvió gris como el plomo. En las horas de más calor, en el horizonte se veían bordes pálidos de nubes. El termómetro estaba a 39 y el viento norte corría con furia. Al final cayeron doce milímetros de agua. Fragoso, muy contento, los aprovechó para sembrar su maíz. Lo vio nacer. Lo vio crecer magníficamente, hasta cinco centímetros. Pero nada más.

En el tacuapí viven muchísimos roedores, debajo de él. Tal vez se alimentan de sus brotes. Cuando el tacuapí se seca, esos animales se dispersan. El hambre los obliga a ir a las plantaciones. Por eso, una noche, los tres perros de Fragoso salieron y volvieron en seguida, frotándose el hocico mordido. Esa misma noche, Fragoso mató cuatro ratas que atacaban su lata de grasa.

Yaguaí no estaba allí. Pero a la noche siguiente, él y sus compañeros entraban en el monte. El fox-terrier no corría detrás de los rastros. Pero sabía muy bien sacar a los tatús de sus cuevas y encontrar nidos de urúes. Entonces se sorprendió de algo. Sus compañeros daban una gran vuelta para no cruzar el rozado. Yaguaí, sin embargo, entró en él. Un momento después lo mordían en una pata, mientras unas sombras rápidas corrían por todas partes.

Yaguaí vio lo que era. Y en un instante volvieron los ojos brillantes y la cola alta y dura. Volvió la actitud de pelea del admirable perro inglés. Estaba en medio de la vida salvaje del bosque tropical y de la miseria, pero eso no importó. El hambre, la humillación, las malas costumbres: todo se borró en un segundo ante las ratas, que salían de todas partes. Por fin volvió a echarse, lleno de sangre y muerto de cansancio. Pero aún tuvo que saltar detrás de las ratas hambrientas, que invadían de verdad el rancho.

Fragoso quedó encantado. Ya no recordaba aquella energía repentina de nervios y músculos. Y le vino a la memoria la vieja pelea con la irara. Era el mismo mordisco sobre la cruz: un golpe seco de mandíbula, y a otra rata.

También comprendió de dónde venía aquella invasión terrible. Soltó en voz alta una larga serie de maldiciones y dio su maizal por perdido. ¿Qué podía hacer Yaguaí solo? Fue al rozado, acariciando al fox-terrier, y silbó a sus perros. Aquellos perros sabían rastrear tigres. Pero apenas sentían los dientes de las ratas en el hocico, chillaban y se lo frotaban con las dos patas. Fragoso y Yaguaí hicieron solos todo el trabajo de esa noche. Fragoso terminó con la muñeca dolorida. Y Yaguaí echaba por la nariz burbujas de sangre al respirar.

Fragoso y el fox-terrier hicieron todo lo posible para salvar el rozado. Pero en doce días estaba perdido. Las ratas, igual que las martinetas, saben muy bien desenterrar el grano que todavía está pegado a la plantita. El tiempo volvía a ser de fuego y no permitía ni pensar en otra plantación. Fragoso tuvo que ir a San Ignacio a buscar trabajo. Al mismo tiempo, llevaba el perro a Cooper, porque ya no podía darle de comer nada. Lo hacía con verdadera pena. En las últimas aventuras, el fox-terrier había mostrado lo que valía en su verdadero terreno de caza. Por eso el cazador ahora tenía muy buena opinión del perrito blanco.

En el camino, el fox-terrier oyó a lo lejos el ruido de los pajonales del Yabebirí, que ardían con la sequía. Sonaban como carretas en marcha. Al borde del bosque vio a las vacas, que soportaban una nube de tábanos. Doblaban los catiguás con el pecho. Luego subían sobre el tronco doblado hasta alcanzar las hojas. Vio el mismo monte subtropical secándose sobre el suelo de piedras. En el horizonte, lleno de bruma en esas tardes de 38-40, volvió a ver el sol. Caía ahogado, como un círculo rojo y sin brillo.

Media hora después llegaron a San Ignacio. Ya era tarde para ir a la casa de Cooper, y Fragoso dejó la visita para la mañana siguiente. Los tres perros estaban muertos de hambre. Pero no se atrevieron a rondar mucho en un lugar que no conocían. Yaguaí fue la excepción. De pronto se despertó en él el recuerdo de las viejas carreras delante del caballo de Cooper. Y ese recuerdo lo llevó en línea recta a la casa de su amo.

* * *

La sequía ya duraba cuatro meses, y hay que saber lo que eso significa en Misiones. El país vivía una situación anormal. Los perros de los peones ya pasaban hambre en tiempos de abundancia. Ahora sus robos de noche eran intolerables. Cooper había perdido tres gallinas en pleno día. Los perros se las habían llevado al monte. Hay colonos haraganes que llegan a enseñar este truco a sus cachorros. Así el colono y el perro aprovechan juntos la presa. Por eso se comprende que Cooper perdiera la paciencia. Disparaba su escopeta, sin perdonar, contra todo ladrón nocturno. Solo usaba perdigones, pero aun así la lección era dura.

Así, una noche, cuando iba a acostarse, su oído atento oyó un ruido. Eran unas uñas enemigas, que intentaban romper el tejido de alambre. Con un gesto de fastidio, tomó la escopeta. Salió afuera y vio una mancha blanca que avanzaba dentro del patio. Disparó rápidamente. El animal se arrastraba sobre las patas de atrás y daba aullidos agudos. Al oírlos, Cooper tuvo un breve sobresalto. No pudo explicarlo, y se le pasó en seguida. Fue hasta el lugar, pero el perro ya había desaparecido. Y entró otra vez en la casa.

—¿Qué fue, papá? —le preguntó su hija desde la cama—. ¿Un perro?

—Sí —respondió Cooper, mientras colgaba la escopeta—. Le tiré un poco de cerca…

—¿Grande el perro, papá?

—No, es chico.

Pasó un momento.

—¡Pobre Yaguaí! —siguió Julia—. ¡Cómo estará!

De pronto Cooper recordó lo que había sentido al oír aullar al perro. Había allí algo de su Yaguaí… Pero pensó también que era muy poco probable, y se durmió.

A la mañana siguiente, muy temprano, Cooper siguió el rastro de sangre. Y encontró a Yaguaí muerto, al borde del pozo del bananal.

Volvió a casa de muy mal humor. La primera pregunta de Julia fue por el perro chico.

—¿Murió, papá?

—Sí, allá en el pozo… es Yaguaí.

Tomó la pala y fue al pozo. Lo seguían sus dos hijos, muy afligidos. Julia miró un momento, inmóvil. Después se acercó despacio a su padre y lloró junto a su pantalón.

—¡Qué hiciste, papá!

—No sabía, chiquita… Apártate un momento.

Enterró a su perro en el bananal y aplastó la tierra encima. Volvió muy afligido, llevando de la mano a sus dos chicos. Ellos lloraban despacio, para que su padre no los oyera.

### Glosario

- **fox-terrier**: raza de perro pequeño de caza, de origen inglés.
- **lagartija**: lagarto pequeño.
- **lagarto**: animal de cuatro patas, piel de escamas y cola larga.
- **dinamita**: explosivo muy fuerte, para romper rocas.
- **caraguatá**: planta de Misiones de hojas duras con espinas; se usa como cerco.
- **apereás**: pequeños animales del monte, parecidos a un conejo sin cola.
- **agutíes**: animales del monte, como ratas grandes de patas largas.
- **hurones**: animales pequeños y delgados, de cuerpo largo, que cazan otros animales.
- **glorieta**: pequeña construcción en el jardín, con techo, donde hay sombra.
- **enredadera**: planta que sube por las paredes y los palos.
- **sequía**: tiempo largo sin lluvia.
- **rozado**: terreno del monte que se limpia y se quema para plantar.
- **mandioca**: raíz grande que se come.
- **tatetos**: cerdos salvajes del monte.
- **irara**: animal salvaje de Misiones, parecido a una comadreja grande.
- **coatíes**: animales salvajes de Misiones, de cola larga y hocico largo.
- **cuzco**: perro pequeño de casa, que ladra mucho.
- **yaguareteí**: jaguares, tigres de América.
- **tacuapí**: bambú fino que crece en el monte.
- **choclo**: maíz tierno, todavía verde.
- **perdigones**: balas muy pequeñas de escopeta.
- **aparador**: mueble del comedor donde se guardan los platos.
- **peones**: hombres que trabajan en el campo por un pago.
- **galope**: la forma más rápida de correr de un animal.
- **trote**: forma de correr de un animal, no muy rápida.
- **hectárea**: medida de tierra: un cuadrado de cien metros por cien metros.
- **luna menguante**: luna que se hace más pequeña cada noche.

## Los pescadores de vigas

Todo empezó por un juego de muebles de comedor que míster Hall todavía no tenía. Y su fonógrafo fue el anzuelo.

Candiyú lo vio en la oficina provisional de la *Yerba Company*. Allí míster Hall hacía funcionar su fonógrafo con la puerta abierta.

Candiyú, como buen indígena, no mostró ninguna sorpresa. Solo paró su caballo un poco de lado, delante de la luz que salía por la puerta, y miró hacia otra parte. Pero míster Hall era inglés. Y un inglés, al caer la noche, en mangas de camisa por el calor y con una botella de whisky al lado, es cien veces más prudente que cualquier mestizo. Por eso míster Hall no levantó la vista del disco. Así, vencido y conquistado, Candiyú acabó por acercar su caballo a la puerta. Apoyó el codo en el umbral.

—Buenas noches, patrón ¡Linda música!

—Sí, linda—respondió míster Hall.

—¡Linda!—repitió el otro.—¡Cuánto ruido!

—Sí, mucho ruido—asintió míster Hall. Le parecía que las observaciones de su visitante tenían cierta profundidad.

Candiyú admiraba los discos nuevos:

—¿Te costó mucho a usted, patrón?

—¿Costó… qué?

—Ese hablero… los mozos que cantan.

La mirada de míster Hall era turbia, sin expresión e insistente. Pero en ese momento se aclaró. Aparecía el contador, el hombre de negocios.

—¡Oh, cuesta mucho!… ¿Usted quiere comprar?

—Si usted querés venderme…—contestó Candiyú con sencillez. Estaba seguro de que no podía comprarlo.

Pero míster Hall seguía mirándolo fijamente, con una mirada pesada. Mientras tanto, la membrana del aparato saltaba sobre el disco con la fuerza de las marchas metálicas.

—Vendo barato a usted… ¡cincuenta pesos!

Candiyú movió la cabeza. Sonreía, unas veces al aparato y otras a su dueño:

—¡Mucha plata! No tengo.

—¿Usted qué tiene, entonces?

El hombre sonrió otra vez, sin responder.

—¿Dónde usted vive?—siguió míster Hall. Estaba claro que quería librarse de su gramófono.

—En el puerto.

—¡Ah! yo conozco usted… ¿Usted llama Candiyú?

—Así es.

—¿Y usted pesca vigas?

—A veces, alguna viguita sin dueño…

—¡Vendo por vigas!… Tres vigas aserradas. Yo mando carreta. ¿Conviene?

Candiyú se reía.

—No tengo ahora. Y esa… maquinaria, ¿tiene mucha delicadeza?

—No; botón acá, y botón acá… yo enseño. ¿Cuándo tiene madera?

—Alguna creciente… Ahora debe venir una. ¿Y qué palo querés usted?

—Palo rosa. ¿Conviene?

—¡Hum!… No baja ese palo casi nunca… Mediante una creciente grande, solamente. ¡Lindo palo! Te gusta palo bueno, a usted.

—Y usted lleva buen gramófono. ¿Conviene?

El negocio siguió al son de canciones británicas. El indígena evitaba siempre el camino recto. El contador lo tenía atrapado en el pequeño círculo de la precisión. En el fondo, sin contar el calor y el whisky, el inglés no hacía un mal negocio. Cambiaba un gramófono malo por varias docenas de tablas hermosas. Y el pescador de vigas, por su parte, daba algunos días de su trabajo de siempre. A cambio recibía una maquinita que hacía muchísimo ruido.

Por eso el negocio se cerró, con un plazo para pagar.

Candiyú vive en la costa del Paraná desde hace treinta años. Tuvo el último ataque de fiebre en diciembre pasado. Si su hígado todavía puede funcionar después de eso, vivirá unos meses más. Ahora pasa los días sentado en su catre de varas, con el sombrero puesto. Solo se mueven sus manos. Son unas garras pálidas, con venas verdes, que cuelgan enormes de las muñecas. Parecen las cosas que en una fotografía están muy delante y se ven más grandes. Se mueven sin parar, siempre igual, con el temblor de un loro sin plumas.

Pero en aquel tiempo Candiyú era otra cosa. Tenía entonces un trabajo honrado: cuidaba un bananal que no era suyo. Y tenía otro trabajo un poco menos legal: pescaba vigas. Normalmente, y sobre todo en época de creciente, bajan por el río vigas escapadas de los obrajes. A veces se sueltan de una jangada que se está formando. Otras veces un peón, por broma, corta con el machete la cuerda que las sujeta. Candiyú tenía un anteojo y pasaba las mañanas mirando el agua con él. A veces veía la línea blanca de una viga contra el horizonte de monte. Entonces salía en su chalana a buscar la presa. Si uno ve la viga a tiempo, el trabajo no es extraordinario, porque un hombre valiente puede apoyarse en una pieza de 10 x 40 o tirar de ella. Y su pala vale tanto como cualquier remolcador.

* * *

Allá en el obraje de Castelhum, más arriba de Puerto Felicidad, habían empezado las lluvias. Antes hubo setenta y cinco días de sequía absoluta. Fue tan dura que no dejó ni una llanta en las ruedas de las alzaprimas. En ese momento, lo que el obraje podía vender eran siete mil vigas. Eso era bastante más que una fortuna. Pero una viga pesa dos toneladas, y mientras no está en el puerto, no pesa nada en la caja del dinero. Por eso Castelhum y Cía. estaban muy, muy lejos de estar contentos.

De Buenos Aires llegaron órdenes de mover la madera enseguida. El encargado del obraje pidió mulas y alzaprimas. Le respondieron que le mandarían las mulas con el dinero de la primera jangada que recibieran. Y el encargado contestó que mandaría la primera jangada con esas mulas, si se las enviaban antes.

No había forma de entenderse. Castelhum subió hasta el obraje. Vio la madera reunida en el campamento, sobre la barranca del Ñacanguazú, al norte.

—¿Cuánto?—preguntó Castelhum a su encargado.

—Treinticinco mil pesos—respondió este.

Era lo necesario para llevar las vigas hasta el Paraná. Y eso sin contar que no era la estación buena.

Llovía, y el agua corría en un solo hilo por su capa de goma y por su caballo. Castelhum miró largo rato el arroyo lleno de remolinos. Después señaló el torrente con un movimiento de la capucha:

—¿Las aguas llegarán a cubrir el salto?—preguntó a su compañero.

—Si llueve mucho, sí.

—¿Tiene todos los hombres en el obraje?

—Hasta este momento; esperaba órdenes suyas.

—Bien—dijo Castelhum.—Creo que vamos a salir bien. Míster Fernández: esta misma tarde haga más fuerte la maroma en la barra. Y comience a acercar todas las vigas aquí a la barranca. El arroyo está limpio, según me dijo. Mañana por la mañana bajo a Posadas. Y desde entonces, con el primer temporal que venga, eche los palos al arroyo. ¿Entiende? Una buena lluvia.

El encargado lo miró con los ojos tan abiertos como pudo.

—La maroma va a ceder antes que lleguen cien vigas.

—Ya sé, no importa. Y nos costará muchísimos miles. Volvamos y hablaremos más largo.

Fernández se encogió de hombros y llamó con un silbido a los capataces.

El resto del día no llovió, pero todo estaba muy mojado, en una calma húmeda. Los peones tendieron la cadena de vigas de una orilla a otra, en la barra del arroyo. Y en el campamento empezaron a echar abajo los palos. Castelhum bajó a Posadas sobre un agua de inundación que corría a nueve millas. Al salir del Guayra, esa agua había subido siete metros la noche anterior.

Después de una gran sequía, vienen grandes lluvias. A mediodía empezó el diluvio. Durante cincuenta y dos horas seguidas, el monte tronó de agua. El arroyo se volvió un torrente, y después una enorme masa de agua color ladrillo, que corría con un ruido terrible. Los peones estaban mojados hasta los huesos. La ropa pegada al cuerpo mostraba lo flacos que eran. Empujaban las vigas barranca abajo. Con cada esfuerzo, todos gritaban juntos para darse ánimo. La viga enorme rodaba dando golpes y se hundía en el agua con un ruido de cañonazo. Entonces todos los peones lanzaban su ¡a…ijú! de triunfo. Y luego venían los esfuerzos perdidos en el barro líquido, las palancas que se escapaban, las caídas bajo la lluvia tan fuerte. Y la fiebre.

De pronto, por fin, el diluvio paró. En el silencio repentino, todavía se oía el tronar de la lluvia sobre el bosque cercano. Más sordo y más hondo, se oía el ruido del Ñacanguazú. Algunas gotas, separadas y ligeras, caían aún del cielo cansado. Pero el tiempo seguía cargado, sin el menor viento. Se respiraba agua. Los peones descansaron apenas un par de horas, y la lluvia empezó otra vez. Era la lluvia de las crecidas: vertical, pesada y blanca. El trabajo era urgente, y los sueldos habían subido con valentía. Mientras siguió el temporal, los peones siguieron gritando, cayéndose y echando vigas bajo el agua fría.

En la barra del Ñacanguazú, la barrera flotante detuvo los primeros palos que llegaron. Después resistió a muchos más, doblada y crujiendo como si se quejara. Pero las vigas llegaban como catapultas contra la maroma, con una fuerza imposible de parar. Al fin el cable cedió.

* * *

Candiyú observaba el río con su anteojo. Allí en San Ignacio, la creciente había subido dos metros más el día anterior. Además, se había llevado su chalana. Candiyú pensaba que más allá de Posadas sería una inundación terrible. Las maderas habían empezado a bajar. Pero todas flotaban muy alto, y por eso debían de ser cedros o algo parecido. El pescador guardaba sus fuerzas con prudencia.

Esa noche el agua subió un metro más. A la tarde siguiente Candiyú tuvo una sorpresa. En el extremo de su anteojo vio una barra, una verdadera jangada de vigas sueltas. Estaban dando la vuelta a la punta de Itacurubí. Era madera de lomo casi blanco, y perfectamente seca.

Allí estaba su lugar. Saltó a su guabiroba y remó con la pala hacia la caza.

Ahora bien, en una creciente del Alto Paraná uno encuentra muchas cosas antes de llegar a la viga elegida. Árboles enteros, por supuesto, arrancados de raíz, con las raíces negras al aire, como pulpos. Vacas y mulas muertas. Junto a ellas, muchos animales salvajes ahogados, muertos a tiros o con una flecha todavía clavada en el vientre. Altos conos de hormigas, unas encima de otras, sobre una raíz. Tal vez algún tigre. Camalotes y espuma en cantidad. Y además, claro, las víboras.

Candiyú se apartó de muchas cosas, se dejó llevar, chocó y volcó muchas más veces de lo necesario para llegar a la presa. Al fin la tuvo. Dio un golpe de machete, y apareció la veta del palo rosa, roja como la sangre. Se apoyó en la viga y pudo ir con ella en diagonal durante un trecho. Pero las ramas y los árboles pasaban sin parar y lo arrastraban. Entonces cambió de táctica. Ató su presa con la cuerda, y empezó la lucha muda y sin descanso. En cada golpe de pala ponía, en silencio, toda su alma.

Una viga que baja con una gran creciente lleva mucha fuerza. Tres hombres dudarían antes de atreverse con ella. Pero Candiyú tenía mucho aliento. Además tenía treinta años de piratería en el río, con agua baja o alta. Y, además, deseaba ser dueño de un gramófono.

La noche era negra y le trajo todos los incidentes que podía desear. El río corría casi a la altura de sus ojos, rápido y espeso como el aceite. A los dos lados pasaban sin parar sombras densas. Un hombre ahogado chocó con la guabiroba. Candiyú se inclinó y vio que tenía la garganta abierta. Luego llegaron visitantes molestos: víboras que subían al asalto. Eran las mismas que en las crecidas trepan por las ruedas de los vapores hasta los camarotes.

El trabajo de gigante seguía. La pala temblaba bajo el agua, pero la corriente lo arrastraba a pesar de todo. Al fin se rindió. Cerró más el ángulo hacia la orilla y juntó sus últimas fuerzas. Quería llegar al borde del canal, que pasaba rozando las rocas del Teyucuaré. Durante diez minutos el pescador de vigas luchó, con los tendones del cuello duros y el pecho como de piedra. Hizo lo que nadie volverá a hacer jamás: salir del canal en una creciente con una viga a remolque. Al fin la guabiroba chocó contra las piedras y se volcó. Fue justo cuando a Candiyú le quedaba la fuerza suficiente, y nada más, para sujetar la cuerda y caer boca abajo.

Solamente un mes más tarde tuvo míster Hall sus tres docenas de tablas. Y veinte segundos después, ni más ni menos, le entregó a Candiyú el gramófono, con veinte discos.

La firma Castelhum y Cía. lanzó una flotilla de lanchas a vapor detrás de las vigas, durante bastante más de treinta días. Aun así, perdió muchas. Y si alguna vez Castelhum llega a San Ignacio y visita a míster Hall, admirará sinceramente los muebles del contador. Están hechos de palo rosa.

### Glosario

- **viga**: tronco grande y largo de árbol, cortado para la madera
- **pescar vigas**: sacar del río los troncos que bajan solos con el agua
- **creciente**: subida del agua del río después de mucha lluvia
- **fonógrafo / gramófono**: aparato antiguo para escuchar música en discos
- **contador**: persona que lleva las cuentas de una empresa
- **anteojo**: tubo con cristales para ver cosas lejanas, como un telescopio pequeño
- **chalana / guabiroba**: barca pequeña / canoa
- **palo rosa**: madera fina y cara, de color rojizo
- **maroma**: cuerda o cadena muy gruesa
- **alzaprima**: carro grande para mover troncos
- **camalote**: planta que flota en el río
- **a remolque**: atado detrás, arrastrado por otro
- **anzuelo**: gancho para pescar; aquí, algo que atrae a una persona
- **aserradas**: cortadas con sierra, en forma de tablas
- **peones**: hombres que trabajan en el campo o en el obraje por un pago
- **remolcador**: barco que arrastra a otros barcos o cosas pesadas
- **remolinos**: vueltas que da el agua cuando corre con fuerza
- **diluvio**: lluvia muy fuerte y muy larga
- **víboras**: serpientes venenosas
- **viguita**: viga pequeña
- **delicadeza**: aquí: que es difícil de usar y se rompe fácilmente
- **silbido**: sonido agudo que se hace soplando con los labios
- **capataces**: jefes de un grupo de trabajadores
- **catapultas**: máquinas antiguas de guerra que lanzaban piedras grandes con mucha fuerza
- **pulpos**: animales del mar con ocho brazos largos

## La miel silvestre

Tengo en el Salto Oriental dos primos que hoy ya son hombres. Cuando tenían doce años, leyeron mucho a Julio Verne. Por eso tuvieron una idea estupenda: dejar su casa e irse a vivir al monte. El monte está a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían como hombres primitivos, de la caza y de la pesca. Es verdad que los dos muchachos no se acordaron de llevar escopetas ni anzuelos. Pero de todos modos el bosque estaba allí. Su libertad era una fuente de felicidad, y sus peligros eran un encanto.

Por desgracia, al segundo día los encontraron las personas que los buscaban. Todavía estaban bastante asombrados y muy débiles. Sus hermanos menores también leían a Julio Verne. Y se quedaron muy sorprendidos al ver que los dos todavía sabían andar en dos pies y recordaban cómo se habla.

Sin embargo, quizás la aventura de los dos robinsones habría sido más seria en otro bosque, menos de paseo de domingo. Aquí en Misiones las escapadas llegan a límites que nadie espera. Hasta ese extremo llevó a Gabriel Benincasa el orgullo de sus strom-boot.

Benincasa terminó sus estudios de contador público y sintió de repente un deseo enorme de conocer la vida de la selva. No era que tuviera ese carácter. Al contrario, era un muchacho tranquilo y gordito. Tenía la cara toda rosada, porque vivía muy bien. Por eso era bastante sensato para preferir un té con leche y pastelitos a cualquier comida terrible del bosque. Pero hay solteros que siempre fueron juiciosos. La noche antes de su boda, creen que deben despedirse de la vida libre con una gran fiesta con sus amigos. Del mismo modo, Benincasa quiso dar a su vida cómoda dos o tres golpes de vida intensa. Por este motivo subía por el Paraná hasta un obraje, con sus famosos strom-boot.

Apenas salió de Corrientes, se puso sus botas fuertes, porque ya se veían yacarés tomando el sol en la orilla. Pero a pesar de eso, el contador público cuidaba mucho sus botas. Evitaba que se arañaran o tocaran cosas sucias.

Así llegó al obraje de su padrino. Y antes de una hora, el padrino tuvo que frenar la libertad de su ahijado.

—¿A dónde vas ahora?—le había preguntado sorprendido.

—Al monte; quiero recorrerlo un poco—respondió Benincasa. Acababa de colgarse el winchester al hombro.

—¡Pero infeliz! no vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres… O mejor, deja esa arma y mañana te haré acompañar por un peón.

Benincasa renunció. Pero fue de todos modos hasta el borde del bosque y se detuvo. Intentó, sin mucha decisión, dar un paso hacia dentro, y se quedó quieto. Se metió las manos en los bolsillos. Miró con atención aquella maraña imposible de atravesar, mientras silbaba bajito trozos de canciones. Miró otra vez el bosque, a un lado y al otro. Después volvió, bastante triste.

Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central durante una legua. Su fusil volvió profundamente dormido, sin disparar ni una vez. Pero Benincasa no lamentó el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.

Las fieras llegaron la segunda noche, aunque eran de una clase muy especial.

Benincasa dormía profundamente cuando lo despertó su padrino.

—¡Eh, dormilón! levántate que te van a comer vivo.

Benincasa se sentó de golpe en la cama. Lo confundía la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la habitación. Su padrino y dos peones mojaban el piso.

—¿Qué hay, qué hay?—preguntó, mientras saltaba al suelo.

—Nada… cuidado con los pies; la corrección.

A Benincasa ya le habían hablado de esas curiosas hormigas que llamamos *corrección*. Son pequeñas, negras y brillantes, y marchan muy rápido en ríos más o menos anchos. Comen carne. Avanzan y se comen todo lo que encuentran en su camino: arañas, grillos, escorpiones, sapos, víboras y cualquier ser que no pueda resistirlas. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Cuando entran en una casa, matan a todos los seres vivos, porque no hay rincón ni agujero profundo donde no entre ese río que se lo come todo. Los perros aúllan y los bueyes mugen. Hay que dejarles la casa, o uno termina roído hasta el esqueleto en diez horas. Se quedan en el lugar uno, dos y hasta cinco días. Depende de cuántos insectos, cuánta carne o cuánta grasa encuentren. Cuando ya se lo han comido todo, se van.

Sin embargo, no resisten la creolina u otro producto parecido. En el obraje había mucha creolina. Por eso, antes de una hora, el obraje quedó libre de la corrección.

Benincasa miraba muy de cerca, en sus pies, la mancha pálida y morada de la mordedura.

—Pican muy fuerte, realmente—dijo sorprendido, y levantó la cabeza hacia su padrino.

Para el padrino esa observación ya no tenía ningún valor, y no respondió. En cambio, estaba contento de haber parado a tiempo la invasión. Benincasa volvió a dormirse. Pero toda la noche se asustó con pesadillas tropicales.

Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, porque por fin había comprendido que en el monte un machete le serviría mucho más que el fusil. Es verdad que su pulso no era muy bueno, y acertaba todavía menos. Pero de todos modos conseguía cortar las ramas, golpearse la cara y cortarse las botas, todo a la vez.

El monte, en la media luz y en silencio, pronto lo cansó. Le parecía un escenario de teatro visto de día, y era una impresión exacta. De la vida tropical, tan llena de movimiento, solo queda un teatro helado. No hay ni un animal, ni un pájaro, casi ni un ruido. Benincasa ya volvía cuando un zumbido sordo le llamó la atención. A diez metros de él había un tronco hueco. Unas abejas muy pequeñas volaban alrededor de la entrada del agujero. Se acercó con cuidado. En el fondo del agujero vio diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo.

—Esto es miel—se dijo el contador público, con muchas ganas de comer.—Deben de ser bolitas de cera, llenas de miel…

Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Por un momento perdió la alegría, y después pensó en el fuego: haría mucho humo. Mientras el ladrón acercaba con cuidado unas hojas húmedas, tuvo suerte. Cuatro o cinco abejas se posaron en su mano y no le picaron. Benincasa agarró una enseguida y le apretó el abdomen. Así comprobó que no tenía aguijón. Entonces la boca se le llenó de saliva. ¡Qué animalitos tan maravillosos y tan buenos!

En un instante el contador sacó las bolsitas de cera del tronco. Se alejó un buen trecho para escapar de las abejas, que se pegaban a todo. Luego se sentó en una raíz. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las otras estaban llenas de miel. Era una miel oscura, de una transparencia sombría. Benincasa la probó con gusto. Sabía claramente a algo. ¿A qué? El contador no pudo decirlo con exactitud. Tal vez a resina de árboles frutales o de eucalipto. Y por la misma razón, la miel espesa dejaba en la boca un sabor un poco áspero. ¡Pero qué perfume, en cambio!

Benincasa vio claramente que solo le servían cinco bolsitas. Entonces empezó. Su idea era sencilla: tener el panal colgando sobre su boca, para que goteara. Pero la miel era espesa. Esperó medio minuto con la boca abierta, sin resultado. Por eso tuvo que hacer más grande el agujero. Entonces la miel salió. Bajó en un hilo pesado, cada vez más fino, hasta la lengua del contador.

Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil mantenerlos más tiempo en alto, y más inútil aún lamer otra vez las bolitas vacías. Tuvo que resignarse.

Mientras tanto, tanto tiempo con la cabeza levantada lo había mareado un poco. Estaba pesado de miel, quieto y con los ojos bien abiertos. Benincasa miró otra vez el monte en la media luz. Los árboles y el suelo se inclinaban de una forma muy extraña. Y su cabeza se movía de un lado a otro con el paisaje.

—Qué curioso mareo…—pensó el contador—y lo peor es…

Se había levantado e intentado dar un paso. Pero tuvo que caer otra vez sobre el tronco. ¡Sentía su cuerpo pesado como el plomo, sobre todo las piernas! Era como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y sentía un cosquilleo en los pies y en las manos.

—¡Es muy raro, muy raro, muy raro!—se repitió Benincasa como un tonto. Pero no buscaba la causa de esa cosa rara.—Como si tuviera hormigas… la corrección—terminó.

Y de pronto el miedo le cortó la respiración.

—¡Debe de ser la miel!… ¡Es venenosa!… ¡Estoy envenenado!

Hizo un segundo esfuerzo para levantarse, y el pelo se le puso de punta de terror. No había podido ni siquiera moverse. Ahora el peso de plomo y el cosquilleo le subían hasta la cintura. Durante un rato sintió el horror de morir allí, solo y miserable, lejos de su madre y de sus amigos. Y ese horror no lo dejaba defenderse de ningún modo.

—¡Voy a morir ahora!… ¡Dentro de un rato voy a morir!… ¡Ya no puedo mover la mano!…

Pero en medio del pánico comprobó que no tenía fiebre ni le ardía la garganta. El corazón y los pulmones seguían su ritmo normal. Entonces su angustia cambió de forma.

—¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!…

Pero empezaba a dominarlo un sueño imposible de vencer. Su mente seguía clara, pero el mareo era cada vez más rápido. Así le pareció que el suelo, que se movía, se volvía negro y se agitaba como loco. Otra vez le vino a la memoria el recuerdo de la corrección. Y en su pensamiento quedó fija, como la peor angustia, una posibilidad: que eso negro que cubría el suelo…

Todavía tuvo fuerzas para salir de ese último espanto. Y de pronto lanzó un grito. Fue un verdadero alarido, en el que la voz del hombre vuelve a ser la de un niño aterrado. Por sus piernas subía un río rápido de hormigas negras. Alrededor de él, la corrección, que se lo comía todo, oscurecía el suelo. Y el contador sintió, por debajo del calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subía.

* * *

Por fin, dos días después, su padrino encontró el esqueleto de Benincasa, cubierto de ropa, sin la menor partícula de carne. La corrección, que todavía andaba por allí, y las bolsitas de cera le explicaron bien lo que había pasado.

No es común que la miel silvestre tenga ese poder de dormir o paralizar, pero a veces se encuentra. En el trópico hay muchas flores con ese mismo poder. Y casi siempre el sabor de la miel ya muestra cómo es. Así era el sabor a resina de eucalipto que Benincasa creyó notar.

### Glosario

- **monte**: bosque, selva (no montaña)
- **legua**: medida antigua de distancia, unos cinco kilómetros
- **contador público**: persona que estudió para llevar las cuentas de empresas
- **strom-boot**: botas fuertes
- **padrino / ahijado**: hombre que acompaña a un niño en el bautismo / ese niño
- **picada**: camino estrecho abierto en el monte
- **corrección**: hormigas negras que comen carne y viajan en grupo
- **creolina**: líquido fuerte para limpiar y matar insectos
- **panal / bolitas de cera**: lugar donde las abejas guardan la miel
- **parálisis**: estado en que una persona no puede mover el cuerpo
- **yacaré**: cocodrilo de los ríos de Sudamérica
- **anzuelos**: ganchos pequeños para pescar
- **winchester**: tipo de fusil
- **peones**: hombres que trabajan en el campo o en el obraje por un pago
- **fieras**: animales salvajes y peligrosos
- **cosquilleo**: sensación en la piel, como si algo pequeño caminara sobre ella
- **eucalipto**: árbol alto de hojas con olor fuerte
- **grillos**: insectos que saltan y cantan por la noche
- **escorpiones**: animales pequeños con una cola que pica y tiene veneno
- **zumbido**: ruido continuo que hacen las abejas y otros insectos al volar
- **aguijón**: punta en el cuerpo de la abeja con la que pica

## Nuestro primer cigarro

Nunca tuvimos María y yo una época más alegre que la que nos dio nuestra tía con su muerte.

Inés volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche, cuando nos acostábamos, oímos que Inés le decía a mamá:

—¡Qué extraño!… Tengo las cejas hinchadas.

Seguramente mamá le examinó las cejas a la tía, porque después de un rato contestó:

—Es cierto… ¿No sientes nada?

—No… sueño.

Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto una gran agitación en casa. Había puertas que se abrían y no se cerraban, conversaciones cortadas por exclamaciones y caras asustadas. Inés tenía viruela, de una clase hemorrágica que había entonces en Buenos Aires.

Por supuesto, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Los niños casi siempre tienen la mala suerte de que las grandes cosas no pasen en su casa. ¡Y esta vez nuestra tía, justamente nuestra tía, estaba enferma de viruela! Yo era un chico feliz. Ya estaba orgulloso de ser amigo de un agente de policía. También de un payaso que una vez saltó por las gradas y se sentó a mi lado. Pero ahora el gran acontecimiento pasaba en nuestra propia casa. Se lo conté al primer chico que se paró a mirar en la puerta de la calle. Y en mis ojos ya había vanidad. Era la misma de un niño vestido de luto riguroso que pasa por primera vez delante de sus vecinitos, asombrados y envidiosos.

Esa misma tarde salimos de casa. Nos instalamos en la única casa que pudimos encontrar con tanta prisa: una vieja quinta de los alrededores. Una hermana de mamá, que había tenido viruela de niña, se quedó al lado de Inés.

Seguramente en los primeros días mamá sufrió una angustia terrible por sus hijos, que habían besado a la tía enferma. Pero nosotros, en cambio, nos convertimos en Robinsones furiosos y no teníamos tiempo para acordarnos de nuestra tía. Hacía mucho tiempo que la quinta dormía en su paz oscura y húmeda. Había naranjos casi blancos por una plaga, la diaspis. Había duraznos rajados donde se dividían las ramas. Había membrillos que parecían mimbres e higueras que se arrastraban por el suelo, de tan abandonadas. Las hojas espesas tapaban el ruido de los pasos. Todo aquello daba una fuerte sensación de paraíso.

Nosotros no éramos exactamente Adán y Eva. Pero sí éramos Robinsones heroicos. Una gran desgracia de familia nos había llevado a nuestro destino: la muerte de nuestra tía. Murió cuatro días después de empezar nuestra exploración.

Pasábamos el día entero investigando por la quinta. Solo las higueras, demasiado espesas abajo, nos preocupaban un poco. El pozo también nos daba preocupaciones geográficas. Era un pozo viejo y sin terminar. Habían dejado de trabajar en él a los catorce metros, sobre el fondo de piedra. Ahora las paredes estaban cubiertas de culantrillos y doradillas, y casi no se veía. Sin embargo, había que explorarlo. Como primer paso, con esfuerzos infinitos, conseguimos llevar una gran piedra hasta el borde. El pozo quedaba escondido detrás de un grupo de cañas. Por eso pudimos hacerlo sin que mamá se enterara. Pero María decidió otra cosa. Su inspiración poética siempre mandaba en nuestras aventuras. Consiguió que esperáramos a tirar la piedra hasta que una gran lluvia llenara el pozo. Así tendríamos una satisfacción artística y también científica.

Pero lo que más atraía nuestros asaltos diarios era el cañaveral. Tardamos dos semanas enteras en explorar bien aquel enredo enorme de cañas. Había cañas verdes y cañas secas, cañas derechas y cañas dobladas, cruzadas o rotas hacia el suelo. Las hojas secas se quedaban enganchadas al caer y tejían el grupo de cañas. Si uno lo tocaba un poco, el aire se llenaba de polvo y de pedacitos de hoja.

Sin embargo, descubrimos el secreto del cañaveral. Mi hermana y yo nos sentábamos en el escondite oscuro de algún rincón, muy juntos y callados, en la media luz. Allí disfrutábamos horas enteras del orgullo de no tener miedo.

Allí fue donde una tarde, avergonzados de tener tan poca iniciativa, inventamos fumar. Mamá era viuda. Con nosotros vivían normalmente dos hermanas suyas. Y en aquel momento también vivía un hermano, justamente el que había venido con Inés de Buenos Aires.

Este tío nuestro tenía veinte años y era muy elegante y presumido. Él solo se había dado cierta autoridad sobre nosotros dos. Y mamá, con el disgusto de esos días y su falta de carácter, la apoyaba.

Por nuestra parte, María y yo le teníamos una antipatía muy sincera al padrastrillo.

—Te aseguro—le decía él a mamá, mientras nos señalaba con la barbilla—que me gustaría vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar mucho trabajo.

—¡Déjalos!—respondía mamá, cansada.

Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos por encima del plato de sopa.

A este personaje tan severo le habíamos robado un paquete de cigarrillos. Teníamos muchas ganas de probar enseguida esa costumbre de hombres. Pero esperamos a tener el aparato. Era una pipa que yo había fabricado. El depósito era un trozo de caña. La boquilla era una varilla de cortina. Y el cemento era masilla de un vidrio recién puesto en una ventana. La pipa era perfecta: grande, ligera y de varios colores.

En nuestro escondite del cañaveral, María y yo la cargamos con una seriedad religiosa. Pusimos dentro el tabaco de cinco cigarrillos. Luego nos sentamos con las rodillas altas. Yo encendí la pipa y aspiré. María miraba con mucha atención lo que yo hacía. Vio que mis ojos se llenaban de lágrimas. Nunca se ha visto ni se verá nada más horrible. Sin embargo, me tragué con valor la saliva, que me daba náuseas.

—¿Rico?—me preguntó María, ansiosa, mientras extendía la mano.

—Rico—le contesté, y le pasé aquella máquina horrible.

María chupó, y con más fuerza aún. Yo la observaba con atención. Entonces vi sus lágrimas. Y vi también que sus labios, su lengua y su garganta se movían a la vez, para rechazar aquello. Su valor fue mayor que el mío.

—Es rico—dijo con los ojos llenos de lágrimas, casi haciendo pucheros. Y se llevó otra vez a la boca, con heroísmo, la varilla de bronce.

Había que salvarla enseguida. Solo el orgullo la empujaba otra vez a aquel humo infernal, con gusto a sal de Chantaud. Era el mismo orgullo que me había hecho alabar aquel fuego asqueroso.

—¡Psht!—dije de repente, como si escuchara algo.—Me parece que es el gargantilla del otro día… debe de tener nido aquí…

María se levantó y dejó la pipa a un lado. Con el oído atento y los ojos buscando, nos alejamos de allí. Parecía que teníamos muchas ganas de ver al pajarito. Pero en realidad nos agarrábamos, como moribundos, a aquella excusa honorable que yo había inventado. Así podíamos alejarnos con prudencia del tabaco, sin que sufriera nuestro orgullo.

Un mes más tarde volví a la pipa de caña, pero con un resultado muy distinto.

Por alguna travesura nuestra, el padrastrillo ya nos había hablado a gritos, mucho más duramente de lo que mi hermana y yo podíamos aceptar. Nos quejamos a mamá.

—¡Bah!, no hagan caso—nos respondió, casi sin oírnos;—él es así.

—¡Es que nos va a pegar un día!—lloriqueó María.

—Si ustedes no le dan motivos, no. ¿Qué le han hecho?—añadió, mirándome a mí.

—Nada, mamá… ¡Pero yo no quiero que me toque!—protesté yo también.

En ese momento entró nuestro tío.

—¡Ah! aquí está el buena pieza de tu Eduardo… ¡Te va a sacar canas este hijo, ya verás!

—Se quejan de que quieres pegarles.

—¿Yo?—exclamó el padrastrillo, mirándome de arriba abajo.—No lo he pensado aún. Pero en cuanto me faltes al respeto…

—Y harás bien—dijo mamá.

—¡Yo no quiero que me toque!—repetí, enfadado y rojo.—¡Él no es papá!

—Pero como no está tu pobre padre, es tu tío. ¡En fin, déjenme tranquila!—terminó, apartándonos.

Solos en el patio, María y yo nos miramos con un fuego orgulloso en los ojos.

—¡Nadie me va a pegar a mí!—afirmé.

—¡No… ni a mí tampoco!—dijo ella, porque a ella también le tocaba.

—¡Es un zonzo!

Y de repente le vino la inspiración, como siempre, a mi hermana. Con una risa furiosa y una marcha triunfal, cantó:

—¡Tío Alfonso… es un zonzo! ¡Tío Alfonso… es un zonzo!

Un rato después me encontré con el padrastrillo. Por su mirada, me pareció que nos había oído. Pero ya habíamos preparado la historia del Cigarro Pateador. Le pusimos ese nombre en honor de la mula Maud.

El Cigarro Pateador era, en lo esencial, un cohete envuelto en papel de fumar. Lo pusimos en el paquete de cigarrillos que tío Alfonso tenía siempre en su mesita de noche. Él fumaba esos cigarrillos a la hora de la siesta.

Habíamos cortado una punta del cohete, para que el cigarro no le hiciera demasiado daño al fumador. Bastaba con el chorro violento de chispas. En total, todo el éxito dependía de una cosa. Nuestro tío, medio dormido, no debía notar que su cigarrillo estaba extrañamente duro.

A veces las cosas pasan tan deprisa que no hay tiempo ni aliento para contarlas. Solo sé que una siesta el padrastrillo salió de su cuarto como una bomba. Encontró a mamá en el comedor.

—¡Ah, estás acá! ¿Sabes lo que han hecho? ¡Te juro que esta vez se van a acordar de mí!

—¡Alfonso!

—¿Qué? ¡No faltaba más que tú también!… ¡Si no sabes educar a tus hijos, yo lo voy a hacer!

Yo estaba con mi hermana, haciendo inocentemente rayitas en el brocal del aljibe. Al oír la voz furiosa del tío, di una vuelta y entré en el comedor por la segunda puerta. Me puse detrás de mamá. Entonces el padrastrillo me vio y se lanzó sobre mí.

—¡Yo no hice nada!—grité.

—¡Espérate!—rugió mi tío, mientras corría detrás de mí alrededor de la mesa.

—¡Alfonso, déjalo!

—¡Después te lo dejaré!

—¡Yo no quiero que me toque!

—¡Vamos, Alfonso! ¡Pareces una criatura!

Esto era lo peor que se le podía decir al padrastrillo. Soltó una palabrota y corrió detrás de mí tan rápido que casi me alcanzó. Pero en ese instante yo salía como una piedra lanzada por la puerta abierta. Corrí hacia la quinta, con mi tío detrás.

En cinco segundos pasamos como un rayo por los durazneros, los naranjos y los perales. Y fue en ese momento cuando apareció en mi mente, terriblemente clara, la idea del pozo y de su piedra.

—¡No quiero que me toque!—grité todavía.

—¡Espérate!

En ese instante llegamos al cañaveral.

—¡Me voy a tirar al pozo!—grité muy fuerte, para que mamá me oyera.

—¡Yo soy el que te voy a tirar!

De repente desaparecí de su vista detrás de las cañas. Sin dejar de correr, empujé la piedra exploradora, que esperaba una lluvia. Luego salté a un lado y me hundí bajo las hojas secas.

Mi tío llegó enseguida. Dejó de verme, y en ese mismo momento oyó, allá en el fondo del pozo, el ruido horrible de un cuerpo que se aplastaba.

El padrastrillo se detuvo, completamente pálido. Miró a todas partes con los ojos muy abiertos y se acercó al pozo. Trató de mirar dentro, pero los culantrillos no lo dejaron. Entonces pareció pensar. Miró con atención el pozo y sus alrededores, y empezó a buscarme.

Por desgracia para mí, hacía poco tiempo que el tío Alfonso había dejado de esconderse de sus propios padres para que no le pegaran. Por eso recordaba todavía muy bien todas las estrategias. E hizo todo lo posible para encontrarme.

Descubrió enseguida mi escondite. Volvía a él una y otra vez, con un olfato admirable. Pero las hojas secas me tapaban del todo. Además, el ruido de mi cuerpo al estrellarse no lo dejaba en paz. Por eso no buscaba bien.

Así que se decidió que yo estaba aplastado en el fondo del pozo. Entonces empezó lo que podríamos llamar mi venganza póstuma. El caso estaba muy claro: ¿con qué cara iba a contarle mi tío a mamá que yo me había suicidado para que él no me pegara?

Pasaron diez minutos.

—¡Alfonso!—sonó de pronto la voz de mamá en el patio.

—¿Mercedes?—respondió él, con un sobresalto.

Seguramente mamá presintió algo, porque su voz sonó otra vez, nerviosa.

—¿Y Eduardo? ¿Dónde está?—añadió mientras avanzaba.

—¡Aquí, conmigo!—contestó él riendo.—Ya hemos hecho las paces.

Desde lejos mamá no podía ver lo pálido que estaba. Tampoco veía la mueca ridícula que él quería que pareciera una sonrisa feliz. Así que todo fue bien.

—¿No le pegaste, no?—insistió todavía mamá.

—No. ¡Si fue una broma!

Mamá volvió a entrar. ¡Broma! La broma ahora empezaba a ser la mía para el padrastrillo.

Celia, mi tía mayor, había terminado de dormir la siesta y cruzó el patio. Alfonso la llamó con la mano, sin hablar. Unos momentos después Celia soltaba un "¡oh!" ahogado y se llevaba las manos a la cabeza.

—¡Pero, cómo! ¡Qué horror! ¡Pobre, pobre Mercedes! ¡Qué golpe!

Había que decidir algo antes de que Mercedes se enterara. ¿Sacarme, todavía con vida?… El pozo tenía catorce metros sobre roca. Tal vez, quién sabe… Pero para eso habría que traer sogas, hombres; y Mercedes…

—¡Pobre, pobre madre!—repetía mi tía.

Es justo decir que para mí, el pequeño héroe, mártir de la dignidad de su cuerpo, no hubo ni una sola lágrima. Mamá se llevaba toda la pasión de aquel dolor. Por ella olvidaban la pequeña posibilidad de que yo estuviera vivo allá abajo. Esto hería mi vanidad dos veces, como muerto y como vivo. Y aumentó mi sed de venganza.

Media hora después mamá volvió a preguntar por mí. Celia le respondió con tan poca habilidad que mamá enseguida estuvo segura de una catástrofe.

—¡Eduardo, mi hijo!—gritó. Se soltó de las manos de su hermana, que quería sujetarla, y corrió hacia la quinta.

—¡Mercedes! ¡Te juro que no! ¡Ha salido!

—¡Mi hijo! ¡mi hijo! ¡Alfonso!

Alfonso corrió hacia ella y la detuvo al ver que iba hacia el pozo. Mamá no pensaba en nada concreto. Pero vio la cara horrorizada de su hermano. Entonces recordó lo que yo había gritado una hora antes, y lanzó un grito espantoso.

—¡Ay! ¡Mi hijo! ¡Se ha matado! ¡Déjame, déjenme! ¡Mi hijo, Alfonso! ¡Me lo has muerto!

Se llevaron a mamá sin sentido. La desesperación de mamá no me había conmovido nada. Al fin y al cabo, yo, el motivo de todo, estaba vivo y muy vivo. Simplemente jugaba con la emoción, a mis ocho años. Hacía como los mayores que preparan sorpresas medio trágicas: "¡qué contenta se va a poner cuando me vea!"

Mientras tanto, yo disfrutaba en secreto del fracaso del padrastrillo.

—¡Hum!… ¡Pegarme!—gruñía yo, todavía bajo las hojas secas.

Entonces me levanté con cuidado y me senté en cuclillas en mi escondite. Recogí la famosa pipa, bien guardada entre las hojas. Aquel era el momento de dedicar toda mi seriedad a terminar la pipa.

El tabaco se había mojado, secado, vuelto a mojar y vuelto a secar infinitas veces. Ahora su humo tenía un gusto a cumbarí, solución Coirre y sulfato de soda. Era mucho mejor que la primera vez. Sin embargo, empecé la tarea, que sabía que era dura. Tenía la frente arrugada y los dientes apretados sobre la boquilla.

Fumé, quiero creer, la cuarta pipa. Solo recuerdo que al final el cañaveral se puso completamente azul. Y empezó a bailar a dos dedos de mis ojos. Dos o tres martillos a cada lado de la cabeza empezaron a romperme las sienes. Y el estómago, metido en plena boca, aspiraba él mismo las últimas bocanadas de humo.

* * *

Me desperté cuando me llevaban en brazos a casa. Me sentía horriblemente enfermo, pero tuve el tacto de seguir dormido, por lo que pudiera pasar. Sentí los brazos de mamá, que me sacudían como locos.

—¡Mi hijo querido! ¡Eduardo, mi hijo! ¡Ah, Alfonso, nunca te perdonaré el dolor que me has causado!

—¡Pero, vamos!—le decía mi tía mayor—¡no seas loca, Mercedes! ¡Ya ves que no tiene nada!

—¡Ah!—respondió mamá, llevándose las manos al corazón con un suspiro enorme.—¡Sí, ya pasó!… Pero dime, Alfonso, ¿cómo pudo no haberse hecho nada? ¡Ese pozo, Dios mío!…

El padrastrillo también estaba destrozado. Habló vagamente de tierra que se había caído, de tierra blanda. Prefería dejar la verdad para un momento más tranquilo. Y la pobre mamá no notaba el olor horrible a tabaco que salía de su suicida.

Por fin abrí los ojos, sonreí y volví a dormirme, esta vez de verdad y profundamente.

Ya tarde, el tío Alfonso me despertó.

—¿Qué merecerías que te hiciera?—me dijo con un rencor que silbaba entre los dientes.—¡Lo que es mañana, le cuento todo a tu madre, y ya verás lo que son gracias!

Yo todavía veía bastante mal. Las cosas bailaban un poco, y el estómago seguía pegado a la garganta. Sin embargo, le respondí:

—¡Si le cuentas algo a mamá, lo que es esta vez te juro que me tiro!

¿Los ojos de un joven suicida que fumó su pipa con heroísmo muestran quizás un valor desesperado?

Es posible. De todos modos, el padrastrillo me miró fijamente. Después se encogió de hombros y me subió hasta el cuello la sábana, que estaba un poco caída.

—Me parece que mejor haría en ser amigo de este microbio—murmuró.

—Creo lo mismo—le respondí.

Y me dormí.

### Glosario

- **viruela**: enfermedad contagiosa y grave que hace granos en la piel
- **quinta**: casa de campo con árboles frutales
- **Robinsones**: niños que juegan a vivir solos como Robinson Crusoe
- **cañaveral**: lugar lleno de cañas altas
- **pozo / aljibe / brocal**: agujero hondo para sacar agua / depósito de agua de lluvia / borde de piedra del pozo
- **padrastrillo**: (burla) tío que quiere mandar como un padrastro
- **zonzo**: tonto
- **cohete**: fuego artificial que sale disparado con chispas
- **buena pieza**: niño travieso
- **sacar canas**: dar muchas preocupaciones
- **gargantilla**: aquí, un pájaro pequeño
- **microbio**: (aquí, con cariño) niño pequeño y molesto
- **hemorrágica**: que hace sangrar
- **membrillos / higueras**: árboles de fruta: el membrillo da una fruta amarilla y dura; la higuera da higos
- **mimbres**: ramas finas y flexibles
- **culantrillos / doradillas**: plantas pequeñas, helechos que crecen en lugares húmedos
- **boquilla**: parte de la pipa que se pone en la boca

## La meningitis y su sombra

Todavía no salgo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de Funes y después la charla del médico? Confieso que no entiendo una palabra de todo esto.

Las cosas fueron así. Hace cuatro horas, a las 7 de la mañana, recibí una tarjeta de Funes. Dice así:

*Estimado amigo:*

*Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche por casa. Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo*

*Luis María Funes.*

Aquí empezó mi sorpresa. Que yo sepa, nadie invita a otra persona a las siete de la mañana para hablar por la noche, si no tiene un motivo serio. ¿Qué puede querer Funes de mí? Mi amistad con él es bastante vaga. Y en su casa he estado una sola vez. Por cierto, tiene dos hermanas bastante bonitas.

Así que me quedé intrigado. Esto, en cuanto a Funes. Y una hora después, en el momento en que yo salía de casa, llegó el doctor Ayestarain. Es otro hombre con quien estudié en el colegio nacional. En resumen, con él tengo la misma relación lejana que con Funes.

Y el hombre me habla de esto, de aquello y de lo otro, para terminar así:

—Veamos, Durán: usted comprende de sobra que no he venido a verlo a esta hora para hablarle de pavadas; ¿no es cierto?

—Me parece que sí—tuve que responderle.

—Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo lo que tenga de indiscreta, se lo explicaré enseguida. ¿Me permite?

—Todo lo que quiera—le respondí con franqueza. Pero al mismo tiempo me puse en guardia.

Entonces Ayestarain me miró sonriendo, como se sonríen los hombres entre ellos. Y me hizo esta pregunta absurda:

—¿Qué clase de inclinación siente usted hacia María Elvira Funes?

¡Ah, ah! ¡Por ahí iba la cosa, entonces! ¡María Elvira Funes, hermana de Luis María Funes! ¡Todos se llaman María! ¡Pero si yo casi no conocía a esa persona! No es raro, entonces, que mirara al médico como se mira a un loco.

—¿María Elvira Funes?—repetí.—Ninguna clase ni ninguna inclinación. Casi no la conozco. Y ahora…

—No, permítame—me interrumpió.—Le aseguro que es una cosa bastante seria… ¿Me podría dar su palabra de compañero de que no hay nada entre ustedes dos?

—¡Pero está loco!—le dije al fin.—¡Nada, absolutamente nada! Se lo repito: casi no la conozco. Y no creo que ella se acuerde de haberme visto nunca. He hablado un minuto con ella, o dos, o tres, en su propia casa, y nada más. Por lo tanto, se lo repito por décima vez, no tengo ninguna inclinación especial hacia ella.

—Es raro, profundamente raro…—murmuró el hombre, mirándome fijamente.

El galeno ya empezaba a molestarme, por muy eminente que fuera. Y lo era. Pero estaba pisando un terreno que no tenía nada que ver con sus aspirinas.

—Creo que ahora tengo el derecho…

Pero me interrumpió otra vez:

—Sí, tiene derecho de sobra… ¿Quiere esperar hasta esta noche? Con dos palabras podrá comprender que el asunto no es para nada una broma… La persona de quien hablamos está gravemente enferma, casi a punto de morir… ¿Entiende algo?—terminó, mirándome bien a los ojos.

Yo lo miré a él de la misma forma durante un rato.

—Ni una palabra—le contesté.

—Ni yo tampoco—dijo él, encogiéndose de hombros.—Por eso le he dicho que el asunto es muy serio… Por fin esta noche sabremos algo. ¿Irá allá? Es indispensable.

—Iré—le dije, y yo también me encogí de hombros.

Y por eso he pasado todo el día preguntándome como un idiota una cosa. ¿Qué relación puede haber entre la enfermedad gravísima de una hermana de Funes, que casi no me conoce, y yo, que casi no la conozco?

* * *

Vengo de la casa de Funes. Es lo más extraordinario que he visto en mi vida. La metempsicosis, el espiritismo, la telepatía y los demás absurdos del mundo interior no son nada al lado de este absurdo mío, en el que me veo metido. Es un pequeño asunto para volverse loco. Vean:

Fui a la casa de Funes. Luis María me llevó al escritorio. Hablamos un rato de cosas sin importancia, esforzándonos como dos tontos. Así, al menos, evitábamos mirarnos. Por fin entró Ayestarain, y Luis María salió. Me dejó sobre la mesa su paquete de cigarrillos, porque a mí se me habían terminado. Entonces mi antiguo compañero de colegio me contó lo que, en resumen, es esto:

Cuatro o cinco noches antes, María Elvira se sintió mal al terminar una recepción en su propia casa. Según la madre, era por un baño demasiado frío esa tarde. Lo cierto es que pasó la noche cansada y con un fuerte dolor de cabeza. A la mañana siguiente estaba peor y tenía fiebre. Y por la noche tenía una meningitis, con todos sus síntomas. Sobre todo, el delirio, claro y muy largo. Y al mismo tiempo, una ansiedad terrible, imposible de calmar. Desde la primera noche, el delirio giró alrededor de un solo asunto. Uno solo, pero que llena toda su vida.

—Es una obsesión—siguió Ayestarain—, una simple obsesión a 42°. Tiene los ojos siempre fijos en la puerta, pero no llama a nadie. Esa ansiedad muda la está matando, y sus nervios lo sufren. Desde ayer, mis colegas y yo hemos pensado en calmar eso… No puede seguir así. ¿Y sabe usted—terminó—a quién nombra cuando el sueño pesado la aplasta?

—No sé…—le respondí. Sentí que mi corazón cambiaba de ritmo de golpe.

—A usted—me dijo, mientras me pedía fuego.

Como se comprende, nos quedamos un rato callados.

—¿No entiende todavía?—dijo al fin.

—Ni una palabra…—murmuré, aturdido. Estaba tan aturdido como un adolescente a la salida del teatro, cuando la primera actriz, desde la sombra de su coche, le abre la puerta a él… Pero yo ya tenía casi treinta años. Por eso le pregunté al médico qué explicación razonable se podía dar a eso.

—¿Explicación? Ninguna. Ni la más mínima. ¿Qué quiere usted que se sepa de eso? Ah, bueno… Si quiere una de todos modos, imagine una tierra con un millón, dos millones de semillas distintas, como en cualquier parte. Viene un terremoto y lo remueve todo como un demonio. Rompe el resto, y brota una semilla, una cualquiera, de arriba o del fondo, da lo mismo. Una planta magnífica… ¿Le basta eso? No podría decirle una palabra más. Usted casi no la conoce, y la enferma tampoco lo conoce más a usted. ¿Por qué ha sido usted, justamente, la semilla elegida en su cerebro con delirio? ¿Qué quiere que se sepa de esto?

—Sin duda…—respondí a su mirada, que seguía preguntando.

Pero al mismo tiempo me sentí bastante enfriado. Primero me había convertido, sin ningún motivo, en el tema de las fantasías de un cerebro. Y después, en una medicina.

En ese momento entró Luis María.

—Mamá lo llama—le dijo al médico. Y luego se volvió hacia mí, con una sonrisa forzada:

—¿Ayestarain le contó lo que pasa?… Con otra persona, sería para volverse loco…

Eso de *otra persona* merece una explicación. Los Funes tienen un fuerte orgullo. Sobre todo esta familia, de la que yo empezaba a formar una parte tan ridícula. Supongo que es por su linaje, y también por su fortuna, que me parece lo más seguro. Por eso estaban bastante satisfechos. Las fantasías de amor de su hermosa hija se habían detenido en mí, Carlos Durán, ingeniero. Podrían haber volado hacia cualquier hombre sin buena posición social. Así que, en mi interior, agradecí al joven patricio esa distinción que me hacía.

—Es extraordinario…—empezó otra vez Luis María, moviendo los fósforos sobre la mesa con disgusto. Y un momento después, con otra sonrisa forzada:

—¿No tendría inconveniente en acompañarnos un rato? ¿Ya sabe, no? Creo que vuelve Ayestarain.

En efecto, el médico entraba.

—Empieza otra vez…—dijo, moviendo la cabeza y mirando solo a Luis María.

Entonces Luis María se dirigió a mí con la tercera sonrisa forzada de esa noche:

—¿Quiere que vayamos?

—Con mucho gusto—le dije. Y fuimos.

Entró el médico sin hacer ruido. Después entró Luis María, y por fin entré yo, todos con un poco de tiempo entre uno y otro. Lo primero que me sorprendió fue la media luz del dormitorio, aunque debía haberla esperado. La madre y la hermana estaban de pie y me miraron fijamente. Yo las saludé con la cabeza, porque creí que no debía pasar de allí. Ellas me respondieron con una corta inclinación de cabeza. Las dos me parecieron mucho más altas. Miré la cama. Bajo la bolsa de hielo vi dos ojos abiertos, vueltos hacia mí. Miré al médico, dudando, pero él me hizo una seña casi invisible con los ojos. Y me acerqué a la cama.

Como todo hombre, tengo alguna idea de cómo son dos ojos que nos aman cuando uno se acerca mucho a ellos. Pero nunca volveré a encontrar aquellos ojos en un amor normal a 37°. Nunca volveré a ver aquella luz. Ni la felicidad que los inundaba mientras me acercaba. Ni aquel brillo mareado de alegría, hasta bizquear, cuando me incliné sobre ellos.

Dijo algunas palabras, pero sus labios estaban tan secos que no oí nada. Creo que sonreí como un estúpido. (¡Qué otra cosa iba a hacer, que me lo digan!) Y entonces ella extendió su brazo hacia mí. Su intención estaba tan clara que le tomé la mano.

—Siéntese ahí—murmuró.

Luis María acercó el sillón a la cama, y me senté.

Vean ahora si alguna persona ha vivido una situación más extraña y absurda:

Primero, yo, que era el héroe. Yo tenía en mi mano una mano que ardía de fiebre y de un amor totalmente equivocado. Del otro lado, de pie, estaba el médico. A los pies de la cama, sentado, Luis María. Al fondo, apoyadas en el respaldo, la madre y la hermana. Y todos sin hablar, mirándonos con el ceño fruncido.

¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a decir? Es necesario que piensen un momento en esto. La enferma, por su parte, a veces apartaba sus ojos de los míos. Recorría con una inquietud dura las caras de los demás, una tras otra, sin reconocerlas. Luego dejaba caer otra vez su mirada sobre mí, confiada y profundamente feliz.

¿Cuánto tiempo estuvimos así? No sé; quizás media hora, quizás mucho más. En un momento intenté retirar la mano. Pero la enferma la apretó más entre la suya.

—Todavía no…—murmuró, mientras buscaba una postura más cómoda para su cabeza.

Todos se acercaron. Estiraron las sábanas y cambiaron el hielo. Y otra vez sus ojos se quedaron fijos en mí, quietos y felices. Pero de vez en cuando volvían a apartarse, inquietos, y recorrían las caras desconocidas. Dos o tres veces miré solo al médico. Pero él bajó las pestañas, para indicarme que esperara. Y al fin tuvo razón. De pronto, de golpe, como si el sueño se derrumbara sobre ella, la enferma cerró los ojos y se durmió.

Salimos todos, menos la hermana, que se sentó en mi lugar en el sillón. No era fácil decir algo, al menos para mí. Por fin la madre se dirigió a mí con una sonrisa triste y seca:

—Qué cosa más horrible, ¿no? ¡Da pena!

¡Horrible, horrible! No era la enfermedad lo que les parecía horrible, sino la situación. Estaba claro que en aquella casa todas las amabilidades iban a ser para mí. Primero, del hermanito; luego, de la madre. Ayestarain nos había dejado un momento. Volvió muy satisfecho del estado de la enferma: descansaba con una calma que todavía no había tenido. La madre miró hacia otro lado, y yo miré al médico. Podía irme, claro que sí. Y me despedí.

* * *

He dormido mal, con muchos sueños que no tienen nada que ver con mi vida de siempre. Y la culpa la tiene la familia Funes, con Luis María, la madre, las hermanas, los médicos y los demás parientes. Porque si uno mira bien la situación, es esta:

Hay una joven de diecinueve años, muy bella sin ninguna duda. Casi no me conoce, y yo le soy profunda y totalmente indiferente. Esto, en cuanto a María Elvira. Por otro lado, hay un hombre, también joven, ingeniero, si quieren. Él no recuerda haber pensado dos veces seguidas en esa joven. Todo esto es razonable, comprensible y normal.

Pero entonces la joven hermosa se enferma, de meningitis o algo parecido. Y en el delirio de la fiebre, solo y únicamente en el delirio, arde de amor. ¿Por un primo, por el hermano de una amiga, por un joven de la alta sociedad que ella conoce bien? No señor; por mí.

¿Es esto bastante idiota? Así que tomo una decisión. Se la diré a la primera persona de esa bendita casa que llegue a mi puerta.

* * *

Sí, claro. Como yo esperaba, Ayestarain vino a verme este mediodía. No pude evitar preguntarle por la enferma y por su meningitis.

—¿Meningitis?—me dijo—¡Sabe Dios lo que es! Al principio lo parecía, y anoche también… Hoy ya no tenemos idea de lo que será.

—Pero, en fin—le dije,—de todos modos es una enfermedad del cerebro…

—Y de la médula, claro está… Con unas pequeñas lesiones, quién sabe dónde… ¿Usted entiende algo de medicina?

—Muy vagamente…

—Bueno; hay una fiebre que sube y baja, y no sabemos de dónde sale… Era un caso para correr a toda velocidad hacia la muerte… Ahora la fiebre baja a ratos—tac—tac—tac, exacta como un reloj…

—Pero el delirio—insistí—¿sigue siempre?

—¡Ya lo creo! Hay de todo allí… Y a propósito, esta noche lo esperamos.

Ahora me tocaba a mí hacer medicina a mi manera. Le dije que mi propia sustancia ya había hecho su trabajo curativo la noche anterior. Y que no pensaba ir más.

Ayestarain me miró fijamente:

—¿Por qué? ¿Qué le pasa?

—Nada, solo que sinceramente no creo que allí me necesiten… Dígame: ¿usted tiene idea de lo que es estar en una posición ridícula y humillante, sí o no?

—No se trata de eso…

—Sí, se trata de eso, de hacer un papel estúpido… ¡Es curioso que no lo comprenda!

—Lo comprendo de sobra… Pero me parece algo así como… no se ofenda… una cuestión de amor propio.

—¡Muy lindo!—salté—¡Amor propio! ¡Y no se les ocurre otra cosa! Tengo que sentarme como un idiota para que me tomen la mano toda la noche, delante de toda la familia con el ceño fruncido. ¡Y a ustedes les parece una cuestión de amor propio! Si les parece una simple cuestión de amor propio, arréglense entre ustedes. Yo tengo otras cosas que hacer.

Al parecer, Ayestarain comprendió que había algo de verdad en lo que yo decía, porque no insistió. Y hasta que se fue, no volvimos a hablar de aquello.

Todo esto está bien. Lo que no está tan bien es que hace diez minutos he recibido una esquela del médico. Dice así:

*Amigo Durán:*

*Con todo su equipaje de rencores, esta noche lo necesitamos sin falta. Imagínese una vez más que usted hace de cloral, de brional, del calmante que menos le irrite los nervios, y véngase.*

Hace un momento dije que lo malo era esta esquela. Y tengo razón. Porque desde esta mañana no espero otra cosa que esa carta…

* * *

Durante siete noches seguidas he estado al lado de María Elvira Funes, de once a una de la mañana. A esa hora bajaba la fiebre, y con ella el delirio. He estado tan cerca de ella como pueden estar dos amantes. A veces me ha dado la mano como la primera noche. Otras veces se ha ocupado de deletrear mi nombre, mirándome. Así que sé con seguridad que en ese estado me ama profundamente. Pero también sé que, cuando tiene la mente clara, no le importa nada mi existencia, ni ahora ni en el futuro. Es un caso de psicología muy especial. Un novelista podría sacar algo de él.

En cuanto a mí, puedo decir que esta doble vida sentimental me ha tocado fuertemente el corazón. El caso es este: María Elvira, por si no lo he dicho, tiene los ojos más admirables del mundo. Es cierto que la primera noche yo solo veía en su mirada mi propio ridículo. Yo era como un remedio que no sirve para nada. La segunda noche sentí menos que no servía de verdad. La tercera vez no me costó ningún esfuerzo sentirme el ser feliz que fingía ser. Y desde entonces vivo y sueño ese amor con el que la fiebre une su cabeza a la mía.

¿Qué hacer? Sé muy bien que todo esto es pasajero. Sé que de día ella no sabe quién soy. Y que yo mismo quizás no la ame cuando la vea de pie. Pero los sueños de amor se pagan de día, aunque sean de dos horas y a 40°. Quizás haya una persona en el mundo a quien yo pueda llegar a amar a plena luz. Y mucho me temo que esa persona sea justamente este vano amor mío de la noche… Así que amo una sombra. Y pienso con angustia en el día en que Ayestarain diga que su enferma está fuera de peligro y ya no me necesite.

Los hombres enamorados, de una sombra o no, apreciarán con toda su simpatía esta crueldad.

* * *

Ayestarain acaba de irse. Me ha dicho que la enferma sigue mejor. Y que, si no se equivoca mucho, uno de estos días me veré libre de la presencia de María Elvira.

—Sí, compañero—me dice. Libre de veladas ridículas, de amores del cerebro y de ceños fruncidos… ¿Se acuerda?

Mi cara no debe de mostrar una alegría muy grande, porque el astuto galeno se echa a reír y añade:

—A cambio le vamos a dar una compensación… Los Funes han vivido estos quince días con la cabeza en el aire. Así que no se extrañe si han olvidado muchas cosas, sobre todo con usted… Por lo pronto, hoy cenamos allá. Y dicho sea de paso: sin su bendita persona, y sin el amor de marras, no sé cómo habría terminado aquello… ¿Qué dice usted?

—Digo—le he respondido—que casi tengo ganas de rechazar el honor que me hacen los Funes al recibirme en su mesa…

Ayestarain se echó a reír.

—¡No embrome!… Le repito que no sabían dónde tenían la cabeza…

—Pero para el opio, y la morfina, y el calmante de la señorita, sí, ¿eh? ¡Para eso no se olvidaban de mí!

Mi hombre se puso serio y me miró con atención.

—¿Sabe lo que pienso, compañero?

—Diga.

—Que usted es el individuo más feliz de la tierra.

—¿Yo, feliz?…

—O el que tiene más suerte. ¿Entiende ahora?

Y se quedó mirándome. ¡Hum!, me dije a mí mismo:

O yo soy un idiota, que es lo más posible, o este galeno merece un abrazo tan fuerte que le rompa el termómetro dentro del bolsillo. El muy pícaro sabe más de lo que parece, y quizás, quizás… Pero vuelvo a lo de idiota, que es lo más seguro.

—¿Feliz?…—insistí, sin embargo—¿Por el amor extravagante que usted ha inventado con su meningitis?

Ayestarain volvió a mirarme fijamente. Pero esta vez me pareció notar un poco, muy poco, de amargura.

—Y aunque no fuera más que eso, grandísimo zonzo…—ha murmurado, tomándome del brazo para salir.

Por el camino, me ha explicado muy claramente tres cosas. Hemos ido al Águila, a tomar el vermut.

1°: que mi presencia al lado de la enferma era absolutamente necesaria, porque su delirio era de gran excitación y de depresión, todo a la vez.

2°: que los Funes lo habían comprendido así, ni más ni menos. Y lo aceptaban, aunque la aventura pudiera parecer rara, secreta e inconveniente. Porque ellos sabían, claro está, que todo aquel amor era artificial.

3°: que los Funes han confiado sencillamente en mi buena educación. Esperan que yo me dé cuenta, muy claramente, del sentido terapéutico de todo esto. Mi presencia ante la enferma, y la de la enferma ante mí, solo han sido una medicina.

—Sobre todo lo último, ¿eh?—he añadido como comentario.—El objetivo de toda esta charla es este: que yo nunca vaya a creer que María Elvira siente la menor inclinación real hacia mí. ¿Es eso?

—¡Claro!—el médico se ha encogido de hombros.—Póngase usted en su lugar…

Y tiene razón el bendito hombre. Porque con solo pensar en la posibilidad de que ella…

Anoche cené en la casa de Funes. No fue precisamente una cena alegre, aunque Luis María, por lo menos, estuvo muy cordial conmigo. Quisiera decir lo mismo de la madre. Pero, por más esfuerzos que hacía para que yo estuviera a gusto en la mesa, era evidente que solo veía en mí a un intruso. A ciertas horas, su hija prefiere a ese intruso un millón de veces. Está celosa, y no debemos condenarla. Por lo demás, ella y su otra hija se turnaban para ir a ver a la enferma. La enferma había tenido un buen día. Fue tan bueno que esa noche, por primera vez en quince días, no le subió mucho la fiebre. Me quedé hasta la una porque Ayestarain me lo pidió. Pero tuve que volver a casa sin haberla visto ni un instante. ¿Se comprende esto? ¡No verla en todo el día! ¡Ah! Ojalá Dios quiera que esta noche caiga sobre su cabeza la fiebre, una fiebre de 40, 80, 120°, cualquier fiebre…

Y aquí está: esta sola línea del bendito Ayestarain:

*Delirio de nuevo. Venga en seguida.*

* * *

Todo lo anterior basta para volver loco, más o menos, a un hombre sensato. Pero vean ahora esto:

Cuando entré anoche, María Elvira me extendió su brazo como la primera vez. Apoyó la cara sobre la mejilla izquierda y, así, cómoda, fijó los ojos en mí. No sé qué me decían sus ojos. Posiblemente me daban toda su vida y toda su alma, entregándose con una felicidad infinita. Sus labios me dijeron algo, y tuve que inclinarme para oír:

—Soy feliz—sonrió.

Un momento después, sus ojos me llamaron otra vez, y me incliné de nuevo.

—Y después…—murmuró apenas, cerrando los ojos despacio.

Creo que de repente perdió el hilo de sus ideas. Pero la luz volvió a inundar sus ojos. Era esa luz loca que hace perder la mirada en los relámpagos de felicidad. Y esta vez oí muy claro, sentí claramente sobre mi cara esta pregunta:

—Y cuando sane y no tenga más delirio… ¿me querrás todavía?

¡La locura se ha sentado a caballo sobre mi corazón! ¡*Después*! ¡Cuando no tenga *más delirio*! ¿Estábamos todos locos en esa casa? ¿O allí había, fuera de mí, un eco de mi angustia constante por el *después*? ¿Cómo es posible que ella dijera eso? ¿Había meningitis o no? ¿Había delirio o no? Entonces mi María Elvira…

No sé qué contesté. Supongo que algo que habría escandalizado a toda la familia, si me hubieran oído. Pero yo apenas había murmurado. Y ella apenas había murmurado algo con una sonrisa… y se durmió.

Al volver a casa, mi cabeza era un mareo vivo. Tenía ganas locas de saltar en el aire y de gritar de felicidad. ¿Quién de nosotros puede jurar que no habría sentido lo mismo? Porque, para ser claros, las cosas hay que plantearlas así. Por un lado, está la enferma con delirio. Por algún error de su mente, ama a X, pero *únicamente* en su delirio. Por el otro lado está el mismo X. Por desgracia para él, no tiene fuerzas para limitarse a su papel de medicina. Y entonces la enferma, con su meningitis y su inconsciencia, una inconsciencia que nadie puede negar, le murmura a nuestro amigo:

*Y cuando no tenga más delirio… ¿me querrás todavía?*

Esto es lo que yo llamo un pequeño caso de locura, claro y completo. Anoche, cuando llegaba a casa, creí por un momento haber encontrado la solución. Sería esta: María Elvira, con su fiebre, soñaba que estaba despierta. ¿A quién no le ha pasado soñar que está soñando? No hay explicación más sencilla, claro está.

Pero detrás de ese amor falso hay dos ojos inmensos. Esos ojos nos llenan de felicidad y se ahogan ellos mismos en un amor que no puede mentir. Uno ha visto esos ojos recorrer con dura extrañeza las caras de su familia. Y después los ha visto caer, en una felicidad de éxtasis, sobre uno mismo. Entonces, a pesar del delirio y de cien mil delirios como ese, uno tiene derecho a soñar toda la noche con aquel amor. O seamos más claros: con María Elvira Funes.

* * *

¡Sueño, sueño y sueño! Han pasado dos meses, y a veces creo que todavía estoy soñando. ¿Fui yo o no, Dios bendito, aquel a quien ella tendió la mano, y el brazo desnudo hasta el codo? Fue cuando la fiebre todavía volvía enemigas las caras tan queridas de su casa. ¿Fui yo o no quien calmó en sus ojos, durante minutos inmensos de eternidad, la mirada mareada de amor de mi María Elvira?

Sí, fui yo. Pero eso está acabado, terminado, finalizado, muerto, sin cuerpo, como si nunca hubiera existido. Y sin embargo…

Volví a verla veinte días después. Ya estaba sana, y cené con ellos. Al principio hubo una alusión clara a las locuras sentimentales de la enferma. Toda la familia lo hizo con mucho tacto, y yo ayudé todo lo que pude, porque en esos veinte días una de mis mayores preocupaciones había sido pensar en lo discreto que debía mostrarme en ese primer encuentro.

Sin embargo, todo salió perfectamente.

—Y usted—me dijo la madre sonriendo—¿ha descansado del todo de las molestias que le hemos dado?

—¡Oh, era muy poca cosa!… Y además—terminé, riendo yo también—estaría dispuesto a soportarlas de nuevo…

María Elvira sonrió también.

—Usted sí; pero yo, no, ¡se lo aseguro!

La madre la miró con tristeza:

—¡Pobre, mi hija! Cuando pienso en los disparates que se te han ocurrido… En fin—se volvió hacia mí con amabilidad.—Usted es ahora, podríamos decir, de la casa. Y le aseguro que Luis María lo estima muchísimo.

Luis María me puso la mano en el hombro y me ofreció cigarrillos.

—Fume, fume, y no haga caso.

—¡Pero Luis María!—le reprochó la madre, medio en serio—¡cualquiera creería al oírte que le estamos diciendo mentiras a Durán!

—No, mamá; lo que dices está perfectamente bien dicho; pero Durán me entiende.

Lo que yo entendía era que Luis María quería terminar con esas amabilidades un poco tontas. Pero no se lo agradecí en lo más mínimo.

Mientras tanto, cada vez que podía hacerlo sin llamar la atención, fijaba los ojos en María Elvira. ¡Por fin! Ya la tenía delante de mí, sana, bien sana. Había esperado y temido ese momento con ansia. Yo había amado una sombra. Mejor dicho, había amado dos ojos y treinta centímetros de brazo, porque el resto era una larga mancha blanca. Y de aquella media luz, como de un capullo callado, había salido aquella figura espléndida, fresca, indiferente y alegre. Y esa figura no me conocía. Me miraba como se mira a un amigo de la casa. A un amigo así hay que mirarlo un segundo cuando se cuenta algo o se comenta una frase graciosa. Pero nada más. No había ni la menor huella del pasado. Ni siquiera fingía no mirarme, y yo había contado con eso como último triunfo de mi juego. Yo era para ella un individuo, o mejor dicho, un ser, absolutamente desconocido. Y piensen ahora en la gracia que me hacía recordar algo mientras la miraba. Una noche, esos mismos ojos, ahora tan frívolos, me habían dicho a ocho dedos de los míos:

—¿Y cuando esté sana… me querrás todavía?

¿Para qué buscar luces, falsos fuegos de una felicidad muerta? Esa felicidad estaba cerrada para siempre en la pequeña caja agitada de una fiebre del cerebro. Olvidarla… Era lo que yo habría deseado, y era justamente lo que no podía hacer.

Más tarde, en el hall, encontré la manera de quedarme aparte con Luis María. Pero lo puse a él entre su hermana y yo. Así podía mirarla sin peligro: parecía que mi vista iba naturalmente más allá de la persona con quien hablaba. Y es extraordinario cómo todo su cuerpo era un deseo vivo. Lo era desde el cabello más invisible de su cabeza hasta el tacón de sus zapatos. Ella cruzó el hall para ir hacia dentro. Y cada golpe de su falda contra sus zapatos de charol arrastraba mi alma como un papel.

Volvió, se rio y pasó rozándome. Me sonrió por obligación, porque yo estaba en su camino. Y yo, como un idiota, seguía soñando que de pronto se detenía a mi lado. Y que ponía no una, sino dos manos sobre mis sienes:

—Y bien: ahora que me has visto de pie: ¿me quieres todavía?

¡Bah! Muerto, bien muerto, me despedí. Y apreté un instante aquella mano fría, amable y rápida.

* * *

Sin embargo, hay una cosa absolutamente cierta. Es esta: María Elvira puede no recordar lo que sintió en sus días de fiebre. Eso lo admito. Pero sabe perfectamente lo que pasó, por lo que le contaron después. Entonces es imposible que yo no tenga para ella ni el menor interés. Encantos, ¡Dios me perdone!, puede pensar que no tengo ninguno. Pero el hombre con quien ha soñado veinte noches seguidas no puede dejar de interesarle. Por lo tanto, su perfecta indiferencia hacia mí no es racional. ¿Qué ventaja, qué remota posibilidad de felicidad me trae comprobar esto? Ninguna, que yo vea. Así María Elvira se protege contra lo que yo pueda pretender por aquella historia. Eso es todo.

Y en eso no tiene razón. Que ella me guste desesperadamente, muy bien. Pero yo no voy a exigirle que me pague una deuda de amor firmada sobre una carpeta de meningitis. ¡Diablo! Eso no.

* * *

Nueve de la mañana.—No es una hora muy decente para acostarse, pero así es. Del baile en la casa de Rodríguez Peña fui a Palermo. Luego al bar. Todo perfectamente solo. Y ahora, a la cama.

Pero antes de que llegue el sueño, voy a terminar el paquete de cigarrillos. Y esta es la causa: anoche bailé con María Elvira. Y después de bailar, hablamos así:

—Estos puntitos de la pupila—me dijo, sentados frente a frente en la mesita—todavía no se me han ido. No sé qué será… Antes de mi enfermedad no los tenía.

Justamente, nuestra vecina de mesa acababa de hacerle notar ese detalle. Y por eso sus ojos parecían todavía más luminosos.

Apenas empecé a responderle, me di cuenta de mi error. Pero ya era tarde.

—Sí—le dije, mirando sus ojos—, me acuerdo de que antes no los tenía…

Y miré hacia otro lado. Pero María Elvira se echó a reír:

—Es cierto; usted debe saberlo más que nadie.

¡Ah! ¡Qué sensación! Era como si por fin una enorme piedra se cayera de mi pecho. ¡Por fin se podía hablar de eso!

—Eso creo—respondí.—Más que nadie, no sé… Pero sí; en el momento del que habla, más que nadie, seguro.

Me detuve otra vez; mi voz empezaba a bajar demasiado.

—¡Ah, sí!—sonrió María Elvira. Apartó los ojos, ya seria, y los levantó hacia las parejas que pasaban a nuestro lado.

Pasó un momento. Supongo que para ella fue de olvido perfecto de lo que hablábamos, y para mí, de angustia oscura. Pero sin bajar los ojos, como si siguieran interesándole las caras que pasaban una tras otra como en una película, añadió de lado:

—Cuando era mi amor, al parecer.

—Perfectamente bien dicho—le dije—su amor *al parecer*.

Entonces ella me miró y me devolvió la sonrisa.

—No…

Y se calló.

—¿No… qué? Termine.

—¿Para qué? Es una zoncera.

—No importa; termine.

Ella se echó a reír:

—¿Para qué? En fin… ¿no supondrá que no era *al parecer*?

—Es un insulto que no merezco—le respondí.—Yo fui el primero en comprobar que era exacto, cuando yo era su amor… *al parecer*.

—¡Y dale!…—murmuró.

Pero yo, por mi parte, me dejé arrastrar por el demonio de la locura. Detrás de aquel *¡y dale!* burlón, hice una pregunta que nunca debería haber hecho.

—Óigame, María Elvira—me incliné hacia ella—: usted no recuerda nada, ¿no es cierto?, nada de aquella historia ridícula.

Me miró muy seria, con orgullo, si se quiere. Pero al mismo tiempo me miró con atención, como cuando nos preparamos para oír cosas que, a pesar de todo, no nos disgustan.

—¿Qué historia?—dijo.

—La otra, cuando yo vivía a su lado…—le aclaré, de forma bastante clara.

—Nada… absolutamente nada.

—Veamos; míreme un instante…

—No, ni aunque lo mire…—me dijo con una carcajada.

—No, no es eso… Usted me ha mirado demasiado antes para que yo no sepa… Quería decirle esto: ¿no se acuerda usted de haberme dicho algo… dos o tres palabras nada más… la última noche que tuvo fiebre?

María Elvira frunció las cejas un largo instante. Luego las levantó, más altas de lo normal. Me miró con atención y movió la cabeza:

—No, no recuerdo…

—¡Ah!—y me callé.

Pasó un rato. Vi de reojo que todavía me miraba.

—¿Qué…?—murmuró.

—¿Qué… qué?—repetí.

—¿Qué le dije?

—Tampoco me acuerdo ya…

—Sí, se acuerda… ¿Qué le dije?

—No sé, se lo aseguro…

—Sí, sabe… ¿Qué le dije?

—¡Veamos!—me incliné otra vez sobre la mesa.—Si usted no recuerda absolutamente nada, porque todo era una alucinación de la fiebre, ¿qué puede importarle lo que le haya dicho o no en su delirio?

El golpe era serio. Pero María Elvira no pensó en contestarlo. Solo me miró un instante más y apartó la vista con un corto movimiento de hombros.

—Vamos—me dijo de repente.—Quiero bailar este vals.

—Es justo—me levanté.—El sueño de vals que bailábamos no tiene nada de divertido.

No me respondió. Mientras íbamos hacia el salón, parecía buscar con los ojos a alguno de sus compañeros de vals de siempre.

—¿Qué sueño de vals desagradable para usted?—me dijo de pronto, sin dejar de recorrer el salón con la vista.

—Un vals de delirio… no tiene nada que ver con esto—y yo también me encogí de hombros.

Creí que no hablaríamos más esa noche. Pero aunque María Elvira no dijo una palabra, tampoco pareció encontrar al compañero ideal que buscaba. Así que se detuvo y me dijo con una sonrisa forzada. Era la inevitable sonrisa forzada que dominó toda aquella historia:

—Si quiere, entonces, baile este vals con su amor…

—… *al parecer*. No añado una palabra más—respondí, mientras le pasaba la mano por la cintura.

* * *

Ha pasado un mes más. ¡Pensar que la madre, Angélica y Luis María están ahora, para mí, llenos de misterio poético! La madre es, por supuesto, la persona a quien María Elvira trata de tú y besa con más intimidad. Su hermana la ha visto desvestirse. Luis María, por su parte, se permite acariciarle la barbilla cuando entra y ella está sentada de espaldas. Como se ve, son tres personas muy felices. Y no son capaces de apreciar la felicidad que los rodea.

En cuanto a mí, me paso la vida llevándome cigarros a la boca, como quien quema margaritas: ¿me quiere? ¿no me quiere?

Después del baile en la casa de Peña, he estado con ella muchas veces. En su casa, por supuesto, todos los miércoles.

Tiene el mismo círculo de amigos, los mantiene a todos con su risa y coquetea admirablemente cada vez que se lo proponen. Pero siempre encuentra la manera de no perderme de vista. Esto, cuando está con los otros. Pero cuando está conmigo, entonces no aparta los ojos de ellos.

¿Es esto razonable? No, no lo es. Y por eso tengo desde hace un mes una buena laringitis, de tanto llenarme la garganta de humo.

Anoche, sin embargo, tuve un momento de descanso. Era miércoles. Ayestarain conversaba conmigo. María Elvira tenía alrededor a cuatro hombres que coqueteaban con ella. Por encima de sus hombros nos lanzó una mirada breve. Y con esa mirada, su figura espléndida entró en nuestra conversación. Hablamos de ella y, un momento, de la vieja historia. Un rato después ella se detenía delante de nosotros.

—¿De qué hablan?

—De muchas cosas; de usted en primer lugar—respondió el médico.

—Ah, ya me parecía…

Y acercó hacia ella un pequeño sillón romano. Se sentó con las piernas cruzadas, el cuerpo inclinado hacia delante y la cara apoyada en la mano.

—Sigan; ya escucho.

—Le contaba a Durán—dijo Ayestarain—que casos como el que le pasó a usted en su enfermedad son raros, pero hay algunos. Un autor inglés, no recuerdo cuál, cuenta uno. Solo que es más feliz que el suyo.

—¿Más feliz? ¿Y por qué?

—Porque en aquel no hay fiebre, y los dos se aman en sueños. En cambio, en este caso, solo usted amaba…

¿Ya dije que la actitud de Ayestarain hacia mí siempre me había parecido un poco retorcida? Si no lo dije, en aquel momento tuve un deseo terrible de hacérselo sentir, y no solo con la mirada. Sin embargo, algo de ese deseo debió de ver en mis ojos, porque se levantó riendo:

—Los dejo para que hagan las paces.

—¡Maldito bicho!—murmuré, ya tranquilo, cuando se alejó.

—¿Por qué? ¿Qué le ha hecho?

—Dígame, María Elvira—exclamé—¿alguna vez le ha hecho el amor a usted?

—¿Quién, Ayestarain?

—Sí, él.

Al principio me miró dudando. Luego me miró de lleno a los ojos, seria:

—Sí—me contestó.

—¡Ah, ya me lo esperaba!… Por lo menos ese tiene suerte…—murmuré, ya amargado del todo.

—¿Por qué?—me preguntó.

No le respondí. Me encogí de hombros con violencia y miré hacia otro lado. Ella siguió mi mirada. Pasó un momento.

—¿Por qué?—insistió. Lo hizo con esa obstinación pesada y distraída de las mujeres cuando empiezan a sentirse perfectamente a gusto con un hombre.

Ahora estaba de pie, con la rodilla sobre el pequeño sillón, y así estuvo durante los breves momentos que siguieron. Mordía un papel. Nunca supe de dónde pudo salir. Y me miraba, subiendo y bajando las cejas casi sin que se notara.

—¿Por qué?—respondí al fin.—Porque él ha tenido por lo menos la suerte de no servir de muñeco ridículo al lado de una cama. Y puede hablar en serio, sin ver subir y bajar las cejas como si no se entendiera lo que digo… ¿comprende ahora?

María Elvira me miró unos instantes, pensativa. Luego movió la cabeza diciendo que no, con su papel en los labios.

—¿Es cierto o no?—insistí, pero ya con el corazón latiendo como loco.

Ella volvió a mover la cabeza:

—No, no es cierto…

—¡María Elvira!—llamó Angélica desde lejos.

Todos saben que la voz de los hermanos suele ser de lo más inoportuna. Pero nunca una voz de hermana ha caído tan fuera de lugar como aquella vez. Cayó como una lluvia de hielo y de brea fría.

María Elvira tiró el papel y bajó la rodilla.

—Me voy—me dijo riendo. Era la risa que yo ya le conocía cuando coqueteaba.

—¡Un solo momento!—le dije.

—¡Ni uno más!—me respondió, alejándose ya y diciendo que no con la mano.

¿Qué me quedaba por hacer? Nada, solo tragarme el papelito húmedo y hundir la boca en el hueco que había dejado su rodilla. Y romper el sillón contra la pared. Y enseguida romperme yo mismo contra un espejo, por imbécil. Sobre todo, me hacía sufrir una rabia inmensa contra mí mismo. ¡Intuiciones de hombre! ¡Psicología de hombre con experiencia! ¡Y la primera coqueta, con la marca de su rodilla todavía allí, se burla de todo eso con una frescura sin igual!

* * *

No puedo más. La quiero como un loco. Y lo más amargo es que no sé si ella me quiere de verdad o no. Además, sueño, sueño demasiado, y cosas como esta: íbamos del brazo por un salón. Ella iba toda de blanco, y yo era como un bulto negro a su lado. En el salón solo había personas mayores, todas sentadas, mirándonos pasar. Sin embargo, era un salón de baile. Y decían de nosotros: *La meningitis y Su Sombra*. Me desperté y volví a soñar. Ahora a ese salón de baile iban los muertos de cada día de una epidemia. El vestido blanco de María Elvira era una mortaja. Y yo era la misma sombra de antes, pero ahora tenía un termómetro en lugar de cabeza. Seguíamos siendo *La meningitis y Su Sombra*.

¿Qué puedo hacer con sueños así? No puedo más. Me voy a Europa, a Norte América, a cualquier parte donde pueda olvidarla.

¿Para qué quedarme? ¿Para empezar otra vez la historia de siempre, quemándome solo, como un payaso? ¿O para no encontrarnos de verdad cada vez que estamos juntos? ¡Ah, no! Terminemos con esto. No sé qué bien les hará a mis planos de ingeniero esta ausencia sentimental. (¡Y sí, sentimental, aunque no quiera!) Pero quedarme sería ridículo y estúpido. Y no hay por qué seguir divirtiendo a las María Elvira.

* * *

Podría escribir aquí cosas bastante distintas de las que acabo de anotar. Pero prefiero contar simplemente lo que pasó el último día que vi a María Elvira.

La tarde antes de irme, fui a despedirme de los Funes. Fue por bravuconería, o para desafiarme a mí mismo, o quién sabe por qué esperanza de muerte, como la de un suicida. Ya hacía diez días que tenía mis pasajes en el bolsillo. Por eso se verá lo poco que confiaba en mí mismo.

María Elvira no se sentía bien, por algo de la garganta o un dolor de cabeza. Pero podía recibir visitas. Pasé un momento a la antesala a saludarla. La encontré mirando partituras sin ganas. Al verme se sorprendió un poco, aunque tuvo tiempo de echar una mirada rápida al espejo. Tenía la cara cansada, los labios pálidos y los ojos oscuros de ojeras. Pero era ella, como siempre. Y para mí era aún más hermosa, porque la perdía.

Le dije sencillamente que me iba y que le deseaba mucha felicidad.

Al principio no me comprendió.

—¿Se va? ¿Y adónde?

—A Norte América… Acabo de decírselo.

—¡Ah!—murmuró, apretando muy claramente los labios. Pero enseguida me miró, inquieta.

—¿Está enfermo?

—¡Pst!… no exactamente… No estoy bien.

—¡Ah!—murmuró otra vez. Y miró hacia fuera a través de los vidrios, con los ojos muy abiertos, como cuando uno pierde el hilo de sus pensamientos.

Además, en la calle llovía, y en la antesala había poca luz.

Se volvió hacia mí.

—¿Por qué se va?—me preguntó.

—¡Hum!—sonreí.—Sería muy largo, infinitamente largo de contar… En fin, me voy.

María Elvira siguió con los ojos fijos en mí. Su expresión, preocupada y atenta, se volvió sombría.

Terminemos, me dije. Y di un paso hacia ella:

—Bueno, María Elvira…

Me tendió despacio la mano. Era una mano fría y húmeda, por el dolor de cabeza.

—Antes de irse—me dijo—¿no me quiere decir por qué se va?

Su voz había bajado un tono. El corazón me latió como loco. Pero como en un relámpago, la vi delante de mí como aquella noche. Se alejaba riendo y diciendo que no con la mano: "no, ya estoy satisfecha"… ¡Ah, no, yo también! ¡Con aquello tenía bastante!

—Me voy—le dije muy claro—porque estoy hasta aquí de dolor, de ridículo y de vergüenza de mí mismo. ¿Está contenta ahora?

Todavía tenía su mano en la mía. La retiró y se volvió despacio. Quitó la música del atril y la puso sobre el piano, todo con calma y cuidado. Y me miró otra vez con una sonrisa forzada y dolorosa:

—¿Y si yo… le pidiera que no se fuera?…

—¡Pero por Dios bendito!—exclamé—¡No se da cuenta de que me está matando con estas cosas! ¡Estoy harto de sufrir y de echarme en cara mi desgracia! ¿Qué ganamos, qué gana usted con estas cosas? ¡No, basta ya! ¿Sabe usted—añadí, acercándome—lo que usted me dijo aquella última noche de su enfermedad? ¿Quiere que se lo diga? ¿Quiere?

Se quedó inmóvil, toda ojos.

—Sí, dígame…

—¡Bueno! Usted me dijo, y maldita sea la noche en que lo oí, usted me dijo muy claro esto: ¿y—cuan—do—no tenga—más—de—li—rio, me que—rrás toda—ví—a? Usted todavía tenía delirio, ya lo sé… ¿Pero qué quiere que haga yo ahora? ¿Quedarme aquí, a su lado, desangrándome vivo con su forma de ser, porque la quiero como un idiota?… Esto también está muy claro, ¿eh? ¡Ah! ¡Le aseguro que no es vida la que llevo! ¡No, no es vida!

Había apoyado la frente en los vidrios, destrozado. Sentía que después de lo que había dicho, mi amor, mi alma y mi vida se derrumbaban para siempre jamás.

Pero había que terminar, y me volví. Ella estaba a mi lado. Y en sus ojos, como en un relámpago, esta vez de felicidad, vi brillar la luz de alegría húmeda que yo creía ya muerta. La vi brillar, marearse y sollozar en sus ojos.

—¡María Elvira!—exclamé; creo que grité.—¡Mi amor querido! ¡Mi alma adorada!

Y ella, con lágrimas silenciosas, porque su tormento había terminado, vencida, entregada y feliz, había encontrado por fin sobre mi pecho un lugar cómodo para su cabeza.

* * *

Y nada más. ¿Habrá algo más sencillo que todo esto? Es muy posible que yo haya sufrido, llorado y aullado de dolor. Y debo creerlo, porque así lo he escrito. ¡Pero qué endiabladamente lejos está todo eso! Y está todavía más lejos por una razón, que es lo más gracioso de esta historia nuestra. Ella está aquí, a mi lado, leyendo lo que escribo, con la cabeza sobre mi lapicera. Como se ve, ha protestado contra bastantes de mis observaciones. Pero lo acepta como una buena esposa, en honor del arte literario en el que nos hemos metido con tanta frescura. Además, ella piensa como yo sobre esta narración, escrita por etapas. En general, refleja bastante bien lo que pasó, lo que sentimos y lo que sufrimos. Y para ser obra de un ingeniero, no está del todo mal.

En este momento María Elvira me interrumpe. Me dice que la última línea que he escrito no es verdad. Mi narración no solo no está del todo mal, sino que está bien, muy bien. Y como argumento imposible de discutir, me echa los brazos al cuello y me mira. No sé si está a mucho más de cinco centímetros.

—¿Es verdad?—murmura. O mejor dicho, arrulla.

—¿Se puede poner arrulla?—le pregunto.

—¡Sí, y esto, y esto! Y me da un beso.

¿Qué más puedo añadir?

### FIN

### Glosario

- **meningitis**: enfermedad grave del cerebro, con fiebre alta
- **delirio**: estado de fiebre en que la persona dice y ve cosas sin sentido
- **galeno**: médico
- **pavadas**: tonterías
- **ceño fruncido**: la frente arrugada, con cara seria o de enfado
- **amor propio**: orgullo, respeto por uno mismo
- **esquela**: carta muy corta
- **cloral / brional**: medicinas antiguas para calmar y hacer dormir
- **de marras**: del que ya se habló
- **no embrome**: no moleste, no bromee
- **zonzo**: tonto
- **vermut**: bebida de vino con hierbas que se toma antes de comer
- **al parecer**: según parece, pero no de verdad
- **zoncera**: tontería
- **¡Y dale!**: expresión de quien se cansa porque el otro insiste en lo mismo
- **hacer el amor**: (uso antiguo) cortejar a una mujer, declararle el amor
- **coquetear**: tratar a alguien con gracia para gustarle, sin intención seria
- **vals**: baile en pareja, con vueltas
- **antesala**: sala pequeña antes de otra más grande
- **atril**: mueble para poner las partituras de música
- **mortaja**: tela con la que se envuelve a un muerto
- **arrullar**: hablar con mucha dulzura, como las palomas
- **lapicera**: pluma para escribir
- **pupila**: parte negra del centro del ojo
- **sienes**: los dos lados de la frente, junto a los ojos
- **frescura**: aquí, tranquilidad descarada, sin ninguna vergüenza
